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20 de Junio

Manuel Belgrano, nacido en 1770, fue un destacado abogado y político argentino que promovió la educación y la economía en el Virreinato del Río de la Plata. Como miembro de la Primera Junta de Gobierno, lideró campañas militares y propuso la creación de la bandera celeste y blanca, que fue adoptada oficialmente en 1812. A pesar de su contribución a la independencia, Belgrano murió en la pobreza en 1820, y su legado fue reconocido años después con homenajes y la creación de estatuas en su honor.

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20 de Junio

Manuel Belgrano, nacido en 1770, fue un destacado abogado y político argentino que promovió la educación y la economía en el Virreinato del Río de la Plata. Como miembro de la Primera Junta de Gobierno, lideró campañas militares y propuso la creación de la bandera celeste y blanca, que fue adoptada oficialmente en 1812. A pesar de su contribución a la independencia, Belgrano murió en la pobreza en 1820, y su legado fue reconocido años después con homenajes y la creación de estatuas en su honor.

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CAPÍTULO 5

El 20 de junio. La bandera como símbolo y como acto


Por Manuel Belgrano

Manuel Belgrano nació el 3 de junio de 1770 en una familia numerosa, compuesta por trece
hermanos. Comenzó sus estudios en el Río de la Plata y, posteriormente, su padre, un
comerciante destacado del Virreinato, lo envió a España para continuar su educación. En
España, se graduó como abogado, pero no se limitó a eso; estudió economía política, idiomas
y derecho público. Durante su estancia en Europa, estalló la Revolución Francesa, que derrocó
la monarquía absoluta en Francia e instauró un nuevo régimen. Belgrano escribió en su
autobiografía sobre la Revolución Francesa de 1789: "Se apoderaron de mí las ideas de la
libertad, igualdad, seguridad, propiedad, y sólo veía tiranos en los que se oponían a que el
hombre, fuese donde fuese, disfrutara de unos derechos que Dios y la naturaleza le habían
concedido".

En 1794, en el Virreinato del Río de la Plata, que se había creado veinte años antes, se
estableció una nueva institución: el Consulado, con funciones económicas y mercantiles. Ese
mismo año, Belgrano regresó de España para asumir su dirección, con la misión de promover
la agricultura, la industria y el comercio. Belgrano era un defensor de la fisiocracia, una
corriente de pensamiento económico que sostenía que la riqueza de una nación proviene de la
naturaleza y de las industrias extractivas. Creía que la libertad económica y el libre comercio
eran esenciales para la prosperidad. Desde su posición en el Consulado, se opuso al sistema
mercantilista español, que favorecía el monopolio de los comerciantes de Cádiz y sus agentes
en la colonia.

En sus memorias para el Consulado, Belgrano propuso un amplio programa de educación,


considerando que esta era fundamental para la felicidad del pueblo. Obtuvo autorización para
fundar una escuela de agricultura, una escuela de comercio, una escuela de oficios, una
escuela de matemáticas y una academia de dibujo y náutica. Sin embargo, el funcionamiento
de estas instituciones educativas fue breve, ya que la corona española ordenó su supresión al
enterarse de su existencia.

Belgrano sostenía que los padres tenían el deber de enviar a sus hijos a la escuela. El Virrey
Cisneros fue el primero en darle la razón, al decretar la obligación de matricular a los hijos en
las escuelas de primeras letras, bajo pena de destinarlos al servicio militar al cumplir los
dieciséis años.

Belgrano fue uno de los miembros de la Primera Junta de Gobierno en mayo de 1810. La
Asamblea Constituyente de 1813 lo reconoció por sus servicios en las guerras de
independencia y, especialmente, por su triunfo en la batalla de Salta, otorgándole un sable con
guarnición de oro y fincas del Estado por un valor de 40.000 pesos. Belgrano decidió destinar
esos fondos a la creación de cuatro escuelas públicas en Jujuy, Tarija, Tucumán y Santiago del
Estero. Estas escuelas se financiarían con la renta de las fincas donadas, pero la pobreza de
las arcas fiscales y la anarquía que pronto surgió en el país hicieron que las donaciones
resultaran inútiles. Solo dos de las escuelas funcionaron, y por poco tiempo.

La contribución de la prensa al proceso de emancipación fue crucial. Belgrano participó en la


actividad periodística, utilizando este medio para difundir sus ideas sobre educación y
economía. En 1800, colaboró con Francisco Cabello y Mesa en la fundación del primer
periódico rioplatense: el Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiográfico del Río
de la Plata, y contribuyó al Semanario de Agricultura Industria y Comercio, publicado entre
1802 y 1807, así como al Correo de Comercio de Buenos Aires, que utilizó para criticar al
gobierno y al monopolio español entre 1810 y 1811.

