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Resumen CONDUCCION.................................

El documento enfatiza la importancia del hogar como la primera escuela del niño, donde los padres deben educar en valores y principios cristianos desde la infancia. Se destaca que la educación debe ser constante, amorosa y basada en la Biblia y la naturaleza, formando así un carácter equilibrado y obediente. Además, se subraya la responsabilidad de los padres de prepararse y crecer en sabiduría para guiar a sus hijos hacia una vida útil y espiritual.

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Resumen CONDUCCION.................................

El documento enfatiza la importancia del hogar como la primera escuela del niño, donde los padres deben educar en valores y principios cristianos desde la infancia. Se destaca que la educación debe ser constante, amorosa y basada en la Biblia y la naturaleza, formando así un carácter equilibrado y obediente. Además, se subraya la responsabilidad de los padres de prepararse y crecer en sabiduría para guiar a sus hijos hacia una vida útil y espiritual.

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KEILY EMILSE PEREZ MENDEZ

LA CONDUCCION DEL NIÑO

Capitulo1: La importancia del hogar como escuela

En el hogar es donde ha de empezar la educación del niño. Allí está su primera


escuela. Allí, con sus padres como maestros, debe aprender las lecciones que han
de guiarlo a través de la vida: lecciones de respeto, obediencia, reverencia,
dominio propio. Las influencias educativas del hogar son un poder decidido para el
bien o para el mal. Si no se instruye correctamente al niño en el hogar, Satanás lo
educará por instrumentos elegidos por él. ¡Cuán importante es, pues, la escuela
del hogar! Sobre los padres recae la obligación de dar instrucción física, mental y
espiritual. Debe ser el objeto de todo padre, asegurar para su hijo un carácter bien
equilibrado, simétrico. Padres, recordad que vuestro hogar es una escuela en la
cual vuestros hijos han de ser preparados para las moradas de arriba. Padres,
recordad que vuestro hogar es una escuela en la cual vuestros hijos han de ser
preparados para las moradas de arriba. Jesús recibió su educación en el hogar.
Su madre fue su primer maestro humano. De los labios de ella, y de los escritos
de los profetas, aprendió las cosas del cielo. Vivió en un hogar de aldeanos y con
fidelidad y buen ánimo llevó su parte de las cargas de la casa. El que había sido el
comandante del cielo, consintió en ser un siervo voluntario, un hijo amante y
obediente. Aprendió un oficio, y con sus propias manos trabajó en la carpintería
con José.

Capítulo 2: Los primeros maestros

El padre y la madre deberían ser los primeros maestros de sus hijos. Los padres
necesitan a cada paso una sabiduría más que humana a fin de comprender cómo
educar mejor a sus hijos para una vida útil y feliz aquí, y para un servicio más
elevado y un mayor gozo en el más allá. Si los padres comprendieran que nunca
quedarán libres de la responsabilidad de educar y formar a sus hijos para Dios, si
hicieran su obra con fe, colaborando con Dios mediante oración ferviente y trabajo,
tendrían éxito en llevar a sus hijos al Salvador. Los padres deben considerar a sus
hijos como un legado de Dios para ser educados para la familia celestial.
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Educadlos en el temor y amor de Dios, porque “el temor de Dios es el principio de


la sabiduría”. Dios llama a sus hijos, y deben ser conducidos hacia él, educados
en hábitos de trabajo, limpieza y orden. Esta es la disciplina que Cristo desea que
reciban. La madre siempre debería ocupar un lugar sobresaliente en esta obra de
educar a sus hijos. En tanto que tareas graves e importantes reposan sobre el
padre, la madre mediante una asociación casi constante con sus hijos,
especialmente en sus años más tiernos, siempre debe ser su instructora especial
y compañera. La obra que se realice esporádicamente en el hogar no pasará la
prueba del juicio. La fe y las obras han de ser combinadas por los padres
cristianos. Así como Abrahán continuó guiando a su familia después de él, también
los padres de la actualidad han de guiar a sus familias después de ellos. La norma
que cada padre debe defender es ésta: “Que guarden el camino de Jehová”. Todo
otro camino es una senda que conduce, no a la ciudad de Dios, sino a las filas del
destructor.

Capitulo 3: Cuando comenzar la educación del niño

La educación del niño comienza desde la cuna, no solo cuando asiste a la


escuela. Los primeros años son fundamentales porque la mente es más receptiva
y las impresiones tempranas forman el carácter. La madre es la primera maestra, y
el hogar, la primera escuela. Los padres deben educarse a sí mismos para guiar
correctamente a sus hijos, ya que su salvación está estrechamente relacionada
con la formación recibida en la infancia. Es importante comenzar bien, ya que los
hábitos adquiridos en la niñez pueden durar toda la vida. Incluso el primer hijo
debe ser educado con especial cuidado, pues influye en sus hermanos. Así como
una planta crece gradualmente, también el niño debe ser formado con paciencia y
constancia en principios firmes y cristianos.

Capítulo 4: Los métodos de enseñanza

La educación de los hijos es una responsabilidad sagrada que requiere estudio,


paciencia y amor. Los padres deben guiar la voluntad de los niños con suavidad,
firmeza y ejemplo, adaptando los métodos a cada hijo. Se recomienda enseñar
mediante acciones sencillas y frecuentes, fomentando el pensamiento
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independiente y el dominio propio desde temprana edad. La naturaleza, el trabajo


útil y la lectura en familia son herramientas valiosas. Es importante evitar tanto los
halagos excesivos como la dureza, y educar con el objetivo de formar un carácter
equilibrado, preparado para servir a Dios y a los demás.

Capítulo 5: La Biblia como texto

La Biblia debe ser el primer libro de texto del niño, ya que ofrece principios
morales, espirituales y prácticos que forman el carácter desde la niñez. A través de
ella, los niños aprenden que Dios es su Padre y descubren su amor, justicia y
voluntad. Los padres tienen la responsabilidad de enseñar la Biblia con ternura,
constancia y claridad, usando sus relatos para fortalecer la fe, el valor y el sentido
de propósito en sus hijos. Las historias bíblicas ofrecen seguridad al niño
temeroso y ejemplos vivos de cómo Dios cuida a los suyos. Además, la enseñanza
de la Biblia debe ser simple, frecuente y práctica, de modo que sus principios
queden grabados en la memoria y acompañen al niño durante toda su vida.

Capítulo 6: El libro de la naturaleza

La naturaleza, junto con la Biblia, es un libro de texto designado por Dios para
instruir a la humanidad, especialmente a los niños. Antes del pecado, Adán y Eva
aprendían directamente del entorno natural, donde cada elemento reflejaba el
carácter y la sabiduría de Dios. Aunque el pecado ha distorsionado parte de esa
belleza, la naturaleza sigue siendo una fuente de enseñanza, recordándonos tanto
el bien como las consecuencias del mal. Los niños pequeños, aún sensibles y
receptivos, pueden ver la mano de Dios en cada flor, árbol, estrella y sonido de la
creación. El estudio de la naturaleza fortalece la mente, despierta el pensamiento
profundo y aparta de los placeres vacíos. A través de sus lecciones, los niños
aprenden a reverenciar al Creador, fortalecer su carácter y adquirir sabiduría
práctica y espiritual. Jesús mismo fue educado en la naturaleza y la usó
constantemente en sus enseñanzas, empleando ilustraciones del entorno natural
(aves, flores, semillas, ovejas) para comunicar verdades eternas. De igual forma,
los padres y maestros deben enseñar a los niños a ver a Dios en la creación,
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cultivando en ellos un amor profundo por el Creador y preparándolos para una


vida útil, santa y feliz.

Capítulo 7: Lecciones prácticas del libro de la naturaleza

La naturaleza es una expresión viva de la voz de Dios. Cada elemento de la


creación desde el trueno hasta el canto de los pájaros, desde los colores del cielo
hasta las flores del campo testifica del poder, amor y sabiduría del Creador. Los
seres humanos son invitados a contemplar la belleza de la naturaleza como una
manera de conocer a Dios, y no deben olvidar al Dador al disfrutar de sus dones.
Dios se revela no solo a través de la Biblia, sino también por medio de su
creación. La naturaleza enseña sobre su bondad, misericordia, perfección y ley.
Cada flor, árbol, piedra o insecto puede convertirse en un maestro que instruye
sobre obediencia, trabajo, confianza y propósito. Jesús mismo se educó en la
naturaleza y la usó constantemente como recurso didáctico. Así como Él lo hizo,
padres, madres y maestros deben guiar a los niños a ver en la creación un reflejo
del carácter divino, para formar en ellos una fe firme, sensibilidad espiritual y una
vida en armonía con la voluntad de Dios.

Capítulo 8: Se requiere preparación:

La educación de los hijos es una obra sagrada, especialmente encomendada a los


padres, y en particular a la madre, quien ejerce la primera y más profunda
influencia durante los años formativos del niño. A pesar de esto, la preparación de
la madre para esta tarea ha sido descuidada, y muchos padres carecen del
conocimiento necesario sobre el desarrollo físico, mental, espiritual y moral del
niño. Dios requiere que los padres sean estudiantes diligentes de su Palabra y que
se preparen con conocimiento en áreas como salud, herencia, carácter y
educación. La Biblia debe ser el libro de texto principal, y sus principios deben
regir la vida familiar. La educación del hogar debe estar fundamentada en
obedecer a Dios y guiar a los hijos hacia la vida eterna. La madre, como
colaboradora de Dios, debe reflejar un carácter cristiano, educar con amor,
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paciencia y firmeza, y buscar cada día la ayuda del Espíritu Santo. Aun cuando los
padres hayan fallado, se les invita al arrepentimiento, a reformar sus vidas y
cumplir con su misión redentora en el hogar. Finalmente, se enfatiza que esta
tarea no puede hacerse sin Dios. La oración, el estudio bíblico y la dependencia
del Espíritu Santo son esenciales para educar correctamente a los hijos en los
caminos del Señor.

Capítulo 9: Un llamamiento a la superación

La tarea de la madre exige un avance continuo en su desarrollo personal para


poder guiar adecuadamente a sus hijos hacia metas elevadas. Muchas madres no
comprenden la magnitud de su responsabilidad ni el impacto de cultivar su mente
y corazón, lo cual es fundamental para formar el carácter de sus hijos. La cultura
cristiana tiene un poder transformador que debe ser aprovechado para educar
conforme a los principios de Dios. Los padres, tanto madres como padres, deben
mejorar constantemente su sabiduría y eficiencia, estudiando la Palabra de Dios y
cultivando un carácter puro. La educación en el hogar no puede ser dejada a la
rutina ni al descuido; requiere dedicación, disciplina y un esfuerzo constante para
hacer del hogar un lugar armonioso, atractivo y lleno de amor. Los padres deben
ser ejemplo vivo y usar la paciencia y la bondad, no la amenaza o el castigo, para
guiar a sus hijos. Es vital que los padres busquen consejo y formación, no actúen
con indiferencia y se mantengan firmes en su misión de preparar a sus hijos para
la vida y para el cielo, reconociendo que esta responsabilidad es un llamado divino
que requiere compromiso y crecimiento continuo.

