La educación para los nuevos descubrimientos
Uno a uno
Por Siddhartha
1. Pulso
Así comienza la vida,
ya que llega a su fin.
El agua de la lluvia fluye
nutriendo el pavimento caliente
en forma de pulsos subterráneos.
En el patio donde los niños corren
cada piedra tiene la forma
de una hoja de ortiga.
La materia crece sobre las ruinas
del recuerdo,
las fachadas han emblandecido,
teléfonos públicos,
lámparas del alumbrado,
relojes, columpios,
la arquitectura.
Cubierto por semillas de acre,
el sonido de una motocicleta se acerca.
Hay vida,
que aquí no termina.
Intacto, tan vacío
de repente, en el desierto
un grito crujía.
Enfermo, en alguna parte
del pecho, un montón
de madera.
Suavemente soplaron,
incluso sobre el espíritu,
el calor de la libélula
y el cristal.
Y para mí la arena,
descongelada,
la inmensidad azul
del desierto.
Caminamos.
No era la ciudad ni era
un bosque.
Pero ahí estaban,
indiferentes de nuestra alegría,
la negrura verde de los árboles
y los barrios de Parral.
Uno de los dos
quiso que nos detuviéramos
a subir una piedra.
Miramos el cielo entre los pinos
y los cables.
Alcanzamos a ver las luces diminutas
de una feria.
Uno de los dos dijo Vamos,
jalando al otro por el hombro.
Era la misma feria
a la que cada año
nuestro padre nos llevaba.
Todo en orden:
el esqueleto de una montaña rusa,
los rifles cargados de postas
para el tiro al blanco
y las canicas en sus cajas de madera.
El carrusel seguía dando vueltas,
pero ya no pudimos subirnos.
Luego oímos el sonido de un río
y supimos que la vida continuaba.
La helada golpeó, dolorosa y depredadora.
Las hojas muertas cayeron en los pies del sicomoro.
La lluvia, desgarrando, busca su presa.
En el cielo lechoso, un felino negro se abre camino
dejando tras de sí todo más claro,
y luego rocía generosamente sal o estrellas
que brotan blancos como la nieve en la mañana.
El insomnio recuerda a la mandrágora,
cultivo de flores de la cabeza.
Crepúsculo, amigos, reuniones,
pensando en silencio en ti.
Los días se parecen a Praga
viendo llegar a los turistas.
Siempre recuerdo esto: hay que buscar la calle
donde las espinas crujen suavemente.
Alguien advierte: Cuidado con el futuro,
mañana los niños tendrán inesperadas vacaciones.
No somos más que heridas
abiertas sobre un cuerpo para los huéspedes.
Pensé en el lirio blanco
que salió de mi corazón,
pero era una avenida ancha
poblada por sicomoros.
Ella me sonrió de nuevo,
bajo su sombra me dibujó de nuevo
como si nada hubiera pasado,
como si la noche,
como si los sicomoros
bajaran suavemente hasta mi hombro
a decirme que la herida
había cerrado,
que todavía el amor
no se había desvanecido.
Siempre los veo, cada mañana
y luego de nuevo, cada noche.
2. La vida en gris
El mundo exterior:
pantalla en blanco y negro.
Negra nieve y cielo blanco
o al revés:
negras nubes, lluvia blanca.
La vida en gris
en este mundo,
y el color
de la incertidumbre y el miedo,
sintiéndose de repente perder su color,
de nuevo todo
en blanco y negro:
risa negra, luto blanco
ira negra y blanca,
la desesperación.
Entonces, mirar al fondo,
como a través de un paso de cebra peatonal,
y seguir siendo aquel
que escapa en el color del sueño.
El sonido incoherente de la nieve se amontona.
El mundo perdió su gusto por la razón:
alguien pone, con cuidado,
su nombre y domicilio en la crema para el café.
Nos ahogamos. Estoy cansado y húmedo.
Y luego, todo nuestro amor.
Y la vida inútil como un marco prendido.
Marcho en silencio hacia afuera.
Las manos me sudan, el miedo.
Ya sabes, no estoy perdido,
voy a sobrevivir.
Y en este límite de la marcha
voy a escribir poemas azul profundo.
Azules, bajo el pastel del cielo.
Profundos, de fascinante deleite.
Y vendré a ti, como he marchado
otras veces hacia mí mismo
hasta encontrar la paz.
