EL PUDOR - José María Iraburu, sacerdote
Nasció en Pamplona, 1935-), estudié en Salamanca y fuí ordenado sacerdote (Pamplona, 1963). Primeros ministerios
pastorales en Talca, Chile (1964-1969). Doctorado en Roma (1972), enseñé Teología Espiritual en Burgos, en la Facultad de
Teología (1973-2003), alternando la docencia con la predicación de retiros y ejercicios en España y en Hispanoamérica, sobre
todo en Chile, México y Argentina.
Con el sacerdote José Rivera (+1991), cuyas “virtudes heroicas” (Venerable) fueron ya declaradas por el Papa en octubre de
2015, escribí Espiritualidad católica, la actual Síntesis de espiritualidad católica. Con él y otros establecimos la Fundación
GRATIS DATE (1988-). He colaborado con RADIO MARIA con los programas Liturgia de la semana, Dame de beber y Luz y
tinieblas (2004-2009). Y aquí me tienen ahora con ustedes en este blog, Reforma o apostasía.
–¿Y cómo se le ocurre a usted ahora hablarnos del pudor?
–Tengo para ello varias razones, y todas válidas. En realidad, al mismo tiempo, haré el elogio del pudor,
trataré del impudor generalizado hoy en el pueblo cristiano como un signo más de apostasía, que pide
conversión y reforma; y señalaré el actual silenciamiento lamentable del Evangelio del pudor,
silenciamiento que exige también reforma. ¿Vale?
La castidad es una virtud que, bajo la moción de la caridad, orienta y modera santamente el impulso
genésico humano, tanto en sus aspectos físicos como afectivos. Implica, pues, en la persona
libertad, dominio y respeto de sí misma, así como caridad y respeto hacia los otros, que no son vistos
como objetos, sino como personas. Es la castidad una gran virtud, incluida en la templanza, y es por
tanto en la persona una fuerza espiritual (virtus), una inclinación buena, una facilidad para el bien
propio de su honestidad, y consiguientemente una repugnancia hacia el impudor y la lujuria que le
son contrarios.
Y el pudor es un aspecto de la castidad. Mientras la castidad modera el mismo impulso genésico, el
pudor ordena más bien las miradas, los gestos, los vestidos, las conversaciones, los espectáculos y
medios de comunicación, es decir, todo un conjunto de circunstancias que se relacionan más o
menos con aquel impulso sexual.
Por eso dice Santo Tomás que «el pudor se ordena a la castidad, pero no como una virtud distinta de
ella, sino como una circunstancia especial. De hecho, en el lenguaje ordinario, se toma
indistintamente una por otra» (STh II-II, 151,4). Y Pío XII enseña que el sentido del pudor consiste «en
la innata y más o menos consciente tendencia de cada uno a defender de la indiscriminada
concupiscencia de los demás un bien físico propio, a fin de reservarlo, con prudente selección de
circunstancias, a los sabios fines del Creador, por Él mismo puestos bajo el escudo de la castidad y
de la modestia» (Discurso 8-XI-1957). Juan Pablo II, en su notable serie de alocuciones sobre El amor
humano en el plan divino, nos dejó preciosos textos sobre el pudor, sobre todo en los discursos
habidos entre 16-04-1980 y 6-05-1981.
La mayoría de los lectores de este blog tienen, probablemente, una cierta idea de la castidad. Pero
quizá muchos de ellos, en cambio, apenas han recibido nunca el Evangelio del pudor. Viven en
Babilonia, o si se prefiere, en Corinto, y no se dan cuenta a veces de las enormes dosis de impudor
que han ido asumiendo sin mayores problemas de conciencia. Y esto, lo sepan o no, lo crean o no, lo
quieran o no, trae para ellos y para otros pésimas consecuencias.
La extraña doctrina del pudor, apenas conocida y apreciada en el mundo pagano, llega al
conocimiento de los pueblos por la Revelación bíblica, en relación con el pecado original. La Biblia,
en efecto, presenta la vergüenza de la propia desnudez como un sentimiento originario de Adán y Eva,
como una actitud cuya bondad viene confirmada por Dios, que «les hizo vestidos, y les vistió» (Gén
3,7.21). Quedarse, pues, en público casi des-vestidos es algo contrario a la voluntad de Dios, es algo
perverso. Ésta ha sido la fe constante de Israel y de la Iglesia de Cristo.
