Breve Reseña sobre el Origen y la Historia de la Lluvia Ácida.
El término lluvia ácida fue utilizado por primera vez en 1853 por el químico británico Robert Angus
Smith para calificar las lluvias que caían en la ciudad de Manchester, centro y cuna del industrialismo
británico, y caracterizadas por su acción corrosiva sobre los metales, por la decoloración de la ropa
tendida y por la muerte de distintos vegetales. Cien años después, en 1961, el sueco Svante Odin,
que había instalado una red de aparatos de medida para detectar la acidez del aire y de las
precipitaciones, demostró, a escala de Escandinavia, que dichas lluvias no tenían un origen local, sino
que provenían de las masas de aire que ascendían hacia el norte tras haberse "enriquecido" en la
atmósfera de Gran Bretaña o de Europa del Este con óxidos de azufre y de nitrógeno. Una
comprobación parecida iba a realizarse poco tiempo después en los bosques canadienses a raíz de la
contaminación producida por las emisiones de dióxido de azufre y óxidos de nitrógeno en las zonas
industriales de la costa Este de Estados Unidos. Veinte años después, en la década de los ochenta,
el toque de atención recayó en la acidificación creciente de los bosques de Alemania y de importantes
zonas de Francia, con estudios sobre las consecuencias negativas de las lluvias ácidas, originadas
por la emisión masiva de contaminantes de azufre y nitrógeno en Checoslovaquia, Polonia y la
República Democrática Alemana, sobre la flora de los bosques y de la fauna de los lagos. El origen de
las emanaciones de azufre tuvieron su origen preponderantemente en la actividad minera de los
sulfuros, con la que se emitían gran cantidad de SO2 a la atmósfera. Masas enormes de material
empezaron a tostarse y hacia 1920, en Sudbury (Ontario, Canadá). En consecuencia, el entorno de
esa ciudad se volvió extraño: "los árboles desaparecen y el suelo se queda desnudo". Las aguas del
río Sudbury empezaron a llevar importantes cantidades de metales pesados, sulfuros, Al, Fe, SH2
(tóxico en disolución). El ecosistema quedó gravemente dañado. Se perdieron grandes masas de
vegetación, el medio se volvió abiótico y el suelo sufrió fuertes erosiones. La superficie afectada superó
el medio millón de hectáreas. Se intentó su recuperación, pero los costos de recuperación fueron
mayores que los beneficios de la mina (la más grande del mundo).
En Europa también se empezaron a notar efectos similares, así en Noruega en la década de los 70,
los lagos empezaron a enfermar, especies de peces morían. Lo mismo ocurrió en Finlandia donde
también se vieron afectados los suelos, así como un debilitamiento forestal que afectó sobre todo a
las coníferas cuyas hojas amarilleaban y caían. En Suecia se dieron cuenta que Alemania emitía gran
cantidad de SO2 a la atmósfera: SO2 + oxidante =====> SO3 + H20 <====> H2SO4 Una
consecuencia de este proceso se traduce en la acidificación del suelo. No obstante los efectos
perjudiciales de esta lluvia ácida se manifestaron en Noruega, sometida a emisiones de S bastante
bajas fertilizantes añadidos a los suelos en dosis excesiva y los procesos naturales similares que se
producen en las zonas de manglares, arrozales, volcanes, etc. Actualmente se concentran en los
países de mayor desarrollo económico, pero progresivamente se están extendiendo a otras áreas.
LA CONTAMINACIÓN DEL SUELO
EL suelo es la parte exterior de la corteza terrestre y está íntimamente vinculado con la vida y con las
actividades del hombre; constituye un intermedio (interfase) imprescindible entre la atmósfera y la
hidrosfera. En la composición química del suelo intervienen los elementos geológicos del subsuelo, el
aporte de los vientos, de las aguas y los residuos de la actividad de la vida orgánica. En él se producen
procesos que lo mantienen en continua transformación. Está constituido por proporciones variables de
arena, de arcilla, de limo y de materia orgánica (humus); la mayor proporción de uno u otro elemento
define al suelo como: arenoso, areno-arcilloso, arcillo-arenoso, arcilloso, limoso, limo-arenoso, etc. La
porosidad del suelo permite que penetren en él, aire, gases y agua. El suelo es el hábitat natural de
numerosos microorganismos. Se estima que en un gramo de tierra se encuentran entre cien mil a
cincuenta millones de microorganismos. Los microorganismos se agrupan en colonias; las vecinas a
las superficies son aeróbias (realizan sus ciclos vitales en presencia de oxígeno), las otras son
anaerobias (realizan sus ciclos vitales en ausencia de oxígeno o en presencia de pequeñas cantidades
de éste). Las colonias de estos microorganismos son agentes desintegradores de la materia orgánica
que vuelve al suelo desde las plantas y los desechos y restos de animales, convirtiéndola en sustancias
minerales que son reabsorbidas luego por los vegetales, cerrando el ciclo de la materia. También
pueden desarrollarse bacterias patógenas, que permanecen vivas en este medio largo tiempo y que
transmiten enfermedades tales como el cólera, el tétano, el carbunclo, la gangrena gaseosa y la
tuberculosis, entre otras. Las bacterias se disponen en las capas superiores del suelo, la mayor parte
dentro de los primeros 40 cm. Aun en tierras muy porosas nunca exceden los 3 m de profundidad. Es
por ello que el agua subterránea de las napas inferiores, normalmente no se encuentra contaminada.
