Corazón Cautivo
Él era la oscuridad que debía evitar. Y el único infierno donde quería
arder.
Nota del Autor
Sumergirme en la historia de Mateo y Valentina ha sido navegar por
un mar de pasiones prohibidas, lealtades rotas y un deseo que
quema todas las barreras. Espero que la intensidad de su conexión
os atrape tanto como me atrapó a mí al crearla.
Con cariño,
F. RIBEIRO
Copyright
© 2025 F. RIBEIRO
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Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por
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tratamiento informático, la fotocopia o la grabación, sin la previa
autorización por escrito del titular del copyright.
Esta es una obra de ficción. Nombres, personajes, lugares y sucesos
son producto de la imaginación del autor o se utilizan de forma
ficticia. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas,
empresas, eventos o lugares es pura coincidencia.
Prólogo
El sabor a sal y a vino caro siempre me devolvía a esa noche en
Marbella. La noche en que mi vida, meticulosamente planeada sobre
cimientos de deber y apariencias, comenzó a fracturarse. Estaba en
la opulenta villa de mi prometido, un laberinto de terrazas con vistas
al Mediterráneo y secretos susurrados por la brisa marina, a punto
de sellar mi destino con un hombre que representaba todo lo que se
suponía que debía desear: poder, prestigio, un futuro asegurado.
Pero entonces, apareció él. Mateo. El socio rebelde de mi prometido.
La antítesis de todo lo que me habían enseñado a valorar. Sus ojos
oscuros poseían la intensidad de una tormenta a punto de estallar,
un brillo salvaje que prometía el caos y una libertad que ni siquiera
me atrevía a soñar. Era la personificación del peligro, envuelto en un
traje de lino impecable y una sonrisa que desarmaba e incendiaba a
partes iguales.
Esa noche, bajo la atenta mirada de la luna y el peso de las
expectativas de dos familias influyentes, nuestros mundos
colisionaron. Un roce accidental de manos al coger una copa, una
mirada que se sostuvo un segundo más de lo debido, una chispa
que prendió una hoguera imposible de controlar. Sentí la atracción
como una fuerza magnética, arrastrándome hacia un abismo de
deseo prohibido, donde cada latido de mi corazón resonaba con la
traición que estaba a punto de cometer.
Mi deber era para con mi prometido, la lealtad hacia mi familia, la
seguridad que siempre había buscado. Pero Mateo... él era la
tentación encarnada, la promesa de una pasión arrolladora que
podía destruirme o liberarme. Y en el silencio cargado de esa villa
frente al mar, supe que estaba perdida. Atrapada entre la razón y la
emoción, entre lo que debía hacer y lo que mi alma necesitaba
desesperadamente. Esa noche fue solo el comienzo de nuestra
caída.
Capítulo 1: La Noche en Marbella
(POV Valentina)
La copa de champán francés pesaba como plomo en mi mano. El
cristal tallado reflejaba las luces doradas de la terraza principal de la
villa de Alejandro, mi prometido, pero yo solo veía mi propio reflejo
distorsionado: una muñeca vestida de seda y sonrisas forzadas. Esta
noche, ante la flor y nata de la sociedad empresarial española, mi
futuro quedaría sellado. El compromiso con Alejandro Herrera,
heredero de un imperio constructor y de una ambición fría que me
helaba por dentro, se anunciaría oficialmente.
Respiré hondo, el corsé del vestido de alta costura oprimiendo mis
costillas. Era el precio de la perfección, de la imagen intachable que
mi familia, los Valcárcel, tanto valoraba.
Hija única, educada en los mejores internados suizos, preparada
desde la cuna para un matrimonio que uniría fortunas y consolidaría
poder en la costa del Sol.
Mi padre, un magnate naviero de gesto adusto, me observaba desde
el otro lado de la terraza con una aprobación silenciosa. Mi madre
retocaba su labial carmesí, ajena a la tormenta que se gestaba en mi
interior.
Debería sentirme feliz. Exultante. Alejandro era… adecuado.
Atractivo de una forma clásica y algo predecible, inteligente,
implacable en los negocios. Ofrecía la seguridad y el estatus que
todos esperaban para mí. Pero su tacto era frío, sus ojos grises,
aunque
penetrantes, no me veían a mí. Veían la pieza que faltaba en su
tablero de ajedrez social y financiero.
—¿Nerviosa, querida? —La voz melosa de Isabel, la madre de
Alejandro, sonó a mi lado. Su sonrisa era impecable, pero sus ojos
eran tan calculadores como los de su hijo.
Forcé una sonrisa. —Un poco, Isabel. Es una noche importante.
—Para todos nosotros. —Posó una mano enjoyada en mi brazo, un
gesto que pretendía ser de apoyo, pero que sentí posesivo—.
Alejandro está impaciente. No para de hablar de ti.
Lo dudo, pensé, pero asentí con cortesía. La conversación banal, las
risas ensayadas, el tintineo de las copas… todo parecía un ruido
lejano, ahogado por el latido frenético de mi propio corazón. Me
sentía una impostora, una actriz en un escenario de lujo,
representando un papel que me asfixiaba.
Fue entonces cuando el aire pareció cambiar. Una corriente eléctrica
recorrió la terraza, acallando algunas conversaciones, atrayendo
miradas curiosas hacia la entrada que daba al jardín iluminado. Y allí
estaba él.
Mateo Vidal. El socio. El advenedizo. La oveja negra con sonrisa de
lobo.
Entró como si la villa fuera suya, no solo un invitado obligado por los
negocios. El traje de lino claro, perfectamente cortado, contrastaba
con el aura indómita que emanaba de él. El pelo negro, ligeramente
revuelto por la brisa marina, caía sobre su frente, y sus ojos… ah,
esos ojos. Eran de un marrón tan oscuro que parecían negros,
intensos, chispeantes como una noche de verano sin luna. Barrieron
la terraza con una mezcla de aburrimiento y desafío, hasta que se
posaron en mí.
Contuve la respiración. El mundo a mi alrededor desapareció. Fue
como si un foco invisible nos iluminara, aislándonos de la multitud.
Sentí cómo el rubor subía por mi cuello bajo su mirada penetrante,
una mirada que parecía desnudar no solo mi vestido caro, sino mi
alma. Había reconocimiento allí, y algo más… algo peligroso,
magnético, prohibido.
Sonrió. No una sonrisa pulida como la de Alejandro, sino algo lento,
torcido, que prometía problemas y placeres desconocidos. Un
escalofrío recorrió mi espalda, caliente e incómodo. Aparté la
mirada, intentando recomponer mi fachada de novia feliz, pero la
imagen de aquellos ojos, de aquella sonrisa, quedó grabada en mi
mente.
Alejandro se acercó, ajeno a mi turbación interna. —¿Valentina, mi
amor? Papá quiere hacer el anuncio. ¿Estás lista?
Tomó mi mano, la misma que sostenía la copa. Sus dedos estaban
fríos. Lo miré, miré el futuro que representaba –seguro, predecible,
tibio–. Y entonces, mis ojos fueron atraídos de nuevo hacia la figura
apoyada en una columna de mármol blanco, observándonos con una
intensidad silenciosa. Mateo.
El deber me llamaba hacia un lado. Pero una fuerza desconocida,
salvaje e irresistible, tiraba de mí hacia el otro. Hacia la tormenta.
—¿Valentina? —insistió Alejandro, su voz empezando a mostrar
impaciencia.
Tragué saliva, el champán perdiendo por completo su sabor. Miré la
mano de Alejandro sosteniendo la mía, luego los ojos de Mateo al
otro lado de la terraza. Una elección se presentaba, clara y
aterradora. El camino seguro o el precipicio.
—Estoy… lista —mi voz salió ahogada, casi un susurro. Pero antes de
que pudiera dar un paso hacia mi prometido, hacia mi destino
sellado, mis ojos encontraron los de Mateo de nuevo. Y esta vez, no
solo sonrió. Alzó ligeramente su copa en un brindis silencioso, una
invitación muda al caos. Y supe, con una certeza que me heló y me
abrasó al mismo tiempo, que aquella noche estaba lejos de terminar.
La colisión era inevitable.
Capítulo 2: Ojos de Tormenta Negra
(POV Mateo)
El whisky escocés quemó al bajar, pero el calor era bienvenido en la
atmósfera gélida y artificial de aquella terraza. Odiaba estos eventos.
La falsedad flotaba en el aire, más densa que el perfume caro de las
mujeres estiradas. Sonrisas forzadas, conversaciones vacías sobre
yates y cuentas en Suiza. El circo habitual de los Herrera, y hoy, la
atracción principal era el compromiso de mi "socio" perfecto,
Alejandro, con la heredera igualmente perfecta, Valentina Valcárcel.
Me apoyé en la columna de mármol, observando la escena con el
cinismo que se había convertido en mi armadura. El viejo Herrera
me lanzaba miradas de velada desaprobación de vez en cuando.
Isabel, su esposa, flotaba por la terraza como la abeja reina,
asegurándose de que cada detalle fuera impecable para su
primogénito ejemplar.
Y entonces, la vi. Valentina.
No la vi como la prometida de Alejandro, la futura Señora Herrera. Vi
a la mujer atrapada detrás del vestido deslumbrante y la sonrisa
contenida. Había una vulnerabilidad en sus ojos color miel, una
sombra que contrastaba con el brillo superficial del ambiente.
Parecía fuera de lugar, una orquídea salvaje en medio de un jardín
de plástico. Sostenía la copa de champán como si fuera un
salvavidas, los nudillos blancos.
Nuestras miradas se cruzaron. Y por un instante, el murmullo de la
terraza se desvaneció. Fue como una descarga eléctrica, una
conexión inesperada y cruda. Vi la sorpresa en sus ojos, seguida de
un rubor que tiñó sus mejillas y su cuello delicado. Era aún más
hermosa en persona que en las fotos que Isabel se encargaba de
mostrar en las revistas de sociedad. Había una inteligencia allí, una
profundidad que Alejandro, con su visión de tiburón financiero,
jamás alcanzaría.
Una sonrisa involuntaria tiró de mis labios. Una sonrisa que sabía
que la incomodaría, que la desafiaría. Era un juego peligroso, lo
sabía. Era la prometida de mi socio, territorio prohibido. Pero,
¿desde cuándo seguía yo las reglas?
Vi a Alejandro acercarse a ella, posesivo, frío. El contraste entre ellos
era brutal. Él, el producto perfecto de nuestro mundo de apariencias.
Ella, una llama vacilante de autenticidad en aquel mar de
artificialidad. Él tomó su mano, y sentí una punzada irracional de…
¿qué? No eran celos. Era irritación. Ella merecía más que la jaula
dorada que mi socio representaba.
El padre de Alejandro estaba a punto de hacer el anuncio oficial. El
momento que sellaría el destino de ella junto a Alejandro. La
observé, la lucha interna reflejada en su rostro. Miró a Alejandro,
luego a mí. Su vacilación era casi palpable.
Alcé mi copa en un brindis silencioso. Un desafío. Una invitación a
algo más, algo real, algo peligroso. Vi la comprensión brillar en sus
ojos, mezclada con el miedo y una curiosidad que me atrajo como
un imán.
Le respondió a Alejandro, pero su voz fue débil, insegura. Sus ojos
volvieron a mí una última vez antes de girarse hacia el pequeño
escenario donde el viejo Herrera esperaba. Esa mirada… contenía
una promesa silenciosa, una pregunta no formulada.
Bebí el resto de mi whisky de un trago. La noche solo acababa de
empezar. Alejandro podía tener el anillo, el anuncio, a la novia a su
lado en el escenario. Pero esa mirada que Valentina me dedicó… Esa
mirada era mía. Y supe, con una certeza visceral, que la tormenta
que vi en sus ojos estaba a punto de encontrarse con la mía. Y la
colisión sería devastadora.
Capítulo 3: El Compromiso Arreglado
(POV Valentina)
El discurso del padre de Alejandro resonó en la terraza, palabras
sobre tradición, futuro y la unión de dos familias poderosas. A mi
lado, Alejandro mantenía una sonrisa pulida, su mano
posesivamente en mi cintura. Sentí las miradas sobre nosotros, la
aprobación, la envidia, la curiosidad. Pero mi mente estaba en otra
parte, atrapada en la imagen de
aquellos ojos oscuros y tormentosos y en el brindis silencioso que
Mateo me había ofrecido.
Una invitación muda al caos. La frase reverberaba en mi cabeza.
Caos era exactamente lo que Mateo representaba. Lo opuesto al
orden y al control que siempre habían dictado mi vida. Y, Dios mío,
una parte de mí anhelaba ese caos, una bocanada de aire fresco en
esa atmósfera sofocante de perfección calculada.
Los aplausos estallaron cuando el Sr. Herrera terminó su discurso.
Alejandro se inclinó y depositó un beso en mi mejilla. Fue un gesto
para las cámaras, para la audiencia, frío y ensayado. Forcé una
sonrisa, sintiendo el sabor amargo de la farsa en mi boca.
—Felicidades, mi amor —susurró, su aliento cálido en mi oído—.
Somos oficialmente la pareja del año.
—Qué suerte la mía —murmuré, la ironía pasando desapercibida
para él, o quizás ignorada.
Los invitados comenzaron a acercarse para felicitarnos. Sonreí,
agradecí, acepté los votos de felicidad con la gracia que me habían
enseñado. Cada apretón de manos, cada abrazo superficial, parecía
robar un poco más de mi energía. Mis ojos barrían la terraza
discretamente, buscándolo. ¿Dónde estaba Mateo?
Lo encontré cerca de la barra, conversando animadamente con una
rubia despampanante que llevaba un vestido rojo tan atrevido como
su sonrisa. Sentí una punzada incómoda, una mezcla de irritación y…
¿algo más? ¿Celos? Imposible. Apenas lo conocía. Y era el socio de
mi prometido. Aparté el pensamiento, reprendiéndome por mi
estupidez.
—¡Valentina, querida, estás deslumbrante! —Tía Carmen, una prima
lejana de mi madre, me abrazó con un entusiasmo exagerado—.
Alejandro es un hombre afortunado.
Siempre supe que vosotros dos acabaríais juntos.
—Gracias, tía Carmen —sonreí de nuevo, el rostro empezando a
dolerme.
La noche se alargó en una sucesión de conversaciones triviales y
brindis vacíos. Alejandro me guiaba por la terraza, presentándome a
socios y contactos importantes, exhibiéndome como un trofeo recién
conquistado. Yo desempeñaba mi papel, la prometida perfecta, la
futura señora Herrera. Pero por dentro, me sentía cada vez más
fragmentada.
En un momento de distracción de Alejandro, que fue abordado por
un político influyente, conseguí escapar hacia el interior de la villa,
buscando el tocador de señoras. Necesitaba un respiro, un momento
a solas lejos de las miradas y las sonrisas falsas.
Caminaba por un pasillo silencioso, decorado con obras de arte
moderno y carísimo, cuando sentí una presencia detrás de mí. Mi
corazón dio un vuelco. Me giré lentamente.
Mateo estaba allí, apoyado en el marco de una puerta,
observándome con esa intensidad que me desarmaba.
—¿Huyendo de la fiesta, princesa? —Su voz era grave y burlona.
—Necesitaba… un momento —respondí, intentando mantener la voz
firme.
Él se enderezó, acercándose con esa forma de caminar lenta y
depredadora que hacía que se me erizara la piel. Llevaba una copa
de whisky en la mano.
—Un momento para respirar antes de volver a la jaula dorada —
comentó, deteniéndose a apenas un paso de mí.
El espacio entre nosotros crepitaba con una tensión palpable. El olor
de su colonia, una mezcla amaderada y masculina, llenó mis
sentidos.
—No sabes de lo que hablas —repliqué, aunque ambos sabíamos
que mentía.
—Oh, creo que sí. —Sonrió, esa sonrisa torcida que me
desequilibraba—. He visto esa mirada antes. La mirada de alguien
que se siente atrapado, que sueña con escapar pero no se atreve.
—Alejandro me quiere. Me ofrece una buena vida.
—¿Una buena vida o una vida cómoda? No es lo mismo, Valentina.
—Dio un paso más, invadiendo mi espacio personal. Tuve que alzar
la cabeza para mirarlo a los ojos—. Él te ofrece seguridad, estatus,
dinero. ¿Pero te ofrece pasión? ¿Te hace sentir viva?
Sus palabras golpearon un nervio sensible. Tragué saliva, incapaz de
responder. La verdad era que Alejandro nunca me había hecho sentir
realmente viva. Su mundo era de contratos y balances, no de
emociones desbordadas.
—No tienes derecho a… a decirme estas cosas. Eres su socio.
—Exacto. Soy su socio. Conozco a Alejandro mejor que tú. Sé lo que
le importa. Y créeme, princesa, no eres tú. Eres un activo más en su
cartera de inversiones. Una fusión conveniente. —Su voz era
cruelmente sincera.
Sentí las lágrimas picar en mis ojos, pero me negué a llorar delante
de él. —Eres… eres despreciable.
—Quizás. Pero soy honesto. —Su mirada se suavizó ligeramente, sus
ojos oscuros recorriendo mi rostro—. Y veo lo que él no ve. Veo a la
mujer detrás de la fachada. Y esa mujer… merece algo más que un
compromiso arreglado.
Su mano se alzó, sus dedos rozando mi mejilla en una caricia fugaz,
casi imperceptible, pero que envió ondas de choque por todo mi
cuerpo. Me aparté bruscamente, el corazón martilleando contra mis
costillas.
—Aléjate de mí, Mateo.
—¿Es eso lo que realmente quieres? —Susurró, su voz un murmullo
ronco que me erizó la piel. Se inclinó, su rostro a centímetros del
mío, su aliento cálido rozando mis labios—.
¿O tienes miedo de lo que sientes cuando estoy cerca?
No pude responder. Estaba atrapada en la intensidad de su mirada,
en la peligrosa atracción que me arrastraba hacia él. Sabía que debía
alejarme, volver a la seguridad de la terraza, al lado de Alejandro.
Pero mis pies parecían clavados al suelo.
—Valentina, ¿dónde estás? —La voz de Alejandro resonó desde el
final del pasillo. El pánico me invadió. Si nos encontraba así…
Mateo sonrió, un brillo divertido y peligroso en sus ojos. —El deber
llama. —Dio un paso atrás, creando una distancia segura justo
cuando Alejandro doblaba la esquina.
—Aquí estás —dijo Alejandro, su tono ligeramente irritado—. Te
estaba buscando. ¿Y tú, Mateo? ¿Qué haces aquí?
—Me había perdido buscando la salida al jardín —mintió Mateo con
una facilidad pasmosa, alzando su copa—. Un lugar impresionante,
por cierto. Felicidades por el compromiso, Herrera. Tienes buen
gusto.
Alejandro lo miró con suspicacia, luego a mí. —¿Está todo bien,
Valentina?
—Sí, perfectamente —respondí, forzando una calma que no sentía—.
Solo necesitaba retocarme.
—Bien. Vamos. Quieren hacer un brindis. —Alejandro tomó mi brazo,
su agarre firme, posesivo. Me lanzó una última mirada de
advertencia antes de conducirme de vuelta a la terraza.
Miré por encima del hombro. Mateo seguía allí, apoyado en la pared,
observándonos irnos con una sonrisa enigmática en los labios. Aquel
encuentro clandestino, sus palabras, su cercanía… habían avivado la
llama de la duda y el deseo dentro de mí. El
compromiso estaba arreglado, sí. Pero mi corazón… mi corazón
estaba peligrosamente cerca de romperse en pedazos.
Capítulo 4: Sombras en el Paraíso
(POV Mateo)
Observé desde la distancia cómo Alejandro arrastraba a Valentina de
vuelta a la multitud, su mano aferrada a su brazo como si fuera una
propiedad valiosa. La sonrisa enigmática no abandonó mis labios,
pero por dentro, una mezcla de desprecio y una extraña
preocupación hervía a fuego lento. Desprecio por la farsa que
representaban, por la forma en que Alejandro la trataba como un
objeto. Preocupación por ella, por la chispa de rebelión que vi en sus
ojos y el miedo que la acompañaba.
Me serví otro whisky, ignorando a la rubia que todavía intentaba
captar mi atención cerca de la barra. Mis pensamientos estaban fijos
en Valentina. Nuestro breve encuentro en el pasillo había sido…
intenso. La tensión entre nosotros era innegable, una corriente
subterránea de deseo y peligro. Ella intentaba resistirse, aferrarse a
la seguridad de su compromiso arreglado, pero sus ojos la
traicionaban. Había visto el anhelo allí, la misma sed de algo real
que me consumía a mí.
¿Qué demonios estaba haciendo? Jugar con la prometida de mi socio
era cruzar una línea peligrosa, incluso para mí. Podría costarme el
negocio, la precaria alianza que mantenía con los Herrera. Pero
había algo en Valentina… algo que me atraía de forma irracional,
que despertaba un instinto protector que creía enterrado hacía
mucho tiempo.
Quizás era el reflejo de mi propio pasado. Yo también había estado
atrapado en las expectativas familiares, en un mundo donde el amor
era una transacción y la libertad, una ilusión. Había luchado, me
había rebelado, había pagado el precio por mi independencia. Y
ahora veía a Valentina en esa misma encrucijada, a punto de
sacrificar su alma por un apellido y una cuenta bancaria.
Decidí que necesitaba aire fresco, lejos de la atmósfera viciada de la
fiesta. Salí a uno de los jardines laterales, un oasis de tranquilidad
con fuentes silenciosas y el aroma dulce de los jazmines nocturnos.
Me detuve junto a una balaustrada de piedra, contemplando las
luces de Marbella brillando a lo lejos.
El sonido de pasos ligeros sobre la grava me hizo girar. Era ella.
Valentina.
Se detuvo al verme, la sorpresa dibujada en su rostro iluminado por
la luna. Llevaba una expresión de angustia mal disimulada.
—¿Otra vez huyendo? —pregunté, mi voz más suave esta vez.
Ella negó con la cabeza, abrazándose a sí misma. —Necesitaba…
pensar. Lejos de todos.
—Un sentimiento que conozco bien. —Me acerqué lentamente, sin
querer asustarla—. Este paraíso puede ser asfixiante, ¿verdad?
Asintió, sus ojos fijos en el horizonte. —Siento que me ahogo. Que
estoy perdiendo… a mí misma.
Su confesión fue un susurro vulnerable, un atisbo de la mujer real
detrás de la máscara. Me detuve a su lado, manteniendo una
distancia respetuosa, aunque cada fibra de mi ser quería acercarse
más, tocarla, asegurarle que no estaba sola.
—Siempre puedes elegir, Valentina. Siempre hay una salida, aunque
no lo parezca.
Se giró hacia mí, sus ojos brillantes por las lágrimas contenidas. —
¿Qué salida? Mi familia… Alejandro… esperan esto de mí. Romper el
compromiso sería… un escándalo. Destruiría a mi padre.
—¿Y qué hay de ti? ¿Qué hay de tu felicidad? ¿Vale la pena
sacrificarla por mantener las apariencias? —La desafié suavemente.
Ella bajó la mirada, luchando visiblemente con sus emociones. —No
es tan simple, Mateo. Hay mucho en juego. Negocios, alianzas…
—Siempre se trata de negocios en nuestro mundo, ¿no? —Mi tono
se endureció ligeramente—. El amor, la felicidad… son daños
colaterales.
—¿Y tú? ¿Nunca has hecho sacrificios por los negocios? ¿Por el
poder? —Me devolvió la pregunta, un destello de desafío en sus
ojos.
Sonreí con amargura. —He hecho cosas de las que no me
enorgullezco, Valentina. Pero nunca he vendido mi alma. Nunca he
fingido ser alguien que no soy para encajar en el molde de otro.
Nos quedamos en silencio por un momento, la tensión crepitando de
nuevo entre nosotros. La luna iluminaba su perfil delicado, la suave
curva de su cuello, la forma en que su vestido se ceñía a su figura.
Era exquisita. Y peligrosamente tentadora.
—¿Por qué me dices todo esto? —preguntó finalmente, su voz
apenas audible.
—Porque odio ver a un pájaro enjaulado cuando nació para volar. —
La miré directamente a los ojos—. Y porque, aunque no lo creas, no
me gusta ver sufrir a la gente. Ni siquiera a la futura esposa de mi
irritante socio.
Una pequeña sonrisa curvó sus labios, la primera sonrisa genuina
que le veía esa noche. Fue como un rayo de sol atravesando las
nubes.
—No eres tan cínico como pretendes ser, Mateo Vidal.
—No le digas a nadie mi secreto. —Le guiñé un ojo, sintiendo una
ligereza inesperada.
El sonido de la voz de Alejandro llamándola desde la terraza rompió
el momento. La tensión volvió a su rostro al instante.
—Tengo que irme —susurró, retrocediendo.
—Valentina… —Empecé, sin saber qué decir.
—Gracias, Mateo. Por… escuchar. —Me dedicó una última mirada,
una mezcla de gratitud y confusión, antes de darse la vuelta y
desaparecer entre las sombras del jardín, volviendo a su jaula.
Me quedé allí, solo, el aroma de los jazmines mezclándose con el
sabor amargo del whisky y la frustración. Había visto la chispa en
sus ojos, la mujer fuerte y apasionada que se escondía debajo. Y
había sentido la conexión entre nosotros, real y peligrosa.
Sabía que debía alejarme. Que involucrarme más solo traería
problemas para ambos. Pero mientras observaba las luces de la
fiesta a lo lejos, una parte de mí, la parte rebelde y temeraria que
siempre me había guiado, se negaba a dejarla ir. Las sombras en
aquel paraíso eran profundas, y algo me decía que Valentina
necesitaría ayuda para encontrar la salida. Y yo, contra todo
pronóstico y sentido común, quería ser quien se la ofreciera.
Capítulo 5: Juegos Peligrosos
(POV Valentina)
Los días posteriores a la fiesta de compromiso en Marbella se
convirtieron en un torbellino de preparativos para la boda, reuniones
sociales y cenas de negocios. Alejandro y yo éramos la pareja del
momento, nuestras fotos salpicaban las páginas de las revistas del
corazón, siempre sonrientes, siempre perfectos. Pero bajo la
superficie pulida, la tensión era una cuerda a punto de romperse.