Ciertas modas en el vestir, ciertos espectáculos, ciertas playas y piscinas, en las que casi se elimina
totalmente ese velamiento del cuerpo humano querido por Dios, son inaceptables para los cristianos,
que solamente los aceptan cuando se avergüenzan de su fe y caen en una apostasía explícita o
implícita. Son costumbres mundanas, paganas, ciertamente contrarias, como lo comprobaremos con
el favor de Dios, a la antigua enseñanza de los Padres y a la tradición cristiana, que venció el impudor
de los paganos.
La desnudez total o parcial –relativamente normales en el mundo greco-romano, en termas, teatros,
gimnasios, juegos atléticos y orgías–, fue y ha sido rechazada por la Iglesia siempre y en todo lugar.
Volver a ella no indica ningún progreso –recuperar la naturalidad del desnudo, quitarle así su falsa
malicia, etc.–, sino una degradación. Es un mal, pues «el mal es la privación de un bien debido», en
este caso el vestido (STh I,48,3).
Es una indecencia que hombres y mujeres se muestren semi-desnudos en público. Aunque esa
costumbre esté hoy moralmente aceptada por la gran mayoría, también de los cristianos, sigue
siendo mundana, anti-cristiana. Jesús, María y José de ningún modo aceptarían tal uso, por muy
generalizado que estuviera en su tierra. Y tampoco los santos. Como tampoco lo aceptan hoy, en la
vida religiosa o laical, los mejores fieles cristianos.
Ocasión próxima de pecado. Es prácticamente imposible que alguien asuma, en sí mismo o en la
contemplación de los otros, ese alto grado de desnudez –sin pecado de impureza, o al menos sin
peligro próximo, propio o ajeno, de incurrir en él, según aquello de Cristo: «todo el que mira a una
mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón» (Mt 5,28), y –sin pecado de vanidad positiva,
orgullo de la belleza propia, o negativa, pena por la propia fealdad, lo que viene a ser lo mismo.
Por otra parte, aunque una persona se viera exenta de las tentaciones aludidas –cosa difícil de creer,
al menos si su constitución psico-somática es normal–, en todo caso hace un daño al bien común
espiritual apoyando activamente con su conducta una costumbre mala, que es ciertamente para la
mayoría de los prójimos una ocasión de muchas tentaciones, y que, desacralizando la intimidad
personal, devalúa el cuerpo, y consiguientemente la persona misma, ofreciendo su vista a cualquiera.
Por hoy es bastante.
(Y algunos estimarán que ya con este poco es demasiado).
*Post post. Por primera vez, un francés, el 3 de julio de 1946, expuso en su colección de trajes de baño
uno de dos piezas, que llamó bikini, por considerarlo tan explosivo como la bomba atómica que
cuatro días antes se hizo explotar en el atolón de Bikini, en el Pacífico. Pero esta misma prenda
mínima de vestido femenino ya era conocida en el mundo greco-romano, como puede comprobarse,
p. ej., en los mosaicos de un palacio de Villa del Casale, Sicilia, que datan aproximadamente del año
300, poco antes del final del paganismo imperial (314). En 1951, en el concurso de Miss Mundo, se
desaconsejó llevarlo a las concursantes: se consideraba excesivamente indecente. La paganización
de gran parte de los bautizados, medio siglo después, tiene un signo claro en la aceptación del bikini
por muchas mujeres cristianas, y por igual número de hombres cristianos, maridos, padres,
hermanos, que lo aprueban.
–Yo esperaba que ya hubiera terminado usted de hablar del pudor.
–Vana esperanza, craso error. Póngase cómodo y siga leyendo.
En Israel inicia Dios, como ya vimos, la revelación del pudor y de la castidad. Inocencia - desnudez -
pecado - concupiscencia - vergüenza - vestidos, «Dios los vistió» (Gén 3).
