LA CHICA
QUE ERA MARAVILLOSA
Y NO LO SABÍA
Marialina Rodríguez
Título original: La chica que era maravillosa y no lo sabía
© Marialina Rodríguez Pérez, 2021
Edición: Adrián González Pérez
Corrección: Kenia Mustelier Ramírez
Diseño de cubierta: Diana Coca Pérez
Ilustración de cubierta: Imagen libre de derechos de autor obtenida en:
“freepik.com”
Maquetación: Ramón Muguercia Quiala
Publicada en Amazon KDP, 2021
Segunda edición
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exceda de las treinta líneas en el formato electrónico en que se encuentra
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obra.
El autor no asume responsabilidad alguna por el uso indebido o desautorizado que
haga alguien del presente texto, su interpretación fuera del contexto de la ficción
o el empleo con fines que no sean los específicamente literarios.
ÍNDICE
Capítulo 1. Su Majestad Gertrudis
Capítulo 2. “nárama et y etamá”
Capítulo 3. ¿Qué tiene Sabrina Sanz?
Capítulo 4. El consejo de la doctora Locadia
Capítulo 5. Un patito feo
Capítulo 6. El secreto de Laura
Capítulo 7. Alguien se ha puesto zapatillas de baile
Capítulo 8. Una noche inquieta
Capítulo 9. Por culpa de Robin Hood
Capítulo 10. Cenicienta sin hada madrina
Capítulo 11. Aslan
Capítulo 12. La propuesta de Rip van Winkle
Capítulo 13. La Biblioteca Galáctica
Capítulo 14. El Gran Deivid
Capítulo 15. Laura, cuentista profesional
Capítulo 16. Historia de Saraík y el colmillo de morsa
Capítulo 17. Pascual se confiesa
Capítulo 18. La desaparición de Laura
Capítulo 19. La misteriosa frase del diario
Capítulo 20. La amiga de Laura
Sinopsis
Sobre la autora
Capítulo 1. Su Majestad Gertrudis
En la casa de Laura, las discusiones estallaban como fuegos
artificiales. Sus padres ―Wenceslao y Gertrudis― parecían no tener otro
propósito que reñir entre ellos, y se insultaban por motivos tontos o,
simplemente, por capricho.
De aquellas peleas, la más asombrosa fue la de “los pecaminosos”.
Sucedió una tarde. Gertrudis terminaba de servir la cena cuando
notó que su esposo eructó como hipopótamo. El hombre ―sentado a la
mesa, junto a Laura― miraba con desprecio la comida ofrecida. El
eructo y la mirada acusadora enojaron tanto a Gertrudis, que esta
decidió iniciar una nueva batalla.
Pero no habló de lo que recién la había molestado.
Escogió como motivo de discusión un asunto más grave.
―Así que no puedes ir el viernes a la reunión de padres ―atacó la
mujer―. ¡Lo imaginé! Prefieres cazar cocodrilos que ocuparte de Laura.
―¡No exageres, Gertrudis! ¡Soy periodista, no cazador! Para
hacer mi reportaje no tengo que cazarlos. Ya te expliqué que estaré en la
Ciénaga de Zapata desde el jueves hasta el domingo. ¡Iré en otra
oportunidad! Citarán para más reuniones.
―Podrías ir conmigo al menos una vez. Así la gente se convencerá
de que no soy madre soltera.
―¿A qué voy a ir? ¿A escuchar tu discurso sobre “los
pecaminosos”? Imagino que sólo hablarás de eso.
Gertrudis respiró profundo; bebió un sorbo de agua y contestó:
―He alertado miles de veces a padres y maestros, sobre los
pecaminosos. No hacen caso. ¡Allá ellos! ¡Arderán en el infierno! Mi
Laurita tiene ganado el cielo. ¡Le sobra decencia! Eso es gracias a la
educación que le estoy dando.
―¿Y vas a dar el mismo discurso en su escuela nueva? Ten piedad,
mujer. Deja que nuestra hija haga amigos, ¡qué alguna niña venga a
visitarla! Está más sola que una monja de clausura.
Gertrudis perdió la paciencia.
―¿Quién te ha dicho que Laurita no tiene amigos por mi culpa?
¡Ahora resulta que soy “la loca” que no deja que la visiten! Lo que pasa,
Wenceslao, es que ninguna chiquilla de su escuela estaba a su altura.
¡Eran pecaminosas! Si hubiera conocido a alguna decente, en su escuela
o aquí en el barrio… ¡Podría visitarla cuando le diera la gana!
Wenceslao no contestó; prefirió comer su ración de arroz con
croqueta. En breve pasarían por la televisión un filme que le interesaba.
Si continuaba hablando, se perdería el inicio de la película.
Mientras comía, destapó una fuente con sopa que se anunciaba
como segundo plato.
―¿Por qué la sopa está verde? ―preguntó asombrado.
―La sopa tiene un “bonito” color verde porque lo único que lleva
es repollo, acelga, lechuga, sal y perejil ―explicó Gertrudis―. Si hubieras
comprado puré de tomate, otro sería su color. Y de paso, si hubieras
comprado pollo, chorizo, papa, beicon, fideos, ajo y cebolla, tendría un
sabor divino. Pero, como no has comprado comida este mes, nos toca
disfrutar de esta “bonita” y “nutritiva” sopa verde.
―No he tenido tiempo de ir al mercado, mujer. Además, mi salario
no da para tanto. ¿Chorizo? ¿Beicon? ¿En serio?
Gertrudis atacó otra vez.
―No, no me quejo. Por mí, comemos arroz, sopa de repollo y
croqueta todo el año. Lo menciono por tu hija. Mira lo flaca que está.
Debe tener anemia.
Wenceslao observó a Laura con detenimiento. La chica removía el
tenedor con desgano, en su plato de arroz.
―¿Te sientes bien, hija? ―le preguntó―. ¿Has sentido cansancio
últimamente? ¿Falta de aire… quizás?
Laura lo miró desconcertada. Su padre le hablaba pocas veces.
Tan pocas que, cuando lo hacía, ella se sentía dichosa.
―Estoy bien, papi. ¡Me siento bien! ―dijo feliz.
―¡Ahí lo tienes, Gertrudis! La niña está sana. Te preocupas en
vano. En fin, me llevo mi sopa para la sala. Tomaré este “cocimiento”
mientras veo una película.
―¿Te atreves a criticar mi comida? ―gritó la mujer―. ¿Cómo no
va a parecer un cocimiento si sólo tengo matojos para echarle? Y encima,
¿comerás frente al televisor, como la gente vulgar? ¡Desde los tiempos de
mi bisabuela, en mi casa la familia come sentada a la mesa! ¡Eso es
propio de pecaminosos, comer cada cual por su lado, como animales! Las
familias decentes respetan las antiguas costumbres. Y una de ellas es:
¡Comer sentados a la mesa! Parece mentira, Wenceslao Pérez… No sé
por qué me casé contigo. ¡Me he casado con un pecaminoso! ¡Un
pecaminoooooooooooooso!
―¡Basta, Gertrudis! ¡Tú ganas! ―Wenceslao estaba
consternado―. Lo de “cocimiento” fue una broma. ¡Por Dios! ¡Una hiena
tiene más sentido del humor que tú! Con tal de no oírte hablar de los
pecaminosos, ¡me tomo la sopa aquí! ¡Ya no quiero ver la televisión! ¡No
quiero nada! ¡Sólo déjame tragarme esto en paz!
Se hizo un gran silencio. Los tres se ocuparon de tomar sus
respectivas sopas, pensando cada cual en sus asuntos.
La batalla contra “los pecaminosos” comenzó cuando Laura tenía
seis años. En aquella época, Gertrudis leyó en una antigua revista una
nota que decía:
Con el santo propósito de que la juventud no se pierda,
las damas de noble alcurnia harían bien en vigilar a sus
retoños, para que la moral y las buenas costumbres infundidas
en ellos, no se manchen por obra de pecaminosas compañías.
Se desconocía al autor de la frase; pero esto a Gertrudis le
importó un comino. Su bisabuela había participado en un concurso de
belleza donde ganó el título de: Reina de Pueblo Cangrejo. Por tanto, ella,
Gertrudis García, ¡descendiente de una reina!, era dama de noble
alcurnia, y aquel consejo le venía estupendamente.
Para entonces, Laura iniciaba primer grado. Gertrudis investigó a
sus maestros y compañeros de clase. Aquel que no bailara, ni cantara, ni
dijera palabras obscenas, ni escuchara rock, ni comiera mangos, ni
bebiera agua de coco ni usara lycras… podía conversar con Laura. De no
cumplir los requisitos, Gertrudis tildaba de pecaminosa a esta persona
y… ¡ay si se acercaba a su hija!
Poco después de iniciar su querella contra los pecaminosos,
Gertrudis descubrió que no existía profesor digno de tratar a su hija,
quien corría el riesgo de quedar analfabeta. Pensó: “toda regla tiene su
excepción”. Llena de asco, permitió a maestros pecaminosos relacionarse
con Laura. Por fin, la niña aprendió todo lo que se enseña en una escuela.
A juicio de Laura, el asunto de los pecaminosos tornaba peculiar a
su madre. Le resultaba rara, además, porque no le permitía comer
dulces, montar bicicleta o bañarse en una playa. Para colmo, le regalaba
lo mismo en cada cumpleaños (sombrillas y pomos de vitaminas).
―Cepíllate los dientes, Laura, y ve a tu cuarto ―dijo Gertrudis
cuando los tres acabaron la sopa.
Laura y su padre se levantaron al mismo tiempo. Él fue hacia la
puerta de salida y escapó a la calle. Laura obedeció a su madre.
Gertrudis, por su parte, se internó en la cocina con expresión feliz,
muy relajada, como si acabara de recibir un masaje (los cambios de
humor de Gertrudis eran impresionantes).
Poco después, en su habitación, Laura leía Alicia en el País de las
Maravillas. Detuvo la lectura para observar un retrato de la protagonista.
Alicia llevaba suelto su rubio y copioso cabello. Portaba un vestido
azul turquesa y zapatos primorosos. Era su rostro terriblemente bello.
Estaba de pie, en medio de un soleado bosque, mirando hacia la copa de
un árbol. Parecía una muñeca de porcelana.
Laura pensó: “Daría cualquier cosa por verme como ella”.
Laura se creía fea, tonta y ordinaria.
En realidad, ¡era encantadora! Su oscuro cabello caía con gracia
sobre sus hombros (lástima que lo llevara casi siempre recogido, con lo
cual, no se podía apreciar con exactitud su belleza). Sus ojos eran de un
verde exquisito. Su piel, blanca y delicada, contrastaba maravillosamente
con el color de sus ojos. Encima, Laura se movía con elegancia, y su voz
era clara y armoniosa.
Conocía muchos tipos de mariposas, pues amaba a estos insectos.
Tanto era así, que su habitación estaba decorada con preciosos dibujos
de mariposas que ella había hecho, y portaba un collar que llevaba un
pequeño colgante en forma de mariposa. Pocas veces se quitaba aquel
collar.
Sabía mucho de jardinería; de poesía también. Podía contar la
historia de cómo descubrieron el café y la del primer hombre que visitó la
Luna.
No. Laura no era fea ni tonta. ¿Ordinaria?, ¡imposible! Su madre
la había convencido de ello, pues tantas veces le decía Gertrudis
“¡apúrate, cabeza hueca!” y “¡ven, criatura espantosa!”, que Laura se
sentía como un espantapájaros o un insecto repulsivo.
Laura continuó leyendo. Sumergida en aquel mundo de palabras,
perdió la noción del tiempo. Sólo le importaba la aventura de Alicia.
Percibía el olor del mar, el frescor del viento, la calidez de los rayos del
sol y todo lo que se narraba.
De repente, una algarabía la asustó.
Observó su armario. Aquel alboroto parecía venir de aquel
mueble. De pronto, ¡sus puertas se abrieron! De allí salieron, hablando a
la vez y cargando tazas, platillos, jarras, teteras, cestas y cucharas: el
Sombrerero Loco, la Liebre de Marzo y el Conejo Blanco.
―¡Es la hora del té! ―exclamaron al unísono y se acomodaron
alrededor de la cama. Tendieron el mantel encima de la misma y sobre el
mantel, la vajilla.
―¡Té de manzanilla, menta y limón! ¿Cuál le sirvo, amiga Liebre?
―preguntó el Sombrerero.
―Un tilo.
―¡Oh! Se acabó el tilo ―contestó el Sombrerero—. Sólo queda de
menta, manzanilla y limón.
―Esperaré a que llegue el tilo ―declaró la Liebre―. ¡Nadie me
hable hasta que llegue el tilo!
―¿Por qué están en mi casa? ¡No los he invitado! ―gritó Laura
asombrada.
―Gritar es de mala educación ―opinó el Sombrerero―. Estamos
aquí para tomar el té. Es evidente.
―Pero, no los he invitado. ¡Cuidado con mi cama! ¡Van a derramar
té en ella! ¡Y quiten esa cesta de mi almohada!
―Qué no nos hayas invitado es poco considerado de tu parte
―observó la Liebre de Marzo.
El Conejo exclamó, halándose las orejas:
―¡No hay tiempo! ¡No hay tiempo! ¡Estará aquí pronto!
―¿Quién? ¿Quién viene? ―preguntó Laura curiosa.
―No perdonará que hayamos traído a un pecaminoso ―continuó
el Conejo.
―El Lirón no es pecaminoso ―afirmó el Sombrerero untando
mantequilla a un plato―. Y aunque lo fuera, está escondido en la cesta
del pan.
―Con diez servilletas encima. No lo verá ―agregó la Liebre―.
¿Dónde está la sal? ¡La saaaaaaaaaaaaaaal! ¡Un té sin sal no se puede
beber!
―¡Escuchen! ¡Suenan las trompetas! ―gritó el Conejo―. ¡Ya
viene! ¡Ya viene! ¡Qué nadie destape la cesta!
Todos miraron el armario.
Se escuchó un repique de tambor.
Laura enmudeció de entusiasmo.
Tras el último tañido, hizo su entrada la Reina de Corazones.
―¡Córtenle la cabeza a este armario! ―gritó Su Majestad―. Es
demasiado caluroso. La próxima vez que viaje, lo haré en el carruaje de
la Duquesa.
La Reina miró el grupo de espectadores que la rodeaba y exclamó:
―¡Qué alguien me sirva el té o mandaré a que les corten las
cabezaaaaaaaaaaaaas!
El Sombrerero, la Liebre y el Conejo corrieron de un lado a otro,
chocando entre ellos. No atinaron a cumplir la orden. Laura, con serena
valentía, cogió una taza y vertió en ella la humeante bebida. La sirvió a la
Reina, ejecutando previamente una reverencia.
―Así ha de ser una criada ―opinó la Reina complacida―.
Obediente y con amor a su cabeza. Dime, jovencita, ¿te he visto antes?
Su Majestad observaba a Laura con recelo, mientras removía el té
con una pluma de loro.
―Juraría que no. Aunque… ―Laura examinó el rostro de la
Reina―. Me parece que la he visto a usted antes…
―¡Cómo te atreves a decir que me has visto, si antes no te he visto
yo! ¡Criada insolente! O peor, ¡criada pecaminosa!
En ese momento, Laura descubrió algo asombroso.
―¡Mami! ¡Eres tú! ¿Qué haces disfrazada de Reina de Corazones?
―Tenías que ser tú… ―dijo Su Majestad poniendo cara de asco―.
Con razón tu rostro me parecía conocido. Por supuesto que soy yo, ¡sólo
Gertrudis gobernaría el País de las Maravillas!
Laura iba a contestar; mas, no pudo. Una ola de cansancio la
invadió. Su cuerpo se tornó pesado como barco y sus párpados se
cerraron de golpe. Cayó al piso, al parecer desmayada; pero no era así.
Se había dormido.
―¡Levántate! ¡Respeta a tu Reina! ¿Cómo te atreves a dormir en
mi presencia? ¡Levántate! ¡O mandaré a cortar tu cabeza!
¡Laaaauuuuuuraaaaaaaa! ¡Levántateeeeeeeeeeeee!
Laura despertó sobresaltada. Estaba tendida sobre la cama, con el
libro a su lado. Al incorporarse descubrió a su madre, que la miraba
fijamente y le hablaba.
―¡Laura! ¡Levántate! ¡Te vas a desvelar de madrugada! Es
temprano todavía. Anda, échate agua en la cara. Hasta las diez no te
puedes dormir.
Gertrudis le dedicó una mueca de desprecio, y se fue.
Laura se levantó; caminó hasta una ventana de su habitación. La
abrió y disfrutó la brisa perfumada que provenía del jardín de su casa,
una brisa bendecida por galanes de noche.
―Qué pesadilla tuve ―murmuró―. Por culpa de esa reina, porque
el Sombrerero y los demás eran simpáticos…
Decidió leer una historia relajante, libre de escenas turbulentas.
Eligió: Heidi.
Sin embargo, al dormirse más tarde, no soñó con Heidi ni con
otros personajes de esa novela. Vio una escuela enorme, desierta, casi en
ruinas. Un fuerte viento batía contra el edificio, levantando hojas
marchitas y polvo. Mucho polvo. Remolinos de polvo y hojas amarillas y
pardas bailaban sobre el suelo. Era un día soleado; pero el cielo se
oscurecía a medida que Laura se acercaba a la escuela. Se detuvo frente
a la puerta principal; se volteó y descubrió a una mujer vestida con un
traje de papel. El papel llevaba corazones dibujados. En la cabeza de la
mujer, una corona.
―¡Entra de una vez, Laura! ―gritó Su Majestad Gertrudis―. ¡Te
lo ordeeeeeeenooooooooo! ¡Llegarás tarde a claseeeeeeeeeeeee! ¡Entra,
o mandaré a que te corten la…!
Laura despertó. El reloj marcaba las seis de la mañana.
Respiró aliviada y se deseó un buen día.
Capítulo 2. “nárama et y etamá”
Esa mañana, un viento helado recorría Cuba. El cielo amaneció de
un gris perturbador. La niebla se extendió desde Cabo de San Antonio
hasta Punta de Maisí, tornando al país irreconocible, como salido de una
novela fantástica. La oscuridad era tal que, en casas y centros de trabajo,
mantuvieron luces prendidas hasta el mediodía. El mal tiempo se debía a
un frente frío inusual.
Laura salió a la calle vestida con uniforme escolar y un abrigo
verde fosforescente que relucía entre la niebla. Iba deprisa, para entrar
en calor (parte de sus piernas estaban al descubierto y se le había puesto
la piel “de gallina”). Atravesó un parque haciendo un recorrido que, si
bien la alejaba de la escuela, le permitía observar bandadas de palomas,
con lo cual se deleitaba. Las aves caminaban sobre el césped o se
posaban en los banquillos de hierro. En esa ocasión, no halló paloma
alguna y sí a un desconocido que la intrigó sobremanera.
Era un perro robusto, de mediano tamaño y abundante pelaje gris
y blanco. Tenía los ojos de color azul celeste. Apenas vio a Laura, corrió a
su encuentro; olfateó sus tobillos y se echó sobre sus patas traseras ―de
frente a la niña―; luego, movió la cola y ladeó la cabeza. Laura no sintió
miedo.
―Pareces un perro de Alaska. Nada más te falta el trineo
―murmuró.
―¡Buenos días! ―dijo un viejito que usaba pijama, chancletas y un
sombrero de mariachi.
Laura no creía en fantasmas, de lo contrario, hubiera afirmado
estar frente a uno. Tan de repente apareció aquel hombre extravagante…
―Buenos días ―contestó ella y estalló en preguntas―: ¿Es usted
mariachi? ¿Por qué no lleva abrigo? ¿A dónde va? ¿Este perro es suyo?
―Creo que yo soy… “de él” ―contestó el anciano―. Le gusta
pasearme, y a mí me viene bien el ejercicio ―se quitó el sombrero, lo
colocó boca arriba y sacó de su interior algo parecido a un libro―. Toma.
Te lo regalo.
Laura miró el objeto.
―No puedo aceptarlo. Mi mamá dice que no debo aceptar regalos
de extraños. Ni hablar con ellos.
Mientras decía esto, examinó el obsequio. Las tapas eran duras,
de color azul claro, y estaban adornadas con diminutas estrellas blancas.
Llevaba una pieza que abrochaba la contracubierta con la cubierta,
cerrando el libro a capricho. En su interior, en la primera página, una
frase grabada con letras doradas despertó su curiosidad.
―”nárama et y etamá” ―leyó en voz alta―. ¿Qué significa?
Pero el anciano se alejaba deprisa, seguido del perro. Laura
exclamó:
―¡No acepté su regalo! ¡Iba a devolvérselo! ¡Señor!
Perro y amo desaparecieron en la niebla.
Laura se encogió de hombros. Hojeó el libro. Cientos de páginas
en blanco. Una fecha para cada hoja.
―No es un libro. ¡Es un diario! ―exclamó decepcionada―. Cómo
si tuviera algo importante que escribir…
Lo guardó en su mochila. Ya decidiría qué hacer con él. Por el
momento, le urgía llegar a la escuela.
Capítulo 3. ¿Qué tiene Sabrina Sanz?
