La Gloria de Don Ramiro
La Gloria de Don Ramiro
DON RAMIRO
UNA VIDA EN TIEMPOS DE FELIPE
SEGUNDO
ENRIQUE LARRETA
PRIMERA PARTE
I
Ramiro solía quedarse hasta la noche en el último piso del torreón,
escuchando los cuentos y parlerías de las mujeres.
Allí terminaba la tiesura solariega. Allí se canturriaba y se reía. Allí
el aire exterior, en los días templados, entraba libremente por las
ventanas, trayendo vago perfume de fogatas campesinas y el sordo
rumor de los molinos y batanes en el Adaja.
¡Qué holganza para el niño hallarse lejos de la facha torva del
abuelo, y encima de aquellas cuadras silenciosas del caserón, donde
se acostumbraba encender velones y candelabros durante el día!
Cuadras sólo animadas por las figuras de los tapices; fúnebres
estrados, brumosos de sahumerio, que su madre, vestida siempre de
monjil, cruzaba como una sombra.
Las criadas le querían de veras. Todas miraban con respetuosa
ternura al párvulo triste y hermoso que no había cumplido aún doce
años y parecía llevar en la frente el surco de misterioso pesar. Todas
rivalizaban en complacerle, en agasajarle.
Durante el trabajo, entre el zumbo de las ruecas, se hablaba de cosas
fáciles que él comprendía, y, casi siempre, al anochecer, se contaban
historias. Añejas historias, sin tiempo ni comarca. Unas sombrías,
otras milagreras y fascinadoras. Consejas de tesoros ocultos, de
agüeros, de princesas, de ermitaños. Una vieja esclava, herrada en la
frente, sabía cuentos de aparecidos. Ramiro la escuchaba con
singular atención, cada vez más goloso de pavura y de misterio.
La estancia era un vasto recinto que ocupaba casi todo el plano de la
torre. Las vigas no habían perdido el oro de la añosa pintura, y la
faja de escudos nobiliarios, que corría en lo alto de las cuatro
paredes, lucía intacto su tinte de gules y sinople. En el rincón más
obscuro dormía un antiguo telar descompuesto. No se había pensado
nunca en repararlo, y se le dejaba apolillar y cubrirse de telaraña,
conservando todavía entre sus maderos, los hilos de una estameña
comenzada, quizá, en el reinado anterior.
En el grosor de las paredes, cada ventana formaba un hueco
profundo, con sendos poyos de piedra. Ramiro se sentaba de
costumbre sobre uno de ellos, y pasaba las horas largas mirando
hacia afuera, con el codo apoyado en el alféizar.
Una de las ventanas, la que abría hacia el nordeste, dominaba casi
todo el caserío. Desde aquella altura, Avila de los Santos, inclinada
hacia el Adaja y ceñida estrechamente por su torreada y bermeja
muralla, más que una ciudad, semejaba gran castillo roquero. El
niño oteaba los corrales y los patios, el interior de los conventos, el
caparacho de las iglesias. A corta distancia, en el sitio más eminente,
la catedral levantaba su torreón de fortaleza, almenado y pardusco.
Desde la otra ventana se disfrutaba de una vista grandiosa: el Valle-
Amblés, toda la nava, toda la dehesa, el río, las montañas. Fuera de
los sotos ribereños, la vegetación era escasa. Raras encinas, negras a
distancia, moteaban apenas los pedregosos collados. Paisaje de una
coloración austera, sequiza, mineral, donde el sol reverberaba
extensamente. Paisaje huraño y apacible como el alma de un monje.
Vivo resplandor revelaba a trechos, entre fresnos y bardagueras, el
curso del Adaja, esparcido sobre la arena como galón de plata que se
deshila. En el fondo, la sierra de Avila levantaba sus picos más altos
chapados de nieve. De ordinario, un bulto de nubes asomaba por
detrás de la Serrota o del Zapatero, como vapor de una olla,
sombreando los picachos y suspendiendo sobre la falda largos
vellones horizontales.
Aquella tarde las mujeres aderezaban ropas de iglesia. Sentadas en
redondeles de esparto, extendían sobre el suelo las viejas vestiduras,
cambiando el hilo desdorado, rehaciendo la raída guirnalda, el
símbolo eucarístico, la orla de santos; y, a veces, también, alguna
alcoránica leyenda deslizada en la estofa por el obrero morisco. Era
un trabajo piadoso. Aquellos ternos y frontales pertenecían a los
conventos. Los monjes aseguraban que cada puntada equivalía para
Dios a una cuenta del rosario.
Había góticos terciopelos que se plegaban angulosamente,
terciopelos acartonados y finos del tiempo de Isabel y Fernando,
donde una línea segura iba inscribiendo el tenue contorno de una
granada sobre el fondo verde o carmesí; donosas telas de plata que
parecían aprisionar entre la urdimbre un viejo rayo de luna; brocados
y brocateles amortecidos por el polvillo del tiempo, a modo de
vidrieras religiosas. El resplandor del poniente prestaba rara
vislumbre a todos aquellos ornamentos, iluminando de soslayo las
sedas multicolores, cuyos tintes vinosos habían madurado como
zumos añejos en los cajones de las sacristías.
La luz se apagaba en el cielo. Soplos de sombra cenicienta parecían
llegar del exterior y posarse en la estancia. Ramiro, asomado a una
de las ventanas, miraba morir el crepúsculo. En el fondo de las
callejas ya era de noche.
Purpúreo reflejo bañaba en lo alto las almenas de la muralla,
prestando un rubor de coral al tronco de uno que otro pino en los
huertos. La ventana de una casa frontera acababa de alumbrarse, y
veíase ir y venir, por delante de la luz, la sombra de un hidalgo que
rezaba sus Horas. Vasta tristeza flotaba sobre la ciudad guerrera y
monacal, y, en medio de aquel recogimiento, el niño creyó escuchar
un coro lejano, un himno alucinante. Eran acaso las monjas
agustinas. Por momentos, un hálito sagrado parecía pasar entre las
voces y estremecerlas como llamas de cirios.
Ramiro recordó las descripciones que su madre le hacía del Paraíso
y del Purgatorio.
Casi todas las tardes, antes del toque de oraciones, se presentaba en
la cuadra un viejo escudero. El ruido de sus botas en los peldaños
era inconfundible. Sin embargo, el hombre aparecía de sorpresa,
abriendo la puerta de un puñetazo. Luego, levantando por detrás,
con la punta del espadón, bufonamente, la capa, se quitaba el chapeo
y, haciéndole barrer el piso con la pluma, saludaba de esta guisa a
las mozas, cual si fueran infantas de España. Un arcón, forrado de
bayeta amarilla, le servía de asiento. Cuando traía las botas
enlodadas acercábase al brasero para secarse las suelas.
Era natural de Turégano, en Castilla la Vieja. Siendo muy niño,
había dado muerte, con una navaja, al hijo de un alguacil. Después
de cuatro años de cárcel, como sus padres quisieran colocarle en una
tienda de platero, se desgarró para siempre. Su repugnancia por todo
oficio mecánico y un exceso de voluntad errabunda le arrojaron por
el camino soldadesco. Más de la mitad de su vida la pasó sirviendo
al Emperador Carlos Quinto y al actual monarca Don Felipe
Segundo, en los galeones y galeazas armados a la ligera para tomar
represalias sobre los pueblos desprevenidos o caer de improviso
sobre algún cargamento del turco. Conocía las islas del Levante y
los menores recovecos de los golfos. Soldado y marino a la vez, la
sarna, las bubas, las enfermedades vergonzosas que se toman en los
puertos, las heridas de pica, de espada, de saeta, las porradas y
quemaduras de los asaltos, fueron las especias en que se guisó de
continuo su azarosa ventura. Había estado dos veces a punto de
morir en la horca. El año 1560 cayó prisionero del turco, en los
Gelves. Llevado a Constantinopla, y puesto al remo de una galera
que cargaba materiales para el Palacio del Sultán, fue uno de los que
mataron a los guardas a pedradas, huyendo a Sicilia con el bajel.
El hábito del acecho continuo y de los ataques súbitos como
picotazos, había dejado un gesto de resolución instantánea en sus
ojos enérgicos. Ojos grises de ave de presa, pupilas duras donde
chispeaba todavía la brasa de su orgullo, como en los tiempos en que
arrastraba sus castellanas espuelas por las losas de Nápoles.
Era su historia una ristra de hazañas más o menos honrosas; pero,
lleno de altiva indolencia, no buscó nunca salir de la clase de
soldado, calzando a la vejez el guante escuderil y acogiéndose a la
tarea tranquila de acompañar por las calles a las señoras de la
nobleza.
A más de los lances de su propia existencia, contábales a las criadas
retazos de libros de caballerías, así como también tradiciones
fabulosas de Avila y Segovia. Sabía canciones de barberos y
caminantes, toda la vida en verso del moro Abindarráez; e
innumerables letrillas que cantaba con áspera voz, al son de una
vihuela, dándose vuelta los párpados para remedar a los ciegos.
Fiera y pálida cicatriz señalaba en lo alto su frente bronceada por el
mar.
Aquella tarde, apenas se hubo sentado en el cofre y puesto a referir
algunos comadreos del mercado, una de las mozas, pasándose ella
misma el dedo sobre las cejas, le preguntó:
—Decí, seor Medrano: ¿quién os labró esa guirnalda?
El escudero bajó un momento los ojos sin responder, y sacando de
su escarcela de badana un lienzo encarnado, sonose con él las
narices. Dicho movimiento era a veces el anuncio de prolija
narración.
El niño, apoyado ahora en la rodilla del antiguo soldado, jugaba con
su espada, como de costumbre, tanteando los filos, curioseando las
manchas de la hoja, o blandiéndola ante sí, con infantil arrogancia;
pero al advertir la expresión pensativa del hombre, hincó el acero en
el piso y, apoyando ambas manos en la gruesa empuñadura, se
dispuso a escucharle.
Medrano comenzó de mal gesto. Era un antiguo episodio del
desastre de los Gelves. Hablaba despacio, con acento semejante al
son de un atambor destemplado, y más de una vez sus ojos se
humedecieron al recordar las vergüenzas de aquella jornada.
Describía el desorden y la fuga de las naves cristianas al presentarse
de improviso la armada turquesca. Estas encallaban en los bajíos;
aquéllas, por querer escapar velozmente, quebraban sus entenas;
otras se entregaban sin combatir. El, para bien de su honra, se
hallaba en el fuerte. ¡Contaba entonces los horrores del asedio, las
enfermedades desconocidas, las heridas monstruosas, el hambre, la
sed! Habló de soldados que se escapaban de noche para comerse los
cadáveres de los turcos; de mujeres enloquecidas, arrancándose unas
a otras los pechos a mordiscos; de madres españolas que se
arrojaban con sus criaturas de lo alto de las murallas. Cuando el
General don Alvaro de Sande obró su funesta salida, él fue de los
escogidos para acompañarle.
Habíase puesto de pie para describir mejor aquellos instantes de
lucha desesperada.
—Ya íbamos llegando a las galeras—decía.—Los moros
escopeteros, después de consumir toda la pólvora, no podían
ofendernos, atajados por nuestras picas; pero uno de ellos, cosa de
no creerse, hincose él mesmo en el vientre la mía, y dando de esta
suerte varios pasos ensartado, como lo digo, logró llegarse hasta mí
y alargarme, ¡pesia a tal!, una cuchillada bien bellaca en la frente.
¡Dejemos esto!—exclamó por fin, con el semblante alterado por el
rencor, y sentándose otra vez en el cofre.
Una de las criadas canturrió:
¡Los Gelves, madre, no son buenos de tomar!
Pero el antiguo soldado agregó sin oírla:
—¡Cuándo verase libre la cristiandad de estos aliados del Demonio!
A las veces me digo: ¿quién otro, llegado el caso, logrará
contenellos agora que falta don Juan, el de Lepanto?
Al escuchar aquella última frase, Ramiro, apartándose del escudero
y alzando la espada, repuso con asombrosa expresión:
—Cuanto a eso, yo he de hacer lo mesmo que el don Juan, si el Rey
me señala.
Algunas criadas se sonrieron, y el niño, mirándolas en el rostro,
exclamó nuevamente, golpeando con el pie en el solado:
—¡Yo he de hacer lo mesmo, digo e aún más he de hacer, con la
ayuda de Dios e la Virgen!
Entretanto, a su espalda, la puerta de la escalera acababa de abrirse y
una hermosa mujer, extremadamente pálida, toda vestida de negro,
penetraba en la estancia. Era doña Giomar, la madre de Ramiro. Sus
ojos fosforescían en la penumbra como humedecidos por lágrimas
recientes, y su voz, de un timbre demasiado bajo tal vez, moduló con
severa dulzura:
—Ya os he dicho otras veces, Medrano, que Ramiro no ha menester
destos alardes. ¿Por qué le habéis dado la espada?
El niño, volviendo el rostro hacia ella, se adelantó a responder:
—Ese no quería, madre, e yo se la tomé con engaño.
—Otras serán, hijo mío—repuso entonces la llorosa mujer—, las
armas que has de esgrimir cuando entres al servicio de Dios y de su
Santa Iglesia; y harto mejor estuviera agora en tus manos algún libro
de religión que no ese hierro.
Callose un instante, y el niño, viéndola llevarse a los ojos el
estrujado pañizuelo, soltó al punto la espada, y corriendo hacia ella,
—¿Por esto lloráis?—la preguntó.
—No, hijo mío—repuso la madre, dominada por la congoja.—
Conduéleme una nueva triste por demás. Ya no volveremos a ver a
la Madre Teresa de Ahumada... Entró en el gozo del Señor, como
una santa, antiyer, en Alba de Tormes.
Un murmullo de ayes y suspiros se levantó en la obscuridad de la
estancia. Algunas mujeres sollozaron.
El sol acababa de ocultarse, y blanda, lentamente, las parroquias
tocaban las oraciones. Era un coro, un llanto continuo de campanas
cantantes, de campanas gemebundas en el tranquilo crepúsculo.
Hubiérase dicho que la ciudad se hacía toda armoniosa, metálica,
vibrante, y resonaba como un solo bronce, en el transporte de su
plegaria.
Doña Guiomar, dejándose caer de hinojos, entonó en alta voz las
palabras del Angelus. Todos, imitando su movimiento, se
dispusieron a responder.
El escudero balbuceó las avemarías alzando el rostro y juntando las
palmas como los niños.
Las ventanas, abiertas, dejaban penetrar una paz penumbrosa y el
primer aliento somnífero de la noche.
II
Íñigo de la Hoz y su hija Guiomar se establecieron en Avila el año
de 1570, viniendo de Valsaín, junto a Segovia, donde tenían su
heredad. El viaje se resolvió bruscamente, y, una mañana lluviosa de
octubre, la carroza de hule verdusco, sin cascabel ni sonaja en las
colleras, penetró en la ciudad, por la Puerta del Mercado Grande,
como una hora después de la salida del sol.
Desde entonces el padre y la hija llevaron en Avila una vida de
misterio, saliendo sólo muy de mañana, en sillas cubiertas, para
asistir, cada cual por su lado, a la misa de alba, en alguna de las
iglesias vecinas.
El antiguo solar en que se alojaron, y que junto con trescientas
fanegas de tierra, en el Valle-Amblés, heredó el hidalgo de su mujer
doña Brianda del Aguila, estaba situado sobre una plazuela, a pocos
pasos de la Puerta de la Mala Ventura.
Cuadrado torreón de sillería se levantaba en el ángulo sudeste,
recortando sobre el cielo su imponente corona de matacanes y
morunas almenas. Era una mole altanera y fosca, manchada a
trechos de una costra rojiza semejante a la herrumbre. Estrechas
ventanas de prisión la agujereaban al azar, y una perlada moldura,
que parecía simbolizar el rosario, ornaba la base de las cuatro garitas
y uno que otro antepecho. El resto del caserón era ruin y
semibárbaro. Grandes piedras irregulares, retostadas por el sol,
asomaban entre la argamasa de los muros. Cerca del suelo, una
oblicua saetera, semejante al ojo de enorme cerradura, había servido
en otro tiempo para defender la puerta a flechazos. Las rejas eran
toscas y tristes.
La portada abarcaba casi todo el ancho de la torre. Era una de esas
portadas enfáticas y señoriles, tan comunes en Avila de los
Caballeros. Formaban el dintel inmensas dovelas de un solo trozo,
abiertas en semicírculo y encuadradas por gótica moldura
rectangular. A uno y otro lado, en cada una de las enjutas, un escudo
esculpido alternaba en sus cuarteles los blasones de las principales
familias avilesas: el pajarraco de los Aguilas, los roeles de los
Blázques, la cabria y el mazo de los Bracamontes. Hermosos clavos
tachonaban el maderaje de la puerta, y un cincelado aldabón,
arrancado quizá de algún alcázar andaluz, colgaba del postigo. Hacia
la derecha, otra aldaba más alta servía para llamar desde el caballo
sin apearse. En el zaguán, frente a una Virgen de bulto, con el Hijo
muerto en las faldas, ardía continuamente un farolillo.
El patio era un espacioso rectángulo, encuadrado por claustrales
galerías, sin más ornamento que los grandes escudos nobiliarios
labrados en los chapiteles. Tupida y alta maleza crecía por doquier,
respetando, tan sólo, uno que otro espacio cubierto por restos de
quebradas losas, que, así esparcidas entre la hierba, hacían pensar en
el osario de ruinoso convento.
El hidalgo no pensó nunca en reparar el abandono de aquel recinto,
donde él mismo se holgaba, como en inculta campiña. Unas veces
iba y venía bajo el sol, espantando a su paso las mariposas; otras,
pasábase horas enteras asomado al viejo pozo de carcomido brocal,
cavando pensamientos y contemplando, a la vez, su propio rostro
que el agua reflejaba en su espejo circular y profundo. Aquellas
galerías parecían aprisionar para el anciano pertinaces memorias; y
el aire mismo se inmovilizaba entre ellas, como impregnado de
quietud monacal y campesino silencio.
El padre y la hija sólo habitaban el piso alto del caserón. La
majestad y la incuria reinaban a la par en las estancias. A lo largo de
las polvorientas paredes, donde los tapices flamencos desplegaban
obscuramente sus fábulas, pendían o se apoyaban viejos retratos de
familia y toda clase de muebles señoriles, unos hallados en la casa y
otros traídos de Valsaín por el hidalgo. Cuando se caminaba por los
estrados, las baldosas, rotas o sueltas, resonaban bajo las alfombras
de Turquía. Sobrecielos de tela de oro y brocatel, que hacinaban
polvo y telaraña en sus pliegues antiguos, ornaban los lechos
hereditarios roídos por la carcoma. Las ventanas se abrían rara vez;
pero ricos pebeteros de plata disimulaban el hedor hongoso y ratonil
con su incesante sahumerio.
Encerrado desde el amanecer hasta la noche en la librería del
palacio, don Íñigo dejaba deslizar las horas muertas, meditando o
leyendo. Había traído de Segovia gran acopio de cronicones de
España, mucho libro de caballerías, no pocos de devoción, Las
Epístolas de Séneca, De Oficiis de Cicerón, un Salustio, un Valerio
Máximo, un Virgilio y algunos tratados de matemática celeste, a
más de una esfera armilar con zodíaco de bronce. Agregábanse los
impresos y manuscritos que fue encontrando en la casa, y entre los
cuales aparecieron varios librotes arábigos, que hizo quemar al
pronto, en medio del patio, en presencia de un canónigo de la Iglesia
Mayor.
Al poco tiempo los volúmenes se amontonaron sobre el suelo.
Cuerpo que el hidalgo tomaba en sus manos casi nunca volvía a los
estantes. ¿Para qué? ¡Le quedaban tan pocos años de vida! Los
ataques de gota se repetían, cada vez más próximos, y un mal oculto
y febril le iba desecando el húmedo radical y rebutiendo los
hipocondrios. A veces el sopor le vencía, y su boca entreabierta
dejaba escapar un balbuceo de pesadilla, como si la calor del sueño
hiciera bullir en su cerebro las representaciones de su pasada
existencia.
Vestía siempre de negro o de pardo, sin otra gala que la venera de
oro y la roja espadilla de Santiago, bordada en todos los sayos y
ferreruelos. En invierno, para ajustarse a la antigua regla de su
orden, sólo usaba humildes pieles corderinas. Ayunaba dos
cuaresmas al año: una, desde el día de Quatour Coronatorum hasta
el día de Navidad; otra desde el Domingo de Carnestolendas hasta la
Pascua de Resurrección.
Era su cuerpo menudo, su rostro cetrino y como hecho de raigambre.
El corto bigote, negro todavía, contrastaba con su barbilla
cenicienta. Sus ojos eran vidriosos, monásticos, tristes. Su humor
sombrío. Creía descender de un rey de Aragón, y hacía remontar su
apellido, etimológicamente, hasta un cónsul romano. El libro
becerro de Segovia nombraba siempre algún antepasado suyo en las
anuales correrías de los caballeros contra los moros de Jaén, de
Sevilla, de Andújar.
Hasta los cincuenta y dos años de edad, despreciando todo trabajo
como indigno de sus manos hidalgas, y viviendo exclusivamente de
los censos de sus tierras y de los escudos de oro que, uno a uno, iba
sacando de un cofre, llevó una vida ociosa y retirada en su posesión
de Valsaín o en su «Casa de los Picos» en Segovia, sin más
accidente de bulto que sus bodas con una dama de ilustre familia
abulense que, un año después de casada, murió de sobreparto. Pero
apenas estalló la rebelión de los moriscos, a fines de 1568, don
Íñigo, sintiendo hervir en su sangre el atávico rencor, reunió un día
en su casa a sus amigos y parientes demostroles con elocuentes
razones el imperioso deber de ayudar al soberano contra aquellos
perros infieles. Muchos resolvieron acompañarle. Volcó entonces
gran parte de su hacienda para armar, a su costa, una verdadera
mesnada, como los infanzones antiguos.
A las órdenes del Marqués de Mondéjar, señalose en las refriegas
por una cólera irrefrenable, que más de una vez pudo costarle la
vida, arrojándole completamente solo entre los enemigos, en la saña
de las persecuciones. Predicaba la guerra sin cuartel y la castración
general.
El fue quien hizo descubrir al famoso caudillo Aben-Djahvar, por
medio de espantosos tormentos, dos escondites de armas en Sierra
Nevada.
En el paso de Alfajarali recibió en medio de la frente el puntazo de
un cuchillo corvo que un morisco, de aquellos que peleaban
coronados de rosas en señal de martirio, le arrojó desde lejos. Pero,
en lo más rudo de la campaña, tuvo que retirarse a su heredad,
desarzonado por un terrible ataque de gota, recibiendo poco después
el hábito de Santiago, en pago de sus servicios.
Hasta los últimos años de su vida solía consolarse de sus mayores
pesares recordando los episodios de aquella fiera vendimia de la
Alpujarra.
Había heredado de sus mayores el sentimiento heroico de la honra y
un señoril desprecio por todos los afanes del interés y del lucro.
Tanto en Avila como en Segovia, desdeñando la administración
personal de la propia hacienda, entregola por entero, con las llaves
de sus arcas y las funciones de maestresala, a un mayordomo
flamenco, cuya probidad creía asegurar, de tiempo en tiempo,
mediante alguna demostración caballeresca de confianza y uno que
otro aforismo de las Partidas. Fuera del vino de Madrigal, guardado
en pellejos taberniles, no se hallaba provisión alguna en la casa, y,
continuamente, los criados salían a mercar a crédito en la vecindad
lo que se iba necesitando.
Las angustias de dinero no tardaron en sobrevenir; pero el hidalgo,
cuya altivez no aceptaba las humillaciones de la economía, fue
empeñando uno a uno sus bienes a los genoveses. Si la premura era
grande, hacía descolgar un tapiz, negociar una joya o pagar ciertos
gastos con las piezas de su innumerable vajilla, cuyos platos,
fundidos en las minas de América, hacían fácilmente las veces de
monedas enormes. El era, sin embargo, harto sobrio. Un caldo de
torrezno, que se servía en una sopera con candado para defenderlo
de la voracidad de los pajes, un huevo, y algún hojaldre relleno de
picadillo con pebre, bastaban a cualquiera de sus colaciones.
Algunos viernes, como un acto ritual, bebía una taza de vino y
probaba algunos bocados de cerdo, para diferenciarse de moros y
judíos.
III
Guiomar y don Íñigo se veían tan sólo a las horas de la comida y de
la cena. El anciano, sentado a la cabecera, y su hija, hacia un
extremo de la tabla, entre Ramiro y el Capellán, permanecían todo el
tiempo sin hablarse. En medio del angustioso mutismo, cualquier
rumor, el choque de la platería, las pisadas de un paje, el grito de los
buhoneros en la calle, cobraba un eco solemne.
Al levantarse, cuando la gota se lo consentía, el anciano caminaba
algunos instantes a lo largo de la cuadra. Guiomar y su hijo se
acurrucaban junto al brasero. Oíase el tic-tac de un cuadrante. Nadie
hablaba.
No hubiera podido decirse, al pronto, si era una aversión recóndita o
un dolor compartido lo que motivaba dicha reserva. Cada uno se
informaba del otro por medio de la servidumbre. Para Guiomar su
aposento, inmediato al oratorio, tenía austeridades de celda, y
cuando cruzaba las demás habitaciones, parecía visitar una casa
extraña, dejando tras sí como flotante congoja. Su lozanía de otros
tiempos, y el mismo brillo de sus pupilas, mantenido entonces a
favor de melindroso pestañeo, todo huyó prematuramente de su
rostro, macerado por los pesares; y el negro monjil ahuyentó para
siempre los tafetanes de colores y las graciosas basquiñas de la
adolescencia.
Antes de que cumpliera los quince años, don Íñigo la había
prometido en casamiento a su primo Lope de Alcántara, con quien le
ligaba, fuera de un fraternal afecto, una noble emulación en la
fidelidad y el sacrificio. Era el tal Lope un caballero cincuentón de
infelice rostro, y sólo adornado de las más severas virtudes. La
doncella sentía por él invencible repugnancia; pero incapaz de
afrontar el ánimo recio de su padre, se resignó a ser ofrecida como
tributo de aquella ejemplar amistad, que era ya citada por todos en
Segovia.
Como a toda hidalgüela, vedáronla desde temprano la lectura de los
libros de caballerías, que tanto abundaban en la casa, pintándoselos
como obras de pura vanidad y de sutil incitación al pecado. Por eso,
tal vez, comenzó a sacarlos, uno a uno, furtivamente, de la biblioteca
paterna y a saborearlos de noche, en la cama, a la luz de un velón,
cuando todos dormían.
La impresión de aquellas aventuras estrafalarias fue para ella como
un filtro hechiceril. Ya no pensaba sino en bizarro y generoso
caballero que viniese a libertarla y la llevase lejos, muy lejos, en la
grupa del palafrén. Comenzó a vivir en la amorosa cavilación, en los
coloquios y raptos de las historias, soñando despierta, olvidando la
vida cuotidiana, dando respuestas absurdas y palpando las cosas,
como una sonámbula, sin saber lo que buscaba. Aficionose a los
olores, a los jubones recamados de canutillos y aljófar. Aliñose
como nunca las manos y la guedeja. Los confesores la previnieron;
pero ya no era tiempo.
Una tarde de verano, en Segovia, contemplando desde su habitación
el rojo deshojamiento del crepúsculo sobre el valle del Eresma, vio
pasar por la calle a un arrogante galán que se detuvo a mirarla. Iba
vestido a lo soldado, con harta pluma en el sombrero. Una daga
cubierta de piedras preciosas brillaba sobre sus gregüescos
acuchillados.
Aquella escena muda se repitió varias veces. Algunas noches una
voz llorosa y sombría cantaba debajo de su ventana, al son de una
guzla. El billete atado a una piedra no se hizo esperar. Por fin los
garfios de una escala de seda se engancharon a su balcón, y su labio
sorbió, sobre Segovia dormida, el deliquio del primer beso nocturno.
Cuando se hubo rendido por entero al pecado, y la arrancaron de su
embriaguez los primeros anuncios de la maternidad, creyó
enloquecerse. Sin esperar, reveló todo a su padre. Entretanto el
seductor desaparecía de Segovia. Medrano fue encargado de ir en su
busca. Poco después, en Arévalo, el mismo desconocido se presentó
al escudero, declarando su nombre y su raza. Era un morisco.
—Decid a vuestro amo—exclamó al despedirse—que yo quise
herille su honra por vengar a mi padre el valiente Aben-Djahvar, a
quien él hizo sufrir en Almería despiadado tormento; pero que, si él
consiente agora en casar a su hija conmigo, iré a postrarme a sus
plantas.
El hidalgo, al recibir aquel terrible mensaje, se abalanzó sobre
Guiomar con la daga desnuda; pero, sintiéndose desvanecer, y
creyendo que se moría, la maldijo el fruto que llevaba en el vientre.
¡Qué días los que siguieron! Lope de Alcántara fue informado de
todo, y aquel hombre, loco de amor o de lealtad, al escuchar la
exasperada relación de boca de su amigo, en vez de enfurecerse,
exigió que se realizaran al punto sus bodas; y a los tres días de
casado se partió solo para Flandes.
Algunos meses después don Íñigo recibía una carta de su amigo
Sancho Dávila haciéndole saber la manera admirable como su yerno
había sacrificado la vida en un encuentro con los hugonotes de
Francia.
Guiomar, como si hubiera asido con ambas manos la herida abierta
en su pecho por tanto dolor, pareció escurrir fuera de sí el exceso de
aquella sangre culpable, cuyos ardores habían mancillado su honra.
Enfermiza palidez enmascaró su rostro. Sus manos tomaron
impresionante blancura entre sus vestidos de luto; y su alma se
inclinó toda entera hacia el rayo de luz de la esperanza divina. A
pesar de su preñez, sometió su cuerpo a las más arduas penitencias,
imitando, dentro de su casa, en lo que era posible, la nueva reforma
del Carmelo.Cuando se acercaba el día del parto, don Íñigo resolvió
cambiar de residencia y se trasladaron, para siempre, a Avila de los
Santos. Allí vino al mundo Ramiro, un 21 de diciembre, día de
Santo Tomás, el año de 1570, bajo la constelación de Saturno y los
signos de Acuario y Capricornio.
IV
Respirando aquel aire claustral de tristeza y de encierro, con el
azoramiento instintivo de los niños en las grandes desgracias, sin
una alegría, sin un compañero de su edad, gobernado por seres
taciturnos que hablaban de continuo en voz baja, vivió Ramiro los
obscuros días de su niñez. La menor expansión infantil, su misma
sonrisa, hallaban siempre un dedo sobre un labio. A los siete años de
edad sumiose en un mutismo melancólico, pasando horas enteras en
algún escondite, las manos quedas y el rostro como apenado. Había
algo de monstruoso en el contraste de sus tiernas facciones con el
ceño de aquella frente cargada, al parecer, de adultos pensamientos.
Desde temprano, su madre rodrigole en la dureza de implacable
devoción. Asistía con él todos los días a la misa de alba en las
parroquias de San Juan o Santo Domingo; le habituaba a las
oraciones difíciles que ofuscaban su mente, y a las interminables
letanías que hacían retorcer de impotencia al Demonio. Diole,
además, para su uso, un rosario de quince misterios, como el que
llevaban los monjes. Debía besar el suelo humildemente ante las
imágenes de Nuestra Señora del Carmen, y depositar, asimismo, su
ósculo en el escapulario de los religiosos para ganar indulgencias.
Después de la primera comunión la rigidez aumentó. Doña Guiomar
castigaba ahora su falta más mínima con penitencias monásticas,
inculcándole el desprecio del mundo y el terror al pecado. Todas las
noches leía; junto a su lecho, en el Flos Sanctorum la historia del
santo del día y, a veces, dejando el libro, relataba ella misma los
milagros de alguna monja de la ciudad o los trabajos y prodigios de
la Madre Teresa de Jesús, parienta suya por línea materna. Decíale
los coloquios diarios de aquella santa mujer con el Señor, y cómo,
en medio de la oración, el aliento celestial la tocaba de pronto,
levantando su cuerpo a varios palmos del suelo. Aquellas cosas eran
contadas por la madre con un acento estremecido que derramaba en
la noche como sagrado y temeroso aroma de santidad.
Durante la mayor parte del día se le abandonaba a su albedrío. El
abuelo no le hablaba jamás. El niño, entretanto, vagando por el
caserón, miraba por los vidrios a los muchachos que jugaban en la
plazuela, subía a la estancia de labor en el último piso de la torre, o
bajaba a la cuadra de los pajes, en el corral, para llevarles algunas
golosinas que apartaba de sus propias colaciones. Ellos, al verle
aparecer, salían a las puertas, sonrientes y famélicos. La larga
habitación, semejante a un ventorrillo de moros, estaba atestada de
cofres de piel y de hierro, que parecían del tiempo del Cid, y de
estrechas tarimas cubiertas de mantas inmundas. Al entrar, las
narices se llenaban de un tufo acre y caliente. Nunca faltaban sobre
el piso de tierra películas de ajo y pedazos de naipes. Parte de la
servidumbre pasaba allí varias horas del día durmiendo o jugando
como en una taberna. Colgadas de la pared veíanse las ostentosas
libreas de tafetán o terciopelo galoneadas de plata.
Otras veces Ramiro curioseaba la negra cocina; el horno del pan,
capaz de abastecer a un convento; la panera, donde se guardaban los
sacos del diezmo; o, bajando por una rampa de piedra, hacia la
derecha del portal, íbase a palmear las mulas y el cuartago en las
caballerizas subterráneas.
La cochera no guardaba otro vehículo que la carroza de hule verde
traída de Segovia y que sólo rodaba cuando sus dueños, al llegar el
estío, se retiraban a su casa de campo en el Valle de Amblés. El
resto del año quedaba abandonada por completo en la obscura
covacha. El niño penetraba en su interior todos los días para coger el
huevo que una gallina misteriosa ponía sobre los cojines de
bronceado guadamacil.
A los diez años de edad Ramiro parecía tocado de Dios. Su madre le
veía internarse, como un predestinado, en la aspereza y el
recogimiento. A través de una antepuerta oyole a veces recitar, con
exaltada pasión, endechas religiosas que ardían como llama en su
labio; otras, veíale ocupado largo tiempo en copiar los hechos más
notables de Jesucristo y de su gloriosa Madre; y observó que
siempre trazaba el nombre de Nuestro Salvador con tinta de oro y en
caracteres azules el de la Santísima Virgen. Le creyó asegurado, y,
pareciéndole a ella misma imprudente seguirle reteniendo en aquella
clausura que le amarilleaba el semblante, resolvió que el escudero le
sacara a pasear, de tiempo en tiempo.
Medrano se presentaba después de mediodía, y el niño, vestido por
las doncellas con traje de terciopelo negro, zapatos con virillas de
plata, gorra morada, una lechuguilla fresca y un corto espadín, iba a
despedirse de la madre. Ella le marcaba la crencha, con el peine,
hacia un costado, según la manera española, y, haciéndole rezar un
Ave y un Pater, le despachaba con un beso.
Así fue conociendo Ramiro la ciudad con sus arrabales y contornos.
Era una revelación incesante para sus ojos hastiados del cuadro
monótono del caserón. El afán diverso de la vida invadió
bruscamente su espíritu. Además, las fieras murallas le hablaron un
lenguaje legendario y heroico, y los templos, con sus graves
sepulcros, le dijeron las glorias del hombre y el orgullo de los
linajes.
Como el escudero mantenía trato frecuente con algunos clérigos de
las parroquias, oía relatar o discutir, a menudo, en los corrillos de
sacristía, las tradiciones añejas de la ciudad, y, de esta suerte, su
retentiva atesoraba admirables historias, que habían de servirle
después para embelesar a las criadas o hacerse agasajar de barato en
tabernas y pastelerías. Ramiro aprovechó de aquel saber pegadizo.
El antiguo soldado le ilustraba ante las cosas mismas, descifrando a
su modo las inscripciones y marcando con desparpajo el sitio de los
sucesos. Así supo Ramiro los trágicos amores del famoso caballero
Nalvillos con la mora Aja Galiana. Fue también el escudero quien le
contó por primera vez, ante la Puerta de la Mala Ventura, la historia
de los sesenta rehenes de Avila, cuyas cabezas hizo hervir en aceite
el Rey Alfonso el Batallador; así como el arrogante sacrificio de
Blasco Ximeno, que fuese a retar, a su propio campo, al Rey alevoso
y perjuro.
La famosa proeza de Ximena Blázquez fue referida sobre uno de los
inmensos torreones de la Puerta de San Vicente; y ya Ramiro no
alzaba los ojos a la muralla que no recordase el ardid de aquella
hembra que, en ausencia de los caballeros, viendo llegar a los moros
almoravides, subió a las almenas con las mujeres de la población
todas cubiertas de barbas y sombreros, consiguiendo amedrentar de
esta guisa a los infieles, que se alejaron a escape de la ciudad,
creyéndola bien defendida.
Medrano tenía en Avila numerosas amistades; pero su más generoso
camarada, ya fuera que se tratase de beber en compañía una bota de
San Martín o de procurarse algunos doblones en un caso de apuro,
era el portugués Diego Franco, campanero de la Iglesia Mayor, que
habiendo trabajado de pelaire en Segovia, fue más tarde tamborilero
en Brujas y en Amberes, de donde trajo su gran afición a las
campanas.
Era una fiesta para Ramiro cada una de las visitas que solían hacer,
en lo alto de las torres, a aquel «bachiller de badajos», como le
llamaba el escudero.
Después de pasar el umbral de la Iglesia, Ramiro tiraba de una
cuerda oculta detrás de la portada, y, casi al instante, allá arriba, a
una altura vertiginosa para sus ojos de niño, asomaba, por un
agujero practicado en la bóveda, un rostro diminuto de mujer o de
hombre. Poco después, oíase un ruido de tacones en el interior de un
grueso pilar, hacia la derecha; el cerrojo crujía, y la puertecilla, al
abrirse, presentaba al campanero, o a su esposa, trayendo en una
mano el manojo de llaves y en la otra un farol encendido.
Comenzaba entonces la ascensión por el hueco de aquella columna
del templo. Los peldaños eran tan altos que Ramiro tenía que
ayudarse con las manos. Sólo, de tarde en tarde, la angostura de una
aspillera dejaba penetrar un rayo de sol colorido por los vidrios y
perfumado de incienso.
La visita se realizaba comúnmente en lo alto de la torre truncada,
bajo un cobertizo de tejas, reclinado cada cual sobre las tablas de
una zahurda, donde los esposos criaban una media docena de cerdos,
negros como la pez. Ramiro se entretenía en curiosear los misterios
de la techumbre o en contemplar la ciudad y los horizontes, desde
aquella elevación que producía en todo su ser el antojo de un vuelo
fantástico.
Franco era mezquino de cuerpo. Cuando algo le preocupaba
mascábase el bigote nerviosamente. Su mujer, Aldonza González, a
quien todos llamaban la extremeña, era, en cambio, garrida y
vigorosa. Ella manejaba las dos campanas más gruesas, dejándole a
él los clarillos y esquilones.
Muchas veces, teniendo que echar algún repique de importancia,
subieron los cuatro a la torre. El escudero ayudaba, y Ramiro,
aunque sacudido hasta los tuétanos, se complacía en aquellas
detonaciones espantosas que amenazaban derrumbar el campanario
y lanzarle a él mismo a los aires, como una paja, en el sonoroso
turbión. Aldonza, en el entusiasmo de su faena, mostraba todas las
calzas hasta la carne.
Era una hembra casi hermosa. Su piel tierna como las natas, su labio
rojo como un pimiento de Candeleda; pero tanto su cabello bravío
como su bozo de mancebo, denotaban un natural hombruno y
procaz. Manejaba al marido como a un esclavo, descargando sobre
él el exceso de vigor que renovaba en su sangre el aire purísimo de
las torres. Ramiro la observaba de soslayo. Ella gustaba
sobremanera del niño. A veces, cuando nadie veía, levantábale en
peso y acostándole sobre un escaño, trataba de animarle y hacerle
reír con sus violentas cosquillas y estrujaduras.
Los días de fiesta, el escudero prefería pasarlos en su propia
covacha, jugando a los naipes con sus amigos. Cuando llegaba con
el niño llamaba al punto a su hija Casilda, donosa chicuela que
hechizaba el tugurio con su hermosura, haciendo pensar en esas
infanticas abandonadas de que hablan las leyendas. La madre había
sido una española de Amalfi, que el escudero robó una noche,
hiriendo al padre y matando a un hermano, y que, descubierta dos
años después, prefirió dejarse ultimar en el tormento antes que
denunciarle.
Componían la covacha dos habitaciones con un jardincillo, en el
fondo de una casucha, detrás de San Pedro.
A pesar de la dulzura y la belleza de Casilda, Ramiro la trataba
siempre con altanera frialdad. Ella escuchaba cada palabra suya
parpadeando de admiración. Quitábale las manchas de cal o de
polvo de sus ropas, besábale a cada instante las manos. Cuando
jugaban en el jardincillo era ella la que corría a traer la guija para la
honda o la vara de la improvisada ballesta, mientras él esperaba tieso
y señoril. Sin embargo, alguna vez al despedirse, Ramiro juntó su
boca con la de aquella criatura vestida de harapos como una gitana,
y este movimiento maquinal llegó a despertarle, en el correr de los
días, cierto extraño deleite, que le recordaba el saborcillo sucio de
las frutas cogidas en el suelo.
V
Después de residir en Avila más de nueve años, la única persona con
quien don Íñigo osó estrechar amistad fue el caballero don Alonso
Blázquez Serrano. Como sus heredades en el Valle-Amblés estaban
contiguas y sus mujeres habían pertenecido a la misma familia de
los Aguilas, no tardaron en conocerse.
No había en la nobleza comunal abolengo más preclaro que el de los
Blázquez. La historia de aquella estirpe estaba ilustrada de más altas
proezas y famosos amores que un libro caballeresco. Don Alonso
descendía, por línea recta de varón, del adalid Ximeno Blázquez,
primer Gobernador y Alcalde de la ciudad, cuando fue repoblada por
el Conde Raimundo de Borgoña. Blasco Ximeno, el del reto;
Ximena Blázquez, la de los sombreros, y el famoso Nalvillos,
casado con la mora Aja Galiana, y casi tan famoso como el Cid, eran
sus antepasados. De muy antiguo databa la resolución del Consejo
de que siempre que saliera gente de a caballo de la ciudad, en
servicio del Rey, «hubiese de ser su caudillo o adalid descendiente
del noble Blasco Ximeno, el reptador, e no de otro linaje. Otrosí su
pendonero o alférez».
En la antigua iglesia de San Pedro puede verse la capilla de los
Serrano y sus blasonados sepulcros vetustamente roídos. Era esta
otra casa clarísima y antigua. Don Alonso podía usar el blasón de los
cinco lises alternados con blancas veneras en campo de plata, o el de
los leones rampantes en campo de azur. Los honores habían
resplandecido siempre en su familia.
Su palacio, heredado de su mujer, se levantaba hacia la parte del
Norte, unido a la muralla de la ciudad, según uso inmemorial de los
mejores linajes. Uno de los cubos almenados erguíase en el fondo
del huerto, y su defensa había correspondido siempre a los Aguilas.
El hidalgo residía breve parte del año en el solar; la corte le atraía
con imán poderoso. En cambio, la existencia muda y monástica de
Avila de los Santos, donde pasaba horas eternas sin escuchar otra
nota de vida que el tañido de alguna campana o el canto de un gallo,
le exasperaba el humor como un duro cautiverio.
Fuera del combate de Lepanto, en que, armado de ancho espadón de
guzmán, batiose bravamente en la proa de una galera, recibiendo una
pelota de arcabuz en el hombro y una lanzada en el muslo, no
registraba en su vida otra acción memorable. Pasolo casi siempre en
los oficios palaciegos. A los diez y ocho años de edad era paje de
Ruy Gómez de Silva, y a los treinta, gentilhombre del Rey, que le
hizo acordar, más tarde, por su comportamiento en la flota, el hábito
de Calatrava.
Había estudiado en Salamanca, residido dos años en Milán y tres en
Venecia. El recuerdo de esta ciudad le exaltaba todavía hasta el
delirio. Gustábale de disertar sobre las cosas del arte, y refería a
menudo sus pláticas con el Tintoreto, a quien había conocido
íntimamente. El latín y la dulce lengua toscana le eran tan familiares
como su propio idioma. Al hallarse solo entre sus libros antes cogía
las Metamorfosis, o la Jerusalén libertada, que las ásperas epístolas
de San Pablo. Todos sabían que había ofrecido al Cabildo de la
Catedral hacer revestir a su costa la gótica portada de los Apóstoles
con un peristilo greco-romano. Los cajones de sus bufetes estaban
llenos de ensayos poéticos, en que cantaba, al modo de Boscán y
Garcilaso, a Clori y a Galatea. Llevaba concluida una traducción de
El laberinto de amor, sendas glosas de los sonetos de Petrarca, y
tenía entre manos una feliz imitación de la Arcadia de Sannázaro.
Para él, aquella naturaleza desolada y adusta que rodeaba, por todos
lados, a su ciudad natal no merecía un hemistiquio.
Las galas al uso, la continua genuflexión, el ambiente de los estrados
y todo el artificioso juego de sentimientos alambicados o fingidos,
todo aquel estoraque, todo aquel histriónico afeite de la vida
cortesana, agravado por los exquisitos refinamientos «que», según
don Íñigo, «la prudente malicia de los extranjeros brindaba a los
españoles para afeminalles el valor», habían concluido por cubrir
con mentirosa envoltura la austera fibra castellana de don Alonso.
Sin embargo, no se tardaba en advertir que un alma recia como un
estoque se ocultaba por debajo del bordado terciopelo de aquella
vaina de ceremonia, y que su honra era siempre tan puntillosa como
pudo serlo en el corazón o la mejilla de los que descansaban en San
Pedro, con su par de espuelas en el calcáneo. Sólo que los tiempos
habían hecho llegar hasta él, desde temprano, los granos de fina
sensualidad que la vida fascinadora de Italia aventaba sobre los
reinos, propagando el gusto de la pompa y del bello vivir.
Amaba los ricos objetos, el aparato palaciego, la numerosa
servidumbre. La mucha hacienda servía ante todo, según él, para no
envilecerse en ganarla y poder mostrar mejor la alta guisa del ánimo.
Era de condición levantada y espléndida. Pensaba que por encima de
todo acto del hombre debía palpitar un gesto generoso y brillante,
como la pluma en el sombrero.
Su lujo en el vestir burlaba las pragmáticas. Nadie usaba en la corte
espada más larga que la suya, ni lechuguilla más eminente y más
ancha. Hacía tejer en Milán sus brocados y brocateles según
antiguos modelos del guardarropa de familia, y sólo los lapidarios de
Florencia eran dignos de grabar el onix y la cornalina para el sello
de sus sortijas y el pomo de sus dagas.
Varios años de juventud los pasó embebecido de la joven esposa de
un Consejero de Castilla, y gustó mucho en la corte aquello de haber
dado dos mil escudos de oro por un lenzuelo manchado en sus
sangrías, que le presentó el cirujano. Antonio Pérez mostrábale
siempre gran afición, y él contaba con aquella amistad y valimiento
para lograr una silla en el Consejo de Italia a la primer coyuntura.
Su amor por las cosas que concretaban una calidad exquisita de
rareza o de arte era sobradamente sincero; pero sabía también que el
culto ostensible de aquella pasión ponía una orla incomparable a la
vida señoril, y, desde temprano sirviéndose de sus amigos de Milán
y Venecia, comenzó a reunir en su casa un verdadero tesoro.
Los objetos que herían la imaginación del hidalgo con más sutil
embeleso eran sus vidrios y marfiles. Estos, fríos, tersos y cuasi
dorados, provocábanle indecible entusiasmo. Tenía gestos de
verdadero amor para cogerlos de los fanales y acercarlos a la luz.
Hubiérase dicho que sus manos oprimían con fraternidad aquella
aristocrática y pálida materia, donde los rayos de sol remedaban un
rubor interno de sangre.
Hacia el centro de la cuadra principal, sobre dos largas mesas
fabricadas de minúsculos espejos, las fuentes, los vasos, las copas de
Venecia entremezclaban al azar su tenuidad casi incorpórea, y de
una fina manera el azogado cristal invertía como un estanque el
precioso florecimiento.
Algunos de aquellos objetos prolongaban el milagro de vivir
centenariamente. Piezas del siglo anterior, arquetipos de la
generación innumerable, habían sido exornados de mascarones y de
imprevistas alimañas por la tenacilla de Vistori, de Ballorino, de
Beroviero, en la gran época visionaria de la cristalería. Vidrios
turbios, de un glauco tinte lodoso como el agua de los canales, de la
cual aparentaban haber tomado toda su fantasía. Su manejo educaba
la mano mejor que los marfiles. Don Alonso los tomaba con cuidado
infinito, como si un movimiento poco armonioso pudiera quitarles la
vida. Un amigo suyo, un pintor formado en Venecia, a quien
llamaban el Greco, habíale enseñado a mirarlos de noche en un rayo
de luna. Sobre la vaga substancia la luz astral rielaba un reflejo
fosforescente. Entonces, cual si hubiera caído en su pupila la gota de
un filtro, don Alonso creía respirar el olor de la noche sobre las
aguas, veía las escamosas estelas, las aturquesadas blancuras de los
palacios, la lobreguez de los pequeños canales internados en el
misterio.
Así, por la virtud del vano cristal, aquel hidalgo, desde su reseca y
polvorosa Castilla, creíase transportado a la ciudad de las lagunas,
donde pasara, bajo el negro o verde antifaz, horas inolvidables.
Entre don Íñigo y don Alonso Blázquez Serrano formose pronto esa
amistad ceñida y lisonjera que suele enlazar a los descontentos. El
uno clamaba en tono altivo y profético contra la política del
monarca, quien, a la vez que iba aniquilando los fueros de la antigua
nobleza, toleraba en su reino católico la vergonzosa plaga de los
moriscos. El otro, mirando de hito en hito hacia las puertas, refería
bajezas y crímenes recompensados con grandes honores y mercedes.
Cierto día, al retirarse de una de sus visitas, Blázquez Serrano topó
con Ramiro en la antecámara. El niño estaba sentado en una silla de
alto y esculpido respaldo. Sus ojos parecían contemplar fijamente
alguna imagen dolorosa de su propio cerebro. Hubiérase dicho un
infante embrujado.
Don Alonso, bajo su varonil empaque, disimulaba un corazón capaz
de profundos enternecimientos que le humedecían de súbito los ojos,
como a una mujer. Había mirado siempre a Ramiro con indiferencia;
pero, al verle ahora sumido en aquella melancolía, sintió una extraña
compasión que él mismo no hubiera podido explicar. Desde
entonces comenzó a agasajarle. Al siguiente día le mandó buscar
con su enano. Hízole enseñar toda la casa, el huerto, las murallas; y
llevole él mismo a conocer a su hija Beatriz, preciosa mujercita de
diez años, que les recibió en gran aposento perfumado y oscuro,
sentada sobre un cojín azul, entre las dueñas.
Cuando la niña se hubo puesto de pie, Ramiro se adelantó tendiendo
los brazos; pero ella le contuvo con grave reverencia. Una emoción
profunda, indecible, estremeció el pecho del niño. El enano le puso
la mano sobre el hombro y salieron.
VI
La heredad de Íñigo de la Hoz, en el Valle-Amblés, estaba situada
casi al pie de la sierra, como un cuarto de legua al poniente de
Sonsoles. Componíase en un principio de un retazo de monte y de
trescientas fanegas de tierra de sembradura; pero, debido a los
apuros del señor, había ido mermando rápidamente, hasta reducirse
a un espeso carrascal y a estrecha lonja de prado, en cuyo extremo se
levantaba la ruinosa casería de los padres de doña Brianda. La jara,
el cantueso y la viciosa maleza habían invadido los jardines que
existieron. Los caminos sólo se adivinaban por la alineación de los
árboles. En el monte era difícil avanzar. La naturaleza, enseñoreada
durante muchos años de abandono, se defendía ahora con la maraña,
con el fustazo, con la espina.
En cambio, desde las ventanas altas del caserón se contemplaba el
aliñado verjel de don Alonso, con sus estanques repletos, sus
senderos limpios y sus alheñas y arrayanes recortados graciosamente
como en los jardines de Italia. Distinguíanse, asimismo, los famosos
parapetos imaginados por el hidalgo, y cuyos mosaicos de
piedrecitas blancas, negras y coloradas figuraban fábulas de Ovidio.
Algunas tardes subía en el aire rosado el agua de los surtidores,
empapando al caer las escalinatas y los follajes.
Ramiro aficionose muy pronto a la vida libre que llevaba en la
heredad. Cuando hubo cumplido los trece años, Medrano, que solía
alojarse con su hija Casilda en las cuadras bajas del granero,
enseñole, en el caballejo de un gañán, todos los rudimentos de la
jineta y de la brida. Además, haciendo él mismo una lanza ligera con
sus gallardetes y cordones, mostrole el modo de manejarla; y
algunas noches, a la luz de una vela, le ejercitaba, por medio de su
propia sombra, en bajar y subir la mano hasta el oído, para que
aprendiese a embestir con gallardía.
Medrano tenía, junto a su lecho, dos espadas: la una, angosta y larga
por demás, con calada guarnición; la otra, con pesada empuñadura
de reja y ancha hoja de dos filos.
—Este acero—decía señalando su fina espada escuderil—es doncel,
no sabe lo que es hundirse en la carne hasta el recazo; pero
aquéste—agregaba, descolgando con un gesto de amor su joyosa de
antiguo soldado—ha sacado más sangre que un barbero y más almas
que una monja. ¡Con él he hurgado las tripas a más de un valentón,
descalabrado a más de un rival y cortado a cercén, bonitamente, no
sé cuánta gola turquesca!
Ramiro le escuchaba experimentando un singular deslumbramiento
y, al empuñar él mismo la espada, parecíale que el corazón le crecía
dentro del pecho.
Las lecciones de esgrima principiaron. El escudero palpábale sus
músculos precoces, y a medida que sus fuerzas medraban íbale
enseñando esas tretas misteriosas, a las cuales creía deber su buena
ventura todo soldado que llegaba a la vejez.
Ciertos días, durante las horas de la siesta, escapando a la vigilancia
de doña Guiomar, salíanse los dos en busca de algún sitio umbroso
del monte. El niño aspiraba con fruición el humo rústico de las
fogatas que ardían de ordinario en la vecina heredad; y el sol y el
perfume tornábanle al pronto extremadamente sensible.
Medrano, después de sentarse a la sombra de algún árbol, quedábase
mudo un instante, sin otro movimiento en toda su figura que la roja
pluma del sombrero que el céfiro agitaba. Pero poco después,
incitado por la vista del valle, cuya extensa claridad le recordaba la
mar luminosa y tranquila, poníase a referir la captura de poderosos
bajeles o algún audaz desembarco en las costas de Levante. Ramiro
no perdía un solo ademán, un solo vocablo del narrador, y, por
momentos, la pasión de la lucha le alucinaba con tal ímpetu que
llegaba a creerse, él mismo, sobre la cubierta del navío o entre los
caballos y alfanjes de los infieles.
Otras veces, en cambio, dejándole hablar sin oírle y abstrayendo su
espíritu, fijaba sus grandes ojos en los muros de la ciudad, cuya
sombra, torreada y rojiza se contorneaba hacia la parte opuesta del
valle, cual inmensa corona de hierro. Soñaba, entonces, que él era
llamado a cubrirla algún día de nueva honra cristiana, hasta ser
aclamado por el primero de todos en el valor y el renombre.
Algunos libros de caballerías y uno que otro tratado de brida y de
jineta que sorprendió sobre el bufete de su aposento, hicieron
comprender a la madre lo que estaba aconteciendo en el ánimo de su
hijo. Consultó el caso con su capellán, un viejo fraile franciscano,
que era a la vez el maestro de gramática de Ramiro, y le fueron
aconsejados los remedios de la Iglesia: la plegaria, la penitencia, el
recogimiento.
El niño se sometió con mansedumbre, lleno de piadosa inquietud.
VII
Era uno de esos días de bochorno canicular a que no escapa, con ser
tan empinada y ventosa, toda aquella región de Castilla. Un aire
abrasador se amodorra en las navas, y el cielo sin nubes embravece
su tinte como el esmalte en el horno. La peña cruje bajo la rabia del
sol, el árbol se tuesta. Aquí y allá, a lo largo de los caminos, la recua
o el rebaño levantan grandes nubes de polvo, cual si fueran ejércitos.
Torvo reflejo mineral flotaba sobre el Valle de Amblés. El paisaje
era aún más austero bajo aquella claridad implacable.
Comenzaba la trilla. La mies rebrillaba en las eras.
Los labriegos tenían que turnarse sin cesar para ir a beber a la
sombra de los carros. Entretanto, unos alzaban el bieldo
perezosamente, otros, tiesos como postes sobre las tablas trilladoras,
giraban de mala guisa acuciando con rabia a las mulas y a los
bueyes, y apeándose a cada momento para hacerles sonar los lomos
o las quijadas con sus garrotes.
Ramiro, ahitado de lecturas religiosas, cogió las Aventuras de Silves
de la Selva y fuese a esconder en un obscuro recoveco del monte
que formaban tres gruesos peñascos a la sombra de una encina.
Tendido en el suelo, con la sien sobre el puño, suspendía por
momentos la lectura, para sentir mejor el deleite de su escondrijo. A
veces un rayo luminoso pasaba entre el follaje y hacía temblar sobre
el libro una medalla de sol. Aquella sombra le sabía a la frescura
barrosa que el agua conserva en las alcarrazas.
De pronto un rumor de pasos acelerados le hizo levantar la cabeza.
Miró. Era Medrano corriendo por el atajo en dirección al caserío.
—¿Dónde vais?—gritole.
El escudero indicó con breve ademán que le siguiese.
Una vez en la cuadra del granero, mientras buscaba su talabarte,
Medrano contó brevemente lo que pasaba. En la vecina heredad,
Cerbero, el perrazo que servía de guardián en los portones, se había
vuelto rabioso, mordiendo a un lacayo y escapando hacia el monte.
Don Alonso se hallaba en Madrid y su hija había quedado con las
dueñas, las cuales le mandaban llamar a toda prisa para que dirigiera
a los gañanes en la caza del mastín. Ramiro tuvo un
deslumbramiento súbito. Acordose de los caballeros donceles que en
las historias descabezaban endriagos, vestiglos y fieros leones,
redimiendo princesas, desbaratando encantamientos y maleficios. Al
mismo tiempo el rostro de Beatriz cruzó por su imaginación.
Cuando el escudero iba a ceñirse la ancha espada de dos filos, él, sin
pronunciar palabra, puso ambas manos en la empuñadura del arma,
mirándole con expresión a la vez suplicante y resuelta. El antiguo
soldado comprendió. Tomando entonces para sí la espada más fina,
dejó la otra en poder de Ramiro. Luego, exclamando: «Vamos
presto, que nos esperan», salió de la cuadra.
Llegaron a la mansión de don Alonso sin encontrar a nadie. Estaba
toda cerrada como casa desierta; pero al pasar junto a la panera
toparon con seis hombres armados de chuzos y horquillas.
El escudero repartió las órdenes. Cada cual treparía por un punto
distinto del monte, y apenas divisase al animal daría tres fuertes
voces de auxilio. A Ramiro apostole a pocos pasos de las cocinas,
dándole un cuerno de caza y pidiéndole que no se moviera de aquel
sitio.
Algo después, cansado de esperar, Ramiro comenzó a internarse
también entre los árboles.
Muchos relatos, allá en la torre solariega, le habían hecho saber lo
que era el peligro de la rabia y el pavor que esparcía por los pueblos
y campiñas aquel hocico agazapado que iba sembrando el furor y la
muerte. Se echaban todos los cerrojos, se recogían los gatos, los
perros, los asnos, y mientras las mujeres encendían una vela a Santa
Catalina y otra a Santa Quiteria, abogadas contra la rabia, los mozos
salían al campo bravamente, armados de las herramientas filosas que
iban hallando.
Ramiro avanzaba con rapidez saltando las peñas y los hatos de
podas antiguas.
Las carrascas y los espinos no evitaban que el sol caldease con sus
rayos la tierra pálida y enjuta, y un retostado perfume de cantueso,
de estepa y de tomillo sahumaba el ambiente. Las flores de la retama
surgían aquí y allá, entre los plomizos peñascos, haciendo brillar el
oro de sus pétalos sobre el cielo de añil.
Ramiro jadeaba. El sudor bañábale el rostro.
Media hora después, una de las criadas de Beatriz veía entrar en el
patio de la casa al nieto de don Íñigo trayendo en una mano una
ancha espada toda roja de sangre y en la otra la cabeza del perro.
—¡Válame Dios y Santa Quiteria; ya le mataron!—exclamó la
mujer.
Luego, mirando atentamente el sangriento despojo, agregó:
—¡Pobre Cerbero, y cómo me echaba las manos al pecho para
lamerme en el rostro! Pero era forzoso acaballe, que can con rabia
con su dueño traba. ¡Medrano ha sido el de la hazaña, de fijo!
—No fue Medrano.
—¿Y quién?
—Yo iba solo por el monte, y al pasar cabe un hato de leña, vile
venir corriendo hacia mí. De una buena cuchillada hícele rodar
como un bolo. Luego hachele el pescuezo.
