LOS PIGMEOS
HACE MuCHÍSIMO TIEMPO, cuando el mundo estaba lleno de ma-
ravillas, vivía un gigante nacido en la tierra, llamado Anteo, y un
millón o más de una curiosa gentecilla nacida en la tierra, que
eran llamados los Pigmeos. Ese gigante y esos Pigmeos, siendo
hijos de la misma madre (es decir, nuestra vieja y bondadosa
Abuela Tierra), eran todos hermanos, y vivían juntos de manera
amistosa y afectuosa, lejos, muy lejos, en medio de la calurosa
Africa. Los Pigmeos eran tan pequeños, y había tantos desiertos
de arena y unas montañas tan altas entre ellos y el resto de la hu-
manidad, que nadie venia a verlos más que una vez cada cien años.
En cuanto al gigante, siendo de una estatura muy elevada, era
bastante fácil verlo, pero era más seguro mantenerse alejado de
su vista.
Entre los Pigmeos, supongo, si uno de ellos alcanzaba la alturaa
de quince o veinte centimetros, se le consideraba un hombre
prodigiosamente alto. Debia ser muy hermoso contemplar sus pe-
queñas ciudades, con calles de un metro de ancho, pavimentadas
con piedrecillas diminutas, y bordeadas de viviendas aproxima-
damente del tamaño de la jaula de una ardilla. El palacio del rey
alcanzaba la estupenda magnitud de la concha de un caracolillo
marino, y estaba situado en el centro de una plaza espaciosa, que
49
NA THANIEL HA WTHO R NE
escasamente podría cubrir el tapete que nosotros tendemos junto
al hogar. Su templo principal, o catedral, era tan alto como aquel
escritorio, y se consideraba un edificio maravillosamente sublime
y magnifico. Ninguna de estas estructuras estaba construida en
piedra o en madera. Las armaban muy bien los obreros Pigmeos,
como nidos de pájaros, con paja, plumas, cáscaras de huevo, y
otros pedacitos de cosas, pegando todo con cal espesa en vez de
argamasa, y cuando el sol ardiente las secaba, eran todo lo abri-
gadas y confortables que pudiera desear un Pigmeo.
Las tierras circundantes estaban dispuestas convenientemen-
te en campos, el más grande de los cuales era casi tan grande como
un jardín casero. Aquí los Pigmeos acostumbraban sembrar tri-
goy otras clases de granos que, al crecer y madurar, eclipsaban a
estas gentes diminutas, los
como pinos, y los robles, y los noga-
les y los castaños nos eclipsan a ustedes y a mí cuando nos
pasea-
mos por nuestros propios bosques. En época de cosecha, se veian
obligados a ir a cortar el grano con sus pequeñas hachas, exacta-
mente igual que un leñador cuando hace un claro en el
bosque;
y si acaso una espiga de trigo, con su copa sobrecargada, caía es-
trepitosamente sobre un intortunado Pigmeo, era por lo regular
un acontecimiento
muy triste. /Si es que no lo hacía añicos, al
menos, estoy seguro, debía producirle dolor de cabeza al
pobre
hombrecillo! Y, jcaramba!, si los padres y las madres eran tan
pequeños, /cómo serían los niños y los bebés? ;Una familia ente-
ra de ellos
podría haberse acostado a dormir en un zapato, y ha-
berse deslizado dentro de un
guante, para jugar a escondidas en
sus dedos
y en su pulgar! ¡Uno podria
haber escondido a un niño
de un año
debajo de un dedal!
Ahora bien, estos graciosos
Pigmeos, como les dije antes, te-
nían como vecino y hermano a un
gigante que era tan grande
como
pequeños nuestros hombrecillos. Era tan, tan alto que lle
vaba de bastón un
pino cuya cepa media dos metros y medio de
ancho. Les puedo
asegurar que sólo un Pigmeo dotado de una vi-
50
LOS PIG M E OS
Sión muy penetrante alcanzaba a vislumbrar su copa sin la ayuda
de un telescopio, y a veces, cuando había nicbla, no podían ver la
parte superior del gigante, sino únicamente sus largas piernas,
que parecían pasearse por ahí, ellas solas. Pero al medio día, con
buen tiempo, cuando el sol brillaba sobre él, el gigante Anteo pre-
sentaba un espectáculo grandioso. Se paraba alli, aquel hombre
inmenso, contemplando a sus hermanitos con su cara sonriente,
y con su único ojo, grandisimo (era tan grande como la rueda de
una carreta, y estaba situado justo en el centro de su frente), le
hacía un guiño amistoso a toda la nación al mismo tiempo.
A los Pigmeos les encantaba hablar con Anteo, y cincuenta
veces al dia, uno u otro de ellos alzaba la cabeza, y gritaba for-
mando un tubo con las manos:
-iHola, hermano Antèo! /Cómo estás, mi buen compañero?
Y cuando el débil y distante chillído de sus voces llegaba al oído
del gigante, éste contestaba:
-De lo más bien, hermano Pigmeo, muchas gracias! -con un
rugido estruendoso que habría derrumbado los muros del más
resistente de los templos que poseían los Pigmeos, si no fuera por-
que venía de una altura tan grande.
Era una circunstancia feliz esta de que Anteo fuese amigo del
pueblo Pigmeo, pues había más fuerza en su dedo meñique que
en diez millones de cuerpos como los de ellos. Si hubiese sido
tan malgeniado con ellos como lo era con todo el resto del mun-
do, habría derribado la más grande de sus ciudades de una sola
patada, casi sin darse cuenta de que lo hacía. Con el tornado de
su aliento, podría haber arrancado los tejados de cien viviendas,
y enviado a miles de sus habitantes a dar tumbos por los aires
Podría haber asentado su enorme pie sobre una multitud, iy cuan-
do volviera a levantarlo, habría allí un espectáculo lastimoso, con
toda seguridad! Pero, siendo hijo de la MadreTierra, como lo eran
ellos también, el gigante los trataba con fraternal bondad, y los
amaba con un amor tan grande como podía sentirse por unas
51
NATH ANIE L H A WTH O RN
criaturas tan diminutas. Y, por su parte, los Pigmeos amaban a
Anteo con tanto afccto como cabía en sus minúsculos corazoncs.