Minutos después, Laura entró a su aula y ocupó un pupitre de la
última fila. Otros niños se habían sentado y manipulaban sus celulares,
sin mirarse.
Había un silencio intimidante. Laura se aburrió; extrajo el diario
de su mochila para entretenerse con él. No se le ocurrió qué anotar, de
modo que dibujó una mariposa. Siguió con unas flores. Mientras hacía
esto, se perdió en meditaciones sobre su vida.
Este curso olía a esperanza.
Iniciaba la Educación Secundaria y había matriculado en una
escuela a la que asistía por primera vez. Atrás quedó su antiguo centro
de estudios, el cual le provocaba amargos recuerdos. En esta, su actual
escuela, probablemente nadie la conocía. De ser así, no le recordarían el
asunto de los pecaminosos. Las burlas hacia ella no estarían a la orden
del día.
Todo dependía de su madre. ¡Qué no la avergonzara frente a la
gente! ¡No otra vez! ¡No en aquel lugar!
Cuando Laura estaba en Primaria, Gertrudis la visitaba en horario
de clases. Si un niño se acercaba a su hija, Gertrudis gritaba:
―¡Cuidado Laurita! ¡Un pecaminossssso! ¡Pecaminossssso! ¡No te
juntes con él!
Entonces sus compañeros reían hasta llorar.
Por fortuna, desde el año anterior, Gertrudis no le hacía
advertencia semejante (la consideraba suficientemente mayor como para
ahuyentar por sí misma a indeseados) y no hablaba a menudo del tema.
Si las cosas seguían así, a lo mejor Laura encontraba un amigo.
¡Un amigo! ¡Hallar un amigo en aquel sitio! ¿Podría ser?
Quizás. Sin el estigma de los pecaminosos, lo bueno podía suceder.
Sí. Este curso olía a esperanza.
Laura suspiró, absorta en sus reflexiones. De repente, entró al
salón una muchacha pelirroja.
―Soy Sabrina Sanz ―dijo la chica en voz alta y se sentó en un
pupitre de la primera fila. Su voz era exquisita, inolvidable.
El tiempo se detuvo.
Una brisa perfumada inundó el aposento.
Una musiquilla de feria se escuchó en lontananza.
Una verde mariposa irrumpió en el aula.
Y nadie hacía otra cosa que mirar a Sabrina.
El tiempo corrió otra vez. Huyó la mariposa. La melodía se apagó
de golpe. La brisa se calmó. Los muchachos seguían admirando a Sabrina
cuando llegaron dos mujeres. Una de ellas, vieja como momia, rompió el
hechizo.
―¡Buenos días, estudiantes! ―gritó la anciana―. Soy su maestra
de Matemáticas, ¡y directora! de este centro de enseñanza. Me acompaña
Úrsula León, ¡abnegada profesora de Geografía! Les advierto: empiezan
séptimo grado. ¡Y hay un par de cosas que les voy a informar!
La directora vomitó un discurso aburridísimo. Mientras tanto,
Úrsula León caminó hasta el fondo del salón y se situó al lado de Laura.
Úrsula León era de mediana edad; usaba un anticuado pero
elegante vestido negro, zapatos ortopédicos, pequeños aretes de oro
como únicos adornos, y el cabello recogido en forma de cebolla, a la
altura de la nuca. Parecía un ama de llaves salida de una antigua mansión
inglesa.
Úrsula León se tiró un pedo. No la delató el sonido; pero, el olor
nauseabundo que flotó en el aire circundante a su persona, hizo evidente
el hecho.
Laura escribió en el diario:
La profe de Geografía se ha tirado un pedo. No cabe duda. ¡Qué
asco! ¡Pensarán que fui yo! Qué mala suerte tengo… Mi primer día en
esta escuela y se burlarán de mí. ¿Por qué tuvo que pararse esta mujer
justo al lado mío?
Una brisa se coló por las ventanas y en pocos segundos se llevó el
hedor. Sin embargo, un muchacho levantó la cabeza, husmeó el aire y
miró de reojo a una chica gorda sentada a su lado. La chica gorda le
sonrió. Él movió su pupitre unos centímetros, alejándose de ella.
Durante el resto de la mañana, Laura no escribió en el diario. Las
clases se le antojaron aburridas. Tuvo sueño y deseó volver a casa para
dormir arrebujada entre almohadas y colchas. Cuando el timbre anunció
el final de la jornada, bostezó, agarró su mochila y salió de la escuela.
Tardó poco en darse cuenta de que alguien recorría su camino.
Sabrina Sanz iba delante. Usaba un abrigo negro con una capucha
que cubría, en parte, su cabeza. Daba pasos cortos; pero rápidos y
firmes. Largos y copiosos mechones de su cabello bailaron ―por
momentos― sobre su rostro, hasta que el viento cobró fuerza y los lanzó
por detrás de la capucha. En ese instante, Laura creyó ver una aureola de
fuego que coronó la cabeza de la pelirroja.
Anduvieron varias cuadras, sin que Sabrina notara la presencia de
su compañera. Sabrina cruzó una calle y entró a un edificio situado
enfrente de la casa de Laura. “¿Somos vecinas?” ―pensó esta última,
deteniéndose―.
Por segunda vez escribió en el diario:
Algo especial tiene Sabrina. No adivino qué es… pero me
encantaría ser como ella.
Capítulo 4. El consejo de la doctora Locadia
Mientras Laura caminaba detrás de Sabrina, Gertrudis encendió el
televisor en su casa. Empezaba el programa de la doctora Locadia.
―¿Tiene usted una hija adolescente? ―preguntó la doctora
dirigiéndose al televidente.
―Sí ―dijo Gertrudis, sentada en una butaca.
―¿Es su hija una triunfadora?
―Nooooooo… ―murmuró Gertrudis y pensó: “Caramba, parece
que me habla”.
―¿Desconfía de las compañías de su hija? ¿Teme a los
pecaminosos?
―¡Por el Santo Aceite de Oliva! ¡Aquí pasa algo raro! ―gritó
Gertrudis y un escalofrío recorrió su espalda.
―Mi televisor está embrujado. ¡Esa mujer sabe cosas de mi vida!
¡Aléjateeeeeee! ―ordenó Gertrudis exaltada, de pie sobre la butaca y con
las manos hacia adelante―. ¡Aléjate, aparato pecaminoso! ¡Televisor
poseído!
―¡No se alarme! ¡Cálmese! ―continuó la doctora―. Parecerá que
le hablo. Son cosas de la televisión. ¡Me gusta bromear con mis
televidentes! Verá… Muchas madres enfrentan el mismo problema. Les
daré un consejo, amigas.
Gertrudis suspiró aliviada. Se bajó del asiento. Limpió las marcas
de sus pies en él y se arrellanó nuevamente.
―Si quiere que su hija se convierta en triunfadora, no basta con
evitarle malas compañías ―explicó la doctora Locadia―. Ella debe imitar
a personas bellas, sofisticadas, cultas y perseverantes. ¿Para qué ser ella
cuando puede parecerse a una actriz famosa, a una deportista olímpica,
una Miss Universo…? ¡Sólo imitando a triunfadores, conocerá el triunfo!
Y continúo leyendo la correspondencia que tan amablemente envían a
este programa. Comparto con ustedes la carta de Zoila Pérez Sosa, quien
vive en…
Gertrudis apagó el televisor. Miró al techo ―como si allí flotara
una persona dispuesta a conversar― y dijo:
―¿Por qué no se me ocurrió la idea de la doctora Locadia? Evitar
a los pecaminosos… ¡Evitar a los pecaminosos está bien! ¡Pero no basta!
Laurita necesita un ejemplo a seguir. Ella es muy decente y obediente.
¿Qué digo? ¡Una santa! Pero, la pobre… es tan poquita cosa, tan…
aburrida y tonta. Nada de culta, bella o sofisticada. ¡Debe espabilarse!
Un triunfador… ¡Debo hallar un triunfador!
Bajó la vista; se levantó y caminó hasta una ventana. Asomada a
ella, vio a Sabrina que cruzaba la calle y entraba al edificio de enfrente.
―Esa niña… ―murmuró―. Esa niña… ¿dónde la he visto? ¿A
quién se parece? Es… es… ¡Es la hija de María Victoria! ¡Mi amiga María
Victoria!
Entonces Laura entró en la sala.
―¿La viste, Laura? ¡Entró al edificio! La niña pelirroja... la del
abrigo negro. ¿La viste?
―Sí, mami. Está en mi clase.
―¿La conoces?
―La acabo de conocer. Se llama…
―¡Sabrina Sanz Sandoval! ―exclamó Gertrudis eufórica―. Es la
hija de mi mejor amiga.
―¿De María Victoria?
Laura estaba harta de escucharle decir a su madre que María
Victoria, su mejor amiga, era superior en todo, que después de graduarse
en la universidad había sido gerente de un hotel en Varadero, y había
viajado muchísimo.
―¡Por supuesto! Hace años que no nos vemos… Su hija ha crecido
mucho. La última vez que vi a esa criatura tenía cinco años. ¡María
Victoria! Mi mejor amiga, tan superior en todo… Después de graduarse
en la universidad fue gerente de un hotel en Varadero. ¿Te dije que ha
viajado muchísimo? Pues, sí. Sabrina se mudó al edificio, ¿verdad?
―No sé, mami.
―¡Pero Laura! Dijiste…
―Sólo la vi entrar. No sé si vive ahí…
―¡Deben haberse mudado! ¡Lo investigaré! ―exclamó Gertrudis
buscando un abrigo―. ¿O estarán de visita? ¡Vuelvo enseguida! Laura
Pérez, toma tu jugo de zanahorias. El fantasma de tu padre aparecerá en
cualquier momento. Le dices que planché su camisa, él sabe. ¡Vuelvo en
un santiamén!
No halló el abrigo. La mujer agarró una toalla, se cubrió con ella
los hombros y se fue. Poco después entró Wenceslao. Cargaba un libro
enorme y un perro disecado.
―Papi, ¿asaltaste el Museo de Ciencias Naturales? ―bromeó
Laura.
―Muy chistosa. ―Wenceslao, con cara avinagrada, colocó el
animal encima de un sofá―. Me lo regaló un colega. ¡Si vieras el tiburón
que disecó! ¡Y mira esto! No es cualquier perro. ¡Es jíbaro! ¡Una fiera!
―Se parece a Gonzo, el de Los Muppets ―opinó Laura categórica.
―Hija… hija… ¿no estás grande para dibujos animados? Así que
Gonzo, ni más ni menos. En fin, mientras dura mi investigación,
acamparé en esta butaca. ¿Y tu madre?
―Salió hace un ratico. Me dijo que te dijera… mmmmmm… no sé,
no me acuerdo. Los Muppets son marionetas, papi, no dibujos animados.
Aunque vi una versión de ellos en muñequitos, de lo más linda. ¡Salía
Nani!, a quien nunca se le vio el rostro. ¿Sabes? Era una mujer muy alta
que salía de la cintura para abajo, usaba medias a rayas. Para mí, Nani
fue un misterio…
Wenceslao, sentado en la butaca, estudiaba el libro.
―Papi, ¿de qué trata el libro?
―Ummm… De perros y lobos, entre otras materias. Investigo para
un reportaje…
―Hoy vi un perro. Jíbaro no, por supuesto. Tenía los ojos azules…
―Interesante...
―Era precioso. No me dio miedo, parecía mansito. Su dueño me
regaló un diario. Papi, ¿podrías traducirme una frase? Debe estar en otro
idioma. Aparece en el diario.
―Interesante…
―Dice: “nárama et y etamá”. ¿Qué significa? Para mí que está en
francés o alemán. ¿Sabes, papi? Creí que no tendría nada que escribir en
un diario. ¡Pero anoté algo!
―¡Interesante! Si confirmo lo que dice aquí, ¡mi reportaje ganará
el premio de la revista Fauna! Es un tema poco difundido…
Laura se avergonzó. ¿Cómo se le ocurrió hablar de Los Muppets y
el diario? Su padre era un hombre tan inteligente y ocupado... Ella lo
había importunado con su cháchara.
Laura no dijo más. Marchó a su habitación (su padre no notó su
ausencia, continuaba sumido en la lectura). En el cuarto, acudió al diario
para escribir en sus páginas una historia sobre hadas y leones. ¿De
dónde surgió la inspiración? No lo sabía. Aquel cuento nació de golpe y
corrió por una llanura africana, donde la emperatriz de las hadas conocía
un mal presagio que afectaría a la princesa leona. Sólo la cebra Mafondú
podía revertir el fatídico pronóstico…
Poco después, al terminar su historia, Laura buscó a su padre para
leérsela. Creyó que una obra literaria como esa le agradaría, a diferencia
de sus comentarios anteriores. Después de todo, era su primer intento
como escritora, él sabría valorar el acontecimiento.
En la sala, Wenceslao dormía con la cabeza apoyada en el
respaldar de la butaca. Laura fue a despertarlo; pero Gertrudis se le
adelantó.
―¿Qué hace un mapache encima del sofá? ―exclamó la mujer.
―¿Cómo? ¡Gertrudis! ―dijo Wenceslao sobresaltado―. Es un
perro jíbaro… ¡No te alteres! ¡Ni que estuviera vivo! ¿No ves que está
disecado?
―No estoy ciega. Disecado está. ¡Pero ese bicho tiene microbios!
¡Qué asquerosidaaaaaaaaad! ¡Un mapache muerto! ¿De dónde lo
sacaste? Aquí en Cuba no hay mapaches… creo, ¿o sí?
―¡No seas ignorante, mujer! ¡Es un perro jíbaro! Lo cambiaré de
lugar, si quieres. Lo pondré en el librero del cuarto de atrás.
―Es lo mejor. ¡Bendito sea el Pan con Tomate! ―dijo Gertrudis
persignándose.
―No tiene microbios. Mi investigación sobre los jíbaros amerita
que…
―Wenceslao, no me interesa.
El hombre crispó sus puños y sus labios hicieron un mohín. Iba a
decir algo; casi se levanta del asiento… Sin embargo, respiró como
caballo desbocado, relajó sus manos y se hundió nuevamente en la
lectura. Gertrudis, que había ignorado a su esposo apenas crispó sus
puños, miró a Laura y dijo:
―¿Y tú por qué estás mirándonos, con ese libro y esa cara de
tonta? ¡Tengo unas ganas de que te espabiles! Escucha: ¡confirmado!
María Victoria y su hija recién se mudaron al edificio. Pensaban visitarme
hoy. Mañana vas con Sabrina a la escuela.
―Pero… pero… mami…
―¡Nada de “peros”! No he conocido jovencita más linda y
sofisticada que ella. ¡Qué desenvuelta! ¡Qué porte! ¡Qué bien se expresa!
Es una triunfadora. Lo he decidido: ¡imitarás a Sabrina Sanz!
―¿Imitarla? No entiendo. La acabo de conocer. No hemos
hablado… simplemente está en mi aula y…
―Laura, Laura... ¡Espabílate! Debes imitar a los triunfadores. ¡Lo
dijeron en televisión! Caminarás como ella, te peinarás como ella. Fíjate
en lo que lee, lo que le gusta. Dice que cuando vaya a la universidad
estudiará “File”… “Felo”… “Folele”… ¡Ay, caramba! ¿Cómo fue que dijo?
¡Filología! ―Gertrudis respiró profundo y añadió―: ¿Crees que a ti… te
alcance la inteligencia para eso?
―Mami, ¿qué significa “filología”?
Inmutable, Gertrudis contestó:
―Nunca sabes nada. Pues, ¡averigua! ¡Serás “filologuera”! Es
más, ¡sube a tu cuarto a estudiar! Sabrinita estudia dos horas diarias.
De mala gana, Laura obedeció.
No se había alejado mucho cuando escuchó que su madre dijo:
―¡Ni mapache ni perro, Wenceslao! ¡Se parece a Gonzo, el de Los
Muppets!
Capítulo 5. Un patito feo
A la mañana siguiente, Laura se dirigió al apartamento donde
vivía Sabrina. La chica la esperaba a la entrada del edificio.
―Tendrás que madrugar si quieres andar conmigo ─dijo
Sabrina―. Ayer me equivoqué de aula. De lo contrario, habría sido la
primera en llegar.
―Está… está bien. Me llamo Laura. No te acordarás de mí…
supongo. ¡Somos tantos en el aula!
―Recuerdo a todos los del aula. Me basta una mirada para grabar
los rostros. A ti, en cambio, no te noté. Es raro que me pase algo así.
Laura no contestó. Caminaron en silencio rumbo a la escuela.
Hacía frío, aunque no tanto como en el día anterior. El cielo era
una inmensa lámina gris que se extendía hasta el infinito. En los parques,
los árboles movían sus ramas, fantasmales, al compás de un viento
caprichoso. Gente soñolienta se dirigía a centros de trabajo sin saludar a
nadie. La ciudad esperaba la salida del sol; pero el astro se ocultaba tras
una muralla de nubes plomizas.
Laura contempló una bandada de palomas que volaba en lo alto;
tuvo cuidado de no tropezar, pues apenas se fijaba en el suelo.
―Mira que hay pájaros y bichos aquí ―comentó Sabrina,
percibiendo las palomas―. Anoche sacamos un gorrión de mi casa, ¡y
había una rana también! Nunca vi bicharracos en La Habana.
―¿Vivías en La Habana? ¿No hay palomas ni gorriones allá?
―Bueno… hay. Pero no tantos como aquí. Y dime, ¿me servirás de
guía?
―¿De guía?
―¡De guía turística! Muéstrame esta aldea. ¿Dónde están las
discotecas? Las tiendas, restaurantes, casas de modas…
―Holguín no es una aldea. Es una ciudad. Sé dónde están las
tiendas, he ido con mi mamá. Pero, restaurantes, discotecas, casas de
modas… no sé decirte. Nunca he ido a esos lugares. Mi mamá no me
deja.
―¡Sólo dices “no”! María Victoria me pide un milagro. ―Sabrina
frunció el ceño. Como Laura la miró fijo, se explicó―: ¡Eh! No te ofendas,
niña, nada tengo en tu contra; pero María Victoria me pidió que fuera tu
amiga. Lo creo imposible. Suerte tienes de que acepté acompañarte a la
escuela. De ahí no va a pasar. No luces muy… ¿En serio no has ido a una
discoteca? ¿Y cómo te diviertes?
―Leo, veo la tele; escribo en un diario que me regalaron; también,
a veces, pinto mariposas multicolores, aunque no soy muy buena
pintando…
―Qué horror. ―Sabrina la miró con lástima―. Qué horror. Horror
en la casa de Laura, esta aldea es un horror… ¡Qué bajo he caído al
mudarme aquí! ¿Sabes, niña? No pararé hasta convencer a María
Victoria de volver a la civilización.
―¿Cuál civilización?
―¡La Habana! ¿Cuál, si no? María Victoria me hará caso… es
cuestión de tiempo.
―¿Así llamas a tu madre? ¿María Victoria?
―Es su nombre.
―Quiero decir… yo le digo “mami” a la mía.
―¡Ah! Fue idea de María Victoria. Lo leyó en una revista.
―Sabrina tosió levemente, dándose importancia, y citó―: «Dirigirse a los
padres mediante apodos crea una personalidad débil y negativa.
Apelativos como “mami”, “mima”, “papá”, “papi”, “papito”… vuelven
ñoños a los hijos. El nombre propio será siempre aconsejable, si se quiere
educar a los hijos con métodos modernos».
―¡Wow! ―dijo Laura sintiendo admiración por Sabrina―. Si mami
leyera esa revista, me ordenaría llamarla Gertrudis. Siempre está
informándose sobre métodos para educarme. Ahora me dijo… bueno, que
debía imitarte. Para ser una triunfadora, como tú.
Sabrina rió con ganas. Dijo:
―Eres chistosa. De veras, niña. ¡Nadie puede imitarme! Soy una
diosa. Y tú… ―Miró a Laura con lástima―. Eres una simple mortal.
Nada más dijeron durante la caminata. Laura quiso hablar del
cuento sobre hadas y leones; pero creyó que ese tema no interesaría a su
nueva vecina.
Llegaron a la escuela. Al instante, Sabrina ignoró a Laura. ¿Por
qué? ¿La hija de Gertrudis se volvió invisible? Laura no se extrañó por
esto. Minutos antes, Sabrina había dejado claras las cosas: entre ellas, la
amistad era absurda.
Curiosamente, al culminar la jornada, Sabrina se reunió con Laura
y emprendieron el regreso. Nada dijeron hasta llegar a sus hogares.
Entonces, la hija de María Victoria dijo:
―Chao, niña. ―Y corrió a su apartamento como si un tigre la
persiguiera.
En los días siguientes, acompañarse en el trayecto de ida y vuelta
de la escuela se tornó rutina. Ninguna faltó a la cita; pero ninguna
intercambió palabras que no fueran: “hola”, “chao”.
Laura se esforzó en imitar a Sabrina, y no porque fuera mandato
de Gertrudis. Sabrina hacía amigos por montones; opinaba sobre música
y moda; sonreía con gracia; caminaba como modelo de pasarela. ¡Y aquel
cabello de fuego! Aquel cabello de fuego poseía vida propia: se crispaba
si su dueña enojaba, se opacaba si entristecía, y el resto de las veces,
ondeaba levemente, como hierba acariciada por la brisa.
