«Es preciso crear en nuestra vida un espacio para el Señor, con
el fin de que pueda transformar nuestra vida en su Vida… Mi
primera hora de la mañana le pertenece al Señor. Una profunda
paz inundará mi corazón y mi alma se vaciará de todo aquello
que pretendía perturbarla… será ella colmada de santa alegría,
de valentía y de fortaleza» (Edith Stein).
2- El malvado escucha en su interior
un oráculo del pecado:
«No tengo miedo a Dios ni en su presencia».
3- Porque se hace la ilusión de que su culpa
no será descubierta ni aborrecida.
4- Las palabras de su boca son maldad y traición,
renuncia a ser sensato y a obrar bien;
5- acostado medita el crimen,
se obstina en el mal camino,
no rechaza la maldad.
6- Señor, tu misericordia llega al cielo,
tu fidelidad hasta las nubes,
7- tu justicia hasta las altas cordilleras,
tus sentencias son como el océano inmenso.
Tú socorres a hombres y animales,
8- ¡qué inapreciable es tu misericordia, oh Dios!
Los humanos se acogen a la sombra de tus alas,
9- se nutren de lo sabroso de tu casa,
les das a beber del torrente de tus delicias:
10- porque en ti está la fuente viva
y tu luz nos hace ver la luz.
11- Prolonga tu misericordia con los que te reconocen,
tu justicia, con los rectos de corazón;
12- que no me pisotee el pie del soberbio,
que no me eche fuera la mano del malvado.
13- Han fracasado los malhechores,
derribados, no se pueden levantar.
1. EL MISTERIO DE LA INTERIORIDAD
«No estamos huecos» (Santa Teresa). Pero ¿quién habita el
corazón del ser humano? ¿Qué misterio se esconde en sus
adentros? Este bellísimo salmo intenta responder ofreciéndonos
los retratos contrapuestos de dos mundos interiores, habitados
uno por el abismo de la malicia y otro por el abismo de la bondad
de Dios. Estas fronteras entre buenos y malos, tan bien
clarificadas en el salmo, son más difusas en la vida real. El ser
humano, al mirarse por dentro, descubre conviviendo juntos el
trigo y la cizaña, oye voces contrarias en su mundo interior. Por
eso, en este salmo hay que entrar con preguntas, con una honda
curiosidad por la vida, con ganas de opción, con deseos de
despertar el corazón a la bondad. Empieza el salmo relatando la
trama secreta del malvado y lo hace con una expresión muy dura:
«el malvado escucha en su interior un oráculo del pecado»; la
palabra de Dios ha sido suplantada por la palabra de la maldad.
El mal no es algo externo, sino que se ha hecho connatural a su
ser más íntimo, asomándose desde ahí en la lengua y en las
obras (cf Mc 7,22).. La interioridad del ser humano, el espacio
más bello y secreto que tiene, ha quedado convertida en cueva
oscura donde se gestan, día y noche, la crueldad y el engaño. En
este planteamiento de la vida, Dios es un estorbo. De ahí que le
dé la espalda y no le deje espacio ni palabra en su vida; y de ahí
también que molesten los amigos de Dios y que intente
marginarlos y ningunearlos. El desprecio de la moralidad, el
rechazo de la religión, la renuncia a la sensatez son su hábito
cotidiano. Una conducta semejante solo puede terminar en la
muerte. ¿Qué hacer ante esto? ¿Huir? ¿Ser como ellos?
¿Enfrentar al odio con más odio y a la violencia con más
violencia? El salmista, partiendo de esta experiencia humana, tan
dura, encuentra en la experiencia de Dios una respuesta.
2. EL AMOR LOCO DE DIOS
Frente al malvado, que solo sabe decir «yo», coloca el salmista
otro tipo de hombre, por el que apuesta claramente, que sabe
decir «tú», «tú a Dios y tú a todo ser humano». Este nuevo tipo
de persona está habitado por el misterio de Dios, por su Palabra,
por su Espíritu, que lejos de anularlo lo plenifica y lo embellece.
Tenemos que agradecer al salmista que nos deje oír su fe, que
nos desvele una meditación tan extraordinaria sobre Dios. Su fe
sale convertida en un hermoso himno al amor de Dios, y por
extensión, a todo ser humano que se deje tocar el corazón por el
cariño y la dulzura de Dios y se convierta en testigo de la bondad
de Dios en el mundo (cf Tit 3,4). Canta la grandeza de Dios con
símbolos cósmicos (cielo, nubes, altas cordilleras, océanos) que
abarcan «lo ancho y lo largo, lo alto y lo profundo» (Ef 3,18) y lo
hace con cuatro términos muy ricos en significados salvíficos.
Hésed, que significa los dones que aporta Dios a su alianza con
la humanidad: gracia, compasión, ternura, misericordia. Emunáh,
con la misma raíz que amén, y que significa seguridad, firmeza,
fidelidad inquebrantable. Sedaqáh expresa justicia, pero en
sentido de salvación y liberación del mal. Mishpat, que significa
las sentencias con que Dios mira la tierra, inclinándose hacia los
pobres y oprimidos, y doblegando a los arrogantes y prepotentes.
