PROLOGO: ESTANCIA Y POLITICA
La narración comienza con la formación de un sector terrateniente en Buenos Aires tras la
Revolución de mayo de 1810. Juan Manuel de Rosas fue una figura clave, convirtiéndose en
uno de los estancieros más ricos y gobernando la provincia por más de veinte años. Según el
historiador John Lynch, Rosas aplicó un modelo de gobierno autoritario y paternalista basado
en su experiencia como patrón de estancias, donde fortaleció su autoridad sobre los
trabajadores mediante el miedo y paternalismo. Este poder se extendió al gobierno provincial,
donde mantuvo un enfoque similar.
La literatura de la época, incluida la obra "Facundo" de Sarmiento, destaca la relación entre la
estancia, gestionada despotamente por el estanciero, y el sistema político del siglo XIX.
Sarmiento analiza cómo Rosas implementó innovaciones en su gobierno que desafiaban las
tradiciones establecidas y describe al caudillo argentino como un figura con poder absoluto y
cuya injusticia era una característica inevitable.
El texto también revisa estudios recientes que investigan los métodos coercitivos y
consensuales de Rosas para legitimar su gobierno, sugiriendo que su régimen fue una
respuesta a la crisis política y social tras el fin del orden colonial. La necesidad de legitimar a los
gobiernos y la creciente participación de los sectores populares complicaron la restauración de
la autoridad antes del ascenso de Rosas.
Una parte de esta situación se relaciona con la incapacidad de las élites para manejar las
demandas de los sectores populares tras la Revolución. Se propone que Rosas aprendió a
organizar y negociar con estos grupos sociales durante su experiencia como estanciero.
Además, la necesidad de restablecer la autoridad estatal y la paz condicionó las posibilidades
de los estancieros para implementar cambios radicales en la economía agraria.
Finalmente, se reconoce que el cambio económico favoreció a un sector terrateniente potente
que deseaba reorganizar el uso de recursos y derechos de propiedad, aunque su capacidad
para lograrlo estuvo limitada por las condiciones estructurales de la expansión ganadera y el
contexto político revolucionario.
CAPITULO UNO: EXPANSION GANADERA
La región pampeana y Buenos Aires, a menudo vista como centrada en la explotación de
recursos agrarios, en realidad tuvo una economía colonial basada en el comercio y el
contrabando. Desde la llegada de los españoles, el comercio a través del puerto fue
fundamental, conectando a Buenos Aires con Europa, África y otras regiones de
Hispanoamérica. Durante el Virreinato del Río de la Plata, el comercio no se centró en la
exportación de productos agrícolas, sino en la recolección de plata de Potosí, que era
intercambiada por mercancías europeas y esclavos africanos.
Desde el inicio de la colonización, había producción agrícola en Buenos Aires, principalmente
para el consumo local y ciertos productos ganaderos. Sin embargo, solo una pequeña parte de
la ganadería se destinaba a la exportación. Aunque los comerciantes de Buenos Aires,
especialmente las élites, tenían chacras y estancias, estas actividades agrícolas no eran el
centro de su interés económico. Además, la expansión de la frontera rural fue limitada, con el
territorio colonial controlado que solo alimentaba a la población local y aseguraba la
circulación comercial hacia el norte.
La economía agraria en la región era más compleja y modesta de lo que a menudo se
representa. Estaba compuesta por pequeños y medianos productores que cultivaban cereales
y otros bienes, criaban mulas y ganados para cubrir las necesidades locales y exportar
excedentes. La mayoría de la producción estaba en manos de estos pequeños productores,
aunque había algunos más grandes, pero su trabajo era apoyado principalmente por miembros
de sus familias.
Cuando necesitaban más mano de obra, los agricultores recurrían a la reciprocidad con vecinos
o sistemas como el "agregado" o "poblador". Estos sistemas permitían a las personas trabajar
en tierras ajenas a cambio de ayuda o reconocimiento de derechos de propiedad. Esta
dinámica estaba influenciada por tradiciones tanto peninsulares como locales, y muchas veces
un propietario aceptaba a un poblador, aunque esto pudiera afectar su control sobre la
producción.
En resumen, la complejidad de la producción agrícola en la región pampeana se sustentaba en
relaciones sociales y tradiciones que iban más allá de la simple economía mercantil.
MIRANDO A POTOSÍ
En esta sociedad, la propiedad privada de la tierra no era común. La tierra estaba bajo un
sistema donde el acceso a tierras públicas era amplio, y no se reconocían plenamente los
derechos de propiedad privada. La residencia y el trabajo en una parcela otorgaban derechos
al vecindario, apoyados por razones comunitarias como la defensa. Esto aplicaba tanto a
tierras sin dueño como a aquellas con propietarios.
Incluso en casos de propiedad privada, esta estaba condicionada a derechos y costumbres
locales. Era complicado rechazar a familias pobres que querían establecerse en tierras no
completamente utilizadas. Los propietarios también se quejaban del control limitado sobre sus
animales y del robo de ganado, aunque las élites estaban más centradas en otros negocios y
no en reforzar la propiedad privada. Su principal interés era mantener la paz social y asegurar
el suministro de bienes necesarios para la ciudad.
COLAPSO ESPAÑOL
La situación cambió de manera significativa después de la Revolución. El colapso del Imperio
español y la crisis en la producción minera afectaron los intereses en la región de Buenos Aires.
Con el fin del monopolio comercial y la apertura a mercados externos que demandaban más
productos, se dio inicio a la expansión ganadera en Buenos Aires.
Un cambio clave fue la expansión territorial de la provincia, que aumentó considerablemente
entre 1810 y principios de la década de 1830, abriendo nuevas tierras al sur del río Salado. En
1839, se registró un notable crecimiento del ganado, con tres millones de vacunos, dos
millones y medio de ovinos y 600 mil equinos, siendo los bovinos el pilar de la economía
agraria de la época. Esta expansión ocurrió gracias tanto a la iniciativa de las personas que se
aventuraron más allá de la frontera como al impulso del Estado de Buenos Aires, que buscaba
fomentar un negocio rentable tras la crisis colonial.
Las viejas élites se adaptaron hacia la ganadería, creando grandes fortunas, siendo Rosas un
ejemplo destacado. Este grupo, junto a nuevos actores económicos, promovió cambios en las
condiciones de vida y en la economía local para sacar provecho de la producción ganadera.
