EL HOMBRE COMO SER HISTÓRICO
El ser humano es un ser histórico. Existen una serie de características que diferencian al
hombre del resto de los animales: es un ser vivo social y cultural, con las capacidades de
desarrollar un lenguaje, dar sentido a su existencia a través de la creación de símbolos, y de
transformar la naturaleza para asegurar su subsistencia. A través del tiempo el ser humano
ha ido transformando su espacio y tiempo. En cuanto al conocimiento del espacio (campo
del que se ocupa específicamente la Geografía), el hombre ha ido aumentando sus
posibilidades de transformarlo de acuerdo a sus necesidades. En lo que se refiere al tiempo,
el hombre no puede trasladarse en él, viajar para conocer otras épocas y elegir cuándo vivir.
El tiempo encierra dos conceptos: el de cambio y el de continuidad.
¿QUÉ ES LA HISTORIA? LA HISTORIA COMO CIENCIA
Es la disciplina que estudia y expone, de acuerdo con determinados principios y métodos,
los acontecimientos y hechos que pertenecen al tiempo pasado y que constituyen el
desarrollo de la humanidad desde sus orígenes hasta el momento presente. Recibe el
nombre de Historiografía. A través de la reconstrucción de los hechos del pasado a partir de
huellas, vestigios y documentos, contribuye a la explicación y entendimiento de la génesis,
estructura y evolución de las formas de sociedades humanas. La importancia de la historia
radica en que proporciona un sentido de identidad, que surge de la necesidad de todo grupo
humano de tener una conciencia de su pasado colectivo y comunitario. Se considera al
escritor griego Herodoto (siglo V - a.C) padre de la Historia, ya que fue quien por primera
vez sintió la necesidad de registrar los hechos para guardar la memoria de los mismos
antes de que se desvanecieran con el paso del tiempo. Lo mismo ocurrió a lo largo de la
Edad Media y comienzos de la Modernidad: los relatos que nos dejaron cronistas, testigos,
historiadores intuitivos, biógrafos, etc. adoptaron formas diversas, aunque presentaron
como constante el hacer referencia a hechos y hombres que realmente existieron y el
adoptar un orden de sucesión temporal en el que la comprensión se desprende de una
secuencia ordenada cronológicamente. A partir del Renacimiento, el relato histórico se
enriquece con la reflexión sobre los hechos, y en algunas excepciones, con la
contextualización de los mismos. Este proceso se enfatizó en el siglo XVIII, siglo de la
Ilustración y del racionalismo. Sin embargo, es recién en el siglo XIX que la Historia da un
giro decisivo que le permite ser considerada como ciencia, en una disciplina especializada.
La Historia dejó de ser un simple registro de los hechos de los hombres para convertirse en
una ciencia, esto es, una disciplina con un objeto de estudio, un método y la posibilidad de
extraer conclusiones que tengan un sostén de validez en pruebas. Los científicos que se
dedican a esta disciplina, son los historiadores.
EL TRABAJO DEL HISTORIADOR:
LA RECONSTRUCCIÓN Y EXPLICACIÓN DEL PASADO.
El rol del historiador ha ido cambiando a lo largo del tiempo, hasta llegar a ser hoy un
“explicador” e intérprete de aquellos vestigios del pasado que se denominan fuentes o
evidencias. En este proceso de explicación e interpretación de los hechos del pasado el
acento se pone hoy mucho más en las redes de relaciones que en la descripción de los
hechos mismos. Se prioriza el análisis de los procesos de cambio- continuidad-ruptura, se
distinguen procesos de corta- mediana- larga duración. La explicación que intenta ofrecer el
historiador es claramente científica y no literaria. El historiador dispone de dos herramientas
polares: la objetividad, representada en las técnicas de las que dispone para verificar la
autenticidad de las fuentes originales; y la subjetividad, que es el juicio del historiador sobre
esas mismas fuentes.
¿Cuáles son los pasos que el historiador debe seguir en este camino?
Formulación del problema a analizar. Delimitación conceptual, espacial y temporal del
mismo: es fundamental el conocimiento previo que posee el historiador, para el planteo de
las preguntas iniciales como para delimitar el tema a investigar. Esto para elegir las fuentes
y su forma de abordarlas. Muchas veces el planteo inicial se modifica en el curso de la
investigación.
Planteo de hipótesis: una hipótesis es una conjetura, una sospecha, una respuesta posible
al problema que el historiador se ha planteado. Tiene siempre carácter provisorio, está
fundada en el conocimiento previo y deberá tener un sustento empírico que el investigador
encontrará o no a medida que analice su material. El historiador deberá estar dispuesto a
desecharla si a lo largo de su trabajo se vuelve no comprobable o si surge información
concreta que la contradice.
Reunión de fuentes y selección de las mismas conforme al tema investigado: el
historiador consigue información sobre el pasado que estudia a partir de las fuentes. El
investigador deberá someterlas a una crítica rigurosa, tanto con respecto a su autenticidad
(crítica externa) como a la fiabilidad de su contenido (crítica interna). En esta etapa será
fundamental cómo y desde dónde interroga a las fuentes en cuestión y su criterio para
decidir cuáles utilizará o no conforme con el objeto estudiado.
Organización de los datos obtenidos a partir de las fuentes: en este paso, el historiador
debe consignar y organizar la información obtenida de las fuentes. El ordenamiento puede
obedecer a criterios muy distintos según las variables analizadas, el tipo de datos reunidos y
las vinculaciones que desee y pueda establecer.
Interpretación del material de investigación y elaboración de una síntesis explicativa:
el historiador debe interpretar el material estableciendo relaciones entre los distintos datos
obtenidos y conforme a las hipótesis que planteó al comienzo. Este paso es esencial y
anterior a la elaboración de la síntesis explicativa.
Exposición: en este paso el historiador da a conocer sus resultados. Puede adoptar
diferentes formas: oral (conferencias, clases, ponencias en congresos de especialistas, etc.)
o escrita (artículos periodísticos, libros, comunicaciones académicas, etc.).
LAS FUENTES DE LA HISTORIA: SU CLASIFICACIÓN
Las fuentes son las huellas del pasado, vestigios fragmentarios, piezas de un
rompecabezas que el historiador intentará armar. Refieren a cualquier material o documento
que refleja la actividad humana y permite al historiador reconstruir el pasado. Los datos son
las informaciones que contienen las fuentes históricas.
Generalmente se las divide en:
Fuentes primarias: pertenecen y son contemporáneas al período que el historiador
investiga. Suelen ser testimonios originales no elaborados. Se suelen llamar también
Fuentes Directas.
Fuentes secundarias: son los trabajos realizados por otros sobre el tema en cuestión, se
elaboran a partir de fuentes primarias. También llamadas Fuentes Indirectas.
Tipos de fuentes:
Fuentes materiales: son aquellos objetos que puedan ser utilizados por el hombre sobre la
vida material. Por ejemplo: restos arqueológicos. utensilios y herramientas, máquinas,
vestidos y objetos de ornamentación, vehículos de transporte, armas.
Fuentes escritas y textuales: son los documentos jurídicos, textos oficiales, memorias,
crónicas, censos, artículos de prensa, registros parroquiales, etc.
Fuentes iconográficas: son las fotografías, grabados, arte en general, ilustraciones,
carteles y caricaturas.
Fuentes audiovisuales: podrían considerarse las fuentes típicas de la historia
contemporánea de los siglos XX y XXI. Son las películas, documentales, anuncios.
Fuentes orales: Suelen ser testimonios directos o grabados de situaciones históricas.
Tienen un tratamiento parecido a las fuentes escritas. Son las entrevistas, programas de
radio, canciones y cuentos.
Fuentes gráficas o estadísticas: Son siempre fuentes secundarias en las que se muestran
datos numéricos sobre temas económicos, demográficos, climáticos, etc. Suelen contener
información cuantitativa. Se expresan habitualmente en tablas y gráficos. Suele ser de dos
tipos: Cronológicos: suelen expresar la evolución del fenómeno estudiado a través del
tiempo. Estructurales: se suelen centrar en el análisis de un fenómeno en un punto histórico
concreto.
Fuentes cartográficas: Raramente son primarias. Casi siempre se elaboran a partir de los
datos que proporcionan las fuentes primarias. Los mapas tienen un lenguaje específico para
poder interpretarlos. Escala, orientación, leyenda, etc. Los mapas históricos no son mapas
físicos sino temáticos. Los podemos dividir en dos grandes grupos: Mapas sincrónicos: Son
mapas estáticos que representan la situación de un territorio en un momento histórico
definido. Mapas diacrónicos: Explican la evolución de un fenómeno histórico. Son más
dinámicos.
LAS CIENCIAS SOCIALES
Las Ciencias Sociales son un conjunto amplio y heterogéneo de disciplinas, que estudian al
hombre en cuanto ser social. Su objeto de estudio es la realidad social. Lo que distingue a
las ciencias sociales es el enfoque hacia el hombre, tan amplio y heterogéneo.
CONCEPTOS ESTRUCTURANTES Y PRINCIPIOS EXPLICATIVOS
La vida de las sociedades se desarrolla en el entrecruzamiento de dos categorías
fundamentales: el tiempo y el espacio, y esto se vivencia en la cotidianeidad. Los conceptos
estructurantes y los principios explicativos orientan la selección de temas y problemáticas
de las Ciencias Sociales a partir de las que se construyen los contenidos escolares del área,
como los modos en que pueden ser enseñados y aprendidos.
CONCEPTOS ESTRUCTURANTES
● Tiempo histórico: hace comprensibles las transformaciones que se producen en el
interior de una sociedad. No se trata de una mera cronología de los hechos sociales,
sino de comprender cuál fue el alcance, la injerencia, los condicionamientos que
conformaron el presente tal como es. Este posibilita el reconocimiento de cambios y
de permanencias.
● Espacio geográfico: durante muchos años el concepto de espacio estuvo asociado
a su interpretación como escenario en donde las sociedades desarrollaban sus
actividades. En la actualidad, el espacio es considerado como producto de los
procesos históricos en los se incluyen las dimensiones económicas, políticas,
culturales y simbólicas. La organización espacial es el resultado de una construcción
social, en el que las sociedades se apropian del espacio, lo transforman, modifican y
organizan a través de sus acciones y de su trabajo. En este sentido, el espacio es la
materialización del tiempo.
● Sujetos sociales: son los que participan de la vida social y actúan de acuerdo con
el contexto, con diferente grado de responsabilidad. Individuales o colectivos,
públicos o privados, comunitarios o institucionales, son estos sujetos los
protagonistas de las acciones correspondientes a la construcción de los territorios.
Son actores sociales portadores de ideas, puntos de vista e intereses que se
traducen en acciones y decisiones que dejan huellas en los territorios.
PRINCIPIOS EXPLICATIVOS
● Dinámica cambio-continuidad: Cada sociedad en el desarrollo de sus diversos
planos (relaciones políticas, sociales y económicas, relación con el ambiente,
concepciones, tecnología, etc.) produce cambios que afectarán a todos o alguno de
ellos con mayor o menor intensidad. Estos cambios o permanencias operados en
una sociedad tienen sentido y son explicados y ordenados a partir del tiempo. Así, el
tiempo social presente es producto de los cambios y de las continuidades
producidos en el pasado. Esta dinámica es la que posibilita el movimiento de la
historia.
● Integralidad: la vida de los pueblos no se desarrolla aisladamente. En la generación
de un hecho social en algún lugar, confluyen un cúmulo de factores internos y
externos que se articulan, determinan e influyen —a veces, decisivamente— en el
desarrollo de la sociedad. Las relaciones entre personas y grupos pueden ser de
intercambio, de convivencia, de interdependencia, de cooperación, de competencia
o de conflicto.
● Multicausalidad: la explicación de los hechos sociales puede estar dada a partir de
un sinnúmero de causas, esto dependerá de la disciplina que aborde el estudio, de
la complejidad de relaciones que se establecen entre los diversos planos sociales
(económico, político, ideológico, social, cultural), de los condicionamientos
establecidos a nivel internacional en determinado contexto histórico-social, etcétera.
● Multiperspectividad: esta diversidad de interpretaciones será producto del marco
teórico del cual partan los investigadores, los autores de los libros de texto, los
entrevistados, el mismo docente.
● Intencionalidad de los sujetos sociales: la intencionalidad es un fenómeno
inherente al accionar humano. Las múltiples y complejas relaciones que establecen
hombres y mujeres entre sí y con los otros son producto de la voluntad y deseo de
ellos, a diferencia de lo que sucede con los fenómenos de la naturaleza.
● Interrelación: las personas y los grupos se relacionan y se comunican. No
solamente compartimos el mundo, lo construimos. Las relaciones entre personas y
grupos pueden ser de intercambio, de convivencia, de interdependencia, de
cooperación, de competencia o de conflicto. Las actitudes resultantes de compartir
estos significados deben orientarse al reconocimiento de la necesidad de
relacionarse con los demás para explorar nuevas soluciones.
● Identidad-alteridad: compartimos el mundo con los demás. Este concepto comporta
el autoconocimiento y la autoaceptación, así como el conocimiento y la aceptación
de los demás.
● Organización social: las personas y los grupos se organizan en instituciones que
tienen estructuras y funciones. Las instituciones están regidas por costumbres,
normas, derechos y deberes, y protegidas por una legalidad. Estas instituciones
rigen la convivencia.
● Conflictos de valores y creencias: en nuestro mundo no siempre hay acuerdo
sobre lo que es importante y lo que suponemos verdadero. Los valores existentes
pueden ser contradictorios, porque responden a diversas visiones del mundo. La
conciencia de aquello que el hombre prefiere, valora y cree da un margen de libertad
y guía para la acción democrática. Muchos valores y creencias son inconscientes
porque las personas aceptan las normas culturales que han aprendido en su
interrelación con los demás, sin decodificar sus significados ni descubrir su
intencionalidad.
● Diferenciación: vivimos en un mundo en el que entre las personas se dan
similitudes y diferencias. La diferenciación se expresa en dos conceptos esenciales.
El primero es la desigualdad, como resultado de que las personas no tienen el
mismo poder ni la misma riqueza porque nunca han tenido las mismas
oportunidades. La diversidad es el segundo porque en nuestra sociedad se da una
gran riqueza de formas, modos y usos. La comprensión de la desigualdad puede
traducirse en la defensa de la igualdad de oportunidades y la justicia, es decir, la
verdadera democracia.
LA OBJETIVIDAD Y LA SUBJETIVIDAD
Estos dos términos son completamente opuestos pues uno nos habla de ver al mundo
desde la perspectiva del sujeto y el otro de ver al objeto tal y como es. Si tomamos como
referencia estos conceptos, los estudios de las ciencias sociales no alcanzarían a ser
científicas, pues según Weber (1996) el conocimiento de las ciencias culturales no es
completamente objetiva como las ciencias naturales. No obstante, estos dos conceptos
toman como referencia de objetividad a las ciencias naturales, pero aquello es refutable,
pues estas ciencias también tienen partes subjetivas; por ejemplo, cuando un investigador
elige un tema lo hace según su criterio personal y motivación interna. Lo mismo ocurre
cuando se plantea una hipótesis, que es una respuesta provisoria al problema que nace de
una suposición, la cual está inspirada en su sentido común. En consecuencia, no se puede
aspirar a que la ciencia sea puramente objetiva, porque ello sería una utopía, ya que
después de todo, la subjetividad forma parte del ser humano. Todo conocimiento tiene un
sujeto activo y un objeto observable, por lo que todo conocimiento siempre tendrá una parte
subjetiva y otro objetivo. Para la construcción del conocimiento, es importante tener en
cuenta estos dos aspectos sin sobrevalorar ninguno, pues los dos siempre estarán
presentes en las ciencias, tanto natural como social, en mayor o menor medida.
LA REALIDAD SOCIAL
Todas las acciones realizadas por los seres humanos a través de la historia, desde el
pasado más remoto a la actualidad, están interrelacionados y dan origen a la realidad
social. Unas son causa de otras: algunas tienen resultados no previstos en el momento de
su realización y las consecuencias de algunas acciones provocan nuevas acciones
inesperadas. Frente a esta complejidad, los investigadores interesados en explicar por qué
ocurrió lo que ocurrió en el pasado, y en comprender el origen de los problemas que
actualmente enfrentan las sociedades contemporáneas, clasifican las acciones sociales y
dividen la realidad social en varios planos o dimensiones.
Las dimensiones de análisis son: económico, social, político, cultural y ambiental. En el
plano económico, se ubican aquellas acciones relacionadas con la organización del trabajo
y la producción de los bienes y servicios necesarios para satisfacer las necesidades
básicas. En el plano social, se agrupan las acciones que hacen visibles las relaciones entre
los distintos integrantes de la sociedad; por ejemplo, entre los propietarios de los medios de
producción y los no propietarios o entre los varones y las mujeres. En el plano político, se
concentran las acciones relacionadas con la organización del gobierno de la sociedad, con
los mecanismos establecidos para la elaboración de las leyes, y con las formas de
establecer y hacer efectivos los derechos y las obligaciones de las personas y los
ciudadanos. En el plano cultural, se agrupan las acciones vinculadas con la producción de
ideas, de entretenimientos y de obras de arte, por ejemplo. El plano ambiental reúne todas
aquellas acciones a través de las cuales los integrantes de la sociedad se relacionan con la
naturaleza.
El punto de vista de cada integrante de la sociedad está profundamente relacionado con sus
intereses económicos, sus preferencias políticas y sus ideas sobre la realidad. Por esta
razón, existen diversas interpretaciones o lecturas de unos mismos hechos, proceso o
fenómeno. Al mismo tiempo, la reconstrucción, de los hechos o procesos sociales es una
acción colectiva. En esa reconstrucción se amalgaman las voces de los propios
protagonistas de esos hechos, las de los contemporáneos que transmitieron sus puntos de
vista y sus vivencias a las generaciones más jóvenes y la de los investigadores interesados
en comprender y explicarlos. Cada uno realiza una interpretación de los hechos que
estudia, según sus propios intereses económicos, sus preferencias políticas, sus ideas
sobre la realidad y sus hipótesis sobre por qué sucede los que sucede.
CONCEPTOS CLAVES
Los conceptos son nociones o unidades básicas que permiten comprender la realidad. Un
mismo concepto puede tener características diferentes en función del contexto, por esto es
conveniente especificarlas. Los conceptos se refieren a diversos planos de la realidad
(política, social, económica, intelectual, artística).
● Político: concierne a cómo la gente ha sido gobernada y a cómo se ha ejercido el
poder político a través de las instituciones, a cómo las naciones relatan sus
acontecimientos del pasado en la paz y en la guerra.
● Económico y tecno– científico: concierne a los recursos de la gente para vivir
incluyendo los modos de producción, creación, distribución y consumo de la riqueza
y del comercio, también la manera como la gente entiende y usa la tecnología y la
ciencia.
● Social y religioso: concierne a la manera de vivir, al tamaño y forma general de las
sociedades, a la naturaleza de las clases sociales, a los roles de género y a los
aspectos étnicos, las religiones y las creencias.
● Cultural y estético: concierne a la creatividad humana en arte, arquitectura, música,
drama, danza, lengua y literatura, así como a los aspectos de la cultura popular.
LA FORMACIÓN DEL ESTADO ARGENTINO
Es un proceso complejo, plagado de conflictos políticos y disputas territoriales.
Tradicionalmente, la historiografía ha llamado Historia Argentina al período que se abre con
la Revolución de Mayo de 1810, aunque nuestro país, como Estado conformado, no existió
hasta la segunda mitad del siglo XIX. En este marco, la cuestión territorial asume una
relevancia particular, porque gran parte de los conflictos generados luego de 1810, se
desarrollaron en el seno de diversos grupos que reclamaban privilegios, derechos y poderes
para los territorios que habitaban. Marcela Ternavasio lo explica de la siguiente manera: “la
República Argentina, tal como se conformó durante la segunda mitad del siglo XIX, fue
durante mucho tiempo el molde, tanto geográfico como político, sobre el cual se
construyeron los relatos acerca del pasado de esa República, antes incluso de que se
conformase como tal. Sin embargo, lo que el historiador encuentra hoy al explorar ese
pasado es un conjunto heterogéneo de hombres y de territorios con fronteras muy
cambiantes. Antes de 1810, éstos formaban parte del imperio hispánico, y sus habitantes
eran súbditos del monarca español. En el último cuarto del siglo XVIII, la ciudad de Buenos
Aires se convirtió en capital del nuevo virreinato, el del Río de la Plata, que reunió bajo su
dependencia un extensísimo territorio, que incluía no solo a las actuales provincias
argentinas, sino también a las repúblicas de Uruguay, Paraguay y Bolivia. Con la Revolución
de Mayo, esa unidad virreinal comenzó a fragmentarse, al tiempo que el Imperio del que
ese virreinato era sólo una parte, empezaba a desmoronarse.