Juan Pablo II, en su serie de 129 catequesis sobre el amor humano en el plan divino, dedica al pudor
un buen número de ellas, y hace en una esta observación de gran agudeza: «el nacimiento del pudor
en el corazón humano va junto con el comienzo de la concupiscencia –la triple concupiscencia,
según la teología de Juan (cf. 1Jn 2,16)–, y en particular de la concupiscencia del cuerpo. El hombre
tiene pudor del cuerpo a causa de la concupiscencia. Más aún, tiene pudor no tanto del cuerpo,
cuanto precisamente de la concupiscencia» (cateq. 28-V-1980, 5; +4-VI-1980).
La Biblia inculca, pues, en Israel desde el principio el pudor en el vestir, y también otros aspectos del
pudor y de la castiad, por ejemplo, en las miradas: «no fijes demasiado tu mirada en doncella, y no te
perderás por su causa» (Eclo 9,7-8; cf. Job 31,1). Pero todavía pudor y castidad son virtudes
escasamente conocidas y precariamente vividas. Tengamos en cuenta que la sociedad judía incluía
esclavas y cautivas de guerra, que la poligamia fue practicada desde antiguo (Abraham, Gén 25,6;
David, 2Sam 3,25; Salomón, 1Re 11,1; +14,21), y que el repudio, es decir, el divorcio, podía obtenerse
con suma facilidad.
Los paganos viven sin mayores problemas de conciencia el impudor y la lujuria, el divorcio, la
poligamia, la sodomía, el aborto y el adulterio. San Pablo, cuando describe las miserias del
paganismo, enumera ampliamente estas maldades, señalando que «no solo las hacen, sino que
aplauden a quienes las hacen» (Rm 1,18-32). La degradación de costumbres había llegado a tanto que
ya algunos moralistas la denuncian con fuerza:
Juvenal: «basta que aparezcan tres arrugas en el rostro de Bibula para que Sertorius, su marido, se
vaya a la búsqueda de otros amores, y para que un liberto de la casa le diga: “recoja sus cosas y
lárguese”». Y las esposas tampoco se quedan atrás. Dice Séneca: «se divorcian para casarse y se
casan para divorciarse (exeunt matrimonii causa, nubunt repudii)». Marcial: «Éstas, que se casan y
divorcian tantas veces, en realidad viven en un continuo adulterio legal (quæ nubit totiens, non nubit:
adultera lege est)».
En los primeros siglos, queda ya muy atrás la nobleza del gran teatro clásico romano, y son las
comedias de violencia y sexo –muy semejantes a las de hoy en cine y TV–, las que, estimulando las
más bajas pasiones del pueblo, consiguen los mayores éxitos. Esclavos y esclavas están a merced de
sus señores. Las termas, los baños mixtos cotidianos, en un marco de belleza, ocio y sensualidad,
son costumbre diaria, tan integrada durante siglos en la vida social greco-romana, que quien no es
asiduo a las termas en cierto modo se auto-excomulga de la vida social. Los mismos paganos
entendían que las termas eran una factor de degradación: balnea, vina, Venus, corrumpunt corpora
nostra, sed vitam faciunt –baños, vinos y Venus corrompen nuestros cuerpos ¡pero nos dan la vida!–.
El cristianismo es en la historia de la humanidad la primera fuerza espiritual que arraiga en un Pueblo
nuevo internacional el pudor, la castidad y la monogamia. Cristo y su Iglesia consiguen este milagro
histórico, por la comunicación del Espíritu Santo, «que renueva la faz de la tierra». Los cristianos,
ciertamente, pecarán a veces contra esas virtudes, pero, como veremos, la reacción entonces de la
Iglesia, no solo por la predicación sino incluso por la disciplina penitencial comunitaria, mantendrá
siempre vivo el Evangelio del pudor y de la castidad.
En los escritos de los Padres quedan huellas frecuentes del asombro que en los paganos causaba el
pudor de las mujeres cristianas, y la admiración que en muchos casos suscitaba la belleza de la
castidad. No parece excesivo afirmar que el testimonio cristiano de la castidad y del pudor fue una de
las causas más eficaces de la evangelización del mundo greco-romano, que en gran medida ignoraba
la grandeza y hermosura de esas virtudes.
