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El Paraiso Perdido - John Milton

El 'Paraíso Perdido' de John Milton narra la desobediencia del hombre y su castigo, centrándose en la figura de Satanás, quien seduce a Adán y Eva para vengarse de Dios. El poema describe la caída de Satanás y sus ángeles al infierno, donde planean su venganza y la creación de un nuevo mundo. A través de un consejo infernal, Satanás y sus seguidores deciden continuar su lucha contra Dios, a pesar de su derrota.
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El Paraiso Perdido - John Milton

El 'Paraíso Perdido' de John Milton narra la desobediencia del hombre y su castigo, centrándose en la figura de Satanás, quien seduce a Adán y Eva para vengarse de Dios. El poema describe la caída de Satanás y sus ángeles al infierno, donde planean su venganza y la creación de un nuevo mundo. A través de un consejo infernal, Satanás y sus seguidores deciden continuar su lucha contra Dios, a pesar de su derrota.
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JOHN MILTON

“El Paraíso Perdido”

DIGITALIZADO
POR
«EL KUKULKAN DEL MAYAB»

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EL PARAÍSO PERDIDO
L I B RO P R I M E RO

En este libro expone el poeta brevemente el asunto del poema, que es la


desobediencia del hombre y su castigo. Presenta en seguida al autor del pecado, la
Serpiente, o más bien Satanás, que bajo la forma de este reptil sedujo a nuestros
primeros padres para vengarse de Dios, cuya temible justicia le había arrojado del
Cielo, precipitándole en el abismo con todos sus compañeros de rebelión. Después
de haberse ocupado ligeramente de este hecho, el poeta entra en materia y
representa a Satanás y sus ángeles sumidos ya en el infierno, al que no coloca en el
centro del mundo (porque el cielo y la tierra no existían aún), sino en un sitio de
extrañas tinieblas, más conocido con el nombre de Caos. En este lugar aparecen
todos sumergidos en un lago de fuego, heridos del rayo y aterrados. El príncipe de
las tinieblas recobra sus sentidos y, vuelto en sí, dirige la palabra al que le sigue en
poder y dignidad; ambos empiezan a hablar de su desgraciada caída. Satanás
despierta a sus legiones, que salen fuera de las llamas, viéndose su prodigioso
número, su orden de batalla y sus principales jefes, llamados como los ídolos
conocidos posteriormente en Canaán y en los países circunvecinos. El príncipe de
los demonios les arenga, los alienta con la esperanza de volver a conquistar el
Cielo, y les habla también de un nuevo mundo y de una nueva criatura que debe
existir un día (porque algunos Santos Padres creen que los ángeles fueron creados
mucho tiempo antes que este mundo visible), propone que se examine en pleno
consejo el sentido de una profecía sobre la creación y que se determine lo que
deben, en consecuencia, intentar. Sus partidarios consienten en ello y construyen en
un momento el Pandemónium, o palacio de Satanás. Las potestades infernales se
reúnen en él para deliberar.

C anta Musa celestial, la primera desobediencia del hombre y el fruto de aquel árbol
prohibido, cuyo gusto mortal trajo al mundo la muerte y todas nuestras desgracias con
la pérdida del Edén, hasta que un Hombre más grande nos rehabilitó y conquistó para
todos nosotros la mansión bienaventurada. Desde la cumbre solitaria de Oreb o del Sinaí, donde
inspiraste al pastor, que fue el primero en enseñar a la raza escogida cómo salieron el cielo y la
tierra del Caos, o desde la colina de Sión y las fuentes de Siloé, si te placen más, invoco tu ayuda
para mi atrevido canto; porque no pretendo remontarme con tímido vuelo sobre los montes de
Aonia al intentar referir cosas que nadie ha narrado hasta ahora, ni en prosa ni en verso.

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO I

Y Tú, ¡oh Espíritu!, que prefieres a todos los templos un corazón recto y puro,
instrúyeme, puesto que sabes: Tú estabas presente en el primer instante; desplegando como una
paloma tus poderosas alas, cubriste el inmenso abismo y le hiciste fecundo. Ilumina lo que en mí
es oscuro, eleva y sostén lo que está abatido, para que desde la elevación de este grande asunto
pueda defender a la Divina Providencia y justificar ante los hombres las miras del Señor.
Dime, desde luego, ya que ni el cielo ni la profunda extensión del infierno ocultan nada
a tu vista; di cuál fue la causa que obligó a nuestros primeros padres, tan felices en su estado y
tan favorecidos por el cielo, a separarse de su Creador, a transgredir su única prohibición cuando
eran soberanos del resto del mundo. ¿Quién les indujo a tan vergonzosa rebelión? La Serpiente
infernal, cuya malicia, animada por la envidia y por la venganza, engañó a la madre del género
humano; su orgullo la había precipitado desde el cielo con todo su ejército de espíritus rebeldes,
con cuya ayuda aspiraba a sobrepujar en gloria a sus semejantes, lisonjeándose de igualarse al
Altísimo, si el Altísimo se le oponía. Dominado aquel espíritu por este ambicioso proyecto
contra el trono y la monarquía de Dios, suscitó en el cielo una guerra impía y un combate
temerario; más sus esfuerzos fueron vanos.
La Potestad suprema le arrojó de cabeza, envuelto en llamas, desde la bóveda etérea;
repugnante y ardiendo, cayó en el abismo sin fondo de la perdición, para permanecer allí cargado
de cadenas de diamante, en el fuego que castiga; él, que había osado desafiar las armas del
Todopoderoso, permaneció tendido y revolcándose en el abismo ardiente, juntamente con su
banda infernal, nueve veces el espacio de tiempo que miden el día y la noche entre los mortales,
conservando, empero, su inmortalidad. Su sentencia, sin embargo, le tenía reservado mayor
despecho, porque el doble pensamiento de la felicidad perdida y de un dolor perpetuo le
atormenta sin tregua. Pasea en torno suyo sus ojos funestos, en que se pintan la consternación y
un inmenso dolor, juntamente con su arraigado orgullo y su odio inquebrantable.
De una sola ojeada, y atravesando con su mirada un espacio tan lejano como es dado a la
penetración de los ángeles, vio aquel lugar triste, devastado y sombrío; aquel antro horrible y
cercado, que ardía por todos lados como un gran horno. Aquellas llamas no despedían luz
alguna; pero las tinieblas visibles servían tan sólo para descubrir cuadros de horror, regiones de
pesares, oscuridad dolorosa, en donde la paz y el reposo no pueden habitar jamás, en donde no
penetra ni aun la esperanza, ¡la esperanza que donde quiera existe!; pero sí suplicios sin fin, y un
diluvio de fuego, alimentado por azufre, que arde sin consumirse.
Tal es el sitio que la justicia eterna preparó para aquellos rebeldes, ordenando que
estuviesen allí aprisionados en extrañas tinieblas y haciéndole tres veces tan apartado de Dios y
de la luz del cielo cuanto lo está el centro de la creación del polo más elevado. ¡Oh, cuan distinta
es esta morada de aquélla de donde cayeron!
Pronto divisa allí el arcángel a los compañeros de su caída, sepultados en las olas y
torbellinos de una tempestad de fuego. Uno de ellos se agitaba entre las llamas a su lado; era el

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO I

primero después de él, así en poder como en crimen, mucho tiempo después conocido en
Palestina con el nombre de Belcebú. El Grande Enemigo (así era llamado Satanás en el cielo),
rompiendo el horrible silencio con altaneras palabras, empezó a decir:
—¡Si tú eres aquél!... Pero ¡cuan decaído, cuan diferente del que, revestido de un brillo
deslumbrador en los felices reinos de la luz, sobrepujaba en esplendor a millares de
resplandecientes espíritus!... Si tú eres aquel a quien una mutua alianza, un solo pensamiento, un
mismo dictamen, una esperanza igual e idéntico peligro en una empresa gloriosa unieron
conmigo en otro tiempo, y a quien hoy une también una misma desgracia en igual ruina,
contempla desde qué altura y en qué abismo hemos caído: ¡tan poderoso se mostró Él con sus
rayos! Pero ¿quién hasta entonces había conocido el efecto de sus armas terribles? No obstante,
a pesar de sus rayos, y a pesar de todo cuanto el Vencedor, en su cólera, puede hacer contra mí,
ni me arrepiento ni varío; por más que haya cambiado mi brillo exterior, nada podrá alterar este
carácter obstinado, este soberano desdén, hijo de la conciencia del amor propio ofendido; este
espíritu que me indujo a levantarme contra el Omnipotente, arrastrando al furioso combate
innumerables fuerzas de espíritus armados que osaron despreciar su dominio, prefiriéndome a Él
y oponiendo a su poder supremo un poder contrario, hasta que en una batalla indecisa, dada en
las llanuras del cielo, hicieron oscilar su trono.
“¡Qué importa la pérdida del campo de batalla! Aún no está perdido todo. Conservando
todavía una voluntad inflexible, una sed insaciable de venganza, un odio inmortal y un valor que
no cederá ni se someterá jamás, ¿puede decirse que estamos subyugados? Ni su cólera ni su
poder podrán jamás arrebatarme esta gloria; no me humillaré, no doblaré la rodilla para
implorar su perdón, ni acataré un poder cuyo imperio acaba de poner en duda mi terrible brazo.
¡Esto sería una bajeza; esto sería una vergüenza y una ignominia más humillantes aún que
nuestra caída! Ya que, según lo dispuesto por el Destino, ni la fuerza de los dioses ni la sustancia
celeste pueden perecer; ya que con la experiencia de este gran suceso, nuestras armas, no
debilitadas, han ganado mucho en previsión, podemos con esperanza de mejor éxito,
determinarnos a hacer, bien sea por medio de la fuerza o por medio de la astucia, una guerra
eterna, irreconciliable, a nuestro gran enemigo, que ahora triunfa, y que, en el exceso de su gozo,
reina como absoluto, ejerciendo en el cielo toda su tiranía.”
Así habló el ángel apóstata, aunque sumido en el dolor, vanagloriándose en voz alta,
pero desgarrado por su profunda desesperación. Su orgulloso compañero le replicó:
—¡Oh, príncipe! ¡Oh, jefe de tantos tronos, que condujiste a la guerra bajo tu mando a
los serafines ordenados en batalla! Tú, que sin espanto y en distintas acciones formidables
pusiste en peligro al Rey perpetuo de los cielos y a prueba su poder supremo, ya proceda éste de
la fuerza, de la casualidad o del hado, ¡oh, jefe!, bien veo y maldigo el suceso fatal de una triste
derrota y una vergonzosa pérdida que nos ha arrebatado el cielo. Todo este poderoso ejército se
ve por ello sumido en una horrible destrucción, en cuanto pueden ser destruidos los dioses y las
esencias divinas, porque el pensamiento y el espíritu quedan invencibles, y el vigor renace

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO I

pronto, por más que se haya extinguido toda nuestra gloria y sumido aquí en una miseria
infinita nuestro feliz estado. Pero ¿y si nuestro Vencedor, a quien empiezo a creer
Todopoderoso, pues que sólo un poder como el suyo es capaz de domar otro como el nuestro,
nos hubiese dejado por completo nuestro espíritu y nuestro vigor para que podamos sufrir y
soportar con fortaleza nuestras penas, para bastar a su vengativa cólera, o para prestarle aquí,
como esclavos suyos por derecho de conquista, un servicio más rudo, según sus necesidades, o
en el corazón del infierno para trabajar en el fuego o servirle de mensajeros en el negro abismo?
¿De qué nos servirá entonces conocer que no ha disminuido nuestra fuerza o la eternidad de
nuestro ser para soportar un castigo eterno?”
El Grande Enemigo respondió con precipitación:
—Querubín caído, mengua es mostrarse débil, ya en las obras o ya en el sufrimiento.
Ten por seguro que nuestra misión no consistirá nunca en hacer el bien; nuestra única delicia
será siempre hacer el mal, por ser lo contrario de la alta voluntad de Aquel a quien resistimos. Si
su providencia procura sacar el bien de nuestro mal, debemos trabajar para malograr este fin y
hasta para encontrar en el bien medios que conduzcan al mal, lo cual podremos lograr con
frecuencia de modo que quizá lleguemos a apesadumbrar al enemigo y, si no me equivoco, a
distraer sus más profundos designios del fin a que se encaminan.
“Pero ¡mira! El Vencedor, irritado, ha convocado otra vez en las puertas del cielo a sus
ministros de persecución y de venganza: la lluvia de azufre lanzada sobre nosotros en la
tempestad pasada ha allanado la ola ardiente que desde el principio del cielo nos ha recibido al
caer. El trueno, con sus alas de encendidos relámpagos y su impetuosa rabia, ha agotado quizá
sus rayos y cesa ahora de mugir a través del abismo vasto y sin límites.
“No dejemos escapar la ocasión que nos proporciona el desdén o el furor satisfecho de
nuestro enemigo. ¿Ves a lo lejos esa llanura seca, abandonada y agreste, morada de la
desolación, privada de luz, a excepción de la que, pálida y espantosa, le comunica el fulgor de
esas llamas lívidas y negras? Pues procuremos salir del hervidero de estas oleadas de fuego y
descansemos allí, si es que allí puede existir el reposo. Reuniendo nuestras legiones afligidas,
examinemos de qué modo podremos ofender a nuestro enemigo, de qué modo podremos reparar
nuestra pérdida sobreponiéndonos a esta espantosa calamidad, qué consuelo podremos sacar de
la esperanza, o bien la resolución que nos dicte nuestra desesperación.”
Así habló Satanás a su más próximo compañero, con la cabeza fuera de las olas, los ojos
centelleantes y los demás miembros de su cuerpo, prolongados y corpulentos, flotando en un
espacio de mucha extensión. Su estatura era tan enorme como la de aquel a quien llama la fábula,
a causa de su monstruoso cuerpo, Titán, o hijo de la Tierra, el cual hizo la guerra a Júpiter, como
la de Briareo o Tifón,
Que habitaba la caverna próxima a la antigua Tarso. Satanás se parecía también a
Leviatán, ese monstruo marino, a quien Dios hizo el mayor de todos los seres que nadan en el

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO I

Océano; monstruo que duerme muchas veces sobre las espumosas aguas noruegas y a quien el
piloto de alguna pequeña embarcación extraviada en medio de las tinieblas toma por una isla,
según refieren los marinos, y fija el ancla en su escamosa piel, amarrado a su costado mientras la
noche envuelve el mar y retarda la deseada aurora. De una longitud tan enorme era el jefe
enemigo que yacía encadenado en el lago ardiente; jamás habría podido levantarse ni sostener su
cabeza si la voluntad y el supremo permiso del Regulador de todos los cielos no le hubiera
dejado en libertad de llevar a cabo sus negros designios, para que, con sus reiterados crímenes,
fuera amontonando sobre sí la condenación al buscar el mal de los otros, y a fin de que pudiera
ver en su furia que toda su malicia no le habría servido más que para hacer brillar la infinita
bondad, la gracia, la misericordia, en el hombre seducido por él y para atraer sobre sí mismo un
triple castigo de confusión, cólera y venganza.
De repente, el arcángel alzó sobre el lago su poderoso cuerpo y separó hacia atrás con
sus manos las agudas puntas de las llamas, que, rodando en forma de olas, dejaron descubierto
en medio un horrible valle. Entonces, con las alas desplegadas, dirige hacia arriba su vuelo,
gravitando sobre el aire sombrío, que siente un peso inusitado, hasta que aquél desciende sobre
la tierra árida, si así puede llamarse la que siempre está ardiendo con un fuego sólido, como el
lago arde con fuego líquido. Tales parecen por su color, cuando la violencia de un torbellino
subterráneo ha derrumbado una colina arrancada del Peloro o de los abiertos costados del
mugiente Etna, las entrañas combustibles e inflamables que, concibiendo allí el fuego, son
lanzadas al cielo por la energía del choque de los minerales y con la ayuda de los vientos,
dejando un fondo ardiente, rodeado de corrompidos miasmas y de humo, tal fue la tierra de
descanso que tocó Satanás con las plantas de sus pies malditos. Belcebú, su más cercano
compañero, le sigue, vanagloriándose ambos de haber escapado como dioses de las aguas e la
Estigia por sus propias fuerzas recobradas y no por la tolerancia del Poder supremo.
—¿Es ésta la región, el país, el clima —dijo el arcángel caído—; es ésta la mansión que
debemos trocar por el cielo, esta triste oscuridad por la luz celeste? Sea, puesto que el que ahora
es Soberano puede disponer y decidir lo que le parezca justo. Lo que más nos aleje de Él será lo
mejor; de Él, que, igual en razón, se ha elevado por medio de la fuerza sobre sus iguales. ¡Adiós,
campos afortunados, donde existe una felicidad eterna! ¡Salud, horrores! ¡Salud, mundo infernal!
Y tú, profundo infierno, recibe a tu nuevo señor, que llega a ti con un ánimo que no podrán
cambiar el tiempo ni el lugar. Él espíritu lleva en sí mismo su propia morada y puede en sí
mismo hacer un cielo del infierno o un infierno del cielo. ¿Qué importa el sitio donde yo resida,
si soy siempre el mismo y el que debo ser; si lo soy todo, aunque menor que Aquel a quien el
rayo ha hecho más grande? Aquí, por lo menos, estaremos libres. El Todopoderoso no ha
formado este sitio para envidiárnoslo, y no querrá, por tanto, arrojarnos de él. Aquí podemos
reinar con seguridad, y, según mi parecer, reinar es digno de ambición, aunque sea en el infierno;
vale más reinar en el infierno que servir en el cielo.

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO I

“Pero ¿abandonaremos a nuestros fieles amigos, a nuestros compañeros, a los que han
participado de nuestra ruina, tendidos y anonadados en el lago del olvido? ¿No los llamaremos
para que con nosotros compartan esta triste mansión o para que, uniendo de nuevo nuestras
fuerzas, intentemos una vez más si hay algo que ganar en el cielo o perder en el infierno?”
Así habló Satanás y Belcebú le respondió:
—Jefe de los brillantes ejércitos, que por nadie sino por el Todopoderoso podían ser
vencidos: si una vez más llegan a oír esa voz, la prenda más segura de su esperanza en medio de
los temores y de los peligros; esa voz que ha resonado tantas veces en los más apurados trances
y en el mismo peligro de la batalla cuando ésta rugía; esa voz, la más tranquilizadora señal en
todos los asaltos, recobrarán de improviso un nuevo valor, y se reanimarán, aunque ahora
languidecen, gimientes y postrados en el lago de fuego, y tan desfallecidos y estupefactos como
lo estábamos nosotros no ha mucho; pero ¿qué tiene esto de extraño, cuando hemos caído desde
tan funesta altura?”
Apenas cesó Belcebú de hablar, cuando ya el Grande Enemigo se adelantaba hacia la
orilla; llevaba echado hacia atrás su pesado escudo, de etéreo temple, macizo, ancho y redondo,
cuya vasta circunferencia pendía de sus espaldas como la luna, cuya órbita observa por la noche a
través de un cristal óptico el astrónomo toscano, desde la cumbre de Fiesole o de Valdarno, para
descubrir nuevas tierras, ríos y montañas en su manchada esfera. La lanza de Satanás, a cuyo
lado el más alto pino cortado en las montañas de Noruega para servir de mástil a algún navío
almirante no sería más que una pequeña rama, le sirve para sostener sus inseguros pasos sobre
aquel suelo ¡pasos muy diferentes de los que había dado sobre el azulado firmamento! Aquella
zona abrasada, de ígnea bóveda, le causa nuevas heridas; sin embargo, él lo soporta todo hasta
que llega a la orilla de aquel mar inflamado, donde se detiene.
Llama a sus legiones, formadas de ángeles caídos, que yacen tan amontonados como las
hojas de otoño que cubren los arroyos de Valleumbrosa, donde las umbrías etrurianas describen
elevados arcos de follaje, o como flotan los espesos juncos cuando Orión, armado de impetuosos
vientos, ha azotado las costas del mar Rojo, en cuyo mar las olas derribaron a Busiris y a la
caballería de Menfis, mientras perseguía con pérfido odio a los extranjeros de Gessen, los cuales
vieron desde más segura orilla las aljabas flotantes y las ruedas de los destrozados carros; de
igual suerte, esparcidas, abyectas, perdidas, yacían las legiones, cubriendo el lago, asombradas
del afrentoso cambio que habían experimentado.
Satanás elevó tanto la voz, que retumbó todo el ámbito del infierno:
—Príncipes, potestades, guerreros, esplendor del cielo que fue vuestro en otro tiempo y
que ahora habéis perdido: ¿es posible que semejante estupor pueda apoderarse de unos espíritus
eternos? ¿O es que habéis escogido este sitio después de las fatigas de la batalla para dar algún
reposo a vuestro extenuado valor, movidos por el deleite que experimentáis al dormir aquí como
en las llanuras del cielo? ¿Acaso habéis jurado adorar al Vencedor en esa abyecta postura? Él

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO I

contempla ahora a los querubines y serafines revolcándose en ese lago, con las armas y las
banderas destrozadas, hasta que en breve sus rápidos ministros, descubriendo su ventajosa
posición desde las puertas del cielo, bajen y nos pisoteen al vernos tan postrados o nos sepulten
con sus rayos en el fondo de este abismo. ¡Despertaos, levantaos o permaneced caídos para
siempre!
Oyéronle y, avergonzados, se levantaron sobre un ala, como los centinelas que
sorprendidos por el sueño se levantan a la voz del jefe, a quien temen, y se ponen de nuevo alerta
antes de haber disipado el sueño por completo. Y aun cuando no ignoraban aquellos espíritus el
infeliz estado a que se veían reducidos, ni dejaban de sentir sus espantosas torturas, obedecieron,
sin embargo, presurosos y unánimes, a la voz de su general.
Así como al extender su poderosa vara el hijo de Amram en un día funesto para Egipto,
describió un círculo por la costa y atrajo sobre las alas del viento de Oriente una espesa nube de
langostas, que se extendieron como el manto de la noche por el reino del impío Faraón y
anublaron todo el país del Nilo, del mismo modo la innumerable muchedumbre de aquellos
ángeles malditos cubrió la bóveda del infierno entre las llamas que por todas partes les
rodeaban, hasta que a una señal de la lanza elevada de su gran jefe, que les indicaba el curso que
debían seguir, descendieron con un movimiento uniforme sobre aquella tierra de azufre
solidificado e inundaron la llanura, formando tan inmensa multitud cual no salió jamás de las
heladas comarcas del populoso Norte para atravesar el Rhin y el Danubio, cuando sus bárbaros
hijos cayeron como un diluvio sobre el Mediodía y se extendieron más allá de Gibraltar, hasta
las arenas de la Libia.
Los jefes y guías de cada escuadrón y de cada hueste acudieron inmediatamente al sitio
donde se había detenido su general; eran semejantes a los dioses por su estatura y por sus
formas, que sobrepujaban a las de la naturaleza humana; príncipes majestuosos, potestades que
ocupaban en otro tiempo su trono en el cielo, aunque en los anales celestes no se conserva ahora
la memoria de sus nombres, borrados del libro de la Vida a consecuencia de su rebelión. Aún no
habían adquirido sus nuevos nombres entre los hijos de Eva; pero cuando, errantes sobre la
tierra para atormentar al hombre con el permiso de Dios, hubieron corrompido, a fuerza de
imposturas, a la mayor parte del género humano, persuadieron a las criaturas a que abandonasen
a Dios, su Creador, a que transformasen a menudo la gloria invisible del que los había formado
en la imagen de un bruto, a quien tributaran cultos varios y adornaran pomposamente de oro, y
a que adorasen a los demonios como a divinidades, entonces fueron conocidos por los hombres
con nombres diferentes, y bajo la forma de diversos ídolos, en el mundo pagano.
Repíteme, ¡oh Musa!, esos nombres entonces conocidos; quién fue el primero y quién el
último que despertó de su sueño en aquel lecho de fuego a la voz de su gran emperador; cuáles
fueron los jefes que, más próximos a él en dignidad, acudieron uno a uno al sitio donde se
encontraban sobre la desierta playa, mientras la confusa multitud se mantenía aún apartada.

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO I

Estos jefes fueron los que, salidos del abismo del infierno, y vagando por la tierra para
apoderarse de su presa, tuvieron mucho tiempo después la audacia de fijar su trono junto al de
Dios, sus altares al lado de su altar, dioses adorados por las naciones comarcanas; que se
atrevieron, además, a morar cerca de Jehová, cuya voz resonaba en Sión, teniendo su trono en
medio de los querubines, y hasta con frecuencia colocaron su asiento en el mismo Santuario, y
con sus abominaciones y sus malditas obras profanaron sus sagrados ritos, sus fiestas solemnes,
osando poner sus tinieblas a la luz de aquél.
Adelantóse primeramente Moloc, horrible rey, manchado con la sangre de los
sacrificios humanos y con las lágrimas de los padres y de las madres, si bien, a causa del ruido de
los tambores y timbales, apenas se oían los clamores de los hijos cuando, arrojados al fuego, se
ofrecían a aquel execrable ídolo. Los amonitas le adoraron en Rabba y en su húmeda llanura, en
Argob y en Basan, hasta las más remotas corrientes del Arnó; y no satisfecho de tan extensos
dominios, indujo, por medio de la astucia, al sabio Salomón a construirle un templo enfrente del
templo de Dios, sobre el monte del Oprobio, dedicándole como bosque sagrado el risueño valle
de Hinnom, llamado desde entonces Tofet, y la negra Gehena, verdadero tipo del infierno.
Tras Moloc siguió Camos, el obsceno terror de los hijos de Moab, que habitaban desde
Aroer hasta Nebo y hasta más allá de la parte meridional del desierto de Abarim; en Hesebom y
Heronaim, en el reino de Sión, y más allá de los florecientes valles de Sibma, tapizados de viñas,
y en Elealé hasta el lago Asfaltites. Camos se llamaba también Pehor, cuando en Sittim incitó a
los israelitas durante su marcha por el Nilo a que le hicieran lúbricas oblaciones, que tantos
males les acarrearon. Desde allí extendió sus lascivas orgías hasta el monte del Escándalo, cerca
del bosque del homicida Moloc, estando así la concupiscencia al lado del odio, hasta que el
piadoso Josías los arrojó en el infierno.
Con estas divinidades acudieron aquellas que, desde las riberas que bañan las aguas del
antiguo Éufrates hasta el torrente que separa a Egipto de la tierra de Siria, llevan los nombres
generales de Baal y Astarot, éstos tenidos por femeninos y aquéllos por masculinos, porque los
espíritus se revisten a su antojo de uno u otro sexo o de ambos a la vez; tan tenue y sencilla es su
pura esencia, que no está sujeta ni encadenada por coyunturas ni miembros, ni apoyada en la
frágil fuerza de los huesos, como la pesada carne, sino que en la forma que eligen, corta o larga,
brillante u oscura, pueden ejecutar sus resoluciones aéreas y llevar a cabo sus acciones de amor o
de odio. Por estas divinidades, los hijos de Israel abandonaron muchas veces su fuerza viva y
dejaron de frecuentar su altar legítimo, prosternándose vilmente ante los dioses animales, por
cuya razón sus cabezas, inclinadas del mismo modo en las batallas, se humillaron ante la lanza
del más despreciable enemigo.
Viose avanzar también, entre esta turba de divinidades, a Astore, llamada por los
fenicios Astarté, reina del cielo, que ostentaba por corona una media luna; las vírgenes de Sidón
rendían tributo, con sus votos y sus cánticos, a su brillante imagen, al resplandor de la luna.
También fue reverenciada en Sión, donde se elevaba su templo en el monte de la Iniquidad,

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO I

construido por aquel rey amigo de las esposas, cuyo corazón, aunque grande, seducido por bellas
idólatras, se postró ante sus infames ídolos.
Tras Astarté vino Tanmuz, cuya anual herida atrae al monte Líbano a las jóvenes sirias,
para lamentar su destino con tiernas endechas, durante todo un día de verano, mientras que el
tranquilo Adonis, escapándose de su roca nativa, hace correr hacia el mar sus ondas, que se
suponen enrojecidas con la sangre de Tanmuz, herido todos los años. Esta amorosa historia
inflamó con el mismo ardor a las hijas de Sión, cuya muelle voluptuosidad fue vista por Ezequiel
bajo el sagrado pórtico, cuando, guiado por su visión, descubrieron sus ojos las negras idolatrías
de la infiel Judá.
En pos de Tanmuz acudió el que lloró amargamente cuando el Arca cautiva mutiló su
fea imagen y cayeron rotas, hasta las puertas del mismo templo, su cabeza y sus manos, dejando
avergonzados a sus propios adoradores. Dagón es su nombre: monstruo marino; hombre por su
parte superior y pez por la inferior. Y, sin embargo, su templo, elevado con grandiosidad en
Azot, fue temido en las costas de toda la Palestina, en Gath y en Ascalón y hasta en los confines
de Gaza.
Siguió Rimnón, cuya deliciosa morada era la encantadora Damasco, sobre las fértiles
orillas del Abbana y del Farfar, límpidas corrientes. También éste se atrevió contra la casa del
Señor; una vez perdió a un leproso y conquistó a un rey, Acaz, su imbécil conquistador, a quien
indujo a despreciar el altar del Señor y a colocar en su lugar otro de forma siria, sobre el cual
Acaz quemó sus odiosas ofrendas y adoró a los mismos dioses a quienes venció.
Después de estos demonios llegó la numerosa muchedumbre de aquellos conocidos en
otro tiempo bajo diferentes nombres: Osiris, Isis, Orus y su séquito, monstruosos en sus formas
y en sus sortilegios, abusaron del fanático Egipto y de sus sacerdotes, que se hicieron
divinidades errantes, ocultas bajo formas de animales más bien que bajo formas humanas.
Israel no se libró de este contagio cuando con un oro prestado, construyó el becerro de
Oreb. El rey rebelde repitió este pecado en Betel y en Dan, asimilando a su Creador a un buey
que pace; pero Jehová, al atravesar el Egipto, exterminó en una noche a todos sus primogénitos
y a sus dioses mugidores.
Belial fue el último que apareció; desde el cielo no ha caído un espíritu más impuro ni
más groseramente inclinado al vicio por el vicio mismo. No tenía templos, ni se le ofrecieron
sacrificios en ningún altar, y, sin embargo, nadie está con más frecuencia que él en los templos y
en los altares cuando el sacerdote se vuelve ateo, como los hijos de Elí, que llenaron de
prostituciones y de violencias la casa del Señor. Reina también en los palacios, y en las cortes, y
en las ciudades disolutas, donde el ruido del escándalo, de la injuria y del ultraje se eleva sobre
las más elevadas torres; y cuando la noche oscurece las calles, entonces vagan los hijos de Belial,
llenos de insolencia y de vino; testigos de ello son las calles de Sodoma y aquella noche en que
en una puerta hospitalaria de Gaaba se expuso una matrona para evitar un rapto más odioso.

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO I

Aquellos demonios eran los primeros en categoría y en poder; en cuanto al resto, sería
prolijo enumerarlos, aunque hubo algunos entre ellos que fueron célebres en remotas comarcas:
dioses de Jonia, a quienes la posteridad de Javán consagró altares, pero reconocidos como dioses
más recientes que el Cielo y la Ti era, sus ensalzados padres. Titán, primer hijo del Cielo, con su
numerosa prole y su derecho de primogenitura usurpado por Saturno, más joven que él; Saturno,
tratado del mismo modo por Júpiter, su propio hijo e hijo de Rea, más poderoso que él; de modo
que Júpiter reinó como usurpador. Aquellos dioses conocidos desde luego en Creta y en el Ida,
luego en la nevada cumbre del frío Olimpo, gobernaron la región media del aire, que fue su más
elevado cielo, o sobre la roca de Delfos o en Dodona y en todos los límites de la tierra dórica.
Uno de ellos, con el viejo Saturno, huyó por el Atlántico hasta los campos de la Hesperie, y más
allá de la Céltica anduvo errante por las más remotas islas.
Todos estos dioses y otros muchos acudieron en tropel, y aunque con los ojos bajos y
llorosos, descubríase, sin embargo, en ellos un oscuro fulgor de gozo por haber encontrado a su
jefe no desesperado todavía, y por haberse encontrado ellos mismos, sin perderse, en la misma
perdición. Estos sentimientos se reflejaban también en el dudoso rostro de Satanás; pero
recobrando en breve su acostumbrado orgullo, reanimó poco a poco, con elevadas palabras que
tenían, no la realidad, sino la apariencia de la dignidad, su abatido valor y disipó sus temores.
Inmediatamente ordena que, al bélico clamor de los clarines y de las trompetas, se eleve
su poderoso estandarte. Azazel, gran querubín, reclama como un derecho tan preciado honor;
despliega del asta brillante la enseñanza imperial, que, adelantada, extendida y agitada al viento,
brilla como un meteoro, con las perlas y el rico brillo del oro que dibujaban en ella las armas y
los trofeos seráficos. Durante todo este tiempo, el metal sonoro dejaba escapar belicosos sonidos,
a que contestó el ejército universal con un grito que desgarró la concavidad del infierno y llevó
el espanto hasta más allá del imperio del Caos y de la vieja Noche.
En un momento, y a través de las tinieblas, se ven diez mil banderas que se elevan al
aire ostentando sus colores orientales. Con ellas se eleva también un bosque enorme de lanzas,
aparecen los cascos apiñados y los escudos se reúnen en una espesa línea de una profundidad
inconmensurable. En breve se mueven los guerreros formando una falange perfecta, a los
sonidos dóricos de las flautas y de los suaves oboes, sonidos que, en lugar de furor, inspiraban a
los antiguos héroes, armados para el combate, un valor prudente, firme, incapaz de dejarse
arrastrar, por el temor de la muerte, a una huida o a una retirada vergonzosa. Semejante
armonía no carece de poder para atemperar y apaciguar con sus religiosos acordes los
pensamientos tumultuosos, para ahuyentar la angustia, la duda, el espanto, el pesar y el
sufrimiento, de los espíritus mortales e inmortales.
Animados así por una misma fuerza, con un designio fijo, marchaban en silencio los
ángeles caídos, al sonido del dulce caramillo, hacía gratos sus dolorosos pasos sobre aquel suelo
abrasador, y cuando llegaron a ponerse al alcance de la vista se detuvieron, desplegando su
horrible frente, de una espantosa longitud, centelleante de armas: semejantes a los guerreros de

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO I

otro tiempo, alineados con escudos y lanzas, esperaban la orden que su poderoso general tuviese
a bien dictarles. Satanás clava su experta mirada en las filas armadas, y bien pronto ve, a través
de toda aquella legión, el aspecto ordenado de sus guerreros, sus rostros y sus tallas, como las de
los dioses, y finalmente, calcula su número.
Entonces se dilató su corazón lleno de orgullo, y, confiando más y más en su poder, se
glorificó, porque desde que el hombre fue creado jamás llegó a verse reunida una fuerza
semejante, en cuya comparación cualquiera otra sería tan despreciable como aquella pequeña
infantería combatida por las grullas, aun cuando se añadiera la raza gigantesca de Flegra, la raza
heroica que luchó ante Tebas e Ilión, donde por una y otra parte se mezclaban dioses auxiliares,
aun cuando se agregara lo que la novela o la fábula cuenta respecto al rujo de Utero, rodeado de
caballeros bretones y armoricanos, aun cuando se reunieran todos los que después, bautizados o
infieles, brillaron en los torneos en Aspromonte, Montauban, Damasco, Marruecos, o
Trebisonda, o los que Bizerta envió desde la playa africana cuando Carlomagno fue derrotado,
con todos sus Pares, cerca de Fuenterrabía.
Aquel ejército de espíritus, que no admitía comparación con ninguna fuerza mortal,
respetaba, sin embargo, a su temible jefe. Éste, sobrepujándolos en estatura y continente y en su
soberbio y dominador aspecto, se elevaba como una torre. Su forma no había perdido aun su
esplendor primitivo, y no parecía un arcángel caído, sino un exceso de gloria oscurecida; era
semejante al sol naciente que rodeado de espesos vapores se ve a través del aire brumoso, o
cuando, colocado tras la luna en un sombrío eclipse, esparce un crepúsculo funesto sobre la
mitad de los pueblos y atormenta a los reyes con el temor que inspiran sus revoluciones;
oscurecido de esta suerte, brilla aún el arcángel sobre todos sus compañeros.
Pero su rostro se ve surcado por las profundas cicatrices del rayo, y la inquietud está
pintada en su marchita mejilla; bajo sus cejas se retrata un valor indomable, un orgullo paciente
y una ardiente sed de venganza. Su mirada era cruel; sin embargo, se escapaban de ella señales
de remordimientos y de compasión cuando contemplaba a los que participaron o, más bien, a los
que siguieron su crimen, y que habiéndose visto en otro tiempo bien diferentes en la
bienaventuranza, estaban ahora condenados para siempre a tener su parte en el sufrimiento;
millones de espíritus, puestos por su culpa bajo la acción vengadora del cielo, lanzados lejos de
sus eternos esplendores en castigo de su rebelión, y que a pesar de haberse mancillado le
permanecían fieles. Así se ve a las encinas del bosque y a los pinos de la montaña, cuando el
fuego del cielo les ha privado de su corteza y verdor, sostener aún su tronco majestuoso, aunque
desnudo, sobre el abrasado páramo.
Satanás se prepara a hablar, por lo cual las dobles filas de los batallones forman un arco
desde una a otra ala y le rodean todos sus Pares, imponiéndoles silencio la atención. Tres veces
intenta comenzar, y otras tantas, a despecho de su orgullo, exhala un llanto como sólo pueden
derramarlo los ángeles. Por fin, entre entrecortados suspiros, pudieron abrirse paso estas
palabras:

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO I

—¡Oh, millares de espíritus inmortales! ¡Oh, potestades a quienes sólo puede igualarse
el Todopoderoso! Aquel combate no careció de gloria, por más que su resultado fuera
desastroso, como lo atestiguan esta mansión y este terrible cambio que me es odioso expresar.
Pero ¿qué facultad de espíritu, aun la más conocedora del presente y del pasado, hubiera podido
prever y temer que la fuerza unida de tantos dioses, y dioses como éstos, fuese rechazada? ¿Y
quién puede creer, aun después de tal derrota, que todas estas legiones poderosas, con cuyo
destierro ha quedado el cielo desierto, dejarán de alzarse de nuevo y de reconquistar la mansión
donde han nacido? En cuanto a mí, todo el ejército celeste es testigo de que ni por los consejos
distintos del mío, ni por los peligros que haya procurado evitar han sido destruidas nuestras
esperanzas. Pero el Monarca que reina en el cielo y había permanecido hasta entonces sentado
con seguridad, en su trono, sostenido por una antigua reputación, por el consentimiento o por la
costumbre, hacía plena ostentación ante nosotros de su fausto real; mas nos ocultaba su fuerza,
lo que nos decidió a nuestra tentativa y causó nuestra caída.
“De hoy más, ya conocemos su poder como conocemos, el nuestro, de modo que no
provoquemos ni rehuyamos con temor cualquier guerra a que se nos provoque. El mejor partido
que nos queda es el de emplear nuestras fuerzas en un secreto designio: el de obtener por medio
de la astucia y del artificio lo que la fuerza no ha alcanzado, a fin de que en adelante sepa por lo
menos que un enemigo vencido por la fuerza, sólo es vencido a medias.
“El espacio puede producir nuevos mundos: sobre este particular se decía en el cielo que
antes de mucho tenía el Todopoderoso la intención de crear y colocar en esta Creación una raza
a quien favorecería con preferencia y al igual de los hijos del cielo. Allí tendrá lugar nuestra
primera irrupción, aun cuando sólo sea con el objeto de explorar; porque este antro infernal no
retendrá nunca cautivos a los espíritus celestiales ni el abismo los envolverá por más tiempo con
sus tinieblas. Pero estos proyectos deben ser examinados en pleno consejo. No hay que esperar
ya en la paz, porque ¿quién ha de pensar en la sumisión? ¡Guerra, pues; guerra abierta u oculta
es lo que debemos resolver!”
Así dijo, y millones de querubines desenvainando sus flamígeras espadas, las agitan al
aire en muestra de aprobación: el fulgor que despedían iluminó todos los ámbitos del infierno;
los demonios lanzaron gritos de rabia contra el Altísimo, y furiosos y con sus armas empuñadas,
las chocaron contra sus sonoros escudos, produciendo un belicoso estrépito, y, enviando,
rugientes, una especie de reto a la bóveda celeste.
A corta distancia se elevaba una colina, cuya terrible cima lanzaba por intervalos fuego
y negras espirales de humo: el resto brillaba con una capa lustrosa, señal indudable de que en las
entrañas de aquella colina estaba oculta una sustancia metálica, producida por el azufre. En
aquella dirección se precipita, llevada en alas del viento, una numerosa hueste, semejante a los
exploradores de un ejército que, armados de picos y azadones, se adelantan al campo real para
atrincherar una llanura o elevar un parapeto.

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO I

Mammón los guía: Mammón, el menos elevado de los espíritus caídos del cielo, porque
en el cielo mismo sus miradas y sus pensamientos se dirigían siempre hacia abajo, admirando
más la riqueza del pavimento del cielo, donde los pies huellan el oro, que cualquier otra cosa
divina o sagrada de que allí goza la vista de los bienaventurados. Él fue el primero que enseñó a
los hombres a saquear el centro de la Tierra, como así lo hicieron, extrayendo de las entrañas de
su madre unos tesoros que valdría más quedasen ocultos para siempre. La banda de Mammón
abrió en breve una ancha herida en la montaña y extrajo de su seno grandes lingotes de oro.
Nadie debe admirarse de ver tantas riquezas encerradas en el fondo del infierno, pues,
precisamente, su suelo es el más a propósito para tan precioso veneno. Sepan los que se
vanaglorian de las cosas mortales y perecederas y que con admiración hablan de Babel y de las
obras de los reyes de Menfis, sepan ahora cuan fácilmente eclipsan estos espíritus réprobos los
más grandes monumentos humanos, famosos por la fuerza o el arte; ellos llevan a cabo en una
hora lo que los reyes apenas acaban en un siglo con trabajos incesantes e innumerables brazos.
Cerca de allí, en la llanura, una nueva banda fundía el macizo mineral con un arte
prodigioso, en muchos crisoles preparados al efecto, bajo los cuales pasa una vena de fuego
líquido que salía del lago, y separa cada especie, purificando de sus escorias al oro. Una tercera
banda forma en la tierra, con la misma prontitud, diferentes moldes, y por medio de una
sorprendente desviación, llena cada uno de aquellos profundos huecos con la materia de los
hirvientes crisoles; del mismo modo que un soplo de viento repartido entre las diferentes series
de tubos de un órgano pone en movimiento todo su armonioso juego.
De improviso, se elevó de la tierra como una exhalación un inmenso edificio a los dulces
acordes de una grata música y de plácidas voces; edificio construido como un templo, rodeado de
pilastras y de columnas dóricas sobrepuestas de un arquitrabe de oro; no faltaban allí ni cornisas,
ni frisos con admirables bajorrelieves; el techo era de oro cincelado. Ni Babilonia ni Menfis,
cuando estaban en todo su esplendor, llegaron a igualar semejante magnificencia para rendir
culto a Belo y a Serapis, sus dioses, o para entronizar a sus reyes, cuando Egipto y Asiría
rivalizaban en lujo y en riquezas.
Aquella mole ascendente se detuvo en cuanto fijó su majestuosa altura, e
inmediatamente las puertas, abriendo sus hojas de bronce, dejaron ver interiormente un
anchuroso espacio, cuyo pavimento era nivelado y terso. Del arco de la bóveda pendían con sutil
magia muchas hileras de lámparas luminosas y brillantes fanales, que, alimentados con asfalto y
nafta, producían una luz igual a la del cielo.
La presurosa multitud penetra en él llena de admiración; unos alaban la obra; otros, al
artista. La mano del arquitecto fue conocida en el cielo por la construcción de muchas y elevadas
torres, donde residían como reyes los ángeles, y disfrutaban de todos los honores de príncipes; el
Monarca supremo los elevó a tal poder, y les encargó el gobierno de las milicias celestiales
según su respectiva jerarquía.

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO I

No fue menos conocido ni careció de adoradores en Grecia el mismo arquitecto; y en la


tierra de Ausonia los hombres le llamaron Mulciber. La fábula refiere cómo fue precipitado
desde el cielo, arrojado por el irritado Júpiter por encima de sus cristalinos muros; rodando
desde la mañana hasta el mediodía, y desde el mediodía hasta la noche de un día de estío, al
ponerse el sol fue a parar desde el cenit, como una estrella caída, a Lemnos, isla de la Egea; así lo
referían los hombres, equivocadamente, porque la caída de Mulciber con esta banda rebelde,
tuvo lugar mucho tiempo antes. De nada le sirvió entonces haber elevado altas torres en el cielo;
no pudo salvarse con ayuda de artificios, pues se vio precipitado a la cabeza de su horda
industriosa para trabajar en los infiernos.
Los alados heraldos, obedeciendo la orden emanada de su poderoso soberano, anuncian
a todo el ejército con un formidable aparato y al sonido de las trompetas la convocación de un
consejo solemne que debía celebrarse inmediatamente en el Pandemónium, la gran capital de
Satanás y de sus Pares. A este consejo son llamados los más dignos en categoría y en mérito de
cada hueste y de cada legión, los cuales acuden en seguida, en grupos de cien y de mil, con su
correspondiente séquito. Todas las avenidas viéronse obstruidas, inudáronse las puertas y los
anchos vestíbulos, pero más especialmente la inmensa sala, que se asemejaba a aquellos campos
cerrados, en donde los valientes campeones solían cabalgar armados, desafiar a la flor de la
caballería pagana a un combate a muerte o correr una lanza. Aquel numeroso enjambre, que
hormiguea a la vez en la tierra y en el aire, deja oír a lo lejos una especie de silbido producido
por el movimiento de sus alas. Así como en la primavera, cuando el Sol sigue su curso por el
signo del Toro, las abejas hacen salir en grupos y en torno de las colmenas a su numerosa
progenie y revolotean aquí y allá entre el fresco rocío y las flores o se pasean sobre una tabla
unida, que forma como el antemural de su ciudadela de paja, recientemente perfumada de
aromas, discurriendo y deliberando sobre sus asuntos de Estado, del mismo modo y tan espesa
como ellas era la turba aérea que allí hormigueaba y se mantenía unida hasta el momento en que
se dio la señal convenida.
Pero, ¡oh, asombro!, los que hasta entonces parecían sobrepujar a los gigantes, hijos de
la Tierra, se apiñan ahora, más pequeños que los más diminutos enanos y en considerable
número, en un espacio estrecho; parécense a la raza de los pigmeos, que existen más allá de las
montañas de la India o más bien a las hadas reunidas en su nocturna orgía, a la orilla de un
bosque o de una fuente, que ve o sueña ver un campesino extraviado, mientras la Luna, que
distinguía antes sobre su cabeza, declina más hacia la Tierra su pálido curso; entretenidos
aquellos espíritus ligeros en sus danzas o en sus juegos, halagan con una música agradable los
oídos del campesino, cuyo corazón late a la vez de gozo y de espanto.
De esta suerte, aquellos espíritus incorpóreos redujeron a la menor proporción su
inmensa estatura y se fueron colocando, innumerables siempre, por la sala de aquella corte
infernal. Pero en un departamento retirado, conservando sus propias dimensiones, esto es,
permaneciendo como antes eran, los grandes señores seráficos y los querubines se reunieron en

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO I

secreto cónclave y mil semidioses, sentados en sillas de oro, formaron un consejo numeroso y
completo. Después de un corto silencio, y leída la convocatoria, dio principio la gran
deliberación.

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L I B RO S E G U N D O

Satanás se ocupa en el consejo de si es conveniente aventurar una nueva batalla


para recobrar el cielo. Algunos son de este parecer; otros se oponen a él.
Resuelven, por último, que, ante todo, es preciso seguir la idea de Satanás y
averiguar el sentido de la profecía o la tradición del cielo con respecto a un mundo
destinado a una especie de criaturas poco inferiores a los ángeles y que debían
crearse por aquel tiempo. El consejo se ve perplejo para determinar a quién enviará
a descubrir aquel mundo. Satanás se encarga solo de dicha empresa, obteniendo
por ello honores y aplausos. Termina el consejo, y se separan los espíritus, quienes,
para calmar sus males, y en tanto que regresa su general, se ocupan en diferentes
ejercicios. Satanás llega a las puertas del infierno, encontrándolas cerradas y
guardadas por dos monstruos horribles, que las abren después de algunas
explicaciones. El jefe de los demonios ve el abismo que existe entre el cielo y el
infierno y lo atraviesa con mucha dificultad, designándole el Caos, que impera en
aquel espacio, el camino que debe seguir hacia el mundo que busca.

E levado sobre un trono de regia magnificencia, que sobrepujaba en esplendor a las riquezas
de Ormuz y de la India o a las de las comarcas del espléndido Oriente, cuya mano pródiga
hacía llover sobre sus bárbaros reyes las perlas y el oro, vese sentado a Satanás, a quien
su mérito había hecho merecedor de tan funesta preeminencia. A pesar de que su desesperación
le había exaltado aún más de lo que podía esperar, aspiraba todavía a mayor elevación, empeñado
en alcanzar una vana gloria contra los cielos, y sin que le hubieran servido de experiencia los
sucesos pasados, su soberbia imaginación le dictó estas palabras:
—¡Potestades y dominaciones! ¡Divinidades del cielo!: ya que no hay profundidad que
pueda contener en sus abismos nuestro vigor inmortal, por más que estemos caídos y oprimidos,
no considero todavía perdido el cielo para nosotros. Después de esta humillación, las virtudes
celestiales, levantándose de su caída, se elevarán con más gloria y más formidables y en adelante
no tendrán que temer una nueva catástrofe. Un justo derecho y las leyes fijadas por el cielo me
han designado de antemano para jefe vuestro; después, vuestra libre elección me ha confirmado
en este puesto, así como también lo he adquirido con mi valor y mis consejos; nuestra desgracia,
por tanto, ha logrado hasta aquí una buena reparación, puesto que merced a ella me veo
establecido con seguridad en un trono no envidiado por nadie y cedido con pleno

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO II

consentimiento. El favor del cielo y las gracias que distribuye a sus elegidos, en diferente grado,
excitan, naturalmente entre ellos una secreta envidia; pero aquí, ¿quién ha de envidiar al que,
ocupando el puesto más elevado, se halla más expuesto a los rayos del Tonante y está condenado
por lo mismo a tener la mayor parte en nuestros interminables tormentos? Donde no hay
ningún bien que disputar, no puede originarse querella alguna entre las facciones, porque es
seguro que nadie reclamará la preeminencia en el infierno; nadie, a quien haya cabido una
pequeña parte en nuestra actual desgracia, deseará, por ambicioso que sea, una desgracia mayor.
Contando, pues, en favor nuestro con la ventaja de la unión, con esta fidelidad constante y con
esta concordia más firme que la que puede existir en el cielo, venimos a reclamar la justa
herencia que antes poseíamos, más seguros de prosperar que si la misma prosperidad nos lo
asegurara. Ahora bien: ¿qué camino es el mejor? ¿La guerra abierta o la oculta? Esto es lo que
hemos de discutir. Hable, pues, el que se considere suficientemente capaz de emitir un dictamen.
Calló Satanás, y Moloc, que estaba cerca de él con el cetro en la mano, se levantó:
Moloc, el más fuerte, el más furioso de los espíritus que combatieron en el cielo, y ahora más
furioso todavía por su desesperación.
Tenía la audaz pretensión de juzgarse igual en fuerza al Eterno, y, antes que ser menos
que él, preferiría no existir; no cuidando de su existencia, se creía libre de todo temor. No tenía
para nada en cuenta a Dios, ni al infierno, ni a otra cosa peor que el infierno, así es que, en tal
disposición, pronunció estas palabras:
—Mi dictamen está en favor de la guerra abierta; tengo muy poca experiencia en los
ardides, pero tampoco me vanaglorio de ello. Conspiren los que tengan necesidad de hacerlo,
pero cuando sea preciso, no en la ocasión presente, porque mientras ellos estén fraguando
tranquilamente sus planes, ¿han de verse millones de espíritus, que permanecen en pie y
armados y suspiran por oír la señal de marcha, languideciendo aquí, fugitivos del cielo, y
aceptando por morada esta sombría, infame y vergonzosa caverna, prisión de una tiranía que
reina por nuestra negligencia? No; antes, armados con el furor y las llamas del infierno, y,
estrechamente unidos, abrámonos un paso irresistible a través de las murallas del cielo,
transformando nuestras torturas en armas terribles para el autor de ellas. Entonces oirá el
trueno infernal, respondiendo al estridor de su rayo omnipotente, y en vez de relámpagos verá
un fuego negro mezclado de horror, lanzado con igual furor entre sus ángeles, y su mismo trono
envuelto por el azufre del Tártaro y por una llama extraña, tormentos todos inventados por él
mismo. Pero ¡quizá parezca demasiado áspero y rudo el camino para llegar con seguro vuelo
hasta un enemigo tan elevado! Los que así lo crean pueden recordar, si es que el soporífero
brebaje de este lago de olvido no les entorpece aún más, que nos elevamos por nuestro propio
impulso hacia nuestro asiento natal, y que el descenso y la caída son contrarios a nuestra esencia.
Cuando nuestro orgulloso enemigo perseguía no ha mucho a nuestra destrozada retaguardia,
insultándonos, y acosándonos a través del abismo, ¿quién de vosotros no ha experimentado con
qué violencia y con qué Trabajoso vuelo descendíamos hasta tan bajo? El ascenso, pues, es fácil.

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO II

“Se teme por el éxito, y, por lo tanto, habrá tal vez quien vacile en provocar al que es
más fuerte que nosotros, por miedo de que adopte en su cólera el peor medio que pueda
encontrar para nuestra destrucción, si es que en el infierno puede existir el temor de vernos más
destruidos. Pero ¿qué cosa habrá peor que habitar aquí, privados de la felicidad, condenados en
este abismo odioso a una eterna desgracia, en este abismo en donde los ardores de un fuego
inextinguible deben afligirnos sin esperanza de ver su fin, a nosotros, los vasallos de la cólera,
cuando el inexorable látigo y la hora de la tortura nos llamen al castigo? Ninguna fuerza creada
podría soportar tormentos mayores, que nos aniquilarían del todo, y, por consiguiente,
beberíamos expirar. ¿Qué tememos, pues? ¿Por qué hemos de titubear en excitar su mayor
enojo, que, llegado al último límite de su furor, nos consumiría, reduciendo al mismo tiempo a la
nada nuestra sustancia? ¡Mucho más dichosos podríamos entonces considerarnos que siendo,
como ahora, miserables, al par que eternos! De otra suerte, si nuestra naturaleza es realmente
divina y no puede dejar de serlo, nos vemos en la peor condición de la nada; pero tenemos la
prueba de que nuestro poder basta para turbar su cielo y para extender la alarma con nuestras
perpetuas incursiones en torno de su trono fatal, aunque inaccesible: si esto no es victoria, por lo
menos nos habremos vengado.”
Terminó su discurso, frunciendo el entrecejo y brillando en sus ojos una venganza
desesperada, una guerra peligrosa para todo lo que fuera menos que los dioses. Del lado opuesto
se levantó Belial, con su continente más gracioso y más humano.
Los cielos no han perdido criatura más hermosa: parecía haber sido creado para las
dignidades y los más grandes hechos; pero en él todo era ficción y vanidad, por más que su
lengua destilase maná y por más que hiciera pasar el peor dictamen por el mejor, embrollando y
desconcertando los planes mejor concebidos, porque sus pensamientos eran bajos; ingenioso
para el vicio, pero temeroso y lento para las acciones más nobles; sin embargo de esto, halagaba
los oídos y con un acento persuasivo, empezó de esta suerte:
—Me decidiría, ¡oh, príncipes!, por la guerra abierta, porque a nadie cedo en cuestión de
odio, si lo que se ha alegado como principal razón para resolvernos a una guerra inmediata no
fuera lo más a propósito para disuadirme de ello y no me pareciera de muy mal agüero para
cualquier éxito: el que más sobresale en hechos de armas, lleno de desconfianza en aquello que
aconseja y en lo que sobresale, funda su valor en la desesperación y en un aniquilamiento total
como el único objeto que distingue tras una cruel revancha.
“Ahora bien: ante todo, decidme: ¿qué desquite podemos tomar? Las torres del cielo
están llenas de guardias armados, que hacen imposible todo acceso. Sus legiones acampan con
frecuencia al borde del mismo abismo, y con un vuelo ligero exploran en toda su extensión los
reinos de la noche, sin temor de ser sorprendidas. Aun cuando por medio de la fuerza nos
abriéramos un camino, aun cuando todo el infierno se lanzara tras nosotros en la más negra
insurrección para oscurecer la luz más pura del cielo, nuestro gran enemigo permanecerá

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO II

incorruptible sobre su trono inmaculado, y la sustancia etérea, incapaz de mancha alguna, sabría
en breve reparar el mal que la hiciéramos y, victoriosa, purificar el cielo del fuego interior.
“Rechazados de esta suerte, nuestra última esperanza consistiría en una cobarde
desesperación.
“¿Deberemos, pues, excitar al vencedor Todopoderoso a agotar toda su rabia y a acabar
con nosotros? ¿Deberemos cifrar nuestro anhelo en dejar de existir? ¡Triste anhelo!, porque
¿quién querría perder, por más que estén llenos de dolor, esta sustancia intelectual, estos
pensamientos errantes a través de la eternidad, para perecer sepultados y perdidos en las
anchurosas entrañas de una noche increada, privados de sensación y movimiento? ¿Y quién sabe,
si, por más que esto nos conviniera, nuestro irritado enemigo puede y quiere anonadarnos? Que
lo pueda, es dudoso; que no lo querrá nunca, es seguro. ¿Consentirá, siendo tan sabio, en
renunciar a la vez a su ira, al parecer por impotencia o distracción, para conceder a sus enemigos
lo que desean y para aniquilar en su cólera a los que su cólera salva con objeto de castigarlos sin
tregua?
“¿Quién nos detiene?, dicen los que aconsejan la guerra. Estamos juzgados, reservados
y destinados a una desgracia eterna. Por más que hagamos, ¿qué más podemos sufrir, qué
sufrimiento será peor que éste?
“¿Es, acaso, la peor de las condiciones estar sentados como estamos, deliberando y
armados? ¡Ah!, cuando huíamos con todo nuestro vigor, perseguidos y abrasados por el aflictivo
rayo del cielo, y cuando suplicábamos al abismo que nos diese un abrigo, este infierno nos
parecía un refugio contra nuestras heridas, y cuando nos vimos encadenados en ese lago
ardiente, ¿no era mucho peor nuestro estado? ¿Qué sucedería si despertase de nuevo el hálito
que encendió esas pálidas llamas, y comunicándolas una séptuple rabia, nos arrojara de nuevo en
ellas, o si allá arriba, la interrumpida venganza armara de nuevo su encendida diestra con los
rayos que nos han causado tan profundas heridas? ¿Qué sería de nosotros si todos los tesoros de
su cólera se abrieran y si el firmamento que cubre el infierno derramara sus cataratas de fuego;
horrores suspendidos sobre nuestras cabezas, que nos amenazan con caer un día sobre nosotros?
Mientras que proyectamos o aconsejamos una guerra gloriosa, arrastrados quizá por una
ardiente tempestad, cada uno de nosotros se verá arrojado e incrustado sobre una roca, siendo
juguete y presa de desgarradores torbellinos, o sepultado para siempre y encadenado en ese
océano hiriente. Una vez allí conversaremos con nuestros eternos suspiros, sin reposo, sin
misericordia, sin descanso, durante siglos, cuyo fin no podemos esperar; nuestra condición
entonces sería peor.
“Mi voz os disuadirá de una guerra abierta, lo mismo que de una encuita, porque, ¿qué
pueden contra Dios la fuerza o la astucia, o quién puede engañar el espíritu de Aquél cuyos ojos
lo abarcan todo con una sola mirada? Desde la altura de los cielos, nos ve y se ríe de nuestras

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO II

vanas deliberaciones, no menos omnipotente para resistir a nuestras fuerzas que hábil para
burlar nuestras astucias y complots.
“Pero ¿hemos de vivir envilecidos de esta suerte? ¿La raza del cielo permanecerá
hollada de este modo, desterrada, condenada a soportar aquí estas cadenas y estos tormentos?...
Según mi parecer, esto es preferible a cualquier otra cosa peor, puesto que nos vemos
subyugados, por el inexorable hado y sus omnipotentes decretos, a la voluntad del vencedor.
Nuestra fuerza es igual, tanto para sufrir como para obrar: la ley que así lo ha ordenado no es
injusta; así debíamos haberlo comprendido, desde el principio, si, al combatir contra tan gran
enemigo y cuando lo que había de suceder era dudoso, hubiéramos obrado con prudencia.
“Yo me río cuando aquellos que son atrevidos y hábiles en el manejo de la lanza, se
abaten al faltarles ésta, y temen soportar lo que demasiado deben haber previsto; esto es, el
destierro, o la ignominia, o las cadenas, o los castigos a que, en uso de su derecho, les condena el
vencedor.
“Tal es en la actualidad nuestra suerte, y si podemos someternos a ella y soportarla,
nuestro Supremo Enemigo podrá, con el tiempo, mitigar su cólera, y, quizá, estando tan lejos de
su presencia, y no ofendiéndole más, no pensará en nosotros, satisfecho con el castigo que hemos
experimentado. Entonces, se templará ese fuego abrasador, si su aliento no aviva la llama, y
nuestra sustancia, purificada ya, soportará ese vapor insoportable, o acostumbrada a él, no lo
percibirá; o más bien, alterada con el tiempo y amoldándose a estos sitios en temperamento y en
naturaleza, se familiarizará con ese punzante ardor que carecerá de pena; el horror se convertirá
en dulzura, y la oscuridad en luz. Debemos esperar, además, en lo que el infinito vuelo de los
días venideros puede traernos y fijar nuestra atención en los cambios y las probabilidades que
sobrevengan, ya que nuestra suerte actual puede pasar por dichosa, aunque sea mala, y que de
mala no llegará a ser peor, si nosotros mismos no nos procuramos mayores desgracias.”
De este modo aconseja Belial, con palabras disfrazadas bajo el manto de la razón, un
innoble reposo, una bajeza indigna, pero no la paz. Después de él, Mammón dijo:
—Hacemos la guerra, si la guerra es el mejor partido, o para destronar al Rey del cielo,
o para reconquistar nuestros derechos perdidos. Podemos alimentar la esperanza de destronar al
Rey del cielo, cuando el Destino, de eterna duración, ceda su puesto al inconstante Acaso, y
cuando el Caos dirima la contienda. En vano es que esperemos el primer caso, prueba de que el
segundo es también vano; porque, ¿existe acaso para nosotros un puesto en toda la extensión del
cielo, a menos que subyuguemos a su Monarca supremo? Supongamos que se apiade de
nosotros, que nos perdone bajo la promesa de una nueva sumisión: ¿con qué rostro podríamos
permanecer humillados en su presencia, recibir la orden, estrictamente impuesta, de glorificar su
trono, murmurando himnos, cantando a su divinidad aleluyas forzados, mientras él ocupe
imperiosamente su trono envidiado, y mientras su altar exhale perfumes de ambrosía y de flores
de ambrosía, serviles ofrendas nuestras? Ésa será nuestra misión en el cielo, ésas nuestras

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO II

delicias. ¡Oh, cuan enojosa debe ser una eternidad empleada en ofrecer adoraciones a quien se
odia!”
No intentamos alcanzar por medio de la fuerza lo que, aun obtenido por el
consentimiento, sería inaceptable, hasta en el cielo: el honor de un espléndido vasallaje.
Busquemos con preferencia nuestro bien en nosotros mismos y vivamos en este vasto retiro para
nosotros mismos, libres, sin tener que dar cuenta a nadie de nuestras acciones, prefiriendo una
dura libertad al ligero yugo de una pompa servil. Entonces se echará más de ver nuestra
grandeza, cuando hagamos salir lo útil de lo nocivo, un estado próspero de una fortuna adversa;
cuando, doquiera que sea, luchemos con el mal y consigamos nuestro bienestar por medio del
trabajo y de la paciencia.
“¿Temeremos por ventura ese mundo profundo de oscuridad? ¡Cuántas veces se ha
complacido el Soberano Señor del cielo en residir entre negras y densas nubes sin oscurecer su
gloria, en rodear su trono con la majestad de las tinieblas, donde rugen los profundos truenos
con reconcentrada rabia, de tal modo que el cielo entonces se asemeja al infierno! Así como imita
nuestra noche, ¿no podemos nosotros imitar su luz cuando nos plazca? Este desierto suelo no
carece de tesoros ocultos, de oro y de diamantes; no carecemos tampoco de habilidad o de arte
para utilizarnos de su magnificencia; ¿qué más puede ofrecernos el cielo? Nuestros suplicios, por
el transcurso de los tiempos, pueden llegar a ser nuestro elemento; estas ardientes llamas
parecemos tan benignas como crueles hoy; nuestra naturaleza puede convertirse en la suya, lo
cual debe, necesariamente, alejar de nosotros el sentimiento del dolor. Todo nos invita, pues, a
que adoptemos una resolución pacífica y a que establezcamos un orden duradero; examinemos
con detenimiento cómo podemos dulcificar mejor maestros males presentes, atendido lo que
somos y el sitio en que nos encontramos, renunciando enteramente a toda idea de guerra. Este
es mi parecer.”
Apenas había cesado de hablar, cuando se elevó un murmullo en la asamblea, semejante
al que se oye cuando las concavidades de las rocas retienen el mugido de los vientos
tumultuosos, que, después de haber agitado el mar durante la noche, adormecen con su ronca
cadencia a los marineros extenuados de fatiga, cuya barca ha podido, afortunadamente, echar el
ancla después de la tempestad en una barra llena de escollos; del mismo modo resonaron los
aplausos cuando Mammón acabó su discurso, que aconsejaba una resolución agradable y
pacífica, porque los espíritus rebeldes temían más encontrarse otra vez en el campo de batalla
que en el infierno; tanto era el miedo que les infundía el rayo y la espada de Miguel. Además,
deseaban fundar aquel imperio inferior, que podría ser con la política y el largo transcurso del
tiempo rival del Imperio del cielo.
Cuando Belcebú advirtió esta disposición (nadie, excepto Satanás, ocupa una categoría
tan elevada como él), se levantó con grave ademán, y al levantarse parecía una columna del
Estado. Los cuidados públicos y la reflexión se veían profundamente grabados en su frente; y en
sus facciones majestuosas, aunque desfiguradas, se leían las sabias decisiones de un rey.

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO II

Arrogante y severo, mostraba sus hombros de Atlas, capaces de soportar el peso de las más
poderosas monarquías. Su mirada domina al auditorio, y mientras habla permanece todo él tan
tranquilo y silencioso como la noche o como el aire del mediodía en la calurosa estación.
—Tronos y potestades imperiales, hijos del cielo, virtudes etéreas ¿debemos renunciar a
nuestros títulos y, cambiando de estilo, llamarnos príncipes del infierno? Sin duda habrá de ser
así, pues según veo, el voto popular se inclina a permanecer aquí y fundar en este sitio un
imperio creciente; pero mientras incurrimos en tal error, ¿sabemos por ventura si el Rey del
cielo nos ha designado este lugar, este calabozo, no como un retiro seguro, fuera del alcance de
su brazo poderoso, para vivir en él exentos de la alta jurisdicción del cielo, en nueva liga
formada contra su trono, sino para permanecer en la más dura esclavitud, aunque apartados de
Él, y bajo el yugo ineludible reservado a esta cautiva multitud? En cuanto a Él, tened por cierto
que, tanto en la altura de los cielos como en la profundidad del abismo, reinará el primero y el
último, como único Rey, no habiendo perdido por nuestra rebelión la más mínima parte de su
majestad soberana. Extenderá aún más su Imperio sobre el infierno, y nos gobernará aquí con
un cetro de hierro, como gobierna a los habitantes del cielo con un cetro de oro.
“¿A qué viene, pues, permanecer aquí deliberando sobre la paz o la guerra? Nos
determinamos por ésta, y hemos sido destrozados con una pérdida irreparable. Nadie ha pedido
o implorado aún condiciones de paz, porque ¿cuál sería la que se concediese a esclavos como
nosotros, sino duros calabozos, y golpes, y castigos arbitrariamente impuestos? ¿Y qué paz
podemos dar a cambio sino la que de nosotros debe esperarse, es decir: hostilidades y odio,
repugnancia invencible, y venganza, aunque tardía, conspirando siempre para buscar los medios
de impedir que el Conquistador se aproveche de su conquista y pueda recrearse en los tormentos
que sufrimos y sentimos más? No nos faltará la ocasión; no tendremos necesidad de emprender
una expedición peligrosa para invadir el cielo, cuyas altas murallas no temen sitios ni asaltos, ni
las emboscadas del infierno.
“¿No nos sería posible encontrar otro medio más fácil? Si la antigua y profética
tradición del cielo no es falsa, existe una región, un mundo, morada dichosa de una nueva
criatura llamada Hombre. En estos tiempos, a poca diferencia, ha debido ser creada semejante a
nosotros, aunque inferior en poderío y en excelencia, pero más favorecida por aquel que lo dirige
todo allá arriba. Tal ha sido la voluntad del Todopoderoso declarada ante los dioses, y
confirmada por un juramento que conmovió la vasta extensión del cielo. Hacia ese sitio deben
dirigirse todos nuestros pensamientos, a fin de saber qué criaturas habitan aquel mundo; qué
forma y qué sustancia son las suyas; cuál es su poder y su debilidad, y si deberemos atacarlas
más bien por la astucia que por la fuerza. Aunque el cielo esté cerrado para nosotros, y su
soberano Arbitro resida en él con seguridad, confiado en sus propias fuerzas, la nueva morada
puede estar abierta en los confines más remotos del reino de ese Monarca y abandonada a la
defensa de los que la habitan; allí podríamos quizá llevar a cabo alguna aventura provechosa por
medio de un imprevisto ataque, ya devastando con el fuego del infierno su creación entera, ya

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apoderándoos de ella como de nuestro propio bien, y arrojando, del mismo modo que hemos sido
arrojados, a sus débiles posesores, o si no los arrojamos, podremos atraerlos a nuestro partido,
de modo que su Dios se convierta en su enemigo, y con mano arrepentida destruya su propia
obra. Esto sería mucho mejor que una venganza ordinaria, porque acibararía el placer que
nuestra confusión causa al vencedor: de su turbación nacería nuestro gozo, cuando viera que sus
hijos queridos, precipitados en este sitio para sufrir con nosotros, maldecirían su frágil ser y su
dicha, tan pronto marchita. Reflexionad si este proyecto vale la pena de intentarse, o si debemos
más bien permanecer aquí rodeados de tinieblas, pensando en fundar vanos imperios.”
Tal fue el diabólico consejo que dio Belcebú, consejo imaginado de antemano y
propuesto en parte por Satanás. Porque ¿de quién sino del autor de todo mal, podía proceder la
perversa idea de herir en su raíz a la raza humana, de mezclar y confundir a la Tierra con el
infierno, y todo esto sólo para contristar al Creador? Pero la malicia infernal no servirá más que
para aumentar su gloria. Tan atrevido proyecto agradó sobremanera a aquellas potestades
infernales, y el gozo brilló en todos los ojos; por consiguiente, la aprobación fue unánime.
Belcebú tomó de nuevo la palabra:
—¡Habéis discutido y terminado bien este largo debate, sínodo de los dioses! Habéis
resuelto una cosa tan grande como vosotros mismos, una cosa que, desde lo más profundo del
abismo, nos elevará de nuevo, a despecho de la suerte, a nuestra antigua morada. Quizás a la
vista de aquellas fronteras brillantes, con nuestras armas preparadas y una incursión oportuna,
tengamos probabilidades de entrar en el cielo, o por lo menos de habitar con seguridad en una
zona templada, sin dejar de ser visitados por la hermosa luz del día: el brillante rayo del
esplendoroso Oriente nos librará de esta oscuridad, y exhalará su balsámico aliento el aura dulce
y deliciosa para curar las heridas que nos causa este fuego corrosivo.
“Pero, ante todo, ¿a quién juzgaremos capaz de semejante empresa? ¿Quién sondeará
con paso vacilante el abismo sombrío, infinito, sin fondo, y encontrará un camino salvaje a través
de la palpable oscuridad? O ¿quién desplegará su aéreo vuelo, sostenido por infatigables alas,
sobre el precipicio vacío e inmenso, antes de llegar a la dichosa isla? ¿Qué fuerza, qué arte
pueden bastarle entonces? ¿Qué secreta evasión le hará pasar con seguridad a través de los
apiñados centinelas y las infinitas avanzadas de ángeles vigilantes en derredor? Preciso le será
entonces valerse de toda su prudencia, y preciso nos será a nosotros, en esta ocasión, obrar con
todo discernimiento al emitir nuestros sufragios, porque todo el peso de nuestra última
esperanza descansará sobre el que enviemos.”
Dicho esto se sentó, y la expectación mantuvo en suspenso su mirada, aguardando que
se presentara alguno para secundar, combatir o emprender la peligrosa aventura; pero todos
permanecieron sentados y mudos, pensando profundamente en su imaginación los riesgos que se
correrían y leyendo cada cual, con asombro, su propio desaliento en el aspecto de los demás.
Entre los más escogidos campeones que combatieron contra el cielo, no se pudo encontrar uno
solo bastante atrevido para reclamar o aceptar para sí solo tan terrible expedición, hasta que, por

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último, Satanás, a quien una gloria trascendental coloca ahora muy por encima de sus demás
compañeros, con un orgullo regio y lleno de la conciencia de su elevado mérito, habló, sin
inmutarse, de esta suerte:
—¡Oh, progenie del cielo, tronos empíreos! Con razón hemos quedado silenciosos y
mudos de asombro, aunque no intimidados. El camino que desde el infierno conduce a la luz es
largo y escabroso; nuestra prisión es fuerte; esta enorme bóveda de fuego, violento y cevorador,
nos rodea nueve veces, y las puertas, de encendido diamante, reforzadas contra nosotros, nos
prohiben toda salida. Una vez atravesados sus umbrales, si hay alguien que pueda atravesarlos,
el vacío profundo de una noche informe le recibe en sus entreabiertas fauces y amenaza con la
total destrucción de su ser al que se sumerja en aquel horroroso antro. Si desde allí el explorador
logra escapar a un mundo cualquiera, o a una región desconocida, ¿qué le queda sino peligros
desconocidos o una evasión difícil? Pero no merecería yo el honor de sentarme en este trono, ¡oh
Pares!; sería indigno de esta soberanía imperial, rodeada de esplendor y armada de tal poder, si
la dificultad o el peligro que ofrezca una cosa propuesta y calificara de utilidad pública pudiera
disuadirme de emprenderla. Puesto que asumo en mí las dignididas regias y no me niego a
reinar, tampoco debo negarme a aceptar una parte tan grande de peligros como de honores,
parte igualmente debida al que reina, y que se le debe tanto más cuanto más elevado es el lugar
que ocupa entre todos.
“Id, pues, tronos poderosos, que, aunque caídos, sois todavía el terror del cielo; id a
inquirir lo que en nuestra morada (en tanto que este lugar lo sea) mejor puede aliviar la miseria
presente, y hacer más soportable el infierno, si es que existe algún medio o algún encanto para
suspender, desviar o calmar los tormentos de esta horrible mansión. No ceséis en vuestra
vigilancia contra un enemigo que vela, en tanto que, recorriendo yo las apartadas playas de la
negra desolación, busco la libertad de todos. Nadie tomará parte conmigo de esta empresa.”
Al decir estas palabras, el monarca se levantó, previniendo así toda respuesta; en su
sagacidad, teme que los demás jefes, animados ron su resolución, vengan ahora a ofrecer
(seguros de una negativa) lo que antes les había inspirado temor, pues de esta suerte podrían
legar a ser sus rivales en la opinión, comprando a bajo precio la gloria que él debía conquistar a
costa de inmensos peligros.
Pero los espíritus rebeldes temían tanto aquella aventura como la voz que prohibía
tomar parte en ella, y dejaron su asiento al mismo tiempo que Satanás; el ruido que produjeron
al levantarse todos a la vez fue, como el del trueno, percibido desde lejos. Se inclinaron ante su
general con una veneración respetuosa y le ensalzaron como a un dios igual al Altísimo, que es
el más elevado del cielo. No dejaron de expresar, por medio de sus alabanzas, cuánto apreciaban
al que, por la salud general, despreciaba la suya, porque los espíritus réprobos no pierden toda su
virtud, como los malvados que se envanecen en la Tierra, de aquellas acciones especiosas que
excitan a una vanagloria o que una secreta ambición entre con cierto barniz de celo.