Va conmigo,
con timidez desliza el resplandor
de una mirada. La tranquilidad
se extiende hasta la costa.
Mis palabras parecen grises pinceladas
en un marco de oro,
el cielo cubierto con una ropa tímida.
Nos sentamos juntos a cantar
-alrededor de un mes-
y luego, como un eco, desapareció.
Por entre las estrellas, porque no había
una sola nube, vino una brisa que me dio en la cara.
El marco se partió, de repente me quedé solo,
todo en gris.
Luz, espacio,
veintiocho mil años hasta el presente,
y en algún lugar de la tierra
crecen jardines sin domesticar.
Mientras tanto el hombre sólo es esto:
golpes en la boca emblanquecida;
marchito, sin dejar escapar al árbol,
no va a encontrar otro sitio.
Y un grito: círculo, círculo.
Toda la noche el ruido del correcto
funcionamiento del sueño.
Perderse de nuevo en la vuelta del largo
callejón oscuro. O tal vez
es sólo el gusto por una pijama de cuadros
rojos y negros, en una ciudad sin sensacionalismo
ni rastros de otro interés.
Una vez más la soledad,
la frente contra el cristal frío
y la lluvia –deshilachada ropa
que cuelga del cielo a la tierra.
El trayecto es de regreso
o de ida, da igual.
Afuera, la oscuridad oculta el barrio
de la mirada de los pasajeros.
El día es sólo una esperanza
algo agrietada
que hace daño.
Esparzan el rito, la sal en la comida,
cal en el cuerpo de los santos,
la esperanza.
Esparzan la noche
en el trabajo de los hombres,
la fuerza en el tobillo del caballo.
3. La educación para los nuevos descubrimientos
Geografías del cuerpo, continentes,
como si la era de los grandes descubrimientos
estuviera aún por llegar. La respiración fluye
hasta chocar contra la orilla más distante.
Sin nación, sin edad, vivir aquí y no saber lo que es mejor.
Esos corazones que eran las fortalezas de nuestra juventud
han sido tomados por la tormenta
que ahora los destruye completamente.
No hizo falta la caballería, inundaciones de lluvia sangrienta.
Voy a escribir en el mapa, en el resplandor incierto de la mañana,
que todos los barcos flotan de modo continuo y en paz
hasta que se desmoronan en un horizonte tranquilo,
donde se encienden las estratagemas,
ríos de oro que se desborda en nuestros cuerpos.
Estamos, por supuesto, en una playa.
Así que siempre, sobre los restos de un naufragio,
se concibe el tiempo de la educación para los nuevos descubrimientos;
sobre las vías del piso, la carrocería de un tren pasa
como los límites de un pueblo; dispersa a una persona
que para alguien fue importante en su momento.
Con lágrimas, con plumas de aves extranjeras,
sería mejor la tierra plana y un continente rodeado de mar
para abrirme, expandirme en el aire de orilla a orilla.
Entonces, respiro para olvidar
y la nieve ligera llena el desierto.
Así es la geografía, me habías dicho.
Íbamos a ir a un lugar parecido al tercer planeta
de un sol, pero no nos dio tiempo.
La blanca bata de la arena entumeció nuestros ojos
y ahora la luz de la nieve
recuerda tristes corredores en algún lugar
de la Vía Láctea.
No será contigo, ya se verá.
Tarde para el propio funeral
ya los deudos enterraron el luto
y fueron recibiendo a todos
con un ¡Hola!, ya lo hemos sepultado.
Hay bebida y comida para usted.
Los chacales del sexo masculino,
el pene erecto. Música de banda.
Yo podía haber colgado un buen rosario
con las manos curtidas en mi pecho.
Plata en los bolsillos, no hay barquero,
un canal verde marcha hacia el desagüe.
Algo de olores: ¿acaso la flor amarilla
no crece en la frente? Un militar
sonríe en la puerta, debajo de la nariz
lleva un bigote polveado de coca.
Y usted se sienta con asombro
en la cama que yo dejé apenas esta mañana,
porque la muerte nos deja vacíos
y el alma es la nominación
que los hombres dan a la carroña.
Por eso afuera, o en el patio de tierra
los niños corren cargando pistolitas de juguete.
También los perros sangran las encías
cuando huelen la olla de asado
que preparó la tía Mari.
Una pregunta más tonta:
¿su pata de palo, peluda,
no es el gato negro
que mató mi primo de chiquito?