Defendieron la libertad de comercio exterior para exportar sus excedentes al mejor precio y
apoyaron la libre importación para acceder a productos manufacturados a precios más bajos,
lo que facilitaría un abaratamiento de costos laborales. Sin embargo, esta postura no excluyó
impuestos sobre las importaciones, que se convirtieron en una fuente crucial de ingresos para
el Estado.
TERMINA EL RECREO
Las elites impulsarán reformas importantes en los derechos de propiedad sobre la tierra y
bienes para asegurar el uso libre de sus posesiones. También buscarán disciplinar a la
población pobre y establecer un mercado de trabajo que proporcione mano de obra barata y
controlada. Aunque estas ideas comenzaron a manifestarse de forma algo confusa durante la
época colonial, ganaron claridad y consenso entre las elites tras la Revolución.
Durante la década de 1810, se implementan reformas para asegurar los derechos de
propiedad y el libre comercio, pero la inestabilidad posrevolucionaria complica la situación, y
los ejércitos participan en la apropiación de recursos, contribuyendo al caos y la inseguridad en
cuanto a propiedades privadas. Además, los gobiernos, en busca de ingresos, recurren a
métodos alejados de los ideales.
El año 1820 marca el inicio de un intento de reconstruir el orden y asegurar derechos que la
Revolución había complicado. Se comienzan a publicar escritos que proponen reformas, como
las Instrucciones a los Mayordomos de Estancias, escritas por Rosas. Estas Instrucciones,
dirigidas a las estancias que administraba, se consideran un programa de transformación social
y económica que reafirma los derechos de propiedad y mejora las condiciones del mercado
para los grandes propietarios.
Destacan órdenes para liberar tierras de compromisos con terceros, prohibiendo la presencia
de pobladores y la realización de actividades que cuestionen la propiedad. Estas medidas
reflejan el intento de construir un nuevo orden capitalista que eliminara las prácticas
coloniales, aunque había una brecha significativa entre la voluntad de reforma y la capacidad
para llevarla a cabo.
CAPITULO DOS: EL GRAN EMPORIO
Rosas fue un importante estanciero en la primera mitad del siglo XIX, proveniente de una
familia de propietarios en el sur de Buenos Aires. Desde joven, adquirió experiencia como
administrador de los campos de sus primos y empezó sus propios proyectos agrícolas en
sociedad con Luis Dorrego y Juan Nepomuceno Terrero, formando la compañía Rosas, Terrero
y Compañía hasta 1837. Esta sociedad se fundó en 1815 y comenzó con un saladero en
Quilmes. En 1817, adquirieron tierras en la Guardia del Monte, donde establecieron la estancia
Los Cerrillos y trasladaron el saladero.
En 1818, Rosas solicitó terrenos fuera del Salado para el ganado y para manejar los "indios
infieles". Se aceptó su denuncia en octubre de 1818 y se mensuraron terrenos al año siguiente,
creando un enorme territorio de 33 leguas cuadradas que se conoció como Constitución. En
1821, compraron la estancia de San Martín, mejor situada para el mercado. Se menciona
también una tercera estancia llamada El Rey, aunque su información es limitada. A mediados
de la década de 1830, surgieron problemas en la sociedad, y Rosas comenzó a consolidar sus
propiedades.
En 1836, Rosas compró la estancia de Zenon Videla, pero lo hizo de forma individual. En 1837,
la sociedad se disolvió, quedando Rosas con varias estancias, incluida la de San Martín y otra
en el exterior del Salado, que se llamaría Chacabuco. Esta última se expandió notablemente
durante el gobierno de Rosas. También poseía un saladero en Palermo, creando un complejo
agrícola y ganadero conectado con Buenos Aires, lo que lo convirtió en uno de los mayores
empresarios rurales de su tiempo.
Las estancias de Rosas tenían diversas actividades según el terreno y la proximidad a los
mercados, con el ganado siendo principalmente criado en Chacabuco y San Martín. Este
ganado era enviado al matadero de Palermo. Además, en San Martín se criaban ovejas y se
realizaban actividades agrícolas, como la producción de hortalizas y ladrillos.
UN RICO STOCK
La estancia de San Martín tenía varios puestos, incluyendo una huerta cerca de la casa
principal con diversos frutales. Su principal actividad era la cría de ovinos y vacunos, con un
stock que incluía 17,000 ovejas y 3,000 vacunos para finales de la década de 1930. En
contraste, las estancias de Rosario y Chacabuco se centraban más en la cría de ganado vacuno,
aunque también tenían algunas ovejas. Rosario contaba con entre siete y nueve puestos y una
huerta que justificaba la contratación de un quintero. Por su parte, Chacabuco tenía diez
puestos en 1838, aumentando a casi veinte en 1847.
Ambas estancias tenían más de 10,000 ovinos y equinos, pero su actividad principal era el
ganado vacuno, que sumaba más de 40,000 cabezas en 1838 y duplicaba esta cifra diez años
después. En 1845, se contabilizaban más de 150,000 vacunos, siendo Chacabuco la principal
estancia. Aunque también se crían ovejas, su importancia era menor en comparación con el
ganado vacuno.
Las estancias enfrentaban retos como el manejo del ganado debido a la falta de alambradas y
riesgos de sequía. Rosas, preocupado por estos problemas, le indicó a un administrador en
1845 que era crucial mantener el ganado en rodeo. El faenamiento no era una actividad
destacada, ya que se realizaba en los mercados. La preocupación principal de estas estancias
era el engorde y el cuidado del ganado durante todo el año.
MUNDO RURAL
El texto analiza el impacto y la relevancia de Juan Manuel de Rosas en el contexto agrícola de
Buenos Aires en la primera mitad del siglo XIX. Aunque su panegirista Pedro de Angelis
describió un paisaje agrícola monótono, la realidad era que la agricultura y la ganadería eran
prácticas comunes y significativas. Rosas se dedicó al saladero y fomentó cultivos y la cría de
ovinos y ganado vacuno, convirtiéndose en uno de los mayores terratenientes de la provincia.