—¡Virgen Santísima y qué barragán será cuando le crezcan las
barbas!—exclamó la mujer, espantada de que aquel mancebillo
hubiera dado muerte al terrible animal sin la ayuda de nadie.
Luego le pidió que le siguiera; pero Ramiro, acercándose a un
portillo que abría hacia el campo, apoyó un momento la espada en el
muro, y tomando el cuerno tocó tres veces con fuerza. Las tres
largas notas repercutieron en los ecos de la montaña con un son
legendario.
La criada fuele conduciendo por una serie de cuadras sombrías. Por
fin, al llegar ante una puerta entornada, Ramiro oyó un coro de
mujeres que invocaban plañideramente a Santa Quiteria y a Santa
Catalina. Entraron. Un solo rayo de sol penetraba en la estancia tras
una madera entreabierta. ¡Qué alarido el que estalló en la obscuridad
cuando el niño alzó en el haz luminoso la sanguinolenta cabeza que
goteaba sobre el tapiz! Una de las dueñas se derrumbó de espaldas,
presa de brusco soponcio.
La mujer que acompañaba a Ramiro contó con alegría la proeza del
mancebo. Entonces, en medio del azorado mutismo, Beatriz se
adelantó sin vacilar. Una dueña la tironeaba el faldellín; pero la hija
de don Alonso, mirando aquellas manos tan tempranamente
enrojecidas por el coraje, desprendió un favor azul que adornaba sus
rizos, y, llegándose a Ramiro, se lo anudó ella misma en las agujetas
del jubón con sus temblorosas manitas, blancas como la luna.
VIII
Ramiro conoció de súbito el arrobamiento del primer amor. Su soñar
sobrepujaba la vida; y aquel brusco delirio fue pronto para él la
coloración, el ritmo y el perfume de todo lo creado.
Su fervor religioso y sus anhelos de gloria se acostaron entonces
como lebreles a los pies de la nueva pasión. El rostro pálido de
Beatriz, con sus grandes pupilas y sus luengas pestañas como
llorosas, posábase ahora sobre la página de su libro de oraciones,
sobre las colgaduras del lecho, sobre el mismo Crucifijo, al cual
confiaba su cuita. Fantasma fatuo y caprichoso como una llama
volátil, y ante el cual su corazón se fundía de ternura.
Comenzó a componer endechas y letrillas que hubieran podido
servir para Nuestra Señora, y largos y conceptuosos discursos con
que pensaba abordar a su amada, en la primera ocasión. Algunas
noches, apagando la luz de su aposento, pasábase horas enteras
asomado a la ventana. Unas veces miraba hacia el vecino jardín
sumergido en tenebroso y perfumado silencio; otras levantaba el
rostro y las pupilas hacia la altura. Nada exaltaba su pasión como el
suntuoso misterio de los astros. Parecíale que sus luces inquietas le
hablaban un lenguaje sublime que él no alcanzaba a comprender.
Imaginaba entonces dejar a un tiempo esta vida con Beatriz para
renacer allá, en las regiones inefables, y vagar a solas con ella,
aspirando ese céfiro divino que parece estremecer las
constelaciones.
Durante algunos días su cerebro llegó a desquiciarse. Su tez se puso
pálida como la cera, y él mismo sorprendiose de su incesante
suspirar y de aquella honda congoja de su pecho, todo dolorido de
amor y de ansia.
Algunas mañanas íbase a ballestear palomas a lo largo del vallado
que separaba las dos heredades. Entretanto sus ojos acechaban la
casa vecina. ¡Cuán intensa fascinación cobraron entonces para él, en
la frescura matinal y entre el canto de los pájaros, aquellas
entornadas celosías que le hacían pensar en el sueño de su amada!
Cierta tarde, entre un claro del ramaje, vio pasar a Beatriz, que no
quitaba los ojos del seto. El mancebo se mostró. La niña, hízole,
entonces, disimuladamente, una señal para que siguiese más lejos y,
cuando creyó haber burlado la vigilancia de las dueñas, pidiole que
pasara a su jardín.
Se saludaron como en un estrado y Ramiro no acertó a balbucear
uno solo de los ingeniosos conceptos que había ordenado para
decirla.
Aquel juego se repitió muchas veces. Paseábanse con los dedos
enlazados, hablando apenas y mirándose, de tiempo en tiempo, en
los ojos, sin sonreír. La doncella le llevaba a los sitios más frondosos
y ocultos. Allí la naturaleza les descubría en la mariposa, en el
pájaro, en el más menudo insecto, su impura inocencia. El mágico
deseo palpitaba, aleteaba, chirriaba ante ellos, en la quietud blanda y
calurosa del verano.
Ramiro conservó siempre el recuerdo de ciertos instantes en que,
caminando con ella por el sendero del verde laberinto, osó pasarla el
brazo sobre el cuello y tomarla suavemente la garganta. En otra
ocasión, Beatriz subiose a un viejo columpio y comenzó a
balancearse con violencia, presa de un rapto de juventud y de dicha.
Su risa numerosa, loca, inesperada, voló como un enjambre de
mirlos, despertando los ecos a través de los árboles. El viento
levantaba su faldellín de un modo inolvidable.
Hablábanse cada vez más trémulos y ajenos a sí mismos. Un decir
fútil aventaba los pensamientos. El, envolviéndola en su orgullosa
mirada, soñaba en la dicha de poseer como dueño absoluto aquella
deliciosa existencia. Beatriz era para él la mies lograda y suya, a
salvo de todo peligro. Sin embargo, cierto día la preguntó:
—¿Os holgara ser aína mi esposa?
Ella repuso:
—Tamañita me quedo. ¿En eso pensáis tan temprano?
Púsose entonces a canturriar, mirando hacia arriba, y mostrándose,
al parecer, más dispuesta a rendir su mejilla y su boca allí mismo,
que aquel loco espiritillo que palpitaba en su cabeza cual una guija
de cascabel.
Dicho estado venturoso no duró para Ramiro. Como a unos tres
cuartos de legua, en la dirección de Villatoro, habitaba, durante el
verano, Urraca Blázquez de San Vicente, con sus dos hijos varones.
El marido, Felipe de San Vicente, Comisario del Santo Oficio e
individuo del Consejo de las Ordenes, pasaba la mayor parte del año
en Madrid. Los dos mancebos eran el azote de aquel rincón de la
sierra. Andaban siempre juntos y se aborrecían. Una o dos veces por
semana venían a visitar a su prima Beatriz, llegando por los caminos
como demonios a todo lo que daban sus rocines, y seguidos, de muy
lejos, por un ayo que taloneaba rabiosamente la mula entre la blanca
polvareda. Recogían, sobre todo el segundón, los juramentos y
palabrotas de los gañanes, y andaban siempre con la boca hinchada
de obscenidad y ardiendo, uno y otro, en esa urgencia carnal que
ataca, de ordinario, a los donceles.
Beatriz prefería al mayor, que era rubio y hermoso; pero saboreaba
desde luego la femenina fruición de esperanzarlos a la par.
Ramiro, que solía entrar ahora a la casa, topó varias veces con ellos,
advirtiendo con desgarradora sorpresa que Beatriz no existía
solamente para él. Notó miradas, melindres, cuchicheos, e imaginó
todo lo que podría suceder en aquella familiaridad del parentesco;
pero su orgullo fue más fuerte que el dolor. Mostrose tranquilo,
silencioso, casi sonriente.
Una tarde de fines de agosto, el escudero vino a decirle que
Gonzalo, el mayor de los hermanos, se paseaba en compañía de
Beatriz bajo los árboles. Ramiro fuese a mirar por entre los setos.
Largo tiempo pasó ocupado en atisbar, por distintos parajes, el
vecino jardín. De pronto, un calofrío, anterior a toda idea, le corrió
por el cuerpo. Volvió a mirar. Sí, frente a él, a corta distancia,
Beatriz y su primo estaban echados de espaldas sobre la hierba, a la
sombra de un olmo. El mancebo había juntado su rostro al de la
niña, pasándola el brazo bajo la espalda, mientras ella, deshojando
un rojo clavel, un clavel rojo como la sangre, sonreía
voluptuosamente.
Loco de ira, Ramiro quiso abrirse paso entre la espinosa malla; pero
no pudo lograrlo, y un destemplado gemido, un gemido áspero,
terrible, brotó de su pecho.
Gonzalo y Beatriz se levantaron y huyeron.
IX
Al comenzar el invierno de aquel año, la madre, ansiosa de ver a su
hijo en el regazo de la Iglesia, resolvió apresurar sus estudios para
enviarle, en cuanto fuera posible, al «Colegio del Arzobispo», en
Salamanca.
Ramiro no había tenido hasta entonces otros maestros que la misma
doña Guiomar para las primeras letras, y, más tarde, para los
rudimentos de la gramática latina, un religioso franciscano del
convento de San Antonio. Aquel fraile, de unos setenta y cinco años
de edad, no era escaso de luces; pero, como estaba de despedida en
la tierra, tomaba la tarea de la enseñanza con tolerante desdén,
amodorrándose a menudo en las lecciones. Solía decir a su
discípulo:
—Pregunta, pregunta, hijo mío, que no he de ser yo quien te esconda
lo poco que he cosechado en los libros; pero no olvides que de nada
te han de valer en Purgatorio estas migajas de ciencia que nos
dejaron los sabios cristianos y gentiles.
Buscaba siempre inculcarle el desprecio del mundo, y poseía para
ello, como pocos, la elocuencia del ascetismo. Cuando hablaba de
las glorias terrenas y de nuestro breve paso mundanal, su discurso,
lleno de monástica ironía, se instalaba en el ser, cual frígido
narcótico, adormeciendo las ansias. Decíase que más de uno, al
escuchar sus sermones, había corrido a un monasterio a pedir un
sayal y una celda. Para él, fuera de la penitencia y la plegaria, todo
era polvo y ceniza en este mundo, y nuestra prolija ambición una
telaraña tejida sobre el nido de un ave que duerme.
Hacíale traducir de ordinario a Ramiro los capítulos del Kempis. De
esta suerte el mancebo recogió en el fondo del alma aquellos acentos
de soledad, de sublime desprecio, de voluptuosa inmolación.
En los fondos de la Catedral, después de atravesar el reducido patio
donde se encienden los incensarios y se cocina el chocolate canonjil,
súbese por una escalera de pino a una serie de estancias siempre
obscuras. En una de ellas, de dos a cuatro de la tarde, a la luz de un
velón de tres mechas, y con los pies apoyados en la tachonada
tarima de un brasero, comenzó Ramiro a escuchar las lecciones del
nuevo preceptor que su madre acababa de escogerle por indicación
del mismo padre franciscano.
Llamábase Lorenzo Vargas Orozco y era canónigo lectoral de la
Iglesia Mayor. Conocía a don Íñigo y a su hija desde una mañana en
que fue llamado a presenciar, en medio del corral, la quema de los
libros arábigos. Su padre había muerto heroicamente, como capitán
de arcabuceros, en la guerra de Flandes. Era de aventajada estatura.
Los ojos grandes y algo salientes. Los cañones de la barba, casi
siempre a medio rapar, daban un tinte azul a toda la parte baja del
rostro. Los demás canónigos le envidiaban, entre otras cosas, sus
hermosos ademanes en el púlpito y aquella bizarría con que
manejaba el manteo, aquellos sus diversos estilos de arrebozarse con
él y de derribarlo de súbito, a modo de capa soldadesca, como quien
va a desnudar varonilmente la espada.
Su primera lección fue un verdadero pórtico de sapiencia. De pie en
medio de la estancia y señalando sobre su escritorio un apilamiento
de gruesos volúmenes forrados en pergamino, prorrumpió:
—Aquí tenéis, hijo mío, guardado como en pellejos, todo el zumo de
la verdad humana y divina. Mi largo peregrinar por el mundo
filosófico me ha hecho concluir que todo lo que sea apartarse de esta
enseñanza del «Angel de las Escuelas» equivale a descarriar el
entendimiento, con harto peligro de caer de bruces en la herejía.
Ramiro meneó la cabeza afirmativamente sin comprender, y
dirigiendo la mirada hacia los infolios vio que todos ellos llevaban el
mismo título: Summa Theologica, en gordas letras antiguas.
—Esta obra, este monumento, este tabernáculo—prosiguió el
canónigo—resume también, probado y purificado, es cierto, en el
crisol de Santo Tomás, todo el saber del Estagirita; pero, a fin de
formaros en la veneración de este otro filósofo admirable y
defenderos contra ciertas ideas que corren como peste por las aulas,
quiero leer agora, a guisa de vestibulum, un opúsculo que acabo de
componer contra Pedro Pomponacio y algunos españoles que,
siguiendo la singularidad de Alejandro Afrodiseo, afirman que
Aristóteles sintió y escribió que el alma racional muere con el
cuerpo.
Quitando primero la despabiladera que señalaba la página, tomó de
encima de la mesa un cuaderno manuscrito. Luego sentose junto al
velón, calose las gafas y comenzó la lectura de su apología
peripatética.
Ramiro no pudo disimular su aturdimiento. Su semblante denotaba a
las claras el vértigo.
—No os importe—le dijo el canónigo al terminar—si de esta
primera vez no cogisteis el sentido. Mañana habrá lectura
aclaratoria.
Había sido colegial trilingüe en Salamanca, estudiando después artes
y teología. No había quizás en toda España otro Lectoral que
conociese como él la Sagrada Escritura. Sus explicaciones del
Antiguo y Nuevo Testamento, todos los lunes y viernes, atraían a la
iglesia a los más doctos seglares de la ciudad y a muchos estudiosos
de los conventos. ¡Y qué controversista! Ninguno de sus colegas de
Cabildo podía seguirle a través de sus primos y secundos, de sus
ergos y distingos. Tomaba la proposición del adversario, y en un dos
por tres, con ultrajante sonrisa, se la hacía picadillo bajo aquella arte
cisoria de la dialéctica que él manejaba de asombrosa manera; pero
si al dejar caer su conclusión el contrincante no se declaraba vencido
tornábase al pronto injurioso y mordaz, el labio se le crispaba hacia
fuera, los ojos se le hinchaban de cólera, y era sabido que aquella
mano, que dejaba caer la bendición desde el altar, había zamarreado
del alzacuello a más de un eclesiástico.
Si bien no estaba dotado de una mirada filosófica precisa y
penetrante, si no era capaz de esos aletazos del espíritu que sacuden
la telaraña de la rutina, su concepto teologal tenía la solidez de un
peñasco. ¿Quiénes eran los constructores de la doctrina que él
profesaba? Aristóteles, los Padres de la Iglesia Latina, Santo Tomás.
Pensar que algún hombre moderno pudiera enmendar a aquellos
maestros sublimes era demencia. ¿Cuál había sido el credo filosófico
sobre el cual España fundara su envidiada grandeza? Aquél, y no
otro... Ergo! Pero él conocía demasiado el oculto propósito de las
nuevas doctrinas, y en cuanto a los que combatían en España los
principios de los escolásticos, los que negaban la autoridad de los
antiguos maestros, las especies inteligibles, los fantasmas de la
representación y hasta la inmortalidad del alma racional, no eran
sino aliados del extranjero o instrumentos del Demonio.
El veía a España acechada por innumerables enemigos. Dado que no
era posible vencerla en guerra franca y varonil, buscábase ahora
minar aquella unidad religiosa que la hacía invulnerable
introduciendo en su seno la disputa, la secta, el desorden. Herirla en
su fe era enfermarle el vigor. La herejía era más temible que todos
los ejércitos. La herejía era el rejalgar que, una vez en la entraña,
daba al traste con la más firme entereza, y, según él, ya el tósigo
estaba en parte sorbido. Valladolid era un foco de luteranos.
Salamanca, un seminario de herejes. Los discípulos de Valdés y de
Ramus, los secuaces de Erasmo y de Lutero eran asaz numerosos.
Su antiguo condiscípulo Francisco Sánchez, el Brocense, lanzaba
una sucia palabrota contra Santo Tomás, cuando se invocaba su
autoridad sublime en las disputas. El Cardenal Arzobispo de Toledo,
Bartolomé Carranza, luteranizaba en su Catecismo Cristiano. Había
llegado, pues, ese instante supremo en que una batalla se pierde por
una pausa de la voluntad. No era el caso de discutir proposiciones,
sino de extirpar de cuajo las bubas aquellas y cicatrizarlas para
siempre con el fuego purificador. Nada de complacencias, ni
melindres. ¡La podrido a la hoguera, y amén!
¡Ah! ¡qué sería de España si llegara a verse desgarrada por una
guerra de religión como las naciones del Norte! Sus enemigos no
dejarían escapar la coyuntura. El francés se daría la mano con el
turco, Flandes se entendería con Albión, para el caso; y todos, a un
tiempo, se lanzarían sobre ella, desjarretándola por la espalda
traidoramente, por medio de un levantamiento general de los
numerosos moriscos de Aragón y Andalucía, que no esperaban otra
cosa que una señal extranjera.
El canónigo encontraba que el Santo Oficio alargaba por demás los
procesos. Era menester no perder un instante y no olvidar que la
responsabilidad de España ante el Señor era mucho más grave que la
de cualquier nación de la tierra, pues todo la señalaba como al
pueblo elegido, como al moderno Israel. El Altísimo manifestaba su
elección, no sólo en los triunfos que le acordaba, sino también en las
plagas y desastres con que castigaba sus desfallecimientos. El
hambre y la bancarrota que la afligían al presente, así como la
pérdida de la Invencible Armada, ¿qué eran sino los azotes
provocados por su tolerancia con los moriscos y los herejes? Roma
era para Dios su solio en el mundo; España, su hierro, su diestra
siempre armada, su ejército de arcángeles. Roma era la ciudad de
Pedro, del Pontífice y del mártir. España, la hueste de aquel Santiago
Apóstol que hacía cruzar al fin de las batallas su visión ecuestre y
vengadora, esparciendo el pavor entre los infieles. Pero el día en que
España volviese el rostro al Señor los enemigos entrarían pisoteando
la sangre de sus mujeres y sus párvulos, como los soldados de Tito
en Jerusalén.
Y a pesar de aquellas duras ideas, Vargas Orozco era hombre de una
bondad profunda. Vivía la vida como un rancio hidalgo español, con
el fondo del alma. Todo cuanto no era preciso a su modesto vivir lo
derramaba en limosnas. Interesábase con sensible corazón en las
más prolijas aflicciones de los demás, y, ante las desgracias de
familia, que su ministerio le obligaba a presenciar de continuo, se le
veía sollozar a la par de los deudos, pronunciando patéticas palabras
que se grababan en la memoria de todos como tierno y docto
epitafio. Pero cuando se entraba en el terreno de las grandes culpas
colectivas, cuando se tocaba a los sagrados mandamientos o al
dogma, su corazón se cerraba como un puño. Impregnado, desde
joven, del espíritu del Antiguo Testamento, vibraba él mismo esa
justicia rencorosa, inexorable, tremenda, que parece rugir como un
trueno a través de los versículos. Allí millares de vidas humanas
eran trituradas por Jehová para salvar un rito o expresar un precepto.
Para Vargas Orozco los hombres eran comparables a vasijas de
barro, las cuales no valen sino por lo que guardan, y que, una vez
que se impregnan de una materia corrupta, conviene destruirlas y
hacer otras nuevas.
Su espíritu de mortificación era grande y su severidad de costumbres
tanto más meritoria cuanto que se veía continuamente acosado por
tenaces tentaciones, que el Demonio hacía surgir con preferencia de
los mismos pasajes de la Escritura, revestidas de suntuosidad y
desprendiendo un olor raro y voluptuoso de Oriente.
Noche y día rondaba el Tentador en torno de su alma. A veces, en
las horas de estudio, el canónigo creía percibir una ala membranosa
y repugnante que aventaba las cenizas del brasero, que se
chamuscaba en la llama del candil, que volteaba de un golpe el reloj
de arena sobre sus escritos. Pero era, sobre todo, durante la noche,
en el lecho, antes de dormirse, cuando el lectoral libraba sus
combates acerbos. Un mismo súcubo, terrible de sedosidad y de
hermosura, se deslizaba junto a él, bajo las mantas, haciéndole
correr por sus carnes un goce diabólico, largo contacto odioso y
dulcísimo que los rezos continuados no lograban desvanecer. Otras
veces una mano invisible descorría colgaduras de alcobas. ¡Alguna
enjoyada desnudez le esperaba a él, sólo a él, en el sosiego de la
noche; sus cabellos olían como un perfume derramado y su rostro,
su precioso rostro era el de alguna hija de confesión!
¡Qué batallas, qué luchas aquéllas! Mientras el espíritu clamaba de
horror, la carne traidora se refocilaba en un baño de deleite.
Arrojábase entonces al suelo, y descolgando las disciplinas, se
castigaba con ellas hasta quedar cubierto de sangre, como el Señor
en la columna. Pero apenas volvía a cerrar los ojos para dormirse, el
Maldito, variando su magia, hacíale experimentar de manera
poderosa, invencible, el vértigo de la soberbia. Ora le ensayaba
sobre su cráneo de sacerdote la mitra demasiado estrecha o el capelo
demasiado justo; ora la triple tiara pontificia, que parecía fabricada
en un todo para su cabeza, única y sublime. Una aclamación de
multitud universal estallaba a sus pies, y sentíase flotar, excelso y
rígido, sentado en un trono resplandeciente.
Luego, abolida la voluntad durante el sueño, acudía en cuatro pies a
las bocas pintadas de las sacerdotisas idólatras, que, extendidas bajo
los cedros, temblaban de lujuria como panteras...
Si al llegar a la Catedral le decían que el canónigo no se había
levantado aún de la siesta, Ramiro esperaba paseándose por las
naves. A aquella hora la iglesia estaba casi siempre como hechizada
de quietud y de silencio. El solo rumor de un escaño que removía el
sacristán, provocaba un eco prolongado y enorme. Una sombra
terrosa y centenaria dormía al pie de los altares, entre las columnas,
sobre las lápidas.
¡Cuán dominante misterio desprendían para él los sitios obscuros de
la iglesia, aquellas capillas graves, aquel ábside pardo y polvoriento
donde siempre reinaba una penumbra sepulcral! Los años se
amontonaban allí dentro, unos sobre otros, insensiblemente, como
hojas de un infolio.
Ramiro hollaba las losas con respeto profundo, y su espíritu se
henchía de una abstracta emoción de majestad y de muerte al
recorrer las inscripciones de los enterramientos. Algunos guardaban
personajes completamente olvidados, y decían apenas: «Don
Cristóbal y su mujer», «Alonso», «Doña Bona»... Durante muchos
años dichos nombres tuvieron quizás ilustre elocuencia; pero ahora
eran menos aun que el hueso suelto que nuestro pie remueve en los
osarios.
En cambio, sus ojos descifraban con orgullo nombres de
eclesiásticos y caballeros de su propio linaje: «Sepultura del muy
virtuoso Señor Don Nuño Gonzalo del Aguila, arcediano de
Avila...» «Aquí yace el noble caballero Gonzalo del Aguila...»
«Aquí yaze el honrrado caballero Diego del Águila, que Dios
aya...»; y, al mirar el ave simbólica esculpida como una divinidad
doméstica en los blasones de piedra, parecíale que una voz de otra
vida le incitaba a la dominación y a los honores.
Otras veces, por el contrario, su ánimo daba un vuelco repentino, al
recordar, ante aquel aniquilamiento de todos los afanes del hombre
bajo una piedra roída, las palabras de su madre y del monje
franciscano sobre la vanidad y la ambición. Pensaba entonces que él
mismo no era sino un fuego fatuo escapado de aquellos huesos
ancestrales y destinado a vagar un instante en la noche del mundo.
No había, pues, cosa mejor que vestir el penitente sayal y preparar,
entre cuatro paredes desnudas, la salvación eterna.
En ocasiones, cuando el tiempo alcanzaba, subía a las torres.
Holgábale contemplar la ciudad y la campiña desde las ventanas del
campanario, y sus ojos solían detenerse en cierta mansión, unida a
los muros, hacia la parte del Norte. Cierta vez descubrió un puntillo
movedizo, un cuerpecito minúsculo que atravesaba el huerto, subía
los escalones del torreón, y se asomaba luego a las troneras. Era ella
seguramente. El no había querido volver a la casa de don Alonso, y
se había jurado olvidar a Beatriz para siempre. Con cuán victorioso
despecho preguntábase entonces: ¿Cómo el alma del creyente podía
correr en pos de un grano de vida como aquél, de una migaja de
sensualidad efímera, y a veces emponzoñada, si Dios le ofrecía
desde el cielo los goces infinitos y eternos?
Tales sentimientos comenzaban a abrirse hondo cauce en el alma de
Ramiro, cuando su mismo maestro trajo la primera perturbación al
abordar de lleno el tema de las tentaciones. Explicó el origen y la
naturaleza del Demonio, la transformación horrible de sus formas
angélicas al caer del cielo a los infiernos. Distinguió la bestialidad:
omnem concubitum cum re non ejusdem speciei, de la demonialidad
o copula cum Dæmone, que algunos teólogos confundían, y disertó,
en fin, largamente sobre el comercio con los íncubos y súcubos de
donde, aliquoties nascuntur homines.
—Y es de este modo—afirmaba—como debe nacer el Anticristo,
según un gran número de doctores, y como nacieron Rómulo y
Remo, según Tito Livio; Platón el filósofo, según San Jerónimo;
Alejandro el Grande, según Quinto Curcio; el inglés Merlín,
engendrado por un íncubo en una religiosa hija de Carlomagno; y,
para decirlo todo, el maldito heresiarca que llevaba el nombre de
Lutero.
Era menester mucha cautela.—La tentación—decía—palpita por
doquier. Todo es arma y cebo para el Demonio.
Un día que Ramiro le llevó en obsequio una hermosísima pera, en
un cestillo de mimbre, el lectoral comenzó a saborearla sin quitarle
la piel. Era una pera de las que llaman calabaciles por su doble
turgencia. De pronto, al hincar su mordedura en la parte más gruesa,
hizo un gesto espantoso y arrojó la fruta al corredor, sacudiendo los
brazos y exclamando:—¡Vade retro, vade retro! El Enemigo
acababa de mostrarle en aquella poma ceñida y abultada las formas
de la mujer.
Desde entonces el mancebo comenzó a vivir en una inquietud
imprevista, a concebir la virtud más difícil y a experimentar en toda
su carne, tranquila hasta entonces, un hormigueo de instintos que
mareaba por instantes su cerebro como vapor de cubas en el lagar.
Una tarde fría de febrero, al retirarse de la lección, y después de
haber oído leer a su maestro un docto comentario sobre el Cantar de
los cantares, Ramiro topó con Aldonsa junto al pilar de la escalera.
Ella le invitó a subir a la torre. Un instante después uno y otro
escalaban los peldaños. De pronto la campanera se detuvo y arrimó
la luz del farol al rostro del mancebo. Ramiro se detuvo también, y
su mano temblorosa reconoció que la moderna Sulamita había
puesto en libertad «los cervatillos mellizos» del cantar.
Allí se deshojó su doncellez, sobre aquellos escalones tenebrosos,
donde dormía un olor sagrado de cirios y de incienso.
Al levantar los ojos para pedir perdón por su horrible pecado,
hallose frente a frente con la figura del campanero, que, cinco o seis
escalones más arriba, esperaba impasible, sosteniendo en la mano
encendido candil. ¿Qué tiempo hacía que estaba allí? Ramiro le miró
naturalmente y comenzó a descender, en la sombra, palpando los
muros, sin pronunciar vocablo.
Una vez afuera caminó con nueva arrogancia. La brisa que llegaba
por la calle de la Muerte y la Vida oreaba en su labio un dejo impuro
y febril.
X
A los diez y siete años, merced a un precoz desarrollo, Ramiro tomó
un aspecto recio y adulto. Su ceño altivo, así como sus anchas
espaldas, imponían, a todo el que hablaba con él, un trato
ceremonioso. Generalizaba ahora el pensamiento, buscaba el oculto
sentido de cada apariencia, creía descifrar, con juvenil soberbia, los
enigmas supremos.
Llevaba demasiado largo, en contra del uso, el renegrido cabello, y
su tez, extremadamente pálida, como si la constante meditación le
enflaqueciera la sangre, recordaba esa misteriosa blancura que la
luna pone en el mármol.
El, que esperó encontrar en el canónigo un consejero de humildad,
recibió de su verbo la brasa viva de la ambición. El nuevo maestro
interrumpía a menudo sus lecciones para historiarle los grandes
hechos de aquel ilustre linaje de los Aguila, fundado por el adalid
Sancho de Estrada, venido de Asturias; y nombrábale también
guerreros admirables, hijos de aquella ciudad que, aunque pequeña,
representaba en España el primer seminario de honra y caballería.
En todas partes los avileses se señalaban por su don de mando y su
saña en la lucha. Sancho Dávila, apellidado El rayo de la guerra,
servía ahora de ejemplar a los flamencos.
—¡Quién pudiera devolverme mi mocedad y darme algunos años de
la vida gallarda y desembarazada del soldado!—exclamaba el
canónigo.
No quería decir con esto que estuviese arrepentido de la nobilísima
carrera a que le había inclinado su constelación, no, mil veces.
Pensaba tan sólo que con un coleto de ante, un morrión y un acero
toledano, escogiendo a su guisa las comarcas, hubiera hecho mucho
más en bien de la Santa Fe Católica que dejando correr sus días
atado con cordeles de calumnia y de estulticia a una poltrona
canonjil. Confiole a Ramiro, sin rodeos, las sordideces y
mezquindades de aquella asfixiante existencia de sacristía, y díjole
el furor y la insólita crueldad con que todos sus colegas se habían
ligado en contra suya cuando se trató de ofrecerle una silla
episcopal.
—Los muy bellacos y alicortos—decía—barruntan que apenas el
águila se encarame y pueda hender el espacio, volará muy alto, muy
alto.
El anhelo impaciente de una mitra era ahora más fuerte que su virtud
y el gran pecado de su alma.
Dominado por la reverente admiración que profesaba a su maestro, y
habiéndole entregado desde los primeros días todo su ánimo, Ramiro
miró derechamente la senda que señalaba aquella mano sacerdotal.
Ya no dudó que en la carrera de las armas, siguiendo el ejemplo de
sus antepasados, pudiera ser tan útil a Dios y a la Santa Iglesia como
en el claustro o en el púlpito. Diose entonces a descifrar los añejos
pergaminos de su familia y a leer la historia de los grandes capitanes
de Roma y España. Al pronto, las representaciones de su propio
porvenir se confundieron y conformaron a los grandes episodios
antiguos. Alucinado por la lectura, llegaba a creerse, él mismo, el
héroe de la narración. Fue sucesivamente Julio César, el Cid, el Gran
Capitán, Hernán Cortés, don Juan de Austria. Al tomar en sus manos
Los Comentarios, era él quien conducía las cohortes a través de las
Galias; pero, en los idus de marzo, más sagaz que el dictador,
atisbaba la traición de Junio Bruto y, escondiendo una espada bajo la
toga, entraba a la Curia y mataba uno a uno a los conjurados. Vencía
a los moros en innúmeras batallas, brindaba a la España el reino de
Nápoles o el imperio de Moctezuma; y, por fin, de pie en el castillo
de una nave inverosímil, destruía para siempre toda la flota del
turco, en un nuevo Lepanto prodigioso, que su imaginación soñaba
según las estampas.
El resultado fue que llegó a creerse elegido por Dios para continuar
la tradición de las glorias inolvidables. Suprimió de su campo
mental lo mediano, lo prolijo, lo paciente. Todo lo que no era súbito
y heroico le dejaba impasible, sintiendo en sí mismo una confianza,
una certidumbre absoluta de alcanzar de un golpe los honores más
altos y de llegar a ser, en poco tiempo, uno de los primeros paladines
de la Fe Católica en la tierra.
Una tarde, sentado sobre una peña en la hondonada que corre entre
el Convento de la Encarnación y los muros de la ciudad, Ramiro,
dejaba rodar sus pensamientos.
Aquel sitio único exaltaba su alma, haciéndole escuchar, en su
ilusión, gritos de guerra, suspiros de éxtasis.
Jubilosa coloración de oro húmedo brillaba en las colinas. Había
llovido hasta las tres de la tarde, y la tempestad se alejaba hacia el
naciente, abriendo grandes claros de nácar etéreo. Caprichoso
penacho de nubes doradas y purpúreas se alargaba por encima de la
ciudad, conservando todavía el movimiento de la ráfaga que lo había
retorcido. La áspera muralla reflejaba una amarillez alucinante, que
parecía nacer de ella misma.
Hablábase con insistencia, en aquellos días, de una posible
sublevación de todos los moriscos de España, ayudados por el turco.
En algunos palacios de la ciudad se celebraban frecuentes reuniones,
donde se cambiaban noticias y se discutían pareceres. La casa del
señor de la Hoz era al presente, todos los miércoles y domingos, un
hormiguero de eclesiásticos y grandes señores. Su campaña de la
Alpujarra y su conocido encono contra los falsos conversos señaló,
desde el primer momento, a don Íñigo como un jefe de asamblea.
Ramiro pensaba ahora si de todo aquello no surgiría la ocasión de
iniciar su renombre.
Pasaron dos menestrales. El mancebo comprendió que eran oficiales
de cantería por el polvo de piedra que blanqueaba sus manos.
Venían hablando de comida y de jornal:
—Yo, viendo que ninguno se meneaba, me planté como un pino
ante el maestro, e le dije que, con el salario que él nos daba no
alcanzábamos a llenar la olla a los nuestros, e que con la sopa de
torrezno y el vil mendrugo de hogaza que de él recebíamos, se nos
iba secando la enjundia.
—¿Qué os respondió?
—Respondió: malos monjes seríais vosotros, picaronazos. Sabed
que haríais morir de envidia a muchos obispos.
—¿Eso dijo?
—Cabal.
—Paciencia, Martín.
Ramiro meneó la cabeza con un gesto de enfado.
Pasó un monje franciscano montado en un borrico ceniciento. Santa
leticia brillaba en su rostro. Su desnuda pierna vellosa asomaba por
debajo del sayal. Castigaba a su caballería con un gajo de
bardaguera. Al buen fraile se le importaba una higa del aspecto de su
figura...
Ramiro consideró la fuerza de aquella dicha superior que así se
burlaba de todas las vanidades del hombre.
Vio llegar después una mujer vieja y espigada, la nariz corva,
morena la tez, la mirada abstraída. Su negro ropaje andrajoso
estremecíase en el céfiro como un libro quemado. Caminaba
lentamente golpeando el suelo con el bastón. A pesar de aquel
aspecto de miseria, llevaba ambos brazos ornados de brazaletes de
alquimia, y un doble collar de cuentas, que imitaban la turquesa, caía
sobre su pecho. Al llegar junto a Ramiro, mirole fijamente,
apoyando ambas manos en el báculo. El mancebo sacó una moneda
para ofrecérsela. Pero la mujer preguntole:
—¿Sois muslim o castellanuelo?
—Cristiano viejo, por la gracia de Dios—contestó Ramiro.
La mujer rehusó la limosna, y tendiendo el brazo:
—Yo vengo a desengañarvos agora, descreyentes, servidores de las
ídolas—exclamó con voz agorera y fatal.—Echaréis a Agar y a su
fiyo, está escribto, y con ellos irase la dicha. Ya no habrá quien vos
riegue la vega, ni quien enseñoree el arado, ni quien sepa sembrar y
recoger, ni quien os adobe olores finos. El torno, ¿quién sabrá
manejallo? ¡Oh!, los de Islam, estáis con las manos agrillonadas;
pero la sufrencia es buena ventura. ¡Sabed que el paraíso es
prometido a los sufrientes y serán honrados en gradas altas y
aventajadas!
Ramiro no pudo vencerse y enseñó la palma para que le predijera su
destino.
—¡Tu jofor, tu jofor!—balbució la morisca.
Pero apenas hubo tomado en las suyas aquella mano delgada y
enérgica, soltola de pronto.
Ramiro, al volver instintivamente la cabeza, hallose con la figura del
canónigo que, de vuelta de la Encarnación, le había reconocido y se
acercaba.
—Chiromanciam habemus—gritó el lectoral.
Ramiro sonriose. El canónigo sacó entonces una moneda de plata y
se la alargó a la mujer. La morisca tomola temblando y comenzó a
alejarse lentamente. Un instante después, maestro y discípulo
escuchaban el rodar de la moneda sobre los guijarros.
Entonces, de vuelta a la ciudad y en busca de la Puerta del Adaja, el
canónigo compuso la siguiente oración:
—Ya ves, hijo mío, el amor que nos tiene esta raza de Ismael. He
ahí una anciana miserable que prefiere seguir gimiendo, cual una
loba hambrienta por los caminos, antes que aceptar nuestra limosna.
Aparentan haberse convertido, y son tan moros como en Africa. Van
como arrastrados de los cabellos a aprender la doctrina, y sólo el
temor les hace llevar sus hijos a nuestras iglesias para recibir el
bautismo. Pero, ansi que llegan a sus casas, les roen la mollera con
un trozo de cacharro o el filo de un cuchillo, lavándoles en seguida
prolijamente para quitalles hasta el último resto de la crisma
sacramental. Luego vuelven a bautizalles a su manera, con nombres
moros que llevan en secreto hasta la muerte. No comen jamás de res
alguna que no haya sido degollada por manos infieles, dirigiendo la
cabeza del animal hacia el Oriente, hacia la Meca, hacia el alquibla,
como ellos mesmos se expresan. No beben vino ni prueban puerco,
para distinguirse de nosotros, y, a puerta cerrada, observan su
cuaresma y todos los ritos de su secta diabólica. Yo he visto en el
fondo de sus casas, en Andalucía, baños de mármol o azulejos,
donde los hombres se sumergen y perfuman como rameras, según su
costumbre infiel y lasciva. Los mozos aturden las calles del arrabal
con sus voceríos salvajes, y son todos dados al adufe, a la gaita, a las
sonajas, a los entretenimientos lúbricos de la danza y a los paseos de
fuentes y pensiles que corrompen y reblandecen el ánimo.
Hizo una pausa para mondar el pecho, y luego que hubo escupido
reciamente, prosiguió:
—En los lugares públicos hacen acatamiento a la Santo Cruz, claro
está; pero, cuando se hallan sin testigo ante alguna ermita o
humilladero, le hacen sufrir toda clase de escarnios. Yo mismo he
sorprendido en las cercanías de Talavera algo horrible. Varios de
estos perros malditos habían ido por leña a un bosque del contorno.
Uno de ellos, al regresar, tuvo que descargar su vientre, y habiendo
hecho una cruz de dos astillas de roble, la clavó bien derecha en la
inmundicia, y dejola. Yo fui el primer cristiano, sin duda, que atinó a
pasar por aquel sitio. Viendo a mi amada cruz en tal estado, corrí por
ella, e hincándola entre la raíz de una encina, me puse a adoralla.
Consérvola aún celosamente, por la injuria que sufrió, como si fuera
hecha de los huesos de un mártir de Roma.
El sol acababa de ocultarse. Los cerros del poniente recortaban
escueto y pardo perfil sobre el horizonte de fuego. Maestro y
discípulo llegaron hasta la esquina nordeste de la muralla y doblaron
en dirección al mediodía. Abajo, hacia la derecha, entre los obscuros
peñascos, el agua del Adaja despedía un resplandor de oro ígneo.
Las iglesias habían concluido de tocar las oraciones, y la próxima
campana de la ermita de San Segundo conservaba todavía un
zumbido soñoliento.
—¿Qué hacer—continuó diciendo el canónigo—con este enemigo
casero tantas veces perdonado? ¿Qué hacer con este siervo alevoso,
que de día nos aborda con la sonrisa en los dientes, mientras acecha
de noche nuestro sueño con la mano crispada sobre corvo puñal? Tu
abuelo, Ramiro, me ha dicho, y nadie sabe como él estas cosas, que
esos arrieros y trajineros moriscos que topamos por las carreteras
durmiendo al sol junto a sus botijos, llevan y traen mensajes
sediciosos de Aragón a Granada y de Granada a Aragón, pasando
por Castilla; y no hay ya quien ignore que la conspiración cuenta
con todos los moriscos del reino.
La luz se apagaba en el cielo; pero el canónigo peroraba cada vez
más exaltado, como si ensayase, en la soledad del camino, la
alocución solemne que intentara pronunciar en alguna asamblea.
—Algunos dicen que la expulsión de los moriscos traería la ruina de
España. La avaricia moderna, señores—exclamó esta vez.—¡Ah! ya
son contados aquellos clarísimos varones de antaño que preferían un
grano de honra a todas las alcancías repletas del moro y del judío.
Hogaño, los nobles de Aragón son los más sañudos encubridores y
abogados destos perros infieles; y llena está Castilla de cristianos
viejos, engolosinados con el dinero moruno, que siguen su ejemplo.
Piensan que con los hijos de Mahoma se iría el lucrar y el sabroso
vivir, y sus tierras se cubrirían de hierbas malignas. Aquí mesmo, en
la ciudad de los Leales, de los Caballeros, de los Santos, la mayoría
del Ayuntamiento está en contra de la expulsión. ¿Y qué mucho—
añadió, bajando la voz y hablando casi al oído del mancebo,—si la
Inquisición, la Santa Inquisición, recibe cincuenta mil sueldos al año
de las aljamas aragonesas?
Dirigiéndose a personajes ilusorios, que él veía animarse, sin duda,
en el teatro de su imaginativa, prosiguió:
—¿Decís que la expulsión reduciría a menos de la mitad la riqueza
del reino? Tanto mejor, señores golosos. ¿Qué estado más digno y
saludable para una república cristiana que la pobreza? Los bienes
superfluos traen la libertad y la avaricia, del mismo modo que el
agua rebalsada cría sabandijas y sapos inmundos; la lascivia triunfa
y los ánimos pierden la primitiva rudeza, a la par de las espadas que
se afinan como alfileres y se les recubre de terciopelo y pedrería
para no amedrentar a las damas en los estrados. Livio afirma que la
mucha prosperidad y abundancia de Roma, le acarrearon todos los
males, y que por esta causa llegaron los romanos a los extremos del
vicio. Si consultamos a Juvenal—volvió a decir,—él nos declara que
no hay linaje de maldad en que los romanos no cayesen desde que
abandonaron la pobreza. ¿Fue acaso opulento el pueblo de Israel, el
pueblo de Dios? Si hemos de vivir con la opinión, dice nuestro
Séneca, jamás seremos ricos; si con la naturaleza, jamás seremos
pobres. Yo sé decir que nunca he visto emprestar a los usureros para
comprar aceitunas, pan o queso. Siempre vi que el uno lo busca para
caballos, el otro para galas, el otro para rameras. Vuelvan, pues,
enhorabuena, aquellos siglos dorados, o siglos de bellotas, como
también se les llama. Cesen este loco rodar de carrozas y estos
desfiles de lacayos, ebrios de vanidad y de vino, ambas cosas
hurtadas a su señor. Renazcan las antiguas virtudes severas, la mesa
parva, la rica devoción, y que la mengua de las vestiduras nos haga
llegar mejor a las carnes la saludable franqueza del viento.
Había terminado y escupió varias veces.
Entraron en la ciudad por la Puerta del Adaja. Las callejuelas
estaban llenas de penumbra plomiza y temblorosa. Algunos
bodegones encendían sus candiles y las puertas volcaban sobre la
calzada mortecino resplandor anaranjado. Un viejo sentado a una
ventana, con la sien pegada a la reja, miraba al cielo rezando su
rosario. En otra ventana, sin luz, era una joven la que rezaba. Su
rostro tomaba el tinte ceniciento de la hora y su pupila fosforescía de
modo extraño.
Como sí aquella quietud le hubiera incitado a destapar el silo más
hondo de su conciencia, el lectoral, que había dado por concluido su
discurso, prorrumpió de nuevo, aunque en un tono menos oratorio y
más dulce:
—El ánimo compasivo sólo debemos empleallo, hijo mío, en las
ocasiones privadas y menudas de la vida, según lo manda la ley
evangélica. Nuestro propio instinto nos ofrece una grande enseñanza
cuando nos hace salvar una mosca que se ahoga en un vidrio y otras
veces pone en nuestra mano retorcido lienzo y nos las hace matar a
centenares sobre la mesa y el muro. Alargue aquél su limosna al
pordiosero, aunque lleve en su mano un Alcorán; compadézcase éste
del huérfano y la viuda, aunque sean de la secta maldita de Mahoma;
ofrezca de beber al muslim sediento que pasa, o pida de su cántaro a
la infiel, como Jesús a la Samaritana; nada digo, que todo esto lo
enseña el mesmo Evangelio, que es ley individual y pan de cada día;
pero, sonada la hora grande y justiciera, sepamos cumplir sin
melindres los designios del Señor, porque hay otra ley, hijo mío—
agregó levantando la mano y la voz como un antiguo profeta,—otra
ley más anciana, ley de los pueblos; hay otro testamento, donde Dios
mesmo, con su propia palabra, dicta la sentencia a los impíos,
diciendo a Moisés: «Pondrás con mi favor el cuchillo a la garganta
del Amorrheo, del Cananeo, del Pherezeo, del Hetheo, del Heveo,
del Jebuseo hasta quitalles la vida»; agregando: «y no tengas con
ellos misericordia», nec misereberis earum. Y así mismo, por boca
del profeta Samuel, mandole decir a Saúl que destruyera a los
Amalecitas, sin perdonar hombres, ni mujeres, ni niños aunque
fuesen de leche, a fin de no dejar rastro ninguno de ellos ni de sus
haciendas. Nosotros debemos también, como un acto expiatorio,
descepar de cuajo de nuestro suelo esta planta ponzoñosa. No
echemos en olvido que somos, en los modernos tiempos, el pueblo
de Dios, como lo fue Israel en los antiguos. Nada debe extrañarnos
que pueblos semibárbaros como Inglaterra, Alemania, Bohemia,
Hungría se contaminen; pero ¿cómo habemos de tolerar nosotros, de
quien Dios no aparta su confianza, al siervo idólatra y blasfemo en
nuestra propia heredad? Ya sea por la expulsión sempiterna, ya por
el total exterminio, si el caso lo pide, haciendo en ellos un Vesper
Siciliano, antes que lo hagan ellos con nosotros, el cielo nos ordena,
a las claras, rematar la obra de purificación.
—El miedo a la sangre, hijo mío—prosiguió diciendo el
canónigo,—es un bajo instinto del hombre. Jehová se espanta del
vicio, de la impiedad, de un solo pecado, pero no de la sangre
vertida justicieramente. La sangre es el riego necesario de toda
buena germinación, y el Señor la hace correr a su tiempo con la
misma benignidad con que escurre los nublados sobre los surcos.
Las vidas humanas no valen sino por lo que resulta de su sacrificio,
como los granos de incienso. Ahora, si se quieren remedios más
suaves, también los hallaremos en la Escritura.
Meditó un instante y continuó:
—Oigamos al profeta Osseas sobre la tribu idólatra de Efraim:
«Dales a éstos, Señor... ¿Qué les darás a éstos? Dales vientres sin
hijos y tetas enjutas.» Recapacitemos esta inspirada sentencia. Ella
nos manda que lo que se ejecutó con las gentes de Efraim lo
realicemos nosotros con los falsos conversos. Su Santidad, se
entiende, lo permitirá, y médicos hay que saben cómo y con qué
hacer con ellos y ellas este remedio; y sería un blando acabar, poco a
poco.
Habló así, con tono doctrinal y apacible, sin asomo de saña. El
mancebo le escuchó sorbiendo sus palabras como precioso jugo de
sabiduría. Habían llegado, entretanto, a la plazuela de la Catedral. El
templo levantaba su mole religiosa y guerrera en la calma cerúlea
del anochecer. Un último reflejo dorado se apagaba en sus almenas.
El aire traía un tufillo de sartenes. El canónigo despidiose de
Ramiro, y, al ir a penetrar en la iglesia, un lacayo le detuvo para
decirle que el señor de San Vicente le mandaba llamar. La casa
estaba a pocos pasos, en el barrio de San Gil.
XI
El señor Felipe de San Vicente, individuo del Consejo de las
órdenes, Comisario de la Santa Inquisición y antiguo gentilhombre
del Rey, recibió cordialmente al canónigo, tomándole una y otra
mano en las suyas. Luego, después de haber echado los cerrojos a
las puertas, preguntole con brusquedad y misterio:
—¿Podría vuesamerced, señor canónigo, indicar algún hombre
seguro para una dificultosa misión en servicio de Su Majestad y del
reino? Advierta vuesamerced—agregó—que debe ser de harta
limpieza de sangre, de mucha religión, de mucho ardid y denuedo, y
joven, cuanto posible, de suerte que sus idas y venidas puedan
achacarse a un amorío, por ejemplo.
El lectoral comenzó a estrujarse el labio inferior, como si buscara
arrancarse por aquel medio el nombre propio que convenía. De
pronto, después de breve silencio, sus ojos se llenaron de claridad y
respondió con viveza.
—Sí, tal. Ya le tengo.
—Conozco a vuesamerced, y doy, desde luego, por seguro, que
habrá escogido con acierto—replicó entonces el hidalgo,
acostándose, casi, en el sillón y estirando hacia el brasero sus
piernas metidas en calzas de velludo pardo.
En seguida, con verbosidad soñolienta, entrecortada sólo por los
ásperos esfuerzos con que descargaba de rato en rato su garganta,
fuele diciendo que, según recientes averiguaciones, los moriscos
preparaban un levantamiento general en todo el reino, y que era
menester sorprenderles con las manos en la masa.
—Tenemos sospechas—agregó—de que en esta ciudad existe un
escondite de conspiradores, donde continuamente se reciben
mensajes sediciosos de Aragón y Valencia. Pero todo esto, señor
canónigo, precisamos saberlo con certeza, pues la mayoría del
Ayuntamiento aboga por ellos, y abundan en toda España señores de
título que, por no ver sus tierras abandonadas, les tienden
solapadamente la mano.
Dijo luego que la Junta de Madrid acababa de encomendarle, sin
atender a su edad y a sus dolencias, aquella difícil misión, que él
quería compartir con un hombre de iglesia, cuyo especial ministerio
le pusiera en mejores condiciones para conocer las dotes o defectos
de algún vecino de la ciudad. Con la voz cada vez más ronca y más
baja, pasó luego a explicar las instrucciones que el canónigo debía
transmitir a su agente. El mismo se narcotizaba con su propio
discurso. Ya era imposible comprenderle. Su palabra vacilaba, se
extinguía. Entonces, escupiendo, por última vez, dobló la cabeza
sobre el hombro, y quedose dormido.
El lectoral no supo qué hacer. Los cerrojos estaban echados y las
mechas del velón crepitaban en ese momento, amenazando apagarse.
No había, tampoco, un solo libro sobre la mesa, y él había olvidado
su breviario. Pensó entonces que no hay situación en la existencia
que resista a un esfuerzo superior de filosofía y, olvidando la
circunstancia y la hora, púsose a contemplar a aquel hombre de
obscuro entendimiento que, había logrado fácilmente los altos
honores, hasta ser uno de los más influyentes personajes de la
comuna, tenido en gran predicamento por el Rey. Su estatura era
menos que mediana, su espalda un tanto jibosa, su barba rojiza.
Había en todo su rostro una tristeza cómica de bufón. Su labio
inferior se alargaba hacia afuera con lúbrico y tembloroso gesto.
La estirpe de los San Vicente era antigua en la ciudad, aunque no de
las más ilustres y encumbradas. Arrancaba, sin embargo, de una
María de La Cerda y exornaban su árbol genealógico Juan Mercado,
primer caballero de Milán, Tomás de San Vicente, llamado el
Valeroso, y, sobre todo, Ruy López de Avalos, condestable de
Castilla. Los caballeros de su nombre podían reposar, por remoto
privilegio, en el crucero de la iglesia de Santa María del Castillo, en
Madrigal, favorecida por una capellanía del Condestable. Así
también, en Avila, tenían derecho a ser enterrados en la parroquia de
Santo Tomé, donde existe la capilla de su linaje; en Santo Tomás el
Real, dentro mismo del templo; y en los lucillos de San Vicente, en
cuya iglesia estaban pintadas las armas de aquella familia sobre los
asientos de la capilla mayor, según uso calificado y antiguo.
Al observar la barba de Don Felipe, aquel rojo vellón donde la luz
del aceite ponía ahora toques purpúreos, el canónigo pensó en las
razas antiguas venidas hasta la Iberia desde los mares tempestuosos
del Norte; y cerrando, a su vez, los ojos, soñó con repugnancia en
bárbaros rubios y en carnosas hembras desnudas, con cabelleras
color de naranja, como señaladas, desde entonces, por un reflejo
infernal.
De pronto, la puerta se sacudió con estrépito, y oyose en el corredor
una voz desesperada que comenzó a gritar:
—¡A mí! ¡A mí! ¡Socorro! ¡Soy muerto!
El canónigo saltó del asiento, descorrió el cerrojo y abrió. Era un
lacayo. El infeliz, con el semblante blanco como el yeso, sin soltar
de sus manos una silla de montar, cubierta de terciopelo azul, fue a
arrojarse a los pies de su señor.
—¿Qué sucede?—preguntó mal despierto el hidalgo.
—Es don Pedro, don Pedro que me busca para acuchillarme. ¡Agora
llega, ahí está!—agregó el lacayo, señalando hacia el corredor y
temblando de pies a cabeza como endemoniado.
En efecto: instantes después, entró el hijo segundo, loco de ira y la
boca contraída por una mueca de exterminio. Al topar con el
sacerdote levantó la mano derecha hacia atrás y la lumbre del candil
hizo centellear, en el aire, su larga espada desnuda.
El Señor de San Vicente meneó de un lado a otro la cabeza, con
sonrisa agria, dolorosa. Entonces el segundón acercose al lacayo y
pinchole el rostro con el acero.
—¡Teneos, en nombre de Cristo!—gritó reciamente el canónigo,
asiéndole el brazo.
El mancebo se contuvo y envainó la hoja de golpe, mientras el
criado examinaba su propia sangre en los dedos.
—No bastaba que fuese yo el desheredado, el estorbo, el hijo
maldito, sino que agora les es permitido a los criados de mi hermano
hacer mofa de mí—rugió el segundón, mirando de hito en hito a su
padre y recorriendo a trancos la cuadra.—Vuestra es la culpa, señor,
que me habéis rebajado a la par de la servidumbre. El mayorazgo,
los honores, las caricias, todo es poco para Gonzalo. Precisáis,
además, cubrille de joyas, como a un santo milagroso, dalle todo lo
bueno; el mejor caballo, la espada más rica, y gastar en sus galas
más de lo que podéis. ¡Oste! Ha poco le disteis el medallón de los
rubíes, luego vuestra daga de oro y un talabarte bordado, ¡y a mí
nada, nada!, y me dejáis andar por la ciudad pobre y andrajoso como
un villanejo. Para un hermano el festín, para el otro el hueso y la
asadura. ¿No nos parió ¡voto a Cristo! el mesmo vientre?
Afeminando la voz de modo burlesco, continuó:
—Idos a América o a Flandes, hijo mío, o entrad más bien en la
Iglesia, y os daremos nuestra capellanía de Santa María del Castillo,
en Madrigal: es lo que me decís todo el año. Pero aquesto no basta.
Sabéis harto bien que soy amado de Beatriz desde niño y queréis
asimesmo que le deje la dama a mi hermano. Es con ese
pensamiento que me dejáis podrir sobre las carnes estas ruines
bayetas, para que no pueda mostrarme ante mujer alguna. Mirad esta
espadeja si no parece de vil estudiante. ¡Ah!, pero ruda y basta como
es, sabrá vengar el entuerto. ¡Oste! Hace un año, señor, que os pedí
un arnés para el rocín, y ni esto—exclamó, haciendo sonar la uña del
pulgar en los dientes.—Agora os llega este caparazón y,
despreciando mi demanda, se lo mandáis a él, que ya tiene sobrados.
Todavía este puerco—exclamó señalando al lacayo—me lo enseña
de lejos con sorna; se lo pido para mirallo, y echa a correr dando
voces.
Don Felipe seguía moviendo, de tiempo en tiempo, la cabeza, sin
levantar la mirada.
—¡Ah, señor!—prosiguió el segundón—la postre no os sabrá tan
dulce como esperáis, ¡No! ¡No!—gritó bruscamente, golpeando con
el tacón en el suelo y dando dos alaridos que resonaron de trágica
manera, semejantes a la voz de un demente. Una de sus calzas se
desató, dejando desnuda su pierna muy blanca y vellosa.
Esta vez el hidalgo se atrevió a decir:
—Calmaos, hijo; es la dura ley de la nobleza: sois el segundo. En
cuanto a Beatriz, vos mesmo sabéis que ama a Gonzalo desde la
infancia.
El mancebo fue a ponerse casi en cuclillas delante de su padre, y
cara a cara, con los ojos fulgurantes y con voz ronca, aciaga, terrible,
volvió a gritar:
—¡No! ¡No!...
En ese momento entraba el hijo mayor. Su venera, su espada, el
joyel de la gorra, chispeaban en la penumbra. Al moverse dejaba oír
rumores de metal y de seda.
—Seguro estoy—dijo soberbio, increpando a su hermano, después
de haber saludado al canónigo—que reñíais a nuestro padre.
—Así es verdad—contestó el hidalgo;—me reñía porque os enviaba
ese caparazón, con que me obsequia el alcalde de Toledo.
El lacayo se adelantó a ofrecérselo. Las armas de la familia estaban
bordadas, a uno y otro lado, con sedas multicolores, sobre el
terciopelo turquí, y, en toda la tela, el aljófar perlaba como cuajado
rocío los arabescos de plata y de oro.
Ante aquel precioso jaez, el mayorazgo olvidó un momento a las
personas que le rodeaban y pareciole verlo recubriendo su caballo
valenzuela. El rostro de Beatriz, tras las celosías cruzó por su
espíritu. Luego, como despertando:
—Dejalde, padre, que se atosigue con su propia ponzoña—
exclamó.—Peor para él si no sabe aceptar su condición.
Esta frase, lanzada con arrogante menosprecio, fue como un fustazo
en las orejas de un tigre. El segundón, tendiendo en el aire sus
manos crispadas por el ansia fratricida, lanzó de su boca fiero
torrente de insultos y amenazas incomprensibles; mientras el
mayorazgo, inmóvil y descolorido, le miraba con sonrisa convulsa,
la mano derecha en la daga.
De pronto, al escándalo de las voces, doña Urraca, la mujer del
hidalgo, apareció en la puerta cual brusca visión. Todos volvieron el
rostro hacia ella. Un silencio glacial se produjo en la estancia.
¡Hembra grave y hermosa! Una red de perlas le aprisionaba el
retinto cabello. Su tez era pálida y morena, su empaque soberbioso.
Hubiérase dicho una flor de hierro.
—¿Qué pensará vuesamerced—exclamó, dirigiéndose al lectoral—
de tamaña vergüenza?
Luego, encarándose con su esposo:
—Nada de esto sucediera si no fuese vuestra cobardía. Poco falta ya
para que nuestros hijos se acuchillen en vuestras barbas.
El hidalgo bajaba cada vez más la cabeza, y sus manos frotaban
nerviosamente los brazos del sillón.
Doña Urraca prosiguió:
—¿Qué sangre villana lleváis en esas venas, señor, que no os deja
volver por la honra de vuestra casa?
Herido por aquel ultraje, el hidalgo atiesó de pronto su cuerpo.
—Ya os he dicho mil veces, señora—replicó levantando la frente y
mostrando sus ojos humedecidos,—que mi sangre es tan clara y tan
limpia como las mejores de España. El señor canónigo que está aquí
presente, y que conoce harto bien mi abolengo, podrá atestiguallo.
¿Por ventura—agregó poniéndose en pie—es cosa de nada un linaje
que viene de Sancho de San Vicente y de doña María de la Cerda, y
que cuenta con dos condestables de Castilla?
Su mujer le respondió con una sonrisa, entreabriendo apenas un
extremo de su boca. En seguida, y habiéndose despedido del
lectoral, levantó su preciosa mano, exornada de randas, y, mirando
en los ojos a los mancebos, díjoles con imperio:
—Vosotros seguidme.
Volvió las espaldas, segura de ser obedecida, y desapareció. Los dos
hermanos se fueron tras ella, y durante unos segundos oyose alejarse
por el corredor el golpeteo de las espuelas.
Cuando el canónigo, ansiando retirarse, preguntó a don Felipe si
podía decentar, desde luego, el asunto de la pesquisa, el cuitado
señor tardó un buen rato en darse cuenta de la consulta. Meneó, por
fin, la cabeza afirmativamente y le dijo que ponía, del todo, en sus
manos aquella delicada misión.
Al hallarse de nuevo, sin testigos, don Felipe sacó de la faltriquera
un viejo rosario y, besando la cruz repetidas veces, púsose a sollozar
como una mujer.
XII
El lectoral pasó toda la noche con la pupila abierta en la obscuridad,
como un búho. Imposible dormir, y en todo su cuerpo una comezón
inusitada. No era la conocida mordedura de las bestezuelas
habituales. No. Era un ardor en la sangre, un hormigueo de voluntad,
de impaciencia.
Antes del primer canto del gallo, descorrió las mantas del lecho, y en
un santiamén, con verdadera brevedad eclesiástica, hallose vestido.
Cogió entonces sus Horas Canónicas, y, como solía hacerlo a
menudo, descendió a la iglesia para subir en seguida a la segunda
plataforma del almenado Cimborio, que forma a la vez el ábside de
la Catedral y el torreón más ancho y más fuerte de la muralla.
