BOSQUEJOS DE DOCTRINA
FUNDAMENTAL
PRÓLOGO A LA CUARTA EDICIÓN
Volvemos a reimprimir este libro con la sentida oración de que pueda ser empleado con
tanta bendición como en ocasiones anteriores, ya que muchos hermanos de España y
América lo han usado para
orientarse por las páginas de la Biblia y poder descubrir las grandes doctrinas contenidas
en ella, pero diseminadas a lo largo de sus 66 libros y no muy fáciles de sistematizar a
primera vista.
Como reimpresión que es, nos hemos limitado a cambiar solamente aquellas citas cuyo
lenguaje aparece modificado por la revisión de
1960 en la versión de Reina y Valera, más adaptada a nuestra actual forma de hablar
que la anterior.
Contamos con que nuestros lectores conocen el carácter sintético de los
<<Bosquejos>>, así como su fin didáctico dentro de la serie de Cursos de Estudio
Bíblico (CEB), y esperamos la misma calurosa
acogida que se dispensó a las anteriores tiradas.
Cuando estábamos a punto de entregar a la imprenta este
<<Prólogo>>, nos vimos sorprendidos por la partida de nuestro amado don Ernesto
Trenchard, autor de este libro. Él ya está con el Señor, a quien tanto amaba, pero sus
colaboradores seguimos
adelante para que sus escritos continúen haciendo bien a muchos hermanos. Sabemos
que esto es lo que él quería y alabamos al Señor por todo.
PRÓLOGO A LA QUINTA EDICIÓN
Para un creyente nuevo en la fe evangélica, es muy importante que
empiece a leer y estudiar la Palabra de Dios, la Biblia. Y una parte de
este estudio incluye un conocimiento de las doctrinas más
fundamentales de la Biblia. Es necesario para el nuevo creyente -y
también para el de muchos años-, que tenga un conocimiento de lo
que la Palabra de Dios enseña sobre los temas doctrinales que
emanan de la misma.
Bosquejos de Doctrina Fundamental es un libro ideal para este fin.
Con unos capítulos cortos pero sustanciosos, el creyente encontrará
en este libro una síntesis de las doctrinas más esenciales de la Biblia
para su crecimiento espiritual. Después de adquirir este
conocimiento, sin duda, querrá profundizar aún más en el estudio de
la Palabra de Dios. Los demás libros de la serie <<Cursos de Estudio
Bíblico>> (CEB) ayudarán al lector en este afán.
Publicaciones Portavoz Evangélico se complace en editar esta nueva
edición, la quinta, de un libro que ha sido de tanta ayuda para tantas
personas del mundo hispano. Con el tiempo, Publicaciones Portavoz
Evangélico reeditará otros títulos de la serie CEB, además de editar
unos nuevos títulos para la serie.
En esta quinta edición de Bosquejos de Doctrina Fundamental, hemos
mejorado la presentación y tipografía, además de añadir al final del
libro una Bibliografía Breve de otros libros que serán de provecho
espiritual para el <<principiante>> en las cosas del Señor. Nuevas
preguntas han sido incluidas al final de cada capítulo.
Confiamos que el Señor continúe bendiciendo este libro para el
crecimiento espiritual y conocimiento del lector.
Enero, 1985
Capítulo 1
LA REVELACIÓN DE DIOS
I. La necesidad de una revelación
Zofar indicó la dificultad de que el hombre llegase a conocer a
Dios en su pregunta a Job:<< ¿Descubrirás tú los secretos de Dios?
¿Llegaras tu a la perfección del Todopoderoso?>> (Job 11:7).
La mente carnal es incapaz de comprender a Dios. Las
investigaciones científicas se limitan forzosamente a lo material, y
los sabios carecen de datos para poder penetrar en el secreto de la
realidad espiritual, que se esconde detrás de la <<apariencia>> de
lo que se percibe por los sentidos. Ha de ser Dios mismo, pues, por su
propia iniciativa, quien levante el velo. Esto es lo que quiere decir la
palabra <<Revelación>>: <<Descorrer un velo para poner de
manifiesto lo que antes fue escondido.>>
II. Los medios de la revelación de Dios
A. Por las obras de Dios en la naturaleza (Salmo 19:1-6;
Romanos 1:20). En el versículo que se cita de Romanos, Pablo
insiste en que los idólatras quedaban sin excusa, ya que Dios,
desde el principio, había revelado <<Su eterno poder y
deidad>> a los hombres, por medio de Sus obras en la
creación. Lo que se puede deducir acerca de la existencia y la
naturaleza de Dios por una consideración de Sus obras, con
referencia especial al hombre, se llama la <<teología
natural>>. Por ejemplo, el hecho de que observamos un plan
ordenado, tanto en los astros como en la célula orgánica más
insignificante, delata la presencia del Gran Arquitecto. Esta
revelación de Dios en Sus obras puede ser un principio de luz,
pero no nos basta, pues no revela amor de Dios ni señala
ninguna provisión para la salvación del hombre pecador.
B. En la historia. Toda la historia de Israel en el Antiguo
Testamento, y de la Iglesia en el Nuevo Testamento, es una
revelación de Dios, quien se da a conocer por Su intervención
en los asuntos de los hombres. <<Mi Padre, hasta ahora,
trabaja, y yo trabajo>>, dijo el Señor a los judíos (Jn.5:17).
Los salmistas y los profetas apelan constantemente a esta
revelación de Dios para convencer a Israel de su pecado y para
llamar al pueblo al camino de la esclavitud de Egipto.
Estúdiense los Salmos 105 y 106, el primero de los cuales
presenta la obra de Dios a favor de Su propia fidelidad a Sus
promesas, mientras que el segundo recapitula la misma historia
para hacer resaltar la rebeldía del pueblo.
C. Por mensajeros divinamente inspirados. Éstos son los profetas
del Antiguo Testamento, y los apóstoles del Nuevo
Testamento. De su inspiración trataremos en el próximo
estudio.
D. En Su Hijo (He.1:1-3). Ésta es la revelación máxima y final que
Dios ha dado de sí mismo. <<Aquel Verbo>>, quien siempre
había expresado el misterio de la deidad y había sido el Agente
de la creación, <<fue hecho carne y habito entre nosotros, y
vimos su gloria…>> (Jn. 1:14 y 18).
Tanto el corazón como el pensamiento de Dios se manifiestan
en un hombre y en las circunstancias de una vida humana. La
revelación llega a su punto máximo en la Cruz y la
Resurrección. Desde luego, todo esto se relaciona también con
la historia, porque los Evangelios, además de ser Palabra
inspirada, son también documentos históricos, de modo que la
fe puede descansar con toda certidumbre sobre la Persona de
Cristo que en ellos se presenta.
E. En la Biblia. La revelación en la historia y en el Hijo se da a
conocer por medio de un Libro Escrito, la Palabra de Dios. Este
tema es tan amplio que lo trataremos aparte en el tercer
estudio.
III. La revelación subjetiva
A la revelación externa, por los medios señalados ha de
corresponder una revelación interna, que es obra del Espíritu Santo
dentro de nosotros, quien la imprime en nuestro corazón. Las
condiciones que transforman la revelación externa en la interna son
el arrepentimiento y la fe. Léase Gálatas 1:16.
PREGUNTAS
1. ¿Qué quiere decir la palabra <<revelación>> en su sentido
bíblico, y por qué es necesario que Dios tenga que actuar así?
2. ¿Cuáles son los distintos medios que emplea el Señor para
revelarse a los hombres? (Cítense textos apropiados.)
3. En los capítulos 11 y 16 de Mateo, Cristo habla de dos
importantes revelaciones que ha dado Su Padre. ¿Cuáles son?
Capítulo 2
LA INSPIRACIÓN DE LAS ESCRITURAS
I. Definición
<<Toda la Escritura es inspirada por Dios…>>, declara Pablo
(2 Ti. 3:16). La frase <<inspirada por Dios>> quiere decir que tiene
el
<<soplo de Dios>>.
Adán, así también da valor y vida a escritos que, de otra manera,
estarían muertos.
II. Inspiración de los mensajeros
A. Los profetas tenían la seguridad de que Dios hablaba por
medio de ellos, y de que sus mensajes eran la <<Palabra
de Dios>>. Frases como <<Hablo Dios a Moisés…>> se
hallan constantemente a través de los libros del Éxodo al
Deuteronomio. <<Y fue mí palabra de Jehová…>>, dice
Ezequiel para introducir los oráculos del Señor; y hallamos
frases análogas en Jeremías; <<Palabra de Dios que fue a
Jeremías profeta…>> (Ez. 12:1, etc. Jer. 46:1, etc.). David
también describe la manera en que la Palabra del Señor le
vino, en 2 Samuel 23:2 y 3.
B. El Señor mismo llevaba las escrituras de los profetas en Su
memoria y en Su corazón, y apelaba constantemente a
ellas como autoridad máxima para la solución de las más
graves cuestiones. De tal forma se enlaza la autoridad del
Antiguo Testamento con la suya propia, que es imposible
atacar las Escrituras sin ir contra la autoridad del VERBO
ETERNO HECHO CARNE, quien vino del Cielo para declarar
a Dios y dar a conocer tanto Su pensamiento como Su
corazón de amor (Mr. 12:36, 14:27; Lc. 24:44; Jn. 5:39,46,
etc.).
C. Los apóstoles, escogidos por el Señor para proclamar con
toda autoridad la doctrina cristiana, también apelaban
constantemente a las profecías y demás escritos del
Antiguo Testamento, y enseñaban que los autores eran
inspirados por Dios (1 P. 1:10-12; 2P. 1:19-21). Así que la
inspiración y la divina autoridad del Antiguo Testamento
forman parte de la <<Fe que ha sido una vez dada a los
santos>> (Jud. 3).
III. Inspiración de los escritos
Los inspirados mensajes orales de los profetas se pusieron por
escrito por mandato y providencia de Dios, así que los documentos
también son inspirados, y son éstos que el Señor y los apóstoles
tenían delante al hacer las declaraciones que hemos anotado. Hay
una clara descripción de la manera en que los mensajes fueron
escritos en Jeremías 36:1-2 y 32. También los libros históricos se
relacionan con la autoridad de los profetas, según vemos en 1°
Samuel 10:25, 1° Crónicas 29:29, etcétera.
IV. La inspiración del Nuevo Testamento
La fuente de toda autoridad y de toda verdad se halla en el
VERBO ENCARNADO. Él comisionó a los apóstoles y les hizo
depositarios de la verdad en cuanto a Su Persona, obra y enseñanza,
de modo que su autoridad apostólica se deriva de la del Señor
mismo. Les indicó que la revelación tenía que completarse y les
prometió el Espíritu para guiarles a toda verdad. Así que,
anticipadamente, garantizó la inspiración del Nuevo Testamento. Los
apóstoles sabían que Dios hablaba por medio de ellos, y esperaban
que los creyentes obedeciesen Sus mandatos (1 Co. 2:13; 1P. 1:12;
2 Ts. 3:14; Jn. 14:26, 16:12 y 13, etc.).
V. El método de la inspiración
Éste no es mecánico, como quien escribe a máquina, sino vital,
como el de un director de una orquesta que produce los efectos que
quiere de la totalidad de ella, respetando siempre las dotes
especiales de cada musico. Así, en las Escrituras, la personalidad del
autor humano no se aniquila, y el Espíritu aprovecha el carácter y los
conocimientos de cada uno, como también las circunstancias en las
que los escritos se produjeron.
PREGUNTAS
1. Analícese 2ª Timoteo 3:15-17 y 2ª Pedro 1:21, indicando
cómo ilustran y explican el concepto de la inspiración,
tanto en cuanto a su procedencia y métodos como en
cuanto a sus propósitos.
2. Apoyando su contestación con citas bíblicas, explique la
importancia de las declaraciones del Verbo Encarnado
en cuanto a la plena inspiración de las Escrituras, tanto
del Antiguo Testamente como del Nuevo.
Capítulo 3
LA BIBLIA
I. Definición
La palabra <<Biblia>>, según su etimología, o sea, su origen
lingüístico, quiere decir <<libros>>, en número plural, y se refería a
los varios escritos que se reconocían como inspirados en la Iglesia
primitiva. Pero el instinto de los creyentes les enseñó que esta
colección de <<libros>> era única y especial, y llegaron a
anteponer a la palabra el articulo femenino <<la>>, y hablaron de
<<la
Biblia>> en número singular. En efecto, la Biblia es una divina
biblioteca, que incluye libros de una gran diversidad de autores,
quienes redactaron sus obras durante un periodo de
aproximadamente mil quinientos años; pero, a la vez, es UN LIBRO,
ya que, en su totalidad, se discierne una unidad que se deriva del
Plan de Dios, quien dirigía los trabajos de los autores humanos por el
impulso superior de su Espíritu.
II. Su propósito
A. La Biblia recoge y conserva, en forma escrita, la revelación que
Dios ha dado de sí mismo en la historia y en la Persona de Su
Hijo, haciendo posible su transmisión de una generación a otra.
B. La Biblia es la historia de la redención del hombre, que se lleva a
cabo por la operación de la gracia de Dios a su favor.
C. Como consecuencia de lo antedicho: 1) no ha de considerarse,
como un libro científico, pues los hombres pueden investigar el
mundo material por medios naturales; con todo, cuando la Biblia
hace referencia a las obras de la naturaleza, el testimonio de la
Palabra escrita no está en desacuerdo con los hechos de la
ciencia. Las teorías humanas contradicen la Biblia con demasiada
frecuencia, pero estas pasan y la Palabra permanece. 2)
Tampoco es un libro de historia en el sentido corriente de la
palabra, ya
que se interesa tan solo en aquella parte de la actividad humana
que tiene que ver con el plan de la redención.
III. Su composición
A. Los once primeros capítulos de la Biblia forman una
grandiosa INTRODUCCION a la historia del plan de la redención, que
empieza a detallarse con el llamamiento de Abraham. No podríamos
comprender lo demás de la Biblia sin esta introducción que abarca:
1. La creación.
2. La creación del hombre y su naturaleza en estado
de inocencia.
3. La caída del hombre con sus funestos
resultados para la raza.
4. El fracaso del hombre ante la revelación de Dios
en la naturaleza y por medio de la conciencia.
5. Los juicios de Dios en el diluvio universal.
B. La formación y la preservación de Israel como instrumento de la
revelación de Dios (Gn. 12 hasta el fin de Josué).
C. El fracaso del testimonio nacional de Israel, que motivó, sin
embargo, múltiples manifestaciones del carácter y de la obra de
Dios, especialmente en los mensajes de los profetas (Jueces a
Malaquías).
D. La intervención de Dios en la Persona de Su Hijo (Mateo a Juan).
E. El descenso del Espíritu Santo, la predicación del Evangelio y la
formación de la Iglesia (Hechos).
F. La doctrina cristiana, o sea, el significado de la Persona y de la
Obra de Cristo, explicada por medio de cartas a las iglesias (Romanos
a Judas).
G. La última crisis del mundo y la consumación de la obra de la
redención (Apocalipsis).
Nótese cómo la primera creación y la pérdida del paraíso terrenal
por el hombre se contrastan con la nueva creación y el paraíso
recobrado para el hombre por la Obra del postrer Adán (Ap. Caps. 21
y 22).
IV. La interpretación de la Biblia
Es fácil encontrar alimento espiritual en la Palabra, pero es muy
difícil interpretar debida y exactamente todas las partes de la Biblia.
Los grandes principios para tal interpretación se llaman la
hermenéutica. Y su aplicación a determinados pasajes se llama
exégesis (poner en claro).
Las normas más importantes son las siguientes:
A. En vista de que la Biblia es una unidad, es necesario
adquirir un conocimiento general de su plan y de sus
grandes principios, pues cada versículo ha de
interpretarse a la luz de éstos.
B. Es necesario un conocimiento del fondo general de cada
libro, y poder contestar preguntas como éstas: ¿Cuál es tu
género literario? (es decir, saber si se trata de historia, de
biografía, de poesía, etc.). ¿En qué circunstancias se
escribió? ¿Por qué? ¿A quiénes? ¿Con qué fin?
C. Es preciso el examen concienzudo del desarrollo del tema
o del argumento en relación con el pasaje o el versículo
que se estudia.
PREGUNTAS
1. ¿Le parece acertada la frase <<Una biblioteca
divina>> como una descripción de la Biblia?
¿Por qué?
2. ¿Cuáles son los dos propósitos principales de la Biblia, y por
qué hemos de insistir que no ha de considerarse como un
libro de texto científico o histórico?
3. ¿Por qué es tan apropiado que el libro del Apocalipsis
cierre el canon de la Sagradas Escrituras?
Capítulo 4
LA DEIDAD
I. La existencia de Dios
Las <<pruebas>> que aduce la teología natural como
evidencia de la existencia de Dios son interesantes e importantes en
su debido lugar, pero las Escrituras no argumentan nunca sobre esto,
sino que dan por sentado el gran Hecho, y empiezan con la sublime
declaración: <<En el principio… DIOS>>. Los hombres, limitados en
sus conocimientos y en su capacidad, no disponen de medios para
contestar adecuadamente a la pregunta: << ¿Existe Dios?>>, y les
conviene preguntar con humildad de corazón: << ¿Ha hablado Dios?
>>. Esto permite que Dios se revele, y la naturaleza de su
revelación demuestra que es divina, y nos trae al corazón la profunda
convicción de que Dios existe.
II. La naturaleza de Dios
El mismo Señor Jesús nos dio a conocer el hecho fundamental
de la naturaleza de Dios al declarar a la mujer samaritana: <<Dios es
ESPÍRITU>> (Jn. 4:24). Es decir, no está sujeto a lo material ni a lo
temporal: elementos que hallan en él su origen. Cuando los escritores
inspirados del Antiguo Testamento hablan del <<brazo de Jehová>>,
hemos de entender, desde luego, que emplean una figura material
para ayudar a nuestra pobre y limitada compresión, y que el
<<brazo>> equivale a la poderosa operación de Dios, etcétera. Dios
es ETERNO, sin principio ni fin, cuya explicación se halla sólo en su
misma Persona, sin referencia a ninguna causa anterior: <<Yo soy el
que soy>> (Ex. 3:14). Juan declara, además, que <<Dios es LUZ>>
(1 Jn. 1:5), expresión que incluye todos los atributos de perfección
moral, tales como la pureza, la santidad, la justicia, y todo en grado
infinito. La mayor gloria de la revelación cristiana se halla en otra
declaración del mismo apóstol: <<Dios es AMOR>> (1 Jn. 4:8 y 16),
y el amor es la fuente y origen de toda Su obra de redención.
Dios es omnisciente porque nada se le esconde del pasado, presente
o del porvenir, y omnipresente porque está en todas partes (Sal.
139:1-12; He. 4:13). También es omnipotente porque la operación de
Su potencia no conoce límites externos a si mismo; pero desde luego,
Dios ha de ser fiel a Su propia naturaleza, y no puede obrar
arbitrariamente. Los hombres preguntan: <<Si Dios es omnipotente,
¿por qué no interviene para impedir las guerras, los desastres,
etc.?>> La intervención directa de Dios en justicia supone el juicio
sobre los rebeldes, y los mismos desastres permitidos son, a menudo,
un medio de misericordia para quitar del hombre su confianza carnal
y hacerle buscar el bien en Dios.
III. Dios es el Creador
<<En el principio creó Dios los cielos y la tierra>> (Gn. 1:1).
<<Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la
palabra de Dios. De modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se
veía>> (He. 11:3; Ap. 4:11, etc.). Pudo haber empleado medios y
métodos dentro de los cuales cabe algo de lo que dicen los
científicos, pero lo esencial es que nada existe fuera de Él, y que
tanto el mundo material inorgánico, como el mundo vegetal y animal
son obra de Sus manos. El hombre (capítulo 5) fue una creación
especial a la imagen de Dios, destinado a ser cabeza de la creación
material.
IV. La providencia de Dios
Éste es un tema muy amplio, y dentro de estas notas no
podemos adelantar más que unas ideas muy elementales sobre Él.
Significa que Dios sostiene y gobierna el mundo que Él ha creado, y
esto incluye las actividades de los hombres. Dios no es responsable
del pecado, que se introdujo en este mundo por la mala elección de
Adán (Ro. 5:12), pero ordena las consecuencias de las obras
malvadas de los hombres para adelantar Su plan en orden al mundo
(Hch. 2:23; 4:28; Sal. 135:6; Dn. 4:32; Jer. 27:5).
V. La Santa Trinidad
La palabra <<Trinidad>> no se halla en la Biblia, pero eso no
quiere decir que sea un mero término teológico. Se deduce
claramente de las Escrituras que Dios es UNO en esencia y sustancia,
al par que existe en tres Personas distintas desde la Eternidad: el
Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Hay un indicio de esta misteriosa
<<pluralidad en la unidad>> en la palabra hebrea Elohim,
traducida por <<Dios>> (Gn. 1:1, etc.), que es un sustantivo plural
empleado con el verbo en singular. Pero hallamos el pleno
desarrollo de la
doctrina en las palabras del mismo Señor. Si consideramos Su
discurso en el cenáculo (Jn. Caps. 14 a 16) vemos que habla de <<ir
al Padre>> y de <<togar al Padre>> al mismo tiempo que declara a
Felipe que cualquiera que le ha visto a Él ha visto al Padre también.
Si a estas declaraciones añadimos la de Juan 10:30, vemos que hay
igualdad de esencia con una distinción de Personas. En el mismo
pasaje, Cristo anuncia la venida del Espíritu Santo en términos que
subrayan tanto Su deidad como Su personalidad. La <<formula
bautismal>> de Mateo 28:19 implica lo mismo, ya que hay un
<<Nombre>>, pero es el del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo
tendremos más que decir en otros estudios, pero es importante
comprender desde ahora que esta <<Trinidad en la unidad>> no se
inició con la encarnación, sino que existía desde toda la eternidad (Jn.
1:1; Gn. 1:2; etc.).
PREGUNTAS
1. ¿Qué queremos decir por los términos omnisciencia,
omnipotencia y providencia de Dios? (Cite
versículos apropiados para ilustrar su contestación.)
2. Por medio de textos sacados tanto del Antiguo como
del Nuevo Testamento, demuestra que Dios, siendo
Uno en esencia, existe en tres Personas.
Capítulo 5
EL HOMBRE Y EL PECADO
I. La creación
En la narración del Génesis, la creación del hombre se destaca
como única y especial, ya que fue precedida por un consejo divino,
con el anuncio de que el hombre había de poseer una personalidad
que reflejara, en ciertos aspectos, la del Creador: <<Hagamos al
hombre a nuestra imagen. Conforme a nuestra semejanza, y
señoree… en toda la tierra, y en todo animal…>> (Gn. 1:26). En el
relato más detallado del capítulo 2 se indica que el hombre se
relaciona con el orden natural, ya que Dios le formó del polvo de la
tierra, pero que su alma llegó a existir por un acto especial de Dios:
<<Y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser
viviente>> (Gn. 2:7).
La imagen no puede ser física, pues Dios es Espíritu, de modo que se
refiere a la personalidad del hombre, que fue dotado de cualidades
racionales y morales, que le distinguen del todo aun de los animales
más desarrollados. Además de esto, los animales no pueden salir de
los derroteros señalados por su instinto, pero el hombre está dotado
de libre albedrío, pues Dios quería que Su criatura, corona de la
creación, correspondiera libremente a Su amor por medio de la
obediencia pronta y voluntaria.
El hombre completo se ve en las palabras de Pablo según se hallan en
1° Tesalonicenses 5:23: <<Y todo vuestro ser, espíritu, alma y
cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor
Jesucristo.>> Por medio del cuerpo el hombre hace contacto con su
medio ambiente material; por su alma, asiento principal de su
personalidad, es consciente de si mismo y de los demás seres
humanos; y por medio de su espíritu es capacitado para tener
comunión con Dios. Su alta dignidad, según el propósito original de
Dios, se destaca bien en el Salmo 8.
II. La caída
No sabemos cuánto tiempo disfrutaría el hombre del dominio de
la naturaleza en plena inocencia y en comunión con Dios, pero
Escrituras pasan rápidamente a la narración de la caída. El hombre
estaba creado para depender de Dios y para hacer Su voluntad, pero
el diablo, con gran sutileza, señaló un camino alternativo:
<<[Vosotros] seréis como Dios…>> Por su desobediencia, el hombre
intento hacer de sí mismo el centro del mundo, y este intento se
refleja en el feroz egoísmo del hombre caído, que es la fuente y
origen del pecado en la esfera humana. Al volver las espaldas a Dios,
el hombre murió espiritualmente y el mundo se hundió en el caos del
pecado y de la rebelión. La muerte física es la consecuente inevitable
del estado espiritual.