¿Quién no querría ser como Sabrina Sanz? Nadie. Mas, a una
semana de intentar imitarla, Laura se dio por vencida.
¿Caminar como ella? ¿Sonreír con gracia? ¡Imposible! Laura se
comparó con el patito feo del cuento de Andersen, salvo que no imaginó
convertirse en cisne.
Se equivocaba.
Era su espíritu el de un cisne indomable. Llegaría a ser una
muchacha encantadora, como nunca lo sería Sabrina.
Capítulo 6. El secreto de Laura
Un mes más tarde, Laura supuso que había cometido alguna falta,
pues su madre le ordenó sentarse en la sala.
En una butaca se arrellanó, mirando hacia abajo. Su abuelo
Arquímedes estaba de visita en la casa y, sonriente, se sentó a su lado.
―¡Hay cosas que deben decirse! ―declaró Gertrudis presidiendo
la reunión―. Cansada estoy de sacrificarme, como oveja al matadero. Por
culpa de Wenceslao no estudié como mi amiga María Victoria. ¡María
Victoria! ¡Mi mejor amiga! Tan superior en todo, que después de
graduarse en la universidad trabajó de gerente en Varadero… ¡Mira que
ha viajado! Y yo… ¿yo? Aquí estoy, de ama de casa incomprendida, ¡y mal
atendida!
―Gertrudita, deja el drama. Estás viendo demasiadas telenovelas
―opinó Arquímedes.
―¡Para telenovela, mi vida! ¡Tremendo galán me ha tocado! ¡Bah!
¡Wenceslao! Vive ayudando a la gente… ¡pero a esta casa se le está
cayendo el techo! ¡El ventilador de la niña no funciona! Y no podemos
tener mascota, porque se moriría de hambre. ¡Desde hace tiempo quiero
un pavo real, para la terraza! ―declaró Gertrudis con la mirada fija en un
búcaro―. ¡Un pavo real como el de Carmen, mi vecina! Pero, ¡ni una
gallina tengo! O sí, espérense… no me puedo quejar. ¡Tengo a Gonzo
viviendo en mi librero! A ese no hay que echarle comida. ¡Porque está
disecado! Si al menos fuera un mapache, tendría su encanto…
Laura sintió alivio al notar que el regaño no era para ella. Su
madre tenía a Wenceslao en la mira. Mientras no apuntara hacia otro
blanco…
―Gertrudita, hija, se me va a ir el tren ―dijo Arquímedes muy
tranquilo―. Recuerda lo que hablamos, sobre el código…
―¡Qué código ni qué rayos, papá! Laura conoce a su padre. No es
boba. ¡Al menos, para eso no es boba! Sabe que Wenceslao no aporta casi
nada a esta casa. Él se compró una computadora, ¡y hasta una cámara de
filmar! Según él, su trabajo lo merece. ¡Pero mi refrigerador no merece
que le compre comida! ¡Laurita no merece que le compren zapatos! ¡O un
ventilador!
―Basta, Gertrudis. No critiques a Wenceslao, no delante de la
niña. Hay que actuar, ¡no criticar! Por eso ―Arquímedes se dirigió a
Laura―, voy a hacerme cargo de tus gastos y los de tu madre. Así ayudo
a mi yerno, a quien no le alcanza el tiempo para… atenderlas a ustedes.
―Yo iba a estudiar Medicina, papá, y Wenceslao me convenció de
que fuera ama de casa. Estaba recién casada, ¡enamorada!, y figúrate…
―¿Y eso a qué viene, Gertrudis? No fuiste a la universidad porque
no quisiste. Te dejaste convencer. En cuanto a mi decisión de pagar los
gastos, se lo diré a Wenceslao.
―¡Wenceslao no puede saberlo! ―exclamó Gertrudis alzándose
como cobra irritada―. ¡No lo permitirá!
―Entiende, Gertrudis. Tu esposo tiene derecho a saber…
―¡Te hablará de sus principios! ¡Es orgullosoooooooo! No te
dejará pagar, y si te deja, intentará devolverte el dinero. ¡Y el hombre no
tiene ni para pagar un café! Discutirá conmigo, ¡y mi paciencia tiene un
límite! Si se niega a esto, si se niega a ayudar a nuestra única hija…
¡Mira esos tenis de Laura, papá! ¡Mira lo desteñidos que están!
Avergonzada, Laura intentó esconder sus pies bajo la butaca. Se
movió hacia delante. Irguiéndose como bailarina de ballet, tensó sus
piernas para que sus pies lograran alcanzar la sombra que había bajo el
asiento. Su exagerado esfuerzo llamó la atención de Arquímedes, que no
tuvo que mirar los zapatos de su nieta para opinar sobre el asunto.
―¡Entonces Wenceslao no lo sabrá! Pero, de que me hago cargo
de los gastos de mi nieta… ¡me hago cargo! ―rugió.
Gertrudis sonrió. Se volteó hacia Laura y dijo con voz melosa:
―Será nuestro secreto, criatura. Tu padre no puede verte con
nada de lo que te compre tu abuelo. Será fácil, casi nunca está en casa.
Pero tendrás cuidado, de todos modos…
―No será fácil, Gertrudis ―advirtió Arquímedes muy serio―.
Tarde o temprano se dará cuenta. No discutas con él. Me avisas y hablaré
con tu esposo. ¡De hombre a hombre, todo se arregla! De hombre a
hombre…
Gertrudis lucía radiante de felicidad. No se parecía a la mujer
malhumorada que había iniciado aquella conversación. Con expresión de
triunfo, dijo:
―Abriré una botella de sidra que he estado guardando para una
ocasión especial, ¡una ocasión como esta! Y para ti, Laura, traeré una
malta. ¡Nos lo merecemos!
Capítulo 7. Alguien se ha puesto zapatillas de baile
Gertrudis terminó de contar un dinero que le entregó Arquímedes
y salió disparada hacia las tiendas, decidida a comprar: una mochila, un
par de tenis, argollas de oro, un reloj de pulsera, un frasco de perfume,
hebillas para el cabello, shampoo, y ropa interior femenina. Todo para su
hija. Y si algo sobraba, si quedaban unos pesitos, conseguiría… ¡un
paquete de lentejas! ¡Y una latica de atún! ¡Y un cereal de avena
(también para su hija)!
A la mañana siguiente, Laura fue a clases como Cenicienta al baile
del palacio (una moderna Cenicienta). Su uniforme era lo único habitual,
pues usó la mayoría de los artículos recién adquiridos.
Ese día, al caminar a la escuela, Sabrina se comportó con ella
como de costumbre. Ni una palabra se le escapó, salvo el permitido
“hola”. Pero miraba de reojo a Laura. ¡La inspeccionaba! ¡Se hartaba con
la fragancia de su compañera!
Apenas entraron al aula, Sabrina se replegó a su puesto; escribió
una nota en una tira de papel y la entregó a Karen (su nueva amiga).
Eran las ocho en punto: hora de la lección de Geografía. A las ocho y diez
minutos la había leído el aula entera, a excepción de la maestra y Laura,
quienes, por localizar un río en un mapa —la primera— y redactar una
poesía en su diario —la segunda—, no se dieron cuenta del pase del
mensaje.
A las ocho y quince, Albertico (apodado “El torpe”) estornudó; la
tira de papel voló de sus manos y fue a parar a los pies de la profesora.
—¡Un papel sospechoso! —exclamó Úrsula León recogiendo la
nota—. Mensajitos en mi clase… ¡Vamos a revelar el contenido de este
importante mensaje! Pero les advierto, como se trate de una conspiración
contra mí…
Y Úrsula leyó, en voz tan alta que debió escucharse en la Luna, la
nota escrita por Sabrina:
Fíjense en los tenis de Laura, lleva cien dólares en los pies.
Los alumnos rieron a lo loco. Fue la cara de Úrsula lo que dio
gracia: con sus cejas arqueadas, labios apretados y nariz engurruñada.
La maestra no perdió el aplomo. Lanzando el papel por encima de
su hombro, respiró como practicante de yoga. Estiró sus brazos hacia
adelante, entrelazó los huesudos dedos de sus manos, y volteando estas,
le traquearon las falanges de ocho dedos, sonido que tuvo el mágico
efecto de implantar silencio en el aula.
—Como el amor de sus vidas se llama “Geografía” —dijo Úrsula
con suma calma—, en la siguiente evaluación obtendrán excelente. Si
alguno desaprueba… ¡Oh, fatalidad! ¡Fatalidad! —exclamó dramática—.
Con pasarse el fin de año estudiando conmigo, acabará su ignorancia. Ya
me encargaré de convencer a los padres de tan desafortunado alumno,
de que mis repasos son imprescindibles para que apruebe el curso. ¡Y por
mí no se preocupen! No celebro fin de año. ¡Vivo para mis gatos y mis
libros! ¿En qué estaba? ¡Ah, sí! Saquen una hoja y anoten: ¡Nombre y
apellidos! Y la pregunta es… —Úrsula sonrió con maldad—: ¿En qué se
diferencian la selva, la tundra y la taiga?
—¡Profeeeeeeeeee! —exclamaron los estudiantes a coro.
—¡Cómo lo oyen! ¡Qué si fuera letra de reggaetón, se lo habrían
aprendido!
De súbito, el timbre anunció el final de la lección. Faltaban veinte
minutos para terminar la clase; pero a Úrsula, este incidente, no pareció
extrañarle. Dijo:
—¡Qué suerte tienen ustedes! —Y salió del aula con velocidad de
atleta.
Los muchachos, enojados porque les tomó la delantera, salieron
disparados hacia el patio de la escuela, menos Karen y Laura que se
quedaron sentadas.
—¿Quién te los compró? ―preguntó Karen a quemarropa.
—¿Qué cosa?
—Los tenis Nike, Laura, qué va a ser. Y tus argollas de oro, esa
mochila…
Laura no estaba segura de cómo hablarle a una niña como Karen
—era tan hermosa como Sabrina—. A su juicio, las beldades son muy
sensibles y requieren un trato especial, entre efusivo y distante.
—Mi… mi mamá.
—Pues sí que tiene dinero tu madre.
—El dinero lo manda abuelo. Mami sólo me compra las cosas. Fue
idea de abuelo, él vino hace poco y dijo que ayudaría con mis gastos…
—¿Vive lejos tu abuelo?
—Sí, pero nos visita a menudo.
—¡Genial! Te lo tenías callado… ¿Y en qué país está?
—¿Cómo?
—Vamos, ya suéltalo. ¿En qué país vive tu abuelo? Mi papá lleva
años en Portugal.
Laura imaginó a Arquímedes sentado en el portal de su casa, allá
en Buey Arriba (un pueblo campestre de la provincia vecina).
—En España. Es… ciudadano español ―mintió Laura.
Karen la miró con admiración. Entusiasmada, le anunció:
—¡El sábado vas de compras con nosotras! Nos vemos en La
Época, por la mañana, a las nueve.
—¿De compras? ―Laura no podía creer lo que acababa de oír―.
Dijiste “nosotras”. ¿Quién más irá?
—¡Sabrina! ¿Quién si no?
Karen se fue, moviendo las caderas exageradamente.
Laura tomó enseguida el diario y escribió:
Sábado, a las nueve en tienda La Época. Iré de compras con Karen
y Sabrina. Quién sabe… a lo mejor, andando con ellas cambia mi suerte.
¿Existirá la suerte?
Capítulo 8. Una noche inquieta
Eran las tres de la madrugada y Laura no lograba dormirse. La luz
de la Luna entraba por una ventana y pintaba la habitación de un blanco
lechoso. No se oían ruidos en la calle, tampoco en la casa. Recién había
llovido, y el olor a tierra mojada perfumaba el aire. El cielo se mostraba
despejado; sus estrellas fulguraban con brillos tornasoles.
No era la excesiva claridad lo que molestaba a Laura. En otras
circunstancias, dormiría placenteramente. Sin embargo, el recuerdo de
los últimos acontecimientos la mantenía desvelada. Daba vueltas en su
cama de pura excitación.
Esa mañana pidió permiso a su madre para ir de compras con
Karen y Sabrina. Escuchó un “no” tan terrible que del susto se quedó
pasmada.
—Pensándolo bien, si Sabrina va, te dejo ir —se contradijo
Gertrudis de inmediato—. Es una jovencita responsable. Porque tú sola,
¡imposible! ¿Y si te habla un pecaminoso? ¡Dios te libre! Pero, vas con
Sabrina. Gracias a Dios. ¿Y esa Karen? ¿Cómo es? Te digo yo… Ese grupo
nuevo… ¡Tengo que investigar a esa gente! ¡Estoy bajando la guardia
contigo! Karen… Bueno, si es amiga de Sabrina, debe ser perfecta.
¡María Victoria escoge muy bien a las amistades de su hija! Sí, te
conviene andar con ellas, a ver si aprendes a ser triunfadora. ¡Está
decidido! ¡Irás a esa tienda!
Laura corrió a arreglarse (llevaba ropa de dormir). Cuando
terminó, se miró al espejo. Usaba un vestido sencillo, pero de buen gusto.
Sandalias rojas; una cartera pequeña y delicada, también roja; argollas
de oro; gafas para el sol… Todo recién comprado y a la moda.
Desalentada murmuró:
—“La mona, aunque se vista de seda, mona se queda”.
Y corrió donde su madre.
—¡No corras, criatura horrorosa! —gritó Gertrudis—. ¡Camina
como una señorita educada! Escucha: guarda bien este dinero. —Le
enseñó un billete de cincuenta dólares—. ¡Eres tan estúpida que podrías
perderlo! ¡Y fíjate, Laura Pérez! Seguro tus amiguitas se antojan de
merendar, después de la compradera. ¡Pagas la cuenta de todas! ¡Qué no
digan que Laura Pérez García es una pobretona! Gracias a tu abuelo,
ahora eres rica. Créeme, hija, en este país miserable, tener cincuenta
dólares te convierte en una persona millonaria —y añadió, con aire de
complicidad—: Regresa antes del mediodía. Tu padre me dijo que vendría
al mediodía. ¡Fíjate! ¡A las once de la mañana! Sabes que no te puede ver
con esa ropa.
Laura asintió. Tomó el dinero, lo guardó en su cartera y salió a la
calle.
A las nueve en punto, con un mechón de cabello pegado a su
frente sudada, arribó a la tienda. Allí estaban Karen y Sabrina.
—¡Hello Lauri! ¡Tengo que actualizarme contigo! —exclamó Karen
y la besó en la mejilla derecha—. Confiésame cuál es tu marca de
shampoo, y de qué largo te gustan las uñas postizas. “¡Por faaaaaaaaaa!”
—Ella no es fan de las uñas postizas —advirtió Sabrina, mirando
las manos de Laura—. No te preocupes, niña. Se nota que eres nueva en
el mundo de la fashion.
—¿Qué es… “páchon”? —preguntó Laura.
Karen y Sabrina explotaron de risa. Parecía imposible que pararan
de reír.
—Lo siento… —dijo Laura avergonzada—. No sé qué significa.
—Tranquila, baby —consiguió decir Sabrina—. ¡Qué desastre! He
llorado de risa y se me corrió el maquillaje. No es “páchon”, sino fashion.
Significa: moda.
—¡Qué good que te espabilaste, Laura! —dijo Karen tras tomar
aliento—. Te enseñaremos todo lo que debes saber —y añadió,
chasqueando los dedos con una mano levantada—: Una chica con tus
posibilidades debe refinarse.
—Cierto —dijo Sabrina—. Laura me parecía un caso perdido. ¡No
me mires así, Laura! Soy sincera. Andar contigo… dañaba mi reputación.
¿Qué querías? Te veías como campesina. Yo, en cambio, soy habanera y
fashionista. Ahora te ves… —Sabrina miró a Laura de arriba a abajo—. Te
ves espectacular, lo admito. Sólo necesitas unos retoques; porque esa
trenza ridícula que siempre llevas... ¡hay que desecharla! Mi intuición me
dice que tienes un cabello divino, ¡pero tienes que liberarlo! ¡Debes
sacarle el máximo provecho! De eso nos ocuparemos, luego, Karen y yo.
Y sin decir más, entraron a la tienda.
Era una estancia enorme, con piso alfombrado y paredes
salpicadas de afiches publicitarios. Un olor a colonia de violetas,
detergente y jabón se esparcía por doquier. Había mostradores repletos
de collares, aparadores con zapatos, sombrillas colgadas en percheros,
estantes con carteras; departamentos de ropa, instrumentos de música,
equipos electrodomésticos… Por si fuera poco, alegres sonidos estallaban
en el aire: crujían las bolsas de nailon, taconeaban las dependientas,
pitaban las cajas registradoras, tintineaba un sonajero, chillaba un patico
de juguete…
Laura estaba nerviosa y caminaba enérgica de un lado a otro.
Hablaba continuamente; sus ojos brillaban, sonreía a personas y
maniquíes. Sus compañeras pensaron que, por primera vez, visitaba una
tienda.
No era cierto. Laura conocía todas las tiendas de la ciudad; pero,
hasta ese momento, se había limitado a mirar sus atracciones.
Comprar era cosa de Gertrudis. Cuando Laura la acompañaba, la
veía fijarse en los papelitos pegados a los productos. Entonces su madre
ardía como volcán en erupción; se abanicaba con las manos, respiraba
profundo, contaba (no hasta diez; contaba, restaba y multiplicaba hasta
saber cuánto podía gastar). Más tarde, de vuelta a casa, Laura cargaba
una ligera bolsa, y Gertrudis un pesado dolor de cabeza.
No. Laura no visitaba una tienda por primera vez. Pero usaría un
poder desconocido para ella: el poder de comprar.
—¡Quiero ese perfume! —gritó Laura señalando un mostrador.
—¡Chica! ¿Se te encarnó… Juana La Loca? —le dijo Sabrina en voz
baja—. Si chillas así, la gente se reirá de nosotras.
—Cállate, Sabrina, mira el perfume que pidió —murmuró Karen
dándole un codazo.
Sabrina vio un pequeño frasco de color esmeralda en las manos de
Laura. Se quedó estupefacta. Enseguida dijo:
—¡Qué buen gusto tienes, Lauri! Tuve uno de esos… ¡Te va a
encantar! Pero se me gastó pronto… ¿Me dejarías probarlo? ¿Me
dejarías? ¡Dicen que huele divino! O sea, ¡huele divino! ¡Me acuerdo
perfectamente! ¿Sabes? La de la telenovela, la que hace de Ana Cristina,
¡es su perfume preferido! Lo publicó en Facebook…
—Está bien. Sólo déjame pagarlo —dijo Laura y entregó el dinero
a la dependienta.
Laura dijo a Sabrina:
—Úntate un poco. —Y le tendió el perfume.
—¡Yo también quiero, mi amiguita! ¡Por favor! ¡Por favor! ¡”Por
faaaaaaa”! —suplicó Karen.
Karen y Sabrina usaron el frasco y lo devolvieron con miradas de
cachorras agradecidas. Después, se encaminaron al departamento de
lencería. Sabrina compró una tanga y un ajustador rojos. Karen pagó por
una braga negra, transparente.
—Comprar es divertido —opinó Sabrina—, pero cansa. Ahora lo
ideal sería merendar. Lástima que mi dieta me lo prohíba.
—Por un día que olvidemos la dieta, no engordaremos —afirmó
Karen—. ¿Subimos, Lauri?
—¿A dónde? —inquirió esta.
—A la cafetería del tercer piso —dijo Karen—. Venden unos dulces
divinos, ¡y jugo de manzana!
—Bueno, probaré un té —comentó Sabrina—. Es lo único que me
permite tomar la dieta de la uva.
—¿Dieta de la uva? —dijo Laura.
—Tranquila, baby. Te explico luego —afirmó Karen con aires de
mujer experimentada—. Sabrina le tiene fe. A mí sólo me funciona la
dieta de la calabaza.
—Mejor subimos —sugirió Laura, a quien poco le importaba el
asunto de las dietas—. Pagaré la cuenta de todas.
Todo eso recordó Laura, mientras daba vueltas en su cama,
desvelada. Pensó: “No soy tonta, como cree mami. Todo cambió porque
fui a la escuela con los tenis de marca. Y por todas esas cosas que me ha
comprado mami. Y el perfume, ¡las volvió locas! Sí que huele divino.
Sabrina nunca tuvo uno de esos. Mintió, me di cuenta. Es una… cómo se
dice… Sí, claro, hipócrita. Qué sueño… pero me da igual. La pasé bien
con ellas, al menos puedo imaginar que tengo amigas. Peor es… seguir
sola. Así fue en Primaria… nunca tuve amigos. Valga abuelo, y su dinero,
si él supiera… Cómo se me ocurrió… Me duermo… Español mi abuelo…
Eso la impresionó. Ahorita amanece… Mi abuelo, ¡ciudadano español!
¿Cómo se lo creyeron? Abuelo no ha viajado a ningún país, jamás.
Extraño a papi… qué sueño”.
El viento se coló por la ventana y un pétalo de rosa que viajaba
con él, se posó en el rostro de Laura. Un pétalo rojo, suave como
terciopelo. Laura no lo notó. Abrazada a un conejo de peluche, dormía
profundamente.
