DICASTERIO PARA LA
EVANGELIZACIÓN
APUNTES
SOBRE LA
ORACIÓN
2
GIANFRANcO RAVASI
Orar con los salmos
INTRODUCCIÓN DEL PAPA
FRANCISCO
BAC Popular
DICASTERIO PARA LA EVANGELIZACIÓN
APUNTES SOBRE
LA ORACIÓN
2
Orar con los salmos
POR
GIANFRANCO RAVASI
INTRODUCCIÓN DEL PAPA FRANCISCO
BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS
MADRID • 2024
Título original: Appunti sulla preghiera, vol 1: Pregare oggi. Una sfida da vincere
Traducido por JUAN CARLOS GARCÍA DOMENE
Damos las gracias a la Fundación Terzo Piastro por su contribución a la
publicación de los volúmenes
© Dicasterio para la Evangelización - Sección para las cuestiones fundamentales
de la evangelización en el mundo - Libreria Editrice Vaticana, 2024
00120 Ciudad del Vaticano
© de esta edición: Biblioteca de Autores Cristianos, 2024
Manuel Uribe, 4. 28033 Madrid
www.bac-editorial.es
Depósito legal: M-3764-2024
ISBN: 978-84-220-2325-8
Preimpresión: M.ª Teresa Millán Fernández
Impresión: Anebri, S.A. Pinto (Madrid)
Impreso en España. Printed in Spain
Diseño de cubierta: BAC
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o
transforma- ción de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus
titulares, salvo ex- cepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de
Derechos Reprográ- ficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta
obra (www.cedro.org; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)
ÍNDICE GENERAL
Nota del editor....................................................................IX
Introducción del Santo Padre.............................................XI
ORAR CON LOS SALMOS
INTRODUCCIÓN . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 3
CAPÍTULO. 1. La oración, respiro del a l m a . . . . . . . 7
El alegre canto de a l a b a n z a . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7
La súplica amarga . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9
CAPÍTULO. 2. Orar con los salmos...................................13
El edificio del Salterio..................................................13
Los rostros del Salterio.................................................15
El arcoíris de la oración sálmica...................................17
1. La crisis..................................................................17
2. La esperanza, la confianza y la acción de
gracias . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 19
3. La oración de la adoración y del entusiasmo 21
4. La oración litúrgica...............................................23
5. Vida político-cultural y oración............................24
6. Los salmos imprecatorios......................................26
VIII Índice general
CAPÍTULO 3. Los Salmos, Palabra de Dios y de la
humanidad...................................................................31
El encuentro entre Dios y el orante...............................31
La tercera presencia......................................................35
CAPÍTULO 4. Un salterio en miniatura............................39
Salmo 1: Los dos caminos............................................40
Salmo 2: El Rey Mesías................................................40
Salmo 6: ¡Sáname, Señor!............................................41
Salmo 8: Poco inferior a los ángeles.............................41
Salmo 16 (15): El camino de la vida más allá de la
muerte.....................................................................42
Salmo 19 (18): La luz del sol y de la Palabra...............43
Salmo 22 (21): Dios mío, ¿por qué me has abando-
nado?.......................................................................43
Salmo 23 (22): El Señor es mi pastor...........................44
Salmo 29 (28): Los siete truenos de la tormenta . 45
Salmo 39 (38): El hombre vivo es como un soplo 46
Salmos 42-43 (41-42): Como busca la cierva co-
rrientes de agua.......................................................46
Salmo 49 (48): La riqueza y la muerte.........................48
Salmo 51 (50): ¡Miserere!............................................48
Salmo 63 (62): Mi alma tiene sed de ti.........................49
Salmo 72 (71): El Mesías, Rey de Justicia...................50
Salmo 73 (72): Más allá de la crisis de fe.....................51
Salmo 84 (83): El canto del peregrino..........................52
Salmo 87 (86): Nadie es extranjero..............................52
Salmo 88 (87): La súplica más angustiosa....................53
Salmo 90 (89): Nuestros años como un soplo..............54
Salmo 92 (91): El canto del anciano.............................55
Salmo 98 (97): El Señor Rey de la tierra......................56
Salmo 103 (102): Dios tierno como un padre...............56
Índice general IX
Salmo 104 (103): Cántico de las Criaturas...................57
Salmo 110 (109): El Mesías rey y sacerdote................58
Salmo 117 (116): Una jaculatoria.................................59
Salmo 119 (118): Imponente canto de la palabra
divina......................................................................59
Salmo 122 (121): Jerusalén, ciudad de paz...................60
Salmo 128 (127): El canto de la familia.......................61
Salmo 130 (129): De profundis, desde lo hondo . 62
Salmo 131 (130): Un niño en brazos de su madre 63
Salmo 137 (136): Junto a los ríos de Babilonia............64
Salmo 139 (138): Señor, tú me sondeas y me cono-
ces...........................................................................64
Salmo 148: El aleluya de la creación............................65
Salmo 150: El último aleluya........................................66
Conclusión..........................................................................67
NOTA DEL EDITOR
La Biblioteca de Autores Cristianos asume gustosa-
mente el encargo de la Conferencia Episcopal Española
de publicar los Apuntes sobre la oración preparados
por el Dicasterio para la Evangelización con motivo
del Jubileo 2025, tal como hizo el año anterior con los
Cuadernos del Concilio.
Estos Apuntes se presentan en forma de pequeños li-
bros, un total de ocho, que irán apareciendo progresiva-
mente durante los primeros meses del año, desde enero
a mayo de 2024. La colección Popular de la BAC ya
aco- gió en diversas ocasiones los subsidios y
materiales para las grandes celebraciones de la Iglesia
universal y una vez más colabora en la preparación
espiritual y pastoral para este gozoso acontecimiento
del Jubileo Ordinario 2025.
Como propone la oficina del Jubileo, «las diócesis
están invitadas a promover la centralidad de la oración
individual y comunitaria». También nosotros, deseamos
contribuir editorialmente a «poner en el centro la
relación profunda con el Señor, a través de las múltiples
formas de oración contempladas en la rica tradición
católica».
INTRODUCCIÓN DEL SANTO PADRE
La oración es el respiro de la fe, es su expresión
más profunda. Como un grito silencioso que sale del
corazón de quien cree y se confía a Dios. No es fácil
encontrar palabras para expresar este misterio. ¡Cuántas
definicio- nes de oración podemos recoger de los santos
y de los maestros de espiritualidad, así como de las
reflexiones de los teólogos! Sin embargo, ella se deja
describir siempre y sólo en la sencillez de quienes la
viven. Por otro lado, el Señor nos advirtió que cuando
oremos no debemos desperdiciar palabras, creyendo
que seremos escuchados por esto. Nos enseñó a preferir
más bien el silencio y a confiarnos al Padre, el cual
sabe qué cosas necesitamos aun antes de que se las
pidamos (cf. Mt 6,7-8).
El Jubileo Ordinario del 2025 está ya a la puerta.
¿Cómo prepararse a este evento tan importante para la
vida de la Iglesia si no a través de la oración? El año
2023 estuvo destinado al redescubrimiento de las
enseñanzas conciliares, contenidas sobre todo en las
cuatro constitu- ciones del Vaticano II. Es un modo
para mantener viva la encomienda que los Padres
reunidos en el Concilio han querido poner en nuestras
manos, para que, a través de su puesta en práctica, la
Iglesia pudiera rejuvenecer su pro- pio rostro y anunciar
con un lenguaje adecuado la belleza de la fe a los
hombres y mujeres de nuestro tiempo.
Ahora es el momento de preparar el año 2024, que
esta- rá dedicado íntegramente a la oración. En efecto,
en nues- tro tiempo se revela cada vez con más fuerza la
necesidad de una verdadera espiritualidad, capaz de
responder a las
XIV Orar con los salmos
grandes interrogantes que cada día se presentan en
nuestra vida, provocadas también por un escenario
mundial cier- tamente no sereno. La crisis ecológica-
económica-social agravada por la reciente pandemia;
las guerras, especial- mente la de Ucrania, que
siembran muerte, destrucción y pobreza; la cultura de la
indiferencia y del descarte, tiende a sofocar las
aspiraciones de paz y solidaridad y a margi- nar a Dios
de la vida personal y social… Estos fenómenos
contribuyen a generar un clima adverso, que impide a
tan- ta gente vivir con alegría y serenidad. Por eso,
necesita- mos que nuestra oración se eleve con mayor
insistencia al Padre, para que escuche la voz de cuantos
se dirigen a Él con la confianza de ser atendidos.
Este año dedicado a la oración de ninguna manera
pre- tende interferir con las iniciativas que cada Iglesia
particular considere proyectar para su cotidiana
dedicación pastoral. Al contrario, nos remite al
fundamento sobre el cual deben elaborarse y encontrar
consistencia los distintos planes pas- torales. Es un tiempo
para poder reencontrar la alegría de orar en su variedad
de formas y expresiones, ya sea perso- nalmente o en
forma comunitaria. Un tiempo significativo para
incrementar la certeza de nuestra fe y la confianza en la
intercesión de la Virgen María y de los Santos. En
definiti- va, un año para hacer experiencia casi de una
«escuela de la oración», sin dar nada por obvio o por
sentado, sobre todo en relación a nuestro modo de orar,
pero haciendo nuestras cada día las palabras de los
discípulos cuando le pidieron a Jesús: «Señor, enséñanos
a orar» (Lc 11,1).
En este año estamos invitados a hacernos más
humil- des y a dejar espacio a la oración que surja del
Espíritu Santo. Es Él quien sabe poner en nuestros
corazones y en nuestros labios las palabras justas para
ser escuchados por el Padre. La oración en el Espíritu
Santo es aquella que
Introducción del Santo Padre XV
nos une a Jesús y nos permite adherirnos a la voluntad
del Padre. El Espíritu es el Maestro interior que indica
el camino a recorrer; gracias a Él, la oración aun de uno
solo, se puede convertir en oración de la Iglesia entera,
y viceversa. Nada como la oración según el Espíritu
Santo hace que los cristianos se sientan unidos como
familia de Dios, el cual sabe reconocer las exigencias
de cada uno para convertirlas en invocación e
intercesión de todos.
Estoy seguro de que los obispos, sacerdotes, diáco-
nos y catequistas encontrarán en este año las modalida-
des más adecuadas para poner la oración en la base del
anuncio de esperanza que el Jubileo 2025 quiere hacer
resonar en este tiempo turbulento. Para esto, será muy
valiosa la contribución de las personas consagradas,
en especial de las comunidades de vida contemplativa.
Deseo que, en todos los Santuarios del mundo, lugares
privilegiados para la oración, se incrementen las
iniciati- vas para que cada peregrino pueda encontrar un
oasis de serenidad y regrese con el corazón lleno de
consolación. Que la oración personal y comunitaria sea
incesante, sin interrupción, según la voluntad del Señor
Jesús (cf. Lc 18,1), para que el reino de Dios se
extienda y el Evange- lio llegue a cada persona que
pide amor y perdón.
Para favorecer este Año de la Oración se han rea-
lizado algunos breves textos que, en la sencillez de su
lenguaje, ayudarán a entrar en las diversas dimensiones
de la oración. Agradezco a los Autores por su colabora-
ción y pongo con gusto en vuestras manos estos
«Apun- tes», para que cada uno pueda redescubrir la
belleza de confiarse al Señor con humildad y con
alegría. Y no se olviden de orar también por mí.
Orar con los salmos
INTRODUCCIÓN
El sonido del cuerno corría por las calles de las ciu-
dades y de los pueblos, su eco resonaba por los campos:
era el signo del quincuagésimo año en el que se procla-
maba «la liberación en la tierra para todos sus habitan-
tes». De este modo, en el libro de los sacerdotes del an-
tiguo Israel, el Levítico (capítulo 25), se pregonaba el
año jubilar, denominado así por aquel cuerno, en
hebreo jobel. También en la cristiandad, de diversos
modos, se han sucedido eventos análogos. Ahora,
nosotros, nos en- caminamos al Jubileo de 2025. Para el
Israel bíblico era un tiempo en el que los habitantes y la
tierra reposaban, evitando toda actividad agrícola,
alimentándose de los dones espontáneos de la
naturaleza. El reposo que ahora nosotros vivimos con el
Año Santo tiene otra dimensión: es un tiempo intenso y
lleno de espiritualidad. Un tiempo colmado por dos
actos fundamentales.
El primero es el de la oración y la meditación. El
gran pensador y creyente francés del siglo XVII Blaise
Pascal advertía: «Los antiguos filósofos decían:
“¡Vuelve a ti mismo! Allí encontrarás tu quietud”. Pero
no es cierto. Otros dicen: “¡Sal fuera! Busca la felicidad
divirtiéndote”. Pero no es cierto. La felicidad no está ni
fuera ni dentro de nosotros. Está en Dios y por eso estará
fuera y dentro de nosotros» (Pensamientos 391). He
aquí, pues, el sentido de las páginas de este volumen: es
una invitación a entrar en el Año Jubilar teniendo en las
manos el Salterio, el li- bro bíblico destinado por
excelencia a la pausa orante y al
4 Orar con los salmos
silencio contemplativo. Es una guía para «cantar a Dios
con arte» a través de los salmos. Como decía san
Agustín:
«la gran obra de los hombres es alabar a Dios»
(Magnum opus hominum laudare Deum).
Pero hay un segundo acto que florece de la oración
y hace de este tiempo santo «un año del favor del
Señor». Ya en el antiguo Israel era el tiempo de la
liberación de los esclavos. Así lo sugirió Jesús en su
sermón en la sina- goga de su pueblo, Nazaret, citando
al profeta Isaías. La oración, el canto, la liturgia no nos
encierran en un oasis sagrado de incienso, velas y
rituales, sino que nos invi- tan a entrar luego en la plaza
y en la historia. He aquí, en efecto, las palabras de
Cristo: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él
me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los
pobres, a proclamar a los cautivos la libertad y a los
ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a
proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19; Is
61,1-2).