III. El pecado
La palabra que más corrientemente se traduce por
<<pecado>>, en el texto griego, quiere decir <<fallar>>;<<ser
incapaz de llegar a la meta>>. Juan dice que es <<infracción de la
ley>> (1 Jn. 3:4), o sea, la rebeldía. Santiago ve en la
concupiscencia (los malos deseos) el germen del pecado, que, en su
desarrollo, produce la muerte (Stg. 1:14 y 15). Resumiendo,
podemos decir que es todo movimiento de la voluntad humana en
contra de la voluntad de Dios, sea consciente o inconsciente.
IV. El pecado original
Según las enseñanzas de Romanos 5:12-21, cuando Adán pecó
toda la raza pecó con él, de forma que existe una raíz de pecado
original en todo hijo de Adán, aun antes de que cometa actos
concretos y voluntarios de pecado. Esta doctrina se halla implícita en
toda la Biblia. Es como una funesta <<ley de gravitación>> que
inclina a todo hombre hacia el pecado. Este estado pecaminoso se
llama la depravación total y se expresa sin ambages en el texto:
<<No hay justo, ni aun uno… no hay quien haga lo bueno, no hay ni
siquiera uno>> (Ro. 3:10-12). Esto no quiere decir que no existan
diferencias morales entre hombre y hombre, y sabemos que el
hombre natural realiza algunas veces acciones generosas y nobles,
pero indica claramente: 1) que todo lo humano, las <<malas
obras>> y las <<buenas obras>>, lleva el sello inconfundible del
pecado, velada o abiertamente; y 2) que el germen del todo pecado
está en todos los hombres y se desarrolla en circunstancias propicias.
Pero frente a Adán como cabeza de la raza perdida, el apóstol Pablo
señala a Cristo como postrer Adán y Cabeza de una raza redimida por
Su gran acto de obediencia en la Cruz. Nadie se perderá, pues, por
ser hijo de Adán, sino por rechazar la redención que está en Cristo
(Ro. 5:18 y 19; Jn. 3:18, 19, 35 y 36).
V. La culpabilidad del hombre y el juicio
de Dios
El hombre normal es un ser responsable y se condena porque
ama las tinieblas más que la luz. De ahí proceden la culpa y el
castigo. Las profundas huellas del pecado no pueden borrarse sino
por la obra de la Cruz, donde el Hombre representativo, quien era,
además, el Señor de la gloria, fue hecho pecado por nosotros <<para
que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él>> (2 Co. 5:21).
La identificación del hombre con su Salvador, por medio del
arrepentimiento y de la fe, le trae vida; pero aparte de este gran
remedio de Dios, opera infaliblemente la ley: <<Todo lo que el
hombre sembrare, eso también segara>>, sea en el tiempo, sea en
la eternidad. Solo Dios es el Juez justo, el Árbitro moral de Su
universo, y a Él solo compete juzgar y aplicar la sentencia, que se
pronunciará según las normas de la más perfecta justicia (Hch.
17:31; Ro.2:6-16; 14:11 y 12; Ap. 11:15-18; 16:5 y 6; 20;11-15).
VI. El glorioso destino de los redimidos
Se tratará en el capítulo 21.
PREGUNTAS
1. ¿En qué consiste exactamente la imagen de Dios en
el hombre? Y ¿en qué sentido persiste aun después de
la caída?
2. Distinga claramente entre el pecado y el pecado
original, ilustrando su contestación con referencias
bíblicas.
3. Explique la doctrina de la depravación total del
hombre, citando varios textos que apoyan su
contestación.
Capítulo 6
LA PERSONA DE CRISTO
I. El hecho histórico
El gran hecho histórico de la manifestación de Cristo es innegable,
pues las investigaciones modernas han establecido el carácter
histórico de los Evangelios y han dado al traste con la teoría de
una <<leyenda>>. ¿Qué explicación se ha de dar de esta VIDA
que tanto descuella entre todas las figuras de la historia? Los
materialistas, en su afán de negar una revelación sobrenatural,
procuran hacer ver que Jesús era un hombre bueno,
maravillosamente dotado de poderes espirituales y religiosos, pero
hombre al fin. Esto es contrario a toda la evidencia, porque se
presenta en los Evangelios, tanto en las palabras del Señor mismo
como por la apreciación de quienes mejor le conocían, como Dios
manifestado en carne. Si se hacía <<Dios>> cuando no lo era,
entonces distaba mucho de ser un <<hombre bueno>> y no sería
más que el mayor impostor de los siglos.
Nosotros, desde luego, aceptamos con humildad y fe el hecho
de Cristo tal y conforme se nos presenta en los escritos sagrados,
pero hemos de tener en cuenta que creyentes en todo tiempo han
caído en errores sobre la Persona de Cristo por no fijarse bien en
todo lo que la Palabra dice de Él. Comprendemos que siempre
habrá una parte de este misterio que sólo Dios puede profundizar,
según la declaración del Señor Jesús; <<Nadie conoce quien es el
hijo sino el Padre; ni quien es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien
el Hijo lo quiere revelar>> (Lc. 10:22). Pero eso no nos excusa de
meditar en lo que se ha revelado, que se puede resumir de esta
forma: <<En cristo hay dos perfectas naturalezas, la divina y la
humana, en una sola Persona, Jesucristo Señor nuestro.>>
Algunos han subrayado Su divinidad a expensas de Su humanidad,
y otros han caído en el error contrario. Es necesario, además,
evitar a toda costa la idea de que Cristo fuese en parte Dios y en
parte Hombre, ateniéndose a lo revelado, que manifiesta Su plena
divinidad y Su perfecta humanidad. Considérense bien los pasajes
siguientes: Juan 1:1-4, 14 y 18; Colosenses 2:9; Hebreos 1:1-4
1° Juan 5:20 y Romanos 9:5.
II. La encarnación
La divinidad y la humanidad se manifiestan prácticamente en toda
la vida del Señor Jesucristo, pero la explicación de la vida se halla
en el misterio de la Encarnación, o, mejor dicho, la vida y el relato
bíblico del nacimiento se explican mutuamente, y lo uno sin lo otro
seria incomprensible. Jesús nació de la bienaventurada virgen
María por obra y gracia del Espíritu Santo, según la preciosa
anunciación del ángel Gabriel (Lc. 1:35). La humanidad que recibió
de Su madre fue real, pero libre de la mancha del pecado original.
La unión del HIJO ETERNO con la humanidad así recibida en un
misterio que solo la mente de Dios alcanza. Necesariamente, el
modo de manifestarse la divinidad era distinto en la vida humana
que, en la gloria del Cielo, pero su plenitud estaba siempre
presente, y el poder divino se ejercía tantas veces como se
requería para el cumplimiento de la voluntad de Su Padre (Fil.
2:6-8).
III. La manifestación de la deidad
A. Declaraciones del Señor mismo. Nótense, entre otras muchas,
las siguientes: <<Antes que Abraham fuese YO SOY>> (Jn.
8:58) <<Yo y el Padre uno somos>> (Jn 10:30). <<El que me
ha visto a mi ha visto al Padre>> (Jn 14:9). La deidad del
Señor se presenta especialmente en el Evangelio según San
Juan, pero la enseñanza es igual en todos, como vemos por la
declaración de Cristo ante el Sanedrín (Mr. 14:61 y 62).
B. La divinidad esta implícita en las invitaciones evangélicas del
Señor, ya que Él se ofrece a sí mismo como Fuente de paz,
vida, perdón y salvación (Mt. 11:28; Jn 5:40; 7:37; 14:6, etc.).
C. El testimonio de los evangelistas. Las narraciones de los
testigos oculares de la vida de Jesús nos proveen abundante
evidencia de Su divinidad: 1) Cristo admitió en varias ocasiones
la adoración de los hombres (Lc. 5:8; Jn. 9:38; 20:28; etc.); y
2) los milagros evidencian el poder divino, ya que se distinguen
de las grandes obras de los profetas y apóstoles por su
espontaneidad y por la autoridad personal del Señor. Así, llamo
a la vida a Su amigo Lázaro porque Él era, en Su Persona <<la
resurrección y la vida>> (Jn. 11:25, 40, 43 y 44). Por eso el
Señor Jesús apeló a Sus obras como evidencia irrecusable de la
calidad de Su persona (Jn. 14:11; 15:24, etc.).
IV. La realidad de Su humanidad
Veamos muy claramente por el relato de los Evangelios que Jesús
paso por las experiencias normales de una vida humana, aparte
del pecado. Nació de madre humana, creció en sabiduría y en
edad: padecía hambre, sed y cansancio; comía y dormía. Se afligía
y se gozaba en Su espíritu y en Su alma. Fue tentado del diablo,
pero sin ceder a la tentación, y, como Siervo de Jehová, vivía una
vida caracterizada por la oración y la fe, pues nunca empleo Su
poder divino para eludir las consecuencias de Su humanidad. Por
fin murió y fue sepultado. Su humanidad no cesó con la
resurrección, sino que existe glorificada a la diestra de Dios: Hay
<<un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo
Hombre>> (1 Ti. 2:5; Lc. 24:37-40, etc.).
V. La importancia de la Encarnación
La doctrina de la Encarnación es piedra angular de la revelación
cristiana, sobre la que se funda toda la obra de la Redención.
Examinaremos su relación con la obra de la Cruz en estudios
posteriores.
PREGUNTAS
1. Destáquense cinco declaraciones sobre el Verbo en
Juan 1:1-14.
2. Si alguien le dijera que Jesucristo no es Dios, ¿en base a cuáles
evidencias bíblicas le contestaría? (Apoye sus razones con
textos bíblicos apropiados)
3. Adúzcanse razones bíblicas para afirmar que la
naturaleza humana del Señor Jesucristo era real y no
ficticia.
Capítulo 7
LA PROPICIACIÓN Y LA EXPIACIÓN
I. Definiciones
Según el uso de los griegos, propiciación significaba <<aplacar
la ira y ganar el favor>>, generalmente de alguna divinidad que se
suponía ofendida, por medio del sacrificio de los dones del adorador.
El uso de expiación es parecido, ya que indica <<borrar una culpa
por medio de un sacrificio>>. La palabra <<expiar>> (o <<hacer
expiación>>), que se emplea con tanta frecuencia en relación con los
sacrificios levíticos, representa la voz hebrea kaphar que, en su
sentido literal, es <<cubrir>>. El significado es que Dios no
<<veía>> las culpas a través de la sangre que le hablaba del
sacrificio del Calvario. La tapa de oro que cubría el Arca del Pacto (Ex.
25:17-22) se llamaba <<el propiciatorio>>, o sea, <<aquello que
cubría>>; por la misma razón, pues, Jehová no veía las Tablas de la
Ley que condenaban al pueblo sino a través de la sangre salpicada en
el propiciatorio Enel Dia de las Expiaciones (Lv. Cap. 16).
Para comprender mejor el sentido normal de la palabra
<<propiciar>>, podemos considerar la manera en que Jacob se afano
por aplacar la ira de su hermano ofendido, Esaú, por medio de
presentes (Gn. 32:13-20). Mandó varios grupos de sus siervos por
delante llevando una gran riqueza de ganado y luego, hablando
consigo mismo, dijo: <<Apaciguare su ira con el presente que va
delante de mí, y después vere su rostro; quizá le seré acepto.>>
Había cometido la falta de robar la bendición paterna de su hermano,
excitando así la ira de Esaú, y ahora quiere apaciguar su ira mediante
presentes para granjearse el favor del hermano que pudo más que él.
II. La dificultad de la propiciación en la
esfera espiritual
La ira de Esaú paso pronto, y las divinidades de las gentes no
son dioses, pero el Dios verdadero es un Dios de justicia absoluta e
inflexible por Su misma naturaleza, de modo que Su justa ira en
contra del pecador no puede aplacarse mediante los dones y los
esfuerzos carnales del hombre. ¿Cómo, pues, puede ser propiciado?
¿Por qué medio se ha de expiar la culpa del hombre que tanto ofende
a Su santidad? ¿Cómo se ha de satisfacer una justicia que es
inflexible?
III. El medio
La solución del dilema se halla en la Cruz, donde la justicia de
Dios se satisfizo y la fea mancha del pecado quedó borrada por la
ofrenda de Cristo, hecha una sola vez (He. 9:28; Ro. 3:25, etc.). El
Sacrificio es sumamente eficaz, y todo el concepto se eleva
infinitamente por encima de las ideas equivocadas de las gentes, por
las razones siguientes:
A. DIOS MISMO proveyó la ofrenda que el hombre era
totalmente incapaz de buscar; es decir, el Dios
contra quien habíamos pecado provee el medio de
satisfacer Su propia justicia.
B. El sacrificio tiene valor infinito por el excelso valor
del Dios-Hombre, quien <<gusto la muerte por
todos>> (He. 1:2-4; 2:9).
C. Tal ofrenda pudo ofrecerse en justicia por cuanto
Cristo era, a la vez, Dios y Hombre. No era un hombre
entre muchos, sino EL HOMBRE por excelencia. El que
había creado la humanidad en su perfección, la
incorporó en Su divina Persona por el misterio de la
Encarnación, llegando a ser el segundo y postrer Adán.
Así pudo ser en toda la realidad el Hombre
representativo, quien, sin mancha propia, se hizo
responsable ante la justicia divina de los pecados de
todos los hombres (He. 2:14; 2 Co. 5:21; 1 P. 2:22-24;
Is. 53:4 y 5).
Téngase en cuenta que, cuando las Escrituras hablan de la
propiciación y la redención por la SANGRE DE JESUCRISTO, quiere
decir <<la vida de Cristo, en su infinito valor, dada enteramente en
expiación sobre el altar de la Cruz>>. El significado del sagrado
símbolo se aclara mucho en el capítulo 17 de Levítico, especialmente
en el versículo 11: <<Porque la vida de la carne en la sangre esta, la
cual os he dado para hacer expiación en el altar por vuestras almas;
porque la sangre en virtud de ser la vida, es la que hace expiación>>
(Versión Moderna). Por eso, <<sin derramamiento de sangre no se
hace remisión>> (He. 9:22).
IV. Su alcance
El apóstol Juan declara: <<Y Él [Cristo] es la propiciación por
nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino
también por los de todo el mundo>> (1 Jn. 2:2 con 4:10). De
igual forma, el Bautista declara: <<He aquí el Cordero de Dios
que quita [en expiación] el pecado del mundo>> (Jn. 1:29).
Esto quiere decir que la justicia de Dios queda satisfecha por la
ofrenda de la Cruz, en orden a todos los pecados del pasado,
del presente y del porvenir. Desde luego, el alcance universal
de la propiciación no indica que todas las almas han de ser
salvas, sino que es posible que todas sean salvas si aceptan las
condiciones del Evangelio: el arrepentimiento y la fe. Si resisten
al Evangelio, se excluyen automáticamente de la salvación. Hay
expresiones en el griego del Nuevo Testamento que indican que
Cristo murió a favor de todos, pero en lugar de muchos, pues
solamente los creyentes le reciben como su sustituto. La debida
actitud del hombre pecados, es la del publicano en el Templo,
quien, con un hondo sentido de su necesidad, exclamo:<<Dios,
se propició a mí, pecado>> (Lc. 18:13).
PREGUNTAS
1. En el conjunto de las distintas doctrinas que integran la obra
de Cristo –propiciación, expiación, justificación,
reconciliación, redención, salvación, etc. --, ¿Por qué es la
más básica la propiciación?
2. ¿Cuáles son las razones que demuestran la eficacia del
sacrificio de Cristo como el único medio de propiciar a Dios y
satisfacer las demandas de Su justicia?
3. Cítense versículos que manifiestan que la obra
propiciatoria de Cristo se aplica potencialmente a la
totalidad de los hombres, pero solo es efectiva para los
creyentes.
Capítulo 8
LA JUSTIFICACIÓN POR LA FE
I. Definición
La excelsa obra de la Cruz tiene múltiples facetas, y hemos de tener
en cuenta que los grandes temas que estamos considerando en
relación a ella revelan estas facetas a la medida de la comprensión
de nuestra mente finita. La justificación por la fe – lema de la
Reforma en el siglo XVI – presenta la obra de la Cruz desde el punto
de vista jurídico, es decir: en relación con la santa Ley de Dios. El
hombre pecador se presenta como un reo ante el alto tribunal de un
Dios justo, y queda patente que ha quebrantado tanto la ley natural
de la conciencia como la Ley claramente declarada en Sinaí. El
problema es éste: ¿Cómo puede Dios ser justo y el que justifica al
pecador? La contestación se halla en la Cruz, y el creyente es
declarado justo a los ojos de Dios. Esta declaración es la justificación
por la fe.
II. La justicia divina
Como ya hemos visto en nuestro estudio de la Deidad, la justicia es
un atributo de Dios, y el hombre no sabría nada de esta
<<rectitud>> esencial aparte de la revelación que Dios ha dado de
sí mismo (Is. 45:21; Ap. 15:3, 16:5, etc.).
III. La justicia exigida
Dios manifestó Su voluntad al hombre en estado de inocencia
de una forma apropiada a su condición (Gn. 2:16 y 17) y, después de
la Caída, no le dejo sin testimonio, sino que le hablo por medio de la
naturaleza y de la conciencia, siendo esta la voz interna que acusa o
excusa los actos del hombre (Ro. 2:14 y 15). Pero la plena
manifestación de la voluntad de Dios para con los hombres fue dada
en Sinaí, donde Dios pronuncio las diez palabras, y luego instruyó a
Moisés con otros muchos preceptos complementarios. La ley
representa lo que Dios, en justicia, requiere de los hombres en las
circunstancias actuales de la vida, y el mandamiento es siempre
<<santo y justo y bueno>> (Ro. 7:12). Pero, bajo repetidas pruebas,
se demostró que el hombre era incapaz de cumplir la justicia exigida
por Dios, ya que su naturaleza pecaminosa siempre le arrastraba a la
desobediencia. Una ley quebrantada no puede salvar a nadie, sino
que condena inflexiblemente al infractor de ella. El que no la cumple,
muere. Cuando Moisés, al ver que Israel había quebrantado la Ley en
todos sus capítulos antes de recibirla en forma escrita, quebró las
tablas de piedra al pie del Sinaí, señaló con ello, en forma simbólica,
el fracaso del hombre ante las santas exigencias de la Ley divina (Ex.
32:19; Ro. 3:19; Gá. 3:10, etc.).
IV. La Ley cumplida y la justicia satisfecha
El señor Jesucristo, Hombre representativo, cumplió la Ley por
medio de una vida perfecta. En el Calvario se colocó en el lugar del
hombre pecador, en virtud de Su carácter representativo que ya
hemos considerado, y agotó la sentencia de la Ley por Su muerte.
Así, la justicia de Dios quedó satisfecha y la santa Ley fue honrada.
Téngase en cuenta el valor infinito del sacrificio de la Cruz, que ya
hemos apuntado bajo el tema de la propiciación (capítulo 7).
V. La justicia otorgada
En el Evangelio se revela una Justicia que Dios otorga al
creyente, y éste es el gran tema de Romanos 1:16–5:21. El
<<corazón>> del sublime asunto se halla en Romanos 3:21-6,
versículos que deben analizarse con todo cuidado. En vista de que el
hombre era incapaz de procurar la justicia mediante la obediencia a
la Ley, Dios tomó la iniciativa por Su gracia, mandando a Su Hijo,
quien satisfizo las exigencias de la Ley en el Calvario: <<Pero ahora,
aparte de la ley, sea manifestado la justicia de Dios, testificada por la
ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en
Jesucristo…>> (Ro. 3:21 y 22).
VI. La justicia recibida
El medio de conseguir la justicia otorgada por la gracia de Dios
es la Fe, que, en el sentido bíblico, es la confianza total del hombre
que, arrepentido de sus pecados, descansa en Cristo para la
salvación de su alma. Sólo esta actitud del alma puede establecer
contacto con Aquel que cumplió la Ley por nosotros para revestirnos
de Su propia
justicia (2 Co. 5:21). Cristo <<nos ha sido hecho justificación>> (1
Co. 1:30) y, recibiéndole a Él, tenemos la justificación, y no de otra
manera. La fe hace posible que Dios nos impute (abone en cuenta)
Su justicia, como en el caso de Abraham (Ro. 3:22, 26; 4:3, 5 y 22;
Gá. 3:22-26, etc.). Somos justificados por la gracia de Dios, que es le
origen de la bendición (Ro. 3:24); por la sangre, que es su base (Ro.
5:9), y por la fe, que es el medio (Ro. 5:1).
VII. La justicia manifestada
La justicia no es una mera declaración legal de nuestra nueva
posición ante Dios, sino que es una obra vital, que supone nuestra
unión espiritual con Cristo, de modo que la justicia recibida ha de
producir sus frutos en nuestra vida (Fil. 1:11). Este tema de
desarrollará bajo el epígrafe de la Santificación (capítulo 17).
PREGUNTAS
1. ¿Cuáles son las dos epístolas del apóstol Pablo que tratan
más clara y detalladamente de la justificación por la fe? ¿En
qué
capítulos? ¿Qué quiere decir esta doctrina?
2. ¿Por cuáles medios pudo Dios justificar al pecador que ponga su
fe en ÉL?
3. ¿Qué es la fe?
Capítulo 9
LA REDENCIÓN
I. Definición
Si analizamos el sentido de las principales voces griegas que se
traducen por <<redimir>>, <<rescatar>> o <<redención>>.
Llegamos a esta definición del concepto: <<Libertar a un esclavo o
cautivo mediante el pago del precio del rescate.>> Hemos de
tener
en cuenta que, cuando los evangelistas y apóstoles escribían el Nuevo
Testamento bajo la guía des Espíritu Santo, la institución de la
esclavitud estaba muy extendida por todo el imperio romano, y
millones de seres humanos, apresados durante las campañas
militares de Roma o nacidos de padres esclavos, gemían bajo este
triste yugo. Algunos esclavos ocupaban puestos importantes en las
casas de sus amos, pero ninguno podía disponer libremente de su
persona. El profundo anhelo de todos ellos era ser redimidos, y
algunas veces, fuese por sus propios esfuerzos en acumular el dinero
necesario o fuese por la bondad de un bienhechor, les era posible
llevar al templo el precio del rescate, y entonces, mediante un acta
de liberación levantada por el sacerdote pagano, quedaban
rescatados. Los autores sagrados dan un sentido espiritual a esta
liberación, que ya se había indicado simbólicamente en el Antiguo
Testamento, donde se habla de la <<redención>> del pueblo de
Israel de la esclavitud de Egipto (Ex. 6:6; 15:16, etc.). El concepto se
desarrolla mucho más entre los Salmos y en el profeta Isaías, pero,
desde luego, las indicaciones del Antiguo Testamente no pueden
hacer otra cosa sino anticipar parcialmente, en símbolo y figura, la
gran obra redentora de la Cruz.
II. La esclavitud espiritual
La esclavitud espiritual tiene su origen en la caída y el pecado
del hombre –pues la verdadera libertad se halla sólo en la esfera de
la voluntad de Dios– y afecta a todas las esferas de la vida. Nótense
las siguientes formas de sujeción que se mencionan en los
evangelios y las epístolas:
A. <<Jesús les respondió: De cierto, de ciento os digo que todo aquel
que hace pecado es esclavo del pecado>> (Jn. 8:34). Se trataba
de judíos orgullosos que se estimaban como libres por ser
descendientes, según la carne, de Abraham; pero, de hecho, iban
ciegamente donde les llevaba el impulso de su pecado no
confesado: eran esclavos.
B. Pablo dice a Tito que Cristo <<se dio a si mismo por nosotros para
redimirnos de toda iniquidad>> (Tit. 2:14), donde la palabra
<<iniquidad>> quiere decir <<ausencia de ley>>, o sea, el
espíritu de rebeldía. El hombre quiere seguir sus propios impulsos
egoístas, sin someterse a Dios, pero su mismo afán de
<<libertad>> llega a esclavizarle más.