Canta los favores de Dios con símbolos rituales de la liturgia en el
templo. Dios es inagotable en sus dones, se da a conocer
enriqueciendo. «Se alegra de ser Dios para poder darse como
Dios» (San Juan de la Cruz). En lo más hondo del ser humano
deja sentir su presencia y todo lo deja vestido de gracia y
hermosura. Merece la pena volverlas a leer en unos versos
tocados de honda belleza: «Los humanos se acogen a la sombra
de tus alas, se nutren de lo sabroso de tu casa, les das a beber
del torrente de tus delicias: porque en ti está la fuente viva y tu luz
nos hace ver la luz». Dios, en el espacio orante de la comunidad
que se reúne para la alabanza y la escucha de la Palabra, es
sombra que alivia, cobija, descansa; es banquete de manjares
sabrosos; es fuente de agua viva ofrecida a todos gratuitamente;
es luz capaz de asomarse como luz en «el rostro descubierto del
orante, y así reflejar, como en un espejo, la gloria del Señor’
(2Cor 3,18). Estos símbolos encuentran su correspondencia en
los sacramentos: Cristo es cristalina fuente de vida en el
bautismo, cena que recrea y enamora en la eucaristía, llama de
amor viva en la confirmación, sombra acogedora y protectora en
la comunidad eclesial. ¿Qué hacer ante este panorama?
¿Marginaremos a este Dios tan enamorado de nosotros?
¿Abriremos la vida a un amor tan gratuito y tan personal: «Me
amó y se entregó por mí» (Gal 2,20)? ¿Dejaremos que su ternura
ablande nuestro corazón? ¿Colocaremos su fidelidad como
cimiento de nuestra vida? ¡Cómo no entrar en contemplación y
quedar fascinados ante este Dios que nos embellece con su
beso! ¡Cómo no tratar de amistad con este Amigo tan verdadero!
No es de extrañar que los dones de Dios enamoren a la persona
y que ésta se convierta en la «cara humana de Dios» (San
Gregorio de Nisa) y responda también amando, porque amor
saca amor. «Tú que manas dentro de mí como una fuente que no
nace de mí, pero que me moja y me riega. Tú que brillas dentro
de mí como una luz que yo no enciendo, pero que alumbra mi
salar de estar. Tú que amas dentro de mí como una llama que no
es mi hoguera pero que pone en fuego todo mi ser» (Loidi).
«Déjame beber de esa fuente, déjame meter las manos en sus
aguas para sentir sus frescura, su pureza y su fuerza. Que las
aguas vivas de ese divino manantial fluyen a través de mi alma y
de mi cuerpo, y su corriente inunde el pozo de mi corazón»
(Carlos G. Vallés).
3. CONTEMPLATIVOS EN MEDIO DE LA VIDA
El orante, después de la experiencia tan intensa que ha tenido de
Dios en la interior bodega, sale a la vida de otra manera: con su
interioridad alcanzada por la presencia de Dios. Sabe que no es
dueño de la fuente, pero puede cantarla y saciar su sed con su
frescor. Sabe que no es dueño de la luz, pero puede ver todas las
cosas con esa luz que arde incluso en medio de la noche; orar es
aprender a ver la vida como Dios la ve. Sabe que no es dueño de
los bienes, pero puede enriquecer con ellos a muchos. Sabe que
es arcilla, pero arcilla viva por el roce de los dedos de Dios. Del
encuentro con Dios le ha quedado humildad para saberse
necesitado de la ayuda de Dios y seguir contando con su
misericordia y su justicia («con amor eterno te amé, por eso
prolongué mi lealtad» (Jr 31,3); los dones no son garantía de
fidelidad, requieren vivir alerta. Le ha quedado también fortaleza y
confianza hasta la audacia en la bondad de Dios. Para los
momentos difíciles conoce el caminito que lleva al manantial,
porque guarda grabado en el corazón el sonido del agua Ha
perdido el miedo a los malvados. Esperanzado por el amor
inmenso de Dios que siente a su lado, sabe que éstos no podrán
pisotear su dignidad, ni echarlo fuera de su experiencia de Dios;
iluminado por la luz de Dios, se le revela el futuro de repente y
está seguro de que el mal, a la larga, no podrá mantenerse de pie
y quedará derribado, sin poderse levantar. Y en los momentos
difíciles, El orante, a quien Dios le ha regalado su misterio, sale a
la vida como un humilde testigo de la bondad de Dios, como un
pregonero que anuncia la vida, como un germen de gracia en un
mundo desgraciado. Ese orante es, sobre todo, Jesús que ama
con derroche para que «el amor con que Tú me has amado esté
en ellos y yo en ellos» (Jn 17,26).