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Descartes Primera

El prólogo de la segunda edición discute la evolución del conocimiento y la lógica, señalando que la lógica ha mantenido su curso desde Aristóteles sin retrocesos, mientras que la metafísica aún busca un camino seguro hacia la ciencia. Se enfatiza la importancia de un cambio de método en la metafísica, sugiriendo que los objetos deben conformarse a nuestro conocimiento a priori, en lugar de basarse únicamente en la experiencia. La obra sugiere que, al igual que la matemática y la ciencia natural, la metafísica podría beneficiarse de esta revolución metodológica para avanzar en su comprensión.

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Descartes Primera

El prólogo de la segunda edición discute la evolución del conocimiento y la lógica, señalando que la lógica ha mantenido su curso desde Aristóteles sin retrocesos, mientras que la metafísica aún busca un camino seguro hacia la ciencia. Se enfatiza la importancia de un cambio de método en la metafísica, sugiriendo que los objetos deben conformarse a nuestro conocimiento a priori, en lugar de basarse únicamente en la experiencia. La obra sugiere que, al igual que la matemática y la ciencia natural, la metafísica podría beneficiarse de esta revolución metodológica para avanzar en su comprensión.

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PRÓLOGO DE LA SEGUNDA EDICIÓN-*

B VII

Si la elaboración de los conocimientos pertenecientes al dominio de la


razón llevan o no el camino seguro de una ciencia, es algo que pronto
puede apreciarse por el resultado. Cuando, tras muchos preparativos
y aprestos, la razón se queda estancada inmediatamente de llegar a su
fin; o cuando, para alcanzarlo, se ve obligada a retroceder una y otra
vez y a tomar otro camino; cuando, igualmente, no es posible poner
de acuerdo a los distintos colaboradores sobre la manera de realizar el
objetivo común; cuando esto ocurre se puede estar convencido de que
semejante estudio está todavía muy lejos de haber encontrado enca­
mino seguro de una ciencia: no es más que un andar a tientas. -¥~cons-
tituye un mérito de la razón averiguar dicho camino, dentro de lo
posible, aun a costa de abandonar como inútil algo que se hallaba con­
tenido en el fin adoptado anteriormente sin reflexión.
Que la lógica ha tomado este camino seguro desde los tiempos BViii
más antiguos es algo que puede inferirse del hecho de que no ha ne- i ,
cesitado dar ningún paso atrás desde Aristóteles, salvo que se quieran
considerar como correcciones la supresión de ciertas sutilezas innece­
sarias o la clarificación de lo expuesto, aspectos que afectan a la ele­
gancia, más que a la certeza de la ciencia. Lo curioso de la lógica es
que tampoco haya sido capaz, hasta hoy, de avanzar un solo paso.^
Según todas las apariencias se halla, pues, definitivamente concluida.
En efecto, si algunos autores modernos han pensado ampliarla a base
introducir en ella capítulos, bien sea psicológicos, sobre las distintas
facultades de conocimiento (imaginación, agudeza), bien seametafísi-
Cos, sobre el origen del conocimiento o de los distintos tipos de certe-
Za> de acuerdo con la diversidad de objetos (idealismo, escepticismo,

’4 Del año 1787. (N. del T.)


Crítica de la razón pura
16
sea antropológicos, sobre los prejuicios (sus causas y |os *
etc.), bien sea
contra), ello procede déla ignorancm de tales autores aCer
medios en c «uliar de esa ciencia. [Link] que las efe^
ra riel carácter .
■ ; n0
- no es ampliarlas, sino desfigurarías. Áknr
invadan mutuamente no es p
los límites de la lógica están señalados con plena exactitud por
bien, 1—
-> hace más que exponer detalladamente v de
BIX ser una ciencia que no
igor las reglas formales de todo pensamiento, sea éste a
mostrar con rigor
nriori o empírico, sea cual sea su comienzo o su objeto, sean los
sean los obstáculos, fortuitos o naturales, que encuentre en nuestro

psiquismo. . z . . z .
El que la lógica haya tenido semejante éxito se debe únicamente a
su limitación, que la habilita, y hasta la obliga, a abstraer de todoslj
objetos de conocimiento y de sus diferencias. En la lógica el entendi­
miento no se ocupa más que de sí mismo y de su forma. Naturalmen­
te, es mucho más difícil para la razón tomar el camino seguro de la
ciencia cuando no simplemente tiene que tratar de si misma, sino
también de objetos. De ahí que la lógicálen_cuanto propedéutica,
constituya simplemente el vestíbulo, por así decirlo, de las ciencias y
aunque se presupone una lógica para enjuiciar los conocimientos con­
cretos que se abordan, hay que buscar la adquisición de éstos en las
ciencias propia y objetivamente dichas.
Ahora bien, en la medida en que ha de haber razón en dichas cien­
cias, tiene que conocerse en ellas algo a priori, y este conocimiento
puede poseer dos tipos de relación con su objeto: o bien para determi-
bx nar simplemente este último y su concepto (que ha de venir dado por
otro lado), o bien para convertirlo en realidad. La primera relación
constituye el conocimiento teórico de la razón; la segunda, el conoci­
miento práctico. De ambos conocimientos ha de exponerse primero
por separado la parte pura —sea mucho o poco lo que contenga—, a
saber, la parte en la que la razón determina su objeto enteramente a
priori, y posteriormente lo que procede de otras fuentes, a fin de que
no se confundan las dos cosas. En efecto, es ruinoso el negocio cuando
se gastan ciegamente los ingresos sin poder distinguir después, cuan-
aquél no marcha, cuál es la cantidad de ingresos capaz de soportar
e gasto y cual es la cantidad en que hay que reducirlo.
c atemática y \ü física son los dos conocimientos teóricos de la
d e e en determinar sus objetos a priori. La primera de forma
estandmentC se^unc^a’ de forma al menos parcialmente pura,
miento diTfr°nCeSjSU?eta ta^ ^eterrnmación a otras fuentes de conocí'
miento distintas de la razón
Prologo
_____________ 17
u matemática ha tomado el camino g_
ios primeros tiempos a los que alcanza ,a b¡seguro
^° de ^ la ciencia desde
en el admirable pueblo griego. Pero no se pie . la razón humana,
no se
fácil como a la lógica -en la que la raz6n LTX piense que le sido tan
k ha sido tan
únicamente se ocupa de sí
misma— el hallar, o más bien, el abrir
por sí misma ese camino real,
Creo, por el contrario, que ha permanecido lo much ' real- BXi
a tientas (especialmente entre los egipcios) v o k° andando
cambio a una revolución llevada a cabo en un e atribuir tal
de un solo hombre. A partir de este ensayo no7 o Wiz
dir la ruta a tomar, y el camino seguro de la ciencia d 1“ C°nfun_
e iniciado para siempre y con alcance ilimitado nT'v traZado
revolución del pensamiento, mucho más imnoirJ, “ h'S‘°?a de la
brimiento del conocido cabo de Buena Esperanza ni la Ti 'f
do que la realizó, se nos ha conservado. Sin embargo la f af°,rtUna'
nos transmite Diógenes Laercio -quien nombra ai iupuZto"dX
br,dor de los mas pequeños elementos de las demostrares geomé’
meas y, según el juico de la mayoría, no necesitados siquiera de nrue
ba alguna- demuestra que el recuerdo del camb.o sobrevenido al
vislumbrarse este nuevo camino debió ser considerado por los mate
máticos como muy importante y que, por ello mismo, se hizo inolvi­
dable. Una nueva luz se abrió al primero (llámese Tales o como se
quiera) que demostró el triángulo equilátero.-s En efecto, advirtió Bxn
que no debía indagar lo que veía en la figura o en el mero concepto de
ella y, por así decirlo, leer, a partir de ahí, sus propiedades, sino ex­
traer éstas a priori por medio de lo que él mismo pensaba y exponía
(por construcción) en conceptos. Advirtió también que, para saber a
priori algo con certeza, no debía añadir a la cosa sino lo que necesaria­
mente se seguía de lo que él mismo, con arreglo a su concepto, había
puesto en ella.
La ciencia natural tardó bastante más en encontrar la vía grande
de la ciencia. Hace sólo alrededor de un siglo y medio que la propues­
ta del ingenioso Baco de Verulamio en parte ocasionó el descubri-
•niento de la ciencia y en parte le dio más vigor, al estarse ya sobre la
pista de la misma. Este descubrimiento puede muy bien ser explicado
'guairnente por una rápida revolución previa en el pensamiento. Sólo
me heriré aquí a la ciencia natural en la medida en que se basa en
Principios empíricos.