Capítulo 9. Por culpa de Robin Hood
Desde que Laura asistió a la escuela usando prendas caras, su
vida se llenó de sorpresas agradables: Sabrina y Karen la trataban como
amiga, sus otros compañeros de aula querían hacer las tareas con ella,
los profesores la trataban con marcado respeto.
Un día, su padre se dirigía a su centro de trabajo cuando le
regalaron un libro que no le interesó. Decidió obsequiarlo a su hija. Como
no se había alejado mucho de su casa y era pronto para arribar a su
oficina, regresó al hogar. Entró a la habitación de Laura, que estaba en la
escuela en ese momento, y dejó el libro encima de la cama.
Frente a la cama, en el piso, brilló el tacón de un zapato celestial.
Wenceslao pestañeó cinco veces antes de acercarse a él. Por fin, lo alzó
como si fuera prueba de delito. Se acercó al armario ―que estaba
abierto― y pestañeó cinco veces más. Todavía con el zapato en la mano,
dio pasos de zombi hasta llegar donde Gertrudis, que pelaba ajos en la
cocina.
—¡Gertrudis!
—¿Qué?
—¡Gertrudis!
—¿Quéee?
—¡Gertrudis!
—¡Quéeeeeeeee!
—¡Mira lo que tiene la niña en su cuarto! ¡Está robando! ¡Nuestra
hija está robando!
—¿Qué inventas? ¡Yo se lo compré! —Gertrudis contempló el
zapato, un ajo escapó de sus manos.
—¡”Su marca tiene armario de ropa”! Quiero decir… ¡Su armario
tiene ropa de marca! ¿Con qué dinero, Gertrudis? ¡Carísima! ¡Ropa
carísima! No lo puedo creer. ¡Mi hija ladrona! No quiero ni pensar…
—¡Aguántate ahí, Wenceslao Pérez! ¡Amarrrrrrrra esa
lenguaaaaaaaaaa! ¡Qué a Laurita la he educado yooooooooo! ¡Y muy
decente qué es! ¿Ladrona mi hija? ¿Cómo te atreves? ¡Será tonta, fea,
insignificante! Pero ladrona, ¡jamás! ¡Mi hija no es pecaminosa!
—Es mi hija también…
—Escucha, Wenceslao Pérez. Qué por lo visto estás sordo. ¡Yo le
compré todo a la niña! Los zapatos... y todo lo demás. El dinero me lo dio
mi padre.
—¡Arquímedes!
—Ya sabes cómo es papá. Pasó por aquí, conversamos. —Gertrudis
se fue serenando—. Quiso ayudar a su nieta… Ya sabes lo buenazo qué
es. Él iba a decírtelo. No lo permití porque sabía que armarías este
show…
—¿Un show? ¿Eso crees? ¡Mantener económicamente a mi hija es
mi responsabilidad!
Gertrudis lo miró con tal frialdad que un escalofrío recorrió la
espalda de Wenceslao.
—Mi salario es bajo, mujer… Ya sabes, hago lo que puedo...
—Si fuera sólo eso; pero nunca estás en casa. Contigo no puedo
contar para nada.
—¿De dónde Arquímedes sacó el dinero? —Él recobró la firmeza—.
Dime, Gertrudis. Ese armario parece una boutique.
—¡No me interesa! Laurita ahora viste como niña rica. ¡Es lo que
importa!
—Pero, ¿te das cuenta de lo que has dicho? “Niña rica”. No seas
ridícula. ¡Estás viendo muchas telenovelas! Además, ¿de dónde mi suegro
sacó el dinero? ¿No te llama la atención? Ya su tierra no produce. Está
jubilado…
—Serían sus ahorros de toda la vida —opinó Gertrudis—. ¿Sabes
qué me llama la atención? Qué no te hayas dado cuenta de cómo se viste
tu hija… ¡Tres meses, Wenceslao! Laurita lleva tres meses usando tenis
de marca, llevándose merienda de la buena, para la escuela; usa argollas
de oro, perfume caro…. Y no te diste cuenta, hasta hoy. ¿Y cómo es
posible? ¿Cómo? ¡Porque llegas tardísimo! ¡Y te vas al amanecer!
—No cambies de tema, Gertrudis. Esa historia del dinero es
preocupante. No creo que Arquímedes haya podido ahorrar tanto. Debo
hablar con él…
—Le dije a Laurita que tuviera cuidado. Ella se cambiaba apenas
llegaba. Tú no acostumbras entrar a su cuarto, no ibas a mirar en su
armario. —Gertrudis respiró profundo y continuó—. ¡Da vergüenza,
Wenceslao, qué no te fijes en tu hija!
—¡Gertrudis! ¡Mis principios no me lo permiten! No es correcto de
mi parte aceptar ese dinero. Más aún cuando ignoro su procedencia.
Ese día, cuando Laura regresó de la escuela, sus padres la
esperaban en la sala. Wenceslao decretó que no podía seguir usando
ropa, zapatos y demás objetos comprados con dinero de Arquímedes. De
mala gana, Gertrudis aprobó la decisión.
Laura se escondió en su cuarto. No saldría de él hasta la mañana
siguiente.
Las casualidades son difíciles de explicar. Si el libro que le
regalaron a Wenceslao hubiera sido de su agrado, no habría regresado
temprano a casa, ese día. No habría entrado a la habitación de su hija y,
por tanto, seguiría sin descubrir sus nuevas y llamativas pertenencias. No
se hubiera enterado de que Arquímedes pagaba regalos a Laura, quien
seguiría disfrutando de sus tenis de marca y sus muchos acontecimientos
felices. Pero el libro en cuestión no interesó a Wenceslao, quien decidió
obsequiarlo a su hija sin pérdida de tiempo.
El libro se titulaba Robin Hood.
Por culpa de Robin Hood, Laura lloró esa noche.
Capítulo 10. Cenicienta sin hada madrina
Cuando Laura despertó, tuvo miedo de mirarse al espejo.
Por fin, reflejó su rostro en el cristal. Vio una nariz de payaso, ojos
achinados y profundas ojeras. Así no podía presentarse en la escuela.
¿Qué haría?
Se bajó de la cama. Estuvo un tiempo en el cuarto de baño; salió
bañada y perfumada. Se vistió con su uniforme escolar, continuó con la
rutina de siempre… Entonces se armó de cosméticos.
—En la escuela no dejan pintarse —murmuró—. Pero un poquito
de maquillaje… no se notará.
Con un poco de corrector disimuló sus ojeras. Unos brochazos de
talco facial mejoraron su semblante (aunque no apaciguaron su nariz
enrojecida). Por último, pintó sus hinchados labios de marrón claro. De
nuevo se miró al espejo.
—A quién voy a engañar. ¡Sigo fatal!
Caminó de un lado a otro; miró el reloj de su mesita de noche;
sacudió las manos…
“Qué importa mi cara, es lo de menos” —pensó—. “Llevo mis tenis
viejos, mi mochila desteñida… ¿Qué haré? ¿Por qué papi me hizo esto?”
Laura suspiró angustiada. Su armario aún guardaba las cosas
pagadas por su abuelo. Debía vencer la tentación de usar aquellas
prendas. ¿Qué destino le darían a aquel tesoro? Su padre era capaz de
devolverlo a Arquímedes. ¿Qué haría el anciano con carteras, vestidos,
aretes…? Ella no tenía idea.
Marchó a la escuela más temprano de lo habitual —no quería
encontrarse con Sabrina—. La hija de María Victoria nunca había dejado
de acompañarla en aquella caminata. Fuera por un pedido de sus madres
o por su propio deseo, aquel acto de recorrer juntas el camino a la
escuela se había convertido en ritual. Ninguna había faltado a la cita. Sin
embargo, ese día Laura estaba por encima de las circunstancias.
Laura llegó a su aula y se dejó caer en su pupitre. Se encontraba
únicamente el profesor de Historia, quien clavó la vista en su mochila,
aretes, tenis; murmuró un “buen día” y la ignoró.
Enseguida arribaron sus compañeros de estudio.
La clase no comenzaba…
Marco Antonio, un muchacho alto y corpulento que tenía una
vocecita chillona, dijo a Laura:
—¿Robaron en tu casa? —y sin esperar respuesta añadió—:
¡Vengan! ¡Vengan todos! ¡Robaron en casa de Laura! ¡Le llevaron sus
tenis, la mochila! ¡Todo! ¡Tooooooooodo!
Un grupo los rodeó al instante.
—¿Cómo fue? ¿Tus padres avisaron a la policía? —preguntó Karen.
Laura contestó:
—No. ¡No! No pasó nada, simplemente…
—¿Cómo que “nada”? —dijo una muchacha de noveno grado que
andaba de visita en el aula—. Mira, chiquilla, los tenis que traías los
conoce la escuela entera, se “llaman” Nike. Si no te los robaron, ¿qué les
pasó?
—¡Sí! ¿Qué les pasó? —repitieron algunos.
—¡A callar! —ordenó Sabrina, que había observado la escena en
silencio—. Laura, venía a hablar contigo cuando Marco Antonio se me
adelantó. Y luego, con tanto barullo no me han dejado opinar… ¿Por qué
no me esperaste para venir, como siempre? Me preocupé mucho. Y de
verdad, amiga, ¿dónde están tus cosas? —y añadió, dirigiéndose al grupo
—: ¡Atiendan todos! Si Laura ha vuelto a vestirse como espantapájaros,
alguna razón tendrá. —Se volteó hacia Laura, que tenía mejillas y orejas
encendidas, y dijo—: Amiga, nadie más te va a interrumpir. Cuéntanos,
¿qué problema tuviste? ¿Te podemos ayudar?
Laura bajó la cabeza, aturdida; pero enseguida dejó a un lado su
timidez y contestó:
—No han robado en mi casa. Mi papá no quiere que use las cosas
que me compraron con dinero de abuelo. Papi se molestó. Se enojó
mucho porque… Le oí decir que es una cuestión de principios. ¡Todo es
una cuestión de principios! Papi no sabía que abuelo pagaba mis cosas.
Ahora no puedo usar nada de lo que mi abuelo pagó.
El desconcierto inundó el salón. Pero no por mucho tiempo.
—Vaya cuento, Laura —opinó Marco Antonio—. ¿Qué padre se va a
molestar porque le regalen cosas a su hijo? ¡Ojalá mi abuelo me
comprara tenis de marca! ¡Mi papá lo abrazaría hasta exprimirlo!
Alguien rió exageradamente y calló enseguida. A Laura, aquella
risa le recordó el cacareo de una gallina clueca.
—Marco tiene razón —afirmó Karen—. Además, ¿por qué tu padre
te pidió eso, justo ahora? Llevas meses presumiendo con tenis de marca,
aretes de oro, mochila nueva… ¿Y tu papá se molesta, ahora? ¿Cómo no
iba a saber que tu abuelo pagaba todo? ¿Y quién suponía que pagaba tus
cosas?
—No, no lo sabía. Nunca me vio con los tenis, la mochila… todas
mis cosas nuevas. No sé cómo se enteró, porque yo guardé el secreto. Un
secreto mío y de mi mamá.
—Pero, ¿cómo no te vio nunca usando…? ¿Tu papá no vive
contigo? —la interrumpió Karen.
—¡Claro! ¡Vive conmigo y mi mamá! Pero es muy distraído y…
trabaja mucho. Es periodista. Casi nunca está en casa. Apenas se fija en…
—Esperaba más de ti, Laura —dijo Sabrina muy seria.
Todos miraron a Sabrina.
―Apenas te vi hoy, con esa cara de llanto, ¡porque se nota que
lloraste! —continuó Sabrina—, y con esos aretes plásticos, tus tenis
viejos… deduje que alguna tragedia había afectado a tu familia. ¡Pensé
que había enfermado tu abuelo! Imaginé a tus padres vendiendo tus
cosas para pagarle sus medicinas de España. Medicinas carísimas,
supongo. ¡De veras lo pensé, Laura! Qué habías llorado por tu abuelo…
—¿Fue por eso, Lauri? —dijo Karen preocupada—. ¿Se está
muriendo tu abuelito, el que vive en España? ¿Tienen que mandarle
dinero? Deben ser caras las medicinas de allá... La verdad es que, para
tener que mandarle dinero desde acá, el pobre… ¡Pero si es eso, lo
entendemos! Con la venta de tus tenis a lo mejor le pagan unos pañales
desechables. Porque a lo mejor no le da tiempo ir al baño y…
—¡Basta! ¡Mi abuelo está bien! —exclamó Laura enfadada—.
¡Abuelo está sano! Es más, ¡no sean entrometidos! ¡He dicho la verdad!
Si quieren, no me crean. ¡Pero no se metan en mi vida!
El grupo se dispersó. La joven de noveno grado hizo una mueca de
burla; se llevó unos audífonos a sus oídos y movió hombros y caderas
como si recibiera una descarga eléctrica. Enseguida se detuvo, y salió del
aula.
—¡Surgimiento de la civilización maya! —exclamó el profesor—.
¡Arriba, hemos perdido demasiado tiempo! ¡Cada cual a su pupitre!
Asunto: Surgimiento de la civilización maya. Sus principales
características. ¡Y se dejan de chismes! ¡Qué no escuche un comentario
más sobre Laura Pérez! ¡Aquí vienen a estudiar, no a chismear! ¡A
aprender sobre los mayas, los incas, los aztecas! ¡Ah! —El profesor miró
por una ventana y, totalmente ensimismado, se perdió en su discurso—.
¡Aaaaaaaaaaah! ¡Los azteeeeeeecas! Su origen se sitúa entre los grupos
hablantes de náhuatl, del norte del actual México. ¡El imperio azteca!,
llamado por sus súbditos Triple Alianza, fue una alianza militar de tres
ciudades. Pero más apasionante es la historia de los mayas.
¡Aaaaaaaaaaah! ¡Los maaaaaaaaaayas! La civilización maya se desarrolló
dentro del área cultural mesoamericana…
Mientras el profesor hablaba, la mitad de sus alumnos se enviaba
mensajes a través de celulares. Los demás, dibujaban en libros de textos.
No veían al profesor… no, ni siquiera lo oían.
Capítulo 11. Aslan
Después del incidente de la clase de Historia, casi nadie le volvió a
hablar a Laura. Los maestros se dirigían a ella, únicamente, al pasar la
lista de asistencia o al informarle la calificación de una prueba. Adiós
invitaciones para ir de compras, adiós sonrisas y saludos.
Laura ardía de indignación.
¡Qué la ignoraran no tenía sentido! En esa escuela, nadie conocía
su pasado. No podían identificarla como la niña que rechazaba a la gente
por creerla pecaminosa. Su madre ya no la ridiculizaba ante sus
compañeros, Gertrudis sólo hablaba de los pecaminosos en casa (tiempo
hacía que aquel asunto se había tornado inofensivo).
Entonces, ¿por qué la indiferencia?
Mientras usó sus artículos de lujo, la gente buscó su trato. Ahora
que mostraba su antigua imagen, de nuevo la ignoraban.
Laura sabía que la rodeaban personas banales y materialistas.
Hasta ella se había vuelto banal y materialista. ¡El mundo era banal y
materialista! Sin embargo, le costaba aceptar esa realidad. “Andar mal
vestida no es motivo para que me nieguen la palabra” ―pensaba―.
Entendía que, en tal situación, jamás sería popular en su escuela;
pero qué nadie la saludara… ¡resultaba exagerado!
A finales de junio, Laura olvidó el asunto de la indiferencia. ¡Qué
la ignorara Dios! Le daba igual. Se había acostumbrado a su vida de
paria.
Días después, asistió al acto de fin de curso escolar. La directora
improvisó una arenga que trataba sobre el futuro del planeta y el
universo. Y sobre estudiantes que daban lo mejor de sí y detenían el
calentamiento global, y llegaban a Marte y descubrían curas para
decenas de enfermedades y se fajaban con extraterrestres y volvían
triunfantes a la Tierra y seguían estudiando para pasar de grado y no se
olvidaban de comer ensalada de tomates por ser bueno para la salud, al
igual que el pepino, la espinaca y los frijoles.
Nadie entendió nada. Al culminar dijo: “¡felices vacaciones!”, y
alumnos y maestros exclamaron un “¡gracias!” tan enérgico que la
directora quedó convencida de que su discurso había calado hondo en
sus almas.
El curso había terminado. Una manada de muchachos salió
disparada hacia la calle. Laura esperó a que el tumulto se disipara,
entonces caminó hacia la salida. Sentía un alivio infinito.
¡No más Sabrina, Karen y el resto de los chicos fastidiosos de la
escuela! ¡Hasta septiembre! ¡No verlos hasta septiembre! ¡Qué buena
noticia! ¡Qué fantástica realidad!
Laura se dirigió a su casa.
Por el camino atravesó un parque. Muchos niños jugaban allí,
festejando el inicio de las vacaciones de verano.
Los padres vigilaban a sus hijos desde los bancos, conversando de
mil temas. Un heladero había parqueado su carrito de helados muy cerca
y pregonaba sus ofertas. Laura buscó con la vista al heladero y quedó
sorprendida. Al lado del carrito estaba echado un perro.
Tenía el pelaje gris y blanco; los ojos de color azul celeste. Era un
huski siberiano. Laura se le acercó.
“Tú otra vez, mi perrito de Alaska”, pensó mientras acariciaba su
cabeza. “Hace mucho de aquella mañana de invierno. Eres manso, como
el león de Narnia. ¿Sabes? Te llamaré igual. ¡A partir de ahora, eres mi
Aslan!”.
De súbito, el perro se lanzó a correr. Laura lo siguió emocionada.
Aslan se escabulló por una calle. Ella lo alcanzó; mas, enseguida lo
perdió de vista. Miró alrededor: niños, madres, pregoneros, turistas...
Había un hombre vendiendo globos en una acera y se le abalanzó un
tropel de niños.
Laura no encontraba a Aslan. De pronto, ¡lo vio echado cerca del
vendedor! Una anciana miró de reojo al perro y dijo, en voz muy alta, que
alguien debería atraparlo y llevarlo a la perrera, pues lucía peligroso.
Sin duda, el aspecto de Aslan resultaba imponente, parecía un
animal fiero. Laura se acercó con rapidez al can, dispuesta a intervenir
en su favor. Si alguien intentaba atraparlo, diría que era su dueña y lo
llevaría a un lugar seguro.
No hizo falta su mediación. Aslan echó a correr de nuevo, esta vez
a paso lento, y Laura pudo seguirlo.
De súbito, el perro se escurrió por un agujero que destacaba en la
parte baja de una cerca. La cerca rodeaba un extenso jardín. Laura se
asomó por el agujero, murmurando:
—Se escapó otra vez. ¿Será que Aslan vive aquí?
El orificio era pequeño para permitir su entrada, de lo contrario…
—¡Debo hallarlo! —dijo y recorrió la cerca.
Llegó al portal de la vivienda a la que pertenecía el jardín.
“¡La casa de Rip van Winkle!”, pensó. “¿Rip es el dueño de Aslan?
Creí que el otro viejito era su dueño, el que iba en pijama y sombrero de
mariachi… No entiendo nada”.
Laura alcanzó un aldabón y con él golpeó, tímida, la puerta. A
cada lado de la puerta había un gnomo de piedra.
Un eco se perdió en el interior de la casa.
Pasos...
¿Escuchó pasos?
Definitivamente, pasos.
—El viejo Rip —murmuró Laura y mordió la uña de su dedo
pulgar.
Capítulo 12. La propuesta de Rip van Winkle
Laura sabía mucho sobre “el viejo Rip van Winkle”.
En realidad, se llamaba Pascual y había vivido con su familia en
aquella casa. Un día, sus familiares se mudaron a Estados Unidos de
América. Apenas llegaron, lo llamaron por teléfono.
―¡Estamos bien! ¡Pronto iremos a buscarte! ―le dijeron.
Al escucharlos, Pascual sintió alegría y tristeza a la vez. Alegría de
saber que estaban bien, tristeza porque no los vería en mucho tiempo.
Nunca se alejaría de Cuba. Ni por un minuto.
Pascual guardaba en su corazón un amor dividido. Un poco
pertenecía a su familia; un poco a la tierra donde vivía. Si no disfrutaba
de ambas, enfermaba de nostalgia.
Sin embargo, sus parientes se habían alejado de él.
Tenía la sensación de estar atrapado en un pantano de melancolía.
Cada vez que intentaba salvarse, se hundía más. Alguien debía ayudarlo,
pero estaba solo.
Aquella vez, conversando con su familia por teléfono, tomó una
extraña decisión. ¡Se iría de su casa!
No marcharía lejos, ni siquiera atravesaría los límites de su
provincia.
¿A dónde iría?
¿Cuándo retornaría?
Sólo sus familiares, en Estados Unidos, conocían las respuestas.
Pascual se fue en medio de un aguacero, vestido con sus mejores
ropas y cubriéndose con un enorme paraguas.
Pasaron cinco años… Entonces regresó. Llevaba una larga barba
ceniza, el cabello hirsuto, la mirada perdida. De tan flaco y mal vestido
parecía un espantapájaros.
Cuando Laura se enteró de que Pascual había vuelto, pensó en el
personaje Rip van Winkle, de quien leyó en un cuento.
