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MAQUINA

El artículo examina la burocracia a través de las críticas de Kafka y Weber, describiéndola como una máquina laberíntica que afecta la vida social y personal en las sociedades modernas. Se establece un paralelismo entre la obra literaria de Kafka y la sociología de Weber, destacando cómo ambos abordan la deshumanización y el absurdo del sistema burocrático. La influencia de la burocracia en la literatura y la sociología se manifiesta en la obra de Kafka, donde la burocracia se convierte en un aparato opresor que anula la libertad individual.
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MAQUINA

El artículo examina la burocracia a través de las críticas de Kafka y Weber, describiéndola como una máquina laberíntica que afecta la vida social y personal en las sociedades modernas. Se establece un paralelismo entre la obra literaria de Kafka y la sociología de Weber, destacando cómo ambos abordan la deshumanización y el absurdo del sistema burocrático. La influencia de la burocracia en la literatura y la sociología se manifiesta en la obra de Kafka, donde la burocracia se convierte en un aparato opresor que anula la libertad individual.
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El Derecho en la obra de Kafka
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Jaulas, máquinas y laberintos (Imágenes de la
burocracia en Kafka, Musil y Weber)
José M. González García
1
Investigador del C.S.I.C.
Resumen
Este artículo se propone abordar el problema de la burocracia desde las
visiones críticas de Kafka y
Weber. Para ello, se desarrolla la metáfora de la burocracia como máquina
laberíntica que opera
como entidad administrativa superior en el contexto de las sociedades
modernas. El paralelo entre la
obra de Kafka y Weber permite notar también la convergencia de la literatura y
la sociología, lugares
donde es posible encontrar no sólo un determinado espíritu de época, sino
fundamentalmente una
imagen lúcidamente crítica sobre el mismo.
Palabras clave
burocracia, máquina, jaula, laberinto, Kafka, Weber, modernidad,
administración
En las últimas décadas del siglo xix y en las primeras del presente siglo tiene
lugar un
proceso de burocratización acelerada que parece afectar a todos los aspectos
de la vida
social e individual. Este proceso es especialmente visible en centroeuropa
donde se
superpone a una burocracia ya fuerte y consolidada. En comparación por
ejemplo con
Inglaterra o Estados Unidos —donde la Administración estatal carecía, en gran
medida, de
una burocracia profesional—, en Alemania y en Austria-Hungría estas nuevas
tendencias
burocratizadoras se superponen a una vieja tradición burocrática. Tanto la
monarquía
guillermina como la doble monarquía del Danubio basaban su poder en la
centralización
administrativa y en la jerarquía funcionarial. En las décadas del cambio de siglo
esta vieja
burocracia tradicional se verá acompañada por nuevas promociones de
burócratas en
esferas de la actividad económica privada y estatal, esferas que hasta
entonces habían
permanecido libres de los tentáculos administradores. En dichas décadas se
vive una
nueva vuelta de tuerca de un proceso de burocratización que parece
extenderse
indefinidamente y abarcar cada vez nuevas esferas de la realidad social y de la
conciencia
individual. Las tendencias hacia lo que Horkheimer llamaría, unos años más
tarde, un
«mundo totalmente administrado» se hacían cada vez más patentes. Esta
situación
histórica es el trastorno de la literatura y de la incipiente sociología del
momento.
1. La máquina burocrática
El análisis de los efectos de la burocratización se convierte en un tema central
de
historiadores, sociólogos, politólogos y literatos. Y todos ellos, en curiosa
unanimidad,
utilizan la metáfora de la máquina para referirse a la burocracia. No sólo los
poetas y
novelistas; incluso el lenguaje de los textos científicos, cuando intenta describir
el mundo
burocrático se aproxima al lenguaje especializado de los constructores de
máquinas. La
burocracia es vista como uno de los aparatos fundamentales en el proceso de
destrucción
del individuo y de mecanización de la sociedad
2
.
De todas estas unanimidades en el uso de la metáfora sólo me quiero referir
aquí a la
sociología de los hermanos Alfred y Max Weber y a la literatura de Franz Kafka.
Es de
sobra conocida la experiencia de este último como burócrata en el Instituto de
Seguros de
Accidentes de Trabajo en el Reino de Bohemia en Praga. A esta experiencia
personal en
la burocracia austrohúngara primero y, después de la primera guerra mundial,
en la
burocracia del incipiente estado checo, hay que añadir otras posibles
influencias para
comprender el mundo literario de Kafka.
En los últimos años, se está poniendo de relieve el probable influjo indirecto de
Max
Weber, a través de su hermano Alfred, sobre Kafka. Y precisamente, en el tema
que
constituye, a mi juicio, el leit-motiv fundamental de la obra literaria de éste: la
obsesión
burocrática, el absurdo de este sistema de organización social que se ha
impuesto de una
manera inevitable en todas las facetas de la vida, ahogando la espontaneidad
e impidiendo
la libertad.
La relación entre Alfred Weber y Kafka es sencilla de aclarar: Kafka obtiene el
18 de junio
de 1906 el grado de Doctor en Derecho. Alfred Weber actúa como «Promotor»
en la
ceremonia de recepción del título, es decir, como encargado de presentar a los
nuevos
doctores al rector. El joven profesor Alfred Weber había sido llamado por la
Facultad de
Derecho de la Universidad alemana de Praga el año 1904 como catedrático de
Economía
nacional y trabajó en esta Universidad hasta 1907, en que se traslada a
Heildelberg. En
esos años ejerció una gran influencia entre los estudiantes de Praga, entre los
que se
contaban Franz Kafka y su amigo Max Brod. Con éste se mantuvo en contacto
Alfred
Weber hasta después de la segunda guerra mundial
3
.
La relación entre Alfred Weber y Franz Kafka trasciende lo meramente
académico y llega
al campo literario. En 1910 publica Alfred Weber en Die neue Rundschau un
largo artículo
titulado «Der Beamte» («El funcionario»). Pues bien, este artículo es el
precedente directo
de una de las narraciones más alucinantes de Kafka: In der Strafkolonie (En la
colonia
penitenciaria), escrita en 1914 y publicada en 1919. De esta manera es posible
establecer
«afinidades electivas» entre los hermanos Weber y Kafka en el tema de la
burocracia. La
cara oscura del proceso de burocratízación es analizada en dos registros
diferentes: el
literario y el sociológico. Hoy, cada vez que nos acercamos al funcionamiento
real de la
burocracia, acabamos calificándola de «kafkiana». Pero también podríamos
llamarla
«weberiana», haciendo así justicia a la crítica sociológica que ambos hermanos
realizan.
Debido a que Max Weber es tenido, y con razón, como el principal teórico de la
racionalidad burocrática, se hace necesario recordar también su crítica amarga
y
desesperada. En este tema aparece una vez más el doble rostro de Jano que
Weber
poseía. Si, por un lado, realiza una exposición aséptica, neutral y objetiva del
«tipo ideal»
por otro hace una crítica despiadada e intenta poner límites al proceso de
burocratización.
Me voy a referir sólo a uno de los textos de Max Weber fundamentales para mi
argumentación. Se trata de su famosa intervención en 1909 ante la Asamblea
del «Verein
fíir Sozialpolítik»
4
. Aquí, Max Weber, tras declarar su total acuerdo con su hermano Alfred
en la crítica a la burocracia, acaba comparando a ésta con un gran aparato
mecánico cuyo
avance incontenible es imposible de frenar.