15 «isósceles», si, de acuerdo con Rosenkranz, se leegZwctó»#


fcichseitig, (N. del T.)
Crítica de la razón pura
io ______ _______ _—- ---- ---- ----------------------- -------
Cuando Galileo hizo bajar por el plano inclinado unas bolas de
peso elegido por él mismo, o cuando Torncelli hizo que el airc »
viera un peso que él, de antemano, hab.a supuesto equivalente a|
un determinado volumen de agua, o cuando mas tarde, Stahl tra '
B xin formó metales en cal y ésta de nuevo en metal, a base de quitarles.
y devolvérselo,16 entonces los investigadores de la naturaleza Cot!
prendieron súbitamente algo. Entendieron que la razón sólo reconOce
lo que ella misma produce según su bosquejo, que la razón tiene qUe
anticiparse con los principios de sus juicios de acuerdo con leyes Cons
tantes y que tiene que obligar a la naturaleza a responder sus pregUn.
tas, pero sin dejarse conducir con andaderas, por así decirlo. De l0
contrario, las observaciones fortuitas y realizadas sin un plan pre.
vio no van ligadas a ninguna ley necesaria, ley que, de todos modos, la
razón busca y necesita. La razón debe abordar la naturaleza llevan­
do en una mano los principios según los cuales sólo pueden conside­
rarse como leyes los fenómenos concordantes, y en la otra, el experi­
mento que ella haya proyectado a la luz de tales principios. Aunque
debe hacerlo para ser instruida por la naturaleza, no lo hará en cali­
dad de discípulo que escucha todo lo que el maestro quiere, sino como
juez designado que obliga a los testigos a responder a las preguntas
BXIV que él les formula. De modo que incluso la física sólo debe tan prove­
chosa revolución de su método a una idea, la de buscar (no fingir) en
la naturaleza lo que la misma razón pone en ella, lo que debe apren­
der de ella, de lo cual no sabría nada por sí sola. Unicamente de esta
forma ha alcanzado la ciencia natural el camino seguro de la ciencia,
después de tantos años de no haber sido más que un mero andar a
tientas.
La metafísica, conocimiento especulativo de la razón, completa­
mente aislado, que se levanta enteramente por encima de lo que en­
seña la experiencia, con meros conceptos (no aplicándolos a la intui­
ción, como hacen las matemáticas), donde, por tanto, la razón ha de
ser discípula de sí misma, no ha tenido hasta ahora la suerte de poder
tomar el camino seguro de la ciencia. Y ello a pesar de ser más anti
gua que todas las demás1? y de que seguiría existiendo aunque estas
desaparecieran totalmente en el abismo de una barbarie que lo amqu
lara todo. Efectivamente, en la metafísica la razón se atasca continua

16 No sigo exactamente el hilo de la historia del método experimental, cuy

comienzos siguen siendo mal conocidos. (N. del A.) . T.)


7 Entendiendo, de acuerdo con Erdmann, übrigen, en lugar de übrige- (
Prólogo
- ------------ ------- — —_19
mente, incluso cuando, hallándose frente a leyes que la experiencia
más ordinaria confirma ella se empeña en conocerlas a priori Incon
tables veces hay que volver atrás en la metafísica, ya que se advierte
que el camino no conduce a donde se quiere ir. Por lo que toca a la
unanimidad de lo que sus partidarios afirman, está aún tan lejos de ser
BXV
un hecho, que más bien es un campo de batalla realmente destina­
do, al parecer, a ejercitar las fuerzas propias en un combate donde
ninguno de los contendientes ha logrado jamás conquistar el más pe­
queño terreno ni fundar sobre su victoria una posesión duradera. No
hay, pues, duda de que su modo de proceder ha consistido, hasta la
fecha, en un mero andar a tientas y, lo que es peor, a base de simples
conceptos.
¿A qué se debe entonces que la metafísica no haya encontrado to­
davía el camino seguro de la ciencia? ¿Es acaso imposible? ¿Por qué,
pues, la naturaleza ha castigado nuestra razón con el afán incansable
de perseguir este camino como una de sus cuestiones más importan­
tes? Más todavía: ¡qué pocos motivos tenemos para confiar en la ra­
zón si, ante uno de los campos más importantes de nuestro anhelo de
saber, no sólo nos abandona, sino que nos entretiene con pretextos
vanos y, al final, nos engaña! Quizá simplemente hemos errado dicho
camino hasta hoy. Si es así, ¿qué indicios nos harán esperar que, en
una renovada búsqueda, seremos más afortunados que otros que nos
precedieron?
Me parece que los ejemplos de la matemática y de la ciencia natu­
ral, las cuales se han convertido en lo que son ahora gracias a una re­
volución repentinamente producida, son18 lo suficientemente notables BXVI
como para hacer reflexionar sobre el aspecto esencial de un cambio de
método que tan buenos resultados ha proporcionado en ambas cien­
cias, así como también para imitarlas, al menos a título de ensayo,
dentro de lo que permite su analogía, en cuanto conocimientos de
razón, con la metafísica. Se ha supuesto hasta ahora que todo nuestro
conocer debe regirse por los objetos. Sin embargo, todos los intentos
realizados bajo tal supuesto con vistas a establecer a priori, mediante
conceptos, algo sobre dichos objetos —algo que ampliara nuestro co­
nocimiento— desembocaban en el fracaso. Intentemos, pues, por una
Vez> si no adelantaremos más en las tareas de la metafísica suponiendo
qne los objetos deben conformarse a nuestro conocimiento, cosa que
concuerda ya mejor con la deseada posibilidad de un conocimiento a

