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El poema explora la vida y la muerte a través de imágenes poéticas que reflejan la memoria, el amor y la pérdida en un mundo en transformación. A través de la metáfora de la educación para nuevos descubrimientos, el autor invita a reflexionar sobre la fragilidad de la existencia y la búsqueda de significado en medio del caos. La obra se caracteriza por su lenguaje evocador y su capacidad para capturar la complejidad de las emociones humanas.

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El poema explora la vida y la muerte a través de imágenes poéticas que reflejan la memoria, el amor y la pérdida en un mundo en transformación. A través de la metáfora de la educación para nuevos descubrimientos, el autor invita a reflexionar sobre la fragilidad de la existencia y la búsqueda de significado en medio del caos. La obra se caracteriza por su lenguaje evocador y su capacidad para capturar la complejidad de las emociones humanas.

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La educación para los nuevos descubrimientos

Uno a uno

Por Siddhartha
1. Pulso
Así comienza la vida,

ya que llega a su fin.

El agua de la lluvia fluye

nutriendo el pavimento caliente

en forma de pulsos subterráneos.

En el patio donde los niños corren

cada piedra tiene la forma

de una hoja de ortiga.

La materia crece sobre las ruinas

del recuerdo,

las fachadas han emblandecido,

teléfonos públicos,

lámparas del alumbrado,

relojes, columpios,

la arquitectura.

Cubierto por semillas de acre,

el sonido de una motocicleta se acerca.

Hay vida,

que aquí no termina.


Intacto, tan vacío

de repente, en el desierto

un grito crujía.

Enfermo, en alguna parte

del pecho, un montón

de madera.

Suavemente soplaron,

incluso sobre el espíritu,

el calor de la libélula

y el cristal.

Y para mí la arena,

descongelada,

la inmensidad azul

del desierto.
Caminamos.

No era la ciudad ni era

un bosque.

Pero ahí estaban,

indiferentes de nuestra alegría,

la negrura verde de los árboles

y los barrios de Parral.

Uno de los dos

quiso que nos detuviéramos

a subir una piedra.

Miramos el cielo entre los pinos

y los cables.

Alcanzamos a ver las luces diminutas

de una feria.

Uno de los dos dijo Vamos,

jalando al otro por el hombro.

Era la misma feria

a la que cada año

nuestro padre nos llevaba.

Todo en orden:

el esqueleto de una montaña rusa,


los rifles cargados de postas

para el tiro al blanco

y las canicas en sus cajas de madera.

El carrusel seguía dando vueltas,

pero ya no pudimos subirnos.

Luego oímos el sonido de un río

y supimos que la vida continuaba.


La helada golpeó, dolorosa y depredadora.

Las hojas muertas cayeron en los pies del sicomoro.

La lluvia, desgarrando, busca su presa.

En el cielo lechoso, un felino negro se abre camino

dejando tras de sí todo más claro,

y luego rocía generosamente sal o estrellas

que brotan blancos como la nieve en la mañana.


El insomnio recuerda a la mandrágora,

cultivo de flores de la cabeza.

Crepúsculo, amigos, reuniones,

pensando en silencio en ti.

Los días se parecen a Praga

viendo llegar a los turistas.

Siempre recuerdo esto: hay que buscar la calle

donde las espinas crujen suavemente.

Alguien advierte: Cuidado con el futuro,

mañana los niños tendrán inesperadas vacaciones.

No somos más que heridas

abiertas sobre un cuerpo para los huéspedes.


Pensé en el lirio blanco

que salió de mi corazón,

pero era una avenida ancha

poblada por sicomoros.

Ella me sonrió de nuevo,

bajo su sombra me dibujó de nuevo

como si nada hubiera pasado,

como si la noche,

como si los sicomoros

bajaran suavemente hasta mi hombro

a decirme que la herida

había cerrado,

que todavía el amor

no se había desvanecido.

Siempre los veo, cada mañana

y luego de nuevo, cada noche.


2. La vida en gris
El mundo exterior:

pantalla en blanco y negro.

Negra nieve y cielo blanco

o al revés:

negras nubes, lluvia blanca.

La vida en gris

en este mundo,

y el color

de la incertidumbre y el miedo,

sintiéndose de repente perder su color,

de nuevo todo

en blanco y negro:

risa negra, luto blanco

ira negra y blanca,

la desesperación.

Entonces, mirar al fondo,

como a través de un paso de cebra peatonal,

y seguir siendo aquel

que escapa en el color del sueño.