Esta comparación con la máquina es muy significativa. Para Max Weber, la
burocracia
mantiene su eficacia gracias a la jerarquía administrativa que regula todos los
asuntos
objetivamente, con precisión y «sin alma», precisamente como una máquina.
De esta
forma, «la superioridad técnica del mecanismo burocrático es tan indiscutible
como la
superioridad de las máquinas sobre el trabajo manual». Como engranajes de
esta
maquinaria, Weber describe la tendencia de los individuos a aferrarse a un
puestecillo para
escalar inmediatamente el siguiente, la tendencia conservadora a considerar la
burocracia
como una fuerza neutral y superior a los intereses de clase o partido, y la
pasión por ser
«hombres de orden». Estos tres engranajes contribuyen a mantener el buen
funcionamiento de la maquinaria. Pero, según Max Weber, se trata de buscar
qué
«debemos oponerle a tal mecanismo para dejar libre a una pequeña parte de la
humanidad de esta parcelación del alma, de este dominio absoluto del ideal de
vida
burocrático».
En su artículo sobre el funcionario
5
, Alfred Weber hace una análisis histórico del proceso
de burocratización y una dura crítica de aquellos que quieren ver el «espíritu
del tiempo»
en el espíritu muerto y vacío del aparato y mecanismo burocrático. Describe
cómo se
levanta un monstruoso aparató en nuestras vidas, que posee la tendencia a
invadir esferas
de la existencia hasta entonces libres y naturales para encerrarlas en
departamentos y
subdepartamentos. Un aparato que posee el veneno de la esquematización y
mata todo lo
que le es ajeno, individual y vivo.
«—Es un aparato singular —dijo el oficial al explorador, y contempló con cierta
admiración
el aparato, que le era tan conocido».
Así comienza Kafka su relato En la colonia penitenciaria. El aparato burocrático
weberiano
se ha transformado literariamente en una máquina de tortura y exterminio.
Todo el que
haya leído el relato recordará la pormenorizada y «kafkiana» descripción del
aparato que
hace el oficial ante la indiferencia del explorador. El artefacto ha sido diseñado
por el
antiguo comandante de la colonia penitenciaria para escribir sobre el cuerpo
del
condenado, con sangre y hasta la muerte, la disposición que ha violado. Por
ejemplo, las
palabras que van a ser inscritas en el cuerpo del condenado allí presente son:
«Honra a
tus superiores». Ante las preguntas del explorador- visitante, el oficial —juez y
ejecutante
de la sentencia al mismo tiempo— describe otro proceso judicial «kafkiano»
cuyo principio
fundamental es éste: la culpa es siempre indudable.
Pero corren malos tiempos en la colonia penitenciaria. El procedimiento judicial
y el
método de castigo son ahora defendidos sólo por el oficial, que se ha
convertido en
sostenedor de la tradición del antiguo comandante y en jefe de mantenimiento
de un
aparato que apenas funciona por falta de presupuesto. Después de un intento
fracasado
de convencer al exiorador para que se ponga de su parte y defienda la santa y
justiciera
tradición, el oficial ocupa el lugar del condenado y se ejecuta a sí mismo en la
máquina.
Pero ésta también acaba destruyéndose por su mal funcionamiento.
«El rostro del cadáver del oficial era como había sido en vida; no se descubría
ninguna
señal de la prometida redención; lo que todos los demás habían hallado en la
máquina, el
oficial no lo había hallado; tenía los labios apretados, los ojos abiertos con la
misma
expresión de siempre, la mirada tranquila y convencida y, atravesada en medio
de la
frente, la punta de la gran aguja de hierro»
6
.
La relación entre el ensayo Der Beamte y la narración corta In der Strafkolonie
no es sólo
metafórica ni se basa sólo en la continuidad de la idea del aparato. Como
Astrid Lange-
Kirchheim se ha ocupado de demostrar fehacientemente, hay una coincidencia
temática,
un solapamiento y paralelismo estrecho entre el ensayo sociológico de Alfred
Weber y el
relato literario de Kafka
7
. Es más El funcionario es una fuente directa de En la colonia
penitenciaria.
2. Analogías entre Max Weber y Franz Kafka
Creo que es posible encontrar ciertos paralelismos entre estos dos autores en
su propia
biografía, en las metáforas utilizadas y en los temas en que centran su interés,
desde
puntos de vista, claro está, diferentes.
En cuanto a las afinidades biográficas, puede decirse que Max Weber (1864-
1920) y Franz
Kafka (1883-1924) pertenecen casi a la misma generación; son subditos de dos
imperios
centroeuropeos «hermanos», una vez que la lucha por el dominio de la zona
europea de
habla alemana se ha decidido ya en favor de Alemania y en contra de Austria;
ambos son
juristas de profesión y tienen una lengua materna común: el alemán. Pero la
analogía
biográfica más importante radica en que ambos son ejemplos cíanos de lo que
Sigmund
Freud (1856-1939), otro coetáneo, dio a conocer con el nombre de «complejo
de Edipo».
Casi todos los biógrafos de Weber y, especialmente, Arthur Mitzman han
hablado de una
situación de Edipo fuerte y mal resuelto
8
. En palabras de L. Coser, «Mitzman ha dado
una nueva interpretación a los aspectos dualísticos del pensamiento weberiano
al
demostrar con todo lujo de detalles su doble identificación, por un lado, con la
dureza de
un padre librepensador y autoritario y, por otro, con la blanda, si bien severa,
religiosidad
de una madre piadosa»
9
.
También se ha señalado que «hay una cruel adecuación en el hecho de que el
único rival
de Freud para el título de principal pensador social de nuestro siglo haya sido
un ejemplo
clásico de la famosa teoría del último —que yaciera impedido por padecimiento
mental en
el mismo momento en que se publicó La interpretación de los sueños— y que
hubiera
sufrido las prescripciones de una serie de psiquiatras, ninguna de las cuales le
sirvió para
nada, mientras desconocía totalmente la obra del único médico que hubiera
podido
curarle»
10
. Resulta paradójico que la muerte de Max Weber ocurra cuando Freud se
encuentra desarrollando su teoría del instinto de muerte, teoría de la que aquél
podría ser
un ejemplo.
La depresión psíquica que mantiene a Max Weber postrado, con algunos
intervalos, desde
1898 hasta casi 1904, fue producida en parte por el exceso de trabajo, pero
fundamentalmente por el sentimiento de culpabilidad frente a la muerte de su
padre,
ocurrida poco después de una violenta discusión entre ambos.
Por su parte Kafka nos ha dejado el testimonio literario más impresionante de
las
dificultades edípicas y familiares de toda su generación en la famosa Carta al
padre, que
comienza con las siguientes palabras:
«Querido padre:
No hace mucho me preguntase por qué digo que te tengo miedo. Como de
costumbre, no
supe qué contestarte; en parte, precisamente, por el miedo que te tengo; en
parte porque
en la explicación de dicho miedo intervienen demasiados pormenores para
poder
exponerlos con mediana consistencia. Y si, con esta carta, intento contestar a
tu pregunta
por escrito, lo haré sin duda de un modo muy incompleto, porque, aun
escribiendo, el
miedo y sus consecuencias me atenazan al pensar en ti, y porque las
dimensiones de la
materia exceden con mucho los límites de mi memoria y de mi entendimiento»
11
.