Las pulgas siempre van
en lomo pardo o simplemente son rojas
porque basta el color para montar un circo:
¿no se le debe a la gente,
incluso a mi madre,
diversión y resaca?
Aquí voy a tratar de satisfacer a todos.
Persona no identificada, 33 años,
sexo masculino, marcas de tortura y un tiro de gracia
(ja, ja, ja) en la frente.
Como una fracción, el tiempo muerto,
es también el momento para el debut
de una pequeña bailarina.
Pone las manos donde quiere
y luego pone los pies sobre las manos
hasta que siente el borde carnoso
de esta cicatriz, volcán sin fuego.
Así que esa mujer, a veces, trae pollos
o una gallina ponedora
para llenar el estómago de agua;
si no, sale a broncear las partes más claras
de su cuerpo. La memoria silenciosa
ya se pudre en pedazos,
ciénega donde queda lo amado.
Con algunos días de antelación
hay que avisarle al chacal
para que vaya por las sobras.
Fuerzas tan mediocres, o quemadas
en fuentes públicas, son suficiente
para que el niño baje a las trincheras
a contar los casquillos.
Atención: esta es una zona civilizada sin civiles,
bodegas y mohosos números de celulares,
para confirmar entregas.
Esta es una zona de muerte,
a la vida le encanta disgustarnos.
Los chacales y los ángeles y un pedazo de
tierra en el puño, unidades restantes
para proteger el nombre del Señor.
Y al final matones armados
esperando a que dé vuelta por la esquina.
Sonaba como contrapuntos
que ayudaban a mantener el entorno
entre hábitos nocivos para los ángeles.
¿Qué pude hacer yo?
Morir con un gesto masculino
a los treinta y tres, gracias a Dios
que no todo viene en múltiplos de tres,
con la mitad de la deuda
haría del hombre una piltrafa.
La alianza con el enemigo
debe de ser sólo el primer artículo
del contrato. Proclamando amor
se destruirá el concepto total
de las obligaciones adquiridas.
Las cruces humanas no son
para rezar y llorar:
Ceniza, la palabra puede
transformando esta maldición
en un acto de suprema ignorancia:
sopa y cuerpo de ternera
al que han marcado los filetes.
El cuchillo pasa sobre el pan caliente.
A esto se reduce el pecho frío
y los oídos que de nada se sorprenden.
Esperando en la esquina a que dé vuelta,
sonaba como contrapuntos.
Y te deja como un niño castigado,
ya ocurrió, por lo tanto bebo
entre errantes restos de piedra y sangre.
Algunos arañazos, tirado por ahí,
no sé caer. El dolor como estrellas
en la tumba de los hombres.
Aguas-rostros corriendo
entre la ternura y la obscenidad.
El mundo puede seguir en su lugar,
las garras en las alas de los ángeles-chacales,
un velo fosfórico en la boca
y rosarios en las manos equivocadas.
Han enterrado la ilusión
y usted nunca sabrá lo que se siente
el humo encima de la tierra
y el deshielo de la sangre como cielo.
Nos han robado el principio y el fin.
No sé, otra vez,
qué decir.
Tal vez será mejor
matar el tiempo
en paseos.
¿El pasto
es mejor que la arcilla
para caminar?
Las tres cruces
que vislumbro
son un encanto,
y la campana
rota en la iglesia
¿si cae
no es mejor?
-Como el ala
en la espalda
de un ángel.-
Caer es mejor,
la derrota
y la tierra negra.
De alguna manera,
el deseo siempre es superficie.
Saltar al fuego, centro del canal,
corrientes rojas de cola gruesa.
Alerta contra incendios,
en los graneros se recoge del suelo
la belleza y otros productos agrícolas.
En el marco de la puerta
donde los desaparecidos esperan toda la noche
y el olor marca sus pasos,
los deseos brillan y continúan.
4. Los planes de la edad
Querido Señor:
El amor para usted está en las extremidades
y siente una terrible vergüenza de la boca de otros hombres.
De forma inesperada, mantiene el alcance
de su imagen y se mira conteniendo el aliento.
Incluso, demasiado joven, la cara hinchada
y aún fresca. Por lo tanto, usted nunca.
Usted prefiere tocarse los ojos con los codos,
pero en ningún caso, proferí una advertencia.
