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El Legado de Azusa

El legado de Azusa Street, liderado por William J. Seymour, marcó un hito en el cristianismo al reavivar las manifestaciones pentecostales y promover la integración racial y la igualdad de género en la comunidad de creyentes. Este movimiento desafió las jerarquías eclesiásticas y enfatizó la importancia de la sanidad divina y la evangelización global, dejando una huella significativa en la historia del cristianismo moderno. A través de su enfoque en la liberación del legalismo y las tradiciones, Azusa Street continúa siendo relevante para la fe cristiana contemporánea.
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El Legado de Azusa

El legado de Azusa Street, liderado por William J. Seymour, marcó un hito en el cristianismo al reavivar las manifestaciones pentecostales y promover la integración racial y la igualdad de género en la comunidad de creyentes. Este movimiento desafió las jerarquías eclesiásticas y enfatizó la importancia de la sanidad divina y la evangelización global, dejando una huella significativa en la historia del cristianismo moderno. A través de su enfoque en la liberación del legalismo y las tradiciones, Azusa Street continúa siendo relevante para la fe cristiana contemporánea.
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EL LEGADO DE AZUSA STREET

Carlos Martínez García

Existen variadas motivaciones para celebrar los aniversarios. En la historia del cristianismo
hay fechas que se conmemoran por su impacto en el conjunto del pueblo de Dios, o de
una parte significativa del mismo. En algunas ocasiones el ánimo de celebración está
motivado por la nostalgia; otras veces por la inercia de la costumbre y/o por el gusto de
sumarse a una festividad que se conoce parcialmente.
Desde la perspectiva bíblica, particularmente neotestamentaria, debemos aquilatar
y sacar lección de las batallas que en defensa de la fe dieron quienes nos antecedieron en
el Camino. Porque como dice Hebreos 12:1, “estamos rodeados de una multitud tan
grande de testigos” (NVI), comprendida originalmente por los mencionados en el capítulo
11 del libro citado, pero que se puede hacer extensiva, la multitud, a todo(a)s aquellos que
a lo largo de los siglos contendieron “ ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a
los santos” (Judas 1:3, RV). Su peregrinaje, sus luchas, sus descubrimientos y sus
desobediencias en el camino de Jesús, nos son útiles para nuestro propio andar, nos
ayudan a comprender mejor lo que significa ser discípulo(a). Es por esto que ciertas
fechas son oportunidad para celebrar y reflexionar, para cribar lo que de bueno hemos
recibido mediante la fidelidad al Señor por quienes contra toda esperanza perseveraron,
se despojaron del lastre que les estorbaba y fijaron sus ojos en Jesús, “el iniciador y
perfeccionador de nuestra fe” (Hebreos 12:2, NVI).
Con lo anterior en la mente y el corazón, comparto con los lectores de este espacio
lo que considero el legado de lo sucedido hace cien años en la Apostolic Faith Mission de
Azusa Street, en Los Ángeles, California. Antes debo decir que aquí hago un apretado
resumen de lo que describo más ampliamente en un libro de mi autoría, y que se
encuentra a punto de entrar a la imprenta, titulado Azusa Street: cuna del pentecostalismo
del siglo XX. Aunque en el escrito mencionado se detallan los antecedentes que
concurrieron para que un pequeño grupo reunido en una casa de Los Ángeles (situada en
el 214 –hoy es el 216- de North Bonnie Brae Street) se convirtiera en el centro de la
atención pública, aquí solamente menciono que la congregación casera liderada por el
pastor afroamericano William J. Seymour debió buscar una nueva locación, porque el
lugar anterior ya era insuficiente para dar cabida a los que llegaban para ver por sí mismos
en qué consistía el bautismo del Espíritu Santo y la evidencia resultante que era hablar en
lenguas. Existe abundante literatura teológica acerca de la validez o no de este hecho, no
voy a profundizar en este tema sino que nada más dejo constancia de que hace una
centuria en Los Ángeles reapareció con inusitada fuerza una práctica que por varios siglos
permaneció apagada o casi imperceptible en el cristianismo. Nos referimos a las
manifestaciones de corte pentecostal.
En abril de 1906 el grupo de Seymour renta un templo abandonado, propiedad de la
First African Methodist Episcopal Church, el día 15 de ese mes (domingo de Resurrección)
