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Tema 11

La crisis de la deuda externa en América Latina en los años 80 marcó un cambio en las políticas económicas, llevando a reformas de mercado y a un contexto de crecimiento moderado pero inestable hasta 2010. Esta crisis, resultado de un ciclo de endeudamiento y condiciones financieras adversas, impactó severamente a la región, obligando a ajustes económicos y generando altos costos sociales. A diferencia de la crisis de los años 30, la respuesta internacional fue insuficiente, lo que prolongó la recuperación económica.

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Tema 11

La crisis de la deuda externa en América Latina en los años 80 marcó un cambio en las políticas económicas, llevando a reformas de mercado y a un contexto de crecimiento moderado pero inestable hasta 2010. Esta crisis, resultado de un ciclo de endeudamiento y condiciones financieras adversas, impactó severamente a la región, obligando a ajustes económicos y generando altos costos sociales. A diferencia de la crisis de los años 30, la respuesta internacional fue insuficiente, lo que prolongó la recuperación económica.

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TEMA 11: LA REORIENTACION HACIA EL MERCADO

Introducción:

La crisis de la deuda externa de América Latina en los años 80 marcó el cierre de una larga
etapa de integración relativa al crecimiento mundial y produjo un quiebre definitivo en las
políticas económicas vigentes desde los años treinta. El proceso de industrialización ya se
había debilitado desde mediados de los 70, pero fue esta crisis la que consolidó su declive y
generalizó las reformas de mercado. Estas reformas, que ampliaron el rol del mercado en la
economía, se extendieron durante las décadas siguientes, aunque desde comienzos del siglo
XXI comenzaron a surgir tendencias que revalorizaron el papel del Estado.

El período analizado se divide en dos fases: una primera, en los años 80, marcada por el
retroceso económico general —la "década perdida"— y una segunda, de crecimiento
moderado pero inestable entre 1990 y 2010, con dos nuevas crisis (fin del siglo XX y la de
2008-2009). Aunque el crecimiento fue menor al del periodo previo a la crisis, la
desaceleración demográfica permitió una mejora relativa del producto por habitante. Este
capítulo aborda los orígenes de la crisis, las reformas de mercado que le siguieron y sus
resultados en términos de crecimiento y desarrollo, todo ello en un contexto de
transformación global, marcado por la volatilidad financiera internacional y una inserción más
dinámica en el comercio mundial.

(APUNTE DE CLASE)

Años 50 y 60: crecimiento hasta los 50 y los 60 se da un estancamiento donde se rompe la


cohesión social y comienza lucha entre la sociedad, la manera de poner orden es a treves de la
dictadura

Años 70: Dictadura como modo de poner orden, pero las dictaduras generan deudas

Años 80: crisis de la deuda comienzan a haber problemas para pagar las deudas “década
perdida” todos los indicadores socioeconómicos son un desastre, todos dan en negativo. Se
comienza a pasar crisis en esas dictaduras y se retorna a la democracia, política neoliberal

La crisis de la deuda y la década perdida:

El modelo de industrialización dirigida por el estado comenzó a recibir críticas desde los años
60 por parte de la ortodoxia económica como de la izquierda política.

Desde la ortodoxia económica se le critico la falta de disciplina macroeconómica y las


ineficiencias que generaba una estructura de protección arancelaria y paraarancelaria muy
elevada y, en general, el excesivo intervencionismo estatal.

Desde la izquierda política se le criticó su incapacidad de superar la dependencia externa y,


sobre todo, de transformar las estructuras sociales desiguales heredadas del pasado.

Aunque sin compartir los puntos de la izquierda política un autor se expresó de manera
brillante. ”se esperaba que la industrialización cambiara el orden social lo único que hizo fue
producir manufacturas”

El modelo enfrento en su fase madura tensiones económicas, sociales y políticas. La creciente


conflictiva social se manifestó de modo temprano en países del cono sur aquellos que
experimentaron de manera rápida las transformaciones sociales y la desaceleración del ritmo
de crecimiento económico. Las oportunidades de crecimiento económico que se presentaron
para ampliar el bienestar y los beneficios sociales fueron aprovechados por fuertes
movimientos sociales y políticos algunos de corte socialista y otro de raigambre populista. Sin
embargo, frente a los cambios de condiciones externas y de crisis de balanza de pagos, los
ajustes redundaban en un creciente descontento y resistencia, ya sea por parte de los sectores
populares que pugnaban por mayores mejoras, o de las élites, que veían cómo su rentabilidad
se veía amenazada por la expansión de las regulaciones estatales. El desenlace autoritario no
se hizo esperar.

