0% encontró este documento útil (0 votos)
17 vistas5 páginas

Di Senso

Erich Fromm sostiene que el disenso es fundamental en la cultura occidental y la democracia, ya que representa la resistencia a la autoridad y el poder. Sin embargo, en la actualidad, las estructuras políticas y sociales han debilitado la capacidad de disenso, promoviendo un consenso que limita la crítica y la conciencia de clase. Este fenómeno ha llevado a una atomización de la sociedad, donde los individuos, despojados de identidad y comunidad, se convierten en consumidores pasivos en un sistema que controla tanto el consenso como el disenso.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
17 vistas5 páginas

Di Senso

Erich Fromm sostiene que el disenso es fundamental en la cultura occidental y la democracia, ya que representa la resistencia a la autoridad y el poder. Sin embargo, en la actualidad, las estructuras políticas y sociales han debilitado la capacidad de disenso, promoviendo un consenso que limita la crítica y la conciencia de clase. Este fenómeno ha llevado a una atomización de la sociedad, donde los individuos, despojados de identidad y comunidad, se convierten en consumidores pasivos en un sistema que controla tanto el consenso como el disenso.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Para Erich Fromm los mitos fundantes de la cultura occidental se basan en el acto de disentir.

La
desobediencia como inicio de la historia humana. El disenso de Adan y Eva para las culturas judía y
cristiana, la rebelión de Prometeo para la cultura griega. El disenso como rechazo de la autoridad y
el poder, político, eclesiástico, real o simbólico, constituye el gesto originario; por eso el poder, en
todas las épocas y todas sus configuraciones, aspira más o menos abiertamente a suprimir el
disenso, reprimiéndolo o impidiendo que surja. En sentido estricto el disenso es una virtud de las
políticas democráticas, dice Diego Fusaro. La democracia podría definirse como el gobierno que no
solo acepta el disenso y no lo reprime, sino que además encuentra en el disenso su fortaleza, y no
su debilidad. La democracia es la forma política que permite la coexistencia entre individuo y
comunidad, mayoría y minoría, sin que ninguna persona sea aplastada por la tiranía de la mayoría.
Desde esta perspectiva el disenso no corrompe al poder democrático, al contrario, lo fortalece,
porque es un poder que se constituye en el juego dialógico. El disenso favorece al poder
democrático. Porque el objetivo de la democracia no es una sociedad sin oposición, necesita del
disenso, no puede renunciar a él. Cuando el disenso calla la democracia debiera alarmarse
Contrariamente, el consenso no es un rasgo consustancial del régimen democrático, el consenso
no es suficiente, lo que es suficiente para la democracia, es el disenso. Prueba de ello es que una
dictadura cruel puede apoyarse en el consenso, pero nunca toleraría el disenso. Pero las
configuraciones actuales de la sociedad de masas aparecen cada vez menos democráticas, debido
a tres factores: vaciamiento de la soberanía popular reemplazada por la voluntad de los mercados
y los gobiernos tecnocráticos; la desigualdad social creciente; y la atrofia generalizada de las
formas del disenso negando espacio al pensamiento opuesto. En nuestro tecnocapitalismo, donde
las masas son manipuladas para construir un consenso pasivo, la capacidad para disentir está
fisiológicamente debilitada. Lejos de vivir de disensos, las estructuras políticas posteriores a 1989
están a una distancia sideral del concepto legítimo de democracia. En el Leviatan, Hobbes sostenía
que el poder absoluto del Estado no puede acceder a la conciencia individual, porque la conciencia
es un territorio de la naturaleza al que ningún poder puede forzar. Pero lejos del universo
hobbesiano, en las formas políticas actuales, ya no se reprime al disenso, se actúa simplemente
para que no pueda constituirse. No se recurre a la represión ni a la tortura, porque en ausencia de
cabezas discrepantes y de espíritus rebeldes, ya no es necesario. El poder del siglo XXI no castiga
los cuerpos, se apodera de las almas. El elogiado pluralismo de todas las voces se resuelve en un
monólogo de masas que siempre dice lo mismo. Lo que Guy Debord llama el “monólogo elogioso”
del orden dominante. El sistema electoral de las modernas democracias occidentales ofrece la
prueba más deprimente de esta pluralidad ficticia: cualquiera que sea el resultado, sale ganando la
ideología de lo mismo. John Stuart Mills calificó como “despotismo de la costumbre” a una especie
de conformismo generalizado en el que todo el mundo piensa y siente del mismo modo. Una
“igualdad de irrelevancia” como la llamó Hegel: todos sienten, piensan y quieren del mismo modo:
la humanidad se divide en una multiplicidad de átomos, cualitativamente iguales, sin identidad ni
personalidad. El hombre sin identidad se convierte en la nueva figura antropológica hegemónica.