El sonido incoherente de la nieve se amontona.

El mundo perdió su gusto por la razón:

alguien pone, con cuidado,

su nombre y domicilio en la crema para el café.

Nos ahogamos. Estoy cansado y húmedo.

Y luego, todo nuestro amor.

Y la vida inútil como un marco prendido.

Marcho en silencio hacia afuera.

Las manos me sudan, el miedo.


Ya sabes, no estoy perdido,

voy a sobrevivir.

Y en este límite de la marcha

voy a escribir poemas azul profundo.

Azules, bajo el pastel del cielo.

Profundos, de fascinante deleite.

Y vendré a ti, como he marchado

otras veces hacia mí mismo

hasta encontrar la paz.


Va conmigo,

con timidez desliza el resplandor

de una mirada. La tranquilidad

se extiende hasta la costa.

Mis palabras parecen grises pinceladas

en un marco de oro,

el cielo cubierto con una ropa tímida.

Nos sentamos juntos a cantar

-alrededor de un mes-

y luego, como un eco, desapareció.

Por entre las estrellas, porque no había

una sola nube, vino una brisa que me dio en la cara.

El marco se partió, de repente me quedé solo,

todo en gris.
Luz, espacio,

veintiocho mil años hasta el presente,

y en algún lugar de la tierra

crecen jardines sin domesticar.

Mientras tanto el hombre sólo es esto:

golpes en la boca emblanquecida;

marchito, sin dejar escapar al árbol,

no va a encontrar otro sitio.

Y un grito: círculo, círculo.


Toda la noche el ruido del correcto

funcionamiento del sueño.

Perderse de nuevo en la vuelta del largo

callejón oscuro. O tal vez

es sólo el gusto por una pijama de cuadros

rojos y negros, en una ciudad sin sensacionalismo

ni rastros de otro interés.


Una vez más la soledad,

la frente contra el cristal frío

y la lluvia –deshilachada ropa

que cuelga del cielo a la tierra.

El trayecto es de regreso

o de ida, da igual.

Afuera, la oscuridad oculta el barrio

de la mirada de los pasajeros.

El día es sólo una esperanza

algo agrietada

que hace daño.


Esparzan el rito, la sal en la comida,

cal en el cuerpo de los santos,

la esperanza.

Esparzan la noche

en el trabajo de los hombres,

la fuerza en el tobillo del caballo.


3. La educación para los nuevos descubrimientos
Geografías del cuerpo, continentes,

como si la era de los grandes descubrimientos

estuviera aún por llegar. La respiración fluye

hasta chocar contra la orilla más distante.

Sin nación, sin edad, vivir aquí y no saber lo que es mejor.

Esos corazones que eran las fortalezas de nuestra juventud

han sido tomados por la tormenta

que ahora los destruye completamente.

No hizo falta la caballería, inundaciones de lluvia sangrienta.

Voy a escribir en el mapa, en el resplandor incierto de la mañana,

que todos los barcos flotan de modo continuo y en paz

hasta que se desmoronan en un horizonte tranquilo,

donde se encienden las estratagemas,

ríos de oro que se desborda en nuestros cuerpos.

Estamos, por supuesto, en una playa.

Así que siempre, sobre los restos de un naufragio,

se concibe el tiempo de la educación para los nuevos descubrimientos;

sobre las vías del piso, la carrocería de un tren pasa

como los límites de un pueblo; dispersa a una persona

que para alguien fue importante en su momento.


Con lágrimas, con plumas de aves extranjeras,

sería mejor la tierra plana y un continente rodeado de mar

para abrirme, expandirme en el aire de orilla a orilla.


Entonces, respiro para olvidar

y la nieve ligera llena el desierto.

Así es la geografía, me habías dicho.

Íbamos a ir a un lugar parecido al tercer planeta

de un sol, pero no nos dio tiempo.

La blanca bata de la arena entumeció nuestros ojos

y ahora la luz de la nieve

recuerda tristes corredores en algún lugar

de la Vía Láctea.

No será contigo, ya se verá.


Tarde para el propio funeral

ya los deudos enterraron el luto

y fueron recibiendo a todos

con un ¡Hola!, ya lo hemos sepultado.

Hay bebida y comida para usted.

Los chacales del sexo masculino,

el pene erecto. Música de banda.

Yo podía haber colgado un buen rosario

con las manos curtidas en mi pecho.

Plata en los bolsillos, no hay barquero,

un canal verde marcha hacia el desagüe.