CONTEXTO MUNDIAL:
PRINCIPIOS DEL SIGLO XVIII Y COMIENZOS DEL SIGLO XIX
Entre 1789 y 1848, el panorama político y social de Europa se modificó por completo. Una
sociedad de nobles y reyes por derecho de sangre, fue suplantada por otra de banqueros,
industriales y comerciantes, en la que la riqueza y el éxito personal eran lo único que
contaba. Al mismo tiempo, se desarrolló un nuevo sistema político basado en la voluntad
popular, la democracia. Este periodo es conocido como la Era de las revoluciones. Las
transformaciones producidas rara vez fueron pacíficas, porque la “vieja nobleza”, poseedora
de grandes privilegios, se negó a entregarlos o cederlos. Los que antes estaban excluidos
del sistema político y de los beneficios económicos ligados con él (un amplio sector de la
sociedad constituido por burgueses, artesanos, comerciantes, profesionales, trabajadores y
campesinos) se lanzaron a ganar su lucha a cualquier precio. Toda Europa se vio inmersa
en grandes enfrentamientos sociales y políticos. Los cambios que se produjeron en estos
años, formaron un mundo nuevo, muy distinto al que existía cien años atrás. Las diferencias
entre ambos mundos se explican por dos procesos que sacudieron a Europa: la Revolución
Industrial y la Revolución Francesa. Esta “doble revolución” y otras que las sucedieron,
produjeron transformaciones tan profundas que cambiaron la historia de los siglos XVIII y
XIX. Su impacto no sólo se sintió en los países europeos, sino que tuvo una repercusión
mundial, influyendo incluso, en los movimientos independentistas que surgieron en las
colonias españolas de América, como el que se desarrolló en Buenos Aires, y desplazó a
las autoridades virreinales, el 25 de mayo de 1810.
LA INDEPENDENCIA DE LAS COLONIAS INGLESAS
Es considerada un antecedente de la Revolución de Mayo, ya que fue el primer país de
América en independizarse de una potencia europea, comenzando así a generar un espíritu
independentista en los demás pueblos del continente americano. La colonización inglesa de
América del Norte se desarrolló durante el siglo XVII, como iniciativa de compañías
particulares que buscaban ampliar sus oportunidades comerciales y de grupos religiosos
disidentes (puritanos, presbiterianos, cuáqueros, católicos) de diferente origen (ingleses,
galeses, escoceses e irlandeses) que escapaban de las Islas británicas. Debido a los
conflictos políticos y religiosos que sacudían a la metrópoli, las colonias tuvieron gran
autonomía. A partir de 1688, el fin del sistema absolutista llevó a la pacificación de la
metrópoli y el estado pudo comenzar a comandar la expansión de su imperio colonial, iniciar
la conquista de la India y acentuar su control sobre las colonias americanas. Sin embargo,
hasta mediados del siglo XVIII el gobierno y el parlamento inglés respetaron los derechos
adquiridos por los colonos. Las 13 colonias inglesas que se distribuían a lo largo de la costa
este de América del Norte, eran diferentes de la sociedad metropolitana. Las distinciones
sociales eran menos agudas porque en Inglaterra no existía una nobleza y los migrantes
pobres tenían mayores oportunidades de acceder a la propiedad de la tierra en las fronteras
con los indígenas. En esta sociedad agrícola con una activa vida comercial, surgieron cinco
ciudades portuarias importantes que vivían del intercambio con las islas del Caribe y
Europa. Sin embargo, no era una sociedad igualitaria: a fines del siglo XVIII casi una cuarta
parte de la población estaba constituida por africanos, y esta situación era más intensa en
las colonias del sur. En todas las colonias se destacaba un sector de colonos constituido por
comerciantes muy prósperos, agricultores acomodados o dueños de plantaciones
esclavistas, que a través de Asambleas gobernaban las colonias junto con las autoridades
enviadas desde la metrópoli. A partir de 1763, el estado imperial se propuso extraer
recursos de las colonias a través de nuevos impuestos. Estas medidas fueron ampliamente
resistidas por los colonos, que pretendían que el gobierno los dejara de tratar como una
colonia. Las protestas lograron que muchas de estas medidas fueran anuladas, pero se
mantuvo el impuesto al té como demostración de poder, lo que ocasionó más protestas y
enfrentamientos callejeros, a partir de 1770. Para controlar la situación, las autoridades
clausuraron el puerto de Boston y aumentaron el número de tropas. Los grupos comerciales
organizaron un boicot contra los productos importados de Gran Bretaña y las asambleas
eligieron delegados para un Congreso, que se reunió en Filadelfia. Frente a la represión
desencadenada, el Congreso organizó un ejército a cargo de George Washington y el 4 de
julio de 1776, proclamó la Independencia mediante una Declaración. El enfrentamiento
político se transformó así en guerra abierta, hasta que se firmó la paz en 1783. Al principio,
el nuevo estado adoptó la forma de una confederación en la que cada Colonia se convirtió
en un estado con sus propias leyes y autoridades, situación que se modificó con la sanción
de la Constitución de 1787, que fijó como forma de gobierno la República Federal: los
estados mantenían su autonomía pero creaban un Gobierno Federal fuerte, con un
congreso permanente dividido en dos Cámaras, un presidente dotado amplios poderes (el
primero fue Washington en 1789) y una Corte Suprema de Justicia.
LA REVOLUCIÓN FRANCESA
El ciclo revolucionario se inició en Francia, que fue el faro hacia el cual todos los pueblos de
aquel tiempo dirigieron la mirada. Los revolucionarios querían abolir los privilegios de
sangre, establecer la igualdad ante la ley y eliminar las arbitrariedades del Estado
absolutista. Fue en Francia donde estas discusiones salieron del ámbito privado para
ocupar los espacios públicos. Aunque la primera revolución de este tipo no se produjo en
Francia. Inglaterra había protagonizado un proceso similar en 1648. El pueblo inglés se alzó
contra el absolutismo y después de una guerra civil, se decapitó al rey, se abolieron los
privilegios y se estableció una República, que al poco tiempo fue reemplazada por una
nueva restauración absolutista. Sin embargo, en 1688 otro levantamiento estableció un
sistema monárquico limitado por un parlamento. No obstante, la revolución inglesa no tuvo
la trascendencia del proceso francés, en parte porque fue visualizada como un conflicto
religioso, debido a que los sectores revolucionarios planteaban sus demandas escudados
en un lenguaje bíblico, y en parte porque la revolución se circunscribió a Inglaterra y no se
expandió más allá de sus fronteras, aunque sí influiría un siglo después en la independencia
de las colonias americanas del imperio británico.
En cambio, la Revolución Francesa de 1789, trascendió a su país y a su tiempo y se
convirtió en uno de los grandes hitos de la historia universal.
Antes de la Revolución Francesa, el acceso al privilegio y al poder dependía del lugar que
los padres de cada individuo ocupaban en la sociedad. Salvo raras excepciones, la
situación heredada era vitalicia. El mayor poder lo tenía el rey, secundado por la clase a la
cual pertenecía. A mediados del siglo XVIII, Francia estaba gobernada por una monarquía
absoluta, es decir, por un monarca cuyo poder era divino e ilimitado. Durante el reinado de
Luis XVI, había graves problemas económicos. El país había participado en la guerra contra
Gran Bretaña y tenía numerosas deudas. A esto se sumaba una época de malas cosechas,
que provocaron el aumento del precio del pan. Este hecho afectaba principalmente a los
sectores populares, ya que era su principal alimento. En este contexto, el 14 de julio de
1789, el pueblo se apoderó de la Bastilla. Este hecho dio comienzo a la revolución, tras la
cual los franceses sancionaron la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano,
que establecía la libertad y la igualdad entre los hombres. Además, destituyeron al rey y
proclamaron una forma de gobierno republicana, con división de poderes, en el que ya no
existían los privilegios por nacimiento, estableciendo la revolucionaria idea de que todos los
hombres nacen libres e iguales ante la ley.
LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL
Comenzó en Inglaterra a fines del siglo XVIII, significó una nueva forma de organizar la
producción, es decir, de la forma en que las sociedades obtienen los bienes que necesitan
para sobrevivir. Estos cambios en las formas de producir transformaron muchos otros
aspectos de la vida en la sociedad moderna, como las costumbres, las formas de vida, las
ideas, las ciudades o el medio rural. Hasta ese momento, todo lo que producían las
sociedades se realizaba artesanalmente. Con la revolución industrial, la mayor parte de los
productos comenzaron a hacerse primero en pequeños talleres y luego en grandes fábricas,
en las que se utilizaron por primera vez máquinas que permitían realizar las tareas que
antes hacían los artesanos. Las nuevas máquinas, movidas por la energía a vapor, hacían
posible elaborar más productos en menos tiempo. La primera y principal actividad que se
desarrolló fue la industria textil, con la producción de tejidos de algodón.
El nuevo modo de organizar la producción permitió un salto espectacular en las
posibilidades humanas de producir bienes. Esto marcó el comienzo de un nuevo sistema
económico, denominado capitalismo que, aunque fue sufriendo varios cambios a lo largo del
tiempo, es el sistema en el que vivimos actualmente.
El capitalismo permitió, como gran novedad, un crecimiento constante de la riqueza.
También implicó que las sociedades y las personas se organizaran y relacionaran entre sí
de manera distinta a como lo habían hecho en el pasado. De estas nuevas relaciones,
surgirá una nueva forma de estratificación social, propia de las sociedades industriales
modernas, en la cual los grupos se dividen en clases sociales, en las que las personas que
la componen comparten características comunes que los vinculan social o
económicamente, sea por su función productiva o social, su poder adquisitivo o económico
o por la posición dentro de la burocracia. Por un lado, la clase obrera, formada
fundamentalmente por los trabajadores de las fábricas. A diferencia de los artesanos, que
vivían de la venta de las mercancías que fabricaban en sus propios talleres, los obreros
vivían del salario que les pagaban sus patrones, los capitalistas. Otro grupo social
fundamental que se formó en este proceso, fue el de los capitalistas o burguesía industrial.
Este grupo estaba formado por los dueños de las máquinas y de las fábricas. Por su
condición de propietarios, tomaban las decisiones económicas con total libertad, sin
consultar a los trabajadores que formaban parte importante del proceso de producción. Los
burgueses definían qué mercancías producir y a qué precios venderlas, así como las
condiciones de trabajo que iban a regir en sus empresas. Su riqueza se originaba en el
trabajo de los obreros en las fábricas. Sin embargo, el aumento de la riqueza no beneficiaba
a todos por igual. Mientras los obreros padecían extenuantes jornadas de trabajo en
condiciones laborales y de vida muy precarias, la burguesía no sólo hacía crecer su fortuna,
sino que también lograba imponer sus costumbres y valores al conjunto de la sociedad.
Incluso obtuvo el poder político, desplazando al grupo hasta entonces más poderoso, la
nobleza. Esta nueva forma capitalista de organizar la economía y la sociedad, no quedó
limitada a Inglaterra. La experiencia inglesa estimuló el proceso de industrialización en otros
países. Francia, Alemania, los Estados Unidos y Japón comenzaron a transitar su propio
camino hacia el capitalismo industrial.
Liberalismo político y liberalismo económico.
La doble revolución europea, permitió, además de las transformaciones ya definidas, la
conformación de un nuevo tipo de Estado, que los historiadores denominan liberal. La
ideología que sustentaba estos regímenes, es el denominado liberalismo, que hacia el siglo
XIX presentaba un doble aspecto: político y económico.
El liberalismo político significaba respeto a las libertades ciudadanas e individuales
(libertad de expresión, asociación, reunión), existencia de una constitución inviolable que
determinase los derechos y deberes de ciudadanos y gobernantes; separación de poderes
(legislativo, ejecutivo y judicial) para evitar cualquier tiranía; y el derecho al voto, muchas
veces limitado a minorías. El estado burgués del siglo XIX estaba también asentado en el
liberalismo económico: un conjunto de teorías y de prácticas al servicio de la alta
burguesía y que, en gran medida eran consecuencia de la revolución industrial. Desde el
punto de vista de la práctica, el liberalismo económico significó la no intervención del estado
en las cuestiones sociales, financieras y empresariales. A nivel técnico supuso un intento de
explicar y justificar el fenómeno de la industrialización y sus más inmediatas consecuencias:
el gran capitalismo y las penurias de las clases trabajadoras.
CRISIS DEL IMPERIO ESPAÑOL
(PRINCIPIOS DEL SIGLO XX)
A principios del siglo XIX, el control de España sobre sus colonias entró en crisis. Para
comprender esta situación, es necesario conocer el contexto europeo. Tras los
acontecimientos sucedidos en la Revolución Francesa, emergió el protagonismo de
Napoleón Bonaparte, quien, tras un golpe de estado en 1804, aboliría la República, auto
proclamándose Emperador de Francia. En la época napoleónica, Francia conquistó
territorios, predominando en Europa continental sobre la base de su poder militar, lo que
significó un estado de guerra casi permanente durante los primeros años del siglo XIX. Su
principal enemigo sería Gran Bretaña, a la que no pudo conquistar, ya que era la potencia
que dominaba el poder militar marítimo.
En 1796, Francia y España habían firmado el Tratado de San Ildefonso, que convertía a
ambos países en aliados. Esto reabrió el enfrentamiento de la corona española con
Inglaterra, generando que la flota inglesa buscara impedir las comunicaciones entre la
metrópoli y sus colonias, y, entre 1806 y 1807, intentó apoderarse de Buenos Aires. Una de
las principales consecuencias de las invasiones inglesas en el Río de la Plata, fue que
dejaron en evidencia la debilidad del imperio español. Con el debilitamiento del poder
metropolitano, las rivalidades entre los diversos sectores dominantes en las colonias se
acrecentaron: de un lado estaban los grupos de origen peninsular que controlaban el
comercio y la administración, y del otro, se encontraban los grupos criollos que, aunque
descendían a los españoles, se sentían marginados y limitados por las autoridades
coloniales.
En 1808, Napoleón invadió España, forzó la abdicación de Carlos IV y de su sucesor
Fernando VII, encarcelándolos, e impuso a su hermano José como rey. La figura del Rey
era el lazo de unión entre la gran diversidad de reinos y pueblos que integraban el Imperio,
y era vista como sagrada por su función en la defensa de la religión católica. La tradición
política española sostenía que entre el rey y el pueblo existía un pacto de sujeción, por el
cual el rey debía protección a sus súbditos y estos le debían obediencia y lealtad; por lo
tanto, era muy difícil que la figura del rey fuera cuestionada, que expresaba una concepción
según la cual, la rebelión tenía el objetivo de restablecer el pacto con el rey. Esta teoría
cobró nueva vigencia con la ocupación francesa, puesto que fueron los pueblos y las
ciudades los que se levantaron contra la invasión, formaron juntas locales de gobierno y
desarrollaron una guerra popular que duró hasta la expulsión de los franceses en 1814. La
formación de las juntas se apoyó en el principio que sostenía que, si el rey estaba preso, la
soberanía podía ser reasumida por el pueblo, que gobernaba en su nombre. Las diferentes
juntas locales se unieron en septiembre de 1808 y confirmaron conformaron un órgano de
gobierno general, la Junta Central de Sevilla. La situación se agravó 1810, cuando las
tropas francesas completaron la ocupación de la Península. La Junta de Sevilla se disolvió,
y su lugar fue ocupado por un Consejo de Regencia carente de representatividad. En varias
capitales, este Consejo no fue reconocido y los grupos Criollos constituyeron juntas de
gobierno a través de los cabildos, tal como sucedió en Buenos Aires, Santiago de Chile,
Caracas y Bogotá. Mientras tanto, en México, Lima y Montevideo, las autoridades juraron
fidelidad al Consejo.
LAS INVASIONES INGLESAS
En 1806 y 1807, tropas inglesas invadieron Buenos Aires. El objetivo principal de los
invasores era romper el monopolio español y liberar el comercio, abriendo un mercado
donde insertar gran cantidad de manufacturas (producidas tras la Revolución Industrial).
Estos episodios marcaron la aceleración de un proceso de cambios que se venía gestando
en la sociedad rioplatense. El intento de los británicos por conquistar el territorio rioplatense
derribando al poder español, puso en evidencia las contradicciones de la sociedad colonial.
Principalmente, se expuso la incapacidad de las autoridades virreinales para frenar el
avance extranjero.
En junio de 1806, Gran Bretaña envió una fuerza expedicionaria al mando del general
William Carr Beresford. Las tropas inglesas desembarcaron en las costas de Quilmes,
tomando la ciudad de Buenos Aires, casi sin encontrar resistencia, ya que, Rafael de
Sobremonte, quien ocupaba el cargo de virrey, salió de la ciudad con las “cajas del
Virreinato”, es decir con el dinero recaudado por impuestos. El objetivo de proteger los
recursos económicos de la colonia no se logró, dado que los ingleses los capturaron en la
localidad de Luján, pero la actitud del virrey fue vivida por muchos de los habitantes de
Buenos Aires como una muestra de debilidad de las autoridades españolas; incentivó ideas
independentistas previas en algunos, mientras que en otros encendió la primera llama de
críticas. Una vez en el poder, los británicos tomaron varias medidas, como liberar el
comercio y reducir los impuestos, como una forma de ganar el apoyo de los porteños. En
cuanto a las autoridades, estas fueron conservadas en sus cargos, previo juramento de
fidelidad a la Corona inglesa. Muchos no aceptaron esta condición. Manuel Belgrano,
secretario del Consulado, se negó diciendo “Queremos al amo viejo o a ninguno”,
ratificando su fidelidad al rey español. Comerciantes criollos y españoles toman partido
contra el invasor inglés, Martín de Álzaga y Juan Martín de Pueyrredón serán los principales
sostenedores de la resistencia. Apoyados por Santiago de Liniers, quien había reunido sus
tropas en Montevideo, lograron reconquistar la ciudad tras la rendición de los ingleses.
Después de la primera invasión, los vecinos de Buenos Aires exigieron al Cabildo que
nombrara a Liniers en el mando militar. Su primera acción fue organizar las milicias, que
eran regimientos de voluntarios organizados de acuerdo al lugar de origen o su grupo
étnico: los españoles se organizaron en Catalanes, Vizcaínos, Gallegos y Montañeses; los
criollos del interior, en Arribeños (por las provincias de “arriba”); los hombres nacidos en
Buenos Aires, formaron en cuerpo de Patricios; y los Pardos, Indios y Morenos, fueron los
encargados de la artillería pesada. Muchos jóvenes criollos pertenecientes a la “gente
decente” fueron elegidos por los milicianos como sus jefes, adquiriendo gran poder y
popularidad. Entre ellos estaban Cornelio Saavedra, Manuel Belgrano, Domingo French y
Juan Martín de Pueyrredón.
En 1807, una nueva incursión de los ingleses, al mando del general John Whitelocke, ocupó
Montevideo. El virrey Sobremonte fue nuevamente incapaz de enfrentarlos. Ante la noticia,
los vecinos de Buenos Aires exigieron al Cabildo su destitución. En junio, los ingleses
derrotaron a las tropas de Liniers, dando un plazo de tres días a la ciudad para rendirse,
plazo que fue aprovechado por Martín de Álzaga para organizar la defensa. Cuando los
ingleses entraron a Buenos Aires, las milicias derrotaron sus tropas, expulsando una vez
más a los invasores. La tarea de hacer frente al invasor fue llevada a cabo por el pueblo de
la ciudad de Buenos Aires: milicias de voluntarios fueron las encargadas de liberar la
ciudad. Las autoridades españolas no opusieron resistencia, sino que fueron los criollos
quienes derrotaron a las tropas de Inglaterra, por entonces la potencia más poderosa del
mundo.
