LA NIÑERA DEL CAPO
ÁGUEDA FAON
Copyright © 2025 por Águeda Faon
LA NIÑERA DEL CAPO
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Capítulo 1 – La Entrevista
El portón de la mansión se cerró detrás de mí con un ruido metálico
que me dio un leve escalofrío. El taxi ya se había ido. Estaba sola allí,
frente a uno de los hombres más peligrosos de la ciudad. Y lo peor: por
voluntad propia.
El jardín impecable, las paredes de piedra oscura, las cámaras
discretas en las esquinas. Todo en esa casa gritaba poder. Poder y silencio.
Un silencio que me hizo ajustar la blusa y tragar saliva.
La puerta se abrió. No por mí. Alguien la había destrabado desde
dentro y la empujó lentamente.
Adentro, el aire era fresco y perfumado, pero denso. Como si todo el
ambiente supiera que yo era una intrusa. El suelo de mármol reflejaba la luz
suave de las lámparas y el sonido de mis tacones resonó de forma casi
insolente.
Entonces escuché pasos. Pesados. Precisos.
Cuando miré, casi perdí el aliento.
Dante Moretti bajaba las escaleras con el traje mejor cortado que
había visto en mi vida. Negro. Grave. Como él. El cabello oscuro peinado
hacia atrás revelaba un rostro fuerte, marcado y peligroso. Había algo en la
forma en que me miró… como si estuviera calculando no solo mi presencia,
sino también mi debilidad.
—¿Nombre? —su voz era firme, autoritaria. No pedía. Exigía.
—Isabela. Isabela Mendes —respondí, levantando el mentón,
intentando parecer segura. Por dentro, mis piernas amenazaban con ceder.
Me observó como si fuera un rompecabezas. Sus ojos en los míos,
luego bajaron lentamente por mi cuerpo, como si leyeran cada capa de mi
piel, de mi historia, de mis pecados.
—¿Veintitrés años? ¿Soltera? ¿Sin hijos? —preguntó, como si
tuviera mi currículum memorizado.
—Sí. —Respiré hondo. —Graduada en pedagogía, experiencia con
niños con TEA. Y referencias verificables.
—No pregunté todo eso —dijo, dando un paso adelante. —Solo
quería saber si mientes.
Sentí que el corazón me dio un vuelco. Me estaba poniendo a
prueba. Me estaba provocando.
—No miento —contesté. —Si mintiera, habría dicho que no estoy
nerviosa ahora.
Él arqueó una ceja. Una comisura de sus labios se levantó, como si
estuviera genuinamente entretenido.
—Valiente. Veremos si sigues siéndolo después de la primera noche
—dijo, dándose la vuelta y subiendo las escaleras otra vez. —Ven. Samuel
está en el cuarto.
Lo seguí, intentando ignorar el perfume amaderado que dejaba en el
aire. Fuerte, cálido, casi demasiado masculino. En el segundo piso, se
detuvo frente a una puerta entreabierta.
Dentro, un niño de unos cinco años jugaba con bloques de
construcción. Pequeño, serio, de ojos oscuros como los de su padre. En
cuanto me vio, se escondió detrás de la cama.
—Samuel… —llamó Dante. Su voz cambió. Seguía siendo firme,
pero con una dulzura que me sorprendió. —Ella es la señorita que va a
cuidarte.
El niño me miró, desconfiado.
—Hola, Samuel. A mí también me gusta jugar con bloques —dije,
ya agachándome.
Silencio.
Dante me observaba. Apoyado en la puerta. Brazos fuertes,
expresión cerrada. Aún no confiaba en mí. Probablemente no confiaba en
nadie.
—Habla poco —dijo. —Y no le gustan los extraños. Si logras
hacerlo sonreír, el trabajo es tuyo.
Asentí.
Pasé la mano delicadamente entre los bloques, encajando dos piezas.
El niño se acercó lentamente y me entregó una pieza azul. La tomé como si
fuera un tesoro.
—Gracias, Samuel.
Él sonrió. Una sonrisa tímida, pero real.
Levanté la mirada hacia Dante. Me miraba como si acabara de
descifrar un código que nadie más podía. Su expresión se endureció por un
segundo… luego se relajó. Dio dos pasos hacia mí.
—La niñera anterior se fue sin avisar —dijo, en voz baja. —Lo que
significa que vas a vivir aquí.
El estómago me dio un vuelco.
—¿Aquí?
—Exacto. Hay reglas. No puedes salir sin autorización. Nada de
fotos. Nada de preguntas. Y, por encima de todo… nada de invadir mi
espacio.
Con cada palabra, se acercaba más. Hasta que estuvimos a pocos
centímetros. El calor de su cuerpo casi tocando el mío.
—¿Entendido? —murmuró, con los ojos clavados en mis labios.
—Entendido —susurré.
Pero por dentro, todo en mí gritaba lo contrario.
La única regla que yo quería romper era justamente esa: invadir su
espacio. Porque algo en el fondo de mi alma ya lo sabía…
No iba a resistirme a Dante Moretti.
Capítulo 2 – Ojos de Hielo
La primera noche en la mansión Moretti fue más silenciosa de lo
que esperaba. Samuel se quedó dormido después de veinte minutos de
lectura, abrazado a un muñequito que parecía haber perdido un brazo. Su
cuarto era acogedor, en contraste con el resto de la casa — fría, como una
fortaleza. Como el propio Dante.
Después de acostarlo, cerré la puerta con cuidado, tratando de no
hacer ruido. Caminé por los pasillos con pasos cautelosos. La mansión era
un laberinto lujoso de mármol, vidrio y sombras. Cada detalle decía lo
mismo: aquí, nadie entra sin permiso.
Pero yo estaba adentro. Y más que eso: sentía que algo, o alguien,
me observaba todo el tiempo.
Llegué al cuarto que me habían asignado. Espacioso, con una cama
king-size, cortinas pesadas y un armario vacío que parecía nunca haber sido
usado. Había una puerta doble de vidrio que daba a un balcón. La abrí. La
noche estaba fresca. Toda la ciudad parecía lejana, como si esa casa no
perteneciera al mundo real.
Y fue allí donde escuché su voz detrás de mí.
—¿Te estás adaptando?
Me giré rápido. Dante estaba apoyado en la puerta, con la corbata
floja y la camisa desabrochada en el cuello. Su imagen a media luz me hizo
estremecer la piel.
—Yo... sí. Samuel se durmió rápido —respondí, tratando de sonar
casual.
Él entró lentamente en la habitación. Y por alguna razón, mi corazón
se aceleró como si hubiese hecho algo malo. Como si solo su presencia ya
fuera una infracción.
—Tuviste suerte —dijo, acercándose hasta detenerse junto a la cama
—. Él no se abre con cualquiera. Eso me hace pensar.
—¿Pensar qué?
—Que podrías ser un problema.
Arqueé una ceja.
—¿Porque a tu hijo le caí bien?
Me miró con esos ojos grises, fríos como acero pulido. Pero había
algo allí. Una chispa contenida. Un deseo que intentaba enterrar bajo el
control. Y fallaba.
—Porque a mí me gustaste —dijo, seco.
El silencio cayó como un rayo entre nosotros. El aire parecía vibrar.
No pude responder. Solo lo miré. Todo mi cuerpo reaccionaba a su
presencia. Y no era miedo. Era otra cosa. Algo más carnal, más peligroso.
Quería alejarme. Quería. Pero mis piernas no se movían.
—¿Eso es... un problema? —pregunté, con la voz más baja de lo
que hubiera querido.
—Lo es. Soy un hombre de extremos, Isabela. Y cuando deseo
algo... no suelo ser amable.
Dio un paso más. Tan cerca que podía sentir su calor. El perfume
amaderado invadía mis sentidos. Todo mi cuerpo se encendió.
—¿Tienes miedo de mí?
—No —mentí—. Pero tal vez de mí misma, sí.
Su mirada bajó a mi boca. Estaba tan cerca que sentí su respiración
en mi mentón.
—Deberías tenerlo —susurró—. No soy el tipo de hombre que se
acerca a alguien como tú... sin querer destruir.
Se dio la vuelta de repente, como si se estuviera controlando al
límite, y caminó hacia la puerta. Antes de salir, lanzó una última mirada por
encima del hombro.
—Duerme bien, Isabela. Mientras todavía puedas.
La puerta se cerró. Me quedé allí, con los labios entreabiertos, el
cuerpo en llamas. Temblaba. Pero no era de miedo. Era deseo. Un deseo
que ardía más fuerte de lo que estaba dispuesta a admitir.
Y en el fondo, muy en el fondo, lo supe: él iba a tocarme. Solo era
cuestión de tiempo. Y cuando pasara... no iba a decir que no.
Capítulo 3 – Reglas de la Casa
A la mañana siguiente, desperté antes de que sonara el despertador.
Mi cuerpo aún sentía los rastros de la presencia de Dante en la habitación,
como si el aire siguiera cargado con su aroma, su amenaza, el deseo que
había dejado flotando... y que todavía ardía dentro de mí.
Me di una ducha larga, fría. Me vestí con discreción: vaqueros,
camiseta negra de manga larga, el cabello recogido en un moño alto. Nada
provocador. Nada que pudiera parecer una invitación. Aun así, cuando bajé
a la cocina, sentí su mirada desnudándome como la noche anterior.
Estaba sentado en la cabecera de la mesa, con la camisa blanca
arremangada hasta los antebrazos, leyendo el periódico con una taza de café
al lado. Parecía una pintura de poder y autocontrol.
—Buenos días —murmuré.
Él alzó la vista, y de nuevo ese escalofrío.
—Puntual. Me gusta eso —dijo, doblando el periódico—. Siéntate.
Obedecí.
Dante me sirvió café. Él mismo. El gesto me desconcertó. Algo
entre caballerosidad y dominio. Hacía que obedecerlo pareciera natural,
incluso en las pequeñas cosas. Y lo peor: lo hacía parecer placentero.
—Vamos a hablar sobre las reglas de la casa —comenzó, sin rodeos
—. Algunas ya las conoces. Otras las aprenderás ahora.
Asentí, intentando mantenerme serena.
—Regla número uno: estás aquí para cuidar de Samuel. Nada más.
—Entendido.
—Regla número dos: no entres en mi despacho. Nunca. Ni siquiera
con permiso.
—Ok.
—Regla número tres: no abras correspondencia, no toques
documentos, no atiendas llamadas. Todo lo que no esté relacionado con mi
hijo está prohibido.
—De acuerdo.
—Regla número cuatro —dijo, y ahora sus ojos se clavaron en los
míos—: nada de involucrarte conmigo.
La última frase me golpeó como una bofetada.
Guardé silencio. Por un momento, creí haber escuchado mal.
—¿Perdón?
Se inclinó ligeramente, los codos apoyados en la mesa, como un
depredador acortando la distancia para estudiar a su presa.