Era a fines de abril. El hálito del alba apaciguó en todo su ser la
irritación del insomnio, como una ablución de rocio.
La niebla tomaba en torno vago irisamiento, cual si el amanecer
encendiera su primer rubor en el naciente.
No se escuchaba rumor alguno. Avila dormía.
La esquila de algún convento dio un toque tímido, quedo, necesario.
El canónigo aspiraba con delicia un olor de piedra húmeda y de
hierbas invisibles que sus pies hollaban al caminar.
Algunas formas rectangulares iban apareciendo, aquí y allá, como
suspendidas en la atmósfera. Los techos insinuaban su confusión en
tonos lechosos, más o menos intensos. El canónigo sentía nacer y
flotar una confianza nueva, una bondad respirable, una media luz
gozosa y virginal, que él asemejaba a la claridad que la eucaristía
difunde en el alma.
Las torres y contrafuertes del templo fingían majestuosa visión entre
el cendal de la aurora; y, a uno y otro lado, los cubos de la muralla
se alejaban, solemnes y espectrales, cada vez más vaporosos, hasta
desaparecer por completo. El canónigo sintió, como nunca, la
evocación legendaria de las almenas. Galaor, Esplandián, Amadís,
Lanzarote... desfilaron. Era la hora en que los caballeros andantes
dejaban los castillos. Sus armaduras reflejaban la claridad
nebulosa...
Un gallo cantó.
Hizo a un lado el recuerdo de aquellas historias dominantes, que le
habían robado tantas horas de oración y de estudio, y, como no era
fácil leer aun el Oficio, dejó de caminar y apoyó el codo en la
piedra.
Junto a él, sin miedo alguno, gorriones entumecidos se secaban el
plumaje sobre el parapeto. Otros se tomaban del pico amorosamente.
Ya se distinguían, a pocos pasos, las rojas amapolas y las borrajas
azules, abriendo sus pétalos entre las hierbas infinitas que crecían
sobre el adarve, con más vigor que en el campo. La niebla comenzó
a disiparse, a hacerse más nacarada, más diáfana. Luenga barra
purpúrea se encendió en el naciente, comparable a un alfanje de
cobre.
En la ciudad las callejuelas se ahondan. El palacio del Arzobispo
destaca, en torno del patio, su enorme techumbre. La piedra roída de
la Catedral, las enormes almenas redondeadas por los siglos se tiñen
de aurora.
Bien pronto el canónigo ve aparecer, a lo lejos, sobre las colinas, las
sombras grises de los campesinos que se dirigen al Mercado Grande,
junto a San Pedro.
Comienza extenso rumor, cantos de corral, golpes de martillos en las
bigornias, crujir de cerrojos, voces indefinidas.
El sol acaba de asomar sobre el perfil de un collado. Es un ascua
desnuda, atizada, flamígera, ígneo carbunclo, que lanza hacia lo alto
dos rayos sublimes. El lectoral recuerda los dos cuernos de llama de
Moisés; y resuenan, al pronto, en su memoria los versículos de la
Escritura que dictan la ley elemental y el deber de castigar a los
adoradores del becerro.
—He aquí—exclama—que el Señor se sirve agora de este signo,
harto elocuente, para incitarme al castigo del pueblo avariento y
blasfemo de Mahoma.
Una gran emoción sagrada dilata su fantasía. Va a cumplir un santo
deber; y quién sabe si al encomendar a Ramiro la importante misión
no le encamina derecho a los más grandes honores.
Desde algún tiempo, el canónigo cifraba toda su esperanza en aquel
mancebo de alto linaje, que él venía adiestrando para llevarle
después como halcón en el dedo. El señor de San Vicente había
dicho que comunicaría el resultado de las indagaciones a la Junta de
Madrid. ¿No sacaría él mismo de esta empresa el báculo y la mitra?
No habían sonado aún las doce campanadas de mediodía cuando
Vargas Orozco mandó en busca de su discípulo.
Sentáronse en un escaño de la sala capitular.
Ramiro escuchó a su maestro con la sumisión acostumbrada. Vivaz,
enérgica, perentoria fue la consigna. Debía recorrer a menudo el
arrabal de Santiago, introduciéndose en los patios, en las posadas, en
los bodegones, hasta sorprender alguna plática reveladora. Era
preciso hallar, cuanto antes, el rastro, y caer de sorpresa, en flagrante
conspiración, aunque se arriesgase la vida. Terminó con estas
palabras:
—Alguien opina que, a fin de no ser sospechado, conviene simular
un amorío. Pensad, de todos modos, que lo haréis con un santo
propósito.
Habían dejado la sala capitular y caminaban ahora por las naves de
la iglesia. El canónigo volvió a decir:
—Tomad ejemplo, hijo mío, de estos graves sepulcros do descansan
aquellos varones antiguos, que ponían a riesgo diario su vida por
servir a Dios y ennoblecer su linaje. Miradles sucederse, desde
tiempos remotísimos, trabados como vértebras y traspasándose unos
a otros ese tuétano de la honra que agora se alberga en vos mesmo.
Ramiro sintió un calofrío. Era la virtud habitual de aquel vocablo
que acababa de pronunciar el canónigo: ¡la honra! Divinidad vaga,
de confusos mandamientos; pero cuyo solo nombre le hacía latir más
ligero el corazón y le encendía puntilloso calor en el rostro. Su
rosario, envuelto en la guarnición de la espada, golpeaba el metal
con las cuentas.
—Esto que agora emprenderéis—agregó el lectoral—será en
servicio de la santa Iglesia de Cristo. Si queréis llegar muy lejos,
dejaos conducir por ella, sin examinar demasiado la postura o la
senda que sus sabios designios os indiquen.
Pasando por una puerta del crucero entraron en la claustra.
En el patio el sol ardía sobre las piedras, y la extraña crestería
plateresca destacaba su cárdeno granito sobre el índigo ardiente del
cielo. Insectos transparentes se levantaban del herboso jardín y
navegaban en la luz.
Bajo las bóvedas, junto a la capilla de las Cuevas, dos alarifes,
rompiendo un trozo de pared, acababan de descubrir un sepulcro.
Ramiro y el canónigo se acercaron. No había inscripción alguna;
sólo un tosco relieve que representaba a Nuestra Señora y al Niño,
como si aquello bastase en la muerte. Nuevo golpe de piqueta
ahondó la abertura, y una nubecilla cenicienta levantose como el
humo en el aire. Uno de los obreros introdujo la mano y sacó un
pequeño objeto de metal. Era una espuela, un acicate verdoso y
roído. El canónigo tomolo respetuosamente en la mano, y
levantándolo hasta el morado rayo de sol que entraba a través de la
vidriera, comenzó a decir, como alguien que delira:
—¡Cuántas veces una aparición de alquiceles en el horizonte le
habrá hecho batir el ijar, heroica y sanguinaria! He aquí, Ramiro, el
emblema de la caballería, el blasón de la bota y la sonaja del honor.
Su solo ruido en las losas ennoblece toda la traza del hidalgo.
Sonriose un momento, mostrando su fuerte dentadura, y luego, con
gesto grave y casi compungido, prosiguió:
—¡Lástima es que algún epitafio, docto y elegante, no nos diga la
casa y los honores del antiguo caballero, cuyas son estas cenizas!
Por fin, entregando la espuela, para que fuera colocada otra vez en el
sepulcro, terminó de este modo:
—Vuelve a descansar con los huesos de tu dueño, reliquia de la
vieja honra cristiana, mientras nosotros rezamos una oración por el
alma desconocida, que seguirás ennobleciendo en la muerte.
Quitose el sombrero, e inclinando la cabeza, musitó una plegaria.
Ramiro le imitó.
XIII
El comienzo de la difícil empresa vino a recoger su desparramada
energía. Hasta entonces, Ramiro divagaba por el mundo
desmesurado y quimérico de las ambiciones nacientes. Pasábase las
horas y las horas imaginando hazañas inauditas o exaltando ansias
de imperio y de grandeza, que él miraba luego colmarse una a una, a
lo largo del porvenir, como tinajas de subterráneo tesoro.
El recogimiento extremaba su fiebre. No contaba con un solo
compañero de su edad. Desde temprano, a pesar de la oposición de
su madre, buscó el trato de algunos mancebos. Llegó a conocer a un
Núñez Vela, a un Valdivieso, a los dos hermanos Rengifo, a Diego
Dávila, a Nuño Zimbrón. Soñó con amistades heroicas, fue todo
franqueza y ardor, ofreciendo, sin ambages, en rebosante copa, la
lealtad de su pecho; pero no tardó en advertir que sigiloso encono
crispaba todos los labios en su presencia y que su mano calurosa no
estrechaba sino dedos laxos y fríos. En cambio, los demás se
agasajaban entre ellos, y aquella hostilidad común hacia él, aquella
tácita conspiración, parecía estrecharles mayormente.
—¿Por qué? ¿Por qué?—se preguntaba sin cesar con varonil
mansedumbre y sin querer pensar en la venganza,—¿por qué no me
ha sido dado lograr esa cordialidad que se le brinda a cada paso a un
imbécil y a veces a un malvado, a un felón?—No maliciaba aún el
peligro de aquel ingenuo aliento de orgullo y de fuerza a que todas
sus frases trascendían.
Por fin, paseándose una tarde por la Rúa, con Miguel Rengifo, el
único amigo que le quedaba, díjole en un momento de afectivo
calor:
—Si yo medro, Miguel, e después de algún hecho señalado me
hacen gobernador de una plaza, os he de llamar junto a mí para
haceros mi primer capitán.
Rengifo, a quien todos llamaban el enano, por su mezquina estatura,
giró sobre sus talones y respondió con enfado:
—¿Y por qué no he de ser yo quien medre, e os llame junto a mí, e
os haga mi capitán?
Aquel amigo no volvió a presentarse. Ramiro embozose entonces
una y dos veces en su propia altivez, y aceptó la soledad, volviendo
la espalda.
Día a día, cada vez más alerta, visitaba Ramiro el arrabal de
Santiago. El temor del peligro le había dejado para siempre desde
los primeros años de mocedad. Consideraba ahora, con fatalista
desenfado, la propia vida y la ajena. El orgullo de su misión vino a
duplicar su ardimiento. Era un agente de Su Majestad, portador de
grave secreto de gobierno. Quién sabe si no se le había escogido
deliberadamente, desde la Corte, con la traza de una casual
designación. De todos modos, aunque así no fuera, el monarca oiría
muy pronto su nombre.
A veces, al caminar por las revueltas callejuelas de la morería,
imaginaba haber descubierto toda la trama de la conjura, y parecíale
ver ante sí la figura sobrehumana de Felipe Segundo, acercándose
gravemente y echándole al cuello la venera de un hábito.
Salía mañanero, sin mula ni lacayo, y vestido de ropas sencillas que
no atrajesen la mirada; pero llevando, eso sí, la hermosa espada
templada en Toledo, con que le había obsequiado su tío abuelo don
Rodrigo del Aguila, una daga de provecho y el consabido coleto de
ante, por debajo del jubón.
Dejaba casi siempre la ciudad por la puerta de Antonio Vela, y
simulando un andar ocioso y errante, bajaba por algún atajo de la
cuesta del mediodía. En el reducido arrabal de Santiago había más
tráfago y rumor que en la ciudad entera. La fecundidad de la raza
palpitaba al aire y al sol. Los encalados zaguanes vomitaban
hacinamientos de chiquillos casi desnudos, sobre la sucia calzada.
Se comerciaba a gritos. A cada instante estallaba una gresca. Oíase
el continuo rumor soñoliento de tornos y telares, semejante al de
populosa plegaria en alguna mezquita.
Los hombres vestían casi todos a la española; algunos llevaban
gregüescos de lienzo, como la gente de mar. Las mujeres, saya de
colores aldeanos y juboncillo corto. Era placentero ver llegar por las
callejas la figura ondulante de una joven a veces descalza; pero
luciendo, sí, en su primoroso peinado alguna rosa amarilla o algún
sangriento clavel, prendido con garbo en las trenzas. Su cadera se
ofrecía y se esquivaba al andar. Su sonrisa era mejor que los
collares. Los hombres se detenían para contemplarla. Algunos la
susurraban al oído palabras en algarabía. Otros levantaban la cabeza
y sorbían el aire como camellos, libidinosamente.
Sin preguntar el precio, arrojando sobre el tablero alguna moneda
excesiva, Ramiro solía comprar un perfumado jubón para alguna
mozuela, o zapatos infantiles con que después obsequiaba a las
madres moriscas. Comenzó sus paseos con el corazón encogido por
el odio; pero, poco a poco, su misma caridad, aunque fingida, sus
mismos gestos protectores, y la dulzura que recogía de todo los
rostros, le fueron ablandando la entraña y haciéndole descubrir, a
cada paso, nuevo embeleso en aquella vida graciosa y sensual de los
musulmanes.
Los bodegones eran los mejores sitios de espionaje. El más
concurrido se levantaba frente a la iglesia de Santiago. Dirigíalo un
morisco a quien llamaban el Nazareno, por su semejanza quizá con
algún Crucifijo muy barbado y negruzco de las ermitas. A las diez
de la mañana o a las seis de la tarde, caía a aquel figón toda clase de
gentes. Trajineros que dejaban en el patio el macho y el botijo,
labradores del valle que entraban secándose con todo el brazo el
sudor de la frente, zapateros, olleros, caldereros y tejedores del
arrabal. Ramiro cruzaba también las piernas sobre el esparto, y
pidiendo cualquier golosina, poníase a observar por debajo del aludo
sombrero. Cierta mañana pasó al trascorral y vio matar una ternera
con la cabeza dirigida hacia el naciente. Dos ancianos inclinaron el
rostro balbuceando una oración, y, al notar que aquel mancebo no se
inclinaba como ellos, le miraron con asombro. Ramiro se retiró
orgulloso del secreto que acababa de sorprender; pero no tardó en
advertir que los alguaciles que caían al figón presenciaban a menudo
aquellos ritos diabólicos, y que el Nazareno los cohechaba con solo
un rubio y chispeante buñuelo, recién sacado de la sartén.
Ramiro acabó por atraer la atención. Le hablaron en algarabía y no
pudo contestar. Varios gañanes de la dehesa le reconocieron y, desde
entonces, las miradas se tornaron cada vez más hostiles.
Una tarde, de vuelta a su casa, al pasar junto a unos árboles, por
detrás de la iglesia de Santa Cruz, oyó de pronto una fuerte
detonación y a la vez breve silbido que pasó por encima de su
cabeza. Volvió la mirada. A su izquierda, blanca y redonda nubecilla
flotaba en el aire. Le habían disparado un arcabuzazo. Desenvainó la
espada y recorrió velozmente el paraje en todo sentido. No había
nadie. Al continuar su camino y al descubrirse instintivamente,
advirtió, a uno y otro lado de la cumbre de su sombrero, dos
agujeritos redondos.
No dejó por eso de volver al bodegón del arrabal. Los moriscos le
recibían ahora con extraño semblante, hablándose entre ellos. Cierta
vez le invitaron a beber, ofreciéndole un vaso lleno hasta el borde.
La idea del hechizo o del veneno cruzó por su espíritu. Iba a aceptar,
sin embargo, cuando un personaje venerable, vestido como caballero
y luciendo en el cinto corva daga cubierta de pedrería, se levantó
súbitamente del más obscuro rincón y, una vez junto a él, le dijo,
deteniéndolo el brazo:
—Beba vuesamerced en esta taza, menos indigna de un hidalgo.
Y ofreciole su obscura taza de acero, llena también, y ornada de
hermosa ataujía de oro purpúreo.
Ramiro bebió resueltamente, confiado en su destino.
El hombre de la daga miró a los demás con expresión inexplicable.
No era nuevo su rostro para Ramiro. Recordaba haberlo visto
repetidas veces en su vida y, en ocasiones, había regresado a su casa
preocupado con aquel encontradizo, que se cruzaba con él, tan a
menudo, en las puertas de la ciudad. ¿No sería el mismo personaje
misterioso que había dado muerte al jabalí, en aquella partida de
caza?...
Ramiro, al dejar la pastelería, iba comparando en su memoria el
semblante del hombre con la figura casi desvanecida de su recuerdo,
representándose, a la vez, toda la escena lejana...
Haría cosa de diez años. Don Alonso Blázquez había invitado a una
cacería a muchos caballeros de la ciudad. Ramiro y su madre
asistieron. Era un día de octubre. El iba con otros mancebillos entre
las damas, y parecíale verlas todavía vestidas de terciopelo verde o
leonado, y galopando en sus hacaneas, por los campos luminosos, en
seguimiento de los hidalgos.
Bravo jabalí, volviendo de los cebaderos, logró traspasar la fila de
cazadores; luego, atravesando un seto compacto y espinoso, entrose
por un bosque de encinas, en dirección a la sierra. Soltadas las
traíllas, los perros alcanzaron a la res y consiguieron pararla, a corta
distancia, mientras los monteros buscaban vanamente un boquete en
el vallado. Entretanto, a cada navajada del puerco, aculado contra un
árbol, rodaba un can por el suelo, derramando las tripas. La lucha se
hacía cada vez más feroz. Los alanos le asían de las orejas, los
ventores de las patas traseras, los perneadores de donde podían, y no
era posible ayudarlos. Las damas gemían al ver morir, uno a uno, a
los hermosos lebreles amarillos y blancos. De pronto un caballero,
venido quién sabe de dónde, pasó hacia la derecha de la comitiva
sobre lustroso corcel y, haciéndole tomar un impulso inverosímil,
saltó del otro lado del cerco. Echó pie a tierra en seguida, y,
desviando a uno de los ventores, asió con una mano el cerro de la
fiera metiéndole con la otra el puñal por los sobacos. El jabalí se
desplomó; y el caballero, volviendo a montar, y saltando otra vez el
vallado, saludó con la gorra a las damas, alejándose a escape. Su
gran capa amarilla flameaba en el viento, como bandera que se lleva
el enemigo. Todos le miraron atónitos. Ramiro recordaba que su
madre, no habiendo visto nunca una cacería, se desmayó; y parecíale
ahora que aquel cazador misterioso no era otro que el personaje que
acababa de ofrecerle, en el figón, su vaso de acero y de oro
purpúreo.
—¿A qué pensar en esto?—se dijo por último.—Lo que importa es
que estos perros sospechan y buscan el modo de librarse de mí. ¡Un
amorío! Sin esta máscara no podré continuar.
Algunos rostros de tejedoras, de fruteras, de simples mozas de
cántaro, desfilaron por su mente.
El sol se había puesto. Las calles estaban desiertas. Un rumor de
celosías resonó junto a él y, antes de que pudiera admirar la blancura
de un brazo, cargado de brazaletes, que asomó entre las maderas,
una flor, un rojo y ancho clavel, golpeole con viveza en el rostro.
Ramiro se acercó a atisbar por la abertura. No se veía sino la hueca
lobreguez de una estancia. Sin embargo, escuchábase por momentos
una risa tenue y temblorosa comparable al ceceo del agua en las
fuentes.
Después de esperar en vano, subió hacia la ciudad. El torreón del
Alcázar destacaba su sombra formidable sobre el cielo límpido y
verdoso. Era casi de noche.
XIV
Al día siguiente, Ramiro descendió, como de costumbre, por la
cuesta de Santa María de Gracia y dirigiose a los sitios más
frecuentados del arrabal de Santiago, dispuesto a escoger su
aventura.
Bajo aquel mediodía radiante de junio, la plaza del Rollo presentaba
el aspecto de un mercado berberisco.
Hacia el poniente, en una callejuela entoldada, se aglomeraban, a la
sombra, sobre el suelo, las vistosas mercaderías. Un anciano,
vendedor de perfumes, aspiraba él mismo sus pomos, fingiendo
indecible deleite para tentar a las mozas. Ramiro cruza aquel sitio y
advierte algo más lejos un tumulto de curiosos que se agolpa junto a
las carnicerías.
—Alguna gresca de matarifes, alguna muerte—se dijo.
Pero luego recordó que era sábado, y que aquel día de la semana los
jiferos moriscos, siguiendo vieja costumbre, tenían la obligación de
alimentar a su costa a las aves de caza de los señores de la ciudad.
Había presenciado muchas veces la escena, siendo niño. Se acercó.
Era un gran corro de gente, como el que rodea a los juglares y
bailadoras.
Los moriscos iban y venían trayendo la carne en espuertas o
cacharros, mientras los impávidos halconeros esperaban,
tranquilamente, junto a las aves. Debía ser harto grande la pasión de
los avileses por la caza de altanería, a juzgar por aquel sinnúmero de
pájaros.
Veíanse neblíes, de dedos luengos y finos, que miraban con altivo
desprecio el varal y querían ser llevados siempre en la mano; harto
halcón zorzaleño, con la pinta amarilla como gota de azufre, y las
patas cargadas de cascabeles para aturdirles el ardor; cenicientos
alfaneques de Tremecén, de pupila siniestra; sagres de Asturias con
plumas entre los dedos; gerifaltes de Noruega, blancos como
gaviotas; y uno que otro de aquellos que llamaban letrados en
Castilla, por sus alas escritas, a lo ancho, como las fojas de un libro.
Había también melancólicos laneros de Galicia, baharís de Mallorca,
rubios tagarotes de Berbería; y no faltaban, por cierto, los ilustres
gavilanes de Pedroche, que sólo se dignaban caminar sobre un paño
de tinte vistoso. Los azores abundaban. Azores de Noruega, de
Cerdeña, de Esclavonia; y aquellos que hizo traer de Algeciras don
Alonso Blázquez Serrano, más chicos que los otros, pero que
bajaban dos ánades a un tiempo y apresaban la liebre sin la ayuda
del galgo.
Allí dos halconeros, por distraer a la muchedumbre, le ponían y le
quitaban el capirote a un rabioso gerifalte. Aquí otro, con la librea de
los Dávila, soltando la lonja a un azor, le dejaba subir en los aires,
para hacerle descender en seguida con presteza, agitando el señuelo
en forma de codorniz.
Ramiro observó con admiración aquellas aves sanguinarias, aquellos
pájaros taciturnos y crueles, pavor de las raleas y únicos dignos de
posarse sobre el guante de un rey. Eran los hidalgos de la
innumerable volatería, los conquistadores, los capitanes, la prez de
los aires. El pico famélico, la uña feroz, el ala épica y rauda,
lanzábanse sobre cualquier pajarote, por temible que fuese, y
parecían complacerse en las heridas monstruosas que recibían a
menudo en las alturas. Sin habérselo formulado jamás, el mancebo
reconocía un emblema de su ánimo en aquellos avechuchos que, aun
dormidos sobre la percha, lanzaban, a uno y otro lado, picotazos
bravíos, soñando en presas imaginarias.
En cierto instante, sintió que le tocaban el hombro, y, al volver la
cabeza, hallose con una figura que no se había borrado de su
memoria. Los mismos collares la adornaban; pero vestía un ropaje
menos haraposo y siniestro que el de aquella tarde, junto a La
Encarnación. Era la anciana a que él llamaba en su recuerdo: la
hechicera.
—¿No vos fizo daño, ayer noche, el clavel?—preguntó la mujer,
mirándole en el rostro con azucarada sonrisa.
Luego, misteriosamente, bajando la voz:
—¡Si la vieses tú! Es la hembra más hermosa de Castiella. No hace
más cosa en el día que perfumarse e cantar.
El mancebo recordó el incidente de aquella flor que una mano de
mujer habíale arrojado al rostro la víspera. La anciana continuaba:
—Es hurí del cielo más alto. Si te place tratalla, vente agora a la
zaga de mí, sin hablarme.
Ramiro la siguió desde lejos.
Cuando hubo llegado a la puerta de una casa algo apartada, la mujer
llamole con vago ademán. Entraron en un patio miserable. Los
pilares eran de negruzca y carcomida madera. Añoso granado
retorcía su ramaje junto a un aljibe. La cal reverberante, el azul
denso del cielo, y las flores rojas de las malvas en las ventanas
formaban hechicera desarmonía. Atravesaron cuadras atestadas de
camas y traspontines, como en los ventorrillos morunos. Sin
embargo, algunos crucifijos en las paredes y una que otra Virgen de
talla sobre los bargueños, hacían pensar en una casa cristiana.
Al cruzar otro patio, toparon con una silla de manos cerrada por
cortinas de cuero. La anciana dijo entonces que, para llegar hasta la
hermosa del clavel, era forzoso dejarse conducir en aquel encierro a
otra casa de la morería. Ramiro hizo con los hombros y el labio
doble gesto de indiferencia. A una voz de la mujer llegaron dos
silleteros con sus anchas correas. El mancebo no quiso meditar
demasiado el grave peligro que corría al entregarse de aquel modo a
cualquier treta criminal, y entró en la silla sonriendo. Los cueros
estaban cosidos entre sí, de tal suerte que no dejaban penetrar el más
débil rayo de luz. La silla avanzaba. Por fin, después de largo lapso
de tiempo, difícil de apreciar, se detuvo.
Ramiro, al descender, hallose en una cuadra ruinosa y obscura. La
anciana vendole los ojos con negra tira de lienzo y, tomándole de la
mano, comenzó a conducirle a lo largo de algún corredor
subterráneo, a juzgar por el frío que sentía en las espaldas y el olor
terroso del ambiente.
Recordó pasajes semejantes que había leído en las historias de
caballería, y pensó que todo aquello debía ser el principio de algún
episodio memorable, digno de ser recordado en los venideros
tiempos.
—Si mi constelación—decíase ahora a sí mismo—no anuncia que
he de morir de esta guisa, todos los ardides serán vanos. Si, por el
contrario, éste ha de ser mi acabar, ¿a qué resistirme?
Bajaron algunos peldaños y la anciana silbó junto a él. Oyose
entonces un cerrojo que caía y el rechinar de la puerta. Tenue
resplandor embebió el lienzo que llevaba sobre los ojos y un fuerte
sahumerio embriagó su sentido.
Desceñida la venda por los dedos de la mujer, hallose en árabe
estancia con azulejos en las paredes y techo de maderos
entrelazados. Un hombre obeso, vestido de larga túnica azul, se
alejaba. Había viejos divanes contra los muros, alcatifas y sofras
sobre el piso de mármol, dos arcos policromos y dorados hacia el
fondo; y aquí y allá algunas tablecillas incrustadas de marfil y de
nácar. Sobre una de ellas, un sahumador de cobre desprendía tres
hilos acelerados y rectos de perfume. La mujer, dejándole solo, se
internó por las otras habitaciones gritando:
—¡Aixa! ¡Aixa!—en el silencio.
Al volver, acercose a la pared, y desprendiendo sutilmente una tabla
pintada, quitó de aquel modo el tabique interior de una hornacina,
abierta en todo el grueso del muro. De esas hornacinas que un arco
minúsculo decora, y donde los musulmanes guardan, llenas de agua
escogida, ánforas, más o menos hermosas, cuyo consuelo cantan las
inscripciones en voladoras alabanzas que suben hasta los astros. En
aquel momento sólo aparecían en su interior dos babuchas
femeninas color de cinabrio. A un gesto de la mujer, Ramiro,
quitándose la gorra, introdujo la cabeza, y miró hacia la estancia
contigua. ¡Pareciole soñar!
Era un cuarto de abluciones, lleno de paz secreta y somnífera. La luz
sólo entraba por algunos agujeros de la bóveda, a través de gruesos
cristales en forma de estrellas que imitaban el color del carbunclo,
del zafiro, del topacio, del berilo. Hacia la parte opuesta, veíase una
alcoba profunda cubierta de almohadas, para saborear la languidez
que sucede a los baños.
Pero no era la ancha pila cavada en el centro de la estancia y
revestida de mármol, ni los cristales en forma de estrellas, ni los
almadraques de terciopelo y de brocado lo que el mancebo observó
con avidez sino la desnuda belleza de una joven sumergida en el
agua.
La quietud dejaba flotar o embeberse la suelta cabellera, enrojecida
por el hené; cabellera esponjada y enorme que hacía pensar en los
copos destinados a tejer todo un manto. Algunos mechones, que
conservaban la oleosidad de los ungüentos, pendían de uno de los
bordes. ¿Era también su guedeja o las serpientes fascinadas de algún
extraño sortilegio?... Ramiro admiró la dulzura de los párpados
orlados de sombra, bajo las cejas alargadas por el kohl; y aquella
rara sonrisa, aquella sonrisa de ensueño, que estremecía levemente
sus labios, como si un vuelo invisible mantuviera sobre ellos
cosquillosa frescura.
De pronto, la mujer abrió los ojos temerosamente, y sus grandes
pupilas se dirigieron hacia el mismo sitio del muro en que se hallaba
Ramiro. El, sin embargo, no había hecho el menor movimiento.
En ese instante, una criada, vestida sólo de angosta falda verde y
amarilla, presentose en la estancia, apoyando en sus morenos pechos
desnudos un dorado azafate, sobre el cual venían los pomos, los
botes, los pinceles, las tenacillas y otros menudos objetos que el
mancebo no alcanzó a distinguir. Poco después, arrodillada al borde
del baño, púsose a disolver sobre el cuerpo de su señora una
substancia rosada y corrediza, que desprendía almizclado perfume.
La joven se estremeció de pronto, como un pez sorprendido,
entreabriendo luego los labios, cual si aspirara en el ambiente un
ansia diseminada; y sus ojos volvieron a mirar hacia la misma parte
del muro.
Por fin, se incorporó; y la empapada cabellera estirose fuera del
agua, rígida, pesada, rumorosa, al modo de las algas, cuando la ola
desciende.
Entonces aparecieron, en su intacta firmeza, los dos fuertes pechos
bruñidos y cuasi dorados como copas de ámbar; y el mancebo sintió
correr por toda su carne la tentación de aquella cintura cogida y de
las abultadas caderas, irisadas por la humedad y la penumbra.
La mujer caminó hacia la alcoba, con claro rumor de ajorcas y
brazaletes, dejando la huella acuosa de sus pies en el mármol.
Cuando la criada la hubo secado prolijamente y desgrasado sus
cabellos con una tierra cenicienta, ella extendiose de espaldas sobre
las almohadas y entregose, como muerta, al pincel y al ungüento.
Poco después, el hombre de la túnica azul, que Ramiro viera al
entrar, presentose. Traía en sus manos navaja y bacía de barbero.
Acercándose, con celoso respeto, púsose a rasurar a la hermosa
morisca, según el uso de Oriente.
En ese instante, por encima de sus sentidos ávidos, Ramiro escuchó
en su conciencia un grito de indignación ante aquella práctica
lasciva de los baños y aquel culto libidinoso de la propia carne. La
sublime castidad, el ascético abandono, el desprecio y la
mortificación del harapo corrupto de nuestro cuerpo, la santa fetidez
de los religiosos, los admirables anacoretas, dejándose podrir las
ropas sobre la piel, como un anticipo de la sepultura: San Hospicio,
comido por los piojos; San Macario, sumergido en el cieno; Santa
María Egipciaca, resecada por el sol como un cuero; Santa Pelagia,
habitando entre sus propios excrementos; Santa Isabel, bebiendo el
agua de lavar a los tiñosos; en fin: la sublime aspiración abriendo su
corola de pureza sobre el estercolero corporal; y luego la penitencia,
la disciplina, el cilicio, todo pasó por su mente como a la luz del
relámpago.
Pero la severa visión no pudo persistir. Los sentidos tiraban de las
traíllas. El turbión de la virilidad apagaba la luces interiores. ¡Allí
estaba ante él una mujer hermosa y desnuda, a dos pasos de su boca,
de su juventud!
Dominado por aquella tentación, vibrando con ella, cual un junco en
el torrente, Ramiro no vio que la criada, describiendo un rodeo, se
dirigía a tomar las babuchas en el hueco del muro.
La mujer, al encontrarse en aquel sitio con una cabeza humana,
lanzó un grito de espanto.
Un momento después abriose la puerta que comunicaba con la
cuadra del baño, y el mancebo vio aparecer a la hermosa morisca,
con los cabellos retenidos por linda almadraba de hilo de oro y
esmeraldas redondas. Un blanco velo caía desde su cabeza hasta los
anchos calzones de verde tafetán, adornados con glandes. Sin mirar
a Ramiro, acercose a la hornacina, haciendo como que examinaba el
ardid; luego, volviendo su rostro, arrojó su indignación contra la
anciana, en las sílabas guturales y fuertes de su algarabía. Denso
rubor, como el aterciopelado carmín de las rosas, coloreaba sus
mejillas; pero en seguida, al reconocer al mancebo, una sonrisa
hospitalaria, hechicera, talismánica, que mostró la blancura de sus
dientes, tornó, al pronto, su semblante claro y tranquilo como la
luna.
—¡Ah!, ¿eres tú, señor don Ramiro?—exclamó.—¡Bienvenido seas!
Perdón, si ayer os hice daño con la flor, en la calleja. Buscaba te la
echar al sombrero.
—No me hizo daño la flor—replicó Ramiro,—pero sí vuestra risa.
—¡Calla! Reía del gozo de verte a un palmo de mí. Yo me estuve
encogida cabe la reja, e no me catabas.
Volviendo a la cuadra del baño, ella extendiose de pechos en la
alcoba, ofreciendo a Ramiro una almohada para sentarse. Platicaron
largo tiempo. Era para el mancebo un coloquio extraño, casi
fabuloso. La sarracena preguntaba, sin cesar, como los niños. El
fleco de medallas, que colgaba sobre su frente, aumentaba el
misterio de sus pupilas. A cada momento ofrecíale a Ramiro en sus
dedos, cargados de sortijas, algunas alcorzas; y ella a su vez reía y
reía al morderlas, reía como una mujer semibárbara, con cierta
animalidad incomprensible y deliciosa; mientras sus pestañas,
larguísimas e inquietas, parecían desprender ilusorio polvillo de
lujuria y de nigromancia.
XV
Cuando Ramiro hallose de nuevo en su casa, entre los objetos
familiares de su aposento, y, desceñida la espada, quitado el
capotillo, desajustado el jubón, se arrojó sobre la cama, pareciole
que su existencia se internaba en el enredo de una historia novelesca.
Sentía ese indeciso vivir, esa suspensión de contacto con la realidad,
ese columpiamiento sobre la vida, que producen en nuestro ser las
grandes aventuras del alma. Además, la tentación descabalaba su
juicio, cortaba en pedazos sus ideas y no las dejaba ligarse. En vano
la conciencia quería formular el peligro que sus sentimientos
católicos habían de correr bajo el hechizo de mujer tan hermosa.
Bocas sin rostro, clamantes, agoreras, pasaban en la obscuridad
interior vociferando presagios indescifrables. El no quería escuchar
y se burlaba de sus recelos. ¡Estaba tan seguro de su profunda fe
religiosa! Aun cuando fuera una infiel, ¿qué importaba? Aquel
deleite sería un instante, un guiño de ojo en su vida. Saciado el
deseo, sabría arrojar bien lejos el vaso, antes de llegar a las
hondarras. Y acaso, ¿no era dado esperar que aquella mujer le
transmitiese, entre una y otra caricia, el secreto que buscaba? ¡Ah!,
entonces sí que estaba seguro de la absolución del canónigo.
«Pensad que lo haréis con un santo propósito.» ¿No eran éstas sus
mismas palabras? ¿No se le había aconsejado que buscara un amorío
para facilitar su comisión?
Volvió a la casa del arrabal, no una vez, sino muchas. Comprendió
que era inútil resistir. A toda hora, el perfume de la mujer le
embriagaba. Estaba en el ambiente, en su boca, en sus manos, en sus
vestidos. Era el dejo axilar, mezclado a un perfume de jazmín y de
algalia. Sus besos húmedos, anchos, tenaces, se le quedaban en los
labios.
Ella no le hizo sufrir la tortura de una larga impaciencia. A la
segunda visita, después de perfumarse los cabellos, rindiose con
frenesí tan severo, que el amor parecía entre sus brazos acto ritual y
sagrado. Sus labios se entreabrían con doble sonrisa de deleite y
sufrimiento, como si hubiera querido remedar el primer goce
doloroso de las vírgenes.
El imán de aquella sensualidad se fue haciendo cada vez más
potente. Ya era raro el día en que Ramiro no pasaba algunas horas
con Aixa. A veces, junto a ella, sentíase sobresaltado por una onda
de tribulación, que le arrugaba el sobrecejo y fijaba sus pupilas.
Aixa, entonces, tomándole los labios con los suyos, le reventaba
contra los dientes un beso delicioso y tibio como un dátil; y, cada
vez, la sorprendente caricia le llenaba de sensualidad y de luz todo el
ser.
Por fin, olvidando por completo la investigación que tenía que
realizar, destemplado por el amor, relajado por la molicie, Ramiro
fue aceptando, insensiblemente, todos los refinamientos que
constituían la vida habitual de su manceba. Apenas llegado, Aixa
tanteábale con horror sus ropas velludas y espesas, ofreciéndole, en
cambio, para aquellas horas de placer, alguna vestidura de seda,
alguna delgadísima túnica de cendal, perfumada de almizcle.
Sus pies conocieron la holgura de las babuchas. Sus cabellos el
halago de la gaza, con que ella se los circundaba indefinidamente,
hasta prenderla por delante con empenachado joyel. Dejose
friccionar por el esclavo y extender sobre sus miembros las esferitas
de perfume; dejose, por gracia, obscurecer los párpados con el kohl;
y su horror fanático hacia los baños se fue desvaneciendo cuando su
amada le inició en las dulzuras del amor bajo aquella agua saturada
de nardos, sobre la cual ella hacía deshojar puñados de rosas, unas
muy pálidas y otras como sangrientas, para simbolizar las dobles
delicias de su cuerpo.
A veces, espiando el momento supremo del ansia, cuando las fuertes
pupilas del mancebo tomaban un tinte nebuloso, a la manera de las
charcas en la tempestad, la morisca, desprendiéndose de sus brazos,
le preguntaba:
—¿Dasme también toda el alma? ¿Toda? ¿Tendrás el mesmo amor e
la mesma creencia que tu Aixa, tú?
Ramiro respondía que sí con la cabeza; pero como ella, retirándose
hasta el fondo de la alcoba, le demandaba de nuevo:
—¿Lo juras? ¿Lo juras?
El, buscándola, musitaba como ebrio:
—¡Sí; lo juro! ¡Lo juro!
Otras veces, en las horas de saciedad, la sarracena se erguía sobre las
almohadas, y, con los labios temblorosos, declamaba algún pasaje
evangélico del Alcorán. Ramiro creía reconocer las palabras del
Nuevo Testamento, dichas en el modo de los moriscos de España.
Ella, sagazmente, salmodiaba el capítulo de María:
«Loor a María... Alabad el día en que se alejó de su familia hacia el
saliente, tomó un velo para cubrirse, y nosotros le enviamos a
Chibril, nuestro espíritu en forma humana.—Soy el mensajero a ti,
de parte de Dios, dijo el ángel, vengo a anunciarte un hijo
bendecido.—¿De dónde podrá venirme este hijo, respondió la
virgen, que nunca se ha allegado a mí ningún hombre, ni he sido
mala?...—Tu hijo será el milagro y la dicha del universo.»
Díjole también el encuentro de Jesús con la calavera, leyenda
antigua, con olor de osamenta y color de otro mundo, importuna
como la muerte.
«El recontamiento de la doncella Carcayona» era a la vez
deslumbrador y pavoroso. Echada de boca junto a él, con los ojos
entoldados por el ancho fleco de medallas, el mentón en la mano, las
uñas sobre el labio, sinuosa y desnuda, balbuceaba las palabras de la
paloma de oro con cola de perlas, y al llegar a la descripción de las
delicias celestiales envolvíale en sus brazos, frescos como las
fuentes del Salsabil y Alcafur, juntando frenética su rostro con el
suyo.
Con el correr de los días, cuando hubieron llegado a la apasionada
compenetración de sus almas, uno y otro se dijeron los pesares más
íntimos. En los instantes de languidez Ramiro sentía pasar sobre su
frente, a modo de ala espectral, la idea de la brevedad de todas las
cosas humanas. En una ocasión de aquéllas, al sentir en su pecho la
respiración soñolienta de la mujer, díjola con melancólica dulzura:
—Y pensar, Aixa, que vendrá, tal vez, un día en que al encontrarnos
por alguna calleja nos miraremos con odio.
—Será o no será—respondió la sarracena.—Los destinos van
colgados de nuestro cuello.
Luego, como si creyera que el instante acechado a través de tantos
días acababa de presentarse, descendió de la alcoba, cogió de encima
de un taburete rojiza caja de marfil, y habiendo sacado de su interior
un librejo centenario, prorrumpió:
—Todo se cambia, es cierto; y acaso verná un día venidero en que
me darás al verdugo tú; pero en aqueste libro, que fizo el sabio
Abentofail, se enseña la dicha que no muda sino para crecer.
En seguida, con voz velada, misteriosa, agregó:
—Está en palabras harto ascondidas.
Declaró entonces que ella no hubiese alcanzado nunca su sentido a
no ser la ayuda de un hombre que se hallaba entonces en Avila.
Ramiro, al oír aquella última frase, cambió de postura sobre los
almohadones, y su mirada expresó una curiosidad impaciente.
—Es fácil conocello—dijo entonces la morisca, con acento claro y
jubiloso;—lleva siempre en el cinto una daga con vaina de oro
guarnecida de diamantes de Krichna, de berilos de Khazbah, de
perlas de El-Katif, y el pomo de la daga es de piedra imán y chupa
toda la sangre de un hombre en un guiño de ojo. Su barba es limpia
y blanca como la plata, y su rostro es bellido como la luna en su
catorceno día. Nunca ríe, camina despacio.
Al dejar caer aquellas alabanzas, una a una, como perlas sobre
sonoro azafate, la sarracena observó de soslayo el semblante del
mancebo. En seguida, con una alteza de lenguaje y de gesto que
Ramiro no había advertido en ella hasta entonces, expresó que no
había en este mundo dicha comparable a la de aquel que lograba
sumergirse en la contemplación del Ser Único, verdadero,
permanente, teniendo siempre fijo el pensamiento en su majestad y
esplendor, a fin de que la muerte le sobrecogiera en dicho estado.
Según Aixa, el libro de Abentofail enseñaba el acceso a la Suprema
Visión.
Sentándose en las gradas de la alcoba, comenzó la lectura. El libro
estaba escrito en arábigo; pero ella vertía las frases al español,
resumiendo luego, a su manera, los capítulos. Su voz temblaba. Algo
sutil y sagrado se esparcía como una luz sobre toda su persona. Los
párpados bajos cobraban una pureza de otro mundo; y Ramiro la
escuchaba cada vez más absorto, sintiendo surgir en su cerebro
adversas cavilaciones.
Era preciso, según aquella enseñanza, disminuir día a día los propios
alimentos, para distanciarse de la materia corruptible. Luego se
emprendería el remedo de los astros, porque los astros eran
inmaculados, extáticos, inmutables, fuera del mundo de la
corrupción. Sus esencias inteligentes contemplaban al Ser Único en
la eternidad; y nada ayudaba a abstraerse de todo el mundo sensible
y caer en la embriaguez, en el supremo delirio, como la imitación de
su movimiento por medio de la danza, de la rotación indefinida.
Entonces se manifestaba la Esfera Sublime, cuya esencia está
inmune de materia, y no es la esencia del Ser Único ni la de la
Esfera misma, sino que es a la manera de la imagen del sol en un
espejo bruñido, que no es el espejo ni el sol, ni tampoco nada
diferente.
El mancebo quedose confuso. Acababa de escuchar expresiones de
la mística cristiana. Además, el semblante de aquella mujer, su
palidez, su mirada, su estremecimiento, revelaban que el éxtasis
comenzaba a inundarla el corazón.
Terminada la lectura, la sarracena se puso en pie y encaminose
lentamente a coger otro manto. Al levantar la tapa de un cofre y
extraer de su interior una tela de seda teñida de azafrán y toda
bordada de arabescos multicolores, un intenso perfume se difundió
en el ambiente, como si acabara de abrirse alguna ventana hacia
especioso vergel, todo maduro de aromas.
Cubierta sólo de aquel velo amarillo, cuyos caireles tocaban el suelo,
Aixa plantose en el fondo de la cuadra con las manos en las caderas,
los codos en alto, la cabeza hacia atrás. Dos rosas rojas ardían como
llamas sobre sus cobrizos cabellos. Su cuerpo comenzó a quebrarse
hacia uno y otro lado con lenta contorsión. Un gesto a la vez
lastimero y anhelante agrandaba su gruesa boca palidecida. Ella
apretaba las piernas. Hubiérase dicho que algo doloroso, delicioso,
la penetraba profundamente.
De pronto, de una estancia vecina surgió el son ronco y claro de una
música. Un son monótono y bárbaro de tamboril y dulzaina; doble
son ardiente como las arenas, obscuro como los bazares.
Aixa golpeó entonces las losas con los pies, haciendo repiquetear el
oro y el marfil que recargaba sus tobillos, y, con los ojos abstraídos,
giró sobre sí misma, esparciendo perfumada frescura, cual húmeda
flor sacudida de pronto. Luego púsose a girar ligero, muy ligero,
más ligero todavía, ¡frenéticamente!, hasta que todo su cuerpo no
fue sino un huso diáfano, un huevo dorado, loco, veloz, con un fino
rumor de medallas y brazaletes.
La danza concluía, la rotación era cada vez más lenta. Aixa trababa
sus pies, por instantes, y su cabeza, cargada quién sabe de qué
prodigiosas visiones, se inclinó por fin sobre el hombro.
Ramiro, echado de boca en el lecho, no había apartado un instante
los ojos de su amada, y al verla vacilar de aquel modo lamentable,
corrió a sostenerla. Pero ya Aixa habíase acostado ella misma sobre
las losas, apretando los dientes y dejando escapar un gemir
tembloroso, como si tiritase de frío. Su gran peinado, entremezclado
de pétalos y de joyas, se derramaba ahora por el suelo. Luminosa
beatitud comenzaba a bañarla el semblante. Su palidez sobrepujó las
alburas del mundo, el azahar, los lirios, la nieve. Ramiro recordó la
descripción de los arrobos de la madre Teresa de Jesús y de otras
siervas admirables del Señor, y acordose también de su propia
madre, cuando, después de larga plegaria en el oratorio, se
desplomaba de súbito, como herida de dulcísima muerte. Era la
misma palidez patética, el mismo temblor de los labios, el mismo
estiramiento de los párpados sobre las pupilas ebrias de claridad. No,
no podía ser una jorguina. Había hablado el lenguaje de los místicos
y sin filtros, sin ensalmos, sin unturas, con la sola contemplación,
acababa de remontarse a las más altas regiones del éxtasis.
El la llamó varias veces:—¡Aixa! ¡Aixa! ¡Aixa!—palpándola los
brazos, las mejillas, la garganta, los pechos; pero ella enmudecía,
cadavérica y glacial sobre el mármol. Quiso calentarla la boca con la
suya; y, presa él mismo de perversa tentación, la cubrió de
apasionadas caricias.
Nunca la halló más extraña y más dulce. Era la golosina
entremezclada con nieve; y su aliento: ideal e inquietante, como el
de las flores sobre la muerte.
XVI
Ramiro llegaba siempre hasta Aixa con el mismo secreto de la
primera vez. Todo se reproducía: el viaje, la venda, el silbido... Pero
cierto día, comprendiendo lo que le importaba conocer el trayecto,
sacó la daga, perforó con ella los cueros de la silla, y miró. Su
sorpresa fue grande al advertir que los conductores no hacían sino
dar vueltas y revueltas dentro del mismo patio de la casa. El aljibe,
el granado, una jaula suspendida de un pilar, y la misma anciana,
sentada a la sombra, sobre una tinaja, pasaban y repasaban ante el
intersticio, indefinidamente. No había, pues, tal viaje a través de la
morería. Además, casi todos los días que siguieron, presentábase en
el patio el morisco del precioso puñal, y después de hablar un
instante con la anciana, se internaba de nuevo en las habitaciones.
Otro incidente vino a preocuparle. Un mediodía, al llegar a la casa
misteriosa más temprano que de costumbre, sorprendió, apostado en
la calleja, al campanero de la Iglesia Mayor. El portugués giró sobre
sus talones y se puso a caminar hacia el naciente.
—Segura estoy—dijo la anciana a Ramiro—que este perro vase
agora a juntar con Gonzalo, que le espera hacia aquella parte—
agregó, señalando en la dirección de Santo Tomás:—Algún lazo os
quieren armar, señor caballero.
Aixa le reveló por fin un modo más oculto de llegar hasta ella.
Haciéndole penetrar en una estancia contigua a la cuadra del baño,
levantó el extremo de un tapiz colgado del muro y una anchurosa
abertura mostró el cuadro resplandeciente y profundo de la dehesa y
las montañas. Dicha abertura había sido cavada en el mismo
escarpamiento. Desde abajo, era imposible descubrirla; dos grandes
peñascos la ocultaban. Sin embargo, el acceso no era difícil.
Bajando de la ciudad hacia el valle y describiendo largo rodeo,
Ramiro entraba ahora por aquella ventana, cuyo escalamiento
exaltaba su caballeresca fantasía. Aixa le esperaba en el vano,
tendiéndole los brazos para ayudarle a subir. Pero ya no pasaban
todas las horas sobre las vistosas almohadas; llegada la tarde, la
morisca le llevaba a una terraza descubierta que avanzaba hacia el
mediodía.
Era un sitio de contemplación y de plegaria. Los cantos formaban en
torno alto y rojizo parapeto, por encima del cual la vista dominaba el
paisaje del valle y las sierras. La cazoleta enviaba al cielo la ofrenda
esbelta y continua de algún precioso perfume. Un solo ciprés, harto
anciano, erguía en aquel paraje su obscura aspiración; y, en el
centro, una alberca reflejaba, con quietud hipnótica, la tristeza del
árbol, el hilo de sahumerio, las nubes, las constelaciones, y, a veces,
también: la luna; tan precisa, tan clara, que Aixa, quitándose de los
cabellos su almadraba de gemas redondas, hundíala con sagrado
gesto en el agua, y luego, como si creyera haber apresado aquella
curva diadema que al menor contacto se desgranaba en infinitos
fragmentos, llevábase la red a la boca y gemía de un modo
apasionado, tembloroso, incomprensible, mientras sus empapadas
sortijas relucían en la penumbra.
Hallábanse una tarde asomados sobre las peñas, y contemplando en
silencio, con las manos confundidas, la serenidad fascinadora de las
montañas en el crepúsculo, cuando Ramiro, al volver de pronto la
cabeza, hallose con la figura del misterioso morisco, inmóvil y
taciturno en medio de la terraza.
Aixa, para desvanecer la sorpresa del mancebo, les presentó con una
larga sonrisa. Un momento después, sentados sobre un tapiz,
hablaban tranquilamente. El morisco, en castizo castellano,
informose de los principales señores de la ciudad, de sus
genealogías, de sus parentescos.
Entretanto, Aixa escuchaba la conversación palpitando de júbilo, y
su mirada pasaba de uno a otro semblante como si comparase las
facciones.
El sol iba a ocultarse. Vago perfume de mejorana y de cantueso
subía de los barrancos. Era una tarde calurosa y calma. El cielo, el
valle, el caserío, todo se pintaba de púrpura diluida. El mismo ciprés
embermejaba hacia el poniente su follaje negruzco. Ramiro
experimentó como nunca la religiosidad de esa hora en que los
campanarios se revisten de oro y de grana para entonar la angélica
salutación; y pensó que se hallaba acaso entre dos seres de una fe
diferente a la suya, entre dos falsos conversos. ¿Rezarían con él las
avemarías?
El y ellos callaban.
De pronto, como el peregrino sediento que escucha un vocerío de
caravana más allá del horizonte, el morisco inclinó todo su cuerpo,
hacia el costado, y llevándose la mano al oído, aguzó su atención.
Ramiro creyó distinguir entonces una voz como lejana, un canto
sigiloso y triste. Era, sin duda, la voz del almuédano, la convocación
exterior del idzan, en algún terrado vecino. Aixa y el morisco se
levantaron y, en medio del tapiz, con el rostro hacia el naciente,
sacerdotales, hieráticos, realizaron las cuatro prosternaciones del
azala de la tarde. Cuando hubieron terminado, asomáronse uno y
otro sobre las peñas, y, entrelazando sus brazos, la mirada fija en el
mismo punto del horizonte, entonaron la siguiente plegaria, con ese
acento peculiar del que recita palabras ilustres, cuyos ecos están
siempre despiertos en la memoria.
Ella dijo:
«El amor santo y el insomnio se añudan como una cuerda para
darme tormento.»
El replicó:
«Mi corazón se halla acongojado por la ausencia. Gime al asomar el
alba, gime cuando el sol toca el poniente.»
Y siguieron alternando:
«Si el viento sopla de parte de la comarca olorosa, huele a almizcle
toda la tierra y revilca en mi pecho el deseo de visitalla.»
«¡Oh!, tú que conduces los camellos hacia el lugar del amado,
cuando llegues al sepulcro del natural de Tehama, del más excelente
de los hombres, del alto, del amoroso, salúdalo de la mi parte, pues
él sabe el remedio de mi sufrencia; y cuando admires los clarores de
la tierra de Neched, haz presente el recordamiento de mi pasión,
pues no hay para mi otro quibla que el sepulcro del profeta.»
Al escuchar tales palabras, en un instante como aquél, el mancebo
sintió que una horrible blasfemia había sido lanzada al rostro del
Señor; y un acento sobrehumano, cual la voz de un arcángel, le gritó
en la conciencia su deber ante la iglesia de Cristo y ante la memoria
de sus mayores.
Aixa continuó:
«Marcháronse de madrugada los mensajeros hacia los vergeles de
Meca y de Medina, y me han dejado en rehenes. Marcharon sobre
los camellos. El kebir los conduce cantando y con ésos va mi
corazón para la tierra amorosa del Hechaz. Mi corazón pertenece a
la caravana. Seguirá la polvareda de los camellos.»
El respondió:
«Nada hay capaz de apagar el fuego de mi pasión como el agua de
Zemzem. ¡Dichoso el que la bebe! De mí la salutación para la gente
que da vueltas en torno del Hatim y de la estación de Abraham y del
templo de la Cava.»
Se hizo un silencio como cuando termina un rito. Ramiro sintió vivo
impulso de levantarse y escupir en el rostro a aquel hombre.
El morisco cruzó los brazos, y Aixa recostose como una hija sobre
su pecho.
En ese instante una metálica vibración llegó de la ciudad. Luego la
campana de Santiago resonó a corta distancia. Otras, más lejanas,
respondieron. La catedral dejaba caer sus campanadas bajas y
solemnes, y, en seguida, todas las iglesias a la vez, en alucinador
concierto, tocaban las oraciones.
Ramiro cayó de rodillas, como si un dardo venido de lo alto le
hubiese traspasado de pronto, y las avemarías manaron de su pecho
bullidoras y cálidas. Sus ojos cerrados veían una pavorosa negrura
sobre la cual desfilaban llameantes imágenes de purgatorio. Se
humilló, se anonadó, se redujo bajo el remordimiento, pidiendo
perdón sin cesar, por algo odioso, por algo enorme, aborrecible, que
sentía ahora por primera vez, en todo su peso, en todo su horror,
sobre su propia conciencia.
Aixa y el morisco, asidos fuertemente, sin hablarse, no apartaban los
ojos del mancebo.
La ciudad prolongaba el lloro y el canto de sus bronces en el piadoso
anochecer.
XVII
Dos días después, don Alonso Blázquez Serrano, saliendo de visitar
al señor de la Hoz, topaba con Ramiro en la escalera. El mancebo
descendió para acompañarle.
Cuando llegaron al patio, don Alonso, arrimándose a una columna,
como si buscara ocultarse de los lacayos, díjole sin ambages que
algunas personas comenzaban a murmurar de sus frecuentes visitas
al barrio de Santiago. Ramiro dio por disculpa su errabunda
curiosidad y el deseo de indagar aquellas sospechosas costumbres de
los conversos.
—Bien respondido—replicó don Alonso—si fuera yo algún oficioso
impertinente y no el amigo fiel de vuestra casa, que os ha mirado
siempre como a un hijo.
Una pausa subrayó la intención de aquella frase.
—Corren acerca de vuesa merced—añadió, tratando de atenuar con
una sonrisa la dureza de las palabras—las más peregrinas especies.
Unos propalan que os halláis en inteligencias con los moriscos para
transmitilles todo lo que sobre ellos se resuelve; otros, que os han
comprado la conciencia con presentes y dinero; y no falta, en fin,
quien asegure que tenéis hecho pacto con el Demonio por
intermedio de una vieja hechicera del arrabal. Huelga decir que así
creo yo en estas patrañas como en las consejas de vestiglos y
gigantes; pero, si he de hablar cabalmente, no encuentro que la
simple curiosidad baste a explicar vuestros cotidianos paseos por la
morería.
Contrajo su labio el mancebo con un gesto de cólera, y la sangre
encendiole de súbito el rostro. ¿Qué hacer? Bajando la cabeza dio
algunos pasos, yendo y viniendo por delante del caballero, y, en
seguida, trémulo de orgullo, reveló la comisión secreta que había
recibido en nombre de Su Majestad.
—¡Ah! Harto bien se me alcanza—agregó—de dónde pueden venir
esas aleves calumnias y en qué pecho habré de hundir la espada
cuando determine vengarme.
Don Alonso apretó en sus manos la mano estremecida del mancebo,
y mirándole de un modo profundo, con los ojos brillantes de
emoción, le dijo:
—Nunca dudé de la honra de quien lleva una sangre tan calificada y
tan limpia como la vuestra; pero huélgame declarar que las palabras
que acabo de oíros me quitan del alma una incomprensible
pesadumbre. ¡Ea, dadme esos brazos!
Se estrecharon ceremoniosamente.
Subiendo a la silla de manos don Alonso, dirigiose a su morada,
resuelto a favorecer la alianza de su hija Beatriz con aquel mancebo
en cuya frente altanera había creído leer el horóscopo de los grandes
honores.
La escena de la terraza y el reciente discurso del padre de Beatriz
desgarraron para Ramiro el hechizo amoroso en que estaba viviendo.
Cruda claridad mostrábale ahora las sinuosidades hipócritas de su
conducta, el olvido total del deber, las falsas confesiones a los pies
del ministro de Dios. Todo por una mujer de otra raza cuya ley
religiosa no había querido indagar demasiado para que el grito de la
conciencia no viniese a perturbar su lascivia. ¿Qué sabía de nuevo?
¿Qué leve indicio había logrado sorprender después de visitar día a
día aquella casa, cuyos muros guardaban, quizá, el secreto de la
conspiración?
Su voluntad se enhestó. Estaba dispuesto a desagraviar a Dios
mediante cualquier heroísmo, por arduo que fuese. Había encontrado
en mucho libro de religión ejemplos de grandes pecadores que
redimieron su vida abominable con un solo instante de profundo
arrepentimiento. Se desceparía del pecho aquel amor de la sarracena
y jugaría su vida en algún golpe inaudito de audacia. Entonces,
cuando las gentes se inclinaran ante él y nadie osara dudar de su
honra, habría llegado el momento de vengarse de Gonzalo de San
Vicente, pues no podía ser sino él quien, ayudado del campanero,
propalaba por la ciudad las malvadas invenciones que le había
referido el hidalgo.
Volvió varias veces a la morería y a la casa misteriosa. Ya el cuerpo
de la sarracena le dejaba en el sentido un olor imaginario de untura
brujeril y de husmo. Con qué goce tan grande comenzó a
experimentar los primeros impulsos de desapego. Rabiosa fruición
de tortura se mezclaba ahora a todas sus caricias. Instantes hubo en
que meditó el modo mejor de suprimir para siempre a aquella
hembra demasiado hermosa, cuya fascinación podía resurgir más
adelante en su camino. Imaginaba, allá en lo más hondo de su
conciencia, llevarla algún oculto veneno, o hacerla perecer, sin arma
alguna, ciñéndola la garganta; y, así, muerta por sus propias manos,
ante el solo testimonio de Dios, sumergirla en el agua, con todos sus
botes de olor y de tintura, para que la pila diabólica le sirviera de
sepulcro. Pero había oído decir que algunas mujeres cobraban al
morir inolvidable belleza. Comprendió entonces la virtud santa del
fuego, la destrucción sin igual de la hoguera, que no dejaba sino un
negro amasijo, repelente.
Ella, en cambio, le recibía cada vez más apasionada, más deseosa,
más enferma de ansia, como si toda su alma presintiera el
alejamiento y quisiese adherirse al objeto de su amor, con la
crispación de una mano sobre precioso cristal que se escurre. Ya no
le hablaba con aquel acento superior y feliz. Su clara sonrisa se
obscureció, se llenó de miedo, semejante a un agua viva al
anochecer. Sollozos desolados, desesperados, la sofocaban ahora, a
cada instante; y aquellas gotas ácidas que corrían hasta su labio,
aquel olor de llanto y de angustia apresuraron su pérdida. Al sentirla
bajo su voluntad como un tapiz que se puede arrollar o desarrollar,
con el pie, según el antojo, Ramiro hallose otra vez dueño de sí
mismo; y su propio gesto victorioso despertó en su ánimo instintos
de crueldad. Golpeó y estrujó a su amada más de una vez para
arrancarla el secreto de la conspiración. Parecíale que tenía sobrado
derecho de atormentar a la mujer que había pretendido hundirle en la
apostasía y el perjurio.