Si pensamos en el proceso de revolución que se desataría unos años después, es evidente
la influencia que tuvieron estos primeros episodios bélicos que supieron resolver los criollos
rioplatenses. La creación de las milicias criollas y su audaz desempeño en la defensa y la
reconquista de la ciudad las consolidaron como un factor de poder indiscutido; quienes no
tenían voz ni voto habían recuperado el territorio. Esto dejó en claro la incapacidad de las
autoridades virreinales para sobrellevar episodios críticos y fue un gran aporte para la toma
de conciencia por parte de las milicias populares, tanto sobre su poder como sobre la
debilidad de las autoridades coloniales. El Cabildo de Buenos Aires, institución importante
porque era el centro político de la capital del Virreinato, se abrió desde entonces a la
participación popular y podría decirse que no hubo marcha atrás. Frente a la incapacidad
del virrey, fueron las autoconvocadas milicias de vecinos las que, democráticamente,
destituyeron a Sobremonte como autoridad militar y eligieron a un ex virrey, Santiago de
Liniers, quien en 1808 fue confirmado en el cargo por las autoridades españolas. Si bien
Liniers fue reemplazado poco después, en 1809, por un nuevo funcionario designado en
España, Baltasar Hidalgo de Cisneros, el nombramiento de Liniers por los vecinos de
Buenos Aires fue uno de los primeros pasos en la apertura a la igualdad política y a la toma
de decisiones populares.
LA REVOLUCIÓN DE MAYO
El Virreinato del Río de la Plata ya contaba con una elite intelectual, un sector comerciante,
que estaba imposibilitado para comerciar libremente con Inglaterra; y un grupo de criollos
armados que cada vez fortalecían más su poder militar. El descontento entre los criollos de
Buenos Aires crecía a la par de las pretensiones de organizar un gobierno autónomo y la
práctica del libre comercio. Así, un proceso intelectual, comercial y militar con ideas
independentistas comenzó a desarrollarse en el Virreinato del Río de la Plata.
En enero de 1810, la Junta de Sevilla fue depuesta por las fuerzas francesas. Al conocerse
la noticia en tierra rioplatense se produjo un vacío de poder y se incentivó en la población el
espíritu revolucionario. Jefes de milicias, intelectuales y comerciantes perjudicados por el
monopolio (muchos de ellos defensores de la ciudad de Buenos Aires durante las
invasiones inglesas) se movilizaron. Sevilla era el último bastión del poder español y de esta
manera el virrey Cisneros se vio obligado a ceder ante la iniciativa de los criollos
revolucionarios de Buenos Aires que pedían una convocatoria a Cabildo Abierto. Los
sectores más bajos de la estructura social si bien habían adquirido un papel activo en la
vida política de la colonia (impensado hasta entonces), no tuvieron el mismo protagonismo
que las élites en las deliberaciones y asambleas que se abrieron a partir de mayo de 1810.
De hecho, fueron solamente los llamados vecinos de la ciudad (españoles y criollos)
quienes asistieron al decisivo Cabildo Abierto que se celebró el 22 de mayo. Este no fue un
encuentro sencillo. Encontramos dos posturas predominantes en el debate del Cabildo
Abierto: por un lado, el obispo de la ciudad de Buenos Aires, Benito de Lué y Riega,
personificaba a quienes querían mantener fidelidad a las autoridades españolas. Del lado
más revolucionario lideraba Juan José Castelli, quien sostuvo que si no había rey en
España, las autoridades españolas en América no eran representativas y, por lo tanto, el
poder debía retornar al pueblo. Luego de un largo debate, se decidió desvincular de su
cargo al virrey Cisneros y conformar una Junta de gobierno como las muchas que se habían
formado en España. El 24 de mayo se dieron a conocer las autoridades de la Junta a la
población: los sectores más conservadores –y también temerosos– del Cabildo la habían
formado con españoles y como presidente del organismo gubernamental propusieron al
destituido virrey Cisneros. Gracias a la presión de los revolucionarios, se disolvió ese
organismo y el 25 de mayo de 1810 se constituyó en Buenos Aires el primer gobierno patrio.
Reunido en la Plaza de la Victoria, hoy Plaza de Mayo, el pueblo de Buenos Aires impuso
su voluntad al Cabildo y creó la Junta Provisoria Gubernativa del Río de la Plata, conocida
como la Primera Junta. Aunque esta Junta declaró su fidelidad al rey Fernando VII, se
trataba del primer gobierno no elegido por la Corona española, sino por un sector
representativo de los habitantes de Buenos Aires. Como presidente fue designado un militar
y comerciante, Cornelio Saavedra; fueron secretarios Mariano Moreno y Juan José Paso,
quienes, junto con Manuel Belgrano y Juan José Castelli, elegidos vocales, representaban
el sector más democrático e igualitario. La Junta se completaba con los vocales Miguel de
Azcuénaga, Manuel Alberti, Domingo Matheu y Juan Larrea. Se trataba del inicio del
ejercicio soberano del poder en el Río de la Plata.
En 1810 se abrió una nueva etapa tanto en la Península como en América. La formación de
juntas en diferentes ciudades americanas y la convocatoria a cortes en España redefinieron
los términos de la crisis iniciada en 1808. Mientras las regiones más densamente pobladas
del imperio se mantuvieron leales a la metrópoli y aplicaron la Constitución de Cádiz de
1812, otras se negaron a participar del proceso y emprendieron el camino de la insurgencia.
El Río de la Plata estuvo entre las zonas rebeldes. La autonomía política experimentada a
partir de 1810 dio lugar, inmediatamente, a una guerra entre los defensores y detractores
del nuevo orden, y transitó por múltiples caminos hasta la declaración de la independencia
en 1816. En el cabildo abierto celebrado el 22 de mayo de 1810, los asistentes votaron una
decisión crucial: deponer al virrey Cisneros de su cargo por haber caducado la autoridad
que lo había designado. Además de deponer al virrey, ese mismo día se decidió que el
Cabildo de la capital asumiera el mando como gobernador y que, en tal calidad, se
encargara inmediatamente de formar una junta de gobierno para tutelar los derechos del rey
Fernando VII. Al día siguiente, el Cabildo hizo un último intento por integrar a Cisneros en
esa Junta, pese a lo acordado el 22 de mayo. Se lo hizo abdicar previamente de su cargo
para designarlo como presidente de la Junta, aunque sin la calidad de virrey. Pero todo fue
inútil. El 25 de mayo, la Plaza de la Victoria se había convertido nuevamente en el escenario
de la agitación popular. Un movimiento liderado por el regimiento de Patricios elevó un
petitorio con la lista de los nombres que debían figurar en el nuevo gobierno. La Junta
quedó así constituida se invocó el principio de retroversión de la soberanía para reasumirla
provisionalmente hasta tanto el rey regresara al trono, siguiendo el ejemplo de las juntas de
España. Aunque no se puso en juego la legitimidad monárquica, sí se cuestionó la de las
autoridades metropolitanas que venían a reemplazarlo. La formación de la Junta provisional
implicó la creación de un gobierno autónomo, que procuró erigirse en autoridad suprema de
todo el Virreinato. La autonomía significaba en aquel momento mantener el vínculo con el
monarca y ejercer el autogobierno sin reconocimiento del Consejo de Regencia peninsular.
La Primera Junta juró fidelidad a la corona española. Si bien las posiciones de los
revolucionarios se dividieron entre quienes querían romper inmediatamente los lazos
coloniales con España y quienes no, todos acordaron que, para proteger al nuevo gobierno
era necesario realizar ese juramento. Esta fue una estrategia, conocida como la “Máscara
de Fernando VII”, que consistía en jurarle fidelidad al rey cautivo Fernando VII, y no a su
reemplazante José Bonaparte (impuesto a España por las fuerzas de Napoleón Bonaparte)
ni al Consejo de Regencia que se atribuía la autoridad monárquica. Fue utilizada por los
impulsores de la Revolución de Mayo para desligarse de la monarquía española y al mismo
tiempo evitar represalias o posibles rebeliones armadas en defensa del rey, que podrían
recibir en caso de proclamar la independencia en forma abierta.
Como la Revolución había sido en Buenos Aires, el primer problema de orden práctico que
se presentó fue que, si se pensaba en un gobierno democrático representativo, era
necesario que las voces de los pueblos de las distintas ciudades y regiones que componían
el ex virreinato estuvieran presentes en el gobierno. La Primera Junta, interesada en
fortalecer su posición y ser aceptada en todo el territorio del Río de la Plata, el 27 de mayo
envió una circular convocando a las ciudades a reconocer el nuevo gobierno y enviar
representantes para participar en él.
Mientras tanto, comenzaron los conflictos entre los revolucionarios. Por un lado, Cornelio
Saavedra tenía una posición moderada, proponía esperar para reemplazar las leyes
existentes y declarar la independencia. Afirmaba que era necesario mantener la “Máscara
de Fernando”. Por otro lado, Mariano Moreno tenía una posición más radical, quería
declarar inmediatamente la independencia, redactar una constitución para organizar el
nuevo estado y elaborar leyes que establecieran, entre otras cosas, la igualdad entre
indígenas, criollos y españoles, la abolición de la esclavitud y la supresión de los tributos. El
conflicto entre morenistas y saavedristas se agudizó cuando llegaron a Buenos Aires los
representantes de las ciudades, ya que no había acuerdo sobre el papel que cumplirían.
Tras los debates, se impuso la posición de Saavedra, quien propuso que se integraran al
gobierno. En diciembre de 1810, se creaba la Junta Grande. Desilusionado, Moreno
renunció a su cargo y se embarcó hacia Gran Bretaña en una misión diplomática, pero
enfermó (algunos historiadores creen que fue envenenado) y murió en alta mar en marzo de
1811. Desde la creación del Primer Gobierno Patrio, la inestabilidad política fue una
consecuencia inevitable de las tensiones y conflictos de distinto orden que afectaron el
ejercicio del poder. Durante este tiempo, se profundizó el enfrentamiento entre españoles y
criollos. Por otra parte, la escasez de recursos acentuada por el desorden económico que
acompañó la revolución y la guerra y, por fin, las alianzas políticas más o menos
circunstanciales en las cuales se apoyaban los distintos grupos para sostener sus
posiciones, eran en conjunto motivos de incertidumbre, ineludibles a la hora de decidir.
CREACIÓN DE LOS EJÉRCITOS Y EXPEDICIONES MILITARES
Ante la necesidad de crear un ejército patriota, se reclutó a todos los varones mayores de
catorce años, formando batallones de criollos, mestizos, indios y esclavos. Una vez
formados, los ejércitos patriotas se dirigieron hacia los focos realistas que no aceptaban a la
Primera Junta como autoridad legítima. La expedición a la Banda Oriental, comandada por
José Rondeau, conseguirá el primer triunfo de la mano de José Artigas, en el Combate de
las Piedras (1811), obligando a los realistas a refugiarse en Montevideo, donde
permanecieron hasta su derrota, en 1814. La expedición a Paraguay fue comandada por
Manuel Belgrano, quien luego de un triunfo en Campichuelo, fue derrotado en Tacuarí y
Paraguarí. En 1811, Paraguay se declaró independiente tanto de España como de Buenos
Aires. La expedición al Alto Perú tenía la misión de acabar con las tropas realistas que,
desde Lima, amenazaban al Río de la Plata, pretendiendo sofocar la Revolución. Además,
era muy importante para los patriotas controlar las minas de plata de Potosí. El ejército
revolucionario fue derrotado en Huaqui, en 1811. Tras esta derrota, Belgrano tomó el
mando. Belgrano replegó al Ejército del Norte hacia Jujuy, dando comienzo a la segunda
campaña al Alto Perú. Para evitar el avance de los realistas, ordenó a los habitantes que
abandonaran sus casas y quemaran sus cultivos, trasladaran a Tucumán sus bienes y
ganado, para que aquellos no pudieran alimentarse ni acampar. Este será conocido como el
Día del Éxodo Jujeño. Una vez en Tucumán, Belgrano desobedecería las órdenes del
gobierno porteño de retirarse hacia Córdoba, logrando el triunfo en la Batalla de Tucumán
(24 de septiembre de 1812) ante un debilitado ejército realista, demostrando que la
estrategia del éxodo había funcionado. La guerra del Norte continuará con el triunfo en la
Batalla de Salta (20 de febrero de 1813) y las derrotas de Vilcapugio (1 de octubre de 1813),
Ayohuma (14 de noviembre de 1813) y Sipe Sipe (29 de noviembre de 1815). Esta última
batalla, al mando de Rondeau durante la tercera campaña al Alto Perú, significó la pérdida
de la región en manos de los realistas. Sin embargo, los triunfos en Tucumán y Salta,
frenaron el avance realista sobre el territorio del Río de la Plata, asegurando la Revolución.
LA CREACIÓN DE LA BANDERA
Luego de fracaso de la campaña al Paraguay, Belgrano fue puesto al mando de las tropas
que defendían las costas del río Paraná de los ataques de la flota de Montevideo. Fue
entonces cuando propuso que sus hombres usarán un distintivo para que se los distinguera
del enemigo. Esta propuesta fue aceptada por el Primer Triunvirato, que dispuso la
utilización de una escarapela nacional de dos colores: blanco y azul celeste, conforme al
diseño propuesto por Belgrano, el 18 de febrero de 1812, quien la hizo lucir a sus tropas. El
27 de febrero de ese mismo año, creó una bandera con los mismos colores de la
escarapela, reuniendo a sus tropas en Rosario, a orillas del río Paraná y les ordenó a sus
oficiales y soldados que le juraran fidelidad.
PRIMEROS GOBIERNOS PATRIOS Y
PRIMEROS CONFLICTOS POR LA ORGANIZACIÓN POLÍTICA
La Junta Grande se constituyó como resultado de la convergencia entre los diputados del
interior, que comenzaron a llegar a Buenos Aires, en diciembre de 1810, en cumplimiento de
la circular de mayo, intensificando los conflictos entre saavedristas, que contaban con el
apoyo de la mayoría de ellos y morenistas, que, reunidos en la Sociedad Patriótica,
contaron con el apoyo del Cabildo porteño en contra de sus adversarios. El conflicto entre
facciones llegó a su mayor punto con la movilización del 5 y 6 de abril de 1811, conocida
como “Revolución de los orilleros”: fue un levantamiento por el cual el sector moderado
partidario de Cornelio Saavedra, se aseguró el control de la Junta Grande, eliminando a la
minoría radical partidaria de Mariano Moreno. Pero el triunfo de la facción saavedrista no
fue duradero. A mediados de 1811 la situación militar se tornó desfavorable, la derrota de
las fuerzas revolucionarias en la Batalla de Huaqui, dejó el Alto Perú en manos enemigas e
interrumpió el comercio con Potosí. A su pedido, la Junta encomendó a Saavedra marchar
hacia el Norte, para reorganizar el ejército y frenar la posible invasión española. El gobierno
quedó así sin su principal autoridad. La situación fue aprovechada por el Cabildo de la
capital, obligando a la Junta Grande a negociar su poder con él. Las derrotas del Ejército del
Norte, que hacían peligrar la continuidad de la lucha contra los realistas, y la necesidad de
tomar decisiones rápidas llevaron a la concentración del poder ejecutivo en pocas personas:
primero en tres, los Triunviratos (1811-1814), y luego en una, el Directorio (1814-1820). El
23 de septiembre de 1811, el Cabildo logró que la Junta ordenara la creación de un nuevo
gobierno, que sería conocido como Primer Triunvirato, formado por los triunviros Juan José
Paso, Feliciano Chiclana y Manuel de Sarratea y el secretario, Bernardino Rivadavia,
quienes pensaron que las exigencias de la guerra hacían necesario un poder ejecutivo
fuerte y disolvieron todas las juntas provinciales y hasta la propia Junta Grande. La Junta
continuó existiendo, transformada en Junta de Conservación de los Derechos de Fernando
Séptimo, con la misión teórica de ejercer como poder legislativo. Pero las relaciones entre
esta y el Triunvirato no estaban bien definidas: cuando la Junta sancionó un reglamento
constitucional, el gobierno lo sometió a la decisión del Cabildo de Buenos Aires, dejando en
claro que este era superior a la Junta, y alentando al cabildo a rechazarlo. Como la Junta se
quejó del procedimiento, el gobierno la disolvió oficialmente, en noviembre de ese mismo
año. Estas medidas concentraron todo el poder en Buenos Aires y dejaron al interior sin
representantes. El Primer Triunvirato distó de contar con la armonía entre sus miembros,
pero, además, debió soportar la presión del cabildo, un persistente foco de poder que se
mantuvo durante toda la década, y de los sectores más radicalizados, agrupados en la
Sociedad Patriótica y en la recientemente creada Logia Lautaro, de donde empezaban a
surgir las voces que sostenían la necesidad de reunir un congreso y sobre todo de declarar
la independencia.
Mientras tanto, las noticias de Europa no eran más tranquilizadoras. En marzo de 1812 las
Cortes de Cádiz, sancionaron una Constitución “liberal”, en la cual proclamaban la
existencia de una nación española compuesta por todos los dominios de la monarquía.
Aceptar esta solución no era un camino posible. Se hacía cada vez más insostenible el
argumento de la fidelidad a Fernando VII con el cual se había justificado la autonomía tras
la Revolución. La convocatoria a un Congreso Constituyente, impulsada por los grupos más
radicalizados, se presentaba como el camino para resolver el problema de la soberanía. En
este escenario se agudizaron los enfrentamientos políticos. Las diferencias entre Bernardino
Rivadavia y los miembros de la Sociedad Patriótica, liderados por Monteagudo, junto a la
Logia de la cual formaban parte José de San Martín y Carlos María de Alvear, estallaron en
octubre 1812 como consecuencia de la manipulación en las elecciones para la renovación
de los triunviros. Una movilización de civiles reclutados por Juan José Paso, con apoyo de
los regimientos de los jefes de la logia, puso término a la experiencia del Primer Triunvirato.
El Segundo Triunvirato nació con el aval de los grupos más radicalizados, que habían
conducido los sucesos de octubre de 1812. La elección recayó una vez más en Juan José
Paso, junto a Antonio Álvarez Jonte y Nicolás Rodríguez Peña, ambos miembros de la
Logia, que apoyaban la propuesta de declarar la independencia.
El nuevo gobierno le encomendó a San Martín, quien recientemente había llegado de
España para sumarse a la Revolución, la formación de un cuerpo de caballería, el
Regimiento de Granaderos a Caballo, para que sirviera de modelo de organización militar.
Para ello, San Martín inculcó en sus soldados pautas de disciplina, obediencia y lealtad a
partir de un estricto reglamento que él mismo cumplía y respetaba más que nadie. El plan
de organización del primer Escuadrón de Granaderos a Caballo presentado por el teniente
coronel San Martín fue aprobado por decreto el 21 de marzo de 1812. Para la concreción
del mismo, expuso en detalle al Gobierno la necesidad de formar un cuerpo modelo, donde
la calidad humana de sus integrantes, fuera más importante que la cantidad. De tal manera
que, dotándolo de un espíritu, fuera el núcleo de un ejército disciplinado y moderno, capaz
de combatir con éxito contra las veteranas fuerzas realistas. Se encargó de todo, hasta de
diseñar los uniformes.
En febrero de 1813, el Regimiento de Granaderos a Caballo tuvo su “bautismo de fuego” en
Santa Fe, durante el Combate de San Lorenzo, cuya victoria fue arrasadora, frenando la
avanzada realista en el litoral. Es en esta batalla donde San Martín fue salvado por dos
soldados, que pasarán a la historia como símbolo de valentía: mientras el general había
quedado atrapado bajo su caballo, Juan Bautista Baigorria lo defendió matando a un
español que lo iba a atacar mientras Juan Bautista Cabral lo liberaba, acción en la que
perdió su vida.