Los instintos militares son intervencionistas. Pero los líderes militares pueden racionalizar
convenientemente la represión política en nombre de la flexibilidad necesaria en los precios y
en los salarios. El objetivo no es una adaptación a una determinada estructura económica sino
la reconstrucción radical de la sociedad civil. De este modo la transformación hacia economías
de mercado surgió de una manera defensiva, como una reacción frente a lo que se veía como
una expansión del mundo socialista. Es en esto que el patrón latinoamericano se diferencia de
los países industrializados donde la transformación fue claramente ofensiva: un reflejo de la
confianza de la empresa privada de que podía vivir sin el manto protector del Estado e incluso
la convicción en amplios círculos empresariales de que la intervención estatal se había
convertido en un obstáculo a su desarrollo. La actitud ofensiva vendría más tarde en AL

Fuera del Cono sur, el conflicto social crece no tuvo relación con la transición hacia economías
de mercado. Centroamérica que se transformó en el epicentro de los conflictos en los años
ochenta, las confrontaciones tenían un carácter más rural y provenían de la concentración de
la tierra y, tal vez, del modelo primario-exportador antes que de su peculiar combinación con
una débil industrialización dirigida por el Estado. En Colombia el conflicto interno tenía vieja
data y había estado asociado también en su origen a problemas rurales, pero la nueva fase que
se vivió desde mediados de la década de los ochenta tuvo otro cariz: la incidencia del tráfico
ilícito de drogas, que vendría a financiar todas las formas de violencia: la propia, la paramilitar
y la guerrillera. Los problemas de violencia asociados al tráfico de estupefacientes se
extenderían hacia México y Centroamérica. En materia económica, la tendencia al
desequilibrio externo, que sí había sido general desde vieja data, tendió a agudizarse hacia el
final de la fase de industrialización dirigida por el Estado en casi todos los países, debido al
comportamiento tanto de la balanza comercial como de las crecientes demandas de recursos
para inversión. Estos desequilibrios se vinieron a satisfacer con el creciente financiamiento
externo, la primera de las tendencias fue que el crecimiento es compatible con pequeños
superávits comerciales. Durante el período 1967-1974, el pequeño déficit comercial no fue
problemático debido al fuerte crecimiento económico. Sin embargo, entre 1974 y 1980,
mantener tasas de crecimiento similares generó un déficit comercial creciente. Este
crecimiento requería mayores niveles de inversión, difíciles de sostener por las bajas tasas de
ahorro internas. La inversión, que había oscilado entre el 19% y el 22% del PIB hasta mediados
de los años setenta (con un mínimo entre 1958-1967, período de “estrangulamiento externo”
según la CEPAL), aumentó al 25% hacia el final de esta etapa, financiada externamente. A
diferencia de periodos posteriores, ese financiamiento externo se destinó mayoritariamente a
inversión y no al consumo.

La IDE enfrento otras restricciones que fueron aquellas asociadas a la tendencia de abrumar al
estado con responsabilidades fiscales sin otorgarle recursos adecuados para hacerlo. Esto se
reflejó en 3 tendencias:
1. Una tendencia al aumento del gasto público como proporción del PIB, pero con una
proporción menor destinada a programas de bienestar social en comparación con los
países industrializados
2. un cambio en la composición de la estructura tributaria en contra de los impuestos a la
propiedad y el ingreso, y en favor de los impuestos indirectos y los salarios, y, en
consecuencia
3. crecientes necesidades de endeudamiento para financiar las transferencias al sector
privado, en lugar de aquellas asociadas a las políticas sociales redistributivas

Estas tensiones se volvieron críticas en la segunda mitad de los años setenta, cuando el acceso
generalizado a financiamiento externo generó déficits fiscales crecientes, volviendo muy
vulnerables las cuentas públicas ante un cambio en las condiciones financieras… que
finalmente ocurrió.