El militar y la bandera
A pesar de que su vocación estaba en el periodismo, la economía y las leyes, Belgrano
también tuvo que asumir funciones militares. En 1806 y 1807 fue nombrado capitán primero y
luego sargento para defender al Río de la Plata de los intentos de invasión británicos. Se unió a
las milicias criollas para proteger Buenos Aires y fue elegido capitán por sus compañeros. Las
milicias populares se convirtieron en espacios de discusión política, donde se formaron
agrupaciones de jóvenes revolucionarios.

Belgrano fue uno de los protagonistas de la Revolución de Mayo. Tras los eventos del 22 y 24
de mayo de 1810, la situación se tornó insostenible: los españoles no querían ceder su poder y
los criollos no estaban dispuestos a aceptar su dominio. "Juro a la Patria y a mis compañeros
que, si a las tres de la tarde del día de mañana el virrey no ha renunciado, lo arrojaremos por
las ventanas de la fortaleza abajo", afirmó Belgrano. Un día después de esta declaración,
Cisneros renunció y Belgrano se convirtió en uno de los vocales de la Primera Junta.

El primer gobierno patrio, al asumir, tuvo la intención de lograr la adhesión de todas las
regiones que habían formado parte del Virreinato del Río de la Plata. El gobernador de
Paraguay decidió no reconocer al nuevo gobierno de Buenos Aires, por lo que la Junta ordenó
a Belgrano liderar una expedición al Paraguay. Belgrano partió con casi mil hombres, la
mayoría sin instrucción militar, con armamento precario y con frecuentes deserciones.

Tras el fracaso de un armisticio, la batalla de Paraguarí enfrentó a los ejércitos paraguayos con
los comandados por Belgrano. El combate comenzó con una aparente victoria de los porteños,
pero la actitud de parte del ejército de Buenos Aires, que creyendo haber ganado se dedicó a
saquear el cuartel general paraguayo, favoreció la reacción de las tropas paraguayas, que
lograron derrotar a las fuerzas patriotas. En el camino de regreso tras la derrota, el ejército fue
nuevamente atacado y vencido en Tacuarí. Belgrano firmó un armisticio e inició la retirada, pero
los ideales de la Revolución de Mayo se difundieron entre los jefes y soldados paraguayos,
quienes en mayo de 1811 constituyeron una Junta de Gobierno patriota.
Sin embargo, el gobierno porteño consideró que la campaña de Belgrano en Paraguay había
sido un fracaso y le inició juicio, del cual fue sobreseído dos meses después. Mientras tanto, en
el actual Uruguay, que entonces formaba parte de la Banda Oriental, un grupo se sublevó
proclamando el fin del dominio español. Este episodio, conocido como el "Grito de Asencio",
marcó el inicio de la insurrección oriental. Al enterarse de este hecho, Belgrano partió de
Tacuarí a Montevideo para apoyar a los sublevados, pero antes de tomar la ciudad fue
convocado por el gobierno porteño y designado por el Primer Triunvirato para reorganizar el
célebre Regimiento de Patricios. Para ello, fue nombrado comandante, advirtiéndole sobre el
malestar existente en sus filas debido a la destitución de Saavedra, su jefe natural, y su
destierro en San Juan por decisión del Triunvirato.

La situación de Belgrano al frente del regimiento se complicó cuando ordenó a los soldados
que se cortaran el cabello a la usanza militar, lo que iba en contra de la tradición del pelo largo
trenzado sobre la espalda, considerado un distintivo. Parte de los oficiales y de la tropa
consideraron la medida como una afrenta y se atrincheraron, declarando la rebeldía en un
hecho conocido como el Motín de las Trenzas. Los amotinados fueron derrotados en un
enfrentamiento dirigido por Rondeau, que resultó en más de 50 muertos. En el proceso que se
inició para identificar a los responsables, los acusados y testigos no mencionaron la orden de
Belgrano relacionada con las trenzas, sino intereses políticos en conflicto.

El Primer Triunvirato encomendó a Belgrano la misión de defender las costas de los ríos
Uruguay y Paraná. Para ello, el jefe patriota levantó las baterías Libertad, en tierra firme, e
Independencia en la villa de Rosario. El 13 de febrero de 1812, propuso al Gobierno la
adopción de un distintivo que unificara las divisas de los distintos cuerpos. Sugirió que se
uniformaran las escarapelas en celeste y blanco, que contaba con la simpatía popular, ya que
había sido utilizada en las invasiones inglesas para representar al Río de la Plata y al gobierno
de España. El 18 de febrero de 1812, el Triunvirato la adoptó oficialmente y decretó su uso
obligatorio.

