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Apuntes Sobre La Oracion Libro 1

El documento, titulado 'Apuntes sobre la oración', aborda la importancia de la oración en la vida cristiana, destacando su papel como expresión de la fe y su necesidad en tiempos de crisis. La introducción del Papa Francisco enfatiza que la oración es fundamental para preparar el Jubileo Ordinario de 2025, instando a los fieles a redescubrir su relación con Dios a través de diversas formas de oración. El texto también sugiere que la oración debe ser un esfuerzo colectivo que une a la comunidad cristiana en la búsqueda de paz y esperanza.
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Apuntes Sobre La Oracion Libro 1

El documento, titulado 'Apuntes sobre la oración', aborda la importancia de la oración en la vida cristiana, destacando su papel como expresión de la fe y su necesidad en tiempos de crisis. La introducción del Papa Francisco enfatiza que la oración es fundamental para preparar el Jubileo Ordinario de 2025, instando a los fieles a redescubrir su relación con Dios a través de diversas formas de oración. El texto también sugiere que la oración debe ser un esfuerzo colectivo que une a la comunidad cristiana en la búsqueda de paz y esperanza.
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DICASTERIO PARA LA

EVANGELIZACIÓN

APUNTES
SOBRE LA
ORACIÓN
1

ANgElO COMASTRI

Orar hoy,
un desafío a superar
INTRODUCCIÓN DEL PAPA
FRANCISCO
BAC Popular
DICASTERIO PARA LA EVANGELIZACIÓN

APUNTES SOBRE
LA ORACIÓN
1
Orar hoy,
un desafío a superar

POR

ANGELO COMASTRI

INTRODUCCIÓN DEL PAPA FRANCISCO

BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS


MADRID • 2024
Título original: Appunti sulla preghiera, vol 1: Pregare oggi. Una sfida da vincere
Traducido por SOL CORCUERA URANDURRAGA

Damos las gracias a la Fundación Terzo Piastro por su contribución a la


publicación de los volúmenes

© Dicasterio para la Evangelización - Sección para las cuestiones fundamentales


de la evangelización en el mundo - Libreria Editrice Vaticana, 2024
00120 Ciudad del Vaticano
© de esta edición: Biblioteca de Autores Cristianos, 2024
Manuel Uribe, 4. 28033 Madrid
[Link]

Depósito legal: M-2321-2024


ISBN: 978-84-220-2324-1

Preimpresión: M.ª Teresa Millán Fernández


Impresión: Anebri, S.A. Pinto (Madrid)

Impreso en España. Printed in Spain

Diseño de cubierta: BAC

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o


transforma- ción de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus
titulares, salvo ex- cepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de
Derechos Reprográ- ficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta
obra ([Link]; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)
ÍNDICE GENERAL

Nota del editor....................................................................IX


Introducción del Santo Padre.............................................XI

ORAR HOY, UN DESAFÍO A SUPERAR

PREFACIO. ¡Hay que leerlo! . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 3

CAPÍTULO. 1. Tres referencias autorizadas sobre la


necesidad de la o r a c i ó n . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7
Con la oración podemos levantar el mundo . . . . . 7
El hombre no puede realizarse sin oración...................10
Sin Dios somos demasiado pobres para poder ayu-
dar a los pobres.......................................................11
La oración es un imán que atrae a Jesús.......................12

CAPÍTULO. 2. ¡Señor, enséñanos a orar!.........................15


No se puede vivir sin oración.......................................15
«¡Jesús rezaba!»: este argumento basta para estar a
favor de la oración..................................................18
Primer paso del hombre hacia la oración: «Se-
ñor, dame a conocer cuál es la medida de mis
años, para que comprenda lo caduco que soy»
(Sal 39,5)................................................................22
VIII Índice general

Segundo paso del hombre hacia la oración: «¡Oh


Dios!, ten compasión de este pecador!»
(Lc 18,13)...............................................................25
El primer paso de Dios hacia el hombre: «Tanto
amó Dios al mundo, que entregó a su
Unigéni-
to» (Jn 3,16)............................................................30
El segundo paso de Dios hacia el hombre: «Padre,
les he dado a conocer y les daré a conocer tu
nombre, para que el amor que me tenías esté
en
ellos, y yo en ellos» (Jn 17,26)...............................32

CAPÍTULO 3. San Francisco de Asís.................................39

CAPÍTULO 4. Madre Teresa de Calcuta...........................57


Malcolm Muggeridge....................................................57
NOTA DEL EDITOR

La Biblioteca de Autores Cristianos asume gustosa-


mente el encargo de la Conferencia Episcopal Española
de publicar los Apuntes sobre la oración preparados
por el Dicasterio para la Evangelización con motivo
del Jubileo 2025, tal como hizo el año anterior con los
Cuadernos del Concilio.
Estos Apuntes se presentan en forma de pequeños li-
bros, un total de ocho, que irán apareciendo progresiva-
mente durante los primeros meses del año, desde enero
a mayo de 2024. La colección Popular de la BAC ya
aco- gió en diversas ocasiones los subsidios y
materiales para las grandes celebraciones de la Iglesia
universal y una vez más colabora en la preparación
espiritual y pastoral para este gozoso acontecimiento
del Jubileo Ordinario 2025.
Como propone la oficina del Jubileo, «las diócesis
están invitadas a promover la centralidad de la oración
individual y comunitaria». También nosotros, deseamos
contribuir editorialmente a «poner en el centro la
relación profunda con el Señor, a través de las múltiples
formas de oración contempladas en la rica tradición
católica».
INTRODUCCIÓN DEL SANTO PADRE

La oración es el respiro de la fe, es su expresión


más profunda. Como un grito silencioso que sale del
corazón de quien cree y se confía a Dios. No es fácil
encontrar palabras para expresar este misterio. ¡Cuántas
definicio- nes de oración podemos recoger de los santos
y de los maestros de espiritualidad, así como de las
reflexiones de los teólogos! Sin embargo, ella se deja
describir siempre y sólo en la sencillez de quienes la
viven. Por otro lado, el Señor nos advirtió que cuando
oremos no debemos desperdiciar palabras, creyendo
que seremos escuchados por esto. Nos enseñó a preferir
más bien el silencio y a confiarnos al Padre, el cual
sabe qué cosas necesitamos aun antes de que se las
pidamos (cf. Mt 6,7-8).
El Jubileo Ordinario del 2025 está ya a la puerta.
¿Cómo prepararse a este evento tan importante para la
vida de la Iglesia si no a través de la oración? El año
2023 estuvo destinado al redescubrimiento de las
enseñanzas conciliares, contenidas sobre todo en las
cuatro constitu- ciones del Vaticano II. Es un modo
para mantener viva la encomienda que los Padres
reunidos en el Concilio han querido poner en nuestras
manos, para que, a través de su puesta en práctica, la
Iglesia pudiera rejuvenecer su pro- pio rostro y anunciar
con un lenguaje adecuado la belleza de la fe a los
hombres y mujeres de nuestro tiempo.
Ahora es el momento de preparar el año 2024, que
esta- rá dedicado íntegramente a la oración. En efecto,
en nues- tro tiempo se revela cada vez con más fuerza la
necesidad de una verdadera espiritualidad, capaz de
responder a las
XII Orar hoy, un desafío a superar

grandes interrogantes que cada día se presentan en


nuestra vida, provocadas también por un escenario
mundial cier- tamente no sereno. La crisis ecológica-
económica-social agravada por la reciente pandemia;
las guerras, especial- mente la de Ucrania, que
siembran muerte, destrucción y pobreza; la cultura de la
indiferencia y del descarte, tiende a sofocar las
aspiraciones de paz y solidaridad y a margi- nar a Dios
de la vida personal y social… Estos fenómenos
contribuyen a generar un clima adverso, que impide a
tan- ta gente vivir con alegría y serenidad. Por eso,
necesita- mos que nuestra oración se eleve con mayor
insistencia al Padre, para que escuche la voz de cuantos
se dirigen a Él con la confianza de ser atendidos.
Este año dedicado a la oración de ninguna manera
pre- tende interferir con las iniciativas que cada Iglesia
particular considere proyectar para su cotidiana
dedicación pastoral. Al contrario, nos remite al
fundamento sobre el cual deben elaborarse y encontrar
consistencia los distintos planes pas- torales. Es un tiempo
para poder reencontrar la alegría de orar en su variedad
de formas y expresiones, ya sea perso- nalmente o en
forma comunitaria. Un tiempo significativo para
incrementar la certeza de nuestra fe y la confianza en la
intercesión de la Virgen María y de los Santos. En
definiti- va, un año para hacer experiencia casi de una
«escuela de la oración», sin dar nada por obvio o por
sentado, sobre todo en relación a nuestro modo de orar,
pero haciendo nuestras cada día las palabras de los
discípulos cuando le pidieron a Jesús: «Señor, enséñanos
a orar» (Lc 11,1).
En este año estamos invitados a hacernos más
humil- des y a dejar espacio a la oración que surja del
Espíritu Santo. Es Él quien sabe poner en nuestros
corazones y en nuestros labios las palabras justas para
ser escuchados por el Padre. La oración en el Espíritu
Santo es aquella que
Introducción del Santo Padre XIII

nos une a Jesús y nos permite adherirnos a la voluntad


del Padre. El Espíritu es el Maestro interior que indica
el camino a recorrer; gracias a Él, la oración aun de uno
solo, se puede convertir en oración de la Iglesia entera,
y viceversa. Nada como la oración según el Espíritu
Santo hace que los cristianos se sientan unidos como
familia de Dios, el cual sabe reconocer las exigencias
de cada uno para convertirlas en invocación e
intercesión de todos.
Estoy seguro de que los obispos, sacerdotes, diáco-
nos y catequistas encontrarán en este año las modalida-
des más adecuadas para poner la oración en la base del
anuncio de esperanza que el Jubileo 2025 quiere hacer
resonar en este tiempo turbulento. Para esto, será muy
valiosa la contribución de las personas consagradas,
en especial de las comunidades de vida contemplativa.
Deseo que, en todos los Santuarios del mundo, lugares
privilegiados para la oración, se incrementen las
iniciati- vas para que cada peregrino pueda encontrar un
oasis de serenidad y regrese con el corazón lleno de
consolación. Que la oración personal y comunitaria sea
incesante, sin interrupción, según la voluntad del Señor
Jesús (cf. Lc 18,1), para que el reino de Dios se
extienda y el Evange- lio llegue a cada persona que
pide amor y perdón.
Para favorecer este Año de la Oración se han rea-
lizado algunos breves textos que, en la sencillez de su
lenguaje, ayudarán a entrar en las diversas dimensiones
de la oración. Agradezco a los Autores por su colabora-
ción y pongo con gusto en vuestras manos estos
«Apun- tes», para que cada uno pueda redescubrir la
belleza de confiarse al Señor con humildad y con
alegría. Y no se olviden de orar también por mí.
Orar hoy,
un desafío a superar
PREFACIO
¡HAY QUE LEERLO!

Como prefacio, o mejor, como introducción a estas


páginas sobre el fascinante y actualísimo tema de la
ora- ción, he pensado proponerles el relato de una
curiosa ex- periencia del escritor ruso Aleksandr
Solzhenitsyn. En 1962 publicó su primera novela que
tenía como título Un día en la vida de Iván Denisóvich.
Era el periodo eufórico de la desestalinización. El
propio Kruschev, delante de una asamblea de
intelectua- les, calificó la obra de Solzhenitsyn como
una de las que
«ayudan al pueblo en su lucha por una nueva sociedad,
lo unen y consolidan sus fuerzas».
La narración del escritor ruso nos da a conocer una
de las 3 653 jornadas que Iván Denisóvich transcurrió
en el campo de concentración, resaltando que para el
pobre prisionero se trataba de un «precioso día, casi
feliz».
Es fácil intuir que este pobre Iván es el mismo
autor, el cual sintetiza en este «precioso día, casi feliz»
todo el horror que ese lugar provocó en él, donde «se le
puede dar la vuelta a un hombre como si fuera un
calcetín»; donde, «después de un día de viento, hielo y
hambre, una cucharada de sopa de col cuenta más que
la libertad de toda la vida pasada y de toda la vida
futura y donde, al llegar la noche, el detenido puede ser
feliz por haber conseguido sobrevivir».
Los trabajos forzados, el ser contado y vuelto a con-
tar como si fuera ganado, la conciencia de encontrarse
4 Orar hoy, un desafío a superar

en manos de un tirano y no de la justicia, llevan a la


aniquilación espiritual del hombre, a la descomposición
de su sentido moral volviéndolo malo, cruel,
despiadado y egoísta hasta el punto de que «el peor
enemigo del pri- sionero es él mismo».
Pero en la oscura noche de la opresión, en lo que
parece que es terreno de los lobos, una pequeña llama
brilla y da esperanza: es la fe de quien es prisionero por
haberla custodiado, defendido y propagado; la fe del jo-
ven Aljoska, el cual «mira el sol y se alegra» y «tiene la
sonrisa en los labios» a pesar de todo.
Él ha conseguido llevar consigo a ese infierno el
libro del Nuevo Testamento: los evangelios y las
epístolas de los apóstoles. Hasta ahora ha podido
salvarlo de las con- tinuas redadas y es feliz. Cada
noche, a la tenue luz de la lámpara que se queda
encendida en el frío barracón, lee y reza. Iván lo
escucha, ya que su cama está justo encima de la suya.
Esa noche oye que le dicen:
—Ves bien, Iván Denísovich, que su alma aspira a
dirigir una oración a Dios. ¿Por qué no dejas que
la haga?
Iván miró de reojo a Aljoska. Vio sus ojos relucir
como dos luces. Suspiró.
—¿Quieres saber por qué no rezo? Porque, Aljoska,
las oraciones, como las preguntas escritas, o no
llegan a su destino o son rechazadas.
—¡Uno ha de tener una confianza inquebrantable en
su propia oración! Si tiene una fe semejante, po-
drás decir a ese monte que se mueva y lo hará.
Iván sonrió y se enrolló otro cigarrillo. Se lo hizo
encender por uno de los estonios.
Prefacio. ¡Hay que leerlo! 5