EL PLAN CONTINENTAL DE SAN MARTÍN
Tras las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, San Martín fue enviado al Norte por el gobierno
de Buenos Aires, para hacerse cargo del ejército. Allí advirtió que iba a ser muy difícil
vencer a los ejércitos realistas del Alto Perú, por constantemente recibían ayuda desde
Perú. Era necesario entonces atacar el centro del poder español en Sudamérica, Lima, por
otro camino. En el famoso encuentro en la Posta de Yatasto, San Martín presenta sus ideas
a Belgrano, con quien se reúne para recibir el mando del Ejército del Norte. Para lograr su
objetivo, San Martín planeó cruzar con su ejército la Cordillera de Los Andes, vencer a los
realistas en Chile, y desde ahí, viajar por mar hasta Perú, para desembarcar en Lima, donde
se concentraban los españoles. Así, en 1814, luego de ser nombrado Gobernador de Cuyo,
se instaló en Mendoza, desde organizó su campaña libertadora. Allí formó el Ejército de los
Andes, con soldados que provenían del Ejército del Norte y del Litoral, del Regimiento de
Granaderos a Caballo y voluntarios cuyanos. El cruce de la cordillera sería en enero de
1817. El 12 de febrero de ese año, los patriotas lograron su primer triunfo en la batalla de
Chacabuco, en territorio chileno. Un año después, Chile declara su independencia. El
Ejército de los Andes fue derrotado en la batalla de Cancha Rayada, pero lograron el triunfo
definitivo en la batalla de Maipú, en abril de 1818. Tras la liberación de Chile, era necesario
llegar a Perú. San Martín llevó la guerra al mar. La flota, dirigida por Tomás Cochrane,
desembarcó cerca de Lima en 1820. El virrey del Perú quiso negociar con San Martín, pero
al no llegar a un acuerdo, comenzaron los enfrentamientos. Los ejércitos patriotas tomaron
Lima, y el 28 de julio de 1821, San Martín proclamó la Independencia de Perú.
Un logro fundamental del Segundo Triunvirato fue la concreción del Congreso
Constituyente, postergado desde 1810. El 24 de octubre de 1812 se convocó a elecciones
para diputados a la Asamblea General Constituyente, conocida como Asamblea del Año
XIII, inauguró sus sesiones a fines de enero de 1813 y se proclamó representante de las
Provincias Unidas del Río de la Plata. Tenía por objetivos proclamar la independencia y
sancionar una constitución que incluyese la forma republicana de gobierno y la división de
poderes. Su propósito manifiesto era la emancipación y constitución del Estado de las
Provincias Unidas. Se declaró soberana y asumió la representación de las provincias. Entre
sus novedades, se encontró la ausencia del juramento de fidelidad a Fernando VII. Las
personalidades más notables de aquella época integraban la Asamblea fueron Carlos María
de Alvear, Bernardo de Monteagudo, diputado por Mendoza, Gervasio Posadas, Vicente
López y Planes, Hipólito Vieytes, entre otros. Aunque los primeros postulados no fueron
cumplidos, la Asamblea introdujo profundos cambios políticos y sociales que resultaron
trascendentales para nuestra soberanía popular, ratificando su vocación de independencia,
libertad e igualdad plasmadas en sus disposiciones fundacionales. Se establecieron una
serie de resoluciones de gran importancia, entre ellas: Acuñó la moneda nacional. Borró la
efigie real de la moneda y acuñó otra con las armas de la Asamblea y la leyenda rebelde:
“en unión y libertad”; Creó un sello oficial, del que se derivó el Escudo Nacional como
símbolo patrio; Aprobó la “Marcha Patriótica”, escrita por Vicente Lopez y Planes y Blas
Parera, como Himno Nacional; Instituyó el 25 de mayo como fecha patria; Abolió los
castigos corporales y prohibió el uso de las torturas; Suprimió los títulos de nobleza; Declaró
la Libertad de vientres, por la que los hijos de esclavos nacían como personas libres;
Derogó la mita, la encomienda y el yanaconazgo; así como el Servicio personal de los
indios, bajo todo concepto y sin exceptuar el que prestaban a las iglesias o a sus párrocos.
Esto ocurrió el 12 de marzo de 1813, reafirmando un decreto de la Junta Grande, que
establecía que los indígenas debían ser tenidos por hombres perfectamente libres y en
igualdad de derechos.
La misión del nuevo gobierno fue convocar un Congreso Constituyente, que sería el primero
de una serie de intentos fallidos. Más allá de las dificultades de distinto orden que
impidieron la inmediata declaración de la independencia, la sola pretensión constituyente
era expresión de una voluntad soberana, incompatible con la cada vez más difícil fidelidad
al rey cautivo, así como difícil de plasmar en un acuerdo capaz de expresar la forma que
debía adquirir el nuevo Estado. En efecto, el primer objetivo se revelaría más fácil de
cumplir. La Asamblea creó el cargo de gobierno unipersonal: el Directorio, bajo el mando del
Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
El contexto del año 1814 aceleró este proceso. Por un lado, las derrotas de los ejércitos
patrios en Vilcapugio y Ayohuma, dejó desprotegido el Alto Perú, bajo constante acecho de
los realistas desde Lima. Sólo las montoneras de Martín Miguel de Güemes detenían
parcialmente el avance español. En Europa, Napoleón había sido derrotado, y el rey
español Fernando VII retornaba a su trono con pretensiones de recuperar sus dominios
americanos. Ante tales perspectivas, que anunciaban tiempos aún más difíciles, la
Asamblea General Constituyente del Año XIII, resolvió concentrar el poder en una sola
persona que llevaría el título de Director Supremo de las Provincias Unidas, con el objeto de
darle agilidad y mayor ejecutividad a las decisiones políticas y administrativas que debían
tomarse ante la compleja situación que atravesaba el Río de la Plata.
El director se desempeñaba dos años en sus funciones, en las que era acompañado por
dos secretarios y un Consejo de Estado, que lo asesoraría sobre todo en materia de política
internacional. El primer Director Supremo fue Don Gervasio Antonio Posadas, que
renunciaría antes de terminar su mandato, asumiendo el mando su sobrino Carlos María de
Alvear. La creación del Directorio inauguró la tradición de los poderes ejecutivos
unipersonales en nuestra historia institucional, pero fracasó debido a sus políticas
centralistas y hegemónicas sobre todo el territorio de las Provincias Unidas, enfrentadas a
los reclamos localistas por parte de las provincias, en las que crecían las ideas del
federalismo y las autonomías provinciales, como exigencias irrenunciables ante el
avasallamiento de las pretensiones del centralismo porteño. Al interior de la Asamblea,
surgieron dos tendencias contrapuestas: una federalista, que afirmaba la autonomía de los
pueblos y otra centralista, de Buenos Aires. El conflicto entre estas dos posiciones llevó a la
exclusión de los diputados electos por la Banda Oriental. Las Instrucciones dadas por
Artigas, líder del Litoral, proponían la declaración de la independencia absoluta de la Corona
española y un gobierno confederal para las Provincias. El rechazo de la Asamblea a la
incorporación de los diputados de la Banda Oriental, Corrientes, Entre Ríos y Santa Fe,
condujo a un enfrentamiento militar.
En 1814, José Artigas organizó la Unión de los Pueblos Libres, de la que fue declarado
«protector». Para continuar con el sitio de Montevideo, que se encontraba en poder de los
realistas, el Director Supremo, Posadas, nombró al general Carlos María de Alvear
comandante del ejército de las Provincias Unidas, quien asumió el mando de sus tropas
después de la victoria naval de Guillermo Brown frente a Montevideo, y rápida y
exitosamente negoció la rendición. La caída de Montevideo en poder del Directorio, produjo
una muy importante alteración de la geografía de la revolución en el área del Río de la
Plata, que benefició a los revolucionarios. Tras varios meses de enfrentamientos militares
entre el Directorio, en una guerra civil desarrollada en Corrientes, Entre Ríos y la Provincia
Oriental, la victoria de las fuerzas federales, en la batalla de Guayabos de 1815, obligó al
Director Supremo Carlos María de Alvear a evacuar Montevideo, entregándola a las tropas
de Artigas. Alvear, decidido a gobernar sobre las provincias del Río de la Plata sin
oposición, ofreció a Artigas la independencia de la Provincia Oriental, quien la rechazó y
ayudó a los federales de Corrientes y Santa Fe a luchar contra la tutela del Directorio,
tratando de imponer una nueva forma de estado: el federalismo, que hasta este entonces
era ajeno al sistema existente en el Río de la Plata. Las victorias de Artigas significaron la
caída de Alvear y el derrumbe del primer intento constitucional. El vacío de poder provocado
por esta crisis fue llenado por el Cabildo porteño, que una vez más asumía la tutela del
gobierno, aunque no era más que la expresión de los vecinos de Buenos Aires. La Junta de
Observación, creada bajo su órbita, tenía como misión custodiar al nuevo Director Supremo
interino, el Coronel Álvarez Thomas, designado en reemplazo del General Rondeu, quien
estaba al frente del ejército que marchaba contra Artigas y contra la Liga de los Pueblos
Libres del Litoral. La Junta estableció el Estatuto Provisorio de 1815, con el cual Álvarez
Thomas convocó a elecciones, para integrar un nuevo Congreso Constituyente. El objetivo,
era declarar la independencia, teniendo en cuenta el complicado contexto local y europeo.
Así, el Estatuto era el cuerpo legal que organizaba las Provincias Unidas, hasta que el
Congreso cumpliera su esencial cometido de sancionar una Constitución.
DE LA INDEPENDENCIA A LA GUERRA CIVIL
El Congreso General Constituyente comenzó a sesionar en la ciudad de San Miguel de
Tucumán para paliar el malestar contra Buenos Aires, exacerbado por la política alvearista.
Por su ubicación, esta ciudad era el lugar ideal para reunir a los representantes:
relativamente cerca de otras provincias y lo suficientemente lejos de Buenos Aires. De todos
modos, no participaron el Paraguay (segregado de las Provincias Unidas desde 1811), ni las
provincias artiguistas Corrientes, Santa Fe, Entre Ríos y la Banda Oriental. Una vez elegido
el nuevo Director Supremo, Juan Martín de Pueyrredón, los diputados cumplieron con el
objetivo prioritario: el 9 de julio de 1816 fue declarada la Independencia de las Provincias
Unidas de Sud América de la dominación española y de toda otra dominación extranjera. La
Declaración de la Independencia quedó registrada en un Acta firmada por las autoridades
del Congreso: El Congreso General Constituyente, reunido en Tucumán en 1816, sesionó
en la vivienda de una importante familia local. Pertenecía a Francisca Bazán, casada con el
comerciante español Miguel Laguna, y se construyó en la década de 1760. A falta de
edificios públicos adecuados, se decidió́ que el Congreso Constituyente sesionará en la
casa de los Laguna Bazán. Para ello, el gobierno realizó nuevas reformas: se amplió el
salón destinado a las sesiones, se repararon los techos y se construyeron letrinas. Los
muros se pintaron de blanco; y las puertas y ventanas, de color azul, para que la casa
tuviera los colores de la patria. El gobierno mandó a fabricar las mesas, sillas, candelabros y
todo lo necesario para el funcionamiento del Congreso. En 1941, la Casa de la
Independencia fue declarada Monumento Nacional. Si bien el nuevo Congreso de 1816
declaró la Independencia de la Provincias Unidas de Sud América, fracasó en el intento de
organizar constitucionalmente un Estado. Surgirá entonces el gran debate acerca de cuál
era el modo legítimo de entender y ejercer la nueva soberanía: bajo la forma de una
república, o de una monarquía representativa, en plural como mandato de “los pueblos”, o
en singular como encarnación de “el pueblo”. Diversas opciones comenzaron a discutirse,
las más posibles eran una república, sistema representativo con división de poderes, o un
sistema monárquico. Manuel Belgrano, por ejemplo, propuso establecer una monarquía
constitucional en la que un descendiente de los incas ocupara el trono, ya que los
consideraba como legítimos soberanos antes de que los españoles los despojaran de su
poder. Algunos diputados propusieron buscar un príncipe europeo para ocupar el trono.
Todas estas propuestas fracasaron. De allí en más, sólo iba a ser considerada la forma
republicana de gobierno, que se impuso en toda América donde, entre otras
consideraciones, no existía una estirpe noble en la cual pudiera asentarse legítimamente la
monarquía. Entre las propuestas republicanas, se destacó la de Fray Justo Santa María de
Oro, diputado por San Juan, quien también planteó al Congreso la necesidad de consultar al
pueblo. Otra cuestión que generó una crisis institucional posterior a la independencia, fue la
relación entre el poder central y la cada vez más clara configuración de los poderes locales,
defensores de su autonomía. El Congreso había dado la espalda al desafío federal del
artiguismo. En el arranque, en territorio tucumano, primó la prudencia, pero ya el
Reglamento Provisorio de 1817 mostró una tendencia al centralismo para la elección de los
gobernadores-intendentes, que culminó en la Constitución de 1819, concentrando en manos
del poder ejecutivo la designación de todos los funcionarios. Este intento constitucional,
selló su fracaso con aquella disposición que desconocía los derechos de las ciudades y los
pueblos del interior. Esta vez, la crisis condujo a la caída del poder central, sellada por la
derrota del ejército porteño frente a las tropas del litoral en la batalla de Cepeda. Esta
batalla tuvo lugar el 1 de febrero de 1820 en la cañada del arroyo Cepeda, que separa las
provincias de Santa Fe y Buenos Aires. El enfrentamiento fue breve, y se enfrentaron la
Liga Federal (también conocida como la Liga de los Pueblos Libres), formada por provincias
que exigían un sistema autónomo, dirigida por Francisco Ramírez, caudillo de Entre Ríos, y
Estanislao López, caudillo de Santa Fe; contra el unitario Gobierno de las Provincias Unidas
del Río de la Plata, que abogaba por un sistema centralizado en Buenos Aires, al mando de
José Rondeau y Juan Ramón Balcarce. El gobierno central sufrió una humillante derrota y
los federales invadieron el territorio de la Provincia de Buenos Aires sin resistencia. Los
representantes de la Liga Federal exigieron la disolución del Congreso Nacional y del
Directorio Supremo, lo cual se llevó a cabo. El resultado fue la firma del Tratado del Pilar, el
23 de febrero de 1820, mediante el cual se garantizaba la unidad nacional con un sistema
federal (que en la práctica era más una confederación). Este tratado, es uno de los "pactos
preexistentes" a los que alude en su Preámbulo la Constitución Nacional de 1853. Desde
entonces, derrocadas y disueltas las autoridades nacionales, cada provincia se fue dando
su propia organización, abriéndose un período de guerras civiles. El territorio del Río de la
Plata, entraría en una época de inestabilidad política y conflictos violentos. Tras diez años
desde el inicio de la revolución se configuró un nuevo escenario que contaba con enormes
desafíos y algunas pocas certezas, entre ellas la opción por la República, aunque sin
soluciones a la vista para sentar las bases de un nuevo Estado nacional.
LAS AUTONOMÍAS PROVINCIALES (1820-1829)
Los diversos intentos por alcanzar alguna forma de organización política aceptada por
todos, fueron fracasando, y dieron lugar a la formación de dos posturas diferenciadas. Por
un lado, los centralistas impulsaban el establecimiento de un gobierno central con amplios
poderes y sede en Buenos Aires. Por el otro, los federalistas proponían una organización de
tipo confederal, que permitiera una integración igualitaria de las provincias y respetara sus
autonomías. Las profundas diferencias que existían entre los dos modelos impidieron
alcanzar un acuerdo estable y duradero. 1820 será un “año decisivo” para la historia de
nuestro país: las divergencias se profundizaron y provocaron violentos enfrentamientos
armados que llevaron a la reestructuración del orden político del territorio. Por ello, es
definido por muchos como la Anarquía del año XX. Este año marcaría el fin del proceso
revolucionario de 1810 y el comienzo del período de las autonomías provinciales, un tiempo
de fragmentación política y caudillismo, en que cada región se organizó autónomamente, y
en el que fueron frecuentes los enfrentamientos y las guerras civiles.
ECONOMÍA (1820-1829)
La provincia de Buenos Aires fue consolidando una situación más ventajosa que el resto de
las provincias del Interior y el Litoral. Los hacendados y comerciantes porteños descubrieron
en los años de 1820 un negocio, la ganadería, actividad que les permitió rehacerse de las
pérdidas y quebrantos ocasionados por los efectos combinados de las guerras de la
independencia y la competencia de los comerciantes ingleses. Muchos países europeos, en
especial Gran Bretaña en pleno apogeo de transformación industrial, demandaban por
entonces cueros y otros derivados de la producción ganadera. En el Brasil y en el Caribe,
había además buenas posibilidades de vender carne salada. Ante estas posibilidades,
muchos viejos comerciantes se dedicaron a ella. El libre comercio facilitaba la exportación
de sus productos. La ganadería impedía el desarrollo agrícola, y sólo beneficiaba a los
terratenientes bonaerenses y a los comerciantes ingleses. En este marco, se fue
conformando una élite ganadera propietaria de inmensas extensiones de tierras, de las más
productivas del territorio, ya que se extendían sobre la pampa húmeda. Se construyó así un
régimen de propiedad de la tierra concentrado en pocas familias en detrimento de la
pequeña propiedad agrícola. Otro factor que contribuyó a la construcción de una nueva
prosperidad, fue el aumento de los ingresos que derivaban del monopolio portuario.
Efectivamente, la provincia de Buenos Aires controlaba el puerto de la ciudad de Buenos
Aires y su aduana, es decir los lugares por donde se realizaba todo el comercio, incluido el
de las provincias del Litoral y el Interior con el exterior. Por lo tanto, la provincia también se
beneficiaba de los ingresos por los impuestos aduaneros que se cobraban a las
mercaderías que entraban y salían por su puerto.
Durante la etapa de las autonomías provinciales, entre 1820 y 1824, Buenos Aires vivió un
proceso peculiar, conocido como la “feliz experiencia”. Con el control de la aduana, las élites
locales se enfocaron en el desarrollo de la provincia, desentendiendose de los problemas de
las otras regiones. El llamado Partido del Orden, de orientación liberal, agrupó a la
dirigencia con mayor apoyo de las clases altas y accedió al poder. En su seno se destacó
Bernardino Rivadavia quién promovió una serie de reformas que sentaron las bases de un
aparato del Estado y una economía orientada a las exportaciones ganaderas. Por la Ley de
Enfiteusis de 1822 se arrendó una enorme superficie de tierras a largo plazo y a precios
bajísimos, lo que dio lugar al fortalecimiento de una clase de grandes terratenientes, lo que
generó un mayor incentivo para que la economía bonaerense se orientará cada vez más a
la ganadería para la exportación de cueros, y en menor medida a la producción en
saladeros. En 1824 se firmó un empréstito con la firma londinense Baring Brothers con el
objetivo de financiar obras de infraestructura portuaria. El préstamo se realizaba en medio
de tratativas con el Imperio Británico para que reconociera la independencia de las
Provincias Unidas, pero resultó ruinoso: las obras anunciadas nunca se realizaron y los
intereses se acumularon hasta generar una deuda ocho veces mayor que los fondos
recibidos, que al país le costaría ochenta años terminar de pagar.
Los territorios del Litoral eran también ganaderos y disputaban con Buenos Aires por los
impuestos aduaneros y por la libre navegación de los ríos Paraná y Uruguay para poder
exportar sus productos. Esta disputa se resolvería con la firma del Tratado del Cuadrilátero
de 1822, que autorizaba a las provincias litoraleñas a comerciar directamente con el
exterior, sin pagar derechos de aduana a Buenos Aires, lo que marcó un mayor desarrollo
económico en la zona. En el Interior, las provincias eran productoras de artesanías: desde
textiles hasta pequeñas industrias alimenticias. Su desarrollo era todavía incipiente. Por la
falta de tecnologías adecuadas y de transporte, los costos de producción eran muy altos.
Los caminos y los transportes eran heredados de la época colonial. Viajes larguísimos, por
caminos de tierra, en pesadas carretas, encarecían y dificultaban el comercio interregional y
también el intercambio con el exterior. El libre comercio establecido por los primeros
gobiernos patrios, permitía además que entraran libremente por el puerto de Buenos Aires,
productos procedentes de Inglaterra, Francia y otros países industriales, ante los cuales
muchas de estas artesanías y productos de las provincias del Norte y de Cuyo, no podían
competir. Además de la disputa por los impuestos aduaneros, para los sectores productivos
de estas provincias era indispensable restringir el librecambio. La situación económica en el
Noroeste se estancó, principalmente tras la ruptura de los vínculos comerciales con el Alto
Perú. En Cuyo, las provincias lograron sostenerse gracias a la venta de vinos y frutas secas
a Chile.