Belgrano interpretó esa medida como una manifestación previa a la declaración formal de
independencia y consideró necesario enarbolar una nueva bandera, ya que aún se utilizaba la
española. Así lo comunicó al gobierno: "Las banderas de nuestros enemigos son las que hasta
ahora hemos usado, pero ya que vuestra excelencia ha determinado la escarapela nacional
con que nos distinguiremos de ellos y de todas las naciones, me atrevo a decir que también se
distinguirán aquellas, y que en estas baterías no se verá tremolar sino las que vuestra
excelencia designe. ¡Abajo esas señales exteriores, que para nada nos han servido y con que
parece aún no hemos roto las cadenas de la esclavitud!"

El 27 de febrero de 1812, por primera vez, la bandera fue enarbolada por Cosme Maciel en la
batería Libertad, sobre las barrancas del río Paraná. Así lo comunicó a Buenos Aires. El
Gobierno no estuvo de acuerdo, pues consideró que aprobar su creación equivalía a declarar la
independencia, lo cual resultaba peligroso en ese momento. Por tal motivo, ordenó que se
volviera a enarbolar la enseña española. Belgrano, que había ido a asumir su cargo de Jefe del
Ejército del Norte, no se enteró de esa orden y, sin saber que cometía desacato, volvió a izarla
en Jujuy. Cuando tuvo noticias del Triunvirato, les respondió que había enarbolado la bandera
con la intención de distinguir a sus tropas con una insignia y crear una bandera para una nación
soberana.

Con respecto a la bandera, sostuvo: "la desharé para que no haya ni memoria de ella... pues si
acaso me preguntaren por ella, responderé que se reserva para el día de una gran victoria... y
como ésta está muy lejos, todos la habrán olvidado". Ante el avance de las tropas realistas, el
triunvirato dispuso que las tropas patriotas se retiraran hasta Córdoba. El 29 de julio de 1812,
Belgrano dictó un bando disponiendo la retirada del ejército para que el enemigo encontrara
"tierra arrasada": alimentos, animales de transporte, materiales, efectos personales, hombres,
mujeres y niños del pueblo marcharon hacia Tucumán. En lo que se conoce como "Éxodo
jujeño", en cinco días se cubrieron 250 kilómetros, dejando a Jujuy abandonada y desierta.

Una vez establecido el cuartel general en Tucumán, llegaron las victorias. Primero, la de
Tucumán en septiembre de 1812 y luego Salta. El triunfo de Tucumán definió el límite norte
mínimo de las provincias del Río de la Plata; la victoria de Salta significó el afianzamiento de la
soberanía. Sin embargo, a continuación, vinieron dos derrotas consecutivas, producto de
filtraciones de información y la superioridad numérica de los adversarios españoles: Vilcapugio
y Ayohuma. Como consecuencia de ambas derrotas, el Alto Perú quedó en manos de los
realistas. Estos reveses llevaron al gobierno de Buenos Aires a enviar al Norte una expedición
auxiliadora bajo el mando del general José de San Martín. Belgrano, anticipándose a su
inminente reemplazo, solicitó su relevo. Los dos generales se encontraron en la Posta de
Yatasto, estrechándose en un fuerte abrazo, con el que el Libertador reconoció los méritos del
creador de la bandera. Desde entonces, Belgrano cooperó permanentemente con San Martín,
aportando sus conocimientos topográficos de la zona e información sobre sus habitantes.

El final
De regreso a Buenos Aires, a fines de 1814, fue enviado a Europa en misión diplomática junto
con Bernardino Rivadavia. El objetivo era lograr la paz con Madrid y el reconocimiento de Gran
Bretaña, que había mediado entre España y América. Ninguno de los objetivos se cumplió, ya
que en España reinaba nuevamente Fernando VII, quien solo pensaba en restablecer la
monarquía absoluta y el control de las colonias en América.

Belgrano participó del Congreso de Tucumán en la Declaración de la Independencia y se


adhirió a la opinión de la mayoría de los diputados que proponían una monarquía como forma
de gobierno para las Provincias Unidas de América del Sur. Sin embargo, a diferencia del grupo
mayoritario, Belgrano sugirió una monarquía constitucional independiente de España, no con
príncipes europeos, sino liderada por un descendiente de los incas, para otorgarle legitimidad al
gobierno. La propuesta de Belgrano no fue bien recibida por algunos; el diputado Anchorena,
por ejemplo, en tono de burla, acusó a Belgrano de querer coronar un rey "de la casta de los
chocolates".