’8 Leyendo Waren, en lugar de Ware, de acuerdo con Rosenkranz. (N. del T.)
Oto de la razón pura
20

priori de dichos objetos, un [Link] que pretende estal),


algo sobre éstos antes de que nos sean dados. Ocurre aquí con,'"'
los primeros pensamientos de Copérmco. Este vtendo que no
guía explicar los movimientos celestes si aceptaba que todo el ejér
de estrellas giraba alrededor del espectador, probó si no obtendría
jores resultados haciendo girar al espectador y dejando las estre||a,
B XVII reposo. En la metafísica se puede hacer el mismo ensayo, en ]0
atañe a la intuición de los objetos. Si la intuición tuviera que re„¡r e
por la naturaleza de los objetos, no veo cómo podría conocerse algo?
priori sobre esa naturaleza. Si, en cambio, es el objeto (en cuanto oV
jeto de los sentidos) el que se rige por la naturaleza de nuestra facuJ
tad de intuición, puedo representarme fácilmente tal posibilidad
Ahora bien, como no puedo pararme en estas intuiciones, si se las
quiere convertir en conocimientos, sino que debo referirlas a algo
como objeto suyo y determinar éste mediante las mismas, puedo su
poner una de estas dos cosas: o bien los conceptos por medio de los
cuales efectúo esta determinación se rigen también por el objeto y
entonces me encuentro, una vez más, con el mismo embarazo sóbrela
manera de saber de él algo a priori; o bien supongo que los objetos o
lo que es lo mismo, la experiencia, única fuente de su conocimiento (en
cuanto objetos dados), se rige por tales conceptos. En este segundo
caso veo en seguida una explicación mas fácil, dado que la misma ex­
periencia constituye un tipo de conocimiento que requiere entendi­
miento y éste posee unas reglas que yo debo suponer en mí ya antes de
que los objetos me sean dados, es decir, reglas a priori. Estas reglas se
bx\ ni expresan en conceptos a priori a los que, por tanto, se conforman ne­
cesariamente todos los objetos de la experiencia y con los que deben
concordar. Por lo que se refiere a los objetos que son meramente pen­
sados por la razón —y, además, como necesarios—, pero que no pue-
en ser dados (al menos tal como la razón los piensa) en la experien-
’ ígamos que las tentativas para pensarlos (pues, desde luego, tiene
9 posible pensarlos) proporcionarán una magnífica piedra de
oque e o que consideramos el nuevo método del pensamiento, a
> q sólo conocemos a priori de las cosas lo que nosotros mis
mos ponemos en ellas.19

-------------"T buscar l°sele'


19 Este método, tomado del que usa el físico, consiste, pues, un expe<l
mentos de la razón pura en lo que puede confirmarse o refutarse me espeC'1'
mentó. Ahora bien, para examinar las proposiciones de la razón pos¡be’
mente las que se aventuran más allá de todos los límites de la |a física)- 0
no puede efectuarse ningún experimento con sus objetos (al nao o
Prólogo
21
Este ensayo obtiene el resultado apetecido y prometf, ,
parte de la metafísica el camino seguro de la ciencia <! , ’ Pnm'ra
primera parte se ocupa de conceptos a priori cuyos obiétos ’
dientes pueden darse en la experiencia adecuada. En efecto 'SP°n’
dicha transformación del pensamiento, se puede explicar muy bfenTa “
posibihdad de un conocimiento a priori y, más todavía, se pueden
proporcionar pruebas satisfactorias a las leyes que sirven de base a
priori de la naturaleza entendida ésta como compendio de los objetos
de la experiencia. Ambas cosas eran imposibles en el tipo de procedí
miento empleado hasta ahora. Sin embargo, de la deducción de nues­
tra capacidad de conocer a priori en la primera parte de la metafísica
se sigue un resultado extraño y, al parecer, muy perjudicial para el
objetivo entero de la misma, el objetivo del que se ocupa la segunda
parte. Este resultado consiste en que, con dicha capacidad, jamás po­
demos traspasar la frontera de la experiencia posible, cosa que consti­
tuye precisamente la tarea más esencial de esa ciencia. Pero en ello
mismo reside la prueba indirecta de la verdad del resultado de aquella b xx
primera apreciación de nuestro conocimiento racional a priori, a sa­
ber, que éste sólo se refiere a fenómenos y que deja, en cambio, la cosa
en sí como no conocida por nosotros, a pesar de ser real por sí misma.
Pues lo que nos impulsa ineludiblemente a traspasar los límites de la
experiencia y de todo fenómeno es lo incondicionado que la razón, ne­
cesaria y justificadamente, exige a todo lo que de condicionado hay en
las cosas en sí, reclamando de esta forma la serie completa de las con­
diciones. Ahora bien, suponiendo que nuestro conocimiento empírico
se rige por los objetos en cuanto cosas en sí, se descubre que lo incon­
dicionado no puede pensarse sin contradicción', por el contrario, supo­
niendo que nuestra representación de las cosas, tal como nos son da­
das, no se rige por éstas en cuanto cosas en sí, sino que más bien esos
objetos, en cuanto fenómenos, se rigen por nuestra forma de repre
sentación,¿fé>5'óz/?aré,cé> la contradicción. Si esto es así y si, por consiguien

consiguiente, tal experimento con conceptos y principios supuestos a priori


actible si podemos adoptar dos puntos de vista diferentes. po> una paite, ~ .
Zandolos de forma que tales objetos puedan ser considerados como o je g
^ntidos y de la razón, como objetos relativos a la experiencia,por o ,a> so¡3re_
Os ñeramente pensados, como objetos de una razón ais a a y que ¿oble
Pasar todos los límites de la experiencia. Si descubrimos que, a op
de vista, se produce el acuerdo con el principio de la razón pura y que
ambio, surge un inevitable conflicto de la razón consigo mis e¡. correcta
üs Un solo punto de vista, entonces es el experimento e qu
dlstinción. (N. del A.)
Crítica de la razón pura
22

