CURSO INTENSIVO UNA VIDA NUEVA
Un repaso breve
Al iniciar este curso nos propusimos ayudarle a comprender
cuáles son los cimientos de una vida de seguimiento a
Jesucristo. Esperamos estar logrando ese objetivo.
Todo comienza con tomar conciencia de quienes éramos sin
Cristo como Señor de nuestra vida. Existíamos sobrellevando
una naturaleza pecaminosa. Todo ser humano al nacer lo hace
con una condición de pecador. El pecado nos separa de Dios,
y el pecado viola la voluntad de Dios.
Para poder salir de ese estado de dominio del pecado y de la
muerte sobre nuestra vida, es necesario un nuevo nacimiento.
Esta vez no estamos hablando de un nacimiento físico sino de
uno espiritual. Para que se produzca ese nuevo nacimiento,
Dios debe colocar su Palabra en nosotros, como la semilla del
padre se coloca en el vientre de la madre. Sólo Dios puede
producir ese nacimiento nuevo.
El nacimiento nuevo se produce en que unimos nuestra vida a
la muerte y a la resurrección de Jesucristo. Una vez que
hemos aceptado el Señorío de Jesús sobre nuestra vida, Él
nos llama a seguirlo. Nacer de nuevo sólo tiene el precio que
Jesús pagó en la cruz. Pero seguir a Jesucristo sí tiene un
precio que cada seguidor o seguidora debe pagar: el de la
renuncia y la obediencia.
Si queremos seguir a Jesús es necesario renunciar a patrones
de vida y conducta ligados al pecado y a nuestra lejanía de
Dios. Se trata de una renuncia a lo pasado y a las cosas y
actitudes cargadas de maldad en las que habíamos vivido
hasta nuestro encuentro con el Señor.
Si sólo renunciáramos, no tendríamos las fuerzas para seguir a
Jesús. Es necesario dejar atrás cosas, pero también es
necesario obedecer desafíos nuevos. Los desafíos de Dios
tienen que ver con sus reglas y su orden. Jesús nos pide
aceptar sus reglas y abrazar sus encomiendas.
Para mostrar públicamente todo lo que hasta aquí hemos
dicho, el bautismo en agua se convierte en una señal de
arrepentimiento, y el bautismo del Espíritu Santo en la fuerza
motora que nos impulsa en nuestro nuevo caminar. De aquí en
adelante el desafío es a crecer en todo.
De la niñez a la madurez
Al nacer de nuevo, nuestro primer estado de vida es una
especie de infancia espiritual. Necesitamos alimentarnos de
cosas básicas, que en la Biblia se le llama ‘leche’. Así llama el
apóstol Pablo al alimento espiritual que deben recibir los
nuevos creyentes. Pero no nos confundamos al pensar de que
se trata de cosas sin importancia. Lo que se trata es de que
recibamos, en calidad de niños en Cristo, enseñanzas básicas
y fundamentales, como las que estamos impartiendo en este
curso.
En nuestra infancia espiritual es fundamental una buena
alimentación igualmente espiritual. Es el apóstol Pedro quien
enseñó lo siguiente: «Por lo tanto, abandonando toda maldad y
todo engaño, hipocresía, envidias y toda calumnia, deseen con
ansias la leche pura de la palabra, como niños recién nacidos.
Así, por medio de ella, crecerán en su salvación, ahora que
han probado lo bueno que es el Señor» (1 Pedro 2. 1-3).
No debemos permanecer en ese estado de infancia espiritual.
Es necesario avanzar hacia la edad adulta en Cristo. Es el
mismo Pablo que enseña sobre la importancia de avanzar
hasta alcanzar «la plena estatura de Cristo». Jesús es el
hombre perfecto, el hombre maduro, el hombre adulto en Dios.
Nuestra aspiración es a ser en todo como Él (Efesios 4.15).
El escritor de la carta a los Hebreos, en 5.13 advierte que: «El
que sólo se alimenta de leche es inexperto en el mensaje de
justicia; es como un niño de pecho». La leche, insistimos, se
trata aquí de las enseñanzas básicas de la Palabra, y el mismo
autor señala cuáles son esas enseñanzas básicas: el
arrepentimiento sobre las acciones que hacíamos en nuestra
vida sin Cristo, la fe en Dios, instrucciones sobre bautismos, la
imposición de las manos, la resurrección de los muertos, el
juicio eterno (Hebreos 6. 1-2).
El seguidor o la seguidora de Jesús que no se ocupa de
crecer, corre el riesgo de mantener esa infancia espiritual, y el
gran peligro de ello es que los niños pueden ser más fácilmente
engañados por doctrinas y corrientes de pensamiento de este
mundo, enseña el misionero Pablo en Efesios 4.14.
El mismo apóstol Pablo reflexionaba, en su carta a los
Filipenses, que él mismo se sentía siempre desafiado a dejar
las etapas de su vida atrás, para poder alcanzar la madurez en
Cristo (Filipenses 3. 12-14). Él habla de que eso implica hacer
un esfuerzo permanente, y no dejarse distraer por nada, ni
siquiera por sus logros personales.
Crecer en todo
Volviendo a la carta a los Efesios, en 4.15 Pablo plantea que
uno debe crecer en todo en relación con Cristo. Es decir que
en todo debemos parecer a Jesús. Esa es nuestra meta
permanente.
1. Debemos crecer en la mentalidad de Cristo. Si es
cierto que vivimos como pensamos, entonces, al seguir
a Jesucristo y querer ser como Él en todo, debemos
renovar nuestra mentalidad para alcanzar a tener la
mente de Cristo (1 Corintios 2.16). Pablo lo plantea así:
«sean renovados en la actitud de su mente» (Efesios
4.23).