Mis encuentros con Mateo en la fiesta —el del pasillo, el del jardín—
se repetían en mi mente como escenas prohibidas. Sus palabras
resonaban, cuestionando mi elección, mi felicidad. Su mirada intensa
me perseguía en sueños, prometiendo un peligro que era a la vez
aterrador y extrañamente atractivo. Intentaba apartarlo de mis
pensamientos, concentrarme en mi deber, en el futuro seguro que
Alejandro me ofrecía. Pero era como intentar apagar un incendio con
gasolina.
Alejandro parecía ajeno a mi tormenta interior, o quizás simplemente
no le importaba mientras yo cumpliera mi papel. Estaba inmerso en
sus negocios, en las negociaciones para una nueva fusión que
consolidaría aún más el poder de los Herrera. A menudo me dejaba
sola en cenas o eventos, absorbido por conversaciones con hombres
de traje gris y mirada calculadora. En esos momentos, sentía la
soledad de mi jaula dorada con más fuerza que nunca.
Fue durante una de esas cenas, en un exclusivo restaurante de
Madrid con vistas panorámicas a la ciudad iluminada, cuando volví a
encontrarme con Mateo. Alejandro estaba enfrascado en una
discusión sobre cláusulas contractuales con un banquero suizo en el
otro extremo de la larga mesa. Yo jugueteaba con mi copa de vino,
sintiéndome invisible.
—Aburrida, princesa? —La voz grave de Mateo sonó a mi lado. Se
había sentado en la silla vacía junto a mí sin que me diera cuenta.
Mi corazón dio un salto. Me giré hacia él, intentando mantener una
expresión neutra. —
¿Qué haces aquí? Pensé que no venías a estas… reuniones.
—A veces, hasta el lobo solitario tiene que mezclarse con el rebaño
—respondió, sirviéndose un poco de mi vino sin pedir permiso—.
Además, escuché que servían un Vega Sicilia excelente. Y que tú
estarías aquí.
Su audacia me dejó sin aliento. —¿Y eso te importa?
—Digamos que encuentro tu compañía… más interesante que la de
los banqueros suizos. —Sus ojos oscuros brillaron con picardía
mientras bebía de mi copa, su mirada fija en la mía por encima del
borde.
Sentí el calor subir a mis mejillas. Miré hacia Alejandro, pero seguía
absorto en su conversación. Estábamos en nuestro propio mundo,
aislados en medio de la multitud.
—Estás jugando con fuego, Mateo.
—Me gusta el fuego. Y parece que a ti también te atrae el peligro. —
Se inclinó ligeramente hacia mí, su voz un susurro cómplice—. ¿O
me equivoco?
Tragué saliva. —No sabes nada de mí.
—Sé que estás atrapada. Sé que anhelas algo más. Y sé que la
forma en que me miras cuando crees que nadie te ve… no es
indiferencia. —Su mano rozó la mía sobre la mesa, un contacto
fugaz pero electrizante. Retiré mi mano como si me hubiera
quemado.
—Alejandro es mi prometido.
—Lo sé. Y yo soy su socio. Una situación… complicada. —Sonrió,
pero había algo serio en su mirada—. Pero eso no cambia lo que hay
entre nosotros, Valentina. Esta… tensión. Esta atracción.
—No hay nada entre nosotros.
—Mientes. —Su voz era suave, pero firme—. Y lo sabes. Cada vez
que estamos cerca, saltan chispas. Podríamos incendiar esta sala
ahora mismo.
Su intensidad era abrumadora. Miré sus labios, recordando la
cercanía en el pasillo de la villa. El deseo, crudo y prohibido, me
recorrió como una descarga.
—Esto es una locura —susurré, más para mí misma que para él.
—Quizás. O quizás es lo más real que has sentido en mucho tiempo.
—Su mirada bajó a mis labios, y por un instante, pensé que iba a
besarme allí mismo, delante de todos.
Justo en ese momento, Alejandro se levantó, dando por terminada
su conversación. Mateo se reclinó en su silla, adoptando una
expresión de indiferencia estudiada.
—¿Interrumpo algo? —preguntó Alejandro, su mirada pasando de
Mateo a mí con suspicacia.
—Nada importante —respondió Mateo con calma—. Solo
comentábamos lo aburrida que puede ser la charla sobre tipos de
interés suizos. Valentina parecía necesitar un rescate.
Alejandro frunció el ceño, pero no dijo nada. —Vamos, Valentina.
Nos esperan para el café en el salón privado.
Me levanté, mis piernas temblando ligeramente. Antes de seguir a
Alejandro, mis ojos se encontraron con los de Mateo una última vez.
Él me guiñó un ojo imperceptiblemente.
Mientras me alejaba, sentí su mirada quemando en mi espalda.
Estaba jugando un juego peligroso, permitiendo que Mateo se
acercara, alimentando esa atracción prohibida.
Sabía que debía detenerme, que las consecuencias podrían ser
devastadoras. Pero una parte de mí, la parte que anhelaba sentir,
que deseaba escapar, no quería hacerlo.
Estaba caminando sobre hielo fino, y la sensación era, a la vez,
aterradora y extrañamente estimulante. El paraíso seguro se
desmoronaba, y las sombras del deseo y el peligro se alargaban,
amenazando con engullirme por completo.
Capítulo 6: El Roce Prohibido
(POV Mateo)
Verla alejarse del brazo de Alejandro, volviendo a su papel de
prometida perfecta, me dejó un sabor amargo en la boca. La breve
conversación en la mesa, cargada de tensión y verdades no dichas,
solo había confirmado mis sospechas: Valentina Valcárcel era mucho
más que la fachada que presentaba al mundo. Y estaba
peligrosamente cerca de romperse.
Me recosté en la silla, observando la dinámica de la cena desde mi
posición privilegiada y aislada. Alejandro la guiaba por el salón
privado, presentándola a más figurones con sonrisas ensayadas. Ella
asentía, sonreía, pero sus ojos… sus ojos buscaban algo más.
¿O era solo mi imaginación, mi deseo proyectándose en ella?
El juego que estaba jugando era estúpido y arriesgado. Provocarla,
acercarme, insinuar… ¿Qué pretendía conseguir? ¿Salvarla de un
matrimonio sin amor? ¿O simplemente satisfacer mi propio ego,
demostrar que podía tener a la mujer que mi "perfecto" socio creía
poseer?
Quizás ambas cosas. Odiaba la hipocresía de nuestro mundo, la
forma en que las vidas se compraban y vendían como acciones en
bolsa. Y odiaba ver a alguien con la chispa de Valentina a punto de
ser extinguida por la conveniencia y la ambición de los Herrera y los
Valcárcel.
Terminé mi vino, la imagen de su rostro sonrojado, sus labios
entreabiertos, grabada en mi mente. La atracción era innegable, una
fuerza bruta que me empujaba hacia ella a pesar de todas las
señales de peligro. Era como acercarse demasiado a una llama:
fascinante, cálido, pero con el riesgo constante de quemarse.
Decidí que ya había tenido suficiente de aquella farsa por una noche.
Me levanté, despidiéndome con un gesto vago de los pocos
conocidos que había en la mesa, y me dirigí hacia la salida del
restaurante. Necesitaba espacio, aire, alejarme de la tentación que
representaba Valentina.
Mientras esperaba mi coche en la entrada del lujoso edificio, vi a
Alejandro y Valentina salir también. Parecían estar discutiendo en
voz baja. La expresión de ella era tensa, la de él, impaciente.
—…simplemente creo que deberías mostrar más entusiasmo,
Valentina. Es importante para los negocios —le decía Alejandro, su
tono condescendiente.
—Estoy cansada, Alejandro. Ha sido una noche larga —respondió
ella, su voz apagada.
—Tonterías. Aún tenemos que pasar por la recepción del embajador.
Sonríe y aguanta un poco más. Es lo mínimo que puedes hacer.
La forma en que le hablaba, como si fuera una empleada y no su
prometida, hizo que la sangre me hirviera. Di un paso hacia ellos,
dispuesto a intervenir, a decirle a Alejandro cuatro verdades. Pero
me contuve. No era mi lugar. Aún no.
Justo entonces, el aparcacoches trajo el coche de Alejandro, un
Maserati reluciente. Él le abrió la puerta a Valentina sin mirarla, más
preocupado por ajustar el nudo de su corbata.
Ella dudó un instante antes de entrar. Sus ojos se encontraron con
los míos por encima del techo del coche. Había una súplica
silenciosa en ellos, una desesperación que me golpeó directamente
en el pecho. Fue un instante fugaz, pero lo vi todo: la jaula, el
miedo, el anhelo.
Mi propio coche llegó, un Aston Martin negro mate que contrastaba
con el brillo ostentoso del Maserati. El aparcacoches me abrió la
puerta.
Antes de entrar, miré de nuevo hacia el coche de Alejandro.
Valentina ya estaba dentro, la ventanilla subida, su rostro una
máscara impasible mirando al frente. Pero yo había visto detrás de la
máscara. Y no podía ignorarlo.
Entré en mi coche, el olor a cuero nuevo llenando mis sentidos.
Mientras me alejaba del restaurante, la imagen de los ojos de
Valentina me perseguía. La decisión estaba tomada. No iba a
quedarme de brazos cruzados viendo cómo se marchitaba en esa
jaula dorada. Iba a acercarme, a ofrecerle una salida, aunque eso
significara desafiar a Alejandro, a nuestras familias, a todo nuestro
maldito mundo.
El roce había sido prohibido, sí. Pero la conexión era real. Y estaba
dispuesto a arriesgarlo todo por explorar hasta dónde podía
llevarnos. El juego peligroso acababa de empezar, y yo estaba listo
para hacer mi siguiente movimiento.
Capítulo 7: Secretos Compartidos al
Alba
(POV Valentina)
La recepción del embajador fue otra tortura elegante. Más sonrisas
forzadas, más conversaciones insustanciales, más copas de champán
que no deseaba. Alejandro se movía por la sala con la confianza de
un rey en su corte, estrechando manos, cerrando tratos invisibles
con miradas y gestos calculados. Yo era el adorno silencioso a su
lado, asintiendo y sonriendo en los momentos adecuados.
Pero mi mente no estaba allí. Estaba atrapada en el recuerdo de la
mirada de Mateo al salir del restaurante, en la súplica silenciosa que
le había lanzado. Y en la conversación en el jardín de la villa, sus
palabras sobre volar libre, sobre elegir mi propia felicidad.
"¿Vale la pena sacrificarla por mantener las apariencias?"
La pregunta resonaba, dolorosa y persistente. Cada minuto que
pasaba al lado de Alejandro, sintiendo su frialdad disfrazada de
corrección, la respuesta se hacía más clara. No. No valía la pena.
Pero el miedo me paralizaba. El miedo al escándalo, a la reacción de
mi padre, a perder la única vida que conocía, por muy vacía que
fuera. ¿Y qué alternativa tenía? ¿Confiar en Mateo? El hombre que
representaba todo lo que me habían enseñado a evitar:
impredecible, peligroso, un rebelde sin causa aparente.
Sin embargo, era el único que parecía verme de verdad. El único que
se atrevía a desafiar la fachada.
Finalmente, la larga noche terminó. De vuelta en el ático de lujo que
Alejandro mantenía en Madrid, me quité el vestido de diseñador
como si me arrancara una segunda piel. Él ya estaba en su
despacho, hablando por teléfono en voz baja, probablemente
cerrando algún negocio más.
Me miré en el espejo del enorme vestidor. Vi a una extraña con ojos
cansados y una expresión perdida. ¿Quién era yo realmente? ¿La
heredera Valcárcel, la prometida perfecta? ¿O la mujer que sentía
una atracción prohibida por el socio rebelde de su futuro marido?
No pude dormir. Di vueltas en la cama de seda, la mente acelerada.
Las palabras de Mateo, sus miradas intensas, la tensión eléctrica
entre nosotros… todo se mezclaba con la presión de mi familia, las
expectativas de Alejandro, el futuro predecible y asfixiante que me
esperaba.
Cerca del amanecer, cuando los primeros rayos de sol teñían de rosa
el cielo de Madrid, me levanté. Necesitaba aire, espacio. Salí a la
inmensa terraza del ático, que ofrecía unas vistas espectaculares de
la ciudad despertando.
Me apoyé en la barandilla de cristal, dejando que la brisa fresca
acariciara mi rostro. El silencio era casi absoluto, roto solo por el
lejano murmullo del tráfico incipiente.
—Tampoco puedes dormir.
La voz grave me sobresaltó. Me giré bruscamente. Mateo estaba allí,
en el otro extremo de la terraza, apoyado en la pared, vestido con
unos vaqueros oscuros y una camiseta negra que se ceñía a sus
músculos. Tenía una taza en la mano.
—¿Mateo? ¿Qué… qué haces aquí? —tartamudeé, mi corazón
latiendo desbocado.
¿Cómo había entrado?
—Alejandro me pidió que pasara temprano a recoger unos
documentos antes de ir al aeropuerto. La puerta estaba abierta. —
Se encogió de hombros, aunque sus ojos sugerían que había más en
la historia—. Te vi salir a la terraza.
—Deberías haberme avisado.
—¿Y perderme esta vista? —Sonrió, pero no era la sonrisa burlona
de antes. Era algo más suave, casi comprensivo—. Parecías necesitar
un momento de paz.
Me relajé ligeramente, aunque la tensión entre nosotros seguía
siendo palpable. —¿Y tú?
¿Qué te quita el sueño?
Se acercó, deteniéndose a una distancia prudente. —Digamos que
mi mente también tiende a dar vueltas por la noche. Pensando en…
complicaciones.
Sabía que se refería a nosotros. El aire se cargó de electricidad de
nuevo.
—Mateo, lo de anoche… no debió pasar. No podemos…
—¿No podemos sentir? ¿No podemos ser honestos el uno con el
otro, aunque sea por un momento? —Me interrumpió, su mirada
intensa—. Valentina, ambos sabemos que esto
—señaló vagamente hacia el interior del lujoso apartamento— no es
real. Es un escenario. Y tú estás atrapada en él.
—Es mi vida. La vida que debo llevar.
—¿Debes? ¿O te han convencido de que debes? —Se acercó un paso
más. Podía oler el café y algo más, algo intrínsecamente suyo,
masculino y atrayente—. Te vi anoche. Vi cómo te miraba Alejandro,
cómo te hablaba. No te merece.
—No te corresponde a ti decidir eso.
—Quizás no. Pero puedo ofrecerte una alternativa. —Su voz bajó,
convirtiéndose en un susurro íntimo—. Una opción. Una oportunidad
para elegir por ti misma.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que si alguna vez… si alguna vez decides que no
puedes más, que necesitas escapar… búscame. Te ayudaré. Sin
condiciones. Sin esperar nada a cambio.
Su oferta me dejó atónita. La sinceridad en sus ojos era innegable.
¿Ayudarme a escapar? ¿Ir en contra de Alejandro, de mi familia, de
todo?
—¿Por qué harías eso por mí?
—Porque creo que todos merecen la oportunidad de ser libres. Y
porque hay algo en ti, Valentina, que me hace querer luchar contra
el mundo entero para verte volar. —Su mano se alzó, sus dedos
rozando mi brazo desnudo. Esta vez no me aparté. El contacto envió
un calor reconfortante y peligroso a través de mí.
Nos quedamos así, mirándonos, mientras el sol salía sobre Madrid,
bañando la ciudad en una luz dorada. El mundo parecía detenerse.
En sus ojos oscuros, vi una promesa silenciosa, un refugio
inesperado.
El sonido de la puerta del despacho abriéndose en el interior rompió
el hechizo. Alejandro.
Mateo retiró la mano, pero su mirada no se apartó de la mía. —
Piénsalo, Valentina. La oferta sigue en pie.
Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta de la terraza justo cuando
Alejandro salía, ya vestido con su impecable traje de negocios.
—Mateo. ¿Ya tienes los documentos? —preguntó Alejandro,
lanzándome una mirada inquisitiva.
—Sí, aquí están. Gracias por la rapidez. —Mateo le entregó una
carpeta—. Nos vemos en la reunión de la tarde.
Intercambiaron un asentimiento frío, la tensión entre ellos palpable
incluso para mí. Mateo me dedicó una última mirada significativa
antes de desaparecer por la puerta.
—¿Qué hacía él aquí tan temprano? ¿Y qué hacías tú aquí fuera? —
preguntó Alejandro, su tono cargado de sospecha.
—Vino a por los papeles que le pediste. Y yo… no podía dormir. Salí
a tomar el aire — respondí, intentando mantener la voz tranquila.
Alejandro me estudió por un momento, sus ojos grises fríos e
ilegibles. —Bien. Vístete. Tenemos un desayuno con los Valcárcel en
una hora. Y procura parecer feliz, ¿quieres?
Se dio la vuelta y entró, dejándome sola en la terraza con el sol
naciente y el eco de la oferta de Mateo. Secretos compartidos al
alba. Una promesa de escape. Una elección imposible.
Mi corazón latía con una mezcla de miedo y una nueva y peligrosa
esperanza. La jaula seguía allí, pero por primera vez, veía una
posible llave. Y esa llave tenía los ojos oscuros y tormentosos de
Mateo Vidal.
Capítulo 8: Entre la Lealtad y el Deseo
(POV Mateo)
Dejé el ático de Alejandro con una sensación extraña en el pecho,
una mezcla de triunfo y aprensión. El encuentro matutino con
Valentina en la terraza había sido… revelador. La vulnerabilidad en
sus ojos, la forma en que se aferraba a la barandilla como si temiera
caer, la sinceridad con la que admitió sentirse atrapada… todo ello
había derribado mis últimas defensas.
Mi oferta de ayuda había sido impulsiva, sí. Arriesgada, sin duda.
Pero genuina. Verla allí, tan hermosa y tan perdida, había
despertado algo en mí que iba más allá de la simple atracción física
o el deseo de fastidiar a Alejandro. Era un deseo de protegerla, de
mostrarle que había otra vida posible más allá de los muros dorados
de su jaula.
Mientras conducía mi Aston Martin por las calles de Madrid hacia mi
propio apartamento
—un loft minimalista con vistas al Retiro, mi santuario personal lejos
del mundo Herrera- Valcárcel—, repasé la conversación. Sus dudas,
su miedo, pero también esa chispa de esperanza que vi en sus ojos
cuando le ofrecí una salida.
"Piénsalo, Valentina. La oferta sigue en pie."
¿Lo haría? ¿Se atrevería a desafiar a todos, a arriesgarlo todo por
una oportunidad de libertad? Una parte de mí, la cínica, dudaba.
Estaba demasiado arraigada en ese mundo, demasiado condicionada
por el deber y las expectativas. Pero otra parte, la que había
conectado con la mujer real detrás de la máscara, esperaba que sí.
Esperaba que encontrara la fuerza para luchar por sí misma.
Llegué a mi loft y me serví un café solo, fuerte y amargo, como mi
humor. Me detuve frente al enorme ventanal, contemplando el
parque que despertaba bajo el sol de la mañana. Mi vida era un
contraste constante: la fachada de socio exitoso en el implacable
mundo de los negocios de Alejandro, y mi verdadera naturaleza, la
de un lobo solitario que despreciaba las reglas y las convenciones de
ese mismo mundo.
Había construido mi propia fortuna, partiendo de casi nada después
de romper lazos con mi propia familia adinerada pero disfuncional.
Me había aliado con los Herrera por conveniencia, por estrategia,
usando su plataforma para mis propios fines. Pero nunca me había
sentido parte de ellos. Siempre había sido el outsider, el socio
rebelde que toleraban porque les hacía ganar dinero.
Y ahora, estaba a punto de dinamitar esa alianza por una mujer. La
prometida de mi socio.
Era una locura. Una estupidez monumental. Pero la imagen de
Valentina, de sus ojos suplicantes, de su vulnerabilidad… no me
abandonaba.
El teléfono sonó, sacándome de mis pensamientos. Era Alejandro.
—Mateo, ¿todo listo para la reunión de esta tarde? Los inversores
japoneses son clave. No podemos permitirnos ningún error —dijo, su
voz tensa y autoritaria.
—Tranquilo, Herrera. Todo bajo control. Tendrás tus millones —
respondí con frialdad.
—Más te vale. Y otra cosa… —Hubo una pausa—. Aléjate de
Valentina. La advertencia directa me tensó. —¿Perdona?
—Te vi hablando con ella esta mañana en la terraza. Y en la cena de
anoche. Sé lo que intentas, Mateo. Conozco tu reputación. Pero ella
es mía. Es mi prometida. No te acerques.
Su tono posesivo, como si hablara de un objeto, encendió mi furia.
—Quizás deberías preocuparte más por hacerla feliz que por advertir
a tus socios, Alejandro. A lo mejor así no necesitaría buscar…
compañía en otra parte.
El silencio al otro lado de la línea fue tenso. —Considera esto tu
única advertencia, Mateo. No cruces la línea.
Colgó.
Me quedé mirando el teléfono, la mandíbula apretada. La amenaza
velada de Alejandro solo sirvió para reforzar mi determinación. Él no
la veía, no la valoraba. Solo la quería como un trofeo, una pieza más
en su juego de poder. Y yo no iba a permitir que la destruyera.
La lealtad hacia mi socio, hacia el negocio que habíamos construido,
luchaba contra el deseo creciente de proteger a Valentina, de
ofrecerle esa salida que tanto parecía necesitar. Era una batalla
interna, un conflicto entre la razón y una emoción inesperada y
poderosa.
Miré de nuevo hacia el parque, hacia la ciudad que se extendía a mis
pies. Sabía que el camino que estaba eligiendo era peligroso. Podía
perderlo todo: mi negocio, mi posición, mi independencia ganada
con tanto esfuerzo. Pero la imagen de Valentina, la posibilidad de
verla libre, de verla volar… valía el riesgo.
Tomé una decisión. No me alejaría. Seguiría acercándome, seguiría
ofreciéndole mi apoyo, mi ayuda. Le daría la opción de elegir. Y si
decidía saltar, yo estaría allí para atraparla.
La lealtad podía irse al infierno. A veces, el deseo, la conexión
humana, la lucha por algo real, era más importante que cualquier
contrato o alianza. Y Valentina Valcárcel se había convertido, sin
buscarlo, en esa causa por la que estaba dispuesto a arriesgarlo
todo. La batalla entre el deber y el deseo no era solo suya. También
era mía.
Capítulo 9: Fuego Cruzado
(POV Valentina)
El desayuno con mis padres fue tenso. Mi padre hablaba de cifras y
contratos navieros, mi madre comentaba los últimos cotilleos
sociales, pero ambos me lanzaban miradas inquisitivas de vez en
cuando, como si pudieran detectar la tormenta que se libraba bajo
mi fachada serena. La advertencia de Alejandro —"procura parecer
feliz"— resonaba en mis oídos, añadiendo otra capa de presión a mi
ya frágil compostura.
Intenté participar en la conversación, hablar de los preparativos de
la boda, de la lista de invitados, de la elección de las flores. Pero mis
pensamientos volvían una y otra vez a la terraza al amanecer, a la
oferta de Mateo, a la intensidad de su mirada.
"Si alguna vez decides que no puedes más… búscame. Te ayudaré."
La idea era a la vez aterradora y tentadora. Escapar. Dejar atrás el
deber, las expectativas, la jaula dorada. ¿Pero a qué precio? ¿Y podía
realmente confiar en Mateo? Era el socio de Alejandro, un hombre
con fama de rebelde y mujeriego. ¿Era su oferta genuina o solo
parte de un juego más complejo?
Después del desayuno, tenía una prueba de vestido en una exclusiva
boutique del Barrio de Salamanca. Mi madre insistió en
acompañarme. Mientras las asistentes me ajustaban metros de seda
y encaje francés, mi madre parloteaba sobre la importancia de la
imagen, sobre cómo este matrimonio consolidaría la posición de los
Valcárcel.
—Tienes que entender, Valentina, que esto es más grande que tus
pequeños caprichos — dijo, su tono afilado mientras examinaba un
detalle del bordado—. Es el futuro de nuestra familia. Alejandro es
un partido excelente. No puedes permitirte dudar.
—No dudo, mamá. Solo estoy cansada —mentí, mirándome en el
espejo triple. El vestido era espectacular, digno de una princesa.
Pero me sentía como un fraude dentro de él.
—Pues descansa. Pero asegúrate de estar radiante en la gala
benéfica de esta noche. Los Herrera estarán allí, por supuesto. Y
toda la prensa. Necesitamos proyectar unidad y felicidad.
Unidad y felicidad. Palabras huecas en mi realidad actual.
La gala benéfica se celebró en un palacio histórico en el centro de
Madrid, reconvertido en espacio para eventos de lujo. Candelabros
de cristal, arreglos florales extravagantes, camareros con librea
sirviendo champán y canapés gourmet. El epítome del lujo y la
superficialidad que empezaba a detestar.
Alejandro estaba en su elemento, saludando a ministros,
empresarios y aristócratas con la misma sonrisa calculada. Yo me
aferraba a su brazo, desempeñando mi papel. Pero mis ojos,
traicioneros, buscaban entre la multitud.
Y allí estaba él. Mateo. Apoyado en una columna, como siempre,
observando la escena con una mezcla de diversión y desdén. Vestía
un esmoquin impecable que realzaba su atractivo oscuro y peligroso.
Nuestros ojos se encontraron a través de la sala abarrotada. Una
chispa invisible saltó entre nosotros, cargada de secretos y tensión.
Él levantó su copa ligeramente, una repetición del gesto en Marbella.
Una invitación silenciosa. Mi corazón dio un vuelco. Aparté la mirada
rápidamente, pero sentí su atención fija en mí.
Durante la cena, sentaron a Mateo en una mesa diferente, pero
estratégicamente situada para que pudiera verme. Sentí su mirada
sobre mí constantemente, intensa, inquisitiva. Me ponía nerviosa,
me hacía consciente de cada gesto, de cada palabra forzada que
intercambiaba con los comensales de mi mesa.
Alejandro, sentado a mi lado, parecía notar la tensión. Su mano se
posó sobre la mía sobre el mantel, un gesto aparentemente
cariñoso, pero su agarre era firme, posesivo. Se inclinó hacia mí.
—¿Estás bien? Pareces distraída —susurró, sus ojos grises
escrutándome.
—Estoy perfectamente —respondí, forzando una sonrisa—. Solo un
poco abrumada por todo.
—Relájate y disfruta. Eres la futura señora Herrera. Todas las
miradas están puestas en ti.
—Su comentario pretendía ser un cumplido, pero sonó como una
advertencia.