Frágil ilusión la de los niños que se sueltan
de la mano de sus padres para correr tras un balón
(lo vio en una película, luego salió del cine satisfecho).
Las alas negras de un ave
cerraron suavemente el sol.
El sueño como la noche y como la noche
la taza de café, más denso, más amargo.
Los planes de la edad: cortinas, alfombras
suaves, canarios de compañía.
La respiración como un pez en la orilla,
maldiciendo al bacalao de la cena.
Afuera una ramilla cruje, tan ridícula,
incluso triste.
Te despiertas, el aire frío,
los labios entumecidos:
este mundo se siente tan solo,
las cosas mantienen su lugar
sin corrección ni pruebas
de que puedan albergar algo
distinto a su propia utilidad.
Te culpas porque alguna vez
alguien puso en ellas nombres y fechas,
lugares de tu vida.
Todo en calma. En el celular,
una llamada perdida.
Las cosas mueren
poco a poco
perdiendo el punto de apoyo.
Despertar una mañana
pálido y aturdido
en la misma habitación
que has compartido con ella
desde un principio.
Las cosas van perdiendo el punto de apoyo
En los trenes, los viajeros se cansan de mirar por la ventana
Y los perros ya no corren tras los autos
Alguien más repite que las cosas caen por su propio peso
Las tortillas se hacen duras en el refrigerador
Un buen chiste pierde su gracia
Alguien cuenta otra vez la misma anécdota
Así es con todo:
Una mañana, una pareja se despierta
Y decide que es hora de comprar nuevas sábanas
Así es con todo:
¿qué hacemos ahora
en este cuarto
con las ventanas abiertas?
Las cosas comparten
las mismas enfermedades
que uno, la úlcera en el corazón
que se va abriendo
hasta que deja escapar
lo esencial,
lo que las hacía significar.
En la existencia,
terminan
aferrándose al polvo
que con los años
se ha pegado a su base.
Ves cómo todo
se vacía
una vez más.
Como si
negado el cielo,
que era sólo
una sombra,
como si
agotado el dolor,
en su espectro
inalcanzable de colores,
la metamorfosis,
el juego,
socavara la mente.
Así que ahora
todo está en orden.
Das un giro más al tornillo blanco.
Y te digo
gracias,
fue un placer.
Digo esto, no hay palabras,
es una sensación extraña
el dinero en efectivo entre las manos.
Ayer, temprano, la ciudad
era una pantalla de niebla
que atravesábamos sin romper.
Desempleados, pero seguimos siendo niños,
queremos jugar todo el día,
salir de viaje, abatir a los pájaros con la resortera.
Hoy es lunes, el sol se pone sobre un edificio
y hay que pagar el préstamo.
Es solo el fatalismo
este bosque oscuro
a mitad del camino.
La brecha existe
debajo de la leña.
Una campana púrpura
se escucha desde el cielo:
adelante, debió llegar temprano.
Y no averigües quién está colgado
en la habitación.
Es sólo el fatalismo.
Se trata de las lágrimas.
La voz se escapa
en el silencio de la nieve
inesperadamente.
Bebió el caballo la penumbra
y, perdidos en la noche,
los estribos, la luz,
el mar.
Aún después de dibujar
en las cerradas noches
paisajes de locura,
queda el resplandor de la nieve
blanca del pensamiento.
Los hombres nacen al día
con una mente nueva
y una voz ajena les recuerda su nombre.
5. Inundación de jardín doméstico
Buceo por las escaleras
de todas las memorias,
abajo, a la izquierda,
un ornamento floral,
hoja marchita,
tejido de guirnaldas.
Espuma de mármol
en los barandales,
tolerancia de escombros,
conchas trituradas
y después el curso:
y sin frío
ni sed
no se oyen los pasos
por los corredores
submarinos.
Recogido
por motivos leves,
chorros de pasajes,
pasos de medición para un sistema
de referencias que desprende
coordenadas,
buceo más lejos:
teléfonos del ochenta,
cuya flor de sonido
y piernas de alambre
esparcían desesperación.
Operarios en números romanos,
dedos tan entrelazados
que no hay espacio
para agujeros.
Las manos me duelen y usted,
aclamado señor,
deslizando el miedo
en las opiniones ajenas,
confunde todo
-incluyendo la basura
de lo útil y bello:
perlas que cuelgan de las lámparas
para que el sueño esté iluminado
como una fiesta.
