EL EVANGELIO DE LA GRACIA
CONTENIDO
Nota
Prefacio
Introducción
Romanos 1
Romanos 2
Romanos 3
Romanos 4
Romanos 5
Romanos 6
Romanos 7
Romanos 8
Romanos 9
Romanos 10
Romanos 11
Romanos 12
Romanos 13
Romanos 14
Romanos 15
Romanos 16
Referencias
EL EVANGELIO DE LA GRACIA
UN COMENTARIO GENERAL DE
LA EPÍSTOLA A LOS ROMANOS
GILBERTO MIGUEL RUFAT
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Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial sin la
autorización por escrito del autor.
A menos que se indique, todas las citas bíblicas han sido tomadas de la versión
Reina Valera del 1960.
Todas las referencias utilizadas en este libro están ubicadas al final del mismo.
PREFACIO
El término evangelio “euangelion” originalmente denotaba una recompensa por
buenas nuevas, sin embargo, más tarde desapareció la idea de la recompensa y la
palabra vino a denotar las mismas buenas nuevas. Le llamo “El Evangelio de la
Gracia” porque considero la carta o epístola a los Romanos como la más
profunda exposición del significado y alcance del evangelio.
Es común asociar el término evangelio con los cuatro evangelios del Nuevo
Testamento. Aunque los evangelios presentan gran información sobre el
ministerio de Jesús y sus enseñanzas, en Romanos vemos las implicaciones o el
significado del mismo desde una perspectiva teológica.
El mismo es la obra teológica más profunda del apóstol Pablo. Esta magnífica
carta nos ayuda grandemente en la comprensión de la sabiduría, propósito y
diseño del Creador para su creación y su plan de salvación. A través de su
lectura, comprendemos la situación en la que se encuentra el pecador. ¿Qué es el
evangelio y cuál es su relación con las profecías en las santas Escrituras? ¿Cuál
es el estado del hombre frente a Dios? ¿Quiénes son los que se salvan y cómo?
¿Cuál es el verdadero pueblo de Dios? ¿Cómo fue salvo Abraham? También
vemos la fe como un medio de gracia, la justificación por la fe, los resultados de
la justificación y la santificación dentro del estado de la justificación, entre otros.
Pablo presenta y defiende con gran vehemencia el cumplimiento de las buenas
nuevas o el evangelio profetizado en el Antiguo Testamento, señalando su fiel
cumplimiento en la obra y resurrección de Jesucristo. Desde el inicio de la carta,
vemos la importancia del evangelio y la necesidad de su exposición a todos los
hombres, pues es el poder de Dios para salvación a los que creen (Ro. 1:16).
No pretendo, ni aspiro en este comentario presentar una obra final. Mi propósito
radica en presentar esta carta magna, inspirada por el Espíritu Santo de Dios, de
una manera sencilla y a su vez, presentar su profundidad teológica al lector
común. Además es presentada desde una perspectiva pastoral, devocional y
práctica. Reconozco el trabajo que otros han realizado sobre la misma, del cual
ciertamente he sido edificado. Me hago eco de las palabras que un gran
predicador dijera en una ocasión, "Yo me alimento de diferentes pastos, pero la
leche es mía". Espero que la lectura y el estudio de esta obra sea de gran
bendición y edificación para sus lectores.
Gilberto Miguel Rufat
INTRODUCCIÓN
La carta a los Romanos fue escrita por el apóstol Pablo alrededor del año 56
después de Cristo. La misma parece haber sido escrita al final de su tercer viaje
misionero desde la ciudad de Corinto. Ésta fue dirigida a los creyentes de la
ciudad de Roma, ciudad que en aquel momento constituía la capital del Imperio
Romano. Dicha ciudad, muy importante y cosmopolita, representaba en la mente
del apóstol un escenario útil para la propagación del evangelio. Al parecer,
cuando Pablo escribe la carta, todavía no había visitado la ciudad. Pablo se había
esforzado primero en llegar a quienes nunca habían escuchado el evangelio, pues
estaba convencido que según Isaías 52:15:
…Aquellos a quienes nunca les fue anunciado acerca de él, verán; Y los
que nunca han oído de él, entenderán. (Ro. 15:21)
De manera, que por esa causa, el apóstol no había podido visitar a los romanos;
aunque lo había deseado (Ro. 1:9-10; 15:21-22). Sin embargo, él mismo les
asegura lo siguiente:
Pero ahora, no teniendo más campo en estas regiones, y deseando desde
hace muchos años ir a vosotros, cuando vaya a España, iré a vosotros; porque
espero veros al pasar, y ser encaminado allá por vosotros, una vez que haya
gozado con vosotros. Mas ahora voy a Jerusalén para ministrar a los santos.
Porque Macedonia y Acaya tuvieron a bien hacer una ofrenda para los pobres
que hay entre los santos que están en Jerusalén. Pues les pareció bueno, y son
deudores a ellos; porque si los gentiles han sido hechos participantes de sus
bienes espirituales, deben también ellos ministrarles de los materiales. Así que,
cuando haya concluido esto, y les haya entregado este fruto, pasaré entre
vosotros rumbo a España. Y sé que cuando vaya a vosotros, llegaré con
abundancia de la bendición del evangelio de Cristo. (Ro. 15:23-29)
Cabe preguntarnos, ¿cómo llegó el evangelio a Roma y cómo pudo penetrar la
meca del pluralismo religioso de aquel tiempo? En el libro de los Hechos
encontramos, probablemente una de las mejores respuestas, debido a la gran
precisión histórica del libro. Hechos representa la continuación del evangelio de
Lucas, quien expresa en el capítulo 1:1-4 lo que sigue:
Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las
cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, tal como nos lo enseñaron los que
desde el principio lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra, me
ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las
cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo, para
que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido instruido.
En Hechos, Lucas narra lo que sucedió después de la ascensión de Jesucristo y el
mandato expreso de permanecer en Jerusalén. Éste presenta tres acontecimientos
o eventos que marcarían la vida de los discípulos y que fueron la razón del
impacto de la iglesia en todo el mundo romano.
1- La certeza de la resurrección
2- La investidura de poder por parte del Espíritu Santo
3- La comprensión del propósito del evangelio o su misión
El libro de los Hechos narra cómo en la festividad judía del día de Pentecostés,
el Espíritu Santo fue derramado, según lo profetizado por Jesús (Jn.14:16-17, 26;
15:26; 167-13) y anunciado por los profetas (Ez. 36:26-27; 37:4-14: Jl. 2:28-32),
en la vida de cada uno de los discípulos allí congregados y cómo dicho evento
marcó el inicio de la obra de la iglesia.
Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que
esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan
ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu
Santo dentro de no muchos días. (Hch. 1:4-5)
Alrededor de ciento veinte personas que estaban reunidas en Jerusalén, según lo
ordenado por Jesús, fueron investidas de poder para predicar el evangelio y ser
testigos de la resurrección. A los mismos se les había dicho:
pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo,
y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de
la tierra. (Hch. 1:8)
Cerca de tres mil personas responderían al mensaje del evangelio predicado por
el apóstol Pedro. Con toda probabilidad, algunos de los que escucharon y
creyeron, de los cuales se dice que había romanos, llevarían el mensaje a Roma.
Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en
Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las
regiones de África más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto
judíos como prosélitos, cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas
las maravillas de Dios. (Hch. 2:9-11)
Aunque Pablo no acostumbraba edificar donde otros ya habían edificado, no
obstante, su corazón anhelaba llegar a Roma. Es necesario mencionar que dicha
carta no va dirigida a ninguno de los apóstoles. Según la Iglesia Católica
Apostólica Romana, Pedro fue el primer líder de la iglesia de Roma. Parece
extraño, de ser cierto, que Pablo no dirigiera la carta a Pedro y ni tan siquiera le
mencionara o apareciera en las salutaciones finales. Es un hecho histórico que la
iglesia principal no fue la iglesia de Roma en el primer siglo, sino la iglesia de
Jerusalén.
Vale la pena señalar que estamos ante una de esas joyas de la teología cristiana
del primer siglo.
ROMANOS 1
1:1 “Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el
evangelio de Dios."
El autor de la carta a los Romanos es Saulo de Tarso, también llamado Pablo.
Éste es reconocido como el último de los apóstoles. Pablo fue un prominente
líder judío de la secta de los fariseos. En el judaísmo aventajaba a muchos de los
contemporáneos de su nación, siendo mucho más celoso de las tradiciones de sus
padres (Gá. 1:14). Creyó que el cristianismo era una herejía que debía ser
erradicada. Un día, mientras se dirigía con cartas a las sinagogas para hallar a
algunos de los hombres o mujeres llamados los del Camino (referencia a los
primeros creyentes), a fin de traerlos presos a Jerusalén (Hch. 9:1-2), fue
llamado por Jesús mismo (Hch. 9:4-6). Posteriormente, Dios le envió a Ananías
para revelarle que sería un instrumento escogido para llevar su nombre a los
gentiles, los reyes y los hijos de Israel (Hch. 9:15). En el libro de los Hechos
tenemos una corta autobiografía del apóstol.
Yo de cierto soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero criado en esta
ciudad, instruido a los pies de Gamaliel, estrictamente conforme a la ley de
nuestros padres, celoso de Dios, como hoy lo sois todos vosotros. Perseguía yo
este Camino hasta la muerte, prendiendo y entregando en cárceles a
hombres y mujeres; como el sumo sacerdote también me es testigo, y todos
los ancianos, de quienes también recibí cartas para los hermanos, y fui a
Damasco para traer presos a Jerusalén también a los que estuviesen allí, para que
fuesen castigados. Pero aconteció que yendo yo, al llegar cerca de Damasco,
como a mediodía, de repente me rodeó mucha luz del cielo; y caí al suelo, y oí
una voz que me decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Yo entonces
respondí: ¿Quién eres, Señor? Y me dijo: Yo soy Jesús de Nazaret, a quien tú
persigues. Y los que estaban conmigo vieron a la verdad la luz, y se espantaron;
pero no entendieron la voz del que hablaba conmigo. Y dije: ¿Qué haré, Señor?
Y el Señor me dijo: Levántate, y ve a Damasco, y allí se te dirá todo lo que está
ordenado que hagas. Y como yo no veía a causa de la gloria de la luz, llevado de
la mano por los que estaban conmigo, llegué a Damasco. Entonces uno llamado
Ananías, varón piadoso según la ley, que tenía buen testimonio de todos los
judíos que allí moraban, vino a mí, y acercándose, me dijo: Hermano Saulo,
recibe la vista. Y yo en aquella misma hora recobré la vista y lo miré. Y él dijo:
El Dios de nuestros padres te ha escogido para que conozcas su voluntad, y veas
al Justo, y oigas la voz de su boca. Porque serás testigo suyo a todos los
hombres, de lo que has visto y oído. Ahora, pues, ¿por qué te
detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre. Y me
aconteció, vuelto a Jerusalén, que orando en el templo me sobrevino un éxtasis.
Y le vi que me decía: Date prisa, y sal prontamente de Jerusalén; porque no
recibirán tu testimonio acerca de mí. Yo dije: Señor, ellos saben que yo
encarcelaba y azotaba en todas las sinagogas a los que creían en ti; y cuando se
derramaba la sangre de Esteban tu testigo, yo mismo también estaba presente, y
consentía en su muerte, y guardaba las ropas de los que le mataban. Pero me
dijo: Ve, porque yo te enviaré lejos a los gentiles. (Hch. 22:3-21)
Pablo comienza su introducción describiéndose ante sus destinatarios, la iglesia
de Roma, como un siervo de Jesucristo. El término siervo del griego δοῦλος
“doúlos” significa "esclavo; originalmente el término más inferior en la escala de
la servidumbre. Vino también a significar uno que se entrega a la voluntad de
otro (ej., 1 Co. 7:23; Ro. 6:17, 20), y vino a ser el término más común y general
para «siervo», como en Mt. 8:9, sin ninguna connotación de esclavitud. Sin
embargo, al llamarse a sí mismo «siervo de Jesucristo» (ej., en Ro. 1:1), el
apóstol Pablo implica: (1) que había sido anteriormente esclavo de Satanás, y (2)
que, habiendo sido comprado por Cristo, era ahora un esclavo voluntario, ligado
a su nuevo dueño."1
En un mundo en el que los hombres andan en la búsqueda de libertad y
reconocimiento, la expresión esclavo de Cristo, parece ser una contradictoria.
Sin embargo, el apóstol no pretende ser reconocido por los creyentes en Roma
con ningún otro título mayor que éste, esclavo de Cristo. Pablo reconoce que
únicamente a través de la sujeción a Cristo, el hombre puede disfrutar de una
verdadera libertad. La sumisión a la cual el apóstol hace referencia es a la libre
disposición de aquellos que han sido regenerados y por ende, llamados a
salvación, a obedecer a su Señor. De manera que la sumisión no es una opción
para el creyente, pues ésta no es sugerida, sino demandada.
La razón para tal sumisión a Jesucristo, la encontramos en diferentes textos en
sus cartas en el Nuevo Testamento, de las cuales citaremos al menos dos. Las
mismas muestran que la mayor motivación de lo que fuera el ministerio del
apóstol Pablo, fue el amor de Cristo.
Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió
por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya
no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. (2Co. 5:14-
15)
Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo
en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual
me amó y se entregó a sí mismo por mí. No desecho la gracia de Dios; pues si
por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo. (Gá. 2:20-21)
La segunda descripción que Pablo usa en su introducción sobre sí mismo, un
apóstol, tiene que ver con la encomienda, tarea y llamado a realizar. La
expresión apóstol del griego ἀπόστολος “apóstolos” significa "literalmente uno
enviado."2 El apóstol es uno que ha sido comisionado por Cristo al mundo para
predicar el evangelio. El término apóstol evidenciaba su autoridad en Cristo, así
como su responsabilidad. Es importante destacar que Pablo no se autoproclamó
apóstol como muchos falsamente lo hacen en la actualidad, ni le fue conferido
por mediación humana, sino que su llamado provino directamente de Jesús (Hch.
9:1-16).
Tercero, Pablo presenta que lo que se le delegó como apóstol fue el mensaje del
evangelio de Jesucristo. La palabra evangelio del griego εὐανγέλιον
“euangelion” "denotaba originalmente una recompensa por buenas nuevas; más
tarde desapareció la idea de la recompensa, y la palabra vino a denotar las
mismas buenas nuevas."3 El evangelio es el mensaje acerca de las buenas
nuevas de salvación en Jesucristo.
Por consiguiente, Pablo se presenta como un siervo de Jesucristo, al cual se le ha
delegado la responsabilidad de anunciar el mensaje del evangelio de Dios. ¡Qué
tarea tan maravillosa y qué gran responsabilidad!
1:2 “que él había prometido antes por sus profetas en las santas
Escrituras."
Pablo afirma en la epístola a los Romanos, que el mensaje del evangelio es el
cumplimiento de las profecías contenidas en las santas Escrituras (el Antiguo
Testamento). La promesa acerca del Mesías en el Antiguo Testamento se
cumplió en la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. Su argumento radica en
que el mensaje del evangelio no es uno nuevo, sino la consumación del mensaje
de los profetas. Por ende, el Antiguo y el Nuevo Testamento no son obras
separadas, puesto que forman parte de un solo mensaje. Pablo hará uso
continuamente del Antiguo Testamento, con el propósito de fundamentar su
argumentación y demostrar la veracidad del evangelio, al evidenciar la
correspondencia, correlación y coherencia que existen entre ambos.
1:3-4 “acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de
David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el
Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos."
El evangelio prometido era uno acerca del Hijo de Dios, centrado en el señorío
de Jesucristo. En los versículos tres y cuatro, Pablo hace referencia a tres puntos
importantes, los que evidencian que Jesús es el cumplimiento de las profecías
del Antiguo Testamento y por tal razón, el Mesías prometido.
1. Jesús es "del linaje de David, según la carne" (v.3).
2. La vida y ministerio de Jesús evidenciaron "que fue declarado Hijo de Dios
con poder" (v.4)
3. "La resurrección de Jesús de entre los muertos" demostró su autoridad como
el Hijo de Dios (v.4).
El evangelio de Mateo comienza con la genealogía de Jesús, mostrando su
ascendencia al linaje de David (Mt. 1:1-17). El rechazo de los judíos hacia la
persona de Jesús como el Mesías prometido fue debido a la idea preconcebida
que los mismos tenían sobre el Mesías. Su idea giraba en torno a la llegada de un
libertador político y no a la de un salvador personal. Los judíos concebían el
reino de Dios como el resurgimiento de un nuevo estado político de Israel junto
al Mesías. De manera, que al Jesús no encajar con la idea que estos se habían
hecho sobre el Mesías prometido y al diferir sobre aspectos doctrinales de la ley,
le rechazaron. Sin embargo, la vida de Jesucristo dio testimonio de que él era el
Hijo de Dios. La mayor evidencia lo fue su resurrección corporal. Es absurdo
que un farsante, según algunos consideraron a Jesús, pusiera todo el peso de su
credibilidad en un evento sobrenatural y con precisión cronológica, puesto que él
mismo profetizó que en tres días, resucitaría. Este hecho fue atacado desde el
principio por los principales líderes judíos, quienes se aseguraron de crear la
primera teoría falsa sobre dicha resurrección; la teoría acerca del robo del cuerpo
de Jesús, la cual establece que los discípulos robaron el cuerpo de Cristo para
hacer creer que había resucitado y cumplido su profecía (ver Mt. 28:13-18).
Jesús fue traicionado por treinta monedas de plata. No obstante, todo el dinero y
recursos disponibles del mundo, no pudieron detener el impacto del mensaje
acerca de la resurrección. Si nadie en el primer siglo pudo presentar evidencia en
contra de la resurrección, es irracional e insensato que dos mil años después,
algunos pretendan refutar la realidad de la resurrección con teorías nuevas como
las del desmayo y la del intercambio, entre otras.
Lo maravilloso es que ante las persecuciones, mofas y el martirio de muchos
cristianos en el primer siglo, la resurrección permaneció como el mensaje central
de la predicación de los apóstoles. Siendo Jesucristo la piedra angular sobre la
cual la iglesia es edificada y el único mediador entre Dios y los hombres.
1:5 “y por quien recibimos la gracia y el apostolado, para la obediencia a la
fe en todas las naciones por amor de su nombre."
El versículo cinco afirma que el impacto del evangelio prometido únicamente
puede ser recibido por medio de la manifestación de la gracia de Dios. La gracia
es comúnmente definida como favor no merecido. Desde la óptica teológica es la
manifestación de la misericordia de Dios sobre los que heredan la salvación.
Esto es, que los que merecen condenación, reciben misericordia sin obras. La
gracia, según la teología nuevo testamentaria, no es un acto de conmiseración de
Dios, por cuanto es la acción de Dios en la salvación del pecador.
Pablo se había presentado a sí mismo como apóstol, pero ahora llama a los
creyentes a asumir su apostolado. ¿Por qué? Porque todos los que han recibido la
gracia son también llamados a ser embajadores de Cristo. La gracia y el
apostolado recibido deben evidenciarse mediante una vida de obediencia a Dios.
La mayor evidencia de la obra de Dios en el creyente y la mayor manifestación
de su devoción a Dios, es una vida de total sumisión. Los que han recibido la
gracia son llamados a la obediencia y a la proclamación del evangelio en todo
lugar por amor de su nombre.
1:6-7 “entre las cuales estáis también vosotros, llamados a ser de Jesucristo
a todos los que estáis en Roma, amados de Dios, llamados a ser santos:
Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.”
Todos los que creen o responden en fe al evangelio son "llamados a ser de
Jesucristo" sin importar su naturaleza o procedencia. Roma era la meca del
paganismo, el libertinaje y los excesos en su tiempo. Sin embargo, el amor de
Dios también se manifestó allí. El acto de la salvación del pecador es la mejor
evidencia del amor de Dios, así como una vida de santidad en el creyente, es la
mayor demostración de que verdaderamente ha sido alcanzado por la gracia de
Dios. La gracia y la paz son presentadas por el apóstol, como el resultado de ser
llamados a salvación. La gracia es el acto de Dios en la salvación y la paz es el
resultado de haber sido perdonados. Por consiguiente, ahora los creyentes gozan
de una relación diferente al poder llamarle Padre, cuando antes eran hijos de ira
como los demás (Ef. 2:3).
El plan eterno de Dios en la salvación se centra en la reconciliación de los
elegidos o el remanente previamente anunciado por los profetas. Este remanente
elegido por gracia es lo que el Nuevo Testamento llama la iglesia. Veamos
algunos pasajes en el Antiguo Testamento que hacen referencia al remanente que
sería salvo en los días del Mesías.
Porque de Jerusalén [saldrá un remanente], y del monte de Sion los que
se salven. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto. (Is. 37:32)
Y yo mismo [recogeré el remanente] de mis ovejas de todas las tierras
adonde las eché, y las haré volver a sus moradas; y crecerán y se multiplicarán.
(Jer. 23:3)
Sin embargo, [he aquí quedará en ella un remanente], hijos e hijas, que
serán llevados fuera; he aquí que ellos vendrán a vosotros, y veréis su camino y
sus hechos, y seréis consolados del mal que hice venir sobre Jerusalén,
de todas las cosas que traje sobre ella. (Ez. 14:22)
Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo;, porque en el
monte de Sion y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho Jehová, y entre [el
remanente al cual él habrá llamado] (Jl. 2:32)
Observemos que la iglesia en el Nuevo Testamento es llamado el remanente
escogido por gracia en las profecías del Antiguo Testamento.
y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con [los
vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria], a los cuales
también ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo de los judíos, sino
también de los gentiles? Como también en Oseas dice: Llamaré pueblo mío al
que no era mi pueblo, Y a la no amada, amada. Y en el lugar donde se les dijo:
Vosotros no sois pueblo mío, Allí serán llamados hijos del Dios viviente.
También Isaías clama tocante a Israel: Si fuere el número de los hijos de Israel
como la arena del mar, [tan sólo el remanente será salvo]; porque el Señor
ejecutará su sentencia sobre la tierra en justicia y con prontitud. Y como antes
dijo Isaías: Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado descendencia:
Como Sodoma habríamos venido a ser, y a Gomorra seríamos semejantes.
(Ro. 9:23-29)
Pablo presenta que los vasos de misericordia representan a todos los judíos y
gentiles llamados a salvación, a quienes llama el remanente. Más adelante en la
carta, el apóstol enseña que el remanente fue escogido por gracia.
Así también aun [en este tiempo ha quedado un remanente escogido por
gracia]. Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es
gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra.
¿Qué pues? Lo que buscaba Israel, no lo ha alcanzado; pero los escogidos sí lo
han alcanzado, y los demás fueron endurecidos. (Ro. 11:5-7)
Para entender la relación que existe entre el remanente y la iglesia es necesario
definir el término iglesia. En el Nuevo Testamento, la palabra iglesia del griego
ἐκκλησία "ekklesia" es una "palabra compuesta de "ek", fuera de y "klesis",
llamamiento. Se usaba entre los griegos de un cuerpo de ciudadanos reunido
para considerar asuntos de estado (Hch. 19:39). En la LXX (Septuaginta) se usa
para designar a la congregación de Israel, convocada para cualquier propósito
determinado, o una reunión considerada como representativa de la nación toda.
Tiene dos aplicaciones: (a) la compañía de los redimidos a través de la era
presente, la compañía de la que Cristo dijo: «edificaré mi iglesia» (Mt. 16:18), y
que es descrita adicionalmente como «la iglesia, la cual es su cuerpo» (Ef. 1:22 ;
5:22), (b) en número singular (p.ej., Mt.18:17), a una compañía formada por
creyentes profesos (p.ej., Hch. 20:28 ; 1Co. 1:2 ; Gá. 1:13. 1Ts. 1:1 ; 1Ti. 3:5), y
en plural, refiriéndose a las iglesias en un distrito.4" De modo, que los
convocados son el remanente escogido por gracia.
La iglesia no es un lugar de reunión, como tampoco es un grupo de personas que
se reune para tener un culto. La iglesia está compuesta únicamente por aquellos
que Dios llamó en su soberana gracia; reuniéndolos y uniéndolos, en lo que Dios
mismo denominó, su pueblo, la iglesia, los santos y los escogidos, entre otros. El
apóstol Pedro presenta ésta misma verdad en su primera carta cuando expone lo
siguiente:
Mas vosotros sois [linaje escogido], real sacerdocio, nación santa, pueblo
adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las
tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero
que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado
misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia. (1P. 2:9- 10)
1:8 “Primeramente doy gracias a mi Dios mediante Jesucristo con respecto
a todos vosotros, de que vuestra fe se divulga por todo el mundo."
La gratitud a Dios debe ser una expresión normal y continua en la vida de los
creyentes, pues por medio de Jesucristo han sido hechos partícipes de la
salvación. La gracia de Dios en sus vidas debe ser manifestada mediante la fe en
todos los aspectos de la misma. Note, que la fe de los creyentes en Roma era
divulgada, esto es, conocida. La verdadera salvación es más que la aceptación de
una creencia, es la manifestación de un cambio en el corazón evidenciado por un
cambio en la manera de vivir. Debemos preguntarnos, si nuestra fe en Dios se
evidencia por medio de cómo vivimos. El concepto de fe que Pablo viene
desarrollando tiene por lo menos tres características básicas:
1. La fe significa total confianza en Dios (He. 11:1)
2. La fe se fundamenta en la Biblia (Ro. 10:17).
3. La fe no es únicamente algo que creemos, sino también, a lo que somos
llamados, a obedecer (Ro. 1:5; 16:26).
Tristemente, lo que algunos llaman fe en muchas iglesias, no es más que una
presunción o una estimulación del sistema nervioso central o de otra forma, puro
emocionalismo. Los creyentes no son llamados a tener fe en las circunstancias,
sino en el Dios que está por encima de las circunstancias (Ro. 8:28). La fe
genuina depende completamente de Dios, se basa exclusivamente en su Palabra
y busca obedecerle.
1:9 “Porque testigo me es Dios, a quien sirvo en mi espíritu en el evangelio
de su Hijo, de que sin cesar hago mención de vosotros siempre en mis
oraciones.”
Quizás es posible vivir un cristianismo fingido por algún tiempo, pero no todo el
tiempo. Pablo tiene a Dios por testigo de la sinceridad de su amor por los
creyentes en Roma, lo cual lo llevaba a orar por estos. La vida cristiana consiste
de la manifestación de un corazón que rendido al Espíritu Santo, aprende a
valorar a su prójimo, pues siente compasión por el perdido.
¿Cuán a menudo oramos por nuestros hermanos en la fe y por la salvación de los
perdidos? Vemos que parte de la vida de oración del apóstol consistía en
presentarle a Dios a los creyentes, para que dondequiera que se encontrasen
pudieran vivir a la altura del evangelio. Pablo estaba consciente de que la vida
del creyente no depende de sus fuerzas o de su conocimiento, sino de la gracia
de Dios. Estoy convencido de que nuestra vida de oración sería mejor si
dejáramos de estar pidiendo de manera egoísta y comenzáramos a clamar con
sinceridad por el bienestar de nuestros hermanos y del perdido.
1:10 “rogando que de alguna manera tenga al fin, por la voluntad de Dios,
un próspero viaje para ir a vosotros.”
Pablo deseaba llegar a Roma, pero tenía presente que dicho viaje estaba
condicionado a la soberana voluntad de Dios. Observe que el apóstol dice “que
de alguna manera tenga al fin, por la voluntad de Dios, un próspero viaje para ir
a vosotros”. Muchos creemos que tenemos tal sabiduría y somos tan presumidos,
que entendemos que ya no tenemos que orar pidiendo que se haga la voluntad de
Dios. Otros creen que Dios contestará sus peticiones si son buenas o si ellas son
realizadas con fe. Sin embargo, Pablo entendía que el deseo de realizar algo
bueno no es sinónimo de la voluntad de Dios. Éste sabía que sin la aprobación
divina nada tendría sentido, ni propósito.
Hacer la voluntad de Dios no tiene que ver con nuestros deseos, sino con los
planes de Dios, pues Dios no actúa por impulso o por deseos repentinos. La
experiencia cristiana muestra que muchas veces nuestros deseos, sueños y
anhelos no son necesariamente parte del plan de Dios. Además, es Dios quien
determina el tiempo en el que se darán las cosas, según su designio soberano y
voluntad. En el libro de los Hechos tenemos un buen ejemplo en términos de que
no siempre lo que queremos o entendemos es la voluntad o el tiempo de Dios.
Y atravesando Frigia y la provincia de Galacia, les fue prohibido por el
Espíritu Santo hablar la palabra en Asia; y cuando llegaron a Misia, intentaron ir
a Bitinia, pero el Espíritu no se lo permitió. (Hch. 16:6-7)
En la epístola a los Gálatas vemos otro ejemplo.
Pero subí según una revelación, y para no correr o haber corrido en vano,
expuse en privado a los que tenían cierta reputación el evangelio que predico
entre los gentiles. (Gá. 2:2)
Los creyentes debemos orar y aprender a esperar en la voluntad de Dios siempre.
Recordemos que no es Dios quien nos acompaña, sino que somos nosotros
los que debemos seguirle. Es importante aprender, como el pueblo de Israel en
el desierto, que si la nube se detiene, es tiempo de detenernos y si la columna de
fuego se mueve, es tiempo de movernos, pero siempre dirigidos por Dios.
1:11 “Porque deseo veros, para comunicaros algún don espiritual, a fin de
que seáis confirmados.”
En este versículo el apóstol muestra una de las virtudes que el cristianismo debe
evidenciar, la humildad. Pablo estaba presto a enseñar a otros y también a
aprender de otros. El versículo once encierra una verdad que será compartida
posteriormente en la epístola; que la iglesia es el cuerpo de Cristo, el cual
depende de la interacción de todos sus miembros (Ro. 12: 4-21). Lo que
hacemos debe evidenciar algún fruto. La iglesia de Dios se edifica con la Palabra
de Dios (Ro. 10:17) y también, en la medida en la que todos los dones que el
Espíritu Santo repartió como quiso, son manifestados por todos los miembros
(Ro. 12:4-8). Por consiguiente, Pablo esperaba ser de bendición a los hermanos,
como también esperaba recibir bendición en su participación con la iglesia de
Roma.
1:12 “esto es, para ser mutuamente confortados por la fe que nos es común
a vosotros y a mí.”
Los creyentes tenemos una sola fe (Ef. 4:5), pues existe únicamente un evangelio
(Gá. 1:6-9). Por tal motivo, Pablo expone que podían ser mutuamente
consolados en la fe porque solamente la Palabra de Dios puede edificar la vida
de los creyentes. La fe no está basada en emociones pasajeras, ni en
sentimientos, sino en lo que las Sagradas Escrituras enseñan. De otra manera,
Pablo no hubiese podido hablar de una fe que les era común. La fe verdadera es
objetiva, por cuanto se conforma a la Palabra (1P. 1:20). Por consiguiente, la
base de la fe cristiana descansa única y exclusivamente en la revelación de dicha
Palabra y en la interpretación correcta dentro de su contexto.
1:13 “Pero no quiero, hermanos, que ignoréis que muchas veces me he
propuesto ir a vosotros (pero hasta ahora he sido estorbado), para tener
también entre vosotros algún fruto, como entre los demás gentiles.”
Pablo vuelve a reiterarle a los hermanos en Roma, que en varias ocasiones se
había propuesto visitarlos, pero que por diversas circunstancias le había sido
imposible. Él deseaba ir a Roma, ya que estaba convencido de que en cada lugar
en donde se predicara el evangelio habría respuesta (2Tm. 2:10). ¿Qué mejor
lugar para llevar el evangelio que el centro del mundo en el primer siglo? La
obra del ministerio es de Dios, pero debemos trabajar como Pablo con el deseo
de recoger fruto.
Es importante señalar que desde el capítulo uno de la carta a los Romanos, Pablo
comienza a revelar que el mensaje del evangelio no es de exclusividad judía.
Por esta causa yo Pablo, prisionero de Cristo Jesús por vosotros los
gentiles; si es que habéis oído de la administración de la gracia de Dios que me
fue dada para con vosotros; que por revelación me fue declarado el misterio,
como antes lo he escrito brevemente, leyendo lo cual podéis entender cuál sea mi
conocimiento en el misterio de Cristo, misterio que en otras generaciones no
se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos
apóstoles y profetas por el Espíritu: [que los gentiles son coherederos y
miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo
Jesús por medio del evangelio], del cual yo fui hecho ministro por el don de la
gracia de Dios que me ha sido dado según la operación de su poder. (Ef.
3:1-7)
El apóstol Pedro también declara la misma verdad en su defensa a favor del
ministerio de Pablo, en el libro de los Hechos.
Y después de mucha discusión, Pedro se levantó y les dijo: Varones
hermanos, [vosotros sabéis cómo ya hace algún tiempo que Dios escogió que
los gentiles oyesen por mi boca la palabra del evangelio y creyesen. Y
Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu
Santo lo mismo que a nosotros; y ninguna diferencia hizo entre nosotros y
ellos, purificando por la fe sus corazones.] Ahora, pues, ¿por qué tentáis a
Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres
ni nosotros hemos podido llevar? Antes creemos que por la gracia del Señor
Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos. (Hch. 15:7-11)
1:14-15 “A griegos y a no griegos, a sabios y a no sabios soy deudor. Así que,
en cuanto a mí, pronto estoy a anunciaros el evangelio también a vosotros
que estáis en Roma.”
En la mente del apóstol no existía predilección sobre a quiénes les testificaría.
Pablo había entendido que en el mensaje de salvación en Cristo, no existen
judíos o gentiles, varón o mujer, griego o esclavo (Gá.3:28), por cuanto todos
pecaron (Ro. 3:23). El verdadero evangelio no hace acepción de personas (Stg.
2:1). ¿Por qué? Porque Dios decidió elegir a los escogidos de todos los pueblos
de la tierra (Ro. 9:24).
Pablo se veía como deudor; mientras no hubiera cumplido con su
responsabilidad, la de anunciar el evangelio de Jesucristo. Si los creyentes nos
viéramos como deudores de aquéllos que todavía no han escuchado, ¡qué
impacto evangelístico habría en el mundo! Lamentablemente, nos hemos vuelto
cristianos cultistas. Esto quiere decir, que sólo adoramos, enseñamos o
predicamos la Palabra de Dios en los cultos o servicios que calendarizamos en
nuestros lugares de reunión. El llamado de la iglesia es a ser la sal y la luz del
mundo (Mt. 5:13-16). El mandato de nuestro Señor fue el de ir y predicar el
evangelio (Mt. 28:19-20), pero tristemente existe una parte de la iglesia que está
esperando que lleguen por sí mismos.
Para Pablo, la proclamación del evangelio era una con carácter de urgencia. No
hay una tarea más importante para la iglesia, que la predicación y la enseñanza
del evangelio. Sin embargo, dicha tarea ha quedado a un lado por cultos de
adoración, servicios de inspiración y división por grupos, entre otros. Los
mismos tienen funciones legítimas, pero no deben ahogar nuestra misión
principal, la predicación de la Palabra. ¿No fue ésta la razón por la cual en el
libro de los Hechos se seleccionaron a los primeros diáconos?
En aquellos días, como creciera el número de los discípulos, hubo
murmuración de los griegos contra los hebreos, de que las viudas de aquéllos
eran desatendidas en la distribución diaria. Entonces los doce convocaron a la
multitud de los discípulos, y dijeron: [No es justo que nosotros dejemos la
palabra de Dios, para servir a las mesas.] Buscad, pues, hermanos, de entre
vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de
sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo. Y nosotros persistiremos en la
oración y en el ministerio de la palabra. (Hch. 6:1-4)
Debemos tener sumo cuidado en el ministerio, pues es posible perder el
propósito de nuestro llamado; atendiendo y gastando nuestro tiempo como
líderes en cosas buenas. Es primordial atender el verdadero llamado, el que
consiste en la proclamación y la enseñanza del evangelio.
1:16-17 “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios
para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al
griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe,
como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá.”
El apóstol no ignoraba que el mensaje del evangelio sería tropezadero para los
judíos y locura para los gentiles (1Co. 1:23). Sin embargo, no se avergonzaba del
evangelio por las siguientes razones:
1. Porque Dios ordenó la predicación del evangelio.
porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. ¿Cómo,
pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de
quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?(Ro.
10:13-14).
2. Porque Pablo sabía que Dios escogió llamar a los elegidos por medio de la
proclamación del mensaje del evangelio.
Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante
la sabiduría, [agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la
predicación.] (1Co. 1:21)
Pablo sabía que mediante la proclamación del evangelio, actuaba el poder de
Dios salvando a los que conforme a su soberana gracia, Dios tuvo a bien llamar.
Estos, conforme al don de la fe otorgado por la gracia de Dios (Ro. 12:3; Ef. 2:8-
9), responderían al evangelio para ser salvos (2Ts. 2:13-14), así como lo es el
caso de Abraham.
¿Qué, pues, diremos que halló Abraham, nuestro padre según la carne?
Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no
para con Dios. Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le
fue contado por justicia. Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia,
sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al
impío, su fe le es contada por justicia. (Ro. 4:1-5)
Así Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia. Sabed, por tanto,
que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham. (Gá. 3:6-7)
pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. (Gá. 3:26)
3. Porque por medio de la fe, los llamados reciben la justicia de Dios.
La justificación es uno de los términos teológicos más importantes. Su
significado es el de uno que es absuelto o libertado, uno a quien no se le inculpa
de pecado. Esto es, uno que ha sido total y absolutamente perdonado al
imputársele por la fe, la obra redentora de Cristo en la cruz. En la carta a los
Romanos, el apóstol presenta el significado de la justificación de la siguiente
manera:
Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios
atribuye justicia sin obras, diciendo: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades
son perdonadas, Y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el varón
a quien el Señor no inculpa de pecado (Ro. 4:6-8).
Los resultados de la justificación serán tratados por el apóstol en el capítulo
cinco de la carta. No obstante, es importante destacar, que los versículos 7 y 8,
respectivamente, son una cita de David en el libro de los Salmos (Sal. 32:1-2).
Por consiguiente, la justificación estaba definida y sostenida en la teología del
Antiguo Testamento; aunque ésta sería revelada mediante el mensaje del
evangelio de Jesucristo.
Pablo presenta a Dios como uno que conociendo de antemano que por causa del
pecado su justicia jamás podría ser alcanzada o satisfecha por esfuerzo humano,
decide en su libre voluntad otorgar gracia sobre los que elige, quienes
responderán por medio de la fe en Jesucristo. De forma tal, que los llamados son
rescatados de la esclavitud del pecado para vivir en sumisión a Dios, a quien
ahora le pertenecen. La justificación, como veremos, comprende el hecho de que
Dios decidió rescatar a los escogidos a través de la obra de su Hijo Jesucristo, no
tomándoles en cuenta su pecado.
1:18-20 “Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad
e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo
que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las
cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles
desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas
hechas, de modo que no tienen excusa.”
El problema del hombre en su estado natural es descrito en Romanos 1:18-32 de
tres formas:
1. Suprime la verdad (v.18).
2. Cambia la verdad (v.25).
3. Se complace en la mentira (v.32).
La condición caída del hombre, lo lleva a suprimir la verdad. El término
detienen del griego κατέχω "kateco" significa sostener o sujetar firmemente5.
También, sostener abajo (sujetar), en varias aplicaciones (literal o
figurativamente), retener, detener.6
Por consiguiente, los hombres se perderán, no porque no conozcan la verdad,
sino porque deliberadamente la suprimen. Este rechazo, es a su vez, la
manifestación de la corrupción total en la que el hombre se encuentra en su
estado caído. El mismo lo incapacita para poder entender y responder a la verdad
(1Co. 2:14). Este estado es presentado por Pablo como la ira de Dios sobre los
hijos de desobediencia (Ro. 1:18-32; Ef. 2:1-3). En la segunda carta a los
Tesalonicenses, Pablo revela una verdad semejante cuando expone lo siguiente:
Porque ya está en acción el misterio de la iniquidad; sólo que hay quien al
presente lo detiene, hasta que él a su vez sea quitado de en medio. Y entonces se
manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el espíritu de su boca,
y destruirá con el resplandor de su venida; inicuo cuyo advenimiento es por obra
de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos, y con todo
engaño de iniquidad para los que se pierden, por cuanto no recibieron el
amor de la verdad para ser salvos. Por esto [Dios les envía un poder engañoso,
para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no
creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia.] (2Ts. 2:7-12)
Es importante observar, que aparte de la justicia de Dios revelada en el evangelio
para salvación (Ro.1:17), Dios revela o manifiesta su ira permitiendo la ceguera
y el estado de depravación total en el que se encuentran los hombres por causa
del pecado. A través del desarrollo de la carta, Pablo expondrá que Dios
mostrará su gloria salvando a los elegidos (los vasos de misericordia) por medio
del llamado del evangelio. Mientras que por otra parte, permite el
endurecimiento de los corazones de los vasos de ira que serán dejados en su
propia maldad.
Los seres humanos vivimos enajenados del resultado de habernos alejado de
Dios, al declarar con nuestras acciones nuestra independencia de él, cuando en
realidad nunca hemos sido autosuficientes. Todo ser humano depende totalmente
de Dios, lo entienda o no lo entienda. Aun la existencia humana no puede ser
explicada a no ser por la existencia de otro. Las investigaciones de Pasteur
dieron lugar a la Ley Básica de la Biología también llamada ley de la biogénesis:
Todo organismo vivo procede de un organismo vivo.7
Otro axioma de la ciencia establece que de la nada, no surge nada. Además, la
Primera y la Segunda Ley de la Termodinámica establecen lo siguiente: la
primera, causa de origen y la segunda, el fin de lo creado. Por ende, Pablo
argumenta que el propio testimonio de la creación y la razón misma apuntan a
que nuestra existencia procede de Dios. Cuando comenzamos a leer la Biblia en
el primer capítulo del libro de Génesis, no hallamos una apología o defensa de la
existencia de Dios, sino que la misma se da por sentada. Sin embargo, el
argumento de Pablo también gira sobre el hecho de que aun la observación de lo
creado, como concluyeron los filósofos griegos, demandaba una causa externa a
la creación. El apóstol claramente argumenta sin necesidad de explicaciones
científicas, que el poder y la deidad de Dios se hacen claramente visibles a través
de toda la creación, de modo que ningún ser humano tendrá excusa frente a Dios.
1:21-28 “Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni
le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio
corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y
cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de
hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. Por lo cual
también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus
corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, ya que
cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las
criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén. Por
esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres
cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo
también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en
su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con
hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío."
Uno de los puntos importantes que todo sistema teológico que se considere
bíblico debe considerar, es el referente a los efectos de la caída en la naturaleza
del ser humano. ¿Hasta dónde nos afectó? ¿Poseemos realmente lo que algunos
llaman un libre albedrío? ¿Es el ser humano bueno por naturaleza? ¿Puede el ser
humano en su estado natural buscar a Dios?