A finales de los años 30, Buenos Aires contaba con alrededor de tres millones de vacunos y dos
millones de ovinos, de los cuales Rosas poseía entre el 1,5 y el 2 por ciento. Pocos lograron
acumular riqueza ganadera comparable a la suya, aunque algunos, como los Anchorena,
pudieron acercarse. Las estancias de Rosas seguían patrones de producción similares a otros
agricultores, pero su magnitud era única.
A pesar de su poder y riqueza, el gobernador enfrentaba limitaciones por la cuota de pequeños
y medianos agricultores, la abundancia de tierras y la inestabilidad política, lo que complicaba
sus relaciones con los trabajadores de sus estancias y sus esfuerzos para rentabilizar sus
emprendimientos.
CAPITULO TRES: GOBERNADOR Y POBLADORES
Los datos sobre Rosas muestran su influencia económica en la campaña bonaerense, donde su
papel como gran propietario y gobernador le permite manipular a la población rural,
incluyendo a peones y otros habitantes. Este dominio terrateniente y su caudillismo político
son claves para entender su poder tras la Revolución. Sin embargo, su desempeño como
estanciero y la relación con los pobladores rurales presentan dificultades significativas. A pesar
de las leyes y órdenes de su gobierno, enfrentaba problemas constantes en sus estancias,
como el robo de animales y la mezcla de ganados, lo que refleja un dilema en su propiedad.
Las quejas en su correspondencia con administradores ilustran su frustración ante situaciones
que, a pesar de sus intentos de control, persistían.
Por ejemplo, en una carta de 1844, Rosas expresa su enojo por la caza de avestruces en sus
campos y critica al administrador y al Juez de Paz por no frenar tales acciones. Aunque sugiere
castigos severos, los problemas que enfrentaba indicaban una falta de control real sobre lo
ocurrido en su territorio. En ocasiones, también permitía que los vecinos usaran su propiedad,
como en el caso de cortar leña en Cañuelas, lo que muestra su flexibilidad ante la situación.
El establecimiento de límites en su propiedad era un problema recurrente, ya que lidiaba con
animales ajenos y robos. En un caso, un vecino trató de ocultar la marca de algunos carneros
pertenecientes a Rosas, lo que llevó a una situación donde el vecino huyó por miedo a ser
castigado. Sin embargo, Rosas también mostraba un lado paternalista al intentar moderar las
consecuencias de ciertos delitos.
Se destaca su esfuerzo por poner fin a la sustracción de animales y los conflictos por la mezcla
de ganado, pero a menudo se sentía impotente ante la repetición de estos problemas. Como
respuesta, una solución que utilizaba frecuentemente era recurrir a los pobladores. Estos eran
habitantes que ocupaban tierras ajenas y ofrecían acuerdos de reciprocidad con los dueños de
las tierras. Aunque Rosas había prohibido a los pobladores en sus instrucciones, los usaba
constantemente en sus estancias, permitiendo su presencia cuando cuidaban de los límites y
aseguraban que no hubiera mezcla de ganado.
La gestión de los pobladores era fundamental para Rosas, ya que le ayudaban a proteger sus
tierras. Tras adquirir la estancia de Monte, enfatizaba la necesidad de poblar ciertas áreas para
controlar el acceso de los vecinos. Esta dinámica muestra la complejidad de su situación como
gobernador y propietario de tierras, donde su autoridad se veía desafiada por las realidades de
la vida rural en la provincia.
EVITAR CONFLICTOS
La necesidad de llenar las tierras de población significaba que el propietario no podía usar
parte de sus tierras y pasturas, y muchas veces, los terrenos que parecen ser de su propiedad
son ocupados por pequeños o medianos productores que trabajan de forma independiente.
Esta situación se observa claramente en las tierras de Rosas, donde no solo hay pobladores,
sino también capataces y peones que actúan de manera similar.
Un caso específico se presenta en la estancia comprada por Rosas en 1836 en el partido de
Monte, donde el administrador le informa que el campo está habitado por arrendatarios que
han subarrendado a otros, lo que complica su desalojo. El administrador menciona que las
mejores tierras para ganado son las que tienen menos pobladores, destacando que dentro del
campo hay numerosos chacras con sembrados grandes. Sin la carta del administrador, se
podría haber pensado que la estancia de Videla era una típica gran propiedad ganadera, pero
en realidad alberga a muchos chacareros y arrendatarios con sus propios subarrendatarios.
Rosas compró esta gran estancia con la intención de ponerla en producción para obtener
ganancias, pero también muestra preocupación por no perjudicar a los pobladores. Reconoce
que algunos deberán ser reubicados, y busca tierras alternativas para ellos, utilizando recursos
de su gobierno. Esto muestra que el gobernador no quiere enfrentarse con los pequeños
productores que ya han establecido derechos en esas tierras.
Rosas se beneficiará en algunos casos, pero también debe tolerar una variedad de pobladores
en sus estancias. Hay ejemplos de pobladores en las estancias Rosario y Chacabuco durante los
años 30 y 40, donde intenta moverlos a los límites de las propiedades, enfrentando quejas por
su ocupación en el centro. En 1846, el administrador de Chacabuco le comunica que está
trasladando a los pobladores a los deslindes, donde servirían como barrera para el ganado.
Algunos de estos pobladores no eran pequeños campesinos, sino estancieros sin tierras. En
1844, un poblador rico falleció, y el administrador le informó a Rosas sobre su valioso ganado,
lo que demuestra que algunos ocupantes son más significativos que muchos propietarios. El
gobernador intenta aprovechar a estos pobladores como barrera para sus tierras,
estableciendo mecanismos de reciprocidad, aunque esta situación también genera problemas
y derechos que son difíciles de limitar. Por ejemplo, en el caso del fallecido Cuestas, Rosas
pidió enviar materiales para que los habitantes construyan ranchos, mostrando su
preocupación por el impacto de estos pobladores en sus tierras.
LIMITES Y DERECHOS
Los pobladores en Chacabuco parecen cuestionar los derechos de propiedad del dueño de las
tierras, quien a menudo debe recordarles su estatus. En 1838, un poblador decide vender su
lugar y el administrador se dirige a Rosas, señalando que el poblador está vendiendo la
población. Esto indica que los pobladores se consideran con el derecho de vender los espacios
que ocupan. El administrador le sugiere a Rosas comprar la población para prevenir que
alguien más la adquiera, y Rosas acepta esta recomendación. Por lo tanto, se evidencia que los
pobladores adquieren ciertos derechos sobre las tierras y los bienes que tienen, obligando al
dueño a comprarlos si deciden irse.