C. Con el fin de hacer ver al hombre su pecado, Dios impulso la Ley,
pero el esfuerzo carnal de cumplirla es en sí una dura
servidumbre, y la Ley quebrantada no puede hacer más que
maldecir y matar a su infractor (Gá. 3:13, 23).
D. Por aceptar la sugerencia del diablo y desobedecer a Dios, el
hombre se puso bajo el poder de este gran enemigo, y sólo Cristo
puede librarle (Hch. 26:18).
E. Los hombres, a pesar de su orgullo y su deseo de independizarse
de Dios, saben que la muerte pondrá fin a sus afanes y devaneos,
y, por el temor de la muerte, están toda la vida sujetos a
servidumbre (He. 2:14 y 15).
F. Pedro nos habla de ser rescatados de nuestra <<vana manera
de vivir>>, vacía y frustrada, en la que ningún propósito humano
se logra plenamente (1 P. 1:18 y 19).
G. El temor de los hombres esclaviza al ser humano, pero el que
teme a Dios pierde todo otro temor (Mt. 10:28; Hch. 4:13, 20;
5:29, etc.).
H. Todas las condiciones y circunstancias <<del presente siglo
malo>> esclavizan, pero Cristo se dio a sí mismo para librarnos de
ellas (Gá. 1:4).
III. El Libertador
En el Antiguo Testamento era el <<pariente cercano>> quien
tenía el derecho y la obligación moral de redimir, como Booz en el
libro de Rut. Por la Encarnación, Cristo se hizo el Hijo del Hombre y
postrer Adán, tan íntimamente ligado a la raza de los hombres que
adquirió el derecho de representarnos y redimirnos. Su naturaleza
divina da valor infinito a todo cuanto hace a nuestro favor. Nótese
que las citas siguientes subrayan la entrega personal de Cristo como
medio de procurar la redención: 1° Corintios 1:30; Gálatas 1:4; 3:13;
4:5; Efesios 1:7; 1° Timoteo 2:5 y 6; Tito 2:14; Apocalipsis
5:9.
IV. El precio del rescate
<<Fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir… no
con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa
de Cristo…>>, declara el apóstol Pedro (1 P. 1:18 y 19). <<Porque el
Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar
su vida en rescate por muchos>>, dijo el Señor de su mismo (Mr.
10:45). Por la definición que hemos dado de la sangre en el capítulo
7, se verá que el precio del rescate es igual en las dos citas, pues la
sangre es la vida de Cristo de precio sin límites, que entregó sin
reserva En el sacrificio de la Cruz. Su muerte fue la muerte de todo, y
a los ojos de Dios terminó con todos los efectos de la caída (He. 2:14
y 15; Ef. 1:7; He. 9:14, 26-28; 10:12-24).
V. La vida de liberación
La resurrección del Señor, vencedor del diablo, del pecado y
de todos sus efectos, inaugura una nueva creación donde hay
perfecta
libertad en cuanto a todas las formas de esclavitud que se mencionan
arriba; pero es necesario apropiarse por la fe de todo el significado de
nuestra identificación con Cristo en su muerte y Su resurrección.
Ahora bien, muchos creyentes son como Lázaro cuando salió de la
tumba: <<atadas las manos y los pies con vendas>>. Tienen vida,
pero se desenvuelven con dificultad porque no se han dado cuenta
de que son libres. El Señor dijo de Lázaro: <<Desatadle y dejadle
ir>>, y eso es lo que hace falta para todos los creyentes. El secreto
es la santificación, que consiste en la apropiación total de la obra de
la Cruz.
PREGUNTAS
1. Define el termino redención, explicando el fondo histórico,
tanto hebreo como grecorromano, de donde salió.
2. Nombre unas cuantas clases de esclavitud espiritual de las
que nos liberta Cristo, dando las referencias bíblicas.
3. Escríbanse cuatro versículos que hablan de la sangre de
Cristo en relación, añadiendo un breve comentario.
Capítulo 10
LA RECONCILIACÍON
I. Definición
La palabra <<reconciliación>> presupone un estado anterior de
enemistad, o de malas relaciones, que termina con un acto que hace
posible la amistad y las buenas relaciones. La palabra se emplea, en
el orden natural, en 1° Corintios 7:11, donde dice Pablo que la mujer
apartada de su marido ha de quedar sin casarse o debe
<<reconciliarse>> con él. Es importante notar que, en el uso bíblico
de estos términos, la enemistad es siempre la del hombre contra Dios
y no la de Dios contra el hombre. Como hemos visto en estudios
anteriores, la <<ira de Dios>> es la relación de Su justicia contra el
pecado del hombre, y es compatible con Su amor para con el mundo
rebelde, ya que dio a Su Hijo para hacer posible la salvación del
hombre. La hostilidad del mundo ante Dios se puso de manifiesto en
el rechazamiento y la crucifixión del Dios-Hombre.
Anticipando por un momento lo que se ha de detallar más abajo,
diremos que la obra de la Cruz satisface las exigencias de la justicia
de Dios, siendo la propiciación la que hace posible que se levante la
ira de Dios que estaba sobre el hombre. En vista de este gran hecho,
no existe impedimento de parde de Dios para el retorno del hombre a
Su obediencia, y los mensajeros de la Cruz ruegan a los hombres:
<<Reconciliaos con Dios.>> Toca al hombre deponer su actitud de
rebeldía y acercarse humildemente al Trono, por medio del
arrepentimiento y de la fe, cuando halla que la paz ya está hecha en
Cristo Jesús y que el trono de justicia se ha trocado en trono de
gracia.
II. La base
Se explica la base de la reconciliación en Romanos 5:10 y 11:
<<Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la
muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos
salvos por su vida…, también nos gloriamos en Dios por el Señor
nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la
reconciliación.>> Aquí se ve claramente que es la muerte del Hijo la
que hace posible la paz entre Dios y el hombre, y el tema se enlaza
estrechamente con el de la propiciación. Dios no podía <<hacer las
paces>> con el hombre a cualquier precio, sino sólo sobre la base de
satisfacción de Su justicia. El pasaje que más claramente destaca
esta doctrina es 2° Corintios 5:18-21, donde vemos que <<Dios…
nos reconcilio consigo mismo por Cristo>> (5:18) y que <<Dios
estaba en Cristo reconciliando consigo mismo al mundo, no
tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados>>. En estas
últimas palabras no se trata de la unión del Padre y del Hijo en la
obra, sino más bien indican que Dios efectuó la reconciliación por
medio de Su Hijo. La piedra angular de la doctrina se halla en el
versículo 21: <<Al que no conoció pecado, [Dios] por nosotros lo hizo
pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él>>
(Véase también Col. 1:20-22.).
III. La proclamación de la reconciliación
Este aspecto de la gran obra única de la Cruz tiene que ver con
las relaciones entre Dios, como soberano, y los hombres como
súbditos rebeldes, quienes, por un acto de su propia voluntad, que
dan bajo el poder de Satanás, el <<príncipe de este mundo>>. Con
mucha propiedad, pues, los mensajeros de la Cruz se llaman
embajadores cuando se trata de anunciar la reconciliación, porque
representan al Soberano, que llama a Sus súbditos rebeldes a que
vuelvan a Su obediencia. Así, dice Pablo en el pasaje ya citado:
<<Dios… nos dio el ministerio de la reconciliación…, nos encargó a
nosotros la palabra [mensaje] de reconciliación, como si Dios rogase
por medio de nosotros; rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos
con Dios.>> En cuanto a esta última cita, debemos notar que la
palabra <<os>> en la Versión Reina Valera no está en el original.
Pablo no rogaba a los creyentes de Corintio que se reconciliasen,
porque ya lo estaban, sino que les explicaba el carácter de su
ministerio ante el mundo en general. El predicador se acerca a los
hombres en el nombre de Cristo y con la comisión del Dios Alto,
amonestándoles que dejen su rebeldía, pues el Rey mismo ha
provisto el medio para hacer posible su perdón y recepción en el
Reino.
IV. La recepción de la reconciliación
Ya se ha destacado que es el hombre quien tiene que
conciliarse con Dios, pues de parte de Dios todo está hecho. Es en
Cristo que se recibe (Ro. 5:11) y el único medio es la fe en el Hijo de
parte del hombre arrepentido (Jn. 3:36).
V. El alcance de la reconciliación
A. La oferta se hace extensiva tanto a los judíos como a gentiles, y
la obra de la Cruz derriba la barrera que antes existía entre
ambas razas (Ef. 2:13-19). Este pasaje es importante, y
podemos notar la hermosísima expresión: <<El [Cristo] es
nuestra paz.>>
B. Llegará el día cuando no existirá ningún elemento rebelde en
la creación de Dios, fuera de los espíritus malignos y los
hombres que rechazaron la luz, y aun estos se someterán a la
fuerza, ya que no quisieron hacerlo voluntariamente. Aparte
estas
salvedades, el alcance de la reconciliación es universal, según
lo hallamos expresado en el pasaje de fundamental
importancia de Colosenses 1:20-22: <<Y por medio de Él
[Cristo] reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en
la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz
mediante la
sangre de su cruz. Y a vosotros también, que erais en otro
tiempo extraños y enemigos…>> No se mencionan las cosas
que están debajo de la tierra, o sea, los elementos asociados
con la rebelión del diablo. ¡Bendito día aquel cuando nada ni
nadie se opondrá a la voluntad de Dios!
PREGUNTAS
1. ¿Qué relación existe entre la propiciación y la reconciliación?
¿Por qué es tan necesaria ésta?
2. En los pasajes citados en este capítulo, de las epístolas
Romanos, 2° Corintios, Efesios, y Colosenses, se emplean
varias frases para indicar el medio de la reconciliación.
Detállense las frases y dense las referencias.
3. ¿Cuáles efectos prácticos de la reconciliación deben verse
en la vida y servicio del creyente? Apoye su contestación
con textos bíblicos.
Capítulo 11
LA SALVACIÓN
I. Definición
La palabra <<salvación>>, con el verbo correspondiente, expresa
la idea de la liberación de un peligro personal. Tenemos un claro
ejemplo, en la esfera natural, cuando Pedro empezó a hundirse al
procurar andar sobre las aguas, y exclamó: <<Señor, ¡sálvame!>>.
La mano del Señor se extendió y le puso a salvo, de modo que el
incidente destaca tanto la idea fundamental de la salvación como a la
persona del SALVADOR (Mt. 14:30). La pérdida de la salud es un
peligro de carácter especial, de modo que el verbo se emplea con
frecuencia en relación con los milagros de sanidad del Señor Jesús.
Así dijo el Señor a la mujer sanada de su <<plaga>>: <<Hija, tu fe
te ha hecho salva>> (Mr. 5:34).
La palabra se emplea mucho en el Antiguo Testamento,
especialmente en los Salmos e Isaías, para señalar la obra de Jehová
al librar a Su pueblo de las gentes, y anticipa su salvación final en la
Segunda Venida de Cristo. En el Nuevo Testamento la palabra
<<salvación>> es el termino más amplio que aparece para
representar toda la obra de Dios a favor de los suyos hasta tenerlos a
todos en Su presencia, libres para siempre aun de la presencia del
pecado y fuera del alcance de la malignidad del diablo y de los
hombres perversos.
II. La base de la salvación
Es la obra de Cristo en la Cruz: véase especialmente el capítulo
7 sobre la propiciación y la expiación. En primer término, para que
fuese posible que una salvación se manifestara, las exigencias de la
justicia de Dios, tuvieron que quedar satisfechas; en segundo lugar,
fue necesario arrancar de la mano del Enemigo sus dos grandes
armas: el pecado y la muerte. El señor anuncio el propósito de Su
ministerio en términos de salvación: <<El Hijo del Hombre vino para
buscar y salvar lo que se había perdido>> (Lc. 19:10 con Mt 27:42).
III. La persona del Salvador
Los grandes actos de Dios a favor de Israel en el Antiguo
Testamento se llevaban a cabo por medio de instrumentos humanos,
que se llamaban <<salvadores>>, como, por ejemplo, José. Moisés,
Gedeón, Jefté, David, etcétera, que eran figura de Aquel que había de
venir (Neh. 9:27). Conocidísimo es que el nombre de <<Jesús>>
quiere decir <<Jehová el Salvador>>, y que se le dio por indicación
angélica, porque: <<El salvará a su pueblo de sus pecados.>> Lucas
se deleita en presentarnos a Jesús como el que se acerca a los
necesitados en Su carácter de Salvador universal.
IV. El medio de recibir la salvación
La salvación tiene su origen en la gracia de Dios y se recibe por
la fe del pecador arrepentido: <<Porque por gracia sois salvos por
medio de la fe>> (Ef. 2:8). Un buen ejemplo es el carcelero de Filipos
(Hch. 16:30 y 31), pero se ilustra en los muchos casos de los
necesitados que acudieron al Señor, durante Su ministerio terrenal.
Volveremos a este tema en un estudio sucesivo sobre <<la gracia, la
fe y las obras>> (capítulo 13).
V. El alcance de la salvación
Ya hemos notado que es el aspecto más amplio de la obra de
Dios a favor de los hombres. Potencialmente, la gracia de Dios trae
salvación a todos los hombres (Tit. 2:11), pero la incredulidad
levanta una barrera entre Dios y el hombre e impide que la corriente
salvadora de la gracia llegue efectivamente al hombre rebelde y
falto de fe. En relación con el creyente, notemos las tres etapas de
la
salvación.
A. Pasada. La salvación del alma, en cuanto a su liberación de la
condenación, es completa y eternamente segura desde el
momento en que confiamos en el Salvador: <<El que cree en
mi tiene vida eterna>>, dice el Señor (Jn 6:47). Considérense
las citas siguientes: Efesios 2:8; 2° Timoteo 1:9; Tito 3:4 y 5.
En versículos como 1° Pedro 1:9 y 10; Hebreos 5:9 y Judas 3,
la palabra abarca toda la obra de Dios a favor del creyente.
B. Presente y continua. Es voluntad de Dios que Su obra salvadora
se manifieste plenamente en las vidas de los creyentes. Este
tema roza con el de la santificación que se tratara en el
capítulo 17, pero podemos notar aquí los textos que lo
relacionan con la salvación. <<Ocupaos en [llevad a cabo]
vuestra propia
salvación con temor y temblor>> (Fil 2:12); es decir, todos los
efectos de la salvación, que ya es nuestra, han de cumplirse y
manifestarse en un sentido análogo. <<Anhelad, como niñitos
recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por
ella crezcáis para salvación>> (1 P. 2:2); o sea, para una vida
espiritual plenamente desarrollada. (Véase también 2 Ti. 3:15;
1Co. 15:2; 1Ti. 4:16; He. 7:25; Stg. 1:21.) Es una salvación
presente y progresiva, por la cual el poder divino que fruye de
la cruz y de la resurrección, aplicado al creyente por el Espíritu
Santo, hace efectiva su liberación del dominio del pecado y le
prepara para el destino eterno propuesto por Dios.
C. Futura. Aún gemimos este cuerpo sintiendo tanto los impulsos
de la carne por dentro como la presión del mundo por fuera,
pero somos <<guardados por el poder de Dios mediante la fe,
para alcanzar la salvación que está preparada para ser
manifestada en el tiempo postrero>> (1 P 1:5). En este sentido,
<<ahora está más cerca nuestra salvación que cuando
creímos>> (Ro. 13:11). La salvación completa se relaciona con
la Venida del Señor (1 Ts. 1:9 y 10; 5:8 y 9) y abarca toda la
obra de Dios en cuanto a la totalidad del hombre, ya que
recibirá, en la primera resurrección, un cuerpo glorificado por
medio del cual se cumplirá todo el propósito de Dios en orden
al hombre (1 Co. 15:42-55). Todas las posibilidades de la
personalidad del hombre han de desarrollarse en el estado
eterno sin estorbo y dentro de la voluntad de Dios, y se
manifestará todo el sentido del decreto original: <<Hagamos al
hombre a nuestra imagen…>>
VI. La seguridad eterna del creyente
La vida triunfal del Señor y Su obra a la diestra de Dios son la
garantía de nuestra salvación eterna: <<Porque si siendo enemigos,
fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más,
estando reconciliados, seremos salvos por su vida>>;<<Éste
[Cristo]… tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede salvar
también perpetuamente a los que por él se acercan a Dios>> (Ro.
5:9 y 10; He. 7:24 y 25). (Véase también Jn. 5:24; 10:28-30; Ro.
8:29-39; 1 Jn. 5:13; Ro. 8:1, etc.)
PREGUNAS
1. Dense tres ilustraciones de la obra salvadora de
Cristo durante Su ministerio terrenal.
2. Explique lo que se quiera decir por salvación pasada,
presente y futura, ilustrando su contestación con los textos
apropiados.
3. Si alguien le dijera que la salvación no es eterna, sino que
depende de nuestra fidelidad al Señor en cada momento,
¿Cómo demostraría lo contrario?
Capítulo 12
LA REGENERACIÓN O EL NUEVO
NACIMIENTO
I. Definición
Este término, la <<regeneración>>, es la aplicación de la figura
del nacimiento humano a la esfera espiritual.
Hubo un momento en que empezamos a vivir en este mundo, y,
de igual forma, hubo necesariamente un momento en que el
creyente, antes <<muerto en delitos y pecados>>, empezó a vivir
espiritualmente.
La palabra más frecuente en el Nuevo Testamento es
<<engendrar>>, refiriéndose a Dios como Fuente de la vida nueva, y
<<engendrado>>, en relación con el ser que ha recibido la vida. Es
muy frecuente en los escritos del apóstol Juan, y se traduce a
menudo en la versión Reina-Valera por <<nacer>> y <<nacido>>
(Jn. 1:12 y 13; 1 Jn. 2:29; 3:9; 4:7; 5:1, 4 y 18).
II. La necesidad del nuevo nacimiento
Las Escrituras no enseñan que el hombre caído guardara un
pequeño residuo de vida espiritual, que pudiera desarrollarse en una
vida completa por sus propios esfuerzos o por los de otros seres
humanos. Antes, al contrario, declaran que el hombre caído, se halla
en un estado de muerte espiritual (Ef. 2:1-3). La personalidad
humana persiste, desde luego, como también la posibilidad de una
nueva vida; pero ésta ha de recibirse de Dios por los medios que Él
mismo determina (Tit. 3:4 y 5). De ahí la conocida declaración del
Señor a Nicodemo: <<Os es necesario nacer otra vez.>> La carne
solamente puede engendrar <<carne>>, y solo el Espíritu puede
producir lo espiritual (Jn. 3:6).
III. La fuente de la vida nueva
El apóstol Pedro declara: <<Dios… nos hizo renacer para una
esperanza vida, por la resurrección de Jesucristo de los muertos>>
(1 P. 1:3). La resurrección del Señor presupone Su muerte expiatoria.
Por su muerte, que fue la muerte de todos, el Salvador quito el gran
obstáculo que impedía la manifestación de la vida. Por Su
resurrección, Cristo <<quito la muerte y sacó a la luz la vida y la
inmortalidad por el Evangelio>> (2 Ti. 1:10). Los infinitos tesoros de
la vida de resurrección están ya a la disposición de todo creyente.
IV. El medio de la regeneración
Ya hemos visto que sólo Dios puede dar la vida, de la cual es
fuente y origen, y que ha hecho posible su transmisión en la obra
salvadora de Cristo (Jn. 1:12 y 13; Stg. 1:18). Ahora bien, existen
condiciones de parte del pecador que se señalan claramente en las
Escrituras.
A. La semilla es la Palabra de Dios: <<Siendo renacidos, no de
simiente corruptible, sino de incorruptible, por la Palabra de
Dios que vive y permanece para siempre>> (1 P. 1:23; Stg.
1:18). Es el mensaje divino que llega a los oídos y al corazón
del pecador por el testimonio del Evangelio el que puede
transmitir la vida.
B. Solamente el Espíritu vivificador puede hacer germinar
la semilla de la Palabra (Jn. 3:5, 6 y 8).
C. De parte del hombre las condiciones son el arrepentimiento y
la fe. El significado de la palabra <<agua>> en Juan 3:5 es
muy discutido. Descartamos en seguida la idea de la
<<regeneración bautismal>> por el agua del bautismo, por ser
contraria a lo más esencial de las enseñanzas del Nuevo
testamento. Podría ser símbolo de la <<Palabra>>, como en
Efesios 5:26, o una referencia al bautismo del arrepentimiento
de Juan el Bautista, cuyo significado conocería perfectamente el
<<maestro de Israel>>.
El <<arrepentimiento>> (metanoia) es <<un cambio de
mente, o de actitud>> de parte del hombre; vuelve las espaldas
al pecado y dirige su rostro a Dios. Entonces, positivamente, se
entrega con fe al Salvador presentado en el mensaje del
Evangelio, y el Espíritu de Dios vivifica la <<Palabra>> y se crea
en la personalidad del hombre una nueva vida, que es
<<engendrada de Dios>>. El modo del nuevo nacimiento se
explica en lo restante del capítulo 3 de Juan.
V. Las consecuencias del nuevo nacimiento
A. Una nueva relación con Dios. (Véase otra vez Jn. 1:12) Se ha
conferido al creyente una nueva dignidad: la de ser hijo de Dios
y pertenecer a la familia del Altísimo. Solamente los
<<engendrados>> tienen derecho a mirar a Dios y llamarle
<<Padre nuestro>>. Juan emplea el hermoso termino de tekna
(los <<nacidos>>), pues subraya el hecho de nuestra relación
con el Padre por el nacimiento, Pablo se deleita en otra palabra:
huioi (hijos consientes y adultos), y generalmente la relaciona
con nuestra adopción, que tiene que ver con nuestros
privilegios y responsabilidades como hijos de Dios.
B. Una nueva vida. La naturaleza, recibida de Dios, existe en
nuestra personalidad al lado de la vieja naturaleza (la
<<carne>> o <<el viejo hombre>>) heredada de Adán por el
nacimiento natural, pero la nueva naturaleza debe prevalecer,
y el apóstol Juan saca unas consecuencias profundas del hecho
de ser engendrados de Dios: 1) El engendrado de Dios no peca
y vence al mundo (1 Jn. 1:9; 5:4 y 18; y 2) implica la
manifestación practica de la justicia del amor fraternal (1 Jn.
2:29; 4:7). Pablo deduce la doctrina de la santificación del
hecho de nuestra unión con Cristo en Su muerte y en Su
resurrección (Ro. Cap. 6). Juan la deduce del hecho
fundamental de nuestra participación en la naturaleza de Dios.
(Compárese también con el punto de vista de Pedro, 2P. 1:3 y
4.)
PREGUNTAS
1. ¿Por qué necesita el hombre un nuevo nacimiento y
qué significa tal ideal?
2. ¿Cuáles son los medios que Dios emplea para regenerar
a una persona y qué tiene que hacer ésta para recibirlo?
Apoye su contestación con textos bíblicos apropiados.
3. ¿Cuáles son las consecuencias del nuevo nacimiento
en relación con Dios y en la nueva vida recibida en Él?
Capítulo 13
LA GRACIA, LA FE Y LAS OBRAS
I. Definición
En estudios anteriores hemos hecho referencia repetidas veces a
los grandes conceptos de la GRACIA divina y la FE, con el principio
opuesto de las OBRAS muertas de los hombres (He. 6:1; 9:14), pero
es conveniente volver a definirlos en este estudio buscando la
relación que existe entre ellos, pues de la debida compresión de
estos términos, relacionados con la obra de la Cruz, depende la
eficacia y la claridad del anuncio del Evangelio.
La gracia divina es el favor de Dios, al impulso de Su amor,
hacia el hombre que nada ha merecido, de modo que llega a ser la
fuente de donde fluye el caudaloso rio de la salvación en todos sus
aspectos, y el origen de todo bien para el hombre. La gracia divina es
mucho más que una mera benignidad, pues tratándose del favor del
Dios soberano y omnipotente, pone en movimiento todos los recursos
de la divinidad y lleva a feliz término todos sus buenos propósitos en
orden al hombre. De la fuente de la gracia brota la obra de la Cruz, la
gloria de la Resurrección, el descenso del Espíritu Santo, la formación
de la Iglesia, la derrota final del mal y la inauguración de la nueva
creación.