Después de la cena, mientras la orquesta comenzaba a tocar valses
y la gente se dirigía a la pista de baile improvisada, necesité escapar
de nuevo. Me excusé para ir al tocador, pero en lugar de eso, me
deslicé hacia una terraza más pequeña y apartada, buscando aire
fresco.
La noche madrileña era más fresca que en Marbella, pero
igualmente estrellada. Me apoyé en la balaustrada, respirando
hondo, intentando calmar el caos en mi interior.
—Sabía que te encontraría aquí.
La voz de Mateo, justo detrás de mí. Me giré, el corazón latiendo con
fuerza.
—¿Me estás siguiendo, Mateo?
—Digamos que tengo un radar para princesas en apuros. —Se
acercó, el aroma de su colonia mezclándose con el aire nocturno—.
¿Disfrutando de la fiesta?
—Tanto como tú, imagino.
—Yo al menos soy honesto sobre mi desdén por estas farsas. Tú… tú
sigues representando tu papel a la perfección. —Su mirada recorrió
mi vestido, mi peinado elaborado, mis joyas discretas pero caras—.
Aunque tus ojos dicen otra cosa.
—Mis ojos están cansados, eso es todo.
—No. Están tristes. Y asustados. —Dio un paso más, cerrando la
distancia entre nosotros
—. ¿Has pensado en mi oferta, Valentina? Tragué saliva. —Es una
locura. No puedo…
—¿No puedes o no quieres? —Su voz era un susurro persuasivo—.
¿Qué te da más miedo? ¿Perder la seguridad que crees tener? ¿O
enfrentarte a lo que realmente sientes?
—No siento nada por ti —mentí, pero mi voz tembló ligeramente.
—Entonces mírame a los ojos y dímelo. —Su mano se alzó, sus
dedos rozando mi mandíbula, obligándome a encontrar su mirada
intensa—. Dime que no sientes esta… conexión. Dime que no deseas
algo más que esta vida vacía.
Estaba atrapada. Sus ojos oscuros me absorbían, la verdad escrita
en ellos. No podía mentirle. No a él.
—Yo… no puedo —susurré, la voz rota.
Una sonrisa lenta y triunfante se dibujó en sus labios. —Lo sabía.
Se inclinó, su rostro a centímetros del mío. El mundo se desvaneció.
Solo existíamos nosotros dos, la luna, la tensión crepitante. Esperé el
beso, mi cuerpo temblando de anticipación y miedo.
Pero entonces, un ruido nos sobresaltó. Pasos apresurados
acercándose por el pasillo que daba a la terraza.
—¡Valentina! ¿Estás aquí?
Era la voz de Alejandro, tensa, irritada.
Mateo retrocedió rápidamente, poniendo una distancia segura entre
nosotros justo cuando Alejandro aparecía en el umbral de la terraza,
su rostro una máscara de furia contenida al vernos juntos.
—¿Qué significa esto? —preguntó, su voz peligrosamente baja, sus
ojos grises fijos en mí, luego en Mateo.
El aire se cargó de una tensión diferente, una amenaza palpable.
Estaba atrapada. Atrapada entre el hombre al que debía lealtad y el
hombre que despertaba mi deseo prohibido. Atrapada en el fuego
cruzado.
Capítulo 10: La Huida Momentánea
(POV Mateo)
La tensión en la terraza era tan espesa que se podía cortar con un
cuchillo. Los ojos grises de Alejandro eran esquirlas de hielo, fijos
primero en mí, luego en Valentina, cuya palidez bajo la luz de la luna
era alarmante. Su fachada de prometida perfecta se había
resquebrajado, dejando al descubierto el miedo y la confusión.
—¿Interrumpo algo importante? —repitió Alejandro, su voz
peligrosamente suave.
Di un paso adelante, interponiéndome ligeramente entre él y
Valentina. Un gesto instintivo, protector. —Solo una conversación
casual, Herrera. Valentina necesitaba un poco de aire fresco. Esta
multitud puede ser… sofocante.
Mi tono era deliberadamente neutro, pero el desafío flotaba en el
aire. Alejandro no era tonto. Sabía que había algo más. Su mirada se
endureció.
—Valentina, te hice una pregunta. ¿Qué hacías aquí… con él? —Su
atención se centró en ella, ignorándome deliberadamente.
Vi a Valentina tragar saliva, buscando las palabras. —Yo… solo
necesitaba salir un momento. Mateo estaba aquí por casualidad.
Su voz era temblorosa, pero mantuvo la mirada de Alejandro.
Admiré su coraje, incluso en medio del pánico.
Alejandro no parecía convencido. Sus ojos se entrecerraron. —Ya
veo. Bueno, la "casualidad" ha terminado. Vamos adentro. Ahora.
Agarró el brazo de Valentina con una fuerza innecesaria. Ella lanzó
un pequeño gemido de dolor, apenas audible, pero que resonó en
mis oídos como un trueno. La furia me invadió.
—Suéltala, Alejandro —dije, mi voz baja y amenazante. Di otro paso,
acortando la distancia.
Él se giró hacia mí, soltando a Valentina pero manteniendo una
postura agresiva. —
¿Disculpa? ¿Me estás dando órdenes, Mateo?
—Te estoy diciendo que la sueltes. No tienes derecho a tratarla así.
—Ella es mi prometida. La trato como me plazca. Y tú… tú eres solo
mi socio. Un socio que está peligrosamente cerca de cruzar la línea.
Te lo advertí. —Su rostro estaba contraído por la rabia contenida.
—Quizás la línea ya se cruzó hace tiempo —repliqué, manteniendo
su mirada. El aire crepitaba entre nosotros.
Valentina nos miraba, los ojos muy abiertos, atrapada entre nosotros
dos. —Por favor… no hagáis una escena.
Su súplica me devolvió a la realidad. Una pelea allí, en medio de una
gala benéfica, sería un desastre para todos. Especialmente para ella.
Respiré hondo, intentando controlar mi temperamento. —Tienes
razón, Valentina. No vale la pena. —Miré a Alejandro—. Llévatela.
Pero ten cuidado, Herrera. El hielo fino puede romperse.
Alejandro me lanzó una mirada cargada de odio antes de agarrar de
nuevo el brazo de Valentina, esta vez con menos fuerza pero con
igual determinación, y prácticamente arrastrarla de vuelta al interior
del palacio.
Me quedé solo en la terraza, la adrenalina recorriendo mis venas, la
mandíbula apretada. La imagen de la mirada asustada de Valentina,
el agarre posesivo de Alejandro… todo ello alimentaba mi resolución.
Tenía que sacarla de allí.
Pero necesitaba un plan. No podía simplemente irrumpir y
llevármela. Necesitaba que ella quisiera irse. Necesitaba que ella
diera el primer paso.
Volví al salón principal, buscando a Valentina con la mirada. La
encontré sentada en una mesa apartada, Alejandro a su lado,
hablando animadamente con un grupo de personas, ignorándola por
completo. Ella miraba al vacío, su rostro pálido y ausente.
Nuestros ojos se encontraron de nuevo a través de la sala. Le
sostuve la mirada, intentando transmitirle fuerza, apoyo. "La oferta
sigue en pie", parecían decir mis ojos.
Ella apartó la mirada rápidamente, pero no antes de que viera un
atisbo de algo…
¿decisión? ¿desesperación?
Decidí darle espacio, pero no podía irme. No todavía. Me dirigí a la
barra, pidiendo otro whisky, manteniendo una vigilancia discreta
sobre ella.
Pasó casi una hora. La fiesta empezaba a decaer. Algunas personas
se despedían. Vi a Alejandro levantarse, indicándole a Valentina que
era hora de irse. Ella asintió sin mirarlo.
Mientras se dirigían hacia la salida, ella se detuvo un instante,
buscando algo en su bolso. Fue un movimiento rápido, casi
imperceptible. Dejó caer algo al suelo cerca de una maceta grande.
Luego siguió a Alejandro sin mirar atrás.
Mi corazón dio un vuelco. ¿Había sido intencionado?
Esperé a que desaparecieran. Me acerqué a la maceta con disimulo.
En el suelo, medio oculto por una hoja, había un pequeño trozo de
papel doblado. Lo recogí rápidamente, sintiendo el pulso acelerado.
Me alejé de la multitud, buscando un rincón tranquilo para leerlo.
Desdoblé el papel con manos temblorosas. La caligrafía era
elegante, apresurada.
"Ayúdame. Por favor. Mañana. Café de Oriente. 11 AM."
Solo eso. Sin firma. Pero sabía que era de ella.
Había tomado una decisión. Había pedido ayuda. Había dado el
primer paso.
Una sonrisa lenta se extendió por mi rostro. El juego había
cambiado. Ya no se trataba solo de tensión y miradas robadas. Se
trataba de acción. De escape.
Guardé la nota en el bolsillo interior de mi chaqueta. Mañana. Café
de Oriente. 11 AM.
Salí de la gala sintiéndome extrañamente eufórico. El peligro era
mayor que nunca, las consecuencias impredecibles. Pero por primera
vez, sentía que estaba luchando por algo que realmente importaba.
La huida, aunque fuera momentánea, estaba a punto de comenzar.
Y yo iba a ser parte de ella.
Capítulo 11: Consecuencias
Inevitables
(POV Valentina)
La nota quemaba en mi bolsillo imaginario. El simple acto de
escribirla y dejarla caer había sido el más audaz y aterrador de mi
vida. Durante el resto de la noche, y en el tenso viaje de vuelta al
ático con Alejandro, mi corazón latió con la fuerza de un tambor
desbocado. ¿Y si Mateo no la encontraba? ¿Y si la encontraba, pero
decidía ignorarla? ¿Y si Alejandro descubría mi pequeño acto de
rebelión?
Alejandro estuvo extrañamente silencioso en el coche. Su perfil era
duro, la mandíbula apretada. Sabía que estaba furioso por haberme
encontrado con Mateo en la terraza. La atmósfera en el coche era
gélida, cargada de reproches no dichos.
Una vez en el ático, se dirigió directamente a su despacho, cerrando
la puerta con un portazo contenido que resonó en el silencio del
apartamento. No me dirigió la palabra. Su frialdad era casi peor que
su ira abierta. Me dejó sola en el enorme salón, sintiéndome
pequeña e insignificante bajo los techos altos y las obras de arte
moderno.
Me quité los tacones, masajeando mis doloridos pies. La adrenalina
de la noche empezaba a desvanecerse, dejando paso a un miedo
paralizante. ¿Qué había hecho? Había pedido ayuda a Mateo Vidal, el
hombre que representaba todo lo prohibido, el socio de mi
prometido. Había puesto en marcha una cadena de acontecimientos
cuyas consecuencias no podía prever.
"Mañana. Café de Oriente. 11 AM."
La cita era un faro de esperanza y terror en la oscuridad de mi
incertidumbre. ¿Acudiría?
¿Y si lo hacía, qué pasaría después? ¿Realmente podía confiar en él?
¿Estaba dispuesta a abandonar todo lo que conocía por una promesa
incierta de libertad?
Pasé la noche en vela, mi mente un torbellino de dudas y escenarios
catastróficos. Imaginé la furia de Alejandro si descubría la nota, la
decepción de mi padre, el escándalo que sacudiría a ambas familias.
Pero también imaginé la posibilidad de escapar, de respirar aire libre,
de tomar mis propias decisiones. Y esa imagen, por muy aterradora
que fuera, me daba fuerzas.
La mañana llegó demasiado rápido. Me vestí con un cuidado casi
febril, eligiendo un vestido sencillo pero elegante, intentando
proyectar una calma que no sentía. Alejandro seguía encerrado en
su despacho. No sabía si había dormido allí o si simplemente me
estaba evitando.
Necesitaba una excusa para salir. Le dije a la asistenta que tenía una
cita con una amiga para tomar un café. Una mentira frágil, pero la
única que se me ocurrió.
Salí del edificio sintiendo las miradas del personal sobre mí.
¿Sospechaban algo? ¿O era solo mi paranoia?
Tomé un taxi hasta la Plaza de Oriente. El corazón me latía con tanta
fuerza que temía que el conductor pudiera oírlo. El Café de Oriente,
con sus elegantes mesas en la terraza y su aire de historia y
sofisticación, parecía un escenario improbable para un encuentro
clandestino.
Eran las 10:55 AM. Elegí una mesa discreta en un rincón, desde
donde podía ver la entrada. Pedí un café con leche, mis manos
temblando ligeramente al sostener la taza.
Cada minuto que pasaba era una tortura. Miraba a cada hombre que
entraba, mi esperanza aumentando y disminuyendo con cada rostro
desconocido. ¿Y si no venía? ¿Y si se lo había pensado mejor? ¿Y si
Alejandro lo había interceptado?
Las 11:00. Las 11:05. Las 11:10.
La desesperación comenzó a invadirme. Quizás había sido una idiota
al confiar en él, al creer en su oferta. Estaba sola. Atrapada.
Justo cuando estaba a punto de rendirme, de pagar el café y volver
a mi jaula, lo vi. Entró en la terraza con esa confianza innata, vestido
con una chaqueta de cuero oscura sobre una camisa blanca, gafas
de sol ocultando sus ojos. Mi corazón dio un vuelco doloroso.
Había venido.
Se quitó las gafas de sol al acercarse a mi mesa, sus ojos oscuros
encontrando los míos. Había una seriedad en su expresión que no
había visto antes.
—Valentina —dijo simplemente, sentándose frente a mí.
—Mateo. —Mi voz era apenas un susurro—. Pensé que no vendrías.
—Dije que lo haría. —Hizo una señal al camarero para pedir un café
solo—. Recibí tu nota.
—Yo… no sabía qué más hacer —admití, sintiéndome vulnerable.
—Hiciste lo correcto. Pedir ayuda no es una debilidad, Valentina. Es
una señal de fortaleza. —Su mirada era directa, sincera—. ¿Estás
segura de esto? Una vez que demos el siguiente paso, no habrá
vuelta atrás.
La pregunta flotó en el aire. Miré a mi alrededor, a la gente
disfrutando del sol de la mañana, ajena a mi dilema. Miré mis manos
temblorosas sobre la taza. Miré a Mateo, a la promesa de libertad y
peligro en sus ojos.
Respiré hondo. —Estoy segura. No puedo… no puedo seguir así. No
puedo casarme con Alejandro.
Una leve sonrisa curvó los labios de Mateo. —Bien. Entonces,
tenemos que sacarte de aquí. Rápido. Antes de que Alejandro se dé
cuenta de que has desaparecido.
—¿Pero cómo? ¿A dónde iremos?
—Tengo un plan. Un lugar seguro fuera de Madrid donde podemos
escondernos por un tiempo, pensar nuestro siguiente movimiento.
Pero tenemos que irnos ahora. ¿Tienes pasaporte contigo? ¿Algo de
dinero?
Asentí. Había metido mi pasaporte y algo de efectivo en mi bolso
antes de salir, en un impulso de previsión desesperada.
—Perfecto. Termina tu café. Saldremos por separado. Te esperaré en
mi coche, está aparcado en la calle de atrás. Un Aston Martin negro.
No llames la atención.
Asentí de nuevo, mi mente corriendo para asimilarlo todo. Estaba
sucediendo. Realmente estaba sucediendo.
Mateo se levantó. —Valentina… —Hesitó un instante—. Sé que esto
es aterrador. Pero no estás sola. Estoy contigo.
Sus palabras fueron un bálsamo para mi alma asustada. Le dediqué
una pequeña sonrisa temblorosa.
Él asintió y se fue, desapareciendo entre las mesas con la misma
rapidez con la que había llegado.
Me quedé sola de nuevo, pero esta vez, la desesperación había sido
reemplazada por una determinación nerviosa. Pagué mi café,
intentando parecer tranquila, normal.
Salí del café, mis pasos inseguros al principio, luego más firmes.
Caminé hacia la calle trasera indicada por Mateo, mi corazón latiendo
al ritmo de mis pasos apresurados.
Vi el Aston Martin negro esperando al final de la calle, el motor en
marcha. Mateo estaba al volante, observando por el retrovisor.
Justo cuando llegaba al coche, oí mi nombre.
—¡Valentina!
Me giré, helada. Era Alejandro. Estaba al principio de la calle, su
rostro una máscara de furia incrédula. A su lado, dos hombres
corpulentos con aspecto amenazador.
¿Cómo nos había encontrado? ¿Nos había seguido? ¿O había sido
una trampa? El pánico me invadió. Mateo abrió la puerta del copiloto
desde dentro.
—¡Entra! ¡Rápido! —gritó.
Corrí hacia el coche, pero Alejandro y sus hombres empezaron a
correr hacia nosotros. Las consecuencias inevitables de mi decisión
me habían alcanzado antes de que pudiera escapar.
Capítulo 12: Máscaras que Caen
(POV Mateo)
—¡Entra! ¡Rápido! —grité, viendo a Alejandro y sus matones
acercarse peligrosamente por la calle estrecha.
Valentina corrió hacia el coche, el pánico en sus ojos, pero Alejandro
era rápido. La alcanzó justo cuando llegaba a la puerta, agarrándola
bruscamente del brazo.
—¡Ni se te ocurra! —rugió Alejandro, su rostro congestionado por la
furia—. ¿Creías que podías escapar? ¿Huir con él?
—¡Suéltame, Alejandro! ¡Me haces daño! —gritó Valentina,
intentando liberarse.
Salí del coche en un instante, la rabia cegándome. —¿No la oíste?
¡Suéltala ahora mismo, Herrera!
Los dos matones de Alejandro se interpusieron entre nosotros,
bloqueándome el paso. Eran grandes, profesionales. Esto no era una
simple discusión de celos. Alejandro había venido preparado.
—¿O qué, Mateo? ¿Vas a pegarme? ¿Delante de todos? —se burló
Alejandro, apretando aún más el brazo de Valentina—. ¿Vas a
arruinar tu carrera por esta…? —La palabra que usó fue vulgar,
despectiva.
Eso fue todo. La furia explotó dentro de mí. Esquivé al primer matón
con un movimiento rápido y le lancé un puñetazo directo a la
mandíbula de Alejandro. El impacto fue satisfactorio, haciéndole
tambalearse y soltar a Valentina.
Ella retrocedió, refugiándose instintivamente cerca de mí.
Alejandro se tocó la mandíbula, una mirada asesina en sus ojos
grises. —¡Cogedlo! — ordenó a sus hombres.
Los dos matones se abalanzaron sobre mí. Me defendí, usando la
furia y la adrenalina. Conseguí derribar a uno, pero el otro era fuerte
y me sujetó por detrás.
—¡Valentina, corre! ¡Vete! —le grité, luchando contra el agarre.
Pero ella no se movió. Estaba paralizada, mirando la escena con
horror.
Alejandro se acercó a mí, limpiándose un hilo de sangre del labio. —
Te lo advertí, Mateo. Te dije que te alejaras. Pero no escuchas,
¿verdad? Siempre has sido un rebelde impulsivo.
—Y tú siempre has sido un cobarde que necesita matones para
hacer su trabajo sucio — escupí, forcejeando.
—Quizás. Pero soy el que tiene el poder. El que tiene a la chica. —
Sonrió con malicia—.
¿De verdad creías que podías llevártela? ¿Que ella te elegiría a ti, un
advenedizo sin apellido, antes que a mí, a mi fortuna, a mi posición?
—¡No hables por mí, Alejandro! —La voz de Valentina sonó
sorprendentemente firme. Dio un paso adelante, enfrentándose a él
—. ¡No soy un trofeo! ¡Y no te quiero! ¡No quiero esta vida!
La declaración abierta de Valentina pareció sorprender a Alejandro
más que mi puñetazo. Su rostro se contrajo en una máscara de
incredulidad y furia herida.
—¿Qué estás diciendo? ¿Después de todo lo que he hecho por ti, por
tu familia?
—¡No has hecho nada por mí! ¡Solo has intentado moldearme,
controlarme! ¡Estoy harta! —Las lágrimas corrían por sus mejillas,
pero su voz era fuerte.
—¡Eres una desagradecida! —gritó Alejandro, levantando la mano
como si fuera a golpearla.
En ese instante, aproveché la distracción. Me revolví con fuerza,
golpeando al matón que me sujetaba y liberándome. Me interpuse
entre Alejandro y Valentina justo a tiempo.
—Ni se te ocurra ponerle una mano encima —gruñí, mi voz cargada
de amenaza.
Alejandro me miró con puro odio. —Esto no ha terminado, Mateo.
Ninguno de los dos sabe con quién se está metiendo. Os
arrepentiréis de esto.
Hizo una señal a sus matones, que se levantaron doloridos. —
Vámonos. Ella no vale la pena.
Se dio la vuelta, subió a un coche negro que había aparecido al final
de la calle y desapareció, seguido por sus hombres en otro vehículo.
Nos dejaron solos en la calle silenciosa, el eco de la confrontación
flotando en el aire.
Me giré hacia Valentina. Estaba temblando, pálida, pero sus ojos
brillaban con una nueva determinación. Las máscaras habían caído.
La farsa había terminado.
—¿Estás bien? —pregunté, mi voz ronca por la adrenalina.
Ella asintió, secándose las lágrimas. —Sí. Gracias, Mateo. Por… por
todo.
—Te dije que te ayudaría. —Me acerqué, resistiendo el impulso de
abrazarla, de protegerla—. Pero tenemos que irnos. Ahora mismo.
Alejandro no se rendirá fácilmente. Enviará a más gente detrás de
nosotros.
—Lo sé. —Respiró hondo, reuniendo fuerzas—. ¿A dónde vamos?
—Lejos de aquí. Tengo un lugar. Nadie nos encontrará allí. —Le abrí
la puerta del Aston Martin—. Entra.
Dudó solo un segundo, luego entró en el coche. Cerré la puerta y
corrí al asiento del conductor. Arranqué el motor, el potente rugido
rompiendo el silencio.
Salimos de la calle estrecha, incorporándonos al tráfico de Madrid.
Miré por el retrovisor, esperando ver coches siguiéndonos, pero de
momento, el camino estaba despejado.
Miré a Valentina. Estaba sentada en silencio, mirando por la
ventanilla, procesando todo lo que acababa de suceder. Había
desafiado a Alejandro, había renunciado a su vida anterior. Había
elegido la libertad, la incertidumbre… conmigo.
Alargué la mano y tomé la suya. Estaba fría, pero me devolvió el
apretón con firmeza.
—Todo irá bien, Valentina —le aseguré, aunque yo mismo no estaba
seguro de nada. Solo sabía que había cruzado el punto de no
retorno. Y que ella estaba a mi lado.
Las máscaras habían caído, revelando la cruda realidad de nuestro
mundo y la peligrosa conexión que nos unía. La huida acababa de
empezar, y la carretera por delante estaba llena de peligros
desconocidos. Pero por primera vez, sentí que no estaba solo en mi
rebelión.
Capítulo 13: Corazones Expuestos
(POV Valentina)
El Aston Martin devoraba kilómetros por la autopista, alejándonos de
Madrid, de Alejandro, de la vida que acababa de implosionar ante
mis ojos. El paisaje cambiaba rápidamente por la ventanilla, pero yo
apenas lo registraba. Mi mente era un torbellino de imágenes y
emociones: la furia en el rostro de Alejandro, el sonido de su voz
gritándome, la violencia del enfrentamiento, la mirada protectora de
Mateo, el tacto de su mano sobre la mía ahora, un ancla en medio
de la tormenta.
Había sucedido. Había elegido. Había dicho "no" a Alejandro, a mi
familia, a todo lo que se suponía que debía ser. Había elegido la
incertidumbre, el peligro… había elegido a Mateo. O, al menos, la
posibilidad de algo diferente que él representaba.
El miedo seguía ahí, un nudo frío en mi estómago. ¿Qué pasaría
ahora? Alejandro no era un hombre que aceptara un "no"
fácilmente. Era vengativo, poderoso. Y mi padre… ni siquiera quería
pensar en su reacción cuando se enterara. El escándalo sería
monumental.
Pero junto al miedo, sentía algo más. Algo nuevo y frágil: una
sensación de alivio. De libertad. Por primera vez en mi vida, había
tomado una decisión por mí misma, había seguido mi instinto, mi
corazón, en lugar del deber.
Miré de reojo a Mateo. Conducía con una concentración tranquila,
sus manos firmes en el volante, sus ojos oscuros fijos en la
carretera. Había luchado por mí. Se había enfrentado a Alejandro,
había arriesgado su posición, su negocio. ¿Por qué?
—¿A dónde vamos? —pregunté, mi voz sonando extraña en el
silencio del coche.
Él me miró brevemente, una leve sonrisa en sus labios. —A un lugar
seguro. Una finca que tengo en Extremadura. Remota, discreta.
Nadie nos buscará allí. Al menos, no por ahora.
—¿Extremadura? ¿Tienes una finca allí?
—Tengo… intereses diversos. —Su respuesta fue vaga,
recordándome lo poco que realmente sabía sobre él—. Es un lugar
donde puedo desaparecer cuando necesito alejarme de todo esto.
Silencio de nuevo. Necesitaba entender.
—Mateo… ¿por qué? ¿Por qué arriesgarte así por mí?
Él suspiró, sus ojos sin apartarse de la carretera. —Te lo dije,
Valentina. Odio las jaulas. Y odio ver a la gente atrapada en ellas.
Especialmente a alguien como tú.
—¿Alguien como yo?
—Alguien con fuego en los ojos, aunque intentes ocultarlo. Alguien
que merece ser libre.
—Me miró de nuevo, y esta vez, la intensidad de su mirada me hizo
contener la respiración—. Y quizás… quizás también sea egoísta.
Quizás quiero ver qué pasa cuando esa mujer finalmente vuela.
Sus palabras me tocaron profundamente. Nadie me había hablado
así nunca. Nadie había visto más allá de la heredera Valcárcel.
—Tengo miedo —confesé en voz baja.
Su mano dejó el volante por un instante para apretar la mía con más
fuerza. —Lo sé. Yo también. Esto es un salto al vacío para ambos.
Pero lo daremos juntos.
Su seguridad, su cercanía, eran un bálsamo. Me recosté en el
asiento, sintiendo cómo el cansancio emocional y físico me invadía.
Había sido un día… surrealista. Había pasado de ser la prometida
perfecta a una fugitiva en un coche deportivo con el socio rebelde de
mi ex prometido.