La población no solo sirve a los intereses del propietario, sino que también puede perjudicarlo
y desafiar sus derechos de propiedad. Algunas poblaciones surgen de las presiones de los
vecinos que buscan derechos a asentarse en tierras no plenamente utilizadas. En el mismo
año, Don Roque Torres alega que Rosas le permitió ocupar un terreno, pero el estanciero
aclara que eso no era verdad. Rosas había instruido sobre la importancia de ocuparse todos los
terrenos para evitar la ocupación no deseada, señalando que una vez que un campo esté
despoblado, otros acudirán para poblarlo.
Un segundo factor que afecta al propietario es la mano de obra. Algunos trabajadores, además
de sus salarios, obtienen permiso para criar animales en las tierras del propietario. El
administrador Juan José Bécar, durante los años 1830, además de su salario, también cría
ganado en la estancia de Rosas. Esto muestra que había un potencial de movilidad social,
donde un trabajador puede volverse productor independiente. El seguimiento de las redes
familiares en estos procesos de movilidad también es importante.
En 1846, el nuevo administrador Dionisio Schoo informa a Rosas que tiene ganado en la
estancia, pidiendo permiso para mantenerlo en un rodeo separado. Esto indica su intención de
crear una unidad productiva dentro de la estancia. Se observa que algunos administradores
también han hecho uso de trabajo dependiente para beneficiar sus intereses personales.
Además, otros capataces también tienen permitido criar animales en las tierras del
gobernador.
Las licencias para que los capataces críen ganado reflejan las dificultades de Rosas para
manejar la mano de obra. Para controlar mejor la mano de obra y limitar la invasión de ganado
en sus tierras, se ve obligado a permitir que los pobladores y trabajadores usen parte de sus
tierras para sus actividades productivas.
CAPITULO CUATRO: PEONES DE CAMPO
Los estudios sobre los peones de campo en la época de Rosas muestran que los grandes
estancieros luchaban por controlar a la población gauchesca para satisfacer su creciente
necesidad de mano de obra. Se destaca que el poder de los estancieros y el apoyo del Estado,
cada vez más controlado por ellos, ayudaron a someter a esta población mediante leyes, como
las de vagancia y la obligatoriedad de la papeleta de conchabo. También se menciona una
mayor presencia del Estado en el campo, con jueces de paz y funcionarios influenciados por los
estancieros, y la militarización como herramienta de control sobre la población rural, que
finalmente aceptó el peonaje como un mal menor.
Sin embargo, algunos historiadores cuestionan esta visión. Argumentan que existía una
concurrencia entre el Estado y los estancieros debido a la escasez de hombres, que el Estado
necesitaba como soldados y los estancieros como peones. También se señala que las
estructuras militares no controlaban bien a la población y que los trabajadores en realidad
tenían capacidad para negociar mejores condiciones. Además, se menciona que había muchos
pequeños y medianos productores que complicaban a los grandes estancieros para encontrar
mano de obra.
Los estancieros recurrían a migrantes del interior, a menudo hombres solos, y a trabajadores
esclavos. Aunque el flujo de migrantes continuó en el siglo XIX, eran susceptibles al
reclutamiento por la inestabilidad política. Los estancieros presionaron para que los
provincianos fueran exceptuados del reclutamiento, pero muchos migrantes seguían siendo
reclutados. Muchos de ellos lograban escapar y los estancieros les ofrecían trabajo para evitar
que fueran llevados de nuevo al ejército, a menudo engañando a las autoridades sobre su
estatus.
RECLUTAMIENTO FORZOSO
En 1826, Juan Manuel de Rosas escribió una carta a su administrador, dándole
recomendaciones para evitar el reclutamiento de peones para el ejército. Sugería que dijeran
que todos los peones eran originarios de Los Cerrillos, lo que les eximía del servicio militar. En
una carta posterior, explicó que sus peones eran solo provincianos, por lo que tampoco debían
ser reclutados. También se menciona que Nicolás Anchorena hacía algo similar y aconsejó a su
administrador sobre las categorías de trabajadores que estaban exentas. Algunas veces, Rosas
escondió a reclutas evadidos en sus estancias para evitar que fueran reclutados, especialmente
en situaciones críticas como la escasez de peones debido a militares y milicias.
La situación se complicó en años de guerra, como el bloqueo francés de 1838-1840 y el
alzamiento antirosista de fines de 1839, que provocaron una grave escasez de mano de obra.
Un administrador de Rosario informó que no podía cumplir con el trabajo debido a la falta de
peones, ya que se habían alistado en el ejército. La esclavitud también era una solución para
las estancias, y hasta 1815, el número de esclavos rurales creció significativamente,
representando casi el 9% de la población. Sin embargo, con el tiempo, los esclavos se
convirtieron en un recurso escaso y costoso, y muchos de ellos comenzaron a defender sus
derechos, lo que preocupaba a las élites del momento.
Rosas, que había sido un gran propietario de esclavos, usó unos 33 hasta 1825. Sin embargo, a
partir de la década de 1830, sus estancias dejaron de tener esclavos, y muchos de los que
antes fueron esclavizados empezaron a aparecer como peones contratados y a trabajar por un
salario. En 1840, un esclavo carpintero provocaba problemas al gobernador, quien decidió
liberarlo para evitar más inconvenientes, señalando así el fin de la esclavitud como método
habitual de obtención de mano de obra.
Desde mediados de la década de 1830, las estancias enfrentaron una disminución en las
fuentes de mano de obra, al perder la opción de esclavos, que antes habían sido muy eficaces.
Según Lucio Mansilla, había varios tipos de trabajadores en las estancias, incluyendo
mayordomos, capataces, peones y gauchos errantes que se contrataban por trabajos
temporales. Esta variedad incluía tanto personal fijo que trabajaba largas temporadas como
personajes que solo eran contratados para faenas específicas.
LUGAR DE LOS INDIOS
Entre 1835 y 1849, existe información sobre las estancias de Rosas y se identifican cuatro
categorías principales de trabajadores: empleados jerárquicos, peones mensuales ordinarios,
cautivos e inmigrantes gallegos o españoles. Los empleados jerárquicos, como administradores
y capataces, tenían algunos derechos y podían realizar actividades productivas propias,
mientras que los peones ordinarios eran trabajadores asalariados contratados bajo las reglas
del mercado, realizaban tareas cotidianas de la explotación agrícola y dependían del
propietario para su empleo.
