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El Sabueso

En 'El Sabueso' de H.P. Lovecraft, dos amigos, St. John y el narrador, se obsesionan con la búsqueda de experiencias extremas y terminan profanando tumbas en un cementerio holandés. Tras descubrir un amuleto de jade que simboliza un culto maligno, comienzan a experimentar fenómenos aterradores que culminan en la muerte brutal de St. John. La historia explora temas de locura, obsesión y las consecuencias de desafiar lo sobrenatural.

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El Sabueso

En 'El Sabueso' de H.P. Lovecraft, dos amigos, St. John y el narrador, se obsesionan con la búsqueda de experiencias extremas y terminan profanando tumbas en un cementerio holandés. Tras descubrir un amuleto de jade que simboliza un culto maligno, comienzan a experimentar fenómenos aterradores que culminan en la muerte brutal de St. John. La historia explora temas de locura, obsesión y las consecuencias de desafiar lo sobrenatural.

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El Sabueso

H.P. Lovecraft

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Biblioteca digital abierta

1
Texto núm. 1606

Título: El Sabueso
Autor: H.P. Lovecraft
Etiquetas: Cuento

Editor: Edu Robsy


Fecha de creación: 29 de septiembre de 2016

Edita [Link]

Maison Carrée
c/ Ramal, 48
07730 Alayor - Menorca
Islas Baleares
España

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2
El Sabueso
En mis torturados oídos resuenan incesantemente un chirrido y un aleteo
de pesadilla, y un breve ladrido lejano como el de un gigantesco sabueso.
No es un sueño… y temo que ni siquiera sea locura, ya que son muchas
las cosas que me han sucedido para que pueda permitirme esas
misericordiosas dudas.

St. John es un cadáver destrozado; únicamente yo sé por qué, y la índole


de mi conocimiento es tal que estoy a punto de saltarme la tapa de los
sesos por miedo a ser destrozado del mismo modo. En los oscuros e
interminables pasillos de la horrible fantasía vagabundea Némesis, la
diosa de la venganza negra y disforme que me conduce a aniquilarme a mí
mismo.

¡Que perdone el cielo la locura y la morbosidad que atrajeron sobre


nosotros tan monstruosa suerte! Hartos ya con los tópicos de un mundo
prosaico, donde incluso los placeres del romance y de la aventura pierden
rápidamente su atractivo, St. John y yo habíamos seguido con entusiasmo
todos los movimientos estéticos e intelectuales que prometían terminar con
nuestro insoportable aburrimiento. Los enigmas de los simbolistas y los
éxtasis de los prerrafaelistas fueron nuestros en su época, pero cada
nueva moda quedaba vaciada demasiado pronto de su atrayente novedad.

Nos apoyamos en la sombría filosofía de los decadentes, y a ella nos


dedicamos aumentando paulatinamente la profundidad y el diabolismo de
nuestras penetraciones. Baudelaire y Huysmans no tardaron en hacerse
pesados, hasta que finalmente no quedó ante nosotros más camino que el
de los estímulos directos provocados por anormales experiencias y
aventuras «personales». Aquella espantosa necesidad de emociones nos
condujo eventualmente por el detestable sendero que incluso en mi actual
estado de desesperación menciono con vergüenza y timidez: el odioso
sendero de los saqueadores de tumbas.

No puedo revelar los detalles de nuestras impresionantes expediciones, ni

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catalogar siquiera en parte el valor de los trofeos que adornaban el
anónimo museo que preparamos en la enorme casa donde vivíamos St.
John y yo, solos y sin criados. Nuestro museo era un lugar sacrílego,
increíble, donde con el gusto satánico de neuróticos «dilettanti» habíamos
reunido un universo de terror y de putrefacción para excitar nuestras
viciosas sensibilidades. Era una estancia secreta, subterránea, donde
unos enormes demonios alados esculpidos en basalto y ónice vomitaban
por sus bocas abiertas una extraña luz verdosa y anaranjada, en tanto que
unas tuberías ocultas hacían llegar hasta nosotros los olores que nuestro
estado de ánimo apetecía: a veces el aroma de pálidos lirios fúnebres, a
veces el narcótico incienso de unos funerales en un imaginario templo
oriental, y a veces —¡cómo me estremezco al recordarlo!— la espantosa
fetidez de una tumba descubierta.