Anteo siempre estaba listo a hacerles todos los favores que podia,
como, por cjemplo, cuando descaban que una brisa hiciera girar
sus molinos de viento, el gigante ponía a funcionar las aspas con
la sola respiración natural de sus pulmones. Cuando el sol calen-
taba demasiado, con frecuencia se sentaba y dejaba caer su sombra
sobre el reino, de una frontera a otra; y en cuanto a cosas genera-
les, era lo suficientemente sabio como para no meterse, y dejar
que los Pigmeos manejaran sus propios asuntos, lo cual, despus
de todo, es quizá lo mejor que pueden hacer los pueblos grandes
por los pequeños.
En resumen, como dije antes, Anteo amaba a los Pigmeos, y
los Pigmeos amaban a Anteo. Puesto que la vida del gigante era
tan larga como grande su cuerpo, mientras que la vida de un Pig-
meo era muy breve, esta relación amistosa tenía lugar desde ha-
cia innumerables generaciones y épocas. Se había escrito acerca
de ella en las historias de los Pigmeos, y se hablaba de ella en sus
tradiciones antiguas. El más venerable Pigmeo de barba blanca
no había oído hablar de un tiempo, ni siquiera en los días de su
antepasado más remoto, en que el gigante no fuera su gran amigo.
Una vez, es cierto (tal como estaba registrado en un obelisco de
tres pies de alto, levantado en el sitio de la catástrofe), Anteo se
había sentado encima de unos cinco mil Pigmeos, que estaban
reunidos para una revista militar. Pero ese había sido uno de aque-
llos accidentes desafortunados en los que nadie tuvo la culpa, de
manera que la gente menuda no lo tomó a mal, y únicamente le
exigió al gigante que tuviera cuidado, de ahí en adelante, de exa-
minar el acre de tierra donde tenía intención de tumbarse.
Es un cuadro muy agradable, imaginar a Anteo parado entre
los Pigmeos, como el campanario de la catedral más alta que se
haya construido jamás, mientras ellos corrían como hormigas a
sus pies, y pensar que, a pesar de su diferencia de tamaño, había
52
LOS PIGM EOS
simpatía y afecto entre ellos! En realidad, a mí siempre me ha
los
parecido que el gigante necesitaba más a esta gentecilla que
Pigmeos al gigante. Porque, si ellos no hubieran sido sus vecinos
de juego, Anteo no
y amigos, y, podríamos decir, sus compañeros
habría tenido ni un solo amigo en el mundo. Ningún otro ser
como él habia sido creado jamás. Ninguna criatura de su propio
tamaño le había hablado jamás, con acentos de trueno, cara a cara.
De pie, con la cabeza entre las nubes, estaba completamente solo,
y lo había estado durante cientos de años, y
lo estaría para siem-
a Anteo se le
pre! Aun si se hubiera encontrado con otro gigante,
habria antojado que el mundo no era lo suficientemente grande
para dos personajes tan poderosos, y, en vez de ser su amigo,
habría peleado con él hasta morir uno de los dos. ¡Pero, con los
Pigmeos, era el viejo gigante más complaciente y jovial, y jugue-
tón, y chistoso, que jamás se hubiera lavado la cara en una nube
húmeda!
Sus amiguitos, como pasa siempre con los pueblos pequeños,
tenian una gran opinión de su propia importancia, y acostumbra-
ban adoptar una actitud bastante condescendiente hacia el gigante
-¡Pobre criatura! -se decían unos a otros-Como está siem-
pre solo, debe aburrirse mucho, y no debemos ser egoístas
sino
dedicar un poco de nuestro valioso tiempo a divertirlo. Claro, no
es ni medianamente tan listo como nosotros y, por esta razón, nos
necesita para que cuidemos de su bienestar y su felicidad. jSeamos
bondadosos con el viejo! Pues, si la Madre Naturaleza no hubiera
sido muy bondadosa con nosotros, podríamos haber sido gigan-
tes también!
Durante todos sus días festivos, los Pigmeos se divertían de
lo lindo con Anteo, que a menudo se tendía cuan largo era sobre
la tierra, y parecia una cadena de montañas; y a un Pigmeo de
piernas cortas le tomaba, sin duda, una buena hora recorrer al
gigante desde la cabeza hasta los pies. Extendía su enorme mano
sobre la hierba, y retaba a los Pigmeos más altos a encaramarse y
53
NATHAN IE L H A W 1T H OR NE
-
a pararse con un pie en un dedo y cl otro pie en otro dedo. Tanta
confanza le tenían, que no les importaba trepar por los pliegues
de su ropa. Cuando recostaba la cabcza de lado en el suelo, ellos
marchaban audazmente hasta su boca y se ásomaban a esa gran
caverna, y les parecia muy chistoso (lo cual, es cierto, era inten-
cional) cuando Anteo cerraba de golpe sus enormes mandibulas,
como si fuera a tragarse a cincuenta de ellos de un tirón. Se ha-
brian reido ustedes al ver a los niños aparecer y desaparecer por
entre sus cabellos, o mecerse colgados de su barba. No es posible
contar ni siquiera la mitad de las graciosas travesuras que hacian
con su enorme compañero de juegos, pero creo que nada fue más
curioso que cuando una banda de muchachos se puso a apostar
carreras sobre su frente, a ver quién era el primero en darle la
vuelta al circulo de su gran ojo único.j Y otra de sus proezas ta
voritas era marchar por el filo de su nariz, y saltar de allí a su la-
bio superior!