En áreas como San Martín, los peones tenían funciones específicas, como cuidar de las ovejas y
otros animales. En Rosario y Chacabuco, estaba a cargo de cuidar el ganado vacuno y equino.
Estos peones eran considerados fiables y su escasez generaba un elevado costo para las
estancias. Para mitigar gastos y garantizar la disponibilidad de trabajadores, Rosas recurrió a
métodos que asemejaban condiciones esclavistas, empleando cautivos e inmigrantes gallegos.
Rosas expresó en un memorial de 1820 su preferencia por establecer relaciones con indios
amigos, argumentando que estos podrían ayudar a enfrentar la escasez de mano de obra en
las estancias. Los cautivos eran indígenas que trabajaban de manera similar a los peones, pero
bajo condiciones más cercanas a la esclavitud, sin libertad para elegir dónde trabajar. A
menudo, recibían raciones semanales y un pequeño pago monetario que resultaba simbólico
en comparación con el salario de un peón libre que era de aproximadamente 40 pesos al mes.
En la década de 1830, la capacidad de los propietarios para mantener a los cautivos disminuyó,
con cambios políticos y sociales que permitieron que estos trabajadores comenzaran a
cuestionar su estatus. Empezaron a desaparecer de las estancias cercanas a la frontera y se
concentraron en áreas más controlables, como las cercanas a Buenos Aires. A finales de 1838,
algunos cautivos permanecían en la estancia de San Martín, pero su situación comenzó a
transformarse y se volvieron más difíciles de retener.
Un incidente en 1838, donde un cautivo llamado Felipe Castañeda se escapó tras recibir
maltrato, demuestra la resistencia de estos trabajadores a seguir aceptando su situación servil.
Aunque fue recapturado, el gobernador mostró señales de que necesitaba ofrecer un salario,
lo que refleja la crisis del sistema de explotación. La asignación de un salario, aunque menor al
de los peones libres, representó un esfuerzo por parte de los propietarios para mantener
control sobre los cautivos.
Poco después, se evidenció una dificultad generalizada para tratar a todos los cautivos de la
misma manera, especialmente cuando se introdujeron incentivos salariales. Rosas,
reconociendo la situación, comenzó a otorgar salarios a otros cautivos, promoviendo un
cambio significativo en sus circunstancias. A mediados de 1839, se extendió la libertad a las
trabajadoras cautivas, permitiéndoles elegir dónde trabajar, y aunque los varones continuaron
con salarios menores, también vieron aumentos.
Desde 1840, los cautivos como categoría de trabajadores comenzaron a desaparecer en las
estancias de Rosas. La escasez de mano de obra entre 1839 y 1842 llevó a un aumento notable
de los salarios en todos los tipos de trabajadores, marcando un cambio importante en las
condiciones laborales y la capacidad de los cautivos de negociar su estatus y mejorar sus
circunstancias.
VIENEN LOS GALLEGOS
A mediados de la década de 1840, el gobernador Rosas enfrenta una escasez de trabajadores y
decide importar peones gallegos de España. Estos trabajadores, a quienes se les paga el pasaje
con el compromiso de trabajar en las propiedades de Rosas, comienzan su vida laboral con
salarios bajos. Parte de su sueldo se destina a saldar su deuda por el pasaje, lo que marca su
relación de dependencia con el gobernador.
Los gallegos se adaptan a la vida en las pampas, especialmente en la estancia de San Martín,
donde son vistos como útiles y menos costosos que otros peones. Sin embargo, en estancias
ganaderas, donde se requieren habilidades específicas, la situación es más complicada. A pesar
de su bajo salario, estos trabajadores empiezan a saldar rápidamente sus deudas y a mejorar
sus condiciones de trabajo. Para 1846, algunos comienzan a abandonar sus puestos al haber
pagado lo que debían, y las quejas surgen sobre la necesidad de aumentos salariales.
En 1847, los gallegos son capaces de negociar mejores salarios y condiciones, logrando
situaciones similares a las de otros trabajadores libres. Este cambio resalta su capacidad de
resistencia frente a las imposiciones del gobernador. También existen trabajadores ocasionales
que prefieren contratos cortos, ya que les otorgan mayor libertad y mejores salarios.
Los trabajadores por tarea, como los peones de esquila, son necesarios durante períodos
específicos y tienden a ser remunerados adecuadamente. Además, se observa una
participación significativa de mujeres en estas labores, lo que es notable para la época. Estos
trabajadores no tienen la intención de comprometerse a largo plazo con las estancias, lo que
señala su naturaleza itinerante. La combinación de estas dinámicas laborales revela un
panorama del trabajo donde diferentes grupos de trabajadores buscan optimizar sus
condiciones en un mercado laboral cambiante.
VIVIR AL DÍA
Existían peones contratados por día, usados principalmente para tareas extraordinarias como
la yerra y la castración de animales. En San Martín, se contrataban entre abril y mayo, mientras
que en Rosario y Chacabuco lo hacían en distintos momentos. Esta práctica era resultado de la
escasez de peones mensuales, lo que obligaba a los estancieros a pagar más por peones
diarios, quienes eran menos confiables. Muchos de estos peones contaban con sus propios
caballos, lo que les daba ventaja en su contratación.
Entre 1844 y 1849, Rosas y sus administradores expresaron su frustración por no poder
conseguir peones mensuales, que eran más económicos. En 1844, Rosas sugirió a un
administrador que pagara menos a los peones diarios, argumentando que era injusto para los
hacendados y que se debían conseguir más caballos para facilitar el trabajo con peones
mensuales. A pesar de sus quejas, los peones diarios continuaron presentes en las estancias
durante 1845 y 1847.
El trabajo por día era, en parte, una respuesta a la demanda estacional y también un recurso
de pequeños propietarios que buscaban salarios más altos. Estos trabajadores no tenían
compromisos a largo plazo y muchos solo estaban contratados brevemente. Por otro lado, los
peones y capataces mensuales eran más estables, aunque pocos estaban dispuestos a trabajar
por largos períodos. En las estancias de Rosas, al menos 585 personas trabajaron en estas
categorías, pero la mayoría solo permaneció uno o dos trimestres. Un pequeño grupo de
capataces estuvo más tiempo. También buscaban mejorar sus condiciones laborales.