—Me escuchaste. No quiero juegos. Ni miradas, ni coqueteos.
Nada.
Respiré hondo.
—No estoy haciendo nada de eso.
—Todavía no. Pero tu cuerpo habla. Tus ojos hablan. Y, Isabela…
—se inclinó más— yo escucho todo.
Mi rostro ardió. Quise levantarme, arrojarle el café a la cara, gritar
que era un arrogante. Pero la verdad es que mi cuerpo también hablaba.
Alto.
—¿Y si eres tú el que se involucra? —solté, sin pensar—. Porque si
tanto quieres mantenerme lejos, ¿por qué entraste en mi habitación anoche?
El silencio que siguió fue eléctrico.
Él me observó durante varios segundos. Luego se levantó. Caminó
hacia mí con pasos lentos, firmes. Se detuvo detrás de mi silla.
Sentí cuando se inclinó, sus labios casi rozando mi oreja.
—Porque soy el tipo de hombre que prefiere recordar sus reglas en
persona. Y asegurarse de que se cumplan.
Tragué saliva. Todo mi cuerpo temblaba. Pero no era de miedo.
Se alejó y volvió al periódico como si nada hubiera pasado.
Samuel apareció en la cocina unos minutos después, ajeno a la
tormenta invisible entre su padre y yo. Me levanté, todavía sintiendo el
pulso acelerado entre las piernas.
La tensión entre nosotros estaba a punto de explotar. Pero Dante
estaba decidido a fingir que no.
El problema era que yo también.
Y mi cuerpo... mi cuerpo estaba traicionando todas las reglas.
Capítulo 4 – Noche de Lluvia
La tormenta comenzó al final de la tarde, arrastrando nubes pesadas
por el cielo como si quisiera borrar el mundo. El sonido de los truenos era
tan fuerte que hizo que Samuel se acurrucara en el sofá.
—Ya va a pasar, mi amor —susurré, atrayéndolo hacia mi regazo.
Se aferró a mí como si yo fuera su puerto seguro. Y por un instante,
me olvidé de todo. Me olvidé del hombre que rondaba mis pensamientos,
de los ojos de acero, del toque que nunca sucedió —pero que mi cuerpo
ansiaba como si ya lo hubiera sentido.
Dante apareció en la sala minutos después, con el celular en la mano
y el rostro más serio de lo habitual.
—El portón se trabó. El sistema cayó con la lluvia. Los generadores
de respaldo no encendieron. Estamos aislados —dijo, como si comentara
sobre el clima.
—¿Sin luz? —pregunté, mirando alrededor.
Las luces comenzaron a parpadear. En segundos, todo quedó sumido
en la penumbra.
Dante suspiró, molesto.
—Sube con Samuel. Hay linternas en el armario del pasillo. Tranca
la puerta y quédate con él.
—¿Y tú?
—Voy a revisar el sistema en la parte trasera de la casa.
El viento aullaba afuera, la lluvia golpeando con fuerza los
ventanales. Pero el verdadero caos no estaba allá afuera —estaba dentro de
mí. Y tenía nombre: Dante Moretti.
Llevé a Samuel a su cuarto y me quedé con él hasta que se durmió.
Apoyó la cabeza en mi pecho, y cuando sentí que se relajaba, me levanté
con cuidado.
La casa estaba silenciosa. Sin energía, sin ruidos. Solo la tormenta
allá afuera y mi corazón acelerado.
Tomé la linterna y salí del cuarto.
Quizás debería haberme quedado donde él me ordenó. Quizás. Pero
algo dentro de mí me empujaba hacia el pasillo.
Encontré a Dante en el vestíbulo, frente a la chimenea, intentando
encender una vela. La luz temblorosa del fuego proyectaba sombras en su
rostro, haciéndolo aún más peligroso. Y aún más… irresistible.
Él me miró.
—Te dije que subieras.
—Samuel ya duerme. Y… no me gusta estar sola en la oscuridad.
La respuesta salió sin filtro. Una media verdad. O quizá una excusa
para estar allí.
Dejó el encendedor y se acercó despacio. El olor a lluvia, cuero y
leña quemada me envolvió por completo.
—¿Tienes miedo de mí, Isabela? —preguntó, deteniéndose a pocos
centímetros.
—No. Pero tengo miedo de lo que siento cuando estoy cerca de ti.
La confesión flotó entre nosotros como un rayo a punto de caer.
Dante me miró con algo nuevo en los ojos. No era frialdad. Era
hambre. Deseo crudo. Brutal. Casi animal.
—Deberías subir —dijo, con la voz más baja.
—No quiero subir.
—Si te quedas aquí, no voy a poder detenerme.
—Entonces no te detengas.
Fue lo último que alcancé a decir antes de que me tomara por la
cintura con fuerza.
Su boca tomó la mía con urgencia. Era un beso de quien ha esperado
días, de quien reprimió el deseo hasta el límite —y ahora rebosaba.
Su lengua invadió mi boca con hambre, posesiva, autoritaria.
Mi espalda chocó contra la pared. Me levantó como si no pesara
nada. Nuestras bocas unidas, nuestros cuerpos colisionando.
—No tienes idea de lo que estás pidiendo, Isabela —murmuró, su
aliento caliente en mi cuello—. Yo no soy amable. No soy seguro.
—No quiero seguridad —susurré, tirando de su camisa.
Su respiración se volvió más pesada. Sus manos recorrieron mis
muslos, subiendo bajo la tela de mi blusa.
Y entonces… se detuvo.
Me miró como si estuviera en guerra consigo mismo. Como si cada
músculo le gritara que me tomara —y la razón sostuviera las cadenas con
los dientes.
—No aquí. No ahora —dijo, bajándome al suelo—. No hasta que
estés segura de que quieres que rompa todas tus reglas.
Se dio la vuelta, con la respiración agitada, los puños cerrados.
Y me dejó allí. Temblando. A punto de colapsar de deseo.
Quise gritar. Llorar. Rogar.
Pero solo pude apoyar la espalda contra la pared y deslizarme hasta
el suelo, sintiendo la humedad entre mis piernas y la certeza de que, si él me
tocaba una vez más…
Ya no sería solo la niñera.
Sería suya.
Capítulo 5 – Órdenes y Susurros
Dos días.
Dos malditos días de silencio. De miradas contenidas. De dedos que
casi se tocaban, pero no.
Después de aquella noche contra la pared, Dante no me buscó de
nuevo. No me tocó.
Pero el ambiente entre nosotros... era un campo minado.
Bastaba un solo paso en falso y todo estallaría.
Y esa noche, estalló.
Samuel dormía. La tormenta había pasado. La casa estaba en
silencio, como si el mundo contuviera la respiración.
Bajé a la biblioteca para devolver un libro y lo encontré allí. Camisa
abierta en el pecho, bebida en la mano, sentado en el sofá de cuero, a media
luz.
Levantó la vista cuando me vio.
—¿No sabes tocar la puerta?
—No sabía que era necesario.
Dejó el vaso sobre la mesa y se levantó lentamente. Un depredador
oliendo sangre.
—¿Estás buscando pelea o sexo, Isabela?
Tragué saliva.
—Tal vez las dos cosas.
Su mirada se oscureció. Un segundo después, ya estaba frente a mí.
Una de sus manos rodeó mi cuello, con firmeza. No dolió. Pero me dominó.
Me calló. Me hizo temblar.
—Última oportunidad para echarte atrás —susurró—. Yo no hago el
amor. Yo tomo. Yo uso. Yo dejo marcas.
—Quiero las marcas —respondí, jadeando.
Entonces me giró contra la estantería y me besó como si tuviera
hambre.
Sus manos me abrieron con prisa. La camiseta fue desgarrada en el
camino, arrojada al suelo. Sus dedos encontraron mi sostén y lo arrancaron
de un tirón seco.
—Hermosa —gruñó, chupando mi pecho con violencia.
Mis piernas flaquearon, pero él me sostuvo. Me levantó, me pegó a
la pared de libros. Su mano se deslizó dentro de mis jeans, encontró mi
braga empapada.
—¿Todo esto es para mí? —murmuró, con una sonrisa cínica.
—Sí —jadeé—. Hace días que es solo para ti.
Me bajó los pantalones con brutalidad. Rasgó mi ropa interior por la
mitad. Me dejó desnuda, expuesta, vulnerable.
Y completamente entregada.
—¿Vas a obedecerme?
—Sí, señor.
La respuesta salió sin filtro. Y a él le encantó.
Me giró de espaldas, me inclinó sobre el sofá. Su mano estalló
contra mi trasero, fuerte, firme.
—Una por cada día que me hiciste esperar —dijo.
Un golpe. Otro. Mi gemido se mezcló con el dolor y el placer que
me hacían rogar por más.
Sentí cuando apoyó su miembro duro entre mis muslos. Estaba
caliente, grueso, palpitante.
—Súplica —ordenó.
—Fóllame, Dante. Ahora. Te necesito dentro de mí.
Me sujetó por la cintura y me penetró de una sola embestida.
El grito se escapó de mi garganta. Un gemido crudo, desgarrado,
lleno de lujuria.
Me invadía con fuerza, sin piedad. Cada estocada era una orden.
Cada empuje me rompía... y me reconstruía.
—Eres mía, ¿entendido? —susurraba entre dientes—. Este coño es
mío.
—Es tuyo. Solo tuyo.
Me tiró del cabello, me mordió el cuello, giró mi rostro y me besó
como si quisiera beberse mi alma.
El orgasmo llegó como una explosión violenta. Me sacudió entera.
Pero él no se detuvo.
—No he terminado contigo, Isabela. Aún no.
Me giró de frente, me lanzó al sofá y abrió los botones de su camisa,
revelando su torso esculpido, su piel caliente. Subió sobre mí y me dominó
otra vez.
Esta vez fue más lento. Más profundo. Más íntimo, pero con
preservativo.
Me miraba a los ojos mientras me tomaba, como si quisiera tatuar
ese momento en mi piel.
—Tú me destruyes —susurró—. Y yo voy a destruirte.
Y cuando se vino, apretando mi cintura, clavando los dientes en mi
hombro, lo supe.
Ya no era solo la niñera.
Era del mafioso.
Y ahora, no había vuelta atrás.
Capítulo 6 – El Primer Toque de la
Perdición
Desperté con su olor todavía pegado a mi piel.
Estaba desnuda, envuelta en una manta sobre el sofá de la
biblioteca. El mundo allá afuera aún dormía, pero mi cuerpo... no.
Aún sentía el sabor de la noche anterior entre las piernas, en las
marcas moradas que había dejado en mi piel, en los rasguños suaves en el
pecho.
Pero lo más peligroso no era el cuerpo.
Era el alma. Porque ella, a diferencia del cuerpo, empezaba a querer
más.