te, se descubre que lo incondicionado no debe hallarse en las cosas


cuanto las conocemos (en cuanto nos son dadas), pero sí, en can^
en las cosas en cuanto no las conocemos, en cuanto cosas en sí, ento ’
ces se pone de manifiesto que lo que al comienzo admitíamos a títd
BXXI de ensayo se halla justificado.20 Nos queda aún por intentar, despu¿
de haber sido negado a la razón especulativa todo avance en el terreaS
suprasensible, si no se encuentran datos en su conocimiento práctico
para determinar aquel concepto racional y trascendente de lo ¡ncon°
dicionado y sobrepasar, de ese modo, según el deseo de la metafísica
los límites de toda experiencia posible con nuestro conocimiento a
priori, aunque sólo desde un punto de vista práctico. Con este proce­
dimiento la razón especulativa siempre nos ha dejado, al menos, sitio
para tal ampliación, aunque tuviera que ser vacío. Tenemos, pues, li­
bertad para llenarlo. Estamos incluso invitados por la razón a hacerlo,
bxxii si podemos, con sus datos prácticos.21
Esa tentativa de transformar el procedimiento hasta ahora em­
pleado por la metafísica, efectuando en ella una completa revolución
de acuerdo con el ejemplo de los geómetras y los físicos, constituye la
tarea de esta crítica de la razón pura especulativa. Es un tratado sobre
el método, no un sistema sobre la ciencia misma. Traza, sin embargo,
B XXIII el perfil entero de ésta, tanto respecto de sus límites como respecto de
toda su articulación interna. Pues lo propio de la razón pura especu-

20 Tal experimento de la razón pura se parece bastante al que a veces efectúan


los químicos bajo el nombre de ensayo de reducción y, de ordinario, bajo el nombre
de procedimiento sintético. El análisis del metafísico separa el conocimiento puro a
priori en dos elementos muy heterogéneos: el de las cosas en cuanto fenómenos y
el de las cosas en sí mismas. Por su parte, la dialéctica los enlaza de nuevo, a fin de
que estén en consonancia con la necesaria idea racional de lo incondicionado, y des­
cubre que tal consonancia no se produce jamás sino a partir de dicha distinción,
que es, por tanto, la verdadera. (N. del A.)
21 Las leyes centrales de los movimientos de los cuerpos celestes proporcionan
así completa certeza a lo que Copérnico tomó, inicialmente, como simple hipóte­
sis, y demostraron, a la vez, la fuerza invisible que liga la estructura del universo
(la atracción newtoniana). Esta atracción hubiera permanecido para siempre sin
descubrir si Copérnico no se hubiese atrevido a buscar, de modo opuesto a los
sentidos, pero verdadero, los movimientos observados, no en los objetos del cielo,
sino en su espectador. Por mi parte, presento igualmente en este prólogo la trans
ormación de este pensamiento —que es análoga a la hipótesis mencionada eX
puesta en la crítica como mera hipótesis. No obstante, con el solo fin de destacar
os primeros ensayos de dicha transformación, ensayos que son siempre hip°tet
eos dicha hipótesis queda demostrada en el tratado mismo, no según su carácter
de hipótesis sino apodícticamente, partiendo de la naturaleza de nuestras repre'
^(N ^‘de^Aj' 6 CSPaC1° t*emPo y l°s c°nceptos elementales del entendirmen
lativa consiste en que puede y debe medir su capacidad se,ún su$
ftrentes modos de eleg.r objetos de pensamiento, en que puede y debe
enumerar exhaustivamente las [Link] formas de proponerse tarea
y bosquejar ast globalmente un [Link] de metafísica. Por lo que toca
a |o primero, en efecto, nada puede añadirse a los objetos, en el cono-
cimiento a priori, fuera de lo que el sujeto pensante toma de sí mismo
Por lo que se refiere a lo segundo, la razón constituye, con respecto a
los principios del conocimiento, una unidad completamente separa­
da, subsistente por sí misma, una unidad en la que, como ocurre en un
cuerpo organizado, cada miembro trabaja en favor de todos los demás
y éstos, a su vez, en favor de los primeros; ningún principio puede
tomarse con seguridad desde un único aspecto sin haber investigado,
a la vez, su relación global con todo el uso puro de la razón. A este
respecto, la metafísica tiene una suerte singular, no otorgada a ningu­
na de las otras ciencias racionales que se ocupan de objetos (pues la
lógica sólo estudia la forma del pensamiento en general). Esta suerte
consiste en lo siguiente: si, mediante la presente crítica, la metafísica
se inserta en el camino seguro de la ciencia, puede abarcar perfecta­
mente todo el campo de los conocimientos que le pertenecen; con ello B xxiv
terminaría su obra y la dejaría, para uso de la posteridad, como patri­
monio al que nada podría añadirse, ya que sólo se ocupa de principios
y de las limitaciones de su uso, limitaciones que vienen determinadas
por esos mismos principios. Por consiguiente, está también obligada,
como ciencia fundamental, a esa completud y de ella ha de poder de­
cirse: nil actum reputans, si quid superesset agendum.22
Se preguntará, sin embargo, ¿qué clase de tesoro es éste que pensa­
mos legar a la posteridad con semejante metafísica depurada por la
crítica, pero relegada por ello mismo, a un estado de inercia? Si se echa
una ligera ojeada a esta obra se puede quizás entender que su utilidad
es sólo negativa', nos advierte que jamás nos aventuremos a traspasar
los límites de la experiencia con la razón especulativa. Y, efectivamen­
te, ésta es su primera utilidad. Pero tal utilidad se hace inmediatamente
positiva cuando se reconoce que los principios con los que la razón es
Peculativa sobrepasa sus límites no constituyen, de hecho, una amplia
ción, sino que, examinados de cerca, tienen como resultado indefectible
Una reducción de nuestro uso de la razón, ya que tales principios am
nazan realmente con extender de forma indiscriminada los ím
’a sensibilidad, a la que de hecho pertenecen, e incluso con sup