CAPITULO CINCO: COERCION Y RESISTENCIA
Rosas intenta utilizar su poder económico, social y político para controlar a los trabajadores en
sus estancias y limitar sus aspiraciones. Por un lado, utiliza amenazas y coerción, aunque hay
pocos ejemplos documentados de estas prácticas. También aplica un enfoque paternalista,
ofreciendo protección a los trabajadores frente a leyes que restringen su libertad y frente a
reclutamientos militares.
Se observan ejemplos de represión hacia aquellos que están en situaciones de mayor
vulnerabilidad, como los cautivos y algunos españoles, aunque estos logran mejorar su
situación. Para otros trabajadores, la amenaza parece tener menos efecto. Un caso ilustra
esto: un capataz roba productos de la hacienda y, aunque es enviado a prisión, el
administrador intenta suavizar el castigo ante Rosas, indicando que el capataz es un buen
trabajador.
Rosas también le escribe al administrador acerca de mantener el orden y amenazar a los
desobedientes. Sin embargo, un peón se escapa sin permiso tras ser reprendido, mostrando
que la amenaza no logró controlarlo y que los trabajadores tienen independencia en sus
decisiones. El administrador señala que los trabajadores se creen dueños de sus actos,
reflejando una lucha entre sus hábitos y las normas impuestas.
Aunque Rosas logra castigar al peón fugado, muchas situaciones de control no se documentan
en las fuentes. En cambio, las actitudes paternalistas son más comunes. Rosas se esfuerza por
proteger a sus peones de ser reclutados, ocultándolos y prometiéndoles que no serán enviados
a la milicia. En una carta de 1826, enfatiza su compromiso de cuidar a sus trabajadores y no
permitir su reclutamiento, reafirmando su promesa ante ellos.
Además, Rosas muestra su apoyo cuando los peones enferman o mueren, asumiendo gastos
médicos y ofreciendo apoyo a las familias. Por ejemplo, en el caso de la viuda de un quintero
fallecido, se ofrece que se quede en la estancia, evitando que sus hijos sean enviados a
trabajar en otras partes.
En resumen, Rosas combina paternalismo y protección con amenazas del Estado para
controlar a sus trabajadores, buscando mantener su lealtad y retener a sus peones en sus
estancias. La intención es crear un ambiente donde los trabajadores se sientan seguros bajo su
protección, a la vez que se muestra firme contra cualquier intento de desobediencia.
CAMBIAR ALGO
A pesar de que Rosas tiene cierto éxito en reclutar peones mensualizados, este es limitado.
Para mejorar la situación, debe emplear incentivos salariales y óptimas condiciones de trabajo.
Rosas menciona que muchos trabajadores abandonan sus puestos debido a la falta de
estímulos económicos y que, para motivarlos, el dinero es esencial.
En 1832, ante una sequía, Rosas aconseja halagar a los peones y no escatimar en salarios por la
necesidad que hay. Aunque busca pagar salarios bajos, la resistencia de los trabajadores limita
sus acciones. Esta resistencia se manifiesta especialmente en épocas de crisis, como conflictos
bélicos o problemas climáticos que reducen la disponibilidad de peones.
Las quejas por aumentos salariales son frecuentes en las estancias, evidenciando la
insatisfacción de los trabajadores. A fines de 1837 y 1838, muchos peones solicitan aumentos,
y, al no recibir respuesta, algunos dejan su empleo. En 1839, los peones exigen puntualidad en
los pagos debido a la inflación que afecta sus ingresos.
Los administradores, como se evidencia en casos de 1845 y 1847, reportan dificultades para
mantener a los peones, quienes no permanecen en sus trabajos por más tiempo del necesario.
Los administradores y Rosas intentan resistir estas demandas, pero a menudo se ven obligados
a ceder ante el riesgo de perder mano de obra, incluyendo la opción costosa de contratar
peones por días, lo que complicaría aún más la explotación laboral. Además, algunos
trabajadores rechazan contratos a largo plazo, aun a pesar de las consecuencias.
EVOLUCION SALARIAL
La evolución de los salarios de los trabajadores en las estancias de Rosas muestra cambios
significativos. Hasta 1842, los salarios de capataces y peones libres se mantuvieron estables,
seguidos de aumentos notables, primero para los capataces y luego para los peones. En 1840,
se observa un ligero aumento en los salarios de los peones por día y por tarea, antes que los
mensualizados. Sin embargo, la situación se complicó por eventos como el levantamiento del
sur y la invasión de Lavalle, que dejaron a las estancias con pocos trabajadores. Los salarios
que se mencionan antes de estos eventos son válidos solo para unos pocos que lograron
quedarse.
A mediados de los años 40, los salarios de todas las categorías comenzaron a aumentar juntos,
destacándose la paga de los peones por día, que triplicó el salario nominal de entre 1838 y
1845, algo que los peones mensualizados no alcanzarían hasta 1849. Estos aumentos salariales
reflejan la escasez de mano de obra y el impacto de una fuerte sequía y el aumento de precios
en años previos. Entre 1837 y 1842-43, el poder adquisitivo cayó drásticamente, lo que llevó a
condiciones difíciles para los asalariados rurales.
A pesar de la escasez de trabajadores, los estancieros compensaron a sus empleados con
raciones de carne y otros bienes. La combinación de caro precio de la carne y el trigo
empobreció a los asalariados, lo que llevó a fuertes demandas por incrementos salariales en
1842-43. En este contexto, el gobernador tuvo que aceptar aumentos salariales para mantener
y aumentar la dotación de trabajadores.
¿DONDE ESTA EL NEGOCIO?
Para evaluar el impacto de los cambios en la rentabilidad de la gran estancia, es útil considerar
la relación entre salarios y precios de exportación. Los gastos salariales son una parte
importante de los costos de la estancia, y los precios de exportación reflejan los ingresos del
propietario. Entre 1838 y 1842, la relación fue favorable para los estancieros debido al
aumento de precios y la estabilidad salarial. Sin embargo, esto se vio limitado por el bloqueo
del puerto desde principios de 1838, lo que dificultó la exportación. Entre 1843 y 1845, los
estancieros enfrentaron mayores costos salariales mientras los precios de exportación caían.