Es el compromiso de alejar nuestros pasos de los ca-
minos del mal, de la agresión, del odio y de la
injusticia, para hacer firme el camino del amor y de la
solidaridad que lleva a reconocer el rostro de Cristo en
nuestros her- manos que sufren y son marginados. De
hecho, los sal- mos, como veremos, no instan al orante
a despegar de la realidad cotidiana hacia cielos míticos
o vagamente místicos, sino a recorrer los caminos de la
historia, in- cluso los pedregosos, y a vivir la fe en el
día de fiesta, pero también en la noche oscura de la
prueba. El Salterio abre sus cantos al bullicio de la
existencia social, a los trabajos y a los días, a las risas y
a las lágrimas, a los dra- mas personales y a las
tragedias nacionales. Siempre, sin embargo, con una
certeza: si «mi padre y mi madre me abandonan, el
Señor me recogerá» (Sal 27,10).
Introducción 5
Esta pequeña guía de los salmos comprende cuatro
puntos cardinales: una reflexión general sobre la
oración, soplo o respiro del alma; una panorámica de
los textos sálmicos; un retrato de los dos protagonistas,
Dios y el orante, pero también la irrupción de la
presencia del mal; por último, una antología de breves
comentarios sobre los salmos más queridos por la
tradición y la liturgia. El deseo es que todos los fieles
aprovechen plenamente es- tos «maravillosos tesoros de
oraciones», como ha llama- do el Concilio Vaticano II
al Salterio (Dei Verbum, 15).
CAPÍTULO 1
LA ORACIÓN, RESPIRO DEL ALMA
«Con razón decían los antiguos que rezar es respi-
rar. Aquí vemos cuán insensato es querer hablar de un
“porqué”. ¿Por qué respiro? porque de lo contrario mo-
riría. Lo mismo ocurre con la oración». En su diario, un
filósofo del siglo XIX, el danés Søren Kierkegaard, ano-
tó estas palabras desarrollando un símbolo muy querido
por la tradición espiritual: la oración es un poco como
el oxígeno que hace respirar al alma, y si los
sacramentos se asemejan al alimento del espíritu, no
cabe duda de que la respiración de la oración precede y
acompaña a toda la experiencia religiosa. Por eso,
según la tradición del judaísmo, rezar es la «gran
recompensa de la existen- cia humana».
El alegre canto de alabanza
Los salmos, que son por excelencia la oración de Is-
rael y de la Iglesia, implican a todas las criaturas en la
alabanza a Dios, desde los propios animales hasta las
estrellas del cielo. Antes de proseguir por los caminos
de ese libro bíblico, quisiéramos lanzar una mirada a un
horizonte inmenso que se extiende por nuestro planeta
y se prolonga a través de los siglos. Es el mundo de la
oración en sus miles de formas según las diferentes reli-
giones y, a veces, de forma inesperada incluso entre los
8 Orar con los salmos
no creyentes que lanzan un grito o una invocación hacia
el cielo, vacío de divinidad para ellos.
Así rezaba, por ejemplo y a su manera, un escritor
ateo ruso del siglo XX Alexandr Zinoviev: «Te lo pido
Dios mío, intenta existir al menos un poco, por mí. No
tienes más que seguir lo que sucede: ¡es muy poco!
Pero, Señor, esfuérzate por ver: vivir sin testigos es un
infier- no. Por eso, forzando la voz, grito: Padre mío, te
suplico,
¡existe!». Para los creyentes, sin embargo, la oración es
mucho más y es, como dijimos, necesaria para vivir es-
piritual e incluso físicamente.
Nos contentamos en esta panorámica con señalar la
aparición casi de dos regiones de colores antitéticos. A
lo largo de esas zonas se abren diferentes caminos de
ora- ción. El primero es el —si quisiéramos adoptar una
ima- gen cromática— luminoso, cálido, festivo y
armonioso
«rojo». Es el canto de alabanza. Es glorificación, adora-
ción, acción de gracias, celebración, contemplación de
Dios y de sus obras. Se le exalta no para obtener un don
particular, sino por el simple hecho de que existe y se
revela en palabras y obras. La expresión literaria más
común es el himno, que está presente en todos los
cultos de la humanidad y ocupa un espacio
significativo, como veremos, en el Salterio.
La síntesis ideal está en ese «aleluya», que en
hebreo significa «alabad al Señor»: jalona algunos
salmos y también pertenece a nuestra bella y alegre
liturgia. Es un canto que se expande en bendición:
«Bendice alma mía al Señor y todo mi ser a su santo
nombre» (Sal 103,1). O se convierte en acción de
gracias por su salvación y es anhelo del alma: «Oh
Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está
sedienta de ti» (Sal 63,2). Quizá la insignia de la más
alta alabanza cristiana esté en el
1. La oración, respiro del alma 9
canto Gloria in excelsis o en la oración de Jesús: «Te
doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque
has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se
las has revelado a los pequeños» (Mt 11,25).
La súplica amarga
Hay, sin embargo, otra región de la oración en la
que hay que aventurarse y es aquella, por utilizar de
nuevo la metáfora cromática, «violeta», el otro extremo
del es- pectro de colores, con una dimensión más fría,
marcada por el dolor, por las lágrimas, por el silencio
vacío de un Dios que parece ausente, al que, sin
embargo, se grita. Es la súplica o la lamentación que a
menudo se desarrolla según un esquema, también
documentado en los salmos: al amargo presente se
opone el pasado, pero se vislumbra un futuro en la
liberación esperada. Al «yo» del orante se opone el
«otro» malvado, no pocas veces personificado en los
enemigos, y al final se invoca la irrupción de un
«Otro» supremo, el Dios salvador.
El adversario, sin embargo, a veces no es externo a
nosotros en la hostilidad, en la enfermedad, en la
prueba, sino que es interno en nuestra misma alma y en
nuestra misma vida. Y es el pecado. Entonces se elevan
a Dios invocaciones de perdón, se confiesan las propias
faltas, se reconoce la justicia de Dios y se confía en su
bondad misericordiosa. Todo el mundo conoce la
fuerza espiri- tual y poética que tiene el Salmo 51 en la
primera pa- labra de la versión litúrgica latina
Miserere. La súpli- ca tiene, pues, diversos matices y
Jesús mismo exhortó a utilizarla como llave para abrir
la puerta del corazón de Dios: «Pedid y se os dará,
buscad y encontraréis, llamad
10 Orar con los salmos
y se os abrirá», pues «lo que pidáis al Padre en mi nom-
bre os lo dé» (Mt 7,7; Jn 15,16).
La oración distintiva del cristianismo, el «Padre
nuestro», resume admirablemente estos dos colores de
la oración. En efecto, las tres primeras invocaciones
son la alabanza por excelencia a Dios, a su persona (el
«nombre»), al reino de amor y de justicia que quiere
ins- taurar en la historia, a su voluntad salvífica. Las
otras cuatro preguntas, en cambio, son una súplica por
el pan de cada día, el perdón de los pecados, la
liberación de la tentación y del mal. El entrelazamiento
de la alabanza y la súplica permite, pues, comprender
otra dimensión fundamental de la oración.
Es lo que San Pablo formula de manera esencial
cuando invita a los cristianos de Roma a que
«presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo,
santo, agradable a Dios: este es vuestro culto espiritual»
(Rom 12,1). El cuerpo para el mundo semítico no es
una realidad opues- ta al alma, sino que es la expresión
unitaria de la per- sona. Por eso el orante hebreo, al
agitar el cuerpo en la oración, mueve todas sus
articulaciones para implicar a todo el ser en la oración.
Es por esta razón que los profe- tas combatieron un
culto intimista y ajeno a la vida. Las palabras de Amós
son lapidarias: «Aborrezco y rechazo vuestras fiestas,
no acepto vuestras asambleas. Aunque me presentéis
holocaustos y ofrendas, no me complace- ré en ellos, ni
miraré las ofrendas pacíficas con novillos cebados.
Aparta de mí el estrépito de tus canciones; no quiero
escuchar la melodía de tus cítaras» (Am 5,21-24).
Jesús mismo fue claro al unir oración y vida,
liturgia y caridad: «No todo el que me dice “Señor,
Señor” entra- rá en el reino de los cielos, sino el que
hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos…
Por tanto, si cuando
1. La oración, respiro del alma 11
vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí
mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja
allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconci-
liarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu
ofrenda» (Mt 7,21; 5,23-24). La oración no es un acto
mágico, sino una opción que tiene una redundancia en
el conjunto de la existencia, del mismo modo que la li-
turgia no debe limitarse al oasis sagrado del ritual del
templo entre cánticos e incienso, sino que debe irradiar-
se a la plaza pública, es decir, a la vida cotidiana, a los
compromisos sociales, a las contradicciones de la vida,
a las decisiones entre el bien y el mal, lo correcto y lo
incorrecto, lo verdadero y lo falso.
CAPÍTULO 2
ORAR CON LOS SALMOS
Psalterium meum, gaudium meum!, «¡Oh mi Salte-
rio, mi alegría!»: así exclamaba san Agustín al
comentar un salmo, el 138. Este libro bíblico —
compuesto en el original por 19 351 palabras hebreas—
(es el tercero más extenso, después de los textos de
Jeremías y del Géne- sis), con sus 150 himnos, ha sido
durante siglos «la voz de la misma Esposa [la Iglesia]
que habla al Esposo», como afirmó el Concilio
Vaticano II en su documento sobre la liturgia (SC 84),
continuando la tradición del Templo de Jerusalén y de
la Sinagoga judía. Los títulos impuestos por la tradición
a esta colección poética orante son evocadores y
significativos: en hebreo Tehillîm, que significa las
«alabanzas», la celebración del Señor por sus fieles, en
griego Psalmoi, con alusión a la dimensión musical de
la representación, de ahí el latín Psalterium y nuestros
Salterio y libro de los Salmos.
El edificio del Salterio
El propósito de esta presentación no es introducirse
en las complejas cuestiones histórico-críticas relaciona-
das con la formación de las diversas composiciones y
su posterior edición en una obra única, ni penetrar en
los análisis exegéticos de cada salmo individual. Aun-
que los salmos fueron colocados por la tradición bajo el
14 Orar con los salmos
patrocinio del rey David, son expresión de la fe secular
del pueblo de Dios en diversos periodos de su historia.
Por eso es incisiva la imagen utilizada por san
Jerónimo, el traductor de la Biblia al latín, cuando
comparaba el Salterio con un edificio al que se accede
no solo con la gran llave de la puerta de entrada, es
decir, el Espíritu Santo inspirador, sino también con
una serie de llaves específicas para cada habitación
individual, es decir, para cada salmo.
Nos contentaremos con ofrecer una guía general
esencial: será como estar en el monte Nebo
contemplan- do la Tierra Prometida de la misma
manera que Moisés. La nuestra será, pues, ante todo,
una mirada panorámica sobre las características
temáticas generales de toda la colección de los salmos,
para hacer posible su reaviva- miento y reactualización
en la oración y en la vida del cristiano, especialmente
en un tiempo fuerte e intenso como el del Jubileo. Se
cumple así lo que decía un autor místico judío del siglo
pasado, Abraham J. Heschel: «Un canto en cada día, un
canto para cada día».
Antes de comenzar esta fotografía del Salterio,
recor- demos solo un hecho externo marginal que, sin
embargo, es necesario para el uso de cada uno de los
salmos: se trata de la cuestión de su numeración.
Adoptamos, como en las Biblias actuales, el cómputo
hebreo que, a partir del Sal- mo 10, tiende a ser una
unidad superior al de la traducción latina (esta última se
utiliza todavía hoy en la liturgia). La variación se debe
al hecho de que los dos Salmos 9 y 10 se han fusionado
en un único salmo, el Salmo 9, en las versiones griega y
latina del Salterio. Pero ahora —como hemos anunciado
— volvamos la mirada a estos cantos de oración, a sus
diferentes tonos, a sus temas y a los múlti- ples géneros
literarios que revelan.
2. Orar con los salmos 15
Los rostros del Salterio
Los salmos son en el fondo poemas llenos del len-
guaje colorista y exótico de Oriente, cargados de
símbo- los y vinculados a formas literarias propias. Es
signifi- cativo, por ejemplo, el llamado paralelismo, por
el que un concepto se repite dos o tres veces de forma
distinta pero similar. Además, las imágenes sálmicas se
elevan a los cielos donde se alza el Señor, «envuelto en
luz como en un manto», para descender hasta el Sheol,
en hebreo la tierra de los muertos, el inframundo, el
Abismo, po- blado de espectros y sumido en el silencio.
Los ojos de los salmistas se vuelven hacia los
imponentes cedros del Líbano, que se elevan en lo alto
del cielo oriental, siempre despejado, pero también se
detienen en el hiso- po, una planta esbelta que brota
entre las piedras de las murallas. Se dibuja toda la
Tierra Prometida con todos sus panoramas geográficos
y sociales: desde el más te- rrible, el huracán, que
devasta bosques (Sal 29), pára- mos desérticos,
animales y acontecimientos históricos nacionales, hasta
el delicioso cuadro de una madre con su bebé en brazos
(Sal 131), como tendremos ocasión de ilustrar.
Los salmos son poemas para ser cantados y
acompa- ñados musicalmente en la liturgia, son
oraciones corales para ser interpretadas al son de
melodías entonces ya co- nocidas, como se indica a
menudo en los títulos coloca- dos al comienzo de
muchas composiciones del Salterio. Así, al solista que
entona el canto de los dones que Dios ha sembrado en
la historia de Israel, la asamblea litúrgica debe
responder con la repetición de la antífona «Porque es
eterna su misericordia» (Sal 136). El templo y el culto
comunitario están en el centro del libro de los Salmos,
16 Orar con los salmos
que se convierte así también en el texto de oración oficial
de Israel y en el texto «eclesial» del cristianismo.
Los hebreos dividieron el Salterio en cinco «libros»
o colecciones (Sal 1-41; 42-72; 73-89; 90-106; 107-
150): así, las cinco grandes «palabras» pronunciadas
por Dios en la Torá, es decir, en los cinco primeros
libros de la Biblia (Génesis, Éxodo, Levítico, Números
y Deute- ronomio), se yuxtaponen a las cinco
«palabras» de res- puesta del Israel fiel. Así nació el
diálogo entre Dios y el hombre. La palabra de Dios y la
palabra del hombre se encuentran, la primera
encarnándose, la segunda divini- zándose.
