DICASTERIO PARA LA EVANGELIZACIÓN
APUNTES SOBRE
LA ORACIÓN
5
Las parábolas
de la oración
POR
ANTONIO PITTA
INTRODUCCIÓN DEL PAPA FRANCISCO
BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS
MADRID • 2024
Título original: Appunti sulla preghiero, vol. 5: Le parabole della preghiera
Traducido del original italiano por SOL CORCUERA URANDURRAGA
Textos bíblicos tomados de Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia
Episcopal Española.
Damos las gracias a la Fundación Terzo Piastro por su contribución a la
publicación de los volúmenes
© Dicasterio para la Evangelización - Sección para las cuestiones fundamentales
de la evangelización en el mundo - Libreria Editrice Vaticana, 2024
00120 Ciudad del Vaticano
© de esta edición: Biblioteca de Autores Cristianos, 2024
Manuel Uribe, 4. 28033 Madrid
www.bac-editorial.es
Depósito legal: M-8923-2024
ISBN: 978-84-220-2333-3
Preimpresión: M.ª Teresa Millán Fernández
Impresión: Anebri, S.A. Pinto (Madrid)
Impreso en España. Printed in Spain
Diseño de cubierta: BAC
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o
transforma- ción de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus
titulares, sal- vo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español
de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de
esta obra (www. cedro.org).
ÍNDICE GENERAL
Nota del editor....................................................................IX
Introducción del Santo Padre.............................................XI
LAS PARÁBOLAS DE LA ORACIÓN
INTRODUCCIÓN . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 3
CAPÍTULO I. Jesús y la oración . . . . . . . . . . . . . . . . 7
«Enséñanos a orar» . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7
Los lugares de la oración..............................................10
¿Qué tipos de oración?..................................................12
Los contenidos de la oración.........................................15
CAPÍTULO II. El padrenuestro (Lc 11,1-4): la ora-
ción de los discípulos...................................................19
Oración y seguimiento..................................................19
De la santificación del nombre a la tentación para
la fe.........................................................................21
CAPÍTULO III. El amigo inoportuno y el pan cotidia-
no (Lc 11,5-13).............................................................25
En situación de emergencia...........................................26
El Espíritu Santo y la oración.......................................28
Conclusión....................................................................29
CAPÍTULO IV. El padre misericordioso y la remisión
de los pecados (Lc 15,11-32).......................................31
«Padre, he pecado contra el cielo y contra ti»..............32
VIII Índice general
La arrogancia del hijo mayor........................................35
Conclusión....................................................................36
CAPÍTULO V. La viuda, el juez y la fe (Lc 18,1-8) . 39
Poder frente a fragilidad................................................39
La fe en el mundo.........................................................42
Conclusión....................................................................45
CAPÍTULO VI. El fariseo, el publicano y la santidad
del templo (Lc 18,9-14)...............................................47
La oración arrogante.....................................................48
La oración sincera.........................................................50
Conclusión....................................................................51
CAPÍTULO VII. La parábola de la higuera y la llegada
del reino (Lc 21,29-36)................................................53
Los signos de los tiempos.............................................54
Una oración vigilante....................................................56
Conclusión....................................................................58
CONCLUSIÓN........................................................................59
NOTA DEL EDITOR
La Biblioteca de Autores Cristianos asume gustosa-
mente el encargo de la Conferencia Episcopal Española
de publicar los Apuntes sobre la oración preparados
por el Dicasterio para la Evangelización con motivo
del Jubileo 2025, tal como hizo el año anterior con los
Cuadernos del Concilio.
Estos Apuntes se presentan en forma de pequeños li-
bros, un total de ocho, que irán apareciendo progresiva-
mente durante los primeros meses del año, desde enero
a mayo de 2024. La colección Popular de la BAC ya
aco- gió en diversas ocasiones los subsidios y
materiales para las grandes celebraciones de la Iglesia
universal y una vez más colabora en la preparación
espiritual y pastoral para este gozoso acontecimiento
del Jubileo Ordinario 2025.
Como propone la oficina del Jubileo, «las diócesis
están invitadas a promover la centralidad de la oración
individual y comunitaria». También nosotros, deseamos
contribuir editorialmente a «poner en el centro la
relación profunda con el Señor, a través de las múltiples
formas de oración contempladas en la rica tradición
católica».
INTRODUCCIÓN DEL SANTO PADRE
La oración es el respiro de la fe, es su expresión más
profunda. Como un grito silencioso que sale del
corazón de quien cree y se confía a Dios. No es fácil
encontrar palabras para expresar este misterio. ¡Cuántas
definicio- nes de oración podemos recoger de los santos
y de los maestros de espiritualidad, así como de las
reflexiones de los teólogos! Sin embargo, ella se deja
describir siempre y sólo en la sencillez de quienes la
viven. Por otro lado, el Señor nos advirtió que cuando
oremos no debemos desperdiciar palabras, creyendo
que seremos escuchados por esto. Nos enseñó a preferir
más bien el silencio y a confiarnos al Padre, el cual sabe
qué cosas necesitamos aun antes de que se las pidamos
(cf. Mt 6,7-8).
El Jubileo Ordinario del 2025 está ya a la puerta.
¿Cómo prepararse a este evento tan importante para la
vida de la Iglesia si no a través de la oración? El año
2023 estuvo destinado al redescubrimiento de las
enseñanzas conciliares, contenidas sobre todo en las
cuatro constitu- ciones del Vaticano II. Es un modo
para mantener viva la encomienda que los Padres
reunidos en el Concilio han querido poner en nuestras
manos, para que, a través de su puesta en práctica, la
Iglesia pudiera rejuvenecer su pro- pio rostro y anunciar
con un lenguaje adecuado la belleza de la fe a los
hombres y mujeres de nuestro tiempo.
Ahora es el momento de preparar el año 2024, que
esta- rá dedicado íntegramente a la oración. En efecto, en
nues- tro tiempo se revela cada vez con más fuerza la
necesidad de una verdadera espiritualidad, capaz de
responder a las
XII El viaje sin Dios
grandes interrogantes que cada día se presentan en
nuestra vida, provocadas también por un escenario
mundial cier- tamente no sereno. La crisis ecológica-
económica-social agravada por la reciente pandemia;
las guerras, especial- mente la de Ucrania, que siembran
muerte, destrucción y pobreza; la cultura de la
indiferencia y del descarte, tiende a sofocar las
aspiraciones de paz y solidaridad y a margi- nar a Dios
de la vida personal y social… Estos fenómenos
contribuyen a generar un clima adverso, que impide a
tan- ta gente vivir con alegría y serenidad. Por eso,
necesita- mos que nuestra oración se eleve con mayor
insistencia al Padre, para que escuche la voz de cuantos
se dirigen a Él con la confianza de ser atendidos.
Este año dedicado a la oración de ninguna manera
pre- tende interferir con las iniciativas que cada Iglesia
particular considere proyectar para su cotidiana
dedicación pastoral. Al contrario, nos remite al
fundamento sobre el cual deben elaborarse y encontrar
consistencia los distintos planes pas- torales. Es un tiempo
para poder reencontrar la alegría de orar en su variedad
de formas y expresiones, ya sea perso- nalmente o en
forma comunitaria. Un tiempo significativo para
incrementar la certeza de nuestra fe y la confianza en la
intercesión de la Virgen María y de los Santos. En
definiti- va, un año para hacer experiencia casi de una
«escuela de la oración», sin dar nada por obvio o por
sentado, sobre todo en relación a nuestro modo de orar,
pero haciendo nuestras cada día las palabras de los
discípulos cuando le pidieron a Jesús: «Señor, enséñanos
a orar» (Lc 11,1).
En este año estamos invitados a hacernos más
humil- des y a dejar espacio a la oración que surja del
Espíritu Santo. Es Él quien sabe poner en nuestros
corazones y en nuestros labios las palabras justas para
ser escuchados por el Padre. La oración en el Espíritu
Santo es aquella que
Introducción del Santo Padre XIII
nos une a Jesús y nos permite adherirnos a la voluntad
del Padre. El Espíritu es el Maestro interior que indica
el camino a recorrer; gracias a Él, la oración aun de uno
solo, se puede convertir en oración de la Iglesia entera,
y viceversa. Nada como la oración según el Espíritu
Santo hace que los cristianos se sientan unidos como
familia de Dios, el cual sabe reconocer las exigencias
de cada uno para convertirlas en invocación e
intercesión de todos.
Estoy seguro de que los obispos, sacerdotes, diáco-
nos y catequistas encontrarán en este año las modalida-
des más adecuadas para poner la oración en la base del
anuncio de esperanza que el Jubileo 2025 quiere hacer
resonar en este tiempo turbulento. Para esto, será muy
valiosa la contribución de las personas consagradas,
en especial de las comunidades de vida contemplativa.
Deseo que, en todos los Santuarios del mundo, lugares
privilegiados para la oración, se incrementen las
iniciati- vas para que cada peregrino pueda encontrar un
oasis de serenidad y regrese con el corazón lleno de
consolación. Que la oración personal y comunitaria sea
incesante, sin interrupción, según la voluntad del Señor
Jesús (cf. Lc 18,1), para que el reino de Dios se
extienda y el Evange- lio llegue a cada persona que pide
amor y perdón.
Para favorecer este Año de la Oración se han rea-
lizado algunos breves textos que, en la sencillez de su
lenguaje, ayudarán a entrar en las diversas dimensiones
de la oración. Agradezco a los Autores por su colabora-
ción y pongo con gusto en vuestras manos estos «Apun-
tes», para que cada uno pueda redescubrir la belleza de
confiarse al Señor con humildad y con alegría. Y no se
olviden de orar también por mí.
Las parábolas de la oración
INTRODUCCIÓN
Después de Las parábolas de la misericordia
(2015), que traté con motivo del Jubileo extraordinario
de la Mi- sericordia, las de la oración prosiguen por el
mismo cami- no en el año dedicado a la oración
promovido por el papa Francisco. La intuición sobre la
enseñanza de la oración en parábolas es del evangelista
Lucas, especialmente sensible a ambos aspectos de
Jesús. Es el maestro más grande de parábolas, aunque es
necesario distinguir la fuente original de las parábolas de
su redacción final. La primera se debe a la predicación
histórica de Jesús; la segunda, a las inter- venciones de
las primeras comunidades cristianas y a las re- dacciones
finales del propio evangelista. En cualquier caso, como
intuyó Joachim Jeremias, quien profundiza en las pa-
labras de Jesús se encuentra con una sólida base
histórica.
Si, en un cierto punto de su predicación, alguno de
sus discípulos le pidió enseñarle a orar, esto quiere de-
cir que Jesús tenía un modo particular de orar. Antes de
Jesús, también Juan el Bautista y los fariseos habían en-
señado a orar a sus discípulos. Sin embargo, Juan había
elegido una oración estética en el desierto de Judea y
los fariseos no utilizaban las parábolas para enseñar a
orar. El recurso a las parábolas caracteriza de manera
especial la enseñanza de Jesús sobre la oración. Jesús
no inventó un sistema nuevo para orar. Con todo el
respeto por los otros maestros, Jesús no fue ni un
ermitaño, ni un bonzo, ni un maestro de yoga. Más bien
eligió la vida cotidiana de su pueblo para enseñar a orar
con las parábolas.
4 Las parábolas de la oración
En el camino que emprendemos nos pararemos so-
bre todo en la oración de Jesús y, en particular, en el
padrenuestro. Por tanto, se profundizará en las palabras
relacionadas de modo explícito con la oración: el amigo
inoportuno, la viuda y el juez incrédulo, el fariseo y el
publicano en el templo, la higuera y el reino de Dios. A
primera vista, la parábola del padre misericordioso, más
que del «hijo pródigo», no parece que se relacione con
la oración. La palabra por excelencia pretende
responder más bien a los que critican que Jesús
frecuente a publica- nos y pecadores (Lc 15,1-2). Sin
embargo, la desconcer- tante humanidad del padre
misericordioso inconcebible para cualquier padre en
este mundo revela la relación entre el Padre celestial y
los seres humanos.
Aparte de la parábola de la higuera, que se
encuentra también en los Evangelios de Marcos y de
Mateo, las de- más parábolas sobre la oración
solamente se encuentran en el Evangelio de Lucas: el
Evangelio de la oración y de las parábolas por
antonomasia. Sin querer forzar los con- tenidos,
consideramos original la relación entre el pa-
drenuestro y las parábolas sobre la oración. Jesús
ilustró el padrenuestro con las parábolas y estas
remitían con- tinuamente al padrenuestro. Es
determinante este conti- nuo ir y venir entre el
padrenuestro y las parábolas de la oración. Por lo que el
modo más apropiado de recitar y explicar el
padrenuestro se encuentra en las parábolas.