El sonido de pasos me hizo alzar el rostro. Dante estaba allí, de pie
en la puerta con un vaso de whisky en la mano —aunque fuera de mañana.
Camisa blanca, sin corbata, mangas arremangadas. Los ojos duros,
implacables. Un hombre de hielo que, horas antes, me había hecho gritar de
placer como si ardiera.
—¿Te arrepientes? —pregunté, con la voz ronca de sueño y orgullo
herido.
Tardó un segundo. Luego se acercó. No respondió. Solo me
extendió una camisa limpia.
—Ponte esto. Samuel ya se despertó.
El dolor llegó como una hoja afilada. Silencioso, pero letal.
—¿Así es como funciona? ¿Me follas y vuelves a ser el jefe de la
mafia en el desayuno?
Me lanzó una mirada cortante.
—Soy el jefe de la mafia. Todo el tiempo. Incluso cuando tengo mi
lengua entre tus piernas.
Jadeé. El cuerpo reaccionó antes que la mente. Pero me obligué a
respirar hondo y levantar el mentón.
—¿Y eso qué me convierte a mí, entonces?
—En la mujer más estúpida de esta casa —dijo, acercándose y
tomando mi rostro con una mano—. Porque estás empezando a querer algo
que no puedo darte.
Mis ojos ardieron.
—Y tú estás empezando a temer algo que ya pasó: que estoy aquí
dentro —toqué su pecho—. Solo que no quieres admitirlo.
Me apartó con suavidad, sin agresividad. Pero con decisión.
—Esto termina aquí. Solo fue una noche. No se repetirá.
Me puse su camisa en silencio. La seda aún tenía su olor. Su toque.
Su mentira.
Porque ambos sabíamos: se iba a repetir. Iba a repetirse hasta
destruirnos.
Samuel estaba más comunicativo esa mañana. Me abrazó. Me
mostró un nuevo dibujo. Dijo, en voz baja, que había soñado conmigo y con
un castillo donde él era el rey. Tuve que contener las lágrimas.
Dante nos observaba desde lejos, callado, tenso.
Pero algo en el aire cambió cuando uno de los guardias entró a toda
prisa en la sala.
—Señor Moretti... encontramos esto en la puerta trasera.
Extendió un sobre manchado de sangre.
Dante tomó el papel y lo leyó. Su expresión se cerró como una
tormenta.
—Retiren a todo el personal no esencial. Traigan el coche de
seguridad. Isabela —me miró, y ya no había Dante. Había el mafioso—.
Prepara una mochila pequeña. Lleva solo lo necesario para ti y para
Samuel. Ustedes se van de aquí ahora.
—¿Qué está pasando?
—Ahora.
—¡Dante!
Se acercó a mí y me tomó por los hombros con firmeza.
—Alguien ha invadido nuestro perímetro. Y dejó una amenaza con
el nombre de mi hijo escrito con sangre. Esto no es una advertencia. Es una
promesa.
El estómago se me dio vuelta.
—¿Quién...?
—Un enemigo antiguo. Un hombre sin límites. Está usando a
ustedes para llegar a mí. Y si no los saco de aquí ahora, lo intentará de
nuevo. Con más fuerza.
—¿Vas a venir con nosotros?
—No puedo. Aún no.
—Dante, no me dejes sola con él. Y con todo esto...
Me sostuvo el rostro con fuerza, apoyando su frente en la mía.
—Te di órdenes. Nada de amor. Nada de vínculos. Pero te metiste
dentro de mí. Y ahora... ahora todo lo que hago es intentar no destruirte con
las decisiones que debo tomar.
Nuestros labios casi se tocaron.
—Prométeme que vas a volver —susurré.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si te lo prometo... vas a esperarme. Y eso puede matarte.
Se alejó.
Lo vi subir las escaleras con el celular pegado al oído, hablando en
italiano, en códigos, en órdenes de muerte.
Y comprendí, con el corazón hecho pedazos:
Anoche, Dante me poseyó.
Pero ahora... su mundo estaba a punto de devorarme.
Capítulo 7 – Amenaza Interna
La casa a la que nos llevaron era grande, aislada, rodeada de árboles
altos y cámaras de seguridad.
Samuel dormía en el asiento trasero del SUV blindado cuando los
guardias abrieron la reja.
—¿Este lugar es seguro? —pregunté, con el corazón latiendo en el
cuello.
—Es lo mejor que tenemos —respondió el conductor, seco.
¿Lo mejor?
La casa olía a madera vieja y desuso. Los muebles cubiertos con
sábanas, el aire inmóvil. Era más un escondite que un hogar. Uno de los
hombres llevó a Samuel a una de las habitaciones, mientras otro me mostró
el resto del lugar.
—Ducha caliente, despensa llena, generador automático. Cualquier
emergencia, este botón aquí —señaló una caja de seguridad roja— llama
refuerzos.
Asentí en silencio. Por dentro, todo en mí gritaba.
Falta algo.
Falta él.
Dante.
Lo último que vi fueron sus ojos diciéndome que no lo esperara.
Pero ¿cómo no esperar a alguien que ya había dejado su presencia
en mi cuerpo, en mis pensamientos?
Me puse una camiseta ancha y fui al cuarto de Samuel. Dormía
tranquilo, con los deditos agarrados a un oso de peluche.
Cerré la puerta, respiré hondo y fui a la cocina. Hice té. Me senté en
el sofá con las piernas encogidas, intentando ignorar la sensación de que
algo estaba mal.
Fue entonces cuando lo noté.
Uno de los guardias —Marcos, creo— me miraba demasiado. Cada
vez que pasaba cerca, su mirada se quedaba más de lo necesario. No era
profesional. Era algo... sucio.
Guardé esa impresión y subí con el té.
Pero mi intuición ardía. Fuerte. Ácida. Dolorosa.
Y se probó cierta esa misma noche.
Desperté con un chasquido proveniente del piso de abajo. El reloj
marcaba las 2:43.
Samuel dormía en la habitación contigua.
Bajé las escaleras con cuidado, el corazón acelerado, la palma
sudando contra el pasamanos.
Al llegar a la sala, no había nadie.
Pero la puerta trasera estaba entreabierta.
Y había huellas mojadas en el suelo.
Corrí de regreso al cuarto. Cerré con llave. Fui hasta Samuel. Aún
dormía.
Tomé el botón de emergencia. Me temblaban las manos.
Lo apreté. Una vez. Dos.
Nada ocurrió.
El botón no funcionaba.
—¿Qué mierda es esto? —murmuré, intentando controlar el pánico.
Entonces escuché pasos afuera de la puerta.
—Isabela… —la voz era baja. Masculina. Y no era Dante—. Abre la
puerta, anda… solo quiero hablar.
No respondí.
—Sabes, el jefe te mandó aquí pensando que estabas segura. Pero
confía demasiado en gente que tiene precio.
Un informante. Dentro de la seguridad. Dentro de la casa.
Mi sangre se heló.
Tomé a Samuel en brazos. Despertó asustado, pero no lloró. Instinto
puro.
Fui hasta la ventana lateral del cuarto. Intenté abrirla. Estaba
trabada.
—¡Abre esa puerta o haré que el mocoso pague por esto, Isabela!
Los ojos se me llenaron de lágrimas. No. Él no va a tocar a mi niño.
Porque ahora… él era mío.
Samuel era todo lo que Dante tenía de vulnerable. Y ahora, era mi
responsabilidad.
De repente, mi celular vibró.
Mensaje de un número desconocido:
"Agáchense. Ahora."
Tomé a Samuel y me tiré al suelo, protegiendo su cabeza con mi
cuerpo.
Segundos después, el sonido de un disparo retumbó en la casa.
Vidrios rotos. Gritos. Caos.
Puerta derribada. Tiros. Carrera.
Y luego, silencio.
Un segundo después, la manija giró.
Yo temblaba. Rodeé a Samuel con los brazos.
La puerta se abrió.
Y era él.
Dante Moretti.
Traje empapado, sangre en el rostro, ojos encendidos como fuego.
—Todo está bien —dijo, con la voz ronca—. Ya pasó.
Me levanté, tambaleando. Fui hacia él. El olor a pólvora, a peligro, a
protección.
Y me lancé a sus brazos.
—Volviste.
—Te advertí que no podía prometerlo. Pero mentí.
Me apretó con fuerza.
Samuel se aferró a su pierna.
Por un instante, los tres estábamos allí, juntos.
Como una... familia.
Pero Dante se alejó poco después.
Su mirada volvió a oscurecerse.
—Esto lo cambia todo, Isabela.
—¿Qué cambia?
—Ahora, si alguien quiere hacerte daño…
…tendrá que pasar por encima de mí.
Tocó mi rostro con los dedos ensangrentados.
—Y yo no dejo que nadie pase.
Capítulo 8 – El Beso Prohibido
La casa estaba destruida. Ventanas rotas, puertas forzadas, sangre en
las paredes. Pero al menos conseguí que Samuel se durmiera otra vez.
Aunque en ese momento, nada de ese caos importaba. Solo existía
él.
Dante Moretti.
De pie frente a mí, con la camisa rasgada, el pecho sudado, la
mirada aún salvaje por haber matado para protegerme.
El hombre que me odiaba por sentir.
Y que ahora estaba luchando contra lo que sentía por mí… sin éxito.
—Necesito que confíes en mí —dijo, con la voz más grave que
nunca—. A partir de ahora, nadie más te toca. Ni te mira. Ni respira cerca
de ti.
—¿Y tú?
Él me sostuvo la mirada.
—Yo soy la excepción. Siempre lo fui.
Me acerqué. Mis manos subieron hasta su cuello manchado. Toqué
su pecho caliente, vivo, firme.
—Pudiste haber muerto hoy —susurré.
—Y tú también.
—Tuve miedo.
—Yo sentí odio. Puro. Porque alguien se atrevió a tocar lo que es
mío.
Guardé silencio.
Él me jaló de la cintura con violencia. Mi cuerpo chocó contra el
suyo, y el dolor del impacto se volvió calor. Tensión. Hambre.
—Eres mía, Isabela. Lo intenté negar. Intenté mantener distancia.
Pero ya no puedo. Ni quiero.
Su boca encontró la mía con una fuerza animal. Fue un beso de
posesión. De territorio.
Su lengua invadió la mía con hambre. Mis manos se perdieron en su
cabello. Sus manos apretaron mi trasero, levantándome.
—Te necesito ahora —gruñó contra mis labios—. Y me vas a dar.
Aquí. Ahora. En esta sala destruida, con olor a sangre en el aire, porque eso
es lo que somos.
Me empujó contra la pared con brutalidad contenida. Me desnudó
con rabia. Camiseta rasgada, bragas arrancadas con los dientes.
—Estás tan mojada… —gimió, arrodillado entre mis piernas—.
Parece que casi morir te excita.