La situación de los trabajadores fue fluctuante y estuvo marcada por conflictos externos y la
resistencia de los trabajadores rurales, lo que afectó negativamente a los estancieros.
CONCLUSIONES: EL REGIMEN DE ROSAS
El ensayo analiza la relación entre la experiencia de Rosas como estanciero, el crecimiento
agrícola en la primera mitad del siglo XIX y el sistema político de su gobierno. En la campaña
bonaerense, hubo un notable crecimiento del sector agrario. Este cambio se evidenció en el
aumento de la población, que pasó de 37 mil habitantes en 1778 a más de 150 mil en 1836-38,
con una clara mayoría en el ámbito rural. La expansión territorial también favoreció el
crecimiento del ganado, que se convirtió en la base económica de la región.
Las exportaciones también crecieron, a pesar de numerosos desafíos como guerras y sequías.
Las cifras aumentaron de 700 mil libras esterlinas en 1822 a más de 2 millones anuales antes
de la caída de Rosas. Las exportaciones de cueros desde la provincia alcanzaron cifras
significativas, especialmente después del fin del bloqueo francés en 1840.
La expansión agrícola se asociaba a grandes estancias ganaderas y a la llegada al poder de
destacados estancieros. Estos enfrentaron a una población rural que resistía la sumisión, lo
que llevó a una mayor coerción y a la consolidación de nuevas formas de propiedad. Esta
situación aprovechó la abundancia de tierras y la escasez de mano de obra, facilitando el
desarrollo de grandes estancias extensivas, con el apoyo del Estado, especialmente en la
frontera.
Sin embargo, la realidad era más compleja, ya que estudios recientes revelan la continuidad de
pequeñas y medianas explotaciones agrarias en la campaña durante esta época. Aunque los
pequeños propietarios perdieron parte de su riqueza relativa, aún existía un considerable
número de estas explotaciones, que representaban cerca de la mitad de las unidades
familiares rurales en 1839. Este fenómeno de persistencia tuvo lugar a pesar de que el poder
económico se concentraba en manos de unos pocos grandes propietarios.
El análisis de la dinámica económica y social de este período muestra que, aunque la riqueza
de las grandes estancias aumentó, los pequeños y medianos propietarios todavía podían
sostener a sus familias sin depender del trabajo asalariado. Esta situación permitió la
continuidad de procesos de movilidad social ascendente, a pesar de un contexto donde el
Estado favorecía a los grandes estancieros.
Por lo tanto, la experiencia de las grandes estancias de Rosas ofrece una perspectiva sobre la
expansión agraria de la época y la resistencia de las explotaciones familiares, mostrando la
coexistencia de diferentes formas de producción y propiedad en la campaña bonaerense.
LOS LIMITES
La construcción del emporio estanciero de Rosas sigue un patrón clásico, presentando a Rosas
como un empresario práctico. Comenzó su carrera como saladerista cuando esta actividad
crecía en la región. Gradualmente, se convirtió en un gran estanciero tras aprovechar las
oportunidades de expansión de la frontera, adquiriendo grandes terrenos a bajo costo. A lo
largo del tiempo, obtuvo vastas propiedades en la frontera del Salado y las amplió,
convirtiéndose en uno de los mayores propietarios de la zona. Las estancias de Rosas se
adecuaban a la producción agrícola y ganadera de las regiones donde se ubicaban, con énfasis
en el ganado vacuno.
Aunque no se le puede considerar innovador en el sector agropecuario, sí se mostraba
consciente de las necesidades del tiempo. En sus estancias, introdujo alfalfa para la
alimentación del ganado y trató de mejorar la calidad del ovino. Sin embargo, es difícil medir la
rentabilidad de sus explotaciones debido a la escasez de fuentes confiables. A pesar de su
tamaño, Rosas estaba preocupado por las ganancias y a menudo expresaba su frustración por
los bajos resultados. En 1838, se quejó con el administrador de San Martín sobre los bajos
productos de su estancia, sugiriendo que hubiera sido más rentable invertir el capital en otras
oportunidades.
Las cartas de Rosas revelan su estado de ánimo y los problemas que enfrentaba como
estanciero en esos años. Su crecimiento estaba limitado por varias condiciones externas,
incluyendo factores climáticos desfavorables. Hubo sequías desastrosas entre 1829 y 1832 y
también durante la década de 1840. Además, los conflictos políticos, como bloqueos que
interrumpieron las exportaciones y crisis con la Banda Oriental, afectaron la producción y la
disponibilidad de trabajo en las estancias. Los reclutamientos intensos en estas crisis políticas
llevaron a una escasez de mano de obra, ya que muchos migrantes se marcharon en busca de
mejores condiciones.
Los reclutamientos, especialmente durante la guerra con Brasil, causaron que muchos peones
abandonaran las estancias, lo que llevó a que los hacendados se quejaran de los efectos
negativos en sus operaciones. En 1839, un levantamiento causó que las estancias de Rosas se
quedaran sin personal, y una creciente indisciplina social se evidenció en los problemas de los
reclutamientos. En respuesta, Rosas tomó medidas represivas para controlar la situación
laboral en 1842 e implementó restricciones en la caza, ya que esto afectaba la disponibilidad
de trabajadores en sus haciendas. Durante el último bloqueo de su gobierno, comerciantes
también notaron que los trabajos en el campo se detuvieron debido a la presencia militar.
RESISTIR Y NEGOCIAR
Los problemas de la época de Rosas no eran los únicos ni los más importantes. La estructura
económica y social heredada de la colonia creó prácticas que los gobiernos anteriores no
lograron cambiar. Esta situación se complicaba con la expansión de nuevas tierras, lo que
aumentaba la oportunidad de seguir utilizando viejas prácticas en la producción agrícola.
Las estancias de Rosas muestran fenómenos clave sobre este contexto. Había numerosos
pequeños productores dentro de sus tierras, lo que obligaba al gobernador a hacer
transacciones difíciles para que algunos se fueran. También enfrentaba presión de vecinos que
querían ocupar las tierras y luchaba con problemas como la caza de animales salvajes. La
persistencia de la vida campesina cuestionaba los derechos de propiedad del gran estanciero y
afectaba la oferta de trabajo en las estancias.