No quiero insistir en las interpretaciones psicoanalíticas que se han hecho de
Kafka,
muchas y variadas, ya que prefiero solidarizarme con las reservas del propio
Kafka ante el
psicoanálisis y, en general, ante toda explicación reductivamente psicológica.
«¡No más
psicología!», se puede exclamar con él. Aunque es posible que si Kafka hubiera
podido
leer el presente trabajo habría exclamado también: ¡No más sociología! o
¡Basta ya de
historia!
En ningún caso las páginas que siguen pretenden ser una interpretación
exhaustiva de la
obra de Kafka, pues ésta, como la Cabala, tiene infinitos registros y
significados. Es
imposible penetrar en su núcleo. Cada vez que apresamos uno de sus posibles
significados y nos quedamos con él en las manos, tenemos que reconocer que
sólo hemos
arrancado una capa de la corteza y que el núcleo se nos ha escapado una vez
más. Las
novelas y narraciones de Kafka han sido objeto de múltiples interpretaciones,
algunas de
ellas inversímiles, casi todas posibles, pero ninguna definitiva ni «verdadera».
En lo referente a las similitudes en las metáforas utilizadas, ya me he referido
más arriba al
uso común de la imagen de la máquina, de la maquinaria, del aparato, referida
a la
burocracia. Tendré ocasión de volver sobre esta idea. Me interesa destacar aquí
otra
coincidencia metafórica: la jaula.
Entre los sociólogos se ha extendido la expresión «jaula de hierro» para
referirse al
análisis weberiano del mundo contemporáneo. Suele explicarse que Weber
pensaba que
en la sociedad moderna, los hilos de las instituciones estatales, burocráticas y
económicas
se entretejen férreamente y construyen una jaula que aprisiona al espíritu
humano,
mutilando su universalidad fáustica e impidiendo el desarrollo completo del
individuo. Esta
idea corresponde, ciertamente, a las expresiones de Weber: al final de La ética
protestante, alude a los teóricos del puritanismo para quienes el cuidado por
los bienes
económicos no debería ser más que un manto ligero que en cualquier
momento pudiera
quitarse. Pero, afirma Max Weber, el destino ha convertido este manto en una
envoltura
férrea, en un estuche duro como el acero (literalmente, «stahihartes
Geháuse»). Fue
Talcott Parsons quien, al traducir al inglés este texto, utilizó la expresión «iron
cage» (jaula
de hierro). Más tarde, Mitzman, a pesar de ser consciente de las dificultades de
traducir
«stahihartes Geháuse» como «iron cage», utiliza esta última expresión como
título de la
biografía de Max Weber, elevándola así a símbolo de la vida de éste. En la
sociología
norteamericana de los últimos años ha tenido lugar una polémica sobre la
traducción de la
metáfora y la procedencia real de la expresión «iron cage», discusión en la que
no puedo
detenerme aquí
12
.
Pero, aunque Max Weber no utilice en ese texto la palabra «jaula» (Káfíg), sí es
suya la
idea de la transformación progresiva de la civilización contemporánea en una
prisión, en la
que el individuo se ve aherrojado y de la que ya no se vislumbra salida posible.
Por otra parte, en los Escritos políticos afirma que la máquina muerta del
trabajo industrial
y la máquina viva de la burocracia cooperan unidas para construir el espacio
cerrado de la
servidumbre del futuro (das Geháuse jener Hórigkeit der Zukunft). Aunque
«Geháuse» y
«Káfíg» —estuche y jaula— no sean idénticas como metáforas, la idea es clara:
la
burocracia contribuye a arrojar a la humanidad a una prisión sin salida.
También aquí es Alfred Weber el mediador entre su hermano y Franz Kafka
pues, en su
artículo «El funcionario», utiliza la metáfora de la jaula (Káfíg), referida
directamente a la
burocracia.
«Una jaula salió en busca de un pájaro» («Ein Káfíg ging einen Vogel suchen»)
escribe
Kafka el 6 de novimebre de 1917 en lo que ha dado en llamarse su tercer
cuaderno en
octavo. El propio Kafka dio a esta frase el número 16 para su colección de
aforismos.
Estos, bajo el título general de «Consideraciones sobre el pecado, el dolor, la
esperanza y
el camino verdadero», fueron publicados postumamente por Max Brod
13
.
El aforismo admite varios niveles de interpretación. Hay que tener en cuenta
que Kafka es
un apellido checo (Kavka) cuya traducción alemana sería «Dohie» y la
española, «grajo».
De hecho, la tienda del padre de Kafka en el centro de la vieja Praga tenía
como emblema
comercial un grajo
14
.
Así pues, la primera lectura del aforismo es clara: Kafka, el pájaro, percibe el
mundo como
una jaula que ha salido a buscarle y le ha aprisionado.
Pero también es posible una interpretación sociológica del aforismo que tenga
en cuenta la
visión laberíntica de la ley y de la burocracia que Kafka elabora en El proceso o
en El
castillo. Según esta exégesis, la jaula —de hierro, naturalmente— de la justicia
ha salido a
encerrar al individuo, ya que «la culpa es siempre indudable». O bien, la
burocracia puede
entenderse como un férreo caparazón que impide la libertad de movimientos
del individuo,
enterrándole en el papeleo administrativo
15
.
La metáfora de la jaula es frecuente en Kafka. Incluso es un elemento central
en alguno de
sus relatos: el artista del hambre, prototipo del funcionario en el sentido del
individuo
reducido a su función, aparece detrás de una reja para ser mostrado al público
como un
número de circo. Y en las conversaciones con Janouch, Kafka insiste una y otra
vez en la
imagen de la jaula: todos vivimos tras una reja que llevamos con nosotros a
todas partes.
Según Alfred Weber, lo que se pierde al entrar en el «aparato burocrático» es la
personalidad y la libertad de los individuos: la burocratización de la sociedad
significa la
metamorfosis (Verwandiung) de las capas altas y medias de la población en
funcionarios,
de la misma manera que la industrialización significó la transformación de las
capas bajas
en obreros industriales. Alfred Weber habla del proceso de burocratización y de
la
metamorfosis burocrática. Las mismas palabras que Franz Kafka universalizará
como
títulos de sus relatos Der Prozess y Die Verwandlung. En gran medida, los
diagnósticos
sobre la pérdida de personalidad (metamorfosis en animal) y la pérdida de
libertad (Jaula)
coinciden.
Por último, la imagen de la burocracia como laberinto es clave tanto en El
castillo como en
El proceso: pasillos interminables, corredores sin fin, despachos y más
despachos,
expedientes que se refieren a otros expedientes, un laberinto sin hilo de
Ariadna alguno
que ayude a encontrar la salida. En Max Weber, que yo sepa al menos, esta
metáfora no
aparece; pero sí lo hace en el artículo citado de Alfred Weber, quien presenta
una visión
laberíntica de la burocracia dividida en cámaras, departamentos, secciones,
subsecciones,
etc...