Los Apóstoles, recordando las enseñanzas de Jesús acerca del horror de quienes escandalizan (Lc
17,1-2) y la posibilidad de caer en el pecado de impureza solamente por las miradas y el mal deseo
(Mt 5,28), predican la modestia y el pudor, uniéndoles el espíritu de la pobreza evangélica. Y así
exhortan a las mujeres:
«Vuestro adorno no ha de ser el exterior, de peinados complicados, aderezos de oro o el de la variedad
de los vestidos, sino el oculto del corazón, que consiste en la incorrupción de un espíritu apacible y
sereno; ésa es la hermosura en la presencia de Dios. Así es como en otro tiempo se adornaban las
santas mujeres que esperaban en Dios» (1Pe 3,3-5). «En cuanto a las mujeres, que vayan
decentemente arregladas, con pudor y modestia, que no lleven cabellos rizados, ni oro, ni perlas, ni
vestidos costosos, sino que se adornen con buenas obras, como conviene a mujeres que hacen
profesión de religiosidad» (1Tim 2,9).
Los santos Padres predican también con gran frecuencia el Evangelio del pudor y de la castidad. Y
llama la atención que incluso en los primeros siglos –viviendo la Iglesia en medio de tantas
persecuciones y sufriendo también terribles y numerosas herejías, antes de los grandes Concilios
dogmáticos– mantienen en sus predicaciones y escritos frecuentes exhortaciones sobre el pudor, la
castidad, la renuncia a espectáculos, termas, teatros escandalosos y contra todo lo que fuera
ocasión próxima de pecado. No quiero cansarles multiplicando las citas: Clemente de Alejandría, San
Cipriano, San Atanasio, etc., que por lo demás pueden consultar en mi obra Elogio del pudor.
Constituciones de los Apóstoles. Me limitaré a transcribir aquí algunos textos de las Constituciones
de los Apóstoles, documento muy venerado en la Iglesia antigua, de origen sirio, hacia el año 380. Es
una gran obra que se apoya en documentos anteriores (Didajé, s. II, Traditio apostolica y Didascalia, s.
III), y que se difunde después de la apertura del Imperio romano al cristianismo (314), en un tiempo en
que los cristianos comienzan a verse tentados y fascinados de un modo nuevo por el mundo. Es un
código canónico y espiritual que, en ocho libros, regula la vida de los diversos estamentos del pueblo
cristiano. Pues bien, el libro I está dedicado a la vida de los laicos, y en él se presta una notable
atención al pudor que ha de caracterizar a los miembros de Cristo:
A los varones cristianos, en tres o cuatro páginas, les encarece la modestia en el arreglo personal y el
recogimiento de los sentidos, especialmente de la mirada. «Esfuérzate por serle agradable [a tu
esposa], pero sin acicalarte hasta el punto que otra se prenda de ti». Si otra queda «herida en su
corazón, prendada de ti, tú serás tenido por responsable de su falta, por el hecho de haber sido causa
de escándalo para ella y heredarás una maldición».
A las mujeres cristianas, también largamente y entrando en muchos detalles concretos, les previene
severamente contra toda vanidad de impudor. «Si quieres ser creyente y complacer al Señor, oh mujer,
no te embellezcas para complacer a los hombres que no sean tu marido, y no imites a las cortesanas
llevando trenzas, vestidos y calzado como ellas llevan, con el riesgo de atraerte los que se dejan
seducir por tales cosas». Más aún, «mujeres, por vuestro pudor y vuestra humildad, dad también
testimonio de la religión ante los que son de fuera [no creyentes], hombres o mujeres, con vistas a su
conversión y para animarlos a la fe».