La fe (aparte ciertos sentidos secundarios) es el complemento
en el hombre de la manifestación de la gracia de parte de Dios. La
rebeldía y la incredulidad oponen una barrera a la operación de la
gracia divina; la fe hace que el hombre acepte el mensaje de Dios y
descanse totalmente en la persona de Cristo, ofrecida en el Evangelio
como única base de la fe verdadera, permitiendo así que la obra de
gracia se realice en el corazón del creyente. La confianza del alma en
Cristo, que es la esencia de la fe, establece una unión vital entre
Cristo y aquel que acude a Él, de tal forma que todo lo que es Cristo,
y todo el valor de Su obra, llega a ser la posesión personal e
inalienable del creyente.
Las obras del hombre son las actividades del hombre carnal, ora
sean <<malas>> ora sean <<buenas>> según el criterio del
hombre caído. Es fácil comprender que las malas obras acarrean
condenación
y muerte, pero las Escrituras enseñen con igual claridad que aun las
<<buenas obras>> del hombre carnal son inútiles para conseguir la
salvación y pueden llegar a ser un estorbo para recibir con fe la obra
de Dios en Cristo, ya que, obrando el hombre, no de ja de obrar a
Dios. El Evangelio exige que el hombre se rinda sin condiciones a
Dios, y que extienda sus manos vacías para recibir de Él la vida
eterna.
II. La gracia divina
Partiendo de la base de la definición que ya hemos adelantado,
podemos notar lo siguiente:
A. El origen de la gracia. <<Gracia y paz a vosotros, de Dios
nuestro Padre y del Señor Jesucristo>> (Ro. 1:7). He aquí la
hermosa y típica frase con la cual Pablo solía saludar a las
iglesias y a sus colaboradores en la obra, y que nos hace ver
que el Padre y el Hijo Jesucristo son conjuntamente los autores
de la gracia, que fue provista por el Padre, traída y manifestada
por el Hijo y hecha eficaz en el corazón del creyente por el
Espíritu Santo (Jn. 1:17; 2 Ti. 1:9; He. 2:9; 10:29). De paso
podemos notar que las salutaciones de Pablo son una
demostración de la divinidad del Señor Jesucristo, ya que es
inconcebible que la gracia procediera de quien no fuese Dios.
B. El alcance de la gracia. 1) Potencialmente pone la salvación
al alcance de todos los hombres: <<Porque la gracia de Dios
se ha manifestado para salvación a todos los hombres…>>
(Tit.
2:11). 2) Basta para la salvación del peor de los pecadores que
se arrepiente y cree en Cristo, según el ejemplo que tenemos
en la conversación de Saulo de Tarso (1 Ti. 1:12-16). Véase
también Lc. 23:39-43. 3) Como consecuencia lógica de la
definición que hemos adelantado se relaciona con todos los
aspectos de la obra de Dios a favor de los hombres (Ro. 3:24;
Ga. 1:15; Hch. 15:11; Ef. 2:5-8, etc.). 4) Convierte el trono de
juicio en trono de gracia para el creyente, y es la fuente de todo
consuelo y de su socorro (He. 4:16; 2Co. 12:9). 5) Es el poder y
la sustancia de todos los dones, que se llaman charismata, o
sea, <<operaciones de gracia>>, como también de todo
servicio eficaz (1 Co. 15:10; Ro. 12:6). Todo esto se incluye en
<<las abundantes riquezas de su gracia>> (Ef. 2:7).
C. El ejemplo excelso de la gracia. <<Porque ya conocéis la
gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se
hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza
fueseis
enriquecidos>> (2 Co. 8:9). ¡Tal es la gracia que ha de
reflejarse en la vida de los creyentes! (2 P. 3:18).
III. La fe
A. Significado de la fe. La palabra griega pistis (<<fe>>) y el
verbo correspondiente (pisteno) se emplean casi 500 veces en
el Nuevo Testamento, lo que da la medida de la importancia
del principio que hemos señalado arriba. Aparte de algunos
casos secundarios en que significa <<fidelidad>>, se pueden
distinguir dos aspectos muy relacionados en el uso de estas
palabras: 1) Por un movimiento del ser humano, en el que
entra tanto la inteligencia como la voluntad, se asiente a la
declaración del Evangelio; y 2) por un acto análogo, el alma
confía totalmente en la persona del Salvador. <<La fe viene
por el oír; y el oír, por la palabra de Dios>> (Ro. 10:17); pero la
recepción del mensaje para ser confianza total en una persona:
<<Yo sé a quién he creído…>> (2 Ti. 1:12). Abraham recibió la
promesa de Dios, pero su justificación resulto de su fe en Dios:
<<Y creyó Abraham a Dios y le fue atribuido a justicia.>> Por
padre de muchas gentes te he puesto: delante de Dios al cual
creyó…>> (Ro. 4:3, 17).
B. La fe es el medio de la salvación en todos sus aspectos. Como
hemos visto, es la actitud del hombre que corresponde a la
gracia que procede de Dios y nace de la compresión de la
nulidad de todo esfuerzo humano, combinando con la visión de
la suficiencia total de Dios y de su obra en Cristo. Dios por Su
gracia ofrece la salvación al hombre; este por su fe la hace
suya. No puede haber verdadera fe sin la humildad, y por eso el
Señor declara que hemos de volvernos como niños para entrar
en Su Reino (Mt. 18:3; Hch. 16:30 y 31; Jn. 3:16-18, etc.).
C. Sin la fe no puede haber poder ni bendición en la vida del
creyente. El mismo principio que nos une con Cristo para recibir
la salvación, mantiene el contacto con Dios a los efectos de
todos los aspectos de la vida y del servicio cristiano, hasta tal
punto que Pablo declara: <<Todo lo que no proviene de la fe es
pecado>> (Ro. 14:23; véase también He. 11:6). A la fe que nos
relaciona con Dios, corresponde el amor que nos pone en
contacto con el hombre: así que <<la fe obra por el amor>>
(Gá. 5:6). Si la fe se debilita, el contacto con Dios se dificulta, y
el poder divino no fluye ni se manifiesta en la vida del creyente.
Al hombre de fe que se halla en los caminos de la voluntad de
Dios, todo le es posible (Mr. 9:23; Lc. 17:5 y 6).
IV. Las obras humanas
A. Las obras humanas surgen de la <<carne>>. La actividad
total del hombre caído surge de la <<carne>> (la vieja
naturaleza del hombre heredada de Adán), y los que están en
la carne no pueden agradar a Dios (Ro. 8:7 y 8). Por
consiguiente, no solo las obras malas del hombre son
abominables delante de Dios, sino que también sus mejores
justicias son como <<trapos de
inmundicia>> (Is. 64:6), ya que es un hecho real que todos los
hombres se han descarriado como ovejas y que ninguno, por
naturaleza, es justo delante del divino Juez (Is. 53:6; Ro.3:10 y
12). Ya hemos visto en el capítulo 5 que eso no quiere decir
que el hombre sea incapaz de realizar actos nobles en relación
con sus semejantes, sino que toda obra humana lleva en si el
germen del pecado inherente en el hombre y no puede
presentarse delante de Dios en estas condiciones.
B. Son inútiles para la salvación del hombre. El apóstol Pablo,
haciendo referencia a las obras de la Ley, dice
enfáticamente
que si al hombre le fuese posible conseguir la justificación (o la
salvación) por su bien hacer, <<entonces por demás murió
Cristo>> (Gá. 2:21). El Señor Jesús <<consumó>> la obra de
salvación en la Cruz, y el pobre pecador no puede añadir nada
a ella para salvarse: <<no por obras, para que nadie se
gloríe>> dice la Palabra de Dios (Ef. 2:9; véase 2 Ti. 1:9; Tit.
3:5).
C. Son un obstáculo para el hombre religioso, ya que este confía
en sus propios méritos y no acepta por fe la salvación que Dios
le ofrece gratuitamente en la persona de Su Hijo Jesucristo. Los
tales pretenden justificarse a sí mismos; pero Dios no los puede
aceptar en su actitud orgullosa. Dijo el Señor a los religiosos
fariseos: <<Vosotros sois los que os justificáis a vosotros
mismos delante de los hombres; más Dios conoce vuestros
corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime,
delante de Dios es abominación>> (Lc. 16:15). Esta actitud de
justicia propia fue el gran obstáculo para el pueblo de Israel
(Ro. 10:3; véase también Lc. 18:9-14).
D. Las buenas obras en el poder del Espíritu Santo son el fruto de
la vida nueva. Desde luego lo dicho hasta aquí no quiere decir
que Dios no desee las buenas obras del hombre, sino que estas
deben ser el resultado lógico de la nueva vida de aquellos que
por su fe han establecido contacto espiritual con el Señor Jesús,
el autor de la vida y, por lo tanto, el orden establecido
divinamente es éste: primero aceptar la vida; luego producir los
frutos de justicia por el poder del Espíritu Santo que nos es
dado al creer (Gá. 5:22). Pablo dice que no somos salvos por
medio de nuestras obras, pero sí que el creyente, ya salvo, está
llamado a andar en buenas obras, <<las cuales Dios preparo
de antemano para que anduviésemos en ellas>> (Ef. 2:9 y 10;
véase Mt. 5:13-16; Hch. 26:20; Col. 1:10, etc.). Hacer obras
para salvarnos es hacer lo contrario d lo que Dios ha dispuesto:
es poner el carro delante del caballo.
E. La justificación por las obras. Es muy cierto que, delante de
Dios, lo que justifica al hombre es la fe en Cristo, quien murió y
resucito a favor del pecador; pero, esta justificación no es
meramente legal, sino vital, por la íntima unión con el Señor (1
Co. 6:17); luego las obras en el creyente son las que justifican
públicamente su fe verdadera en el Señor Jesús. Son la
expresión de vida de uno que, habiendo estado muerto, ha
revivido; desde luego, la única prueba de la vida nueva de un
resucitado es que de señales de esa vida; de no ser así no
creeríamos. Este es el pensamiento de Santiago cuando escribe
su epístola (Stg. 2:14-26). Abraham, por ejemplo, fue
justificado (termino legal) delante de Dios cuando creyó (Gn.
15:6), mientras que años más tarde <<justificó>> su fe
sincera cuando, en obediencia a Dios, ofreció a su hijo Isaac
sobre el altar (Gn. 22). <<Sus obras mostraron su fe>>
<<Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también
la fe sin obras está muerta>>
PREGUNTAS
1. Hágase una definición de la gracia, ilustrando
su contestación con algunas citas apropiadas.
2. ¿Cómo puede ser la fe el medio de la salvación y no las
obras? Apoye su contestación con textos apropiados
3. Explíquense, con ejemplos bíblicos, lo que quiere decir la
justificación por las obras.
Capítulo 14
LA RESURRECCIÓN DE CRISTO
I. El hecho histórico de la resurrección de Cristo
Por la resurrección de Cristo ha de entenderse que el cuerpo del
Señor Jesús, que fue muerto realmente en la Cruz y sepultado en una
tumba, fue levantado por Dios al tercer día, sueltos los dolores de la
muerte (Mt. 28; Mr. 16; Lc 24; Jn. 20 y 21).
A. La resurrección de Cristo, profetizada
La muerte de Cristo pro los pecados de los hombres y Su
resurrección de entre los muertos eran las doctrinas básicas de la
predicación del Evangelio en boca de los apóstoles. Dice Pablo:
<<Cristo murió por nuestros pecados… y resucito al tercer día,
conforme a las Escrituras>> (1 Co. 15:1-3). Estas últimas
palabras del apóstol indican que la resurrección del Señor Jesús ya
estaba profetizada en el Antiguo Testamento. En figura, se halla
implícita en el sacrificio de Isaac (Gn. 22:1-13; He. 11:17-19) y en el
caso de Jonás (Jon. 2; Mt. 12:39 y 40). Proféticamente, esta
emprendida en las palabras de Isaías (53:10): <<Cuando haya
puesto su vida en expiación por el pecado, vera linaje, vivirá por
largos días…>> Por último en el Salmo 16. David, hablando en
nombre de Cristo, escribe: <<No dejaras mi alma entre los
muertos, ni permitirás que tu Santo vea corrupción>> (Versión
Moderna). Estas palabras son interpretadas por los apóstoles
Pedro (Hch. 2:23-31) y Pablo (Hch. 13:35-37) como una profecía
explicita de la resurrección del Señor (véase Lc. 24:46).
B. Las pruebas del hecho de la resurrección
de Cristo
Existen pruebas suficientes en los relatos de los evangelistas que
evidencian la realidad de la resurrección del Señor, ya que todos ellos
nos dan numerosos pormenores tocante a esta doctrina: y en cuanto
a las aparentes discrepancias respecto a ciertos puntos, son una
bagatela referente al HECHO CENTRAL de que Cristo se levantó real y
verdaderamente de entre los muertos. Sin embargo, ha habido
críticos, y los hay, que no han querido admitir la evidencia del milagro
máximo. Éstos tratan de defender las hipótesis siguientes:
1. <<Los discípulos robaron el cuerpo del Señor, e inventaron
la especie de que había resucitado>> Esta
<<explicación>> hace caso omiso de toda la evidencia,
porque:
a) ¿Cómo pudieron los discípulos extraer el cuerpo ante
los ojos de los soldados romanos?
b) ¿Por qué estaban dispuestos a morir por una superchería
manifiesta?
c) Si los soldaos estaban durmiendo (Mt. 28:13), ¿Cómo
sabían ellos que lo habían robado los apóstoles?
2. <<El señor no murió en la Cruz, sino que sufrió un
desmayo, y en tal estado José lo coloco en la tumba. Por la
mañana, recobrando las fuerzas, salió>> Esta teoría no
concuerda con el relato evangélico, ya que Juan el apóstol da
testimonio solemne de a ver visto como un soldado romano
traspaso con una lanza el costado Señor Jesús (Jn.
19:34-37).
3. <<Los discípulos, influidos psicológicamente por sus
grandes deseos de volver a ver a Jesús, sufrían una serie de
alucinaciones, de modo que las manifestaciones no tenían
más que una realidad subjetiva, y no constituyen hechos
reales>> Esto podía suceder en el caso de que los discípulos
hubiesen puesto su confianza en la resurrección inmediata
de su Maestro; pero, lejos de esto, ninguno de ellos
esperaba que Cristo resucitase; al contrario, estaban
desanimados y tenían miedo de los judíos (Jn. 20:19). Las
mujeres vinieron al sepulcro, el primer domingo cristiano, no
para ver la tumba vacía, sino para embalsamar el cuerpo
para su largo sueño. Tan cierto es ello, que se preguntaban
ansiosas quien les removería la piedra de la entrada del
sepulcro para entrar en el (Mr. 16:3). María Magdalena corrió
a decir a los discípulos no que Él había resucitado, sino que
Su cuerpo había sido quitado y que no sabía dónde lo habían
puesto (Jn. 20:1 y 2). Cuando los apóstoles se reunieron, se
<<estaban lamentando y llorando>> (Mr. 16:10). Cuando
las mujeres dijeron a los otros discípulos que Cristo había
resucitado y que se les había apareció, no lo creyeron; y,
ante Su manifestación, dudaron (Mt. 28:17; Mr. 16:11-13;
Lc. 24:11). Juan declara que <<no conocían la Escritura,
que Él hubiera de resucitar de entre los muertos>> (Jn.
20:9). ¿Podría haber otra cosa más patética que las palabras
de los dos discípulos que iban a Emaús?: <<Pero nosotros
esperábamos que Él era el que había de redimir a Israel…>>
4. <<Toda la historia de la resurrección es un mito, que
encierra hondas verdades espirituales, pero nada de
ello tiene categoría historia.>> Basta contestar que un
<<mito>> necesita siglos para <<incubarse>>, pero la
doctrina de la resurrección se predicaba a las pocas
semanas del hecho. Además, si la resurrección es un mito.
¿Por qué no presentaban los judíos el cuerpo de Jesús al
pueblo para disipar las dudas?
5. <<Los discípulos vieron un espíritu, que se hacía visible a la
manera de las evocaciones espiritistas.>> Tal teoría no
explica la tumba vacía. ¿Qué se hizo, entretanto, del cuerpo
del Señor Jesús? Él sabía que los discípulos podían creer que
se manifestaba a ellos en <<espíritu>> solamente, y por
eso les demostró la realidad de Su cuerpo resucitado (Lc.
24:34-40; Jn. 20:27-29).
Los evangelistas refieren las diversas manifestaciones (diez por
lo menos) del Señor a los suyos después de haber resucitado. Todas
ellas se hicieron bajo las más variadas condiciones y circunstancias.
Lucas. El autor del libro de Los Hechos, escribe diciendo: Jesús
<<después de haber padecido se presentó vivo con muchas
pruebas indubitables, apareciéndoles por cuarta días>> (Hch. 1:2;
véase 13:31). Una de estas pruebas indiscutibles es la que declaro el
apóstol Pedro en su predicación en casa de Cornelio: <<A éste
[Jesús] levantó Dios el tercer día, e hizo que se manifestase… a los
testigos que Dios había ordenado de antemano, a nosotros que
cominos y bebimos con El después que resucito de los muertos>>
(Hch. 10:40 y 41). En efecto, el Señor resucitado <<comió>> y
<<bebió>> con ellos (véase Lc. 24:41-43; Jn 21:1-14).
El testimonio del apóstol Pablo es de un valor incalculable. El
señor resucitado y glorificado se le apareció también a él, lo que le
constituye en testigo ocular de Su resurrección, como los demás
apóstoles. Su testimonio nos llega a través de un auténtico
documento de su puño y letra (1 Co. 15, epístola incontrovertida por
los críticos). Para confirmar lo que dice, apela al testimonio de los
supervivientes de <<más de 500 hermanos>> que le vieron en una
sola ocasión. Es indudable que todas las pruebas de credibilidad
pueden aplicarse con éxito a este testimonio.
Debemos considerar, además, como prueba amplia e
irrefutable, la repentina y total transformación moral de los testigos,
y la formación inmediata de la Iglesia. En Jerusalén, los aterrados y
fugitivos discípulos que habían negado a su Señor se reúnen de
nuevo y, con intrépido coraje, proclaman esta <<antipática>>
Cotrina de la resurrección, con el resultado de que se convierten
millares de personas (Hch. 1:8; 2:32; 3:15; 4:20 y 33; 5:32, etc.).
Aquellos testigos ya no hacen caso ni de peligros ni aun de la muerte.
Ahora bien, el fraude no produce tales ejemplos de valentía ni la
desilusión crea reinos de celestial poder. Un árbol no puede producir
otro fruto que el correspondiente a su especie. Así ocurrió con los
mártires cristianos: el fruto que ellos produjeron tuvo por causa
eficiente la fe en la resurrección de Jesús.
Los creyentes podemos descansar en una sobria certidumbre, y
exclamar con voz de triunfo, al unisonó con Pablo: ¡Cristo ha
resucitado de los muertos…! (1 Co. 15:20).
II. Importancia de la resurrección de Cristo
La resurrección de Cristo es de tal importancia que el
cristianismo se derrumba si esta cae y se mantiene en pie si esta se
mantiene enhiesta. Considerando el asunto llenamente y sin rodeos,
diremos que, si la resurrección tuvo lugar, es fácil la aceptación de
los otros milagros de Cristo, pues todas las esperanzas del cristiano
están fundadas, precisamente, en este hecho; pero <<si Cristo no
resucitó, se sigue que no era el Hijo de Dios, y en ese caso el mundo
se halla desolado, el cielo vacío, el sepulcro oscurecido y el pecado
sin solución; con el corolario de que la muerte será eterna>>
(Mullins). El apóstol Pablo declara terminantemente que << si Cristo
no resucito, vana es entonces nuestra predicación, vana es también
vuestra fe. Y somos hallados falsos testigos de Dios… si Cristo no
resucito… aun estáis en vuestros pecados… Si en esta vida
solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de
conmiseración de todos los hombres>> (1 Co. 15:14-19).
III. La resurrección de Cristo en relación con la
vida del creyente
Todos los aspectos de la vida del cristiano dependen del gran
acontecimiento de la resurrección de Cristo, según vemos a
continuación:
A. La justificación: <<Jesús, nuestro Señor, el cual fue entregado
por nuestras transgresiones y resucitado para nuestra
justificación>> (Ro. 4:25); o sea, que la perfecta justificación
que a favor de los hombres consiguió Cristo en Su muerte
expiatoria fue la causa por la que pudo romper los lazos de la
muerte y salir a la vida de resurrección.
B. La salvación: <<Si confesares con tu boca que Jesús es el
Señor, y creyentes en tu corazón que Dios le levanto de los
muertos, serás salvo>> (Ro. 10:9), ya que la resurrección es la
consumación de la totalidad de la obra de la Cruz.
C. La regeneración: El apóstol Pedro escribe: <<Bendito el Dios y
Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande
misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la
resurrección de Jesucristo de los muertos>> (1 P. 1:3); pues la
resurrección de Cristo es la fuente y el origen de la vida nueva
del creyente.
D. El bautismo cristiano, en el cual, después de haber sido
sumergido Enel agua, el creyente sube de ella y
anuncia
simbólicamente su identificación con la vida de resurrección del
Señor Jesucristo (Col. 2:12; 1 P. 3:21).
E. La vida de fe del creyente fiel, ya que da por muerto todo lo
natural para confiar plenamente en Dios <<que levantó de
los muertos a Jesús, Señor nuestro>> (véase los cosos típicos
de Abraham y Pablo: Ro. 4:17-24; 2 Co. 1:9).
F. La santificación: El apóstol Pablo habla del cristiano como
identificado con Cristo en Su muerte y en Su vida gloriosa de
resurrección, exhortando a que todos los creyentes consideren
este hecho como la única base de separación del pecado
<<Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero
vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro>> (Ro. 6).
G. La resurrección de Cristo es el secreto de toda manifestación
del poder divino en el creyente: <<… para que sepáis… cual
[es] la supereminente grandeza de su poder [de Dios] para con
nosotros los que creemos, según la operación del poder de su
fuerza, la cual opero en Cristo, resucitándole de los
muertos…>> (Ef. 1:18-21 y Fil. 3:10).
H. Nos traslada a las esferas espirituales en solidaridad con Cristo:
A los ojos de Dios, lo que Él realizo en la persona de Su Hijo a
favor de los hombres es una realidad desde ahora para
nosotros los creyentes, de tal manera que Pablo declara:
<<Dios… nos dio vida juntamente con Cristo… con él nos
resucito, y, asimismo, nos hizo sentar en lugares celestiales con
Cristo Jesús>> (Ef. 2:4-6 con Col. 3:14).
IV. La resurrección de Cristo es la garantía de
la resurrección corporal del creyente
En efecto, la resurrección actual del cristiano es espiritual, más
en la venida de Cristo será corporal, la cual esta afianzada por la
resurrección previa del Señor Jesús. <<Mas ahora ha resucitado de
los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. Porque por
cuanto la muerte entro por un hombre, también por un hombre la
resurrección de los muertos… Pero cada uno en su debido orden:
Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo en su venida>> (1
Co. 15:20-23, con 6:14; Fil. 3:20 y 21; 1 Ts. 4:14-17).
PREGUNTAS
1. Cítense algunas indicaciones o profecías del Antiguo
Testamento que se refieren a la resurrección de nuestro Señor
Jesucristo, añadiendo un breve comentario.
2. ¿Cuáles son las principales objeciones humanas a la
resurrección corporal de Cristo y como se han de contestar
en base a la Palabra de Dios?
3. Señálese la importancia de la resurrección de Cristo.
Capítulo 15
LA PERSONA Y LA OBRA DEL ESPÍRITU
SANTO
I. El Espíritu Santo es la Santísima Trinidad
La Biblia no expresa de una manera dogmática la verdad
acerca del Espíritu Santo. Sin embargo, las muchas referencias a
él y a su obra pueden resumirse como sigue: El Espíritu Santo es
la tercera
<<Persona>> de la Deidad, quien procede desde la eternidad
del Padre (Jn. 15:26) y del Hijo exaltado (Jn. 16:7; Hch. 2:33; Gá.
4:6), siendo igual a ellos en esencia. No es una mera
<<influencia>> que emana de Dios, sino el agente inmediato en
toda la obra divina, tanto en la creación material como En el
espíritu del hombre, manifestando todos los atributos de una
<<personalidad>> en la formula bautismal (Mt. 28:19) y en la
bendición de 2° Corintios 13:14.