—¡Para de contar patrañas, Aljoska!... Vosotros los


baptistas habéis rezado todos a coro en el
Cáucaso, y ¿habéis movido si acaso un solo
monte?
También ellos eran pobres «cristos»: ¿qué mal po-
dían hacer orando a Dios? Sin embargo, a todos les ha-
bían caído veinticinco años por cabeza. Porque era un
periodo así: le caían veinticinco años a cualquiera.
—Pero no hemos rezado por eso, Denísovich, —in-
tentaba convencerlo Aljoska—. El Señor nos ha
enseñado que, de todas las cosas terrenas y pere-
cederas, solo tenemos que orar por el pan de cada
día. Nosotros en realidad rezamos así: «Danos
hoy nuestro pan de cada día».
—La ración, ¿quieres decir? —preguntó Iván.
Pero Aljoska no se rendía: quería convencerlo más
con los ojos que con las palabras y le acariciaba la
mano:
—Iván Denísovich, no hace falta orar para que te
envíen un paquete postal o te den un tazón más
de esa bazofia. ¡Las cosas más apreciadas por los
hombres son viles a los ojos de Dios! Hay que
orar por el espíritu, para que el Señor nos quite
del co- razón la espuma de la maldad.
Iván se volvió a tumbar... Se sumergió en sus
propios pensamientos sin escuchar el borboteo de
Aljoska.
—En resumen —concluyó al final— reza todo lo
que quieras, pero no te reducirán la pena. Tendrás
que vivirla desde el principio hasta el final.
—¡Pero no se tiene que orar por eso! —se horrorizó
Aljoska—. ¿Qué te importa la libertad? ¡En liber-
tad, los últimos restos de tu fe serán ahogados por
6 Orar hoy, un desafío a superar

las malas hierbas! ¡Tienes que estar contento de


estar en la cárcel! ¡Aquí, tienes todo el tiempo
para pensar en el alma!
Iván miraba el techo en silencio. Tampoco él sabía
si quería volver a ser libre o no... Ni sabía si la vida
habría sido mejor allí que aquí...
Aljoska no mentía cuando decía que estaba contento
de estar en la cárcel: se le notaba en la voz y en los
ojos...
—Mira, Aljoska —le explicaba Iván— tu razona-
miento va bien. Cristo te ha dicho que vayas a la
cárcel y es por Cristo que te encuentras aquí.
¿Pero por qué me han metido a mí aquí?
La pregunta se quedó sin respuesta, ya que lo impi-
dió un enésimo control nocturno. Pero la respuesta ya
se la había dado: «Hay que orar por el espíritu, para que
el Señor nos quite del corazón la espuma de la
maldad».
La maldad es el verdadero mal del hombre:
liberarse de ella es sin duda obra suya; pero le es
imposible sin la ayuda de Dios: este es el gran motivo
de la necesidad de la oración del hombre.
Y donde quiera que estemos hemos de hacer nuestra
la oración de Iván: «Señor, ¡quítanos del corazón la es-
puma de la maldad!»
¡Qué hermoso es, qué consolador, verdadero y de
gran actualidad es el testimonio de este prisionero de un
campo de concentración perdido en la inmensa Rusia!
Su lección es también válida para nosotros, en espe-
cial en este año dedicado a la oración.

Cardenal ANGELO COMASTRI


CAPÍTULO 1
TRES REFERENCIAS AUTORIZADAS
SOBRE LA NECESIDAD DE LA
ORACIÓN

Con la oración podemos levantar el mundo

Santa Teresa de Lisieux (1873-1897), que fue una


misionera maravillosa y fecunda a pesar de quedarse
toda su vida dentro de un monasterio, expresó bien el
secreto de la fecundidad de la oración que hoy muchos
ya no entienden.
Ella, con una gran lucidez, escribió: «Un sabio dijo
“dadme una palanca, un punto de apoyo yo levantaré el
mundo”. Lo que Arquímedes no pudo obtener porque
su petición no se dirigía a Dios y era expresada solo
desde un punto de vista material, los santos lo han
obtenido plenamente. El Omnipotente les ha dado como
punto de apoyo a Él mismo y solo a Él; como palanca
ha dado la oración que inflama con un fuego de amor, y
así han elevado el mundo. Y así lo elevan los santos de
la Iglesia militante y lo levantarán también los santos
futuros hasta el final del mundo».
Son palabras que hay que meditar de rodillas. Y,
sobre todo, son palabras que hay que tomarse en se-
rio empezando a orar de verdad. ¡De inmediato: hoy
mismo!
Teresa nos confía una verdad de un valor incalcula-
ble: ¡los verdaderos «apóstoles» son los santos! Y, ante
todo, ¡son apóstoles porque rezan!
8 Orar hoy, un desafío a superar

Ella, con pocas palabras, destruye viejas contro-


versias e ilumina el problema de la evangelización del
mundo y de la fecundidad del apostolado cristiano: ¡ne-
cesitamos santos!
Y para tener santos, necesitamos personas de una
auténtica oración; y la auténtica oración es la que infla-
ma con un fuego de amor: solo así es posible levantar
el mundo y acercarlo al corazón de Dios.
¿Se podía ser más claro? ¿Y al mismo tiempo más
sencillo? ¿Y más profundo? ¿Y más luminosamente
evangélico?
Santa Teresa de Lisieux, patrona de las misiones
(¡hay que señalarlo!) entendió la eficacia de la oración
desde los catorce años. Así sucedió todo.
En Francia, en la noche del 17 de marzo de 1887,
un tal Enrico Pranzini cometió un triple asesinato. Fue
arrestado y su juicio terminó el 23 de julio con una
condena a muerte: así preveía la ley francesa del mo-
mento.
Teresa de Lisieux, hoy santa, tenía entonces catorce
años y ya era una maravillosa cristiana, abierta a la luz
de Dios y deseosa de llevar almas al encuentro con la
misericordia de Dios.
En cuanto se enteró de la noticia de la condena a
muerte de Enrico Pranzini, Teresa se preocupó mu-
cho porque el homicida había rechazado expresamen-
te cualquier encuentro con un sacerdote y todo dejaba
pensar que había muerto impenitente.
La futura santa estaba triste por este hecho y comen-
zó una oración ferviente, involucrando a su hermana
Celina en la misma tarea. ¿Y qué sucedió? Escuchemos
el relato vivo de Teresa:
1. Tres referencias autorizadas sobre la necesidad de la oración 9

«Yo estaba segurísima de que Dios perdonaría al


pobre desgraciado Pranzini […], para mi consuelo,
le pedía solo “una señal” de arrepentimiento... ¡Mi
oración fue escuchada al pie de la letra! A pesar
de la prohibición que papá nos había hecho de leer
periódicos, no creía desobedecerle leyendo los pa-
sajes que hablaban de Pranzini. Al día siguiente de
su ejecución, se puso a mi alcance sin pretenderlo
el periódico “La Croix”. Lo abro apresuradamente,
y ¿qué es lo que veo?... ¡Ah!, las lágrimas traicio-
naron mi emoción, y me vi obligada a esconder-
me. Pranzini no se había confesado, había subido
al cadalso, y estaba a punto de meter su cabeza en
el lúgubre agujero, cuando de repente, sobrecogi-
do por una inspiración repentina, da media vuelta,
coge un Crucifijo que le presentaba el sacerdote, ¡y
besa por tres veces sus llagas sagradas!. Luego, su
alma voló a recibir la sentencia misericordiosa de
Aquel que declara que “en el cielo habrá más gozo
por un solo pecador que hace penitencia que por
99 justos ¡que no tienen necesidad de penitencia!”
(Lc 15,7)» 1.
Si creyéramos en la eficacia de la oración, nos pa
saríamos mucho tiempo de rodillas. ¡Y el mundo cam-
biaría de dirección!

1
SANTA TERESA DE LISIEUX, Obras completas (BAC, Madrid
2017) 136-137.
10 Orar hoy, un desafío a superar

El hombre no puede realizarse sin oración

David Maria Turoldo (1916-1992), ha dicho:


«Yo creo que el hombre no puede realizarse sin
el silencio ni la oración. Lo que más falta en este
tiempo nuestro, en esta civilización, es el espíritu
de oración. Esta sería la verdadera revolución: ¿el
mundo no reza? Yo rezo. ¿El mundo no guarda si-
lencio? Yo guardo silencio. Y me pongo a la escu-
cha. Revolución no consiste en romper o destruir,
sino en introducir un espíritu nuevo en las formas
de siempre. Lo que más nos falta es precisamente
la relación con el misterio, la apertura hacia el in-
finito de Dios: por eso está tan solo el hombre, por
eso es tan insuficiente y se ve tan amenazado. Es la
característica de esta civilización del fracaso: ya no
se guarda silencio, no se contempla. Se ha perdido
el verdadero valor de las cosas. Y es un tiempo sin
cantos. Hoy no se canta; hoy se chilla, se grita: real-
mente es la civilización del estruendo. Un tiempo
sin oración, sin silencio y, por tanto, sin escucha. Ya
nadie escucha a nadie. No sin razón estos tiempos
no tienen alegría porque la alegría viene de lejos.
Hay que excavar en profundidad: es necesario vol-
ver a orar».
¡Sí, es necesario volver a orar! Solo la oración deja
espacio a Dios en nuestra vida y en la historia del
mundo: y con Dios todo es posible.
1. Tres referencias autorizadas sobre la necesidad de la oración 11

Sin Dios somos demasiado pobres para poder ayudar


a los pobres

En 1968 estuve con Madre Teresa de Calcuta por


pri- mera vez.
Era sacerdote desde hacía apenas un año y sentí el
impulso de ir a pedir a Madre Teresa que me
acompañara con su oración.
Madre Teresa, nada más verme, me preguntó a
quema- rropa: «¿Cuántas horas rezas al día?». Me pilló
un poco por sorpresa, porque me esperaba que me
preguntara: «¿Cuánta caridad haces?». En cualquier caso,
le respondí: «Madre, celebro la santa misa todos los
días, rezo el rosario todos los días, no descuido mi
oración cotidiana del breviario...». Madre Teresa cogió
mis manos entre las suyas y me susurró al oído: «¡No
es suficiente! ¡La relación con Je- sús es una relación
de amor! Y en el amor uno no puede limitarse al deber.
Haces bien en celebrar la misa cada día y en rezar el
rosario y el breviario: ¡es tu deber! Pero tienes que
añadir un poco de tiempo de adoración delan-
te de la Eucaristía, ¡en un tú a tú con Jesús!».
El consejo de Madre Teresa me llegó al corazón,
pero me permití decirle: «Madre, me esperaba que
usted me preguntara: “¿Cuánta caridad haces?». Madre
Teresa se puso seria y luego me recitó lentamente estas
palabras en las que se encierra todo el secreto de su
vida. Dijo: «¿Y tú crees que yo podría llevar mi amor a
los pobres si Je- sús no me diera su Amor cada día a
través de la oración? Recuerda: ¡sin Dios somos
demasiado pobres para poder ayudar a los pobres!».
Se tendrían que gritar estas palabras en las iglesias
y en las plazas: son la medicina para curar la actual
dispersión de tanta gente… ¡también eclesiástica!
12 Orar hoy, un desafío a superar

Con su vida, Madre Teresa nos recuerda una verdad


imprescindible: «¡Sin Dios somos demasiado pobres
para poder ayudar a los pobres!».
Saquemos consecuencias de todo esto: con
honradez, prontitud y coherencia.