De los versículos 24 al 32, Pablo describe la condición en la que quedó el
hombre producto del resultado directo de su pecado. Condición que está
representada en la expresión "Dios los entregó". El término entregó (v.24, 26 y
28) proviene de la palabra griega παραδίδωμι "paradídomi", que es una palabra
compuesta por "para" que representa algo propiamente cerca o próximo a un
objeto o sujeto y "dídomi" verbo cuyo significado implica dejar, entregar.8 Se
traduce encarcelar en Marcos 1:14.9 La expresión "Dios los entregó" es un
aoristo indicativo activo, lo que representa que la acción o el estado en el
presente, es el resultado de una decisión en el pasado. Resultando entonces, en
que Dios los entregó a vivir presos de sus propios pecados, esto es, que el
hombre quedó preso de su naturaleza pecaminosa.
La ira de Dios, en Romanos 1:18, representa la acción que Dios tomó en el
pasado por causa de la caída de los hombres en el pecado (Gn. 3; Ro. 5:12). Esto
significa que Dios entregó literalmente a los hombres a la inmundicia, a pasiones
vergonzosas y a una mente reprobada. Veamos el significado de cada una de
ellas.
1- Los entregó a la inmundicia en las concupiscencias de sus corazones (v.
24).
La palabra inmundicia del griego ἀκαθαρσία "akadsarsía" denota impureza,
inmundicia, suciedad10. Esto implica que el corazón de los hombres quedó
atrapado por deseos sucios, impuros e inmundos.
Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su
vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno. (2P. 2:22)
2- Los entregó a pasiones vergonzosas (v. 26).
La palabra pasiones del griego πάθος "pathos" significa sufrir, denota
primariamente lo que uno sufre o experimenta de cualquier manera; de ahí, un
afecto de la mente, un deseo lleno de pasión. Utilizado por los griegos tanto de
deseos buenos como malos, siempre se utiliza en el Nuevo Testamento de estos
últimos.11
El término vergonzosas del griego ἀτιμία "atimia" significa: (a) vergüenza,
deshonra. En Ro. 1:26, «pasiones vergonzosas», literalmente «pasiones de
vergüenza»; En 1 Co. 11:14: «deshonroso», «deshonesto» (b) ausencia de
honor.12
En otras palabras, que el ser humano sería arrastrado por sus propios malos
deseos que aunque aparentarían satisfacerle, su fin sería el sufrimiento y la
deshonra.
Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él. (Pr. 23:7)
3- Los entregó a una mente reprobada (v. 28).
La palabra reprobada del griego ἀδόκιμος "adókimos" significa no soportando la
prueba, rechazado (a, negativo, y dokimos, probado, aprobado). De ahí algo que
no pasa la prueba. Se dice de cosas, por ejemplo de la tierra reprobada (He. 6:8)
y de personas reprobadas (Ro. 1:28).13 La idea que conlleva la expresión
reprobada es la de algo o alguien que no soporta o que no pasa la prueba, por
ende, algo rechazado.
Una mente reprobada implica depravación. El resultado o la consecuencia
directa sería que los hombres perderían el punto de referencia para juzgar o
discernir lo bueno de lo malo. Según la Escritura, el hombre en su estado natural
yace muerto en su pecado. Por lo tanto, únicamente a través de la regeneración o
el nuevo nacimiento, puede el hombre que por naturaleza está muerto, ser
resucitado.
Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y
pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este
mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora
opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros
vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de
la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo
mismo que los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor
con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida
juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó,
y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús. (Ef. 2:1-6)
El estado en el que la Biblia describe al hombre natural en Romanos es uno en
total depravación. El ser humano es llamado pecador no porque peca, sino
porque es pecador. Por consiguiente, el problema del hombre no está fuera de sí
mismo, sino dentro de sí. Por lo tanto, ¿cómo podemos hablar de libre albedrío
siendo el hombre esclavo de su propio pecado? La verdad teológica es que
después de la caída es imposible sostener que el hombre posea una voluntad
libre, pues la inclinación de la voluntad del hombre quedó sujeta a su naturaleza
pecaminosa (Ro. 5:12).
La Biblia describe al ser humano con voluntad, pues la expresión libre albedrío
es una creada o añadida por los hombres. En ningún lugar de la Escritura se
enseña que al hombre se le haya dado la potestad de decidir por sí mismo lo que
quisiese, lo que representa el libre albedrío. Dios desde el principio determinó lo
que los seres humanos podían hacer y lo que no debían hacer. Dios nunca le dio
al hombre la libertad de decidir sobre el mal. Sus palabras fueron: el día que
pecares, morirás. Esta declaración está exenta de libre determinación. Si por
libre albedrío nos referimos a la voluntad del hombre, éste posee una, pero nunca
ni desde el principio fue libre, pues Dios puso límites a su voluntad, no
restringiendo la misma, sino estableciendo el costo de la desobediencia, el cual
tampoco conduce a la libertad. Dios creó seres humanos con inteligencia y
capacidad para tomar decisiones, pero dichas decisiones deben estar
fundamentadas sobre la voluntad divina. Dios espera que le obedezcamos de
manera libre y espontánea, así como lo hacen los ángeles que fueron escogidos
(1Ti. 5:21). Decidir sobre lo incorrecto no es libertad, sino muerte (Ro. 6:23) y
por consiguiente, es cautiverio (Ro. 6:16). El hombre no viola los mandamientos
de Dios, sino que se viola a sí mismo contra ellos, pues sus mandamientos son
eternos.
1:21-28 "Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó
a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen; estando
atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad;
llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades;
murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios,
altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin
afecto natural, implacables, sin misericordia."
El cuadro del ser humano que Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, describe en
el capítulo uno de la carta a los Romanos no es el de uno libre, sino el de un
esclavo, uno bajo la ira de Dios (Ro. 1:18). Para poder hablar de libre albedrío
después de la caída, deben existir algunas premisas básicas:
1. Nada debe dominar o inclinar nuestra decisión, pues si tal cosa ocurriera, ya
no sería libre por determinación, sino que sería, por autoseducción.
2. Es importante considerar sobre qué basamos nuestra determinación. Para
gozar de libertad es necesario saber qué es lo correcto, pues lo incorrecto nunca
produce libertad. El problema consiste en que la definición de libertad que
hemos aprendido es errónea, puesto que definimos libertad como la capacidad de
escoger cualquier cosa sin que nada ni nadie nos obligue o incida en la misma
interna o externamente. Es común escuchar la siguiente expresión: "Nadie tiene
derecho a decidir o a escoger por mí". El problema es que la verdadera libertad,
aquella que enseña la Biblia, está condicionada a la obediencia a la verdad para
poder gozar de libertad. La libertad es un estado que se mantiene o se pierde. La
vida misma enseña que cuando hacemos lo correcto, gozamos de libertad y que
cuando no lo hacemos, pagamos un alto precio. El problema del hombre es que
la Biblia lo describe como uno que ha perdido dicho estado de poder desear y
querer el bien, según Dios, por su estado de pecaminosidad (Ro. 3:10-18). Si el
ser humano ha rechazado la fuente de sabiduría y el marco de referencia de la
Palabra de Dios, ¿cómo puede escoger lo bueno estando condicionado al mal? El
libro del profeta Jeremías lo presenta de la siguiente manera:
¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también,
¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal? (Jer. 13:23)
Lo que llamamos libre albedrío nunca fue una capacidad dada por Dios para
dejarnos llevar por nuestros deseos y pensamientos, sino una voluntad para
poder responder con libertad a la verdad. Dios pudo haber determinado nuestras
decisiones y acciones antes de la creación, pero no pasaríamos de ser robots.
Dios esperaba que su amor, provisión y cuidado sobre Adán y Eva los llevara a
someterse de manera natural y libre, a fin de disfrutar de toda su creación.
1:32 "quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican
tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se
complacen con los que las practican.”
El capítulo uno concluye presentando el estado de los hombres como esclavos
del pecado (Ro 6:16). Por consiguiente, el ser humano no posee la capacidad de
poder buscar a Dios cuando quiera (Ro. 3:11), tal y como lo propuso Pelagio.
Tampoco, es correcta la idea propuesta en el semipelagianismo, de que el
hombre está solamente enfermo y que por ende, puede cooperar con la gracia
divina. La realidad y la verdad teológica es que tanto el Antiguo Testamento,
como el Nuevo Testamento, presentan el estado de los hombres como muertos en
sus delitos y pecados.
La mano de Jehová vino sobre mí, y me llevó en el Espíritu de Jehová, y
me puso en medio de un valle que estaba lleno de huesos. Y me hizo pasar cerca
de ellos por todo en derredor; y he aquí que eran muchísimos sobre la faz del
campo, y por cierto secos en gran manera. Y me dijo: Hijo de hombre, ¿vivirán
estos huesos? Y dije: Señor Jehová, tú lo sabes...Me dijo luego: [Hijo de
hombre, todos estos huesos son la casa de Israel]. He aquí, ellos dicen:
Nuestros huesos se secaron, y pereció nuestra esperanza, y somos del todo
destruidos. Por tanto, profetiza, y diles: Así ha dicho Jehová el Señor: He aquí
[yo abro vuestros sepulcros, pueblo mío, y os haré subir de vuestras
sepulturas], y os traeré a la tierra de Israel. Y sabréis que yo soy Jehová,
[cuando abra vuestros sepulcros, y os saque de vuestras sepulturas, pueblo
mío]. Y [pondré mi Espíritu en vosotros, y viviréis], y os haré reposar sobre
vuestra tierra; y sabréis que yo Jehová hablé, y lo hice, dice Jehová. (Jer. 37: 1-
3 y 11-14)
(como está escrito: Te he puesto por padre de muchas gentes) delante de
Dios, a quien creyó, el cual [da vida a los muertos], y llama las cosas que no
son, como si fuesen. (Ro. 4:17)
Porque por cuanto [la muerte entró por un hombre], también por un
hombre la [resurrección de los muertos]. Porque así como [en Adán todos
mueren], también en Cristo todos serán vivificados. (1Co. 15:21-22)
Y él os dio vida a vosotros, cuando [estabais muertos] en vuestros delitos
y pecados. (Ef. 2:1)
aun [estando nosotros muertos en pecados], nos dio vida juntamente con
Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él [nos resucitó], y asimismo
nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús. (Ef. 2:5-6)
Y a vosotros, estando [muertos en pecados] y en la incircuncisión de
vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados.
(Col. 2:13)
Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande
misericordia [nos hizo renacer] para una esperanza viva, por la resurrección de
Jesucristo de los muertos. (1P. 1:3)
quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para
que nosotros, [estando muertos a los pecados], vivamos a la justicia; y por
cuya herida fuisteis sanados. (1P. 2:24)
Estos son manchas en vuestros ágapes, que comiendo impúdicamente con
vosotros se apacientan a sí mismos; nubes sin agua, llevadas de acá para allá por
los vientos; árboles otoñales, sin fruto, [dos veces muertos] y desarraigados.
(Jud. 12)
La descripción de las actividades pecaminosas presentadas en los versículos del
21 al 28, es la mayor evidencia del estado de corrupción total en el que se
encuentran los hombres. De manera, que únicamente la gracia de Dios puede
salvar a un pecador. Un muerto no necesita ayuda, sino un milagro. Ésta fue la
conclusión a la que llegaron los teólogos Agustín, Lutero y Calvino, entre otros.
ROMANOS 2
El capítulo uno finaliza presentando la condición de pecado en la cual quedó
sumida la humanidad. El rechazo a la verdad de Dios como Creador y a su
Palabra como regla de autoridad, provocó la ira de Dios sobre ellos. Las
consecuencias no se hicieron esperar, puesto que se manifestaron en todo tipo de
desenfreno y de libertinaje. No obstante, el sufrimiento por causa del pecado,
Pablo expone que los hombres continúan pecando, mostrando que son esclavos
del pecado. El deterioro humano es tal, que el apóstol finaliza diciendo lo
siguiente:
quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales
cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen
con los que las practican. (Ro. 1:32)
2:1 “Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que
juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que
juzgas haces lo mismo.”
Emitir juicios morales es parte de la naturaleza y de la realidad humana. Los
sistemas de derecho y ley en el mundo son evidencia de ello. Sin embargo,
debemos preguntarnos, ¿sobre qué base moral emitimos juicios? ¿De dónde
surge la moral? ¿Es la moral un valor adquirido y condicionado a nuestro estado
o al tiempo en el que vivimos? ¿Es la moral algo relativo o absoluto? ¿Pudo la
ley moral proceder de la naturaleza de los hombres o tiene un dador externo a
ellos?
Independientemente de cuál sea en este momento nuestra posición, la realidad es
que todos juzgamos. El término juzgas utilizado por Pablo proviene de la palabra
griega “krino”, la cual hace referencia a distinguir, elegir, dar una opinión acerca
de, juzgar. Denota en ciertas ocasiones condenar. (Diccionario Vine)
ASPECTOS A CONSIDERAR AL JUZGAR A OTROS
La carta a los Romanos expone que debemos tener cuidado al emitir juicios
sobre nuestros hermanos en la fe y más si se trata de un asunto relacionado con
su salvación. Pablo se expresa de la manera siguiente:
“¿Tú quién eres, que juzgas al criado ajeno? Para su propio señor está en pie, o
cae; pero estará firme, porque poderoso es el Señor para hacerle estar firme.”
(Romanos 14:4)
A continuación, varias razones que debemos tener presentes al juzgar:
1- Nuestro juicio es limitado.
2- Nosotros no somos la norma ni el estándar, sino Dios.
3- Somos llamados a tener misericordia.
4- La Biblia enseña que de tener que hacer algún señalamiento debemos
proceder con espíritu de mansedumbre.
5- Todo proceso de confrontación, corrección o disciplina, debe ser ejercido con
el fin de restaurar y nunca con el deseo de destruir o de humillar.
LA MORAL Y LA EXISTENCIA DE DIOS
La realidad universal de una base moral es un fuerte argumento sobre la
existencia de Dios. El ser humano todavía en su estado caído muestra en sí
mismo que ha sido objeto de la creación de Dios al juzgar a otros sobre una base
moral que él mismo viola. Por lo tanto, a pregunta a hacernos es ¿cómo puede el
hombre ser el autor de algo que él mismo viola, circunstancialmente rechaza,
pero que a la vez utiliza cuando le conviene?
El hecho de que los seres humanos emitamos juicios implica una base moral. En
otras palabras, que al hacerlo evidenciamos tener una valoración, un estándar o
un punto de referencia sobre lo bueno y lo malo. Toda base moral tiene un autor
o un dador. ¿Podría ser el propio hombre el autor de una ley que no puede
cumplir por su incapacidad pecaminosa y la que a su vez, le condena? La
respuesta es negativa porque el deseo del hombre en su estado caído es vivir sin
ley.
SOMOS CULPABLES
Es irónico y contradictorio que juzguemos a otros con la misma base moral con
la que nos rebelamos contra Dios, siendo éste el autor de la ley, la cual emana de
su propia naturaleza. Es necesario señalar, que al emitir juicio no solamente
hacemos uso de una base moral, sino que mostramos conocimiento sobre lo que
está mal, lo que nos hace claramente culpables ante Dios. Por cuanto
demostramos que no somos ignorantes de la realidad del mal al ver el pecado en
otros. La Biblia enseña que seremos juzgados de acuerdo con la misma base
moral con la que juzgamos a otros.
Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con
que medís, os será medido. ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu
hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu
hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo?
¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para
sacar la paja del ojo de tu hermano. (Mateo 7:2-5)
Los seres humanos no tenemos excusa delante de Dios, pues él nos creó con una
conciencia moral. Dios nos dio una mente para juzgar sobre dicha base moral
para que no fueran las emociones, el instinto, ni las pasiones, entre otras, las que
nos condujeran, sino su eterna e inmutable sabiduría.
He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto, pero
ellos buscaron muchas perversiones. (Eclesiastés 7:29)
2:2 “Mas sabemos que el juicio de Dios contra los que practican tales cosas
es según verdad.”
Debemos tener en cuenta que nuestro juicio está empañado por nuestro punto de
vista. Normalmente, deseamos que el mismo prevalezca, siendo incapaces de ser
totalmente objetivos, debido a nuestra condición pecaminosa. Por ende, los seres
humanos debemos ser cuidadosos a la hora de emitir juicios, pues además, no
siempre tenemos el cuadro completo de los hechos.
Somos como los hombres que trajeron a la mujer adúltera a Jesús, para que fuera
juzgada por su pecado. Hábiles para encontrar y señalar el pecado de otros, pero
incapaces de ver el suyo. ¿No hemos entendido que únicamente quien está libre
de pecado puede arrojar la piedra (juzgar)? Jesús era el único que podía juzgar a
la mujer (Jn. 8:1-11). Cuando Dios emite juicios, sus juicios son perfectos. Él es
el único con la autoridad y el poder de condenar o perdonar al pecador. Es bueno
saber que seremos juzgados por alguien completamente Bueno y Justo y que a su
vez, es aterrador porque no somos buenos.
2:3 “¿Y piensas esto, oh hombre, tú que juzgas a los que tal hacen, y haces
lo mismo, que tú escaparás del juicio de Dios?”
Pablo sostendrá al concluir el capítulo tres, que todos daremos cuentas a Dios
por cuanto todos hemos pecado (Ro. 3:23). Ningún ser humano escapará al
juicio de Dios. Podemos ver este contraste entre Juan capítulos tres y cuatro,
respectivamente. Nicodemo (Jn. 3), así como la mujer samaritana (Jn. 4) estaban
bajo condenación; aunque en su vida cotidiana uno aparentara vivir con mayor
rectitud que el otro.
Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué
menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de
Cristo. (Ro. 14:10)
Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de
Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el
cuerpo, sea bueno o sea malo. (2Co. 5:10)
2:4 “¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y
longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?”
Lo increíble es que siendo pecadores y estando bajo el juicio de Dios, no
hayamos sido condenados todavía. Recordemos que el apóstol presentó en
Romanos 1:32 que todos los hombres son dignos de muerte. Pablo continúa
exponiendo la corrupción total en la que se hayan los hombres en su estado
natural, pues viendo la benignidad, paciencia y longanimidad de Dios al no
juzgarlos aún, (como un acto y extensión de su misericordia), continúan pecando
sin la más mínima evidencia de arrepentimiento.
El ser humano ha vivido por tanto tiempo en un espacio de gracia que cree que
merece la misericordia de Dios. Inclusive, hemos llegado a referirnos a ella con
la frase "errar es humano y perdonar es divino". Según la Biblia, Dios no está
obligado a otorgar misericordia, por cuanto ésta es el único atributo que no es
indispensable para la Divinidad. Dicho de otra manera, que Dios no tiene que ser
misericordioso para ser Dios. Lo lógico y racional es que un Dios Justo y Santo
que creó un hombre recto, el cual decidió revelarse sin razón alguna, sea juzgado
y condenado por su Creador.
He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto, pero
ellos buscaron muchas perversiones. (Ecl. 7:29)
El apóstol señala que la paciencia de Dios y su longanimidad son una muestra de
su benignidad. Su benignidad, paciencia y longanimidad no pueden conducir al
hombre al arrepentimiento. La Escritura es consistente en presentar que los
hombres en su estado caído no pueden por sí mismos arrepentirse y tornarse a
Dios, ni viéndose bajo condenación.
Y los otros hombres que no fueron muertos con estas plagas, [ni aun así se
arrepintieron] de las obras de sus manos, ni dejaron de adorar a los demonios, y
a las imágenes de oro, de plata, de bronce, de piedra y de madera, las cuales
no pueden ver, ni oír, ni andar; y [no se arrepintieron] de sus homicidios, ni de
sus hechicerías, ni de su fornicación, ni de sus hurtos. (Ap. 9:20-21)
Y los hombres se quemaron con el gran calor, y blasfemaron el nombre de
Dios, que tiene poder sobre estas plagas, y [no se arrepintieron] para darle
gloria. El quinto ángel derramó su copa sobre el trono de la bestia; y su
reino se cubrió de tinieblas, y mordían de dolor sus lenguas, y blasfemaron
contra el Dios del cielo por sus dolores y por sus úlceras, y [no
se arrepintieron] de sus obras. (Ap. 16: 9-11)
El arrepentimiento en el plano humano es un sentido de culpa o de
reconocimiento de lo que debería ser y no es. Cuando hablamos del
arrepentimiento para salvación, la Biblia habla de un cambio total o radical del
ser, de un nuevo corazón, lo que solamente puede ser posible si Dios interviene y
lo cambia. El arrepentimiento bíblico es un cambio de mente, por ende, de
dirección, movido por la obra del Espíritu Santo y no por un deseo de la
voluntad de los hombres. En 2Corintios, la Biblia plantea dos tipos de
arrepentimiento.
1. El arrepentimiento según Dios para salvación
Ahora me gozo, no porque hayáis sido contristados, sino [porque fuisteis
contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios],
para que ninguna pérdida padecieseis por nuestra parte. (2Co. 7:9)
Pablo usa la palabra del griego μετάνοια “metánoia” pensamiento posterior,
cambio de parecer, arrepentimiento.14
2. La tristeza o arrepentimiento del mundo, que produce muerte
Porque la tristeza que es según Dios produce [arrepentimiento para
salvación], de que no hay que arrepentirse; pero [la tristeza del mundo produce
muerte]. (2Co. 7:10)
Pablo usa la palabra del griego λύπη “lupe” que significa triste, tristeza,
molestia, dolor.15 Observe, que el arrepentimiento según Dios es para salvación,
el que produce un cambio en la manera de vivir del creyente; mientras que la
tristeza o el arrepentimiento del mundo, únicamente produce tristeza, pena y
dolor, sin cambiar a la persona.
2:5 “Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti
mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios.”
El versículo cinco muestra que el corazón del hombre está atado al pecado, que
no alcanza a ver su culpabilidad y el estado de ira en el que se encuentra frente a
Dios. Sin un cambio de corazón, será imposible para los hombres el
arrepentimiento, a causa de la dureza del mismo. Es por tal razón que se haya
bajo condenación, la que se consumará en el día del juicio justo de Dios. Esta
dureza total del corazón de los hombres es lo que los reformadores llamaron la
doctrina de la depravación total, la inhabilidad total o la corrupción radical.
EXPOSICIÓN DE LA DOCTRINA DE LA DEPRAVACIÓN TOTAL
1. La doctrina de la depravación total también es conocida como la inhabilidad
total como le llama Loraine Boettner o la corrupción radical, según R. C. Sproul.
Esta doctrina analiza el resultado de la caída de Adán, así como sus
consecuencias para la posteridad (la humanidad).
2. La doctrina de la depravación total afirma que todo ser humano a partir de la
caída nace con la corrupción del pecado, la que es una inherente a su ser. De
modo, que el ser humano es llamado pecador no porque peca, sino porque es un
pecador. Esto significa, que peca porque esa es su naturaleza.
3. La doctrina de la depravación total no pretende enseñar que los seres humanos
son lo más depravados que podrían ser, sino que apunta al estado de corrupción
que abarca la totalidad del ser. Siendo así, el hombre en su estado natural
siempre se inclinará en una medida u otra al mal.
4. La doctrina de la depravación total no procura enseñar que el ser humano no
pueda expresar amor, bondad y algún tipo de actividad moral, entre otros, porque
el hombre aunque caído, fue creado a imagen y semejanza de Dios (Gn. 1:26-27;
Ecl. 7:29). Lo que expone es que todos y cada uno de los actos de los hombres
pueden ser expresados solamente en un plano horizontal, esto es, con relación a
otros hombres, pero nunca de manera vertical, con relación a Dios, como
veremos clara y contundentemente en Ro. 3:10-18.
5. La doctrina de la depravación total es el resultado de la ira de Dios sobre los
hijos de desobediencia (Ro. 1:18-32; Ef. 2:1-3). La misma evidencia que el curso
natural del hombre en su estado natural no es hacia la luz, sino hacia las
tinieblas. Dicho hombre no sólo viola la ley de Dios, sino que se complace con
los que lo hacen.
La causa de la depravación total
La doctrina de la depravación total tiene su raíz o génesis en la desobediencia
registrada en el capítulo tres del libro de Génesis, en donde Adán, sin razón y sin
ser engañado (1Tm. 2:14), desobedeció el mandamiento claro de Dios, trayendo
sobre sí mismo y sobre toda la humanidad el pecado.
Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el
pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos
pecaron. (Ro. 5:12)
Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán
vivificados. (1Co. 15:22)
Los efectos de la depravación total
Para que algo pueda ser declarado como bueno bíblicamente, debe satisfacer al
menos tres criterios importantes:
1. Debe ser hecho de acuerdo con la ley de Dios.
2. Debe hacerse con fe en Dios.
3. Debe ser realizado para la gloria de Dios.
De los criterios mencionados, únicamente el aspecto moral relacionado con estar
de acuerdo con alguna ley podría ser realizado por el hombre en su estado
natural, pero nunca por fe y mucho menos para la gloria de Dios.
El resultado de la caída de Adán (Ro. 5:12; 1Co. 15:22) afectó la naturaleza del
hombre. Esto trajo como resultado que todos pecaron y fueron destituidos de la
gloria de Dios (Ro. 3:23), siendo la paga del pecado, la muerte. (Ro. 6:23). Por
consiguiente, la doctrina de la depravación total es necesaria, a fin de entender la
necesidad de la obra de salvación de Dios en Cristo. La misma es la única
explicación coherente, consistente y correspondiente con la Escritura, sobre el
porqué Dios eligió salvar a los que según el puro afecto de su voluntad escogió
(Ef. 1:5). Por cuanto sin su intervención, todos los hombres se hubiesen perdido
para siempre en una eternidad sin Dios (2Ts. 1:9).
Referencias bíblicas de la depravación total
Génesis 2:17 “mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás;
porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.”
Génesis 6:5 “Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en
la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de
continuo solamente el mal.”
Génesis 8:21 “Y percibió Jehová olor grato; y dijo Jehová en su corazón:
No volveré más a maldecir la tierra por causa del hombre; porque el intento del
corazón del hombre es malo desde su juventud; ni volveré más a destruir
todo ser viviente, como he hecho.”
Job 14:4 “¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie.”
Salmos 51:5 “He aquí, en maldad he sido formado, Y en pecado me
concibió mi madre.”
Proverbios 30:12 “Hay generación limpia en su propia opinión, Si bien no
se ha limpiado de su inmundicia.”
Jeremías 13:23 “¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas?
Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal?”
Jeremías 17:9 “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y
perverso; ¿quién lo conocerá?”
Juan 3:3 “Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el
que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.”
Juan 3:19 “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los
hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.”
Juan 6:44 “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le
trajere; y yo le resucitaré en el día postrero.”
Juan 5:21 “Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así
también el Hijo a los que quiere da vida.”
Juan 6:65 “Y dijo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si
no le fuere dado del Padre.”
Romanos 3:10-12 “Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; No hay
quien entienda. No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se
hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.”
Romanos 5:12 “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un
hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por
cuanto todos pecaron.”
1 Corintios 2:14 “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del
Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se
han de discernir espiritualmente.”
2 Corintios 1:9 “Pero tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte,
para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los
muertos”
Efesios 2:1-3 “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en
vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la
corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el
espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también
todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne,
haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por
naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.”
Efesios 2:12 “En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la
ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios
en el mundo.”
Apocalipsis 9:20-21 “Y los otros hombres que no fueron muertos con estas
plagas, ni aun así se arrepintieron de las obras de sus manos, ni dejaron de adorar
a los demonios, y a las imágenes de oro, de plata, de bronce, de piedra y de
madera, las cuales no pueden ver, ni oír, ni andar; y no se arrepintieron de sus
homicidios, ni de sus hechicerías, ni de su fornicación, ni de sus hurtos.”
Apocalipsis 16: 9-11 “Y los hombres se quemaron con el gran calor, y
blasfemaron el nombre de Dios, que tiene poder sobre estas plagas, y no se
arrepintieron para darle gloria. El quinto ángel derramó su copa sobre el trono
de la bestia; y su reino se cubrió de tinieblas, y mordían de dolor sus lenguas, y
blasfemaron contra el Dios del cielo por sus dolores y por sus úlceras, y no se
arrepintieron de sus obras.”
2:6-11 “el cual pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los
que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero
ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que
obedecen a la injusticia; tribulación y angustia sobre todo ser humano que
hace lo malo, el judío primeramente y también el griego, pero gloria y honra
y paz a todo el que hace lo bueno, al judío primeramente y también al
griego; porque no hay acepción de personas para con Dios.”
La Biblia establece que Dios juzgará a los hombres conforme a sus obras y que
el resultado del juicio divino será vida o condenación eterna, respectivamente.
Hay dos palabras importantes en estos versículos; perseverando y obedecen. Los
que se salvan son aquellos que por la gracia de Dios creen y perseveran
obedeciendo a la verdad. Pablo había afirmado que somos llamados a creer y a
vivir por la fe (Ro. 1:5). No se trata de tener creencias exclusivamente, sino de
obediencia. Bajo ninguna circunstancia, esto implica hacer obras porque las
obras no salvan, pues son el resultado de la obra de Dios en el corazón del
hombre. Según la carta a los Efesios, Dios preparó de antemano las obras para
que anduviésemos por ellas (Ef. 2:10). Los que se condenan son aquellos que
seducidos por su propia maldad perseveran y obedecen al pecado. Esta verdad,
dice el apóstol, es común tanto a gentiles como a judíos. Dios no hará acepción
de personas, por cuanto tanto los judíos como los gentiles son culpables ante
Dios (Ro. 3:23).
Pablo coloca a los judíos y a los gentiles en una misma posición, dejando claro
que no hay distinción entre ambos en términos de su naturaleza pecaminosa.
Aunque los judíos hacían separación entre ellos y los gentiles, el mensaje del
evangelio, no lo hace. Dios llama a todos los hombres al arrepentimiento y a la
fe en Jesucristo, sin los cuales no hay salvación sean judíos o gentiles.
2:12 “Porque todos los que sin ley han pecado, sin ley también perecerán; y
todos los que bajo la ley han pecado, por la ley serán juzgados.”
El apóstol presenta que nadie será salvo por la obediencia a la ley, pues con ley o
sin ley, todos los seres humanos son culpables frente a Dios (Ro. 3:23). Pablo
comprendía muy bien la mentalidad de los judíos, la cual descansaba en haber
entendido que como nación habían sido elegidos y favorecidos por Dios. Estos
suponían que a través de la ley podían hallar la justicia divina, lo que nunca fue
el propósito de la ley (Ro. 10:3-4). Por medio de la ley es el conocimiento de
nuestra condición pecaminosa (Ro. 7:7). La salvación aunque si bien ha sido por
gracia mediante elección divina, no obstante, ha sido recibida únicamente
mediante el arrepentimiento y la fe, como enseñará el apóstol en el capítulo
cuatro y enfatizará en el ocho.
2:13 “porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los
hacedores de la ley serán justificados.”
La ley del Antiguo Testamento no establecía que el que cumpliese la ley sería
justificado. La salvación ha sido siempre por medio de la fe. Lo que sí establecía
la ley eran las bendiciones o las maldiciones que se recibirían mediante la
obediencia o la desobediencia. Pablo no está diciendo que existen hacedores de
la ley, pues ha establecido que el hombre en su plano natural rechaza la ley de
Dios. El mensaje va dirigido a los judíos que creían ser hacedores de la ley
cuando en realidad ninguno lo era, ni lo había sido. El punto que Pablo viene
presentando es que con ley o sin ley todos son culpables delante de Dios por
cuanto todos pecaron (Ro. 3:23)
2:14-15 “Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza
lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos
mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su
conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos.”
La Biblia expone que los gentiles a veces hacen por naturaleza lo que demanda
la ley, hablando en términos morales y nunca espirituales. La base moral, como
viéramos al principio del capítulo dos es parte de la conciencia moral con la cual
Dios creó a los hombres. Lo que Pablo resalta es que los seres humanos
testificamos ser obra de Dios cuando juzgamos, así como cuando nos dejamos
guiar por la moral o la conciencia dada por Dios. Esto nada tiene que ver con ser
judío o gentil.
La conciencia fue colocada por Dios en los hombres para acusarles cuando
pecan. Es como un sistema de navegación que nos indica cuándo estamos fuera
de ruta. La misma está por encima de nosotros y es contraria a nuestra
pecaminosidad. Por tal razón, tiene que haber sido puesta allí por alguien externo
o fuera del hombre. Los seres humanos buscamos saber quién nos creó, cuando
nuestra propia naturaleza nos dice mucho de cómo debe ser el que nos creó; uno
con inteligencia, uno moralmente perfecto, uno santo en su proceder y justo en
su decisión.
2:16 “en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los
hombres, conforme a mi evangelio.”
El ser humano que ahora es juzgado por su conciencia, también será juzgado por
el dador de la misma, Dios. El hombre que no escucha la voz de su conciencia,
tendrá que escuchar y participar del juicio de la Palabra que hoy rechaza. El
evangelio presenta la salvación por medio de Jesucristo y también la
condenación a todos los que no creen en él.
Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino
para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el
que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del
unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los
hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. (Jn.
3:17- 19)
2:17-27 “He aquí, tú tienes el sobrenombre de judío, y te apoyas en la ley, y
te glorías en Dios, y conoces su voluntad, e instruido por la ley apruebas lo
mejor, y confías en que eres guía de los ciegos, luz de los que están en
tinieblas, instructor de los indoctos, maestro de niños, que tienes en la ley la
forma de la ciencia y de la verdad. Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te
enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas? Tú
que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras? Tú que abominas de los
ídolos, ¿cometes sacrilegio? Tú que te jactas de la ley, ¿con infracción de la
ley deshonras a Dios? Porque como está escrito, el nombre de Dios es
blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros. Pues en verdad la
circuncisión aprovecha, si guardas la ley; pero si eres transgresor de la ley,
tu circuncisión viene a ser incircuncisión. Si, pues, el incircunciso guardare
las ordenanzas de la ley, ¿no será tenida su incircuncisión como
circuncisión? Y el que físicamente es incircunciso, pero guarda
perfectamente la ley, te condenará a ti, que con la letra de la ley y con la
circuncisión eres transgresor de la ley.”
Estos versículos exponen que tanto gentiles como judíos son culpables de vivir
en rebeldía contra Dios. Para los judíos era muy difícil asimilar lo expresado.
Estos eran enseñados desde pequeños que eran el pueblo escogido y favorecido
por Dios y que la circuncisión realizada era evidencia del pacto y la ley, el
camino a seguir. Ser confrontados con la realidad de su propia pecaminosidad y
con la imposibilidad de poder alcanzar justicia a través de la ley era contrario a
lo que habían aprendido. Los judíos vivían sobre la base de la ley, sin que la
misma les mostrara su pecaminosidad. Al punto, que no entendieron el propósito
de la misma, como Pablo presenta en Romanos 3.
Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley,
para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios; ya
que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él;
porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado. (Ro. 3:19-20)
La ley de Dios revela dos cosas primarias al ser observada:
1. El carácter santo de Dios
2. Nuestra naturaleza pecaminosa
Pensar que podemos ser justificados viviendo de acuerdo con la ley es algo
contrario a las Escrituras y a nuestra naturaleza. Mostrar que los actos religiosos,
la ley o ser parte del pueblo del pacto no garantizaban la salvación, era en sí
mismo un reto para el apóstol. Los judíos creían que por ser descendientes de
Abraham eran por naturaleza herederos del pacto divino. En el capítulo cuatro,
Pablo mostrará con más detalle que los hijos de Dios, los hijos del pacto o los
hijos de Abraham, nada tenían que ver con genealogía, sino con la fe, lo que
además presentará en el capítulo nueve.
2:28-29 “Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la
que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo
interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la
alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios.”
Los versículos 28 y 29 son de gran importancia para la comprensión de quiénes
son parte del pueblo de Dios. Desde mediados del capítulo uno hasta los
versículos finales del capítulo dos, Pablo ha mostrado que no existe diferencia
entre judíos y gentiles en cuanto al pecado y a la salvación se refiere. Ambos
comparten una misma naturaleza pecaminosa y necesitan ser salvos a través del
evangelio de Jesucristo. El apóstol establece que ser judío, lo que para estos era
sinónimo de pertenecer al pueblo del pacto, no tiene que ver con tener
ascendencia judía. Esto cambiaba lo que significaba para los judíos ser judío.
La circuncisión, lo que desde el principio representó para los judíos la evidencia
externa de pertenecer al pueblo de Dios, queda también descartada como
distintivo externo de los hijos de Dios. Pablo, como todo varón judío, había sido
circuncidado al octavo día de haber nacido. Sin embargo, siendo judío y
circuncidado, expone que según el evangelio, ni la ascendencia judía, ni la
circuncisión hacen a alguien verdaderamente judío (parte del pueblo de Dios). El
versículo 28 es evidencia de ello; aunque el apóstol presentará más detalles en el
capítulo nueve de dicha carta.
Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se
hace exteriormente en la carne. (Ro. 2:28)
Pablo señala en el versículo veintinueve que la verdadera circuncisión, como
dijéramos, no era en sí misma la marca o el distintivo de los hijos de Dios, sino
la circuncisión del corazón. Por consiguiente, no podría ser realizada por acto
humano, no puede ser transmitida por herencia genealógica, sino que solamente
puede ser llevada a cabo por Dios. Ésta es la promesa del nuevo pacto anunciada
por los profetas en el Antiguo Testamento. Únicamente, un acto de la soberana
gracia de Dios puede cambiar nuestra naturaleza pecaminosa. De eso se trata la
circuncisión del corazón; de un cambio en la naturaleza de los hombres. Fue así,
que Dios le profetizó a Jeremías que ello sucedería; aunque en un tiempo futuro
al que éste vivía.
He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la
casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el
día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos
invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este
es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice
Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a
ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará más ninguno a su
prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos
me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová;
porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado. (Jer.
31:31-34)
Dicha promesa o nuevo pacto, también le fue revelado al profeta Ezequiel.
Y yo os tomaré de las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os
traeré a vuestro país. Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de
todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré
corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra
carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de
vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis
preceptos, y los pongáis por obra. Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres,
y vosotros me seréis por pueblo, y yo seré a vosotros por Dios. (Ez. 36:24-28)
En Ezequiel 37, Dios le mostró al profeta cómo sería el pacto.
La mano de Jehová vino sobre mí, y me llevó en el Espíritu de Jehová, y me
puso en medio de un valle que estaba lleno de huesos. Y me hizo pasar cerca de
ellos por todo en derredor; y he aquí que eran muchísimos sobre la faz del
campo, y por cierto secos en gran manera. Y me dijo: Hijo de hombre, ¿vivirán
estos huesos? Y dije: Señor Jehová, tú lo sabes. Me dijo entonces: Profetiza
sobre estos huesos, y diles: Huesos secos, oíd palabra de Jehová. Así ha
dicho Jehová el Señor a estos huesos: He aquí, yo hago entrar espíritu en
vosotros, y viviréis. Y pondré tendones sobre vosotros, y haré subir sobre
vosotros carne, y os cubriré de piel, y pondré en vosotros espíritu, y viviréis; y
sabréis que yo soy Jehová. Profeticé, pues, como me fue mandado; y hubo un
ruido mientras yo profetizaba, y he aquí un temblor; y los huesos se juntaron
cada hueso con su hueso. Y miré, y he aquí tendones sobre ellos, y la carne
subió, y la piel cubrió por encima de ellos; pero no había en ellos espíritu. Y
me dijo: Profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre, y di al espíritu: Así ha
dicho Jehová el Señor: Espíritu, ven de los cuatro vientos, y sopla sobre estos
muertos, y vivirán. Y profeticé como me había mandado, y entró espíritu en
ellos, y vivieron, y estuvieron sobre sus pies; un ejército grande en extremo. Me
dijo luego: Hijo de hombre, todos estos huesos son la casa de Israel. He aquí,
ellos dicen: Nuestros huesos se secaron, y pereció nuestra esperanza, y somos
del todo destruidos. Por tanto, profetiza, y diles: Así ha dicho Jehová el Señor:
He aquí yo abro vuestros sepulcros, pueblo mío, y os haré subir de vuestras
sepulturas, y os traeré a la tierra de Israel. Y sabréis que yo soy Jehová, cuando
abra vuestros sepulcros, y os saque de vuestras sepulturas, pueblo mío. Y
pondré mi Espíritu en vosotros, y viviréis, y os haré reposar sobre vuestra tierra;
y sabréis que yo Jehová hablé, y lo hice, dice Jehová. (Ez. 37:1-14)
Note que a Ezequiel, Dios le mostró que el pueblo de Israel estaba muerto
espiritualmente y que únicamente por la intervención divina, podría vivir.
…yo hago entrar espíritu en vosotros, y viviréis. (Ez. 37:4)
El apóstol Pablo confirmó esta verdad y experiencia en la epístola a los Efesios.
Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y
pecados. (Ef. 2:1)
Quien fuera mi pastor, el Reverendo Carlos Cortés me preguntó una vez: “¿Los
muertos pueden decidir sobre algo? Mi contestación fue: “Obviamente no, pues
están muertos”. Y luego me preguntó: “Si la muerte es descrita en Efesios 2:1
como la condición espiritual en la que se encuentra el hombre, entonces ¿cómo
el pecador puede decidir sobre algo que es contrario a su naturaleza? La
respuesta parecía lógica, pero es en sí misma profunda, por cuanto únicamente
por medio de la intervención de Dios, el hombre puede volver a la vida. La
Biblia declara esta verdad cuando expresa lo siguiente:
Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues
es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura
suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de
antemano para que anduviésemos en ellas. (Ef. 2:8-10)
El apóstol presenta la obra de la salvación, de forma tal, que nadie presuma
merecerla o haberla alcanzado por sí mismo. ¿Qué es lo que jamás podría ser
atribuido al hombre? La gracia, porque ésta es siempre inmerecida y divina. La
fe es un don de Dios, a fin de que recibamos la salvación. La única obra que
medió en la salvación es la de Jesucristo.
Efesios 2:10 presenta el clímax del mensaje Paulino en la carta a los Efesios. En
el mismo, el apóstol resume su enseñanza diciendo que los creyentes son el
resultado del plan soberano de Dios. Uno, que fue predestinado desde antes de la
fundación del mundo para alabanza de su gloria (Ef. 1:4,6). Pablo enseña que
todos los creyentes son el resultado de lo que Dios preparó de antemano, en las
siguientes aseveraciones:
1. Somos hechura suya.
El término hechura del griego ποίημα “poiema” de “poieo”, hacer, de donde se
deriva la palabra castellana poema, denotando aquello que es hecho.16 Siendo
así, los elegidos son el resultado de la obra de Dios.
2. Fuimos creados en Cristo Jesús.
La expresión creados del griego κτίζω “ktizo” palabra utilizada entre los griegos
para denotar la fundación de un lugar, de una ciudad o colonia, significa, en las
Escrituras, crear, siempre del acto de Dios, ya sea: (a) en la creación natural (Mr.