II. Los nombres del Espíritu Santo
Mucha de la doctrina referente al Espíritu Santo se puede
deducir de los nombres que le designan las Escrituras. Podemos notar
los siguientes: el Espíritu Santo (Lc. 11:13); el Parakleto: Abogado y
Consolador (Jn. 14:16 y 26); el Espíritu de Cristo (Ro. 8:9); el Espíritu
de Dios (Ro. 8:14); el Espíritu de Dios viviente (2 Co. 3:3); el Espíritu
del Hijo (Gá. 4:6); el Espíritu del Señor (2 Co. 3:17); el Espíritu Santo
de la promesa (Ef. 1:13); el Espíritu eterno (He. 9:14); el Espíritu de
gloria (1 P. 4:14); el Espíritu de gracia (He. 10:29); y el Espíritu de
verdad (Jn. 15:26).
III. El Espíritu Santo en el Antiguo Testamento
El Espíritu Santo aparece como agente divino en la creación:
<<… y el Espíritu de Dios se movía sobre [incubaba] la faz de las
aguas>> (Gn.1:2); es decir, que el daba energía, vida y calor a todo
lo creado; también es el agente divino en la renovación de la
naturaleza (Sal. 104:30), en la vida humana (Job. 33:4), en la
transformación moral del hombre (Zac. 12:10), en la resurrección
histórica del pueblo de Israel (Ez. 37:9), y en su avance espiritual (Jl.
2:28 y 29). El pasaje que lo representa más aproximadamente como
una Persona es Isaías 63:10: <<Contristaron su Espíritu Santo>>
(Versión Moderna). Los hombres que se formaron bajo la antigua
alianza experimentaron en ocasiones una fuerza física y un valor
superiores a los que podían esperar de sí mismos (Sansón, Jue.
14:6); o una capacidad mental y habilidad artística acrecentadas
extraordinariamente (Bezaleel, Ex. 31:1-3). La explicación de todo
ello es que el Espíritu de Jehová <<cayó>> sobre ellos, <<se
invistió>> en ellos, los <<llenó>>; en fin, obró poderosamente a su
favor. Aún más característica es una visión extraordinaria que
interpreta la realidad pasada y predice los sucesos futuros, o sea, la
inspiración profética (1 P. 1:10-12). El falso profeta Sedequías dijo a
Miqueas: << ¿Por dónde paso el Espíritu de Jehová de mí, para
hablar contigo?>> (1 Ro. 22:24, Versión Moderna).
El punto de enlace con el Nuevo Testamento es el futuro Mesías
altamente dotado con el Espíritu de Dios (Is. 11:2; 42:1; 61:1).
IV. La personalidad del Espíritu Santo
A. El Espíritu Santo es una persona, no una mera influencia,
emanación o manifestación. En las palabras del Señor Jesús a
los apóstoles en el cenáculo atribuye al Espíritu Santo acciones
propias de una persona: <<Yo rogare al Padre -dice-, y os dará
otro Consolador (o Abogado) … Mas el Consolador, el Espíritu
Santo…, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo
que yo os he dicho>> (Jn. 14:16 y 26). <<Cuando venga el
Consolador…, él dará testimonio de mi>> (Jn. 15:26). <<Y
cuando él venga convencerá al mundo de pecado, de justicia y
de juicio…, pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os
guiara a toda la verdad; porque no hablará por su propia
cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las
cosas que habrán de venir>> (Jn. 16:7-15).
Además, podemos notar que el Señor habla del pecado contra
el Espíritu Santo (Mt. 12:31). Como una persona divina que es,
se le puede <<contristar>> (Ef. 4:30), <<resistir>> y
<<hacerle afrenta>> (Hch. 7:51; He. 10:29). El Espíritu Santo
habla a los siervos de Dios dándoles indicaciones (Hch 8:29;
10:19 y 20); especifica el siervo de los santos (Hch. 13:2-4);
prohíbe (Hch. 16:6 y 7); intercede (Ro. 8:26 y 27) y ama (Ro.
15:30).
B. El Espíritu Santo es Dios. Esta verdad queda probada por los
muchos pasajes de las Escrituras en los que se identifica al
Espíritu Santo con la divinidad. Por ejemplo: El profeta Isaías
(6:8 y 9) dice que oyó la voz del Señor, y el escritor inspirado
Lucas, haciendo historia de Pablo en un momento cuando
éste se refirió a aquel pasaje de Isaías, escribe: <<Bien habló
el
Espíritu Santo por el profeta Isaías…>> (Hch. 28:25 y 26). Así,
pues, el Ser que habló era Dios el Espíritu Santo (cp. con Jer.
31:31-34 y He. 10:15). Otro caso muy notable es el pecado
cometido por el matrimonio Ananías y Safira, que motivó las
siguientes palabras del apóstol Pedro: << ¿Por qué llenó
Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo…? No
has mentido a los hombres, sino a Dios>> (Hch. 5:3, 4 y 9). La
afirmación es clara: mentir al Espíritu Santo es mentir a Dios.
Las escrituras atribuyen constantemente al Espíritu Santo los
atributos de Dios, como omnipotencia, omnisciencia,
omnipresencia y también su perfección suma: la santidad (Lc.
4:14; Ef. 3:16; Sal. 139:7-12; Job. 26:13; 33:4; 1 Co. 2:9-12;
6:11; 12:8-11; He. 9:14; Ro. 1:4; 8:11; 2 P. 1:21; Hch. 1:16;
20:28; Lc. 12:12; Ap. 2 y 3).
V. La obra del Espíritu Santo
A. En relación con la creación material. Su primera
manifestación en el mundo se describe en Génesis 1:2 <<El
Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas>>; y Job
exclama: <<Por su Espíritu adorno los cielos>> (Job 26:13).
B. En relación con la humanidad. La formación del hombre en
Génesis 2:7 se describe así: <<Entonces Jehová formó al
hombre del polvo de la tierra, y soplo en sus narices aliento de
vida>>. Las palabras en cursiva señalan la parte espiritual del
hombre, el cual fue formado por el Espíritu Santo: <<El Espíritu
de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida>>
(Job 33:4 con 27:3). Antes del diluvio, el Espíritu Santo
<<contendía>> con los hombres (Gn. 6:3).
C. Capacita a los hombres para la obra de Dios (véase los casos
de Bezaleel y Sansón referidos en el Apartado III).
D. En relación con las Sagradas Escrituras. 1) Su autor (1 P.
1:10-12; 2 P. 1:20 y 21; Hch. 1:16; 2 Ti. 3:16 y 17; Jn. 14:26;
16:12-15). Todos estos pasajes revelan la intervención del
Espíritu Santo en la redacción de las Escrituras,
<<impulsando>> y <<guiando>> a los escritores a la verdad,
y dando el <<aliento divino>> a los escritos. 2) Su interprete
(1 Co. 2:10; 1 Jn. 2:20, 27, etc.). La interpretación de las
Escrituras por medio del Espíritu Santo, sin embargo, no implica
la oposición a la gramita ni al contexto. Tampoco se puede
prescindir de los doctores, ya que éstos son dones concedidos
por Cristo a la Iglesia e instrumentos para la enseñanza bíblica
en manos del Espíritu Santo (Ef. 4:11 y 12; 1 Co. 12:28).
E. En relación con la persona de Cristo. El Señor Jesús fue
engendrado en el seno de la bienaventurada Virgen María por
obra y gracia del Espíritu Santo (Lc. 1:35), y fue <<ungido>>
con el Espíritu Santo para Su ministerio terrenal (Hch. 10:38).
Como ya hemos notado arriba, el Espíritu Santo es también el
Espíritu de Cristo, y todas las cosas pertenecientes al Señor
Jesús son administradas y reveladas al creyente por el Espíritu
Santo (Jn. 15:26; 16:14; Hch. 1:2; Fil. 1:19).
F. En relación con la obra de la Cruz. El autor de la Epístola a los
Hebreos declara que Cristo, por el Espíritu eterno, se ofreció
voluntariamente sin mácula a Dios (He. 9:14).
G. En relación con la resurrección de Cristo. Este prodigio de los
siglos fue por el poder del Espíritu Santo, según hallamos, entre
otros textos, en Romanos 8:11: <<El Espíritu de aquel que
levanto de los muertos a Jesús…>>.
H. En relación con la Iglesia. En cumplimiento de la promesa del
Padre y del Hijo (Mr. 1:8; Lc. 24:49; Jn. 14:16 y 26; Hch. 1:4 y 8;
2:33; Ef. 1:13), el Espíritu Santo vino sobre los discípulos,
formando la Iglesia en el día de Pentecostés (Hch. 2) y seguirá
en ella hasta llevarla al encuentro del Esposo (véase la
hermosa ilustración en Gn. 24). El Espíritu Santo habita en la
Iglesia como en un templo (Ef. 2:22), y aparece como un
articulador
de una unidad viviente, de la cual él es el alma: <<Un cuerpo y
un Espíritu>> (Ef. 4:4); por el Espíritu Santo las almas
renacidas son bautizadas en un solo cuerpo místico (la Iglesia),
según expresión del apóstol Pablo: <<Porque por un solo
Espíritu fuimos rodos bautizados en un cuerpo>> (1 Co.
12:13).
I. En relación con la iglesia local. El origen y ejercicio de los dones
espirituales en la iglesia se deben al Espíritu Santo, quien
reparte a cada miembro cristiano como él quiere. En 1°
Corintios 12:1-11 aparecen las palabras pneumática (<<cosas
del Espíritu>>) y carismata (<<dones de gracia>>). La iglesia
local es también templo del Espíritu Santo (1 Co. 3:16 y 17).
J. En relación con los siervos de Dios. La persona del Espíritu
Santo es la que guía a los obreros del Señor, tanto a los
apóstoles como a los evangelistas, a los misioneros, a los
ancianos (presbíteros, sobreveedores) y a los doctores de la
Palabra, indicándoles el contacto con las almas (Hch. 8:29),
enviándoles a los lugares donde deben predicar la Palabra
(Hch. 10:19 y 20), escogiendo a los siervos que han de cumplir
el trabajo para el cual son llamados (Hch. 13:1 y 2), sellando los
acuerdos de los responsables de las iglesias (Hch. 15:28), y
abriendo y cerrando caminos (Hch. 16:6 y 7).
K. En relación con el mundo. Cuando el Señor Jesús prometió el
Espíritu Santo a los apóstoles, dijo también que uno de los
cometidos del Espíritu sería el de convencer de pecado a los
hombres (Jn. 16:7-11), siendo el único que puede traer al
hombre el verdadero sentido de la justicia y del juicio. La
voluntad del hombre ha de cooperar con el urgir del Espíritu
Santo, pero aquél no podrá hacer nada sin la obra de gracia de
Éste.
L. En relación con el individuo. Si la convicción del pecado es
seguida por el arrepentimiento para con Dios y la fe en Cristo
de parte del hombre, el Espíritu Santo produce la regeneración
de la vida <<de arriba>>. El orden, según las Escrituras, es
como sigue: Cuando, por medio de la predicación de la Palabra,
se presenta ante los hombres al Cristo crucificado como el
único remedio para la condición pecaminosa de las almas, y le
aceptan como Salvador personal, entonces el Espíritu Santo
aplica la virtud de la sangre de Cristo a sus corazones,
purificándolos; vivifica la semilla de la Palabra, y hace su
morada en el creyente (Gá. 3:1 y 2; Tit. 3:5; He. 10:29).
VI. El Espíritu Santo y el creyente
A. El Espíritu Santo y la santificación. El Espíritu Santo habita en
los creyentes a partir del momento de su conversión (Hch.
2:38; Ro. 8:11; 1 Co. 6:19 y 20; Gá. 4:6; 2 Ti. 1:14); y <<si
alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él>> (Ro. 8:9).
Pero si bien es verdad que en cada creyente regenerado mora
el Espíritu Santoy que ya está bautizado en Cristo por el
Espíritu Santo, también es cierto que las Escrituras distinguen
entre poseer el Espíritu y estar llenos del Espíritu. Esto puede
verse en la Epístola a los Efesios, por ejemplo, en cuyo
versículo 4:30 Pablo recuerda al creyente que está sellado con
el Espíritu, mientras que en Efesios 5:18 le exhorta a que sea
lleno del Espíritu.
La Escritura presenta a Cristo como quien murió al pecado una
sola vez, pero que vive para Dios eternamente. El creyente se
apropia por la fe de la gran verdad de su identificación con
Cristo en Su muerte y en Su resurrección; el Espíritu Santo le
administra las cosas del Señor Jesús y le impele por el camino
de la santificación (Ro. 1:4; cap. 8; 1 Co. 6:11; 2 Co. 3:18; 1P.
1:2).
B. El Espíritu Santo y la oración. El creyente muchas veces no
sabe lo que ha de pedir al Padre ni como pedirlo, pero el
Espíritu Santo cumple su cometido intercediendo a favor
del cristiano (Ro. 8:26 y 27). Jesús es nuestro intercesor a la
diestra del Padre, y el Espíritu lo es desde nuestro corazón; por
eso se nos manda orar <<en Espíritu>> (Ef. 2:18; 6:18; Jud.
20).
VII. Los símbolos del Espíritu Santo
Hay una variedad de símbolos del Espíritu Santo en la Biblia. En
el bautismo del Señor fue visto por Él y por Juan Bautista <<que
descendía como paloma>> (Mt. 3:16). En el día de Pentecostés vino
como fuego sobre los discípulos (Hch. 2:3). El Señor le compara al
viento, en Su conversación con Nicodemo (Jn. 3:8), y como agua en
Juan 7:37-39. Otras figuras en el Nuevo Testamento son el sello y las
arras de la herencia (Ef. 1:13 y 14; 4:30): la marca indubitable del
verdadero creyente y la prenda anticipada de su redención completa
en el día de la consumación.
Aparte de los símbolos que se relacionan expresamente al
Espíritu Santo en las Escrituras, creemos que, por analogías y
consideraciones que no podemos justificar dentro de los breves
límites de este estudio, hemos de aceptar los siguientes como
figuras de su Persona y operaciones: el rocío (Os. 14:5); las lluvias de
Joel
2:23 y 28; los ríos de Isaías 44:3; el aceite de Levítico 8:30; Zacarias
4:1-14 (cp. 2 Co. 1:21; 1 Jn. 2:20 y 27).
VIII. El Espíritu Santo y la resurrección del
creyente
El cuerpo de resurrección del creyente es soma pneumatikon, que
equivale a <<cuerpo espiritual>>, que parece una contradicción,
pero demuestra que toda limitación de la carne se habrá superado,
siendo el cuerpo perfecto y apropiado vehículo del espíritu
redimido
(1 Co. 15:42-51). Para la vivificación del cuerpo mortal, intervendrá
la operación del Espíritu Santo (Ro. 8:11).
En la íntima armonía de la Trinidad y hasta el punto en que
misterios tan inefables han sido revelados, el Padre, como fuente de
amor, ejerce Su voluntad en el plan de salvación; el Hijo, impulsado
por la gracia divina, lleva a cabo la obra de la redención por medio de
Su gran misión a la tierra, y el Espíritu Santo aplica todo el valor de la
obra de la Cruz en potencia y eficacia a los corazones de los
creyentes, todos los cuales pueden participar siempre de la bendita
<<comunión del Espíritu Santo>> (2 Co. 13:14).
PREGUNTAS
1. Demuestre con textos apropiados del Antiguo y del Nuevo
Testamento que el Espíritu Santo es Dios y que no es un mero
poder o influencia, sino una Persona.
2. ¿Cuáles son las actividades del Espíritu Santo en relación con:
A) La Iglesia; B) El pecador; y C) El creyente?
Capítulo 16
LA OBRA MEDIANERA DE CRISTO
I. Explicación
Las Escrituras nos enseñan claramente que la obra de nuestro
Señor no terminó con Su ascensión al Cielo, sino que prosigue a favor
de los suyos a la diestra de Dios. Nos maravilla pensar que,
<<ensalzado a lo sumo>>, nuestro bendito Redentor se ha puesto a
la disposición de Su pueblo hasta el día de la consumación de Sus
propósitos en orden a los redimidos. Su obra allí es de preparación y
de mediación. Podemos señalar de paso la hermosa declaración del
Señor: <<Yo voy, pues, a preparar lugar para vosotros>> (Jn. 14:1 y
2). Su presencia en el Cielo garantiza para nosotros un ambiente y un
servicio perfectamente amoldados a las necesidades de nuestras
personalidades redimidas. Refiriéndonos a lo que es propiamente la
obra medianera, epígrafes: Cristo como mediador; Cristo como
abogado; Cristo como sumo sacerdote, y El fin de la obra.
II. Cristo como mediador
A. La necesidad de un mediador. El patriarca Job, sintiéndose tan
alejado de Dios en su necesidad y en su aflicción, gemía
diciendo: <<[Dios] no es hombre como yo, para que yo le
responda, y vengamos juntamente a juicio. No hay entre
nosotros arbitro que ponga su mano sobre nosotros dos>> (Job
9:32 y 33). El pecado había labrado un abismo entre el Dios
tres veces santo y el hombre rebelde y enemigo que se
revolcaba en el fango del pecado (Job 23:3; Ro. 5:10; Co.
1:21). ¿Quién podía ponerse en medio para restaurar el
contacto de la comunión?
B. La solución divina. La respuesta al problema de Job, que es el
problema de todo pecador, se halla en la encarnación del Hijo
de Dios (He. 2:9-18), en Su obra expiatoria y en Su estancia
como Redentor a la diestra del Padre. Ahora ya hay una
<<mano>> sobre el hombre y otra sobre el Trono. No existe
solamente un Dios en Su excelsa gloria y en la perfección de Su
justicia y de Su santidad, sino que también hay <<un mediador
entre Dios y los hombres, Jesucristo Hombre>> (1 Ti. 2:5).
C. La obra del mediador. El apóstol Pablo, después de declarar la
existencia de un mediador, añade las siguientes palabras:
<<El cual se dio a sí mismo en rescate por todos>> (1 Ti. 2:6).
Con Su muerte en la Cruz, Cristo consiguió la liberación del
hombre y las bendiciones que por su caída y rebelión había
perdido. Él es el camino que lleva a los hombres a Dios, y el
puente que se ha colocado sobre el abismo (en contraste con
el puente que Satanás puso desde este mundo al infierno), y
nadie llega a Dios Padre si no es por Jesucristo (Jn. 14:6 con
Hch. 4:12). El apóstol Pedro escribe de Él: <<Cristo padeció
una vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos
a Dios>> (1 P. 3:18).
D. El pacto. Cristo es mediador de un pacto de gracia que anula el
pacto de las obras de la Ley. Este se llevó a cabo por la
intervención de <<mediadores>>: los ángeles por parte de
Dios (Dt. 33:2, Versión Moderna; Hch. 7:38 y 53; He. 2:2) y
Moisés de parte de los hombres (Gá. 3:19 y 20). Ni Dios, ni los
ángeles al hombre, ya que ellos no eran humanos. Sin
embargo, Cristo, quien es totalmente Dios y que mediante el
misterio de la encarnación vino a ser perfectamente Hombre,
pudo mediar entre Dios y los hombres para el establecimiento
del pacto de gracia, que es <<nuevo>> y <<mejor>> (He.
7:22; 8:6; 9:15; 12:24).
III. Cristo como abogado
El concepto general de la obra mediadora de Cristo se detalla y se
aclara más en los escritos de Juan y en la Epístola a los Hebreos. Juan
le da el precioso título de parakletos, o sea, <<abogado>>, que es el
mismo termino que se aplica al Espíritu Santo al poner por escrito el
discurso del cenáculo. La palabra griega parakletos indica:
<<Uno que llamamos a nuestro lado para auxiliarnos>>, y este
término se aplicaba a la labor de un abogado defensor. Ya hemos
visto la manera en que el Espíritu Santo cumple este cometido dentro
del creyente, y Juan nos hace ver que el Señor es también un
<<abogado>> a quien llamamos en auxilio nuestro en el Cielo: <<Y
si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a
Jesucristo el justo>> (1 Jn. 2:1). Es importante examinar el contexto
de este versículo (1 Jn. 1:1; 2:2), pues vemos que el apóstol tiene
por tema la comunión con el Padre y con el Hijo, y la forma en que
esta puede mantenerse a pesar de la naturaleza pecaminosa del
hombre y las caídas el creyente en el pecado. Para <<andar en
luz>> hemos de reconocer nuestra condición humana; hemos de
comprender el valor de la sangre expiatoria del Señor Jesucristo,
cuyos efectos pueden aplicarse constantemente a nuestra
necesidad, y hemos de contemplar al parakletos a la diestra de Dios,
quien
acude a nuestro favor con la demostración de la obra perfecta del
Calvario.
IV. Cristo como sumo sacerdote
Propiamente dicho esta obra empieza después de Su ascensión,
que no excluye el hecho de que era al mismo tiempo sacerdote y
victima cuando se ofreció a sí mismo en la Cruz. El tema de este
epígrafe es el de la Epístola a los Hebreos, escrita para hacer ver a un
grupo de creyentes hebreos que no habían de volver a las
ceremonias del judaísmo, ya que en Cristo y en la nueva dispensación
tenían el cumplimiento de todas las sombras del Antiguo Testamente
en un grado superlativo. <<Todo sumo sacerdote tomado de entre
los hombres es constituido a favor de los hombres en lo que a Dios se
refiere>> (He. 5:1).
El ministerio de Aarón a favor de los hombres fue fácil, porque él
era un hombre <<rodeado de flaquezas>>, así que podía
compadecerse de los ignorantes y extraviados. Ahora bien, su
contacto con Dios fue dificilísimo a causa del pecado, como se puede
deducir del complicado ritual del Día de la Expiaciones. En el caso de
Cristo, quien es el cumplimiento de la figura, el contacto con Dios era
siempre perfecto, pero el contacto con los hombres, que hiciera
posible su compasión hacia ellos y que les pudiera representar ante
Dios, fue dificilísimo, y solo pudo efectuarse mediante los grandes
misterios de: 1) la encarnación, por la que tomó sobre si nuestra
humanidad (He. 2:14); 2) las tentaciones que se dignó padecer (He.
2:18; 4:15), por las que experimento como hombre todo el poder del
diablo aunque <<sin pecado>>, y 3) los sufrimientos, por lo que
<<aprendió la obediencia>> y llegó a poder adentrarse en todas las
experiencias de Su pueblo: <<porque convenia a aquel por cuya
causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que
haciendo llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por
aflicciones al autor de la salvación de ellos>> (He. 2:10). <<Y Cristo,
en los días de su carne, ofreciendo ruegos y suplicas con gran clamor
y
lágrimas al que le podía liberar de la muerte, fue oído a causa de su
temor reverente. Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la
obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna
salvación para todos los que le obedecen>> (He. 5:7-9). Esto no
tiene nada que ver con Su naturaleza esencial, que siempre fue
perfecta, sino que se refiere a Su obra sacerdotal, que solo se hizo
posible por la maravillosa disciplina que hemos señalado y a la que
voluntariamente se sujetó. Su sacerdocio es potente y eterno, y por
eso el simbolismo incluye no solamente a Aarón, sino también a
Melquisedec el sacerdote-rey (He. 5 y 7).
La obra sacerdotal de Cristo comprende:
A. La simpatía (He. 4:15).
B. El oportuno socorro (He. 4:14-16).
C. La intercesión (Ro. 8:34; He. 7:25).
El conjunto de esta obra garantiza el desarrollo de los propósitos
de Dios en orden al creyente, y provee para la consumación de Su
obra en cada uno de ellos. Desde la diestra, Cristo suministra la
ayuda necesaria para la continuidad de la comunión (como hemos
visto en Juan) y conduce al creyente por el camino de la madurez
espiritual en que tanto insistía el autor de la Epístola a los Hebreos.
<<Puede salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios,
viviendo siempre para interceder por ellos.>> Tenemos un ejemplo
claro de la intercesión del Señor Jesús a favor de Su pueblo en Juan.
V. El fin de la obra
El importante pasaje de 1° Corintios 15:23-28 nos hace ver que
la obra de la redención y la restauración de los hombres,
conjuntamente con la derrota de las fuerzas del mal, se ha
encomendado al Hijo, quien ha de reinar hasta poner a todos Sus
enemigos debajo de Sus pies. Cumplida la grandiosa y sublime
misión, el Hijo pondrá <<todas las cosas>> a los pies de Dios Padre,
quien será <<todo en todos>>, sin que haya ningún elemento
acorde en Su universo. Entonces la obra medianera habrá tocado a su
fin. En lo que se refiere a la Iglesia, el fin de la obra tendrá lugar en
<<las bodas del Cordero>>, cuando Cristo se presentará a si mismo
la
<<Esposa>>, gloriosa y sin mancha ni arruga, gracias a Su propia
obra de santificación a favor de ella (Ap. 19:7 y 8; Ef. 2:7; 5:25-27).
