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SOPOR

El proyecto SOPOR exploró la relación entre una experiencia de inmersión en una cueva y su traducción en obras de arte, evitando referencias directas y buscando crear un nuevo género híbrido. Los miembros del colectivo Rosa Chancho, guiados por el espeleólogo Michel Siffre, vivieron tres semanas sin luz ni tiempo, lo que les permitió desarrollar narrativas a través de objetos que representaban diferentes aspectos de su experiencia. La exposición resultante incluyó sonidos, textos y esculturas que reflejaban su búsqueda de una experiencia más íntima y la reflexión sobre el tiempo y la percepción en un contexto contemporáneo.

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SOPOR

El proyecto SOPOR exploró la relación entre una experiencia de inmersión en una cueva y su traducción en obras de arte, evitando referencias directas y buscando crear un nuevo género híbrido. Los miembros del colectivo Rosa Chancho, guiados por el espeleólogo Michel Siffre, vivieron tres semanas sin luz ni tiempo, lo que les permitió desarrollar narrativas a través de objetos que representaban diferentes aspectos de su experiencia. La exposición resultante incluyó sonidos, textos y esculturas que reflejaban su búsqueda de una experiencia más íntima y la reflexión sobre el tiempo y la percepción en un contexto contemporáneo.

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SOPOR

El proyecto tuvo como objetivo provocar una relación tensa y compleja entre una experiencia
previa y su traducción en obras de arte.

La experiencia fue un viaje de campo a una cueva en la provincia de La Rioja. Guiados por el
famoso espeleólogo francés Michel Siffre, el grupo accedió a una zona afótica dentro de la
cueva y permaneció allí durante tres semanas sin ver el sol, un reloj o un calendario, buscando
tener una experiencia cronobiológica grupal (o una experiencia más allá del tiempo).

Para la exposición y después de la experiencia, decidimos crear obras sin referencias directas a
la aventura, evitando la documentación y construyendo nuevas piezas desde cero, buscando la
tensión entre la radical experiencia corporal y mental y el objeto engañoso, decepcionante,
frágil y frío. Queríamos idear un género híbrido de artefacto, un objeto-muleta en el que
pudiéramos apoyarnos para producir un nuevo gesto: una performance de visita guiada donde
los diferentes miembros de Rosa Chancho recrearían la experiencia en distintas narraciones
subjetivas, partiendo del mismo objeto.

Los diferentes objetos fueron funcionales a la narración en dos aspectos:

Por un lado, construyeron una narrativa lineal. En primer lugar, el espectador se enfrentaba a
una imagen hecha con libros; nuestra investigación —previa a la experiencia— sobre los
experimentos cronobiológicos de Siffre, diferentes ciudades utópicas, rituales, el tiempo y
ejercicios radicales para el cuerpo y la mente, referencias del arte contemporáneo y la cultura
pop. Los siguientes objetos narraban la experiencia dentro de la cueva. Una maqueta
escultórica de una roca hecha con papel maché que tenía un pequeño agujero donde el grupo
defecaba (un tubo natural de aire que unía dos salas de la cueva y provocaba succión de aire).
Y un texto que relataba la experiencia dentro de la cueva a través de un sistema particular que
organizaba el tiempo biológico del grupo. Finalmente, el espectador encontraba dos objetos
que eran dispositivos potenciales para reconstruir la historia después de la experiencia. Una
escultura que funcionaba, al mismo tiempo, como podio para conferencias y proyector de
powerpoint, y una pizarra que permitía al grupo dibujar en tiempo real durante las visitas
guiadas.

Por otro lado, cada objeto representaba una exploración narrativa diferente: la
mercantilización de un proceso de investigación, la escultura de papel maché como un
diorama de Museo de Ciencias, el texto escrito como un relato corto de viajero entre hechos y
ficción, la conferencia con su powerpoint y pizarra. Cada objeto tenía una naturaleza híbrida
entre una obra de arte para una galería comercial y el dispositivo o máquina para producir
conocimiento.

De vuelta a la caverna
Después de instalarse un tiempo en una cueva de 14 kilómetros de profundidad en La Rioja,
sin luz solar ni reloj, los miembros del colectivo Rosa Chancho volcaron esa experiencia en una
muestra: sonidos, papeles, definiciones, dibujos, fotos. Pero sobre todo, la intención de
abandonar la vida moderna en busca de una experiencia más íntima por un rato.
Imagínense que un día, cansados de tanta reunión y puntualidad, un grupo de personas se
recluye en una cueva. ¿Cómo contarían el paso del tiempo sin la percepción del día o la noche?
¿Se verían modificadas sus costumbres y humor? ¿De qué se alimentarían? Todas estas
cuestiones se van desplegando de a poco cuando el rumor de la última muestra del grupo Rosa
Chancho se posa sobre nosotros.

Lo poco que sabemos de Rosa Chancho es que, antes que nada, son un grupo de amigos. Lo
segundo que se deduce en Internet es que trabajan en relación con instituciones artísticas
aunque eso no es ley. Cuando se dieron a conocer organizaban muestras que sucedían dentro
y fuera una vidriera vieja, de esos locales amplios que casi no quedan con añejas cortinas que
periódicamente se traban. Era un espacio intermedio, la intersección de la calle y el local,
obligando a los transeúntes a mirar con más dudas que certezas. Cuando le preguntamos a una
estudiosa sobre el colectivo, reflexiona acerca de su nombre: no hubo muchas charlas públicas
en las que el arte se preguntará tan explícitamente un rumbo, y una de esas pocas y excitantes
experiencias fue Rosa Light vs. Rosa Luxemburgo, un encuentro en el paquete Malba, en
donde fue abolida cualquier suspicacia militante a favor de un arte que no debe rendirle
cuentas a nadie. “Cuando ocurre es suficientemente mágico”, parecían sugerir muchos de los
presentes enarbolados detrás de pancartas con sus propias obras: ojos grandes, esculturas
seudonazis tan insólitas como caprichosas, el arte por el arte se multiplicaba en nuestras
huestes... El grito en el cielo, “lo político” era tanto una especulación como una profundidad
incómoda donde bucear. Como apuntaría Godard desde otra década, todos los planos de una
película son políticos y en la búsqueda sesgada de cuál sería el rosa ideal, si un rosa sucio o
apolíneo, apareció el chancho.