Capítulo 10: La clave de la felicidad y el éxito

La obediencia es fundamental para la felicidad y el éxito tanto en la vida familiar


como espiritual. Los padres y educadores deben enseñar a los niños la
importancia de obedecer, pues esto no solo promueve la felicidad y el orden, sino
que honra a Dios y beneficia a la sociedad. La verdadera libertad y prosperidad se
encuentran en someterse a la ley divina, que es la voluntad de Dios. La
desobediencia, aunque parezca pequeña o insignificante, tiene consecuencias
graves y fue la causa de la caída en el Edén. Por ello, los padres tienen el sagrado
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deber de guiar a sus hijos en la obediencia a Dios, usando la vida de Cristo como
ejemplo supremo. Esta educación debe ser constante, paciente y llena de amor,
buscando que los niños no solo cumplan por obligación, sino que aprendan a
deleitarse en hacer la voluntad de Dios. Enseñar la obediencia es la obra más
importante que los padres pueden realizar, porque prepara a los hijos para una
vida de justicia y para la eternidad.

Capítulo 11: Enseñando desde la infancia

La obediencia debe enseñarse desde la más temprana infancia, incluso antes de


que el niño pueda razonar plenamente. Es fundamental que los padres y madres
comiencen temprano a establecer la autoridad paternal y materna, cultivando la
disciplina con firmeza y amor para evitar que la terquedad y el egoísmo se
arraiguen en el niño. Una educación constante y cuidadosa en la obediencia
asegura que el niño aprenda a respetar la autoridad y, a medida que crezca, a
obedecer a Dios. Los niños que aprenden a obedecer a sus padres,
especialmente cuando estos oran y viven en comunión con Dios, estarán mejor
preparados para ser obedientes y piadosos en su vida espiritual. La obediencia es
presentada como una prueba esencial en esta vida, y sólo quienes la practican
fielmente podrán entrar en el cielo.

Capítulo 12: La obediencia debe convertirse en un habito

La obediencia debe enseñarse a los niños con esfuerzos suaves pero firmes y
persistentes, sin permitir excusas ni evasivas. Los padres deben establecer un
gobierno claro en la familia, donde su palabra sea ley, y exigir obediencia rápida,
perfecta y sin excepciones. Los requerimientos deben ser razonables y
acompañados de amor y explicación, para que los niños entiendan por qué deben
obedecer. Es fundamental que los padres actúen con firmeza, sin impaciencia ni
pasión, y que no permitan la desobediencia, ya que tolerarla es permitir el pecado
y el mal en el hogar. La repetición constante de las lecciones de obediencia forma
un hábito que beneficia tanto a los hijos como a los padres. Un hijo desobediente
afecta negativamente a su entorno, y por ello es responsabilidad de los padres
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corregir y guiar con autoridad amorosa, siguiendo la dirección de Dios y su


palabra.

Capítulo 13: El dominio propio

La educación de los niños debe enfocarse en prepararlos para la vida,


capacitándolos para cumplir sus deberes con éxito y responsabilidad, destacando
la importancia del dominio propio como base para el éxito y la recompensa futura.
Desde la infancia, es fundamental enseñarles a ceder y a someter su voluntad a la
autoridad de los padres, evitando permitir que los malos hábitos o el egoísmo se
arraiguen. No se debe consentir el llanto o la ira para obtener lo que desean, ya
que esto fortalece hábitos negativos. La disciplina debe ser firme pero amorosa,
reprimiendo las malas conductas desde temprano para evitar que se conviertan en
hábitos difíciles de corregir. El ejemplo de los padres es vital: deben tener control
sobre su propio temperamento para poder enseñar a sus hijos a hacer lo mismo.
La paciencia, la abnegación y el dominio propio deben practicarse y enseñarse
constantemente. Aunque la labor es ardua y sostenida, los padres no deben
desanimarse ni abandonar su responsabilidad, pues la formación del carácter de
los hijos depende de su esfuerzo constante y su ejemplo.

Capítulo 14: Tranquilidad, respeto y reverencia

Es fundamental que en el hogar reine la tranquilidad, evitando ruidos y alborotos


que reflejan desorden y falta de disciplina. Los niños deben aprender a
comportarse con calma, especialmente en presencia de visitas, y entender que el
respeto a la autoridad es esencial para su formación. La indiferencia o
permisividad de los padres fomenta la falta de respeto y puede generar problemas
de conducta que afectan tanto la vida familiar como la escolar. La madre, en
particular, debe gobernar el hogar con sabiduría y dignidad, estableciendo su
palabra como ley para ganar el respeto de los hijos. Los padres que no mantienen
su autoridad pueden criar hijos impertinentes, que no respetarán a sus maestros ni
a las normas sociales. Además, es necesario cultivar la reverencia en los niños, no
solo hacia los padres y la familia, sino también hacia Dios, enseñándoles a valorar
Su sacrificio y majestad. La verdadera reverencia se manifiesta en la obediencia a
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Dios y a las leyes divinas, lo cual debe ser el fundamento de la educación cristiana
en el hogar. Para fomentar este respeto y amor por Dios, los padres deben ellos
mismos conocer y hablar frecuentemente de las enseñanzas bíblicas.

Capítulo 15: Cuidado con el manejo de la propiedad

Los padres deben enseñar desde pequeños a los niños a respetar y cuidar las
cosas del hogar, evitando hábitos destructivos. Es vital que aprendan a respetar la
propiedad ajena y no manipulen objetos que no les pertenecen. También es
recomendable darles juguetes resistentes para fomentar el cuidado y no la
destrucción.

Capítulo 16: Los principios de la salud

Desde una edad temprana, los niños deben ser educados en el conocimiento y
cuidado de su cuerpo, entendiendo que fue creado sabiamente por Dios. Los
padres deben enseñarles la importancia de obedecer las leyes de la naturaleza
para mantener la salud física y moral. Esta educación física es fundamental para
el desarrollo integral del niño y para su bienestar futuro. La vida saludable debe
ser una prioridad familiar, y los padres, con paciencia y dedicación, deben instruir
a sus hijos en cómo cuidar su organismo para evitar enfermedades y vivir en
armonía con las leyes divinas.

Capítulo 17: La limpieza

Dios exige limpieza y orden en el hogar, tanto física como espiritual. Los padres
deben enseñar a sus hijos hábitos de pulcritud desde pequeños, inculcando amor
por la limpieza y rechazo a la suciedad. Mantener la limpieza personal, de la ropa
y del entorno es fundamental para la salud y evita enfermedades. Un hogar limpio
y ordenado favorece el bienestar físico y moral. Sin embargo, no debe exagerarse
el énfasis en la limpieza al punto de descuidar valores más importantes como la
justicia, la misericordia y el amor.

Capítulo 18: Pulcritud, orden y regularidad


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El orden, la pulcritud y el buen gusto son fundamentales en la educación de los


hijos y el hogar. Los padres deben ser ejemplos de limpieza y orden, enseñando a
los niños a cuidar su ropa y mantener su habitación limpia y agradable. Esto
fomenta en ellos un sentido de responsabilidad y pertenencia. Además, es
importante establecer horarios regulares, especialmente para el sueño, ya que la
disciplina y la regularidad benefician la salud, la energía y el carácter. Formar
hábitos de orden desde temprano contribuye al bienestar físico y moral de los
jóvenes.

Capítulo 19: La pureza

Las madres cristianas tienen la responsabilidad crucial de educar a sus hijos en la


pureza, el dominio propio y la abnegación desde la infancia. Es vital proteger a los
niños de influencias contaminadoras, vigilando sus compañías, actividades y
pensamientos. El hogar debe ser un ambiente puro y limpio, que fomente hábitos
morales sanos. Los padres deben instruir a sus hijos línea sobre línea en
principios de pureza, estableciendo límites firmes y evitando asociaciones
perjudiciales. Enseñarles a llenar su mente con imágenes puras y valores
elevados fortalecerá su carácter y los preparará para enfrentar tentaciones con
fidelidad a Dios. La educación en pureza es fundamental para la salud espiritual y
física de los hijos y tiene un impacto duradero en su vida.

Capítulo 20: La utilidad

Desde pequeños, los niños deben aprender a ser útiles y a compartir las
responsabilidades del hogar. Aunque enseñarles puede tomar tiempo y requerir
paciencia, es fundamental para formar su carácter y fomentar hábitos de trabajo y
obediencia. No se deben rechazar ni culpar sus errores infantiles, sino guiarlos
con amor y paciencia. Las tareas, incluso las más humildes, deben ser vistas
como un servicio a Dios, lo que da valor y placer al trabajo diario. Así, los niños
crecerán capacitados para ser responsables, eficientes y encontrarán satisfacción
en ayudar a su familia y en la vida futura.

Capítulo 21: Laboriosidad


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La laboriosidad es una salvaguardia vital para los jóvenes, ya que mantenerlos


ocupados con tareas útiles evita la ociosidad y las malas influencias. Los padres
deben asignar tareas adecuadas a la edad y capacidad de sus hijos,
enseñándoles a ser responsables, diligentes y a valorar el tiempo como un recurso
valioso. La educación en el hogar debe fomentar el hábito del trabajo constante y
rápido, uniendo el esfuerzo físico y mental para un desarrollo integral. Inculcar el
amor al trabajo desde la infancia ayuda a formar carácter, evitar la pereza y
prepara a los niños para enfrentar las responsabilidades futuras. Además, el
trabajo ennoblece y debe verse como una parte esencial del crecimiento y servicio
a Dios y a la familia.

Capítulo 22: La diligencia y la perseverancia

Es fundamental enseñar a los niños a perseverar en las tareas hasta completarlas,


evitando que se desanimen y cambien constantemente de actividad sin terminar
nada. Los padres deben brindar palabras de ánimo y apoyo oportuno para
fortalecer su motivación y paciencia. Los hábitos de diligencia, prontitud y esmero
deben fomentarse desde pequeños, ya que las pequeñas cosas y detalles forman
el carácter y marcan la diferencia en la vida adulta. Además, es importante
enseñar que los errores y dificultades son oportunidades para aprender y crecer,
transformándolos en escalones hacia el éxito. Una educación sólida en estos
aspectos evita que los niños crezcan con hábitos de indolencia, descontento o
dependencia, y les prepara para una vida madura responsable y productiva.