Rip van Winkle ―hombre apático y melancólico― huyó a las
montañas y bajo un árbol se quedó dormido. Despertó veinte años
después, con la piel surcada de arrugas y el largo cabello cubierto de
hojas secas. Al volver a su hogar, nadie lo reconoció.
Tras cinco años de ausencia, a Laura también le costó trabajo
reconocer a Pascual, quien no se parecía al hombre pulcro y elegante que
vio muchas veces, sentado en el portal de aquella casa. Desde entonces,
cuando Laura hablaba de él, sin darse cuenta lo nombraba Rip van
Winkle (hablaba sobre él a Karen y Sabrina, en la época en que aquellas
la trataban como amiga).
Laura también sabía que Pascual había sido: profesor de
Educación Física, cinturón negro en kárate, experimentado ajedrecista y,
por si fuera poco, comentarista deportivo en un programa de televisión.
Esto se lo había escuchado decir a Wenceslao, que había sido alumno de
Pascual y sentía admiración por él. Wenceslao hablaba de Pascual a
menudo, mientras cenaba con ella y Gertrudis.
―El viejo Rip… ―murmuró Laura soltando el aldabón y, sin darse
cuenta, mordió la uña de su dedo pulgar.
La puerta chirrió al abrirse. Sobre el piso del portal se extendió
una sombra fantasmagórica. Del interior de la casa huyó un viento
poderoso.
―¡Cuidado, o volarás como un papalote! ―bromeó Pascual y
agregó―: ¡Hola!
―¡Hola! ―Laura estaba nerviosa; intentó recordar por qué había
tocado a la puerta.
―¡Hola! ―repitió él.
―Estoy aquí por el perro ―dijo Laura espabilándose.
―Y yo por Mariana.
―¿Quién es… Mariana?
―¿De qué perro hablas?
―Disculpe, debí explicarme. Vi a un perro entrar en su jardín. Un
huski siberiano. ¿Es suyo, acaso?
―Mariana dejó un pastor alemán… de juguete. ¿Te sirve igual?
―bromeó el anciano.
Laura no se inmutó.
―No, quiero a Aslan. Es el nombre que le puse… No sé de quién
es. Me gustaría quedarme con él. Si mis padres estuvieran de acuerdo,
claro.
―Tu papá estará de acuerdo, le encantan los animales.
―¿Se acuerda de él?
―¿De Wenceslao? ¡Por supuesto! ¡Era malísimo en deportes! Eso
no se olvida.
―Mi papá habla de usted a menudo. Lo aprecia mucho.
―¿Te habló de La Biblioteca Galáctica?
Laura sintió cosquillas en su estómago. Le sucedía cuando estaba
sumamente entusiasmada.
―No. ¿Qué es una biblioteca galáctica? Nunca he estado en una.
―Existe, sin embargo. ―Pascual apoyó una mano en la pared.
Miró hacia un país perdido en su memoria―. Y es imposible no dedicarse
a leer cuando estás en ella. No es una biblioteca cualquiera. ¡Te aseguro
que no! ¡Te transporta a Marte, Saturno! ¡A la constelación de
Andrómeda, o hasta el fin del Universo! ―Los ojos del anciano
brillaban―. No por gusto es La Biblioteca Galáctica.
―Eso no es posible ―sentenció Laura―. No existe biblioteca así.
Sería mágica, y la magia no…
―¿Qué no existe? ―gritó Pascual―. ¿No existen las casas
ecológicas?
―Sí… sí. Vi un documental sobre ellas. ―Laura estaba
consternada.
―¿Y los buques submarinos?
―Claro, Pascual. Pero no entiendo qué tienen que ver con… con
su biblioteca.
―¿Existen los aviones supersónicos?
―Bueno… no sé qué significa “supersónico”.
―Investiga, criatura. Los aviones supersónicos provocan envidia
en los seres extraterrestres, que sólo cuentan con sus vulgares naves
espaciales. ¿Existen los edificios rascacielos?
―Sí, Pascual.
―Y si existen casas ecológicas, buques submarinos, aviones
supersónicos y edificios rascacielos… ¿No puede existir una biblioteca
galáctica?
Laura suspiró, cansada de tanta cháchara.
―Supongo que sí, Pascual ―concluyó.
―¿Y un parque jurásico? ¿Me dirás que no existe? ―arremetió
Pascual, frunciendo el ceño.
―¡Oh, no! ―exclamó Laura categórica―. ¡Eso es cosa de
películas! ¡No hay parques jurásicos! ¡Los dinosaurios se extinguieron!
―¡Estoy bromeando! ―aclaró Pascual―. Qué carismática es la
hija de Wenceslao… A todas estas, ¿te llamas?
―Laura.
―Curioso. Te he visto desde que eras pequeña, cuando ibas a la
escuela. Vives cerca. Eres hija de mi antiguo alumno Wenceslao. Pero no
sabía tu nombre. El de tu madre, sí. Se llama Genoveva.
―Se llama Gertrudis.
―Bueno, pues… Gertrudis. ¡Qué nombre más horroroso! Aunque
Genoveva sería peor.
―¿No vio a un perro entrar en su jardín, hace un momento?
―insistió Laura.
―No.
―Lástima. Si andaba perdido, me hubiera gustado quedarme con
él. Hasta luego, Rip. ¡Quiero decir!, hasta luego, Pascual. Debo irme.
Él se apuró en decir:
―¿Me ayudarías a limpiar La Biblioteca Galáctica? Se ha llenado
de polvo… ¡compré libros nuevos! Hay que organizarlos alfabéticamente,
según los títulos; pero no veo bien, apenas entiendo lo que leo.
Laura dudó un instante.
―Lo ayudaré. Si mi madre me da permiso, claro.
―¡Sí! ¡Sí! ¡No hay tiempo que perder! ¡Pronto! ¡Pronto! ¡Ella
vendrá pronto!
―Ella… ¿Quién?
―¡Querrá ver su biblioteca! ¡Y no está como la dejó!
―¿De quién es la biblioteca, Pascual?
―¡Fue su idea! ¡No hay tiempo que perder!
―Pero… ¿de quién me habla, Pascual?
―¡De Mariana! ¡La Biblioteca Galáctica es de Mariana! ―exclamó
el anciano y cerró la puerta de golpe.
Laura se encogió de hombros.
Miró a las estatuas que custodiaban la puerta. Aquellos gnomos
pétreos, de tan expresivos, parecían haber escuchado la conversación;
sus rasgos eran tan humanos y bellos que podían considerarse obras de
arte. Eran eso, o gnomos verdaderos paralizados por un hechizo.
“Qué extraña mañana” ―pensó―. “Aslan aparece y desaparece.
Pascual afirma tener una biblioteca galáctica… ¿Y Mariana? ¿Será su
hija?”
Salió del portal y retomó el camino a su casa. Vaticinó un
aguacero inminente, pues nubes oscuras habían surcado el cielo y el olor
a tierra húmeda se esparcía por doquier.
En efecto, la lluvia la alcanzó casi al llegar a su hogar. Laura
portaba una sombrilla; mas, no la abrió.
Se quedó inmóvil bajo el agua que arreciaba. Las gruesas gotas
eran tibias, agradables; acariciaron su cuerpo. Disfrutó, entonces, de una
sensación nueva: la de paz interior. Aquella tranquila alegría inundó su
alma por unos segundos, haciéndola olvidar su vida gris y solitaria.
¡Dicha! ¡Amor! ¡Esperanza! Todo eso conoció en aquel instante. Laura se
asombró de que una simple lluvia le transmitiera tantas cosas buenas, y
reparó en que era la primera vez en su vida que se bañaba en un
aguacero, pues su madre se lo tenía prohibido.
Laura se arrepintió de haber sido obediente. Miró su casa, frente a
ella, y deseó no entrar.
―Mami… ―susurró.
El miedo desplazó a la paz. En su cuerpo se activó el movimiento,
y como robot se adentró en su casa.
Fuera, la poderosa lluvia limpiaba todo, bendecía todo, arrullaba a
los árboles, jugaba en las calles, le recordaba a la gente que Dios existía.
Capítulo 13. La Biblioteca Galáctica
Gertrudis reprendió a su hija al verla mojada por la lluvia. Laura
quiso explicarse, pero su madre no la dejó. La chica aguantó en silencio
que le dijera “irresponsable”, “anormal”, “estúpida”… Cuando la mujer se
calmó, Laura confesó que se había bañado en el aguacero por capricho,
porque nunca antes lo había hecho y deseó experimentar esa vivencia.
También le contó, resumidamente, su encuentro con Pascual y cuánto
deseaba ella acudir a su biblioteca.
Gertrudis, que se estaba tomando un descanso para continuar el
regaño, quedó sin palabras ante el testimonio de Laura, en especial, ante
su petición de visitar la casa del vecino. Le tomó un largo minuto
reponerse del estupor. Cuando lo hizo…
―¿Te volviste loca, criatura? Es lo que siempre digo… ―Gertrudis
tocó con su dedo índice la sien de su hija―. ¡Tienes basura en la cabeza!
¡Claro que no puedes irrrrrrrr, Laura Pérez Garcíaaaaaaa! ¿Cómo se te
ocurre visitar la casa de ese hombre? Dice la gente que está loco. ¡Qué
desapareció una pila de años y apareció, sin más ni más! Yo no sé tu
padre, qué tan bien habla de él… pero a mí no me convence. Ese Pascual
es un vecino raro, un pecaminoso. Un hombre que se va así y no da
explicaciones… ¡Ese hombre oculta algo!
―¡No oculta nada! ¡Y es una verdad de Perogrullo que Pascual no
está demente! ―intervino Wenceslao, dejando a su esposa e hija atónitas.
―¿Qué haces aquí? ―preguntó Gertrudis―. Nunca estás cuando
te necesito. Apareces sólo para fastidiarme.
―Fumigaron mi oficina, terminaré mis artículos aquí. ¡Mosquitos!
Nos “atacan” por todas partes… Por el camino me sorprendió este
aguacero. Valga que traía mi paraguas. Se puede saber, mujer, ¿a qué se
debe tu disertación sobre Pascual?
―¡Déjate de palabritas finas! Entre el “Perogrullo” ese y la
“disertación”… ¡quieres ridiculizarme! ¡No habré ido a la universidad,
Wenceslao Pérez, pero no soy ignorante! Hablaba de Pascual por culpa
de tu hija…
―Explícate, Laura ―ordenó Wenceslao―. Por cierto, hija, ¿está
rota tu sombrilla? Estás empapada.
Laura sintió miedo. ¿La reprendería también su padre?
―Conversé con Pascual… de casualidad ―contestó con un hilillo
de voz―. Me dijo que tiene una biblioteca… Pidió mi ayuda para limpiarla
y organizar sus libros. Y lo de bañarme en el aguacero fue porque…
bueno…
―¡Pascual tiene una biblioteca! Debí suponerlo, mi antiguo
maestro es un lector voraz. ¡Debe ser el guardián de cientos de joyas
literarias! ¡Una biblioteca alucinante, es la que debe tener! Claro que
puedes ir ―concluyó Wenceslao.
―¡Por encima de mi cadáver! ―decretó Gertrudis―. ¿Te has
vuelto loco, Wenceslao? Sé quién es Pascual, vive cerca de aquí. ¡Pero no
confío en él! Por más cosas que nos hayas contado del viejo ese… ¿Cómo
vamos a dejar que nuestra hija vaya a casa de un extraño? ¡Debe ser un
pecaminoso!
―Gertrudis, controla tu paranoia. Conozco a mi antiguo maestro.
Es un hombre decente.
―¿Cuándo fue la última vez que hablaste con Pascual? ―inquirió
la mujer, con aires de detective.
―Hace un par de años, justo antes de que él… se fuera.
―¡Por la Santa Mantequilla de Maní! ¡A eso quería llegar! Me
tendrás que dar la razón. Ese hombre desapareció y apareció
misteriosamente…
―¿Cuál es el misterio? ―dijo Wenceslao―. ¿Acaso debía informar
al barrio de su partida? Sólo se fue de viaje y regresó. Nada hay de raro
en ello…
―Regresó loco ―afirmó Gertrudis.
―Son habladurías de la gente, Gertrudis.
―¡Laura! ―exclamó la mujer―. Dale para tu cuarto a cambiarte,
con esa ropa mojada pescarás un catarro. Mira eso, nosotros aquí
hablando y este renacuajo sin cambiarse. ¡Te quedas allí hasta que te
llamemos!
Laura obedeció. Agradeció, para sus adentros, no tener que
presenciar la discusión. Cansada estaba de los pleitos de sus padres.
El debate sobre Pascual se extendió por una hora. Al cabo,
Gertrudis solicitó la presencia de su hija, como si estuvieran en un juicio
y pretendiera comunicar la sentencia. La joven acudió con cara de rea
asustada.
―Ayudarás a Pascual en su biblioteca. Irás cuántas veces sea
necesario ―le informó Wenceslao.
―Primero hablarás con ese hombre, cerciórate de que no está loco
―dijo Gertrudis dirigiéndose a su esposo―. ¡Y entra a la biblioteca esa,
capaz que sea un invento de Pascual! Me dices si hay mucho polvo, a
Laurita podría darle una alergia…
―Quedamos en que iré, Gertrudis. ¡No me lo repitas más! Con tal
de que estés tranquila, hoy mismo visitaré a Pascual. En definitiva, hace
rato que quería saludarlo…
―Y no se te ocurra volver a llevarme la contraria, Wenceslao
Pérez ―amenazó Gertrudis terriblemente serena―. Si últimamente te
dejo ganar las peleas, es porque no quiero ser “la mala de la película”.
Estoy pensando en la palabra “divorcio”. ¡Muy seriamente! Si no fuera
porque divorciarse es propio de pecaminosos… Pero lo juro, ¡por el
Sagrado Arroz Frito te juro!, no te dejo ganar una bronca más. Si el
divorcio es la solución para nosotros, ¡amén! ¡Y qué me espere el
infierno!
Con estas palabras Gertrudis dio por terminada la querella. El
silencio que sobrevino fue alivio para todos.
A la mañana siguiente, Laura sacudió la aldaba de la puerta de
Pascual. El anciano la recibió con entusiasmo; le comentó que Wenceslao
lo había visitado la noche anterior.
―Estuvimos conversando hasta tarde, de béisbol, de boxeo, los
amigos… ¡de la vida! Le encantó la biblioteca, ¡se llevó cuatro libros
prestados! Ya ves, fue su primer usuario desde que partió mi adorable
Mariana…
―¿Puedo ver la biblioteca? ―lo interrumpió Laura impaciente.
―¡Por supuesto! ¡Sígueme! ¡La Biblioteca Galáctica nos espera!
Habían estado hablando en la sala de la casa. Laura creyó que la
biblioteca estaría en el aposento siguiente. Para su contrariedad, no fue
así.
Irrumpieron en otra sala, donde muebles antiguos dormían bajo
sábanas. Tres repisas mostraban figuras de porcelana. De las paredes
colgaban múltiples retratos, y cortinas de encaje se movían impulsadas
por una misteriosa corriente de aire.
Pasaron a un magnífico comedor donde la mesa, moldeada en
ébano, tenía forma oval. Dos candelabros presidían una cena invisible
(ningún mueble de este local se escondía bajo sábanas). Daba la
impresión de haber sido ocupado momentos antes por comensales, pues
tenía ventanas abiertas, y un búcaro con jazmines frescos perfumaba el
lugar. Un alegre danzón se transmitía desde una radio.
Llegaron a la cocina. Se alzaban en ella tantos estantes con libros,
que la joven creyó haber llegado a la anhelada biblioteca.
―¡Bah! ―contestó Pascual tras un comentario que hizo ella al
respecto―. ¿Llamas biblioteca a esto? ¡Aguarda y verás!
Otra puerta, de madera tallada, se abrió ante ellos. ¡Había allí un
jardín espléndido!
―¡Qué belleza! ¡Me recuerda a la isla de Robinson Crusoe!
―exclamó Laura asombrada―. ¡Cuántas rosas! ¡Y orquídeas! ¿Cómo se
llaman aquellos árboles? Qué raro. Este jardín es más grande de lo que
parece. Desde la calle, no se ve tan grande. ¡Es un pedazo de bosque en
medio de la ciudad! ¿Dónde está el jardinero, Pascual?
―¿Jardinero? Mariana se ocupaba. Ahora, el jardín cuida de sí
mismo.
―¿Cómo? ¿Quién riega las plantas?
―Nadie. Cuando regresé, pensé que las plantas se habrían
muerto. En vez de eso, estaban frescas y vigorosas. Debe haber llovido
mucho, de lo contrario…
―¡Este lugar es magnífico! Dan ganas de vivir aquí. ¡Al aire libre!
Con una tienda de campaña tendría suficiente, y eso para cuando lloviera
nada más. Me la pasaría al aire libre el resto del tiempo. ¿Es una tontería
lo que digo, Pascual? Mi madre diría que es tontería...
―¡Por supuesto que no! Es una idea excelente. De hecho, hay
personas que tienen ese estilo de vida. En el Amazonas, y en el Congo,
hay comunidades que disfrutan el pleno contacto con la naturaleza. No
soportarían vivir en casas modernas, se conforman con sencillas
viviendas que fabrican, y casi todo el tiempo andan bajo árboles, navegan
ríos y escalan montañas. Viven al límite. Y no les va mal, como algunas
personas creen…
Mientras conversaban, recorrieron un largo sendero. A ambos
lados del camino, próximos al muro que contenía a aquel edén, se
alzaban magníficos framboyanes. Bajo su sombra, en la tierra colorada y
húmeda, se extendía un verde césped donde destacaban margaritas,
campanillas y violetas.
―Sigamos hablando de esto más tarde ―continuó Pascual―. ¡Aquí
está La Biblioteca Galáctica!
Al final del jardín, había una confortable cabaña a quien Pascual
acababa de señalar como La Biblioteca Galáctica.
―Es perfecta ―opinó Laura al verla―. ¡Preciosa! ¡Parece una
casita de cuento! ¡Y cuántas flores hay alrededor! Realmente es preciosa,
Pascual.
―Te advierto, te espera mucho trabajo ahí dentro.
―¡Entremos! ¡Entremos! ―dijo Laura entusiasmada.
Pascual empujó la puerta, que cedió ligera. El piso (de una madera
rojiza) causó eco tras sus pasos. El interior de la cabaña albergaba a un
salón ocupado por estantes repletos de libros. Las ventanas de la
biblioteca parecían portillos de barcos; todas estaban abiertas.
―¡Es fabulosa! ―exclamó Laura girando sobre sí misma―. ¡Qué
bien se está aquí!
―Te advierto ―dijo Pascual―, aquí reina la ciencia ficción.
―¡Es mi género favorito! ―dijo ella.
―Pensé que era la aventura. Como mencionaste a Robinson
Crusoe…
―¡Oh! No, no. Leo de todo; pero la ciencia ficción es lo mío.
¡Naves espaciales! ¡Viajes en el tiempo! ¡Robots!
―¡Experimentos! ¡Personas clonadas! ―agregó Pascual
sonriendo.
―¡Guerras cósmicas! ¡Extraterrestres! ―continuó ella.
―Debes ser una excelente lectora. Pues bien, te dejo a solas en La
Biblioteca Galáctica. Ya sabes por qué se llama así. ―Y Pascual le hizo un
guiño.
―¡Por supuesto! Leyendo estos libros viajaré entre galaxias, ¡con
mi imaginación!
―Así es. Estaré en la casa, Laura. Si necesitas algo, búscame.
Detrás de esta cabaña, contra el muro del fondo del jardín, encontrarás
escobas y otros implementos de limpieza. ―El anciano caminó hacia la
puerta. De repente, se volteó y dijo―: Gracias, Laura. Has llegado cuándo
más te necesitaba.
Pascual se fue, dejando a Laura pensativa.
La joven no se entretuvo demasiado. Aquella biblioteca pedía una
limpieza a gritos. Buscó la escoba y empezó a barrer. Algunos libros
habían caído de los estantes. Mientras limpiaba, los recogía y sacudía el
polvo de sus cubiertas.
―Y tú, ¿quién demonios eres? ―dijo un niño gordo, desde una
ventana.
Capítulo 14. El Gran Deivid
Del susto, a Laura se le cayó la escoba. Preguntó:
―¿Quién eres tú?
El niño gordo estaba comiendo un mango. Su cara era semejante a
una gran albóndiga, desde la cual, dos pequeños ojos como dos uvas
pasas miraban al mundo. Iba vestido con unos jeans de mezclilla azul, un
pulóver de extraño diseño y tenis nuevos. Portaba una argollita de oro en
su oreja izquierda; llevaba el rubio y corto cabello erizado.
―Respóndeme primero ―dijo él―. Llevo más tiempo que tú
viniendo a esta cabaña, eso me da “derecho de pertenencia”.
―¿Qué es “derecho de pertenencia”?
―Significa que esta cabaña me pertenece. Merezco saber quién se
está metiendo con ella.
―Te crees chistoso. No lo eres. Esta cabaña, que en realidad es La
Biblioteca Galáctica, pertenece a Pascual. Él me permitió venir. Me llamo
Laura, por cierto.