—Tú me excitas —jadeé, tirando de su cabello.
Su lengua se hundió en mí sin aviso. Caliente. Gruesa. Dominante.
Lamia, chupaba, mordía. Me torturaba con placer.
—¡Dante! —grité, con las piernas temblando.
Me penetró con dos dedos mientras succionaba mi clítoris con
fuerza.
Corrí rápido, como un trueno que me atravesó desde dentro.
Se levantó, abrió el cierre del pantalón y sacó su polla —dura,
gruesa, palpitante. El rostro sudado, la barba sucia de mí.
—Date la vuelta. Ahora.
Obedecí sin pensar.
Me penetró por detrás con fuerza. Sin aviso. Mi grito resonó por
toda la casa.
Las embestidas eran crudas, profundas, posesivas. Me sujetaba de
las caderas como si me esculpiera. Como si me tatuara por dentro.
—Nadie va a tocarte así jamás —jadeaba en mi oído—. Tú naciste
para mí, ¿entendido?
—Sí, señor.
Esas palabras lo volvieron loco. Me tiró del cabello, giró mi rostro y
volvió a besarme, sin dejar de follarme.
—Voy a correrme dentro de ti, Isabela.
—Entonces hazlo. Márcame. Haz lo que quieras. Soy tuya.
Y se corrió con un gruñido ronco, temblando, apretándome tan
fuerte que pensé que iba a desmayarme.
Cuando todo pasó, nos quedamos ahí. Jadeando. Sudados.
Deshechos.
Apoyó la frente en mi nuca y susurró:
—Esto ya no es un juego. Desde ahora… duermes en mi cama.
Capítulo 9 – En la cama del Mafioso
Su cama era oscura, hecha de cuero negro y sábanas de lino egipcio.
Toda la habitación exhalaba poder, brutalidad y silencio.
Era como él: dominante, preciso, contenido.
Pero cuando Dante me tomó de la mano y me guió hasta allí, como
quien lleva algo precioso al único lugar seguro, lo supe.
Allí, yo no era solo la niñera.
Allí… yo era suya.
Sin decir una palabra, me acostó entre las sábanas, se tumbó detrás
de mí y me abrazó por la espalda.
Desnudo. Caliente. Firme.
Su respiración contra mi nuca era constante.
El brazo alrededor de mi cintura, pesado, posesivo.
Pero lo que más me asustaba… era el silencio.
Porque él estaba despierto. Pensando. Luchando.
Y yo también.
—¿Has dormido con alguien aquí antes? —pregunté en un susurro.
—No —respondió sin dudar—. Nunca.
Me quedé inmóvil por un momento.
—Entonces ¿por qué…?
—Porque tú me jodes incluso cuando no lo intentas. Porque no
tienes idea de lo que eres, Isabela. De lo que provocas. De lo que
representas. Y porque si alguien vuelve a tocarte, voy a matarlo —lo dijo
con la frialdad de quien habla del clima—. Pero con gusto.
Cerré los ojos. Quería tener miedo. Pero lo único que sentía… era
calor.
—No puedes mantenerme así, encerrada en ti —susurré.
—Ya lo estoy haciendo.
—No soy solo un cuerpo, Dante.
—Lo sé. Y eso es lo que me asusta.
Silencio.
Entonces giró mi rostro hacia el suyo.
Sus ojos estaban extrañamente suaves. Y por un instante, parecía
menos el mafioso. Más el hombre.
—¿Quieres que confíe en ti?
—Sí.
—Entonces respóndeme una cosa —dijo—. ¿Por qué aceptaste este
trabajo? Sabías quién era. Sabías los riesgos. ¿Por qué viniste?
Tragué en seco.
Porque necesitaba huir. Porque estaba rota. Porque no me quedaba
nada.
Pero no dije eso.
—Porque algo en ti… me atrajo incluso antes de entender el peligro.
Él me miró como si me descifrara.
—Eso es estupidez.
—O valentía.
Me besó. Un beso lento, húmedo, íntimo. Sin furia. Sin prisa.
Como quien saborea la parte más peligrosa del veneno.
Después volvió a recostarse. Y me abrazó más fuerte.
—Duerme, Isabela. Mañana el mundo volverá a intentar arrancarte
de mí.
—¿Y tú?
—Voy a matar al mundo antes de que eso pase.
Desperté con la luz suave de la mañana entrando por las cortinas
abiertas.
El pecho de Dante seguía pegado a mi espalda.
Uno de sus brazos rodeaba mi cintura.
El otro… sostenía un arma.
Y fue en ese contraste que entendí la verdad:
Me había enamorado de un hombre que dormía como un amante…
Pero despertaba como un soldado.
Capítulo 10 – Juego de Sombras
La primera semana en su cama pasó como un sueño febril.
Cada noche me tomaba con hambre y silencio.
Y cada mañana despertaba al lado de un hombre que parecía más
peligroso despierto que dormido.
Era como vivir con dos Dantes:
El que me hacía venir hasta perder el sentido...
Y el que ordenaba muertes con el celular en la mano y ojos de
piedra.
Pero había algo que él no hacía.
Preguntas.
Nunca preguntaba sobre mí.
Nunca quiso saber de mi familia, de mi ciudad, del motivo que me
hizo aceptar el trabajo.
Y yo nunca contaba.
Porque lo que había detrás de mí… no era limpio.
Era lodo.
Era sangre.
Esa mañana, Dante salió antes del desayuno.
Recibió una llamada en italiano, se cambió de ropa en silencio y me
besó la frente antes de salir.
—¿Vas a tardar? —pregunté, apenas con la toalla en la puerta del
cuarto.
—Tal vez. No salgas de la casa. Ni por la puerta trasera.
—¿Por qué, Dante?
Él dudó. Me miró por largos segundos. Y entonces respondió:
—Porque alguien está excavando tu pasado, Isabela. Y van a
encontrar más de lo que esperan.
La puerta se cerró antes de que pudiera preguntar qué sabía.
La sangre se me heló.
¿Quién está escarbando? ¿Qué descubrió?
Volví al cuarto y saqué mi celular antiguo —el que escondía en la
maleta, entre la ropa, en el fondo del armario.
Llevaba semanas apagado.
Lo encendí.
Quince mensajes sin leer. Todos del mismo número.
"¿De verdad crees que puedes huir para siempre?"
"¿Estás con él? Si es así, vas a caer junto con él."
"O me pagas lo que debes… o mueres con el hijo del jefe."
El corazón me dio un vuelco.
No. No ahora. No otra vez.
Pero era demasiado tarde.
Esa misma tarde, alguien entró en la sede de la mafia rival con un
sobre marrón.
Dentro, había fotos.
De mí. De antes.
Con otro nombre. Otra ciudad. Otro hombre.
Y una información valiosa:
Isabela Rocha no era solo una niñera.
Era la exesposa de un contador que había robado millones de una
organización criminal… antes de desaparecer. Y morir.
La mujer que huyó. Que cambió de nombre. Que se desvaneció.
Ahora era la mujer de Dante Moretti.
Y el enemigo sonrió al ver eso.
Porque ahora… tenía un arma.
Esa noche, cuando Dante volvió, sus ojos ardían.
Entró al cuarto y cerró la puerta con llave. Me miró con tanta
intensidad que las piernas me temblaron.
—¿Quién era él?
—¿Qué?
—El hombre de la foto.
Mi cuerpo se congeló.
—¿Cómo tú…?
—¿Crees que no tengo ojos en cada rincón de esta ciudad? ¿Crees
que pondría a una mujer junto a mi hijo sin saber cada nombre que ha
usado?
La garganta se me secó.
—Entonces ¿por qué no me echaste?
—Porque cuando lo descubrí… ya no podía soltarte.
Me tomó por las muñecas y me empujó contra la pared.
Sus ojos estaban llenos de rabia. De miedo. Y de deseo.
—¿Qué más estás escondiendo de mí, Isabela?
—Nada.
—Mientes otra vez… y te rompo.
—¡Entonces rómpeme! —grité, con las lágrimas mezcladas con
furia—. Porque ya estoy rota desde que ese hombre me dejó con deudas,
amenazas y un rastro de sangre. Y nadie me dio la mano. Nadie… hasta el
mafioso que me odió desde la primera mirada.
Silencio.
Entonces me besó.
Fuerte. Rudo. Rompiéndome la boca, arrancándome el alma.
Y me lanzó a la cama como si me castigara por haber existido antes
que él.
—Vas a pagar lo que escondiste. Con el cuerpo. Con el alma. Con
cada gemido.
Y pagué.
Me hizo venir entre amenazas y promesas. Me mordió, me amó, me
odió.
Y al final, susurró en mi oído:
—Ahora eres mía de verdad. Y si alguien te toca… muere
sonriendo.
Capítulo 11 – El Precio de la Verdad
Al día siguiente, Dante salió con dos autos y tres hombres.
Dejó la casa en silencio y tensión.
Antes de irse, solo me dijo:
— Si no regreso antes del atardecer, toma a Samuel y ve a la casa
del sur. El chofer conoce el camino. No confíes en nadie.
— ¿Vas a negociar?
— Voy a ponerle fin.
Quise preguntar más. Quise rogarle que no fuera. Pero yo lo sabía:
un mafioso no negocia con el miedo. Y Dante era el arma más afilada que el
bajo mundo había conocido.
Solo le dije:
— Vuelve a mí.
Él me besó. Rápido. Ardiente. Casi desesperado.
— Ya eres mi perdición. Pero también vas a ser mi salvación.
Cuando cayó la tarde, me encerré en el cuarto con Samuel.
Él sentía que algo estaba mal. Se aferró a mí como un cachorro
perdido.
Y entonces, el teléfono sonó.
Era un número bloqueado.
Contesté con la garganta seca.
— ¿Hola?
— Hola, Isabela. ¿Me extrañaste?
El tiempo se detuvo.
La voz.
Esa voz.
— ¿Henrique…?
Del otro lado de la línea, el hombre que creía muerto sonrió.
— ¿De verdad pensaste que iba a morir sin verte pagar?
Mi cuerpo se paralizó.
Henrique. Mi exmarido. El contador que me hizo firmar contratos
que me incriminaban como cómplice. El mismo al que ayudé a escapar… y
que me dejó sola con la culpa, los acreedores y una amenaza de muerte.
— Te vi con él. El jefecito. Dejaste que te cogiera mientras yo era
perseguido por el dinero que robé.
— Tú nos metiste en esta mierda, Henrique.
— Y ahora tú vas a sacarme. O el hijito del mafioso pagará.
El mundo desapareció por un segundo.
— No lo toques. Ni te acerques. Te daré lo que quieras. El dinero.
Las pruebas. Lo que sea. Pero no pongas un dedo sobre Samuel.
— Encuéntrame. Sola. En el almacén del puerto, a medianoche.