De entre los elementos comunes referidos al estilo de pensar y a los temas
tratados por
Max Weber y Kafka, quiero destacar aquí únicamente dos, ya que tendré
ocasión después
de examinar por extenso sus convergencias y divergencias en el problema de
la
burocracia. De momento, pues, una breve referencia al pensamiento paradójico
y al tema
del poder.
Con razón ha señalado Borges a Zenón como el primer precursor de Kafka,
dado que toda
la obra de éste se encuentra llena de paradojas: la flecha en movimiento no se
mueve, es
imposible cabalgar hasta el pueblo vecino, el mensajero imperial no puede
llegar a su
destino... Su propia existencia es una pradoja viviente. Y una paradoja también
son sus
palabras al médico, el doctor KIopstock, poco antes de morir: «Máteme, si no
es usted un
asesino»
16
.
Llena de paradojas, contrastes y confrontaciones está también la obra de
Weber pues, de
alguna manera, él concentra toda la vasta ambigüedad de nuestro siglo. Stuart
Hughes, en
su estudio sobre el pensamiento social europeo, afirma en este sentido:
«iniciar la lista de esas confrontaciones es señalar la amplitud y la Índole
ambigua de sus
realizaciones [de WeberJ: idealismo y método científico; economía y religión;
marxismo y
nacionalismo; compromiso político e insistencia en la «objetividad- de la
ciencia social.
Era. a la vez. demócrata por convicción personal v colaborador de esa critica
radical de la
democracia que iniciaron Párelo y Mosca. Era escéptico acerca de la viabilidad
de la
Ilustración bajo las condiciones del siglo veinte; sin embargo, su reacción
temperamental
ante los hechos era con mayor frecuencia de carácter «ilustrado». Aun en sus
contribuciones a la terminología de la ciencia social. sus contradicciones y
ambivalencias
son reflejas»
17
.
En cuanto al tema del poder en Kafka, hay que dar la razón a Canetti cuando
afirma: «De
todos los escritores, Kafka es el mayor experto en materia de poder; lo ha
vivido y
configurado en cada uno de sus aspectos»
18
. En efecto, Kafka refleja las relaciones de
poder en la familia y la sujeción a un padre autoritario: «En ti observé lo que
tienen de
enigmático los tiranos, cuya razón se basa en su persona, no en su
pensamiento», escribe
en la Carta al padre. En esta misma carta plantea Kafka la visión del mundo de
la
obediencia con la mirada de un niño, tal y como él veía a su padre:
«De ahí que el mundo se dividiese para mí en tres partes; en la primera vivía
yo, el
esclavo, bajo unas leyes creadas exclusivamente para mí y a las que, por
añadidura, sin
saber por qué, nunca podía obedecer del todo; luego, en un segundo mundo, a
una
distancia infinita del mío, vivías tú, ocupado en el gobierno, en dar órdenes y
en
enfurecerte cuando no eran cumplidas, y finalmente había un tercer mundo
donde vivía el
resto de la gente, felices y libres de órdenes y de obediencia. Vivía
continuamente
avergonzado; o cumplía tus órdenes, lo cual era una vergüenza, puesto que
sólo tenían
validez para mi; o me mostraba desobediente, lo que también era una
vergüenza, porque,
¿cómo osaba resistirme a li?, o no podía obedecer, porque no tenía, por
ejemplo, tu
energía, ni tu apetito, ni tu habilidad, aunque tú me lo exigías como algo
perfectamente
lógico; esta era sin duda la mayor vergüenza de todas. Así se movían, no las
reflexiones,
pero si los sentimientos del niño»
19
.
Kafka adquiere una sensibilidad especial para percibir el poder en su vida
cotidiana —
familia, amigos, trabajo...— y traslada esta sensibilidad a sus novelas. Como
afirma
Canetti, «dado que teme al poder en cualquiera de sus manifestaciones, dado
que el
auténtico objetivo de su vida consiste en sustraerse al poder en cualquiera de
sus formas,
lo presiente, reconoce, señala o configura eri todos aquellos casos en que otras
personas
lo aceptarían como algo natural».
20
Narraciones como La condena plantean el problema de las diferencias de poder
y la
humillación en el seno familiar. Las Cartas a Felice pueden ser vistas como un
profundo
análisis de las formas de poder en las relaciones hombre-mujer. En La
metamorfosis,
Gregor Samsa (equivalente de Franz Kafka) adopta el punto de vista del
acusador,
convirtiéndose en un asqueroso insecto que es precisamente el insulto que le
dirigen a él.
Kafka analiza el poder no sólo en las relaciones personales entre los individuos,
sino
también a nivel institucional, en la burocracia, en la industria, en los aparatos
judicial y
penal, en las relaciones laborales. En sus grandes novelas (América, El proceso,
El
castillo) refleja, desde el punto de vista de los «humillados y ofendidos», la
realidad del
poder en un mundo abocado a la destrucción de la primera guerra mundial. Tal
vez la
pertenencia a un grupo perseguido —incluso en la liberal Praga las
persecuciones de los
judíos fueron moneda corriente— agudiza la sensibilidad de Kafka. O tal vez, su
no
identificación con ningún grupo: alemán entre los checos, judío entre los
alemanes; de
nombre checo, de ascendencia judía, la escuela y universidad, así como la
lengua,
alemanas. Y siempre con la conciencia de que la comunión con los demás es
tan
imposible como la soledad.
Kafka no es, ni quiere ser, un crítico social. No se percibe a sí mismo como
crítico de las
instituciones, sino únicamente como reflejo de su inhumanidad. En su choque
frontal con
las instituciones, opta por replegarse sobre sí mismo, por destruirse
sistemáticamente,
como afirma en sus diarios. Incluso toda su obra —y su vida— ha sido
interpretada como
un proceso consciente de aniquilamiento del yo
21
.
El tema del poder también es central en la obra de Max Weber, aunque su
tratamiento es
muy diferente. Reconoce la realidad y necesidad del poder en la sociedad
contemporánea,
e incluso durante gran parte de su vida mantuvo posiciones ardientemente
nacionalistas e
imperialistas en su defensa del «Machtstaat», de un Estado fuerte en Alemania.
El
problema del poder vertebra todo su pensamiento político, su sociología
política e incluso
su sociología de la religión. Pues ésta es concebida no sólo como un sistema de
ideas
compartidas, símbolos comunes que pueden dar sentido a la vida del individuo
y
cohesionar a los diferentes grupos sociales, sino también como una forma de
dominación
de unos hombres sobre otros: dominación hierocrática, que otorga o niega
bienes de
salvación, utilizando la violencia simbólica, la coacción psicológica.
Además, Max Weber sí se entiende a sí mismo como crítico de las instituciones
sociales.
Su sociología no intenta sólo «comprender» la acción de los individuos y
«reflejar» el
desarrollo histórico de las instituciones, sino que tiene una vertiente crítica,
como ha
puesto de relieve, por ejemplo, Hufnagel en su obra Kritik als Beruf. Der
Kritische Gehalt
im Werk Max Webers
22
.
Posiblemente pesen más las diferencias que las analogías entre Max Weber y
Kafka. Sin
embargo, quisiera centrarme en esa preocupación común que compartieron,
además, con
otros sociólogos y literatos de la época: la burocracia. Esta se convierte en una
obsesión,
especialmente para los escritores subditos del Imperio austrohúngaro: Kari
Kraus, Roben
Musil, Franz Kafka y Jaroslav Hasek.