13:19; Ro. 1:25, donde el título «el Creador» se traduce del artículo con el
participio aoristo del verbo; 1 Co. 11:9; Ef. 3:9; Col. 1:16; 1Tm. 4:3; Ap. 4:11;
10:6); o (b) en la creación espiritual (Ef. 10:15; 4:24; Col. 3:10).17 En las
Escrituras, esta palabra está asociada al acto creador de Dios. Por consiguiente,
ningún creyente en Cristo Jesús es el resultado de la toma de una decisión
personal porque es creación de Dios.
3. Dios preparó de antemano buenas obras para que anduviésemos por
ellas.
La palabra preparó del griego προετοιμάζω, proviene de “pro”, ante, en frente,
antes de, delante de, ante (todo) y “etoimazo” que significa preparar, preparativo,
proveer, hacer.18 De modo, que fue Dios quien decidió el destino eterno de los
elegidos.
Gloria a Dios por su bendita misericordia, pues pudiendo habernos dejado
muertos en nuestros delitos y pecados, decidió por pura gracia salvarnos.
ROMANOS 3
En el capítulo dos de la carta a los Romanos, Pablo establece que ningún ser
humano escapará del juicio de Dios. La acción de juzgar ciertas cosas como
malas es un ejercicio de la conciencia humana. Ésta es un rasgo distintivo de la
justicia de Dios en el hombre como evidencia de que fue hecho a su imagen y
semejanza.
Por otra parte, expone que de la misma manera en la que creemos que el mal
merece ser juzgado, Dios también lo ve. Sin embargo, a diferencia de Dios,
nosotros juzgamos ciertas cosas como malas o pecaminosas, pero las
practicamos. Por tal razón, sólo Dios puede juzgar con juicio justo, pues en él no
existe el mal. De modo que el apóstol pregunta, si alguno cree que puede escapar
del juicio de Dios, por cuanto todos somos culpables y pecadores. Pablo
concluye el capítulo dos recalcando que no es judío el que lo es exteriormente,
sino el que lo es en lo interior, por medio de la circuncisión del corazón (Ro.
2:28-29). Así que, todos los circuncisos de corazón son salvos,
independientemente de que sean judíos o no lo sean.
3:1 “¿Qué ventaja tiene, pues, el judío? ¿o de qué aprovecha la
circuncisión?”
Si los judíos eran culpables de pecado, merecedores del juicio de Dios como los
demás y si la circuncisión no los hacía parte del pueblo del pacto como Pablo
presentó en el capítulo previo, entonces, ¿qué ventaja tenía ser judío y de qué
aprovechaba la circuncisión? Recordemos, que para los judíos ser descendientes
de Abraham los constituía automáticamente en herederos de la promesa. Por lo
tanto, se veían como superiores a los gentiles. Los mismos creían estar en una
mejor posición con relación a Dios y también creían que la circuncisión física
era la marca o evidencia de su primogenitura. Por consiguiente, Pablo sabe que
tendrá que lidiar con estas suposiciones falsas para presentarle a los judíos la
necesidad de arrepentimiento y fe en Jesucristo como a todos los demás.
3:2 “Mucho, en todas maneras. Primero, ciertamente, que les ha sido
confiada la palabra de Dios.”
La ventaja de la nación judía radicaba en que había recibido la revelación
especial de Dios. Estos tenían en la ley, la base correcta sobre la cual podían
conocer a Dios, juzgar la vida y fundamentarla. También, por medio de la ley
debían poder ver su propia incapacidad para agradar a Dios y con ello, la
necesidad de redención.
3:3-4 “¿Pues qué, si algunos de ellos han sido incrédulos? ¿Su incredulidad
habrá hecho nula la fidelidad de Dios? De ninguna manera; antes bien sea
Dios veraz, y todo hombre mentiroso; como está escrito: Para que seas
justificado en tus palabras, Y venzas cuando fueres juzgado.”
Otra pregunta legítima radicaba en si la incredulidad de la mayoría de los judíos
podría cambiar la fidelidad de Dios. El apóstol responderá que en ninguna
manera. Dios no opera con plan B o con un plan alterno, puesto que su plan
nunca fracasa. La incredulidad de los judíos debía evidenciar que no todos serían
llamados a ser parte del pueblo escogido por Dios. Los israelitas eran los que
habían fallado y habían sido infieles al pacto, no Dios.
Pablo argumentará en la carta que la razón de la incredulidad tenía base en que
no todos eran parte del pueblo de Dios, tema que posteriormente, en los
capítulos nueve, diez y once, abundará en detalle. Los que Dios llamó a
salvación desde antes de la fundación del mundo, en su momento, responderán
en fe a la gracia, a través del llamado del evangelio. Un ejemplo de esto es el
llamado de los apóstoles, evidenciado en cómo dejando todo siguieron a Jesús y
cómo únicamente, el hijo de perdición falló del blanco.
Diferente sería, que luego de Dios cambiar nuestro corazón, lo que es llamado
por el apóstol como la verdadera circuncisión, retornáramos a la incredulidad. Si
esto fuera posible, entonces podríamos cuestionarnos, si la obra de Dios falló en
su operación, lo que Pablo señala es imposible (Ro. 11:1-2). El versículo cuatro
señala que Dios siempre vencerá cuando es juzgado, por cuanto él no es culpable
de nuestra rebelión y maldad.
3:5-6 “Y si nuestra injusticia hace resaltar la justicia de Dios, ¿qué diremos?
¿Será injusto Dios que da castigo? (Hablo como hombre.) En ninguna
manera; de otro modo, ¿cómo juzgaría Dios al mundo?”
Nuestra propia injusticia resalta la justicia de Dios. El hecho de que nuestras
acciones sean pecaminosas demuestra que sólo él es justo y que no hemos
participado de un cambio en nuestra naturaleza pecaminosa. Así que, si Dios nos
castigara, no sería injusto. No hay injusticia en la naturaleza divina y si Dios no
fuera justo, entonces, Pablo se pregunta, ¿cómo juzgaría al mundo?
3:7-8 “Pero si por mi mentira la verdad de Dios abundó para su gloria, ¿por
qué aún soy juzgado como pecador? ¿Y por qué no decir (como se nos
calumnia, y como algunos, cuya condenación es justa, afirman que nosotros
decimos): Hagamos males para que vengan bienes?”
Pablo se defiende de aquellos que injustamente le juzgaban por lo que predicaba.
Los mismos le acusaban de enseñar que el mal era necesario para disfrutar de la
misericordia de Dios. El planteamiento Paulino reside en que a pesar de nuestra
naturaleza pecaminosa, Dios nos salva y esto muestra que la gracia divina se
manifestó sobre el pecado. La gracia excluye toda obra humana en la salvación
porque el que está muerto espiritualmente no puede, ni ayudarse, ni salvarse a sí
mismo. Por ende, el mensaje del evangelio expone que donde sobreabundó el
pecado, sobreabundó la gracia en el acto de la salvación. De otra forma,
permaneceríamos en condenación. El apóstol estaba consciente de la mala
interpretación que algunos le daban al mensaje de la gracia. Pablo tenía la
certeza de que ese mismo evangelio sería el medio por el cual el poder de Dios
se manifestaría salvando a los que creerían (Ro. 1:16).
3:9-20 “¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna
manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo
pecado. Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda,
No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles;
No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Sepulcro abierto es su
garganta; Con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus
labios; Su boca está llena de maldición y de amargura. Sus pies se
apresuran para derramar sangre; Quebranto y desventura hay en sus
caminos; Y no conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante de
sus ojos. Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están
bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio
de Dios; ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado
delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado.”
La arrogancia del pueblo judío, basada en la falsa suposición de ser el pueblo de
Dios por descendencia Abrahámica y la falsa creencia de que por medio de la ley
serían justificados, les hacia ciegos para poder ver su propia pecaminosidad. Sin
embargo, el evangelio les colocaba en una misma posición de pecaminosidad
con relación a los gentiles, lo que para cualquier judío era una ofensa. No
obstante, la propia ley daba testimonio de que ellos también eran culpables ante
Dios. La ley establecía, según el versículo veinte, que nadie podía ser salvo o
justificado mediante la misma. El verdadero propósito de la ley es mostrar
nuestra pecaminosidad y la incapacidad de ser hallados justos frente al Creador,
pues por medio de la ley es el conocimiento del pecado. El apóstol plantea que a
mayor conocimiento y entendimiento de la ley, mayor deberá ser nuestra
conciencia de culpabilidad frente a Dios porque la ley expone nuestro pecado y
no nuestra justicia.
A continuación, algunos de los efectos de la ira de Dios descritos en Ro. 3:10-18:
1. No hay un solo hombre justo. (v.10)
La tendencia de los hombres en su estado natural no es hacer el bien. En el
estado caído no está el deseo de vivir de acuerdo con lo ordenado por Dios, sino
el deseo de rebelarse contra lo establecido.
¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también,
¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal? (Jer. 13:23)
2. No hay un solo hombre que entienda. (v.11)
El hombre natural no puede entender las cosas del Espíritu. Por consiguiente, el
mensaje del evangelio le es irrelevante.
Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios,
porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir
espiritualmente. (1Co. 2:14)
3. No hay un solo hombre que busque a Dios. (v.11)
La Biblia no enseña que los hombres buscan a Dios, sino que él es quien los
busca. Lo primero que hicieron Adán y Eva cuando desobedecieron fue
esconderse de su presencia.
Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día;
y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los
árboles del huerto. (Gn. 3:8)
4. Todos los hombres se apartan de Dios. (v.12)
No es necesario ningún argumento para presentar la realidad de nuestro
alejamiento de Dios.
Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su
camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. (Is. 53:6)
5. No hay hombre que haga lo bueno. (v.12)
El punto presentado, no es si los hombres pueden llevar a cabo algún acto de
generosidad, bondad o una obra de filantropía, pues seguramente, alguno
hombres lo hacen. El argumento es que ningún hombre en su estado caído puede
hacer el bien conforme a la norma de Dios. Para que algo sea bueno delante de
Dios, varias cosas deben ser satisfechas. Primero, debe ser hecho conforme a la
ley. Segundo, debe ser hecho en fe. Tercero, debe ser realizado para la gloria de
Dios. De modo, que el hombre natural no cumple con la norma de lo que es
bueno según Dios, pues solamente puede acercarse a la norma (la moral) de la
ley.
Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos,
soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto
natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de
lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de
Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a
éstos evita. (2Tm. 3:2-5)
6. Sus actos evidencian su corrupción. (v.13-16)
La corrupción humana es tan general que tampoco necesita ser argumentada,
pues nuestros hechos la confirman.
Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación,
inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras,
contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y
cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he
dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. (Gá.
5:19-21)
7. No tienen paz en su corazón. (v.17)
La paz del corazón es el estado de la conciencia del hombre que ha sido
perdonado por Dios en Cristo.
Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos,
habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz,
que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de
separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos
expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo
hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un
solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino y anunció las buenas
nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca; porque
por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al
Padre. (Ef. 2:23-18)
8. No hay temor de Dios en ellos. (v.18)
La realidad de la falta de temor la podemos ver en que seguimos pecando, sin
sentir el más mínimo temor de ser juzgados y castigados por Dios.
La iniquidad del impío me dice al corazón: No hay temor de Dios delante
de sus ojos. (Sal. 36:1)
3:21 “Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios,
testificada por la ley y por los profetas.”
El Antiguo Testamento profetizaba que Dios establecería un nuevo pacto sobre
la casa de Israel. Un pacto en el que el pueblo no sería guiado mediante una ley
externa, sino por una ley interna, escrita en el corazón. El problema con el pacto
de la ley consiste en nuestra pecaminosidad, asunto que la ley no puede cambiar.
Sin embargo, Dios manifestó por medio de la ley, el medio por el cual podíamos
ser salvos, el que según la carta a los Gálatas es a través de la simiente prometida
a Abraham, la cual es Cristo.
Hermanos, hablo en términos humanos: Un pacto, aunque sea de hombre,
una vez ratificado, nadie lo invalida, ni le añade. Ahora bien, a Abraham fueron
hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si
hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo. Esto,
pues, digo: El pacto previamente ratificado por Dios para con Cristo, la ley que
vino cuatrocientos treinta años después, no lo abroga, para invalidar la
promesa. Porque si la herencia es por la ley, ya no es por la promesa; pero Dios
la concedió a Abraham mediante la promesa. Entonces, ¿para qué sirve la
ley? Fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que viniese la simiente a
quien fue hecha la promesa; y fue ordenada por medio de ángeles en mano de un
mediador. Y el mediador no lo es de uno solo; pero Dios es uno. (Gá. 3:15-
20)
Existe únicamente una manera de ser hallados libres de pecado frente a Dios.
Ésta es la justicia ofrecida por él en Cristo. Esto es de suma importancia porque
Pablo desea establecer que su mensaje en nada difería de lo ya testificado en la
ley y los profetas. La llegada del Mesías traería la salvación de un remanente,
asunto ampliamente documentado en el Antiguo Testamento, siendo Jesús el
cumplimiento de dichas profecías.
3:22 “la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que
creen en él. Porque no hay diferencia.”
Estando el hombre en un estado de culpabilidad ante Dios, no puede ser su
propio redentor. Es Dios contra quien hemos pecado y quien decide de manera
libre y voluntaria, cómo y a quién perdona. La justicia de Dios o su justificación
es el acto por el cual Dios de manera soberana otorga perdón absoluto a los que
justificó en Jesucristo. Éste es el único medio por el cual hombres pecadores
pueden ser hallados aceptos ante Dios. La justicia de Dios es obtenida única y
exclusivamente por su gracia, pero recibida por la fe en Jesucristo. Pablo se
reitera en el hecho de que la justicia ofrecida por Dios no era de exclusividad
judía. La misma sería ofrecida para todos los que creen en Jesucristo, por cuanto
no hay diferencia entre judíos y gentiles en términos de pecado según Dios.
3:23-24 “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios,
siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que
es en Cristo Jesús.”
La Biblia establece que no hay diferencia entre judíos y gentiles por cuanto
todos son pecadores. El resultado de nuestra condición pecaminosa fue que
quedamos separados de la gloria de Dios. Por ende, únicamente por medio de
Jesús, los hombres pueden ser justificados ante Dios. La justificación (ser
declarados libres de todo pecado) es un acto de la gracia de Dios. La gracia
implica favor no merecido. Desde el punto de vista soteriológico, Dios revela su
justicia, otorgando bien al que no la merece, según el puro afecto de su voluntad.
La palabra redención implica el acto por el cual Dios satisface la deuda con el
propósito de libertar al deudor. La misma fue alcanzada por el sacrificio de Jesús
en la cruz, a quien Dios envió con el propósito de redimirnos de nuestros
pecados.
La gracia de Dios no se otorga sobre la nada, sino sobre la justicia alcanzada por
Jesucristo mediante su muerte. Dios había establecido que sin derramamiento de
sangre, no se hace remisión de pecado. El evangelio presenta que es Dios quien
manifiesta su justicia por la redención en Cristo. La justicia de Dios mediante la
redención muestra tres cosas; la gravedad del pecado, el medio por el cual quedó
satisfecha (la muerte de Cristo) y la seguridad de la salvación en Cristo.
3:25-26 “a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su
sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su
paciencia, los pecados pasados con la mira de manifestar en este tiempo su
justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de
Jesús.”
Pablo enseña que Dios toleró en su paciencia los pecados de la humanidad, con
miras de manifestar en su tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo y el que
justifica al que es de la fe de Jesús. Solamente a través de la muerte de
Jesucristo, el pecador puede ser salvo. Pablo es enfático en señalar que Dios es
quien únicamente puede justificar al pecador en Cristo. La gracia se establece
para manifestar la justicia de Dios, por cuanto no hay justicia en nosotros. El
único medio para recibirla es la fe en Jesús. En los círculos cristianos es común
escuchar la siguiente frase: “La salvación es gratis”. Debemos tener mucho
cuidado con esta expresión, pues la salvación costó un alto precio, la vida del
unigénito Hijo de Dios. Cuidado con querer mercadear el evangelio de
Jesucristo, pues muchos al hacerlo han terminado menospreciándolo. La
salvación es más que un regalo, es la justicia de Dios alcanzada mediante la obra
en la cruz.
3:27-28 “¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley?
¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe Concluimos, pues, que el
hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.”
Si la condición del hombre es de muerte delante de Dios y si la ley no puede
salvarlo, sino mostrarle su pecaminosidad, entonces ¿cómo pues podemos
jactarnos? ¿No deberíamos más bien humillarnos, ya que fue Dios, quien libre y
voluntariamente decidió tener misericordia de nosotros en Cristo?
Por la fe en Jesucristo es que podemos ser hallados limpios de pecado. Es la obra
de Cristo y no la nuestra, la que nos justifica ante el Padre. Sólo mediante la fe
en el sacrificio de Cristo es que podemos ser partícipes del plan predeterminado
de Dios, manifestado por la ley, quedando toda obra humana excluida.
3:29 “¿Es Dios solamente Dios de los judíos? ¿No es también Dios de los
gentiles? Ciertamente, también de los gentiles.”
Pablo ha dejado claro que los judíos como nación no están en una posición
especial frente a Dios, que no sea el hecho de haber sido escogidos por él para
manifestar su plan de redención (Ro. 3:1-2). La carta a los Romanos presenta
que Dios es Dios de todos los que creen en Jesús sean judíos o no lo sean.
Toda la exclusividad judía sobre Jehová queda descartada en el mensaje del
evangelio. Sin embargo, muchos actualmente colocan al pueblo de Israel en una
posición de ventaja y privilegio sobre la iglesia. Estos hacen una distinción entre
los judíos y la iglesia como el pueblo de Dios. Tal distinción no es bíblica,
puesto que es el producto de una mala interpretación del mensaje dado a
Abraham en Génesis doce. El mismo es interpretado en la carta a los Gálatas, no
como un pacto especial con los judíos, sino con Cristo y los que habrían de creer
en él.
Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No
dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu
simiente, la cual es Cristo. (Gá. 3:16)
En Gálatas 3:16, Pablo expone que la simiente a quien fue hecha la promesa no
fue a los hijos de Abraham, sino a Cristo. Observe, que Pablo llama la atención
hacia Génesis 12:7, el que es interpretado no como refiriéndose a las simientes
en plural (a todos los descendientes de Abraham), sino a la simiente en singular,
Cristo. De forma tal, que todos los creyentes son linaje de Abraham y herederos
según la promesa.
pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; porque todos los que
habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni
griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros
sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de
Abraham sois, y herederos según la promesa. (Gá. 3:26-29)
Este punto lo consideraremos ampliamente cuando lleguemos al capítulo nueve
de la carta a los Romanos.
3:30 “Porque Dios es uno, y él justificará por la fe a los de la circuncisión, y
por medio de la fe a los de la incircuncisión.”
Si la condición de los hombres delante de Dios es la misma, entonces el medio o
el remedio para la condición pecaminosa es igual para todos, Cristo. Sin
embargo, los judíos pensaban que estaban en una mejor posición ante Dios que
los gentiles. El apóstol asegura que Dios es uno y que él justificará por la fe a
todos los que creen en Cristo, sean circuncisos (judíos) o no.
Recordemos que anteriormente Pablo les había expuesto que no es la
circuncisión de la carne la verdadera evidencia de pertenecer al pueblo del pacto,
sino la circuncisión del corazón (Ro. 2:28-29). La circuncisión de la carne era
sólo una señal de algo que debía ocurrir en el corazón, pues es allí en donde se
encuentra el problema en los hombres, en su naturaleza caída.
La expresión “Dios es uno” debería recordarnos que Dios no es Dios de los
judíos y que Jesucristo es Dios de la iglesia. Cristo Jesús es el único nombre bajo
el cielo en que los hombres podemos ser salvos. Por consiguiente, es el único
mediador, ya que solamente existe un camino al Padre para los judíos llamados,
así como para los gentiles.
Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo,
dado a los hombres, en que podamos ser salvos. (Hch. 4:12)
Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres,
Jesucristo hombre. (1Tm. 2:5)
Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre,
sino por mí. (Jn. 14:6)
3:31 “¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que
confirmamos la ley.”
Pablo hace una pregunta inspirado por el Espíritu Santo sabiendo que sería un
argumento en la mente de sus destinatarios. ¿Es la fe contraria a la ley? ¿Invalida
la fe en Cristo el mensaje de la ley? No, sino que lo confirma, pues el propósito
de la ley era guiarnos a Cristo.
Entonces, ¿para qué sirve la ley? Fue añadida a causa de las transgresiones,
hasta que viniese la simiente a quien fue hecha la promesa; y fue ordenada por
medio de ángeles en mano de un mediador. Y el mediador no lo es de uno solo;
pero Dios es uno. ¿Luego la ley es contraria a las promesas de Dios? En ninguna
manera; porque si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera
verdaderamente por la ley. Mas la Escritura lo encerró todo bajo pecado,
para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes.
Pero antes que viniese la fe, estábamos confinados bajo la ley, encerrados para
aquella fe que iba a ser revelada. De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para
llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe. (Gá. 3:19-24)
ROMANOS 4
Pablo ha establecido en los primeros tres capítulos que el mensaje del evangelio
es consistente, correspondiente y coherente con el Antiguo Testamento y que
ambos enseñan que la salvación puede ser solamente obtenida por medio de la fe
en Jesucristo. De lo cual, en el capítulo cuatro abundara más, al presentar a
Abraham como ejemplo de la fe. Además, el capítulo cuatro es de suma
importancia para entender cómo Dios llama y justifica. Entendiendo Pablo que
los judíos consideraban a Abraham el padre de la fe judía, demostrará a través de
éste, que el mismo Abraham fue justificado por la fe en Dios, exclusivamente .
4:1-2 “¿Qué, pues, diremos que halló Abraham, nuestro padre según la
carne? Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué
gloriarse, pero no para con Dios.”
¿Quién era y cómo fue llamado Abraham? Éste era un gentil que fue llamado de
Ur de los Caldeos (Gé. 11:28, 31; 15:7; Neh. 9:7), la que estaba situada al sur de
Mesopotamia. No existía tal cosa como la nación de Israel, sólo existían gentiles,
si los catalogamos de la misma manera que en la Biblia. El nombre Israel fue el
nombre que Dios le dio a Jacob en sustitución del suyo, el cual con el tiempo
llegó a ser representativo del pueblo de Dios. Esto debido a que Jacob fue el
último patriarca, quien tuviera doce hijos, los que representan las doce tribus de
Israel, de las cuales se formó la nación usando dicho nombre.
Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has
luchado con Dios y con los hombres, y has vencido. (Gn. 32:28)
Fue Dios quien en su soberanía decidió llamar a Abraham para tener de él
misericordia. La ciudad de Ur estaba a unos 233 km. al sudeste del lugar de la
antigua Babilonia. Ésta, como es conocida, fue la cuna del paganismo, la madre
de las religiones esotéricas y de misterio. Lo maravilloso es que un hombre con
este trasfondo fuese llamado por Dios para ser justificado y para establecer a
través de él, ejemplo de cómo serían llamados los verdaderos hijos de Dios.
Dicho trasfondo es necesario, a fin de comprender que ni Abraham fue llamado
o justificado por obras, así como tampoco lo fue por la ley. Ésta le fue dada a
Moisés alrededor de cuatrocientos treinta años, posteriormente.
Esto, pues, digo: El pacto previamente ratificado por Dios para con Cristo,
la ley que vino cuatrocientos treinta años después, no lo abroga, para invalidar la
promesa. Porque si la herencia es por la ley, ya no es por la promesa; pero Dios
la concedió a Abraham mediante la promesa. (Gá. 3:17-18)
Siendo así, Abraham no fue escogido por cumplir con la ley. Éste no estaba
excluido del mensaje de Romanos 3:23: “por cuanto todos pecaron…”.
Entonces, ¿cómo fue justificado Abraham? Pablo presentará que fue justificado
por un acto de la soberana gracia de Dios, en la cual creyendo, fue justificado.
El término justificación representa el acto de validar, absolver, vindicar o
rectificar. La palabra justificación puede ser definida como el acto de la justicia
de Dios por el cual, basado en su soberanía, concede la total absolución de todos
los pecados a quien desea salvar, mediante la obra redentora de Cristo. La misma
le es imputada al pecador a través de la fe. La justificación es la declaración
judicial de Dios mediante la cual declara al pecador libre de toda culpabilidad.
Esto significa que el pecador vuelve a estar en paz con Dios mediante Cristo,
según el puro afecto de su soberana voluntad.
4:3 “Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue
contado por justicia.”
Pablo expone que según el propio mensaje en el Antiguo Testamento, Abraham
fue justificado sin mérito alguno, sólo por la fe en Dios.
Así Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia. Sabed, por tanto,
que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham. (Gá. 3:6)
La expresión creyó πιστεύω pisteúo significa creer, encomendarse, fiar, tener fe.
El tiempo gramatical en el griego es un aoristo indicativo activo, el que coloca la
acción sobre la persona de quien se habla en el presente, pero cuya acción
(aoristo indicativo) es el resultado de una decisión en el pasado.19 Por
consiguiente, Pablo esta diciendo que la fe de Abraham le fue otorgada por Dios
mismo. La salvación es obra de Dios de principio a fin, como veremos en el
capítulo 8.
Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen
hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre
muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que
llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.
(Ro. 8:29-30)
4:4-5 “Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como
deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le
es contada por justicia.”
El apóstol utiliza la alegoría del trabajador para establecer que al que trabaja no
se le cuenta su salario como gracia, sino como deuda. Lo que Pablo quiere decir
es que si Abraham hubiese trabajado para su salvación, entonces ésta no podría
ser llamada gracia de Dios, pues sería una deuda, esto es un beneficio alcanzado
por su esfuerzo y trabajo. Pablo presenta este mismo argumento en el capítulo
once cuando expone lo siguiente:
Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia.
Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra. (Ro. 11:6)
Observe, que la salvación o es por obras o es por gracia, pero no es una
combinación de ambas. Las mismas se oponen entre sí. ¿Por qué la salvación no
puede ser conseguida mediante las obras de la ley? Pablo presenta que Abraham
no hizo nada para merecer la gracia de Dios, pues de otra manera, la salvación le
sería por deuda y no por gracia. De modo, que Abraham no fue justificado por la
ley, lo que era imposible; primero, por su condición pecaminosa y segundo,
porque no existía todavía la ley. El argumento Paulino gira en torno a que
Abraham fue justificado sin las obras de la ley. Dios únicamente puede justificar
al impío, ya que éste nada puede hacer para salvarse, ni aun creer.
Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: El
justo por la fe vivirá; y la ley no es de fe, sino que dice: El que hiciere estas
cosas vivirá por ellas. (Gá. 3:11-12)
4:6-8 “Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a
quien Dios atribuye justicia sin obras, diciendo: Bienaventurados aquellos
cuyas iniquidades son perdonadas, Y cuyos pecados son cubiertos.
Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado.”
Pablo presenta que David había testificado de la justicia divina en el Salmo 32:1-
2. David reconoce la bienaventuranza de aquellos, cuyas iniquidades son
perdonadas, sin merecerlo, como un acto de la misericordia de Dios. También
reconoce, que este acto es otorgado por Dios sobre quien él quiera.
Podríamos, sin lugar a dudas decir, que Pablo presenta en la declaración del
Salmo 32:1-2, una extraordinaria definición de lo que significa la justificación.
1. Un acto de la soberana gracia de Dios
2. Una bienaventuranza
3. El acto por el cual Dios atribuye justicia en un hombre sin obras.
4. El perdón completo de todas nuestras iniquidades y pecados.
5. El acto por el cual Dios exonera al pecador de la paga de su pecado.
4:9 “¿Es, pues, esta bienaventuranza solamente para los de la circuncisión,
o también para los de la incircuncisión? Porque decimos que a Abraham le
fue contada la fe por justicia.”
Dicha bienaventuranza no era exclusiva para los judíos, sino para todos los que
como Abraham creerían. El apóstol argumenta que la justificación es para todos
los que creen. También, el hecho de que Abraham recibió la justificación siendo
incircunciso.
4:10-12 “¿Cómo, pues, le fue contada? ¿Estando en la circuncisión, o en la
incircuncisión? No en la circuncisión, sino en la incircuncisión Y recibió la
circuncisión como señal, como sello de la justicia de la fe que tuvo estando
aún incircunciso; para que fuese padre de todos los creyentes no
circuncidados, a fin de que también a ellos la fe les sea contada por justicia
y padre de la circuncisión, para los que no solamente son de la circuncisión,
sino que también siguen las pisadas de la fe que tuvo nuestro padre
Abraham antes de ser circuncidado.”
Pablo argumenta que si la justificación precedió (fue antes) a la circuncisión,
entonces Abraham representa a los judíos que creen, así como a todos los que
creerían (los gentiles).
Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión,
sino una nueva creación (Gá. 6:15)
La circuncisión ocurre en el corazón del pecador antes de que pueda creer. Ésta
es la razón por la que el pecador puede y quiere acercarse a Jesús. Esto es lo que
conocemos como la doctrina del nuevo nacimiento o la regeneración.
Y la Escritura, previendo que Dios había de justificar por la fe a los
gentiles, dio de antemano la buena nueva a Abraham, diciendo: En ti serán
benditas todas las naciones. De modo que los de la fe son bendecidos con
el creyente Abraham. (Gá. 3:8-9)
Pablo presenta que el propósito por el cual Abraham fue justificado por la fe, fue
para que fuera padre de todos los que creen. De manera que la fe y no la
circuncisión o las obras es el elemento común en los que se salvan. Si Abraham
es padre de todos los que creen, entonces, ser parte del pueblo de Dios, nada
tiene que ver con poseer ascendencia judía.
4:13-14 “Porque no por la ley fue dada a Abraham o a su descendencia la
promesa de que sería heredero del mundo, sino por la justicia de la fe.
Porque si los que son de la ley son los herederos, vana resulta la fe, y
anulada la promesa.”
El apóstol expone que no fue a través de la ley que Abraham recibió la promesa
de que su descendencia sería heredera de la misma. Lo que el apóstol está
planteando es que la promesa fue otorgada sobre la fe única y exclusivamente.
La promesa hecha a Abraham y a la simiente, nunca radicó en la ley, sino en la
justicia que Dios otorga por la fe.
Hermanos, hablo en términos humanos: Un pacto, aunque sea de hombre,
una vez ratificado, nadie lo invalida, ni le añade. Ahora bien, a Abraham fueron
hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si
hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo. Esto,
pues, digo: El pacto previamente ratificado por Dios para con Cristo, la ley que
vino cuatrocientos treinta años después, no lo abroga, para invalidar la
promesa. Porque si la herencia es por la ley, ya no es por la promesa; pero Dios
la concedió a Abraham mediante la promesa. (Gá. 3:15-18)
Debemos destacar varios puntos importantes al observar Gálatas 3:15-18, con
relación a la justicia otorgada mediante la fe a Abraham.
1. La ley no puede invalidar el pacto.
2. El pacto previamente ratificado por Dios fue con Cristo, no con
Abraham.
3. La ley vino 430 años después de que la promesa fuera ratificada.
4. Si la herencia fuera por la ley, entonces ya no sería por la promesa.
5. Dios concedió a Abraham el pacto mediante la promesa.
Por consiguiente, por medio de la ley ningún hombre alcanzó la promesa, ni aun
Abraham.
Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: El
justo por la fe vivirá; y la ley no es de fe, sino que dice: El que hiciere estas
cosas vivirá por ellas. (Gá. 3:11-12)
4:15 “Pues la ley produce ira; pero donde no hay ley, tampoco hay
transgresión.”
El argumento presentado es que la ley nos sentencia, lejos de salvarnos. En
donde no se aplica la ley o donde la ley es satisfecha, no hay condena. Pablo
desarrollará este concepto en Romanos siete mediante la analogía del
matrimonio.
4:16 “Por tanto, es por fe, para que sea por gracia, a fin de que la promesa
sea firme para toda su descendencia; no solamente para la que es de la ley,
sino también para la que es de la fe de Abraham, el cual es padre de todos
nosotros.”
Dios, conociendo de antemano la imposibilidad de la ley, otorgó justicia a los
herederos por medio de la fe con tres propósitos:
1. Para que fuera por gracia
2. Para que la promesa fuera firme
3. Para que todos los herederos pudieran alcanzarla
4:17 “(como está escrito: Te he puesto por padre de muchas gentes) delante
de Dios, a quien creyó, el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que
no son, como si fuesen.”
Dios cambió el nombre de Abram a Abraham, cuyo significado es padre de
muchedumbre.
Y no se llamará más tu nombre Abram, sino que será tu nombre Abraham,
porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentes. Y te multiplicaré en
gran manera, y haré naciones de ti, y reyes saldrán de ti. (Gn. 17:5-6)
Pablo destaca que la promesa hecha a Abram, así como el cambio de su nombre
evidencia que Dios alcanzaría a muchas personas y no solamente a la
descendencia de Abraham. De manera, que los descendientes de Abraham son
llamados como lo fue Abraham, por gracia.
La expresión “el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como
si fuesen” es una muy importante, por cuanto representa lo que sucede en la obra
de la salvación.
Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y
pecados. (Ef. 2:1)
Vivimos en un tiempo en donde las películas sobre hombres muertos que viven
como "zombies" o los vampiros están de moda. Pero, sabemos que en la
realidad, están muertos. Pablo presenta el estado del pecador o del no creyente,
como el de un hombre muerto, porque se encuentra bajo la ira de Dios y porque
su necio corazón está condicionado al mal (Ef. 2:3). El profeta Jeremías lo
presenta de la siguiente forma:
¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también,
¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal? (Jer. 13:23)
Al profeta Ezequiel también se le reveló la naturaleza del estado caído en el que
se encontraba la nación de Israel, mediante el valle de los huesos secos.
Me dijo luego: Hijo de hombre, todos estos huesos son la casa de Israel...
(Ez. 37:11)
Únicamente Dios puede hacer que un muerto viva. El cristianismo no trata de
cómo Dios hace que gente mala sea buena, sino de cómo gente muerta, puede
volver a la vida. La salvación es el mayor milagro de la gracia de Dios. No sólo
desde el punto de vista espiritual en el que nos encontrábamos, sino más bien,
desde el punto de vista en el que pudiendo haberse apartado para siempre de
nosotros por su santidad, no lo hizo. Además, porque pudiendo habernos
juzgado, según su justicia, decidió tener misericordia.
4:18 “El creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de
muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu
descendencia.”
Abraham creyó cuando no existía la más mínima posibilidad de tener un hijo y
mucho menos, de llegar a ser padre de multitudes. Sin embargo, creyó lo que
Dios le había dicho. Igualmente, los creyentes son llamados a creerle a Dios;
aunque todavía no vean la totalidad de todo lo que Dios ha prometido. Es
maravilloso pensar que todo creyente es parte de ese pueblo, del cual le habló
Dios a Abraham que sería padre. Los creyentes ya estaban en el corazón de Dios.
pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. (Gá. 3:26)
Es un privilegio ser contados como hijos de Dios en Cristo, algo que fue
decidido antes de la creación del mundo. Observe, que Pablo no está haciendo
referencia a los judíos como hijos, sino a todos los que creen.
según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que
fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado
para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de
su voluntad. (Ef. 1:4-5)
Si la salvación fuera para todos, entonces, tendríamos que preguntarnos: ¿Dios
falló en su plan? Pues no todos respondieron y la propia Biblia establece que no
todos responderán. Por lo tanto, estaríamos hablando del único hecho narrado en
la Biblia en el cual Dios se propone hacer algo, pero fracasa en su intento o al
menos no logra alcanzar la totalidad de su objetivo. Si los escogidos, como
presentará Pablo en Romanos 9:23, representan a todos los vasos de misericordia
salvados por gracia desde antes de la fundación del mundo, entonces, la promesa
a Abraham es parte del desarrollo del cumplimiento del plan soberano de
redención, el que nunca ha fracasado. La promesa hecha a Abraham muestra que
no todos serían llamados a heredar la salvación. Abraham nunca fue llamado
padre de todos, sino de muchedumbre de gentes.
4:19-22 “Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya
como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara.
Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se
fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era
también poderoso para hacer todo lo que había prometido; por lo cual
también su fe le fue contada por justicia.”
Abraham no descansó en sí mismo, pues era mayor de edad, ni en Sara, pues era
estéril. Creyó que Dios era poderoso para cumplir lo que había prometido. Se
fortaleció en Dios creyendo que sería fiel en lo que le había prometido y le dio
gracias. Lo único que hizo Abraham fue creerle a Dios, pues humanamente nada
pudo hacer; ni para llamarse, ni para justificarse. De modo, que solamente la fe
le fue contada por justicia. De la misma forma, los creyentes son rescatados de la
condenación en la que se encuentran al creerle a Dios. La salvación es un
milagro de la obra redentora de Dios y el cuadro de Abraham es representativo
de que nada podemos hacer para contribuir o participar de dicho plan.
4:23-25 “Y no solamente con respecto a él se escribió que le fue contada sino
también con respecto a nosotros a quienes ha de ser contada, esto es, a los
que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro el cual
fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra
justificación.”
Pablo añade que de la misma forma que a Abraham, la fe le es contada por
justicia al creyente. Por tal razón, Abraham es presentado por Pablo como un
ejemplo de cómo Dios llama y justifica. Note bien que Pablo está refiriéndose al
hecho de que todos los creyentes estaban ya dentro del pacto hecho a Abraham.
Y no solamente con respecto a él se escribió que le fue contada sino
también con respecto a nosotros a quienes ha de ser contada, esto es, a los que
creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro (Ro. 4:23-24)
El versículo 24 asegura, que todos los que creen que Jesús fue entregado por sus
transgresiones y resucitado para su justificación, son igualmente salvos y
herederos de todas las promesas concedidas a Abraham. Recordemos, que Pablo
inició el capítulo cuatro con la pregunta que continúa:
¿Qué, pues, diremos que halló Abraham, nuestro padre según la carne?
Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no
para con Dios. (Ro. 4:1-2)
Pablo finaliza el capítulo cuatro demostrando que la salvación le pertenece a
Dios. Que la misma siempre ha sido otorgada por la fe y que todos los que creen
en Jesús, independientemente de ser judíos o no serlo, son herederos de la misma
promesa hecha a Abraham.
ROMANOS 5
El capítulo cuatro finaliza presentando que la justicia de Dios puede ser recibida
únicamente por la fe en Jesucristo. La misma, no se limita a la nación de Israel,
sino que dicha justicia incluye a todos los que creen. En el capítulo cinco, Pablo
expondrá los resultados o beneficios de la justificación por la fe.
5:1 “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de
nuestro Señor Jesucristo.”
El término justificación del griego “dikaioo” representa o significa dos cosas en
el Nuevo Testamento:
1. Mostrar ser recto o justo; en la voz pasiva, ser justificado (Mt. 11.19; Lc 7.35;
Ro. 3.4; 1Ti. 3.16)
El primer resultado de la justificación es paz para con Dios. El apóstol,
previamente había dicho que estábamos bajo el juicio o ira de Dios (Ro. 1 1:18).
Sin embargo, ahora nos dice que eso cambió el día en que fuimos llamados
mediante la fe en Cristo. Por ende, el creyente ya no está en enemistad con Dios,
sino que pasó a ser un hijo de Dios (Jn. 1:12). ¡Qué maravilloso privilegio!
2. Ser declarado justo, pronunciar a alguien justo.20
El segundo significado, de ser declarados justos, es el utilizado por Pablo para
referirse a la justificación por la fe. La justificación es un término teológico
importante. Su significado es el de uno que es absuelto o libertado, uno a quien
no se le inculpa de pecado. Esto es, que ha sido totalmente perdonado y por ello
absuelto de la condenación en la que se encontraba.
5:2 “por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual
estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.”
Por medio de la fe en Jesucristo, todos los creyentes tienen entrada a la gracia (la
justificación de los pecados). Observe, que la salvación es presentada como una
obtenida solamente por la gracia, de lo cual la fe, es sólo el medio a través del
cual la recibimos. Pablo enseña que la salvación por ser por gracia es firme, esto
es, segura. Por consiguiente, el creyente puede gloriarse en la esperanza de la
total redención de Dios en Cristo. La falta de gozo y de esperanza en la vida de
muchos creyentes reside en que no han entendido dicha verdad. Los creyentes
vivimos en paz para con Dios, no por nuestras obras, sino por la imputación de
la obra de Cristo en nuestras vidas.
5:3-4 “Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones,
sabiendo que la tribulación produce paciencia y la paciencia, prueba; y la
prueba, esperanza.”
Si el creyente está completamente seguro de su salvación en Cristo, entonces, no
tendrá temor de las tribulaciones de la vida. Las mismas son pasajeras, como el
viento. De manera, que las tribulaciones abonan a cimentarnos en Dios. Las
pruebas obran en el desarrollo del carácter del creyente llevándolo a confiar cada
vez más en Dios, quien al final y a la postre es quien le sostiene.
5:5 “y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido
derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.”
El apóstol expresa con toda claridad que quien nos sostiene es el Espíritu Santo.
Quienes reciben el amor de Dios nunca se avergonzarán de él, a pesar de las
pruebas. El Espíritu de Dios ha venido a hacer morada en el creyente, por lo que
le sostiene y es la mayor evidencia del amor de Dios en él.
Aunque el creyente ha recibido la totalidad de las bendiciones alcanzadas por
Cristo, no obstante, mientras está en este mundo no goza totalmente de todas y
cada una de ellas. Así que, la confianza y esperanza del creyente consiste en
aguardar la segunda venida de Jesucristo, en la que todos seremos transformados
y disfrutaremos de un cielo nuevo y una tierra nueva.
5:6 “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los
impíos.”
Si siendo débiles, pecadores por naturaleza, Cristo se entregó para salvarnos,
entonces ¿cómo no hemos de estar seguros de que hemos sido adoptados como
hijos? Nuestras debilidades no son obstáculo para el cumplimiento del plan de
Dios en nosotros, son solamente piedras que Dios usará en el camino hacia la
santificación. Dios cumplirá su propósito en nosotros, así como se lo aseguró a
Jacob cuando le dijo lo siguiente:
He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres, y
volveré a traerte a esta tierra; porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te
he dicho. (Gn. 28:15)
estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra,
la perfeccionará hasta el día de Jesucristo. (Fil. 1:6)
5:7-8 “Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera
ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para
con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”
Pablo expone que es probable que alguno esté dispuesto a morir por alguien
bueno, pero nadie osaría entregarse a la muerte por alguien malo. Sin embargo,
fue precisamente esto lo que Dios hizo en Cristo por los escogidos. El justo por
los injustos, de forma tal, que Dios muestra su gracia sobre aquellos que escogió
de antemano.
El Espíritu Santo, por medio de Pablo dice que “Dios muestra su amor para con
nosotros.” Note, que Pablo no dice que Dios muestra su amor para con todos,
sino con los que creen. Cristo se entregó por aquellos que el Padre llamaría a
salvación. La aceptación del mensaje de Cristo en los que se salvan es la mayor
evidencia de la elección.
5:9-10 “Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él
seremos salvos de la ira. Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados
con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados,
seremos salvos por su vida.”