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De esta suerte terminaron las sombrías y dudosas deliberaciones de los demonios, que
se regocijaban al tener tan incomparable jefe; del mismo modo, cuando al esparcirse las nubes
tenebrosas desde la cumbre de las montañas, mientras el alquilón duerme, y después de cubrir la
risueña faz del cielo, derraman sobre el oscurecido paisaje la nieve o la lluvia, si por casualidad el
sol brillante, antes de ocultarse, prolonga uno de los rayos de la tarde, las campiñas reviven, las
aves renuevan sus cantos y las ovejas, con sus balidos demuestran su alegría, que resuena en las
colinas y en los valles. ¡Vergüenza para los hombres! El demonio se unió al demonio condenado
en una firme concordia, y los hombres, únicas criaturas racionales de todas las creadas, no
pueden entenderse, a pesar de esperar en la gracia divina, a pesar de que Dios proclama la paz,
viven alimentando entre ellos el odio, la enemistad y las querellas; se declaran guerras crueles y
devastan la Tierra para destruirse unos a otros, como si (lo que debería establecer entre
nosotros la concordia) el hombre no tuviera bastantes enemigos infernales que velan noche y día
por su destrucción.
Disuelto aquel consejo estigiano, los poderosos próceres infernales salieron en buen
orden: en medio de ellos iba su gran soberano, que parecía, por su aspecto, el único antagonista
del cielo, no menos que el emperador formidable del infierno; en torno suyo, y con una pompa
suprema y una majestad e imitación de la de Dios, le encierra un globo de ardientes querubines,
con blasonados estandartes y terribles armas. Entonces mándase proclamar al sonido de las
trompetas reales el gran resultado de la sesión que acaba de terminar, y cuatro rápidos
querubines, aplicando a su boca el sonoro metal, dirigen a los cuatro vientos sus sonidos, que
explica la voz de un heraldo; el profundo abismo los oye hasta una gran distancia, y todas las
huestes del infierno contestan con atronadores gritos y grandes aclamaciones.
Más tranquilizados ya los espíritus, y reanimados en parte por una falsa y presuntuosa
esperanza, disuélvense los formados batallones; cada demonio toma a la ventura diferente
camino, según que por él le conduce la incertidumbre o una triste elección, dirigiéndose donde
con más verosimilitud cree poder dar tregua a sus agitados pensamientos y pasar las enojosas
horas hasta la vuelta del gran jefe.
Unos, corriendo en rápida carrera por la llanura o elevándose por los aires con raudo
vuelo, luchan como en los juegos olímpicos o en los campos píticos; otros refrenan sus corceles
ardientes, o evitan las metas con sus ruedas rápidas, o alinean el frente de los escuadrones; del
mismo modo suele representar el cielo en las turbadas nubes, para aviso de las ciudades
orgullosas, la imagen de la guerra, figurando ejércitos que se precipitan unos contra otros; los
caballeros aéreos de cada vanguardia avanzan lanza en ristre, hasta confundirse las espesas
legiones, mientras que de un extremo a otro del Empíreo, vese ardiendo el firmamento con estos
hechos de armas.
Otros espíritus más crueles, con una inmensa rabia, propia de Tifeo, arrancan colinas y
peñascos y se lanzan en torbellinos por el arre; el infierno apenas puede contener tan horrible
tumulto. Del mismo modo, Alcides, al volver de Escalia, coronado por la victoria, y al sentir el

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efecto de la envenenada túnica, arrancó en su dolor los pinos de la Tesalia y arrojó a Licas en el
mar de Eubea desde la nombre del Eta.
Otros espíritus más tranquilos, retirados a un valle silencioso, y acompañándose de
arpas que producen angelicales sonidos, cantan sus propios combates heroicos y la desgracia de
su caída debida a la suerte de las batallas, quejándose de que el Destino someta el valor
independiente a la fuerza o la Fortuna. Su concierto era parcial; pero la armonía (¿podía operar
distinto efecto siendo espíritus inmortales es que cantaban?) tenía arrobado al infierno y en
suspenso el ánimo de aquella agitada multitud.
Con discursos más suaves todavía (porque la elocuencia encanta al alma, así como la
música a los sentidos), otros, sentados aparte en una montaña, emitían pensamientos más
elevados acerca de la Providencia, la presciencia, la voluntad y el Destino; del Destino
inmutable, de la voluntad libre, de la presciencia absoluta, sin poder hallar solución a estas
cuestiones, en cuyos tortuosos laberintos se perdían. Sus principales argumentos se fijan en el
mal y en el bien, en la felicidad y la miseria final, en la pasión y en la apatía, en la gloria y la
infamia: ¡vano saber!, ¡falsa filosofía!, la cual, sin embargo, puede calmar un tanto con su
agradable prestigio, su dolor o su angustia, excitar su falaz esperanza o armar su endurecido
corazón de una paciencia tan tenaz y resistente como un tripe acero.
Otros formando escuadrones y numerosas compañías, procuran descubrir, por medio de
atrevidas exploraciones, si en lo más apartado de aquel mundo siniestro existe alguna comarca
que pueda ofrecerles una morada más soportable; dirigen su alada marcha por cuatro caminos a
lo largo de las orillas de los ríos infernales, que sepultan sus lúgubres ondas en el lago ardiente:
el detestable Stix, río del odio mortal; el triste Aqueronte, profundo y negro río del dolor; el
Cocito, llamado así por los grandes lamentos que se oyen en su contristada onda; el ardiente
Flegetón, cuyas olas se inflaman con rabia como un torrente de fuego.
Lejos de estos ríos, una larga y silenciosa corriente, la del Leteo, río del olvido,
desarrolla su húmedo laberinto. Quien bebe de su agua olvida inmediatamente su primitivo
estado y su existencia; olvida a la vez el gozo y el dolor, el placer y la pena.
Más allá del Leteo, se extiende, sombrío y salvaje, un continente helado combatido por
tempestades perpetuas, por huracanes y por un espantoso granizo que no se derrite en la tierra
firme, sino que se aglomera en montones, semejantes a las ruinas de un antiguo edificio. En todo
su alrededor no se ve más que nieve espesa y hielo, abismo profundo, parecido a las lagunas de
Serboniam, que hay entre Damieta y el viejo monte Casio, donde fueron sepultados ejércitos
enteros. Un aire seco, aunque helado, abrasa, y el frío produce el mismo efecto que el fuego.
Todos los ángeles malditos son conducidos allí, arrastrados en ciertas épocas por las
furias de garras de arpía, y allí sufren alternativamente la brusca y amarga transición de tan
crueles extremos, que hace más crueles este mismo cambio. Transportados desde un lecho de
fuego abrasador al hielo donde se extingue su dulce calor etéreo, permanecen algún tiempo

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transidos e inmóviles, fijos y yertos, y desde allí vuelven a ser arrojados al fuego. Atraviesan en
una barca el estrecho del Leteo al ir y al venir; su suplicio aumenta por lo mismo; desean y se
esfuerzan por alcanzar, cuando pasan, el agua tentadora; quisieran, con una sola gota, perder en
un grato olvido sus padecimientos y sus desgracias, ¡todo en un momento y tan cerca de la
corriente! Pero el Destino los aparta de ella, y para oponerse a su intento, Medusa, con el
aspecto terrorífico de una Gorgona, guarda el vado, y el agua huye por sí misma del paladar de
toda criatura viviente, como huía de los labios de Tántalo.
Errantes y abandonadas de esta suerte en su tumultuosa marcha, las hordas
aventureras, pálidas y temblorosas de horror, y con los ojos extraviados, contemplan por vez
primera su lamentable destino, y no encuentran un momento de reposo; atraviesan numerosos
valles umbríos y desiertos, muchas regiones dolorosas, muchos Alpes de velo y muchos Alpes de
fuego: rocas, grutas, lagos, pantanos, cuevas, antros y sombras de muerte; universo de muerte,
que Dios, en su maldición, creó malo, y bueno únicamente para el mal; universo donde toda vida
muere y donde toda muerte vive; en donde la Naturaleza perversa engendra cosas monstruosas,
cosas abominables, prodigiosas, inexplicables; peores aún que las inventadas por la fábula o
concebidas por el terror: Gorgonas, Hidras y Quimeras espantosas.
Entretanto, Satanás, el adverso de Dios y del hombre, con la imaginación exaltada por
los designios más elevados, apresta sus alas rápidas y, dirigiéndose hacia las puertas del infierno,
explora su ira solitaria: unas veces recorre la costa hacia la derecha, otras hacia la izquierda; tan
pronto roza con sus alas niveladas la superficie del abismo, como remontándose al punto más
elevado dirige su impulso hacia la ardiente bóveda. Corno cuando en el mar se descubre a lo
lejos una flota que parece suspendida en las nubes e impelida por los vientos del equinoccio,
dirige su rumbo hacia Bengala o hacia las islas de Témate y Tidor, de donde los negociantes
traen las drogas recorriendo éstos las aguas protectoras del comercio a través del vasto océano
de Etiopía hasta El Cabo, navegan hacia el polo, a pesar de las mareas o de la noche; tal parecía a
lo lejos el vuelo del enemigo alado.
Alcanza, por fin, los límites del infierno, que se elevan hasta la horrible bóveda y
aparecen sus tres veces triples puertas, formadas por tres hojas de bronce, tres de acero y otras
tres de diamantina roca, impenetrables y resguardadas por una llama que gira en torno suyo y
no se consume nunca.
A uno y otro lado de ambas puertas están sentadas dos formidables figuras: la una se
parece, hasta la cintura, a una mujer joven y hermosa; pero su cuerpo termina de un modo
repugnante en forma de cola de serpiente, armada de un aguijón mortífero y cubierta de pliegues
escamosos, voluminosos y extensos. Rodeaba su cintura una trailla de perros infernales, que no
cesaban de ladrar con sus anchas fauces de Cerbero, produciendo un horrible alboroto. Cuando
alguna cosa llegaba a turbar el ruido de aquellos canes, podían a su antojo entrar de nuevo, y,
arrastrándose, en las entrañas del monstruo establecer allí su perrera; pero aun allí continuaban
ladrando y aullando sin ser vistos. Menos odiosos que éstos eran los perros que atormentaban a

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Escila cuando se bañaba en el mar que separa la Cantabria de la mugiente costa de Trinacria; un
séquito menos repugnante acompaña a la Maga nocturna, cuando, llamada en secreto, acude
cabalgando por el aire, atraída por el olor de la sangre de un niño, a bailar con las brujas de la
Laponia, mientras la Luna se eclipsa penosamente por la fuerza de sus encantos.
La otra figura, si es que así puede llamarse a una mezcla confusa de miembros,
coyunturas y articulaciones, o si puede llamarse sustancia a lo que parecía una sombra (porque
cada una de ellas se asemejaba a lo uno y a lo otro); la otra figura era negra, como la noche, feroz
como diez furias; terrible como el infierno; blandía un espantoso dardo, y llevaba en su cabeza
una cosa que tenía la apariencia de corona real.
Aproximábase ya Satanás, cuando el monstruo, levantándose de su sitio, salió a su
encuentro, dando descomunales pasos, que hicieron estremecer al infierno. El indomable
enemigo contempló con asombro lo que podía ser aquello; pero, aunque se admiraba, no temía,
pues, excepto a Dios y a su Hijo, ni ama ni teme a cosa alguna creada, y con una mirada
desdeñosa, tomó el primero la palabra, diciendo:
—¿De dónde sales y quién eres, forma execrable, que, aunque disforme y terrible, te
atreves a atravesar en mi camino y en estas puertas tu hedionda presencia? Intento pasarlas, y
ten por seguro que lo haré sin pedirte permiso. Retírate, o pagarás cara tu locura; como ruja del
infierno, debes saber por experiencia que no se puede contrariar a los espíritus del cielo.
A lo cual respondió el espectro, lleno de cólera:
—¿Eres tú ese ángel traidor, el ángel que fue el primero en alterar la paz y la fe del
cielo, no turbadas hasta entonces; el que empuñando las armas y en orgullosa rebelión, arrastró
consigo a la tercera parte de los hijos del cielo, conjurados contra el Todopoderoso, por cuyo
hecho, lanzados ellos y tú del lado de Dios, os veis condenados a pasar eternos días entre
tormentos y miseria? ¡Y te cuentas entre los espiritas del cielo, cuando eres la presa del infierno!
¿Y prorrumpes en bravatas y desdenes, aquí donde soy yo el soberano, y, lo que debe aumentar
tu rabia, donde soy tu señor y tu rey? ¡Atrás! ¡Vuelve a tu suplicio, falaz fugitivo! Añade alas a tu
velocidad, si no quieres que con un azote de escorpiones acelere tu lentitud, o con un solo golpe
de este dardo te haga sentir un extraño horror y angustias que aún no has sufrido.
Así dijo el pálido Terror, y mientras de esta suerte hablaba y amenazaba así, su aspecto
se volvió diez veces más deforme y terrible. Satanás, por su parte, ardiente en cólera, le
escuchaba impávido, semejante a un encendido cometa que inflama el espacio ocupado por el
enorme Ofiucos en el Polo Ártico, y que desprende de su cabellera horrible la peste y la guerra.
Los dos adversarios amenazan con descargar sobre sus respectivas cabezas un golpe mortal, no
creyendo que sus fatales manos tengan necesidad de secundarlo, y cambian entre sí espantosas
miradas, como cuando dos negras nubes, conductoras de la artillería celestial, se adelantan
mugiendo sobre el mar Caspio, y se detienen un momento suspendidas frente a frente hasta que
el viento, con su soplo, les da la señal de su negro encuentro en medio de los aires. Los

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poderosos campeones se miran con ojos tan sombríos, que el infierno se vuelve cada vez más
oscuro ante el fruncimiento de su entrecejo. ¡Tan semejantes eran ambos rivales! Jamás debían
encontrar una y otro excepto una sola vez, a otro enemigo tan grande como ellos. En esta
ocasión habrían llevado a cabo hechos terribles, que hubieran resonado en el infierno, si la
hechicera de cola de serpiente, que estaba sentada cerca de la puerta infernal, y que guardaba su
fatal llave, levantándose al mismo tiempo que exhalaba un espantoso grito, no se hubiese
lanzado entre los combatientes.
—¡Oh, padre! ¿Qué intenta tu mano contra tu único hijo? ¿Qué furor, ¡oh, hijo!, te
arrastra a volver tu dardo cruel contra la cabeza de tu padre? ¿Y sabes por quién? Por Aquél que
está sentado allá arriba y que se ríe de ti; por Aquél de quien eres esclavo, destinado a ejecutar lo
que te ordene su cólera, a la que llama justicia; su cólera, que un día os destruirá a los dos.
Dijo, y a estas palabras se detuvo el pestífero fantasma infernal. Satanás respondió
entonces de esta manera:
—Tu inusitado grito y tus palabras no menos inusitadas nos han separado de tal modo,
que mi mano, detenida de improviso, consiente en no decirte, por ahora, con sus hechos cuáles
son sus intentos. Pero, ante todo, quiero saber quién eres, tú que te ocultas bajo esa doble figura,
y por qué encontrándome por primera vez en este valle del infierno, me llamas tu padre, y a ese
espectro mi hijo. No te conozco ni hasta ahora he visto objetos más detestables que él y tú.
La portera del infierno le replicó:
—¿Por ventura me has olvidado, y tan horrible parezco a tus ojos, cuando en otro
tiempo me consideraban tan hermosa en el cielo? Recuerda que en medio de la asamblea de los
serafines, que contigo formaron parte de la atrevida conspiración contra el Rey del cielo, te viste
de improviso acometido de un dolor cruel; tus ojos, esclarecidos y extraviados, erraron en las
tinieblas, mientras que tu cabeza lanzaba llamaradas densas y rápidas, hendiéndose
extensamente por el lado izquierdo; entonces salí yo de ella como diosa armada, semejante a ti
en la forma y en lo brillante de tu aspecto, resplandeciente aun en aquel tiempo de divina belleza.
El asombro se apoderó de todos los guerreros del cielo; retrocedieron en un principio
atemorizados, y me llamaron Culpa, mirándome como un mal presagio; pero familiarizados en
breve conmigo, les agradé, y mis gracias seductoras se granjearon la voluntad de los que más
aversión rabian mostrado hacia mí; tú el primero. Contemplando con frecuencia en mí tu
perfecta imagen, te apasionaste de mí, y gustaste en secreto conmigo tales goces, que mis
entrañas concibieron un peso creciente.
“La guerra estalló entretanto, y se combatió en los campos del cielo. Nuestro poderoso
enemigo consiguió una victoria brillante (bien es verdad que no podía ser de otra suerte), y a
nuestro partido le cupo la pérdida de la derrota en todo el Empíreo. Nuestras legiones cayeron
debajo, siendo precipitadas de cabeza desde lo más alto del cielo a este abismo, y yo caí también
confundida con ellas. Entonces vino a parar a mis manos esta llave poderosa, previniéndoseme

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO II

que mantuviera eternamente cerradas las puertas, a fin de que nadie las atraviese si yo no las
abro.
“Me senté pensativa y solitaria, pero no permanecí mucho tiempo sentada; mi seno,
fecundado por ti, y entonces excesivamente abultado, sintió movimientos prodigiosos y los
agudos dolores del alumbramiento. Por último, abriéndose paso con violencia, ese odioso
vástago que ves ahí, engendrado por ti, desgarró mis entrañas, retorcidas por el terror y los
tormentos, adquiriendo esta deformidad toda la parte de mi cuerpo, pero él, mi enemigo y mi
hijo al propio tiempo, salió de mi seno blandiendo su dardo fatal, hecho sólo para destruir. Yo fui
gritando: ‘¡Muerte!’ El infierno se estremeció a tan horrible nombre; suspiró desde lo más
profundo de todas sus cavernas y repitió: ‘¡Muerte!’ Yo huía; pero el espectro me perseguía, si
bien, por lo que calculé, más inflamado de lujuria que de rabia; mucho más rápido que yo, me
alcanzó a mí, a su madre, sobrecogida de espanto. Entre impuros y desenfrenados abrazos
concebí de él, y de aquel rapto salieron esos monstruos ladradores que me rodean lanzando,
como ves, un aullido continuo, concebidos de hora en hora, y de hora en hora dados a la luz
entre infinitos dolores. Cuando les parece vuelven a entrar en el seno, que les alimenta; aúllan y
roen mis entrañas, que constituyen su banquete; después, saliendo de nuevo, me asedian con tan
vivos terrores, que no hallo tregua ni descanso.
“'La espantosa Muerte, mi hijo y mi enemigo a la vez, sentada ante mí, excita a esos
perros, y me hubiera devorado, a falta de otra presa, a mí, a su madre, si no supiera que yo sería
para ella un manjar muy amargo, un veneno; mas esto no sucederá nunca, porque así lo ha
dispuesto el Destino. Pero tú, ¡oh, padre mío!, créeme; evite su flecha mortal; no te lisonjees
vanamente de ser invulnerable bajo esa armadura brillante de temple celestial, porque nada ni
nadie puede resistir su mortífera punta, excepto el que allá arriba reina.”
Así dijo, y el sutil enemigo se aprovechó en seguida de la lección; porque, dulcificando
su aspecto, respondió con calma:
—Querida hija: puesto que me reconoces por padre tuyo, y me presentas un hijo tan
bello, amada prenda de los placeres que hemos tenido juntos en el cielo, de esos goces entonces
dulces, hoy de triste recuerdo a causa del cambio cruel que se ha operado en nosotros de un
modo imprevisto, y en el que no habíamos pensado, hija querida, sabe que no vengo aquí como
enemigo, sino con el objeto de libraros a ambos de esta triste y espantosa mansión de las penas,
a mi hijo y a ti, y a toda la muchedumbre de espíritus celestes que, habiendo tomado las armas en
favor de nuestras justas pretensiones, cayeron con nosotros. Enviado por ellos, emprendo solo
este rudo viaje, exponiéndome yo solo por todos; voy a encaminar mis pasos solitarios hacia el
abismo sin fondo, buscando en mi errante exploración, a través del inmenso vacío, si existe un
lugar predicho, el cual, a juzgar por el concurso de muchas señales, debe de haber sido creado ya
en una forma vasta y redonda. Ese lugar es una mansión de delicias, colocada en el límite del
cielo, habitada por una raza de criaturas recientemente creadas y destinadas, quizá, a ocupar los
puestos que hemos dejado vacantes; pero el Cielo las ha colocado lejos de él, temeroso, sin duda,

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO II

de que al inundarle una poderosa multitud se suscitaran nuevos disturbios. Bien sea con este
objeto o con otro, cuyo secreto se procure guardar, corro a averiguarlo y, una vez conocido,
volveré en seguida y os transportaré, a ti y a la Muerte, a una morada adonde podáis permanecer
a vuestro placer, volando silenciosamente, sin ser vistos y en todas direcciones, por un aire
embalsado de perfumes. Allí dispondréis de un alimento tan abundante, que os dejará
satisfechos; allí todo será presa vuestra.
Guardó silencio, porque aquellas dos formas parecieron altamente satisfechas, y la
Muerte hizo un gesto horrible al querer dar paso a una sonrisa espantosa, cuando supo que su
hambre iba a verse saciada, y bendijo sus dientes, reservados para aquella hora feliz de
abundancia. Su infame madre no quedó menos satisfecha, y dirigió a su padre este discurso:
—Guardo la llave de este antro infernal en virtud del derecho que para ello me asiste y
por orden del Rey omnipotente del cielo, que me ha prohibido abrir estas puertas diamantinas; la
Muerte está pronta a interponer su dardo contra toda violencia, sin temor de ser vencida por
ningún poder viviente; pero ¿qué obediencia debo prestar a las órdenes emanadas de allá arriba,
a los mandatos del que me odia y que me ha arrojado entre las tinieblas del profundo Tártaro,
para permanecer sentada ejerciendo un empleo odioso, aquí confinada, yo, habitante del cielo e
hija del cielo, sumida en una perpetua agonía, rodeada de los terrores y gritos de mi propia
progenie, que se alimenta de mis entrañas? Tú eres mi padre, mi autor; tú me has dado el ser; ¿a
quién sino a ti, debo obedecer?, ¿a quién debo seguir? Tú me transportarás pronto a ese nuevo
mundo de luz y de felicidad, entre los dioses que viven tranquilos, y donde, sentada a tu derecha
voluptuosamente, como conviene a tu hija y a tu amor, reinaré sin fin.
Dijo, y tomó de su lado la llave fatal, triste instrumento de todos nuestros males; y
arrastrando hacia la puerta su monstruosa cola levantó sin dilación el enorme rastrillo que
únicamente ella podía levantar y que todo el poder estigiano no hubiera podido mover.
Inmediatamente hizo girar en la cerradura la llave de guardas complicadas y quitó sin ningún
trabajo las barras y los cerrojos, de hierro macizo o de sólida roca. Las puertas infernales vuelan
de improviso abiertas con un impetuoso retroceso y un sonido estridente; sus goznes produjeron
un horrísino y prolongado estampido, que conmovió las más profundas simas del Erebo.
La Culpa las abrió, pero su poder no alcanzaba a cerrarlas de nuevo, por lo cual
permanecieron totalmente abiertas; un ejército con sus alas extendidas, y marchando a banderas
desplegadas, hubiera podido atravesarlas con sus caballos y sus carros formados en buen orden
sin tener que estrecharse; tan anchas son dichas puertas, que, semejantes, además, a la boca de
un homo, vomitan enormes torbellinos de humo y rojas llamas.
Ante los ojos de Satanás y de los dos espectros aparecieron de improviso los secretos
del viejo abismo, océano sombrío y sin límites, sin dimensiones, donde desaparecen la longitud,
la latitud, la profundidad, el tiempo y el espacio, donde la Noche primogénita y el Caos, abuelos

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO II

de la Naturaleza, mantienen una perpetua anarquía en medio del rumor de eternas guerras,
sosteniéndose con el auxilio de la confusión.
El calor, el frío, la humedad, la sequía, cuatro terribles campeones, se disputan allí la
superioridad y conducen al combate sus embriones de átomos, que, agrupándose en torno de la
enseña de sus legiones, y reunidos en diferentes tribus, armados ligera o pesadamente, agudos,
redondeados, rápidos o lentos, hormiguean tan innumerables como las arenas del Barca o las de
la ardiente playa de Cirene, arrastrados para tomar parte en la lucha de los vientos y para servir
de lastre a sus alas veloces. El átomo a quien mayor número de átomos se adhiere domina por un
momento. El Caos gobierna como arbitro, y sus decisiones vienen a aumentar cada vez más el
desorden, merced al cual reina; después de él, el acaso lo dirige todo, come juez supremo.
Ante aquel abismo salvaje, cuna de la Naturaleza y quizá su tumba, ante aquel abismo
que no es mar, ni tierra, ni aire, ni fuego, sino que está formado de todos estos elementos, que,
confusamente mezclados en sus causas fecundas, deben combatir del mismo modo siempre, a
menos que el Creador omnipotente disponga de sus negros materiales para formar nuevos
mundos; ante aquel abismo salvaje, Satanás, el prudente enemigo, detenido sobre el borde del
infierno, permanece atento durante algún tiempo y reflexiona en su viaje, pues no es un pequeño
estrecho lo que se verá obligado a atravesar. Sus oídos estaban ensordecidos por estrépitos
atronadores y destructores, no menos violentos (comparando las cosas grandes con las
pequeñas) que los de las tempestades que produce Belona cuando pone en acción sus fulminantes
máquinas para arrasar alguna gran ciudad; menor sería el estruendo si toda la armazón del cielo
se derrumbase o si los elementos sublevados hubieran arrancado de su eje a la Tierra
inmóvil. Por último, Satanás despliega sus alas, iguales a extensas velas, para emprender su
vuelo, y remontándose en el humo ascendente, rechaza el suelo con el pie.
Sigue subiendo audazmente durante muchas leguas, llevado como sobre un carro de
nubes; pero faltándole en breve este apoyo, encuentra un inmenso vacío; sorprendido entonces y
agitando en vano sus alas, cae como un plomo a diez mil brazas de profundidad. Aún continuaría
cayendo si por una desgraciada casualidad no le hubriera lanzado otras tantas millas hacia arriba
la fuerte explosión de alguna nube tumultuosa, impregnada de fuego y de nitro. Detúvose
aquella tormenta, apagada en una sirte esponjosa que ni era mar, ni tierra seca. Satanás, casi
hundido, atravesó aquella sustancia movediza, unas veces a pie y otras ayudado de su vuelo, pues
para ello necesitaba remos y velas. Como grifo que desde el desierto persigue con una carrera
alada por las montañas o por los valles pantanosos al Arimaspes, que sustrae sutilmente a su
vigilante custodia el oro me conserva, del mismo modo el enemigo continúa con ardor su camino
a través de los pantanos, los precipicios, los estrechos; a través de los elementos ásperos, densos
o rarificados; nada, se sumerge, vadea, arrástrase y vuelva, con su cabeza, sus manos, sus alas y
sus pies.
Por fin, un extraño y universal rumor de ruidos sordos y voces confusas nacido de lo
profundo de aquellas tinieblas, hiere los oídos de Satanás con la mayor vehemencia. Con su

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intrepidez acostumbrada dirige su vuelo hacia aquella parte para encontrar la potestad o el
espíritu del profundo abismo que reside entre aquel ruido, a fin de preguntarle hacia qué lado se
encuentra el límite de las tinieblas más próximo a la luz.
De improviso, descubre el trono del Caos y su negro e inmenso pabellón que ondea
desplegado en aquel antro de ruinas. La Noche, vestida de negras píeles de marta cibellina, se
sienta en el trono al lado del Caos; primogénita de todos los seres, es también la compañera de
su reino. Cerca de ellos están Orco, y Ades, y Demogorgon el del temible nombre; siguen
después el Rumor, el Acaso y el Tumulto, y la Confusión, muy descompuesta, y la Discordia de
mil bocas diferentes. Satanás se dirige audazmente al Caos y le dice:
—¡0h vosotros, potestades y espíritus de este profundo abismo, Caos y antigua Noche:
no vengo aquí de intento a espiar o turbar lo secretos de vuestro reino, sino que, obligado a
errar por este desierto sombrío, el camino que sigo en busca de la luz me ha conducido a través
de vuestro vasto imperio: solo, sin guía, medio extraviado, procuro encontrar el sendero más
corto que se dirija al punto en que vuestras oscuras fronteras tocan al cielo: viajo por estas
profundidades a fin de averiguar si el Rey Etéreo ha invadido y ocupado en estos últimos
tiempos alguna otra parte de vuestros dominios. Guiad mis pasos, que, bien dirigidos,
reportarán a vuestros intereses una más que mediana recompensa, si logro arrojar de esa perdida
región al usurpador y volverla a sus tinieblas primitivas, poniéndola otra vez bajo vuestro cetro
y plantando en ella nuevamente el estandarte de la antigua Noche; tal es el objeto de mi
excursión. Para vosotros todas las ventajas; para mí, la venganza.
Tales fueron las palabras de Satanás, y el viejo anárquico, con voz entrecortada y el
semblante descompuesto, le respondió:
—Te conozco, extranjero; tú eres el poderoso jefe de los ángeles que no ha mucho hizo
frente al Rey del cielo y fue vencido. Yo vi y oí, porque tan numerosa milicia no pudo huir en
silencio a través del abismo aterrorizado, ruina sobre ruina, derrota sobre derrota, confusión
peor aún que la confusión; las puertas del cielo dieron paso a millones a sus bandas victoriosas,
que iban en vuestra persecución. Yo he venido a residir aquí, en mis fronteras; todo mi poder
apenas basta para salvar lo poco que me queda por defender y en donde se hacen sentir aún
vuestras divisiones intestinas, debilitando el cetro de la antigua Noche. Primeramente, el
infierno, vuestro calabozo, se ha extendido en todas direcciones bajo mis pies; después, el Cielo y
la Tierra, otro mundo penden sobre mi reino, ligados por una cadena de oro, a la parte del cielo
de donde cayeron vuestras legiones. Si vuestra marcha os conduce por este camino, lo
encontraréis muy cerca de aquí, así como también el peligro, que está más próximo. Id,
apresuraos: exterminio, despojos, ruinas son mi botín.
Así dijo, y Satanás no se detuvo en contestarle, sino que, lleno de gozo por haber
encontrado una playa en su océano, se lanzó cual pirámide de fuego, y con nuevo ardor y un
vigor creciente en aquel inmenso espacio, continúa su camino a través del choque de los

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO II

elementos que luchan entre sí y por todas partes le rodean, cada vez más estrechado y mucho
más expuesto que el navio Argo, cuando pasó el Bosforo por en medio de los peñascos, que
chocan entre sí; más en peligro que Ulises cuando, por evitar a Caribdis, su misma maniobra le
arrastraba hacia otro vértice.
Satanás, por lo tanto, avanzaba con dificultad y a costa de un inmenso trabajo, y con
dificultad y trabajo seguía avanzando. Pero cuando logró pasar adelante, y luego, apenas cayó el
hombre, ¡qué rara alteración hubo! La Culpa y la Muerte, siguiendo de cerca las huellas del
enemigo (tal fue la voluntad del Cielo), construyeron un camino ancho y apisonado sobre el
tenebroso abismo, cuya hirviente inmensidad sufrió con paciencia que se echara un puente de
asombrosa longitud desde el infierno hasta el orbe exterior de este frágil robo. Merced a esta
fácil comunicación, los espíritus perversos van y vienen para tentar o castigar a los mortales
excepto a los que Dios y los santos ángeles guardan por una gracia especial.
Pero, en fin la influencia sagrada de la luz empieza a dejarse sentir, y un rayo de ésta
refleja a lo lejos desde las murallas del cielo, a través de la oscura noche, un trémulo albor. En
este punto comienza la extremidad más apartada de la Naturaleza; el Caos se retira de sus
trincheras avanzadas, como un enemigo vencido haciéndolo, sin embargo, con menos confusión
que éste y sin tan belicoso estruendo. Satanás, con menor fatiga, y hasta con comodidades
después, guiado por una luz dudosa, se desliza sobre las tranquilas ondas; y semejante a un
buque azotado por la tempestad, que entra gozoso en el puerto, si bien desmantelado, y con sus
jarcias y obenques destrozados, se balancea el arcángel con sus alas desplegadas en un triste
espacio vacío, parecido al aire, para contemplar desde lejos y a su placer el Cielo empíreo, cuya
extensión es tan grande, que no le permite determinar si es cuadrada o redonda. Descubre sus
torres de ópalo con las almenas adornadas de brillantes zafiros, su morada natal en otro tiempo;
distingue también sujeto al extremo de una cadena de oro, aquel mundo, suspendido, semejante
a una estrella de pequeña magnitud colocada cerca de la Luna. Allí Satanás, inflamado por una
perniciosa venganza, blasfemó, y en hora maldita prosiguió con rapidez su marcha.

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L I B RO T E RC E RO

El Eterno, desde lo alto de su trono, ve a Satanás volando hacia el mundo


nuevamente creado, y lo muestra a su Hijo, que está sentado a su derecha.
Predícele que el hombre será culpable y le hace ver que no debe acusarse por ello a
su justicia ni a su sabiduría, puesto que ha creado al hombre libre y capaz de
resistir a la tentación. Declara que le perdonará, porque el hombre no ha caído,
como Satanás, por culpa suya, sino vencido por la seducción. El Hijo de Dios
glorifica a su Padre le agradece su benevolencia hacia el género humano; pero el
Todopoderoso le manifiesta que la Justicia divina exige una satisfacción, pues ya
que el hombre ha ofendido a la Majestad Suprema al aspirar a igualarse a ella,
debe morir con toda su posteridad, a menos que haya alguno que, siendo capaz de
expiar la ofensa del hombre, sufra su castigo. El Hijo de Dios se ofrece a ello
voluntariamente; el Padre lo acepta, consiente en su encarnación, y declara que
será exaltado sobre todos en la Tierra y en el Cielo; ordena en seguida a los santos
ángeles que le adoren; obedecen éstos, y todos los coros, uniendo sus voces a los
dulces sonidos de sus arpas, celebran la gloria del Padre y del Hijo. Satanás
desciende sobre la superficie exterior de este mundo. Encuentra una playa, llamada
el Limbo, de vanidad; indícanse las personas y las cosas que vuelan en aquel lugar.
Descríbense las gradas que le dan acceso y las aguas que manan en la parte
superior del Firmamento. Desde allí pasa el Enemigo al orbe del Sol, donde
encuentra a Uriel, conductor de su luminosa esfera; pero antes de acercarse a él, se
transforma en un ángel inferior, y, suponiendo que un celoso deseo le ha hecho
emprender este viaje para contemplar la nueva Creación y el hombre que Dios
había colocado en ella, se informa del sitio de su morada. Después de haberlo
averiguado, parte y se posa sobre la cumbre del Nifates.

¡S alve, luz sagrada, hija primogénita del cielo, o del eterno rayo coeterno! ¿Acaso no puedo,
sin exponerme a ser censurado, calificarte de este modo? ¡Puesto que Dios es luz, y por
toda una eternidad no habitó más que en una luz inaccesible, habitó, por lo tanto, en ti,
brillante efusión de una brillante esencia increada! ¿Prefieres oírte llamar arroyo de puro éter?
¿Quién indicará entonces tu origen? Existías antes que el Sol, antes que los cielos, y a la voz de
Dios cubriste como con un manto al mundo, que se elevó de entre las aguas profundas y
tenebrosas y desde el fondo de un vacío infinito e informe.

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO III

Ahora vuelvo a visitarte con más atrevido vuelo, escapado de la laguna Estigia, en cuya
oscura mansión he estado mucho tiempo detenido. Cuando, en mi raudo vuelo, me veía
conducido a través de las tinieblas exteriores e intermedias, he cantado al Caos y a la eterna
Noche, con acordes muy diferentes a los de la lira de Orfeo. Una musa celestial me enseñó a
aventurarme en la negra pendiente y a subir por ella: ¡cosa rara y penosa! Libre ya, te visito de
nuevo, y siento la dulce influencia de tu llama vivificadora y soberana. Pero tú no vuelvas a
visitar estos ojos que giran en vano para encontrar tu rayo penetrante, y no encuentran ni la
más tenue aurora: ¡hasta tal punto ha extinguido la gota serena sus órbitas, o las ha velado un
sombrío tejido!
A pesar de esto, no ceso de vagar por los sitios frecuentados por las Musas, claras
fuentes, bosquecillos umbrosos, colinas doradas por el sol, arrastrado por mi amor hacia los
sagrados cantos. Pero a ti, sobre todo, ¡oh, Sión!, a ti y a los floridos arroyuelos que bañan tus
pies santos y se deslizan murmurando, os visito durante la noche, sin olvidar por eso a aquellos
dos mortales, iguales a mí en desgracia (ojalá pudiera igualarles en gloria), el ciego Tamiris y el
ciego Meónides, y a los antiguos Profetas Tiresias y Fineo. Entonces me alimento de los
pensamientos que por sí mismos producen armoniosos acordes, como el pájaro que vela y canta
en la oscuridad y, oculto entre el follaje más espeso, suspira sus nocturnas endechas.
Con los años vuelven las estaciones; pero el día no vuelve nunca para mí; no veo ya los
gratos crepúsculos de la mañana y de la tarde, ni la flor de la primavera, ni la rosa del verano, ni
los rebaños, ni la faz divina del Hombre; tan sólo me rodean nubes y tinieblas que nunca se
disipan. Separado de las agradables sendas que frecuentan los humanos, el libro de los hermosos
conocimientos tan sólo me ofrecen un blanco universal, en donde están borradas para mí las
obras de la Naturaleza: la sabiduría encuentra totalmente cerrada en ni una de sus entradas.
Brilla, pues, en mi interior, ¡oh luz celestial!, con tanta mayor intensidad cuanto más
penetradas de tus rayos estén todas las potencias de mi espíritu; pon ojos en mi alma; dispersa y
aparta de ella todas las tinieblas, a fin de que me sea dable ver y decir cosas invisibles a los ojos
de los mortales.
Ya el Padre Omnipotente, desde lo alto del cielo, desde el puro empíreo, donde está
sentado sobre un trono que excede en elevación a toda altura, había inclinado su mirada para
contemplar sus obras al par que las obras de sus obras. Todas las santidades del cielo se
agrupaban en torno suyo como estrellas, y recibían de su vista una beatitud que excede a toda
expresión; a su derecha estaba sentada la radiante imagen de su gloria, su Hijo único. Vio
primeramente en la Tierra a nuestros dos primeros padres, los dos únicos seres de la especie
humana, colocados en el jardín de las delicias, gustando frutos inmortales de gozo y amor; gozo
no interrumpido, amor sin rival, en una dichosa soledad. Vio también el infierno y el abismo que
mercaba entre el infierno y la Creación; vio a Satanás deslizándose a lo largo de las murallas del
cielo hacia el lado de la Noche y en el aire, sublime y sombrío, próximo a dejarse caer, con sus
fatigadas alas e impaciente planta, sobre la superficie árida de aquel mundo, que le carece una

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO III

tierra firme, redonda y sin firmamento; el arcángel permanece en la incertidumbre de si lo que


ve es el Océano o el aire. Observándolo Dios con aquella penetrante mirada con que descubre el
rasado, el presente y el porvenir, habló de esta suerte a su único Hijo, previendo este mismo
porvenir.
—Hijo único, por mí engendrado, ¿ves el furor de que se halla poseído nuestro
adversario? Ni los límites prescritos, ni las vallas del infierno, ni todas las cadenas amontonadas
sobre él, ni aun la inmensa interrupción del profundo Caos han bastado a contenerle: tan ansioso
se halla, al parecer, de una venganza desesperada, que recaerá sobre su cabeza rebelde. Después
de haber roto todas sus ligaduras, vuela ahora cerca del cielo por los límites de la luz, en
dirección del mundo nuevamente creado y hacia el hombre colocado allí, con el designio de
intentar si podrá destruirle por medio de la fuerza, o, lo que será peor, pervertirle, valiéndose de
cualquier falaz artificio; y le pervertirá; el hombre escuchará sus halagüeñas falsedades y violará
fácilmente la única orden, la única prenda de su obediencia: caerán él y su raza infiel.
“¿De quién será la culpa? ¿De quién sino de él solo? ¡Ingrato! Poseía de mí todo cuanto
podía poseer; le había hecho justo y recto, capaz de sostenerse, aunque libre de caer. Del mismo
modo creé todas las potestades etéreas y todos los espíritus, tanto los que se sostuvieron como
los que cayeron; libremente se han sostenido los que se han sostenido, y caído los que han caído.
A no ser libres, ¿qué prueba sincera me habrían podido dar de su verdadera obediencia, de su
constante fe y de su amor? Aun cuando no hubiesen hecho más que lo que estaban obligados a
hacer, y no lo que hubieran querido, ¿qué mérito les habría reportado esto?, ¿qué satisfacción
habría yo encontrado en una obediencia prestada de ese modo, cuando la voluntad y la razón
(razón que es libre albedrío), inútiles y vanas, despojadas ambas de libertad, ambas pasivas,
hubiesen atendido a la necesidad y no a mí?
“Creados de este modo, como debía ser, no pueden acusar justamente a su Creador, a su
naturaleza o a su destino, como si la predestinación, dominando su voluntad, dispusiera de ella
por un decreto absoluto o por una presciencia suprema. Ellos mismos han decretado su propia
rebelión, no yo; y si bien la preví, mi presciencia no ha ejercido ninguna influencia sobre su falta,
que aunque no hubiera sido prevista, no dejaría por eso de ser menos cierta. Así es que pecan sin
la menor excitación, sin la menor sombra de destino o de otra cualquiera cosa inmutablemente
prevista por mí, siendo autores de todo por sí mismos, así en lo que juzgan como en lo que
escogen; porque de este modo los he creado libres, y en libertad deben continuar hasta que ellos
mismos se encadenen. De otra suerte, me sería preciso cambiar su naturaleza, revocar el alto
decreto irrevocable, eterno, que ordenó su libertad; ellos solos han ordenado su caída.
“Los primeros culpables cayeron por su propia sugestión, tentados por sí mismos, por sí
mismos pervertidos; el hombre cae seducido por aquéllos. El hombre, merced a esto, encontrará
gracia: los otros no la encontrarán. Mi gloria triunfará en el Cielo y en la Tierra de este modo
por la misericordia y por la justicia; pero la misericordia brillará con más esplendor, por ser la
primera y la última de las virtudes.”

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO III

Mientras hablaba Dios, un perfume de ambrosía llenaba el cielo y esparcía entre los
bienaventurados espíritus elegidos el sentimiento de un nuevo e inefable gozo. El Hijo de Dios
mostrábase entre una gran gloria, excediendo a toda comparación, y brillando en él su Padre
sustancialmente expresado. Una divina compasión se dejó ver en su rostro, con un amor sin fin y
una gracia sin medida, que confirmó por estas palabras dirigidas a su Padre:
—¡Oh, Padre mío! ¡Cuan misericordiosas han sido las palabras con que has terminado tu
suprema decisión: ¡El hombre encontrará gracia! Por estas palabras, el Cielo y la Tierra
publicarán en voz alta tus alabanzas con sus innumerables conciertos de himnos y cánticos
sagrados, que rodeando tu trono harán resonar en él tu nombre para siempre bendito. Pero el
hombre, ¿se verá perdido al fin? El hombre, tu hechura, a quien no ha mucho amabas tanto, el
más joven de tus hijos, ¿caerá sorprendido por la astucia, por más que la secunde su propia
locura? ¡Ah! Lejos de Ti ese pensamiento; aléjalo de Ti, ¡Padre mío!, Tú, que eres el Juez de
todas las cosas y el único que las juzga equitativamente. ¿Será posible que el enemigo lleve a
cabo sus proyectos y frustre los tuyos? ¿Conseguirá lo que desea su perfidia, reduciendo tu
bondad a la nada? ¿O se volverá lleno de orgullo, aunque pesando sobre él una condenación más
terrible, con su venganza satisfecha y arrastrando consigo al infierno a toda la raza humana,
corrompida por él? ¿Es que quieres anonadar por Ti mismo tu Creación y deshacer en favor de
este enemigo lo que has hecho para tu gloria? Si esto fuera así, se dudaría de tu bondad y de tu
grandeza y se blasfemaría de ellas sin que nadie las defendiese.
El Supremo Creador le respondió:
—¡Oh, Hijo mío, en quien ha cifrado mi alma sus principales delicias; Hijo de mi seno,
mi único verbo, mi sabiduría y mi efectivo poder! Tus palabras han sido como son mis
pensamientos y como lo que mi eterno designio ha decretado: el hombre no perecerá
enteramente; el que quiera se salvará, aunque no por su propia voluntad, sino por la gracia que
en mí reside y que le concederá libremente. Renovaré, una vez más, en el hombre su decaído
poder, aunque envuelto y sujeto por el pecado a impulsos y violentos deseos. Levantado por mí,
se sostendrá, una vez más, y podrá defenderse contra su mortal enemigo; lo levantaré otra vez, a
fin de que conozca lo frágil de su condición degradada, y a fin de que sólo a mí, y a nadie más
que a mí, atribuya su libertad.
“He escogido algunos, a quienes por gracia particular he preferido a los demás; tal ha
sido mi voluntad. Los otros oirán mi llamamiento; se les advertirá muchas veces que piensen en
su estado criminal y aplaquen sin demora a la Divinidad irritada, mientras a ellos les invita la
gracia ofrecida. Iluminaré sus sentidos tenebrosos de un modo eficaz y ablandaré su
empedernido corazón, con objeto de que puedan orar, arrepentirse y prestarme la obediencia
debida; mi oído no permanecerá sordo ni cerrados mis ojos a su oración o a su arrepentimiento, a
su obediencia debida, cuando ésta sea hija de un celo sincero. Pondré en ellos, como guía, a mi
árbitro, la conciencia; si quieren escucharla, alcanzarán luz tras luz; y si la emplean bien y son
perseverantes hasta el fin, llegarán con seguridad a su salvación.

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO III

“Los que descuiden o desprecien mi lata tolerancia o mi día de gracia, no los disfrutarán
jamás; antes al contrario, el empedernido será más empedernido; el ciego más ciego, a fin de que
tropiecen y caigan a mayor profundidad. A nadie más que a éstos excluyo de mi misericordia. Y
no está dicho todo: el hombre desobediente rompe deslealmente su fe y peca contra la alta
supremacía del cielo, ultrajando a la Divinidad; y perdiéndolo todo por esta causa, no le queda
nada para expiar su traición, sino que, consagrado y destinado a la destrucción, deberá morir él y
toda su posteridad. Es preciso que muera él o la justicia, a menos que haya alguno que sea capaz
de ponerse en su lugar, ofreciéndose voluntariamente para dar tan rígida satisfacción: muerte
por muerte.
“Decidme, potestades celestes: ¿Dónde encontraremos semejante amor? ¿Quién de
vosotras se hará mortal para redimir el crimen mortal del hombre? ¿Qué justo salvará al
injusto? ¿Existe en el cielo tan sublime caridad?”
Ante estas preguntas todo el coro divino permaneció mudo, reinando en el cielo el más
profundo silencio. No aparecía en favor del hombre ningún patrono, ningún intercesor, y mucho
menos quien osara atraer sobre su cabeza la proscripción mortal y pagar el rescate, de suerte
que, privada de redención, la raza humana entera se habría perdido, destinada por una sentencia
severa a la muerte y al infierno, si el Hijo de Dios, en quien reside en toda su plenitud el amor
divino, no hubiere interpuesto su más cara mediación de esta manera:
—Padre mío, tu palabra está dicha: El hombre encontrará gracia. Y la gracia, ¿no
hallará algún medio de salvación, ella, que, siendo la más rápida de tus mensajeros alados, se
abre paso para visitar a todas sus criaturas y acude a todas sin ser prevista, implorada ni
solicitada? ¡Dichoso el hombre a quien así acorre! Una vez perdido y muerto en el pecado, el
hombre no la llamará nunca en su ayuda; deudor insolvente y arruinado, no puede prestar por sí
ni expiación ni ofrenda.
“Heme aquí, pues, en su lugar: vida por vida; yo me ofrezco; deja que caiga tu cólera
sobre mí; tenme por hombre. Por amor hacia él, abandonaré tu seno, y me despojaré
voluntariamente de esta gloria que comparto contigo: por él moriré satisfecho. Que la muerte
ejerza sobre mí todo su furor; no permaneceré mucho tiempo vencido bajo su poder tenebroso.
Tú has depositado para siempre tu vida en mí; por Ti vivo, aunque ahora me someta a la muerte:
soy su deuda en todo lo que puede morir en mí. Pero, una vez satisfecha esa deuda, no permitirás
que yo sea su presa en la impura tumba: no tolerarás que mi alma inmaculada habite allí para
siempre con la corrupción, sino que resucitaré victorioso y subyugaré a mi vencedor, despojado
de sus ponderados despojos. La muerte recibirá entonces un golpe mortal, y se arrastrará sin
gloria, desarmada de su dardo mortal. En tanto yo, a través de los aires, y en medio de un gran
triunfo, conduciré al infierno cautivo a pesar del infierno, y mostraré las potestades de las
tinieblas encadenadas. Regocijado Tú con este espectáculo, dirigirás desde el cielo una mirada y
te sonreirás, mientras que, exaltado por Ti, confundiré a todos mis enemigos, dejando para lo
último a la muerte, quien, expirando a mis golpes, llenará el sepulcro con su cadáver. Entonces,

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO III

rodeado de la multitud redimida por mí, entraré de nuevo en el cielo tras una larga ausencia;
volveré a él, ¡oh padre mío!, para contemplar tu faz, en la que no quedará ni una nube de cólera,
sino que se verá en ella la paz afirmada y la reconciliación; dejará de existir en adelante la ira, y
un gozo universal reinará para siempre en tu presencia.”
Sus palabras cesaron aquí; pero su silencio y dulce aspecto hablaba aún, y respiraba un
amor inmortal hacia los hombres mortales, sobre el cual brillaba solamente la obediencia filial.
Contento con ofrecerse en sacrificio, espera la voluntad de su Padre. El asombro se apodera del
cielo entero, que se admira de la significación de estas cosas y no sabe adonde convergen. El
Todopoderoso replicó en seguida en estos términos:
—¡Oh, Tú, única paz hallada en el Cielo y en la Tierra para el género humano expuesto
a mi cólera! ¡Oh, Tú, único objeto de mi complacencia! Tú sabes cuan queridas me son todas mis
obras: el hombre, aunque creado el último, no lo es menos, puesto que por él te apartaré de mi
seno y de mi derecha, a fin de salvar, aunque perdiéndote por algún tiempo, a toda la raza
perdida. Reúne, pues, ya que eres el único que pueda redimirla, la naturaleza humana a tu
naturaleza; se Hombre entre los hombres sobre la tierra; hazte carne, cuando se cumpla el
tiempo, y sal del seno de una virgen por medio de un nacimiento milagroso. Se el jefe del género
humano en lugar de Adán. Como perecerán en él todos los hombres, renacerán en Ti, cual de
una segunda raíz, todos los que deben renacer; sin Ti, nadie. El crimen de Adán hace culpables a
todos sus hijos; tu mérito, que les será aplicado, absolverá a los que, renunciando a sus propias
acciones, justas o injustas, vivan trasplantados en Ti, y reciban de Ti nueva vida. Así el hombre,
como es justo, satisfará la deuda del hombre, será juzgado y morirá; pero al morir se levantará, y
al levantarse, levantará con él a todos sus hermanos, redimidos con su preciosa sangre. Así el
odio infernal será vencido por el amor celeste, al ofrecerse éste a la muerte, al morir por rescatar,
con tan fervoroso anhelo, todo lo que el odio infernal ha destruido con tanta facilidad, como lo
continuará destruyendo en los que no aceptan la gracia cuando pueden.
“Hijo mío: al descender hasta la naturaleza humana, no aminoras ni degradas la tuya.
Tu misma humillación elevará contigo a tu Humanidad hasta este trono; porque, aunque sentado
sobre él en la más elevada beatitud, igual a Dios, participando asimismo de la felicidad divina, lo
has abandonado todo por salvar a un mundo de su total perdición; porque tu mérito, más bien
que los derechos de tu nacimiento, Hijo de Dios, te han hecho digno de ser su Hijo, brillando
más en bondad que en grandeza y poderío, y porque el amor ha abundado en Ti más que la
gloria. Te sentarás aquí encarnado; aquí reinarás a la vez como Dios y como Hombre: Hijo de
Dios y del Hombre a la vez, serás ungido por mi voluntad Rey del Universo.
“Te concedo todo poder; reina para siempre, y revístete de tus méritos; te someto como
Jefe supremo los tronos, los principados, las potestades y las denominaciones: todas las rodillas
se doblarán ante Ti; lo mismo las de los que habitan en el cielo o sobre la Tierra, que las de los
que gimen bajo la tierra, en el infierno. Rodeado de tu glorioso séquito, aparecerás sobre las
nubes cuando envíes a los arcángeles, tus heraldos, a anunciar tu formidable juicio; y cuando por

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO III

los cuatro vientos sean llamados los vivos y los muertos de todos los siglos para que se
apresuren a comparecer ante el Juicio Universal, el ruido que se dejará oír será tan grande, que
despertarán de su sueño. Entonces, en la asamblea de los santos, juzgarás a los malos, así
hombres como ángeles, quienes, convencidos de sus faltas, se precipitarán en el abismo al oír tu
sentencia. El infierno, atestado con su muchedumbre, quedará cerrado para siempre. El mundo
será también consumido; pero de sus cenizas surgirá un nuevo cielo, una nueva Tierra, donde
habitarán los justos. Después de sus largas tribulaciones, verán días de oro, fértiles en acciones
de oro, con el gozo y el triunfante amor, y la hermosa verdad. Entonces depondrás tu cetro real,
porque no habrá ya necesidad de él; Dios estará por completo en todos. Y ahora, vosotros,
ángeles, adorad al que muere por llevar a cabo todo esto; adorad al Hijo y honradle como a mí.”
Apenas había cesado de hablar el Todopoderoso, cuando la multitud de los ángeles, con
una aclamación inmensa como la de una muchedumbre innumerable, y dulce como la procedente
de voces santas, dio libre paso a su alegría; el cielo entero resonó con sus bendiciones, y los más
armoniosos hosanna inundaron las regiones celestiales. Los ángeles se inclinaron
reverentemente ante los dos tronos y, con una solemne adoración, depositaron en el pavimento
sus coronas entretejidas de oro y de amaranto; ¡amaranto inmortal! Esta flor que ostentó por
primera vez sus vivos colores cerca del árbol de la vida, en el paraíso terrestre, y que, por el
pecado del hombre, fue trasplantada al cielo, su suelo natal, crece ahora y florece allí, dando
sombra a la fuente de la vida y a las márgenes del río de la felicidad, que desliza, en medio del
cielo, sus ondas de ámbar sobre las flores elíseas. Con estas flores de amaranto, nunca marchitas,
sujetan los espíritus elegidos sus esplendorosas cabelleras, entrelazadas de rayos.
Desprendidas ahora aquellas guirnaldas, fueron esparcidas por el pavimento
resplandeciente, que brillaba como un mar de jaspe y sonreía con la púrpura de las rosas
celestiales. Colocando de nuevo las coronas sobre su cabeza, los ángeles toman sus arpas de oro,
siempre afinadas, que pendían brillantes de sus lados, a manera de aljabas, y dan principio a su
sagrado cántico con el dulce preludio de una encantadora sinfonía, que excitó un entusiasmo
sublime. Ni una voz guarda silencio; ni una sola voz deja de ajustarse fácilmente a la melodía;
tan perfecto es el acuerdo que reina en el cielo.
A Ti, ¡oh, Padre!, dirigieron su primer cántico; a Ti, ¡oh, Padre Todopoderoso,
inmutable, inmortal, infinito, Rey eterno, autor de todos los seres, fuente de luz, invisible entre
los gloriosos esplendores donde te sientas sobre un trono inaccesible, y que, aun cuando velas la
abundante efusión de tus rayos y te rodeas de una nube ceñida en torno tuyo, cual radiante
tabernáculo, dejas entrever la orla de tus vestiduras, oscurecidas por su excesivo brillo,
quedando, no obstan te, el cielo deslumbrado, y sin que puedan aproximarse a Ti los más
esplendentes querubines, sino cubriendo sus ojos con sus dos alas!
A Ti dedicaron después su cántico, a Ti, el primero de toda la Creación, Hijo
engendrado, semejanza divina, en cuyo transparente rostro brilla el Padre omnipotente, visible
sin intermedio de nube alguna, y a quien de otro modo no podría contemplar ninguna criatura.

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO III

En Ti reside impreso el esplendor de su gloria, y habita, transfundido en Ti, su vasto espíritu.


Por Ti creó el cielo de los cielos y todas las potencias que contiene, y por Ti precipitó a las
ambiciosas dominaciones. En aquel día no economizaste el terrible rayo de tu Padre; no
detuviste las ruedas de tu ígneo carro, que conmovían la estructura eterna del cielo, mientras
pasabas sobre el cuello de los ángeles rebeldes dispersados. Al regresar de su persecución, tus
santos te exaltaron con inmensas aclamaciones a Ti, único Hijo de la potestad de tu Padre,
ejecutor de su tremenda venganza sobre sus enemigos. Pero ¡no hiciste lo mismo con respecto al
hombre! Tú no condenaste con tanto rigor al hombre, caído por la malicia de los espíritus
rebeldes, ¡oh, Padre de gracia y misericordia!, sino que te inclinaste mucho más a la piedad.
Apenas tu querido y único Hijo hubo conocido tu resolución de no condenar con tanto rigor al
hombre frágil, sino de endulzar, por el contrario, ese mismo rigor, cuando, para apaciguar tu
cólera, para poner un término al combate entre la misericordia y la justicia que se retrataba en tu
rostro tu Hijo, sin tener en cuenta la felicidad de que gozaba a tu lado, se ofreció por sí mismo a
la muerte para expiar la ofensa del hombre. ¡Oh, amor sin igual, amor que sólo podía hallarse en
el amor divino! ¡Salve, Hijo de Dios, Salvador de los hombres! ¡Tu nombre será en adelante el
fecundo objeto de mi canto! Mi lira no olvidará jamás tus alabanzas, ni las separará de las que
debe tributar a tu Padre.
De este modo transcurrían para los ángeles las horas en el cielo, sobre la estrellada
esfera, en medio de la agradable y placentera armonía de los conciertos. Habiendo descendido
Satanás, entretanto, sobre el opaco y sólido globo de este mundo esférico, recorría la primera
convexidad, que, envolviendo los orbes inferiores luminosos, los separa del Caos y de la invasión
de la antigua Noche. Esta convexidad parecía desde lejos un globo, y desde cerca, un continente
sin límites, sombrío, desolado y salvaje, expuesto a las tristezas de una noche sin estrellas y a las
amenazadoras tempestades del Caos, que ruge alrededor; cielo inclemente, excepto por el lado de
las murallas del cielo, que, aunque muy lejanas, dan paso a un pequeño reflejo de una tenue
claridad, menos azotado por la mugidora tormenta.
El Enemigo caminaba libremente por aquel campo espacioso, semejante a un buitre que,
elevado sobre el Imaus, cuya nevada cadena encierra al Tártaro vagabundo, se lanza desde una
región desprovista de pasto para cebarse en la carne de los tiernos corderos o de los cabritos,
sobre las colinas que alimentan a los rebaños, y vuela a las fuentes del Ganges o del Hidaspes,
ríos de la India, dejándose caer de paso sobre las áridas llanuras de Sericana, por donde los
chinos conducen sus ligeros carretones de mimbres con ayuda del viento y de las velas. De igual
suerte, el Enemigo marchaba solo, buscando acá y acullá su presa por aquel océano azotado por
el viento; solo, porque ninguna criatura, viviente o sin vida, poblaba aquel sitio todavía; pero
después, cuando el pecado hubo llenado de vanidad las obras de los hombres, subieron allí desde
la tierra, como aéreos vapores, todas las cosas vanas y transitorias.
Allí volaron simultáneamente las cosas vanas, y los que en ellas fundan sus más
confiadas esperanzas de gloria, de fama duradera o felicidad en esta vida o en la otra. Todos los

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que tienen en la Tierra su recompensa, fruto de una superstición penosa o de un obcecado celo, y
que buscan únicamente las alabanzas de los hombres, encuentran en aquel sitio una retribución
adecuada, vacía, como sus acciones. Todas las obras imperfectas de la Naturaleza, todas las
abortivas, monstruosas, caprichosamente barajadas, huyen de aquel lugar después de haberse
disuelto en la Tierra, y vagan allí vanamente hasta la disolución final. No se dirigen hacia la
cercana Luna, como han soñado algunos; los habitantes de aquellos campos argentinos son más
verosímilmente santos transportados o espíritus que ocupan el puesto intermedio entre la
especie humana y la naturaleza angélica.
A este lugar llegaron en un principio, desde el antiguo mundo, los hijos de los hijos e
hijas mal unidos; aquellos gigantes, con sus vanas hazañas, por más que entonces fueran muy
celebradas; en pos de ellos llegaron los constructores de la torre de Babel, en Sennaar, quienes,
dominados siempre por su vano proyecto, construirán todavía nuevas Babeles si tuvieran medios
para ello. Después llegaron otros, uno a uno: tales como Empédocles, que se precipitó contento
entre las llamas del Etna, para que lo tuviesen por un dios; Cleombroto, que se arrojó al mar por
gozar del Elíseo de Platón. Sería prolijo enumerar los demás, los embriones, los insensatos, los
ermitaños, los monjes blancos, negros, grises, con todas sus supercherías. Allí vagan los
peregrinos, que fueron tan lejos a buscar muerto en el Gólgota al que vive en el cielo; allí se
encuentran los hombres que, para tener seguro el Paraíso, se visten al morir el hábito de un
dominico o de un franciscano, y creen entrar en él disfrazados de este modo. Atraviesan los siete
planetas; atraviesan las estrellas fijas y aquella esfera cristalina, cuyo balanceo produce la
trepidación de que se ha hablado tanto, y atraviesan el cielo, que fue el primero que se puso en
movimiento. Ya San Pedro, en el postigo del cielo, parece aguardar a los viajeros con sus llaves;
ya en las primeras gradas del cielo, levantan el pie para subir, cuando un viento impetuoso y
cruzado, soplando a la vez por una y otra parte, los arroja a diez mil leguas de distancia,
derribados en la vaga región del aire. Entonces se ven las cogullas, tocas y hábitos, con los que
los llevan, sacudidos y hechos pedazos; reliquias, indulgencias, rosarios, dispensas, bulas, todo es
juguete de los vientos. Todo va dando vueltas por el aire y vuela a la larga distancia, por encima
de la espalda del mundo, en el limbo vasto y ancho, llamado después el Paraíso de los locos,
lugar que, andando el tiempo, han desconocido muy pocas personas, pero que entonces no estaba
poblado ni frecuentado.
El Enemigo, al pasar, encontró aquel globo tenebroso; lo estuvo recorriendo largo
tiempo, hasta que el resplandor de una luz naciente atrajo hacia ella sus investigadores pasos.
Descubrió a lo lejos un gran edificio, que se eleva hasta la muralla del cielo por medio de
magníficas gradas. En la última de éstas veíase, aunque mucho más rica, una obra parecida al
pórtico de un palacio real, embellecido por un frontispicio de diamantes y de oro. El pórtico
brillaba con deslumbrantes piedras orientales, que no tienen igual en la tierra, ni pueden ser
imitadas por el pincel. Las gradas eran semejantes a aquellas por las que Jacob vio subir y bajar
a los ángeles, cohorte de guardianes celestiales, cuando, para huir de Esaú, yendo a Padan-Arán,

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tuvo un sueño durante la noche en los campos de Luza, bajo el cielo abierto, y al despertar
exclamó: “Aquí está la puerta del cielo”.
Aquella inmensa escalera, cada uno de cuyos peldaños encerraba un misterio, no estaba
siempre allí; algunas veces permanecía retirada e invisible en el cielo; debajo de ella corría un
brillante mar de aspe o de perlas líquidas, sobre el cual navegaban los que más tarde acudieron
desde la Tierra, conducidos por ángeles, o volaban sobre el lago, arrebatados en un carro tirado
por caballos de fuego. Los peldaños descendían entonces hasta abajo, ya para tentar al Enemigo,
con la facilidad de su ascensión, ya para agravar su triste exclusión de las puertas de la beatitud.
Frente por frente de aquellas puertas, y precisamente encima de la feliz mansión del
Paraíso, se abría un camino que daba paso a la Tierra; camino ancho, mucho más ancho que lo
fue, andando el tiempo, aquel que descendía espacioso sobre el monte Sión y sobre la tierra
prometida, tan predilecta de Dios. Los ángeles, portadores de órdenes supremas, pasaban y
repasaban frecuentemente por este camino para visitar las dichosas tribus; el mismo Altísimo las
contemplaba bondadoso desde Paneas, manantial del Jordán, hasta Bersabé, donde la Tierra
Santa confina con Egipto y con las playas de Arabia. Tal parecía aquella vasta abertura, donde se
había puesto límite a las tinieblas, semejantes a las barreras que detienen las olas del océano.
Llegado Satanás al peldaño inferior de la escalera que conduce por escalones de oro hasta las
puertas del cielo, miró hacia abajo y quedó poseído de admiración ante la vista repentina del
Universo.
Cuando, rodeado de peligros, y a través de sendas oscuras y desiertas, algún explorador
ha marchado toda una noche y consigue llegar a la cumbre de alguna colina áspera y elevada al
despertar la risueña aurora, ofreciéndose entonces inopinadamente a sus ojos la agradable
perspectiva de un país desconocido, visto por la primera vez o de una metrópoli famosa,
adornada de pirámides y torres resplandecientes, doradas por los rayos del sol naciente, no
queda tan admirado como a la sazón quedó el Espíritu maligno, por más que hubiera visto otra
vez el cielo; pero su admiración fue menor que su envidia al aspecto de todo aquel mundo que
tan bello parecía.
Miraba en torno suyo el espacio (y podía fácilmente hacerlo, estando colocado a tanta
altura sobre el pabellón circular de la vasta sombra de la noche) desde el punto oriental de la
Balanza hasta la estrella lanuda que transporta a Andrómeda lejos de los mares atlánticos, al
otro lado del horizonte; después contempló la latitud, de un polo al otro polo, y, sin detenerse
más, tendió su precipitado vuelo hacia abajo, en dirección a la primera región del mundo. Siguió
con facilidad, y a través del puro mármol del aire, su ruta oblicua, entre innumerables estrellas,
que brillaban cual astros desde lejos, pero que de cerca eran semejantes a otros mundos o a islas
dichosas, como los jardines de las hespérides, famosos en la Antigüedad; ¡campos afortunados,
selvas y valles floridos, islas tres veces dichosas! Pero ¿qué ser feliz habitaba en ellas? Satanás no
se detuvo en averiguarlo.

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO III

Sobre todas las estrellas atrae sus miradas el Sol de oro, igual a los cielos en esplendor;
hacia este astro dirige su carrera a través del tranquilo firmamento; pero será difícil manifestar
si la dirigió por arriba o por abajo, por lo céntrico o lo excéntrico, o por su longitud. Adelántase
hacia el sitio donde la gran antorcha envía desde lejos su claridad a las numerosas y vulgares
constelaciones, que se mantienen a una distancia conveniente del ojo de su Señor. Estas forman
en su marcha su danza estrellada en números que miden los días, los meses y los años; se
apresuran a ejecutar sus variados movimientos hacia su vivificante llama, o bien giran
impulsadas por su rayo magnético, que esparce un grato calor por el Universo, y que con
benigna penetración, aunque inadvertido, comunica una visible virtud hasta el fondo del abismo.
¡Tan maravillosamente fue escogido el sitio resplandeciente del astro de la luz!
Allí se dirige el Enemigo; el astrónomo, ayudado de su óptico cristal, no habrá quizá
observado nunca una mancha semejante en la esfera resplandeciente del sol. Parecióle a Satanás
este sitio mucho más esplendoroso de cuanto decirse pueda, y sin que haya en la Tierra cosa
alguna que pueda comparársele, bien sea metal o piedra. No eran semejantes todas sus partes,
pero todas estaban penetradas por igual de una luz radiante, como el hierro candente lo está por
el fuego; corno metal, una parte parecía de oro; otra parte, de plata; como piedra, una parte
parecía carbunclo o crisólito, y otra rubí o topacio, semejantes a las doce piedras que brillaban en
el pectoral de Aarón, o más bien, a la piedra tantas veces imaginada y nunca vista; piedra que los
filósofos de aquí abajo han buscado en vano tanto tiempo, por más que, valiéndose de su arte
poderosa, hayan fijado el volátil Hermes, y evoquen del mar bajo aspectos diferentes al viejo
Proteo, reducido a través de un alambique a su forma primitiva.
¿Qué asombro debe causarnos, pues, el que aquellos campos, aquellas regiones exhalen
un elixir puro; que aquellos ríos lleven el oro potable, cuando, por la virtud de su simple
contacto, el gran alquimista, el Sol, tan apartado de nosotros, produce tan preciosas cosas de tan
vivos colores y de unos efectos tan raros, aquí en la oscuridad, mezcladas con los humores
terrestres?
Allí, el demonio, sin verse deslumbrado, encuentra nuevos motivos de admiración: su
vista percibe los objetos a larga distancia, porque allí no encuentra obstáculo ni sombra, sino que
todo es sol, como cuando a mediodía el astro lanza verticalmente sus rayos sobre el ecuador, que
entonces no puede proyectarse la sombra en derredor de ningún cuerpo opaco.
Una atmósfera tan límpida como no existe en parte alguna, contribuía a que la mirada
de Satanás fuera más penetrante para los objetos apartados: así es que pronto descubre a la
simple vista a un ángel glorioso que estaba en pie, al mismo ángel que también vio San Juan en
el Sol. Aunque vuelto de espalda, no se ocultaba su gloria. Una tiara de oro, formada por los
rayos del sol, coronaba su cabeza; su cabellera, no menos brillante, flotaba ondulando sobre su
espalda, provista de alas: parecía dedicado a una grave ocupación, o sumido en una meditación
profunda. El Espíritu impuro se sintió gozoso, con a esperanza de encontrar un guía que pudiera

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO III

encaminar su vuelo errante al Paraíso terrenal, mansión feliz del hombre, fin del viaje de
Satanás, y sitio donde empezaron nuestros males.
Pero el Enemigo piensa primero en cambiar su propia forma, porque de lo contrario
podría ocasionarle un peligro o una demora; por lo cual se transforma de improviso en un
querubín adolescente, y aunque no de los de primer orden, tal, sin embargo, que en su rostro
brillaba una juventud celestial y en todos sus miembros se difundía una gracia inefable: ¡tan bien
sabía fingir! Los bucles flotantes de sus cabellos, sujetos por una pequeña corona, caían sobre sus
mejillas: iba provisto de alas, cuyas plumas, de variados colores, estaban sembradas de oro; su
vestidura corta era a propósito para una marcha rápida, y con una varita de plata parecía
sostener sus pasos, llenos de gracia y decoro.
No se acercó sin ser sentido: el ángel refulgente, avisado por su oído, volvió su radiante
rostro cuando aquél se adelantaba, e inmediatamente se conoció que era el arcángel Uriel, uno
de los siete que están en presencia de Dios y de los más próximos a su trono, prontos a ejecutar
sus órdenes. Estos siete arcángeles son los ojos del Eterno: recorren todos los cielos, o conducen
aquí abajo, a este globo, sus rápidos mensajes, sobre lo húmedo o sobre lo seco, sobre la tierra y
sobre el mar.
Satanás se acerca a Uriel, y le dice:
—Uriel, puesto que eres uno de los siete espíritus gloriosamente brillantes que están en
pie ante el elevado trono de Dios, y acostumbrado, como fiel intérprete de su gran voluntad, a
ser el primero en transmitirla al más alto cielo, donde todos sus hijos esperan tu embajada, aquí
obtienes, sin duda, el mismo honor por decreto supremo, y visitas frecuentemente, como uno de
los ojos del Eterno, esta nueva creación. Un deseo indecible de ver y conocer las obras de Dios,
pero particularmente el hombre, objeto principal de sus delicias y de su predilección; el hombre,
en cuyo favor ha dispuesto tan maravillosas obras, me ha hecho abandonar el coro de
querubines, errando solo por aquí. ¡Oh, tú, el más brillante de los serafines! Dime en cuál de esos
orbes tiene designada el hombre su residencia, o si, no teniendo morada fija, puede habitar a su
antojo todos esos orbes esplendentes: dime dónde podré encontrar, dónde podré contemplar, con
un secreto asombro, o con una ostensible admiración, a aquel a quien el Creador ha prodigado
mundos, y a quien ha dotado de todas las gracias, a fin de que en esta nueva criatura, como en
todas sus obras, podamos ambos, como debemos, alabar al Creador universal, que ha precipitado
justamente en lo más profundo del infierno a sus rebeldes enemigos, y que, a fin de reparar esta
pérdida, ha creado esa nueva y dichosa raza de hombres para servirle mejor. ¡Todas sus
determinaciones son sabias!
Así habló aquel impostor, sin ser conocido, porque ni el hombre ni el ángel pueden
distinguir la hipocresía, único mal que en el Cielo y en la Tierra pasa invisible para todos menos
para Dios, y por permisión de Dios; pues muchas veces, aunque la Sabiduría vele, la Sospecha
duerme a la puerta de la Sabiduría, y confía su cargo la Sencillez: la Bondad no cree que exista el

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO III

mal allí donde no parece haberlo. Esto es lo que entonces engañó a Uriel, por más que rigiera el
Sol y fuera tenido como el espíritu celeste dotado de más penetrante mirada; y por eso respondió
con sinceridad al impuro y pérfido impostor:
—Hermoso ángel, tu deseo, que tiende a conocer las obras de Dios, a fin de glorificar de
este modo al gran Artista, no conduce a ningún exceso digno de censura; por el contrario,
cuanto más excesivo parezca ese deseo, más alabanzas merece, puesto que desde tu morada rada
empírea te conduce solo aquí para asegurarte por el testimonio de tu vista de lo que algunos se
han contentado quizá con saber solamente de referencia en el cielo. ¡Maravillosas son, por cierto,
las obras del Altísimo, agradable su conocimiento, y dignas de que se conserven para siempre y
plácidamente en la memoria! ¿Qué espíritu creado puede calcular su número, o comprender la
Sabiduría infinita que las dio a luz, pero que ocultó sus profundas causas?
“Yo lo he visto; ante Él estaba yo, cuando a su voz la masa informe, la mole material de
este mundo, se reunió en un montón: la Confusión oyó su voz; el feroz Tumulto se sometió a
reglas dadas, y el vasto Infinito quedó limitado. A su segunda palabra, huyeron las tinieblas,
brilló la luz, el orden nació del desorden. Los elementos groseros, la tierra, el agua, el aire y
fuego se apresuraron a ocupar rápidamente sus diferentes puestos: la quinta esencia etérea del
cielo voló al punto más elevado; animada bajo diferentes formas, extendióse orbicular y se
convirtió en estrellas sin número, como ves: cada una tuvo su sitio designado, según su
impulsión, cada cual su curso: el resto, como una muralla circular, rodea el Universo.
“Baja tus miradas hacia ese globo, que brilla por esta parte con la luz reflejada que
recibe de aquí: ese lugar es la Tierra, morada del hombre. Esta luz es el día de la Tierra, sin la
cual la noche invadiría esa mitad del globo terráqueo, como invade el otro hemisferio. Pero la
vecina Luna (así se llama ese hermoso planeta opuesto) interpone a propósito su socorro; y traza
un círculo mensual, terminando siempre, y siempre renovando en medio del cielo, merced a una
luz presada, su triforme faz. De esta luz se inunda y se despoja alternativamente para iluminar a
la Tierra; su pálida dominación detiene la noche. Esa mancha que te designo es el Paraíso, la
morada de Adán; esa gran sombra es su asilo: no puedes equivocar tu camino; el mío me
reclama.”
Así dijo, y se volvió. Satanás, inclinándose profundamente ante un espíritu superior,
como es costumbre en el cielo, donde nadie olvida prestar el respeto y el homenaje debidos,
despídese, y se lanza desde la eclíptica hacia la convexidad de la Tierra; adquiriendo más agilidad
con la esperanza de un buen éxito, precipita su vuelo perpendicular girando como una rueda
aérea, y no se detuvo hasta posarse sobre la cumbre del monte Nifates.