Se trata de un ser humano flexible, por ende, sin identidad, sin familia, sin conciencia opositora,
desarraigado, sin trabajo estable; reducido al rango de átomo consumidor, individual y nómada,
incapaz de comprender la explotación que sufre. Se trata de un homo inestabilis, estructuralmente
desocupado, y sin estabilidad ética, familiar, laboral o territorial. Una muchedumbre de seres
cualitativamente iguales e intercambiables que solo piensan en disfrutar, indiferentes al destino
de los otros, sin identidad ni tradiciones, sin fuerza crítica ni espesor cultural. Y por encima de
ellos, casi imperceptible, un poder laxo y permisivo, blando y previsor, que los mantiene en la
etapa de la infancia y la inmadurez, ofreciendo diversión permanente, y aliviándolos del esfuerzo
de pensar. No puede haber disenso si no hay consenso. El movimiento del di-sentir implica
inevitablemente una reacción a algo, ese algo es un consenso que se percibe como injusto. La
actual democracia de masas de la sociedad de consumo ha logrado neutralizar la construcción del
disenso, generalizando un consenso omnipresente, mediante un funcional conformismo masivo. El
sistema nos permite hacer lo que queremos, sin ninguna restricción, excepto nuestro límite
económico, a condición de que exista un acuerdo total con la premisa del crecimiento ilimitado.
Incluso se permite pensar contra el poder, siempre que se integre en el circuito de producción e
intercambio. Este procedimiento subvierte la máxima libertina: “exteriormente como se
acostumbre, interiormente como se quiera”, ahora es “exteriormente como se quiera,
interiormente como se acostumbra”. La sociedad de consumo, además de sus propias estrategias,
cuenta para este objetivo con el trabajo constante de los sacerdotes de lo políticamente correcto
(el circo mediático, el clero periodístico, y la clase intelectual) que imponen una ortodoxia total
que ya no necesita de hogueras, porque ya no es necesario perseguir rebeldes, no queda ninguno.
Dice Fusaro, que para entender la génesis de este conformismo hay que regresar a 1989, año que
marca la mayor tragedia geopolítica de la segunda mitad del siglo XX: la destrucción de los
sistemas socialistas, y la consecuente desaparición de la alternativa posible, que no derivó en el
triunfo de la libertad para los millones de esclavos del despotismo comunista, según plantea la
“gran narrativa” neoliberal actual. Antes de 1989 existía una división agonal entre dos visiones del
mundo: cada una de ellas mostraba las contradicciones de la otra, visibilizando mutuamente el
carácter ideológico de ambas visiones. Era un escenario que ofrecía la posibilidad de idear
perspectivas alternativas, inclusive más allá de ambos extremos. Pero la poco gloriosa caída del
comunismo histórico marcó el triunfo de la ilimitada extensión del tecnocapitalismo, con su
disparatado mito del crecimiento. Se reanudó entonces la marcha del capital y la reconfiguración
de la tradicional y dialéctica lucha de clases, para derivar en una verdadera masacre de clases. Una
rebelión de las elites donde el amo recupera todo lo que el esclavo había conseguido mediante la
organización y la lucha. La aristocracia financiera, la nueva elite neofeudal, lleva a cabo una
ofensiva sin precedentes contra un esclavo precarizado y sin conciencia de clase. Se trata de la Era
del Fin de la Historia y la caída de las ideologías, que no es otra cosa que la supervivencia de una
única ideología: la del pensamiento único neoliberal que santifica el orden existente, y que
paradójicamente tilda de “ideológica” toda visión disidente de ese “pensamiento unidimensional”,
usando un término acuñado por Marcuse. El pensamiento único neoliberal se presenta como una
visión natural y eterna, borrando su génesis histórica y social, y por esa razón borrando su
condición ideológica. Sin historia, el presente se convierte en un destino eterno, y como el disenso
es en esencia el cuestionamiento de lo-que-es pero podría ser diferente, lo natural simplemente
es-lo-que-es, y en tanto natural no admite disenso. El rebaño de los últimos hombres sufre en
silencio, sin que se despierte ninguna pasión. No aspiran ya a derrocar al orden que los domina. Se
van suprimiendo derechos sociales como resultado de una acción lenta pero continua, haciendo
que parezcan privilegios lo que hasta ayer eran derechos, y presentado lo impresentable como si