Algo de olores: ¿acaso la flor amarilla

no crece en la frente? Un militar

sonríe en la puerta, debajo de la nariz

lleva un bigote polveado de coca.

Y usted se sienta con asombro

en la cama que yo dejé apenas esta mañana,

porque la muerte nos deja vacíos

y el alma es la nominación

que los hombres dan a la carroña.

Por eso afuera, o en el patio de tierra

los niños corren cargando pistolitas de juguete.


También los perros sangran las encías

cuando huelen la olla de asado

que preparó la tía Mari.

Una pregunta más tonta:

¿su pata de palo, peluda,

no es el gato negro

que mató mi primo de chiquito?

Las pulgas siempre van

en lomo pardo o simplemente son rojas

porque basta el color para montar un circo:

¿no se le debe a la gente,

incluso a mi madre,

diversión y resaca?

Aquí voy a tratar de satisfacer a todos.

Persona no identificada, 33 años,

sexo masculino, marcas de tortura y un tiro de gracia

(ja, ja, ja) en la frente.

Como una fracción, el tiempo muerto,

es también el momento para el debut

de una pequeña bailarina.

Pone las manos donde quiere

y luego pone los pies sobre las manos


hasta que siente el borde carnoso

de esta cicatriz, volcán sin fuego.

Así que esa mujer, a veces, trae pollos

o una gallina ponedora

para llenar el estómago de agua;

si no, sale a broncear las partes más claras

de su cuerpo. La memoria silenciosa

ya se pudre en pedazos,

ciénega donde queda lo amado.

Con algunos días de antelación

hay que avisarle al chacal

para que vaya por las sobras.

Fuerzas tan mediocres, o quemadas

en fuentes públicas, son suficiente

para que el niño baje a las trincheras

a contar los casquillos.

Atención: esta es una zona civilizada sin civiles,

bodegas y mohosos números de celulares,

para confirmar entregas.

Esta es una zona de muerte,

a la vida le encanta disgustarnos.

Los chacales y los ángeles y un pedazo de

tierra en el puño, unidades restantes


para proteger el nombre del Señor.

Y al final matones armados

esperando a que dé vuelta por la esquina.

Sonaba como contrapuntos

que ayudaban a mantener el entorno

entre hábitos nocivos para los ángeles.

¿Qué pude hacer yo?

Morir con un gesto masculino

a los treinta y tres, gracias a Dios

que no todo viene en múltiplos de tres,

con la mitad de la deuda

haría del hombre una piltrafa.

La alianza con el enemigo

debe de ser sólo el primer artículo

del contrato. Proclamando amor

se destruirá el concepto total

de las obligaciones adquiridas.

Las cruces humanas no son

para rezar y llorar:

Ceniza, la palabra puede

transformando esta maldición

en un acto de suprema ignorancia:

sopa y cuerpo de ternera


al que han marcado los filetes.

El cuchillo pasa sobre el pan caliente.

A esto se reduce el pecho frío

y los oídos que de nada se sorprenden.

Esperando en la esquina a que dé vuelta,

sonaba como contrapuntos.

Y te deja como un niño castigado,

ya ocurrió, por lo tanto bebo

entre errantes restos de piedra y sangre.

Algunos arañazos, tirado por ahí,

no sé caer. El dolor como estrellas

en la tumba de los hombres.

Aguas-rostros corriendo

entre la ternura y la obscenidad.

El mundo puede seguir en su lugar,

las garras en las alas de los ángeles-chacales,

un velo fosfórico en la boca

y rosarios en las manos equivocadas.

Han enterrado la ilusión

y usted nunca sabrá lo que se siente

el humo encima de la tierra

y el deshielo de la sangre como cielo.

Nos han robado el principio y el fin.


No sé, otra vez,

qué decir.

Tal vez será mejor

matar el tiempo

en paseos.

¿El pasto

es mejor que la arcilla

para caminar?

Las tres cruces

que vislumbro

son un encanto,

y la campana

rota en la iglesia

¿si cae

no es mejor?

-Como el ala

en la espalda

de un ángel.-

Caer es mejor,

la derrota

y la tierra negra.
De alguna manera,

el deseo siempre es superficie.

Saltar al fuego, centro del canal,

corrientes rojas de cola gruesa.

Alerta contra incendios,

en los graneros se recoge del suelo

la belleza y otros productos agrícolas.

En el marco de la puerta

donde los desaparecidos esperan toda la noche

y el olor marca sus pasos,

los deseos brillan y continúan.