3. Kakania y Kafkania
La importancia de Praga en la obra de Kafka ha sido subrayada hasta la
saciedad. Incluso
se ha llegado a identificar lo kafkiano con la vida opresiva, burocrática y
funcionarial de
esta ciudad, por lo demás maravillosa.
Ciertamente Kafka es ciudadano de Praga. En ella nace y en ella se desarrolla
casi toda
su vida: su niñez y adolescencia, sus años de Universidad y de trabajo
profesional en el
Instituto de Seguros. A pesar de haber deseado sentarse en despachos de
países muy
remotos, sólo pasa fuera de Praga temporadas de vacaciones, cortas estancias
en el
campo o el tiempo que duran algunos viajes. Únicamente al final de su vida se
instala
durante unos pocos meses en Berlín. Siempre desea abandonar Praga, pero no
puede
hacerlo porque hay un «algo» en esta ciudad que se lo impide. Praga es para
Kafka una
«madrecita castrante» —son sus palabras— con la que le une siempre una
relación
ambivalente de amor-odio.
Existen en la actualidad bastantes libros de documentación gráfica sobre la
Praga de
Kafka. Y las guías turísticas de la ciudad editadas en Europa occidental
proponen como
itinerario el seguir la ruta que hacía Kafka diariamente de su casa a la maldita
oficina, o
trayectos «kafkianos» parecidos.
Contrasta esto con el escaso relieve dado por las propias autoridades checas
en general, y
praguenses en particular, a las huellas de Kafka en'Praga. Casi no queda
ningún vestigio
de su vida en la ciudad, y sólo una calle pequeña y apartada lleva su nombre.
Es como si
pesara sobre él la losa del silencio administrativo. Y es que lo «kafkiano» se ha
convertido
en símbolo de la despersonalización del individuo en el Estado burocrático.
Hoy el mundo que Kafka describía se ha hecho realidad en Praga,
encarnándose en sus
instituciones y en los pasillos interminables del papeleo y del laberinto
burocrático. Y los
personajes de sus relatos se han incorporado a la vida cotidiana de la ciudad.
Así ha
podido afirmar Milán Kundera:
«Cuando yo vivía todavía en Praga, cuántas veces habré oído llamar a la
secretaría del
Partido (una casa fea y más bien moderna) "el castillo'. Cuántas veces habré
oído
mencionar al número dos del Partido (un tal camarada Hendrych) con el apodo
de Klamm
(lo mejor era que Klamm en checo significa 'espejismo' o 'engaño')»
23
.
Ficción y realidad se entremezclan. La obra de Kafka surge en un Imperio
burocratizado —
el Imperio austrohúngaro— y se hace realidad y cobra vida en nuestro presente
en la
burocracia del llamado «socialismo real».
La gran importancia de Praga en la obra de Kafka no debe hacer olvidar que
éste, durante
casi toda su vida, fue un funcionario y escritor austríaco, o mejor,
austrohúngaro
24
. Praga
era la capital del reino de Bohemia, una de las provincias a las que el Imperio
«estrechaba
con el abrazo del papeleo administrativo», en acertada frase de Robert Musil
en Der Mann
ohne Eigenschaften.
Es precisamente esta «novela de filósofo». El hombre sin cualidades —o sin
atributos en la
ya consagrada traducción española de José M. Sáenz—, la que ofrece un
diagnóstico
certero e insuperable sobre el Imperio austrohúngaro y su capital, Viena, la
ciudad de los
ensueños.
Este país, según Musil, estaba administrado por uno de los mejores sistemas
burocráticos
de Europa, al que sólo se podía reprochar el defecto de matar el genio y el
espíritu de
iniciativa del ciudadano corriente. El papeleo administrativo no sólo ahogaba
las
provincias, sino que también enterraba a los individuos, haciéndoles desconfiar
frente a sí
mismos y frente al propio destino.
En el siguiente texto expresa Musil las paradojas que contribuyeron al colapso
cultural y
político de Kakania, aquella nación incomprensible y ya desaparecida:
«Cuántas cosas interesantes se podría decir de este Estado hundido de
Kakania. Era, por
ejemplo, imperial-real, y fue imperial y real; todo objeto, institución y persona
llevaba
alguno de los signos k. k. o bien k. u. k., pero se necesitaba una ciencia
especial para
poder adivinar a qué clase, corporación o persona correspondía uno u otro
título. En las
escrituras se llama Monarquía austro-húngara; de palabra se decía Austria,
términos que
se usaban en los juramentos de Estado y se reservaban para las cuestiones
sentimentales, como prueba de que los sentimientos son tan importantes como
el derecho
público, y de que los decretos no son la única cosa del mundo verdaderamente
seria.
Según la Constitución, el Estado era liberal, pero tenía un gobierno clerical. El
gobierno fue
clerical, pero el espíritu liberal reinó en el país. Ante la ley, todos los
ciudadanos eran
iguales, pero no todos eran igualmente ciudadanos. Existía un Parlamento que
hacía uso
tan excesivo de su libertad que casi siempre estaba cerrado; pero había una
ley para los
estados de emergencia con cuya ayuda se salía de apuros sin Parlamento, y
cada vez que
volvía de nuevo a reinar la conformidad con el absolutismo, ordenaba la Corona
que se
continuara gobernando democráticamente. De tales vicisitudes se dieron
muchas en este
Estado, entre otras, aquellas luchas nacionales que con razón atrajeron la
curiosidad de
Europa, y que hoy se evocan tan equivocadamente. Fueron vehementes hasta
el punto de
trabarse por su causa y de paralizarse varias veces al año la máquina del
Estado; no
obstante, en los períodos intermedios y en las pausas de gobierno la armonía
era
admirable y se hacía como si nada hubiera ocurrido. En realidad no había
pasado nada.
Únicamente la aversión que unos hombres sienten contra las aspiraciones de
los otros (en
la que hoy estamos todos de acuerdo), se había presentado temprano en este
Estado, se
había transformado y perfeccionado en un refinado ceremonial que pudo tener
grandes
consecuencias, si su desarrollo no se hubiera interrumpido antes de tiempo por
una
catástrofe»
25
.
Ante esta serie de paradojas legales, constitucionales, sociales y políticas del
imperio de
los Habsburgo, no es de extrañar que Kafka, ciudadano de la monarquía
imperial,
desarrollara un pensamiento paradójico y volviera a plantear, como un nuevo
Zenón, la
imposibilidad del movimiento: el mensajero del emperador jamás alcanzará al
más humilde
de los subditos, o el tiempo de la vida que transcurre normal y felizmente es
insuficiente
para que un joven cabalgue hasta el pueblo vecino.
Cabe preguntarse si Kafka no está retratando, con su paradoja del movimiento,
el lento
caminar de la burocracia austrohúngara o, en general, a Kakania que era, «sin
que lo
supiera el mundo, el Estado más adelantado; era el Estado que se limitaba a
seguir igual»
26
.
Este mundo de seguridad y estabilidad, en el que todo parece claro y en orden,
donde
nada cambia más que para seguir igual, es también descrito por Stefan Zweig
en sus
memorias. El mundo de ayer es definido por Zweig como «la época dorada de
la
seguridad», en la que este sentimiento «era la posesión más codiciada por
millones de
personas, el ideal de vida común»
27
.