Lleva los documentos. O el niño muere. Así de simple.
La llamada se cortó.
Mis dedos temblaban. El estómago se me revolvía. La mente giraba
en pánico.
Estaba vivo.
Y ahora sabía dónde estaba yo.
Pensé en huir. Pensé en llamar a los hombres de Dante.
Pero Dante estaba fuera. Y yo… yo era la razón de ese infierno.
Tomé los documentos escondidos —los que había guardado desde la
época en que huí—, con cuentas, contraseñas, cuentas offshore y nombres
que valían más que lingotes de oro.
Escribí una carta corta y la dejé sobre la almohada:
“Si no regreso, perdóname. Pero no dejes que Samuel crezca con
miedo. Te necesita más que nunca.
Te amo. Aunque nunca lo diga en voz alta.
— Isabela.”
Salí por la puerta trasera.
El almacén era oscuro, húmedo, apestaba a aceite quemado y odio
antiguo.
Henrique estaba allí, sucio, flaco, con los ojos inyectados.
— Mírate —dijo él—. La mujer que se convirtió en trofeo de la
mafia. Siempre tuviste talento para venderte, ¿lo sabías?
— Aquí está. Los documentos. Todo lo que necesitas para
desaparecer. Otra vez.
— ¿Solo eso?
Se acercó. Y lo sentí.
El peligro. La enfermedad. La locura.
— ¿Y mi dignidad? ¿También me la vas a devolver?
Me agarró del brazo con fuerza.
— Me traicionaste, Isabela. Con ese imbécil. ¿Te vienes por él, no?
Por ese malnacido…
Un golpe. Seco.
Voló hacia atrás antes de poder terminar.
Y entonces, la voz de Dante retumbó en el almacén:
— Dilo una vez más y te arranco la lengua.
Emergió de las sombras como un ángel vengador. Camisa negra,
arma en mano, ojos de muerte.
— La usaste. Le destruiste la vida. ¿Y ahora quieres tocar a mi hijo?
Henrique temblaba.
— No eres Dios, Moretti.
— No —respondió Dante—. Pero hoy, soy la sentencia.
Un disparo. Seco. Preciso.
Henrique cayó. Sin oportunidad de gritar.
Dante soltó el arma y vino hacia mí.
— ¿Por qué viniste sola, Isabela?
— Porque amenazó a Samuel.
— ¿Y si te hubiera pasado algo?
— Entonces tendrías que matar al mundo entero.
Me abrazó con fuerza, apretándome como si yo fuera el aire que no
podía perder.
— La próxima vez que quieras sacrificarte, avísame. Yo soy el
mafioso aquí. Yo soy quien muere por los dos.
Esa noche, hicimos el amor con dolor en el pecho y alivio en la piel.
Sin prisas. Sin juegos.
Me desnudó como si me reconstruyera. Me besó como si prometiera
silencio y refugio.
Y cuando me penetró, lento, con gemidos bajos, algo cambió.
Gimió mi nombre como quien reza.
Y yo lloré debajo de él como quien se salva.
Capítulo 12 – Ajuste de Cuentas
A la mañana siguiente, Dante estaba diferente.
Vestía un traje oscuro impecable. No hablaba mucho. Su rostro, aún
más inexpresivo de lo habitual, era puro acero.
La ternura de la noche anterior se había desvanecido como el humo.
— ¿Vas a salir otra vez? —pregunté, apoyada en la puerta del
cuarto.
Él ajustó los puños de la camisa sin mirarme.
— Necesito hacer una limpieza interna.
— ¿En la mafia?
Me miró fijamente.
— Dentro de casa es donde vive el enemigo más peligroso.
Después de la muerte de Henrique, el mundo parecía más tranquilo.
Pero Dante no confiaba en el silencio. Decía que cuando el agua está
demasiado quieta, es porque hay una serpiente en el fondo.
Y tenía razón.
A las cuatro de la tarde, recibí una llamada de Alice, una de las
mujeres del ala social de la familia Moretti —hermosa, sofisticada, fría—.
— Isabela, querida. Dante me pidió que te lleve a probarte el vestido
para el evento del sábado. ¿Vamos?
Me pareció extraño. Dante no había mencionado ningún evento.
Pero confié.
Error mío.
Fui con Alice hasta un atelier en el centro. Pero en lugar de subir,
me llevó a un estacionamiento subterráneo. Y fue ahí cuando comprendí
que había caído en una trampa.
Dos hombres me sujetaron.
Alice encendió un cigarro con calma.
— Eres hermosa. Demasiado para alguien que solo debería cuidar
niños.
— ¿Qué quieres?
— ¿La verdad? Quiero que Dante se derrumbe. Y tú eres la llave.
Intenté gritar. Me amordazaron. Me pusieron una capucha en la
cabeza.
Alice susurró:
— Él construyó un imperio con miedo y lealtad. Pero ningún rey
sobrevive cuando su corazón se convierte en rehén.
Horas después, desperté en una habitación oscura, sin ventanas.
Estaba esposada a una silla de madera.
Samuel estaba conmigo. Dormía en el suelo, acurrucado, con una
manta fina sobre el cuerpo.
Mi mundo se vino abajo.
— No… Samuel… no…
Una voz se acercó. Un hombre.
— Serás bien tratada, niñera. Pero vas a mandar un mensaje a tu
hombre. Un video. Una amenaza. Y cuando él entregue todo —la mafia, el
dinero, el poder—, tal vez los devolvamos.
Mis ojos ardían de odio. Pero hablé en voz baja, controlada.
— Él los matará. A cada uno.
— No si Dante está enamorado. El amor es la debilidad de los
monstruos.
Al otro lado de la ciudad, Dante enloquecía.
— ¿Dónde está ella? ¿Dónde está mi hijo?
La carta que Alice había dejado contenía un video. Isabela y Samuel
esposados. El rostro de ella sangrando.
Dante disparó contra la pared. Gritó a sus hombres. Y luego entró a
su propia bóveda. Tomó el arma de plata. La que reservaba para asuntos
personales.
— Quiero ojos en cada rincón de esta ciudad. Quien ponga un dedo
sobre ella… arderá en el infierno sin derecho al perdón.
Pero antes de salir, Dante hizo algo que nunca hacía.
Rezó.
— Por favor. Déjala viva. Deja a mi hijo vivir.
Y entonces se preparó para la guerra.
En la celda oscura, Samuel despertó.
— ¿Isa…?
— Hey, mi amor. Todo está bien. Mamá está aquí.
Fue la primera vez que dije mamá.
Él sonrió. Y se volvió a dormir.
Pero yo no dormí.
Yo esperé.
Porque Dante venía.
Y el infierno venía con él.
Capítulo 13 – Sangre en la Nieve
La nieve caía fina sobre el almacén abandonado en lo alto de la
sierra.
La ciudad parecía lejana. El mundo civilizado, inexistente.
Allí solo había el sonido del frío… y el olor del miedo.
Samuel dormía acurrucado en un rincón de la celda, con la cabeza
sobre mi regazo.
Yo acariciaba su cabello como si mi toque bastara para protegerlo de
la muerte.
Pero mi mente estaba en Dante.
— Encuéntranos… —susurré.
Y como si el universo escuchara, el primer disparo resonó afuera.
Después otro. Y otro más.
Gritos. Puertas siendo derribadas. El sonido agudo del vidrio
estallando.
Y entonces, el silencio.
La puerta de nuestro cautiverio se abrió con un estruendo violento.
Dos cuerpos cayeron muertos al suelo.
Y en medio del humo, él apareció.
Dante.
El saco manchado de sangre. El rostro herido. La boca roja de rabia.
Sostenía un arma en cada mano y la expresión de un hombre que ya
había estado en el infierno.
— Isabela —dijo con voz ronca.
— Samuel está bien —dije en un susurro, aunque no podía ponerme
de pie.
Él se acercó, se arrodilló y me liberó de las esposas con una llave
caliente y sudada.
Cuando me soltó, me lancé sobre él.
— Pensé que no ibas a llegar…
— Yo dije que quien les tocara, moriría.
Samuel despertó. Sonrió al ver a Dante.
El hombre más temido del país se derritió allí, delante de nosotros.
Tomó a su hijo en brazos, lo abrazó con tanta fuerza que rompí a
llorar.
— Papá llegó, hijo. Papá está aquí.
Minutos después, me ayudó a salir.
El aire fuera de la celda era denso. Olía a pólvora y metal caliente.
Pasamos junto a cuerpos. A sangre en la nieve. A un escenario de
guerra.
— ¿Mataste a todos?
— A casi todos.
— ¿Y Alice?
Se detuvo. Me miró. Y por primera vez, vi odio absoluto en sus ojos.
— Alice no merecía una bala.
Horas después, en la mansión Moretti, el silencio era brutal.
Samuel dormía a salvo.
Dante y yo nos duchábamos juntos en el baño de la suite.
El agua caliente corría por nuestros cuerpos, pero el calor no venía
de la ducha.
Venía de lo que éramos ahora.
Él me giró para mirarme de frente. Me apoyó contra la pared de
mármol.
Sus dedos recorrieron mi boca con una ternura brutal.
— Maté por ti —dijo.
— Lo vi.
— Y lo haría de nuevo. Diez veces. Cien. Por ti. Por Samuel.
— Él es tu mundo, ¿no?
— No solo él.
Me miró como si me desnudara hasta el alma.
— Tú eres mi guerra, Isabela. Y mi paz.
El beso llegó lento. Tierno. Su lengua me exploraba con calma. Sin
prisa.
Como si dijera: esta vez no se trata de sexo. Se trata de redención.
Pero aun así… me giró. Me penetró allí mismo, en la ducha, con el
agua deslizándose entre nuestros cuerpos unidos.
Con lentitud. Con intensidad.
Con todo lo que habíamos vivido corriendo por nuestra piel.
Las embestidas eran profundas. Precisas.
Me llenaban como una promesa. Como una sentencia.
— Eres mía —susurraba—. Aquí, ahora, hasta el día en que muera.
Llegué al clímax con un grito ronco, aferrada al mármol.
Y sentí cuando él también llegó. Fuerte. Con todo el cuerpo
temblando.
Pero después, me cargó en brazos como si no pesara nada.
Me llevó a la cama. Me acostó. Me cubrió.
Y antes de quedarse dormido, susurró:
— Ahora, yo te protejo del mundo. Pero… ¿quién me protege de ti?
Capítulo 14 – El Peso del Anillo
Tres días después del rescate, la mansión seguía en silencio.
Dante canceló reuniones, acuerdos, incluso a los aliados.
Samuel dormía en la habitación de al lado, bajo la vigilancia de tres
guardias armados.
Y yo… yo volvía a aprender a caminar por los pasillos de la casa
como si ya no tuviera miedo.
Porque ahora era más que la niñera.