LA GUERRA CON EL BRASIL Y LA PRIMERA PRESIDENCIA
En 1824, Buenos Aires convocó a las demás provincias para que enviaran a sus
representantes a un Congreso General Constituyente. A comienzos de 1825, el congreso
dictó la Ley Fundamental, por medio de la cual se delegó en Buenos Aires el manejo de las
relaciones exteriores mientras las provincias conservaban su autonomía, hasta tanto se
dictara una constitución. Como fue respetuosa de las autonomías provinciales, la ley fue
aceptada, incluso, por los caudillos federales. Mientras el Congreso se hallaba reunido en
Buenos Aires, estalló la guerra con el Brasil. Brasil se había independizado de Portugal en
1822, y convertido en un imperio, incorporó como parte de sus dominios a la Banda
Oriental. En 1824, tras el fracaso de una misión diplomática, un pequeño grupo de patriotas
orientales, a los que luego se conoció como los “Treinta y tres orientales”, proclamaron la
reincorporación de la Banda Oriental a las Provincias Unidas. Desde Buenos Aires, el
Congreso decidió apoyar el reclamo, aceptando la incorporación de ese territorio como una
provincia más. Ante esta decisión, el emperador del Brasil declaró la guerra a las Provincias
Unidas del Río de la Plata, a fines de 1825. Debido al estallido de la guerra con el Brasil, el
Congreso decidió nombrar una autoridad que representara a las Provincias Unidas en el
conflicto internacional. Por ello, en febrero de 1826, sancionó la Ley de Presidencia, que
creaba el cargo de presidente, con el poder de gobernar por sobre las autoridades
provinciales. Bernardino Rivadavia fue nombrado para ocupar tal cargo. Durante su
gobierno, se ocupó de organizar un ejército y una armada y de financiar los gastos de la
guerra. Pero, además, tomó ciertas medidas que no cayeron bien a todos: por medio de la
Ley de Capitalización, Rivadavia dispuso que Buenos Aires fuera la capital del país. Esta ley
fue rechazada por la mayoría de los porteños, fundamentalmente por el sector ganadero y
el comercial, porque, de este modo, el puerto y los ingresos de la aduana pasaban a
depender del gobierno central. En 1826, el Congreso decidió sancionar una Constitución,
que por su condición de unitaria también fue rechazada por la mayoría de las provincias.
Nuevamente los caudillos prepararon a sus montoneras y le retiraron su apoyo al Congreso.
Mientras tanto, la guerra seguía su curso. Las batallas se libraban en el frente naval, al
mando del creador de la armada nacional, el almirante Guillermo Brown, y por tierra, al
mando de Carlos Delgado. Cuando este último pidió refuerzos, el gobierno de Rivadavia,
abrumado por los conflictos políticos y los problemas económicos, decidió negociar la paz
reconociendo a la Banda Oriental como parte del territorio de Brasil. El rechazo al acuerdo
de paz, sumado al de la constitución centralista, aumentó el malestar. Criticado por
prácticamente todos los sectores, Rivadavia renunció a la presidencia en junio de 1827.
Después de un breve periodo intermedio, el congreso se disolvió, las provincias recuperaron
su autonomía y se agudizaron los conflictos entre unitarios y federales.
UNITARIOS Y FEDERALES
Los Unitarios defendían una ideología liberal, que estaba influenciada por el liberalismo
británico de principios del siglo XIX. Este grupo estaba liderado por intelectuales,
comerciantes y militares porteños y por algunos miembros de las élites de las provincias del
interior del país. Su principal impulsor fue Bernardino Rivadavia. Otros líderes destacados
fueron el general Juan Lavalle, el general José María Paz y el general Gregorio Aráoz de
Lamadrid. Estos líderes eran miembros de las élites intelectuales, políticas y económicas,
con poco arraigo en los sectores populares. En el terreno político, los unitarios defendían la
instauración de un gobierno central con amplios poderes, que pudiera imponer su autoridad
sobre las provincias. Tomaban como modelo a Gran Bretaña y a la Francia napoleónica. En
el campo económico, defendían la propiedad privada, el libre comercio y la llegada de
inversiones extranjeras. Al promover el centralismo político, rechazaban la autonomía de las
provincias. Sostenían que estas debían someterse a la autoridad del gobierno nacional.
Utilizaban el azul, celeste y el blanco como colores que identificaban a sus uniformes y
banderas. Los Federales defendían una forma de organización política que asegurara la
coexistencia entre provincias autónomas y un gobierno central con facultades limitadas.
Tomaban como modelo el federalismo de los Estados Unidos de América. El impulsor de
este grupo fue el caudillo oriental José Gervasio Artigas, quien en 1815 fundó la Liga
Federal o de los Pueblos Libres, que se enfrentó al Directorio porteño. Entre principales
impulsores estaban Francisco Ramírez, Estanislao López, Manuel Dorrego, Juan Manuel de
Rosas, Facundo Quiroga y Justo José de Urquiza. Eran caudillos locales, carismáticos, que
tenían gran arraigo y prestigio entre los sectores populares rurales, integrados por peones
de estancias, gauchos libres y libertos. En el plano político, la mayoría de ellos defendían el
establecimiento de una forma de gobierno republicana, representativa y federal. Otros,
Rosas entre ellos, preferían el modelo de la Confederación, que era una forma de unión
laxa entre Estados autónomos en la que no había ni autoridades ni leyes nacionales. En el
plano económico, promovían un proteccionismo que limitara el ingreso de mercaderías
extranjeras y que protegiera las producciones locales mediante la imposición de aranceles a
las importaciones. Se identificaban con el color rojo en sus banderas, escudos y en prendas
de vestir.
LA CONFEDERACIÓN ARGENTINA
Luego de la disolución del gobierno central, tras la renuncia de Rivadavia, se reinicia la
etapa de las autonomías provinciales, en la que la mayoría de las provincias estuvieron
lideradas por gobernadores federales. Mientras tanto, continuaba la Guerra con el Brasil,
por lo que era necesario que se designara quién sería responsable de las relaciones
exteriores. Esta tarea quedaría en manos del gobernador de la provincia de Buenos Aires,
cargo para que el que se eligió a Manuel Dorrego, un líder de los federales porteños.
Dorrego decidió poner fin a la guerra con el Brasil firmando un tratado de paz que reconocía
la independencia de la Banda Oriental. Sin embargo, este resultado fue rechazado,
especialmente entre los militares que habían participado en la guerra. En este contexto, el
general unitario Juan Lavalle invadió Buenos Aires en 1828, derrocando a Dorrego, a quien,
sin juicio previo, hizo fusilar. El fusilamiento de Dorrego provocó un nuevo levantamiento
federal: los caudillos Estanilao López y Juan Manuel de Rosas derrocaron a Lavalle y lo
obligaron a renunciar. Mientras tanto los conflictos entre unitarios y federales estallaron
también en Córdoba. El gobernador federal Juan Bautista Bustos, fue derrocado por el
general José María Paz, quien quería imponer un gobierno unitario. Luego de vencer al
caudillo riojano Facundo Quiroga en 1830, formó la Liga del Interior o Liga Unitaria con las
provincias de Córdoba, Mendoza, San Juan, San Luis, La Rioja, Catamarca, Tucumán,
Santiago del Estero y Salta. En 1831, Estanislao López y Juan Manuel de Rosas, para
hacer frente al poder que tenía Paz, firmaron el Pacto Federal, al que adhirieron las
provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes. Proponían organizar la
defensa de las provincias federales para lo cual convocaron al Congreso para redactar una
Constitución Federal. Sin embargo, el conflicto entre las dos ligas no duró mucho, porque
Paz fue vencido en 1831. Sin su jefe, la Liga Unitaria se disolvió. En cada provincia los
federales tomaron el poder, y adhirieron al Pacto Federal. Esta unión de provincias
autónomas, en la que no existía un gobierno nacional, ni un presidente ni un congreso, se
llamó Confederación Argentina.
LOS TIEMPOS DE ROSAS
El apogeo político de Rosas duró 23 años y fue el principal referente federal. En diciembre
de 1829 Juan Manuel de Rosas se hizo cargo del gobierno de la provincia de Buenos Aires,
encargado de las relaciones exteriores. La legislatura porteña le otorgó facultades
extraordinarias y el título de Restaurador de las Leyes. Durante su primer gobierno, las
provincias estaban divididas entre la Liga Unitaria y el Pacto Federal. Luego de que, en
mayo de 1831, el general Paz fuera hecho prisionero, el territorio se tiñó con los colores del
federalismo, bajo el dominio de los tres caudillos más importantes: el santafesino Estanislao
López, el riojano Facundo Quiroga y Juan Manuel de Rosas. Durante este período fundó
pueblos en territorio bonaerense, y firmó varios pactos de paz con los caciques de los
pueblos originarios, que trajeron cierta tranquilidad de la frontera. En 1832, Rosas impidió
que se convoque a un Congreso General para organizar la república, con el fundamento de
que primero se tenían que organizar las provincias, para luego poder organizar un país. En
realidad, la negativa radicaba en que ello le significaba a Buenos Aires la pérdida del control
del puerto y de los ingresos de la aduana. Una vez finalizado su mandato, en mayo de
1832, Rosas fue reelegido, pero como no le fueron renovadas las facultades extraordinarias,
renunció al cargo, siendo sucedido por Juan Ramón Balcarce, un hombre de su confianza.
LA CAMPAÑA DEL DESIERTO
Luego de dejar el poder, Rosas emprendió en 1833 la llamada “Campaña al desierto”, que
fue financiada por los estancieros porteños, en los territorios ocupados por los pueblos
originarios en el sur de la provincia de Buenos Aires. El principal objetivo era incorporar
nuevas tierras para expandir la ganadería. Otros objetivos de la campaña fueron someter a
la obediencia criolla a los indígenas del desierto o la “tierra adentro”, terminar con los
malones indios que atacaban a las poblaciones interiores, rescatar cautivos, y efectivizar las
soberanías provinciales sobre esos territorios. Llegó hasta el Río Negro, incorporando casi
14.000 kilómetros cuadrados de terreno para la provincia. Al finalizar la campaña, firmó
tratados de paz con varios caciques. El caso más notable fue la alianza con Calfucurá,
cacique general de la pampa. Rosas veía en la campaña del desierto contra los indios la
posibilidad de ensanchar sus dominios políticos y territoriales; supo aprovechar muy bien la
coyuntura política y económica que se le presentó, sobre todo, por el hecho de que para los
habitantes de la provincia de Buenos Aires. La actividad ganadera era considerada la base
de las actividades económicas, el vínculo que unía a la provincia con el comercio
internacional, por la venta de cueros, principalmente. Por eso resultaba urgente “agrandar”
el área de las tierras destinadas a las actividades agropecuarias. Toda la clase dominante
de Buenos Aires estaba involucrada con los intereses ganaderos, y así, depositaron su
confianza en Rosas para llevar con éxito la expedición que arrebataría la tierra a los indios,
y que serviría para extender sus estancias y rodeos. Para Rosas significaba un doble
triunfo: político y económico. Con el éxito de la empresa se aseguraba el prestigio político y
podía llegar al poder sin problemas, imponiendo su ley. En el plano económico salía
beneficiado igual que los demás ganaderos de Buenos Aires.
EL SEGUNDO GOBIERNO DE ROSAS
Mientras Rosas estaba en la campaña, aumentaban los desacuerdos internos del partido
federal. Por un lado, estaban los cismáticos, federales disidentes que deseaban la
organización constitucional, y en cuyas filas militaba el gobernador Balcarce. Por otro lado,
los apostólicos, federales leales a Rosas, cuya conducción estaba a cargo de su esposa
Encarnación Escurra. En octubre de 1833, se produjo un enfrentamiento entre ambas
facciones, conocido como la “Revolución de los Restauradores” que obligó a que el general
Balcarce fuera relevado del cargo de gobernador. Ese mismo año se creó la organización
rosista llamada “Sociedad popular restauradora”, también conocida como “La Mazorca”.
La Junta de Representantes le propuso el cargo a Rosas, pero este lo rechazó porque no
contemplaba las "facultades extraordinarias", las que, desde según su punto de vista, eran
vitales para poner en orden a la provincia. Finalmente, fue designado el general Juan José
Viamonte como gobernador interino; este no había apoyado a ninguna de las dos fracciones
del partido federal en la crisis. Por lo tanto, tenía aún menos poder e iniciativa que Balcarce.
Bajo su gobierno, la Mazorca atacó las viviendas de notorios partidarios del gobierno
depuesto. Cualquier posible oposición en la ciudad, pasó a ser controlada por la Mazorca y,
en el campo, los comandantes pudieron actuar sin límites contra toda disidencia. El partido
federal consideró como traición cualquier gesto de independencia frente a Rosas. Viamonte
renunció en 1834 a la gobernación de Buenos Aires por la presión de los restauradores
rosistas, y asumió Manuel Vicente Masa. En febrero de 1835, sucede el trágico asesinato
de Facundo Quiroga, que produjo una gran consternación popular. Este hecho aceleró la
renuncia del gobernador Masa y afianzó entre los legisladores porteños la idea de la
necesidad de un gobierno fuerte, de “mano dura”. La legislatura ofreció de nuevo la
gobernación a Rosas, quien la rechazó cuatro veces. En marzo de 1835, Juan Manuel de
Rosas finalmente aceptó la gobernación con la condición de tener la Suma del Poder
Público, es decir, el total control de los poderes legislativo, judicial y ejecutivo. En abril de
1835 asumió formalmente su segunda gobernación de la provincia de Buenos Aires, año en
el cual se consolidó la Confederación Argentina.
En el plano político, durante su segundo gobierno la autoridad de Rosas fue indiscutida.
Para imponer el orden, creía que era necesario eliminar a la oposición, tanto a los unitarios
como a los federales disidentes. La Mazorca ejerció una férrea represión contra los
opositores y la prensa, el uso de la divisa punzó, símbolo del federalismo, era obligatoria
para toda la población.
En el plano económico, se basó en la expansión de la ganadería y en el férreo control sobre
el puerto de Buenos Aires, que era el único habilitado para comerciar con el exterior, por lo
que prohibió la libre navegación de los ríos Paraná y Uruguay. Así mismo, se caracterizó por
tomar medidas proteccionistas para los productos locales, mediante la sanción de la Ley de
Aduanas de 1835, que elevaba los impuestos de la mercadería que llegaba del extranjero y
prohibía el ingreso de otras que se producían en la Confederación. También favoreció la
venta de tierras públicas a grandes estancieros y terratenientes. Entre 1838 y 1843, Rosas
debió enfrentar una creciente oposición, tanto interna como externa.
La Generación del ´37: En 1837 un grupo de jóvenes universitarios que durante los años
previos habían introducido las novedades literarias y, también, filosóficas, políticas,
jurídicas… del movimiento romántico en el Río de la Plata, creó el Salón Literario. En el
plano político, se consideraban continuadores de la Revolución de Mayo, interrumpida por
los desaciertos de los políticos precedentes. Críticos de los unitarios –también de los
federales– se propusieron al principio secundar a Rosas en su gobierno, pero el poco
interés demostrado por el gobernador y, sobre todo, la crisis desatada con el bloqueo
francés que exacerbó la censura, determinaron su pasaje a la oposición. La creación de la
Joven Generación Argentina, con cuyo nombre se evocaba a las asociaciones liberales
nacionalistas que por entonces surgían en Europa, marcó el inicio de la nueva etapa. Desde
el exilio, fustigaron al régimen de Rosas a través de la prensa y apoyaron el bloqueo
francés. El principal publicista de Rosas, Pedro de Angelis, solía responder desde las
páginas del periódico El Monitor. Después de 1852, varios miembros de la llamada
Generación del 37 asumirían responsabilidades públicas e intelectuales y gravitarían en la
política nacional.
En 1838, Francia presentó una queja al gobierno rosista, demandando un mejor trato
comercial, como el que ya contaba Inglaterra. Frente a la negativa de Rosas de escuchar la
demanda, la armada francesa bloqueó el puerto de Buenos Aires, trayendo graves
dificultades financieras a la Confederación. A raíz de este conflicto, a fines de 1839, en el
sur de la provincia, surgió un movimiento opositor llamado los Libres del Sur, conformado
por los hacendados y ganaderos que habían sido perjudicados por el bloqueo. Este
levantamiento fue derrotado por las tropas rosistas. En 1840, se conformó otro frente común
contra Rosas, del que participaron las provincias del norte, aliadas con un ejército unitario
organizado desde el exilio en Montevideo por el general Lavalle. Esta Coalición del Norte,
invadió la provincia de Buenos Aires, pero al no contar con el apoyo de la población, debió
retirarse hacia Córdoba. En respuesta, Rosas envió sus ejércitos a sitiar Montevideo, en
apoyo del general oriental Manuel Oribe, para controlar a los opositores que allí se
refugiaban. Los comerciantes ingleses y franceses vieron perjudicados sus intereses
económicos, tanto por el sitio a Montevideo como por la prohibición de la libre navegación
de los ríos interiores. Por ello, en agosto de 1845 una escuadra anglo-francesa bloqueó el
Río de la Plata y, el 20 de noviembre, la flota extranjera a pesar de la valiente defensa a
cargo de Lucio Mansilla, logró romper las cadenas que impedían el paso invasor por el río
Paraná, en la Batalla de la Vuelta de Obligado. La batalla tuvo lugar en la Vuelta de
Obligado del Río Paraná. Al intentar avanzar varios buques de guerra europeos, las fuerzas
argentinas, cortaron el río cruzando gruesas cadenas a lo ancho del río, procedieron de
inmediato al ataque. Aunque las bajas de las tropas nacionales fueron diez veces mayores y
los agresores lograron avanzar cortando las cadenas, fue vano su intento de vender las
mercaderías y recibieron nuevas embestidas río arriba. El saldo final fue frustrante para los
europeos. Los tratados de paz recién se alcanzarían en 1849 y 1850. La determinación de
Rosas fue elogiada por el General San Martín, que le legó su preciado sable corvo, que usó
durante las Guerras por la Independencia. Aquella jornada, que desde entonces se
recuerda como un acto de defensa de la integridad territorial, fue declarada por Ley 20.770
de septiembre de 1974 Día de la Soberanía Nacional. Luego de este avance, y tras largas
negociaciones, Rosas firmó la paz con ambas naciones, que terminaron levantando el
bloqueo.
LA SOCIEDAD EN TIEMPOS DE ROSAS
Después de las guerras de Independencia, los habitantes de las distintas regiones
establecieron fuertes lazos entre los grupos que vivían más próximos, dando origen de este
modo a diferentes identificaciones, de acuerdo a diferentes costumbres y tradiciones, según
cuál fuera el territorio que habitaban. Así como los habitantes de cada región elegían a un
Caudillo que representara y defendiera sus intereses, cada una contaba, también, con sus
propias festividades, música, danza, comidas y expresiones lingüísticas que identificaban a
sus integrantes entre sí y los diferenciaban de otras partes del territorio de la Confederación
Argentina. En la época rosista, las diferencias entre Buenos Aires y el resto de las
provincias de la confederación se agudizaron. Las modas y los estilos de vida entre ellos,
eran sumamente distintos. En primer lugar, debido a las guerras de Independencia y a los
enfrentamientos entre unitarios y federales, muchas regiones vieron arruinadas sus
actividades comerciales. Por eso, muchas ciudades antes importantes poco a poco fueron
decayendo. En el caso de Buenos Aires, los comerciantes y los terratenientes, habían
decidido imitar a la sociedad francesa y a la inglesa. Eran considerados como la “gente
decente”, su consumo se incrementó de manera significativa para adquirir todos aquellos
productos que los ayudasen a imitar estos estilos. En las regiones del interior del país,
especialmente en las áreas rurales, se mantenían las costumbres españolas y criollas de la
época de la colonia. Los terratenientes por ser los dueños de grandes extensiones de tierra
(haciendas o estancias), fueron acumulando poder y prestigio desde la época de la colonia.