La mirada detectivesca se posa sobre el grupo: ¿quiénes son? Acerca de la identidad de sus
miembros nos llegan algunos nombres propios: Mumi (claramente es un alias), Javier Villa
(reconocido crítico porteño), Osías Yanov (ser de buen humor y parsimonia), Julieta García
Vázquez (inquieta, risueña, chispeante) y Tomás Lerner (miembro de vacaciones). No hace
falta repasar lo individual para caer en la cuenta de que un equipo está hecho de encuentros.
¿En cuántas reuniones se descose un idioma autóctono? Invadida la mesa de pizzas que
acaban de llegar, con una caja de herramientas que va de la curaduría de vereda a la
construcción de espacios raros como encendidos pero haciendo gala de lo que es específico
del ser muchos: lo social.

En la muestra que puede visitarse hasta el martes, se encuentran pistas de un notable viaje.
Podríamos fechar el momento en el que Julieta se acercó hasta la puerta de Michel Siffre, un
reconocido cronoarqueólogo, y apretó el timbre de su casa. Era de día, y en contra de las
expectativas, él abrió la puerta y se ofreció a colaborar con el proyecto. El paso siguiente era
largo: hundirse en una cueva de casi 14 km de longitud en donde perder el tiempo, de una vez
por todas.

Los preparativos abarcaron desde pensar una alimentación a base de píldoras de spirulina que
ahorren espacio en la mochila hasta la particular tarea de encontrar la cueva indicada, aquella
que sin presentar riesgos extremos tuviese una superficie amplia por la cual deambular. Un
amplio sistema de cavidades, con varias habitaciones consecutivas o naves, término caro a la
espeleología –la ciencia que investiga estos agujeros milenarios– apareció en Catinzaco,
provincia de La Rioja. Hasta allí se movilizaron. Lo último que hicieron antes de entrar fue
resetear todos los artefactos: celulares, ipods, relojes pulsera... Como un eco de la civilización,
al asomarse encontraron un graffiti: “Deberíamos aprender a dudar de nuestros miedos y
certezas sobre los desastres, así como de nuestros sueños de progreso”. Los primeros días son
apacibles aunque no haya rastros del sol. Mantienen contacto con Siffre a través de Internet,
quien se asegura desde lejos de que todo marche bien. Toman la temperatura del agua que
hay en el lugar, realizan un reconocimiento de la fauna: hay arañas, cangrejos, hormigas y
moscas. Toman medidas y muestras de algunas piedras. El experimento confunde su iniciática
labor como espeleólogos amateurs con el trance que persiste día tras día sin sol ni marca
alguna de tiempo. El sueño se impone por peso propio obligándolos al despertar a hacer todo
tipo de conjeturas acerca de cuánto pasó. La experiencia se traduce semanas después en una
muestra en una galería de Barrio Norte, lugar donde lo aprendido en la cueva toma forma en
objetos: sonidos chirriantes que provienen de una montaña de musgo. Una tarima con
micrófonos símil conferencia de prensa. Cerca, un pizarrón con apuntes abstractos algo tirados
de los pelos. Un marco con anotaciones, literaturas y dibujos afines en donde abrevan sin
orden los apuntes que incluye un poema, la definición de ritual o una National Geographic
donde aparece Siffre en otra mítica exploración de la oscuridad y el tiempo. En la puesta en
sala, coronada por un texto de nueve hojas que narra la experiencia cavernícola, se luce un
universo poco jerarquizado en donde más de uno puede seguir de largo. Por eso, para Rosa
Chancho, militancia sería la amistosa manera en la que ellos rondan su trabajo: sin hacer
marketing proponen encuentros algo más íntimos. La excusa para charlar esta vez serán dos
visitas guiadas en donde encontrarse cara a cara con los artistas y preguntarles personalmente
si es posible salirse de este mundo de compromisos citadinos.

Otra de sus andanzas –coda de este articulo y obra favorita de los años 2000– responde a una
invitación que les hizo Vivi Tellas a un festival de performance. Si pudiésemos mirar la historia
del país en un horizonte amplio nos daríamos cuenta de que cada vez que un grupo de
hombres armados decidió interrumpir los acalorados diálogos y efervescencias propias de cada
época, algunos lazos –por no hablar de vidas– se perdieron para siempre. Sin miedo al divague,
el redactor arremete: el día que los Rosa Chancho orquestaron su pieza Mosh, algo en el
mundo del arte se ablandó e hizo más lugar. Homenajeando un rito clásico de la cultura rock,
la gente desfilaba por una plataforma hasta largarse a las enfervorizadas manos que colmaban
el salón, subrayando ese instante de confianza absoluta en el cual una persona se arroja desde
un escenario y el amor (qué otra palabra le cabe) de los que están abajo toma el cuerpo y lo
pasea por las inmediaciones. En aquella oportunidad, Rosa Chancho mostró sin olvidarse de
Rosa Luxemburgo ni bajar un decibel de alharaca que se puede lograr el tan mentado color
propio.

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