Los salmos se apoyan, pues, sobre la existencia hu-
mana, sobre el luto y las fiestas, sobre la política y los
afectos íntimos; el ruido de las calles y las ciudades se
desvanece, pero no se apaga como si nos introdujéra-
mos en una ermita silenciosa donde todo calla y todo
se olvida. Estos textos, que abarcan casi mil años de la
historia de Israel, no son solo un modelo de oración,
sino también de vida. A este respecto, podemos citar un
co- nocido símil de la tradición judaica. La hoja,
examinada en transparencia, revela una vena que nutre
y sostiene el tejido conjuntivo del que está compuesta;
del mismo modo, los salmos se entreveran en la vida
sin anularla en su realismo concreto, sino sosteniéndola
y alimentán- dola. La mística que de ellos brota no es
evanescente y genéricamente espiritual, sino que tiene
sabor, sangre, cuerpo, como lo tiene precisamente la
persona que vive día a día.
Los salmos son, por tanto, el espejo de quien busca
a Dios con corazón sincero dentro de su historia. Inclu-
so el Credo de Israel no es una secuencia de abstractos
artículos de fe, sino de acciones que Dios ha realizado a
2. Orar con los salmos 17
lo largo de los siglos en favor de su pueblo (Dt 26,5-9;
Jos 24,2-13; Sal 136). La fórmula de fe más completa y
la forma de oración más elevada de la Biblia son el re-
conocimiento, la profesión y la meditación de las gran-
des obras de Dios (léanse los Salmos 78; 105 y 106).
Los itinerarios de oración que ofrecen los salmos están,
pues, vinculados al camino humano, a nuestras horas
y a esos tramos de la historia humana que debemos re-
correr y en los que debemos descubrir la presencia del
Dios-Emmanuel. Intentemos, pues, seguir sus huellas
principales.
El arcoíris de la oración sálmica
El poeta francés Paul Claudel representó la sucesión
de las oraciones del Salterio recurriendo a la imagen de
los colores del arcoíris: los ciento cincuenta salmos que
componen el libro de los Salmos representan verdade-
ramente un arcoíris de problemas, alegrías, esperanzas,
tristezas, amarguras y múltiples estados de ánimo.
Inten- temos identificar los colores más pronunciados
que se expresan a través de ciertas formas o patrones
denomi- nados por los estudiosos «géneros literarios».
1. La crisis
En los salmos domina el color del sufrimiento, cier-
tamente más que el de la alegría: casi un tercio del Sal-
terio está bajo el signo del lamento y del dolor, como
la vida, que conoce más tinieblas que alegrías. A veces
se trata de enfermedades graves, tragedias nacionales,
18 Orar con los salmos
enemigos implacables que crean a nuestro alrededor
un muro de frialdad, odio e incluso violencia y per-
secución (por ejemplo, Sal 7,2; 35,19; 38,20; 69,5;
86,14.17; 142,7). Es lo que la Biblia llama «el enemi-
go» y que constituye con el orante y Dios los tres per-
sonajes del drama que encierra toda súplica. A veces,
este antagonista es aún más peligroso porque está in-
crustado en el interior del orante, es su pecado el que le
hace experimentar la tragedia del silencio de Dios (Sal
38; 51; 130).
Otras veces, como en el Salmo 73, es la crisis de fe
que el creyente experimenta de forma agónica, cuando
expresa que «De todo he visto en mi vana existencia:
gente honrada que fracasa por su honradez, gente mal-
vada que prospera por su maldad» (Ecl 7,15). El es-
cándalo de la injusticia y del dolor inocente lleva a los
labios del orante la eterna pregunta que parece desvane-
cerse: «Señor ¿cuándo vas a mirarlo?» (Sal 35,17). En
el dolor, la oración adquiere una audacia y una
inmediatez semejantes al grito desgarrador de Job (c. 3)
o de Je- remías (20,7ss). La primera palabra de estos
salmos es precisamente la invocación angustiada del
nombre del Señor (por ejemplo, Sal 3,2; 6,2; 7,2).
Sin embargo, en la oración sálmica surge siempre
una certeza: el Dios mudo y distante, que incluso
parecía indiferente, interviene finalmente concediendo
la súpli- ca. La Biblia no conoce la desesperación total
y suicida: el final de todos los salmos de lamentación se
proyecta siempre hacia un futuro de liberación (la única
excep- ción es quizá el Salmo 88, al que nos
referiremos en ade- lante). Es, pues, necesario alinear
inmediatamente otro color, después del sombrío de la
súplica.
2. Orar con los salmos 19
2. La esperanza, la confianza y la acción de gracias
En efecto, la oración sálmica está atravesada por
una luminosa corriente de esperanza y confianza que
brota precisamente del concepto bíblico de fe. Creer,
como dice el verbo hebreo para fe, que ha entrado en
nuestro amén en su significado original, es apoyarse en
una roca estable que no admite derrumbamiento: es
edificar sobre Dios, «la esperanza de Israel» (Jer 14,8),
y no sobre las arenas de la duda. En efecto, «Mejor es
refugiarse en el Señor que fiarse de los hombres» (Sal
118,8). El túnel oscuro de la crisis y el dolor es
atravesado por los fieles con la certeza de que no
termina en la nada, sino en la paz y la alegría.
La imagen del rebaño confiado a la guía segura del
pastor, su compañero de camino (Sal 23) bajo el sol
implacable del desierto y a lo largo de los senderos de-
solados de la estepa, y la imagen ya citada del «niño
en brazos de su madre» (Sal 131,2) son los símbolos
de esta actitud de oración (cf. Sal 4; 11; 16; 27; 46;
62; 115; 125; 129; 131). En efecto, «En ti confiaban
nuestros padres; confiaban, y los ponías a salvo; a ti
gritaban, y quedaban libres; en ti confiaban, y no los
defraudaste» (Sal 22,5-6).
La esperanza sostiene no solo el breve lapso de una
prueba o de una aventura terrena, sino que, poco a
poco, impregna toda la parábola de la existencia
humana hasta el duro paso de la muerte, que ya no es
aniquilación y oscuridad, porque «Me enseñarás el
sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha» (Sal 16,11; cf. Sal 49
y 73). Es el tema de la comunión eterna con Dios, ya
florecida en la fidelidad a su palabra durante la
existencia terrena.
20 Orar con los salmos
Esta confianza, tema específico de algunos salmos,
anima y hace posible también la acción de gracias co-
munitaria y personal que constituye la base de una se-
rie de salmos (9-10; 30; 32; 34; 65-68; 92; 116; 118;
124; 138). Puede sorprender que, en comparación con
la vasta letanía de lamentos del Salterio, la alegría del
agradecimiento sea tan escasa y se exprese en un tono
menos intenso. Ciertamente, como la Biblia también da
testimonio del hombre y de su realidad, este desequi-
librio refleja una experiencia triste y desgraciadamente
constante. La gratitud tiene más dificultades en la me-
moria de las personas que pedir un favor. De los diez
leprosos curados, solo «uno de ellos, viendo que estaba
curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y
se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole
gracias» (Lc 17,15-16).
Pero tampoco hay que olvidar, como hemos dicho,
que la súplica bíblica termina ya con la anticipación de
la acción de gracias, más aún, con la certeza confiada
de que la felicidad está ya a las puertas, porque Dios
«¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día
y noche?; ¿o les dará largas?» (Lc 18,7). La última pa-
labra que el Señor recibe de sus fieles es siempre de paz
y serenidad, porque sabe que su grito de dolor no cae
en saco roto, sino que tiene un oído trascendente que lo
escucha: «Te doy gracias porque me escuchaste y fuiste
mi salvación» (Sal 118,21).
2. Orar con los salmos 21
3. La oración de adoración y del entusiasmo
Es el modelo de la oración en estado puro: es la ala-
banza espontánea y libre a Dios, que ya hemos tenido
ocasión de esbozar a nivel general. Es lo que los
exegetas definen como himno: ya no hay una
motivación concreta que sostenga la oración como en
los salmos de acción de gracias; ya no se hace
referencia a un don preciso que se ha obtenido. Se da
gracias a Dios por el mero hecho de que está presente,
vive, obra y se comunica, se le con- templa en su amor
eterno y continuo, se le celebra por su gran gloria que
despliega ante todo en la naturaleza.
Así nacen los himnos al Creador: a menudo en ellos
predomina el asombro por la grandeza y el esplendor
que envuelve toda realidad cósmica, y a veces se centra
la atención en el ser más fascinante del universo, «poco
inferior a los ángeles» (Sal 8,6): el hombre. Entre estos
himnos figuran el Salmo 8, un canto a la grandeza de la
persona humana; o el llamado «Salmo de los siete true-
nos», el Salmo 29, que contiene una escritura de
tormen- ta y ha sido considerado por algunos estudiosos
como uno de los textos más antiguos del Salterio,
basado en temas arcaicos externos a Israel pero eficaces
y cons- tantes para él; el Salmo 103 o 104, que tal vez
conserve un eco del himno egipcio al sol compuesto
por el faraón
«monoteísta» Amenofis IV.
Otras composiciones celebran la presencia de Dios
en la historia que conduce hacia el reino definitivo ins-
taurado por su Cristo: son los himnos del reino de Dios,
puntuados por la aclamación entusiasta «¡El Señor es
Rey!» (Sal 93,1; 96,10; 97,1; 99,1). El reino de Dios se
reconoce como eterno (Sal 93), universal (Sal 94,2;
96,1). El reino de Dios es reconocido como eterno
(Sal 93),
22 Orar con los salmos
universal (Sal 94,2; 96,10). Por eso, «Alégrese el cielo,
goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena;
vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los
árboles del bosque, delante del Señor, que ya llega, ya
llega a regir la tierra» (Sal 96,11-13).
Por último, otro centro de alabanza es Sión, polo de
atracción de todo corazón judío (Sal 46; 48; 76; 84; 87;
122). La colina sobre la que se alza el templo es el
punto de convergencia de las corrientes vivas de las
peregri- naciones que realizan los judíos y toda la
humanidad, deseosos de encontrar la paz en Jerusalén
(«pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe, rompe
los arcos, quie- bra las lanzas, prende fuego a los
escudos»: Sal 46,10; cf. Is 2,1-5). En cuanto aparece
ante los ojos atónitos del peregrino la «morada santa
del Altísimo» (Sal 46,5), renace la esperanza, porque
«El Señor del universo está con nosotros» (Sal 46,12).
En efecto, «el Señor prefie- re las puertas de Sión a
todas las moradas de Jacob» (Sal 87,2).
En el himno, toda la persona humana, con sus emo-
ciones, sus expectativas, su fragilidad y su grandeza, es
convocada a una grandiosa celebración que se expresa
gozosamente en el estribillo del aleluya o en la antífo-
na «su misericordia es eterna» que —como ya hemos
visto— jalona todo el Salmo 136. Toda la existencia del
hombre se convierte precisamente en un «sacrificio
vivo, santo, agradable a Dios» (Rom 12,1). En la
reinterpreta- ción cristiana, el hombre busca, en la
oración de alaban- za y adoración, modelarse cada vez
más a Cristo, cuando dice: «Yo te he glorificado sobre
la tierra, he llevado a cabo la obra que me
encomendaste» (Jn 17, 4).
2. Orar con los salmos 23
4. La oración litúrgica
Como decíamos, la colina de Sión, sede del templo,
es siempre punto de referencia y de atracción para el
cre- yente judío: «¡Qué alegría cuando me dijeron:
vamos a la casa del Señor!» (Sal 122,1). «Hasta el
gorrión ha en- contrado una casa; la golondrina, un nido
donde colocar sus polluelos: tus altares, Señor del
universo» (Sal 84,4). Si la liturgia en el templo es la
síntesis más elevada de toda la vida social y personal de
Israel, puede sorprender que se conserven tan pocos
fragmentos de rituales litúrgicos en el Salterio. No hay
que olvidar, sin embargo, que mu- chas composiciones
sálmicas contienen pasajes de origen cultual y que toda
la colección de salmos constituirá más tarde el
fundamento del culto judío y cristiano.
Es natural, pues, que la oración con los salmos fluya
también hoy en la liturgia y encuentre en ella su expre-
sión más intensa. Nunca hay un individuo rezando solo,
al margen de la comunidad, sino siempre un miembro
del pueblo elegido en diálogo con el Dios de la alianza y
de la elección de todo Israel. El halo de la alianza y de
la «na- ción santa» rodea a todo orante que eleva su voz
al Señor. En particular, dos salmos, el 15 y el 24 —que
casi de- ben equipararse a los actos penitenciales
previos a la ce- lebración cristiana de la Palabra y de la
eucaristía— nos presentan la auténtica actitud con la
que acercarnos a la liturgia. Para que no se reduzca a
farsa o magia, debe es- tar enraizada en la vida, en
nuestras relaciones con Dios y con el prójimo en
justicia, amor y lealtad, como reitera desde hace tiempo
el mensaje central de muchos profetas (Is 1,10-20; Am
5,21-24; Os 6,6; Miq 6,6-8; Jer 6,20).
El Decálogo, con sus exigencias religiosas y comunita-
rias, se convierte entonces en el control esencial de la
au-
24 Orar con los salmos
tenticidad de nuestras celebraciones y ritos (cf. también
Sal 50; 52; 53; 75; 81; 95).
El culto no debe ser una coartada para eludir los
com- promisos de fidelidad interior y social, de
espiritualidad y de solidaridad: no basta cuando falta la
justicia hacia el prójimo. «¿Quién puede hospedarse en
tu tienda y ha- bitar en tu monte santo? El que procede
honradamente y practica la justicia» (Sal 15,1-2). «Los
sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un
holocausto, no lo querrías. El sacrificio agradable a
Dios es un espíritu quebrantado; un corazón
quebrantado y humillado, tú, oh Dios, tú no lo
desprecias» (Sal 51,18-19). El comentario ejemplar de
estos salmos se encuentra en la voz del profeta
Miqueas:
«“¿Con qué me presentaré al Señor y me inclinaré ante
el Dios excelso?¿Me presentaré con holocaustos, con
terne- ros de un año? ¿Le agradarán al Señor mil
bueyes, miría- das de ríos de aceite? ¿Le ofreceré mi
primogénito por mi falta, el fruto de mis entrañas por
mi pecado?”. Hombre, se te ha hecho saber lo que es
bueno, lo que el Señor quie- re de ti: tan solo practicar
el derecho, amar la bondad, y caminar humildemente
con tu Dios» (Miq 6,6-8).