Entender que hemos sido elegidos por gracia debería proveernos de paz y total
seguridad, pues si fuimos amados sin merecerlo, cuánto más estando ya
reconciliados en Cristo, seremos salvos. La Escritura invita al creyente a gozar
de plena seguridad de salvación. No hay posibilidad de perder lo que no hemos
alcanzado ni lo que hemos recibido por gracia, sin merecerlo. Si la salvación se
perdiera posteriormente, por no merecerla, entonces, no sería por gracia. Esto
presentaría una contradicción en el mensaje del evangelio. El creyente no ha sido
puesto para ira, sino para alcanzar salvación, la cual está destinada a ser
completada en Cristo.
Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por
medio de nuestro Señor Jesucristo, quien murió por nosotros para que ya sea que
velemos, o que durmamos,vivamos juntamente con él. Por lo cual, animaos
unos a otros, y edificaos unos a otros, así como lo hacéis. (1Ts. 5:9-11)
La base de la seguridad de salvación se halla en Cristo, en su sacrificio, por el
cual, Dios manifestó su amor para con nosotros.
5:11 “Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor
nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación.”
Pablo comunica que el creyente debe gozarse y gloriarse en lo que Jesús ha
hecho por él porque ha sido reconciliado y no que será reconciliado.
El término reconciliación es usado en cuatro importantes pasajes del Nuevo
Testamento, los cuales tratan la obra de Cristo bajo la figura de la reconciliación
a saber son: Ro. 5:10; 2Co. 5:8; Ef. 2:11; Col. 1:19. Los términos griegos de
importancia son el sustantivo “katallageµ” y los verbos “katallassoµ” y
“apokatallassoµ”. La reconciliación se aplica propiamente, no a las buenas
relaciones en general, sino a la anulación de una enemistad, la solución de una
disputa. Denota que las partes reconciliadas anteriormente fueron hostiles entre
sí.21
La palabra reconciliación del griego καταλλαγή “katalagué”, cambiar,
restauración al (divino) favor, reconciliación, reconciliar.22 Primariamente
intercambio, denota reconciliación, un cambio en una de las partes, inducida por
una acción de la otra. En el NT, la reconciliación de los hombres con Dios por su
gracia y amor en Cristo.23
El creyente no está en enemistad con Dios, por ende, ya no está bajo la ira de
Dios (Ro. 1:18). Ahora goza de una nueva relación con Dios por medio de
Jesucristo.
5:12 “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el
pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos
pecaron.”
Lo primero a lo que se ve precisado a hacer el apóstol es presentar el porqué de
la condición deplorable del ser humano. La misma tuvo su origen en la caída de
Adán y Eva (Gn. 3). La caída trajo como consecuencia que todos los seres
humanos nazcamos con una tendencia hacia el pecado. La muerte espiritual o la
naturaleza pecaminosa es el resultado directo de la caída. No somos pecadores
porque pecamos, sino que pecamos porque somos pecadores. El pecado no es un
problema en nuestra periferia (fuera de nosotros). La naturaleza pecaminosa que
heredamos es una interna, del alma, del espíritu. Por lo que sin la intervención
divina, el hombre jamás podrá cambiar. No somos juzgados por el pecado
original, sino por cuanto todos pecamos (Ro. 3:23).
5:13 “Pues antes de la ley, había pecado en el mundo; pero donde no hay ley,
no se inculpa de pecado.”
Alguien podría decir que si no existía la ley, ¿cómo pues transgredió Adán la
misma? La ley como la conocemos no fue dada hasta Moisés, unos 430 años
después (Gá. 3:17). No obstante, la orden de no comer del árbol de la ciencia del
bien y del mal, así como la de cuidar del huerto, multiplicarse y sojuzgar la tierra
les había sido dada (Gn. 1:28; 2:15-17).
Es necesario entender que el ser humano no pecó solamente por deliberadamente
violar una ley, sino porque el mismo acto constituyó un acto de rebeldía ante
Dios. De manera que el pecado, dice el apóstol, existe desde Adán, aún cuando
no se les hubiera dado la ley. Quien se revela contra los mandamientos, se revela
contra el dador de estos, Dios.
5:14 “No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aun en los que
no pecaron a la manera de la transgresión de Adán, el cual es figura del que
había de venir.”
La mayor evidencia de que la caída nos afectó a todos es nuestra propia
condición pecaminosa. Jonathan Edwards en su libro “The Freedom of the Will”,
La Libertad de la Voluntad, escrito en el 1754 presenta que si la Biblia no dijera
que todos los seres humanos pecamos por causa de la caída, entonces, ésta
podría ser establecida como una verdad. Por cuanto el pecado es un mal general
en todos los humanos. Pablo elaborará detalladamente esta verdad en el capítulo
siete, cuando exprese que queriendo el hacer el bien, llegó a la conclusión de que
el mal estaba en él, al no poder hacer el bien que quería.
5:15- 19 “Pero el don no fue como la transgresión; porque si por la
transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron mucho más
para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre,
Jesucristo. Y con el don no sucede como en el caso de aquel uno que pecó;
porque ciertamente el juicio vino a causa de un solo pecado para
condenación, pero el don vino a causa de muchas transgresiones para
justificación. Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho
más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia
de la gracia y del don de la justicia. Así que, como por la transgresión de
uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la
justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. Porque así
como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos
pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán
constituidos justos.”
En los versículos previos, Pablo hace una comparación entre la transgresión de
Adán y el don del segundo Adán, Cristo.
1. Por la transgresión de uno, se nos dice que murieron muchos, pero por la
gracia de uno (de Cristo), abundó mucho más la gracia para con los escogidos,
otorgándoles salvación.
2. El juicio vino a causa de un solo pecado, pero la salvación vino por causa de
muchos pecados para justificación.
3. La muerte reinó por la transgresión de uno, pero por la vida de Jesucristo,
reinarán muchos en la vida eterna.
4. Por la transgresión de uno, vino la condenación a todos, mas por la justicia de
uno, vino la justificación para vida a todos los que creen.
5. Por la desobediencia de uno, todos fuimos constituidos pecadores, pero por la
obediencia de uno, muchos serán constituidos justos.
5:20 “Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el
pecado abundó, sobreabundó la gracia.”
Pablo explica que la ley se introdujo para que el pecado abundase. Esto es, para
que viéramos la gravedad de nuestra pecaminosidad. Sin embargo, cuando
abundó el pecado, Dios mostró su gracia en Jesucristo sobre los que se salvan.
Mas la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es
por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes. Pero antes que viniese la fe,
estábamos confinados bajo la ley, encerrados para aquella fe que iba a ser
revelada. De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin
de que fuésemos justificados por la fe (Gá. 3:22-24)
La ley no se introdujo como un camino a la salvación porque la salvación, como
bien presentara Pablo en Romanos cuatro, siempre ha sido por medio de la fe, de
la cual el mismo Abraham era un ejemplo. El apóstol abundará sobre la
ineficacia de la ley para salvar a los hombres, en Romanos 7.
5:21 “para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia
reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro.”
Pablo explicó que el primer Adán, en Génesis, prefigura al segundo, el cual es
Cristo (Ro. 5:14). En el primero, todos caen y por medio del segundo, los que
reciben la gracia son levantados. Las implicaciones obtenidas por el pecado de
Adán no fueron pasajeras, sino eternas. De la misma forma, la salvación
obtenida por Cristo y otorgada por gracia sobre los escogidos, es eterna. En el
primer Adán todos caen y son por naturaleza pecadores. En el segundo, todos los
que creen son salvos y tienen vida eterna. Los hijos del primer Adán prefiguran a
los perdidos y los hijos del segundo, a los hijos de Dios. Pablo concluye el
capítulo cinco estableciendo que de la manera en que la muerte reinó sobre todos
los pecadores, la gracia ha de reinar por la justicia de uno, Jesucristo, para vida
eterna de todos los que creen.
ROMANOS 6
El capítulo seis comienza mostrando que la justificación; aunque es el resultado
de la gracia divina, no obstante, llama al creyente a vivir una vida de santidad. El
creyente en el nuevo nacimiento es perdonado y transformado por el Espíritu
Santo para vivir una vida agradable a Dios. El tema que el apóstol sostendrá es
que la gracia de Dios en la salvación es consistente con el llamado a la santidad.
Que la santificación es el resultado y la evidencia de la justificación, de que
hemos sido salvados.
6:1-2 “¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la
gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al
pecado, ¿cómo viviremos aún en él?”
El apóstol inicia con una pregunta reconociendo que el mensaje del evangelio
podía ser mal interpretado. ¿Pecaremos para que la gracia abunde? NO. Pablo
mejor que nadie sabía lo que implicaba predicar la salvación sólo por la gracia;
desentendimiento y malas interpretaciones. Debemos tener presente el punto de
vista religioso que permeaba entre los judíos, a fin de entender el porqué. Estos
creían que a través del pacto hecho por Dios para con Abraham y mediante la
observancia de la ley, podían ser justificados. Por consiguiente, el mensaje
presentado en el evangelio parecía promover todo tipo de pecados a expensas de
la gracia divina. Los judíos interpretaron el mensaje, que donde abundó el
pecado, sobreabundaría la gracia de Dios, como si el mismo presentara libertad
para desobedecer la ley y libertad para pecar. Éste es uno de los argumentos
presentados por los que no creen en las doctrinas de la gracia.
6:3-4 “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo
Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados
juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo
resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros
andemos en vida nueva.”
Pablo señala que el creyente no puede vivir como antes. Su vida ha sido ligada a
Cristo, ha sido regenerado y sellado con el Espíritu Santo, por lo que le es
imposible volver atrás. La muerte de Cristo le fue transferida a la vida del
creyente, pues muere y resucita en él. Todo creyente en Cristo ha muerto a su
antigua manera de vivir. Su alma ha sido restaurada para poder agradar a Dios, lo
que se había propuesto desde antes de la fundación del mundo (ver Ef. 1:3-5). El
apóstol afirma que de la misma manera que Jesús resucitó de entre los muertos,
el creyente es levantado por la gracia divina a una nueva vida. En la carta a los
Gálatas, Pablo lo expresa de esta manera:
Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo
en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual
me amó y se entregó a sí mismo por mí. (Gá. 2:20)
6:5-7 “Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su
muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que
nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo
del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado Porque el
que ha muerto, ha sido justificado del pecado.”
Si fuimos plantados en Cristo, en la semejanza de su muerte y hemos muerto al
pecado con él, entonces, resucitaremos con él. La misma es una resurrección
espiritual, ya que estábamos, según las Escrituras, muertos por el pecado (Ef.
2:1).
La expresión “sabiendo esto” significa que los creyentes deben verse y
considerarse muertos al pecado. Lo que Pablo argumenta es que el creyente no
tiene por qué ser dominado por su antigua manera de vivir. El problema estriba,
en si realmente ha muerto al pecado. Únicamente los que han sido justificados
son capaces de poder agradar a Dios, esto es, que pueden obedecer.
6:8-9 “Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él;
sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la
muerte no se enseñorea más de él.”
Pablo enseña que los beneficios de la muerte de Cristo, le han sido aplicados al
creyente. Al igual que la muerte, una vez resucitado Cristo, la antigua manera de
vivir del creyente, no tiene por qué dominarlo.
6:10-11 “Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas
en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al
pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.”
De la misma forma en la que Jesús murió, una sola vez por el pecado y habiendo
sido aceptado el sacrificio y satisfecha la deuda, no puede morir más, así el
creyente vive eternamente para Dios. El argumento Paulino es que si los
creyentes fueron plantados con Jesús en la semejanza de su muerte, entonces son
también levantados con él en su resurrección. Los creyentes deben considerarse
vivos para obedecer a Jesús como Señor.
6:12-13 “No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo
obedezcáis en sus concupiscencias; ni tampoco presentéis vuestros
miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos
vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros
miembros a Dios como instrumentos de justicia.”
El creyente no debe obedecer a las concupiscencias que todavía le asedian.
En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que
está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de
vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y
santidad de la verdad. (Ef. 4:22-24)
Pablo estaba convencido de que la vida cristiana no era posible sin la nueva vida
en Cristo y que el cristianismo era mucho más que una reforma moral. Los
creyentes son llamados a la obediencia, por cuanto han recibido una nueva vida a
través de Cristo. Para vivir a la altura de tal llamado, Pablo presenta tres
mandatos necesarios en Efesios cuatro.
1. Desvestirse o abandonar su antigua manera de vivir (v.22).
El cristianismo verdadero conlleva el rechazo a lo mundano y lo profano; a todo
aquello que conduce a la impiedad y que le aleja de una sincera devoción a
Cristo.
2. Renovar su entendimiento (v.23) de acuerdo con la Palabra de Dios.
El cristianismo verdadero está plantado o cimentado sobre la veracidad de la
Palabra y la necesidad de la obediencia a la misma. El entendimiento de los
creyentes debe ser transformado.
3. Vestirse o comenzar a vivir como un nuevo hombre (v.24). Esto es, someterse
a la obra del Espíritu Santo (Ef. 5:18).
El cristianismo verdadero rechaza lo profano y mundano y demanda una
respuesta activa hacia lo bueno y lo ordenado por Dios. La realidad del perdón
de Dios ha de ser evidenciada mediante una sincera disposición de obediencia a
Dios.
Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu. (Gá. 5:25)
6:14 “Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la
ley, sino bajo la gracia.”
¿Qué quiere decir Pablo con qué la ley no tiene por qué enseñorearse de
nosotros? Que el pecado no tiene por qué dominar al creyente, pues no está bajo
la ley, sino bajo la gracia. Lo que Pablo presenta es que la ley es impotente frente
a la naturaleza pecaminosa del hombre. La ley, aunque puede presentarle el
camino a transitar, no puede proveerle las fuerzas para seguirle. Sin embargo, en
el estado de gracia es capacitado por virtud del nuevo nacimiento y de la
residencia del Espíritu Santo, a fin de someterse al señorío de Cristo para
cumplir la ley.
6:15 “¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la
gracia? En ninguna manera.”
Pablo se ve en la necesidad de aclarar lo que previamente hemos establecido. El
creyente no vive por la ley, no obstante, es llamado a cumplirla. ¿Es esto una
contradicción? No. La base de la obediencia del creyente es una expresión de
adoración y la realidad de la salvación. Somos llamados a vivir para Cristo y no
para la ley, pero en Cristo somos llamados a cumplirla. La carta a los Romanos
empieza y finaliza con un llamado a la obediencia a la fe.
y por quien recibimos la gracia y el apostolado, [para la obediencia a la fe
en todas las naciones] por amor de su nombre; entre las cuales estáis también
vosotros, llamados a ser de Jesucristo. (Ro. 1:5)
pero que ha sido manifestado ahora, y que por las Escrituras de los
profetas, según el mandamiento del Dios eterno, se ha dado a conocer a todas las
gentes [para que obedezcan a la fe]. (Ro. 16:26)
6:16 “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle,
sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea
de la obediencia para justicia?"
La nueva naturaleza del creyente lo invita y llama a someterse, de modo que
desea obedecer. Ahora entiende que ambos caminos; el de obediencia y la
desobediencia, tienen o producen diferentes resultados. El apóstol les llama
muerte o vida, pues el pecado conduce a la muerte y la obediencia a la justicia.
El principio que Pablo presenta es que nuestro estilo de vida muestra realmente a
quién obedecemos y quién es nuestro dueño. Pablo no se está contradiciendo al
decir que quien vive por la obediencia heredará la justicia. La obediencia a la
justicia es señal de haber sido libertados del pecado.
6:17-18 “Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis
obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis
entregados y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia.”
Debemos dar gracias a Dios que por virtud de la gracia, podamos obedecer a la
verdad, pues sin ella, ningún corazón podría responder. La libertad para vivir
obedeciendo es el resultado del llamamiento eficaz a través de la obra de la
regeneración del Espíritu Santo. La libertad significa la capacidad para no vivir
en pecado, pues en Cristo, la verdadera libertad implica obediencia a la justicia.
Nótese que hubo un cambio de servidumbre; de la servidumbre del pecado, a la
servidumbre a Cristo. Por ende, existen siervos del pecado o siervos de Cristo.
6:19 “Hablo como humano, por vuestra humana debilidad; que así como
para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia
y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros
para servir a la justicia.”
Pablo reconoce nuestra debilidad humana, pero nunca es presentada como una
excusa para no vivir en santidad. Por lo contrario, Pablo anima a los creyentes en
Roma a vivir para Cristo. La vida cristiana no es simplemente algo que creemos,
sino algo a lo que somos llamados a obedecer. Vivimos para la gloria de Dios.
6:20 “Porque cuando erais esclavos del pecado, erais libres acerca de la
justicia.”
Cuando éramos esclavos del pecado, éramos libres de la justicia, pues el pecado
dominándonos y cautivándonos, sumía nuestras acciones en tal depravación, que
nos era imposible vivir en la justicia. Pablo está diciendo que el pecador en su
estado de esclavitud, es libre de la justicia porque ni la desea ni la quiere. Aquí,
la libertad significa rechazo a la justicia. De modo, que lo que antes no nos
importaba, ahora sí nos importa, vivir una vida agradable a Dios.
6:21 “¿Pero qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os
avergonzáis? Porque el fin de ellas es muerte.”
El verdadero creyente se avergüenza de lo que en otro tiempo solía disfrutar y
defender, por cuanto conoce con claridad las consecuencias de apartarse de Dios.
6:22 “Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de
Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna.”
Gracias a Dios, hemos sido libertados del pecado para ser servir libremente a
Cristo. La vida del creyente debe reflejar un proceso gradual de santificación.
Cuando hablamos de la santificación, nos referimos al proceso de
transformación en la vida del creyente, el que lo lleva a asemejarse a Cristo (Ro.
8:29). Su mayor deseo es estar con Cristo.
Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. Mas si el vivir en
la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger.
Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y
[estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor]. (Fil. 1:21-23)
6:23 “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida
eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.”
Pablo resume que el pecado paga, pero paga mal porque paga con la muerte. En
cambio, la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús. El creyente ha de tener
claro que el don de Dios es Cristo mismo, de lo cual, la salvación es el resultado
de esta nueva relación.
ROMANOS 7
En el capítulo seis, Pablo sostuvo que la gracia de Dios en la salvación es
consistente con el llamado a la santidad. En el capítulo siete, presentará que la
santidad no puede ser alcanzada mediante la observancia de la ley. Por cuanto, la
carne es contraria al espíritu de la ley. El apóstol enseñará que la ley no era el
problema, sino la naturaleza caída de los seres humanos. Por ende, expondrá que
fue necesario el fin de la ley para dar paso a la justicia de Dios en Cristo.
7:1-3 “¿Acaso ignoráis, hermanos (pues hablo con los que conocen la ley),
que la ley se enseñorea del hombre entre tanto que éste vive? Porque la
mujer casada está sujeta por la ley al marido mientras éste vive; pero si el
marido muere, ella queda libre de la ley del marido. Así que, si en vida del
marido se uniere a otro varón, será llamada adúltera; pero si su marido
muriere, es libre de esa ley, de tal manera que si se uniere a otro marido, no
será adúltera.”
En el capítulo siete, Pablo comienza con una analogía dirigida a los judíos que
conocían y vivían en la ley. Les dice que así como la ley ata a una mujer a
permanecer con su marido todo el tiempo de su vida, a no ser que muera, de la
misma manera, ellos estaban atados a la ley. La ley también establecía que si el
marido moría, ella quedaba libre y podría volver a casarse.
Pablo usa la analogía del estatus marital para mostrar que la ley también
profetizaba su fin cuando llegara el Mesías. El fin de la ley daría paso al nuevo
pacto, uno en el cual la ley sería colocada en el corazón transformado de todos
aquellos que recibirían al Mesías. De manera, que si Jesús es el Mesías, había
dado comienzo al nuevo pacto. Por consiguiente, la ley había cumplido su
propósito, llevar al remanente a Jesús, por quien ahora eran llamados a vivir.
Note, que eran libres de la ley para vivir para el dador de la misma. Esto era
precisamente su problema, pues habían hecho de la ley su marido olvidando a su
dador.
7:4 “Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante
el cuerpo de Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos,
a fin de que llevemos fruto para Dios.”
Pablo les dice a los creyentes que habían muerto a la ley. El planteamiento
Paulino es que una vez cumplida y satisfecha la demanda de la ley, la que
reclamaba nuestra muerte y habiendo Jesús cumplido la ley y muerto bajo ella,
ya somos libres para servirle a Cristo. El propósito del apóstol es presentarle a
los creyentes que ahora muertos a la ley, debían vivir para Cristo. ¿Por qué? Para
que pudieran dar fruto para Dios. La ley, como veremos más adelante, es
impotente contra la naturaleza pecaminosa. El plan de Dios en el nuevo pacto
coloca la ley no en tablas de piedra, sino en el corazón de sus hijos. Jeremías
31:31-34 expone lo siguiente:
He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la
casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el
día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos
invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este
es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice
Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos
por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo,
ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me
conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová;
porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su
pecado.
7:5-6 “Porque mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas
que eran por la ley obraban en nuestros miembros llevando fruto para
muerte. Pero ahora estamos libres de la ley, por haber muerto para aquella
en que estábamos sujetos, de modo que sirvamos bajo el régimen nuevo del
Espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra.”
Sin la regeneración o el nuevo nacimiento, esto es, una nueva vida en Cristo,
continuaríamos viviendo atados al pecado, siendo controlados por la naturaleza
pecaminosa. La Biblia presenta esta verdad de la siguiente manera:
¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también,
¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal? (Jer. 13:23)
Ahora servimos al dador de la ley, no mediante la ley, sino mediante el Espíritu
Santo. Es éste quien pone las tablas de la ley en el corazón del creyente, de
manera que pueda obedecer la ley. El punto que Pablo destaca es que lo que era
imposible para la ley, no lo es para el Espíritu Santo Dios. Así que, no vivimos
por la ley, sino para Cristo. La salvación no es por esfuerzo humano u obras. El
fruto o el resultado de vivir en la ley es la muerte, pero el resultado de la obra del
Espíritu es la salvación.
7:7-8 “¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero
yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia,
si la ley no dijera: No codiciarás Mas el pecado, tomando ocasión por el
mandamiento, produjo en mí toda codicia; porque sin la ley el pecado está
muerto.”
El problema no era ni es la ley, pues por medio de la misma, aprendemos a ver lo
que Dios considera pecado. Esto es, las cosas que son contrarias a su voluntad o
a su naturaleza. El problema con la ley es que fuera de mostrarnos el camino, no
puede hacernos caminar por él. El problema se centra en el estado no regenerado
o en la naturaleza caída del pecador. La ley no tiene poder contra las
concupiscencias que arrastran al hombre a pecar.
7:9-11 “Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el
pecado revivió y yo morí. Y hallé que el mismo mandamiento que era para
vida, a mí me resultó para muerte; porque el pecado, tomando ocasión por
el mandamiento, me engañó, y por él me mató.”
La realidad es que con ley o sin ley somos pecadores ante Dios. El conocimiento
o el desconocimiento de la ley de Dios, no nos libra de las consecuencias. Pablo
enseña que el conocimiento de la ley lejos de llevarlo a su cumplimiento,
despertó en él todo tipo de pecado. El apóstol se reitera en que la condición
pecaminosa del hombre es tal, que aun la ley despierta o provoca en el pecador
todo tipo de engaño.
7:12-13 “De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo,
justo y bueno ¿Luego lo que es bueno, vino a ser muerte para mí? En
ninguna manera; sino que el pecado, para mostrarse pecado, produjo en mí
la muerte por medio de lo que es bueno, a fin de que por el mandamiento el
pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso.”
Pablo concluye que el problema no es la ley, pues la ley es santa, justa y buena.
Mas la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es
por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes. Pero antes que viniese la fe,
estábamos confinados bajo la ley, encerrados para aquella fe que iba a ser
revelada. De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin
de que fuésemos justificados por la fe.(Gá. 3:22-24)
7:14 “Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al
pecado.”
Pablo presenta que la ley es espiritual, pero nuestra naturaleza es carnal. La
pregunta a hacernos es, ¿cómo puede hacer el bien un ser caído, acostumbrado y
atado al mal? Y, ¿cómo puede decidir el bien, cuando desea hacer el mal? El
problema del ser humano radica en su naturaleza pecaminosa. Por ende, el
problema no es la ley, sino la necesidad de un cambio en el ser.
7:15-16 “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero,
sino lo que aborrezco, eso hago Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo
que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el
pecado que mora en mí.”
Pablo argumenta que el hecho de que muchas veces no hagamos lo que sabemos
es correcto, muestra la realidad del mal en nosotros. Esto no se trata de
proponerse hacer algo al respecto, sino de la incapacidad para seguir aquello que
se reconoce es bueno. Los seres humanos necesitamos más que un estímulo para
lograr hacer el bien. Necesitamos un cambio de corazón y únicamente Dios
puede hacerlo. El deseo de querer hacer el bien y que el mismo esté contenido en
la ley evidencia que la ley es buena. Nadie en su sano juicio puede señalar a la
ley como la raíz del mal.
7:17-18 “De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que
mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque
el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo.”
Es el pecado morando en el hombre lo que le imposibilita vivir la ley. Pablo
reconoce que en su propia carne no mora el bien porque podía reconocer que no
le faltaba el deseo para hacerlo, no obstante, terminaba violando la ley.
7:19-21 “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso
hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora
en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en
mí.”
En muchas ocasiones terminamos haciendo lo que no queremos. Pablo concluye
que el pecado mora y reside en el pecador.
7:22-23 “Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero
veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que
me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.”
Pablo puede ver rasgos de la semejanza con la que fuimos creados por Dios. En
su hombre interior se deleita en la ley de Dios, pero ve otra ley en su naturaleza
que le lleva cautivo al pecado, el cual concluye, mora en él.
7:24 “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?”
Pablo comprende la desesperación en la que vive el pecador. Éste no puede
agradar a Dios hasta ser transformado por la gracia de ese mismo Dios. Es una
contradicción que nos rebelamos contra el único que puede salvarnos.
7:25 “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo
con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.”
La respuesta a nuestra humanidad caída es Jesucristo. Solamente a través del
milagro de la regeneración, del nuevo nacimiento o de la circuncisión del
corazón, es que podemos comenzar a dar frutos para Dios. En Cristo, somos
liberados para tener una buena conciencia hacia Dios y para vivir para él.
Aunque en el creyente todavía queden pensamientos y patrones de conducta a
cambiar, no está solo, ni lucha solo.
estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra,
la perfeccionará hasta el día de Jesucristo. (Fil. 1:6)
Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de
Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. Amados,
ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser;
pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le
veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a
sí mismo, así como él es puro.” (1Jn. 3:1-3)
De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas
pasaron; he aquí todas son hechas nuevas(2Co. 5:17)
Podemos vivir una vida nueva. El pasado no tiene que marcar nuestro presente.
Si Cristo es por nosotros y en nosotros, entonces, ¡quién contra nosotros! Pablo
concluye el capítulo siete presentando que la ley nada puede hacer para
salvarnos, únicamente conducirnos a Cristo. La ley no es el problema, sino la
naturaleza pecaminosa con la que nacemos. Ningún esfuerzo humano es capaz
de vencer a la carne. Por ende, nuestra salvación se halla única y exclusivamente
en Jesucristo.
ROMANOS 8
Pablo presentó en el capítulo siete, mediante la analogía del matrimonio, que era
necesario el fin de la ley para dar paso a la gracia de Dios en Cristo. Expuso que
el creyente está unido a Cristo y que depende únicamente de él. Por
consiguiente, la ley no puede reclamar nada sobre el mismo, pues ha cambiado
de esposo. “Porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree
(Ro. 10:4). El capítulo siete finaliza presentando la imposibilidad de la carne
para poder sujetarse a la ley de Dios, así como la imposibilidad de la ley de
cambiar la carne.
Pablo comienza el capítulo ocho aseverando categóricamente, que quien ha
recibido la salvación en Cristo no puede ser condenado por la ley. Los creyentes
viven y le pertenecen a Cristo, por cuanto no viven conforme a la carne (por sus
propias fuerzas o virtud), como tampoco, conforme a la ley (por obediencia a la
misma). Ahora viven por causa de la gracia mediadora de Jesucristo. En la
gracia, son llamados a vivir bajo el régimen nuevo del Espíritu, el cual les ayuda
en todo su peregrinaje hacia la eternidad. De manera, que los creyentes pueden
vivir confiados por causa del amor incondicional de Dios sobre sus hijos.
8:1 “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo
Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.”
Pablo es categórico en comunicar que quien ha recibido la salvación en Cristo no
puede ser condenado. Los creyentes no viven conforme a la carne, esto es, que
no son salvos por lo que hacen o dejan de hacer en su estado carnal. En este
estado natural nada obtuvieron y tampoco la ley pudo hacer algo por ellos, pues
la salvación es solamente por la fe en Jesucristo. Una vez pagada y satisfecha la
deuda en la cruz, no existe deuda que la ley pueda reclamarle al creyente, ya que
quien único podía condenarle, es el que le justificó (Ro. 8:34).
Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra
carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando
el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria,
quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados y
a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.
Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta,
luna nueva o días de reposo. (Col. 2:13-16)
Nuestras viejas o futuras obras no nos salvan, sino el llamado eficaz mediante la
gracia regeneradora del Espíritu Santo sobre la base del sacrificio de la cruz, ya
predestinado antes de la fundación del mundo (1P. 1:19-20). Sin embargo,
algunos de manera equivocada interpretan que los que reciben salvación son los
que no viven haciendo las cosas de la carne, sino las del Espíritu. Para estos,
quien peca no puede salvarse. La realidad es que los creyentes pecan; aunque no
pueden permanecer en pecado (1Jn. 1:9; 2:1).
La expresión “los que no andan conforme a la carne” suele ser interpretada como
que el creyente debe permanecer viviendo en el Espíritu, puesto que de no
hacerlo podría perder su salvación. Estos entienden que la expresión se refiere a
vivir en santidad. Si bien es cierto que el creyente vive por el Espíritu, a lo que
se refiere es a la nueva naturaleza que recibió en la salvación y a la obra del
Espíritu Santo, quien reside en él. Por lo tanto, la expresión “los que no andan
conforme a la carne” no debe interpretarse como un requerimiento para alcanzar
la salvación. La salvación es un acto otorgado por Dios, sin que en ella medie
mérito humano alguno. Lo que Pablo presenta es la imposibilidad de que alguien
que viva por el Espíritu Santo pueda perderse, pues éste vive por virtud del
Espíritu de Dios que habita en él. Dios no puede perder lo que es suyo. Si la
interpretación fuera que la salvación está condicionada a vivir en el Espíritu,
entonces no sería por gracia, sino por obras, lo que el apóstol demostró en el
capítulo siete, que es imposible. Vivir en el Espíritu representa la nueva forma de
vivir que el creyente recibe mediante el nuevo nacimiento.
En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio
de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu
Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención
de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria. (Ef. 1:13-14)
Pablo finalizó el capítulo siete estableciendo que la ley demandaba nuestra
culpabilidad por causa de nuestra carne. La ley siendo cumplida en Cristo o
siendo satisfecha mediante la cruz, ya no tiene dominio sobre el creyente. Como
en la analogía del matrimonio, una vez muerto el marido, la mujer queda libre.
De modo, que si se uniere a otro, no puede ser llamada adúltera (Ro. 7:1-3), pues
el creyente está unido a Cristo. La ley, entonces, no puede reclamar nada sobre el
creyente. Éste ha cambiado de esposo, le pertenece a Jesucristo y vive por el
Espíritu.
8:2 “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la
ley del pecado y de la muerte.”
Dios ha puesto su Espíritu en el creyente, así que el pecado y la carne no tienen
por qué enseñorearse de él.
¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle,
sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la
obediencia para justicia? Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del
pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual
fuisteis entregados; y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia.
(Ro. 6:16-18)
Según la ley de la gravedad nos mantiene sujetos a la tierra, así la naturaleza
pecaminosa nos mantenía sujetos al pecado. Ahora el creyente vive por el
Espíritu, quien lo habilita para poder sobreponerse a las tentaciones que antes le
dominaban y le conducían a la muerte.
8:3 “Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la
carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa
del pecado, condenó al pecado en la carne.”
Dios reconoce la imposibilidad de la ley ante la naturaleza pecaminosa. De
forma tal, que predestinó enviar a su Hijo en semejanza de carne de pecado y por
causa del pecado para satisfacer la demanda de la ley.
Con todo eso,[Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento].
Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por
largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada. [Verá el
fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho]; por su conocimiento
justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos. (Is. 53:10-
11)
sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual
recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino
con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin
contaminación, [ya destinado desde antes de la fundación del mundo], pero
manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros. (1P. 1:18-20)
8:4 “para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos
conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.”
La justicia de Cristo tiene fundamento en el hecho de haber sido justificados,
declarados libres de pecado (Ro. 5:1-2). El creyente no depende de su esfuerzo,
sino del Espíritu Santo, quien ha venido a morar en él. Éste literalmente vive por
Cristo, por cuanto es el plan eterno de Dios para aquellos que heredarían la
salvación.
en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las
riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría
e inteligencia, dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su
beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en
Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en
los cielos, como las que están en la tierra. En él asimismo tuvimos herencia,
habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas
según el designio de su voluntad. (Ef. 1:7-11)
Pablo presenta que fuera de la justicia de Dios profetizada por la ley en la
persona de Cristo no hay salvación. Todos los creyentes viven por virtud de la
gracia, expresada y confirmada en la obra vivificadora del Espíritu Santo.
8:5 “Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero
los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu.”
En la nueva naturaleza nos es otorgada una nueva conciencia que comprende y
anhela las cosas de Dios. La Biblia declara que ahora tenemos la mente de
Cristo. Esto es, que podemos discernir las cosas de Dios, lo que en nuestra vieja
naturaleza nos era imposible.
Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios,
porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir
espiritualmente. En cambio el espiritual juzga todas las cosas; pero él no es
juzgado de nadie. Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le
instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo. (1Co. 2:14-16)
Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor;
pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he
dado a conocer. No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros,
y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para
que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé. (Jn. 15:15-16)
8:6 “Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu
es vida y paz.”
El resultado de una vida en el Espíritu es mencionado en Gálatas 5:22-23.
Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad,
bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.
Si no fuera por la nueva vida en Cristo y la obra santificadora del Espíritu Santo,
no podríamos agradar a Dios, ni tampoco experimentar la vida y la paz que
únicamente Dios puede proveer. La paz es un estado del alma que gozan
aquellos cuya confianza está en Dios.
Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera;
porque en ti ha confiado. Confiad en Jehová perpetuamente, porque en Jehová el
Señor está la fortaleza de los siglos. (Is. 26:3-4)
8:7-8 “Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios;
porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden y los que viven
según la carne no pueden agradar a Dios.”
La carne o la naturaleza caída no puede sujetarse a Dios. Tales designios, como
Pablo llama, son enemistad contra Dios. De manera que si aún viviéramos en la
carne, no podríamos tener ningún tipo de relación con Dios, ni podríamos ser
llamados hijos de Dios. Los que viven por la carne no pueden agradar a Dios.
Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se
acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan. (He.
11:6)
Los designios de la carne son tan fuertes que aún en nuestra nueva vida,
luchamos contra ellos.
Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne.
Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la
carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis. Pero si
sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley. (Gá. 5:16-18)
En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que
está viciado conforme a los deseos engañosos. (Ef. 4:22)
derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento
de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo. (2Co.
10:5)
Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros
sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo.
(2Co. 11:3)
8:9 “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el
Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo,
no es de él.”
Pablo enseña que ninguno que haya nacido de nuevo puede vivir en la carne.
Estos viven por el Espíritu, si es que han nacido de nuevo. Si alguno no ha sido
llamado, entonces, estaría bajo condenación, no por algún pecado especial, sino
porque no ha recibido salvación. Ningún creyente vive por la carne, aunque
todavía peque. Nuestra vida y seguridad proceden de lo que Dios en su soberana
gracia nos otorgó en Cristo. El argumento consiste en que el Espíritu en el
creyente es la mayor evidencia de que ha nacido de nuevo.
8:10 “Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a
causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia.”
El primer argumento que Pablo desarrolla es que si Cristo está en nosotros, el
cuerpo está muerto por causa del pecado. Esto significa que todavía nuestra
humanidad no ha sido plenamente transformada. En segundo lugar, que lo que
somos ahora, lo somos por causa de la justicia de Dios en Cristo, por cuanto no
somos juzgados sobre la base de nuestra justicia. Cristo es en nosotros la
esperanza de gloria.
a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio
entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria. (Col. 1:27)
8:11 “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en
vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también
vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.”
Pablo concluye que si el Espíritu Santo mora en el creyente, vivificará todo
nuestro ser. La santificación es un proceso. Somos santos en el sentido de haber
sido separados para Dios. Somos llamados a la santidad, pero dicha obra de
transformación la lleva a cabo Dios por su Espíritu en nosotros.
estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra,
la perfeccionará hasta el día de Jesucristo. (Fil. 1:6)
Pablo asegura que el mismo poder que levantó a Cristo de los muertos actúa en
los creyentes, de manera que pueden confiar en Dios y depender de él y no en
ellos mismos.
8:12-13 “Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que
vivamos conforme a la carne; porque si vivís conforme a la carne, moriréis;
mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis.”
Nuestra deuda es con el Espíritu, por tal razón, debemos ser guiados por el
Espíritu.
Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne.
Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la
carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis. Pero si
sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley. Y manifiestas son las obras de
la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría,
hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones,
herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas;
acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que
practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. Mas el fruto del Espíritu es
amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza;
contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la
carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también
por el Espíritu. (Gá. 5:16-25)
8:14 “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son
hijos de Dios.”
La palabra guiados del griego ἄγω “ágo” es un verbo cuyo significado es guiar,
conducir; implica traer. Figurativamente, inducir, arrastrar.24 De forma tal, que
solamente los llamados a salvación, pueden responder y ser guiados por Dios.
pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho.
Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna;
y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las
dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. (Jn.
10:26-29)
8:15-16 “Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez
en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual
clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro
espíritu, de que somos hijos de Dios.”
Hemos recibido el Espíritu Santo, lo que implica que hemos sido adoptados y
que Dios es nuestro Padre. No somos extraños, sino hijos por adopción. Dios da
testimonio de esto en las Escrituras. El Espíritu Santo es el sello de Dios en
nosotros como la realidad de nuestra esperanza.
Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que
hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a
él, porque le veremos tal como él es. (Jn. 3:2)
8:17 “Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con
Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él
seamos glorificados.”
Pablo afirma que si somos hijos, también somos herederos de Dios y
coherederos con Cristo, si junto a él permanecemos. El verdadero creyente no
solamente se goza de los beneficios de la salvación, sino que también participa
de los sufrimientos de vivir el evangelio. El creyente vive para la gloria de Dios.
La obediencia al evangelio es la mejor evidencia de una verdadera conversión .
8:18 “Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son
comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse.”
Pablo sabía que los creyentes enfrentarían persecuciones y aun la misma muerte.
No obstante, animaba a los creyentes a que su mirada estuviera puesta en la
eternidad.
Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde
está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no
en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con
Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros
también seréis manifestados con él en gloria. (Col. 3:1-4)
Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez
más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven,
sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que
no se ven son eternas. (2Co. 4:17-18)
Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se
deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en
los cielos. (2Co. 5:1)
8:19-20 “Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la
manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a
vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en
esperanza.”
El apóstol expone que también la creación aguarda la manifestación de los hijos
de Dios. La creación espera la llegada de la culminación de la realización del
soberano plan de Dios; cielo nuevo y tierra nueva. ¿Cuánto más nosotros
debemos aguardar con gozo el día de la segunda venida de Cristo?
8:21-22 “porque también la creación misma será libertada de la esclavitud
de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos
que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta
ahora.”
La creación será transformada en un estado de gloria con los hijos de Dios. ¡Qué
maravilloso lo que nos aguarda! La creación está preparándose como la mujer
embarazada, dice Pablo y aguarda la manifestación de los hijos de Dios.
Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera
tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva
Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para
su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios
con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios
mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los
ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor;
porque las primeras cosas pasaron. (Ap. 21:1-4)
8:23-25 “y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las
primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros
mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo. Porque en
esperanza fuimos salvos; pero la esperanza que se ve, no es esperanza;
porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo? Pero si esperamos lo que no
vemos, con paciencia lo aguardamos.”
Pablo expresa que el creyente también anhela y aguarda el estado de adopción y
transformación del cuerpo.
Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al
Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación
nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con
el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas. (Fil. 3:20-21)
He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos
transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta;
porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y
nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se
vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto
corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido
de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la
muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu
victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la
ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro
Señor Jesucristo. Así que, hermanos míos amados, estad firmes y
constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo
en el Señor no es en vano. (1Co. 15:51-58)
El creyente es llamado a permanecer en la esperanza de la transformación del
cuerpo pecaminoso, en donde ya no existirá más inclinación al pecado, ni
muerte.
Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los
hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos
mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente,
aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro
gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para
redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de
buenas obras. (Tito 2:11-14)
8:26-27 “Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad;
pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu
mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña
los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la
voluntad de Dios intercede por los santos.”
Mientras los creyentes esperan la manifestación gloriosa de los hijos de Dios, el
Espíritu Santo los conforta, sostiene y guía en todo momento. Los creyentes
pueden depender y confiar totalmente de la obra del Espíritu de gracia. El mayor
privilegio de la salvación es la morada de Dios mismo en ellos.
En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio
de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu
Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención
de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria. (Ef. 1:13-14)
Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el
Espíritu de Dios mora en vosotros. (Ro. 8:9)
Los creyentes no viven a expensas de su fuerza o espiritualidad. El apóstol
presenta que el Espíritu Santo obra ayudándolos cuando oran y no saben pedir
como conviene, intercediendo por ellos conforme a la voluntad de Dios. La
expresión “conforme a la voluntad de Dios” no se refiere únicamente a que él les
ayuda a pedir lo que necesitan, sino más bien a que él está en ellos para guiarlos.
8:28 “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a
bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.”
Una mirada rápida del versículo podría dar la impresión de que es el amor de los
hijos hacia Dios, el que hace que las cosas sean encaminadas u obren para bien.
Sin embargo, esto es incorrecto. Si invertimos el orden del versículo colocándolo
del final al inicio dirá algo así:
A los que conforme a su propósito son llamados, todas las cosas les
ayudan a bien, esto saben los que aman a Dios. (Parafraseado por el autor)
Pablo expone que los creyentes deben conocer que la gracia de Dios en la
salvación garantiza su destino, no las circunstancias, ni aun, el amor de ellos
hacia Dios.
Veamos otras versiones de la Biblia sobre Romanos 8:28 para comparar sus
traducciones.
También sabemos que Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo
aman, [a quienes él ha escogido y llamado]. (Biblia Latinoamericana)
Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para
bien, esto es, [para los que son llamados conforme a su propósito]. (Biblia de
las Américas)
Ahora bien: sabemos que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien
de los que le aman, [de los que según sus designios son llamados]. (Biblia
Nacar Colunga)
Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de
los que le aman; [de aquellos que han sido llamados según su designio].