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L I B RO C UA RTO

Satanás, a la vista del Edén, cerca del sitio donde debe intentar la atrevida empresa
que ha proyectado él solo contra Dios y contra el hombre, permanece indeciso,
agitado por muchas pasiones, tales como el terror, la envidia y la desesperación;
pero por último se confirma en el mal y avanza hacia el Paraíso, cuyo aspecto
exterior y cuya situación se describen; atraviesa sus límites y se posa, bajo la forma
de un cuervo marino, sobre árbol de la Vida, como el más alto del jardín, para
mirar en torno suyo. Descripción del jardín. Satanás ve por la primera vez a Adán
y a su compañera; su admiración al ver sus formas perfectas y su estado
dichoso; su resolución de trabajar en su caída: oye su conversación; descubre
que les estaba prohibido, bajo pena de muerte, comer el fruto del árbol de la
Ciencia; proyecta fundar en esa prohibición su tentación, persuadiéndoles a que la
quebranten; pero lo aplaza para adquirir más noticias sobre su estado, por algún
medio. Uriel, sin embargo, descendiendo sobre un rayo de sol, advierte a Gabriel
(que estaba encargado de la custodia de la puerta del Paraíso) que algún mal
espíritu se había escapado del abismo, pasando al mediodía por la esfera del Sol
bajo la forma de un ángel bueno, y había descendido al Paraíso, descubriéndole los
furiosos ademanes que había hecho sobre la montaña. Gabriel promete encontrarlo
antes de la mañana siguiente. Al acercarse la noche, Adán y Eva tratan de
entregarse al descanso; descríbese el bosquecillo donde se hallaban; su oración de
la tarde. Gabriel hace salir a sus escuadrones de vigilantes nocturnos para rondar
por el Paraíso, y envía dos ángeles hacia el lecho de Adán, temeroso de que se
oculte allí el Espíritu maligno para hacer daño a Adán y Eva mientras duermen. Le
encuentran junto al oído de Eva, ocupado en tentarla con un sueño, y le conducen a
pesar suyo ante Gabriel. Interrogado por éste, le contesta desdeñosamente y se
prepara a la resistencia; pero imposibilitado de ello por una señal del cielo, huye
del Paraíso.

¡O h!. ¿Por qué no se dejó oír aquella voz tutelar que hirió los oídos apóstol que vio el
Apocalipsis, cuando el Dragón, derrotado por segunda vez, acudió furioso para
vengarse en los hombres; voz que gritaba con fuerza en el cielo: “¡Ay de los moradores
de la Tierra!” Entonces, mientras era aún tiempo, nuestros padres hubieran tenido aviso de la
llegada de su enemigo secreto, y quizá se habrían librado de su lazo mortal. Porque Satanás,

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO IV

inflamado ahora de rabia, desciende por primera vez sobre la Tierra; tentador antes que
acusador del género humano, viene para hacer sufrir el castigo de su primera batalla perdida, y
de su huida al infierno, al hombre inocente y frágil. Sin embargo, aunque temerario y sin miedo,
no se goza en su velocidad; al empezar su horrible empresa, no tiene motivos para
enorgullecerse. Su designio, próximo a manifestarse, oscila y hierve en su seno tumultuoso, y,
semejante a una máquina infernal, retrocede sobre sí mismo. El horror y la incertidumbre
desconciertan sus turbados pensamientos y sublevan hasta el fondo todo el infierno en su seno,
porque lleva el infierno en sí y en torno suyo, y no puede huir de él un solo paso, como no puede
huir de sí mismo cambiando de sitio. La conciencia despierta a la desesperación, que dormitaba,
y aviva en el arcángel el recuerdo amargo de lo que fue, de lo que es y de lo que debe ser, cuando
peores acciones produzcan mayores suplicios. Algunas veces fija tristemente su infeliz mirada
sobre el Edén, que se ostenta ahora agradable ante su vista; otras, la fija et el cielo y en el Sol,
que resplandece sobre su trono del mediodía Después de haberlo repasado todo en su
imaginación, se expresó de esta suerte entre suspiros:
—¡Oh, tú, que, coronado de una gloria incomparable, miras desde lo alto de tu imperio
solitario, como si fueras el Dios de este mundo nuevo! ¡Oh, tú, ante cuya vista todas las estrellas
ocultan sus cabezas, empequeñecidas! A ti es a quien llamo, pero no con una voz amiga; no
pronuncio tu nombre, ¡oh, Sol!, sino para manifestarte todo el odio que me inspiran tus rayos.
Ellos me recuerdan el estado de que he descendido, y cuan glorioso me elevaba otras veces sobre
tu esfera.
“El orgullo y la ambición me han precipitado: he declarado la guerra en el Cielo al Rey
del Cielo, que no tiene igual. ¡Ah! ¿Y por qué? No merecía de mí semejante pago, cuando me
había creado tal cual yo era en una categoría eminente: no me reprochaba ninguno de sus
beneficios; su servicio no era nada duro. ¿Qué menos podía ye hacer que prodigarle alabanzas,
homenaje bien fácil, por cierto? ¿Qué otra cosa que tributarle acciones de gracias, cuando le eran
tan debidas? A pesar de esto, toda su bondad sólo ha producido en mí el mal la malicia..
Encumbrado a tan alto puesto, he desdeñado la sujeción; he pensado que, subiendo un grado
más, llegaría a ser el Altísimo; que en un momento satisfaría la deuda inmensa de una gratitud
eterna; deuda bien pesada, puesto que siempre se paga, y siempre se debe. Olvidaba también lo
que diariamente recibía de Él; no comprendía que un corazón agradecido, aunque deba, no debe,
sino que paga sin cesar, siendo a la vez deudor y pagador. ¿Tan pesada era esta carga? ¡Ah! ¿Por
qué su poderoso destino no me creó ángel inferior? Aún me contemplaría feliz: una desenfrenada
esperanza no habría hecho nacer en mí la ambición. ¿Y por qué no? Alguna otra potestad tan
grande hubiera podido aspirar al trono, y a pesar de mi corta valía, me habría arrastrado a su
partido. Pero otras potestades tan grandes no han caído, sin embargo; han permanecido firmes,
arcadas interior y exteriormente contra toda tentación. ¿No tenías tú, entura, la misma voluntad
libre, e idéntica fuerza para resistir? La tenías: ¿a quién, pues, y de qué podrás acusar, si no es al
libre amor del cielo, que en todos se hace sentir por igual?

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“¡Maldito sea, pues, ese amor, puesto que el amor o el odio, que para mí son lo mismo,
me acarrean la eterna desgracia! No: ¡maldito seas tú mismo, ya que por tu voluntad, contraria a
la de Dios, has elegido libremente aquello de que hoy te arrepientes con tan justo motivo!
“¡Ay de mí, miserable! ¿Por qué camino podré huir de la cólera irrita y de la infinita
desesperación? Por cualquiera que lo intente, iré a parar al infierno: el infierno soy yo mismo; y
en el abismo más profundo, existe dentro de mí un abismo más profundo, que, anchamente
abierto, sin cesar amenaza devorarme; en comparación de este antro el infierno en que sufro es
parecido al cielo. ¡Oh, modera tus golpes! ¿No hay ningún lugar reservado al arrepentimiento, a
la misericordia? Ninguno; para ello es necesario de antemano la sumisión; pero mi orgullo y el
temor de avergonzarme no me permiten pronunciar esta palabra en presencia de los espíritus
inferiores a mí, cuando yo soy quien los ha seducido con otras promesas, con seguridades muy
diferentes de la sumisión, alabándome de sojuzgar al Todopoderoso. ¡Ah, cuán desgraciado soy!
“¡Cuán pocos saben lo costosamente que estoy pagando mi vana jactancia, y los
tormentos que me hacen gemir interiormente, mientras me adoran sobre el trono del infierno!
¡Yo, el más elevado con el cetro y la diadema, he caído más abajo que ellos, siéndoles únicamente
superior en miserias! Esa es la recompensa que encuentra la ambición.
“Pero aun cuando me fuera posible arrepentirme, obtener gracia y volver a mi primitivo
esplendor, ¡ah!, lo elevado de mi estirpe haría renacer en breve lo elevado de mis pensamientos,
¡y cuán pronto me retractaría de lo que una fingida sumisión me hubiera hecho jurar! El alivio
del mal rechazaría como nulos y arrancados por la violencia unos votos pronunciados en medio
del dolor. Jamás puede renacer una verdadera reconciliación allí donde las heridas de un odio
mortal han penetrado tan profundamente. Esto tan sólo me conduciría a infidelidad peor y a más
horrible caída: compraría cara una corta intermisión pagada con un doble suplicio. Harto lo sabe
el que me castiga, y por lo mismo está tan lejos de concederme la paz como yo de mendigarla.
Alejada toda esperanza, en lugar de nosotros, arrojados proscritos, ha creado al hombre, su
nueva delicia, y para el hombre, este mundo. Así, pues, ¡adiós esperanza, y con la esperanza adiós
temor, adiós remordimiento! Puesto que todo bien está ya perdido para mí, ¡oh, Mal!, sé mi bien:
merced a ti, compartiré a lo menos el imperio con el Rey del cielo; merced a ti, reinaré quizá
sobre más de la mitad del Universo, como lo conocerán en breve el hombre y este nuevo
mundo.”
Mientras hablaba de esta suerte, las pasiones oscurecían su rostro, alterado tres veces
por la pálida cólera, la envidia y la desesperación; pasiones que desfiguraban su mentido
semblante, y que habrían descubierto su disfraz si algún ojo le hubiera visto; porque los espíritus
celestiales están siempre exentos de tan vergonzosos desórdenes. Satanás se acordó de ello en
breve, y cubrió la alteración de su rostro con una exterioridad de calma: como artista hábil en
todo fraude él fue el primero que practicó la falsedad bajo una apariencia santa, a fin de ocultar
su profunda malicia encerrada en la venganza. No era, sin embargo, lo suficientemente experto
en su arte para lograr engañar a Uriel, una vez prevenido; la mirada de este arcángel le había

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seguido por el camino que emprendiera; le vio sobre el monte Asirio más alterado de lo que
convenía a un espíritu bienaventurado, y observó sus gestos furiosos, su extraviado continente,
mientras él se creía solo, no observado, no visto.
Satanás continuó su camino, y se acercó al límite del Edén. El delicioso Paraíso, más
próximo ahora, corona con su verde cercado cual un muro campestre, la cumbre aplanada de una
escarpada soledad: las enhiestas laderas de aquel desierto, erizadas de espesas breñas,
caprichosas y salvajes, impiden toda entrada. Sobre su cima crecían, hasta una elevación
inconmensurable, las más altas arboledas de cedros, pinos, abetos y palmeras, que formaban un
agreste conjunto; y como sus largas hileras sobreponían follaje sobre follaje, componían un
anfiteatro de bosques del más majestuoso aspecto. Más elevada aún que sus cimas, ascendía la
verde muralla del Paraíso, ofreciendo a nuestro primer padre una vasta perspectiva sobre las
comarcas que rodeaban su imperio. Más alto que aquella muralla, que se extendía circularmente
en torno suyo, descollaba un círculo de los más preciados árboles, cargados de los más hermosos
frutos. Las flores y los dorados frutos formaban un rico esmalte de entremezclados colores; el sol
esparcía en ellos sus rayos con más placer que en una hermosa nube vespertina o en el húmedo
arco que aparece cuando Dios rocía la tierra. Tal era aquel encantador paisaje. A medida que
Satanás se acercaba a él, pasaba de un aire puro a otro más puro, que inspiraba al corazón
delicias y goces primaverales, capaces de extirpar toda tristeza, excepto la de la desesperación.
Blandas brisas, batiendo sus rieras alas, esparcían perfumes naturales, y revelaban los sitios
donde adquirían aquellos embalsamados despojos. Así como a los marinos que han doblado el
cabo de Buena Esperanza y han pasado ya de Mozambique, sorprenden en alta mar los perfumes
de Saba, que desde la aromática costa de la Arabia Feliz les llevan los vientos Nordeste, por lo
cual, encantados con la calma, procuran detener más su marcha, y durante muchas leguas se
sonríe el viejo Océano, halagado por tan agradables perfumes, del mismo modo acogían las
suaves emanaciones del Paraíso al Enemigo, que iba a él para envenenarlas. Mostróse más
satisfecho que lo pareció Asmodeo ante el humo del veneno que, aunque enamorado, le hizo
apartarse del lado de la esposa del hijo de Tobías, obligándole la venganza a huir desde la
Media hasta Egipto, donde fue encadenado fuertemente.
Pensativo y lento, ascendió Satanás por la colina escarpada y salvaje, pero en breve le
faltó el camino para ir más lejos: de tal modo las espinas, entrelazadas como una valla continua,
y la exuberancia de los zarzales, cierran el paso al hombre o a la bestia que sigan este camino. El
Paraíso sólo tenía una puerta que miraba al Oriente por el lado opuesto; pero el gran criminal, a
pesar de haberla visto, desdeñóse de introducirse por la entrada verdadera; y por desprecio,
traspasó de un rápido salto todo el cercado de la colina y de la más alta muralla y cayó de pies en
el interior.
Como el lobo merodeador que, obligado por el hambre a buscar las recientes huellas de
una presa, acecha el sitio donde los pastores han encerrado de noche sus rebaños, en recintos
seguros en medio de los campos y salta fácilmente por encima de las cercas del aprísco; o como

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un ladrón, ávido de apoderarse del tesoro de un rico ciudadano, cuyas macizas puertas, provistas
de barras y cerrojos, no temen ningún asalto, así el primero y el mayor de los ladrones escaló el
redil de Dios, del mismo modo que escalaron después su iglesia los impuros mercenarios.
Satanás desplegó en seguida su vuelo y se posó, semejante a in cuervo marino, sobre el
árbol de la Vida, el árbol del centro del Paraíso y también el más elevado. No recobró en él la
verdadera vida, sino que meditó allí la muerte de los que vivían; no pensó en la virtud del árbol
que da vida, y cuyo buen uso hubiera sido prenda de inmortalidad, sino que se sirvió solamente
de él para extender a lejos sus miradas: tan cierto es que nadie, excepto Dios, conoce el justo
valor del bien presente, y que se pervierten las mejores cosas por el más abominable abuso o por
el uso más vil.
Satanás tendió sus miradas por el suelo que le rodeaba y cor nueva sorpresa vio,
contenidas en un estrecho espacio y para las delicias de los sentidos del hombre, todas las
riquezas de la Naturaleza mejor dicho, vio un cielo en la Tierra; porque este bienaventurado
Paraíso era el jardín de Dios, plantado por Él mismo al oriente de Edén. El Edén se extendía al
Este, desde Auran hasta las torres reales de la Seleucia, fundada por los reyes griegos, o hasta el
sitio que los hijos del Edén habitaron mucho tiempo antes, llamado Telassar. Sobre este suelo
agradable trazó Dios su más encantador jardín: hizo salir de la tierra fecunda los árboles de
mejor especie para recreo de la vista, el olfato y el gusto. En medio de ellos estaba el árbol de la
Vida, alto, elevado, ostentando sus frutos de ambrosía y de oro vegetal. No lejos de la vida,
crecía el árbol de la Ciencia nuestra muerte; ciencia del bien, comprada a tanta costa por el
conocimiento del mal.
Por el lado del Mediodía, y a través del Edén, pasaba un anchuroso río, que no variaba
su curso, sino que se sepultaba bajo la escarpada montaña. Dios había colocado aquella montaña,
como el suelo de su elevado jardín, sobre la rápida corriente. La onda, atraída hacia lo alto por la
dulce sed de la tierra porosa, brotaba de sus venas como límpida fuente y se desparramaba por el
jardín, formando innumerables arroyuelos, que, reuniéndose, caían desde una rampa escarpada y
volvían a encontrar el río, que salía de su oscuro pasaje; dividido éste entonces en cuatro brazos
principales emprendía diferentes caminos, errando por países y reinos famosos, de que es inútil
hacer mención aquí.
Digamos más bien, si es que el arte puede hacerlo, cómo corrían los tortuosos arroyos
de aquella fuente de zafir sobre perlas orientales y arenas de oro; cómo, formando sinuosos
laberintos, y bajo risueños follajes, esparcían el néctar, visitaban cada planta y nutrían flores
dignas del Paraíso. Aquellas flores no han sido ordenadas en capas regulares, ni en curiosos
ramilletes, por el refinamiento del arte, sino que la generosa Naturaleza las ha distribuido con
profusión sobre la colina, por el valle, por la llanura, allí donde el sol de la mañana comunica su
primer calor al campo abierto, y allí donde el follaje impenetrable, sombrea los bosquecillos al
Mediodía.

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Tal era aquel lugar: asilo feliz y campestre de variado aspecto; bosquecillos, cuyos ricos
árboles lloran lágrimas de bálsamo y de gomas perfumadas; vergeles cuyos frutos, de doradas y
tersas pieles y exquisito gusto, penden incitantes; sitio en que se realiza la fábula de las
Hespérides, si es cierto este prodigio. Entre aquellos bosquecillos se interponen algunos espacios
descubiertos y risueños prados, los rebaños pacen la fresca hierba, o bien se elevan colinas
plantadas de palmeras, o despliega sus tesores el florido recinto de algún húmedo valle, lleno de
flores de todos colores y de rosas sin espinas.
Hacia otro lado se abren umbrosas grutas y cavernas, que convidan al reposo con su
frescura: la vid, envolviéndolas con su manto, ostenta sus purpúreos racimos y se encarama
elegantemente rica. Al mismo tiempo caen aguas susurrantes por los declives de las colinas,
dispersándose o yendo a unir sus corrientes en un lago, que refleja en su cristalino espejo sus
orillas desiguales y coronadas de mirtos, pájaros cantan en coro, y las brisas primaverales,
esparciendo los perfumes de los campos y de los vergeles, unen su suave armonía a la de las
temblorosas hojas, mientras que el universal Pan, danzando con las Gracias y con las Horas,
lleva consigo una primavera eterna. Ni la deliciosa campiña de Enna, donde Proserpina fue
arrebatada por el sombrío Plutón, mientras cogía flores, cuando ella era la flor más preciada,
haciendo que la desolada Ceres le buscase por toda la Tierra; ni el agradable bosque de Dafne
cerca del Oronte, ni la inspirada fuente de Castalia pueden compararse al paraíso del Edén; y
mucho menos la isla Nisa, rodeada por el río Tritón, donde el viejo Cam, llamado Amon y
Júpiter Líbico por los gentiles, ocultó a Amaltea y al joven Baco, para alejarlo de la vista de Rea,
su madrastra. El monte Amar, donde los reyes de Abisinia guardan sus hijos, y donde algunos
han supuesto que estaba el verdadero Paraíso, monte colocado bajo la línea etiópica y cerca de
las fuentes del Nilo, rodeado de brillantes rocas, para cuya ascensión se necesita un día entero,
está muy lejos de aproximarse en semejanza al jardín de Asiria, donde el Enemigo vio sin placer
todos los placeres, todas las criaturas vivientes, nuevas y extrañas a sus ojos.
Dos de entre ellas, dotadas de una forma mucho más noble, de continente erguido y
elevado como el de los dioses, vestidas con su dignidad natal en una desnuda majestad, parecían
los señores de todo, y se mostraban dignas de serlo. En sus miradas divinas brillaba la imagen
de su glorioso autor, con la razón, la sabiduría, la santidad severa y pura, severa, pero colocada
en esa verdadera libertad filial que constituye la verdadera autoridad entre los hombres.
Aquellas dos criaturas no eran iguales, como tampoco eran iguales sus sexos: Él estaba formado
para la contemplación y el valor; Ella, para la dulzura y la gracia seductora; Él, para Dios
solamente; Ella, para Dios en Él. La hermosa y ancha frente del hombre y su mirada sublime
anuncian la autoridad suprema: sus cabellos de jacinto, divididos por delante, caen formando
bucles de una manera varonil sobre sus fuertes hombros, pero sin pasar de ellos. La mujer lleva
como un velo su cabellera de oro, que desciende esparcido y sin adorno hasta su delgada cintura,
enroscándose en caprichosos anillos, como la vid repliega sus flexibles sortijas; símbolo de la
dependencia, pero de una dependencia demandada con dulce autoridad, concedida por la mujer,
recibida por el hombre; otorgada con una sumisión ingenua, un orgullo modesto, una tierna

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resistencia y una amorosa demora. Entonces no estaba oculta ninguna parte misteriosa de sus
cuerpos; entonces no existía la culpable vergüenza: desconocían esa decencia impúdica y ese
honor deshonroso que desdora las obras de la Naturaleza. ¡Oh, vergüenza, hija del pecado,
cuánto has turbado a la raza humana, con puras apariencias de pureza! ¡Has alejado de la vida del
hombre su vida más dichosa, la sencillez y la inmaculada inocencia!
De este modo vivía la desnuda pareja, sin evitar la vista de Dios ni la de los ángeles,
porque no pensaba en el mal: así vivía, con las manos entrelazadas, la más hermosa pareja que se
haya unido con los lazos del amor; Adán, el mejor de los hombres que fueron sus hijos; Eva, la
más bella de las mujeres que nacieron hijas suyas.
Bajo una umbrosa enramada, que murmuraba dulcemente sobre el verde césped, se
sentaron junto a una límpida fuente. El cultivo de su hermoso jardín les había ocupado tan sólo
lo necesario para que gustaran más a su sabor de la frescura del céfiro, para hacerles más
apacible el reposo, y más saludables el hambre y la sed. Allí cogieron los frutos que debían
servirles para su colación: frutos deliciosos que les cedían las complacientes ramas, mientras
ellos reposaban inclinados sobre la blanda alfombra de un lecho cubierto de flores. Gustaban las
sabrosas pulpas, y a medida que tenían sed, bebían en la corteza de las frutas el agua que se
deslizaba en torno suyo.
En este banquete no faltaban ni los dulces coloquios, ni las tiernas sonrisas, ni las
juveniles caricias naturales a tan bellos esposos, enlazados por el dichoso vínculo nupcial, y que
se encontraban solos. En su derredor triscaban alegremente los animales de la Tierra, que,
transformados después en fieras, son perseguidos en los bosques o en los desiertos, en las selvas
o en las cavernas. El león se encabritaba jugando, y mecía al cabritillo entre sus garras; los osos,
los tigres, los leopardos, las panteras, saltaban y luchaban inocentemente en su presencia; el
informe elefante, para entretenerlos, hacía gala de su fuerza y enroscaba con destreza los anillos
de su flexible trompa: la astuta serpiente, insinuándose cerca de ellos, entrelazaba como un nudo
gordiano su replegada cola, y daba una prueba de su fatal malicia, no comprendida entonces.
Otros animales, tendidos sobre el césped, hartos de pasto, miraban a uno y otro lado, o rumiaban
medio dormidos. El sol, próximo a su ocaso, apresuraba su carrera inclinada hacia las islas del
Océano, y en la escala ascendente del cielo se elevaban las estrellas introductoras de la noche. El
triste Satanás, que no había salido aún de su anterior asombro, apenas pudo recobrar su voz
desfallecida:
—¡Oh, infierno!, ¿qué es lo que mis ojos ven con dolor? ¡En lugar nuestro y a tan alto
grado de felicidad se han elevado criaturas de otra sustancia, nacidas quizá de la tierra, y aunque
no espíritus puros, poco inferiores, sin embargo, a los espíritus celestiales! Mis pensamientos se
fijan en ellas con asombro: yo podría amarlas, en atención a la divina semejanza que en ellas
resplandece, y a tantas gracias como ha derramado en su forma la mano que las creó. ¡Ah, pareja
encantadora, no te imaginas el cambio que vas a sufrir en breve: todas tus delicias van a
desvanecerse, y a entregarte a la desgracia; desgracia tanto mayor cuanto más placer estás

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disfrutando ahora! Pareja dichosa, pero muy mal guardada para continuar por mucho tiempo en
tan feliz estado: esta mansión elevada, vuestro cielo, está mal fortificada para serlo, y para
impedir el paso a un enemigo tal como el que ahora ha entrado. No es decir que yo sea vuestro
enemigo decidido; pues podría tener piedad de vosotros al veros abandonados, por más que no la
hayan tenido de mí.
“Pretendo celebrar con vosotros una alianza, una amistad mutua, tan íntima, tan
estrecha, que en adelante habite yo con vosotros, o vosotros habitéis conmigo. Mi morada no os
parecerá sin duda tan agradable como este risueño paraíso: aceptadla, sin embargo, tal cual es,
porque es también la obra de vuestro Creador: él me la ha dado, y yo, no menos generoso, os la
cedo a mi vez. El infierno abrirá sus anchas puertas para recibiros a ambos, y enviará todos sus
reyes a vuestro encuentro. Allí dispondréis del espacio de que en estos reducidos límites
careceríais, para aposentar vuestra numerosa posteridad. Si aquel lugar no es mejor,
agradecédselo al que me ha obligado, a pesar de mi repugnancia, a tomar en vosotros venganza
del ultraje que me infirió, aunque por vuestra parte no me hayáis hecho ningún daño. Y aun
cuando me enterneciese, como lo hago, en vista de vuestra inofensiva inocencia, una justa razón
pública, el honor, el imperio que mi venganza ensanchará con la conquista de este nuevo mundo,
me obligarían a hacer lo que, sin estas razones, me parece aborrecible, a pesar de ser un
condenado.”
Así habló el enemigo, procurando justificar con la necesidad, pretexto de todos los
tiranos, su diabólico proyecto.
Desciende desde la elevada copa del árbol donde se había posado, y se dirige hacia la
juguetona multitud de los cuadrúpedos, convertido ya en uno, ya en otro, según la forma de ellos
que cuadra mejor a su designio. Contempla desde más cerca su presa: espía, sin ser descubierto,
cuanto puede averiguar aún acerca del estado de los dos esposos por sus palabras o por sus
acciones. Tan pronto da vueltas en torno suyo cual león de chispeantes ojos, como les sigue cual
tigre que ha descubierto por casualidad dos tiernos cervatillos jugando en el lindero de un
bosque, agachándose, levantándose y cambiando con frecuencia de emboscada, como un enemigo
que escoge el terreno desde donde, lanzándose sobre su presa, pueda cogerla entre sus garras.
Adán, el primero de los hombres, al dirigir estas frases a Eva, la primera de las mujeres, hizo que
Satanás aguzara los oídos para escuchar las palabras de aquella nueva lengua:
—¡Oh, mi dulce compañera, única con quien comparto todos estos placeres, y a quien
amo más que a ellos! Preciso es que el poder que nos ha hecho, y que ha hecho para nosotros este
vasto mundo, sea infinitamente bueno, tan generoso como bueno, y asimismo tan liberal en su
bondad como infinito. Él nos ha sacado del polvo y nos ha colocado aquí, en medio de toda esta
felicidad, cuando por nuestra parte no hemos merecido nada de su mano, ni podemos hacer nada
de que pueda Él tener necesidad: no exige de nosotros otra cosa que en un solo deber, una fácil
obligación: que de todos cuantos árboles producen en el paraíso frutos variados y deliciosos, nos
abstengamos únicamente de tocar el árbol de la Ciencia, plantado cerca del árbol de la Vida; ¡tan

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cerca de la vida crece la muerte! ¿Y qué es la muerte? Alguna cosa terrible sin duda; porque,
como tú no ignoras, Dios ha dicho que tocar el árbol de la Ciencia es lo mismo que morir. Ésta
es la única prueba de obediencia que nos ha impuesto entre tantas facultades de poder y de
soberanía, como nos ha conferido, y después de habernos dado un dominio absoluto sobre todas
las criaturas que existen en la tierra, en el aire y en el mar. No debemos, pues, tener por penosa
tan ligera prohibición, cuando, por lo demás, disfrutamos del libre y amplio uso de todas las
cosas, y la elección ilimitada de todos los placeres. Alabemos, sí, para siempre a Dios;
glorifiquemos su bondad; continuemos en nuestra tarea deliciosa de podar esos árboles y
cultivar esas flores, tarea que, aunque fuera fatigosa, contigo sería dulce.
Eva le respondió:
—¡Oh, tú, para quien y de quien he sido formada, carne de tu carne, y sin quien no
tendría objeto mi existencia! ¡Oh, guía y jefe mío! Lo que acabas de decir es justo y razonable.
Debemos, en verdad, alabanzas y diarias acciones de gracias a nuestro Creador; y principalmente
yo, que disfruto de la mayor parte de nuestra dicha poseyéndote a ti, que eres superior a toda
comparación, y que no puedes hallar otro igual a ti.
“Recuerdo con frecuencia el día en que salí por primera vez de mi sueño: me encontré
muellemente reposada a la sombra sobre flores, no sabiendo en mi sorpresa lo que era, dónde
estaba, ni de dónde y cómo había sido llevada allí. No lejos de este sitio se escapaba de una gruta
el dulce murmullo de las aguas, que se extendían como un brillante espejo, quedando luego
tranquilas y puras como la superficie del cielo. Dirigíme a aquel sitio con un pensamiento
inexperto, y me tendí sobre la verde orilla, para contemplar el terso y transparente lago, que me
parecía otro firmamento. Cuando me inclinaba para mirar, apareció ante mí una forma en el
cristal del agua, inclinándose también para contemplarme: retrocedí estremeciéndome, y ella
retrocedió estremeciéndose: complacida volví a adelantarme, y ella hizo lo mismo, mirándome
con amorosa simpatía. Aún estarían fijos mis ojos en aquella imagen, y yo me habría consumido
en un vano deseo, si una voz no me hubiera avisado de esta suerte:
“—«Lo que ves, hermosa criatura, lo que ves ahí es a ti misma: ese objeto va y viene
contigo; pero sígneme: yo te conduciré a un sitio donde alguien que no es una sombra espera tu
llegada y tus dulces caricias. Gozarán inseparablemente de aquel de quien eres imagen: le darás
una multitud de hijos semejantes a ti misma, y serás llamada madre del género humano.»
“¿Qué otra cosa podía yo hacer sino seguir a mi invisible guía? Bajo un plátano te vi
entonces, gallardo y hermoso, es cierto; pero, sin embargo, me pareciste menos bello, de una
gracia menos atractiva, de una dulzura menos amable que aquella muelle imagen de las aguas.
Volví hacia atrás mis pasos: me seguiste, y exclamaste: «¡Vuelve, hermosa Eva! ¿De quién
huyes? Del que huyes has nacido: tú eres su carne, sus huesos. Para darte el ser, te he prestado
de mi propio costado, del sitio más próximo a mi corazón, la sustancia y la vida, a fin de que
permanezcas para siempre a mi lado, y de que seas mi caro e inseparable consuelo. ¡Parte de mi

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alma, yo te busco! Reclamo mi otra mitad.» Con tu dulce mano cogiste la mía: cedí, y desde
entonces he visto cuánto sobrepuja a la belleza la gracia varonil y la sabiduría, que es la única
verdaderamente hermosa.”
Así habló nuestra madre común; y con miradas llenas de un encanto conyugal no
rechazado, con un tierno abandono, se apoyó en nuestro primer padre, medio abrazándole: la
mitad de su seno, palpitante y desnudo, oculto bajo el oro flotante de sus trenzas esparcidas, fue
a encontrar el seno de su esposo. Adán, seducido por su belleza y por sus sumisos encantos, se
sonrió con un amor superior, como Júpiter se sonríe mirando a Juno cuando fecundiza las nubes
que esparcen las flores de mayo; y depositó un beso puro en los labios de la madre de los
hombres. El demonio volvió la cabeza con envidia; a pesar de lo cual continuó mirándolos de
reojo con malignos celos, quejándose consigo mismo de esta suerte:
—¡Vista odiosa!, ¡espectáculo atormentador! ¡De este modo esos dos seres, endiosados
uno en brazos del otro, y formándose un Edén más feliz, acumularán dicha sobre dicha, mientras
que yo me veo sepultado en el infierno, donde no existe el placer, ni el amor, sino que arde un
violento deseo, que no es por cierto el menor de nuestros tormentos; deseo que, no viéndose
nunca satisfecho, se consume en el suplicio de la pasión!
“Pero no olvidaré lo que he sabido de su propia boca: según parece, no todo se halla bajo
su dominio: aquí se eleva un árbol fatal, llamado el árbol de la Ciencia, cuyo fruto les está
prohibido tocar. ¡Prohibida la Ciencia! Esto es sospechoso e irracional. ¿Por qué les habría de
envidiar su Señor la Ciencia? ¿Es un crimen saber? ¿Es acaso la muerte? ¿Existen tan sólo
merced a la ignorancia? ¿Estará fundada su felicidad en esta prueba de obediencia y de fidelidad?
¡Oh!, ¡qué afortunado cimiento para labrar su ruina! Por este medio excitaré en su alma un deseo
más grande de saber y de rechazar un mandato envidioso, inventado con el designio de tener
humillados a los que, gracias a la Ciencia, se verían exaltados hasta la altura de los dioses: con la
esperanza de llegar a serlo, gustarán y morirán. ¿Qué cosa más verosímil? Pero ante todo
recorramos este jardín, examinándolo minuciosamente, y no dejemos de registrar ningún rincón.
La casualidad, tan sólo la casualidad, puede conducirme al sitio donde me encuentre con algún
espíritu del cielo, vagando a la orilla de una fuente, o en la espesura de una enramada; y entonces
sabré por él lo que aún me falta averiguar. ¡Vive en tanto que puedes, afortunada pareja! ¡Goza,
hasta que yo vuelva, de esos cortos placeres; que en pos de ellos vendrán prolongados
sinsabores!”
Así diciendo, encamina desdeñosamente hacia otra parte sus pasos soberbios, pero con
una circunspección artificiosa, y da principio a sus investigaciones a través de los bosques y de
las llanuras, por las colinas y los valles. El sol descendía entretanto hacia el extremo del
Occidente en que el cielo se confunde con el Océano y la Tierra, y hería horizontalmente con sus
rayos vespertinos la puerta oriental del Paraíso. Esta puerta era una roca de alabastro, que
llegaba hasta las nubes, y que se descubría desde lejos. Un sendero tortuoso, accesible por el

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lado de la Tierra, conducía a una entrada elevada; el resto era un pico escarpado, que se inclinaba
hacia, delante a medida que iba ascendiendo, y por el que era imposible trepar.
Entre los dos pilares de la roca estaba sentado Gabriel, jefe de las guardias angélicas;
esperaba la noche: en torno suyo se ejercitaba en nobles juegos la juventud del cielo, desarmada;
pero no lejos de ella, las armaduras divinas, las corazas, los escudos y las lanzas, suspendidas en
forma de haces, brillaban con los destellos del oro y del diamante. Allí descendió Uriel sobre un
rayo de sol, atravesando la dudosa claridad del crepúsculo, y rápido como una estrella que cae
durante una noche de otoño, cuando los vapores inflamados surcan el aire, anunciando al
marinero hacia qué punto de la brújula debe resguardarse de los vientos impetuosos. Uriel
dirigió a Gabriel estas precipitadas palabras:
—Gabriel, tu alcurnia te ha hecho obtener el empleo de vigilar cuidadosamente, a fin de
que no pueda acercarse o penetrar ninguna cosa nociva en esta dichosa morada. Sabe, pues, que
hoy, en pleno mediodía, ha llegado a mi esfera un espíritu, deseoso, en la apariencia, de conocer
un número mayor de obras del Todopoderoso, y especialmente al hombre, la última imagen de
Dios. Le he enseñado el camino más corto: he observado con atención su marcha aérea, y cuando
se ha detenido en la montaña que se eleva al norte del Edén, muy luego descubrí en él miradas
extrañas al cielo, oscurecidas por malas pasiones. Seguíle todavía con la vista, pero lo he perdido
entre la sombra. Temo que alguno de la banda proscrita se haya aventurado a salir fuera del
abismo, para suscitar nuevos disturbios: tuyo es el cuidado de encontrarle.
El guerrero alado le respondió:
—Uriel, no me admira que, residiendo en el círculo brillante del Sol, se extienda tu vista
perfecta en todas direcciones. Por esta puerta, donde tiene su asiento la Vigilancia, no pasa nadie
que no sea conocido como procedente del cielo: desde el mediodía no se ha presentado ninguna
de sus criaturas. Si un espíritu de otra especie ha traspasado estos límites terrenales con algún
intento, difícil es, como sabes, detener una sustancia espiritual con una barrera material; pero si
en el recinto de estos paseos se ha deslizado ese que dices, yo lo sabré mañana al rayar el día, sea
cualquiera la forma bajo que se oculte.
Tal fue la promesa de Gabriel. Uriel se volvió a su puesto sobre el mismo rayo
luminoso, cuya punta, elevada ahora, le conduce en rápido descenso hacia el Sol, que se dirigía al
ocaso por debajo de las Azores; ya sea porque el primer orbe, con una rapidez increíble, hubiese
rodado hasta allí en su revolución diurna, o ya porque la Tierra, menos rápida y con una fuga
más lenta hacia el Este, hubiera dejado allí al Sol, matizando con reflejos de púrpura y oro las
nubes que sirven de séquito a su trono occidental.
La noche avanzaba tranquila, y el pardo crepúsculo, escoltado por el silencio, había
cubierto todos los objetos con su grave manto; los brutos y las aves se habían retirado: aquéllos,
a sus lechos de hierba; éstas, a sus nidos. Sólo el ruiseñor velaba: toda la noche estuvo cantando
sus amorosas endechas, que tenían embelesado al silencio.

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO IV

Pronto fulguró el firmamento con los más vividos zafiros. Héspero, al frente de la
milicia estrellada, se adelantaba más resplandeciente, hasta que la Luna, elevándose con una
majestad nebulosa, se ostentó regiamente, desplegando su luz de perlas, y extendiendo su manto
de plata sobre la sombra.
Adán, dirigiéndose a Eva le dijo:
—Hermosa compañera: la hora de la noche, el reposo a que se ha entregado la
Naturaleza entera, todo nos invita a reposar también. Dios ha hecho el trabajo y el descanso,
como el día y la noche, para que alternen en favor del hombre: el rocío del sueño, cayendo a
propósito con su dulce y adormecedora pesadez, cierra nuestros párpados. Las demás criaturas
vagan durante el día ociosas, sin ocupación, y tienen menos necesidad de reposo: el hombre tiene
asignada su cotidiana tarea corporal o espiritual; lo cual patentiza su dignidad y la atención que
el cielo presta a todas sus miras. Los animales, por el contrario, vagan a la ventura desocupados,
y Dios no tiene en cuenta lo que hacen. Mañana, antes que la fresca aurora anuncie por el
Oriente la primera aproximación de la luz, será preciso que nos levantemos para emprender de
nuevo nuestros agradables trabajos. Tenemos que podar esos floridos vergeles, esas verdes
alamedas, nuestro paseo del mediodía, embarazadas con el exceso de sus ramas: se ríen de la
insuficiencia de nuestro cultivo, y solicitan más brazos que las alivien de su exuberante
crecimiento. También debemos recoger esas flores, y esas gomas que caen y permanecen en el
suelo, sucias y desagradables a la vista, si queremos caminar con desahogo: ahora, según la
voluntad de la Naturaleza, la noche nos prescribe el reposo.
Eva, adornada de una belleza perfecta, le respondió:
—Mi autor y mi soberano, manda, que yo te obedezco; Dios lo ordena así; Dios es tu
ley, y tú eres la mía. La gloria de una mujer y su ciencia más dichosa se cifra en no saber más.
Hablando contigo, olvido el tiempo; las horas y sus cambios me son igualmente gratos. Dulce es
el soplo de la mañana; dulce el despuntar del día con los primeros cantos de los pajarillos;
agradable el Sol cuando despliega en este delicioso jardín sus primeros rayos sobre la hierba, el
árbol, el fruto y la flor brillante de rocío; embalsamada la fértil tierra después de una dulce
lluvia; encantadora la proximidad de un crepúsculo vespertino apacible y delicioso; halagüeña la
noche silenciosa con su ave solemne, y esa Luna tan bella, y esas perlas del cielo que forman su
estrellada corte: pero ni el fresco hálito de la mañana, ni el dulce canto de los pájaros, ni el Sol
que se eleva sobre este delicioso jardín, ni la hierba, ni el fruto, ni la flor que brilla con el rocío,
ni el perfume que exhala la tierra después de la lluvia, ni la tarde deliciosa y apacible, ni la noche
silenciosa con su ave solemne, ni el paseo a la luz de la Luna o al trémulo fulgor de las estrellas,
tienen para mí atractivo sin ti. Pero ¿por qué brillan esas estrellas durante toda la noche?
¿Quién disfruta de ese glorioso espectáculo, cuando el sueño ha cerrado todos los ojos?
Nuestro común antepasado respondió:

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—Hija de Dios y del hombre, Eva perfecta: esos astros tienen que recorrer su curso
alrededor de la Tierra, desde la noche hasta la mañana aparecen y desaparecen de comarca en
comarca, a fin de dispensar la luz destinada a las naciones que no han nacido todavía, porque
sería de temer que las tinieblas totales volviesen a ocupar durante la noche su antiguo dominio,
y extinguiesen la vida en la Naturaleza y en todas las cosas. No tan sólo alumbran esos
moderados fuegos, sino que por medio de un amistoso calor de diversa influencia, fomentan,
atemperan, alimentan o comunican una parte de su virtud estelar a todas las especies de seres
que crecen sobre la Tierra, y les dan más aptitud para recibir la perfección del rayo del sol, más
poderoso que ellas. Aunque esos astros pasen desapercibidos en la profundidad de la noche, no
brillan en vano. No creas que, aunque el hombre no existiese, carecería el cielo de espectadores,
y Dios de alabanzas; mientras veíamos, mientras dormimos, millones de criaturas espirituales
marchan invisibles por el mundo, alabando con cánticos sin fin las obras del Altísimo, que
contemplan noche y día. ¡Cuántas veces, desde lo alto de una colina, donde se repiten le ecos, o
desde un bosque, hemos oído a medianoche voces celestiales, ya solas, ya contestándose
mutuamente, cantando al sublime Creador! A menudo los ángeles, en sus nocturnas rondas, y al
sonido de instrumentos divinamente pulsados, mezclan sus cantos con la más perfecta armonía;
cantos que dividen la noche y elevan al cielo nuestros pensamientos.
Hablando de esta suerte, y asidos de la mano, entran solitarios en su afortunado retiro;
era éste un lugar escogido por el Plantador soberano, al disponer todas las cosas para el uso
delicioso del hombre. La techumbre estaba formada por un tejido de laurel y mirto, y lo que
sobresalía era un follaje compacto y aromático. Por uno y otro lado, el acanto y otras plantas
espesas y olorosas elevaban un muro de verdura; bellas flores, lirios de todos matices, las rosas y
el jazmín erguían sus frondosos tallos formando un mosaico. Bajo sus pies, la violeta, el azafrán,
el jacinto, cual rica tapicería, bordaban la superficie de la tierra, comunicándole un colorido más
brillante que el de la piedra más costosa y mejor esmaltada.
Ninguna otra criatura, ya fuese cuadrúpedo, pájaro, insecto o reptil, osaba penetrar en
aquel recinto; tal era su respeto hacia el hombre. Jamás, ni aun en las ficciones de la fábula,
durmieron Pan y Silvano, ni habitaron Fauno y Ninfa en un lugar de tan apacible sombra, tan
solitario y tan sagrado. Allí, en aquel retiro cercado de flores, de guirnaldas y de hierbas de un
olor suavísimo, Eva, unida por vez primera a su esposo, embelleció su lecho nupcial, y los coros
celestes cantaron su epitalamio. Aquel día, el ángel del himeneo condujo a Eva a la presencia de
nuestro primer padre, más adornada en su belleza desnuda, más hermosa que Pandora, a quien
los dioses dotaron con todos sus dones, ¡ah! y muy semejante a Eva por el triste resultado que
produjo, cuando conducida por Hermes ante el imprudente hijo de Jafet, fascinó a la especie
humana con sus seductoras miradas, a fin de vengar a Júpiter del que le había robado el fuego
auténtico.

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Llegados a esta suerte a su umbroso retiro, Eva y Adán se detuvieron; volviéronse


ambos, y adoraron bajo el Cielo abierto al Dios que hizo a la vez el Cielo, el aire, la Tierra; el
cielo que veían, el globo resplandeciente de la Luna y el polo estrellado.
—La noche también ha sido obra tuya, ¡oh, Creador omnipotente!, y has hecho el día
que acabamos de emplear en el trabajo que tenemos prescrito, felices con nuestra asistencia
mutua y con nuestro mutuo amor, corona de toda esta dicha ordenada por Ti. Tú has formado
este sitio encantador demasiado vasto para nosotros; tus dones, harto abundantes, caen sobre el
suelo sin que encuentren manos que los recojan y participen de ellos. Pero nos has ofrecido una
raza salida de nosotros, que llenará la Tierra, que con nosotros glorificará tu bondad infinita, lo
mismo al despertar que al buscar, como ahora, este sueño, otro de tus dones.
Tal fue la oración que pronunciaron ambos, unidos por un mismo pensamiento, y sin
observar más ritos que una pura adoración, la más grata a Dios. Entraron asidos de la mano en
el sitio más secreto de su retiro, y sin que tuvieran la molestia de desembarazarse de las
incómodas ropas que nos cubren, se acostaron uno junto al otro. Adán no se apartó de su bella
esposa, según creo, ni Eva rechazó los ritos misteriosos del amor conyugal, a pesar de todo
cuanto dicen austeramente los hipócritas, acerca de la pureza del Paraíso, de la inocencia,
difamando como impuro lo que el mismo Dios ha declarado puro, lo que ordena a algunos, lo que
permite a todos. Nuestro Creador mandó que se multiplicasen; quien prescribe una ley contraria
a la suya es nuestro destructor, el enemigo de Dios y del hombre.
¡Salve, amor conyugal, ley misteriosa, verdadero origen de la posteridad humana, única
propiedad en el Paraíso, donde todos los demás bienes eran comunes! Por ti fue lanzado de los
hombres el ardor adúltero, y relegado a las caprichosas inclinaciones de los brutos; tú eres quien
da a conocer por la primera vez, y quien purifica, consagra y estrecha, esos dulces vínculos de la
sangre, estos títulos sagrados de padre, hijo y hermano, fundados en una razón leal, justa y pura.
Lejos de mí, ¡oh, casto himeneo!, la idea de ver en ti un pecado o una vergüenza, o de creerte
indigno de penetrar en el sitio más sagrado, a ti, manantial perpetuo de goces domésticos, a ti,
cuyo lecho ha sido declarado casto y puro por el presente y por el pasado, y en el cual han
entrado los santos y los patriarcas. En él se arma el amor de sus doradas flechas, enciende su
antorcha duradera, agita sus purpúreas alas, reina y se deleita; no en la mercenaria sonrisa de
impúdicas beldades sin pasión, sin placeres, y que ningún cariño inspiran; el verdadero amor no
existe en esos goces pasajeros, como tampoco entre las favoritas de la corte, ni en una danza
confusa, ni bajo la lasciva máscara, ni en el baile nocturno, ni en la serenata que dedica un
frenético amante a su altanera beldad, cuyo orgullo merecería un desdeñoso abandono.
Mecidos por el canto de los ruiseñores, dormían los dos esposos abrazados; sobre sus
desnudos miembros iban lloviendo rosas desde la florida bóveda que los cobijaba; rosas que
renacían en su tallo a los primeros albores del día. ¡Duerme, dichosa pareja, mucho más dichosa,
si no buscas un estado más feliz, y si sabes no saber más!

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Ya había medido la noche con su cono tenebroso la mitad de su carrera hacia el punto
más alto de esta basta bóveda sublunar, y los querubines, saliendo de sus puertas de marfil a la
hora acostumbrada, se habían armado para sus rondas nocturnas con marcial continente, cuando
Gabriel dijo al que le seguía en poder:
—Uriel, toma la mitad de estos guerreros, y costea el Mediodía con la más exquisita
vigilancia; la otra mitad dará la vuelta por el Norte, y nuestra ronda se reunirá hacia el
Occidente.
Parten ligeros como la llama, los unos dirigiéndose hacia el lado del escudo y los otros
hacia el de la lanza. Gabriel llama a dos espíritus sagaces y valientes que estaban cerca de él, y
les da esta orden:
—Ituriel y Cefón: recorred este jardín con toda la velocidad de vuestras alas; no dejéis
sin examinar rincón alguno, y sobre todo el sitio donde habitan esas dos hermosas criaturas que
quizá duermen ahora, creyéndose al abrigo del mal. Esta tarde, al declinar el sol, ha llegado uno
asegurándome que ha visto un espíritu infernal dirigiendo su marcha hacia este sitio (¿quién
hubiera podido figurárselo?), y escapado de las barreras del infierno con mala intención sin duda;
en cualquier punto donde lo encontréis, apoderaos de él y traedle aquí.
Dicho esto, se puso en marcha a la cabeza de sus radiantes filas que eclipsaban a la
Luna. Ituriel y Cefón se encaminaron directamente al retiro de nuestros padres, para descubrir
al que buscaban. Allí le encontraron agachado como un sapo, junto al oído de Eva, intentando
con su arte diabólico insinuarse hasta en el organismo de su imaginación y forjar en él a su
capricho ilusiones, fantasmas y sueños; o bien, comunicándole su veneno, trataba de infectar los
espíritus vitales, que semejantes a los ligeros vapores emanados de una límpida corriente, se
exhalan de la sangre más pura. Esperaba, al corromperlos, infiltrar en el espíritu de Eva esos
pensamientos, desarreglados y descontentadizos, esas vanas esperanzas, esos proyectos vanos,
esos deseos desordenados, henchidos de opiniones altaneras, que engendran el orgullo.
Ocupado se hallaba de esta suerte, cuando Ituriel le tocó ligeramente con su lanza; la
impostura no puede resistir al contacto de un temple celestial, y se ve forzosamente obligada a
volver a su propia forma. Satanás, descubierto y sorprendido, se estremeció; y así como cuando
cae una chispa sobre un montón de pólvora nitrosa preparada para llenar los barriles, a fin de
pertrechar un almacén ante la eventualidad de una guerra, el negro grano, dispersado por una
repentina explosión, inflama el aire, del mismo modo estalló en su propia forma el Enemigo. Los
dos hermosos ángeles retrocedieron un paso, casi admirados de ver tan súbitamente al terrible
monarca. Sin embargo, no cabiendo en ellos el espanto, se le acercaron en seguida:
—¿Cuál de aquellos espíritus rebeldes entregados al infierno eres tú? ¿Has venido
escapado de tu prisión? ¿Por qué estás aquí, transformado y como enemigo en acecho, velando a
la cabecera de los que duermen?

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—¿Acaso no me conocéis? —repuso Satanás con desdeñoso acento—: ¿no me conocéis


a mí? Pues bien: me habéis conocido en otro tiempo, no como compañero vuestro, sino sentado
donde no os atrevíais a dirigir vuestro vuelo; no conocerme es confesaros desconocidos vosotros
mismos, y declararos los más ínfimos de vuestra banda. Y si me conocéis, ¿a qué viene
interrogarme y dar principio a vuestra misión de un modo tan superfluo como vano será el fin?
Cefón, devolviéndole desprecio por desprecio, le contestó:
—No creas, espíritu rebelde, que se te pueda reconocer, y que tu forma sea la misma y
no haya disminuido el esplendor que te rodeaba cuando estabas en el cielo erguido y puro. Esa
gloria se apartó de ti, cuando dejaste de ser fiel; ahora te pareces a tu pecado, y a la mansión
impura y tenebrosa de tu condenación. Pero ven, porque es preciso, tenlo por seguro, que des
cuenta de tus acciones al que aquí nos ha enviado, y cuyo cargo es el de custodiar este sitio
inviolable, y el de preservar a éstos de todo mal.
Así habló el querubín; su grave reprensión, severa en medio de una belleza juvenil, le
imprimió una gracia irresistible. El Demonio quedó confundido, pues conocía cuan imponente es
la rectitud, y veía cuan amable es la virtud en su forma; lo veía y gemía por haberla perdido; pero
sobre todo, al advertir que había observado la alteración sensible de su esplendor. A pesar de
esto, mostróse todavía intrépido.
—Si debo combatir —dijo—. que sea jefe contra jefe; contra el que envía, no contra el
enviado, o contra todos a la vez; de este modo será mayor la gloria que adquiera, o menor la que
pierda.
-—Tu espanto —le contestó el atrevido Cefón— nos ahorrará la prueba de lo que el
más pequeño de nosotros puede hacer solo contra ti, que siendo malo, eres, por consiguiente,
débil.
El Enemigo, ahogado por la cólera, no replicó una palabra, sino que se puso en marcha
con la cabeza erguida, cual orgulloso y enfrenado corcel que tasca el freno; combatir le pareció
tan inútil como huir; su corazón, que ninguna otra cosa podía ablandar, estaba dominado por el
temor que le inspiraba el Cielo. Aproximábanse hacia el punto del Occidente donde los
escuadrones de ángeles, después de haber descrito su ronda semicircular, llegaban y se reunían
prontos a recibir nuevas órdenes.
Gabriel, su jefe, colocado al frente de ellos, exclamó:
—Amigos, percibo el rumor de un pie ágil que se adelanta rápido por ese camino, y a
través de la oscuridad distingo ahora a Ituriel y a Cefón. Con ellos viene un tercero, de regio
aspecto, pero de un esplendor pálido y marchito; por su porte y su feroz continente parece ser el
príncipe del infierno, que probablemente no saldrá de aquí sin resistencia. Estad firmes, porque
sus miradas se ofuscan y nos desafían.

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO IV

Apenas hubo concluido de hablar, cuando Ituriel y Cefón se le reúnen; le refieren


brevemente quién es su cautivo, dónde le han encontrado y la ocupación en que le han
sorprendido, bajo qué forma y la postura en que estaba tendido.
Gabriel le dirigió de esta suerte la palabra con severa mirada:
—Satanás: ¿por qué has traspasado los límites prescritos a tus rebeliones? ¿Por qué
vienes a turbar en su ministerio a los que no quieren seguir tu ejemplo rebelándose, y que tienen
la potestad y el derecho de interrogarte sobre tu audaz entrada en este sitio, donde te dedicabas,
según parece, a violar el sueño y a inquietar a aquellos cuya morada ha colocado Dios en esta
felicidad?
Satanás respondió frunciendo las cejas con desprecio:
—Gabriel: en el cielo gozabas reputación de cuerdo, y yo te tenía por tal; pero la
pregunta que me diriges me hace dudar de ello. ¡Que viva en el infierno el que ame sus suplicios!
¿Quién, si encuentra medios para ello, no se escapará del infierno, por más que esté condenado
en él? Tú mismo, tú, lo harías sin duda; tú te aventurarías audazmente hacia cualquier lugar, el
que más lejano estuviese del dolor, donde tuvieras esperanza de cambiar la pena en placer, y de
trocar lo más pronto posible el sufrimiento por el gozo: eso es lo que he buscado en este sitio.
Pero tú no tendrás por suficiente esta razón; porque, conociendo únicamente el bien, no has
padecido mal alguno. ¿Me objetarás la voluntad del que nos encadenó? ¿Por qué no ha reforzado
más sólidamente sus férreas puertas, si es que pretendía retenernos para siempre en aquella
tenebrosa prisión? Ya he respondido con exceso a tu pregunta. En cuanto a lo demás todo es
verdad: me han encontrado donde dicen; pero esto no implica violencia ni engaño.
Así dijo con el mayor desdén. El ángel guerrero, sorprendido, le replicó casi
sonriéndose con desprecio:
—¡Ah, qué juez tan apto para apreciar lo que es o no cuerdo ha perdido el cielo, desde
que Satanás cayó derribado por su propia locura! Ahora vuelve escapado de su prisión, poniendo
gravemente en duda si debe o no tener por cuerdos a los que le preguntan qué audacia le ha
conducido aquí sin ningún permiso, fuera de los límites del infierno que le han sido marcados;
¡tan cuerdo juzga que es esquivar la pena, no importa cómo, y evadirse de su castigo! Sigue
opinando así, presuntuoso, hasta que la cólera que has provocado al huir te vaya a encontrar
siete veces en tu huida, y vuelva a conducir al infierno a latigazos esa cordura que no te ha
enseñado aún suficientemente que ninguna pena puede igualar a aquella en que se incurre
provocando la cólera divina. Pero ¿por qué estás solo? ¿Por qué no ha venido contigo todo el
infierno desencadenado? ¿Acaso es menos sensible el suplicio para tus compañeros? ¿Tienen
menos premura por huir de él, o es que tú eres más débil que ellos para soportarlo? ¡Qué jefe tan
animoso, que es el primero en sustraerse a los tormentos! Si hubieras alegado a tu ejército,

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO IV

cobardemente abandonado por ti, ese motivo de fuga, de seguro que no habrías sido el único
fugitivo.
A lo cual respondió el Enemigo con feroz entrecejo y terrible aspecto:
—Bien sabes, ángel provocador, que para soportar los tormentos, mi valor no cede a
nadie y que no retrocedo ante ellos; he desafiado tu mayor furor, cuando en el combate acudió en
tu ayuda precipitadamente el negro rayo, y secundó a tu lanza, poco temible por sí misma. Pero
tus palabras, lanzadas al azar, demuestran como siempre tu inexperiencia con respecto a lo que
debe hacer un jefe fiel, según las duras pruebas y los malos resultados del pasado; un buen jefe
no debe aventurarlo todo en las sendas peligrosas que no ha reconocido por sí mismo. Así es que
me he decidido a volar solo a través del abismo desolado y a descubrir este mundo creado
recientemente, cuya existencia no ha dejado de divulgar la Fama en el infierno. He venido aquí
con la esperanza de encontrar una mansión mejor, y de establecer en la Tierra o en medio del
aire a mis potestades afligidas, aunque para adquirir su posesión nos viésemos obligados a
probar una vez más lo que tú y tus elegantes legiones intenten contra nosotros. Para vosotros es
misión más fácil la de servir a vuestro Señor allá en el cielo, cantar himnos en derredor de su
trono e inclinaros a distancias marcadas, que la de combatir.
El ángel guerrero respondió inmediatamente:
—Decir y contradecirse, pretender primeramente que es cordura huir del castigo, para
dedicarse después al espionaje, no da a conocer a un gran jefe, sino a un impostor avezado,
Satanás. ¿Y te atreves a darte el título de fiel? ¡Oh, nombre, nombre sagrado de fidelidad,
profanado por ti! ¿Fiel tú? ¿Y a quién? ¿A tu banda rebelde, ejército de perversos, digno cuerpo
de tan digna cabeza? ¿Consistía vuestra disciplina, vuestra fe jurada y vuestra obediencia militar,
en romper el juramento que os ligaba con el Poder Supremo reconocido? Y tú, astuto hipócrita,
campeón hoy de la libertad, ¿quién como tú aduló, se inclinó y adoró más servilmente en otro
tiempo al formidable Monarca del cielo? ¿Por qué lo hiciste así, sino por la esperanza de
desposeerle y de reinar tú mismo? Escucha ahora el consejo que voy a darte: ¡Vete lejos de aquí!
Torna al lugar de donde has huido; si de ahora en adelante vuelves a aparecer en estos límites
sagrados, te arrastraré encadenado a la sima infernal, y te sujetaré allí de modo que no vuelvas a
despreciar jamás las fáciles puertas del infierno, harto ligeramente reforzadas.
De este modo le amenazó el arcángel; pero Satanás no hizo ningún caso de sus
amenazas; antes por el contrario, con rabia creciente, replicó:
—Cuando esté cautivo en tu poder, podrás hablarme de cadenas, orgulloso querubín
fronterizo; pero antes que llegue este caso, prepárate a sentir el peso de mi potente brazo, por
más que el Rey del cielo cabalgue sobre tus alas, y por más que con tus compañeros, avezados al
yugo, arrastres las ruedas de su carro triunfal en su marcha por el camino del cielo, empedrado
de estrellas.

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO IV

Mientras así hablaba, los escuadrones angélicos cambiaron su esplendor en rojo fuego, y
aguzando en forma de media luna los extremos de sus falanges, empezaron a rodearle con las
lanzas preparadas; de igual modo que en un campo de Ceres, en la época de la recolección, se
balancea un bosque erizado de espigas, inclinándose hacia doquiera que las impulsa el viento,
mientras el labrador las contempla con inquietud, temeroso de ver reducidas a paja las gavillas,
su única esperanza. Por su parte, Satanás, alarmado y reuniendo todas sus fuerzas, se eleva
grandioso, indestructible como el pico de Tenerife o el Atlas. Con su cabeza toca el cielo; sobre
su casco se asienta el horror como un penacho, y en su mano llevaba algo parecido a una lanza y
un escudo.
Habríanse consumado hechos terribles; y en esta conmoción, no sólo el Paraíso, sino
quizás también la estrellada bóveda del cielo, o por lo menos todos los elementos, habrían volado
hechos jirones, confundidos y destrozados por la violencia de semejante combate, si el Eterno,
para prevenir tan horrible tumulto, no hubiese suspendido al momento sus balanzas de oro, que
se ven aún entre Astrea y el signo del Escorpión. En ellas pesó primero el Creador todas las
cosas creadas, la Tierra redonda y suspendida, con el aire por contrapeso; ahora pesa los sucesos,
las batallas y los reinos. Puso dos pesos en los platillos; en el uno la partida de Satanás, en el
otro el combate; el último platillo subió rápidamente, y fue a dar contra el fiel de la balanza.
Observándolo Gabriel, dijo al Enemigo:
—Satanás, conozco tu fuerza, así como tú conoces la mía; ninguna de las dos nos es
propia, sino que nos ha sido dada. ¿No es, pues, una locura que nos vanagloriemos de lo que
pueden hacer las armas, cuando tu fuerza y la mía son tan solo lo que permite el Cielo, si bien la
mía se ha duplicado al presente, para poder hollarte como fango a mis pies? En prueba de lo que
te digo, mira allá arriba; lee tu destino en ese signo celeste donde has sido pesado, y ve cuan
ligero eres, cuan débil, si intentas resistir.
El Enemigo levantó los ojos, y reconoció que su platillo era el más elevado. Cedió; huyó
blasfemando, y con él huyeron las sombras de la noche.

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L I B RO Q U I N TO

Al despuntar el día, refiere Eva a Adán su penoso sueño; y aunque él se muestra


disgustado, procura consolarla; salen para ocuparse en sus trabajos ordinarios; y
entonan su himno matutino. Dios, a fin de quitar al hombre todo pretexto de excusa,
envía a Rafael para exhortarle a la obediencia, recordarle su estado libre, ponerle
en guardia contra su enemigo, que está muy próximo a él, descubrirle quién sea éste
y por qué lo es, y todo lo que le conviene conocer a Adán. Rafael desciende al
Paraíso; descríbese su figura. Adán, sentado a la puerta de su morada, contempla
su llegada, le sale al encuentro, le conduce a aquélla y le ofrece los más hermosos
frutos cogidos por Eva; su conversación mientras están sentados a la mesa. Rafael
desempeña su misión; recuerda a Adán su estado y su enemigo; interrogado por
Adán, le manifiesta quién es éste y cómo ha llegado a serlo, empezando su
narración desde la rebelión de Satanás en el Cielo; le indica las causas de dicha
rebelión; cómo arrastró consigo el espíritu rebelde a sus legiones hacia el Norte,
las excitó a rebelarse contra Dios y consiguió persuadir a todos, excepto al serafín
Abdiel, que combatió sus razones, se le opuso y le abandonó.

Y a la aurora, adelantando sus rosados pasos por las regiones del Este, sembrada la tierra
de perlas orientales, cuando Adán, siguiendo su costumbre, se despertó; porque su sueño,
ligero como el aire, favorecido por una digestión pura y por vapores dulces e hijos de la
templanza, se disipaba insensiblemente al solo murmullo de los humeantes arroyuelos, al rumor
de las hojas agitadas, abanico de la aurora, y al cántico matutino y animado de los pájaros sobre
todas las ramas; y quedó sumamente admirado al ver que Eva no había despertado aún, y que
demostraba en su cabellera desordenada y en sus mejillas encendidas la inquietud de su reposo.
Adán, incorporándose y apoyado en un codo, se inclina amorosamente sobre ella, y contempla
con miradas de un amor cordial la belleza que, despierta o dormida, brilla con tan singulares
gracias. Entonces, con dulce voz, como cuando Céfiro acaricia a Flora, tocando ligeramente la
mano de Eva, murmura estas palabras:
—¡Despierta, hermosa mía, esposa mía; último bien que he recibido, el último y mejor
presente del cielo, mi delicia siempre nueva, despierta! La aurora brilla, y la fresca campiña nos
reclama; estamos perdiendo las primicias del día, el momento de observar cómo crecen esas
plantas cultivadas por nuestros cuidados; cómo florece el bosquecillo de limoneros; de dónde

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO V

mana la mirra, y lo que destila el balsámico junquillo; cómo se reviste la Naturaleza de sus
colores, y cómo se posa la abeja sobre la flor para libar de ella su dulce miel.
Con tan suave murmullo la despierta; y ella, fijando en Adán sus espantados ojos y
abrazándole, le dice así:
—¡Oh, tú, único en quien mis pensamientos encuentran reposo, mi gloria, mi perfección!
¡Cuánto gozo siento al ver tu rostro y el nuevo día! Esta noche (hasta ahora no he pasado otra
semejante) soñaba, sí, soñaba, y no en ti, como lo hago con frecuencia, ni en los trabajos del día
transcurrido, ni en los proyectos para el siguiente, sino en ofensas y turbaciones que mi espíritu
no había conocido jamás hasta esta noche abrumadora; me ha parecido que una voz llena de
dulzura, insinuándose junto a mi oído, me llamaba y me invitaba a pasear; yo creí que era tu voz,
que me decía: «¿Por qué duermes, Eva? Esta es la hora placentera, fresca y silenciosa, en que el
silencio sólo cede a la armoniosa ave de la noche, que, despierta ahora, suspira su más dulce
canción, enseñada por el amor. La Luna llena, esparciendo desde su elevado solio la claridad más
agradable, hace resaltar sobre la sombra la faz de los objetos. Espectáculo vano, si no hay quien
lo contemple. El cielo vela con todos sus ojos, ¿y para qué, sino para contemplarte a ti, ¡oh, deseo
de la naturaleza!? A tu vista se regocijan todas las cosas, atraídas por el irresistible anhelo de
admirar enajenadas tu belleza.»
“Me he levantado a tu llamamiento, pero no te he visto. A fin de encontrarte, emprendí
entonces mi paseo; y me ha parecido que paseaba sola por sendas que me han conducido de
improviso ante el árbol prohibido de la Ciencia; me pareció hermoso, y mi imaginación lo vio
mucho más hermoso que durante el día. Mientras lo contemplaba con sorpresa, advertí que cerca
de él estaba una figura alada, semejante a las que vemos con frecuencia descender del cielo; de
sus cabellos húmedos de rocío se exhalaba la ambrosía; estaba también contemplando el árbol y
decía:
“—«¡Oh, hermosa planta, de abundante fruto! ¿No hay quien se digne aliviarte de tu
peso y gustar de tu dulzura, ni Dios ni el hombre? ¿Tan despreciada es la Ciencia? ¿Será acaso la
envidia o alguna injusta reserva lo que prohiba tocarte? Prohíbalo quien quiera, nadie me
privará por más tiempo de los bienes que ofreces; y si no, ¿por qué estás aquí?»
“Así dijo, y no se detuvo más; sino que con mano temeraria arrancó el fruto y lo gustó.
Un horror glacial heló mi sangre al oír tan osadas palabras, confirmadas por tan atrevida acción.
Pero él, enajenado de gozo, exclamó:
“—«¡Oh, fruto divino, dulce por ti solo, y mucho más dulce cogido de esta suerte,
estando prohibido, al parecer, como reservado únicamente para los dioses, y siendo sin embargo
capaz de convertir en dioses a los hombres! ¿Y por qué no han de serlo? El bien aumenta cuanto
más se comunica, y su autor, lejos de perder en ello, adquiriría más alabanzas. Acércate, dichosa
criatura, bella y angelical Eva; participa de este fruto conmigo; aun cuando ahora te consideres
feliz, puedes serlo más aún, si bien no puedes ser más digna de la felicidad. Gusta este fruto, y

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO V

desde luego serás una divinidad entre los dioses; tu imperio no se limitará a la Tierra, sino que
tan pronto estarás en el aire, como subirás al cielo por tu propio mérito, y verás la existencia de
que gozan los dioses, y pasarás una vida igual a la suya.»
“Hablando de esta suerte, acercóse a mí, y aproximó a mis labios una parte de aquella
misma fruta arrancada por él, que había conservado; su agradable y sabroso perfume excitó de
tal modo mi apetito, que me pareció imposible dejar de probarla. Inmediatamente me remonté
con el espíritu hasta las nubles, y vi desplegada a mis plantas la inmensa superficie de la Tierra,
que me ofreció una extensa y variada perspectiva. Estando en tan extraordinaria elevación,
admirada de mi vuelo y del cambio en mí operado, mi guía desapareció de improviso, y yo, según
creo, caí precipitada a la Tierra, y quedé dormida. Mas ¡oh, cuan feliz fui al despertar y al ver que
todo había sido sólo un sueño!”
De este modo refirió Eva su visión nocturna, y Adán le respondió contristado:
—¡Oh, mi imagen más perfecta, y mi más cara mitad! La turbación de los pensamientos
que has tenido esta noche durante tu sueño me afecta tanto como a ti; ese sueño desordenado me
importuna, y temo que sea obra del mal. Pero el mal, ¿de dónde puede proceder? En ti no puede
existir, siendo una criatura tan pura. Escucha, sin embargo: en el alma existen algunas
facultades, inferiores que se someten a la razón, como a su soberana. Entre éstas, la imaginación
desempeña el principal papel; con todas las cosas exteriores que perciben los cinco sentidos
cuando están despiertos, se forja fantasías, formas vagas y aéreas, que la razón reúne o separa, y
con las cuales compone todo lo que afirmamos o negamos, y lo que llamamos nuestra ciencia o
nuestra opinión. Cuando la naturaleza reposa, la razón se retira a su secreta celda; muchas veces
durante su ausencia, la imaginación, que se complace en contrahacerlo todo, vela por imitarla;
pero uniendo confusamente las formas, produce a menudo una obra extraña, sobre todo en los
sueños, acomodando mal las palabras y las acciones recientes o remotas.
“Así es que hallo en tu sueño ciertas reminiscencias de nuestra última conversación de
anoche, pero con extrañas adiciones. Sin embargo, no estés triste; el mal puede ir y venir por el
espíritu de Dios o del hombre sin su beneplácito, y sin dejar en él mancha ni censura; y esto me
infunde la esperanza de que jamás consentirás en hacer despierta lo que te parecía odioso soñar
mientras dormías. Desecha, pues, toda inquietud; que no oscurezca la más ligera nube esos ojos,
cuyas miradas suelen ser más radiantes y serenas que lo es para la tierra la primera sonrisa de
una hermosa mañana. Levantémonos para dedicarnos a nuestras apacibles ocupaciones entre los
bosquecillos, las fuentes y las flores, que entreabren ahora su seno inundado de los perfumes más
exquisitos, preservados de la noche y guardados para ti.”
De esta suerte reanimaba a su bella esposa, y ella, por su parte, se sentía reanimada;
pero sus ojos derramaron silenciosamente un dulce llanto, que enjugó con sus cabellos. Otras
dos preciosas lágrimas iban a brotar de su cristalino manantial, y Adán las recogió con un beso

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO V

antes de que cayeran, mirándolas como señal de un tierno remordimiento y de un piadoso temor
de haber ofendido.
Libres ya de toda inquietud, se apresuraron a marchar al campo. Pero en el momento en
que salían de debajo de la bóveda de su enramado asilo, se ofreció a sus ojos de improviso en
todo su esplendor la luz del día naciente y del Sol, apenas elevado, que desfloraba con las ruedas
de su carro la extremidad del Océano, y lanzaba paralelamente sobre la Tierra sus rayos
cubiertos de rocío, iluminando en una vasta extensión todo el Oriente del Paraíso y las
afortunadas llanuras del Edén; se inclinaron profundamente, adoraron, y dieron principio a sus
habituales oraciones, que elevaban al cielo cada mañana, pero variando siempre la expresión de
sus votos; porque no carecían de un variado estilo ni de un santo entusiasmo para alabar a su
Creador, por medio de justos acordes, cantados o pronunciados sin preparación alguna. Una
rápida elocuencia manaba de sus labios, ya en prosa, ya en versos numerosos, tan llenos de
armonía, que no tenían necesidad de laúd ni del arpa para aumentar su dulzura.
—He aquí tus gloriosas obras, Padre del bien, ¡oh Todopoderoso! ¡Tuya es esa
estructura del Universo, tan maravillosamente bella! ¡Y qué maravilla no eres tú mismo, Ser
inefable! Sentado sobre los cielos, eres para nosotros o invisible o confusamente entrevisto en
tus obras más inferiores, que a pesar de ello hacen brillar mucho más allá de donde alcanza el
pensamiento, tu bondad y tu poder divino.
“Hablad, vosotros, que podréis expresarlo mejor, ¡oh, ángeles, hijos de la luz!, porque
vosotros le contempláis, y con cánticos y coros de sinfonías rodeáis su trono en el cielo, en un
día sin noche, llenos de gozo.
“Que todas las criaturas le glorifiquen en la Tierra, como el primero y el último, como
el medio y el eterno.
“¡Oh, tú, la más bella de las estrellas, la última del séquito de la noche, si no es que
perteneces más bien al de la aurora, prenda segura del día; tú, cuyo círculo brillante corona la
risueña mañana, celebra al Señor en tu esfera, cuando aparece el alba en esta primera hora del
naciente día!
“Tú, ¡oh, Sol!, ojo y alma a la vez de este gran Universo, reconócele como más grande
que tú; haz resonar sus alabanzas en tu eterna cañera, ya cuando te remontes por el cielo, ya
cuando alcances la altura del Mediodía, y cuando desciendas.
“Luna, que tan pronto encuentras al Sol en el Oriente, como huyes de él con las estrellas
fijas, fijas en su movible órbita; y vosotros, fuegos errantes, que entre los cinco formáis una
danza misteriosa, pero no sin armonía, cantad las alabanzas de aquel que sacó la luz de las
tinieblas.
“¡Oh, aire, y vosotros, elementos primogénitos de las entrañas de la Naturaleza!,
vosotros, cuya cuádruple esencia recorre un círculo perpetuo bajo formas infinitas, mezclando y

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO V

nutriendo todas las cosas; en vuestras constantes metamorfosis, dirigid a nuestro supremo
Creador loores siempre variados, siempre nuevos.
“Y vosotras, nieblas, vapores, exhalaciones, que en este momento, formando torbellinos
grises o incoloros, os remontáis desde la colina o desde el humeante lago hasta que el sol dora
vuestras lanudas franjas, elevaos en honor del gran Creador del mundo; y ya cubráis de nubes el
cielo sin color, ya mitiguéis la sed del ardoroso suelo con abundantes lluvias, al subir o al bajar,
esparcid siempre sus alabanzas.
“Llevad con dulzura o con fuerza en vuestros suspiros su alabanza, ¡oh, vientos que
sopláis por las cuatro partes del mundo! Vosotros, pinos, inclinad vuestras cabezas; y vosotras,
plantas de cada especie, balanceaos en señal de adoración.
“Fuentes y arroyos que corréis en armonioso murmullo, que vuestro dulce murmullo
repita sus alabanzas.
“Unid vuestras voces unánimes, almas vivientes; pájaros que subís cantando hasta las
puertas del cielo, elevad en vuestras alas y en vuestros himnos sus alabanzas.
“Vosotros, los que os deslizáis por las aguas; vosotros, los que recorréis la tierra, los que
la holláis con majestad, o ¡os que os arrastráis por ella humildemente, sed testigos de que yo no
guardo silencio, ni por la mañana ni por la tarde; presto mi voz a la colina o al valle, a la fuente o
a la fresca umbría, y mi canto les enseña a repetir sus alabanzas.
“¡Salve, Señor universal! ¡Sé siempre liberal en el bien que nos concedas; y si la noche ha
dado asilo u ocultado alguna cosa mala, disípala, como la luz dispersa ahora las tinieblas.”
De esta suerte oraron, llenos de santa inocencia, y sus pensamientos recobraron en
breve una paz firme y la acostumbrada calma. Se apresuraron a dar principio a sus matutinos
trabajos entre el rocío y las flores, allí donde algunas hileras de árboles frutales sobrecargados
de fronda, ostentaban demasiado sus espesas ramas, y tenían necesidad de una mano que
reprimiera sus infecundos abrazos; se dedicaron también a enlazar la vid al olmo, cuyo tronco
ciñe, cual desposada, con sus núbiles brazos y le lleva en dote sus racimos, que él acepta para
adornar con ellos su follaje estéril. Viendo el poderoso Rey del cielo con compasión a nuestros
primeros padres ocupados de este modo, hace venir a su presencia a Rafael, espíritu sociable, que
se dignó viajar con Tobías y aseguró su enlace con la virgen siete veces casada.
—Rafael —le dijo—, ya sabes el desorden que ha introducido Satanás en el paraíso,
después de haberse escapado del infierno a través del tenebroso abismo: sabes la turbación que
ha causado esta noche a la pareja humana y sus proyectos de perder con ella y de un solo golpe a
la raza del hombre. Ve, pues; habla durante la mitad de este día con Adán, como un amigo con
otro amigo; le encontrarás en algún vergel o bajo alguna enramada, al abrigo del calor del
mediodía, para reponerse un momento de su trabajo cotidiano, por medio del alimento o del
reposo. Dirígele palabras que contribuyan a recordarle su feliz estado; la dicha de que goza,

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO V

confiada a su propia y libre voluntad, a su voluntad que, aunque libre, es variable; adviértele que
tenga cuidado en no extraviarse por un exceso de seguridad. Dile sobre todo el peligro que le
amenaza y de quien procede; dile qué enemigo, caído recientemente del cielo, intenta ahora
derribar a los otros desde semejante estado de felicidad; pero no por violencia, pues sería
rechazado, sino por medio del fraude y del engaño. Hazle conocer todo esto para que, si delinque
voluntariamente, no pueda alegar que ha sido sorprendido por no haber sido prevenido ni
avisado.
Así habló el Padre eterno, y obró con toda justicia. El santo alado no se detiene después
de haber recibido esta orden, sino que desde el centro de mil celestes ardores en que permanecía
velado por sus magníficas alas, se remonta con celeridad y vuela a través del cielo. Los coros
angélicos, apartándose a uno y a otro lado, dejan franco el paso a su rapidez por todas las vías
del Empíreo, hasta que, llegado a las puertas del cielo, se abren completamente por sí mismas
girando sobre sus goznes de oro: obra divina del Soberano Arquitecto. No impidiendo su vista la
más ligera nube ni estrella alguna interpuesta, divisa la Tierra, a pesar de su pequeñez,
sumamente parecida a los demás globos luminosos; descubre el jardín de Dios, coronado de
cedros, más elevado que todas las colinas; del mismo modo, si bien con menos seguridad,
durante la noche observa el anteojo de Galileo tierras y regiones imaginarias en la Luna; del
mismo modo, el piloto, viendo aparecer a Délos o Samos entre las Cíclades, las toma, desde
luego, por una nebulosidad. Rafael dirige su vuelo precipitado hacia allá abajo, y a través del
vasto firmamento etéreo, boga entre mundos y mundos. Ora se transforma hacia las regiones
polares con ala inmóvil; ora, ésta, cual abanico viviente, agita el aire elástico, hasta que, llegado,
por fin, a la altura del vuelo de las águilas, es mirado por toda la familia volátil como un fénix, y
contemplado por todos con admiración, como cuando aquella ave única volaba hacia la Tebas de
Egipto para depositar sus reliquias en el resplandeciente templo del Sol.
De repente se posa sobre la cumbre oriental del Paraíso y se reviste de su propia forma
de serafín alado. Lleva seis alas para dar sombra a sus miembros divinos; las dos que cubren sus
anchos hombros van a caer sobre su pecho, como un manto real; las dos del medio rodean su
cintura, cual estrellada zona, y cubren sus riñones y sus muslos con un plumón de oro y de vivos
colores preparados en el cielo; las dos últimas sombrean sus pies y se unen a sus talones; sus
esmaltadas plumas brillan con el color del firmamento; parecido al hijo de Maya, se mantiene en
pie y sacude sus plumas, llenando de un perfume celestial el vasto recinto que le rodea.
Las cohortes angélicas que allí vigilaban le conocieron inmediatamente, y se levantaron
para honrar su alcurnia y su misión suprema, porque presintieron que estaba encargado de algún
importante mensaje. Rafael atraviesa por entre sus brillantes tiendas y entra en el campo
afortunado, a través de los bosquecillos de mirra, de olorosas flores de casia, nardo y bálsamo,
que forman un desierto de perfumes. La Naturaleza, en su infancia, jugueteaba allí y gozaba a su
antojo en sus virginales caprichos, destilando abundantemente su dulzura; beldad agreste que
estaba por encima de toda regla y de todo arte. ¡Oh, inmensidad de delicias!