La idea del Demonio oculto en el cuerpo de aquella fascinadora
cruzábale por la mente, y sentíase orgulloso de haber luchado con
semejante enemigo, cual Jacob en las tinieblas; y ahora, a su vez,
tomaba aquellas blancas manos de Dalila, aquellas manos de traición
y de engaño, y, demandando la palabra reveladora, estrujaba unos
con otros los dedos, sobre las duras sortijas; mientras ella, con los
ojos bañados en lágrimas, miraba hacia lo alto, sin exhalar un
gemido.
Ramiro apresuraba los instantes, escudriñaba en cada visita todos los
recovecos, hacíase enseñar las otras estancias, palpaba
disimuladamente los muros esperando descubrir algún secreto
resorte. Ella, en cambio, no hacía sino pedirle, sin cesar, que
huyesen juntos de Castilla. Era la cantinela monótona, el ruego
único, desesperado. Junto a Granada, sobre el Genil, decíale, tenía
una casa toda blanca como su cuerpo, con una puertecita roja para
él, sólo para él; y reía con una risa servil, lasciva, y cuasi llorosa.
Cierta vez, al acompañarle hasta la ventana, Gulinar, la vieja
morisca, le manifestó que una genia, surgida del agua de la alberca,
le había revelado lo que pasaba por él.
—Es secreto—agregó—que a ti mismo se te asconde.
Nombrole a Beatriz y díjole los pormenores de su desengaño y los
sentimientos indiscernibles que se movían en su corazón. El
doloroso recuerdo, que él creía inhumado para siempre, aparecía
ahora evocado por aquella mujer, extendido, sacudido ante sus ojos,
cual emocionante ropaje de otros tiempos. Musitando, en seguida,
misteriosa frase, la anciana sacó de la gaveta de un mueble una
figurilla de lienzo. La cabeza, sin facciones, estaba toda erizada de
crin híspida y espesa. La cintura era ceñida, la falda ampulosa; dos
largos punzones traspasaban de parte a parte la garganta. Ramiro
sabía harto bien lo que aquello significaba, y tembló por la doncella,
ante el pavoroso recurso de la hechicería.
Esa misma tarde, paseándose con el Canónigo por la plazuela de la
catedral, refiriole Ramiro, por primera vez, su entrada en la casa de
los moriscos y el comienzo de su aventura con Aixa, como si todo
acabara de suceder. El Canónigo, haciendo crujir la arenilla de las
losas bajo la suela del zapato, le escuchaba atentamente, oprimiendo
con ambas manos el Libro de Horas contra su pecho. Por fin,
respondió:
—Vuestro propio discurso, hijo mío, háceme pensar que os halláis
en grave peligro de hechizamiento. Dicha hembra ha de ser alguna
famosa jorguina, de las que usan filtros diabólicos, cuyo poder sólo
pueden resistirlo uno que otro cuerpo endurecido en la penitencia.
No me extraña lo que acabáis de referir acerca de su grande
hermosura corporal, pues el Demonio pone en sus rasgos los cebos
más sotiles de la tentación y él mesmo suele alojarse en sus
personas, como se comprueba de continuo. Urge, Ramiro, desatar
ese ñudo de una sola cuchillada, como nos cuentan los antiguos del
rey Alejandro. Por la disposición y los tapujos de esa casa, tengo
para mí que ha de ser sitio de clandestinas reuniones, y pienso agora
que si llegárades a introduciros en ella, a eso de las diez de la noche,
cuando nadie os espera, les sorprenderíais, de fijo, con las manos en
el pastel. Es parroquia de Santiago. El os ha de asistir en la empresa.
¡Ah!, ¡si tuviera yo vuestra mocedad o no llevara, al menos, estos
hábitos graves!
Ramiro acordose al pronto de la ventana de la escarpa. Ya estaba
resuelto. Se despidió del Canónigo prometiéndole que esa misma
noche tentaría la sorpresa.
Vargas Orozco permaneció todavía un instante con el mentón
apoyado en el libro y los ojos fijos en el suelo. Su negra figura
eclesiástica prestaba un aspecto fúnebre a la solitaria plazuela, donde
el anochecer parecía tamizar un polvo fosco de herrumbre. La
corriente de aire que llegaba por la calle de la «Vida y la Muerte»,
agitaba su manteo. Enorme mitra ilusoria, resplandeciente de
amatistas y topacios, se encendía y apagaba, y volvía a encenderse a
sus pies, sobre las losas obscuras.
Probando apenas algunos bocados, Ramiro dejó secretamente su
casa, ya entrada la noche. Había escogido su daga más fuerte y la
espada que le diera don Rodrigo del Aguila, el mayordomo de la
Emperatriz. Bajo la capa, y colgada del cinto, llevaba también una
rodela toledana. Sentíase grande y temible como los héroes de las
caballerescas historias. Bajó hacia el arrabal. Era una noche diáfana
de plenilunio. Oíase la extensa estridulación de los grillos en el valle
y el croar numeroso de las ranas y los sapos hacia el Adaja. Uno que
otro animal, invisible en la sombra, hacía latir su cencerro.
Las montañas parecían soñar misteriosamente, como seres sublimes,
en el plateado silencio; y todas las cosas de la naturaleza exhalaban
deliciosa respiración de beatitud, de sosiego, de frescura.
La fantasía clara y augusta de la noche prodújole al mancebo una
emoción peculiar que se repetía en su ánimo desde la infancia y que
vino a distraer su ardimiento. Hubiera preferido para aquella
empresa un cielo en que sólo brillasen las constelaciones hablando al
espíritu de los muertos tutelares, del amor, del glorioso destino. La
luna era trágica, espectral, agorera. Su resplandor hacía pensar en
mortajas errantes, en animales endemoniados, en fantasmas de
monjes que celebraban los oficios entre las ruinas de los conventos
demolidos. Las brujas realizaban sus conjuros y adobaban sus
ungüentos a favor de aquella lumbre maléfica, que desconcertaba las
potencias y parecía atraer la sangre del hombre.
Un pájaro invisible graznó en los aires, a su izquierda. ¡Sería una
corneja!
Al acercarse al barranco, en cuya escarpa se abría la secreta
abertura, Ramiro ocultose tras el tronco de una encina para otear el
contorno. Del lado del naciente, una, dos, tres sombras humanas se
acercaban con sigilo. Llegaron, miraron a un lado y a otro, escalaron
las peñas y desaparecieron por la ventana. Un momento después un
grupo más numeroso bajaba por el atajo. Luego un solo hombre,
luego tres más, y, por fin, otro grupo de diez a quince personas. La
negra abertura tragaba como boca de hormiguero. Cuando hubo
transcurrido más de una hora sin que nadie llegase, Ramiro
emprendió a su vez el escalamiento. La ventana estaba entreabierta.
Descorrió el tapiz. Densa obscuridad llenaba la primera habitación.
Voleó una pierna y luego la otra. Su broquel golpeó los azulejos.
Comenzó a avanzar, en dirección a la cuadra del baño, hurgoneando
la sombra con el estoque.
XVIII
Era una herida ancha y redonda como una cornada. La mano alevosa
había hincado el puñal en el pecho, a la altura del corazón, buscando
rabiosamente la víscera.
Ramiro sentía ahora que los bordes se despegaban de nuevo; y, al
menor cambio de postura, el dolor, un dolor fulguroso, partía de la
llaga hacia todo su cuerpo, semejante a una dispersión de centellas.
Durante los últimos días en la casa de los moriscos, creyose curado
para siempre; pero el descendimiento desde lo alto de la ventana y el
mismo viaje en silla de manos hasta la ciudad habían reabierto la
herida bajo las vendas. Luego, la llegada a su casa, las preguntas de
la madre, el tráfago de la servidumbre, el cambio de ropas, y, en fin,
todos los incidentes de su regreso despertaron la sobreexcitación y la
calentura.
Los médicos, después de sangrarle copiosamente, ordenaron que le
dejasen dormir. Se hallaba, al fin, completamente solo y en su
propio lecho. La habitación estaba a obscuras. Sólo un polvoroso
haz de sol entraba por alguna rendija, estampando en el tapiz un
óvalo ardiente que parecía chamuscar el tejido. Infinitos corpúsculos
subían y bajaban como átomos de silencio. Acababa de sonar el
toque de la una.
Afuera el sol quema, el muro se cuece. Ramiro escucha esos quietos
rumores de la ciudad adusta y monacal, el canto de un gallo, el
tañido de una campana de monasterio, la menuda pisada de un
borrico en las losas. La calentura le martilla las sienes. En medio de
la estancia, sobre un taburete, hay un pebetero encendido. El
sahumerio se ilumina al atravesar el rayo luminoso, aclarando los
muebles y haciendo entrever, por momentos, las figuras de un tapiz
que cuelga del muro.
El hubiera querido identificarse con la paz de aquellas cosas
familiares, y adormirse, como en los años de la niñez, entre la
frescura de las holandas, sahumadas de romero y de tomillo en los
viejos arcones; pero su cabeza hervía de un modo insufrible. Una
abolición mortal solía bajarle de la garganta a los pies, suprimiendo
todas las sensaciones ordinarias de peso y de contacto; y sólo el
cerebro conservaba la vibración de la vida. Parecíale entonces flotar
en los aires y columpiarse a grandísima altura. La fiebre trotaba,
galopaba por los campos del pavor y la demencia, y su cráneo
llenábase, cual pútrida calabaza, de monstruoso gusaneo de visiones,
que subían unas sobre las otras con esfuerzo incesante, glutinoso,
desesperado.
Después de largo lapso de tiempo, despertó, puede decirse, de aquel
calenturiento delirio. La fiebre se había alejado como una tormenta.
Frío sudor le mojaba las sienes. Su razón se aclaraba. ¿Habían
entrado personas a la habitación? Ya era de noche, sin duda. No se
escuchaba ruido alguno en la casa. Abajo, en la calle, sonó un rumor
de pasos numerosos que fue decreciendo. Era tal vez una ronda
nocturna.
Entonces, la primera tentación de su espíritu fue rememorar, una vez
más, toda su aventura. Vagos, confusos al principio, los novelescos
pormenores reaparecieron en forma de emoción más que de imagen,
hasta recobrar, por fin, su nitidez y su ordenamiento, guiados por el
orgullo.
Veíase de nuevo saltando la ventana, descorriendo el tapiz y
caminando luego a tientas, en dirección a la cuadra del baño, con el
estoque tendido en la sombra. Allí, la luz de la luna al pasar por los
cristales del techo, daba a toda la sala desconcertante aspecto de
cueva sepulcral. ¡Qué transformación la de aquella alcoba donde
había pasado tantas horas lascivas e indolentes! La puerta que daba
al salón de los divanes no estaba del todo cerrada. ¡Con qué valeroso
contento advirtió, hacia el rincón obscuro, el trazo de luz!
Creía hallarse ahora con el ojo arrimado a la rendija. El Canónigo no
se había equivocado. De treinta a cuarenta moriscos, vestidos
algunos con sus ropas musulmanas, deliberaban, sentados en rueda.
Ramiro observó que el personaje de la daga guarnecida de piedras
no se hallaba presente. La sarracena iba entretanto de diván en
diván. Los hombres la besaban las manos y los brazos con
respetuosa sensualidad.
Deteniendo a intervalos el curso de las imágenes, Ramiro rebuscaba
todavía el sentido de las escenas que se sucedieron ante él. ¿Qué
podía significar aquella repartición de largas agujas de espartañero,
cuya punta ensayaban algunos en su propia mano; y, luego, aquel
sordo clamor colectivo, simulando todos en el aire el gesto
homicida? ¿Qué dijo en su discurso aquel viejo de africano rostro
que vociferaba y gesticulaba junto al hachón encendido,
produciendo de tiempo en tiempo, con su gorro escarlata recubierto
de conchas marinas, fuerte castañetazo para avivar la atención?
Algún emisario de Berbería que les provocaba a sacudir el yugo de
los cristianos... Todo era enigma, misterio, otros seres, otro mundo.
Prodújose de pronto un gran silencio. Las miradas se dirigieron
hacia la puerta de entrada. Se esperaba a alguien. Por fin, las hojas
se abrieron de par en par, y un hombre venido de afuera, anunció:
—¡El bajá!
Sorda exclamación de regocijo escapose de todos los pechos. Las
pupilas se dilataron, los cuerpos se irguieron. ¡Quién le hubiera dado
presenciar hasta el fin aquella escena! Era, sin duda, un enviado
secreto del Sultán de Turquía el que llegaba.
A no ser el roce de su daga contra el cerrojo hubiese podido seguir
atisbando sin que nadie sospechara su presencia. Pero aquel
imperceptible rumor hizo incorporar instantáneamente a la hermosa
morisca. Creía verla aún caminando hacia él, de modo lento, sus
enormes ojos clavados con espanto en la abertura. Había adivinado:
apenas hubo entrado en la cuadra del baño, exclamó:
—¡Eres tú, Ramiro! ¡Eres tú!
Luego, la brega muda, terrible. El queriendo mirar, ella tomándole
de las ropas, del hombro, de la garganta, y diciéndole al oído, quedo,
muy quedo: «¡No, no!», desesperadamente. Ya entraban por la otra
puerta que acababa de abrirse algunos hombres con hachas
encendidas, cuando su amada le puso la mano sobre los ojos.
El golpe brutal que él la diera entonces con la bota en el vientre, y el
alarido de la mujer al caer de espaldas sobre los mármoles,
conservaban aún, en su recuerdo, actual y tremenda realidad. La
calentura le rebrotaba en la sangre al evocar en seguida el
movimiento simultáneo de los moriscos, levantándose de las
almohadas y acudiendo en tumulto.
Era el gran pasaje de su vida y se complacía en perpetuar su doble
sabor de coraje y de muerte. Aquellos hombres, que parecían
ablandados, emasculados por la servidumbre, se abalanzaron con
presteza admirable, desnudando sus armas y descañando los
hachones. El vio entonces, con certidumbre absoluta, sin fin
inmediato; y se dispuso a vender caro su martirio. Recordaba que su
valor no había desfallecido un segundo. Su virilidad irradió hacia
todos sus miembros un calor de bravura.
Como un delirante, profería, ahora, interjecciones soberbias,
creyendo menear aún en la mano el acero mortífero; y la lucha, entre
el resplandor de las antorchas y de los haces de luna, se reconstruyó
en su imaginación: Habiendo retrocedido algunos pasos, dibujó con
la espada en el aire un reto circular y magnífico, prestando a la hoja
terrible apariencia. Luego lanzose de un lado y de otro desarmando y
acuchillando. Hubiérase dicho que esgrimía en su mano un puñado
de estoques. Hirió primero a un mozo de larga cabellera, metiéndole
muy hondo la punta en el pecho. A otro, que pretendió intimidarlo
agitando su alfanje, cruzole el rostro con veloz cuchillada. De dos
puntazos secos le reventó las pupilas a un anciano, ricamente
vestido, que se adelantó espectral, en el fulgor de la luna. Los
moriscos se apartaban, amedrentados. Entonces, Ramiro,
cubriéndose con su rodela, y ebrio de sanguinario furor, comenzó a
repartir estocadas en el tumulto, sintiendo, a cada golpe, el crujido
de las ropas y la blandura de los cuerpos que recibían la punta como
pellejos de vino.
Nadie gritaba. Era una escena muda. Los que caían se quejaban
apenas con el aliento. De pronto vio plantarse ante él a esbelto
mancebo armado de larga espada española. Hubo como un
estremecimiento de ansiedad. Las dentaduras brillaron. Pero a las
primeras tretas el adversario desapareció en la tiniebla.
Instantes después, Ramiro sintió que le abrazaban por detrás,
fuertemente, y en seguida un dolor en el pecho, a la altura del
corazón, un dolor profundo, que le hizo caer el arma de la mano.
Recordaba su desfallecimiento y su grito de ¡confesión!, al sentirse
morir, y el frío del agua, en su mano colgante. Todos los brazos se
atropellaron para ultimarlo, y, entre vivo y muerto, pudo entrever
todavía, a la humosa luz de las teas, al misterioso morisco, al
hombre de la daga que, abriéndose paso entre los demás, se echaba
sobre él y le cubría con su cuerpo, repitiendo un mismo grito en
algarabía:
—¡Ebni! ¡Ebni!...
Luego sobrevino el desmayo.
Qué sorpresa, qué estupor, al siguiente día, cuando, al volver en sí,
hallose en la pieza contigua sobre un lecho perfumado, y asistido de
Aixa, de la anciana y del generoso personaje que acababa de salvarle
la vida. Y en los días que siguieron ¡qué hospitalaria ternura la de
aquellos infieles! El hombre rebuscaba en libros arábigos
combinaciones de simples que Gulinar, la vieja morisca, iba a coger
en el contorno; y Aixa lavaba y vendaba la herida con manos
embalsamadas de amor. Un ungüento, traído de la China hasta
Arabia por los soldados, y de Arabia hasta Occidente por los
mercaderes, y que el moro aquel guardaba en precioso bote de
marfil, operó el prodigio de su mejoramiento.
Durante las horas apacibles, las mujeres se alternaban contándole,
como a un niño, historias resplandecientes, comparables a collares
de pedrería y que hacían soñar en países lejanos y venturosos.
Las palabras de adiós del musulmán, al dejar, una tarde de
septiembre, la casa misteriosa, quedaron grabadas en su recuerdo. El
sol se ocultaba. Ramiro, cuya herida comenzaba a guarecer,
hallábase sentado junto a la ventana que abría sobre el valle. El
hombre entró lentamente y se detuvo ante él. Por primera vez le veía
llegar con espuelas. Era lo único que denunciaba para el oído su
andar silencioso. Melancólica arrogancia ennoblecía todo su porte, y
sus gestos eran varoniles y refinados.
—Voy a dejarte—exclamó.—La maldición de los creyentes ha caído
sobre mí. Me arrojan por haberte salvado la vida. ¡No importa! Sólo
quiero pedirte, como única paga, que si has de denunciallos a la
justicia, avises a estas dos buenas mujeres, con holgado tiempo, para
que puedan huir.
Ramiro accedió con un signo de cabeza.
—¿Lo prometes por tu honra?—preguntole en seguida.
—Sí—contestó el mancebo.
—¿Lo juras?
—Lo juro.
—Eso basta—replicó el musulmán; agregando:—¡Alá, para él la
oración y la gloria, te atraiga algún día a nuestra santa ley! Deja,
Ramiro, el espionaje a los villanos. No persigas al desgraciado
morisco y hazte referir lo que fueron aquellos Djahvar de Córdoba,
espejos de ciencia, flores de caballería, y cuya sangre palpita, agora,
en esta cuadra.
El moro se inclinó un momento, poniéndole la mano sobre el
hombro. Cuando levantó la cabeza, sus ojos húmedos relucían en la
penumbra. Entonces, desprendiendo de su cinto el precioso puñal,
pidiole a Ramiro que lo aceptara como recuerdo suyo. Saltó luego la
ventana. Un hombre le esperaba abajo en la dehesa con un caballo
enjaezado. Ramiro le había visto montar y alejarse.
XIX
Era necesario, pensaba ahora Ramiro, vencer el hervor de su
memoria y determinar, en aquella tregua de la calentura, lo que
había de decir, al siguiente día, cuando su madre penetrara de nuevo
en la estancia. Comprendía, él mismo, que podía expirar en pocas
horas o caer en un largo estado de inconsciencia, y, aunque los
falsos conversos habrían tomado ya sus medidas para escapar a la
justicia, era un supremo deber revelar lo que había presenciado. Sin
embargo, su palabra estaba empeñada. El sabía lo que era para un
honrado caballero semejante compromiso. Religioso y heroico
sentimiento le asaltaba a la sola la idea del juramento. ¡Cuántos
antepasados suyos habrían afrontado la muerte por un «aceto», por
un «lo juro»! Y tanto más en Avila, donde se hallaba la Basílica de
San Vicente, la más famosa iglesia juradera del reino. No importaba
que el pacto fuese contraído con infieles. Recordaba haber leído en
las crónicas que el Emperador Alfonso había estado a punto de hacer
descabezar a su esposa y al Arzobispo don Rodrigo por haber
violado su regia palabra, empeñada a los alfaquíes toledanos.
El Canónigo llegó al amanecer y pidió que le dejasen a solas con el
mancebo. Apenas se hubo sentado junto a la cama, con voz
demasiado resonante para la hora y la ocasión, le preguntó:
—¿Qué ha sido esto?
Encendido de nuevo por la fiebre, Ramiro respondió que no era
tiempo de declararse en aquel particular, sino de encomendar su
alma a Dios; y, así, pidiole que le administrara, cuanto antes, los
Sacramentos.
—No puede ser—replicó el lectoral; alegando que si le escuchaba
como confesor, no podría usar de sus revelaciones, en adelante.
Ramiro refirió entonces, con acento moribundo, de qué modo había
caído en plena conspiración y cómo le sorprendieron y acuchillaron.
El Canónigo había visto morir a mucha gente y, al mirar ahora aquel
aflojamiento de la mandíbula y aquellos ojos descoloridos, pensó
que su discípulo preparaba el hato para el viaje sempiterno, y que la
muerte no volcaría su reloj muchas veces más junto a aquella
cabecera. No había tiempo que perder.
—Valor, valor, hijo mío—exclamó.—Si habéis de morir o no de
esta cuita, sólo Dios lo sabe. Pero no olvidéis que la muerte se nos
presenta sin llamar, como alguacil de casa y corte, cuando resuelve
llevarnos. ¡Ea, sus! valeroso cachorro.
Exigiole las señas de la casa misteriosa y de algunos conspiradores.
Recordó el mancebo su compromiso y, sin ánimo para escoger las
palabras, cerró los ojos y enmudeció. El lectoral se desesperaba.
Llamábale al oído, paseábase a grandes trancos por la cuadra y,
volviendo otra vez junto a él, le tocaba en el hombro.
Al mediodía, Ramiro, cuyo espíritu había realizado laborioso
camino, hizo llamar al lectoral.
—¿Cree vuesa merced—le preguntó—que existe algún medio
honroso de anular un juramento prestado a un infiel y con el cual me
temo que estoy dañando la causa de nuestra Santa Iglesia? ¿No
podría escribírsele, sobre el particular, al Nuncio de Su Santidad en
la Corte?
—Si habéis hecho promesa jurada a algún infiel—respondió el
Canónigo—en contra de la Santa Iglesia de Cristo, no son menester
Nuncio, Papa, ni Concilio; sino un confesor cualquiera que os saque
del alma tamaño pecado mortal. Si es, como imagino, juramento
promisorio, requeríais «juicio de discusión», como lo apellida Santo
Tomás; es, a saber: el claro discernimiento de lo que hacíais; y éste
os faltó, puesto que estabais queriendo tomar a Dios como cómplice
de un delito contra su Iglesia. Aun para el humano derecho, tal
juramento no obliga ni engendra perjurio: «Ca el juramento, que es
cosa santa—dice, si mal no recuerdo, la ley del Rey Sabio—no fue
establecido para mal facer; mas para las cosas derechas, facer e
guardar.» Luego dividió el asunto en dos partes. De un lado ponía
los compromisos caballerescos y legítimos, que la misma Iglesia
amparaba como algo sacrosanto, más precioso que la vida; del otro,
los pactos ilícitos, los juramentos anatemas, en contra de la majestad
de Dios o el interés de la Iglesia, y de los cuales era menester
desligarse, sin demora, pues si la muerte sorprendía a un alma con
semejante pecado, arrojábala derecho a las peores torturas del
infierno; sobre todo si el juramento era hecho en favor de los
enemigos de la religión.
Aquella elocuencia logró efecto instantáneo sobre Ramiro. Ya no
vacilaba. La sola evocación del infierno, en instante como aquél, le
hizo pensar vivamente. Recordó las innumerables ofensas a Su
Divina Majestad durante el amancebamiento con la infiel y pareciole
que su compromiso era una enorme piedra que el Demonio acababa
de atarle al cuello. Refirió, pues, al Canónigo todo lo que hiciera
desde que le dejó en la plazuela de la Catedral aquella tarde. Dijo la
doble manera de llegar a la casa de los moriscos y las señas de Aixa,
de Gulinar y de algunos conspiradores. Creyó con esto limpiar el
alma de la mácula horrible de sus amores de renegado, mostrando,
por fin, al Señor, que ya no quedaban en su corazón ni vestigios del
pasado apegamiento.
Al siguiente día, Ramiro cayó en un estado casi agónico. Sólo doña
Guiomar, acompañada de Casilda y de una antigua doncella, le
asistieron.
Había perdido mucha sangre. Además de la copiosa hemorragia que
enrojeció los mármoles del baño, los dos médicos, después de docta
disputa acerca del sitio en que debiera practicarse la sangría,
resolvieron abrir cada cual la suya, y, en el espacio de pocas horas,
fue sangrado del brazo y del tobillo.
Su desfallecimiento era como lento bogar hacia el morir. La
calentura le exaltaba breves instantes, pero luego sobrevenía la
extenuación. La carne toda se sentía fenecer. Era una sensación
glacial, tenebrosa. Su sentido evocaba el olor de pavorosa cripta de
convento que visitó, siendo niño, en las sierras; veía de nuevo los
innumerables esqueletos apilados en la sombra, y alcanzaba aun a
pensar con orgulloso espanto en el anónimo de toda aquella leña
humana entremezclada por el monástico desprecio.
Un velo fúnebre revestía su espíritu, a través del cual sólo nociones
enormes y supremas transparentaban. La culpa, el remordimiento, el
castigo, eran las rocas que formaban el paisaje desolado y terrible de
su conciencia.
Así pasó tres o cuatro días, entre el delirio y el letargo. La gangrena
difundía su fetidez por las estancias vecinas. Las más famosas
reliquias pedidas a los conventos y a otras familias de la ciudad y
puestas en contacto, desde un principio, con la misma carne
reabierta, habían resultado impotentes. Dos veces recibió Ramiro la
Extremaunción, administrada por su primer maestro, el viejo fraile
franciscano. Doña Guiomar le daba ya por perdido. Por fin, a
indicación de varias amigas, mandó en busca de una conversa del
arrabal que realizaba curas milagrosas. La mujer lavó la herida
copiosamente con un cocimiento, aplicó un emplasto, prescribió un
brebaje y recomendó que no acercasen cosa alguna a la llaga si no
querían corromperla. Dos días después cesaba el delirio y la
calentura decrecía.
Al sentirse renacer, como aquella Ave Fénix citada por tantos
autores sacros y profanos, saboreó Ramiro con lánguida avidez la
delicia de vivir. Todo le azoraba, y el milagro del mundo volvía a
maravillarle. Sentado ahora junto a la vidriera, miraba con pensativa
puerilidad las nubes espesas de aquel principio de invierno. Su razón
formulaba de nuevo las preguntas elementales que acosaron su
niñez. ¿Dónde se redondea el granizo? ¿Quién hace resonar los
atambores del trueno? ¿Quién fabrica los vientos? ¿De dó vienen?...
Otras veces oteaba la ciudad. Los hidalgos caserones le hablan un
lenguaje de soberbia y de triunfo. La honra fiera de los abolengos;
las riquezas conquistadas en países lejanos y fabulosos; las heroicas
aventuras de los hijos de Avila que, ahora mismo, esperados por sus
esposas en la quietud de los hogares, guerreaban en las más diversas
comarcas del mundo, para aportar algún día a su nido roquero la
presa de gloria: he ahí las diversas expresiones de todo aquel
blasonado granito que sus ojos contemplaban sin fatigarse.
Su ambición, segada por el sufrimiento, rebrotaba ahora con savia
más fuerte. Consideró que Dios no le había llamado porque le
reservaba para algún servicio insigne en la tierra. Acababa de pasar
por la primera prueba de las vidas predestinadas. Recordó la
biografía de los héroes. El comienzo de la fortuna orilló casi siempre
los despeñaderos. La hoja mejor batida era aquella que había estado
más cerca de partirse en la bigornia. Nueva confianza en su destino
erguía ahora su hercúlea voluntad, y sentíase como ebrio de ilusión,
llegando a decirse a sí mismo las frases admirativas que su sola
presencia provocaría muy pronto por doquier. Luego examinaba,
ponderaba. ¿Qué linaje en Castilla más claro y antiguo que el suyo?
Su sangre era limpia como el diamante. Además, estaba destinado a
recibir uno de los más opulentos mayorazgos de Segovia. Pensó sin
inquietud en los mancebos de las otras familias, demasiado seguro
de no ser sobrepujado por ninguno de ellos en saber, en ardid, en
denuedo.
La gloria volvía a sonreírle cual una esclava impaciente y desnuda,
ofreciéndole sus brazos, su fascinación y sus cantares.
XX
Sentado junto al brasero, con la mirada fija en las vigas de la
techumbre, Ramiro soñaba. La puerta que daba a la galería se abrió
muy despacio y una figura enlutada entró en la habitación. Era su
madre.
Las tocas monacales, adheridas con ventosas a la frente, ocultábanla
los cabellos; su rostro desprendía luminoso blancor. Era ya el ser sin
carnalidad, sin escoria. La luz penetraba el alabastro de sus manos
señoriles, aguzadas por la aspiración continua de la plegaria. Ella
solía interponerlas ante la luz de los candelabros para considerar el
aviso fúnebre de sus propias falanges y meditar en el fin que a todos
nos espera.
Ramiro la miró con asombro. Los rasgos de doña Guiomar estaban
visiblemente demudados por alguna grave pesadumbre. Habló muy
quedo y con lentitud cautelosa, como quien teme denunciar su
verdadera cavilación. Dijo que el Canónigo acababa de referirle los
pormenores del lance con los moriscos.
—Paréceme—exclamó gravemente—que te pudiste ahorrar tanto
riesgo, tratándose de enemigos villanos, para los cuales con algunos
corchetes bastaba.
Expresó en seguida la vanidad de aquellos sacrificios, el engaño y
desengaño de toda acción ambiciosa.
—Esto lo hiciste—agregó—por punto de honra. Harta dicha será
que no te desluzcan la jornada mediante alguna calumnia. Quien,
como tú, Ramiro, ha de emprender el santo camino de la Iglesia,
¿qué pudo buscar por ese atajo que no fuera desvanecimiento y
vanagloria? En fin, alabada sea su Divina Majestad, si todo esto lo
manda para hacerte vomitar, como a otro San Ignacio, la ponzoña
del mundo. No olvides, hijo mío, de qué modo tan patente el Señor
ha querido arrancarte de los mesmos brazos de la muerte, que todos
lo habemos tenido por milagro, y mira bien cómo te cumple pagar
esa segunda vida que te concede.
Después de breve silencio, manifestole que, apenas se hallase
restablecido, sería el caso de pensar en su partida para Salamanca. El
señor Obispo había prometido hallarle, para después, algún
ventajoso destino, a menos que prefiriese ingresar a las órdenes.
Ramiro escuchó en silencio la homilía sin traslucir en su semblante
la menor impresión.
Era un momento de solemne ansiedad para la madre. Su ser estaba
suspenso entre el regocijo y el temor, esperando la palabra o el gesto
que expresaría para ella todo el bien o el mal que la vida podía
reservarle. En ese momento un lacayo penetró presuroso en la
cuadra anunciando que don Alonso Blázquez subía las escaleras.
El mancebo echó, al pronto, una mirada a sus vestidos, estirose las
calzas, apretose las agujetas del jubón, pidió a su madre una
lechuguilla fresca; y luego, un espejo, un peine y un bote de unto
para aderezarse el cabello. Hizo esto último con visible
complacencia, hermoseando la expresión ante su propia imagen.
Faltábale alguna joya. Pidió impaciente la cadena de oro, que su
madre echole, con sus propias manos, al cuello. En seguida,
señalando un contador de taracea, díjole que le alcanzara la daga con
piedras preciosas que encontraría en la naveta del centro. Doña
Guiomar, al tomar en sus manos el puñal, quedose perpleja. Luego,
desnudando la hoja despaciosamente, y clavando los ojos en la
arábiga inscripción que el hierro tenía, púsose a temblar con todo su
cuerpo, como quien ve levantarse ante sí pavoroso fantasma.
El lacayo volvió, y quedose alzando la antepuerta. La madre no tuvo
más tiempo que el de alargar el arma a su hijo y echar sobre las
ascuas algunos granos de incienso que sacó de su escarcela.
En el vano luminoso, sin que faltara el esquinado golpe de
colgadura, don Alonso, todo vestido de negro, apareció, como un
retrato en su marco. La engomada golilla atiesaba su rostro. Hizo
una reverencia y adelantose con rítmicos pasos a besar una y otra
mano a la hija de su amigo.
A la vez que se quitaba los guantes, y cual pudiera hacerlo un rey
generoso, felicitó a Ramiro, relacionando su acción con las grandes
cosas que hicieron los Aguilas, los Hoces, los Arias, los Alcántaras,
en servicio de Dios y del reino; y, de tiempo en tiempo, mesándose
el encrespado copete, dirigía hacia la madre una mirada sospechosa
y fugaz. Otras veces, para encarecer la sinceridad de su discurso,
llevábase al pecho la diestra. Las sortijas de Florencia resplandecían.
Sus manos eran harto hermosas y su extrema blancura denunciaba el
uso nocturno del sebillo en los guantes descabezados.
—El servicio que vuesa merced ha prestado a la Iglesia y al Rey—
díjole a Ramiro, antes de despedirse,—dejando a una parte el largo
padecer, que eso no se mira en hombres de vuestra sangre, no puede
quedar sin recompensa. Mañana debo partir para la Corte. Yo he de
pretender para vuesa merced el hábito de Alcántara; no faltará quien
desee complacerme. Vuesa merced—agregó—no tendrá con esto
más trabajo que reunir sus pergaminos para la probanza de limpieza,
e será como probar la lumbre del sol.
Expresó Ramiro su reconocimiento y, con los ojos como
deslumbrados, estrechó en las suyas aquella mano generosa.
Apenas el cortesano se hubo alejado por la galería, doña Guiomar
arrojose a los pies de Ramiro, abrazándose a sus rodillas. Con el
rostro oculto y sacudida, por los sollozos, pronunciaba palabras
incomprensibles; mientras su hijo repetía, asiéndola de los hombros:
—¡Alzaos, madre; alzaos! ¿Qué os pasa? ¿Qué os hace llorar?
Ella levantó por fin su empapado rostro, y después de un instante:
—Una gran desdicha—respondió,—la más grande, la más cruel que
podía acaecerme: ¡tu olvido de Dios, Ramiro; tu perdición!
—¿Mi olvido de Dios, madre? ¿Esto decís?
—Sí: el Demonio ha vencido en tu alma. Las vanidades y los
premios del mundo te desvanecen. Cuando don Alonso te hablaba
del hábito pareciome ver brillar en tus ojos una lumbre de infierno.
¿Quién te pudo mudar de esta suerte? ¿Qué hechizo te han echado
en el corazón?
Luego, con la frase entrecortada por el llanto:
—Ya no eres, no, el hijo aquel de mis entrañas que caminaba tan
radioso por el camino de la humildad y la penitencia, y que ofreció
desde niño su vida al Señor, ¡aquel mi Ramiro!... ¡aquel mi
mancebillo santo!
Con estas palabras ocultó de nuevo el rostro entre las manos, sin
levantarse. Pero un momento después, aquella madre desgarrada por
el dolor, aquel ser que sólo parecía capaz de ruegos y de lágrimas,
púsose en pie de un solo impulso, irguiendo su talle ante Ramiro.
Era una transformación asombrosa, una ballestada del ánimo. Todo
el brío de la estirpe brilló un momento en aquella frente de abadesa
indignada. Con voz casi hombruna y justiciera, exclamó:
—Basta de blanduras. Así como os halléis en estado, saldréis para
Salamanca a proseguir vuestros estudios; allí escogeréis, luego, entre
la Iglesia y las Ordenes. Aquesta es mi voluntad.
Esto dicho, se alejó gravemente, dejando en la estancia, a más del
olor de cera de sus vestidos, algo patético, algo inexorable, que
Ramiro sintió flotar sobre su cabeza cual una maldición suspendida.
La cuadra se llenaba de sombra; pero la hija del escudero no tardó
en presentarse, protegiendo con su mano las llamas de un dorado
velón, y alumbrada ella misma como imagen entre cirios.
XXI
En pocos años, la letárgica mansión habíase convertido en la más
visitada y rumorosa de Avila del Rey. Cierto día, don Alonso
Blázquez Serrano congregó en casa de don Íñigo a algunas personas
principales para tratar del asunto de los conversos. La reunión se
repitió. El número de los invitados se fue acrecentando. A la simple
jícara se agregaron los bódigos y los hojaldres. Tal fue el origen del
aristocrático mentidero del señor de la Hoz.
Miércoles y domingos, dormida la siesta, acudían a su palacio los
varones más linajudos y doctos de la ciudad. La charla de aquella
reunión acabó por convertirse en un verdadero gobierno; los mismos
regidores iban a consultar allí sus dictámenes. Era un éxito
imprevisto. Sin embargo, el señor de la Hoz estaba muy lejos de
haberlo codiciado. Al principio, una contrariedad profunda, un
verdadero pánico doméstico se apoderó de su espíritu ante la
ocupación inesperada de su vivienda, y perdió mucho tiempo
buscando y rebuscando en su memoria el involuntario ademán o la
frase imprudente que hubieran podido provocarla. Sólo para él
mismo era obscura la razón. Aquel anciano despilfarrado y enfermo,
que no podía convertirse en un rival para nadie, era el dueño de casa
guisado por la Providencia. Don Íñigo, aunque enlazado por su
casamiento a los más antiguos linajes de la ciudad, habíase
conservado completamente ajeno a las seculares cuadrillas de San
Juan y San Vicente, en que se hallaba dividida la nobleza de la
comuna; y las salas de su mansión eran amplias, la servidumbre
numerosa, la pastelería excelente.
El bullidor concurso llenaba los salones. A más del grupo principal,
compuesto de los más encumbrados personajes, formábanse corrillos
de tonsurados humildes y seglares de poca monta. En ellos se
refugiaba, evitando la plena luz, el desconocido ceremonioso que
comenzaba a introducirse en la reunión, sin que nadie supiese quién
le traía; el hidalguejo tagarote, amigo de un amigo de don Íñigo y
venido al olor del agasajo, el alférez del Alcázar, el capellán de
monjas, el escribano de número...
Muy pronto se le descubrió al señor de la Hoz su vanidad
dominante, y casi no hubo tertuliano que no le consultara acerca de
la cuestión actual de los conversos, o le dirigiese alguna pregunta
admirativa sobre sus heroicos servicios en la campaña de la
Alpujarra. De lisonja en lisonja, fuéronle creando una fama
grandiosa que a nadie mortificaba, y ya las gentes de la ciudad
pronunciaban su nombre con profundo respeto, como si en verdad se
tratara de uno de los más célebres capitanes de aquella guerra santa
y vengadora.
Don Íñigo acabó por aficionarse a su propia tertulia. Aumentó el
número de los criados, renovó las libreas, adquirió nuevos braseros
de plata, nuevos velones y candelabros, desempeñó de los genoveses
sus mejores tapices. El encargado del chocolate y los vinos era el
segundo sacristán de San Pedro, amigo de Medrano. Tres esclavos
amasaban la harina. Un famoso repostero de Madrigal preparaba las
pastas, un morisco la aloja. El maestresala, vestido como un
gentilhombre flamenco, comandaba a la servidumbre con signos casi
imperceptibles. Al anochecer, de vuelta a sus casas, las visitas
desfilaban entre doble hilera de lacayos apostados a lo largo de los
pasadizos, hasta la puerta de la calle, cada cual con un hacha de cera
encendida. Gastábase tanta luminaria como en la Iglesia Mayor.
Todo era fastuoso y señoril.
Ramiro pensó que, al hacer su reaparición en la asamblea, todos los
rostros se volverían hacia él, y que hasta los varones más graves se
adelantarían a cumplimentarle por su proeza. Guarecido casi de su
herida, pero flaco y sin fuerzas, vistió una tarde su traje más lujoso,
se ciñó la daga del morisco y presentose en la sala pequeña, que
hacía las veces de primer recibimiento. Fuera del capellán de la
Anunciación y de un religioso franciscano de San Antonio, las
personas que allí estaban volvieron a verle con ultrajante
naturalidad; y, al mentar, uno que otro, su jornada, lo hicieron en
términos tales, que parecían referirse a la diligencia más o menos
provechosa de algún alguacil. El desengaño le dejó confundido, y,
no sintiéndose con aliento para pasar a la cuadra contigua, donde se
hallaban los magnates y prelados, agazapose en el más obscuro
rincón, entre un grupo de religiosos. El franciscano, arrimando su
taburete, le dijo en voz baja:
—¡Nonada habelles descubierto la madriguera a esos lobos! Claro
está que vuestra merced habrá de tener también sus envidiosos y
calumniadores; pero no pare mientes en eso, que lo que agora dicen
habrá de llevárselo el viento como la paja.
—¿Y piensa vuesa Reverencia que alguien murmure?—preguntó
Ramiro.
—Habladurías, habladurías—replicó el religioso con ademán de
desprecio.
—No disimule vuesa Reverencia si quiere probarme su afición, que
nunca daña saber por dónde habemos de ser combatidos.
—Vamos, invenciones de bellacos... que vuestra merced ha estado a
punto de renegar de la fe de Nuestro Señor Jesucristo... que llevaba
noticias a los conversos... que la riña fue por cuestión de la paga...
En ese instante, hacia la derecha del mancebo, un desconocido, con
galas de soldado, exclamó, reteniendo a un lacayo por el gregüesco:
—¡Ea, seor Antoñico, no nos alargue la penitencia y arrímenos por
piedad otro plato de bódigos y unos vidriecicos del San Martín, que
fenecemos!
El tono de penuria famélica con que moduló aquella frase,
apretándose al mismo tiempo el estómago, hizo reír a sus vecinos.
Alguien le habló en voz baja, y él, mirando de soslayo al mancebo,
tapose la boca como avergonzado.
Entretanto don Alonso platicaba, en la sala contigua, con algunos
señores que acababan de llegar. En cierto momento al volver el
rostro y al advertir, a distancia, la presencia de Ramiro, hizo un
gesto de asombro y se dirigió a saludarle:
—Enhorabuena—exclamó, alargando los brazos.—Grata señal es
ésta; pero, ¿por qué tan esquivo? Todos aquellos señores están
golosos de ver y escuchar a vuesamerced.
—Siéntome, señor, harto mohíno y sin fuerzas.
—Holgárame de oír relatar a vuesa merced, ante un concurso como
éste, todo su lance con los moriscos, punto por punto.
—Otro día será, señor. Agora temo que el mucho hablar me
encienda la calentura.
A la vez que Ramiro dejaba caer estas palabras, don Alonso
observó, con inquieta curiosidad, la daga sarracena, recubierta de
pedrería, que el mancebo llevaba en el cinto, y, sin poder dominar su
sorpresa, tomándola por fin en su mano, exclamó:
—Donoso puñal. ¿Es acaso algún arma de los agüelos?
—No, señor. Diómela, como recuerdo, el viejo morisco que no quiso
permitir que los demás me acabasen a cuchilladas.
El hidalgo contrajo su semblante, y poniendo la diestra sobre el
hombro de Ramiro, díjole quedamente, para que sólo él le
escuchara:
—Por la honra de su nombre, vuélvase vuesa merced a su aposento
y esconda esa daga donde nadie la vea, que yo sé lo que le importa.
—Llévola, señor, como una preciada prenda que recuerda mi acción.
—Vuesa merced no debe sentirse de mi insistencia, que es fuerza
que la lealtad sea por momentos amarga.
—¿Qué recelo es ése? ¡Válame Dios!
—Pues vamos, es esto: sobran bellacos que han dado en inventar
cómo, cuándo y por qué vuesa merced ha recibido dineros y
presentes de los conversos, e si agora ven esa joya en su cinto la
enseñarán como prueba.
Ramiro comprendió. Anonadado por la terrible fatalidad, llevose la
mano a la frente y, sin poder articular una sola palabra, una sola
exclamación, saludó a don Alonso y volvió a encerrarse en su
aposento.
De ordinario, cuando la reunión comenzaba, hacía ya varias horas
que don Alonso Blázquez se hallaba instalado en su sillón
predilecto, frente a don Íñigo, platicando sin tregua. Llegaba casi
siempre al mediodía para retirarse después del toque de oraciones.
Eso cuando él mismo no se invitaba a cenar, y echaba de sobremesa
un partida de triunfo con el anciano. La intimidad acordábale fueros
especiales, movíase como en su propia casa, se chanceaba con los
religiosos, sabíale el nombre a todos los criados. Su situación era,
sin duda, la más prominente. Su vieja amistad con el Conde de
Chinchón y su parentesco con el Marqués de Velada era causa de
que los menos informados le atribuyesen grande influencia en la
Corte, ilusión que él mismo alimentaba repitiendo a menudo las dos
o tres frases que Su Majestad le había dirigido en su larga vida de
pretendiente y mostrando hacia el Monarca una admiración tan
grande como el odio recóndito que, en verdad, sentía por aquel
espectro coronado, cuya sola mirada le cuajaba los tuétanos.
Todos conocían su lealtad impecable y aquel su empeño de
aguijonear ambiciones: «¿Qué espera vuesamerced, señor Deán,
para pretender la mitra que tanto se merece?» «El peor enemigo de
vuesa merced, señor Alférez, es su propia modestia, que sé yo de
muchos que, con la mitad de los servicios que todos le conocemos,
gobiernan plazas y comandan ejércitos. Si vuesa merced no se
enfada, en mi próximo viaje a la corte...» y dejaba caer en el oído del
soldado alguna deslumbradora promesa.
Movíase la conversación, casi siempre, en derredor de los temas que
él decantaba. Tenía el orgullo de la verbosidad. Dirigirle una
pregunta era como abrir una compuerta de regadío. Su inundante
palabra se derramaba sin término sobre las superficies, sin que su
voz, alta y acatarrada, cambiase de tono. Si parlaba de sus viajes y
aventuras, de maestros célebres, de objetos preciosos, o filosofaba
cultamente sobre el amor, su discurso cobraba todo el garbo de su
persona; pero al disertar sobre el gobierno de la Monarquía, el
disimulo cortesano hacíale adoptar un lenguaje incoloro y
mortecino, lleno de circunloquios y de prolijas salvedades acerca de
la secreta razón de muchas resoluciones de los príncipes.
En cambio, el señor Diego de Bracamonte, de la casa de Fuente el
Sol, descendiente de Mosén Rubí de Bracamonte y emparentado con
la más clara nobleza de Castilla, juzgaba, lleno de heroico
desenfado, la política del Rey.
La arrogancia de aquel hombre se erguía almenada y sola. El
discurso flameaba en su boca cual sedicioso pendón. Aun su mirada
y su ademán eran temerarios. Todos presentían que aquella cabeza
no estaba segura sobre el soberbio cogote y esperaban por momentos
alguna catástrofe; pero el hidalgo demostraba importársele una higa
de la delación y del riesgo, perorando aún con más vivo coraje
cuando se hallaban presentes el señor Corregidor don Alonso de
Cárcamo o el fraile dominico en quien todos sospechaban un espía
del Santo Oficio y del Monarca. Su reto infanzón y feudal no bajaba
la voz; y parecía volar, como un cartel atado a una saeta, por encima
de las murallas, hacia la Corte.
Era largo y cenceño. Los terciopelos o gorgoranes formaban como
un fofo plumaje sobre su pajaresca armazón. La lechuguilla íbale
siempre harto holgada. El mostacho, el tuzado cabello y la aguda
barba cabría comenzaban a encanecer; pero las cejas conservábanse
retintas, como dos plumas de tordo. Su pellejo era pálido, su mirada
áspera, su gesto macho y soberbioso. Adivinábasele, desde lejos, la
cólera fácil. No era muy docto; pero nunca faltaba en sus discursos
uno que otro texto latino sobre la decadencia de las repúblicas.
El menosprecio que el Soberano hacía continuamente de la opinión
de las Cortes, los nuevos pechos y arbitrios particulares que se
imponían sin consultarlas, el Ordenamiento del Rey Alfonso
anulado, las franquicias rotas, los fueros moribundos: tales eran los
tópicos predilectos de sus arengas. El Gobierno se había convertido,
según él, en un potro de extraer caudales y estrangular alientos.
España, que había sobrepujado en valor a Grecia y a Roma,
temblaba ahora de miedo bajo la péñola de los privados y el
balbuceo del confesor Diego de Chaves. Todo era hambre, cohecho,
terror. Ya era muerta la varonil altivez de donde nacieron la proeza
rara y la denodada aventura. Hoy la hombría de bien era desacato; el
fuero, sedición; la dignidad, rebeldía. Los honores y mercedes que
antaño se ganaban por las grandes cosas que hacían los caballeros,
hogaño las lograba cualquier menestral mediante un bolsillo de
ducados.
—¿Es cosa derecha—preguntaba—que el Rey se haga de caudales
vendiendo hidalguías como trastos de almoneda o recargando a la
nobleza de nuevos tributos y haciéndola pechera y villana? Y todo
ello para que Flandes esté cada vez menos seguro; para que el
francés, a quien ya le teníamos del collar del jubón, vuelva a
provocarnos, y el inglés degüelle, tale y saquee, a su guisa, en
nuestras costas. Fuimos los dueños de la riqueza, y agora somos los
mendigos. Mucha gala soldadesca sobre la sarna y la hambre, mucha
orgullosa pluma en el sombrero para abajarlo a cada puerta pidiendo
un mendrugo. Hartos años ha que las Cortes vienen voceando la
protesta unánime del reino; no se ha querido escuchallas. Ya
veremos en qué para aqueste menosprecio.
Hablaba en pie, con el estoque apretado bajo el sobaco. A veces la
carraspera le dificultaba el discurso; acercábase entonces a alguno
de los braseros y espectoraba sobre las ascuas. Su grande amigo don
Enrique Dávila, señor de Navamorcuende y Villatoro, escuchábale
absorto y vibrante, con las pupilas inflamadas por la pasión,
acabando casi siempre por dejar el asiento y plantarse a pocos pasos
de Bracamonte, como hechizado. El contagio de la rebelión se
apoderaba de algunos oyentes. Marcos López, cura de Santo Tomé,
aseguraba que Santiago Apóstol se le había aparecido una noche
diciéndole que, si la nobleza castellana no volvía por el respeto de
sus fueros, España estaba perdida. El médico Valdivieso y el
licenciado Daza Zimbrón alentaban a Bracamonte con
exclamaciones fervientes; mientras Hernán de Guillamas, que había
sido procurador de Avila en las Cortes de Madrid, refería con
patriótico dolor, en apoyo de don Diego, la mofa que el Rey hacía de
los dictámenes de todo el reino congregado.
Los demás, sobre todo los hombres de iglesia, bajaban los ojos e
inmovilizaban el semblante. A la menor interrupción no faltaba
quien entremetiese otro asunto. Cualquier futileza era bien recibida,
con tal que evitara, a los más, la inquietud de aquel verbo
incendiario de Bracamonte que agitaba las más graves cuestiones, a
modo de encendida antorcha que golpeara a lo largo las añejas
colgaduras.
Entonces Gaspar Vela Núñez o Gonzalo de Ahumada, llegados
recientemente del Perú, referían cosas de América: alimañas y frutos
fabulosos, segundones miserables enriquecidos de súbito por algún
tesoro enterrado, huacas repletas de joyas, victorias enormes en que
la sangre enjabonaba los dedos y era preciso encordelar la espada y
la pica para que no se escurriesen. Tales relatos alucinaban el
cerebro de aquellos hijos de Castilla, habituados a imaginar ante el
más escueto horizonte todos los espejismos de la aventura. Algunos
entrecerraban los párpados para soñar mejor en las comarcas lejanas,
donde se llegaba de golpe a la riqueza, sin la infamante paciencia del
mercader, y veían pasar por su imaginación tierras inverosímiles, en
las cuales el pie topaba a cada paso con venas de oro desnudo.
Los que llegaban de Italia traían obsequios y misivas y daban las
últimas noticias acerca del turco. Los que eran soldados de Flandes,
como Antonio Dávila, el verrugoso, o Pedro Rengifo, el de la
cuchillada en la frente, comentaban la táctica de Farnesio y referían
innumerables heroísmos de los soldados de España.
El imperio de la raza brillaba en los semblantes y formaba calurosa
armonía de orgullo. Aquellos hombres de guerra, que traían en sus
botas lodo reseco de los más diversos países, eran, según el blasón
de Isabel y Fernando, el haz de flechas y el yugo del orbe. Uno que
otro meditaba los presagios de decadencia; pero los más curábanse
mayormente del color de una pluma o del rumor de las propias
espuelas.
Otras veces llegábale el turno a los teólogos. Sus rivalidades eran
disimuladas, pero profundas. Después de enredar, con escolástica
destreza, la inevitable disputa, acababan por responderse en docto y
ponzoñoso latín que agriaba la reunión.
Un rebullicio de colmena llenaba las cuadras. La atmósfera era
densa y candente. Ni el perfume de los guantes, ni el copioso
sahumerio de los pebeteros, lograba dominar el tufo de trasudado
sayal que desprendían los religiosos. Las maderas de las ventanas
cerrábanse de ordinario a las tres de la tarde. El herraje de los
braseros parecía atizarse entonces en la sombra; pero,
inmediatamente, llegaba la larga hilera de servidumbre trayendo una
aurora de luminaria, que resplandecía en la palidez de los rostros, en
la blancura de las lechuguillas, en el sayal amarillento de los
dominicos, haciendo chispear las veneras de las Ordenes militares y
los preciosos joyeles sobre los terciopelos y brocados.
Casi todos aquellos hombres eran enjutos. La ambición o la
penitencia, ayudadas a menudo por tercianas prolijas y rebeldes,
desgrasaban las carnes y labraban ictéricos surcos en los rostros.
Rostros a la vez altaneros y tristes, do el brío solía disimular terrores
y la constante aspiración hacia Dios iluminaba en lo alto las
visionarias pupilas.
XXII
La turbia claridad que bajaba de las nubes alumbraba apenas el libro.
Ramiro leía por tercera vez el mismo pasaje de «La vanidad del
mundo»:
«Si fingiéramos que la tierra estuviese en el cielo estrellado y la
tornase Dios clara como una de las estrellas, no se podría de acá
abajo divisar por su pequeñez. Y si en respecto del firmamento es la
tierra como un punto, ¿cuánto será menor puntillo respecto del cielo
empíreo? ¿Pues qué dejas, menospreciando el mundo, aunque fueses
señor dél, sino un angosto nido de hormigas, por los reales y anchos
palacios del cielo?»
Aquellas palabras del padre Fr. Diego de Estella traspasaron
luminosamente su espíritu. Señalando la página e inclinando su
cuerpo sobre el brazo del sillón, miró pensativamente hacia afuera, a
través de los viejos vidrios sujetos por tosca malla de plomo. Espeso
nublado, cuya cepa debía prolongarse hacia el naciente, asomaba por
encima de las murallas. A pesar de tener cabe sí un brasero con
lumbre, Ramiro sentía colarse por las rendijas ese estremecimiento
glacial de la atmósfera que anuncia la nevasca. Las losas de la calle
y los sillares de los palacios tomaban tonos lívidos, ateridos. El
viento ululaba.
Era uno de esos días de invierno en que el alma se siente apartadiza
y doméstica y todo el ser se arrellana en su propio egoísmo. ¡Cuán
mágico sentido toman entonces las cuatro paredes del aposento,
entre las cuales el continuo soñar ha ido adhiriendo a las cosas
compañeras indefinida confidencia y algo como nuestro propio dejo
espiritual! El cerrojo lanza al caer una interjección uraña y
reconfortante, y el ascua nos recibe con su ardiente fascinación que
amodorra las ansias y desapega de todos los afanes del siglo.
Una enorme hostilidad se cernía. El cielo estaba ceñudo, el aire
maligno y poblado, quizá, de espíritus dañosos. Las lúgubres
consejas, escuchadas allá en la torre, siendo niño, volvían a la
memoria del mancebo. A veces un remolino de polvo y de briznas,
junto a alguna chimenea, le inquietaba. Hubiérase dicho que un
miedo mudo hacía palidecer todas las cosas, la teja, la ventana
cerrada, el árbol de los patios. Algunos campesinos bajaban
presurosos hacia la Puerta de Don Antonio Vela, acuciando sus
machos y borricos. Ramiro adivinaba en la dirección del Sudeste,
por detrás de las sierras, un agazapamiento de vendaval, pronto a
lanzarse sobre la dehesa, destechando cabañas, reventando los trojes,
descuajando los árboles.
¡Cuán sabrosa aquella su pereza junto a la lumbre! Soñó en la paz de
los monasterios, en la ascética fruición de la celda durante los días y
noches del invierno, en la deliciosa somnolencia de los rezos en los
coros obscuros, entre el olor eclesiástico de los viejos barnices, de la
cera, del incienso.
El brutal desengaño que sufriera, días antes, al presentarse en la
reunión, habíale llenado el pecho de asco y rencor hacia los
hombres.
—¡Por cuestión de la paga!—repetía por momentos, recordando las
palabras del religioso.—¿De quién podía venir aquella especie si no
de su rival? ¿Debía también perdonarle con el heroico perdón de los
santos?
La frase de doña Guiomar: «Harta dicha será que no os desluzcan la
jornada mediante alguna calumnia», tomaba ahora en su mente
acento de profecía.
¿Para qué afanarse, pues, en el siglo, si toda honra estaba a la
merced de cualquier lengua malvada? Y aunque así no fuera: ¿De
qué valían las glorias y loores del mundo, de este «nido de
hormigas», como lo apellidaba el inspirado religioso? ¿No era,
acaso, todo ello castillo de cañas para el fuego de la muerte? ¿Qué
más valía el paso de un hombre sobre la tierra?... Cualquier frágil
baratija duraba más que su dueño. Otros galanes habían de
aderezarse quizá, el juvenil mostacho ante aquel su espejo, cuando él
no fuera sino un hato de podredumbre. La copa de Venecia pasaba
de padres a hijos más vividora que las manos soberbias que la
alzaban en los festines. ¿Qué pensar? ¿Qué hacer?
El mismo se asombraba de las oscilaciones extremas de su ánimo.
Volvió a mirar hacia la calle.
Una hora pasó. Era un domingo de fines de febrero. La esquila de la
Catedral acababa de tocar tres campanadas. Los visitantes de
costumbre iban llegando; unos en sillas, envueltos en capisayos
aforrados de martas; otros a pie, embozados completamente en sus
ferreruelos o en sus capas de lluvia, y manteniendo apenas una
abertura por donde escapaba el aliento blanquecino. Los clérigos se
arrebozaban con sus lobas; los dominicos, en sus manteos; los
franciscanos y carmelitas traían el rostro cubierto bajo la puntiaguda
capilla y los brazos cruzados por dentro de las mangas. Ramiro vio
llegar a Vargas Orozco con la nariz amoratada por el frío; el paje
caudatario le sostenía por detrás la cola superflua. Creyó reconocer a
don Pedro Valderrábano por las calzas de velludo amarillo y sus
pantuflos con pieles. Cuatro valentones custodiaban la silla de don
Enrique Dávila, tres de ellos con alabarda y rodela, el otro con
hermosa ballesta incrustada de marfil.
Ramiro, sin deseos de llegarse al estrado, abrió de nuevo «La
vanidad del mundo». En ese instante, después de anunciarse con el
golpecito de costumbre, entró Casilda en la habitación. Un
estremecimiento inusitado agitaba sus pestañas. Acercose al
escritorio, removió la arquilla de las obleas, requirió las torcidas del
velón, estiró las holandas del lecho. Palpábalo todo con gesto bobo y
encogido, como si quisiera comunicar o pedir alguna cosa y no se
hallase con ánimo.
—¿Buscas algo?—la preguntó el mancebo.
—Nada, señor; sólo que mi padre me manda llamar y miro porque
todo quede bien aparejado para la noche.
La idea de recompensar con alguna dádiva los cuidados que aquella
muchacha le había prodigado, durante tantos días de sufrimiento, le
asaltó a Ramiro por la primera vez. Díjola entonces:
—Abre la naveta de la izquierda de aquel bufetillo. ¿Ves una
escarcela verde? Bien, tráela.
Cogió tres ducados y alargóselos, exclamando:
—Toma para alfileres, Casilda.
Ella, al sentir en la palma de la mano el frío de las monedas, dejolas
caer al pronto, sobre la mesa, como si hubiese tocado un reptil. El
rostro se le enrojeció de vergüenza, y su pecho, henchido por la
emoción, dejó escapar un suspiro. Luego sonrió tristemente,
diciendo:
—¡Ah! ¿vuestra merced ha pensado?... ¡No, no, por Dios!
—¿Tanta honrilla, muchacha? ¿No puedo hacerte, acaso, un
obsequio?
—No, señor; gracias. A lo que venía me mueve otro interés. Deseo
decir a vuestra merced—agregó vacilando un instante y bajando la
voz—algo que sucede en esta casa.
—Sí, ya imagino: que el lacayo... que la criada... que la dueña... Me
lo dirás otra vez.
—Nada de eso, señor. Es negocio harto apurado. Un negocio...
¿cómo decir? que importa; que, con ser yo tan necia, se me alcanza
que la justicia ha de caer aína sobre esta casa y todo el daño que se
puede seguir a vuestra merced.
—Bien, aguija; aclárate presto. ¿Qué sucede?