(Biblia de Jerusalén 1976)
Y nosotros sabemos que a los que aman a Dios, Él los ayuda en todo para
bien, [a los que designó anticipadamente para que fueran llamados]. (Biblia
Peshitta)
Observe que el énfasis de la seguridad de la salvación no descansa en el amor de
estos hacia Dios, sino en el propósito y la elección a la que fueron llamados.
Romanos 8:28 es uno de los versículos más citados en libros de reflexiones
cristianas para proveer aliento, esperanza y seguridad, en medio de las pruebas.
Su interpretación descansa y depende de algo reconocido por casi todos los
cristianos y contradictoriamente rechazado por éstos en otros momentos; la
soberanía y la providencia de Dios.
Para comprender Romanos 8:28 es necesario interpretarlo en su contexto. Pablo
viene hablando de que los creyentes viven por virtud de la gracia y de la obra del
Espíritu Santo. Razón por la cual, tienen por cierto que las pruebas y las
aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que ha
de ser manifestada. Pablo le comunica a los hermanos en Roma, que el Espíritu
Santo no les ayuda solamente en sus debilidades, sino que también les ayuda en
la vida de oración. El énfasis en Romanos 8:28 es que los que aman a Dios
deberían saber que él obrará en sus vidas porque le pertenecen, pues él es el
esposo de la iglesia (Romanos 7). Los creyentes no viven por el régimen de la
ley, sino por el del Espíritu, quien se ocupa de que todo obre para bien. Por
consiguiente, el apóstol está hablando de la seguridad que poseen los creyentes
en Cristo. Tema con el cual culminará el capítulo ocho, en la siguiente
afirmación:
¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o
persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por
causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de
matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de
aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni
ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo
alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de
Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro. (Ro. 8:35-39)
La Biblia establece que los creyentes son amados por Dios y en que por virtud
de su amor es que vencen.
En esto consiste el amor: [no en que nosotros hayamos amado a Dios,
sino en que él nos amó a nosotros], y envió a su Hijo en propiciación por
nuestros pecados. (1Jn. 4:10)
Nosotros le amamos a él, porque [él nos amó primero]. (1Jn. 4:19)
Es importante señalar que Pablo desarrollará a través de la carta a los Romanos,
que fuimos llamados conforme al propósito de Dios. La salvación no se inició
por una decisión humana, por lo que no termina con ella. Jesús dijo de manera
categórica, que nadie puede venir a él, sin que primero el Padre no le trajere.
[Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí]; y al que a mí viene, no le
echo fuera. (Jn. 6:37)
Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de [todo lo que me
diere, no pierda yo nada], sino que lo resucite en el día postrero. (Jn. 6:39)
[Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere]; y yo
le resucitaré en el día postrero. (Jn. 6:44)
La predicación del evangelio hace un llamado general, del cual únicamente
responden los que reciben el llamado eficaz mediante la obra del Espíritu. La
expresión llamados en Romanos 8:28, del griego κλητός “kletos” significa
llamado o invitado.25 Por consiguiente, aun nuestra respuesta en
arrepentimiento y fe en Jesucristo, es obrada por la gracia de Dios en el llamado
a la salvación.
Los creyentes no vivimos a expensas de nuestras decisiones, ni del devenir o del
destino, sino que vivimos por la gracia de Dios. Por tal razón, en todas las cosas
que nos acontecen, Dios obra y provee para que su voluntad se cumpla. La razón
de tal garantía en Romanos 8, no descansa en nuestra entrega y vida espiritual,
sino en su amor. Esto no significa que Dios promete librarnos de situaciones
difíciles, oscuras e inclusive, la muerte. Pero, nos prometió que estaría con
nosotros todos los días, hasta el fin del mundo y que todo obraría para bien.
José es un buen ejemplo en el Antiguo Testamento de cómo cada momento de
nuestras vidas es controlado y dirigido soberanamente por Dios. No estamos
diciendo, que no exista responsabilidad sobre nuestras decisiones, sino que Dios
obra por encima de ellas y que las permite cuando así lo entiende para que su
plan se cumpla, por cuanto no está limitado.
Viendo los hermanos de José que su padre era muerto, dijeron: Quizá nos
aborrecerá José, y nos dará el pago de todo el mal que le hicimos. Y enviaron a
decir a José: Tu padre mandó antes de su muerte, diciendo: Así diréis a José:
Te ruego que perdones ahora la maldad de tus hermanos y su pecado, porque mal
te trataron; por tanto, ahora te rogamos que perdones la maldad de los siervos
del Dios de tu padre. Y José lloró mientras hablaban. Vinieron también sus
hermanos y se postraron delante de él, y dijeron: Henos aquí por siervos tuyos. Y
les respondió José: No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? [Vosotros
pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que
vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo]. Ahora, pues, no
tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. Así los
consoló, y les habló al corazón. (Gn. 50:15-21)
8:29 “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que
fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el
primogénito entre muchos hermanos.”
Este versículo indica claramente que Dios predestinó la salvación de los que
llamó. En Romanos 8:29, hay al menos cuatro verdades importantes
concernientes a la salvación:
1- Dios conoció desde antes a los que iba a salvar.
El término conoció προγινώσκω, “proginosko” es uno compuesto por “pro”,
antes y “ginosko”, conocer.26 De manera, que Dios los conoció porque los
eligió. Esto significa que Dios decidió en su gracia y antes de la fundación del
mundo, quiénes se salvarían. No dice que los conoció porque vio que habrían de
creer. Note que dice que él los predestinó y no que él aseguró la salvación de los
que creerían en Cristo.
La Biblia nunca entra en materia de cuáles fueron los criterios, si alguno, para
Dios elegir. Lo que sabemos, es que Dios decidió salvar a los que predestinó y
esto, conforme a su soberana voluntad y para alabanza de la gloria de su gracia.
en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por
medio de Jesucristo, [según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la
gloria de su gracia], con la cual nos hizo aceptos en el Amado. (Ef. 1:5-6)
2- Dios predestinó a los que antes conoció.
La expresión predestinó προορίζω, “proorizo” es una palabra compuesta de
“pro”, por anticipado, antes y “orizo”, determinar.27 En otras palabras, que fue
Dios quien determinó de manera anticipada, en su soberana gracia, quiénes
creerían.
y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los
vasos de misericordia que [él preparó de antemano para gloria], a los cuales
también ha llamado, esto es, a nosotros,no sólo de los judíos, sino también de
los gentiles? (Ro. 9:23-24)
3- Dios predestinó que fueran hechos conforme a la imagen de su Hijo.
El propósito de Dios en la salvación fue mucho más que el perdón de los
pecados, sería la adopción por la cual los elegidos pasarían a ser conformes a la
imagen de su Hijo. El vocablo conforme συμμορφίζω, “summorfizo” es una
palabra compuesta de “sun”, con y “morfe” forma.28 Por consiguiente, el deseo
de Dios para los elegidos es que participen de la imagen de su Hijo. La imagen
en griego εἰκών, “eikon” incluye las dos ideas de representación y
manifestación. Esto significa, de su carácter santo, pues en la voz pasiva del
verbo en griego se podría traducir como “llegando a ser semejante”.29 A este
proceso, la Biblia le llama la santificación.
4- Únicamente los predestinados pasan a ser hermanos de Cristo y miembros de
la familia de Dios.
La teología soteriológica (estudio de la salvación) se bifurca o divide
básicamente en si Dios predestinó la salvación de los que quiso o si son los
hombres los que la eligen. De este pasaje se desprende que ni uno más y ni uno
menos de los que Dios conoció en la eternidad, se salvarán (Ef. 1:4 y 2:10).
¿Cree que semejante plan descansaría en la debilidad de seres humanos, quienes
se rebelan continuamente? ¿Piensa que semejante plan sería seguro si descansara
en los hombres? La contestación es no. El plan de redención para los llamados,
no sólo incluye el perdón de los pecados, sino que también los llamados pasarán
a ser hijos de Dios, no en calidad de deidad, sino en la de santidad. Tal propósito,
no descansa en las decisiones de los hombres sino en el plan eterno de Dios en
Cristo. La Biblia afirma lo que sigue:
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo
con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos
escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin
mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados
hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad. (Ef.
1:3-5)
Pablo manifiesta que Dios los conoció de antemano. ¿Cuándo?, en la eternidad.
Dios no espera, como algunos alegan, que todos respondan, pues ninguno podrá
responder por causa del pecado. Dios únicamente aguarda por aquellos que
predestinó, para que en todo sea Dios glorificado. Pablo enmarca esta verdad
cuando afirma lo siguiente:
Por tanto, [todo lo soporto por amor de los escogidos], para que ellos
también obtengan la salvación que es en Cristo Jesús con gloria eterna. (2Tm.
2:10)
Algunos presentan como objeción, que el apóstol Pedro en su segunda carta
afirma que Dios espera que todos respondan cuando asevera lo siguiente:
El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino
que [es paciente para con nosotros], no queriendo que ninguno perezca, sino
que todos procedan al arrepentimiento. (2P. 3:9)
La interpretación de estos es que Dios no ha regresado porque está en espera de
que todos procedan al arrepentimiento para ser salvos. El contexto del pasaje es
sobre el pronunciamiento de los falsos maestros acerca de la segunda venida de
Jesucristo. Razón por la cual, Pedro instruye a los creyentes a no preocuparse
por cuándo Cristo regresaría, sino de ocuparse en vivir de una manera santa y
piadosa.
Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis
vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir. (2P. 3:11)
El apóstol le comunica a sus hermanos, que el Señor no había retrasado su
promesa como algunos la tenían por tardanza, ya que, según 2Pedro 3:9, aguarda
pacientemente “para con nosotros”, refiriéndose a su pueblo. 1Pedro 2:9 presenta
que Dios tiene un pueblo que él eligió y es éste el que será salvo. Si usáramos
tan solo el sentido común, descartaríamos tal interpretación porque Dios sabe de
antemano que no todos responderán. De modo, que si Dios se quedara en espera,
se petrificaría, puesto que no todos responderán, sino únicamente los que fueron
llamados.
Debemos tener presente que 2Pedro es una continuación de la primera carta.
1Pedro 1:2 expone que la carta fue dirigida a los elegidos, quienes fueron
rescatados en su momento, mediante el llamamiento eficaz (1P. 1:18-21).
Además, en 1Pedro 2:7, vemos que para los que son llamados, Cristo es la piedra
viva, escogida, preciosa (1P. 2:4) y angular (1P. 2:6). Para los que se pierden,
Cristo es la piedra de tropiezo y roca que hace caer (1P. 2:8). 1Pedro 2:9 enseña
que los elegidos son su verdadero pueblo. Decir que Cristo no ha regresado
porque está en espera de que todos crean, presentaría una contradicción en las
epístolas de Pedro. Por cuanto él mismo en 2Pedro 3:7 afirma que el mundo
aguarda la perdición de hombres impíos. Si Dios espera la perdición de hombres
impíos, entonces, no puede esperar que todos procedan al arrepentimiento.
8:30 “Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a
éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.”
El orden presentado en la salvación según Romanos 8:30 es el siguiente:
1- Dios predestinó a los elegidos.
2- El Espíritu Santo llamó a los elegidos.
3- Jesucristo justificó a los elegidos.
4- El Dios Trino glorificó a los elegidos.
La predestinación no es un tema forzado en la Biblia. La doctrina simplemente
establece que la salvación, de principio a fin, es obra de la gracia de Dios. La
predestinación representa el acto por el cual Dios de manera soberana ordena
con anticipación lo que él quiere. Esto significa que Dios no deja nada al azar o
al devenir del tiempo, sino que todo cuanto quiere establece.
¿QUÉ ENSEÑA ROMANOS 8:30?
1- Que los elegidos son los que Dios predestinó únicamente y no los que piensan
o creen que le eligieron.
2- Que la predestinación es la razón por la cual solamente los elegidos
responderán al llamado a salvación.
3- Que si todos los seres humanos hubiesen sido elegidos, entonces, todos
deberían ser salvados.
4- Que todos los llamados son justificados.
5- Que no existe una persona predestinada que no haya de ser salva.
6- Que no hay posibilidad de que una persona justificada se pierda.
7- Que la glorificación o seguridad eterna de la salvación descansa en la
predestinación del Padre, la justificación del Hijo y el llamado eficaz del Espíritu
Santo.
8:31-32 “¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra
nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por
todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? El que no
escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo
no nos dará también con él todas las cosas?”
Si Dios decidió bendecirnos en la eternidad, antes de la fundación del mundo,
entonces, Pablo pregunta, ¿quién puede oponerse a ello? La respuesta del
creyente no ha de ser otra, sino una de gozo y humillación ante semejante amor.
Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El precio fue calculado en la
eternidad y Cristo se entregó por nosotros.
Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por
Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre
vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis; [a éste, entregado
por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios], prendisteis y
matasteis por manos de inicuos, crucificándole. (Hch. 1:22-23)
sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual
recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino
con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin
contaminación, [ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero
manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros], y mediante el
cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria,
para que vuestra fe y esperanza sean en Dios. (1P. 1:18-21)
Si Dios ofreció a su unigénito Hijo, como paga por nuestro rescate, ¿cómo no
proveerá para las demás cosas? Si lo imposible fue realizado por Dios, nuestra
salvación, ¿cómo no esperar de él las demás cosas? Los creyentes podemos
confiar en que Dios proveerá siempre. ¡Gloria a Dios!
8:33-34 “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica
¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que
también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también
intercede por nosotros.”
Romanos 8:33, no habla de la salvación como lo que Dios escogió, sino que
habla de los que Dios escogió para salvación. Los escogidos, del griego
ἐκλεκτός “eklektós” significa selecto; por implicación favorito: elegir, -ido,
escoger, -ido.30 A los que escogió, a esos Dios justificó. Recordemos que la
justificación nos trajo paz para con Dios, porque representa el total perdón y
absolución de nuestra condenación (Ver comentario Ro. 4:6-7; 5:1). Por ende, el
argumento Paulino es que los que fueron justificados, jamás podrán ser
condenados. Ahora, si Dios eligió la salvación para todos los hombres,
entonces, todos tendrán que ser salvados, pues a los que escogió, Dios
justificó. No puede existir un escogido que se pierda, por cuanto fue
justificado por Dios.
En mi país de nacimiento, Puerto Rico, bajo el estado de derecho, nadie puede
ser juzgado dos veces por una misma acusación o delito, por el que ya fuera
absuelto. Si ya fuimos totalmente perdonados en Cristo (justificados),
entonces, nada, ni nadie nos podrá condenar. Si Dios, como algunos
equivocadamente enseñan, decidió salvar a todos en Cristo, entonces, el
infierno estará ausente de hombres, por cuanto en Cristo todos los escogidos
ya fueron justificados. La Biblia enseña que nuestra deuda fue totalmente salda:
Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra
carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando
el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria,
quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados y
a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.
(Col. 2:13-15)
Todo sacrificio en el Antiguo Testamento se ofrecía en sustitución de alguien. El
animal tomaba el lugar del transgresor. Si Cristo murió por el pecado de todos,
entonces, el resultado del mismo tiene que ser aplicado a todos. El problema es
que la Biblia no enseña tal cosa. Pablo enseña que a todos los que Dios eligió, a
estos justificó mediante la muerte de su Hijo en la cruz. En otras palabras, que
Cristo murió por los que habría de justificar, no por todos. La muerte de Jesús
tuvo el resultado directo de justificar a los que Dios eligió y no la posibilidad de
la justificación.
Jesús dijo ser la puerta del redil, pero también habló que la puerta era estrecha y
que pocos serían los que la hallarían.
Volvió, pues, Jesús a decirles: De cierto, de cierto os digo: [Yo soy la
puerta de las ovejas]. (Jn.10:7)
[Yo soy la puerta]; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y
hallará pastos. (Jn. 10:9)
[Entrad por la puerta estrecha]; porque ancha es la puerta, y espacioso el
camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque
[estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los
que la hallan]. (Mt. 7:13-14).
Jesús no está haciendo una invitación en Mateo 7:13, él demanda que entremos
por la puerta estrecha. El tiempo gramatical en la que se encuentra la expresión
“entrad” es un mandato.31 Por consiguiente, no entrar por ella, representa el acto
mismo de condenación. Convertir la muerte de Jesús en una posibilidad de
salvación y no en la razón de salvación de los elegidos, es pervertir el evangelio.
Pablo enseña que Cristo murió para justificar a los elegidos y que habiendo
resucitado y sentándose a la derecha del Padre, intercede por ellos. No está a la
derecha del Padre para señalar sus ofensas, sino para sostener a sus hijos.
Y los otros sacerdotes llegaron a ser muchos, debido a que por la muerte no
podían continuar; mas éste, por cuanto permanece para siempre, tiene un
sacerdocio inmutable; por lo cual [puede también salvar perpetuamente a los
que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos]. (He.
7:23-25)
8:35-39 “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia,
o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está
escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados
como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que
vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que
ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo
presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa
creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor
nuestro.”
La única razón bíblica para la seguridad de la salvación es el soberano amor de
Dios sobre los elegidos (Ro. 8:28-30; 33). El que los podía condenar, decidió
tener de ellos misericordia, mediante la muerte de Jesús. De manera que, Pablo
pregunta, ¿quién nos separará del amor de Cristo? La contestación es nada ni
nadie. No existe circunstancia que pueda apartar a los elegidos de la voluntad
predestinada de Dios. En semejante caso, existiría algo más poderoso que el
designio divino y haría ineficaz la muerte de Cristo, lo que es imposible.
Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida
eterna; y [no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano]. Mi Padre
que me las dio, es mayor que todos, y [nadie las puede arrebatar de la
mano de mi Padre]. Yo y el Padre uno somos. (Jn. 10:27-30)
Si existiera la posibilidad de perder la salvación, entonces, Dios se vería como
uno impotente, lo que es una contradicción para la Deidad. ¿Cómo podría ser
merecedor de admiración en semejante caso? Antes, dice Pablo, somos más que
vencedores por medio de Jesús que nos amó. La salvación fue predestinada, el
precio fue pagado y la deuda cancelada, por lo que, nuestra salvación ha sido
asegurada.
Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos
de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento; para que por
dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un
fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta
delante de nosotros. La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y
que penetra hasta dentro del velo, donde Jesús entró por nosotros como
precursor, hecho sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec.
(He. 6:17-20)
Pablo concluye Romanos 8, estableciendo que la salvación es segura por causa
del amor de Dios.
¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o
persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? (Ro. 8:35)
Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel
que nos amó. (Ro. 8:37)
ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del
amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro. (Ro. 8:39)
Pablo más que nadie estaba consciente de la fragilidad y la debilidad humana
frente a la demanda de la ley (Ro. 7). Si la salvación descansase, por el más
mínimo momento, en nosotros, entonces, no existiría la posibilidad de perderla,
puesto que la perderíamos. Dios determinó asegurarla mediante la obra de
Cristo, hecha una vez y para siempre. De modo, que su amor para con todos los
que creen es la garantía absoluta de la salvación (Ro. 5:8-9). Amor, que lo llevó
a predestinar la salvación de los elegidos (Ef. 1:3-5), mediante la obra redentora
de Jesucristo (Hch. 2:22-23 y 1P. 1:18-20). A través de la cual, los mismos serían
justificados (Ro. 5:9) y libres de toda condenación (Ro. 8:34). ¡SOLI DEO
GLORIA!
ROMANOS 9
Pablo finaliza el capítulo ocho resaltando la seguridad de la salvación que
poseen los elegidos en virtud de la obra de Cristo en la cruz, la obra de la
santificación del Espíritu Santo y la elección soberana de Dios Padre (Ro. 8:33).
Seguridad, que puede ser resumida en la siguiente afirmación:
¿Quién nos separará del amor de Cristo?… (Ro. 8:35)
En Romanos ocho, la seguridad de la salvación descansa en la predestinación de
Dios Padre y no en la espiritualidad del creyente. La gracia presentada redime a
los elegidos y los hace conformes a la misma imagen de su Hijo, Jesucristo (Ro.
8:28-30).
En Romanos nueve, Pablo va a contestar el por qué la mayoría de los judíos
rechazó al Mesías. ¿No eran estos los elegidos de Dios? El apóstol responderá
que no todos los israelitas, según la carne, pasarían a ser parte del remanente o
del pueblo escogido por Dios.
9:1-5 “Verdad digo en Cristo, no miento, y mi conciencia me da testimonio
en el Espíritu Santo, que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón.
Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis
hermanos, los que son mis parientes según la carne que son israelitas, de los
cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto
y las promesas; de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne,
vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos.
Amén”
Pablo describe la profunda carga y dolor en el corazón que lleva por causa del
rechazo de sus hermanos a la salvación ofrecida por Dios en Cristo. Su amor es
tal, que desearía ser él mismo anatema (maldito), separado de Cristo, por amor
de Israel.
¿Cómo era posible que el pueblo de Dios rechazara a su propio Mesías? ¿No
eran los judíos el pueblo escogido por Dios? Y si lo eran, entonces, ¿por qué no
todos creyeron? Pablo conocía la contestación, la soberanía de Dios, pero aún así
sentía dolor por sus parientes.
9:6-8 “No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que
descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham,
son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia Esto es: No los
que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos
según la promesa son contados como descendientes.”
¿Había fallado la promesa de Dios hecha a los judíos? No, Dios nunca ha faltado
a su Palabra. El problema consistía en cómo los judíos habían interpretado la
promesa hecha a Abraham. Los mismos interpretaron que por ser descendientes
de Abraham todos eran parte del pueblo de Israel y por lo tanto, herederos de la
promesa.
Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de
la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y
te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los
que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti
todas las familias de la tierra. Y apareció Jehová a Abram, y le dijo: A tu
descendencia daré éste tierra. (Gn. 12:1-3 y 7)
Como Pablo previamente señalara en la epístola a los Romanos en los capítulos
dos y cuatro, el verdadero Israel escogido por Dios lo sería, mediante la
circuncisión del corazón y la fe y no por genealogía ni por obras de la ley .
Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se
hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la
circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no
viene de los hombres, sino de Dios. (Ro. 2:28-29)
¿Qué, pues, diremos que halló Abraham, nuestro padre según la carne?
Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no
para con Dios. Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le
fue contado por justicia. Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia,
sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al
impío, su fe le es contada por justicia. (Ro. 4:1-5)
Los judíos interpretaron la expresión “la simiente” como todos los descendientes
de Abraham. Pero, Pablo explica que la promesa fue hecha a Cristo y a los que
creerían en él y no a Abraham y a su descendencia.
Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No
dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: [Y a tu
simiente, la cual es Cristo.] (Gá. 3:16)
Abraham, como presentara Pablo en Romanos 4:1-3, es un ejemplo de cómo los
hijos de Dios heredarían el pacto, por medio de la fe. Por consiguiente, no por
ser descendientes de Abraham eran herederos del pacto, sino solamente aquellos
que tendrían la fe de Abraham. Podemos corroborar este punto en la epístola a
los Gálatas.
Así Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia. Sabed, por tanto,
que [los que son de fe, éstos son hijos de Abraham.] Y la Escritura, previendo
que Dios había de justificar por la fe a los gentiles, dio de antemano la buena
nueva a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones. De modo
que [los de la fe son bendecidos con el creyente Abraham.] (Gá. 3:6-9)
En Gálatas 3:16, Pablo habla de la promesa hecha a la simiente en singular y no
a las simientes en plural. Si todos los descendientes de Abraham eran herederos
de la promesa, entonces, tendríamos que colocar allí a Ismael y con él a todos los
musulmanes también.
En la epístola a los Gálatas 4, Pablo presenta la alegoría de los dos hijos de
Abraham para demostrar por qué no todos heredarían la promesa. La razón es
que en Abraham había dos simientes; la de Ismael, sin promesa y la de Isaac,
con promesa, cuya simiente es Cristo.
Decidme, los que queréis estar bajo la ley: ¿no habéis oído la ley? Porque
está escrito que [Abraham tuvo dos hijos; uno de la esclava, el otro de la libre].
Pero el de la esclava nació según la carne; mas el de la libre, por la promesa.
Lo cual es una alegoría, pues estas mujeres son los dos pactos; el uno proviene
del monte Sinaí, el cual da hijos para esclavitud; éste es Agar. Porque Agar
es el monte Sinaí en Arabia, y corresponde a la Jerusalén actual, pues ésta,
junto con sus hijos, está en esclavitud. Mas la Jerusalén de arriba, la cual es
madre de todos nosotros, es libre. Porque está escrito: Regocíjate, oh
estéril, tú que no das a luz; Prorrumpe en júbilo y clama, tú que no tienes dolores
de parto; Porque más son los hijos de la desolada, que de la que tiene marido.
Así que, hermanos, [nosotros, como Isaac, somos hijos de la promesa.] Pero
como entonces el que había nacido según la carne perseguía al que había nacido
según el Espíritu, así también ahora. Mas ¿qué dice la Escritura? Echa fuera a
la esclava y a su hijo, porque no heredará el hijo de la esclava con el hijo de la
libre. [De manera, hermanos, que no somos hijos de la esclava, sino de la libre.]
(Gá. 4:21-31)
El nacimiento de Ismael fue planificado y ejecutado por disposición humana,
pero el milagro del nacimiento de Isaac fue por voluntad y promesa divina.
Igualmente, lo son los elegidos, los cuales no son salvos por las obras de la ley,
sino por el que llama de acuerdo a su soberana voluntad. Por lo tanto, el
verdadero pueblo de Dios es conformado por todos los creyentes en Cristo, sin
importar su nacionalidad, estatus social y sexo, entre otros.
Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer;
porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. [Y si vosotros sois de Cristo,
ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa.] (Gá. 3:28-
29)
9:9-12 “Porque la palabra de la promesa es esta: Por este tiempo vendré, y
Sara tendrá un hijo Y no sólo esto, sino también cuando Rebeca concibió de
uno, de Isaac nuestro padre (pues no habían aún nacido, ni habían hecho
aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección
permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor
servirá al menor.”
El apóstol muestra varios ejemplos en Romanos 9 de cómo Dios eligió, dentro
de lo que sería la nación de Israel, los que habrían de ser salvos. La promesa
hecha a Abraham fue que a través de Sara nacería el hijo prometido por Dios.
Abraham buscó que Dios bendijera a Ismael, su primer hijo. Sin embargo, Dios
le dijo que la promesa sería exclusivamente para el hijo que tendría con Sara.
Y dijo Abraham a Dios: Ojalá Ismael viva delante de ti. Respondió Dios:
Ciertamente Sara tu mujer te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Isaac; y
confirmaré mi pacto con él como pacto perpetuo para sus descendientes después
de él. Y en cuanto a Ismael, también te he oído; he aquí que le bendeciré, y le
haré fructificar y multiplicar mucho en gran manera; doce príncipes
engendrará, y haré de él una gran nación. Mas [yo estableceré mi pacto con
Isaac, el que Sara te dará a luz por este tiempo el año que viene.] (Gn. 17:18-
21)
Veinticinco años luego de Abraham recibir la promesa, ésta se cumplió en Isaac
y aproximadamente 2,000 años después, se cumple el pacto en Cristo. Por tal
razón, en Jesús es llamada la verdadera simiente de Dios, la cual se completará
cuando el último de los elegidos sea llamado. Observe, que Pablo está
fundamentando su teología, en cuanto a la elección, usando ejemplos del
Antiguo Testamento. Éste muestra como en la historia de Abraham, Sara y
Rebeca, entre otros, Dios evidencia su elección soberana. Por consiguiente, la
doctrina de la soberana gracia de Dios en la elección es simplemente bíblica.
y era Isaac de cuarenta años cuando tomó por mujer a Rebeca, hija de
Betuel arameo de Padan-aram, hermana de Labán arameo. Y oró Isaac a Jehová
por su mujer, que era estéril; y lo aceptó Jehová, y concibió Rebeca su mujer. Y
los hijos luchaban dentro de ella; y dijo: Si es así, ¿para qué vivo yo? Y fue a
consultar a Jehová; y le respondió Jehová: Dos naciones hay en tu seno, Y
dos pueblos serán divididos desde tus entrañas; El un pueblo será más fuerte que
el otro pueblo, [Y el mayor servirá al menor.] (Gn. 25:20-23)
Pablo enseña la doctrina de la elección en el caso de Rebeca, mediante los dos
gemelos que tendría, los cuales como Isaac nacieron por un acto milagroso de
Dios, puesto que Rebeca era estéril. A los padres se les dijo de antemano que el
mayor serviría al menor. Esto aconteció para que el propósito de Dios conforme
a la elección permaneciese, no por las obras de la ley, sino por el que llama. La
palabra elección del griego ἐκλογή “ekloge” denota sacar de entre, selección y,
de ahí, lo que es elegido.32
En otras palabras, fue Dios quien decidió de manera soberana cómo serían las
cosas y quién continuaría el linaje de la promesa. Es Dios quien ordena lo que él
determina según su voluntad. Como dice el pasaje, “para que el propósito de
Dios conforme a la elección permaneciese”. Esto significa que Dios predestina
eventos y a personas, a fin de que todo corresponda según su plan soberano. No
se puede hablar de elección, sin que ello implique lógicamente escoger entre
otros. Si Dios es el que escoge, entonces, no es el hombre quien lo hace.
9:13 “Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí.”
Los que se oponen a la libre determinación del consejo de Dios, deberían evaluar
su postura, por cuanto toda la teología de lo que comprende el Antiguo
Testamento es la teología de la elección de Dios. Otro ejemplo de determinación
soberana es la historia de Jacob y Esaú. La misma se encuentra en Génesis;
aunque Pablo la cita del libro del profeta Malaquías.
Yo os he amado, dice Jehová; y dijisteis: ¿En qué nos amaste? ¿No era
Esaú hermano de Jacob? dice Jehová. Y amé a Jacob, y a Esaú aborrecí, y
convertí sus montes en desolación, y abandoné su heredad para los chacales
del desierto. (Mal. 1:2-3)
Malaquías da inicio con el argumento divino que demostraba el amor de Dios
por su pueblo, pues los había escogido. De manera, que Dios es el que decide a
quién ama y a quién aborrece. La expresión amé del griego ἀγαπάω “agapao”
amar en sentido social o moral: amado, amada, amar, amor.33 Por consiguiente,
Dios decidió amar a Jacob.
No existe manera de no percatarnos de que Dios no miró a ambos con el mismo
agrado. El término aborrecí del griego μισέω “miséo” de la raíz “mísos”
aborrecido, odiado; detestar, por extensión amar menos: aborrecer,
aborrecible.34 Ésta no es la interpretación de Malaquías, sino la defensa de Dios
contra el pueblo que dudaba y se había olvidado de su amor. Así que, no estamos
hablando de la posición de Malaquías o de la posición de Pablo, sino de la
posición divina. Por ende, la elección es un acto de Dios.
La doctrina de la elección es bíblica y necesaria por causa de la corrupción en la
que se encuentran los hombres. Sin la intervención divina no habría posibilidad
de salvación. Por consiguiente, únicamente podemos ser salvos mediante un acto
de la gracia de Dios. La Biblia enseña que solamente los elegidos responderán a
salvación; mientras que los demás serán endurecidos como veremos en Romanos
9:18. Podemos ver en estas historias, en las que Dios eligió de manera soberana,
argumentos sobre la elección.
9:14 “¿Qué, pues, diremos? ¿Qué hay injusticia en Dios? En ninguna
manera.”
Pablo se adelanta a las objeciones sabiendo que la doctrina de la elección
parecería injusta y pregunta, ¿Hay injusticia en Dios? ¿Es injusto que Dios ame a
Jacob y aborrezca a Esaú? El problema que algunos enfrentan al interpretar
dicho pasaje es que parten de premisas equivocadas. En el pasaje previo, si se
presumiera que Dios debe tener misericordia de todos, claramente tendríamos un
problema, ya que Dios escogió amar a Jacob; mientras aborreció a Esaú. El
pasaje no representa una contradicción, sino que el mismo es un ejemplo de
elección. Los que se oponen a la soberana gracia de Dios lo hacen porque
entienden que Dios sería injusto, si no le pagara a todos de la misma manera.
Estos murmuran contra el padre de familia como en la parábola de los obreros de
la viña.
Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia,
que salió por la mañana a contratar obreros para su viña. Y habiendo convenido
con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Saliendo cerca de
la hora tercera del día, vio a otros que estaban en la plaza desocupados; y les
dijo: Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo. Y ellos fueron.
Salió otra vez cerca de las horas sexta y novena, e hizo lo mismo. Y saliendo
cerca de la hora undécima, halló a otros que estaban desocupados; y les dijo:
¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados? Le dijeron: Porque nadie nos
ha contratado. El les dijo: Id también vosotros a la viña, y recibiréis lo que sea
justo. Cuando llegó la noche, el señor de la viña dijo a su mayordomo: Llama a
los obreros y págales el jornal, comenzando desde los postreros hasta los
primeros. Y al venir los que habían ido cerca de la hora undécima, recibieron
cada uno un denario. Al venir también los primeros, pensaron que habían de
recibir más; pero también ellos recibieron cada uno un denario. Y al recibirlo,
[murmuraban contra el padre de familia, diciendo: Estos postreros han
trabajado una sola hora, y los has hecho iguales a nosotros, que hemos
soportado la carga y el calor del día.] Él, respondiendo, dijo a uno de ellos:
Amigo, no te hago agravio; ¿no conviniste conmigo en un denario? Toma lo que
es tuyo, y vete; pero quiero dar a este postrero, como a ti. [¿No me es lícito hacer
lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno?] Así, los
primeros serán postreros, y los postreros, primeros; porque muchos son
llamados, mas pocos escogidos. (Mt. 20:1-16)
Somos insensatos cuando contendemos con Dios, pues él es perfecto en sus
caminos. Evidenciamos mayor insensatez al contender con él, siendo él santo y
nosotros pecadores. El primer problema con la suposición de que Dios es injusto
es que olvidamos que lo único que merecemos es la muerte. Segundo, por cuanto
Dios no le debe misericordia a nadie, él tiene la prerrogativa de decidir
soberanamente sobre quién tiene misericordia y a quién juzga. Por consiguiente,
Dios no es injusto. Al que perdona, lo hace siendo misericordioso y al que juzga,
lo hace siendo justo. Uno recibe algo que no merece (gracia) y el otro, lo que
merece (juicio), pero nadie, absolutamente nadie recibe injusticia.
9:15 “Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga
misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca.”
Pablo explica que desde el Antiguo Testamento, Dios ha mostrado tener
misericordia de quien él desee compadecerse. Pablo fundamenta su argumento
en la declaración de Dios a Moisés con relación al pecado del pueblo en un
momento de la historia de Israel. La palabra misericordia del griego ἐλεέω
“eleéo” significa, en general, sentir simpatía con otra persona en su miseria, y
especialmente simpatía manifestada en actos. (a) En la voz activa, tener
compasión o misericordia de, mostrar. (b) en la voz pasiva, que se le dé a uno
misericordia o compasión, alcanzar o recibir.35 Es prerrogativa divina tener
misericordia, como hemos señalado. El que Dios pudiendo enjuiciar a todos
haya decidido tener misericordia de algunos, no lo hace injusto, sino
misericordioso. Todos los días decidimos consciente o inconscientemente
favorecer a unos; mientras que no favorecemos a otros.
Por ejemplo, si un matrimonio quisiera optar por adoptar un niño, esto sería un
acto de gracia y de misericordia sobre ese niño. Sin embargo, el hecho de que no
adoptara a todos los niños, jamás lo constituiría en un acto de injusticia sobre los
demás niños que no lo fueron. La argumentación razonable para algunos estriba
en que Dios debería darles a todos la misma medida, lo que resultaría en
enjuiciar a todos o en salvar a todos. Si nos detuviésemos un momento a pensar
sobre ello, ¿no sería insensato tratar a Dios de injusto, presumiendo que sabemos
más que él? Por otra parte, ¿acaso no demostramos arrogancia al pretender tener
un mejor plan que el suyo o es que somos más entendidos o más misericordiosos
que él?
9:16 “Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que
tiene misericordia.”
“Así que no depende del que quiere”. La palabra quiere del griego θέλω “thelo”
significa querer, desear, implicando volición y propósito, con frecuencia una
determinación. Se traduce con el verbo querer con la mayor frecuencia. De
manera, que la salvación no depende de otra cosa, sino de la elección divina,
pues ni desearla, ni ir tras ella, nos hace merecedores. Pablo señala que es Dios
quien decide tener misericordia, de forma que nuestra decisión por Cristo es
precedida por el acto de la voluntad divina.
quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras
obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús
antes de los tiempos de los siglos. (2Tm. 1:9)
Dios nos salvó antes de los tiempos, llamándonos con llamamiento santo, no
conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue
dada en Cristo. Él decidió en la eternidad lo que sería en nuestro presente. Los
promotores de la evolución no tienen ningún problema en creer la teoría de la
evolución basada en la casualidad o en un destino impersonal, aún cuando no
puedan explicarlo todo. Sin embargo, es lamentable, que muchos creyentes
rechacen la libre determinación de Dios, la cual está de acuerdo con su voluntad
y atestiguada en las Sagradas Escrituras.
¿Puede alguien decir que cree en Dios y está en desacuerdo con su soberanía
sobre la salvación? Pablo expresa en la segunda carta a Timoteo que una de las
motivaciones en su ministerio era saber que trabajaba llamando por medio del
evangelio a los que Dios había escogido para salvación.
Por tanto, todo lo soporto por amor de los escogidos, para que ellos
también obtengan la salvación que es en Cristo Jesús con gloria eterna. (2Tm.
2:10)
El apóstol está consciente de que no todos responderían al evangelio, ya que,
solamente los elegidos lo harán. Pablo lo expresa de manera inequívoca en la
carta a los Efesios.
Porque [somos hechura suya], creados en Cristo Jesús para buenas obras,
las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas. (Ef. 2:10)
¿Cuándo preparó Dios las buenas obras?
según nos escogió en él [antes de la fundación del mundo], para que
fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado
para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de
su voluntad. (Ef. 1:4-5)
La elección es un misterio en términos de a quiénes Dios escogió y el por qué,
pero no podemos negar el fundamento bíblico que la sostiene. El registro del
Antiguo Testamento es el de la elección de Dios sobre lo que sería el pueblo de
Israel.
El Dios de este pueblo de Israel escogió a nuestros padres, y enalteció al
pueblo, siendo ellos extranjeros en tierra de Egipto, y con brazo levantado los
sacó de ella. (Hch. 13:17)
La palabra escogió del griego ἐκλέγομαι “eklégomai” significa seleccionar,
escoger, elegir.36 Significa, en la voz media, elegir para sí, no implicando ello
necesariamente el rechazo de lo que no ha sido elegido, sino elegir con las ideas
subordinadas de bondad, favor o amor.37 No creo que alguien pueda argumentar
alguna cosa sobre el hecho de que Dios de manera soberana decidiera escoger a
Israel entre otros pueblo.
“¿Por qué? No porque Israel lo eligiera a Él primero, ni porque Israel mereciera
su favor. En realidad, Israel era todo lo contrario, ya que no era ni numeroso ni
justo, sino débil, pequeño, y rebelde (Deuteronomio 7:7; 9:4–6). El amor de Dios
hacia Israel era libre y espontáneo, ejercido a pesar de no merecerlo ellos. La
única razón residía en su propia buena voluntad”.38
¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de
este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Pues ya que en la
sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría,
agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Porque los
judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a
Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles
locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y
sabiduría de Dios. Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres,
y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. Pues mirad, hermanos, vuestra
vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni
muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar
a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo
vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer
lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. (1Co. 1:20-29)
9:17-18 “Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he
levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea
anunciado por toda la tierra. De manera que de quien quiere, tiene
misericordia, y al que quiere endurecer, endurece.”
Pablo cita las Sagradas Escrituras para validar y ejemplificar su punto sobre la
elección, usando ahora el ejemplo de faraón (Éxodo 9:16). Ahora presenta no
sólo el que Dios decide sobre los que se salvan, sino que también permite el
endurecimiento de los que se pierden; argumento que es consistente con la
manifestación de la ira de Dios, ya presentada en Romanos 1:18-32.
Mientras unos son llamados mediante el evangelio, otros son abandonados a
vivir en su pecado, en los cuales Dios muestra también su elección. Observe que
dice: “para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra” (v.17), todo lo que
sucede tendrá el propósito de resaltar su soberanía y gloria, así como su justicia
y misericordia. Así que, al que Dios quiera salvar lo rescata y en quien desea
mostrar su justicia, endurece. El endurecimiento es el acto de Dios por el cual
abandona al pecador al curso de su propio pecado. Sin su gracia estamos ciegos
y perdidos.
Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios,
porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir
espiritualmente. (1Co. 2:14)
9:19 “Pero me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a
su voluntad?”
Pablo responde a otra posible objeción a la doctrina de la elección. Si Dios
abandona al pecador en su pecado y permite el endurecimiento, entonces, ¿no
resultaría injusto que luego lo juzgara? No, no lo sería. Este argumento falta al
reconocimiento de que la causa de nuestra condenación es nuestra rebeldía
contra Dios.
Por consiguiente, los que se pierden, se pierden por su propio pecado, como el
apóstol claramente expuso en los primeros tres capítulos en la carta a los
Romanos. Además, el apóstol expone que no es de sabios altercar con Dios. ¿Por
qué? ¿Puede algún humano discutir o presumir de ser más sabio o
misericordioso que Dios?
Pablo no trata de explicar por qué Dios abandona a los no elegidos en su pecado;
mientras a los escogidos, socorre. Simplemente argumenta, que esa es la
voluntad soberana de Dios; tener misericordia, como llevar a cabo juicio. Por
ende, argumentar contra la elección de Dios, es rebelarse contra él .
9:20 “Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?
¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?”
El argumento Paulino es que el hombre no está en posición de discutir con Dios
y mucho menos de argumentar porque es culpable. Podríamos levantar todas las
objeciones posibles en contra de la doctrina de la elección, pero esto jamás
cambiará el designio de Dios. El ataque a la doctrina de la elección es una clara
demostración de rebeldía y una muestra de falta de sumisión a Dios.
9:21 “¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la
misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?”
El siguiente argumento ante la doctrina de la elección, gira en torno al derecho y
a la prerrogativa de Dios como creador de determinar, la razón, el propósito y el
destino de lo que creó. Pablo expone que el barro no escogió su propósito, ni tan
siquiera escogió ser creado. El argumento es más complejo porque el alfarero no
crea nada sin un propósito. Es absurdo pensar que Dios creó a los hombres sin
marcar en ellos destino. Y cuánto más, cuando a diferencia del alfarero, Dios
supo de antemano que todos caerían en pecado.
9:22-24 “¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder,
soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción,
y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos
de misericordia que él preparó de antemano para gloria a los cuales
también ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo de los judíos, sino también
de los gentiles?”