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO V

Rafael avanzaba hacia la aromática selva. Adán le divisó; estaba sentado a la puerta de
su fresco retiro, mientras el Sol lanzaba a plomo desde el cénit sus abrasadores rayos para
comunicar su calor a la Tierra hasta en sus más profundas entrañas, calor más fuerte del que
necesitaba Adán. Retirada Eva al interior de su morada y atenta a la hora en que estaban,
preparaba para la comida los frutos más sabrosos, cuyo gusto agradaba al verdadero apetito, sin
que dejaran de excitar por intervalos el deseo de apagar la sed con el néctar que les
proporcionaba la leche o el agradable zumo de varios racimos. Adán llama a Eva y le dice:
—Ven aquí, Eva; mira una cosa digna de ser vista; contempla qué forma tan gloriosa
avanza entre esos árboles, por Oriente. ¡Parece una nueva aurora nacida en mitad del día! Ese
mensajero nos trae quizá algún gran mandato del cielo, y se dignará ser hoy nuestro huésped.
Pero apresúrate y tráele lo que contengan tus provisiones; prodiga una abundancia conveniente
para recibir y honrar a nuestro divino extranjero. Bien podemos ofrecer sus propios dones a los
que nos los dispensan, y presentar liberalmente lo que con liberalidad se nos concede, aquí,
donde la Naturaleza multiplica sus fértiles productos, siendo más fecunda cuanto más se
desembaraza de ellos, lo cual nos enseña a no ser avaros. Eva le responde:
—Adán, modelo santificado de una tierra animada por el Eterno: pocas provisiones son
necesarias en donde se sazona en todas las estaciones, suspendidas de las ramas, si se exceptúan
aquellos frutos que, ofreciendo un alimento menos agradable en el momento de ser cogidos,
requieren que el tiempo evapore su humedad superflua o los haga más sabrosos. Pero me
apresuraré, y de cada planta, de cada rama, de cada vástago suculento, presentaré a nuestro
angélico huésped lo más escogido, para que, al verlo, no pueda menos de confesar que Dios ha
derramado sus bondades así en la tierra como en el cielo.
Dijo, y partió apresuradamente, dirigiendo solícitas miradas y absorta en sus
pensamientos hospitalarios. ¿Cómo escoger lo más delicado? ¿Qué orden seguir para no mezclar
los gustos, para ordenarlos con delicadeza y hacer que un sabor suceda a otro sabor distinto, por
medio de una agradable transición? Eva corre, y de cada tierno tallo arranca lo que la tierra, esa
madre fecunda y rica, produce en la India oriental y occidental, y en las comarcas que están en el
centro, en el Ponto, en la costa púnica o en las riberas que vieron reinar a Alcinoo; frutos de
toda especie, de áspera corteza o de piel lisa, encerrados en una cáscara o en una vaina: amplio
tributo que Eva recoge y amontona sobre la mesa con mano pródiga. De los racimos exprimidos
entre sus dedos hace salir un vino dulce e inofensivo; estruja diferentes granos, y con las
almendras, que machaca, forma una sustanciosa crema, sin que carezca de vasos limpios y a
propósito para contener aquellas bebidas. Después esparce por el suelo rosas y perfumes
extraídos de los arbustos sin la acción del fuego.
Entretanto, nuestro primer padre sale de su morada para ir al encuentro de su huésped
celestial, sin más acompañamiento que el de sus propias perfecciones: toda su corte residía en él;
corte más solemne, sin embargo, que toda la enojosa pompa que sigue a los príncipes cuando con
su rico e interminable séquito de pajes recargados de oro y de caballos llevados de la brida

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO V

deslumbran a los espectadores y les dejan asombrados. En cuanto Adán estuvo en la presencia
del arcángel, cor. ademán sumiso y respetuosa dulzura, pero sin manifestar timidez, le dijo,
inclinándose profundamente, como ante una naturaleza superior a la suya:
—Hijo del cielo, porque ¿qué otra región más que el cielo puede contener tan gloriosa
forma?; puesto que, descendiendo de los altísimos tronos, han consentido en privarte un
momento de aquellas felices mansiones para venir a honrar éstas, dígnate reposar un momento a
la sombra de este humilde retiro con nosotros, que no somos aquí más que dos, y que, sin
embargo, por un don soberano, poseemos toda esta tierra; ven a sentarte para probar todo lo
más escogido que ofrece este jardín, hasta que haya pasado el calor del mediodía y decline,
menos ardiente, el sol.
La angélica virtud respondióle con dulzura:
Adán, ése es el objeto de mi venida: un ser tal como tú, creado por Dios, dueño de un
sitio tan bello, es digno de que los mismos espíritus del cielo vengan a visitarle. Condúceme,
pues, a tu frondoso retiro, porque puedo disponer de todas las horas que han de transcurrir
desde la mitad del día hasta el principio de la noche.
Llegaron a la rústica morada, que, semejante a la de Pomona, sonreía adornada de flores
del más grato aroma. Eva, cuyo adorno consistía únicamente en sus naturales gracias, más
hermosa, más encantadora que una ninfa de los bosques, o que la más bella de las tres diosas de
la Fábula, que lucharon desnudas sobre el monte Ida, permaneció en pie para servir a su celeste
huésped; cubierta con su virtud, no tenía necesidad de velo; ningún pensamiento impuro alteraba
el color de sus mejillas. El ángel la saludó con la santa salutación empleada mucho tiempo
después para bendecir a María, segunda Eva.
—¡Salve, madre de los hombres, cuyas fecundas entrañas llenarán el mundo con tus
hijos, más numerosos que esos variados frutos con que los árboles de Dios han cubierto esta
mesa!
Su mesa consistía en un césped elevado y espeso, rodeado de asientos de musgo. Sobre
su ancha superficie, cuadrada se amontonaba de un extremo a otro todo el otoño, aunque
entonces el otoño y la primavera, siempre inseparables, danzaban cogidos de la mano. Adán y el
ángel se entretuvieron algún tiempo en sabrosos coloquios, sin temor de que se enfriaran los
manjares. Nuestro padre empezó de esta manera:
—Celestial extranjero, dígnate gustar estas bondades que nuestro sustentador, de quien
emana todo bien perfecto, sin tasa ni medida, ha ordenado a la tierra que nos cediera para
nuestro alimento y recreo; quizá este alimento sea insípido para las naturalezas espirituales; pero
lo que sé es que un Padre celestial lo da a todos.
El ángel respondió:

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO V

—Cierto es que lo que Él (resuene para siempre su alabanza) da al hombre, en parte


espiritual, no puede parecer un alimento ingrato a los espíritus puros. Las sustancias
intelectuales requieren su alimento como vuestras sustancias racionales; unas y otras tienen en
sí mismas la facultad inferior de los sentidos, por medio de la cual oyen, ven, huelen, tocan y
gustan; el gusto refinado digiere, asimila y transforma los jugos materiales en esencias
incorpóreas. Debes saber que todo lo que ha sido creado tiene necesidad de ser sustentado y
nutrido; entre los elementos, el más grosero alimenta al más puro; la tierra alimenta al mar; la
tierra y el mar alimentan al aire; el aire alimenta a su vez a esos fuegos etéreos. La Luna, astro el
más próximo a la Tierra, es el primero que recibe de ella su alimento, cuya superabundancia
forma esas manchas que se distinguen en su redonda faz, que no son otra cosa sino vapores no
purificados que aún no se han convertido en sustancia. La Luna, desde su húmedo continente,
exhala también el alimento a los orbes superiores. El Sol, que dispensa la luz a todos, recibe de
todos en húmedas emanaciones sus nutritivas recompensas, y durante la noche se alimenta con
las aguas del océano. Aunque en el cielo los árboles de la vida produzcan un fruto de ambrosía y
las vides destilen el néctar; aunque cada mañana recojamos de las plantas un rocío de miel y
encontremos el suelo cubierto de granos semejantes a perlas, aquí ha querido Dios variar su
bondad con delicias tan nuevas, que se puede comparar este jardín al cielo, y no creo ser tan
delicado de gusto que no pueda probar estos dones.
Sentáronse, pues, y empezaron a probar aquellos manjares; el ángel comió, no en la
apariencia, o vaporosamente, como lo suponen los teólogos, sino con la viva premura de un
verdadero apetito, y su alimento, transformado por el calor digestivo, se identificó con su
sustancia celeste; lo superfluo transpira fácilmente a través de los espíritus. No debemos, pues,
extrañar que, por medio del fuego del negro carbón, el empírico alquimista pueda transformar, o
por lo menos crea que es posible transformar los metales más groseros en oro tan perfecto como
el extraído de la mina.
Eva, entretanto, servía desnuda a la mesa y llenaba de un agradable licor las copas a
medida que se iban vaciando. ¡Oh, inocencia digna del Paraíso! Si alguna vez los hijos de Dios
hubieran podido tener excusa para amar, habría sido entonces, en presencia de tal espectáculo.
Pero en aquellos corazones reinaba el amor más púdico, pues desconocían los celos, ese infierno
del amante ultrajado.
Cuando estuvieron satisfechos de manjares y bebidas, sin sobrecargar la naturaleza,
asaltóle de improviso a Adán el pensamiento de no dejar escapar la ocasión que le proporcionaba
tan prolongada conferencia, para saber cosas superiores a su esfera, para tener conocimiento de
los seres que habitan en el cielo, cuya excelencia veía tan superior a la suya, y cuyas radiantes
formas, esplendor divino y elevado poder sobrepujaban de tal modo las formas y el poder
humanos. Así es que dirigió estas frases circunspectas al ministro del Empíreo:
—Tú que habitas con Dios me das una prueba de tu bondad en este honor que
dispensas al hombre, bajo cuyo humilde techo te has dignado entrar y gustar esos frutos de la

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tierra, que, no siendo alimento de los ángeles, has aceptado sin embargo con tanta complacencia,
que no parece sino que nunca hayas disfrutado de los grandes festines del cielo siendo así que no
admiten comparación.
El príncipe alado replicó:
—¡Oh, Adán! Hay un solo Todopoderoso, de quien proceden todas las cosas y a quien
todas las cosas vuelven, si no ha sido pervertida su bondad; todas ellas han sido creadas
semejantes en perfección: todas formadas de una sola materia primitiva, aunque dotadas de
diversas formas, de diferentes grados de sustancia y de vida entre las cosas que viven. Pero estas
sustancias se retinan, se espiritualizan, se purifican más a medida que más próximas están de
Dios, o que tienden a aproximarse más, obrando en la propia esfera que les está designada, hasta
que el cuerpo llega a espiritualizarse en los límites proporcionados a cada especie.
“Así es como de la raíz brota más ligero el verde taño; de éste salen las hojas más
ligeras aún, y por fin la flor perfecta exhala sus perfumadas esencias. Las flores y su fruto,
alimento del hombre, volatilizados en una escala gradual, se convierten en espíritus vitales,
animales, intelectuales, y dan a la vez la vida y el sentimiento, la imaginación y el entendimiento,
de donde el alma recibe la razón.
“La razón discursiva o intuitiva es la esencia del alma; la discursiva os pertenece por lo
común, la intuitiva pertenece principalmente a nosotros; no difiriendo más que en grados, en
especie son las mismas. No debéis, por lo tanto, admiraos de que yo no rehúse lo que Dios ha
visto que era bueno para vosotros; pues, al contrario, lo convierto como vosotros, en mi propia
sustancia. Un tiempo vendrá quizá, en que los hombres, participando de la naturaleza de los
ángeles, se nutran de un alimento celestial que no considerarán demasiado sutil para ellos.
Alimentados con esos manjares corporales, tal vez vuestros cuerpos podrán ser más espirituales
y perfeccionados con el transcurso del tiempo, y como nosotros, remontarse al éter con sus alas;
o bien podrán habitar a su elección aquí o en el Paraíso celeste, si se ve que habéis sido
obedientes, si conserváis inalterablemente un amor eterno y constante hacia Aquel cuya
progenie sois. Mientras tanto, gozad de la felicidad que os permite este dichoso estado, puesto
que no estáis en aptitud de gustar otro mayor.”
El patriarca del género humano replicó:
—¡Oh, espíritu favorable, huésped propicio, cuan bien nos has enseñado el camino que
puede seguir nuestro saber, y esa inmensa escala que va desde el centro de la naturaleza a su
circunferencia! Sólo contemplando sus sublimes creaciones podremos, de grado en grado,
elevarnos hasta Dios. Pero dígnate explicarme lo que significa esa advertencia: “si se ve que
habéis sido obedientes”. ¿Podemos acaso faltar a la obediencia que le debemos? ¿Será posible que
nos separemos del amor hacia el que nos formó del polvo y nos colocó aquí, colmándonos de una
felicidad sin límites, que excede a todo lo que los deseos humanos pueden buscar o concebir?

82
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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO V

El ángel repuso:
—¡Hijo del cielo y de la tierra, escucha! Tu felicidad presente la debes a Dios; la
duración de esta misma felicidad te la deberás a ti mismo, es decir, a tu obediencia; continúa,
pues, siendo obediente. Tal es el aviso que te he dado, no lo olvides. Dios te ha hecho perfecto,
pero no inmutable; te ha hecho bueno, pero te ha dejado dueño de perseverar en tu bondad; te ha
dotado de una voluntad libre por naturaleza, que no puede ser esclava de la inflexible necesidad
ni del inevitable destino. Desea que nuestro homenaje sea voluntario, pero no forzado, pues que
si así fuera, no sería ni podría ser aceptado por Él; porque no siendo libres los corazones, ¿cómo
asegurarse de si obraban voluntariamente o no, cuando sólo desearan lo que el destino les
obligase a querer, y carecieran de la facultad de elegir? Mi feliz estado y el de todo el ejército de
los ángeles que están en pie delante del trono de Dios sólo dura, como el vuestro, en tanto que
dura nuestra obediencia; no tenemos otra garantía. Servimos libremente, porque amamos
libremente, dado que es obra de nuestra voluntad el amar o no amar; y de ahí pende que nos
mantengamos o caigamos. Algunos han caído porque han incurrido en la desobediencia, y por
esto desde lo alto del cielo se han visto precipitados en el profundo infierno; ¡oh, terrible caída,
desde la más elevada beatitud a la mayor miseria!
Nuestro gran progenitor repuso:
—¡Oh, divino maestro!, tus palabras causan a mi oído atento más placer que el canto
melodioso de los querubines que nos envían por la noche las montañas vecinas, envuelto en una
aérea armonía. Yo no ignoraba que había sido creado libre de voluntad y de acción; no nos
olvidaremos nunca de amar a nuestro Creador, de obedecer al que nos ha impuesto un solo y
justo mandato; mis pensamientos me lo han confirmado siempre así, y me lo confirmarán
eternamente. Sin embargo, lo que acabas de indicarme acerca de lo ocurrido en el cielo ha hecho
nacer en mí alguna duda y un vivo deseo de oír la narración entera de ese suceso, si es que
consientes en ello, pues debe de ser extraño y digno de escucharse con religioso silencio.
Podemos aún disponer de mucho tiempo, porque el Sol apenas termina la mitad de su carrera, y
apenas empieza la otra mitad en la gran zona del cielo.
Tal fue la petición de Adán, en la que consintió Rafael; quien después de una corta
pausa, habló de esta manera:
—¡Qué asunto tan grande me propones, oh, el primero de los hombres! ¡Triste y difícil
tarea!, porque ¿cómo podré poner al alcance de los sentidos humanos los invisibles hechos de los
espíritus guerreros? ¿Cómo referir sin afligirme la ruina de tan considerable número de ángeles,
gloriosos y perfectos mientras permanecieron fieles? ¿Cómo, por último, levantar el velo que
cubre los secretos de otro mundo, que no es dado quizá revelar? Sin embargo, por tu bien, todo
permiso queda concedido. Procuraré expresar del mejor modo posible lo que está fuera del
alcance de la inteligencia humana, asimilando las formas espirituales a las corporales; si la Tierra

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO V

es la sombra del cielo, ¿no puede existir más semejanza de la que se cree entre las producciones
de una y otro?
“Cuando este mundo no existía aún, el Caos informe reinaba donde ahora giran los
cielos, y donde permanece ahora la Tierra en equilibrio sobre su centro; un día (porque, hasta en
la eternidad, el tiempo aplicado al movimiento mide todas las cosas que tienen alguna duración
en el presente, el pasado y el porvenir), uno de esos días que componen el gran año del cielo, los
ejércitos celestiales de ángeles, llamados desde todas las extremidades del cielo por acuerdo
soberano, se reunieron en incalculable número ante el trono del Omnipotente, al mando de sus
jefes, en brillante orden. Diez mil banderas desplegadas avanzaron; flotaban al aire los
estandartes y guiones entre la vanguardia y la retaguardia, y servían para distinguir las
jerarquías, las alcurnias y las categorías, o llevaban pintados en sus resplandecientes tejidos
santos recuerdos, actos eminentes de celo y de amor dignos de memoria. Cuando, en los círculos
de una circunferencia inconmensurable quedaron inmóviles las legiones, orbes en orbes, el Padre
infinito, cerca del cual estaba sentado el Hijo en el seno de la beatitud, hizo resonar su voz, que
parecía salida desde la cima de una montaña de fuego, cuyo resplandor la hubiera hecho
invisible.
“—Escuchad todos, ángeles, hijos de la luz, tronos, dominaciones, principados, virtudes,
potestades, escuchad mi decreto, que será irrevocable: hoy he engendrado al que declaro mi
único Hijo, y sobre esta santa montaña he consagrado al que ahora veis a mi derecha. Le he
designado como jefe vuestro y he jurado por mí mismo que todas las rodillas se doblarían en el
cielo ante él, y le reconocerían como Señor. Permaneced unidos, como una sola alma indivisible,
y sed para siempre felices bajo el reinado de este gran vicegerente. Quien le desobedezca, me
desobedece, rompe la unión; aquel día, arrojado de la presencia de Dios y de la contemplación de
la bienaventuranza, caerá profundamente abismado en las tinieblas exteriores, donde tendrá
reservado su puesto, sin redención, sin fin.”
“Así dijo el Todopoderoso; todos parecieron quedar satisfechos con estas palabras;
todos lo parecieron, pero no todos lo estaban.
“Emplearon aquel día, como los demás días solemnes, en cánticos y danzas alrededor de
la colina sagrada; danzas místicas, que la cama estrellada de los planetas y de las estrellas fijas,
en todas sus revoluciones, imita más aproximadamente por medio de sus laberintos tortuosos y
excéntricos, entrelazados, más regularmente cuanto más irregulares parecen; aquella divina
armonía regula de tal modo sus movimientos y modula tan bien sus encantadores acordes, que
hasta el mismo oído de Dios los escucha halagado.
“Se acercaba la noche (porque nosotros tenemos también nuestra mañana y nuestra
tarde, no por necesidad, sino por una agradable variedad); después de las danzas, los espíritus se
mostraron deseosos de una dulce colación. Como permanecían todos en círculo, aparecieron en
el centro algunas mesas cargadas de manjares, propios para el alimento de los ángeles. El néctar

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO V

de color de rabí, fruto de las deliciosas viñas que crecen en el cielo, se escancia en copas de
perlas, de diamantes y de oro macizo. Tendidos sobre flores y coronados de frescas guirnaldas,
saborean los alimentos y las agradables bebidas, y en amigable consorcio beben sin tasa la
inmortalidad y el júbilo. Ningún exceso es perjudicial allí donde una completa plenitud es el solo
límite opuesto al exceso en la presencia de Dios de toda bondad, que los colma de todos sus
dones con mano pródiga, regocijándose en sus placeres.
“Entretanto, la noche de ambrosía, exhalaba con las nubes desde la alta montaña de
Dios, de donde salen la luz y la sombra, había cambiado la faz brillante del cielo en un gracioso
crepúsculo (porque la noche no aparece en aquellos lugares con más tenebroso velo), y un rocío
perfumado de rosa invitó a todas las cosas al descanso, excepto a los ojos de Dios, que no
duermen jamás. En una vasta llanura, mucho más vasta que lo sería el globo terráqueo si se
desplegara formando una superficie plana (tales son los atrios de la casa de Dios), se acampó el
ejército angélico, dispersado por bandas y por filas, a lo largo de los vivos arroyos que fertilizan
los árboles de la vida; pabellones innumerables, elevados repentinamente; celestes tabernáculos
donde dormitaban los ángeles acariciados por frescas brisas, excepto los que alternaban durante
el transcurso de la noche en sus himnos melodiosos alrededor del trono supremo.
“Pero Satanás no velaba como ellos (ahora se le llama así, pues su primer nombre no se
pronuncia ya en el cielo). Él, uno de los primeros, si no el primer arcángel, grande en poder, en
favor, en preeminencia, se vio, sin embargo, dominado por la envidia hacia el Hijo de Dios,
honrado aquel día por su padre, y proclamado Mesías y ungido Rey; su orgullo no pudo soportar
aquel espectáculo, y se creyó degradado. Concibiendo por ello un despecho y una malicia
profunda, en cuanto la medianoche trajo consigo la hora oscura más amiga del sueño y del
silencio, resolvió retirarse con todas sus legiones, y menospreciando el trono supremo, dejarlo
desobedecido y sin adoración. Despertó a su primer subordinado y le dijo en voz baja:
“—«¿Duermes, querido compañero? ¿Qué sueño puede cerrar tus párpados? ¿Por
ventura no te acuerdas del decreto de ayer, con tanta tardanza salido de los labios del Soberano
del cielo? Estás acostumbrado a comunicarme tus pensamientos, como yo a participarte de los
míos; despiertos, no somos más que uno; ¿cómo, pues, sería posible que tu sueño te separase
ahora de mí? Nos han impuesto, según ves, nuevas leyes; las nuevas leyes del que reina pueden
producir en nosotros, que le servimos, nuevos sentimientos y nuevas determinaciones, a fin de
examinar las consecuencias que de ellas pueden resultar fácilmente; pero en este sitio no es
prudente decir más.
«Reúne los jefes de todos esos millares de ángeles a cuya cabeza estamos; diles que, en
buen orden y antes de que la oscura noche haya plegado su velo sombrío, debo apresurarme a
tender el vuelo, con todos los que bajo mi mando hacen ondear sus banderas, hacia el sitio donde
están nuestros cuarteles del Norte, para hacer los preparativos convenientes a la recepción de
nuestro Rey, el gran Mesías, y recibir sus nuevos mandatos, pues tiene intención de atravesar
prontamente en triunfo por entre todas las jerarquías y dictarles leyes.»

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO V

“Así habló el pérfido arcángel, derramando un maligno influjo en el corazón


inconsiderado de su compañero; éste convoca uno después de otro, a todos a la vez, a los jefes
que tiene a sus órdenes. Les manifiesta, según el encargo que había recibido, que por orden del
Altísimo, el gran estandarte jerárquico debe marchar adelante antes que la sombría noche
abandone el cielo; les manifiesta la supuesta causa de esta marcha, y desliza al mismo tiempo
palabras ambiguas y envidiosas, a fin de sondear o corromper su integridad. Todos obedecieron
la señal acostumbrada y a la voz superior de su gran potentado; porque era en verdad grande su
nombre, y elevada su jerarquía en el cielo; su continente, semejante al de la estrella de la mañana
que guía el rebaño de las estrellas, les sedujo y sus imposturas arrastraron en pos de él a la
tercera parte de las huestes celestiales.
“Sin embargo, el ojo del Eterno, cuya mirada descubre los más secretos pensamientos,
vio sin necesidad de luz, desde lo alto de su santa montaña y entre las lámparas de oro que arden
durante la noche ante él, la rebelión naciente; vio quiénes la formaban, cómo se extendía entre
los hijos de la mañana, y la multitud que tomaba parte en ella para oponerse a su augusto
decreto. Y sonriéndose, dijo a su Hijo único:
“—«Hijo, en quien veo mi gloria en todo su esplendor, heredero de todo mi poder, una
cosa nos toca ahora de cerca: se trata de nuestra omnipotencia, de las armas que debemos
emplear para sostener lo que desde la eternidad poseemos en divinidad e imperio. Levántase un
enemigo con intención de erigir su trono al igual del nuestro en todo el vasto Septentrión. No
contento con esto, ha pensado en experimentar en una batalla hasta dónde alcanza nuestra
fuerza o nuestro derecho. Meditemos, pues, en ello, y en tal peligro, reunamos con prontitud las
fuerzas que nos quedan; utilicémoslas en nuestra defensa, ante el temor de perder por descuido
nuestro elevado puesto, nuestro santuario, nuestra montaña.»
“El Hijo respondió con un tono sosegado y puro, inefable, sereno y brillante de
divinidad:
“—«Padre omnipotente, con razón desprecias a tus enemigos; en tu seguridad te ríes de
sus vanos proyectos, de sus vanos tumultos, motivo de gloria para mí, que realzará el exceso de
su odio, cuando vean todo el poder real que se me ha dado para domar su orgullo, y para que por
el resultado conozcan si es hábil mi brazo para reprimir a los rebeldes, o si debo ser mirado
como el último en el cielo.»
“Así habló el Hijo.
“Entretanto, Satanás había avanzado ya con sus fuerzas en alada carrera; ejército
innumerable como los astros de la noche, o como esas gotas de rocío, estrellas de la mañana, que
el sol convierte en perlas en cada hoja y en cada flor. Atravesaron vastas regiones, poderosas
regencias de serafines, de potestades y de tronos en sus triples grados de dignidad; regiones ante
las cuales, tu imperio, ¡oh Adán!, sólo sería lo que este jardín es respecto de toda la tierra y todo
el mar, o del globo entero extendido a lo largo.

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO V

“Después de haber pasado por aquellas regiones, llegaron a los confines del Norte, y
Satanás a su real morada, colocada en la cumbre de una colina, que resplandecía a lo lejos como
una montaña elevada sobre otra montaña, con erguidas pirámides y torres talladas en canteras
de diamantes y rocas de oro; palacio del gran Lucifer (así se llama esta construcción en el idioma
de los hombres), que Satanás, afectando en todo su igualdad con Dios y a imitación de la
montaña donde el Mesías fue proclamado a la vista de todo el cielo, llamó poco después
Montaña de la Alianza, porque allí fue donde reunió a todo su séquito, pretendiendo que había
recibido orden al efecto, para que deliberaran sobre la gran recepción que debían hacer a su Rey,
próximo a llegar. Con aquel arte calumnioso que disfraza la verdad, cautivó sus oídos con estas
palabras:
“—«¡Tronos, dominaciones, principados, virtudes, potestades, si es que estos magníficos
títulos se conservan aún, y no son puramente nombres vanos, desde que por un decreto se ha
revestido otro de todo poder y nos ha eclipsado con su título de Rey consagrado! Por su causa
hemos hecho a toda prisa esta marcha durante la noche, y nos hemos reunido aquí
desordenadamente, tan sólo para deliberar con qué clase de honores podremos recibir mejor al
que viene a recibir de nosotros el tributo de doblar la rodilla, no satisfecho todavía, que es una
vil prosternación. Pagarlo a uno solo, era ya demasiado; pero ¿cómo hemos de consentir en
pagarlo doblemente? ¡Pagarlo al primero, y a su imagen ahora proclamada! Y sin embargo, ¿qué
importa esto, si nuestros espíritus, ilustrados con mejores consejos, nos enseñan a sacudir este
yugo? ¿Queréis inclinar la cerviz? ¿Preferís doblar una rodilla dócil? No, no lo preferiréis, si es
que os conozco según creo, o si es que tenéis por oriundos e hijos del cielo que nadie poseyó
antes que nosotros. Aunque no todos seamos iguales, somos, sin embargo, libres, igualmente
libres; porque las alcurnias y las categorías no son contrarias a la libertad, sino que se armonizan
con ella. ¿Quién podrá, pues, con razón o con derecho arrogarse la monarquía entre los que son
iguales por naturaleza, ya que no en poder y en esplendor, por lo menos en libertad? ¿Quién
puede introducir leyes y decretos entre nosotros cuando, aun sin leyes, no cometemos nunca un
error? Con mucha menos razón puede ser aquél nuestro señor y pretender nuestra adoración en
detrimento de esos títulos imperiales, que atestiguan que nuestro estado se ha hecho para
gobernar, no para servir.»
“Hasta aquí su audaz discurso fue oído sin contradicción, cuando entre los serafines
levantóse Abdiel, el adorador más ferviente de Dios y el más obediente a sus divinos preceptos, e
inflamado de un celo severo, opuso estas palabras al torrente de la furia de Satanás:
“—«¡Oh, argumento blasfemo, falso y orgulloso; palabras que ningún oído podía esperar
que se escuchasen en el cielo, y menos de ti que de todos los demás, ingrato, de ti, tan elevado
sobre tus iguales! ¿Te atreves, con una doblez impía, a condenar ese justo decreto, pronunciado
y jurado por Dios? Ha jurado que toda alma que exista en el cielo doblará la rodilla ante su Hijo
único, investido por derecho con el cetro real, reconociéndole por medio de este honor debido
como a su legítimo Rey. Es injusto, según dices, sobre manera injusto, someter por leyes al que

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO V

es libre, y dejar que el igual reine sobre sus iguales, uno sobre todos, con un poder en el que
nadie sucederá. Pero ¿quieres imponer leyes a Dios? ¿Pretendes discutir sobre puntos de
libertad con el que te ha hecho lo que eres, con el que ha formado las potestades del cielo como
mejor le ha cuadrado, con el que ha circunscrito su ser? Sin embargo, aleccionados por la
experiencia, sabemos cuan bueno es, cuan atento está siempre a nuestro bien y a nuestra
dignidad, cuan lejos de su pensamiento empequeñecernos, y que se inclina más bien a exaltar
nuestro dichoso estado, uniéndonos más estrechamente bajo un mismo jefe. Pero, aun
concediéndote que sea injusto que el igual reine como un monarca sobre sus iguales, ¿piensas tú,
aunque eres grande y glorioso, que tú o todas las naturalezas angélicas reunidas en una sola
llegaríais a igualar a su Hijo engendrado? Por Él, como por su Verbo, el Padre omnipotente ha
formado todas las cosas, y aun a ti y a todos los espíritus del cielo, creados por Él en sus
brillantes órdenes; los ha coronado de gloria, y en su gloria les ha llamado tronos, dominaciones,
principados, virtudes, potestades; potestades esenciales inseparables de nuestra naturaleza, que
lejos de ser oscurecidas por el reino del Hijo de Dios, se hacen más ilustres, puesto que Él,
nuestro jefe, reducido a serlo, llega a ser uno de nosotros. Sus leyes son nuestras leyes; todos los
honores que se le tributan recaen en nosotros mismos. Cesa, pues, en tu rabia impía, y no tientes
a éstos; apresúrate a calmar al Padre irritado y al Hijo irritado, mientras puedes alcanzar el
perdón, si lo imploras a tiempo.»
“Así habló el fervoroso ángel; pero su celo no secundado fue tenido por inoportuno, o
singular y temerario. El apóstata se regocijó por ello, y le replicó con más altanería:
“—«Conque, según tú, hemos sido creados y somos obra de una segunda mano, cuyo
cuidado ha transferido el Padre al Hijo? Desearíamos saber dónde has aprendido semejante
doctrina. ¿Cuál fue el tiempo, quiénes los testigos de esta creación? ¿Recuerdas tú haber sido
creado, y cuándo te dio el ser el Creador? En cuanto a nosotros, no conocemos el tiempo en que
no éramos lo que somos ahora; a nadie conocemos anterior a nosotros; engendrados por
nosotros mismos, salidos de nosotros mismos por nuestra propia fuerza vital, cuando el curso de
la fatalidad describió toda su órbita y estuvo en su madurez nuestro nacimiento, salimos como
hijos etéreos de nuestro cielo natal. Nuestro poder procede de nosotros; nuestra diestra nos
aleccionará en los hechos más famosos para conocer al que es nuestro igual. Entonces verás si
pretendemos dirigirnos a él con ruegos, y si deseamos rodear su trono supremo como
suplicantes o como sitiadores. Puedes llevar este dictamen, estas noticias, al Ungido del Señor, y
huye antes que venga a impedir tu fuga alguna desgracia.»
“Dijo, y un ronco murmullo, semejante al ruido de las aguas profundas, respondió a
estas palabras, aplaudidas por la innumerable hueste. A pesar de ello, el resplandeciente serafín
no experimentó temor alguno, aunque se veía solo y rodeado de enemigos, sino que replicó con
intrepidez:
“-—«¡Oh, abandonado de Dios, espíritu maldecido, despojado de todo bien!, preveo tu
próxima caída, y tu desgraciada banda, envuelta en esta perfidia, siente ya el contagio de tu

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO V

crimen y de tu castigo. De hoy más no te esfuerces en saber cómo sacudirás el yugo de! Mesías
de Dios; no se invocarán más sus indulgentes leyes, pues ya se han lanzado contra ti otros
decretos que no admiten apelación. Ese cetro de oro que rechazas, es ahora una vara de hierro
para castigar y aniquilar tu desobediencia. Me has aconsejado bien: huyo, pero no por seguir tu
consejo, ni ante tus amenazas; huyo de estas tiendas criminales y réprobas, temeroso de que, al
estallar la inminente cólera en súbita llama, no haga distinción de ninguna clase. Prepárate a
sentir en breve sobre tu cabeza su rayo, fuego que devora. Entonces aprenderás a conocer, entre
gemidos, al que te ha creado, cuando conozcas a! que puede aniquilarte.»
“Así habló el serafín Abdiel, el único que permaneció fiel entre una multitud de infieles,
conservando su lealtad, su amor y su celo, inmutable, inquebrantable, incorrupto e impávido
entre tantos impostores. Ni el número ni el ejemplo pudieron obligarle a separarse de la verdad,
o alterar, a pesar de verse solo, la constancia de su espíritu. Retiróse de en medio de aquel
ejército; durante un largo trecho atravesó por entre los desdenes de sus enemigos,
afrontándolos, mostrándose superior a la injuria, y sin temer nada de la violencia; y con igual
desprecio volvió la espalda a aquellas orgullosas torres, condenadas a una próxima destrucción.”

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L I B RO S E X TO

Rafael continúa refiriendo cómo Miguel y Gabriel fueron enviados para combatir a
Satanás y a sus ángeles. Descripción de la primera batalla. Durante la noche,
Satanás se retira con sus potestades; reúne su consejo e inventa máquinas
infernales, que en la segunda batalla introducen el desorden entre Miguel y sus
ángeles. Por fin, desgajando montañas, los ángeles sepultan las fuerzas y las
máquinas de Satanás; pero como no cesara el tumulto, envía Dios en el tercer día al
Mesías, su Hijo, a quien había reservado la gloria de este triunfo. El Hijo, revestido
del poder de su Padre, llega al campo de batalla, ordena a todas sus legiones que
permanezcan inmóviles a uno y otro lado, y precipitándose con su carro y su rayo
en medio de los enemigos, incapaces de resistirle, los persigue hasta las murallas
del cielo, que se entreabre; los rebeldes caen hacia abajo, envueltos en horror y
confusión, hasta el lugar del castigo que les estaba reservado en el abismo; el
Mesías triunfante, vuelve entonces al lado de su Padre.

–D
urante toda la noche, el intrépido ángel prosiguió su camino a través de la vasta
llanura del cielo, sin ser perseguido, hasta que la mañana, despertada por las horas,
que marchan en círculo, abrió con su mano de rosa las puertas de la luz. Bajo el
monte de Dios y muy cerca de su trono, hay una gruta que habitan y deshabitan
alternativamente la luz y las tinieblas en perpetua sucesión, procurando al cielo la agradable
variedad del día y la noche. La luz sale, y por la otra puerta entran obedientes las tinieblas,
esperando la hora marcada para envolver al cielo con su velo; si bien las tinieblas de allí parecen
el crepúsculo de aquí.
“La aurora se elevaba tal como es en el más alto cielo, vestida del oro del empíreo; ante
ella se desvanecía la noche, atravesada por los rayos del Oriente; cuando de improviso se
muestra a la vista de Abdiel todo el campo cubierto de brillantes y compactos escuadrones,
formados en batalla, de carros, de armas centelleantes y fogosos corceles, reflejando entre sí su
mutuo fulgor; descubrió la guerra con todo su aparato, y vio que ya era sabida la noticia que
creía llevar. Reunióse, lleno de júbilo, con aquellas potestades amigas, que recibieron con alegría
y con inmensas aclamaciones al único que entre tantos millares de ángeles perdidos volvía salvo.
Condujéronle con grande aplauso a la montaña sagrada, y le presentaron ante el trono supremo,
donde se oyó una voz dulce que, saliendo de en medio de una nube de oro, decía así:

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VI

“—«Servidor de Dios, has obrado bien; has combatido bien en el mejor partido, siendo
el único que ha sabido sostener contra innumerables rebeldes la causa de la verdad, haciéndote
más temible por tus palabras que los enemigos lo son por sus armas. Y para sostener la verdad,
has afrontado el reproche universal, más terrible de soportar que la violencia; porque tu único
deseo era que tu conducta fuera aprobada por la mirada de Dios, aunque los mundos te juzgasen
perverso. Ahora, ayudado por un ejército de amigos, te resta un triunfo más fácil, que consiste en
volver contra tus enemigos más glorioso que despreciado fuiste cuando te separaste de ellos, y
en combatir por medio de la fuerza a los que rechazan la razón por ley, la recta razón, y por su
rey el Mesías, que reina por el derecho del mérito. Parte, Miguel, príncipe de los ejércitos
celestiales; parte también, Gabriel, tú que le sigues en belicosas hazañas; conducid a esos mis
invencibles hijos al combate; conducid a mis santos escuadrones, ordenados por miliares y
millones para la batalla, iguales en número a esa multitud rebelde y sin Dios. Atacadles sin
temor con el fuego y las armas ofensivas, persiguiéndolos hasta los confines del cielo; arrojadlos
de donde está Dios y la felicidad, para lanzarlos al sitio de su castigo, al abismo del Tártaro,
cuyo ardiente Caos se abre ya ampliamente para recibirlos en su caída.»
“Así habló la voz soberana, y las nubes empezaron a oscurecer toda la montaña, y las
llamas, luchando con violencia por escaparse, hicieron brotar las ondulantes espirales de una
negra humareda, señal de que despertaba la cólera divina. No menos terrorífica resonó en la
cima la ruidosa trompeta etérea; y a este mandato las potestades guerreras del cielo forman un
potente cuadro con una unión irresistible, y sus brillantes legiones avanzan en silencio al son de
armoniosos instrumentos, que les comunican el heroico ardor de arriesgadas empresas, y al
mando de jefes inmortales, defensores de la causa de Dios y de su Mesías. Adelantan con firmeza
y compactos; ni la alta colina, ni el estrecho valle, ni bosque, ni río, nada, en fin, divide sus
perfectas filas, porque marchan elevadas sobre el suelo, y el aire, obediente sostiene su paso ágil;
en un orden semejante volaron la innumerables pájaros que acudieron al Edén para recibir su
nombre de tu boca, ¡oh, Adán!, y del mismo modo las legiones celestiales atravesaron inmensos
espacios en el cielo, numerosas provincias diez veces más grandes que la longitud de la Tierra.
“Al fin, allá lejos, en el horizonte septentrional, apareció una región de fuego, que desde
un extremo a otro se desenvolvía bajo la forma de un ejército. En breve se descubrieron las
potestades adictas a Satanás, erizadas de los rayos innumerables de sus lanzas rectas e
inflexibles; por todas partes se veían apiñados cascos, diversos escudos en que estaban pintados
insolentes emblemas; aquellas tropas avanzaban con una precipitación furiosa, pues se
vanagloriaban de apoderarse aquel mismo día, por combate o por sorpresa, del monte de Dios, y
de sentar sobre su trono al soberbio pretendiente, envidioso de su imperio; pero a la mitad del
camino reconocieron lo vano y loco de sus pensamientos. Nos pareció desde luego
extraordinario que el ángel hiciera la guerra al ángel; que llegaran unos y otros a chocar en una
furiosa hostilidad, cuando estaban acostumbrados a encontrarse con tanta frecuencia unidos en
las fiestas de gozo y de amor como hijos de un solo señor, cantando himnos al Eterno Padre;

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VI

pero resonó el grito de la guerra, y el atronador estrépito del ataque destruyó todo pensamiento
apacible.
“El apóstata, elevado como un dios en medio de los suyos, estaba sentado sobre su carro
de sol, parodiando una majestad divina, y rodeado de ardientes querubines y de escudos de oro.
No tardó en descender de su trono fastuoso, pues no quedaba ya entre los dos ejércitos más que
un corto espacio (¡intervalo tremendo!), y presentaban inmóviles frente a frente una terrible
línea de espantosa longitud. Satanás, cubierto de una armadura de oro y diamante, a la cabeza de
su tenebrosa vanguardia y sobre la línea de las legiones prontas a embestirse, avanzó a grandes
pasos, erguido como una torre. Abdiel no pudo soportar su vista; colocado entre los más
valientes, se preparaba a llevar a cabo las más gloriosas acciones, y animó de este modo su
corazón intrépido:
“—«¡Oh, Cielo! ¿Puede existir tal semejanza con el Altísimo, en donde ya no existen la
fe y la realidad? ¿Por qué no se extingue el poder donde ha desaparecido la virtud, o por qué no
ha de ser más débil el más presuntuoso? Aunque al verle, Satanás parezca invencible, confío, sin
embargo, en el auxilio del Todopoderoso, e intento poner a prueba la fuerza de aquel cuya razón
falsa y corrompida he podido ya conocer; ¿no será justo que el que ha vencido en la lucha de la
verdad consiga vencer con las armas, y que salga igualmente vencedor en ambos combates? Si el
combate es rudo y vergonzoso cuando la razón mide sus armas con la fuerza, tanto más justo es
que la razón consiga la victoria.»
“Reflexionando de esta suerte Abdiel sale de entre las filas de sus compañeros armados
y encuentra a la mitad del camino a su audaz enemigo, que viéndose prevenido, se muestra más
furioso; Abdiel le reta con aplomo de esta manera:
“—«¡Temerario!, ya puedes ver cómo salen a tu encuentro. Fundabas tu esperanza en
alcanzar sin oposición la altura a que aspiras y en encontrar el trono de Dios abandonado y a sus
defensores dispersos por el terror de tus armas o por la violencia de tus palabras. ¡Insensato! No
has considerado cuan en vano es levantarse en armas contra Dios; contra el que puede hacer
surgir de las cosas más pequeñas un sin fin de innumerables ejércitos para humillar tu loco
atrevimiento; contra Dios, cuya mano solitaria, que alcanza más allá de todo límite, puede, de un
solo golpe y sin auxilio de nadie, anonadarte y sepultar a tus legiones en las tinieblas. Pero ya lo
ves; no todos te siguen; hay muchos que prefieren la fe y la piedad para con Dios, por más que no
los vieras cuando entre los tuyos parecía ser yo el único equivocado, el único que se separaba de
la unión de todos. Cuenta ahora los que pertenecen a mi secta; conoce, aunque tarde, que la
verdad puede residir en un corto número, al paso que la multitud puede errar.»
“El grande Enemigo, mirándolo de reojo y con desdén, le respondió:
“—«En mal hora para ti, pero en hora propicia para mi venganza, vuelves de tu fuga,
ángel sedicioso, tú, el primero a quien yo buscaba para darte la recompensa merecida y hacer en
ti el primer ensayo del peso de mi diestra, que has provocado, puesto que con tu lengua,

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VI

inspirada por la contradicción, has sido el primero en oponerte a la tercera parte de los dioses
reunidos en sínodo para asegurar su divinidad. Los que sienten en sí un vigor divino, no pueden
conceder la omnipotencia a nadie. Tú te adelantas a tus compañeros, ganoso de arrebatarme
algunas plumas, para que tu hazaña pueda hacer creer a tus guerreros en mi ruina; pero si
detengo un momento mi venganza es para que no te jactes de haberme reducido al silencio. Oye,
pues, lo que voy a decirte: he creído desde luego que libertad y cielo no eran más que una sola
cosa para las almas celestes; pero ahora veo que muchos, por bajeza, prefieren servir; ¡espíritus
domésticos, arrastrados por fuerza a las fiestas y a las canciones! Tales son los que tú has
armado; mercenarios del cielo, esclavos para combatir la libertad; este día pondrá de manifiesto
lo que valen sus hechos comparados a los nuestros.»
“El severo Abdiel respondió brevemente:
“—«Apóstata, sigues equivocado; alejado del camino de la verdad, nunca cesarás de
errar. Pretendes mancillar injustamente con el nombre de servidumbre la obediencia que Dios y
la Naturaleza ordenan. Dios y la Naturaleza prescriben lo mismo cuando el que gobierna es el
más digno y sobresale entre aquéllos a quienes gobierna. La servidumbre sólo existe cuando se
sirve al insensato o al que se rebela contra uno más digno que él, como te sirven ahora los tuyos
a ti, que no eres libre, sino esclavo de ti mismo. ¡Y te atreves descaradamente a insultar nuestro
deber! Reina en el infierno, tu verdadero reino; déjame servir en el cielo a Dios por siempre
bendito, y obedecer su divino mandato, que es el que merece más obediencia; pero no esperes
encontrar reinos en el infierno, sino cadenas. Ahora, al regresar de mi huida, como decías hace
poco, recibe este saludo sobre tu crestón impío.»
“Al decir estas palabras, descarga un rudo golpe, que no se perdió en el aire, sino que
cayó como la tempestad sobre el orgulloso crestón de Satanás; ni la vista, ni el movimiento del
rápido pensamiento, y mucho menos el escudo, pudieron prevenir tan horrible choque.
Retrocedió diez enormes pasos; al décimo se inclinó sobre una rodilla, apoyándose en su maciza
lanza, semejante a una montaña, que impelida con todos sus pinos y bosques por la violencia de
los vientos subterráneos o de las olas impetuosas, quedara oblicuamente derribada y medio
sumergida en el abismo. Apoderóse de los rebeldes Tronos la más viva sorpresa; pero aún fue
mayor su rabia cuando vieron caído de aquel modo al más poderoso de entre ellos. Los nuestros,
llenos de gozo y del ardiente deseo de combatir, lanzaron un grito présago de la victoria. Miguel
mandó tocar la angélica trompeta, que resonó en la vasta extensión del cielo, y los ejércitos fieles
cantaron Hosanna al Altísimo. Por su parte, las legiones contrarias no se entretuvieron en
contemplarnos; no menos terribles que las nuestras, se precipitaron en horrible choque.
“Entonces se elevó una tempestuosa furia y un clamor tal como hasta entonces no se
había oído en el cielo. Las armas chocando contra la armadura producen un sonido horrible y
estridente; las ruedas furiosas de los carros de bronce rugen iracundas; ¡el estrépito de la batalla
es terrible! Sobre nuestras cabezas se oyen los silbidos agudos de los inflamados dardos, que se
cruzan cual ígneas granizadas, y en su vuelo cubren con una bóveda de fuego a entrambas

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VI

huestes. Bajo esta cúpula ardiente se lanzan al combate los cuerpos de ejército, acompañados en
tan funesto asalto de un furor inextinguible; todo el cielo retumbó con su estruendo, y si la
Tierra hubiera existido entonces, habría temblado hasta en su centro. Pero ¿debe causarnos esto
admiración, cuando de una y otra parte combatían cual fieros adversarios, millones de ángeles, el
más débil de los cuales podía manejar los elementos y armarse con la fuerza de todas sus
legiones? ¡Cuánto más poder no tendrían, pues, aquellos dos ejércitos, combatiendo uno contra
otro, para encender la espantosa combustión de la guerra, y para derribar, ya que no para
destruir, su afortunada morada natal, si el Rey omnipotente y eterno, sujetando el cielo con
mano firme, no hubiera dominado y limitado su fuerza! Cada legión parecía por su número un
considerable ejército; por su fuerza, cada mano armada equivalía a una legión; en medio del
combate cada soldado parecía un jefe, y cada jefe un soldado; todos sabían avanzar y retroceder a
tiempo, variar los ataques y abrir y cerrar las filas de la odiosa guerra. Entre ellos no existía
ningún pensamiento de fuga ni de retirada, ninguna debilidad, ni la más mínima apariencia de
temor; cada cual contaba consigo mismo, como si fuera un solo brazo el que decidiera la victoria.
“Se llevaron a cabo innumerables hechos, dignos de fama eterna; el combate, ocupando
un inmenso espacio, variaba a cada momento de formas y de combinaciones; tan pronto daban
impulsos a sus poderosas alas y atormentaban todo el aire, haciéndole entonces semejante a un
fuego belicoso. La batalla permaneció indecisa durante mucho tiempo, hasta que Satanás, que en
todo el día había dado muestras de una fuerza prodigiosa, y no encontraba quien le igualara en
las armas, corriendo de fila en fila a través de la espantosa confusión de serafines puestos en
desorden, vio por fin el sitio en que la espada de Miguel hendía y derribaba escuadrones enteros.
“Miguel tenía asida con ambas manos aquella espada que blandía con una fuerza
enorme; al caer, su horrible filo introducía el estrago en cuanto alcanzaba. Satanás, para detener
semejante destrucción, se precipita y opone al acero de Miguel su ancho escudo, orbe
impenetrable, recubierto con diez placas de diamante. A su llegada, el gran arcángel da por un
momento tregua a su guerrera tarea, halagado con la esperanza de terminar aquí la guerra
intestina del cielo, venciendo a su enemigo o arrastrándole entre cadenas; frunce el formidable
entrecejo, y con el rostro inflamado, fue el primero en hablar de esta manera:
“—«Autor del mal, del mal desconocido y sin nombre en el cielo hasta tu rebelión, y que
ahora abunda en él, merced a una guerra odiosa, odiosa a todos, aunque por una justa medida, su
horror recae más sobre ti y tus partidarios; ¿cómo has osado turbar la dichosa paz del cielo y
traer a la Naturaleza la miseria, increada antes del crimen de tu rebelión? ¡Cuántos millares de
ángeles, en otro tiempo rectos y fíeles y hoy convertidos en traidores, has emponzoñado con tu
malicia! Pero no creas que conseguirás desterrar de aquí el santo reposo; el cielo te rechaza de
todos sus límites; el cielo, mansión de la felicidad, no soporta las obras de la violencia y de la
guerra. ¡Ea!, ¡lejos de aquí! Vaya contigo el mal, tu hijo, a la morada del mal, al infierno, contigo
y con tu perversa banda; fomenta allí tus sediciones; pero evita que esta espada vengadora

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VI

empiece tu sentencia, o que alguna venganza más rápida a quien Dios dé alas, te precipite con
dolores redoblados.»
“Así habló el Príncipe de los ángeles. Su adversario replicó:
“-—«No pienses aterrar con el viento de tus amenazas al que no puedes aterrar por
medio de las acciones. ¿Has hecho, por ventura, huir al menor de mis guerreros? En caso de que
los hayas derribado, ¿no se han vuelto a levantar invencibles? ¿Esperas triunfar de mí con más
facilidad? ¿Crees, en tu arrogancia, que me harán huir tus amenazas? No te engañes; no
concluirá así el combate, al que tú llamas mal, y que nosotros llamamos combate de gloria. O
conseguiremos la victoria o transformaremos este cielo en ese infierno del que nos cuentas tanta
patraña. Si no reinamos, por lo menos habitaremos aquí libres. A. pesar de todo, no huiré de tu
mayor fuerza, aun cuando el que se llama Omnipotente venga en tu ayuda; te he buscado
siempre, tanto de lejos como de cerca.»
“Cesaron de hablar, y ambos se prepararon a un combate indescriptible: ¿quién podría
referirlo, aun con el lenguaje de los ángeles? ¿A qué cosas podría compararse en la Tierra, que
fuesen bastante notables para elevar la imaginación humana hasta la altura de un poder
semejante al de un dios? Porque aquellos dos jefes, ya anduvieran, ya permanecieran inmóviles,
parecían dioses por su estatura, por sus movimientos, por las armas, por lo propios que eran para
decidir del Imperio del gran cielo. En aquel momento sus centelleantes espadas ondean y
describen en el aire espantosos círculos; sus escudos, como dos anchos soles, resplandecen uno
frente a otro, mientras que la ansiedad hace que todos queden inmóviles de horror. Por una y
otra parte se retira precipitadamente la inmensa multitud de ángeles del sitio donde antes era
mayor la refriega, y deja un vasto campo donde no había seguridad en el aire, agitado por
tamaña conmoción.
“Para hacer comprender las cosas grandes por medio de las pequeñas, semejantes a los
dos combatientes serían dos planetas que, si se rompiera la concordia de la Naturaleza, o si se
declarara la guerra entre las constelaciones, precipitados bajo la influencia maligna de la
oposición más violenta, combatieran en medio del firmamento y confundieran sus esferas
enemigas.
“Los dos jefes levantan simultáneamente sus brazos, que casi alcanzan en poder al del
Todopoderoso, y amagan un golpe que pudiera terminarlo todo de una vez, y que,
dispensándoles de secundarlo, no dejara la victoria indecisa. Ambos parecen iguales en vigor y
agilidad; pero la espada de Miguel, sacada de la armería de Dios, estaba templada de tal suerte,
que ninguna otra, por más acerada y penetrante que fuese, podía resistir a su filo. Encuentra la
espada de Satanás, y descendiendo para herir con una fuerza precipitada, la corta totalmente por
la mitad; después de esto no se detiene, sino que por medio de un rápido revés penetra
profundamente en el costado derecho del arcángel, y se lo hiende enteramente.

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VI

“Satanás conoció entonces por primera vez el dolor y se retorció convulsivamente hacia
uno y otro lado; ¡tan cruelmente le atravesó de parte a parte aquella cortante espada,
ocasionándole una herida continua! Pero su sustancia etérea no podía permanecer mucho tiempo
dividida; volvióse a unir, y de la herida salió un río de néctar, color de sangre, de esa sangre que
sólo los espíritus celestes pueden derramar, y manchó su armadura, tan brillante hasta entonces.
Inmediatamente corrieron en su ayuda de todas partes un gran número de ángeles vigorosos,
que se interpusieron en su defensa, mientras otros le conducían sobre sus escudos a su carro,
donde permaneció retirado lejos de las filas belicosas. Allí le colocaron rechinando los dientes de
dolor, de despecho y de vergüenza, al ver que otro le igualaba; su orgullo había quedado
humillado con semejante revés, que tan distante estaba de su pretensión de igualar a Dios en
poder.
“Sin embargo, curó pronto, porque los espíritus, que son todo vida, existen por
completo en cada una de sus partes (no como el hombre frágil, que la tiene en las entrañas, en el
corazón, en la cabeza, en el hígado o en los ríñones), y sólo podrían morir anonadados; no
pueden recibir ninguna herida mortal en su líquido tejido, así como tampoco la recibe el aire
fluido; son todo corazón, cabeza, ojos, oídos, inteligencia, sentidos; según su voluntad, se
adaptan miembros, y toman el color, la forma y el volumen dilatado o comprimido que les
sugiere su deseo.
“Entre tanto ocurrían hechos parecidos, y que serían dignos de memoria, en donde
estaba combatiendo el poderoso escuadrón de Gabriel; con sus soberbios estandartes hendía los
profundos batallones de Moloc, rey furioso, que le desafiaba y que le amenazaba con arrastrarle
atado a las ruedas de su carro; la lengua blasfema de este ángel no respetaba siquiera la unidad
sagrada del cielo. Pero de improviso, hendido de la cabeza a la cintura, con sus armas rotas y
presa del más horrible dolor, huye lanzando rugidos.
“En cada ala, Uriel y Rafael vencieron a sus insolentes enemigos, Adramalec y
Asmodeo, por más que éstos fueran enormes y estuvieran armados de rocas de diamante, eran
dos poderosos tronos que se desdeñaban de ser menos que dioses, y cuya fuga les comunicó
pensamientos más humildes al verse acribillados de terribles heridas, a pesar de su coraza y de
su cota de mallas. Abdiel no se descuidó en perseguir a la tropa atea, y a sus redoblados golpes
cayeron Ariel y Arioc, destrozando y abrasando además al violento Ramiel.
“Podría hablar aún de otros mil y eternizar sus nombres aquí en la Tierra; pero aquellos
ángeles escogidos, contentos con la fama de que gozan en el cielo, no solicitan la aprobación de
los hombres. En cuanto a los otros, si bien son admirables por su poder, por sus acciones de
guerra y sobre todo por su deseo de fama, como por un justo decreto están borrados de la
sagrada memoria del cielo, dejémoslos habitar sin nombre el negro olvido. Cuando la fuerza se
separa de la verdad y de la justicia, es indigna de alabanza, y no merece más que baldón e
ignominia; y sin embargo, vana y arrogante, aspira a la gloria y procura hacerse famosa por la
infamia; ¡sea, pues, su galardón un silencio eterno!

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VI

“Derrotados ya sus principales y más poderosos jefes, el ejército se replegó, deshecho


por nuestras repetidas cargas, entrando en él la derrota informe y el vergonzoso desorden; el
campo de batalla estaba sembrado de armas rotas; los carros y sus conductores, los corceles
arrojando espumosas llamas, tendidos en confuso montón. Cuanto queda en pie retrocede
extenuado de fatiga a través del ejército satánico, que, postrado, apenas se defiende;
sorprendidos por el pálido espanto, por primera vez sorprendidos por el terror y por el
sentimiento de dolor, huyen aquellos ángeles ignominiosamente, conducidos a este mal por el
pecado de la desobediencia; hasta entonces no habían estado sujetos ni al temor, ni a la huida, ni
al dolor.
“Muy diferente era el estado de los inviolables santos; con paso seguro avanzaron
formados en falange cuadrangular, completos, invulnerables, armados impenetrablemente; tal
era la inmensa ventaja que les daba su inocencia sobre sus enemigos; por no haber pecado, por
no haber desobedecido, continuaron combatiendo sin fatiga, sin exposición de recibir heridas,
aunque separados de sus filas por la violencia.
“La noche, que empezaba su carrera, difundió su oscuridad por el cielo, imponiendo el
silencio y una dulce tregua al odioso estruendo de la guerra; a su nebuloso abrigo se retiraron
vencedores y vencidos. Miguel y sus ángeles, dueños de! campo de batalla, establecieron en él
sus reales, y pusieron en torno centinelas de querubines agitando llamas. De la otra parte,
Satanás desapareció con sus rebeldes, retirado a lo lejos en la sombra. Privado de reposo, reúne
durante la noche en consejo a sus potestades; en medio de ellas, y sin mostrarse abatido, les
habló así:
“—«¡Oh, vosotros, a quienes ha acrisolado ahora el peligro, y a quienes el reciente
combate ha dado a conocer como invencibles; queridos compañeros, dignos no tan sólo de
libertad, que es demasiado débil pretensión, sino de lo que más nos importa, de honor, de
imperio, de gloria y de fama! Habéis sostenido durante un día un combate dudoso (y si durante
uno, ¿por qué no durante días enteros?); habéis resistido el ataque de todo lo más poderoso que
el Señor del cielo podía lanzar desde el rededor de su trono contra nosotros, de lo que había
creído que bastaba para someternos a su voluntad; y sin embargo, no ha sucedido así... Por lo
cual me parece que podemos mirarle como falible cuando se trate del porvenir, aunque hasta
aquí se haya creído en su omnisciencia. Es cierto que nosotros, peor armados, hemos tenido
algunas desventajas y soportado algunos dolores desconocidos hasta ahora; pero también es
verdad que, apenas conocidos, los hemos despreciado, pues ahora sabemos que, no pudiendo
sufrir ningún golpe mortal, nuestra forma empírea es imperecedera; y que, aunque se vea
acribillada de heridas, éstas se cicatrizan pronto, gracias a su natural vigor. Podéis, pues, ver
cuan fácil es el remedio para un mal tan leve. Sin duda que con armas más fuertes, con armas
más impetuosas, lograremos mejorar nuestra posición en el primer encuentro, empeorar la de
nuestros enemigos, o igualar lo que entre ellos y nosotros establece esa disparidad que no existe
en la naturaleza. Si ha influido en su superioridad alguna otra causa oculta, pronto la

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VI

descubriremos por medio de una madura deliberación y una indagación activa, en tanto que
conservemos nuestro pleno espíritu y nuestro entendimiento sano.»
“Sentóse, y del medio de la asamblea se levantó Nisroc, el jefe de los principados; se
levantó como un guerrero escapado de un combate cruel; cubierto de heridas, rotas y destruidas
sus armas, y contestó de este modo con aire sombrío:
“-—«¡Libertador! Tú, que nos emancipaste del yugo de nuevos señores y nos conduces
al libre goce de los bienes que se deben a nuestra jerarquía divina; asaz duro es para nosotros
que, a pesar de nuestra cualidad de dioses, seamos ahora accesibles al dolor y tengamos que
combatir con armas desiguales a enemigos exentos de él e impasibles. De esta desigualdad debe
resultar forzosamente nuestra ruina, porque, ¿de qué sirven el valor y la fuerza incomparables si
se ven dominados por el dolor, que lo subyuga todo y hace caer desfallecidos los brazos más
formidables? Quizá podríamos borrar de la vida sin quejarnos el sentimiento del placer, y vivir
satisfechos, que es lo que hace más dulce la vida; pero el dolor es el colmo de la miseria, el peor
de los males; y si se hace excesivo, no hay intrepidez ni paciencia que puedan soportarlo. Así,
pues, el que pueda inventar alguna cosa más eficaz para causar heridas a nuestros enemigos, aún
invulnerables, o el que sepa armarnos con armas defensivas iguales a las suyas, merecerá de mi
parte las mismas alabanzas que aquel a quien debemos nuestra libertad.»
“Satanás respondió con tranquilo y mesurado aspecto:
“—«Ese socorro no inventado aún, y que con razón consideras tan esencial para nuestro
buen éxito, yo te lo traigo. Cualquiera de nosotros que contemple la brillante superficie de este
terreno celeste sobre que vivimos; este espacioso continente del cielo, adornado de plantas, de
frutos, de flores, de ambrosía, de perlas y de oro, ¿mirará tan superficialmente estas cosas para
no comprender que germinan profundamente bajo la tierra, cual negros y crudos materiales de
una espuma espirituosa e ígnea, y que merced al influjo y penetración de un rayo de los cielos,
brotan, crecen y se ostenten tan bellas a la luz del ambiente?
«Pues bien: el abismo nos cederá esas materias en su negro origen, fecundados por una
llama infernal. Comprimiéndolas en anchos huecos y redondos tubos, les aplicaremos fuego por
un orificio abierto en una de sus extremidades; inflamadas de repente, dilatadas y estallando con
el estruendo del trueno, enviarán a larga distancia contra nuestros enemigos tales elementos de
destrucción, que derribarán y harán pedazos todo cuanto se les oponga, de suerte que nuestros
adversarios temerán que hayamos desarmado al dios tonante de su solo dardo temible. Nuestro
trabajo no será de larga duración; antes que nazca el día se cumplirá nuestro intento.
Entretanto, tranquilizaos; desechad todo temor; pensemos que nada hay difícil, y mucho menos
desesperado, para la fuerza y la habilidad reunidas.»
“Dijo, y sus palabras hicieron brillar los rostros abatidos, y reanimaron en los corazones
la perdida esperanza. Todos admiraron la invención, y cada cual se asombra de no haber sido el
inventor; tan fácil parece, una vez hallada, la cosa que antes de descubierta se hubiera tenido por

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VI

imposible. Si, por acaso, en los días futuros llegase a reinar el mal en la Tierra, alguno de tu
raza, ¡oh, Adán!, hábilmente perverso, o inspirado por el espíritu diabólico, imaginará un
instrumento semejante, a fin de desolar a los hijos de los hombres, arrastrados por el pecado a la
guerra o al crimen.
“Los demonios se dirigieron sin demora desde el consejo a poner por obra lo propuesto
por Satanás; ninguno tiene objeciones que oponer; innumerables manos están prontas, y en un
momento revuelven una inmensa extensión del suelo celeste y descubren los rudimentos de la
Naturaleza hasta en su tosco germen. Encuentran espumas sulfurosas y nitrosas, que
amalgaman, y con rara habilidad las reducen por medio del fuego a granos negros que van
amontonando aparte con cuidado.
“Los unos registran las ocultas vetas de los minerales y de las rocas (porque las
entrañas del cielo se parecen a las de la Tierra) para extraer de ellas sus máquinas y sus balas,
mensajeras de la ruina: otros se proveen de teas incendiarias perniciosas por el solo contacto del
fuego. De este modo, antes de que despuntase el día dieron fin en silencio a su tarea, sin más
testigos que la misma noche, y se reunieron de nuevo en orden con una cautelosa circunspección
y sin ser vistos.
“En cuanto la bella y matutina aurora apareció en el cielo, levantáronse los ángeles
victoriosos, y la trompeta de Diana llamó a las armas. Ocuparon sus filas cubiertos con sus
armaduras de oro, y en breve estuvo formada toda aquella hueste resplandeciente. Algunos
tienden la vista en derredor desde lo alto de las colinas que reciben los primeros reflejos del
naciente día; los exploradores, ligeramente armados, van en descubierta por todas partes para
divisar al distante enemigo, para saber en qué sitio ha acampado o huido, si se ha puesto en
marcha para combatir o si está parado. Bien pronto lo descubren adelantándose con sus
banderas desplegadas, con lento paso y en compactos batallones. Con extrema celeridad
retrocede Zofiel, el querubín de más rápido vuelo, y se dirige hacia nosotros volando y gritando
desde el aire:
“—«¡A las armas, guerreros; a las armas, al combate! El enemigo está cerca; los que
creemos fugitivos van a ahorrarnos hoy una larga persecución; no temáis que huyan, pues
vienen tan compactos como un nublado, y veo retratada en su semblante la ceñuda resolución y
la confianza. Que cada cual se ciña bien su coraza de diamante; que cada cual se cubra
perfectamente con su casco y embrace fuertemente su ancho escudo, elevado o bajo, porque hoy,
según mis conjeturas, no será una llovizna lo que nos lance, sino una terrible tempestad de
inflamadas flechas.»
“De esta suerte avisó Zofiel a los que ya estaban de antemano sobre aviso, y que
acudieron al grito de alarma, adelantándose en batalla, ordenados, libres de todo lo que pudiera
entorpecer su marcha y acelerándola sin confusión. No tardaron en descubrir a corta distancia al
enemigo, que con pesados pasos y formando un apiñado y vasto ejército, se adelantaba

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VI

arrastrando dentro de un espacio cuadrado sus máquinas diabólicas, encerradas por todos lados
entre profundos escuadrones que ocultaban el fraude. Al divisarse, los dos ejércitos se
detuvieron algún tiempo; pero en breve apareció Satanás a la cabeza de sus guerreros y se oyó
que les dirigía en voz alta estas órdenes:
“—«¡Vanguardia! Desplegad vuestro frente a derecha e izquierda, a fin de que todos los
que nos odian puedan ver cómo solicitamos la paz y la conciliación, cuan pronto estamos a
recibirlos con los brazos abiertos, si acogen nuestras proposiciones y no nos vuelven la espalda
con perversidad, como lo temo. Sin embargo, seáme testigo el Cielo, ¡oh Cielo, se testigo de que
por nuestra parte les abrimos con franqueza nuestro corazón! Vosotros, que habéis sido
designados y que permanecéis firmes, cumplid vuestra misión; manifestad brevemente lo que
proponemos, y bien alto, para que todos puedan oírlo.»
“Apenas hubo pronunciado estas palabras ambiguas e irónicas, cuando se abrió el frente
de su ejército a derecha e izquierda, replegándose sobre uno y otro flanco; entonces apareció a
nuestra vista (¡espectáculo nuevo y extraño!) una triple hilera de columnas de bronce, de hierro y
de piedra, colocadas sobre ruedas, que hubiéramos tenido por tales, o bien por troncos vacíos de
encinas o de abetos, derribados en los bosques o en la montaña, si el horrendo orificio de su
boca, ampliamente abierto en nuestra dirección, no pronosticara una tregua insidiosa. Detrás de
cada pieza estaba en pie un serafín, en cuya mano oscilaba una caña encendida, mientras que
nosotros permanecíamos absortos, juntos y distraídos en nuestros pensamientos.
“Esta indecisión no duró mucho tiempo, porque de repente todos los serafines
extendieron sus cañas a la vez y las aplican a una imperceptible abertura, que tocan ligeramente.
Al punto se inflamó todo el cielo, y en seguida se oscureció con los torrentes de humo que
vomitan aquellas máquinas de su profunda garganta, cuyo rugido hendía el aire con un
estruendo furioso y desgarraba todas sus entrañas, descargando su superabundancia infernal una
lluvia de rayos encadenados y una granizada de globos de hierro. Dirigidos éstos contra la
hueste victoriosa, la hieren con tan impetuosa furia, que aquellos a quienes alcanzan no pueden
permanecer en pie, siendo así que en otro caso habrían permanecido firmes como rocas. Caen a
millares; el ángel rueda amontonado sobre el arcángel, con más motivo a causa de sus armas,
que a no ser por ellas habrían podido, como ágiles espíritus, contrayéndose o desviándose
rápidamente, escapar de tan horrible desorden. Pero entonces sufrieron una vergonzosa
dispersión y una inevitable derrota. De nada les sirvió abrir sus compactas filas; ¿qué podían
hacer? ¿Adelantar intrépidos, afrontar la tempestad y verse rechazados por segunda vez e
ignominiosamente derribados? Su valor sólo serviría para renovar la causa de su vergüenza y
para escarnio de sus enemigos, pues se veía una segunda fila de serafines en disposición de hacer
estallar nuevamente sus rayos; sin embargo, retroceder abatidos era lo que más repugnaba a los
ángeles leales. Viendo Satanás su apurada situación, dijo a los suyos con insultante sarcasmo:
“—«Amigos, ¿cómo es que esos soberbios vencedores no siguen adelante? Hace poco
avanzaban orgullosos, y cuando, para recibirlos con rostro y corazón descubiertos (¿qué más

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VI

podíamos hacer?), les proponíamos las bases de un arreglo, cambian repentinamente de idea,
huyen y se entregan a extrañas locuras, como si quisieran danzar. Sin embargo, para una danza
parecen algo extravagantes y salvajes; quizá sea por efecto del gozo que les causa la paz que les
ofrecemos. Pero me parece que, si oyen una vez más nuestras proposiciones, podemos obligarles
a una pronta resolución.»
“Belial le respondió con el mismo tono sarcástico:
“—«General, las bases de arreglo que les hemos enviado son de un gran peso, de un
contenido sólido y de una fuerza irresistible. Son tales, según podemos ver, que a todos han
divertido, y aun aturdido a muchos; el que las recibe de frente se ve en la necesidad de
comprenderlas bien de pies a cabeza; y si no son comprendidas, tienen por lo menos la ventaja de
darnos a conocer cuándo no andan derechos nuestros enemigos.»
“De este modo, rebosando de gozo, se burlaban entre sí, estando muy distantes de
pensar siquiera en la incertidumbre de la victoria; presumían que era tan fácil igualar con sus
invenciones el poder eterno, que despreciaban sus rayos, y se reían de su ejército mientras
reinaba en él la confusión. Pero esto no duró mucho tiempo; el furor reanimó en fin a las
legiones fieles y les dio armas que oponer a aquella infernal malicia.
“Inmediatamente (¡admira la excelencia y la fuerza que Dios ha depositado en sus
poderosos ángeles!) arrojan lejos de sí sus armas; rápidos como el surco que describe el rayo,
corren, vuelan a las colinas (porque el cielo ha comunicado a la Tierra esa agradable variedad de
colinas y de valles), las conmueven sacudiéndolas en todas direcciones hasta sus cimientos;
arrancan las montañas con todo su peso, sus rocas, ríos y selvas, y asiéndolas por sus cabelludas
crestas, las transportan en sus manos. Figúrate la admiración y el terror de los espíritus
rebeldes, cuando vieron venir las montañas vueltas hacia arriba y precipitarse su base sobre
ellos, sepultando la triple hilera de sus odiosas máquinas, de sus cilindros infernales y con ella
toda su confianza. Los mismos enemigos, postrados, sintieron llover sobre sus cabezas rocas
enormes, vastos promontorios cuya impetuosa masa oscurecía el aire y aplastaba legiones
enteras. Las armaduras aumentaban sus padecimientos; aprisionada en ellas su sustancia, veíase
aplastada y magullada, causándoles implacables tormentos y haciéndoles exhalar dolorosos
gemidos. Por espacio de mucho tiempo lucharon con esta masa antes de poder evaporarse de
semejante prisión, porque aunque espíritus de la más pura luz, la más pura en otro tiempo, ahora
se había trocado en grosera por su pecado.
“Imitándonos el resto de sus compañeros, echó mano de iguales armas y arrancó los
collados vecinos. Lanzados los montes de una y otra parte con una proyección funesta, se
encuentran en el aire y chocan entre sí, de suerte que se combate bajo una bóveda de tierra en
una oscuridad espantosa y con estrépito infernal. Las más terribles guerras, comparadas con
estas batallas, parecerían festejos públicos. Por doquiera reina el desorden; a la confusión se
añade una confusión mayor, y en aquel momento todo el cielo se habría derrumbado hecho

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VI

pedazos y ruinas si el Padre omnipotente, que está sentado invisible en su inviolable santuario
de los cielos, calculando las consecuencias de las cosas, no hubiese previsto este tumulto y no lo
hubiera permitido todo para llevar a cabo su gran designio: honrar a su Hijo consagrado,
vengarle de sus enemigos y declarar que se le había transferido todo poder. Se dirigió, pues, en
estos términos a su Hijo, inmortal compañero de su trono:
“—«¡Esplendor de mi gloria, Hijo amado; Hijo en cuyo rostro aparece visiblemente lo
que yo tengo de invisible en mi divinidad; tú, cuya mano ejecuta mis decretos, segunda
omnipotencia! Han pasado ya dos días, dos de los días que nosotros contamos en el cielo, desde
que Miguel ha partido con sus potestades para someter a esos rebeldes. El combate ha sido tan
violento como era de esperar que lo fuese, cuando miden sus armas semejantes enemigos; porque
los he dejado entregados a sí mismos, y bien sabes que en su creación los hice iguales y que sólo
el pecado ha podido desigualarlos; pero los efectos de éste son todavía insensibles porque
suspendo su sentencia; sería, pues, forzoso que permanecieran entregados a un combate perpetuo
y sin fin, y no se encontraría solución alguna.
“La fatigosa guerra ha hecho todo cuanto podía hacer: ha soltado las riendas de un furor
desordenado, haciendo que se sirvieran de montañas en vez de armas, obra extraña en el cielo y
peligrosa para toda la Naturaleza. Han transcurrido dos días; a ti te toca el tercero; a ti lo he
destinado y he tenido paciencia hasta ahora a fin de que sea tuya la gloria de terminar esta gran
guerra, pues nadie más que tú puede ponerle término. Te he transferido tan alta virtud, tan
inmensa gracia, que todos, así en el cielo como en el infierno, puedan conocer tu fuerza
incomparable; apaciguada así esta conmoción perversa, quedará patente que eres el más digno de
ser heredero y Rey ungido por tu derecho y por tus méritos. Ve, pues, ¡oh tú, el más poderoso en
el poder de tu Padre!, sube en mi carro y guía sus ruedas rápidas que conmuevan al cielo con su
base; lleva contigo toda mi guerra, mi arco y mi rayo; revístete con mis omnipotentes armas;
lleva suspendida mi espada de tu fuerte muslo; persigue a esos hijos de las tinieblas y arrójalos
de todos los límites del cielo hasta el abismo exterior. Que aprendan allí, ya que eso les place, a
despreciar a Dios y al Mesías, su Rey consagrado.»
“Dijo, y sus rayos, lanzados directamente sobre su Hijo, se reflejan en él
deslumbradores; el Hijo recibió de un modo inefable y por completo sobre su rostro la entera
efusión de su Padre, y la Divinidad filial respondió así:
“—«¡Oh, Padre! ¡Oh, Soberano de los tronos celestiales, el Primero, el Altísimo, el
Santísimo, el Mejor! Siempre has procurado glorificar a tu hijo; y yo, siempre glorificarte, como
es justo. Toda mi gloria, mi elevación y mi felicidad se cifran en que, complaciéndote en mí,
declares que se ha cumplido tu voluntad; pues el cumplimiento de ésta es toda mi dicha. Acepto
el cetro y el poder, como dones tuyos, y los pondré de nuevo y con más gozo en tus manos
cuando al fin de los tiempos lo seas todo en todo. Yo en Ti para siempre, y en mí todos los que
tú amas.