Cerré los ojos, pero la imagen de la furia de Alejandro volvió a mi
mente. —¿Crees que… crees que nos buscará? ¿Que intentará
hacernos daño?
—Alejandro es predecible en su ira. Intentará destruir mi negocio, mi
reputación. Y probablemente intente usar a tu familia para
presionarte, para hacerte volver. —El tono de Mateo era serio—.
Pero no creo que recurra a la violencia física directa… a menos que
se sienta acorralado. Por eso tenemos que desaparecer por completo
durante un tiempo. Reagruparnos, pensar.
—¿Y mi familia? Mi padre…
—Tendrás que enfrentarte a ellos eventualmente. Pero desde una
posición de fuerza. No ahora. —Hizo una pausa—. Valentina, sé que
estás dejando mucho atrás. Una vida entera. ¿Estás preparada para
eso?
La pregunta era directa, necesaria. Miré mis manos, el anillo de
compromiso de Alejandro todavía en mi dedo. Un símbolo de la vida
que estaba abandonando. Me lo quité lentamente. El diamante brilló
bajo la luz del sol que entraba por la ventanilla. Era hermoso, caro,
vacío.
Lo sostuve por un momento, luego abrí la ventanilla y, sin pensarlo
dos veces, lo arrojé fuera. Vi cómo desaparecía en la distancia, un
pequeño destello perdido en la inmensidad de la autopista.
Cerré la ventanilla, sintiendo una ligereza inesperada. —Sí, Mateo.
Estoy preparada. No quiero esa vida. Quiero… quiero descubrir quién
soy sin ella.
Mateo me miró, y esta vez, su sonrisa fue amplia, genuina. Iluminó
su rostro, suavizando sus rasgos duros. —Esa es la Valentina que
quería ver.
El resto del viaje transcurrió en un silencio más cómodo. El sol
comenzaba a descender, tiñendo el cielo de naranjas y púrpuras. Me
permití relajarme un poco, observando el paisaje cambiar de las
afueras urbanas a campos dorados y dehesas salpicadas de encinas.
Extremadura.
Finalmente, dejamos la autopista y nos adentramos por carreteras
secundarias, luego por un camino de tierra que parecía conducir a
ninguna parte. El corazón me latía con una mezcla de expectación y
nerviosismo.
El camino desembocó en un claro, y allí estaba: una hermosa finca
de piedra antigua, rodeada de olivos y un silencio absoluto. Era
rústica, pero sólida, acogedora. Muy diferente de las frías mansiones
a las que estaba acostumbrada.
Mateo detuvo el coche frente a la casa. —Hemos llegado. Nuestro
refugio.
Bajamos del coche. El aire era limpio, olía a tierra y a hierbas
silvestres. El silencio era profundo, roto solo por el canto de los
pájaros al atardecer.
Mateo se acercó a mí, su expresión seria de nuevo. —Aquí
estaremos seguros por un tiempo. Podremos descansar, pensar… y
hablar.
—Hablar… —repetí, sabiendo que había mucho que necesitábamos
decirnos.
—Sí. Sobre nosotros. Sobre lo que significa todo esto. —Sus ojos
oscuros buscaron los míos, intensos, llenos de preguntas sin
respuesta—. Porque, Valentina, después de hoy… nada volverá a ser
igual.
Asentí, sabiendo que tenía razón. Las máscaras habían caído,
nuestros corazones estaban expuestos. Y en aquel refugio remoto,
lejos del mundo que conocíamos, tendríamos que enfrentarnos a la
verdad de lo que sentíamos el uno por el otro, y al futuro incierto
que habíamos elegido juntos.
Capítulo 14: La Elección Imposible
(POV Mateo)
La finca en Extremadura nos recibió con el silencio denso del campo
al anochecer. El aire olía a tierra mojada y a la promesa de una
tormenta lejana. Entramos en la casa de piedra, un refugio rústico
pero sólido que contrastaba brutalmente con los áticos y villas de
nuestro mundo habitual. Aquí no había mármol ni obras de arte
moderno, solo piedra vista, vigas de madera oscura y muebles
robustos y funcionales.
Encendí algunas lámparas, creando un ambiente cálido y tenue.
Valentina observaba todo en silencio, sus ojos grandes y ligeramente
perdidos. Podía imaginar el shock cultural que debía estar
experimentando, arrancada de su vida de lujo y arrojada a esta
realidad rural y aislada.
—No es el Ritz, pero es seguro —dije, rompiendo el silencio—. Nadie
sabe de este lugar, excepto un par de personas de mi máxima
confianza que no hablarán.
—Es… tranquilo —respondió ella, su voz baja.
—Necesitamos tranquilidad ahora mismo. —La miré—. ¿Tienes
hambre? Puedo preparar algo sencillo.
Negó con la cabeza. —No, gracias. Solo estoy… cansada.
—Lo imagino. Ha sido un día… intenso. —Me acerqué a ella—. Hay
una habitación de invitados arriba. Puedes descansar. Yo me
quedaré en el sofá o en la otra habitación.
Ella asintió, evitando mi mirada. La tensión entre nosotros era
palpable, diferente a la de antes. Ya no era solo la atracción
prohibida; ahora estaba cargada con el peso de la decisión que
había tomado, de las consecuencias que habíamos desatado.
La acompañé escaleras arriba hasta una habitación sencilla pero
acogedora, con una cama grande, un armario antiguo y una ventana
que daba al olivar. Le dejé una toalla limpia y le indiqué dónde
estaba el baño.
—Si necesitas algo, cualquier cosa, llámame —le dije antes de cerrar
la puerta, dejándola con su privacidad.
Bajé de nuevo al salón y me serví un brandy, necesitando algo fuerte
para calmar los nervios. Me dejé caer en un viejo sillón de cuero
frente a la chimenea apagada. El silencio de la casa era casi
ensordecedor después del caos de Madrid.
Repasé los acontecimientos del día. La confrontación con Alejandro.
La forma en que Valentina le había plantado cara. El momento en
que arrojó el anillo por la ventanilla. Había sido valiente,
increíblemente valiente. Había elegido la libertad, la incertidumbre…
conmigo.
Pero la advertencia de Alejandro resonaba en mi cabeza: "Os
arrepentiréis de esto." Él no era de los que olvidan o perdonan.
Usaría todo su poder, toda su influencia, para destruirnos. Intentaría
arruinarme en los negocios, aislar a Valentina de su familia, hacer
nuestras vidas un infierno.
¿Estaba preparado para eso? ¿Había hecho bien en arrastrarla a mi
mundo de riesgos y enemigos?
Miré el brandy en mi copa. Siempre había sido un lobo solitario,
acostumbrado a luchar mis propias batallas, a no depender de nadie.
Pero ahora… ahora tenía a Valentina. Su seguridad, su bienestar,
dependían de mí. Era una responsabilidad enorme, aterradora.
Y luego estaba la otra complicación: lo que sentía por ella. No era
solo deseo físico, aunque eso era innegable y poderoso. Era algo
más profundo. Admiración por su fuerza
oculta, ternura por su vulnerabilidad, una conexión que iba más allá
de la lógica o la conveniencia.
Me había ofrecido a ayudarla sin condiciones, pero ¿era eso cierto?
¿No esperaba algo a cambio? ¿No deseaba que esa conexión se
convirtiera en algo más?
La situación era un campo de minas emocional. Estábamos juntos en
esto, sí, pero ¿qué éramos el uno para el otro? ¿Aliados en la fuga?
¿Amantes potenciales? ¿O solo dos personas desesperadas
aferrándose la una a la otra en medio de la tormenta?
Oí sus pasos bajando la escalera. Se había cambiado, llevaba unos
vaqueros y una camiseta sencilla que debió encontrar en el armario
de invitados, probablemente ropa que yo había dejado allí en alguna
ocasión anterior. Se veía diferente sin el maquillaje y las joyas, más
joven, más real.
Se detuvo en el umbral del salón, insegura. —¿Puedo… puedo
sentarme contigo?
—Claro. —Le indiqué el sillón frente al mío—. ¿Necesitas algo? ¿Una
copa?
—No, gracias. Solo… no quería estar sola.
Se sentó, abrazando sus rodillas, su mirada perdida en la chimenea
apagada.
—Tenemos que hablar, Valentina —dije suavemente. Ella asintió sin
mirarme. —¿Sobre qué?
—Sobre nosotros. Sobre lo que pasó hoy. Sobre lo que va a pasar
ahora.
—No lo sé, Mateo. No sé nada. —Su voz era apenas un susurro—.
Solo sé que no podía seguir fingiendo. No podía casarme con él.
—Tomaste la decisión correcta. La decisión valiente. —Me incliné
hacia adelante—. Pero tienes que ser consciente de lo que implica.
Alejandro no nos dejará en paz. Tu familia…
—Lo sé. —Finalmente me miró, sus ojos llenos de una mezcla de
miedo y determinación
—. Sé que será difícil. Sé que he perdido… todo. Mi familia, mi
posición, mi futuro…
—No lo has perdido todo. —Alargué la mano y tomé la suya. Su piel
estaba fría—. Me tienes a mí. Sé que no es mucho, sé que soy
complicado y peligroso, pero estoy aquí. No te dejaré sola.
Sus dedos se aferraron a los míos. —¿Por qué? Sigo sin entender por
qué haces esto.
Suspiré. Era hora de ser honesto. Al menos, tan honesto como podía
ser. —Porque cuando te miro, veo algo que me recuerda a mí mismo
hace años. Alguien luchando por
respirar en un mundo que intenta asfixiarlo. Y porque… porque me
importas, Valentina. Más de lo que debería. Más de lo que es
prudente.
Sus ojos se abrieron de par en par ante mi confesión. El aire entre
nosotros se cargó de una electricidad diferente, más íntima, más
peligrosa.
—Mateo, yo…
—No tienes que decir nada. —Acaricié su mano con mi pulgar—. Sé
que todo esto es demasiado, demasiado rápido. Solo quiero que
sepas que no estoy jugando. Que mi oferta de ayudarte es real. Y
que lo que siento… también lo es.
Nos quedamos mirándonos en silencio, la verdad desnuda flotando
entre nosotros. El deseo estaba allí, más fuerte que nunca, pero
ahora se mezclaba con la vulnerabilidad, con el miedo, con la
posibilidad de algo más profundo.
Me incliné lentamente hacia ella, buscando una señal en sus ojos,
una invitación. Sus labios se entreabrieron ligeramente, su
respiración se aceleró. Estaba a punto de besarla, de sellar esa
conexión con un gesto irrevocable.
Pero entonces, el sonido agudo de un teléfono rompió el silencio. Mi
teléfono. El teléfono seguro que guardaba para emergencias.
Me aparté de Valentina a regañadientes, sacando el teléfono del
bolsillo. Un número desconocido.
Descolgué con cautela. —¿Sí?
—Mateo Vidal?
La voz era distorsionada, irreconocible.
—¿Quién habla?
—Eso no importa. Solo escucha. Sabemos dónde estás. Sabemos
que estás con ella. — Hubo una pausa cargada de amenaza—.
Alejandro Herrera manda un mensaje: Devuélvela. O atente a las
consecuencias. Tienes 24 horas.
La llamada se cortó.
Me quedé helado, el teléfono en la mano. Nos habían encontrado.
Tan rápido. ¿Cómo?
¿Un rastreador en el coche? ¿Una filtración?
Miré a Valentina. Su rostro estaba pálido, sus ojos fijos en mí, llenos
de terror. Había oído la conversación.
El refugio seguro ya no lo era. La elección imposible se había vuelto
aún más desesperada. Teníamos 24 horas. 24 horas para decidir
nuestro siguiente movimiento antes de que el infierno se desatara
sobre nosotros.
Capítulo 15: Rendición y Ruptura
(POV Valentina)
El mundo se detuvo. El eco de la voz distorsionada, la amenaza
cruda y directa
—"Devuélvela. O atente a las consecuencias. Tienes 24 horas"—
resonó en el silencio de la finca, helándome la sangre.
Nos habían encontrado. Tan rápido. El breve respiro de seguridad, la
frágil burbuja de esperanza que habíamos empezado a construir,
acababa de estallar en mil pedazos.
Miré a Mateo, buscando alguna señal de que no era real, de que
había una explicación. Pero la tensión en su mandíbula, la furia
oscura que ensombreció sus ojos al colgar el teléfono, confirmaron
la terrible verdad. Alejandro sabía dónde estábamos. Y venía a por
mí.
El pánico amenazó con ahogarme. Imágenes de la furia de
Alejandro, de sus matones, de la vida de la que acababa de escapar,
desfilaron por mi mente. ¿Volver? ¿Volver a esa jaula, a esa frialdad,
a esa humillación? El pensamiento era insoportable.
—¿Cómo…? ¿Cómo nos han encontrado? —mi voz fue un hilo
tembloroso.
—No lo sé. Un rastreador, una filtración… da igual. Lo importante es
que lo saben. Y tenemos poco tiempo. —Mateo pasó una mano por
su pelo, su mente trabajando a toda velocidad. A pesar de la
conmoción, había una calma peligrosa en él, la calma de un luchador
acostumbrado al peligro.
Se acercó a mí, sus ojos oscuros buscando los míos. —¿Estás bien?
Negué con la cabeza, incapaz de hablar. Las lágrimas que había
contenido antes amenazaban con desbordarse. Me sentía atrapada
de nuevo, pero esta vez, la jaula parecía extender sus barrotes hasta
este refugio remoto.
—No… no quiero volver, Mateo —susurré, la voz rota—. No puedo.
—Y no lo harás. —Su voz fue firme, protectora. Puso sus manos
sobre mis hombros, su tacto sólido y tranquilizador—. Te prometí
que te ayudaría a escapar. Y lo haré. No dejaré que te lleve.
Su seguridad, su determinación, fueron un bálsamo para mi miedo.
Me aferré a sus brazos, buscando su fuerza. —Pero… ¿qué podemos
hacer? Tienen gente, poder… Nos superan en número.
—Tenemos algo que ellos no tienen. —Me miró intensamente—.
Tenemos la verdad. Y nos tenemos el uno al otro.
Se apartó, comenzando a caminar por la sala, pensando en voz alta.
—24 horas. Es poco tiempo, pero suficiente si somos inteligentes. No
podemos quedarnos aquí. Es lo primero que harán, venir a por
nosotros. Tenemos que movernos de nuevo. Desaparecer aún más.
—¿A dónde? ¿Cómo?
—Necesito hacer algunas llamadas. Usar contactos que ni Alejandro
ni mi familia conocen. Gente fuera del radar. Pero antes… —Se
detuvo frente a mí, su mirada suavizándose—. Antes necesito saber
que estás conmigo en esto, Valentina. Al cien por cien. Porque va a
ser peligroso. Mucho más de lo que ha sido hasta ahora.
La elección imposible. Quedarme y enfrentarme a Alejandro, con la
casi certeza de ser arrastrada de vuelta a mi antigua vida. O huir de
nuevo, adentrarme aún más en lo desconocido, confiando mi vida a
Mateo, un hombre que apenas conocía pero que despertaba en mí
sentimientos contradictorios y poderosos.
Miré sus ojos oscuros, la sinceridad en ellos, la promesa de
protección. Recordé la frialdad de Alejandro, la asfixia de mi vida
anterior. La elección no era tan difícil.
—Estoy contigo, Mateo —dije, mi voz más firme esta vez—. Al cien
por cien. No volveré atrás.
Una lenta sonrisa iluminó su rostro. —Esa es mi chica.
El miedo seguía allí, pero ahora estaba mezclado con una extraña
excitación, una sensación de estar viva, de tomar las riendas de mi
destino por primera vez.
—Bien. —Su tono se volvió práctico—. Necesitamos preparar algunas
cosas. Comida, agua, algo de ropa. Tenemos que viajar ligeros.
Saldremos antes del amanecer.
Mientras él iba a la cocina a buscar provisiones, yo subí a la
habitación. Mi bolso contenía mi pasaporte, algo de dinero y el
teléfono que Alejandro me había dado (y que ahora parecía un
dispositivo de rastreo). Lo apagué y le quité la batería, sintiendo un
pequeño acto de desafío.
Miré por la ventana hacia la oscuridad del campo extremeño. La luna
se ocultaba tras unas nubes densas, presagiando la tormenta. Me
sentía como esa luna, oculta, asustada, pero esperando salir de
nuevo.
Cuando bajé, Mateo había preparado dos mochilas pequeñas con lo
esencial. Estaba junto a la chimenea, mirando las llamas que ahora
crepitaban alegremente, ajenas a nuestro drama.
—¿Lista? —preguntó, girándose hacia mí. Asentí. —¿A dónde vamos
ahora?
—A un lugar donde ni siquiera yo sé exactamente dónde estaremos.
Improvisaremos sobre la marcha. Lo importante es mantenernos en
movimiento, un paso por delante de ellos. —Se acercó, tomando mi
mano—. Será difícil. Habrá momentos de miedo, de duda.
—Lo sé. Pero prefiero eso a la vida que dejé atrás.
Nos quedamos así, mirándonos, la conexión entre nosotros más
fuerte que nunca. El peligro inminente parecía haber derribado las
últimas barreras. Ya no éramos solo aliados; éramos cómplices,
compañeros en una huida desesperada.
El deseo que había estado latente, contenido por el miedo y la
incertidumbre, resurgió con fuerza. La forma en que me miraba, la
forma en que mi cuerpo reaccionaba a su cercanía… era innegable.
Él debió sentirlo también, porque su pulgar comenzó a acariciar mi
mano, sus ojos oscuros fijos en los míos. Se inclinó lentamente, y
esta vez, no hubo interrupciones.
Sus labios encontraron los míos en un beso que fue a la vez tierno y
desesperado. Fue un beso que sellaba nuestra decisión, nuestra
alianza, nuestra atracción mutua. Respondí con la misma intensidad,
mis manos subiendo a su cuello, atrayéndolo más cerca.
Necesitaba sentirlo, aferrarme a él como a un salvavidas en medio
del océano.
El beso se profundizó, volviéndose más apasionado, más
hambriento. Era la liberación de toda la tensión acumulada, del
miedo, del deseo reprimido. Nos aferramos el uno al otro, nuestros
cuerpos buscando consuelo y conexión en medio del caos inminente.
Nos separamos sin aliento, nuestras frentes apoyadas la una en la
otra. —¿Estás segura?
—susurró él, su voz ronca.
Asentí, incapaz de hablar. En ese momento, en esa casa perdida en
medio de la nada, con el peligro acechando fuera, solo tenía una
certeza: quería estar con él.
Nos abrazamos con fuerza, un momento de calma antes de la
tormenta que sabíamos que se avecinaba. La rendición a nuestros
sentimientos era completa, pero la ruptura con nuestro pasado y la
amenaza de nuestro futuro nos obligaban a seguir adelante.
—Tenemos que irnos —dijo finalmente, su voz llena de pesar por
interrumpir el momento.
Asentí de nuevo. Tomamos las mochilas y salimos de la casa hacia la
oscuridad de la noche, dejando atrás el breve refugio. La huida
continuaba, pero ahora, íbamos juntos, unidos por algo más que el
peligro. Unidos por una conexión que desafiaba toda lógica, toda
prudencia. Y mientras nos adentrábamos en la noche incierta, supe
que, pasara lo que pasara, no me arrepentiría de mi elección.
Capítulo 16: Cicatrices Abiertas
(POV Mateo)
El beso fue como una combustión espontánea, una mezcla de
desesperación y deseo que nos consumió a ambos. Aferré a
Valentina como si fuera la única certeza en un mundo que se
desmoronaba a nuestro alrededor. Sus labios respondieron a los
míos con una urgencia que igualaba la mía, sus manos aferrándose
a mí, buscando refugio, buscando conexión.
Fue un momento de pura verdad en medio de la mentira y el peligro
que nos rodeaban. La culminación de semanas de tensión reprimida,
de miradas robadas, de palabras no dichas. En ese beso, no éramos
el socio rebelde y la heredera fugitiva; éramos solo un hombre y una
mujer encontrándose en la oscuridad, unidos por una atracción
innegable y una necesidad mutua.
Pero la realidad, cruda y amenazante, no tardó en volver a
imponerse. La llamada. La amenaza. Las 24 horas.
Nos separamos a regañadientes, la respiración agitada, la conexión
aún vibrando en el aire. La miré a los ojos, ahora brillantes por una
mezcla de pasión y miedo. Habíamos cruzado un umbral. Ya no
había vuelta atrás, no solo en nuestra huida, sino también en lo que
sentíamos el uno por el otro.
—Tenemos que irnos —repetí, mi voz ronca. Odiaba romper el
momento, pero cada segundo contaba.
Ella asintió, sus mejillas sonrojadas, sus labios hinchados por el
beso. Tomamos las mochilas y salimos de la relativa seguridad de la
finca hacia la noche incierta.
Conduje el Aston Martin por caminos de tierra apenas visibles,
confiando en mi instinto y en el GPS del teléfono seguro (diferente al
que había recibido la llamada) para alejarnos de la finca lo más
rápido posible. Valentina permanecía en silencio a mi lado, mirando
la oscuridad exterior, perdida en sus pensamientos.
Sabía que necesitaba darle espacio, pero también necesitaba
asegurarme de que entendía la gravedad de nuestra situación.
Alejandro no era un enemigo cualquiera. Era despiadado, tenía
recursos ilimitados y un ego herido. Nos cazaría sin descanso.
—Valentina —dije suavemente después de un rato—. Sé que es
mucho que asimilar. Pero necesito que te mantengas fuerte.
Necesito que confíes en mí.
Ella se giró hacia mí, su expresión seria. —Confío en ti, Mateo.
Después de lo que hiciste hoy… confío en ti. Pero tengo miedo. No
por mí, sino… por ti. Alejandro te odia.
Intentará destruirte.
Su preocupación por mí, incluso en medio de su propio terror, me
conmovió. —Sé cuidarme solo, princesa. He lidiado con gente como
Alejandro antes. Lo importante ahora es mantenerte a salvo.
—¿Y después? ¿Qué pasará después de que… escapemos?
—No lo sé. —Fui honesto—. Tendremos que improvisar. Quizás salir
del país por un tiempo. Empezar de nuevo en otro lugar. Lejos de los
Herrera y los Valcárcel.
—¿Empezar de nuevo? ¿Juntos? —La pregunta flotó en el aire,
cargada de implicaciones.
La miré. La idea de un futuro con ella, lejos de todo el drama, era
tentadora. Pero también irreal. Nuestro presente era demasiado
peligroso, demasiado incierto.
—Un paso a la vez, Valentina. Primero, sobrevivamos a las próximas
24 horas. Luego, pensaremos en el futuro. —No quería darle falsas
esperanzas, pero tampoco quería negar la posibilidad que ambos
sentíamos.
Conduje durante horas, adentrándonos en la noche, buscando
carreteras secundarias, evitando pueblos y ciudades. El silencio en el
coche era tenso, cargado de pensamientos no dichos y del miedo
constante a ser descubiertos.
Cerca del amanecer, encontré un pequeño hostal de carretera en
medio de la nada. Parecía lo suficientemente anónimo y apartado.
Necesitábamos descansar, aunque fuera unas pocas horas.
Reservé una habitación con nombres falsos, pagando en efectivo. La
habitación era básica, limpia pero impersonal. Solo una cama doble.
La tensión aumentó cuando cerramos la puerta. Estábamos solos,
juntos, en la intimidad forzada de aquella habitación anónima. El
beso en la finca flotaba entre nosotros, una promesa y una
complicación.
—Yo… puedo dormir en el sillón —ofreció ella, señalando una butaca
desgastada en un rincón.
—No seas ridícula. Ambos necesitamos descansar. La cama es
grande. —Intenté sonar casual, pero mi corazón latía con fuerza.
Compartir una cama con ella… era jugar con fuego.
Ella dudó, luego asintió. Nos preparamos para dormir en silencio,
evitando mirarnos demasiado. Me quité la chaqueta y los zapatos,
pero dormí con los vaqueros y la camiseta puestos. Ella se metió
bajo las sábanas con la ropa que llevaba puesta.
Nos acostamos de espaldas el uno al otro, la distancia entre
nosotros en la cama pareciendo un abismo. Pero podía sentir su
calor, oír su respiración suave. La conciencia de su cuerpo tan cerca
era una tortura dulce.
Pasaron los minutos, quizás horas. Ninguno de los dos dormía.
—Mateo… —susurró ella en la oscuridad.
—¿Sí?
—Gracias. Por no dejarme sola.
—Nunca lo haría.
Silencio de nuevo. Luego, sentí cómo se giraba en la cama. Su mano
rozó mi espalda.
—Tengo frío —mintió suavemente.
Entendí la invitación. Me giré lentamente hasta quedar frente a ella.
En la penumbra, sus ojos brillaban. Alargué la mano y acaricié su
mejilla. Su piel era suave, cálida.
Se acercó más, buscando mi calor, mi contacto. La rodeé con mis
brazos, atrayéndola hacia mí. Su cuerpo encajaba perfectamente
contra el mío. Apoyó la cabeza en mi pecho, su respiración
calmándose un poco.
Nos quedamos así, abrazados en la oscuridad, sin decir nada. No era
un abrazo sexual, aunque la tensión seguía ahí. Era un abrazo de
consuelo, de protección, de conexión humana en medio de la
adversidad. Sentí cómo sus músculos se relajaban, cómo su miedo
disminuía un poco.
Y yo… yo sentí algo que no había sentido en mucho tiempo. Una
sensación de pertenencia. Una necesidad de proteger a esa mujer
que descansaba en mis brazos.
Las cicatrices de mi propio pasado —la familia rota, la lucha por la
independencia, la desconfianza aprendida— parecían menos
dolorosas con ella cerca. Ella también tenía sus cicatrices, las de una
vida de expectativas y falta de libertad. Y quizás, solo quizás, juntos
podríamos ayudar a sanarlas.
Finalmente, el agotamiento nos venció. Nos dormimos abrazados, un
refugio temporal el uno en el otro, mientras fuera, el mundo seguía
siendo un lugar peligroso y la amenaza de Alejandro se cernía sobre
nosotros como una espada de Damocles. Pero en ese momento, en
esa habitación anónima, encontramos una paz frágil, una conexión
que nos daba fuerzas para enfrentar lo que viniera.