En este paraíso de la estabilidad hacen su aparición dos fuerzas disgregadoras:
la
industrialización y el despertar de la conciencia de las diversas nacionalidades.
Son estos,
sin duda, los dos hechos históricos más importantes entre el fracaso de la
revolución de
1848 y el comienzo de la primera guerra mundial con la consiguiente
desmembración del
Imperio.
Todo el trabajo profesional de Kafka en el Instituto de Seguros se enfrentará
con los
problemas y consecuencias del proceso de industrialización y gran parte de
esta
experiencia quedará plasmada en sus obras. Por lo que se refiere al segundo
hecho, Musil
ha reflejado, como siempre irónicamente, las dificultades de una conciencia
nacional
kakaniense y la tendencia a la disolución de esta identidad, debido a la fuerza
del
sentimiento de pertenencia a los distintos pueblos que configuraban la doble
monarquía:
«Este concepto de la nacionalidad austro-húngara estaba de tal manera
formado que es
casi inútil intentar explicarlo a quien no lo haya adquirido por propia
experiencia. No estaba
constituido por una parte austríaca y otra húngara que, como se podía creer,
se
completaban entre sí y formaban un todo, sino que lo componían un todo y una
parte, o
sea, el concepto del Estado húngaro y el otro concepto del Estado austro-
húngaro; este
último tenía su morada en Austria, mientras el concepto de nacionalidad
austríaca carecía
de patria. El austriaco existía sólo en Hungría, y allí, bajo la forma de aversión;
en casa se
llamaba a sí mismo subdito de los reinos y países de la Monarquía austro-
húngara
representados en la Cámara, lo cual significaba tanto como declararse
austriaco-más-un-
húngaro-menos-este-húngaro, y no lo hacía por entusiasmo, sino por amor a
una idea que
le repugnaba, pues no podía soportar a los húngaros como tampoco los
húngaros a él; así
es que el asunto se complicaba más todavía. Muchos se llamaban por eso
polacos,
checos, eslovenos o alemanes a secas, lo cual producía ulteriores divisiones»
28
.
Qué mayor sensación de tranquilidad, seguridad política y estabilidad que la
celebración
del septuagésimo aniversario de la coronación del Emperador. Como es bien
sabido, el
núcleo argumental de la obra de Musil se centra en la organización de la
llamada «acción
paralela», es decir, la celebración austríaca del septuagésimo aniversario de la
subida al
trono del augusto Emperador Francisco José, que se debería celebrar el año
1918
paralelamente a la conmemoración en Alemania del trigésimo aniversario del
reinado del
Emperador Guillermo II.
Ni qué decir tiene que ambos festejos se vieron truncados por la primera
guerra mundial.
Pero la ficción de Musil sirve para caracterizar la rivalidad contenida y la
mimesis de
Austria respecto a Alemania, así como la previsión de las dos Administraciones,
excesiva
en el caso de la austro-húngara como demostró la no menos previsible muerte
del
emperador en 1916.
En la carta que Ulrich, el hombre sin atributos, recibe de su padre, éste le
sugiere los
puntos que debe tratar en la petición dirigida al «ex-presidente de la Cámara
de
Contaduría y actual presidente del Ilustrísimo Ministerio de Administración
privada de la
familia Imperial-Real, a título de Mariscal Real, Su Ilustrísima el conde
Stallburg». En la
carta dirigida a esta maraña de títulos, Ulrich debería tener en cuenta lo
siguiente:
«En el año 1918, alrededor del día 15 de junio, tendrán lugar en Alemania
grandes
solemnidades en conmemoración del trigésimo aniversario del reinado del
Emperador
Guillermo II, fiestas que mostrarán al mundo la grandeza y el poder germanos.
Aunque
faltan todavía varios años hasta esa fecha, se sabe, de fuentes dignas de
crédito, que se
están haciendo ya preparativos, por el momento naturalmente inoficiales. Bien
sabes tú
también que nuestro augusto Emperador celebrará en el mismo año el
septuagésimo
aniversario de su subida al trono, y que esta fecha coincide con el 2 de
diciembre. La suma
modestia que siempre nos distingue a los austríacos en las cuestiones
concernientes a
nuestra propia patria, me inspira el temor de que se prepara para nosotros,
digámoslo de
una vez, un Kóniggrátz, o sea, que los alemanes, con su método efectista bien
estudiado,
se nos adelantarán de modo semejante a como en otro tiempo introdujeron el
uso del arma
de percusión antes de que nosotros pudiéramos pensar en una sorpresa»
29
.
Celebración administrativa del Año Jubilar del Emperador Pacífico. Un
emperador eterno,
el más antiguo de todos, a caballo entre la realidad y la fantasía, reinaba por
entonces en
Viena:
«El Emperador y Rey de Kakania era un anciano legendario. Desde entonces se
han
escrito muchos libros acerca de él, y se sabe exactamente lo que hizo, impidió
y dejó de
hacer; pero en el último decenio de su vida y de la existencia del reino de
Kakania, a
muchos jóvenes del mundo del arte y de la ciencia les sorprendía la duda de si
existiría
realmente. Sus retratos aparecían en todas partes y en número casi igual al de.
los
habitantes del reino. Con motivo de su cumpleaños se comía y se bebía tanto
como en el
día de Navidad; se encendían hogueras sobre las montañas, y las voces de
millones de
hombres proclamaban su amor filial. El himno de alabanza al Emperador era la
única
creación poética y musical que conocía todo Kakaniense, pero su popularidad y
publicidad
eran tan archiconvincentes que la fe en su existencia podía equivaler a la fe en
algunas
estrellas que vemos ahora, a pesar de haber desaparecido hace miles de años»
30
.
Creo que es interesante conectar esta idea del emperador como anciano
legendario,
medio real medio fantástico, con la leyenda del mensaje imperial, obra de un
habitante del
cambio de siglo en Praga, capital del reino de Bohemia, integrado en la doble
Monarquía
del Danubio:
«El emperador —así dicen— te ha enviado a ti, el solitario, el más mísero de
sus subditos,
la sombra que ha huido a la más lejana lejanía, microscópica ante el sol
imperial;
justamente a ti, el emperador te ha enviado un mensaje desde Su lecho de
muerte. Hizo
arrodillar al mensajero junto a su lecho, y le susurró el mensaje en el oído; tan
importante
le parecía, que se lo hizo repetir en su propio oído. Asintiendo con la cabeza,
corroboró la
exactitud de la repetición. Y ante la muchedumbre reunida para contemplar su
muerte —
todas las paredes que interceptaban la vista habían sido derribadas, y sobre la
amplia y
elevada curva de la gran escalinata formaban un círculo los grandes del
imperio—, ante
todos, ordenó al mensajero que partiera. El mensajero partió en el acto;' un
hombre
robusto e incansable; extendiendo ora este brazo, ora el otro, se abre paso a
través de la
multitud; cuando encuentra un obstáculo, se señala sobre el pecho el signo del
sol;
adelanta mucho más fácilmente que ningún otro. Pero la multitud es muy
grande; sus
alojamientos son infinitos. Si ante él se abriera el campo libre, cómo volaría,
qué pronto
oirías el glorioso sonido de sus puños contra tu puerta. Pero, en cambio, qué
inútiles son
sus esfuerzos; todavía está abriéndose paso a través de las cámaras del
palacio central;
no terminará de atravesarlas nunca; y si terminara, no habría adelantado
mucho; todavía
tendría que esforzarse para descender las escaleras; y si lo consiguiera, no
habría
adelantado mucho; tendría que cruzar los patios; y después de los patios el
segundo
palacio circundante; y nuevamente las escaleras y los patios; y nuevamente un
palacio; y
así durante miles de años; y cuando finalmente atravesara la última puerta —
pero esto
nunca, nunca puede suceder—, todavía le faltaría cruzar la capital, el centro
del mundo,
donde su escoria se amontona prodigiosamente. Nadie podría abrirse paso a
través de
ella, y menos todavía con el mensaje de un muerto. Pero tú te sientas junto a
tu ventana, y
te lo imaginas, cuando cae la noche»
31
.