Ya a mediados de la década de 1820, hacían grandes negocios con la exportación de
cueros, carne salada, cebo y astas; negocios que se verán incrementados en las décadas
siguientes. De este modo, los terratenientes se convirtieron en una clase social adinerada,
que accedía productos europeos e imitaba su estilo de vida. Los pequeños productores
rurales, por su parte, solían ser arrendatarios, es decir que alquilaban parcelas de tierra
para poder cultivar o criar animales en ellas. Su situación económica era precaria. En
épocas difíciles, los hombres de estas familias se emplean como peones en las grandes
propiedades, a cambio un salario.
CAMBIOS Y CONTINUIDADES EN LA POBLACIÓN
La población de la Confederación comenzó a experimentar un aumento. No solo se redujo
la tasa de mortalidad, debido a que cesaron las muertes en las batallas, sino que, al no
tener que alistarse a los hombres en los ejércitos, las familias pudieron retomar las
actividades de producción de alimentos y acondicionamiento de sus viviendas, con lo cual
mejoraron su calidad de vida. Por otro lado, el crecimiento de la actividad ganadera vacuna
en las provincias del Litoral y en Buenos Aires, atrajo a un gran número de personas que se
trasladó hacia estas regiones desde otras provincias. La existencia de oportunidades de
trabajo y la expectativa de progresar, fueron las principales motivaciones para este
desplazamiento de población.
La autoridad paterna era indiscutida y el padre decidía no solo sobre el grupo familiar en su
conjunto, sino también por cada uno de sus miembros. De este modo, cuestiones tales
como la educación de los hijos, su formación profesional y sus lazos conyugales, se
consultaban al padre de familia y se actuaba según sus indicaciones. La figura femenina en
el ámbito doméstico estaba dedicada a las tareas de cuidado de sus integrantes, aunque
también ejercieron otros trabajos, sobre todo los sectores más humildes. A pesar de que
muchos hogares pobres las madres fueron fundamentales para sostener el hogar, las
mujeres no tomaban decisiones. Esto era así incluso en las familias en las cuales los
maridos se habían tenido que ausentar durante largos periodos, ya sea por trabajo o por
razones militares. En las familias de mejor situación económica, solía tratarse a los hijos del
personal doméstico como “hijos postizos” o “criados”. Ellos vivían en las casas de los
patrones, recibían su apellido y se los formaba para que luego se desempeñasen como
mayordomos, capataces o secretarios. En algunos casos, también, el padre de familia tenía
como ahijados a los hijos de las personas que trabajaban con él. De este modo, se
fortalecía a la relación con esas familias. El propio Rosas fue padrino de hijos de sus
peones y les dio su apellido a varios jóvenes que se criaron en su casa.
VIDA DE CAMPO Y DE CIUDAD
En cada región se fueron consolidando sectores sociales de acuerdo con sus actividades
económicas. En las ciudades residía un sector privilegiado, la élite, integrado por
terratenientes y también por algunos comerciantes, funcionarios, profesionales y militares.
El resto de la población, conocido como los sectores populares, eran artesanos, vendedores
ambulantes, sirvientes, etcétera. Se componían de una gran cantidad de personas al
servicio de la élite. En el campo, la mayoría de las personas estaban ligadas a la producción
agrícola ganadera. Otros grupos, eran los arrendatarios, capataces, tenderos. Tenían un
nivel de vida un poco más acomodado, aunque todos dependían de algún gran propietario
rural al cual se referían como el patrón.
Las estancias, grandes extensiones de tierra dedicadas principalmente a la cría de ganado,
tenían su propio sistema administrativo. El propietario era el patrón, él organizaba la vida de
sus peones, ya que no solo trabajaban para él, sino que, debido a las prolongadas tareas
que realizaban, los peones vivían dentro de la estancia. En algunos casos, el trabajador era
contratado por temporada y en otros, la residencia era permanente. Este era el caso de los
capataces, que tenían a cargo un grupo de peones, a quienes supervisaban en su trabajo.
Era frecuente que algunos trabajadores rurales vivieran con su familia en el interior de la
estancia, en modestas viviendas alejadas del casco central. En el casco se construía una
casa confortable, con numerosas habitaciones, donde solían pasar el verano el patrón y su
familia, así como sus sirvientes. Como los propietarios rurales formaban parte de la elite
urbana, solían actuar como intermediarios entre el mundo urbano y el mundo rural. Además,
muchas veces, autorizaban matrimonios, llevaban el registro de los nacimientos y hasta
dirigían el rezo cotidiano del rosario en capillas construidas y mantenidas en el interior de su
propiedad. A su vez, por ser miembros respetados de la ciudad, los estancieros ostentaban
cargos militares, por lo que pudieron formar sus propias milicias, armando a sus peones.
Estas fuerzas militares se organizaron para cuidar la propiedad, y en muchos casos, se
vieron involucradas en la defensa de los intereses políticos de sus patrones.
EL ALMACÉN Y LA PULPERÍA
En las estancias, era habitual que se utilizaran vales para pagarles a los peones. Al no
contar con dinero, entonces, los trabajadores de las estancias se veían obligados a comprar
en el almacén de ramos generales, que era un comercio instalado en el interior de las
estancias, donde se podían pagar con esos vales. Allí podían conseguir hierba, harina,
azúcar y bebidas. Con frecuencia, los precios del almacén eran bastante altos, por lo que
los peones quedaban endeudados. Fuera de las estancias, existían las pulperías, que eran
lugares de reunión donde iban los hombres para consumir bebidas alcohólicas, jugar a los
naipes, conversar, bailar y divertirse. Allí se podía pagar con dinero o con productos como
cuero, prendas y calzados, que luego eran revendidos por el pulpero. En esta
encontrábamos a los payadores, que eran cantores que iban a los diferentes lugares de
reunión, narrando historias acompañados de su guitarra. El arte de la payada incluía una
habilidad de improvisar versos sobre situaciones que surgían en el momento. El payador fue
el portador de la cultura de los gauchos.
DIVERSIÓN Y ENTRETENIMIENTO
Uno de ellos eran las tertulias, reuniones tradicionales en la casa de las familias
distinguidas. En ella se tomaba mate y se comían pastelitos, y se conversaba y se bailaba
hasta la medianoche. A partir del segundo mandato de Rosas, las fiestas patronales y la
conmemoración del 25 de mayo y del 9 de julio, se celebraron con desfiles callejeros
acompañados por música de candombe y danzas ejecutadas por afrodescendientes. Luego
del desfile, se oficiaba el servicio religioso y se bailaban danzas criollas. En las zonas
rurales, las fiestas patronales y los momentos de la faena daban motivos para encontrarse,
conversar y bailar. Allí era frecuente que algún cantor se acercara con su guitarra y
animarse el baile o cantase alguna payada. Sin embargo, los entretenimientos que
causaban mayor atracción eran los que incluían destrezas gauchas: doma carrera de sortija
y carrera de caballos eran los favoritos. En algunas fiestas, los desfiles callejeros se
acompañaban con candombe. Esta música, de origen africano, fue introducida en América
en la época de la colonia. Se ejecutaba con tambores compuestos por una estructura de
madera y un parche de cuero. Tradicionalmente, los hombres tocaban el tambor y las
mujeres bailaban. En aquella época, todos los domingos salían grupos de candombe a tocar
en algunos barrios del sur de la Ciudad de Buenos Aires. Rosas incentivó, también, el
festejo del carnaval. Las comparsas y los grupos de candombe integrados por
afrodescendientes fueron los protagonistas de estas fiestas en Buenos Aires, a pesar de las
críticas de las clases altas, que veían con malos ojos el hecho de que Rosas y su familia
compartieran esos festejos.
LA FRONTERA
Dentro de la Confederación, existían territorios en los que habitaban pueblos originarios que
no respondían a las autoridades criollas y que seguían manteniendo sus costumbres y
tradiciones. Esa zona, conocida como frontera, era un territorio de límites imprecisos. Los
criollos custodiaban a los pobladores cercanos a ella, con destacamentos militares
denominados fuertes y fortines, que se ubicaban cerca de la línea imaginaria que constituía
el límite entre los dos dominios. En épocas de escasez o cuando consideraban que habían
sido engañados en un acuerdo, los integrantes de los pueblos originarios traspasaban la
frontera de malones. Estos eran muy temidos, porque saqueaban casas y estancias y,
algunas veces, robaban ganado y mujeres. La frontera también servía de refugio algunos
criollos que desertaban a los ejércitos, escapaban de la ley o de algún problema particular.
Si estos renegados lograban ser aceptados por los pueblos originarios, adoptaban su estilo
de vida y compartían con ellos las tolderías, donde formaban sus propias familias. Al mismo
tiempo, la expulsión a la frontera era una pena utilizada para castigar delitos como la
vagancia. En estos casos, el reo era expulsado sin agua ni comida y era obligado a caminar
hacia el territorio de los pueblos originarios.
EL PRONUNCIAMIENTO URQUIZA Y LA DERROTA DE ROSAS
Durante su tiempo como gobernador de la provincia de Buenos Aires, Juan Manuel de
Rosas, tenía la suma del poder público y estaba a cargo de las relaciones exteriores del
territorio nacional. Cada año Rosas presentaba la renuncia al cargo, a sabiendas de que
ésta sería rechazada. Pero en 1851, el 1° de mayo, el gobernador entrerriano, Justo José
de Urquiza, realizó una declaración, llamada el Pronunciamiento, según la cual se hacía
efectiva aceptación de la renuncia presentada por Rosas, y la provincia de Entre Ríos
reasumía “las facultades inherentes a su territorial soberanía”, recuperando la capacidad de
conducir su comercio y relaciones exteriores con otras naciones, hasta tanto no se
formalizara la Constitución de la República. El principal motivo, fue que la prohibición de la
libre navegación de los ríos interiores perjudicaba fuertemente la economía de las
provincias del Litoral. Además, Urquiza pertenecía al sector federal que propugnaba por la
organización de un gobierno nacional y la sanción de una constitución. Con el apoyo de
Corrientes, Uruguay, Brasil y los unitarios, conformó el llamado Ejército Grande y con él
invadió Buenos Aires. El 3 de febrero de 1852, las tropas rosistas fueron vencidas en la
Batalla de Caseros, luego de la cual Rosas finalmente renunció a su cargo y partió hacia el
exilio en Inglaterra, marcando el fin de una época. La batalla de Caseros significó no sólo la
derrota y el exilio de Juan Manuel de Rosas, sino también el desafío de reemplazar a la
organización nacional existente por otra constitucional. Buenos Aires y las provincias debían
nuevamente negociar, intentando zanjar las diferencias políticas y económicas que hasta
ese momento parecían irreconciliables. Vicente López y Planes designado gobernador
provisorio de Buenos Aires y Justo José de Urquiza, lograron legitimar la nueva situación
convocando a los gobernadores a trabajar en una nueva organización para la
Confederación. En junio de 1852, en la localidad de San Nicolás de los Arroyos, se firma el
Acuerdo de San Nicolás, en el que Urquiza es nombrado Director provisorio de la
Confederación Argentina, se ratifica al Pacto Federal de 1831 como Ley fundamental de la
República, y se convoca a un Congreso Constituyente, a fin de sancionar una Constitución
Nacional. Dicha convocatoria, consideraba el nombramiento de dos diputados por territorio
provincial. Esto reanimó los conflictos, ya que la Legislatura porteña, debatió los alcances
del Acuerdo, mostrándose en desacuerdo con que Buenos Aires tuviera tan sólo dos
diputados en el Congreso, y especialmente, con la nacionalización de las rentas aduaneras,
ya que esto último implicaría que la ciudad-puerto debía compartir los ingresos de la
Aduana con el resto del territorio. El Acuerdo fue rechazado, lo que motivó la intervención
de Urquiza, quien asumió personalmente el gobierno luego de disolver la Legislatura.
Finalmente, los porteños se rebelaron, se separaron de la Confederación, declarándose un
Estado independiente. En septiembre de 1852, las facciones liberales porteñas lideradas
por Adolfo Alsina y Bartolomé Mitre, derrocaron al gobernador nombrado por Urquiza,
restablecieron la Legislatura y llamaron a elecciones. El nuevo gobernador sería Alsina,
quien desconoció al Congreso Constituyente reunido en Santa Fe. La secesión de Buenos
Aires sería confirmada con la sanción de la Constitución del Estado de Buenos Aires de
1854.
LA CONSTITUCIÓN NACIONAL (1853)
El 1º de mayo de 1853 los diputados de trece de las catorce provincias entonces existentes,
reunidos en Santa Fe, sancionaron la Constitución Nacional. Fue promulgada el 25 de
mayo, y jurada por las provincias, el 9 de julio. Sentó las bases jurídicas del Estado de la
actual República Argentina, con el nombre oficial de Confederación Argentina. Se tomó
como modelo la Constitución de Estados Unidos, inspirada en los principios del liberalismo
clásico y la doctrina política del federalismo. Estableció un sistema republicano, con división
de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial); representativo, conformando un régimen
presidencialista, limitado por un congreso bicameral, con el objetivo de equilibrar la
representación poblacional (Cámara de Diputados) con la representación igualitaria de las
provincias (Cámara de Senadores); y federal, creando una federación de provincias
autónomas con sus propios poderes ejecutivo, legislativo y judicial, con facultades
exclusivas y también compartidas con el Estado Nacional.
El modelo, fue elaborado a partir de la obra pionera de Juan Bautista Alberdi, “Bases y
puntos de partida para la organización política de la República de Argentina.”
La Constitución estableció, en primer lugar, una república federal, que creaba un poder
nacional a la vez que fijaba que las provincias conservarían “todo el poder no delegado al
gobierno federal”. De esta manera, cerró el capítulo de la tradición confederada vigente a
partir de la década de 1820, así como de las aspiraciones unitarias que habían inspirado los
frustrados intentos constitucionales anteriores. En segundo lugar, definió la república como
representativa, dando por tierra con cualquier pretensión de sostener el ejercicio directo de
la soberanía del pueblo. La Constitución introdujo, en tercer lugar, derechos y libertades
civiles, personales y de propiedad, afirmó el principio de igualdad ante la ley para todos los
habitantes y fijó garantías referidas a la seguridad de las personas. En este punto, retomó
valores liberales plasmados en legislaciones anteriores, a la vez que imprimió un giro en
relación con las prácticas restrictivas del régimen rosista. En materia de derechos políticos,
el texto constitucional no hizo directa referencia a ellos, pero desde su sanción se consideró
que el sufragio universal masculino estaba implícito, y así lo consideraron las leyes que
reglamentaron su ejercicio. Finalmente, el grueso del documento estuvo dedicado a la
estructura institucional de gobierno, presidida por dos principios fundamentales: la estricta
división de poderes y el carácter representativo de todo el sistema. Quedaron establecidos
un legislativo bicameral, con una Cámara de “Diputados de la Nación” y otra de “Senadores
de las provincias”; un ejecutivo relativamente fuerte, pero que no admitía la reelección de su
titular, el presidente, ni las facultades extraordinarias; y un poder judicial encabezado por
una Corte Suprema e integrado por tribunales con distintas jurisdicciones. La Constitución
fue un proyecto muy ambicioso, pues, si bien integró tradiciones y compromisos previos,
creó una nueva república. Sólo una provincia se negó a jurarla, la rica y siempre conflictiva
Buenos Aires, que se erigió en estado independiente. La secesión duraría casi una década,
durante la cual coexistieron de hecho dos estados republicanos, Buenos Aires y la
Confederación.
LA SECESIÓN DE BUENOS AIRES
En base a la Constitución en 1853, la Confederación Argentina se organizó como república
federal. Reunía a trece de las catorce provincias, pues Buenos Aires se separó del resto y
funcionó como estado autónomo hasta 1860. En todo el país se realizaron elecciones para
integrar el poder ejecutivo y el Congreso nacional. El gobierno se instaló en Paraná, Entre
Ríos, declarada capital provisoria. En marzo de 1854, Justo José de Urquiza sería el primer
presidente de la Confederación Argentina, con capital en la ciudad de Paraná (Entre Ríos),
siendo su vicepresidente Salvador María del Carril. La secesión de Buenos Aires, implicó
que se mantuviera como estado separado de la Confederación por casi diez años. La
provincia fue escenario de una intensa vida política y de un desarrollo sostenido de las
instituciones estatales. La dirigencia liberal porteña se propuso expandir su influencia sobre
grupos aliados del interior opuestos al predominio federal. A pesar de la ruptura, los
gobiernos nacional y provincial no abandonaron las perspectivas de reunificación. Los
métodos para alcanzarla incluyeron desde negociaciones directas e indirectas hasta el
enfrentamiento armado. Este periodo de conflictivas relaciones establecidas entre Buenos
Aires y la Confederación, terminaron en la derrota de esta última en la batalla de Pavón, en
1861.
LA INTEGRACIÓN DE BUENOS AIRES A LA CONFEDERACIÓN
Hasta 1859, las “dos Repúblicas”, se dieron a la tarea de organizarse internamente. En
Buenos Aires, la legislatura porteña dictó su propia Constitución, redactó un Código
Comercial, Criminal y Rural y reorganizó sus finanzas alrededor de los ingresos
provenientes de las rentas de la Aduana. La Confederación, dictó la Constitución en mayo
de 1853 y se nombró a Urquiza como primer presidente constitucional. El clima de creciente
tensión derivó en octubre de 1859, en un enfrentamiento armado en la Batalla de Cepeda,
donde las tropas de la Confederación vencieron al ejército porteño dirigido por Mitre. Como
resultado del encuentro, se firmó el Pacto de Unión Nacional también conocido como Pacto
de San José de Flores, por el cual Buenos Aires se incorporaría a la Confederación, previa
revisión de la Constitución, a la que podría introducir reformas. Entre ellas se acordó que las
rentas de la Aduana fueran nacionalizadas y se derogara la Ley de Derechos Diferenciales.
Buenos Aires recibiría una compensación monetaria durante cinco años por la pérdida de
los ingresos aduaneros. El tema de la capitalización de Buenos Aires quedó postergado.
LA UNIFICACIÓN
El Pacto no resolvió el tenso clima político y el enfrentamiento entre liberales porteños y
federales no se aquietó. En septiembre de 1861 tropas urquicistas y mitristas volvieron a
enfrentarse en la Batalla de Pavón. Mitre fue vencedor proclamándose presidente provisorio
y luego elegido presidente constitucional para el período 1862- 1868. Marcaba el comienzo
de una organización liderada por Buenos Aires. El 17 de septiembre de 1861, al norte del
Arroyo del Medio, cerca del lecho del arroyo Pavón, se enfrentaron los dos ejércitos:
Buenos Aires contaba con algo más de 15.000 hombres, y la Confederación, con unos
17.000. A pesar de cierta paridad en los combates, con la caballería de Urquiza derrotando
a la de Buenos Aires y la infantería porteña doblegando a la confederada, el resultado
finalmente favoreció a los porteños, cuando Urquiza optó por retirar a sus hombres del
campo de batalla. Esto por que consideraba imposible una marcha victoriosa sobre Buenos
Aires, por lo que habría preferido preservar sus fuerzas, todavía intactas, para “poner a
salvo sus propios intereses económicos y políticos en la provincia de Entre Ríos”. Las
acciones militares mantuvieron ocupados a los porteños, que se internaron en Santa Fe,
entraron en Rosario e intervinieron en varias provincias, como Córdoba, Corrientes y
Santiago del Estero, entre otras, para favorecer a sus aliados políticos. Los sectores más
radicales del liberalismo presionaron a Mitre para que avanzara sobre la Confederación,
cuyo ejército se había debilitado tras la retirada de Urquiza y sus hombres hacia Entre Ríos.