El apóstol muestra que en el plan de Dios estaba aguardar con paciencia el
pecado de los vasos de ira (los no elegidos), a fin de mostrar las riquezas de su
gloria con los vasos de misericordia (los elegidos). Pablo categóricamente dice
que Dios preparó todo de antemano para su gloria, siendo los vasos de
misericordia los recipientes de su gracia y los vasos de ira para juicio. De ahí,
que los elegidos representen a todos los que serían llamados a creer en el
evangelio de Jesucristo (Ro. 1:16-17).
Dicho plan, nada tiene que ver con genealogías judías, sino con la fe como
regalo de gracia sobre los vasos de misericordia. Pedro expone en su primera
carta algo muy parecido entre como en Cristo, unos serían levantados para ser
parte del templo; mientras otros caerían. Pedro expresa que mientras para los
escogidos, Cristo es la piedra viva, escogida y preciosa, para los no elegidos,
Cristo es la piedra que reprobaron los edificadores y piedra de tropiezo para los
que se pierden .
Acercándoos a él, piedra viva, [desechada ciertamente por los hombres],
mas para Dios escogida y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed
edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios
espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. Por lo cual también
contiene la Escritura: He aquí, pongo en Sion la principal piedra del ángulo,
escogida, preciosa; Y el que creyere en él, no será avergonzado. [Para
vosotros, pues, los que creéis, él es precioso; pero para los que no creen, La
piedra que los edificadores desecharon, Ha venido a ser la cabeza del ángulo;
y: Piedra de tropiezo, y roca que hace caer, porque tropiezan en la palabra,
siendo desobedientes; a lo cual fueron también destinados.] Mas vosotros sois
linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios,
para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz
admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois
pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero
ahora habéis alcanzado misericordia. (1P. 2:4-10)
Pedro presenta que los que tropiezan en Cristo fueron destinados en la eternidad
a ello como consecuencia de su pecado. La palabra destinados del griego τίθημι
“tídsemi” poner, colocar. Se traduce “proponed en vuestros corazones” en Lucas
21:14. En el tiempo aoristo significa una decisión completa, esto es, resolver, no
considerar.39 El teólogo Spiros Zodhiates indica que el tiempo gramatical en el
que se encuentra la expresión destinados, es un aoristo indicativo pasivo. El que
representa que la acción o el estado en el presente, es el resultado de una
decisión completada en el pasado.40 No hay manera de no percatarse que Pedro
expone que mientras unos son rescatados de su vana manera de vivir (1Pedro
1:18-21), otros son dejados en su vana manera de vivir, a fin de ser condenados
(1Pedro 2:7-8).
Es posible realizar una comparación entre los vasos de misericordia y los vasos
de ira presentados por Pablo en Romanos versus las piedras vivas y los que
tropiezan para perdición en Primera de Pedro. Ello muestra la maravillosa
correspondencia de la Biblia, la que no se contradice, sino que se complementa.
9:25-26 “Como también en Oseas dice: Llamaré pueblo mío al que no era
mi pueblo, Y a la no amada, amada. Y en el lugar donde se les dijo: Vosotros
no sois pueblo mío, Allí serán llamados hijos del Dios viviente.”
Citando en este momento al profeta Oseas, el apóstol presenta que Dios anticipó
que llamaría a un pueblo que no era contado como su pueblo (Oseas 2:3; 1:10).
Esto refiriéndose a los gentiles, lo que para los judíos era todo un misterio. Pablo
muestra una vez más, que la doctrina de la elección divina estaba ya profetizada
en el Antiguo Testamento, pero que la misma fue revelada en el Nuevo
Testamento con relación a la admisión de los gentiles.
que por revelación me fue declarado el misterio, como antes lo he escrito
brevemente, leyendo lo cual podéis entender cuál sea mi conocimiento en el
misterio de Cristo, misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a
los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y
profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos y miembros del
mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio
del evangelio. (Ef. 3:3-6)
el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que
ahora ha sido manifestado a sus santos, a quienes Dios quiso dar a conocer las
riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en
vosotros, la esperanza de gloria. (Col. 1:26-27)
9:27-29 “También Isaías clama tocante a Israel: Si fuere el número de los
hijos de Israel como la arena del mar, tan sólo el remanente será salvo;
porque el Señor ejecutará su sentencia sobre la tierra en justicia y con
prontitud. Y como antes dijo Isaías: Si el Señor de los ejércitos no nos
hubiera dejado descendencia, Como Sodoma habríamos venido a ser, y a
Gomorra seríamos semejantes.”
Pablo en el capítulo nueve reiteradamente argumenta a favor de la doctrina de la
elección, con el fin de corregir la interpretación de la promesa hecha a la
simiente de Abraham. El apóstol hace uso del profeta Isaías para demostrar que
solamente un pequeño remanente de Israel sería salvo y que dicho remanente
sería salvo por gracia, así como los demás elegidos. Recordemos, que Pablo
inicia con la siguiente pregunta. ¿Falló la Palabra de Dios? La contestación es
que no había fallado la palabra de Dios, pues Dios nunca expresó que cuando
llegara el Mesías todos creerían, sino que creería un remanente de entre todo
Israel.
El apóstol enseña de manera inequívoca que el pueblo de Dios es conformado
por todos los elegidos de Dios y no todos los judíos. De modo, que el
dispensacionalismo pretribulacionista no tiene cabida en la epístola a los
Romanos. En el nuevo pacto y en la teología del Nuevo Testamento, no hay
espacio para dos pueblos, por cuanto únicamente existe uno.
Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos,
habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz,
que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de
separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos
expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo
hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en
un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino y anunció las buenas
nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca;
porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo
Espíritu al Padre. Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino
conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados
sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del
ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va
creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también
sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.” (Ef. 2:13-22)
No existe tal enseñanza en la Biblia como la que Dios tiene dos pactos, dos
pueblos y dos planes escatológicos simultáneamente. Únicamente existe un
mediador y a él le pertenecen todos los creyentes. Hubo una promesa a
Abraham, por lo tanto un pacto. Dios siempre ha tenido un pueblo, como
tampoco tiene dos planes de salvación; uno para los judíos y otro para la iglesia.
9:30-33 “¿Qué, pues, diremos? Que los gentiles, que no iban tras la justicia,
han alcanzado la justicia, es decir, la justicia que es por fe; mas Israel, que
iba tras una ley de justicia, no la alcanzó. ¿Por qué? Porque iban tras ella
no por fe, sino como por obras de la ley, pues tropezaron en la piedra de
tropiezo, como está escrito: He aquí pongo en Sion piedra de tropiezo y roca
de caída; Y el que creyere en él, no será avergonzado.”
Pablo enfrenta la última objeción que pudiera ser presentada ante la verdad del
Evangelio, ¿cómo los gentiles alcanzaron la misericordia de Dios; mientras los
judíos fueron endurecidos? Esto sin duda alguna sería considerado una herejía
para los judíos. Que los gentiles estuviesen más abiertos al evangelio que los
propios judíos, de los cuales había venido el Mesías, parecería algo irónico. Así
como el que los que no buscaban justicia, la alcanzaran por la fe; mientras los
que buscaban la justicia por la ley (los judíos), la rechazaran. Pablo establece
que los israelitas tropezaron con la piedra de tropiezo, esto es, Cristo (Ro.9:6-8;
1Pedro 2:7-8). Los judíos desecharon la piedra angular, sin la cual nadie será
salvo. La razón radica en que no todos fueron elegidos. Sin embargo, los
elegidos obtuvieron salvación, a lo que fueron llamados, siendo estos el
remanente de Dios en el nuevo pacto.
Así también aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por
gracia. Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es
gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra.
¿Qué pues? Lo que buscaba Israel, no lo ha alcanzado; pero los escogidos sí lo
han alcanzado, y los demás fueron endurecidos. (Ro. 11:5-7)
En el próximo capítulo Pablo revelará el misterio de la elección, lo que
presentará como plan de Dios para inclusión del pueblo gentil, ya predestinado
antes de la fundación del mundo.
ROMANOS 10
En el capítulo nueve, Pablo contesta el porqué muchos judíos rechazaron al
Mesías, explicando que no todos eran parte del pueblo escogido por Dios. Lo
mismo era algo totalmente nuevo y chocante para éstos, como también para
muchos cristianos en nuestro tiempo. El apóstol expone que solamente creerían
los que fueron llamados desde antes de la fundación del mundo (Ro. 8:28; 9:11).
Por consiguiente, Dios nunca le falló a su pueblo (al pueblo que él escogió), el
remanente previamente profetizado (Ro. 9:27). De manera, que los escogidos
dentro de Israel creyeron al evangelio e igualmente los gentiles que fueron
también llamados a salvación (Ro. 9:24).
En el capítulo diez, Pablo expondrá que la elección se evidencia en fe al
evangelio de Jesucristo, pues ésta es la manera que Dios determinó para
justificar a los elegidos (Ro. 10:9-10 y 17).
“Pero sin fe es imposible a gradar a Dios; porque es necesario que el que se
acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan. (He.
11:6)
Pablo reconoce que la nación de Israel tenía celo de Dios, pero no conforme a
ciencia (con entendimiento). Su auto-justificación basados en la ley, les llevó a
rechazar al Mesías. No entendieron que como los demás, eran pecadores (Ro.
3:23) y que el único medio de salvación era la justicia ofrecida por Dios en
Jesucristo, el Mesías (Ro. 3:21-22). Al final del capítulo, el apóstol presentará
que la inclusión de los gentiles y el rechazo de Israel al mensaje del Evangelio
había sido profetizado (Ro. 10:18-21).
10:1 “Hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios
por Israel, es para salvación.”
Pablo con humildad asegura que no era un traidor a su nación y que tampoco era
un hereje. Éste les testifica que oraba por ellos. Podemos observar que la
doctrina de la elección no es contraria a la presentación en oración por los
perdidos, pues nadie sabe quién responderá, sólo Dios. Por tal razón, es nuestro
deber presentar el Evangelio a todos.
10:2 “Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no
conforme a ciencia.”
Pablo da testimonio de que Israel era sumamente celoso de sus costumbres y
tradiciones. Su propia experiencia como fariseo le hacía consciente de ello.
Pablo reconocía que algunos con sinceridad esperaban agradar a Dios, pero lo
hacían incorrectamente, sin entendimiento. Lo expresa en la siguiente
declaración; “tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia”. La palabra
ciencia del griego ἐπίγνωσις “epígnosis” significa pleno discernimiento o
reconocimiento.41 Los israelitas no conocieron el propósito de la ley, puesto que
entendieron que por medio de la misma podían agradar a Dios, lo que es
imposible (Ro. 8:3).
10:3-4 “Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la
suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios porque el fin de la ley es
Cristo, para justicia a todo aquel que cree.”
Al pueblo hebreo no haber entendido el propósito de la ley (Ro. 3:20), tomó la
benignidad, la paciencia y la longanimidad de Dios como merecida, sin que ella
le guiara al arrepentimiento (Ro. 2:4). El pueblo creyó tener en la ley la forma o
la manera de llegar a estar bien con Dios, pero sobre la base de su propia justicia
y no la justicia de Cristo. (Ro. 3: 21-26). El pueblo hebreo no entendió que el fin
de la ley era Cristo.
Entonces, ¿para qué sirve la ley? Fue añadida a causa de las transgresiones,
hasta que viniese la simiente a quien fue hecha la promesa; y fue ordenada por
medio de ángeles en mano de un mediador. Y el mediador no lo es de uno solo;
pero Dios es uno. ¿Luego la ley es contraria a las promesas de Dios? En ninguna
manera; porque si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera
verdaderamente por la ley. Mas la Escritura lo encerró todo bajo pecado,
para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes.
Pero antes que viniese la fe, estábamos confinados bajo la ley, encerrados para
aquella fe que iba a ser revelada. De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para
llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe. (Gá. 3:19-24)
Mientras el evangelio hace un llamado a confiar o a tener fe en Jesús, los judíos
ponían su confianza en la ley, por ende, en las obras.
10:5 “Porque de la justicia que es por la ley Moisés escribe así: El hombre
que haga estas cosas, vivirá por ellas.”
En Romanos 8:3, Pablo había expuesto el porqué de la imposibilidad de la ley
como medio de salvación.
Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne,
Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado,
condenó al pecado en la carne. (Ro. 8:3)
Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se
hace culpable de todos. (Stg. 2:10)
Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición,
pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas
escritas en el libro de la ley, para hacerlas. Y que por la ley ninguno se justifica
para con Dios, es evidente, porque: El justo por la fe vivirá; y la ley no es de fe,
sino que dice: El que hiciere estas cosas vivirá por ellas. (Gá. 3:10- 12)
La ley decía: “…El hombre que haga estas cosas (todas) vivirá por ellas.” El
problema radicaba en lo siguiente: ¿qué hombre podría lograrlo? Únicamente
Jesucristo cumplió a cabalidad toda la demanda de la ley, a fin de que mediante
su justicia fuésemos justificados.
Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los
hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la
justificación de vida. Porque así como por la desobediencia de un hombre
los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno,
los muchos serán constituidos justos. Pero la ley se introdujo para que el pecado
abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; para que así
como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para
vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro. (Ro. 5:18-19)
10:6-10 “Pero la justicia que es por la fe dice así: No digas en tu corazón:
¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo); o, ¿quién
descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los
muertos).”
La justicia de Dios otorgada por la fe no trata de acercar, ni de distanciar a Dios
por medio de actos que no sean el resultado de un verdadero arrepentimiento y la
sola fe en Cristo. Las religiones son las que pretenden acercar a los hombres a
Dios mediante actos humanos. El evangelio no trata de cómo hombres malos
pueden pasar a ser hombres buenos. El verdadero evangelio presenta que los
hombres están muertos espiritualmente y que únicamente Dios puede
resucitarlos.
Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y
pecados. (Ef. 2:1)
aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con
Cristo (por gracia sois salvos). (Ef. 2:5)
Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra
carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados. (Col.
2:13)
10:8-11 “Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu
corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu
boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de
los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero
con la boca se confiesa para salvación. Pues la Escritura dice: Todo aquel
que en él creyere, no será avergonzado. De Israel dice: Todo el día extendí
mis manos a un pueblo rebelde y contradictor.”
¿Cómo puede un ser caído arrepentirse de algo que es contrario a su naturaleza?
(Ro. 8:7). ¿Cómo puede creer algo que no entiende? (1Co. 2:14). Solamente por
el milagro del llamamiento por medio del evangelio y la regeneración del
Espíritu Santo (2Ts. 2:13-14).
Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros,
pues es don de Dios. (Ef. 2:8)
¿Qué es lo único entre la gracia y la fe en Efesios 2:8, que jamás podrá ser
atribuido al hombre? La gracia. Pablo se refiere a la fe como el don otorgado por
el cual recibimos la gracia. Aunque ciertamente la gracia también puede ser
clasificada como un don de Dios. La gracia en la salvación siempre será un acto
de Dios. La fe es el medio por el cual los elegidos reciben lo que Dios les
concedió en la eternidad. Algunos enseñan erróneamente que la fe es una
disposición de la voluntad caída del hombre. Sin embargo, la Biblia enseña que
la carne en su estado pecaminoso no puede abrazar las cosas del Espíritu, a no
ser que Dios mismo intervenga.
Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron
más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que
hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean
reprendidas. (Juan 3:19-20)
Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no
se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no
pueden agradar a Dios. (Ro. 8:7-8)
De modo, que la fe no es de todos, sino de aquellos a quienes Dios eligió.
Por lo demás, hermanos, orad por nosotros, para que la palabra del Señor
corra y sea glorificada, así como lo fue entre vosotros, y para que seamos
librados de hombres perversos y malos; porque no es de todos la fe. (2Ts. 3:1-
2)
La Biblia asevera que hay réprobos en cuanto a la fe, pues como hemos
evidenciado, no es de todos el creer.
Y de la manera que Janes y Jambres resistieron a Moisés, así también éstos
resisten a la verdad; hombres corruptos de entendimiento, réprobos en cuanto a
la fe. (2Tm. 3:8)
La palabra réprobos del griego ἀδόκιμος “adókimos” no aprobado, rechazado;
por implicación indigno (literalmente o moralmente): eliminar, reprobado,
reprobar, réprobo.42 La Biblia presenta que mientras unos son llamados a
salvación, otros, simplemente son dejados en la oscuridad de su pecado (Ro.
1:18-32; 9:21-23).
10:12-13 “Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que
es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo
aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.”
Pablo se reitera en que todos están perdidos cuando expresa que “no hay
diferencia entre judío y griego”. Únicamente los que responden en
arrepentimiento y fe serán salvos. En el evangelio de Juan podemos ver que sólo
los llamados responderán con fe al mensaje del evangelio. Veamos algunas
expresiones hechas por Jesús.
Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo
fuera. (Jn. 6:37)
Observe que dice “lo que el Padre me da”, la palabra dar del griego δίδωμι
“dídomi” forma prolongada de un verbo primario que se usa como alternativa en
la mayoría de los tiempos; dar. Se usa de manera amplia, tanto literalmente como
figurativamente; significa conceder, confiar, constituir, dar, dejar (lugar), echar
(suertes), entregar, infundir, libertad, ofrecer, permitir, poner, presentar, procurar,
producir, repartir, tener (misericordia). 43
De manera tal, que Jesús recibe únicamente lo que el Padre le da. Claramente
podemos ver que no estaba esperando a que todos respondieran.
Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me
diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero. (Jn. 6:39)
En el verso treinta y nueve del capítulo seis de Juan, Jesús se reitera en que
ninguno de los que el Padre le da “dídomi” se perderá. Nuevamente, lo que el
Padre le da.
Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le
resucitaré en el día postrero. Escrito está en los profetas: Y serán todos
enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él,
viene a mí. (Jn. 6:44-45)
Jesús dijo que ninguno puede venir a él, si el Padre que lo envió no lo trajere. La
palabra ninguno del griego οὐδείς “oudeís” significa ni siquiera uno, nadie,
ninguno, nada.44 La palabra plantea una absoluta negación. Por tanto, no hay
posibilidad de salvación fuera del llamado de Dios, pues nadie puede venir a él
(a Jesús), si el Padre no le trajere. Es Dios quien únicamente puede acercarnos a
su unigénito Hijo.
La palabra trajere del griego ἑλκύω “jelcúo” significa arrastrar tanto literalmente,
como figurativamente; arrastrar, atraer, sacar, traer.45 Si todavía cree que fue su
decisión lo que lo condujo a una relación con Cristo, permítame decirle que está
equivocado. Por el contrario, si hoy es creyente, lo es porque Dios en su gracia le
escogió y lo llamó por medio de la Palabra y la obra del Espíritu Santo. La
expresión ninguno, no se refiere a unos pocos, ni a todos menos uno, es a nadie.
Romanos 10:13 hace referencia a la profecía del profeta Joel, cuando anuncia
que Dios en los días del Mesías salvaría ha un remanente.
Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo;, porque en el
monte de Sion y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho Jehová, y entre [el
remanente al cual él habrá llamado]. (Jl. 2:32)
Dios dijo a través del profeta Joel que en el Monte de Sion y en Jerusalén un día
habrá salvación. En Hechos dos vemos que esta profecía se cumplió en la
persona de Jesucristo.
Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les habló
diciendo: Varones judíos, y todos los que habitáis en Jerusalén, esto os sea
notorio, y oíd mis palabras. Porque éstos no están ebrios, como vosotros
suponéis, puesto que es la hora tercera del día. 16Mas esto es lo dicho por el
profeta Joel: Y en los postreros días, dice Dios, Derramaré de mi Espíritu sobre
toda carne, Y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; Vuestros jóvenes
verán visiones, Y vuestros ancianos soñarán sueños; Y de cierto sobre mis
siervos y sobre mis siervas en aquellos días Derramaré de mi Espíritu, y
profetizarán. Y daré prodigios arriba en el cielo, Y señales abajo en la tierra,
Sangre y fuego y vapor de humo; El sol se convertirá en tinieblas, Y la luna en
sangre, Antes que venga el día del Señor, Grande y manifiesto; [Y todo aquel
que invocare el nombre del Señor, será salvo]. (Hch. 2:14-21)
Dios profetizó que un remanente sería salvo en Joel 2:32 y no todo el pueblo.
También, que dicho remanente invocaría el nombre de Jehová para salvación en
los días del Mesías. El punto importante es que solamente los que creerían
pasarían a ser parte del remanente (Ro. 9:27; 11:1-7).
10:14 “¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo
creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les
predique?”
Pablo responde que los que invocarían el nombre de Jehová para salvación lo
harían creyendo en el evangelio. Recordemos que el apóstol inicia su epístola
exponiendo que el evangelio era el cumplimiento de las profecías del Antiguo
Testamento (Ro. 1:1-2). El evangelio es el medio para llamar al remanente (Jl.
2:32) a salvación. En la obra salvífica, Dios obra la regeneración, habilitando al
creyente para responder en arrepentimiento y fe. Es la responsabilidad de la
iglesia predicar el mensaje de las buenas nuevas, por cuanto es el medio que
Dios eligió para convocar a sus hijos.
Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante
la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación.
(1Co. 1:21)
10:15 “¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán
hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian
buenas nuevas!”
Dios elige hombres a los que capacita para la tarea constante de la proclamación
del evangelio. No obstante, es responsabilidad y un privilegio de todo creyente
anunciar las buenas nuevas de salvación.
Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el
cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones,
bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;
enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy
con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén. (Mt. 28:18-20)
Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo
adquirido por Dios, [para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de
las tinieblas a su luz admirable]. (1Pedro 2:9)
Pablo se veía como deudor de todos a los que no les había anunciado el
evangelio, pues sabía que no existía mayor responsabilidad que ésta para la
iglesia.
A griegos y a no griegos, a sabios y a no sabios soy deudor. Así que, en
cuanto a mí, pronto estoy a anunciaros el evangelio también a vosotros que estáis
en Roma. (Ro. 1:14-15)
10:16 “Mas no todos obedecieron al evangelio; pues Isaías dice: Señor,
¿quién ha creído a nuestro anuncio?”
¿Quién ha creído a nuestro anuncio? ¿y sobre quién se ha manifestado el
brazo de Jehová? (Is. 53:1)
Como mencionáramos al inicio del capítulo, Pablo presenta que Dios había
profetizado por medio del profeta Isaías que no todos responderían al mensaje de
Dios. En el evangelio de Mateo hay una de las parábolas en las que se presenta
de manera inequívoca este punto y con él, la bendición y el privilegio a los que
se les concedería creer.
Entonces, acercándose los discípulos, le dijeron: ¿Por qué les hablas por
parábolas? El respondiendo, les dijo: Porque a vosotros os es dado saber los
misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les es dado. Porque a
cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que
tiene le será quitado. Por eso les hablo por parábolas: porque viendo no ven, y
oyendo no oyen, ni entienden. De manera que se cumple en ellos la
profecía de Isaías, que dijo: De oído oiréis, y no entenderéis; Y viendo veréis, y
no percibiréis. Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, Y con los
oídos oyen pesadamente, Y han cerrado sus ojos; Para que no vean con los ojos,
Y oigan con los oídos, Y con el corazón entiendan, Y se conviertan, Y yo los
sane. Pero [bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros oídos,
porque oyen]. Porque de cierto os digo, que muchos profetas y justos desearon
ver lo que veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron. (Mt. 3:10-17)
Jesús les dijo a sus discípulos que a ellos les era dado por Dios poder conocer los
misterios del reino de los cielos, lo que no se concedió a otros. Entonces, siendo
así nada tiene que ver con nuestra capacidad intelectual, ni con una decisión de
nuestra voluntad, sino con el llamado de Dios. Note que en la lectura de Mateo
13:10-17, se especifica que mientras a unos se les otorga la bienaventuranza o el
privilegio de entender, a otros se les deja en ceguera espiritual, lo que los
incapacita para discernir o entender el mensaje del evangelio. Veamos cómo lo
presenta el evangelio de Juan.
Pero a pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían
en él; para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías, que dijo: Señor, ¿quién
ha creído a nuestro anuncio? ¿Y a quién se ha revelado el brazo del Señor? Por
esto no podían creer, porque también dijo Isaías: Cegó los ojos de ellos, y
endureció su corazón; Para que no vean con los ojos, y entiendan con el
corazón, Y se conviertan, y yo los sane. Isaías dijo esto cuando vio su
gloria, y habló acerca de él. (Jn. 12:37-41)
La verdad bíblica es que sin la obra del Espíritu Santo, no existiría posibilidad de
salvación (1Co. 2:14).
10:17 “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.”
Si bien es cierto que Isaías 53:1 profetizaba que no todos creerían, no obstante,
los elegidos responderían en fe al oír la palabra de Dios. Es importante destacar
que Pablo está diciendo que los que creen al evangelio son el remanente que
creería, esto es, la iglesia.
10:18 “Pero digo: ¿No han oído? Antes bien, Por toda la tierra ha salido la
voz de ellos, Y hasta los fines de la tierra sus palabras.”
Pablo expone que el endurecimiento de Israel y su rechazo al evangelio fue
profetizado en el Antiguo Testamento. De manera, que la Palabra de Dios no
había fallado. La razón del rechazo de una parte del pueblo israelita consistió en
que no todos fueron llamados a salvación.
10:19-21 “También digo: ¿No ha conocido esto Israel? Primeramente
Moisés dice: Yo os provocaré a celos con un pueblo que no es pueblo; Con
pueblo insensato os provocaré a ira. E Isaías dice resueltamente: Fui
hallado de los que no me buscaban; Me manifesté a los que no preguntaban
por mí. Pero acerca de Israel dice: Todo el día extendí mis manos a un
pueblo rebelde y contradictor.”
Pablo finaliza estableciendo que fue profetizado que Israel sería provocado a
celos con un pueblo que no era su pueblo, ya que Dios había extendido su mano
una y otra vez a un pueblo insensato, que no deseaba seguirle. Sin embargo, Dios
llamó de los gentiles a salvación; mientras Israel le rechazó. Todos los que se
perderán no tendrán excusas, pues el problema no radica en una falla en Dios,
sino en la naturaleza pecaminosa de los hombres y en que detienen con injusticia
la verdad (Ro. 1:18).
ROMANOS 11
Pablo termina el capítulo 10 exponiendo que Dios nunca falló a su Palabra
refiriéndose al remanente que sería salvo. Por consiguiente, era lógico que
surgiera la siguiente pregunta, ¿Fue acaso que Dios desechó a Israel? En el
capítulo once, Pablo contestará la pregunta diciendo que Dios nunca abandonó a
su pueblo, al que desde antes conoció o predestinó. Nuevamente veremos que
Dios nunca hizo un pacto con toda la nación de Israel. La tesis que el apóstol
expondrá es que habría dentro del Israel nacional, un Israel espiritual. Esto es,
los elegidos de Israel, por cuanto únicamente los hijos de la simiente (la cual es
Cristo) heredarían la promesa.
11:1 “Digo, pues: ¿Ha desechado Dios a su pueblo? En ninguna manera.
Porque también yo soy israelita, de la descendencia de Abraham, de la tribu
de Benjamín.”
Pablo inicia el capítulo anticipándose a la objeción de los destinatarios
contestando una pregunta legítima: ¿Ha desechado Dios a su pueblo? La
observación que Pablo presenta es si el rechazo de Israel al Mesías, significaba
entonces, el abandono o el rechazo de Dios a su pueblo. El apóstol contesta
categóricamente que en ninguna manera. Pablo se presenta a sí mismo como
evidencia de que Dios no había abandonado a su pueblo, pues él era judío de la
tribu de Benjamín. El argumento Paulino es que los creyentes judíos, de los
cuales el era uno, era la mejor evidencia de que Dios no había abandonado a su
pueblo. Pablo ya había presentado en Romanos 9 que no todos los israelitas por
ser descendientes de Abraham eran herederos de la promesa.
No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que
descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son
todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia. Esto es: No los que
son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la
promesa son contados como descendientes. (Ro. 9:6-8)
11:2-5 “No ha desechado Dios a su pueblo, al cual desde antes conoció. ¿O
no sabéis qué dice de Elías la Escritura, cómo invoca a Dios contra Israel,
diciendo: Señor, a tus profetas han dado muerte, y tus altares han
derribado; y sólo yo he quedado, y procuran matarme? Pero ¿qué le dice la
divina respuesta? Me he reservado siete mil hombres, que no han doblado la
rodilla delante de Baal. Así también aun en este tiempo ha quedado un
remanente escogido por gracia.”
Pablo compara la incredulidad y el rechazo del pueblo de Israel en sus días, con
la historia pasada de Israel en los tiempos del profeta Elías. El pueblo se había
entregado por completo a Baal, parecía que Elías estaba solo y que Dios había
abandonado al pueblo por su pecado. Pablo responde que Dios nunca abandona
o desecha a su pueblo, el cual de antemano conoció.
La expresión “al cual desde antes conoció” es una importantísima. La frase se
traduce de la palabra griega προγινώσκω “proginosko”, la cual es una palabra
compuesta por “pro”- antes y “ginosko” conocimiento. Su significado, por
consiguiente, es saber de antemano.46 El argumento presentado es que a los que
Dios desde antes de la fundación del mundo conoció, a los que él mismo
predestinó, a estos nunca desechó.
La razón por la que no todos respondieron en el tiempo de Elías, es la misma por
la cual gran parte de la nación de Israel rechazaba a Jesús. No todos habían sido
predestinados para salvación. El Israel de Dios es un remanente salvado por
elección. Pablo hace uso de las Escrituras para demostrar que la misma
contestación que Dios le dio a Elías, es la misma por la que no todos creyeron.
Dios se reservó para sí mismo, un remanente escogido por gracia. Note, que no
dice que Dios encontró a siete mil hombres que no doblaron sus rodillas ante
Baal, sino que él eligió o separó, siete mil hombres pare serle fiel.
Y yo haré que queden en Israel siete mil, cuyas rodillas no se doblaron ante
Baal, y cuyas bocas no lo besaron. (1R. 19:18)
Podemos ver que ha quedado un remanente escogido por gracia; un grupo
pequeño en comparación con los que se extraviaron. Escogido implica separado
y por gracia, sin merecerlo. El plan de Dios nunca ha fallado porque no descansa
en nuestra determinación, sino en su elección. Veamos algunos pasajes a través
del Antiguo Testamento que evidencian que Dios nunca prometió salvar a todo
Israel como nación, sino únicamente al remanente.
Porque saldrá de Jerusalén [remanente], y del monte de Sion los que se
salven. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto. (2R. 19:31)
Y ahora por un breve momento ha habido misericordia de parte de Jehová
nuestro Dios, para hacer que nos quedase [un remanente] libre, y para darnos un
lugar seguro en su santuario, a fin de alumbrar nuestro Dios nuestros ojos y
darnos un poco de vida en nuestra servidumbre. (Esd. 9:8)
Porque si tu pueblo, oh Israel, fuere como las arenas del mar, [el
remanente] de él volverá; la destrucción acordada rebosará justicia. (Is. 10:22)
Y yo mismo recogeré [el remanente] de mis ovejas de todas las tierras
adonde las eché, y las haré volver a sus moradas; y crecerán y se multiplicarán.
(Jer. 23:3)
Sin embargo, he aquí quedará en ella [un remanente], hijos e hijas, que
serán llevados fuera; he aquí que ellos vendrán a vosotros, y veréis su camino y
sus hechos, y seréis consolados del mal que hice venir sobre Jerusalén, de todas
las cosas que traje sobre ella. (Ezq. 14:22)
Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo;, porque en el
monte de Sion y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho Jehová, y entre [el
remanente] al cual él habrá llamado. (Jl. 2:32)
Mas en el monte de Sion habrá [un remanente] que se salve; y será santo, y
la casa de Jacob recuperará sus posesiones. (Abd. 1:17)
En aquel día, dice Jehová, juntaré la que cojea, y recogeré la descarriada, y
a la que afligí; y pondré a la coja [como remanente], y a la descarriada como
nación robusta; y Jehová reinará sobre ellos en el monte de Sion desde ahora y
para siempre. (Miq. 4:6-7)
[El remanente] de Israel no hará injusticia ni dirá mentira, ni en boca de
ellos se hallará lengua engañosa; porque ellos serán apacentados, y dormirán, y
no habrá quien los atemorice. (Sof. 3:13)
Quitaré la sangre de su boca, y sus abominaciones de entre sus dientes, y
quedará también [un remanente] para nuestro Dios, y serán como capitanes en
Judá, y Ecrón será como el jebuseo. (Zac. 9:7)
De manera, que hemos evidenciado que Dios nunca prometió salvar a todo el
pueblo de Israel, sino solamente al remanente, del cual los gentiles creyentes
forman parte (Ro. 9:24-27). Dios nunca le falló a su pueblo, como Pablo lo
expresa cuando dice, “…su pueblo, al cual desde antes conoció”, siendo una
clara referencia a la predestinación y al decreto de Dios en la salvación. Observe
que Pablo presenta al remanente como su pueblo.
11:6 “Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es
gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es
obra.”
La salvación no puede descansar en dos estados tan diferentes como la gracia y
las obras. La salvación o es por gracia o por obras, pero no por ambas. ¿Por qué?
1. Porque la gracia y la ley se oponen.
Una dice cree esto y vivirás y la otra dice has esto y vivirás.
Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: El
justo por la fe vivirá; y la ley no es de fe, sino que dice: El que hiciere estas
cosas vivirá por ellas. (Gá. 3:11-12)
2. Porque la promesa fue hecha a la simiente y no a los hacedores de la ley.
La promesa estuvo basada sobre la simiente y la promesa, la cual es Cristo , no
sobre el cumplimiento de la ley.
Hermanos, hablo en términos humanos: Un pacto, aunque sea de hombre,
una vez ratificado, nadie lo invalida, ni le añade. Ahora bien, a Abraham fueron
hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si
hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo. (Gá.
3:15-16)
3. Porque la promesa fue hecha por la gracia.
Esto, pues, digo: El pacto previamente ratificado por Dios para con Cristo,
la ley que vino cuatrocientos treinta años después, no lo abroga, para invalidar la
promesa. Porque si la herencia es por la ley, ya no es por la promesa; pero Dios
la concedió a Abraham mediante la promesa. (Gá. 3:17-18)
La promesa fue establecida sobre la gracia y no bajo la ley. ¿Por qué?
1. Porque la ley no vino a sustituir la gracia, sino a mostrar la necesidad de la
misma. El propósito de la ley nunca
fue salvarnos.
¿Luego la ley es contraria a las promesas de Dios? En ninguna manera;
porque si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la
ley. Mas la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es
por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes. Pero antes que viniese la fe,
estábamos confinados bajo la ley, encerrados para aquella fe que iba a ser
revelada. De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo,
a fin de que fuésemos justificados por la fe. Pero venida la fe, ya no estamos
bajo ayo, pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. (Gá. 3:21-26)
2. Porque fuimos redimidos de la maldición de la ley mediante Cristo.
Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición,
pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas
escritas en el libro de la ley, para hacerlas. Y que por la ley ninguno se justifica
para con Dios, es evidente, porque: El justo por la fe vivirá; y la ley no es de fe,
sino que dice: El que hiciere estas cosas vivirá por ellas. Cristo nos redimió de
la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito:
Maldito todo el que es colgado en un madero), para que en Cristo Jesús la
bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe
recibiésemos la promesa del Espíritu. (Gá. 3:10-14)
Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse,
pero no para con Dios. Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y
le fue contado por justicia. Pero al que obra, no se le cuenta el salario como
gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al
impío, su fe le es contada por justicia. (Ro. 4:2-3)
La salvación siempre ha sido y será por gracia mediante la fe. Nadie irá al cielo
por obra alguna, que no sea la OBRA de Cristo.
Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros,
pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos
hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios
preparó de antemano para que anduviésemos en ellas. (Ef. 2:8-10)
11:7 “¿Qué pues? Lo que buscaba Israel, no lo ha alcanzado; pero los
escogidos sí lo han alcanzado, y los demás fueron endurecidos.”
El resultado de que no todos fueron elegidos, lo vemos en que lo que buscaba
Israel como nación, no lo alcanzó. Sin embargo, los escogidos lo alcanzaron;
mientras que los demás fueron endurecidos (Ro. 1:24, 26, 28, 32).
El término escogidos del griego ἐκλογή “eklogué” significa selección
divina, de manera abstracta o concreta; elección, escoger.47
“Ekloge” (ἐκλογή, 1589), denota sacar de entre, selección y, de ahí, lo que
es elegido. En Hch 9.15, se dice de la elección por parte de Dios de Saulo de
Tarso; la frase es, lit.: «un vaso de elección». Se usa cuatro veces en Romanos;
en 9.11, de Esaú y Jacob, donde la frase «el propósito … conforme a la elección»
es virtualmente equivalente a «el propósito elector»; en 11.5: «un remanente
escogido por gracia» se refiere a los judíos creyentes, salvados de entre la nación
incrédula; lo mismo en el v. 7; en el v. 28: «la elección» puede significar bien el
acto de elegir o bien los elegidos; el contexto, señalando a los padres, señala a lo
primero, a la elección de la nación en base del pacto de la promesa. En 1 Ts 1.4:
«vuestra elección» se refiere no a la iglesia colectivamente, sino a los individuos
que la constituyen; la certeza que tiene el apóstol de la elección de ellos da la
razón de su acción de gracias. Los creyentes deben dar «la mayor diligencia para
hacer ciertos su llamamiento y elección», por el ejercicio de las cualidades y
gracias que los hagan llenos de fruto del conocimiento de Dios (2P. 1.10)48.
Los escogidos forman el remanente separado mediante la elección. Todos los
escogidos y no algunos alcanzarán la salvación. No hay otra interpretación; la
doctrina de la elección soberana es una realidad y es la única base en donde
descansa la seguridad de la salvación.
11:8 “como está escrito: Dios les dio espíritu de estupor, ojos con que no
vean y oídos con que no oigan, hasta el día de hoy.”
Dios les dio espíritu de estupor. Disminución de la actividad de las funciones
intelectuales, acompañada de cierto aire o aspecto de asombro o de
indiferencia.49 ¿ A quiénes? A los que no escogió. Sin embargo, ésta es otra cita
al Antiguo Testamento, del libro de Deuteronomio. La misma hace referencia al
estado del pueblo de Israel desde la salida de Egipto y al tiempo de su
peregrinación. Los israelitas, aunque habían seguido a Moisés, siendo testigos de
los juicios en Egipto, así como de la providencia divina durante el desierto,
estaban ciegos y sin entendimiento.
Pero hasta hoy [Jehová no os ha dado corazón para entender, ni ojos para
ver, ni oídos para oír]. (Dt. 29:4)
Porque [Jehová derramó sobre vosotros espíritu de sueño, y cerró los ojos
de vuestros profetas, y puso velo sobre las cabezas de vuestros videntes]. (Is.
29:10)
Algunos intérpretes tratan de minimizar el impacto de la aseveración “les dio
espíritu de estupor, ojos con que no vean y oídos con que no oigan, hasta el día
de hoy”. La verdad teológica es que sin la obra del Espíritu Santo, cambiando el
corazón, abriendo los ojos y destapando los oídos, ningún hombre podría ni
quería acercarse a Dios para salvación. La Biblia muestra que el no creyente no
puede entender el mensaje del evangelio.
Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios,
porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir
espiritualmente. (1Co. 2:14)
Si el hombre natural no puede entender, entonces, ¿cómo puede acercarse a Dios
para salvación? Veamos lo que la Biblia enseña al respecto:
Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me
fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Y
cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De
pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me
veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado.
(Jn. 16:7-11)
Si el hombre está muerto, ¿cómo puede responder al mensaje del evangelio?
Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y
pecados. (Ef. 2:1)
Dios decidió a quiénes llamaría a salvación y a quiénes dejaría ciegos para
condenación, lo que Pablo previamente presentara en el capítulo 9:19-23.
11:9-10 “Y David dice: Sea vuelto su convite en trampa y en red, En
tropezadero y en retribución; Sean oscurecidos sus ojos para que no vean, Y
agóbiales la espalda para siempre.”
Pablo hace referencia al Salmo 69:22-23 para indicar que es justo que los
enemigos de Dios reciban retribución por su mal, como lo indica el versículo
veinticinco.
Derrama sobre ellos tu ira, Y el furor de tu enojo los alcance. (Sal. 69:25)
Aunque para algunos de nosotros sea difícil de asimilar, Dios está en todo su
derecho de juzgar al pecador, así como de perdonarlo mediante la obra de
Jesucristo. Unos reciben lo que merecen y otros lo que no merecen, pero nadie
absolutamente nadie recibe injusticia.
Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y
me compadeceré del que yo me compadezca. Así que no depende del que quiere,
ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Porque la Escritura dice a
Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que
mi nombre sea anunciado por toda la tierra. De manera que de quien quiere,
tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece. (Ro. 9:15-18)
11:11 “Digo, pues: ¿Han tropezado los de Israel para que cayesen? En
ninguna manera; pero por su transgresión vino la salvación a los gentiles,
para provocarles a celos.”
Pablo expone que todo ha sido permitido conforme al plan de Dios y pregunta,
¿Han tropezado los de Israel para que cayesen? Si el verdadero Israel no cayó y
Dios no ha desechado a su pueblo, ¿a qué se refiere con la caída de Israel como
nación? Pablo penetra en el misterio del plan soberano de Dios estableciendo,
que el rechazo general de Israel era parte de un plan mayor, a fin de dar inicio al
llamado de los gentiles.
En la carta a los Gálatas 3:8, el apóstol explica que Dios destinó desde el
principio también a algunos de entre los gentiles para salvación.
Y la Escritura, previendo que Dios había de justificar por la fe a los
gentiles, dio de antemano la buena nueva a Abraham, diciendo: En ti serán
benditas todas las naciones. De modo que los de la fe son bendecidos con el
creyente Abraham. (Gálatas 3:8-9)
El término previendo significa que aunque los judíos no lo entendieran, en el
decreto de Dios, una parte de los gentiles pasaría como ellos a formar parte del
pueblo de Dios o el remanente. También, en la carta a los Efesios presenta el
mismo punto.
misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los
hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el
Espíritu: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y
copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio.” (Efesios
3:5-6)
Por tanto, acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a
la carne, erais llamados incircuncisos por la llamada circuncisión hecha con
mano en la carne. En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la
ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios
en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais
lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra
paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de
separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos
expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo
hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a
ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino y
anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que
estaban cerca; porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada
por un mismo Espíritu al Padre. Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos,
sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios. (Efesios
2:11-19)
De manera, que la inclusión de los gentiles que habrían de ser salvos fue parte
del plan soberano de Dios en la eternidad.
11:12 “Y si su transgresión es la riqueza del mundo, y su defección la
riqueza de los gentiles, ¿cuánto más su plena restauración?”
El apóstol no está comunicando una futura restauración de la nación de Israel
como algunos interpretan, puesto que la misma presentaría una contradicción en
la carta. Como viéramos en Romanos 9, Dios nunca prometió que todo Israel
participaría de la promesa hecha a Abraham. Si quisiéramos interpretarlo como
una restauración total, no sería posible porque ésta sería una restauración parcial
de aquellos judíos que tuviesen la gracia de vivir en el periodo de la segunda
venida de Jesucristo, según la interpretación premilenialista dispensacionalista.