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VI

«Pero aquellos a quienes aborreces los aborrezco también, y puedo revestirme de tus
terrores, así como me revisto de tus misericordias, imagen tuya en todas las cosas. Armado de tu
poder, no tardaré en dejar libre el cielo de esos rebeldes, que serán precipitados en la horrible
mansión que les está preparada; veránse sujetos con cadenas de tinieblas y entregados al gusano
que nunca muere esos malvados, que han podido rebelarse contra la obediencia que te es debida,
cuando la felicidad suprema consiste en obedecerte. Entonces esos santos que se han conservado
sin mancha, separados de los impuros, rodearán tu montaña sagrada, cantarán aleluyas sinceros
e himnos de alabanzas en tu honor, y yo el primero, como jefe suyo.»
“Así dijo, e inclinándose sobre su cetro, se levantó de la derecha de gloria, donde se
sienta, cuando empezaba a brillar, a través del cielo, la tercera aurora sagrada. Inmediatamente
se lanza el carro de la divinidad paternal, con el ruido de un torbellino, arrojando espesas llamas,
y con ruedas en medio de ruedas; este carro no iba tirado, sino animado por un espíritu y
escoltado por cuatro formas de querubines. Cada una de estas figuras tiene cuatro rostros
sorprendentes; todo su cuerpo y sus alas están sembrados de ojos semejantes a estrellas; también
las ruedas, que son de berilo, tienen ojos, y al girar despiden por todas partes densas llamaradas.
Sobre sus cabezas se ve un firmamento de cristal, donde hay un trono de zafiro moteado de
ambas puro con los colores del arco iris.
“El Hijo subió a este carro, armado con la panoplia celeste del radiante Urín, obra
divinamente elaborada. A su derecha está sentada la Victoria, con sus alas de águila; de su
costado penden su arco y su carcaj lleno de tres órdenes de rayos, y en torno suyo giran furiosas
oleadas de humo, de llamas belicosas y de terribles centellas.
“Avanza acompañado de diez mil santos; el resplandor anuncia desde lejos su llegada, y
se ven a uno y otro lado veinte mil carros de Dios (oí contar su número). En alas de los
querubines es transportado sublime por el cielo de cristal, sobre un trono de zafiro que
resplandece a larga distancia. Los suyos fueron los primeros en divisarlo, y sintieron un gozo
inesperado cuando ondeó el gran estandarte del Mesías, celestial enseña llevada por los ángeles.
En breve reunió Miguel bajo este estandarte sus batallones, extendidos en las dos alas, y no
formaron ya más que un solo cuerpo a las órdenes de su jefe.
“El poder divino allanaba ante su Hijo el camino del triunfo; a su voz, las desarraigadas
montañas se retiraron a su primitivo asiento; la oyeron, y se encaminaron a él obedientes; el
cielo recobró su aspecto acostumbrado, y la colina y el valle reaparecieron rientes con sus frescas
flores.
“Los desdichados enemigos vieron en vano estos prodigios, porque continuaron tan
endurecidos como antes, y reunieron de nuevo sus fuerzas, preparándose a un combate decisivo.
¡Insensatos! ¡Fundaban su esperanza en la desesperación! ¿Puede existir tanta perversidad en
espíritus celestiales? Mas para convencer al orgulloso, ¿de qué sirven los prodigios? ¿Ni qué
maravillas pueden hacer que ceda el obcecado? Aquello mismo que debía obligarles aumentó su

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VI

obstinación; irritados con la gloria del Hijo, se apoderó de ellos la envidia al contemplarla; y
aspirando a elevarse hasta él, se forman audazmente en orden de batalla, resueltos a triunfar por
la fuerza o por la astucia, y a prevalecer al fin contra Dios y su Mesías, o a precipitarse en una
postrera y universal ruina. Mientras se preparaban al combate, teniendo a menos huir o retirarse
vergonzosamente, el gran Hijo de Dios se dirigió a su ejército formado a derecha e izquierda, y
le habló en estos términos:
“—«Permaneced, ¡oh, santos!, tranquilos en tan brillante orden; quedaos aquí vosotros,
ángeles armados; descansad hoy de las fatigas de la batalla. Fiel ha sido vuestra vida guerrera y
aceptada a los ojos de Dios; lo que de Él habéis recibido lo habéis empleado invenciblemente y
sin temor en pro de su santa causa. Pero el castigo de esa banda maldita corresponde a otro
brazo; la venganza es de Dios o del único a quien Él se la ha confiado. Ni en el número ni en la
multitud está el cumplimiento de la obra de este día; permaneced tan sólo atentos, y contemplad
la indignación de Dios, descargada por mis manos sobre estos impíos. No ha sido a vosotros,
sino a mí a quien han despreciado, a quien han envidiado; toda su rabia se dirige contra mí,
porque el Padre, a quien pertenecen la omnipotencia y la gloria en el supremo reino del cielo, me
ha honrado según su voluntad. Por esta razón me ha confiado el encargo de juzgarlos; y pues
que desean la ocasión de probar por medio del combate quién es el más fuerte, si todos ellos
contra mí, o yo solo contra todos, ya que la fuerza es todo para ellos, ya que no ambicionan otra
superioridad ni les importa que se les sobrepuje de otro modo, consiento en que la fuerza decida
entre ellos y yo.»
“Así habló el Hijo, con un aspecto tan terrible, que nadie se atrevió a sostener su
mirada; lleno de cólera marchó contra sus enemigos. Las cuatro figuras despliegan a la vez sus
alas estrelladas, produciendo una sombra formidable y continua. Las ruedas de su carro de fuego
giran con un estruendo semejante al de un caudaloso torrente, o al de un numeroso ejército.
Tenebroso cual la noche, se lanza directamente contra sus impíos adversarios. El inmóvil
empíreo tembló en toda su extensión bajo sus ardientes ruedas; todo se estremeció, excepto el
trono de Dios. Pronto llega en medio del enemigo, armada la diestra con diez mil rayos, y los
arroja ante él de tal suerte, que cubren de dolorosas heridas las almas de los rebeldes.
Dominados por el asombro y el espanto, cesan en su resistencia, pierden todo su valor, y dejan
caer sus inútiles armas. El Mesías pasa sobre los escudos y los cascos, sobre las cabezas de los
tronos y de los poderosos serafines prosternados, que entonces hubieran deseado que
continuaran lanzándose montañas sobre ellos para que les sirvieran de abrigo contra su cólera.
No menos tempestuosos parten por ambos lados sus dardos centelleantes de las cuatro figuras
de cuatro rostros sembrados de ojos, y son lanzados por las ruedas vivientes, asimismo
sembradas de multitud de ojos. Un espíritu dirigía aquellas ruedas; cada ojo despedía
relámpagos y arrojaba entre los malditos una perniciosa llama, que paralizaba toda su fuerza, los
despojaba de su vigor acostumbrado y los dejaba extenuados, sin alientos, desolados y caídos. Y,
sin embargo, el Hijo de Dios no empleó siquiera la mitad de su fuerza y contuvo su rayo; pues no
era su designio destruirlos, sino desarraigarlos del cielo. Levantó a los que estaban caídos y los

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VI

arrojó ante sí, como una manada de machos cabríos, o como un tímido y apiñado rebaño,
anonadados, perseguidos por los Terrores y por las Furias hasta los límites de la muralla de
cristal del cielo. Este se abrió, se replegó hacia dentro y dejó en descubierto, por medio de una
brecha espaciosa, el devastado abismo. Su monstruoso aspecto los deja como petrificados de
horror; retroceden, pero otro horror mucho más grande los empuja; con la cabeza inclinada se
precipitan por sí mismos de arriba abajo, desde el borde del cielo, y la cólera eterna, ardiente,
apresura su caída en el abismo sin fondo.
“El infierno oyó el espantoso ruido que produjeron; el infierno vio al cielo
derrumbándose del cielo, y este espectáculo le habría hecho huir aterrado si el inflexible Destino
no hubiese echado profundamente sus cimientos tenebrosos, ligándole a ellos fuertemente.
“Durante nueve días estuvieron cayendo; rugió el Caos, confundido, y sintió una
confusión decuplicada, mientras, al caer, atravesaban su feroz anarquía; ¡tantas fueron las ruinas
que amontonó aquella enorme derrota! Por fin, el abierto infierno los recibió a todos y se cerró
tras ellos; el infierno, la mansión que les convenía; el infierno, asilo de dolores y de penas, donde
arden con furor en medio de llamas inextinguibles. El cielo, libre de su peso, se regocijó; y
desplegando la parte que antes había replegado, la unió y reparó en breve la brecha de su
muralla.
“El Mesías, único vencedor con la expulsión de sus enemigos, regresó en su carro
triunfal. Todos sus santos, que en silencio habían sido testigos oculares de sus acciones
omnipotentes, salieron a su encuentro llenos de júbilo; y marchando sombreados de palmas las
brillantes jerarquías, cantaban su triunfo y le aclamaban Rey victorioso, Hijo, Heredero y Señor.
¡A Él se le hadado todo poder; Él es el más digno de reinar!
“Acompañado de aclamaciones, pasa triunfante por mitad del cielo, y llega al templo y al
santuario de su Padre todopoderoso, elevado sobre un trono; su Padre le recibe en la gloria,
donde ahora está sentado a la derecha de la Beatitud.
“De este modo, comparando las cosas del Cielo a las de la Tierra, y accediendo a tu
demanda, ¡oh, Adán!, para que lo pasado te haga ser precavido y cauto, te he revelado lo que de
otro modo hubiera podido permanecer oculto a la raza humana; esto es, la discordia sobrevenida
en los cielos, la guerra entre las potestades angélicas y la profunda caída de aquellos que,
aspirando a elevarse demasiado, se sublevaron con Satanás, con el rebelde, que celoso ahora de
tu estado, intenta separarte también de la obediencia, a fin de que, desheredado, como él, de toda
felicidad, participes asimismo de su castigo y de su miseria eterna. Todo su consuelo y su mayor
venganza consistirían en hacerte su compañero de infortunio, por creer que con ello ocasiona
una pena al Altísimo. No des, pues, oído a sus tentaciones; prevén a la mitad más débil de ti
mismo; aprovéchate del terrible ejemplo que ya conoces para estar cierto de la recompensa que
espera al desobediente; hubieran podido permanecer firmes, y, sin embargo, cayeron; recuérdalo
y teme incurrir en una desobediencia.”

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L I B RO S É P T I M O

Rafael, instado por Adán, le refiere cómo y porqué ha sido creado este mundo;
habiendo Dios expulsado del cielo a Satanás y a sus ángeles, declaró que le era
grato crear otro mundo y otras criaturas destinadas a habitarlo; envía a su Hijo
rodeado de su gloria, con un séquito de ángeles, para llevar a cabo en seis días la
obra de la Creación. Los ángeles celebran en sus himnos esta nueva obra, y vuelven
a ascender al cielo en pos del Creador.

¡D esciende del cielo, Urania, si es que llevas este nombre con justicia! Animado por tu voz
divina, sigo mi raudo vuelo más allá del Olimpo y más allá de donde llegó el alado
Pegaso. No es un nombre vano a quien invoco, sino a ti misma; porque tú no estás
entre las nueve musas; tú no moras en la cumbre del antiguo Olimpo; nacida en el cielo antes
que se elevaran las colinas, antes que corriera la fuente, mezclaste tus cantos a la voz de la
eterna Sabiduría, de la Sabiduría tu hermana, con la que conversabas en presencia del Padre
omnipotente, a quien halaga tu canto divino. Llevado por ti al cielo de los cielos, he penetrado
en ellos temerariamente yo, huésped terrestre, y he respirado el aire empíreo, templado por ti;
guíame de igual modo cuando descienda; vuélveme a mi elemento natal, pues temo caer en los
campos de la Licia y vagar por ellos, perdido y abandonado, derribado por ese corcel que vuela
sin freno, cual Belerofonte lo fue en otro tiempo, aunque no desde tan elevada región.
Aún me queda por cantar la mitad de mi asunto; pero debo mantenerme para ello en los
más estrechos límites de la esfera diurna y visible. Colocado en la Tierra, y sin verme arrebatado
más allá del Polo, cantaré con más seguridad y con voz mortal, que no ha enronquecido ni
enmudecido, aunque hayan llegado para mí días nefastos, sí, días nefastos, y me vea rodeado de
malas lenguas, sumido en tinieblas y en la soledad, y cercado de peligros. Pero no estoy solo
cuando de noche me visitas en sueños, o cuando la aurora cubre con su púrpura el Oriente.
Inspira y dirige siempre mis cantos, Urania; concédeme un auditorio favorable, aunque
poco numeroso; pero aparta de mí la bárbara disonancia de Baco y de su bullicioso séquito;
progenie de aquella horda desenfrenada que destrozó sobre el monte Rodope al bordo de Tracia,
cuyo acento atraía los bosques y las peñas, hasta que con salvajes clamores ahogaron su voz y su
lira; la Musa no pudo salvar a su hijo; pero tú no abandonarás así al que te implora, Urania,
porque ella no era más que un sueño vano, y tú eres un sueño celestial.

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VII

Refiere, ¡oh diosa!, lo que sucedió después que Rafael, el afable arcángel, advirtió a Adán
que se guardase del perjurio con el terrible ejemplo de los apóstatas del cielo, temeroso de que
alcanzara en el Paraíso tan terrible suerte a Adán y a su raza, una vez advertidos de que no
debían tocar al árbol prohibido, si despreciaban, si traspasaban este solo mandato, tan fácil de
observar, cuando podían elegir entre el inmenso número de objetos creados para satisfacer sus
deseos, por extraordinarios que éstos fuesen.
Adán y su compañera habían escuchado esta historia con oído atento; permanecían
llenos de admiración y sumidos en una meditación profunda, causada por el relato de cosas tan
elevadas y extraordinarias y, según sus ideas, tan poco-imaginables, pues no podían concebir que
hubiera existido el odio en el cielo, la guerra al lado de la paz divina y tan cruel confusión en
medio de la misma felicidad. Pero, al propio tiempo, conocieron que, una vez rechazada, la
maldad caía como un diluvio sobre aquellos de quienes habían salido, incompatible para siempre
con la Beatitud.
Adán reprimió, no obstante, las dudas que se despertaban en su corazón, aún inocente, y
se dejó llevar tan sólo por el deseo de conocer lo que más de cerca le tocaba; esto es, cómo
empezó este mundo visible, el cielo y la Tierra; en qué tiempo y de qué principio fueron creados;
por qué causa y qué cosas había en el Edén y fuera de sus límites antes de la época hasta donde
alcanza la memoria. Semejante al hombre que, apenas ha satisfecho su ardiente sed, sigue con la
vista la corriente del arroyuelo, que haciendo llegar hasta él su murmullo la enciende
nuevamente, así Adán se atreve a interrogar a su huésped de este modo:
—Divino intérprete, has revelado a nuestro oído grandes cosas, fecundas en maravillas
y muy diferentes de las de este mundo; el favor de Dios te ha hecho descender del Empíreo para
advertirnos a tiempo de lo que hubiera podido ocasionar nuestra ruina, siéndonos desconocido el
peligro y no alcanzando a preverlo la inteligencia humana. Debemos, pues, eterna gratitud a la
Bondad infinita, y recibimos sus advertencias con una solemne resolución de observar
inmutablemente su Voluntad soberana, que es el fin y objeto de nuestra existencia. Pero ya que
para instruirnos te has dignado revelarnos con tanta complacencia cosas que están muy por
encima del pensamiento humano, y que tienen una gran importancia para nosotros, según lo ha
juzgado la suprema Sabiduría, dígnate descender más aún, y refiérenos lo que quizá no nos es
menos útil saber; en primer lugar, cuándo comenzó ese cielo que vemos tan distante y elevado, y
adornado de innumerables y movibles luminarias; qué es ese aire que envuelve o llena todo el
espacio, ese aire tan ampliamente extendido y que rodea el orbe de esta florida Tierra; qué causa
fue la que movió al Creador, en medio del santo reposo que le rodeaba por toda una eternidad, a
construir después de tanto tiempo en el Caos, y cómo es que su obra, una vez empezada, se acabó
en tan breve espacio. Si es que no lo ha prohibido, revélanos lo que deseamos saber, no con
objeto de investigar los secretos misterios de su Empíreo eterno, sino para glorificarle mucho
más cuando conozcamos mejor sus obras.

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VII

“Aún tiene mucho espacio que recorrer la gran antorcha del día para acabar su carrera;
por más que se incline ya a su ocaso ese Sol suspendido en los cielos, detenido por tu voz, por tu
potente voz, te escuchará, disminuirá la rapidez de su carrera, a fin de oírte referir su nacimiento
y cómo pudo salir la naturaleza de las entrañas del confuso abismo; y aunque la estrella
vespertina y el astro de la noche se den prisa para oírte, la noche traerá consigo el silencio; el
mismo Sueño velará escuchándote, o haremos que se aleje hasta que tus cantos terminen y te
permitan regresar antes que brille la mañana.”
Así rogó Adán a su ilustre huésped, y el ángel le respondió con divina dulzura:
—Consiento en acceder a tu súplica, expresada con tanta prudencia; pero ¿qué palabras,
qué lenguaje seráfico podrá ser bastante para referirte las obras del Todopoderoso, ni qué
inteligencia humana podrá llegar a comprenderlas? Sin embargo, no se ocultará a tu penetración
nada de cuanto pueda enseñarte a glorificar al Creador y aumentar tu felicidad. He recibido de lo
alto la misión de responder a tus deseos de saber, siempre que estén contenidos en justos límites,
traspasados los cuales, abstente de manifestarlos; no alimentes en tu imaginación la esperanza de
llegar a las cosas impenetrables, ocultas, que el invisible Rey, el solo omnisciente, conserva
sepultadas en una profunda noche, e inaccesibles a todo ser que exista en la Tierra o en el Cielo.
Aparte de esto, aún tienes mucho que investigar y conocer. Pero la ciencia es como el alimento,
y es necesaria la templanza para regular el apetito de ella, para determinar la medida que puede
soportar fácilmente el espíritu: de otro modo el exceso lo debilita, y transforma la ciencia en
locura, así como el alimento en humo.
“Sabe, pues, que luego que Lucifer (así llamado porque brillaba en otro tiempo entre los
ejércitos celestiales mucho más que esta estrella entre las estrellas) fue precipitado desde el cielo
a través del abismo con sus brillantes legiones hasta su sitio infernal, habiendo regresado el Hijo
victorioso y rodeado de sus santos, el Omnipotente, el Padre Eterno, contempló desde lo alto su
trono a la multitud que iba en pos de él, y habló así a su hijo:
“—«Por lo menos, nuestro envidioso amigo se ha equivocado al suponer que todos
serían rebeldes como él: auxiliado por ellos, se vanagloriaba de deponernos, apoderándose de
esta elevada e inaccesible fortaleza, solio supremo de la divinidad. En pos de su rebelión ha
conseguido arrastrar una multitud, cuyo puesto ya no se conoce aquí. Veo, sin embargo, que la
mayor parte de los ángeles ocupan fielmente su lugar: el cielo está poblado aún; conserva
suficiente número de habitantes para llenar sus reinos, a pesar de los vastos que son, y bastantes
ministros para frecuentar este elevado templo con las observancias debidas y los ritos solemnes.
Mas, para que el enemigo no se llene de orgullo con el mal que ha causado despoblando el cielo,
y con creer neciamente que me ha hecho sufrir un gran daño, si es que así puede llamarse el
perder lo que está perdido por sí mismo, quiero reparar este daño. En un momento crearé otro
mundo; de un solo hombre produciré una innumerable raza de hombres; habitarán ese mundo,
no estos lugares, hasta que probados por una prolongada obediencia, y elevándose gradualmente
según su mérito, se abran por sí mismos un camino para llegar hasta aquí: entonces la Tierra se

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VII

convertirá en Cielo, y el Cielo en Tierra; no existirá más que un solo empíreo, unido en ventura
y en eterna concordia.
«Entretanto, potestades celestiales, id, extendeos, más ampliamente por esta mansión; y
Tú, mi Verbo, Hijo engendrado, Tú llevarás a cabo mi obra: ¡habla, y quedará hecha! Contigo
envío mi poder y mi espíritu, que lo cubre todo con su sombra. Ve y ordena a! abismo, cuyos
límites vas a circunscribir, que se convierta en Cielo y Tierra. El abismo no tiene límites ni
vacío, porque yo soy: el infinito está lleno de mí. Pero yo, a quien nada puede contener, me retiro
y no extiendo por todas partes mi bondad, que es libre de obrar o de no obrar: el hado ni la
necesidad en mí no influyen: mi voluntad es el Destino.»
“Así habló el Altísimo; y su Verbo, su divinidad filial, ejecutó lo que había ordenado. Los
actos de Dios son inmediatos y más rápidos que el tiempo y el movimiento: mas para referirlos
al oído humano es preciso que la sucesión lenta de las palabras los haga descender al alcance de
la inteligencia terrestre.
“Grande fue el triunfo; grande el regocijo en los cielos, cuando se declaró y fue conocida
la voluntad del Todopoderoso.
“—«¡Gloria al Altísimo! —cantaron las voces celestiales—. ¡Buena voluntad a la futura
raza de los hombres, y paz en su morada! ¡Gloria a Aquel cuya justicia y cuya vengadora cólera
han arrojado a los malos de su presencia y de la mansión de los justos! ¡Gloria y alabanza a
Aquel cuya sabiduría ha mandado salir el bien del mismo mal, y ocupar por una raza mejor el
sitio que habían dejado vacío los espíritus perversos! Su bondad eterna se extenderá por mundos
y siglos sin fin.»
“Así cantaban las celestes jerarquías.
“Entretanto, se presentó el Hijo preparado para su gran misión, ceñido de la
omnipotencia, coronado de los rayos de la majestad divina: la sabiduría, el amor inmenso, todo
su Padre, en fin, resplandece en Él. Vese en derredor de su carro un innumerable séquito de
querubines, serafines, potestades, tronos, virtudes, espíritus alados, carros de vastas alas sacados
del arsenal de Dios; carros prontos siempre a volar, y que colocados a millones desde la más
remota antigüedad entre dos montañas de bronce, esperaban un día solemne: moviéronse
entonces espontáneamente, porque en ellos mora un espíritu de vida, para acompañar a su Señor.
El cielo abrió por completo sus puertas eternas, que giraron sobre sus goznes de oro,
produciendo un sonido armonioso, para dejar pasar al Rey de la Gloria, que, en su potente
Verbo, en su Espíritu, se adelantaba para crear nuevos mundos.
“Pero al llegar a los límites del cielo se detuvieron todos, y contemplaron el abismo
inconmensurable, tempestuoso como un océano, tenebroso, devastado, salvaje, trastornado hasta
en sus profundidades por furiosos huracanes, y elevando sus olas como montañas para asaltar la
cima de los cielos y confundir el centro con los polos.

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VII

“—«¡Ondas tumultuosas, silencio! ¡Y tú, abismo, paz; cesad en vuestras discordias!» —


dijo entonces el Verbo Creador, potente. Y todo se calló.
“No se detuvo aquí, sino que, llevado en alas de los querubines, avanzó, revestido de la
gloria de su Padre, hasta entrar en el Caos y en el mundo que aún no había nacido. El Caos oyó
su voz: los ángeles le seguían en brillante procesión, para ver la Creación y las maravillas de su
poder. Entonces detuvo las ardientes ruedas de su carro, y tomó en su mano el compás de oro,
preparado en el tesoro eterno de Dios, para describir la circunferencia de este Universo y de
todas las cosas creadas. Apoyó una de sus puntas en el centro, e hizo girar la otra en la vasta
profundidad de las tinieblas, y dijo: «Extiéndete hasta aquí: éstos son tus límites y tu
circunferencia exacta, ¡oh mundo!»
“De este modo creó Dios el Cielo y la Tierra, materia informe aún y vacía. Espesas
tinieblas cubrían el abismo; pero extendiendo entonces sus alas paternales sobre la tersa
superficie de las aguas, el espíritu de Dios infundió la virtud y el calor vital a través de la
inmensidad del fluido, y precipitó en las profundidades el légamo negro, tartáreo, frío, infernal,
enemigo de la vida. Finalmente, reuniendo, aglomerando las partes homogéneas, dispersó el
resto en diferentes sitios, y esparció el aire entre los objetos: la Tierra, equilibrándose por sí
misma, quedó asentada en su centro.
“—«¡Sea hecha la luz!» —dijo Dios.
“Y de repente brotó del abismo la luz etérea, la primera de todas las cosas, la esencia
más pura, que saliendo de su oriente natal, empezó su carrera a través de las tinieblas aéreas,
encerrada en una nube esférica y radiante: en este nebuloso tabernáculo permaneció algún
tiempo, porque el Sol no existía aún. Dios vio que la luz era buena, y la separó de las tinieblas,
dividiéndolas por hemisferios. A la luz le dio el nombre de día, y a las tinieblas el de noche: y de
la tarde y de la mañana se formó el primer día, que no transcurrió sin que lo celebraran y
cantaran los coros celestiales. Cuando en aquel día del nacimiento del Cielo y de la Tierra vieron
que la luz oriental se exhalaba de las tinieblas, llenaron con sus conciertos de alegría el orbe
universal; pulsaron sus arpas de oro, glorificando con sus himnos al Eterno y sus obras; y le
proclamaron Creador cuando llegó la primera tarde, y cuando brilló la primera aurora.
“Dios dijo luego: —«Sea hecho el firmamento en medio de las aguas, y divida aguas de
aguas.»
“Y Dios hizo el firmamento, extensión de aire elemental, fluido, puro, transparente, que
se extiende circularmente hasta la convexidad más apartada de su gran círculo; división firme y
segura, que separa las aguas inferiores de las que están en las regiones superiores. Porque lo
mismo que la Tierra, Dios creó el mundo sobre tranquilas aguas, que le rodean con un ancho
Océano cristalino, y muy apartado del tumultuoso desorden del Caos, a fin de que la proximidad
de sus rudos confines no ocasionara algún perjuicio a la vasta estructura de este mundo. Dios dio

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VII

el nombre de Cielo al firmamento. Y los coros celestiales celebraron en sus cantos la tarde y la
mañana del segundo día.
“La Tierra estaba ya creada; pero sumergida, cual embrión incompleto, en las entrañas
de las aguas, no se mostraba aún: las olas del inmenso Océano se extendían, y no en vano, sobre
toda su superficie; porque su humedad tibia y prolífica ablandaba todo el globo de la Tierra, y
hacía fermentar a esta madre universal para que pudiera concebir, saturándola de un humor
vivificante.
“Dios dijo entonces: —«Júntense las aguas que están debajo del cielo en un solo lugar, y
descúbrase el suelo seco.»
“Y de improviso, las montañas enormes, desprendidas de las olas, se elevan; sus
espaldas vastas, peladas, desnudas, tocan las nubes, y sus cabezas llegan hasta el firmamento.
Cuanto más se levantaban hacia los cielos aquellas masas hinchadas, tanto más espacioso, vasto
y profundo se abrió el lecho de las aguas, que corren con una gozosa precipitación,
aglomerándose como las gotas que toman una forma esférica cuando se desprenden sobre el
árido polvo. Una parte de estas aguas se eleva como una muralla de cristal o como una montaña
cortada a pico: tal fue la rapidez que el gran mandato imprimió a las impetuosas olas: del mismo
modo que los ejércitos (tú has oído hablar ya de ejércitos) se agrupan bajo sus estandartes a los
sonidos de las trompetas, así se reunió aquella turba líquida, rodando ola sobre ola por
dondequiera que encontraba un paso, con la impetuosidad del torrente en la pendiente
escarpada, y como apacible río en la llanura. Ni las rocas, ni las montañas pueden detener a las
olas, que, ya infiltrándose bajo la tierra, ya siguiendo en prolongados circuitos sus sinuosas
revueltas, se abren paso a través de profundos canales en el suelo cenagoso; cosa fácil antes de
que Dios ordenase a la Tierra que se afirmara y secara, excepto en los parajes donde hoy recibe a
los ríos, que arrastran en pos de sí su perpetuo y húmedo séquito.
“Dios llamó tierra al elemento árido, y mar al gran receptáculo donde se aglomeraban
las aguas. Vio que esto era bueno, y dijo:
“—«Produzca la tierra hierba verde, y la hierba simiente; y los árboles frutales den
fruto, cada uno según su género, cuya simiente esté en ellos mismos sobre la tierra.»
“Apenas hubo acabado de hablar, cuando la tierra, desnuda hasta entonces, desierta y
calva, sin adorno, de aspecto desagradable, revistióse de tiernas hierbas, que cubrieron toda su
superficie de una risueña verdura. Las plantas, engalanadas con tan diferentes follajes,
desenvolviendo el esplendor de sus flores, y desplegando sus colores variados, regocijaron el
seno de la tierra deliciosamente perfumado. Apenas se hubieron abierto, cuando floreció la viña y
se cargó de numerosos racimos; la calabaza se redondeó sobre sus enroscados tallos; las cañas de
trigo se formaron en batalla por la llanura; el humilde zarzal y el delgado arbusto enlazaron su
erizada cabellera; y, finalmente, los majestuosos árboles, elevándose cadenciosamente,
extendieron sus ramas, enriquecidas de frutas y adornadas de flores. Las colinas se coronaron de

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VII

altas florestas, y frondosos bosquecillos sombrearon los valles, las orillas de las fuentes y de los
ríos. La Tierra mostróse entonces semejante al cielo y digna de ser habitada por los dioses, pues
podía ofrecerles sus deliciosos paseos, o hacerles amar el abrigo de sus sagradas umbrías.
“Dios, sin embargo, no había hecho caer aún la lluvia sobre la Tierra, ni existía tampoco
en ella hombre alguno para labrar los campos; pero de su suelo se elevaba un vaporoso rocío que
la humedecía, y humedecía todas las plantas que Dios había creado antes de que brotaran, y
todas las hierbas antes de que hubiesen crecido sobre su verde tallo. Y Dios vio que esto era
bueno, y fue la tarde y la mañana el día tercero.
“Dijo también el Todopoderoso:
“—«Sean hechas lumbreras en la alta extensión del cielo, a fin de que separen el día de
la noche, y sirvan de señales para las estaciones, y para los días, y el curso de los años; y sean
como antorchas puestas en el firmamento del cielo para dar luz a la Tierra.» Y fue hecho así.
“Y Dios formó dos grandes cuerpos luminosos, grandes por su utilidad para el hombre:
el mayor para que presidiese al día, y el menor para que presidiese a la noche. E hizo las
estrellas, y púsolas en el firmamento del cielo para que luciesen sobre la Tierra, y para que
regulasen el día y noche en sus vicisitudes, y separasen la luz de las tinieblas. Y vio Dios,
contemplando su grande obra, que esto era bueno; porque el Sol, el primero de los cuerpos
celestes que formó, esfera poderosa, inmensa, no fue luminoso desde luego, aunque sí de esencia
etérea. En seguida formó el globo de la Luna y las estrellas de todas magnitudes; y sembró el
cielo de estrellas como un campo. Después, tomando de su nebuloso tabernáculo la mayor parte
de la luz, la trasplantó y la colocó en el orbe del Sol, que, siendo poroso, atrae y bebe el
reluciente líquido, y siendo compacto, retiene sus innumerables rayos absorbidos: orbe que ahora
es el gran palacio de la luz. En él, como en su manantial, se alimentan los demás astros y
recogen la luz en sus urnas de oro; y en él es donde dora sus cuernos el planeta de la mañana.
Por impresión o por reflexión, estos astros aumentan su débil claridad, si bien parecen pequeños
a causa del inmenso espacio que los separa de la vista humana.
“Por primera vez apareció en su Oriente el glorioso luminar regulador del día; cubrió el
horizonte entero con sus rayos resplandecientes, y se encaminó gozoso hacia su Occidente por la
grande y sublime ruta de los cielos. El pálido crepúsculo y las Pléyades le precedían danzando, y
esparcían ante él su benigna influencia.
“Menos esplendente que el astro del día, y opuesta a él hacia Occidente, en el mismo
nivel, apareció suspendida la Luna, espejo del Sol, cuya luz prestada recibe en su faz plena: bajo
este aspecto, no necesitaba ninguna otra lumbrera, y guardó aquella distancia hasta la noche.
Entonces brilló a su vez en Oriente, después de haber descrito su revolución sobre el gran eje de
los cielos, y reinó compartiendo su imperio con otros mil luminares más pequeños, con millares
de estrellas, que aparecieron sembrando de lentejuelas el hemisferio, al que adornaban por

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VII

primera vez sus radiantes luces, saliendo unas mientras otras se ponían. Y la alegre tarde y la
alegre mañana coronaron el cuarto día.
“Y dijo Dios:
“—«Engendren las aguas los reptiles, abundantes en freza, que sean criaturas vivientes;
y vuelen las aves sobre la tierra, desplegando sus alas bajo el firmamento del cielo.»
“Y Dios creó las enormes ballenas y todos los animales dotados de vida, todos los que se
deslizan en las aguas, y que éstas producen en abundancia, cada cual según sus especies; creó
también las aves provistas de alas, cada cual según su especie; y vio que esto era bueno, y los
bendijo, diciendo:
“—«Creced y multiplicaos, y henchid las aguas de la mar, de los lagos y de los ríos; y las
aves multiplíquense sobre la tierra.»
“Y al momento los estrechos y los mares, cada golfo y cada bahía, bullen con el desove
innumerable de una multitud de peces, que cubiertos de brillantes escamas y desplegando sus
aletas, surcan las verdes ondas; aglomerándose con frecuencia en tan grande multitud, que
forman bancos en el seno de los mares. Solos o seguidos de sus compañeros, unos buscan en las
algas su alimento; ya vagan entre los laberintos de coral, ya jugando y deslizándose rápidos
como el relámpago, ostentan al sol su ondulante ropaje esmaltado de gotas de oro; otros,
plácidamente aprisionados en su concha de nácar, esperan su húmedo alimento, o bien cubiertos
de una armadura, espían bajo las rocas su presa. Las focas y los encorvados delfines juguetean
sobre la tranquila superficie de las aguas; otros pescados, de un tamaño prodigioso, enorme,
revolcándose pesadamente, producen una tempestad en el Océano. Allí, Leviatán, la mayor de
todas las criaturas animadas, extendido sobre el abismo como un promontorio, duerme o nada,
parecido a una isla flotante: con sus agallas atrae hacia dentro un mar de agua, que vuelve a
arrojar por sus narices.
“Entretanto, las templadas cavidades, los pantanos, las riberas, empollan una numerosa
cantidad de huevos, cuyo cascarón, roto en breve, deja escapar a los hijuelos desnudos: muy
luego se revisten de plumas y despliegan enteramente sus alas, dispuestos a volar:
prorrumpiendo en gritos de triunfo, hienden el aire sublime, y se alejan desdeñosos de la tierra,
que sólo divisan en perspectiva y a través de las nubes. Sobre las escarpadas rocas y las copas de
los cedros anidan el águila y la cigüeña.
“Algunas de estas aves se mecen indolentemente en la elevada región del aire; otras,
más cautas, siguen reunidas su camino formando una figura especial: conocedoras de las
estaciones, disponen sus caravanas aéreas, que vuelan sobre la tierra y los mares, y facilitan su
marcha, prestándose mutua ayuda con las alas; de este modo, las prudentes cigüeñas, dejándose
llevar a impulso del viento, dirigen su viaje anual; agítase el aire durante su paso, y cede a los
esfuerzos de sus innumerables plumas.

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VII

“Las aves más pequeñas, saltando de rama en rama, alegran los bosquecillos con sus
cantos, desplegando sin cesar sus pintadas alas hasta que llega la noche; y aun entonces, el
solemne ruiseñor no cesa de cantar, pues durante toda ella exhala sus tiernas endechas. Otros
pájaros bañan su aterciopelado plumaje en los plateados lagos y en los ríos. El cisne, irguiendo
su cuello arqueado entre sus alas de alabastro, extendidas como un rico manto, nada majestuoso,
sirviéndose de sus pies a guisa de remos. A veces abandona el húmedo elemento, y tendiendo sus
alas, se eleva hasta la región media del aire. Otros caminan con seguridad sobre la tierra, como
el encrestado gallo, cuyo canto anuncia las horas silenciosas, y como el ave de brillante cola,
enriquecida con los vivos colores del arco iris y llena de ojos estrellados. Así, pobladas las aguas
de peces y el aire de aves, la mañana y la tarde solemnizaron el quinto día.
“El sexto y último día de la Creación lució por fin entre el son de las arpas de la tarde y
de la mañana, cuando Dios dijo:
“—«Produzca la tierra animales vivientes, cada uno en su género; ganados y reptiles, y
bestias de la tierra, cada cual según su especie.»
“La tierra obedeció; y entreabriendo sus fecundas entrañas, inmediatamente dio a luz, de
un solo alumbramiento, innumerables criaturas vivientes, perfectas en sus formas, y provistas de
miembros completamente desarrollados. Del suelo, como de su propio lecho, alzóse la bestia
feroz, y en los sitios donde suele estar, en la selva desierta, en la maleza, entre los helechos o en
la caverna, y apareció cada cual con su pareja debajo de los árboles; todos se pusieron en
movimiento: los rebaños en los campos y en las verdes praderas; unos, poco numerosos,
solitarios; otros, reunidos en gran número, paciendo a la vez y brotando del suelo en manadas
inmensas. Ora, un montón de tierra crasa produce un becerro; ora, sale hasta la mitad del cuerpo
un león rojo, que para dar libertad a sus restantes miembros, escarba el suelo; y como escapado
de sus lazos, se pone erguido, salta y sacude la erizada melena. El leopardo, la onza, el tigre,
aparecen, como aparece a su vez el topo, arrojando en torno suyo montoncillos de tierra
removida. El rápido ciervo levanta de debajo del suelo su enramada cabeza, y el mayor de los
hijos de la tierra, Behemot, consigue desprender su cuerpo inmenso de la greda que lo cubre. Las
laníferas y baladoras ovejas brotan como plantas; el hipopótamo y el cocodrilo escamoso quedan
indecisos entre la tierra y el agua.
“A la vez fue producido todo lo que se arrastra sobre la tierra, insectos o gusanos: los
unos agitan a manera de alas sus flexibles abanicos, y ostentan sus más delicados rasgos
decorados con todas las libreas del orgulloso Estío, salpicados de oro, púrpura, azul y verde; los
otros, prolongando, como una línea, su extensa forma, marcan en el suelo un sinuoso surco. Y no
todos son la obra más pequeña de la Naturaleza; pues algunos de ellos de la especie de las
serpientes, asombrosos por su volumen y longitud, entrelazan sus anillos replegados,
añadiéndoles alas.

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VII

“Marcha al frente de todos la económica y previsora hormiga, en cuyo débil cuerpo se


encierra un gran corazón, modelo quizá, en lo futuro, de la equitativa igualdad, asociando en
comunidad a sus tribus populares. En seguida aparece por enjambres la abeja, que alimenta
deliciosamente a su holgazán compañero, y que construye con cera sus celdillas llenas de miel.
El resto es innumerable; tú no ignoras la diversidad de su naturaleza: tú le diste nombres que
ahora te repetiría en vano. No te es desconocida la serpiente, el animal más sutil de los campos, y
que a veces adquiere una longitud considerable; tiene ojos de bronce, terribles e hirsutas crines,
aunque no te haga daño alguno y se someta a tu mandato.
“Resplandecían ya los cielos con toda su gloria, y giraban según los movimientos que la
mano de su grande y primer motor había impreso desde el principio a su curso. Terminada la
tierra y cubierta con todas sus galas, sonreía encantadora; el aire, las aguas y la tierra estaban
poblados por el ave que vuela, por los peces que nadan y por los brutos que andan; pero aún no
estaba completa la obra del sexto día.
“Faltaba la obra maestra, el fin de todo lo que se había hecho; un ser que no anduviese
encorvado, ni fuese irracional como las demás criaturas, sino que, dotado de la santidad de la
razón, pudiera erguir derecho su estatura, y elevar su frente serena; un ser conocedor de sí
mismo y digno de gobernar a los demás; un ser, en fin, magnánimo, que desde estos lugares
pudiera corresponderse con el cielo, pero que, lleno de gratitud, reconociese de dónde procede su
felicidad, y dirigiendo devotamente su corazón, su voz, sus miradas a aquel punto, adorase y
reverenciase al supremo Dios que le hizo jefe de todas sus obras. Por esta razón el Padre
todopoderoso y eterno, que se halla presente en todas partes, habló distintamente a su Hijo en
estos términos:
“—«Hagamos ahora al hombre a nuestra imagen y semejanza, y tenga dominio sobre
los peces de la mar, y sobre las aves del cielo, y sobre las bestias, y sobre toda la tierra, y sobre
todo reptil que se mueve en la tierra.»
“Y dicho esto, te formó a ti, oh, Adán, a ti, hombre, polvo de la tierra, e inspiró en tu faz
un hálito vital; te creó a su propia imagen, a la imagen exacta de Dios, y te convertiste en un
alma viviente. Te creó varón, y creó hembra a tu compañera para perpetuar tu raza. Entonces
bendijo al género humano, y dijo:
“—«Creced y multiplicaos y henchid la tierra, y sojuzgarla, y tened señorío sobre los
peces de la mar, y sobre las aves del cielo, y sobre todos los animales que se mueven sobre la
tierra, doquiera hayan sido creados, pues ningún lugar ha sido designado aún por su nombre.»
“Desde allí, como sabes, te trasladó a este dichoso vergel, a este jardín, donde estaban
plantados los árboles de Dios, tan deleitables a la vista como al gusto; y te dio liberalmente
todos sus frutos para tu alimento. Aquí están reunidas todas las especies de la tierra entera,
¡variedad infinita!; pero debes abstenerte del fruto del árbol cuyo sabor produce el conocimiento
del bien y del mal; el día en que comas de él, morirás; porque la muerte es la pena que se te ha

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VII

impuesto. Guárdate, pues, y ordena con prudencia tus apetitos, si no quieres que te sorprendan
el Pecado y la Muerte, su horrenda compañera.
“Aquí terminó Dios su obra; y miró todas las cosas que había hecho, y vio que eran muy
buenas. Y fue la tarde y la mañana del día sexto; pero no terminó éste antes de que el Creador,
cesando en su trabajo, aunque no fatigado, volviera arriba, al cielo de los cielos, su morada
sublime, a fin de contemplar desde allí este mundo recientemente creado, adición de su imperio,
y ver desde su trono cómo se presentaba en su perspectiva, y si en lo bueno y en lo bello
correspondía a su grande idea.
“Ascendió al cielo, seguido de aclamaciones, y a los melodiosos acordes de diez mil
arpas, que despedían una angélica armonía. En la Tierra y en el aire resonaron (debes acordarte,
pues los oíste); los cielos y todas las constelaciones los repitieron, y los planetas se detuvieron en
su estación para escuchar, mientras aquella pompa brillante ascendía con gran júbilo, cantando:
“—«¡Abríos, puertas inmortales! ¡Abrid, oh, cielos, vuestras puertas vivientes; dejad
entrar al supremo Creador, que vuelve con gran magnificencia de su obra, de su obra de seis
días, un mundo! Abríos, y en adelante abríos a menudo; porque Dios se dignará visitar muchas
veces con placer las moradas de los hombres justos, y con frecuente comunicación enviará a ellos
sus alados mensajeros, que serán portadores de su gracia suprema.»
“Así cantaba el brillante y glorioso séquito en su ascensión; y a través del cielo, que
abrió de par en par sus resplandecientes puertas, siguió el Verbo el camino recto, hasta llegar a
la mansión eterna de Dios; camino prolongado y ancho, cuyo polvo es de oro y el pavimento de
estrellas, semejante a la aglomeración de astros que ves en la Galaxia, esa vía láctea que
descubres por la noche como una zona polvoreada de estrellas.
“Entonces apareció la séptima tarde sobre la tierra del Edén, porque el sol se había
ocultado y el crepúsculo, precursor de la noche, venía de Oriente cuando el Poder filial llegó al
santo monte, elevada cima del cielo, trono imperial de la divinidad, eternamente fijo, firme y
seguro, y se sentó al lado de su Padre. Porque Éste, si bien había permanecido en el mismo sitio
(tal es el privilegio de la omnipresencia), había asistido también, aunque invisible, a la obra
ordenada, por ser el principio y fin de todas las cosas. Y descansando entonces del trabajo,
bendijo y santificó el séptimo día, porque durante él se dedicó al reposo. Pero no se celebró
aquella fiesta con un silencio sagrado, sino que el arpa laboriosa no descansó un momento; la
grave flauta, el tímpano, los órganos de melodioso teclado, todos los vibrantes sonidos que
producen las cuerdas o los hilos de oro se confundieron en dulces acordes, mezclados de voces
que cantaban en coro o aisladas. Nubes de incienso se elevaron de los incensarios de oro y
velaron la montaña. Aquellos coros dedicaron sus cantos a la creación y a la obra de los seis días.
“—«¡Grandes son tus obras, oh, Jehová, infinito tu poder! ¿Qué pensamiento alcanza a
medirte? ¿Qué lengua a narrarte? Mucho más grande te has mostrado a tu regreso que después
del combate con los ángeles gigantes. Tus rayos te engrandecieron aquel día, pero es mucho más

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VII

grande crear que destruir lo ya creado. ¿Qué poder igualará al tuyo, oh, sublime Rey? ¿Quién
limitará tu imperio? Has rechazado fácilmente la orgullosa empresa de los espíritus apóstatas y
disipado sus vanos proyectos cuando, en su impiedad, se imaginaron poder aminorar tu poder y
apartar de tu lado la multitud de tus adoradores. El que procura empequeñecerte sólo consigue,
contra su intento, patentizar mucho más tu poder; haces uso de la malignidad de tu Enemigo,
pero es para sacar de ella un nuevo bien; testigo de ello es ese Universo nuevo, ese otro cielo
colocado no lejos de la puerta del cielo, fundado a nuestra vista sobre el puro cristalino, sobre el
mar de vidrio; y ese cielo, de una extensión casi inmensa, está sembrado de innumerables
estrellas, cada una de las cuales quizá sea un mundo destinado a ser habitado; pero cuyo tiempo
conoces Tú solo. ¡Dichosos tres veces los hombres y los hijos de los hombres, a quienes Dios ha
favorecido tan plenamente! ¡Los hombres, que ha creado a su imagen, para habitar esos lugares,
adorarle y reinar sobre todas sus obras, sobre el mar, la tierra, los aires y multiplicar una raza de
adoradores santos y justos! ¡Dichosos tres veces si conocen su felicidad y perseveran en la
virtud!”
“Tal fue su canto y las aleluyas resonaron en el Empíreo; así fue santificado el día del
sábado.
“Creo, Adán, haber satisfecho plenamente la demanda que me hiciste con objeto de
saber cómo este mundo y la faz de las cosas comenzaron, y lo que existía desde un principio y
antes del tiempo a que alcanza tu memoria, a fin de que la posteridad, instruida por ti, pudiese
saberlo. Si quieres conocer alguna otra cosa que no exceda de los límites de la inteligencia
humana, habla.”

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L I B RO O C TAVO

Adán procura informarse de lo concerniente a los movimientos celestes; el ángel le


da una respuesta ambigua, y le exhorta a que estudie con preferencia cosas más
dignas de ser conocidas. Conviene Adán en ello; pero deseando detener por más
tiempo a Rafael, le refiere lo que recuerda desde su propia creación: cómo fue
trasladado al Paraíso terrestre; su coloquio con Dios acerca de la soledad y de una
compañía conveniente; su primer encuentro y sus bodas con Eva. Conversación de
Adán sobre todo esto con el ángel, el cual, después de dirigirle repetidas
amonestaciones, se separa de él.

E l ángel cesó, y su voz comunicó tal encanto al oído de Adán, que durante algún tiempo
permaneció éste inmóvil, escuchándole, creyendo que hablaba todavía. Por último, como
si despertara de un sueño reciente, le dijo con efusión:
—¿Qué gracias serán bastantes o qué recompensa proporcionada podré ofrecerte,
divino historiador, que tan cumplidamente has saciado la sed que tenía de conocer, y que con tan
amistosa condescendencia me has referido cosas inescrutables para mí, cosas que he oído con
asombro, pero también con delicia, y cuya gloria atribuyo, como es debido, al soberano Creador?
Quédanme, sin embargo, algunas dudas que únicamente tus palabras pueden resolver.
“Cuando contemplo esta maravillosa fábrica, este mundo, compuesto del Cielo y de la
Tierra, y calculo su magnitud, esta Tierra es una mancha, un grano, un átomo, comparada con el
firmamento y con los innumerables astros que parecen recorrer espacios incomprensibles (como
lo prueban su distancia y su pronta vuelta diaria). Y, por ventura, ¿esos orbes giran únicamente
para distribuir la luz durante el espacio de un día y una noche en derredor de esta Tierra opaca,
de esta mancha de un punto, siendo, por lo demás, inútiles en toda su vasta misión? Cuando
reflexiono en ello, me causa admiración muchas veces cómo la sobria y sabia Naturaleza ha
podido cometer tales desproporciones; cómo ha podido, con mano pródiga, crear los cuerpos más
hermosos, multiplicar los mayores para este único uso, según parece, e imponer a sus orbes tales
revoluciones, sin reposo, un día y otro repetidas. Y, entretanto, la sedentaria Tierra, que podría
moverse mejor en un círculo mucho menor, servida por lo que es más noble que ella, cumple su
misión sin el menor movimiento y recibe el calor y la luz como tributo de un curso incalculable,

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VIII

prestado con una rapidez incorpórea; rapidez tal, que no podría apreciarse ni aun con la reunión
de todos los números.”
Así habló nuestro primer padre, absorto, a juzgar por su semblante, en estudiosos y
abstractos pensamientos; lo cual, visto por Eva desde el sitio en que estaba sentada en su
presencia, pero un tanto apartada, se levantó con una modestia majestuosa, y una gracia que
inducía al que la miraba a desear que continuase allí. Fuese a visitar sus frutos y sus flores, a
examinar cómo prosperaban el capullo y la flor, sus discípulos, que brotaron a su llegada y que,
tocados por su hermosa mano, crecieron más gozosamente. Eva no se retiró porque le fueran
indiferentes aquellos discursos, o porque su oído careciese de aptitud para tan elevado asunto,
sino porque quería reservarse el placer de escucharlos de boca de Adán y de ser la única que los
escuchase; ella prefería que su marido fuera el narrador más bien que el ángel, y le gustaba más
interrogarle; sabía que su compañero interpolaría agradables digresiones y resolvería las más
arduas dificultades con caricias conyugales; en una palabra: no era sólo la elocuencia lo que
esperaba de los labios de su esposo. ¡Oh!, ¿dónde se encuentra ahora una pareja semejante, unida
mutuamente en dignidad y amor? Eva se alejó con el continente de una diosa; no carecía de
acompañamiento, porque llevaba siempre consigo, como una reina, un séquito de gracias
atractivas, y en las miradas de todos los ojos que la rodeaban brotaban los vivísimos deseos de
contemplar incesantemente su presencia.
Rafael, en tanto, bondadoso y complaciente, contestó de este modo a las dudas
propuestas por Adán:
—No repruebo tus deseos de instruirte, porque el cielo es cual libro de Dios abierto
ante ti, en el que puedes leer sus maravillosas obras y adquirir el conocimiento de sus estaciones,
sus horas, sus días, sus meses o sus años; poco debe importarte, para alcanzar este objeto, que el
cielo o la Tierra se muevan, con tal que seas exacto en tus cálculos. El gran Arquitecto ha
obrado sabiamente en ocultar lo demás al hombre o al ángel; en no divulgar sus secretos para
que los escudriñen aquellos que más bien deben admirarlos; si acaso quieren aventurarse en
conjeturas, Dios ha abandonado el edificio de los cielos a sus vanas disputas, tal vez con el objeto
de reírse de sus opiniones vagas y sutiles cuando lleguen, andando el tiempo, a modelar el cielo y
a calcular el número y magnitud de las estrellas. ¡Cómo manosearán la poderosa estructura del
Universo! ¡Cómo construirán, derribarán y se ingeniarán para salvar las apariencias! ¿Cómo
ceñirán la esfera de círculos concéntricos y excéntricos, de ciclos y epiciclos, de orbes en orbes,
mal trazados sobre ella! Lo adivino así por tu razonamiento; pues tú, que debes guiar a tu
posteridad, supones que los cuerpos mayores y luminosos no deberían servir a otros más
pequeños, que carecen de luz, ni recorrer semejantes espacios en el cielo, mientras que la Tierra,
tranquila en su asiento es la única que recibe el beneficio de este movimiento.
“Considera, en primer lugar, que la grandeza o el brillo no suponen excelencia; y si bien
la Tierra, comparada con el cielo, es muy pequeña y sin luz, puede, en cambio, contener
cualidades sólidas en más abundancia que el Sol, que brilla estéril, y cuya virtud no opera ningún

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VIII

efecto en él mismo sino en la Tierra fecunda; en ella es donde, recibidos primeramente sus rayos,
inactivos en otra parte, adquieren su vigor. Y, además, no es a la Tierra a quien sirven esas
resplandecientes luminarias, sino a ti, habitante de la Tierra.
“En cuanto al inmenso circuito del cielo, en él está proclamada la magnificencia del
Creador, que le ha construido de tan vasta extensión y trazado sus límites tan apartados para
que el hombre pueda conocer que su morada no le pertenece, y que es demasiado grande para
que pueda ocuparla, cuando le basta una pequeña porción de ella; el resto está destinado a usos
conocidos tan sólo del soberano Señor. Atribuye la celeridad de esos innumerables círculos a la
omnipotencia de Dios, que puede dotar a las sustancias materiales de una rapidez casi espiritual.
Bien conoces mi propia velocidad, pues habiendo salido esta mañana de la altura del cielo, donde
Dios reside, he llegado al Edén antes del mediodía, recorriendo una distancia que no se podría
expresar con todos los guarismos conocidos.
“Pero yo me expreso así, admitiendo el movimiento de los cielos, para demostrarte cuan
poco valor tiene lo que te hace dudar; no es que yo afirme que existen esos movimientos, por
más que desde la Tierra donde resides, te persuadan tus ojos del curso de los astros. Dios ha
colocado el cielo tan lejos de la Tierra para que la inteligencia humana no pueda llegar hasta sus
particulares miras, y para que, si la vista del hombre se aventurase tanto, se pierda sin fruto al
intentar penetrar en tan sublimes misterios.
“Pero ¿y si el Sol es el centro del mundo, y otros astros, incitados por la virtud atractiva
de aquél y por la suya propia, giran en torno de él en diferentes círculos? Estás viendo el curso
incierto de seis planetas, ya alto, ya bajo, ya oculto, progresivo, retrógrado o estacionario: ¿qué
sería si el séptimo planeta, la Tierra, que tan inmóvil parece, obedeciera insensiblemente a tres
movimientos distintos? De otra suerte, o tendrías que atribuirlos a diferentes esferas movidas en
sentido contrario y cruzándose en sus rutas oblicuas, o eximir al Sol de tan inmenso trabajo, lo
mismo que a ese rápido rombo, que supones diurno y nocturno, invisible sobre todas las
estrellas, y del que haces la rueda de los días y de las noches. Podrías abandonar esa creencia, si
la Tierra, industriosa por sí misma, fuese en busca del día dirigiéndose hacia Oriente, y si
encontrara la noche en su hemisferio opuesto a los rayos del Sol mientras que en el otro
hemisferio brillara aún la luz del día. ¿Y qué sería, si esa luz reflejada por la Tierra a través de la
vasta transparencia del aire, fuera como la luz de un astro con respecto al globo terrestre de la
Luna, y si la Tierra iluminara a la Luna durante el día, como ésta ilumina a aquélla durante la
noche? Habría entonces una reciprocidad de servicios, suponiendo que la Luna tuviera una
Tierra, campos y habitantes. Tú ves en ella manchas que parecen nubes; esas nubes pueden
resolverse en lluvia, y la lluvia puede producir frutos en el suelo reblandecido de la Luna, para
que sirvan de alimento a los que allí estén colocados.
“Tal vez descubras otros soles acompañados de sus lunas, comunicando la luz masculina
y femenina; porque esos dos grandes sexos fecundizan el Universo, lleno quizá en cada uno de
sus orbes de seres vivientes. Porque el que tan vasta extensión de la Naturaleza esté privada de

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almas vivientes, o que esté desierta, desolada, hecha solamente para brillar, para pagar apenas a
cada orbe una débil chispa de luz enviada a tanta distancia, a este orbe habitable que le devuelve
otra vez su luz, todo esto será motivo de eterna controversia.
“Pero que estas cosas sean o no así; que el Sol dominando en el cielo se eleve sobre la
Tierra, o que la Tierra se eleve sobre el Sol; que el Sol empiece en Oriente su abrasada carrera, o
que la Tierra avance desde Occidente en silenciosa marcha, con inofensivos pasos, mientras que
durmiendo sobre su eje suave se traslade blandamente con la atmósfera tranquila que la rodea;
nada de esto debe darte cuidado, ni tienes para qué fatigar tu pensamiento con cosas tan ocultas:
déjalas para el Dios de las alturas; sírvele y témele. Que disponga a su placer de las demás
criaturas, dondequiera que estén colocadas. Goza con lo que te ha dado: este Paraíso, y tu
hermosa Eva. El cielo está por demás elevado con respecto a ti para que puedas saber lo que en
él pasa. Se humildemente sabio: piensa tan sólo en lo que os concierne a ti y a tu ser; no sueñes
con otros mundos, ni con criaturas que en ellos vivan según su estado, su condición o su grado;
y conténtate con lo que te ha sido revelado hasta aquí, no sólo acerca de la Tierra, sino también
acerca del más alto Cielo.”
Adán, aclaradas ya sus dudas, le respondió:
—¡Cuan plenamente me has satisfecho, pura inteligencia del cielo, ángel sereno! ¡Tú me
has librado de innumerables inquietudes: me has mostrado el camino más fácil para vivir; me has
enseñado a no interrumpir con mis vacilantes ideas las dulzuras de una vida de la que Dios ha
alejado todas las inquietudes, ordenándoles que habitaran lejos de nosotros y que no turbaran
nuestro sosiego, a menos que nosotros fuéramos en su busca con erróneos pensamientos y vanas
nociones! Pero el espíritu, o más bien la imaginación, está siempre predispuesta a extraviarse si
no hay quien la sujete, y se entrega a errores interminables, hasta que, advertida y aleccionada
por la experiencia, reconoce que la mayor sabiduría no consiste en conocer ampliamente las
materias oscuras, sutiles o apartadas del uso, sino en el estudio de las cosas que se han puesto a
nuestro alcance merced a un uso diario: lo demás es humo o vanidad, o loca extravagancia, que
nos hace inhábiles, ciegos en la práctica de los objetos más interesantes, y nos deja inciertos e
inquiriendo sin cesar. Así, pues, bajemos de esta altura, abatamos nuestro vuelo, y hablemos de
cosas útiles que nos atañan, pues quizá al tratar de ellas encuentre ocasión para dirigirte algunas
preguntas que no tendrás por superfluas, y que acogerás con tu complacencia y tu favor
acostumbrados.
“Te he oído referir lo que ha sucedido antes del tiempo a que alcanzan mis recuerdos:
ahora escucha a tu vez mi historia, que quizá ignores. Aún no ha disipado el día toda su luz, y
como ves, busco sutiles pretextos para detenerte aquí, invitándote a oír mi narración. Esto sería
por mi parte una locura, si no me moviera la esperanza de oír tus respuestas; pues sentado junto
a ti, me creo transportado al cielo; tus palabras son más dulces a mi oído que lo son al paladar
los frutos más agradables de la palmera para aplacar el hambre y la sed después del trabajo del
día, a la hora de la grata colación: éstos satisfacen en breve, y cansan por más que sean sabrosos;

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pero tus palabras, llenas de atractivo y de una gracia divina, destilan una suavidad que nunca
cansa.”
Rafael replicó con una dulzura celestial:
—No carecen tus labios de gracia, ni de elocuencia tu lengua, padre de los hombres,
porque Dios ha derramado en ti todos sus dones, así exterior como interiormente, en ti, que eres
su brillante imagen; y ya hables, ya calles, la nobleza y la gracia te acompañan, y forman cada
uno de tus discursos, cada uno de tus movimientos. En el cielo te consideramos como nuestro
compañero de servicio en la Tierra, y con placer indagamos las miras de Dios con respecto al
hombre; porque Dios, bien lo vemos, te ha colmado de honor, y su amor es tan igual hacia el
hombre como hacia nosotros.
“Habla, pues, porque precisamente el día en que naciste estaba yo ausente, ocupado en
un viaje difícil y tenebroso, en una lejana excursión hacia las puertas del infierno. Con toda mi
legión formada en cuadro (tal era la orden que habíamos recibido) vigilábamos para que ningún
espía o ningún enemigo saliese de allí, mientras Dios estaba dedicado a su obra, no fuese que,
irritado por tan atrevida irrupción, mezclara la destrucción con la Creación. Y nos envió, no por
temor de que los espíritus rebeldes osaran intentar nada sin su permiso, sino para proclamar sus
altos mandatos como soberano Monarca, y para acostumbrarnos a su obediencia.
“Encontramos herméticamente cerradas las horribles puertas, herméticamente cerradas
y fuertemente barreadas: pero mucho antes de llegar oímos en el interior un ruido muy diferente
al de la danza o el canto: ¡ruido de tormentos, grandes alaridos, furiosa rabia! Cumpliendo la
orden que teníamos, regresamos contentos a las playas de la luz antes de la tarde del sábado.
Ahora deseo oír tu narración: estoy pronto a escucharte; que si te son gratas mis palabras, no lo
son menos para mí las tuyas.”
Así habló aquel poder semejante a un Dios; y entonces nuestro primer padre empezó de
esta manera:
—Es muy difícil para el hombre decir cómo ha empezado la vida humana; porque ¿quién
puede tener un conocimiento perfecto de su origen? Sin embargo, el deseo de prolongar mi
coloquio contigo me induce a hablar.
“Como si acabase de despertar del sueño más profundo, me encontré tendido
muellemente sobre la florida hierba, empapado en balsámico sudor, que secaron en breve los
rayos del Sol absorbiendo su vaporosa humedad. Volví mis asombrados ojos hacia el cielo, y
contemplé durante algún tiempo el espacioso firmamento, hasta que, llevado por un rápido e
instintivo impulso, di un salto, como si mi intento fuera llegar hasta él; y quedé firme sobre mis
pies.
“Divisé en torno mío una colina, un valle, bosques umbríos, llanuras en que se
reflejaban los rayos del Sol, y una líquida cascada de arroyuelos bulliciosos: en estos sitios

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VIII

distinguí criaturas que vivían y se movían, que andaban o volaban; pajarillos que gorjeaban en
las ramas: todo sonreía; mi corazón estaba inundado de gozo y de deleite.
“Entonces me recorrí a mí mismo con la vista, y me examiné miembro por miembro:
unas veces andaba, otras corría, poniendo en juego mis flexibles coyunturas, según me
impulsaba un vigor animado; pero ignoraba quién era yo, dónde me encontraba y por qué causa
estaba allí. Intenté hablar, y hablé inmediatamente: mi lengua obedeció y pudo nombrar en el
acto todo lo que yo veía.
“—«¡Oh Sol —dije—, hermosa luz! ¡Y tú, Tierra, a quien ilumina, tan fresca y sonriente!
¡Oh, vosotros, colinas y valles! ¡Oh, vosotros, ríos, bosques y llanuras! Y vosotras, bellas
criaturas que vivís y os movéis, decid, decid, si es que lo habéis visto, ¿cómo he venido así, cómo
es que estoy aquí? No he venido indudablemente por mí mismo, sino merced a algún gran
Creador preeminente en bondad y en poder. Decidme cómo podré conocerle, cómo adorar a
Aquél por quien me muevo, vivo, y siento que soy más dichoso de lo que puedo apreciar.»
“Mientras hablaba de este modo, andaba errante no sé por dónde, lejos del sitio donde
por primera vez había respirado el aire y visto esa luz afortunada; y no obteniendo respuesta
alguna a mis preguntas, me senté pensativo sobre un verde banco, al que prestaban su sombra
los árboles y sus aromas las flores. Allí se apoderó de mí por la primera vez un agradable sopor
que infundió una dulce opresión en mis sentidos adormecidos, aunque no turbados, si bien
entonces me figuré volver a mi primitivo estado de insensibilidad y disolverme.
“De improviso acudió a mi cabeza un ensueño, cuya aparición interior inclinó
dulcemente mi imaginación a creer que aún conservaba el ser y que vivía. Parecióme que alguno
con forma divina se aproximaba a mí y me dijo:
“—«Tu morada te espera, Adán: ¡levántate, primer hombre y padre futuro de
innumerables hombres! Llamado por ti, acudo para guiarte al jardín de la beatitud, donde se
halla preparada tu mansión.»
“Diciendo así, me tomó de la mano y me levantó; y deslizándose dulcemente, sin andar,
por los campos y por las aguas, como pudiera hacerlo por el aire, me transportó a una montaña
frondosísima, cuya cima era una meseta; vasto recinto cerrado, plantado de árboles excelentes y
magníficos, de alamedas y de bosquecillos; tales, que lo que antes había visto sobre la tierra
parecía apenas agradable comparado con ellos. Los hermosos frutos de que estaba cargado cada
árbol y que pendían de ellos incitantes, excitaban en mí un repentino deseo de cogerlos y
comerlos. Entonces me desperté, y descubrí realmente ante mis ojos lo que el sueño me había
representado vivamente en imagen. Hubiera vuelto a emprender de nuevo mi curso errante, si el
que era mi guía en aquella montaña no se me hubiese aparecido entre los árboles. ¡Oh, presencia
divina! Lleno de gozo, pero con respetuoso temor, caí poseído de admiración a sus plantas.
Entonces me levantó, y

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VIII

“—«Yo soy el que buscas —me dijo con dulzura—: Yo soy el Autor de todo cuanto ves
sobre ti, en derredor tuyo o debajo de ti. Te doy este Paraíso: mírale como tuyo para cultivarle y
cuidarle y comer de sus frutos. Come libremente y cuanto quisieres de cada árbol que crece en el
jardín; no temas la escasez; pero guárdate de tocar al árbol que opera y transmite el
conocimiento del bien y del mal, árbol plantado por mí cerca del de la Vida, en medio del jardín,
como prueba de tu obediencia y fidelidad: acuérdate de mi advertencia, y procura evitar los
amargos resultados; porque debes saber que el día en que comas de él, el día en que quebrantes
mi único mandato, morirás inevitablemente; y siendo mortal desde ese día, perderás tu dichosa
situación, y serás arrojado desde aquí a un mundo de desgracia y de miseria.»
“Pronunció severamente esta rigurosa sentencia, que aún resuena terriblemente en mis
oídos, por más que sólo dependa de mí el no incurrir en ella. Pero, recobrando en breve su
aspecto sereno, prosiguió de esta suerte su agradable discurso:
“—«No tan sólo este hermoso recinto, sino también la Tierra entera os doy a ti y a tu
raza poseedla como señores, y con ella todas las cosas que tienen vida, ya en la misma, ya en el
mar, ya en el aire; animales, peces y aves. Como prueba de ello, he aquí los brutos y las aves,
cada cual según su especie; te los presento para que reciban su nombre de ti, y para que te rindan
fe y homenaje con una sumisión profunda. Lo propio debes entender con respecto a los peces que
viven en su acuática morada, y que no comparecen aquí porque no pueden cambiar su elemento
para respirar un aire más sutil.”
“Mientras hablaba, iban acercándose de dos en dos los cuadrúpedos y las aves: aquellos
doblaban las rodillas con una cariñosa humildad; éstas se inclinaban batiendo dulcemente las
alas. Yo iba nombrándolos a medida que pasaban y distinguía su naturaleza: ¡tan grande era la
penetración de que Dios había dotado a mi repentina inteligencia! Pero, entre todas aquellas
criaturas, no vi lo que parecía faltarme aún, y me dirigí en estos términos a la celestial Visión:
“—«¡Oh! ¿Qué nombre te daré, a Ti, que eres superior a todas esas criaturas, superior a
la especie humana, superior a lo que está más elevado que la especie humana, así como a todo
cuanto puedo nombrar? ¿Cómo podré adorarte, Autor de este Universo, y de todo este bien dado
al hombre, por cuyo bienestar tan amplia y liberalmente has prodigado todas las cosas? Pero no
veo a nadie que pueda participar de ellas conmigo. ¿Consiste la dicha en la soledad? ¿Quién
puede gozar estando solo? Y aunque se disfrute de todo, ¿qué contento se puede hallar?”
“Así hablaba yo presuntuoso, y la Visión celeste, cuyo resplandor vino a realzar una
sonrisa, replicó de este modo:
“—«¿A qué llamas soledad? ¿No están llenos el aire y la tierra de diversas criaturas
vivientes, y no están todas ellas sometidas a tus órdenes para contribuir a tus placeres? ¿No
conoces su lenguaje y sus costumbres? También ellas tienen conocimiento, y están dotadas de
un instinto que no es por cierto despreciable. Proporciónate con ellas un pasatiempo, y
gobiérnalas: tu reino es vasto.»

