"Killa chay Qori Watana: Tahuantinsuyo
Kawsaynin"
En los tiempos del Tahuantinsuyo, en una remota aldea en las laderas del gran
Apu Ausangate, vivía una joven llamada Killa, que significaba "luna" en
quechua. Killa era conocida en su aldea por su inigualable destreza en tejer,
creando hermosos y complejos textiles que parecían narrar las historias de su
pueblo y los secretos de la naturaleza.
Los Primeros Años de Killa
Desde niña, Killa había aprendido el arte del tejido de su madre y su abuela, quienes le enseñaron a
combinar los colores y patrones con un profundo respeto por la Pachamama, la madre tierra. Cada
hilo y cada diseño en sus tapices tenían un significado especial, reflejando la rica cultura y las
creencias de su pueblo. Los textiles de Killa eran apreciados no solo por su belleza, sino también
por las historias que contaban: historias de amor, de lucha, de conexión con la naturaleza y los
dioses.
Killa pasaba horas observando las montañas, los ríos y las estrellas, buscando inspiración para sus
tejidos. Sus manos ágiles y su mente creativa eran guiadas por un profundo amor por su tierra y su
gente. Su abuela, una sabia mujer conocida en toda la región, le contaba leyendas antiguas y le
enseñaba canciones que resonaban con el viento y el agua.
El Encuentro con el Anciano
Un día, mientras Killa recogía lanas de alpaca en las praderas altas, encontró a un anciano herido.
Al acercarse, se dio cuenta de que el anciano no era un hombre común; sus ojos brillaban con una
luz inusual y su piel parecía brillar a la luz del sol. Killa, recordando las enseñanzas de su madre
sobre el respeto y la compasión, llevó al anciano a su casa y lo cuidó hasta que se recuperó.
El anciano, agradecido por la bondad de Killa, reveló su verdadera identidad. Era un Apukuna, un
espíritu guardián de las montañas. "Killa," dijo el Apukuna, "tú has mostrado un gran corazón. Por
ello, te concederé un don especial. Con este hilo dorado que te doy, podrás tejer tapices que
revelarán las visiones y los sueños de tu pueblo."
El Don del Hilo Dorado
Killa aceptó el don con gratitud y comenzó a tejer con el hilo dorado. Sus tapices se volvieron aún
más extraordinarios, mostrando escenas de prosperidad, amor y armonía. La gente de su aldea venía
de todas partes para ver las creaciones de Killa, maravillados por la belleza y la profundidad de sus
tejidos. Incluso los viajeros de tierras lejanas empezaron a llegar, atraídos por las historias que los
tapices contaban.
Un día, mientras tejía, Killa tuvo una visión oscura: una gran sequía que amenazaba con destruir las
cosechas y traer hambre a su aldea. Las imágenes eran tan vívidas que Killa se despertó sudando
frío, preocupada por el futuro de su gente. Sabía que debía hacer algo para evitar la catástrofe.
La Búsqueda de Ayuda
Preocupada, Killa decidió buscar ayuda en el templo del Inti, el dios sol, en la ciudad sagrada de
Cusco. Viajó durante días, enfrentando el calor del día y el frío de la noche, hasta llegar a la gran
ciudad. En el templo, se arrodilló y oró con fervor, pidiendo a Inti que protegiera a su pueblo.
Al ver su devoción, Inti se manifestó en un rayo de luz que iluminó el templo. "Killa," dijo una voz
cálida y poderosa, "tu corazón puro y tu dedicación han sido notados. Para salvar a tu pueblo, debes
encontrar el sagrado Lago Titicaca y sumergir en sus aguas tu hilo dorado. Solo así, el equilibrio
será restaurado."
El Viaje hacia el Lago Titicaca
Sin dudarlo, Killa emprendió su viaje hacia el Lago Titicaca. Durante su travesía, Killa enfrentó
numerosos desafíos. Atravesó montañas escarpadas, cruzó ríos caudalosos y navegó por selvas
densas. En su camino, recibió la ayuda de muchos seres sagrados de la naturaleza: el puma le
enseñó a moverse sigilosamente, la serpiente le reveló los secretos de la medicina y el zorro le
mostró el camino cuando se sentía perdido.