―Pascual… ¡Já! Ese viejo crazy…
―No está loco ―afirmó Laura.
―¿No sabes su historia? ―dijo el chico entrando al salón. Apoyó
una mano en la pared.
―¡Quita tu mano de ahí! ―gritó Laura―. ¡Estás embarrando esa
pared de mango!
El niño obedeció. Dijo:
―¿Embarrar? Sólo la decoré. Esta huella le queda muy bien. Por
cierto, me llamo El Gran Deivid.
―Quieres decir… David.
El muchacho dio una patada en el suelo y lanzó el mango fuera de
la cabaña.
―¡Prefiero mi nombre en inglés! Suena mejor. ¡Deivid!
―Entiendo ―dijo Laura despectiva―. Y lo de “Gran” es…
―¡Porque soy El Gran Deivid!
―¡Oh! “Razón que convence”. Entonces, Gran Deivid, ¿vives
cerca? ¿Por dónde entraste?
―Qué preguntona eres. Pues bien, aquí va mi autobiografía. Algún
día la publicaré y me haré famoso. Tú saldrás en los noticieros como mi
primera fan, la primera que supo de mis triunfos.
―¿Qué triunfos?
―¡Mis triunfos en el futuro! ¡Estás frente al mejor reggaetonero
del siglo! Es cuestión de que me descubran…
―¡Ah! Supones que algún famoso guiará tu carrera.
―Eres lista. Me estás cayendo bien. Te decía… no, no te he dicho.
¡Mi autobiografía será codiciada! Nací en Camagüey, en el seno de una
familia enemiga del reggaetón; pero así es la vida, los genios nacen, casi
siempre, en familias que no los merecen. En vacaciones emigro para la
casa de mi tía, aquí al lado, en este aburrido suburbio llamado Holguín.
Gracias por interrumpirme.
―No te he interrumpido. Por cierto, Holguín no es un suburbio.
―Me acabas de interrumpir. A los famosos los interrumpen
cuando hablan. Los molestan con preguntas. Así debe ser.
―No he pregunta…
―Te decía que en mis vacaciones a mis padres les entra un
“ataque de romanticismo”. Ellos son poetas y lo llaman de otro modo.
Para mí, no es otra cosa que un “ataque romántico”. De pronto, mami y
papi ven una flor y dicen que es romántica, miran una nube y es
romántica, una escoba es romántica, un orinal… lo mismo. ¡A todo eso le
escriben poemas! ¿Sabes? Mi papá ganó un premio literario por su Oda a
una hormiga rabiosa. Fue cuando descubrió que las hormigas bravas
eran románticas. A veces, me dicen que les parecería romántico
extrañarme. Por eso me mandan cada verano con mi tía, para
extrañarme. Papi viaja con nosotros; apenas nos deja aquí, en casa de tía,
regresa a Camagüey.
―¿Con “nosotros”? ―Laura se sentó en un taburete. Aquella
historia debía escucharla con comodidad―. ¿Quién más viene contigo?
―Viajo con “las pulgas”. Sí, sí. Leo la pregunta en tu cara. “Las
pulgas” son mis hermanas…
―Suerte qué tienes hermanas. Soy hija única.
―No las conoces. Son una plaga. Se me pegan como si yo fuera
perro. Mis padres prefieren extrañarlas a ellas también, y me las mandan
de equipaje. Aquí venimos a parar los tres, de julio a septiembre. En
septiembre acaba la “temporada romántica” de mis progenitores.
―Y tus hermanas…
―Dallimí y Dallibet. Gemelas. Nueve años. Yo tengo once. ¿Otra
pregunta?
―¡Oh, no! ¡Ninguna! En todo caso, una propuesta. ¿Me ayudas?
―¿A qué? ―dijo Deivid sorprendido.
―A limpiar, sacudir libreros, barrer… Y, de hecho, a limpiar la
“hermosa decoración” que hiciste en la pared.
―Depende.
―¿De… qué?
―De cuánto me pagues. Tres dólares estaría bien.
―¡Pagarte! ¡No hablas en serio! ―Laura se puso de pie―. No
pienso pagarte. Si no me vas a ayudar, ¡vete! ¡Fuera!
―Está bien, está bien… ¡No me gruñas! Te dejo con tu biblioteca.
―¿Ahora es mi biblioteca? Para limpiarla, sí. Ya veo.
―La descubrí ayer. Eso me da “derecho de pertenencia”. Salté por
el muro del fondo y exploré este jardín, cabaña incluida. Pero te cedo mi
derecho. Si incluye deberes… no la quiero. Limpiar, sacudir… ¡Bah!
¿Quién ha visto a un reggaetonero haciendo cosas de mujeres?
―Encima de interesado, eres machista.
Deivid salió. Se asomó por una ventanilla y besó el aire.
―¡Para ti! ¡Preciosa! ―dijo y se fue.
Laura quedó petrificada. Al cabo de un minuto, murmuró:
―Qué tonta soy. Tuve que decirle algo... Lanzarme un beso a mí.
¡Sinvergüenza! Vaya “Gran Deivid”. ¡Un gran vago y machista es lo que
es!
Y empuñó la escoba con tanta rabia, que en poco tiempo quedó
limpio el piso.
Capítulo 15. Laura, cuentista profesional
La biblioteca estuvo lista una semana después. Laura trabajó cada
mañana. No sólo limpió, sino que organizó los libros por géneros. Reparó
algunas novelas (sus cubiertas estaban desprendidas) y se esmeró en
detalles que Pascual no imaginó: trasladó unas macetas sembradas de
helechos hasta el portal de la cabaña; se deshizo de un feo taburete que
había allí y, en su lugar, colocó dos graciosas mecedoras; colgó un
sonajero de cristal en el dintel de la puerta. Incluso el jardín embelleció
más, ya que podó algunas plantas y regó la tierra.
En los días siguientes dedicó sus mañanas a leer en aquel lugar.
Disfrutaba no sólo de la lectura, sino del hermoso paisaje que ofrecía el
jardín, que, para mayor deleite suyo, era visitado a diario por mariposas.
Y nada alegraba más a Laura que ver a las mariposas volar sobre los
helechos, o entre las flores diminutas que asomaban entre la hierba.
Mariposas azules, pardas, amarillas, moradas y negras…
Así estaban las cosas cuando alguien interrumpió su lectura.
―¿Me das refresco?
¡Otra vez Deivid! Ella, sentada en la mecedora del portal ―con un
vaso de refresco en su mano derecha y una novela, en la izquierda―, hizo
una mueca.
―No. Pídele a Pascual. Él me brindó.
―Si voy con “el viejo crazy”, me echará a patadas. No me conoce.
A ti, por lo visto, te trata como a una reina. ¿A qué hora llegaste?
Madrugas como gallina.
―¿A qué vienes? Pensé que ya no te interesaba la biblioteca.
―Y no me interesa. Vengo por lo mangos de la mata de allá alante.
―Si Pascual te sorprende con los mangos y averigua dónde
vives… le dará las quejas a tu tía.
―No me verá. No me ha visto. Y tú no le dirás. Digo, no eres
soplona, ¿no?
Laura le dedicó una mirada terrible.
―No lo soy. Pero tarde o temprano te descubrirá. ―Y bebió un
largo sorbo de refresco.
Laura siguió leyendo, indiferente.
―Niña, pareces una estatua. ¿No te cansas de leer?
―No.
―¿Qué lees?
Laura colocó el vaso en el piso y cerró el libro.
―El hombre invisible ─dijo a secas.
―Suena importante. Debes ser inteligente. Seguro eres el
“cerebro” de tu aula.
―¿El… “cerebro”? Vaya forma de expresarte tienes. Pues, no. No
soy tan inteligente ―admitió avergonzada―. Matemática siempre me ha
dado trabajo, y en este curso… casi desapruebo Química. ¡No me gusta!
Donde saco el máximo es en Español, y en Historia. Hay una chica en mi
aula, ella… es inteligentísima. Obtiene la mejor calificación en todas las
asignaturas. Se llama Sabrina.
―Sabrina… ―repitió Deivid―. Así se llama una yegua en la serie
que estoy viendo.
Laura rió muchísimo. Hacía mucho que no reía. Dijo, casi sin
aliento:
―¡Una… una yegua! Pero… ¿qué serie es esa?
―Una de anime. La tengo aquí, en mi Tablet. Sabrina es la yegua
del increíble samurái Moyataku…
―Es un Tablet precioso ―confesó Laura, que había observado el
aparato (Deivid lo llevaba entre sus manos)―. Yo no… ―Y calló de golpe.
―¿No tienes Tablet?
―No.
―¡Bah!, pero tendrás celular, al menos… En él también puedes
ver series, y jugar y…
―No tengo celular.
Deivid prosiguió, con voz temblorosa:
―Y… ¿computadora?
Laura estaba colorada como fresa.
―Tampoco. Mi papá tiene una; pero no me la presta. La usa para
su trabajo. ¿Sabes? Hace poco pude haber tenido un celular, o un Tablet
o una computadora… pero el dinero del abuelo se acabó. Papi no quiso
que él siguiera pagándome cosas. De lo contrario, posiblemente tendría
un Tablet.
―Mi más sentido pésame. ¿Y qué historia es esa de tu abuelo y su
dinero?
―¡Qué pésame ni pésame! ¡No es para tanto! ―exclamó Laura
irritada―. Tengo libros, en mi casa. Tengo muchos. Y encima, Pascual me
presta los de aquí. Un libro entretiene como cualquiera de esos tarecos.
Deivid dijo, conmovido:
―No quise ofenderte. Puedo prestarte mi Tablet, si quieres.
―Gracias ―dijo Laura serenándose―. Pero no, de veras me
entretengo con los libros.
Deivid se había sentado en el piso del portal, frente a ella, y la
miró intensamente.
―Cuéntame algo de lo que has leído ―pidió.
―Pues… conozco muchas historias. ¿Qué has leído, tú?
―Los libros de la escuela. ¡Y porque son obligatorios! Nada tiene
de divertido leerse un cuaderno de Matemática.
―Pero en las escuelas, en sus bibliotecas, hay libros de cuentos…
―¡Bah! Leer me da dolor de cabeza. Hazme un cuento tú.
―“¡Un bebé apareció en la blanquísima arena de una playa!”
―comenzó Laura—. “Una red de pesca rodeaba su cuerpo desnudo.
Lloraba desconsolado.
Lo encontró un pescador. Al principio, creyó que un montón de
algas lo envolvía; pero no, era una red. Intentó cortarla con su filoso
cuchillo (cuidando no herir a la criatura); mas, la extraña malla no se
rompió. Era como si el bebé la hubiese portado desde su nacimiento. El
pescador llevó al muchacho hasta su casa. Él y su esposa ―que no tenían
hijos― lo adoptaron, locos de contento.”
―¿Y el tipo no intentó quitarle la red con otra cosa? Con una
tijera, no sé… ―interrumpió Deivid.
―Lo hizo, y con una navaja también. Fue en vano —dijo Laura y
continuó su historia―: “El niño, a quien nombraron Otaku, creció y junto
con él…”
―¿No lo estranguló la red? Si creció y aquella cosa no se le cayó
nunca...
―Déjame seguir, Deivid. Iba a contar, que la red creció junto con
el chico, de modo que no le hizo daño. “Otaku se hizo pescador y como
pescador se vestía; pero, en las partes de su cuerpo que la ropa no
cubría, resaltaba aquella malla misteriosa. Cuando Otaku cumplió veinte
años, dijo a sus padres que viajaría por el mundo para descubrir el modo
de librarse de aquella red. Y así lo hizo.
Llegó a un pueblo singular, donde la gente dormía de día. Al
anochecer... hombres y mujeres caminaban por las calles como zombis;
en vez de brazos tenían espadas que brillaban a la luz de la Luna. Otaku
se escondió en un granero abandonado; desde allí observó a dos jóvenes
que se batían en combate, empleando aquellas espadas...”
―¡Y se mataron sanguinariamente, y luego sus padres se fajaron
para vengar sus muertes... y después se fajó todo el puebloooooooooo y
no quedó nadieeeeeeee…! ―interrumpió Deivid otra vez.
―Sólo los jóvenes se enfrentaron, y sí, se dieron muerte ―aclaró
Laura―. “Al nacer el día, volvieron a tener brazos. Se adentraron en sus
casas, donde retomaron el sueño.”
―¿Y Otaku, qué hizo?
―Huyó en la primera oportunidad que tuvo, y arribó a un pueblo
gobernado por brujas...
―¡Brujas asesinas!
―Nooooo, Deivid. Aunque practicaban la magia negra, eran tan
buenas como hadas madrinas. ¡Y no me interrumpas más!
“Otaku les mostró su red. Ellas murmuraron palabras enigmáticas;
sin embargo, ningún conjuro logró romperla. Otaku marchó,
decepcionado, a otro pueblo, en busca de algún sabio que lo ayudara...
No halló ninguno. Pasaron siete años. Se embarcó en un navío con
destino al Ártico. En medio de una tormenta, el barco naufragó y Otaku
fue el único sobreviviente. Al cabo de tres días de aferrarse a un mástil
flotante, despertó en una playa conocida, cubierto de arena y algas.
Cubierto de algas y arena... mas, ¡no con la red! El molesto tejido
que envolvía a su cuerpo, se había desprendido y era arrastrado por las
olas, a la parte alta de la playa. Otaku le dijo adiós, aliviado, y la red se
alejó más y más, hacia lo profundo del mar…”
―¿Y nunca se había bañado en el mar?
―Muchas veces, Deivid.
―¿Y por qué no se le cayó antes, la red? Si lo que necesitaba era
mojarse con agua de mar…
―Nadie podría explicarlo. Quizás, necesitaba pasar todas esas
aventuras para romper el hechizo. Si aquello era un hechizo, claro...
Quizás, el agua del mar, ese día, contenía una sustancia rara que pudrió
la red… “La cuestión es que Otaku regresó feliz a su hogar, pues aquella
era su tierra. Sus padres celebraron su retorno con una fiesta
inolvidable.”
―¡Wow! ¡Eres un “monstruo” haciendo cuentos! ―dijo Deivid
aplaudiendo.
―¿Un… monstruo? ¿Tan mala soy, narrando? ―Laura se
entristeció.
―Quise decir que eres buenísima, ¡genial!, haciendo cuentos ―se
explicó Deivid―. Se me ocurre algo… ¡Una idea espectacular! Laura,
¿qué tal si pasamos una noche aquí, y nos contamos historias de miedo?
―¿Una noche aquí, en la biblioteca? Estás loco.
―¡Yo inventaría una historia horripilante, y tú otra! Luego
decidimos cuál cuento dio más miedo.
―¿Cómo voy a dormir fuera de mi casa? Mis padres no me
dejarían.
―¡Nos fugamos! ¡Nadie nos descubrirá! ¡Y antes que amanezca
volvemos a nuestras camas!
―Estás loco. No conoces a mi madre… Además, ¿una historia de
miedo? Prefiero una de ciencia ficción, es mi género favorito.
―¡El que sea, Laura! ¡Pero debe dar miedo! El que acabas de
contarme, ¿lo inventaste tú?
―¡Oh, no! Lo leí hace tiempo en un libro precioso que se titula…
―¡Vale! ¡Pero este tiene que ser inventado por uno mismo!
―¿Qué estoy diciendo? ―Laura se enojó consigo misma―. ¡No voy
a pasar una noche aquí, Deivid!
―¡Garantizo la merienda! ¡Y las linternas! ¡Y música tenebrosa!
Ya sabes, hay que crear el ambiente…
―Deivid, no sigas. No vendré. ¿Una noche entera? ¿En esta
cabaña? ¿Y si Pascual nos descubre?
―¡No lo sabrá, Laura! Nadie lo sabrá. Harás como yo: saltarás el
muro de aquí atrás y ¡zas!, el jardín es todo tuyo. Con su biblioteca,
claro…
―¿De noche? Andar por este jardín, tan oscuro… Habrá ranas y…
arañas…
―¡Ja! ¡Conque eso es! ¡Tienes miedo! Niña tienes que ser…
¡miedosa!
―¡No soy miedosa! Y para demostrártelo, vendré.
―Mañana a medianoche ―precisó Deivid―. Veremos quién hace
el cuento más aterrador. ¡Así que ranas…! ¡Y arañas y serpientes y leones
también!
―No te burles. Vendré, ya lo dije.
―Por la parte de atrás ―continuó Deivid, como si explicara una
operación militar―. El muro no es muy alto… Nos vemos a las doce de la
noche. ¡Genial! ¡Traeré a las pulgas!
―¿A tus hermanas?
―Tiraré una foto a sus caras asustadas… ¡Las publicaré en
Facebook! ¡Con el miedo que le tiene Dallimí a la oscuridad!
―¿Y tu tía? ¿Les dará permiso para venir?
―¡Primero llueve dinero antes de que nos dé permiso para algo!
Pero la tía no me preocupa. Se pasa día y noche viendo telenovelas… No
se da cuenta si salimos de casa. ¡Chao, princesa!
―¿Adónde vas? ―gritó Laura consternada (el muchacho se alejaba
con prisa).
―¡A preparar mi cuento! ¡Te ganaré!
Deivid escaló el muro del fondo y se fue.
―Pensándolo mejor, si hacemos lo de mañana… y mi mamá se
entera… ―murmuró Laura, de pie en el portal de la biblioteca―. ¿Por
qué le dije a Deivid…? No vendré. ¡Ni loca! ¡Y qué me diga cobarde!
Capítulo 16. Historia de Saraík y el colmillo de morsa
Laura se asombró de ver la calle tan concurrida. Muchos jóvenes
la transitaban, hablando alto y riendo con estrépito. Un perro salió de
entre unos sacos de basura y les ladró, y un muchacho agitó sus brazos y
pegó un grito para ahuyentarlo, logrando su propósito, salvo que, junto
con el animal, se asustó Laura.
El miedo de Laura no fue únicamente por el grito del muchacho.
Era noche cerrada. Jamás había salido sola, a esa hora, y el ambiente de
la ciudad no la confortaba.
Momentos antes, había esquivado fácilmente a su madre. Esa
noche, Gertrudis durmió temprano. La llave de la casa reposaba sobre la
mesa del comedor. Wenceslao se encontraba en Santiago de Cuba,
reportando en medio de un carnaval.
Laura tomó la llave. Silenciosa, caminó hasta la puerta de salida;
su mano tembló sobre el picaporte; abrió la puerta y la cerró tras ella.
Recorrió la calle con rapidez, mirando a todas partes, como en una
película de espías. Entonces ocurrió el incidente del perro y el muchacho.
Laura caminó con mayor prisa. Llegó al muro que rodeaba a la biblioteca;
puso un pie en una hendidura y, con bastante esfuerzo, pues no estaba
acostumbrada a semejante ejercicio, escaló la tapia y pasó al otro lado.
La tierra húmeda embarró sus piernas y manos. Se levantó;
sacudióse el churre y miró alrededor...
Su miedo se le antojó ridículo. Bajo la plateada luz de la Luna,
aquel lugar se veía más hermoso que bajo el Sol. Había un silencio
reconfortante. Dos cocuyos se paseaban entre helechos. Las plantas
bailaban al compás de la brisa, calmando el ánimo de quien las viera.
Laura corrió a la biblioteca. La estancia estaba iluminada. En
cuanto pisó el umbral de su puerta, la sorprendió un coro de voces.
―¡Llegó la cuentistaaaaaaaaaa!
Tres niños la miraban.
―¡Soy Dallimí, “La malvada hechicera de Pestelandia”! ―dijo una
niña disfrazada de bruja.
―¡Y yo Dallibet, “El terror de los siete mares”! ―exclamó otra
niña, disfrazada de pirata.
―¡”Las pulgas de la casa de al lado”! Es como se llaman, en
realidad ―aclaró Deivid.
―Mucho gusto. Soy Laura.
―David nos ha hablado de ti ―dijo Dallibet─. ¿Por qué no viniste
disfrazada?
Laura miró su pijama de dormir y sus chancletas verde
fosforescente.
―No sabía del disfraz... ―contestó―. No quedamos en eso. Veo
que Deivid tampoco se disfrazó.
―¡Soy un zombi! ―exclamó el muchacho―. ¿No es evidente? ―Y
extendió sus brazos hacia los lados. Llevaba ropas andrajosas y se había
embadurnado el rostro de talco.
―No lo pareces ―dijo Laura categórica―. Como ahora está de
moda andar con los pantalones llenos de huecos... y el pulóver al revés...
pensé... El talco es lo único raro.
―No luce aterrador, se lo dijimos ―afirmó Dallimí.
―Con un sombrero de yarey, al menos, sería un espantapájaros.
Pero no quiso ponérselo ―opinó Dallibet.
Deivid se sentó en el piso, al centro de la biblioteca, y exclamó:
―¡Soy un zombi! ¡He dicho! ¡Y empecemos de una vez! ¡Haré la
historia más aterradora!
Laura sonrió y se sentó junto a Deivid. Las gemelas la imitaron. En
el piso, con las piernas cruzadas, formaron un círculo alrededor de una
mochila que parecía presidir una ceremonia.
―Para que vean que pienso en todo, ahí está la evidencia ―dijo
Deivid señalando la mochila―. Tiene merienda para un batallón...