Casilda tembló como sacudida por aquel acento imperioso, y luego
repuso:
—Sucede, señor, que muchos de estos caballeros que aquí vienen,
acabada la visita, se juntan abajo en secreto, en una cuadra vecina de
aquella en que yo guardo mi cofre; y encienden lumbre, y dicen
palabras contra el Rey y hablan de levantar bandera.
—¿Por quién sabes todo eso?
—Lo escuché yo mesma, yendo a buscar un manto, el domingo
pasado, ya de noche.
—Dilo todo, date prisa.
—Al entrar oí unas voces que parecían salir de una alacena; pero,
como yo no temo a los duendes, la abrí para ver lo que era. Vacía lo
estaba; pero las voces se escuchaban como si fuesen en la mesma
cuadra y eran en la de al lado, e decían lo que ya dejo expresado a
vuestra merced. A mi ver, deben ser muchos señores, y entre ellos
está el señor cura de Santo Tomé, con su catarro, y el señor de
Bracamonte, con su voz tan áspera, y el de...
Un golpe dado en la puerta que comunicaba con la galería cortó su
narración.
—¿Quién?—demandó Ramiro.
—Yo soy—respondió Vargas Orozco, abriendo él mismo la hoja y
penetrando en la estancia. Luego, habiendo mirado de soslayo a
Casilda, aproximose a Ramiro, y sin tomar asiento, le preguntó:
—¿Os lo ha referido?
—¿Qué?
—Lo que acontece en esta casa.
—¿A qué quiere aludir vuesa merced?
—A las reuniones secretas de don Diego, y los otros, en el piso bajo,
conducidos por el maestresala.
En seguida, alzando la voz, y señalando hacia las cuadras vecinas:
—¡A la enorme felonía—gritó—de esos malos caballeros!
—Por Dios, hable vuesa merced más bajo, que pueden oílle—
interrumpió Ramiro, agregando:—De suerte que vuesa merced lo
sabe también por...
—Por esta rapaza—contestó el Canónigo señalando a Casilda.
El diálogo se desarrolló vivamente y quedó convenido que, antes de
que terminara la reunión, irían los dos a cerciorarse de la verdad,
escondiéndose en la cuadra que indicaba Casilda. Al principio, el
mancebo manifestó no poca repugnancia por aquel espionaje,
declarando que a él le parecía más derecho requerir con franqueza a
don Enrique Dávila o al mismo Bracamonte; pero el Canónigo le
hizo pensar en la necesidad de una previa certidumbre; y, al referirse
al peligro de que su llaga se reabriese en el tráfago de las escaleras,
le dijo:
—Si tal os sucede, hijo mío, haréis de cuenta que os hicisteis herir,
una vez más, en servicio del Rey y de la honra de vuestra casa.
Seguidamente, uno y otro, se dirigieron al estrado. Ya un crecido
número de visitas rodeaba a don Íñigo. Don Pedro de Valderrábano,
hidalgo viejo y socarrón, se paseaba solo, observando
maquinalmente los muebles y mirando las figuras de los tapices.
Otros señores hablaban, en pie, junto a las vidrieras, por donde
entraba una luz opaca y mortecina. Ramiro, después de cumplir con
los saludos de ceremonia, sentose junto a un ancho brasero, en torno
del cual se parlaba de guerra.
Don Enrique Dávila juzgaba la táctica de Farnesio, mientras alzaba
en su mano un vaso de plata con una piedra bezoar incrustada en el
borde. Un criado escanciábale el vino de San Martín con demasiada
frecuencia. Estaba ricamente vestido de terciopelo morado, con
ropilla de lo mismo, forrada de pieles.
Su intemperante condición respondía a su estatura gigantesca.
Cuando quería dominar alguna congoja, reventaba uno o dos
caballos a fuerza de locas carreras por el camino de Villatoro. El
juego era la única pasión que lograba punzarle. Peinaba sin crencha,
hacia atrás. Su tez era barrosa y trasnochada. Sus ojos pequeños.
Ramiro no escuchó sino el final de su discurso:
—Diga, vuesa merced, que una vez que Farnesio hubo dejado las
provincias para penetrar en Francia, debió librar batalla campal al
Bearnés, desbaratalle en seguida, quitalle las vituallas, adueñarse de
París e decir luego a nuestro rey: «Señale agora Su Majestad la
persona que ha de sentarse en este trono.» De esta suerte, aunque
exponiendo a Flandes, hubiéramos extendido el poder de nuestras
armas y limpiado a aquella monarquía de la pestilencia luterana.
—¡Qué brava guisa de guerrear!—dijo don Pedro Valderrábano, con
tono amistoso y burlesco.—En un quítame allá esas pajas desbarata
vuesa merced un ejército, le coge las vituallas, cae de sopetón sobre
una poderosa ciudad y se la adueña. Piense vuesa merced, señor don
Enrique, que no hay batalla que no se gane desde una silla de
vaqueta, cabe el brasero.
El regidor Gaspar González Heredia, queriendo amortiguar el
picante de aquella fisga, agregó con seriedad, dirigiéndose a don
Enrique:
—Quizá el ejército del Duque no era suficiente para tamaña
empresa, y hay quien presenta al Bearnés como hombre de mucho
ardid y coraje, que pelea a la cabeza de sus soldados.
—Con eso—le replicó el licenciado Daza Zimbrón, que alardeaba de
táctico—no demostraría ese mucho ardid que dice vuesa merced;
pues el jefe de un reino poderoso, como apunta a serlo el Bearnés,
ya que ha de dar la batalla, no debe hallarse en la refriega, entre sus
soldados; que si él mesmo fuere muerto o vencido, el reino todo se
pierde, como aconteció a los persas y medos, vencidos por
Alejandro, muerto el rey Darío, y en España muerto el rey don
Rodrigo, y en Hungría, en nuestros tiempos, muerto el rey Ludovico,
en la batalla que dio temerariamente a los turcos.
Prodújose un rumor de admiración.
—¿Y vuesas paternidades habéis recibido nuevas cartas de
Francia?—preguntó don Alonso al padre Jaime Rodríguez, de la
Compañía de Jesús.
—Casi todas se quedan por el camino. Este mes sólo una ha logrado
llegarnos. Trae algunos pormenores de la primera acometida del
Bearnés sobre París, en diciembre pasado.
—Sepamos, sepamos.
—Parecer ser que el Bearnés se acercó, ya pasada la media noche,
cuando todos los vecinos dormían; pero, por un caso, en que se echa
de ver la mano de Dios, los herejes apoyaron sus escalas en la Puerta
Papal, donde se hallaban a la sazón algunos religiosos de nuestra
Compañía. Al asomar los primeros asaltantes, nuestros hermanos
dan repetidas voces de alarma. Los vecinos despiertan, tócase a
rebato, y el hereje se retira desengañado.
—Grande gloria para vuestra religión—dijo alguno.
—Un venturoso accidente en verdad—respondió el padre
Rodríguez.
Entonces el dominicano fray Gonzalo Jiménez, Guardián del
Convento de Santo Tomás y Calificador del Santo Oficio, díjole con
aparente mansedumbre:
—Ya tenéis blasón para hacer labrar a la puerta de vuestras casas.
—¿Cuál sería, según vuesa Reverencia, señor Guardián?
—Anseres Capitolini, los famosos gansos del Capitolio; y no se dirá
que os falta añejo abolengo.
Todos sabían la enemistad que separaba a aquellas dos religiones;
pero nadie esperaba una ofensa semejante; así que las palabras del
padre Rodríguez: «Aún no sería bastante humilde para nosotros», se
perdieron en un murmullo de estupor. Formáronse entonces pláticas
diversas. Una predominó y todos acabaron por escuchar. El capellán
de la Iglesia-Hospital de la Anunciación, Miguel González Vaquero,
hablaba con el dominico Crisóstomo del Peso, de los milagros de
doña María Vela, monja de Santa Ana. El capellán gozaba fama de
santo. Su palidez cenicienta hacía pensar en terribles austeridades, y
a la vez, sus grandes ojos claros emanaban conmovedora dulzura.
—Son tan grandes—decía—las mercedes que Dios la hace y tan
apegadas sus razones al amor divino, que no cabe dudar.
—De su humildad y otras virtudes dígame cuanto quiera vuesa
merced, señor capellán; pero de sus revelaciones muy poco, porque
soy menos inclinado a creellas.
—Igual cosa oí decir a vuesa Paternidad, en cierta ocasión, de la
madre Teresa de Jesús.
—En verdad, muchas veces dije: esperemos a ver en qué para esta
monja, que no es bueno dar fe tan presto a sus virtudes y
revelaciones; no tanto porque dudase de ella, cuanto por juzgar que
así conviene para mujeres. Pero ahora declaro que la dicha Teresa ha
dado a entender ser posible en ellas la perfección evangélica.
—Y así mesmo doña María, padre Crisóstomo. Harta experiencia
tengo de su caridad y oración para saber si hay lazo o engaño de
Satanás.
—Me dicen que fue vuesa merced—preguntó el licenciado Zimbrón,
dirigiéndose al capellán—quien aconsejó administralla el santo
Viático para hacella aflojar las mandíbulas.
—No, no; fue el padre Julián, el padre Julián.
—¿Vuesa merced presenció el milagro?
—Cuando yo entraba en la celda, ya doña María tenía abierta su
boca hacia el divino remedio; toda la faz encendida como una
lámpara. Más de nueve días pasó con los dientes tan apretados, que
el hombre más fuerte no hubiera logrado separárselos y sin que fuera
posible hacella pasar una gota de caldo.
La conversación recayó, como de costumbre, en la crónica de los
asombrosos milagros que se realizaban de continuo en aquella
ciudad.
Otra monja de Santa Ana oía todas las noches una voz que le
denunciaba las asechanzas del Demonio en torno de la celda de tal o
cual religiosa. En el convento de San José, Catalina Dávila, presa de
súbito arrobamiento, habíase levantado varios palmos del suelo al
leer una anotación de mano de Teresa de Jesús, en los Morales de
San Gregorio. Sor Angela de la Encarnación era estrujada y abofetea
la por Satanás a la vista de todas sus compañeras, y, últimamente,
arrojada por él, desde lo alto de una galería al jardincillo del
convento, no recibió daño alguno. Además, todos los lunes, que es el
día que corresponde a la Oración en el Huerto, sudaba a imitación de
Nuestro Señor, tanta sangre de toda su piel, que era preciso mudarla
dos o tres túnicas al día.
Al hablar de aquellas cosas, las voces temblaban de modo extraño y
los semblantes más recios se ablandaban y palidecían como oreados
por un soplo divinal.
La ciudad entera, odorífera de santidad, parecía haberse levantado
hasta una región convecina de Dios y flotar en pleno prodigio, entre
el vuelo cuasi visible de los ángeles. Las almas ardían como los
perfumados carbones de aquel místico brasero, hurgoneadas por la
penitencia, atizadas por el aleteo de la incesante plegaria. El milagro
estaba en todas partes. Posábase aquí y allá, a modo de un ave
inverosímil y familiar. Se hablaba de él con regocijo, pero sin
espanto.
El nombre de Teresa de Jesús, la religiosa andante, la garduña de
almas, la pícara sublime, reaparecía con frecuencia en los diálogos.
Muchos de los que allí se reunían eran sus parientes, algunos habían
parlado y chanceado con ella en los locutorios de la Encarnación y
de San José; otros, más ancianos, la conocieron muchacha, con harto
amor a las galas y a los olores y poniendo motes a los galanes.
Referíanse con el mismo entusiasmo sus prodigios que sus gracejos,
y todos se complacían en hablar llanamente de un ser que los ojos
del alma veían ahora en la gloria del Paraíso.
—Grande injusticia ha sido llevarnos la gran reliquia de su cuerpo—
dijo Alonso de Valdivieso, al terminar la narración de una graciosa
entrevista que tuvo con ella en Medina del Campo.
—Esa trapacería se la debemos al Duque de Alba—replicó el señor
de Navamorcuende.
Entonces, aprovechando del vocerío que suscitaron aquellas palabras
de don Enrique, un padre carmelita refirió en voz baja a Ramiro que,
no hacía mucho, temiendo que se llevasen nuevamente de rondón el
cuerpo milagroso, una hermana lega del convento de Alba de
Tormes, en medio de una noche de tempestad, habíase dirigido al
sepulcro de la madre Teresa, y descubriendo el cadáver, abriole el
pecho con un filoso cuchillo, metió la mano por la herida y arrancó
el corazón. Luego, aquella sobrehumana mujer, poniendo la reliquia
entre dos platos de roble, se lo llevó consigo a la celda. Al siguiente
día, el inconfundible perfume que embalsamaba los claustros,
denunció el sublime sacrilegio.
Enfebrecido por el confuso rumor de los diálogos y el aire denso de
la sala, Ramiro tuvo que reconcentrarse un momento, sintiéndose
penetrar hasta el fondo del ser por la pasión que exhalaban aquellos
últimos relatos. Acababa de comprobar una vez más que, a la
primera mención de los prodigios de una humilde enclaustrada,
todos los otros temas decaían; y los más recios hidalgos, orgullosos
de sus linajes, de sus caudales, de sus cicatrices, inclinaban la cabeza
como empequeñecidos ante la sublimidad de la gloria penitente.
Y de nuevo, la voz ajena y sosegada que solía susurrar en el fondo
de su conciencia, le habló de esta manera:
Abandona la brega de los hombres. No hay vida más heroica, más
fuerte, vida más vida que la de aquel que, desnudándose por entero
del vano ropaje mundanal, sigue la senda de Cristo Nuestro Señor.
Ese acrecienta como ninguno las potencias del alma, y, en un mismo
día, asedia o se defiende, toma castillos o levanta cestones y
palizadas, libra grandiosos combates, pone en fuga legiones
inmensas, conquista mundos ignorados y maravillosos. Sólo aquél
tiende su vuelo por los espacios de la eternidad, logra sus simientes,
conoce la verdadera gloria y vence la vanidad, la brevedad y el
terreno dolor.
Sí, sería religioso y quizás ermitaño. Estaba resuelto. Bajando los
párpados, soñó, entre el murmullo creciente de la asamblea, en su
futura santidad.
Un vocerío en la calle, un clamor áspero y bronco, que hizo
retemblar las vidrieras, desgarró su visión.
—¿Qué es esto?—exclamaron algunos.
Ramiro, que se hallaba próximo a una de las ventanas, se puso en
pie, abrió las maderas y miró. Un grupo de villanos avanzaba hacia
el solar cruzando la plazuela. A la humosa llamarada de las
antorchas, Ramiro pudo reconocer, en medio de aquel golpe de
gente, la enhiesta facha de Bracamonte. Nueva exclamación estalló:
—¡Viva don Diego!
Los pasos de la turba resonaban sobre las losas de modo
acompasado y solemne.
—Son algunos vecinos que vienen acompañando a don Diego de
Bracamonte—exclamó Ramiro en voz alta, volviendo el rostro hacia
el concurso.
—Parece—dijo Valderrábano,—que de algunos días a esta parte,
apenas le advierten por esas calles, se ponen a seguille, y le van
regalando todo el tiempo con sus vítores, que güelen peor de lo que
suenan.
—Quiera Dios no le empujen a alguna demasía—agregó con lenta
modulación el Canónigo lectoral.
Ramiro notó que algunas miradas descendían gravedosas, mientras
otras escudriñaban, uno a uno, los semblantes. Entretanto, don
Enrique Dávila respondía a la frase del Canónigo con injuriante risa
haciendo saltar entre sus dedos el joyel que pendía de su cadena.
—Don Enrique: «Las barajas excusallas»—dijo entonces el
Lectoral.
—Señor Canónigo: «Comenzadas acaballas»—replicole el señor de
Navamorcuende, completando el conocido lema que llevaban las
armas de su familia.
Minutos después entraba Bracamonte.
—¿Qué nueva?—preguntole don Enrique, dejando el asiento.
A la vez que un lacayo le quitaba de los hombros la negra capa
salpicada de nieve, Bracamonte repuso:
—Que se pretende dar parte al Santo Oficio en la causa de Antonio
Pérez, para burlar de esta suerte los Fueros de Aragón.
Tras un candelabro, y con todo el rostro iluminado por el resplandor
numeroso de las bujías, el Guardián de Santo Tomás prorrumpió:
—¿Hay, por ventura, fuero más fuero que el de la Santa Inquisición?
Allá se las arreglen, señor don Diego, que aquí estamos en Castilla.
Bracamonte, reconociendo al pronto la voz, replicó sin vacilar:
—Ya sabe vuesa Reverencia que, según los antiguos, la pendiente de
la tiranía todo está en empezalla; y si a tal se atreven con Aragón,
que tan celosamente ha guardado hasta aquí sus libertades, ¡qué no
osarán luego con nosotros, que estamos ya harto desplumados y
listos para la olla!
Ramiro sintió que le apretaban el brazo.
—Salgamos, que es tiempo—murmurole al oído el Lectoral.
Algunos tertulios se retiraban; don Alonso entre ellos.
Cuando maestro y discípulo bajaron a la cuadra del piso bajo,
conducidos por Casilda, ya era de noche.
—Cae nieve—dijo la muchacha mirando hacia el patio.
Casilda no había soñado ni mentido. Después de un largo lapso de
espera, comenzó a escucharse, a través de las tablas de la alhacena,
cavada a medio grueso en el muro divisorio, el rumor de los que
iban penetrando en la estancia vecina. No había rendija alguna por
donde se pudiese atisbar; pero Ramiro y el Canónigo reconocían
fácilmente a los congregados, aun cuando todos bajaban la voz con
evidente cautela.
—Las nuevas cartas—dijo Bracamonte—son del Barón de Bárboles,
de Miguel de Gurrea y del señor de Purroy.
Leyolas. Las dos últimas referían los sucesos recientes de Aragón y
la agitación popular de Zaragoza. La de don Diego de Heredia, señor
de Bárboles, entre otras cosas decía: «Hoy somos los aragoneses los
amenazados, mañana lo seréis vosotros. Prestémonos fiel ayuda,
hermanos de Castilla, que nuestra Patria se pierde; pues aquellos que
son tenidos por sus padres y jueces, son malos padrastros y
prevaricadores della.»
—Sí; la república se pierde—agregó con brusquedad Bracamonte,
comunicando a su voz una resonancia imprudente.—¿Y, por
ventura, debemos asombrarnos, cuando España, regida ayer por sus
más claros varones, es hoy la presa de ávidos pecheros, que, no sólo
buscan por todo medio acrecentar la propia hacienda, aunque
perezca la pública, sino que pretenden, a más, empobrecer y destruir
a la más antigua nobleza del reino, no dejándola, como sabemos,
regentar los negocios, e inventando contra ella, cada día, nuevos
pechos y humillaciones? Si el puntilloso honor de nuestra casta no
se hubiese trocado, agora, en acoquinamiento y bajeza, ¿quién osara
tales atrevimientos? ¡Ea!: mostremos que de algo vale aquella
sangre delicada que heredamos de nuestros mayores. Es tiempo ya
de resoluciones varoniles. Perdamos, si es preciso, la vida en la
demanda, antes que la honra. Aragón sólo espera nuestra señal para
arrojarse; Sevilla bulle y se revuelve, Valladolid, Madrid y Toledo
vendrán a la zaga, apenas nosotros marchemos.
Un coro ardoroso de aprobación respondió a la arenga de
Bracamonte. Luego, en medio del silencio que sobrevino, una sola
voz resonó, adusta, inconfundible.
—Que no se diga que la vejez, enflaqueciendo mis fuerzas, ha
destemplado mi corazón. Sepan vuesas mercedes que toda mi
hacienda queda puesta desde hoy al servicio de esta demanda. Y si
el caso lo pide, hareme subir en silla a la muralla, que aún puede mi
diestra disparar un venablo.
Al escuchar aquella voz, el Canónigo y Ramiro se buscaron uno a
otro en la obscuridad.
—¡Don Íñigo! ¡Válame Dios!—exclamó el Lectoral asiendo del
brazo a su discípulo.
—¡Sí; él es!—dijo, tan sólo, el mancebo.
Escuchose entonces un rumor de interjecciones y frases
entreveradas.
—Es un tirano—dijo alguien claramente.
—Su confesor—agregó el cura de Santo Tomé—ha de arder en el
infierno, porque le absuelve.
Otros exclamaron:
—Que se lea el cartel que ha de pegarse en los muros.
—Es harto tarde.
—Que se lea, y partiremos.
Oyose entonces un ruido claro de papeles, y don Enrique Dávila
leyó el histórico pasquín.
«Si alguna nación en el mundo debía por muchas razones y buenos
respetos ser de su Rey y señor favorecida, estimada y libertada, es
sólo la nuestra; mas la cobdicia y la tiranía con que hoy se procede
no da lugar a que esto se considere. ¡Oh, España, España, qué bien
te agradecen tus servicios esmaltándolos con tanta sangre noble y
plebeya; pues en pago de ellos intenta el Rey que la nobleza sea
repartida como pechera! ¡Vuelve sobre tu derecho y defiende tu
libertad, pues con la justicia que tienes te será tan fácil; y tú, Felipe,
conténtate con lo que es tuyo y no pretendas lo ajeno y dudoso, ni
des lugar y ocasión a que aquellos por quienes tienes la honra que
posees, defiendan la suya, tan de atrás conservada y por las leyes de
estos reinos defendida.»
El vítor sordo que estalló en la estancia vecina hízoles comprender
al lectoral y a Ramiro que los conjurados eran numerosos.
—Bien puesto, bien puesto, señor don Enrique—exclamaron
algunos.
—Que se fije mañana mismo en los muros de la Iglesia Mayor y en
los portales del Mercado.
—Dejemos escoger la ocasión a don Enrique y a don Diego, que,
llegado el caso, todos estamos dispuestos a fijarlo por nuestras
manos en el sitio que convenga.
Las sillas resonaron. Todos se levantaban para marcharse.
XXIII
Tan pronto como el Canónigo se halló de nuevo en el aposento de su
discípulo, exclamó con profético vozarrón:—Todo esto habrá de
concluir sobre un cadalso.
Ramiro, dejándose caer en una silla, junto a la pequeña mesa
aderezada ya para la cena, fijó su mirada en el blanco mantel, que
resplandecía bajo las llamas del candelabro, y después de largo
silencio, repuso:
—Aunque así fuera, es menester seguilles. Ellos son los valientes y
los honrados. Yo he de mostrar—agregó, levantando el rostro hacia
la lumbre y golpeando con el puño sobre la mesa—que aún quedan
en la nobleza castellana ánimos capaces de mostrar la vieja valentía.
—Por el hábito que tengo—replicó el Canónigo,—si estoy por decir
que ha entrado en esta casa alguna legión de demonios invisibles
que os van a todos revolviendo la sangre. ¿No comprendéis, hijo
mío, que ese sandio y tahúr de don Enrique y esa bestia furiosa de
Bracamonte no hacen sino vomitar en palabras el hondo despecho de
no haber merecido honor alguno en su vida? ¿Y no se os alcanza
también que, así como fijen ese alevoso pasquín que leyeron, serán
uno y otro degollados por mano de verdugo, con algunos incautos
que han dado en seguilles? Si os place, Ramiro, concluir como ellos
sobre la infame bayeta en la Plaza del Mercado, o iros a remar en
alguna galera bajo el corbacho del cómitre ¡adelante!; y así
figuraréis en las crónicas como el vil descendiente que arrojó
semejante baldón sobre su casa preclara y antiquísima.
—¿Soy, por ventura, niño o mujer para dejar a otros la guarda de
nuestros derechos antiguos? Mi bisagüelo, Suero del Aguila,
arriesgó la vida por ellos.
—Malaventurado yo—replicó el Lectoral—si he de cosechar esa
espiga. ¿No será, ¡vive Dios! el orgullo, el aborrecible orgullo,
fuente de tantos yerros y desgracias, lo que os hace desvariar de esta
suerte?
Dando luego algunos pasos a lo largo de la cuadra, en uno y otro
sentido, comenzó a decir, con la entonación grandiosa y el ademán
vasto y pulpitable que usaba en ciertas ocasiones:
—¿Dónde está el tirano? ¿Dónde la sinrazón? ¿Hasta cuándo
abusaréis de la real paciencia? ¿Quién que no sea un mentecato
puede decir que la república se pierde? ¿Hubo, por ventura, en los
siglos otra nación más temida y envidiada que lo es hoy día la
española? Somos los amos de la tierra firme y del mar; tenemos
asido al mundo de las greñas. El tercio de Flandes o de Italia han
hecho palidecer la fama de la falange macedónica y de la romana
cohorte; y al solo rumor de unas espuelas españolas tiemblan por
doquiera los populachos. ¡Oh, necios! ¿Conociose jamás un monarca
que fuese a la vez tan justiciero y tan grande como Felipe? Seguro
estoy de que en los venideros tiempos, para formar un trasunto de su
vida, tendrán que juntar la piedad de David con la sabiduría de
Salomón, los triunfos de Alejandro con la prudencia de Marco
Aurelio. Además, ¿cómo olvidar lo que ha hecho y hace diariamente
por descepar del mundo la herejía? ¡Y aún hay descontentos en
España! ¡Aún quedan malos vasallos que buscan el modo de trabar
el paso a este príncipe ungido por el Señor! ¿Si pensarán los muy
bellacos y avarientos que tanta grandeza no merece el nombre de tal
si se les toma a ellos una hilacha tan sólo del capotillo?...
Siguió hablando de esta guisa, yendo y viniendo. Ramiro le
escuchaba atentamente, seducido por la inesperada emoción de
aquella catilinaria que, con decir todo lo contrario de lo que
vociferaba en sus discursos Bracamonte, exaltábale, asimismo, de
modo heroico y soberbio.
Un criado trajo la primera vianda. El Canónigo se sentó, y, apenas se
hubo llevado a los dientes un grueso bocado de pernil, vio penetrar
en la estancia a la madre de Ramiro. Parecía más animada que de
costumbre. Habló casi con júbilo, empleando uno que otro gracejo
místico al suplicar a su hijo que no hiciese esperar demasiado al
Señor, y que, así como se hallase con fuerzas, montara, luego luego
en el cuartago, camino de Salamanca.
—A vuesa merced, señor Canónigo, toca agora dar a esta alma el
empellón que ha menester—agregó con inusitada sonrisa, al
retirarse.
Cuando quedaron solos, el mancebo, enmudecido por las
tumultuosas impresiones que jugaban con su ánimo, levantose
nerviosamente y, acercándose a la ventana, abrió las maderas. Avila,
recubierta de nieve, resplandecía bajo el mágico claror de la luna
como una ciudad de encantamiento.
Ramiro ordenó al lacayo que se llevase las candelas.
Los rincones de la estancia se llenaron de sombra; pero, al mismo
tiempo, la claridad sideral traspasó la polvorienta vidriera y quedó
suspendida en el ambiente a modo de un velo soñado y alucinador.
Ramiro admiró el fantástico arminio que revestía las techumbres y
las almenas en la noche diáfana; ¡y soñó en cosas del Cielo, en
claras armonías del Paraíso, en el alma de Teresa de Jesús gozando
de Dios, entre la innumerable blancura de los serafines!
—¿Sabéis lo que pienso, Ramiro?—exclamó de pronto el Canónigo,
con todo el busto hundido en la obscuridad;—pienso que vuestra
virtuosa madre acaba de hablaros por boca de ángel, como se dice, y
que agora más que nunca, en presencia del riesgo propincuo que
corren a la vez vuestra alma y vuestra honra, os debéis echar sin
tardanza en brazos de la Santa Iglesia. Ella sólo puede asosegaros
esos bullentes borbotones del cerebro y salvaros de caer en la pasión
del orgullo, en esa peligrosa y aborrecible pasión que nos convierte
en un fruto mollar para el Demonio. Dios queriendo, hijo mío, yo
seré muy pronto promovido a Obispo de Cartagena o de Orense,
como lo asegura don Alonso. Lejos de la mentecatez y la envidia, no
tardará mi nombre en correr por toda España. Mi saber saldrá de la
cueva cabildera cual generoso vino olvidado, y encenderá, por
doquier, el espíritu de los hombres. Se me pedirá a cada ocasión mi
dictamen desde la Corte, y el Rey mesmo acabará por decir: «Esto
piensa su señoría, Lorenzo Vargas Orozco, y no habrá más que
agregar.» Entonces, Ramiro, uno de mis primeros pensamientos será
llamaros a mi lado; y allí dará principio la verdadera ocasión que el
Cielo os depara. Al fin lo comprendo. ¡Por ahí, por ahí! ¡Dios lo
quiere!
Ramiro meditó. Sentado ahora en la silla, junto a la ventana, miraba
hacia lo alto, con el rostro comparable a un claro marfil. Por último,
inclinándose hacia el maestro, sin bajar la mirada, con tono pausado
y casi doliente, repuso:
—A las vegadas, yo mesmo pienso que Dios lo quiere, como dice
vuesa merced, y me lo expresa arrancándome allá del abrazo de la
muerte, mostrándome aquí las bajezas del mundo y la vanidad de
todas las glorias humanas, o hablándome con el ruego de mi madre,
como acaba de hacello. Clamo, entonces, con todas mis potencias,
hacia su Divina Majestad, demandándola una de esas mercedes que
hace diariamente a algunas almas y que manifiestan de un golpe su
predilección; pero, nada, nada me responde, e todo mi ser
desengañado tiene que replegar de nuevo su ardimiento, en la
hondura, en la tiniebla. Yo quisiera—agregó en voz bien alta,
tendiendo ambos brazos hacia la verdosa claridad, en la cual sus
manos resplandecieron de modo perturbador,—yo quisiera subir de
un solo ímpetu a una de las moradas de arrobamiento que describe la
Madre Teresa de Jesús; gozar, aunque fuera un instante, de ese
deliquio, de ese éxtasis, en que ella caía de continuo; llegar a Dios,
en fin, de un solo y soberano vuelo del alma, y anegarme,
abismarme en su contemplación.
Hizo una breve pausa y prosiguió:
—O, a lo menos, un prodigio, un prodigio patente, mediante el cual
el Señor me significase su complacencia: desprenderme del suelo
durante la plegaria, ver señalarse en mi cuerpo una llaga de la
Pasión, escuchar una palabra de una de esas imágenes de Nuestra
Señora que tantos milagros han obrado en esta ciudad con toscos
villanos y campesinos; o recibir, en fin, de lo alto, alguna locución
que yo debiese, a mi vez, transmitir a los hombres. ¡Pero hasta agora
nada! Mi cuerpo semeja un costal lleno de cantos, mis manos siguen
tan mondas como siempre, y el cielo mudo y cerrado para mí.
Cuanto a las imágenes de Nuestra Señora de las Vacas e de la
Soterraña, a fuerza de mirallas e mirallas, tiemblan e oscilan, como
entre el humo de un cirio; pero hablarme, eso nunca; ¡y qué negrura
en la mente, qué sequedad, qué apretamiento acá en el corazón!
¡ah!...
Llevose las manos al pecho.
—¡En qué peligro estáis, hijo mío! Agora hecho de ver, y en quien
menos lo deseara, el daño que pueden hacer en las almas de corta
experiencia y estudio, los escritos milagreros, quitándoles toda
humildad e despertando en ellas las aprehensiones sobrenaturales,
con gran regocijo del Demonio. La tal Teresa y todos cuantos
escribieron o escriben sobre mística, en lengua vulgar, van haciendo
harto mal por España, incitando al desprecio del duro camino
escolástico y engolosinando a los incautos con visiones y
revelaciones, coloquios y éxtasis, y todos los sueños que engendra la
beodez contemplativa. Todo eso, Ramiro, no es otra cosa que el
humo de la antorcha viva de la verdad, e los que buscan sólo ese
humo pronto se enceguecen, e no pudiendo ni queriendo escudriñar
los secretos de la Escritura y de la ardua enseñanza escolástica,
esperan que Dios se los revele, de una vez, en un rapto, e hablar con
El, cara a cara, como si fuera con el Corregidor o el Obispo. A un
paso estáis, Ramiro, de las peores herejías que apestan a España, e
mucho me temo que, llevado por esa gula espiritual, os hundáis, sin
sabello, en la locura de los begardos, o alguien os denuncie al Santo
Oficio de alumbrado o de quietista.
—Yo no hago sino anhelar para mí lo que encarece en sus escritos la
madre Teresa de Jesús, a quien todos tienen por santa—exclamó
nerviosamente el mancebo.
—¿Y por ventura—replicó a su vez el Canónigo—no han sido
bastante aviso los ejemplos de la beata de Piedrahita, de Magdalena
de la Cruz y de la Priora de Lisboa, para inculcarnos un advertido
recelo acerca de toda revelación mujeril? ¡Ah, hijas de Eva!—
exclamó esta vez, removiendo los brazos en la sombra con un
ademán que Ramiro no alcanzó a distinguir.
Luego, como si hubiera logrado al fin desasirse de algún odioso
pensamiento, prosiguió:
—Ya os he dicho otras veces que ese trato con Dios se usaba y era
lícito en la ley vieja, y el mesmo Señor lo reclamaba, como vemos
en Isaías, donde reprende a los hijos de Israel, diciendo: Væ, filii
desertores, dicit Dominus, ut faceretis concilium, et non ex me... Qui
ambulatis, ut descendatis in Ægiptum, et os meum non interrogastis.
Y vemos en la divina Escritura que Moisés preguntaba a Dios
continuamente, y asimesmo David y otros reyes de Israel; y Dios les
respondía, hablaba con ellos y no se enojaba, porque aún no estaba
asentada la fe. Pero, agora, bajo la ley nueva, todo está consumado y
la fe fundamentada per sæcula, sæculorum; y no hay para qué
preguntar a Dios como antes, porque en darnos, como nos dio a su
Hijo, que es su más soberana palabra, nos lo habló todo junto, de
una vez, y no tiene más que hablar. De aquí, Ramiro, que el que
agora pregunta a Dios o le pide revelaciones, le importuna y enfada
sobremanera. Mejor hiciérades, pues, en apretaros las agujetas y
arremeter con la Escritura y Santo Tomás, que éste es macizo
sustento y lo otro golosina de arrabal; éste, camino áspero, pero
seguro; aquél, el atajo peligroso; ésta, la bienhechora luz; lo otro, el
humo irritante que perturba la visión y el cerebro.
La obscuridad embozándole el rostro favorecía su discurso. Sólo
quedaba la pura emanación de la mente; y las ideas parecían brillar
con más fuerza en la sombra, como las ascuas de los braseros.
XXIV
Dos días después sobrevino un hecho inesperado. Sería algo más de
la una. Sentado, como de costumbre, junto a la ventana, Ramiro
hojeaba al azar el Cordial, el Arte de bien morir, el Contemptus
Mundi. La vidriera dejaba pasar una luz plomiza y melancólica. No
se escuchaba en la estancia otro rumor que el de las páginas en el
silencio. De pronto, una onda ignota, un soplo, algo inexplicable,
hízole mirar hacia afuera. La calle estaba gris y solitaria; pero un
instante después, viniendo del lado de Mediodía, aparecieron dos
lacayos, con la librea amarilla y azul de los Blázquez, en seguida un
alto escudero con traje de grana y botas de camino, y, por último, en
silla de manos, Beatriz. Doña Alvarez, la dueña, caminaba detrás,
golpeando las losas con el báculo.
La niña dejábase conducir con garbo desdeñoso de infanta. El negro
velo descubría tan sólo el ruedo de la saya, donde un plateado galón
chapeaba tres veces el terciopelo turquí. Ramiro se levantó. Toda la
gracia de la mujer pasaba ahora ante él, delicada y terrible. La
blancura de aquel rostro, oreado por el cierzo, hacía pensar en las
hostias; y era, en verdad, como el viático de su amor, el viático de su
pasión, olvidada y moribunda.
Una vez frente a la ventana, Beatriz insinuó un vago saludo,
haciendo florecer en su labio una sonrisilla mortificante. Algo más
lejos, cuando iba a dejar la plazuela, volviendo su rostro hacia
aquella máscara triste que se borraba por momentos detrás del
reflejo acuoso de los vidrios, tornó a sonreír; y así, acompañando
con la cabeza el blando vaivén de la silla, desapareció con su gente.
Ramiro arrojó el Arte de bien morir sobre una mesa cubierta de
libros.
A la mañana siguiente, el criado que vino a despertarle quedose
perplejo. Su señor no se había quitado las ropas para dormir.
Pasaron los días, largos días de prisión, que él acortaba con la
lectura, o pintando al óleo, con asombrosa destreza, sobre tablas de
nogal, figuras de Vírgenes y de Santos. El Canónigo venía a visitarle
a menudo y le incitaba siempre a que abrazara la carrera eclesiástica.
Cierto día le dijo:
—La causa de las moriscas va a principiarse. No tardarán en
llamaros a testificar.
Como estaba junto a la ventana, y miraba en aquel momento hacia la
calle, exclamó:
—Ahí pasa Gonzalo de San Vicente. De fijo que el que va con él es
algún maestro de espada; siempre anda en esa compañía. Van
diciendo algunos que el Rey quiere hacelle regidor, a pesar de sus
pocos años, y que, si esto sucede, don Alonso Blázquez le dará su
hija Beatriz en matrimonio. Su padre don Felipe es gran caballero y
fiel servidor del Rey y de la Iglesia.
Luego, mirando un almendro que asomaba por detrás de un tejado y
cuyos gajos comenzaban a cubrirse de flores, agregó:
—Agora llega la estación libidinosa.
Entretanto, Ramiro se hastiaba. Su herida no acababa de cerrarse.
Un círculo tumefacto rodeaba la morosa cicatriz, pronta a reabrirse
al menor esfuerzo. El cirujano, después de un docto discurso sobre
la influencia de los planetas en los humores crudos y semicocidos de
la gangrena, había terminado por decirle que no podría salir hasta
fines de marzo, y nunca antes de haberle sangrado todavía una
docena de veces, ex carpo manus; pues, según él, «había aún vicio
de sangre, presencia de postulante permitente, ausencia de
repugnante, y ocasión; luego no había más que pedir».
La Semana Santa llegó. Los días se redoraban en la primera sonrisa
del año, y los árboles reventaban sus yemas, sus yemas rubias y
vellosas como los pequeñuelos de las aves. La ciudad, invadida por
las gentes de los contornos, resonaba como una colmena. La mañana
del miércoles Ramiro vio cruzar la plazuela, sobre hermoso rocín, a
su antiguo rival Gonzalo de San Vicente. El aderezo de la silla era
de terciopelo azul, con las armas de su linaje bordadas hacía atrás,
con oro y con seda. Dos lacayos le precedían. Iba a pasar, sin duda,
por la casa de Beatriz, o a verla salir de alguna iglesia. Blanco
penacho de plumas, sujeto a su gorra por un joyel de diamantes,
temblaba en el aire de la mañana. Ramiro sintió impulsos de salir al
balcón y lanzar un denuesto contra aquel galancete, rubio como un
extranjero, blanco y sonrosado como una hembra.
XXV
No bien despabilada todavía, la guedeja en desorden, los ojos
medrosos de luz, y desperezando, ora un brazo, ora el otro, Beatriz,
sentada al borde del lecho, dejábase vestir por sus esclavas y
doncellas.
Era el sábado santo y faltaba menos de una hora para la misa de
Gloria en la Iglesia Mayor. Un reloj acababa de golpear nueve
campanadas.
Costábale mucho levantarse tan temprano. La caricia matinal de las
holandas la amortecía la voluntad, haciéndola soñar en goces
indefinidos.
Las parlerías de doña Alvarez, y además las desnudas estatuas de
metal y de mármol, traídas de Italia por don Alonso, habían disipado
desde temprano su inocencia.
Leocadia, su criada favorita, después de restregarla y besarla los pies
repetidas veces, estirábala ahora, sobre las piernas, las ceñidas
medias color de bronce, cuya seda reflejó, sobre la escultural
perfección, firme trazo de luz. Luego, habiéndola calzado las rojas
chinelas perfumadas con ámbar, levantó delicadamente la camisa de
noche y diola un beso en la carne. La niña la contuvo con ambas
manos, exhalando melindrosa quejumbre.
La misma doncella sacó después de un arcón otra camisa con puntas
y vino a ofrecérsela sobre un azafate. Entonces, Beatriz, cogiendo y
desplegando aquella prenda olorosa y encintada, cerró, tras sí, los
damascos amarillos que pendían del sobrecielo. Sus piernas, más
fuertes que el resto de su persona, quedaron asomando por la
abertura. Preciosos rapacejos de diamantes exornaban las ligas.
Tibio perfume, que no venía de ningún pomo de olor, ni arquilla de
esencias, sino del lecho entreabierto y de las ropas de la víspera,
abandonadas sobre los taburetes, sahumaba el ambiente de la alcoba.
Una criada aparejaba en el tocador las toallas, el aguamanil, la
jofaina. Otra, el patético albayalde para la tez y el sanguinolento
bote para amapolar levemente las mejillas. Beatriz dejose apenas
lavar. El frío del agua la hacía golpear en el suelo con el chapín. La
criada la pasaba, entonces, sobre la garganta y los hombros, a modo
de un céfiro, el paño humedecido. En cambio, ella aceptaba con
delicia los perfumes. ¿Para qué más? ¿Acaso el ámbar, el agua de
ángel, la algalia, no dejaban el cuerpo oloroso cual mazo de flores?
Dos esclavas de Italia la servían de rodillas. La más joven sabía
alargar los ojos con el kohl, a la usanza turquesca. Llevaba aretes
enormes y un turbante verde con listas gualdas y purpurinas. Era
lánguida y rubia, como una virgen del Sanzio. Don Alonso la había
comprado a un capitán de galeras; y, cuando el hidalgo regresaba de
la Corte, era ella quien le llevaba al lecho, todas las noches, el
cocimiento aromatizado para dormir.
Beatriz pidió su libro de devoción, para meditar, a su modo, el
Misterio del día, mientras la aderezaban la lacia cabellera, cuya
negrura imitaba a trechos la morada vislumbre del palisandro.
Una cascada de sol, traspasando los vidrios, entraba de sesgo en la
estancia. El don rutilante y divino chispeaba en los objetos de plata,
en el nácar y el metal de las incrustaciones, en el galón de las
colgaduras, cayendo sobre el tapiz como una lluvia de oro de la
mitología. Afuera, el resplandor matinal iluminaba las cornisas más
altas; y el cielo, sin una nube, iba disipando su niebla.
Habíanla alcanzado el devocionario entreabierto. La miniatura
representaba a Nuestro Señor subiendo en los aires, con blanco
estandarte en la diestra, mientras los guardas caían despavoridos en
torno del sepulcro. Leyó con infantil dificultad la epístola de San
Pablo a los colosios, siguiendo la línea con el índice. Luego la
narración de San Mateo: María Magdalena y la otra María camino
del sepulcro, la piedra removida, las resplandecientes palabras del
ángel anunciando la Resurrección.
La imagen de aquel milagro de los milagros la conmovió
profundamente. Un júbilo indecible la inundaba al imaginar a Jesús
en su glorioso vuelo, después de las angustias del Calvario. Había
que reír, que cantar; había que vestir las telas más ricas y escoger las
joyas mejores. ¡Jesús había resucitado! Tomó en la mano el espejo y
ensayó ante el cristal prolongada sonrisa, enseñando los dientes.
Por fin, vestida de amarillento brocado que los toques de plata y las
rojizas labores asemejaban a una tela de casulla, el cabello rizado
con primor por debajo de la toca de plumas y terciopelo, levantada
por el corcho de los chapines, enjoyada como una Milagrosa,
aliñada, abullonada, crujiente, comenzó a pasearse por la habitación,
mirando, por encima de su hombro, las cenefas de la nacarada
basquiña y la pompa del faldellín. Sus orejas diminutas balanceaban
las arracadas de diamantes de una abuela.
Las criadas la seguían como a una paloma que se escurre. Una
buscaba ajustarle las viras del zapato; otra, enderezarle el cinturón
de tela de oro recamado de aljófar. Leocadia, tomando un gran
buche de agua de olor, afinó entre sus dientes un chorro continuo, y,
girando en torno, rociolo con maestría, desde el ruedo de la saya
hasta la almidonada gorguera.
Una esclava vino a anunciar que las sillas de manos esperaban en el
recibimiento.
—Llamen a Alvarez—exclamó Beatriz.
Un instante después llegaba la dueña con mucho rumor de cuentas y
gorgoranes. Las criadas se retiraron. Entonces, doña Alvarez,
mirando a la niña al través de sus anteojos, prorrumpió:
—¡Infantica preciosa! ¡estrella de Belén! ¡Alabado sea Dios, que os
hizo bella y salada como una perla del mar!
Beatriz, mirándose en el espejo, afectaba, entretanto, los más
diversos visajes. Ora entornaba los párpados con desmayadizo
temblor, como si respirara un perfume doloroso; ora los abría
desmesuradamente; y resumiendo, a la vez, su boca de carmín,
parecía ofrecerla a un galán imaginario, como confitada fresa, como
incitante golosina purpúrea.
La dueña la preguntó casi al oído:
—¿Pasó por esta calle?
—¿De quién decís?—repuso la niña.
—De Gonzalo.
—¿Lo sé yo acaso?
—Sí que debió. Vile entrar muchas veces en la iglesia. Os buscaba
como sabueso que va oliendo las hierbas.
—¡Bah!
—Harto galán le veréis, que es regalo de los ojos con su traje color
de acero y sus mil botoncillos y guarniciones; y ¡válame Dios! ¡qué
plumas tan bizarras! Todas las niñas volvían la cabeza para miralle.
¿Qué será cuando le pongan de regidor, como dicen? Parecéis uno y
otro nacidos bajo la mesma constelación. ¡Lucida pareja! El será el
nácar y vos la perla, señora mía!
—¿A qué iglesia fuiste?
—A la Mayor. Ya bendijeron el fuego y el cirio. Yo me hice dar, por
un canónigo amigo, del incienso y del estoraque. ¡Donosa fiesta! El
templo güele mejor que un vergel. Démonos prisa, que llegaremos
tarde.
Tomándola el cristal, echola encima un manto y trájola con presteza
la estufilla de martas, donde Beatriz introdujo una y otra manita,
remedando el empaque de las señoras.
Una vez en la calle, la hija de don Alonso apoyose contra el respaldo
de la silla para contrarrestar el vaivén, y, al lento paso de los
silleteros, cruzó entre la muchedumbre, tiesa y vistosa como una
imagen, la boca pía, los ojos recoletos.
Un lacayo llevaba por delante la almohada postratoria con el escudo
de los Blázquez ricamente bordado.
XXVI
Avila resplandecía en el oro húmedo y blanquecino de la mañana,
como una pequeña Jerusalén. La religiosa emoción la henchía, la
perfumaba. Las flores de los árboles, asomando por encima de las
tapias, pendían sobre las callejuelas. Impaciente alegría parecía bajar
de las campanas silenciosas y difundirse sobre todo el caserío.
Beatriz aspiró aquella flotante sublimidad, presintiendo algo
misterioso y cercano que iba a conmover su existencia.
El villanaje circulaba con pena por las calles, y la niña miraba con
asco a los labriegos, que dejaban al pasar un tufo de requesón, y
hacían crujir sobre las losas el dominguero calzado. Algunos
semblantes traslucían el asombro del hecho remotísimo que la
Iglesia festejaba, y las pupilas iban como pujadas hacia afuera con
estupor semejante al de San Juan y San Pedro camino del sepulcro.
Al llegar a la plazoleta de la Catedral, el escudero tuvo que hacer
apartar a los rústicos para dar paso a la silla. A más de las cabañas y
caseríos de los contornos, muchos pueblos comarcanos habían
volcado buena parte de su gente en aquella reducida plazuela, que
apenas si bastaba para los vecinos. Los más diversos ropajes ardían
bajo la mágica luz, en movedizo apiñamiento multicolor. Veíanse
sayas rojas o verdes como los pimientos, color de almagre como las
calabazas, moradas como las berenjenas, capas y coletos pardos
como la piel de los tubérculos, negras ropas de ancianos que iban
tomando la torcida color de las alubias, vistosos dengues y
pañolones donde parecía haberse reventado toda la hortaliza. No
faltaban las zagalas de égloga, en trenzas y en corpiño, zagalas de
Sotalvo, de Tornadizos, de Fontiveros, lavanderas o pastoras, que no
habían logrado quitarse el olor de las lejías o el tufo de los chotos y
cervatillos. Hombres secos y taciturnos, de afeitada boca monástica
y aludo sombrero, contemplaban el desfile de los señores, apoyados
en sus varas de respeto o en el cogote de los borricos. Las mujeres
hablaban alegremente. Las más acaudaladas traían mandiles de
relumbrón, y casi todas, collares de coral, pendientes mudéjares y
plateadas cruces y medallas que semejaban ex-votos de camarín.
Buena parte de aquella gente había dejado sus lejanas chozas o
alquerías antes del amanecer, a la luz de las estrellas.
—¡Atrás os digo!—gritaba allí un corchete ebrio de poder,
empujando malamente a los rústicos, a fin de conservar el humano
callejón por donde iban llegando a la iglesia damas y caballeros.
—¿Quiere el seor alguacil que le hurguemos las patas a esa señora
mula?—le replicaba una moza de la ciudad.
—Atrás os digo, y van dos.
—¡Pus quite esos dedos!
—Mire la Antonia, que no estamos hoy de mercado.
Los buhoneros aprovechaban para vender.
—Señora hermosa, por un real se lleva este rosario.
—Darete, a lo más, un cuarto.
—¿Trasero o delantero?
—¡Oste con el bellaco!
El templo estaba henchido de muchedumbre y todo jaspeado en lo
alto de sol y de incienso. Los largos resplandores que bajaban de las
vidrieras colorían de tintes espectrales la piedra y el alabastro,
esmaltaban el oro de los púlpitos, pavonaban el obscuro nogal.
Beatriz fue a arrodillarse con las damas nobles, entre el coro y la
capilla mayor. Los dignatarios, resplandecientes de joyas y de
veneras, ocupaban los escaños del centro.
El canto de las letanías seguía resonando bajo las bóvedas, potente,
monótono, sublime. Por fin los diáconos aparecen recubiertos de
blancas vestiduras.
Principiada la misa, Beatriz advirtió que Gonzalo de San Vicente,
vestido como dijera la dueña, se arrodillaba sobre el guante, hacia la
nave opuesta, observándola de hito en hito al santiguarse. Ella
correspondió con tierna mirada, y, bajando luego la cabeza, suspiró
profundamente volviendo los ojos al libro.
Su Señoría don Jerónimo Manrique de Lara ofertaba el incienso con
sus manos huesosas y pálidas. El humazo litúrgico llenó en un
instante, cual milagrosa nube, todo el presbiterio, envolviendo al
preste y a los diáconos, amortiguando los oros, y cubriendo con
asoleado velo de perfume las pinturas del retablo.
De pronto, la voz del pontífice entona las primeras palabras del
Gloria, y como si fuera el estruendoso derrumbe de ese túmulo de
silencio y de dolor que la Iglesia levanta desde la mañana del jueves,
descuélganse a un tiempo de lo alto, el trueno de los atabales, el
alarido de las chirimías, el turbión resoplante del órgano y, allá
arriba, allá afuera, en el aire, en el sol, estalla a la vez el acelerado
repique de todas las campanas, frenéticas, locas, delirantes, cantando
y echando a los vientos el regocijo sublime y milenario de la
Resurrección.
En ese instante, Beatriz, al levantar la frente, vio a su derecha, contra
una columna del crucero, el fantasma... ¡la persona misma de
Ramiro!
El órgano y los bronces seguían resonando. Un vendaval de religiosa
alegría doblegaba las cabezas de la multitud arrodillada. Beatriz se
sintió desfallecer, confundiendo en el mismo transporte la
resurrección del Señor y la presencia del pálido mancebo, cuyo
rostro figurósele, al pronto, la faz descarnada y admirable de la
Pasión.
Con las últimas palabras del Evangelio, Ramiro comenzó a retirarse,
lentamente.
Arrimose al sepulcro de Diego del Aguila, apoyando su sien contra
el muro, como si esperara un consejo de aquel antiguo caballero de
su linaje, dormido allí dentro, en la honra. La gente salía por todas
las puertas de la iglesia. Ramiro vio que su rival se estacionaba junto
a una pila, con los dedos puestos al borde, esperando seguramente a
Beatriz.
—¡Es fuerza vencer aquí mesmo!—se dijo. Y, empujado por
irresistible movimiento, fue a colocarse, casi oculto, tras la misma
columna. De esta suerte, cuando Beatriz se halló a pocos pasos y
Gonzalo se adelantó a ofrecerla el agua bendita en los dedos, Ramiro
mojó a su vez, brevemente, los suyos, y los alargó también hacia
ella, con gesto imperioso y tranquilo. Sorprendida por aquel doble
ademán, la doncella vaciló; pero, en seguida, bajando los ojos,
tendió al pasar su temblorosa mano hacia la mano de Ramiro.
Los dos mancebos se miraron un instante de un modo terrible.
Gonzalo tomó una expresión iracunda; mientras Ramiro, alzando la
cabeza y levantando por detrás su capa con el estoque, le observaba
por arriba del hombro, con una sonrisa más insultante que toda
palabra.
Cuando Ramiro, al salir del templo, puso de nuevo los pies en la
soleada plazuela, pareciole que aquellos vecinos y forasteros,
palacios y torres, cosas y seres, no eran sino el teatro aparejado por
Dios para los episodios de su historia; y que él era toda la vida, y
toda la vida un engendro de su alma. El demonio del orgullo
levantole en los espacios sobre el hormiguero de los hombres, y, otra
vez, bajo el sol embriagador, sintió en su frente el beso o la
mordedura de invisible quimera.
Todo el día lo pasó vagando por la ciudad. Densos perfumes
primaverales desbordaban las tapias de los huertos y flotaban en las
callejuelas. El se sentía también renacer con las flores y los follajes.
Aunque la herida le molestaba, salió de nuevo a pasearse después de
cenar. Las constelaciones temblaban en el azul inmenso y liso de la
noche. Recordó que la Iglesia festejaba anticipadamente la
Resurrección y que el cuerpo de Jesús había permanecido en el
sepulcro hasta la mañana siguiente, y con aquella idea, al levantar
los ojos al cielo, parecíale aspirar los aromas del divino sudario y
como una sagrada frescura que bajara de las estrellas.
Una vez en su estancia, y después de unos minutos de descanso,
sintió en el costado el fulguroso dolor de otros tiempos. La llaga
estaba reabierta. Al otro día el cirujano le prescribió nueva reclusión.
Para su dicha, el escudero presentose una hora después, y,
habiéndole oído quejarse, se atrevió a decirle:
—Esto me recuerda un flechazo que recibí en las costas de Trípoli.
Vino la gangrena y no me dejaba. Creyéndome un día curado, bajé
de la flota, y dale otra vez. Por fin un amigo segoviano arrimome un
caño de arcabuz bien rojo a la llaga, y poco después pude pasearme.
Propúsole el mismo remedio. El mancebo se prestó, y un candente
barrote aplicado a la herida le dejó curado para siempre.
XXVII
Los días inmediatos desarrollaron para Ramiro una de esas bregas
interiores que semejan la alternativa de un anciano y un mancebo. El
entendimiento razona, aconseja, predice; mientras la voluntad,
sintiéndose por fin reducida, se dispone a obedecer. Llega luego la
acción, y no queda sino el vuelco del azar y el ardor de la sangre.
Pocos días después de la conminación de su madre, en un instante de
fervor y remordimiento, había prometido a Su Divina Majestad
ingresar a la Orden del Carmelo apenas terminase sus estudios, y
aquel voto, lanzado en rapto de pasión, veíalo ahora suspendido a
una altura inaccesible encima de su ánimo. Sin embargo, era
menester cumplir. Lo contrario sería perderse para esta vida y para
la otra, pues el Señor no perdonaba semejantes perjurios.
Entonces los malos espíritus emergieron como sirenas. Uno
susurraba que aquel sacrificio sería inseguro y estéril, pues él no era
hombre capaz de arrancarse del pecho el ansia de vivir
soberbiamente, de triunfar en el siglo, de poner su garra sobre todas
las presas de la voluptuosidad y del orgullo. Otro le decía con
hipócrita blandura: «Tiempo habrá de vestir el sayal; pero antes
precisas correr mundo y conocer todo el mal de la vida, para salir
templado de ese fuego purgativo como el acero de las espadas. Sólo
así podrás llegar a comprender la grandeza del sublime reverso
realizado en los claustros.»
Pero él rechazaba con indignación estos discursos, reconociendo la
elocuencia acomodaticia del Tentador.
En cuanto a Beatriz, no había para qué seguir pensando en ella. Lo
que él buscó ya estaba conseguido. Había humillado a su rival y
mostrádole que, si él lo quisiera, la hija de Blázquez Serrano sería su
desposada. ¿A qué más?
Una tarde calurosa de fines de abril fuese a dar una vuelta por el
camino exterior que corre al pie de los muros. Dejó la ciudad, como
de costumbre, por la puerta de Antonio Vela. No había llovido en
todo el mes. El valle, con sus panes demasiado mohínos, mostraba,
allá abajo, un aspecto sediento y polvoroso. Al llegar a la esquina
del Alcázar dobló hacia la izquierda, y siguió caminando sin
detenerse.
Aislada entre las peñas y bañada por los últimos resplandores de la
tarde, la basílica románica de San Vicente relucía cual cobrizo
relicario; mientras los dos inmensos torreones de la puerta vecina se
revestían de sombra cuasi nocturna. Ramiro levantó la mirada para
contemplar el delgado puente de piedra que une sus almenas y que
en ese instante contorneaba su arco negrusco sobre un cielo de oro y
de llamas.
Al viento del Sur, que había levantado desde la mañana continuos
remolinos de polvo a lo largo de las carreteras, sucedía ahora una
calma de paisaje pintado. Voces largas y jubilosas resonaban a cada
instante sobre las colinas. Ramiro dejose invadir por aquella
languidez, por aquella holganza crepuscular que desunce los bueyes
y refresca en cada cabaña la frente y el pecho de los labriegos.
Entró a la ciudad, y, al cruzar la plazuela de Sofraga, vio en torno a
la fuente ocho o diez mozas de cántaro que dejaban correr la hora
entre cuentos y decires, la boca llena de risa. Aguijoneado él mismo
por la sed, miró como un bíblico milagro aquel fluido abundoso que,
surgiendo de la sequiza muralla, empapaba los bordes del pilón y se
volcaba por la calleja.
Detuvo el paso y recostose en el muro frontero.
Una de las mozas era muy blanca y garrida. Con el cántaro en la
cadera, y apoyando el vientre contra el duro granito, estirose con
ansia hasta recibir en la boca el largo beso del agua. Cuando se
irguió de nuevo, su empapado corpiño mostró los hombros y los
pechos como si estuviesen desnudos.
La hermosa mujer, con su anhelante movimiento, antojósele a
Ramiro una figura de lascivia. Nunca como aquella tarde, después
del larguísimo encierro, sintió de modo tan fuerte la tentación de la
mujer. ¿Sería, en verdad, un soplo maldito ese incentivo que llegaba
en las ondas del aire, ese almizcle indefinido de la hembra, que hacía
temblar a los santos y contra el cual los conventos levantaban sus
poderosas murallas sin aberturas? ¿No fue, acaso, el Divino Alfarero
quien torneara con visible complacencia las formas de aquella
ánfora maravillosa? ¿Cómo podía ser tan grande pecado gustar sus
delicias? ¡Ah! ¿por qué tanto miedo y tanta pena? ¿Por qué no gozar
de una bella criatura como del fruto de un árbol? ¿Por qué aquellas
que le expresaban con cautelosa mirada su deseo no venían a
ofrecérsele ingenuamente, una a una, como en los sueños? ¿Por qué
tanto pavor entremezclado al más delicioso consuelo del mundo?
A lo largo de la calleja del Tostado llegaba un grupo de gente.
Instantes después, el mancebo se halló sorprendido por Beatriz y
doña Alvarez. Una y otra venían en sillas de manos. El negro manto
de la doncella estaba cubierto de arena blanquizca y su tez
descolorida por el polvo; las pestañas, cenicientas; los cabellos
resecos y como canosos. Llegaban, sin duda, de alguna finca de los
alrededores.
Al pasar junto a la fuente, Beatriz no pudo reprimirse, e inclinado su
cuerpo, pidió con el gesto a las mozas que la alargasen un cántaro.
Luego, echando el velo hacia atrás y pegando su boca al barro
humedecido, diose a beber como una zagala. Entonces doña
Alvarez, levantando su bastón, dejolo caer sobre el cacharro,
diciendo con voz baja y severa:
—La hija de un Blázquez no bebe en la rúa.
La niña obedeció, y sonriendo a su antiguo galán, que se acercaba
haciéndose encontradizo, murmuró dulcemente:
—El otro domingo vuelve mi padre de la corte. Vaya vuesa merced
a saludalle.
XXVIII
Llegado que fue el próximo domingo, Ramiro se engalanó como
nunca y, a las tres de la tarde, fuese a visitar a don Alonso. La
sangre, la imaginación, el orgullo tiraban en un solo sentido como
los trapos de una barca en el viento. Además, no le faltaron razones
para demostrarse a sí mismo que aquel paso era del todo oportuno,
pues si había de partir en breve, no hallaría mejor ocasión para
desligar a don Alonso de la promesa del hábito y declarar al padre y
a la hija el objeto de su viaje.
Cuando Ramiro penetró en la cuadra de las pinturas, Blázquez
Serrano regalaba a sus amigos con la sorpresa de un nuevo cuadro
adquirido en la corte.