No son fortuitos el inicio y el final de las parábolas
sobre la oración, sino que responden a la estrategia na-
rrativa de Lucas. La primera parábola justo después del
padrenuestro es la del amigo inoportuno (Lc 11,5-13).
La última parábola trata sobre la higuera y el reino y se
ha de considerar como una oración vigilante (Lc 21,29-
36). La primera palabra termina con el don del Espíritu
Introducción 5
Santo (Lc 11,13), La última se cierra con la oración vi-
gilante a la luz del reino de Dios (Lc 11,31). Entre el
Es- píritu y la vigilancia se dibuja una copertenencia
natural y necesaria. El Espíritu enseña a orar porque
grita con fuerza en el ánimo humano; y la oración
vigilante nace de la presencia del Espíritu de Cristo en
el corazón de los creyentes. Deseo de corazón a los
lectores que entre la presencia del Espíritu en la Iglesia
y la oración que ense- ña a reconocer los signos de los
tiempos, se dejen guiar por Jesús, maestro original de
oración con las parábolas.
CAPÍTULO I
JESÚS Y LA ORACIÓN
Jesús de Nazaret fue un hombre de oración. Es uno
de los innegables datos históricos sobre su vida terrena.
Durante los pocos años de su vida pública, a menudo
se retiraba en oración hasta el punto de que, un día, los
discípulos le pidieron que les enseñara a orar (Lc 11,1).
«Abba, padre» (Mc 14,36) era la invocación más bre-
ve y densa con la que oraba. Con esta invocación fa-
miliar inicia el padrenuestro: «Padre, santificado sea tu
nombre» (Lc 11,2). Todos los Evangelios representan a
Jesús en oración; el de Lucas más que los otros en los
momentos cruciales de su vida. Mientras estaba orando,
Jesús recibe el bautismo en el Jordán (Lc 3,21). Antes
de elegir a sus discípulos, transcurre una noche en
oración (Lc 6,12). Su Transfiguración en el monte
ocurre mien- tras está orando. Cuando intuye que se
acerca al fin, a pesar de su joven edad, su oración se
hace más intensa. Su agonía fue auténtica, una lucha de
todo menos pací- fica (Lc 22,44).
«Enséñanos a orar»
A primera vista, la insistencia sobre la oración en la
vida de Jesús es inconcebible. ¿Qué necesidad tenía el
hijo de Dios de orar tanto? Si era el Hijo de Dios, ¿aca-
so no conocía la voluntad del Padre celestial? Entre el
8 Las parábolas de la oración
escepticismo de quien piensa en Jesús en oración, como
una especie de recitación solitaria y la espontaneidad de
quien lo considera un extraterrestre, su oración fue en
realidad una oración en la lucha, sobre todo en
Getsema- ní, cuando sudó sangre (Lc 22,44).
El autor de la Carta a los Hebreos describe con rea-
lismo la oración de Jesús: «Cristo, en los días de su vida
mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y sú-
plicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escu-
chado por su piedad filial» (Heb 5,7). En la fuente ori-
ginal del texto griego no se menciona la «vida terrena»
de Jesús, como sí aparece en distintas traducciones, sino
que habla de su «carne» (sarx), que se debería traducir
más bien como su humanidad. Con gran perspicacia, el
autor prosigue precisando que Jesús, «aun siendo Hijo,
aprendió, sufriendo, a obedecer» (Heb 5,8). La reacción
de Jesús no fue una relación evidente de quien era Hijo
de Dios y sabía todo. Aprendió más bien del
sufrimien- to que había padecido. Del «sufrir» o
pathein llegó al
«aprender» o mathein. Siglos de historia han acumula-
do demasiada ceniza sobre la humanidad de Jesús y so-
bre su oración, entre escepticismo y naturalismo barato.
Entre estas dos visiones se distingue la piedad de Jesús
cargada de humanidad. ¿Qué pasa entonces con su na-
turaleza divina? Si con la oración tuvo que aprender la
obediencia por todo lo que sufrió, ¿qué sentido tendría
considerarlo Hijo de Dios?
De la Carta a los Hebreos brota una perspectiva ori-
ginal sobre la relación entre la naturaleza divina y hu-
mana de Jesús a la que todavía hoy le cuesta abrirse
camino: «Llevado a la consumación, se convirtió, para
todos los que lo obedecen, en autor de salvación eter-
na» (Heb 5,9). Mientras se sigue pensando que Jesús era
I. Jesús y la oración 9
perfecto a causa del intercambio entre su naturaleza di-
vina y su naturaleza humana, la Carta a los Hebreos
tras- lada la percepción de Jesús al término de su
humanidad. Si nos fijamos bien, desde el inicio del
tratado sobre el sacerdocio de Jesucristo, se confiesa
que «en esta eta- pa final, nos ha hablado por el Hijo»,
reconocido como
«reflejo de su gloria, impronta de su ser» (Heb 1,2-3).
Pertenece a la fe compartida por las primeras
comunida- des cristianas la creencia de que Jesús era
Hijo de Dios. Queda todavía por demostrar el nivel de
su humanidad. No es una perfección originaria entre
ambas naturalezas (la divina y la humana) de Jesús,
sino que está relaciona- da con el sacrificio de quien, a
través de la oración más sufrida, ha realizado un
sacrificio perfecto.
En este momento es necesario modificar la
cognición de sacrificio. En la manera común de pensar,
el «sacri- ficio» consiste en la privación de algo o en la
renuncia a algo. En realidad, en su sentido original, el
sacrificio consiste en la transformación de lo profano
en sagrado:
«sacrificio» deriva del latín sacrum-fácere, que se ten-
dría que traducir por «hacer sagrado». En ese sentido,
la oración de Jesús es sacrificio, transformación de lo
cotidiano y lo profano en sagrado y santo. Una de las
mayores ilusiones sobre la oración concierne la
esponta- neidad, es decir, que responda de la manera
más natural.
¿Quién no ha orado al menos una vez en la vida? En
rea- lidad, la oración exige trato, es una enseñanza que
nace de la condición natural de la persona humana, pero
que se alimenta a través del perfeccionamiento de lo
profano en sagrado. Con la oración Jesús transformó la
vida coti- diana en un sacrificio perfecto, de tal manera
que por su crucifixión no ha sido necesario repetir
10 Las parábolas de la oración
ningún sacrificio, solo el de cada uno unido a su Cruz.
I. Jesús y la oración 11
Los lugares de la oración
En tiempos de Jesús, los principales lugares para
orar en Palestina eran el templo y la sinagoga. El
templo de Jerusalén era considerado uno de los pilares
de la piedad del pueblo judío. La asistencia anual al
templo de Jeru- salén para las fiestas principales, como
la Pascua, veía fluir multitud de personas. El
evangelista Lucas recuerda la visita del niño Jesús al
templo para la purificación (Lc 2,22-24) Y a sus doce
años para el bar mitzvá (Lc 2,42), el paso de la infancia
a la adolescencia. Por lo tanto, no tendría que
sorprender que Jesús cuente la parábola del fariseo y del
publicano en el templo (Lc 18,9-14), sobre la que nos
detendremos más adelante. Mientras tanto, con motivo
de la expulsión de los mercaderes del tem- plo, Jesús
cita al profeta Isaías para definir el templo como «casa
de oración» (Is 56,7 en Lc 19,46).
Además del templo de Jerusalén, las sinagogas
espar- cidas por los pueblos de Palestina. permitían
proseguir en la oración. No es casualidad que Lucas
escoja la sina- goga de Nazaret para relatar el inicio de
la vida pública de Jesús (Lc 4,16-30). La sinagoga era
lugar de oración y de profundización en la Sagrada
Escritura. Con la des- trucción del segundo templo (70
d.C.), las sinagogas se convirtieron en los únicos
lugares para orar en asamblea. Sin socavar la función
del templo y de la sinagoga, Lu- cas anota que Jesús
oraba en cualquier lugar: en el de- sierto donde fue
tentado (Lc 4,1) o en lugares aislados (Lc 5,16; 9,18).
Sin embargo, para orar prefería la mon- taña, como
antes de escoger a sus discípulos (Lc 6,12) y con
motivo de la Transfiguración (Lc 9,28). El sitio que más
amaba era el monte de los Olivos (Lc 22,39), a poca
distancia del recinto amurallado de Jerusalén, más allá
12 Las parábolas de la oración
del valle del Cedrón. En ese monte, Jesús sudó como
gotas de sangre y desde ese lugar fue llevado al cielo en
el momento de la Ascensión (Hch 1,12). La preferencia
por el monte se debe a una de las peculiaridades de la
oración: la ascesis o la tensión hacia lo alto. Este estado
no es solo válido para situaciones excepcionales de éx-
tasis o de arrobamiento, sino para cualquier experiencia
de oración. Para quien sube a un monte a orar, el cielo
evoca el lugar del encuentro.
La extensión de lugares para la oración de Jesús
—desde el templo a la sinagoga, desde el desierto al
mon- te— se debe a la santidad de lo creado. Jesús
nunca des- acreditó el templo ni la sinagoga. Pero
cualquier lugar se convierte para él en ocasión de
relacionarse con el Padre. El diálogo con la samaritana
en el pozo recoge uno de los pasajes más originales de
la oración para Jesús. «Créeme, mujer: se acerca la hora
en que ni en este monte ni en Je- rusalén adoraréis al
Padre [...] Dios es espíritu, y los que lo adoran deben
hacerlo en espíritu y verdad» (Jn 4,21.24).
Si las religiones entran en conflicto a la hora de de-
cidir sobre el mejor lugar para orar —la sinagoga, el
templo, un santuario, una mezquita o una iglesia—
Jesús en cambio señala que no se adora a Dios en el
monte Garizim ni en el monte Sion, sino en Espíritu y
en ver- dad. Adorar a Dios en Espíritu y verdad
significa adorar- lo guiados por el espíritu que conduce
a la verdad más profunda y la verdad en cuestión no es
una idea ni un concepto, sino que es Jesús en persona:
Él es la verdad que instaura una relación auténtica al
Padre.
I. Jesús y la oración 13
¿Qué tipos de oración?
No existe un solo tipo de oración, sino que asume
expresiones distintas dependiendo de las múltiples si-
tuaciones. Este dato también es válido para Jesús, que
transmitió diversas formas de oración a sus discípulos:
agradecimiento, bendición, alabanza, petición y súplica.
Durante la Última Cena, Jesús dio gracias al Padre dos
veces antes de distribuir el cáliz y el pan a sus
discípulos (Lc 22,17.19). El verbo escogido es
eucharisteō, del que procede la actual eucaristía. Antes
de compartir cual- quier comida, Jesús y sus discípulos
dan gracias al Señor por su providencia.
Análoga al agradecimiento es la bendición dirigida
al Señor. Lucas representa a Jesús en esa actitud antes
de la multiplicación de los panes y los peces (Lc 9,16)
y con motivo del encuentro con los discípulos de Emaús
(Lc 24,53). La bendición del pan tenía que ser tan habi-
tual para Jesús que los discípulos de Emaús lo recono-
cieron nada más partir el pan con ellos (Lc 24,54). El
agradecimiento y la bendición expresan un aspecto
esen- cial de la oración: salir de sí mismo es confiar
totalmente en el Señor. Por este motivo, también
cuando aparecen otras formas de oración, como la
petición o la súplica, están siempre precedidas del
agradecimiento y/o de la bendición. A este respecto, es
ejemplar el padrenuestro: en la primera parte se pide
que, como Padre, Dios santi- fique su nombre, realice
su reino y se haga su voluntad. A partir de esta
bendición se entrelazan las peticiones del pan cotidiano,
la remisión de las deudas o de los pecados y no permitir
que se entre en tentación.
Una oración difundida en el ambiente palestino es la
oración con los salmos. Marcos recuerda que Jesús y
sus
14 Las parábolas de la oración
discípulos concluyeron la Última Cena con el canto del
gran Hallel, el Salmo 135 (Mc 14,26). Según la
tradición judía consolidada, este cántico era utilizado
sobre todo al final de la Cena pascual porque recordaba
las acciones del Señor en la historia de la salvación.
Jesús debía de estar tan acostumbrado a orar con los
salmos que sus últimas palabras en la Cruz retoman el
inicio del Sal- mo 22,2: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué
me has abando- nado?» (Mc 15,34; Mt 27,46).