La expresión “su plena restauración es la traducción de una sola palabra en
griego πλήρωμα “pléroma” rellenar o terminación, lo que llena (como contenido,
suplemento, copiosidad, multitud), u objeto que es llenado (como contenedor,
desempeño, período).50 Por consiguiente, el término correcto no es restauración,
sino plenitud. Dios completará a los que han de ser salvos de Israel.
Veamos algunas otras traducciones de Romanos 11:12.
Y, si su caída ha sido una riqueza para el mundo, y su mengua, riqueza para
los gentiles ¡qué no será su plenitud! (Biblia de Jerusalén 1976)
Y si su transgresión es riqueza para el mundo, y su fracaso es riqueza para
los gentiles, ¡cuánto más será su plenitud! (Biblia de las Américas)
Y si su caída es la riqueza del mundo, y su menoscabo la riqueza de los
gentiles, ¡cuánto más lo será su plenitud! (Biblia Nacar Colunga)
y si el tropiezo de ellos ha sido riqueza para el mundo, y su fracaso riqueza
para los gentiles, ¿cuánto más, entonces, será su plenitud? (Biblia Peshitta)
Pablo no está diciendo con la expresión “su plena restauración”, que todo Israel
como nación creerá en los días previos a la segunda venida de Cristo. El
argumento Paulino consiste en señalar, por un lado, que la transgresión y
defección de los judíos, dio paso al plan de Dios en la salvación de los gentiles.
Por otro lado, que el número de los elegidos de entre los judíos se completaría.
Ni uno más, ni uno menos de los elegidos de Israel se salvaría. Ya que, Dios no
desecha a los que de antemano conoció (Ro. 11:2).
11:13-14 “Porque a vosotros hablo, gentiles. Por cuanto yo soy apóstol a los
gentiles, honro mi ministerio, por si en alguna manera pueda provocar a
celos a los de mi sangre, y hacer salvos a algunos de ellos.”
Pablo afirma en estos versículos su llamado a los gentiles y su anhelo de que
algunos de los judíos respondieran al evangelio. Anhelo que expresa en la
siguiente declaración:
Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis
hermanos, los que son mis parientes según la carne; que son israelitas, de los
cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto
y las promesas; de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne,
vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén
(Ro. 9:3-5)
Debe ser nuestro deseo que nuestra familia, amigos y vecinos, entre otros,
respondan al evangelio. Sin embargo, debemos reconocer como Pablo que la
salvación descansa en el soberano consejo de Dios. La doctrina de la
predestinación eterna no desmotiva el corazón para la evangelización. Por el
contrario, lo motiva porque es el medio por el cual los elegidos serán llamados a
salvación.
El evangelio, como Pablo dijera en Romanos 1:16, es poder de Dios para
salvación. Los que son llamados, únicamente serán alcanzados por las buenas
nuevas de salvación, pues a Dios le plació salvar a los hombres por la locura de
la predicación (1Co. 1:21).
11:15-16 “Porque si su exclusión es la reconciliación del mundo, ¿qué será
su admisión, sino vida de entre los muertos? Si las primicias son santas,
también lo es la masa restante; y si la raíz es santa, también lo son las
ramas.”
Pablo expone que aquello que le pertenece a Dios, él lo llama y santifica. El
remanente judío elegido por gracia no era más santo que los gentiles elegidos
por gracia. En el evangelio no hay cabida para dos pueblos; uno judío y uno
gentil. El pueblo de Dios es formado por los llamados a ser santos y sin mancha
delante de él.
según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que
fuésemos santos y sin mancha delante de él. (Ef. 1:4) y sometió todas las cosas
bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a [la iglesia], la cual es
su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo. (Ef. 1:22-23)
Dios no tiene un cuerpo con dos cabezas, ni es la cabeza de dos cuerpos. Él es el
Señor de la iglesia o del remanente escogido por gracia.
11:17-18 “Pues si algunas de las ramas fueron desgajadas, y tú, siendo olivo
silvestre, has sido injertado en lugar de ellas, y has sido hecho participante
de la raíz y de la rica savia del olivo, no te jactes contra las ramas; y si te
jactas, sabe que no sustentas tú a la raíz, sino la raíz a ti.”
Por cuanto Dios únicamente tiene un pueblo, Pablo amonesta a los gentiles a no
enorgullecerse sobre Israel, ya que los gentiles salvados fueron injertados por la
gracia al cuerpo. De modo, que todos dependen de la savia de la raíz del olivo,
quien es Cristo. No son los elegidos los que sustentan al árbol, sino que es por
Cristo que están en pie o caen.
11:19 “Pues las ramas, dirás, fueron desgajadas para que yo fuese injertado.
Bien; por su incredulidad fueron desgajadas, pero tú por la fe estás en pie.
No te ensoberbezcas, sino teme.”
Pablo conocía que los gentiles podían creer que habían tomado la posición de los
judíos como pueblo de Dios. Sin embargo, esto es falso; aunque algunos
cristianos así lo creen. Los mismos argumentan que la iglesia reemplazó a la
nación de Israel como su pueblo. Hasta este punto, debe quedar claro, que todos
los que Dios escogió desde antes de la fundación del mundo son su pueblo. Por
consiguiente, los incrédulos de entre los judíos, nunca fueron parte del pueblo de
Dios. Por ende, nadie estaba sustituyéndolos. Siendo así, Pablo llama a los
creyentes gentiles a no tomar con ligereza, ni con orgullo su entrada a la gracia
divina, de la cual ningún hombre es merecedor.
11:21 “Porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, a ti tampoco te
perdonará.”
Pablo enseña que la incredulidad no será perdonada, venga de quien venga.
Ejemplo de ello, lo fue el pueblo de Israel antes de entrar a la tierra prometida.
Porque también a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva como a
ellos; pero [no les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en
los que la oyeron]. Pero los que hemos creído entramos en el reposo, de la
manera que dijo: Por tanto, juré en mi ira, No entrarán en mi reposo; aunque las
obras suyas estaban acabadas desde la fundación del mundo. (He. 4:2-3)
Los gentiles creyentes deben tener presente la seriedad de la advertencia de no
tomar a la ligera la fe en Dios. Su argumento es el siguiente, si Dios no perdonó
a Israel como nación por su incredulidad, entonces, tampoco perdonará a los
gentiles si no permanecen en la fe. Aunque las puertas de la gracia se habían
abierto para los gentiles, no obstante, de la misma manera como sucedió con los
judíos, no todos los gentiles serían salvos, sino solamente los elegidos.
11:22 “Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; la severidad
ciertamente para con los que cayeron, pero la bondad para contigo, si
permaneces en esa bondad; pues de otra manera tú también serás cortado.”
Muchos llamados cristianos quisieran una Biblia donde se hable solamente de la
bondad y no de la severidad, la ira o del juicio de Dios. El Dios de la Biblia se
presenta a través de ella tanto justo, como misericordioso, pero nunca injusto.
El apóstol se afirma en que no es creer por un tiempo lo que garantiza la entrada
a la gracia divina, sino una profunda convicción y devoción constante a Dios. En
el pasado, a esta doctrina se le llamaba la perseverancia de los santos. La Biblia
establece que únicamente los que perseveran hasta el fin serán salvos. La
perseverancia en la carta a los Romanos no es el producto de algún ejercicio
espiritual humano o el de una buena intención con relación a Dios, sino que es el
resultado de la obra de gracia sobre el creyente. Los creyentes no perseveran en
la fe para ser salvos, puesto que perseveran en la fe como la confirmación o la
evidencia de que fueron salvos.
11:23 “Y aun ellos, si no permanecieren en incredulidad, serán injertados,
pues poderoso es Dios para volverlos a injertar.”
Todo lo que permanezca en incredulidad será cortado. Aun los creyentes
atraviesan por momentos de prueba, tentación y momentos de incredulidad, pero
nunca pueden regresar atrás. Habiendo Dios iniciado la obra en el creyente, por
medio de su Espíritu, también los capacita para perseverar en la fe (Ef. 1:13-14).
estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra,
la perfeccionará hasta el día de Jesucristo. (Fil. 1:6)
Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de
nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se
manifestase que no todos son de nosotros. (1Jn. 2:19)
Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene
a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo.
(2Jn. 9)
En Romanos 11:23, Pablo no esta hablando sobre alguien que perdió su
salvación y luego vuelve a creer nuevamente para salvación. El apóstol está
expresando la posibilidad de que algunos judíos posteriormente, llegasen a creer
y fuesen injertados.
11:24 “Porque si tú fuiste cortado del que por naturaleza es olivo silvestre, y
contra naturaleza fuiste injertado en el buen olivo, ¿cuánto más éstos, que
son las ramas naturales, serán injertados en su propio olivo?”
El mensaje aquí presentado es que de la misma manera en que los gentiles que
en otro tiempo no eran parte del pueblo de Dios, pero luego fueron llamados, así
también haría Dios con algunas de las ramas naturales de Israel.
11:25-27 “Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que
no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel
endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles;
y luego todo Israel será salvo, como está escrito: Vendrá de Sion el
Libertador, Que apartará de Jacob la impiedad. Y este será mi pacto con
ellos, Cuando yo quite sus pecados.”
Pablo presenta que el endurecimiento de Israel era uno en parte, para que no
ignoraran que Dios habría de llamar posteriormente a muchos. Reconocemos
que éste es uno de esos versículos difíciles de interpretar, por cuanto Pablo no
explica a qué se refiere con la “plenitud de los gentiles”. A continuación, dos
interpretaciones posibles:
1- El apóstol podría estar hablando de un momento cercano a la segunda venida
de Jesucristo, en el cual Dios llamaría a muchos de los judíos a salvación.
2- Si interpretamos “la plenitud de los gentiles” como el momento profético del
juicio de Dios sobre Jerusalén en el año 70, entonces, los 144,000 sellados en el
libro de la Revelación de Juan, señala a aquellos que serían salvos de la ira de
Jacob (Ap. 7:1-8).
El problema con la interpretación futura de Israel, es que libro de Apocalipsis
enseña que ni aun frente a los juicios, muchos de los judíos quisieron
arrepentirse.
Y los otros hombres que no fueron muertos con estas plagas, [ni aun así se
arrepintieron] de las obras de sus manos, ni dejaron de adorar a los demonios, y
a las imágenes de oro, de plata, de bronce, de piedra y de madera, las cuales
no pueden ver, ni oír, ni andar; y no se [arrepintieron] de sus homicidios, ni de
sus hechicerías, ni de su fornicación, ni de sus hurtos. (Ap. 9:20-21)
Y los hombres se quemaron con el gran calor, y blasfemaron el nombre de
Dios, que tiene poder sobre estas plagas, y [no se arrepintieron] para darle
gloria. El quinto ángel derramó su copa sobre el trono de la bestia; y su
reino se cubrió de tinieblas, y mordían de dolor sus lenguas, y blasfemaron
contra el Dios del cielo por sus dolores y por sus úlceras, y [no se arrepintieron]
de sus obras. (Ap. 16: 9-11)
Independientemente de la posición escatológica, si la posición futurista o la
preterista parcial, la interpretación no puede ser que todo Israel se tornará a Dios.
Esto sería una contradicción en la carta y hasta aquí, Pablo ha presentado que en
el pasado no todos fueron parte del pueblo y que en su presente tampoco lo eran.
En síntesis, que las Escrituras no profetizaron la total restauración de Israel, sino
la de un remanente.
Es cierto que Pablo está hablando de un evento futuro, al menos, uno posterior al
momento en el que describe la carta a los Romanos. Uno, en el cual muchos de
los judíos serían salvos de su impiedad. Por consiguiente, depende de cómo
interpretemos los siguientes versículos:
y luego todo Israel será salvo, como está escrito: Vendrá de Sion el
Libertador, Que apartará de Jacob la impiedad. Y este será mi pacto con ellos,
Cuando yo quite sus pecados. (Ro. 11:26-27)
Si interpretamos este evento como parte de la segunda venida de Jesucristo,
entonces, la interpretación correspondería a la primera interpretación sugerida.
Por lo contrario, si se refiere al tiempo de la ira de Dios sobre Sion y su
misericordia sobre los sellados de Israel, entonces, la segunda interpretación
sería la correcta.
¿Enseña Romanos 11:26 que todo Israel (como nación) será salvo? NO. Para
contestar en el contexto propio de la carta debemos traer la atención a dos
argumentos importantes que el propio apóstol Pablo aclaró. He aquí algunas
consideraciones importantes:
1. Pablo presentó en Romanos 9 que no todos los israelitas se salvarían.
En el capítulo nueve de la carta a los Romanos Pablo aclara que no todos los que
descienden de Israel son israelitas, sino que argumenta que dentro de Israel se
encuentra el verdadero Israel de Dios.
No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que
descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son
todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia. (Ro. 9:6-7)
2. El apóstol explicó en Romanos 9 que no todos los nacidos (según la carne)
son contados como hijos de Dios, sino los elegidos.
Esto es: No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que
los que son hijos según la promesa son contados como descendientes. (Ro. 9:8)
3. Pablo presentó en Romanos 9, que es prerrogativa divina a quién elegir, amar
o tener misericordia, a fin de sostener el porqué no todos los descendientes de
Israel serían salvos.
Dios decide a quién elegir.
(pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el
propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por
el que llama) (Ro. 9:11)
Dios decide a quién amar.
se le dijo: El mayor servirá al menor. Como está escrito: A Jacob amé, mas
a Esaú aborrecí. ¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna
manera. (Ro. 9:12-14)
Dios decide a quién otorgarle su misericordia.
Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y
me compadeceré del que yo me compadezca. Así que no depende del que quiere,
ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia. Porque la Escritura dice a
Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que
mi nombre sea anunciado por toda la tierra. De manera que de quien quiere,
tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece. (Ro. 9:15-18)
4. Pablo mostró en Romanos 9 que Dios llamó en su plan no sólo a judíos, sino a
gentiles en su gracia.
y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los
vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria, a los cuales
también ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo de los judíos, sino también de
los gentiles? Como también en Oseas dice: Llamaré pueblo mío al que no era mi
pueblo, Y a la no amada, amada. Y en el lugar donde se les dijo: Vosotros no
sois pueblo mío, Allí serán llamados hijos del Dios viviente. (Ro. 9:23-26)
5. Pablo concluye Romanos 9 estableciendo que únicamente un remanente de
Israel será salvo tal y como previamente presentara en Romanos 9:6-7.
También Isaías clama tocante a Israel: Si fuere el número de los hijos de
Israel como la arena del mar, tan sólo el remanente será salvo; porque el Señor
ejecutará su sentencia sobre la tierra en justicia y con prontitud. Y como
antes dijo Isaías: Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado descendencia,
Como Sodoma habríamos venido a ser, y a Gomorra seríamos semejantes. (Ro.
9:27-29)
Digo, pues: ¿Ha desechado Dios a su pueblo? En ninguna manera. Porque
también yo soy israelita, de la descendencia de Abraham, de la tribu de
Benjamín. No ha desechado Dios a su pueblo, al cual desde antes conoció…
(Ro. 11:1-2)
6. Pablo presenta en Romanos 11 que como en los días de Elías, él ha separado
para sí mismo un pueblo dispuesto por elección, que incluye judíos y gentiles.
… ¿O no sabéis qué dice de Elías la Escritura, cómo invoca a Dios contra
Israel, diciendo: Señor, a tus profetas han dado muerte, y tus altares han
derribado; y sólo yo he quedado, y procuran matarme? Pero ¿qué le dice la
divina respuesta? Me he reservado siete mil hombres, que no han doblado la
rodilla delante de Baal. Así también aun en este tiempo ha quedado un
remanente escogido por gracia. Y si por gracia, ya no es por obras; de otra
manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera
la obra ya no es obra. (Ro. 11:2-6)
7. A través de Romanos 11, el apóstol demostró que solamente los elegidos
alcanzarán la salvación y los demás serán endurecidos, así como lo expusiera en
Romanos 9.
¿Qué pues? Lo que buscaba Israel, no lo ha alcanzado; pero los escogidos
sí lo han alcanzado, y los demás fueron endurecidos; como está escrito: Dios les
dio espíritu de estupor, ojos con que no vean y oídos con que no oigan,
hasta el día de hoy. Y David dice: Sea vuelto su convite en trampa y en red, En
tropezadero y en retribución; Sean oscurecidos sus ojos para que no vean, Y
agóbiales la espalda para siempre. (Ro. 11:7-10)
De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere
endurecer, endurece. Pero me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha
resistido a su voluntad? Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que
alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has
hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma
masa un vaso para honra y otro para deshonra? ¿Y qué, si Dios, queriendo
mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos
de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su
gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano
para gloria (Ro. 9:18-23)
11:28-29 “Así que en cuanto al evangelio, son enemigos por causa de
vosotros; pero en cuanto a la elección, son amados por causa de los padres.
Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios.”
A lo que sea que Pablo se haya referido con la expresión “luego todo Israel será
salvo” de algo estamos seguros, que todos y cada uno de los elegidos de Israel,
vendrá a salvación. Por cuanto, Dios aseguró mediante Pablo que no desecha a
su pueblo, no, al que desde antes conoció (Ro.11:2). La razón por la cual muchos
de los judíos serían salvos está basada en que los dones y el llamamiento de Dios
son irrevocables. Esto significa que no pueden ser anulados o cancelados. Dios
nunca se equivoca o comete errores, sino que todo lo que permite y controla, lo
hace para que se cumpla su designio o voluntad.
11:30-33 “Pues como vosotros también en otro tiempo erais desobedientes a
Dios, pero ahora habéis alcanzado misericordia por la desobediencia de
ellos, así también éstos ahora han sido desobedientes, para que por la
misericordia concedida a vosotros, ellos también alcancen misericordia.
Porque Dios sujetó a todos en desobediencia, para tener misericordia de
todos. ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de
Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!”
Pablo les recuerda a los gentiles que ellos vivieron en desobediencia para que
cuando Dios los salvara fuera exaltada su gracia. Nadie puede entender la gracia,
sin antes entender lo que significa la desobediencia. El apóstol presenta que Dios
sujetó o permitió la desobediencia de todos (judíos y gentiles), para luego tener
misericordia de todos los que tendría a bien llamar a salvación. Así que Dios en
su paciencia permitió el pecado, a fin de que luego los pecadores alcanzados por
gracia pudieran reconocer el maravilloso amor de Dios en Cristo.
¿Quién hubiese imaginado dicho plan? La creación de un mundo que caería y
abriría las puertas a uno mejor. Uno, en el cual todos los pecadores salvados por
gracia pasarán a ser parte del pueblo de Dios. De manera que Dios mostrará
haber tenido misericordia de todos; de unos en un momento (los judíos) y luego,
de otros en otro momento (los gentiles), salvando por medio de la gracia a los
que soberanamente eligió. ¿Quién lo hubiese pensado? Por eso Pablo exclama lo
que sigue:
¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios!
¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! (v.33)
11:34 “Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su
consejero?”
Pablo reconoce que ningún hombre hubiese podido concebir y entender dicho
plan, pues ningún hombre es ni será consejero del Altísimo. Pecamos cuando
intentamos cambiar lo establecido por Dios, cuando osamos presumir de tener
más conocimiento que Dios y cuando queremos presumir de ser más
misericordiosos que él. Nunca olvidemos que nuestra propia historia como
colectivo debería llevarnos a callar, a arrodillarnos y a postrarnos ante la
sabiduría y la misericordia de Dios.
11:35 “¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado?”
Estoy convencido de que no existe un ser humano que entienda la gravedad de
vivir en pecado y de sus consecuencias. Dios no le debe nada a nadie, ni tan
siquiera misericordia, la cual pedimos con soberbia y arrogancia como si la
mereciéramos. Deberíamos más bien postrarnos como el hijo pródigo y recibir
nuestra justa retribución. Lamentable y tristemente, muchos nos acercamos
pretendiendo que la ofensa o falta no es tan grave, la justificamos y luego nos
convertimos en víctimas y cambiamos de agresores a ofendidos. ¡Dios tenga de
nosotros misericordia!
11:36 “Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria
por los siglos. Amén”
La mayoría de los creyentes reconoce la necesidad de vivir de acuerdo con la
voluntad de Dios. La suposición general es que Dios tiene un plan personal para
cada uno de sus hijos. Por consiguiente, algunos creen que cada creyente debe
orar pidiéndole a Dios que le revele su voluntad. Pero, ¿es esto cierto?
El problema con esta creencia es que parte de una premisa equivocada; la
premisa de que la vida gira en torno a nosotros. La Biblia enseña que todo fue
creado en él, por él y para él, así que la vida no gira en torno al ser humano, sino
en Dios. Él es quien tiene un plan, su plan, del cual solamente por su gracia
somos llamados a participar.
La voluntad de Dios conforme a la Biblia se ha de entender de la siguiente
manera:
1- El reconocimiento y la aceptación del señorío de Dios sobre todo, pero
principalmente sobre nuestra vida.
2- La disposición a obedecer a Dios en todo lo que nos ha revelado en su
Palabra.
3- La sujeción al orden establecido por Dios en todas las cosas.
4- Entender que la vida cristiana tiene que ver más con un proceso de
transformación de nuestro ser que con logros o éxitos humanos.
En conclusión, todo lo creado y todo lo que sucede es del Señor y para el Señor,
porque de él, por él y para él son todas las cosas y el plan de salvación.
ROMANOS 12
En el capítulo doce, vemos la aplicación de la teología de la gracia en la epístola.
En el mismo, Pablo expone cómo deben ser las relaciones entre los miembros
del cuerpo de Cristo, esto es, entre los hermanos en la fe.
12:1 “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que
presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que
es vuestro culto racional.”
Los judíos habían hecho de la tradición y de la ley su culto, así como algunas
iglesias hacen de la llamada adoración el centro de su culto. Dicha adoración
parece ir más dirigida a las masas que a Dios. Da la impresión de que la fe y la
religiosidad de muchos llamados cristianos tiene que ver más con el sistema
nervioso que con lo que Cristo es y demanda de ellos. Otras congregaciones
prefieren la predicación humanista centrada en el potencial y en el desarrollo
humano y no en la humillación, la entrega y el servicio a la soberana voluntad de
Dios.
¿Cuándo entenderemos que el culto se centra en Dios y no en nosotros?
Solamente Dios es el objeto de nuestra adoración. No debemos buscar un culto
para acondicionar nuestra naturaleza caída, haciendo que nos sintamos bien
viviendo en pecado, sin ningún tipo de compromiso y de responsabilidad hacia
Dios. Un culto, en el cual la exaltación a Dios no es central, es más bien, uno
teatral.
Cuando entendemos que la misericordia de Dios en nuestra vida es contraria a lo
que merecíamos y que somos privilegiados, entonces, nuestra actitud hacia Dios
cambia. En 2Corintios 5:14-15 Pablo expone un pensamiento similar.
Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió
por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya
no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.
El punto presentado en 2Corintios 5:14-15, es que la vida del creyente ha de ser
una respuesta al amor de Dios. En Gálatas 2:20, encontramos otra expresión
similar.
Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo
en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual
me amó y se entregó a sí mismo por mí.
Quien fuera mi pastor, Carlos Cortés me enseñó que “la vida del creyente ha de
ser una respuesta al amor de Dios, pues después de todo, es lo único que
podemos hacer.” Nuestra entrega, humillación y sometimiento a la soberana
voluntad de Dios no son opcionales, sino medulares, si hemos de disfrutar de su
buena voluntad. Es por tal razón, que Pablo llama a los creyentes en Romanos
12:1, a presentar y a disponer sus vidas como una ofrenda, un sacrificio vivo,
santo y agradable a Dios. Los judíos hicieron de la ley su Señor y de los
sacrificios sus ofrendas; mientras que en el evangelio, Jesús es nuestro Señor y
nuestra sumisión a éste es nuestra ofrenda. Pablo estaba convencido de que no
existía una mayor devoción a Dios que la de entregarse por completo a él. Por lo
tanto, nuestro culto ha de ser uno racional, uno centrado en la verdad del
evangelio y en la realización de tal inmerecido amor por los elegidos a salvación.
¿Qué es un culto racional?
1- Un culto racional es uno centrado en el reconocimiento de la inmerecida
misericordia de Dios.
2- Un culto racional es uno en el cual la ofrenda y el sacrificio presentados a
Dios es nuestra propia vida.
3- Un culto racional es uno en el cual el creyente presenta su vida ante Dios
como un sacrificio vivo hecho con entendimiento y gratitud a Dios.
Lo que muchos olvidan o no entienden es que para que la ofrenda pueda ser
aceptada por Dios, debe morir, (ser sacrificada). El cristianismo que únicamente
quiere invitar a Jesús a su vida o al corazón, sin primero morir y arrepentirse, no
puede ser llamado cristianismo. De la misma manera, tampoco puede ser
considerado como una ofrenda a Dios.
12:2 “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la
renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la
buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.”
La verdadera salvación trae como consecuencia el abandono, así como el
rechazo de nuestra antigua manera de vivir. Los creyentes somos llamados a
vivir a la manera de Cristo, porque la soberana voluntad del Padre fue que los
hijos fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo (Ro. 8:29). Pero ¿cómo
podemos vivir de una manera diferente, estando acondicionados al pensamiento
del mundo? La respuesta es renovando el entendimiento.
Efesios 4:22-24 presenta lo que sigue:
En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que
está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de
vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y
santidad de la verdad.” (Efesios 4:22-24)
No existe la posibilidad de vivir el cristianismo según nuestros deseos,
caprichos, ilusiones, sueños, planes y metas, entre otros por mejor que parezcan
y vivir en la voluntad de Dios. Vivir en la voluntad de Dios comprende renunciar
a todo lo que valoramos, a fin de valorar lo que Dios valora y lo que le
complace. El abandono sincero de nuestras malas actitudes y acciones deben
evidenciarse.
Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia,
blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca. No mintáis los unos a los otros,
habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del
nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el
conocimiento pleno. (Colosenses 3:8-10)
En la medida en la que nuestro entendimiento es transformado por la palabra de
Dios mediante la obra del Espíritu Santo comenzamos a ver y a vivir la vida de
una manera diferente. La obra de Dios Espíritu Santo es medular en la
transformación. Es por él que somos cambiados y es en él que somos llamados a
vivir.
Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne.
Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la
carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis. Pero si
sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley. Y manifiestas son las obras de
la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría,
hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones,
herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas;
acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que
practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. Mas el fruto del Espíritu es
amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza;
contra tales cosas no hay ley. Pero los que son de Cristo han crucificado la
carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también
por el Espíritu. (Gálatas 5:16-25)
Pablo nos exhorta a rechazar los estilos de vida del mundo, a ser transformados
mediante el entendimiento de la palabra de Dios y a procurar la santificación
como estilo de vida, pues solo así disfrutaremos de la buena voluntad de Dios.
12:3 “Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre
vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino
que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió
a cada uno.”
Si todo lo que somos y seremos es por virtud del amor de Dios y no de ninguna
obra que hayamos hecho, por consiguiente, debemos ser humildes. No hay
cabida para el orgullo en el cristianismo. En donde todos han sido perdonados
por gracia, nadie puede sentirse grande ante otros y en ninguna manera, ante
Dios. La humildad debería ser una actitud propia de los elegidos. Los creyentes
son llamados a vivir conforme a la fe y no a medirse por la fe.
En Romanos 10:17, Pablo enseña que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra
de Dios. En Romanos 12:3 presenta que Dios repartió a cada creyente una
medida de fe. La palabra repartió del griego μερίζω “merízo” significa partir,
literalmente repartir, conceder, compartir, o (figurativamente) desunir, diferir:
partir, repartir, dar (una parte), haber diferencia, dividir.51 Además, el tiempo
gramatical, el aoristo indicativo activo representa una acción sobre el oyente que
le fue dada u otorgada en el pasado.52 Si la fe fue otorgada, entonces, es un don
de Dios (Ef. 2:8) y no una facultad de la voluntad caída.
12:4-5 “Porque de la manera que en un cuerpo tenemos muchos miembros,
pero no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, siendo
muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los
otros.”
Todos los creyentes pasan a ser parte del cuerpo de Cristo, la iglesia. Observe
que dice un cuerpo, uno, en el cual participan judíos y gentiles. Uno, en el que
todos los miembros tienen diferentes funciones. La unidad de la iglesia como el
cuerpo de Cristo es una de vital importancia, pues todas las partes del cuerpo se
necesitan y unidas forman el mismo. Pablo llama a los creyentes a tener una
actitud de humildad frente a Dios y a expresarla dentro de la vida de comunidad
que forman los creyentes, la iglesia.
12:6-8 “De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos
es dada, si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe; o si de
servicio, en servir; o el que enseña, en la enseñanza; el que exhorta, en la
exhortación; el que reparte, con liberalidad; el que preside, con solicitud; el
que hace misericordia, con alegría.”
Los dones no son nuestros, pues ni los poseíamos, ni los ganamos. Estos son
capacidades de orden espiritual, otorgados a los creyentes por el Espíritu Santo
para el desarrollo y la edificación de la obra de Cristo a través de su iglesia. Los
mismos nos fueron otorgados según la gracia que nos es dada. Aunque el cuerpo
es uno, hay diversidad de dones. Pablo no pretende hacer una lista completa de
todos los dones que recibe el creyente. Es importante que los creyentes se
percaten de la diversidad de operaciones del Espíritu, a fin de estimular a cada
uno al desarrollo y a la acción de los mismos. Todos somos llamados a dar fruto
según el don que hayamos recibido. Dios no nos llama a presumir de lo que
carecemos, sino que nos llama a ejecutar el don o los dones que poseemos por
gracia.
Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos
administradores de la multiforme gracia de Dios. (1P. 4:10)
12:9-10 “El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo malo, seguid lo bueno.
Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra,
prefiriéndoos los unos a los otros.”
Por encima de cualquier manifestación espiritual, lo más importante será el
propósito o la razón de la misma. No hay mayor virtud en la vida cristiana que el
amor ni mayor testimonio que la manifestación del amor. De ahí, que el amor sea
sin fingimiento, lo que supone que el uso de los dones es para edificación. Los
dones manifiestan nuestro amor al prójimo y a Dios.
Procurad, pues, los dones mejores. Mas yo os muestro un camino aun más
excelente. Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y [no tengo amor, vengo a
ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe]. Y si tuviese profecía, y
entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal
manera que trasladase los montes, y [no tengo amor, nada soy]. Y si repartiese
todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo
para ser quemado, y [no tengo amor, de nada me sirve]. (1Corintio 12:31 y 13:1-
3)
Para que el don cumpla su propósito debe ser guiado por el amor. Los creyentes
deben apoyarse y sustentarse, pues el avance y el crecimiento de otros debe ser
el gozo de todos y la desdicha de otros nuestra tristeza. No existe una familia
más importante que la familia de la fe. Después de todo, es con la que vamos a
compartir la eternidad.
12:11 “En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu,
sirviendo al Señor.”
Pablo exhorta a los creyentes a no ser perezosos, sino diligentes, fervientes en el
Espíritu. Los creyentes no han de perder de perspectiva a quién sirven y por qué
sirven. Todo lo que lo que el creyente hace debe hacerlo para el Señor y no para
los hombres.
12:12-13 “gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en
la oración; compartiendo para las necesidades de los santos; practicando la
hospitalidad.”
Los creyentes deben permanecer juntos en la esperanza de salvación a la que
fueron llamados, constantes en la comunión y en la oración, compartiendo como
hermanos y practicando la hospitalidad. Nuestro testimonio debe evidenciarse en
la forma en la que nos relacionamos con otros y especialmente con la familia de
la fe. Nuestro cristianismo tiene que evidenciarse en cómo nos ocupamos de los
demás.
12:14 “Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis.”
El reto mayor lo enfrentamos cuando somos llamados a perdonar y a hacer el
bien a aquellos que nos maldicen, maltratan y persiguen. El cristianismo no se
trata de no hacerle a otros, lo que no nos gustaría que nos hicieran, sino que se
trata de hacer con otros como nos gustaría que nos hicieran.
12:15 “Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran.”
El creyente debe gozarse con la bendición de otros y no sentir celos, así como
debe llorar y consolar a los que padecen necesidad, enfermedad y persecución,
entre otros.
12:16 “Unánimes entre vosotros; no altivos, sino asociándoos con los
humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión.”
El creyente no debe confiar en sí mismo. Esto es, ser sabio en su propia opinión,
sino que debe permanecer junto con los humildes, con otros creyentes. La
realidad es que la humildad es una virtud a cosechar en nuestra vida plagada de
orgullo y autosuficiencia.
Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad,
estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada
uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. (Filipenses
2:3-4)
12:17 “No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos
los hombres.”
Los cristianos han de procurar en todo lo que hacen y emprendan el beneficio de
los demás. Una característica muy propia del egoísmo es que todo lo mide sobre
la base del beneficio particular. Sin embargo, Dios nos llama a velar por otros y a
hacer las cosas para su beneficio. También, debemos ocuparnos de nuestro
testimonio cuidando nuestra manera de vivir frente a todos. Nuestro testimonio
es una de las cosas más importantes en la vida cristiana, pues con el mismo
honramos a Dios o le deshonramos.
12:18 “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos
los hombres.”
Debemos procurar la paz y con más tesón cuando la misma dependa de nosotros.
El cristiano no debe iniciar, promover, sustentar ni alentar el conflicto. Éste debe
vivir en paz con los creyentes y con los no creyentes. Conocer la verdad y vivir
por ella, no otorga el derecho de pensar que se puede atropellar a otros.
12:19-21 “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a
la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el
Señor. Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed,
dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su
cabeza. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal.”
Los creyentes han de confiar en el cuidado y en la protección de Dios. Somos
llamados a realizar todo el bien que podamos principalmente a los hermanos de
la fe y aun a aquellos que nos han hecho mal. Dios demanda que hagamos el
bien y que dejemos los resultados en sus manos. No debemos rendirnos ante la
adversidad, sino que debemos entender que existe un poder mayor, el del amor.
El amor y no el odio es la clave para una apropiada proclamación del mensaje de
Cristo.
ROMANOS 13
En el capítulo trece, Pablo desarrolla el tema de cómo deben ser las relaciones
entre los cristianos y las autoridades superiores, los ciudadanos en general y las
actividades seculares.
13:1-2 “Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay
autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido
establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido
por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos.”
Los creyentes, aunque ciudadanos del reino de los cielos (Fil. 3:20), son
llamados a sujetarse a las autoridades superiores, por cuanto han sido ordenadas
por Dios (1P. 2:13-15). Es de conocimiento general que uno de los problemas
principales de los seres humanos es el rechazo a la autoridad. Nuestra naturaleza
caída reclama independencia hacia todo aquello que reclame poder sobre nuestra
voluntad. Queremos ser amos y dueños de nuestra vida, pero Dios colocó todo lo
creado bajo orden, en lo cual debe haber sujeción a la autoridad. Rebelarse
contra la autoridad, es revelarse contra lo establecido por Dios. Esto no implica
que todas las personas ejerzan autoridad dictaminen siempre o ejecuten aquello
que es correcto, sino que no debemos rebelarnos contra el gobierno, la estructura
que sostiene y da orden a lo creado. Nuestro deber por encima de cualquier
dictamen humano es la obediencia a Dios, pero no podemos usarla como una
excusa para no colocarnos bajo la ley y el orden establecidos. Si el creyente ve
que lo establecido por el gobierno es contrario a la ley de Dios previamente
establecida, no está en semejante situación obligado a sujetarse.
13:3 “Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el
bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y
tendrás alabanza de ella”
Ningún magistrado ha sido colocado por Dios para infundir temor ni terror, sino
para garantizar el orden. Ahora bien, el mismo tiene el deber por parte de Dios
de llevar a cabo su función, así que los que hacen el mal deben temer. Los
creyentes debemos ser los primeros en reconocer el orden y sujetarnos al mismo.
Dios nos dice como a Caín:
Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a
la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él. (Génesis
4:7)
13:4 “porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme;
porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para
castigar al que hace lo malo”
Pablo llama al gobierno, servidor de Dios. Servidores con la autoridad delegada
por Dios para ejecutar el cumplimiento de la justicia y el orden social. En este
pasaje se nos dice explícitamente que los gobiernos tienen autoridad para
ejecutar sentencia justa o proporcional a la falta o delito.
13:5 “Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del
castigo, sino también por causa de la conciencia”
Pablo expone que aunque debemos obedecer por razón de temor al castigo,
también debemos hacerlo por motivos de nuestra nueva conciencia. Los
creyentes somos llamados a ser los primeros en entender y obedecer esto. Los
mandamientos de Dios, como dice el apóstol Juan, no son gravosos. Los
cristianos no podemos usar de excusa que no somos de este mundo, como un
pretexto para no cumplir la ley.
13:6 “Pues por esto pagáis también los tributos, porque son servidores de
Dios que atienden continuamente a esto mismo”
El apóstol presenta que no basta con tener una buena actitud frente a la ley y el
estado, sino que debemos pagar nuestro tributo. Dios espera que demos al César
lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. El sistema que provee para el
orden social debe ser también sostenido de manera económica. No estamos
entrando en la consideración de si debemos o no hacerlo, si lo establecido por un
estado es justo o no lo es o de si los fondos son utilizados de la manera
apropiada o no lo son. Estamos hablando del principio bíblico de sujeción al
orden.
13:7 “Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto,
impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra”
Pablo enseña que dicho principio de sumisión y de respeto a la autoridad, no se
circunscribe a los gobiernos sino a toda estructura que Dios haya establecido.
Algunos ejemplos de esta estructura lo son los hijos a los padres, los miembros
de la iglesia al pastor (es) y el empleado con su patrono, entre otros. Debemos
respetar a todo aquel que ha sido puesto por Dios para presidir algo. La honra va
más allá de respetarlos, puesto que implica sostenerlos y apoyarlos por la misma
razón que Pablo estableciera sobre el principio relacionado con los gobiernos o
magistrados.
13:8-10 “No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros; porque el que
ama al prójimo, ha cumplido la ley. Porque: No adulterarás, no matarás, no
hurtarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás, y cualquier otro
mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti
mismo. El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es
el amor”
Es nuestro deber como cristianos obedecer y amar a Dios, así como a nuestro
prójimo. Deber que se fundamenta en el propósito de la ley, que es más
importante que la propia ley, ya que le sostiene. De otro modo, que el propósito
ulterior de la ley de Dios no es uno solamente de obediencia, sino de la
preservación y el disfrute de todo lo establecido en la creación.
Si nos tornáramos al origen de la creación, la obediencia a Dios con relación a
no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, tenía el propósito de que
Adán y Eva pudieran disfrutar a plenitud de todo lo creado por Dios. Por
consiguiente, la ley refleja el amor de Dios al mostrarnos de antemano aquello
que nos hará daño.
El amor es el bien supremo, razón detrás de la ley de Dios y el camino a su
cumplimiento. De manera que aquellos que van tras la lujuria, las meras
pasiones o la auto gratificación no podrán amar a su prójimo jamás. Aquellos
que viven únicamente para complacer sus propios apetitos egoístas y carnales,
terminarán deshonrando y haciéndole daño a su prójimo.
Nadie negará la importancia que el amor juega en las relaciones interpersonales
y en la fe cristiana. Sin embargo, la veracidad del amor no reside en la
manifestación de un sentimiento o en la expresión de un acto de bondad, sino en
la obediencia a la verdad. Esta aseveración supone que existe una relación entre
la obediencia y el amor fraternal. Si se le preguntara a un grupo de personas qué
se debe hacer con el fin de expresar amor hacia los demás, dudo que se halle a
alguien, cuya contestación sea la obediencia a Dios.
No obstante, la Escritura presenta que el verdadero amor proviene de Dios y
afirma que la obediencia a sus mandamientos es la mejor evidencia de nuestro
amor a Dios (Jn. 14:15). Este versículo expone que mediante la obra del Espíritu
Santo, el creyente es purificado en su alma para obedecer la verdad, con el
propósito de mostrar un amor genuino hacia los demás.
Observe, cuán importante es la obediencia a la verdad, por cuanto nos guía y
muestra lo que es correcto para saber cómo conducirnos y relacionarnos con
nuestros semejantes.
El punto que Pablo destaca en Romanos 13:8-10, es que existe una estrecha
relación entre la obediencia a la palabra de Dios y la manifestación del
verdadero amor. Por consiguiente, la obediencia a Dios es la más sublime
expresión de amor hacia él y hacia el prójimo, ya que obedeciendo a Dios, jamás
lastimaremos a nuestros semejantes.
13:11 “Y esto, conociendo el tiempo, que es ya hora de levantarnos del
sueño; porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que
cuando creímos”
Los creyentes debemos vivir de una manera proactiva; a vivir cada día como si
fuera el último día y a trabajar como si faltasen muchos días. Por ende, los
creyentes somos llamados a vivir en la espera de la segunda venida de Jesucristo.
13:12 “La noche está avanzada, y se acerca el día. Desechemos, pues, las
obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz”
Pablo vivía con la mentalidad de que cada día que pasaba debía ser considerado
como un día menos en el calendario de Dios. De manera que cada día debía
enfrentarse con gozo y con expectativas, pero sobretodo, con reverencia ante
aquel que los había sacado de las tinieblas al reino de la luz.
13:13-14 “Andemos como de día, honestamente; no en glotonerías y
borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia sino
vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne”
El creyente tiene la responsabilidad de redimir el tiempo sabiamente, esto es, a
ser buenos mayordomos del mismo. Debe darle prioridad a lo que de verdad lo
tiene, a no ocupar el tiempo, esfuerzo y recursos, en aquello que no contribuye a
nada. Hoy dedicamos más tiempo a todo tipo de distracciones y pasatiempos,
que a lo que realmente es importante. Lamentablemente, pagamos para perder
nuestro tiempo, para embrutecernos y permanecer ajenos a la realidad de la vida.
Debemos vestirnos como gente que ha sido transformada, como hijos de Dios.
Es responsabilidad de cada creyente alejarse de todo aquello que es contrario al
Espíritu de Dios.
ROMANOS 14
En la iglesia del Señor Jesucristo todos los convocados por la soberana gracia de
Dios están en pleno crecimiento. No obstante; aunque ninguno ha alcanzado la
total madurez cristiana, todos son hijos de Dios.
Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que
hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a
él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él,
se purifica a sí mismo, así como él es puro. (1Jn. 3:2-3)
Los creyentes hemos sido rescatados de diferentes condiciones, pueblos,
lenguas, costumbres, tradiciones, creencias, clases sociales y niveles de
conocimiento, entre otros. Sin embargo, estamos unidos en un solo cuerpo, la
iglesia de Cristo. En la misma se lleva a cabo un proceso de transformación
individual y a la vez uno de manera colectiva.
Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo
de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.
(Ef. 4:13)
Naturalmente, el crecimiento implica dolores de crecimiento. Desde el inicio de
la iglesia podemos ver diferencias de criterio y un proceso de adaptación a la
misma, de los cuales el apóstol deseaba que la iglesia de Roma estuviera
consciente. Dios nos ha llamado a la unidad por su Espíritu y a fundamentarnos
en su Santa Palabra.