Capítulo 23: Abnegación, generosidad y previsión

En el hogar se deben enseñar desde pequeños a los niños lecciones de


abnegación, sacrificio y economía, inspirados en el ejemplo de Jesús. Los padres
deben fomentar en ellos el hábito de ahorrar para causas nobles y cultivar la
generosidad y la dependencia propia. Una práctica recomendada es tener una
“caja de la abnegación” donde los niños depositen monedas que podrían gastar en
caprichos, fortaleciendo así su carácter desinteresado. Es importante que los
niños no se conviertan en el centro de atención ni reciban todo lo que piden,
evitando fomentar el egoísmo. Los padres deben corregir tempranamente
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cualquier muestra de codicia o egoísmo, enseñándoles a ser serviciales, pacientes


y considerados con los demás. Además, los niños deben aprender a jugar solos y
a manejar pequeñas frustraciones con valentía, desarrollando dominio propio y
cortesía. La abnegación y el olvido de sí mismos son cualidades esenciales que
preparan a los jóvenes para una vida de servicio y amor hacia otros, cultivando un
carácter noble y lleno de gracia.

Capítulo 24: Economía y ahorro

Se enfatiza la importancia de enseñar a los hijos hábitos de economía, ahorro y


buen uso del dinero, recordándoles que todo lo que poseen es un legado de Dios
y que deben ser responsables con ello. Se debe evitar el despilfarro y la
ostentación, y no satisfacer caprichos o modas que fomenten el gasto innecesario.
Los padres deben inculcar el valor de la sobriedad y la administración sabia,
animando a los niños a ahorrar y a compartir con los necesitados y la obra de
Dios. También se recomienda enseñar a los niños a llevar cuentas claras de sus
ingresos y gastos, para que aprendan el verdadero valor y uso correcto del dinero
desde temprana edad. Se destaca que la incapacidad para economizar puede
afectar negativamente la vida y el servicio futuro de los jóvenes, y que el ejemplo
de Cristo, quien evitó desperdiciar alimentos, debe ser imitado como modelo de
economía y responsabilidad. En suma, la economía doméstica y la educación
financiera son fundamentales para formar un carácter fiel, responsable y
generoso.

Capítulo 25: La sencillez

Se destaca la importancia de educar a los niños en la sencillez natural,


permitiendo que disfruten de sus años infantiles sin forzar una madurez prematura.
Los padres deben dar ejemplo y fomentar hábitos sencillos, alejándolos de la vida
artificial, la vanidad y el orgullo. Se aconseja evitar alabanzas excesivas que
estimulen el egoísmo o la arrogancia, pues esto puede generar niños mandones y
poco humildes. El verdadero encanto y valor en las niñas y niños reside en un
espíritu humilde, paciente, generoso y obediente, más que en la apariencia
externa o habilidades superficiales. Se debe enseñar la importancia de la modestia
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en la vestimenta y la alimentación, así como la confianza y el temor a Dios como


base del carácter. Jesús es presentado como el modelo supremo de humildad y
sencillez, cuya vida y ejemplo deberían inspirar a las familias a buscar un hogar
donde reine la paz, el contentamiento y un espíritu humilde, más allá de las
posesiones materiales o la apariencia externa.

Capítulo 26: La cortesía y la reserva

La cortesía debe cultivarse desde el hogar, donde los padres tienen la


responsabilidad de enseñar a sus hijos a comportarse con bondad, ternura y
respeto, eliminando el egoísmo. La educación recibida en casa se refleja en el
carácter y las actitudes de los jóvenes, por lo que es vital que los padres enseñen
con ejemplo y palabras principios celestiales como la compasión, el amor y la
misericordia. Es fundamental enseñar respeto especial hacia los ancianos,
valorando su experiencia y edad como un símbolo de gloria y sabiduría. Además,
se debe inculcar modestia, humildad y reserva en el hablar y actuar de los niños,
ayudándolos a ser recatados y considerados, lo cual es protector de la virtud. Los
verdaderos encantos de un niño están en su modestia, obediencia, disposición
para aprender y voluntad para cumplir con sus deberes, demostrando así una
verdadera bondad que se recompensa incluso en esta vida.

Capítulo 27: Alegría y agradecimiento

El hogar debe ser un lugar lleno de alegría, amor y cortesía, donde los padres
cultiven un ambiente agradable que favorezca el bienestar emocional y espiritual
de los hijos. La expresión de alegría genuina y palabras amables atraen a los
niños y fortalecen los lazos familiares, mientras que un rostro alegre refleja la paz
y la gracia que provienen de una vida en Cristo. Los padres y maestros deben
evitar la severidad excesiva o la falta de simpatía, ya que esto puede alejar a los
niños y crear temor en lugar de amor y confianza. En cambio, deben sonreír,
mostrar afecto y adaptarse a las necesidades infantiles para ganarse su cariño y
guiarlos efectivamente en la fe. Además, es esencial enseñar a los niños la
gratitud y el agradecimiento a Dios por todas las bendiciones recibidas, tanto
materiales como espirituales. Un hogar donde se cultiva la gratitud y la alabanza a
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Dios es un espacio donde la gracia celestial se manifiesta, fomentando en los


jóvenes un espíritu de respeto, reverencia y alegría en la vida familiar, escolar y
espiritual.

Capítulo 28: La veracidad

Los padres y maestros deben ser ejemplos vivos de veracidad, demostrando con
sus palabras y acciones una conducta recta y sincera ante Dios y sus hijos. La
honestidad es fundamental en la formación del carácter infantil; si los padres
mienten o engañan, fomentan en los niños hábitos de falsedad que pueden
arraigarse profundamente y afectar su vida futura. Es esencial que los padres
eviten cualquier práctica engañosa, manteniendo una integridad inquebrantable,
ya que los hijos aprenden más del ejemplo que de las palabras. Además, la
corrección debe darse con paciencia y ternura, para no atemorizar a los niños ni
llevarlos a ocultar la verdad, sino más bien para cultivar en ellos la sinceridad y la
confianza. En resumen, la veracidad es una lección diaria que debe imprimirse en
el hogar para formar individuos honestos y de carácter firme.

Capítulo 29: Honradez e integridad

La honradez es esencial y debe enseñarse y practicarse en el hogar, con los


padres como ejemplo. Dios observa cada acción, y exige integridad absoluta, sin
mentiras ni engaños, incluso en detalles pequeños. La fidelidad en lo pequeño
refleja confianza para lo grande. Un cristiano honrado cumple sus compromisos,
no se aprovecha de otros y mantiene principios firmes en todas las áreas de su
vida. Desviarse, aunque sea en algo menor, puede llevar a malos hábitos. Por eso,
la honradez debe ser constante, porque Dios y los ángeles registran cada acto.

Capítulo 30: Confianza propia y honor

Es fundamental educar a los niños para que confíen en sí mismos, desarrollando


tanto sus fortalezas como sus áreas débiles para formar un carácter equilibrado.
Demasiado ocio o depender solo de la herencia puede debilitar su carácter,
mientras que enfrentar obstáculos y responsabilidades fortalece su fibra moral y
espiritual. Los niños deben aprender a afrontar con valor los problemas y
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dificultades de la vida, comprendiendo que no es un campo de desfile, sino de


batalla. La disciplina y las pruebas les preparan para ser responsables y dignos.
Además, es importante fortalecer su sentido del honor y confianza, tratándolos con
respeto para que respondan siendo dignos de esa confianza.

Capítulo 31: La importancia del carácter

El carácter es el único tesoro que llevaremos al cielo, más valioso que cualquier
posesión terrenal. No depende del talento ni de la reputación, sino de la integridad
interior reflejada en la conducta. Sus elementos esenciales son la fuerza de
voluntad y el dominio propio. La formación del carácter es un proceso de toda la
vida, comparable al crecimiento de una planta: lento pero constante. Cada acción
siembra una semilla que da fruto, ya sea para la vida o para la ruina. El carácter
desarrollado en los niños, bajo principios firmes y valores morales, es la mayor
evidencia del cristianismo y puede ejercer una poderosa influencia en el mundo.

Capitulo 32: Cómo se forma el carácter

El carácter no se forma por accidente, sino por un esfuerzo constante y


disciplinado. Se construye día a día con cada pensamiento, acción y decisión. La
repetición de actos forma hábitos que determinan la calidad moral de la persona.
El carácter cristiano se edifica sobre Cristo como fundamento, con la ayuda del
Espíritu Santo. Requiere dominio propio, fuerza de voluntad y resistencia ante la
tentación. El ejemplo de Daniel demuestra que la educación temprana, combinada
con determinación y fidelidad, da como fruto un carácter firme y útil. Cada persona
es responsable de su desarrollo personal. Dios moldea a sus hijos con amor, como
el escultor pule una piedra para que encaje en su templo. Escuchar consejos,
aceptar corrección y vivir con propósito son claves para alcanzar una vida de
integridad que resista la prueba divina.

Capítulo 33: La responsabilidad de los padres en la formación del


carácter

Dios ha dado a los padres la misión divina de formar el carácter de sus hijos
conforme al modelo de Cristo. Esta tarea requiere esfuerzo constante, paciencia,
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firmeza y dependencia del Espíritu Santo. El hogar es el lugar más importante


para moldear el carácter. La prioridad no debe ser solo el orden externo del hogar,
sino la educación moral, espiritual y emocional de los hijos. Un error en la
formación puede marcar negativamente toda la vida de un niño. Los padres deben
consagrarse a Dios y trabajar fielmente, sabiendo que el Señor los fortalecerá.
Aunque algunos hijos elijan caminos equivocados, los padres deben seguir
cumpliendo con su deber, sabiendo que su influencia permanece. La edificación
del carácter infantil es la mayor evidencia del cristianismo en el hogar y en la
sociedad.

Capitulo 34: Formas en las que se arruina el carácter

Los padres tienen una gran responsabilidad en la formación del carácter de sus
hijos, y sus errores pueden arruinar sus vidas. Educar con indulgencia excesiva o
con dureza extrema deforma el carácter infantil. Muchos padres fallan al no
enseñar a sus hijos a obedecer a Dios desde temprana edad. La falta de disciplina
y el permitir caprichos fortalecen el pecado en los niños. Pasar por alto faltas
graves y mimar a los hijos trae consecuencias destructivas. Alabar sin discreción
genera vanidad y orgullo. Ser esclavos de los hijos fomenta rebeldía y egoísmo.
Guiarse por afecto mal dirigido lleva a la desobediencia a Dios. Educar solo para
agradar al mundo aleja a los hijos del propósito divino. Buscar la felicidad en
placeres egoístas los vuelve inútiles para Dios. Falta de piedad en el hogar debilita
su vida espiritual. Muchos jóvenes se pierden por la negligencia de sus padres.
Dios llamará a los padres a rendir cuentas por la manera en que criaron a sus
hijos.