Era la mujer del jefe.
Esa noche, él me llamó al despacho.
Llevaba una camisa negra y la pulsera de cuero en la muñeca —la
que solo usaba en momentos ceremoniales.
Su rostro estaba serio. Sus ojos, impenetrables.
Sobre la mesa: un anillo.
De oro negro. Con el escudo de los Moretti.
— Siéntate —dijo, sin rodeos.
Obedecí.
— ¿Esto es un matrimonio?
— Es peor —respondió—. Es un juramento.
Tomó el anillo y lo giró entre los dedos. Luego me miró fijamente.
— En la mafia, la mujer que lleva este anillo representa más que una
esposa. Es el lazo de honor. El corazón. La ruina o la salvación.
— ¿Y quieres dármelo?
— Ya te lo di todo. El anillo es solo el símbolo.
Hizo una pausa.
— Si lo aceptas… estás dentro. Para toda la vida. Sin regreso. Sin
salida.
Me quedé en silencio.
— ¿Y si no lo acepto?
— Te protegeré igual. Te amaré igual. Pero el mundo sabrá que
todavía puedes escapar. Y van a intentar arrancarte de mí. Y yo… acabaré
matando más de lo que puedo controlar.
Respiré hondo. Miré el anillo. El símbolo de todo lo que él era. Todo
en lo que yo me había convertido. Todo lo que nos unía ahora: sangre,
pasión, locura.
Extendí la mano.
— Pónmelo, Dante.
Él deslizó el anillo en mi dedo anular. Encajó exacto. Perfecto.
Como una maldición hecha a medida.
Se acercó, me tocó el mentón y dijo con voz baja:
— Si alguien te mira con deseo, le arranco los ojos.
Si te tocan, corto las manos.
Si te traicionan… les arranco el alma.
— ¿Y si tú me traicionas? —pregunté, desafiándolo.
Él sonrió. Una sonrisa pequeña. Cruel.
— Entonces mátame, Isabela. Pero hazlo bien: apunta al corazón.
Porque ya es tuyo.
Esa noche, no hicimos el amor.
Cogimos.
Con furia.
Con el anillo aún en mi dedo, me arrojó sobre la mesa del despacho.
La madera barnizada fue testigo de nuestra entrega.
Me penetró de pie, con las manos en mis caderas, tirando de mí con
brutalidad.
— Mi mujer. Mi reina. Mi prisión.
— Tu infierno —susurré mientras él me invadía.
— Mi adicción.
Acabó dentro de mí. Y luego se arrodilló. Apoyó los labios en mi
vientre y susurró en italiano:
— “Che tu sia benedetta… madre del mio destino.”
(Que seas bendita… madre de mi destino.)
Se me erizó la piel.
Porque lo entendí: él no me quería solo como amante.
Me quería como madre de su imperio.
A la mañana siguiente, cuando bajé a desayunar, los hombres de la
casa se quedaron en silencio al verme.
Algunos bajaron la cabeza.
Otros me llamaron donna.
Y uno de ellos, el más viejo, susurró:
— La Signora Moretti.
Capítulo 15 – Cuerpo y Honor
Dante me avisó que tendría que asistir a una reunión con uno de los
“aliados”.
—Él va a ponerte a prueba —dijo—. Intentará faltarte al respeto,
medir tu reacción, averiguar si eres solo otra puta en mi cama o si tienes el
veneno suficiente para ser llamada donna.
—¿Y qué quieres que haga?
Dante se acercó por detrás. Me empujó contra la pared del vestidor.
Sus manos subieron por debajo de mi falda.
—Quiero que ganes. Pero a tu manera.
—¿Seduciendo?
—Dominando.
Susurró contra mi cuello:
—Quiero que se sienta pequeño. Y que, al mirarte, te desee tanto…
que entienda que nunca podrá tocarte. Y que si se atreve a intentarlo,
perderá los dedos.
Me giró para mirarme de frente. Me besó con rabia contenida.
Me penetró allí mismo, con una mano en mi cuello y los ojos fijos
en los míos.
—Muéstrale quién manda. Y luego vuelve a mí… con las bragas
mojadas.
El hombre se llamaba Mariano.
Era italiano, arrogante, con una mirada lenta y asquerosa.
Nos encontramos en un restaurante privado. Me esperaba con dos
guardaespaldas y un vino caro.
—Signora Moretti —dijo con una sonrisa sucia—. Esperaba a un
pitbull… y recibo a una pantera.
Me senté frente a él. Crucé las piernas despacio. Llevaba tacones,
falda ajustada, sin sujetador.
—Los pitbulls muerden. Las panteras matan —respondí con una
sonrisa dulce.
Él rió. Pero tragó saliva.
Durante la conversación, intentó tocar mi mano. Me aparté apenas
unos milímetros —lo justo para dejarlo en el vacío.
—Así que es verdad lo que dicen… —murmuró, bajando la vista a
mi escote—. ¿Dante se rindió ante tu cuerpo?
Me incliné, dejando que mis pechos casi saltaran del escote.
—Dante no se rinde. Él toma. Y yo dejo. Porque me gusta
pertenecer a un monstruo que solo muerde cuando se lo pido.
Mariano volvió a tragar saliva. Cruzó las piernas.
—¿Y si yo quisiera probar?
—Perderías los dientes.
Sonreí.
—Aunque tal vez… te dejaría mirar.
Se quedó sin palabras.
—Siempre que sea de rodillas. Y en silencio. Como un buen perrito.
Sudaba. Le temblaba la mano sobre la copa. La erección se marcaba
bajo el pantalón caro. Y yo sonreí como quien gana una guerra sin disparar
una sola bala.
Horas después, volví a la mansión.
Dante me esperaba en el despacho. Solo. Copa de whisky en mano.
Camisa abierta hasta el pecho.
—¿Intentó tocarte?
—Lo intentó.
Me acerqué. Me senté en su regazo. Le besé el cuello lentamente.
—Pero cuando terminé con él… no podía levantarse sin mostrar que
estaba duro.
—¿Y tú? ¿Estás mojada?
—¿Quieres comprobarlo?
Tomé su mano y la guié por debajo de mi falda.
Gimió al tocar.
—Joder…
—Obedecí, señor.
Dante me levantó en brazos, me lanzó sobre la mesa.
—Entonces voy a recompensarte como solo un rey recompensa a su
reina.
Me desnudó con los dientes. Lamió mi vientre, mis pechos, mis
muslos.
Y me hizo gemir con la boca, con los dedos, con la mirada.
Después me penetró allí mismo, sobre los papeles de la mafia, como
si marcara territorio.
—Eres mi mujer. Mi arma. Mi pecado.
—Y tu castigo —susurré, jadeando.
Me atrajo aún más hacia él. Me besó con hambre.
Y se vino dentro de mí como quien sella un pacto eterno.
Esa noche, mientras dormíamos, supe:
Ya no era solo la niñera.
Era la maldición vestida de mujer.
Y todos lo sabían.
El Universo entero lo sabía.
Capítulo 16 – La Invasión
El día comenzó como todos los demás.
Samuel tomó leche con chocolate. Yo lo vestí con su camiseta
favorita de Batman.
Dante salió para resolver un asunto con aliados del sur. Prometió
volver antes del final de la tarde.
—Si pasa algo, cierra la puerta del ala este. Usa el botón de
emergencia detrás del cuadro. ¿Entendido?
—Todo va a salir bien —respondí, intentando sonreír.
Pero la sonrisa murió antes del mediodía.
Estaba en la habitación con Samuel cuando lo sentí.
Silencio.
Silencio real. No el de la paz… sino el del caos a punto de estallar.
Ningún paso en el pasillo. Ningún sonido de vajilla en la cocina. Ni
siquiera los guardias por radio.
Tomé a Samuel en brazos.
—Amor… ¿jugamos a las escondidas?
—¿Ahora?
—Ahora.
Bajé con él hasta el ala este. Cerré la puerta de seguridad. Activé el
botón detrás del cuadro. Escuché el sonido metálico de los cerrojos
automáticos bajando por las paredes.
Samuel me miró confundido.
—¿Es un juego?
—Sí, amor. Pero si alguien que no sea papá intenta abrir esa
puerta… nos escondemos muy calladitos, ¿sí?
Él asintió, aunque sus ojos mostraban que sabía. Los niños sienten.
Nos quedamos en el refugio secreto. Una habitación del pánico
oculta detrás del armario del cuarto de huéspedes.
Era estrecha. Fría. Tenía una pistola escondida tras un panel, junto
con linternas y provisiones.
Samuel temblaba. Yo temblaba más.
Pasos resonaron en el piso de arriba. Lentamente.
Un arrastre. Luego silencio.
Después el sonido brutal de un disparo.
Samuel lloró en silencio. Le tapé la boca con cuidado y le susurré:
—Shhh… mamá está aquí. Nadie va a hacerte daño.
Pero por dentro, me deshacía.
¿Dónde está Dante?
¿Quién invadió la casa?
¿Cuántos murieron?
La manija de la puerta del refugio giró —y se trabó.
La puerta era de titanio. Pero en el fondo, ellos sabían que
estábamos ahí.
Una voz surgió del otro lado. Fría. Cruel.
—Doña Moretti… sé que está ahí adentro. Y sé que tiene un niño
con usted.
Silencio.
—No vine a matar a nadie. Todavía. Solo quiero negociar.
Negociar.
Conmigo.
Como si tuviera algo que ofrecer más allá de la desesperación.
—Dante pensó que podía controlarlo todo. Pero olvidó que una
corona atrae serpientes.
Me arrodillé, abracé a Samuel y deseé que aquella voz muriera antes
de abrir la puerta.
—¿Va a quedarse ahí hasta que él llegue? ¿O va a salir y conversar
como gente civilizada?
Nada.
Ni una palabra mía.
Porque el miedo paraliza.
Me mantuve en silencio por más de una hora. Samuel se durmió en
mi regazo, cansado del terror.
Entonces escuché el sonido más esperado del mundo.
Un disparo.
Después otro.
Y una voz:
—¡ISABELA!
—¡DANTE! —grité.
Él forzó la puerta de acero con un código secreto. Sangre le corría
por la ceja. Un corte en la mandíbula. Pero estaba vivo.
Y armado.
Me jaló con fuerza, como si quisiera fundir mi cuerpo con el suyo.
—¿Estás bien?
—Ahora sí.
Miró a Samuel dormido, besó nuestras frentes y dijo:
—El traidor era de dentro. Un guardia. Está muerto. Y con él…
cayeron otros tres. Pero tú…
Respiró hondo.
—Protegiste a mi hijo como si fuera tuyo. Como si ya fueras una
Moretti.
—Tal vez… ya lo sea.
Me besó. Rápido. Ardiente. Como si necesitara asegurarse de que yo
era real.
—Prométeme algo —dijo, mirándome a los ojos.
