Clase 3:
La clase trata sobre la formación de los partidos políticos en el Uruguay durante el
siglo XIX. Primero trabajando algunas concepciones de la teoría política que
señalan que la democracia uruguaya es una democracia de partidos, luego
analizando la evolución conceptual del término partidos que ayudan a explicar el
escenario belicoso existente en los partidos y como fue cesando. Asimismo, resulta
interesante mencionar algunos de los actores políticos efímeros, también llamados
partidos de ideas, que abordaron la escena política del país.
La idea de que Uruguay es una partidocracia, república de partidos o una
democracia de partidos encuentra un alto grado de consenso en los ámbitos
académicos. El lugar que ocupan los partidos políticos, como actores
dominantes y claves para comprender las configuraciones históricas del país
es innegable. Asimismo, el país cuenta con la particularidad de contar con
asociaciones políticas bien definidas desde los tiempos revolucionarios y
que consolidada la independencia ya empezarían a destacarse en los
vaivenes de la política nacional.
Por otro lado, los partidos como actores centrales y de larga data han
desempeñado diversas tareas en la historia política nacional. Por ejemplo, la
lenta pero firme superación de tendencias excluyentes de las masas en la
participación política; la inclusión del inmigrante a la actividad política
uruguaya en plena nacionalización; el refinamiento de fórmulas de
coparticipación, en la resistencia a la dictadura, etc. Esta centralidad que han
mantenido los ha vuelto como uno de los elementos articuladores de la cultura
política uruguaya, donde el coloradismo y el nacionalismo han sido de los más
importantes por su viejo arraigo. Cabe preguntarse ¿a que se debe este fuerte
arraigo de los partidos y su importancia como creadores de un sistema
partidario en la democracia uruguaya?
La evolución del concepto de partidos. Un estudio desde la historia
conceptual. Un concepto rico en sus derivaciones y que fue progresivamente
mutando de algo negativo a algo positivo.
Desde el período final de la colonia, cuando el proceso revolucionario se
encontraba por culminar, comenzaron a definirse nuevos modelos de asociación
política que se asemejaban a la idea que tenemos hoy día de partidos políticos.
Podríamos decir, que debido a la multiplicidad de actores y al no verse una salida
clara respecto al futuro del territorio se dio naturalmente la formación de
asociaciones políticas con matrices ideológicos distintos y organizativos respecto a
la concreción de un algo en la Provincia Oriental. Asimismo, vale la pena destacar
que muchas de estás primeras asociaciones eran lábiles y conflictivas, surgían
con un determinado fin concreto, en el marco de un conflicto creciente,
presentándose en la escena como un partido-facción frente a la vieja cultura de la
unidad que rechazaba la fragmentación política.
En los tiempos coloniales y durante los primeros años de vida republicana existió
una suerte de patriotismo que afirmaba la unidad nacional, es decir, que la
comunidad política se aglutinaba en un bien común. De esta forma, se lograba
establecer una comunidad política armónica, sin divisiones y sustentada en la
perspectiva férrea de que había uniformidad de intereses. En este sentido, la
presencia de una facción implicaba partir la unidad política y por ende, fue
duramente condenada. Esto generó ante todo una visión negativa de los partidos
y una retórica antipartidista términos como: facción, fracción, bando, secta
referían a este tipo de asociaciones.
Proclama de enero de 1818 expedida en Quito de Carlos Lagomarsino al Virry
Abascal: “La paz, unión y concordia es el primer móvil de la felicidad temporal de
todo el pueblo, pero no puede conseguirse sin una uniformidad de genios,
costumbres, intereses y opiniones comunes a todos, dispuestas de modo que
contribuyan a la hermnadad de los hombres entre sí en general (…)”
Asimismo, en la revolución el anti-partidismo no cesó, sino que, al contrario, se
volvió más fuerte esta concepción. De este período resulta destacable las
parcialidades que surgieron luego de la revolución artiguista en la provincia,
parcialidades de perfiles muy heterogéneos, caudillescos, independentistas o
anexionistas, etc. Samuel Hood, cónsul británico en Montevideo durante la
ocupación portuguesa describía las divisiones que había durante los tiempos de la
colonia: Realistas (viejos españoles); Patriotas (clases bajas de los criollos) y se
inclinan a unirse a la federación porteña, Imperialistas los colonos portugueses y
Los negativos indiferentes a quien gobierna con tal que sea bueno.
La precocidad de las formas partidarias
Los partidos orientales nacieron antes que el Estado. Los avatares
revolucionarios y los alineamientos que se forjaron en la etapa final de la Colonia
legaron alineamientos, liderazgos y afinidades. Una vez terminado el proceso
revolucionario estos alineamientos sirvieron como marcos de identificación
política heredados por las élites y los sectores populares.
En este primer momento del Estado Oriental podemos señalar que ocurre la
formalización de los bandos o “protopartidarios” blanco y colorado que
culmina en 1836 en Carpintería. Asimismo, hubo otros actores políticos que más
adelante se denominarían partidos de ideas.
De esta forma, se conformó un escenario político de partidos con dos programas
antagónicos: 1- Uno discurría en clave más doctoral y que buscaba configurar el
proyecto de un partido de la “nación” tratándose de un producto surgido de la
fusión de las parcialidades precedentes. Por otro lado, 2- programas de perfil más
caudillesco y sin legitimaciones ideológicas que reivindicó una forma de
participación que reconocía la dicotomía entre el gobierno-oposición y con la
presencia de actores colectivos. IMPORTANTE SEÑALAR QUE SON
INTERNACIONALES.
A nivel conceptual, esta dicotomía nos devela dos puntos: en primera instancia,
una persistencia de la concepción negativa, pero también una pugna discursiva por
la aceptación de las fórmulas partidarias en la política. Romeo Pérez, es una idea
de él.
Esta segundo etapa que termina aceptando la fórmula partidista finaliza con la
Guerra Grande, donde también se da un proceso de nacionalización de los partidos.
Debate en torno a la legitimidad de los partidos:
Formalizados los bandos blancos y colorados con frecuencia convocaron a la
consolidación de un partido de la nación, que por supuesto, debía enfilarse tras
la figura de ellos. “Las mismas en los hechos no fueron sino agrupaciones que
bregaban por afirmar la legitimidad de sus propias “divisas”, para quitar espacio
político a sus adversarios” Caetano. Pero en realidad, los verdaderos promotores de
estás ideas fueron los fusionistas que ante la continuación de las guerras llevaron a
delimitar las posturas sobre los partidos o no.
La fuerza del fusionismo en la década de los sesenta llevo a que los partidos fueran
proclives a establecer un discurso similar y fue así como comenzaron a darse los
primeros pactos políticos entre blancos y colorados por el sumo interés de la
nación. Es así como se da el primer pacto entre Flores y Oribe, con intenciones de
fondo de no desaparecer de la política.
Sin embargo, la euforia fusionista duró poco quedó claro que era imposible
extinguir a los partidos. Comenzaron a surgir asociaciones políticas que
reivindicaban la legitimidad de los partidos y proponían que esto se encaminaran a
la vía legal y consigan a administrar su carácter sanguinario. De esta forma, en el
transcurrir del siglo XIX los partidos contestaron este impacto fusionista que
amenazaba con eliminarlos de forma exitosa, progresivamente, fueron alineados e
institucionalizándose por la vía legal. La fórmula de convivencia que encontraron
fue la de la coparticipación política.