—Algunos—decía—lo atribuyen a Rafael de Urbino, y a mi fe, yo
veo patente en este lienzo su sabio colorir y su consumada maestría
de los perfiles.
La mueca de muda admiración, la mano que se encartucha como un
anteojo, la que requiere las gafas y las va distanciando lentamente
para volver a acercarlas, y toda suerte de frases e interjecciones de
contagioso entusiasmo alternaban en derredor del caballete de
taracea.
El docto señor de Mújica exclamó por último:
—Es digno de Apeles y de Parracio.
Ramiro hubiera querido también expresar su parecer. Estaba
convencido de que a la mayor parte de aquellos señores se le
alcanzaba muy poco del arte de la pintura. Sin embargo, todos
manifestaban el mismo delirio y exaltaban a los grandes maestros
como no lo hicieran con los héroes y los santos. Consideró entonces
el privilegio de aquella gloria que nadie quería desconocer; acordose
de los famosos pintores adulados por reyes y pontífices, y pensó que
él mismo, ejercitando su asombrosa vocación, hubiera llegado muy
pronto a la fama universal, al placer, a la riqueza, con sólo un haz de
pinceles. Pero él no habría hecho aquella pintura alfeñicada y
femenina, aquella pintura sin contraste y sin misterio. Sentía desde
niño la fruición de los interiores sombríos, donde las pupilas
descansan de la refracción implacable de las tierras y un solo rayo de
sol revela bruscamente el color y la forma. Para él la pintura debía
seguir también ese anhelo, consolar el sentido y tornar más fuerte y
más hondo el ensueño, como el claroscuro de las estancias.
Don Alonso, al advertir que Ramiro se acercaba, tomole afable las
manos y, después de un momento, preguntole en voz baja:
—¿Quiere vuesa merced pasar al estrado? Allí encontrará a mi hija
Beatriz con algunos galanes y amigas que ella ha reunido. Toda
gente moza y danzante.
Ramiro se inclinó, y el caballero le condujo en persona a lo largo de
las galerías; pero antes de entrar en el estrado le detuvo un momento
para decirle:
—Quería comunicar a vuesa merced que el negocio del hábito habrá
que olvidallo por un tiempo, pues Su Majestad...
—Mejor así, señor—interrumpió Ramiro,—pues yo mesmo no sé
agora si lo aceptara.
—¿Y qué diría vuesa merced—continuó don Alonso—si le
nombraran regidor, como al hijo de San Vicente?
—¿Regidor? Si yo no hubiera de tomar el camino que presumo, algo
más alta sería mi ambición. ¡O César o nada!—agregó Ramiro
sonriendo.
Hallose abandonado de pronto en medio de una cuadra tenebrosa,
sin distinguir rostro alguno. Hizo entonces una pausada reverencia,
adivinando, por detrás de la barandilla, doncellas y galanes que
acababan de enmudecer. Por fin una voz exclamó:
—Lléguese vuesa merced a la tarima.
Era Beatriz. Había que avanzar y avanzó; pero después de algunos
pasos felices, llevose por delante una bandeja de metal donde vidrios
y porcelanas se entrechocaron terriblemente. Oyose una risa tenue
como un céfiro. Fue a caminar en opuesto sentido, y una jícara que
había rodado sobre el tapiz crujió bajo su pie como una nuez
aplastada. Alguien hizo sonar por mofa la cuerda de un rabel. La risa
aumentó.
Estaba trémulo, y quizás la misma emoción hízole distinguir
bruscamente a las doncellas sentadas a la morisca, sobre almohadas
de terciopelo, y a los sonrientes galanes que las atendían, doblando
la rodilla sobre el corcho. Ramiro, después de los saludos, fue a
postrarse junto a Beatriz. Su confusión era enorme. La niña le
preguntaba por los suyos, y él respondía como aturdido, no pudiendo
pensar en otra cosa que en su grotesca aparición. Vergüenza mayor
no había pasado jamás. ¿Qué gesto, qué palabra podría hacerle
recobrar su apostura?
Todos pedían a Beatriz que danzara, y ella se excusaba débilmente.
Sus ojos fosforecían como luciérnagas, y la extremada blancura de
su tez vencía la obscuridad, semejante al lirio en la noche. Galanes y
doncellas hablaban en lenguaje artificioso. Cada pareja escurría un
concepto con apurada exquisitez; el sol, la luna, las estrellas servían
para expresar, de modos innumerables, las excusas, las querellas, los
rendimientos. Se templaban guitarras y vihuelas y oíase un
murmullo preparatorio.
De pronto, Beatriz se levantó. Ofreciósele de compañero el alférez
Antonio de Castro, recién llegado de Nápoles y que juraba ¡per
Baco! a cada instante, para hacer reír a las niñas.
Todos pedían danzas diferentes: la pavana, la alemana, el pie del
gibao, la gallarda. El alférez dijo, a su vez: ¡per Baco: la gallarda!, y,
tomando la mano de Beatriz, interpuso entre sus dedos y los de ella
un pañizuelo perfumado.
Dieron cinco pasos y después los perdieron. Los instrumentos
sonaban con anticuada languidez y el lucido soldado conducía
majestuosamente a la niña con la pompa señoril de aquella danza de
los abuelos. Ella le miraba embebecida; ora ofreciéndose como una
criatura del aire levantada por la onda de las vihuelas; ora evitándole
con apicarado temor en algún apresuramiento del ritmo. Su
embeleso embriagaba, enloquecía. Un lacayo acababa de abrir las
maderas de una ventana, y la niña pasaba ahora, de la sombra a la
claridad, como una visión, arrastrando en pos de sí la bruma de los
sahumadores. A cada gesto picante, a cada mudanza difícil, estallaba
en la tarima una brusca aclamación. Ramiro sentíase reducido,
anonadado por aquel triunfo. Era un sentimiento imprevisto.
Parecíale por momentos que su alma toda se iba también en pos de
aquel faldellín, como el humo rastrero.
Concluida la gallarda, todos pidieron, a una, el baile del polvillo.
Beatriz fuese a mirar por la rendija de una puerta, temiendo que su
padre se presentase; y, después de apostar en aquel sitio al alférez,
adelantose hacia la ventana, de modo que toda la hojuela de oro y el
abalorio de su vestido rebullese en la luz. Entonces, recogiéndose
apenas la falda con ambas manos, y mirándose ella misma los pies,
púsose a repicar sobre el tapiz oriental un loco chapineo, tan
recogido que hubiese podido bailarlo en un plato.
Ella cantaba:
Pisaré yo el polvico
tan a menudico,
Pisaré yo el polvó
tan a menudó.
—¡Per Baco! ¡Per Baco!—gritaba el alférez, punteando el compás
con las palmas.
Beatriz postrose por fin como extenuada sobre el almohadón de
terciopelo, junto a Ramiro. El perfume de sus ropas parecía más
intenso. Leocadia se le acercó de rodillas, ofreciéndola el chocolate
en una jícara de oro.
—No, tráeme un barro—la dijo Beatriz.
La criada ofreciole al punto, sobre una salvilla, los destrozos de un
búcaro de Méjico que acababa de romper. La niña cogió un casquillo
de aquella tierra comestible y, llevándoselo a la boca, comenzó a
devorarlo, haciéndolo rechinar entre sus dientes. Otras amigas la
imitaron.
Ramiro hubiera querido sustraerla a todas las cortesanías y
alabanzas de los demás; sentíase receloso de cada palabra. Púsose a
hablarla de sí mismo, de ellos mismos, recordando los días de la
niñez. A una pregunta de la doncella, confiola rápidamente el
compromiso que había contraído con su madre de partir en breve
para Salamanca, a fin de completar sus estudios.
—Tengo por seguro—díjole entonces Beatriz—que vuesa merced ha
de llegar a ser un gran sabio; pero no le alabo la afición; más bien
sentara a su bizarría alguna guerra. Para mí, digo yo, un soldado vale
mil bachilleres.
—Gloria no pequeña procura así mesmo el saber—repuso Ramiro.
—¿Cuál más grande para un galán que haber matado muchos turcos
o franceses con la propia espada que lleva? Mi padre estuvo en una
gran batalla en la mar. Mire vuesa merced al alférez que ha peleado
mucho, pero mucho, y agora viene a danzar con nosotros, como si
tal... Así quisiera ver a vuesa merced y aún mejor.
—¿Tanto admiráis al alférez?
—Es harto gracioso y valiente.
Tres doncellas y dos mancebos tañían ahora vihuelas de arco, un
rabel y un clavicordio. Era una música que se entraba en las almas.
Ramiro sentíase como embriagado por vicioso licor y todo extraño,
todo ajeno a sí mismo. Sus sentimientos familiares habían huido
muy lejos, dejándole a solas con una imperiosa pasión surgida de
pronto de algún silo del alma y ante la cual todos los instintos
corrían a someterse cual humilde servidumbre. El no sabía lo que
pensaba ni lo que iba a decir, y por eso mismo, palpó mejor que
nunca ese obscuro fondo del ser, encima del cual, lo que él llamaba
su sentimiento, su albedrío, su conciencia, no eran sino burbujas de
un profundo hervor incomprensible. Dejose llevar.
La palabra de Beatriz le sorprendió:
—Cuán pensativo hase quedado vuesa merced. ¿Sufre malencolías?
Ramiro no quiso contestar.
—¡Ah! no. Será la herida aquella que harale daño a las veces.
—Esa ya cerró, Beatriz—replicó entonces el mancebo;—otra es la
que agora vase reabriendo y haciéndome morir.
—¿Morir?
—Un regalado morir que es vida, pues si ansí no me matara, yo
muriera.
—¡Ingenioso!...
—Exquisita llaga que me punza con sabrosos recuerdos.
Beatriz suspiró. La música exhalaba ilusoria frescura como un volar
de espíritus ideales. Ramiro entreabrió sus labios con una sonrisa
voluptuosa. De pronto, con voz muy queda, e inclinando el cuerpo
hacia ella, prosiguió:
—Acuérdome agora de cuando me asomaba de noche a mi ventana,
allá en la heredad. Todos en vuestra casa dormían, y vos mesma. Yo
pensaba entonces que el escuro perfume de los jardines era vuestro
aliento, ¡y mis pupilas, fijas en la altura, querían adivinar lo que
sabían y aun saben de nosotros las estrellas!... ¡Yo os adoro,
Beatriz!...
La niña suspiró otra vez, y Ramiro sintió que su manita buscaba la
suya. Sus dedos se entrelazaron, se ciñeron apasionadamente.
—¡Cuán dichoso me siento!—balbuceó entonces Ramiro.—
Decidme que apagaréis mis enojos y me amaréis de veras. ¡Ah!
¡Cuándo será que pueda llamaros mi esposa, mi Beatriz, mía! ¡toda
mía!
Su aliento buscó la mejilla cándida de la doncella.
En este instante alguien nombró a Gonzalo de San Vicente y Beatriz
oprimiole la mano para que le dejase escuchar. Pedro Valdivieso
refería que el mismo don Felipe acababa de traer a su hijo, en
nombre de Su Majestad, el nombramiento de Regidor.
Cuatro lacayos entraron en la sala con ocho candelabros encendidos
y un momento después llegaba el dueño de casa con algunos
señores. Doncellas y galanes se levantaron. Don Alonso llamó a su
hija para que hiciese la reverencia a su pariente el señor Márquez de
las Navas.
XXIX
Dos días después, Ramiro recibió de una vendedora de rosarios un
favor de raso verde. Beatriz se lo enviaba. El no se atrevió a ponerlo
en su gorra, como lo hacían otros galanes amartelados; pero decidió
llevarlo consigo entre el jubón y la ropilla. Necesitaba, a su vez, de
un intermediario seguro. Cohechar a doña Alvarez le repugnaba.
Hizo llamar a Casilda.
La muchacha, bajando los ojos, escuchaba en silencio los mensajes e
íbase a repetirlos sin quitar ni poner. De esta suerte llevó también
una sortija de diamantes y trajo una muy señoril, con florentino sello
burilado en una crisólita. Casilda fue excelente recadera, y, según
andaba por todos los barrios, tomaba lenguas y destapaba secretos,
aunque no lo buscase. Por ella supo Ramiro que los lacayos de
Gonzalo de San Vicente hablaban a menudo con doña Alvarez; y
que Pedro, el hermano menor, apenas se embriagaba en alguna
taberna, poníase a gritar, dando puñetazos sobre las mesas, que así
que Gonzalo llegara a casarse con la hija de don Alonso, él les daría,
a uno y otro, de puñaladas, la misma noche de la boda.
Muy pronto, el día de Santa Rita y Santa Quiteria, debía Ramiro
salir para Salamanca. Una vez allí, y al cabo de algunas semanas,
comunicaría a su madre las disposiciones de su ánimo. Quizás al
hallarse en aquella ciudad asombrosa, «pasmo del orbe», entre los
vivientes dechados de piedad y sabiduría, su corazón le empujara
irresistiblemente hacia la gloria espiritual de los soldados de Cristo.
Pero si no era así, si su vocación no se revelaba de modo patente,
estaba resuelto a tomar otra senda. Un cuantioso patrimonio,
pensaba, iba a caer bien pronto en sus manos.
El corto plazo que le restaba dedicole especialmente a Beatriz.
Rondaba en torno de su casa por la mañana y por la tarde. Veces
veíala aparecer detrás de las vidrieras; veces, conviniéndose de
antemano por intermedio de Casilda, salía de la ciudad e iba a
sentarse sobre un canto, frente al lienzo de muralla que correspondía
a su mansión, hasta verla asomar entre almena y almena.
La víspera de la partida Ramiro pasó más de una hora en aquel sitio,
esperando que Beatriz apareciera sobre la torre. Reinaba un gran
silencio. El galán no apartaba los ojos de la rugosa muralla, a cuyo
pie la roca granítica, rebajada por manos inmemoriales, remeda el
embate de un mar. La niña asomó, por fin; y algo blanco, un papel,
un billete, comenzó a descender en el aire con vacilante ondulación.
¿Qué signos preciosos traerían para él aquellas alas mensajeras?
¿Cuál habría sido el acento escogido por su amada para poner un
pedazo de su alma en la solemne despedida? Recibió el papel en el
sombrero y lo abrió. Decía:
«Aun más de lo que os amo os amara si, en llegando a Salamanca,
me escogieseis vos mesmo, en la tienda que llaman del Zamorano,
una gallarda vihuela de lindo sonar. Quisiera viniese, luego luego,
por medio de algún viajante, pues tengo harta necesidad. Dícenme
que el cura de San Juan debe volver esta semana.
»Dichoso viaje, mi señor bachiller.
Beatriz.
»Hago escrebir este papel por la dueña, pues me he lisiado ayer un
dedo, jugando en el huerto con los amigos.»
Doña Guiomar había puesto en movimiento a la numerosa
servidumbre. Al día siguiente, de mañanita, todo estaba aparejado;
y, llegada la hora, sacáronse a la calle, por la puerta principal, las
acémilas cargadas, el cuartago para Ramiro y el macho rucio para el
Canónigo, quien debía acompañarle hasta Castellanos de la Cañada.
Ramiro subió a despedirse de su abuelo. Don Íñigo se dejó besar la
diestra como idiotizado; una nevada de ancianidad había caído de
pronto sobre él, enfriando para siempre el último calor de su
intelecto. Su chupado rostro estaba a trechos amarillo y a trechos
moreno, como los limones que se resecan.
A su vez, doña Guiomar abrazó a su hijo esforzándose en sonreír
bajo las lágrimas; y, para poder seguirle con la mirada, subió con sus
doncellas a la torre del caserón.
XXX
«Hijo mío: Tardo eres ya en contestar a una madre que te quiere más
que a sí. Hasta hoy, que es día de Pentecostés, no me han llegado
otras nuevas que las que trajo de palabra el licenciado Carmona.»
Así comenzaba la segunda carta de doña Guiomar a su hijo.
Por fin, cierta mañana, un religioso carmelita, de regreso de Alba de
Tormes, sacó ante ella, del hueco de la manga, el ansiado papel.
Ramiro contaba primero su entrevista con el Rector del Colegio del
Arzobispo, en cuyas propias manos había dejado todas las cartas que
llevaba. Luego refería su previo ingreso a las Escuelas Menores.
«Es de maravillarse—decía—que, siendo aquí vieja costumbre
atormentar a los nuevos con las más crueles invenciones, así que yo
penetré en el claustro, mirando a todos muy ásperamente, la mano
puesta en la guarnición de la espada y haciendo arrastrar a lo bravo
la rodajilla, no hubo ninguno que osara menearse. No sé de qué
suerte; pero todos conocen mi hazaña con los moriscos. Un barbudo
estudiante díjome ayer que, desde que él viene a las escuelas, no
tiene memoria de otro nuevo que haya escapado a los gargajos.»
Luego agregaba: «¿Os acordáis, madre, de aquel capitán Antonio de
Quiñones, que iba a nuestra casa? A ése le vi en Castellanos y quiso
llevarme consigo a perseguir corsarios. Viendo mi resistencia, me
dijo: «Mire vuesa merced que no le hizo Dios para fraile, sino para
soldado. Cuidado no se equivoque, que le ha de pesar. En Cartagena
le espero hasta el día de San Pedro y San Pablo.»
Era todo el contenido de la carta. Algún tiempo después llegó otra
más breve, en que comunicaba tan sólo que en el Colegio del
Arzobispo le exigían ahora las pruebas de limpieza de sangre.
«Esto—agregaba—ha sido siempre de práctica con todos los que
buscaron ingresar, y eso que están allí los mejores linajes de España.
Pero ¿no bastaba, acaso, con saber mis apellidos y que soy hijo
vuestro y descendiente de tan claros agüelos, para excusar toda
probanza? En un principio asaltome el antojo de enviar los
reposteros de mis mulas para que se enterasen de nuestros blasones.
¡Pero es fuerza acomodarse a la regla!»
Doña Guiomar le envió con un criado antiguo, en buena
cabalgadura, un lacónico billete diciéndole que regresara cuanto
antes, porque su abuelo se hallaba muy malo. En efecto: don Íñigo,
consumido por un mal misterioso, pasaba terriblemente a mejor
vida, con los labios estremecidos por incesante plegaria. Aquella
triste carne, manando humores, anticipaba al sepulcro su trabajo
siniestro. Una sutil fetidez se extendía por toda la casa. Las dueñas y
los criados se apretaban las narices al pasar frente a la puerta del
enfermo. Entretanto, doña Guiomar no se apartaba un instante de su
cabecera, como si quisiese ofrecer al Señor la doble tortura física y
moral que prolongaba para ella aquel cerrado aposento.
Ramiro regresó lo más pronto que pudo. Al entrar a la ciudad por la
Puerta del Puente, uno de los guardas le dijo:
—Vuestra merced llega tarde. Ya se llevaron al agüelo.
Don Íñigo había sido enterrado la víspera.
Cuando el mancebo penetró en las cuadras que habitaba el anciano,
pareciole, a los primeros pasos, que no podría seguir adelante, tal era
la hediondez que flotaba en el confinado ambiente. El lecho estaba
como lo había dejado la agonía, y la almohada con la señal de lo que
ya no volvería a cavilar y a soñar sobre su blandura. Los botes de
medicinas, el penado, el almirez, las tazas, las vendas, todo había
quedado revuelto y confundido sobre los muebles, haciendo pensar
en la ansiedad de la lucha postrera.
Entró a la librería y, al mirar los volúmenes amontonados sobre el
suelo y las gafas de asta marcando la página de un infolio, para
continuar otro día la lectura; al ver, colgada de un clavo, la calza
amarilla, donde el anciano guardaba los pinceles con que pintaba los
rótulos; y más allá, hacia un rincón, el taburete para la pierna gotosa,
ennegrecido por la grasa de los ungüentos, sintió en su espíritu una
profunda tristeza. Aquél era el término de todos nuestros afanes. Allí
estaba, en el escurrimiento de aquel ser, esa lección, ese consejo,
siempre ambiguo, que incita a la vez al goce y a la penitencia.
Cuando todo se hubo serenado y el solar cayó de nuevo en su muda
monotonía, doña Guiomar llamó a solas a su hijo y le declaró, en
breves palabras, el estado en que don Íñigo les dejaba el antiguo
patrimonio. Estaban completamente arruinados. Se había vivido,
hasta entonces, demorando el derrumbe final a fuerza de expedientes
extremos, empeñando a los genoveses, uno a uno, todos los bienes, y
vendiendo, por último, en montón, platería, joyas, tapices. El
mayordomo flamenco, que era, según ella, la única persona que
conocía en la casa el manejo del patrimonio, y que hubiera
ingeniado tal vez nuevos arbitrios, acababa de marcharse para su
país, a recoger una herencia. No les quedaba sino el solar, empeñado
casi por entero, y algunos escudos guardados en un cofre, que pronto
se agotarían. Era forzoso, pues, vender el caserón y resignarse a
vivir en alguna casa modesta de los arrabales.
—De todos modos—añadió doña Guiomar—ya no precisas de
muchos dineros. La santa Iglesia demanda bienes más puros; y agora
pienso que puedes cursar la Teología en el mesmo seminario de esta
ciudad.
Ramiro escuchó a su madre con verdadero estupor.
¡Arruinados! ¿Era posible? ¿Y todos los cuantiosos caudales que
venían hasta ellos, por incontables alianzas, desde los más remotos
antepasados, todas aquellas mercedes de los Reyes, todos aquellos
señoríos de Segovia, todas aquellas casas y heredades en Avila y su
tierra, que aparecían mentados a cada paso en sus pergaminos?
En otras circunstancias no le hubiese importado la pobreza; sabía
que la falta de hacienda empujaba a las aventuras heroicas. Pero,
ahora, su instinto presentía un amoroso desastre, a causa de aquellos
bienes perdidos. Bajó la cabeza en silencio y, después de un instante
de meditación, declaró de lleno a su madre algo que él mismo no
había determinado todavía: la intención de casarse con Beatriz; y,
sin que su voz se alterase, díjola también el gran delito que sería
seguirla esperanzando con su falsa vocación eclesiástica.
Doña Guiomar no pestañeó siquiera; pero sus manos restregaron
nerviosamente los brazos del sillón en que estaba sentada. Entonces
Ramiro, doblando ante ella la rodilla, tomole con frenesí ambas
manos, y mirándola fijamente en los ojos, la pidió que ayudase sus
designios y que, por amor de Dios, no vendiera el solar; que pensase
en la impresión que produciría en el ánimo de don Alonso y de su
hija aquel acto menguado.
—Yo trataré con los ginoveses—agregó;—algo quedará que
entregalles; aún restan muebles y mi daga de piedras; pero, ¡por mi
honra!, no vendáis el solar, madre, ¡no vendáis, no vendáis el solar!
Ella se levantó lentamente, la mano izquierda sobre el pecho:
—Con lo que acabas de decir—repuso—mi vida en el siglo ha
terminado. Eres agora el señor. Ordena, y que Su Divina Majestad te
perdone.
Su expresión era extraña. El demasiado dolor la hacía sonreír.
Caminó hacia la mesa. Removió la mecha del velón, la limpió, la
retorció debidamente. Luego, sin pronunciar un vocablo, salió de la
estancia.
SEGUNDA PARTE
I
El rey don Felipe Segundo era llamado, con razón, el Prudente.
Grandes fueron los tumultos y demasías de Aragón; sin embargo, a
fines del año de 1591 todo pareció terminar en paz y concordia bajo
la simulada clemencia del Monarca. Los señores rebeldes, perdido el
recelo, volvían a Zaragoza y ofrecían su mesa a los oficiales del
ejército castellano. Había llegado el momento de la regia venganza.
Cierta mañana, el Justicia Mayor, don Juan de Lanuza, al subir las
gradas de la Catedral, hallose arrestado en nombre del Rey. Un
capitán de arcabuceros le esperaba desde temprano, fingiendo
examinar las estampas de una tienda de libros.
«Prenderéis a don Juan de Lanuza, y hacedle cortar luego la
cabeza», tal era la orden manuscrita de Felipe Segundo.—¿Y quién
me condena?—había preguntado el Justicia al oír la lectura de la
sentencia.—El Rey mismo—le respondieron.—Nadie puede ser mi
juez—replicó—sino Rey y reino juntos en Cortes.
Al otro día el primer magistrado de Aragón era degollado por mano
de verdugo. De este modo el Rey «ajusticiaba la justicia» y
desgarraba para siempre los fueros de varios siglos. Otros señores y,
entre ellos, don Diego de Heredia, barón de Bárboles, y don Juan de
Luna, señor de Purroy, habían de seguir igual suerte, después de
soportar feroces tormentos. El duque de Villahermosa y el conde de
Aranda perecieron misteriosamente en sus prisiones. Algunos
rebeldes, que no gozaban del señoril derecho de morir descabezados,
fueron arrastrados por las calles, en un serón de infamia, hasta el
garrote.
Así quedó vengada la defensa de Antonio Pérez y roto para siempre
el brío de aquel soberbio Aragón, que sólo cada tres años se dignaba
arrojar en las arcas del Rey su arrogante limosna.
De igual modo los pueblos de Castilla habían sido escarmentados
años antes por el Emperador, cuando el alzamiento de las
Comunidades; pero todavía solía advertirse en ellos uno que otro
conato levantisco, como el que hace erguir sobre las patas traseras a
los rocines castrados. No ya los señores, sino que también los
pecheros comenzaban a vociferar. Era premioso repetir el ejemplo.
Una altanera ciudad acababa de ofrecer la ocasión.
El 21 de octubre, a la vez que el ejército real, de paso para Francia,
penetraba en Aragón, aparecieron en Avila, pegadas a las puertas o
paredes de la Iglesia Mayor, del templo de San Juan, de las
Carnicerías Nuevas, de la casa de los Valderrábano y en otros sitios
públicos de la ciudad, siete copias de aquel sedicioso pasquín que
Ramiro y el Canónigo oyeron leer una tarde a don Enrique Dávila en
el piso bajo del caserón.
Al día siguiente, el Corregidor don Alonso de Cárcamo despachó un
correo al Escorial. La respuesta de Su Majestad fue tan sólo un
negro puñado de ministros para que formasen la causa. Se esperaba
un castigo leve, y los más chocarreros componían letrillas y jácaras
sobre el asunto.
El día 14 de febrero de 1592 fueron publicadas las sentencias. A don
Diego de Bracamonte, a don Enrique Dávila y al licenciado Daza
Zimbrón se les condenaba a ser degollados. El cura de Santo Tomó
Marcos López sufriría privación del sacerdocio y beneficio,
confiscación de la mitad de sus bienes, diez años de galeras y
destierro ad vitam; el escribano de número Antonio Díaz, azotes,
diez años de galeras y el mismo destierro.
Para muchos la intervención de la Providencia era patente, y a su
amparo el príncipe, extrayendo de cada ocasión un ejemplo,
completaba su obra. Nada de albedríos diseminados, nada de
figurerías ni arrogancias que estorbasen el poder. La unidad era el
primer precepto de su Arte Real, la unidad invulnerable y absoluta, a
imagen y semejanza de aquella otra unidad que gobernaba los orbes.
No más voluntad que la suya, no más pensamiento que el suyo, no
más fe que la que él mismo profesaba. El soberano del moderno
Israel debía revestirse de las tres potencias tutelares: la ley, la espada
y el efod, y ser a un tiempo el Moisés, el Josué y el Aarón de su
pueblo. Todos los tronos y las sedes le servirían de escala para
elevarse hasta los cielos y recibir él solo la consigna del Altísimo.
Su sombra cubriría las comarcas y los mares; y las naciones le
mirarían como al nuevo arcángel, armado del hierro y la llama,
vencedor de Satán.
Entretanto España se consumía. La fiebre de aquel monstruoso
delirio le secaba los miembros. El Rey pedía, exigía sin tregua,
hidrópico de tributos; y, a veces, su mano, al escurrir la ubre enjuta
de los pueblos, no sacaba sino sangre. No era posible dejar sin paga
a los ejércitos y abandonar el cohecho de los príncipes y cardenales;
y la bancarrota crecía, se envedijaba, se enmarañaba cual inmensa
madeja de pasadilla. Las deudas tenían aliento de fiebre, la real
hacienda jadeaba; cada año se gastaban los ingresos de cinco años
venideros.
¿Qué expediente, qué arbitrio quedaba por ensayar? En un tiempo
apañó las remesas de oro y de plata que llegaban de las Indias para
particulares; mercó las hidalguías, los juros, los empleos; invitó a los
clérigos a legitimar sus hijos sacrílegos mediante un puñado de
reales; gravó la exportación de la lana; impuso contribución sobre el
pan y sobre el vino, antes libres; se apoderó de la sal; confiscó los
maestrazgos del mar; dobló el almojarifazgo, y triplicó en poco
tiempo la terrible alcabala. Los pueblos desmolados se echaban a
morir. Avila, Toro, Córdoba y Granada se negaron a aceptar el
encabezamiento de 1576. En las naciones extrañas el solo nombre de
Felipe Segundo hacía palidecer a los banqueros. Los Fugger dieron
por fin un nudo a la bolsa y volvieron la espalda. Otros no sabían si
continuar o romper para siempre, como el judío que ha prestado a un
tahúr de luenga espada. Los genoveses, entretanto, se defendían con
la usura. A partir del año 1590, el desbarajuste fue pavoroso para la
hacienda del Rey. Las Cortes, corrompidas por el Monarca, habían
exigido a las ciudades ocho millones de ducados.
Y la pobreza y el hambre arreciaban como flagelos de Dios. Un
hechizo maléfico parecía esterilizar los terruños, parar los molinos,
los tornos, los telares, descoyuntar el brazo del menestral. Muchos
no sabían ya cómo ganar el sustento y salían a hurtarlo donde lo
hallasen. Se vivía en la incertidumbre del bocado; el pan se hizo una
presa. Las trapacerías del hambre formaron una arte honrosa y sutil,
que tuvo su romancero y sus manuales, sus poetas y bachilleres. El
mal atacaba más duramente a los hidalgos de patrimonio extinguido,
cuya estirpe clara y antigua no les permitía infamar sus manos en los
oficios. Más de uno comía del mendrugo que hurtaba su paje, y
suspiraba con digna tristeza, bajo la capa, al aspirar, de paso, el
sabroso calor de las pastelerías. El estudiante imitó, para vivir, los
ardides perrunos. Sus piernas de lebrel eran el terror del comercio.
Fue entonces el glorioso tiempo de la olla común. Los conventos se
hincharon de monjes; sus porterías, de sopistas. El hospital y la
cárcel fueron buscados como refugios venturosos, donde se comía
regularmente y como de milagro. Millares de infelices se fraguaban
pústulas sangrientas o perpetraban delitos para ser alimentados. Las
calles estaban llenas de limosneros fingidos; los campos, de falsos
anacoretas; los puertos, de famélicos hidalgos que venían a pedir
una plaza en los galeones.
A esta angustia de las entrañas se agregaba la zozobra del ánimo, la
honrosa inquietud de verse marcado por la sospecha, tan sólo, del
Santo Oficio, o de atraer el castigo del poder sobrehumano del Rey.
Y entretanto parecía que el mismo viento murmurase calumnias y
que la delación se agazapara bajo el lecho en que se dormía, entre
los pliegues de las antepuertas, en el rincón de los oratorios.
Muchos, como don Alonso, recelaban de sus propios labios durante
el sueño, y evitaban adormirse en los sillones, entre el paso de la
servidumbre.
Toda altivez era funesta y el mismo silencio no era seguro. Ne
contumax silentium, ne suspecta libertas. La idea temblaba en el
cerebro, y no hubo pluma que osara estampar lo que el alma
ocultaba en su cripta más honda. En cambio se hablaba con delicia
de los países lejanos y de la inviolable paz de los claustros.
No faltaba, sin embargo quien amase, de veras, al Monarca,
sintiendo triunfar o sufrir en él su propio orgullo fanático; la
mayoría, bajo la pavorosa coerción, acababa por encomiarle.
La virilidad pareció resumirse entonces en la propia sangre
atosigando las vísceras, y el antiguo valor tomó la forma del estoico
desdén de todos los males. Era el encantamiento inexplicable de las
tiranías. Más de uno repugnado de su propio servilismo, a una
simple señal del Monarca, se hubiera abierto impasiblemente las
venas, como Séneca o Petronio.
El humor español se hizo reservado y sombrío. Una verdadera peste
de melancolía se propagó por todo el país como un vaho de
purgatorio, inficionando las almas.
Los hidalgos vestían de luto; la madera al uso era el ébano. Jamás
fue tan lúgubre el aparato de la muerte.
El espíritu se empeñó en extraer sus ideas primordiales del sepulcro
mismo y de sus terribles podredumbres.
Ramiro llegó de Salamanca el domingo 16 de febrero de 1592, dos
días después de publicadas las sentencias. El Canónigo fue a
visitarlo y enumerole una a una las condenaciones. No pareció muy
satisfecho al decirle que a don Enrique Dávila y al licenciado Daza
les habían otorgado la apelación. En cuanto a don Diego, sería
ajusticiado al siguiente día.
—Ya veis, hijo mío—agregó,—que vuestro abuelo se ha marchado a
tiempo. Bien se dice que en una buena olla puede hacerse un mal
cocido. Cuidad vos agora, hijo mío, las palabras, y teneos muy
quedo, por un espacio.
—¿Y quién ha dado los nombres?—preguntó Ramiro.
—Alguno será—replicó el lectoral—que no quiso ver a España
destrozada otra vez por la revuelta, como en tiempos del Emperador.
Contó en seguida, sin dar lugar a otra pregunta, que los agentes de
Su Majestad habían sospechado de don Alonso, y que, durante la
ausencia del caballero, entraron de rondón en su casa, revolviendo
hasta la última gaveta y llevándose un gran fajo de papeles.
—¿En dónde será ajusticiado don Diego?—volvió a preguntar
bruscamente Ramiro. Su mirada pensativa parecía inmovilizada por
algún pensamiento dominador.
—En el Mercado Chico—replicó el Canónigo.—Ayer le fue
notificada la sentencia, hoy debe haberse confesado para recibir el
Santísimo Sacramento, y mañana le sacan de la Alhóndiga, a
mediodía, para llevarle a degollar. Ya es cosa convenida que ningún
noble ha de ir a saludalle, y que, fuera de los villanos, que siempre
han sido golosos de esta clase de espectáculos, veranle sólo en la
mula las gentes de ley y las Comunidades y Cofradías.
Al escuchar aquel sañudo lenguaje, Ramiro declaró con vehemencia
que si los nobles avileses no iban a despedirse de Bracamonte, en
aquel trance final, eran todos unos malos caballeros.
—Nadie ignora—exclamó—que el don Diego, a más de su antiguo y
glorioso linaje, ha sido siempre un hombre de mucha honra, y que,
sin duda, su trágico fin lo debe a la alteza de su ánimo. De mí puedo
decir que he de ir en pos de él hasta el pie del cadalso, sin pensar en
mi propio interés ni en la razón o sin razón de su condena.
Pronunció estas palabras con tal arrogancia, que su confesor y
maestro creyó necesario arrugar el sobrecejo y levantar la cabeza
antes de responderle.
—Haced lo que os plazca—le dijo;—pero cuidad que vuestra
inadvertida juventud no os enderece por donde tal vez no queréis
caminar. Don Diego será, como decís, harto infanzón, aun que de
cepa gabacha y no española, sea dicho de paso; pero lo cierto es que
ha sido agora traidor y aleve con su Rey.
—Don Diego—repuso Ramiro con el rostro demudado—es gran
caballero y no pudo ser jamás aleve ni traidor como dice vuesa
merced.
—Pues yo repito—replicó de mala manera el lectoral, mostrando los
dientes y golpeando dos veces en la mesa con el puño—que don
Diego es traidor y cobarde.
—¡Y yo digo que miente vuesa merced!—gritó Ramiro, ebrio de
cólera.
El Canónigo dio un paso hacia adelante con la diestra en alto y
pronta a asestar el bofetón; pero el terrible ceño de Ramiro le
contuvo. Balbuceando, entonces, palabras entrecortadas, llevose
ambas manos al rostro. Aquellos instantes fueron solemnes. El
insulto flotaba irreparable, y parecía hacerse oír, otra y otra vez, en
el silencio. El Canónigo musitaba, gemía, suspiraba, con el rostro
cubierto. Por fin, bajando las manos, embozose con furia, y, después
de buscar la salida como un ciego a lo largo del muro, desapareció
de la cuadra, dando con el pie, hacia atrás, un terrible portazo.
Ramiro sintió que todo su maquinal apegamiento hacia aquel
hombre acababa de trocarse en súbito rencor. La crispada y hostil
actitud, que aún conservaba, suscitábale nuevos impulsos de odio
contra su víctima.
Cuando comenzó a serenarse, dijo en voz alta, sentándose en el
sillón:
—¡No he menester de él, ni de nadie!
II
Pocos días para Avila más tristes que aquel lunes, 17 de febrero de
1592. La ciudad despertó en una expectativa siniestra. El horror del
suplicio inminente parecía flotar por todas partes mezclado a la
niebla de la mañana.
En medio del Mercado Chico se levantaba un gran cubo negro, el
cadalso; y las ráfagas del Norte sacudían contra el esqueleto de pino
la bayeta patibularia. Fúnebres ministros de justicia se agitaban en
derredor. A eso de las diez trajeron el bufete, los candelabros, el
crucifijo. Más tarde los mozos del verdugo vinieron con el tajo y las
dos negras almohadas para el reo. La llovizna caía por momentos,
fina, glacial.
El tráfago de todos los días comenzaba; pero los vecinos iban y
venían más graves que de costumbre, coceando la nieve de la
víspera. Algunos hablaban misteriosamente al encontrarse; otros
discutían en los mesones con insólita nerviosidad sin alzar
demasiado la voz, pero arrufando el hocico y tomándose a veces las
partes viriles con toda la mano, para dar más vigor a sus bravatas y
juramentos.
Con sus puertas y ventanas sin abrir, los caserones de la nobleza
tenían el aspecto de rostros patéticos y enmudecidos. Aspirábase en
el aire ese espanto, ese asco de muerte judicial que anonada la razón;
y una sombra de infamia envolvía a Avila entera. El más altivo de
sus caballeros iba a ser ajusticiado en nombre del Rey. No hubiera
sido mengua mayor arrasar las ochenta y ocho torres, que esperaban
ahora, con extraña lividez, la rotura de aquella cerviz, donde parecía
haberse encarnado la fiereza de la muralla.
Corrió la voz de que, a las dos de la tarde, don Diego sería sacado de
la Alhóndiga. Aquel edificio correspondía como prisión a los nobles
y se levantaba entre la torre del Homenaje y la del Alcázar, por la
parte de afuera, frente al Mercado Grande. Cuando Ramiro llegó
ante el blasonado frontis, los empleados de la justicia regia y
comunal se aglomeraban y zumbaban como moscas a uno y otro
lado del portalón y en torno a la fuente; mientras las cofradías y las
órdenes esperaban, en larga hilera, desde la plaza del Mercado hasta
más allá del convento de Santa María de Gracia. Los monjes
rezaban. No se llegaba a percibir de sus rostros sino los raspados
mentones, por debajo de las capillas; sus manos cruzadas por dentro
de las mangas, dejaban colgar los rosarios. Todas las voces, todos
los balbuceos de franciscanos, dominicos, agustinos, jerónimos,
teatinos, carmelitas, se unían en un coro uniforme, que aumentaba la
pavura, cual dolorosa plegaria de otro mundo. La persistente
llovizna escarchaba los hábitos y parecía embeber todas las cosas en
su tristeza. Algunas mujeres plañían.
Más de una hora pasó Ramiro codeandose con el vulgacho. No había
sino gente baja, curiosos de la ciudad, mujeres del mercado con los
brazos desnudos, muchachos arrabaleros, algunos gañanes de la
dehesa, harto morisco, y una que otra ramera de manto amarillo y
medias coloradas.
Por fin un portero sacó del zaguán de la Alhóndiga una mula
cubierta de fúnebre gualdrapa con dos redondos agujeros ribeteados
de blanco a la altura de los ojos. Se produjo un movimiento general.
Tres alguaciles montaron en sus caballos.
Ramiro miraba hacia uno y otro lado por ver si hallaba algún
conocido, cuando una brusca exclamación brotó de la multitud y fue
a rebotar contra la inmensa muralla. Don Diego de Bracamonte
acababa de aparecer en la puerta de la prisión. Caminaba a su
izquierda el Guardián de los descalzos, fray Antonio de Ulloa.
Lo primero que hería la mirada era la palidez plomiza de su
semblante, acentuada por la negrura del capuz que le habían echado
sobre los hombros. El bigote y la barba habían encanecido del todo.
Avanzaba tieso, indómito, solemne, mirando hacia las nubes y
pisando con fuerza, como el que marcha entero en la honra.
Ramiro experimentó rápido calofrío, y cuando, al verle montar en la
infamante cabalgadura, advirtió que sus manos estaban ligadas por
negro listón y que de su pie derecho pendía una cadena, sintió que
hubiera dado allí mismo la vida por libertar a aquel hombre
magnífico, víctima de su rancia altivez castellana. Era el último Cid,
el último reptador, llevado al suplicio por viles sayones asalariados.
Cerró entonces los ojos un momento para contener su emoción, y
pareciole oír de nuevo los discursos del hidalgo en la asamblea,
aquellos discursos que salían de su boca como los hierros de la
hornalla, chisporroteantes y temibles. Ya no volvería a perorar con
el pie derecho en la tarima del brasero y el estoque bajo el sobaco.
¡Iba a morir!
El cortejo penetró en la ciudad por la puerta del Mercado Grande,
tomó la calle de San Jerónimo y luego la de Andrín. Caminaban por
delante las cofradías de la Caridad y la Misericordia tañendo sus
plañideras campanillas. Una voz áspera y poderosa gritaba, de
trecho en trecho, el pregón de la muerte.
«Esta es la justicia que manda hacer el Rey nuestro señor a ese
hombre, por culpable en haberse puesto en partes públicas unos
papeles desvergonzados contra Su Majestad Real. Manda muera por
ello.»
Ramiro caminaba a la par del alguacil Pedro Ronco, que iba
montado en su famoso rocín todo negro. Los religiosos entonaban
una salmodia lúgubre que daba terror. Detrás de ellos venía
Bracamonte en la mula, cual si fuera el espectro del orgullo. Su
lúgubre continente hacía estallar, en las puertas y ventanas, el
sollozo de las mujeres, que invocaban a Santa Catalina, a los Santos
Mártires y a la Santísima Virgen. Las ropas negras de los alguaciles
y corchetes despedían, con la humedad, un tufo de orines
trasnochados. Doce pobres, con sendas hachas encendidas,
esperaban a la puerta de San Juan, y su oración temblaba a la par de
las llamas humosas que el viento doblaba y estremecía.
Una vez en la plaza, al llegar al pie del cadalso, don Diego se apeó
de la mula y subió serenamente las gradas. Hincose, y pidió un libro
de horas para confesarse con fray Antonio. Ramiro, colocado muy
cerca, escuchó las palabras del Miserere, del Credo, de las Letanías.
Lloviznaba. La plaza estaba repleta de muchedumbre. Algunos
curiosos habían logrado encaramarse a los tejados, hacia la parte del
poniente. Por fin el verdugo se acercó a decir que ya era tiempo. El
escribano de la comisión requirió por tres veces a Bracamonte que
hiciera confesión abierta del crimen. Ramiro oyole decir que don
Enrique Dávila y el licenciado Daza eran inocentes y que sólo él era
culpable. El escribano exigió que lo jurase. Entonces escuchose una
voz entera que repuso:
—No me sigáis predicando, que no diré más.
Seguidamente, don Diego se puso de pie y sus ojos fueron atraídos
por el madero contra el cual había de ser descabezado; su rostro
cobró una blancura terrible, pero se sobrepuso al instante, y,
levantando la frente, miró por última vez la ciudad, el cielo, la luz
preciosa de la vida. Todos creyeron que iba a pronunciar algunas
palabras, y oyose vasto rumor que reclamaba silencio. Ramiro, por
su parte, buscó atraer su mirada, para dirigirle un último saludo;
pero aquel espíritu ya estaba lejos de la tierra y se anticipaba a la
muerte.
Por fin, cual si hubiera distinguido algún signo de lo alto, don Diego
encaminose a recibir la negra venda en los ojos, y, sentándose en la
almohada, cogió por detrás el madero con sus propias manos, ajustó
la cabeza, y alzando la barba ofreció el pescuezo al espantoso
cuchillo.
Ramiro observó adrede la pálida testa muerta de súbito y que, asida
de los cabellos, fue mostrada hacia los cuatro lados de la plaza, en
nombre del Rey. Entonces, con gesto amplio, magnífico, para que
todos le vieran, quitose la gorra, exclamando:
—¡Dios reciba tu alma, gran caballero!
Dos alguaciles escucharon la frase. Uno de ellos quiso prenderle allí
mismo; pero el otro le contuvo. Ramiro se retiró.
Al pasar frente a la iglesia de San Juan, un lacayo entregole un
billete lacrado. Don Diego de Valderrábano le comunicaba que, a las
seis de la tarde, se reunirían en su casa varios amigos, a fin de pedir
permiso al Corregidor para enterrar ellos mismos el cuerpo de
Bracamonte; y en muy graves palabras le invitaba a acompañarles en
la demanda.
Aquella noche algunos caballeros enlutados atravesaban la ciudad a
la luz de las hachas, llevando sobre los hombros largo ataúd, que
fueron a depositar en la capilla de Mosen Rubí. Valderrábano, al
dejar la iglesia, apoyose en el hombro de Ramiro y lloró
tiernamente.
III
Ramiro no pudo dormir en toda la noche. Lúgubres visiones le
robaban el sueño, y los pormenores del suplicio se reproducían en su
memoria, suscitados por la tiniebla y el silencio. Era hermoso morir
con aquella valentía. Sin embargo, en caso semejante, él hubiera
hablado a la muchedumbre. Inventaba entonces en su cabeza
discursos extraordinarios. Pero, por debajo de su enhiesta
arrogancia, su instinto rastrero hacíale meditar en el poder del
Soberano, en aquel poder irresistible, absoluto, que, a la vez que
dispensaba los más grandes honores, podía suprimir la existencia
más bizarra con un trazo de péñola.
A la hora del alba, cuando la nueva luz comenzó a señalar las
rendijas de la ventana, el amor de Beatriz se encendió como nunca
en su pecho. Pensó en ella apasionadamente. Pensó con frenesí en el
goce de vivir y de amar, animando junto a él la ilusión de una boca
bajo la suya, de sedosa cabellera perfumada, entre sus propias
holandas.
Su primer pensamiento, al levantarse, fue irle a pasear la calle a la
doncella. Consideró que las personas que venían todos los días a dar
el pésame por la muerte de don Íñigo le ocuparían la tarde. Era
menester escapar. A la una comenzó a engalanarse. Cuando el criado
le echaba por fin sobre los hombros el capotillo de negro terciopelo
atrencillado, una dueña vino a decirle que Beatriz subía las
escaleras, y que, no estando ataviada aún doña Guiomar, era
necesario entretener a la visita.
—¡Ah! ¡cómo viene hacia mí!—exclamó Ramiro para su coleto; y
dando un último toque a sus cabellos, salió de la estancia.
Sólo podía recibirla en el antiguo estrado, pues los demás habían
sido desguarnidos por los usureros. Reflexionó, sin embargo, que, a
pesar de su vejez y abandono, aquel salón trascendía a grandeza
grave y a rancio abolengo. Levantó el cerrojo y entró.
Era una cuadra larga y angosta, diversamente alhajada según el
estilo flamenco, italiano y mudéjar de los tiempos del Emperador.
Desde la muerte de doña Brianda del Aguila permaneció sin abrirse,
como esas salas de los cuentos orientales que encierran pavoroso
misterio. Don Íñigo y su hija prefirieron, a su vez, otras estancias
más fáciles de renovar. Decíase que en su recinto la Santa Junta de
los Comuneros había celebrado su primera reunión clandestina; y
por mucho tiempo corrió entre el vulgo la leyenda de que los
espectros de los ajusticiados, se congregaban allí dentro, en las
noches de luna. Por eso tal vez, nadie quiso habitar aquella casa
durante un cuarto de siglo.
Los criados no ignoraban estas historias, y sus dedos habían
temblado sobre los cerrojos cuando doña Guiomar ordenó que se
abriesen las puertas para velar en el antiguo estrado de doña Brianda
el cadáver de su padre.
Era, sin duda, extraño el aspecto de aquel recinto. Entapizaba sus
muros viejo terciopelo azul, podrido en lo alto por el agua de las
goteras y coriáceo, reseco hacia los bordes, como el velludo que se
desprende y retuerce sobre las viejas arcas mortuorias. A uno y otro
lado se veían sillas de roble incrustadas de marfil, y bargueños,
bufetes, contadores, donde el trabajo de la carcoma remedaba los
ojos del alcornoque. Terrosa adherencia mataba el brillo del bronce,
del nácar, de la concha. ¡Muebles cuasi espectrales! Las antepuertas,
los tapices y todas las colgaduras, cubiertas de telaraña, pendían con
hipnótica apariencia, y el polvo aclaraba, a manera de luz, los
pliegues de medio siglo. Ramiro, al entrar, oyó carreras furtivas bajo
los muebles. Un taladro dejó de roer.
La barandilla, desdorada por la mano nerviosa de antiguos galanes,
dividía en dos partes el estrado, y, sobre la encorchada tarima,
almohadas polvorientas conservaban aún la presión de cuerpos
femeninos. Un residuo ilusorio de remotos galanteos parecía
perdurar a manera de viejo perfume o como un polvo de ramilletes
en los cofrecillos de las ancianas.
¡Cosas fenecidas! Hubiérase dicho que aquel carcomido aparato no
esperaba sino la primera brisa exterior para desvanecerse de súbito.
Seis retratos descoloridos habitaban espectralmente la estancia.
Ramiro esperaba junto a un brasero, que guardaba aún la ceniza de
los últimos saraos. Oyose un rumor de chapines y un crujir de sedas
en la galería, y Beatriz apareció vestida de negro y olorosa como un
sahumador encendido.
Mientras Ramiro se inclinaba con donaire, la doncella dejó caer su
manto hacia atrás. Doña Alvarez, que la acompañaba, quedose en la
estancia vecina.
—¡Solos!—se dijo el mancebo.
Uno y otro temblaban. Una irradiación misteriosa estremecía en
torno de ellos lo ignorado. La niña miró con extrañeza los muebles y
las colgaduras, toda aquella vejez, toda aquella podredumbre; luego
púsose a observar uno a uno los retratos. Siguiendo su mirada y
sintiéndose incapaz, bajo la viva emoción, de formular algún
concepto cortesano, Ramiro profirió:
—Son nuestros antepasados: los Aguilas, claros varones y mujeres,
que murieron hace mucho.
Hizo una pausa y continuó:
—¡Nosotros también pasaremos como ellos, Beatriz!
Y al pronunciar esta frase hundió su mirada en los ojos de la
doncella con doble y profunda expresión de sensualidad y de
tristeza.
Una de las pinturas representaba un busto de mujer. Listada
caperuza adherida a la frente ocultaba del todo los cabellos.
—¡Quién quisiera llevar agora una toca como ésa! ¡Antes morir!—
observó la niña, agregando:—Mirad: tenía en el cuello un lunar
como el mío.
Bajándose entonces la gorguera mostrole a Ramiro la terneza de su
garganta. El mancebo se sintió desconcertado ante aquella
blanquísima piel donde minúsculo lunar exasperaba el deseo cual
voluptuosa pimienta.
De pronto, girando sobre sus corchos como en una mudanza de
baile, Beatriz exclamó:
—¡Basta de muertos!—agregando con cortesana sonrisa:—Bien sé
que sois de sangre muy clara y que podéis referir grandes cosas de
los agüelos; pero holgárame en oíros contar las vuestras algún día.
—Tiempo queda—repuso el mancebo, sintiendo subir a sus mejillas
inesperado rubor.
—Mi padre—añadió Beatriz,—siendo un mancebillo, marchose a la
guerra. Esto lo digo sólo por aguijaros.
—Desde ya me obligo; pero no crea ninguno que he de padecer en la
guerra más que aquí, ni que han de ser en ella más arduos los
peligros, ni más duros los cautiverios, ni más propincua la muerte.
—Incomprensible os volvéis.
—Decidme—exclamó Ramiro sonriendo:—¿qué batalla habrá por el
mundo más dura que mi porfía, qué adarve más áspero que vuestro
corazón, qué infieles más temibles que esos vuestros ojos, mi
señora?
—Muy tierno me requebráis. Quiero pensar que lo decís de vero.
Los dos callaron.
Estaban ambos vestidos de terciopelo negro atrencillado con aforros
de seda, y sólo sus rostros y sus manos recogían la claridad escasa
de la penumbra. Un rayo de sol, turbio de corpúsculos, entraba tras
una madera entreabierta, iluminando, sobre la pared del fondo, una
gran tapicería que atrajo la mirada de Beatriz.
Avanzaron hacia la luz, y subiendo a la tarima, uno y otro hicieron
una mueca involuntaria. Respirábase allí rara hediondez. Ramiro
comprendió. Acababa de reconocer un olor inconfundible, un olor
respirado, al llegar de Salamanca, en el cuarto de don Íñigo; y toda
duda quedó desvanecida al advertir sobre el suelo las gotas de cera
de los hachones.
La tapicería representaba un asunto de amor. Ramiro la había
descifrado días antes, con el auxilio de un padre dominico. Veíase,
hacia la izquierda, a María Padilla, la favorita de don Pedro, sentada
en fabuloso jardín, amarillo y azul. Un pavo real abría su fastuosa
pantalla junto a un estanque. Apoyando suavemente la diestra en el
hombro de la dama, el Rey de Castilla, vestido de rojo capisayo
descolorido, enseñábala sobre el dedo un halcón montano con
capirote de púrpura. Una ondulación, un aliento espectral parecía
mover por instantes la tela.
Ramiro dijo brevemente lo que había leído en las historias sobre
aquellos amores, y a él mismo le pareció que sus palabras
diseminaban lúbrico perfumo. Las pupilas de Beatriz se
encendieron.
Uno y otro fijaron la mirada en las dos galantes figuras, y sus retinas
sólo tomaron el vivo bermellón de aquellas dos bocas intactas, que
parecían retardar la voluptuosa caricia en los años.
Ramiro pensó que de un momento a otro podía llegar alguna
persona, su madre misma, y romper el embeleso de un coloquio a
solas, que no volvería tal vez a ofrecerse, en mucho tiempo. Preparó
en su espíritu la frase decisiva. Estaba resuelto a poner su destino a
los pies de aquella mujer. Dio algunos pasos hacia el muro para
recobrar su entereza. Un ángulo de la tapicería estaba doblado hacia
adentro; él lo cogió maquinalmente e hizo dar a la tela brusca
socollada. Entonces sucedió un hecho harto extraño: envueltas en
una nube de polvo, inesperadas, sorprendentes, salieron por debajo
de la colgadura innumerables polillas. Era un verdadero enjambre
espantado, indeciso, de maripositas grises, hechas como de tierra,
que desprendían una arena finísima al volar y resplandecían por
instantes, a modo de luciérnagas, en el rayo de sol.
Muchos de aquellos insectos fueron a posarse sobre los vestidos de
Beatriz, adhiriéndose al jubón y a la saya y cubriendo su manto. La
niña repetía el mismo ademán de repugnancia y de miedo, sin
atreverse a tocarlos; mientras Ramiro, alargando sus dedos, se los
quitaba, uno a uno, entre sonriente y avergonzado.
Enredadas en un rizo, dos de aquellas palomitas aleteaban sin cesar.
El mancebo, al ir a cogerlas, retuvo a Beatriz pasándola el brazo por
detrás de la espalda. El rayo de sol la daba de lleno en el rostro, y, en
medio de toda la vejez, de la descomposición, de la muerte que le
rodeaba, Ramiro vio una cosa hechicera, deliciosa, toda vida, toda
juventud, toda sangre, que palpitaba bajo su ansia. Era la boca,
aquella boca roja de Beatriz, que el demonio carnal la había
enseñado a salivar brevemente, y a ensanchar y contraer, de
inquietante manera. Ramiro cercó con su brazo el cuello de la niña
oprimiéndola con dulzura. Sintió entonces el impulso frenético de
poner sus labios sobre los labios de la doncella, de beber y morder
en ellos el amor, la lujuria, el delirio, ¡locamente!, y la atrajo por fin
hacia él con rabiosa vehemencia.
Beatriz lanzó un grito:
—¡Alvarez!
Uno y otro volvieron el rostro. La dueña contorneaba su forma
ancha y sombría en el luminoso vano de la puerta, que acababa de
abrirse.
—¡Las polillas! ¡Las polillas!—volvió a gritar Beatriz, sacudiéndose
el manto.
Un instante después, cuando la dueña terminaba apenas de borrar en
los vestidos de su señora la última señal de los insectos, un lacayo
vino a decir que doña Guiomar esperaba en su aposento. Ramiro no
quiso acompañar a Beatriz, un movimiento pudoroso le impulsaba a
evitar en aquel momento la mirada de su madre. Inclinose, pues, con
muda reverencia, y se alejó por los corredores.
Aquella tarde, aquella noche y en los días que siguieron, Ramiro
recordó sin cesar el coloquio del estrado.
Parejas con la tiránica pasión, su orgullo viril crecía ilimitadamente.
Ni una brizna de desconfianza brotó en su cerebro, ni una sola
reflexión adversa. Sentíase más seguro que nunca. El grito de
Beatriz no fue sino el clamor de su voluntad totalmente rendida. La
había sentido vibrar entre sus brazos con el mismo estremecimiento
de la sarracena y otras mujeres, cuando él las atraía para besarlas; y
parecíale llevar aún en la mano el loco latir de aquel corazón bajo el
duro azabache.
En cambio, él también quedaba herido por Beatriz, y quizá para
siempre. Ya no podía concebir el resto de su vida sin el amor y la
total posesión de la doncella. ¿Para qué soñar, ambicionar, afanarse,
si no lograba la caricia que acababa de escapar a su ansia? ¿Qué era
el mundo y sus loores sin aquella victoria? ¿Cómo soportar que otro
hombre?...
Su ensueño amoroso oscilaba entre el arrobamiento y las fiebres
impuras. Unas veces el alma alcanzaba de un solo rapto las
beatitudes de la pasión ideal; otras, la sangre clamaba impaciente
por la suprema codicia. Ora soñaba que sus labios sorbían el éxtasis
en los labios de su amada, cual paradisíaco rocío; ora, que sus
deseos eran las abejas temibles cayendo en enjambre sobre una fruta
entreabierta.
Luego imaginaba lo que haría, cuando fuera su esposo para apartarla
de la irritada sensualidad de los que hubieran sido sus galanes: La
llevaría a un país muy lejano, a alguna ínsula salvaje; o se encerraría
con ella en una morada que no tuviese más abertura que el ferrado
portón, para no dejarla salir sino muy de mañana a la iglesia más
próxima, bajo un manto amplio y espeso que la ocultara todo el
rostro y sólo dejase a los demás su sombra pasajera y arrebujada. Si
alguno osaba requebrarla al pasar o seguirla con descaro, ya sabría él
despacharlo al otro mundo por el más listo de los correos, con una
oblea harto roja en medio del pecho.
Una noche, metido en la cama, fuese quedando dormido sin apagar
el candil. La llama sobredoraba sus visiones. Estaba casado con
Beatriz y era capitán de corazas en alguna tierra de América.
Encontraba un tesoro inmenso, cientos de vasijas sepulcrales
repletas de oro. Salvaba al ejército en una terrible sorpresa. Ganaba
él mismo numerosas batallas. Era hecho Virrey...
Al día siguiente un alguacil de la Santa Inquisición diole, en su
propia mano, una cédula por la cual se le llamaba a testificar, por
segunda vez, en el proceso de los moriscos.
IV
Llegaron días en que don Alonso Blázquez Serrano creyó sentir el
acecho de las peores especies demoníacas descritas por los teólogos.
Su ánima brioso y brillante se hundió, sin remedio, en las más
obscuras regiones de la melancolía. Un pavor enfermizo le agitaba
continuamente. Su elocuencia trocose en mutismo; su antigua
arrogancia, en el más profundo convencimiento de la propia
indignidad; su exaltado amor a la vida, en el desvío total de todo
goce, de todo triunfo.
¿Hacia qué corredor lleno de celadas había enderezado sus pasos?
¿Qué escalera de maleficios habíase puesto a descender a la vejez?
Todo se le tornaba contrario; y él mismo se comparaba al infelice
Laoconte sofocado por la serpiente.
—¿Por qué, por qué? ¡oh cielos!—exclamaba a veces, dirigiendo la
mirada hacia lo alto, como si protestara contra el ensañamiento de la
divinidad.
Por el contrario, en los instantes de contrición, acusábase a sí mismo
de graves culpas imaginarias; y rememorando las paganas orgías de
otro tiempo, sus viejas patrañas de burlador, su afición a las
riquezas, su desmedida vanagloria, llegaba a considerarse como un
pecador empedernido, como un alma obscura y miserable manchada
por toda clase de crímenes.
La adversidad había esperado para llagarle el corazón los años de
senectud; y, a la par de los abrumadores quebrantos, el mismo
mundo material cobraba una vida hostil en torno suyo. Hasta las
cosas familiares entraban en el temeroso encantamiento: una inmóvil
colgadura, un paño negro, un antiguo retrato de familia, un espejo,
una daga, exhalaban a veces, para él un sentido perturbador, vahos
de espanto y de demencia. Hubiérase dicho que ciertos objetos
buscaban expresarle lúgubres presagios.