5. Vida político-cultural y oración
Aunque no faltan en los salmos ecos de aconteci-
mientos políticos fechados y de catástrofes nacionales
(véase el Salmo 78 o las llamadas súplicas colectivas
como el Salmo 44), es sobre todo en la figura del sobe-
rano, descendiente de David, donde se fija la atención
de una serie de composiciones destinadas probablemen-
te a la liturgia de la entronización y coronación del rey
(Sal 2; 18; 20; 21; 72; 89; 101; 110; 132).
2. Orar con los salmos 25
Pero el interés, aunque vivo, que el judío siente por
su historia, atestiguado también por los salmos históri-
cos (Sal 78; 105; 106; 111; 114; 135; 136), va más allá
del mero deseo de construir los anales del Estado judío
o de dejar constancia de los acontecimientos políticos,
sociales y económicos en los que Israel se vio envuel-
to. Las figuras, a menudo apagadas y pecadoras, que se
suceden en el candelero político a través de la dinastía
davídica son el signo de una presencia más decisiva de
Dios que, precisamente a través de estos instrumentos
frágiles e imperfectos, sigue conduciendo la historia de
la salvación hacia metas más elevadas. El «ungido» (en
hebreo, «mesías») que ahora se sienta en el trono de
Da- vid está destinado, aun dentro de los límites de su
debi- lidad y de su infidelidad, a anunciar y dar
esperanza en la venida del definitivo «Mesías ungido»,
«hijo de Dios» (Sal 2,7) en el sentido más elevado
como gobernante ju- dío. Este será el sentido pleno y
perfecto que adquirirán los salmos reales en la
reinterpretación que el cristianis- mo ha hecho a la luz
de la figura de Cristo.
En la oración se ilumina también la experiencia so-
cial que vive el creyente, manteniendo su autonomía, su
realidad y sus características específicas. El hombre que
se encuentra con Dios no es un ser incorpóreo, sino una
criatura puesta en la tierra «para que la cultive y la
guar- de» (Gen 2,15). Por tanto, se acerca a Dios con su
cultura y su inteligencia. Es lo que la Biblia denomina
con el tér- mino sabiduría, una cualidad humana que
abarca todos los ámbitos de la educación: cuestiones
sociales (justi- cia, prudencia, misericordia,
instrucción), éticas (man- damientos, relaciones con el
prójimo), filosóficas (el do- lor de los inocentes y la
teodicea relacionada con él, es decir, la justificación de
Dios a pesar de la existencia del
26 Orar con los salmos
mal, la retribución según las obras) y religiosas
(teología y mística).
Son los llamados «salmos sapienciales», que impli-
can la experiencia humana, el reflejo de la propia inte-
ligencia, adquisiciones y pensamientos que ayudan a
comprender mejor la realidad, a sondear ciertas cuestio-
nes de la existencia comunitaria y de los asuntos
personales (Sal 90; 37; 49; 73). O bien estos salmos se
convierten en catequesis, es decir, en profundización
teológica de la voluntad de Dios: es el caso del
monumental Salmo 119 dedicado a la celebración de la
Ley como palabra divi- na. En hebreo, la Torá-Ley
tiene un sentido mucho más amplio que el nuestro
porque, como hemos dicho, abarca ciertamente todo el
Pentateuco, es decir, los cinco pri- meros libros de la
Biblia, pero a un nivel más general es la revelación de
la palabra de Dios y la expresión de la respuesta de
Israel. El Salmo 119 ahonda precisamente en la Ley
divina en todas sus dimensiones, en todos sus valores y
en todas sus exigencias, como indica el mues- trario de
términos que el mismo salmo utiliza para defi- nirla
(orden, mandamiento, estatuto, precepto, camino,
palabra, instrucción, testimonio...).
6. Los salmos imprecatorios
Dentro del Salterio se encuentran algunas composi-
ciones que a menudo han creado una reacción escanda-
lizada en la comunidad cristiana, hasta el punto de que
han sido expulsadas del uso litúrgico actual. Se trata de
los llamados «salmos imprecatorios», cuyo tejido de in-
vectivas avergüenza al discípulo de Cristo, que debería,
por el contrario, amar a su enemigo y perdonarlo, aun-
2. Orar con los salmos 27
que desgraciadamente la historia está plagada de ejem-
plos muy diferentes. Son la expresión de una cultura y
de un ambiente social antiguo y lejano y, por tanto,
deben interpretarse correctamente, ciertamente no en
sentido literal, entendiéndose que la llamada «ley del
talión» pretende en realidad responder a las exigencias
de la justicia distributiva y retributiva, según la cual a
cada crimen debe corresponder un castigo igual o
idéntico, como para poner a cero el mal.
Ahora, sin embargo, intentaremos comprender la
matriz ideal de estas páginas que aún se encuentran
bajo el sello de la inspiración divina. En primer lugar,
estas palabras están animadas por la misma indignación
de los profetas ante las manifestaciones brutales y
sangrientas del mal en la historia humana. Revelan un
ardiente an- helo de justicia, se convierten en una
oración hecha de carne y hueso, dispuesta a implicar
todo el ser de la per- sona, cuerpo y sentimientos,
pasión y razón. El mismo Jesús manifiesta a veces esta
indignación contra la hipo- cresía y la injusticia, ya sea
blandiendo su bastón contra los mercaderes del templo
(Jn 2,13-22), ya sea lanzando directamente maldiciones
e invectivas, como podemos leer en el capítulo 23 de
Mateo.
Hay, además, un rasgo característico de la cultura
simbólica semítica que es ajeno al uso de conceptos
abs- tractos: el mal, por tanto, no pocas veces se
personifica en un enemigo concreto. El lenguaje
oriental, pues, ama las imágenes fuertes, las
expresiones verbales contun- dentes, el calor
enardecido de las palabras. Estos tonos truculentos
tienen una representación sorprendente en estas líneas
del Salmo 58 lanzadas contra los políticos poderosos y
corruptos: «Oh Dios, rómpeles los dientes en la boca;
quiebra, Señor, los colmillos a los leones. Que se
28 Orar con los salmos
evaporen como agua que fluye, que se marchiten como
hierba que se pisa. Sean como limaco que se deslíe al
deslizarse; como aborto de mujer, que no llega a ver el
sol. Antes de que echen espinas, como la zarza verde o
quemada, arrebátelos el vendaval. Goce el justo viendo
la venganza, bañe sus pies en la sangre del malvado; y
la gente dirá: “¡El justo cosecha su fruto; sí, hay un
Dios que juzga en la tierra!”» (vv. 7-12).
La retórica furiosa, la violencia de la polémica y la
fe de la cultura semítica en la eficacia de la palabra a
la hora de bendecir y maldecir forman parte de la psi-
cología social subyacente a estas imprecaciones, pero
también revelan indirectamente la ansiedad moral sub-
yacente, hasta el punto de que la exclamación final re-
mite a la confianza en un Dios que hace justicia en la
tierra y al único que se le confía la venganza. San Juan
Crisóstomo, padre de la Iglesia oriental del siglo IV,
veía en estas invectivas un signo vivo de la
«condescenden- cia» de Dios que «asume el lenguaje,
las concepciones humanas y las verdades todavía
imperfectas». Este es el tema de la correcta
interpretación de la violencia sagrada en las Sagradas
Escrituras (guerra santa, luchas tribales, simbolismo
marcial aplicado a Dios): pertenece a la his- toricidad
de la Revelación bíblica.
La Palabra de Dios no es una serie de teoremas teo-
lógicos perfectos y abstractos: es, sí, una verdad que,
sin embargo, se abre paso a través de los
acontecimientos humanos con todo su peso de maldad,
sangre, miseria y dolor, y no solo con su luz, belleza y
amor. Es, en la práctica, una aplicación de la
Encarnación que lleva al Logos, la Palabra divina y
trascendente, a la «carne» viva y a menudo dramática
de la historia humana (Jn 1,14). Esta presencia divina
debe aceptar la realidad de
2. Orar con los salmos 29
la libertad de la persona, que Dios no anula ni aplasta.
Él quiso que su criatura fuera libre en el bien y en el
mal, y por tanto propensa no solo a obedecer, sino
también a violar sus leyes (Gen 2-3).
Sin embargo, la meta a la que quiere conducir la
historia y las mismas opciones humanas es un horizon-
te de luz donde cesarán «la muerte, el luto y el dolor»
(Ap 21,4). Por eso San Pablo, citando un pasaje del
Deu- teronomio (32,35) exhorta así a los cristianos:
«No os toméis la venganza por vuestra cuenta,
queridos; dejad más bien lugar a la justicia, pues está
escrito: Mía es la venganza, yo daré lo merecido, dice
el Señor. Por el con- trario, si tu enemigo tiene hambre,
dale de comer; si tie- ne sed, dale de beber: actuando
así amontonarás ascuas sobre su cabeza. No te dejes
vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien»
(Rom 12,19-21).
CAPÍTULO 3
LOS SALMOS, PALABRA DE DIOS
Y DE LA HUMANIDAD
«Uno se sorprende a primera vista de que haya un
libro de oraciones en la Biblia. ¿Acaso no es la Biblia
toda Palabra de Dios dirigida a nosotros? Ahora bien,
las oraciones son palabras humanas, ¿cómo pueden en-
contrarse en la Biblia? Si la Biblia contiene un libro de
oraciones, debemos deducir que la Palabra de Dios no
es solo lo que quiere dirigirnos, sino también lo que
quiere oír de nosotros». Es significativa esta
observación que Dietrich Bonhoeffer, el teólogo
martirizado por el nazis- mo en 1945, propuso en el
librito que dedicó a la oración de los salmos.
El encuentro entre Dios y el orante
La revelación bíblica es, en efecto, dialógica: la
Pala- bra de Dios se entrelaza también con la palabra
humana y su encuentro se sitúa bajo el sello de la
inspiración. Por tanto, es natural que los salmos sean
una manifestación de este abrazo entre Dios y el orante.
Están unidos por una relación de amor y fidelidad,
expresada sobre todo por la palabra hebrea hesed, que
resuena cien veces en el Salterio y que genera una
intimidad entre Dios y sus fieles. Por eso resuenan a
menudo adjetivos posesivos y pronombres personales:
«mi/nuestro» dirigido a Dios
32 Orar con los salmos
vuelve 75 veces; unas cincuenta veces se llama a Israel
«su» pueblo; diez veces «su» heredad y siete veces
«su» rebaño.
Se trata de una relación interpersonal que se define
también a través de un «recuerdo» mutuo. Por un lado,
está el Señor que se acuerda de sus fieles, o de su
pueblo al que ha elegido y hecho cercano a través de
una alianza a la que siempre permanece fiel (Sal 105,8)
y que pone en práctica a través de sus acciones en la
historia de la salvación (Sal 78,4-5). Por otra parte,
toma el relevo el
«recordar» del orante, verbo que se convierte en una es-
pecie de sinónimo de «creer». En efecto, es frecuente
en el Salterio la llamada a «acordarse de Dios» (Sal
77,4), a
«recordar las maravillas de antaño» (77,12), a «recordar
su nombre» (119,55).
La relación con Dios adquiere en consecuencia la
tonalidad de comunión, de intimidad mística, descrita
a través de un variado simbolismo que dejamos al
lector del Salterio descubrir, sobre todo cuando lo
utiliza como libro de oración: la mesa, el cáliz de vino,
el perfume destinado al huésped, la saciedad, el
saciarse, la morada común en el monte santo del
templo, la tierra reseca fer- tilizada por la lluvia, la
sombra que protege del ardor del sol, las alas que
protegen, el calor íntimo del nido, el deseo mutuo, etc.
Especialmente importante en este encuentro es
el símbolo de la luz, que, por otra parte, es un signo
del misterio divino utilizado por todas las
civilizaciones:
«Señor, tú eres mi lámpara; Dios mío, tú alumbras mis
tinieblas» (Sal 18,29). La Palabra de Dios es «Lámpa-
ra para mis pasos, luz en mi sendero» (Sal 119,105).
La persona humana procede, por supuesto, con la guía
también de la razón y de los sentidos, pero
3. Los salmos, palabra de Dios y de la humanidad 33
deslumbrante
34 Orar con los salmos
es la palabra divina que, como el sol, hace palidecer las
otras lámparas. Ahora bien, el símbolo de la luz
encierra precisamente el vínculo entre la trascendencia
divina y la realidad histórica humana. Porque es, como
Dios, ex- terior a nosotros, totalmente superior, nos
precede y nos sobrepasa; no se puede asir con las
manos y doblarlas. Sin embargo, nos envuelve, nos
penetra y nos calienta, nos especifica, nos identifica,
nos vivifica.
Criatura y Creador se encuentran en el halo de luz,
que se convierte así en signo de revelación. Ejemplar en
este sentido es el Salmo 19, que tendremos ocasión de
presentar en la antología final: en él se entrelazan las
dos luces, la del sol que habla de su Creador y nos lo
revela en la creación, y la de la Ley, la Torá, los
mandamientos del Señor, que son «claros e iluminan
los ojos», de modo que «tu siervo es iluminado por
ellos» (Sal 19,9.12). Se comprende, pues, lo relevante
que es en esta línea «ver a Dios» y su rostro, de modo
que a menudo nos encontra- mos con la expresión
«hacer resplandecer el rostro» en el Salterio (por
ejemplo, Sal 4,7; 80,4.20; 119,135).
En las antípodas, por supuesto, está el «ocultar el
ros- tro» por parte de Dios, que genera esta invocación
repeti- da en los salmos: «No me escondas tu rostro. No
rechaces con ira a tu siervo» (Sal 27,9). Si el rostro
luminoso del Señor es fuente de vida, alegría y
esperanza, su oscure- cimiento o alejamiento se
convierte en raíz de juicio y angustia: «No escondas tu
rostro a tu siervo. Estoy en peligro, respóndeme
enseguida» (Sal 69,18).
Corolario de esta constelación simbólica de luz y
rostro son los verbos de «visión» que presuponen igual-
mente un encuentro de miradas entre Dios y el interlo-
cutor. La serie de textos sálmicos que ensalzan esta in-
tersección entre el ojo divino y el humano es muy rica.
3. Los salmos, palabra de Dios y de la humanidad 35
He aquí algunos ejemplos.
Por parte de Dios: «El Señor tiene su trono en el
cie- lo; sus ojos están observando, sus pupilas examinan
a los hombres… ha mirado desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra, para escuchar los
gemi- dos de los cautivos y librar a los condenados a
muerte... Los ojos del Señor miran a los justos…
Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles» (11,4;
102,20-21; 34,16; 116,15).