" No da nada por hecho mientras quede algo por hacer. (Versión del T.)
Crítica de la razón pura
______________________ —--- ----- ----—
uso puro (práctico) de la razón. De ahí que una crítica qUe
la razón especulativa sea, en tal sentido, negativa, pero, a la Vez
medida en que elimina un obstáculo que reduce su uso práctico 0’ " U
naza incluso con suprimirlo, sea realmente de tan?o^ e lrnpo
te utilidad. Ello se ve claro cuando se reconoce que la razón pUra t-
un uso práctico (el moral) absolutamente necesario, uso en el qUe
se ve inevitablemente obligada a ir más allá de los límites de la Sensib
lidad. Aunque para esto la razón práctica no necesita ayuda de la r
zón especulativa, ha de estar asegurada contra la oposición de esta úl
tima, a fin de no caer en contradicción consigo misma. Negar a esu
labor de la crítica su utilidad positiva equivaldría a afirmar qUe la po*
licía no presta un servicio positivo por limitarse su tarea primordial a
impedir la violencia que los ciudadanos pueden temer unos de otros
a fin de que cada uno pueda dedicarse a sus asuntos en paz y seguri­
dad. En la parte analítica de la crítica se demuestra: que el espacio y el
tiempo son meras formas de la intuición sensible, es decir, simples con­
diciones de la existencia de las cosas en cuanto fenómenos; que tampo­
co poseemos conceptos del entendimiento ni, por tanto, elementos
bxxvi para conocer las cosas sino en la medida en que puede darse la intui­
ción correspondiente a tales conceptos; que, en consecuencia, no pode­
mos conocer un objeto como cosa en sí misma, sino en cuanto objeto de
la intuición empírica, es decir, en cuanto fenómeno. De ello se deduce
que todo posible conocimiento especulativo de la razón se halla limi­
tado a los simples objetos de la experiencia. No obstante, hay que dejar
siempre a salvo —y ello ha de tenerse en cuenta— que, aunque no
podemos conocer esos objetos como cosas en sí mismas, sí ha de sernos
xxvii posible, al menos, [Link] lo contrario, se seguiría la absurda
proposición de que habría fenómeno sin que nada se manifestara. Su­
pongamos ahora que no se ha hecho la distinción, establecida como
necesaria en nuestra crítica, entre cosas en cuanto objeto de experien­
cia y esas mismas cosas en cuanto cosas en sí. En este caso habría que
aplicar a todas las cosas, en cuanto causas eficientes, el principio de

El conocimiento de un objeto implica el poder demostrar su posibilidad, sea


porque a experiencia testimonie su realidad, sea a priori, mediante la razón. Pue
o, en cambio,pensar lo que quiera, siempre que no me contradiga, es decir, siem-
p que mi concepto sea un pensamiento posible, aunque no pueda responder
confe/ C°[Link] todas las posibilidades, le corresponde o no un objeto.
a este rn73 1 CZ ° jedva. (posibilidad real, pues la anterior era simplemente o?1
qué buscaSC re<lu*ere a^S° más. Ahora bien, este algo más no tenemos
.TualmX pnamente en las f“"'« del conoc miento teórico. Puede
■gualmente en las fuentes dei conocimiento práctico. (N. del A.)
Prólogo

causalidad y, consiguientemente, el mecanismo para determinarla.


gn consecuencia, no podríamos, sin incurrir en una evidente contra­
dicción, decir de un mismo ser, por ejemplo del alma humana, que
su voluntad es libre y que, a la vez, esa voluntad se halla sometida a
la necesidad natural, es decir, que no es libre. En efecto, se habría
empleado en ambas proposiciones la palabra «alma» exactamente en
el mismo sentido, a saber, como cosa en general (como cosa en sí mis­
ma)- Sin una critica previa, no podía emplearse de otra forma. Pero si
la crítica no se ha equivocado al enseñarnos a tomar el objeto en dos
sentidos, a saber, como fenómeno y como cosa en sí; si la deducción de
sus conceptos del entendimiento es correcta y, por consiguiente, el
principio de causalidad se aplica únicamente a las cosas en el primer
sentido, es decir, en cuanto objetos de la experiencia, sin que le estén
sometidas, en cambio, esas mismas cosas en el segundo sentido; si eso es
así, entonces se considera la voluntad en su fenómeno (en las acciones BXXVin
visibles) como necesariamente conforme a las leyes naturales y, en tal
sentido, como no libre, pero, por otra parte, esa misma voluntad es con­
siderada como algo perteneciente a una cosa en sí misma y no sometida
a dichas leyes, es decir, como libre, sin que se dé por ello contradicción
alguna. No puedo, es cierto, conocer mi alma desde este último punto
de vista por medio de la razón especulativa (y menos todavía por me­
dio de la observación empírica) ni puedo, por tanto, conocer la libertad
como propiedad de un ser al que atribuyo efectos en el mundo sensible.
No puedo hacerlo porque debería conocer dicho ser como determina­
do en su existencia y como no determinado en el tiempo (lo cual es
imposible, al no poder apoyar mi concepto en ninguna intuición). Pero
sí puedo, en cambio, concebir la libertad; es decir, su representación no
encierra en sí contradicción ninguna si se admite nuestra distinción
crítica entre los dos tipos de representación (sensible e intelectual) y la
limitación que tal distinción implica en los conceptos puros del enten­
dimiento, así como también, lógicamente, en los principios que de
ellos derivan. Supongamos ahora que la moral presupone necesaria­
mente la libertad (en el más estricto sentido) como propiedad de nues­
tra voluntad, por introducir a priori, como datos de la razón, principios
Prácticos originarios que residen en ella y que serian absolutamente B XXIX
imposibles de no presuponerse la libertad. Supongamos también que
razón especulativa ha demostrado que la libertad no puede pensar-
Se' este caso, aquella suposición referente a la moral tiene que ceder
necesariamente ante esta otra, cuyo opuesto encierra una evidente
c°ritradicción. Por consiguiente, la libertad, y con ella la moralidad
la mvciri hurn

(puesto que lo contrario de ésta no implica contradicción alguna, s¡ n


hemos supuesto de antemano la libertad) tendrían que abandonar Sü
puesto en favor del mecanismo de la naturaleza. Ahora bien, la moral n
requiere sino que la libertad no se contradiga a sí misma, qUe Sea a|
menos pensable sin necesidad de examen más hondo y que, por Consi
guíente, no ponga obstáculos al mecanismo natural del mismo acto
(considerado desde otro punto de vista). Teniendo en cuenta estos re­
quisitos, tanto la doctrina de la moralidad como la de la naturaleza
mantienen sus posiciones, cosa que no hubiera sido posible si la crítica
no nos hubiese enseñado previamente nuestra inevitable ignorancia
respecto de las cosas en sí mismas ni hubiera limitado nuestras posibi­
lidades de conocimiento teórico a los simples fenómenos. Esta misma
explicación sobre la positiva utilidad de los principios críticos de la
razón pura puede ponerse de manifiesto respecto de los conceptos de
Dios y de la naturaleza simple de nuestra alma. Sin embargo, no lo voy
a hacer aquí por razones de brevedad. Ni siquiera puedo, pues, acep­
tar a Dios, la libertad y la inmortalidad en apoyo del necesario uso prác­
tico de mi razón sin quitar, a la vez, a la razón especulativa su preten­
sión de conocimientos exagerados. Pues esta última tiene que servirse,
para llegar a tales conocimientos, de unos principios que no abarcan
realmente más que los objetos de experiencia posible. Por ello, cuando,
a pesar de todo, se los aplica a algo que no puede ser objeto de expe­
riencia, de hecho convierten ese algo en fenómeno y hacen así imposi­
ble toda extensión práctica de la razón pura. Tuve, pues, que suprimir
el saber para dejar sitio a la/í?, y el dogmatismo de la metafísica, es de­
cir, el prejuicio de que se puede avanzar en ella sin una crítica de la
razón pura, constituye la verdadera fuente de toda incredulidad, siem­
pre muy dogmática, que se opone a la moralidad. Aunque no es, pues,
muy difícil legar a la posteridad una metafísica sistemática, concebida
de acuerdo con la crítica de la razón pura, sí constituye un regalo nada
desdeñable. Repárese simplemente en la cultura de la razón avanzan­
do sobre el camino seguro de la ciencia en general en comparación con
su gratuito andar a tientas y con su irreflexivo vagabundeo cuando
prescinde de la crítica. O bien obsérvese cómo emplea mejor el tiempo
una juventud deseosa de saber, una juventud que recibe del dogmatis
mo ordinario tan numerosos y tempranos estímulos, sea para sutilizó
cómodamente sobre cosas de las que nada entiende y de las que nunca
ni ella ni nadie— entenderá nada, sea incluso para tratar de descu
brir nuevos pensamientos y opiniones y para descuidar asi el aprendí
zaje de las ciencias rigurosas. Pero considérese, sobre todo, el inapr
Prólogo