Capitulo 35: Como pueden los padres edificar caracteres firmes

La educación de los hijos debe ser prioridad, pues su destino eterno depende de
ello. Desde pequeños, deben recibir formación física, mental y espiritual
equilibrada. Los padres deben orar, vigilar y disciplinar con amor y firmeza. No es
amor permitirles hacer lo que quieran. La salud y los buenos hábitos fortalecen el
carácter. El alimento mental debe ser puro, no superficial. Un buen carácter vale
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más que un intelecto brillante. El propósito es formar hijos fieles a Dios y útiles al
mundo.

Capítulo 36: Ventaja de los primeros años

La niñez, especialmente los primeros siete años, es la etapa más crucial para la
formación del carácter. Durante este tiempo, la mente del niño es más
impresionable y receptiva tanto al bien como al mal, por lo que los padres deben
comenzar su obra educativa desde la cuna. Las primeras impresiones rara vez se
olvidan y forman el fundamento moral, espiritual e intelectual del individuo. La
madre, en especial, debe guiar la voluntad del niño con firmeza y ternura, sin
mimarlo ni maltratarlo. Si los padres no actúan a tiempo, Satanás ocupará ese
espacio en el corazón del niño. Es necesario enseñar dominio propio, obediencia y
valores prácticos desde los primeros años, aprovechando cada momento para
inculcar fe y virtudes. Ejemplos como Samuel y José muestran el poder de una
buena educación temprana. En contraste, figuras como Hume, Voltaire y Napoleón
ilustran los peligros de impresiones erradas o negligencia. La educación sabia en
los primeros años es la mejor defensa contra la corrupción del mundo y clave para
un destino eterno con Dios.

Capítulo 37: El poder del hábito

La formación del carácter está profundamente influenciada por los hábitos


adquiridos desde la infancia. Los pensamientos y sentimientos repetidos se
transforman en actos, los actos en hábitos, y estos acaban moldeando el carácter.
Es en los primeros años donde los hábitos se establecen con más facilidad y
profundidad, tanto los buenos como los malos. La juventud es una etapa
especialmente impresionable. Los hábitos correctos, adquiridos desde temprano,
tienden a guiar a la persona durante toda su vida; en cambio, los hábitos
negativos, si no se vencen a tiempo, se convierten en una fuerza dominante.
Modificar un hábito malo en la adultez es posible, pero difícil. Los malos hábitos,
además, tienden a formarse con más rapidez y facilidad que los buenos. Por eso,
los padres deben actuar con firmeza, cuidado y constancia desde los primeros
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años, educando con paciencia, corrigiendo pequeños errores, y eligiendo con


sabiduría las influencias y compañías del niño.

Capítulo 38: Estudiad la edad, el carácter y el temperamento

El texto enseña que los niños deben crecer sin ser forzados a madurar antes de
tiempo, respetando cada etapa de su desarrollo. Cada hijo es diferente y requiere
una educación personalizada, paciente y firme, sin dureza. Se debe cultivar la
amabilidad, el dominio propio y la obediencia desde temprano, con base en el
amor y el ejemplo. También se resalta que Jesús creció en sabiduría y gracia,
siendo modelo para los niños. Aun los niños con carácter difícil pueden
desarrollarse bien si reciben amor, comprensión y guía espiritual constante. El
hogar debe ser un lugar donde se respire el nombre de Jesús y se formen hábitos
para la vida y la eternidad.

Capítulo 39: La voluntad como factor de éxito

La niñez es la etapa más decisiva en la formación del carácter. Los hábitos


adquiridos en los primeros años dejan huellas permanentes en la vida y
determinan en gran medida el éxito o el fracaso futuro. Cada acción repetida
moldea el carácter, y los hábitos buenos o malos se establecen con rapidez y
profundidad. La voluntad es una facultad clave: es el poder de decidir entre
obedecer o desobedecer a Dios. No debe ser quebrantada ni doblegada por la
fuerza, sino guiada con amor, firmeza, paciencia y oración. Someter la voluntad
propia a la de Dios es el secreto del verdadero dominio propio y del desarrollo
espiritual. Cada niño es único: requiere una educación personalizada según su
temperamento, necesidades y disposición mental. Forzar a todos por igual
produce rebeldía o debilita la iniciativa. La disciplina sabia no aplasta, sino
fortalece y dirige. Los padres tienen la sagrada responsabilidad de ser modelos de
equilibrio emocional, amabilidad y autocontrol, ya que su influencia moldea el
corazón de sus hijos. El descuido, la permisividad o la severidad desequilibrada
son causas de muchas tragedias espirituales y sociales.

Capítulo 40: Ejemplificad los principios cristianos


KEILY EMILSE PEREZ MENDEZ

Los niños aprenden más por lo que ven y viven que por lo que se les dice. Por
eso, los padres son los primeros y más poderosos maestros, y su vida diaria es el
modelo que los hijos imitarán. El tono de voz, el trato mutuo, la manera de
enfrentar los problemas y la devoción espiritual impactan profundamente en la
mente de los hijos. Para formar hijos firmes, amables y fieles a Dios, los padres
deben vivir con dominio propio, cortesía, paciencia y fidelidad a la Palabra de Dios.
Su testimonio debe ser coherente con lo que enseñan. Las palabras duras, el
espíritu crítico y la falta de autocontrol destruyen la confianza, mientras que el
amor, la calma y la perseverancia moldean corazones tiernos. Los padres deben
enseñar con precepto y ejemplo, mostrando cómo decir "no" a la tentación, cómo
vivir con integridad, cómo amar a Dios, y cómo actuar con caballerosidad cristiana.
Deben ser modelos vivos del carácter de Cristo, porque su influencia moldea el
carácter eterno de sus hijos. Incluso después de la muerte, su ejemplo seguirá
dando fruto, para bien o para mal.

Capítulo 41: Propósitos de la disciplina

La verdadera disciplina tiene como fin enseñar al niño a gobernarse a sí mismo,


no simplemente a obedecer por fuerza. Desde temprana edad, los niños deben
aprender que la obediencia es razonable, justa y parte de un mundo gobernado
por leyes. La disciplina correcta forma el carácter y capacita al niño para vivir por
principios, no por imposición. Los padres deben ayudar a sus hijos a desarrollar el
dominio propio, corregir malos hábitos e inclinaciones y enseñar respeto por la
autoridad, tanto humana como divina. Esto los prepara no solo para una vida útil,
sino también para ser parte del reino de Dios. Reprender debe tener como fin
restaurar la voluntad, no humillar. Un error común es el control absoluto de la
voluntad del niño. Esto puede producir hijos que, al estar lejos del hogar, no saben
pensar ni decidir por sí mismos, careciendo de fuerza moral. En cambio, se debe
guiar la voluntad, no aplastarla, para que el niño aprenda a tomar decisiones por
principios y no por miedo o sumisión forzada. Es esencial que los jóvenes se
sientan confiados, valorados y comprendidos. Una vigilancia constante y represiva
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genera rebeldía o debilidad. La confianza, el estímulo, el ejemplo y una disciplina


sabia y tierna darán frutos en carácter firme, respetuoso y piadoso.

Capítulo 42: El tiempo para comenzar la disciplina

La desobediencia de los hijos es una señal de los últimos días y refleja la falta de
disciplina y vigilancia adecuada por parte de los padres. Los hijos son un regalo de
Dios que deben ser educados con amor, firmeza y orden para desarrollar un
carácter fuerte y piadoso. La disciplina debe comenzar desde temprana edad,
corrigiendo las malas conductas antes de que se arraiguen, y siempre con dominio
propio y ejemplo de parte de los padres. Retrasar la corrección o ser indulgentes
puede llevar a que los niños crezcan con hábitos dañinos que afectan su vida
presente y eterna. La educación en el hogar es fundamental y debe estar apoyada
en la cooperación divina para que sea efectiva y formadora.

Capítulo 43: La disciplina en el hogar

El cristiano debe esforzarse por presentar familias bien ordenadas y disciplinadas


que reflejen el verdadero cristianismo. Educar a los hijos sabiamente no es fácil,
pues ellos a menudo muestran resistencia a la disciplina y amor por la
independencia. Muchos padres evitan aplicar la disciplina bíblica por temor o
pereza, lo que conduce a la formación de caracteres rebeldes y dañinos. El afecto
paternal sin sabiduría ni temor de Dios puede ser un grave obstáculo para la
correcta educación, pues lleva a indulgencias que perjudican a los hijos y honran
más a ellos que a Dios. La disciplina debe ser justa, firme y aplicada con amor, no
con dureza ni sentimentalismo. Padres y madres deben unirse y ser constantes en
la instrucción y corrección, buscando siempre representar el carácter de Dios. Es
fundamental que los hijos aprendan a respetar la autoridad y a obedecer las reglas
del hogar, pues esto es un reflejo del orden divino. En casos de desobediencia
obstinada, los padres deben ser valientes para poner límites claros, incluso
permitiendo la independencia si el joven rechaza someterse a una disciplina justa.
La obra de educar es constante y requiere paciencia y perseverancia, confiando
en la cooperación divina para formar caracteres firmes y rectos, aptos para la vida
presente y eterna.
KEILY EMILSE PEREZ MENDEZ

Capítulo 44: La administración de la disciplina correctiva

La disciplina en los hijos debe estar guiada por el amor, la paciencia y la oración.
Antes de corregir, los padres deben pedir la ayuda de Dios para que ablande el
corazón de los niños y para tener sabiduría y dominio propio. La corrección nunca
debe hacerse con ira o enojo, ya que esto solo provoca rebeldía y daña el alma
del niño. Es importante enseñar con paciencia y constancia, dar pocas órdenes
claras y exigir obediencia, evitando la corrección arbitraria o impulsiva. El castigo
físico solo debe usarse como último recurso y siempre con amor y explicación,
nunca con violencia o impulsividad. Los padres deben ser un ejemplo de
autocontrol y bondad, orar con sus hijos durante la corrección y mostrarles que
son amados aunque se les reprenda. La disciplina bien administrada forma niños
responsables, respetuosos y con un carácter guiado por principios cristianos.