A decir verdad, algunas veces eran tan molestos para el gigante
como un enjambre de hormigas o zancudos, especialmente por-
que les encantaban las picardías, y se divertían chuzándole la piel
con sus pequeñas espadas y lanzas, para ver cuân gruesa y dura
era. Pero Anteo se lo tomaba todo con benevolencia, aunque, de
vez en cuando, si acaso tenía sueño, gruñía una o dos palabras mal
humoradas, como el mascullar de una tempestad, y les pedía que
terminaran sus tonterias de una vez por todas. Mucho más a
menudo, sin embargo, Anteo observaba sus risas y cabriolas, hasta
que su enorme, pesado y torpe entendimiento se desperezaba
completamente, y entonces su risa inconmensurable estalaba en
unas carcajadas tan estruendosas, que la nación entera de los Pig-
meos debiía taparse los oídos con las manos, o de lo contrario se
habrían ensordecido con toda seguridad.
Ho! Ho! ;Ho! -dijo el gigante, sacudiendo sus volumino-
sos costados- Qué chistoso es ser chiquito! ;Si no fuera Anteo,
me gustaria ser un Pigmeo, sólo por broma!
54
L OS PIGM E OS
Sólo una cosa en el mundo perturbaba a los Pigmeos. Cons-
tantemente cstaban en guerra con las grullas, y siempre lo ha-
bian estado, desde cuando podía recordarlo este S
gigante
'8
que había
vivido tanto. De vez en cuando sostenían batallas muy terribles,
en las cuales a veces los hombrecillos ganaban la victoria, y a ve-
ces las grullas. De acuerdo con algunos historiadores, los Pigmeos
acostumbraban ir a la batalla montados a lomo de cabras y car-
neros, pero animales como estos debían ser demasiado grandes
para que los Pigmeos pudieran montarlos; asi que me iînclino a
pensar que montaban a lomo de ardilla, o a lomo de conejo, 0a
lomo de rata, o, quizá, se montaban sobre los erizos, cuyas espi-
nas puntiagudas serían muy terribles para el enemigo. Sea como
fuere, y cualesquiera que fuesen las criaturas que montaban, no
dudo que su apariencia era formidable, armados con lanza y es-
pada, tocando su diminuta trompeta, y soltando su gritico de
guerra. Nunca dejaban de exhortarse unos a otros a luchar vale-
rosamente, y recordar que el mundo tenía los ojos fijos en ellos,
aunque la verdad llana es que el único espectador era el gigante
Anteo, con su estúpido ojazo solitario en mitad de la frente.
Cuando los dos ejércitos se trenzaban en batalla, las grullas se
abalanzaban contra el adversario, agitando las alas y estirando los
cuellos, y tal vez agarraban a algunos de los Pigmeos al través,
en sus picos. Siempre que esto ocurria, era un espectáculo ver-
daderamente espantoso ver a aquellos poderosos hombrecillos
pataleando en el aire, y desapareciendo finalmente dentro del
largo pescuezo torcido de la grulla, jque se los tragaba vivos! Un
héroe, ustedes lo saben, debe estar siempre listo para cualquier
azar, y, sin duda, el que este fuese tan glorioso debía ser para él
un consuelo, aun estando en la molleja de la grulla. Si Anteo se
daba cuenta de que a sus pequeños aliados les estaba yendo mal
en la batalla, generalmente dejaba de reir, y corría a ayudarles con
pasos de una milla de largo, enarbolando su garrote y gritándo-
les a las grullas, que se batían en retirada, graznando, tan rápido
55
NATHANIE I. HA WTHORNE
como les
posible. Entonccs cl cjército pigmco marchaba triun-
era
falmente a casa, atribuyéndole la victoria
por entero a su propio
valor, y a la habilidad y estrategia marciales de quienquicra que
fuese capitán general y, durante unos dias bastante tediosos, no
se hablaba sino de grandes desfiles, y banquctes públicos, ilumi-
naciones brillantesy exposiciones de figuras de cera, con los re-
tratos de los oficiales distinguidos, jen tamaño natural!
En las guerras que acabamos de describir, si un Pigmeo lograba
arrancar una pluma de la cola de una grulla, esto le daba mucha
importancia. Una o dos veces, habrán de creerme, un hombrecito
se convertía
jefe máximo de la nación, jsin ningún otro méri-
en
to en el mundo,
aparte de traer a casa una pluma de estas!
Pero ya he dicho lo suficiente para que ustedes vean cuán va-
liente era esta gentecilla, y cuán felices habían vivido ellos sus
y
antepasados, durante quién sabe cuántas generaciones, con el in-
conmensurable gigante Anteo. En el resto del cuento, les voy a
contar acerca de
batalla mucho más asombrosa
una
que ninguna
de las que tuvieron lugar entre los
Pigmeos y las grullas.
Un dia, el poderoso Anteo estaba tendido cuan
largo era en-
tre sus
amiguitos. Su bastón de pino yacía en tierra, a su lado. Su
cabeza estaba en una
parte del reino, y sus pies se extendían más
allá de los límites de otra parte, y descansaba lo
mejor que podia,
mientras los Pigmeos trepaban sobre él, y se asomaban a su boca
cavernosa,y jugaban entre sus cabellos. A veces, durante unoo
dos minutos, el gigante se dormia, roncaba con
y el impetu de
un torbellino. Durante uno de estos cortos ratos de
sueño, un
Pigmeo se subió por casualidad sobre el hombro del gigante
yy
contempló el horizonte, como si estuviese en la cima de una co-
lina, y observó algo en la lejania que le hizo
y volver a mirar, con más atención. Al
restregarse los ojos
principio, lo confundió con
una montaña, y se preguntó cómo había salido tan
de la tierra. Pero rápidamente
pronto vio que la montaña se movía. A medida
que fue acercándose, resultóser una figura humana, no tan
grande
56
L OS PIG ME OS
como Anteo, es vcrdad, aunque una hgura muy enorme, en com-
paración con los Pigmeos, je inmensamente más grande que los
hombres que vemos hoy en día!