Crecen desde el suelo
vástagos de latón,
lámparas con patas de ave
retorcidas. El ruido
de una columna de coronas
con trozos de acanto y pedrería,
debidamente entrelazados.
En la banda del ahogado
las plantas hablan sobre la captura.
Peces plateados y coral,
esponjas, tortugas, estrellas
y conchas se elevan de vez en cuando
en el auricular del teléfono
y el ruido para llenar el profundo
vacío que entre nosotros
se deja sentir por los bostezos.
Es febrero y estamos en el abismo solos.
Sé que antes de la caída,
antes de caer
en el balanceo del viento,
hay que agarrar
los rizos de cobre
que salen del baúl;
dejar que el agua
en pequeños trastes
se caliente en un inyector de gas:
cadenas, agujas, los vapores de mercurio.
Remachar aquellos puntos
de la joyería en la que se sumergen,
inferiores a cualquier forma
de asociación libre, los recuerdos.
Puñado de ámbar
congelado en las ramas
de un coral blanco y hojas de lila.
Entender el voto secreto
cuando la luna totalmente fría
sopla en el pecho:
alto magnetismo en que llega
la luz a reflejarse
en los temblores finos de la carne
reblandecida por el agua.
Una vez que se fue no va a regresar. Incluso ahora
que las burbujas con sus círculos concéntricos
desprenden una onda de diamantes con rumbo a la luz,
y penetran profundamente en el espesor de la botella de vidrio.
Condenadas a la depresión, condenadas a la difracción,
se deslizan de su cautiverio hacia la superficie con algún ángulo
de reflexión sobre la muerte como la de los peces
a pesar de todas las mejillas húmedas
y los señalamientos de caprichos en el agua.
Excepto, por supuesto, su capacidad de llorar, excepto
los ojos de vidrio del pescado. Circuito de movimientos,
de párpados hinchados por el esfuerzo de separar
la oscuridad de aquello que no existe: con sólo ver,
tras la botella de alcohol, las escaleras de todas las memorias,
de todos los siguientes días.
Deber ser
eterno y solitario,
extendiendo
las manos al cielo
para besar la estrella.
Deber ser uno mismo.
Deber ser nieve
sin ser invitado, la amargura
de un beso fantasma,
de algún otro amor.
Deber ser, es el destino,
lo que no se puede negar,
como no se puede negar que se debe
ser para nosotros mismos,
incluso, si olvidamos, incluso,
si ya no hay que ser
la salvaje maldición gris,
Mefistófeles, la opacidad vaga
que separa el mundo,
que descansa sobre nosotros,
sobre nosotros dos,
sin perdón eterno,
dame la mano.
Se llena el tiempo de la luz
que acarrea la muerte.
Puedes ver el vacío
una vez que te precipitas
sobre el lomo negro del caballo
que detiene su trote en el monte
donde el valle
vacila distante y hermoso.
Puedes verlo en el ave
que cae al agua
cuando vence el viento
y en la noche
que también se frena sobre él.
Una vez que has renacido
de la cal,
podrás oír en sus muros
a los muertos.
¿quién viste nuestras manos
en la tumba
para que sean flores?
La piedra
que se une al silencio
trae el sepulcro.
La memoria de los santos
que sabe de suplicios
reconcilia en sus miembros,
las raíces.
Luego, Edipo, de la anhelada fuga
en la muerte honda,
el rostro que aparecerá debajo
de toda esta arena
será el de la Esfinge;
al que habrás de responderle:
es el Hombre.
El día de mi hoguera
habré de arrojar
nombres y papeles.
En la llama
veré arder los rostros familiares;
y de la memoria
—que aun abre una puerta—
recordare sólo el tacto
a piedra caliza.
Aun así nunca
concederé tu nombre
al olvido.
En apariencia
el tiempo desfigurará los signos
en que leímos la Tabula rasa
de la memoria.
Pero al advertir la muerte,
el espejo,
todos los rostros estarán ahí.
6. Uno a uno
Urbe
Mirando más allá
del final de la calle
la luz
se reintegra de nuevo.
Una muchacha
sola
da la vuelta;
siente la lluvia
como una flor
recién cortada.
Parque
Llegando a Chihuahua
le pido que me lleve al parque
donde jugaba con nosotros
cuando éramos niños.
Mi hermano no vendrá estas vacaciones.
Conducimos un rato, el parque aparece.