A menudo, la oración personal y la comunitaria se
con- vierten en peticiones. Entre las peticiones de Jesús
se distingue la de la mies: es grande, pero como
escasean los trabajadores, pide a sus discípulos que
recen para que el Señor envíe trabajadores a su mies
(Mt 9,38). La ora- ción de petición denota el estado de
indigencia o de ca- rencia en que se encuentran quienes
la pronuncian. Por este motivo, los discípulos de Jesús
no necesitan ayunar cuando están con Él. Cuando se les
sea quitado el es- poso, también ellos tendrán que
ayunar como hacen los discípulos de Juan (Lc 5,33).
Durante la pasión, Jesús se preocupa de la constancia
de la fe de Pedro: ha orado por él para que, una vez que
se convierta, sea capaz de confirmar a sus hermanos (Lc
22,32).
Cuando la vigilancia se transforma en oración, para
Jesús estamos en condición de evitar cualquier
imprevis- to porque estamos preparados para
encontrarnos con el Señor (Lc 21,36). Hablamos de la
vigilancia en la ora- ción y no cualquier tipo de
insomnio nocturno. La con- dición contraria de la
vigilancia en la oración se com- prueba cuando se es
golpeado por el sueño, como los discípulos en el huerto
de los Olivos (Mc 14,34-38). La oración de Jesús está
tan impregnada de humanidad que se transforma en
clamor cuando llega al final de su vida:
I. Jesús y la oración 15
«Y a la hora nona, Jesús clamó [no solo gritó] con voz
potente» (Mc 15,34). Ha sido el clamor más sufrido e
impregnado de la pregunta sobre el fin último por el
que Dios lo ha abandonado en la cruz. El momento final
de la vida terrena de Jesús no fue marcado por un obvio
resultado por el hecho de ser Hijo de Dios. Al contrario,
su último respiro. está impregnado de la confianza y del
clamor dirigido por quien sufre de modo desgarrador e
interpela al Padre.
Entre los datos históricos más compartidos sobre la
vida de Jesús está su capacidad de realizar milagros. En
realidad, Jesús no era el único taumaturgo del que se
habla en el mundo antiguo. También Alejandro Magno
y Apolonio de Tiana fueron considerados taumaturgos.
Sin embargo, mientras los otros taumaturgos realizaban
milagros y exorcismos por sus extraordinarias capacida-
des, Jesús atribuía esa fuerza a la oración y en especial
a la relación con su Padre. Es emblemática la curación
de un hijo endemoniado que su padre se vio obligado a
llevar a Jesús ya que sus discípulos no conseguían cu-
rarlo. Cuando ya estaba curado el chico, los discípulos
preguntaron a Jesús por qué ellos no habían sido capa-
ces de expulsar al demonio. Jesús responde que «esta
especie solo puede salir con oración» (Mc 9,29). Donde
hay oración, el mal, y en especial el maligno, se alejan,
pierden su poder.
Las oraciones que hemos recorrido demuestran la
profunda humanidad de Jesús. No existe únicamente un
tipo de oración, sino que esta atraviesa todas las situa-
ciones de la vida, como la misma respiración: jadeante,
ansiosa, agitada, tranquila, pacífica, abierta y asfixiante.
En una palabra, la oración de Jesús es cotidiana como el
pan cotidiano que hay que pedir en el padrenuestro.
16 Las parábolas de la oración
Los contenidos de la oración
Los evangelistas han transmitido los diversos conte-
nidos de la oración de Jesús: La más conocida es el pa-
drenuestro, pero no es la única. La «oración de los más
pequeños» quedó tan impresa en las primeras
tradiciones de la Iglesia que es relatada entre los
«dichos» de Jesús:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
por- que has escondido estas cosas a los sabios y
entendidos, y se las has revelado a los pequeños» (Mt
11,25; Lc 10,21). Cuanto más se madura en la oración,
más se es consciente de la propia pequeñez. Los
pequeños en cuestión no son quienes se quedan como
niños, golpeados por una for- ma de infantilismo
permanente. Son más bien quienes se convierten en
tales por su relación con el Señor. Quienes no tienen un
peso social ni político son destinatarios de la voluntad de
Dios transmitida por la revelación de Jesús.
Para comprender la voluntad del Señor en la propia
existencia, es necesario crecer en pequeñez; si no, Dios
se aleja y se esconde delante de quien se jacta de su
pro- pia inteligencia. Contra fáciles malentendidos,
también en este caso, la atención no se concentra en la
sabiduría ni en la inteligencia que hay que excluir en todos
los ámbitos, sino en una sabiduría que presume de poder
prescindir de la oración ya que parece inútil a efectos de
una reali- zación de sí mismo. Cuando la oración es
auténtica no se transforma en una autoexaltación, sino
que se convierte en sagrario de la voluntad de Dios
revelada por gracia y no por derecho.
Entre las oraciones más conocidas de Jesús resalta
la invocación de abba citada por Marcos: «¡Abba!,
Padre: tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz. Pero
no sea como yo quiero, sino como tú quieres» (Mc
14,36). Son
I. Jesús y la oración 17
necesarias algunas precisiones sobre esta invocación,
porque si no se malinterpreta su naturaleza. Abba forma
parte de las «mismísimas palabras de Jesús» y no ha
sido inventada por el evangelista Marcos. Se trata de
una in- vocación en arameo, la lengua de Jesús y de
Galilea. Muy probablemente, esta invocación se difundió
en poco tiem- po y se imprimió en la memoria colectiva
de las primeras comunidades (Gal 4,6; Rom 8,15). Ya
que el padrenues- tro inicia con «Padre» en Lc 11,2 sin
añadir el pronombre
«nuestro», de ello se deriva que a menudo Jesús se ha
dirigido a Dios llamándolo «Padre». Por consiguiente,
no tendría que sorprender que el evangelista Juan relate
la oración más amplia de Jesús insistiendo en la
invocación de «Padre». El reconocimiento de la
paternidad de Dios atraviesa la maravillosa «oración
sacerdotal» relatada en el cuarto Evangelio (Jn 17,1-
26). El nombre de Dios que Jesús ha dado a conocer al
mundo es «Padre», expresión del amor infinito de Dios
por los seres humanos.
Sin embargo, «¡Abba!, padre» no es un meteorito
caído del cielo, sino que se inserta en la consolidada
ora- ción judía de tiempos de Jesús. Una de las
Dieciocho Bendiciones, difundidas en las sinagogas del
siglo I, es análoga a la petición de perdón del
padrenuestro: «Per- dónanos, Padre nuestro, porque
hemos pecado contra ti» (Dieciocho Bendiciones, 6). El
Qaddish, o la oración para la santificación, utilizada en
las sinagogas, inicia prácticamente como la primera
parte del padrenuestro:
«Bendito sea su gran Nombre para siempre, por toda la
eternidad; en este mundo de su creación que creó
confor- me a su voluntad; llegue su reino pronto, en
nuestra vida, y en nuestros días […]».
Por lo tanto, no pertenece solo a Jesús la idea de la
paternidad de Dios. Por otro lado, los profetas ya habían
18 Las parábolas de la oración
reconocido la paternidad y la maternidad de Dios. En
nombre de su pueblo, el profeta Isaías invoca: «Señor,
tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú nuestro
alfare- ro: todos somos obra de tu mano» (Is 64,7). Un
poco más adelante, el mismo profeta compara el amor
de Dios por su pueblo con el de una madre que consuela
a su hijo (Is 66,13). El amor materno y paterno de Dios
es incluso más fiel que el de una madre por su niño.
Aunque una mujer se olvidara de su propio hijo, Dios
no lo olvidaría nunca (Is 49,15). En la oración se entrevé
el rostro paterno y ma- terno de Dios: paterno por la
seguridad que transmite; mater- no por la intimidad con la
que se relaciona con sus hijos.
En el recorrido de la oración del pueblo judío se in-
serta el Shemá, la confesión de la singularidad de Dios:
«Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es
uno solo […]» (Dt 6,4). El rezo del Shemá dos veces al
día ya era practicado en tiempos de Jesús. Ante la pe-
tición del doctor de la Ley sobre cómo heredar la vida
eterna, el diálogo con Jesús declina el Shemá de Dt 6,5-
9 con el mandamiento del amor al prójimo (Lev 19,18).
Parece que antes de Jesús los dos mandamientos eran
bien distintos: por una parte, el amor a Dios; por otra, el
amor al prójimo. Durante su predicación, Jesús los unió
ya que el amor a Dios se verifica en el amor al prójimo
y al contrario (Mc 12,28-31). La parábola del buen
sama- ritano (Lc 10,29-37) aclara de manera
irreprochable el vínculo entre los dos mandamientos.
Cuando entran en conflicto, como en la situación de un
moribundo, el amor al prójimo exige preceder el amor a
Dios. Las parábolas de la oración se introducen en la
piedad judía y en la vida pública de Jesús que enseñó a
sus discípulos a vivir en el mundo con sabiduría y
discernimiento, pero sobre todo les enseñó a orar.
I. Jesús y la oración 19
CAPÍTULO II
EL PADRENUESTRO (Lc 11,1-4):
LA ORACIÓN DE LOS DISCÍPULOS
Las parábolas sobre la oración comienzan con la
breve sección que el evangelista Lucas dedica al tema
(Lc 11,1-13). Estamos en el inicio del viaje de Jesús
con sus discípulos hacia Jerusalén (Lc 9,51), lo
encontramos en un lugar orando. En ese momento, uno
de sus discípu- los le pide: «Señor, enséñanos a orar,
como Juan enseñó a sus discípulos» (Lc 11,1). Esta no
es la única vez en que se menciona la oración de Juan
Bautista. Ya durante el ministerio de Jesús en Galilea se
señalaron el ayuno y la oración del Bautista y de los
fariseos, mientras los discípulos de Jesús comían y
bebían (Lc 5,33). La com- paración con la oración de
Juan Bautista pone de mani- fiesto algunos aspectos
esenciales de la oración de Jesús.
Oración y seguimiento
Los hombres y las mujeres se convierten en
personas de oración siguiendo a quien ya ha aprendido a
orar. A menudo se piensa que la oración es una
tendencia natu- ral o espontánea de cada individuo. Sin
negar este primer aspecto de la oración, que pone de
manifiesto una natural relación con Dios, es necesario
pasar de la espontanei- dad a la frecuentación constante.
De otro modo, con el tiempo la espontaneidad se va
reduciendo hasta acabar
20 Las parábolas de la oración
desapareciendo. Las innumerables preocupaciones de la
vida cotidiana toman el control y la oración es ahogada
por el ansia a causa de que el tiempo que escasea. Es
necesario el paso de la oración espontánea a una
oración duradera, a condición de que se preserve la
natural acti- tud hacia la oración y que desembarque en
una especie de «escuela de oración» siguiendo a
alguien.
El discípulo anónimo que pide a Jesús que les
enseñe a orar se ha sentido atraído por la oración de
Juan Bautis- ta con sus discípulos. Lucas no se detiene
mucho sobre la oración del Bautista. No es difícil
deducir que los dis- cípulos del Bautista estaban
fascinados por su ascetismo ya que su misión
transcurrió en el desierto de Judea. En esta comparación
destacan algunos aspectos de la ora- ción de Jesús. Juan
Bautista y Jesús fueron hombres de oración. Sin
embargo, mientras el Bautista declinó la oración con
el ayuno y el ascetismo en el desierto, Jesús confirió a
la oración los rasgos de la vida cotidiana. Para ambos,
la oración exige trato, constancia tras quien es maestro
de oración. Con Jesús, la oración se hizo coti- diana,
normal y constante. Cotidiana, como el pan diario que
se tiene que pedir en el padrenuestro; normal, como
cualquier lugar en el que se percibe la exigencia; cons-
tante, como la respiración en los pulmones.
La oración de Jesús se distingue también de la de
algunos fariseos que buscaban hacerse notar cuando
oraban en las plazas y en las sinagogas. En realidad, no
todos los fariseos hacían alarde de su modo de orar. Por
ejemplo, Nicodemo, que era un jefe de los judíos, no
estaba acostumbrado a hacerse notar en público y había
frecuentado a Jesús de noche (Jn 20,39). Sin embargo,
los fariseos corrían siempre el riesgo de jactarse de las
obras de piedad que practicaban: el ayuno, la oración
II. El padrenuestro: la oración de los discípulos 21
y la limosna. Jesús tenía muchos amigos fariseos, pero
prefería anteponer la persona humana, sobre todo los
en- fermos y los pobres a cualquier práctica de piedad.
Por lo tanto, Jesús no minusvaloró la importancia de
la oración, sino que la hizo cotidiana y normal, para
rea- lizarla en cualquier lugar: en casa, por la calle y
mientras se está de viaje. El padrenuestro se inserta en
este con- texto y es esencial para todo discípulo de
Jesús. Deten- gámonos en esta oración que enseñó Jesús
al comienzo del viaje antes de contar las parábolas
sobre la oración.