Cuando el Pigmeo se convenció de que sus ojos no lo traicio
naban, corrió tan rápido como lo llevaron sus piernas, hasta el
oido del gigante, e inclinándose sobre su cavidad, gritó con fuerza
dentro de él.
-iHola, hermano Anteo! Levántate inmediatamente y toma
tu bastón de pino en tu mano. jAquí viene otro gigante, a tener
una refriega contigo!
Bah! ;Bah!-gruñóAnteo, medio dormido aún-. ¡Déjate de
tonterias, compañerito! /No ves que tengo sueño? iNo hay gi-
gante en el mundo por el que deba tomarme el trabajo de levan-
tarme!
Pero el Pigmeo volvió a mirar, y ahora percibió que el desco-
nocido venía directamente hacia la forma postrada de Anteo. A
cada pas0 se veia menos como una montaña azul, y más como un
hombre inmensamente grande. Pronto estuvo tan cerca, que era
imposible equivocarse. Alli estaba, y el sol relampagueaba en su
casco dorado, y refulgia en su lustrosa armadura; llevaba una es
pada a un lado, y una piel de león a la espalda, y sobre el hombro
derecho tenía un garrote, que se veía más grueso y más pesado
que el bastón de madera de pino que tenía Anteo.
Para entonces, toda la nación de los Pigmeos había visto la
nueva maravilla,
y un millón de ellos se pusieron a gritar juntos,
de modo que el chillido que producían se oía bastante bien.
-;Levántate, Anteo! jMuévete, viejo gigante perezoso! iAhi
viene otro gigante, tan fuerte como tú, a pelear contigo!
-Tonterías, tonterias!-gruñó el soñoliento gigante-. Ter-
minaré mi siesta, venga el que venga!
Pero el desconocido seguia acercándose, y ahora los
Pigmeos
veían claramente que, aunque su estatura era menos elevada
que
la del gigante, sus hombros eran aun más anchos.
/Y de veras, qué
57
NATH A NIE L H A WTH O RNE
-
hace mucho rato, en
par de hombros debía ser! iComo les dije
una época sostuvieron el cielo! Los Pigmeos, como eran diez
veces más avispados que el muy lerdo del gigante, no soporta-
ban la lentitud de su hermano, y cstaban empeñados en que se
parara sobre los dos pies. Así que le gritaban, y hasta llegaron a
chuzarlo con sus espadas.
-iLevántate, levántate, levántate! -gritaban-. /De pie, pere-
zoso! ¡El garrote del gigante desconocido es más grande que el
tuyo, sus hombros son más anchos, y nos parece que, de los dos,
él es el más fuerte!
Anteo no podia soportar que nadie dijera que ningún mortal
tenía ni la mitad de su fuerza. Este último comentario de los Pig-
meos le picó más hondo que sus espadas y, sentándose, más bien
de mal humor, bostezó abriendo la boca de par en par, se restre-
la dirección
gó el ojo, y fhinalmente volvió su estúpida cabeza en
que señalaban con tanta insistencia sus pequeños amigos.
En cuanto vio al desconocido, saltó sobre los pies y, agarran-
do su bastón, avanzó a su encuentro una milla o dos, al tiempo
que blandía el robusto pino, haciéndolo silbar por los aires.
-:Quién eres? -rugió el gigante-. /Y qué deseas en mis do-
minios?
Había una cosa rara acerca de Anteo, que no les he menciona-
do todavía, no sea que, por escuchar todas las maravillas de un
tirón, no crean ustedes sino la mitad o un poco más. Han de sa-
ber, pues, que siempre que este temible gigante tocaba la tierra,
ya fuese con la mano, el pie, o cualquier otra parte de su cuerpo,
se volvía más fuerte de lo que había sido. La Tierra, recordarán
ustedes, era su madre, y lo queria mucho, como que era casi el
mayor de sus hijos, y por eso adoptaba este método para mante-
nerlo siempre lleno de vigor. Algunas personas afirman que se
volvia diez veces más fuerte, con cada toque; otras dicen que úni-
camente dos veces más fuerte. ¡Pero imaginense! Siempre que
Anteo salia a caminar, suponiendo que fueran sólo quince kiló-
58
LOS PIG MEOS
mctros, y que cada paso que daba midiera cien mctros, podria-
mos calcular cuánto más fucrtc cra, al volversc a scntar,
que cuan
do empezaba su pasco. jY sicmpre que se tumbaba sobre la tierra
para reposarse un poco, aun si se levantaba de nuevo inmediata-
mente, se volvía tan fuerte como diez gigantes iguales al que ha-
bia sido antes de tumbarse! Afortunadamente para el mundo,
Antco era naturalmente indolente, y le gustaba más descansar que
hacer ejercicio porque, si hubiese retozado tanto como los Pig-
meos, y tocado la tierra tan a menudo como ellos, jhacía tiempo
que se habría vuelto lo suficientemente fuerte como para halar
el cielo y hacer que cayera sobre la cabeza de la gente! Pero estos
tipos enormes y holgazanes se parecen a las montañas, no sólo
por su tamaño, sino por su disposición a la quietud.
Cualquier ser humano, excepto este preciso con quien Anteo
se encontraba ahora, se habría muerto del susto al ver el aspecto
feroz y la voz terrible del gigante. Pero el extranjero no parecia
turbado en lo más minimo. Alzó descuidadamente su garrote
lo balanceó en su mano, evaluando a Anteo de arriba abajo con
la mirada, no como si lo dejara maravillado la estatura del gigan-
te, sino como si hubiera visto una gran cantidad de gigantes, y
éste no fuera ni mínimamente el más grande de ellos. En verdad,
si el gigante hubiese sido del mismo tamaño de los Pigmeos (que
estaban alH, aguzando las orejas, mirando y oyendo lo que suce-
día), el forastero no le habría tenido menos miedo que ahora.