El Congreso de Tucumán, en julio de 1816, adoptó la bandera celeste y blanca como símbolo
nacional, a la vez que nombró a Belgrano jefe del Ejército del Norte, en reemplazo de Rondeau,
que acababa de ser vencido en Sipe-Sipe, convencido de que era el único que podía
comandarlo. No pudo Belgrano volver a participar de la batalla debido a su salud, que siempre
fue precaria. Tuvo que permanecer en Tucumán, donde quedó postrado en su lecho en la más
absoluta pobreza. Un amigo le proporcionó dinero para ir a morir a Buenos Aires. Llegó a fines
de marzo de 1820 y falleció en la mañana del 20 de junio de ese año.

La grave crisis política que se vivía en el país hizo que su muerte pasara inadvertida. Un solo
diario informó cinco días después la noticia de su fallecimiento. Unas pocas personas asistieron
al sepelio, que se realizó ocho días después por falta de medios para llevar a cabo los
funerales. Su lápida fue tallada en mármol de una cómoda que había pertenecido a su madre,
con la siguiente inscripción: “Aquí yace el General Belgrano".

Un año después, se le rindieron los primeros homenajes. En agosto de 1821, el gobierno


impuso su nombre a una calle y dispuso que el primer pueblo que se fundara llevara su
nombre. Recién 52 años más tarde, en 1873, se descubrió la primera estatua de Belgrano en la
actual Plaza de Mayo: había nacido un prócer.

Las guerras de la independencia y la marcha del proceso


revolucionario
Las guerras que permitieron afianzar nuestra independencia pueden clasificarse en dos
categorías bien diferenciadas, según dónde se desarrollaron y el tiempo en el que se llevaron a
cabo.

El primer grupo de campañas sucedió entre 1810 y 1815 y los frentes se encontraban en los
territorios que habían conformado el Virreinato del Río de la Plata. El segundo grupo
comprende las campañas de los ejércitos comandados por San Martín en Chile y Perú y la
continuidad de esta gesta después de la retirada del libertador, en el Alto Perú. Estas últimas
aseguraron la independencia, aunque fueron posteriores a su declaración.

Ni bien se estableció en 1810 la Primera Junta de Gobierno, se envió una fuerza militar a las
distintas regiones del hasta entonces Virreinato, para garantizar la elección de representantes
para un congreso general. A principios de julio, poco más de un mes después de la revolución
de mayo, se puso en marcha una columna a las órdenes de Ortíz de Rosas y de Balcarce,
quienes debían dirigirse al Alto Perú, pero que debieron detenerse en Córdoba para reprimir la
resistencia encabezada por Liniers. Todo terminó con el fusilamiento del héroe de las
invasiones inglesas y varios de los conjurados.

La continuación de la marcha fue el inicio de las campañas del ejército del norte, que en tres
ocasiones intentó incorporar las intendencias y gobernaciones del Alto Perú a las Provincias
Unidas del Río de la Plata, fracasando en sus propósitos tras suerte dispar en las batallas.

Campañas del Alto Perú. El ejército del norte


Después del primer éxito en Suipacha, a fines de 1810, en las cercanías de la ciudad de Tarija
-al sur del actual territorio boliviano-, cada vez que los ejércitos patriotas se internaban en el
altiplano eran vencidos por los españoles. Así sucedieron las derrotas de Cotagaita (1810) y
Huaqui (1811), Vilcapugio y Ayohuma en 1813, y Sipe Sipe y Vuelta y Media en 1815.

Posteriormente al desastre de Huaqui, se nombró jefe del ejército del norte a Manuel Belgrano,
quien, tras propiciar el abandono de la ciudad de Jujuy por parte de toda la población, se
replegó a Córdoba, siguiendo las órdenes que enviaba Rivadavia desde Buenos Aires. Tras la
victoria de Las Piedras, Belgrano decidió enfrentar a Pío Tristán, jefe del ejército realista del
Norte, en Tucumán, confiado en el apoyo que recibiría de esa población. No se equivocó, y así
fue como en 1812 y a comienzos de 1813 triunfó en Tucumán y Salta. Pero cuando persiguió al
ejército español en el Alto Perú sufrió duras derrotas.