―¿Trajiste dulces? ―preguntó Laura.
―Sí ―contestó él―. Galleticas, caramelos, magdalenas y
bombones. ¡Y refresco de naranja! ¿Tienes hambre, Laura?
―¡No, no! Para nada... ―replicó Laura.
―Si quieres, merendamos antes de los cuentos ―sugirió Dallimí.
―¡Por mí, no hace falta! ―aclaró Laura ruborizada―. No tengo
hambre, tomé un vaso de leche antes de venir. Es que en casa no me
dejan probar dulces. Las pocas veces que los he comido, ha sido a
escondidas de mi madre.
―Pero, pastel habrás comido... ―dijo Dallibet sin dar crédito a lo
que acababa de oír.
―Y merenguitos ―añadió su hermana.
―Ni pastel ni merenguitos. En casa he tomado miel, porque mami
dice que es buena para subir las defensas. ¡Ah! Una vez, fui con unas
compañeras de clase a una cafetería donde comí bombones y un jugo de
manzana de lo más dulcecito. Porque hasta los jugos de frutas mi mamá
me los da casi sin azúcar.
―¡Infeliz! ―exclamó Dallibet conmovida―. Sí que es rara tu
madre. Mira que no dejarte comer dulces... ¿Y qué significa “subir las
defensas”? No estamos en guerra.
―Mi madre es una pesadilla ―confesó Laura―. Pero, no hablemos
de ella… ¡Mejor empezamos! ¡Estamos aquí por los cuentos!
―¡Empieza tú, Laura! Según mi hermano, has leído muchísimo
―dijo Dallibet―. Seguro inventas una historia fenomenal.
―No mejor que la mía ―aclaró Deivid frotándose las manos―.
Pero... okey. ¡Suelta la tuya, niña! ―le dijo a Laura―. ¡Empieza el duelo
entre cuentistas!
Laura posó una mirada enigmática sobre cada muchacho. Como
una Scheherezada, comenzó a narrar:
―“Saraík era una niña esquimal que vivía sola en su iglú. Su
familia había muerto, días antes, ahogada en el mar. Ella se defendía del
hambre manejando anzuelos y lanzas con los cuales pescaba y cazaba; se
abrigaba con ropa hecha de pieles de animales. Para jugar empleaba un
reluciente colmillo de morsa.”
―¿Cómo se juega con un colmillo de morsa? ―interrumpió
Dallimí.
―Se baila con él ―explicó Laura―. “En noches de Luna llena,
Saraík clavaba el colmillo de morsa en un montículo de nieve y danzaba a
su alrededor. Luego, lo agitaba, imitando los movimientos que hacía al
cazar un caribú. Así se entretenía una noche, cuando escuchó pasos. Se
volteó y descubrió asombrada a...”
―¡El abominable hombre de las nieves! ―exclamó Deivid
emocionado.
―¡A un oso polar enfurecido! ―exclamó Dallibet.
―¡Era la morsa, que vino a reclamar su colmillo! ―afirmó Dallimí.
―Dallimí, para quitarle el colmillo a esa morsa, tuvieron que
matarla ―dijo Deivid exaltado―. ¿Cómo iba a aparecer, luego, la misma
morsa? Sería su fantasma, en todo caso. Porque las morsas no usan
prótesis dentales, entérate. Si fuera así se habría quitado el colmillo
postizo y se lo hubiera regalado a Saraík. Pero, no hacen dentaduras
postizas a los animales. ¡Era El abominable hombre de las nieves!
¡Apuesto un dólar a que sí!
―Aquí no valen las apuestas ―aclaró Laura enojada, y
prosiguió―: “Ni Hombre de las Nieves, ni oso polar ni morsa. Saraík se
encontró con una extraterrestre.”
―¡Una extraterrestre! ―exclamaron las gemelas.
―Elemental, mis queridas “Watsonas” ―dijo Deivid con aire
doctoral―. Laura me leyó el pensamiento. Si no era El abominable
hombre de las nieves, mi segunda propuesta iba a ser, precisamente, un
extraterrestre. ¡Un alienígena amarillo, con ocho brazos, cuatro ojos y
escamas en la cabeza! ¿Verdad, Laura?
Laura sonrió, indulgente.
―Era una niña idéntica a Saraík ―contestó―; pero iba descalza y
casi desnuda, con un vestidito como el que usan las hadas. No parecía
tener frío.
―Con razón venía de otro planeta ―opinó Dallimí―. ¿Quién iría al
Polo Norte vestida así?
―”Me llamo Nuraík, dijo la extraterrestre” ―prosiguió Laura―.
“He viajado por muchas galaxias buscándote. Ven conmigo a mi nave
espacial, te invito a conocer mi planeta.
―¿Por qué somos iguales? ―preguntó Saraík―. Hasta nuestros
nombres se parecen. Me llamo Saraík.
―¡Porque soy tu doble! ―contestó la visitante―. Vengo del
planeta Belcor 62. Cada belcoriano tiene un terrícola que es idéntico a él.
Cuando las parejas se encuentran, se vuelven inmortales.
―¡Inmortales! ―una ola de alegría sacudió a Saraík―. Entonces...
¿viviré para siempre?
―Viviremos para siempre. ¡Vamos, mi nave flota cerca de aquí!
¡Viajaremos hasta Belcor 62!
―No iré. Este es mi hogar.
La extraterrestre quedó consternada; un brillo rojizo cubrió sus
ojos. Dijo:
―No entiendes. Para mantener nuestra inmortalidad debemos
vivir juntas. No pretenderás que viva en este horrible lugar. Te encantará
Belcor, te lo aseguro.
―Quédate, por favor ―insistió Saraík―. Viviremos eternamente
en mi reino de nieve; entre osos, morsas y caribús; en mi iglú
resplandeciente... ¡Qué maravilloso es tener un doble! ¡Ya no estaré sola!
―Saraík, recapacita. Mi planeta es superior a este lugar. No
puedo describirte su belleza, un terrícola no entendería. Tienes que
verlo. Acércate, quiero enseñarte algo.
Saraík no se movió. Nuraík, en cambio, avanzó unos pasos hacia
ella.
―Ven, Saraík, quiero enseñarte algo. Está en mi nave, aquí
cerca...
Pero el tono de voz de la extraterrestre hizo dudar a la esquimal.
O quizás… fue la repentina falta de emoción en esa voz. El brillo rojizo de
aquellos ojos se había intensificado. Estaban cambiados, se habían
convertido... ¡en vidrio! ¡Parecían dos rubíes que al mirar, traspasaran el
alma!
―No iré a ninguna parte. Este es mi hogar ―repitió Saraík
tercamente.
Entonces Nuraík señaló con su mano el iglú, que se encontraba a
poca distancia. De sus dedos salió un rayo multicolor que hizo explotar la
vivienda. Pedazos de hielo se esparcieron por doquier...
―¡Te haré lo mismo, estúpida humana! ¡Ahora verás!”
―¡Esto se pone bueno! ―interrumpió Deivid frotándose las
manos―. Aunque... hay algo que no entiendo, Laura. Dijiste que serían
inmortales, juntas. Si la alienígena loca esa, mata a tu esquimal... moriría
ella también, en ese momento o... algún otro día. El caso es que ya no
sería inmortal. ¿Qué sentido tendría matar a Saraík? Además, viajó tanto
buscándola...
―Sí. ¿Qué sentido tendría? ―repitieron Dallimí y Dallibet.
―Lo mismo pensó Saraík ―continuó Laura inmutable―. Mas, no
se detuvo a preguntar. “Sostuvo con fuerza el colmillo de morsa y corrió
hacia una cueva... ¡Vaya contrariedad! ¡Sus pies se hundían en la nieve!
¡Apenas podía avanzar! Nuraík voló tras ella (pues podía volar) y la
alcanzó enseguida. Suspendida en el aire, Nuraík gritó:
―¡Tonta humana asquerosa! ¿Crees huir de mí? ¡Te mostraré el
poder de una belcoriana!
Esta vez, las manos de la extraterrestre dispararon larguísimas
espinas, fuertes y puntiagudas. Saraík empuñó el colmillo de morsa como
bate de béisbol y «bateó» las espinas, saliendo ilesa del ataque.
―¿Te crees más poderosa que yo, humana insignificante? ─La
alienígena temblaba de rabia―. ¡Ya verás! ¡Esa arma no te salvará de
nuevo!
―¿Por qué quieres… matarme? ―gritó Saraík arrodillada,
jadeante, con el colmillo de morsa entre sus manos―. Dijiste… que
seríamos inmortales... ¡Pensé que me necesitabas!
―¡Yo seré la única inmortal! Y lo seré, ¡cuando coma tu corazón!
Sólo eso necesito. ¡Ahora probarás mi espada belcoriana! ¡Arrancaré tu
corazón de un tajo! ¡Humana idiota! ¿De veras creíste que viviríamos
juntas? ¡Esta es mi espada asesina! ¡Mira como brilla y...!
No terminó la frase. La punta del colmillo de morsa se había
enterrado en su cuello y salió por su nuca. La extraterrestre cayó muerta,
y la nieve se tiñó de violeta por la sangre que brotó de su cuello...”
―¡Violeta! ¿La sangre de la extraterrestre era violeta? ―preguntó
Dallibet emocionada―. ¡Wow! ¡Mi color preferido!
―¿Saraík mató a Nuraík? ―dijo Dallimí.
―¡Claaaaaarooooo! No, si cuándo yo lo digo... a esta hay que
explicarle cien veces las cosas ―dijo Deivid―. La mató con su colmillo de
morsa, Dallimí. ¿No escuchaste a Laura? Después, Saraík se fue en la
nave de la extraterrestre a viajar por el universo, ¡sin visa ni pasaporte!
¿Verdad, Laura?
―La mató con el colmillo de morsa y se quedó allí, en su hogar
―concluyó la narradora―. Fabricó otro iglú. Poco después jugó
nuevamente, a la luz de la Luna.
―¡Wow! ―exclamó Deivid―. Fue un cuento “picante”, lo
reconozco. Laura, te ganaste el segundo lugar. ¡Yo ocuparé el primero!
―¡Ay, sí! ¡Crees que puedes superarla! ―dijo Dallimí―. ¿No lo
ves? Laura es una cuentista profesional. Tú eres… un aficionado.
―¿Aficionado, yo? —contestó Deivid―. ¿Cómo sabes que no soy
profesional? No has escuchado mi cuento. ¡Soy licenciado en historias de
horror! ¡Ingeniero novelero! ¡Especialista en fábulas de monstruos!
―¿Esa historia de Saraík la inventaste, Laura? ¿O la leíste en un
libro? ―preguntó Dallibet sin hacer caso a su hermano.
―La inventé.
―Podrías ser escritora ―opinó Dallibet―, y volverte famosa.
¡Cómo la autora de Harry Potter!
Laura sonrió embelesada, y dijo:
―Ojalá, Dalli, ojalá… En fin, ahora le toca a Deivid.
―¡Por supuesto! ―dijo el muchacho―. Traje una historia de
zombis y vampiros. Pero primero vamos a merendar, que tengo un
hambre de tiburón.
Merendaron enseguida, para especial alegría de Laura, quien se
dio gusto probando dulces que le eran desconocidos.
Ya entrada la madrugada, conversaron sobre cómo habían burlado
a los mayores para acudir, a esa hora, a la biblioteca. Deivid y sus
hermanas afirmaron que su tía no notaría sus ausencias. Ella dormía
hasta media mañana (les daría tiempo regresar sin que pudiera
sorprenderlos). Laura, por el contrario, era un manojo de nervios. No
hacía más que preguntar la hora. Debía volver antes del amanecer, pues
su madre despertaba temprano.
Luego, elogiaron La Biblioteca Galáctica e hicieron planes para,
en los días siguientes, acudir a ella y celebrar todo tipo de actividades,
desde un desfile de modas hasta un concurso de baile. Sintiendo
cansancio, se acostaron en el suelo de la biblioteca y discutieron sobre
quién habría construido ese lugar. Laura mencionó a Mariana; dijo que la
biblioteca pertenecía a ella.
―¿Quién es Mariana? ―preguntó Dallibet.
―Mariana es un misterio ―contestó Laura.
―No existe misterio que yo no pueda descubrir. ¡Resolveré el
enigma de Pascual y su Mariana, o me dejo de llamar El Gran Deivid!
―No te llamas así. Eres David, a secas ―replicó Dallimí.
―Cada cual se hace llamar como le da la gana ―contestó el chico.
Siguieron hablando y hablando... hasta que se durmieron. Poco
después, Dallibet soñó que un gigante se asomaba por la puerta de la
biblioteca y le decía:
“¡Te voy a comer, intrusa, y a tus amigos también! ¡Los herviré
con salsa de tomate, cebolla y aceitunas! ¡Ay! ¡Cómo me gustan las
aceitunas y qué caras están! Pero, por ustedes las compraré. ¡Un guiso
de niños sin aceitunas no vale la pena!”
Entonces Dallibet dio un grito y se despertó. El grito despertó a
Deivid, quien, mirando a través de una ventana, exclamó:
―¡De pie, tropa! ¡Ya amaneció! ¡Arriba! ¡Retirada! ¡Retirada!
¡Retiradaaaaaaaaaaaaa!
Capítulo 17. Pascual se confiesa
Laura entró a su casa tres minutos antes de que despertara su
madre. Regresó la llave al lugar de donde la había tomado. Corrió a su
habitación y se lanzó a la cama, librándose previamente del calzado.
Acababa de cubrirse con una sábana cuando Gertrudis se asomó a su
cuarto y le dijo:
―En dos horas tienes turno con el dentista. ¡Te quiero lista ya!
Laura volvió a levantarse. Era puro desgano, bostezaba a ratos;
pero, con tal de que su madre no descubriera que había trasnochado, se
espabiló y cumplió la orden.
No se arrepentía de su reciente visita a La Biblioteca Galáctica.
Por suerte, no la sorprendió adulto alguno. ¿Qué habría pasado con
Deivid y sus hermanas? ¿Se habría enterado su tía de sus escapadas a
medianoche? Esa tarde, la curiosidad la llevó de vuelta a la biblioteca.
Tenía la esperanza de encontrar a los muchachos.
Allí la esperaban sus compañeros de aventura.
―¡Dormimos hasta mediodía! ─le informó Dallibet─. Tía preguntó
si estábamos enfermos, porque nunca habíamos despertado a esa hora.
Le dijimos que jugamos en nuestras tablets hasta la madrugada, y lo
creyó.
―Mi mamá tampoco me descubrió; pero, si demoro un minuto más
en regresar...
En ese momento, Pascual entró en la biblioteca.
―¡Intrusos! ¡Así que tengo intrusos aquí!
Si un fantasma los hubiera amenazado, no se habrían asustado
tanto.
Pascual miraba a los hermanos con enojo.
―Sólo di permiso a Laura para estar aquí. ¿Se puede saber
quiénes son ustedes? ¿Por dónde entraron?
―Por…. Por el muro de atrás. Se brinca fácil… señor ―contestó
Dallimí nerviosa.
―Somos amigos de Laura… ―explicó Dallibet―. Nos gusta leer.
Bueno… me gustaría leer algún libro de aquí. Si me deja, claro.
―Discúlpenos por entrar sin su permiso ―dijo Dallimí─. Vivimos
aquí al lado, en casa de Marta. Somos sus sobrinos.
―¿De Marta? ¡Hubieran empezado por ahí! Marta es mi gran
amiga. Fíjense, por consideración a ella, los dejaré quedarse. Vuelvan
cuando quieran, eso sí, la próxima vez, entren a través de mi casa.
Toquen a mi puerta, como hace Laura.
Las niñas suspiraron aliviadas. Laura dijo, señalando a sus
amigos:
―Ellas se llaman Dallimí y Dallibet, y él es Deivid…
―¡El Gran Deivid! ―rectificó el muchacho indignado─. ¡El mejor
reguetonero del mundo! ¡Y fabricante de cuentos, además!
Pascual lo miró, divertido.
―¡Oh! ¡”Qué honor conocerlo”! ─dijo―. ¡”No le pido un autógrafo
para no molestarlo”! El Gran Deivid… Gran “personaje”, debes ser.
―Pascual, gracias por dejar que se queden ―dijo Laura.
―De nada. Vine a obsequiarte este paquete de caramelos de
chocolate, rellenos con miel… ―El anciano sacudió los caramelos frente a
la golosa mirada de los muchachos―. Tendrás que compartirlos,
obviamente. Y de paso, Laura, quiero agradecerte lo que has hecho con
La Biblioteca Galáctica. Disculpa si no te lo dije antes. ¡Estupendo
trabajo! Este sitio ha quedado alucinante.
―Oye, viejo, ¿esta biblioteca es de una tal Mariana? ―dijo
Deivid―. ¿Quién es Mariana? ¿Tu novia?
―¡Deivid! ¡No seas impertinente! ―exclamó Laura.
―También oí decir que estuviste loco, que te fugaste una pila de
años y apareciste así, porque te dio la gana ―agregó el muchacho con
aire burlón.
―¡Deivid, eso no te importa! ¡Cállate! ―exclamó Dallibet furiosa.
―Mariana es mi nieta ―dijo Pascual sin inmutarse―. Vivía
conmigo, al igual que su madre y mi yerno. Construí esta biblioteca para
Mariana, cuando ella tenía ocho años. Le apasiona leer. Ella misma la
bautizó como “La Biblioteca Galáctica”, porque muchos de sus libros
tratan de viajes entre galaxias.
Hace cinco años, cuando mi adorable Mariana era una
quinceañera, mi familia marchó a vivir a Miami. Yo pude acompañarlos;
mas, no quise. No podía. Su intención era regresar a esta tierra pocas
veces. Demasiado pocas, para mí. Estoy viejo, ya necesito bastón. No
podría viajar a menudo, al menos, no solo. Y no puedo vivir sin ver mis
atardeceres desde aquí. Soy aficionado a los atardeceres cubanos. ¡Jamás
me canso de disfrutarlos!
―Oye, Pascual… ―lo interrumpió Deivid―, ¿no te es igual ver el
atardecer en Miami? Así, de paso, estarías con tu familia…
―¡Tiene que ser en Cuba! ¡Carajo! ―exclamó Pascual, y
continuó―: Pronto comprendí que estaba perdido. Tenía mis atardeceres
cubanos; pero, estaba solo. Añoraba a mi familia, en especial a Mariana,
y no sabía cuándo vendrían a visitarme.
Esta casa, con su enorme jardín y biblioteca, me pareció una
gigantesca boca de león que me tragaba cada noche y me vomitaba en la
mañana. Los recuerdos me asediaron tras el sofá, sobre la silla del
comedor, en los libreros, en la olla de hervir la leche… en la taza del café
y en especial, me vigilaban desde el techo de esta biblioteca.
―Está hablando en sentido figurado, ¿verdad? ―murmuró Dallimí
a los muchachos.
―Como en las clases de Español… ―susurró Dallibet―, cuando te
dicen que hables usando metáforas… Es lo que está haciendo Pascual.
―No sé por qué el viejo habla con tanta finura, si hace un
momento se le fue una mala palabra… ―murmuró Deivid.
Laura le dio un codazo y murmuró:
―Pssssssss… Silencio.
―Dijo: “carajo”. “Ca-ra-jo” ―continuó Deivid―. Vaya, no es la
gran mala palabra. Yo me sé mejores. Pero, de todas formas…
―Y me pasé cinco años en casa de mi amigo el pescador, allá en
Gibara —prosiguió Pascual—, donde se contemplan unos atardeceres
espléndidos. ¡Si vieran el sol bañándose en el mar! Pero fueron cinco
años huyendo de la soledad, huyendo de esta casa vacía que pesaba
sobre mi corazón… Hasta que un día, ¡recibí un mensaje!
―¿Qué decía el mensaje? ―preguntó Laura en voz alta. Los chicos
centraron su atención, nuevamente, en la charla de Pascual.
―¡Qué mi familia vuelve! ¡Mariana vuelve! ¡Estarán aquí mañana,
al mediodía!
―¡Fantástico! ―gritaron las gemelas al unísono.
―¿Se quedarán para siempre? ―preguntó Dallibet.
Pascual tragó en seco. Su rostro palideció.
―Estarán una semana. Luego, marcharán otra vez. A saber
cuándo regresan…
―Una semana es bastante tiempo para disfrutar, Pascual. Por
ahora, sólo piense en esa semana ―recomendó Laura.
Pascual suspiró, melancólico.
―Tienes razón. ¡Marianita viene a verme! ¡Esta casa se llenará de
alegría, como en los viejos tiempos! Prepararé una fiesta de bienvenida…
¡Y están todos invitados!
―¡Esa es la mejor parte de la historia! ¡Ya me caes bien,
Pascualito! ―exclamó Deivid aplaudiendo.
Laura se tornó seria. Un leve temblor recorrió sus labios. Dijo:
―Debo irme. Mi madre estará preocupada.
―Aún es temprano, Lauri… ―comentó Dallibet―. ¡Podemos
ayudar a Pascual a preparar la fiesta!