Todas estas enseñanzas y exhortaciones, tanto en Oriente como en Occidente, son un leitmotiv –valga
el germanismo– por el que los Padres, recordando los avisos de Cristo y de sus apóstoles, inculcan el
pudor y el deber de evitar el escándalo del impudor. Al mismo tiempo exhortan al recogimiento de los
sentidos: «si tu ojo te escandaliza, sácatelo y arrójalo de ti» (Mt 5,28). Eso significa evitar las
ocasiones próximas de pecado que sean innecesarias, termas, espectáculos, etc., por mucha cruz
que ello traiga consigo. Ya en el Bautismo el cristiano se ha comprometido, por gracia de Dios, a
renunciar (apotaxis) a ese mundo de tentaciones, que es diabólico.
Y esas enseñanzas de los Padres configuran también a veces la disciplina canónica de la Iglesia. Por
ejemplo, el concilio de Laodicea (320) y el IV Concilio ecuménico de Constantinopla (528) prohiben
los baños mixtos, de modo que en las naciones cristianas desaparecen de las costumbres sociales.
El Evangelio del pudor ha sido predicado siempre al pueblo cristiano a lo largo de los siglos. Traigo
algunos ejemplos más recientes:
El P. Antonio Royo Marín (+2005), dominico, uno de los autores espirituales más leídos en la segunda
mitad del siglo XX, al tratar de la purificación activa de los sentidos externos, enseña: «El alma que
aspire seriamente a santificarse huirá como de la peste de toda [innecesaria] ocasión peligrosa. Y por
sensible y doloroso que le resulte, renunciará sin vacilar a espectáculos, revistas, playas, amistades o
trato con personas frívolas y mundanas, que puedan serle ocasión de pecado» (Teología de la
perfección cristiana, n.238). Afirma lo que la Iglesia ha enseñado siempre y en todo lugar.
El Catecismo de la Iglesia Católica (1992) también transmite la doctrina católica sobre estas
materias: «La pureza exige el pudor, que es parte integrante de la templanza. El pudor preserva la
intimidad de la persona. Designa el rechazo a mostrar lo que debe permanecer velado. Está ordenado
a la castidad, cuya delicadeza proclama. Ordena las miradas y los gestos en conformidad con la
dignidad de las personas y con la relación que existe entre ellas» (2521). Por eso mismo, «inspira la
elección de la vestimenta» (2522). «Este pudor rechaza los exhibicionismos del cuerpo humano…
Inspira una manera de vivir que permite resistir a las solicitaciones de la moda» (2523). «Las formas
que reviste el pudor varían de una cultura a otra. Sin embargo, en todas partes constituye la intuición
de una dignidad espiritual propia del hombre. Nace con el despertar de la conciencia personal.
Educar en el pudor a niños y adolescentes es despertar en ellos el respeto de la persona humana»
(2524).
Reforma o apostasía. En contraste con una tradición de la Iglesia tan continua y arraigada, la
apostasía hoy frecuente del Evangelio del pudor, en predicación y catequesis, en modas, costumbres
y espectáculos, ha hecho de las antiguas naciones cristianas (corruptio optimi pessima) vanguardias
mundiales del impudor y de la lujuria. Son innumerables los cristianos que merecen hoy el
diagnóstico de San Pablo sobre los corintos: «es ya público que reina entre vosotros la fornicación, y
tal fornicación que no se da ni entre los gentiles» (1Cor 5,1).
–¿Qué, terminamos ya con el tema?
–Solo por un poquito. Salió muy largo este post, y estuve a punto de hacer dos, un III y un IV.
–Bendigamos al Señor.
El silencio actual en la predicación del pudor rompe una tradición continua, como vimos, desde el
Nuevo Testamento. Y este silenciamiento del Evangelio del pudor se hace tanto más incomprensible
cuanto más hundido en la lujuria está el mundo moderno. ¿Cómo es posible que estando hoy gran
parte del pueblo cristiano tan gravemente enfermo de lujuria casi nunca se le prediquen la castidad y
el pudor?… La pregunta, en cierto modo, está mal planteada. Porque es al revés. La falta de
predicación del Evangelio del pudor y de la castidad es la causa principal de la abundancia de la
lujuria y del impudor en el pueblo cristiano y en el mundo pagano. Cuando un lugar se queda a
oscuras, atribuimos esa oscuridad parcial o total a que a luz se ha debilitado o apagado. ¿No es ésa
precisamente la causa principal de la oscuridad?