-Quién eres, digo? -rugió Anteo otra vez-./Cómo te llamas?
Por qué vienes aquí? iHabla, vagabundo, o probaré el espesor
O
de tu cráneo con mi bastón!
-Eres un gigante muy grosero -contestó el desconocido pau-
sadamente, y probablemente tendré que enseñarte un poco de
cortesía antes de que nos despidamos. En cuanto a mi nombre,
es Hércules.Y vengo aquí, porque es el camino que más me con-
viene para llegar al jardín de las Hespérides, adonde voy a obtener
tres de las manzanas de oro para el rey Euristeo.
59
NATHANIEL HA WTIH OR NE
Sinvergucnza, irás más lejos! -vociferó Antco, y su mi-
no
rada se hizo aun más iracunda, pucs habia oído hablar del pode-
roso Hércules, y lo odiaba porque se decía que era muy fuerte
Ni tampoco volverás a tu lugar de origen!
Cómo vas a impedir -preguntó Hércules que yo vaya adon-
de me plazca?
-iAsestándote un golpe con este árbol de pino que tengo aqui
gritó Anteo, haciendo una mueca tan horrible que lo convertia
en el gigante más feo de Africa-. Soy cincuenta veces más fuerte
que tu, jy en este instante, al asentar el pie sobre la tierra, soy
quinientas veces más fuerte! Me da vergüenza matar a un enano
tan enclenque como pareces tú.Te convertiréen esclavo, y serás
también esclavo de mis hermanos, aqui presentes, los Pigmeos.
Asi que suelta tu garrote y tus otras armas, iy en cuanto a esa piel
de león, voy a mandarme a hacer un par de guantes con ella!
-contestó Hér-
Entonces ven a quitármela de los hombros!
cules, levantando el garrote.
A lo cual el gigante, enseñando los dientes, avanzó hacia el
extranjero como si fuese una torre (diez veces más fuerte con cada
paso que daba), y le asestó un golpe monstruoso con su árbol de
el más dies-
que Hércules recibió garrote, y,
en como era
pino,
tro que Anteo, se lo devolvió con un porrazo tal en la testa, que
el gran lerdo del hombre-montaña cayó al suelo. Los pobrecitos
pensaron que hubiera alguien en el
Pigmeos (quienes nunca
mundo que tuviese la mitad de la fuerza de Anteo), se aterraron
al ver esto. Pero el gigante demoró más en caer que en levantarse
de un brinco, diez veces más fuerte, y con una cara de rabia que
era realmente horrible. Le apuntó otra vez a Hércules pero, como
estaba ciego de ira, erró el golpe, y sólo le dio a su pobre Madre
Tierra, que gemió y tembló al recibirlo. j;El árbol de pino se en-
terró tan profundamente, y se atascó de tal manera que, antes de
que Anteo pudiera sacarlo, Hércules le dejó caer su garrote so-
bre los hombros con un impulso poderoso que hizo rugir al gi-
60
1. OS P1G ME OS
gante, como si toda clase de ruicdos intolerables hubiesen salido
aullando y gruñendo de sus inconmensurables
pulmoncs
en aqucl
grito! El rugido se alejó por las montañas y los valles y se oyó,
tal vcz, hasta del otro lado de los desiertos africanos.
En cuanto a los Pigmeos, su ciudad capital quedó en ruinas
como consecuencia de la conmoción y vibración del aire y, aun-
que ya había suficiente alboroto sin que ellos ayudaran, todos se
pusieron a chillar con sus tres millones de gargantas diminutas,
creyendo sin duda que así aumentaban el rugir del gigante por
lo menos diez veces. Mientras tanto, Anteo se había vuelto a
pa-
rar apresuradamente, había sacado su pino de la tierra, e infla-
mado de furia, y más atrozmente fuerte que nunca, corrió hacia
Hércules y le descargó otro golpe.
-¡Esta vez, bellaco-gritó-no te me escaparás!
Pero una vez más Hércules esquivó el golpe con su
garrote, y
el pino del gigante se quebró en mil astillas, la mayoría de las
cuales volaron entre los Pigmeos y causaron entre ellos más es-
tragos de los que quiero imaginar. Antes de que Anteo lograra
quitarse, Hércules cogió impulso nuevamente y le asestó otro
golpe espantoso que lo hizo quedar patas arriba, pero que sólo
sirvió para aumentar su ya enorme e insufrible fuerza. En cuan-
to a su ira, no hay cómo describir el horno ardiente en que se había
convertido. Su único ojo no era más que un circulo de llamas ro-
jas. Como ya no tenia más herramientas que sus puños, los ce-
rró (cada uno era más grande que un barril), chocó uno contra
otro y se puso a saltar con frenesi, voleando sus inmensos bra-
zos, como si no solamente quisiera matar a Hércules, sino aplas-
tar al mundo entero!
Ven!-rugió este gigante furibundo-. ¡Deja que te pegue un
solo golpe en la oreja, y no te volverá a dar dolor de cabeza!
Pero ahora Hércules (aunque era tan fuerte, como ustedes
saben, que podia sostener el cielo) empezó a darse cuenta de que
nunca obtendria la victoria, si
seguía tumbando a Anteo. Porque,
61
NATHANIELHAWTHORNIE
de aquí a poco, si le pegaba unos golpes tan duros, el gigante, ine-
vitablemente, con la ayuda de su Madre Tierra, se volvería más
fuerte que el mismo Hércules. Por consiguiente, el héroe arrojó
al suelo su garrote, con el que había luchado unas batallas tan es-
pantosas, y se quedó quieto, listo para recibir a su adversario con
los brazos desnudos.