—¿Qué cosa?
—Que nunca más vas a dudar en matar, si es por él. O por ti.
—¿Y si dudo?
Él sujetó mi barbilla, con firmeza.
—Te enseño.
Esa noche, me acosté con Samuel en medio y Dante a un lado. Su
arma en la mesita de noche. La mía, bajo la almohada.
Y entendí:
Yo ya no era la misma mujer que había llegado allí para cuidar de un
niño.
Ahora cuidaba de todo un reino.
Con el cuerpo. Con la mente.
Con el miedo.
Y con fuego en los ojos.
Capítulo 17 – La Última Jugada
Dante no dormía desde hacía tres noches.
La tensión era visible. Sus hombres susurraban en los rincones. Los
aliados pedían "reuniones urgentes". Y, por primera vez desde que entré en
ese mundo, escuché un nombre dicho con miedo:
"Valentino."
Pregunté quién era.
Dante no respondió de inmediato. Solo sirvió dos whiskys, se sentó
frente a mí y habló como si excavara su propio pasado con un cuchillo:
— Cuando era joven, antes de asumir la mafia, había otro heredero.
— ¿Hermano?
— Primo. Pero más peligroso que cualquier sangre enemiga.
Inteligente. Ambicioso. Vicioso. Y cruel.
Respiró hondo.
— Fue exiliado. Por traición. Pero ahora... ha vuelto.
— ¿Y qué quiere?
— Todo.
— ¿Incluso… a nosotros?
Dante me miró como si eso doliera más que una puñalada.
— Sobre todo a ti.
A la mañana siguiente, recibí una entrega anónima.
Una caja negra. Sin remitente.
Dentro, solo había:
– Una rosa roja
– Una foto mía en la ducha
– Y una nota manuscrita, con una caligrafía elegante y cruel:
"Eres más de lo que esperaba, Isabela.
Y Dante… menos."
– V.
El estómago se me revolvió.
La rosa estaba empapada en sangre fresca.
Dante casi rompió la mesa al ver aquello.
— No está amenazando. Está marcando territorio.
— ¿Qué va a hacer?
— Va a exponer nuestra debilidad. Va a intentar arrancarte de mí,
como prueba de que ya no soy rey de nada.
— ¿Y cuál es la debilidad?
No respondió con palabras.
Solo me atrajo hacia él. Besó mi cuello con desesperación. Y me
dijo, con la voz quebrada:
— Tú.
Esa noche, Dante convocó a todos los aliados para una cena formal.
Yo debía entrar con él. De la mano. Usando el anillo. Con la mirada
firme.
— Quiero que vean que eres mía… pero no mi propiedad. Mi
extensión.
Respiró hondo.
— Y quiero que él vea, si está mirando, que va a necesitar mucho
más que veneno para quitarte de mi lado.
Pero la noche cayó con sabor a trampa.
Durante la cena, las luces se apagaron exactamente por 15 segundos.
Cuando volvieron, la pantalla del salón —normalmente usada para
anuncios y mensajes de poder— fue intervenida.
Y apareció su rostro.
Valentino.
Traje claro. Rostro hermoso. Sonrisa de serpiente.
— Buenasera, famiglia… —dijo, con el acento más limpio que he
escuchado jamás.
Todos se congelaron. Dante se puso de pie, inmóvil. Yo contuve el
aire.
Valentino miró a la cámara. Como si pudiera vernos de cerca. Y
entonces…
— Hoy comienza una nueva era. ¿Seguirán a un rey débil… o a un
nuevo imperio?
Y entonces mostró algo.
Una grabación mía.
Sola. En la habitación. Llorando. Desahogándome por un teléfono
antiguo.
Palabras dichas meses atrás, cuando pensé en rendirme:
"Nunca voy a pertenecer a este mundo… Nunca voy a ser como él.
Tengo miedo de Dante."
El salón se llenó de murmullos. Miradas. Susurros.
Y luego la imagen desapareció.
Dante me miró. Lento. Profundo. Como si el mundo se derrumbara
detrás de sus ojos.
Yo temblaba.
Pero antes de que cualquiera pudiera decir algo, me levanté.
Levanté el mentón. Coloqué la mano sobre el pecho de Dante. Y dije
en voz alta:
— Y fue por ese miedo que me quedé.
Todos miraron.
— Porque el miedo a perder a Dante es mayor que el miedo a vivir
con él.
Di un paso al frente.
— Soy la mujer que él salvó. Y la mujer que, ahora, sostiene su
imperio con una mano y a su hijo con la otra.
Miré directamente a la cámara de seguridad del salón. Y hablé
directamente a Valentino:
— ¿Quieres quitarme de su lado? Ven.
Enfréntame de frente, hijo de puta.
El salón explotó en aplausos ahogados. Risas tensas. Respeto.
Dante me atrajo, me giró hacia él y me dijo con los ojos en llamas:
— Cásate conmigo.
— ¿Esto no es ya un matrimonio?
— No. Esto aún es guerra.
— Entonces acepto.
Pero susurré, rozando mis labios con los de él:
— Siempre que, en la luna de miel, me folles como si fuera el
último día de tu vida.
Él sonrió. Con todo su encanto devastador.
— Lo será.
Capítulo 18 – Reina de Cenizas
La noche siguiente a la invasión durante la cena, Dante me llevó a la
casa del sur, el refugio que nadie conocía. Solo nosotros dos y un guardia
afuera.
Allí, me dijo:
— Quiero que esta noche sea solo nuestra. Antes de que el mundo
intente arrancarte de mí otra vez.
Había velas esparcidas por toda la sala. El piso de madera antigua.
La chimenea encendida.
Él vestía de negro. Como siempre. Pero sin armas. Sin reloj. Sin
defensas.
Yo llevaba un vestido color vino. Corto. Sin bragas. Como él había
pedido por mensaje horas antes.
— Ven aquí, mi mujer —dijo con la voz ronca.
Fui.
Él me jaló lentamente por la cintura. Me giró de espaldas. Y me hizo
arrodillar frente a la chimenea.
— Hoy serás iniciada. No como mi niñera. No como mi amante.
Sino como la reina de toda esta mierda.
Deslizó la mano por mi espalda. Subió mi falda.
— ¿Sabes lo que hacen las reinas, Isabela?
— ¿Qué?
— Mandan. Pero antes… aprenden a obedecer.
Me tiró del cabello, exponiendo mi cuello.
— Hoy vas a obedecer. Vas a correrte solo cuando yo lo ordene. Vas
a sentir placer con dolor. Y me vas a suplicar por más, incluso llorando.
— Sí, señor —susurré, ya mojada.
La primera embestida fue lenta. Con la punta de la lengua. Me lamió
entre las piernas con una adoración profana.
Luego mordió.
Luego dio una nalgada.
Luego metió dos dedos, y después tres, haciéndome jadear como
una perra hambrienta.
— ¿Lo sientes, reina?
— Sí…
— Entonces dile a tu rey que eres suya. De cuerpo y alma…
— Soy tuya. Toda tuya. Siempre.
Me penetró de pie, con una brutalidad controlada. Me hizo arquear
hasta el límite.
Luego tiró de mi cabeza hacia atrás y me susurró al oído:
— Vas a correrte, pero solo después de que yo haga la marca.
— ¿Marca?
Sacó un pequeño objeto de hierro, calentado en la chimenea.
El escudo de los Moretti.
En miniatura.
— Es simbólico. Desaparecerá en unos días. Pero quiero que lo
entiendas: aquí… fuiste quemada por mí.
Puso el metal caliente debajo de mi costilla, con precisión.
Ardió.
Fuerte.
Pero me mojé aún más.
Él pasó la lengua por la piel marcada.
— Ahora córrete. Córrete para mí.
Y me corrí. Alto. Descontrolada. Llorando y sonriendo al mismo
tiempo.
Él se corrió poco después. Dentro. Profundo. Con todo el cuerpo
temblando.
Nos tumbamos en el suelo de madera. Desnudos. Con la respiración
entrecortada.
Él pasó los dedos por la marca.
Me miró como quien ve un templo en ruinas. Y susurró:
— Ahora nadie puede decir que no eres mía.
Te mirarán… y lo verán.
Besé sus labios. Pasé la pierna sobre él. Y dije:
— Solo prométeme una cosa, Dante.
— ¿Cuál?
— Si algún día todo se desmorona… que muramos juntos.
Él sonrió.
— Isabela…
— Prefiero arder contigo que respirar sin ti.
Y entonces, por primera vez, él dijo:
— Te amo.
Capítulo 19 – Llave de Sangre
El ataque no vino con balas.
Llegó en una caja negra.
Entregada por un motociclista enmascarado en la entrada de la
mansión. Dentro, un dedo cortado, aún con sangre fresca… y un anillo de
oro con el escudo Moretti.
Era de Lorenzo, el consejero más antiguo de Dante. El hombre que
lo crió, que lo ayudó a asumir el imperio cuando mataron a su padre.
Dante enloqueció.
—¡Cazzo! ¿Se atrevió a tocar a Lorenzo? ¡Ese desgraciado cavó su
propia tumba con las manos desnudas!
Pero había más.
Un celular desechable.
Y en él, un solo mensaje, de un número bloqueado:
"La mujer del rey por un soldado.
Ven solo.
Un cuerpo por otro."
– V.
Dante quería destruirlo todo. Prenderle fuego a cada centímetro de
la ciudad.
Pero yo… yo lo vi en su rostro. Estaba dividido.
—Isabela, no vas a ir. Te lo prohíbo.
—¿Y si mata a Lorenzo?
—Mataré a cien Valentinos. Pero tú...
Apretó la mandíbula.
—Tú eres mi norte.
—Y tú el mío.
Toqué su rostro.
—Pero a veces, el amor verdadero es perderse… para salvar lo que
importa.
Aquella madrugada, me vestí de negro. Sin joyas. Sin anillo.
Llevé solo una grabadora escondida en el sujetador. Y una jeringa
fina con veneno, oculta bajo el tacón del zapato.
Valentino eligió el lugar: una iglesia abandonada en los suburbios.
Clásico. Teatral.
Olía a incienso quemado y polvo de piedra.
Me esperaba sentado en el altar. Una copa de vino en las manos. La
sonrisa tranquila de quien tiene tiempo… y maldad de sobra.
—Isabela. ¿O debería decir… Señora del Diablo?
—¿Dónde está Lorenzo?
—Vivo. Por ahora.
Me acerqué. Despacio. Cada paso era un filo de cuchilla.
Y él me devoraba con la mirada.
—No te pareces a las otras mujeres de la mafia, ¿sabes? Tienes
veneno en la mirada. En el alma y en el cuerpo.
Sonrió.
—Eso me gusta.
—¿Qué quieres de mí?
Se levantó. Se acercó. Pasó los dedos por mi clavícula. No retrocedí.