Aun así, los autores aclaran que, sin la crisis de la deuda, probablemente el modelo no habría
colapsado por sí solo. De hecho, ya existía en algunos países una estrategia más equilibrada,
parecida a la de Asia Oriental: con intervención estatal, protección y fuerte apuesta a las
exportaciones y a la inversión nacional. Pero el ritmo acelerado de los acontecimientos impidió
ese camino.

Lo que terminó derrumbando el modelo fue el ciclo de auge y caída del financiamiento externo
privado: comenzó en los 60, se expandió en los 70 y colapsó en los 80. A diferencia de los años
20, ahora los préstamos venían de la banca comercial internacional mediante créditos
sindicados con tasas variables (ligadas a la LIBOR).

En las décadas previas, América Latina casi no accedía a financiamiento externo y eso reforzó
políticas proteccionistas. Los países que se endeudaron antes, como México y Perú, también
enfrentaron antes los problemas de sobreendeudamiento.

EL PROCESO DE ENDEUDAMIENTO:

La nueva fase de auge de financiamiento externo de América Latina fue parte de un proceso
más amplio de reconstrucción de un mercado internacional de capitales que se había iniciado
en la década de los sesenta (el entonces denominado mercado de eurodólares). La
característica más destacada de este proceso fue la competencia entre un creciente número
de grandes bancos nacionales transformados en internacionales por colocar recursos en el
mercado mundial, en forma de créditos sindicados a tipos de interés variable que se modifican
con la tasa LIBOR de tres a seis meses.

La modalidad de financiamiento a través de créditos sindicados permitió que también


participaran bancos más pequeños y con poca experiencia internacional, los cuales confiaban
en las evaluaciones de riesgo realizadas por los grandes bancos, que lideraban las operaciones
y cobraban comisiones altas. Como las tasas de interés estaban atadas a la LIBOR —la tasa del
mercado interbancario internacional—, los bancos acreedores reducían su riesgo,
trasladándolo a los países deudores. Este esquema mostró sus debilidades a fines de 1974,
cuando algunos bancos como los de Alemania y EE. UU sufrieron fuertes pérdidas por
operaciones cambiarias.

El reciclaje de los petrodólares reactivó este mercado a partir de entonces, impulsando una
etapa de gran liquidez y fuerte financiamiento externo en la segunda mitad de los años 70. La
competencia entre los grandes bancos por mantener su cuota de mercado, sumada a la
participación de bancos pequeños, generó un aumento veloz de los préstamos, con márgenes
reducidos sobre la tasa LIBOR (entre 1 y 2 puntos). Las condiciones eran muy favorables: tasas
de interés reales bajas o incluso negativas, junto a altos precios de productos básicos como
el petróleo. Todo esto incentivó el endeudamiento masivo. Entre 1973 y 1981, América Latina
absorbió más de la mitad de toda la deuda privada que recibió el mundo en desarrollo, además
de continuar liderando la captación de inversión extranjera directa.

El financiamiento externo masivo en América Latina tuvo como contrapartida el aumento de


los déficits comerciales y fiscales, y generó riesgos crecientes para las instituciones financieras
nacionales que intermediaban esos fondos, especialmente por problemas crediticios y
cambiarios. Esto se agravó por la liberalización financiera interna, que fue más profunda y
temprana en los países del Cono Sur. Además, la falta de controles cambiarios favoreció la fuga
de capitales cuando estalló la crisis, siendo especialmente masiva en Argentina, México y
Venezuela.

El impacto de la crisis de la deuda de los años 80 en cada país dependió más de su dinámica
macroeconómica (déficits, fragilidad financiera) que de los defectos estructurales del modelo
de industrialización. Por eso la crisis golpeó tanto a países más regulados como Brasil como a
los más liberalizados del Cono Sur, siendo estos últimos los que sufrieron crisis financieras
nacionales muy graves.