Por parte del orante: «Tengo los ojos puestos en el
Señor, porque él saca mis pies de la red... se me nublan
los ojos de tanto aguardar a mi Dios… A ti levanto mis
ojos, a ti que habitas en el cielo. Como están los ojos de
los esclavos fijos en las manos de sus señores, como es-
tán los ojos de la esclava fijos en las manos de su
señora, así están nuestros ojos en el Señor, Dios
nuestro, espe- rando su misericordia» (25,15; 69,4;
123,1-2). En efecto, todas las criaturas y todos los seres
vivientes están en la misma actitud: «Los ojos de todos
te están aguardando, tú les das la comida a su tiempo»
(Sal 145,15).
Podríamos concluir, llegados a este punto, con una
suave invocación que exalta el valor divino y humano
de este símbolo: «Guárdame como a las niñas de tus
ojos» (17,8). La visión y la contemplación son la
culminación de la oración: he aquí el sello del
encuentro entre los dos protagonistas del Salterio, el
Señor y el orante, Dios y el yo humano abrazados en un
diálogo de amor incluso en los momentos de prueba y
de oscuridad.
Y es precisamente en esta última situación donde se
cuela un tercer sujeto, que parece romper ese vínculo
en- tre los dos protagonistas del Salterio y rompe
palabras y miradas.
36 Orar con los salmos
La tercera presencia
Es una figura negativa que perturba la armonía entre
Dios y su criatura. En el lenguaje bíblico, es «el enemi-
go» que, como ya hemos tenido ocasión de decir al ha-
blar de la oración en su forma general y universal, es
una presencia típica en las súplicas, es decir, en las
invoca- ciones contra el mal que asedia a los fieles. Por
supuesto, en algunos casos puede tratarse de un
adversario perso- nal que mina al orante, que lo
calumnia, lo humilla, lo persigue. Sugerente es el
original retrato de la traición en el Salmo 55: «Si mi
enemigo me injuriase, lo aguantaría; si mi adversario se
alzase contra mí, me escondería de él; pero eres tú, mi
compañero, mi amigo y confidente, a quien me unía
una dulce intimidad: juntos íbamos entre el bullicio por
la casa de Dios» (55,13-15).
Otras veces puede tratarse de una persona podero-
sa que prevarica, o de la masa hostil de un ejército que
avanza contra la ciudad santa, como en el caso del hun-
dimiento de Jerusalén bajo los babilonios en 586 a.C.
(Sal 74; 137). Este es el tema dominante en las
lamenta- ciones sálmicas nacionales (Sal 44; 79; 80).
A menudo, sin embargo, el enemigo se convierte en
una personificación concreta del mal, la enfermedad,
la infelicidad. También aquí se emplea una variedad de
simbolismos, que ahora solo podemos enumerar, dejan-
do que los descubran versículo a versículo quienes uti-
lizan el Salterio como lectura y oración constantes. Así,
a menudo aparecen imágenes marciales: la espada, el
arco, las flechas, el escudo, la guerra, la derrota militar.
A veces se utilizan símbolos cinegéticos o
zoomorfos para encarnar al enemigo-mal: caza con
trampas y re- des, bestias feroces como leones, perros
rabiosos, toros
3. Los salmos, palabra de Dios y de la humanidad 37
enfurecidos. Baste citar a este respecto el salmo
pronun- ciado por Jesús en la cruz, el 22: «Me acorrala
un tropel de novillos, me cercan toros de Basán; abren
contra mí las fauces leones que descuartizan y rugen.
Estoy como agua derramada, tengo los huesos
descoyuntados; mi co- razón, como cera, se derrite en
mis entrañas; me acorrala una jauría de mastines»
(22,13-14.17). Y la invocación continúa: «Sálvame de
las fauces del león; a este pobre, de los cuernos del
búfalo» (22,22), precisando, sin em- bargo, que quien
rodea al orante es «una banda de mal- hechores»
(22,17), para disolver el valor de la metáfora bestial.
El lector, pues, encontrará también en las páginas
sálmicas un simbolismo naturalista, como las aguas que
inundan, destruyen y atacan al creyente hasta la gargan-
ta, o el riesgo de resbalar en un pozo profundo que
pare- ce sumergirnos en el inframundo, o incluso la
aridez del suelo que genera sed. El mal que se
entromete entre Dios y la criatura humana puede ser
muchas veces la enferme- dad en todos sus tipos y
sintomatologías, desde la lepra hasta la inapetencia y la
fiebre.
Pero, en particular, irrumpe en esa especie de patio
de recreo de Satanás que es el aislamiento solitario, el
abandono, el rechazo de los demás.
Hay, sin embargo, dos presencias oscuras más des-
concertantes, capaces de crear una fuerte crisis en el
diá- logo entre Dios y el hombre. En primer lugar, el
silencio de Dios mismo, su distancia distante de
soberano impa- sible, indiferente al sufrimiento de sus
criaturas. Estas súplicas son semejantes a las lacerantes
de Job, como en el célebre comienzo del Salmo 22
citado, utilizado por Jesús en la cruz: «Dios mío, Dios
mío, ¿por qué me has abandonado? A pesar de mis
gritos, mi oración no
38 Orar con los salmos
te alcanza. Dios mío, de día te grito, y no respondes; de
noche, y no me haces caso» (vv. 2-3).
Por el contrario, ese silencio divino parece ser signo
de hostilidad, con la imagen ya evocada de «esconder
su rostro» (hasta 22 veces en el Salterio), su
«alejamiento» e incluso el «encendido de su ira». Esta
es la prueba más difícil para el creyente.
La otra presencia hostil es, sin embargo,
estrictamen- te humana y es el pecado, que es violación
de la moral y desobediencia a la palabra divina.
Famosos a este res- pecto son los ya citados Salmos 51
(Miserere) y 130 (De profundis).
Solo con la confesión y el repudio de este enemigo
inherente al propio hombre florece de nuevo el diálo-
go mediante la conversión, la reconciliación y el perdón
de Dios, que es más fuerte que la ofensa del pecador.
El vocabulario que expresa el borrado del mal en este
caso es sugerente: el «no recuerdo» de la culpa por
parte del Señor que vuelve a «volver su rostro» hacia el
oran- te, que «cubre» (kipper) el pecado para borrarlo,
pero también el shûb del hombre, literalmente su
«vuelta» al buen camino tras la desviación del pecado,
y por tanto su «conversión». Una síntesis admirable que
describe la reanudación del diálogo interrumpido por
la rebelión humana se encuentra en un salmo con una
fuerte carga mística, el Salmo 103: «Como se levanta el
cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre los que
lo temen; como dista el oriente del ocaso, así aleja de
nosotros nuestros delitos» (vv. 11-12).
En conclusión, los salmos son una oración que im-
plica a Dios y a la humanidad, a la eternidad y a los
acontecimientos cotidianos. Son una invitación a cami-
nar a la luz de la palabra divina, son una súplica para
3. Los salmos, palabra de Dios y de la humanidad 39
ser salvados del mal fuera y dentro de nosotros, son una
resolución: «Aparto mi pie de toda senda mala, para
guardar tu palabra» (Sal 119,101). Pero el presente de
la Biblia siempre está inserto en un movimiento hacia
el futuro. Ulises, arrancado de su patria, anhelaba
volver a su patria perdida y a su pasado, aunque solo
fuera para contemplar el humo que salía de las
chimeneas de las casas (Odisea, 1.58). Su patria era un
«retorno», un «an- tes». Abraham, el tipo del creyente
bíblico, en cambio, es un peregrino en la tierra porque
su patria es un «des- pués», un «adelante».
La oración de los salmos nos ayuda a buscar este fu-
turo no proyectándonos desde la realidad hacia sueños
o fantasías de evasión, sino comprometiéndonos cada
día en nuestro itinerario terrestre que tiene un
desembarco luminoso: «Porque no me abandonarás en
la región de los muertos ni dejarás a tu fiel ver la
corrupción. Me enseñarás el sendero de la vida, me
saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a
tu derecha» (Sal 16,10-11).
Imitando a Jesús, que en su última Pascua cantó el
Hallel, es decir, la colección de salmos destinados a las
celebraciones litúrgicas solemnes (tal vez el Salmo
113- 118 o el Salmo 136: véase Mt 26,30), también la
comu- nidad cristiana —especialmente durante el
tiempo jubi- lar—, a través de la Liturgia de las Horas y
la Liturgia de la Palabra, se une a este coro que
asciende a Dios desde hace siglos. A este respecto, es
significativo el llama- miento de san Pablo: «La Palabra
de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza;
enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos
mutuamente. Cantad a Dios, dando gracias de corazón,
con salmos, himnos y cánticos inspirados» (Col 3,16).
40 Orar con los salmos
CAPÍTULO 4
UN SALTERIO EN MINIATURA
Hasta ahora hemos adoptado una especie de
contem- plación desde lo alto: de hecho, ya hemos
utilizado la imagen de la visión desde la cima del monte
Nebo, cuan- do Moisés, en el umbral de su muerte, tuvo
ante sí el panorama de la Tierra Prometida, pero
también escuchó aquella gélida prohibición del Señor:
«Te la he hecho ver con tus propios ojos, pero no
entrarás en ella» (Dt 34,4). Después de las páginas
dedicadas casi a describir el mapa del Salterio en sus
diferentes características y colores de sus regiones
literarias y religiosas, ahora —a diferencia de Moisés—
quisiéramos aventurarnos en algunos de esos territorios.
Evidentemente, no es posible proponer una guía de
lectura de los 150 salmos, dada la calidad particular y
esencial de este subsidio. Hemos pensado, pues, en una
selección de los cantos sálmicos más significativos, los
más conocidos y aceptados en el uso litúrgico o espi-
ritual, capaces, sin embargo, de dar cuenta también de
esos «géneros literarios» antes descritos (himnos de
ala- banza, súplicas, profesiones de fe y confianza,
acciones de gracias, cantos de Sión y del reino de Dios,
compo- siciones sapienciales, meditaciones sobre la
historia de la salvación, etc.). Para cada uno de los
salmos elegi- dos, reservaremos solo una clave de
lectura mínima, una especie de atisbo que dará una idea
del tema que se descubrirá más adelante y se
profundizará en la lectura
40 Orar con los salmos
integral meditada. Es, por tanto, imprescindible coger
ahora la propia Biblia y abrirla en la sección dedicada
a los salmos, para poder leer a continuación los textos
que se propondrán progresivamente (entre paréntesis se
indica la numeración litúrgica del salmo).
Salmo 1: Los dos caminos
Abierta en el original hebreo por una palabra que
co- mienza por la primera letra del alfabeto, alef, esta
com- posición sapiencial es casi la clave de lectura de
toda la colección de los Salmos. Dos caminos, dos
destinos, dos humanidades se enfrentan: el justo que
canta los salmos es como un árbol frondoso que no ve
marchitarse sus hojas, el injusto es tan estéril como la
paja esparcida por el viento. La última letra con la que
se cierra este salmo es la letra tau, la última del alfabeto
hebreo: el salmo es, por tanto, idealmente el alfabeto de
la moral y de las op- ciones del hombre en la historia.
Salmo 2: El Rey Mesías
He aquí una de las páginas más famosas del Salte-
rio: con el Salmo 110, representa la oración mesiánica
clásica del cristianismo. En sí mismo, sin embargo, el
himno es un texto de la solemne liturgia de coronación
del rey de Judá. Ese día, según una práctica oriental, se
le asignó una cualidad divina: «Tú eres mi hijo: yo te
he engendrado hoy» (v. 7). Si para Israel el soberano
segui- rá siendo solo el hijo adoptivo y no natural del
Señor, en la reinterpretación cristiana el Mesías-rey del
salmo será
4. Un salterio en miniatura 41
el Cristo, el Hijo por excelencia. En el fondo se oyen
ruidos de rebelión, pero Dios se pone de parte del
«hijo» cuyo cetro destrozará toda resistencia del mal
como si fuera una olla de barro. Y todos se postrarán
ante él para rendirle «homenaje temblando».
Salmo 6: ¡Sáname, Señor!
«¡No puedo más!»: ésta es la dramática súplica de
un enfermo que siente cómo el poder helado de la
muerte se ramifica desde su agotamiento físico. En la
nebulosa visión del más allá que tenía entonces Israel,
el reino de los muertos es un ámbito de silencio del que
Dios está ausente (v. 6). La intensa demanda de vida
que el enfer- mo dirige a Dios es, por tanto, algo más
que una simple petición de curación. Es el deseo de
recuperar la vida y la intimidad con el Dios que ahora
parece hostil: por eso la tradición cristiana ha situado
este salmo en la apertura de los siete salmos
penitenciales (6; 32; 38; 51; 102; 130; 143). Bajo esta
luz, el dolor se interpreta como fruto del pecado, según
una antigua concepción que vinculaba el sufrimiento a
la culpabilidad. Pero, como siempre en las súplicas
bíblicas, la última es siempre una palabra de es-
peranza y de vida: «El Señor ha escuchado mi súplica»
(v. 9).
Salmo 8: Poco inferior a los ángeles
Confiado a las arenas de la luna por los astronautas
Neil Armstrong y Edwin Aldrin por invitación de san
Pablo VI, este salmo es una extraordinaria celebración
42 Orar con los salmos
del hombre en el gran esquema de las criaturas del uni-
verso. Sin embargo, en el «eterno silencio del espacio
in- finito», esta «caña pensante» —por utilizar la
imagen del célebre filósofo francés del siglo XVII Blaise
Pascal— es una mota microscópica. Más insignificante
aún es su rea- lidad frente a un Dios creador
todopoderoso que borda con sus dedos las
constelaciones y los planetas del cielo. Sin embargo, es
precisamente este Dios quien se incli- na sobre el
hombre y lo corona, haciéndolo poco menos que él
mismo, soberano del horizonte cósmico. Un canto al
humanismo, pues; una oración arriesgada cuando el
hombre se convierte en tirano y humilla al mundo. Por
eso la Carta a los Hebreos transforma este salmo noc-
turno en el canto del hombre perfecto, el Cristo (2,5-
10).