-iAcércate! -exclamó-. ¡Ya que rompí tu árbol de pino, va-
mos a ver quién es el mejor en lucha libre!
iAjá, entonces pronto te daré gusto!-gritó el gigante, pues,
si algo lo llenaba de orgullo, más que cualquier otra cosa, era su
destreza para la lucha libre-. jVillano, te voy a arrojar adonde no
podrás volver a ponerte de pie!
Ahí viene Anteo, brincando y haciendo cabriolas al impulso
de su ira ardiente, y aumentando a cada salto el vigor con que
descarga su pasión. Pero deben ustedes comprender que Hércu-
les era mås sagaz que el gigante lerdo, y había pensado en una ma
nera de luchar con aquel monstruo enorme, nacido de la tierra,
y tambien de vencerlo, a pesar de todo lo que pudiera hacer por
él su Madre Tierra. Hércules esperó su oportunidad y, cuando el
gigante furioso se le abalanzó, lo agarró por la cintura con am-
bas manos, lo levantó en el aire, y lo mantuvo alzado por encima
de su cabeza.
jlmagínenlo, amiguitos! Qué espectáculo aquél! ;Ese tipo
monstruoso suspendido en el aire boca abajo, pateando con sus
largas piernas y retorciendo todo su cuerpo, como un bebé cuan-
do su padre lo sostiene con los brazos extendidos hacia el cielo!
Pero lo más maravilloso fue que, tan pronto como Anteo es-
tuvo un poco apartado de la tierra, empezó a perder el vigor que
habia adquirido al tocarla. Hércules pronto se dio cuenta de que
su fastidioso enemigo se estaba debilitando, tanto porque se deba-
tia y pateaba con menor violencia, como porque el trueno de su
vozarrón aminoraba para convertirse en un gruñido. La verdad
es que, a menos que el gigante tocara a la Madre Tierra cada cin-
62
LOS PIG MEOS
CO minutos, no sólo su excesiva fuerza sino hasta cl aliento mis-
mo de su vida, lo abandonarían. Hércules habia adivinado este se-
creto, y a todos nos pucde convenir recordarlo, en caso de que
algun dia tengamos que luchar una batalla con un tipo como
Anteo. Porque estas criaturas nacidas de la tierra sólo son difici-
les de vencer en su propio terreno, pero son fåciles de manejar
si logramos levantarlas hasta una región más elevada y pura. Asi
le ocurrió al pobre gigante, de quien me da un poco de tristeza,
a pesar de su manera descortés de tratar a los extranjeros que
venian a visitarlo.
Cuando la fuerza y el aliento de Anteo desaparecieron por
completo, Hércules le dio una buena sacudida a su enorme cuer
po, y lo lanzó más o menos a una milla de distancia, donde cayó
Era
pesadamente, quedándose más quieto que un morro de arena.
ya demasiado tarde para que su Madre Tierra pudiera ayudarle,
no me sorprenderia que sus enormes huesos yacieran en el
y
mismo punto, hasta hoy, y fuesen confundidos con los de un ele-
fante descomunalmente grande.
Pero jay de mí! jQué lamento el que elevaron los pobrecitos
Pigmeos, cuando vieron que a su enorme hermano lo trataban
así! Si Hércules escuchaba sus chillidos, sin embargo, no los tuvo
en cuenta, y quizá imaginó que eran únicamente los trinos
quejumbrosos de los pajarillos, espantados de sus nidos por el
alboroto de la batalla entre él y Anteo. La verdad es que sus pen-
samientos habían estado tan concentrados en el gigante, que no
había mirado a los Pigmeos ni una vez, y ni siquiera sabia que
existiera en el mundo una pequeña nación tan graciosa como
aquella. Y ahora, como había hecho un viaje bastante largo, y es-
taba además un poco fatigado por los esfuerzos de la batalla, ex-
tendió en el suelo su piel de león, y reclinándose en ella se quedó
profundamente dormido.
En cuanto los Pigmeos vieron que Hércules se preparaba para
echar una siesta, se hicieron señas con sus pequeñas cabezas y se
63
NATH ANIE L -
H A WTH ORN E
guiñaron los ojitos. Y, cuando su profunda y acompasada respira-
cion les indicó que estaba dormido, se rcunieron juntos en una
inmensa nmultitud, que ocupaba un espacio de unos ocho metros
cuadrados. Uno de oradores más clocuentes
sus
(y un
guerrero
bastante valiente, además, aunque menos bueno para manejar
otras arnmas que no fuesen su lengua) se montó encima de una
seta y, desde aquella posición elevada, se dirigió a la multitud. Sus
sentimientos eran muy semejantes a lo que aquí exponemos a
continuación, o, de todos modos, algo como esto fue probable-
mente la suma total de su discurso.
iPoderosos Pigmeos altos y bajitos! Ustedes y todos noso-
tros hemos visto la calamidad pública que ha acontecido, y el in-
sulto que ha sido proferido contra la majestad de nuestra nación.
Aqui yace Anteo, nuestro gran amigo y hermano, asesinado, den-
tro de nuestro territorio, por un perverso que lo atacó en con-
diciones desfavorables y luchó contra él (si es que a eso puede
lamársele lucha) en una forma en que ningún hombre, ni gigante,
ni Pigmeo, soñó jamás luchar, hasta este momento. ¡Y, añadien-
do un insulto ultrajante a la ofensa que ya nos hizo, el perverso
se duerme ahora, tan tranquilamente como si no tuviera nada que
temer de nuestra ira! Les corresponde a ustedes, compatriotas,
considerar en qué posición nos hallaremos ante el mundo, y cuál
será el veredicto de la historia imparcial, si no vengamos estas
afrentas acumuladas.
-Anteo era nuestro hermano, nacido de la misma madre ama-
da a quien le debemos el nervio y el músculo, así como el corazón
valiente, que le permitían enorgullecerse de su relación con noso-
tros. Era nuestro fiel aliado, y cayó luchando tanto por nuestros
derechos e inmunidades nacionales como por los suyos propios.