Capítulo 17: Verdades Reveladas en la
Penumbra
(POV Valentina)
Desperté sobresaltada, el corazón latiendo con fuerza. Por un
instante, no supe dónde estaba. La habitación era desconocida, la
luz grisácea que se filtraba por la persiana bajada no era la de mi
lujoso dormitorio en Madrid. Entonces, lo recordé todo: la huida, la
confrontación, la amenaza, el refugio improvisado en este hostal
anónimo.
Y recordé a Mateo. Me giré lentamente. Seguía dormido a mi lado,
su rostro relajado en el sueño, vulnerable de una forma que nunca
había visto. Su brazo todavía me rodeaba protectoramente.
Habíamos dormido abrazados, buscando consuelo mutuo en medio
del caos.
Observé su perfil en la penumbra: la mandíbula fuerte, las pestañas
oscuras, una pequeña cicatriz casi invisible cerca de la ceja. ¿Quién
era realmente este hombre que había puesto mi mundo patas
arriba? El socio rebelde, el protector inesperado, el hombre que me
había ofrecido una salida y me había besado con una pasión que me
había dejado sin aliento.
Sentimientos contradictorios luchaban en mi interior. Gratitud por su
ayuda, miedo por el peligro que representaba, y una atracción
innegable, profunda, que me asustaba y me excitaba a partes
iguales. Había confiado mi vida a él, pero apenas lo conocía.
Me deslicé suavemente fuera de sus brazos y de la cama, sin querer
despertarlo. Necesitaba pensar, procesar. Fui hasta la pequeña
ventana y levanté ligeramente la persiana. El exterior era un paisaje
anodino: un aparcamiento polvoriento, la carretera vacía, campos
secos extendiéndose hasta el horizonte. Estábamos en medio de la
nada.
La llamada de anoche. La amenaza. 24 horas. El plazo seguía
corriendo. ¿Qué estaría haciendo Alejandro ahora? ¿Estaría
movilizando a sus contactos, buscándonos, planeando su venganza?
Un escalofrío me recorrió. Me abracé a mí misma, sintiendo de
nuevo el frío del miedo.
¿Había hecho bien en arrastrar a Mateo a esto? Su preocupación por
mí era evidente, pero ¿a qué precio? Alejandro no dudaría en
destruirlo.
Oí un movimiento detrás de mí. Mateo se había despertado. Estaba
sentado en la cama, observándome, sus ojos oscuros todavía
nublados por el sueño, pero alerta.
—¿No podías dormir? —preguntó, su voz ronca.
—Demasiadas cosas en la cabeza —admití, volviéndome hacia él.
Se levantó y se acercó, deteniéndose a poca distancia. Llevaba solo
los vaqueros, su torso desnudo y musculoso expuesto en la
penumbra. Tragué saliva, desviando la mirada.
—Tenemos que hablar de anoche, Valentina —dijo suavemente.
—Lo sé. —Me obligué a mirarlo—. Mateo, lo que pasó… el beso…
—Fue real. Al menos para mí. —Su mirada era seria, intensa—. Pero
entiendo si tú… si te arrepientes. Si todo esto es demasiado.
—No me arrepiento del beso. —Las palabras salieron antes de que
pudiera detenerlas—. Pero estoy asustada. Asustada de lo que
significa, asustada de lo que viene ahora.
—Yo también estoy asustado. —Su admisión me sorprendió. Se pasó
una mano por el pelo—. No por Alejandro, no por perder mi negocio.
Estoy asustado por ti. Por no poder protegerte. Por haberte metido
en este lío.
—Yo elegí venir contigo, Mateo. Yo te pedí ayuda. No es tu culpa.
—Quizás no. Pero ahora eres mi responsabilidad. —Dio un paso más,
cerrando la distancia. Su mano acarició mi mejilla—. Y no pienso
fallarte.
Su cercanía, su sinceridad, eran abrumadoras. Me incliné hacia su
tacto, buscando su fuerza.
—Hay tantas cosas que no sé de ti —susurré.
—Lo sé. Y tú tampoco sabes mucho de mí. —Sonrió levemente—.
Tenemos tiempo. O quizás no. Pero podemos empezar ahora.
Pregúntame lo que quieras.
Lo miré a los ojos. Había tantas preguntas. —¿Por qué rompiste con
tu familia? Dijiste que te habías ido.
Su expresión se ensombreció ligeramente. Suspiró. —Mi familia…
digamos que valoran el apellido y las apariencias por encima de
todo. Mi padre quería que siguiera sus pasos, que me casara con la
heredera adecuada, que perpetuara el legado. Pero yo no encajaba
en su molde. Tenía mis propias ideas, mis propios sueños. Me negué
a seguir su camino. Y el precio fue… el exilio. Rompieron lazos
conmigo, me desheredaron. Tuve que empezar de cero.
Su historia resonó conmigo. La presión familiar, las expectativas, la
lucha por la propia identidad. —¿Fue difícil?
—Mucho. Hubo momentos en que pensé que no lo lograría. Pero la
libertad… la libertad de ser yo mismo, valió la pena. Por eso no
soporto ver a otros atrapados como yo lo estuve.
Ahora entendía mejor su motivación, su empatía hacia mi situación.
No era solo un rebelde; era alguien que había luchado por su propia
alma.
—¿Y… las mujeres? Alejandro mencionó tu reputación.
Una sonrisa irónica curvó sus labios. —No voy a negarlo. He tenido…
relaciones. He cometido errores. He sido egoísta a veces. Pero nunca
he jugado con los sentimientos de nadie de la forma en que
Alejandro juega contigo. Y nunca… nunca he sentido por nadie lo
que siento por ti.
Su confesión me dejó sin aliento. El corazón me latía con fuerza. —
¿Qué… qué sientes por mí, Mateo?
Se acercó aún más, su rostro a centímetros del mío. Su mirada era
intensa, ardiente. — Siento que eres la pieza que me faltaba sin
saberlo. Siento que contigo… podría ser diferente. Podría ser… mejor.
Siento que quiero protegerte, cuidarte, hacerte feliz. Y siento…
siento un deseo por ti que me consume.
Sus palabras, su cercanía, el calor que emanaba de su cuerpo… todo
ello me envolvía, disipando mis miedos, avivando la llama que había
prendido entre nosotros.
—Yo también siento cosas por ti, Mateo —admití en un susurro—.
Cosas que me asustan. Cosas que nunca había sentido antes.
—No tengas miedo, Valentina. —Su mano acarició mi cuello, sus
dedos enredándose en mi pelo—. Exploremos esto juntos. Veamos a
dónde nos lleva.
Se inclinó y me besó de nuevo. Esta vez, el beso fue más lento, más
profundo, cargado de las verdades que acabábamos de revelar.
Respondí con todo mi ser, entregándome a la emoción, a la conexión
que nos unía.
Sus manos recorrieron mi espalda, atrayéndome contra su cuerpo
desnudo. Sentí el calor de su piel, la fuerza de sus músculos. Mis
manos exploraron su pecho, sintiendo el latido acelerado de su
corazón bajo mis dedos.
El beso se intensificó, volviéndose más urgente, más necesitado. Nos
movimos hacia la cama sin romper el contacto, cayendo juntos sobre
las sábanas revueltas. El mundo exterior, la amenaza de Alejandro,
las 24 horas… todo se desvaneció. Solo existíamos nosotros,
nuestros cuerpos, nuestros corazones expuestos.
Me separé un instante para mirarlo a los ojos. Vi deseo, sí, pero
también vi ternura, vulnerabilidad. Vi al hombre detrás de la fachada
rebelde.
—Mateo… —susurré.
—Shhh. —Puso un dedo en mis labios—. Solo siente. Déjate llevar.
Y lo hice. Me dejé llevar por la corriente de deseo y emoción que nos
arrastraba. Dejé que sus manos, sus labios, exploraran mi cuerpo,
despertando sensaciones nuevas y prohibidas. Respondí con la
misma entrega, descubriendo su cuerpo, aprendiendo sus
reacciones.
En aquella habitación anónima, en medio de una huida desesperada,
encontramos un refugio en el cuerpo y el alma del otro. Las
verdades reveladas en la penumbra nos habían unido de una forma
inesperada, profunda. Y mientras nos entregábamos a la pasión,
supe que, pasara lo que pasara después, aquel momento, aquella
conexión, era real. Y cambiaría nuestras vidas para siempre.
Capítulo 18: Bajo la Luz de la Luna
Rota
(POV Mateo)
La pasión nos consumió en aquella habitación anónima, un fuego
desesperado que quemaba las dudas y los miedos, aunque fuera
solo por un momento. Hacer el amor con Valentina fue… diferente a
todo lo que había experimentado antes. No era solo sexo; era una
conexión profunda, una entrega mutua, un reconocimiento silencioso
de las almas heridas que éramos.
Mientras yacíamos abrazados después, la respiración aún agitada, la
realidad comenzó a filtrarse de nuevo en la penumbra. La amenaza
seguía ahí fuera. El plazo de 24 horas seguía corriendo.
La miré dormir, su rostro sereno por fin, las líneas de tensión
suavizadas. Era hermosa, fuerte, vulnerable. Y ahora, estaba ligada
a mí por algo más que una huida. Estaba ligada a mí por la intimidad
compartida, por las verdades reveladas.
Me levanté con cuidado, sin querer despertarla. Necesitaba pensar,
planificar nuestro siguiente movimiento. Me vestí en silencio y salí de
la habitación, cerrando la puerta suavemente.
Bajé a la recepción desierta del hostal. El reloj marcaba las cuatro de
la madrugada. Todavía teníamos algunas horas antes del amanecer,
pero no podíamos permitirnos perder tiempo.
Salí al aparcamiento. La noche era fría, el aire olía a la tormenta que
finalmente se había desatado en la distancia, iluminando el horizonte
con relámpagos silenciosos. La luna estaba rota, parcialmente oculta
por nubes oscuras.
Me apoyé en el capó del Aston Martin, mi refugio y mi vehículo de
escape. Saqué el teléfono seguro y comencé a hacer llamadas.
Contactos antiguos, gente de confianza que operaba en las sombras,
fuera del alcance de los Herrera y los Valcárcel.
Necesitábamos nuevos documentos, identidades falsas.
Necesitábamos dinero en efectivo, no rastreable. Necesitábamos un
nuevo destino, un lugar donde desaparecer por completo, quizás
fuera de España, fuera de Europa.
Las conversaciones fueron breves, crípticas. Usé nombres en clave,
códigos antiguos. La gente a la que llamaba entendía la urgencia, el
peligro. Prometieron ayudar, mover hilos, conseguir lo que
necesitábamos. Pero llevaría tiempo. Tiempo que quizás no
teníamos.
Mientras esperaba una llamada de confirmación, mi mente volvió a
Valentina. A la suavidad de su piel, al sonido de su risa (algo que
apenas había oído), a la fuerza que había demostrado al enfrentarse
a Alejandro.
¿Qué sentía realmente por ella? La confesión en la habitación había
sido sincera. Me importaba. Deseaba protegerla. Y el deseo… el
deseo era innegable, abrumador. Pero
¿era amor? ¿Podía yo, Mateo Vidal, el lobo solitario, el cínico
endurecido, amar de verdad?
La idea me asustaba más que la amenaza de Alejandro. El amor te
hacía vulnerable. El amor te hacía cometer estupideces. Y yo no
podía permitirme ser estúpido ahora. La vida de Valentina dependía
de mi capacidad para mantener la cabeza fría, para tomar decisiones
difíciles.
Pero negar lo que sentía era imposible. La conexión era demasiado
fuerte. Verla dormir, tan pacífica en mis brazos, había despertado
algo en mí, un instinto protector, una ternura que creía perdida.
El teléfono vibró. Era mi contacto principal.
—¿Y bien? —pregunté, mi voz tensa.
—Está hecho. Los documentos estarán listos en 48 horas. Dinero en
efectivo disponible mañana por la tarde en un punto de entrega
seguro. Y tengo una posible ruta de escape hacia Portugal, luego
quizás Sudamérica. Pero tenéis que moveros ya. La red se está
cerrando. Herrera está usando todos sus recursos.
—Entendido. Gracias. Te debo una.
—Cuídate, Mateo. Y cuídala a ella.
Colgué. 48 horas para los documentos. Demasiado tiempo. Teníamos
que desaparecer antes. Portugal. Era una opción. Cerca, pero lo
suficientemente lejos para ganar tiempo.
Volví a la habitación. Valentina seguía durmiendo. Me senté en el
borde de la cama, observándola. La luz del amanecer comenzaba a
filtrarse, tiñendo la habitación de tonos grises y rosados.
Tenía que despertarla. Teníamos que irnos.
Acaricié su brazo suavemente. —Valentina… despierta.
Abrió los ojos lentamente, parpadeando para acostumbrarse a la luz.
Me miró, y por un instante, vi confusión, luego recuerdo, y
finalmente, una sombra de miedo.
—¿Qué pasa? ¿Es… es la hora? —preguntó, incorporándose.
—Sí. Tenemos que irnos. Ahora. —Le expliqué brevemente las
llamadas, el plan improvisado hacia Portugal—. No es seguro
quedarnos aquí ni un minuto más.
Ella asintió, su rostro poniéndose serio. Se levantó y comenzó a
vestirse rápidamente, sin rastro de la vulnerabilidad de la noche
anterior. La determinación había vuelto a sus ojos.
Recogimos nuestras escasas pertenencias en silencio. Antes de salir,
me detuve frente a ella.
—Valentina, sobre lo que pasó anoche…
Ella puso un dedo en mis labios, silenciándome. —Lo sé, Mateo. Yo
también lo sentí. Pero ahora… ahora tenemos que sobrevivir.
Hablaremos después. Cuando estemos a salvo.
Tenía razón. Asentí, agradecido por su comprensión, por su fuerza.
Salimos del hostal con la misma cautela con la que habíamos
entrado, mirando a nuestro alrededor, asegurándonos de que no
había nadie vigilando.
El Aston Martin arrancó con un rugido contenido. Nos pusimos en
marcha de nuevo, dejando atrás el refugio temporal, adentrándonos
en un nuevo día de incertidumbre.
Mientras conducía hacia el oeste, hacia la frontera portuguesa, sentí
la mano de Valentina buscando la mía. La tomé, nuestros dedos
entrelazándose. Un gesto sencillo, pero que significaba todo.
No sabíamos qué nos deparaba el futuro. No sabíamos si
lograríamos escapar. Pero estábamos juntos. Y bajo la luz de aquella
luna rota que ahora daba paso a un sol incierto, esa era la única
verdad que importaba.
Capítulo 19: La Sombra del Pasado
(POV Valentina)
El amanecer nos encontró en una carretera secundaria
serpenteante, dirigiéndonos hacia el oeste, hacia la promesa incierta
de Portugal. El Aston Martin, a pesar de su potencia, se movía con
cautela, evitando llamar la atención. Cada coche que aparecía en el
retrovisor era una fuente de ansiedad, cada pueblo que
atravesábamos, un riesgo potencial.
La intimidad compartida en el hostal había cambiado algo entre
Mateo y yo. El aire en el coche ya no estaba cargado solo de miedo
y tensión, sino también de una conciencia aguda del otro, de la
conexión física y emocional que habíamos forjado en la penumbra.
Su mano seguía entrelazada con la mía, un contacto constante que
me daba fuerza y me recordaba lo que estaba en juego.
Habíamos hablado poco desde que dejamos el hostal. Las palabras
parecían insuficientes para abarcar la complejidad de nuestra
situación, la magnitud de los sentimientos que habían aflorado. Pero
el silencio no era incómodo. Era un silencio de compañerismo, de
entendimiento mutuo.
Sin embargo, mi mente no dejaba de dar vueltas. La amenaza de
Alejandro era real, tangible. ¿Cómo nos habían encontrado tan
rápido? ¿Tenía ojos y oídos en todas partes?
¿O había sido un error nuestro, alguna pista que habíamos dejado
sin darnos cuenta?
Y luego estaba mi familia. Mi padre. Su decepción, su furia… serían
terribles. Había construido toda su vida en torno a las apariencias, a
las alianzas estratégicas. Mi huida, mi rechazo a Alejandro, sería una
afrenta imperdonable, una mancha en el apellido Valcárcel.
—¿En qué piensas? —La voz suave de Mateo me sacó de mis
cavilaciones.
—En mi padre —admití—. En cómo reaccionará cuando se entere.
En lo decepcionado que estará.
Mateo suspiró. —Tu padre tendrá que entenderlo. O no. Pero no
puedes vivir tu vida para complacerlo a él, Valentina. Ya has pagado
ese precio durante demasiado tiempo.
—Lo sé. Pero duele. Duele pensar que le he fallado.
—No le has fallado. Te has elegido a ti misma. Es diferente. —Apretó
mi mano—. Dale tiempo. Quizás, con el tiempo, lo entienda.
No estaba tan segura, pero aprecié sus palabras. Cambié de tema,
necesitando distraerme de esos pensamientos dolorosos.
—¿Cómo… cómo sabías de ese hostal? ¿Y de la finca?
—He pasado mucho tiempo construyendo una red de seguridad,
lugares donde desaparecer. Parte de mi… pasado complicado. —
Vaciló un instante—. Mi ruptura con mi familia no fue… amistosa.
Hubo amenazas, intentos de controlarme. Aprendí a ser precavido, a
tener siempre un plan B.
Su reticencia a entrar en detalles me recordó lo poco que sabía de
ese pasado complicado. Había cicatrices allí, sombras que no quería
revelar.
—¿Te hicieron daño? ¿Tu familia? —pregunté con cautela.
Su mandíbula se tensó. —Digamos que intentaron recordarme cuál
era mi lugar. Por las buenas y por las malas. Pero sobreviví. Me hice
más fuerte.
La dureza en su voz me dio escalofríos. Me di cuenta de que Mateo
no era solo un rebelde encantador; era un superviviente, un hombre
que había luchado contra fuerzas poderosas y había salido adelante.
Y ahora, esas mismas fuerzas, encarnadas en Alejandro y nuestras
familias, nos perseguían a ambos.
Continuamos conduciendo, adentrándonos en paisajes cada vez más
rurales y despoblados. Mateo parecía conocer bien la zona, tomando
desvíos por caminos secundarios, evitando las rutas principales.
Paramos en una gasolinera aislada para repostar y comprar algo de
comer: bocadillos envasados y agua. Comimos en el coche, en
silencio, vigilando constantemente nuestro entorno. La tensión era
agotadora.
Mientras Mateo pagaba la gasolina, mi teléfono desechable, el que él
me había dado, sonó. Era un número desconocido. Mi corazón dio
un vuelco. Dudé en contestar.
—¿Sí? —dije finalmente, mi voz temblorosa.
—¿Valentina? ¿Hija, eres tú?
La voz de mi padre. Me quedé helada. ¿Cómo había conseguido ese
número?
—Papá… ¿cómo…?
—Eso no importa ahora. Valentina, tienes que escucharme. Tienes
que volver. Ahora mismo. Alejandro está… furioso. Pero puedo
arreglarlo. Puedo hablar con él. Solo tienes que volver a casa.
Su voz sonaba tensa, desesperada. Pero también había un tono de
orden, de autoridad acostumbrada.
—Papá, yo… no puedo volver. No quiero casarme con Alejandro.
—¡No seas ridícula! ¡Esto no es un juego de niñas! ¡Has creado un
escándalo terrible!
¡Tienes que arreglarlo! ¡Por el bien de la familia!
—¿Y qué hay de mi bien? ¿Qué hay de mi felicidad? —repliqué,
sintiendo cómo la vieja sumisión daba paso a una nueva firmeza.
—¡Tu felicidad es cumplir con tu deber! ¡Volver con tu prometido!
¡Dejar de avergonzarnos a todos!
—No voy a volver, papá. Lo siento.
—Valentina, escúchame con atención. —Su tono cambió, volviéndose
frío, amenazante
—. Si no vuelves por tu propio pie, te encontraremos. Y créeme, no
te gustarán las consecuencias. Ni a ti… ni a ese hombre que te ha
metido estas ideas en la cabeza.
La amenaza velada hacia Mateo me heló la sangre. —No le hagas
daño, papá. Él solo me está ayudando.
—¿Ayudando? ¡Te está arruinando la vida! ¡Vuelve a casa, Valentina!
¡Es tu última oportunidad!
Colgué el teléfono, mis manos temblando. La conversación me había
dejado conmocionada, asustada, pero también extrañamente
fortalecida en mi resolución.
Mateo volvió al coche, su mirada inquisitiva al ver mi expresión.
—¿Quién era? —preguntó.
—Mi padre. —Le conté la conversación, la amenaza—. Sabe que
estoy contigo. Dice que si no vuelvo, nos encontrarán y… habrá
consecuencias.
Mateo apretó el volante, sus nudillos blancos. —¿Te amenazó?
Asentí. —A mí. Y a ti.
Una furia fría brilló en los ojos de Mateo. —Maldito sea. Sabía que
usarían a tu familia.
Arrancó el coche bruscamente. —¿Qué hacemos ahora? —pregunté,
mi voz llena de ansiedad.
—Lo mismo que antes. Seguir moviéndonos. Hacia Portugal. Y ser
aún más cuidadosos.
—Me miró, su expresión suavizándose—. Siento que tengas que
pasar por esto, Valentina.
—No es tu culpa. Es mi familia. Mi vida. —Respiré hondo—. Pero no
voy a ceder. No después de haber llegado hasta aquí.
Él asintió, una chispa de admiración en sus ojos. —Bien.
Condujimos el resto del día, la tensión palpable en el aire. La
llamada de mi padre había sido una advertencia clara: la sombra de
nuestro pasado, de nuestras familias, nos perseguía
implacablemente. Y la huida se había convertido en una carrera
contrarreloj, no solo contra Alejandro, sino también contra las
fuerzas de nuestro propio linaje.
Capítulo 20: Refugio en las Sombras
(POV Mateo)
La llamada de Ricardo Valcárcel había sido como echar gasolina al
fuego. La amenaza directa, no solo contra Valentina sino también
contra mí, confirmaba que la situación había escalado a un nivel
mucho más peligroso. Ya no se trataba solo de un prometido
despechado; ahora teníamos en contra a una de las familias más
poderosas de España, dispuesta a usar cualquier medio para
recuperar a su "propiedad" y castigar a quien se había atrevido a
desafiarlos.
Conduje con una concentración feroz, mis instintos de supervivencia
en alerta máxima. Cada kilómetro que nos alejaba de Madrid era una
pequeña victoria, pero sabía que no era suficiente. Necesitábamos
desaparecer del mapa, volvernos fantasmas.
Miré a Valentina. Estaba pálida, pero había una determinación en su
mirada que no había visto antes. La conversación con su padre, por
dura que hubiera sido, parecía haberla liberado de las últimas
cadenas de duda. Ya no era la heredera asustada; era una mujer
luchando por su vida, por su libertad.
—Tenemos que cambiar de coche —dije, rompiendo el silencio tenso
—. El Aston Martin es demasiado llamativo. Demasiado fácil de
rastrear. Necesitamos algo discreto, anónimo.
—¿Pero cómo? No tenemos…
—Tengo contactos. Haré una llamada cuando encontremos un lugar
seguro para parar. Cambiaremos el coche, conseguiremos algo que
no levante sospechas. —Era arriesgado, implicaba confiar en gente
de mi pasado turbio, pero no teníamos opción.
Continuamos hacia el oeste, el sol ascendiendo en el cielo, haciendo
que el paisaje seco de Extremadura brillara con una luz cruda.
Evitamos las autopistas, siguiendo carreteras secundarias que
serpenteaban entre dehesas y pequeños pueblos blancos.
La tensión en el coche era palpable, pero también lo era la conexión
entre nosotros. Después de la noche anterior, de las confesiones y la
pasión compartida, algo había cambiado fundamentalmente. Ya no
éramos solo aliados; éramos algo más, algo indefinido pero
poderoso.
Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, sentía esa corriente
eléctrica. Cada vez que nuestras manos se rozaban al cambiar de
marcha o al alcanzar una botella de agua, la conciencia de su
cuerpo, de su presencia, era abrumadora.
Sabía que era peligroso dejarse llevar por esos sentimientos en
medio de una huida desesperada. Necesitaba mantener la cabeza
fría, concentrarme en mantenernos a salvo. Pero era difícil ignorar la
forma en que mi corazón latía más rápido cuando ella me miraba, la
forma en que su simple presencia a mi lado parecía dar sentido a
todo el caos.
Hacia el mediodía, encontramos un pequeño pueblo perdido en las
montañas, cerca de la frontera con Portugal. Parecía lo
suficientemente aislado y tranquilo como para detenernos un rato,
hacer las llamadas necesarias y planificar el siguiente paso.
Aparqué el Aston Martin en una callejuela discreta, fuera de la vista
principal. — Espérame aquí. No tardaré.
Salí del coche y busqué una cabina telefónica (aún existían en
algunos de estos lugares remotos) o un punto con cobertura para
usar uno de mis teléfonos seguros desechables. Necesitaba
contactar a mi red para organizar el cambio de coche y la entrega
del dinero.
Mientras hablaba en voz baja, usando códigos y precauciones, no
podía evitar mirar hacia el coche donde esperaba Valentina. Se veía
tan fuera de lugar en aquel entorno rústico, tan vulnerable. La
necesidad de protegerla era casi física.
Conseguí organizar el intercambio. Un coche discreto nos esperaría
en un punto de encuentro a unos 50 kilómetros de allí en un par de
horas. También confirmé la entrega del dinero en efectivo para esa
misma tarde en una ciudad portuguesa cercana.
Volví al coche. Valentina me miró con expectación.
—Todo arreglado. Tenemos coche nuevo esperándonos cerca. Y
dinero en camino. —Le sonreí para tranquilizarla, aunque yo mismo
sentía la presión—. Vamos a lograrlo, Valentina.
Ella asintió, una sombra de sonrisa en sus labios. —¿Y después de
Portugal?
—Después… cruzaremos el océano. Sudamérica, quizás. Un lugar
donde podamos empezar de cero, donde los Herrera y los Valcárcel
no puedan alcanzarnos fácilmente.
La idea de empezar de cero, juntos, flotó entre nosotros, llena de
posibilidades y peligros.
Nos pusimos en marcha de nuevo, dirigiéndonos al punto de
encuentro. El intercambio fue rápido, profesional. Dejamos atrás el
llamativo Aston Martin y nos subimos a un sedán oscuro, usado pero
fiable, con matrículas falsas. Era un descenso considerable en cuanto
a lujo, pero un aumento exponencial en cuanto a seguridad.