Rosas dependía en gran medida de migrantes y buscaba mano de obra coactiva debido a la
reducción de la esclavitud. A pesar de buscar trabajadores temporales entre los productores
rurales, pocos fueron encontrados, y los pobladores no aparecían en los registros de
trabajadores de las estancias. Aunque algunos podían ayudar de vez en cuando, no eran una
fuente confiable de mano de obra.
Por lo tanto, el estanciero solo podía depender de los peones migrantes, quienes
frecuentemente buscaban salarios altos y preferían trabajos temporales. Aunque Rosas, como
gobernador y propietario, intentaba usar la coacción y actitudes paternalistas, muchas veces
eso no funcionaba. Un administrador, por ejemplo, amenazó a un peón descontento, pero esto
no tuvo éxito, y el trabajador nunca volvió a aparecer en la lista.
La búsqueda de peones dependía principalmente de ofrecer mejores salarios. A inicios de
1840, ante la escasez de trabajadores, un administrador sugirió aumentar el salario para atraer
domadores. Aumentar los salarios no garantizaba tener suficientes peones permanentes, por
lo que a menudo se recurría a los costosos peones diarios. Estos peones, que tenían su propio
caballo, podían negociar mejores salarios y esto provocaba resistencia que incomodaba a los
estancieros. Estos espacios de negociación también fueron aprovechados por sectores menos
protegidos, como indígenas cautivos e inmigrantes en deuda.
ACCION POLITICA
Al analizar la política de Rosas, es complicado aceptar que su gobernanza se limitara a rasgos
autocráticos y violentos. Aunque se reconoce el uso de la violencia y su personalismo, estos no
fueron sus únicos o principales rasgos. Rosas entendió que ignorar las normas y valores
aceptados por la población era difícil y que, para reconstruir la autoridad del Estado,
necesitaba legitimidad. Para lograrlo, buscó negociaciones con diversos poderes establecidos,
instituciones locales y una variedad de ideas y discursos que resonaban con la población.
Cuando Rosas asumió el gobierno en 1829, su meta era restaurar el orden social que
consideraba desmoronado por la inestabilidad política. Aunque su estrategia parecía
contradictoria, se enfocado en reconstruir el orden estatal y social para permitir el crecimiento
de los intereses ganaderos, en los cuales él también estaba involucrado. A pesar de haber
apoyado a los centralistas en el pasado, en 1829 se proclamó defensor del federalismo y buscó
reconstruir el consenso social y dirigir a las clases populares.
Rosas llegó a la conclusión de que no se podía gobernar sin la participación activa de los
sectores populares, quienes eran necesarios para mantener el poder y legitimar los gobiernos.
Esta reflexión se asemejaba a sus experiencias en sus estancias, donde aprendió a interactuar
con la gente común. Un relato de Santiago Vázquez, un agente de Montevideo, resume la
ideología de Rosas en ese momento, enfatizando la importancia de conectar con las clases
bajas, quienes eran esenciales para el orden y la acción.
Rosas reconoció que los gobiernos anteriores habían ignorado a esas clases, por lo que decidió
trabajar para obtener su apoyo, protegiendo sus intereses y actuando como uno más de ellos.
Esto le costó su relación con las élites gobernantes, que se sintieron amenazadas por su
creciente influencia entre las clases populares. A pesar de sus intentos iniciales de alinear los
intereses de las élites con los de otros sectores, las crisis políticas y militares aumentaron la
distancia entre su gobierno y las clases dominantes, incluyendo a muchos terratenientes.
Esto llevó a Rosas a depender más de los sectores rurales humildes, los grupos urbanos
desfavorecidos y aliados indígenas, creando redes de apoyo basadas en la lealtad al
federalismo rosista. Para atraer a estos grupos, Rosas realizó transacciones que involucraban
discursos que exaltaban valores comunes y críticas a las élites, además de hacer concesiones
materiales significativas.
En 1833, durante una crisis en el partido federal, Rosas aconseja a Vicente González que
ofrezca terrenos a personas humildes para ganar su apoyo político. Propone formar una lista
de pobladores que necesiten tierras para cultivar, destacando la importancia de la amistad de
los pobres. También instruye a su esposa para que mantenga buenas relaciones con los
humildes de la ciudad, sugiriendo que les escriba, les haga regalos y los invite a eventos rurales
para fortalecer la lealtad hacia ellos.
Rosas busca negociar con provincias que previamente habían resistido a Buenos Aires y
establece pactos de no agresión y apoyo mutuo con varias de ellas. Su alianza con el
gobernador de Santa Fe, Estanislao López, se vuelve crucial en las relaciones interprovinciales,
así como su colaboración con Facundo Quiroga, un caudillo influyente en la región andina.
Aunque Buenos Aires tiene más recursos, Rosas debe inicialmente atender los intereses de sus
socios provinciales para ganar su apoyo.
La política de Rosas en asuntos indígenas y fronterizos se basa en una combinación de fuerza y
negociación. A través de acuerdos, establece una relación con grupos indígenas que les
permite tener territorios autónomos a cambio de concesiones del Estado de Buenos Aires. Este
enfoque también le ayuda a fortalecer su poder en la frontera y resolver conflictos internos en
la sociedad criolla, con indígenas aliados desempeñando un papel importante en su acceso al
poder en 1829 y en su defensa durante crisis posteriores.
Rosas busca construir consensos y lograr la autoridad que los gobiernos anteriores no
pudieron, reflejando su experiencia en sus estancias y su relación con los campesinos. Su papel
como gobernante y su vida privada están interconectados. Por ejemplo, cuando actúa en sus
estancias para mantener su palabra con los pobladores, también considera su imagen pública.
Su relación con grupos africanos en Buenos Aires influye en su postura respecto a la esclavitud
y en sus estrategias políticas. Estos elementos limitan las posibilidades del Estado y de las
élites para transformar las condiciones existentes, y fortalecen la resistencia de los sectores
subalternos. Esto ayuda a comprender la creciente frustración de las élites, incluidos los
terratenientes, que inicialmente apoyaron a Rosas pero luego se alejan de su gobierno,
respaldando alternativas violentas como la rebelión de los Libres del Sur en 1839 y la invasión
de Lavalle en 1840.