Nosotros y nuestros antepasados hemos vivido en su amistad, y
hemos sostenido con él relaciones afectuosas, de hombre a hom-
bre, a través de generaciones incontables. Ustedes recuerdan cuán
a menudo nuestro pueblo entero reposó a la sombra de su gran
64
E OS
L OS PIG M
pcqueños a las escondidas en
cuerpo, y cómo jugaban nuestros
la maraña de su pelo, y cómo iban y venian entre nosotros sus
pisadas poderosas,sin asentarse nunca sobre nuestros dedos. Y
aqui yace muerto nuestro querido hermano -ese amigo dulce y
amable -ese aliado fiel y valiente -ese gigante virtuoso -ese in-
tachable y excelente Anteo- ¡Muerto! Muerto! ;Callado! ¡Im-
potente! ¡Una mera montaña de arcilla! ;Perdonen mis lágrimas!
No! Veo las de ustedes! Si fuésemos a ahogar el mundo en ellas,
podría el mundo culparnos?
iPero, para resumir! ; Vamos nosotros, conmpatriotas, a per-
mitir que este extranjero malvado se vaya, sano y salvo, y triunfe
en su victoria traicionera, entre las comunidades distantes de la
tierra? No lo obligaremos más bien a dejar sus restos aqui en
nuestro suelo, al lado de los restos de nuestro hermano asesina-
dor de modo que, mientras un esqueleto permanece como el
monumento sempiterno de nuestro dolor, el otro dure lo mismo,
exhibiendo ante la raza humana entera un ejemplo terrible de la
venganza de los Pigmeos? ;Esa es la pregunta! La pongo
ante uste-
des confiado de obtener una respuesta digna de nuestro carácter
nacional, y calculada para aumentar, en vez de disminuir, la gloria
transmitieron, y que nosotros mis-
que nuestros antepasados nos
mos hemos reivindicado con orgullo en nuestra guerra con las
grullas.
El orador fue interrumpido en este punto por un estallido
irrefrenable de entusiasmo; cada uno de los Pigmeos gritaba que
había que preservar el honor nacional a toda costa. El orador se
inclinó y, con un gesto que pedia silencio, redondeó su arenga de
la siguiente manera admirable.
-Sólo nos queda, pues, decidir si lucharemos esta guerra en-
tre todos, un pueblo unido contra un enemigo común, o si algún
campeón, famoso por batallas anteriores, será escogido para
desafar en duelo al asesino de nuestro hermano. En este último
caso, aunque soy consciente de que puede haber hombres más
65
NATH A NIEL H A WTH ORN E
altos entre ustedes, me ofrezco para ese deber envidiable. ¡Y
créanme, queridos compatriotas, ya sea que muera o que viva,
el honor de este gran pais, y la fama que nos legaron nuestros
heroicos progenitores, no sufrirá una disminución a manos mías!
Nunca, mientras pueda empuñar esta espada, que ahora desen-
vaino! Nunca, nunca, nunca, ni aun si la mano ensangrentada que
mató al gran Anteo me dejara postrado, como a él, en la tierra
que di mi vida por defender!
Diciendo así, ese valiente Pigmeo desenvainó su arma
(que
tenía un aspecto terrible, pues era tan larga como la hoja de una
navaja), e hizo volar la vaina dando vueltas por encima de las cabe
zas del gentio. Su discurso fue recibido con un aplauso atronador,
como su patriotismo y abnegación merecían incuestionable-
mente, y los gritos y los aplausos se habrían prolongado mucho
tiempo si las respiraciones profundas, vulgarmente llamadas ron-
quidos, del durmiente Hércules, no los hubieran opacado com-
pletamente.
Se decidió finalmente que toda la nación de los Pigmeos se
pondría a la tarea de destruir a Hércules; no, entiéndase, porque
tuviesen ninguna duda de que un solo campeón fuese capaz de
atravesarlo con la espada, sino porque era un enemigo publico, y
todos deseaban compartir la gloria de su derrota. Hubo un de-
bate acerca de si el honor nacional no demandaba que se enviara
un heraldo con una trompeta, a pararse sobre la oreja de Hércu-
les y, luego de soplar un trompetazo alli dentro, a desafiarlo a
combate mediante proclamación formal. Pero dos o tres vene-
rables y sagaces Pigmeos, muy versados en asuntos de estado, cx-
presaron su opinion de que la guerra ya existia, y que tenian
derecho al privilegio de tomar al enemigo por sorpresa. Más aún,
si lo despertaban, le
y permitian ponerse en pie, Hércules podia
causarles daño antes de que lograran volverlo a tumbar. Porque,
como hiceron notar estos sabios consejeros, el garrote del extran
jero era muy grande en verdad. v habia retumbado como un true-
b6
LOS PIG M EOS
no contra el cráneo de Anteo. De modo que los Pigmeos resol
vieron dejar a un lado todas las tonterias pundonorosas, y atacar
a su adversario inmediatamente.
En consecuencia, todos los hombres en edad de luchar toma-
ron sus armas y avanzaron resueltamente hasta donde se hallaba
Hercules, que seguía durmiendo profundamente, sin siquiera
soñar en el daño que pensaban hacerle los Pigmeos. Un destaca-
mento de veinte mil arqueros marchaba al frente, con sus arcos
listos, y las flechas en posición. Al mismo número se le ordenó
encaramarse encima de Hércules, algunos con azadones, para
sacarle los ojos, y otros con atados de heno, y toda clase de basu-
ras, con que pretendían taponarle la boca y las narices, para que
muriera por falta de aire. Estos últimos, sin embargo, no pudie-
ron de
ninguna manera llevar a cabo la tarea que se les había asig-
nado, porque el aliento del enemigo salía por su nariz en forma
de huracán y torbellino turbulento, que lanzaba lejos a los Pig-
meos tan rápido como se le acercaban. Fue necesario, pues, en-
contrar algún otro método para seguir la guerra.