4. Los planes de la edad
Querido Señor:

El amor para usted está en las extremidades

y siente una terrible vergüenza de la boca de otros hombres.

De forma inesperada, mantiene el alcance

de su imagen y se mira conteniendo el aliento.

Incluso, demasiado joven, la cara hinchada

y aún fresca. Por lo tanto, usted nunca.

Usted prefiere tocarse los ojos con los codos,

pero en ningún caso, proferí una advertencia.

Frágil ilusión la de los niños que se sueltan

de la mano de sus padres para correr tras un balón

(lo vio en una película, luego salió del cine satisfecho).


Las alas negras de un ave

cerraron suavemente el sol.

El sueño como la noche y como la noche

la taza de café, más denso, más amargo.

Los planes de la edad: cortinas, alfombras

suaves, canarios de compañía.

La respiración como un pez en la orilla,

maldiciendo al bacalao de la cena.

Afuera una ramilla cruje, tan ridícula,

incluso triste.
Te despiertas, el aire frío,

los labios entumecidos:

este mundo se siente tan solo,

las cosas mantienen su lugar

sin corrección ni pruebas

de que puedan albergar algo

distinto a su propia utilidad.

Te culpas porque alguna vez

alguien puso en ellas nombres y fechas,

lugares de tu vida.

Todo en calma. En el celular,

una llamada perdida.


Las cosas mueren

poco a poco

perdiendo el punto de apoyo.

Despertar una mañana

pálido y aturdido

en la misma habitación

que has compartido con ella

desde un principio.

Las cosas van perdiendo el punto de apoyo

En los trenes, los viajeros se cansan de mirar por la ventana

Y los perros ya no corren tras los autos

Alguien más repite que las cosas caen por su propio peso

Las tortillas se hacen duras en el refrigerador

Un buen chiste pierde su gracia

Alguien cuenta otra vez la misma anécdota

Así es con todo:

Una mañana, una pareja se despierta

Y decide que es hora de comprar nuevas sábanas


Así es con todo:

¿qué hacemos ahora

en este cuarto

con las ventanas abiertas?

Las cosas comparten

las mismas enfermedades

que uno, la úlcera en el corazón

que se va abriendo

hasta que deja escapar

lo esencial,

lo que las hacía significar.

En la existencia,

terminan

aferrándose al polvo

que con los años

se ha pegado a su base.
Ves cómo todo

se vacía

una vez más.

Como si

negado el cielo,

que era sólo

una sombra,

como si

agotado el dolor,

en su espectro

inalcanzable de colores,

la metamorfosis,

el juego,

socavara la mente.

Así que ahora

todo está en orden.

Das un giro más al tornillo blanco.

Y te digo

gracias,

fue un placer.
Digo esto, no hay palabras,

es una sensación extraña

el dinero en efectivo entre las manos.

Ayer, temprano, la ciudad

era una pantalla de niebla

que atravesábamos sin romper.

Desempleados, pero seguimos siendo niños,

queremos jugar todo el día,

salir de viaje, abatir a los pájaros con la resortera.

Hoy es lunes, el sol se pone sobre un edificio

y hay que pagar el préstamo.


Es solo el fatalismo

este bosque oscuro

a mitad del camino.

La brecha existe

debajo de la leña.

Una campana púrpura

se escucha desde el cielo:

adelante, debió llegar temprano.

Y no averigües quién está colgado

en la habitación.

Es sólo el fatalismo.

Se trata de las lágrimas.


La voz se escapa

en el silencio de la nieve

inesperadamente.

Bebió el caballo la penumbra

y, perdidos en la noche,

los estribos, la luz,

el mar.
Aún después de dibujar

en las cerradas noches

paisajes de locura,

queda el resplandor de la nieve

blanca del pensamiento.

Los hombres nacen al día

con una mente nueva

y una voz ajena les recuerda su nombre.


5. Inundación de jardín doméstico
Buceo por las escaleras

de todas las memorias,

abajo, a la izquierda,

un ornamento floral,

hoja marchita,

tejido de guirnaldas.

Espuma de mármol

en los barandales,

tolerancia de escombros,

conchas trituradas

y después el curso:

y sin frío

ni sed

no se oyen los pasos

por los corredores

submarinos.

Recogido

por motivos leves,

chorros de pasajes,

pasos de medición para un sistema

de referencias que desprende


coordenadas,

buceo más lejos:

teléfonos del ochenta,

cuya flor de sonido

y piernas de alambre

esparcían desesperación.

Operarios en números romanos,

dedos tan entrelazados

que no hay espacio

para agujeros.