—Quiero que Dante se arrodille. Y para eso… necesito que tú te
acuestes.
Acercó los labios a mi oído.
—Si quieres que el viejo viva… dame lo que le diste a él.
El juego estaba claro.
Entrega. Sumisión. Un teatro de humillación.
Pero yo ya no era la niñera.
Era la mujer del rey.
—¿Quieres mi cuerpo, Valentino?
—Quiero que me supliques. Que Dante escuche. Que sangre por
dentro.
Sonreí.
—Entonces escucha esto.
Presioné el botón en el tacón. La jeringa se soltó. Con un
movimiento rápido, la clavé en su costado.
Valentino gritó. Tambaleó.
—¿Qué…?
—Querías sangre. Aquí tienes.
Cayó de rodillas, jadeando, sin poder respirar. La toxina actuaba
rápido.
Me acerqué. Me agaché a su lado.
—Dante me enseñó a matar. Pero tú… tú me enseñaste a odiar.
Se oyó un disparo. Uno solo.
Valentino cayó con un agujero en la frente.
Detrás de mí, en la entrada de la iglesia, estaba Dante.
El arma aún humeaba.
—Vine. No porque pensara que fallarías. Sino porque… si él te
tocaba, quería ser el último rostro que viera antes del infierno.
Lorenzo fue hallado atado en el sótano. Débil, pero vivo.
Al salir, Dante me miró como si nunca me hubiera visto antes.
—¿Qué pasa?
—Ya no eres solo mi mujer, Isabela.
Tomó mi mano. Besó mis dedos.
—Eres mi sombra. Mi reflejo. Mi igual.
Esa noche, me desnudé sola ante él.
—Tómame como tuya.
Me arrodillé.
—Pero mírame como tu igual.
Él se acercó, se quitó la camisa.
—Las reinas no se arrodillan.
Me acostó en la cama, con una ternura feroz.
Y me amó como si supiera:
era el comienzo del fin — o el fin de todos los comienzos.
Capítulo 20 – La Última Bala
Dante salió para la última reunión con los jefes del sur.
— Cerré la guerra —dijo—. Después de esto, solo paz.
Pero yo lo supe antes incluso de contestar el teléfono.
Él no iba a volver entero.
La llamada llegó media hora después:
— Dispararon contra el coche.
— ¿Él…?
— Fue alcanzado. Está vivo. Pero la bala está cerca del corazón.
Corrí al hospital clandestino de los Moretti. El ala estaba protegida
por hombres armados, médicos juramentados al silencio y un cura que
esperaba lo peor.
Él estaba pálido. Tubos conectados a su cuerpo. Respiración
irregular.
Cuando me acerqué, abrió los ojos con esfuerzo. Y sonrió.
— Viniste…
— Siempre vengo.
— Perdóname… por no darte un final bonito.
— Dante… tú eres el final bonito.
Intentó reír. Tosió. Sangre.
— Si muero… no dejes que el trono caiga.
— No.
Apreté su mano.
— Yo reinaré por los dos.
Me quedé ahí, por horas.
Y fue en la madrugada cuando tomé la decisión.
Llamé a los consejeros. A los generales. Incluso a los traidores que
se arrodillaron a última hora.
— El imperio Moretti no será dividido.
Subí al altar improvisado en la mansión. Vestida de negro. Sin
maquillaje. Con los ojos llenos de guerra.
— Dante sobrevive… o no. Pero mientras tanto, yo mando.
— Pero usted es mujer… —se atrevió a murmurar uno.
Saqué el revólver de Dante. Apunté. Disparé.
La bala atravesó el vaso de whisky en la mano del hombre. El
líquido se derramó como sangre.
— Y ahora, también soy rey.
Silencio.
Y entonces, uno a uno, se arrodillaron.
Horas después, Dante despertó. Débil. Pero vivo.
Y me vio sentada en el trono de la sala de guerra.
— ¿Isabela…?
— Descansa, mi amor.
— ¿Tú…?
— Sí.
Me acerqué. Besé su frente.
— El imperio es nuestro. Pero el mundo… ahora es mío.
Capítulo 21 – Hasta que la Muerte nos
Reine
Dos meses después, la iglesia en lo alto de la colina fue cerrada para
una ceremonia privada.
Samuel lanzaba pétalos.
Los matones vestían de traje.
Y yo… de blanco.
Dante me esperaba en el altar. Cicatrizado. Más fuerte. Más
silencioso.
Pero en sus ojos, el mismo fuego de siempre.
El cura temblaba al leer los votos, rodeado de hombres armados.
Pero yo solo oía una cosa:
— Tú me tomas. Tú me salvas. Tú me reinas.
Intercambié el anillo. Y susurré:
— No soy tu mujer. Soy tu maldición elegida.
Él sonrió.
— Y yo… tu castigo preferido.
En la noche de bodas, hubo más que sexo.
Hubo marca.
Él me ató con cadenas.
Me penetró por detrás, susurrando cada vez que embestía:
— Mi esposa.
— Mi reina.
— Mi guerra.
— Mi eternidad.
Gocé gritando su nombre.
Y él… gozó con el rostro enterrado en mi cuello, como si allí
estuviera su hogar.
Hoy dicen que la mafia Moretti es gobernada por dos almas: una
hecha de pólvora. La otra, de hierro fundido.
Sigo siendo madre.
Pero también soy leyenda.
Fui la niñera del mafioso.
Y ahora… soy la viuda que el mundo teme aunque su marido siga
vivo.
Porque si intentan quitármelo otra vez…
yo quemo la tierra entera.
La Noche de Bodas Completa
La suite presidencial en lo alto del acantilado tenía vista al mar.
Pero lo único que Dante miraba era a mí.
Vestido blanco rasgado en el lateral. Cabello recogido con horquillas
de perlas. Cuerpo desnudo bajo la tela.
— Estás hermosa, Isabela — dijo, quitándose el saco despacio.
— Estás peligroso.
— Siempre lo fui.
Se quitó la corbata.
— Pero ahora… solo para ti.
Me dio la vuelta. Subió mis manos contra la pared de cristal. Y
susurró:
— Toda mujer se casa con un hombre.
— Pero tú te casaste con un monstruo.
— Y la única que puede domarlo… eres tú.
Rasgó mi vestido con un cuchillo. Despacio. Línea por línea.
Yo temblaba.
No de miedo.
De hambre.
Se arrodilló detrás de mí. Pasó la lengua entre mis piernas hasta
verme escurrir.
— ¿Sientes eso, reina?
— Eso es tu cuerpo rogando por su rey.
Tiró de mi cabello. Lamió mi nuca. Me penetró con dos dedos,
luego tres. Con fuerza. Profundidad. Ritmo.
Luego me giró de frente y me lanzó a la cama.
— Hoy no te hago el amor despacio.
— Hoy te follo como si el mundo fuera a acabar antes del amanecer.
Hicimos el amor de todas las formas.
De frente. Por detrás. Con los cuerpos pegados al espejo. Con los
ojos fijos en el techo.
Me ató con la corbata al respaldo de la cama y me miró como si
adorara verme rendida.
— ¿Estás lista para gozar, esposa?
— Solo si es contigo dentro.
Me penetró despacio. Profundo. Como si marcara el territorio una
vez más.
Gemimos juntos. Él sujetaba mi cintura con firmeza. Me golpeaba
contra sus caderas como si yo le perteneciera.
Y lo hacía.
Gocé primero, con la boca en la almohada y el corazón explotando.
Él gozó después. Dentro. Sin preservativo. Sin miedo.
— Eres mi mujer. Mi veneno. Mi altar.
Y yo susurré, jadeando:
— Y tú eres mi infierno favorito.
Después, nos bañamos juntos. Él me lavó como quien cuida un
diamante.
Y aún me hizo gozar bajo el agua, sentada en su regazo, con la
cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados de placer.
— ¿Estás viva, reina? — preguntó.
— No.
Sonreí.
— Estoy reinando.
Epílogo – Sangre que Reina
20 años después
Las paredes de la antigua mansión aún siguen en pie.
Más silenciosas. Más sobrias.
Pero aún respetadas como una catedral profana.
Samuel Moretti tiene 28 años. Alto. Postura erguida. Rostro que
recuerda al padre, pero con la mirada de la madre: firme, cortante…
despiadado con propósito.
Camina por el salón con pasos que no titubean.
Los hombres callan cuando él pasa.
— Buenos días, Signore — dicen. Pero es más que un saludo. Es
casi una petición de bendición.
En el despacho, una foto en blanco y negro reposa en la estantería:
Dante, Isabela y Samuel.
Él, un niño. Ellos, jóvenes. Peligrosamente enamorados.
Isabela está en el balcón trasero, sentada con un abrigo negro de
seda, las manos enguantadas y el cabello ahora con hilos plateados.
Pero los ojos… los mismos. Tal vez aún más afilados.
— Todo está listo, madre — dice Samuel, deteniéndose frente a ella.
Ella lo mira con orgullo e ironía.
— ¿Y tú crees que estás listo?
— Nací listo. Me criaste para esto.
Ella sonríe. Da una calada al cigarro con calma.
— Te crié para vivir. El poder… eso lo heredaste tú solo.
Samuel se inclina, besa su mano.
— ¿Y papá?
— Como siempre. Viendo todo. Fingiendo que no.
Sonríe.
— Pero orgulloso como un león perezoso.
Dante, ahora con hilos grises y mirada más profunda, aparece en el
balcón.
— Si yo soy un león, tú aún eres la pantera que le arranca la
garganta al primero que nos mire mal.
Isabela no lo niega. Solo extiende la copa de vino.
— Y lo haría de nuevo.
La ceremonia ocurre al atardecer.
Samuel es coronado como jefe de la nueva generación.
Pero a su lado, en la silla de la derecha, no está un guardaespaldas.
Está Isabela.
Aún viva. Aún temida. Aún llamada La Reina Silenciosa.
Y cuando los aliados preguntan:
— “¿Pero él es capaz de gobernar?”
Solo oyen:
— “Es hijo de la mujer que comandó la mafia con el pecho abierto y
la mira firme.
No tiene opción.
Él es el nuevo imperio.”
Esa noche, Isabela sube al último piso de la mansión.
Entra en la habitación donde todo comenzó. El antiguo cuarto de
huéspedes.
Abre la ventana.
Afuera, el mundo gira. Pero allí dentro, ella recuerda:
La niñera.
El hombre.
El niño.
La sangre.
El amor que no era permitido. Pero fue consumado, sellado, grabado
en la carne.
Ella cierra los ojos. Susurra:
— Sobreviví, Dante.
— Lo quemé todo, pero dejé nuestro nombre en brasas que no se
apagan.
Y desde lejos, él responde. Incluso en silencio.
Porque ellos son uno solo.
Hasta que la muerte — o el trono — los reine.
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