La oración es un imán que atrae a Jesús

Domenico Giuliotti, poeta y escritor, nació el 18 de


febrero de 1877 en San Casciano Val di Pesa, en la pro-
vincia de Florencia. Vivió una infancia serena en una
familia en la que se respiraba la fe católica. Él mismo
comentaba:
«Mi infancia transcurrió en una antigua villa solita-
ria en lo alto de una colina cuando el campo todavía
era piadoso y fue una infancia muy religiosa. Me
rodeaban de cosas y de personas verdaderamente
puras. Era el tiempo en el que los campesinos, des-
pués del duro día de trabajo, se reunían en la cocina
iluminada por una gran llama en la chimenea del
hogar y, de rodillas, sobre el suelo irregular, rezaban
el rosario mientras una gran cacerola freía el sofrito
para su sopa de pan negro. Mi padre, granjero, era
amigo de sus subordinados y como un padre para
ellos. Mi madre, nacida en el seno de una familia
campesina, una mujer purísima y muy fuerte, alter-
naba el gobierno de la casa con la oración cotidiana.
Por la mañana, una breve acción de gracias al Señor
por habernos concedido un buen descanso y una
invo- cación a su ayuda para las tareas de la
jornada; a mediodía, el ángelus antes de ponernos a
la mesa; y, antes de dormir, la avemaría y el credo.
Eran oracio-
1. Tres referencias autorizadas sobre la necesidad de la oración 13

nes que recitábamos todos juntos y que descendían


al alma con una luz benéfica» 2.
En su adolescencia, Domenico Giuliotti se separó
de forma brutal de Cristo y se convirtió en un feroz
ene- migo de la Iglesia y de todo lo que olía a
cristianismo: como diría él mismo, se convirtió en un
seguidor del An- ticristo.
Pero su corazón estaba inquieto y, poco a poco, re-
tomó el camino de regreso. En cuanto dio el paso que
lo devolvió a la casa de la fe, Domenico Giuliotti se dio
cuenta de lo «insensato» que había sido y se hizo
inflexi- ble consigo mismo para castigarse por su fuga
imperdo- nable.
Se comportó como el borracho que, una vez cortado
el lazo con el vino, no quiere ni siquiera sentir su olor.
Después de su conversión, Domenico Giuliotti amó vis-
ceralmente la fe católica y escribió páginas vibrantes en
defensa de la grandeza del sacerdote católico.
He aquí una página memorable:
«Ellos solos [= los sacerdotes], aunque indignos,
sostienen, sostenidos por Cristo, los muros vacilan-
tes de la ciudad terrena. Si nos imagináramos que ya
no habría sacerdotes, tampoco existiría ya la Iglesia;
pero si no existiera ya la Iglesia, tampoco habría
ya liturgia; y si ya no existiera la liturgia, tampoco
existirían ya los sacramentos; y sin sacramentos, ya
no se daría la irrigación de la gracia. Y consecuen-
cia de todo ello vendría la sequedad, la esterilidad
y la muerte. El sacerdote es un hombre, pero es
más que los ángeles; es un pecador, pero quita los

2
La Civiltà Cattolica III (1975) 495ss.
14 Orar hoy, un desafío a superar

pecados; es un siervo, pero el Señor le obedece. Los


ángeles e incluso la Reina de los ángeles no tienen
el poder de absolver, ni el poder de obligar a Cristo
cada día a renovar, bajo las santas especies del pan
y del vino, la ofrenda universalmente reparadora de
Dios a Dios. Solo él puede hacer estos prodigios»
3
.
Domenico Giuliotti se apagó cristianamente a las
nueve y cuarto del 12 de enero de 1956. Había escrito
poco antes de morir:
«Ven por tanto pronto, oh Señor, a devorar todo el
mal con tu famélico amor. ¿Qué importa si no te ve-
rán mis cansados ojos de la carne? ¡Sé que vendrás,
Señor! Por tanto, puedo partir con alegría de esta
“cama ensangrentada” ahora que, en proporción con
mi capacidad de entender, es decir, de amar, me has
abierto y desvelado tu adorable Misterio» 4.
¿Cómo se dio el milagro del regreso de Domenico
Giuliotti al conmovedor abrazo a Dios? Él mismo dio
un día la respuesta: «Todo sucedió gracias a las
oraciones insistentes y sinceras de mi madre».
¡Es verdad! Cuando alguien se convierte, ¡siempre
hay alguien que está rezando por él en algún sitio!

3
Polvere dell esilio (Vallecchi, Florencia 1929) 129.
4
Il malpensante: pagine di fede e di lotta e d’amore (Vallecchi,
Florencia 1957) 166.
CAPÍTULO 2
¡SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR!

No se puede vivir sin oración

En la Biblia se afirma claramente la necesidad de la


oración, ¡de la verdadera oración!
En el Antiguo Testamento hay sobre todos dos epi-
sodios que ponen muy bien de manifiesto el gigantesco
poder de la oración.
El primero está ambientado alrededor de los robles
de Mamre. Abrahán acaba de hospedar a tres
personajes misteriosos y ha recibido el anuncio de que
dentro de un año será padre de un niño... largamente
esperado. El clima está lleno de misterio, pero también
lleno de luz: en realidad, cada encuentro con Dios es
así.
Esta es la escena de la oración audaz e insistente:
«Los hombres se levantaron de allí y miraron hacia So-
doma. Abrahán los acompañaba para despedirlos. El
Señor pensó: “¿Puedo ocultarle a Abrahán lo que voy
a hacer? Abrahán se convertirá en un pueblo grande y
numeroso, y en él se bendecirán todos los pueblos de la
tierra”» (Gen 18,16-18).
Dios confía a Abrahán que el pecado pesa sobre el
destino de dos ciudades, hasta tal punto que tiene pen-
sado destruirlas. Abrahán siente un estremecimiento de
solidaridad hacia las dos ciudades y al mismo tiempo
siente que puede llamar al corazón de los “tres miste-
riosos personajes”: «Abrahán se acercó y le dijo: “¿Es
16 Orar hoy, un desafío a superar

que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay


cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no
perdonarás el lugar por los cincuenta inocentes que hay
en él? ¡Lejos de ti tal cosa!, matar al inocente con el
culpable, de modo que la suerte del inocente sea como
la del culpable; ¡lejos de ti! El juez de toda la tierra, ¿no
hará justicia?”» (Gen 18,23-25).
La verdadera oración nos hace entrar en el corazón
de Dios y, por lo tanto, puede permitirse ser audaz e in-
sistente. Por este motivo, Abrahán no pierde el ánimo
y desciende el número a cuarenta personas, a treinta, a
veinte y la respuesta es: «En atención a los veinte, no la
destruiré» (Gen 18,31). Abrahán tiene un momento de
duda, pero a continuación, con la fuerza de la fe, se
atre- ve a decir: «Que no se enfade mi Señor si hablo
una vez más: ¿Y si se encuentran diez?». Contestó el
Señor: «En atención a los diez, no la destruiré» (Gen
18,32).
Desgraciadamente, tampoco hubo diez justos. Pero
permanece intacto el significado del relato: la oración
es diálogo; la oración es iniciativa de amor; la oración
es atrevimiento; la oración es la puerta que nos
introduce en el Corazón de Dios y en el mismísimo
misterio de sus decisiones.
¡Oh, si rezáramos de verdad! Juan Pablo I, en una
de las pocas catequesis que el Señor le concedió dar,
con el candor que era propio en él, exclamó:
«¡Perdemos muchas batallas porque rezamos poco!».
La Biblia le da ampliamente razón.
El segundo episodio memorable sobre la fuerza de
la oración está en el libro del Éxodo. Israel está de
cami- no hacia la Tierra Prometida: pero el viaje está
lleno de dificultades, riesgos, emboscadas y enemigos.
Ante un enemigo poderoso y peligroso, Moisés toma la
siguiente
2. ¡Señor, enséñanos a orar! 17

decisión: «Amalec vino y atacó a Israel en Refidín.


Moi- sés dijo a Josué: “Escoge unos cuantos hombres,
haz una salida y ataca a Amalec. Mañana yo estaré en
pie en la cima del monte, con el bastón de Dios en la
mano”. Hizo Josué lo que le decía Moisés, y atacó a
Amalec; entretan- to, Moisés, Aarón y Jur subían a la
cima del monte. Mien- tras Moisés tenía en alto las
manos, vencía Israel; mientras las tenía bajadas, vencía
Amalec. Y, como le pesaban los brazos, sus
compañeros tomaron una piedra y se la pusie- ron
debajo, para que se sentase; mientras, Aarón y Jur le
sostenían los brazos, uno a cada lado. Así resistieron en
alto sus brazos hasta la puesta del sol» (Ex 17,8-12).
A veces, ante los continuos problemas de nuestro
duro camino hacia el Paraíso, nosotros buscamos so-
luciones de pura alquimia humana y también de una
astu- cia totalmente terrestre.
¿Y si en cambio la solución estuviera en alzar sim-
plemente las manos a Cristo día y noche? ¿Acaso no es
posible que el ejemplo de Moisés tenga algo que ense-
ñarnos también a nosotros, «profesores» de Dios más
que «testigos» de Dios?
En teoría, todos estamos convencidos de la impor-
tancia de la oración: se habla muy a menudo de ello y
se repite por todas partes.
Pero ¿estamos de verdad seguros de que la oración
está en el centro de nuestra vida? ¡Una cosa es hablar
de oración y otra bien distinta es orar!
A veces, ante los recurrentes e insidiosos desafíos
de la historia, todos estamos tentados de abandonarnos
a colaboraciones de refinadas competencias y de alta
pro- fesionalidad... teórica. ¿Y si en vez de eso
buscáramos simplemente a algunas personas, como
Aarón y Jur, para tener siempre en alto las manos de
quienes tienen que
18 Orar hoy, un desafío a superar

orar por todos? ¿No pensamos que tendríamos más


fuer- za y credibilidad, más eficacia en nuestro
apostolado?

«¡Jesús rezaba!»: este argumento basta para estar a


favor de la oración

Para el discípulo, El comportamiento de Jesús es


una norma absoluta de vida. ¡De hecho, Jesús es el
Maestro! Pues bien, nadie puede negar que la
oración haya sido literalmente el centro de la vida de
Jesús: la oración era su respiración, su horizonte de
referencia, la fuente
de sus acciones y de sus palabras.
Blaise Pascal (16231662), al mirar a Jesús, observa-
ba las normas del comportamiento cristiano y concluía:
«¡Amo la pobreza porque Cristo ha amado la
pobreza!». Pero se puede decir tranquilamente y de
manera legítima lo mismo con respecto a la oración:
¡Amo la oración sin discusión porque Cristo ha amado
la oración!
El evangelista Marcos anota: «Se levantó de madru-
gada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a
un lugar solitario y allí se puso a orar» (Mc 1,35).
Debía de ser un gesto tan habitual que se quedó pro-
fundamente impreso en la memoria de los apóstoles: es-
tos, después de la Ascensión, no podían acordarse de su
Maestro y Señor sin recordar al mismo tiempo su
oración.
San Lucas, un escritor capaz casi de pintar los
gestos de la vida de Jesús, subraya un aspecto de gran
impor- tancia: Jesús, antes de tomar la decisión de
llamar a los apóstoles, ¡pasó una noche entera en
oración! El evan- gelista relata este hecho porque es
una extraordinaria lección de vida: «En aquellos días,
2. ¡Señor, enséñanos a orar! 19
Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a
Dios. Cuando se hizo de
20 Orar hoy, un desafío a superar

día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a


doce, a los que también nombró apóstoles» (Lc 6,12-
13).
Charles de Foucauld (1858-1916), conmovido pro-
fundamente por este comportamiento de Jesús, se ena-
moró de la oración nocturna: la noche se convirtió en el
refugio habitual de su oración y el tiempo más
apreciado para el coloquio, la adoración y la
intercesión.
¿No tendría que hacer lo mismo cada discípulo?
¿No debería el discípulo tener sus ojos mirando siempre
al Maestro para entender cada latido, cada matiz, cada
pos- tura en su vida?
¿Cuánto se ha dirigido nuestra mirada al Señor en el
día de hoy?
¿Cuánto inspira su vida la nuestra?
¡No se pueden eludir estas preguntas, si queremos
que Jesús sea nuestro Maestro y nosotros seamos sus
discípulos!
Por otra parte, resulta doloroso tener que admitir
que muchas de nuestras decisiones no nacen de la
oración: nacen de la inteligencia, pero ¿basta con la
inteligencia? Nacen del estudio, pero ¿basta con el
estudio? Nacen de la investigación, pero ¿basta con la
investigación? Na- cen de la sociología, pero ¿basta con
la sociología? Nacen de la astucia, pero ¿basta con la
astucia?
Sigamos de nuevo al Maestro. Escribe el evangelis-
ta Mateo: «Al enterarse Jesús [de la muerte de Juan el
Bautista] se marchó de allí en barca, a solas, a un lugar
desierto» (Mt 14,13); poco después, añade: «Enseguida
[después de la multiplicación de los panes] Jesús
apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se
le adelan- taran a la otra orilla, mientras él despedía a la
gente. Y después de despedir a la gente subió al monte
a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo» (Mt
2. ¡Señor, enséñanos a orar! 21
14,22-23).
22 Orar hoy, un desafío a superar