Concepto de contaminación del suelo
Un suelo se puede degradar al acumularse en él sustancias en niveles tales que repercuten
negativamente en su comportamiento. Las sustancias, a esos niveles de concentración, se vuelven
tóxicas para los organismos del suelo. Se trata pues de una degradación química que provoca la
pérdida parcial o total de la productividad del suelo. Se puede distinguir entre contaminación natural,
frecuentemente endógena, y contaminación antrópica, siempre exógena. Un ejemplo de
contaminación natural es el proceso de concentración y toxicidad que muestran determinados
elementos metálicos, presentes en los minerales originales de algunas rocas a medida que el suelo
evoluciona. Un caso significativo se produce sobre rocas con altos contenidos de Cr, Ni, Cu, Mn...,
cuya edafogénesis en suelos con fuertes lavados origina la pérdida de los elementos más móviles,
prácticamente todo el Mg, Ca y, en ocasiones, hasta gran parte del Si, con lo que los suelos residuales
fuertemente evolucionados presentan elevadísimas concentraciones de aquellos elementos metálicos,
que hacen a estos suelos susceptibles de ser utilizados como menas metálicas. Otro ejemplo de
aparición natural de una anomalía de alta concentración de una forma tóxica se produce en la
evolución acidificante de los suelos por la acción conjunta de la hidrólisis, lavado de cationes, presión
de CO2 y ácidos orgánicos que, progresivamente, conducen a una mayor concentración de Al disuelto
y a un predominio de especies nocivas como Al+++ o las formas Al-OH escasamente polimerizadas.
Los fenómenos naturales pueden ser causas de importantes contaminaciones en el suelo. Es conocido
el hecho de que un solo volcán activo puede aportar mayores cantidades de sustancias externas y
contaminantes, como cenizas, metales pesados, H+ y SO4-2, que varias centrales térmicas de carbón.
Sin embargo, las causas más frecuentes de contaminación son debidas a la actuación antrópica, que
al desarrollarse sin la necesaria planificación producen un cambio negativo de las propiedades del
suelo. En los estudios de contaminación de suelos, no basta con detectar la presencia de
contaminantes sino que se han de definir los máximos niveles admisibles y además se han de analizar
posibles factores que puedan influir en la respuesta del suelo a los agentes contaminantes, como son:
vulnerabilidad, poder de amortiguación, movilidad, biodisponibilidad, persistencia y carga crítica, que
pueden modificar los denominados "umbrales generales de la toxicidad" para la estimación de los
impactos potenciales y la planificación de las actividades permitidas y prohibidas en cada tipo de
medio. Vulnerabilidad. Representa el grado de sensibilidad (o debilidad) del suelo frente a la agresión
de los agentes contaminantes. Este concepto está relacionado con la capacidad de amortiguación. A
mayor capacidad de amortiguación, menor vulnerabilidad. El grado de vulnerabilidad de un suelo frente
a la contaminación depende de la intensidad de afectación, del tiempo que debe transcurrir para que
los efectos indeseables se manifiesten en las propiedades físicas y químicas de un suelo y de la
velocidad con que se producen los cambios secuenciales en las propiedades de los suelos en
respuesta al impacto de los contaminantes. Permite diferenciar los riesgos potenciales de diferentes
actividades o predecir las consecuencias de la continuación en las condiciones actuales.