De la santificación del nombre a la tentación para la fe
El padrenuestro ha sido transmitido con dos redac-
ciones similares y diversas al mismo tiempo: una más
larga, de Mateo (Mt 6,9-13) y una breve, de Lucas
(Lc 11,2-4). También es diverso el contexto escogido
por los dos evangelistas. Mientras Mateo coloca el pa-
drenuestro en el Sermón de la Montaña (Mt 5,1–7,29),
Lucas lo sitúa en el comienzo del camino hacia Jerusa-
lén (Lc 9,51–19,46). Muy probablemente, la narración
de Lucas responde al contexto original ya que, después
de un determinado periodo, los discípulos ven a
menudo a Jesús retirándose para orar y reconocen la
importancia de la oración. La petición del discípulo de
que Jesús les enseñara a orar se comprende solo en una
fase avanzada de seguir sus pasos. Por tanto, el
padrenuestro pertenece a las «mismísimas palabras de
Jesús», transmitidas antes de que los evangelistas
compusieran sus escritos. Cite- mos la redacción del
padrenuestro según Lc 11,2-4; es menos conocida que
la de Mt 6,9-13: «Padre, santificado sea tu nombre,
venga tu reino, danos cada día nuestro
22 Las parábolas de la oración
pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque
también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y
no nos dejes caer en tentación» (Lc 11,2-4).
La versión breve del padrenuestro contiene cinco
peticiones, mientras que Mateo relata siete. En el Evan-
gelio de Mateo se añaden las peticiones sobre la volun-
tad divina en el cielo y en la tierra (Mt 6,10) y de ser
rescatados del maligno (Mt 6,13). Como en Mt 6,9-13,
el padrenuestro en Lc 11,2-4 se divide en dos partes:
las peticiones sobre la santificación del Nombre y el
adveni- miento del reino en la primera parte (Lc 11,2);
aquellas sobre la vida de los discípulos en la segunda
(Lc 11,2-4). Más que Mateo, Lucas elige el
padrenuestro como el manifiesto del seguimiento a
Cristo.
La principal novedad sobre el padrenuestro en el
Evangelio de Lucas afecta a la relación que establece
Jesús con las parábolas sobre la oración. De hecho, sin
ningún tipo de interrupción, Jesús relata la parábola del
amigo inoportuno (Lc 11,5-13) para profundizar en la
relación entre los discípulos y el Padre celestial (Lc
11,13). En esta original conexión reside la relación en-
tre la oración y las parábolas. Jesús enseñó a orar con
las parábolas; y el padrenuestro se refleja en las
parábolas que aclaran sus contenidos. Como maestro de
parábo- las, Jesús no podía escoger un mejor camino
para ense- ñar a orar. En los próximos capítulos
profundizaremos en esta conexión entre el
padrenuestro y la oración en las parábolas: el amigo
inoportuno (Lc 11,5-13); la viuda y el juez (Lc 18,1-8);
el padre misericordioso (Lc 15,11- 32); el fariseo y el
publicano en el templo (Lc 18,9-14); y la higuera con
los signos del reino (Lc 21,29-36). De las parábolas
citadas se distingue la del padre misericor- dioso. A
primera vista, parece que no tiene mucho que
II. El padrenuestro: la oración de los discípulos 23
ver con la oración, porque es motivada por la elección
de Jesús de frecuentar y comer con publicanos y
pecadores (Lc 15,1-12). En realidad, el padre de la
parábola refleja el modo de actuar de Dios con los seres
humanos. Ade- más, las peticiones de los dos hijos
durante la parábola están destinadas a ser corregidas por
el padre misericor- dioso. La oración del hijo menor
que pide solo ser re- integrado como un siervo más (Lc
15,21) contrasta con la oración arrogante del
primogénito que acusa al padre de injusticia (Lc 15,29).
Veremos cómo la parábola del padre misericordioso
desarrolla como las otras algunos aspectos del
padrenuestro.
Adentrémonos en las parábolas con las que Jesús
abre algunas ventanas de la paternidad infinita de Dios
sobre el mundo. Jesús fue un hombre de oración y
enseñó a orar con las parábolas extraídas de la vida
cotidiana. En esta singular unión entre el padrenuestro
y las parábolas de la oración, Jesús se distingue de los
otros maestros de oración, antiguos y nuevos. Enseñó a
orar con parábolas sacadas de la vida cotidiana porque
la oración o es coti- diana o no es oración.
CAPÍTULO III
EL AMIGO INOPORTUNO Y EL PAN
COTIDIANO (Lc 11,5-13)
La primera parábola de Jesús sobre la oración se
concentra en dos momentos decisivos del padrenues-
tro: la invocación inicial, Padre, y la petición sobre el
pan cotidiano (Lc 11,3). No por casualidad, la parábola
del amigo inoportuno alude a tres panes que pide un
amigo a su vecino para poder ofrecer a quien llega de
improviso en plena noche (Lc 11,5-8). A causa de esta
relación, resulta oportuno precisar la proporción de los
personajes. El personaje principal no es uno de los tres
amigos implicados en la parábola, sino el Padre que,
al final, da el Espíritu Santo a quienes se lo piden (Lc
11,13).
Como es habitual en las parábolas, Jesús parte de
lejos relatando un hecho verosímil de la vida cotidia-
na: un préstamo alimentario entre amigos. Mientras se
desarrolla, la parábola relata algunas particularidades
con las que abre los ojos de sus discípulos hacia la
relación con el Padre celestial. La oración no es una pía
ilusión de quien se imagina que está hablando con Dios,
mien- tras que está hablando consigo mismo. La
oración pro- fundiza progresivamente en la relación con
Dios, que es Padre.
26 Las parábolas de la oración
En situación de emergencia
Muchas parábolas de Jesús giran en torno a tres in-
terlocutores: ¡Fulano, Mengano y Zutano! O en térmi-
nos personales: yo, tú y el otro. La parábola del amigo
inoportuno no es una excepción de este cliché y sigue
el mismo patrón. La situación verosímil de la parábola
es de emergencia. A medianoche un hombre llega a la
casa de su amigo y le pide tres panes para ofrecer a otro
amigo que acababa de llegar de un viaje porque no tiene
nada para darle.
Para la cultura oriental, la hospitalidad es sagrada,
so- bre todo cuando aparece en una situación de
emergencia. Paradigmática es la experiencia de
Abrahán que había acogido a tres hombres en los robles
de Mambré (Gen 18,1-16). El episodio también es
aludido en la Carta a los Hebreos que recomienda a los
creyentes practicar la hospitalidad: «Por ella algunos,
sin saberlo, hospedaron a ángeles» (Heb 13,2). A
menudo, la oración se realiza en situaciones de
emergencia o de necesidad: ¡nos diri- gimos al Padre
cuando lo necesitamos! Y el Padre sabe bien que el
corazón humano está hecho así. Cuando se encuentra en
la necesidad, se dirige a Dios; cuando supe- ra la
emergencia, se olvida de la oración.
No es sencillo pasar de una oración de emergencia
dictada por la necesidad a una oración constante capaz
de superar todos los obstáculos. La parábola del amigo
inoportuno educa al discípulo a no limitarse a la oración
por necesidad, sino a conseguir una oración persistente,
como la del amigo que sigue llamando a la puerta. Para
que se realice ese paso, es necesario superar uno de los
principales obstáculos: Dios tiene algo más importante
en qué pensar que escuchar la petición de los tres panes.
III. El amigo inoportuno y el pan cotidiano 27
La respuesta del amigo en casa refleja este obstáculo:
no se ve capaz de levantarse para dar tres panes a su
amigo. La puerta de la casa está bien cerrada, los niños
están en la cama y el no puede levantarse para escuchar
la peti- ción de quien está llamando a la puerta.
La insistencia sobre los tres panes refleja la primera
petición del padrenuestro: «Danos cada día nuestro pan
cotidiano» (Lc 11,3). El primer alimento que se necesita
es el pan que poner en la mesa para sí mismo y para los
demás. El discípulo que se abandona en la providencia
del Padre necesita sobre todo el pan para su propio sus-
tento. A este respecto, se entiende la cotidianidad de la
oración. Del mismo modo que nos vemos obligados a
comer cada día, el discípulo pide cada día que la provi-
dencia divina no le falte jamás. A menudo, la petición
so- bre el pan cotidiano en el padrenuestro es
espiritualizada con referencia a la eucaristía. Sin reducir
la importan- cia de la eucaristía, sería engañoso
preocuparse del pan eucarístico sin cuidar el sustento
cotidiano. Dios, que es Padre, no se olvida de dar tanto
el pan de cada día de la mesa como la eucaristía. Es
difícil pasar de la emer- gencia a la petición cotidiana
del pan ya que cada uno procura conseguir su sustento
sin depender de los demás ni tampoco de Dios.
Esta parábola pone de manifiesto lo mucho que es
necesario pasar de la improvisación a la constancia en
la oración. Cuando conseguimos esta condición, ya
esta- mos preparados para cualquier tipo de emergencia.
En la vida cotidiana no faltan situaciones de emergencia
como la del amigo inoportuno. Sin embargo, se nos
prepara confiando en que la paternidad de Dios se
extiende a to- dos los seres humanos.
28 Las parábolas de la oración
El Espíritu Santo y la oración
La segunda parte de la parábola traslada la atención
de los tres amigos en situación de emergencia al Padre
con sus hijos (Lc 11,9-13). En la oración hace falta
pedir para recibir, buscar para hallar y llamar para que
alguien abra. La oración no sirve para nada a Dios que
conoce el corazón humano mejor que el propio ser
humano. La oración es necesaria para el discípulo porque
nutre su vida interior a la manera de como lo hace el pan
cotidiano para el cuerpo. El sujeto implícito del pedir
para recibir, buscar para hallar y llamar para que se nos
abra es Dios, que es Padre providente con sus hijos. En
definitiva, la necesidad de Dios es el motor interior de la
oración.
En esta segunda parte de la parábola, Jesús se cen-
tra en dos alimentos para ejemplificar la relación entre
el Padre y sus hijos. Al hijo que pide un pez, su padre
nunca le dará una serpiente. Y al hijo que pide un
huevo, su padre tampoco le dará un escorpión. En
cuanto tales, algunos peces se asemejan a serpientes y
no es sencillo distinguir un huevo de un escorpión,
hecho una bola so- bre sí mismo. A menudo, en la
oración se verifica este malentendido: que Dios no
escuche la oración del dis- cípulo y que, en vez de un
pez le dé una serpiente y un escorpión en lugar de un
huevo. En realidad, el Padre siempre escucha la oración
del discípulo, pero lo hace a su manera. Lo que parece
una serpiente en realidad es un pez, lo que da la
impresión de ser un escorpión es en realidad un huevo.
En estas situaciones, el discípu- lo tiene una urgente
necesidad de discernimiento, si no, abandonará la
oración.
El segundo momento de la parábola termina con el
paso del relato a la vida cotidiana. Si los seres humanos,
III. El amigo inoportuno y el pan cotidiano 29
que están más inclinados al mal que al bien, saben dar
co- sas buenas a sus propios hijos, cuánto más el Padre
celestial dará el espíritu Santo a quienes se lo piden (Lc
11,13). A primera vista, entre la parábola del amigo
inoportuno y el Padre con sus hijos parece que no existe
ninguna rela- ción. ¿Qué tiene que ver con esta parábola
pedir a Dios en la oración que nos dé al Espíritu Santo?
En realidad, Jesús escoge el momento más oportuno
para mencionar al Espíritu en las parábolas. Resulta
iluminador compa- rarlo con el mismo pasaje de Mateo
porque en él se nos habla de «cosas buenas a los que le
piden» (Mt 7,11), no del Espíritu Santo. En realidad, el
Espíritu es el primer don que otorga el Padre a sus hijos
y con el Espíritu todas las demás gracias materiales y
espirituales.
El Espíritu es el protagonista de la oración por-
que «acude en ayuda de nuestra debilidad, pues noso-
tros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu
mismo intercede por nosotros con gemidos inefables»
(Rom 8,26). Más que en otros ámbitos de la propia
exis- tencia, cuando oramos experimentamos nuestra
propia debilidad: la de quien al final no sabe ni siquiera
lo que es necesario pedir. Entonces, el Espíritu socorre
al discí- pulo haciéndose compañero suyo y uniéndose a
su res- piración. El Espíritu es la respiración de Dios
derramada en el corazón de los creyentes (Rom 5,5).