Estos gestos habituales de Jesús quedaron indele-


blemente grabados en la memoria de los discípulos y se
convirtieron en el punto de referencia continuo de sus
decisiones y de su comportamiento.
Pedro (¡al que eligió Jesús para confirmar la fe del
resto!), no habría podido decir un día: «Nosotros nos
dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra»
(Hch 6,4), si no hubiera estado más que convencido
de estar siguiendo un comportamiento ya visto en el
Maestro.
Esta decisión de Pedro, ¿no tiene nada que decirnos
hoy?
Estoy convencido de que hoy habría meditado
larga- mente el inicio del capítulo sexto de los Hechos
de los Apóstoles: tengo la impresión de que nos
estamos mo- viendo en la dirección opuesta a la que
tomaron los após- toles en un momento muy similar al
nuestro.
Incluso los Evangelios nos dicen que la oración de
Jesús puso en crisis la oración de los discípulos.
Mirando a Jesús que rezaba, ¡se dieron cuenta de que
no sabían orar! Y esto es lo que sucede: «Una vez que
estaba Je- sús orando en cierto lugar, cuando terminó,
uno de sus discípulos le dijo: “¡Señor, enséñanos a orar,
como Juan enseñó a sus discípulos!”» (Lc 11,l).
La oración de Jesús tenía que ser al mismo tiempo
transparente y misteriosa: era una santa oración en la
que se veía algo hermoso, pero al mismo tiempo seguía
sien- do un misterio profundo. La petición de los
apóstoles fue espontánea: «Jesús, haznos entrar en este
hermoso misterio que se ve en tus ojos y en tu rostro.
Jesús, ¡en- séñanos a orar!».
Nosotros también necesitamos retomar esta invoca-
ción: en efecto, a todos nosotros nos tiene que quedar
2. ¡Señor, enséñanos a orar! 23

muy claro que el camino de nuestra oración no ha ter-


minado porque no ha terminado el camino de la fe y
tampoco el de la conversión; el camino de conversión,
el camino de fe y el camino de oración son caminos al
mismo tiempo, son caminos intercambiables.
El evangelista Juan, que tuvo la gracia de sentir el
la- tido del corazón de Cristo y de intuir el abismo de
amor que ocultaba, fotografió los sentimientos de las
últimas horas de la vida de Cristo citando una larga y
memorable oración: la oración al Padre, la oración de la
ofrenda de Amor, la oración de la amistad divina, la
oración ferviente por la unidad de sus discípulos, la
oración para invocar el alma de la oración para sus
apóstoles y para sus discí- pulos de todos los tiempos.
Una vez concluida la cena, relata san Lucas: «Salió
y se encaminó, como de costumbre, al monte de los
Oli- vos, y lo siguieron los discípulos. Al llegar al sitio,
les dijo: “Orad, para no caer en tentación”» (Lc 22,39-
40).
¿Cómo es posible que en el momento más dramá-
tico de su vida, cuando su mismo cuerpo reaccionaba
sudando sangre, haya visto la oración como única
fuerza y único recurso? Y, sin embargo, es así. El
Evangelio no puede cambiarse, ni ser retocado: ¡es así,
es sencillamen- te así!
Cuando llegó el momento supremo, Jesús entra
oran- do en el abrazo con su Padre: «Y Jesús, clamando
con voz potente, dijo: “Padre, a tus manos encomiendo
mi espíritu”» (Lc 23,46).
Si esta ha sido la vida de Jesús, si este ha sido su
apostolado, ¿podemos vivir nosotros una vida distinta o
pensar nuestro apostolado de un modo diverso?
«¡Señor, enséñanos a orar!».
La Palabra de Dios nos responde. ¡Escuchemos!
24 Orar hoy, un desafío a superar

Primer paso del hombre hacia la oración: «Señor,


dame a conocer cuál es la medida de mis años,
para que comprenda lo caduco que soy» (Sal
39,5)

La Biblia enseña categóricamente (¡pero también lo


enseña la experiencia!) que el hombre es pequeño. ¡Sí,
el hombre es pequeño!
Esta verdad de partida es fundamental: en efecto, si
el hombre intercambia la medida real de su estatura con
la medida irreal de sus deseos, realiza un error fatal y,
antes o después, pasará de la ilusión a la desilusión, del
delirio de omnipotencia a la postración del nihilismo.
Así ha sucedido siempre y sucede continuamente, no
hay más que mirar a nuestro alrededor.
La Biblia nos advierte con lealtad lo pequeño que
es el hombre. Entonces, la primera postura que permite
comenzar un verdadero camino de oración es precisa-
mente esta: reconocer nuestra pequeñez, ser conscientes
de nuestra condición de criaturas.
Veamos algunos textos significativos de la Escritura
a través de los cuales aparece claramente el verdadero
rostro del hombre.
Isaías, con un lenguaje robusto y nítido, escribe:
«Dice una voz: “Grita”. Respondo: “¿Qué debo
gritar?”. Toda carne es hierba y su belleza como flor
campestre» (Is 40,6).
¡Es verdad! El hombre lleva dentro de sí mismo un
innato estado incompleto que no es otra cosa que su
mis- ma condición de “criatura” escrita en todas las
fibras de su ser: ¡por eso hay una necesidad innata de
adoración en el hombre! ¡El riesgo fatal del hombre es
confundirse con el destinatario de esa adoración!
2. ¡Señor, enséñanos a orar! 25

El Salmo 8, después de haber reconocido que el


hombre tiene en él mismo una marca de grandeza, se
apresura a precisar:
«Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que has creado.
¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?».
El Salmo 37, recogiendo una objeción antigua y re-
ciente, aconseja:
«No te exasperes por los malvados,
no envidies a los que obran el mal:
se secarán pronto, como la hierba,
como el césped verde se agostarán».
¿Por qué? Porque el malvado es el que no se apoya
en el Señor; el malvado es el que ha orientado hacia
«otros señores» la innata necesidad de adoración: se
encontrará inexorablemente arrugado en la nada y el
fracaso exis- tencial. Así, el salmista susurra
dirigiéndose al justo:
«Confía en el Señor y haz el bien:
habitarás tu tierra y reposarás en ella en fidelidad;
sea el Señor tu delicia,
y él te dará lo que pide tu corazón».
El salmista está decididamente seguro al afirmar
que solo Dios es proporcional a los deseos del corazón
hu- mano: de hecho, ¡el hombre está sediento de Dios!
Por este motivo, la conclusión es rápida como una
flecha:
«Mejor es ser honrado con poco
que ser malvado en la opulencia;
pues al malvado se le romperán los brazos,
pero al honrado lo sostiene el Señor».
26 Orar hoy, un desafío a superar

Sin embargo, a menudo el justo parece un derrotado


y el impío parece un vencedor. No, asegura el salmista,
no te dejes engañar:

«Vi a un malvado que se jactaba,


que prosperaba como un cedro frondoso;
volví a pasar, y ya no estaba;
lo busqué, y no lo encontré».

Esta es la certeza del hombre de fe: del hombre que


sabe ser pequeño e incompleto, pero que al mismo
tiem- po sabe que Dios lo completa.
También el Salmo 73, nos entrega el mismo
mensaje en unas pocas frases:

«Pero yo por poco doy un mal paso,


casi resbalaron mis pisadas:
porque envidiaba a los perversos,
viendo prosperar a los malvados.
[...]
En un momento causan horror,
y acaban consumidos de espanto.
Como un sueño al despertar, Señor,
al despertarte desprecias sus sombras.
[...]
¿No te tengo a ti en el cielo?
Y contigo, ¿qué me importa la tierra?
Se consumen mi corazón y mi carne;
pero Dios es la roca de mi corazón y mi lote
perpetuo».
¡Este es el verdadero rostro del hombre que surge de
la Escritura!
El hombre es un pequeño que no puede jugar a ser
un gigante. De hecho, la pequeñez del hombre solo
tiene
2. ¡Señor, enséñanos a orar! 27

un enfoque liberador: apoyarse en el único Grande y


de- jarse abrazar por Él. Por eso, Fiódor Dostoyevski
dijo con unas pocas palabras fulgurantes: «Toda la ley
de la existencia reside en esto: que el Hombre pueda
inclinar- se ante el infinitamente Grande». Gandhi
añadió sabia- mente: «El buscador de Dios debe ser
más humilde que el polvo».
Y san Agustín Roscelli, un pequeño gran sacerdote
genovés del siglo XIX, afirmaba con una profunda preci-
sión teológica: «En el paraíso encontraremos a personas
que no han sido ni mártires, ni obispos, ni sacerdotes, ni
teólogos... pero no encontraremos a ni una sola persona
que no haya sido humilde».
Sin humildad no se llega a Dios: el hombre solo lle-
gará a sentir los pasos del Eterno y la careza del Infini-
to si acepta con serenidad su pequeñez como verdad y
como punto de partida del camino de su inquieta inte-
ligencia.
Por desgracia, no siempre sucede así. El hombre
his- tórico ha vivido el trágico incidente de la libertad
he- cha orgullo: el hombre histórico ha rechazado a
Dios y, dramáticamente, ha caído en la amarga
experiencia del pecado. Por lo tanto, hemos de mostrar
ahora el segundo paso indispensable.

Segundo paso del hombre hacia la oración: «¡Oh


Dios!, ten compasión de este pecador!» (Lc 18,13)

Friedrich Nietzsche (18441900), filósofo inquietan-


te y testigo singular del drama de la cultura occidental,
en el fragmento 108 de su obra La ciencia jovial
declara con seguridad:
28 Orar hoy, un desafío a superar

«Dios ha muerto: pero tal y como es la naturaleza


de los hombres, habrá, quizá aún durante milenios,
cuevas en las que se proyecte su sombra. Y noso-
tros… ¡nosotros aún tenemos que derrotar a su som-
bra!».
¡Qué propósito más descabellado! En realidad,
¡Dios nunca se convertirá en una sombra, pero el
hombre sí se convierte en una sombra cuando se
separa de Dios! El mismo Nietzsche, en el fragmento
125 de la misma obra, nos entrega una sufrida página
en la cual el ateísmo ya no es presentado como una
conquista, sino como un altísimo drama. Escribe:
«¿No oísteis hablar de aquel loco que en pleno día
corría por la plaza pública con una linterna encen-
dida, gritado sin cesar: “¡Busco a Dios! ¡Busco a
Dios!” Como estaban presentes muchos que no
creían en Dios, sus gritos provocaron a risa. “¿Se
te ha extraviado?” decía uno. “¿Se ha perdido como
un niño?”, decía otro. “¿Se ha escondido? ¿Tiene
miedo de nosotros? ¿se ha embarcado? ¿ha emi-
grado? Y estas preguntas acompañaban risas en
el corro. El loco se encaró con ellos y, clavándo-
les la mirada, exclamó: “¿Dónde está Dios? Os lo
voy a decir. Le hemos matado, vosotros y yo, to-
dos nosotros somos sus asesinos. Pero ¿cómo he-
mos podido hacerlo? ¿Cómo pudimos vaciar el mar?
¿Quién nos dio la esponja para borrar el horizon-
te? ¿Qué hemos hecho después de desprender la
tierra de la cadena de su sol? ¿Dónde la conducen
ahora sus movimientos? ¿A dónde la llevan los
nuestros? ¿Es que caemos sin cesar? ¿Vamos ha-
cia adelante, hacia atrás, hacia algún lado, erramos
2. ¡Señor, enséñanos a orar! 29

en todas direcciones? ¿Hay todavía un arriba y un


abajo? ¿Flotamos en una nada infinita ¿No sentimos
frío? ¿No veis de continuo acercarse la noche cada
vez más cerrada? ¿Necesitamos encender las lin-
ternas antes del mediodía? ¿No oís el rumor de los
sepultureros que entierran a Dios? ¿No percibimos
aún nada de la descomposición divina? Los dioses
también se descomponen. ¡Dios ha muerto! ¡Dios
permanece muerto! ¡Y nosotros le dimos muerte!
¡Cómo consolarnos nosotros, asesinos entre los ase-
sinos! Lo más sagrado, lo más poderoso que había
hasta ahora en el mundo ha teñido con su sangre
nuestro cuchillo. ¿Quién borrará esa mancha de san-
gre? ¿Qué agua servirá para purificarnos? ¿Qué ex-
piaciones, qué ceremonias sagradas tendremos que
inventar? La grandeza de este acto ¿no es demasia-
do grande para nosotros?”».
Paradójicamente, Nietzsche ha recogido un aspecto
real y trágico de la historia humana: en efecto, realmen-
te, el hombre siempre ha intentado y sigue intentando
matar a Dios; el hombre siempre ha intentado y sigue
intentando huir de su Padre; el hombre siempre ha in-
tentado y sigue intentando hacerse un propio «dios»: es
más, ¡intenta hacerse «dios»!
¿Y el resultado? El resultado es la llegada amarga a
un sentimiento de orfandad, a una insignificancia
opresiva, a una pérdida de las coordenadas que nos
permiten res- ponder a las preguntas decisivas e
ineludibles: ¿quiénes somos? ¿De dónde venimos?
¿Hacia dónde vamos?
El periodista Indro Montanelli (1909-2001) tenía to-
talmente razón. Poco antes de morir, tuvo la valentía y
la honradez de decir: «Si tengo que cerrar los ojos sin
30 Orar hoy, un desafío a superar

saber de dónde vengo y a dónde voy, ¿qué he venido a


hacer en estos rápidos días de mi vida… valía la pena
abrir los ojos? ¡Lo que estoy diciendo es una
declaración de fracaso!».
Da que pensar.
El pecado es un auténtico germen de insensatez que
enmudece el pasado y el futuro del hombre y hace que
su presente sea indescifrable: en efecto, en cuanto
rechaza a Dios, el hombre se encuentra en una vorágine
de deseos que ya no llevan a ningún sitio. ¡Es la
experiencia que tiene mucha gente hoy en día!
El Salmo 78, percibiendo el movimiento de fracaso
de todo pecado, llega a compararlo con un tiro que no
alcanza su objetivo:
«Desertaron y traicionaron como sus padres,
fallaron como un arco engañoso» (Sal 78,57).
Por este motivo, el pecado es el verdadero mal del
hombre: es el mal originario del que derivan todos los
demás males. Jeremías, en una página densísima, llega
a escribir: «Siguieron vaciedades y se quedaron vacíos»
(Jer 2,5).
Y añade un llamamiento apremiante: «En tu maldad
encontrarás el castigo, tu propia apostasía te
escarmentará. Aprende que es amargo y doloroso
abandonar al Señor, tu Dios» (Jer 2,19).
Pier Paolo Pasolini (1922-1975), al que podemos
considerar símbolo de la modernidad que se ha alejado
de Dios, llegó a esta amarga consideración:
«Siempre falta algo, existe un vacío
en cada intuición mía. Y es vulgar,
este ser incompleto, es vulgar.
2. ¡Señor, enséñanos a orar! 31