Alrededor de las paredes de aquella repulsiva estancia había féretros de


antiguas momias alternando con hermosos cadáveres que tenían una
apariencia de vida, perfectamente embalsamados por el arte del moderno
taxidermista, y con lápidas mortuorias arrancadas de los cementerios más
antiguos del mundo. Aquí y allá, unas hornacinas contenían cráneos de
todas las formas, y cabezas conservadas en diversas fases de
descomposición. Allí podían encontrarse las podridas y calvas coronillas
de famosos nobles, y las tiernas cabecitas doradas de niños recién
enterrados.

Había allí estatuas y cuadros, todos de temas perversos y algunos


realizados por St. John y por mí mismo. Un portafolio cerrado,
encuadernado con piel humana curtida, contenía ciertos dibujos atribuidos
a Goya y que el artista no se había atrevido a publicar. Había allí
nauseabundos instrumentos musicales, de cuerda, de metal y de viento,
en los cuales St. John y yo producíamos a veces disonancias de exquisita
morbosidad y diabólica lividez; y en una multitud de armarios de caoba
reposaba la más increíble colección de objetos sepulcrales nunca reunidos
por la locura y perversión humanas. Acerca de esa colección debo guardar
un especial silencio. Afortunadamente, tuve el valor de destruirla mucho
antes de pensar en destruirme a mí mismo.

Las expediciones, en el curso de las cuales recogíamos nuestros nefandos


tesoros, eran siempre memorables acontecimientos desde el punto de
vista artístico. No éramos vulgares vampiros, sino que trabajábamos
únicamente bajo determinadas condiciones de humor, paisaje, medio

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ambiente, tiempo, estación del año y claridad lunar. Aquellos pasatiempos
eran para nosotros la forma más exquisita de expresión estética, y
concedíamos a sus detalles un minucioso cuidado técnico. Una hora
inadecuada, un pobre efecto de luz o una torpe manipulación del húmedo
césped, destruían para nosotros la extasiante sensación que acompañaba
a la exhumación de algún ominoso secreto de la tierra. Nuestra búsqueda
de nuevos escenarios y condiciones excitantes era febril e insaciable. St.
John abría siempre la marcha, y fue él quien descubrió el maldito lugar que
acarreó sobre nosotros una espantosa e inevitable fatalidad.

¿Qué desdichado destino nos atrajo hasta aquel horrible cementerio


holandés? Creo que fue el oscuro rumor, la leyenda acerca de alguien que
llevaba enterrado allí cinco siglos, alguien que en su época fue un
saqueador de tumbas y había robado un valioso objeto del sepulcro de un
poderoso. Recuerdo la escena en aquellos momentos finales: la pálida
luna otoñal sobre las tumbas, proyectando sombras alargadas y horribles;
los grotescos árboles, cuyas ramas descendían tristemente hasta unirse
con el descuidado césped y las estropeadas losas; las legiones de
murciélagos que volaban contra la luna; la antigua capilla cubierta de
hiedra y apuntando con un dedo espectral al pálido cielo; los
fosforescentes insectos que danzaban como fuegos fatuos bajo las tejas
de un alejado rincón; los olores a moho, a vegetación y a cosas menos
explicables que se mezclaban débilmente con la brisa nocturna procedente
de lejanos mares y pantanos; y, lo peor de todo, el triste aullido de algún
gigantesco sabueso al cual no podíamos ver ni situar de un modo
concreto. Al oírlo nos estremecimos, recordando las leyendas de los
campesinos, ya que el hombre que tratábamos de localizar había sido
encontrado hacía siglos en aquel mismo lugar, destrozado por las zarpas y
los colmillos de un execrable animal.