En muchas ocasiones, resulta difícil obtener los grados de sensibilidad de los suelos frente a un
determinado tipo de impacto, debido a la fuerte heterogeneidad de los suelos, incluso para suelos muy
próximos. • Poder de amortiguación. El conjunto de las propiedades físicas, químicas y biológicas del
suelo lo hacen un sistema clave, especialmente importante en los ciclos biogeoquímicos superficiales,
en los que actúa como un reactor complejo, capaz de realizar funciones de filtración, descomposición,
neutralización, inactivación, almacenamiento, etc. Por todo ello el suelo actúa como barrera protectora
de otros medios más sensibles, como los hidrológicos y los biológicos. La mayoría de los suelos
presentan una elevada capacidad de depuración. Esta capacidad de depuración tiene un límite
diferente para cada situación y para cada suelo. Cuando se alcanza ese límite el suelo deja de ser
eficaz e incluso puede funcionar como una "fuente" de sustancias peligrosas para los organismos que
viven en él o de otros medios relacionados. Un suelo contaminado es aquél que ha superado su
capacidad de amortiguación para una o varias sustancias, y como consecuencia, pasa de actuar como
un sistema protector a ser causa de problemas para el agua, la atmósfera, y los organismos. Al mismo
tiempo se modifican sus equilibrios biogeoquímicos y aparecen cantidades anómalas de determinados
componentes que originan modificaciones importantes en las propiedades físicas, químicas y
biológicas del suelo. El grado de contaminación de un suelo no puede ser estimado exclusivamente a
partir de los valores totales de los contaminantes frente a determinados valores guía, sino que se hace
necesario considerar la biodisponibilidad, movilidad y persistencia (Calvo de Anta, 1997).
Por biodisponibilidad se entiende la asimilación del contaminante por los organismos, y en
consecuencia la posibilidad de causar algún efecto, negativo o positivo. • La movilidad regulará la
distribución del contaminante y por tanto su posible transporte a otros sistemas. • La persistencia
regulará el periodo de actividad de la sustancia y por tanto es otra medida de su peligrosidad. • Carga
crítica. Representa la cantidad máxima de un determinado componente que puede ser aportado a un
suelo sin que se produzcan efectos nocivos. Este concepto de carga crítica explica, por ejemplo, por
qué los efectos de la lluvia ácida aparecieron de forma más alarmante en los países Escandinavos
que en los de Centro Europa, estos últimos con valores de precipitación ácida más altos.
Las Causas de la Contaminación del Suelo
Las causas de contaminación del suelo pueden deberse a las aguas superficiales que forman terrenos
anegadizos propicios para la creación de focos de propagación de insectos transmisores de
enfermedades; el depósito de residuos sólidos sobre la superficie que origina la proliferación de ratas
y moscas; el enterramiento de desechos orgánicos, sin tomar los recaudos necesarios; los residuos
industriales de tipo no degradables y las infiltraciones de los derivados del petróleo, y por último el
empleo incontrolado de pesticidas e insecticidas en las actividades agroganaderas. El balance de
entradas y salidas de elementos en el suelo muestra que, en la actualidad, la concentración de metales
en su superficie tiende a aumentar a escala global, en forma paralela a la mayor actividad agrícola e
industrial. La contaminación con algunos metales pesados como cadmio (Cd) y plomo (Pb) en las
zonas urbanas es tan elevada, que el conocimiento de su contenido puede indicar si el suelo es urbano
o rural. También es importante el contenido de otros elementos con peligro de toxicidad como cobre
(Cu), cinc (Zn), níquel (Ni), cromo (Cr) y mercurio (Hg) por los efectos que ejercen sobre la salud
humana. Los ríos que atraviesan los centros urbanos e industriales, como es el caso del río
Reconquista, en la Capital Federal, el río Salí o Dulce en la provincia de Tucumán y Santiago del
Estero, son tema de estudios por la carga de contaminantes que llevan sus aguas. Por su ubicación
geográfica, las cuencas de estos ríos se hallan también sujeta a la deposición de partículas
atmosféricas que contienen elementos tóxicos provenientes de la actividad humana de las ciudades,
como el Pb generado por la combustión de los automóviles y desechossólidos domiciliarios,
industriales y de las estaciones de servicio y talleres mecánicos, que constituyen un reservorio
importante de metales tóxicos. La contaminación del suelo afecta principalmente a las zonas rurales
con intensa actividad agrícola y ganadera, o donde se combinan con elementos de la agroindustria. El
crecimiento demográfico registrado a partir de los años cincuenta, ha provocado una expansión de las
tierras cultivadas, con la consiguiente deforestación y desertificación de amplias áreas de la Tierra y
ha estimulado la adopción de la agricultura industrial, basada en el empleo masivo de abonos