Conclusión
El hecho de que no se mencione al Espíritu de modo
explícito en el padrenuestro induce a menudo a subes-
timar su importancia. Sin embargo, la primera palabra
del padrenuestro es la invocación «Abba, padre», que el
30 Las parábolas de la oración
Espíritu grita en los creyentes (Gal 4,6) y estos en el Es-
píritu (Rom 8,15). Sin el Espíritu, es imposible «gritar»
(no solo «invocar») «Abba, Padre». Jesús enseñó a sus
discípulos a orar dirigiéndose a Dios que es Padre por-
que desde el inicio hasta el último momento de su vida,
se dirigió a Dios llamándolo «Abba» (Mc 14,36). En el
primer capítulo hemos precisado que la invocación de
«Abba, Padre» no está solo dirigida al padre por su hijo
pequeño, sino también por el adulto que, en situaciones
de emergencia y de tormento, nunca pierde la confianza
en la paternidad de Dios.
La primera parábola de la oración menciona al Es-
píritu Santo para que cada uno aprenda a respirar con
el Espíritu de Cristo. Sin embargo, el Espíritu del que
se habla en la parábola no es un espíritu de predicción,
como el viento que susurra entre los árboles. Es más
bien el Espíritu que establece una relación de confianza
con el Padre y con Jesucristo. El Espíritu es sumamente
necesario en la oración porque si no, se cae en el espon-
taneísmo y en el arbitrio por el que cada uno ora como
quiere y cuando quiere. El Espíritu Santo es el maestro
interior que enseña a orar con perseverancia. El primer
nivel de enseñanza de Jesús sobre la oración en las pa-
rábolas aborda el paso de una oración extemporánea y
espontánea a una constante, bajo la guía del Espíritu.
CAPÍTULO IV
EL PADRE MISERICORDIOSO Y LA
REMISIÓN DE LOS PECADOS (Lc 15,11-32)
Desde el punto de vista de la belleza, las parábolas
de Jesús son verdaderas y auténticas obras de arte. La
«pa- rábola del padre misericordioso», erróneamente
titulada la parábola del «hijo pródigo» es una de sus
parábolas más logradas. Se puede leer innumerables
veces y nun- ca pierde su fascinación. Releerla según la
perspectiva de la oración no está fuera de lugar ya que,
de hecho, la parábola reenvía a la relación entre Dios y
sus hijos. Muy probablemente, ningún padre se
comportaría como el padre de la parábola. Los
caracteres inconcebibles con los que Jesús describe al
padre misericordioso remiten a la relación entre Dios y
los seres humanos. En realidad, en el modo de actuar
del padre misericordioso está Dios que es Padre en
búsqueda de cada persona humana.
Si para el mundo grecorromano el hombre está en
búsqueda del hombre, como Diógenes de Sinope con
la linterna a plena luz del día, para el mundo bíblico es
Dios quien busca al hombre, aunque lo conozca ya en
profundidad. La pregunta primordial a Adán, «¿Dónde
estás?» (Gen 3,9) atraviesa la historia de la salvación y
llega a la parábola del padre misericordioso. ¿Qué ense-
ñanza sobre la oración comunica Jesús a sus discípulos
con esta parábola? Detengámonos en las reacciones de
los dos hijos y las respuestas del padre, para captar
algu- nos aspectos esenciales de la oración. La
perspectiva con
32 Las parábolas de la oración
la que releemos la parábola es dada por la cuarta
petición del padrenuestro según Lc 11,4. Los discípulos
piden al Padre que les perdone sus pecados para que
sean capaces de perdonar a los que les ofenden.
«Padre, he pecado contra el cielo y contra ti»
La oración del hijo pródigo es una súplica dictada
por la urgencia. Cuando todavía se encuentra lejos de
la casa de su padre, mientras se encuentra pastoreando
cerdos, el hijo menor decide entrar en sí mismo y prepa-
rar la petición para su padre: «Padre, he pecado contra
el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo»
(Lc 15,20). Su súplica comienza como el padrenuestro:
«Padre». Sin embargo, se trata de una súplica dictada
por la necesidad. El hijo pródigo no decide entrar en sí
mismo porque se había arrepentido, sino porque corre el
riesgo de morir de hambre. No es casualidad que, cuan-
do se encuentra delante de su padre, el joven empiece
a repetir la misma súplica, pero se ve interrumpido por
su padre. El hijo habría querido continuar diciendo lo
que ya había proyectado: «Trátame como a uno de tus
jornaleros» (Lc 15,19). En negativo, la súplica del hijo
revela algunos aspectos esenciales de la oración. Dios
es padre para siempre y sus hijos no pierden nunca su
con- dición filial. Cuanto más avanzamos en la oración
más nos damos cuenta de que nos espera un padre fiel a
sus promesas y en su búsqueda del hombre.
El momento en que da un vuelco la parábola se ve-
rifica cuando el padre entrevé a su hijo desde lejos: «Lo
vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a
correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos» (Lc
15,20). La
IV. El padre misericordioso y la remisión de los 33
pecados
secuencia de los verbos expresa el entusiasmo inconte-
nible con el que el padre va hacia su hijo. La oración es
un encuentro con el Padre que ve a lo lejos, donde nadie
más puede ver. El padre ve desde lejos a su hijo porque
lo está esperando desde el momento en el que salió
hacia un país lejano (Lc 15,13). ¡La lejanía del hombre
no lo es para Dios!
La exigencia de superar la lejanía del hijo es recogi-
da en un verbo cargado de pathos: «Se le conmovieron
las entrañas». En el griego original, el término utilizado
es esplanknísthē, el verbo derivado de las splankna, las
«vísceras», la sede de los sentimientos y el vientre don-
de reside y es generada la vida. En su Evangelio, Lucas
recurre tres veces a este verbo cargado de
involucración. Jesús se conmueve ante las puertas de
Naín, cuando vio a una madre viuda que lloraba por la
muerte de su hijo (Lc 7,13). El verbo vuelve a aparecer
en la parábola del buen samaritano: «Al verlo, se
compadeció» (Lc 10,33) del moribundo abandonado en
el camino. Este verbo al- canza su culmen con la
parábola del padre misericordio- so. La oración es
revelación de la compasión de Dios por cada uno: la
compasión paterna y materna de Dios. Rem- brandt dio
en el clavo en el modo en el que representó El regreso
del hijo pródigo (1668, Hermitage de San Pe-
tersburgo): las manos del padre sobre los hombros de
su hijo son distintas. Su mano derecha es femenina, la
izquierda es masculina, mientras que su hijo hunde su
rostro en el seno de su padre. El seno es donde la com-
pasión de Dios regenera a una vida nueva a quien está
envuelto por su misericordia.
Cuando maduramos en la oración, nos damos cuenta
de que, por mucho que corramos para alcanzar al padre,
él corre primero, más que nadie, para encontrarse con
su
34 Las parábolas de la oración
hijo. Quien se cuelga del cuello del otro no es el
hombre que se inclina delante de Dios, sino Dios que se
cuelga al cuello de su hijo. La oración es, por último, el
beso de Dios: el beso de la intimidad que cancela la
lejanía incluso en las diferencias abismales. El beso del
padre en la parábola se parece al beso de Dios a Moisés
en tie- rra de Moab, según la tradición judía. Para hacer
menos dura la separación de Moisés de su pueblo, se
cuenta que Dios besa su alma en el tránsito de la vida
terrena a la eternidad. En la oración nunca somos
extraños; siempre somos hijos de un padre que
envuelve con su paternidad y su maternidad, sea cual
sea el pecado del hijo.
Siguen los gestos de la dignidad devuelta por el pa-
dre al hijo. El padre pide a sus siervos que le traigan
el traje más hermoso y que se lo pongan, que le pongan
el anillo en el dedo y las sandalias en los pies. El
encuen- tro culmina con la fiesta por el hijo muerto y
vuelto a la vida. Todas las acciones de Dios descritas en
la parábola condensan la primera petición del
padrenuestro: «Santi- ficado sea tu nombre» (Lc 11,2)
significa que Dios ma- nifiesta su santidad recreando
una vida nueva para cada uno. Solo Dios es capaz de
esta compasión. Desde el momento de su encuentro,
solo actúa y manda el padre, mientras que el hijo es
revestido por la santidad de Dios. Antes de estar
caracterizada por buenas acciones, la santidad es
elección que expresa la pertenencia de quien es santo
delante de Dios. El santo no se pertenece, es
propiedad elegida de Dios. Cualquiera que sea el pe-
cado del hijo, la santidad con la que el padre lo
envuelve y lo reviste le da vida nueva.
IV. El padre misericordioso y la remisión de los 35
pecados
La arrogancia del hijo mayor
La segunda parte de la parábola muestra el enfren-
tamiento entre el padre y su hijo mayor (Lc 15,25-32).
Aunque parezca mentira, el encuentro más difícil de
ges- tionar para el padre no es con el hijo pequeño, sino
con el primogénito, que nunca se ha alejado de casa.
Con moti- vo del regreso del hijo menor, el mayor
estaba regresando del campo porque se ocupaba de las
propiedades de la fa- milia. Después de ser informado
por los siervos sobre la fiesta, el hijo mayor se enfurece
y decide no participar en la fiesta. En ese momento, el
padre decide salir de nuevo para alcanzar al hijo mayor
y suplicarlo. La respuesta del hijo mayor emana rencor:
«Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer
nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un
cabrito para tener un banquete con mis amigos» (Lc
15,29). La denuncia del hijo mayor es arro- gante, de
quien se apropia del derecho de que su padre es- cuche
su petición porque siempre ha obedecido a su Ley. A
causa de su arrogancia, el primogénito condena
firmemente a su hermano denunciando su pecado de-
lante de su padre. Solo por su denuncia se nos informa
de que su hermano había dilapidado la herencia paterna
con prostitutas (Lc 15,30). Cuando se aducen derechos
delante de Dios, es inevitable la arrogancia con la que
se condena y se juzga al hermano. De hecho, el hijo
mayor se niega a perdonar a su hermano porque está
convenci- do de que él no ha pecado ante el padre. De
este modo, la parábola desmiente la petición del
padrenuestro sobre la remisión de los propios pecados
para perdonar los de los
demás (Lc 11,4).
Al primogénito le falta lo esencial: reconocer que
la paternidad de Dios vale tanto para él como para su
36 Las parábolas de la oración
hermano. Por eso, el hijo mayor no se dirige nunca a su
progenitor llamándolo «padre», ni reconoce la fraterni-
dad que lo une a su hermano pequeño. Así es la oración
transformada en derecho y en adquisición de mérito:
olvida que el otro es su propio hermano y se perpetra
el drama de Caín después de haber asesinado a Abel:
«¿Dónde está tu hermano?» (Gen 4,9).
¡La respuesta de su padre es desgarradora! No niega
su derecho sobre la herencia que le espera al primogé-
nito. Sin embargo, le pide participar en la fiesta ya que
el hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, se había
perdido y ha sido encontrado. Una vez más, está en
juego la paternidad asombrosa de Dios y no la de un
progenitor cualquiera. En la compasión por el hombre,
Dios olvida todo y pide a su hermano que se alegre por
el regreso de su hermano, el padre le recuerda lo que el
primogénito rechaza reconocer: «Este hermano tuyo»
(Lc 15,32). Je- sús responde de este modo a la
arrogancia de los que lo juzgan por andar con
pecadores. La parábola termina en modo abierto, sin
una conclusión. No se dice si el primo- génito decidió
participar o no en la fiesta por el regreso del hermano.
La conclusión abierta deja a cada uno la
responsabilidad y la libertad de decidir, pero Dios siem-
pre está de parte de los pecadores, no de la de los justos.
Conclusión
Con su parábola más famosa, Jesús enseña a orar
co- rrigiendo la oración del hijo pequeño y la del
mayor. La oración del pequeño es rectificada por la
santidad con la que Dios le devuelve su dignidad de
hijo. La del primogé- nito es vista de nuevo por la
paternidad ilimitada de Dios.
IV. El padre misericordioso y la remisión de los 37
pecados
El padre no niega los derechos adquiridos por el primo-
génito, pero le pide ir más allá: reconocer al hermano
que ha vuelto a la vida. Entre la súplica del hijo menor,
nacida de la urgencia, y el derecho adquirido del hijo
mayor se impone la increíble paternidad de Dios. La
respuesta de Dios con la santificación del hijo pequeño
es equilibrada por la reconciliación con el que el mayor
debería acoger a su hermano. Extraño, pero verdadero;
Dios reconcilia a sus hijos más de lo que un hermano sabe
reconciliarse con su hermano, esta fascinante parábola
enseña a orar sin ol- vidarse de su hermano. De otro
modo, el Padre no sabe qué hacer de una oración que no
se haga cargo del pecado de los demás: la remisión de
los pecados, pedida en el padrenuestro es inseparable del
comportamiento de quien perdona a su hermano la deuda
contraída (Lc 11,4).