inician las reuniones y dos días después asiste un reportero de Los Angeles Daily Times.
En la edición del diario del 18 se publica la noticia de que una nueva secta ha llegado a
Los Ángeles, se describe con cierto detalle lo que a ojos del periodista eran
manifestaciones religiosas extravagantes. La publicación de esta nota, y semejantes en
otros diarios, junto con la rápida información que corrió de boca en boca entre los
integrantes de distintas iglesias evangélicas en la ciudad, resultó en la asistencia masiva
de personas, que a su vez atrajeron continuamente a más congregantes.
Además de las expresiones extáticas, a las que a veces se quiere reducir lo
acontecido en la calle de Azusa número 312, lo que resaltaron la prensa y los testigos
presenciales fue que en el lugar se daban cita toda clase de personas. Ahí alababan
juntos al Señor americanos rubios y negros, rusos, chinos, mexicanos y de muchas otras
nacionalidades. Podríamos seguir narrando el desarrollo de los cultos y la teología
implícita de los mismos, cuestión que han hecho minuciosamente varios historiadores
pentecostales (entre ellos destaca Cecil M. Roebeck Jr., con su recientísimo Azusa Street,
Mission and Revival. The Birth of the Global Pentecostal Movement, Thomas Nelson
Publishers, 2006), pero optamos por destacar lo que consideramos el legado del
movimiento para nosotros hoy.
La irrupción del Espíritu Santo en la vida del cristiano, para William Seymour, tiene
repercusiones sociales. Quien piense que los reunidos en Azusa Street se la pasaban en
raptos espirituales está completamente equivocado. Seymour era hijo de esclavos y supo
por experiencia propia los alcances de ese pecado que es el racismo, incluso practicado
por líderes cristianos que anteponían sus prejuicios racistas en la lectura de la Biblia y, con
ello, justificaban el dominio blanco y protestante. El predicador negro, y quienes le
siguieron en el viejo edificio de Azusa, creyeron en que el Espíritu Santo los capacitaba
para romper las barreras del racismo, y que en la comunidad de creyentes debía reinar la
integración y aceptación de todo(s) los colores y nacionalidades. Porque como escribió
Frank Bartleman, presente en Azusa y primer historiador de lo allí sucedido, “la división del
color fue borrada por la sangre de Cristo”. La lid de Martin Luther King tiene antecedentes
en la espiritualidad de William Seymour y su integracionismo práctico, fruto de su sencilla
lectura de la Palabra. Lo que más escandalizó a periodistas y a varios líderes protestantes
blancos fue constatar que hombres y mujeres, blancos y negros convivieran juntos, se
abrazaran unos a otros y se saludaran con un beso.
Otro principio que vivieron en sus relaciones los creyentes de Azusa fue el
descubrimiento de que hombres y mujeres eran iguales en el pueblo de Dios. Entendieron
que eso era lo normativo en la Biblia y lo pusieron en práctica. La dirección del culto, el
aconsejamiento a nuevos creyentes, la predicación, las tareas pastorales y otras
actividades de la Apostolic Faith Mission las desarrollaron tanto varones como mujeres. En
la fotografía donde aparece el grupo de liderazgo de Azusa, tomada entre junio y agosto
de 1906, de un total de once personas seis son mujeres, de ellas cuatro anglosajonas y
dos afroamericanas. En Azusa proclamaban la libertad de todo(a)s para trabajar en la obra
del Señor. Uno de los textos favoritos de Seymour fue Lucas 4:18-19, en el que se habla
del ministerio liberador del Mesías, que Jesús leyó en la sinagoga de Nazaret y se lo
atribuyó a sí mismo. La total apertura a la participación y liderazgo de las mujeres era,
para ellos, una evidencia más de la irrupción del Espíritu Santo en sus vidas, el Espíritu de
Pentecostés al que se refiere Hechos 2. Bien lo escribe Cecil M. Roebeck, esos
“pentecostales justificaron su posición basados extensamente en su entendimiento de la
promesa de Joel (Joel 2:28-32). Los protestantes llegaron a similar conclusión
principalmente después de haber sido sujetos de la critica de las feministas seculares”.
Al partir de la enseñanza de la igualdad en la comunidad de creyentes, en el real
sacerdocio de hombres y mujeres de cualquier trasfondo étnico, educativo, económico y
cultural, relegaron el clericalismo y la organización eclesiástica vertical. El ya mencionado
Frank Bartleman, en su How Pentecost Came to Los Angeles (la primera edición es de