Hízose entonces más devoto que nunca, redobló las penitencias,
inventó cilicios especiales y feroces disciplinas, sumergiose en
incesante plegaria. Su espíritu, hastiado del mundo, buscaba ahora
confortarse con el ensueño de la otra vida; pero allí también hallose
con tremenda incertidumbre: ¡el destino de su alma, su salvación! La
eternidad de los castigos infernales fue muy pronto una idea
vertiginosa, que anonadaba su mente. Entretanto, Jesús y la Virgen
ya no eran las claras figuras desprendidas de los cuadros de Italia,
sino luengos y pálidos espectros, bañados en un sudor de purgatorio,
y cuyas pupilas parecían contemplar continuamente el dolor de las
ánimas condenadas.
Aquel caballero filósofo, que se había burlado siempre de los bajos
temores, y para quien el riesgo diario de las aventuras había sido la
mejor espuela del ánimo, humillaba ahora su frente, cargada de
miedo, y temblaba de una nada, de una visión, de una sombra. El
anochecer era la hora terrible. La última luz del crepúsculo,
agonizando estremecida en los interiores, le sumergía en ansiedad
inexplicable. A veces, imágenes de cadalsos, de quemaderos, de
arcas mortuorias, aparecían en la penumbra; llamaba entonces a sus
criados con brusquedad, y, mandando cerrar las ventanas, hacía
encender sobre las mesas, sobre los contadores, sobre todos los
muebles, numerosos candelabros, candelabros traídos de todas las
estancias. Pero aun en medio de aquella deslumbradora luminaria,
de aquel incendio de cera que reverberaba en su rostro, veíasele
palidecer y pasarse la crispada mano por la frente, como si buscara
arrancarse, a pedazos, alguna visión.
No faltaban, por cierto, razones a su dolencia. Los desengaños
cortesanos fueron el comienzo de su desgracia. Don Alonso, durante
la bienandanza de Antonio Pérez, había ofrecido en su honor
festines y cacerías, llegando a obtener de sus labios la espontánea
promesa de hacerle otorgar, en la primera ocasión, una silla en el
Consejo de Italia. Luego, cuando la estruendosa caída del privado, y
aun después de la fuga, el caballero avilés, fiel a sus principios de
lealtad, fue quizás el único palaciego que osara defenderle. Esto
bastó. Una consigna sigilosa bajó de lo alto. Se le hizo sufrir toda
suerte de humillaciones, se le postergó en las ceremonias, se le vejó
ante las damas, sus memoriales fueron a dar a los braseros. Algunos
eclesiásticos le abordaban dulcemente y le proponían, cual si fuera
por mero esparcimiento, teológicos problemas que rozaban el
dogma. Estaba perdido. Aquel hijodalgo que creía no conocer el
miedo conoció el terror, un terror sobrenatural, un terror por encima
del coraje del hombre. Era el maleficio, el aojo del Rey.
Su varonil empaque tomó entonces un aspecto doblegado y
taciturno. Su tez cobró un tinte macilento. Las antiguas cuartanas
reaparecieron.
En aquella sazón, un pintor, a quien llamaban el Greco, hízole su
retrato. Peregrina pintura, en la cual podía descifrarse el secreto
íntimo del hombre, mejor que en su semblante verdadero, como si el
artista hubiese untado el pincel en la substancia viviente del rencor,
de la melancolía, del orgullo. Alta lechuguilla exornaba el rostro
amarillado y patético. Se veía que el interno brasero de las pasiones
extremas desecaba la carne y atosigaba y torcía los humores. El iris
y la pupila, estriados de biliosas agujas, verdegueaban bajo un fluido
transparente, que parecía renovarse sin cesar, como el de una mirada
viva, y la boca se encogía bajo el mostacho, como si luchara por
contener algún altivo denuesto. Máscara tiesa de cortesano
disfrazando a medias la honra colérica, el brío estrangulado.
Al mismo tiempo un apaciguamiento místico y una luz de religiosa
esperanza parecían envolver la figura y formar la atmósfera del
cuadro.
Cuando don Alonso, ahitado de la corte y viendo venir la
ancianidad, determinó refugiarse en su propia mansión, contando
repartir los años que le restaban entre el amor de su hija y el goce
tranquilo de los tesoros de curiosidad y de arte, aglomerados en las
señoriles estancias, nuevos infortunios, cada vez más inesperados y
violentos, vinieron a buscarle allí mismo y a poner en peligro su
honra, su libertad, su linaje y hasta su último resto de dicha en la
tierra.
Don Alonso amaba a Beatriz con amor ciego y tolerante de padre
mundano. La educación que él la diera no había consistido sino en
ceder a todos sus antojos, en seguir embobado todos los sesgos de su
veleidoso espiritillo. Una caricia de aquella manita diablesca, un
oportuno gimoteo, bastaban para que el ruego más descabellado le
pareciese al hidalgo la más razonable exigencia. Con esta blandura
corruptora creía agregar al propio afecto el de la madre ausente, a
quien el nacimiento de su única hija habíala costado la vida.
Tomole maestros de danza, de canto, de vihuela; de todas las cosas
que se aprenden sin dolor y ofrecen más tarde nuevos licores a la
juvenil embriaguez. Espantábale someter aquella cabecita de ángel
pelinegro a cualquier esfuerzo penoso. A los quince años, la niña
sabía apenas deletrear. El arte de la labor le era desconocida. Su
séquito de dueñas, antes la servía para mantener en torno suyo el
aparato ceremonial, que para custodiar su persona; y como su padre
pasaba tanto tiempo en la corte, Beatriz gobernaba el solar a su
antojo, cual infanta levantisca. Sin embargo, doña Alvarez, que
había aprendido su oficio en las grandes casas de Madrid, solía
dirigirla, ante los extraños, severos apercibimientos, que ella
escuchaba con mohín mentiroso de enfado, comprendiendo que todo
aquello contribuía a presentarla como una joya delicadísima, como
un ser exquisito y precioso rodeado de las más atildadas
precauciones.
De esta guisa, sabiamente aleccionada, comenzó a llenar Beatriz su
misión en la tierra: reír, vestir hechiceramente, hacer cada vez más
ligera su danza, salpicar a cada giro del faldellín un rocío de
fascinación. De alambique en alambique, llegó a ser una verdadera
quintaesencia de cortesanía y de embeleso. Todo lo que era pesado o
boto para el amor desapareció de su menuda persona, no quedando
sino lo vivaz, lo mondo, lo agudo, lo picante, el grano concentrado
de especia, el clavo de olor, capaz de perfumar a un tiempo
innumerables deseos.
A pesar de su celoso cariño, don Alonso deseaba casarla temprano,
con algún mancebo capaz de mantener el lustre de la sangre. Ramiro
se le impuso con predilección exclusiva. Todo, en aquel
descendiente de ilustres caballeros, la precoz seriedad, el porte, el
discurso, le inspiraban el presentimiento de una vida llamada a las
más heroicas empresas. Además, había notado que cada vez que
pronunciaba su nombre delante de Beatriz, el rostro de la doncella se
coloreaba al pronto de instantáneo rubor. Llevola tan sólo una vez a
la corte para no poner en peligro su propósito, y trató de alejar a los
hermanos San Vicente, cuya familiaridad debía inspirar a Ramiro
perpetua desconfianza. Para esto ordenó a doña Alvarez que, así
como Gonzalo o Pedro se presentasen de visita, estando él ausente,
les hiciera decir que Beatriz no podía recibirles mientras su padre no
regresara de la corte.
El segundón fue el primero en llegar. Al escuchar la consigna, pensó
que fuera cosa de la servidumbre, y como venía de una taberna,
quiso entrar de buen o mal grado, amenazando abrirse paso con la
espada; pero los porteros, dispuestos a morir en el umbral,
permanecieron inconmovibles.
Gonzalo, por su parte, tomó un camino más seguro: el soborno de
doña Alvarez. Como los cuartos se trocaron en reales y los reales en
doblones, la dueña se fue ablandando como correaje en el unto, y el
mancebo pudo contar, en la misma alcoba de su amada, con una
nueva Celestina de prodigiosos ardides.
El rumor de aquel violento desaire corrió por la ciudad y fue el
origen de un odio acerbo entre las dos familias. Doña Urraca tomó a
su cargo la venganza. El favor de que gozaba su marido en la corte,
a más del cargo de comisario del Santo Oficio, serían armas
sobradas para abatir algún día la soberbia de su pariente.
Por aquel tiempo, cierta noche de verano, don Alonso encontró
sobre un bufete de su cámara un papel misterioso. Interrogó a los
criados y a las dueñas. Nadie supo responder. Se le decía, sin firma
alguna, que Ramiro era hijo de moro. Riose de aquella ridícula
especie, y mientras despedazaba el papel, recordó la anterior
invención sobre la complicidad del mancebo con los conspiradores
de la morería. Los meses pasaron. Por fin, pocos días antes de la
muerte de don Íñigo, volvió a recibir un billete en el cual le
manifestaban que Ramiro era hijo de doña Guiomar de la Hoz y de
un moro de Córdoba; y que si acudía tal día, a tal sitio y a tal hora,
se le haría conocer toda la historia del nacimiento.
Don Alonso dirigiose al lugar de la cita, acompañado de un solo
lacayo. Era una cuesta, poco antes de llegar a la Encarnación, donde
el rumor de una fuente ablanda la aspereza del paraje. Cuando le
pareció que había sido burlado, un hombre menudo y encogido salió
por detrás de una encina. Era Diego Franco, el campanero de la
Catedral. Gorra en mano, y acechando al hablar con sus ojos
pequeños y vivos todo el contorno, repitió la historia que Medrano le
había referido, en lo alto de la torre, durante una hora de beodez.
Juraba por todos los santos, daba los más verosímiles indicios, y
afirmaba que cuando doña Guiomar se había casado con el caballero
Lope de Alcántara ya estaba preñada del moro.
Sólo entonces, relacionando con aquella narración ciertos
pormenores que él había observado indiferentemente en casa de don
Íñigo, concibió don Alonso la primera sospecha. Pensó en la llegada
tan misteriosa del padre y la hija para no volver, nunca más, a su
casa de Segovia; en el nacimiento de Ramiro en Avila a los pocos
meses; en la vida claustral que llevaron durante algunos años; en la
constante melancolía de doña Guiomar; en la escasa afección del
anciano por su nieto; en el silencio que rodeaba la memoria de aquel
Lope de Alcántara, muerto, sin embargo, tan gloriosamente por su
Rey. La denuncia resultaba asaz verosímil. ¿Qué hacer? Había un
medio de saberlo: preguntárselo derechamente a don Íñigo. Pero su
viejo amigo estaba concluyendo.—No importa—se dijo, y, aquella
misma tarde, se dirigió a la casa del moribundo.
El anciano estaba rígido en el lecho. Como se esperaba su muerte
por momentos, habíanle vestido el manto todo blanco que prescribía
para aquel último trance la regla de Santiago. Sostenía su cabeza el
mismo cojín de cuero verde sobre el cual su esposa doña Brianda
había exhalado el último suspiro.
Don Alonso pidió que les dejaran a solas. Cuando todos se retiraron,
el moribundo bajó tristemente los ojos hacia el amigo. Entonces
Blázquez Serrano pidiole disculpas de venir a turbar aquellos
momentos de saludable meditación; pero se trataba, dijo, de un
asunto harto grave y venía a exigirle el postrer homenaje a la
amistad que les había ligado hasta entonces.
—Vuesa merced se va—exclamó;—pero yo quedo, y solamente la
palabra de vuesa merced puede auxiliarme en esta cuita.
Luego declaró su deseo de casar a Beatriz con Ramiro, y refirió la
denuncia que acababa de llegarle.
—Yo sospecho que vuestro nieto es víctima de una villana
calumnia; pero en caso contrario—añadió don Alonso acercando su
rostro al rostro del anciano y tomando el tratamiento familiar,—en
caso contrario, vos, mi grande amigo, no permitiréis que esa
desventura se extienda hasta mi casa. Por Nuestro señor Jesucristo,
decidme, aquí a solas, agora que nadie nos escucha: ¿es esto verdad?
Don Íñigo parecía no haber oído un solo vocablo, como si su espíritu
flotara en región demasiado lejana; pero de pronto sus grandes ojos,
donde la vida se apagaba como la última penumbra en agua inmóvil
y triste, comenzaron a manar, sin el menor movimiento de los
párpados, un humor abundoso, un flujo de lágrimas. Poco después,
entreabrió lentamente la boca, y una sola sílaba, pronunciada con
fuerza, como por otro ser invisible, una sílaba que era todo un
inmenso dolor, resonó en el silencio:
—¡Sí!—dijo don Íñigo.
Y fue un sí espectral, lúgubre, un largo sí de otro mundo. Ultimo
aliento, última burbuja de aquel espíritu que se hundía para siempre
en el mar de la eternidad.
Pocos días después aparecieron en Avila los pasquines sediciosos, y
aunque don Alonso, prevenido y aconsejado por el mismo don
Diego, habíase marchado la víspera a la corte, el señor de San
Vicente y su esposa, en una plática de sobremesa, soplaron su
nombre al doctor Pareja de Peralta, alcalde de corte enviado por el
Rey. La intimidad de Blázquez Serrano con los culpables hacía
verosímil la denuncia, con sólo presentarle como a uno de esos
vasallos hipócritas que dan su sonrisa al monarca y el corazón a los
rebeldes, y se hacen encontradizos en palacio, justamente cuando va
a estallar en algún punto del reino la mina que ellos mismos
ayudaron a socavar.
Una carta de su maestresala trájole la primer advertencia. Por ella
supo don Alonso que, en la tarde del 21 de octubre, un hato de
ministros de justicia había invadido su mansión, penetrando en todas
las cuadras, revolviendo armarios y arcones, descajonando hasta el
último escritorio y concluyendo por llevarse un gran fajo de papeles
y un sello de amatista con las armas de Bracamonte. El y otros
criados habían querido impedirlo, pero el alguacil les había
amenazado con la horca, invocando el nombre de Su Majestad.
Don Alonso resolvió trasladarse a Avila, sin pérdida de tiempo, para
tranquilizar a su hija y desbaratar las calumnias. La intriga estaba
hábilmente urdida y, aunque los mismos papeles secuestrados
comprobaban su inocencia, el sofisma procesal torturó los hechos y
los vocablos. Por fin, la generosa intervención del prior de Santo
Tomás vino a socorrerle al borde mismo del derrumbadero,
paralizando la causa.
Sin embargo, pocos días después de la ejecución de Bracamonte, y
no sin prevenir de antemano al Corregidor, marchose don Alonso
para Madrid, con el propósito de pedir amparo a su amigo el Conde
de Chinchón y arrojarse a los pies del soberano protestando de su
inocencia.
Felipe Segundo se hallaba todavía en El Escorial, y don Alonso
prosiguió su viaje con una carta del Conde. Durante el camino,
reclinado en los cojines del coche, fue componiendo en su mente
dramático discurso, con el cual contaba conmover el corazón del
monarca. Ensayaba la mímica y la voz, trocaba un vocablo por otro,
rehacía toda una frase y, lleno de confianza, cumplimentábase a sí
mismo por el hallazgo de un epíteto más culto o de un hipérbaton
más elegante.
Dos días tardó en hacerse conceder una audiencia. El Caballerizo
Mayor le condujo.
El Rey se hallaba en la antecámara de su celda, y llenos estaban los
vecinos corredores de gente togada, de frailes, de clérigos, de
cortesanos. Todo un mundo vestido de ropas negras o pardas que se
movía con actividad silenciosa y grave.
El sol de otoño inundaba el cuartujo monástico donde eran recibidos
los embajadores. Don Alonso respiró al entrar un tufo de ungüentos
medicinales. Dos anchos bufetes cargados de papeles ocupaban el
fondo. En uno de ellos trabajaba Rodrigo Vásquez, en el otro un
hombrecillo hirsuto y barbinegro que don Alonso no conocía. Fray
Diego de Chaves, acercándose a una de las ventanas, púsose a mirar
hacia el campo.
El monarca más poderoso de la tierra, el rey taciturno y papelero,
estaba sentado en una silla frailuna, con una pierna extendida sobre
un taburete y el codo apoyado en una tosca mesa de roble, anotando
sin cesar, con su propia mano, pilas enormes de documentos. En pie,
a su izquierda, Santoyo, su ayuda de Cámara, tomaba las fojas y
espolvoreaba de arenilla la reciente escritura.
Felipe Segundo debía de estar harto enfermo. Su tez había cobrado
opaco blancor de yeso humedecido.
No se oía en la estancia otro murmullo que el rasguear incesante de
las péñolas en el papel.
Afuera el aire resplandecía y el cielo azul brillaba como un límpido
esmalte sobre la austera y rocosa campiña. Por momentos el Rey
levantaba la cabeza para meditar, y la luz que entraba por los vidrios
desteñía del todo sus pupilas quietas y aceradas de serpiente.
Don Alonso esperaba junto a la puerta, y, para distraer su emoción,
desviaba por momentos los ojos hacia una extraña pintura
suspendida del muro: loca apariencia, de zodíaco infernal, lleno de
condenados y demonios.
Aquel monarca no precisaba del aparato de los tronos. Cuando llegó
el momento de entregarle la esquela del Conde y doblar ante él la
rodilla, don Alonso sintiose temblar de la cabeza a los pies. El Rey
leyó brevemente. Luego, su boca fría, violácea y duramente crispada
hacia adentro, como si mordiese ya la acre ceniza de todas las
glorias del mundo, dejó escapar, moviendo levemente los labios, una
voz apenas perceptible:
—Si fueseis tan leal vasallo como el Conde asegura—dijo—bien
pudisteis prevenirnos de la aleve traición que se tramaba a vuestra
vista.
Don Alonso quiso entonces decir lo que llevaba ordenado en su
memoria; pero sus ojos se encontraron con los del Rey, y su razón,
inhibida de pronto, no halló sino vocablos importunos, deshilados,
inocuos:
—¡Vuesa Majestad no debe dudar... yo nunca imaginé... soy todo
inocente!
El Rey le detuvo con un ceño y sus labios volvieron a moverse. Pero
esta vez nadie, ni acercando el oído a su rostro, hubiera podido
distinguir una sola palabra. Era como el monótono zumbido de un
insecto, el mismo lenguaje incomprensible y sordo que exasperaba a
los emisarios de otros soberanos.
Por último, la mano que descansaba asida a la cadena de oro del
toisón, una mano de cadavérica blancura, levantose en el aire
señalando la puerta; y como don Alonso vacilara, el regio ademán
acentuose con un estremecimiento perentorio del índice. Toda
réplica hubiera sido fatal. El caballero obedeció.
Cuando Blázquez Serrano se halló de nuevo a solas, en su coche,
camino de Avila, el fuego de la honra comenzó a encenderle la
sangre. Ya no quería seguir meditando en la enormidad del ultraje
recibido, buscaba sólo la forma de la venganza. Pensó con
admiración y con envidia en su amigo Antonio Pérez; pensó en huir
como él a una corte extranjera y lanzar desde allí contra el tirano las
silbadoras saetas de su rencor. De esta suerte haría eterno su
nombre, y su honra vengada pondríase a la par de la grandeza del
Rey. Al concebir esta idea, una puerta ilusoria abriose de pronto en
su imaginación, y sus ojos vieron de nuevo la figura sobrehumana de
Felipe Segundo siguiéndole con la mirada a lo largo de los caminos.
Todo su brío se desplomó. Hallose anonadado, vencido, por algo
irresistible, como el poder de un hechizo funesto. ¡Ahora sí que su
garganta sentía la hez nauseabunda de las ambiciones palaciegas!
Asaltole frenética ansia de dejar de existir para el siglo, de entregar
lo que le restaba de vida al servicio de Dios, entre los cuatro muros
de una celda.
Al día siguiente, al acercarse a Avila, ordenó al cochero que se
llegase al convento de Santo Tomás. Quería hablar de paso con el
Prior.
Era un mediodía frío y luminoso de fines de octubre. Los arrieros
moriscos dormían al borde de la carretera, junto a sus botijos,
echados panza arriba, como asesinados. La ciudad de las
herrumbradas murallas y poderosos torreones parecía hartarse de
sol. Reinaba en torno un sosiego resplandeciente y adusto. Don
Alonso recordó el verso de Alighieri:
Loco e in Inferno detto Malebolge,
Tutto di pietra e di color ferrigno,
Come la cerchia che d'intorno il volge..
Entró derecho a la celda de su amigo atravesando el Patio del
Silencio. Abrió la puerta con suavidad. El religioso dormitaba
extendido de espaldas sobre rústica tarima; su boca, entreabierta,
sonreía dichosamente. Una de sus piernas colgaba fuera del lecho, y
el pantuflo, sostenido sólo por los dedos del pie, rozaba las losas.
Blázquez Serrano, antes de despertarle, contemplole unos minutos
con envidiosa admiración.
Una hora después salía del convento resuelto a ingresar a las
órdenes.
Quiso entrar a su palacio por la puerta del corral, y subió
cautelosamente las escaleras, pasando por la librería y avisando
silencio a los criados que se adelantaban a recibirle.
¡Cuán hondo movimiento de fastidio produjeron ahora en su ánimo
aquellos vastos salones, donde había aglomerado con obstinada
pasión tanto objeto valioso, escogido y adquirido por él, en sus
viajes!
¡Oh tediosas vanidades! ¡Cuánta pena inútil, cuánta ceguera, cuánta
puerilidad significaban aquellas fruslerías entre el amargo realismo
de la existencia! ¿Para qué tanto afán disipado en colorir y labrar
marfiles y leños, en retorcer la pasta quemante del vidrio, en
incrustar ataujías ante la expectativa de la muerte?
¡Y qué decir de la pompa de los estrados, del boato de las
colgaduras, del aparato de las libreas!
¡Ah, tantos años sin encontrar la verdad! ¡Pero ahora, al menos, la
veía ante sus ojos como escrita en letras de fuego sobre el muro:
librarse cuanto antes de la pesadumbre de la riqueza, ir en pos de la
quietud, de la humildad, del escondrijo espiritual, lejos de la intriga
mundana, lejos de los rostros crispados por la codicia y el odio, y
dirigir todas las potencias del alma hacia el supremo objetivo de la
salvación! Era ya un anciano y no podía ofrecer al Señor sino un
pasado de crímenes y un aparato caedizo y funesto de vanagloria.
Habíase sentado en un sillón de la librería, esperando que aderezaran
su lecho.
—Aún queda remedio—se dijo de pronto, y levantose bruscamente
para hacer llamar a su confesor y consultarle, sin demora, la reciente
determinación de ingresar a las órdenes. Pero, al acercarse a una
puerta, su oído comenzó a escuchar un acompañamiento de rabel y
una voz juvenil y melodiosa. Despegó azoradamente los labios. ¡Su
hija!
De estancia en estancia fuese acercando a la alcoba. La puerta mal
cerrada dejaba una abertura, pero don Alonso no pudo ver sino a la
dueña que, sentada sobre un almohadón, seguía el compás con la
cabeza, entrecerrando los ojos. Beatriz cantaba:
Ventura quiso qu'os viese,
amor que luego os amase,
ausencia que n'os mirase
porqu'en veros no muriese:
todo lo hizo ventura,
ventura fue conosceros,
conosceros fue quereros,
quereros fue desventura.
I
Ramiro pasó las dos primeras semanas vagando al azar por las
callejas y plazas de Toledo, sin compaña, sin paje, sin amor,
solitario en el tumulto.
La curiosidad forastera sacábale del lecho más temprano que de
costumbre, y, casi todas las mañanas, cruzando el Zocodover y
tomando la calle de las Armas, íbase al puente de San Martín, con el
paso desocupado y tranquilo que cuadraba a un hombre de su
estirpe. De esta suerte, yendo y viniendo a lo largo de la calzada, o
recostado ociosamente contra el parapeto, dejaba correr una o dos
horas, sin más ocupación que la de ver llegar el abasto campesino en
el deleitoso amanecer. Sus ojos se holgaban en observar la confusión
de trajes versicolores, de fachas rudas y curtidas, de espuertas
rebosantes, y el polvoroso tropel de borricos, de bueyes, de rebaños.
Era el acopio cuotidiano de la Vega y de las dehesas de los
contornos, acudiendo a la ciudad por aquel puente vertiginoso que el
sol matinal sobredoraba. Era toda la serna, toda la nava, toda la sizla
con sus olores rústicos, sus balidos, su campanilleo, sus cantares. A
veces, por unos pocos ochavos, el joven avilés tomaba de los cestos
algunas uvas de Mozamboroz o Ajofrín, enfriadas por el rocío.
Harto penoso érale volver a pasar bajo los arcos sucesivos del
antiguo torreón almenado que guarnece la cabecera. Sus piernas se
hundían en una ola brusca de cabras o de carneros; aquí un borrico
le estropeaba la bota con la pezuña, allí una vaquera de la sagra le
apartaba de un manotón. No había quien no se aturdiese bajo la
oquedad de aquella puerta, donde los gañanes se complacían en
hacer estallar sus alaridos, y los cencerros pastoriles resonaban como
esquilones.
Más tarde, después de admirar el artificio de Juanelo, que remontaba
el agua del río hasta el Alcázar, o de recorrer, uno a uno, los
escaparates de las espaderías, íbase a visitar las iglesias; y, casi
siempre, una hora antes del toque de oraciones, sin más que
levantarse el mostacho con los dedos, entraba en el Zocodover y
poníase a pasear por la plaza o por debajo de los soportales, hasta la
noche. La barba a medio crecer, la palidez del semblante, las botas
de camino, el aludo sombrero, el largo espadón y sus raídas y
polvorientas ropas, dábanle toda la traza de algún soldado de
Flandes, salido apenas del hospital de Santa Cruz.
Aquella existencia ignorada, sin vanidad ni pasión, fuele
sumergiendo en un estado semejante a la placidez de las
convalecencias. Olvidado casi de la tragedia que dejaba a su espalda,
dando su libertad por segura, y sin otro torcedor que el que iba
renovando en su conciencia el recuerdo de sus amores con la
morisca, malbarató las últimas joyas y vendió su embarazoso rocín,
para juntar de esta suerte algunos doblones que le evitaran por algún
tiempo las ruines urgencias del dinero.
Ya no era su desventurado amor ni la muerte de la traidora Beatriz
lo que clamaba en su pecho. Todo aquello había sido como una hoja
trágica doblada para siempre, un accidente de la fatalidad que no
dejaba cuenta alguna en su contra.—La esposa o la desposada que
nos burla—habíase dicho a sí mismo—se troca, al pronto, en nuestro
peor enemigo; una vez descubierta no queda sino darle muerte sin
piedad, y después olvidarla, olvidarla del todo, barrer del corazón
hasta su nombre, inhumar su recuerdo como un harapo de pestífero.
He ahí la vieja ley de la honra. En cambio, el breve relato del
clérigo, en la venta de Cebreros, había renovado en su espíritu
cavilaciones y remordimientos que él consideraba abolidos para
siempre. De modo imprevisto, las escenas lejanas de su
amancebamiento con Aixa se reanimaron en su memoria con
torturante viveza, y llegó a pensar que los demás pecados de su vida
no sumaban todos un pecado como aquél, y que su alma estaba
perdida para la eternidad si no lograba purgar tamaña traición contra
el reino, contra la memoria de sus mayores y contra la Santa Iglesia
de Cristo.
Al mismo tiempo, un extraño temor comenzaba a agitarle. ¿Qué era
aquello del jugo de hierbas hechiceriles que le habían hecho beber
sin que él lo advirtiera? ¿No habría mediado, en verdad, como el
clérigo decía, algún filtro, algún bebedizo diabólico? Acordose de la
mirada tan profunda, tan extraña, que su antigua manceba le había
dirigido ante el Tribunal de la Inquisición, al ser arrastrada de nuevo
a la tortura, y pensó en algún terrible aojamiento, cuya influencia
pudiera prolongarse durante todo el resto de su vida.
—¿Qué impulso incomprensible—preguntábase entonces—acababa
de encaminarle a Toledo, adonde ella misma había de ser conducida
por los peones del Santo Oficio?
Esta última reflexión hacíale estremecer por momentos y le llenaba
de miedo sobrehumano; pero, a veces, una voz interior y
complaciente le susurraba que su Divina Majestad había querido
traerle a la ciudad justiciera para que viese desecar con el fuego su
antigua charca de lujuria.
Ciertos días, pasaba las horas largas vagando por la Catedral, como
en una selva de piedra toda florecida de vidrios ardientes; y,
meditando a un tiempo su pecado, postrábase de hinojos, aquí y allá,
a la sombra de las capillas. Pero en los instantes de aguda congoja
prefería una de esas iglesias íntimas, como San Andrés, San
Torcuato, Santo Domingo el Real, San Juan de la Penitencia, donde
se apelotonaba junto a un altar solitario, con el rostro entre las
palmas. Otras veces devanaba su tribulación caminando y
caminando por las calles, al azar de su capricho.
Toledo le subyugaba con su complicado misterio. Era una ciudad
muy distinta de su ciudad natal. Avila, a más de ser tan reducida, era
neta y comprensible. En cambio, nada más fácil que extraviarse en
el toledano arabesco de callejuelas. Aquí el cielo se veía casi
siempre como desde el fondo de un foso y su añil sobrecargado se
recortaba estrechamente entre el doble cobertizo negruzco de los
aleros. En algunas calles, angostas como corredores, las fachadas se
levantaban siempre obscuras, y sólo en lo alto ardía, sobre la cal, la
brusca faja de sol.
Sobre estos canales de sombra, los balcones cerrados suspendían su
cofre de espionaje y de misterio. A veces un brazo blanco como la
nieve asomaba entre las maderas y arrojaba hacia Ramiro una flor o
una alcorza. Los fieros portones, erizados de hierro, hacían pensar
en la cautela de los antiguos serrallos. Ramiro atisbaba un tufo de
Oriente; todo trascendía para él a magia, a nigromancia, a Alcorán; y
el odio religioso, exaltado por su remordimiento, le contraía el
corazón cuando atravesaba los barrios de la morería, entre las
covachas atestadas de sedas multicolores, de bonetes de grana, de
cereales, de especias, de perfumes. Los muros hasta la altura de un
hombre, estaban ennegrecidos por el mismo roce indolente que
adelgaza los pilares de las mezquitas. El converso, con sus velludas
piernas cruzadas sobre el mostrador, llamaba a los compradores
golpeando con fuerza el platillo de su balanza de cobre. Era la
misma gárrula, las mismas gesticulaciones, las mismas amenazas
bestiales e inofensivas del arrabal de Santiago; pero mucho más
tumultuosas. A veces, al pasar junto a una ventana, Ramiro
escuchaba el rumor de una zambra, y su imaginación evocaba, a
pesar suyo, los pies desnudos de Aixa, haciendo martillar las
ajorcas, su boca pintada y sus pestañas cargadas de amor y de
hechizamiento. Buscaba entonces, hacia una y otra parte, los signos
graves de la religión: los humilladeros, los paredones conventuales y
la misma cruz vencedora, en lo alto de los campanarios, donde
brillaba todavía el esmaltado azulejo incrustado por los infieles.
El recordaba añejas historias que había leído o escuchado referentes
a Toledo, lúbricas historias que desprendían, como ropas de
amantes, un olor de fiebre y de lascivia. Por eso aquella ciudad le
hablaba ahora con el lenguaje de su propio dolor, cual si fuera el
trasunto corpóreo de su alma.
Toledo era la ciudad arrepentida y penitente, la ciudad expiatoria.
Sus monasterios iban borrando con sangre y con lágrimas el oprobio
de los serrallos, la lubricidad de los baños y los divanes. Las
tremendas virginidades monásticas desvanecían al fin, para siempre,
la sombra de las Jarifas y las Galianas. El hisopo purificó las
mezquitas exorcisando los mihrabs y las albercas de las abluciones.
Muchas capas de cal habían ocultado y carcomido los arabescos. Las
voces frenéticas de los monjes, en los coros obscuros, ahogaban en
la memoria hasta el último eco del canto de los almuédanos. La cera
y el aceite ardían de continuo. Los antiguos alminares lloraban con
campanas católicas su remordimiento.
Un ensueño de otra vida, un ansia de salvación eterna brillaba en la
pupila febriciente de los hidalgos, vestidos casi todos de negro. Las
moradas mismas tenían semblante monástico. Vivíase en ellas una
existencia de silencio, de sombra. Un farolillo alumbraba
continuamente en sus zaguanes obscuros alguna imagen de Nuestra
Señora, como en la portería de los beaterios, y las celosías
diseminaban en el ambiente perfumes de iglesia. Aquella ciudad,
profanada por los judíos y los moros, antojábasele a Ramiro, sumida
como un solo ser, en inmenso dolor religioso; y, a la hora del
crepúsculo, creía respirar a través de sus calles, errante hálito de
vigilia, un aliento febril de insomnio, de penitencia.
El también tenía que exorcisar su corazón, borrar otras lascivias y
perjurios, y abatir del todo la deshonrosa memoria que se levantaba
como un peñasco entre Dios y su alma.
Una tarde, sentado en un poyo del Zocodover, ligó Ramiro amistad
con el viejo espadero Domingo de Aguirre. Era la hora de la siesta.
Se hubiera dicho que la campanada de la una caía sobre Toledo cual
hipnótico ensalmo. Todo se hundía, al pronto, en el mismo
encantamiento. Hasta los vendedores errantes se postraban junto a su
mercancía, donde les tomaba el golpe de badajo. En la plaza, más de
uno se terciaba el embozo y se quedaba dormido. Toda la gente
ociosa y corrillera, rufianes, pordioseros, soldados inválidos,
menestrales sin trabajo, señores de la hoja con encerado bigote y
calzas de color, y más de un hidalguejo de poca monta, se
confundían en aquel reposo común bajo la lumbre meridiana. El
caserío recortaba cegadoras blancuras sobre un cielo de zafiro. Los
gallos cantaban a lo lejos en los cigarrales.
Ramiro observaba menudamente aquellos hacinamientos de capas
verdachas y parduscas. Entretanto, sentado a su derecha, el espadero
le miraba de hito en hito, como si deseara entablar amistad. Por fin,
en voz muy baja y señalando el arma que Ramiro llevaba suspendida
del talabarte, prorrumpió:
—¿Da licencia el caballero para mirar en la mano esa hermosa
espada que lleva?
Ramiro se la ofreció buenamente.
El hombre, después de haber desenvainado como un palmo de hoja,
observó atentamente el recazo:
—No en vano—agregó—me había guiñado esta joya. He aquí la
marca de mi padre, Hortuño de Aguirre, ¡que Dios haya!
Desnudándola entonces del todo, asiola de la punta con la otra
mano, y, arqueándola como un junco, dejola escapar en seguida con
viveza. El metal vibró como una campana que sonara muy lejos.
—¡Ah, ya no se forjan espadas de este jaez, señor hidalgo!—agregó
Domingo de Aguirre.—El acero es cada día más sucio y el temple
más ruin.
—Dícese, en verdad—contestó Ramiro,—que habéis perdido
algunos secretos de antaño.
—En cuanto a secretos, señor, nunca los hubo. El agua del Tajo es la
mesma, sus lodos no han cambiado, el fuego es siempre el fuego, y
en punto a lo que habría que hacer todos lo saben. Lo que se ha
perdido es la honra. Hoy todo es interese y malicia. Fuera de uno
que otro como Ayala o Jusepe de la Hera, ya no buscan sino hacer
pronto y llenar la alcancía. En mi tiempo batíamos cada espada
como si nos estuviesen mirando el mundo entero y Dios mesmo. Si
no salía honrada e cumplida, como era menester, no la poníamos en
la lonja por todo el oro de las Indias. ¡Ah, cuando estaba yo por
rematar una hoja e sacábala por última vez de las ascuas, color de
hígado, y le untaba la riñonada para ponella a enfriar punta arriba,
me temblaba el corazón, señor hidalgo!
Ramiro observó de reojo a su interlocutor. Llevaba una hermosa
ropilla color de avellana que dejaba entrever el jubón de terciopelo
carmesí. Un cintillo de oro chispeaba en torno de su alto sombrero.
Su rostro cetrino, ancho y abultado hacia la frente, se iba
enangostando como un higo moreno, hasta concluir en la puntiaguda
barbilla. Bajo cejas negras todavía, brillaban dos ojillos penetrantes
y nerviosos, que habían vivido catando el tinte justo de los hierros y
siguiendo el arabesco de las ataujías. El fuego había chamuscado sus
manos verrugosas y obscuras como sarmientos. Su boca grave y su
adusto mirar expresaban pundonor y firmeza.
Aunque Ramiro había mirado siempre con aristocrático desprecio a
todo aquel que envilecía sus manos en los oficios mecánicos, pensó
esta vez que la sabia fabricación de las armas debiera estar exenta de
villanía, como faena preclara puesta al servicio de las más altas
empresas. Además, había oído decir que los señores toledanos no
desdeñaban el trato de los espaderos insignes y que las fraguas de la
ciudad eran sitio de reunión y de esparcimiento de los nobles.
Aquellos artífices eran merecedores sin duda de un respeto especial.
Encerrados en el humoso taller, domeñaban como cíclopes el hierro
tenaz y el fuego bravío, y se iban transmitiendo de generación en
generación el rudo sacerdocio de su maestría. La pasión de la raza
les había demandado para su uso más alto aquellos aceros únicos,
aquella insigne herramienta de la honra y la dominación. Sus dagas,
sus rodelas, sus estoques, sus armaduras, habían hecho tan famosa a
Toledo como los concilios.
Domingo de Aguirre, habiendo vuelto la espada, apoyaba ahora
ambas manos en la suya y continuaba diciendo:
—¿Qué mucho, señor, que las armas no sean ya lo que fueron,
cuando vemos que la nación entera va camino de su perdición?
Ramiro hizo un gesto de asombro.
—Sí, señor caballero; España se pierde. Las Cortes claman y el Rey
no las oye. Al pechero se le va quebrando el espinazo bajo el fardo
de los tributos, las industrias están enfermas del gusano de la
alcabala, las ciudades mohínas, los campos miserables. Agora toda
la arte del privado está en saquear a los pueblos. Roerles hoy todo el
esquilmo, hasta la sangre, aunque mañana perezcan. Daca, daca, y
vénguese Menga contra el que venga.
—¿Y piensa vuesa merced—replicó Ramiro—que por tributo más o
menos debiéramos abandonar las guerras honrosas que van
asentando nuestro renombre por todo el mundo y harán de la nación
española el asombro de los siglos venideros?
Hizo dicha interrupción con acento cortés, sin ánimo de contrariar
aquella verbosidad que comenzaba a interesarle y que por momentos
le traía a la memoria las palabras de Bracamonte.
—Guerras honrosas, señor, eran las de antaño, cuando se ganaban
reinos a punta de espada,—repuso el espadero;—pero no éstas en
que todo se logra o se pierde por achaques de doblones. ¿Cree acaso
vuesa merced que los tercios van agora a la guerra por la gloria o por
hacer triunfar nuestra santa religión? Hoy día, como hago yo decir al
soldado de un entremés, que ha poco compuse...
Hizo una pausa, mondó el pecho, y, como un figurante, recitó el
siguiente discurso:
—Hoy día, ¡voto a Cristo!, no hay escudo que defienda como el que
suena en la bolsa, atambor que haga marchar mejor que los
doblones, reales más lucidos que los de plata. Antaño se arriesgaba
la vida por la gloria del rey, hogaño por su rostro acuñado en
Segovia. Gánanse los ducados con ducados, las plazas de Francia
con sus propias pistolas, ¡y juro por San Andrés!, que antes que
hacer cuartos a los herejes holgárame hacer cuartos de mis ochavos.
—Ingenioso lenguaje—exclamó Ramiro. Luego, levantando la
cabeza y abarcando con la mirada todo el ámbito del Zocodover,
preguntó bruscamente:—¿Puede decirme vuesa merced si es ésta la
plaza donde celebra sus autos el Santo Oficio?
—Aquí mesmo.
—¿Y son tan lucidos como se dice?
—Los de agora no son autos, sino autillos—contestó el espadero,
agregando en seguida con melancólico semblante:—¡Ah cuán poco
vividoras, señor hidalgo, las glorias de este mundo! Apenas vase
poniendo la cereza escura y mollar como conviene, cata ahí el
gusanillo. No ya los autos, sino que los mesmos juegos o alegrías de
agora ¿qué tienen que ver con lo que presenciaron mis ojos de
mancebo? ¿Qué se hizo aquella gala e aquella grandeza? ¿Quién
verá otra vez aquellas entradas de príncipes e aquellas fiestas
antiguas, e aquellas luminarias y disfraces, e aquellas bizarras
coheterías de botafuegos y voladores? ¿Qué fue de aquellos
regocijos, cuando las cuadrillas que iban a justar pasaban con sus
marlotas de seda, e las mozas de la mancebía, ataviadas de oro fino e
de cendales, danzaban al son del tamboril por las calles entoldadas?
Sí, señor hidalgo, Toledo no es ya Toledo—exclamó esta vez,
meneando el índice negativamente.—Con la corte se marcharon los
más grandes señores, y sus artífices, que tanta fama la dieron, son
agora como grano agorgojado. ¿Sabe vuesa merced que hasta los
torcedores de la seda, compelidos a ello por el exceso de los tributos,
van cayendo en la fraude y el encubrimiento, y que unos le agregan
sal o aceite para hacella más pesada, doblan el hilo bueno con el
crudo e sin torcer e toman esclavos o moriscos para abaratar los
jornales? ¡Ah!, ¡ya no es la mesma, no, esta cabeza de las Españas!
La siesta estaba por terminarse. Algunos bultos daban signos
indudables de despertar. Dos alguaciles caminaban al sol.
Aguirre, explicando en seguida las franquicias de su arte, acabó
diciendo:
—Vuesa merced sabe, sin duda, que el oficio de espadero es
hidalgo, y antes limpia que desluce la sangre, que sin eso no lo
hubiera ejercido mi padre, ni yo mesmo; pues nuestra casa viene de
muy antiguo y entronca allá por los tiempos del Rey Sabio, con los
señores de Haro, que es como decir el primer linaje de España.
II
En los días que siguieron Ramiro estrechó rápidamente su amistoso
trato con el nuevo conocido. Aguirre fuele revelando esas bellezas
de la antigua ciudad que el forastero no descubre por sí solo y que
parecen cantar a somormujo, como los grillos. Casi siempre los
paseos terminaban en la fragua de Jusepe de la Hera. Al ver entrar al
famoso maestro, los oficiales suspendían un instante su trabajo y los
que estaban cubiertos se quitaban respetuosamente la gorra.
Allí vio Ramiro, por primera vez, manipular las espadas ígneas, y
contempló con heroico deslumbramiento tantos aceros que iban a
lanzarse en seguida hacia las más diversas comarcas, frenéticos de
sangre y de honra.
Unos eran acostados sobre los yunques para recibir el castigo de los
martillos; otros lanzaban un grito viviente, animal, al ser hundidos
de pronto en el agua de las tinajas; a éstos, ya listos, les bañaban de
sebo, como al hombre que le engrasan después de la tortura, o les
llevaban al vecino taller para sufrir las incrustaciones de la ataujía.
De toda aquella fosca suciedumbre de cisco y de hierro surgían sin
cesar cosas espléndidas: cascos de irisado pavón incrustados de oro
purpúreo, rodelas de justa donde el amor mandaba inscribir un mote
demasiado indeleble, dagas de forma sarracena que llevaban en la
hoja un limpio nombre cristiano, estoques de gala para el Rey,
espadas de provecho encargadas con impaciencia por capitanes de
Flandes.
Oíase el jadear de los fuelles y el repique de las bigornias. Por
momentos un hombre casi desnudo bajo el chamuscado mandil,
abriendo el portillo de un horno, que reflejaba en sus carnes
sudorosas resplandores de infierno, arrojaba el puñado de arena o
asía con las tenazas algún trozo de armadura, que semejaba la
corteza de algún fruto rojo y fantástico.
Hacia el fondo, el patio encalado abría una fascinación de aire libre;
y los rayos del sol pasaban a través de un parral, varias veces
centenario. Allí se agasajaba a las visitas, y más de un señor de título
venía a escoger en persona una hoja para su espada.
Hacía más de cinco años que Aguirre había abandonado el oficio.
Era hombre adinerado y vivía a lo señor. Su casa, junto a Santiago
del Arrabal, estaba curiosamente alhajada. Años atrás, solía reunir
en ella a sus amigos en animados banquetes, ennoblecidos por el
encanto de la música, según el uso de Italia; pero, últimamente, una
extraña tristeza, un desapego de todos los halagos del mundo, un
creciente anhelo de terminar su vida en las órdenes, le iban ganando
el corazón y el cerebro. Era profundamente piadoso. Formaba parte
de varias cofradías y hermandades. Cuando se prosternaba en las
iglesias ante alguna imagen de Nuestra Señora de la Merced, a la
cual tenía particular devoción, su labio temblaba sin cesar, y los
ojos, echados hacia el cielo, se le quedaban en blanco.
Cierta vez, como aquel hombre volviera a hablarle de su abolengo,
Ramiro, olvidando la reserva que las circunstancias exigían, declaró
su verdadero nombre y la historia de su linaje. En seguida, sin
mayores rodeos, contó su desgraciado amor y la doble muerte de su
rival y de su amada.
—Bien hizo vuesa merced—respondió el espadero
tranquilamente.—¡Ay del varón que no hace lo mesmo! Tanto más,
cuanto que habiendo matado en buena lid al galán, cobró vuesa
merced el derecho de castigar de igual modo a la hembra. ¡Ah, si yo
dijera también mi desengaño!
Aguirre enmudeció y no volvieron a hablar de estos asuntos.
Sólo cuando Ramiro advirtió, cierta mañana, que de todo el dinero
que le pagara un morisco por las joyas y el rocín, quedábanle
únicamente en la escarcela tres escudos de oro y algunos reales de
plata, comenzó a barruntar los momentos de angustia que podían
sobrevenir. ¿Qué hacer? No había para qué pensar, claro está, en un
oficio mecánico ¡antes la muerte! y mucho menos en vivir de la
bolsa de un menestral, como su amigo el espadero. ¿Qué hacer, qué
hacer?
Al cabo de mucho cavilar, sólo dos soluciones quedaron en pie.
Veces pensaba en irse a buscar una cueva entre los montes de los
alrededores para imitar la santa vida de los anacoretas; veces en ir a
reunirse con Gaspar de Avendaño, el golfín, que tan
caballerosamente le ofreciera hacerle su segundo. Estaba resuelto a
escoger uno ú otro camino; pero la vacilación era grande.
Por fin, decidiose a confiar su cuita al espadero, y éste prometiole
hablar por él al Conde de Fuensalida, para que le recibiese como
paje de su cámara, Ramiro sabía harto bien que el entrar al servicio
de un señor tan poderoso como aquél y de sangre tan insigne, antes
acarreaba lustre que desdoro, y aceptó.
Recibió la plaza de gentilhombre con el cargo de ayudar al repostero
de plata. El tenía que traer la bacía de lavarse las manos, las toallas y
el limón cuando el Conde se levantaba, y alcanzar asimismo la
aljofaina, doblando la rodilla, según el ceremonial. Tocábale
también ofrecer, sobre un azafate, la golilla y el lienzo de narices,
acercar el orinal que presentaba el mozo de retrete, y sostener la
cajeta de instrumentos cuando el cirujano curaba al Conde una
antigua fuente del muslo.
En un principio, la existencia aparatosa de palacio sedujo su
fantasía; pero más adelante, cuando tuvo que vestir la rotosa librea
de un gentilhombre difunto, padecer un hambre perruna en medio de
tanta grandeza y complicarse con los demás oficiales en las más
ruines trapacerías para conseguir algún resto de manjar, viniéronle
ímpetus de salir de Toledo y correr a los campos dondequiera que
fuese. Para mayor desventura, tocole como compañero de cuadra un
hidalgo andaluz, sucio y meloso como un gitano, y de quien los
demás referían las más chocarreras historias.
En cambio, desde los primeros días sintiose atraído por el porte y la
franqueza del escribano de raciones Alonso de Velasco, natural de
Zamora. Cierta mañana Velasco hallole sentado en el escaño de un
recibimiento con el rostro medio vuelto hacia el muro y la mano en
la frente.
—¿Qué os sucede, señor del Aguila; filosofáis o dormís?—
preguntole.
—Meditaba, señor Velasco—repuso Ramiro,—en los graves
desengaños de este mundo, y que cuando yo era mancebillo daba por
seguro llegar a ser algún día un Hernán Cortés o un Gonzalo de
Córdoba; e agora he venido a parar en el más ruin y cuitado de los
pajes. ¡Si mis ojos fueran capaces de llorar!
—¡Ah! yo pudiera haceros un gran señor—exclamó Velasco con las
pupilas iluminadas por misterioso pensamiento.
—¿A mí?
—Sí; pero temo no guardéis el secreto como importa.
—¿Veisme acaso cara de moro?—respondió Ramiro con enfado.
—Pues bajemos a la plaza e os lo diré.
Cuando estuvieron sentados en un poyo frente a la Catedral, el
escribano de raciones tomó primero la palabra y preguntó:
—¿Habéis oído hablar de la arte notoria?
—Sí; pero ignoro lo que sea.
—¿Pues qué diríais si de una sola vez, sin más que seguir durante un
corto espacio las prácticas y devociones que cierto sabio os ha de
prescribir, e sin haber menester libros, ni hacienda ni quebrantos, os
vierais dueño de todos los secretos del rey Salomón e por ende
sabidor del bien y del mal de todas las cosas, de los signos de los
astros, del lenguaje de las animalias y os pudierais hacer invisible
cuando os fuese conveniente, o ver a través de la tierra do corren las
venas del oro e do se asconden las piedras preciosas; e hacer, en fin,
en este mundo todo lo que vuestra alma e vuestros sentidos puedan
codiciar, sin más ley que el antojo?
—Con una sola de las cosas que habéis dicho, señor Velasco—
contestó Ramiro con sorna,—cualquier hombre se hiciera rey del
mundo.
—¡Rey del mundo, rey del mundo... Raimundo!—musitó
pensativamente su interlocutor.
—Que si alguno—agregó Ramiro completando su pensamiento—
pudiera hacerse invisible a voluntad, no hubiera empresa que no
fuese para él un juego de niños, y todos los ejércitos querrían tenerle
por capitán y todas las naciones por emperador.
—¿Luego consentís en acompañarme esta noche a la casa de ese
sabio, para quien yo os pedí, no ha mucho, el día, el año e la hora de
vuestro nacimiento, e que ya os conoce como a un hijo, sin haberos
visto jamás, e que os ha de poner arriba de todos los hombres e a la
par de los ángeles?... ¿Os reís?
—Paréceme—contestó Ramiro—que habéis topado con algún
hechicero de marca. Pero, sea en hora buena, vamos donde queréis,
que ya me prometo salvaros de alguna peligrosa brujería.
Ramiro y su compañero no pudieron dejar el palacio hasta las diez y
media de la noche. El claro de luna cortaba a trechos, con blancuras
de mortaja, la lobreguez de las calles, y, estampaba en el suelo de las
plazoletas la sombra de las torres y las techumbres. Las tejas tenían
un color azul encantado, y algunas ventanas, en plena claridad,
suspendían en lo alto, barruntos de amor y de aventura. Loco
bullicio de guitarras y laúdes subía de todos los barrios en el
sosegado ambiente de la noche.
Al cruzar una esquina oyeron hacia la izquierda ruido de cuchilladas
y luego una voz ronca que gritó fuertemente: «¡Confesión!
¡Confesión!»
Ramiro quiso acudir; pero Velasco le retuvo diciendo:
—Sigamos, que no somos frailes ni corchetes.
—Aquí es—exclamó de pronto el escribano de raciones, al detenerse
frente a una covacha del barrio de San Miguel.
Después de cruzar dos patios, treparon una carcomida escalera y
llegaron, por fin, sobre un terrado, ante la puertecita de un desván.
Velasco silbó tres veces muy quedo y pronunció en seguida una
palabra incomprensible. La puertecita abriose, y entraron.
Estaban en una cuadra angosta y profunda. Hacia la derecha,
pequeño aras marmóreo, cubierto de una piel de cordero, se diseñaba
con misterioso claroscuro. No brillaba allí otra luz que la de un rayo
de luna que entraba por la polvorosa vidriera, y daba de lleno en las
páginas de un libro enorme como un himnario, abierto sobre un
facistol de forja todo negro. Veíanse, además, hacia una y otra parte,
algunos hornillos, largo anteojo de latón y de cobre, un alambique,
cuya trompa pasaba por un agujero a la cuadra vecina, y otros
muchos objetos adivinados apenas en la penumbra astral de la
estancia.
—Esperad—exclamó Velasco,—esperad; no nos alleguemos aún.
Ramiro se detuvo fijando la mirada en la extraña figura pintada en el
infolio, dentro de dos triángulos de oro entrelazados.
Nadie venía.
De pronto la página del libro, produciendo el rumor peculiar de la
vitela, se levantó lentamente, lentamente, y se dobló del todo ¡por sí
sola! Ramiro se estremeció de la cabeza a los pies herido por el
terror del misterio. Sus manos temblaban. Entonces, como las
imágenes que descubre con pena el nebuloso amanecer, una forma
humana, inclinada sobre el libro, fuese perfilando prodigiosamente.
Era un hombre en pie, de espaldas, inmóvil. Primero diseñose la
larga cabellera, en seguida el capisayo con martas que le llegaba
hasta más abajo de las rodillas, luego el brazo derecho y por fin la
mano sobre la página. Cuando estuvo del todo aparente, volvió la
cabeza y se adelantó, despacio, muy despacio, hacia Ramiro. Su
rostro, de una extrema palidez de marfil, estaba surcado de hondas
arrugas verticales, que iban a perderse entre la barba canosa, barba
ensortijada por los dedos nerviosos, durante las horas de meditación.
Los párpados estaban recargados de fatiga y de insomnio. Púsole a
Ramiro la mano en el cuello, y el mancebo sintió la repelente
aspereza de aquella piel quemada por los ácidos.
El hombre dijo:
—Nacido bajo el dominio de Saturno, frenético de mando y de
gloria. Soberbioso y magnánimo. Capricornio ha labrado este ceño.
Levantole después el rostro hacia la luna, y mirándole fijamente la
pupila, habló de este modo:
—¡Oh! aquí veo la rotura de un aojamiento. El demonio entra y sale
por ella cuando le place. No importa: una Salomé le hechizó, una
virgen le salvará. Esperad—dijo después,—y tomando de encima del
altar un estoque de plata, dirigiole la punta hacia los ojos.
El mancebo sintió un soplo glacial en la frente.
—Os confesaréis de toda vuestra vida sin hablar palabra de mí, pena
de perdición—agregó entonces el mago, dejando el acero.—
Comulgaréis siete días en siete iglesias distintas, ayunaréis a pan y
agua todo los viernes, rezando las oraciones que os ha de enseñar
este hermano durante los siete primeros días de la luna nueva; luego,
volveréis y os haré el más fuerte de los hombres, porque vuestra
constelación es única.
Ramiro removió entonces los labios para preguntar si en todo
aquello no había nada que fuera contrario a la Santa Iglesia de
Cristo; pero el mago, poniéndole el dedo en la boca, abrió un libro al
azar, y leyó:
«Aquél no puede ser el mayor Señor que tiene temor de alguna
cosa.»
«Más vale la libertad en el querer, en el recordar y en el saber que
poseer un reino o un imperio.»
Al terminar esta lectura se desvaneció nuevamente en la atmósfera
cual vana visión.
Cuando estuvieron otra vez en la calle, Ramiro preguntó:
—¿Cómo llamáis a este hombre?
—Mosén Raimundo.
—¿Y sabéis de qué suerte se hace invisible?
—Yo entiendo que mediante la piedra heliotropio, tratada de
misteriosa manera.
—Y si es dueño de tanto poder, ¿cómo no se hace él mesmo señor
de algún imperio?—agregó Ramiro, con la voz estremecida.
—Porque éstos componen la familia santa de los magos, a la cual
pertenecieron los tres Reyes Gaspar, Baltasar y Melchor, y el
famoso Simón, e nuestro Rey Alfonso a quien llamaban el Sabio; e
los de agora, en castigo de no haber podido esclarecer ciertos
secretos, cuya cifra se perdió en el incendio de una gran librería de
la antigüedad, siguen ascondidos en sus covachas, estudiando sin
cesar; pero ansí que uno de ellos pueda decir: ¡Eureka!, volverán a
tomar el gobierno del mundo que antes les perteneció, según rezan
los más antiguos documentos.
Esa noche, el alma del mancebo irguiose en el delirio. Costole
mucho dormirse, y su sueño fue un tumultuoso desfilar de triunfos,
de tesoros, de mujeres enjoyadas y lúbricas. Aquel estado duró
varios días, y al errabundear por las calles, gozábase en repetir la
frase deslumbradora: «Para haceros el más fuerte de los hombres,
porque vuestra constelación es única.» El no dudaba de la promesa
del sabio, y ya escogía en su pensamiento lo que había de realizar
cuando Mosén Raimundo le revelase los secretos de la magia. La
conciencia le recordaba, entretanto, la absoluta reprobación de la
Iglesia contra las artes ocultas y todo linaje de adivinaciones; pero
su voluntad, mordida por la tentación y ansiosa de triunfar a todo
trance en el mundo, clamaba por el prodigio. Los falaces argumentos
se aglomeraban. ¡Conjuraría, ante todo, el hechizo de la sarracena y
sería después el fuerte, el único, el caballero de Dios, el lleno de
poder y de gloria!...
Comenzó las oraciones y los ayunos.
Llegado el momento de la confesión, Ramiro pidiole al espadero que
le indicase algún sacerdote de preclaro entendimiento. Aguirre le
condujo a la casa de don Antonio de Mendoza, canónigo de la
Catedral y antiguo arcediano de Guadalajara. Don Antonio, varón de
grandes luces sagradas y gentiles, habitaba un antiguo palacio de su
familia junto a San Juan de la Penitencia. Sus amplios salones,
tapizados de cardenalicio damasco, al uso de Roma, congregaban
todos los domingos, a mediodía, numerosa academia. Allí, el noble
de título se codeaba con el hábil estafador de retablos o con el
humilde maestro que forjaba con sus manos una hermosa reja de
presbiterio.
Ramiro no se sintió con ánimo bastante para descubrir su pecho de
la primera vez, y resolvió confesarse gradualmente, concurriendo
entretanto a la reunión de los domingos. Escuchó, entonces, los más
imprevistos discursos, obscenas historias de convento, fablas
chocarreras de clérigos amancebados; oyole decir al canónigo
Zapata que el Papa era un asno; oyole contar al capitán Palominos,
con cínico donaire, que en la campaña de Portugal, después de un
día entero de combate, sus soldados, penetrando en una iglesia de
Oporto, se bebieron el agua de las pilas, y que a él, por ser el
capitán, le ofrecieron el aceite de la lámpara del Santísimo.
Como no se tocara a la entereza del dogma, don Antonio escuchaba
sin enfado las más licenciosas parlerías y aún gustaba de poner en
aprieto a los religiosos y de azuzar contra ellos a los chocarreros de
la academia.
Era harto aficionado a los perfumes y hacíalos componer, según
fórmulas exquisitas, por las monjas de Santa Ana. Al sentarse,
cruzaba la pierna para lucir la calza de seda y la hebilla de oro del
zapato. Sus blancas manos regordetas parecían de mujer; pero los
ojos aguileños y fuertes y la bronca voz, cuyos tonos profundos
comunicaban su vibración a los objetos convecinos, denotaban
hombría y reciedumbre. Sus breviarios ostentaban en la cubierta las
armas de los Mendozas. Cuando pasaba de uno en otro salón, un
paje caudatario, con morada librea, sostenía por detrás el extremo de
su larga cola de chamelote.
Las dos primeras veces que Ramiro fue a echarse a los pies del
Canónigo topó en los corredores con una dama arrebujada en su
manto. En la última visita, como nadie se presentase a conducirle,
abrió él mismo equivocadamente la puerta de un camarín y hallose
con una preciosa mujer, acostada a lo largo de un diván moruno de
terciopelo. La falda, levantada hasta más allá de las ligas, destapaba
sus piernas macizas y cortas, que las medias de nácar ceñían
tentadoramente. Colgado de la pared, admirable incensario de plata
velaba el ambiente con nebuloso sahumerio. La dama se incorporó
con un grito de espanto y Ramiro cerró de nuevo la puerta. Un rato
después el Canónigo le mandaba decir con un paje que volviera
pasado el toque de oraciones.
Le recibió en una sala contigua a su oratorio. Estaba con el
semblante encendido y, mientras el mancebo le contaba, por fin, la
historia de sus amores con la morisca, don Antonio, entrecerrando
los ojos, arrimaba de tiempo en tiempo su pañizuelo a la canilla de
un barrilillo de ámbar, colocado a su derecha, sobre un taburete de
taracea.
Cuando Ramiro terminó su relato, aquel hombre de iglesia, guiado
sin duda por su aguzado instinto de confesor, comenzó a discurrir
sobre las brujas o xorguinas, sobre la magia, los hechizos, las
nóminas y otras supersticiones semejantes, que eran como la
telaraña del Diablo, donde muchísimas almas iban a prenderse para
la eternidad. Ramiro aprovechó para inquirir si la arte notoria era
contraria a la Santa Iglesia de Cristo.
