TEMA 12: LAS TRANSICIONES A LA DEMOCRACIA Y LUCHA POR LOS DERECHOS HUMANOS
-INTRODUCCION: LOS CONTEXTOS
-CONCEPTO DE TRANSICION
-RESURRECCION DE LA SOCIEDAD CIVIL
En contraste con experiencias violentas de resolución de conflictos propio de las dictaduras
que privilegiaban la lógica de la guerra, en los regímenes de transición a la democracia se
aposto a la primacía de la lógica de la política, es decir, a la constitución de un espacio en el
que fuera posible dirimir los conflictos mediante su administración social y democrática, en
oposición a otras formas de administración de los conflictos privadas y oligárquicas. Así, se
afirmó también la construcción de un orden político en el cual el consenso fue un componente
esencial, a veces expresado bajo la forma de la concertación. A partir de allí, sin embargo,
surgieron importantes divergencias respecto del alcance de la palabra democracia y
democratización.
La primera acepción de la palabra democracia es limitativa, la reduce a la mera vigilancia de la
formalidad institucional política: libre accionar de los partidos políticos elecciones periódicas
sin restricciones o prohibiciones, posibilidad de la alternancia en el ejercicio del poder... Aquí,
el énfasis está puesto en las reglas de procedimiento y en las instituciones, en particular las
representativas.
Una segunda acepción añade la dimensión económico-social, que no es sólo la atención por
parte del Estado de las crecientes demandas sociales, sino también de la demanda de
democratización de la sociedad y del Estado, incrementando las formas y mecanismos de
participación en la toma de decisiones y asegurando el desarrollo económico y una
distribución lo menos desigual posible de sus resultados. Es decir, una proposición de la
democracia como un sistema de continua expansión en materia de libertades políticas,
procedimientos de participación y de decisión que combinan los representativos con los
directos y semidirectos, y procedimientos eficaces para la superación de la explotación
económica y las desigualdades sociales.
Estas posiciones no son excluyentes, pueden pensarse como etapas diferentes del proceso de
democratización, por lo que la democratización es un proceso que va de una situación de
dictadura a una de pluralismo que no se agota en el marco de la democracia política ni en el de
la liberalización del sistema político, este término de democratización remite a: transición y
consolidación de la democracia.
La transición es perceptible en la realización de elecciones libres, asunción del gobierno por
parte del partido y los candidatos vencedores, la aprobación de una nueva constitución y el
traspaso de los atributos del poder a otro presidente elegido libremente. Estas nuevas
constituciones afirman los derechos humanos, reconocen los derechos de los pueblos
originarios, los derechos de los niños y de los consumidores afirman los derechos de
ciudadanía política incluyendo mecanismo de plebiscitos, referéndum e iniciativa popular. La
consolidación entendida como el momento de formulación y realización de condiciones
políticas, económicas, sociales y socio-culturales que hacen mas factible la estabilidad de la
democracia.
La forma en la que se resolvió la tensión entre las dictaduras y resistencias condiciono la
posterior transición a la democracia política, aunque la historia de cada una de las transiciones
es diferente. El procedimiento general de pesaje de una dictadura a una democracia fue
sencillo en lo formal, pero se hizo complejo por el numero de actores involucrados y por los
particulares condicionamiento históricos estructurales de cada país, se trató de una solución
de negociaciones tomada en el vértice por las direcciones de los partidos políticos, y
eventualmente de las organizaciones representativas de intereses y las conducciones militares.
Aunque las masas cumplieron un papel central en las luchas antidictatoriales, ellas fueron
marginadas del proceso de transición.
La instauración o la reinstauración de la democracia política estuvieron condicionadas por los
términos en que se desarrollaron las diferentes transiciones desde las situaciones de
dictadura. Influyeron las luchas contra la dictadura y la correlación de dictatoriales y el grado
de acuerdo entre las cúpulas militares y las civiles o partidarias. La norma fue la de las
transiciones pactadas, conservadoras, incluso en aquellos casos en los cuales el empuje de la
sociedad civil fue importante.