En Buenos Aires hubo celebración en las calles, y desde los diarios se exigía
exaltadamente dar fin a la “barbarie federal”. No obstante, el jefe porteño buscó otro camino
y, cuando Urquiza dio señales de estar dispuesto a negociar, respondió favorablemente e
iniciaron un intercambio de mensajes y cartas destinadas a encontrar una fórmula de
arreglo. Estos gestos fueron duramente criticados en Buenos Aires. La respuesta de Mitre
fue categórica: mientras continuaba las tratativas con Urquiza, escribió varias cartas a sus
críticos rechazando cualquier intento de impugnación de la Constitución, en cuya defensa
habían emprendido la lucha en curso. Las autoridades de la Confederación, por su parte,
esperaban una reacción favorable del entrerriano para continuar la lucha, pero este
mantenía su silencio. El gobierno de Paraná sufría una grave carencia de fondos para
financiarse, a la vez que se desarmaba políticamente. Ante el cúmulo de dificultades, se
reactivó la confrontación armada. Tropas de la Confederación fueron sorprendidas por los
porteños en Cañada de Gómez y vencidas en una sangrienta batalla. Entonces, el jefe
federal decidió aceptar las demandas de Mitre, y el 2 de diciembre Entre Ríos retiró su
reconocimiento al gobierno nacional, que pronto quedó disuelto, y ordenó que fuera
desmantelada la flota confederada. Más tarde, Mitre y Urquiza acordaron poner fin al
conflicto. Luego del avance de los liberales –sostenidos por el ejército porteño– en las
demás provincias, el terreno quedó allanado para el acuerdo. Urquiza conservó su poder en
Entre Ríos y Buenos Aires se convirtió en el eje del nuevo poder. Una a una, las provincias,
con sus nuevas autoridades, facultaron al gobernador porteño para que convocara al
Congreso y, más tarde, le entregaron el poder ejecutivo provisional, con el encargo de
reconstruir el gobierno federal. Después de Pavón, la unificación definitiva de la República
Argentina se realizó bajo hegemonía de Buenos Aires. Desde esa provincia los liberales
influyeron sobre el resto del país para favorecer o imponer a sus aliados y, con la excepción
del gobernador Urquiza en Entre Ríos, los federales fueron desplazados del poder en todas
las provincias. Se reorganizaron los poderes del estado y se pusieron en marcha medidas
destinadas a construir sus instituciones. Si bien la política adquirió una dimensión nacional,
esta estuvo fuertemente arraigada en la dinámica y los conflictos locales. En ese contexto,
con la elección de Bartolomé Mitre para la presidencia en 1862, quedó constituido el primer
gobierno con jurisdicción nacional.
LA ORGANIZACIÓN DEL ESTADO
En 1862, Bartolomé Mitre, prestigioso político de la élite porteña, fue elegido presidente de
la Nación. Inmediatamente se abocó a la tarea de sofocar las resistencias del federalismo
que, en distintas provincias, se levantaban contra el poder de Buenos Aires. Según
establecía la recientemente sancionada Constitución, su mandato duró hasta 1868, año en
el cual fue elegido Domingo Faustino Sarmiento, quien gobernó hasta 1874, seguido por
Nicolás Avellaneda, que presidió el país hasta 1880. Durante estas tres “presidencias
históricas”, se creó el entramado de las instituciones que componen el aparato estatal. La
Organización del Estado nacional, se iniciaba marcada por el predominio de Buenos Aires
sobre las demás provincias y daba comienzo a un período que se conoce en la historia
como la etapa de la “organización nacional”.
CONSTRUCCIÓN DEL ESTADO NACIONAL: SARMIENTO-ALBERDI
La polémica inició cuando Alberdi le pidió a Sarmiento que se utilicen los medios, la prensa
para la construcción luego de la caída de Rosas, Sarmiento se enojó y acuso a Alberdi de
estar cómodo en el exilio en Chile mientras él luchaba junto a Urquiza para frenar a Rosas.
La forma de polemizar de Sarmiento era agresiva y explosiva, mientras que Alberdi utilizaba
argumentos mucho más finos y precisos que resultaban ser mas efectivos. A Rosas, lo
consideraban un tirano que solo si se alejaba del poder Argentina podría progresar, si bien
reconocían que había conformado un orden estatal para la provincia de Buenos Aires que
se había impuesto por sobre el país, obteniendo lo que los herederos de la revolución no
habían conseguido, la firme construcción de una autoridad política y la aparición de ciertos
hábitos de obediencia de parte de la población, coincidían de manera optimista que si se
destituía a Rosas toda la tarea política restante consistiría en poner ese orden creado por él,
al servicio del proyecto de construir una Nación civilizada. Rosas y Alberdi, a pesar de sus
diferencias, coincidían en algunas cosas, los dos consideraban que su vida estaba
íntimamente relacionada al desarrollo del país, por haber nacido junto con la patria, querían
dotar al país de una constitución liberal y una organización republicana del poder político,
confiaban en el aporte de la inmigración europea, despreciaban a las clases populares
locales y compartían una misma mirada sobre el progreso económico. Alberdi consideraba
que para convertir a Argentina en una nación moderna, era necesario una revolución y una
transformación de hábitos y costumbres locales. Para esto era necesario traer ciudadanos
de países que él consideraba civilizados con las costumbres que se pretendían adoptar.
Este escribió “Gobernar es poblar”, con esta afirmación quería decir que gobernar era reunir
un conjunto de personas en el suelo nacional que transformen al territorio argentino con el
tipo de prácticas virtuosas y laboriosas que traían los inmigrantes europeos. Según él, para
alcanzar el progreso era necesario promulgar una legislación civil y comercial garantizada
por un gobierno republicano, que tenía que brindar un orden equivalente al de la monarquía,
eso se lograría dándole mucho poder al presidente de la república. Alberdi afirmaba que
solo transitando por una “república posible” se llegaría a una “república verdadera”, se
refería a que el camino no tiene que ser apresurado, que tiene que ser realista en cuanto a
las posibilidades del momento y no aspirar a utopías para los cuales el lugar no estaba
preparado. Argumentaba que eso se podría lograr cuando se consiguieran algunas metas,
la primera era estabilizar el país creando una forma de gobierno estable y la segunda era
“poblar el desierto”. Alberdi define a la Patria como; “La patria es la libertad, es el orden, la
riqueza, la civilización organizada en el suelo nativo”. Decía que eso a lo que él denominaba
patria era gracias a la Europa y que era esta la que la había traído al territorio.
Sarmiento le da un papel a la escuela pública, en una nación moderna, este era el pasaje
de los ciudadanos, de la barbarie a la civilización. La escuela mostraría a las masas la
posibilidad del ascenso social, además formaría ciudadanos generando hábitos de respeto
a las leyes. La recompensa de los ciudadanos que obedecieran las leyes sería la
distribución de tierras en pequeñas parcelas. Alberdi y Sarmiento, tenían distintos proyectos
de país imaginado.
EL PROCESO DE ORGANIZACIÓN DEL ESTADO ARGENTINO
Aunque en 1853, representantes de las distintas provincias sancionaron la Constitución
Nacional, ello no significó el fin de la discordia y la unidad de todas las provincias. Los
enfrentamientos recrudecieron y, como resultado de estos, las provincias argentinas
quedaron separadas en dos organizaciones políticas: por un lado, el Estado de Buenos
Aires, y por el otro, la Confederación Argentina, conformada por trece provincias que se
negaban a someterse al poder porteño. La separación duró casi una década en la que
ambas unidades políticas se enfrentaron, hasta que, finalmente, las fuerzas bonaerenses,
comandadas por Bartolomé Mitre, vencieron a las fuerzas de la Confederación,
encabezadas por Urquiza, en la batalla de Pavón en 1861. En 1862, Bartolomé Mitre,
prestigioso político de la élite porteña, fue elegido presidente de la Nación. Inmediatamente
se abocó a la tarea de sofocar las resistencias del federalismo que, en distintas provincias,
se levantaban contra el poder de Buenos Aires. Según establecía la recientemente
sancionada Constitución, su mandato duró hasta 1868, año en el cual fue elegido Domingo
Faustino Sarmiento, quien gobernó hasta 1874, seguido por Nicolás Avellaneda, que
presidió el país hasta 1880. Durante estas tres presidencias “históricas” o “fundacionales”,
se creó el entramado de las instituciones que componen el aparato estatal. La Organización
del Estado nacional, se iniciaba marcada por el predominio de Buenos Aires sobre las
demás provincias y daba comienzo a un período que se conoce en la historia como la etapa
de la Organización del Estado Nacional”. Luego de décadas de guerras civiles, el principal
propósito de las Presidencias Históricas o Fundacionales, fue organizar la Nación dando
autoridad al Estado. Su lema de gobierno fue Orden y Progreso. La primera palabra remite
a las ideas de Estado y política y a la regulación de las relaciones entre provincias y
sectores sociales; la segunda, hace referencia a la inserción del país en el mercado mundial
y a la conformación de las relaciones capitalistas de producción. Este “orden” garantizaría,
en adelante, el “progreso” económico de la clase dominante, que mediante el control de las
instituciones de gobierno imponía un proyecto de país que los consolidaba como élite.
DIMENSIÓN TERRITORIAL
Luego de Pavón, Buenos Aires impuso su preponderancia sobre el resto de las provincias.
Durante el período de las presidencias históricas, Buenos Aires se convierte en la sede
administrativa del Estado y se llevan adelante diversas medidas para avanzar en la
consolidación del poder central. La ocupación del territorio considerado como propio, será
una de las principales políticas llevadas a cabo para organizar el Estado argentino. En este
período se desarrollaron las acciones necesarias para incorporar el territorio a la producción
agrícola y ganadera, a fin de lograr la integración del país al mercado mundial como
productor de materias primas. Para ello, era necesario conocer y ocupar el espacio que aún
no estaba completamente sometido al poder central. En la región del Chaco y la Patagonia
todavía grandes superficies estaban bajo control indígena, y la sanción de leyes acompañó,
e incluso precedió, la conquista militar de estos territorios. La Ley N° 28 de 1862 había
determinado, por ejemplo, que las tierras por fuera de las jurisdicciones provinciales serían
consideradas territorios nacionales. De este modo, el Estado controlaría las áreas que
todavía no estaban completamente incorporadas, extendiendo así el territorio argentino
hacia las áreas de frontera. Desde la perspectiva jurídica, el territorio es considerado el
ámbito material cuya delimitación permite legitimar en el ámbito internacional la existencia y
el reconocimiento de Argentina como Estado-nación. La determinación de la porción de
superficie terrestre considerada propia implica no solo la organización interna, sino
fundamentalmente la distribución de áreas que se pretende controlar con exclusividad, a
partir del establecimiento de límites bilaterales. El proceso de definición del territorio
nacional, es un proceso de diferenciación territorial mediado por las relaciones con los
países vecinos, tendientes a determinar dicha distribución y luego, proceder a la
delimitación de los espacios resultantes. Una vez establecida la distribución y aceptado el
límite internacional, el momento de la demarcación finaliza el proceso mediante la
implementación de señales físicas en el terreno y la generación de cartografía oficial.
La apelación al principio del uti possidetis iuris de 1810, por el cual el Estado nacional se
consideraba heredero de los territorios que conformaban las intendencias del virreinato del
Río de la Plata, no se plasmó en la realidad hasta la efectiva dominación de las tierras bajo
control indígena. Argentina buscaba dominar toda la Pampa, pero solo tenía jurisdicción
efectiva hasta la línea de fortines. Para lograr el efectivo control, se necesitó del
reconocimiento y ocupación del territorio. La expansión de la frontera interna se realizó
mediante campañas militares como las iniciadas por Martín Rodríguez en 1820. Luego de la
unificación definitiva del Estado, el gobierno nacional preparó la incorporación y
organización de estos espacios a través de sucesivas leyes, la primera de ellas, la Ley N°
576 de 1872, que establecía la administración del Territorio del Chaco. Entre 1879 y 1884,
se llevaron a cabo las campañas conocidas como Conquistas del Desierto, organizadas
para avanzar sobre la Pampa, la Patagonia y el Chaco, territorios que el Estado nacional
buscaba controlar para integrarlos en el mercado como ámbitos de producción. La
ocupación de La Pampa y norte de la Patagonia se aceleró durante la presidencia de
Nicolás Avellaneda, protagonizada por sus ministros Alsina y Roca en campañas sucesivas.
La apropiación, la ocupación y colonización de dichas áreas, incluyó la acción de científicos
que acompañaron las expediciones militares con la misión de producir un conocimiento del
territorio que favoreció la legitimación del proceso. La ocupación de tierras indígenas se
sustentó en argumentos relacionados con las ideas ilustradas vigentes en el siglo XIX. En
ellas se basó la alternativa “civilización o barbarie” promulgada por Domingo F. Sarmiento.
Esta traducía la convención del orden y progreso difundida por los intelectuales europeos,
que había dado sustento a los avances imperialistas en tierras de África y el Lejano Oriente,
áreas caracterizadas como vacías de cultura por las corrientes de pensamiento entonces
dominantes. Concluidas las campañas de ocupación y por Ley N° 1532 de 1884, la
integración de las áreas recientemente incorporadas se basó en la fundación de colonias y
la organización jurídico-administrativa de las gobernaciones en que fueron divididos los
territorios nacionales. La ocupación de estos territorios, así como las actividades
productivas que se llevaron adelante en ellos fueron organizadas por el Estado nacional
principalmente bajo la forma de colonias.
DIMENSIÓN POLÍTICA
Los gobiernos sucesivos de Bartolomé Mitre (1862-1868), Domingo Faustino Sarmiento
(1868-1874) y Nicolás Avellaneda (1874-1880) debieron encarar la tarea de organizar el
Estado nacional. Para llevar adelante la unificación política del territorio, era necesario la
creación de un conjunto de instituciones que organizaran el sistema administrativo, judicial y
financiero con las bases presentadas por la Constitución Nacional. La misma planteaba
como punto de organización la división en tres poderes. El Poder Ejecutivo se estructuró en
la figura del presidente, rodeado de una serie de ministerios con funciones a nivel nacional.
El Poder Legislativo se constituyó en las Cámaras de Diputados y Senadores, que
integraron a representantes de todas las provincias. La organización del Poder Judicial, se
concretó con la sanción de una ley que creaba la Corte Suprema, y se complementó con la
realización de una codificación que suprimiera la legislación vigente hasta el momento (que
en algunos casos se remontaba a prácticas coloniales o a la época de la independencia).
En esa dirección se promulgaron el Código Civil, el de Comercio y el Penal. La expansión
del aparato estatal nacional sobre el territorio implicó también tomar a cargo ciertas esferas
de acción que hasta el momento habían estado en manos de los Gobiernos provinciales.
Una de las áreas que generó el mayor interés del gobierno nacional, fue el de las finanzas:
a la nacionalización de las rentas de la Aduana, se agregó la eliminación de las aduanas
interiores dentro del territorio nacional y la centralización de la recaudación impositiva, para
lo cual se creó la Dirección General de Rentas. En cuanto a la organización militar, se buscó
terminar con los conflictos a través del uso legal de la violencia. Entre las medidas que se
tomaron en el proceso de organización del Estado, se prohibió la formación de milicias
regionales y autónomas. Con ello se perseguía concentrar el poder militar en un único
organismo, el Ejército Nacional, que monopolizaría el uso de la fuerza y la violencia. El
Ejército fue el medio para vencer a los caudillos del Interior y a sus montoneras, que todavía
ofrecían resistencia frente al centralismo porteño y, también, para expropiar las tierras de los
pueblos indígenas y utilizar su fuerza de trabajo. El mismo se componía de los cuerpos de
línea que hacían un servicio militar regular y las Guardias Nacionales. Los cuerpos
regulares estaban integrados por soldados voluntarios y, cuando éstos no alcanzaban a
cubrir los puestos necesarios –lo que ocurría generalmente– se completaban con
contingentes de “destinados”. Estos, como en el periodo anterior, eran personas enviadas al
ejército para cumplir condena por diversos delitos. Las Guardias Nacionales venían a
reemplazar a las antiguas milicias, que servían de complemento cuando los cuerpos
regulares no alcanzaban para llevar adelante su tarea y eran convocados por periodos
limitados de servicio. Si bien el Presidente era el comandante supremo de todas las fuerzas
militares, en los hechos, las Guardias Nacionales eran cuerpos de carácter provincial, ya
que eran los gobernadores quienes las convocaban. Esto implicó una larga y ardua tarea de
subordinación de estas milicias provinciales. Durante la presidencia de Mitre, se crearon el
Colegio Militar y la Escuela de Náutica, con el objetivo de lograr la profesionalización del
ejército. Sin embargo, a pesar de estas creaciones, el Ejército siguió dependiendo en gran
medida de los contingentes de destinados y de la convocatoria de las Guardias Nacionales.
Las sucesiones presidenciales implicaban organizar una compleja red de alianzas
provinciales para sostener a los candidatos, que debía renovarse para cada contienda
electoral. En este manejo de la política, eran de fundamental importancia las elites
provinciales, que contralaban un amplio sector del electorado. En las elecciones
presidenciales de 1868 se perfilaban tres bloques políticos: el Federalista, centrado en las
provincias del Litoral que apoyaban la candidatura de Urquiza, el Partido Autonomista
liderado por Adolfo Alsina (gobernador de Buenos Aires), y el Partido Nacionalista, al mando
de Mitre. En este escenario, un nuevo actor entró en escena llevando un candidato propio:
el Ejército Nacional que sostenía la candidatura de Sarmiento. Alsina decidió apoyar a
Sarmiento que, al ser candidato provinciano, atraía votos del interior. En 1874 una nueva
sucesión presidencial volvió a enfrentar a los partidos de Mitre y Alsina en Buenos Aires. A
diferencia de las elecciones anteriores, el presidente saliente, Sarmiento, impuso un
candidato propio, Nicolás Avellaneda, que, al igual que él carecía de partido propio, pero
tenía adeptos en las provincias. Nuevamente Alsina decidió unirse al candidato oficial para
garantizar el triunfo. Las elecciones de 1874 fueron claramente fraudulentas, alcanzándose
un alto grado de violencia en Buenos Aires protagonizado por mitristas y alsinistas. En estas
condiciones, el triunfo de Avellaneda fue resistido por el candidato nacionalista Mitre, quien,
con el apoyo de parte del ejército, encabezó una revolución que fue rápidamente sofocada.
El nuevo presidente Avellaneda impulsó un acuerdo político con mitristas y alsinistas que se
conoció con el nombre de “conciliación”. Pero luego de la muerte de Alsina, autonomistas y
nacionalistas conciliados, abandonaron el acuerdo con el oficialismo y reconstruyeron el
viejo partido Liberal.
Dentro de la estructura de los partidos existían los clubes políticos. La tarea de los mismos
se centraba en la definición de las candidaturas y luego en la difusión pública de las
mismas. Estas organizaciones tenían una fuerte división jerárquica; un grupo dirigente
tomaba las decisiones más importantes, pero existían asambleas mucho más numerosas y
abiertas donde se daba espacio al debate más abierto. Por debajo de estas organizaciones
se hallaban los clubes parroquiales, que eran asambleas de vecinos que armaban la lista de
candidatos de cada barrio. A pesar de que, nominalmente las listas surgían “de abajo hacia
arriba”, es decir, del debate en el club parroquial se elevaban los candidatos a los clubes y
de allí a los partidos, estos últimos intentaban controlar el mayor número posible de clubes
parroquiales para imponer sus candidatos. Los clubes parroquiales además debían realizar
el “trabajo electoral” que consistía en el empadronamiento de los ciudadanos aptos para
votar, la celebración de las reuniones y manifestaciones de apoyo a los candidatos y el
desarrollo del mismo acto electoral. Los cargos dirigentes de los clubes eran ocupados por
aquellos personajes que tuvieran la capacidad de movilizar una amplia clientela: el cura, el
juez de paz. Las movilizaciones tenían el objeto de convalidar las decisiones tomadas por
las dirigencias y mostrar la capacidad de reclutamiento de los clubes.
A partir de 1860, una serie de levantamientos federales en el Interior y en el Litoral,
reflejaron el rechazo de los caudillos provinciales a una unificación nacional bajo el poder de
Buenos Aires. Tanto Mitre, que impulsó la política de la “unidad a palos”, que significaba
ocupar militarmente aquellas provincias que se resistieran al nuevo modelo de organización
nacional, como Sarmiento, que se apoyó fuertemente en el Ejército para lograr la
unificación, fueron implacables en la represión de estos movimientos. La provincia de La
Rioja fue el centro de dos rebeliones de importancia contra el Gobierno nacional. En 1862,
“el Chacho” Ángel Vicente Peñaloza, que había sido lugarteniente de Quiroga, se levantó
contra el gobierno contando con la adhesión de los federales de San Juan, San Luis y
Mendoza. Tras un breve acuerdo de paz que no pudo mantenerse, la rebelión se reanudó
alcanzando esta vez a la provincia de Córdoba. A pesar de la importante cantidad de
milicianos que integraban las filas federales (unas 2.000 personas) las tropas nacionales
vencieron la resistencia y el Chacho fue asesinado en noviembre de 1863. Otro nuevo
movimiento federal, encabezado por el lugarteniente de Peñaloza, Felipe Varela, se
extendió por varias provincias y se encadenó con la impopularidad de la guerra del
Paraguay. La deserción de miles de soldados que habían sido reclutados en las provincias
para luchar en el país vecino, fue adjudicada a maniobras conspirativas de Felipe Varela y a
Ricardo López Jordán. La rebelión de Varela se conectó con otro movimiento federal: la
rebelión de los colorados en Mendoza. En abril de 1867 la disidencia federal fue aplastada.