Nunca fui más vulgar que en esta ansia,


en este “no tener a Cristo”» 1.
Se ha escrito todo esto: abramos los ojos y no
repita- mos los mismos errores fatales.
Pero ahora se plantea una pregunta determinante:
¿Cuánto incide todo esto en el camino de nuestra ora-
ción? Evidentemente, no se puede iniciar un verdadero
camino de oración si no se da una lúcida y sufrida con-
ciencia de lo mucho que el pecado ha herido el corazón
del hombre y ha devastado su historia. En efecto, he-
mos de ser bien conscientes de que al nacer nos vemos
introducidos en una humanidad marcada por el peso del
primer pecado, que ha abierto la primera herida de la
separación de Dios: y a este primer pecado (el pecado
original) se ha añadido veneno sobre veneno, hasta el
punto de que la historia humana se ha hecho cada vez
más tortuosa, más retorcida, más enferma.
Pero todo no acaba aquí. A esta herencia de naci-
miento se superpone el peso de nuestro pecado
personal: desgraciadamente, ¡hemos dejado proliferar la
cizaña en el pequeño campo de nuestra vida!
Este es el segundo paso del camino de la oración:
tomar conciencia de que nuestra pequeñez innata se ha
encallado en el pecado, el cual ha deformado nuestra
pri- mitiva belleza y ha complicado nuestra gravitación
inna- ta hacia Dios convirtiendo nuestra vida en un
verdadero laberinto.
Sin esta conciencia, la oración no puede ser
verdade- ra: para orar en la verdad, hemos de
presentarnos delante de Dios con las heridas de nuestra
pequeñez y de nuestro

1
«L’alba meridionale», en Le poesie (Garzanti, Milán 1975) 505.
32 Orar hoy, un desafío a superar

pecado al descubierto. Solo así podrá ser el encuentro


con Dios un encuentro de liberación y de redención.
Pero surge aquí otra pregunta: ¿Quiere Dios liberar-
nos? ¿Quiere Dios salvarnos? ¿Se interesa realmente
Dios por nuestras acciones y nuestras desventuras?
En el Antiguo Testamento hay una oración que
reco- ge la aspiración más noble y profunda del corazón
hu- mano: «¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses! En
tu presencia se estremecerían las montañas» (Is 63,19).
¿Y Dios? ¿Y su respuesta? ¿Hay una respuesta de
Dios? Los cristianos decimos: ¡Sí!

El primer paso de Dios hacia el hombre: «Tanto


amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito»
(Jn 3,16)

La oración cristiana comienza solo ahora: en reali-


dad, los cristianos, en la tormenta de los siglos somos
como una pancarta pobre y arrugada, pero tenemos una
noticia que, desde hace dos mil años, nos quema en el
corazón y nos ilumina los ojos: «Y el Verbo se hizo
carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14).
¡Todo cambia! ¡Todo se ilumina! ¡Incluso el pecado
(que la Iglesia tiene el sacrosanto deber de predicar y
recordar, porque es el «asunto más serio» de la historia
humana)! ¡El pecado ya no da miedo: viene iluminado
de repente por un rayo de esperanza!
En una hermosa página, Blaise Pascal condensa toda
la enseñanza cristiana. Dirigiéndose a Dios, ora con
confian- za del siguiente modo: «Oh Dios, revélame mis
pecados».
Pero Dios duda, no quiere hablar. Ante la
insistencia de Pascal, responde: «Si conocieras tus
pecados, ¡no lo soportarías!».
2. ¡Señor, enséñanos a orar! 33

Pascal se siente entonces turbado, se siente dejado


al descubierto por la luz de Dios, pero tiene la fuerza
para replicar: «Dios mío, ¡entonces estoy condenado
perder la esperanza?».
Y, a continuación, viene la respuesta de Dios que, a
fin de cuentas, es la síntesis de todo el anuncio
cristiano:
«¡No, no la perderás porque tus pecados te serán reve-
lados en el mismo momento en el que te serán perdona-
dos!».
¡Qué gran verdad! Jesús, al venir al mundo, ha dado
golpes decisivos al orgullo testarudo de los hombres.
¡El orgullo ciega de verdad! ¡El orgullo mata! El or-
gullo esconde la llaga y hace que se pudra.
Debemos acercarnos a Jesús con la verdad de lo que
somos: ¡somos pequeños y somos pecadores! Pero ahí
se da el prodigio: delante de la humildad, Dios
manifiesta un deseo irrefrenable de perdón y de
reconciliación.
Escribe el evangelista Juan: «Dios no envió a su
Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el
mundo se salve por él. El que cree en él no será
juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha
creído en el nom- bre del Unigénito de Dios. Este es el
juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres
prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran
malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no
se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.
En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para
que se vea que sus obras están hechas según Dios» (Jn
3,1721).
Entonces, ¿qué es la oración cristiana?
La oración cristiana es el asombro siempre nuevo
de quien ha sabido que Dios ha desgarrado el cielo de
verdad y se ha hecho cercano a cada uno de nosotros.
La oración cristiana es el llanto emocionado del hijo
34 Orar hoy, un desafío a superar
que,
2. ¡Señor, enséñanos a orar! 35

oprimido por la culpa, regresa a la casa del Padre; y,


de- lante del Padre, alza su mirada y no se encuentra
con la ira, sino que ve una sonrisa y advierte la infinita
ternura del corazón del Padre. La oración cristiana
comienza así.
La experiencia de alegre asombro es el alma de toda
auténtica oración cristiana: ¡entiendo entonces a san
Francisco de Asís que, delante del crucifijo no
conseguía contener sus lágrimas!; ¡entiendo a Charles
de Foucauld que, en el desierto del Sáhara, pasaba
noches intermina- bles delante de la eucaristía solo para
sentir y bendecir el Amor!
En efecto, Jesús es la buena noticia del amor de
Dios; es más. ¡Jesús es el Amor hecho buena nueva!
He aquí el segundo paso de Dios hacia nosotros; nos
encontramos en la cima de la oración cristiana: Dios no
solo nos perdona, sino que, al abrazarnos, ¡nos regala la
posibilidad de amar come ama Él!

El segundo paso de Dios hacia el hombre: «Padre,


les he dado a conocer y les daré a conocer tu
nombre, para que el amor que me tenías esté en
ellos, y yo en ellos» (Jn 17,26)

¿Estamos en el mismo corazón de la experiencia


cris- tiana: ¡estamos en el corazón de la oración! ¡Amar
como ama Dios!? ¡Sí, el cristianismo está precisamente
ahí!
Sigamos al Maestro y escuchemos su Palabra: solo
Él puede decirnos cómo ama Dios.
Un día Jesús, entristecido por la continua
incompren- sión y por la sorda hostilidad con la que se
pagaba la noticia de la bondad de Dios, dijo: «¿Quién
de vosotros
36 Orar hoy, un desafío a superar

que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las


noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada,
hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la
car- ga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a
casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice:
“¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me
había perdi- do”» (Lc 15,4-6).
¡Qué humano es este pastor que, para buscar una
oveja perdida, se enfrenta a los problemas, los riesgos y
el cansancio!
Pero debemos concluir: ¡qué divino es este pastor!
En realidad, Jesús se apresura a precisar: «Os digo que
así también habrá más alegría en el cielo por un solo
pecador que se convierta que por noventa y nueve
justos que no necesitan convertirse» (Lc 15,7).
¡Detrás de la imagen del pastor se encuentra el
rostro y el corazón de Dios! ¡Es un hecho
impresionante!
Jesús añade una segunda pincelada: «O ¿qué mujer
que tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende
una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta
que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las
amigas y a las vecinas y les dice: “¡Alegraos conmigo!,
he encontrado la moneda que se me había perdido”. Os
digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios
por un solo pecador que se convierta» (Lc 15, 8-10).
Esta imagen de Dios es realmente atrevida: ¡Dios es
como una mujer que vive un mal momento cuando se
da cuenta de haber perdido una moneda de gran valor!
La mujer se agita, corre por la casa, barre y busca por
todas partes hasta que grita de alegría por haber
encontrado la moneda perdida.
Pues bien, ¡Dios lo hace igual! El propio Jesús
afirma que hay alegría delante de los ángeles de Dios
por un
2. ¡Señor, enséñanos a orar! 37

solo pecador que se convierte. Entonces, ¡Dios tiene sus


alegrías y Jesús las muestra sin que pueda haber
ninguna posibilidad de confusión!
¿No nos hace llorar de emoción este estilo, este ros-
tro y este corazón de Dios?
Pero Jesús todavía no ha dicho todo: da una tercera
pincelada vigorosa y el cuadro del rostro del Padre
toma las líneas definitivas y bellísimas: «Un hombre
tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:
“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El
padre les repartió los bienes» (Lc 15,11-12).
Sigamos el delicado movimiento de la parábola. En
el centro hay un padre con un trágico destino: tiene dos
hijos; el más joven llega a la insolencia de exigir la he-
rencia aun cuando el padre sigue vivo. Este comporta-
miento del hijo más joven revela una crueldad aterra-
dora: para este hijo, el padre está como muerto; es más,
este hijo mata al padre dentro de él. ¡A él solo le
interesa la herencia! Y el padre (¡imaginemos con qué
dolor in- terior!) se ve obligado a dejar que el hijo se
vaya. ¡Este padre ama realmente y no puede permitirse
obligar al hijo a que lo ame porque el amor no puede
ser ordenado! El hijo se va, pero el castillo soñado se
convierte en una vida entre puercos: ¡siempre es así!
¡El mal es mal por- que siempre hace daño!
Dice Jesús: «No muchos días después, el hijo me-
nor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país leja-
no, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra
un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue
en- tonces y se contrató con uno de los ciudadanos de
aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar
cerdos» (Lc 15,13-15).
38 Orar hoy, un desafío a superar

El sueño se acabó: lejos de casa se está mal; lejos


del padre, la vida es amarga; la alternativa a la casa es
una pocilga. La huida se transforma en nostalgia:
¿nostalgia de qué? ¿Nostalgia del padre? ¿Nostalgia de
un abrazo?
¿Nostalgia de una reparación?
No, la parábola no relata estos sentimientos: apor-
ta una fotografía más bien insípida del hijo más joven:
«Cuántos jornaleros de mi padre —dice— tienen abun-
dancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre.
Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi pa-
dre» (Lc 15,17-18).
En este hijo no se da el pesar de haber hecho sufrir
a su padre; no existe una herida punzante que se abre
pensando que ha sido causa de dolor para el corazón
bueno de su padre. No dice llorando: «¡Cuánto he he-
cho sufrir a mi padre! ¡Cuánto deseo devolverle la ale-
gría que le he robado injustamente! ¡Cuánto quiero a
mi padre!».
No, el hijo tiene apenas un inicio de arrepentimiento
y se encamina lentamente hacia la casa de la que había
salido corriendo.
¡Pero aquí se da el hecho imprevisible! Aquí se da
la novedad inesperada, la novedad que estremece el
cora- zón del hijo:
«Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le
conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le
echó al cuello y lo cubrió de besos» (Lc 15,20).
¡Qué imprevisible es este padre! ¡Está fuera de cual-
quier esquema y de toda lógica humana! Tenía derecho
a indignarse, se habría tenido que enfadar y, en cambio:
«Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; poned-
le un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed
el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebre-
2. ¡Señor, enséñanos a orar! 39

mos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto


y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado»
(Lc 15,22-24).
El padre no ha cambiado por la prueba: ¡sigue sien-
do inquebrantablemente padre! Este padre tiene un co-
razón con una reserva inagotable de amor: solo sabe
amar y ama totalmente, sin condiciones, porque el amor
verdadero es necesariamente maximalista e incondicio-
nal.
¡Este padre es Dios! Nos podemos tambalear con
esta noticia. Pero es una noticia que no viene de noso-
tros, sino que viene del «Dios unigénito, que está en el
seno del Padre» (Jn 1,18).
¿Quién puede dudar? ¿Quién puede presentar
alguna objeción?
Pero no ha acabado la parábola: el hijo mayor
explo- ta de repente en una crisis de celos.
Sigamos el relato que sale del mismo corazón de
Cristo: «Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al
volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza,
y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era
aquello. Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu
padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha re-
cobrado con salud”» (Lc 15,25-27).
¡Hijo mayor, tendrías que haber corrido junto al pa-
dre! Si lo quisieras de verdad, tendrías que haberle di-
cho: «Padre, ¡qué feliz estoy al verte feliz! ¡Padre,
cómo comparto contigo la alegría de este momento!
¡Padre, me siento de fiesta al ver tu corazón de fiesta!».
En cambio: «Él se indignó y no quería entrar»
(Lc 15,28).
¡Qué decepcionante es este comportamiento! El hijo
mayor no está en sintonía con el corazón del padre.
40 Orar hoy, un desafío a superar

Ha cavado un surco entre él y su padre: la ocasión


del regreso de su hermano desvela que el surco es igual
de profundo que un abismo.
¿Y su padre? Apenas acaba de abrazar a su hijo más
joven y ya se encuentra ante una nueva prueba: no ha
podido todavía disfrutar de la emoción de la fiesta y ya
tiene que probar la amargura de una huida inesperada.
¿Cómo reaccionará? ¿Cómo explotará su indigna-
ción?
Lo dice Jesús: «Su padre salió e intentaba persuadir-
lo» (Lc 15,28).
¡Esto es demasiado! ¡Es indignante!
Y, sin embargo, es así. Dios ama de este modo y
toda nuestra vida está marcada por los gestos de su
inagota- ble ternura: «Hijo mío, mi niño —habla el
padre con el corazón en la boca—, tú estás siempre
conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso
celebrar un banque- te y alegrarse, porque este
hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba
perdido y lo hemos encontrado» (Lc 15,31-32).
Jesús pone en labios del padre la palabra «mi niño».
De este modo, Jesús pinta un retrato de Dios en el que
el Amor es el color dominante que da vida al resto de
los colores: el Padre es Amor, es esencial, fiel e
inagotable- mente Amor.
Y nosotros estamos llamados a entrar en su corazón
para vivir su misma vida: «Padre justo —reza Jesús en
la cena de las grandes emociones y de las grandes con-
fidencias—, si el mundo no te ha conocido, yo te he co-
nocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Les
he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para
que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos»
(Jn 17,2526).
2. ¡Señor, enséñanos a orar! 41

La oración cristiana desemboca en este océano: ¡en


el mismo amor de Dios! No existe oración cristiana si
no se crea un contacto entre nuestra pobreza y la
riqueza infinita de la caridad de Dios.
Pero cuando la oración es verdadera, un río de amor
entra en nuestro corazón y nos llenamos del Espíritu
Santo: ¡nos llenamos del amor de Dios!