Después de sostener un consejo, los capitanes ordenaron a sus
tropas que recogieran palos, pajas, hierbas secas, y cualquier cosa
combustible que encontraran, y que hicieran con todo ello un
montón, apilándolo muy alto en torno a la cabeza de Hércules.
Como muchos miles de Pigmeos estaban ocupados en esta tarea,
pronto reunieron varias fanegadas de material inflamable, y alza-
ron un montón tan alto que, al trepar a su cima, estaban al nivel
de la cara del durmiente. Los arqueros, mientras tanto, se esta-
cionaron a tiro de flecha, con órdenes de soltarlas contra Hércu-
les en el instante en que se moviera. Estando todo listo, se le aplicó
una antorcha a la pila, que inmediatamente estalló en llamas, y
pronto se calentó lo suficiente como para asar al enemigo, si éste
se hubiera quedado quieto. Un Pigmeo, como ustedes saben, aun
siendo tan pequeño, podria incendiar el mundo, con la misma
facilidad que un gigante, así que esta era ciertamente la mejor
67
NATH ANIE 1 IA WTH OR N E
mancra de manejar al advcrsario, sicmprc y cuando hubiescn
podido mantenerlo quieto mientras tenia lugar la contlagración.
Pero en cl instante en que Hércules se empezó a chamuscar,
se paró de un salto, con el pelo convertido en una llamarada roja.
Qué es esto? -cxclamóperplejo, todavia un poco dormi-
do, mirando a su alrededor, como si esperara ver otro gigante.
En ese momento, los veinte mil arqueros soltaron las cuerdas
de sus arcos, y las flechas zumbaron, como otros tantos zancu-
dos alados, para dar en la cara de Hércules. Pero dudo de que más
de media docena de ellas le agujerearan la piel, que era extraor
dinariamente dura, como tiene que serlo -ustedes lo saben-la
piel de un héroc.
-Villano!-gritaron todos los Pigmeos al mismo tiempo-.Tú
mataste al gigante Anteo, nuestro gran hermano, y el aliado de
nuestra nación. jDeclaramos una guerra sangrienta contra ti, y
te mataremos en el acto!
Sorprendido por el agudo chillido de tantas vocecitas, Hér-
cules, después de apagar la conflagración de sus cabellos, miróa
todo el rededor, pero no pudo ver nada. Al fin, aguzando los ojos
para mirar el suelo, atisbó la reunión de incontables Pigmeos a
sus pies. Se agachó y, tomando al más cercano entre su pulgar y
su indice, lo colocó en la palma de su mano izquierda, que acer
có luego a una distancia conveniente. Era, por casualidad, el
mismísimo Pigmeo que había hablado desde lo alto de la seta, y
se había ofrecido como campeón para enfrentar a Hércules en un
duelo.
Qué diablos, hombrecillo -profirió Hércules-, eres tú?
-Soy tu enemigo! -contestó el valiente Pigmeo, con su chi-
llido más poderoso-. Has matado al enorme Anteo, nuestro her-
mano por parte de madre, y, durante siglos, fiel aliado de nuestra
iustre nación. Estamos decididos a darte muerte, y, por mi parte,
te reto a
que luchemos de igual a igual!
68
LOS P I G ME OS
A Hércules le dio tanta risa cscuchar las amenazadoras pala-
bras y ver los gestos guerreros del Pigmco, que estalló en grandes
carcajadas, y casi deja caer a la polbre diminuta criatura de la pal-
ma de su mano, por el éxtasis y las convulsiones de su regocijo.
Caramba! exclamó-.Crei haber visto maravillas antes de
este dia: hidras de nucve cabezas, ciervos de cuernos de oro, hom-
bres de seis piernas, perros de tres cabezas, gigantes con hornos
en el estómago, y quién sabe qué cosas más! Pero aqui, en la
palma de mi mano, contemplo una maravilla que las sobrepasa a
todas! Tu cuerpo, amiguito, es más o menos del tamaño de un
dedo de un hombre corriente. ;Dime, qué tan grande es tu alma?
Tan grande como la tuya! -dijo el Pigmeco.
A Hércules lo conmovió el valor indomable del hombrecito,
y no pudo dejar de reconocer que tenía con él una hermandad
como la que un héroe siente por otro heroe.
-Mi buena gentecilla -dijo, inclinándose ante la gran nación-,
por nada del mundo le haría yo daño intencional a unos hom-
bres tan valientes como ustedes! Sus corazones me parecen tan
grandes, en verdad, que no me explico cómo los contienen vues-
tros pequeños cuerpos. Pido la paz y, como condición para que
me sea concedida, daré cinco pasos, y estaré fuera de vuestro
reino al sexto. ¡Adiós! Pisaré con cuidado, de miedo de pararme
encima de unos cincuenta de ustedes, sin saberlo. jHa, ha, ha! Ho,
ho, ho! Por una vez, Hércules se declara vencido!
Algunos escritores dicen que Hércules recogióa toda la raza
de Pigmeos en su piel de león, y que los llevó consigo a Grecia,
para que los niños del rey Euristeo jugaran con ellos. Pero ese es
un error. Los dejó a todos y cada uno, dentro de su territorio,
donde, me supongo, viven sus descendientes hasta el día de hoy,
construyendo sus casitas, cultivando sus sembraditos, educando
niños, guerreando con las grullas, haciendo sus pequeños
negocios, sea lo que sea, y leyendo sus pequeñas historias de los
69
L HA WTH O R N E
NATH ANIE
tal vez, csté escrito que, hace
tiempos antiguos. En esas historias, del
valientes Pigmeos vengaron la muerte
muchisimos siglos, ilos
miedo al Hércules!
gigante Anteo, espantando
de poderoso
70