Capítulo 45: Con amor y firmeza

Existen dos caminos para tratar a los niños, con resultados muy distintos: uno
basado en el amor unido al deber y la sabiduría, que produce felicidad presente y
eterna; y otro basado en la negligencia o indulgencia, que conduce a la ruina y
tristeza. El amor debe ir siempre acompañado del deber, porque el amor sin
límites genera hijos testarudos, y el deber sin amor produce dureza y rebeldía. La
disciplina debe aplicarse con bondad, ternura y firmeza, reflejando el carácter de
Dios, quien gobierna con justicia y misericordia. Los padres deben corregir con
paciencia y sin ira, buscando ganar el amor y confianza de sus hijos, evitando la
severidad extrema o la indulgencia excesiva. El tono de voz y la actitud amorosa
son fundamentales para guiar sin provocar resistencia. Especial cuidado merece el
trato con hijos descarriados o difíciles, quienes necesitan aún más amor,
compasión y paciencia para ser guiados hacia la restauración y el arrepentimiento.
Los padres, reconociendo sus propias faltas, deben buscar la ayuda divina para
vencer la impaciencia y reflejar el carácter manso y humilde de Cristo, enseñando
a sus hijos a obedecer por amor a Dios y a la familia.

Capítulo 46: Los males de la complacencia


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El amor verdadero hacia los hijos no significa indulgencia ni complacencia con sus
deseos errados. El amor genuino capacita a los padres para ejercer autoridad con
sabiduría y exigir obediencia pronta, fusionando el afecto con principios firmes.
Dar demasiada libertad a los hijos conduce a que sigan sus propias inclinaciones y
se aparten de la piedad, formando caracteres débiles, egoístas y rebeldes. La
tolerancia excesiva dificulta la educación y prepara a los niños para vidas
desordenadas, insatisfechas y alejadas de valores saludables. Los padres deben
ser firmes y mantener el control con justicia, sin ceder ante caprichos ni súplicas,
enseñando a los hijos a aceptar un “no” como respuesta definitiva. Ignorar o
minimizar las faltas de los hijos, o darles crédito por encima de otros testigos
fieles, fomenta la deshonestidad y el desorden moral. El niño mal criado desde
pequeño lleva consigo una pesada carga: una voluntad indisciplinada que los hace
débiles ante la tentación, incapaces de autocontrol, y propensos a repetir errores y
malas conductas durante toda su vida. Por ello, es fundamental que los padres
actúen con firmeza, amor y sabiduría, guiando a sus hijos para que desarrollen un
carácter fuerte y noble.

Capítulo 47: La disciplina laxa y sus frutos

Una educación deficiente y la falta de disciplina en la infancia afectan


negativamente toda la vida espiritual y el carácter de una persona, así como a
futuras generaciones. Los padres tienen la responsabilidad de educar a sus hijos
con firmeza, amor y según los principios de Dios, para formar personas
respetuosas, obedientes y temerosas de Dios. La indulgencia y la complacencia
fomentan la desobediencia, el mal carácter y alejan a los hijos de Dios. Por eso, es
vital que los padres mantengan su autoridad con justicia y amor para evitar
consecuencias negativas tanto en la familia como en la sociedad.

Capítulo 48: Las reacciones del hijo

La educación de los hijos debe ser equilibrada y guiada por el amor y la paciencia.
Los padres deben evitar provocar ira o resentimiento en sus hijos mediante
acciones duras, críticas constantes, severidad excesiva, arbitrariedades o
injusticias, porque esto genera resistencia, rebeldía y daño emocional. La
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disciplina sin firmeza pero con amor, basada en el respeto y la comprensión, es


más efectiva para formar un buen carácter. La comunicación debe ser amable y
paciente, evitando palabras ásperas, ridiculizaciones o censuras continuas, ya que
estos generan desaliento y rechazo hacia la autoridad y la fe. El verdadero
discipulado requiere un trato tranquilo, bondadoso y orante, que ayude a los hijos
a reconocer sus errores sin perder la esperanza ni el ánimo para mejorar.

Capítulo 49: La actitud de los parientes

Los padres deben mantener el control y la responsabilidad exclusiva sobre la


educación y disciplina de sus hijos, evitando que parientes como abuelos, tíos u
otros interfieran, pues muchas veces estas personas, aunque bienintencionadas,
tienden a consentir y malograr la formación. La permisividad y falta de respeto
hacia la autoridad parental, así como la tolerancia a la impertinencia y a la ira en
los niños, generan malos hábitos que afectan el carácter y la convivencia familiar.
La corrección debe ser firme y amorosa, enfrentando las influencias negativas con
responsabilidad y sin miedo. Además, es mejor que familias unidas por vínculos
matrimoniales no vivan tan cerca unas de otras para evitar que problemas
familiares se extiendan y se intensifiquen, causando resentimientos y dificultades
emocionales. La armonía familiar se preserva mejor con cierta independencia y
comunicación equilibrada.

Capítulo 50: ¿Qué comprende la verdadera educación?

La verdadera educación va más allá de un simple aprendizaje académico; abarca


el desarrollo armonioso de las facultades físicas, mentales, morales y espirituales.
Su fundamento es conocer y comprender la voluntad de Dios, enseñando a amar y
temer a Dios y preparando para cumplir fielmente los deberes de la vida. Este tipo
de educación combate la rivalidad egoísta y la ambición, promoviendo en cambio
el servicio abnegado y la fidelidad en el uso de los talentos dados por Dios. El
modelo original de educación fue el hogar en el Edén, con Dios como Maestro y la
naturaleza como aula, ejemplificado también por Jesús en la formación práctica y
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teórica de sus discípulos. La educación debe incluir tareas prácticas, enseñar la


responsabilidad, el trabajo en equipo y el respeto, guiando a los jóvenes para que
desarrollen un carácter cristiano sólido. Es deber de los padres y maestros
fomentar el amor y temor a Dios en los hijos, preparando no solo para la vida
presente sino para la eternidad. La verdadera educación es progresiva, nunca
termina, y debe ser siempre guiada por los principios bíblicos para formar
individuos que sirvan a Dios y a la humanidad.

Capítulo 51: La preparación para la escuela

Durante los primeros ocho o diez años de vida, la prioridad debe ser el desarrollo
físico y no una excesiva exigencia académica. El campo, el jardín y la naturaleza
son las mejores aulas, y la madre es la maestra principal en esta etapa. Los niños
deben tener libertad para jugar al aire libre, explorar y hacer preguntas, mientras
aprenden de manera natural y con amor. No es aconsejable enviar a los niños
prematuramente a la escuela, pues esto puede sobrecargar sus mentes y afectar
su salud física y mental. Además, la influencia negativa de algunos compañeros
puede poner en peligro su moralidad, por lo que se debe ser cuidadoso con la
educación que reciben fuera del hogar. Durante esta etapa, la enseñanza práctica
de hábitos útiles y la participación en las labores del hogar fortalecen el carácter y
fomentan un espíritu de servicio. La educación temprana debe ser un proceso
natural, lleno de paciencia y cariño, preparando así a los niños para una vida
equilibrada y moralmente sólida.

Capítulo 52: La elección de la escuela

La educación cristiana es fundamental para formar el carácter y la fe de los niños y


jóvenes. Es responsabilidad de los padres asegurarse de que sus hijos reciban
una enseñanza basada en la Biblia, que les prepare para cumplir con la voluntad
de Dios y resistir las influencias negativas del mundo. Enviar a los niños a
escuelas donde se promueva la verdad y el amor a Dios es vital para proteger su
moral y espiritualidad. Las escuelas públicas suelen carecer de esta base y
pueden exponer a los niños a enseñanzas contrarias a la fe cristiana. Por eso, se
recomienda establecer y apoyar escuelas cristianas en las iglesias, comunidades
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pequeñas o incluso en hogares, para que los niños crezcan en un ambiente sano y
piadoso, donde puedan aprender tanto ciencias como valores bíblicos. La
educación cristiana debe ser una colaboración entre padres, maestros y la iglesia,
trabajando juntos para preparar a los jóvenes no solo para la vida presente, sino
también para la eternidad.

Capítulo 53: La responsabilidad de la iglesia

La iglesia tiene un papel vital como guardiana y protectora de la educación


espiritual y moral de los niños y jóvenes. Dios la ha designado como centinela
para advertir sobre los peligros del mundo y mantener a los niños alejados de
influencias corruptas. Es fundamental que la educación cristiana se base en la
Biblia y que las iglesias establezcan escuelas donde se enseñen valores bíblicos y
se prepare a los jóvenes para el servicio a Dios. Estas escuelas deben
complementar la educación del hogar, reforzando la fe y el carácter de los
alumnos. La iglesia debe apoyar con recursos y esfuerzo la formación de maestros
dedicados y escuelas que respondan a las necesidades espirituales y educativas
de los niños, incluso en pequeñas comunidades o hogares. Se debe fomentar la
colaboración entre los miembros para sostener económicamente esta obra,
ayudando también a las familias que no pueden costearla.

Capítulo 54: Maestros y padres en sociedad

La educación efectiva de los niños requiere una colaboración armoniosa y mutuo


entendimiento entre padres y maestros. Ambos deben compartir un mismo espíritu
y objetivo: formar niños con carácter fuerte, equilibrado y fiel a Dios. Los padres
juegan un papel fundamental apoyando al maestro con oración, paciencia y
confianza, lo que facilita enormemente la labor educativa. La desunión o falta de
cooperación puede arruinar el impacto positivo de la escuela, por lo que la unidad
familiar y el compromiso conjunto son esenciales. La responsabilidad de educar no
recae solo en la escuela; el hogar debe proporcionar bases sólidas en valores,
disciplina y hábitos que complementen el trabajo del maestro. La influencia del
hogar es la más poderosa en la formación del carácter, y la escuela debe reforzar
esta labor, no sustituirla. Cuando padres y maestros trabajan unidos, la educación
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cristiana se extiende más allá del aula, impactando positivamente en el ambiente


familiar y preparando a los niños para servir a Dios con fidelidad.

55: La unidad en la disciplina

La influencia del hogar en la formación del carácter es irremplazable. Los padres


son los principales educadores morales. La repetición paciente y el ejemplo
constante son métodos eficaces. Un niño que aprende a decir la verdad y actuar
con justicia será un adulto íntegro. El trabajo diligente y la autodisciplina también
son principios clave. Las pequeñas decisiones diarias revelan el verdadero
carácter. Formar el carácter es un proceso que requiere oración y entrega.

enseñar principios cristianos no es opcional, sino un deber. El amor a Dios y al


prójimo debe ser la raíz de toda enseñanza. No se trata solo de corregir malas
conductas, sino de formar convicciones profundas. Las recompensas materiales
no deben reemplazar el valor del deber. Se debe enseñar a actuar bien por
principio, no por conveniencia. El carácter sólido resiste la presión de la sociedad.
La verdad y la rectitud deben ser exaltadas en todo momento.

Sin la intervención divina, el corazón humano tiende al egoísmo. La gracia de


Cristo es indispensable en la educación del carácter. Es necesario enseñar que
cada acción tiene consecuencias eternas. El desarrollo del carácter debe estar por
encima de la búsqueda de logros académicos. Los principios correctos guiarán al
niño incluso en medio de tentaciones.