¡Como le ocurrió a san Francisco de Asís!


42 Orar hoy, un desafío a superar

CAPÍTULO 3
SAN FRANCISCO DE ASÍS

¡Un santo hecho de oración!


¡Por eso ha dejado una profunda huella en
la historia!
Pero orando también puede estallar nuestra
respuesta al amor de Dios.

San Francisco nació en 1182 en Asís. Su padre, de


nombre Pietro di Bernardone, era un comerciante muy
habilidoso y, por tanto, muy rico, y solo se preocupaba
por aumentar su riqueza. Su madre se llamaba Pica y
era de origen francés (en concreto, de la Provenza).
Cuando nació el niño, su padre se encontraba fuera
en un viaje relacionado con el comercio de telas.
Su madre lo hizo bautizar inmediatamente y eligió
para él el nombre de «Juan». Cuando su padre regresó
de su viaje, se lamentó por la elección de un nombre
dema- siado religioso. Y cambió el nombre de su hijo:
lo llamó
«Francisco» en honor a un paño que comerciaba y que
era llamado «francisco» porque se producía en Francia.
De este modo, el nombre de «Francisco» entró en la
historia. ¡Entró como un nombre que fue elegido en
honor al beneficio! ¡Qué hecho tan extraño! ¡Qué hecho
tan peculiar!
Francisco llevó una juventud desenfadada e inclu-
so frívola. En realidad, nunca tuvo mal carácter, nunca
fue violento ni tuvo sucios sentimientos. En realidad,
40 Orar hoy, un desafío a superar

también en el momento de la frivolidad, Francisco se


mostró generoso y sensible hacia los pobres que se en-
contraba por la calle.
Se ha de decir enseguida que su padre no estaba
con- tento con esta generosidad, pero le dejaba hacer,
pensan- do que antes o después el hijo derrochador
entraría en la lógica que era el fin de la vida de Pietro di
Bernardone, la del mercado y el beneficio.
El carácter jovial y sociable llevaba a Francisco a
te- ner muchos amigos; y el abundante dinero de su
padre le permitía organizar fiestas de todo tipo. En Asís
sus contemporáneos se quedaban arrobados con él y lo
pro- clamaban «el rey de las fiestas».
Pasaron así varios años. Si hubiera seguido así,
nadie hablaría hoy de él, nadie lo recordaría.
Francisco habría sido uno de los muchos jóvenes
que consumen sus años dejando que se quemen por el
egoís- mo y la vanidad. Si hubiera perseverado en este
camino, hoy no existiría san Francisco de Asís y se
habría dado un gran vacío en la historia.
Pero esto no sucedió. En la vida del joven Francisco
se dio un salto, una ruptura, un replanteamiento: hubo
un momento en el que Francisco fue distinto de todos
noso- tros y esta diferencia le ha dado un puesto
extraordinario en la historia.
San Juan Pablo II, hablando a los jóvenes (¡pero
este discurso también es válido para los adultos!), dijo
un día:
«¡No seáis como los caracoles!».
En un principio todos pensaron que el papa quería
recomendar que no tenían que ir despacio como hacen
los caracoles. Pero la idea del papa era distinta. En
efec- to, añadía: «No seáis como los caracoles que solo
dejan tras de sí un poco de baba inconsistente e
insignificante:
3. San Francisco de Asís 41

¡basta con que llovizne un poco y desaparece el paso de


un caracol! ¡No seáis así! ¡No malgastéis vuestra
vida!». Francisco no dejó detrás de sí un poco de baba,
sino que dejó un surco profundo. Un surco que aún está
abier- to y que atrae a muchísimos jóvenes y hace que
nazca en nuestros corazones una pregunta: ¿qué huella
dejaremos
nosotros?
Volvamos a Francisco.
Para Francisco, fue crucial el encuentro con Jesús
crucificado en la iglesia de San Damiano, ocurrido en el
otoño del año 1205, cuando tenía 23 años.
Fue un encuentro con Jesús que, por primera vez, le
habló al corazón y entró en su corazón y lo interpeló
personalmente.
Evidentemente, Francisco había rezado muchas ve-
ces delante del crucifijo, pero este encuentro determinó
el cambio.
En la vida de tantos cristianos, sacerdotes, religio-
sas y teólogos suele faltar precisamente estos
encuentros con Jesús vivo y, entonces, la vida cristiana
se reduce a una costumbre aburrida. Dios está lejos y
casi es insigni- ficante: falta el clic del entusiasmo y la
implicación del corazón y, por tanto, de la vida.
Pero el encuentro decisivo de Francisco con Jesús
es preparado por una crisis de seguridades: muy pronto,
Francisco comprende que el dinero no es la seguridad
sobre la que construir la vida; luego entiende
lentamente que la diversión ni el poder ni el éxito ni la
gloria mun- dana son las seguridades sobre las cuales
poder construir la vida.
Julien Green, impactado por la excesiva multiplica-
ción de los lugares de diversión que caracteriza nues-
tra época, un día tuvo la valentía de decir: «Si quisieran
42 Orar hoy, un desafío a superar

convertirnos, no haría falta ir a la Iglesia, sino a los


luga- res llamados “de placer”; ¡son lo más miserable y
triste que se puede encontrar en el mundo!».
Y el escritor Luigi Santucci exclamaba: «Los pro-
miscuos de este mundo, los que van a las discotecas, a
los sex-party y a los ambientes similares, saben que los
creyentes evitamos sus orgías no tanto porque tenemos
miedo del infierno, sino porque se goza muchísimo más
cuando se es puro y generoso y se está libre de las cade-
nas del egoísmo».
La vida no puede construirse sobre estas bases por-
que ceden. ¡Cuántos no lo entienden!
El orante del Salmo 4 exclama: «¿Hasta cuándo ul-
trajaréis mi honor, amaréis la falsedad y buscaréis el
en- gaño?».
Francisco entiende todo esto y también descubre al
mismo tiempo su insuficiencia, su pobreza radical, su
fragilidad y «deja de adorarse a sí mismo» (¡así lo
relata la Leyenda de los tres compañeros!).
Esta actitud lo acompañará durante toda su exis-
tencia.
«¿Quién eres tú, oh, dulcísimo Dios mío? ¿Quién
soy yo, vilísimo gusano e inútil siervo tuyo?», repetirá
conti- nuamente en el silencio de La Verna.
Y en el libro de Las Florecillas encontramos este
epi- sodio encantador y revelador:
«Cierta vez, viviendo san Francisco en el lugar de la
Porciúncula con fray Maseo de Marignano, hombre
de gran santidad, discreción y gracia en hablar de
Dios, por lo cual san Francisco le amaba mucho.
Un día, volviendo san Francisco del bosque y de
la oración, hallábase a la salida del mismo el dicho
3. San Francisco de Asís 43

fray Maseo y queriendo probar cuán humilde fuese


san Francisco, se hizo el encontradizo, y casi rega-
ñando, dijo: “¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti? ¿Por qué
a ti?”. San Francisco le respondió: “¿Qué es lo que
quieres decir?”. Fray Maseo añadió: “Digo, ¿por
qué todo el mundo viene derecho hacia ti, y todas
las gentes parece que desean verte, oírte y obedecer-
te? Tú no eres hermoso de cuerpo, tú no posees gran
ciencia, tú no eres noble. ¿De dónde, pues, viene
que todo el mundo vaya detrás de ti?”. Oyéndole,
san Francisco, muy alegre en su espíritu, levantó la
cara al cielo y por largo rato estuvo con la mente
en Dios, y después que volvió en sí se arrodilló, dio
gracias y alabanzas al Señor y luego, con gran fer-
vor, se volvió a fray Maseo y dijo: “¿Quieres saber
por qué a mí? ¿Quieres saber por qué a mí? ¿Quie-
res saber por qué todo el mundo viene detrás de mí?
Esto me viene de aquellos ojos del Altísimo Dios,
los cuales en todas partes contemplan lo bueno y lo
malo, y cómo estos ojos santísimos no han visto
entre los pecadores ninguno más vil, ni más capaz,
ni más pecador que yo”».
El hecho extraordinario es que Francisco estaba ple-
namente convencido. Como santa Bernadette, cuando le
preguntaron por qué la Virgen le había elegido a ella.
Bernadette, con toda la sinceridad de su corazón,
respon- dió: «Porque era la más ignorante. Si la Virgen
hubiera encontrado a alguien más ignorante que yo, le
habría ele- gido a él».
Sobre este tema, san Buenaventura relata un
episodio que desvela los sentimientos íntimos de
Francisco. Este es el hermoso relato:
44 Orar hoy, un desafío a superar

«Tanto en sí como en todos sus súbditos, prefería


Francisco la humildad a los honores, Dios —que
ama a los humildes— lo juzgaba digno de los pues-
tos más encumbrados, según le fue revelado en una
visión celestial a un hermano, varón de notable vir-
tud y devoción.
Iba dicho hermano acompañando al santo y, al orar
con él muy fervorosamente en una iglesia abando-
nada, fue arrebatado en éxtasis.
Vio en el cielo muchos tronos, y entre ellos uno más
relevante, adornado con piedras preciosas y todo
resplandeciente de gloria. Admirado de tal esplen-
dor, comenzó a averiguar con ansiosa curiosidad a
quién correspondería ocupar dicho trono. En esto
oyó una voz que le decía: “Este trono perteneció a
uno de los ángeles caídos, y ahora estoy reservado
para el humilde Francisco”.
Vuelto en sí de aquel éxtasis, siguió acompañando
—como de costumbre— al santo, que había salido
ya afuera.
Prosiguieron el camino, hablando entre sí de cosas
de Dios; y aquel hermano, que no había olvidado
la visión tenida, preguntó disimuladamente al santo
qué es lo que pensaba de sí mismo.
El humilde siervo de Cristo le hizo esta manifesta-
ción: “Me considero como el mayor de los pecado-
res”. Y como el hermano le replicase que en buena
conciencia no podía decir ni sentir tal cosa, añadió
el santo: “Si Cristo hubiera usado con el criminal
más desalmado la misericordia que ha tenido
conmigo, es- toy seguro de que este le sería mucho
más agradecido que yo”.
3. San Francisco de Asís 45

Al escuchar una respuesta de tan admirable humil-


dad, aquel hermano se confirmó en la verdad de la
visión que se le había mostrado y comprendió lo
que dice el santo Evangelio, que el verdadero hu-
milde será enaltecido a una gloria sublime, de la que
es arrojado el soberbio».
A menudo, nosotros solo hacemos actos aparentes
de humildad, pero nuestro corazón sigue habitado por
el orgullo.
Para Francisco, la formidable decisión de no
adorarse más a sí mismo, prepara el salto hacia los
brazos de Dios. Que quede bien claro algo: si el yo está
en el centro, Dios siempre se quedará en la periferia.
No lo olvide- mos. Y cuando Dios está en la periferia,
¡tampoco es po-
sible la fraternidad!
Para nosotros, el riesgo es este: fingir hacer o haber
hecho el salto hacia Dios, pero, en cambio, seguimos
te- niendo los pies en dos o más soportes, viviendo una
vida de continuos compromisos.
Desgraciadamente, todos tenemos muchos compro-
misos escondidos, pero no lo queremos admitir. Debe-
mos hacer la verdad dentro de nosotros mismos y con
nosotros mismos, como hizo Francisco. Solamente así
comienza la conversión: empieza con un acto de humil-
dad verdadera, un acto tan convencido que se convierte
en una actitud permanente.
No olvidemos lo que escribe Francisco en el Saludo
a las virtudes: «No hay nadie en el mundo entero que
pueda tener a una de vosotras [las virtudes], si antes no
muere [a sí mismo]», es decir, si no es humilde.
¿Cómo podemos entender que nuestra seguridad se
apoya totalmente en Jesús y, por tanto, en base sólida?
46 Orar hoy, un desafío a superar