¡able 'nterés clue t'ene e' term'nar para siempre, al modo socrático, es
decir, poniendo claramente de manifiesto la ignorancia del adversario,
con todas las objeciones a la moralidad y a la religión. Pues siempre ha
^bido y seguirá habiendo en el mundo alguna metafísica, pero con
ella encontrara también una dialéctica de la razón pura que le es
patural. El primero y más importante asunto de la filosofía consiste,
pues, en cortar, de una vez por todas, el perjudicial influjo de la meta­
física taponando la fuente de los errores.
A pesar de esta importante modificación en el campo de las cien­
cias y de la pérdida que la razón especulativa ha de soportar en sus
hasta ahora pretendidos dominios, queda en el mismo ventajoso esta- B xxxii
do en que estuvo siempre todo lo referente a los intereses humanos en
general y a la utilidad que el mundo extrajo hasta hoy de las enseñan­
zas de la razón. La pérdida afecta sólo al monopolio de las escuelas, no a
los intereses de los hombres. Yo pregunto a los más inflexibles dogmáti­
cos si, una vez abandonada la escuela, las demostraciones, sea de
la pervivencia del alma tras la muerte a partir de la demostración de la
simplicidad de la sustancia, sea de la libertad de la voluntad frente al
mecanismo general por medio de las distinciones sutiles, pero impo­
tentes, entre necesidad práctica subjetiva y objetiva, sea de la existen­
cia de Dios desde el concepto de un ente realísimo (de la contingencia
de lo mudable y de la necesidad de un primer motor), han sido alguna
vez capaces de llegar al gran público y ejercer la menor influencia en
sus convicciones. Si, por el contrario, en lo que se refiere a la perviven­
cia del alma, es únicamente la disposición natural, observable en cada
hombre y consistente en la imposibilidad de que las cosas temporales
(en cuanto insuficientes respecto de las potencialidades del destino en­
tero del hombre) le satisfagan plenamente, lo que ha producido la es­
peranza de una vida futura', si, por lo que atañe a la libertad, la con- BXXXIII
ciencia de ésta se debe sólo a la clara exposición de las obligaciones en
oposición a todas las exigencias de las inclinaciones; si, finalmente,
en lo que afecta a la existencia de Dios, es sólo el espléndido orden, la
belleza y el cuidado que aparecen por doquier en la naturaleza lo que
ba motivado la fe en un grande y sabio creador del mundo, convicciones
Es tres que se extienden entre la gente en cuanto basadas en motivos
racionales; si todo ello es así, entonces estas posesiones no sólo continua-
ran sin obstáculos, sino que aumentarán su crédito cuando las escuelas
aprendan, en un punto que afecta a los intereses humanos en general,
n° arrogarse un conocimiento más elevado y extenso que el tan fácil-
er,te alcanzable por la gran mayoría (para nosotros digna del mayor
Crítica de la razón pura
28

nte a limitarse
respeto) y,conSÍg,‘^comprensibles a cultivar
y que desdeesas razones
el punto pro
de vi sta
batorias umversalmente r transformacion solo se refKtej
moral, son suficentes^ de las escuelas que quisieran seguir
pues, a las arrogantes P con razón, en otros muchos) 1M
siendo en este terreno 1 dofes de unas verdades de as que no
exclusivos conocedores y g reservando para si la clave (quod
comunican a la gente ma q atiende> n0 obstante, a
mecurn nescit, alus fllósofo especulativo. Este sigue siendo
B XXXIV pretensión más r“onaD una ciencia que es útil a la gente, aunque
‘' el exclusivo depositario ,)c la razón. Esta crítica, en efecto,

ésta no lo sepa, a saber, , f pero tarapoco lo necesita. Pues


nunca puede convertirs P mente del puebl0 los argumen-
del mismo modo que no P de verdades útiles, tampoco lle-
gXÍhíXalmente ÍÍse XTahespIcula-

m-táblemenm a los argumentos y a las objeciones. Por

ello está obligada a prevenir, de una vez por todas, por medio de una
rigurosa investigación de los derechos de la razón especulativa, el es­
cándalo que estallará, tarde o temprano, entre el mismo pueblo, debi­
do a las disputas sin crítica en las que se enredan fatalmente los meta-
físicos (y, en calidad de tales, también, finalmente, los clérigos) y que
falsean sus propias doctrinas. Sólo a través de la crítica es posible cortar
las mismas raíces del materialismo, del fatalismo, del ateísmo, de la in­
credulidad librepensadora, del fanatismo y la superstición, todos los cua­
les pueden ser nocivos en general, pero también las del idealismo y del
escepticismo, que son más peligrosos para las escuelas y que difícilmen­
te pueden llegar a las masas.
b xxxv Si los gobiernos creen oportuno intervenir en los asuntos de los cien­
tíficos, sería más adecuado a su sabia tutela, tanto respecto de las ciencias
como respecto de los hombres, el favorecer la libertad de semejante
ica, único medio de establecer los productos de la razón sobre una
se irme, que el apoyar el ridículo despotismo de unas escuelas que
evantan un griterío sobre los peligros públicos cuando se rasgan las
por ellas tejidas, a pesar de que la gente nunca les ha hecho
aso y de que, por tanto, tampoco puede sentir su pérdida.
conorimi, 1C>3 n° SC OfOne ^procedimiento dogmático de la razón en el
en o puro de ésta en cuanto ciencia (pues la ciencia debe set