Hay basura y unas algunas llantas.
Las canchas tienen pintas.
Muchos árboles de mi infancia han sido talados.
Es difícil que algo dure en esta ciudad.
Me dice mi padre con un poco de vergüenza.
Vamos, le digo.
Caminamos hacia los columpios
y permanecemos sentados un rato sin decir nada.
Los pies nos cuelgan
marcando círculos imperfectos en la tierra.
Hace frío.
Comprendo que lo he lastimado.
Creel
Me llevaron a Creel
a pasar unas vacaciones
con mi tío Miguel.
Él trabajaba en el aserradero
y vivía en una cabaña.
Por las noches, si nevaba,
mi papá y mi tío
alternaban en la luz
de la chimenea para contar
historias de mi abuelo.
Se reían y yo me reía con ellos
aunque nunca
lo hubiera conocido.
Cuando paseaba por el pueblo
los niños tarahumaras nos pedían kórima
y extendían las manos:
mi papá les daba alguna moneda;
yo quería jugar con ellos.
Ahora, cuando a veces nieva
yo también extiendo las manos.
Aniversario
Cuando la muerte se robó marzo
dejamos de hablar de él,
corrimos a la habitación
y la encontramos como siempre
pendiente del viejo parque en la ventana.
Canción de cuna
La noche es terrible con la primera
inundación de estrellas.
En el cielo se esboza la Sierra Tarahumara.
Y cuando la llamada del trueno
llega a nuestro corazón
se olvida nuestro lenguaje
y todo es la canción del rarámuri:
ya no llores mi niño
que ya vamos a llegar,
ya no llores.
Un crimen
Me sorprende que lo haya mirado
instintivamente recogiendo el bolso.
El cuerpo en el piso, los ojos suaves
y un delicado hilo marrón por la boca.
Por un momento se le pusieron los pelos de punta
y tuvo que dar un grito, que quiso disculpar después.
Algunos periodista vinieron a preguntarle
por su gama de perfumes y accesorios baratos.
En realidad, yo no iba a ninguna parte,
era joven, mi café estaba caliente
y me recargué en la pared
a esperar para dale el primer sorbo.
Herbívoro
No tienes nada más,
creces para reproducirte
y te parece terrible.
Esto deben de esperar los animales
un bramido enojado,
la poderosa emoción de un depredador
que te toma por asalto.
Y sin embargo,
nos has podido elegir
qué te pondrás hoy para buscar trabajo.
Lunes
Luces, y todos los autos delante de tus ojos
quemando las pupilas. No se apagan.
Tan vulnerable, que te pone a llorar un claxon,
incluso la mano que ajusta el retrovisor
para verte ahí, parado, sosteniendo con ternura
un maletín con todos tus papeles.
Alguien grita tu nombre y ahora,
levántate a buscar trabajo como de la tumba.
Suvenir
La lluvia fría en el fondo gris-amarillo,
triste paisaje para una noche de otoño.
La lluvia fría y un mensaje de texto
de alguien a quien amaste en primavera.
¿Por qué se acerca el invierno
como un cliché brutalmente apropiado?
Estrella de cinco puntas
En el parque, frente al fresno,
una pareja de ancianos alimenta
a las palomas. Se ven concentrados
en distribuir bien las migajas.
Una, dos, tres, cinco palomas.
Todas más o menos del mismo tamaño.
Cuatro son pardas pero una es blanca.
Si se unieran, formarían una estrella de cinco puntas.
Cruzo la escena en dirección a mi casa.
Una vuela. El anciano me interpela:
No asustes a las palomas, muchacho.
Me alejo con prisa, a lo lejos
veo cómo vuelve una quinta paloma,
sólo que esta vez, también es parda.
Uno a uno
Ayer, la noche, las pláticas
en la cocina. Hoy tu madre
está muerta y la llama
de la estufa sigue ardiendo.
¿Qué pudo salir mal, si el trigo
de las tortillas, aún tierno, era dorado?
Algo en el tono con que se despidió de ti
después de compartir el último cigarro.
Toda la luz que entra hoy
por las ventanas,
todos los cubiertos en su forro
de terciopelo, los manteles,
la mesa, sus cuatro sillas,
todos los ladrillos, uno a uno,
soportando un espacio
que no alberga más
lo que fueron.
Estás seguro de que todo seguirá según tus órdenes.
Te gustaría haber sido un poco más preciso