Esta parábola encuentra respuesta en la del «rey
mise- ricordioso» del Evangelio de Mateo (Mt 18,23-
35). Mien- tras la parábola de Lucas concluye de modo
abierto, sin detenerse en el resultado del encuentro entre
el padre y su primogénito, ni tampoco entre los dos
hermanos, la de Mateo se cierra con un dramático
epílogo. Ante el sier- vo al que el rey había condonado
una deuda incalculable, pero que sin embargo no
perdona la deuda a un siervo como él, el rey ordena que
pase toda su vida en prisión. A modo de comentario de
la parábola, añade Jesús: «Lo mismo hará con vosotros
mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a
su hermano» (Mt 18,35). La reconciliación de la deuda
entre los hermanos no es op- cional, sino obligatoria, si
no, es inevitable el infausto fin del siervo que no está
dispuesto a condonar la deuda del hermano. La
remisión de la deuda realizada por el rey es la razón
última por la que la remisión entre hermanos es una
consecuencia obligada que no deja coartada a nadie.
CAPÍTULO V
LA VIUDA, EL JUEZ Y LA
FE (Lc 18,1-8)
El camino de Jesús con sus discípulos hacia Jerusa-
lén está llegando a su fin y el Señor vuelve a hablar de
la necesidad de orar sin descanso (Lc 18,1). Así inician
las dos nuevas enseñanzas sobre la oración en las
parábolas de la viuda y el juez que no teme a Dios
(Lc 18,2-8); y la parábola del fariseo y el publicano en
el templo (Lc 18,9-14). Como la gran mayoría de las
parábolas de Jesús, esta primera también pone en
escena tres perso- najes: una viuda, su adversario y el
juez descreído (no
«inicuo»).
A primera vista, esta parábola parece repetir los
con- tenidos de la parábola del amigo inoportuno (Lc
11,5-13) que ya hemos tratado en el capítulo tercero. En
realidad, de esta nueva parábola salen algunos detalles
originales sobre la oración. El padrenuestro ofrece una
nueva clave de acceso a la parábola: «No nos dejes caer
en tentación» (Lc 11,4), relacionando la tentación con
la fe del discí- pulo.
Poder frente a fragilidad
A la parábola de la viuda y el juez descreído se
puede atribuir el principio de la «coincidencia de los
contra- rios» o de la colisión entre polos opuestos. En la
escena,
40 Las parábolas de la oración
Jesús presenta a una viuda y a un juez, es decir, la con-
dición más frágil en el ámbito social de la antigüedad
y la más poderosa. En ese tiempo, la viudedad era un
fenómeno muy difundido, sobre todo la femenina. De
hecho, los hombres iban a la guerra y arriesgaban su
vida en la tierra y en el mar. Esta situación social se
refleja de inmediato en las primeras comunidades
cristianas que, para afrontar esta emergencia,
introdujeron entre otras cosas el ministerio de la
diaconía para asistir a las viudas (Hch 6,1-6). Estaba tan
difundida la condición de viu- dedad que san Pablo
recuerda entre otras cosas el uso de un auténtico y
verdadero elenco de viudas (1 Tim 5,9). Por desgracia,
los abusos a mujeres pertenecen a la his- toria de la
humanidad; y los abusos a las viudas eran todavía más
frecuentes. Una viuda no tenía a un marido que le
garantizara los derechos y estaba sujeta a frecuen- tes
abusos. Por tanto, no sorprende que, para crear un
encuentro de contrarios, la parábola hable de una viuda
que se dirige al juez con especial insistencia.
En el polo opuesto, se encuentra un juez que no
teme a Dios (Lc 18,2). Si las viudas y los huérfanos
ocupaban el nivel más indefenso de la sociedad, los
jueces se en- contraban en el más elevado. El poder de
un juez era ili- mitado hasta el punto de que había que
dirigirse a él para cualquier petición. No es casual que
el juez de la pará- bola se caracterice por su
incredulidad: no teme a Dios, que es como decir que
«no es creyente», que gestiona el poder como le viene
en gana. La nota predominante del juez descreído es un
poder sin límites. Sin embargo, este juez también tiene su
talón de Aquiles: teme que la viuda le ponga las manos
encima y le hinche el ojo (Lc 18,6).
La escena raya la ironía: un hombre tan poderoso
como es un juez, en el culmen de su carrera jurídica,
V. La viuda, el juez y la 41
fe
teme a una viuda que le pide que haga justicia contra su
adversario. En esta colisión entre el encuentro de dos
po- los opuestos (la viuda y el juez) destaca uno de los
temas más fascinantes de la Sagrada Escritura: la
justicia. La oración es el lugar en el que, más que en
cualquier otro sitio, se entrevé la justicia de Dios o la
que el padrenues- tro, según el Evangelio de Mateo
llama «la voluntad de Dios» (Mt 6,10). ¿En qué
consiste la justicia para Jesús? La parábola revela que la
justicia de Dios no consiste en dar a cada uno lo suyo,
como es el caso de la justicia retributiva, sino en
garantizar el derecho de una perso- na débil, de una
viuda. En la oración se experimenta la proximidad de
Dios, que no se pone de parte del juez, sino de la viuda.
Un Dios que no necesita una justicia ecuánime, sino
que hace justos a los que ama con su voluntad. Con un
conmovedor argumento a fortiori que desde el nivel
menor alcanza el mayor, Jesús pregunta al final de la
parábola a los que le están escuchando: «¿No hará
justicia a sus elegidos que claman ante él día y no-
che?» (Lc 18,7).
En una primera consideración, justicia y elección
pa- recen incompatibles: la justicia tendría que ser igual
para todos, mientras la elección se dirigiría a algunos,
no a todos. En realidad, esta parábola muestra que la
justicia sin elección está desencarnada y la elección sin
la justi- cia es limitada. Contra la idea de la doble
predestinación entre quien es elegido al bien y quien lo
es al mal, la elección de Dios se realiza con la salvación
de todos sin excluir a ninguno. La viuda de la parábola es
elegida ya que se encuentra en el último puesto en la
protección de los derechos. En la elección, Dios
comienza siempre por los últimos para llegar a los
primeros, nunca lo hace en sen- tido opuesto. La
justicia divina imita de la elección el
42 Las parábolas de la oración
rostro de la justificación y de la salvación. La elección
re- cibe de la justicia su tensión hacia la salvación de
todos, sin excluir a ninguno.
Por lo tanto, la viuda es elegida y el juez descreído
es injusto, mientras que Dios hará justicia a sus elegi-
dos. De su encuentro / desencuentro cotidiano emerge
la constancia en la oración. La viuda no se cansa de
buscar cada día al juez, aunque no sea creyente. Al
final, el juez se ve entre la espada y la pared por la
insistencia de la viuda. La oración educa a reconocer la
proximidad de Dios que nunca se pone de lado del
fuerte, sino siempre del débil.
La fe en el mundo
En una primera lectura, parece que esta parábola no
refleja ninguna de las peticiones del padrenuestro. En
realidad, la pregunta final sobre la fe hace referencia a
la última petición del padrenuestro: «No nos dejes caer
en tentación» (Lc 11,4). La tentación a la que se hace
mención no es de tipo moral, sino fundamental: es la
tentación de quien ya no se fía de Dios y desiste en la
oración. El dia- blo o quien siempre busca separar en la
relación con el Padre es especialmente sensible a esta
tentación. De tal modo que Lucas anota al final de las
tentaciones de Jesús en el desierto: «Acabada toda
tentación, el demonio se marchó hasta otra ocasión» (Lc
4,13). El Kairós o el mo- mento fijado es el de la agonía
en el monte de los Olivos, cuando Jesús pide a sus
discípulos que oren con él para no entrar en tentación
(Lc 22,39-46). No es casualidad que la versión más
larga del padrenuestro añada en Mt 6,13: «y líbranos
del mal» (Mt 6,13).
V. La viuda, el juez y la 43
fe
Desgraciadamente, la traducción del padrenuestro en
lengua corriente no transmite bien la idea de esta últi-
ma petición. En el griego original no aparece el verbo
«abandonar» (en griego kataleipō), sino «hacer entrar»
(eisferō), ni tampoco se habla del Mal en abstracto, sino
del «maligno» que es el tentador o el diablo. La imagen
subyacente es cotidiana, como es típico en la predica-
ción de Jesús. Para entenderla es necesario imaginar
una nasa para la pesca que sirve para capturar a los
peces en un lago en un mar como el de Galilea. Una
vez que entran dentro, la portezuela de la nasa se cierra
y los pe- ces no consiguen salir. De manera análoga, el
discípulo pide al Padre que no sea puesto en condición
de entrar en tentación; y si ha sido capturado, implora
ser rescatado del maligno. En cuanto Padre, a Dios, se
le pide rescatar a quien no consigue liberarse por sí solo
de la tentación del maligno. Dios es como el pariente
más próximo de quien se espera que vele a que su
familiar no se encuen- tre en condición de esclavitud.
En caso contrario, cae sobre él la responsabilidad de
rescatar o redimir del ma- ligno. Por tanto, la tentación
a la que se alude tanto en Lc 11,4 como en Mt 6,13 es la
de la fe: la misma fe con la que termina la parábola de
la viuda y el juez: «Pero, cuando venga el Hijo del
hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc 18,8).
El término de «fe» en el original griego es pistis
que, a su vez, reenvía al original judío de emunah: un
término con distintos matices. La fe es al mismo tiempo
fide- lidad, fiabilidad, confianza y credibilidad; no se
reduce a los contenidos que hay que creer, sino que
implica la relación con el Otro. En esencia, la fe que
pide Jesús a su discípulo hasta su vuelta es la confianza
de que el Señor está a su lado y no se olvida de que es
el pariente
44 Las parábolas de la oración
más próximo que cuida de los que no consiguen salir de
la tentación por la fe. Cuando la oración es verdadera,
exige constancia y, de cualquier modo, causa el cansan-
cio en quien ha de luchar. La oración es lucha, campo
de batalla que induce a menudo a rendirse. Por este
motivo, la parábola termina con la pregunta sobre la
presencia de la fe hasta el final.
La historia de la salvación presenta dos paradigmas
esenciales de la fe entendida de este modo: Abrahán y
Jesús de Nazaret. Abrahán es padre de la fe porque
«cre- yó al Señor y se le contó como justicia» (Gen
15,6). Ha- bía recibido la promesa de una descendencia
numerosa como la arena del mar y las estrellas del
cielo. Sin em- bargo, después de haber recibido por fin
a Isaac, el hijo de la promesa, Abrahán es puesto a
prueba por la peti- ción del sacrificio de ese mismo hijo
(Gen 22,1-19). Una prueba terrible que Abrahán
atraviesa con la confianza de quien nunca falta a sus
promesas. La liberación de Isaac en el momento
culminante de la prueba confirma que no basta con
tener fe si no se pasa por la prueba que ella comporta.
Por este motivo, Abrahán se convierte en padre de la fe
(Rom 4,1) para todos aquellos que, como él, siguen
perseverando en la prueba.
Igualmente decisiva es la fe de Jesús que es puesta
a prueba en los días de su humanidad, como recuerda la
Carta a los Hebreos: «A gritos y con lágrimas, presentó
oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte,
siendo escuchado por su piedad» (Heb 5,7). Así se re-
cuerda el momento crucial de la vida de Jesús: la agonía
en Getsemaní antes de la crucifixión. Sobre la fe/fideli-
dad de Jesús ya nos hemos detenido en el primer
capítulo de nuestro itinerario. Aparentemente, Jesús no
fue escu- chado por Dios cuando le pidió que le fuera
ahorrada
V. La viuda, el juez y la 45
fe
la prueba. Sin embargo, nunca faltó a la confianza en
el Padre y se abandonó a su voluntad. La relación en-
tre «Abba, Padre» en Mc 14,35, y «con qué fin (no por
qué) me has abandonado» en Mc 15,34, es increíble,
pero real. Jesús no pidió el motivo de su abandono en
la cruz, sino su fin último. A esta profunda relación se
debe la oración de Jesús en la cruz: «Padre, a tus manos
encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). La oración es
lucha sin límites que lleva al todo o nada entre la
entrega y la confianza en Dios, a pesar de que la
evidencia parezca demostrar lo contrario.