fuera aceptable. El poder maneja el flujo del consenso y el disenso. Primero procura generar un
disenso en relación con temas como el gasto público, los derechos laborales, la función pública o
el derecho a la huelga, para que después cuando haya que privatizar, suspender derechos o
despedir, exista un consenso consolidado. El poder domina el granítico pensamiento único del
consenso de masas, que predica la imposibilidad de cambiar el mundo, con el único fin de impedir
su transformación. Es la profecía autocumplida. Se produce la tremenda sensación de que, en caso
de estar en desacuerdo con lo existente, en lugar de pensar con cambiar el mundo, nos
cuestionamos a nosotros mismos. Han logrado convencer a los habitantes que viven en el único
mundo posible, y por ende se anula la capacidad de pensar la alteridad, o planificar futuros
alternativos. Así, el poder puede aflojar el control sobre los cuerpos porque ya posee el dominio
sobre las conciencias. Vivimos en una sociedad construida en forma no social, con sujetos aislados,
despojados de viejas narrativas, en el marco de un individualismo atomístico y alienado, que ha
cortado todo vínculo comunitario. El triunfo de la libre individualidad y de la “personalización”
convive con un ermitañismo masivo de la muchedumbre solitaria. Somos como un Individuo
robinsoniano, solo y aislado, incapaz de comunicarse, que se hace ilusión de ser libre mientras vive
en el reino de la existencia inauténtica de soledades, que actúan como se actúa y piensan como se
piensa. El orden simbólico de la sociedad de consumo administra los flujos del disenso, los explota
para fortalecer las estructuras del poder, despierta la ilusión de que cuestionar al sistema es
posible, pero oculta que es el propio sistema el que reglamenta y controla el disenso. El
conformismo ha tomado el control. La masa ya no es una muchedumbre concentrada sino una
cantidad amorfa de yoes individuales, que ven, consumen y piensan las mismas cosas, pero de
manera solitaria. Masificación e individualismo coexisten. En la sociedad atomizada de masas se
calcula, pero no se disiente, se compran cosas pero no se adquiere conciencia crítica. Es más,
disentimos como el orden hegemónico quiere que disintamos, un disenso controlado que no
cuestiona al poder, lo acepta y lo confirma; creando una nueva figura, la del “consenso en el
disenso”. Orquestado desde el poder y dirigido a todas las voces discordantes, el consenso se
transforma en disenso contra el disenso, y confirmando la ley dialéctica de la negación de la
negación, se reafirma el consenso. Prueba de ello es que el pensamiento único genera una
identificación automática de quien disiente con el fanatismo económico actual con el comunismo.
Es suficiente criticar el orden económico para ser tildado de comunista. Para que los llamados
“bombardeos humanitarios” y los recortes de derechos sociales en nombre del eficientísimo del
mercado puedan ser aceptados pasiva y consensualmente, es preciso calificar a los que disienten
con los bombardeos como negadores de los derechos humanos, y a los que disienten con los
recortes sociales como defensores de privilegios. El paradigma sigue siendo la culpabilización
eterna de la pasión utópica y de la esperanza. El monoteísmo de mercado se ha convertido en la
única religión y para ello debe desautorizar a todas las demás. Para transformar el mundo en una
superficie lisa donde las mercancías y los flujos financieros circulen sin oposición, el fanatismo
económico debe aniquilar toda trascendencia, antagonismo y oposición. Diego Fusaro sostiene
que consenso y conformismo están asegurados, pero al mismo tiempo se ocultan detrás de la
proliferación de diferencias estériles y dicotomías engañosas, que desvían continuamente el
disentimiento hacia otras direcciones que no son el núcleo principal del sistema: el carácter
clasista de la economía de mercado. Lo políticamente correcto hoy impone dicotomías estériles y
engañosas como derecha e izquierda, ateos y creyentes, cristianos y musulmanes, fascistas y
antifascistas, extranjeros y nacionales, homosexuales y heterosexuales, hombres y mujeres,
vegetarianos y carnívoros. El objetivo es doble, por un lado esconder la contraposición entre los
que están arriba y los que están abajo; y por otro, evitar que los conflictos y disensos múltiples,
tomen la forma unificada de un solo Gran Rechazo contra el sistema, usando términos de