Capítulo 56 – El poder del ejemplo

el ejemplo de los padres tiene más peso que sus palabras. Los niños son
imitadores naturales, absorben lo que ven con mayor rapidez que lo que oyen. Un
padre o madre que vive lo que predica deja una huella imborrable. La
incongruencia entre lo que se dice y se hace daña la formación espiritual. El hogar
cristiano debe reflejar los principios del cielo. Ser coherente es más valioso que
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muchas instrucciones verbales. El testimonio personal es una poderosa


herramienta educativa.

El llamado a los padres en este capítulo es claro: sean modelos vivientes de los
valores que enseñan. El ejemplo enseña incluso cuando no hay intención de
hacerlo. Un hogar donde reina el amor y la justicia deja una profunda impresión.
Los niños detectan la hipocresía y se desilusionan. La sinceridad de fe en el día a
día impacta sus decisiones futuras. Ser ejemplo no es perfección, sino
autenticidad en el caminar con Dios. Educar con el ejemplo es sembrar para la
eternidad.

Un acto de bondad, una oración sincera o una reacción paciente enseña más que
un sermón. Los padres deben vigilar sus palabras y actitudes. La severidad
injustificada puede endurecer el corazón del niño. El ejemplo de humildad y
obediencia a Dios inspira al pequeño a hacer lo mismo. El verdadero liderazgo se
ejerce desde el testimonio. Cristo mismo educó por medio del ejemplo.

Capítulo 57 – El desarrollo de la fuerza de carácter

la verdadera fortaleza de carácter no se forma en la comodidad, sino en la lucha


contra las dificultades. Los niños deben aprender a enfrentar la vida con valentía y
fe. La sobreprotección debilita la voluntad y la iniciativa. Las pruebas desarrollan
perseverancia y madurez. El trabajo honesto y las responsabilidades apropiadas
fortalecen el carácter. No se debe evitar todo sufrimiento, sino enseñar a
enfrentarlo con Dios. El carácter firme se forja en la adversidad.

El carácter fuerte es aquel que puede decir “no” al mal y mantenerse firme por el
bien. La voluntad debe ser entrenada, no anulada. Se deben formar niños que
piensen por sí mismos bajo la guía divina. Enseñarles a depender de Dios les dará
estabilidad emocional. La fortaleza moral no se hereda, se forma con disciplina y
fe. El dominio propio es una señal de verdadera fuerza interior. La firmeza con
ternura edifica un carácter noble.
KEILY EMILSE PEREZ MENDEZ

El desarrollo del carácter no es tarea fácil, pero es esencial para una vida feliz. Los
padres deben fomentar el esfuerzo, la constancia y la verdad. No se trata de
formar niños duros, sino valientes y sensibles a la voz de Dios. La educación debe
formar conciencia, no solo conducta. El carácter firme está anclado en la verdad y
el amor. Cada pequeña victoria fortalece la voluntad y el corazón. La fuerza del
carácter cristiano es reflejo del poder de Cristo en la vida.

Capítulo 58 – El hogar como centro educativo

Es el hogar la primera escuela del niño, y los padres como sus primeros
maestros. Es allí donde se forman los hábitos, se inculcan valores y se despiertan
los primeros conceptos de Dios. La educación comienza antes de que el niño
entre a la escuela formal. Un hogar cristiano deja una impresión profunda y
duradera. Cada conversación, acto y relación familiar enseña. El hogar que educa
con amor y oración forma ciudadanos del cielo. Los padres son responsables de la
atmósfera moral del hogar.

El hogar debe ser un lugar donde reine el amor, la disciplina y la presencia de


Dios. No basta con proporcionar techo y comida, se debe cultivar el corazón. un
hogar desordenado y sin propósito forma caracteres débiles. La armonía en el
hogar educa mejor que mil palabras. La cortesía, el perdón y el servicio deben ser
hábitos diarios. Los padres que oran con sus hijos siembran en ellos la semilla de
la fe. El hogar influye más que cualquier institución.

Capítulo 59 – Enseñar el dominio propio

El dominio propio es una de las virtudes más necesarias y más difíciles de


enseñar. el niño debe aprender a controlar sus impulsos y emociones. No se trata
de reprimir con miedo, sino de enseñar a decidir con sabiduría. El autocontrol es
señal de madurez espiritual. La disciplina razonable forma voluntad, no
resentimiento. Jesús es nuestro ejemplo perfecto de dominio propio. Esta virtud
protege al niño de futuras caídas.
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Los padres deben enseñar que cada deseo no puede ser satisfecho. El niño que
aprende a esperar, a negarse y a obedecer voluntariamente tendrá una vida más
estable. El dominio propio se forma desde las cosas pequeñas. No gritar, no ceder
al enojo, no exigir todo al instante son prácticas esenciales. La firmeza sin
violencia ayuda a formar hábitos correctos. Enseñar a los hijos a dominar sus
emociones es educar para la libertad. La voluntad gobernada por principios es una
fortaleza.

Este capítulo muestra que el dominio propio es un fruto del Espíritu. No es algo
natural al corazón humano. Requiere guía divina, ejemplo constante y disciplina
amorosa. Enseñar dominio propio es enseñar dependencia de Dios. Cuando el
niño aprende a orar en medio de sus emociones, está aprendiendo a vivir por fe.
La paciencia del educador refleja el amor de Cristo. Formar hijos con dominio
propio es formar hijos felices.

El niño que se gobierna a sí mismo será un joven equilibrado y un adulto confiable.


Enseñar a pensar antes de actuar es clave. No se debe castigar todo impulso, sino
redirigirlo. El hogar es el mejor lugar para formar esta virtud. La serenidad de los
padres inspira a los hijos a imitar ese equilibrio. El dominio propio prepara para
enfrentar las tentaciones con poder divino.

Capítulo 60 – La preparación para el bautismo

el bautismo no debe ser apresurado. Es un paso solemne que requiere


comprensión, fe y decisión personal. El niño debe ser instruido en los principios de
la fe cristiana. No basta con saber doctrinas, debe haber conversión genuina. La
preparación para el bautismo incluye oración, estudio bíblico y vida devocional. El
bautismo sin comprensión es solo una ceremonia. Es necesario discernir cuándo
el niño ha entregado su vida a Cristo.

. Cada niño madura espiritualmente a su ritmo. La decisión debe ser personal y


consciente. Los padres deben acompañar con oración, no con presión. Es mejor
esperar a que haya evidencias de fe verdadera. La preparación para el bautismo
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es también preparación para una vida de servicio. La iglesia debe recibir al niño
como discípulo en formación, no como adulto completo.

el niño debe saber lo que implica ser cristiano. La obediencia, la fidelidad y el


testimonio deben ser parte de su vida diaria antes del bautismo. No se trata de
una meta, sino de un punto de partida. Los padres deben modelar lo que significa
vivir una vida consagrada. Preparar para el bautismo es formar discípulos, no solo
miembros de iglesia. Es una labor espiritual profunda.

el bautismo es un símbolo de una transformación interna. El niño debe tener


convicción, arrepentimiento y fe. La preparación debe ser alegre pero seria, sin
trivializar la decisión. Se deben evitar motivaciones incorrectas como premios o
presión social. El verdadero bautismo nace del deseo de seguir a Jesús. La obra
del Espíritu Santo debe ser evidente. El bautismo debe ser fruto de una relación
personal con Dios, no solo de un ritual.

Capítulo 62 – La conversión del niño

los niños pueden experimentar una conversión genuina. Aunque su comprensión


sea limitada, su entrega puede ser sincera. El Espíritu Santo obra también en los
corazones tiernos. No se debe subestimar la capacidad del niño de amar y seguir
a Dios. Los padres deben cultivar esta sensibilidad espiritual desde temprano. La
conversión infantil debe ser alentada, no forzada. Dios acepta con gozo el corazón
de un niño que se le entrega.

conversión no es un momento emocional, sino un cambio de vida. Incluso los


niños pueden mostrar frutos de arrepentimiento, obediencia y fe. White insta a
observar con atención los indicios de verdadera conversión. El deseo de orar, la
preocupación por agradar a Dios y el interés por la Biblia son señales claras. La
conversión del niño es el milagro más hermoso. Debe ser afirmada con cuidado y
oración. La infancia es el mejor momento para conocer a Jesús.
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no hay una edad específica para la conversión, sino una disposición del corazón.
Cada niño es diferente, y Dios trabaja con ellos según su madurez. La obra del
Espíritu Santo en el niño es real y poderosa. No hay que esperar a la adolescencia
o adultez para entregar el corazón a Dios. Enseñar al niño a orar, leer la Biblia y
decidir por Cristo es preparar el terreno para su conversión. La decisión por Cristo
puede y debe nacer en la niñez.

Capítulo 63 – Pueden los niños ser cristianos genuinos

los niños también son llamados a servir. Pueden orar, testificar, obedecer y amar
sinceramente. Deben ser tratados como miembros activos del pueblo de Dios.
Excluirlos o subestimarlos es contrario al ejemplo de Jesús. El niño que ama a
Cristo es una bendición para su familia y la iglesia. Se les debe dar lugar y
formación para crecer en la fe.

El niño convertido puede vencer tentaciones, perdonar, compartir y decidir por el


bien. Con orientación y oración, su fe puede madurar. Ser cristiano genuino desde
la infancia es una bendición. Esta certeza debe motivar a los padres a invertir más
en la formación espiritual del hogar. Cristo puede morar en corazones pequeños.

Los niños no deben ser entretenidos sin dirección, sino discipulados con ternura.
Un niño que conoce a Jesús será más feliz, más firme y más útil. Ser cristiano
genuino desde niño previene muchos males. Los padres que valoran esto
siembran para la eternidad. El desarrollo espiritual debe ser tan prioritario como el
físico o académico. Dios quiere hacer de los niños verdaderos discípulos.

Capítulo 64 – Enseñar a los niños a amar la iglesia


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los padres son los primeros en transmitir el valor de la iglesia. Si ellos critican o
descuidan la congregación, los hijos harán lo mismo. La reverencia en el culto, el
respeto a los líderes y la alegría por asistir se aprenden en casa. Enseñar a ver la
iglesia como un lugar santo y de encuentro con Dios fortalece su experiencia.

Se deben de asignar tareas apropiadas a los niños dentro de la iglesia. Colaborar


con la escuela sabática, participar en cantos o ayudar en actividades fomenta el
compromiso. La pasividad no educa, la participación sí. Inculcar amor por la iglesia
desde temprana edad preserva la fe en la juventud. La indiferencia hacia la iglesia
es un síntoma de negligencia espiritual en casa. Los niños deben sentir que la
iglesia también es su hogar.

la iglesia no es solo un edificio, sino una comunidad viva. Los niños deben
aprender a cuidarla, respetarla y amarla como lo harían con su propia familia. El
ambiente que se vive en la iglesia influye mucho en su percepción. Una iglesia que
acoge, ama y forma a los niños está cumpliendo su misión. Se invita a los adultos
a tratar con ternura y dignidad a los más pequeños en la iglesia. Amar la iglesia es
un aprendizaje diario.