Mientras conducía el nuevo coche, sentí una extraña sensación de
alivio. Estábamos un paso más cerca de desaparecer, de
convertirnos en fantasmas.
Cruzamos la frontera con Portugal sin incidentes. El paisaje cambió
ligeramente, pero la sensación de estar huyendo, de mirar
constantemente por encima del hombro, persistía.
Esa tarde, recogimos el dinero en efectivo en un encuentro discreto
en un aparcamiento de un centro comercial en una ciudad fronteriza.
Ahora teníamos recursos para movernos, para sobrevivir durante un
tiempo.
Decidimos buscar un lugar donde pasar la noche, algo más seguro
que un hostal de carretera. Encontramos una pequeña pensión
familiar en un pueblo costero tranquilo. La dueña, una señora mayor
y amable, no hizo preguntas.
La habitación era sencilla, pero limpia y con vistas al mar. De nuevo,
solo una cama.
Esa noche, la tensión entre nosotros era diferente. El peligro
inmediato parecía haber disminuido un poco, reemplazado por la
conciencia de nuestra nueva realidad: estábamos juntos en esto,
como fugitivos, como algo más que aliados.
Después de una cena sencilla a base de pan, queso y fruta que
compramos en una tienda local, nos sentamos en la pequeña terraza
de la habitación, mirando las olas romper en la playa oscura.
—Nunca imaginé que mi vida sería así —dijo Valentina en voz baja,
rompiendo el silencio.
—Nadie elige estas cosas. A veces, la vida te obliga a tomar caminos
inesperados. —La miré—. ¿Te arrepientes?
Ella negó con la cabeza lentamente. —No. Estoy asustada, sí. Pero
no me arrepiento. Por primera vez… siento que estoy viviendo mi
propia vida. No la que otros planearon para mí.
Sus palabras me llenaron de una extraña calidez. —Me alegro de oír
eso.
Se giró hacia mí, sus ojos buscando los míos en la oscuridad. —¿Y
tú, Mateo? ¿Te arrepientes de haberme ayudado? Tu vida también
está en peligro ahora.
—No. —Mi respuesta fue instantánea, segura—. Ayudarte… ha sido
lo más real que he hecho en mucho tiempo.
Nos quedamos mirándonos, la conexión entre nosotros vibrando en
el aire salado. Me incliné y la besé suavemente. Ella respondió, sus
labios suaves y cálidos.
Esa noche, volvimos a compartir la cama. Pero esta vez, no hubo
dudas, no hubo distancia. Nos buscamos el uno al otro, nuestros
cuerpos encontrando consuelo y pasión en la oscuridad. Fue una
forma de aferrarnos a la vida, a la conexión humana, en medio de la
incertidumbre.
Mientras la abrazaba después, sintiendo su respiración tranquila
contra mi pecho, supe que mis sentimientos por ella iban más allá
de la protección o el deseo. Era algo más profundo, algo que me
asustaba y me atraía a partes iguales.
Estábamos refugiados en las sombras, huyendo de nuestro pasado.
Pero en esa oscuridad, habíamos encontrado una luz inesperada el
uno en el otro. Y aunque el camino por delante seguía siendo
peligroso, por primera vez, sentí que quizás… quizás podríamos
encontrar no solo la supervivencia, sino también la felicidad.
Capítulo 21: Ecos en la Distancia
(POV Valentina)
Los días en el pequeño pueblo costero portugués se convirtieron en
una extraña mezcla de tensión constante y momentos de calma
inesperada. Cada mañana nos despertábamos con la incertidumbre
de si nos habrían encontrado, si el precario refugio que habíamos
construido sería suficiente. Pero también encontrábamos consuelo
en la rutina sencilla que improvisamos: paseos por la playa desierta
al amanecer, comidas frugales en nuestra habitación, largas
conversaciones en voz baja mientras observábamos el mar.
La intimidad física que habíamos compartido había abierto una
nueva dimensión en nuestra relación. Había una ternura en la forma
en que Mateo me miraba, una posesividad protectora en su tacto
que iba más allá del simple deseo. Y yo… yo me encontraba
buscándolo constantemente, anhelando su cercanía, sintiéndome
segura en sus brazos de una forma que nunca antes había
experimentado.
Pero las sombras de nuestro pasado no nos abandonaban. La
amenaza de Alejandro y de mi padre flotaba sobre nosotros como
una nube negra. Sabíamos que era cuestión de tiempo que volvieran
a encontrarnos. Los documentos falsos y el dinero nos daban
opciones, pero la idea de cruzar el océano, de empezar de cero en
un continente desconocido, era abrumadora.
Una tarde, mientras Mateo había salido a hacer una llamada discreta
a sus contactos para verificar el progreso de los documentos, me
quedé sola en la habitación, mirando el mar gris y agitado. Saqué el
teléfono desechable que Mateo me había dado. Había evitado usarlo
desde la llamada de mi padre, temiendo que pudieran rastrearlo.
Pero la necesidad de saber algo, de tener alguna conexión con mi
vida anterior, era fuerte.
Dudé, pero finalmente marqué el número de mi hermana menor,
Sofía. Ella siempre había sido mi confidente, la única en mi familia
que a veces parecía entenderme. Rezaba para que mi padre no
hubiera intervenido su teléfono.
Sonó varias veces. Estaba a punto de colgar cuando contestó.
—¿Sí? —Su voz sonaba cautelosa.
—Sofía, soy yo, Valentina —susurré.
Hubo un silencio tenso al otro lado. —¿Valentina? ¡Dios mío! ¿Dónde
estás? ¿Estás bien? Papá está… está como loco. Y Alejandro…
—Estoy bien, Sofi. Estoy a salvo. Por ahora. —Intenté sonar
tranquila—. ¿Cómo están las cosas por allí?
—¡Un desastre! —exclamó—. Papá ha prohibido mencionar tu
nombre. Ha dicho a todo el mundo que estás… enferma, en una
clínica en Suiza. ¡Una mentira ridícula! Y Alejandro… da miedo,
Valentina. Está obsesionado contigo. Ha puesto a gente a buscarte
por todas partes. Ha amenazado a Mateo Vidal, ha intentado
arruinar sus negocios…
La confirmación de mis peores temores me heló la sangre. —¿Y
mamá?
—Mamá está destrozada. Llora todo el tiempo. No entiende por qué
lo hiciste. Sigue hablando de la boda, del escándalo…
Sentí una punzada de culpa. Sabía que mi huida les haría daño, pero
oírlo así… era doloroso.
—Sofi, yo… no podía casarme con él. No lo amo. Y él… él no es
quien parece ser.
—Lo sé. —Su voz bajó, convirtiéndose en un susurro cómplice—.
Siempre supe que Alejandro no era bueno para ti. Pero papá… él
nunca escuchó. Valentina, tienes que tener cuidado. Alejandro está
furioso. Y papá… papá está herido, pero también está furioso. No sé
de lo que serían capaces.
—Lo sé. Por eso me fui. Por eso estoy… escondida.
—¿Estás con él? ¿Con Mateo Vidal? Dudé. —Sí.
Hubo otra pausa. —¿Lo quieres, Valentina?
La pregunta me tomó por sorpresa. Miré hacia la puerta, esperando
que Mateo no volviera todavía. ¿Quería a Mateo? Mis sentimientos
eran un torbellino confuso de gratitud, deseo, miedo y una conexión
profunda. ¿Era eso amor?
—Es… complicado, Sofi.
—Solo ten cuidado, ¿vale? No confíes demasiado rápido. —Su tono
era protector—. Y llámame cuando puedas. Necesito saber que estás
bien.
—Lo haré. Cuídate tú también. Y… dile a mamá que lo siento.
Colgué el teléfono, sintiéndome agotada emocionalmente. La
conversación con Sofía había sido un cable a tierra, pero también
una confirmación de la tormenta que había dejado atrás y del
peligro que nos acechaba.
Mateo entró en la habitación poco después. Su expresión era seria.
—Malas noticias —dijo—. Mis contactos dicen que Herrera ha
intensificado la búsqueda. Ha ofrecido una recompensa enorme por
información sobre nuestro paradero. Y parece que tu padre está
colaborando con él.
Mi corazón se encogió. Mi propio padre… colaborando con Alejandro
para encontrarme.
—Tenemos que irnos de aquí —continuó Mateo—. Ya no es seguro.
Los documentos estarán listos mañana. Tenemos que movernos
hacia el punto de entrega y luego… desaparecer.
Asentí, sintiendo cómo el nudo de miedo volvía a apretarse en mi
estómago.
Esa noche, apenas dormimos. La tensión era demasiado alta. Nos
quedamos despiertos, hablando en susurros, haciendo planes
fragmentados, buscando consuelo en el abrazo del otro.
—Mateo… —dije en la oscuridad—. Si algo… si algo sale mal
mañana…
—No saldrá mal. —Su voz era firme—. Te sacaré de aquí, Valentina.
Te lo prometí.
—Pero si… si nos separan… quiero que sepas… —Tragué saliva,
buscando las palabras
—. Quiero que sepas que estos días contigo… han sido los más
reales de mi vida. Y que yo… creo que te quiero.
La confesión quedó flotando en el aire tenso. Él se quedó en silencio
por un momento, luego me abrazó con más fuerza.
—Yo también te quiero, Valentina Valcárcel. —Su voz era ronca,
cargada de emoción—. Más de lo que creía posible.
Nos aferramos el uno al otro, dos almas fugitivas que habían
encontrado el amor en el lugar más inesperado, en el momento más
peligroso. Los ecos de nuestro pasado resonaban a nuestro
alrededor, las sombras del futuro nos acechaban. Pero en ese
instante, bajo la protección de la noche portuguesa, nuestro amor
era la única verdad, la única luz.
Capítulo 22: La Calma Antes de la
Tormenta
(POV Mateo)
La confesión de Valentina —"creo que te quiero"— resonó en el
silencio de la noche, seguida por la mía, igualmente inesperada,
igualmente sincera. Nos aferramos el uno al
otro, la admisión de nuestros sentimientos creando un nuevo nivel
de intimidad, una conexión frágil pero poderosa en medio del
torbellino que era nuestra vida.
Pero el amanecer trajo consigo la cruda realidad. Teníamos que
movernos. La llamada de mi contacto confirmando que Herrera y
Valcárcel estaban intensificando la búsqueda, ofreciendo
recompensas, nos dejó sin margen de error. Portugal era solo una
parada temporal, una escala en una huida mucho más larga y
peligrosa.
Dejamos la pensión costera antes de que el sol saliera por completo,
deslizándonos en el sedán anónimo como fantasmas. Conduje hacia
el sur, siguiendo la costa portuguesa, buscando el punto de
encuentro acordado para recoger los documentos falsos esa misma
tarde.
Valentina estaba callada a mi lado, pero no era un silencio tenso. Era
un silencio pensativo. Podía verla procesando todo: la ruptura con su
familia, la huida, nuestra confesión mutua. Su mundo había
cambiado radicalmente en cuestión de días, y lo estaba afrontando
con una fuerza que me asombraba.
—¿Estás bien? —le pregunté suavemente, rompiendo el silencio.
Ella se giró hacia mí, una pequeña sonrisa en sus labios. —Sí.
Extrañamente… sí. Tengo miedo, pero también… me siento libre. Y
estoy contigo.
Sus palabras, su confianza en mí, aumentaron mi determinación. —Y
yo estoy contigo. Siempre.
Alargué la mano y tomé la suya, entrelazando nuestros dedos. Era
un gesto que se había vuelto natural entre nosotros, un ancla en la
incertidumbre.
El viaje hacia el sur fue tenso. Mantuve una velocidad constante
pero discreta, revisando constantemente los retrovisores, atento a
cualquier señal de seguimiento. Cambiamos de ruta varias veces,
tomando desvíos inesperados para despistar a posibles
perseguidores.
Paramos solo lo imprescindible, para repostar y comprar algo rápido
de comer. Cada parada era un riesgo calculado. Mientras Valentina
esperaba en el coche, yo salía, siempre alerta, observando a todos,
buscando cualquier indicio de peligro.
La conversación con su hermana, la confirmación de que su padre
colaboraba con Alejandro… todo ello pesaba en mi mente. Ricardo
Valcárcel era un hombre poderoso, con conexiones. No se detendría
ante nada para recuperar a su hija y castigarme.
Necesitábamos esos documentos falsos. Eran nuestra única
oportunidad de cruzar el océano, de desaparecer de verdad.
Llegamos al punto de encuentro —un área de servicio anodina en
una autopista del sur de Portugal— con tiempo de sobra. Aparqué
en un lugar discreto y esperamos. La tensión era máxima.
Un coche discreto, similar al nuestro, se detuvo a nuestro lado unos
minutos después. El conductor, un hombre de aspecto corriente que
reconocí de mi red de contactos, intercambió una mirada conmigo y
dejó un sobre grueso en el asiento del copiloto antes de marcharse
sin decir palabra.
Esperé a que desapareciera antes de recoger el sobre. Dentro
estaban nuestros nuevos pasaportes, carnets de conducir, tarjetas
de crédito… identidades completamente nuevas. Mateo Costa y
Valeria Ríos. Nombres anónimos, vidas inventadas.
Le pasé a Valentina su nuevo pasaporte. Lo abrió, mirando la foto
(tomada discretamente en el hostal la noche anterior con una mini
cámara) y el nombre falso. Una expresión extraña cruzó su rostro.
—Valeria Ríos… —murmuró—. Suena… diferente.
—Es diferente. Es una nueva vida. Nuestra oportunidad. —La miré a
los ojos—. ¿Estás lista para ser Valeria?
Ella respiró hondo y asintió con firmeza. —Estoy lista.
Guardamos los documentos cuidadosamente. El siguiente paso era
conseguir billetes de avión. Decidimos dirigirnos a Lisboa, una
ciudad más grande donde sería más fácil mezclarse y comprar
billetes de última hora sin levantar sospechas.
El viaje a Lisboa transcurrió sin incidentes, pero la sensación de ser
observados, de que el tiempo se agotaba, no nos abandonaba.
Llegamos a Lisboa al anochecer. En lugar de ir a un hotel, decidí
alquilar un pequeño apartamento discreto a través de una
plataforma online, usando una de las nuevas identidades y tarjetas
de crédito. Necesitábamos un lugar donde pasar la noche y planificar
la compra de los billetes sin exponernos demasiado.
El apartamento estaba en el barrio de Alfama, un laberinto de calles
estrechas y empedradas. Era pequeño, pero acogedor y, lo más
importante, anónimo.
Una vez dentro, con la puerta cerrada y las persianas bajadas,
ambos respiramos aliviados. Habíamos superado otra etapa.
Estábamos un paso más cerca.
Pedimos comida a domicilio. Mientras esperábamos, nos sentamos
juntos en el pequeño sofá, agotados pero extrañamente tranquilos.
La calma antes de la tormenta.
—Mañana compraremos los billetes —dijo Mateo—. Destino: Buenos
Aires. Es una ciudad grande, caótica. Será fácil perderse allí por un
tiempo. Y tengo un contacto allí que puede ayudarnos a
establecernos discretamente.
—Buenos Aires… —repetí. Sonaba tan lejano, tan irreal—. ¿Crees
que funcionará? ¿Crees que podremos… tener una vida normal allí?
—No lo sé, Valentina. No sé si alguna vez podremos tener una vida
completamente "normal". Nuestro pasado siempre estará ahí. Pero
podemos intentarlo. Podemos construir algo nuevo. Juntos. —Tomó
mi rostro entre sus manos, su mirada seria—. Si eso es lo que
quieres.
Lo miré a los ojos. Vi la sinceridad, el compromiso. Vi al hombre que
había arriesgado todo por mí, al hombre del que me estaba
enamorando perdidamente.
—Sí, Mateo. Eso es lo que quiero. Quiero intentarlo. Contigo.
Nos besamos, un beso lento, profundo, lleno de la promesa de un
futuro incierto pero compartido. En aquel pequeño apartamento de
Lisboa, rodeados por las sombras de nuestro pasado y la
incertidumbre del mañana, encontramos un momento de paz, de
esperanza.
Sabíamos que la tormenta aún no había pasado. Sabíamos que
Alejandro y mi padre no se rendirían fácilmente. Pero por ahora,
estábamos juntos, estábamos a salvo. Y teníamos un plan. La calma
antes de la tormenta era frágil, pero la aprovecharíamos al máximo,
preparándonos para lo que viniera después.
Capítulo 23: Susurros en Alfama
(POV Valentina)
Lisboa. La ciudad se extendía bajo la ventana de nuestro pequeño
apartamento en Alfama, un laberinto de tejados rojos y calles
estrechas que descendían hacia el Tajo. Era hermosa, melancólica, y
para nosotros, un escondite temporal, una pausa tensa en nuestra
huida desesperada.
La noche anterior, la confesión de Mateo —"Yo también te quiero,
Valentina"— y la pasión compartida habían creado una burbuja de
intimidad, un refugio contra el miedo. Pero la luz del día trajo de
vuelta la cruda realidad. Estábamos atrapados entre un pasado que
nos perseguía y un futuro aterradoramente incierto.
Pasamos la mañana encerrados en el apartamento. Mateo, ahora
"Mateo Costa", pasó horas en el ordenador portátil que había
conseguido, buscando vuelos a Buenos Aires bajo nuestras nuevas
identidades, comprobando rutas de escape del aeropuerto,
analizando posibles riesgos. Su concentración era absoluta, su rostro
serio. Verlo así, tan enfocado en nuestra supervivencia, me llenaba
de gratitud, pero también de una profunda inquietud por el peligro al
que lo había arrastrado.
Yo intentaba ayudar en lo que podía, preparando café, buscando
información sobre Buenos Aires en el teléfono desechable, pero
sobre todo, luchaba contra la ansiedad que me atenazaba. Cada
sombra en la calle, cada sirena lejana, me hacía sobresaltar. La
amenaza de Alejandro, la decepción de mi padre, la vida que había
dejado atrás… todo pesaba sobre mí.
Me acerqué a Mateo, que seguía absorto en la pantalla. Le puse una
mano en el hombro.
—¿Alguna novedad? —pregunté en voz baja.
Él levantó la vista, sus ojos oscuros encontrando los míos. Había
cansancio en ellos, pero también determinación. —He encontrado un
par de opciones de vuelo para mañana por la noche. Rutas
indirectas, para despistar. Pero comprar los billetes es el paso más
arriesgado. Es donde podrían detectarnos si no somos cuidadosos.
—¿Crees que… que ya saben que estamos en Lisboa?
—No lo sé. Pero tenemos que asumir que sí. Que nos están
buscando activamente. Por eso saldremos del apartamento solo lo
imprescindible. Y compraremos los billetes online usando una VPN y
las tarjetas prepago que conseguí ayer. Minimizar el rastro.
Asentí, confiando en su criterio. Él era el experto en este mundo de
sombras y huidas.
—Mateo… —dudé—. ¿Qué pasará cuando lleguemos a Buenos Aires?
Dijiste que tenías un contacto.
—Sí. Un viejo amigo. Alguien que me debe un favor. Nos ayudará a
encontrar un lugar discreto donde quedarnos al principio, a
movernos sin llamar la atención. Pero después… tendremos que
construir algo por nuestra cuenta. Encontrar trabajo, una forma de
vivir… como gente normal.
¿Gente normal? La idea era casi inconcebible para mí, que había
vivido toda mi vida en una burbuja de privilegio y expectativas.
¿Podría adaptarme? ¿Podría ser… Valeria Ríos, una mujer sin
apellido, sin fortuna, empezando de cero en una ciudad extraña?
—¿Crees que podremos? —susurré, la duda filtrándose en mi voz.
Mateo se levantó y me tomó por los hombros, su mirada intensa. —
Podremos, Valentina. Juntos. Sé que no será fácil. Tendrás que
renunciar a muchas cosas. Pero ganarás algo mucho más valioso: tu
libertad. Tu propia vida.
Sus palabras me dieron fuerza. Tenía razón. Había elegido este
camino. Tenía que ser valiente.
—Y yo… yo estaré a tu lado —continuó, su voz suavizándose—. No
sé qué nos depara el futuro. No sé si podremos tener una vida
"normal". Pero sé que quiero intentarlo contigo. Quiero explorar esto
que hay entre nosotros, lejos de todo el peligro y la presión.
Me acerqué y lo abracé con fuerza, apoyando la cabeza en su pecho.
Sentí el latido constante de su corazón, un sonido tranquilizador en
medio del caos. —Yo también quiero intentarlo, Mateo. Contigo.
Nos quedamos abrazados en silencio por un momento, encontrando
consuelo y fuerza el uno en el otro.
Pero la calma era frágil. Más tarde, mientras Mateo seguía
trabajando en el plan de escape, decidí salir a comprar algo de
comida fresca en una pequeña tienda cercana que habíamos visto.
Necesitaba aire, un respiro de las cuatro paredes del apartamento.
—Ten mucho cuidado —me advirtió Mateo, su rostro preocupado—.
No hables con nadie. Vuelve enseguida.
Asentí y salí a las calles estrechas y bulliciosas de Alfama. El sol
brillaba, los tranvías amarillos traqueteaban cerca, el olor a sardinas
asadas flotaba en el aire. Por un instante, casi me sentí como una
turista normal, explorando una ciudad nueva.
Pero la sensación de ser observada persistía. Mantuve la cabeza
baja, evitando mirar a la gente a los ojos. Compré pan, queso, fruta
y algo de vino en una pequeña tienda, pagando en efectivo,
intentando parecer local.
Cuando salía de la tienda, choqué accidentalmente con un hombre
que parecía estar esperando fuera. Alto, vestido con ropa oscura,
con gafas de sol a pesar de que el sol no era tan fuerte en la calle
estrecha.
—Perdón —murmuré, intentando seguir mi camino.
Pero él me bloqueó el paso. —Señorita Valcárcel. Qué sorpresa
encontrarla aquí.
El corazón me dio un vuelco. Me había reconocido. ¿Era uno de los
hombres de Alejandro? ¿O de mi padre?
Intenté mantener la calma. —¿Disculpe? Creo que me confunde con
otra persona. Mi nombre es Valeria Ríos.
El hombre sonrió, una sonrisa fría, sin alegría. —Sabemos quién es
usted. Y sabemos con quién está. Su padre y el señor Herrera están
muy preocupados por usted. Quieren que vuelva a casa.
—No voy a volver —dije, mi voz temblando ligeramente a pesar de
mis esfuerzos.
—Esa no es la respuesta correcta, señorita. —Dio un paso hacia mí,
invadiendo mi espacio personal—. Tiene una última oportunidad.
Venga con nosotros por las buenas. O tendremos que llevarla por las
malas. Y créame, no querrá eso. Ni usted… ni su amigo Mateo.
La amenaza implícita hacia Mateo me heló. Miré a mi alrededor. La
calle estaba relativamente concurrida, pero nadie parecía prestar
atención a nuestra conversación. Estaba sola, expuesta.
—Déjeme en paz —dije, intentando apartarlo.
Pero él me agarró del brazo, su fuerza sorprendente. —No sea tonta.
Venga con nosotros. Es lo mejor para todos.
El pánico me invadió. Empecé a forcejear, a intentar gritar, pero él
me tapó la boca con la otra mano.
Justo cuando pensaba que todo estaba perdido, oí una voz familiar,
fría como el hielo.
—Suéltala. Ahora mismo.
Mateo. Había salido a buscarme. Estaba a pocos metros, sus ojos
oscuros fijos en el hombre que me sujetaba, su postura tensa, lista
para atacar.
El hombre me soltó bruscamente, sorprendido por la aparición de
Mateo. Hubo un instante de tensión absoluta, los dos hombres
midiéndose.
—Te lo advertí, Valcárcel —dijo Mateo, su voz peligrosamente baja—.
Te dije que la dejaras en paz.
El hombre sonrió de nuevo. —Herrera paga bien. Y tiene muchos
amigos.
Antes de que pudiera reaccionar, el hombre sacó algo del bolsillo. No
era un arma, sino un teléfono. Marcó un número rápidamente.
—La he encontrado. Alfama. Calle…
Mateo se lanzó hacia él, intentando arrebatarle el teléfono. Hubo un
forcejeo breve y violento. El teléfono cayó al suelo, rompiéndose.
Pero la llamada ya estaba hecha.
Sabían dónde estábamos.
—¡Corre, Valentina! ¡Al apartamento! —gritó Mateo, empujando al
hombre contra la pared.
Corrí, el corazón martilleando contra mis costillas, sin mirar atrás. Oí
el sonido de la lucha, gritos ahogados. Llegué al portal del edificio,
busqué las llaves con manos temblorosas, abrí la puerta y subí
corriendo las escaleras.
Entré en el apartamento y cerré la puerta con llave, apoyándome
contra ella, sin aliento, temblando. Unos segundos después, oí los
pasos apresurados de Mateo subiendo la escalera. Abrí la puerta.
Entró rápidamente, cerrando la puerta tras él. Tenía el labio partido
y un corte en la ceja, pero sus ojos brillaban con adrenalina.
—¿Estás bien? —preguntó, tomándome por los hombros, su mirada
recorriéndome en busca de heridas.
Asentí, incapaz de hablar.
—Tenemos que irnos. Ahora mismo. Saben dónde estamos. Vendrán
más. —Miró alrededor del pequeño apartamento—. Coge tu mochila.
Solo lo esencial. ¡Vamos!
La calma antes de la tormenta había terminado abruptamente. La
tormenta había llegado. Y nosotros estábamos atrapados en su ojo,
con las paredes cerrándose a nuestro alrededor.
Capítulo 24: Laberinto de Sombras
(POV Mateo)
—¡Vamos! ¡Ahora!
El pánico en los ojos de Valentina fue un catalizador. Agarré nuestras
mochilas, la suya y la mía, mientras ella se aseguraba de que no
dejábamos nada comprometedor atrás. El apartamento, nuestro
breve santuario, se había convertido en una trampa.
Salimos al estrecho rellano justo cuando oíamos pasos apresurados
subiendo por la escalera. Mierda. Eran rápidos.
—¡Por la azotea! —susurré, recordando una pequeña escalera de
servicio que había visto al final del pasillo.
Corrimos por el pasillo oscuro, el sonido de nuestros perseguidores
cada vez más cerca. Llegamos a la escalera de servicio, una
estructura metálica y oxidada que subía hacia una trampilla.