Cristo y sus Apóstoles salvan a los hombres, también del impudor, predicándoles el Evangelio.
Únicamente la palabra de Cristo tiene poder para sanar al hombre podrido por el impudor y la lujuria.
«Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida» (Jn 8,12).
«Padre, santifícalos en la verdad» (17,17). Y los Apóstoles, enviados a predicar el Evangelio,
entendieron esto perfectamente.
San Pablo afirma que «el justo vive de la fe, la fe es por la predicación, y la predicación por la palabra
de Cristo (Rm 1,17; 10,17). En Corinto, por ejemplo, encuentra una ciudad portuaria, donde abunda la
riqueza y la lujuria –el culto a Venus es servido en la acrópolis por centenares de prostitutas sagradas;
la sífilis es entonces llamada el mal corintio–. Halla, pues, el Apóstol un mundo pervertido, donde
incluso la comunidad cristiana se ve afectada por esa peste viciosa (1Cor 5,1). Pero él no entiende la
degradación corintia como un valor de la cultura griega, ni tampoco la ve como un dato social
irreversible. Por el contrario, reacciona predicando con especial insistencia –más que en otros
lugares– el Evangelio del pudor y de la castidad.
Es a los corintios a quienes el Apóstol predica castidad y pudor como algo exigido por su condición de
miembros de Cristo: «el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor es para el
cuerpo… ¿No sabéis acaso que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?… El que se une al Señor se
hace un solo espíritu con él. Huid la fornicación» (1Cor 6,7-8). Les recuerda igualmente su condición
de templos del Espíritu Santo: «¿O es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo,
que está en vosotros, y que habéis recibido de Dios? No os perteneceis, pues habéis sido comprados
¡y a qué precio! Glorificad, pues a Dios, en vuestros cuerpos» (6,19-20). Y es a los corintios,
precisamente, a quienes más gravemente amenaza –«no os engañéis»– con la condenación eterna
que espera a los adúlteros, fornicarios y sodomitas (3,16-17; 6,9-11).
Las causas que silencian hoy el Evangelio del pudor, ésas son las causas del impudor actual.
Señalo solamente algunas de ellas, aunque, lógicamente, todas se implican entre sí:
–el hedonismo, el horror a la Cruz, en buena parte reforzado por las riquezas tan acrecentadas en las
naciones del antiguo Occidente cristiano, hoy autoriza a los cristianos a gozar lo más posible del
mundo presente, sin diferenciarse en esto para nada de aquellos que «no sirven a Cristo, nuestro
Señor, sino a su vientre» (Rm 16,18). Se avergüenzan del pudor aquellos predicadores y aquellos
pseudo-cristianos que se avergüenzan del Evangelio y de la Cruz de Cristo (Rm 1,16). No quieren sufrir
a causa del pudor la marginación, el rechazo o la burla de los mundanos.
–el pelagianismo: los que no ven al hombre como un ser herido por el pecado original, inclinado al
mal, y necesitado, por tanto, de una austera vida evangélica, que evite para él y para los otros
tentaciones indebidas, no ven tampoco el sentido del pudor.
–el modernismo progresista estima que acerca del pudor y la castidad la enseñanza de la Biblia, de la
Tradición cristiana, del Magisterio apostólico y de los santos, es un error funesto; y que el impudor
casi total del presente es «una conquista irrenunciable», un crecimiento en la verdad, una liberación
de mentalidades cristianas oscurantistas, erróneas y morbosas. Por eso, el extremo impudor en
muchos cristianos actuales, más y mucho antes que una relajación moral de la voluntad y de los
sentidos, es una enfermedad mental, una herejía, una sujeción al Padre de la mentira.