PREGUNTAS
1. ¿En qué consistía el problema que Job no podía solucionar (Job
9), y cuál es la solución que de él se halla en el Nuevo
Testamento?
2. ¿Cuáles son los principales aspectos de la obra medianera
de Cristo y como se nos presentan en 1° Timoteo, 1° Juan y
Hebreos?
Capítulo 17
LA SANTIFICACIÓN
I. Definición
Leemos muchas veces en el Antiguo Testamento de personas o
cosas que fueron <<santificadas>>, o sea: <<apartadas para el
servicio de Dios>>, como, por ejemplo, los sacerdotes de la familia
de Aarón con todos los utensilios del Tabernáculo. Pasando al Nuevo
Testamento, encontramos al verbo hagiazo (santifico) con idéntico
sentido en cuanto al oro que adornaba el Templo, y los dones que se
colocaban sobre el altar (Mt. 23:17 y 19). A nosotros nos interesa el
tema de la santificación del creyente, y, en relación con él, hemos de
distinguir cuidadosamente dos aspectos:
A. La santificación que es común a todos los creyentes en
virtud de su unión con Cristo, de donde se deriva su nombre
de
<<santos>> (véase Hch. 9:13 y 32; 26:10; Ro. 1:7; Fil. 1:1).
B. La santificación práctica, que es la separación progresiva del
creyente del pecado para vivir a Dios, en la medida en que
aquel se vale de los medios que Dios ha provisto para tal fin.
II. La santificación posicional del creyente
A. Es un propósito divino. El apartamiento de los creyentes para
Dios <<en Cristo>> es una parte esencial del gran plan divino:
<<En esta voluntad somos santificados mediante la ofrenda del
cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre>> (He. 10:10
con 13:12; Jn. 10:36; 17:19; 1 Co. 1:30; 6:11; 2 Ts. 2:13; 1 P.
1:2).
B. Su base es la Cruz ya la resurrección. El pasaje central sobre la
santificación se halla en Romanos 6 a 8. Ante la pregunta
tendenciosa de << ¿Perseveraremos en el pecado para que
la gracia abunde? >>, el apóstol Pablo contesta: <<En
ninguna manera, porque los que hemos muerto al pecado [en
Cristo],
¿Cómo viviremos aún en él?>>. Apela luego a la figura del
bautismo cristiano (por inmersión, desde luego, según su
significado etimológico y de acuerdo con la práctica apostólica)
para demostrar que todos los creyentes a quienes se dirigía, en
el acto inicial de su profesión cristiana, habían expresado su
identificación con la muerte y la resurrección de Cristo, y, por
consiguiente, su separación del pecado para vivir para Dios. La
misma verdad se enseña en Colosenses 2:11-13; 3:1-4.
III. La santificación practica del creyente
Nuestra santificación practica es también la voluntad de Dios (1 Ts.
4:3 y 4), quien quiere que <<seamos lo que somos>>. El apóstol
Pedro recuerda a los creyentes lo que está escrito en la Palabra de
Dios: <<Sed santos, porque yo soy santo>> (1 P. 1:15 y 16; véase
Ef. 4:24; 1 Ts. 5:23).
A. Esta santificación práctica se efectúa por la apropiación por la
fe de lo que Dios ya ha realizado en Cristo mediante la Cruz ya
la resurrección. Un versículo muy importante, a este respecto,
se halla en Romanos 6:11: <<Consideraos muertos al pecado,
pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro>>. El
hecho depende de la obra de Cristo, pero nosotros hemos de
<<tomar en cuenta>> (<<considerar>>) este hecho cuando
surgen las solicitaciones de nuestra carne al mal, diciendo para
nosotros mismos: <<Estoy muerto a aquello que reconozco
como cosa del viejo hombre; por lo tanto, he de escoger el
camino de la voluntad de Dios en el poder de la vida de
resurrección.>>
B. El poder para la santificación práctica se halla en la persona
del Espíritu Santo, quien nos libra de la <<ley del pecado y de
la muerte>> (véase Ro. 8:2; Gá. 5:22-25; Ef. 3:14-21). El
creyente <<carnal>> es aquel que no ha sabido contemplar la
perfección de la obra de la Cruz y de la resurrección
relacionada con la victoria sobre el pecado, y, por lo tanto, no
ha apropiado por la fe su posición como muerto para el pecado
y vivo para Dios. El Espíritu Santo, entristecido, no puede
efectuar toda su obra en el tal creyente, quien anda conforme a
la carne y no
conforme al Espíritu.
C. Los medios para seguir la santificación práctica. Además de
los que anteceden, podemos notar los siguientes:
1. La contemplación de la gloria del Señor en el poder
del Espíritu Santo (2 Co. 3:18).
2. La Palabra de verdad. En su oración intercesora, dijo el
Señor Jesús: <<Santifícalos en la verdad: tu palabra es la
verdad>> (Jn. 17:17). (Véase Sal. 119:9-11)
3. La separación práctica del mundo (2 Co. 6:14-18; 2 Ti.
2:19-21; 1 Jn. 2:15-17).
4. La diligencia por parte del creyente (2 Co. 7:1; 2 P. 1:1-10).
5. La oración en el Espíritu Santo (Jud. 20).
IV. La santificación en los escritos del apóstol Juan
Pablo deduce la doctrina de la santificación del hecho de
nuestra unión con Cristo en Su muerte y en Su resurrección, mientras
que el apóstol Juan se fija en la nueva naturaleza del hijo de Dios que
ha sido <<engendrada>>, en el creyente por el Padre mediante la
vivificación de la semilla de la Palabra por el Espíritu Santo. Esta
nueva naturaleza, por ser de Dios, <<no peca>>. Nuestra dignidad
de <<hijos>> exige la justicia práctica y el amor hacia los hermanos
(1 Jn. 3:6-9; 2:29; 4:7; 5:4 y 18).
V. La meta de la
santificación: el tribunal
de Cristo
El Nuevo Testamento nos revela que todos los creyentes tendremos
que dar cuenta de los actos de nuestra vida como cristianos delante
del tribunal de Cristo <<en aquel día>>. En virtud, pues, de esta
verdad solemne, el apóstol Pablo exhorta a los creyentes a <<que
sean confirmados sus corazones, de modo que sean irreprensibles en
santidad…>> (1 Ts. 3:13). (Véase Fil. 1:6-10; 2 Co. 5:10; 1 Ts.
5:23; 1 Jn. 4:16 y 17). La cita de 2° Corintios 5:10 debe leerse:
<<Es menester que todos nosotros seamos manifiestos ante el
tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que hubiera
hecho por medio del cuerpo, ora sea bueno o malo.>> Todo disfraz
se quitará, y el fingimiento será imposible en <<aquel día>>, ya que
estaremos bajo el ojo escrutador del Maestro de nuestro servicio. El
santo temor que engendra este pensamiento es, en sí, un poderoso
aliciente hacia la vida de santidad práctica, como lo es también la
promesa de la venida del Señor, pues <<todo aquel que tiene esta
esperanza en Él [la de ver al Señor y ser semejante a Él] se purifica a
sí mismo, así como Él es puro>> (1 Jn. 3:3).
PREGUNTAS
1. ¿Qué quiere decir la palabra santificación y por qué los
creyentes son llamados <<santos>> en el Nuevo Testamento?
2. ¿Cuáles son los principales medios bíblicos y espirituales
para conseguir la santificación práctica?
Capítulo 18
LA CARNE Y EL ESPÍRITU
I. Aclaración de términos
Hay muchos lugares en el Nuevo Testamento donde hallamos en
contraposición unos principios opuestos, enfrentándose algo que es
del hombre, o del régimen preparatoria del Antiguo Testamento, con
lo que es de Dios, como, por ejemplo: La ley y la gracia; las obras y
la fe; la carne y el Espíritu. En este estudio hemos de fijarnos en esta
última antítesis, procurando ver lo que indican las Escrituras por el
termino <<carne>> y cómo opera el Espíritu para desbaratar su
nefasta obra.
Los distintos significados de la palabra <<carne>>
A. Desde luego la palabra se emplea muchas veces en su
sentido literal para indicar la sustancia del cuerpo del hombre
y de los animales. Como tal no tiene significado moral, sino
que es
solamente una parte de la creación que se puede emplear
para bien o para mal (1 Co. 7:28; 15:39; Gá. 2:20; 4:13 y 14;
Col.
2:5, etc.).
B. Significa también el <<hombre>> o la <<humanidad>>. En
la sublime declaración de Juan 1:14: <<El Verbo fue hecho
carne>>, se entiende que esta naturaleza humana era sin
pecado, perfecta e ideal, tal como salió de las manos del
Creador. (Véase también 1 Ti. 3:16.)
C. En otros casos representa la humanidad en contraste con Dios,
siendo ilusoria su aparente fuerza, de modo que es desastroso
confiar en <<el hombre>>. Este sentido se destaca bien en las
citas siguientes: <<Toda carne es hierba, y toda su gloria como
flor de campo>> (Is. 40:6); <<maldito el varón que confía en
el hombre y pone carne por su brazo>> (Jer. 17:5); y
<<porque no te lo revelo carne ni sangre, sino mi Padre que
está en los cielos>> (Mt. 16:17; véase Fil. 3:3 y 4; véase
también Ro. 3:20 y Gá. 2:16 donde <<ser humano>> traduce
<<carne>> -sarx- en el original).
D. Como derivación natural del último párrafo, hallamos otro
significado que se reviste de mucha importancia en la
teología bíblica: la <<carne>> es todo cuanto proviene de la
naturaleza caída del hombre, y, como tal, se pone en contraste
con el Espíritu, por quien Dios da su propia vida y poder al
hombre que se arrepiente y se vuelve a Él.
II. Enseñanzas bíblicas sobre la <<carne>>
Restringiéndonos ahora a este último sentido de la palabra,
hemos de considerar lo que dicen las Escrituras de ella, y de la
posible victoria del creyente sobre la <<carne>> en el poder del
Espíritu.
A. La carne es incapaz de producir nada que no sea también
<<carne>>, de la manera en que los cardos no pueden dar una
cosecha de higos. Es imposible, pues, que una nueva
naturaleza espiritual surja del intento de <<refinar>> la carne,
sino tan solo del nuevo nacimiento en el poder del Espíritu de
Dios (Jn. 3:6-8).
B. Por haberse originado esta esfera de la carne en la
desobediencia y en el pecado del hombre (Gn. 6:3), toda ella
esta debajo de la condenación de Dios y nadie que está en ella
puede agradar a Dios (Ro. 8:7 y 8). Tengamos en cuenta, sin
embargo, que mucho de la carne es agradable al
<<hombre>>, y aun al hombre <<decente>>, educado y
culto. Tomemos por ejemplo un acto de <<culto>> que se
basa en las practicas que agrandan a los sentidos de los
hombres o
que halagan su <<justicia propia>>; todo será muy
<<bonito>> y muy <<bueno>>, pero no dejará de ser
abominación delante de Dios (Lc. 16:15).
C. La carne no se mejora después de la conversión, y queda sienta
tan fea e intratable después de cincuenta años de vida cristiana
como lo fue en un principio (Ro. 7:18). Lo único que Dios puede
hacer con la carne es colocarla en el lugar de la muerte, y esto
se realizó cuando Cristo, nuestro sustituto, se identificó con
nosotros y murió en nuestro lugar (Ro. 8:3).
D. El <<viejo hombre>> no desaparece en el momento de la
conversión, ni en ningún momento de bendición espiritual
posterior, pero Dios ha provisto los medios para que esté
en
sujeción y para que el creyente viva y ande, no conforme a la
carne, sino conforme al espíritu (1 Jn. 1:5 – 2:2; Ro. 8:4, 5, 12
y 13).
E. Las obras de la carne, que se detallan en la terrible lista de
Gálatas 5:19-21, incluyen, no solamente los pecados
escandalosos de la fornicación, la disolución, etcétera, sino
también los celos, iras, contiendas y disensiones que se
manifiestan con harta frecuencia en el seno de la familia de
Dios (1 Co. 1:1-4). Sepamos que todo ello surge de la carne y
que es aborrecible delante de Dios.
F. La carne y el Espíritu son principios antagónicos
enteramente incompatibles el uno con el otro, codiciando y
luchando
constantemente el uno contra el otro (Gá. 5:17). Este estado
de guerra perpetua resulta lógicamente de la definición de la
<<carne>> que dimos en el apartado D.
III. La victoria sobre la <<carne>>
Esta victoria, que ya hemos visto como provista y asegurada
por el poder de Dios, no se consigue por maltratar el cuerpo, que, en
el caso de los redimidos, es el templo del Espíritu Santo, ni tampoco
por ningún esfuerzo de la voluntad del hombre, sino por apropiarse
de lo que Dios ha hecho ya en Cristo, que se hace efectivo en el
preciosos don de su Espíritu. Notemos los pasos siguientes:
A. Como el creyente expresa en su bautismo, murió con Cristo al
creer en Él en cuanto a la vieja naturaleza y volvió a vivir en la
potencia de la resurrección del Señor (Ro. 6:1-10).
B. Debe <<considerar>> (Ro. 6:11) este gran hecho en su vida
diaria al percibir los embates de la carne, rindiendo su voluntad
a la de Dios, con la entrega consciente de todo su ser, y de esta
forma el pecado no se enseñoreará sobre él (Ro. 6:11-14).
C. Se hace posible entonces que el Espíritu le guíe de tal forma
que se realizaran en su vida todas las posibilidades de su nuevo
y glorioso estado de <<hijo adoptivo de Dios>>, quien
reconoce al Padre y pone todo su interés en los asuntos de su
Casa (Ro. 8:5, 14-16; Gá. 5:16-18, 22-25).
Nota final. Lo expuesto en los apartados anteriores no excusa
la diligencia de parte del creyente en todo cuanto atañe a la
vida y al servicio de quien le compro Su sangre, sino que
subraya la
necesidad de recibir con fe la obra ya hecha del Señor. Entonces
el esfuerzo constante procederá del poder del Espíritu y no de
la voluntad de la carne (2 P. 1:4-8; Ef. 2:10, etc.).
PREGUNTAS
1. Distinga con citas apropiadas y un breve comentario
los distintos significados de la palabra carne en la
Biblia.
2. Señálese el camino bíblico de la victoria sobre la
<<carne>>.
Capítulo 19
LA IGLESIA UNIVERSAL
I. Definición
La palabra griega ekklesia quiere decir <<llamado fuera>>, y la
aplicaban los griegos a cualquier asamblea para discusiones, como la
de Éfeso (Hch. 19:39). En la versión alejandrina del Antiguo
Testamento denotaba la congregación de Israel como un pueblo
<<llamado fuera>> de Egipto para servir a Dios (véase Hch. 7:38,
donde se traduce en Reina-Valera por <<congregación>>).
Después del gran anuncio del Señor que consideramos abajo
(<<Edificaré mi iglesia>>), adquirió un sentido especial,
denominando este término al nuevo pueblo espiritual, redimido por
la sangre de Cristo, que
había de formarse como resultado de la obra de la Cruz, el triunfo de
la resurrección y la venida del Espíritu Santo. La Iglesia no es una
organización, obra de la habilidad y de la pericia de los hombres, sino
un organismo, o sea: un <<Cuerpo espiritual>>, en el que todos los
creyentes en Cristo Jesús están unidos vitalmente los unos con los
otros y todos con su <<Cabeza>>, que es Cristo (Ef. 1:22).
II. El anuncio del Señor
Después de la <<confesión>> de Pedro acerca del Señor: <<Tú
eres el Cristo [el Mesías] el Hijo del Dios viviente>> (que es la base
de toda la obra divina a favor del hombre), fue posible que el Señor
anunciara Su gran propósito de edificar Su Iglesia: no sobre Pedro,
aún tan débil y fluctuante, pero compuesta de Pedro y de todas las
demás <<piedras>> que llegasen a poner su confianza en el único
Salvador (Mt. 16:16-18; Hch. 4:10-12; Ef. 2:20; 1 P. 2:4-10).
Los santos del Antiguo Testamento tendrán su lugar en el Reino de
Dios, y, desde luego, se salvaron anticipadamente por la obra de la
Cruz; pero ya que el Señor anuncia Su propósito como aún futuro,
<<edificaré>>, hemos de comprender que el principio de la Iglesia,
en el sentido pleno de la palabra, tuvo lugar en el día de Pentecostés
(Hch. 2).
III. La Iglesia en los Evangelios
Como ya se ha indicado, la plenitud de la verdad en cuanto a esta
nueva y gloriosa obrade Dios, no puedo revelarse plenamente hasta
después de la realización de la obra de la Cruz, pero, con todo, se
hallan indicios de lo que había de ser en las palabras del mismo
Señor, que adquirieron nuevo sentido después de Su resurrección de
entre los muertos.
A. Es un santuario (Jn. 2:18-21). El místico <<templo>> o
<<santuario>> que se había de levantar en tres días era, en
primer término, el cuerpo de resurrección del Señor; pero, en
vista de las revelaciones posteriores que fueron dadas a Pablo,
podemos comprender que la frase encerraba un doble sentido,
y que el <<templo>> de Su <<Cuerpo>> se refiere también a
Su <<Cuerpo místico>>, o sea, el conjunto de todos los fieles
en Cristo, donde la gloria del Señor había de manifestarse en la
nueva dispensación, de la forma en que se había manifestado
anteriormente en el templo de Salomón.
B. Es un templo (Jn. 10:16). El versículo citado hace referencia a
otras ovejas que el Buen Pastor había de tener en virtud de Su
muerte, que no pertenecían al <<redil>> de Israel, y que,
juntamente con los redimidos de este pueblo, habían de formar
un <<rebaño>> que oiría la voz de un solo Pasto. Nótese la
diferencia entre un <<redil>>, que es un conjunto de ovejas
que sigue al Pastor. No estamos sujetos por la fuerza de la Ley,
sino que seguimos al Señor por el amor que le tenemos. Esta
dulce palabra <<rebaño>> sugiere los conceptos de
protección, guía, cuidado y buenos pastos, que se reciben todos
de la mano del Pastor.
C. Es una vida (Jn. 15:1-8). <<Yo soy la vid verdadera… Yo soy la
vid y vosotros los pámpanos>>, dijo el Señor a los discípulos en
la víspera de la Pasión. En el Antiguo Testamento, Israel había
sido la vid y la viña, pero no produjo sino uvas silvestres (Is. 5:1-
7). Ahora el Señor se manifiesta, y Él llevará
abundantemente el fruto que Dios requiere. Pero, en Su gracia y
Su amor, asocia consigo a los <<sarmientos>>, para que
juntamente sean la <<vid verdadera>> que lleva fruto para
Dios. Vemos la misma unión orgánica de todas las partes de un
todo que se aprecia en el <<cuerpo>>.
IV. El día del nacimiento de la Iglesia
El nuevo organismo pertenece a la nueva creación, y no pudo
producirse sino después de la muerte y de la resurrección del Señor,
quien quito el pecado y consumó la muerte en Su bendita persona. El
Espíritu Santo, al descender conforme a la promesa del Padre y del
Hijo, llenó los rendidos corazones de los redimidos y los unió en un
solo lazo vital de la vida y de poder (Ef. 4:4). Fue una obra única que
no necesita repetirse. Después de aquel día, el creyente, sin
distinción de raza o de categoría social, es bautizado en un solo
cuerpo por el Espíritu al creer (1 Co. 12:13).
V. La Iglesia en Los Hechos de los Apóstoles
En un sentido muy real, este libro es la historia del nacimiento y
del desarrollo de la Iglesia en sus primeras etapas. Por algún tiempo
la iglesia local de Jerusalén coincidía, a los efectos prácticos, con la
Iglesia universal, pero después de la persecución dirigida por Saulo
empezó a extenderse para llegar a ser, después de haberse abierto la
puerta de la fe a los gentiles (Hch. 10), una Iglesia compuesta de los
salvos de todo pueblo, tribu y nación. Vemos bastante de la
organización de la iglesia local (sencillísima, por cierto), pero sobre
todo Lucas nos hace ver a la Iglesia toda como portavoz del
Evangelio: la Iglesia que dio su testimonio ante un mundo perverso
con la eficiencia y el poder que suministraba el Espíritu Santo, quien
se manifestaba pujante en medio del pueblo redimido.
VI. La Iglesia en la Epístola a los Efesios
La doctrina total sobre la Iglesia universal ha de buscarse en
todas las epístolas y en el Apocalipsis, pero el <<misterio>> de este
nuevo <<Cuerpo>> formado, sobre la base de la obra de la Cruz, por
creyentes de entre los judíos y de los gentiles, se reveló de una
forma especial al apóstol Pablo, el que fue llamado por el Señor
resucitado y glorificado (Ef. 3:1-9). Entre todos sus escritos, es en la
Epístola a los Efesios donde se desarrolla plenamente el tema de la
Iglesia universal, de la manera en que lo referente a la iglesia local se
halla principalmente en la Primera Epístola a los Corintios.
A. La Iglesia nace de un propósito eterno de Dios (Ef. 1:1-11;
3:10 y 11). Una cuidadosa lectura de los pasajes señalados
nos hacer ver que los creyentes fueron escogidos por Dios el
Padre en relación con Cristo antes de la fundación del
mundo, y que esta elección tiene que ver con el propósito
de Dios de <<reunir todas las cosas en Cristo en la
dispensación del cumplimiento de los tiempos>>.
Comparando las maravillosas palabras de Efesios 2:7 y 3:30
con el prólogo de la epístola, se echa de ver que la Iglesia
tiene un lugar preminente y especial en el plan total de Dios
en orden a los hombres. Esto se ilustra en Apocalipsis 21,
donde una simbólica representación de la Iglesia glorificada
ocupa el centro de la nueva creación.
B. La constitución y la formación de la Iglesia (Ef. 2:4-22). La
Iglesia está formada por todos los creyentes, ya que éstos
han sido redimidos de una vida de sujeción al <<príncipe de
la potestad del aire>> por la misericordia, el amor y la
gracia de Dios manifestados en Cristo. En unión con el Señor
resucitado, han sido elevados a una nueva esfera espiritual:
<<los lugares celestiales>>. Con Su muerte, el Señor
cumplió la Ley y realizo los símbolos del régimen
preparatorio, de tal forma que tanto los judíos como los
gentiles hallan una nueva vida en Él quien les une en un
Cuerpo, siendo así <<reconciliados>> y libres de las
enemistades anteriores. Esta constitución de la Iglesia se
ilustra por medio de los símbolos que se detallan más abajo.
C. La revelación del <<misterio>> (Ef. 3:1-12). Como hemos
notado arriba, la revelación del <<misterio>> (es decir,
una verdad que antes se ignoraba y que ahora se ha
manifestado) de la unión de los creyentes judíos y gentiles
en un solo Cuerpo espiritual, pertenece plenamente a la
nueva dispensación, ya que Pablo declara: <<Misterio que
en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los
hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y
profetas [del Nuevo Testamento] por el Espíritu>> (Ef. 3:5).
Pablo se destaca entre estos instrumentos de la
<<revelación>> (Ef. 3:7-9) como fiel administrador de los
misterios de Dios y como convenia a su vocación por el
Señor resucitado; pero la doctrina es presentada por los
apóstoles.
VII. Los símbolos de la Iglesia en la Epístola a
los Efesios
La verdad en cuanto a la Iglesia se presenta y se ilustra por
medio de cuatro metáforas, que desarrollan y definen más
ampliamente las figuras que ya hemos notado en los Evangelios. Etas
metáforas son: el edificio, el santuario, el cuerpo y la esposa.
A. El edificio (Ef. 2:19-22). En el pasaje de referencia, el
apóstol acaba de declarar que todos los creyentes, sean
judíos o gentiles, tienen entrada al Padre por el Hijo y en el
poder del Espíritu para formar <<un nuevo hogar>>.
Entonces la metáfora sufre una modificación, y el
<<hogar>> llega a ser un <<edificio>>, del que los
apóstoles y los profetas (del Nuevo Testamento) son las
piedras del crecimiento, hallando todo su apoyo en la
<<principal piedra del ángulo, Jesucristo mismo>> (Ef.