0 que ignora conmigo pretende aparentar saberlo él solo. (Versión del T.)
siempre dogmática, es decir, debe demostrar con rigor a partir de
principios a prior, seguros), sino al es dcc|r, a |aP
sión de avanzar con puros conocimientos conceptuales (los filosóficos)
conformes a unos principios tal como la razón los viene empleando
desde hace mucho tiempo , sin haber examinado el modo ni el de­
recho con que llega a ellos. El dogmatismo es, pues, el procedimiento
dogmático de la razón pura sin previa crítica de su propia capacidad.
Esta contraposición no quiere, pues, hablar en favor de la frivolidad
charlatana bajo el nombre pretencioso de popularidad o incluso en
B xxxvi
favor del escepticismo, que despacha la metafísica en cuatro palabras.
Al contrario, la critica es la necesaria preparación previa para promo­
ver una metafísica rigurosa que, como ciencia, tiene que desarrollarse
necesariamente de forma dogmática y, de acuerdo con el más estricto
requisito, sistemática, es decir, conforme a la escuela (no popular).
Dado que la metafísica se compromete a realizar su tarea enteramente
a priori y, consiguientemente, a entera satisfacción de la razón especu­
lativa, es imprescindible la exigencia mencionada en último lugar.
Así, pues, para llevar a cabo el plan que la crítica impone, es decir,
para el futuro sistema de metafísica, tenemos que seguir el que fue
riguroso método del célebre Wolf, el más grande de los filósofos dog­
máticos y el primero que dio un ejemplo (gracias al cual fue el promo­
tor en Alemania del todavía no extinguido espíritu de rigor) de cómo
el camino seguro de la ciencia ha de emprenderse mediante el ordena­
do establecimiento de principios, la clara determinación de los con­
ceptos, la búsqueda del rigor en las demostraciones y la evitación de
saltos atrevidos en las deducciones. Wolf estaba, por ello mismo, espe­
cialmente capacitado para situar la metafísica en ese estado de ciencia.
Sólo le faltó la idea de preparar previamente el terreno mediante una
crítica del órgano, es decir, de la razón pura. Este defecto hay que
atribuirlo al modo de pensar dogmático de su tiempo, más que a él B XXXVII
mismo. Pero sobre tal modo de pensar, ni los filósofos de su época ni
los de todas las anteriores tienen derecho a hacerse reproches mutuos.
Quienes rechazan el método de Wolf y el proceder de la crítica de la
razón pura a un tiempo no pueden intentar otra cosa que desenten
derse de los grillos de la ciencia, convertir el trabajo en juego, la certe
Za en opinión y la filosofía en filodoxia.
Por lo que a esta segunda edición se refiere, no he deja o Pasa
oportunidad, como es justo, de vencer, en lo posible, las dificultades y
la oscuridad de las que hayan podido derivarse los malentendidos que
algunos hombres agudos han encontrado al juzgar este i ro,
Crítica de la razón pura

culpa mía quizá. No he observado nada que cambiar en la


ciones y en sus demostraciones, así como en la forma y ]a c Pr°P°s¡-
del plan. Ello se debe, por una parte, a que esta edición ha
tida a un prolijo examen antes de presentarla2? al público °SOíTle'
al mismo carácter del asunto, es decir, a la naturaleza de ¿na F
pura especulativa. Esta posee una auténtica estructura en la
es órgano, esto es, una estructura en la que el todo está al se^ ^0
cada parte y cada parte al servicio del todo. Por consiguiente la ° de
B xxxvni pequeña debilidad, sea una falta (error) o un defecto, tiene que n?35
festarse ineludiblemente en el uso. Este sistema se mantendrá inm
dificado, según espero, en el futuro. No es la vanidad la que me inspira
tal confianza, sino simplemente la evidencia que ofrece el comprobar
la igualdad de resultado, tanto si se parte de los elementos más peque
ños para llegar al todo de la razón pura, como si se retrocede desde el
todo (ya que también éste está dado por sí mismo a través de la inten­
ción final en lo práctico) hacia cada parte. Pues el mero intento de
modificar la parte más pequeña produce inmediatamente contradic­
ciones, no sólo en el sistema, sino en la razón humana en general.
Ahora bien, queda mucho que hacer en la exposición. En la presente
edición, he intentado introducir correcciones que remediaran el mal­
entendido de la estética, especialmente el relativo al concepto de tiem­
po; la oscuridad en la deducción de los conceptos del entendimiento;
la supuesta falta de evidencia suficiente en las pruebas de los princi­
pios del entendimiento puro y, finalmente, la falsa interpretación de
los paralogismos introducidos en la psicología racional. Hasta aquí
B XXXIX únicamente (es decir, sólo hasta el final del primer capítulo de la dia­
léctica trascendental), se extienden mis modificaciones en el modo de
BXL exposición.26 En efecto, el tiempo era demasiado corto y, por lo que se
refiere al resto, no he hallado ningún malentendido de parte de los
BXLI críticos competentes e imparciales. Aunque no puedo mencionarla
BXLII éstos elogiándolos como se merecen, reconocerán por sí mismos
atención que he prestado a sus observaciones en los pasajes revisados
De cara al lector, sin embargo, esta corrección ha traído consigo
pequeña pérdida que no podía evitarse sin hacer el libro demasía
voluminoso. Es decir, algunas cosas que, aun no siendo esenciales p

25 Leyendo, de acuerdo con Erdmann,rze en vez de es. (N- e e] jxiod0


26 Sólo llamaría adición en sentido propio, aunque únicamen^ ide<d's'
de demostrar, a la efectuada en la pág. 273*1 con una nueva re utac ¿e a
mo psicológico y con una rigurosa demostración (la única que
Prólogo
31
|a completud del conjunto, pueden ser echad
lectores, dada su posible utilidad desde otr' ?en°S *P°*r*al8unos
que ser suprimidas o abreviadas para dar MhT0 V'Sta’ha" Knido
es ahora, según confío, más inteligible Aunó11’ rf"”'0" q“e
cambiado nada de lo que afecta a l! „„ 9 lo ’ “ e‘ f°ndo> n0 he
método de presentación se aparta a veces tanto del empleado »lá

realidad objetiva de la intuición externa Por mnv ¡no .