―Cierto ―admitió Pascual―. Se me ocurre adornar el jardín con
globos y gaviotas de papel. Debo seleccionar la música y…
―¡Me voy! ¡Los veo mañana! ―exclamó Laura y echó a correr a
través del jardín.
―Vaya prisa que lleva ―comentó Pascual.
Casi en un susurro, Dallimí dijo:
―Su mamá es muy recia con ella. Ni siquiera la deja comer
dulces…
―Y hablando de dulces… ―dijo Deivid―. ¿Se va a comer en tu
fiesta, Pascual? Porque no repartirás globos y gaviotas, nada más…
―¡Deivid! ―exclamó Dallibet, y Pascual se rió por lo bajo y tosió
tres veces.
Capítulo 18. La desaparición de Laura
Al otro día, Laura no fue a casa de Pascual.
Ni en la semana siguiente.
Deivid averiguó dónde vivía Laura; se dirigió, con sus hermanas, a
los dominios de Gertrudis. Tocaron a la puerta y la mujer los recibió en
bata de casa, con la cara llena de fango y rulos en el cabello.
―¿Y ustedes quiénes son? ―dijo.
―¡Una bruja! ―murmuró Deivid palideciendo. Enseguida recobró
el aplomo y dijo en voz alta―: ¡Hola! Somos de la pandilla de Laura.
¿Está ella?
―¡Qué el Divino Maíz me proteja! ¿Qué es eso de “pandilla”? ¡Mi
hija no es pandillera! ¿De dónde salieron ustedes? ¿Del infierno?
―Mire, mire, mamá de Laurita…. ―intervino Dallibet―, cálmese.
Mi hermano quiso decir que somos amigos de Laura. Queremos verla. Mi
nombre es…
―Aquí no vive la Laura que buscan. ¡Mi hija jamás se haría amiga
de pecaminosos como ustedes! ¡Adiós! ―Gertrudis les cerró la puerta en
la cara.
Los chicos quedaron consternados; no tuvieron otra opción que
marcharse.
Por el camino se hicieron un montón de preguntas. ¿Laura estaría
enferma? ¿Gertrudis la tendría castigada, sin permitirle salir? Si no
ocurría así, ¿por qué no había vuelto a casa de Pascual? ¿Y por qué la
madre de Laura se untaba fango en la cara?
―Laura se perdió la fiesta del viejo… ¡Con lo “explosiva” que
estuvo! ―comentó Deivid―. ¡Qué clase hartada de puerco asado me di!
¡Y los dulces estaban para tragárselos con papeles y todo!
―Mariana es tan maja, ¡qué manera de bailar con nosotras!
―¿Eh? ¿Qué es eso de “maja”? ¿De dónde sacas esa palabrita
rara, Dallimí? ―dijo Dallibet.
―De las teleseries españolas ―contestó Deivid―. Significa:
simpática, buena gente. Estás “desactualizada”, pulga.
―Así que “maja”. Sí, me pareció genial Mariana ―opinó
Dallibet―. Sus padres también. ¡Qué bien la pasamos! ¡Hasta tía Marta
que oyó la música, dejó la telenovela y vino a bailar! ¡Se invitó sola!
¡Bailó reggaetón con Pascual!
―¡Tremendo, Pascual! Baila reggaetón mejor que yo ―confesó
Deivid.
Dallibet se encogió de hombros y dijo:
―Qué misteriosa es la desaparición de Laura. Mariana quería
conocerla. Tanto le hablamos de ella…
Los días transcurrían y seguían sin noticias de Laura.
Al final de las vacaciones de verano, Laura retornó a la casa de
Pascual. El anciano nada dijo sobre su ausencia ―intuía el motivo de su
distanciamiento―. Tras saludarla, la acompañó a la biblioteca. Los
hermanos no estaban. Sobre un librero aguardaba un pequeño sobre,
aprisionado bajo un pisapapeles.
―Es para ti ―dijo Pascual señalando el sobre, y se retiró.
Laura abrió el sobre y desplegó una hoja de papel, en la cual leyó:
Querida Laura:
Me han contado maravillas sobre ti. Gracias por brindarle tu
amistad a mi abuelo, y por salvar La Biblioteca Galáctica.
Sí, Laura. Sé que, de no ser por ti, esta preciosa cabaña, donde leí
y me divertí cuando niña, sería una ruina. Me alegra saber que sus libros
continúan iluminando la vida de otros lectores.
Dos cosas quiero decirte:
Primero: No dejes de visitar a mi abuelo. No soporta estar solo.
Sugiérele que se reúna con amigos que tiene en la ciudad, la mayoría son
profesores y deportistas que trabajaron con él.
Segundo: Te regalo mi Biblioteca Galáctica. Sigue compartiéndola
con “viajeros galácticos”, y conmigo, cuando vuelva. No cabe duda: la has
hecho tu hogar. Te pertenece.
Espero conocerte en una próxima vez.
Tu amiga,
Mariana.
Laura suspiró aliviada. Ya no debía temer que Mariana le
impidiera usar la biblioteca. Mariana, dueña de aquel paraíso de libros, le
brindaba la posibilidad de permanecer en la biblioteca el tiempo que
quisiera. Miedo tuvo de que Pascual, o la propia Mariana, le dijera que ya
no era necesaria allí. ¡Aquel lugar significaba tanto para Laura! Se había
vuelto su mundo, un refugio para ella y su imaginación.
Del pecho de Laura huyó un enemigo que la estuvo hiriendo desde
que supo que la nieta de Pascual retornaba. Un enemigo tonto y ruin: los
celos.
Capítulo 19. La misteriosa frase del diario
Terminaba de leer la carta cuando llegaron Deivid, Dallimí y
Dallibet.
―¡Miren! ¡Miren! ¡Un fantasma! Ah, no… ¡Es Laura! ―exclamó el
muchacho dramáticamente.
―¿Dónde estabas, Lauri? ―preguntó Dallibet―. Fuimos a tu casa.
Pascual nos indicó dónde vives. Pero tu mamá nooooo… Bueno, no
pudimos verte.
―Te perdiste la fiesta, y a Mariana ―dijo Dallimí enfadada―.
Pasamos una semana divertidísima con ella. ¡Qué bien baila! ¡Y le
encanta leer! Sabe muchos cuentos, como tú. Pero vino por tan poco
tiempo… ¡Vuelve en las próximas vacaciones de verano, con sus padres!
―¿Estabas enferma, Lauri? ―preguntó Dallibet.
―No. No estuve enferma. No pude venir porque… en fin, por
cosas mías. ¡Lo importante es que estoy de vuelta! ¿Qué planean hacer
hoy? Íbamos a hacer montones de cosas en esta biblioteca. ¿Empezamos
con el desfile de modas?
―Es tarde para eso ―contestó Dallibet―. Nos vamos.
―¿Se van? ¿A dónde? ―preguntó Laura.
―¡A nuestra casa! ―respondió Dallimí―. Vivimos en Camagüey.
La semana que viene empiezan las clases…
―Salimos para la terminal dentro de unos minutos. Papá vino a
llevarnos, nos está esperando en casa de tía. Vinimos a despedirnos de
Pascual, y de ti, si lográbamos verte ―añadió Dallibet.
Laura dijo con tristeza:
―¿Volverán, alguna vez?
―¡Seguro que yes! ―exclamó Deivid―. Ya te dije, a nuestros
padres les entra el “ataque de romanticismo” a cada rato. Apuesto cinco
bombones a que, para las vacaciones de diciembre, nos mandan en
cohete para acá.
―¡Helados para todos! ―exclamó Pascual entrando con una
pequeña bandeja―. Tómenselos rápido que se derriten. Con este calor…
―¡Viva Pascual! ―gritaron las gemelas.
Devoraron hasta la última cucharada del cremoso dulce. Entonces,
Pascual añadió:
―Traje algo más. ¡Una convocatoria!
Como los muchachos lo miraron sin comprender, el anciano
explicó:
―Es un anuncio para participar en un concurso de literatura.
Pueden escribir un cuento sobre el tema que deseen, y enviarlo a la Casa
de Cultura Provincial. Tienen hasta el mes de octubre para entregar los
trabajos. ¿Qué opinan? ¿Se animan? Es para muchachos de las edades de
ustedes…
―Eso está especial para Laura ―opinó Deivid―. Inventa cuentos
geniales.
―¿Cierto, Laura? ¿Te gusta escribir? ―preguntó Pascual.
―Escribí un cuento hace poco. Antes de ese, uno sobre hadas y
leones. Y algo de poesía. Siempre me ha gustado crear historias,
atraparlas en un papel.
―“Atraparlas en un papel” ―repitió Deivid en tono de burla―.
¿Ven? Palabras de escritora.
―En su cuento, una esquimal se fajó con una extraterrestre
―explicó Dallibet.
―¡La mató con un colmillo de morsa! ―declaró Dallimí.
―¡Estupendo! ¿Podría leerlo después, Laura? ―dijo Pascual
sumamente interesado.
―Sí. Lo redacté en un diario. Tengo que pasarlo para otras hojas,
con letra clara y bonita, porque lo escribí con una letra… que sólo yo
entiendo.
―¿Te busco tinta y una pluma de gallina? ―dijo Deivid en son de
burla―. Ahora los documentos se entregan impresos.
―Sabes que no tengo computadora. ―Laura miró al piso, turbada.
―Eso no será problema ―afirmó Pascual―. Mariana dejó una
computadora en su cuarto. No le molestará que la uses. Teclea tu cuento
en ella. Y para imprimir… ¡ya veremos! Te ayudaré.
―¡Seguro Laura gana ese concurso! ―exclamó Dallimí.
Pascual miró a los hermanos.
―Y ustedes ―dijo―, ¿van a participar?
―Ni muerta ―contestó Dallibet.
―Ni loca ―alegó Dallimí.
―A mí, la musa “me baja” para inventar reggaetones. Eso de
escribir cuentos… “me pone la cabeza mala” ―dijo Deivid.
―¿Qué dices? Inventaste una historia de zombis y vampiros.
Nunca la narraste ―observó Laura―. Ese cuento te podría servir para el
concurso.
―¡Ah! ¡Es verdad! Pero no quiero ser competencia para ti, Laura
―contestó Deivid―. Es broma. Aquí la única que puede ganar un
concurso de esos eres tú, Laura.
Dallibet miró su reloj de pulsera.
―Chicos ―dijo―, tenemos que irnos.
―¡Tía Marta y papá se estarán preocupando! ―añadió su
hermana.
―¿Adónde van? Si se puede saber, claro… ―dijo Pascual.
Laura contestó:
―A Camagüey, viven allá.
―Estábamos de visita… tenemos pasajes de vuelta para hoy
―explicó Dallibet―. Adiós, Pascual.
Pascual se despidió de los hermanos. Luego, le tocó el turno a
Laura. Las tres niñas se abrazaron y Dallibet dijo que no debían estar
tristes, pues se verían en próximas vacaciones. Por su parte, Deivid le
entregó un papel a Laura y le pidió (susurrando) que lo leyera cuando
ellos se fueran.
―Qué misterioso estás, Deivid ―comentó Dallimí―. ¡Así que
papelitos secretos! ¡Y mira lo colorado que te has puesto!
―¿Le pedimos a Laura que lo lea en voz alta? ―dijo Dallibet y
añadió―: ¡Qué lo lea! ¡Qué lo lea! ¡Qué lo lea!
―¡A callar, pulgas! ¡No se metan en lo que no les importa!
―Deivid estaba enojado.
Dallimí y Dallibet nunca habían visto a Deivid tan serio. Se
interesaron aún más por la nota; pero no dijeron nada para no incomodar
a su hermano.
Los tres muchachos atravesaron el jardín ―volteándose de vez en
cuando para decir adiós―; entraron a la casa de Pascual y salieron por su
puerta principal.
Pascual no los acompañó hasta la salida porque pretendía decirle
algo a Laura. El anciano se había fijado en el diario que la muchacha
tenía sobre una silla, al lado de ellos.
―No pude evitar leer la frase que está en la primera página de ese
libro ―comentó―. Como está abierto…
―¡Ah! ¿Ese? No es un libro. Es mi diario.
―Muy útil el consejo que brinda.
Laura tomó el diario; observó aquellas palabras que la habían
intrigado meses atrás. Dejaron de interesarle cuando la abundancia de
lectura y las ocurrencias de Deivid, la obligaron a pensar únicamente en
diversión.
―¿Dice usted que es un consejo? Nunca he sabido qué significa.
Debe estar en otro idioma. En francés, quizás…
Pascual sonrió.
―Está en español ―dijo.
―No puede ser. Disculpe que lo contradiga… pero dice: “nárama
et y etamá”.
―Léelo al revés. De atrás hacia delante ―recomendó el hombre y
se marchó.
―“nárama et y etamá” ―leyó Laura en voz baja―. Á-ma-te y te
ama-rán… ¡Ámate y te amarán!
Sonrió tristemente.
“Qué fácil era” ―pensó―. “Si lo hubiera descubierto antes…”
Capítulo 20. La amiga de Laura
Lunes, primero de septiembre. Un nuevo curso escolar llama a las
puertas. Laura se arregla en su habitación. Se mira al espejo tratando de
descubrir qué hay diferente en ella.
No es su cabello (a pesar de que cambió su habitual peinado). No
se trata de su falda (algo más corta que en el curso pasado).
Algo hay distinto en Laura; pero, ¿qué?
Laura mira a sus padres. Los observa con detenimiento, como a
desconocidos.
¿Qué tiene diferente Wenceslao?
Laura pasa por su lado. Sentado está en una butaca, en la sala,
sumido en la lectura. Lo nota cansado, arrugado, enjuto… ¿Veinte años
cayeron sobre él, de golpe? ¿Dónde anda el joven intrépido, cazador de
noticias? Este es un abuelito que lee, mientras el polvo cae sobre él, en
un sombrío rincón de la casa.
―Buenos días, papi.
―Hummmmm… sí, hija.
―¿Sabes cuál grado empiezo?
―¡Bah! Los bonsáis no se cultivan así… Noveno grado, hija. Un
autor mediocre, el de este artículo. ¿Cómo se lo habrán publicado?
―Octavo, papi. Empiezo octavo. Te está fallando la memoria. ¡Ah,
papi! ¿Te gusta mi nuevo peinado? Por primera vez, iré a la escuela con
mi pelo suelto. Sólo me hice una raya aquí, al costado. Y lo amoldé con
gel. Le dicen: “al descuido”. Peinado suelto, al descuido.
―Bonito, como siempre, tu peinado… Déjame leer, niña.
―Como siempre, no. Antes usaba una trenza. Me veía anticuada y
no me daba cuenta. ¿Sabes, papi?
Wenceslao se le queda mirando.
―¡Qué! ¿Qué debo saber? Acaba de decirlo, para seguir con mi
lectura.
―Cuando estés más viejito, te cuidaré y te leeré el periódico.
Seguro pierdes la vista…
―No perderé la vista. No hará falta que me cuides. Tu padre sabe
valerse.
―Ojalá. Pero que sepas que no me molestará recordarte las cosas,
llevarte al médico, limpiarte cuando te ensucies… Hasta luego, papi.
Laura camina hacia el comedor, dejando a Wenceslao tan
preocupado que no logra retomar la lectura. El hombre mira a su hija
alejarse, y sonríe tristemente.
En el comedor reina Gertrudis.
―Buenos días.
―Buenos días, Laura Pérez. Desayuna.
Laura desayuna.
―Límpiate con la servilleta, criatura.
―Ya lo hice.
―Tómate la vitamina A.
Mirando a su madre, responde:
―El exceso de vitaminas hace daño. Lo escuché en la radio.
―Seguro entendiste mal. Siempre andas en las nubes. Tómate la
vitamina, te dije.
―La he tomado desde que nací. He tomado un abecedario entero.
Pueden causarme enfermedades en el hígado, los huesos, riñones…
―Cállate, cabeza hueca. Tómate la vitamina y apúrate, llegarás
tarde a la escuela.
―No la tomaré ―afirma Laura levantándose de su asiento―. Y sí,
voy a clases. Pero iré con calma, es temprano.
La mujer ve marcharse a su hija y murmura:
―¿Qué bicho la habrá picado? ¿Se estará espabilando esa criatura
horrorosa?
En la calle, el tibio sol abraza a Laura, quien respira profundo
mientras camina. Llega a un parque y se sienta en un banco. Es el mismo
sitio donde encontró al perro y al anciano con sombrero de mariachi.
Piensa en ellos, en el diario, en la frase del diario… hay tiempo para
pensar. Realmente es temprano para ir a clases.
No ha vuelto a verlos, al perro y su dueño extravagante. Le
hubiera gustado saber más de ellos. Es curiosa. No lo puede evitar.
La curiosidad la llevó a leer la carta de Deivid apenas quedó a
solas. La guarda en el bolsillo de su mochila. La toma y relee su
contenido, que dice:
Oye, Lauri, quiero que seas mi novia. Tienes unos ojos que me encantan. Te pareces
a la princesa Magumi, de la serie anime que estoy viendo. Sólo que Magumi tiene el pelo
verde y tú no. Aún así, eres muy linda.
Eres inteligente, valiente y divertida. ¡Inventas unos cuentos de película! Si bailaras
reggaetón serías perfecta.
¿Sabes? Allá en Camagüey, en mi escuela, me decían “David Gordo Manteca”. Y a
veces “Hipo”. Ya sabes, por hipopótamo. Cuando me veían, sólo veían a un gordo. Por eso
inventé lo de “El Gran Deivid”. Me puse ese apodo en Facebook y publiqué unas fotos mías
espectaculares, disfrazado de superhéroe. Me las tiró una fotógrafa profesional, amiga de mi
mamá. Enseguida se olvidaron de “Hipo” y “Gordo Manteca”. Me llamaron “El Gran
Deivid”. Y así me siguen llamando.
Puedes llamarme David. Pero sólo a ti te permitiré decirme de ese modo.
Eres maravillosa, Lauri. Y no lo pienso yo nada más. Mis hermanas, Pascual, y
hasta Mariana qué no te ha visto, han dicho lo mismo.
Un beso de tu novio,
David.
“Este Deivid es tremendo” ―piensa―. “Se despide como si fuera
mi novio. Tendré que recordarle que sólo somos amigos.
En algo estoy de acuerdo con él. ¡Soy maravillosa! ¿Cómo no me
di cuenta antes? No soy perfecta, no tengo dinero e imagino que nunca…
nunca seré lo suficientemente importante para mi madre. Pero, ¡puedo
escribir cuentos! Eso no lo logra cualquiera. ¡Y al fin encontré amigos!
Pascual, Deivid, Dallimí, Dallibet, Mariana…
Ya no quiero ser como Sabrina.”
Hace una mueca mientras recuerda a Sabrina.
―Tendré que soportarla otra vez ―murmura―. Y a los demás del
aula, con sus chismes y burlas. ¿Y qué? ¡Aquí hay Laura para
enfrentarlos!
Se levanta; se acerca a una fuente que se alza en medio del parque.
El agua es clara y serena ahí dentro. Laura se refleja en ella. Casi al
instante, descubre por qué está diferente.
El reloj de una torre anuncia con fuertes campanadas las ocho de la
mañana. “¡Me entretuve demasiado!” ―piensa―. “Debo seguir, ¡o llegaré
tarde!”.
A pesar de la prisa que tiene, extrae el diario de su mochila. En él
escribe:
Me siento feliz. Por eso me veo radiante, ¡y más linda que nunca!
Todo porque hallé una amiga. Es una amiga especial que se llama...
¡Laura!
Soy amiga de mi misma.
Y así será por siempre.
Laura guarda el diario. Se levanta con expresión altiva.
Y va con paso firme, contoneándose, hacia la escuela.
Sinopsis
Laura está convencida de que es tonta y fea. Imita en todo a Sabrina —la
chica bella, talentosa y popular de su escuela—. Piensa que, si fuera como
ella, tendría muchos amigos, el amor de sus padres, miles de seguidores en
Facebook y, mejor aún, lograría su mayor deseo: ¡ser la escritora más
exitosa del mundo!
Un día de verano, Laura se atreve a ser ella misma. Entonces lo increíble
sucede: descubre una “biblioteca galáctica” donde sus libros la hacen viajar
por mundos fascinantes, conoce a “El gran Deivid”, escapa de casa para
pasar una noche narrando cuentos, resuelve el misterio de la extraña frase
que aparece en su diario, y finalmente, enfrenta a sus injustos y autoritarios
padres.
“La chica que era maravillosa y no lo sabía” es una novela tierna y
divertida que está dirigida tanto a niños (a partir de nueve años) como a
adolescentes y jóvenes. Su mensaje es muy claro: para ser maravilloso no
hace falta imitar a otros. Basta con ser uno mismo.
Sobre la autora
Marialina Rodríguez Pérez nació en Cuba, en 1981. Es bibliotecaria y
escritora de literatura infantil y juvenil. Fue ganadora de los premios de
narrativa “Carta al Rey” y “Rosa del Desierto”, otorgados por entidades
culturales de su tierra natal. Es egresada del Centro de Formación Literaria
Onelio Jorge Cardoso, institución que radica en su país.
Se describe como una “aliada de El Quijote” y una “mujer con corazón
de niña”. Su libro, “Una Navidad con sabor a caramelo”, también está
publicado en Amazon KDP.