Francisco responde en el famoso episodio de la


«per- fecta alegría».
Escuchémoslo con atención:
«El mismo [fray Leonardo] refirió allí mismo que
cierto día el bienaventurado Francisco, en San-
ta María [de los Ángeles], llamó a fray León y le
dijo: “Hermano León, escribe”. El cual respondió:
“Heme aquí preparado”. “Escribe —dijo— cuál es
la verdadera alegría.
Viene un mensajero y dice que todos los maestros
de París han ingresado en la Orden. Escribe: No
es la verdadera alegría. Y que también, todos los
prelados ultramontanos, arzobispos y obispos; y
que también, el rey de Francia y el rey de Inglate-
rra. Escribe: No es la verdadera alegría. También,
que mis frailes se fueron a los infieles y los convir-
tieron a todos a la fe; también, que tengo tanta gra-
cia de Dios que sano a los enfermos y hago muchos
milagros: Te digo que en todas estas cosas no está
la verdadera alegría”.
“Pero ¿cuál es la verdadera alegría?”, exclama fray
León.
“Vuelvo de Perusa y en una noche profunda llego
aquí, y es el tiempo de un invierno de lodos y tan-
to frío que se forman canelones del agua fría con-
gelada en las extremidades de la túnica que hieren
continuamente mis piernas, y mana sangre de tales
heridas. Y todo envuelto en lodo y frío y hielo, llego
a la puerta y, después de haber golpeado y llama-
do por largo tiempo, viene el hermano y pregunta:
‘¿Quién es?’ Yo respondo: ‘El hermano Francisco’.
Y él dice: ‘Vete; no es hora decente de andar de
ca-
3. San Francisco de Asís 47

mino; no entrarás’. E insistiendo yo de nuevo, me


responde: ‘Vete, tú eres un simple y un ignorante;
ya no vienes con nosotros; nosotros somos tantos y
tales, que no te necesitamos’.
Y yo de nuevo estoy de pie en la puerta y digo: ‘Por
amor de Dios recogedme esta noche’. Y él respon-
de: ‘No lo haré. Vete al lugar de los Crucíferos y
pide allí’. Te digo que, si hubiera tenido paciencia
y no me hubiera alterado, en esto está la verdade-
ra alegría y la verdadera virtud y la salvación del
alma”».
Quede claro que no son las incomprensiones las que
dan la perfecta alegría. Pero si las incomprensiones y
las pruebas me dejan sereno, entonces yo tengo la cer-
teza de apoyarme totalmente en Jesús: y Jesús es fiel y,
por tanto, mi corazón siempre habitará en la «perfecta
alegría».
Si, en cambio, una incomprensión o una
humillación me ponen en crisis, quiere decir que mi
orgullo es toda- vía el dueño de mi vida: así nunca
conoceré la perfecta alegría.
Volvamos a la experiencia de San Damiano.
En la iglesia de San Damiano, Francisco entra con
el corazón pobre, con el corazón que había hecho añi-
cos al enemigo que todos tenemos en nuestro interior:
el orgullo.
¡Y Francisco oye a Jesús!
La misma experiencia hizo san Agustín, que declara
en sus Confesiones: «Yo no buscaba a Jesús de humilde
a humilde y, por lo tanto, no lo encontraba».
En la pequeña iglesia de San Damiano, Jesús llama
a Francisco por su nombre: «¡Francisco!».
48 Orar hoy, un desafío a superar

Y, como un pedigüeño, Jesús le dice: «Francisco,


arregla mi casa que, como ves, está en ruinas». Profun-
dicemos en este momento extraordinario.
En el encuentro con Jesús crucificado:
— Francisco entiende que el hombre tiene el poder
de destrozar la casa de Dios, porque Dios nos deja
verda- deramente libres: da miedo esta verdad, pero es
crucial entenderla. ¡Es posible convertirse en Judas! ¡Es
posible!
¡Para todos! Don Primo Mazzolari, dijo con valentía en
una homilía de Jueves Santo: «Alrededor de cada mesa
de la Eucaristía aletea la sombra de Judas. ¡Debemos
es- tar vigilantes y luchar para que su sombra no
coincida con la nuestra!».
Todos necesitamos mucha humildad.
No olvidemos la perspicaz observación de san
Agus- tín: «Dios no ha creado a los demonios porque
de las manos de Dios solo puede salir el bien. Se puede
llegar a ser demonio con una elección de la libertad. Y
así su- cedió. Algunos ángeles, (creados buenos por
Dios) se rebelaron a Dios por soberbia: y la soberbia
transformó a algunos ángeles en demonios». Es un
hecho impresio- nante.
— Francisco entiende además que Dios está llaman-
do a la puerta de su libertad y espera de su parte una
respuesta personal…
Como sucedió con Moisés…
como sucedió con Isaías…
como sucedió con María…
como sucedió con los apóstoles…
como sucedió con san Pablo…
como sucedió con san Agustín en la casa de campo
de un amigo cerca de Milán…
¡como también tendría que suceder con nosotros!
3. San Francisco de Asís 49

La vida es una respuesta. Pero, para darnos cuenta


de ello, es imprescindible oír la pregunta, ¡la llamada
por nuestro nombre! ¡Todos nosotros tenemos poca
audición porque hay mucho ruido de vanidad en
nuestro corazón!
¡Qué pena!
— Francisco entiende que Dios solo posee la fuer-
za del amor para convencernos: el Crucificado es un
grito de amor que atraviesa los siglos y cada uno ha de
percibirlo personalmente. La santidad comienza cuan-
do se oye este grito de amor: Dios solo tiene la fuerza
del Amor, no tiene otros argumentos. Por este motivo,
no hay ningún camino de salvación si se rechaza el
amor.
— Francisco oye el grito del Crucificado y es herido
por esta experiencia, en la cual descubre el poder junto
con la fragilidad de Dios-Amor.
Relata Tomás de Celano: «Desde entonces se le cla-
va en el alma santa la compasión por el Crucificado... y
se le imprimen profundamente en el corazón... las vene-
randas llagas de la pasión [las heridas del amor]». Son
impresionantes estas palabras: «Se le clava en el alma
la compasión por el Crucificado». ¡Meditémoslas,
medité- moslas ampliamente!
Y desde ese momento ¡la vida de Francisco se con-
virtió en una respuesta de amor al Amor! ¡Y sufrirá mu-
chísimo al ver que el Amor no es amado!
Es importante el episodio que ocurrió en las inme-
diaciones de la Porciúncula. Sigue relatando Tomás de
Celano: «Por eso, no puede contener en adelante el
llan- to; gime lastimeramente la pasión de Cristo, que
casi siempre tiene ante los ojos. Al recuerdo de las
llagas de Cristo, llena de lamentos los caminos, no
admite consue- lo. Se encuentra con un amigo íntimo,
que, al conocer
50 Orar hoy, un desafío a superar

la causa del dolor de Francisco, luego rompe a llorar


también él amargamente».
La experiencia de Dios como «sumo amor —sumo
bien—, todo el bien» produce en Francisco la inevitable
consecuencia de la libertad de la pobreza: la pobreza de
Francisco no es desprecio a las cosas del mundo (¡todo
lo contrario!), sino que es consecuencia del descubri-
miento de la verdadera riqueza, del verdadero tesoro de
la vida: ¡es Dios quien se ha hecho cercano a nosotros
en Jesús crucificado por amor a nosotros! ¡Qué
importante es entender esto!
Para Francisco, el fortísimo compromiso con la po-
breza es el modo de expresar su fortísima convicción de
que Dios es el «el sumo bien, todo el bien».
Pero si Dios no es percibido como el «sumo bien»,
la pobreza es imposible porque el corazón ha de ser re-
llenado de todos modos. Esta es una terrible verdad y la
experiencia lo demuestra abundantemente.
Describe san Buenaventura: «Considerando el santo
que esta virtud había sido muy familiar al Hijo de Dios
y al verla ahora rechazada casi en todo el mundo, de
tal modo se determinó a desposarse con ella mediante
los lazos de un amor eterno, que por su causa no sólo
abandonó a su padre y a su madre, sino que también se
desprendió de todos los bienes que pudiera poseer. No
hubo nadie tan ávido de oro como él de la pobreza, ni
nadie fue jamás tan solícito en guardar un tesoro como
él en conservar esta margarita evangélica. Nada había
que le alterase tanto como el ver en sus hermanos algo
que no estuviera del todo conforme con la pobreza».
Estas observaciones de san Buenaventura tienen una
impresio- nante actualidad.
¡Ojalá tuviéramos también nosotros esta experiencia!
3. San Francisco de Asís 51

La familiaridad con el misterio de Dios que se nos


ha hecho cercano en Jesús desvela a Francisco una
carac- terística conmovedora e irrenunciable de Dios:
¡la hu- mildad! Y así se cierra el círculo: la humildad
está en el principio y al final del camino de san
Francisco.
Sí, Dios es humilde y desde Belén al Calvario todo
habla de la humildad de Dios. Y Francisco tiene el
valor de dirigirse así a Dios: «¡Tú eres humildad!».
Y se lanza a la humildad para estar en comunión
con Dios y siente horror de la soberbia y la
desobediencia, su hija pésima.
Relata san Buenaventura:
«Dijo una vez a su compañero: “No me considera-
ría verdadero hermano menor si no me encontrare
en el estado de ánimo que te voy a describir.
Figúrate que, siendo yo prelado, voy a capítulo y en
él predi- co y amonesto a mis hermanos, y al fin de
mis pala- bras estos dicen contra mí: ‘No conviene
que tú seas nuestro prelado, pues eres un hombre sin
letras, que no sabe hablar, idiota y simple’. Y, por
último, me desechan ignominiosamente,
vilipendiado de todos. Te digo que, si no oyere estas
injurias con idéntica serenidad de rostro, con igual
alegría de ánimo y con el mismo deseo de santidad
que si se tratara de elo- gios dirigidos a mi persona,
no sería en modo alguno hermano menor”. Y
añadía: “En la prelacía acecha la ruina; en la
alabanza, el precipicio; pero en la humil- dad del
súbdito es segura la ganancia del alma. ¿Por qué,
pues, nos dejamos arrastrar más por los peli- gros
que por las ganancias, siendo así que se nos ha dado
este tiempo para merecer?”. De ahí que Francis- co,
ejemplo de humildad, quiso que sus hermanos se
52 Orar hoy, un desafío a superar

llamaran menores, y los prelados de su Orden


minis- tros, para usar la misma nomenclatura del
Evangelio, cuya observancia había prometido, y a
fin de que con tal nombre se percataran sus
discípulos de que habían venido a la escuela de
Cristo humilde para aprender la humildad».
Y la humildad se convierte también en el estilo de
su apostolado.
Se relata en la Leyenda de Perusa:
«Ciertos hermanos dijeron al bienaventurado
Francis- co: “Padre, ¿no ves que los obispos no nos
permiten a veces predicar, y nos obligan así a estar
largos días ociosos antes de poder dirigirnos al
pueblo? Sería conveniente que consiguieras del
señor Papa un pri- vilegio en favor de los hermanos,
mirando así por la salvación de las almas”. Les
respondió, reprendién- doles fuertemente:
“Vosotros, hermanos menores, no conocéis la
voluntad de Dios y no me permitís con- vertir al
mundo entero, como Dios quiere. Mi deseo es que
primeramente convirtamos a los prelados con
nuestra humildad y nuestra reverencia para con
ellos. Cuando vean la vida santa que llevamos y el
respe- to que les profesamos, ellos mismos os
pedirán que prediquéis y convirtáis al pueblo, y lo
congregarán, para que os oiga, mucho mejor que los
privilegios que pedís, y que os llevarían al orgullo.
Si sois aje- nos a toda avaricia e inculcáis al pueblo
que entreguen a las iglesias sus derechos, los
obispos os rogarán que oigáis las confesiones de su
pueblo, aunque de esto no debéis preocuparos, pues,
si los pecadores se convierten, ya encontrarán
confesores. Para mí, el privilegio que pido al Señor
es el no recibir privilegio
3. San Francisco de Asís 53

alguno de los hombres, sino mostrar reverencia a to-


dos y convertirlos, mediante el cumplimiento de la
santa Regla, más con el ejemplo que con las pala-
bras”».
Y precisamente porque era humilde, Francisco no
era violento, ni un revolucionario ni un contestatario: se
convirtió en un reformador con la fuerza del ejemplo,
con la fuerza de la santidad.
Dijo una vez Gilbert K. Chesterton: «No os podéis
imaginar lo bien que se viviría en este mundo si
creciera, aunque solo fuera un poco, el nivel de
humildad entre los hombres». Esto es válido para los
cristianos y también para todos los hombres.
A este respecto podemos concluir: ¿cuál es el men-
saje que deja Francisco a todos los cristianos y a todos
los hombres?
Es sencillo y, al mismo tiempo, formidable: Francis-
co nos invita a tomarnos en serio el Evangelio, a tomar-
nos en serio a Jesús, a tomarnos en serio el camino
reco- rrido por Jesús porque el amor asemeja: ¡el amor
genera la imitación!
¡San Francisco nos recuerda que el Evangelio se
pue- de vivir! Ahora viene la pregunta: ¿queremos de
verdad al Señor? ¿Es el Señor realmente nuestro bien y
nuestro sumo bien? No respondamos con precipitación.
El problema se encuentra aquí. Que la misericor-
dia de Dios nos conceda dar el salto hacia Dios, hacia
el amor de Dios, del mismo modo que hizo Francisco.
Ahora nos toca a nosotros. Nos lo recuerda el mismo
Francisco con unas palabras dirigidas a sus hermanos
poco antes de abandonar esta tierra.
54 Orar hoy, un desafío a superar

«Al acercarse a los últimos días, en los cuales a la


luz temporal que se desvanecía sucedía la luz
perpetua, demostró con ejemplo de virtudes que
nada tenía de común con el mundo. Acabado, pues,
con aquella enfermedad tan grave que puso fin a
todos los dolo- res, hizo que lo pusieran desnudo
sobre la desnuda tierra para que en aquellas horas
últimas en que el enemigo podía todavía desfogar
sus iras, pudiese lu- char desnudo con el desnudo.
En realidad esperaba intrépido el triunfo y
estrechaba ya con las manos entrelazadas la corona
de justicia. Puesto así en tie- rra, despojado de la
túnica de saco, volvió, según la costumbre, el rostro
al cielo y, todo concentrado en aquella gloria, ocultó
con la mano izquierda la llaga del costado derecho
para que no se viera. Y dijo a los hermanos: “He
concluido mi tarea; Cristo os enseñe la vuestra”».
Hoy, estas palabras las dirige Francisco a cada uno
de nosotros.
Ahora nos toca a nosotros dar una respuesta de
amor al infinito amor que está ante nosotros, clavado en
el te- rreno de nuestra vida con la Cruz de Jesús
crucificado por amor nuestro.
La pequeña iglesia de San Damiano está dentro de
cada uno de nosotros: allí Jesús nos llama por nuestro
nombre y espera nuestra respuesta. Y solo podemos oír
la voz de Jesús si oramos, orando de verdad, orando
con humildad.
Hermanos y hermanas, os invito a entrar todos en
la escuela de la oración. Haced que vuestra oración sea
cada vez más verdadera, más nutrida de Evangelio, más
abierta a la escucha y menos ahogada por las preguntas.
3. San Francisco de Asís 55

Queridísimos padres: os pido un pequeño compro-


miso: haced oración en vuestras familias comenzando
por un momento de comunión entre vosotros, los
padres, cada noche, al concluir vuestra jornada.
Y poco a poco llevad la oración al comienzo de
cada comida que compartáis con vuestros hijos: los
miraréis con nuevos ojos y os daréis cuenta de que la
oración da un sabor diferente a la vida. ¡Probadlo!