Marcuse. La lucha de clases afectaba a las relaciones de fuerza de la economía, mientras que la
lucha entre homosexuales y heterosexuales, hombres o mujeres, nacionales o inmigrantes, no las
roza en lo más mínimo. La lucha de clases queda de este modo degradada y confundida entre una
constelación de otros micro-conflictos. El sujeto de referencia ya no es el ser humano, y pasó a ser
un particular en conflicto con otro particular (el cristiano contra el musulmán, por ejemplo), lo que
impide organizarse en una auténtica oposición al fanatismo económico, un movimiento que
humilla cotidianamente a la humanidad. El joven desempleado cristiano cree que su rival es el
joven desempleado islámico y no el magnate de las finanzas, del mismo modo que un homosexual
precarizado pensará erróneamente asemejarse más a un empresario homosexual que a un
heterosexual precarizado. Hoy el enemigo es siempre el otro particular, nunca el sistema
económico dominante. El poder logra convencer a las mentes que el enemigo es el que está en su
misma condición, o incluso los que están más abajo que él, nunca lo invita a mirar hacia arriba. El
Gran Rechazo al sistema queda disperso y fragmentado en miles de corrientes de oposiciones
secundarias que desvían la atención de la contradicción principal. Así se pulveriza la conciencia de
clase y se impide que se forme un frente unificado de los humillados y ofendidos del planeta
contra la oligarquía financiera, que pueda configurar un verdadero sistema democrático, que
relacione individuos libres y solidarios. Jóvenes antifascistas en ausencia de fascismo se enfrentan
a jóvenes anticomunistas en ausencia de comunismo, mientras el capital, los reyes de las finanzas
y los amos de la globalización, siguen avanzando con sus políticas, sin resistencia. Bastaría
preguntarse quiénes obtienen ventajas de esta división permanente, que tiene como objetivo fijar
en ese punto la ira de los ofendidos, atrapada en la base de la pirámide, en lugar de organizarse y
dirigirse hacia arriba. La lucha vertical amo-esclavo es reemplazada por la lucha horizontal entre
esclavos. Por eso la primera medida de una auténtica rebelión debería ser abandonar estas falsas
dicotomías y tomar posición frente a la contradicción real. Dentro de las falsas dicotomías, dice
Fusaro, existe la vieja oposición derecha e izquierda. La llama falsa dicotomía porque el
pensamiento único de las oligarquías financieras es de derecha en la economía (poder del dinero),
es de centro en la política (poder del consenso) y es de izquierda en la cultura (poder innovador de
la costumbre). Izquierda y derecha después de recorrer gran parte de la modernidad
transmitiendo dos visiones del mundo, y alimentando un enfrentamiento agonal, ahora pueden
considerarse intercambiables. El neoliberalismo es un águila bicéfala: derecha del dinero e
izquierda de la costumbre, una costumbre que se sostiene en base a la idea de goce e
individualismo, relativismo y consumo, un estilo de vida necesario para reproducir el
fundamentalismo de mercado. La derecha del dinero necesita del átomo social consumidor,
despojado de pasiones utópicas, que no crea en nada excepto en el mercado. En el mismo sentido
la izquierda de la costumbre enaltece a un individuo aislado que se realiza a sí mismo de manera
narcisista, disfrutando sin inhibiciones de una libertad entendida como su propiedad. Si la derecha
del dinero, con la desregulación laboral, procura un trabajador durante toda su vida precario, y por
eso impedido de formar una familia; la izquierda de la costumbre justifica estos procesos
deslegitimando a la familia como institución burguesa y obsoleta, y glorificando la precariedad
como estilo de vida. Si la derecha del dinero dice que los estados nacionales ya no tienen
trascendencia, la izquierda de la costumbre alabará la mundialización, el turismo de masas, y un
falso multiculturalismo. Si la derecha del dinero dice que la sociedad no existe, la izquierda de la
costumbre deslegitima las formas de comunidad, santificando el átomo individual, provisto de
derechos civiles y cultura narcisista. Si la derecha del dinero aspira a rebajar a la humanidad a un
polvillo de soledades sin identidad ni profundidad cultural, la izquierda de la costumbre
deslegitimará la idea misma de naturaleza humana. La izquierda de la costumbre, dice Fusaro, es
la que administra el disenso contra todo lo que pueda limitar a la derecha del dinero.

También podría gustarte