El texto remarca que esta vulnerabilidad frente al financiamiento externo no era exclusiva del
modelo de industrialización estatal: ya había ocurrido en los años 20 y 30, y se repitió en los
años 90 con modelos más liberalizados. Esto demuestra que los choques externos fueron el
factor central de la crisis, no el modelo de desarrollo en sí.

El punto de inflexión fue el llamado “choque Volcker”, cuando la Reserva Federal de [Link].
elevó fuertemente las tasas de interés en 1979 para frenar la inflación. Esto encareció de
inmediato el servicio de la deuda externa latinoamericana, ya que la mayoría de los
préstamos tenían tasas flotantes. A esto se sumó una fuerte caída en los precios reales de las
materias primas. Ambos factores negativos (tasas altas y deterioro de los precios) persistieron
durante casi un cuarto de siglo, aunque esa duración solo se comprendió con el tiempo.

A fines de los años 70, las tasas de interés reales en Estados Unidos aumentaron
bruscamente, lo que tuvo un impacto severo sobre América Latina, ya que gran parte de su
deuda externa estaba contratada a tasas variables. Entre 1975 y 1980, esas tasas eran
moderadas (–1% a 2%), pero en 1981–1982 llegaron hasta un 6%. En los años 90, los países
enfrentaron tasas reales aún más altas, superando el 10%.

Paralelamente, se produjo una caída prolongada de los precios de los productos básicos, que
redujo los ingresos de exportación de la región. Entre 1992 y 2001, los precios reales llegaron a
estar un 37–40% por debajo del promedio de los años 70.

A estos factores se sumó la recesión mundial de principios de los 80, particularmente en


Estados Unidos. Este conjunto de choques externos fue inesperado y sin precedentes en su
duración e intensidad.

El resultado fue una dinámica explosiva del endeudamiento: aunque en 1980 los niveles eran
relativamente manejables (menos del 30% del PIB), en pocos años se duplicaron. La crisis
económica y las devaluaciones masivas también hicieron caer el PIB medido en dólares,
amplificando el problema.
Finalmente, la interrupción del financiamiento externo y la creciente carga del servicio de la
deuda generaron una transferencia negativa neta de recursos: América Latina pasó de recibir
recursos por valor de 2–3% del PIB a tener que transferir alrededor de 6% del PIB al exterior.
Esto representó un choque externo de enorme magnitud, agravado por la débil respuesta de
las políticas internacionales.

Una característica clave de los ciclos de financiamiento internacional es la inestabilidad lo que


fue decisiva tanto en la caída del modelo primario-exportador como en la crisis del modelo de
industrialización por sustitución de importaciones.

Comparada con la crisis de los años 30, la de los años 80 fue más grave por el prolongado
colapso de la cuenta de capitales, que no recibió una respuesta internacional adecuada. A
diferencia de la Gran Depresión, donde se optó por moratorias abiertas, en los 80 se
impusieron reformas estructurales severas como condición para recibir asistencia, bajo
presión del FMI y los países acreedores.

Los países latinoamericanos se vieron obligados a generar superávits comerciales durante casi
una década, lo que impuso altos costos sociales y retrasó la recuperación. Mientras que tras la
crisis de 1930 el PIB per cápita se recuperó en pocos años, después de la crisis de los 80 recién
en 1994 se volvió a los niveles previos.

CRISIS DE LA DEUDA: En la evolución de la crisis de la deuda en América Latina pueden


distinguirse tres fases bien definidas.

La primera se extendió desde el estallido de la crisis en 1982 hasta septiembre de