—Sube tú primero —le indiqué a Valentina.
Ella no dudó. Subió ágilmente mientras yo vigilaba el pasillo. Oí
voces en el piso de abajo, buscándonos, golpeando puertas.
Subí tras ella justo a tiempo. Cerramos la trampilla con cuidado,
esperando que no la encontraran de inmediato.
Estábamos en la azotea del edificio, un laberinto de antenas,
tendederos y chimeneas bajo el cielo plomizo de Lisboa. El viento
soplaba con fuerza, trayendo consigo el olor a sal y la amenaza de
lluvia.
—¿Y ahora qué? —susurró Valentina, mirando a nuestro alrededor
con desesperación.
—Ahora… improvisamos. —Busqué una ruta de escape. Las azoteas
de Alfama estaban conectadas, unidas por pequeños muros y
desniveles. Podríamos movernos de tejado en tejado, como gatos
callejeros, si éramos cuidadosos.
—Sígueme. Y no hagas ruido —le dije, tomando su mano.
Comenzamos a movernos por la azotea, agachados, saltando
pequeños muros, deslizándonos por superficies inclinadas. Era
peligroso, arriesgado, pero era nuestra única opción. Podía oír gritos
ahogados desde abajo; nos estaban buscando, registrando el
edificio.
Nos movimos de azotea en azotea, un laberinto de sombras bajo el
cielo encapotado. Valentina me seguía de cerca, su respiración
agitada pero controlada. A pesar del miedo, había una determinación
en ella que me llenaba de orgullo.
Finalmente, encontramos una escalera exterior que bajaba a un
patio interior trasero, lejos de la calle principal donde nos habían
interceptado. Bajamos con sigilo.
El patio estaba desierto, olía a humedad y a ropa tendida. Salimos a
una callejuela aún más estrecha y oscura, un callejón sin salida
aparente.
—¿Estamos atrapados? —preguntó Valentina, su voz tensa.
Negué con la cabeza. —Nunca. Siempre hay una salida. —Busqué
con la mirada y vi una puerta de madera vieja y desvencijada al final
del callejón. Parecía dar a otro edificio.
Forcé la cerradura con una pequeña herramienta que siempre
llevaba conmigo (viejos hábitos de mi pasado). La puerta cedió con
un chirrido.
Entramos en un pasillo oscuro y polvoriento. Olía a cerrado, a
abandono. Avanzamos con cautela hasta encontrar otra puerta que
daba a una calle diferente, más ancha, con más tráfico.
Salimos, mezclándonos con la gente que pasaba, intentando parecer
turistas normales que se habían perdido.
—Tenemos que alejarnos de Alfama —dije en voz baja—. Coger un
taxi, ir a la estación de tren o de autobuses. Salir de Lisboa lo antes
posible.
Pero sabía que no era tan sencillo. Probablemente ya habrían
alertado a las autoridades, a la policía portuaria, a los aeropuertos.
Nuestras caras, nuestros nombres falsos… podrían estar ya en
alguna lista.
Necesitábamos un plan C. Algo que no esperaran.
Caminamos durante un rato, alejándonos del centro histórico,
mezclándonos con la multitud. La adrenalina nos mantenía en
marcha, pero el agotamiento empezaba a hacer mella.
Encontramos un pequeño café discreto en un barrio obrero.
Entramos y nos sentamos en una mesa apartada. Pedimos cafés y
algo de comer, pagando en efectivo.
—¿Qué hacemos ahora, Mateo? —preguntó Valentina, su voz
cansada—. No podemos ir al aeropuerto. Probablemente nos estén
esperando.
Tenía razón. El plan de volar a Buenos Aires se había vuelto
demasiado arriesgado. Necesitábamos otra ruta, otra identidad
quizás.
—Tienes razón. El plan A ha fallado. El plan B (Portugal) también.
Necesitamos el plan C.
—La miré—. ¿Recuerdas que te dije que tenía intereses diversos?
Uno de ellos es… marítimo.
Ella me miró con curiosidad. —¿Marítimo?
—Tengo… acceso a un barco. Un pequeño carguero que a veces uso
para… transportar mercancías discretamente. Está anclado en un
puerto pequeño al sur de Lisboa.
Podríamos intentar llegar hasta allí. Y desde allí… navegar hacia
aguas internacionales. Hacia un destino donde nadie nos espere.
Era un plan desesperado, arriesgado. Implicaba confiar en una
tripulación leal pero acostumbrada a operar al margen de la ley.
Implicaba días, quizás semanas, en alta mar. Pero era inesperado.
Era una forma de desaparecer del radar por completo.
—¿Un barco? ¿Navegar? —Valentina parecía abrumada—. ¿Es
seguro?
—Tan seguro como puede serlo en nuestra situación. La tripulación
es de confianza. Y una vez en aguas internacionales, seremos
mucho más difíciles de rastrear. —Tomé su
mano sobre la mesa—. Sé que es una locura, Valentina. Pero creo
que es nuestra mejor opción ahora mismo.
Ella me miró a los ojos, buscando sinceridad, buscando seguridad.
Vio la determinación en mi mirada.
Respiró hondo. —De acuerdo. Confío en ti. Hagámoslo.
Terminamos nuestro café rápidamente. Salimos del local y cogimos
un taxi, pidiéndole que nos llevara a una estación de autobuses en
las afueras de la ciudad. Desde allí, tomaríamos un autobús local
hacia el sur, hacia el pequeño puerto donde esperaba nuestra última
esperanza.
El viaje en autobús fue largo, incómodo, lleno de tensión. Cada
parada, cada nuevo pasajero, era una fuente de ansiedad. Pero
finalmente, llegamos al puerto pesquero al caer la noche.
El lugar era rústico, olía a pescado y a salitre. Varios barcos de pesca
estaban amarrados, pero un poco más apartado, vi la silueta familiar
de "La Sombra", mi pequeño y discreto carguero.
Nos acercamos con cautela. Un hombre corpulento y barbudo, mi
capitán de confianza, nos esperaba en la pasarela.
—Mateo. Te estábamos esperando. —Su voz era grave, tranquila.
—Gracias por venir tan rápido, Nuno. La situación es… complicada.
—Lo imagino. Sube a bordo. Zarparemos de inmediato. Cuanto antes
dejemos la costa, mejor.
Ayudé a Valentina a subir a bordo. El barco era funcional, austero,
nada que ver con los yates de lujo a los que ella estaba
acostumbrada. Pero en ese momento, representaba la seguridad, la
libertad.
Poco después, "La Sombra" soltó amarras y se deslizó
silenciosamente fuera del puerto, adentrándose en la oscuridad del
océano Atlántico. Dejamos atrás Portugal, dejamos atrás Europa,
dejamos atrás nuestras vidas anteriores.
Me quedé en cubierta con Valentina, mirando cómo las luces de la
costa se hacían cada vez más pequeñas hasta desaparecer por
completo. Estábamos solos en la inmensidad del océano, navegando
hacia un destino desconocido.
La abracé por detrás, rodeándola con mis brazos, apoyando mi
barbilla en su cabeza. Sentí cómo se relajaba contra mí.
—Lo hemos conseguido, Mateo —susurró—. Hemos escapado.
—Por ahora. —Besé su pelo—. Esto es solo el principio, Valentina. El
viaje será largo. Y peligroso.
—Lo sé. Pero estamos juntos. —Se giró en mis brazos para mirarme,
sus ojos brillando en la oscuridad—. Y eso es lo único que importa.
Nos besamos bajo las estrellas, un beso salado por la brisa marina,
un beso lleno de alivio, de miedo y de una esperanza tenaz.
Habíamos sobrevivido a la tormenta inmediata, habíamos
encontrado un refugio temporal en las sombras del océano. Pero
sabíamos que la verdadera prueba aún estaba por llegar. La prueba
de construir una nueva vida, juntos, a partir de las cenizas de
nuestro pasado.
Capítulo 25: Horizontes Inciertos
(POV Valentina)
El océano Atlántico se extendía ante nosotros, vasto, indiferente, un
lienzo azul oscuro bajo un cielo que prometía más tormentas.
Llevábamos varios días a bordo de "La Sombra", el pequeño
carguero de Mateo, navegando hacia el sur, hacia un destino que
solo él y su capitán de confianza, Nuno, parecían conocer con
certeza.
La vida a bordo era austera, monótona, un marcado contraste con el
lujo y el drama que habían definido mi existencia hasta hacía poco.
Los camarotes eran pequeños y funcionales, la comida sencilla pero
abundante, preparada por un cocinero silencioso. La tripulación, un
grupo reducido de hombres curtidos por el mar, nos trataba con
respeto pero con distancia, conscientes de que éramos fugitivos bajo
la protección de su jefe.
Mateo pasaba mucho tiempo con Nuno en el puente de mando,
estudiando cartas de navegación, revisando informes
meteorológicos, planificando nuestra ruta para evitar las vías
marítimas más transitadas y posibles patrulleras. Yo intentaba
mantenerme ocupada, leyendo los pocos libros que había a bordo,
ayudando al cocinero o simplemente sentada en cubierta, mirando el
horizonte infinito, perdida en mis pensamientos.
La sensación de peligro constante había disminuido ligeramente una
vez en alta mar, pero la incertidumbre sobre nuestro futuro era
abrumadora. ¿Realmente podríamos empezar de cero en
Sudamérica? ¿Podríamos construir una vida juntos, Mateo y yo, bajo
nombres falsos, siempre mirando por encima del hombro?
Nuestra relación se había profundizado en la intimidad forzada del
barco. Las noches las pasábamos juntos en su camarote, buscando
consuelo y conexión en los brazos del otro. Hablábamos durante
horas, compartiendo historias de nuestro pasado, miedos sobre el
futuro, sueños tentativos. Descubrí capas de Mateo que nunca había
imaginado: su inteligencia aguda, su lealtad feroz hacia aquellos en
quienes confiaba, su vulnerabilidad oculta bajo la fachada cínica.
Él, a su vez, parecía fascinado por mi transformación. Me decía que
veía una fuerza en mí que yo misma no sabía que poseía. Me
animaba a pensar por mí misma, a tomar mis propias decisiones,
algo que nadie había hecho antes.
—¿Qué quieres hacer, Valentina? —me preguntó una tarde, mientras
observábamos la puesta de sol desde la cubierta—. Cuando
lleguemos a Buenos Aires, cuando estemos… relativamente a salvo.
¿Qué quieres hacer con tu vida? Con tu libertad.
La pregunta me dejó sin palabras. Nunca me lo había planteado. Mi
vida siempre había estado planificada por otros. —¿Qué puedo
hacer? No tengo… experiencia en nada. No tengo estudios prácticos.
Solo sé… ser una Valcárcel.
—Puedes aprender. Puedes estudiar. Puedes trabajar. Puedes ser lo
que quieras ser. — Tomó mi mano—. Valeria Ríos puede ser quien tú
decidas que sea.
Sus palabras encendieron una chispa de posibilidad en mi interior.
¿Ser lo que yo quisiera ser? La idea era vertiginosa, aterradora, pero
también increíblemente liberadora.
—Me gustaría… quizás estudiar arte —confesé tímidamente—.
Siempre me ha gustado. Pero mi padre decía que no era… práctico.
—Al diablo con lo práctico. —Sonrió—. Si te gusta el arte, estudia
arte. Buenos Aires tiene buenas escuelas. Podemos encontrar la
manera.
Su apoyo incondicional, su fe en mí, me emocionaron. Apoyé la
cabeza en su hombro, sintiendo una gratitud inmensa.
Pero la sombra de nuestro pasado seguía proyectándose sobre
nuestro frágil presente. Una noche, Nuno recibió un mensaje
codificado a través de la radio del barco. La expresión de Mateo se
ensombreció al leerlo.
—¿Qué pasa? —pregunté, mi corazón encogiéndose.
—Problemas. —Su voz era tensa—. Parece que Herrera ha
conseguido congelar algunas de mis cuentas bancarias principales.
Las que uso para mis negocios legítimos. Está intentando asfixiarme
económicamente.
—Oh, Dios mío. ¿Eso significa…?
—Significa que nuestros recursos son más limitados de lo que
pensaba. El dinero en efectivo que tenemos nos durará un tiempo,
pero no indefinidamente. Y significa que Alejandro está jugando
sucio, usando su influencia para atacarme por todos los frentes.
El miedo volvió a invadirme. —¿Podrá… encontrarnos a través de
esto? ¿Rastrear el dinero?
—No directamente. El efectivo no es rastreable. Y mis cuentas
offshore principales siguen seguras. Pero demuestra hasta dónde
está dispuesto a llegar. No se detendrá hasta que nos encuentre o
me destruya.
La conversación nos dejó a ambos preocupados. La presión
aumentaba. Necesitábamos llegar a Buenos Aires, establecernos,
encontrar una forma de ser autosuficientes antes de que nuestros
recursos se agotaran o Alejandro encontrara otra forma de
localizarnos.
Los días siguientes en el mar fueron más tensos. Mateo pasaba más
tiempo trabajando, haciendo llamadas seguras vía satélite,
intentando proteger sus activos restantes, buscando formas de
generar ingresos discretamente desde el exilio.
Yo intentaba apoyarlo, escucharle, ofrecerle consuelo. Pero también
sentía una creciente sensación de impotencia. Dependíamos
completamente de él, de sus contactos, de sus recursos. Quería
contribuir, ser útil, pero no sabía cómo.
Una noche, mientras estábamos tumbados en su camarote,
escuchando el sonido rítmico de las olas contra el casco del barco, le
expresé mis sentimientos.
—Me siento… inútil, Mateo. Tú estás haciendo todo, arriesgando
todo. Y yo… yo solo soy una carga.
Él se giró hacia mí, su expresión seria a la luz de la lámpara de
lectura. —Nunca digas eso, Valentina. No eres una carga. Eres la
razón por la que estoy haciendo todo esto. Eres mi compañera. Mi…
mi ancla.
—Pero quiero ayudar. Quiero hacer algo.
—Lo haces. —Acarició mi mejilla—. Estás aquí. Eres fuerte. Me das…
esperanza. Y cuando lleguemos a Buenos Aires, encontraremos la
forma de que tú también construyas tu propio camino. Juntos
encontraremos la forma.
Sus palabras me tranquilizaron, pero la inquietud persistía. Sabía que
nuestro futuro dependía de que ambos fuéramos fuertes, de que
ambos encontráramos nuestro lugar en esa nueva vida incierta.
El viaje continuó. Cruzamos el ecuador, navegando hacia el sur, hacia
un horizonte que seguía siendo desconocido, lleno de promesas y
peligros. La única certeza era que estábamos juntos, enfrentando la
tormenta mano a mano, buscando nuestro propio amanecer en
medio de la oscuridad.
Capítulo 26: Tormenta en el Horizonte
(POV Mateo)
Los días en "La Sombra" se sucedían con una lentitud exasperante,
marcada solo por el cambio de guardia de la tripulación y el
movimiento constante del barco sobre las olas. El Atlántico era un
gigante impredecible; a veces nos mecía con calma bajo un sol
brillante, otras nos azotaba con vientos furiosos y olas que barrían la
cubierta.
La noticia del bloqueo de mis cuentas principales había añadido una
capa de urgencia a nuestra ya precaria situación. Aunque mantenía
una fachada de calma frente a Valentina, por dentro sentía la
presión crecer. Alejandro no solo nos perseguía físicamente, sino que
intentaba estrangularnos financieramente, cortando mis líneas de
vida una por una.
Pasaba horas en el pequeño camarote que usaba como oficina
improvisada, comunicándome vía satélite con mis pocos aliados
restantes, moviendo fondos, intentando asegurar lo que quedaba de
mi imperio construido con tanto esfuerzo. Era una batalla librada en
la distancia, una partida de ajedrez contra un enemigo invisible pero
implacable.
Valentina… ella era mi refugio en medio de esa tormenta silenciosa.
Verla adaptarse a la vida en el mar, su curiosidad por aprender, su
fuerza tranquila… me daba la motivación para seguir luchando.
Nuestra relación se había convertido en el eje de mi existencia, un
ancla en la deriva.
Las noches eran nuestro santuario. En la oscuridad del camarote,
lejos de las miradas de la tripulación, podíamos ser simplemente
Mateo y Valentina. Hablábamos de todo y de nada, compartíamos
miedos y sueños, y nos perdíamos en la pasión que nos consumía,
una forma de reafirmar nuestra conexión, nuestra vida, frente a la
incertidumbre.
Pero incluso en esos momentos de intimidad, la sombra del peligro
no desaparecía por completo. Sabía que Alejandro no se detendría.
Y mi propio pasado… las decisiones que había tomado, los enemigos
que había hecho… también podían volver para atormentarnos.
Una noche, mientras revisaba unos informes financieros encriptados,
Nuno entró en mi camarote sin llamar, algo inusual en él. Su rostro
curtido estaba serio.
—Tenemos compañía —dijo en voz baja.
Me levanté de un salto. —¿Qué quieres decir? ¿Nos han encontrado?
—No estoy seguro. Hay un barco no identificado que nos sigue
desde hace unas horas. Mantiene la distancia, pero no se desvía. No
responde a las llamadas de radio. No parece una patrullera ni un
mercante normal.
Mi sangre se heló. —¿Puede ser él? ¿Alejandro?
—Es posible. O podría ser… otra gente. Tienes enemigos, Mateo.
Gente a la que no le gustaría verte desaparecer tan fácilmente.
Tenía razón. Mi ruptura con el mundo del que provenía no había sido
limpia. Había dejado cabos sueltos, negocios inacabados, gente
resentida.
—¿Qué hacemos? —pregunté, mi mente trabajando a toda
velocidad.
—He cambiado ligeramente el rumbo, intentando despistarlos.
Aumentaremos la velocidad durante la noche. Pero si nos siguen…
tendremos que estar preparados.
Asentí. —Prepara a la tripulación. Discretamente. Y asegúrate de que
Valentina no se entere. No quiero asustarla innecesariamente.
Nuno asintió y se fue.
Me quedé solo, la adrenalina recorriendo mis venas. ¿Quién nos
seguía? ¿Era la venganza de Alejandro? ¿O fantasmas de mi propio
pasado?
Fui a buscar a Valentina. Estaba en cubierta, mirando las estrellas,
ajena a la nueva amenaza que se cernía sobre nosotros. La abracé
por detrás, inhalando el aroma de su pelo mezclado con la brisa
marina.
—¿Todo bien? —preguntó, apoyándose en mí.
—Sí. Solo… pensaba. —No podía decirle la verdad. No todavía—.
Pensaba en nosotros. En Buenos Aires. En empezar de nuevo.
—Yo también —susurró—. A veces… casi parece posible.
—Lo haremos posible, Valentina. Te lo prometo. —La abracé con
más fuerza, sintiendo una necesidad desesperada de protegerla, de
mantenerla a salvo de la tormenta que se avecinaba en el horizonte.
Esa noche, apenas dormí. Pasé horas en el puente con Nuno,
observando el punto luminoso en el radar que nos seguía
implacablemente. Mantenía la distancia, pero no nos perdía de vista.
Al amanecer, el barco desconocido seguía allí. Y parecía haberse
acercado ligeramente.
—No les hemos despistado —dijo Nuno, su voz grave—.
Quienesquiera que sean, saben a quién siguen.
—Tenemos que enfrentarnos a ellos —decidí—. No podemos seguir
huyendo así. Prepara una lancha. Iré a hablar con ellos.
—Mateo, es demasiado arriesgado.
—Es la única manera de saber a qué nos enfrentamos. Y quizás…
quizás pueda negociar.
Sabía que era una posibilidad remota, pero no podíamos permitir
que nos siguieran hasta Sudamérica. Teníamos que cortar la
amenaza de raíz, aquí y ahora.
Le di instrucciones a Nuno sobre qué hacer si las cosas salían mal.
Luego, fui a despertar a Valentina.
Le expliqué la situación con la mayor calma posible, omitiendo los
detalles más peligrosos. Le dije que había un barco que nos seguía y
que iba a intentar averiguar quiénes eran y qué querían.
Vi el miedo en sus ojos, pero también la confianza. —Ten cuidado,
Mateo —susurró, aferrándose a mí.
—Lo tendré. Espérame aquí. Volveré. —La besé profundamente, un
beso cargado de promesas y despedidas silenciosas.
Bajé a la lancha rápida que Nuno había preparado. Dos de mis
hombres de confianza me acompañaban. Nos alejamos de "La
Sombra" y nos dirigimos hacia el barco desconocido, una silueta
oscura que se recortaba contra el sol naciente.
A medida que nos acercábamos, pude ver que era un yate moderno,
rápido, sin insignias visibles. No parecía un barco militar ni de
guardacostas. Era privado. Y eso lo hacía aún más peligroso.
Nos detuvimos a una distancia prudencial. Usé un megáfono.
—¡Barco no identificado! ¡Soy Mateo Vidal! ¡Identifíquense y digan
qué quieren!
Hubo un momento de silencio. Luego, una figura apareció en la
cubierta del yate. Alta, elegante, con un aire de autoridad familiar.
Mi corazón dio un vuelco. No era Alejandro. Era alguien mucho peor.
Alguien de mi propio pasado, alguien a quien creía haber dejado
atrás para siempre.
Era mi padre.
Capítulo 27: Confrontación en Alta
Mar
(POV Valentina)
Observé desde la cubierta de "La Sombra" cómo la pequeña lancha
rápida se acercaba al yate misterioso. Mi corazón latía con fuerza
contra mis costillas. Mateo había ido a enfrentarse a lo desconocido,
a la amenaza que nos había estado siguiendo durante días. La
espera era una tortura.
Nuno, el capitán, estaba a mi lado, sus ojos fijos en la distancia, su
rostro impasible. La tripulación se movía con una calma tensa,
preparados para cualquier eventualidad, pero intentando no
alarmarme.
Vi a Mateo usar el megáfono. Vi una figura aparecer en la cubierta
del yate. Incluso desde la distancia, había algo en la postura de esa
figura que me resultaba vagamente familiar, una autoridad innata.
Entonces, vi la reacción de Mateo. Su cuerpo se tensó visiblemente,
incluso a esa distancia. Algo o alguien en ese yate lo había
impactado profundamente.
—¿Qué pasa, Nuno? —pregunté, mi voz temblorosa—. ¿Quién es?
Nuno dudó por un instante, luego suspiró. —Creo… creo que es el
padre de Mateo.
¿Su padre? El hombre del que apenas hablaba, el patriarca que lo
había repudiado, el origen de muchas de sus cicatrices. ¿Los había
seguido hasta aquí? ¿Por qué?
La confusión y el miedo se arremolinaron en mi interior. ¿Era una
amenaza? ¿Una oferta de paz? ¿O algo peor?
La lancha de Mateo permaneció inmóvil junto al yate durante lo que
pareció una eternidad. No podía oír lo que decían, pero la tensión
era palpable en el aire. Vi gestos, posturas rígidas. No parecía una
conversación amistosa.
Finalmente, después de unos minutos interminables, la lancha se dio
la vuelta y comenzó a regresar hacia "La Sombra". Contuve la
respiración mientras se acercaba.
Cuando Mateo subió a bordo, su rostro era una máscara de furia
contenida y una profunda amargura. Tenía la mandíbula apretada,
los ojos oscuros como la tormenta que se gestaba en el horizonte.
—¿Mateo? ¿Qué ha pasado? ¿Quién era? —pregunté, acercándome a
él.
Él me miró, y por un instante vi un destello de dolor en sus ojos
antes de que la máscara volviera a caer. —Era mi padre.
—¿Tu padre? ¿Qué quería?
—Quiere que vuelva. —Su voz era cortante—. Quiere que abandone
esta "locura", que te entregue a ti y a Alejandro, y que vuelva al
redil. A cambio, está dispuesto a… perdonarme. A descongelar mis
cuentas. A olvidarlo todo.
La oferta me dejó atónita. ¿Entregarme? ¿Como si fuera una
mercancía?
—¿Y qué le has dicho? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
Una sonrisa amarga curvó sus labios. —Le he dicho que se vaya al
infierno. Le he dicho que nunca te abandonaré. Que prefiero
perderlo todo antes que volver a su mundo de mentiras y traiciones.
Sentí una oleada de alivio y gratitud, pero también de miedo. Había
desafiado a su padre, a un hombre poderoso que ahora se sumaba a
la lista de nuestros enemigos.
—¿Y qué ha dicho él? —susurré.
—Ha dicho… que me arrepentiré. Que si no vuelvo por las buenas,
usará toda su influencia para destruirnos. A ambos. Ha dicho que no
permitirá que manche el apellido Vidal con una… aventura como
esta.
Las palabras eran crueles, diseñadas para herir. Vi cómo afectaban a
Mateo, a pesar de su intento por ocultarlo.
—Mateo, lo siento mucho —dije, tomando su mano—. Siento que
tengas que pasar por esto por mi culpa.
Él apretó mi mano con fuerza. —No es tu culpa, Valentina. Es mi
pasado. Mi familia. Siempre supe que este día podría llegar. —Me
miró intensamente—. Pero mi elección está hecha. Eres tú. Siempre
serás tú.
Sus palabras, su lealtad inquebrantable, me llenaron de una emoción
abrumadora. Lo abracé con fuerza, sin importarme la presencia de
Nuno o la tripulación.
—¿Qué hacemos ahora? —pregunté contra su pecho.
—Ahora… navegamos más rápido que nunca. —Se separó de mí, su
rostro endurecido por la determinación—. Nuno, pon rumbo sur.
Máxima velocidad. Tenemos que alejarnos de él antes de que decida
hacer alguna estupidez.
Nuno asintió. —Entendido. ¿Crees que intentará detenernos?
—Conociéndolo… es capaz de cualquier cosa. No podemos
arriesgarnos. —Miró hacia el yate de su padre, que permanecía
inmóvil en la distancia—. Vamos a desaparecer en el horizonte antes
de que pueda reaccionar.
"La Sombra" cobró vida. El motor rugió con más fuerza, las olas
golpeaban el casco con violencia mientras aumentábamos la
velocidad. El barco se inclinaba, cortando el agua, dejando una
estela blanca tras nosotros.
Me quedé en cubierta con Mateo, mirando cómo el yate de su padre
se hacía cada vez más pequeño. Era una imagen surrealista: dos
barcos, dos mundos, dos destinos enfrentados en la inmensidad del
océano.