EJEMPLOS: El proceso de democratización en América del Sur adoptó distintas formas según
las condiciones políticas, sociales e institucionales de cada país
En el caso de Brasil, la transición se inició hacia fines de los años 70, con una fractura en la
alianza estratégica entre el capital estatal, privado nacional y multinacional, lo que debilitó el
sustento del régimen. Un hecho central fue la fórmula presidencial de la Alianza Democrática,
que integró al PMDB —principal fuerza opositora a la dictadura— y al PFL, una escisión del
partido oficialista. Aunque el candidato del PMDB, Tancredo Neves, fue electo presidente, su
muerte antes de asumir posibilitó la llegada al poder de José Sarney, del PFL, quien había sido
parte de la dictadura durante veinte años. Esta situación simbólica, donde la oposición no
accede directamente al Ejecutivo y quien lo hace es un exmilitante del régimen autoritario,
expresa la persistencia de viejas formas de conciliación, clientelismo y alianzas típicas de la
cultura política brasileña. Así, la transición brasileña estuvo atravesada por la ambigüedad,
dado que los principales actores opositores fueron desplazados en nombre de la
gobernabilidad, lo que marcó el inicio de la democratización bajo liderazgos con vínculos
directos con el antiguo régimen.
En Chile, el proceso tuvo una impronta distinta, profundamente condicionada por el poder
militar. La transición, según Manuel Antonio Garretón, se caracterizó por tres elementos
principales: la inexistencia de una crisis económica terminal, la presencia de enclaves
autoritarios heredados del régimen de Pinochet, y un gobierno democrático con amplio
respaldo social y político articulado en torno a la Concertación de Partidos por la Democracia.
Pese a la continuidad de ciertas estructuras, Garretón considera que, con la instalación del
nuevo gobierno en 1990, la transición se puede considerar culminada. En cambio, Tomás
Moulian plantea una visión más crítica, al caracterizarla como una transición “transformista”,
es decir, un proceso planificado por la dictadura para asegurar la permanencia del modelo
económico y la estructura institucional bajo formas democráticas. Desde esta perspectiva, la
transición chilena no implicó una ruptura, sino una adaptación del régimen autoritario, en la
que sectores de la derecha como Renovación Nacional jugaron un papel central, sin llegar a
desmontar los dispositivos del autoritarismo como sí ocurrió en España. La permanencia de la
Constitución de 1980, junto con el peso de las fuerzas armadas y los partidos creados durante
la dictadura como la UDI, expresan esa continuidad. Por eso, Chile vivió una transición
tutelada, bajo el formato de lo que los ideólogos del régimen llamaban una "democracia
protegida".
Uruguay, por su parte, inició su transición tras el fracaso del plebiscito constitucional de 1980.
A diferencia de Chile y Brasil, donde hubo una salida pactada con protagonismo militar o de
actores vinculados al régimen, en Uruguay el proceso fue impulsado por la sociedad civil y
canalizado por los partidos tradicionales, aunque también mediado por acuerdos con los
militares. El llamado Acuerdo del Club Naval, firmado en 1984, estableció una salida negociada
que garantizaba algunos espacios de poder a los militares —como la continuidad del COSENA y
ciertas atribuciones en materia de seguridad— pero que también permitió la restauración de
la institucionalidad democrática bajo la Constitución de 1967 y el retorno al sistema de
partidos. Aunque las elecciones se realizaron con proscripciones importantes (como la de
Wilson Ferreira Aldunate, Líber Seregni y el Partido Comunista) y persistía la prisión de
numerosos presos políticos, el resultado fue la instalación de un nuevo gobierno civil
encabezado por Julio María Sanguinetti en 1985. La transición uruguaya mostró la persistencia
de la llamada "partidocracia", pero con la novedad del fortalecimiento del Frente Amplio, que
alteró el equilibrio bipartidista tradicional, configurando un sistema tripartito más igualitario.
En Paraguay, la transición tuvo características aún más singulares. El régimen de Stroessner,
que se había sostenido por más de tres décadas mediante una combinación de autoritarismo,
prebendalismo y control partidario, fue finalmente quebrado desde dentro. El punto de
inflexión fue la disputa por la sucesión del dictador, lo que provocó una fractura dentro del
Partido Colorado y de las fuerzas armadas. El general Andrés Rodríguez, desplazado de su
cargo y pasado a retiro, lideró el golpe de febrero de 1989 y asumió la presidencia en forma
interina. Según Lorena Soler, este proceso fue impulsado desde arriba, por una crisis interna
del régimen, y tuvo como objetivo principal preservar la unidad del Partido Colorado, ahora
adaptado a una nueva etapa democrática. La primera medida del nuevo gobierno fue
justamente la restauración del control del partido, reafirmando su centralidad en la vida
política paraguaya. Así, tanto el Partido Colorado como las fuerzas armadas siguieron siendo
actores fundamentales de la transición, dando lugar a un proceso donde la lógica de
continuidad superó a la de ruptura. Las elecciones presidenciales de 1991, aunque con
irregularidades, consolidaron esta hegemonía al consagrar presidente al propio Rodríguez.