Encuentro con el Puma
Mientras cruzaba un denso bosque, Killa se encontró con un majestuoso puma. El animal la observó
con ojos penetrantes y, en lugar de atacarla, se acercó lentamente. Killa recordó las enseñanzas de
su abuela sobre el respeto a los animales y se quedó quieta, demostrando que no tenía miedo.
El puma, reconociendo la valentía de Killa, habló: "Has mostrado coraje, joven Killa. Te enseñaré a
moverte como la sombra, a ser rápida y silenciosa, para que puedas superar los obstáculos en tu
camino." Killa agradeció al puma y pasó varios días aprendiendo sus habilidades.
Encuentro con la Serpiente
Más adelante, mientras descansaba cerca de un arroyo, Killa vio una serpiente deslizarse hacia ella.
Recordando que la serpiente era un símbolo de sabiduría y renovación, Killa no se asustó. La
serpiente se enroscó a su alrededor y susurró: "Conozco los secretos de la tierra y las plantas. Te
enseñaré a usar la medicina de la naturaleza para curar y fortalecer."
Killa aprendió de la serpiente a reconocer las hierbas curativas y a preparar remedios que podrían
ayudarla en su viaje y también a su pueblo. Con gratitud, Killa continuó su camino.
Encuentro con el Zorro
Una noche, mientras caminaba bajo la luz de la luna, Killa se perdió en una espesa niebla.
Desorientada, se sentó en una roca, esperando que la niebla se disipara. De repente, un zorro
apareció ante ella. Con sus ojos astutos y su elegante caminar, el zorro dijo: "Sigo los caminos
ocultos y conozco los secretos de la noche. Te guiaré a través de la niebla."
El zorro condujo a Killa por senderos seguros hasta que llegaron a un claro donde la niebla se
disipó. Killa agradeció al zorro por su guía y continuó su viaje con renovada determinación.
La Llegada al Lago Titicaca
Finalmente, al llegar al Lago Titicaca, el lago brillaba bajo el sol como si estuviera hecho de plata
líquida. Killa sintió una profunda conexión con las aguas sagradas y supo que debía realizar un
ritual para honrar a los espíritus del lago.
Realizó un ritual de agradecimiento a los espíritus del agua. Se arrodilló a la orilla del lago,
susurrando oraciones en quechua y ofreciendo hojas de coca en señal de respeto. Luego, con una
profunda respiración, sumergió el hilo dorado en las aguas cristalinas.
El Regreso Triunfal
En ese momento, el cielo se oscureció y una suave lluvia comenzó a caer, trayendo esperanza y vida
de vuelta a su tierra. Regresando a su aldea, Killa fue recibida con alegría y gratitud. Las cosechas
prosperaron y el hambre fue evitado.
Los ancianos del pueblo decidieron celebrar un gran festival en honor a Killa y a los dioses que
habían respondido a sus plegarias. Durante el festival, Killa tejió un último tapiz con el hilo dorado,
mostrando la historia de su viaje y el milagro que había salvado a su pueblo.
El tapiz de Killa se convirtió en un símbolo de esperanza y fe. Los habitantes de la aldea se reunían
regularmente alrededor del tapiz para contar la historia de Killa a las nuevas generaciones,
enseñándoles la importancia de la valentía, la compasión y la conexión con los espíritus de la
naturaleza.
El Legado de Killa
La aldea de Killa vivió en paz y prosperidad, siempre recordando la valentía y la compasión de la
joven que, con su arte y su corazón puro, había cambiado el destino de su gente. Y bajo la luz de la
luna, las historias tejidas en los tapices de Killa seguían narrando las leyendas y sueños de su amado
Tahuantinsuyo, recordando a todos la importancia de la conexión sagrada con la tierra y los seres
que habitan en ella.
La aldea se convirtió en un lugar de peregrinación para aquellos que buscaban sabiduría y guía
espiritual. Los tejedores de todo el Tahuantinsuyo acudían a aprender de Killa y de su familia,
transmitiendo las técnicas y las historias a través de generaciones. La herencia de Killa, tejida en
hilos dorados y corazones abiertos, perduró a lo largo del tiempo, uniendo a la gente en un tapiz de
humanidad compartida.