124
JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VIII

“Tales fueron las palabras del Señor universal, palabras que me parecieron órdenes. Yo,
implorándole con humilde ruego el favor de hablarle aún, repliqué:
“—«No te ofendan mis frases, ¡oh, Poder celestial! Creador mío, seme propicio mientras
hablo. ¿No me has hecho aquí tu representante? ¿No has ordenado que esas criaturas estuvieran
colocadas en una categoría muy inferior a la mía? Entre seres desiguales, ¿qué sociedad, qué
armonía, que verdadera delicia puede existir? Todo lo que ha de ser mutuo debe darse y
recibirse en justa proporción; pero faltando esta igualdad, si el uno está muy elevado y el otro
siempre rebajado, no pueden concertarse mutuamente, sino por el contrario, llegan a hacerse
igualmente molestos entre sí. Yo quiero hablar de una sociedad tal cual la busco, capaz de
participar de toda delicia racional, que no puede encontrarse entre el hombre y el bruto. Todo
animal se deleita con los de su especie, como el león con la leona: por esa razón los has unido
convenientemente de dos en dos. El pájaro no puede conversar con el cuadrúpedo, ni el pez con
el pájaro, ni el mono con el buey: con más razón le será imposible al hombre asociarse con la
bestia, siendo de entre todos el que menos puede lograrlo.»
“A esto respondió el Todopoderoso sin enfado:
“—«Te propones, por lo que veo, una felicidad delicada y pura en la elección de tus
asociados, Adán; de modo que en el seno mismo del placer no gozarás placer alguno si
permaneces solitario. ¿Qué piensas, pues, de mí y de mi estado? ¿Crees o no que poseo bastante
felicidad, encontrándome solo por toda una eternidad? Porque yo no me conozco segundo, ni
semejante, ni mucho menos igual. ¿Con quién podré conversar, si no es con las criaturas que he
hecho, y éstas son inferiores a mí, y están infinitamente más alejadas de mí que las demás
criaturas lo están de ti?»
“Callóse, y yo respondí humildemente:
“—«Todos los pensamientos humanos son cortos para llegar a la altura y profundidad
de tus miras eternas. Soberano de todas las cosas, Tú eres perfecto en Ti mismo, y en Ti no se
encuentra nada defectuoso: no sucede lo mismo con respecto al hombre, que sólo se perfecciona
gradualmente: ésta es la causa de su deseo de asociarse con su semejante para buscar un
consuelo o un alivio en su insuficiencia. Tú no tienes necesidad de propagarte, puesto que eres
Infinito y completo en número, por más que seas Uno. Pero el hombre debe manifestar por el
número su singular imperfección, y ha de producir el semejante de un semejante, multiplicando
su imagen defectuosa en la unidad, lo cual exige una tierna amistad y un mutuo amor. En el
secreto de tu grandeza, Tú, aunque solo, estás superiormente acompañado de Ti mismo, y no
necesitas de comunicación social: sin embargo, a ser ése tu beneplácito, podrías divinizar a tu
criatura, y elevarla hasta el punto de unión o comunicación que quisieras al paso que yo, para
conversar, no puedo levantar a esos brutos encorvados sobre la tierra, ni hallar mi complacencia
en sus costumbres.»

125
JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VIII

“Usando de la libertad que se me había concedido, me expresé de esta suerte; mis


palabras encontraron grata acogida, y obtuvieron esta respuesta de la graciosa voz divina:
“—«Hasta ahora, Adán, me he complacido en experimentarte, y he visto que no sólo
conocías a los diferentes animales, al darles sus propios nombres, sino que te conocías a ti
mismo, demostrando suficientemente ese espíritu libre de que te he dotado, como a imagen mía,
y que no he concedido a los brutos, por cuya razón no podía convenirte semejante compañía.
Tenías razón para manifestarlo así francamente: piensa siempre de ese modo. Ya sabía yo, antes
de que hablases, que no es bueno que el hombre esté solo: la compañía que entonces viste no era
la que yo te había destinado; te la he presentado tan sólo como una prueba, para ver cómo
juzgarías tú respecto de lo justo y de lo conveniente. Lo que ahora voy a traerte será de tu
agrado, puedes estar seguro de ello; porque es tu semejanza, el auxiliar que te conviene; será
otro tú, exactamente conforme a todo lo que desea tu corazón.»
“Cesó de hablar, y yo cesé de oírle, pues entonces mi naturaleza terrestre, agobiada bajo
el peso de su naturaleza celestial, ante la cual me había exaltado mucho tiempo hasta la altura de
un coloquio divino y sublime; mi naturaleza, ofuscada y postrada como cuando un objeto excede
a la penetración de nuestros sentidos, languideció y buscó el reparo del sueño, que cayó al
instante sobre mí: llamado en mi auxilio por la Naturaleza, acudió y cerró mis ojos.
“Se cerraron mis ojos, pero quedó abierta la celdilla de mi imaginación, mi vista interior,
por medio de la cual, como arrobado en éxtasis, vi, según me pareció, aunque dormido como
estaba, la siempre gloriosa forma ante la cual había estado despierto; la cual, bajándose hacia mí,
me abrió el costado izquierdo, y sacó de él una costilla impregnada del calor espirituoso del
corazón, y goteando una sangre fresca, origen de la vida: ancha era la herida, pero llena al
instante de carne, se cicatrizó.
“Aquella forma amoldó y arregló esta costilla entre sus manos: entre sus manos
creadoras se formó una criatura semejante al hombre, pero de diferente sexo, tan
agradablemente bella, que lo que antes me había parecido bello en todo el mundo, ahora me
parecía raquítico, o más bien, que estuviese reunido en ella, contenido en ella y en sus miradas,
que desde aquel momento han derramado en mi corazón una dulzura no experimentada hasta
entonces: su presencia inspiró a todas las cosas un espíritu de amor y una amable delicia. Aquella
criatura desapareció, y me dejó en las tinieblas; desperté, resuelto a encontrarla, o a deplorar
para siempre su pérdida rechazando todos los demás placeres.
“Cuando ya iba perdiendo la esperanza, la divisé no lejos de mí, tal cual la había visto en
mi sueño, adornada de todo cuanto la Tierra o el Cielo podían prodigar para hacerla amable.
Venía conducida por su celestial aunque invisible Creador, cuya voz la guiaba. No ignoraba la
santidad nupcial ni los ritos del matrimonio: la gracia se veía en todos sus pasos; el cielo en sus
ojos; en cada uno de sus movimientos, la dignidad y el amor. Arrebatado de gozo, no pude
menos de exclamar en voz alta:

126
JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VIII

“—«¡Oh!, esta vez has colmado todos mis deseos: hasta cumplido tu promesa, Creador
generoso y lleno de benignidad, dispensador de tantos beneficios; pero éste es el más bello de
todos tus presentes, y no me lo has envidiado. Ahora veo los huesos de mis huesos, la carne de
mi carne, mi yo ante mí mismo. Será llamada Varona, porque del varón fue sacada: por ella
dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne, un
corazón y una sola alma.»
“Mi compañera me oyó; y aunque divinamente traída, sin embargo, la inocencia y la
modestia virginal, su virtud y la conciencia íntima de su valor (valor que debe implorarse y no
concederse si no se solicita, y que no ofreciéndose ni entregándose por sí mismo se hace desear
tanto más cuanto más retirado está), y para decirlo de una vez, la misma Naturaleza, aunque
pura de todo pensamiento pecaminoso, obró en ella de tal modo, que al verme se desvió. Yo la
seguí; conoció ella lo que era honor, y con una condescendencia majestuosa, aprobó las razones
que alegué. La conduje a nuestro retiro nupcial, sonrosada cual la aurora: todo el cielo y las
constelaciones afortunadas derramaron sobre aquella hora su más benéfica influencia; la tierra y
sus colinas, dieron señales de congratulación; los pájaros de su alegría; las frescas brisas, los
dulces céfiros murmuraron esta unión en los bosques, y al agitar sus alas, esparcieron entre
nosotros los perfumes de los balsámicos arbustos, hasta que el ave enamorada de la noche, cantó
las bodas, y ordenó a la estrella de la tarde que apresurara sus pasos por la cumbre de la colina,
para encender la antorcha nupcial.
“Con lo dicho te he dado cuenta de toda mi condición, y he llegado en el curso de mi
historia al colmo de la felicidad terrestre de que disfruto; debo confesar que en todas las demás
cosas encuentro a la verdad placer, pero un placer tal que, ya lo sienta o deje de sentirlo, no
excita en mi alma mudanza alguna ni vehementes deseos; tales son esas sensaciones delicadas
del gusto, de la vista, del olfato, de las hierbas, frutas, flores, vergeles y de la melodía de las aves.
Pero aquí es muy diferente; veo con deleite, toco con arrobamiento. ¡Aquí sentí por la primera
vez el amor, conmoción extraña! Superior y tranquilo en todos los demás goces, me siento débil
únicamente ante el encanto de la poderosa mirada de la beldad. O la Naturaleza se ha mostrado
escasa conmigo, y ha dejado alguna parte de mi mismo no bastante capaz de resistir a un objeto
tan encantador, o al arrancarme una porción de mi costado me arrebató quizá más de lo que
debía; por lo menos se ha concedido demasiado adorno a la mujer, completa en sus formas
exteriores, aunque interiormente menos acabada. Comprendo bien que, según el primer designio
de la Naturaleza, es inferior en espíritu y en las facultades interiores que más sobresalen; y aun
en sus formas exteriores se parece menos a la imagen del que nos ha hecho a entrambos, y lleva
menos impreso ese carácter de dominación que tanto nos realza sobre las demás criaturas. Sin
embargo, cuando me acerco a sus hechizos, me parece tan perfecta y en sí misma tan cumplida,
tan conocedora de sus derechos, que cuanto quiere decir o hacer parece lo más cuerdo, lo más
virtuoso, lo más discreto, lo mejor, en fin. La más alta ciencia cae humillada en su presencia; la
sabiduría, discurriendo con ella, queda desconcertada y parece locura. La autoridad y la razón la
siguen, como si hubiera sido la primera en salir de las manos del Creador, y no creada la segunda

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VIII

accidentalmente; para terminar, la grandeza de alma y la nobleza establecen en ella su más


deliciosa morada, y la rodean, como de una guardia angélica, de un respeto mezclado de temor.”
El ángel, frunciendo el entrecejo, le respondió:
—No acuses a la Naturaleza, que ha llenado su cometido: llena tú el tuyo, y no
desconfíes de la sabiduría, que no te abandonará nunca si no la rechazas de tu lado cuando
tengas más necesidad de ella, cuando des mucho valor a cosas menos excelentes, como tú mismo
has llegado a conocer.
“Ahora bien: ¿qué es lo que admiras? ¿Qué es lo que causa tu arrobamiento?
Exterioridades, hermosas sin duda y muy dignas de tu ternura, de tu homenaje y de tu amor,
pero no de tu sujeción. Mídete con la mujer, y compara luego; las más de las veces nada es tan
provechoso como un amor propio bien entendido, y fundado en la justicia y la razón. Cuanto más
conozcas esta ciencia, más te reconocerá como jefe tu compañera, y todas sus apariencias cederán
ante las realidades. Formada tan bella para agradarte más, es al mismo tiempo tan imponente, a
fin de que puedas amar honrosamente a tu compañera, que no deja de advertir cuando abdicas
una parte de tu prudencia.
“Pero si el sentido del tacto, por medio del cual se propaga la especie humana, te parece
un placer más grato que cualquiera otro, piensa que también ha sido otorgado a todos los
animales; y no les hubiera sido revelado y hecho común si en él existiera alguna cosa digna de
subyugar el alma del hombre o de inspirarle la pasión.
“Consagra siempre tu amor a lo más elevado, atractivo, dulce y razonable que
encuentres en la sociedad de tu compañera; haces bien en amar; pero no en apasionarte, porque
el verdadero amor no consiste en la pasión. El amor purifica los pensamientos y ensancha el
corazón; tiene su asiento en la razón, es juicioso, es la escala por la cual puedes llegar hasta el
amor celeste, como no te sumerjas en el placer carnal; ésta es la causa por que no se ha
encontrado para ti ninguna compañera entre las bestias.”
Adán repuso algún tanto avergonzado:
—No; lo que más me encanta de ella no es la forma exterior, a pesar de su belleza, ni
nada de cuanto se refiere a la procreación, común a todas las especies (aunque yo tengo una idea
más elevada y más misteriosamente respetuosa del lecho nupcial); lo que me agrada más en mi
compañera es la gracia que acompaña a todas sus acciones; son esos mil honestos atractivos que
brotan sin cesar de todas sus palabras, de todos sus movimientos, impregnados de amor, de
dulce complacencia, irrecusable testimonio de la íntima unión de nuestros pensamientos que
hace de ambos una sola alma; armonía de dos esposos, más agradable a la vista que lo es al oído
la más suave melodía.
“Sin embargo, nada de esto me domina; te descubro lo que siento en mi interior, sin por
eso declararme vencido, puesto que los diversos objetos que encuentro ejercen en mí su natural

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO VIII

influencia, y siempre libre, escojo el mejor, y hago lo que apruebo. Tú no repruebas que yo ame,
porque, según dices, el amor nos eleva al cielo, del cual es a la vez camino y guía; perdóname,
pues, que te haga una pregunta, si es que me está permitido: ¿no aman los espíritus celestiales?
¿Cómo demuestran su amor? ¿Con sus miradas solamente? ¿O mezclan su refulgente luz por
medio de un tacto virtual o inmediato?”
El ángel le respondió con una sonrisa que animaba el carmín de las rosas celestiales,
color propio del amor:
—Bástete saber que somos felices, y que sin amor no hay felicidad. Todo el placer puro
de que gozas en tu sustancia corpórea (porque has sido creado puro), lo gozamos también en un
grado más eminente; nosotros no encontramos los obstáculos de la carne, de las coyunturas, ni
de los miembros, que son barreras exclusivas. Cuando los espíritus se abrazan, se identifican más
fácilmente que el aire con el aire, deseando el que es puro la unión con el puro; no necesitan un
medio de transmisión limitado, como la carne para unirse a la carne, o el alma al alma.
Pero no puedo ya detenerme más; el Sol va ocultándose por más allá de las tierras de
Cabo Verde y de las islas floridas de la Hesperia; ésa es la señal de mi partida. Sé firme; vive feliz
y ama; pero ama a Dios sobre todo; obedecerle es amarle. Observa su gran mandato; pon mucho
cuidado en que la pasión no arrastre tu juicio a hacer lo que de otro modo no admitiría tu libre
voluntad. En .ti estriba tu desgracia o tu felicidad y la de tus hijos. Obra con prudencia; que yo y
todos los espíritus bienaventurados nos regocijaremos con tu perseverancia. Mantente firme,
pues de tu libre albedrío depende que caigas o continúes en pie. Siendo perfecto interiormente,
no busques auxilios exteriores, y rechaza toda tentación de desobediencia.”
Dijo, y se levantó. Adán le siguió bendiciéndole.
—Pues que es preciso que partas, ¡ve, huésped celestial, mensajero divino, enviado de
Aquel cuya bondad soberana adoro! Tu condescendencia ha sido dulce y afable para mí; por lo
cual la honraré eternamente y como merece en mi agradecida memoria. ¡Sé siempre el protector,
el amigo del género humano, y vuelve con frecuencia!
De este modo se separaron; el ángel regresó al cielo desde la frondosa enramada y Adán
a su retiro.

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L I B RO N OV E N O

Después de haber explorado la Tierra, con meditada maldad, vuelve Satanás de


noche al Paraíso como una niebla, y se introduce en la serpiente dormida. Adán y
Eva salen al romper el día para entregarse a sus trabajos diarios. Eva propone
dividirlos en varias porciones, y que cada cual se dedique al suyo, separadamente;
pero Adán no consiente en ello, alegando un peligro próximo, y temeroso de que el
enemigo, de cuya existencia les han dado aviso, la tentara si la encontraba sola.
Eva, ofendida porque no se la creyese bastante circunspecta o bastante firme,
insiste en separarse, deseosa de poner a prueba su fortaleza. Adán cede por último;
la serpiente la encuentra sola, y se le acerca sutilmente; primeramente mira a Eva,
después le habla, y luego, con sus aduladores elogios, la ensalza sobre todas las
criaturas. Eva, admirada de oír hablar a la serpiente, le pregunta cómo ha
adquirido la voz humana y la inteligencia que no había tenido hasta entonces; y
ésta le responde que, habiendo probado la fruta de cierto árbol que crece en el
Paraíso, había conseguido a la vez la palabra y la razón de que siempre se había
visto privada. Eva le pide que la guíe a donde está aquel árbol, y descubre que es el
de la ciencia prohibida. La serpiente, con creciente audacia y a fuerza de artificios
y de instancias, la induce al fin a comer. Maravillada Eva de aquel sabor,
reflexiona un momento si hará o no partícipe de él a Adán; se decide por último a
llevarle de aquella fruta, y le refiere lo que la ha persuadido a probarla. Adán,
consternado en un principio, pero viendo que su compañera está perdida, se decide,
llevado por la vehemencia de su amor, a perderse con ella, y atenuando la falta,
come también de aquella fruta. Efectos que causa en los dos. Procuran cubrir su
desnudez, y en seguida se introduce la discordia entre ellos y se culpan mutuamente.

C esen ya los coloquios con Dios o con el ángel, huéspedes del hombre; ya no acudirán
éstos a sentarse a su mesa, cual amigos íntimos para participar de sus campestres
refrigerios con familiaridad e indulgencia, y permitirle, sin reconvención, sus excusables
discursos. En adelante debo trocar estos acentos en acentos trágicos; por parte del hombre,
vergonzosa desconfianza y ruptura desleal, rebelión y desobediencia; por parte del cielo, ahora
ofendido, alejamiento y disgusto, cólera y represión justa, y sentencia terrible, la cual introdujo
en este mundo un mundo de calamidades, el pecado y su sombra inseparable, la muerte, y la
miseria, precursora de la muerte.

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO IX

¡Triste asunto! Lúgubre, sin duda; pero no menos elevado y más heroico que la cólera
del implacable Aquiles cuando persiguió tres veces alrededor de los muros de Troya a su
fugitivo enemigo; más heroico que la ira de Turno al ver rota su unión con Lavinia, o que el
furor de Neptuno y el de Juno, que por tanto tiempo persiguió al Griego y al hijo de Citerea.
Pero por grande que sea el que me propongo, procuraré cantarlo si obtengo de mi celeste
protectora un estilo adecuado a él; de esa protectora que se digna visitarme durante la noche sin
esperar mis ruegos, y que preside a mis sueños o me inspira fácilmente versos que no he
meditado.
Este asunto me agradó siempre para un canto heroico; fijé mi elección hace mucho
tiempo, y lo comencé muy tarde. La Naturaleza no me ha dotado de suficiente aptitud para
referir los combates, mirados hasta aquí como el único asunto digno de un poema heroico. ¡Qué
obra maestra la de relatar largamente el enojoso estrago de fabulosos caballeros en batallas
fingidas, mientras que nadie se ocupa de un valor más noble, de la paciencia, de la constancia
sublime del martirio! ¡Describir carreras y juegos, aprestos bélicos, escudos blasonados, divisas
ingeniosas, caparazones y lujosos arneses, ricas gualdrapas y toda la pompa caballeresca de las
justas y torneos; y luego los banquetes magníficos servidos bajo bóvedas suntuosas por coperos
y senescales! En cuanto a mí, no creo que esa habilidad del arte, consagrada a una obra
mezquina, pueda dar fama justa y heroica al autor o al poema.
Yo, que ni estoy instruido en esas cosas ni me cuido de ellas, me propongo un asunto
más elevado, bastante por sí mismo para inmortalizar mi nombre, a no ser que un siglo
demasiado tardío, la frialdad del clima o los años entorpezcan mi humilde vuelo, como podrían
conseguirlo si toda esta obra fuera exclusivamente mía, y no de la Divinidad, que cada noche
acude a confiar sus cantos a mi atento oído.
El Sol se había ocultado, y en pos de él, Héspero, astro cuya misión es la de conducir a
la Tierra el crepúsculo, conciliador de un momento entre el día y la noche. El hemisferio
nocturno había velado ya de un extremo a otro del círculo del horizonte, cuando Satanás, que
había huido del Edén ante las amenazas de Gabriel, volvió a él perfeccionado en el fraude y en la
malicia, más deseoso que nunca de la destrucción del hombre, y sin temor a nada de cuanto
pudiera sucederle que agravara su situación. De noche huyó, y regresó a la hora de medianoche,
después de haber dado la vuelta a la Tierra, evitando la luz del día, desde que Uriel, conductor
del Sol, descubrió su entrada en el Edén y dio aviso a los querubines que lo custodiaban.
Arrojado de allí lleno de angustia, rodó con las sombras durante siete noches continuas. Giró
tres veces en derredor de la línea equinoccial; cuatro veces cruzó el carro de la noche de polo a
polo, atravesando cada coluro. Volvió a la octava noche, y penetró furtivamente en el Paraíso
por un punto opuesto a su entrada y al en que vigilaban los querubines, punto que éstos no
podían sospechar.
Había allí un sitio que ya no existe (alteración producida por el pecado y no por el
tiempo), en donde el Tigris se precipitaba desde la falda del Paraíso, en una cavidad profunda,

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO IX

haciendo refluir parte de sus aguas, que brotaban como una fuente cerca del árbol de la Vida.
Satanás se sumergió con el río en aquel antro, y volvió a salir con él, envuelto en húmedo vapor.
Buscó en seguida un lugar donde ocultarse: había explorado el mar y la tierra desde el Edén
hasta el Ponto Euxino y el Palus Meótides y hasta más allá del río Obi, desde donde descendió al
polo antartico; había ido también hacia Occidente desde el Oronte hasta el océano que separa el
istmo de Darien, y desde allí hasta el país que riegan el Ganges y el Indo. Recorriendo de este
modo el globo con minuciosa atención, y considerando con una inspección profunda cada
criatura a fin de hallar la que fuera más apta para servir a sus artificios, descubrió que la
serpiente era el más astuto de todos los animales de la tierra. Después de largas reflexiones,
irresoluto y vacilando en sus pensamientos, Satanás se decidió por fin a escoger el asiento más a
propósito para el engaño, el receptáculo más conveniente en que pudiera penetrar y ocultar sus
negras sugestiones a las miradas más penetrantes; porque todo lo artificioso que intentara la
serpiente, lejos de causar sospechas, sería mirado como nuevo testimonio de su sagacidad, de su
natural sutileza; mientras que, si se notara en otros animales, podía engendrar la sospecha de un
poder diabólico desarrollado en ellos, superior a lo que permite la inteligencia animal. Satanás
tomó esta resolución; pero no pudiendo contener por más tiempo el sufrimiento que le
desgarraba interiormente, dejó estallar su pasión, que se exhaló en estas quejas:
—¡Oh Tierra, cuánto te pareces al cielo, si no eres preferible a él! ¡Morada mucho más
digna de los dioses, como formada por una segunda idea que ha reformado lo que ya era viejo!
¿Qué Dios, después de haber elevado tan hermosos monumentos, intentaría construir otros
menos perfectos? ¡Terrestre cielo, en torno del cual se mueven otros cielos que brillan,
derramando con sus lámparas oficiosas luz sobre luz, y concentrando para ti solo todos sus
preciosos rayos, penetrados de una influencia sagrada! Así como en el cielo Dios es el centro, y,
sin embargo, se extiende por todas partes, del mismo modo eres tú aquí el centro de esos orbes
cuyos tributos recibes; en ti, no en ellos, aparece productiva toda su virtud en la hierba, en la
planta y en la más noble formación de los seres animados de una vida gradual, siendo la
vegetación, el sentimiento, la razón, dones todos reunidos en el hombre.
“¡Con cuánto placer habría dado yo la vuelta a la Tierra si existiese aún algún goce para
mí! ¡Qué agradable sucesión de colinas, de valles, de ríos, de bosques y de llanuras! ¡Tan pronto
tierra como mar; unas veces, riberas coronadas de selvas; otras, rocas, antros, grutas! Yo, sin
embargo, no he encontrado en ella asilo ni refugio, y cuantos más objetos de felicidad veo en
torno mío, mayores son los tormentos que sufro, como si yo fuera el odioso asiento de las
contrariedades; todo bien se convierte en veneno para mí, y hasta en el cielo sería peor aún mi
condición.
“Pero yo no pretendo permanecer aquí ni en el cielo, a no ser que dominara en él, como
su Soberano Señor. No espero tampoco que lo que intento me haga menos miserable; tan sólo
anhelo convertir a otros en lo que soy, aunque por ello redoble mis males, pues únicamente en la
destrucción encuentran algún lenitivo mis inquietos pensamientos. Si consigo destruir al

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO IX

hombre, para quien ha sido creado todo esto, o le induzco a consumar su perdición entera, todo
lo que le rodea le seguirá también como encadenado a él en su dicha o en su desdicha. ¡Sea, pues,
en su desdicha! ¡Que la destrucción se extienda a todo! A mí, sólo a mí, entre todos los espíritus
infernales, me cabrá la gloria de haber corrompido en un solo día lo que el llamado
Todopoderoso construyó con un continuo trabajo de seis días y seis noches. ¿Y quién sabe
cuánto tiempo antes lo había estado meditando? Aunque tal vez concibió esta idea después que
yo hube libertado en una sola noche de una servidumbre ignominiosa a la mitad próximamente
de las razas angelicales, reduciendo la multitud de sus adoradores.
“Él quiso vengarse, sin duda, y reparar sus legiones disminuidas; pero ya sea que su
virtud, ha tiempo extinguida, le faltase ahora para crear nuevos ángeles, suponiendo que éstos
sean obra suya, o que para mayor afrenta nuestra se determinase a reemplazarnos con una
criatura formada de tierra, y concederle, a pesar de lo abyecto de su origen, una categoría tan
elevada, enriqueciéndola con nuestros despojos celestiales, lo que decretó, lo ha llevado a cabo:
hizo al hombre, y construyó para él este mundo magnífico, declarándole señor de su mansión, de
la Tierra. ¡Oh, indignidad!, sometió al servicio del hombre las alas del ángel, y obligó a unos
ministros celestiales a velar por él y a cumplir esta terrestre misión. Temo la vigilancia de éstos;
para evitarla me he envuelto en la niebla y en el vapor de la medianoche; me deslizo oscuro;
registro cada mata, cada helecho, para ver si encuentro alguna serpiente dormida, a fin de
ocultarme en sus tortuosos pliegues, y conmigo la negra intención que abrigo.
“¡Oh, vergonzosa humillación! ¡Yo, que en otro tiempo luché contra los dioses para
hacerme superior a ellos, me veo hoy reducido a unirme a un animal, a identificarme con tan
impuro lodo, a encarnar en él mi esencia, y a embrutecer por último al que fijaba sus
aspiraciones en llegar al más alto grado de la Divinidad! Pero ¿hasta dónde no son capaces de
descender la ambición y la venganza? El que quiere subir ha de arrastrarse tanto más
profundamente cuanto más ha remontado su vuelo, y resignarse tarde o temprano a ejercer los
oficios más viles. La venganza, dulce en un principio, se vuelve amarga muy pronto, y recae
sobre sí misma. ¡Sea, pues!, poco me importa, con tal que acierte a herir; y pues no puedo asestar
mis tiros a mayor altura, los dirigiré sobre el segundo que provoca mi envidia, sobre ese nuevo
favorito del cielo, ese hombre de barro, ese hijo del despecho, cuyo autor le ha hecho salir del
polvo para mayor afrenta nuestra; el odio con el odio se paga mejor.”
Dijo, y arrastrándose como un negro vapor a través de los áridos o húmedos
matorrales, continuó sus nocturnas pesquisas para encontrar lo más pronto posible a la
serpiente. No tardó en hallarla profundamente dormida, enroscada sobre sí misma en un
laberinto de círculos, descansando en medio de ellos su cabeza, llena de sutiles ardides. El reptil
no se escondía aún en una madriguera horrible ni en retiros espantosos, ni era tampoco nocivo;
sin temer ni ser temido, dormía tranquilamente sobre la espesa hierba. El demonio se introdujo
por su boca, y apoderándose de su instinto brutal en la cabeza o en el corazón, le inspiró una

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO IX

activa inteligencia; pero no turbó su sueño, y esperó encerrado de aquel modo la llegada de la
aurora.
Ya la luz sagrada empezaba a despuntar en el Edén entre las húmedas flores que
exhalaban sus inciensos matutinos, en el momento en que todas las cosas que respiran en el gran
altar de la tierra elevan hacia el Creador silenciosas alabanzas y un aroma que le es tan grato; la
pareja humana salió de su retiro, y unió la adoración de su boca al coro de las criaturas privadas
de voz. Hecho esto, nuestros padres saborean aquella hora deliciosa en que circulan los más
dulces perfumes y las brisas más suaves. En seguida consultan entre sí acerca del modo cómo se
dedicaría aquel día a su trabajo, siempre creciente; porque excedía en mucho a la actividad de las
manos de las dos criaturas que cultivaban tan vasta extensión de terreno. Eva fue la primera que
hizo uso de la palabra en estos términos:
—Adán, podemos ocuparnos aún en adornar este jardín, en enderezar las plantas, las
hierbas y las flores, cumpliendo la agradable tarea que nos ha sido impuesta; pero hasta que
venga en nuestra ayuda un número mayor de manos, crecerá la obra a medida de nuestro
trabajo; pródigo por necesidad, todo lo que durante el día hemos sujetado, atado, reprimido o
cortado por exuberante, se mofa de nuestros cuidados en una noche o dos, merced a un rápido
desarrollo, y tiende a volver a su anterior estado silvestre. Piensa en esto ahora, o escucha las
primeras ideas que se me ocurren.
“Dividamos nuestros trabajos: tú dirígete adonde mejor te parezca, o hacia el sitio que
reclame mayor cuidado, ya para enredar la madreselva en derredor de nuestra morada, ya para
dar dirección a la hiedra trepadora; y entretanto, yo encontraré allá abajo, en aquel plantel de
rosas entrelazado de mirtos, bastantes cosas que arreglar. Porque si durante todo el día nos
ocupamos en la misma tarea, sin separarnos un momento uno de otro, interrumpida ésta por
sonrisas miradas, conversaciones causadas por nuevos objetos, no es sorprendente que vaya
reduciéndose nuestro trabajo diario, y que a pesar de emprenderlo muy temprano hagamos poco.
Entonces llega la hora de tomar nuestro alimento sin que lo hayamos ganado.”
Adán le contestó con extremada dulzura:
—¡Mi única Eva, mi sola compañera, incomparablemente más querida para mí que todas
las criaturas vivientes! Tus ideas son justas y razonables con respecto al modo de cumplir mejor
la tarea que nos ha sido designada aquí por el Altísimo. No dejaré de alabarte por ello, porque
nada es más amable en la mujer que estudiar los deberes de familia e inclinar a su marido hacia
las buenas acciones. Sin embargo, nuestro Señor no nos ha impuesto tan rigurosamente la ley
del trabajo, que nos prive del reposo necesario, ya para tomar alimento, ya para nuestros
coloquios (alimento espiritual), ya para ese dulce cambio de miradas y de sonrisas; porque éstas
emanan de la razón; negadas al bruto, son el alimento del amor, y el amor no es el fin menos
noble de la vida humana. Dios no nos ha hecho para un trabajo penoso, sino para el placer, y
para el placer unido constantemente a la razón. Nuestras manos juntas, no lo dudes, defenderán

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO IX

fácilmente contra la invasión del desierto a esas florestas en toda la extensión que necesitamos
para nuestros paseos, hasta que dentro de poco vengan a ayudarnos manos más jóvenes.
“Pero si acaso llega a cansarte nuestra incesante conversación, podría consentir en una
corta ausencia, porque la soledad es a veces la mejor sociedad, y una corta separación excita el
deseo del regreso. Me asedia, sin embargo, otra inquietud: temo que te sobrevenga algún daño
cuando estés separada de mí; porque debes acordarte de la advertencia que se nos ha dado; sabes
que un maligno enemigo, envidioso de nuestra felicidad y desesperado de recobrar la suya,
pretende causar nuestra ruina y nuestra miseria, valiéndose de un ataque artificioso; nos acecha
sin duda en algún sitio no lejos de aquí, con la ávida esperanza de lograr el objeto de su deseo, y
su mayor ventaja consistiría en encontrarnos separados: no se atrevería a atacarnos reunidos,
porque nos prestaríamos un rápido y mutuo socorro; y ya sea que su principal designio estribe
en apartarnos de la fe que debemos a Dios, o que intente turbar nuestro amor conyugal, que
excita quizá su envidia más bien que toda la dicha de que gozamos, sea, por fin, otra cosa peor,
no abandones el fiel costado que te ha dado el ser, que te abriga aún y te protege. La mujer a
quien persigue el peligro o acecha el deshonor, siempre está más segura y con mayor decoro al
lado de su esposo, que la defiende o soporta con ella todas las desgracias.”
Entonces la majestad virginal de Eva, como una persona que ama, pero que se ve
importunada por algún rigor, le respondió con aspecto dulce al par que austero:
—¡Hijo del cielo y de la tierra, soberano de la Tierra entera! He sabido por ti y por el
ángel que tenemos un enemigo que procura nuestra ruina, pues sorprendí las palabras
pronunciadas por aquél al marcharse, mientras permanecía algún tanto apartada de esa frondosa
arboleda, al regresar aquí precisamente cuando se cerraban las flores de la noche. Pero que
pongas en duda mi constancia para con Dios o para contigo porque tenemos un enemigo que
pueda tentarla, eso es lo que no esperaba oír. Tú no temes la violencia del enemigo, pues siendo
tales como somos, inaccesibles a la muerte o al dolor, no debemos temer ni una ni otro, y
podemos rechazarlos. Solamente sus engaños te dan miedo; y de ahí se infiere claramente que
temes también ver quebrantados o seducidos por su astucia mi amor y mi fidelidad constante.
¿Cómo has podido dar entrada en tu ánimo a semejantes pensamientos, Adán? ¿Es posible que
pienses mal de la que te es tan querida?
Adán le replicó con estas palabras a propósito para tranquilizarla:
—Hija de Dios y del hombre, Eva inmortal, puesto que lo eres por no haberte
contaminado aún ni la falta ni el pecado: no es desconfianza hacia ti lo que me obliga a disuadirte
de que te apartes de mi lado, sino más bien el deseo de evitar las asechanzas de nuestro enemigo.
El tentador, aunque no logre su objeto, deja las huellas del deshonor en el que ha tentado, en el
mero hecho de haber supuesto que su fe no era incorruptible, que no resistiría la prueba de la
tentación. Tú misma te mostrarías indignada, agraviada por la injuria que se te habría querido
inferir, por más que hubiera quedado sin efecto. No te enojes, pues, si pretendo desviarte

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semejante afrenta de ti sola, afrenta que, por más audaz que fuese el enemigo, apenas osaría
intentar contra los dos a la vez, o si a tanto se atreviera, su principal ataque se dirigiría contra
mí; no te burles tampoco de su malicia o de su pérfida astucia, pues debe de ser muy hábil en sus
artificios el que ha podido seducir a los ángeles. Ni tengas por superflua la ayuda de otro.
“El influjo que en mí ejercen tus miradas me hace capaz de todas las virtudes; ante tu
vista me siento más prudente, más vigilante, más fuerte; y si fuera necesario el empleo de la
fuerza exterior, con sólo que me miraras, la vergüenza de verme vencido o engañado animaría
mi valor y me comunicaría un vigor irresistible. ¿Por qué no has de sentir en tu interior la
misma impresión cuando estoy a tu lado, y no has de preferir ser puesta a prueba estando
conmigo, que soy el mejor testigo de tu acrisolada virtud?”
De esta suerte habló Adán, inspirado por su solicitud doméstica y por su amor
conyugal; pero Eva, pensando que no daba entero crédito a la sinceridad de su fe, renovó su
réplica con sentido acento:
—Si nuestra condición es la de habitar así en un reducido espacio —dijo— estrechados
por un enemigo sutil o violento; si ha de abandonarnos la fuerza para resistirle en el momento
que nos separemos, ¿cómo hemos de ser felices, puesto que viviríamos siempre agitados por el
continuo temor del mal? Pero no, el mal no es el precursor del pecado; y aunque nuestro
enemigo, al tentarnos, nos infiera una afrenta por el vergonzoso desprecio que hace de nuestra
integridad, su mismo desprecio no logrará imprimir el deshonor en nuestra frente, sino que
recaerá todo vergonzosamente sobre él.
“¿Por qué, pues, hemos de temerle y esquivarle cuando, por el contrario, alcanzaremos
doble honor al dejar burlada su falsa presunción, y ganaremos a la vez la paz interior y el favor
del cielo, nuestro testigo? ¿Y qué suponen de la felicidad, el amor, la virtud, cuando no se les ha
puesto a prueba aisladamente y sin el auxilio de un socorro extraño? No debemos acusar a
nuestro sabio Creador de haber dejado tan imperfecto nuestro feliz estado, que no esté al abrigo
de todo peligro, bien nos hallemos juntos o separados. Si así fuese, ¡cuan efímera sería nuestra
dicha! Expuesta de esta suerte, el Edén dejaría de ser Edén.”
Adán replicó con ardor:
—¡Oh, mujer! Todo se halla aquí en el estado más perfecto, según lo ha dispuesto la
voluntad de Dios. Su mano creadora no ha dejado nada defectuoso o incompleto en todo cuanto
ha creado, y mucho menos en el hombre o en lo que puede asegurar su condición feliz; el hombre
está al abrigo de la fuerza exterior; su peligro está en él mismo, pero también reside en él la
facultad de rechazarlo. Jamás puede recibir mal alguno contra su voluntad; pero Dios ha dejado
libre la voluntad, porque el que obedece a la razón es libre, y Dios ha hecho recta la razón,
aunque ordenándole que permanezca siempre vigilante, siempre en pie, no sea que, sorprendida
por alguna bella apariencia del bien, aconseje e informe mal a la voluntad para obligarla a hacer
lo que Dios tiene expresamente prohibido.

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO IX

“No es, pues, desconfianza, sino un tierno amor lo que me impone el deber de velar por
ti, así como a ti el de velar por mí. Aunque firmes, podríamos sucumbir; porque no es imposible
que la razón se extravíe por algún especioso pretexto, y que engañada por el enemigo y dejando
adormecer la rígida vigilancia que le fue prescrita, caiga al fin en un lazo imprevisto. No
provoques, pues, la tentación, que es mejor evitarla, y la evitarás probablemente si no te separas
de mí; la prueba llegará sin que la busquemos. ¿Quieres probar tu constancia? Prueba primero tu
obediencia. Pero ¿quién conocerá la primera si no ha sido tentada? ¿Quién la atestiguará? Sin
embargo, si crees que un ataque imprevisto nos hallaría a los dos, aunque unidos, menos
preparados a la defensa que si estuvieras sola y avisada, vete; porque no siendo libre aquí tu
presencia, te alejaría más de mí. Ve, pues, con tu nativa inocencia, apóyate en toda tu virtud,
reúnela por completo, y puesto que Dios ha cumplido su deber con respecto a ti, cumple el tuyo
con respecto a Él.”
Así habló el patriarca del género humano; pero Eva persistió, y aunque sumisa, fue la
última en replicar de esta manera:
—Con tu permiso, pues, y animada por la sabia y prudente reflexión que me has
dirigido al decirme que cuanto menos intentada fuera la prueba nos encontraría quizá menos
preparados, me alejo con mayor gusto. No debo presumir que tan orgulloso enemigo se dirija a
la parte más débil; pero si así lo hiciese, sólo conseguiría mayor vergüenza al verse derrotado.
Diciendo así, retira dulcemente su mano de entre las de su esposo, y como una ninfa
ligera de los bosques, Oréada o Dríada, o del séquito de la diosa de Delos, vuela a las florestas.
Aventajaba a la misma Delia en su porte y en su gracioso aspecto, aunque no estuviera armada
como ésta del arco y del carcaj, sino de esos instrumentos propios para el cultivo de las flores y
tales como los había formado el arte sencillo aún y sin el auxilio del fuego, o como los habían
llevado allí los ángeles. Adornada como Palas o Pomona, se parecía a ellas: a Pomona cuando
huía de Vertumnio; a Ceres en la flor de su juventud, cuando aún estaba virgen de Proserpina, a
quien tuvo de Júpiter. Adán estaba encantado; sus ojos la siguieron por largo rato, dirigiéndole
ardientes miradas, pero habría preferido mucho más que permaneciera a su lado. Encargóle
varias veces que regresara pronto, y ella le prometió a su vez volver al mediodía a su morada,
para poner todas las cosas en el mejor orden, y para invitar a Adán a la comida del mediodía o al
reposo de la tarde.
¡Oh, cuan equivocada, cuan engañada vas, infeliz Eva, con respecto a tu próxima vuelta!
¡Oh, funesto acontecimiento! ¡A contar desde este instante no encontrarás ya en el Paraíso ni
dulce alimento ni apacible reposo! ¡Entre esas flores y esas enramadas se te ha tendido una
infame asechanza; el odio infernal te espera; ese odio que amenaza interceptar tu camino, o hacer
que vuelvas despojada de inocencia, de fidelidad, de dicha!
Desde los primeros albores del día, el Enemigo, oculto bajo la apariencia de una
serpiente, había salido de su retiro buscando el sitio donde más probablemente pudiera

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encontrar a los dos únicos seres de la especie humana, y en ellos, a toda su raza, que era su
premeditada presa. Recorre los sotos y las praderas, en todos los parajes donde algún vergel o
alguna parte del jardín, objeto de sus cuidados o de sus plantaciones, se muestra más agradable
por sus delicias; los busca a las orillas de las fuentes, o de los frescos arroyos: busca a los dos,
pero desea con preferencia encontrar a Eva separada de Adán; lo deseaba, aunque no con la
esperanza de alcanzar lo que tan rara vez sucedía; cuando, según su deseo y contra su esperanza,
descubre a Eva sola, velada por una nube de perfumes, medio oculta entre las numerosas y
espesas rosas que enrojecían el espacio en torno suyo, e inclinándose frecuentemente para
enderezar las flores de un débil tallo, cuya extremidad, aunque revestida de los más brillantes
matices de púrpura y de azul sembrados de oro, pendía sin apoyo; las sujetaba airosamente con
un vastago de mirto, sin pensar que ella misma, la flor más bella, carecía de sostén, hallándose
tan lejos su primer apoyo, y la tempestad tan próxima.
La serpiente se acercaba a través de las sendas a que daban sombra los elevados cedros,
pinos y palmeras, ya ondulante y atrevida, ya oculta, ya dejándose ver por entre los arbustos
enlazados y las flores que formaban orladura por ambos lados, obra de las manos de Eva; retiro
más delicioso que los fabulosos jardines de Adonis resucitado, o del famoso Alcinoo, el huésped
del hijo del viejo Alertes, y mucho más aún que aquel jardín no creado por la Fábula, en que el
sabio Rey cambiaba tan dulces caricias con la bella egipcia, su esposa.
Satanás queda admirado al ver aquel sitio, pero más admiración le causa la persona de
Eva. Así como un hombre encerrado durante largo tiempo en una ciudad populosa, cuyas
apiñadas casas y cuyas cloacas corrompen el aire, al salir en una mañana de estío a respirar el
aire puro por las risueñas aldeas y las granjas circunvecinas, encuentra un nuevo placer en todas
las cosas que se ofrecen a su vista, recreándole el olor de los trigos o de la hierba segada, el de
las vacas o el de las lecherías, cada objeto rústico, cada ruido campestre, y si por ventura llega a
pasar una hermosa doncella, de continente de ninfa, lo que antes agradaba a aquel hombre, le
agrada ahora doblemente a causa de ella, por encontrar todas las delicias reunidas en sus ojos,
así la serpiente sentía un placer semejante al ver aquel plantel florido, dulce retiro de Eva, tan
madrugadora, tan solitaria. Su forma angelical y celestial, aunque mucho más suave y más
femenil, es graciosa inocencia, todo el atractivo de sus actitudes, de sus menores movimientos,
intimidan la malicia de Satanás, y causándole un dulce arrobamiento, despojan a su violencia del
fiero intento que allí le había conducido. El príncipe del mal se ve un momento alejado por su
éxtasis fuera del mal; en este corto intervalo experimenta tan sólo una bondad estúpida, pues
queda desarmado de enemistad, de picardía, de odio, de envidia y venganza. Pero el abrasador
infierno, que arde siempre en él aun estando en un semicielo, pone breve término a sus delicias, y
le tortura tanto más cuanto más cerca ve el placer que no le está destinado. Entonces recobra
todo su odio y acariciando sus desastrosos pensamientos, se anima de esta suerte:
—Pensamientos, ¿adonde me habéis conducido? ¿Qué dulce emoción me cautiva,
obligándome a olvidar el proyecto que nos trajo aquí? El odio es lo que traigo, y no el amor, ni

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la esperanza de alcanzar el Paraíso para el infierno, ni la de gustar aquí algún placer, sino la de
destruirlos todos, excepto el que se siente destruyendo; todo lo demás está perdido para mí. No
dejemos, pues, escapar la ocasión que me sonríe ahora; he aquí la mujer, sola, expuesta a todos
los ataques; su marido está lejos de ella, pues mis ojos, que lo distinguen todo a gran distancia,
no le descubren; así es mejor, pues evito su inteligencia más elevada y su fuerza; dotado de un
valor altivo y de miembros heroicos, aunque construidos de tierra, no es un enemigo
despreciable; él está exento de heridas, y yo no: ¡tanto es lo que me ha degradado el infierno,
tanto es lo que el dolor me ha hecho decaer de mi primitiva alcurnia! Eva es bella, divinamente
hermosa, hecha para el amor de los dioses; no tiene nada de terrible, aunque sean temibles el
amor y la belleza, cuando ésta no tiene junto a sí un odio más fuerte; odio tanto más implacable
cuanto mejor disfrazado está bajo la apariencia del amor; y ése es el camino que intento seguir
para causar la ruina de Eva.
Así habló el enemigo del género humano, huésped maligno de la serpiente, en la que se
había encerrado, y continuó su marcha en dirección a Eva. No se arrastraba entonces sobre la
tierra en ondas desiguales, como lo hace hoy, sino que se erguía sobre su parte posterior, base
circular formada de repliegues superpuestos, que subían en forma de torre, acumulando
contornos sobre contornos, cual laberinto creciente; coronaba su elevada cabeza una orgullosa
cresta; sus ojos eran carbunclos; su cuello era de un verde oro bruñido; se mantenía erguida en
medio de sus redondas espirales, que ondulaban flotantes sobre el césped. Su forma era
agradable y vistosa; jamás se han visto después serpientes tan hermosas, ni la en que fueron
convertidos en Iliria Hermione y Cadmo, ni la que fue el dios de Epidauro, ni la en que se vieron
transformados Júpiter Amón y Júpiter Capitolino, el primero con Olimpia, el segundo con la que
dio a luz a Escipión, el esplendor de Roma.
Recorrió su camino oblicuamente, como el que quiere acercarse a una persona y teme
molestarla; semejante al buque gobernado por un hábil piloto a la embocadura de un río o cerca
de un cabo, que vira de bordo y cambia sus velas tantas veces cuantas se muda el viento; del
mismo modo variaba Satanás sus movimientos, formando en presencia de Eva caprichosos
anillos con la cola para atraerse sus miradas.
Eva, enteramente dedicada a su trabajo, oyó el ruido que producían las hojas agitadas;
pero no le prestó atención alguna, porque estaba acostumbrada a ver solazarse en el campo y
ante ella a todos los animales, más sumisos a su voz de lo que fue a la voz de Circe el rebaño
metamorfoseado.
Más atrevida entonces, la serpiente se presenta ante Eva sin ser llamada; pero queda
como inmóvil de admiración. De un modo cariñoso inclina frecuentemente su soberbia cresta y
su cuello esmaltado y brillante, lamiendo la tierra que Eva ha hollado con sus plantas. Su
morada al par que gentil expresión hace por último que las miradas de aquélla se fijen en sus
evoluciones. Gozoso Satanás por haberle llamado la atención, con la lengua orgánica de la
serpiente o por medio de la impulsión del aire vocal, empezó su astuta tentación de esta suerte:

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—No te maravilles, soberana señora, si es que a ti, que eres la sola maravilla, puede algo
causártela, ni revistas de desprecio tus miradas, cielo de dulzura, mostrándote irritada porque
me atreva a acercarme a ti y a contemplarte insaciable, sin temor hacia tu imponente aspecto,
mucho más imponente cuando te hallas sola. ¡Oh tú, la más bella semejanza de tu hermoso
Creador! Todas las cosas vivientes te admiran; todas las cosas que te pertenecen como un don,
contemplan extasiadas y adoran tu celestial belleza. Cuanto más universalmente admirada es la
belleza, mayor estimación alcanza; pero aquí, en este recinto silvestre, entre estos animales,
groseros espectadores, incapaces de distinguir la mitad de tu hermosura, ¿quién te ve a
excepción de un hombre? ¿Y qué supone un solo admirador cuando se te debiera ver como una
diosa entre los dioses, adorada y servida por una corte diaria de innumerables ángeles?
Tales eran las lisonjas del tentador; tal fue el tono de su preludio; sus palabras se
abrieron paso hasta el corazón de Eva, aunque quedara sumamente sorprendida al oír la voz de
la serpiente; así es que, sin cesar su sorpresa, le respondió de este modo:
—¿Qué oigo? ¡El lenguaje del hombre, el pensamiento humano, expresado por la lengua
de un bruto! Yo estaba en la creencia de que no se había concedido la palabra a los animales, y de
que Dios los había hecho mudos el día de su creación, impidiéndoles la articulación de los
sonidos. Bien es verdad que en cuanto al pensamiento tenía mis dudas; porque, a menudo, se
perciben destellos de razón en las miradas y en las acciones de las bestias. A ti, serpiente, te
conocía como el más sutil de los animales de los campos; pero ignoraba que estuvieses dotada de
la voz humana. Repite, pues, ese milagro, y dime cómo es que, siendo antes muda, hablas ahora,
y en qué consiste que me demuestres más afección que el resto de la especie irracional que se
ofrece diariamente a mi vista. Dímelo, porque semejante maravilla llama, como es natural, toda
mi atención.
El astuto tentador replicó de esta suerte:
—¡Emperatriz de este hermoso mundo! ¡Eva resplandeciente! Me es sumamente fácil
decirte cuanto me ordenas; justo es también que seas obedecida.
“En un principio era yo como las demás bestias que pacen la hierba hollada con sus pies;
mis pensamientos eran abyectos y tan bajos como mi pasto; únicamente podía discernir el
alimento y el sexo, y no comprendía nada que fuera elevado; hasta que un día, vagando a la
ventura por el campo, descubrí a lo lejos un hermoso árbol cargado de frutas matizadas de los
más bellos colores de púrpura y oro. Me acerqué a él para contemplarle y noté que sus ramas
despedían un olor excitante y agradable al apetito; este olor halagó mis sentidos mucho más que
el que despide el dulce hinojo, más que la ubre de la oveja o de la cabra, que deja escapar por la
noche la leche no mamada por el cordero o por el cabrito, ocupados en sus juegos.
“Resolví satisfacer en el mismo instante el vivo deseo que sentía de probar aquellas
hermosas manzanas; el hambre y la sed, persuasivas consejeras, aguijoneadas por el olor de tan
seductora fruta, me impulsaban vivamente a ello. Inmediatamente me levanto y enrosco mis

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anillos en el musgoso tronco de aquel árbol, porque para llegar a las ramas sería necesaria tu
gallarda estatura o la de Adán; en torno del árbol estaban los demás animales, contemplándome;
y excitados por el mismo deseo, me envidiaban, porque no podían alcanzar la fruta. Cuando
conseguí llegar a la mitad del árbol, de donde pendía tan próxima y tan tentadora la abundancia,
no me descuidé en coger y comer hasta la saciedad, porque jamás había experimentado un placer
semejante, ni en el pasto ni en la fuente.
“Satisfecha, al fin, no tardé en observar en mí un cambio extraño con respecto al grado
de razón que mis facultades interiores; en breve obtuve la facultad de hablar, aunque conservaba
mi forma acostumbrada. Desde aquel momento, mis pensamientos se fijaron en reflexiones
profundas o elevadas, y consideré con grandeza de ánimo todas las cosas visibles en el cielo, en
la tierra, o en el aire; todas las cosas buenas y bellas. Pero en tu divina imagen, en el rayo
celestial de tu belleza, encuentro reunido todo lo bello y lo bueno, pues no existe hermosura que
pueda igualar o secundar a la tuya; y ella me ha obligado, aunque quizá pecando de importuna, a
venir a contemplarte, a adorarte; ¡a ti, que por derecho eres reconocida como la soberana de las
criaturas, como señora universal.”
Así habló el artificioso espíritu oculto en el reptil; y Eva, todavía más sorprendida, le
replicó imprudentemente:
—Serpiente, tus desmedidas alabanzas me hacen dudar de la virtud de esa fruta que has
sido la primera en experimentar. Pero dime: ¿dónde crece ese árbol? ¿Está lejos de aquí? Dios ha
llenado este Edén de árboles, cuyas especies son tan variadas y tan numerosas, que muchos de
ellos nos son todavía desconocidos; en tanta abundancia se ofrecen a nuestra vista, que dejamos
intacto un gran tesoro de frutos, que permanecerán suspendidos e incorruptibles hasta que
nazcan hombres para cogerlos y más numerosas manos nos ayuden a aliviar a la Naturaleza de
su prodigiosa fecundidad.
La insidiosa culebra, gozosa y satisfecha, contestó:
—Emperatriz, el camino no es penoso ni largo. Está más allá de una alameda de mirtos,
en un prado, cerca de una fuente, y después de haber atravesado un bosquecillo que exhala el
perfume de la mirra y del bálsamo. Si me aceptas por guía, te conduciré pronto hasta él.
—Guíame, pues —dijo Eva.
La serpiente enrolla con presteza sus anillos; la rapidez de su sinuosa carrera la hacía
parecer erguida: tan dispuesta estaba para el crimen. La esperanza la eleva y el júbilo ilumina su
cresta. Semejante a un fuego fatuo formado de un vapor untuoso que, condensándose por la
noche y rodeado de frío, se inflama por efecto del movimiento, cuyo fuego suele ir acompañado,
según dicen, de algún espíritu maligno, y que, revoloteando y reluciendo con fulgor engañoso,
atrae al viajero nocturno, le alucina, le extravía a través de los pantanos y de los bosques y le
conduce hacia los lagos y los profundos abismos, en donde, alejado de todo socorro, se precipita

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y perece sepultado; así brillaba la pérfida serpiente mientras iba guiando a nuestra crédula madre
hacia el árbol prohibido, origen de todas nuestras desgracias. En cuanto Eva lo vio, dijo a su
guía:
—Serpiente, hubiéramos podido ahorrarnos esta marcha infructuosa para mí, por más
que sean abundantes los frutos de este árbol. El beneficio de su virtud será sólo para ti; virtud
maravillosa, en verdad, si tales efectos produce. Pero nosotros ni podemos tocar a ese árbol ni
probar su fruto; así lo ha dispuesto Dios, y esta prohibición que nos ha dejado es la única que ha
salido de su boca; en cuanto a lo demás, nosotros vivimos con arreglo a nuestra ley, y esta ley
consiste en nuestra razón.
El tentador, lleno de dolo, replicó:
—¿Será cierto? ¿Conque Dios ha dicho que no habéis de comer del fruto de todos los
árboles de este jardín, a pesar de haberos declarado señores de todo cuando hay en la tierra y en
el aire?
Eva contestó inocentemente:
—Podemos comer del fruto de cada árbol de este jardín; pero al mostrarnos el de ese
hermoso árbol, Dios nos dijo: “No comeréis de él; no le habéis de tocar, o, de lo contrario,
moriréis.”
Apenas pronunció Eva estas breves palabras, cuando el tentador, redoblando su audacia
y mostrándose lleno de celo y de amor hacia el hombre, y de indignación por el ultraje que se le
infería, empezó a representar un nuevo papel. Como si estuviera movido de compasión, se
balancea turbado, aunque con gracia, y se asienta erguido sobre sus anillos, como si se dispusiera
a tratar algún asunto importante. Antiguamente, cuando en Atenas y en la libre Roma florecía la
elocuencia, que enmudeció después, al presentarse un orador famoso, encargado de alguna gran
causa, permanecía en pie, como recogido en sí mismo, mientras que cada parte de su cuerpo, cada
uno de sus movimientos, cada uno de sus gestos, atraía la atención antes que su palabra: y a
veces daba principio a su discurso con entereza, no permitiéndole su celo por la justicia la
lentitud de un exordio; del mismo modo, el tentador, fijo, agitándose, irguiéndose altanero,
prorrumpió, al fin, con acento apasionado:
—¡Oh, planta sagrada sabia y dispensadora de sabiduría, madre de la Ciencia! Yo siento
ahora dentro de mí tu poder que me ilumina, y no sólo me da a conocer las causas primitivas de
las cosas, sino también me descubre las miras de los agentes supremos, tenidos por sabios.
¡Reina del universo!, no creas en esas rigurosas amenazas de muerte; no moriréis, no. ¿Cómo
podrías morir? ¿Por causa de ese fruto? Él os dará la vida de la Ciencia. ¿Por el autor de la
amenaza? Miradme a mí; a mí, que he tocado y gustado, y, sin embargo, vivo y hasta he
conseguido una vida más perfecta que la que me había destinado la suerte, atreviéndome a
elevarme sobre mi condición ¿Estará cerrado al hombre el camino abierto a todos los animales?

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO IX

¿Se inflamará la cólera de Dios por tan leve ofensa? ¿No alabará más bien vuestro indomable
valor, que ante la amenaza de la muerte, consista ésta en lo que quiera, no ha vacilado en llevar a
cabo lo que podía conducir a una vida más dichosa, al conocimiento del bien y del mal? ¡Del bien!
¿Qué cosa más justa? ¡Del mal, ah!, si es que existe, ¿por qué no conocerlo, pues así se le podría
evitar más fácilmente? Dios no puede herirnos y ser justo al mismo tiempo; si no es justo, no es
Dios; y entonces no debe temérsele ni obedecérsele. Vuestro mismo temor aleja el temor de la
muerte.
“Mas ¿para qué os había de imponer tal prohibición? ¿Para qué, sino para
amedrentaros? ¿Para qué, sino para teneros sumidos en la abyección y en la ignorancia, a
vosotros, sus adoradores? Él sabe que el día en que comáis del fruto, vuestros ojos, que ahora
parecen tan claros y que, no obstante, están turbados, quedarán perfectamente abiertos e
iluminados, y seréis como dioses, conociendo a la vez como éstos el bien y el mal. Que vosotros
seáis cual dioses, así como yo soy cual un hombre interiormente, es una proporción muy justa;
porque si yo, de bruto, me he convertido en hombre, vosotros, de hombres, debéis convertiros en
dioses.
“Así, pues, quizá muráis al despojaros de vuestra humanidad para revestiros de la
divinidad; pero será una muerte apetecible, por más que haya sido anunciada con amenazas,
puesto que eso es lo peor que puede suceder. ¿Y qué son los dioses para que el hombre no pueda
llegar a ser lo que ellos, haciendo uso de un manjar divino? Los dioses fueron los primeros que
existieron, y se prevalecen de esta ventaja para hacernos creer que todo procede de ellos; pero lo
dudo; porque al paso que veo esta hermosa tierra, que con el calor de los rayos del Sol produce
tantas cosas, ellos no producen nada. Si lo producen todo, ¿quién ha encerrado la Ciencia del
bien y del mal en ese árbol, de tal suerte que el que come de su fruto adquiere al momento la
sabiduría sin su permiso? ¿Cuál sería la ofensa del hombre por alcanzar ese conocimiento? ¿En
qué podría perjudicar a Dios vuestra ciencia, o qué es lo que este árbol podría comunicar contra
su voluntad, si todo procede de Él? ¿Obrará, acaso, movido por la envidia? ¿Puede habitar ésta
en los corazones celestiales? Estas razones, éstas y otras muchas, prueban la necesidad que
tenéis de ese hermoso fruto. Divinidad humana, coge y gusta libremente.”
Dijo; y sus palabras, henchidas de malicia, encontraron una entrada demasiado fácil en
el corazón de Eva. Con los ojos fijos contemplaba aquel fruto, cuyo solo aspecto era incitante; en
sus oídos resonaba aún el eco de aquellas palabras persuasivas, que le parecían llenas de razón y
de verdad. Además, era ya cerca de mediodía, y se despertaba en Eva un ardiente apetito, que
estimulaba aún más el olor tan sabroso de aquel fruto; inclinada como estaba ya a cogerle y
probarlo, fijaba en él con ansia sus ávidas miradas. Sin embargo, se detiene un momento y hace
interiormente estas reflexiones:
“Grandes son tus virtudes, sin duda, ¡oh, el mejor de los frutos! Por más que estés
vedado al hombre, eres digno de admiración, tú, cuyo jugo, harto tiempo despreciado, ha
concedido desde el primer ensayo la palabra al mundo y ha enseñado a una lengua incapaz de

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO IX

discurrir, a proclamar tu mérito. El que nos ha vedado tu uso no nos ha ocultado tampoco ese
mismo mérito al llamarte el árbol de la Ciencia; Ciencia a un tiempo del bien y del mal; es cierto
que nos ha prohibido probarte, pero su misma prohibición te hace más recomendable, porque de
ella se deduce el bien que comunicas y la necesidad que de él tenemos. El bien que no se conoce
no se posee o, si se posee, como continúe desconocido, es lo mismo que si no existiera.
“En resumen, ¿qué es lo que nos prohíbe conocer? ¿Nos prohíbe el bien, nos prohíbe ser
sabios?... Semejantes prohibiciones no deben ligarnos... Pero si la muerte nos rodea con las
últimas cadenas, ¿de qué nos servirá nuestra libertad interior? El día en que lleguemos a comer
de ese hermoso fruto moriremos; tal es nuestra sentencia... ¿Ha muerto, por ventura, la
serpiente? Ha comido y vive, y conoce, y habla, y raciocina, y discierne, cuando hasta aquí era
irracional. ¿No habrá sido inventada la muerte más que para nosotros solos? ¿O será que ese
alimento intelectual que se nos niega, esté reservado solamente a las bestias? Pero el único
animal que ha sido el primero en probarlo en lugar de mostrarse avaro de él, comunica con gozo
el bien que le ha cabido, cual consejero no sospechoso, amigo del hombre e incapaz de toda
decepción y de todo artificio. ¿Qué es, pues, lo que temo? ¿Acaso sé lo que debo hacer en la
ignorancia en que me encuentro del bien y del mal, de Dios o de la muerte, de la ley o del
castigo? Aquí crece el remedio de todo; ese fruto divino, de aspecto agradable, que halaga al
apetito, y cuya virtud comunica la sabiduría. ¿Quién me impide, pues, que lo coja y alimente a la
vez el cuerpo y el alma?”
Esto diciendo, su mano temeraria se extiende en hora infausta hacia el fruto: ¡lo arranca
y come! La Tierra se sintió herida; la Naturaleza, conmovida hasta en sus cimientos, gime a
través de todas sus obras y anuncia por medio de señales de desgracia que todo estaba perdido.
La culpable serpiente se oculta en una maleza, y bien pudo hacerlo; porque Eva,
embebecida completamente en la fruta, no miraba otra cosa. Le parecía que hasta entonces no
había probado nada tan delicioso; ya porque su sabor fuera realmente así, o porque se lo
imaginara en su halagüeña esperanza de una ciencia sublime; su divinidad no se apartaba de su
pensamiento. Ávidamente y sin reserva devoraba la fruta, ignorando que tragaba la muerte.
Satisfecha, al fin, exaltada cual si lo fuera por el vino, alegre y juguetona, plenamente satisfecha
de sí misma, habló de esta suerte:
—¡Oh, rey de todos los árboles del Paraíso, árbol virtuoso, precioso, cuya bendita
operación es la sabiduría! ¡Árbol ignorado hasta aquí, despreciado, y cuyo hermoso fruto
permanecía pendiente, como si no hubiera sido creado con ningún objeto! De hoy más, mis
cuidados matutinos serán para ti; vendré a verte cada aurora, no sin hacer resonar en mis cantos
tus justas alabanzas; aliviaré tus ramas del fértil peso que ofreces liberalmente a todos, hasta
que, nutrida por ti, llegue a la madurez de la Ciencia, como los dioses, que saben todas las cosas,
aunque envidien a los demás lo que no les es dado concederles; si ellos hubieran sido el origen de
los dones que tú dispensas, de seguro que no crecerías aquí.

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO IX

“¡Qué no te debo, oh, experiencia, guía inmejorable! De no haberte seguido, hubiera


continuado sumida en la ignorancia; tú abres el camino de la sabiduría, y tú le das libre acceso a
pesar del secreto en que se oculta.
“Y yo, ¿permaneceré también oculta? El cielo es alto, alto y está muy remoto para ver
desde allí distintamente cada cosa sobre la Tierra; otros cuidados más importantes pueden haber
distraído, quizá, la continua vigilancia de nuestro Ordenador, tranquilo en medio de todos los
espías que le rodean... Pero ¿cómo me presentaré ante Adán? ¿Le comunicaré mi cambio? ¿Le
haré o no partícipe de mi felicidad? ¿Guardaré para mí todas las ventajas de la Ciencia, sin
compartirlas, a fin de que la mujer adquiera lo que le falta para lograr mayor amor por parte de
Adán, para igualarme más a él y, lo que sería de desear, superior quizá? Porque, siendo inferior,
¿quién es libre? Todo esto bien puede ser... Pero ¿y si Dios me ha visto? ¿Y si a esto siguiera la
muerte? Entonces ya no existiría, y Adán, casado con otra Eva, viviría feliz con ella después de
mi muerte. ¡Sólo pensarlo es morir? ¡Oh! No hay que dudarlo; estoy resuelta; Adán compartirá
conmigo la felicidad o la desgracia. Le amo tan tiernamente, que con él puedo sufrir todas las
muertes; vivir sin él no es vivir.”
Diciendo así, se apartó del árbol; pero antes de alejarse de él hizo una reverencia
profunda, como si fuera dirigida al poder que lo habitaba, y cuya presencia infundiera en la
planta una savia de ciencia destilada del néctar, la bebida de los dioses.
Entretanto, Adán, que esperaba impaciente su regreso, había entretejido una guirnalda
de las flores más delicadas para adornar su cabellera y premiar sus trabajos campestres, como
suelen hacerlo muchas veces los segadores para coronar a la reina de la siega. Prometíase en su
imaginación un vivo gozo, un dulce consuelo en su regreso, por tanto tiempo diferido. Sin
embargo, a veces, desfallecía su corazón con desiguales latidos, presintiendo alguna cosa funesta;
por fin, va en busca de Eva, y se adelanta por el camino que aquélla había seguido por la mañana
en el momento en que se separaron.
Adán debía pasar cerca del árbol de la Ciencia, y encontró a Eva, que acababa de
separarse de él, llevando en la mano una rama recientemente cogida de aquella hermosa fruta,
cubierta de aterciopelado vello, que exhalaba el olor de la ambrosía. Al divisar a Adán, corrió
hacia él: la disculpa que se leía en su semblante fue el prólogo de su discurso y su demasiado
pronta apología; dirigióle cariñosas palabras, siempre dispuestas en su voluntad.
—¿No te ha causado admiración mi demora, Adán? ¡Cuánto te he echado de menos, y
cuan largo me ha parecido el tiempo, privada de tu presencia! Agonía de amor, no sentida hasta
el presente, y que no volveré a sentir, porque nunca más tendré la idea que hoy, temeraria e
inexperta, he tenido de probar la pena de la ausencia, lejos de tu vista. Mas la causa de mi
retraso es extraña y digna de ser oída.
“Ese árbol no es, como se nos ha dicho, un árbol cuyo fruto peligroso abre una senda de
males desconocidos al que lo gusta, sino que, por el contrario, su efecto es divino: abre los ojos y

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO IX

transforma en dioses a los que lo prueban, como se ha patentizado. La sagaz serpiente, no


estando sometida a la misma restricción que nosotros, o desobedeciéndola, ha comido de este
fruto y no ha encontrado la muerte con que se nos ha amenazado, sino que desde aquel
momento, dotada de voz humana, de sentidos humanos y de un admirable raciocinio, ha sabido
persuadirme de tal modo, que he gustado, y he visto también que sus efectos respondían a lo que
era de esperar: mis ojos, antes turbados, están ahora más abiertos; mi espíritu, más despejado;
más amplio mi corazón; me elevo a la divinidad, que he buscado principalmente por ti; porque
sin ti la desprecio, pues la felicidad en que tú tienes parte es para mí la verdadera felicidad; la
dicha de que no gozas conmigo me es enojosa e insufrible en breve. Prueba, pues, este fruto, a fin
de que estemos unidos por igual suerte, como por un mismo amor; porque temo que, si te
abstienes de gustarlo, nos separe nuestra condición desigual y me vea obligada a renunciar por ti
a la divinidad demasiado tarde y cuando la suerte ya no lo permita”.
De este modo refirió Eva su historia, con animación creciente, pero con un rubor y un
desorden que iban subiendo y enrojeciendo sus mejillas. Por su parte, Adán en cuanto tuvo
conocimiento de la fatal desobediencia de Eva, palideció sobrecogido y confuso, mientras un
horror glacial circulaba por sus venas y descoyuntaba todos sus huesos. Cayó de su desfallecida
mano la guirnalda que había entretejido para Eva, y se dispersaron sus rosas marchitas;
permaneció lívido y sin voz, hasta que, por último, rompió el silencio interior, dirigiéndose a sí
mismo la palabra:
“¡Oh, ser, el más bello de la Creación, la última y la mejor de todas las obras de Dios,
criatura en quien descollaba, para encantar la vista y el pensamiento, todo cuanto ha sido
formado santo, divino, bueno, amable y dulce! ¿Cómo te has perdido? ¿Cómo has quedado tan
pronto decaída, marchita, deshonrada, entregada a la muerte? ¿Cómo has cedido a la tentación
de quebrantar el estricto mandato, de violar el sagrado fruto prohibido? Algún maldito ardid,
fraguado por un enemigo desconocido para ti, te ha hecho caer y a mí me ha perdido también;
porque mi resolución es la de morir contigo. ¿Cómo podría yo vivir sin ti? ¿Cómo renunciar a tu
dulce compañía y a nuestro amor, tan tiernamente unido, para sobrevivir, abandonado en estos
bosques salvajes? Aunque Dios creara una nueva Eva y yo proporcionase otra costilla, mi
corazón lamentaría eternamente tu pérdida. ¡No, no! Los vínculos de la Naturaleza me atraen
hacia ti; tú eres carne de mi carne, hueso de mis huesos; mi suerte jamás se separará de la tuya,
ya sea feliz o miserable.”
Después de hablar así, como quien sale de un profundo estupor, y calmando sus
agitados pensamientos, se conforma con lo que parece irremediable; volvióse hacia Eva y le dijo
estas palabras con sosegado acento:
—¡Qué acción tan audaz has cometido, temeraria Eva! Has provocado un gran peligro,
no sólo atreviéndote a codiciar con la vista ese fruto sagrado, objeto de una santa abstinencia,
sino también, lo que es mayor atrevimiento, probándolo a pesar de la prohibición de tocarlo.
Pero ¿quién puede revocar lo pasado y deshacer lo hecho? Nadie, ni el Destino, ni el mismo Dios

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omnipotente. Sin embargo, quizá no mueras; quizá no sea tan punible tu acción, habiendo sido
gustado y profanado aquel fruto por la serpiente, que lo ha convertido en un fruto común;
privado de santidad, antes de que nosotros hayamos llegado a tocarlo. La serpiente no ha notado
ningún efecto mortal; la serpiente vive todavía; vive, según dices, y se ha visto exaltada a la vida
humana, grado mucho mayor que el que tenía. ¡Poderosa inducción para nosotros de que, al
gustar ese fruto, alcanzaremos igualmente una elevación proporcionada, que no puede ser otra
que la de llegar a ser dioses, ángeles o semidioses!
“No puedo creer que, aunque nos amenace Dios, el sabio Creador quiera efectivamente
destruirnos a nosotros, sus primeras criaturas, cuya dignidad ha encumbrado tanto,
colocándonos por encima de todas sus obras; las cuales, creadas para nosotros, deben caer
necesariamente envueltas en nuestra ruina, pues fueron puestas bajo nuestra dependencia. De
otra suerte Dios, de creador se convertiría en destructor, veríase frustrado su designio, haría y
desharía y perdería su trabajo; todo lo cual no podría concebirse en Dios, pues si bien su
omnipotencia puede hacer una nueva creación, le repugnaría, sin embargo, destruirnos, a fin de
que el Adversario no triunfara y dijera: «Deleznable es, por cierto, el estado de los más
favorecidos por Dios. ¿Quién será el que consiga su agrado durante mucho tiempo? Ha causado
mi ruina primeramente; después, la de la especie humana. ¿A quién le tocará ahora?» Motivo de
mofa que no debe darse a un enemigo. Sea lo que quiera, he ligado mi suerte a la tuya y estoy
resuelto a arrostrar la misma sentencia. Si la muerte me une a ti, la muerte es para mí como la
vida; tan indisoluble siento en mi corazón el lazo de la naturaleza, que me atrae poderosamente
hacia mi propio bien, hacia mi propio bien en ti; porque lo que tú eres me pertenece; nuestro
estado no puede separarse; los dos no formamos más que uno, una misma carne; perderte es
perderme yo mismo.”
Así habló Adán, y Eva le replicó de esta suerte:
—¡Oh, prueba gloriosa de un excesivo amor! ¡Ilustre testimonio, noble ejemplo, que me
obliga a imitarlo! Pero tan apartada de tu perfección, ¡oh Adán!, ¿cómo podría conseguirlo yo,
que me vanaglorio de haber salido de tu precioso costado y que te oigo hablar gozoso de nuestra
unión, de un solo corazón, de una sola alma entre ambos? Este días nos ofrece una buena prueba
de esa unión, puesto que declaras que antes que la muerte u otra cosa más terrible nos separe,
unidos como estamos por tan tierno amor, estás resuelto a cometer conmigo la falta, el crimen,
si es que en esto lo hay, de probar este hermoso fruto, cuya virtud (porque el bien, directa o
indirectamente, procede siempre del bien), cuya virtud ha proporcionado tan dichosa prueba a tu
amor, que sin esto quizá no se hubiera manifestado nunca tan eminentemente.
“Si pudiese creer que la muerte anunciada debiera seguir a mi temeraria tentativa,
soportaría yo sola el peor destino y no procuraría persuadirte: antes preferiría morir abandonada
que obligarte a una acción funesta para tu reposo, sobre todo después de haberme asegurado de
un modo tan notable de la verdad de tu amor, tan fiel, tan sin par. Mas espero diferentes efectos
de este suceso; no, no es la muerte lo que siento en mí, sino la vida aumentada, la vista más

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO IX

penetrante, nuevas esperanzas, nuevos goces, un sabor tan divino, que todas las dulzuras que
antes halagaban mis sentidos me parecen ahora, comparadas con él, ásperas o insípidas. En vista
de lo que experimento, puedes gustar libremente, Adán, y dar al viento el temor de la muerte.”
Diciendo esto, le abraza y llora de ternura. Su victoria era grande, pues había
conseguido que Adán ennobleciera su amor hasta el punto de arrostrar por ella el desagrado
divino o la muerte. En recompensa (pues bien la merecía una complacencia tan criminal), le
entrega con mano generosa el fruto incitante y bello que pendía de la rama. Adán no tuvo
ningún escrúpulo en comer, a pesar de lo que sabía; no fue engañado, sino locamente vencido por
el encanto de una mujer.
La Tierra tembló hasta en sus entrañas, como si se renovasen sus tormentos, y la
Naturaleza lanzó un segundo gemido. El cielo se oscureció, dejó oír un trueno sordo y derramó
algunas tristes lágrimas cuando se consumó el mortal pecado original.
Adán no reparó en ello, ocupado enteramente en saciarse de aquella fruta. Eva no tuvo
inconveniente en reiterar su primera transgresión, a fin de animar a su esposo con su dulce
compañía. Ambos nadaban entonces en el placer, como si estuvieran embriagados con un vino
nuevo; imagínanse sentir en sí mismos los efectos de la divinidad, que les presta alas para
elevarse lejos de la tierra que desdeñan. Pero aquel fruto pérfido ejerció diferente influjo,
encendiendo en ellos por vez primera el apetito carnal. Adán empezó a dirigir a Eva miradas
lascivas; Eva se las devolvió impregnadas de voluptuosidad; la concupiscente lujuria los envolvió
a ambos en su llama. Adán excitó a Eva de esta suerte a las amorosas caricias.
—Ahora conozco, Eva, la exquisita delicadeza de tu gusto, que no es la parte menos
excelente de la sabiduría; pues a cada uno de nuestros pensamientos le aplicamos la palabra
sabor, y llamamos juicioso a nuestro paladar; te felicito por ello, porque nada iguala a los
deliciosos manjares que me has dado a conocer hoy. ¡Cuántos y cuan grandes placeres hemos
perdido durante nuestra abstinencia de este fruto delicado! Hasta ahora no habíamos conocido el
verdadero gusto. Si tal es el placer que proporcionan las cosas prohibidas, sería de desear que en
vez de un árbol, se nos hubiesen prohibido diez. Pero ven, y ya que estamos tan bien
alimentados, solacémonos como conviene después de tan delicioso refrigerio; porque nunca,
desde el día en que te vi por primera vez y en que me desposé contigo, colmada de todas las
perfecciones, nunca excitó tu belleza en mis sentidos tanto deseo de gozarla; ahora estás más
encantadora que nunca. ¡Oh, bondad de ese árbol, lleno de virtud!
Mientras pronunciaba estas palabras, no escaseó sus miradas, ni sus caricias, que
revelaban su intención amorosa. Eva, cuyos ojos despedían llamas contagiosas, le comprendió.
Adán tomó su mano y condujo a su esposa, que no opuso ninguna resistencia, hacia un muelle
césped, cubierto y sombreado por una bóveda de espeso follaje. Su lecho era de flores;
pensamientos, violetas, jacintos y asfódelos; el más fresco y suave tapiz de la tierra. Allí se
hartaron ampliamente de amor y de amorosos deportes, timbre de su mutuo crimen, consuelo de

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su pecado, hasta que el rocío del sueño se posó sobre ellos, cansados ya de sus voluptuosos
placeres.
Tan luego como se hubo disipado la virtud de aquel fruto falaz, cuyo embriagador y
dulce perfume, apoderándose de sus espíritus, había hecho divagar sus facultades internas; y en
cuanto los abandonó el sopor más grosero, producido por malignos vapores, y atestados de
ensueños rememorativos, se levantaron como si despertaran de una profunda pesadilla, y se
miraron mutuamente. ¡Pronto conocieron cuan abiertos estaban sus ojos y cuan oscurecidas sus
almas! La inocencia, que les había ocultado como un velo el conocimiento del mal, había
desaparecido. La justa confianza, la rectitud natural y el honor no existían ya en torno suyo, y
los habían entregado desnudos a la vergüenza, culpable hija del crimen; ésa los cubrió con su
manto, pero en vez de conseguirlo, los descubría más aún. Así como el fuerte danita, el hercúleo
Sansón, se levantó del regazo prostituido de Dalila, la filistea, y despertó privado de su fuerza,
Adán y Eva se despertaron desnudos y despojados de sus virtudes. Silenciosos y confusos,
estuvieron contemplándose por largo tiempo, sentados frente a frente, hasta que Adán, no
menos avergonzado que su compañera, dio libre curso a estas entrecortadas palabras:
¡Oh, Eva! En hora desgraciada diste oídos a ese engañoso reptil; de quienquiera que
haya aprendido a fingir la voz humana, ha dicho la verdad al anunciarnos nuestra mudanza, pero
ha mentido al prometernos nuestra elevación; pues, en efecto, se han abierto nuestros ojos, y
conocemos a la vez el bien y el mal. ¡El bien perdido y el mal ganado! ¡Triste fruto el de la
Ciencia, si la Ciencia consiste en conocer lo que nos revela nuestra desnudez, demostrándonos
que estamos privados de honor, de inocencia, de fe, de pureza, nuestros usuales adornos, ahora
manchados y corrompidos, y lo que imprime en nuestros rostros las señales evidentes de una
infame voluptuosidad, origen de todos los males y de la vergüenza, el último de ellos! Ten por
segura la pérdida del bien ¿Cómo podré contemplar en adelante la faz de Dios o de su ángel, que
hasta aquí había visto tantas veces con júbilo y arrobamiento? Estas formas celestiales
deslumbrarán ahora mi sustancia terrestre con sus rayos, de un brillo insoportable. ¡Ah, ojalá
pudiera ocultar mi vida salvaje aquí, en la soledad, en el fondo de algún oscuro retiro, donde la
inmensa altura de los árboles, impenetrables a los rayos del Sol y de los astros, desplegaran su
vasta sombra, oscura como la noche! ¡Cubridme, pinos! ¡Cedros, cubridme con vuestras
innumerables ramas; ocultadme donde no pueda ver jamás a Dios ni a su ángel! Pero en el
estado deplorable en que nos hallamos debemos deliberar sobre el mejor medio de ocultarnos
ahora el uno al otro lo que parece más sujeto a la vergüenza y más indecente a la vista. Las hojas
anchas y flexibles de algún árbol, unidas entre sí y ceñidas alrededor de nuestros lomos, pueden
cubrir en redondo las partes medias, a fin de que la vergüenza, nuestra compañera, no se fije allí
y nos acuse de impureza.
Tal fue el consejo de Adán, y ambos se internaron en la espesura de los bosques, donde
fijaron su elección en la higuera; no en el árbol que es hoy conocido entre nosotros por la
excelencia de su fruto, sino en el que conocen los indios del Malabar y del reino de Decán, que

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO IX

extiende sus brazos, y cuyas ramas se desarrollan tan anchas y largas, que sus tallos encorvados
echan raíces, cual hijos que crecen en derredor del árbol madre; monumento de sombra de
elevada bóveda, de paseos llenos de ecos, donde acude con frecuencia el pastor indio, huyendo
del calor, para buscar el fresco, y vigilar mientras pace su ganado por entre las hendiduras
abiertas en lo más espeso del ramaje.
Adán y Eva cogieron aquellas hojas anchas como un escudo de amazona, y ayudados
por su maña particular las cosieron para ceñírselas a los lomos. ¡Vano tejido para cubrir su
crimen y su vergüenza! ¡Oh! ¡cuánto diferían de su primera y gloriosa desnudez! Como los
americanos que halló Colón en estos últimos tiempos, ceñidos de un cinturón de plumas, y
desnudo el resto del cuerpo, vagando errantes por los bosques, por las islas y las umbrías
márgenes de los ríos; del mismo modo iban cubiertos nuestros primeros padres, y velada en
parte su vergüenza, según creían; pero no pudiendo hallar su espíritu descanso ni sosiego, se
sentaron en el suelo rompiendo en llanto.
No sólo se desbordaron de sus ojos torrentes de lágrimas, sino también empezaron a
elevarse en su interior grandes tempestades. La cólera, el odio, la desconfianza, la sospecha, la
discordia, todas las pasiones más tumultuosas conmovieron con violento choque el estado
interior de su espíritu, región tranquila poco antes y llena de paz, hoy turbulenta y agitada,
porque el entendimiento no gobernaba ya, y la voluntad se mostraba rebelde a sus órdenes:
veíanse ambos sometidos al apetito sexual que, a pesar de ser tan abyecto, ocupaba la soberanía
de la razón, y se elevaba sobre ella como un tirano.
Con el corazón turbado, con feroz mirada y entrecortadas frases, Adán continuó de esta
suerte su interrumpido discurso:
—¿Por qué no escuchaste mis palabras ni permaneciste a mi lado, como te lo suplicaba,
cuando al despuntar este infortunado día te viste poseída de ese extraño deseo, cuya procedencia
desconozco, de vagar sola y errante? Continuaríamos aún siendo dichosos, y no nos veríamos,
como ahora, despojados de todo bien, avergonzados, desnudos, miserables. ¡Oh! Nadie busque en
adelante una inútil razón para justificar la fidelidad debida: cuando se busca con ardor sejante
prueba, debe deducirse que aquélla empieza a flaquear.
Eva, ofendida con tan amargo reproche, contestó inmediatamente:
—¿Qué severas palabras han pronunciado tus labios, Adán? ¡Achacas nuestra desgracia
a mi debilidad, a lo que llamas mis deseos de vagar! ¿Quién sabe lo que hubiera podido suceder
en tu presencia, y aun a ti mismo quizá? Aunque el ataque se hubiera efectuado ante ti, aquí o
allá, no habrías podido descubrir el artificio de la serpiente, hablando como hablaba. No siendo
conocida ninguna causa de enemistad entre ella y nosotros, ¿cómo pensar que me aborreciese y
que procurase mi daño? ¿Acaso no había de separarme nunca de tu lado? Tanto hubiera valido
crecer en él siempre, como una costilla inanimada. Siendo yo lo que soy, y tú el jefe, ¿por qué no
me impusiste la orden terminante de no alejarme, puesto que iba, según dices a arrostrar

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semejante peligro? Lejos de oponerme una prudente resistencia, te mostraste muy


condescendiente conmigo, me diste tu permiso, aprobaste mi determinación y me despediste
contento. Si hubieses tenido más firmeza y persistieras en tu negativa, ni yo hubiera faltado a mi
deber, ni tú faltaras conmigo.
Adán, irritado por primera vez, le replicó:
—¿Es ése tu amor? ¿Es ésa la recompensa del mío, Eva ingrata; de mi amor, que te he
declarado inmutable cuando ya estabas perdida y cuando aún no lo estaba yo, que hubiera podido
vivir y gozar de una felicidad eterna, y he preferido, sin embargo, la muerte con tal de morir
contigo? ¡Y me echas en cara haber sido la causa de tu desobediencia! Te parece que no te detuve
con bastante severidad... ¿Qué más podía hacer? Te amonesté, te exhorté, te predije el peligro, te
avisé que un enemigo emboscado te estaba acechando. Después de todo esto, sólo me faltaba
emplear la fuerza, y la fuerza no cabe donde hay una voluntad libre. Pero la confianza en ti
misma te ha arrastrado, por estar cierta de que no tropezarías con el peligro, o que encontrarías
en él materia para una gloriosa prueba. Puede ser también que yo me haya equivocado al prestar
una admiración tan excesiva a lo que creía en ti tan perfecto, figurándome que el mal no
intentaría nada contra ti, pero ahora maldigo este error, que es mi crimen, y por el cual me
acusas. Otro tanto le sucederá al que fiando demasiado en el mérito de la mujer, deje que sea la
voluntad de ésta la que gobierne: al verse contrariada, la mujer no sufrirá ninguna violencia;
pero si se la abandona a sí misma, y acaece algún daño, entonces lo achacará a la débil
indulgencia del hombre.
Adán y Eva consumían de este modo infructuosamente las horas en sus mutuas
querellas; pero no reconociéndose culpables ni uno ni otro, parecían dispuestos a no poner
término a su vana disputa.