2:20). El señor no sólo es fundamento, sino también el
armazón de este edificio espiritual: <<en quien todo el
edificio, bien coordinado, va creciendo… en quien vosotros
también [los creyentes gentiles de Éfeso y todos los que les
han seguido] sois juntamente edificados para la morada de
Dios en el Espíritu>> (Ef. 2:21 y 22). Esta figura del edificio
aprovecha las profecías del Antiguo Testamento sobre la
<<piedra>> como símbolo mesiánico (Sal. 118:22; Is.
28:16) y nos hace ver como los creyentes, sacados como
Pedro de la cantera del mundo, pueden unirse sobre la base
de la persona y la obra de Cristo, llegando a ser, a pesar de
su diversidad como personas, una unidad esencial (Jn.
17:20-23), cumpliendo así los propósitos eternos de Dios.
Pedro se vale de la misma figura en 1° Pedro 2:4-10; pasaje
que se puede considerar con la explicación y el comentario
que el apóstol hace de la declaración del Señor: <<Sobre
esta piedra edificaré mi Iglesia.>>
B. El santuario (Ef. 2:21). Es natural que un edificio llegue a ser
también una morada, pero en este caso el que se digna
residir en el edificio espiritual de la iglesia no es otro sino
Dios mismo, de modo que viene a ser un <<templo santo en
el Señor>>. La palabra griega traducida por <<templo>>
es naos, o sea, <<un santuario>>: el lugar santísimo del
templo donde la gloria de Dios se manifestaba. Como
hicimos notar al comentar Juan 2:18-21, la Iglesia sustituye
el templo de Salomón como lugar y medio para la
manifestación de la gloria de Dios en la tierra. ¡Solemne
responsabilidad que recae sobra cada miembro de la Iglesia
de ser fiel a su vocación!
C. El cuerpo (Ef. 1:23; 2:16; 4:4-16). ¡He aquí la figura más
amplia y completa como designación de la Iglesia universal!
Ya no son piedras que traen y se colocan en un edificio, sino
miembros llenos de vitalidad que conjuntamente forman un
organismo del cual Cristo es la Cabeza y el Espíritu Santo es
el agente que articula esa unidad viviente. La figura en
Efesios 4:4-16 surge de la enseñanza que el apóstol da
sobre la divina provisión hecha para la edificación de todos
los creyentes por medio de los dones que el Señor ascendido
concedió a la Iglesia, y podemos subrayar los siguientes
conceptos:
1. El cuerpo es uno e indivisible. Los hombres no crearon
esta unidad y no la pueden destruir. La exhortación es que la
guardemos en sus manifestaciones por un trato amoroso y
humilde con nuestros hermanos.
2. Hay una norma de perfección, que es <<la medida de la
estatura de la plenitud de Cristo>>: meta del desarrollo y el
crecimiento del cuerpo (Ef. 4:13).
3. Para este desarrollo cada <<juntura>>, o sea, cada
miembro, tiene el deber de suplir algo para el bien de la
totalidad del cuerpo según el don que el Señor haya
concedido a cada uno. Se destacan especialmente los
grandes dones -apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y
doctores-, pero se hace constar que <<a cada uno de
nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don
de Cristo>> (Ef. 4:7 y 11). El que no contribuye al
crecimiento y al bienestar del cuerpo por la humilde
administración del don que ha recibido, perjudica todo el
organismo.
Pablo desarrolla la misma figura con mayor amplitud en 1°
Corintios 12, en relación con la iglesia local, pero mucho de
lo que se dice allí se puede aplicar también a la Iglesia
universal.
D. La esposa (Ef. 5:22-23). Entre Cristo y Su Iglesia, además
de la unión vital que se simboliza por el cuerpo, existe amor
mutuo y comunión, que hallan su expresión en la hermosa
figura de la esposa y en el pasaje señalado se hace un
extenso parangón entre las relaciones del marido y la mujer
y las de Cristo y la Iglesia: <<Mas yo digo esto respecto de
Cristo y de la Iglesia>> (Ef. 5:32). Hemos de comprender
que la realidad de la Iglesia, y la de sus benditas relaciones
con su Señor, es tan variada y rica en matices que no podía
representarse por un solo símbolo, y de ahí nace la sucesión
de figuras que estamos meditando. La figura de la
<<esposa>> hace posible presentar el amor mutuo entre
ambos, y la obra del <<Esposo>> a favor de la amada
hasta el día de la presentación ultima (Ef. 5:25-27). Esta
vendita consumación se halla descrita en Apocalipsis 19:7-9.
VIII. La ciudad del Apocalipsis
<<La gran ciudad santa de Jerusalén que descendía del cielo>>
(Ap. 21:10) se identifica con <<la desposada, la esposa del
Cordero>> (Ap. 21:9), y así aprendemos que es una magnifica
descripción simbólica de la Iglesia glorificada, centro de la nueva
creación. Todo en ella habla de luz, gloria y perfección; y el
<<santuario>>, que fue lugar de la manifestación de la gloria de
Dios en la tierra, llega a ser ahora el foco de su resplandeciente luz
en la edad eterna (Ap. 21:22 y 23). ¡Glorioso destino el de la Iglesia
universal!
IX. El ministerio de la Iglesia
La Iglesia universal se manifiesta aquí en la tierra únicamente
por medio de la congregación local, y no hay ningún indicio en las
Escrituras de grandes organizaciones que agrupan un número
considerable de iglesias locales sobre una base nacional o regional, ni
mucho menos de denominaciones que se distinguen por ciertas
prácticas o doctrinas que les sean peculiares. Existían en la edad
apostólica y subapostólica fuertes lazos de comunión entre las
iglesias de distintas regiones, pero sin que una iglesia pudiera
mandar en otra, y sin que una jerarquía eclesiástica opera por medio
de principios de subordinación carnal. La Iglesia local tiene su
sencilla organización y disciplina, como veremos en el próximo
estudio, pero es autónoma y responsable ante su Señor.
El tema del ministerio, por lo tanto, tiene que ver más bien con
la Iglesia local, aunque ya hemos visto que el Señor ascendido
derramó sus preciosos dones para el beneficio de todo el
<<cuerpo>>. La lista de Efesios 4:11 es breve, pero incluye los
dones del carácter más universal y permanente. Es verdad que los
apóstoles no han tenido sucesores; sin embargo, les fue concedido
cimentar de tal forma el fundamento de la Iglesia que su obra
permanece hasta hoy especialmente en el canon del Nuevo
Testamento que encierra <<la fe que ha sido una vez dada a los
santos>> (Jud. 3). Los profetas daban mensajes directos en los
primeros tiempos de la Iglesia, pero desde que se terminó el Nuevo
Testamento el don es más bien de declarar lo que el Espíritu Santo ya
nos ha dado en la Palabra. Los evangelistas anuncian ampliamente el
mensaje de vida y fundan iglesias que después han de ser cuidadas
por los pastores y edificadas por los doctores o maestros. Se puede
decir que estos últimos dones son los más importantes en nuestros
tiempos.
PREGUNTAS
1. ¿Qué quiere decir la palabra griega ekkle-sia? ¿Qué sentido
adquirió después de la declaración del Señor en Mateo 16:18?
Ilustre su contestación con citas tanto del Antiguo
Testamento como del Nuevo Testamento.
2. ¿Qué figuras emplea Pablo en la Epístola a los Efesios para
ilustrar la naturaleza, la constitución y la función de la Iglesia?
Añada un breve comentario en cada caso.
Capítulo 20
LA IGLESIA LOCAL
I. Su historia
Como en el caso de la Iglesia universal, encontramos una
referencia a la iglesia local en germen en las palabras del mismo
Señor: <<Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre.
Allí estoy en medio de ellos>> (Mt. 18:17-20), pero su historia
empieza en el día de Pentecostés. La predicación de Pedro fue
bendecida de tal manera que tres mil almas se convirtieron al Señor y
fueron bautizadas por el Espíritu en el aposento alto. Todos estos
creyentes se sintieron unidos los unos a los otros, y todos a Cristo; lo
que dio por resultado que hicieran vida en común, hasta donde les
fue posible, como una gran <<familia>> cristiana, perseverando en
las ordenanzas del Señor (Hch. 2:41-47). He aquí, pues, la primera
iglesia local, que, hasta su dispersión, coincidía prácticamente con
la
Iglesia universal, ya que el testimonio no se había extendido fuera de
Jerusalén.
Después de la persecución que se levantó a raíz del martirio de
Esteban, los creyentes en Jerusalén, en su mayor parte, fueron
esparcidos; pero, lejos de callar el mensaje, <<iban por todas partes
anunciando el evangelio>> (Hch. 8:4). En los muchos sitios en que el
Señor prosperó su testimonio, se iban formando grupos de creyentes,
que fueron corroborados por visitas de los apóstoles de Jerusalén
(Hch. 9:32). Por medio de este procedimiento, y dentro de un periodo
relativamente breve, se hallaban iglesias locales esparcidas por las
tres grandes provincias de Palestina.
Después de abrirse la puerta de la fe a los gentiles (Hch. 10), y
siendo llamado y preparado Pablo para su obra apostólica, fue posible
que el Evangelio se hiciera extensivo a muchos países del mundo. En
el curso de tres grandes expediciones misioneras. Pablo planto
iglesias locales en muchas partes de Siria, Asia Menor y Grecia, según
la historia detallada que Lucas nos da en Hechos 13 a 20. Sin duda,
los demás apóstoles llevaron a cabo una obra análoga en otras
regiones.
Cuando la predicación y la labor de un obrero resultaban en la
formación de una iglesia, no quedaban en aquel sitio para pastorear
el nuevo rebaño indefinidamente, sino que confiaban en que el
Espíritu Santo levantara los dones necesarios en cada grupo, no solo
a los efectos de la vida interna del grupo, sino también con miras a la
propagación del mensaje en el distrito circundante. Las iglesias no
quedaban por eso abandonadas, sino que los apóstoles o sus
delegados volvían de vez en cuando para la enseñanza y la guida de
los rebaños, indicando, al mismo tiempo, anciano (idénticos con
obispos y pastores) para el gobierno y el pastoreo permanente de las
ovejas. Estos guías eran hombres que se habían destacado por su
adelanto en las cosas del Señor, siendo reconocidos por su cuidado
de la iglesia (Hch. 14:21-23; 20;17-35; véase <<Organización>>
abajo).
A estas iglesias iban dirigidas la mayor parte de las cartas
apostólicas que, motivadas por algunas preguntas o por alguna
necesidad de los creyentes de aquel tiempo, han llegado a ser
<<Palabra inspirada>> para todos los tiempos.
II. Su naturaleza
Solo Dios puede ver la Iglesia universal en toda su extensión
por el mundo y por los siglos, pero la iglesia local llega a ser Su
reflejo y Su expresión en un sitio determinado de la tierra. Los
nacidos de nuevo (otros no tienen parte ni suerte en el asunto) son
<<bautizados por un Espíritu en un cuerpo>> (1 Co. 12:13), e
impulsados por el hecho de formar parte del cuerpo místico de Cristo
buscan la comunión de otros miembros del mismo cuerpo,
reuniéndose en cualquier edificio conveniente para los efectos de los
cultos y de la edificación mutua, según el modelo apostólico (Ro.
16:5; 1 Co. 16:19; Co. 4:15; Flm. V. 2).
De la forma en la que encontramos la enseñanza mas completa
sobre la Iglesia universal en Efesios, así hallamos las instrucciones
detalladas sobre la iglesia local en la Primera Epístola a los Corintios.
Se desprende del estudio de esta epístola que habría un elemento de
desorden en la iglesia de Corintio (la cual, por otra parte, era notable
por su número, fe y dones) que motivo las reprensiones y las
enseñanzas que nos sirven ahora de preciosa guía. Ya hemos visto la
luz que el libro de Los Hechos arroja sobre el tema, y, desde luego,
hay infinidad de referencias en las epístolas que ponen en foco al
cuadro, con referencia especial a las que mandaron a los
tesalonicenses y a los delegados apostólicos Timoteo y Tito.
Las figuras de la iglesia local. Muchas de las enseñanzas sobre
la Iglesia universal tienen su aplicación a su expresión localizada, que
también se destaca bajo las metáforas de edificio, santuario y cuerpo
(1 Co. 1:9-17; 12:12-31; Ro. 12:4 y 5). Pero, como es lógico
tratándose de grupos <<palpables>>, compuestos de hombres y
mujeres que se reúnen para fines prácticos, en este caso el énfasis
recae sobre la responsabilidad de los miembros de la iglesia local,
quienes han de dar efectividad a las grandes verdades que se
expresan por medio de las figuras. Así, cada uno tenia que cuidar de
la forma en que se sobreedificaba encima del único fundamento,
CRISTO, que Pablo, como maestro arquitecto, había colocado en
Corintio, pues había la triste posibilidad de traer la madera, el heno y
la hojarasca de los esfuerzos carnales en lugar del oro, la plata y las
piedras preciosas de las obras del Espíritu (1 Co. 3:9-15).
La totalidad de la iglesia local se llama también templo
<<santuario>>, pero en el caso de la iglesia local le toca a cada
creyente la responsabilidad de apreciar el carácter sagrado del
edificio espiritual, cuidando mucho de no cometer sacrilegio por su
mala conducta, su irreverencia o su indisciplina (1 Co. 3:16 y 17). En
la figura del cuerpo sobresale su peculiar función en el organismo,
pues el bienestar de todos depende de la contribución espiritual de
cada uno conforme al don que haya recibido (1 Co. 12:12-16).
III. Su organización y su gobierno
En la iglesia local todo ha de hacerse decentemente y con
orden (1 Co. 14:40), pero el énfasis del Nuevo Testamento no recae
sobre su organización, sino sobre el poder vital del Espíritu, obrando
libremente en todos los creyentes. De aquí resulta que la obra es
mucho mas que el cargo, hasta el punto de que el cargo pierde todo
su valor si la obra espiritual que realmente se efectúa no corresponde
a la posición que el hermano ocupa.
A. La iglesia local es autónoma. Hay abundantes noticias de
los fuertes lazos de comunión y de amor fraternal que unían
las iglesias de la edad apostólica y aun subapostólica, pero
no
existe ninguna mención de la subordinación de unas a otras
que fuesen mas poderosas y mas prestigiosas por su numero
o por su posición geográfica. Asuntos de importancia general
podían discutirse para que hubiera mayor luz y guía para
todos, pero sin que se estableciera el dominio de ciertas
iglesias sobre otras, ni mucho menos el de una jerarquía
eclesiástica. Así, la cuestión de la circuncisión de los
creyentes gentiles se trató entre los ancianos de la iglesia en
Jerusalén y los representantes de la Antioquia, pero no hay
menor indicio de que la iglesia de Antioquia fuese
subordinada a la de Jerusalén.
B. El cuidado de la iglesia esta en las manos de los ancianos.
Como se ha destacado ya, cada miembro tiene su
responsabilidad especial en su relación con la vida total de la
iglesia, y ¡dichosa la iglesia que tenga abundancia del don
pastoral que se manifieste en el tierno cuidado de todos por
cada uno! Pero el libro de Los Hechos y las epístolas
enseñan claramente que hermanos de madurez espiritual,
de criterio y de conocimientos bíblicos, en quienes se
manifiesta este don, han de ser reconocidos (1 Ts. 5:12 y 13;
He. 13:17). Al principio, los mismos apóstoles pudieron
percibir y dar reconocimiento a estos dones que surgían en
el seno de cada iglesia local (y un misionero que funda una
iglesia hoy en día ha de hacer igual), pero en las cartas que
Pablo escribió a sus colegas Timoteo y Tito, quienes fueron
enviados para la guía de las iglesias de Éfeso y de Creta,
respectivamente, les dio claras instrucciones sobre las
calificaciones de estos guías para la instrucción de las
iglesias a través de los siglos (1Ti. 3:1-7; Tit. 1:5-9).
Según indicamos arriba, a estos guías se les llama ancianos
en vista de su madurez espiritual (que poco tiene que ver
con la edad); obispos (mejor <<sobreveedores>>) por su
obra en vigilar para el bien de la iglesia; pastores, por el
tierno cuidado que han de tener de las ovejas, proveyendo
para todas sus necesidades espirituales en el poder del
Espíritu. Una comparación de Hechos 20:17, 28 establece la
identidad de <<ancianos>>, <<obispos>> y
<<pastores>>, mientras que Pedro pone de manifiesto muy
claramente que los ancianos y los pastores son las mismas
personas (1 P. 5:1-4; véase también Tit. 1:5 y 7). Nunca se
habla de un solo obispo o de un solo pastor de la iglesia
local, ni mucho menos de un obispo de una región, pues la
jerarquía moderna es una corrupción tardía de la sencillez
apostólica, que, a su vez, siguió de cerca el modelo de la
sinagoga de los judíos.
C. Los diáconos, o servidores de la iglesia. La palabra diácono
quiere decir <<servidor>> o <<ministro>>, y, como tal,
tiene una aplicación muy amplia en el Nuevo Testamento.
Con todo, las calificaciones de los diáconos que se nos
presentan en 1° Timoteo 3:8-13, juntamente con la
referencia de Filipenses 1:1 que les distingue de los santos y
de los obispos, nos dan a entender que había servidores
señalados de las iglesias locales, quienes fueron también
reconocidos para que pudieran llevar a cabo su obra con
autoridad y con eficacia. Por analogía con Hechos 6, muchos
suponen que cuidan solamente de lo material, mientas que
los ancianos se entienden con lo espiritual, pero es mas
probable que la esencia misma de diacono indique todo
aquel que ministra en la iglesia, de la forma que sea,
pudiendo ser reconocidos los destacados de entre ellos.
IV. La iglesia reunida
A. La reunión para el partimiento del pan se efectuaba
normalmente el primer día de la semana (día de la resurrección
del Señor y de la inauguración de la nueva creación), según se
desprende de Hechos 20:7, donde la frase indica la costumbre
de reunirse para este fin. No sería fácil que los creyentes del
primer siglo se reunieran muchas veces en el día para diversos
aspectos de los cultos, y hemos de suponer que, cuando la
iglesia <<se reunía en asamblea>> (1 Co. 11:18, Versión
Moderna) se celebraba primero el partimiento del pan, que
ocupa el primer lugar en las instrucciones de Pablo, y que luego
se dedicaban los hermanos a la oración y al ministerio de la
Palabra para la edificación de todos, según las normas del
capítulo 14. Una cuidadosa lectura de los capítulos 12 a 14 de
esta epístola nos enseña que había una gran variedad de dones
y de operaciones en la iglesia de Corintio, y que hubo lugar y
oportunidad para su ejercito dentro del buen orden de la
iglesia, sin que por eso se tratara de la intervención de todos,
con o sin don. En la iglesia local hay libertad para el ejercicio de
los dones que el Espíritu concede, y es responsabilidad de
todos despertar su don especial, pero es un grave error
suponer que todos los hermanos reciben el don de ministrar la
Palabra en público.
B. Nuestra reunión de evangelización no se ve en el Nuevo
Testamento, ya que no es propiamente reunión de la iglesia
local, sino sencillamente un medio, entre otros muchos de
anunciar la Palabra de Vida a los inconversos. Estos
esfuerzos
de evangelización se realizaban mas bien en las sinagogas, en
las calles y en las plazas en los primeros años de la historia de
la Iglesia, y en todo tiempo los evangelistas han de adaptar sus
métodos a las circunstancias de su día, siempre dentro de las
normas de la Palabra.
C. El ministerio. La base de todo ministerio, tanto publico como
privado, se halla en los dones que el Señor ascendido derramó
sobre Su Iglesia cuando envió la <<promesa del Padre>> (Ef.
4:7-13; Ro. 12:3-8; 1 P. 4:10 y 11). Hemos notado en el estudio
sobre la Iglesia universal que los dones que se mencionan en
Efesios son de alta calidad y de valor permanente. Las listas de
los dones en 1° Corintios 12 son mas largas y tienen mas que
ver con las necesidades inmediatas de la iglesia en Corintio.
Dones milagrosos como sanidades y lenguas se necesitaban
como señal de la operación del poder de Dios entre los
hombres en los primeros tiempos, cuando aún no se había
formado el canon del Nuevo Testamento. Pablo indica
la inferioridad del don de lenguas (misterioso asunto sobre el
cual hay gran diversidad de pareceres) al de la edificación y
de la profecía y de clara indicación de que estas ayudas de la
<<edad infantil>> de la Iglesia habían de ser anuladas o
relegadas a segundo termino al llegar lo que era
<<perfecto>>, o sea, la manifestación plena de la voluntad de
Dios en el Nuevo Testamento (1 Co. 13:8-11). Todo el énfasis se
coloca sobre la edificación de los creyentes, fuese por los
mensajes de los profetas o por las enseñanzas y la exhortación
basadas en la Palabra. En los primeros tiempos los profetas
recibían mensajes directos porque los creyentes no podían
apelar a las Escrituras del Nuevo Testamento, pero ahora la
misma obra se hace por la exposición de la Palabra revelada.
V. Las ordenanzas de la iglesia local
A. El bautismo. La predicación del bautismo formaba una parte
integrante del anuncio del evangelio en los primeros tiempos,
y aquellos que confesaban el nombre del Señor eran
bautizados en el acto (Mt. 28:19; Hch. 2:37-41; 8:36-38; 10:44-
48, etc.).
Si el rito inicial se demora en nuestros días es por la dificultad
en que nos hallamos de discernir entre la confesión falsa y la
verdadera, y no porque el creyente haya de ganar madurez
espiritual para estar en condiciones de bautizarse. Los mejores
eruditos, aun muchos de la escuela de los <<paidobautistas>>
(aquellos que bautizan a niños), reconocen que el bautismo
novotestamentario era por inmersión y bajo confesión de la fe,
y nos basta seguir las normas de la Palabra en tan importante
punto.
El significado espiritual del bautismo se expone en clarísimos
términos por el apóstol Pablo en Romanos 6:1-10, por lo que
comprendemos que señala la separación del creyente de todo lo
antiguo a su vida mundana y pecaminosa, puesto que, a vista
de Dios, su vida ya es <<nueva>> y derivándose de la del
Cristo resucitado. Las <<costumbres>> del cristianismo, que
se derivan de la lenta corrupción de las practicas apostólicas
a
través de los siglos, han complicado mucho la hermosa
sencillez del Nuevo Testamento (aun entre hermanos por otra
parte muy fieles), pero quedan claros los siguientes hechos: 1)
El bautismo por inmersión del creyente es un mandato del
Señor (Mt. 28:19); 2) fue la constante practica apostólica
(véanse referencias arriba) y 3) encierra un profundísimo
significado espiritual cuyo simbolismo puede representarse
adecuadamente tan solo por el descenso del creyente al
<<sepulcro>> de las aguas.
B. La cena del Señor. Los tres términos: <<el partimiento del
pan>>, <<la mesa del Señor>> y <<la cena del Señor>>
indican distintos aspectos del mismo festín que fue instituido
por el Señor en la víspera de Su pasión. Aparece el relato en los
Evangelios según Mateo, Marcos y Lucas, confirmándose
también por una revelación especial que fue dada a Pablo (1
Co. 11:23). Es el acto central de la vida y de la adoración de la
Iglesia, y no puede descuidarse sin grave peligro de la salud
espiritual de la iglesia local. Es, sobre todo, un festín
recordatorio en cuanto a la persona del Señor, quien se entregó
a si mismo por nosotros, pero también sirve para <<proclamar
su muerte>> como hecho central de la vida de la Iglesia toda:
1) simboliza nuestra comunión (o participación) en todo el
significado de Su muerte, y 2) ilustra la unidad de toda la
Iglesia universal en Cristo y anticipa la venida, en persona, de
nuestro Señor para recogernos (1 Co. 10:16 y 17; 11:23-32).
El ágape era un festín de amor fraternal en el que la comunión
de todos se manifestaba por comer en común, originándose las
espontaneas comidas de casa en casa de Hechos 2:46. Se
prestaba a abusos, y el apóstol Pablo recomendó la separación
del <<ágape>> (mera institución humana) de la cena del
Señor (1 Co. 11:17-22). La idea del <<ágape>> persiste en el
refrigerio que tomamos en nuestras <<reuniones de iglesia>>.