Salmo 16 (15): El camino de la vida
más allá de la muerte
Maravillosa composición escrita tal vez por un
sacer- dote: el lenguaje de la «herencia» divina en los
vv. 5-7 es típico de la clase levítica, que no poseía un
territorio propio en Israel, sino que vivía en torno al
Templo. El corazón poético y religioso del salmo está,
pues, en la profesión de fe del v. 2: «Yo digo al Señor:
“Tú eres mi Dios”. No hay bien para mí fuera de ti.
Señor, tú eres mi único bien». Nos parece escuchar ya
las palabras de santa Teresa de Ávila: «Nada le falta al
que posee a Dios:
¡solo Dios le basta!». Animado por esta confianza, el
poeta se atreve también a desafiar el miedo supremo del
hombre, el de la muerte. Por un lado ve el fluir inexora-
ble de los días hacia la tumba, pero por otro intuye que
el Dios de la vida no puede permitir que sus fieles se
4. Un salterio en miniatura 43
pre-
44 Orar con los salmos
cipiten en la nada o en la fantasmagórica sala de los
muer- tos. A sus ojos aparece casi un resplandor: es el
camino de la vida y de la alegría eterna ante el rostro de
Dios. Pedro en su discurso de Pentecostés (Hch 2,22-36)
y Pablo en su discurso en Antioquía de Pisidia (Hch
13,14-43) repiten las palabras del Salmo 16 y las
aplican a Cristo resucitado.
Salmo 19 (18): La luz del sol y de la Palabra
Dos soles, dos luces, dos palabras divinas: el sol, la
luz y la palabra de la creación, la voz secreta de Dios;
el sol, la luz y la palabra de la Torá, en la práctica de la
Biblia, la voz explícita de Dios. Un célebre
comentarista judío medieval escribió: «Del mismo
modo que el mun- do no se ilumina y vive si no es por
el sol, el alma no alcanza su plenitud de luz y vida si no
es por la Torá». El sol no es un dios como Ra o Atón,
las divinidades solares egipcias, es solo una hermosa
criatura que, como un no- vio o un atleta, sale del
tálamo de la noche para recorrer la órbita del cielo. Y
en su resplandor tiene un mensaje cifrado superior que
desvelar, el de su Creador. La Torá, la Ley de Dios, es
en cambio la palabra explícita, pura, radiante y eterna
del Señor. Quien la acepta con alegría es como si
probara una miel de sabor inalcanzable, es como si
poseyera un tesoro incomparable.
Salmo 22 (21): Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?
No hay cristiano que no conozca la fuerza
estremece- dora de los primeros versos de esta célebre
lamentación,
4. Un salterio en miniatura 45
gritada por Jesús agonizante (Mt 27,46). Un texto de
gran desolación salpicado de sangre y lágrimas,
marcado por imágenes «bestiales» de sabor claramente
oriental (toros, leones, lebreles, búfalos), confiado en
filigrana a la repre- sentación de un cuerpo con los
huesos dislocados, el cora- zón blando como la cera, la
garganta como arcilla reseca, la respiración fatigosa, las
manos y los pies heridos... Al- rededor, el silencio de
Dios y la hostilidad de los hom- bres que ya se reparten
la herencia, convencidos de que se enfrentan a un
maldito (v. 19). En cambio, de repente, aquí está el
punto de inflexión: «¡Me has respondido!» (v. 22). Y el
lamento se convierte en un himno de acción de gracias
festiva (vv. 23-27) y en un canto al Señor, Rey del
universo (vv. 28-29). De la desesperación a la esperan-
za, de la muerte a la vida, de la tumba a la resurrección:
«¡Contemplad la obra del Señor!» (v. 32).
Salmo 23 (22): El Señor es mi pastor
«Los cientos de libros que he leído no me han apor-
tado tanta luz y tanto consuelo como estos versículos
del Salmo 23». Este testimonio del filósofo francés
Henri Bergson (1859-1941) expresa claramente la
fascinación constante que ejerce en los lectores esta
lírica estudiada, amada y continuamente repetida en las
liturgias cristia- nas. Hay dos unidades simbólicas que
rigen el poema: la primera es la pastoral, tan cara a la
tradición bíblica y oriental en general (véase Ez 34 y Jn
10), la segunda es la de la hospitalidad (la mesa, el
aceite perfumado, el cáliz lleno), signo de intimidad. El
pastor no es solo el guía, es también el compañero de
viaje para quien las horas del rebaño son sus horas, los
mismos riesgos, la misma
46 Orar con los salmos
sed y hambre, el mismo calor implacable. La comida de
la hospitalidad, por su parte, evoca el sacrificio de co-
munión en el Templo que incluía un banquete sagrado
con la carne de la víctima inmolada. Los dos símbolos
hablan, pues, de comunión e intimidad entre Dios y el
hombre: «Tú estás conmigo» (v. 4) es, pues, la palabra
decisiva del salmo y confía en la actitud subyacente.
Salmo 29 (28): Los siete truenos de la tormenta
Según muchos estudiosos, esta deslumbrante coral
de tempestad es uno de los salmos más antiguos: extrae
pa- labras, símbolos, ideas del mundo indígena
preisraelita, el mundo cananeo. La oda está jalonada
por una sombría onomatopeya: la palabra hebrea qôl,
que significa a la vez «trueno» y «voz», resuena siete
veces. En el cosmos desatado, el poeta vislumbra así
una señal del Creador. La tempestad en Canaán era
vista como el orgasmo de Baal, el dios fecundador con
su lluvia. En el salmo, en cambio, es solo un
instrumento con el que Dios revela su trascendencia: Él
está por encima de la tormenta y en Él y con Él solo
hay paz (vv. 9-11). La tempestad se desarrolla según el
guion: desde el Mediterráneo hasta la cordillera del
Líbano (Sirión es el nombre fenicio), hasta las estepas
meridionales de Cadés, donde las cier- vas y ovejas
preñadas abortan por miedo a los rayos y truenos.
Pero en el torbellino ciclónico de la historia y la
naturaleza tenemos un punto fijo en Él, el Señor que
«bendice a su pueblo en la paz».
4. Un salterio en miniatura 47
Salmo 39 (38): El hombre vivo es como un soplo
Esta desgarradora elegía autobiográfica sobre el mal
de vivir parece escrita por un hermano de Qohélet, el
fa- moso sabio pesimista de la Biblia. En efecto, el
término hebel, muy querido por ese autor, resuena tres
veces in crescendo (v. 1,2; 12,8): traducido a menudo
por «va- nidad», significa en realidad aliento, soplo
impalpable, sombra huidiza, nube que se disuelve a la
primera apa- rición del sol. Así es la vida también para
nuestro poeta, una secuencia vacía de días, solo tan
larga como un pal- mo (v. 6), impregnada por la manía
de poseer riquezas que luego corroen las carcomas. La
oración desnuda de este gran poeta es una sola: clama a
Dios que le conce- da un solo instante de paz, que le
deje respirar un solo instante, literalmente que le deje
tragar saliva —como la colorida locución original del v.
14 que pretendía indi- car un momento de respiro—. Y
después, en la todavía oscura visión veterotestamentaria
de la otra vida, solo quedará el vacío del sheol, el
inframundo de la Biblia.
Salmos 42-43 (41-42): Como busca la cierva
corrientes de agua
El Sicut cervus de Pierluigi da Palestrina, una de las
obras maestras de la música renacentista, puede servir
de telón de fondo a esta estupenda lírica erróneamente
dividida en dos salmos, el Salmo 42 y el Salmo 43, que
en realidad es unitaria, como atestigua el estribillo an-
tifonal de 42,6.12; 43,5. En tres actos, se desarrolla en
forma autobiográfica la historia de un levita tal vez
«ex- comulgado» de Jerusalén y relegado a residencia
forzosa
48 Orar con los salmos
en tierra extraña, en la alta Galilea, en el nacimiento del
Jordán, cerca del monte Hermón y del desconocido
mon- te Misar. Aunque rodeado de las aguas claras y
frescas del río sagrado, tiene sed de otra agua, el agua de
Sión. Es como la cierva que, habiendo llegado a un
arroyo seco, lanza su lamento al cielo: la garganta del
salmista tiene sed del Dios vivo que se revela en todo
su esplendor en Sión. La nostalgia de la liturgia del
Templo (v. 5) es con- movedora, sobre todo ahora que
los enemigos, los pa- ganos, se burlan del justo
preguntándole: «¿Dónde está tu Dios?» (v. 11).
Inolvidable es el soliloquio del poeta con su alma,
presente en los vv. 6.12, una llamada a la esperanza
porque Dios no callará hasta el final.
Se trata de la tercera parte de la única letra
compues- ta de los Salmos 42-43, erróneamente
dividida en dos salmos. El levita relegado a la alta
Galilea espera con confianza la intervención de Dios,
que enviará a sus dos mensajeros, la Verdad y la Luz
(v. 3). Ellos tomarán de la mano al orante exiliado y lo
conducirán hacia Sión, hacia el altar de Dios, donde
reanudará su servicio li- túrgico con cantos y danzas.
En un crescendo, resuena por última vez la antífona que
ya se había cantado dos veces en el Salmo 42 (vv.
6.12): ahora sus palabras están a punto de cumplirse
porque Dios, después de la prueba, se mostrará como
«salvación de rostro», es decir, como alegría y luz. El
pasaje del Salmo 43 ha sido utilizado por la tradición
cristiana como oración de entrada a la liturgia
eucarística según el antiguo rito latino: «Introibo ad
altare Dei... Subiré al altar de Dios».
4. Un salterio en miniatura 49
Salmo 49 (48): La riqueza y la muerte
Este «oratorio sobre la muerte» es otra de las obras
maestras literarias y espirituales del Salterio. Gran
medi- tación sapiencial sobre la verdadera escala de los
valores humanos, el canto-oración se esfuerza por
atravesar el velo oscuro de la muerte, última frontera de
la existen- cia terrestre, para descubrir su misterio. La
voracidad del monstruo llamado sheol (como sabemos,
el inframundo de la Biblia) se traga las riquezas y los
bienes: en vano los poderosos se engañan ofreciendo un
rescate con sus inmensas finanzas a la Muerte. Por muy
alta que sea la cobertura financiera ofrecida, nunca será
suficiente (v. 9). Y aun sabiendo esta verdad, el rico es
como una bes- tia, marcada ya con el sello del fin,
engañándose con la ilusión de la victoria y la
supervivencia: él —como dice literalmente la antífona
de los vv. 13 y 21— «no pasa de noche» y es
inmediatamente el fin, «no comprende» su destino,
bestialmente obtuso como es. Pero para el justo se
enciende una luz en las tinieblas de la muerte. El Dios
eterno, señor de la vida, no puede dejar caer en la nada
a quienes han vivido en intimidad de amor y justicia
con él. Y éste es el testamento del poeta: «Pero a mí,
Dios me salva, me arranca de las garras del abismo» (v.
16).
Salmo 51 (50): ¡Miserere!
El Miserere es, quizás, el salmo más famoso, medi-
tado, interpretado, musicado, incluso pintado (por el ar-
tista francés Georges Rouault) por una inmensa
multitud de hombres arrepentidos y convertidos. La
célula poé- tica y espiritual de esta súplica está, en
efecto, toda en
50 Orar con los salmos
ese apasionado «¡Contra ti, contra ti solo pequé!». (v.
6). La tradición judía, basándose precisamente en esta
con- fesión, ha atribuido el salmo a David, adúltero con
Bet- sabé y asesino del marido de la mujer, Urías (ver 2
Sam 10-12). En realidad, el estilo, el tema profético del
«es- píritu» y el «corazón» como sacrificio perfecto (v.
19), la súplica por la reconstrucción de los muros de
Jerusalén tras el exilio babilónico en el siglo VI (vv. 20-
21), todo apunta a una época posterior. Sin embargo,
permanece intacta la fuerza interior de esta oración, que
se asemeja a una tierra medio cubierta de tinieblas (la
región oscura del pecado en los vv. 3-11) y medio
cubierta de luz (la región luminosa de la gracia en los
vv. 12-19). Si el sen- timiento de culpa es vivo, más
intensa es, sin embargo, la experiencia del perdón, de la
novedad del espíritu, de la alegría que el
Misericordioso, Dios, derrama sobre el pecador
arrepentido. Por eso, más que un canto peniten- cial, el
Salmo 51 es una celebración de la resurrección a la
vida, en el espíritu de la parábola evangélica del hijo
pródigo o, mejor dicho, del padre misericordioso (Lc
15,11-32).
Salmo 63 (62): Mi alma tiene sed de ti
Salmo muy apreciado por la tradición mística por la
sed y el hambre de Dios que lo impregnan, esta letra
es también una obra maestra de alto valor simbólico, a
pesar del cambio de tono, de súplica a himno. Una ver-
dadera geografía del alma se despliega a lo largo del
hilo del simbolismo físico: tiene sed de infinito, como
la tie- rra reseca y sedienta, agrietada por el calor; tiene
ham- bre de carne de sacrificios (v. 6), es decir, de
adoración,
4. Un salterio en miniatura 51
sus labios esperan la miel de la alabanza. La meta es el
abrazo soñado, tras una noche de vigilia y espera: «A ti
se aferra mi alma» (v. 9). Pero este cántico de intimidad
total con Dios termina en una escena sombría, poblada
de chacales, espadas, lugares oscuros e infernales y
seres mentirosos. Es, sin embargo, el anuncio del fin
del mal: en la adhesión mística se descubre un
optimismo irrepri- mible hacia la historia.
Salmo 72 (71): El Mesías, Rey de Justicia
Junto con los Salmos 2; 89; 110, el Salmo 72 consti-
tuye la tetralogía clásica de los salmos reales reinterpre-
tados en clave mesiánica por la tradición judía y
cristiana. Detrás del rostro del joven rey a punto de ser
coronado, al que se le desea un reinado de justicia y
largos años, se perfila el rostro del rey perfecto, el
supremo «mesías ungido» que será verdaderamente juez
justo de los pobres y «derribará al opresor» (v. 4).
Precisamente en esta larga y gloriosa perspectiva, los
tonos encomiásticos de la him- nología monárquica se
transforman en la realidad espe- rada con la venida del
Mesías: su justicia será perfecta, su gobierno universal,
su reinado eterno, todo el cosmos quedará envuelto en
la paz, es decir, el tan esperado sha- lôm que el v. 16
pinta con los colores agrícolas de un pa- raíso terrenal
(las espigas de trigo se mecerán incluso en las áridas
cumbres de las montañas). El himno, de estruc- tura
muy refinada y marcado por aclamaciones reales (vv.