En «De la construcción de la muralla china», donde se inserta la leyenda, Kafka
afirma que
el pueblo ve al emperador «desesperanzadamente y lleno de esperanzas». Y
algo más
adelante, añade: «Si de tales fenómenos quisiera deducirse que carecemos de
emperador,
no se estaría muy lejos de la verdad»
32
. La consecuencia de estas ideas es «una vida en
cierto modo libre, sin dominación», una vida no sometida a las leyes actuales,
sino que
«sólo atiende a las exhortaciones y advertencias que nos llegan desde remotas
edades».
Fruto de esta presencia ausente del emperador es la estabilidad política china
donde, a
pesar de los cambios, todo continúa igual a lo largo de los siglos. Cabría hacer
una lectura
de esta narración de Kafka como referida a Kakania, en cuyo caso son bastante
evidentes
los puntos de contacto con el análisis de Musil.
Uno de los temas recurrentes en Kafka es el del poder anónimo, sin rostro, sin
emperador.
Cuando éste desaparece, la estructura de poder y de obediencia se mantiene a
través de
la burocracia. El imperio es eterno aunque un emperador aislado muera, o
incluso aunque
dinastías enteras se hundan y expiren en un único estertor. Kafka coincide con
Weber en
el tratamiento de la burocratización del poder, es decir, del paso del rey en el
castillo a El
castillo sin rey
33
.
Así pues, un Imperio de burócratas
34
, un país burocratízado en el que Musil puede hacer
decir a su Señoría el conde Leinsdorf: «Cada individuo desempeña un oficio en
el Estado:
un obrero, un principe, un artesano son funcionarios»
35
. También en las novelas de Kafka
todo el mundo es funcionario, se define por su pertenencia al Estado, a la
jerarquía
burocrática de El castillo o al Tribunal de El proceso. En esta última, por
ejemplo, Titorelli
explica a Josef K. que todos los hombres pertenecen al Tribunal, son
funcionarios. Cada
individuo se define por su función en la tarea burocrática. Es intercambiable
con cualquier
otro de su misma jerarquía y la identidad personal carece de importancia
36
.
Gran parte de la obra de Kafka hay que entenderla, pues, desde su análisis del
laberinto
burocrático, de ese poder anónimo que se levanta sobre nuestras vidas y
agosta todo lo
novedoso, todo intento de cambio y reforma. A partir de su experiencia
cotidiana de la
burocracia del imperio austrohúngaro, Kafka construye un mundo fantástico y
real al
mismo tiempo, en el que la pesadilla burocrática se impone por completo.
Musil ha popularizado el nombre de Kakania para designar a ese imperio, ya
desaparecido. Pero, ¿por qué no llamarlo también «Kafkania»?
Publicado originalmente en La Balsa de la Medusa (Núm. 8- 1988) p.p. 16-36
1 Ensayista [ 1950. Ha sido profesor en las facultades de Ciencias Políticas y
Sociología y Filosofía
de la Universidad Complutense y profesor invitado en la Universidad de
Heidelgerg. En la actualidad
es Investigador Científico en el Instituto de Filosofía del C.S.I.C. Ha centrado su
interés en la
filosofía política y en la sociología, con especial atención a la figura de Max
Weber, sobre el que ha
publicado diversos artículos en revistas especializadas. Es autor de La
sociología del conocimiento
hoy (1979) y de La máquina burocrática (Afinidades electivas entre Max Weber
y Kafka) Visor (1989)
]
2 Cfr. las obras de Axel Dornemann: Im Labyrinth der Bürokratie. Tolstois
«Auferstehung» und
Kafkas «Schioss». Heidelberg. Cari Winter, 1984, pág. 27 y de Walter Müller-
Seidel: Die Deportation
des Menschen. Kafkas Erzählung «In der Strafkolonie» im europäischen
Kontext. Stuttgart, Metzler,
1986, págs. 73-74.
3 En aquellos años, se otorgaba el doctorado en la Universidad alemana de
Praga tras haber
aprobado tres exámenes parciales, los famosos «Rigorosen»: el de la historia
del derecho, el de
derecho procesal y el de ciencias políticas. No era necesario escribir una Tesis
doctoral, por lo que
Alfred Weber no pudo ser «Doktorsvater» de Kafka, sino únicamente
«Promotor».
Esta confusión ha sido frecuente en las lecturas sociológicas de Kafka. Se da,
por ejemplo, en el
primer artículo de Astrid Lange-Kirchheim sobre Weber y Kafka, citado más
abajo en la nota 6, y en
Dietrich Wachier: «Mensch u. Apparat bei Kafka. Versuch einer soziologischen
Interpretation», en
Sprache im technischen Zeitalter, 76, 1981, pág. 142. Yo mismo he cometido
idéntico error en mi
artículo «Afinidades electivas entre sociología y literatura», publicado primero
en España en la
revista A granel, 1, 1986, págs. 54-64, y más tarde en México, en la revista
Estudios, 11, 1987,
págs. 41-51.
Puede verse una fotocopia del acta de los tres «Rigorosen» aprobados por
Kafka en Klaus
Wagenbach: Franz Kafka. Imágenes de su vida. Barcelona. Círculo de Lectores,
1988, pág. 55.
4 Cfr. Max Weber: Intervención en la Asamblea del «Verein für Sozialpolitik» en
Viena, 1909. En
Gesammelte Aufsätze zur Soziologie und Sozialpolitik. Tübingen, Mohr, 1924,
págs. 412-416. Puede
verse también en el segundo volumen de la edición castellana de los Escritos
políticos. México.
Folios ediciones, 1982, págs. 464-469.
5 Alfred Weber: «Der Beamte». En Die neue Rundschau, 21, Berlín, 1910, págs.
1321- 1339.
Recogido también en su libro Ideen zur Staats und Kultursoziologie. Karlsruhe,
G. Braun, 1927.
6 Kafka: En la colonia penitenciaria. En el volumen de Alianza La condena.
Madrid, 1984. (Trad. de
J. R. Wilcok), pág. 143.
7 Astrid Lange-Kirchheim: «Frank Kafka: 'In der Strafkolonie' und Alfred Weber:
'Der Beamte'». En
Germanisch-Romanische Monatschrift, segunda época, vol. 27, 1977, págs.