Capítulo 65 – Los niños en la escuela sabática

la escuela sabática es un instrumento poderoso para la formación espiritual de los


niños. Allí se cultiva el amor a la Palabra de Dios, la oración y la misión. No debe
ser un lugar de rutina, sino un espacio vivo y espiritual. Los maestros deben
prepararse con esmero y amor. La enseñanza debe adaptarse al lenguaje del
niño. La escuela sabática es una extensión del hogar cristiano. Cada clase debe
ser una cita divina.

Los niños aprenden más con el corazón que con la mente. Las historias bíblicas
deben ser vivas y aplicables. La música, la oración y la interacción fortalecen su
amor por Dios. La escuela sabática no es solo instrucción: es transformación. Es
un terreno fértil donde florece la fe.
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se anima a los padres a cooperar activamente con la escuela sabática. No deben


delegar toda la formación espiritual al maestro. Repasar las lecciones en casa,
interesarse por lo aprendido y reforzarlo con el ejemplo son actos poderosos. El
hogar y la iglesia deben trabajar juntos. La influencia combinada edifica un
carácter firme. La escuela sabática no sustituye al hogar, lo complementa. Es una
bendición cuando hay unidad educativa.

Capítulo 66 – Enseñar a los niños a ser misioneros

Desde la infancia los niños, pueden aprender a compartir su fe. La actitud


misionera se forma con el ejemplo y con oportunidades reales. Los padres deben
enseñar a testificar en casa, en la escuela y con sus amigos. Un corazón
dispuesto vale más que habilidades perfectas. Jesús puede usar incluso a los más
pequeños. Educar para la misión es educar para el cielo.

Las palabras sencillas y las acciones de amor pueden tocar corazones. Se deben
enseñar valores como el servicio, la compasión y la solidaridad. Cuando los niños
son parte de actividades misioneras, su fe crece. Los padres y maestros deben
incluirlos activamente. Ser misionero no es solo viajar, es reflejar a Cristo cada día.
La misión comienza en el hogar.

los niños no deben ser vistos solo como receptores, sino también como agentes
del evangelio. Enseñarles a orar por otros, a repartir literatura o invitar a la iglesia
es parte de su formación. La misión fortalece su identidad cristiana. Un niño que
sirve se aparta del egoísmo. La obra misionera no tiene edad mínima. La escuela
sabática infantil es un semillero de misioneros.

Este capítulo enseña que formar niños misioneros también los hace más felices.
Cuando dan, aprenden el gozo del servicio. La iglesia debe proveer espacios
seguros y creativos para que ellos participen. La educación misionera forma un
carácter equilibrado y sensible a las necesidades. Los niños aprenden mejor
cuando hacen. Cristo mismo fue misionero desde su niñez. Enseñar a servir es
enseñar a amar.
KEILY EMILSE PEREZ MENDEZ

Capítulo 67 – Los niños en la obra misionera

Las palabras inocentes pueden penetrar más que un sermón. El trabajo misionero
fortalece la espiritualidad del niño. La misión debe ser parte de su educación, no
una actividad opcional. Las iglesias deben tomar en serio su rol en la obra. Los
niños no son el futuro de la misión: son parte de su presente.

el corazón de un niño lleno del amor de Cristo puede ser una poderosa
herramienta evangelizadora. A veces, su testimonio silencioso alcanza donde otros
no pueden. Los padres deben fomentar conversaciones espirituales con sus hijos.
Enseñar a orar por amigos, compartir historias bíblicas y actuar con bondad, es
enseñar a ser misionero. Las iglesias deben animar estas acciones. La sencillez
del niño es una ventaja en la misión. Dios se glorifica en la humildad.

Los niños no deben ser espectadores en la iglesia, sino colaboradores. Ellos


desean sentirse útiles y aceptados. Con orientación, pueden aportar con alegría y
creatividad. Ignorar sus capacidades es desperdiciar recursos del cielo. La misión
es un privilegio que también les pertenece. Cada acción cuenta para el Reino.

No hay límite para lo que Dios puede hacer con un corazón dispuesto. Los
testimonios de niños transforman hogares. Enseñar a los niños a trabajar para
otros los protege del egoísmo. El servicio cristiano es medicina para el alma. La
obra misionera no los cansa, los fortalece. Debemos dejar de pensar que son
“demasiado pequeños”.

Capítulo 68 – La responsabilidad de los padres y maestros

Los maestros deben educar con compasión, firmeza y oración. No se trata solo de
enseñar contenidos, sino de moldear vidas. Un error no corregido puede crecer
como raíz de amargura. La responsabilidad no es ligera, pero sí bendita. Educar
para Dios es una obra sagrada.
KEILY EMILSE PEREZ MENDEZ

Los padres deben comprender que el hogar es la primera escuela del carácter. el
tiempo de calidad y la instrucción bíblica diaria sean prioridad. No se trata de
cantidad, sino de intención y constancia. El descuido espiritual no se compensa
con regalos o disciplina severa. Educar en valores eternos requiere presencia,
oración y amor. Cada palabra y acto deja huella. El maestro refuerza lo que el
hogar inicia.

Capítulo 69 – El ideal más elevado

el ideal más elevado: formar niños para ser semejantes a Cristo. Todo lo demás es
secundario. Más allá de la carrera o éxito humano, está la salvación. Enseñar a los
niños a reflejar el carácter de Jesús es el mayor propósito. Este ideal eleva la
educación a una dimensión eterna. No hay esfuerzo más valioso que aquel que
forma el alma. El cielo valora más un niño obediente que un genio sin fe.

El ideal cristiano no es solo conocimiento, sino transformación. Hay que formar


hijos piadosos, humildes y activos en la fe. Educar no es simplemente transmitir
ideas, sino reflejar la imagen divina. El carácter de Jesús debe ser el modelo.
Cada día se construye el ideal con decisiones pequeñas. La grandeza se mide por
la semejanza con Cristo. La educación con propósito eterno cambia vidas.

Dios dio a los padres y maestros una misión sagrada. El ideal no es tener hijos
exitosos, sino hijos santos. La semejanza con Cristo es la medida del carácter.
Este ideal no se logra en un día, pero es alcanzable con la gracia divina. La fe, el
ejemplo y la oración lo hacen posible. La verdadera educación guía al niño a
conocer, amar y seguir a Jesús. No hay ideal más alto ni recompensa más grande.

Capítulo 70 – La recompensa del fiel cumplimiento del deber

Cada lágrima derramada por un hijo, cada oración ofrecida, será valorada por
Dios. Los frutos pueden no verse en la tierra, pero el cielo los revelará. Los padres
KEILY EMILSE PEREZ MENDEZ

fieles verán a sus hijos redimidos. El cumplimiento del deber, aunque silencioso,
tiene honra celestial. Dios no olvida la obra realizada por amor.

Aunque a veces parezca en vano, ninguna semilla se pierde. La promesa divina es


segura: habrá recompensa para los fieles. El éxito no se mide por aplausos, sino
por almas ganadas. Los que cumplieron su deber en lo pequeño serán exaltados
por Dios. La educación cristiana es una inversión eterna. El cielo reconocerá a
quienes guiaron con amor.

Los padres y maestros fieles verán su obra culminada en la salvación de los niños.
La labor silenciosa será reconocida por los ángeles. No hay obra más digna ni
recompensa más gloriosa. Cumplir el deber con fe y amor es la clave. El cielo será
el lugar donde la siembra se transforme en gozo eterno.

Capítulo 71 – El efecto de la educación cristiana

la educación cristiana transforma no solo la mente, sino el corazón. Su efecto es


duradero, pues forma hábitos de obediencia, reverencia y amor. Esta educación
prepara para la vida presente y la eterna. No es meramente teórica, sino práctica y
espiritual. Un niño educado en el temor de Dios influye positivamente en su
entorno. La educación cristiana eleva el carácter y ennoblece la conducta. Su fruto
es la semejanza con Cristo.

Cuando se enseña con amor y con propósito eterno, los resultados glorifican al
Señor. White enfatiza que el hogar y la escuela cristiana deben trabajar unidos. El
efecto de esta educación perdura más allá del aula. Educar para Dios es educar
para servir y vivir con propósito.

Enseñar a los niños a discernir el bien, obedecer por amor y vivir con principios los
protege de la corrupción. Esta educación no debe ser superficial, sino profunda y
práctica. Cuando se hace con fidelidad, su fruto es paz, gozo y carácter firme. El
efecto se ve en la vida diaria del niño. No hay inversión más segura que educar
para el cielo.

El conocimiento sin principios puede llevar al orgullo o al error. La educación


cristiana da dirección, propósito y esperanza. Forma mentes equilibradas y
KEILY EMILSE PEREZ MENDEZ

corazones sensibles a la voz de Dios. El efecto se refleja en la conducta, las


decisiones y las relaciones. White señala que esta educación debe comenzar
temprano y continuar hasta la madurez. Es la mejor herencia que se puede dejar.

Capítulo 72 – Estudiar la Biblia en la escuela

la Biblia debe ser el libro de texto principal en toda escuela cristiana. No como un
accesorio, sino como fundamento. Estudiar la Biblia desarrolla el pensamiento,
ennoblece el carácter y fortalece la fe. Debe enseñarse con claridad, profundidad y
aplicación práctica. Los niños necesitan conocer a Dios desde la Palabra. Las
verdades bíblicas preparan para la vida y la eternidad. La Biblia transforma más
que cualquier otro libro.

No basta con memorizar versículos, se debe comprender y aplicar. White invita a


los maestros a enseñar la Biblia con entusiasmo y oración. La Palabra de Dios
debe ocupar el lugar central en la educación. El Espíritu Santo actúa por medio de
ella. Cada lección bíblica es una semilla eterna. Donde se enseña la Biblia con fe,
hay fruto seguro.