VI. La disciplina de la Iglesia local
La Iglesia es <<santa>> y es <<Dios>>, y, por lo tanto, ha de
estar libre de pecados manifiestos que son incompatibles con su
naturaleza. La predicación de la Palabra, la oración, la mesa del Señor
y la comunión en general son <<medios de gracia>> que nos
ayudan a ordenar nuestra vida en el temor y el amor del Señor.
Cuando se
pone de manifiesto que un hermano ha caído en una falta, o que esté
en peligro de ello, entonces los espirituales deberían restaurar a tal
en un espíritu de humildad, ya que todos estamos expuestos al
peligro de tropezar (Gá. 6:1.) Queda la triste posibilidad de pecados
escandalosos de inmoralidad por parte de un hermano que persiste
en practicas que deshonran al Señor, o en la enseñanza de doctrinas
erróneas. En este caso la iglesia local, por medio de sus ancianos,
tiene la autoridad de separar el miembro rebelde de la
comunión visible de la iglesia, devolviendo a aquel terreno dl
mundo donde Satanás es príncipe y señor. Desde luego, la frase
<<entregar a
Satanás>> no tiene nada que ver con la perdición eterna, pues las
cuestiones de la vida o de la muerte eternas están en las manos del
Señor. La escena de una solemne <<entrega>> se describe en 1°
Corintios 5:1-13. (Véase también Mt. 18:17; Ro. 16:17; 2 Ts. 3:6; 1
Ti. 1:19 y 20; 2 Ti. 2:17 y 18; Tit. 3:10 y 11; 2 Jn. 10 y 11).
La finalidad de toda disciplina es la restauración del pecador.
VII. Membresía de la iglesia local
Nuestro epígrafe no es bíblico en su forma de expresión, ya que
son los verdaderos miembros del cuerpo místico de Cristo quienes
han de reunirse en determinado lugar para formar la iglesia local, y
de todo lo que antecede se desprende fácilmente que lo hecho de
ser miembro de una iglesia local es totalmente distinto de la mera
adhesión a una asociación mundana en la que un numero de
personas hallan intereses en común.
Hemos de tomar muy enserio nuestra posición como <<miembros>>
del cuerpo visible de Cristo en la tierra, reconociendo que su salud
espiritual depende en parte de nosotros. Recibimos mucho en la
iglesia local, pero eso no es lo más importante, pues hemos de
preguntarnos: ¿En qué contribuyo yo para el bienestar de todos?
¿Estoy colocando metales preciosos u hojarasca sobre el fundamento
de la iglesia? Habiendo recibido tanto del Señor, ¿Cómo puedo
demostrar mi gratitud?
PREGUNTAS
1. ¿Cuáles son las cualidades que han de reunir los
ancianos/pastores de las iglesias locales? Señálese los pasajes
principales que tratan el tema, con un breve comentario.
2. ¿En cuáles casos concretos, y cómo, deben intervenir los
ancianos/pastores para disciplinar a un miembro de la iglesia?
¿Cuál es la finalidad de toda medida disciplinaria?
Capítulo 21
LA SEGUNDA VENIDO DE CRISTO
I. Definiciones
Las profecías no cumplidas de las Escrituras pertenecen a aquel
ramo de la dogmática que se llama la escatología, o sea: las
enseñanzas sobre <<las ultimas cosas>>. La segunda venida de
Cristo en persona es doctrina fundamental, ya que Él mismo dijo con
toda claridad: <<Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo>>,
mientras que los ángeles, mensajeros celestiales del Señor,
anunciaron a los apóstoles: <<Este mismo Jesús, que ha sido tomado
de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo>>
(Hch. 1:11). Frente a tales versículos, a los que se han de añadir las
clarísimas enseñanzas de Pablo en 1° Tesalonicenses 4:13-18, no
comprendemos como puede haber creyentes que quisieran
espiritualizar esta gran verdad, procurando hacer ver que las
promesas de la venida se cumplen en la muerte del creyente.
Al mismo tiempo, existe una diferencia obvia entre los hechos ya
consumados de la redención y aquellos que se anuncian para un
tiempo futuro. La profecía no se nos da para satisfacer una curiosidad
vulgar ni admite, en sus detalles, un dogmatismo inflexible. Las clara
profecías del Antiguo Testamento sobre la muerte del Mesías se
cumplieron literalmente, pero no fueron entendidas por los apóstoles
antes de la resurrección, a pesar de que el Señor mismo las había
subrayado con repetidas enseñanzas sobre la necesidad de Su
muerte. De igual modo, tiene que haber mucho que queda en la
penumbra en cuanto a los acontecimientos que han de tener lugar en
el futuro, y haremos bien en atenernos al doble propósito
fundamental de la profecía: 1) el de orientar al creyente en medio de
un mundo que va de mal en peor, y 2) el de animarle a velar y orar.
La profecía no es precisamente un foco eléctrico para poner en
evidencia todo cuando ha de su ceder en el provenir (lo que nos haría
más daño que bien), sino <<un candil que alumbra en lugar
oscuro>> (2 P. 1:19, traducción literal), de utilidad para que no
tropecemos y para que pongamos la mira en la gran consumación
que se espera.
Ha habido, y todavía existen, muchas escuelas de interpretación
de la profecía, aun tratándose de amados hermanos que no desean
otra cosa sino exponer la verdad según la han comprendido tras
laboriosos y sinceros estudios de la Palabra. Este hecho debe
salvarnos de un excesivo dogmatismo, y nunca debiéramos
considerar a un hermano como hereje por su modo de entender los
escritos proféticos, si es que admite plenamente la verdad bíblica
sobre la persona y la obra de Cristo. Adelantamos, pues, el esquema
siguiente en un espíritu humilde, creyendo que es el mejor se amolda
a toda la verdad bíblica, pero sin dogmatismos y sin la pretensión de
que sea la única manera de entender los escritos proféticos.
Como el tratamiento detallado de la profecía sin cumplir no cae
de lleno dentro del marco de este curso, hemos de abreviar
muchísimo el bosquejo de este complicadísimo tema.
II. Las indicaciones del Antiguo Testamento
Todos los escritos proféticos anuncian una época de gloria
para Israel, tras un largo periodo de disciplina por sus pecados, con
la inauguración del Reino milenial, que se asocia con la
manifestación del Mesías, o, lo que es lo mismo (Is. 2:1-4, 10; 11:1-
11; 40:9-11, etc.). Daniel, estadista de un imperio gentil además de
israelita piadoso, interpreta la visión de la gran imagen que señala a
grandes rasgos la sucesión de los imperios gentiles desde la toma
de Jerusalén por Nabucodonosor hasta la segunda venida de Cristo
(Dn. 2:29-45). Más tarde recibe la notable profecía sobre su pueblo
Israel de las <<setenta semanas>> de años, cuyo periodo
comprende
desde el edicto de restaurar Jerusalén hasta la muerte del Mesías (69
semanas), quedando una semana por cumplir, después del
paréntesis de la Iglesia, y que es de asolamientos en cuanto a Israel.
Esta
semana se relaciona con la consumación decretada de los
propósitos de Dios en orden al mundo e Israel (Dn. 9:24-27).
III. Las profecías del Señor Jesucristo
Cristo habla de Su venida y de la consumación desde dos
puntos de vista:
A. En el monte de los Olivos pronuncia Su sermón profético,
que recoge las profecías del Antiguo Testamento (con
referencia especial a las de Daniel) y manifiesta que Él
mismo ha de volver en gloria después de la destrucción de
Jerusalén y tras un largo periodo de apostasía, de guerras y
rumores de guerras, de cataclismos terrestres, y, por último,
de señales astronómicas. Todo parece llegar a una crisis
final de tribulación que no es arriesgado identificar con la
ultima
semana de Daniel, <<Entonces aparecerá la señal del Hijo
del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las
tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre
las nubes del cielo, con poder y gran gloria>> (Mt. 24; Mr.
13: Lc. 21:7-36; 2 Ts. 1:9 y 10; Ap. 1:7).
B. En el cenáculo consuela a los suyos con la promesa de Su
venida personal: <<Y si me fuere y os prepare lugar, vendré
otra vez, y os tomare a mí mismo, para que donde yo estoy,
vosotros también estéis…>> (Jn. 14:1-3). Aquí el Señor esta
preparando la mente y el corazón de los suyos para su vida y
su testimonio una vez que el Maestro haya salido de entre
ellos, de modo que representan en esta ocasión a la Iglesia,
a la que se da la precisa promesa del <<recogimiento>> al
Señor para estar siempre con él.
IV. Las indicaciones de las Epístolas
Hay un número considerable de referencias a la venida del
Señor en las epístolas, casi todas ellas subrayando el aspecto más
importante de la promesa: el efecto moral que ha de tener en la vida
del creyente: <<Todo aquel que tiene esta esperanza en Él, se
purifica a sí mismo, así como Él es puro>> (1 Jn. 3:3). Por lo que
afecta al <<plan profético>>, hemos de acudir a 1° Corintios
15:51-57 con 1° Tesalonicenses 4:13 a 5:11 y 2° Tesalonicenses
1:7-12, donde hallamos los dos aspectos de la venida que ya vimos
en las enseñanzas del mismo Señor: 1) La promesa del
<<recogimiento>> de la Iglesia, en el que los que <<duermen>>
precederán a los que son <<cambiados>> para ir juntos al
encuentro del Señor en el aire, y 2) la venida en gloria para el juicio
del mundo impío, que no podrá realizarse antes de la manifestación
del anticristo (Ap. 1:7; 1 Ts. 5:1-4 con 2 Ts. 2:1-4): atroz remedo del
Cristo de Dios, cuya aparición será la culminación del <<misterio de
la iniquidad>>.
V. El Apocalipsis
Los tres primeros capítulos son de introducción, y las cartas a
las siete iglesias indican las variadas condiciones del testimonio de la
Iglesia hasta la venida de Cristo. Los capítulos 4 y 5 presentan
simbólicamente la sublime escena referente al <<Cordero de
Dios>> (es decir, Cristo en la virtud de la consumación de la obra de
expiación) cuando toma el <<libro>> de los destinos últimos de las
naciones y rompe el primer sello. Desde el capítulo 6 en adelante el
rompimiento de los sellos, el sonido de las trompetas y el verter de
los vasos reiteran los acontecimientos del tiempo de la consumación,
o sea, la ultima semana de Daniel. Unos paréntesis detallan mas el
levantamiento y el curso del infame reinado del anticristo.
Como en el sermón profético y en 2° Tesalonicenses, este
periodo de angustia termina con la aparición en gloria de Cristo para
la derrota de las naciones enemigas en la batalla de Armagedón. El
periodo de los <<mil años>> corresponde al reino de paz y de
bendición que tantas veces se detalla en las profecías del Antiguo
Testamento. Este <<milenio>> ha de entenderse de tres maneras:
1) Como el cumplimiento de muchas promesas a Israel por las que
había de ser el centro de un reino universal de paz y de bendición en
la tierra, 2) como la ultima prueba de la raza humana, puesto que,
habiendo vivido bajo optimas condiciones de gobierno y de
prosperidad por mil años, con todo, Satanás sea soltado para
tentarles de nuevo, volverá a rebelarse una gran parte de los
hombres y 3) como una figura y anticipo de la nueva creación en el
estado eterno, que explica porque muchas profecías del Antiguo
Testamento describen este Reino como eternamente establecido,
pues la visión profética pasa a la nueva tierra y los cielos nuevos, que
habrán de reemplazar la antigua creación tan profundamente
manchada por el pecado. Este <<nuevo orden>> divino será la
consumación de todos los propósitos de Dios en relación con la
creación y con los hombres, y en él los redimidos alcanzarán aquella
perfección espiritual, moral e intelectual que Cristo les procuró con
Su muerte y resurrección. Dios morará en medio de los hombres, y al
centro de la nueva creación se hallará la Iglesia glorificada que se
simboliza por la <<ciudad que Juan vio descender del Cielo>> (Ap.
19 a 21).
VI. El momento de la venida
Hemos visto que se destacan claramente dos aspectos de la
venida: el que se relaciona con la Iglesia, cuerpo y esposa de Cristo,
y el que tiene que ver con Israel y con el mundo. Es lógico suponer
que el <<paréntesis>> de la Iglesia se cierra con el recogimiento
de la Iglesia según la descripción de 1° Tesalonicenses 4 y 1°
Corintios 15, cuando la luz profética vuelve a enforcarse en Israel, ya
que restaurado a su tierra en incredulidad. En tal caso, la ultima
semana
de Daniel se ocupa de la tribulación de los judíos, la manifestación del
anticristo (el remedo de Cristo que el diablo presenta al mundo del
renovado Imperio romano) para ocupar el trono, y el surgir de la
ciudad de <<Babilonia>>, que es el sistema de falsa religión que
sustituye a la Iglesia en el sistema diabólico. Esta breve semana
abarca tanto la manifestación del imperio y de su impío rey con la
última forma de <<Babilonia>>, como también la destrucción de
todos estos elementos satánicos por la manifestación en gloria del
Señor de señores.
Hay muchos estudiantes de la profecía que creen que la Iglesia
habrá de pasar por este periodo, y que la venida para recoger a los
santos y para juzgar al mundo coinciden. No combatimos
dogmáticamente esta interpretación, pero creemos que la esperanza
inmediata de la venida de Cristo a por los suyos, con anterioridad a
los acontecimientos de la ultima semana, se ajusta mejor a la
totalidad de la enseñanza bíblica.
VII. El tribunal de Cristo
Los creyentes no tendrán que comparecer antes el augusto
gran trono blanco que se describe en Apocalipsis 20:11-15, pues es el
lugar de juicio de aquellos que mueren en su pecado por no haber
aceptado a Cristo como su Salvador (Jn. 8:24), mientras que
<<ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús>>
(Ro. 8:1). Sin embargo, este hecho no excusa a los cristianos de
tener que rendir cuentas a su Maestro en cuanto a su fidelidad en el
curso de su vida de servicio aquí, pues todos nosotros somos
mayordomos y administradores de todo cuanto hayamos recibido del
Señor
Este principio se destaca en muchos lugares de las Escrituras,
pero se detalla especialmente en 2° Corintios 5:9 y 10; Romanos
14:7-12; 1° Corintios 3:10-15; 4:1-5. Cuando Pablo habla del <<día
de Jehová>> del Antiguo Testamento y que se relaciona con el juicio
del mundo y el establecimiento del Reino.
Si el programa que hemos adelantado es correcto, el tribunal de
Cristo se celebrará entre el recogimiento de la Iglesia y la venida en
gloria: el periodo que se denomina la parousía, o sea, la
<<presencia>> del Señor con los suyos. Durante el mismo periodo
tendrán lugar las bodas del Cordero, cuando la Iglesia, bajo la figura
de esposa, será presentada a Cristo y unida a Él para toda la
eternidad. Vemos por Apocalipsis 19:7-9, que este fausto
acontecimiento precede la venida en gloria (Ap. 19:11-19).
VIII. Las señales de la venida de Cristo
Muchos creyentes se parecen a los discípulos que preguntaron:
<<Dinos, ¿Cuándo será esto? ¿y qué señal habrá de tu venida y del
fin del siglo?>> (Mt. 24:7; Mr. 13:4; Lc. 21:7). Hemos de tener
presente el peligro que antes señalamos: la curiosidad malsana en
este asunto: El señor no reprendió a Sus discípulos, pero las
<<señales>> del sermón profético consisten principalmente en las
características generales del periodo de Su ausencia de ellos, y
queda terminantemente prohibido procurar fijar <<el día y la hora>>
que el Padre reserva a solo conocimiento (Mt. 24:36; Hch. 1:7).
Podemos creer que nos acercamos al fin de esta dispensación
por las siguientes razones: 1) El aumento de la frecuencia, la
extensión y el poder destructor de las guerras, que amenazan
aniquilar la civilización actual. 2) La extensión universal de la
predicación del Evangelio. 3) El retorno de los judíos en incredulidad
a su tierra con la adquisición de su nacionalidad: una posición que no
ha sido la suya desde el tiempo de los Macabeos. Sin duda, la
preservación de la raza de Israel para este fin a través de los siglos y
a pesar de determinados esfuerzos para exterminarla es un
asombroso milagro histórico. La <<higuera>> que antes no llevó
fruto brota otra vez, pues el cielo y la tierra pasarán, mas las
palabras del Señor no pasarán. Sin duda, Israel llegará a
posesionarse de Jerusalén y de toda Palestina, y será el centro de los
acontecimientos tanto durante la ultima semana de Daniel (para su
dolor) como durante el milenio (para su gloria y bien). 4) La
tendencia a la federación europea, que puede ser el preludio de la
formación del renovado <<Imperio romano>>… << ¡Velad, pues,
porque no sabéis en que día ha de venir vuestro Señor!>> (Mt.
24:42).
IX. El orden probable de los acontecimientos
A. El retorno de los judíos a Palestina, que se está realizando en
nuestros días, les dará por fin la posesión de toda Palestina y
Jerusalén, lo que pondrá fin a <<los tiempos de los gentiles>>.
B. En cualquier momento antes o después de la consumación de
este proceso al Señor podrá venir en el aire para recoger a los
suyos de la tierra, completando así Su Iglesia.
C. Se inaugurará la ultima semana de Daniel, durante la cual el
Imperio de Roma federado surgirá y se pondrá bajo el poder del
anticristo. Este se aclamará como el salvador de los hombres
en gran crisis mundial que atravesamos, y por fin se hará
adorar como dios. Los asuntos religiosos serán dirigidos por el
falso profeta, quien guiara los asuntos de <<Babilonia>>, el
remedio diabólico de Jerusalén celestial. Al principio, la
<<bestia>>
favorecerá a la nación de Israel y hará un pacto con ella, pero,
a la mitad del periodo, romperá su pacto e iniciara una gran
persecución que será el <<tiempo del dolor de Judá>>, o sea,
la <<gran tribulación>>. Habrá fieles que confiesen a Jesús
(quizás íntimamente ligados con el <<resto fiel>> de Israel) y
muchos padecerán martirio. Desde el Trono, Dios visitara el
mundo rebelde e impío con grandes y graves desastres que
quedan simbolizados por los sellos, trompetas y vasos del
Apocalipsis.
D. En el cielo, el Señor se manifestará a los suyos en la parousia y
se celebrarán el tribunal del Cristo y las bodas del Cordero.
E. El Señor aparecerá al mundo a la cabeza de los suyos y de las
huestes celestiales. Las naciones estarán congregadas
alrededor de Jerusalén en un esfuerzo ultimo de dominar a
Israel (Zac. 14:3 y 4), pero tendrán que vérselas con el Señor
en la batalla de Armagedón, siendo, derrotadas y aniquiladas
por la gloria del Cordero.
F. La bestia y el falso profeta serán lanzados directamente al
lago de fuego, mientras que Satanás será preso en el abismo
durante el milenio.
G. Cristo reinará sobre la tierra, asociando consigo en el gobierno
a los fieles que perecieron en la gran tribulación (Jer. 30:7; Dn.
12:1; Mt. 24:21; Ap. 7:14). Se cumplirán las múltiples
profecías de los libros proféticos, pues castigados los rebeldes
de Israel, y conservado milagrosamente el <<resto fiel>> de
esta nación, toda ella se convertirá al Señor, y Palestina será el
glorioso centro del Reino terrenal.
Es de suponer que la Iglesia, entidad siempre espiritual,
gobernará en los <<lugares celestiales>>.
H. Al final del milenio, Satanás será soltado para la ultima prueba
de los hombres, y levantará a Gog y Magog tras sí. Su derrota
será rápida, y, echado el diablo en el lago de fuego (Ap. 21:10),
se limpiará todo el universo de todos los elementos perversos
en el gran trono blanco, y solo los redimidos pasarán a habitar
el cielo nuevo y la tierra nueva (es decir, el universo
reconstruido según principios nuevos por la mano creadora de
Dios para ser la morada apta de los justos 2 P. 3:4-13).
I. La Iglesia glorificada será el centro de la manifestación de la luz
divina en el nuevo universo (Ef. 2:7; Ap. 21:9; 22:5).
X. El destino humano
Se puede decir que el tema del destino humano es el que nos
toca más cerca en la escatología. ¿Qué hemos de ser nosotros? ¿Qué
hará Dios con el hombre? El futuro se enlaza con el pasado, y hemos
de tener en cuenta que el propósito original de Dios al crear al
hombre era <<a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza, y
enseñoree…>> (Gn. 1:26). Sólo el hombre, entre todas las criaturas
aquí abajo, pudo tener comunión con Dios, por tener personalidad,
cualidades morales y libre albedrío. Pareció que todo el plan de Dios
queda frustrado cuando el hombre, cabeza de la creación, se valió de
su libre albedrío para rebelarse contra su Creador, pero el consejo de
la trinidad no puede quedar sin efecto por la intervención del diablo y
la caída del hombre.
Por el glorioso misterio de la encarnación vino al mundo un
hombre celestial en quien Dios pudo deleitarse, y quien pudo, como
<<Hijo del Hombre>>, cumplir los altos destinos de la humanidad
(Sal. 8 con He. 2:6-9; véase capítulo 6). Al llevar en Su persona la
responsabilidad legal y moral del hombre antes Dios en la obra de la
expiación, el Dios-Hombre hizo posible que el pecador fuese
reconciliado con Dios por medio del arrepentimiento y de la fe, y que,
<<recreado>> en Cristo, fuese <<renovado conforme a la imagen
del que lo creó>> (Col. 3:10).
Así que el pensamiento primordial de Dios para con el hombre
se realiza en todo aquel que se une a Cristo por la fe: <<Porque a los
que antes conoció, también predestino para que fuesen hechos
conformes a la imagen de su Hijo>> (Ro. 8:29). La resurrección de
los creyentes en la venida del Señor nos dará el <<cuerpo
espiritual>>, de nueva constitución, que será el vehículo perfecto del
espíritu redimido y recreado en Cristo: <<Y así como hemos traído la
imagen terrenal [Adán] traeremos también la imagen celestial
[Cristo]>> (1 Co. 15:42-54; ro. 8:30; Fil. 3:20 y 21; Col. 3:4; 1 Jn.
3:2).
Muchas descripciones del cielo insinúan ideas erróneas o, por lo
menos, inadecuadas en cuanto a la vida del hombre en el estado
eterno, pues no se hace distinción entre las figuras que representan
la Iglesia glorificada y la gran realidad espiritual que nos espera.
Hemos de tener en cuenta que la personalidad del hombre llegará a
su perfección a la semejanza del Hombre perfecto, sin mengua de su
carácter divino. Disfrutará de una perfecta visión de Dios en Cristo,
mientras que el nombre de Dios estará en su frente, o sea, la
voluntad de Dios gobernará la vida en su totalidad.
No será una vida pasiva, ocupada solamente en alabanzas
vocales, sino que <<sus siervos le servirán>> (Ap. 22:3 y 4).
Todavía habrá servicio que cumplir, pero sin cansancio y sin
limitaciones, dentro de la voluntad de Dios y la condición del hombre
glorificado. El servicio encomendado a cada cual dependerá de la
fidelidad con que administramos <<lo poco>> que hemos recibido
en esta vida (Mt. 25:21; Lc. 19:16 y 17, etc.). Si tan hermoso es el
mundo en parte y tan sublimes momentos tiene la vida humana aquí,
a pesar de los estragos que resultan del pecado, ¿Qué no será la vida
de los redimidos allí en perfecta unión con Cristo en la nueva
creación? <<Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en
corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le
aman>> (1 Co. 2:9).
Hemos hablado del glorioso destino de los redimidos, pero
inevitablemente existirá la terrible contrapartida en cuanto a
los rebeldes: <<El que no se halló inscrito en el libro de la vida
fue
lanzado al lago de fuego>> (Ap. 20:15). Cuando Dios ofreció la vida
a un mundo que había <<muerto>> por causa de su pecado, la
ofreció en el Hijo. El que rechaza la vida eterna en Cristo queda sin
vida, o sea, el estado de muerte espiritual y de separación de Dios se
prolonga eternamente. La severidad de la sentencia de cada uno
será
<<según sus obras>>, con referencia especial a las oportunidades
que el pecador haya rechazado.
PREGUNTAS
1. ¿Cuál es el doble propósito fundamental de la profecía?
2. Según el <<sermón profético>>, ¿Cuál será el estado del
mundo antes del tiempo del fin?
3. ¿Qué entiende usted por el <<milenio>>? Señálense los
acontecimientos que, al parecer de muchos, van a
inaugurar y clausurar este periodo.