14:1 “Recibid al débil en la fe, pero no para contender sobre opiniones”
Ningún hombre es la medida de todas las cosas, pues únicamente Cristo es la
medida de todas ellas. En el cristianismo no hay espacio para protagonismos,
sino para el servicio a Dios. Los hijos del reino de Dios son solamente
colaboradores. En la iglesia del Señor no debe haber cabida para el orgullo,
excepto el espacio para la humildad. En la misma no debe prosperar el odio, el
rencor o el enojo, sino que se debe aprender a crecer en amor. Nada tenemos que
no hayamos recibido por pura gracia, entonces, ¿por qué el orgullo, la arrogancia
y la prepotencia de algunos? Como dice la Escritura, debemos vestirnos como
escogidos de Dios con amor y paciencia, cargándonos los unos a los otros, no
sea que terminemos menospreciando a un hermano, por el cual Cristo también
dio su vida.
Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la
vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre,
soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar
la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu, como
fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un
Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre
todos, y por todos, y en todos. (Ef. 4:1-6)
En la iglesia, los más fuertes o maduros en la fe deben sostener y cuidar a los
mas débiles en ella. En la convivencia cristiana es natural que existan
desacuerdos, pero deben ser resueltos con amor y sobre la base de la palabra de
Dios. La iglesia jamás podrá guardar la unidad del cuerpo dando paso a
opiniones humanas. El pegamento de la iglesia es la palabra de Dios. La iglesia
de Cristo es llamada a permanecer perfectamente unida en una misma mente y
en un mismo parecer.
Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que
habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que
estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer.
(1Co. 1:10)
14:2-3 “Porque uno cree que se ha de comer de todo; otro, que es débil,
come legumbres. El que come, no menosprecie al que no come, y el que no
come, no juzgue al que come; porque Dios le ha recibido”
Es importante crear conciencia de que siempre ha existido y existirá diferencias
en la iglesia. Las mismas son parte de nuestra humanidad pecaminosa y de
nuestra ignorancia de la palabra de Dios. La iglesia nunca ha sido perfecta. Ésta
se asemeja en la realidad a una sala de emergencia de un hospital, en donde
todos los creyentes son pacientes de un mismo médico, nuestro Señor Jesucristo.
Lo que no podemos perder de vista es que a pesar de las diferencias de criterio y
de opinión, el punto o marco de referencia en común del cual asirnos es la
palabra de Dios. La Biblia y sólo la Biblia es nuestra lámpara y guía.
Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en
estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día
esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones; entendiendo
primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada,
porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos
hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo. (2P. 1:19-21)
Es lamentable que la iglesia se divida muchas veces por trivialidades y
pequeñeces. Peor aún, que no busque escudriñar la palabra de Dios con seriedad
y humildad para encontrar la verdad antes de tomar decisiones o mantener
posturas. Dios no nos mandó a añadirle a su Palabra, pero tampoco nos mandó a
quitarle.
No obstante, hay esperanza, pues Dios colocó dones y ministerios en la iglesia
para su edificación.
Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros,
evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para
la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que
todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un
varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo; para que ya no
seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por
estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del
error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es
la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre
sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad
propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en
amor. (Ef. 4:11-16)
14:4 “¿Tú quién eres, que juzgas al criado ajeno? Para su propio señor está
en pie, o cae; pero estará firme, porque poderoso es el Señor para hacerle
estar firme”
Los creyentes no hemos sido llamados a juzgarnos los unos a los otros en
términos de la salvación, pero sí para estimularnos los unos a los otros en amor y
a las buenas obras. Cada creyente, según el apóstol Pablo, cae o permanece para
el Señor. Por tal razón, debemos tener cuidado en no inmiscuirnos demasiado en
la vida de los demás, sino en la nuestra. Es necesario ver primero la viga de
nuestro ojo y trabajar con ella, para luego poder ayudar a nuestro hermano con la
paja de su ojo. Ver nuestra propia debilidad nos ayudará a ser misericordiosos,
como el apóstol dijera, a continuación:
No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que
juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido. ¿Y por
qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga
que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de
tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu
propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.
(Mt. 7:1-5)
Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois
espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti
mismo, no sea que tú también seas tentado. (Gá. 6:1)
Dios es poderoso para permitir la caída de alguno con algún propósito o ¿no es
esto lo que a menudo sucede?
Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para
zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una
vez vuelto, confirma a tus hermanos. (Lc. 22:31-32)
El propósito Paulino en este versículo es presentar que nuestro deber primario es
cuidar de nuestra manera de vivir ante los hombres y ante Dios. No es nuestra
responsabilidad andar determinando quién es hermano en la fe y quién no lo es,
pues ese es asunto del Señor.
14:5-6 “Uno hace diferencia entre día y día; otro juzga iguales todos los
días. Cada uno esté plenamente convencido en su propia mente. El que hace
caso del día, lo hace para el Señor; y el que no hace caso del día, para el
Señor no lo hace. El que come, para el Señor come, porque da gracias a
Dios; y el que no come, para el Señor no come, y da gracias a Dios”
El apóstol enseña que hagamos lo que hagamos, debemos hacerlo por convicción
y para el Señor. De manera que, lo que emprendamos, lo hagamos para él, con
acción de gracias. Los principios serán siempre más importantes que los
mandatos, pues los sostienen. Guardar el sábado era importante, pero no estaba
por encima de socorrer o de extenderle la mano a un hermano; aunque ello fuera
considerado como trabajo.
Y les dijo: ¿Es lícito en los días de reposo hacer bien, o hacer mal; salvar la
vida, o quitarla? Pero ellos callaban. Entonces, mirándolos alrededor con enojo,
entristecido por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: Extiende tu mano.
Y él la extendió, y la mano le fue restaurada sana. (Mr. 3:4-5)
Debemos ser cuidadosos de no ser tan dogmáticos en asuntos que no están claros
en la Biblia. No podemos hacer de nuestras opiniones la palabra de Dios.
Tampoco, debemos despreciar a otros creyentes porque hacen algo diferente, a
no ser que sea una violación a un mandamiento directo de la palabra de Dios.
14:7-9 “Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí.
Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor
morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos.
Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así
de los muertos como de los que viven”
Ninguno de los elegidos fue llamado a vivir para sí mismo. Nuestra vida no
depende de nosotros, sino de Dios. A los creyentes nos es necesario aprender a
confiar en aquel que con amor eterno nos amó. La muerte ya no es un problema,
sino un paso garantizado hacia la eternidad con Dios. Allí, Jesús nos espera
como el padre espera al hijo pródigo, con gozo. Nada de lo que hagamos podrá
separarnos de Dios, pues a él le pertenecemos. De modo, que nada de lo que
suceda nos podrá separar de él. Cristo es nuestro dueño y la razón por la cual
vivimos.
14:10-13 “Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué
menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal
de Cristo. Porque escrito está: Vivo yo, dice el Señor, que ante mí se doblará
toda rodilla, Y toda lengua confesará a Dios. De manera que cada uno de
nosotros dará a Dios cuenta de sí. Así que, ya no nos juzguemos más los
unos a los otros, sino más bien decidid no poner tropiezo u ocasión de caer
al hermano”
El único que tiene autoridad y puede juzgar con juicio justo es Dios. Sólo uno
murió y resucitó por nosotros, Jesucristo. A continuación, la amonestación de
Pablo, en el capítulo dos de Romanos, sobre juzgar a otros:
Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que
juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que
juzgas haces lo mismo. Mas sabemos que el juicio de Dios contra los que
practican tales cosas es según verdad. ¿Y piensas esto, oh hombre, tú que juzgas
a los que tal hacen, y haces lo mismo, que tú escaparás del juicio de Dios? (Ro.
2:1-3)
Todos compareceremos ante el tribunal de Cristo. Siendo así, deberíamos tener
cuidado con nuestra manera de juzgar a otros, pues con la misma medida con la
que medimos, seremos juzgados y aún más, por no haber sido misericordiosos.
Porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere
misericordia; y la misericordia triunfa sobre el juicio. (Stg. 2:13)
Hemos de cuidarnos en no ser de tropiezo a nuestros hermanos, pues nuestro
primer llamado es a su restauración. Lamentablemente, del árbol caído todos
somos tentados a hacer leña. Quien fuera mi pastor, el Reverendo Carlos Cortés
dijo una vez: “Somos el único ejército que asesina a sus propios heridos en vez
de curarlos.” Recuerdo como hoy sus palabras: “La iglesia está llamada a barrer
hacia dentro, no hacia afuera.” También decía: “La iglesia siempre será
semejante a una sala de emergencia de un hospital, nunca lo pierda de vista.” En
una reunión de pastores bautistas del Sur en Puerto Rico dijo con gran sabiduría:
“Tristemente, hemos dejado solos a nuestros hermanos en combate, cuando
deberíamos unirnos como lo hacían los romanos en la formación de tortuga. En
dicha posición cada soldado se acercaba lo suficiente para unir escudos y fuerza,
de manera tal, que pudieran resistir el ataque del enemigo.” Sin duda alguna,
Dios se agrada cuando ve que el amor entre sus hijos cubre multitud de faltas.
14:14-21 “Yo sé, y confío en el Señor Jesús, que nada es inmundo en sí
mismo; mas para el que piensa que algo es inmundo, para él lo es. Pero si
por causa de la comida tu hermano es contristado, ya no andas conforme al
amor. No hagas que por la comida tuya se pierda aquel por quien Cristo
murió. No sea, pues, vituperado vuestro bien; porque el reino de Dios no es
comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. Porque el
que en esto sirve a Cristo, agrada a Dios, y es aprobado por los hombres. Así
que, sigamos lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación. No
destruyas la obra de Dios por causa de la comida. Todas las cosas a la
verdad son limpias; pero es malo que el hombre haga tropezar a otros con lo
que come. Bueno es no comer carne, ni beber vino, ni nada en que tu
hermano tropiece, o se ofenda, o se debilite.”
El apóstol se reitera en la exhortación de tener cuidado con los hermanos, no
porque podamos hacer que un hermano se pierda. No debemos ser obstáculo en
la obra de Dios, no sea que creyendo que le ayudamos, nos convirtamos en los
verdugos del diablo. La palabra “se pierda” del griego ἀπόλλυμι, “apólumi”
significa destruir completamente (reflexivamente perecer, o perder), literalmente
o figurativamente: destruir, matar, morir, perder, perdido, perecedero, perecer.53
A diferencia del no creyente, el verdadero creyente no puede hallar pleno deleite
en el pecado, pues la simiente de Dios, el mismo Espíritu Santo, que habita en él,
le contritará de pecado. Esto no impide que en algún momento se amoneste al
hermano, pero el acercamiento y el propósito deben ser los correctos; la
restauración y la edificación. La empatía es una virtud de aquellos que están en
la misma condición. No es bueno olvidar que su techo también es de cristal.
Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois
espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti
mismo, no sea que tú también seas tentado. Sobrellevad los unos las cargas de
los otros, y cumplid así la ley de Cristo. Porque el que se cree ser algo, no siendo
nada, a sí mismo se engaña.(Gá. 6:1-3)
No estamos bajo ninguna circunstancia minimizando, ni justificando nuestras
faltas, por las cuales Jesús murió para redimirnos, sino que es preciso y
necesario no hacer vana la cruz de Cristo. Jesús le pidió a sus discípulos que
dejaran en sus manos sacar el trigo de la cizaña. ¿Significa esto que debemos
dejar que el pecado de manera abierta y deliberada permee la iglesia? NO. La
Escritura es clara al decir que después de varias amonestaciones hacia un
hermano en la fe y de éste persistir en una conducta claramente inapropiada, el
tal sea tenido como impío y no grato en la comunidad de fe, pero también dice
que si posteriormente evidenciara una experiencia de arrepentimiento, en tal
caso sea restaurado en la comunidad de fe.
Pero si alguno me ha causado tristeza, no me la ha causado a mí solo, sino
en cierto modo (por no exagerar) a todos vosotros. Le basta a tal persona esta
reprensión hecha por muchos; así que, al contrario, vosotros más bien debéis
perdonarle y consolarle, para que no sea consumido de demasiada tristeza. Por lo
cual os ruego que confirméis el amor para con él. Porque también para este fin
os escribí, para tener la prueba de si vosotros sois obedientes en todo. Y al
que vosotros perdonáis, yo también; porque también yo lo que he perdonado, si
algo he perdonado, por vosotros lo he hecho en presencia de Cristo, para que
Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus
maquinaciones. (2Co. 2:5-11)
El reino de Dios es mucho más que festividades, tradiciones y dogmas, por
cuanto es el gobierno de Dios sobre la tierra, es compañerismo y amor entre sus
hijos. Debemos persistir en aquello que contribuye a la paz y a la sana
convivencia. Debemos apoyar a los que van creciendo en la fe, no para disentir
dice Pablo, sino para estimularlos al crecimiento. No importa cuán legítimo
pueda parecer un reclamo, Pablo nos reitera que el amor está por encima de todo.
Aún el día de reposo fue hecho para el hombre. El que lea entienda, misericordia
quiero y no sacrificios. La verdad no nos otorga el derecho de humillar, ni de
aplastar o pisotear a nuestro hermano.
Pablo afirma que nuestro testimonio como creyentes y la expresión del mismo es
más importante que lo que hacemos. ¿Sabía que Dios está más interesado en el
ser, que en el hacer? Para Dios, siempre será más importante lo que somos que lo
que hacemos, como lo expresara el apóstol Pablo en los primeros versículos de
1Corintios 13.
Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser
como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y
entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal
manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese
todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para
ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve. (1Co. 13:1-3)
Todo lo que pueda parecer ofensivo a nuestro hermano se nos aconseja de no
llevarlo a cabo, no por motivo de nuestra conciencia, sino por la conciencia de
nuestro hermano. Todo aquello que sea propiciador, agente de controversia o
disputa, debemos evitarlo ejerciendo la prudencia, la consideración y la
madurez.
14:22-23 “¿Tienes tú fe? Tenla para contigo delante de Dios.
Bienaventurado el que no se condena a sí mismo en lo que aprueba. Pero el
que duda sobre lo que come, es condenado, porque no lo hace con fe; y todo
lo que no proviene de fe, es pecado.”
La madurez de nuestra fe debe evidenciarse en lo que creemos, pero también en
la manera en la que nos conducimos o comportamos. El amor es la mayor virtud
cristiana y no la fe, puesto que la fe en la Palabra es llamada a obrar por el amor.
porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión,
sino la fe que obra por el amor. (Gá. 5:6)
Concluimos que es necesario llevar a cabo todo aquello de lo cual tengamos una
profunda convicción, siempre y cuando esté basado en la palabra de Dios. Lo
que realicemos, hagámoslo para la gloria de Dios entendiendo que aquello que
contribuye a su gloria, edifica y estima a los demás.
ROMANOS 15
15:1 “Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los
débiles, y no agradarnos a nosotros mismos”
El “así que” hace referencia al capítulo anterior, Romanos 14, por cuanto es
continuación del mismo tema. En Romanos 15, Pablo continúa exhortando y
amonestando a los que han alcanzado madurez a ayudar a los hermanos mas
débiles en la fey no a compararse con ellos o a juzgarles.
Recibid al débil en la fe, pero no para contender sobre opiniones. (Ro.
14:1)
Debemos resistir la tentación de sentirnos superiores, comparándonos con algún
hermano que consideremos menos digno o más débil. Somos llamados a
ayudarnos y no a compararnos, pues la meta de cada creyente es llegar a la
estatura de la medida de la plenitud de Cristo.
hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo
de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.
(Ef. 4:13)
15:2 “Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para
edificación.”
Nuestro llamado es ser de bendición a otros. El egoísmo irracional no debe
gobernar la vida del cristiano, por lo que debe madurar. Somos llamados a hacer
las cosas, no para nuestro beneficio, sino para el de nuestro hermano, para la
edificación del cuerpo de Cristo. De ahí, que la palabra de Dios nos insta a velar
siempre por el bienestar de nuestros hermanos y el de la sociedad en general.
Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad,
estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada
uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. (Fil. 2:3-4)
Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y
acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que
están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad
y honestidad. (1Tm. 2:1-2)
15:3 “Porque ni aun Cristo se agradó a sí mismo; antes bien, como está
escrito: Los vituperios de los que te vituperaban, cayeron sobre mí.”
Pablo presenta a Cristo como ejemplo a seguir. Encontramos también ejemplo de
esto en la primera carta del apóstol Pedro.
Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por
nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo
pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no
respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la
causa al que juzga justamente; quien llevó él mismo nuestros pecados en su
cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados,
vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados. Porque vosotros erais
como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Obispo de
vuestras almas. (1P. 2:21-25)
Jesús nunca abusó de su posición para sacar ventaja. Lo que esperaba que otros
hicieran, él lo llevaba primero a cabo. De manera que cuando hablaba, sus
hechos precedían a sus palabras. Tristemente, muchas veces hablamos y
señalamos lo que debería ser y no necesariamente consideramos lo que hacemos.
Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros,
así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas. (Mt.
7:12)
Debemos emular a Jesús, quien estuvo dispuesto a darse por otros y sobre todo,
por aquellos que no podían pagarle o devolverle el favor.
15: 4 “Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se
escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras,
tengamos esperanza.”
Pablo anima a los creyentes a contemplar las Sagradas Escrituras de manera tal,
que sus principios lleguen a formar parte de su mentalidad y esperanza. Somos
llamados a armonizar nuestro pensamiento y vida con las Escrituras y no que
ellas se ajusten a nosotros. La mejor fuente de sabiduría y enseñanza se halla en
la Biblia. Es lamentable que en nuestros días pocos creyentes realmente
dediquen tiempo a su lectura y estudio. Irónicamente, sacan tiempo para leer lo
que otros dicen sobre ella. Hemos perdido la confianza en que el Espíritu Santo
nos guiará a toda verdad y a toda justicia, por cuanto dependemos muchas veces
de otros para entenderla, como si Dios no pudiera iluminarnos para
comprenderla. La excusa común es que no la leen porque no la entienden. Me
pregunto, si esto es una excusa o si responde a la gran cantidad de falsas
conversiones, ya que, únicamente el creyente está capacitado para entenderla.
Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, Ni han
subido en corazón de hombre, Son las que Dios ha preparado para los que le
aman. Pero [Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu]; porque el Espíritu
todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe
las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco
nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y [nosotros no
hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios,
para que sepamos lo que Dios nos ha concedido], lo cual también
hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que
enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual. Pero [el hombre
natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él
son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir
espiritualmente.] En cambio el espiritual juzga todas las cosas; pero él no
es juzgado de nadie. Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le
instruirá? [Mas nosotros tenemos la mente de Cristo.] (1Co. 2:9-16)
15:5 “Pero el Dios de la paciencia y de la consolación os dé entre vosotros un
mismo sentir según Cristo Jesús”
Las Sagradas Escrituras han de ser el punto de referencia de la iglesia y no la voz
o la interpretación de ningún hombre. Un mismo sentir implica una misma
mente. La palabra sentir del griego φρονέω, “froneo” significa pensar, tener
solicitud.54 Pablo expresa la misma idea en la carta a los Filipenses cuando
expone que los creyentes deberíamos tener la misma forma de pensar de Cristo.
Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el
cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que
aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho
semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí
mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. (Fil. 2:5-8)
Las Sagradas Escrituras proveen el medio por el cual la iglesia puede sentirse
segura y puede aguardar con paciencia lo establecido o prometido por Dios. Es
únicamente a través de la Escritura que podemos hallar y proveer consolación a
los que la necesitan. Por ende, la Palabra de Dios provee el marco o el punto de
referencia para la unidad en la iglesia. Fuera de la misma, estaremos sumidos en
una diversidad de opiniones, suposiciones y contradicciones.
15:6 “Para que unánimes, a una voz, glorifiquéis al Dios y Padre de nuestro
Señor Jesucristo”
La iglesia puede hablar al unísono cuando la Palabra tiene preeminencia sobre
las opiniones. Debemos alejarnos de una mente formada por dogmas,
estratagemas de hombres y filosofías humanas. Necesitamos hacer caso a la
palabra de Dios. No obstante, no existe unida en la uniformidad. Somos
diferentes, pero todos somos llamados a parecernos a Jesucristo (Ro. 8:29). Dios
no nos llamó a ser copias de nadie que no sea Cristo. En Jesucristo, el creyente
no pierde su individualidad, sino que la misma es transformada para la gloria de
Dios.
Es importante tener cuidado de cómo interpretamos la unidad. En la actualidad,
el tema de la unidad es usado como un mecanismo para alejarnos de los
fundamentos bíblicos para no herir los sentimientos de otros llamados hermanos
en la fe. Me pregunto y cuestiono, ¿A qué fe se refieren? Pues la fe bíblica es
definida como confianza y esperanza en la palabra de Dios. Pablo habla de una
fe que es común a todos los creyentes, pues si es común, entonces, ¿por qué
tenemos problemas en hablar conforme a la misma? Nunca olvidemos que nos
debemos primero a Cristo, a su Palabra y a la conciencia cautiva de la misma
antes que a los hombres.
15:7 “Por tanto, recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos
recibió, para gloria de Dios”
Los creyentes hemos de recibirnos y respetarnos en amor. Debemos apoyarnos y
estimularnos. El rechazo deliberado a un hermano es un rechazo a Dios, quien le
recibió y aceptó. Los creyentes somos la verdadera familia de Dios, más que la
familia terrenal o la de sangre, por cuanto somos su familia por la eternidad. Si
hacemos ajustes en nuestra convivencia con nuestra familia terrenal, cuánto más
deberíamos hacer con nuestra familia espiritual.
Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los
santos, y miembros de la familia de Dios, (Ef. 2:19)
15:8-12 “Pues os digo, que Cristo Jesús vino a ser siervo de la circuncisión
para mostrar la verdad de Dios, para confirmar las promesas hechas a los
padres, y para que los gentiles glorifiquen a Dios por su misericordia, como
está escrito: Por tanto, yo te confesaré entre los gentiles, Y cantaré a tu
nombre. Y otra vez dice: Alegraos, gentiles, con su pueblo. Y otra vez:
Alabad al Señor todos los gentiles, Y magnificadle todos los pueblos. Y otra
vez dice Isaías: Estará la raíz de Isaí, Y el que se levantará a regir los
gentiles; Los gentiles esperarán en él”
Pablo anima a los creyentes gentiles a contemplar cómo Jesús se hizo siervo de
la circuncisión o de la ley, para traer la verdad de Dios, el evangelio, con el
propósito de hacer cumplir la promesa de Dios y que ella llegase a alcanzarlos.
Los gentiles debían estar agradecidos por la misericordia de Dios. Los judíos
debían adorarle por su fidelidad a la promesa, a pesar de su constante infidelidad
e incredulidad como nación. Para un judío, la misericordia de Dios era exclusiva
para su pueblo, pero Pablo señala que Dios es rico en misericordia y que según
su plan eterno, su gracia estaba destinada no a unos pocos sino aun a aquellos a
los que nadie esperaría que alcanzase.
15:13 “Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para
que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo”
Pablo ora para que el gozo y la paz abunden en el creer. El apóstol se refiere con
esto al gozo y a la paz como el resultado de la comprensión de la fe. ¡Cómo
podemos gozarnos cuando juzgamos el presente a la luz de lo finito y no de lo
eterno! Cuando juzgamos nuestras circunstancias según lo que tenemos y no
según lo que somos y seremos en Cristo. Cuando vemos solamente lo que se ve
y no confiamos en lo que Dios está haciendo. Cuando creemos que la vida
consiste de pasatiempos y distracciones y no de la gloria de Dios. Cuando
pensamos que la historia de nuestra vida se trata de nosotros y no de Dios.
Cuando presumimos lo que no somos, en vez de dar gracias por lo que se nos es
permitido ser y hacer dentro de su plan. ¿Qué paz podemos tener cuando nuestra
vida depende de la ausencia de conflictos y no nos percatamos de que cada
evento es una oportunidad para crecer y para servir como agentes de consolación
a otros y cuándo el mundo parece acabar con nosotros? Dios nos ha llamado a la
eternidad.
La esperanza del creyente descansa únicamente en el plan de Dios de salvación,
la obra redentora del Hijo en la cruz y la acción regeneradora del Espíritu Santo.
El creyente no depende de su poder para lograr vivir una vida agradable a Dios,
sino del poder del Espíritu Santo con el cual fuimos sellados y quien es, la
garantía de nuestra redención.
En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio
de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu
Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención
de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria. (Ef. 1:13-14)
15:14 “Pero estoy seguro de vosotros, hermanos míos, de que vosotros
mismos estáis llenos de bondad, llenos de todo conocimiento, de tal manera
que podéis amonestaros los unos a los otros”
Pablo presenta que debían amonestarse, siempre y cuando fuera con espíritu de
bondad y no de acuerdo a opiniones subjetivas, sino conforme a la palabra de
Dios. La verdad no nos da el derecho de humillar y de atropellar a otros. Somos
llamados a levantar, a restaurar e inclusive a cargar a nuestros hermanos en la fe
de ser necesario. La amonestación honesta que sale de la palabra de Dios y de un
corazón bondadoso; aunque no sea bien recibida momentáneamente, es necesaria
para la edificación y la pureza del cuerpo de Cristo, la iglesia.
Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin
levadura como sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por
nosotros. Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la
levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de
verdad. (1Co. 5:7-8)
15:15-16 “Mas os he escrito, hermanos, en parte con atrevimiento, como
para haceros recordar, por la gracia que de Dios me es dada para ser
ministro de Jesucristo a los gentiles, ministrando el evangelio de Dios, para
que los gentiles le sean ofrenda agradable, santificada por el Espíritu Santo”
Pablo es sincero al declararles que aunque osaba en parte con atrevimiento, no
obstante, su propósito era genuino. El apóstol deseaba verlos edificados en la fe,
a la cual habían sido llamados por la gracia de Dios. La gracia en el evangelio
llama a los creyentes a vivir como una ofrenda agradable, santificada por el
Espíritu Santo a Dios.
15:17-19 “Tengo, pues, de qué gloriarme en Cristo Jesús en lo que a Dios se
refiere. Porque no osaría hablar sino de lo que Cristo ha hecho por medio de
mí para la obediencia de los gentiles, con la palabra y con las obras con
potencia de señales y prodigios, en el poder del Espíritu de Dios; de manera
que desde Jerusalén, y por los alrededores hasta Ilírico, todo lo he llenado
del evangelio de Cristo”
Aunque Pablo había sido honesto al comunicarles que había escrito en parte con
atrevimiento, no obstante, les recuerda que no debían malinterpretar su posición
con respecto a su llamamiento. Sus credenciales como estudioso de la ley y
sobre todo su competencia, según el don recibido, le calificaban para predicar
entre los gentiles así como entre los judíos. Pablo predicaba según la autoridad
recibida por Dios conforme a su apostolado, pero sobre todo con testimonio de
obras, tanto de la manifestación del poder de Dios en su ministerio como del
trabajo de sus manos. De modo que Pablo esperaba que su carta fuera vista no
como la de hombre ni una escrita por hombre, sino una de parte de Dios.
15:20-21 “Y de esta manera me esforcé a predicar el evangelio, no donde
Cristo ya hubiese sido nombrado, para no edificar sobre fundamento ajeno
sino, como está escrito: Aquellos a quienes nunca les fue anunciado acerca
de él, verán; Y los que nunca han oído de él, entenderán”
Pablo se esforzaba en llevar a cabo su ministerio donde otros no habían llegado
para que no se duplicaran los esfuerzos y algunos lugares quedaran desprovistos.
Pablo muestra ética ministerial al no tratar de edificar sobre otro fundamento,
refiriéndose no al fundamento del evangelio, sino al respeto debido al llamado
de otros.
15:22-24 “Por esta causa me he visto impedido muchas veces de ir a
vosotros. Pero ahora, no teniendo más campo en estas regiones, y deseando
desde hace muchos años ir a vosotros, cuando vaya a España, iré a vosotros;
porque espero veros al pasar, y ser encaminado allá por vosotros, una vez
que haya gozado con vosotros”
En los versículos previos, el apóstol comunica que su prioridad es llevar el
evangelio donde no lo habían escuchado. También le comunica a los romanos
que en su corazón estaba el deseo de llegar a Roma. Es parte de la madurez de
todo buen líder poner por encima de sus deseos, el llamado o la voluntad de
Dios. Esto se refiere o trata de dónde Dios nos quiere y no de dónde nos gustaría
ir o estar. Pablo creía que las circunstancias eran propicias para dirigirse a Roma,
así que a través de la carta abre paso para dicha posibilidad.
15:25-26 “Mas ahora voy a Jerusalén para ministrar a los santos. Porque
Macedonia y Acaya tuvieron a bien hacer una ofrenda para los pobres que
hay entre los santos que están en Jerusalén”
Pablo se dirige a Jerusalén para ministrar a los santos y para llevar una ofrenda a
los pobres. Es hermoso cuando existe cuidado pastoral, el cual termina
contagiando a la iglesia y llevándola a bendecir la vida de otros. Iglesias que no
esperan sólo recibir, sino que buscan dar y compartir de lo mucho que Dios les
ha dado.
15:28 “Pues les pareció bueno, y son deudores a ellos; porque si los gentiles
han sido hechos participantes de sus bienes espirituales, deben también ellos
ministrarles de los materiales”
Pablo hace referencia al hecho de que los macedónicos y los de Acaya, quienes
eran gentiles, desearan bendecir a los judíos y a los gentiles de Jerusalén,
mostrando el amor y la unidad de cuerpo, el cual debe cuidarse y sustentarse.
Pues si habían recibido alimento espiritual, también debían sostener y ayudar a
los líderes y a la iglesia en Jerusalén.
15:28-29 “Así que, cuando haya concluido esto, y les haya entregado este
fruto, pasaré entre vosotros rumbo a España. Y sé que cuando vaya a
vosotros, llegaré con abundancia de la bendición del evangelio de Cristo”
El apóstol se reitera en recordarles que esperaba después de su visita a Jerusalén
pasar por Roma, en su camino a España. Pablo estaba convencido de que si era
la voluntad de Dios su estadía en Roma, podría hablarles personalmente de las
abundantes bendiciones del evangelio de Cristo.
15:30-33 “Pero os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el
amor del Espíritu, que me ayudéis orando por mí a Dios, para que sea
librado de los rebeldes que están en Judea, y que la ofrenda de mi servicio a
los santos en Jerusalén sea acepta; para que con gozo llegue a vosotros por
la voluntad de Dios, y que sea recreado juntamente con vosotros. Y el Dios
de paz sea con todos vosotros. Amén”
Pablo solicita las oraciones de sus hermanos en Cristo en Roma. Reconocía que
el ministerio al cual había sido llamado requería la oración de sus hermanos. Su
petición era para que Dios le librara de los rebeldes de Judea y que la ofrenda
que llevaba a Jerusalén fuera aceptada. Pablo les expone una vez más su deseo
de poder llegar a Roma, si esto era la voluntad de Dios, para recrearse
juntamente con la iglesia. Finalmente, les recuerda que deben permanecer en el
Dios de paz, pues él es todo lo que el creyente necesita.
ROMANOS 16
Este capítulo finaliza con una serie de recomendaciones, instrucciones y saludos
finales a la iglesia de Roma previo a la visita del apóstol Pablo.
16:1-2 “Os recomiendo además nuestra hermana Febe, la cual es diaconisa
de la iglesia en Cencrea; que la recibáis en el Señor, como es digno de los
santos, y que la ayudéis en cualquier cosa en que necesite de vosotros;
porque ella ha ayudado a muchos, y a mí mismo.”
Pablo recomienda a la hermana Febe como diaconisa para ayudar en las
necesidades de la iglesia, como se desempeñara en la iglesia de Cencrea.
Febe procedía de Cencreas, que era el puerto de Corinto. Algunas veces se
la llama diaconisa; pero no es probable que Febe tuviera una posición oficial en
el ministerio de la iglesia. No ha habido nunca un tiempo en el que el
trabajo de las mujeres no fuera de un valor infinito. Esto debe haber sido
especialmente cierto en los tiempos de la Iglesia Primitiva. En los casos de
bautismo por inmersión -que era la manera corriente entonces-, en las visitas a
los enfermos y en la distribución de ayuda a los necesitados, las mujeres deben
haber representado un papel importante en la vida de las iglesias; pero no
parece que tuvieran cargos oficiales en aquel tiempo.55
Sin embargo, Albert Barnes, mantiene una opinión diferente a William Barclay
con relación a las tareas o los ministerios permitidos por la iglesia en el Nuevo
Testamento.
La cual es una sierva, del griego, “Quién es una diaconisa.” Está claro en el
Nuevo Testamento que había una orden de mujeres en la iglesia conocida como
"diaconisas.” La referencia es hecha a una clase de mujeres cuyo deber era
"enseñar" a otras hembras, y tomar la dirección general de esa parte en la iglesia,
en varios sitios en el Nuevo Testamento; y su existencia es expresamente
afirmada en la historia eclesiástica temprana. Ellas parecen haber sido
comúnmente viudas de edad y con experiencia, que sustentaban una reputación
justa y adecuada para guiar e instruir a las que eran jóvenes e inexpertas;
comparar (1Ti. 5:3, 1Ti. 5:9-11; Tito 2:4).56
Independientemente de que fuera una colaboradora o si existía algo como
mujeres diaconisas, Pablo recomienda a Febe con el propósito de que fuera
recibida en el Señor como es digno de los que colaboran en la obra. ¡Qué
maravilloso testimonio! Para un análisis sobre el rol de los diáconos en el Nuevo
Testamento, recomendamos el libro de Alexander Strauch, “El Diácono del
Nuevo Testamento”.
16:3-5a “Saludad a Priscila y a Aquila, mis colaboradores en Cristo Jesús,
que expusieron su vida por mí; a los cuales no sólo yo doy gracias, sino
también todas las iglesias de los gentiles. Saludad también a la iglesia de su
casa…”
Todo hombre de Dios debe reconocer a aquellos que en la travesía de su
ministerio le han extendido la mano, han sido refugio en tiempo de tempestad y
amigos. Ejemplo de ello lo vemos en Priscila y Aquila para Pablo. Un ejemplo
paralelo lo observamos en la relación de Jesús con la familia de Marta, María y
Lázaro, bálsamo en tiempos difíciles. El testimonio de estos era tal, que Pablo
reconoce que su trabajo y dedicación no se consagró entre los suyos (judíos),
sino entre los gentiles.
La Biblia presenta que no hay mayor amor que aquel que está dispuesto a darse
y a sufrir por otros. Cosa extraña en nuestros tiempos donde el egoísmo
irracional y la supremacía del individuo no tienen espacio para el hermano. Para
algunos, los demás son solamente piezas a través de las cuales pueden obtener y
sacar algún beneficio personal. Este matrimonio era de bendición a la vida de los
demás, de modo que aun su casa servía como lugar de reunión para los santos.
16:5b “…Saludad a Epeneto, amado mío, que es el primer fruto de Acaya
para Cristo”
Es maravilloso cuando Dios nos permite ver el fruto de nuestro trabajo en el
Señor, pues no siempre lo vemos. Los que ministramos no sabemos la obra
completa que Dios realiza por medio nuestro. Lo que sí sabemos, es que la
palabra de Dios no retorna atrás vacía en aquellos que él llamó a salvación.
Aunque no siempre vemos los frutos o el resultado, no obstante, nuestra
satisfacción como ministros debe ser continuar haciendo la voluntad del que nos
llamó a tan hermosa tarea.
16:6-16 “Saludad a María, la cual ha trabajado mucho entre vosotros
Saludad a Andrónico y a Junias, mis parientes y mis compañeros de
prisiones, los cuales son muy estimados entre los apóstoles, y que también
fueron antes de mí en Cristo. Saludad a Amplias, amado mío en el Señor.
Saludad a Urbano, nuestro colaborador en Cristo Jesús, y a Estaquis,
amado mío. Saludad a Apeles, aprobado en Cristo. Saludad a los de la casa
de Aristóbulo. Saludad a Herodión, mi pariente. Saludad a los de la casa de
Narciso, los cuales están en el Señor. Saludad a Trifena y a Trifosa, las
cuales trabajan en el Señor. Saludad a la amada Pérsida, la cual ha
trabajado mucho en el Señor. Saludad a Rufo, escogido en el Señor, y a su
madre y mía. Saludad a Asíncrito, a Flegonte, a Hermas, a Patrobas, a
Hermes y a los hermanos que están con ellos. Saludad a Filólogo, a Julia, a
Nereo y a su hermana, a Olimpas y a todos los santos que están con ellos.
Saludaos los unos a los otros con ósculo santo. Os saludan todas las iglesias
de Cristo”
Los versículos previos son importantes debido a que nos enseñan a reconocer el
trabajo de todos los hermanos. Esto evidencia que la iglesia en sus comienzos
actuaba como el cuerpo de Cristo. La iglesia contemporánea debería aprender y
aplicar la enseñanza de los mismos. Todos los hermanos hallaban lugar para
trabajar y desempeñar sus dones, capacidades, conocimientos, destrezas y
habilidades, entre otros.
16:17-18 “Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones
y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os
apartéis de ellos. Porque tales personas no sirven a nuestro Señor
Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas
engañan los corazones de los ingenuos”
Mientras unos eran de bendición a la iglesia, otros eran un problema. No
debemos sorprendernos si queriendo hacer la voluntad de Dios, hallamos
oposición, pues siempre ha existido y existirá. A la vez que usted sea llamado a
edificar los muros, los Tobías y los Sanbalat se opondrán (Neh. 2:10; 4:1). El
diablo tratará de obstaculizar la obra de Dios y buscará detener el progreso, por
cuanto no puede detener su obra (Mt. 16:18).
Estos versículos muestran el celo del apóstol por la preservación del mensaje de
la palabra de Dios, tal como se nos ha sido conferido. No hay cabida para
interpretaciones privadas ni para ideas contradictorias a lo previamente
establecido o enseñado. Como diría Pablo a los Gálatas, sea anatema quien posea
la osadía de reinterpretar o de cambiar el mensaje de la palabra de Dios (Gá. 1:8-
9). Los cristianos tenemos un solo marco de referencia, la palabra profética más
segura, según expresara el apóstol Pedro inspirado por el Espíritu Santo (2P.
1:19).
En nuestros días, se realiza una infinidad de esfuerzos para promover y adelantar
la agenda del movimiento ecuménico. Uno, en el cual para alcanzar la unidad,
las iglesias deben estar dispuestas a renunciar a los principios y las doctrinas que
consideran bíblicas. Sin embargo, Pablo llama a evitar y a alejarse de los que
causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina. ¿Quién nos ha enseñado
que la unidad precede a la doctrina? La doctrina o enseñanza bíblica es la que le
da sentido, armonía y propósito al cuerpo, a la iglesia. Lo demás es pura
hipocresía religiosa y un engano a la verdad.
La iglesia no debe tener principios que no pueda sostener bíblicamente. El
creyente tiene la responsabilidad de obedecer y honrar lo que Dios estableció.
Debemos ser moldeados con su palabra y no ajustar la misma a nosotros. Lo
primero sirve a la obra de Dios, lo segundo, al trabajo del diablo. Pablo reconoce
que dentro de la iglesia residen agentes de corrupción, a los que estamos
llamados a no aceptar y a apartarnos de ellos.
Tales ministros sirven y apelan a los sentidos, a lo sensual, de manera que los
ingenuos no pueden ver la diferencia entre servir a Dios y buscar servirse a ellos
mismos. El evangelio diluido no sirve ni para alimentar a un ratón de
laboratorio, pues sólo le crearía desnutrición y luego, cáncer. La madurez en la
doctrina es esencial y requerida por el Señor para no caer en las artimañas del
enemigo.
16:19 “Porque vuestra obediencia ha venido a ser notoria a todos, así que
me gozo de vosotros; pero quiero que seáis sabios para el bien, e ingenuos
para el mal”
La obediencia, sin lugar a dudas, es la mayor evidencia de nuestro crecimiento
en el Señor y el mejor abono a la obra de Dios. Dios demanda madurez de su
pueblo. Sin embargo, una gran parte de la iglesia es ingenua en su conocimiento
y como consecuencia de ello, es desobediente.
16:20 “Y el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies. La
gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros”
El cumplimiento de la primera promesa de redención (Gn. 3:15) era ya una
realidad, pero su culminación se daría en el próximo regreso de Jesucristo.
Debemos confiar en Dios, él nunca nos abandonará, pues la obra que realizamos
no descansa en nuestras manos, fuerzas o capacidades, sino en su poder. Él
obrará a nuestro favor, por cuanto lo que él ha destinado, será. Nuestro Dios
establece los tiempos y con ello lo que acontece; su plan nadie lo podrá cambiar.
Satanás será echado al lago de fuego (Ap. 20:15) y los hijos de Dios reinarán
triunfantes con él (Ap. 21-22).
16:21-23 “Os saludan Timoteo mi colaborador, y Lucio, Jasón y Sosípater,
mis parientes. Yo Tercio, que escribí la epístola, os saludo en el Señor. Os
saluda Gayo, hospedador mío y de toda la iglesia. Os saluda Erasto, tesorero
de la ciudad, y el hermano Cuarto”
Pablo finaliza reconociendo a sus colaboradores personales, así como a parientes
y que habían estado con él. Estos al igual que el apóstol se alegraban de saber y
de escuchar sobre la obra en Roma.
16:24-27 “La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros.
Amén. Y al que puede confirmaros según mi evangelio y la predicación de
Jesucristo, según la revelación del misterio que se ha mantenido oculto
desde tiempos eternos, pero que ha sido manifestado ahora, y que por las
Escrituras de los profetas, según el mandamiento del Dios eterno, se ha
dado a conocer a todas las gentes para que obedezcan a la fe al único y sabio
Dios, sea gloria mediante Jesucristo para siempre. Amén”
Pablo concluye con una palabra que debería resonar en nuestra mente y
corazones, la gracia de nuestro Señor Jesucristo. La gracia es la razón de lo que
somos en Cristo, de nuestra perseverancia en él y la razón de nuestra seguridad.
Lo presentado por Pablo en la carta a los Romanos es el evangelio de la gracia
de Dios en su Hijo Jesucristo. Esto no era una herejía como algunos le acusaron,
sino el misterio de Dios, oculto desde los tiempos eternos, el cual afirma que el
curso de la historia de la humanidad siempre ha estado en manos de Dios. De
manera, que él proveyó para que su plan eterno, del cual los creyentes somos
parte, se cumpliera en la persona de Jesucristo. Plan, al cual los elegidos
responderán según el soberano evangelio de Cristo. La salvación en Romanos es
únicamente obtenida por la gracia de Dios mediante la fe. Al final de la carta,
Pablo presenta que Dios es el único que puede afirmarnos y confirmarnos por
medio del evangelio. A Dios sea toda la gloria mediante Jesucristo por siempre,
AMÉN.
REFERENCIAS
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