La enseñanza de Pablo es que todo seguidor o
seguidora de Jesús debe resistir a seguir adoptando las
costumbre de este mundo, y más bien debemos
transformar nuestra manera de vivir «por la renovación
de su mente» (Romanos 12.2). Si no trabajamos con
esfuerzo en una renovación de nuestro pensamiento,
seguramente seguiremos actuando como niños
espirituales, a quienes les entran las cosas por un oído
y les sale por el otro (Hebreos 5.11).
2. Debemos crecer en el carácter de Cristo. Jesús
fue enfático con sus seguidores, como lo es con
nosotros hoy: «Carguen con mi yugo y aprendan de mí,
pues yo soy apacible y humilde de corazón, y
encontrarán descanso para su alma» (Mateo 11.29).
Mansedumbre y humildad son actitudes del carácter.
Hablar de ‘carácter’ es hablar de eso con lo que uno va
marcado en su conducta de vida.
Jesús debe ser nuestro espejo y modelo. En Él nos
debemos ver y Él es quien nos da ejemplo de cómo
debemos reaccionar a las presiones, a las ofensas, a
las amenazas. Jesús nos modeló de cómo tratar a
todos con afecto y servicialidad. Aún nuestro
vocabulario pasa por un sometimiento a aquello que a
Él le agrada.
3. Debemos crecer en la santidad de Cristo. La
santidad es algo que distinguía a Jesús. No se trata de
aislamiento, se trata de una conciencia de saber quién
y para qué Dios nos ha llamado. Ciertamente Jesús se
apartó de los conceptos morales de la gente de su
tiempo, de la religiosidad hipócrita de los líderes, y de
las conductas pecaminosas que respondían a apetitos
carnales.
Santidad no es solo separarse de lo malo; es sobre
todo separarse para ser usado por Dios. Las cosas y
las personas somos santas en cuanto nos disponemos
a ser usados por el Santo Dios. Él es Santo y los que le
servimos entramos en la esfera de su santidad. Dios
nos santifica por medio de si Palabra que es verdad
santa (Juan 17.17).
El seguidor o la seguidora de Jesús debe ir creciendo
en santidad, que es como una especie de brillo glorioso
que refleja la presencia de Dios en nuestra vida. El
misionero Pablo lo expresó así: «Así, todos nosotros,
que con el rostro descubierto reflejamos como en un
espejo la gloria del Señor, somos transformados a su
semejanza con más y más gloria por la acción del
Señor, que es el Espíritu» (2 Corintios 3.18). El Espíritu
Santo nos santifica día a día.
4. Debemos crecer en la fe de Cristo. Jesucristo vino a
mostrarnos el poder de la fe. Él hablaba sobre el
potencial que tiene la fe como un grano de mostaza que
con todo y ser de las más pequeñas semillas llega a ser
una de las más grandes plantas (Marcos 4. 31-32). El
Señor decía: «Les aseguro que si tiene fe tan pequeña
como un grano de mostaza, podrán decirle a esta
montaña: “Trasládate de aquí para allá”, y se
trasladará. Para ustedes nada será imposible» (Mateo
17.20).
El apóstol Pablo nos indica que debe ser una meta
nuestra crecer en la fe y en el conocimiento del Hijo de
Dios (Efesios 4.13).
Nuestra fe inicial debe crecer hasta alcanzar la fe de
Jesucristo. La fe es lo que nos hace posible derribar
montañas (sinónimo de grandes problemas o de
complejos y difíciles proyectos o planes). La fe viene
por el oír la Palabra de Cristo (Romanos 10.17).
Bueno, pues aquí está el desafío nuevo que tenemos ahora:
debemos procurar nuestro crecimiento espiritual y ello proviene
de nuestra comunión con Dios, nuestra nutrición en la Palabra
y nuestra disposición a que el Espíritu Santo nos guíe en todo
ello.
Cuatro caminos de crecimiento
Miremos por unos momentos a los primeros cristianos allá en
la Jerusalén del año 40 después de Cristo. ¿Qué sucedió con
ellos después de ser bautizados? Lo mismo que debiera
suceder con nosotros. Observemos:
«Así pues, los que recibieron su mensaje fueron
bautizados, y aquel día se unieron a la iglesia unas tres
mil personas. Se mantenían firmes en la enseñanza de
los apóstoles, en la comunión, en el partimiento del pan
y en la oración» (Hechos 2. 41-42).
¿Cómo trabajaban ellos su crecimiento espiritual? El libro de
Hechos destaca que ellos tuvieron a mano cuatro vías:
1. La vía del aprendizaje . Aprendían de los apóstoles.
No se crece sin aprendizaje. Para crecer es necesario
aprender. Ello implica reunirse, consultar, leer. Hacer
estudios sistemáticos de temas que contribuyan a
crecer en todo. Todo basado en la Palabra.
2. La vía del compañerismo . Uno aprende de otros.
Pero además, el compañerismo da fortaleza. Uno debe
tener personas con las cuales compartir, a quienes
rendir cuentas, y con quien alimentarse de buenos
testimonios y consejos.
3. La vía de la unidad con Cristo . Esa unidad se
manifiesta en la Cena del Señor que realizamos con los
demás hermanos y hermanas. De Allí la importancia de
congregarse (ellos lo hacían de casa en casa).
4. La vía de la oración . No se trata sólo de la oración
personal, sino de la oración comunitaria. Los cristianos
crecemos juntos cuando oramos juntos, cuando
intercedemos unos por otros.
Rev. Rolando Soto M.