–Algunos alegan que, estando los hombres hoy tan lejos de la fe, hay que predicarles las verdades
fundamentales, y no estas otras, como el pudor, mucho menos importantes, y que constituyen por el
contrario un lastre pesado en la tarea de la evangelización, por la reacción adversa que suscitan en
los mundanos. A esto ha de responderse de dos formas:
1ª, Es cierto que la predicación de las grandes verdades de la fe –la Trinidad, Cristo, la Iglesia, el
bautismo, la esperanza de la vida eterna, etc.–, han de llevar la primacía en la evangelización, pues su
ignorancia deja sin fundamento la vida moral cristiana, también el pudor. Pero hay que predicar la fe y
la moral juntamente, como lo hace el Apóstol, p. ej., en su carta a los Romanos: él denuncia breve y
contundentemente el mal del mundo, también y con insistencia la lujuria (1-2), y pasa a anunciar
ampliamente la salvación por la gracia de Cristo, y las maravillas de la vida cristiana (3-16).
2ª Es cierto, sí, que, pudor y castidad se integran en la virtud de la templanza, y que ésta es la menos
alta: es el primer peldaño en la escala de la perfección espiritual. Ahora bien, si los fieles cristianos,
careciendo de la necesaria ayuda de la Palabra divina, no son capaces de superar ese primer peldaño,
se ven impedidos ya desde el principio para ir más arriba en su ascensión espiritual. Por eso mismo,
pues, porque pudor y castidad están entre las virtudes más elementales, por eso es preciso
predicarlas con fuerza a los cristianos, sobre todo a los principiantes, que son todavía carnales (1Cor
3,1-3). Es lo que hacía el Apóstol. Solamente así superarán con la gracia de Dios el culto al cuerpo, y
quedarán abiertos y dispuestos a gracias mucho más altas. Sin salir de Egipto, no hay modo de entrar
en el desierto, y menos de llegar a la Tierra prometida.
–Otros dicen: guardemos hoy silencio sobre el pudor y la castidad, pues demasiado se habló
antiguamente de esas virtudes. Es decir, corrijamos el (presunto) exceso del pasado en la predicación
del pudor y de la castidad, eliminando hoy la predicación de esas virtudes. Es absurdo. Es peor el
remedio que la enfermedad.
–Otros argumentan: quienes hoy incurren en impudor, no tienen culpa, pues lo ignoran. Por tanto,
mejor será dejar a los hombres en la ignorancia, sin crearles nuevos problemas de conciencia. Una
niña pequeña, por ejemplo, que ya a los tres o cinco años es vestida y educada en el impudor –le
quitan el pudor antes de que pueda tenerlo–, será de mayor inculpable de un impudor cuya maldad
moral ignora invenciblemente. A estas alegaciones he de responder más despacio en un post
dedicado justamente al silenciamiento del Evangelio. Me limito, pues, ahora a responder que si este
mismo argumento se aplica a los ricos injustos, educados desde niños en unas injusticias enormes, a
los hombres de un pueblo que considera naturales la esclavitud y la poligamia, etc., la conclusión es
evidente: cese la predicación del Evangelio. Y efectivamente, quienes van por ese camino han cesado
de hecho la evangelización de los pueblos.
El pudor en las religiosas y en las laicas ha de ser pleno. –Las religiosas, las que son fieles a su
vocación, son dóciles al Espíritu de Jesús en todos los aspectos de su arreglo personal, al que no
dedican más atención que la estrictamente necesaria. Sus hábitos reunen las tres cualidades
precisas: expresan el pudor absoluto, la pobreza conveniente y la dignidad propia de los miembros de
Cristo. Son, pues, plenamente gratos a Cristo Esposo.
–Pues bien, el vestido y arreglo de las cristianas laicas han de tener esas mismas cualidades, pudor,
pobreza y bella dignidad. Y así ha sido en la gran mayor parte de la historia de la Iglesia. Si
examinamos un buen libro de Historia del vestido en Occidente, comprobaremos que el vestir de las
religiosas y el de las mujeres seglares, con las diferencias convenientes –más adorno y color en las
seglares–, ha guardado homogeneidad durante muchos siglos. Por eso, cuando uno y otro modo se
hacen clamorosamente heterogéneos –unas visten con pudor y otras, muchas, con la indecencia
siempre creciente de las modas mundanas–, eso indica que se ha descristianizado en gran medida el
arreglo personal de las mujeres laicas. El espectáculo que algunas jovencitas cristianas y sus
acompañantes dan a veces, concretamente, en las celebraciones parroquiales de la confirmación y
del matrimonio, es hoy con frecuencia una gran vergüenza para la Iglesia, y hace pensar si la palabra
sacramento no se habrá cambiado en sacrilegio. Apostasía e impudor van de la mano.