La rebelión de López Jordán en Entre Ríos puede rastrear sus orígenes en 1865. La política
cada vez más personalista de Urquiza y su relación cada vez más estrecha con Buenos
Aires, creaba un profundo malestar entre los federales entrerrianos. La visita del presidente
Sarmiento, en febrero de 1870, para ratificar el arreglo de Urquiza con el partido Liberal,
aumentó el descontento y desencadenó la revolución que, iniciada en abril de 1870 acabó
con la vida de Urquiza. López Jordán fue elegido por la legislatura provincial para terminar
el mandato de Urquiza. La reacción del Gobierno nacional no se hizo esperar y Sarmiento
decretó la intervención armada de la provincia. En 1873, la rebelión fue vencida totalmente.
El detonante de la guerra fue la participación de Paraguay y Brasil en la guerra civil
uruguaya. Desde el gobierno de Gaspar Francia, en Paraguay se había llevado a cabo un
proceso modernizador, fomentando la industria y limitando al máximo el intercambio con el
exterior, con lo cual, el comercio inglés veía frustradas sus miras de llegar al mercado
paraguayo. Esta política se acentuó con el sucesor de Francia, Carlos Antonio López quien
intentó hacer de Paraguay una nación importante en la geopolítica de la cuenca del Plata. El
problema central que enfrentaba a los países de la región era la libre navegación de los ríos
internacionales. En Brasil, la conexión entre Río de Janeiro y la provincia interior del Mato
Grosso debía hacerse por el río Paraguay, hacia el interior de la república del mismo
nombre. Si bien López había permitido esa circulación, la instalación del fuerte de Humaitá
en la confluencia del Paraguay con el Paraná, tenía el objetivo de controlar la circulación
fluvial. En contrapartida, la salida de los productos paraguayos para el mercado mundial
debía hacerse por el Paraná atravesando territorios de la Confederación Argentina. Todas
estas tensiones terminaron de desencadenarse con motivo de la guerra civil en Uruguay. En
1864, Venancio Flores, del Partido Colorado (liberal) movilizó sus tropas para derrocar al
gobierno del Partido Blanco (federal) cuyos dirigentes mantenían buenas relaciones con el
Gobierno paraguayo. Brasil y Argentina, ambos países gobernados por partidos liberales,
apoyaron el movimiento de Flores. Paraguay decidió participar en ayuda del partido
gobernante y pidió autorización al gobierno argentino para cruzar por Corrientes. La
negativa de Mitre llevó al presidente de Paraguay, Solano López a la declaración de la
guerra. Brasil, Uruguay y Argentina firmaron el tratado de la Triple Alianza para enfrentar a
Paraguay en una guerra que se extendió entre 1865 y 1870.
DIMENSIÓN ECONÓMICA
Durante el siglo XVIII, Gran Bretaña experimentó un proceso de desarrollo industrial
acelerado, conocido como Revolución Industrial. Este proceso fue posible, entre otros
factores, gracias a los avances tecnológicos y a la apropiación de un sector de la sociedad
de los medios de producción. A mediados del siglo XIX, el desarrollo industrial se había
extendido por Europa y Estados Unidos. Estos países industrializados necesitaban materias
primas baratas para proveer sus industrias y alimentar a sus trabajadores. También
buscaban mercados en donde vender sus productos. Para satisfacer esas necesidades,
estos países iniciaron –a fines del siglo XIX– una expansión colonialista que implicó la
conquista de territorios en África y Asia, así como la generación de condiciones para el
desarrollo de economías primario-exportadoras en los países de América Latina, ricos en
variados recursos naturales. Este proceso, conocido como División Internacional del
Trabajo, consistió en una división de tareas o de trabajos a nivel internacional, en la que los
países industrializados producían manufacturas y las vendían en los países como los de
América Latina, que, a su vez, los proveían de materia prima para el proceso industrial. Se
basó en lo que se conoce como “modelo de la ventaja comparativa”, que es uno de los
conceptos básicos que fundamenta la teoría del comercio internacional y demuestra que los
países tienden a especializarse en la producción y exportación de aquellos bienes que
fabrican con un coste relativamente más bajo respecto al resto del mundo, en los que son
comparativamente más eficientes que los demás y que tenderán a importar los bienes en
los que son más ineficaces y que por tanto producen con unos costes comparativamente
más altos que el resto del mundo. Aun cuando fue una época de crecimiento del comercio
internacional, la distribución de “trabajo” entre las naciones se apoyaba en relaciones de
poder desiguales entre los países productores de materias primas y los países
industrializados. La invención del ferrocarril y el barco a vapor habían revolucionado el
transporte. Se desarrolló la industria química y comenzó a utilizarse energía eléctrica. Hasta
ese momento, la humanidad se desplazaba a pie, a caballo o en barcos empujados por el
viento; a partir de esta época, los nuevos inventos y la aplicación de esas tecnologías,
considerada como la Segunda Revolución Industrial, representaron un avance
extraordinario para el desarrollo económico. La capacidad de carga aumentó, se abarataron
los costos del transporte, las rutas terrestres y marítimas unieron lugares distantes de todo
el mundo. Estas nuevas conexiones ampliaron rápidamente el intercambio comercial. Este
proceso, permitió la consolidación del capitalismo como sistema mundial, cuya gran
novedad fue el crecimiento constante de la riqueza. También implicó que las personas se
organizaran y relacionaran entre sí de manera distinta a como lo habían hecho en el
pasado. De estas nuevas relaciones de producción, en las fábricas o en el campo, surgieron
nuevos grupos sociales. Por un lado, la clase obrera, formada fundamentalmente por los
trabajadores de las fábricas. A diferencia de los artesanos que vivían de la venta de las
mercancías que fabricaban en sus talleres, los obreros vivían del salario que les pagaban
sus patrones, los capitalistas, que conformaron otro grupo social fundamental en este
proceso, la burguesía industrial. Estaba formado por los dueños de las máquinas y de las
fábricas. Por su condición de propietarios, tomaban las decisiones económicas con total
libertad, sin consultar a los trabajadores que formaban parte importante del proceso de
producción. Los burgueses definían qué mercancías producir y a qué precios venderlas;
decidían también las condiciones de trabajo que iban a regir en sus empresas. Contrataban
a los obreros, les pagaban los salarios y obtenían ganancias de las ventas de las
mercancías. En realidad, una burguesía rica ya existía desde hacía bastante tiempo, lo
nuevo era que ahora su riqueza se originaba en el trabajo de los obreros en las fábricas.
Nuestro país se incorporó a mediados del siglo XIX a la División internacional del trabajo
como productor de materias primas, generando un gran impulso al modelo agroexportador.
La relación comercial principal se estableció con Inglaterra. Dada la concentración de la
tierra en pocas manos, la falta de mano de obra y de tecnología, los terratenientes
argentinos se dedicaron en principio a la producción ganadera: principalmente, se exportaba
lana de oveja, cueros y carne conservada con sal. Más adelante, el país se especializará en
la producción de cereales y carnes refinadas. La producción argentina se ubicaba en una
situación de dependencia respecto de las necesidades económicas de los países centrales,
los que establecían precios y, con su demanda, definían tipos de producción. Por ejemplo,
cuando hacia mediados del siglo XIX, Europa demandó lanas para su industria textil, los
terratenientes nacionales dedicaron todos sus esfuerzos a la cría de ganado ovino. Luego,
Europa comenzó a demandar cereales y las provincias de la zona pampeana privilegiaron
su producción. Finalmente, la demanda de carnes y las posibilidades de transporte que
representó el barco frigorífico llevaron a los productores nacionales de esas provincias a
convertir la cría de ganado vacuno en la principal actividad junto a la producción cerealera.
Los ingleses no sólo se beneficiaban con la venta de sus productos en nuestros mercados;
también ganaron mucho dinero a través de inversiones de capital, que colocaron en
inversiones directas en empresas ferroviarias, frigoríficos, tranvías y bancos; e inversiones
indirectas, a través de préstamos al Estado nacional para realizar obras de infraestructura,
como los trazados de las vías de los ferrocarriles, la modernización del puerto, la compra de
telégrafos y su instalación, la modernización de algunas ciudades con la instalación de
redes cloacales y aguas corrientes, y la construcción de avenidas, edificios públicos,
etcétera. Argentina, hacia una producción en función de los cambios en la demanda
exterior. Esto fue posible también por la generalización de la navegación a vapor que
abarataba costos, reducía tiempos de traslado y aumentaba la capacidad de carga. A su
vez, los capitalistas europeos buscaban nuevas oportunidades de inversión, y, hacia 1870,
la Argentina se convirtió en el primer país de Latinoamérica en donde los inversores
ingleses colocaron sus capitales. La llegada de comerciantes ingleses que tenían mayores
contactos con los mercados ultramarinos y nuevas técnicas de comercialización que los
vinculaban de manera más directa con los productores, llevaron al desplazamiento de
algunos comerciantes locales que giraron sus actividades, y su dinero, hacia el agro. Estos
nuevos estancieros mantendrían la diversificación de sus inversiones utilizando parte de su
capital en la compra de propiedades urbanas, en actividades crediticias y en la compra de
fondos públicos. La primera iniciativa en la construcción de ferrocarriles correspondió al
gobierno de Buenos Aires que con la ayuda de capitales privados inauguró en 1857 el
Ferrocarril Oeste. A poco de instalado el gobierno central se encaró la construcción del
Ferrocarril Central que tenía como primer tramo la unión de Rosario con Córdoba. El
trazado de esta línea, realizada con capitales ingleses, pasaba por zonas prácticamente
despobladas. La expectativa era que el paso del ferrocarril incentivara la producción en
aquellas áreas. El Ferrocarril del Sur comenzó a construirse a mediados de la década de
1860 con capitales ingleses. Al igual que la línea Oeste el objetivo era unir zonas
productoras con la ciudad de Buenos Aires para garantizar la comercialización de la
producción agropecuaria. A la primacía absoluta de la producción de ganado vacuno que
imperó desde la década de 1820 se fue agregando la lana como nuevo rubro de exportación
en la década de 1840. Tal fue su éxito para satisfacer la demanda de la industria textil
europea a partir de la década de 1850 que se convirtió en la principal exportación del Litoral.
La creciente demanda de lana llevó a la incorporación de animales de raza dando origen a
un proceso de mestizaje y refinamiento del ganado para adaptarlo a la demanda europea.
Esta especialización produjo modificaciones en la estructura productiva. El mestizaje
requería un cuidado más intenso del ganado y aumentó la necesidad de mano de obra;
además, fue necesario el cercamiento de las parcelas para garantizar el cuidado de los
rebaños y por ello comenzó a emplearse el alambrado, que modificó profundamente las
costumbres rurales en la década de 1870. La producción ovina en la provincia de Buenos
Aires, se basó en dos tipos de unidades productivas muy diferentes: las grandes estancias y
las pequeñas y medianas explotaciones familiares de pastores, arrendatarios que
generalmente pagaban el arriendo de los campos con parte de la producción. Entre ellos
había tanto campesinos criollos como inmigrantes vascos e irlandeses. El crecimiento de la
cría de ovinos fue transformando el uso del espacio bonaerense y aumentó la necesidad de
nuevas tierras, pues mientras las ovejas ocupaban las tierras más cercanas a la ciudad, la
cría de vacunos se fue desplazando hacia la [Link] producción agrícola tuvo un
impulso mucho mayor con el desarrollo de la colonización en Santa Fe y el sur de Córdoba,
aunque recién en la década de 1870 comenzó a manifestarse en las exportaciones. La
construcción de un Estado unificado ayudó a este proceso y permitió a muchos empresarios
realizar inversiones en varias provincias. Entre 1850 y 1880 el Estado vendió a particulares
más de cinco millones de hectáreas en Buenos Aires y más de dos millones en Santa Fe y
Córdoba. A partir de la década de 1850, la creciente necesidad de mano de obra para llevar
adelante la expansión agropecuaria, llevó a que desde los distintos gobiernos provinciales
del litoral se promoviera la inmigración europea. Estos inmigrantes, formaron colonias
agrícolas que recibieron tierras por parte del Estado para su asentamiento.
DIMENSIÓN SOCIAL
Los sectores dominantes que construían el nuevo Estado, pretendían construir una nación
“blanca y europea” y lo plasmaron en la Ley de Colonización e Inmigración, que abrió las
puertas a la inmigración europea, invitando a la población del antiguo continente del cual
habíamos sido colonia, a poblar el país, lo que la clase gobernante llamaba “poblar el
desierto”. De esta forma, pretendían solucionar el “problema” de la falta de mano de obra,
aunque, en realidad, la sanción de esta ley mostraba la preferencia por los trabajadores
europeos por sobre los de origen criollo o nativo. Ni gauchos ni indígenas tenían lugar en el
ordenamiento en marcha: en la conquista de la Patagonia y el Chaco, emprendida por el
Ejército nacional, fueron masacradas las comunidades indígenas. Los sobrevivientes fueron
sometidos a servidumbre. La creación de escuelas y otras instituciones educativas
apuntaron a “educar al soberano” en un conjunto de conocimientos indispensables para
desempeñarse en las distintas actividades económicas, así como en valores que justificaran
el orden en construcción de la época: respeto a las leyes, hábitos de obediencia y saberes
para el trabajo. La llegada de inmigrantes modificó la fisonomía de la sociedad y su
distribución en el territorio nacional. En 1869 se realizó el Primer Censo Nacional y los
resultados obtenidos mostraban una gran dispersión de la población, con una fuerte
concentración en el Litoral y núcleos poblacionales en el Interior que reflejaban un gran
aislamiento. Un dato importante que arrojaba el censo, se relacionaba con la tasa de
escolarización alcanzada para ese momento. Si bien el sistema educativo nacional se
estructuró a partir de la Ley 1420 (1884), el período previo refleja un importante impulso
inicial. Mientras que, en 1850, sobre una población escolar calculada en 183.000 niños, solo
el 6,5% asistía a las escuelas, para la época del primer censo nacional, el porcentaje se
había elevado al 20,4%. A partir de la década de 1860, los sucesivos gobiernos nacionales
se plantearon la necesidad de impulsar fuertemente la educación como un medio de
modernizar la sociedad y homogeneizar culturalmente a la población nativa e inmigrante.
Bartolomé Mitre centró su interés en la educación media y superior. Para Sarmiento, por el
contrario, el énfasis debía estar puesto en la instrucción primaria. Estas medidas llevaron a
un incremento significativo de los niveles de asistencia escolar. Hacia 1869, la cantidad de
alumnos llegó a representar más del 20% del total de niños en edad escolar. A pesar de los
avances en la escolarización, el analfabetismo seguía siendo muy alto. La clase dominante
y sus representantes en el poder establecieron la idea de que nuestro país estaba desierto y
que había que poblarlo. Con el objeto de aumentar la cantidad de mano de obra, tomaron
medidas para alentar la inmigración. A través de proclamas en los periódicos de Europa
convocaron a quienes quisieran venir a poblar nuestro territorio, prometiendo trabajo y
tierras.
Los dirigentes de nuestro país esperaban que llegaran europeos del norte que “civilizarían”,
con su apego al trabajo y al ahorro, a la sociedad nacional. Sin embargo, la gran mayoría de
los inmigrantes llegó desde Europa del Sur. Se trataba de la población “excedente”, la más
pobre, la de obreros analfabetos, expulsados de sus países por la primera gran crisis del
capitalismo de fines del siglo XIX. Hartos de la guerra y la pobreza, llegaron a nuestro país
con la esperanza de la tierra y el trabajo prometidos. Entre 1850 y 1930, se calcula que
llegaron cerca de 6.000.000 de inmigrantes, en su mayoría procedentes de distintas
regiones de Italia y España. En un porcentaje menor, también llegaron franceses, rusos,
alemanes, polacos, galeses, irlandeses, armenios y judíos. Predominaban los varones en
edad de trabajar. Todos abandonaban las pésimas condiciones de vida y, en algunos casos,
escapaban de guerras y persecuciones religiosas. La gran mayoría de los recién llegados
se instaló en la zona pampeana. El régimen del latifundio obstaculizó la creación de
pequeñas unidades campesinas; por ello, la mayoría de quienes se instalaron en el campo
lo hicieron como peones rurales que vivían en las estancias o como arrendatarios de
pequeñas parcelas. Pero muchos de los inmigrantes, la mayoría, se instaló en la ciudad de
Buenos Aires. Aunque el principal objetivo de la élite era la estructuración de un Estado que
garantizara legalmente la reproducción de una economía agroexportadora, había que
construir y consolidar también simbólicamente la idea de nación: una población tan variada,
en la cual alrededor de un 30% era de origen extranjero, requería emprender una tarea de
homogeneización cultural. Es decir, construir la nación era también fundar el sentimiento de
nacionalidad. Era necesario, para ello, la generalización de la educación básica. Este
proceso fue asegurado y afianzado con la Ley 1420 de Educación Común, que estableció la
enseñanza primaria, obligatoria, laica y gratuita, sancionada en el proceso posterior (1884),
dando continuidad a las ideas de los presidentes fundacionales. Se buscaba que los
extranjeros, y sobre todo sus hijos, aprendieran el idioma, las costumbres y la historia de
nuestro país, de modo de reconocerse como parte de la sociedad argentina. En las
escuelas públicas de todo el país comenzó a implementarse el culto a la bandera al
comenzar la jornada, y los retratos de José de San Martín y Manuel Belgrano, entre otros
protagonistas de la Independencia, fueron colgados en las aulas.
En 1880, bajo la presidencia de Nicolás Avellaneda, se federalizó la ciudad de Buenos
Aires, es decir, se la designó como capital del Estado argentino. Al doblegar la
resistencia de algunos grupos porteños a la federalización de su ciudad, el Estado
nacional terminó de consolidarse, al poder ejercer una autoridad indisputada en todo
el territorio reivindicado como propio a través de un conjunto diferenciado e
interrelacionado de instituciones (jurídicas, impositivas, educativas, entre otras).
Entre 1880 y 1916, se pondrá en marcha en nuestro país el proceso de consolidación
del Estado Nacional. Durante las décadas previas, los gobiernos de Bartolomé Mitre
(1862-68), Domingo Sarmiento (1868-1874) y Nicolás Avellaneda (1874-1880), llevaron
a cabo diversas acciones para concretar el proyecto de organización nacional, que se
verá plasmado en la “pacificación y unificación” tras la derrota de las oposiciones del
interior (los últimos caudillos), la expansión y ocupación del territorio nacional y la
construcción de la estructura institucional del país, por medio de la educación, las
comunicaciones y transportes, la inmigración europea y la incorporación de la
Argentina al mercado mundial como proveedora de materias primas y compradora de
manufacturas.
En 1880 llegó al poder el general Julio A. Roca, quien consolidó el modelo económico
agroexportador y el modelo político conservador basado en el fraude electoral y la
exclusión de la mayoría de la población de la vida política. Se incrementaron
notablemente las inversiones inglesas en bancos, frigoríficos y ferrocarriles y creció
la deuda externa. En 1890, se produjo una grave crisis financiera en la que se
cristalizaron distintas oposiciones al régimen gobernante. Por el lado político, la
Unión Cívica Radical luchaba por la limpieza electoral y contra la corrupción,
mientras que, por el lado social, el movimiento obrero peleaba por la dignidad de los
trabajadores desde los gremios socialistas y anarquistas. La lucha radical, expresada
en las revoluciones de 1893 y 1905, y el creciente descontento social, expresado por
innumerables huelgas, llevaron a un sector de la clase dominante a impulsar una
reforma electoral para calmar los ánimos y trasladar la discusión política de las calles
al parlamento. En 1912, el presidente Roque Sáenz Peña logró la sanción de la ley que
lleva su nombre y que estableció el voto secreto y obligatorio.