Recuerdo cómo excavamos la tumba del vampiro con nuestras azadas, y


cómo nos estremecimos ante el cuadro de nosotros mismos, la tumba, la
pálida luna vigilante, las horribles sombras, los grotescos árboles, los
murciélagos, la antigua capilla, los danzantes fuegos fatuos, los
nauseabundos olores, la gimiente brisa nocturna y el extraño aullido de
cuya existencia objetiva apenas podíamos estar seguros.

Luego, nuestros azadones chocaron contra una sustancia dura, y no


tardamos en descubrir una enmohecida caja de forma oblonga. Era
increíblemente recia, pero tan vieja que finalmente conseguimos abrirla y

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regalar nuestros ojos con su contenido.

Mucho —sorprendentemente mucho— era lo que quedaba del cadáver a


pesar de los quinientos años transcurridos. El esqueleto, aunque aplastado
en algunos lugares por las mandíbulas de la cosa que le había producido
la muerte, se mantenía unido con asombrosa firmeza, y nos inclinamos
sobre el descarnado cráneo con sus largos dientes y sus cuencas vacías
en las cuales habían brillado unos ojos con una fiebre semejante a la
nuestra. En el ataúd había un amuleto de exótico diseño que, al parecer,
estuvo colgado del cuello del durmiente. Representaba a un sabueso
alado, o a una esfinge con un rostro semicanino, y estaba exquisitamente
tallado al antiguo gusto oriental en un pequeño trozo de jade verde. La
expresión de sus rasgos era sumamente repulsiva, sugeridora de muerte,
de bestialidad y de odio. Alrededor de la base llevaba una inscripción en
unos caracteres que ni St. John ni yo pudimos identificar; y en el fondo,
como un sello de fábrica, aparecía grabado un grotesco y formidable
cráneo.

En cuanto echamos la vista encima al amuleto supimos que debíamos


poseerlo; que aquel tesoro era evidentemente nuestro botín. Aun en el
caso que nos hubiera resultado completamente desconocido lo
hubiéramos deseado, pero al mirarlo de más cerca nos dimos cuenta de
que nos parecía algo familiar. En realidad, era ajeno a todo arte y literatura
conocida por lectores cuerdos y equilibrados, pero nosotros reconocimos
en el amuleto la cosa sugerida en el prohibido Necronomicon del árabe
loco Adbul Alhazred; el horrible símbolo del culto de los devoradores de
cadáveres de la inaccesible Leng, en el Asia Central. No nos costó ningún
trabajo localizar los siniestros rasgos descritos por el antiguo demonólogo
árabe; unos rasgos extraídos de alguna oscura manifestación sobrenatural
de las almas de aquellos que fueron vejados y devorados después de
muertos.

Apoderándonos del objeto de jade verde, dirigimos una última mirada al


cavernoso cráneo de su propietario y cerramos la tumba, volviendo a
dejarla tal como la habíamos encontrado. Mientras nos marchábamos
apresuradamente del horrible lugar, con el amuleto robado en el bolsillo de
St. John, nos pareció ver que los murciélagos descendían en tropel hacía
la tumba que acabábamos de profanar, como si buscaran en ella algún
repugnante alimento. Pero la luna de otoño brillaba muy débilmente, y no
pudimos saberlo a ciencia cierta.

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Al día siguiente, cuando embarcábamos en un puerto holandés para
regresar a nuestro hogar, nos pareció oír el leve y lejano aullido de algún
gigantesco sabueso. Pero el viento de otoño gemía tristemente, y no
pudimos saberlo con seguridad.

Menos de una semana después de nuestro regreso a Inglaterra


comenzaron a suceder cosas muy extrañas. St. John y yo vivíamos como
reclusos; sin amigos, solos y en unas cuantas habitaciones de una antigua
mansión, en una región pantanosa y poco frecuentada; de modo que en
nuestra puerta resonaba muy raramente la llamada de un visitante.