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L I B RO D É C I M O

Conocida la desobediencia del hombre, los ángeles custodios abandonan el Paraíso


y vuelven a los cielos a fin de justificar su vigilancia. Dios aprueba su conducta,
declarando que no pudieron prever la entrada de Satanás. Envía a su Hijo a juzgar
a los culpables, el cual desciende y pronuncia la sentencia a que se han hecho
acreedores; pero apiadado de ellos, viste su desnudez y vuelve al lado de su Padre.
La Culpa y la Muerte, sentadas hasta entonces a la puerta del infierno, presintiendo
por una prodigiosa simpatía el éxito que había tenido Satanás en este nuevo mundo
y la falta cometida por el hombre, se resuelven a no permanecer por más tiempo
confinadas en el infierno, y a seguir a Satanás, su padre, a la morada del hombre. A
fin de abrir una vía más cómoda para ir y venir del infierno a este mundo,
construyen de una a otra parte un inmenso y ancho camino, o más bien un puente
sobre el Caos, siguiendo las primeras huellas de Satanás. Ya cerca de la Tierra, le
encuentran orgulloso de su triunfo, y de regreso a los infiernos, y se felicitan
mutuamente. Llega Satanás al Pandemónium, y allí, en plena asamblea, refiere con
orgullo su triunfo sobre el hombre; en vez de aplausos, sólo recoge un silbido
universal de todos sus oyentes, transformados lo propio que él en serpientes, según
su sentencia pronunciada en el Paraíso. Seducidos entonces, por una falsa imagen
del árbol prohibido que se eleva ante ellos, los demonios procuran ávidamente
coger su fruto, y sólo consiguen comer polvo y amarga ceniza. Conducta de la
Culpa y de la Muerte. Dios predice la victoria final de su Hijo sobre ellas, y la
renovación de todas las cosas; pero ordena desde aquel instante a los ángeles que
hagan algunas variaciones en el Cielo y en los elementos. Adán, echando de ver
cada vez más su condición degradada, se lamenta tristemente, y rechaza los
consuelos de Eva; ésta insiste y logra calmarle. Entonces, esperando impedir que la
maldición caiga sobre su posteridad, propone a Adán medios violentos, que éste no
aprueba, pues concibiendo mejores esperanzas, le recuerda la última promesa que
se les hizo de que la especie humana se vengaría de la serpiente, y la exhorta a
procurar con él, por medio del arrepentimiento y la oración, la reconciliación con
la Divinidad ofendida.

E ntretanto, la acción odiosa y pérfida que Satanás había cometido en el Edén era ya
conocida en el cielo: sabíase cómo había seducido a Eva, oculto en la serpiente,
obligándola a gustar el fruto fatal. ¿Qué es lo que puede ocultarse a la mirada de Dios,
que lo ve todo, o engañarle siendo omnisciente? Sabio y justo en todas las cosas, el Eterno no
impidió que Satanás tentara el ánimo del hombre, dotado de toda su fuerza y de una voluntad

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO X

libre, perfectas ambas para descubrir y rechazar los ataques de un enemigo o de un amigo falso.
Adán y Eva conocían y debían recordar siempre la importante prohibición de no tocar el fruto,
cualquiera que fuese el que los tentara. No obedeciendo, arrostraban la pena: ¿qué otra cosa
podían esperar? Cómplices ambos en el pecado, merecían su caída.
Los guardas angélicos del Paraíso se apresuraron a subir al cielo, tristes y abatidos,
pensando en el hombre, porque tenían ya por él mismo conocimiento de su suerte, y asombrados
de que el sutil enemigo hubiera burlado su vigilancia entrando en el Edén sin ser visto.
Apenas llegaron tan fatales nuevas de la Tierra al cielo, todos los que las oyeron
quedaron consternados. Una sombría tristeza se retrató en aquel instante en todos los
semblantes divinos: tristeza que, mezclada de compasión, no llegó a velar su beatitud. El pueblo
etéreo acudió presuroso en torno de los recién llegados, para oír y saber cómo había sido aquel
acontecimiento; pero éstos se acercaban con presteza al trono supremo, como responsables que
eran, para exponer en una justa defensa su extrema vigilancia fácilmente aprobada; cuando el
Altísimo, el Eterno Padre, desde el fondo de su misteriosa nube, hizo oír de esta suerte el trueno
de su voz:
—Ángeles aquí reunidos; potestades que volvéis de una comisión infructuosa: no os
mostréis desanimados ni conturbados por esas noticias de la Tierra, que no podía prevenir
nuestro más exquisito cuidado. Había predicho ya lo que sucedería cuando el tentador, saliendo
por primera vez del infierno, atravesó el abismo. Os anuncié que prevalecería, poniendo por obra
sin dilación su mal consejo; que el hombre sería seducido, perdido por la lisonja, y que daría
crédito a la mentira contra su Creador. Mis decretos no han concurrido en la necesidad de su
caída, ni tocado con el más leve movimiento de impulsión su voluntad libre, abandonada a su
propia inclinación en un justo equilibrio. Pero el hombre ha caído, y ahora, ¿qué resta, sino
pronunciar la sentencia mortal contra su desobediencia, la muerte anunciada para este día? El
hombre la presume ya vana y nula, porque aún no se le ha infligido, según temía, por algún
golpe repentino; pero bien pronto, antes que termine el día, conocerá que una prórroga no es
una absolución: no se verá desdeñada la justicia como lo ha sido la bondad.
“Tero ¿a quién enviaré para juzgar a los culpables? ¿A quién, sino a Ti, vicerregente, mi
Hijo? A Ti, a quien he transferido todo juicio en el Cielo, en la Tierra y en el Infierno. Se verá
fácilmente que me propongo unir la misericordia a la justicia enviándote a Ti, el amigo del
hombre, su mediador, designado para servirle a la vez de rescate y de redentor voluntario,
destinado a ser hombre para que pueda juzgar al hombre caído.”
Así habló el Padre, que entreabrió brillante la diestra de su gloria, e irradió sobre su
Hijo su divinidad descubierta. El Hijo, rodeado de esplendor, y manifestándose como un reflejo
vivo de su Padre, le respondió con una dulzura celestial:
—¡Eterno Padre! A Ti te corresponde mandar; a mí cumplir en el cielo y en la Tierra tu
voluntad suprema, a fin de que siempre puedas cifrar tu complacencia en mí, tu hijo amado. Voy

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO X

a juzgar en la Tierra a esos rebeldes a tu ley; pero ya lo sabes, cualquiera que sea el fallo, sobre
mí debe recaer el mayor castigo cuando llegue el tiempo. A eso me he comprometido en tu
presencia: no me arrepiento de ello; y eso es lo que me da derecho a dulcificar su sentencia, que
cae de rechazo sobre mí; mitigaré el rigor de la justicia por la misericordia, de modo que
entrambas sean más glorificadas, quedando plenamente satisfechas y aplacada tu cólera. Para
esta misión no tengo necesidad de ir acompañado; no quiero séquito alguno, pues nadie debe
asistir al juicio, excepto los dos que serán juzgados; el tercer culpable está ausente, y condenado
por lo mismo; su fuga le declara convicto y rebelde a todas las leyes: la convicción de la
Serpiente no importa a nadie.
Dijo, y se levantó de su solio, radiante de una alta gloria colateral; los tronos, las
potestades, los principados, las dominaciones, ministros suyos, le acompañaron hasta la puerta
del cielo, desde donde se ve el Edén y toda su comarca en perspectiva: parte, e inmediatamente
se encuentra en él: el tiempo no alcanza a medir la rapidez de los dioses, por más que tenga
veloces minutos por alas.
El Sol, inclinado al Occidente, se alejaba ya del Mediodía; las apacibles brisas se
despertaban a la hora señalada para dirigir su soplo a la Tierra, e introducían en ella la tranquila
frescura de la tarde. En tal momento llegó el Intercesor y dulce Juez, con una cólera más
tranquila, para pronunciar la sentencia del hombre. La voz de Dios, que discurría por el jardín,
fue llevada por las suaves brisas a oídos de Adán y Eva, a la caída de la tarde: la oyeron, y se
ocultaron entre los árboles más frondosos. Pero Dios, avanzando, llamó a Adán en voz alta:
—Adán, ¿dónde estás tú, que siempre salías gozoso a mi encuentro, apenas me divisabas
desde lejos? No me place tu ausencia. ¿Por qué te entretienes en la soledad, cuando antes te
presentabas solícito a mi vista sin necesidad de ser buscado? ¿Vengo ahora por ventura con
menos esplendor? ¿Qué mudanza causa tu ausencia? ¿Qué es lo que te detiene?
Presentóse Adán, y Eva con él, pero titubeando al hacerlo, por más que hubiera sido la
primera en ofenderle. Los dos se aproximaron abatidos, inmutados; en sus miradas no brillaba ya
ni el amor hacia Dios, ni su mutuo amor; sólo se veía en ellas el crimen, la vergüenza, la
turbación, la desesperación, la cólera, la obstinación, el odio y la falacia. Adán, largo tiempo
balbuciente, respondió con estas lacónicas palabras:
—Te he oído en el jardín, y he tenido miedo a tu voz, porque estaba desnudo: ésa es la
razón que he tenido para ocultarme.
Su misericordioso Juez le replicó sin reconvenirle:
—Muchas veces has oído mi voz, y no te ha causado miedo, sino que, por el contrario,
te ha regocijado siempre. ¿Cómo es que hoy se ha convertido en tan terrible para ti? ¿Quién te
ha dicho que estás desnudo? ¿Has comido el fruto del árbol que yo te había prohibido tocar?
Adán, abrumado de tormentos, contestó:

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO X

—¡Oh, cielo! ¡En cuan estrecha senda me encuentro hoy ante mi Juez, ya sea que tome
sobre mí solo todo el crimen, o bien acuse de él a mi otro yo, a la compañera de mi vida! Yo
debería ocultar su falta, en tanto que me queda su fidelidad, y no exponerla a la censura por mi
queja; pero una rigurosa necesidad, un lamentable deber, me obligan a hablar, no sea que
refluyan a la vez sobre mi cabeza el pecado y su castigo, ambos insoportables. Aun cuando
guardara silencio, descubrirías fácilmente lo que te ocultara.
“Esta mujer que creaste para que me ayudara, y que me habías ofrecido como el más
perfecto de tus dones; esta mujer tan buena, tan llena de gracia, tan encantadora, tan divina, a
quien no podía suponer capaz de mal alguno, y que por la nobleza de sus acciones parecía
justificar todo cuanto hacía, esta mujer me ha presentado el fruto del árbol, y yo lo he comido.”
La soberana Presencia replicó de este modo:
—¿Era ella por ventura tu Dios para prestarle más obediencia que a la voz de tu
Creador? ¿Había sido hecha acaso para ser tu guía, tu superior ni aun tu igual, para que ante ella
depusieses tu virilidad y la categoría superior a la tuya de que Dios te había dotado; ante ella,
que fue formada de ti y para ti, cuando tus perfecciones excedían en tal alto grado a las suyas en
verdadera dignidad? Es cierto que estaba rodeada de gracias y encantos para atraerse tu amor:
pero no tu dependencia. Sus cualidades eran tales, que si bien parecían buenas para ser
gobernadas, no lo eran para dominar: la autoridad te pertenecía como un atributo de tu persona,
si hubieras sabido comprenderlo bien.
Habiendo Dios hablado así, dirigió a Eva estas pocas palabras:
—Di, mujer, ¿por qué has hecho eso?
La triste Eva, casi anonadada por la vergüenza, y pronta a confesar su falta, sin ser
locuaz ni atrevida en presencia de su Juez, respondió confusa:
—La serpiente me engañó, y comí.
Lo cual oído por el Señor Dios, procedió sin más tardanza a pronunciar la sentencia de
la serpiente acusada, a pesar de la irracionalidad de ésta, y ser por tanto incapaz de hacer recaer
el crimen que se la imputaba sobre el mal que la convirtió en instrumento del mal y la degradó,
obligándola a ejercer un empleo tan opuesto al fin de su creación: fue, pues, justamente
maldecida como viciada en su naturaleza. Al hombre no le importaba saber más, pues aunque
algo más supiera, esto no habría disminuido su falta. Sin embargo, Dios aplicó la sentencia a
Satanás, el primero en el pecado, pero con frases misteriosas que juzgó entonces las más a
propósito, y dejó caer así su maldición sobre la serpiente:
—Por cuanto has hecho esto, maldita eres entre todos los animales y bestias del campo:
sobre tu vientre andarás arrastrándote, y polvo comerás todos los días de tu vida. Enemistad

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO X

pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: ella quebrantará tu cabeza, y tú pondrás
asechanzas a su calcañar.
Así fue pronunciado el oráculo, que se verificó cuando Jesús, Hijo de María, segunda
Eva, vio caer como un rayo desde el cielo a Satanás, príncipe del aire. Entonces, Aquél, saliendo
de la tumba, cargado con los despojos de los principados y potencias infernales, manifestó
ostensiblemente su triunfo; y en una ascensión gloriosa, llevó cautiva a la cautividad a través de
los aires, a través del mismo imperio, largo tiempo usurpado por Satanás. El que predijo en
aquel día tan fatal quebranto, será el que huelle finalmente a Satanás bajo nuestros pies.
Después, dirigiéndose a la mujer, pronunció así su sentencia:
—Multiplicaré tus dolores durante tu preñez; con dolor parirás los hijos, y estarás bajo
la potestad de tu marido, y él tendrá dominio sobre ti.
La sentencia de Adán fue la última que pronunció:
—Por cuanto oíste la voz de tu mujer, y comiste del árbol, del cual te ordené diciéndote:
“No comerás de él”, maldita será la tierra a causa de lo que has hecho: con afanes comerás de ella
todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá, y comerás la hierba del campo. Con el
sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, de la que fuiste tomado; porque
polvo eres, y en polvo te convertirás.
Así juzgó al hombre aquel que fue enviado a la vez como Juez y como Salvador,
desviando de su cabeza el golpe repentino de la muerte anunciado para aquel día.
Compadeciéndose luego de los que estaban desnudos ante él, expuestos a la influencia del aire,
que iba a sufrir grandes alteraciones, no se desdeñó de empezar a tomar la forma de un servidor,
como cuando más adelante lavó los pies a sus servidores, sino que, cual un buen padre de familia,
cubrió su desnudez con pieles de bestias muertas, o que habían mudado su piel, como la
serpiente. No tuvo que pensar mucho para vestir a sus enemigos; y no sólo cubrió su desnudez
exterior con pieles de animales sino también su desnudez interior, mucho más ignominiosa,
envolviéndola con su manto de justicia y desviándola de las miradas de su Padre. Después se
elevó rápidamente hacia Él, en cuyo venturoso seno fue acogido, entrando en la gloria como
otras veces; y refirió a su Padre, apaciguado, por más que nada le esté oculto, lo que había
pasado con el hombre, acompañando su relato de una piadosa intercesión.
Entretanto, antes de haberse cometido y juzgado pecado alguno sobre la Tierra, la
Culpa y la Muerte estaban sentadas una frente a otra en el umbral de la puerta del infierno, que
había quedado abierta vomitando a lo lejos en el Caos una llama imperiosa, desde que el
Enemigo pasó por ella cuando la abrió la Culpa. Ésta rompió el silencio hablando así a la
Muerte:
—Hija mía, ¿por qué permanecemos aquí ociosas mirándonos mutuamente, mientras
Satanás, nuestro gran autor, prospera en otros mundos, y procura proporcionarnos, a nosotras,

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO X

su progenie querida, una mansión más dichosa? No hay duda que habrá obtenido un feliz éxito,
pues de lo contrario ya hubiera regresado antes de ahora, acosado por la furia de sus
perseguidores, porque ningún otro lugar puede ser tan adecuado como éste para su castigo o
para la venganza de ellos.
“En este momento creo que se eleva en mí un poder nuevo, que me nacen alas, y que se
me concede un vasto dominio más allá del abismo. No sé si es simpatía, o más bien una poderosa
fuerza connatural, lo que me incita a unir, a través de una inmensa distancia, y en una secreta
amistad, las cosas de la misma especie por las vías más secretas. Tú, mi sombra inseparable,
debes acompañarme, porque ningún poder puede separar a la Muerte del Pecado. Pero como
temo que nuestro padre se halle detenido ante la dificultad de pasar de nuevo ese abismo
intransitable, inaccesible, aunque sea un trabajo aventurado, si bien no desproporcionado a
nuestras fuerzas, procuremos construir sobre ese océano un camino desde el infierno hasta el
nuevo mundo donde ahora triunfa Satanás: monumento sumamente ventajoso para todas las
legiones infernales, que les hará fácil el pasaje para su comunicación o su transmigración, según
como la suerte las conduzca. No puedo equivocarme al trazar este camino: tal es la fuerza con
que soy llamada por esta nueva atracción y este nuevo instinto.”
La demacrada sombra le respondió al punto:
—Ve donde el Destino y la fuerza de tu inclinación te lleven. No me quedaré atrás, ni
equivocaré la ruta sirviéndome tú de guía; pues ya respiro un olor de mortandad y de
innumerables presas; ya saboreo el gusto de la muerte de todas las cosas que allí viven. No
faltaré a la obra que acometes, antes bien te prestaré mi ayuda.
Diciendo estas palabras, el monstruo aspiraba con delicia el perfume del cambio mortal
operado sobre la Tierra. Así como cuando una bandada de aves de rapiña, aunque se encuentre a
la distancia de muchas leguas, acude volando la víspera de una batalla al sitio donde están
acampados los ejércitos, traída por el olor de los cadáveres vivientes ofrecidos a la muerte, en el
sangriento combate del siguiente día, del mismo modo olfateaba desde lejos la matanza y su
presa aquella odiosa figura, abriendo sus anchas narices al aire infecto.
En seguida se lanzaron ambos fantasmas volando en sentido contrario fuera de las
puertas del infierno, por la vasta y vacía anarquía del Caos sombrío y húmedo: desplegando
entonces toda su fuerza (fuerza grande), y lanzándose sobre las aguas, empujan cuanto
encuentran sólido o viscoso, agitado en revuelta confusión como por un mar embravecido, y
amontonado todo junto, lo arrojan cada cual por su lado hacia la puerta del infierno. De igual
modo, soplando opuestos dos vientos polares sobre la mar de Cronia, impelen a una de las
montañas de hielo que obstruyen el presunto paso oriental más allá de Petsora, hacia las ricas
costas del Catay.

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO X

La Muerte, con su maza petrificadora, fría y seca, hiere como un tridente la materia
aglomerada, y la fija con tanta firmeza como hoy lo está Délos, flotante en otro tiempo: lo demás
quedó encadenado e inmóvil por efecto de la inflexibilidad de su mirada de Gorgona.
Los dos fantasmas cimentaron con un betún asfáltico un dique tan ancho como las
puertas del infierno, y tan profundo como sus cimientos. La mole inmensa, encorvada hacia
delante, formó un elevado arco sobre el espumoso abismo; puente de la longitud prodigiosa, que
llegaba hasta la inmóvil muralla de este mundo, sin defensa ya y confiscado en provecho de la
Muerte, descendiendo desde allí un camino ancho, suave, cómodo y llano hasta el infierno. Si las
cosas pequeñas pueden ser comparadas con las grandes, algo parecido hizo Jerjes; el cual,
abandonando su gran palacio memnoriano, acudió al mar desde Susa, para encadenar la libertad
de Grecia, y por medio de un puente se hizo un paso a través del Helesponto, unió Europa a
Asia, y azotó con varas las ondas indignadas.
La Muerte y la Culpa, con maravilloso arte, lograron construir su obra, que consistía en
una cadena de rocas suspendidas sobre el tumultuoso abismo, en la misma dirección que había
llevado Satanás, hasta el sitio en que éste plegó sus alas y descendió al salir del Caos, sobre la
árida superficie de este mundo esférico. Allí la sujetaron, reforzándola con clavos y cadenas de
diamante; ¡cuan sólida y cuan duradera la hicieron! Desde allí contemplaron, separados por un
espacio de poca extensión, los confines de este mundo y los del cielo empíreo; a la izquierda
estaba el infierno, pero con un vastísimo abismo interpuesto; tres diferentes caminos conducían a
aquellas tres regiones. Los monstruos se dirigen por el de la Tierra, y encaminan sus primeros
pasos hacia el Edén; cuando he aquí que se les presenta Satanás bajo la figura de un ángel
radiante de luz, elevándose hacia el cenit entre el Centauro y el Escorpión, mientras el Sol iba
saliendo por Aries. Avanzaba disfrazado; pero a pesar de su disfraz, en breve le reconocieron sus
queridos hijos.
Satanás, después de haber seducido a Eva, se había internado cautelosamente en el
bosque contiguo, y cambiando de forma para observar las consecuencias del suceso, vio que Eva
repetía su acción criminal con su marido, aunque sin mala intención, y vio que ambos buscaban
un velo inútil para ocultar su vergüenza; pero cuando observó que el Hijo de Dios descendía
para juzgarlos, huyó atemorizado, no porque esperara sustraerse al castigo, sino con intención
de retardarlo, y temeroso en su culpabilidad de lo que pudiera infligirle de súbito la cólera del
Hijo. Pasado el peligro, volvió por la noche, y acercándose al lugar donde estaban sentados los
dos infortunados esposos, escuchó sus tristes palabras y sus diferentes quejas, por las cuales tuvo
noticia de su propia sentencia: comprendió que la ejecución de ésta no era inmediata, sino
aplazada para tiempos venideros, y lleno de gozo con aquellas noticias, regresó entonces al
infierno. Encontró inesperadamente en los bordes del Caos, junto al pie de aquel nuevo y
maravilloso puente, a sus queridos vástagos, que iban en su busca. Al reunirse con ellos sintió
una gran alegría, que vino a aumentar la vista del prodigioso puente; permaneció largo rato
contemplándolo con admiración, hasta que la Culpa, su encantadora hija, rompió así el silencio:

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO X

—¡Oh, padre mío!, he aquí tus magníficas obras: tuyos son los trofeos que estás
contemplando como si no lo fueran; tú eres su autor y su primer arquitecto, porque apenas hube
adivinado en mi corazón (este corazón que por una secreta armonía late al igual del tuyo,
uniendo a los dos tan dulces vínculos), apenas hube adivinado el feliz éxito de tu empresa, como
me lo manifiestan ahora tus miradas, cuando a pesar de los mundos que nos separaban, me sentía
atraída hacia ti, y conmigo está tu hija; tan fatal es el Destino que nos une. No era posible que el
infierno nos detuviera por más tiempo en sus límites, ni ese abismo intransitable y tenebroso
podía impedirnos ya que siguiéramos tus ilustres huellas. Tú has dado cima a nuestra libertad;
relegadas hasta ahora detrás de las puertas del infierno, nos has comunicado la fuerza necesaria
para llevar a cabo esta inmensa fábrica, para echar este enorme puente sobre el sombrío abismo.
“De hoy más te pertenece todo este mundo; lo que no ha edificado tu mano, lo ha
conseguido tu virtud; tu saber ha recobrado con ventaja lo que había perdido en la guerra, y ha
vengado plenamente nuestra derrota en el cielo. Aquí reinarás como monarca; allí no reinabas:
que domine, pues, allí tu vencedor, como lo ha decidido el combate, pero que se retire lejos de
ese mundo nuevo que acaba de enajenarse por su propia sentencia. Que comparta en adelante
contigo la monarquía de todas las cosas, divididas por las fronteras del Empíreo; quédese Él con
la ciudad de forma cuadrada, y tú con el mundo orbicular, o que intente provocarte de nuevo,
ahora que eres más peligroso para su trono.”
El príncipe de las tinieblas le respondió con alegría:
—Hija encantadora, y tú, mi hija y nieta a la vez, habéis dado hoy una gran prueba de
que pertenecéis a la raza de Satanás (nombre del que me vanaglorio, por designarme con él como
antagonista del Rey omnipotente del cielo); habéis merecido bien de mí y de todo el imperio
infernal, cuando tan cerca de la puerta del cielo habéis respondido a mi triunfo con un acto
triunfal, a mi gloriosa obra con esa obra gloriosa, y habéis hecho del infierno y de ese mundo un
solo reino, el nuestro, un solo continente, de fácil comunicación.
“Así, pues, mientras yo desciendo cómodamente por vuestro camino a través de las
tinieblas, en busca de los compañeros de mi poder, para noticiarles y celebrar con ellos estos
acontecimientos, seguid vosotras ese otro en dirección al Paraíso, por entre esos orbes
numerosos que ya son vuestros, y habitad allí reinando en medio de la felicidad. Desde allí
ejerced vuestro dominio sobre la tierra y sobre el aire, y principalmente sobre el hombre,
declarado señor de todo; convertidle primero en vuestro esclavo, y matadle después. Os envío en
mi reemplazo, y os nombro en la Tierra plenipotenciarios de un poder sin igual emanado de mí.
Ahora, de la unión de nuestras fuerzas depende mi soberanía en ese nuevo reino entregado a la
Muerte por el pecado, merced a mis esfuerzos. Mientras prevalezca vuestro poder reunido, los
intereses del infierno no deben temer ningún detrimento. Id, pues, y sed fuertes.”
Dicho esto, las despidió. Emprenden su marcha velozmente a través de las
constelaciones más espesas, diseminando por ellas su ponzoña; las estrellas, infectadas,

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO X

palidecieron, y los planetas, heridos por una maligna influencia emanada de ellos mismos,
sufrieron un verdadero eclipse. Siguiendo Satanás el camino opuesto, descendió por la calzada
hasta la puerta del infierno. El Caos lanzó un gemido por los dos lados en que le había dividido
aquel puente, y azotó con sus imponentes olas los costados de aquel dique que se burlaban de su
indignación.
Satanás atravesó la puerta del Infierno, que estaba abierta y descuidada, y vio que la
soledad reinaba en torno; porque los que tenían el encargo de permanecer allí habían
abandonado su puesto y volado hacia el mundo superior. Los demás se habían retirado al
interior, en torno de los muros del Pandemónium, corte y asiento soberbio de Lucifer, que fue
llamado así por alusión a esta estrella brillante comparada con Satanás. Allí vigilaban las
legiones; mientras los grandes, reunidos en consejo, mostraban inquietud por los azares que
podían ocasionar la tardanza de su emperador, enviado por ellos: tal era la orden que éste les
había dado al partir, y que cumplían fielmente.
Como el tártaro que, huyendo del ruso, su enemigo, se retira hacia Astracán
atravesando nevadas comarcas; o como el sofí de la Bactriana, que, al huir de la turca media luna,
deja devastado a su paso todo cuanto se extiende más allá del reino de Aladula, en su retirada
hacia Tauris, o Casbin, así la hueste últimamente desterrada del cielo dejó desiertas muchas
leguas de tinieblas y se retiró a lo más apartado del infierno, concentrándose como guardia
vigilante en derredor de su metrópoli, y esperando de hora en hora al gran aventurero de
regreso de su exploración por mundos desconocidos.
Este atravesó, por en medio de la multitud sin ser notado, bajo la figura de un ángel del
último orden de la milicia plebeya; desde la puerta de la sala Plutoniana subió invisible sobre su
alto trono, el cual estaba colocado en la parte más elevada bajo un dosel del más rico tisú y
ostentando una magnificencia regia. Permaneció sentado algún tiempo, y vio sin ser visto cuanto
había en torno suyo; por último, como si se abriera paso a través de una nube, dejóse ver su
cabeza radiante y su forma de estrella resplandeciente; o con más brillantez aún, apareció
revestido de la gloria tolerada, del falso esplendor que conservó después de su caída. La
muchedumbre estigiana, sumamente sorprendida con tan repentino brillo, dirigió hacia él sus
miradas, y conoció al que deseaba; a su poderoso jefe, que había vuelto. Inmensa fue la
aclamación en que todos prorrumpieron, los Pares, abandonando sus deliberaciones, se
levantaron precipitadamente de su sombrío diván, y se dirigieron a felicitar a Satanás, poseídos
de igual júbilo. Éste impuso silencio con un ademán, y llamó la atención general con estas
palabras:
—Tronos, dominaciones, principados, virtudes, potestades, porque así quiero llamaros,
y como tales os declaro ahora, no sólo por derecho, sino también por posesión. Después de un
éxito que ha excedido a mis esperanzas, vuelvo para sacaros triunfantes de este abismo infernal,
abominable, maldito, mansión de miseria y cárcel de nuestro tirano. Ahora poseéis como señores

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un mundo espacioso, poco inferior a nuestro cielo natal, y que mediante mi ardua empresa, he
adquirido para vosotros a costa de grandes peligros.
“Sería prolijo referir lo que he hecho, lo que he sufrido, las penas con que he viajado por
la vasta profundidad de la horrenda confusión, sin límites, sin realidad, sobre la que la Culpa y la
Muerte acaban de construir una ancha vía para facilitar vuestra gloriosa marcha; pero yo he
tenido que abrirme con un inmenso trabajo un paso desconocido; he tenido que remontarme por
el indomable abismo y sumergirme en las entrañas de la Noche sin origen y del feroz Caos, que,
celosos de sus secretos, se opusieron violentamente a mi extraño viaje con furiosos clamores,
protestando ante el Destino supremo.
“Tampoco os diré cómo he encontrado ese mundo recientemente creado, cuya fama ha
tiempo había resonado en el cielo; maravilloso edificio de una perfección acabada, en donde el
hombre, colocado en un paraíso gracias a nuestro destierro, fue creado feliz. Por medio de mi
astucia he apartado al hombre de su Creador; le he seducido y, para mayor admiración vuestra,
¡le he seducido con una manzana! Ofendido por esto el Creador (debe causaros risa), ha
entregado a su amado hombre y todo el mundo al Pecado, y a la Muerte y, por consiguiente, a
nosotros, que lo hemos ganado sin riesgo, sin trabajo ni alarmas, para recorrerlo, habitarlo, y
dominar sobre el hombre, como sobre todo lo que él habría dominado.
“Verdad es que Dios me ha juzgado también, o mejor dicho, no me ha juzgado a mí, sino
a la Serpiente, a ese animal bajo cuya forma he seducido al hombre. Lo que me alcanza de esa
sentencia es la enemistad que establecerá ante mí y el género humano, al que he de morder el
talón y cuya raza quebrantará mi cabeza, aunque no se dice cuándo. ¿Quién no compraría un
mundo a cambio de una herida, y aun a mayor precio todavía? Os he hecho ya la revelación de
mi empresa. ¿Qué otra cosa os queda que hacer, ¡oh dioses!, sino levantaros y entrar en posesión
de la beatitud que os he preparado?”
Después de haber hablado de esta suerte, permaneció inmóvil un momento, esperando
las aclamaciones universales y los grandes aplausos que debían halagar su oído; pero en contra
de lo que se prometía, oyó por todos lados un silbido unánime y siniestro, producido por
innumerables lenguas, señal inequívoca del desprecio público. Quédase asombrado, pero su
admiración duró un breve instante, porque al punto hubo de admirarse más de sí mismo; sintió
que su rostro se reducía y se afilaba, que sus brazos se pegaban a sus costados, sus piernas se
enroscaban entre sí; y, finalmente, que privado de sus pies, caía convertido en una monstruosa
serpiente, arrastrándose sobre su vientre; quiere resistir, mas en vano, porque domina sobre él
un poder mayor, que, según su sentencia, le castiga bajo la figura con que había pecado. Quiere
hablar, pero su lengua, hendida en forma de horquilla, responde con silbidos a los silbidos de las
lenguas hendidas que le rodean, porque todos los demonios sufrieron la misma transformación;
cómplices de su audaz atentado, todos se convirtieron en serpientes. Terrible fue el estridor de
los silbidos en aquella sala llena de un espeso hormiguero de monstruos que confundían sus
repugnantes pliegues y mezclaban en sus movimientos sus colas y sus terribles cabezas, como el

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO X

escorpión, el áspid, el cruel anfisbena, la cerasta armada de cuernos, la hidra, el dipsa y el


siniestro elope; jamás se vieron tantos ni tan numerosos enjambres de reptiles en la tierra
regada con la sangre de la Gorgona, ni en la isla de Ofiusa.
Entre todos descollaba Satanás, transformado en dragón, excediendo en tamaño a la
enorme serpiente Pitón, engendrada por el Sol en el fango del valle pítico, y conservando aún de
este modo su imperio sobre los demás. Todos le siguieron cuando salió para dirigirse al campo
abierto; estaban allí los que quedaban de las bandas rebeldes caídas del cielo, apostados o
formados en orden de batalla, gozando de antemano con la esperanza de ver aparecer en triunfo
a su príncipe glorioso, pero contemplaron un espectáculo muy diverso, una multitud de feas
serpientes. Sobrecogidos de horror y sometidos a una horrible simpatía, se transformaron
súbitamente en aquello que veían; cayeron sus brazos, sus lanzas y sus escudos, y cayeron con
igual prontitud ellos mismos, repitiendo los espantosos silbidos y tomando la horrible y
contagiosa forma de sus compañeros, iguales en el castigo como lo fueron en el crimen. Así es
que los aplausos que tenían preparados se trocaron en una explosión de silbidos, triunfo de la
afrenta, que de su propia boca refluía sobre ellos mismos.
Cerca de allí había aparecido un elevado bosque en el momento mismo de su
transformación y por orden del que reina allá arriba; para agravar su pena, las ramas de los
árboles estaban cargadas de un hermoso fruto, semejante al que crecía en el Edén, y que el
tentador había elegido para seducir a Eva. En tan extraño objeto fijaron los demonios sus
ardientes miradas, imaginándose que, en vez de un árbol prohibido, había crecido una multitud
de ellos para multiplicar su vergüenza o sus tormentos. Devorados, sin embargo, por una sed
ardiente y un hambre cruel, enviada por Dios para atraerlos a aquel lazo, no pueden contenerse,
y se precipitan en montones, trepan a los árboles y se enroscan en sus ramas, más apiñados que
los nudos de serpientes que formaban bucles en la cabeza de Megera. Arrancan con avidez la
fruta que tan hermosa les parecía, semejante a la que crece cerca de aquel lago bituminoso donde
pereció Sodoma abrasada; pero el fruto infernal, más seductor todavía, engaña al gusto, y no al
tacto. Los perversos espíritus, esperando neciamente aplacar su hambre, mascan en vez de fruta
amargas cenizas, que su ofendido paladar arroja en medio de ruidosas contorsiones. Obligados
por el hambre y la sed, intentan probarla de nuevo, pero aquella acre aspereza, aquella invencible
repugnancia les obliga sin cesar a retorcer sus mandíbulas, llenas de hollín y ceniza. Muchas
veces cayeron en el mismo engaño, difiriendo en ello del hombre, que no cayó más que una vez.
De este modo continuaron atormentados por el hambre y por un largo y continuado silbido,
mientras no alcanzaban el permiso de recobrar su perdida forma. Y es fama que fue decretado
que todos los años sufran, durante cierto número de días, aquella humillación, para quebrantar
su orgullo y su contento por haber seducido al hombre. A pesar de esto, esparcieron por el
mundo pagano alguna tradición con respecto a su conquista, y refirieron la fábula de que la
serpiente llamada por ellos Ofión, en compañía de Eurynoma, que quizá usurpó el nombre de
Eva en remotos tiempos, fue la primera que reinó en el alto Olimpo, de donde fue arrojada por
Saturno y por Ops, antes de que naciera Júpiter Dicteo.

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO X

Entretanto, la pareja infernal llegó en breve al Paraíso. La Culpa había estado antes en
él como potencia, después en acción; ahora iba a él en persona para residir como perpetuo
habitante. La Muerte la seguía de cerca paso a paso, no montada todavía en su pálido caballo. La
Culpa le dijo:
—Segundo vastago de Satanás, ¡oh, Muerte!, que debes conquistarlo todo: ¿qué piensas
de nuestro nuevo imperio, que no sin gran trabajo hemos adquirido? ¿No vale mucho más estar
aquí que vigilar sentadas todavía en el umbral del negro infierno, sin nombre, sin ser temidas, y
tú misma medio muerta de hambre?
El monstruo nacido de la Culpa le respondió inmediatamente:
—Para mí, que desfallezco de una eterna hambre, infierno, Tierra, o cielo, todo es igual;
me hallo mejor donde más presa encuentro y ésta, si bien aquí es abundante, parece demasiado
pequeña para saciar este estómago, este vasto cuerpo que no cubre piel alguna.
La incestuosa madre replicó:
—Aliméntate desde luego con esas hierbas, esos frutos y esas flores, y luego, con cada
bruto, pez y ave, que no son manjares despreciables; devora sin tasa las cosas que vaya segando
la guadaña del Tiempo, hasta el día en que, después de haber residido yo en el hombre y en su
raza, después de haber contaminado sus pensamientos, sus miradas, sus palabras, sus acciones, te
lo haya preparado y sazonado para ser tu última y más sabrosa presa.
Diciendo esto, los dos monstruos se dirigieron por diferentes caminos a fin de destruir o
desinmortalizar a las criaturas y prepararlas para una destrucción más o menos próxima; viendo
lo cual el Todopoderoso desde lo alto de su trono sublime, en medio de los santos, hizo oír de
esta suerte su voz a aquellas brillantes jerarquías:
—Ved con qué ardor se adelantan esos perros del infierno para desolar y devastar ese
mundo, que había creado yo tan bueno y tan hermoso, y que aún permaneciera en tal estado si la
locura del hombre no hubiese abierto el camino a esas furias devastadoras que me imputan
semejante necesidad. Así obran el príncipe del infierno y sus partidarios, porque soporto con
facilidad que se apoderen y posean tan celestial morada, creyendo que una ciega connivencia me
asocia a los proyectos de mis insolentes enemigos, los cuales se ríen, como si arrebatado por la
cólera lo hubiera abandonado todo a su discreción y a sus desórdenes. Ignoran que he llamado y
traído aquí a esos mis perros infernales para que laman la suciedad y la inmundicia que el
impuro pecado del hombre ha esparcido sobre todo lo que era puro en la Tierra, hasta que,
satisfechos, ahítos y próximos a reventar con las sobras de todo cuanto hayan chupado y
tragado, sean por fin precipitados a través del Caos, el Pecado, la Muerte y la abierta tumba al
solo impulso de tu brazo vencedor, ¡oh mi Hijo amado!, quedando cerrada para siempre la boca
del infierno, y selladas sus voraces mandíbulas. Entonces, renovados el Cielo y la Tierra, serán

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO X

purificados, para santificar lo que ya no recibirá mancha alguna. Pero hasta que llegue ese
momento es preciso que se cumpla la maldición pronunciada contra los dos culpables.
Calló, y el celeste auditorio entonó aleluyas semejantes al fragor de los mares; la
multitud cantó:
“¡Justas son tus miras; equitativos en todas tus obras, tus decretos! ¿Quién será capaz de
debilitar tu poder?”
En seguida dedicaron sus cánticos al Hijo, Redentor predestinado de la raza humana,
por quien un nuevo cielo y una nueva tierra se levantarán en las edades venideras o descenderán
del Empíreo.
Tal fue su canto, y llamando después el Creador por sus nombres a los más poderosos
de entre sus ángeles, les confió diferentes comisiones que convenían al mejor estado de las cosas.
El Sol fue el primero que recibió la orden de modificar su curso, y de brillar de modo que hiciera
sufrir a la Tierra un frío y un calor apenas soportables, de llamar desde el fondo del Norte al
decrépito invierno, y traer desde el Mediodía el calor del solsticio estival. Los ángeles
prescribieron a la blanca Luna sus funciones, y a los otros cinco planetas sus movimientos y sus
aspectos en sextil, cuadrado, trino y opuesto, de una eficacia nociva; les enseñaron cuándo
debían reunirse en una conjunción desfavorable, y a las estrellas fijas cómo debían derramar su
maligna influencia, y cuáles de entre ellas serían las que, saliendo u ocultándose con el Sol,
habían de promover tempestades. Designaron a los vientos sus cuadrantes, y les indicaron
cuándo habían de turbar con fragor el mar, el aire y las playas, y por último, enseñaron al trueno
a rodar con estruendo en las salas tenebrosas del aire.
Unos dicen que el Todopoderoso ordenó a sus ángeles que inclinaran los polos de la
Tierra dos veces diez grados y más sobre el eje del Sol, a cuyo efecto empujaron oblicuamente y
con gran esfuerzo este globo central; otros pretenden que se ordenó al Sol volver sus riendas en
una latitud igualmente distante de la línea equinoccial, entre el Toro, las siete hermanas
Atlánticas y los Gemelos de Esparta, elevándose hacia el Trópico de Cáncer, y que descendiera
desde éste al de Capricornio por los signos del León, la Virgen y la Balanza, a fin de llevar a cada
clima las vicisitudes de las estaciones. A no ser por esto, una eterna Primavera, siempre
adornada de flores, habría sonreído a la tierra, siendo iguales sus días y sus noches, menos para
los habitantes que estuvieran más allá de los círculos polares; para éstos el día hubiera brillado
sin noche, mientras que el Sol, indemnizándoles de su inmensa distancia, habría girado a su vista
alrededor del horizonte, sin que conocieran Oriente ni Occidente, y ni el helado Estotiland al
Norte, ni las tierras australes que hay más allá de los Magallanes, se verían cubiertos por la
nieve.
En cuanto fue probado el fruto fatal, el Sol desvió su curso, como si hubiera presenciado
el banquete de Tiestes. De otro modo, ¿cómo el mundo habitado, aunque estuviera sin mancilla,
habría podido evitar más que hoy día el intenso frío y el calor ardiente? Aquellos cambios en los

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cielos produjeron, a pesar de su lentitud, otros cambios parecidos en la tierra y en el mar, tales
como las tempestades sidéreas, los vapores, las nieblas y las exhalaciones abrasadoras,
corrompidas y pestilentes.
Ahora, desde el septentrión de Norumbega y desde las costas de los Samoyedos, Bóreas
y Coecias, el ardiente Argestes y Tracias, forzando su cárcel de bronce y armados de nieve, de
hielo, de granizo, de tempestuosas ráfagas y de torbellinos, desgarran los bosques y los mares
trastornados, que también lo son por los vientos contrarios del Mediodía, por el Noto y el Afer,
ennegrecidos por las nubes tronadoras de Sierra Leona. A través de éstos, pero con menos
fuerza, se precipitan de Levante y de Poniente el Euro y el Céfiro, y sus turbulentos colaterales,
Siroco y Lebeche. De esta suerte empezó la violencia en las cosas sin vida; después, la Discordia,
primera hija del Pecado, introdujo a la Muerte entre las cosas irracionales, valiéndose de la
furiosa Antipatía; entonces el bruto hizo la guerra al bruto; el ave, al ave; el pez, al pez, todos los
animales vivientes, dejando de pacer la hierba, se devoraron mutuamente, y sólo tuvieron hacia
el hombre un temor mezclado de respeto, pero huyeron de él o le miraron cuando pasaba cerca
de ellos con feroz aspecto.
Tales eran exteriormente las crecientes miserias que Adán iba entreviendo en parte, a
pesar de estar oculto en la más tenebrosa sombra y entregado al pesar. Pero en su interior su
mal era mucho mayor; juguete de un tempestuoso mar de pasiones, procuraba aliviar su corazón
con estas tristes quejas:
—¡Oh, cuánta miseria, después de tan gran felicidad! ¿Era éste el fin de un mundo
nuevo y tan glorioso? Y yo, que hace poco era la gloria de esta gloria, me veo ahora maldecido,
cuando antes estaba colmado de beneficios; obligado a sustraerme a la presencia de Dios, cuya
vista era entonces el colmo de la felicidad. Y si al menos se redujera a eso mi infortunio, puesto
que lo he merecido, soportaría mi propio demérito, pero de poco o de nada me serviría. Todo
cuanto coma o beba, todo cuanto engendre es una maldición propagada. ¡Oh, palabras oídas en
otro tiempo con delicia: Creced y multiplicaos, palabras que ahora traen consigo la muerte!
Porque, ¿qué es lo que yo puedo hacer crecer y multiplicarse, sino las maldiciones sobre mi
cabeza? ¿Quién será el que, en las edades venideras, al sentir los males que le habré legado, no
maldecirá mi memoria? «¡Perezca la memoria de nuestro impuro antepasado! —exclamarán—:
¡ésta es, Adán, la gratitud que te debemos!» Y un agradecimiento semejante será una execración.
“A la maldición que llevo conmigo vendrán a añadirse como por un violento reflujo
todas las que proceden de mí; en mí se reunirán como en su centro natural, y aunque ocupen el
puesto que les corresponde, me doblegarán bajo su peso. ¡Oh, goces fugaces del Paraíso, cuan
caros os he comprado a costa de desgracias infinitas! ¿Cuándo permanecía en el polvo, te pedía
acaso, ¡oh Creador!, que me transformaras en hombre? ¿He solicitado que me sacaras de las
tinieblas o que me colocaras en este delicioso jardín? Como mi voluntad no ha concurrido en mi
ser, es justo y equitativo que me reduzcas otra vez al polvo de que nací, ya que deseo resignar,
devolver lo que he recibido, porque me siento incapaz de cumplir tus durísimas condiciones por

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las cuales debía alcanzar un bien que no he solicitado. ¿Por qué has añadido a la pérdida de este
bien, que ya es bastante castigo, el sentimiento de una desdicha sin fin? Tu justicia parece
inexplicable...
“Sin embargo, lo confieso, es ya demasiado tarde para protestar de este modo, porque yo
hubiera debido rechazar las condiciones, cualesquiera que fuesen, cuando me fueron propuestas.
Tú las has aceptado, Adán; ¿pretenderás no obstante, gozar, del bien, al paso que no te parecen
aquéllas convenientes? Dios te ha hecho sin tu permiso, según dices; pero si te desobedece un
hijo tuyo, y al ser reprendido por ti te contesta: «¿Por qué me has engendrado? Yo no te lo he
pedido», ¿admitirás en tu menosprecio tan orgullosa respuesta? A ser tuya la elección, no le
hubieran engendrado, es cierto; pero debió su ser a un enlace necesario de las leyes de la
Naturaleza. Dios te ha hecho por su propia elección, y de su propia voluntad para servirle; tu
recompensa procedía de su gracia; tu castigo, de su justa voluntad. Pues bien: sea así; me someto;
su sentencia es equitativa; polvo soy y polvo me he de volver.
“¡Oh, momento feliz, venga cuando quiera! ¿Por qué tarda la mano del Todopoderoso en
ejecutar lo que su decreto fijó para este día? ¿Por qué he de sobrevivir? ¿Por qué se ríe de mí la
muerte y por qué se me ha conservado para sufrir un tormento inmortal? ¡Con qué placer
soportaría la muerte, mi sentencia, convirtiéndome en tierra insensible! ¡Con cuánto gozo me
recostaría como en el seno de mi madre! Allí reposaría y dormiría con seguridad. La terrible voz
de Dios no retumbaría en mis oídos; el temor de un mal peor para mí y para mi posteridad no me
atormentaría con una cruel expectativa...
“Sin embargo, una duda me persigue: ¿y si me fuera imposible morir del todo?... ¿Y si el
puro soplo de la vida, el espíritu del hombre que Dios le inspiró no pudiera perecer con esta
corporal arcilla? Entonces, ya fuese en la tumba o en cualquier otro sitio funesto, ¿viviría aun
después de muerto? ¡Oh, pensamiento horrible, suponiendo que sea cierto! Pero ¿por qué ha de
serlo? Ese soplo de la vida no es el que ha pecado. ¿Qué puede, pues, morir sino lo que tuvo vida
y pecó? El cuerpo no ha tenido propiamente parte en la vida ni en el pecado; todo morirá, pues,
conmigo; esta idea debe calmar mis dudas ya que a más allá no alcanza el pensamiento humano.
“Y porque el Señor de todas las cosas sea infinito, ¿lo será también su cólera? El
hombre no lo es, luego es mortal. ¿Cómo ejercerá el Altísimo una cólera sin fin sobre el hombre,
a quien debe poner término la muerte? ¿Puede el Señor hacer inmortal a la muerte? Eso sería
caer en una extraña contradicción, imposible en Dios, porque argüiría debilidad y no poder. Por
amor hacia su cólera, ¿extendería lo finito hasta lo infinito en el hombre castigado, para
satisfacer su rigor nunca satisfecho? Eso sería llevar su sentencia aún más allá del polvo y de la
ley de la Naturaleza, por lo cual todas las causas obran según la capacidad de los seres en los que
opera su materia, y no según la extensión de su propia esfera. Pero ¿y si la muerte no extingue
de un solo golpe el sentimiento, como yo he supuesto, y desde hoy se convierte en una miseria
interminable, tal como la empiezo a experimentar a la vez dentro y fuera de mí, y esto sigue

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO X

perpetuamente del mismo modo?... ¡Ah!, de nuevo se apodera de mí este temor, que pesa como
una tormenta terrible sobre mi cabeza indefensa.
“La muerte y yo somos eternos e incorpóreos juntamente. Pero no soy el único que
participa de esta suerte, sino que conmigo está maldecida toda mi posteridad. ¡Qué hermoso
patrimonio os lego, hijos míos! ¡Oh!, ¿por qué no lo habré de consumir todo entero y no dejaros
nada de él? Desheredados de este modo, me bendeciríais, en vez de maldecirme. ¡Ah! ¿Por la
falta de un solo hombre ha de verse condenada toda la raza humana, por más que sea inocente?
Pero ¿lo será? ¿Qué puede salir de mí que no sea corrompido, de un espíritu y de una voluntad
depravados, y que no esté dispuesto, no sólo a hacer; sino a querer hacer lo mismo que yo he
hecho? Y siendo así, ¿cómo podrían permanecer libres de responsabilidad en presencia de Dios?
“Después de todas estas reflexiones me veo obligado a absolver al Señor, todos mis
vanos subterfugios, todos mis razonamientos me conducen a través de sus laberintos a mi propia
convicción. En primero y último lugar, sobre mí, sobre mí solo, autor y origen de toda
corrupción, debe recaer justamente todo vituperio; ¡así pudiera recaer también toda la cólera!
¡Deseo insensato! ¿Te sería acaso posible soportar esa carga fatal, mucho más pesada que la
Tierra, más aún que el Universo, aunque esté repartida entre ti y esa infame mujer? Pero lo que
deseas y lo que temes destruye igualmente toda esperanza de refugio, y te declara más miserable
que todo ejemplo pasado y futuro, semejante tan sólo a Satanás en crimen y en castigo. ¡Oh,
conciencia! ¡En qué abismo de inquietudes y horrores me has precipitado! No encuentro ningún
camino para salir de él; porque al intentarlo caigo de un abismo en otro más profundo.”
Así se lamentaba Adán en voz alta durante el silencio de la noche; noche que ya no era,
como antes de la caída del hombre, sana, fresca y apacible, sino rodeada de una atmósfera
sombría, y envuelta en húmedas y espesas tinieblas, que presentaban todas las cosas ante la
culpable conciencia de nuestro primer padre con un doble terror. Tendido sobre la tierra, sobre
la fría tierra, maldecía con frecuencia su creación, y acusaba por su tardanza a la Muerte, pues
que, según se le había anunciado, debía sorprenderle el mismo día de la ofensa.
“¿Por qué no acude la Muerte —decía— y me libra de mí mismo con un golpe tres
veces dichoso? ¿Faltará la verdad a su palabra? ¿No se apresurará a ser justa la Justicia Divina?
Pero la Muerte no acude a mi llamamiento; la Justicia Divina no acelera su lento paso a pesar de
mis súplicas o mis lamentos. Bosques, fuentes, colinas, valles, florestas, ¡con qué diferentes ecos
enseñaba yo en otro tiempo a vuestras umbrías a responderme y a repetir a lo lejos otro canto
semejante al mío!”
Cuando la triste Eva vio la aflicción de Adán desde el sitio en que permanecía sentada y
desolada, se acercó a él, y procuró aliviar su violento dolor con dulces palabras; pero él la repelió
con severa mirada, diciéndole:
—¡Lejos de mí, serpiente! Ése es el nombre que mereces, por haberte ligado a ella,
haciéndote tan falsa y tan aborrecible como ella. Sólo te falta tener una forma y un color

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semejante a los suyos, para revelar tu interior insidioso, y hacer que todas las criaturas
venideras se precavan de ti por temor de que tu demasiado celestial figura, encubriendo una
falsedad infernal, les haga caer en el lazo. Sin ti yo habría continuado siendo feliz, si tu orgullo y
tu vanidad vagabunda no hubieran desechado mis amonestaciones cuando estabas menos segura,
y rechazado con desdén mi justa desconfianza. Ardías en deseos de ser vista por el mismo
demonio, a quien en tu presunción creías dejar burlado; pero habiéndote encontrado con la
Serpiente, has sido burlada y engañada, tú por ella, y yo por ti, por haber confiado en ti, que
saliste de mi costado. Te creí prudente, constante, circunspecta, a prueba de todo ataque, sin
comprender que en ti todo era apariencia más bien que sólida virtud, que no eras más que una
costilla torcida por naturaleza, y según veo, más inclinada hacia el lado izquierdo, de donde fue
sacada. ¡Ah! ¡Si a lo menos hubiese sido desechada por exceder del número de las que debía tener
mi cuerpo!
“¡Oh! ¿Por qué Dios, el sabio Creador, que pobló los altos cielos de espíritus masculinos,
creó al fin esta novedad en la Tierra, esta hermosa imperfección de la Naturaleza? ¿Por qué no
ha llenado de una vez el mundo de hombres, así como llenó el cielo de ángeles, sin mujeres? ¿Por
qué no ha recurrido a otro medio para perpetuar la especie humana? Si así fuese, no hubiera
acaecido esa desgracia ni las que vendrán en pos de ella, ni ocurrirían en la Tierra los
innumerables disturbios ocasionados por los artificios de las mujeres y por el íntimo consorcio
con su sexo; porque, o el hombre no encontrará jamás la compañera que le conviene, sino que la
tendrá tal cual se la depare el infortunio o el error, o la que más desee será la que menos obtenga
por su perversidad, y verá que la alcanza otro menos acreedor que él; si, por el contrario, ella le
ama, estará contrariada por sus padres, o se le presentará otra elección más ventajosa, cuando ya
sea demasiado tarde, y esté unido por los vínculos del matrimonio a una cruel enemiga, su odio o
su vergüenza. De todo esto resultará una calamidad infinita para la especie humana, que turbará
la paz del hogar doméstico.”
Adán no pronunció una palabra más, y se desvió de Eva; pero ésta, sin desanimarse,
bañada en llanto que no cesaban de derramar sus ojos, y con los cabellos desordenados, cayó
humildemente a sus pies, y abrazando sus rodillas, imploró su perdón, y exhaló así sus quejas:
—No me abandones de ese modo Adán; el cielo es testigo del amor sincero y del respeto
que hacia ti siente mi corazón. ¡Te he ofendido sin intención, engañada desgraciadamente!
Suplicante, mendigo tu misericordia y abrazo tus rodillas. No me prives de lo que me da aliento
para vivir, de tus dulces miradas, de tu apoyo, de tus consejos, que en tan extrema necesidad son
mi sola fuerza y mi amparo. Abandonada por ti, ¿dónde me retiraré? ¿Dónde subsistiré?
Mientras vivamos, y quizá dure nuestra existencia algunas horas rápidas, reine la paz entre
nosotros. Ya que hemos estado unidos para la ofensa, unámonos en nuestra enemistad contra el
enemigo que nos ha sido designado expresamente por nuestra sentencia, contra la cruel
serpiente. No me hagas sentir el peso de tu odio por esa desgracia que nos ha acontecido, porque
yo estoy ya perdida y soy la más miserable de los dos. Hemos pecado juntos; pero tú contra Dios

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solamente, y yo contra él y contra ti. Volveré al mismo sitio donde Dios ha pronunciado su fallo,
y allí importunaré al Cielo con mis lamentos, a fin de que, apartada la sentencia de tu cabeza,
caiga sobre mí, que soy para ti la causa única de toda esta miseria. ¡Yo, tan sólo yo, debo ser el
justo objeto de la cólera del Señor!
Terminó estas frases entre abundantes lágrimas, y su humilde postura, en la que
continuaba inmóvil hasta obtener el perdón por su falta reconocida y deplorada, excitó la
conmiseración de Adán. En breve se enterneció su corazón por la que antes había sido su vida y
su única delicia, y que ahora veía sumisa a sus pies, presa de la mayor desolación; por una
criatura tan bella, que solicitaba la reconciliación, el consejo y el apoyo de aquel en cuyo
desagrado había incurrido. Adán vio desvanecida toda su cólera, semejante a un hombre
desarmado; levantó a su esposa, y le dirigió estas palabras pacíficas:
—Imprudente: deseosa, tanto ahora como antes, de lo que no conoces, anhelas que todo
el castigo caiga sobre ti. ¡Ah!, sufre primeramente tu propia pena, porque serías incapaz de
soportar la cólera entera de Dios, de la que sólo sientes una pequeña parte, cuando tan mal
arrostras mi resentimiento. Si los ruegos pudieran cambiar los decretos del Altísimo, me
apresuraría a trasladarme antes que tú al sitio donde se ha pronunciado nuestra sentencia, y me
haría oír con más fuerza, a fin de que mi cabeza fuese la única castigada, y de que Dios perdonara
tu fragilidad y tu sexo, más débil que el mío, confiado a mi cuidado y tan neciamente por mí
expuesto.
“Levántate, pues: no disputemos más; no nos dirijamos mutuos vituperios, que bastantes
recaen ya sobre nosotros. Esforcémonos con mutuo amor en aliviar, repartiéndolo entre ambos,
el peso de la desgracia, ya que no ha de llegar tan pronto, según preveo, ese día de nuestra
muerte que nos ha sido anunciado, sino que vendrá como un mal de tardío paso, como un día que
muere lentamente, a fin de aumentar nuestra miseria; miseria transmitida a nuestra raza. ¡Oh,
raza infortunada!”
Eva, reanimando su abatido espíritu, contestó:
—Adán, sé por una triste experiencia el escaso valor que deben tener para ti mis
palabras, hasta aquí tan llenas de error, y que por un desgraciado suceso han sido tan fatales; sin
embargo, ya que me acoges de nuevo y me rehabilitas a tus ojos, a pesar de lo indigna que soy de
ello, con la esperanza de reconquistar tu amor, único contento de mi corazón tanto en vida como
en muerte, no te ocultaré los pensamientos que se agitan en mi inquieto seno; pensamientos que
tienden a aliviar nuestro males o a terminarlos, y que, aunque sean punzantes y tristes, son, sin
embargo, tolerables, comparados con nuestros sufrimientos, y de elección más fácil.
“Si la inquietud con respecto a nuestra posteridad es lo que más nos atormenta; si esta
posteridad debe nacer destinada a una desgracia cierta, y a ser devorada finalmente por la
Muerte, sería muy criminal por nuestra parte que diésemos lugar a la miseria de otros, de
nuestros propios hijos; que hiciésemos salir de nuestro seno a este mundo maldito una raza

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infortunada, la cual, después de una vida deplorable, debe ser pasto de un monstruo tan impuro.
En tu poder está suprimir, por lo menos antes de la concepción, la raza no bendecida, y que no
ha sido aún engendrada. Sin hijos estás ahora, quédate sin hijos; de este modo la Muerte verá
burlada su hambre insaciable, y sus voraces entrañas no tendrán más remedio que contentarse
con nosotros dos. Pero si piensas que es duro y difícil, mientras nos hablamos, nos miramos, y
nos amamos, abstenerse de los deberes del amor y de los dulces lazos nupciales, languidecer en
el deseo sin esperanza en presencia del objeto amado, a quien el mismo deseo hace languidecer a
su vez, tormento y miseria no menores por cierto que cualquiera de los que ahora sufrimos;
entonces, a fin de librar a un tiempo a nuestra raza y a nosotros mismos de lo que tenemos para
los dos, busquemos el medio más pronto, busquemos la muerte; y si no la encontramos, que
nuestras manos ejerzan en nosotros mismos su oficio. ¿Por qué hemos de estar por más tiempo
siendo víctimas de esos temores que no presentan otro término que la muerte, cuando está en
nuestra mano, escogiendo el camino más corto de los varios que para ello se nos ofrecen,
destruir la destrucción por medio de la destrucción?”
Con estas palabras dio fin a su discurso, o por mejor decir, lo cortó en su vehemente
desesperación. De tal modo la habían penetrado los pensamientos de muerte, que tiñeron sus
mejillas de una palidez mortal. Pero Adán, que no se dejaba arrastrar por semejante consejo, y
cuyo espíritu, más elevado, alimentaba mejores esperanzas, le respondió:
—Eva, tu desprecio hacia la vida y el placer parecen demostrar en ti algo más sublime y
excelente que lo que tu alma desdeña; pero la destrucción de sí mismo, en el hecho de ser
buscada, destruye la idea de tal excelencia supuesta en ti, e implica, no tu desprecio, sino tu
angustia, y tu sentimiento por perder la vida, y con ella sus anhelados goces. Si ansias la muerte
como el último fin de la miseria, creyendo evitar de este modo el castigo que te ha sido impuesto,
te equivocas, porque Dios ha armado muy sabiamente su ira vengadora, para que así pueda ser
sorprendido. Mucho más temería, por mi parte, que una muerte así arrebatada no nos eximiese
de la pena que nos condena a cumplir nuestra sentencia, y que tales actos de contumacia,
provocasen al Eterno a hacer vivir la muerte en nosotros. Busquemos, pues, una resolución más
saludable, que ya creo percibir, al meditar atentamente en esta parte de nuestra sentencia: —”Tu
raza quebrantará la cabeza de la serpiente.” —Mísera reparación, si esto no debiera referirse,
como conjeturo, a nuestro gran enemigo, a Satanás, que, encerrado en la serpiente, ha llevado a
cabo su engaño en contra nuestra. Quebrantar su cabeza sería, en efecto, una venganza; pero la
perderíamos si atentáramos contra nuestra vida o si transcurrieran los tiempos sin que
tuviésemos hijos, según me propones; de esta suerte nuestro enemigo escaparía al castigo que se
le ha impuesto, al paso que nosotros sufriríamos doblemente el que pende sobre nuestras
cabezas.
“Por consiguiente, no tratemos de cometer ningún género de violencia contra nosotros
mismos, ni de imponemos una esterilidad voluntaria, que nos privaría de toda esperanza, que
sólo haría germinar en nosotros el rencor y el orgullo, la impaciencia y el despecho, la rebelión

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contra Dios y contra el justo yugo que nos ha impuesto. Recuerda con qué dulce y graciosa
bondad nos escuchó y nos juzgó sin cólera ni reconvención. Esperábamos una disolución
inmediata, y creíamos, según su amenaza, que la muerte debía sorprendernos en aquel mismo
día. Pues bien: a ti te predijo únicamente los dolores de la preñez y del alumbramiento,
brevemente recompensados por el goce del fruto de tus entrañas; en cuanto a mí, su maldición,
rozándome apenas, ha ido a descargar sobre la tierra. Debo ganar el pan con mi trabajo: ¿qué
mal hay en esto? Peor hubiera sido la ociosidad; mi trabajo me alimentará. Temeroso de que el
frío o el calor nos perjudicase, nos ha provisto de lo necesario en su solicitud y sin implorar su
auxilio, y sus manos nos han vestido, compadeciéndose de nosotros, que somos indignos de
compasión, en el mismo instante en que nos juzgaba. ¡Oh! ¡cuánto más, si le rogamos, abrirá sus
oídos, y se inclinará su corazón a la piedad! Él nos enseñará además los medios de evitar la
inclemencia de las estaciones, la lluvia, el hielo, el granizo, la nieve, que el cielo, variando su faz,
ha empezado a mostrarnos sobre aquella montaña, mientras los vientos soplan furiosos y
húmedos, maltratando la hermosa cabellera de esos gallardos árboles que extienden sus ramas.
Esta mudanza nos impone el deber de buscar algún abrigo mejor, algún calor más a propósito
para reanimar nuestros miembros entumecidos, antes que el astro del día dé lugar al frío de la
noche; veamos cómo podemos animar una materia seca por medio de esos rayos recogidos y
reflejados, o bien cómo, haciendo girar rápidamente dos cuerpos, puede su frotación inflamar el
aire; hace poco, las nubes, chocando entre sí o impelidas por el viento, en su rudo choque han
despedido el relámpago oblicuo, cuya llama, al caer serpenteando, ha abrasado la corteza
resinosa del pino y del abeto, y esparcido a lo lejos un agradable calor que puede sustituir al del
Sol. Si rogamos y solicitamos el perdón de nuestro Juez, quizá conseguiremos que éste nos
instruya en el modo de usar de ese fuego, y en todo lo que puede aliviar o poner un término a los
males que nos han ocasionado nuestras faltas; no debemos, pues, abrigar el temor de que las
incomodidades aquejen nuestra vida, si Él nos presta su amparo, hasta que nos confundamos en
el polvo, nuestro último reposo y nuestra morada natal.
“¿Qué otra cosa mejor podemos hacer que volver al sitio donde nos ha juzgado, caer
reverentemente prosternados ante Él, confesar humildemente nuestras faltas, implorar nuestro
perdón, regando la tierra con nuestras lágrimas, y llenando el aire de suspiros exhalados por
nuestros corazones contritos, en señal de un amor y de una humillación profunda, que calmará
sin duda y disipará su enojo? Cuando parecía más irritado y severo, ¿acaso brillaba en sus
miradas serenas otra cosa más que favor, gracia y piedad?”
Así habló nuestro padre, arrepentido; iguales remordimientos sintió Eva; y en seguida
se encaminaron al sitio donde Dios les había juzgado; cayeron prosternados reverentemente
ante Él, y confesaron humildemente su falta, imploraron su perdón, regando la tierra con sus
lágrimas y llenando el aire de suspiros exhalados por sus corazones contritos, en señal de un
dolor sincero y de una humillación profunda.