Castelli y Monteagudo, que habían acompañado a la primera expedición con la intención de


lograr las adhesiones de la población al ideario revolucionario, no solo fracasaron en su intento,
sino que en buena medida serían responsables de que las posteriores incursiones de las
fuerzas patriotas no lograran su objetivo en esas tierras. Identificados con el ideario más radical
de la gesta de mayo, proclamaron sus ideas de libertad e igualdad abarcando a toda la
población, incluidos los indígenas, que eran explotados tanto por los españoles como por los
criollos. Estas razones de índole económica, así como ciertos excesos que habrían cometido
soldados porteños tras la batalla de Suipacha, reavivaron la animadversión que sentían contra
Buenos Aires los habitantes del altiplano desde la creación del Virreinato y predispusieron a la
mayoría de la población contra los rioplatenses.

La tercera campaña, bajo el mando de Rondeau en 1815, volvió a fracasar, lo que llevó a San
Martín a abandonar el plan de llegar al centro del poderío realista en Lima.

Campaña del Paraguay


Si bien, desde el punto de vista militar, la expedición que la Primera Junta encomendó a
Belgrano en agosto del año de la revolución no tuvo mejor suerte que la del ejército del Norte,
sí lo tuvo en el aspecto político, aunque significó la separación del territorio paraguayo.

Al frente de una pequeña fuerza, mal preparada y peor equipada, sufriendo mil penurias en el
camino, y tras un primer triunfo en Campichuelo, los porteños llegaron a las cercanías de
Asunción, donde fueron derrotados en Paraguarí. Ya en plena retirada, nuevamente fueron
batidos en Tacuarí, tras lo cual la fuerza quedó reducida a apenas 200 hombres, de los 1.000
que habían emprendido la expedición.

Más allá de los resultados de esos enfrentamientos, políticamente se logró el objetivo: los
criollos de las tierras guaraníes abrazaron la causa revolucionaria y depusieron a las
autoridades españolas, aunque se negaron a someterse a las autoridades de Buenos Aires.
Proclamaron su independencia e iniciaron un proceso de desarrollo autónomo, que sería
interrumpido medio siglo más tarde por la guerra de la triple alianza.
La Banda Oriental
La disputa por la Banda Oriental tenía otro protagonista en la complicada situación que se
produjo a partir del rechazo de los delegados que llegaron a Montevideo con el anuncio de los
acontecimientos de mayo en Buenos Aires. Los portugueses desde hacía tiempo consideraban
al Río de la Plata como el límite natural de su imperio y a la Banda Oriental como su "provincia
cisplatina". Habían fundado la ciudad de Colonia del Sacramento y desde allí mantuvieron un
fluido comercio (ilegal) con Buenos Aires, hasta que fueron desalojados por orden del rey de
España. Por los acuerdos y desacuerdos entre las coronas de Madrid y Lisboa, el territorio
pasó varias veces de un reino a otro.

El pronunciamiento de Mayo fue resistido en Montevideo, donde llegó Francisco de Elío con el
título de virrey, nombrado por el Consejo de Regencia para reconquistar Buenos Aires. Sin
embargo, la población rural apoyaba las ideas revolucionarias y, bajo el mando de Gervasio
Artigas, sitió la actual capital uruguaya. El sitio fue solo por tierra, ya que el dominio del Río de
la Plata seguía en manos de Elío, quien llegó a bombardear desde la flota a la ciudad de
Buenos Aires. Esa misma flota era la encargada de abastecer de comestibles y demás
necesidades. Para neutralizarla, el triunvirato ordenó a Belgrano el emplazamiento de baterías
de cañones a orillas del Paraná (donde él enarboló por primera vez la bandera nacional) y,
posteriormente, a San Martín, la protección de las riberas del Paraná, lo que llevó a la batalla
de San Lorenzo.

Tras un inicial apoyo a Artigas de las autoridades porteñas, las ideas federales y democráticas
del oriental provocaron enfrentamientos, que culminaron con el abandono de las fuerzas
orientales a la invasión portuguesa y la separación de los pueblos libres del sur de las
provincias unidas del sur, tras la negativa de incorporar a los delegados de Artigas a la
Asamblea del año XIII.

Para impedir el accionar de la flota española en el río, el gobierno de Buenos Aires contrató al
marino irlandés Guillermo Brown, quien tras equipar y organizar unas naves, con las que se
inició nuestra marina de guerra, logró poner fin al dominio realista en el agua y hacer efectivo el
sitio. La expedición de Carlos de Alvear culminó con la rendición de los españoles
atrincherados en Montevideo, pero no logró la incorporación de la Banda Oriental a las
Provincias Unidas por la resistencia de Artigas. La posterior invasión brasileña provocó que ese
territorio en disputa fuera declarado independiente de las autoridades de Buenos Aires, una
década más tarde.

El segundo grupo de campañas fue dirigido por el general San Martín con proyección
continental. De ellas, ocurridas entre 1816 y 1820, nos ocuparemos más adelante.

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