Ahora, sin embargo, estábamos preocupados por lo que parecía ser un


frecuente roce en medio de la noche, no sólo alrededor de las puertas,
sino también alrededor de las ventanas, lo mismo en las de la planta baja
que en las de los pisos superiores. En cierta ocasión imaginamos que un
cuerpo voluminoso y opaco oscurecía la ventana de la biblioteca cuando la
luna brillaba contra ella, y en otra ocasión creímos oír un aleteo no muy
lejos de la casa. Una minuciosa investigación no nos permitió descubrir
nada, y empezamos a atribuir aquellos hechos a nuestra imaginación,
turbada aún por el leve y lejano aullido que nos pareció haber oído en el
cementerio holandés. El amuleto de jade reposaba ahora en una
hornacina de nuestro museo, y a veces encendíamos una vela
extrañamente aromada delante de él. Leímos mucho en el Necronomicon
de Alhazred acerca de sus propiedades y acerca de las relaciones de las
almas con los objetos que las simbolizan y quedamos desasosegados por
lo que leímos.

Luego llegó el terror.

La noche del 24 de septiembre de 19… oí una llamada en la puerta de mi


dormitorio. Creyendo que se trataba de St. John lo invité a entrar, pero
sólo me respondió una espantosa risotada. En el pasillo no había nadie.
Cuando desperté a St. John y le conté lo ocurrido, manifestó una absoluta
ignorancia del hecho y se mostró tan preocupado como yo. Aquella misma
noche, el leve y lejano aullido sobre las soledades pantanosas se convirtió
en una espantosa realidad.

Cuatro días más tarde, mientras nos encontrábamos en el museo, oímos


un cauteloso arañar en la única puerta que conducía a la escalera secreta
de la biblioteca. Nuestra alarma aumentó, ya que, además de nuestro

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temor a lo desconocido, siempre nos había preocupado la posibilidad de
que nuestra extraña colección pudiera ser descubierta. Apagando todas
las luces, nos acercamos a la puerta y la abrimos bruscamente de par en
par; se produjo una extraña corriente de aire y oímos, como si se alejara
precipitadamente, una rara mezcla de susurros, risitas entre dientes y
balbuceos articulados. En aquel momento no tratamos de decidir si
estábamos locos, si soñábamos o si nos enfrentábamos con una realidad.
De lo único que sí nos dimos cuenta, con la más negra de las aprensiones,
fue que los balbuceos aparentemente incorpóreos habían sido proferidos
en idioma holandés.

Después de aquello vivimos en medio de un creciente horror, mezclado


con cierta fascinación. La mayor parte del tiempo nos ateníamos a la teoría
de que estábamos enloqueciendo a causa de nuestra vida de excitaciones
anormales, pero a veces nos complacía más dramatizar acerca de
nosotros mismos y considerarnos víctimas de alguna misteriosa y
aplastante fatalidad. Las manifestaciones extrañas eran ahora demasiado
frecuentes para ser contadas. Nuestra casa solitaria parecía
sorprendentemente viva con la presencia de algún ser maligno cuya
naturaleza no podíamos intuir, y cada noche aquel demoníaco aullido
llegaba hasta nosotros, cada vez más claro y audible. El 29 de octubre
encontramos en la tierra blanda debajo de la ventana de la biblioteca una
serie de huellas de pisadas completamente imposibles de describir.
Resultaban tan desconcertantes como las bandadas de enormes
murciélagos que merodeaban por los alrededores de la casa en número
creciente.

El horror alcanzó su culminación el 18 de noviembre, cuando St. John,


regresando a casa al oscurecer, procedente de la estación del ferrocarril,
fue atacado por algún espantoso animal y murió destrozado. Sus gritos
habían llegado hasta la casa y yo me había apresurado a dirigirme al
terrible lugar: llegué a tiempo de oír un extraño aleteo y de ver una vaga
forma negra silueteada contra la luna que se alzaba en aquel momento.

Mi amigo estaba muriéndose cuando me acerqué a él y no pudo responder


a mis preguntas de un modo coherente. Lo único que hizo fue susurrar:

—El amuleto…, aquel maldito amuleto…

Y exhaló el último suspiro, convertido en una masa inerte de carne


lacerada.