Las manos me duelen y usted,

aclamado señor,

deslizando el miedo

en las opiniones ajenas,

confunde todo

-incluyendo la basura

de lo útil y bello:

perlas que cuelgan de las lámparas

para que el sueño esté iluminado

como una fiesta.

Crecen desde el suelo

vástagos de latón,
lámparas con patas de ave

retorcidas. El ruido

de una columna de coronas

con trozos de acanto y pedrería,

debidamente entrelazados.

En la banda del ahogado

las plantas hablan sobre la captura.

Peces plateados y coral,

esponjas, tortugas, estrellas

y conchas se elevan de vez en cuando

en el auricular del teléfono

y el ruido para llenar el profundo

vacío que entre nosotros

se deja sentir por los bostezos.

Es febrero y estamos en el abismo solos.


Sé que antes de la caída,

antes de caer

en el balanceo del viento,

hay que agarrar

los rizos de cobre

que salen del baúl;

dejar que el agua

en pequeños trastes

se caliente en un inyector de gas:

cadenas, agujas, los vapores de mercurio.

Remachar aquellos puntos

de la joyería en la que se sumergen,

inferiores a cualquier forma

de asociación libre, los recuerdos.

Puñado de ámbar

congelado en las ramas

de un coral blanco y hojas de lila.

Entender el voto secreto

cuando la luna totalmente fría

sopla en el pecho:

alto magnetismo en que llega

la luz a reflejarse
en los temblores finos de la carne

reblandecida por el agua.


Una vez que se fue no va a regresar. Incluso ahora

que las burbujas con sus círculos concéntricos

desprenden una onda de diamantes con rumbo a la luz,

y penetran profundamente en el espesor de la botella de vidrio.

Condenadas a la depresión, condenadas a la difracción,

se deslizan de su cautiverio hacia la superficie con algún ángulo

de reflexión sobre la muerte como la de los peces

a pesar de todas las mejillas húmedas

y los señalamientos de caprichos en el agua.

Excepto, por supuesto, su capacidad de llorar, excepto

los ojos de vidrio del pescado. Circuito de movimientos,

de párpados hinchados por el esfuerzo de separar

la oscuridad de aquello que no existe: con sólo ver,

tras la botella de alcohol, las escaleras de todas las memorias,

de todos los siguientes días.


Deber ser

eterno y solitario,

extendiendo

las manos al cielo

para besar la estrella.

Deber ser uno mismo.

Deber ser nieve

sin ser invitado, la amargura

de un beso fantasma,

de algún otro amor.

Deber ser, es el destino,

lo que no se puede negar,

como no se puede negar que se debe

ser para nosotros mismos,

incluso, si olvidamos, incluso,

si ya no hay que ser

la salvaje maldición gris,

Mefistófeles, la opacidad vaga

que separa el mundo,


que descansa sobre nosotros,

sobre nosotros dos,

sin perdón eterno,

dame la mano.
Se llena el tiempo de la luz

que acarrea la muerte.

Puedes ver el vacío

una vez que te precipitas

sobre el lomo negro del caballo

que detiene su trote en el monte

donde el valle

vacila distante y hermoso.

Puedes verlo en el ave

que cae al agua

cuando vence el viento

y en la noche

que también se frena sobre él.


Una vez que has renacido

de la cal,

podrás oír en sus muros

a los muertos.

¿quién viste nuestras manos

en la tumba

para que sean flores?

La piedra

que se une al silencio

trae el sepulcro.
La memoria de los santos

que sabe de suplicios

reconcilia en sus miembros,

las raíces.
Luego, Edipo, de la anhelada fuga

en la muerte honda,

el rostro que aparecerá debajo

de toda esta arena

será el de la Esfinge;

al que habrás de responderle:

es el Hombre.
El día de mi hoguera

habré de arrojar

nombres y papeles.

En la llama

veré arder los rostros familiares;

y de la memoria

—que aun abre una puerta—

recordare sólo el tacto

a piedra caliza.

Aun así nunca

concederé tu nombre

al olvido.
En apariencia

el tiempo desfigurará los signos

en que leímos la Tabula rasa

de la memoria.

Pero al advertir la muerte,

el espejo,

todos los rostros estarán ahí.


6. Uno a uno
Urbe

Mirando más allá

del final de la calle

la luz

se reintegra de nuevo.

Una muchacha

sola

da la vuelta;

siente la lluvia

como una flor

recién cortada.
Parque

Llegando a Chihuahua

le pido que me lleve al parque

donde jugaba con nosotros

cuando éramos niños.