Orad y tendréis una mirada distinta y un corazón di-


ferente. Os lo digo con una íntima convicción y con el
deseo de ver reflejada en vuestros ojos la luz de Dios
que habéis acogido en vuestros corazones.
CAPÍTULO 4
MADRE TERESA DE CALCUTA

Dijo en la ONU: «¡Solo soy una pobre


monja que reza!».
Esta es la definición que dio Madre Teresa
de sí misma.

Malcolm Muggeridge

Malcolm Muggeridge, un periodista inglés más bien


despreocupado e indiferente, fue a Calcuta en 1969 con
el simple e inocuo objetivo de rodar una película sobre
la vida de Madre Teresa y de sus monjas, dentro de la
«Casa del Corazón Inmaculado», que algunos europeos,
de ma- nera despectiva llamaban «El Cementerio de
Calcuta».
Malcolm no tenía fe y pidió poder filmar la vida que
se desarrollaba dentro de las dos grandes salas donde a
diario eran recogidos muchos pobres, enfermos y mori-
bundos. Pronto sucedió algo inexplicable. Así lo relata
él: «Parte de la tarea de las monjas era recoger a los
moribundos por las calles de Calcuta e introducirlos en
un edificio —un antiguo templo dedicado al culto de
la diosa Kali— donado a Madre Teresa con el fin de
que, como dice ella, mueran a la vista de un rostro que
los ama. Algunos mueren: otros sobreviven y son cura-
dos. Esta casa de moribundos está muy poco iluminada
por unas pequeñas ventanas en lo alto de las paredes».
58 Orar hoy, un desafío a superar

El realizador televisivo se mostró inflexible y dijo que


filmar ahí dentro era imposible. Solo teníamos un pe-
queño reflector; no era imaginable tener el local
adecua- damente iluminado en el tiempo que ponían a
nuestra disposición. A pesar de ello, se decidió que se
hiciera igualmente, pero, por precaución, el realizador
filmó al- gunas escenas en el patio exterior donde
algunos estaban sentados al sol. En la película
desvelada, la parte filma- da en el interior apareció
tamizada por una hermosa luz especialmente tenue,
mientras que la parte filmada en el exterior aparecía
gris y borrosa.
¿Cómo se puede explicar esto? El realizador televi-
sivo siempre insistió en que, técnicamente hablando,
ese resultado era imposible. Para probar su afirmación,
en su siguiente expedición documental en Oriente
Medio, usó parte de la misma película con idéntica
escasez de luz y con resultados completamente
negativos. Por lo que no pudo aportar ninguna
explicación, simplemente elevaba los hombros y
admitía que pasó así. Yo estoy totalmente convencido
de que, en realidad, esa luz inexplicable téc- nicamente
es la Kindly Light, la «Luz amable» a la que se refiere
Henry Newman en su exquisito y célebre himno.
Pero el verdadero milagro era otro. Malcolm Mug-
geridge observó con atención lo que ocurría en los dos
grandes dormitorios y luego se permitió decir a Madre
Teresa: «Madre, aquí hay todo lo que basta para tener
el infierno en la tierra. Hay miseria, hay gente
desnutrida, hay esqueletos que están solo cubiertos por
la piel, aquí está la muerte, se la ve directamente. Sin
embargo, aquí todos sonríen, no hay desesperación,
sino alegría de vi- vir. Madre, ¿por qué?».
Madre Teresa estaba alimentando a una pobre mujer
desnutrida recién recogida de las calles. Se paró unos
4. Madre Teresa de Calcuta 59

instantes, miró al periodista y luego respondió: «Aquí


no está el infierno, ¡aquí está el paraíso porque está el
amor!». A continuación, con serenidad, siguió dando de
comer a la mujer que tenía la boca abierta como la de
un niño que espera la leche materna.
Malcolm Muggeridge se quedó impresionado. Y
como era intelectualmente honrado, quiso profundizar
en el misterio de esa santidad inusual y preguntó: «Pero
¿dónde encuentran la fuerza para amar? ¿Dónde
encuen- tran la fuerza para sonreír... aquí?». Madre
Teresa fue extremadamente sincera y desafió al
periodista dicién- dole: «Venga mañana a las seis de la
mañana a la puerta de nuestro pequeño convento.
Entenderá dónde encon- tramos la fuerza para amar y
sonreír». Al día siguiente, puntual como auténtico
inglés que era, Malcolm estaba delante de la puerta del
pequeño convento.
Madre Teresa, también puntual, lo recibió y lo llevó
a la paupérrima capilla, sin bancos para sentarse, donde
un grupo de hermanas con el sari de las mujeres que no
cuentan para nada en la India, estaba recogida en
oración y esperaba la celebración de la santa misa.
Malcolm Muggeridge participó en silencio y todo le
parecía sencillo, humilde e incluso un poco misterioso
y aburrido.
Se preguntaba: «¿Qué hacen estas religiosas? ¿Con
quién hablan? ¿Qué reciben en esa pequeña hostia?
¿Acaso es posible que todo el secreto se encuentre
aquí?». Una vez terminada la santa Misa, mientras Ma-
dre Teresa estaba yendo con paso rápido hacia sus po-
bres, dijo al periodista: «¿Ha visto? Todo el secreto está
aquí. Es Jesús que nos pone en nuestro corazón su amor
y nosotras vamos sencillamente a entregarlo a los
pobres que nos encontramos en nuestro camino».
60 Orar hoy, un desafío a superar

¿Sabéis cuál fue la conclusión? El periodista indife-


rente, un poco de tiempo más tarde, pidió recibir el
santo Bautismo y convertirse al catolicismo con esta
maravi- llosa razón: «Quiero ser católico para recibir
esa santa Eucaristía que produce en esa santa mujer ese
milagro de amor y de alegría».
Y así ocurrió. El amor que vio llevó a Malcolm Mu-
ggeridge a los brazos del amor vivo, Jesús.
¿Por qué nuestras comuniones no producen este
efecto? Reflexionemos seriamente.

Sigamos aún los pasos de esta «monja que reza»

Cuando en 1979 se extendió la noticia de que el


Pre- mio Nobel de la Paz había sido otorgado a Madre
Teresa di Calcuta, fue una gran sorpresa. No sorprendió
el he- cho de que el premio hubiera sido dado a Madre
Teresa. Es más, ¿quién lo merecía más que ella?
La sorpresa nacía del hecho de que un Comité rígi-
damente luterano hubiera decidido entregar el Premio
Nobel de la Paz a una monja católica: realmente, ¡el Es-
píritu Santo sopla donde quiere!
Se ha de decir de inmediato que a la Madre Teresa
no le gustaban los premios. Los aceptaba para dar a
conocer a los pobres y para poder ayudar a estos
pobres: ningún otro motivo la habría convencido.
Cuando estaba a punto de salir para Oslo, donde le
iban a entregar el Nobel de la Paz en diciembre de
1979, algunas personas se apresuraron a dar un consejo
a Ma- dre Teresa que, humanamente hablando, parecía
más que razonable. Le dijeron: «Madre, el Nobel de la
Paz es un premio nacido en tierras luteranas. Y la
entrega se hace
4. Madre Teresa de Calcuta 61

en el Parlamento de Oslo, que es un Parlamento


luterano. Por tanto, no es oportuno que se presente con
el rosario en la mano: los luteranos rechazan la devoción
a la Virgen como si fuera una superstición. ¡Por
desgracia es así!».
Madre Teresa escuchó en silencio. Cuando llegó el
día de la entrega del premio, se presentó agarrando
entre sus manos huesudas el rosario más grande que
tenía: no era una provocación, era su identidad; no era
una osten- tación, era una sencilla coherencia.
Madre Teresa recogió el premio con toda su
sencillez y dio un memorable discurso que venía
directamente de su corazón y que hizo torcer el hocico
a más de uno, pero que reveló una vez más las
profundas convicciones que guiaban toda su acción.
¿Querían premiar su acción?
¡Bien! Entonces tenían que saber de dónde partía su ac-
ción. Realmente es aquí donde brilla la profunda honra-
dez de Madre Teresa.
Y las últimas palabras pronunciadas por Madre
Tere- sa con motivo de la entrega del premio Nobel de
la Paz son una sincera invitación a orar para que se
abran los ojos sobre el terrible y tan difundido delito del
aborto.
Dijo: «Les pido hoy, majestad, excelencias, señoras
y señores que han venido de todos los países de la
tierra: recen para que tengamos el valor de proteger la
vida del no nacido. Aquí en Noruega tenemos ahora la
ocasión de abogar por esta causa».
Pero la Providencia quiso que Madre Teresa llegara
a hablar ante la mismísima Asamblea de las Naciones
Unidas.
Los objetivos de la ONU son en gran medida, si no
exclusivamente, políticos. Como es bien sabido, Madre
Teresa siempre buscó permanecer ajena a toda política
partidista.
62 Orar hoy, un desafío a superar

No parece que haya tomado ella la iniciativa de


enta- blar relaciones directas o indirectas con la ONU.
Sí pare- ce en cambio, a partir de los documentos de las
Naciones Unidas, que, por medio de su secretario
general, Javier Pérez de Cuéllar, se tomó la iniciativa
de invitarla a un acto público que tuvo lugar el 26 de
octubre de 1985. En aquella circunstancia, además de
conmemorar el cuadra- gésimo aniversario de la
fundación de este organismo internacional, la ONU
quiso rendirle homenaje, pro- yectando un documental
titulado The World of Mother Teresa («El mundo de
Madre Teresa»), realizado por la colaboradora
canadiense de su obra, Ann Petrie.
Pérez de Cuéllar hizo la presentación de Madre
Tere- sa a todos los participantes en la ceremonia, a la
cual ha- bía sido invitado el entonces arzobispo de
Nueva York, el cardenal J. O’Connor. Quizá, entre
todas las defini- ciones de Madre Teresa dadas en vida
y tras su muerte
—todas más o menos relacionadas con la santidad de su
vida, con su generosidad en el servicio a los más pobres
de los pobres— la de Pérez de Cuéllar fue la más sor-
prendente y paradójica. Pérez de Cuéllar dijo que
Madre Teresa era «la mujer más poderosa de la tierra».
Estas fueron sus palabras: «Esta es una sala de palabras.
Hace unos días tuvimos a los hombres más poderosos
de la tierra. Hoy tenemos el privilegio de tener a la
mujer más poderosa del mundo. No creo que necesite
presentarla. Ella no precisa de palabras, sino de hechos.
Creo que la mejor forma de rendirle homenaje es decir
que es mucho más que yo, mucho más que todos
nosotros. Ella es las Naciones Unidas. Ella es la paz en
el mundo».
Madre Teresa, ante estas palabras altisonantes se hizo
todavía más pequeña, pero su fe era grande y su
valentía igualmente grande.
4. Madre Teresa de Calcuta 63

Mostró la siempre presente corona del rosario y dijo:


«Yo soy solo una pobre monja que reza. Rezando,
Jesús me llena el corazón de su amor y yo voy a
donárselo a los pobres que encuentro en mi camino».
Hizo un momento de silencio, que pareció una eter-
nidad. Luego añadió: «¡Recen también ustedes! Recen
y se darán cuenta de los pobres que tienen al lado.
Quizá muy cerca de sus casas. Quizá incluso en sus
casas existe quien espera su amor. Recen y los ojos se
abrirán y el corazón se llenará de amor».
¡Decidme si esta mujer no tenía un valor de león!
¿Y dónde encontraba el valor? ¡En la oración!
Sigamos su ejemplo: que este año dedicado a la ora-
ción despierte en cada uno de nosotros la humildad que
nos hace caer de rodillas y que salga del corazón una
verdadera oración.
Cuando preguntaron a Miguel Ángel como había
podido esculpir el famoso David, respondió: «Fue sen-
cillo. Bastó con quitar el mármol que escondía la obra
maestra».
Lo mismo puede ocurrirte también a ti orando. Deja
caer un poco tu orgullo, ora con mucha fe y humildad y
saldrá la obra maestra que Dios ha esculpido dentro de
ti.

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