5.11.17), se cierra con una bendición posterior (vv. 18-
19). Fue añadida por la tradición litúrgica judía que
había dividido el Salterio en cinco libros: el segundo
libro, ini- ciado con el Salmo 42, terminaba aquí con esta
bendición.
52 Orar con los salmos
Salmo 73 (72): Más allá de la crisis de fe
Esta extraordinaria historia de un alma registra la
tri- bulación interior de un creyente, tal vez un
sacerdote, en crisis de fe ante el triunfo de la injusticia
en el mundo. Su historia espiritual se convierte en
oración, poesía y testimonio a través de los dos actos en
los que se dis- tribuye esta meditación sapiencial. El
primero, en los vv. 2-16, es el retrato por parejas de los
malvados y los justos tal como se presentan en el
escándalo de la historia: el injusto es retratado con un
desdén y una náusea difíciles de superar, la arrogancia
y la vulgaridad del poder tienen aquí su representación
más sarcástica. Sin embargo, la tentación de abandonar
toda honestidad y ser como ellos se rompe de inmediato
con un «hasta que...» (v. 17) que marca el paso al
segundo acto. En efecto, el poeta vuelve al Templo y al
silencio de su conciencia: allí puede com- prender el
destino, el «fin», el «más tarde» de los mal- vados y de
los justos (vv. 17-28). Entonces se le abren los ojos y,
en lo que se ha llamado «el texto espiritual más bello
del Antiguo Testamento», el salmista deja su último
testamento de fe y esperanza: «Para mí lo bueno es
estar junto a Dios, hacer del Señor Dios mi refugio, y
contar todas tus acciones en las puertas de Sión» (v.
28). Y Dios le toma de la mano; aunque la carne y el
corazón se disuelvan, el creyente es acogido en los
brazos del Eterno. He aquí otra página del Antiguo
Testamento en la que el horizonte más allá de la muerte
se ilumina con luz y certeza. «¿No te tengo a ti en el
cielo? Y contigo,
¿qué me importa la tierra» (v. 25).
4. Un salterio en miniatura 53
Salmo 84 (83): El canto del peregrino
Abierto por la exclamación asombrada de un
peregri- no que llega ante el Templo, este canto de
Sión, de una belleza conmovedora, describe la añoranza
del peregrino cuando está a punto de abandonar la
ciudad santa. En efecto, el anhelo que le invade,
durante la oración, pasa por tres tonos. Está el antiguo
anhelo, refrescado duran- te el viaje, cuando se
atraviesa el Valle de las Lamenta- ciones (un lugar
diversamente identificado), se pasa de fortaleza en
fortaleza y comienza a caer la primera lluvia de otoño
(vv. 7-8). Está el deseo saciado ante el Templo, en la
intimidad de la oración, en las salas donde fermenta la
liturgia. Está, finalmente, el deseo que renace cuando,
antes de volver a casa, uno se despide y echa una última
mirada a Sión. Al peregrino le parece casi espontáneo
envidiar a la golondrina y al gorrión que tienen su nido
bajo los aleros y las cornisas del Templo. Porque estar
en Sión es como estar en el paraíso, en la alegría de la
intimidad con Dios. Los palacios de los poderosos o los
santuarios paganos pueden ser fascinantes, pero el
poeta ya ha hecho, sin vacilar, su elección: «Vale más
un día en tus atrios que mil en mi casa» (v. 11).
Salmo 87 (86): Nadie es extranjero
Este breve canto a Sión contiene en sí mismo una
carga ecuménica que puede interpretarse de diversas
ma- neras. Sión, sin embargo, aparece como la raíz de
la más alta densidad cósmica, es la fuente de toda
armonía para el plan de la tierra y de las naciones cuyos
cuatro pun- tos cardinales están claramente delineados:
Babilonia es
54 Orar con los salmos
la superpotencia oriental, Rahab, es decir, Egipto, es la
occidental, Tiro y Filistea representan el norte y Etiopía
el sur profundo. Pues bien, todos estos pueblos figuran
en el libro de la historia de Dios como ciudadanos de
Jerusalén. Tres veces, en los vv. 4.5.6, se repite el verbo
hebreo jullad, «allí nació»: todos los pueblos de la
tierra, ya no considerados impuros y paganos, tienen su
ori- gen materno, su «fuente» precisamente en Sión,
donde reside el Señor, la ciudad que hace a todos los
hombres iguales y en paz. Es natural la referencia
cristiana a la Jerusalén de Pentecostés en la que todas
las naciones se reúnen en sus lenguas para proclamar la
misma «gran obra de Dios» (Hch 2,5-12).
Salmo 88 (87): La súplica más angustiosa
«El salmo más oscuro del Salterio, el más sombrío
de todos los lamentos, el De profundis más dramático,
el Cantar de los Cantares del pesimismo... »: estas y
otras definiciones acuñadas por los exegetas expresan
la impresión que se tiene al leer esta súplica extrema
lan- zada a Dios cuando los pies del orante parecen
hundir- se irremediablemente en la tumba y el horizonte
se ha vuelto oscuro y silencioso. El grito extremo,
semejante a un SOS lanzado hacia Dios, se desarrolla
sobre dos temas, el sepulcro (vv. 2-8) y la soledad total
(vv. 9-19). El sheol, el inframundo bíblico, domina toda
la lamenta- ción con su lúgubre presencia; casi parece
un canto a la muerte que se ramifica con su mano
helada en los huesos y la carne del orante. La muerte,
sin embargo, es antici- pada por la soledad: quien está
marginado y solo, aun- que viva, es como un cadáver.
Incluso Job, en páginas
4. Un salterio en miniatura 55
amargas, se lamentaba de este silencio de los hombres
(19,13ss). Pero hay otro silencio, el de Dios. Si en los
infiernos las Sombras callan y Dios enmudece ante
ellas, el silencio actual de Dios es señal de que ha
abandonado a este hombre, triste desde la infancia,
infeliz y enfer- mo (v. 16). Entonces sí que ha llegado
el fin: ni siquiera hay una brizna de luz en el horizonte
como en las otras súplicas sálmicas. Ya solo quedan las
eternas tinieblas infernales (v. 19).
Salmo 90 (89): Nuestros años como un soplo
La fragante y melancólica imagen central de los
hom- bres como hierba que brota por la mañana y al
atardecer se siega y se marchita remite a un tema caro a
toda la literatura. En el Purgatorio, Dante escribió: «Tu
nombre es el color de la hierba, / que va y viene y
aquellos la de- coloran / por lo que sale de la tierra
inmadura» (XI, 115- 117). Esta suave pero intensa
elegía sobre la fugacidad humana se apoya en imágenes
temporales (mil años-un día, años-días, mañana-tarde),
espaciales (el doble mo- vimiento del «retorno» del
hombre al polvo y del «re- torno» de Dios al hombre) y
psicológicas (la cólera y la misericordia de Dios, la
angustia y la espera del hombre) para expresar dos
sentimientos. Por un lado, domina el mal de vivir (vv.
1-10): nuestros años son tan delgados y frágiles como
un suspiro, pero todos están impregnados de tristeza y
falta de aliento. La meta está hecha de pol- vo, de
sombra, de silencio. Por otra parte, sin embargo, hay
una súplica a Dios para que nos libre de este mal, para
que nos enseñe a contar nuestros días a fin de obte- ner
la sabiduría del corazón. Confiando y adhiriéndose al
56 Orar con los salmos
Señor, que es eterno, el hombre vano y precario
participa de una solidez indestructible y sus obras
adquieren una nueva estabilidad y permanencia propias
(vv. 11-17). Una sutil esperanza de eternidad cierra,
pues, esta elegía abierta sobre el vacío y el polvo.
Salmo 92 (91): El canto del anciano
Utilizado por el culto sinagogal para la celebración
del sábado, la gran fiesta semanal, el Salmo 92 parece
efectivamente un himno con un trasfondo litúrgico en el
que se alaba a Dios con cantos y música por su amor y
fi- delidad (vv. 2-4). El cántico está ocupado por un
enfren- tamiento entre justos e impíos ante Dios (vv. 5-
16). El retrato de los malvados se confía a la imagen
vegetal, ya conocida del Salmo 90, de la hierba que
florece pero que pronto es pulverizada y aniquilada
para siempre. Para el retrato del justo se utiliza otra
imagen vegetal, pero su valor es muy diferente. A
diferencia del malvado, que es como la hierba frondosa
pero efímera del campo, el justo se eleva hacia el cielo,
sólido y majestuoso como la pal- mera y el cedro del
Líbano. Su follaje se extiende hasta el santuario
celestial y sus raíces se hunden en la tierra santa y
fecunda del Templo: su cima aspira al infinito, su base
está anclada en lo eterno, su existencia alcanza lo
divino (vv. 13-14). Fuerza como la del unicornio,
belleza como la de un héroe rociado de aceite (v. 11),
vida como la de un árbol majestuoso y centenario, fruto
continuo en continua juventud: éste es el canto
entusiasta de los justos que el Salmo 92 encierra en sus
estrofas.
4. Un salterio en miniatura 57
Salmo 98 (97): El Señor Rey de la tierra
He aquí un «cántico nuevo», perfecto y glorioso, al
Señor rey y juez, cuyas siete cualidades fundamentales
se llaman maravilla, victoria, salvación, justicia, amor,
lealtad, rectitud. Pero el cántico nace de un coro y una
orquesta extraordinarios (vv. 4-8). No son solo los
fieles quienes, acompañados por los instrumentos de
culto del Templo (arpas, trompetas, liras), aclaman ante
el Rey y Señor. Todas las criaturas participan también
en el coro: ahí está el mar que ruge, ahí está la tierra
con todos sus habitantes, ahí están los ríos que con sus
brazos parecen palmas, mientras los ecos de los valles y
las montañas crean sonidos profundos y prolongados.
La entrada del Señor en el mundo y en la historia
provoca una sacudida de felicidad en todos y en todo.
El mundo canta porque Dios está en medio de sus
criaturas y no es expulsado de la humanidad con la
rebelión del orgullo y la injusticia.
Salmo 103 (102): Dios tierno como un padre
El «Dios es amor» de la Primera Epístola de Juan
(4,8) parece casi anticipado en esta bendición que
exalta, ciertamente, la justicia divina pero se abre al
perdón. En- cerrado en dos bendiciones, personal la
primera (vv. 2-3) y coral-cósmica la última (vv. 20-23),
el salmo se desa- rrolla a lo largo de dos movimientos.
El primero es un dulce canto de amor y perdón (vv. 4-
10), un perdón que supera las rígidas leyes de la justicia
(v. 10). El segundo movimiento lírico celebra la
relación entre el amor divi- no y la fragilidad humana
(vv. 11-19) y lo hace a través de cinco símiles muy
eficaces: la distancia vertical entre
58 Orar con los salmos
el cielo y la tierra, la distancia horizontal entre oriente y
occidente, la ternura paterna, la hierba y la flor del
campo azotadas por el viento ardiente del desierto.
Sobre toda la escena se alza la bondad amorosa de
Dios, expresada en- tre otras cosas con una sugestiva
raíz hebrea que indica literalmente la «visceralidad»
maternal del amor de Dios por su criatura. El hombre
débil e insustancial, «corto de días y lleno de
inquietud» (Job 14,1), es envuelto por el
«amor del Señor que es para siempre» (v. 17).
Salmo 104 (103): Cántico de las Criaturas
Según algunos estudiosos, este espléndido Cántico
del Creador y las Criaturas revela algunos puntos de
contacto con el Himno a Atón del célebre faraón Akhe-
natón (siglo XIV a.C.), que había reformado la religión
egipcia sobre la base de un cierto monoteísmo solar
(Atón era, de hecho, el disco solar). Lo cierto es que la
perspectiva de nuestro poeta es diferente, porque el sol
no es divino, sino solo uno de los muchos signos del
esplendor de Dios en el cosmos. Fascinado por las ma-
ravillas diseminadas en la creación, el poeta parte del
cielo en el que se enciende una grandiosa epifanía divi-
na (vv. 1-4), contempla la tierra y las aguas en tensión
(vv. 5-9), pasa a las innumerables manifestaciones de la
vida, generada por el agua en la tierra, germinada en
for- mas animales y vegetales, estallada en la plenitud
de las criaturas (vv. 10-18). Así llegamos al misterio
del tiem- po marcado por el sol y la luna, la vida
nocturna de las bestias y la diurna del hombre (vv. 19-
24). El mar ya no es el monstruo caótico que intenta
demoler la creación, sino un enjambre de naves y
peces entre los que bai-
4. Un salterio en miniatura 59
la el monstruo acuático Leviatán, ahora reducido a una
simpática ballena (vv. 25-26). Sobre todo se extiende el
vivificante espíritu creador de Dios que, desde las
alturas de su cielo, contempla su obra maestra lleno de
alegría (vv. 27-34). Y para que todo cante alabanzas al
Señor, es necesario que el mundo sea limpiado y
purificado de todos los profanadores y de todos los
malvados (v. 35).
Salmo 110 (109): El Mesías rey y sacerdote
Compuesto en el hebreo original de solo 63
palabras, este salmo real ha sido, sin embargo, uno de
los más estudiados, musicados y amados del Salterio.
Conver- tido en el texto clásico del mesianismo desde
el judaís- mo, sus palabras, no siempre claras en el
hebreo origi- nal, han sido traducidas, elaboradas y
estiradas hacia el rey perfecto, heredero del sacerdocio
de Melquisedec, soberano-sacerdote de Salem, la
Jerusalén preisraelita (véase Gen 14). El himno se
estructura sobre dos orácu- los paralelos. El primero
(vv. 1-3) es el solemne dirigido al soberano el día de su
entronización «a la diestra» del arca, signo de la
presencia de Dios. El segundo oráculo (vv. 4-7) es, en
cambio, más de tipo sacerdotal, ya que en la antigüedad
el rey tenía también funciones cultua- les, y termina con
una visión sangrienta del rey triun- fante aplastando los
cráneos de sus enemigos, como el faraón en las
representaciones egipcias, y bebiendo de los torrentes
en sus marchas militares (vv. 6-7). El v. 3, en la antigua
versión griega, se convirtió en la proclama- ción de la
filiación divina del soberano davídico (véase Sal 2,7):
«Yo mismo te engendré, desde el seno, antes de la
aurora». Desde este punto de vista, el salmo se ha
60 Orar con los salmos
convertido en un clásico de la cristología, como atesti-
guan las numerosas citas neotestamentarias (véase, por
ejemplo, Mc 12,36; Hb 1,3.13; 7; Hch 2,34-35).