1925), simple y sencillamente resume el igualitarismo de Azusa con pocas palabras “No
teníamos respeto por las personas”, es decir, no consideraban ciertas marcas de prestigio
personal como sinónimo de darle un trato preferencial a alguien. Bartleman nos da más
elementos de la horizontalidad en Azusa: “El hermano Seymour era reconocido como el
líder nominal a cargo. Pero no teníamos Papa ni jerarquía. Éramos hermanos. No
teníamos un programa humano. El Señor mismo nos guiaba. No teníamos clase
sacerdotal… Al principio ni siquiera teníamos plataforma o púlpito. Todos estábamos a ras
de piso. Los ministros eran siervos, de acuerdo al verdadero sentido de la Palabra… Ahí
fuimos liberados del jerarquismo eclesial y de sus abusos”. Como parte de la Cena del
Señor, al igual que los anabautistas en el siglo XVI y otros antes que éstos, se lavaban los
pies unos a otros como signo de disposición a servirse mutuamente.
Al igual que otros grupos que en la historia del cristianismo han enfatizado que la
Iglesia es una comunidad de creyentes, que para pertenecer a ella es necesaria la
conversión personal, los anarquistas de Azusa Street (y uso el término anarquismo en el
sentido que le da Jaques Ellul en su libro Anarchie et Christiianisme, es decir como un no
a la dominación y lejos del sentido popular que lo tiene como sinónimo de desorden)
fueron literalmente por todo el mundo anunciando el Evangelio y la irrupción del
Pentecostés en el siglo XX. Al hacerlo, sacudieron al establishment religioso protestante
de Los Ángeles, primero, y, después, de todo Estados Unidos. Como John Wesley
declararon que el mundo era su parroquia, y por eso se organizaron para esparcir el
mensaje que les incendiaba el corazón. En su tarea evangelizadora cometieron muchos
errores, como creer que no necesitaban aprender el idioma hablado en el país al que se
iban a dirigir porque el Espíritu Santo les daría el don de hablarlo en cuanto intentaran
comunicar el Evangelio, pero tuvieron la entereza de reconocer su falla y lo mismo en
Europa, que en Asia, África y América Latina plantaron congregaciones muy vitales que se
extendieron rápidamente y se encarnaron en distintos países. Y esta obra fue realizada
por creyentes comunes, sin las herramientas que los expertos consideraban necesarias
para acometer la tarea proyectada. Podemos criticar su osadía de no hacerle caso a los
expertos, pero de todas maneras su ejemplo de ser testigos en todo lugar nos sigue
retando y desafía al cumplimiento de Mateo 28:19-20.
William J. Seymour y los congregantes en la Apostolic Faith Mission creyeron en la
sanidad divina, en que por medio de la oración y la fe el Señor interviene y quita las
dolencias y enfermedades de las personas. Para los cristianos que tenemos acceso a los
beneficios de la medicina, que hemos crecido en una sociedad que gracias a la
investigación médica combate con eficacia diversos flagelos de la buena salud, se nos
hace muy difícil creer y practicar la sanidad divina. Sin embargo otros hermano(as) en la fe
nos recuerdan que esa es una posibilidad que no debemos descartar, sino que debemos
aprender a confiar en ella. Los indígenas evangélicos de Chiapas, en su mayoría
presbiterianos, al igual que los pentecostales de Azusa lo hacían, oran fervorosamente
para que Dios sane a quien sufre algún padecimiento y dan testimonio de que el
enfermo(a), como sucedió con el paralítico en el Evangelio de Mateo, se levanta de su
lecho y camina por sí mismo. Pero también los indígenas protestantes saber hacer uso de
la medicina y tienen un muy exitoso programa de paramédicos, quienes al recetar algún
medicamento al enfermo de la misma manera hacen oración por él o ella.
El énfasis de Seymour era que la Iglesia cristiana había sustituido la verdad del
Evangelio con tradiciones y legalismos humanos, que la Palabra de liberación había sido
mediatizada con tradiciones y reglas que maniataban las enseñanzas de Jesús. Por lo
mismo el pastor afroamericano hablaba que era necesario restituir el cristianismo original,
porque su lugar había sido usurpado por una religiosidad anquilosada. No es necesario
estar de acuerdo con todo lo que afirmaron y practicaron en Azusa Street, ya que su
radicalidad les impidió ver las verdaderas expresiones del Evangelio en otras iglesias
cristianas, pero sí es muy importante reflexionar acerca de su legado y la pertinencia que
tiene para nosotros hoy.

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