Conclusión
A la Carta a los Hebreos se debe el estupendo elogio
de la fe (Heb 11,1-40), entendida como «fundamento de
lo que se espera, y garantía de lo que no se ve» (Heb
11,1). El elenco de los testigos de la fe parte de Abel
(Heb 11,4) y termina con «una nube tan ingente de
testi- gos» (Heb 12,1). La historia de la salvación que
atravie- sa la Biblia es, entre otras cosas, la historia de
la fe: el encuentro entre la fidelidad de Dios a sus
promesas y la confianza en quienes no desisten en la
prueba.
Para la Carta a los Hebreos, es original el inicio de
la fe: no empieza con Abrahán, sino con Abel ya que la
propia fe es sacrificio, concebido no como privación de
algo, sino como transformación de lo profano en sagra-
do. En esto se distingue de la oración del creyente ya
que esta no anticipa el sacrificio, sino que es sacrificio
de alabanza. Dios no necesita el sacrificio de Isaac, ni el
sacrificio de su Hijo, pero para todos los que siguen las
huellas de Abrahán agrada el sacrificio de la fe
contenida
46 Las parábolas de la oración
en la oración. Cuanto más unidos estamos a Cristo por
medio del Espíritu, más se transforma la oración en sa-
crificio de alabanza.
La parábola de la viuda y el juez no se limita en in-
sistir en la perseverancia en la oración; añade la
finalidad esencial de la oración: crecer en la fe, sobre
todo ante la tentación de no ser escuchados. En el inicio
de la parábo- la, la viuda es más débil que el juez: su
adversario le ha hecho injusticia. Al final, es más fuerte
que el juez por- que recibe lo que ha pedido con
insistencia. La oración transforma la debilidad en fuerza
porque está sostenida por la gracia: «Te basta mi gracia:
la fuerza se realiza en la debilidad» (2 Cor 12,9).
CAPÍTULO VI
EL FARISEO, EL PUBLICANO Y LA
SANTIDAD DEL TEMPLO (Lc 18,9-14)
En abierto contraste con la parábola de la viuda y
el juez, Jesús prosigue con la oración en las parábolas
deteniéndose en el fariseo y el publicano en el templo.
Al igual que la anterior, esta parábola solo se encuentra
en el Evangelio de Lucas, confirmando la enseñanza de
la oración a través de parábolas. Ambas parábolas sobre
la oración van de la mano con la justicia en Lc 18, 1-14.
A la justicia que la viuda espera del juez descreído se
opone la de quien tiene la íntima arrogancia de creer ser
justo delante de Dios y desprecia a los demás.
Como para las demás parábolas, el padrenuestro in-
troduce la principal clave de lectura de esta nueva pará-
bola: «Santificado sea tu nombre» (Lc 11,2). La
petición vuelve en la conclusión de la parábola con el
paradó- jico vuelco de la situación con la que Dios
justifica al publicano en vez de al fariseo en el templo
(Lc 18,14). Para hacernos una idea del impacto decisivo
de la pri- mera petición en el padrenuestro sobre el
fariseo y el publicano en el templo, se tendría que
recorrer la voca- ción del profeta Isaías en el templo (Is
6,1-9). El profeta contempla en visiones la presencia de
Dios, lo confiesa tres veces «santo», reconoce su
impureza y le es expiado su pecado. El fariseo y el
publicano en el templo expre- san por el contrario la
expiación positiva y negativa de la justificación que
Dios realiza con su santificación. Dios
48 Las parábolas de la oración
es santo porque santifica al pecador o a quien reconoce
su culpa, mientras que quien no necesita ser santificado
ya es pecador.
La oración arrogante
Como para la visión de Isaías, la parábola del
fariseo y del publicano tiene lugar en el templo. En
tiempos de Jesús, el templo de Jerusalén era todavía
floreciente: era uno de los pilares de la piedad judía. No
es fortuita la colocación de la parábola en el templo ya
que el fariseo y el publicano oran ante Dios, pero con
comportamientos opuestos. Por lo tanto, esta parábola
también ve a tres interlocutores y no dos: el fariseo, el
publicano y Dios que, al final, interviene justificando o,
según la petición del padrenuestro, «santificando» al
publicano y no al fa- riseo.
Antes de detenernos en la oración del fariseo, es ne-
cesario disipar algunos malentendidos. En tiempos de
Jesús, el movimiento de los fariseos era el más exten-
dido en Palestina. Jesús era incluso amigo de algunos
fariseos, como Simón, que lo recibió en su casa (Lc
7,36-50). Entre las características distintivas de los fa-
riseos estaba la fe en la resurrección, en la voluntad de
Dios y la oración doméstica. Jesús no pretende
condenar en masa al movimiento más importante de su
tiempo. Más bien pone en guardia de un peligro
difundido para cualquiera: acostumbrarse a esa
familiaridad con Dios hasta el punto de reemplazarlo,
procurándose una justi- cia autogestionada. Si se
entiende que es necesario pasar de una oración a
trompicones y con exclusivos intereses personales a una
constante y capaz de ser fiel, permanece
VI. El fariseo, el publicano y la santidad del templo 49
inminente el riesgo contrario: tomar el puesto de Dios
juzgando al prójimo hasta llegar incluso a condenarlo.
Para contrarrestar con fuerza este riesgo, Jesús se detie-
ne en las oraciones del fariseo y del publicano.
La manera en la que Jesús caracteriza al fariseo es
ejemplar. Retrata al fariseo mientras está orando de pie
delante de Dios y se funde en un autoelogio exagerado
(Lc 18,11-12). En realidad, lo del fariseo es una
perorata de veintinueve palabras sin pausa. El
autoelogio comien- za con un agradecimiento a Dios sin
contenido, si no es el de compararse él con los demás.
El fariseo no es como los demás, calificados de
ladrones, injustos y adúlteros. Entre los muchos que
sigue juzgando sin piedad está el publicano que ora a
una debida distancia. Este fariseo es garante de la Ley:
ayuna dos veces por semana y paga el diezmo de todo
lo que posee. Por tanto, a primera vista, su relación con
Dios y con el prójimo se presenta enco- miable. Sin
embargo, la comparación negativa con los demás
hombres y con el publicano lo aísla de la relación con
su prójimo y con Dios. Su oración es tan arrogan- te
que, mientras presume de ser impecable, regresará a su
casa sin haber sido justificado (Lc 18,14). Es consi-
derable la inflexión de la situación creada por Jesús. El
fariseo parte de la presunción de ser justo despreciando
a los demás y termina sin justificación. Es como decir
que la oración arrogante de quien se pone en el lugar
que corresponde a Dios es perjudicial porque ese
fariseo se idolatra a sí mismo en vez de rendir culto a
Dios.
El riesgo de la idolatría está siempre al acecho en la
oración, al igual que en la vida. Su forma más solapada
se verifica cuando la oración está atravesada por un ego
que no deja espacio a Dios ni tampoco al prójimo. Es
más, el idólatra de sí mismo se reconoce por su tenden-
50 Las parábolas de la oración
cia a despreciar a su prójimo hasta llegar a condenarlo.
El publicano no tiene ninguna excusa ante la
indignación del fariseo: es condenado solo por su
trabajo de recaudar los impuestos en nombre del
gobierno imperial. Así, el fariseo «no perdona ninguna
deuda al deudor», entrando en conflicto con la última
invocación del padrenuestro según el Evangelio de
Lucas. En resumidas cuentas, el fariseo de la parábola
no es justificado ni santificado por Dios porque, al
condenar al publicano, se condena a sí mismo y profana
el templo, que es la casa de Dios.
La oración sincera
«El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se
atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se
golpea- ba el pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten
compasión de este pecador”» (Lc 18,13). A las
veintinueve palabras del fa- riseo, Jesús pone en boca
del publicano seis. Y mientras el fariseo estaba de pie
ante Dios, el publicano no tiene el valor de levantar su
mirada al cielo: se golpea su pe- cho reconociendo su
culpa.
El publicano habría podido adelantar diferentes ex-
cusas para encontrar una salida a su justificación. Muy
probablemente, se ha visto obligado a desempeñar una
de las profesiones más impuras de su tiempo —recau-
dador de impuestos— para sostenerse a sí mismo y a su
familia. En realidad, el publicano no alega ningún dere-
cho, sino que se presenta delante del Señor tal y como
es: con la desnudez de quien se sabe que no puede
esconder nada delante de Dios. No en vano, su oración
retoma la visión del profeta Isaías en el templo: «Está
perdonado tu pecado» (Is 6,7). Y Dios, que no presta
atención al
VI. El fariseo, el publicano y la santidad del templo 51
aspecto, ni a las apariencias, reconoce el corazón arre-
pentido del publicano. La oración no solo está hecha de
palabras, se caracteriza sobre todo como modo de po-
nerse delante del Señor. Los gestos del publicano, que
se para a distancia, no se permite levantar su mirada al
cielo y se golpea su pecho, son ya oración y a menudo
no necesitan palabras o al menos no muchas palabras.
El publicano dirige a Dios una de las oraciones más
breves y emotivas del Nuevo Testamento. Según el ori-
ginal griego dice: «¡Oh Dios!, ten compasión de este
pe- cador» (Lc 18,13). El publicano no solo pide que
Dios tenga compasión de él, sino que extinga su deuda,
que no está en condiciones de expiar solo. Para la
menta- lidad judía de ese tiempo, cada pecado era una
deuda contraída que había que expiar. Para hacernos
una idea, el evangelista Mateo cuenta la parábola del
rey miseri- cordioso a quien el primer esclavo debía
diez mil talen- tos (Mt 18,24): una deuda tan
exorbitante que no basta una vida para pagarla. ¡Todos
somos deudores delante de Dios y nadie tiene crédito
suficiente! La breve y since- ra oración del publicano
revela esta apabullante verdad. Solo la misericordia
compasiva de Dios puede justificar al publicano y no el
derecho adquirido ante él. En con- traste con la oración
del fariseo, la del publicano dice todo en poquísimos
gestos y palabras.
Conclusión
La parábola del fariseo y del publicano en el templo
termina de manera imprevista. Jesús exalta la inflexión
de la situación: mientras el publicano regresa a casa jus-
tificado, el fariseo no está justificado. Solo Dios conoce
52 Las parábolas de la oración
y lee el corazón humano: lo valora por la sinceridad y
el arrepentimiento con el que se pone en su presencia.
Una situación tan invertida es impensable para
cualquie- ra. ¿Qué hay de la Ley divina y de los
mandamientos transmitidos por Dios a su pueblo? ¿No
se dice en la Ley que es necesario pagar los impuestos y
el diezmo de todo lo que se posea? ¿No es el ayuno una
de las prácticas de piedad más difundidas en el pueblo
judío? Con la in- flexión de la situación entre el fariseo
y el publicano, ¿no se corre el peligro de ser
transgresores de la Ley, aunque sea justificado y
santificado por Dios?
La parábola del fariseo y el publicano abre una ven-
tana a la misericordia infinita de Dios que busca un co-
razón humillado y arrepentido, no un hombre inflexible
y prepotente. Cuanto más seamos hombres y mujeres de
oración, más humildes seremos; como María, que en el
Magnificat reconoce el actuar inesperado de Dios: dis-
persa a los soberbios y enaltece a los humildes (Lc
2,52).
CAPÍTULO VII
LA PARÁBOLA DE LA HIGUERA Y LA
LLEGADA DEL REINO (Lc 21,29-36)
Uno de los aspectos típicos de la oración que Jesús
enseñó a sus discípulos es la vigilancia. La parábola de
la higuera se inserta en esta exigencia y es la última
pará- bola sobre la oración ya que, además, Jesús
exhorta a sus discípulos a estar «despiertos en la
oración» (Lc 21,36). La parábola de la higuera es una
de las más breves conta- das por Jesús (Lc 21,29-31):
solo dedica tres versículos a una higuera que está a
punto de florecer. La ocasión permite a Jesús anotar que
el reino de Dios se acerca como lo hace el verano para
una higuera que está a punto de florecer. El centro de la
parábola está dedicado al rei- no de Dios: ¿cómo
reconocerlo? ¿Cuáles son los signos que anticipan su
presencia? ¿Y cómo permite la oración vigilante no
caer en el sueño de la razón?
La relación entre la higuera a punto de florecer en
verano y la llegada del reino de Dios o de los cielos, nos
lleva a la segunda petición del padrenuestro: «Venga tu
reino» (Lc 11,2). Por una parte, el discípulo pide que el
Señor acerque su reino; por otra parte, Jesús pide a su
discípulo que aprenda a reconocer los signos de los
tiem- pos sobre la llegada del reino. Una vez más, Jesús
ilustra el padrenuestro con las parábolas sobre la
oración.