Salmo 117 (116): Una jaculatoria
Semejante a una miniatura, este mini-himno, el más
corto del Salterio, transformado en música de inefable
belleza por Wolfgang A. Mozart en sus Vísperas
solem- nes de un confesor (1780), ha sido utilizado por
la tra- dición como si fuera una jaculatoria y un Gloria
que se colocan al final de otros himnos o salmos. Sus
17 pala- bras, de las que solo 9 son decisivas, son en
realidad una celebración del corazón de la fe bíblica, la
alianza que Dios establece con el hombre por su amor y
fidelidad, en hebreo hesed y ‘emet. En esta alabanza, el
poeta asocia todos los pueblos, todos los cantos de la
tierra que se dirigen a Dios, el gran aliado de la
humanidad.
Salmo 119 (118): Imponente canto de la palabra
divina
Este alfabeto monumental de la palabra de Dios,
expresado eminentemente en la Torá, la Ley bíblica, se
asemeja a un canto oriental que despliega sus células
sonoras en círculos que suben en espiral hasta el cielo
en repeticiones sin fin. En esta especie de «movimiento
perpetuo» de fidelidad a la palabra divina, lámpara para
los pasos (v. 105), más dulce que la miel (v. 103) y más
preciosa que el oro fino (v. 127), impresiona la
sofistica- da técnica estilística por la que, con las letras
progresivas
4. Un salterio en miniatura 61
del alfabeto hebreo, comienzan no solo los 22 octona-
rios del salmo, sino también todos los versos
individuales del octonario, mientras que cada verso
debe contener al menos una de las ocho palabras
hebreas utilizadas para definir la ley: torah, «ley»,
dabar, «palabra», ‘edût, «tes- timonio», mishpat,
«juicio», ‘imrah, «dicho», hôq, «de- creto», piqqudîm,
«preceptos», miswah, «orden». Como en un rosario,
que serpentea de alef a tau, de la A a la Z, el creyente
debe dejarse conquistar por este hilo oran- te continuo,
el más largo de todo el Salterio, y profesar su alegría de
estar siempre con Dios en todas sus horas y elecciones
de la vida. Se dice que el filósofo Blaise Pascal lo
recitaba a diario, mientras que Dietrich Bon- hoeffer, el
teólogo martirizado por el nazismo en 1945, escribió:
«Sin duda, el Salmo 119 es particularmente pesado por
su longitud y monotonía; pero precisamen- te por eso
debemos proceder palabra por palabra, frase por frase,
muy despacio, con paciencia. Descubriremos entonces
que las aparentes repeticiones son en realidad aspectos
nuevos de una misma realidad: el amor a la Pa- labra de
Dios. Del mismo modo que este amor no puede tener
fin, las palabras que lo confiesan tampoco lo tie- nen.
Pueden acompañarnos a lo largo de toda la vida, y en su
sencillez se convierten en la oración del niño, del
hombre, del anciano».
Salmo 122 (121): Jerusalén, ciudad de paz
He aquí uno de los himnos más apasionados sobre
Sión y la ascensión del peregrino a Jerusalén, ciudad si-
tuada en la cima de una montaña de 800 metros. Esta
letra en la primera estrofa (vv. 1-2) funde dos
momentos
62 Orar con los salmos
cronológicamente distintos: el momento lejano en que
el peregrino decide ponerse en camino hacia la ciudad
santa y el momento presente en que sus pies pisan por
fin el suelo frente a las puertas de la ciudad.
Fascinado por el esplendor arquitectónico y espiritual
de Jerusalén, el poeta se deja cautivar por el deseo de
celebrar la ciu- dad de sus amores, sede de la casa de
David y de los tribunales de apelación, los «tronos del
juicio» que ha- cen más justas a las tribus de Israel
(segunda estrofa: vv. 3-5). El cántico se cierra, pues,
con una última es- trofa (vv. 6-9) que es un deseo
«franciscano» de «Paz y Bien» para la ciudad amada.
Como ocurre a menudo en los salmos de las
ascensiones al templo de Sión, este augurio hace un
guiño a la asonancia entre la palabra
«Jerusalén», popularmente interpretada como «ciudad
de la paz», y la palabra hebrea shalôm, «paz», de
conno- taciones mesiánicas.
Salmo 128 (127): El canto de la familia
Esta encantadora estampa familiar —que ha hecho
del salmo uno de los textos litúrgicos del matrimonio
judío y cristiano— muestra a un padre satisfecho de su
trabajo, una esposa llena de vida y fecundidad como la
vid, símbolo por excelencia del Israel bendecido por
Dios, unos hijos llenos de energía y vitalidad como los
retoños del olivo, otro árbol muy querido en la Biblia.
Un idilio de paz, de serenidad, de felicidad. Pero la
puer- ta de la casa parece abrirse sobre Jerusalén: a la
pequeña familia judía sucede la gran familia de la
nación sobre la que desciende la misma atmósfera de
paz, de serenidad, de felicidad. El himno sapiencial,
que florece en el inte-
4. Un salterio en miniatura 63
rior de una casa, desemboca así en la liturgia del
Templo donde los sacerdotes, bendiciendo a esa
familia, ven en ella el signo de la protección divina y de
la paz-shalôm (v. 5) sobre todo el Israel fiel.
Salmo 130 (129): De profundis, desde lo hondo
Las 52 palabras hebreas del De profundis se han re-
petido, traducido y comentado más que muchos otros
salmos. Y aunque a menudo reducida al rango de canto
fúnebre, esta súplica sigue siendo un espléndido himno
a la alegría del perdón. El grito del orante se eleva
desde los lugares abisales del mal ocultos en el corazón
hu- mano, penetra en los cielos y de la culpa conduce a
la gracia, del pecado a la redención, de la noche a la
luz. Solo quisiéramos hacer dos observaciones sobre
esta pá- gina tan famosa y tan aguda. La primera se
refiere al v.
4. Para el salmista, el temor de Dios no surge del juicio,
sino del perdón, tal como sugiere san Pablo: «la bondad
de Dios te lleva a la conversión» Es la bondad de Dios
la que debe impulsaros a la conversión (Rom 2,4). El
acto de perdonar debe inspirar dolor por el amor divino
ofendido; en lugar de la ira de Dios, su amor
desarmante debe generar temor y dolor. Es más amargo
golpear a un padre que a un gobernante que no perdona.
El segundo hecho que queremos subrayar está
contenido en la ima- gen del v. 6. La espera del perdón
es el suspiro de todo el ser, igual que los centinelas
espían el primer hilo de luz del alba que marca el fin de
los temores nocturnos. En la trepidación está también la
certeza de que el sol saldrá siempre con su carga de
luz y de vida. Pero la palabra
«centinelas» también indica más genéricamente «los que
64 Orar con los salmos
vigilan», quizá también los sacerdotes que en el
Templo esperan el día para presidir —quizá una vez en
su vida debido a su gran número— el culto de Israel.
Una espera santa y gozosa del amor de Dios por su
criatura.
Salmo 131 (130): Un niño en brazos de su madre
La dulce imagen que encierran las pocas líneas de
este salmo de confianza lo han convertido en uno de los
más apreciados de la tradición cristiana. Es el canto de
una confianza espontánea y absoluta, casi instintiva, se-
mejante precisamente a la adhesión afectuosa y serena
de un niño a la persona que constituye su seguridad y
su paz, es decir, a su madre. No se trata, sin embargo,
como muchos piensan, del niño que aún mama; el
térmi- no hebreo utilizado define al niño destetado y la
imagen, por tanto, es la muy oriental del bebé que la
madre lle- va a cuestas. Hay, pues, una intimidad más
consciente. Isaías ya había cantado la relación entre
Israel y su Dios precisamente a partir del simbolismo
materno: «¿Pue- de una madre olvidar al niño que
amamanta, no tener compasión del hijo de sus
entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te
olvidaré» (Is 49,15). A esta intimidad, que no
comprenden quienes tienen el corazón hinchado de
orgullo y aspiran a un éxito clamoroso, el poeta llama
al final a todo Israel: «Espere Israel en el Señor ahora y
por siempre» (v. 3).
4. Un salterio en miniatura 65
Salmo 137 (136): Junto a los ríos de Babilonia
Repetida ininterrumpidamente en la tradición
literaria a lo largo de los siglos, esta poderosa y
dramática lamen- tación de los judíos exiliados a lo
largo de los canales de Babilonia tras la destrucción de
Jerusalén en 586 a.C. solo puede confiarse a la escucha.
Su carga de desespe- ración y esperanza, la fuerza seca
de su imaginería, la intensidad deslumbrante de la
indignación y la melanco- lía son intraducibles en un
comentario. El amor visceral por Sión, la imposibilidad
de cantar y tocar las melodías del Templo
profanándolas en tierra extranjera, la bruta- lidad de los
torturadores, los recuerdos lacerantes de los edomitas,
vasallos de Israel, que habían colaborado con los
babilonios para arrasar la ciudad santa, se convier- ten
en el tema de un poema sublime. Al final, la terrible
maldición contra Edom y contra Babilonia, la extermi-
nadora, persiste en los labios: como hicisteis a los hijos
de los hebreos, así —por la justicia bíblica de la retribu-
ción— otros golpearán a vuestros hijos contra las rocas.
Una escena macabra, signo de la «condescendencia»
del Dios de la Biblia hacia una humanidad oprimida
que no tiene más arma que la de la palabra y la
invocación al Dios vengador y justo. El concepto que
subyace a esta maldición final ya lo explicamos
anteriormente cuando tratamos de los llamados
«Salmos imprecatorios».
Salmo 139 (138): Señor, tú me sondeas y me conoces
He aquí otra obra maestra del Salterio, un himno al
Dios infinito, omnisciente, omnipotente, un himno de
gran poder y soberana belleza. El himno, de calidad
sapien-
66 Orar con los salmos
cial, revela contactos con pasajes de Jeremías y Job: fue
compuesto, por tanto, en la época postexílica (a partir
del siglo V a.C.). Es difícil dar cuenta en unas pocas no-
tas de las numerosas riquezas contenidas en estas cuatro
estrofas dedicadas a la omnisciencia (vv. 1-6), la omni-
presencia divina (vv. 7-12), la creación del hombre (vv.
13-18) y el juicio divino sobre los malvados (vv. 19-
24). Baste mencionar la sorpresa del hombre cuando ve
que Dios ya conoce su discurso desde la primera pa-
labra (v. 4), su vana huida de Dios en una alocada hui-
da hacia los cielos, hacia los infiernos, hacia la aurora
y hacia los confines de la tierra (vv. 8-9), la oscuridad
que se hace transparente a la mirada de Dios (vv. 11-
12), el «tejido» del embrión en el vientre de su madre,
un bordado de incomparable belleza (vv. 13-15), la
biogra- fía de cada hombre ya escrita por Dios en su
libro antes de que existan nuestros días (v. 16), el
amargo desprecio por los malvados que se engañan a sí
mismos rompien- do la obra divina (vv. 19-22)... Es el
canto del encuentro entre dos misterios, el misterio
infinito de Dios y el del hombre criatura «admirable»
(v. 14).
Salmo 148: El aleluya de la creación
Canto coral de las criaturas dirigido por el hom-
bre que preside esta liturgia cósmica de alabanza, el
Salmo 148 se compone de dos poderosas aleluyas. El
primero resuena en los cielos y tiene cantores astrales
(vv. 1-6). Su himno es una celebración de la creación y
de la providencia divina (vv. 5-6). El segundo aleluya
es cantado por la tierra representada por un alfabeto de
criaturas (veintidós seres creados que componen
nuestro
4. Un salterio en miniatura 67
horizonte terrestre) que celebran la acción creadora y
re- dentora de Dios (vv. 13-14). Todos los habitantes del
cie- lo y de la tierra son, pues, convocados al templo
cósmico para una oración «sinfónica» a su único Señor,
Creador y Salvador.
Salmo 150: El último aleluya
Con este aleluya coral se cierra la colección de los
salmos. Un suntuoso, solemne y musical canto de ala-
banza al Señor, es el último mensaje del Salterio. Una
cascada de aleluyas acompaña a la orquesta del
Templo, que aquí está plenamente convocada con el
shofar, el
«cuerno», el arpa, la cítara, los timbales, las cuerdas, la
flauta y los címbalos. Pero al final se eleva un sonido
su- premo, es el aliento de todo ser viviente que se
convierte en oración y alabanza (v. 6). Con este canto
cósmico, a menudo traspuesto en música, concluyen
los tehilim,
«las alabanzas», como llamaban los hebreos a los sal-
mos.
68 Orar con los salmos
CONCLUSIÓN
Aquí concluye nuestro breve recorrido por las pá-
ginas del Salterio, que se ha convertido en el libro de
oración cristiana por excelencia, como atestiguan la Li-
turgia de las Horas, los Salmos Responsoriales de la
Liturgia de la Palabra y las numerosas antífonas tejidas
con textos sálmicos. San Ambrosio, al describir las olas
sonoras de hombres, mujeres y niños que poblaban su
iglesia de Milán cantando los salmos, las comparaba al
«majestuoso vaivén de las olas del océano». Es el gran
aliento de la humanidad y de la creación alabando a su
Señor y Creador.
Para cerrar nuestro itinerario, dejamos la palabra a
un gran maestro de la fe y la teología cristianas, santo
Tomás de Aquino, que considera el Salterio como una
síntesis del mensaje bíblico y teológico.
«En efecto, abarca en su universalidad la materia de
toda teología. La razón por la que este libro bíblico
es el más utilizado en la Iglesia es porque contiene
en sí toda la Escritura. Su característica es que re-
itera, en forma de alabanza, todo lo que los demás
libros exponen según los modos de narración, ex-
hortación y discusión. Su fin es hacer orar, elevar
el alma a Dios por la contemplación de su infinita
majestad, por la meditación de la eterna bienaven-
turanza, por la comunión con la santidad de Dios y
la imitación laboriosa de su perfección».