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Lo enterré al día siguiente en uno de nuestros descuidados jardines, y
murmuré sobre su cadáver uno de los extraños ritos que él había amado
en vida. Y mientras pronunciaba la última frase, oí a lo lejos el débil aullido
de algún gigantesco sabueso. La luna estaba alta, pero no me atreví a
mirarla. Y cuando vi sobre el marjal una ancha y nebulosa sombra que
volaba de otero en otero, cerré los ojos y me dejé caer al suelo, boca
abajo. No sé el tiempo que pasé en aquella posición. Sólo recuerdo que
me dirigí temblando hacia la casa y me prosterné delante del amuleto de
jade verde.

Temeroso de vivir solo en la antigua mansión, al día siguiente me marché


a Londres, llevándome el amuleto, después de quemar y enterrar el resto
de la impía colección del museo. Pero al cabo de tres noches oí de nuevo
el aullido, y antes de una semana comencé a notar unos extraños ojos fijos
en mí en cuanto oscurecía. Una noche, mientras paseaba por el Malecón
Victoria, vi que una sombra negra oscurecía uno de los reflejos de las
lámparas en el agua. Sopló un viento más fuerte que la brisa nocturna y,
en aquel momento, supe que lo que había atacado a St. John no tardaría
en atacarme a mí.

Al día siguiente empaqueté cuidadosamente el amuleto de jade verde y


embarqué hacia Holanda. Ignoraba lo que podía ganar devolviendo el
objeto a su silencioso y durmiente propietario; pero me sentía obligado a
intentarlo todo con tal de desvanecer la amenaza que pesaba sobre mi
cabeza. Lo que pudiera ser el sabueso, y los motivos para que me hubiera
perseguido, eran preguntas todavía vagas; pero yo había oído por primera
vez el aullido en aquel antiguo cementerio, y todos los acontecimientos
subsiguientes, incluido el moribundo susurro de St. John, habían servido
para relacionar la maldición con el robo del amuleto. En consecuencia, me
hundí en los abismos de la desesperación cuando, en una posada de
Róterdam, descubrí que los ladrones me habían despojado de aquel único
medio de salvación.

Aquella noche, el aullido fue más audible, y por la mañana leí en el


periódico un espantoso suceso acaecido en el barrio más pobre de la
ciudad. En una miserable vivienda habitada por unos ladrones, toda una
familia había sido despedazada por un animal desconocido que no dejó
ningún rastro. Los vecinos habían oído durante toda la noche un leve,
profundo e insistente sonido, semejante al aullido de un gigantesco
sabueso.

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Al anochecer me dirigí de nuevo al cementerio, donde una pálida luna
invernal proyectaba espantosas sombras, y los árboles sin hojas
inclinaban tristemente sus ramas hacia la marchita hierba y las
estropeadas losas. La capilla cubierta de hiedra apuntaba al cielo un dedo
burlón y la brisa nocturna gemía de un modo monótono procedente de
helados marjales y frígidos mares. El aullido era ahora muy débil y cesó
por completo mientras me acercaba a la tumba que unos meses antes
había profanado, ahuyentando a los murciélagos que habían estado
volando curiosamente alrededor del sepulcro.

No sé por qué había acudido allí, a menos que fuera para rezar o para
murmurar dementes explicaciones y disculpas al tranquilo y blanco
esqueleto que reposaba en su interior; pero, cualesquiera que fueran mis
motivos, ataqué el suelo medio helado con una desesperación
parcialmente mía y parcialmente de una voluntad dominante ajena a mí
mismo. La excavación resultó mucho más fácil de lo que había esperado,
aunque en un momento determinado me encontré con una extraña
interrupción: un esquelético buitre descendió del frío cielo y picoteó
frenéticamente en la tierra de la tumba hasta que lo maté con un golpe de
azada. Finalmente dejé al descubierto la caja oblonga y saqué la
enmohecida tapa.

Aquél fue el último acto racional que realicé.