Capítulo 73 – Conocimiento del carácter de Dios por medio de sus obras

la naturaleza es uno de los libros de Dios. A través de sus obras, los niños pueden
aprender sobre el carácter divino. La creación habla del poder, la sabiduría y el
amor de Dios. Enseñar a observar la naturaleza despierta admiración y gratitud.
Es un método eficaz para cultivar la espiritualidad. Dios se revela también en lo
sencillo. El estudio de la naturaleza complementa el estudio de la Biblia.

los niños aprenden mucho mediante los sentidos. Ver un amanecer, una flor o un
animal en su entorno puede llevarlos a alabar al Creador. La naturaleza ofrece
ilustraciones vivas de verdades espirituales. Esto fortalece la fe de forma práctica.
Las maravillas de la creación reflejan su carácter. Dios dejó huellas de su amor por
doquier.
KEILY EMILSE PEREZ MENDEZ

El niño que aprende a amar la creación será más cuidadoso, reflexivo y reverente.
La contemplación de la naturaleza promueve una conexión profunda con el
Creador. No se trata de adorarla, sino de reconocer al Dios que la hizo. Educar a
los niños a través de la naturaleza es despertar en ellos una espiritualidad integral.
Dios se comunica con el corazón del niño por medio de su obra.

Capítulo 74 – La obra de la escuela cristiana

la escuela cristiana como una institución sagrada. Su propósito no es solo formar


intelectualmente, sino moldear caracteres semejantes a Cristo. Los maestros
deben ser personas consagradas. La educación debe tener como meta preparar
para el servicio a Dios y a la humanidad. No debe imitar los métodos del mundo,
sino reflejar los principios del cielo. La verdadera educación transforma vidas. La
escuela cristiana es un agente del Reino.

la obra de la escuela cristiana es continuar la labor del hogar. No debe contradecir,


sino reforzar los principios enseñados por los padres. El trabajo en equipo entre
hogar, escuela e iglesia fortalece la formación del niño. La escuela debe cultivar no
solo la mente, sino también el corazón. Su labor va más allá de los libros: forma
vidas. Los alumnos deben salir más piadosos, más útiles, más semejantes a
Jesús.

Capítulo 75 – El propósito eterno de Dios en la educación

se presenta la educación como parte del plan de salvación. White enseña que
Dios educa a sus hijos para reflejar su gloria. La mente, el cuerpo y el espíritu
deben desarrollarse en armonía. La verdadera educación transforma la vida
presente y prepara para el servicio eterno. El propósito de Dios no es solo
conocimiento, sino redención. Enseñar con este enfoque eleva toda instrucción. La
educación con propósito eterno tiene valor infinito.
KEILY EMILSE PEREZ MENDEZ

la educación debe elevar al ser humano desde el pecado hacia la santidad. Es un


proceso de restauración espiritual. Los padres y maestros son colaboradores con
Dios en esta obra. La educación que no considera la eternidad es incompleta. El
fin último es la restauración de la imagen divina en cada niño. La redención y la
educación están entrelazadas. Educar es cooperar con el cielo.

Este capítulo nos lleva a ver la educación como una misión celestial. Su propósito
va más allá de una profesión: prepara para un destino eterno. Los niños no son
solo estudiantes: son candidatos para la inmortalidad. Educar para Dios es educar
para vivir con Él. El propósito eterno de Dios debe estar presente en cada lección,
cada corrección, cada decisión educativa

. Capítulo 76 – Los maestros deben ser consagrados

No basta con enseñar bien; debe vivir lo que predica. Los niños perciben la
sinceridad espiritual del adulto. La consagración diaria lo capacita para enfrentar
los desafíos del aula. El maestro consagrado no solo educa, también redime. Su
influencia puede ser eterna. Dios honra al maestro que le entrega su vida.

un maestro consagrado impacta más por lo que es que por lo que dice. Su
paciencia, su gozo en el deber y su fidelidad hablan de Cristo. La oración y el
estudio de la Palabra deben ser parte de su preparación. La educación cristiana
requiere instrumentos limpios y llenos del Espíritu. La consagración del maestro se
transmite al ambiente escolar. Donde hay un maestro entregado a Dios, hay luz.

Capítulo 77 – La importancia de la educación en el hogar

el hogar es el primer y más importante centro educativo. Los padres son los
primeros maestros, y sus lecciones perduran. La atmósfera del hogar moldea la
personalidad del niño. La ternura, la disciplina y la espiritualidad del hogar son
esenciales. Una escuela no puede suplir lo que falta en casa. La educación en el
hogar forma los cimientos del carácter. Allí se aprende a amar, obedecer y temer a
Dios.
KEILY EMILSE PEREZ MENDEZ

El niño necesita estabilidad, orden y afecto. El respeto a la autoridad y la


responsabilidad se aprenden desde los primeros años. Educar en casa no es solo
corregir, es formar con amor. Los valores del cielo deben estar presentes en las
conversaciones cotidianas. El hogar que educa con propósito bendice a la
sociedad.

Dios ha confiado a los padres la misión de preparar hijos para el cielo. No se


necesita perfección, sino dedicación y dependencia de Dios. La formación
espiritual diaria es indispensable. El hogar debe ser un lugar de oración, estudio
bíblico y servicio. Cuando el hogar cumple su papel, la escuela puede cumplir el
suyo. La base de toda educación verdadera es la familia.

Capítulo 78 – La vida futura

La educación cristiana debe incluir una visión clara del mundo venidero. Hablar del
cielo despierta esperanza, fe y deseo de santidad. Los niños necesitan saber que
esta vida no es todo. La promesa de un mundo sin dolor ni pecado es fuente de
consuelo. Educar para la vida eterna es educar con sabiduría.

Se debe de enseñar a los niños a esperar con gozo el regreso de Cristo fortalece
su fe. Esta esperanza les da valor ante las pruebas y dirección en sus decisiones.
La eternidad no debe ser una idea abstracta, sino una esperanza presente. Los
padres deben hablar con frecuencia del cielo. Un niño que anhela el cielo vivirá
con propósito. La fe en la vida futura transforma el presente.

todo esfuerzo educativo debe preparar a los niños para el cielo. No se trata solo
de formar buenos ciudadanos, sino ciudadanos del Reino de Dios. La vida futura
es una promesa real que debe ser parte de la enseñanza diaria. Enseñar sobre el
cielo inspira a vivir con integridad. La esperanza de la eternidad da sentido a la
obediencia, el sacrificio y la fe. Educar sin mencionar la vida futura es educar sin
esperanza.
KEILY EMILSE PEREZ MENDEZ

Capítulo 79 – Preparación para la vida eterna

vivir para Cristo es la mejor forma de prepararse para el cielo. No es suficiente con
saber doctrinas: se necesita una relación viva con Dios. Los niños deben ser
guiados a amar a Jesús, no solo a temer el castigo. El conocimiento de la verdad
debe ir acompañado de una vida transformada. Prepararse para la vida eterna
implica vivir con propósito y santidad. El hogar es el primer lugar de preparación.

La fe, el dominio propio y el amor deben ser enseñados y vividos. La obediencia


no es un requisito impuesto, sino una respuesta de amor. La niñez es el mejor
momento para formar el carácter para la eternidad. Enseñar a vivir con conciencia
de lo eterno es educar con profundidad. Preparar para el cielo es la mayor obra
del educador cristiano.

estamos formando almas para la eternidad. Cada enseñanza, cada corrección,


cada oración es una inversión celestial. La preparación para la vida eterna no se
improvisa: se vive día a día. White llama a los padres y maestros a no descuidar
este objetivo. La vida eterna es la recompensa de una vida fiel. Enseñar para la
eternidad es amar verdaderamente al niño. Educar para el cielo es nuestra misión
más alta.

Capítulo 80 – Reunión en el hogar celestial

Este capítulo es una promesa de restauración. Las familias que han sufrido aquí
en la tierra tendrán gozo eterno. La fidelidad de los padres será reconocida por
Dios. Ver a los hijos en el cielo será el mayor premio. La reunión en el hogar
celestial da sentido al sacrificio presente. Es una esperanza que fortalece en
medio del dolor.
KEILY EMILSE PEREZ MENDEZ

la obediencia a Dios une a las familias para la eternidad. Cada enseñanza, oración
y ejemplo en el hogar prepara para ese encuentro. El cielo es un hogar preparado
por Cristo para sus hijos. No hay mayor motivación para educar que esta promesa.
La reunión eterna será la recompensa de una vida vivida en fidelidad. La
separación de la muerte será vencida. El hogar celestial será perfecto.

Capítulo 81 – La salvación de nuestros hijos

No hay responsabilidad más importante que esta, la eternidad de los hijos


depende en gran parte de la influencia del hogar. Es una obra que requiere
oración constante, ejemplo firme y amor incondicional. No basta con desear su
salvación: hay que actuar cada día con intención. El cielo recompensa a quienes
luchan por sus hijos. La salvación de los hijos es una misión divina.

muchos padres han perdido a sus hijos espiritualmente por descuido o


indiferencia. White advierte que no debemos dar por hecho que nuestros hijos
conocerán a Dios solo por estar en la iglesia. La salvación requiere enseñanza
personal, guía espiritual y fe activa. Es necesario mostrarles el camino con amor y
paciencia. Cada oportunidad cuenta. Dios llama a los padres a ser pastores del
corazón de sus hijos.

Capítulo 82 – La recompensa de los padres fieles

los padres no trabajan solos: Dios coopera con ellos. Cada paso de obediencia,
cada consejo sabio, cada momento de enseñanza, tiene valor celestial. Aunque a
veces no se ve el fruto inmediatamente, la recompensa llega. Los padres que han
confiado en Dios verán con gozo a sus hijos transformados por la gracia. Su
corona estará adornada con las almas que guiaron. Es una recompensa divina y
eterna.

Un hijo obediente, reverente y piadoso es un regalo aquí y ahora. El corazón del


padre se alegra al ver frutos en la vida de sus hijos. La gratitud del cielo hacia los
KEILY EMILSE PEREZ MENDEZ

padres fieles es profunda. Dios se complace en honrar a quienes le sirvieron


fielmente en el hogar. Los padres fieles reflejan el amor y la paciencia del Padre
celestial.

Capítulo 83 – Invitación solemne

El futuro eterno de los niños depende en gran parte de nuestra fidelidad hoy. No
hay tiempo que perder. La educación y salvación de los niños es una urgencia
espiritual. Esta invitación nos llama a consagrarnos totalmente a Dios. Debemos
asumir nuestro rol con reverencia y valentía. Cada niño es una vida eterna en
formación. El llamado es ahora.

la indiferencia espiritual traerá consecuencias eternas. Este llamado solemne no


puede ser ignorado. Dios nos ha confiado un tesoro en cada niño, y un día pedirá
cuentas. Sin embargo, también ofrece poder, sabiduría y gracia para cumplir la
tarea. La invitación es clara: educar para la eternidad. Aceptarla es vivir con
propósito y visión celestial. Es una responsabilidad que cambia la vida.

Cada niño es una misión que Dios nos ha encomendado. White nos invita a
rendirnos completamente a Cristo para poder guiar a otros a Él. La educación
cristiana comienza con el corazón del educador transformado.

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