La confrontación con su padre había sido un golpe duro, una herida
reabierta. Pero también parecía haber fortalecido la resolución de
Mateo. Ya no había vuelta atrás. Había elegido su camino, nuestro
camino, y estaba dispuesto a luchar por él hasta el final.
El resto del día navegamos a toda velocidad, el motor vibrando bajo
nuestros pies, el viento azotando nuestros rostros. La tensión a
bordo era palpable. Todos sabíamos que el peligro no había pasado,
que el padre de Mateo era una nueva amenaza, quizás más
peligrosa que Alejandro, porque conocía a Mateo, conocía sus
debilidades.
Al caer la noche, el yate de su padre ya no era visible en el
horizonte. Habíamos conseguido distanciarnos, al menos por ahora.
Mateo y yo nos retiramos a su camarote, agotados física y
emocionalmente. Nos sentamos en silencio por un rato, simplemente
sosteniéndonos el uno al otro.
—Gracias, Mateo —susurré finalmente—. Por elegirme. Por no
abandonarme.
Él acarició mi pelo. —Nunca lo haría, Valentina. Lo que siento por ti…
es más fuerte que cualquier lazo familiar, que cualquier amenaza.
Eres mi futuro. Eres mi hogar.
Sus palabras eran un bálsamo para mi alma herida. Me acurruqué
contra él, sintiendo una mezcla de miedo por lo que vendría y una
profunda gratitud por tenerlo a mi lado.
La confrontación en alta mar había sido aterradora, pero también
había solidificado nuestro vínculo. Éramos nosotros contra el mundo,
dos fugitivos unidos por el peligro y por un amor que desafiaba
todas las convenciones. Y aunque el horizonte seguía siendo incierto,
mientras estuviéramos juntos, encontraríamos la fuerza para seguir
navegando.
Capítulo 28: Ecos del Pasado,
Decisiones del Presente
(POV Mateo)
La estela de "La Sombra" cortaba las aguas oscuras del Atlántico
mientras nos alejábamos a toda velocidad del yate de mi padre. La
confrontación había sido breve, brutal, y había dejado un sabor
amargo en mi boca. Verlo allí, tan frío, tan dispuesto a usar a
Valentina como moneda de cambio para recuperarme… había
reavivado viejas heridas, pero también había solidificado mi
resolución.
Valentina. Ella era mi prioridad. Protegerla, llevarla a un lugar
seguro, darle la oportunidad de vivir la vida que merecía, lejos de las
garras de Alejandro y de las expectativas opresivas de nuestras
familias. Era una promesa que me había hecho a mí mismo, una
promesa sellada por los sentimientos que habían florecido entre
nosotros en medio del caos.
Pasé las siguientes horas en el puente con Nuno, asegurándome de
que manteníamos la máxima velocidad y de que no había señales
del yate de mi padre. El océano era vasto, pero el alcance de mi
padre también lo era. No podíamos permitirnos bajar la guardia.
Cuando finalmente me retiré al camarote, encontré a Valentina
dormida, agotada por la tensión del día. Me senté en el borde de la
litera, observándola. Incluso en sueños, había una fuerza tranquila
en su rostro. Había soportado tanto, había renunciado a tanto… y lo
había hecho con una valentía que me dejaba sin aliento.
La confesión de nuestros sentimientos la noche anterior había sido
un punto de inflexión. Decir "te quiero" en voz alta, escucharlo de
ella… había sido aterrador y liberador a partes iguales. Pero también
añadía una nueva capa de responsabilidad. Ya no se trataba solo de
protegerla físicamente; se trataba de proteger nuestro incipiente
amor, nuestra frágil esperanza de un futuro juntos.
Mi mente repasó la conversación con mi padre. Su oferta, su
amenaza. Sabía que no eran palabras vacías. Tenía los recursos y la
crueldad para intentar cumplir su promesa de destruirnos. El
bloqueo de mis cuentas era solo el primer paso.
Necesitaba pensar con claridad, anticiparme a sus movimientos.
¿Qué haría ahora?
¿Intentaría seguirnos? ¿Usaría sus contactos internacionales para
alertar a las autoridades en Sudamérica? ¿O recurriría a métodos
más… directos?
Recordé mi propio pasado, los años de rebeldía, las veces que había
desafiado a mi padre, las líneas que había cruzado. Él no perdonaba
fácilmente. Y mi "traición" actual, aliándome con la prometida
fugitiva de un socio comercial y desafiando abiertamente su
autoridad, sería vista como la máxima ofensa.
Me levanté y fui a mi improvisada oficina. Necesitaba trabajar,
asegurar nuestros flancos. Contacté de nuevo a mis aliados, les
informé de la nueva amenaza, les pedí que redoblaran la vigilancia,
que buscaran cualquier indicio de los movimientos de mi padre.
También revisé nuestros planes para Buenos Aires. El contacto que
tenía allí era fiable, pero ¿sería suficiente para protegernos de
alguien como mi padre? Quizás necesitábamos un plan aún más
discreto, una identidad aún más profunda.
Mientras trabajaba, Valentina se despertó. Se acercó en silencio y
me rodeó con sus brazos por detrás, apoyando la cabeza en mi
espalda.
—No puedes cargar con todo tú solo, Mateo —susurró.
Me giré y la abracé. —Tengo que hacerlo, Valentina. Tengo que
mantenernos a salvo.
—Lo sé. Pero déjame ayudarte. Déjame estar contigo en esto.
Somos un equipo,
¿recuerdas?
Tenía razón. Había estado tan concentrado en protegerla que había
olvidado que ella también era fuerte, que podíamos enfrentar esto
juntos.
—De acuerdo —dije, besando su frente—. Somos un equipo.
Le expliqué mis preocupaciones, mis temores sobre los próximos
movimientos de mi padre. Ella escuchó atentamente, su expresión
seria pero tranquila.
—Quizás… quizás Buenos Aires no sea el lugar adecuado —dijo
pensativamente—. Si tu padre tiene contactos allí… quizás
deberíamos ir a otro sitio. Un lugar donde nadie nos espere. Donde
podamos desaparecer de verdad.
—¿Cómo dónde? —pregunté, intrigado por su idea.
—No lo sé. Pero el mundo es grande. Podríamos… empezar en un
lugar más pequeño, más remoto. Construir nuestra vida poco a
poco, sin llamar la atención. Lejos de las grandes ciudades, lejos de
las redes de influencia de nuestras familias.
Su idea tenía sentido. Buenos Aires era una opción lógica, pero
quizás demasiado obvia. Un lugar más inesperado podría darnos la
ventaja que necesitábamos.
—Tenemos tiempo para decidir —dije—. El viaje aún es largo. Pero
tienes razón. Deberíamos considerar todas las opciones.
Pasamos las siguientes horas juntos, estudiando mapas,
investigando posibles destinos remotos en Sudamérica, lugares
donde podríamos empezar de nuevo con nuestras identidades falsas,
lejos de todo.
Trabajar juntos, planificar juntos, nos unió aún más. Sentí que la
carga se aligeraba un poco al compartirla con ella. Su perspectiva,
su calma, eran un contrapeso a mi propia intensidad y preocupación.
Los días siguientes transcurrieron con una rutina similar.
Navegábamos hacia el sur, siempre alerta, mientras planeábamos
nuestro futuro incierto. La amenaza del padre de Mateo flotaba
sobre nosotros, pero nos enfrentábamos a ella juntos, fortalecidos
por nuestro amor y nuestra determinación compartida.
Una mañana, Nuno nos llamó al puente. Había tierra a la vista. No
era Sudamérica todavía, sino una pequeña isla volcánica en medio
del Atlántico, una parada técnica para repostar agua y provisiones
discretamente.
Ver tierra firme después de tantos días en el mar fue un alivio
extraño. La isla era remota, apenas habitada, un lugar perfecto para
una parada discreta.
Mientras "La Sombra" se acercaba a una bahía oculta, Mateo y yo
nos quedamos en cubierta, observando la isla emerger de la bruma
matutina.
—Es hermoso —susurró Valentina.
—Sí, lo es. —La rodeé con el brazo—. Quizás… quizás lugares como
este sean nuestro futuro. Lugares pequeños, tranquilos, donde
podamos ser simplemente Mateo y Valeria.
Ella apoyó la cabeza en mi hombro. —Me gustaría eso.
La parada en la isla fue breve, eficiente. Nuno y la tripulación se
encargaron de las provisiones mientras Mateo y yo permanecíamos a
bordo, evitando exponernos.
Antes de zarpar de nuevo, Mateo recibió otro mensaje codificado. Lo
leyó con atención, su expresión indescifrable.
—¿Qué es? —pregunté con ansiedad.
Él levantó la vista, sus ojos encontrando los míos. —Noticias de
Buenos Aires. Mi contacto dice que… Alejandro Herrera ha llegado a
la ciudad. Y está preguntando por nosotros.
Capítulo 29: La Decisión Final
(POV Valentina)
La noticia cayó como una bomba en la relativa calma de nuestro
viaje. Alejandro estaba en Buenos Aires. Esperándonos. La red se
cerraba sobre nosotros, incluso antes de que hubiéramos puesto un
pie en nuestro supuesto refugio.
Miré a Mateo, mi corazón latiendo con fuerza. Su rostro estaba
tenso, sus ojos oscuros reflejando la gravedad de la situación.
Nuestro plan original, nuestro destino cuidadosamente elegido, se
había vuelto una trampa.
—¿Qué hacemos ahora? —susurré, la voz apenas audible por encima
del sonido del viento y las olas.
Mateo se pasó una mano por el pelo, una señal de la tensión que
sentía. —No podemos ir a Buenos Aires. Es demasiado peligroso.
Caeríamos directamente en sus manos.
—¿Entonces? ¿A dónde vamos? —La inmensidad del océano a
nuestro alrededor de repente se sintió opresiva, como si no hubiera
ningún lugar seguro en el mundo para nosotros.
Él se quedó en silencio por un momento, mirando el horizonte, su
mente trabajando a toda velocidad. —Tenemos que cambiar de
rumbo. Desviarnos. Ir a un lugar que nadie espere. Un lugar donde
ni Alejandro ni mi padre piensen buscarnos.
—¿Pero dónde? —insistí—. ¿Qué lugar es seguro?
—No lo sé con certeza. —Me miró, sus ojos buscando los míos—.
Pero quizás… quizás la idea que tuviste antes sea la correcta. Un
lugar más pequeño, más remoto. Lejos de las rutas habituales.
Recordé nuestra conversación sobre buscar un refugio inesperado.
—¿Te refieres a… una de esas islas? ¿O un pueblo costero perdido
en alguna parte?
—Quizás. O quizás… algo completamente diferente. —Señaló las
cartas de navegación extendidas en la mesa del puente—. Hay rutas
menos transitadas hacia el sur. Costas menos vigiladas. Países con
menos… conexiones con nuestras familias.
Pasamos las siguientes horas estudiando las cartas, discutiendo
opciones. Uruguay, el sur de Brasil, incluso rincones remotos de
Chile o Colombia. Cada opción tenía sus propios riesgos y beneficios.
Necesitábamos un lugar donde pudiéramos desembarcar
discretamente, donde nuestras identidades falsas tuvieran alguna
posibilidad de pasar desapercibidas, y donde pudiéramos empezar a
construir una vida desde cero con los recursos limitados que nos
quedaban.
La decisión era abrumadora. Nuestro futuro entero dependía de
elegir el destino correcto.
Mientras Mateo hablaba con Nuno sobre las posibilidades logísticas
de cambiar de rumbo, yo me quedé mirando el mapa, sintiendo el
peso de nuestra situación.
Habíamos huido de España, cruzado Portugal, navegado por el
Atlántico… solo para encontrarnos de nuevo acorralados.
¿Valía la pena? ¿Valía la pena arrastrar a Mateo a esta vida de
constante huida, de miedo, de incertidumbre? Lo amaba, sí. Más de
lo que nunca había creído posible amar a nadie. Pero ¿era justo para
él? Él había tenido su propia vida, sus propios negocios, su propia
libertad… y lo había arriesgado todo por mí.
La culpa me consumía. Quizás… quizás la única forma de protegerlo
de verdad era alejarme. Si yo desaparecía de su vida, si él volvía
solo… quizás su padre lo perdonaría. Quizás Alejandro me dejaría en
paz si ya no estaba con Mateo.
La idea era dolorosa, desgarradora. La sola idea de separarme de él
me rompía el corazón. Pero ¿no era el amor también sacrificio? ¿No
era poner el bienestar del otro por encima del propio?
Cuando Mateo volvió, mi decisión estaba tomada. Tenía que hablar
con él. Tenía que ofrecerle una salida.
—Mateo… —empecé, mi voz temblorosa—. Tenemos que hablar. Él
me miró, percibiendo mi angustia. —¿Qué pasa, Valentina?
Respiré hondo. —Creo que… creo que deberíamos separarnos.
Su expresión pasó de la preocupación a la incredulidad y luego al
dolor. —¿Qué? ¿De qué estás hablando?
—Es por tu bien, Mateo. —Las lágrimas empezaron a brotar, pero me
obligué a continuar
—. Si yo no estoy contigo… quizás tu padre te perdone. Quizás
Alejandro me deje en paz. Podrías recuperar tu vida. No tienes que
seguir huyendo por mi culpa.
—¡No digas estupideces, Valentina! —Su voz era ronca, cargada de
emoción—. ¡No te voy a dejar! ¡Nunca! ¿Crees que todo esto ha sido
por nada? ¿Crees que mis sentimientos por ti son tan superficiales
como para abandonarte ahora?
—Pero te estoy arruinando la vida…
—¡Tú eres mi vida ahora! —Me tomó por los hombros, obligándome
a mirarlo—. ¿No lo entiendes? Nada de lo que tenía antes importa si
no estoy contigo. Prefiero vivir huyendo a tu lado que tener toda la
riqueza y la libertad del mundo sin ti.
Sus palabras, su intensidad, me desarmaron. Las lágrimas corrían
libremente por mis mejillas.
—Pero tengo miedo, Mateo. Miedo por ti.
—Yo también tengo miedo. —Su voz se suavizó—. Tengo miedo de
perderte. Tengo miedo de no poder protegerte. Pero afrontaremos
ese miedo juntos. Como hemos hecho hasta ahora. No voy a dejar
que nos separen. Ni Alejandro, ni mi padre, ni nadie.
Me abrazó con fuerza, y yo me aferré a él, sollozando contra su
pecho. Su determinación, su amor incondicional, eran un bálsamo
para mi alma atormentada.
—Entonces… ¿qué hacemos? —pregunté entre lágrimas—. ¿A dónde
vamos?
Él me apartó suavemente y secó mis lágrimas con sus pulgares. —
Vamos a elegir un destino. Juntos. Un lugar donde podamos tener
una oportunidad. Y lucharemos por ello. Lucharemos por nuestra
vida, por nuestro futuro.
Nos sentamos de nuevo frente a los mapas, pero esta vez, la
decisión se sentía diferente. Ya no era solo una cuestión de
supervivencia; era una elección consciente de construir un futuro
juntos, contra viento y marea.
Después de mucho deliberar, elegimos un destino: un pequeño
pueblo costero en Uruguay. Era remoto, tranquilo, fuera de las rutas
principales, pero con suficiente infraestructura como para poder
empezar de nuevo discretamente. Nuno confirmó que era factible
cambiar el rumbo y llegar allí en poco más de una semana.
La decisión final estaba tomada. Nuestro nuevo horizonte era
Uruguay. Un lugar desconocido, un futuro incierto, pero lo
enfrentaríamos juntos.
Esa noche, mientras "La Sombra" viraba hacia nuestro nuevo
destino, nos quedamos en cubierta, mirando las estrellas, sintiendo
una mezcla de aprensión y esperanza renovada. La tormenta seguía
en el horizonte, pero habíamos tomado el timón de nuestro propio
barco, listos para navegar hacia lo desconocido, unidos por un amor
que se había forjado en el fuego de la adversidad.
Epílogo
(POV Valentina)
Un año después…
El sol de la tarde se filtraba por las persianas de madera de nuestra
pequeña casa, pintando rayas doradas sobre el suelo de baldosas
rústicas. El aire olía a salitre, a flores silvestres y al pan que se
horneaba en la cocina. Desde la ventana abierta, podía oír el sonido
lejano de las olas rompiendo en la playa y las risas de los niños
jugando en la calle empedrada.
Uruguay. Un pequeño pueblo costero cuyo nombre apenas habíamos
conocido un año atrás. Ahora, era nuestro hogar. Nuestro refugio. El
lugar donde Valeria Ríos y Mateo Costa estaban construyendo, día a
día, una nueva vida.
Dejé el pincel sobre el caballete y di un paso atrás para observar mi
última obra: un paisaje marino tormentoso, con olas furiosas
rompiendo contra acantilados oscuros. Era un reflejo de nuestro
pasado, de la tempestad que habíamos atravesado. Pero entre las
nubes grises, un rayo de sol se abría paso, iluminando un pequeño
barco que navegaba hacia aguas más tranquilas. Esperanza.
Sonreí. Había empezado a estudiar arte en una pequeña escuela
local, redescubriendo una pasión que había mantenido oculta
durante demasiado tiempo. No era fácil, compaginaba las clases con
un trabajo a tiempo parcial en una galería de arte cercana, pero
cada día me sentía más yo misma, más libre.
Oí pasos detrás de mí. Mateo. Siempre sabía cuándo entraba en una
habitación, incluso sin mirarlo. Su presencia era una constante
tranquilizadora en mi vida.
Me rodeó con sus brazos por la cintura, apoyando la barbilla en mi
hombro, observando el cuadro conmigo.
—Es… intenso —dijo en voz baja—. Como nosotros.
Me giré en sus brazos para mirarlo. El año transcurrido había dejado
su huella. Había algunas canas más en sus sienes, algunas líneas
más alrededor de sus ojos. Pero esos ojos oscuros seguían
mirándome con la misma intensidad, el mismo amor que me había
sostenido durante la huida.
Él también había encontrado su lugar aquí. Había invertido parte del
dinero que le quedaba en un pequeño negocio de reparación de
barcos en el puerto local. Trabajaba duro, con sus propias manos,
lejos del mundo corporativo que había dejado atrás. Y parecía…
feliz. En paz.
—¿Intenso es bueno? —pregunté, arqueando una ceja.
—Contigo, siempre es bueno. —Me besó suavemente, un beso lento,
familiar, lleno de la comodidad y la pasión que definían nuestra
relación.
No había sido un año fácil. Habíamos vivido con miedo al principio,
mirando constantemente por encima del hombro, temiendo que
nuestro pasado nos alcanzara. Hubo momentos de tensión, de
dudas, de dificultades económicas mientras nos establecíamos.
Pero lo habíamos superado. Juntos. Habíamos aprendido a confiar el
uno en el otro de una manera absoluta. Habíamos construido una
rutina, una normalidad frágil pero real.
Teníamos amigos, vecinos que nos conocían como Valeria y Mateo,
la pareja tranquila que regentaba el taller del puerto y pintaba
paisajes marinos.
Las noticias del mundo exterior llegaban a cuentagotas. A través de
contactos discretos, supimos que Alejandro Herrera seguía
buscándonos, pero su pista se había enfriado. Mi padre… no
habíamos vuelto a tener noticias directas de él, pero Sofía me había
contado en una llamada clandestina que seguía resentido, aunque
quizás, solo quizás, empezaba a aceptar mi ausencia.
El padre de Mateo… esa era una sombra más oscura. Sabíamos que
no nos había olvidado. Su orgullo herido era una amenaza latente.
Pero hasta ahora, no había hecho ningún movimiento directo contra
nosotros en Uruguay. Quizás la distancia, la discreción, nos habían
protegido.
—¿En qué piensas? —preguntó Mateo, acariciando mi mejilla.
—En todo lo que hemos pasado. En lo lejos que hemos llegado.
—Y lo que nos queda por recorrer. —Sonrió—. Pero lo haremos
juntos.
Asentí, mi corazón lleno de una gratitud inmensa. Miré de nuevo mi
cuadro, el pequeño barco navegando hacia la luz.
—Sí. Juntos. —Tomé su mano, entrelazando nuestros dedos—.
Siempre.
Salimos al pequeño patio trasero de nuestra casa mientras el sol
comenzaba a ponerse sobre el océano. Nos sentamos en un banco
de madera, observando el cielo teñirse de naranja y rosa.
El futuro seguía siendo incierto. Las sombras de nuestro pasado
nunca desaparecerían por completo. Pero aquí, en este rincón
tranquilo del mundo, habíamos encontrado nuestro propio tipo de
paz. Habíamos encontrado un hogar. Y lo más importante, nos
habíamos encontrado el uno al otro.
Apoyé la cabeza en el hombro de Mateo, sintiendo su calor, su
fuerza. El corazón cautivo que una vez fui había encontrado su
libertad, no en la ausencia de cadenas, sino en la elección
consciente de a quién entregarle mi amor, mi confianza, mi vida.
Y ese hombre era Mateo Costa. Mi socio, mi protector, mi amante,
mi hogar. Nuestro horizonte seguía siendo incierto, pero mientras
navegáramos juntos, sabía que podríamos enfrentar cualquier
tormenta.
Escena Bonus
(POV Mateo)
La luna llena se reflejaba en el océano tranquilo, creando un camino
de plata líquida que se extendía hasta el horizonte. Estábamos
sentados en la arena de la playa desierta, no muy lejos de nuestra
casa, compartiendo una botella de vino uruguayo y el silencio
cómodo que a menudo nos envolvía.
Valentina, o Valeria como la conocían aquí, estaba acurrucada a mi
lado, su cabeza apoyada en mi hombro, su mano entrelazada con la
mía. El sonido de las olas era una nana constante, un recordatorio
de la paz que habíamos encontrado en este rincón olvidado del
mundo.
Había pasado más de un año desde que llegamos a Uruguay,
huyendo de un pasado que todavía proyectaba sombras largas. Un
año de construir una nueva vida desde cero, de aprender a confiar,
de sanar viejas heridas y de forjar un amor que se había vuelto el
centro de nuestro universo.
Miré su perfil a la luz de la luna: la curva suave de su mejilla, sus
pestañas oscuras, la serenidad en su expresión. Era increíble pensar
en la mujer que había conocido en aquella fiesta en Madrid,
atrapada en una jaula dorada, y compararla con la mujer fuerte,
independiente y apasionada que estaba a mi lado ahora.
—¿En qué piensas? —susurró, como si leyera mi mente.
—En ti. En nosotros. En lo increíble que es estar aquí, así, contigo.
Ella levantó la cabeza y me miró, sus ojos brillando con una mezcla
de amor y melancolía. —¿A veces… echas de menos tu antigua vida?
Los negocios, el lujo, la… adrenalina.
Consideré su pregunta honestamente. —Echo de menos la seguridad
financiera, a veces. La facilidad. Pero no echo de menos la falsedad,
la presión, la soledad. —Acaricié su mano—. Lo que tengo contigo
aquí… vale más que todo el dinero y el poder del mundo.
Una sonrisa iluminó su rostro. —Yo tampoco echo de menos nada.
Bueno, quizás a Sofía. Pero aparte de eso… soy feliz aquí, Mateo.
Contigo.
Nos inclinamos y nos besamos, un beso lento, profundo, salado por
la brisa marina. Un beso que hablaba de gratitud, de deseo, de un
amor que había sobrevivido a la tormenta.
Cuando nos separamos, ella apoyó la frente en la mía. —Gracias por
darme esta vida, Mateo.
—Nos la hemos dado mutuamente, Valeria. —Usé su nuevo nombre,
el que simbolizaba su renacimiento—. Ambos hemos encontrado la
libertad aquí.
Nos quedamos en silencio de nuevo, escuchando el mar. Pero no era
un silencio vacío. Estaba lleno de todo lo no dicho, de la conexión
profunda que nos unía.
Después de un rato, ella se levantó y me tendió la mano.
—Vamos a caminar.
Nos levantamos y paseamos por la orilla, descalzos, sintiendo la
arena fresca y húmeda bajo nuestros pies. La luna iluminaba nuestro
camino.
—¿Crees que alguna vez… estaremos completamente a salvo? —
preguntó ella en voz baja.
—No lo sé. —Fui sincero—. Siempre habrá sombras. Siempre habrá
gente que nos recuerde de dónde venimos. Pero hemos construido
una fortaleza aquí, Valentina. Una fortaleza basada en la discreción,
en la confianza mutua, en nuestro amor. Y eso es difícil de derribar.
Me detuve y la giré hacia mí, tomando su rostro entre mis manos. —
Mientras estemos juntos, mientras confiemos el uno en el otro,
podremos enfrentar cualquier cosa. ¿Lo crees?
Ella asintió, sus ojos fijos en los míos. —Sí. Lo creo.
La besé de nuevo, esta vez con más urgencia, con más pasión. El
sonido de las olas, la luz de la luna, la inmensidad del océano… todo
desapareció. Solo existíamos nosotros, nuestro amor, nuestra
promesa silenciosa de seguir adelante, juntos.
Sus manos se enredaron en mi pelo, atrayéndome más cerca. Mis
manos recorrieron su espalda, sintiendo la curva de su cintura, el
calor de su piel bajo la fina tela de su vestido.
Nos separamos, sin aliento, nuestros corazones latiendo al unísono.
—Te quiero, Mateo Costa —susurró ella, sus ojos llenos de una
emoción que me atravesó el alma.
—Y yo te quiero a ti, Valeria Ríos. —Acaricié su labio inferior con mi
pulgar—. Más de lo que las palabras pueden expresar.
Tomados de la mano, continuamos nuestro paseo por la playa bajo
la luna llena, dos almas que habían encontrado su refugio en el otro,
en un amor nacido de la adversidad, un amor que era nuestro faro
en el horizonte incierto.
Agradecimientos
Llegar al final de esta historia contigo ha sido un viaje increíble.
Gracias por acompañar a Valentina y Mateo en su búsqueda de
libertad y amor, por sentir sus miedos, sus deseos y sus esperanzas
como si fueran tuyos.
Escribir "Corazón Cautivo" ha sido una experiencia intensa y
apasionante, y saber que has llegado hasta aquí significa el mundo
para mí.
Si esta historia te ha tocado, si te ha emocionado o te ha mantenido
en vilo, por favor, considera dejar una valoración con 5 estrellas en
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a más lectores y para que pueda seguir creando historias como esta.
Gracias de corazón por leer. Con cariño,
F. RIBEIRO