Mi hermano no vendrá estas vacaciones.

Conducimos un rato, el parque aparece.

Hay basura y unas algunas llantas.

Las canchas tienen pintas.

Muchos árboles de mi infancia han sido talados.

Es difícil que algo dure en esta ciudad.

Me dice mi padre con un poco de vergüenza.

Vamos, le digo.

Caminamos hacia los columpios

y permanecemos sentados un rato sin decir nada.

Los pies nos cuelgan

marcando círculos imperfectos en la tierra.

Hace frío.

Comprendo que lo he lastimado.


Creel

Me llevaron a Creel

a pasar unas vacaciones

con mi tío Miguel.

Él trabajaba en el aserradero

y vivía en una cabaña.

Por las noches, si nevaba,

mi papá y mi tío

alternaban en la luz

de la chimenea para contar

historias de mi abuelo.

Se reían y yo me reía con ellos

aunque nunca

lo hubiera conocido.

Cuando paseaba por el pueblo

los niños tarahumaras nos pedían kórima

y extendían las manos:

mi papá les daba alguna moneda;

yo quería jugar con ellos.


Ahora, cuando a veces nieva

yo también extiendo las manos.


Aniversario

Cuando la muerte se robó marzo

dejamos de hablar de él,

corrimos a la habitación

y la encontramos como siempre

pendiente del viejo parque en la ventana.


Canción de cuna

La noche es terrible con la primera

inundación de estrellas.

En el cielo se esboza la Sierra Tarahumara.

Y cuando la llamada del trueno

llega a nuestro corazón

se olvida nuestro lenguaje

y todo es la canción del rarámuri:

ya no llores mi niño

que ya vamos a llegar,

ya no llores.
Un crimen

Me sorprende que lo haya mirado

instintivamente recogiendo el bolso.

El cuerpo en el piso, los ojos suaves

y un delicado hilo marrón por la boca.

Por un momento se le pusieron los pelos de punta

y tuvo que dar un grito, que quiso disculpar después.

Algunos periodista vinieron a preguntarle

por su gama de perfumes y accesorios baratos.

En realidad, yo no iba a ninguna parte,

era joven, mi café estaba caliente

y me recargué en la pared

a esperar para dale el primer sorbo.


Herbívoro

No tienes nada más,

creces para reproducirte

y te parece terrible.

Esto deben de esperar los animales

un bramido enojado,

la poderosa emoción de un depredador

que te toma por asalto.

Y sin embargo,

nos has podido elegir

qué te pondrás hoy para buscar trabajo.


Lunes

Luces, y todos los autos delante de tus ojos

quemando las pupilas. No se apagan.

Tan vulnerable, que te pone a llorar un claxon,

incluso la mano que ajusta el retrovisor

para verte ahí, parado, sosteniendo con ternura

un maletín con todos tus papeles.

Alguien grita tu nombre y ahora,

levántate a buscar trabajo como de la tumba.


Suvenir

La lluvia fría en el fondo gris-amarillo,

triste paisaje para una noche de otoño.

La lluvia fría y un mensaje de texto

de alguien a quien amaste en primavera.

¿Por qué se acerca el invierno

como un cliché brutalmente apropiado?


Estrella de cinco puntas

En el parque, frente al fresno,

una pareja de ancianos alimenta

a las palomas. Se ven concentrados

en distribuir bien las migajas.

Una, dos, tres, cinco palomas.

Todas más o menos del mismo tamaño.

Cuatro son pardas pero una es blanca.

Si se unieran, formarían una estrella de cinco puntas.

Cruzo la escena en dirección a mi casa.

Una vuela. El anciano me interpela:

No asustes a las palomas, muchacho.

Me alejo con prisa, a lo lejos

veo cómo vuelve una quinta paloma,

sólo que esta vez, también es parda.


Uno a uno

Ayer, la noche, las pláticas

en la cocina. Hoy tu madre

está muerta y la llama

de la estufa sigue ardiendo.

¿Qué pudo salir mal, si el trigo

de las tortillas, aún tierno, era dorado?

Algo en el tono con que se despidió de ti

después de compartir el último cigarro.

Toda la luz que entra hoy

por las ventanas,

todos los cubiertos en su forro

de terciopelo, los manteles,

la mesa, sus cuatro sillas,

todos los ladrillos, uno a uno,

soportando un espacio

que no alberga más

lo que fueron.
Estás seguro de que todo seguirá según tus órdenes.

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