1985. En esta etapa, los países latinoamericanos aplicaron severos ajustes
macroeconómicos bajo el supuesto de que la crisis era de carácter temporal, es decir,
de liquidez y no de solvencia. Se esperaba que el financiamiento externo voluntario
regresara rápidamente. En ese marco, se conformó un sólido cartel de acreedores —
respaldado por los gobiernos de los países industrializados, especialmente Estados
Unidos— que actuó con eficacia para evitar una crisis bancaria en sus propios sistemas
financieros, pero sin ofrecer soluciones reales a la crisis latinoamericana. Pese a
algunos intentos aislados de coordinación entre los deudores, como el Consenso de
Cartagena en 1984, y medidas unilaterales como la propuesta de Alan García en Perú
de limitar el servicio de la deuda al 10% de los ingresos por exportaciones, nunca llegó
a formarse un cartel de deudores. Como resultado, las negociaciones fueron
profundamente asimétricas, y América Latina terminó asumiendo grandes porciones
de deuda privada como deuda pública. En la práctica, la región absorbió el costo de
una crisis bancaria internacional, mientras los bancos acreedores seguían generando
beneficios.
La segunda fase comenzó en septiembre de 1985 con el anuncio del Plan Baker,
promovido por Estados Unidos. Esta nueva etapa supuso un giro: se reconocía de
forma implícita que la crisis era más profunda y estructural. El plan ofrecía cierto alivio
mediante ajustes estructurales liderados por el Banco Mundial, mejoras financieras y
recursos adicionales, aunque en cantidades muy limitadas. Dado que sus resultados
fueron insuficientes, se implementó un segundo plan Baker en 1987, que incorporó
mecanismos como recompras de deuda, bonos de salida con tasas de interés bajas y
canjes de deuda. A pesar de ello, la situación de los países latinoamericanos continuó
siendo crítica, y el financiamiento seguía siendo escaso frente al peso de la deuda
acumulada. Además, los ajustes continuaron teniendo altos costos sociales y
económicos.
La tercera y última fase se inició en 1989 con el Plan Brady, también promovido por
Estados Unidos. Este plan marcó el reconocimiento explícito de que la crisis era, en
efecto, de solvencia, no solo de liquidez. Por primera vez se incluyeron reducciones —
aunque modestas— del capital adeudado, y se ofrecieron condiciones que facilitaron
el retorno al financiamiento externo privado. Esta etapa representó una mejora
relativa respecto a las anteriores, pero llegó demasiado tarde: para entonces, América
Latina ya había atravesado casi una década de bajo crecimiento económico, deterioro
social y pérdida de capacidad productiva. Aunque los coeficientes de endeudamiento
comenzaron a reducirse gradualmente, esto se debió tanto a los planes de
renegociación como a los grandes superávits comerciales que los países se vieron
obligados a generar, sacrificando consumo, inversión y desarrollo. Así, el precio de
estabilizar la deuda fue altísimo: una auténtica "década perdida" para el crecimiento y
el bienestar en la región.

Durante la crisis de la deuda, América Latina enfrentó una recesión profunda y prolongada. El
PIB regional se contrajo durante tres años consecutivos, siendo 1983 el más crítico tras la
moratoria de México en 1982. Aunque hubo una recuperación entre 1984 y 1987, fue débil y
no sostenida. Solo algunos países lograron volver al crecimiento, generalmente aquellos con
menor endeudamiento o con apoyo financiero oficial significativo.

En el plano social, los efectos fueron devastadores. La pobreza aumentó notablemente,


pasando del 40,5% al 48,3% entre 1980 y 1990, y se revirtió el progreso en la distribución del
ingreso. Esto se manifestó en caídas de salarios reales, incremento del trabajo informal y un
estancamiento en los indicadores de desarrollo humano.

Los ajustes fiscales y de tipo de cambio provocaron fuertes presiones inflacionarias. Varios
países experimentaron hiperinflación (como Argentina, Bolivia, Brasil, Nicaragua y Perú), y en
muchos otros la inflación superó los tres dígitos. Solo Panamá, con una economía dolarizada,
evitó estos niveles. Además, se produjeron crisis bancarias de gran magnitud, especialmente
en el Cono Sur, con costos fiscales equivalentes a una parte significativa del PIB.

Un problema central fue cómo transferir internamente los recursos necesarios para pagar la
deuda externa. Esto fue más fácil en países exportadores con empresas estatales, pero en
otros se recurrió al "ahorro forzoso" mediante inflación o recorte de ingresos reales, afectando
sobre todo a los trabajadores.

Por último, la inversión cayó fuertemente, y aunque el ahorro interno aumentó, no logró
compensar la contracción. La tasa de inversión no volvió a los niveles anteriores sino hasta
mediados de la década de 2000. La reducción del gasto público en infraestructura, impuesta
por los programas de ajuste, afectó negativamente el crecimiento económico de largo plazo.

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