Muchas mujeres cristianas ofenden habitualmente los tres valores propios del vestido cristiano:
pudor, pobreza y digna belleza. Cuántas mujeres seglares gastan en vestidos demasiado dinero y
demasiado tiempo; aceptan modas muy triviales, que ocultan la dignidad del ser humano; y tantas
veces, hasta las mejores, se autorizan a seguir, aunque un pasito detrás, las modas mundanas,
también aquéllas que no guardan el pudor. Y alegan, «somos laicas, no religiosas». Al vestir con
menos indecencia que la usual en las mujeres mundanas, ya piensan que visten con decencia. Una
vez más, «lo bueno es enemigo de lo mejor». Llevarán, por ejemplo, traje completo de baño cuando
solo algunas mujeres más atrevidas vistan bikini; y cuando lo viste la mayoría femenina, ellas lo
aceptan, aunque en un modelo algo más decentito, etc. Así, siguiendo la moda mundana, que
acrecienta cada año más y más el impudor, van ellas, aunque algo detrás, y se quedan tranquilas
porque «no escandalizan»; como si esto fuera siempre del todo cierto, y como si la misión de los
laicos cristianos en este mundo consistiera en «no escandalizar». Por lo demás, no les hace problema
de conciencia asistir asiduamente con su decente atuendo a ciertas playas y piscinas que no son
decentes, sino que son lugares escandalosos, ocasiones próximas de pecado, escuelas excelentes
del impudor y la lujuria.
Parece una broma. Estas mujeres laicas, a veces pertenecientes a alguna asociación laical católica,
son las que, según dicen, «insertándose en las realidades seculares», piensan o pensaban «ir
transformándolas según el plan de Dios»… Cuentos chinos. Estas cristianas ignoran que con su
atuendo no han de limitarse a no escandalizar –que, por lo demás, también escandalizan lo suyo–,
sino que han de intentar de todo corazón agradar totalmente a Cristo Esposo, al que se entregaron sin
condiciones en el bautismo; han de pretender dejarle a Jesús manifestarse plenamente en ellas,
también en su apariencia exterior; han de expresar del modo más inteligible su condición celestial
(1Cor 15,45-46), como miembros de Cristo y templos de su Espíritu; y en fin, deben pretender
«abstenerse hasta de la apariencia del mal» (1Tes 5,22).
Los laicos están llamados a la santidad, como lo están sacerdotes y religiosos. Pero ni los mejores
cristianos laicos conocen con frecuencia la santidad, la perfección evangélica, la luminosidad interior
y exterior a que Dios les llama con tanto amor: «vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,14). No tienen ni
idea de la grandeza de la vocación laical. El Señor quiere hacer en ellos maravillas, pero ellos no se lo
creen, y no le dejan. ¡Claro que el camino laical es un camino de perfección cristiana!; pero lo es
cuando se avanza por el camino santo del Evangelio, no si en tantas cosas se anda por el camino
secular del mundo, aunque un pasito detrás. «Habéis de ser irreprochables y puros, hijos de Dios sin
mancha, en medio de esta generación extraviada y perversa, dentro de la cual vosotros aparecéis
como antorchas en el mundo, llevando en alto la Palabra de vida» (Flp 2,15-16).
José María Iraburu, sacerdote
* Post post. Partiendo del texto del Génesis, «Dios les vistió», tanto en estos post como en los
comentarios a ellos añadidos, hemos centrado de hecho nuestra atención en el vestido. Pero al definir
el pudor, ya señalé al principio que ordena en la castidad toda una variedad de actitudes, no
solamente el vestir, sino también miradas, gestos, conversaciones, relación entre novios,
espectáculos, confidencias, higiene personal, campamentos, lecturas, vestuarios deportivos,
internet, etc.