mo respecto de los objetivos esenciales de la meS'de E «Si
s,e„do un escanda o de la filosofía y del entendimiento humano en gene,ai eOe
ner que aceptar solo por/e la [Link] de las cosas exteriores a nosotros (a pesar
de que de el as extraemos todos el material para conocer, incluso para nuestmsen-
„do interno) y el no saber contraponer una prueba satisfactoria a quien se le ocurra
dudar de tal existencia Dado que en las expresiones de la prueba se hallan, desde
la linea tres a la seis, algunas oscuridades, ruego se modifique este período como
sigue: «Pero ese algo permanente no puede ser una intuición en mí. Pues todos losfun­
damentos de determinación de mi existencia que pueden hallarse en mí son representa­
ciones y, como tales, ellas mismas necesitan un algo permanente distinto de ellas, en re­
lación con lo cual pueda determinarse su cambio y, consiguientemente, mi existencia en
el tiempo en que tales i epi esentaciones cambian ». Es probable que se diga contra esta
demostración: sólo tengo conciencia inmediata de lo que está en mí, es decir, de mi
representación de las cosas externas. En consecuencia, queda todavía por resolver si
hay o no fuera de mí algo que corresponda a dicha representación. Pero sí tengo
conciencia, por la experiencia interna, de mi existencia en el tiempo (y, consiguien- B XL
temente, de la determinabilidad de la misma en el tiempo). Lo cual, aunque es
algo más que tener simplemente conciencia de mi representación, es idéntico a la
conciencia empírica de mi existencia, la cual sólo es determinable en relación con
algo que se halle ligado a mi existencia, pero que está fuera de mí. Esta conciencia
de mi existencia en el tiempo se halla, pues, idénticamente ligada a la concien­
cia de una relación con algo exterior a mí. Lo que une inseparablemente lo exterior
con mi sentido interno es, pues, una experiencia y no una invención, es un sentido,
no una imaginación. Pues el sentido externo es ya en si mismo relación de la intui­
ción con algo real fuera de mí, y su realidad descansa simplemente, a diferencia de
lo que ocurre con la imaginación, en que el sentido se halla inseparablemente uni­
do a la misma experiencia interna, como condición de posibilidad de esta última,
cosa que sucede en este caso. Si en la representación «Yo soy», que acompaña todos
mis juicios y actos de entendimiento, pudiera ligar a la conciencia intelectual de mi
existencia una simultánea determinación de mi existencia mediante una intuición
intelectual, no se requeriría necesariamente que ésta tuviera conciencia de una re­
lación con algo exterior a mí. Ahora bien, aunque dicha intuición mtelectua es
anterior, la intuición interna, única que puede determinar mi existencia, es sensi­
ble y se halla ligada a la condición de tiempo. Pero esta determinación y, por tanto
la misma experiencia interna, depende de algo permanente que no esta en mi de
>lgo que, consiguientemente, está fuera de mí y con lo cual me tengo que consde-
«r en relación Así, pues, la realidad del [Link] externo se halla
ligada a la del interno, si ha de ser posible la experrencta. Es decir,
teta tan segura de que existen fuera de mí cosas que se re a Cuáles sean en
«mo de que yo mismo existo como determinado por el ttempo. Cuafcs «a ,
cambio, las intuiciones dadas a las que correspondan ob)etos reales fuera m>,
Crítica de la razón pura
H
edición anterior, que no ha sido posible desarrollarlo a base d
nérdido ____ . 'Ate

nueva edición. Me ha complacido gratamente el observar csta


diferentes escritos públicos (sea en la recensión de algunosV^3^
en tratados especiales), que no ha muerto en Alemania el 1 f°S’Sea
bxliii profundidad, sino que simplemente ha permanecido por ^S^lr^u de
po acallado por el griterío de una moda con pretensiones d^ t,ern'
dad j —ncamiento. fíTualmente me ha cJL.!igeniiaI’-

comprobar que los espinosos senderos de la crítica que condi


• i z • . . ucen
—• a
a
r. • j_ ra7Ón pura sistematizada única ciencia duradera
tomismomuy necesaria- no ha .[Link] que algunas ca-

claras y valientes llegaran a dominarla. Dejo a esos hombres


meritorios, que de modo tan afortunado unen a su [Link] de
Cocimiento el talento de exponer con luminosidad (talento de que

precisamente no sé si soy poseedor), la tarea de completar mi trabajo,


oue sigue teniendo quizás algunas deficiencias en lo que afecta a la
exposición Pues en este caso no hay peligro de ser refutado, pero si de
no ser entendido. Por mi parte, no puedo, de ahora en adelante, entrar
en controversias, aunque tendré cuidadosamente en cuenta todas las
insinuaciones, vengan de amigos o de adversarios, para utilizarlas, de
acuerdo con esta propedéutica, en la futura elaboración del sistema.
Dado que al realizar estos trabajos he entrado ya en edad bastante

intuiciones, por tanto, que pertenezcan al sentido externo, las que haya que atribuir
a este último y no a la imaginación, es algo que ha de resolverse en cada caso de
acuerdo con las reglas según las cuales distinguimos la experiencia en general (in­
cluso la interna) de la imaginación. Para ello se presupone siempre la proposición
de que se da realmente experiencia externa. Se puede objetar todavía que la repre­
sentación de algopermanente en la existencia no es lo mismo que una representación
permanente. Pues, aunque la primera*3 puede ser muy transitoria y variable, como
todas las representaciones Que poseemos, incluidas los de la materia cprefiere a

_ ----- - ^viiciun. \L\.deL 1.)


Entiendo, de acuerdo con Wille,j<?»e en lugar de diese. (N. del T.)
Prólogo
33
avanzada (cumpliré este mes sesenta y cuatro a ~ 1
a ahorrar tiempo, si quiero terminar mi Dlan J n°S ’ VC° obli£ado
física de la naturaleza, por una parte v la He 1 C SUministrar la meta-
como prueba de la corrección tanto de la criticí “StUmbres> Por
tiva como de la crítica de la razón práctica Por 3 r3Z°n especuk'
a los meritorios hombres que han hecho suya esdnh"^ C°nfiar
de sus oscuridades —casi inevitables al comienzo— !“ J “ aración
misma como conjunto. Aunque todo discurso filo f “ drfenSa de U BXLIV
vul„erables (pues no es posible presentarlo tan acorXT<Xo“oT
tín las matemáticas), la estructura del sistema, considerada como un I
da , no corre nmgun pehgro. Son pocos los que poseen la suficiente

agilidad de [Link] para [Link] en su conjunto dicho sistema cuan


do es nuevo, y son todavía menos los que están dispuestos a hacerlo
porque toda innovación les parece inoportuna. Igualmente pueden
descubrirse aparentes contradicciones en todo escrito, especialmente
en el que se desarrolla como discurso libre, cuando se confrontan de-
terminados pasajes desgajados de su contexto. A los ojos de quienes se
dejan llevar por los juicios de otros, tales contradicciones proyectan
sobre dicho escrito una luz desfavorable. Por el contrario, esas mis­
mas contradicciones son muy fáciles de resolver para quien domina la
idea en su conjunto. De todos modos, cuando una teoría tiene consis­
tencia por sí misma, las acciones y reacciones que la amenazaban ini­
cialmente con gran peligro vienen a convertirse, con los años, en me­
dios para limar sus desigualdades e incluso para proporcionarle en
poco tiempo la elegancia indispensable, siempre que haya personas
imparciales, inteligentes y verdaderamente populares que se dedi­

quen a ello.

Kónigsberg, abril de 1787

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