Ya que en el interior del viejo ataúd, rodeado de enormes y soñolientos


murciélagos, se encontraba lo mismo que mi amigo y yo habíamos robado.
Pero ahora no estaba limpio y tranquilo como lo habíamos visto entonces,
sino cubierto de sangre reseca y de jirones de carne y de pelo, mirándome
fijamente con sus cuencas fosforescentes. Sus colmillos ensangrentados
brillaban en su boca entreabierta en un rictus burlón, como si se mofara de
mi inevitable ruina. Y cuando aquellas mandíbulas dieron paso a un
sardónico aullido, semejante al de un gigantesco sabueso, y vi que en sus
sucias garras empuñaba el perdido y fatal amuleto de jade verde, eché a
correr; gritando estúpidamente, hasta que mis gritos se disolvieron en
estallidos de risa histérica.

La locura cabalga a lomos del viento…, garras y colmillos afilados en


siglos de cadáveres…, la muerte en una bacanal de murciélagos
procedentes de las ruinas de los templos enterrados de Belial… Ahora, a
medida que oigo mejor el aullido de la descarnada monstruosidad y el
maldito aleteo resuena cada vez más cercano, yo me hundo con mi

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revólver en el olvido, mi único refugio contra lo desconocido.

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H.P. Lovecraft

Howard Phillips Lovecraft (Providence, Estados Unidos, 20 de agosto de


1890 – ibídem, 15 de marzo de 1937), conocido como H. P. Lovecraft, fue
un escritor estadounidense, autor de novelas y relatos de terror y ciencia
ficción. Se le considera un gran innovador del cuento de terror, al que
aportó una mitología propia (los mitos de Cthulhu), desarrollada en
colaboración con otros autores y aún vigente. Su obra constituye un
clásico del horror cósmico, una corriente que se aparta de la temática
tradicional del terror sobrenatural (satanismo, fantasmas), incorporando

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elementos de ciencia ficción (razas alienígenas, viajes en el tiempo,
existencia de otras dimensiones). Lovecraft cultivó asimismo la poesía, el
ensayo y la literatura epistolar. Se le considera uno de los autores más
influyentes del siglo XX en el género de la literatura fantástica.

El nombre de Lovecraft es sinónimo de ficción de horror; sus escritos,


particularmente los Mitos de Cthulhu, han influido desde los años 60 a los
autores de ficción a lo largo y ancho del mundo, y se pueden encontrar
elementos lovecraftianos en novelas, películas, música, videojuegos,
cómics y dibujos animados. Por ejemplo, los villanos de Gotham City en
Batman son encarcelados en el Asilo Arkham, en Arkham, una invención
de Lovecraft. Muchos escritores modernos de terror, como Stephen King,
Bentley Little o Joe R. Lansdale, por nombrar a unos pocos, han citado a
Lovecraft como una de sus más importantes influencias.

Lovecraft fue un escritor casi desconocido en su propia época, aunque sus


historias se habían hecho un lugar en publicaciones como Weird Tales,
solo los aficionados a este tipo de literatura conocían su nombre. De entre
ellos, mantenía regularmente correspondencia con otros escritores
contemporáneos, como Clark Ashton Smith y August Derleth, gente que se
convirtió en buenos amigos suyos, incluso sin haberse nunca conocido en
persona. Este nutrido grupo de escritores llegó a conocerse como el
Círculo de Lovecraft, ya que tomaban prestados elementos de las historias
de Lovecraft -libros misteriosos con nombres inquietantes, panteones de
dioses extraterrestres, como Cthulhu y Azathoth, y lugares como
Miskatonic y Arkham- para usarlos en sus propias historias, con la
bendición y ánimo de Lovecraft; aun en ocasiones con su ayuda, la cual
solía extralimitarse de la función de un editor para re-elaborar los relatos.
Fueron los esfuerzos del Círculo de Lovecraft —particularmente August
Derleth— tras la muerte del autor, los que evitaron que el nombre y las
historias de Lovecraft desaparecieran completamente en la oscuridad.

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