Argentina y Bolivia vivieron dictaduras marcadas por la corrupción y el deterioro institucional
de sus fuerzas armadas, lo que llevó a una transición democrática por colapso, según
Guillermo O'Donnell. En Argentina, la derrota en la Guerra de Malvinas debilitó aún más al
régimen y favoreció el triunfo de Raúl Alfonsín en 1983, quien impulsó el juicio a las Juntas
Militares. A diferencia del PJ, que apoyaba la autoamnistía, Alfonsín representó una ruptura.
Sin embargo, la retirada militar no fue completa, como mostraron los alzamientos
“carapintadas”. La derrota bélica frustró una posible transición pactada y aceleró el fin del
régimen.
Iniciados los procesos de transición en la década de 1980 la cuestión de la democracia se
instauro en las agendas políticas latinoamericanas. En los 80 la posibilidad de revolución de
diluyo en toda la región, en los 60 la revolución fue central, pero en los 80 la cuestión clave fue
la democracia, es decir en los 80 la democracia volvió a ser eje de políticas interiores y
exteriores, pero se trata de una democracia política puesto que la democracia social fue casi
tan relegada como la revolución. Este regreso al primer plano de la democracia reflejo en
varias dimensiones: el papel del Mercosur, el valor atribuido a la democracia, la injerencia de
las FF. AA, el peso de la división de poderes y la extensión y alcance de la ciudadanía política. A
partir de 1985 y, sobre todo, 1991, con la firma del Tratado de Asunción, Argentina, Brasil,
Paraguay y Uruguay iniciaron un proceso que perseguía, en primera instancia, una integración
económica, paso previo para una posterior integración política supraestatal y supranacional.
Según este tratado debería haber sido un espacio de libre circulación de bienes y servicios en
el espacio delimitado por los territorios de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. En él, la
cooperación en los planos de la economía y de la cultura estaría orientada a asegurar los
valores democracia, libertad, equidad social y modernización. Los países del Mercosur (mas
chile y Bolivia) firmaron y adoptaron la llamada carta democrática interamericana , documento
que establecía la cláusula de la alteración del orden constitucional , según la cual un hecho
anterior a una interrupción o ruptura podía ser motivo de la acción o reacción de los países
americanos, se esperaba advertir a quienes pretendieran romper el orden constitucional -
como han sido los golpes de Estado clásicos- que en tal caso habrían de enfrentarse a una
comunidad de países americanos unida para proteger las instituciones democráticas.
En cuanto a la injerencia de las fuerzas armadas en los procesos de transición, ellas no
influyeron en las decisiones políticas e, incluso allí donde conservaron alguna forma de
influencia, tendieron a subordinarse al poder civil. En los que respecta a la división de poderes
ella está estatuida constitucionalmente en todos los países latinoamericanos, pero no
necesariamente es respetada. Los avances del Ejecutivo sobre el Legislativo y el Judicial han
sido una constante.
En lo que concierne a la extensión y alcance de la ciudadanía política, ella es prácticamente
universalizada, pero en la práctica se asiste a una licuación del ciudadano en mero votante,
cuando no en abstencionista. En efecto, la abstención -una de las manifestaciones de la
creciente apatía política- es considerable en muchos países y hasta crece en países en los
cuales el voto es obligatorio. La retirada del ciudadano frente al avance de otras formas de
participación política no es una característica limitada a los procesos de transición, sino que se
extiende de modo general a todos los casos de consolidación democrática en América Latina.
Contrastando con la situación vivida entre 1950 y 1980, la sucesión presidencial constitucional
ha sido una práctica normal. Y en aquellos casos en los cuales no se completaron los mandatos
presidenciales se procuró «Una "transición" ajustada a los preceptos constitucionales para
mantener la continuidad del régimen democrático». Así aconteció en los casos de los
argentinos Raúl Alfonsín, en 1989, y Fernando de la Rúa, en 2001, y el boliviano Gonzalo
Sánchez de Losada, en 2003, e incluso hasta en un magnicidio, como es el asesinato del
vicepresidente paraguayo Luis María Argaña, en 1999.(PAGINA 9)