—¿La habéis ensayado alguna vez, hijo mío?—preguntó
melífluamente el Canónigo.
El mancebo tardó en contestar. Inesperado calofrío le corrió del
rostro a las manos. Las pupilas del confesor se clavaron fijamente en
las suyas.
—Aún no—respondió por fin Ramiro con la voz vacilante;—pero
oigo encomialla a los demás.
—¡Necio yo, que nunca he de poner el dedo en la llaga!—exclamó
entonces don Antonio, con orgullosa sonrisa.—Ya se ve
claramente—volvió a decir, dirigiéndose al mancebo—que aquellos
amores os han dejado en el corazón su maldita pestilencia.
En seguida, levantándose de la silla y fingiendo un enojo
implacable, agregó:
—¡Vade retro! ¡vade retro! señor hipócrita, señor apestado, señor
brujo, leña de Satanás! Sépase el galancete que su alma están en
propincuo peligro de perdición, si es que ya no la tiene vendida al
infierno, y que a no existir el secreto sacramental sería entregado
aquí mismo a los familiares del Santo Oficio. Nego absolutionem,
nego, nego! Haga desde hoy penitencia sin tasa, expúlguese los
demonios, que el cura de su parroquia le enjabone y le enjuague, y
cuidado no remate su vida en el palo del quemadero. In nomine meo
dæmonia ejicient. Obmutesce et exi ab eo! Obmutesce et exi ab eo!
Obmutesce et exi ab eo! No digo más.
Ramiro bajó las escaleras sobándose los párpados y dialogando
consigo en voz alta, como un loco. Aquel hombre terrible acababa
de hablarle inspirado seguramente por el cielo. No podía ser sino
Dios quien lanzaba por su intermedio ese anuncio, esa agnición, esa
amenaza tremenda, buscando salvarle; no podía ser sino el soplo
divino lo que había rasgado de arriba abajo su embozo de soberbia,
dejándole desnudo y enmudecido, a imagen del primer hombre
después de su falta.
Como entrevistas a la luz de los relámpagos, las mayores culpas de
su vida se reanimaron en su conciencia. Viose sobre el pecho de la
morisca olvidado por entero de su fe, de su honra, de su patria;
acordose de sus fementidas confesiones, de los pensamientos
lascivos que él mismo suscitaba durante la misa al observar
codiciosamente las formas de las mujeres prosternadas, de las
muchas rebeliones de su orgullo contra los claros mandamientos del
Señor, de semanas enteras en que no había querido imponerse
ninguna mortificación ni rezar una sola vez el rosario. ¿A qué
achacar todo aquello sino a sus amores con Aixa? Sin duda la infiel,
con hipócrita dulzura, habíale instilado en el alma su propia
pestilencia. El clérigo de la venta de Cerebros, Mosén Raimundo y
el Canónigo Mendoza todos decían la verdad. Comenzó a sentir en
torno de su pecho la impresión de una serpiente que le ceñía.
Ansiedad nueva y horrible: ¡la brega con el Demonio! Llegó a la
convicción de que el hechizo conservaba toda su fuerza y no se
rompería hasta que Aixa no desapareciera del mundo. El auto de fe
que iba a realizarse quedó para él como la suprema esperanza.
Esa misma tarde, Ramiro, dejó el palacio del Conde de Fuensalida, y
se alojó en la posada del Sevillano.
Días después, al cruzar las Cuatro Calles en compañía de Domingo
de Aguirre, poco antes del toque de oraciones, vio venir, a lo largo
de la Calcetería, una vistosa procesión con mucho ruido de atabales
y ministriles.
—Es el pregón del Santo Oficio que viene anunciando el auto de la
fe—exclamó el espadero.—Si vuesa merced lo desea podemos
aproximarnos.
III
Era una de esas mañanas de junio en que la ciudad de los concilios
parece susurrar en algarabía canciones de Oriente. El cielo, sin una
nube, tiende su tafetán más azul; aquí y allá, la cal enseña, bajo los
tejados morenos, su riente blancura; rosas y claveles arden en los
balcones, y en lo alto de algunas callejuelas deliciosamente sombrías
vese espejear el azulejo de las cúpulas y alminares.
Pero a la vez que el éter, el esmalte, la flor, exaltaban sobre Toledo
aquel resto de gracia sarracena, la mayor parte de los vecinos había
cambiado sus trajes de costumbre por tristes ropas de luto. En las
plazuelas y encrucijadas quedaban aun los negros tingladillos sobre
los cuales frailes de todas las órdenes predicaran la víspera con
elocuencia pavorosa; y en la Calle Ancha, en la Lencería, en la
Lonja y en torno a la parroquia de San Vicente, fúnebres terciopelos
y bayetones pendían de casi todas las ventanas, enlutando los muros.
Entretanto el Zocodover hervía de muchedumbre desde las primeras
horas de la mañana. La nueva de que una bruja morisca, dotada por
el Demonio de asombrosa hermosura, sería condenada en el auto de
fe de aquel año llegó en pocos días a los más escondidos lugarejos
de los contornos, y no faltaron peregrinos que contaran por las
ventas la historia de la conspiración y del mancebo renegado.
Ramiro esperaba impaciente a la puerta de la posada. Domingo de
Aguirre había prometido venir a buscarle para asistir juntos al auto.
Poco después, uno y otro, describiendo largo rodeo, entraban a la
plaza por la Calle Ancha, contando presenciar desde allí el desfile de
la procesión. De una ventana baja, un caballero que reconoció a
Domingo de Aguirre les ofreció dos taburetes. Subiendo sobre ellos
consiguieron dominar todo el ámbito del Zocodover, henchido de
apretada y rumorosa muchedumbre.
Hacia la parte del poniente, y bañado ahora por el sol de la mañana,
se levantaba el inmenso y enlutado cadalso, que ocuparían en breve,
según la costumbre, la Santa Inquisición, el Ayuntamiento, el
Cabildo, la nobleza, los dignatarios y toda la clerecía. Los reos
debían colocarse en otro cadalso más angosto, pero de igual altura,
que abarcaba el costado meridional.
Conturbado hasta el fondo del alma por la solemne expectativa, el
joven avilés pasaba sobre las cosas una mirada atónita y somera.
Apenas si veía brillar confusamente sobre el tablado las labores de
plata de los negros terciopelos, las armas de la Inquisición y del Rey
bordadas sobre el morado dosel que exornaba los sitiales carmesíes,
y, hacia el centro de la plaza, el oro del frontal color de sangre que
prescribía la liturgia de aquel tremendo holocausto. Sin embargo, al
dirigir la vista hacia la alta cruz pintada de verde y cubierta por largo
velo sombrío, que se levantaba en medio del altar, entre doce
hachones ardientes, sintió un brusco estremecimiento, como si Dios
mismo acabara de hablarle con su gráfico lenguaje.
La plaza no podía contener mayor número de gente, y se escuchaba
sin cesar el vocerío de los curiosos que pujaban y reñían a la entrada
de las callejuelas. Del Arco de la Sangre llegaban alaridos y
maldiciones, y la muchedumbre se agitaba hacia aquella parte, como
el agua de los torrentes al entrar en los lagos. Cada balcón, cada
ventana, cada tribuna, era un compacto racimo de damas y
caballeros; además, numeroso gentío, encaramado quién sabe por
dónde, recubría las techumbres; y todo aquello hormigueaba, hervía,
zumbaba con la grandiosa palpitación de una multitud embriagada
de sol y confundida en la misma impaciencia.
Por fin las campanas de San Vicente comienzan a repicar
anunciando la salida de los reos, y a ambos lados de la Calle Ancha,
los soldados acuestan las alabardas conteniendo con pena al gentío,
cuyo forcejeo incesante amenaza romper la doble valla de madera
que viene de las cárceles y circunda uno y otro cadalso.
La procesión se acerca. Un resplandor de alabardas cruza la
Calcetería.
Al pensar que la sarracena iba a pasar junto a él dentro de breves
instantes, Ramiro hundió la mano en la faltriquera y asió
fuertemente su crucifijo de bronce.
Encabezaban el desfile los soldados de la fe, orgullosos de las
plumas flamantes de sus chapeos y de las doradas cadenas de
alquimia que les prestaba el Santísimo Tribunal. Eran soldados de
ocasión, armados de alabardas, de picas, de mosquetes. Caminaban
con paso solemne, entre desconfiados y fieros, sin atreverse a mirar
a las ventanas. Venían en seguida los doce clérigos de la parroquia
de San Vicente con su estandarte; y luego, de dos en dos, montados
en obscuros corceles, los Grandes de España y títulos de Castilla,
todos vestidos de negro, pero recubiertos de joyas. Algunos habían
hecho bordar en sus ferreruelos el hábito de la Santa Inquisición.
Ramiro reconoció al Conde de Fuensalida por el ceñido traje de
gorgorán bordado de oro, que semejaba de lejos damasquinada
armadura. La plebe les miraba absorta y enmudecida, y no se
escuchaba otro rumor que el de los cascos sobre las piedras.
Hubiérase dicho un desfile de animadas estatuas ecuestres y
funerarias.
La llegada de los primeros penitenciados suscitó de nuevo el vocerío
popular. Más de veinte infelices sin gorra, sin cinto, sin caperuza,
pasaban ahora abrumados de vergüenza y sosteniendo en la mano
una vela amarilla sin encender. Eran los que habían abjurado de sus
errores y serían reconciliados ante el altar. Casi todos lloraban,
postrándose a los pies de los religiosos que iban con ellos, o
besándoles las manos y el sayal con profundos gemidos. Unos traían
al pescuezo, en señal de los centenares de azotes que habían de
recibir, una cuerda anudada varias veces, a lo largo, y el pueblo
contaba en voz alta los nudos, entonando un coro compungido y
socarrón, a fin de aumentar el oprobio; otros se señalaban a distancia
por la bayeta amarilla de los sambenitos, y la experta multitud
deducía las culpas y condenaciones con sólo observar los pintarrajos
de aquellos capotes de infamia que, ora llevaban un aspa roja, media
o entera, ora las dos aspas del martirio de San Andrés.
Traídas por los fámulos del Tribunal, en lo alto de luengos mástiles
verdes, y balanceándose por encima de la procesión, venían en
seguida hasta seis figuras humanas hechas de paja y estameña.
Impávidos muñecones con grandes ojos de betún y boca de almagre,
peleles siniestros, cuyas piernas, demasiado livianas, danzaban
continuamente en el vacío, remedando la pataleta de los ahorcados.
Al advertir el gesto de asombro de Ramiro, el espadero exclamó:
—Estas son las efigies de los muertos y fugitivos las cuales serán
agora condenadas en su lugar con celosa justicia.
A lo largo de la calle, la gente de las ventanas y balcones comenzaba
a agitarse con extraño movimiento; los hombres se asomaban cuanto
podían, las mujeres se santiguaban y persignaban a escape,
levantando los ojos al cielo. Poco después todos los labios proferían
una misma exclamación:
—¡Los relajados!
El espadero tuvo que acercar su boca al oído de Ramiro para decirle:
—Son los que han de morir.
Las voces crecieron y se propagaron de modo atronador; y poco
después, de un extremo al otro del Zocodover, el populacho rugía
con salvaje fiereza, ávido de aquella hez de maldición y de espanto.
Ramiro se empinó sobre el taburete.
Dos familiares del Santo Oficio y cuatro soldados custodiaban a
cada uno de los reos, mientras un fraile dominicano le predicaba
continuamente poniéndole ante los ojos el santo signo de la cruz.
Todos llevaban, a más del sambenito, el bonete trágico y burlesco, la
amarilla coroza, cubierta de terribles pinturas de llamas y demonios.
El terror, el coraje, la pertinacia, el arrepentimiento y hasta la misma
alegría, alternaban en aquellos rostros malditos. Era una procesión
de aquelarre, una cáfila de infierno, y hasta la luz matinal se tornaba
siniestra al alumbrar de lleno las palideces patibularias, las
femeninas guedejas lodosas de sudores febriles y polvo subterráneo,
las atroces pupilas que parecían conservar aún la expresión de terror
y de súplica que tomaron en el tormento.
Era prohibido tocar a los reos; pero el populacho se desquitaba
cubriéndoles de escarnios y maldiciones.
—¡Ah! ¡ah! ¡mártires del Diablo, ya veréis cómo escuece!
—¡Que os echen dos puñados de sal y un tantico de orégano!
—¡Que le metan a ésa un cohete por debajo del rabo pa que le
conozco su madre cuando la quema!
Una mujer gritó desde una ventana:
—¡Arrepentíos, desdichados; pensad en los infiernos!
Pero un muchacho, sacando medio cuerpo fuera de la valla,
respondió desde abajo, alzando los puños:
—¡No! ¡No! ¡Al fuego y a cenar con el Demonio!
Entonces nueva explosión de odio santo y homicida estalló en todas
las gargantas:
—¡Al fuego! ¡al fuego!
Y los condenados comenzaron a desfilar entre un clamor sibilante y
bravío comparable a la crepitación de un incendio.
No faltó quien reconociera entre los condenados a un cerero de
Orgaz que creía ser San Juan Bautista en persona y predicaba una
nueva doctrina por los pueblos. El pobre hombre, deteniéndose por
instantes, alzaba la mano y figuraba el gesto del Precursor en el
Jordán. Una pálida doncella que, según algunos, era la monja
renegada de que se hablaba en Toledo, escuchaba los insultos de la
muchedumbre con infantil expresión de curiosidad y de ternura. A
veces, apoyándose en el hombro del religioso y echando la cabeza
hacia atrás, reía gozosamente, como una ebria. Un morisco, a quien
todos conocían en los suburbios por sus pláticas obscenas, ejecutaba
de tiempo en tiempo un movimiento bestial y acelerado para
remedar la fornicación; los familiares tenían que zamarrearle con
violencia. Pasó una anciana, seca y erguida, con las manos ligadas
por detrás y la boca cubierta por negra mordaza. Ramiro no tardó en
reconocer a Gulinar. Por fin el hombre que les había proporcionado
los taburetes exclamó, mirando a lo largo de la calle:
—Agora llega la morisca que hechizó al mancebo cristiano.
Todas las bocas callaron.
Aixa avanzaba lentamente, con las pupilas fijas en el cielo. Sus
oídos escuchaban quizá rabeles divinos y voces inefables, y su
espíritu, infinitamente lejos de la tierra, presentía las delicias del
Alchanna y las sublimes recompensas que su religión promete a los
mártires. Sin embargo, su flexible cuerpo conservaba los resabios de
la tentación y de la danza, y sus pies desnudos se movían
cadenciosos como si hicieran oír todavía el martilleo de las ajorcas.
La palidez de su rostro daba terror y sus labios enseñaban los dientes
con esa sonrisa incomprensible que suele asomar a la boca de los
cadáveres.
Después de observarla un momento, Ramiro tuvo que cerrar los ojos
y apoyarse contra el muro, apretando de nuevo el crucifijo para
sellar, para incrustar en su propia carne la imagen del Redentor. El
resto del desfile violo pasar como en un sueño: innumerables
religiosos de todos los hábitos; familiares a caballo con varas de
ébano enriquecidas de plata; eclesiásticos en mulas enlutadas; el
arca de las sentencias sobre una acémila que arrastraba por el suelo
los flecos de oro de su morada cobertura; el rojo estandarte de la fe;
blancor de golillas y cabrilleo de joyas sobre los trajes retintos.
Por fin el espadero, después de decirle el nombre de algunos
regidores, tocole el codo y exclamó:
—Este que viene agora es el Cardenal-Arzobispo, observe
vuesamerced su venerable presencia.
Sobre fornido corcel de pelo bayo, don Gaspar de Quiroga,
Cardenal-Arzobispo de Toledo, Inquisidor General y Consejero de
Estado, avanzaba con imponente rigidez, rodeado de pajes y
alabarderos. Era el papa de España y la sagrada máscara del Rey.
Después de la sombría procesión, sus rojas vestiduras exaltaban el
ánimo como un toque de chirimías. Salvo la morada muceta
inquisitorial todo era para los ojos, desde el sombrero hasta la calza,
un solo golpe de púrpura. Su ceño expresaba el rigor sacrosanto, sus
ojos no pestañeaban siquiera. Pasó implacable, como el tormento;
pomposo y sombrío, como el tremendo holocausto que iba a
presidir; rojo, como la hoguera. La luz matinal hacía resplandecer
con viveza el sillón de plata repujada y todo el oro y el alfójar de la
gualdrapa color de amatista que caía hasta los cascos del palafrén.
Nadie osó romper con un vítor el respetuoso silencio.
Más de media hora empleó toda aquella procesión en ocupar sus
asientos; la gradería mayor quedó recubierta de insigne
muchedumbre. Los inquisidores se colocaron en el centro; el estado
eclesiástico hacia el septentrion; la ciudad y los caballeros, hacia el
mediodía.
Los reos, acompañados de los familiares y religiosos, llenaron a su
vez el otro cadalso.
Todas las miradas se dirigieron entonces hacia el tablado de
abominación y de infamia. La curiosidad era inmensa. Allí
comparecían de costumbre hechiceras que tenían pacto con el
demonio y guisaban en sus nocturnos aquelarres toda suerte de
daños contra las gentes; judaizantes, que asesinaban niños cristianos
para embeber en su sangre una hostia consagrada y celebrar con ella
nefandas ceremonias; luteranos, que buscaban demoler la santa
Iglesia de Cristo difundiendo por España la peste de la herejía;
alevosos moriscos, que seguían predicando las bellaquerías de su
secta y el deber de la rebelión y la venganza.
Los que habían de morir ocupaban los asientos más altos. Situado a
la entrada de la calle, Ramiro les observaba de costado, sin poder
distinguir a la sarracena.
Dos horas más y aquellas víctimas infames arderían en la hoguera
como los chivos expiatorios de la Escritura; los pueblos y los
campos quedarían purificados y el Dios del moderno Israel, al
aspirar desde el cielo el abundante olor del sacrificio, aplacaría su
cólera y dejaría caer su bendición sobre la ciudad justiciera, más
católica que Roma, más celosa que la antigua Jerusalén.
El rito comenzaba. Un obispo acercose al altar. Los diáconos le
tomaron la admirable mitra cuajada de gemas simbólicas ofrecida
por el Cabildo. Poco después densa nube de incienso ascendía en el
espacio luminoso como en los primeros sacrificios de la Antigua
Ley. Terminados el sermón y la misa, el relator leyó el juramento
del pueblo, y Ramiro unió su voz al ¡sí, juro! brusco y atronador,
proferido a la vez por toda la multitud, y que, al decir de los
campesinos, se escuchaba a más de una legua a la redonda.
Un cantor de la Catedral leyó en seguida la carta de los delitos y
supersticiones contra la fe; y acto continuo los que habían abjurado
de sus errores fueron conducidos a la jaula de madera, que se
levantaba en medio de la plaza, para que escuchasen, uno a uno, en
presencia del pueblo, la lectura de sus causas y condenaciones, antes
de ser reconciliados.
Aquella parte del auto producía de costumbre un hastío general. La
multitud, anhelosa de ver comparecer a los relajados, daba, a cada
instante, signos de impaciencia. Aguirre bostezó varias veces, y
Ramiro, entrecerrando los párpados, apoyó la cabeza contra la negra
colgadura que pendía de una ventana.
Defensores de la fornicación, varios bígamos, judaizantes
arrepentidos, falsos sacerdotes, un pordiosero que se hacía pasar en
las aldeas por comisario del Santo Oficio y algunos gañanes que
habían proferido blasfemias y juramentos, eran condenados a la pena
de azotes, a prisión, a galeras.
Una animación distraída circulaba por toda la plaza, y muchos
prelados y dignatarios dejaban sus asientos para ir a tomar un
refrigerio o una breve colación detrás de la gradería. En las ventanas
y balcones las damas dejaban caer sus velos mostrando su famosa
blancura y recibiendo refrescos y frutas confitadas de mano de los
galanes. Ramiro sentía a través de sus pestañas asoleado movimiento
de sedas en las tribunas. Galante murmullo bajaba ahora hasta él y
parecíale respirar por instantes femeninos perfumes. Oíanse risas
claras y festivas. Encima de su cabeza, el caballero que les había
ofrecido los taburetes hablaba a media voz con una dama. Escuchó
sin quererlo:
—Decid miedo y no desvío, mi señora; que no quisiera caer cual
nuevo Icaro.
La mujer replicó:
—Pues pedid al amor, y no al antojo, sus alas de verdad, que ésas
nunca se derriten con llevar ellas mes mas el fuego.
—¡Ah, esa tez, esa boca!
—¡Por Dios, don Gonzalo, haceisme daño con las sortijas!
Al oír aquel nombre Ramiro se enderezó con viveza y abrió del todo
los ojos para disipar con la luz el doloroso recuerdo.
El sol, inclinado hacia el poniente, reverberaba en las fachadas
fronteras y hacía resplandecer en las ventanas y balcones las joyas,
el azabache, la blanca piel de los guantes, los abanicos dorados.
Llegoles por fin el turno a los que habían de morir. La poderosa
emoción aplacó todos los rumores.
Aquellos infelices, que antes de dos o tres horas formarían horroroso
amasijo de cuerpos carbonizados, subían a la jaula y escuchaban sus
sentencias, unos impasibles, otros enloquecidos por el terror y
haciendo temblar en la mano la vela verde encendida.
Gulinar fue arrastrada como una muerta; el espanto la hizo abjurar
de sus creencias. En cambio, Aixa, apartándose del religioso, subió
los peldaños con la resolución misteriosa de los sonámbulos. Ramiro
oyó sorprendido que se la condenaba como relapsa, por haber sido
reconciliada, cinco años antes, en un autillo de Murcia. Del tablado,
de los techos, de los balcones, de toda la plaza, miles de voces la
incitaban al arrepentimiento; pero muchos, que deseaban verla
quemar en el brasero sin que fuese antes estrangulada, protestaban a
gritos. No fue posible arrancarla una sola palabra; y cuando el
religioso que la acompañaba señaló la cruz verde cubierta por el
velo sombrío, ella volvió su rostro alargando el brazo derecho con
un gesto de abominación. Entonces espantoso bramido, semejante a
la explosión de una mina, estalló a la vez en todo el Zocodover.
Oíanse vociferaciones brutales e inmundas. Algunos campesinos se
frotaban los ojos con sus amuletos gallegos de azabache o con la
cruz de sus rosarios, y rezaban en voz alta. Junto a Ramiro una
aldeana harto hermosa, con retintos cabellos achatados sobre la
frente y las orejas cubiertas por grandes conos de plata, gritaba sin
descanso: «¡A hechizar demonios! ¡A hechizar demonios!»
Religiosos de todas las órdenes se ponían de pie en las graderías y
levantaban las manos para acallar a la muchedumbre.
Eran ya pasadas las cuatro de la tarde cuando el Secretario del Santo
Oficio entregó los relajados al Corregidor y a sus tenientes.
Los reos fueron montados sobre escuálidos jumentos, y la trágica
procesión enderezó por la Calle de las Armas, camino del
quemadero. El auto continuaba, pero los familiares, según la nueva
costumbre, subieron en sus caballos para presenciar el suplicio. La
mayor parte del populacho se precipitó como un torrente en pos de
ellos. Aguirre se había retirado hacía más de una hora, y Ramiro,
bajando del taburete, se confundió con la muchedumbre, avanzando
luego, sin ideas, sin designios, cual trágico despojo que arrastran las
olas.
Después de seguir durante algunos minutos la ribera del Tajo, el
humano tropel se detuvo en un paraje llano y descubierto, al
comienzo de la Vega. Ramiro, movido ahora por misterioso
impulso, hendió la muchedumbre hasta llegar a la fila de
alabarderos. Sus ojos vieron entonces, a pocos pasos, sobre ancho
terraplén de arena y de granito, seis palos de agarrotar con sus
respectivas argollas, varias pilas de leña y una enorme cruz pintada
de blanco. Hasta el símbolo de la sublime caridad tomaba en aquel
paraje un aspecto repelente y cruel.
Confusa aglomeración de frailes, de verdugos, de alguaciles, cubrió
al instante el ancho quemadero, rodeando a los condenados.
Con muy poca emoción vio Ramiro estrangular a los arrepentidos.
Algunos, al morir, dejaban caer la coroza; otros la conservaban
sobre su horrible cabeza colgante.
El sol, casi oculto tras larga nube cenicienta, bañaba de dorado rubor
la llanura, las colinas, las casuchas blanqueadas del vecino arrabal
de Antequeruela.
La tarde era lúcida y benigna. Un olor de tierra humedecida llegaba
de la Vega. A esa hora, más de una mano morisca abría las acequias
para embeber los regadíos.
La figura de Aixa apareció de pronto al borde del brasero. Sus
amarillas ropas de infamia cubiertas de rojos pintarrajos absorbían la
lumbre del poniente y cobraban sobre ella un esplendor bárbaro y
fatídico. Hubiérase dicho la sacerdotisa de algún espantoso culto de
inmolación y de éxtasis pronta a arrojar su sagrado cuerpo a las
llamas. Un fraile dominico la predicaba sin descanso, y ora usando
del ruego, ora de la amenaza, agitaba ante sus ojos la imagen de
Cristo crucifijado. Por fin, todos oyeron la áspera voz del religioso,
que gritó como enloquecido:
—¡Ultima vez: decid que abjuráis de vuestras creencias diabólicas!
Aixa meneó la cabeza negativamente. Los alguaciles, los tenientes y
otros religiosos le mostraron todos a un tiempo la pila de leña
preparada para el suplicio. Ella volvió a menear del mismo modo la
cabeza. Entonces, el dominico, asiéndola de los hombros, la empujó
hacia el verdugo.
Como si aquel movimiento hubiera soltado las traíllas a la furia
popular, veinte o treinta energúmenos, hombres y mujeres,
rompiendo la fila de los soldados, se precipitaron sobre el brasero
para despedazar a la infiel. En cambio, los que querían verla morir
en las llamas prorrumpieron a un tiempo en el mismo grito de
protesta:
—¡No la matéis! ¡No la matéis!
Los verdugos se armaron con rajas de leña, y Ramiro advirtió que el
hierro de una alabarda acababa de alzarse todo rojo de sangre. Sin
embargo, un labriego logró llegar hasta la morisca y asestarla un
garrotazo en el hombro; una vieja la hincó por la espalda la hoja de
una tijera atada a un carrizo; un dardo, venido quién sabe de dónde,
se le clavó en el costado.
En ese momento, cuatro sayones, aprovechando de la creciente
confusión, levantaron a Aixa sobre la pila de leña, y habiéndola
desvestido hasta la cintura, comenzaron a ligarla contra el madero.
Ella ablandaba su cuerpo y echaba los brazos atrás para facilitar el
suplicio. El ocaso hizo resplandecer cual claro marfil su admirable
desnudez.
Cuando las primeras llamas, casi invisibles, lamieron sus plantas,
Aixa, alzando los ojos al cielo, fijó su mirada en el delgado creciente
de la luna, que brillaba apenas, por encima de la ciudad, entre
nubecillas de oro.
Los leños, atizados con fuelles enormes, comenzaron a
chisporrotear. El humo se inflamaba por momentos, formando
lenguas amarillentas y fugaces que se perdían en el espacio. Aixa no
se movía. Sus largos cabellos flamearon. El refajo que habían dejado
sobre sus piernas ardió bruscamente. Una horrible convulsión corrió
por todo su cuerpo. Entonces, imponente columna de humo y de
pavesas la envolvió de súbito, ascendiendo acelerada y terrible en la
penumbra de la tarde. El fuego rugía. De pronto, una primera ráfaga
nocturna, desviando hacia atrás la densa humareda, dejó ver la
cabeza de Aixa colgando del madero cual espantoso fruto de
pesadilla.
Ante aquella visión Ramiro experimentó en toda su carne un
estremecimiento profundo e imprevista congoja le contrajo la
garganta al recordar las bellezas y delicias del precioso cuerpo que
el fuego acababa de destruir. Pero, una presencia misteriosa dentro
de su alma sofocó al nacer ese primer movimiento de ternura,
haciéndole considerar que aquel humo sombrío de la hornaza era su
abominable pecado, su lascivia, su deshonra, levantándose en
partículas muertas para desvanecerse, para desaparecer del todo y
por siempre en la inmensidad y en los vientos.
Esforzose en experimentar inmenso desahogo; esforzose en pensar
con alegría que los ojos terribles de la sarracena habían chirriado en
las llamas; que su carne maldita era ahora ardiente despojo cayendo
a pedazos en la hoguera; que su misterioso poder y sus hechizos
diabólicos se habían hundido con su alma en la negrura de los
infiernos; y sintiendo correr las lágrimas por su rostro, postrose de
rodillas entre los pies de la muchedumbre, exclamando con fuerza:
—¡Oh, santa, santa Inquisición, tu justicia me redime, tu hoguera me
salva!
Ya los cadáveres de los otros ajusticiados ardían en montón sobre
enorme pila incendiada, mientras las gentes del pueblo remolineaban
en torno con los rostros iluminados por el movedizo resplandor, y
mostrándose entre las llamas los miembros humanos que el fuego
retorcía y levantaba por instantes como si conservasen aún restos de
vida y de sufrimiento. A veces oíase un silbo peculiar y luego una
chirriante crepitación, cual si una pella de sebo cayera sobre las
brasas, y Ramiro escuchaba encima de su cabeza soeces
exclamaciones y carcajadas espantosas que desconcertaban su
entendimiento.
Asfixiado por el trágico hedor que desprendía el humano holocausto,
tuvo, por fin, que levantarse, y, envolviéndose el rostro con la capa,
se alejó a toda prisa en dirección a la ciudad, hablando consigo
mismo y aglomerando oraciones y jaculatorias. La sombra
ennegrecía los senderos.
Hacia el ocaso, al borde del cielo humoso y sombrío, angosta faja de
crepúsculo se apagaba despacio como la muriente lumbre de un
horno.
IV
Desvelado por la grandiosa esperanza que acababa de encenderse en
su pecho, no le fue posible dormir un instante en toda la noche. A la
vez, su pensamiento arrastraba, a pesar suyo, las más importunas
imágenes del pasado, comparable al río torrentoso que se enturbia
con sus propias orillas.
Sentía Ramiro ansias inmensas de soledad y el horror de toda voz
extraña, de todo ajeno semblante.
Pasadas las cinco de la tarde dejó la posada y dirigiose a los ásperos
collados del mediodía. Al cruzar el puente de San Martín, una
tapada se le interpuso en el camino y con gracioso ademán abrió y
cerró súbitamente su velo, enseñándole el rostro. Fue como un
relámpago. Sin embargo, Ramiro reconoció al instante los ojos de
Casilda, y en vez de detenerse, terciose la capa y enderezó a toda
prisa hacia la otra ribera.
Después de errar más de media hora, en la dirección del sudeste, sin
alejarse del río, vio asomar una cruz entre los cantos. Era la cruz de
una ermita construida al borde del abismo. Acercose; y a pesar de su
profunda tribulación, la sorpresa del cuadro dejole absorto un
momento, haciéndole presentir un sentido provechoso para su alma.
Frente a él, en la margen opuesta, Toledo se extendía de naciente a
poniente, escalonando sobre el alto peñón sus tejados grises, sus
pálidas paredes, sus torres numerosas. Liso y vertiginoso
escarpamiento caía desde la ciudad hasta el fondo de la angostura,
cubierto al parecer de vieja ceniza deleznable, como si el fuego de
Dios hubiese pasado por allí, arrasando toda raíz y toda simiente.
Ramiro pensó con religioso espanto en las cuestas del eterno castigo
que los réprobos tienen que trepar con los pies y con las manos, para
caer de nuevo en las ondas inflamadas, y volver a trepar y a caer sin
perdón y sin tregua, indefinidamente.
Sentose sobre un peñasco.
El río se deslizaba a una hondura terrible entre rocas herrumbradas y
fieras. Pareciole un río de culpas y expiaciones, como los que forja
la imaginación al pensar en los infiernos. Hubiérase dicho que
dolorosos espectros pasaban en procesión, allí abajo, rozando las
ondas con sus colgantes velos obscuros.
Entretanto el caserío tomaba, con la hora, desolada blancura de
huesos en el yermo, y toda la ciudad, mirada a distancia, a través de
la vibradora penumbra, parecía una ciudad de otro mundo, una
ciudad fuera de la vida y del tiempo, mística y anhelosa como los
salmos.
En la parte más elevada, sobresalía el Alcázar bañado en
melancólico reflejo crepuscular. Ramiro recordó con misteriosa
inspiración que aquellos muros habían alojado a uno de los reyes
más gloriosos de la historia, a un monarca de monarcas que acabó
por arrojar el cetro y la corona para refugiarse en escondido
monasterio; y, al pronto, el fantasma del Emperador Carlos Quinto
apareció ante sus ojos con el rostro medio oculto por la capilla de un
hábito.
¡Ah! ¡aquel sayal sobre el dueño del mundo...!
El sol se ocultó detrás de los cerros, y la ciudad tomó una coloración
mustia y violácea, cual si fuera contemplada al través de
transparente amatista. Algunas vidrieras que habían flameado un
instante se apagaron. Ramiro dejose penetrar por el sagrado
recogimiento, presintiendo un signo, una voz de lo alto. En ese
instante las campanas de la ciudad rompieron a tocar las oraciones.
Los tañidos concertaban a distancia un canto prolongado y
conmovedor que hacía pensar en las letanías de la muerte, y
hubiérase dicho que la peña que sustentaba los numerosos
campanarios vibraba a su vez como la caja de un órgano. Ramiro
acordose de las campanas de Avila, de las tardes de su niñez en la
torre solariega y de su madre, siempre llorosa, siempre enlutada,
siempre taciturna.
Rezó las avemarías. Estaba redimido, estaba purificado, pero sentía
su pecho ávido y triste, como un arroyo sin agua. Quiso entrar en la
ermita para verter al pie del altar su congoja profunda. Levantose. El
suelo y las rocas oscilaban a su alrededor; su cuerpo, aligerado, iba a
desprenderse, sin duda, de la tierra. De pronto, un fuego, una
inflamada saeta, venida de lo alto, se le entró por el pecho,
sumergiéndole durante algunos segundos en un estado delicioso,
gozado sólo con el alma.
Luego, todo pasó. Creyó entonces que había sido trasverberado
como la Madre Teresa de Jesús, y que Dios acababa de abajarse
hasta él en todo su poder y misericordia, para hacerle probar un
sorbo, apenas, de los goces que le esperaban cuando su alma,
vencedora del mundo, se entregase por fin, con soberana pasión, a la
soledad y a la penitencia.
Un instante después regresaba a la ciudad en busca de un convento
donde le cambiaran las ropas de caballero por un sayal de ermitaño.
V
Vestido de áspero buriel y sosteniendo con el bordón, por encima
del hombro, la humilde barjuleta que le aparejaron para el viaje las
religiosas franciscanas de San Juan de la Penitencia, marchose
Ramiro de Toledo, a la mañana siguiente, tomando a través de los
montes la dirección del mediodía.
Llevaba todo el cabello hacia atrás, la frente sin ceño, los ojos
humedecidos.
Caminó muchos días, de sol a sol, bebiendo de bruces en los arroyos
y comiendo los mendrugos que le daban los labradores. Más de un
compasivo caminante le ofreció llevarle en el anca de su
cabalgadura; pero él sonreía santamente y marcaba en el polvo con
más fuerza la huella de sus sandalias. Dormía en el corral de las
ventas o al borde de los caminos, donde le tomaba la noche.
Por fin, una madrugada, después de larguísimo viaje, llegó a divisar
desde lo alto de un cerro la blanca ciudad de Córdoba, bañada en el
rubor húmedo y radioso del amanecer. Se hizo señalar desde allí, por
una frutera que pasaba, el convento de las monjas del Carmen, y al
pensar que bajo aquella cercana techumbre se hallaba su madre,
sintió que los sollozos le entrecortaban el aliento.
Sin querer acercarse a la ciudad, y apartándose de los senderos,
descubrió por fin, en el flanco de la montaña, una gruta escondida
entre malezas y arbustos. Había en su interior una mesa hecha de
ramas de alcornoque sin descorchar, un tintero de raíz de naranjo, un
taburete, un azadón y varios cacharros hundidos en el lodo. De la
parte más alta, colgaba un antiguo traje de caballero, y además,
semejante a dos perniles ahumados, un par de botas de camino con
sus espuelas.
Esa misma noche, al encender el candil que llevaba consigo, y al ir a
acostarse sobre un montón de hojarasca, hacia el fondo de la gruta,
hallose con el cuerpo momificado de un viejo anacoreta, que
apretaba todavía entre sus manos resecas las cuentas del rosario.
Ramiro dejose caer de rodillas y alzó los brazos al cielo, dando
gracias a Dios por haberle puesto, a la vez, en su camino, el
anhelado refugio y el ejemplo de aquella muerte.
Al otro día, por la mañana, dio sepultura al ermitaño y ordenó lo
mejor que pudo el interior del obscuro escondrijo, donde había
resuelto pasar todo el resto de su existencia.
Muy pronto una sublime voluptuosidad inundó su corazón. La
continua plegaria, el total desprecio del mundo y, sobre todo, las
arduas e ingeniosas penitencias que se impuso, le hicieron conocer
el inefable orgullo de la santidad; orgullo grandioso que le dilataba
el alma infinitamente, y le alzaba con sublime vuelo sobre las
miserias del hombre. Se comparó a los admirables anacoretas de la
Tebaida, y tuvo por seguro que en los tiempos venideros su historia
sería leída en hogares y refectorios para edificación de las almas.
Las religiosas de Toledo habíanle puesto en el zurrón algunos libros
de mística. Conducido por aquellas lecturas, Ramiro se propuso
recorrer las tres vías espirituales descritas en los tratados, y lograr al
fin la posesión de esa gloria máxima que había buscado hasta ahora
por engañosos caminos.
Pero la llama de los primeros días no pudo mantenerse; ya no volvió
a sentir aquellos arrobos que encendían en la cripta de su alma las
lámparas de fuego de que hablaba Fray Juan de la Cruz. La noche de
frío y de tinieblas cayó sobre su corazón; la lobreguez y la humedad
de su guarida comenzaron a hastiarle; la lectura se le hizo insufrible.
Algunas tardes, deseando respirar libremente, salía a pasearse por la
montaña hasta la noche. La brisa era siempre deliciosa y traía de los
cortijos un perfume de azahares que reblandecía la voluntad y
alejaba toda idea de penitencia. Sonrisas de mujeres, carmines de
labios entreabiertos, maliciosos pestañeos, aparecían ante él en la
penumbra rosada o bajo la sombra azul de los árboles.
Una apatía, una pereza invencible comenzó a postrar como un
ensalmo sus miembros y su espíritu, hasta hacerle pasar la mayor
parte del día tendido en la cama del anacoreta, ocupado en contar los
hoyuelos de la roca o las gotas de agua que caían de las vertientes.
Las lagartijas, las cucarachas, los ratones y muchos insectos que le
eran desconocidos, acabaron por trepar sobre su cuerpo, y él, en vez
de espantarlos, mantenía completa inmovilidad, a fin de observar de
cerca todos sus movimientos.
Pasó semanas enteras sin rezar el rosario y sin bajar a la ciudad para
oír la misa del domingo y pedir provisiones, como era su costumbre.
Cierta mañana escuchó una voz de mujer a pocos pasos de la gruta:
Cantan de Oliveros e cantan de Roldán
e non de Zurraquín, cá fue gran barragán.
Cantan de Roldán o canta de Olivero
e non de Zurraquín, cá fue gran caballero.Era un doble
estribillo que Medrano, el escudero, no se cansaba de repetir.
Pareciole la voz de Casilda. ¿No sería algún engaño de los sentidos?
Levantose y miró un momento hacia afuera. Una mujer, cubierta de
un velo verdoso, bajaba de prisa por la cuesta; y la canción caía y se
alejaba con ella graciosamente.
Otra mañana, recogiendo leña por el contorno, descubrió al pie de
un árbol una espada cubierta de herrumbre. Llevola a su escondrijo y
frotola fuertemente con la arena humedecida. Era un arma señoril:
varios anillos de plata ceñían la negra vaina de cuero; la hoja tenía la
marca de Hortuño; la guarnición era calada y fina, como una randa.
Aquel trivial incidente vino a arrancarle de su pereza. Desde
entonces pasaba horas y horas acicalando la espada en sus menores
intersticios; y se complacía en sacarla a la luz para hacer correr una
llama de sol a lo largo de la hoja, en empuñarla y blandirla con
fuerza, en hacerla resoplar en el viento.
Ya no salía nunca hacia el bosque que no la llevase consigo; y a
veces, mirando hacia una y otra parte, como si alguien pudiera
sorprenderle, hincaba la punta de cierto modo en el tronco de los
árboles para recordar la terrible estocada con que había dado muerte
a Gonzalo.
Su sangre se enardeció de nuevo, y su espíritu, inflado otra vez con
el viento de la honra, volvió a soñar en los triunfos y loores de la
vida y en todas las hazañas que él hubiera podido realizar por el
mundo.
Hallábase una tarde del mes de Septiembre sentado sobre un alto
peñasco, y meditando la idea de visitar en breve a su madre, cuando
vio subir por la cuesta, sobre una mula parda, a un anciano enjuto y
esbelto que agachaba la cabeza y miraba con singular atención hacia
la gruta.
El hombre volvió a pasar a la mañana siguiente, mirando siempre
con la misma curiosidad.
Por fin, un día en que Ramiro llegó a sentir de modo insufrible el
tormento del hambre, el anciano misterioso acertó a pasar a la hora
del anochecer, llevando por delante, sobre la silla, un cesto pequeño
lleno de hogaza y una ristra de cebollas colgada del hombro.
Ramiro caminó hacia él, exclamando:
—¡Dadme, por Dios, una cebolla y un poco de pan!
El hombre prosiguió su camino.
Ramiro, entonces, con voz amenazadora y más fuerte, repitió:
—¡Por el amor de Dios, dadme un poco de pan!
Pero el desconocido, sujetando apenas la mula, contestó secamente:
—Mejor sería ir a ganalle con vuestros brazos. ¿Pensáis acaso que
esa roñosa pereza borra crímenes y perjurios?
El se le cruzó en el camino, y asiendo con una mano el freno de la
cabalgadura, levantó con la otra su crucifijo de bronce, repitiendo:
—¡Dadme, os digo, unas migajas, en nombre de Nuestro Señor
Jesucristo!
Entonces, el anciano, inclinó su cuerpo hacia adelante y, por toda
respuesta, escupió dos veces con bárbara osadía la santa imagen del
Redentor. Ramiro exhaló un grito de espanto. Su cuerpo vacilaba
combatido por dos impulsos adversos. Por fin, corriendo con ímpetu
a la cueva, cogió la espada y se vino derecho hacia el hombre, con la
intención de darle muerte allí mismo. Pero al levantar la punta para
hundirla en aquel pecho sacrílego, una voz recia y dominante, una
voz que penetró en sus entrañas, le contuvo de golpe:
—¡Ah! ¡Ramiro, Ramiro, sólo falta agora que acuchilles al hombre
que te engendró!
Al pronunciar estas palabras, el caminante quitose el ancho
sombrero que llevaba, a fin de descubrir su cabeza y mostrar mejor
todo el rostro. Ramiro experimentó profunda conmoción. Acababa
de reconocer al misterioso personaje del arrabal de Santiago, al
abnegado morisco que le había salvado la vida, dejándole después,
como recuerdo, la valiosa daga sarracena.
—Sí, yo te engendré en la altiva doña Guiomar—prosiguió el
anciano—y tu agüelo prefirió casalla en seguida con el viejo don
Lope, en odio a mi raza y a mi creencia. Luego, allá en Avila, te di
la vida por segunda vez, sacándote de entre las dagas de los
creyentes; y fui expulsado de Castilla como traidor. Pero tú, Ramiro,
me pagaste en buena moneda cristiana, faltando a tu juramento y
entregando a la Inquisición a la infelice Gulinar y a Aixa, a Aixa la
jarifa, a Aixa la santa, para que fuesen arrojadas a la hoguera,
después de haberte curado y regalado con tanto amor como ellas te
tenían!
Las lágrimas brotaron de sus ojos, y con voz temblorosa, exclamó
por fin:
—¡Ah! No quiero maldecirte, porque la maldición de un padre es
siempre escuchada por Alá...; no, no me atrevo a maldecirte...!
Con estas palabras agitó su mano izquierda hacia atrás, y taloneando
fuertemente la mula, dejó caer al suelo toda la hogaza,
desapareciendo en seguida entre los peñascos.
Ramiro le miró partir sin llamarle, y caminando hacia la cueva, fue a
sentarse en el rincón más obscuro, oprimiendo el crucifijo contra su
pecho.
¿Qué había escuchado? ¿Su padre? ¡Un morisco!
Todos los enigmas de su vida acudían a su memoria: la soledad de
su infancia, la dureza del abuelo para con él, la continua y llorosa
melancolía de doña Guiomar, las especies tan extrañas que había
suscitado su lance con los conversos, el súbito desvío de Beatriz, el
denuesto de Gonzalo en la callejuela... ¡el abnegado amor de aquel
hombre de otra fe, de otra raza!; y vio que todo resultaba harto
comprensible a la luz de la espantosa revelación.
¿Sería verdad? ¿Sería, en efecto, hijo de moro? ¡Ah! Más valiera
entonces romperse las venas y dejar que toda su sangre se derramase
sobre el lodo de la ignorada caverna. Su razón cayó en espantosa
vorágine. Las ideas parecían ulular y remolinear como los vientos en
una noche de vendaval. No quería, no quería pensar, y se hincaba las
uñas en la frente para aturdirse, agitaba los brazos en las tinieblas,
resoplaba con furia como un hombre enajenado por el terror; pero la
cavilación era cada vez más inexorable, más elocuente, más honda.
Unas veces reía de su propia credulidad, desechando como el más
grande de los absurdos las palabras del moro; otras llegaba a sentir
total convencimiento, y se sorprendía de no haber concebido hasta
ahora ninguna sospecha en medio de tantos indicios.
De pronto, el mismo horror de aquella incertidumbre, le yergue
sobre los talones. Enciende la candileja. Un pensamiento instantáneo
acaba de cruzar por su mente. Sube al escabel, descuelga los viejos
vestidos y las botas que penden de lo alto de la gruta. Un bolsillo de
monedas suena en los gregüescos.
Cuando hubo cambiado el sayal por aquellas ropas de otro tiempo y
ceñido la espada, salió de la cueva y se puso a errar en la noche. No
le quedaba ahora otra idea que huir sin descanso hacia el mar, otra
esperanza que los galeones.
Soñaba en alguna región de las Indias, donde las plantas, las frutas,
las aves, las estrellas, todo fuera nuevo para él y nada le recordase la
tierra vieja y maligna en que había nacido, aquella tierra en que todo
era adversidad, maleficio, embrujamiento. Sólo así podría escapar a
la maldición que le perseguía quizá desde el vientre de la madre.
Caminó incansablemente, empujado como Ashavero, por un viento
misterioso que no movía las hojas de los árboles, y que él, con todas
sus fuerzas, no hubiera podido resistir.
De noche, en las ventas, al verle aparecer con el anticuado traje y la
luenga barba en desorden, más de un gañán empinaba de golpe la
taza de vino y se escapaba al corral haciéndose cruces.
En cambio, de día, al cruzar por los pueblos, los chiquillos se
mofaban de su estampa y le arrojaban por detrás cáscaras de nueces
y puñados de polvo.
Con el dinero que había encontrado en los gregüescos compró una
mula para abreviar el camino y un capote para cubrirse, y de este
modo, después de innumerables peripecias, llegó, por fin, a la ciudad
de Cádiz, a mediados de diciembre.
El mismo día, recorriendo las calles, vio una bandera de compañía
colgada de una ventana; preguntó por el capitán y le dijeron que se
había marchado la víspera para Jerez. Iba a retirarse, cuando un
soldado, que estaba sentado en un poyo, junto a la puerta, exclamó:
—Si vuesa mercé, seor caballero, quiere hablar con Pablo Martínez,
el alférez, ahí le tiene a su derecha.
Ramiro volvió el rostro y su asombro fue inmenso al ver cruzar la
calle a su antiguo paje vestido con galas de soldado.
Pablillos llegaba apenas de Flandes. En una escaramuza, cerca de
Groninga, dos compañías de escopeteros españoles, sorprendidas
por una carga del enemigo, volvieron la espalda para salvarse. Sólo
Pablillos permaneció en su puesto sin hacer el menor ademán. Al
siguiente día le hallaron en el mismo paraje, tendido boca abajo;
había perdido el habla y estaba cubierto de contusiones. Esto le valió
la bandera. Algunos dijeron entonces que el miedo no le había
dejado menearse; otros, que se había agazapado bajo la cureña de
una culebrina; pero ahora los nuevos soldados le miraban como a un
héroe, y toda la población como a una gloria gaditana. Al reconocer
a Ramiro, le prometió ayudarle en lo que pudiese, y cuando supo su
resolución de entrar en la compañía como soldado, llevole en
persona a comprar lo que hubiera menester para embarcarse. Debían
zarpar para el Perú a fines de diciembre.
El día veinticuatro de aquel mes, pasadas las seis de la tarde, tres
gruesos galeones dejaban la bahía, desplegando una a una sus velas
numerosas, que tomaban al pronto en el crepúsculo vivo tinte de oro
y de sangre.
En uno de ellos iba Ramiro asomado a la borda, y tendiendo su
mirada, su imaginación y toda su alma hacia la fabulosa esperanza
del horizonte.
Las tres farolas de popa se encendieron, y las naves tomaron la ruta
de América.
Entretanto, allá en la ribera, hacia la punta de San Felipe, una
muchacha, con los zapatos despedazados y echada de pechos sobre
la última roca, miraba, sollozando, aquellas luces mortecinas, cada
vez más pequeñas, cada vez más lejanas; y la marea, aislando poco a
poco el escollo, jugaba con su manto verduzco, apagaba sus
lamentos, se llevaba sus lágrimas, y le murmuraba al oído enorme y
despiadada canción que reía con las espumas.
EPILOGO
En el Perú, el año de 1605, en la Ciudad de los Reyes.
Es una noche de fines de octubre. La ciudad duerme bajo el brillo de
las constelaciones y sus campanarios se levantan, aquí y allá, más
obscuros que la sombra. Luciérnagas y cocuyos enciéndense a
millares encima de los huertos y atraviesan los árboles tenebrosos.
El húmedo ambiente está henchido de perfumes, y óyese, como en la
quietud de los campos, el concierto de los grillos y las ranas, sólo
entrecortado por la voz de los serenos o los pasos de algún
trasnochador que vuelve de los garitos.
Poco a poco, soñolienta vislumbre enrojece en lo alto los cerros de
San Cristóbal y Amancaes. Una brisa sutil y lánguida llega del mar.
Los gallos no han cantado todavía.
No lejos de la Plaza Mayor, en el huertecillo de humilde vivienda,
una mujer, cuya blanca vestidura parece relucir en la sombra, va y
viene por los senderos cual inquieto fantasma. Es Rosa, la hija
menor de Gaspar Flores y María de Oliva. Todas las mañanas, antes
de la salida del sol, junta piadosamente, en el jardín cultivado por
ella, las flores que un instante después ha de llevar a la Virgen del
Rosario, en la vecina iglesia de Santo Domingo.
Aun en las noches más obscuras sus pupilas reconocen las corolas
mejor abiertas, y parécele que todas claman hacia ella con místicas
voces, anhelosas de morir sobre la pureza de los altares.
Hacia un ángulo del huerto, la puertecita de encalada celda recorta
en la obscuridad el dorado resplandor de un candil encendido. Es la
ermita doméstica construida por Rosa para entregarse a la
contemplación y la penitencia sin abandonar a sus padres y a sus
hermanos.
No ha escogido esa vida guiada por el remordimiento o los pesares.
Ha nacido santa. Es milagrosa desde la cuna. Su primer aliento
difundió en su morada un hálito del Paraíso. Es el lirio conventual,
bendecido por Dios en la tierra y en la simiente. Diríase que los
ángeles mueven y aderezan todo lo que ella pone bajo su intento.
Las personas que la visitan advierten claridades y frescuras de otra
vida en torno de su persona; y, de noche, se la reconoce en las más
obscuras estancias por la misteriosa luz que desprenden sus cabellos.
No ha cumplido aún veinte años y nadie ignora en Lima los
asombrosos prodigios con que el Señor la favorece. Sólo ella
encuentra natural que los pájaros se posen sobre su hombro o
acompañen con sus trinos las fervorosas canciones que improvisa al
son de la vihuela; o que, en los días de gran necesidad, cuando su
madre o sus hermanas se sienten enfermas, maravillosas labores
aparezcan, en un instante, bajo su aguja, recubriendo una a una las
telas, sin agotar los ovillos.
Comprende desde temprano que el sufrimiento y la pobreza son para
Dios las más altas dignidades de esta vida; y visita de continuo los
hospitales, entra en las covachas de los cholos y los indios, buscando
las fiebres, las llagas, la lepra; asila en su oratorio a las ancianas que
escarban las basuras de los muladares para buscar el sustento; cura
con sus manos a bubosos y cancerosos abandonados por sus
parientes.
Su hermosura es a la vez angélica y perturbadora. Tiene del cirio el
candor y la llama. Sus grandes ojos, que arden con misteriosa fiebre,
van encendiendo, a pesar suyo, súbitas pasiones en el corazón de
ricos y virtuosos caballeros. Su madre quiere casarla, y la obliga a
ataviarse como las otras doncellas; pero Rosa pone en cada gala una
oculta mortificación. La guirnalda de flores con que debe adornarse
la frente, lleva por debajo una corona de espinas; sus guantes de olor
están embebidos en un cáustico que desuella las manos. Por fin,
acosada de amenazas y violencias, declara su voto irrevocable de
virginidad y su secreto desposorio con Jesucristo.
Una noche, después de haber trabajado hasta muy tarde, a la luz del
candil, soñó que aderezaba la saya para sus bodas espirituales,
bordando sobre briscada estofa los Nueve Coros angélicos y los
símbolos de la Trinidad y de la Santa Eucaristía. De pronto parécele
que la quitan la aguja de las manos. Un ángel pálido, y de rizos muy
negros, reluce de súbito ante ella, y le ofrece una corona de lágrimas
y alba vestidura formada de postillas de lepra que la envía Nuestro
Señor, desplegando, en seguida, el velo nupcial, incorpóreo velo,
sólo visible para el alma, un velo hecho de suspiros y sollozos de
este mundo.
Rosa abre el postigo con delicada cautela, para no despertar a los
que duermen, y sale de la casa, oprimiendo contra su pecho las
flores que ha de ofrecer a la Virgen. Camina lentamente, agitando
apenas los pliegues cándidos y simples de su túnica. Diríase que la
poderosa fragancia la desvanece por momentos.
Tierno rubor enciende por encima de los tejados los ópalos de la
aurora. Algunos techos de paja cuelgan hacia la calle como rubios
cabellos humedecidos. Las puertas se abren, una a una. Al pasar
junto a las rejas se aspiran monjiles sahumerios recién encendidos en
los estrados. Aquí y allá, un brazo desnudo asoma sin rumor entre
las celosías y riega los albahaqueros. Oyese la tímida canturria de las
esclavas que lavan los patios y los zaguanes.
Rosa entra a la iglesia hollando con religioso respeto las losas
sombrías. Dos hachas de cera arden en el fondo, junto a la capilla
mayor. Su luz llorosa y vacilante hace entrever, dentro de negro
ataúd, las manos entrecruzadas de un muerto y el amarillento sayal
con que lo han amortajado. Ni una flor, ni una plegaria, ni un paño
mortuorio.
La doncella se aproxima.
Un fraile dominico, con barba y sin tonsura, dormita a pocos pasos
del féretro, sentado en un escaño. Rosa camina hacia él. El novicio
abre entonces los ojos y murmura, como espantado:
—¡Vive Dios! ¡Con ella soñaba, y la veía venir con ese sayal, con
ese velo, con esas flores!
Luego, reprimiendo su asombro, agrega dulcemente:
—El Señor os conduce, niña santa. ¿Qué labios podrán rezar mejor
que los vuestros por el alma de este difunto?
—¿Quién era...?—pregunta Rosa, observando el rostro del muerto.
—A punto fijo, no lo sé yo tampoco—responde el religioso.—Jamás
quiso revelar su nombre ni su origen; pero puedo decir que el
Caballero Trágico, como todos le llamábamos, ha sido un gran
arrepentido, y que la peregrina historia de su conversión debiera
publicarse a boca llena para ejemplo de pecadores.
El fraile vacila un instante, pero clavando en la joven una mirada de
arrobamiento, cual si hablase a una santa aparición, agrega con voz
estremecida:
—Yo le conocí en Huancavelica, hará cosa de seis años. Formó allí
una banda de facinerosos, para la cual quiso el Demonio señalarme,
y salíamos a descubrir enterrados, que llaman, y huacas antiguas, y
minas ocultas; y todo lo alcanzábamos a fuerza de cuerda y de
hierro. Prendíamos a los caciques y les dábamos tormento, e si no
querían declarar, nos íbamos sobre sus chozas y nos hartábamos de
sangre. ¡Ah!, no hubo saña como la nuestra. Después caíamos a esta
ciudad de Lima, a consumir en los vicios el fruto de nuestros
crímenes... Mucho más pudiera decir, sino que no es la ocasión.
Rosa suspiró; y el novicio, pasándose la mano por el rostro, alzó la
cabeza y prosiguió su relato:
—¡Oh alta potencia de Dios, y por cuántos medios mandas la luz a
las almas hundidas en la tiniebla! Habéis de saber que, una vez, ese
que agora duerme el sueño de la eternidad, viniendo conmigo a
comulgar a esta parroquia, pues nunca abandonó el sumo
Sacramento, os vio salir por la puerta de la sacristía, y, dejándome al
punto, se puso a seguiros. Habiendo sabido después cuán piadosa
erais y cuán alejada de todas las vanidades y pasiones del siglo,
determinó, sin embargo, seduciros, o robaros a viva fuerza. Para eso,
cierta mañana, hizome llevar una litera junto a vuestra casa, mientras
él se dirigía a saltar la tapia del huerto...
Yo le vi volver, a la hora, con otro semblante. Al llegar junto a mí,
echome los brazos al cuello, exclamando: ¡Es una santa, una esposa
de Cristo; es El quien habla por sus labios!, y gemía como un
hombre que no osa arrancarse del pecho el dardo con que acaban de
herirle. Desde entonces púsose a observaros de lejos, y os vio
derramar por todas partes vuestra cristiana bondad. Una envidia
santa traspasó su corazón encallecido al escuchar las bendiciones de
los miserables y al ver a tanto desgraciado que se echaba de hinojos
en el suelo para besaros los pies. Abandonó sus galas, repartió joyas
y dinero entre los menesterosos, y, habiéndome contagiado su nuevo
frenesí, llevome consigo a los campos, para borrar con el bien todo
el mal que habíamos sembrado por ellos. ¡Por mi fe! ¡Yo nunca
pude imaginar remordimiento tan profundo, y qué hazañas de
caridad y de penitencia! Dios perdone sus pecados, y quiera darme
tiempo a mí mesmo para purgar los míos en esta santa casa de
religiosos.
—¿Y cuál ha sido su muerte?—volvió a preguntar la doncella, con
expresión tímida y ansiosa, sentándose en el extremo del escaño.
—Su muerte—respondió el novicio—dice harto bien lo que fue su
contrición. Allá por el mes de agosto, un indígena, a quien él curaba
de un terrible dolor en los huesos, fue compelido en Huancavelica a
trabajar en la mina que llaman La Hedionda. El Caballero Trágico
quiso ponerse en su lugar y, disfrazado de salvaje, pasaba todos los
días más de cinco horas en las entrañas de la tierra. Contrajo de esta
suerte una fiebre tan brava, que en menos de una semana le privó de
todo movimiento. Yo no hallé cosa mejor que cargarle sobre una
mula y traelle a este Convento del Rosario, donde, después de largo
padecer, ha fenecido anoche a las nueve, edificando a los religiosos
con sus acentos de humildad y de sublime confianza en la
misericordia de Dios. Y agora debo deciros—agregó por fin con voz
entrecortada por la emoción—que en sus últimos instantes mezclaba
vuestro nombre al nombre de Cristo y de Nuestra Señora, doncella
santa.
Rosa acercose al ataúd. ¿Cómo dudar? Se hallaba ante el cadáver de
aquel desconocido que había saltado una mañana las tapias de su
huerto, y a quien ella, sin darle tiempo a que desplegase los labios,
habló largamente sobre el divino y verdadero amor, con palabras
dictadas, sin duda, por el cielo.
Fijó entonces sus pupilas, con profunda atención, en el descarnado
rostro, y al reparar en la beatitud inefable que bañaba los párpados,
comprendió que aquellos ojos hablan contemplado, antes de
extinguirse, alguna visión deslumbradora del Paraíso.
Dejole caer una flor sobre el pecho, y otra, y otra después...
El alba aclaraba apenas el templo con lívidos resplandores que
bajaban de las vidrieras, y la vieja niebla de incienso, adormecida en
las naves, se rasgaba por instantes, como si los ángeles volasen en la
penumbra.
Rosa de Santa María arrodillose piadosamente, y murmuró una
plegaria por el alma de aquel muerto.
Y ésta fue la gloria de don Ramiro.