54 Las parábolas de la oración
Los signos de los tiempos
Durante los pocos años de su predicación en Gali-
lea, Jesús anunció sobre todo que se acercaba el reino
de Dios. Enviado para anunciar el reino de Dios (Lc
4,43), Jesús lo hizo presente con la elección de sus
discípulos, algunas parábolas y la curación de los
enfermos. Com- parado con un grano de mostaza (Lc
13,18) o con la levadura para fermentar la masa (Lc
13,21), el reino de Dios no es visible a simple vista,
sino que exige mirar más allá. De hecho, para reconocer
el reino de Dios en acción es necesario mirar más allá
de lo visible.
La comunidad de los discípulos o la Iglesia es la
manifestación más tangible del reino de Dios que Jesús
anunció con palabras y obras. Es oportuno precisar que
la Iglesia no es el reino de Dios, pero lo manifiesta a
través de la comunión de los que siguen a Jesús. Sería
desafortu- nado asimilar el reino de Dios a la Iglesia: son
demasiados los errores de los discípulos para caer en esa
ilusión. Sin embargo, los discípulos que forman la
Iglesia manifiestan el reino de Dios con su comunión y
la misión. Hay una relación íntima entre el reino de
Dios y la Iglesia que está hecha de tensiones y de
reconocimientos. En cualquier caso, el reino de Dios se
ha acercado con la misión de Je- sús, sigue revelándose
entre sus discípulos en la Iglesia y los espera hasta el
encuentro final con su Señor Jesucristo. Para enseñar a
sus discípulos a esperar el reino de Dios, Jesús contó
entre otras cosas la parábola de la higuera.
Algunos símbolos que atraviesan la Biblia no son
elegidos por casualidad: pensemos en la vid con la viña
y el olivo con el aceite. Elegida para representar al pue-
blo elegido, la viña exige un cuidado constante: desde
la plantación hasta la vendimia. Pocas plantaciones son
VII. La parábola de la higuera y la llegada del reino 55
más valiosas que un olivar y la producción del aceite: es
la planta de la elección ya que el aceite es utilizado para
la consagración. También la higuera con sus frutos
remite a la relación entre Dios y los seres humanos.
Cuando la higuera empieza a florecer quiere decir que
se está verificando el paso de la primavera al verano.
Quedarse bajo una higuera, como Natanael (Jn 1,47-
48), significa esperar los signos de los tiempos para la
llegada del rei- no de Dios.
Con su riqueza y belleza, la creación reenvía
siempre al Creador: a los seres humanos les compete la
responsa- bilidad de reconocer el modo como la
creación se remite al Creador. Cuando produce frutos
en el bien y sufre sus abusos en el mal, la creación sigue
relacionándose con la persona humana. Es revelador lo
que afirma san Pablo en la Carta a los Romanos sobre la
participación entre la creación y los seres humanos: «En
efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por
su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la
esperanza de que la creación misma sería liberada de la
esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa
libertad de los hijos de Dios» (Rom 8,20-21). Hay una
participación profunda entre la creación, los seres
humanos y los creyentes que se expresa con los
llamados «signos de los tiempos». La Gaudium et spes
del Concilio Vaticano II confirió una importancia de
primer orden a las relaciones entre la Igle- sia y los
signos de los tiempos: «Corresponde a la Iglesia el
deber permanente de escrutar los signos de los tiem-
pos e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma
que, de manera acomodada a cada generación, pueda
respon- der a los perennes interrogantes de los hombres
sobre el sentido de la vida presente y futura y sobre la
relación mutua entre ambas» (Gaudium et spes, 4).
56 Las parábolas de la oración
Una oración vigilante
En el contexto de la parábola de la higuera, entre
una estación y otra, Jesús exhorta a sus discípulos a
vigilar orando en cada momento (Lc 21,36). Si en el
comienzo de su camino hacia Jerusalén, sus discípulos
le pidie- ron que les enseñara orar es porque a menudo
Jesús ha- bía velado en la oración. No es una
coincidencia que la elección de los Doce inicie con la
oración nocturna de Jesús hasta la mañana siguiente (Lc
6,12-16). También el epílogo de su misión se realiza en
la oración durante la agonía en Getsemaní (Lc 22,39-
46). Los días terribles de la pasión vieron un ir y venir
de Jesús entre el monte de los Olivos y el templo de
Jerusalén (Lc 21,37). Si du- rante el día se quedaba en
el templo para dialogar con el pueblo, Jesús se iba de
noche al monte de los Olivos para consolidar cada vez
más la relación con su Padre.
Los discípulos no tuvieron la fuerza ni la valentía de
velar con él y se vieron superados por el sueño. Duran-
te la agonía en Getsemaní, Jesús pidió más veces a sus
discípulos que velaran para no entrar en tentación (Lc
22,40.46). En esa ocasión más que en otras, el discípulo
no ha de pedir a su Padre que no le abandone en la
tenta- ción, sino que no le deje entrar en ella porque
cuando no consigue velar con la oración se encuentra
sin una salida. Entre el sueño de la razón y la oración
vigilante, el dis- cípulo está obligado a elegir de qué
parte estar. Si opta por el sueño, se ve abrumado por la
tristeza o la pérdida del valor para seguir. Si elige velar,
está en condición de reconocer los signos de los
tiempos que entrevé en lo creado y en la sociedad en la
que vive.
Entre el sueño y la vigilancia, el discípulo aprende a
atravesar la última fase de la oración enseñada por
Jesús.
VII. La parábola de la higuera y la llegada del reino 57
La vigilancia en la oración es necesaria ya que revela el
rostro de la esperanza. Se vela porque se espera, de otro
modo no se comprende por qué sería necesario velar
por la noche. Sin embargo, son necesarias algunas
precisio- nes sobre la esperanza para no malinterpretar
su natura- leza. La Sagrada Escritura es el código
principal de la esperanza para el pueblo judío y la
comunidad cristiana. No en vano, Abrahán, que es
padre de la fe, es al mismo tiempo modelo de la
esperanza contra toda esperanza. Es abismal la
diferencia entre la esperanza en la cultura occidental de
la esperanza que nos traer Biblia. Basta comparar el
mito de Pandora con cualquier página de la Escritura
para darnos cuenta de las diferencias. Según el mito
griego, cuando Pandora vertió todos los males en el
mundo, en el fondo de la caja solo quedaba la esperan-
za destinada a transformarse de ilusión a una desilusión
fatal. Samuel Beckett representó mejor que nadie la es-
peranza por la cultura occidental en su obra Esperando
a Godot: se parece a dos mendigos a la espera de un
pequeño Dios que no llega nunca.
Al contrario, la Escritura anuncia una esperanza dis-
tinta, fundamentada en un acontecimiento y no en el de-
seo humano: el éxodo desde Egipto es el paradigma de
la esperanza judía y el Señor Resucitado es la razón
última de la esperanza cristiana. Entre los que no tienen
esperan- za y los creyentes sobresale una esperanza que,
enraizada en la fe y el amor, se convierte en convicción
por el más allá de la vida terrena. Si una de las primeras
confesiones de la fe cristiana es Maranatá («El Señor
viene» o «Ven, Señor») es porque el Verbo se hizo
carne y los creyentes contemplan su gloria hasta el final
de la vida.
La oración vigilante permite a los creyentes elegir
lo permanente en vez de lo pasajero. Sin disminuir en
58 Las parábolas de la oración
absoluto el valor de las realidades en el mundo, la ora-
ción vigilante se reconoce por la disponibilidad a ir al
encuentro del Señor que viene. La breve parábola de la
higuera enseña a sus discípulos a reconocer los signos
de los tiempos y del mundo para estar en condición de
valorarlos en vistas al más allá.
Conclusión
La última parábola de Jesús en el Evangelio de
Lucas está dedicada a la oración vigilante: es la fase más
madura de la oración. Pedimos al Padre que «venga su
reino» o que haga cercana su presencia en lo creado y
en la huma- nidad de nuestro tiempo. Compete al
discípulo la elección entre la vigilancia y el sueño en la
prueba que comporta la fe. Jesús no afrontó la hora de la
agonía durmiendo noches tranquilas, sino con una
oración vigilante atravesada por la invocación «¡Abba!,
Padre» (Mc 14,36).
Cuanto más madura sea la vigilancia en la oración,
más se dará cuenta el discípulo de cuándo llega a una
nueva estación para la naturaleza y los seres humanos.
Parece que el carisma de la profecía es cada vez más
raro en la Iglesia de nuestro tiempo. Quizá responde a la
realidad, pero esta ausencia no depende de la escasa ge-
nerosidad del Espíritu Santo, sino de la ausencia de ora-
ción vigilante. La parábola más breve de Jesús termina
con una mirada a la esperanza. A una esperanza ilusoria
y desilusionada se contrapone la esperanza arraigada en
el acontecimiento de la muerte y la resurrección de
Jesu- cristo. La esperanza cristiana no es una virtud
entre las muchas que existen, sino que Cristo mismo es
«esperan- za de la gloria» (Col 1,27).
CONCLUSIÓN
¡Jesús enseñó a orar orando! Es el núcleo esencial
de su enseñanza sobre la oración. El padrenuestro es el
manifiesto de la oración para todo discípulo. Es origi-
nal la unión entre el padrenuestro y algunas parábolas
sobre la oración. Por una parte, el padrenuestro es el
hilo conductor de la oración en las parábolas; por la
otra, algunas parábolas explican el padrenuestro. A la
luz de las parábolas sobre la oración se pueden delinear
cin- co fases de la original escuela de oración enseñada
por Jesús.
1. La parábola del amigo inoportuno enseña a pa-
sar de una oración dictada por la urgencia o la
necesidad a una generada por el Espíritu Santo. La
oración es como el pan necesario entregado por el Padre
a sus propios hi- jos. Con el Espíritu, el Padre da a cada
discípulo lo que es necesario para él.
2. La segunda fase de la oración enseñada por Je-
sús ve la poderosa relación entre el padre
misericordioso y sus dos hijos. Siempre es necesario
aprender a pedir la remisión de las propias deudas sin
olvidar el perdón de los propios deudores. Dios es
siempre un padre que busca a sus hijos. Con su
misericordia corrige la oración dictada por la urgencia
de su hijo pequeño santificándolo con su compasión y
la de su hijo mayor restableciendo su fraternidad. No
podemos invocar a Dios como padre si no reconocemos
en el otro a nuestro hermano.
60 Las parábolas de la oración
3. El giro en la escuela de la oración de Jesús se
verifica con la parábola de la viuda y del juez descreído.
La petición de no entrar en tentación en el padrenuestro
está ilustrada por la fe perseverante o constante de la
viu- da. No se trata de cualquier tentación moral, sino
de la tentación de la fe obligada a atravesar la prueba.
4. Entre la profanación y la santificación del nom-
bre de Dios, la parábola del fariseo y del publicano en
el templo compara dos tipos de oración. Por una parte,
la oración arrogante y narcisista en exceso del fariseo;
por la otra, la oración humilde del publicano. La
inflexión de la situación demuestra que Dios justifica o
santifica al publicano y no al fariseo.
5. La breve e incisiva parábola de la higuera que
florece cierra las parábolas sobre la oración. La oración
llega a su plena maduración cuando por medio de la vi-
gilancia permite al discípulo reconocer los signos de los
tiempos o del reino de Dios que se acerca. Entre el Es-
píritu que sigue guiando a los creyentes y el reino que
hay que reconocer en los pasos entre las estaciones, la
oración es más necesaria que nunca. Si no, no se está
en condición de reconocer las distintas estaciones de
la vida personal y comunitaria. No resulta fortuito que
la última fase de la escuela de oración de Jesús termine
con la vigilancia abierta a la esperanza, en vistas al
encuentro con el Señor.
El lema del próximo Jubileo de la Iglesia de 2025 es
Peregrinos de esperanza. En la medida en la que la ora-
ción ayuda a reconocer los signos de los tiempos, la
espe- ranza de los creyentes se basa en el encuentro con
Cristo. La vida cristiana se inicia con el Maestro que
llega al dis- cípulo para que le siga; el epílogo es ir a su
encuentro con la viva esperanza de estar siempre con él.
SE TERMINÓ DE IMPRIMIR ESTE VOLUMEN DE
«APUNTES SOBRE LA ORACIÓN, 5», DE LA
BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS,
EL DÍA 11 DE ABRIL DE 2024,
FESTI- VIDAD DE SAN
ESTANISLAO, OBISPO Y MÁRTIR,
EN LOS TALLERES DE ANE-
BRI. MADRID
LAUS DEO VIRGINIQUE M
AT R I