202- 221. Más
recientemente, Astrid Lange-Kirchheim ha desarrollado este artículo en su
contribución al primer
congreso sobre Alfred Weber, celebrado en Heidelberg los días 28-29 de
octubre de 1984. Bajo el
título de «Alfred Weber und Franz Kafka» está incluido en el libro que recoge las
conferencias de
dicho congreso. Véase Eberhard Demm (editor): Alfred Weber ais Poliliker und
Gelehrter. Stuttgart,
Franz Steinert, 1986, págs. 113-149.
8 La interpretación en clave psicoanalítica es uno de los principales recursos de
la biografía, muy
bien documentada aunque a veces excesivamente unilateral, que Mitzman ha
escrito sobre Weber:
La jaula de hierro. Una interpretación histórica de Max Weber. Madrid, Alianza.
1976.
9 L. A. Coser, prefacio al libro citado de Mitzman, págs. 10-11.
10 H. Stuart Hughes: Conciencia y sociedad. La reorientación del pensamiento
social europeo,
1890-1930. Madrid, Águila, 1972, pág. 219.
11 Kafka: Carta al padre. Barcelona. Bruguera, 1984. (Trad. de Feliu Formosa),
pág. 7.
12 Cfr. la referencia de Mitzman a la traducción de Parsons en su libro ya
citado, pág. 137. Sobre la
polémica a que hago referencia pueden verse, por ejemplo, los siguientes
artículos:
— Edward A. Tyryakian: «The Sociological Import of a Metaphor: Tracking the
Source of Max
Weber's 'Iron Cage'». En Sociological Inquiry. 51/1, 1981, págs. 27-33.
—Carta de Talcott Parsons a Tiryakian sobre su traducción, en ibidem, págs. 35-
36.
—Stephen P. Turnen «Bunyan's Cage and Weber's Casing». En ibidem, 52/1,
1982, págs. 84-87.
—Stephen A. Kent: «Weber, Goethe, and the Nietzchean Allusion: Capturing the
Source of the 'Iron
Cage' Metaphor». En Sociological Analysis, 44/4, 1983, págs. 297-320.
13 Cfr. el volumen de las obras de Kafka Hochzeitvorbereitungen auf dem
Lande und andere Prosa
aus dem Nachiass, editado por Max Brod, Frankfurt, Fischer, 1986, págs. 31 y
60.
14 En la colección de fotografías publicadas por Klaus Wagenbach (Franz Kafka.
Imágenes de su
vida. Barcelona. Círculo de Lectores, 1988) puede verse el membrete comercial
de los Kafka en dos
versiones: la primera más germanófila (aparece el pájaro posado en una rama
de roble) y la
segunda, políticamente más neutral. Al cambiar las circunstancias políticas,
Hermann Kafka también
cambia el anagrama de su tienda, aunque el motivo principal permanece.
[Ilustración pág. 19].
15 Un análisis general de los aforismos de Kafka en su contexto histórico y
literario se encuentra en
el libro de Richard T. Gray: Constructive Destruction. Kafka's Aphorism: Literary
Tradition and
Literary Transformation. Tübingen, Niemeyer. 1987.
16 Max Brod: Kafka. Madrid, Alianza, 1982, pág. 204.
17 H. Stuart Hughes, op. cit.. pág. 212.
18 Elias Canetti: El otro proceso de Kafka. Sobre las cartas a Felice. Madrid,
Alianza, 1983, pág.
136. Véase también el artículo de David Roberts: «Verwandiung, Masse und
Macht. Kafka durch
Canetti gelesen. Elias Canetti zum achtzigsten Geburtstag», en Sprache im
technischen Zeitalter,
93, 1985, págs. 86-97.
19 Kafka: Carta al padre, ed. cit., págs. 18-19.
20 Canetti. op. cu., pág. 148.
21 Cfr. Wolfgang Rothe. Schriftsteller und totalitäre Welt. Bern-München,
Francke, 1966. Rothe titula
«Krankheit zum Tode» el capítulo dedicado a Kafka.
22 Frankfurt.Suhrkamp.l971.
23 Milán Kundera: «En alguna parte ahí detrás», recogido en su libro El arte de
la novela. Barcelona.
Tusquets, 1987, pág. 119. Klamm ocupa el número dos en la jerarquía
burocrática de El castillo.
24 Entre los autores que han subrayado la importancia de Austria, y
especialmente de su
burocracia, para entender a Kafka quiero destacar aquí a Richard T. Gray, op.
cit., Ernst Fischer
(Vom Grillparzer zu Kafka. Frankfurt, Suhrkamp, 1975), Andrew Weeks («Kafka
und die Zeugnisse
vom versunkenen Kakanien», en Sprache im technischen Zeitalter, 88, 1983,
págs. 320-337) y Antal
Mádl («Kafka und Kafkanien», en Acta Litterari Academiae Scientium Hungarii.
21, 1979. págs. 401-
407).
25 Robert Musil: El hombre sin atributos. Barcelona, Seix Barral, 1970, vol. I,
págs. 40-41. Como es
bien sabido, Musil compone el nombre de Kakania a partir de las siglas
utilizadas en el Imperio
austrohúngaro: k. k. (abreviatura de «kaiserlich königlich», imperial real) y k. u.
k. (abreviatura de
«kaiserlich und königlich», imperial y real).
26 Ibidem, pág. 42. Apoyándose en Musil, Alian Janik y Stephen Toulmin
también describen el
mundo paradójico de los Habsburgo. Véase especialmente el capítulo II, «La
Viena de los
Habsburgo: Ciudad de paradojas» de su libro La Viena de Wittgenstein. Madrid,
Taurus, 1974.
27 Stefan Zweig: Die Weit von Gestern. Erinnerungen eines Europäers.
Frankfurt. Fischer, 1984,
págs. 14-15. Véase todo el capítulo II, titulado precisamente «El mundo de la
seguridad».
28 Robert Musil, op. cu.. págs. 207-208.
29 Ibidem, pág. 97.
30 Ibidem, pág. 101. He modificado ligeramente la traducción.
31 Kafka. La muralla china. Madrid. Alianza. 1983. (Trad. Alfredo Pippig). págs.
16-17. Kafka escribe
la leyenda «Un mensaje imperial» en marzo-abril de 1917 y la publica
aisladamente en Selbstwehr,
Praga, 24 de septiembre de 1919 y, junto con otros relatos en Ein Landartz.
München-Leipzig, K.
Wolff, 1919. La leyenda también aparece incorporada en la narración «De la
construcción de la
muralla china», y adquiere mayor significado en este contexto. Esta última fue
publicada
postumamente por primera vez en Berlín. 1931.
32 Kafka: La muralla china, ed. cit., págs. 18-19.
33 Cfr. Ulf Abraham: Der verhörte Held. Verhöre, Urteile und die Rede von Recht
und Schuld im
Werk Franz Kafka. München. Fink, 1985, pág. 137.
34 Véase el análisis de la burocracia de los Habsburgo en la primera parte del
libro de William M.
Johnston: The Austrian Mind. An Intellectual and Social History 1848-1938. The
University of
California Press, 1972.
35 Robert Musil, op. cit., pág. 123.
36 Cfr. Marthe Robert: Kafka. Buenos Aires. Paidós. 1969, pág. 97.
Revista Observaciones Filosóficas - Nº 4 / 2007

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