artificiales. Éstos ya eran utilizados a finales del siglo XIX. Su uso pasó de 14 millones de toneladas
en 1950 a 143 millones en 1990. Los pesticidas, utilizados para el control de plagas y enfermedades
y en el control de las tareas agrícolas se multiplicaron por 34 entre 1950 y 1990. En los últimos años
ha ido ganando terreno la idea de que la agricultura industrial, la cual permite inicialmente un
importante aumento de la productividad de las actividades agroganaderas, conlleva graves riesgos
ecológicos, ya que da origen a la acumulación de sustancias tóxicas en el medio ambiente como
resultado de la aplicación masiva de pesticidas y agroquímicos en general. Estos tóxicos acaban por
introducirse en las cadenas tróficas y en los alimentos, con lo que además de provocar una drástica
reducción de la abundancia y diversidad de vida animal comprometen la salud humana. A finales del
siglo XX, al menos en los países desarrollados, parece haberse alcanzado un límite en el uso de
productos químicos en la agricultura. Existe una conciencia creciente de que el medio ambiente no
puede soportar indefinidamente la acumulación de tóxicos y, además, las poblaciones de insectos
acaban por hacerse resistentes frente a un determinado plaguicida, lo que obliga a usar cantidades
cada vez mayores o recurrir a productos más tóxicos. Actualmente, se busca la solución a este dilema
en el desarrollo de métodos de control biológico; pero, por el contrario, en los países subdesarrollados
o en vías de desarrollados el uso de pesticidas va en aumento, debido a la necesidad de elevar el
rendimiento de las nuevas tierras puestas en cultivo. El desarrollo de plaguicidas químicos ha tenido
un profundo efecto en la lucha del hombre contra las plagas de la agricultura. En la mayoría de los
casos, estos insecticidas han sido incorporados en un programa sistemático de control de plagas,
tratando de no causar ningún daño a los seres humanos o al medio ambiente. Sin embargo, los
plaguicidas químicos no constituyen una solución definitiva para controlar cualquier tipo de plaga. Su
abuso puede ser antieconómico, provocar graves daños a los ecosistemas y comprometer la salud
humana. Los plaguicidas, fitosanitarios, pesticidas, biocidas y productos agroquímicos son términos
diferentes usados para nombrar a los productos biológicamente activos, generalmente de origen
químico, destinados al control de plagas. Los plaguicidas pueden ser de tres tipos: insecticidas
(utilizados para el control de insectos), fungicidas (utilizados para el control de hongos) y herbicidas
(utilizados para el control de las malezas). Los abonos químicos aumentan los rendimientos, pero su
uso continuo modifica la naturaleza del suelo, sobre todo por las impurezas que ellos contienen.
Generalmente se trata de restituir al suelo fosfatos, nitratos, potasio, etc. El aporte de nitratos en
exceso puede constituir un riesgo para la salud humana; la espinaca, por ejemplo, tiene la tendencia
de acumular nitratos en sus tejidos. En el proceso de conservación de los alimentos éstos corren el
riesgo de transformarse en nitritos, los cuales, en el intestino humano, pueden convertirse en
compuestos cancerígenos. El empleo de plaguicidas implica múltiples riesgos para la salud humana,
ya que pueden producir daños locales cuando entran en contacto con la piel, o trastornos generales si
son inhalados o ingeridos. Hay que evitar cuidadosamente estos tres caminos de entrada en el
organismo para que no se puedan producir intoxicaciones. Ya se ha mencionado los riesgos de los
organoclorados cuando se trató sobre el DDT. Se puede decir que todos estos insecticidas se
caracterizan por ser muy estables, por lo tanto, pueden permanecer decenas de años en el suelo sin
descomponerse. Los compuestos organofosforados y otros compuestos fosfóricos, altamente tóxicos,
presentan la ventaja de ser selectivos y biodegradables.
Como ya se ha mencionado anteriormente las lluvias ácidas producen cambios en las propiedades
físico – química de los suelos. Las deposiciones ácidas están constituidas por compuestos de N y S
que en una fase posterior pueden formar ácido nítrico o sulfúrico. Aunque en la propia atmósfera se
puede producir una parcial neutralización por NH3, lo normal es que éstos compuestos se transmitan
a los suelos, de tal forma que provocan un aumento en la acidez de estos. La acidez no neutralizada
por las copas de los árboles entra en el suelo vía infiltración y escorrentía. La acidificación de los suelos
tiene los siguientes efectos: • Reduce los nutrientes al variar su ciclo. • Provoca la movilización de
elementos tóxicos como el aluminio (soluble a pH < 4.2). • Incrementa de la movilidad de metales
pesados. • Provoca variaciones en la composición y estructura de la microflora y microfauna.
Conceptualmente la acidificación equivale a: • Disminución del pH. • Disminución de la saturación en
bases. • Aumento en la proporción de H+ y Al+++ en el complejo de cambio.