171
L I B RO U N D É C I M O

El Hijo de Dios hace presente a su Padre los ruegos de los que fueron los primeros
nuestros, arrepentidos ya, y por quienes intercede. Dios acoge sus súplicas, pero
declara que no deben habitar por más tiempo en el Paraíso; en su consecuencia,
envía a Miguel con una cohorte de querubines para echarlos de él y para revelar
antes a Adán las cosas futuras. Miguel se traslada a la Tierra. Adán hace observar
a Eva algunos signos funestos; presiente la llegada de Miguel y sale a su encuentro.
El ángel les anuncia su partida. Lamentaciones de Eva: Adán suplica, pero se
somete. El ángel le conduce a la cima de una elevada colina, y le descubre en una
visión, lo que debe suceder hasta la época del Diluvio.

P enetrados de un profundo arrepentimiento, permanecían rogando nuestros padres en la


humilde postura; porque habiendo descendido desde el alto trono de la misericordia, la
gracia anticipada había disipado el endurecimiento de sus corazones y hecho crecer en su
lugar una nueva carne regenerada, que exhalaba ahora inexplicables suspiros; los cuales,
inspirados por el espíritu de la oración, subían al cielo llevados por alas de más rápido vuelo que
el de la más impetuosa elocuencia. Sin embargo, la actitud de Adán y Eva no era la de viles
postulantes: su petición debió de ser tan importante como la de la antigua pareja de las fábulas
antiguas (aunque menos antigua que ésta) compuesta de Deucalión y de la casta Pirra, cuando
para renovar la raza humana sumergida, se prosternaron religiosamente ante el santuario de
Temis.
Las súplicas de Adán y Eva volaron en derechura al cielo, sin desviarse de su camino,
sin que el soplo de los vientos envidiosos las hiciera vagar o disiparse: con su esencia espiritual,
pasaron los umbrales divinos; y envueltas allí por su gran Mediador en el incienso que ardía en
el altar de oro, llegaron hasta la vista del Padre, ante su trono. El Hijo, lleno de gozo, al
presentárselas, empieza a interceder de esta manera:
—Ve, Padre mío, los primeros frutos que ha producido en la Tierra tu gracia depositada
en el hombre; considera esos suspiros, esos ruegos que, mezclados con el incienso en este
incensario de oro, te presento yo, tu sacerdote; frutos debidos a la simiente arrojada con la
contrición en el corazón de Adán; frutos de un sabor más agradable que los que, cultivados por
las manos del hombre, hubieran podido producir todos los árboles del Paraíso, antes que el

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO XI

hombre perdiese su inocencia. Presta ahora atento oído a sus súplicas; escucha sus suspiros,
aunque mudos: ignorantes como están de las palabras con que deben rogarte, permite que las
interprete por ellos, yo que soy su abogado, su víctima propiciatoria. Trasplanta en mí todas sus
obras buenas o malas: mis méritos perfeccionarán las primeras; mi muerte expiará las segundas.
Acepta mi intercesión, y recibe de estos infortunados, por mi conducto, un perfume de paz
favorable a la especie humana. Que a lo menos viva el hombre reconciliado contigo los días que
le restan, aunque tristes, hasta que la muerte a que está sentenciado (sentencia que te pido
dulcifiques, no que revoques) le haga pasar a una vida mejor, en la que todo mi pueblo redimido
pueda habitar conmigo en el gozo y la beatitud, no formando conmigo más que uno, así como yo
no formo más que uno contigo.
El Padre, a quien no rodeaba ninguna nube, le respondió con sereno rostro:
—Todas tus demandas a favor del hombre, hijo agradable, están concedidas: todas tus
demandas eran otros tantos decretos míos. Pero la ley que he dado a la Naturaleza prohíbe al
hombre habitar por más tiempo en el Paraíso. Esos elementos puros e inmortales que no
conocen nada que sea material, ninguna mezcla manchada e inarmónica, rechazan ahora al
hombre contaminado; quieren purgarse de él como de una sucia enfermedad, enviarlo a respirar
un aire más grosero, a nutrirse de un alimento mortal como el que puede disponerle mejor a la
disolución operada por el pecado, que fue el primero en alterar todas las cosas, haciéndolas
corruptibles de incorruptibles que antes eran.
“En un principio había yo creado al hombre dotado de dos hermosos presentes: la dicha
y la inmortalidad; el primero lo ha perdido neciamente; y como el segundo sólo hubiera servido
para eternizar su miseria, le he destinado a la muerte, por lo cual se ha convertido ésta en su
remedio final. Después de una vida puesta a prueba por una cruel tribulación, purificada por la fe
y por sus obras, el hombre, llamado a una segunda vida el día de la renovación del justo, será
elevado por la muerte hasta mí con el cielo y la Tierra renovados.
“Convoquemos ahora en los vastos recintos del cielo a todos los bienaventurados: no
quiero ocultarles mis juicios; que vean cómo procedo con la especie humana, así como han visto
últimamente mi modo de obrar con los ángeles pecadores; porque, aunque mis santos sean
inmutables en su estado, se afirmarán más en él.”
Dijo, y el Hijo dio la gran señal al brillante ministro que velaba cerca del trono; éste
hizo resonar en seguida su trompeta, que quizá fue la que después se oyó sobre el Horeb cuando
Dios descendió, y que tal vez resonará nuevamente en el juicio final. El soplo angélico llenó
todas las regiones; los hijos de la luz salieron precipitadamente de sus afortunados bosquecillos,
sombreados por el amaranto; de las orillas de las fuentes y manantiales de la vida, de todos los
sitios, en fin, en que descansaban asociados en sus placeres, y acudieron a la imperiosa llamada y
ocuparon sus puestos, hasta que desde lo alto de su trono supremo anunció el Todopoderoso su
soberana voluntad en estos términos:

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO XI

—Hijos míos, el hombre es ya como uno de nosotros: conoce a la vez el bien y el mal
desde que ha gustado el fruto prohibido; pero sólo puede vanagloriarse de conocer el bien
perdido y el mal ganado; mucho más fácil sería si le hubiera bastado conocer el bien por sí
mismo, y de ningún modo el mal. Ahora está afligido, arrepentido, y ruega contrito: mi gracia,
que le acompaña, es la que produce esos impulsos, más duraderos que él, pues yo sé que su
corazón, abandonado a sí mismo, es variable y vano. Siendo de temer que ahora, con mayor
osadía, ponga su mano en el árbol de la vida, que coma de él y viva para siempre, o al menos crea
vivir eternamente, he decidido alejarlo, enviarlo fuera del jardín a cultivar la tierra de donde fue
sacado, el suelo que más le conviene.
“Miguel, encárgate de cumplir mi orden; elige para que te acompañen algunos
flamígeros guerreros de entre los querubines, no sea que el Enemigo promueva algún nuevo
disturbio, declarándose en favor del hombre, o pretendiendo ocupar su morada vacante.
Apresúrate, y arroja sin piedad del Paraíso de Dios a la pareja pecadora; expulsa de la tierra
sagrada a los profanos, y anúnciales, así como a toda su posteridad, su perpetuo destierro de ese
sitio. Sin embargo, para que no desmayen al oír su triste sentencia rigurosamente pronunciada,
pues los veo afligidos y deplorando sus excesos con lágrimas, no les infundas terror. Si obedecen
pacientemente tu mandato, no los despidas desconsolados: revela a Adán lo que debe suceder en
los días futuros, según las luces que te suministraré; mezcla en tu narración la noticia de que he
renovado mi alianza con la raza de la mujer: así podrás despedirlos, aunque afligidos, en paz.
“Al oriente del jardín, por donde es más fácil la entrada en el Edén, coloca una guardia
de querubines con una espada que haga ondear anchurosamente su llama, a fin de atemorizar a
lo lejos a quien intente aproximarse, e impedir todo acceso al árbol de la Vida, para evitar que el
Paraíso se convierta en el receptáculo de impuros espíritus, que todos mis árboles sean su presa
y que roben su fruto para seducir una vez más al hombre.”
Callóse; el arcangélico poder se prepara a un descenso rápido, y con él la brillante
cohorte de los vigilantes querubines. Cada uno de ellos, cual un doble Jano, tenía cuatro rostros;
todo su cuerpo estaba sembrado de ojos como lentejuelas, más numerosos que los de Argos, y
más vigilantes que los que se adormecieron a los seductores sonidos de la flauta arcádica con el
encanto producida por el caramillo de Hermes, o por su varita soporífera.
Entretanto, para saludar de nuevo al mundo con la luz sagrada, Leucotea despertaba y
embalsamaba a la tierra con un fresco rocío, cuando Adán y Eva, nuestra primera madre,
terminaba su oración y sentía que su fuerza recibía de arriba nuevo aliento: observaban que
surgía de su desesperación una nueva esperanza, un nuevo gozo, pero mezclado todavía de
espanto. Adán dirigió de nuevo a Eva frases tan cariñosas como éstas:
—Eva, por medio de la fe podemos admitir fácilmente que todo el bien de que gozamos
procede del cielo; pero es mucho más difícil creer que alguna cosa emanada de nosotros pueda
llegar hasta él, y que sea bastante preciosa para que merezca llamar la atención de Dios,

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO XI

soberanamente feliz, o capaz de inclinar su voluntad. Creo, sin embargo, que esta ferviente
oración, estos suspiros que se exhalan del pecho del hombre deben remontarse hasta el trono de
Dios; porque desde que he procurado aplacar a la Divinidad ofendida por medio de la oración,
desde que me he prosternado y he humillado mi corazón ante Dios, me parece verle más
asequible atendiéndome con dulzura. Siento nacer en mí la persuasión de que he sido escuchado
favorablemente. La paz se ha hecho lugar de nuevo en el fondo de mi corazón, y en mi memoria
la promesa de que tu raza aplastará a nuestro enemigo. Esta promesa, de que en mi pavor no
podía acordarme, me da ahora la seguridad de que ha pasado la amargura de la muerte y de que
viviremos. Salve, pues, Eva, llamada con justicia la madre del género humano, la madre de todas
las cosas vivientes, puesto que el hombre ha de vivir por ti, y todas las cosas vivirán para el
hombre.
Eva, cuyo aspecto era dulce y triste, respondió:
—Soy poco digna de semejante título, pecadora de mí, que estando destinada para ser tu
ayuda, me he convertido en tu celada; por lo cual sólo merezco reprensión, desconfianza y
desprecio: pero mi Juez ha sido tan infinito en su misericordia, que siendo yo la primera en
causar la muerte de todos, se me califica de fuente de vida; y tú le imitas en bondad al dignarte
llamarme de ese modo, cuando he merecido un nombre muy distinto. Mas los campos nos
llaman al trabajo, impuesto ahora con sudor, aunque hayamos pasado la noche sin dormir;
porque, ¡mira!, la aurora, indiferente a nuestro insomnio, comienza sonriente su sonrosada
carrera. Vamos, pues; en adelante no me apartaré jamás de tu lado, sea cualquiera el sitio de
nuestro trabajo diario, y aun cuando ahora se nos haya prescrito más penoso que antes hasta la
caída del día. Mientras permanezcamos aquí, ¿puede haber nada que sea fatigoso en estas
frondosidades placenteras? Por lo tanto, vivamos aquí contentos, aunque en un estado abatido.
Tales fueron las palabras, tales los deseos de Eva, profundamente humillada; pero el
Destino no sancionó sus votos. La Naturaleza lo declaró bien pronto con diversas señales
manifestadas por el ave, el bruto y el aire: éste se oscureció repentinamente después del corto
albor de la aurora; a la vista de Eva, el ave de Júpiter se lanzó desde la altura de su vuelo sobre
dos pájaros del más brillante plumaje, y les hizo huir ante ella; el animal que reina en las selvas,
y que fue el primer cazador, descendiendo de la colina, persiguió a la más graciosa pareja de todo
el bosque, al corzo y la corza, que dirigieron sus fugitivos pasos hacia la puerta oriental. Adán
los observó, y siguiendo esta caza con la vista, dijo conmovido a Eva:
—¡Oh, Eva! Pronto nos espera otra mudanza: el cielo, por medio de mudas señales
operadas en la Naturaleza, nos muestra los precursores de sus designios, o nos advierte que
confiamos demasiado en la remisión de nuestro castigo porque la muerte haya retardado su
golpe algunos días. ¿Quién sabe lo que durará nuestra vida, y lo que será hasta entonces?
¿Sabemos acaso más sino que somos polvo, que hemos de convertir en polvo y que dejaremos de
existir? Si así no es, ¿a qué viene ese doble espectáculo que se ofrece a nuestra vista, esa
persecución en la tierra y en el aire, hacia un mismo sitio y simultáneamente? ¿Por qué era

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO XI

oscuridad en el Oriente antes que el día haya llegado a la mitad de su carrera? ¿Por qué la luz de
la mañana brilla más en aquella nube de Occidente, que despliega en el azul del firmamento una
blancura radiante, y desciende con lentitud llevando alguna cosa celestial?
Adán no se equivocaba, porque en aquel instante las cohortes angélicas descendían al
Paraíso en una nube jaspeada, y se posaron en una colina: ¡aparición gloriosa para Adán, si la
duda y el temor humanos no hubieran oscurecido en aquel día sus ojos! No fue más gloriosa la
visión que se ofreció a Jacob cuando en Mahanaim le salieron al encuentro los ángeles y vio el
campo cubierto con las tiendas de sus brillantes guardianes, ni la que apareció sobre el monte
inflamado de Dotan, cuando se vio un campo de fuego pronto a devorar al rey sirio, que para
sorprender a un solo hombre había puesto un ejército en campaña y dado principio a la guerra
como un bandolero, sin declararla.
El príncipe de las jerarquías dejó en la colina, en su brillante puesto, a sus guerreros
para que tomaran posesión del jardín, y se adelantó solo para encontrar el sitio donde Adán se
había refugiado; pero no sin que fuera divisado por nuestro primer padre, que dijo a Eva
mientras el gran mensajero se acercaba:
—Eva, prepárate ahora a grandes acontecimientos, que quizá decidirán en breve de
nuestra suerte, o nos impondrán la observancia de nuevas leyes, porque descubro allá abajo uno
de los ángeles de la milicia celeste, descendiendo de la nube resplandeciente que vela la colina, y
que, a juzgar por su porte, no es de los inferiores, sino un gran prócer o uno de los tronos de
arriba según su majestuoso continente. No tiene, sin embargo, un aspecto terrible que me
inspire temor, ni, como Rafael, ese aire sociable y dulce que me permita confiar mucho en él;
pero es solemne y sublime. Es preciso, para que no se ofenda, que me acerque a él
respetuosamente y que tú te retires.
Al decir esto, el arcángel llegó presuroso cerca de él, no en su forma celestial, sino como
un hombre vestido para ir en busca de otro hombre. Sobre sus armas brillantes ondulaba una
cota de mallas de una púrpura más viva que las de Melibea o de Sarra, que llevaban los reyes o
los héroes antiguos en los tiempos de tregua; Iris había tejido su trama. El casco estrellado que
el arcángel llevaba con la Visera levantada dejaba ver en él los primeros rasgos de la virilidad
que siguen a la juventud. Del costado de Miguel pendía, como un resplandeciente zodíaco, la
espada, terror de Satanás, y en su mano llevaba una lanza. Adán le hizo una profunda reverencia;
Miguel, en su regio continente, no se inclinó, sino que explicó desde luego su venida, de esta
suerte:
—Adán, ante la orden suprema de los cielos, es superfluo todo preámbulo; bástete saber
que han sido escuchados tus ruegos y que la muerte que debías sufrir, según la sentencia, en el
momento mismo de tu falta, se verá privada de apoderarse de ti durante los muchos días que se
te conceden para que puedas arrepentirte y resarcir por medio de buenas obras un acto culpable.
Entonces será posible que, aplacado tu Señor, te redima completamente de las avaras

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO XI

reclamaciones de la muerte. Pero no permite que habites por más tiempo este Paraíso; he venido
para hacerte salir de él y enviarte fuera de este jardín a labrar la tierra de la que fuiste sacado y
el suelo que más te conviene.
El arcángel no dijo nada más, porque Adán, herido en lo más íntimo del corazón por
tales noticias, fue presa de la glacial congoja del dolor, que le privó de sus sentidos. Eva, que lo
había oído todo sin ser vista, descubrió por un desgarrador gemido el sitio donde estaba
retirada.
—¡Oh, golpe inesperado, peor que la muerte! ¡Con que he de abandonarte, oh, Paraíso!
¡Abandonaros de esta suerte, a ti, oh, suelo natal, y a vosotras, alamedas encantadoras, florestas
dignas de ser frecuentadas por los dioses! Yo esperaba pasar aquí tranquila, aunque triste, el
plazo concedido hasta el día de nuestra muerte. ¡Oh, flores, que no creceréis, jamás bajo otro
clima, que recibíais por la mañana mi primera, y por la tarde mi última visita! Flores que cuidé
con mano cariñosa desde que se entreabrió el primer capullo, y a las que di nombre, ¿quién os
expondrá ahora a los rayos del sol, quién os ordenará en tribus y os regará con el agua de la
fuente de ambrosía? Y tú, retiro nupcial, adornado por mí con todo cuanto puede ser agradable
al olfato o a la vista, ¿cómo separarme de ti? ¿Dónde hallaré otro igual en un mundo inferior,
que, comparado a éste, será oscuro y salvaje? ¿Cómo podremos respirar otro aire menos puro,
estando acostumbrados a frutos inmortales?
El ángel la interrumpió dulcemente, diciéndole:
—Eva, no te lamentes así; antes bien, resígnate con paciencia a la pérdida que has
sufrido justamente; no dirijas tan apasionadamente los deseos de tu corazón a lo que ya no te
pertenece. Además, no te alejas completamente sola: tu marido va contigo. Estás obligada a
seguirle; piensa que el sitio en que él habite debe ser tu país natal.
Adán, volviendo entonces de su repentino y glacial estupor, coordinó sus ideas confusas,
y dirigió a Miguel estas humildes palabras:
—Ser celestial, ya ocupes un lugar entre los tronos o ya seas el primero entre ellos,
porque una forma como la tuya puede parecer la de un príncipe superior a los príncipes: nos has
transmitido con dulzura ese mensaje que, anunciado de otro modo, hubiera podido herirnos y,
cumpliéndose, causarnos la muerte. Sin embargo, todo el pesar, todo el abatimiento y la
desesperación que puede soportar nuestra flaqueza se encierran en tus palabras, en el destierro
de esta mansión dichosa, nuestro apacible retiro, nuestro único consuelo, con el que nos
habíamos familiarizado. Todos los demás lugares de la Tierra nos parecerán inhospitalarios y
desolados, y seremos tan desconocidos para ellos como ellos lo son para nosotros.
“¡Ah!, si me atreviese a esperar que una súplica incesante cambiara la voluntad del que
lo puede todo, no cesaría de importunarle con mis asiduos lamentos, pero contra su decreto

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO XI

absoluto, la oración no tiene más fuerza que nuestro aliento contra el huracán, el cual lo rechaza
sofocante contra el mismo que lo exhala.
“Me someto, pues, a su gran mandato. Lo que más me aflige es que, al alejarme de aquí,
me veré privado de contemplar su faz, privado de su protección sagrada. Aquí hubiera podido
tributarle adoración en los sitios en que se dignó mostrar su divina presencia, y habría dicho a
mis hijos: «En esta montaña se me apareció; bajo este árbol se presentó visiblemente; entre estos
pinos oí su voz; aquí, a la orilla de esta fuente, conversé con Él.»
“Mi agradecimiento le habría elevado muchos altares de césped; yo hubiera amontonado
las pulidas piedras de los arroyos, como un recuerdo o como un monumento para las edades
venideras; en esos altares le habría ofrecido los dulces perfumes de las olorosas gomas, frutos y
flores. En el mundo inferior, allá abajo, ¿dónde podré ver sus brillantes apariciones y las huellas
de sus pies? Porque, aunque debo huir de su cólera, estando, sin embargo, destinado a una larga
vida y habiéndome sido prometida una posteridad, contemplo ahora con gozo la extremidad de
la orla de su gloria y adoro desde lejos los vestigios de sus pasos.”
Mirándole con suma benignidad, le respondió Miguel:
—Adán, bien sabes que tanto el Cielo como la Tierra entera pertenecen a Dios, y no
este monte solamente; su omnipresencia llena la tierra, el mar, el aire y todas las cosas, a quienes
fomenta y comunica un dulce calor con su poder virtual. Te ha dado toda la Tierra para poseerla
y gobernarla; no debe despreciarse semejante don. No te imagines, pues, que su presencia esté
confinada a los estrechos límites de este Paraíso o del Edén. El Edén hubiera sido quizá tu
principal asiento, de donde habrían salido todas las generaciones y adonde habrían acudido de
todas las extremidades de la Tierra para celebrarte y reverenciarte como a su gran autor; pero
esta preeminencia la has perdido por haber descendido ahora a habitar la misma tierra que
habitarán tus hijos.
“A pesar de esto, no dudes que Dios deje de hallarse presente en la llanura y en el valle,
lo mismo que aquí; las señales de su presencia te seguirán todavía; aún te verás rodeado de su
bondad, de su amor paternal, de su imagen expresa y de la huella divina de sus pasos. A fin de
que puedas creerlo y estar seguro de ello antes de salir de aquí, has de saber que he sido enviado
para revelarte lo que debe acontecerte a ti y a tu raza en los tiempos futuros. Prepárate a oír el
bien y el mal; a ver a la gracia sobrenatural luchando con la maldad de los hombres; esto te
enseñará a tener verdadera paciencia y a templar la alegría con el temor y con una santa tristeza,
acostumbrado por la moderación a soportar cualquier mudanza, bien sea próspera o adversa. De
este modo dirigirás con más seguridad tu vida y estarás mejor preparado a arrostrar su tránsito
a la muerte cuando ésta llegue. Sube a esa colina; deja a tu esposa, cuyos párpados he cerrado,
que duerma aquí abajo, mientras tú velarás para contemplar el porvenir así como dormiste el día
en que Eva fue formada para la vida.”
Adán, lleno de gratitud, le contestó:

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO XI

—Sube; por cualquier sendero que me conduzcas te seguiré, guía seguro, inclinándome
bajo el brazo del cielo, por más que me castigue. Me armaré de paciencia para soportar el mal, y
de bastante sufrimiento para vencer y lograr el reposo a costa del trabajo, si es que de esta
suerte puedo alcanzarlo.
Ambos subieron a la visión de Dios. Ésta era una montaña, la más alta del Paraíso,
desde cuya cima se ofrecía a la vista extensamente y hasta la más lejana perspectiva el hemisferio
de la Tierra. No era más alta, ni desde ella se descubría en torno mayor espacio, la montaña
sobre la cual el tentador transportó por motivo diferente a nuestro segundo Adán en el desierto
para mostrarle todos los reinos de la Tierra y todas sus glorias.
Desde allí, la mirada de Adán podía dominar, en cualquiera parte donde estuviesen
situadas, las ciudades de fama antigua o moderna, las capitales de los imperios más poderosos,
desde los muros destinados para Cabalu, residencia del kan de Catay, y desde Samarcanda, trono
de Temir, cerca del Osus, hasta Pekín, capital de los reyes de China; y desde allí, hasta Agra y
Labora, del Gran Mogol, descendiendo hasta el Quersoneso de Oro, o bien hacia el sitio que el
Persa habitaba en otro tiempo en Ecbatana, o en Ispahan después, o hacia Moscú, ciudad del zar
de Rusia, o hacia Bizancio, sometida al sultán, oriundo del Turquestán. Sus ojos podían ver
también el imperio de Negus hasta Ercoco, su puerto más distante, y los reducidos estados
marítimos de Mombaza, Quiloa, Melinde y Sófala, que se cree sea Ofir, hasta el reino del Congo
y el de Angola, el más distante hacia el sur. Desde allí podía divisar entre el río Níger y el monte
Atlas, los reinos de Almanzor, de Fez, de Sus, de Marruecos, de Argel y de Tremecén, y en
seguida, en Europa, los sitios donde Roma debía dominar el mundo. Quizá vio también
representada en su espíritu la rica México, asiento de Moctezuma, y en el Perú, a Cuzco, morada
más rica aún de Atabalipa, y la Guyana, no despojada aún, y cuya gran ciudad fue llamada
Eldorado por los hijos de Gerión.
Pero, para proporcionarle espectáculos más nobles, Miguel disipó la nube formada
sobre los ojos de Adán por el fruto falaz que le había prometido una vista más penetrante. El
ángel le limpió el nervio óptico con eufrasia y ruda porque había de ver muchas cosas, y dejó
caer en sus ojos tres gotas de agua de la fuente de la vida. La virtud de aquel colirio penetró tan
profundamente aun en la parte más interior de la vista mental, que Adán, obligado entonces a
cerrar los ojos, cayó, y todos sus sentidos se entorpecieron; pero el gracioso ángel le levantó,
cogiéndole de la mano, y llamó de este modo su atención:
—Adán, abre ahora los ojos y contempla desde luego los efectos que tu pecado original
ha operado en algunos de los que deben nacer de ti, y que ni han tocado jamás al árbol
prohibido, ni conspirado con la serpiente, ni pecado con tu pecado. Y, sin embargo, de este
pecado procede la corrupción que debe producir las más violentas acciones.
Adán abrió los ojos y vio un campo; en una parte de aquel campo, ya cultivada, se veían
gavillas segadas recientemente; en la otra, praderas y dehesas de ganados; en el centro, como

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO XI

sirviendo de límites, se elevaba un rústico altar de césped. En aquel momento, un segador,


cubierto de sudor, depositó en él las primicias de su trabajo, la verde espiga y la amarilla mies,
amontonadas confusamente. Después de éste acudió un amable pastor con los más tiernos, los
mejores y más escogidos corderos de su rebaño; los sacrificó en seguida y extendió sus entrañas
y su grasa, salpicadas de incienso, sobre la pira preparada, y practicó todos los ritos debidos. Al
punto, un fuego propicio del cielo consumió su ofrenda con una llama rápida y un humo
agradable; la otra ofrenda no fue consumida, porque no era sincera; por lo cual, el labrador se
sintió poseído de una rabia tal, que, mientras hablaba con el pastor, le hirió en mitad del pecho
con una piedra que le arrancó la vida; cayó y, cubierto de una palidez mortal, exhaló su alma
entre gemidos y un torrente de sangre que inundó el suelo.
Adán sintió su corazón sobrecogido de espanto ante aquel espectáculo, y dijo
apresuradamente al ángel:
—¡Oh, maestro!, ¿qué terrible desgracia ha sucedido a ese hombre amable, que había
ofrecido dignamente su sacrificio? ¿Alcanzan tal recompensa la piedad y la devoción más puras?
Miguel, conmovido también, le contestó:
—Esos son dos hermanos, Adán, y ambos saldrán de tus riñones: el injusto ha dado la
muerte al justo por envidia de que el cielo hubiese aceptado la ofrenda de su hermano. Pero tan
sanguinaria acción será vengada; y la fe del justo, que ha merecido aceptación, no dejará de tener
su recompensa, por más que le veas morir aquí, revolcándose en el polvo y en la sangre
coagulada.
Nuestro primer padre replicó:
—¡Ah, por qué acción y por qué motivo! Pero ¿es la muerte lo que acabo de ver? ¿Debo
volver por ese camino a mi polvo natal? ¡Oh, terrorífico espectáculo! ¡Cuan disforme y horrible
se presenta la muerte a mi vista! ¡Cuan espantoso es pensar en ella y tenerla que sufrir!
Miguel le dijo:
—Has visto ya la muerte bajo la primera forma en que se ha mostrado al hombre; pero
sus formas son muy variadas, así como numerosísimos los caminos que conducen a su horrorosa
caverna, todos a cual más funestos. Sin embargo, ese antro es para los sentidos más terrible a su
entrada que en el interior. Algunos morirán, como acabas de ver, bajo la acción de un golpe
violento; otros varios, por el fuego, el agua, el hambre; la mayor parte, por su intemperancia en
la comida y bebida, que producirá en la tierra enfermedades crueles, cuya monstruosa
muchedumbre va a presentarse ahora mismo ante ti para que puedas conocer las miserias que
legará a los mortales la incontinencia de Eva.
Inmediatamente apareció a su vista un lugar triste, infecto, oscuro, semejante a un
lazareto. En aquel sitio había multitud de enfermos, aquejados de todas las dolencias que causan

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO XI

horribles espasmos, torturas desgarradoras, desfallecimientos y agonía del corazón, fiebres de


toda especie, convulsiones, epilepsias, catarros crueles, cálculos urinarios, úlceras, agudos
cólicos, frenesí de endemoniados, la pensativa melancolía, la demencia lunática la aniquiladora
atrofia, el marasmo, la peste (que tantas víctimas ocasiona), las hidropesías, los asmas y los
reumatismos que descoyuntan los miembros. Crueles eran los sacudimientos; profundos los
gemidos. La Desesperación iba solícita de lecho en lecho, visitando a los enfermos, y la Muerte
blandía triunfante sobre ellos su dardo; pero difería herirlos con él, por más que la invocaran
frecuentemente como su primer bien y su última esperanza.
¿Qué corazón de piedra hubiera podido contemplar por largo rato, con los ojos secos,
semejante espectáculo? A Adán no le fue posible, y lloró, aunque no era nacido de mujer; la
compasión se apoderó de lo mejor que tiene el hombre, y durante algunos instantes se entregó al
llanto, hasta que, al fin, algunos pensamientos más firmes moderaron su exceso; y recobrando
apenas la palabra, renovó sus lamentos:
—¡Oh, desgraciada especie humana, en qué degradación has caído! ¡A qué estado tan
miserable te ves reducida! ¡Más valdría no haber nacido! ¿Por qué se nos ha dado la vida, si se
nos ha de quitar de ese modo? O, más bien: ¿por qué así se nos ha impuesto? Si conociéramos lo
que recibimos, ¿quién había de aceptar la vida que se le ofrece sin aspirar a verse libre de ella en
breve, contento con ser despedido en paz de este mundo? ¿Cómo es posible que la imagen de
Dios, creada en un principio en el hombre tan bella y elevada, aunque después culpable, llegue a
ser víctima de espantosos dolores, de torturas inhumanas? ¿Por qué, conservando el hombre un
resto de la semejanza divina, no se ha de ver libre de esas deformidades? ¿Por qué no se ha de
ver libre de ellas, por consideración siquiera a la imagen de su Creador?
—La imagen de su Creador —respondió Miguel— se ha apartado de ellos en el
momento en que ellos mismos se han envilecido por satisfacer sus apetitos desordenados;
entonces se revistieron de la imagen de aquel a quien servían, del vicio brutal, que indujo
principalmente a Eva al pecado. Por eso es tan abyecto su castigo; no desfiguran la semejanza de
Dios, sino la suya; o si es borrada por ellos mismos esta semejanza cuando pervierten las reglas
sanas de la pura Naturaleza, convirtiéndola en asquerosas enfermedades, vense sometidos a un
condigno castigo, puesto que no han respetado en sí mismos la imagen de Dios.
—Reconozco que el castigo es justo, y lo acato —dijo Adán—: pero ¿no hay otra vía
más que esos penosos senderos para llegar a la muerte y a mezclarnos con nuestro polvo
consustancial?
—Hallarás una —dijo Miguel— si observas la regla: en nada demasiado, regla
aconsejada por la templanza en cuanto comes o bebes, buscando un alimento necesario y no las
delicias de la gula; de este modo pasarán numerosos años sobre tu cabeza; así podrás vivir hasta
el momento en que, semejante a un fruto maduro, caigas en el seno de tu madre; de este modo no
serás arrancado de la vida con violencia, sino cogido con facilidad, cuando estés sazonado para la

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO XI

muerte; tal es la edad senil. Pero entonces sobrevivirás a tu juventud, a tu fuerza, a tu hermosura
ya marchita, débil y encanecida; entonces tus sentidos, embotados, serán insensibles a todos los
gustos, a todos los placeres. En vez de ese soplo de juventud, de alegría y de esperanza, circulará
por tu sangre un vapor melancólico, frío y estéril, que entumecerá tu espíritu y consumirá por
último la savia de tu vida.
Nuestro gran antepasado replicó:
—En adelante, no huiré ya de la muerte, ni desearé prolongar mucho mi vida, sino que
procuraré buscar los medios más suaves, los más fáciles, para lanzar de mí esta pesada carga que
me veo obligado a llevar hasta el día fijado para restituirla y esperar con paciencia mi disolución.
Miguel repuso:
—No ames ni aborrezcas la vida; pero procura hacer transcurrir bien los días que te
conceda el cielo. Por lo demás, deja que éste se ocupe de la duración de aquélla. Ahora prepárate
a presenciar otro espectáculo.
Adán miró y vio una llanura espaciosa, cubierta de tiendas de diferentes colores; cerca
de algunas de ellas pacían numerosos ganados. Del interior de otras muchas se elevaba el sonido
de los acordes producidos por el arpa y el órgano; veíase al que hacía mover las teclas y las
cuerdas; su mano ligera recorría inspirada todos los tonos y modulaba, recorriendo también el
instrumento de uno a otro lado, una sonora fuga.
En otro lugar estaba un hombre trabajando en una fragua, el cual había fundido dos
macizos lingotes de hierro y de cobre (ya sea que los hubiese hallado en donde un incendio
casual, devorando los bosques de una montaña o valle, y penetrando en las entrañas de la tierra,
hubiera hecho salir la materia derretida por la boca de alguna cavidad, o bien que aquellas masas
hubiesen sido desenterradas por algún torrente); el hombre vertió el mineral líquido en moldes
expresamente preparados; formó de él primeramente sus propias herramientas, y luego lo que
podía ser obrado por medio de la fundición o tallando el metal.
Después de estos personajes, y hacia el sitio más próximo al en que se encontraban,
viéronse bajar a la llanura algunos hombres de diferente especie desde la cumbre de las
montañas donde tenía su habitual morada; a juzgar por sus modales, parecían hombres justos, y
todo su afán se cifraba en adorar de veras a Dios, en conocer sus obras manifiestas y todas las
cosas que pueden conservar la libertad y la paz entre los hombres.
Aún no habían caminado mucho por la llanura cuando se vio salir de las tiendas una
multitud de mujeres hermosas, ricamente adornadas de pedrerías y voluptuosas galas; iban
cantando, acompañadas del arpa, dulces y amorosas baladas, y se adelantaban danzando. Los
hombres las miraron, a pesar de su gravedad, y dejaron vagar sus ojos sin freno; cogidos desde
luego en las redes del amor, las amaron, y cada cual escogió la que amaba, entreteniéndose en
coloquios de amor hasta que apareció la estrella de la tarde precursora de la noche. Entonces,

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llenos de ardor, encendieron la antorcha nupcial e invocaron al Himeneo, llamado en aquel día
por primera vez para asistir a las ceremonias del matrimonio; los ecos de las fiestas y de las
músicas resonaron en todas las tiendas.
Tan feliz entrevista, tan encantador encuentro de amor y de juventud no perdida,
aquellos cantos, aquellas guirnaldas, aquellas flores, aquellas agradables melodías, cautivaron el
corazón de Adán, sumamente propenso a entregarse al deleite, inclinación de nuestra naturaleza,
y descubrió de este modo sus sentimientos:
—¡Oh, tú, que me has abierto verdaderamente los ojos, primer ángel bendito! Esta
visión me parece mucho mejor y me infunde más esperanzas de mejores días que las dos visiones
precedentes; aquéllas eran visiones de odio y de muerte o de tormentos peores; aquí, la
Naturaleza parece realizar todos sus fines.
Miguel le contestó:
—No juzgues de las cosas por el placer que puedan causar, aun cuando parezcan
conformes a la Naturaleza; tú has sido creado para un fin más noble, un fin santo y puro y de una
conformidad más divina.
“Esas tiendas que te parecen tan hermosas son las tiendas de la maldad, bajo las cuales
habitará la raza del matador de su hermano. Esos hombres parecen ingeniosos en las artes que
hacen agradable la vida, y en sus raros inventos se olvidan de su Creador, y aunque su espíritu
les ha comunicado esos conocimientos, no reconocen ninguno de sus dones, por lo cual
engendrarán una raza soberbia; pues esa hermosa reunión de mujeres que has visto, y que
parecen divinidades, tan festivas, seductoras y gentiles, carecen, sin embargo, de ese bien en que
estriba el honor doméstico de la mujer y su principal gloria, y han nacido y se han formado tan
sólo para satisfacer lascivos apetitos, para cantar, bailar, adornarse y tener en continuo
movimiento su lengua y sus ojos. Esta escasa raza de hombres, cuya vida religiosa les había
conquistado el titulo de hijos de Dios, sacrificará innoblemente toda su virtud, toda su gloria,
ante los incentivos y las sonrisas de esas bellas ateas; ahora nadan en un mar de delicias, pero
dentro de poco nadarán en un abismo más vasto; ríen y, a consecuencia de su risa, la tierra
verterá antes de mucho un mundo de lágrimas.”
Adán, privado de su breve contento, exclamó:
—¡Oh, lástima! ¡Oh, vergüenza! ¡Que los que dieron principio tan perfectamente a su
vida se desvíen tan pronto del buen camino, sigan tortuosos senderos o desfallezcan a la mitad
de su carrera! Pero aquí, como en todo, veo que la desdicha del hombre procede de la misma
causa: ¡su origen es la mujer!
—Tiene su origen —repuso el ángel—- en la molicie afeminada del hombre, que
hubiera debido saber conservar su linaje por medio de la prudencia y de los dones superiores que
había recibido. Pero ahora prepárate a contemplar otra escena.

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Adán miró y vio desplegado ante sus ojos un vasto territorio, por el cual había
desparramadas aldeas y campestres construcciones; ciudades llenas de hombres, con puertas y
torres elevadas; reuniones de gente armada, rostros audaces amenazando con la guerra, gigantes
corpulentos y de una audacia emprendedora. Unos manejan sus armas, otros doman espumosos
corceles; tantos jinetes y peones, aislados, o formados en orden de batalla, no se encuentran allí,
ciertamente, para un vano simulacro.
Por un lado aparece un destacamento de tropas escogidas conduciendo forraje y
empujando ante sí una manada de hermosos bueyes y vacas, separados de su pasto, o un gran
número de ovejas y baladores corderos, recogidos como botín en la llanura. El pastor apenas ha
podido escapar con vida, pero llama gente en su socorro, y de ahí resulta un sangriento choque.
Los escuadrones se embisten con terrible furia; los rebaños se dispensan confusamente
mezclados con las armas y los cadáveres, en el mismo sitio donde antes pacían tranquilamente, y
cuyo suelo, ensangrentado ahora, se ha convertido en un yermo.
Otros guerreros, acampados, ponen sitio a una fuerte ciudad; la asaltan con ayuda de sus
baterías, sus escalas y sus minas; los sitiados se defienden desde lo alto de sus muros con el
dardo y la jabalina, con piedras y combustibles sulfurosos; por doquiera sólo se contemplan
carnicería y hechos gigantescos.
Más allá los heraldos, con el cetro en la mano, convocan a consejo en las puertas de una
ciudad; inmediatamente se reúnen los hombres venerables y cubiertos de canas, confundidos con
los guerreros: óyense arengas, pero pronto estalla una oposición facciosa; levántase por último
un personaje de mediana edad, eminente por su aspecto, que revela la ciencia; habla de derechos
y de culpas, de equidad, de religión, de verdad y de paz, y del juicio de Dios, viejos y jóvenes lo
escarnecen, y hubieran puesto sobre él sus manos violentas si, descendiendo una nube, no lo
hubiera arrebatado sin ser visto de entre la muchedumbre. De tal suerte procedían la violencia,
la opresión y la ley del más fuerte en toda la llanura, sin que nadie encontrara un refugio.
Adán lloraba amargamente; se volvió lleno de tristeza hacia su guía y le dijo:
—¡Oh! ¿Quiénes son ésos? Ministros de la muerte, sin duda, y no hombres, cuando tan
inhumanamente distribuyen la muerte a los demás hombres, multiplicando diez mil veces el
pecado del que mató a su hermano. Porque ¿en quiénes cometen tales matanzas sino en sus
hermanos? ¡Son hombres contra hombres! Pero ¿quién era ese varón justo que, a no haberle
salvado el cielo, habría perecido víctima de su rectitud?
Miguel le contestó:
—Ese es el fruto de los desproporcionados enlaces que has visto antes, en los que el
bueno se ha unido al malo, a pesar de aborrecer ellos mismos semejante unión; confundidos
imprudentemente entre sí, han engendrado esos seres monstruosos en cuerpo y en espíritu.
Tales serán esos gigantes, hombres que alcanzarán elevado renombre, porque en estos días sólo

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será admirada la fuerza, a la que se llamará valor y virtud heroica; vencer en los combates,
subyugar a las naciones, recoger los despojos de una infinidad de hombres asesinados, serán los
timbres que considerará como de mayor gloria la especie humana, gloria de que se mostrarán
ávidos esos triunfadores, a quienes se prodigarán los títulos de grandes conquistadores, de
patronos de la Humanidad, de dioses e hijos de los dioses, cuando con más justicia debería
llamárseles destructores y azote de los hombres. De este modo alcanzarán la reputación, la fama
en la Tierra, al paso que el que merezca verdaderamente la gloria, yacerá sepultado en el olvido.
Pero ese que has visto, y que será el séptimo de tus descendientes, el único justo en medio de un
mundo perverso, aborrecido y rodeado de enemigos por eso mismo, porque se ha atrevido a ser
el solo justo y a anunciar la odiosa verdad de que Dios vendría a juzgarlos con sus santos, ése ha
sido arrebatado por el Altísimo en una nube perfumada, tirada por corceles alados. Dios lo ha
recibido en su seno para que marche con él por la elevada vía de la salvación, por las regiones
benditas, exento de la muerte. Dirige ahora hacia aquí tus miradas, a fin de que contemples la
recompensa que está destinada a los buenos y el castigo que espera a los malos.
Adán miró, y vio que había cambiado por completo la faz de las cosas; las bronceadas
fauces de la guerra habían cesado de rugir; todo se había convertido en fiestas y juegos, lujuria y
crápula, en diversiones y danzas, en casamientos o prostituciones, en rapto y adulterio, al azar y
por dondequiera que pasara una mujer hermosa atrayendo a los hombres; de la copa del placer
rebosaban las discordias civiles. Un personaje venerable apareció por último entre ellos; les
manifestó la grande aversión que le inspiraban sus acciones, y protestó contra su proceder.
Frecuentaba asiduamente sus reuniones, donde tan sólo encontraba triunfos y orgías, y les
predicaba la conversión y el arrepentimiento, como almas que se hallaban bajo el inmediato
golpe de sentencias inminentes; pero todo en vano. Cuando así lo conoció, cesó en sus
amonestaciones, y trasladó sus tiendas lejos de ellos.
Entonces, cortando en la montaña corpulentos árboles, empezó a construir un barco, de
rara magnitud, que midió por codos en su longitud, latitud y altura. Lo calafateó con pez, puso
una puerta en uno de sus costados y lo llenó de cierta cantidad de provisiones para el hombre y
para los animales. En seguida, ¡oh, raro prodigio!, de cada especie de animales, pájaros e insectos,
llegaron siete y siete, macho y hembra, y entraron en el arca según la orden que habían recibido.
El padre y sus tres hijos y sus cuatro mujeres entraron los últimos, y Dios cerró la puerta.
Al propio tiempo se levantó un viento del Sur, y desplegando por el horizonte sus
negras alas, reunió todas las nubes que había debajo del cielo. Las montañas enviaron
vigorosamente en su auxilio sus vapores y sus sombrías y húmedas emanaciones, y entonces
apareció el denso firmamento como una oscura bóveda; la lluvia se precipitó impetuosamente
desde allí y continuó así hasta que desapareció la tierra. El flotante bajel iba elevándose con
seguridad y luchando con su aguda proa contra el embate de las olas. La inundación subió por
encima de todas las demás moradas del hombre, que fueron rodando con toda su pompa hasta el
fondo de las aguas. El mar cubrió al mar, mar sin orillas, y en los palacios donde poco antes

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reinaba el lujo, buscaron un abrigo y fijaron su asiento los monstruos marinos. Todo cuanto
había quedado del género humano, antes tan numeroso, flota ahora embarcado en un frágil leño.
¡Cuánto sufriste entonces, Adán, al ver el desastroso fin de tu posteridad, la
despoblación de la Tierra! Sumido tú mismo en otro diluvio de pesares y lágrimas, también te
viste ahogado y abismado como tus hijos, hasta que, socorrido dulcemente por el ángel, te
pusiste en pie, si bien desolado, como cuando un padre llora a sus hijos que han sido destruidos
simultáneamente ante sus ojos; apenas te quedó aliento para dirigir al ángel tus lamentos de esta
suerte:
—¡Oh, funestas previsiones! ¡Cuánto más me valiera haber vivido en la ignorancia del
porvenir! Así tan sólo sufriría mi parte de mal, que harto grande es la que he de soportar cada
día. Ahora, merced a esta revelación anticipada, pesan a la vez sobre mí las desgracias que deben
acaecer unas tras otras en muchos siglos, pues obteniendo una existencia prematura, me
atormentan aun antes de ser, con la idea de lo que serán. Ningún hombre procure en adelante
saber lo que ha de sucederle a él o a sus hijos, porque adquirirá el convencimiento de un mal que
su misma previsión no podrá evitar, y el mal futuro, conocido de esta suerte, no será para él
menos doloroso que si en realidad existiera. Pero este cuidado es ahora inútil, porque no hay ya
hombres a quienes prevenir. El corto número de ellos que ha quedado se verá consumido más o
menos tarde por el hambre y la angustia, errando por ese desierto líquido. Me había atrevido a
esperar que, en cuanto hubieran cesado sobre la Tierra la guerra y la violencia, iría entonces
todo bien, y que la paz coronaría a la especie humana con una prolongada serie de días
venturosos. ¡Cuánto me he engañado! Ahora lo veo: ¡la paz es tan corruptora como devastadora
la guerra! ¿Y por qué ha de suceder así? Dímelo, guía celestial, y dime también si la raza de los
hombres debe terminar ahí.
Miguel le dijo:
—Aquellos que has visto últimamente en triunfo y en medio de una lujuriosa opulencia
son los mismos que viste antes llevando a cabo actos de eminentes proezas y grandes hazañas,
pero en cuyo interior no existía la verdadera virtud. Después de haber derramado mucha sangre,
después de haber causado muchos estragos para subyugar a las naciones, y de haber adquirido a
consecuencia de esto una gran fama por el mundo, pomposos títulos y rico botín, se han lanzado
en la carrera del placer, de la comodidad, de la pereza, de la licencia y de la crápula, hasta que,
por último, su incontinencia y su orgullo han engendrado, en el seno mismo de la amistad,
hostiles acciones en medio de la paz.
“Los vencidos y los que han quedado reducidos a la esclavitud por la tiranía de la
guerra, perdida su libertad, perderán también toda virtud y todo temor de Dios; su hipócrita
piedad le implora en la ansiedad de las batallas; pero Dios les rehúsa su auxilio contra el invasor.
Entibiado su celo por esta razón, no pensarán ya más que en vivir tranquilos, en posesión de lo
que su amo les abandone, mundanos o disolutos, porque la Tierra será siempre más que

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suficientemente fecundada para poner a prueba la templanza. Así es que todo degenerará, todo
se pervertirá. La justicia y la templanza, la verdad y la fe, serán olvidadas por todos, excepto por
el solo hombre, hijo único de la luz en un siglo de tinieblas, bueno a pesar de los ejemplos, a
pesar de los incentivos, de las costumbres y de un mundo irritado. Sin temor al reproche, al
desprecio o a la violencia, dirá a los hombres que se aparten de sus inicuas vías; trazará ante
ellos los senderos de la rectitud, mucho más seguros y pacíficos que los que siguen,
anunciándoles que la cólera omnipotente está próxima a visitar su impenitencia, y se retirará de
ellos insultado, pero apareciendo ante los ojos de Dios como el único justo existente.
“Por orden suya construirá un arca maravillosa, tal como la has visto, para salvarse él y
su familia, en medio de un mundo destinado a un naufragio universal. Apenas se habrá refugiado
en el arca y puesto a cubierto con los hombres y los animales escogidos para propagar la vida,
cuando abriéndose todas las cataratas del cielo, derramarán la lluvia día y noche sobre la Tierra;
todos los depósitos del abismo reventarán, y yendo a aumentar las aguas del Océano, harán que
éste se desborde hasta que la inundación se eleve por encima de las más altas montañas.
“Entonces este monte del Paraíso será arrastrado por la fuerza de las olas fuera de su
sitio; impelido por el doble desbordamiento, despojado de todo su verdor y sus árboles
entregados a la corriente, descenderá hacia el gran río hasta la boca del golfo, donde se
arraigará, y formará una isla inmunda y desierta, retiro de las focas, de las oreas y de las
gaviotas de estridente grito. Esto debe enseñarte que Dios no aplica la santidad a lugar alguno si
no es llevada a él por los hombres que lo frecuentan o habitan. Mira ahora lo que debe suceder
en seguida.”
Adán miró y vio el arca flotando sobre la masa de aguas, que iban disminuyendo,
porque las nubes habían huido impelidas por un fuerte viento Norte, cuyo seco soplo arrugaba la
superficie de la inundación a medida que ésta descendía. El claro Sol lanzaba sus ardientes
miradas sobre su líquido espejo, y como si tuviera sed, bebía ampliamente las frescas olas. En
breve aquella inmensa cantidad de agua, que durante mucho tiempo había permanecido inmóvil
como un lago, retirándose por un decrecimiento semejante al del reflujo, desapareció con rápido
paso en las profundidades del abismo, que había echado sus vastas esclusas, así como el cielo
había cerrado sus cataratas.
Dejó de flotar el arca, pero pareció como si estuviese encallada y fija en la cima de la
montaña. Las cumbres de las colinas iban apareciendo como rocas; las rápidas corrientes
conducían con fragor su furiosa marea hacia el mar, que se retiraba. A poco rato sale volando del
arca un cuervo, y tras él una paloma, enviada como más segura mensajera una y otra vez para
descubrir algún verde árbol o alguna tierra donde pudiera posarse; al volver de su segunda
excursión, trajo en el pico un ramo de olivo en señal de paz. En breve apareció la tierra seca, y el
antiguo padre descendió del arca con todo su séquito. Entonces, lleno de gratitud, elevando sus
manos y sus piadosas miradas hacia el cielo, vio sobre su cabeza una nube de rocío y en aquella
nube un arco notable por tres fajas de brillantes colores, anunciando la paz de Dios y una nueva

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO XI

alianza. Ante aquel espectáculo, el corazón de Adán, antes tan triste, se inundó de júbilo, y dio
paso a su gozo de esta suerte:
—¡Oh, tú, celestial instructor, que puedes mostrar las cosas futuras como si fueran
presentes! Me siento renacer ante esta última visión, seguro de que ya el hombre vivirá con
todas las criaturas y de que su raza será conservada. Ahora es menor el pesar que me acusaba la
destrucción de un mundo entero de hijos criminales, por el gozo que siento al encontrar un
hombre tan perfecto y tan justo, y al ver que Dios se ha dignado hacer salir otro mundo de ese
hombre y olvidar su cólera. Pero dime: ¿qué significan esas fajas de colores en el cielo, que
aparecen dibujadas en él como si fueran la ceja de Dios apaciguado? ¿Sirven quizá como un
florido lazo para atar los bordes fluidos de esa nube llena de agua, evitando que se disuelva de
nuevo e inunde la Tierra?
El arcángel le respondió:
—Has discurrido ingeniosamente: en efecto, Dios ha querido aplacar su cólera, aunque
se hubiese arrepentido últimamente de haber creado al hombre depravado, sintió afligido su
corazón, cuando al dirigir sus miradas sobre la Tierra la vio completamente dominada por la
violencia, y que toda carne había corrompido sus vías. Exterminados, sin embargo, los
perversos, ha encontrado un hombre justo tal gracia a sus ojos, que se ha aplacado y no ha raído
del mundo al género humano; le ha hecho la promesa de no destruir la Tierra con un nuevo
diluvio, de no permitir que el Océano salga de sus límites, ni que la lluvia ahogue el mundo con
el hombre y los animales que contenga; pero cada vez que haga aparecer las nubes sobre la
Tierra, colocará en ellas su arco tricolor, a fin de que represente y recuerde su prometida alianza.
El día y la noche, el tiempo de las siembras y el de la recolección, el calor y las blancas heladas
seguirán su curso, hasta que el fuego purifique todas las cosas nuevas, con el cielo y la tierra
donde morará el justo.

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L I B RO D U O D É C I M O

El ángel Miguel continúa relatando lo que sucederá después del Diluvio. Al hacer
mención de Abrahám, explica gradualmente quién será el que salga de la raza de la
mujer y que ha sido prometido a Adán y Eva cuando se pronunció su sentencia: su
encamación, muerte, resurrección y ascensión. Estado de la Iglesia hasta su
segunda venida. Adán, plenamente satisfecho y tranquilizado por aquellos relatos y
estas promesas, desciende de la montaña con Miguel. Despierta Eva, que había
permanecido dormida todo aquel tiempo, pero cuyos sueños apacibles la habían
predispuesto a la tranquilidad de espíritu y a la sumisión. Miguel conduce a los dos
de la mano fuera del Paraíso; agítase tras ellos la centelleante espada, y los
querubines se colocan convenientemente en sus puestos para impedir la entrada.

C omo un viajero que se detiene a la mitad de la jornada, aunque deseoso de llegar al


término, así el Arcángel hizo una pausa entre el mundo destruido y el mundo
restaurado, suponiendo que quizás Adán tendría alguna observación que dirigirle. En
breve continuó su relato por medio de una suave transición.
—Acabas de ver el principio y el fin de un mundo, y al hombre saliendo como de un
segundo tronco. Aún te queda mucho que ver; pero observo que tu vista mortal desfallece. Los
objetos divinos deben por necesidad debilitar y fatigar los sentidos humanos; por eso ahora me
limitaré a referirte lo que debe acaecer; escucha, pues, con la debida solicitud y estame atento.
“Mientras esta segunda raza de hombres sea poco numerosa, y mientras se conserve
fresco en su memoria el recuerdo del reciente y terrible juicio, temiendo a la Divinidad y
respetando lo que es recto y justo, llevarán una vida arreglada y se multiplicarán rápidamente.
Labrarán la tierra, recogerán abundantes cosechas de trigo, vino, aceite, y sacrificando a menudo
un toro, un cordero, un cabrito de su rebaño con abundantes libaciones de vino, instituirán
fiestas sagradas, y pasarán sus días en medio de un gozo inocente; habitarán en paz durante
largo tiempo, divididos en tribus y en familias bajo el cetro paternal, hasta que salga un hombre
de corazón soberbio y ambicioso, que no satisfecho con tan bella igualdad, con tan fraternal
estado, pretenderá arrogarse una dominación injusta sobre sus hermanos, y despojar
enteramente a la concordia y a la ley de la Naturaleza de la posesión de la Tierra. Se dedicará a
la caza; su presa serán los hombres y no los animales, y hará cruda guerra y preparará hostiles

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO XII

emboscadas a los que se resistan a someterse a su imperio tiránico. Por esto será llamado
forzudo cazador delante del Señor, pretendiendo haber obtenido del cielo, a pesar del mismo
cielo, esta segunda soberanía; su nombre se derivará de rebelión, aunque acusará de rebelión a
los demás.
“Este hombre, seguido de una multitud unida a él por una ambición semejante, o puesta
a sus órdenes para participar de su tiranía, encontrará en su marcha desde el Edén al Occidente
una llanura, donde hierve, saliendo de la tierra, una boca del infierno, antro negro y bituminoso.
Con la materia que de él se escapa y con ladrillos, se preparan aquellos hombres a construir una
ciudad y una torre cuya cúspide pueda llegar al cielo y eternizar su nombre, temerosos de que, al
dispersarse por extrañas tierras, llegue a perderse su memoria, pero sin cuidarse de que su fama
sea buena o mala. Mas Dios, que sin ser visto desciende con frecuencia a visitar a los hombres, y
que circula por sus moradas a fin de examinar sus obras, al verlos, baja para observar la ciudad
antes de que la torre ofusque a las torres del cielo, y distribuye por irrisión en sus lenguas cierto
espíritu de variedad, con objeto de disipar desde luego su lenguaje nativo, reemplazándolo con
un discordante rumor de palabras desconocidas. Inmediatamente se sigue una repugnante
algazara entre los arquitectos; llámanse los unos a los otros sin entenderse, hasta que, roncos ya
y furiosos, creyéndose escarnecidos, llegan a las manos; grandes carcajadas resonaron en el cielo
al oír el ruido y al ver el aspecto de aquel extraño tumulto. Por último, fue abandonada la
ridícula construcción de esta obra, que se llamó Confusión.
Entonces Adán, como padre afligido, exclamó:
—¡Oh. hijo execrable! ¡Aspirar a elevarse sobre sus hermanos, atribuyéndose una
autoridad usurpada, que no le ha sido concedida por Dios! El Eterno nos otorgó tan sólo un
dominio absoluto sobre el bruto, el pez y el ave; este derecho es un don suyo; pero no ha hecho al
hombre señor de los hombres, sino que, reservando semejante título para sí mismo, ha dejado lo
humano libre de lo que es humano. Mas ese usurpador no se limita en su orgullo a dominar al
hombre, sino que con su torre pretende desafiar y asaltar al Eterno. ¡Oh, miserable! ¿Cómo
podrá llevar a tanta altura los elementos necesarios para él y para su temerario ejército? ¿Cómo
podrá elevarse sobre las nubes, donde el aire sutil hará desfallecer sus groseras entrañas, y le
hará padecer hambre de respiración, si no de pan?
Miguel le respondió:
—Con justicia aborreces a ese hijo que introducirá tal turbulencia en el estado tranquilo
de los hombres, esforzándose en subyugar la libertad racional. No obstante, debes saber también
que, desde el pecado original, se ha perdido la verdadera libertad, hermana gemela de la recta
razón que habita siempre con ella, y que fuera de ella no tiene motivos de existencia; porque en
cuanto la razón se oscurece en el hombre o no es obedecida por él, los deseos desordenados y las
tumultuosas pasiones se apoderan del imperio de la razón y reducen a la esclavitud al hombre,
libre hasta entonces. Por consiguiente, ya que el hombre permite que reinen en su interior

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JOHN MILTON
EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO XII

indignos ascendientes sobre la razón libre, Dios, por un justo decreto, la somete exteriormente a
violentos tiranos, que con frecuencia esclavizan a su vez indebidamente su libertad exterior; así,
pues, es preciso que la tiranía exista, aunque el tirano no tenga excusa para serlo; y sin embargo,
a veces las naciones decaerán tanto de la virtud (que es la razón) que se verán privadas de toda
libertad, no por la injusticia, sino por la equidad y por alguna maldición fatal que pese sobre
ellas, después de la pérdida de su libertad interior. Testigo de ello es el insolente hijo del
constructor del arca, que expiando la afrenta que infirió a su padre, oyó tronar contra su raza
esta abrumadora maldición: Tú serás siervo de los siervos.
“De esto se seguirá que, así este último mundo como el primero, irán sin cesar de mal en
peor, hasta que Dios, cansado al fin de sus iniquidades, se retire de en medio de los hombres y
aparte de ellos sus santas miradas, resuelto a abandonarlos para siempre en sus propias vías de
corrupción, y a escoger entre todas las naciones un pueblo de quien sea invocado, un pueblo del
que nazca un hombre lleno de fe, y que, residiendo aún en las riberas del Éufrates, haya sido
criado en la idolatría.
“¡Oh! ¿Podrás creer que los hombres, aun en vida del patriarca salvado del Diluvio, han
de llegar a ser tan estúpidos que abandonen al Dios vivo y se rebajen a adorar como dioses sus
propias obras de madera y de piedra? A pesar de esto, el Todopoderoso se dignará mandar a
aquel hombre por medio de una visión, que salga de la casa de su padre, del seno de su familia y
de entre los falsos dioses, y se dirija a un país que le indicará; hará proceder de él un poderoso
pueblo y, derramará sobre él sus bendiciones, de modo que en su raza todas las generaciones
serán bendecidas.
“Este hombre obedece puntualmente; y aunque no conoce la tierra adonde se encamina,
cree, sin embargo, firmemente. Veo, aunque tú no puedas verlo, con qué fe abandona sus dioses,
sus amigos, su suelo natal, Ur de Caldea; ya pasa el vado de Harán, siguiéndole una
muchedumbre incómoda de rebaños, acémilas y numerosos servidores; no camina con pobreza,
pero confía toda su riqueza a Dios, que le llama a una tierra desconocida. Ahora llega a Canaán;
veo sus tiendas levantadas en los alrededores de Siquem y en la vasta llanura de Moreh; allí
recibe la promesa de que será concedida a su posteridad toda la tierra que hay desde Hamat, que
está al Norte, hasta el desierto, que está al Sur (llamo a estos lugares por sus nombres, a pesar de
que ahora carecen de ellos); desde Hermon, al Levante, hasta el gran mar occidental. Aquí, el
monte Hermon; allí, el mar. Mira cada sitio en perspectiva conforme voy indicándotelos con la
mano; junto a la playa, el monte Carmelo; aquí, el río que nace de dos fuentes, el Jordán,
verdadero límite oriental; pero los hijos de aquel hombre habitarán en Senir, esa larga cadena de
colinas.
“Considera, además, que todas las naciones de la Tierra serán bendecidas en la raza de
este hombre, que es la designada para que salga de ella tu gran Libertador, el que quebrantará la
cabeza de la serpiente, cuyo suceso te será pronto revelado con más claridad.

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EL PARAÍSO PERDIDO – LIBRO XII

“Este bendito patriarca, que en un tiempo determinado será llamado el fiel Abrahám,
dejará un hijo, y de este hijo un nieto, igual a él en fe, sabiduría y en renombre. El nieto, con sus
doce hijos, partirá de Canaán para una tierra que será llamada Egipto andando el tiempo, y está
dividida por el río Nilo. Míralo cómo corre por ese lado, y se precipita en el mar por siete bocas.
El padre va a morar en aquel país en un tiempo de escasez, invitado a ello por uno de sus hijos
más jóvenes, cuyas dignas acciones le han elevado al segundo puesto en aquel reino de Faraón.
“Muere dejando una posteridad, que llega a formar en breve una gran nación. Esta
nación, cada vez más numerosa, causa inquietudes a un nuevo rey, que procura detener el rápido
crecimiento de aquellos extranjeros importunos; y dando al olvido los deberes de la hospitalidad,
convierte en esclavos a sus huéspedes, y condena a la muerte a sus hijos varones, hasta que dos
hermanos (esos dos hermanos se llaman Moisés y Aarón) son enviados por Dios para arrancar a
aquel pueblo de la cautividad y volverlo a conducir con gloria y cargado de botín hacia su tierra
prometida.
“Pero antes de que suceda esto, aquel tirano sin ley, que se niega a reconocer a su Dios
o a respetar su mensaje, debe verse obligado a ello con señales y juicios terribles; los ríos deben
convertirse en sangre que no se habrá derramado; las ranas, los insectos y las moscas invadirán
el palacio del monarca, y llenarán todo el país con su asquerosa invasión. Los rebaños del rey
deben morir de la peste; las úlceras y los tumores deben hinchar su carne y la de todo su pueblo.
El trueno, acompañado de granizo y el granizo, acompañado del fuego, deben desgarrar todo el
cielo de Egipto, y caer en torbellinos sobre la tierra, devorando todo cuanto encuentren. La
hierba, fruta o grano que no devoren, deben ser comidos por una nube de langostas aparecidas
como un inmenso hormiguero, sin dejar nada verde sobre la tierra. Las tinieblas palpables deben
borrar todos los límites, y hacer desaparecer tres días; por último, durante una noche, deben ser
simultáneamente heridos de muerte todos los primogénitos de Egipto.
“Domado de este modo por diez plagas, el Dragón del río consiente al fin en dejar
marchar a los extranjeros, y su obstinado corazón se humilla varias veces; pero es como el hielo,
que se endurece más después del deshielo. Persiguiendo en su furor a los mismos a quienes había
dado permiso para partir, vese sepultado con todo su ejército en el mar, que deja paso a los
extranjeros como sobre un terreno seco entre dos muros de cristal. Las olas, contenidas por
respeto a la vara de Moisés, permanecen divididas de esta suerte, hasta que el pueblo,
emancipado, consigue ganar la orilla opuesta. Tal es el prodigioso poder que Dios prestará a su
profeta, aunque, sin embargo, estará siempre presente en su ángel, que marchará delante de esos
pueblos en una nube y una columna de fuego; durante el día, en la primera, y durante la noche,
en la segunda, a fin de guiarlos en su camino, o de colocarse entre ellos y el monarca obstinado
que los persigue. El rey los perseguirá toda una noche, pero se interpondrán las tinieblas y los
defenderán de su encuentro hasta que nazca el día; entonces Dios, mirando por entre la columna
de fuego y la nube, introducirá la confusión en los enemigos, y romperá las ruedas de sus carros;
en seguida Moisés, por orden suya, extenderá otra vez su poderosa vara sobre el mar, y el mar

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obedeciendo a su vara, caerá sobre los batallones del Egipto, sepultando en el abismo todo su
bélico aparato.
“La raza escogida y libertada se adelanta desde la playa hacia Canaán, a través del
inhabilitado desierto; pero no toma el camino más corto, para evitar que, en su inexperiencia de
la guerra, se acobarde al entrar en el país de los cananeos alarmados, y que el pavor la induzca a
volverse a Egipto, prefiriendo arrastrar una vida sin gloria, reducida a la esclavitud; porque la
vida pacífica es más dulce al noble y al que no es noble cuando no se ven impelidos por la
temeridad.
“Su larga permanencia en el desierto no dejará de ser provechosa a ese pueblo, que
echará en él los cimientos de su gobierno, y elegirá entre las doce tribus su gran senado,
encargado de mandar a tenor de las leyes prescritas. En el monte Sinaí, cuya oscura cumbre
temblará cuando el Señor descienda a ella, el mismo Dios, en medio del trueno, de los
relámpagos y del estrepitoso clamor de las trompetas, dará leyes a ese pueblo. Una parte de ellas
estará consagrada a la justicia civil, la otra a las ceremonias religiosas de los sacrificios; estas
ceremonias darán a conocer por medio de tipos y de figuras misteriosas al que está destinado de
entre aquella raza para quebrantar a la serpiente, y los medios de que se valdrá para llevar a
cabo la redención del género humano.
“Pero la voz de Dios es terrible para el oído mortal; las tribus escogidas le suplican que
haga conocer su voluntad por conducto de Moisés y que haga cesar el terror; Él les concede lo
que le suplican, haciéndoles saber que no se puede llegar hasta Dios sin mediador, de cuyo
elevado carácter se reviste entonces Moisés, a fin de preparar el camino a otro Mediador más
grande, cuya llegada predecirá fijando el día, y todos los profetas, que le sucederán de edad en
edad, cantarán el tiempo del gran Mesías.
“Establecidas ya las leyes y los ritos, serán tan agradables a los ojos de Dios aquellos
que le obedezcan de buena voluntad, que se dignará colocar en medio de ellos su tabernáculo,
para que el Santo y el Único habite con los hombres mortales. Se fabricará un santuario de cedro
revestido de oro, en la forma que él ha prescrito. En este santuario habrá un arca, y en aquel
arca, su testamento, el título de su alianza. Sobre ella se eleva el trono de oro de la misericordia,
sostenido por las alas de dos brillantes querubines. Ante el trono arden siete lámparas,
representando, como en un zodíaco, las antorchas del cielo. Sobre la tienda descansará una nube
durante el día, y un rayo de fuego durante la noche, excepto cuando las tribus estén en marcha; y
conducidas por el ángel del Señor, llegarán por último a la tierra prometida a Abrahám y a su
descendencia.
“Lo demás sería muy prolijo de referir; sangrientas batallas; reyes vencidos y reinos
conquistados; el Sol deteniéndose inmóvil en medio del cielo durante un día entero, y demorando
el curso ordinario de la noche, a la voz de un hombre que diga: «Sol, detente sobre Gabaón; y tú,
Luna, sobre el valle de Ayalón, hasta que haya vencido Israel». Así se llamará el tercer

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descendiente de Abraham, hijo de Isaac, y ese nombre pasará de él a su posteridad, que se


establecerá victoriosa en Canaán.”
Aquí Adán interrumpió al ángel, diciéndole:
—¡Oh, enviado del cielo, antorcha de mis tinieblas, cuan bellas cosas me has revelado,
en particular las que se refieren al justo Abraham y a su raza! Ahora observo por vez primera
que mis ojos están verdaderamente abiertos y consolado mi corazón. Antes me tenía
dolorosamente perplejo la idea de lo que podía acontecerme a mí y a todo el género humano;
pero ahora veo su día, el día de Aquel en quien todas las naciones serán bendecidas, favor que no
he merecido, yo, que buscaba la Ciencia prohibida valiéndome de medios prohibidos. Sin
embargo, hay algo que no comprendo bien: ¿por qué se han dado tantas y tan distintas leyes a
aquellos entre quienes Dios se dignará habitar en la Tierra? tantas leyes suponen otros tantos
pecados, y siendo así, ¿cómo es posible que Dios resida entre semejantes hombres?
—No dudes —respondió Miguel— que el pecado, como engendrado por ti, reinará
entre ellos; y por esta razón se les ha dado la ley para atestiguar su depravación natural, que
excita sin cesar al pecado a luchar contra la ley. De aquí se sigue que, cuando vean que la ley, si
bien puede descubrir el pecado, no es capaz de oponerle más que débiles y figuradas sombras de
expiación, tales como la sangre de los toros y de los machos cabríos, deducirán que alguna
sangre más preciosa debe pagar la deuda humana, la del justo por el justo, a fin de que en esta
justicia que les será aplicada por la fe, encuentren su justificación para con Dios y la paz de la
conciencia, que la ley no puede calmar con sus ceremonias, pues que al hombre no le es posible
cumplir la parte moral de la ley, y no cumpliéndola, no puede vivir.
“Así es que la ley parece imperfecta y dictada solamente para disponer a los hombres, en
la plenitud de los tiempos, a una alianza mejor; para hacerles pasar, disciplinados ya, desde las
sombras simbólicas a la verdad, de la carne al espíritu, de la imposición de estrechas leyes a la
libre aceptación de una alta gracia, del temor servil al respeto filial, de las obras de la ley a las
obras de la fe.
“Por esta razón, Moisés, aunque tan particularmente amado de Dios, no siendo más que
el ministro de la ley, se verá privado de conducir al pueblo a Canaán: el que lo conduzca será
Josué, llamado Jesús por los gentiles; Jesús, que llevará el nombre y ejercerá el cargo del que
debe domar a la serpiente enemiga, y conducir con seguridad al eterno paraíso del reposo al
hombre, largo tiempo sumido y extraviado en la soledad del mundo.
“Los israelitas, colocados en su Canaán terrestre, morarán en él y prosperarán durante
mucho tiempo; pero cuando los pecados de la nación hayan alterado la paz general, obligarán a
Dios a suscitarles enemigos, de quienes los librará tantas veces cuantas se muestren penitentes,
primero por medio de los jueces, después por los reyes; el segundo de éstos, célebre por su
piedad y por sus grandes acciones, recibirá la promesa irrevocable de que su trono subsistirá
para siempre. Todas las profecías anunciarán igualmente que de la estirpe real de David (así

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llamo a ese rey) saldrá un Hijo, el Hijo de la raza de la mujer, que te ha sido predicho, que será
predicho a Abrahám como Aquel en quien esperan todas las naciones, el que ha sido predicho a
los reyes, como el último de ellos, porque su reinado no tendrá fin.
“Pero antes habrá una larga sucesión de reyes: el primero de los hijos de David, célebre
por su opulencia y su sabiduría, colocará en un templo soberbio el arca de Dios cubierta con una
nube, arca que hasta entonces habrá vagado de tienda en tienda. Una parte de los que sucederán
a este príncipe será inscrita en el número de los buenos reyes, y la otra en el de los malos: la lista
más larga será la de los malos. Las vergonzosas idolatrías y demás pecados de estos últimos,
sumados con las iniquidades del pueblo, irritarán a Dios de tal modo, que se apartará de ellos,
abandonará su tierra, su ciudad, su templo, su arca santa con todas las cosas sagradas, las cuales
serán entregadas al desprecio y convertidas en botín de aquella orgullosa ciudad cuyas altas
murallas has visto abandonadas en la confusión, por cuyo motivo será llamada Babilonia.
“Allí deja Dios a su pueblo, que gime cautivo por espacio de setenta años; en seguida le
libra del cautiverio, movido por su misericordia y por la alianza que juró a David, invariable
como los días del cielo. Vueltos de Babilonia con el beneplácito de los reyes, sus señores, a
quienes Dios predispondrá en favor de los israelitas, se dedicarán desde luego a reedificar la casa
de Dios. Durante algún tiempo vivirán en la moderación y en una justa medianía; pero al
acrecentarse su opulencia y su número, se dividirán en facciones: la primera disensión nacerá
entre los sacerdotes, hombres destinados al culto, y que por lo mismo deberían ser los que más
se esforzaran en mantener la paz: su discordia será causa de que entre la depravación hasta en el
mismo templo: se apoderarán por fin del cetro, sin miramiento a los hijos de David; pero este
cetro, que perderán en seguida, pasará a manos de un extranjero, a fin de que el verdadero Rey
ungido, el Mesías, pueda nacer despojado de su derecho.
“A su advenimiento, una estrella, que jamás había sido vista en el cielo, proclama su
venida, y guía a los sabios de Oriente, que van en busca de su morada, para ofrecerle oro,
incienso y mirra. Un ángel solemne manifiesta el lugar de su nacimiento a unos sencillos
pastores, que velan durante la noche. Acuden presurosos, llenos de júbilo, y oyen el himno de la
Natividad cantado por un coro de ángeles. Una Virgen es su Madre, pero su Padre es el poder
del Altísimo. Subirá sobre el trono hereditario, y extenderá los confines de su reino por los
anchos límites de la Tierra y su gloria por los cielos.”
Miguel se detuvo, reparando que Adán estaba dominado por un gozo tan vivo, que se
parecía al dolor; bañado en llanto, sin respiración y sin palabras, al fin pudo exhalar éstas:
—¡Oh, profeta de agradables noticias, que colmas mis más gratas esperanzas! Ahora
comprendo claramente lo que mis profundas meditaciones en vano han procurado muchas veces
indagar: porque el objeto de nuestra grande expectación será llamado la raza de la mujer. ¡Yo te
saludo, oh, Virgen Madre, que tan alta estás en el amor de los cielos! Sin embargo, saldrás de
mis ríñones, y de tus entrañas saldrá el Hijo del Dios Altísimo, uniéndose Dios de este modo con

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el hombre. Ahora es forzoso que la serpiente espere con mortal pena el quebrantamiento de su
cabeza. Pero dime: ¿cuándo y dónde será el combate? ¿Qué golpe herirá el talón del vencedor?
Miguel le contestó:
—No te imagines que su combate será lo mismo que un duelo ni pienses en heridas
locales en el talón o en la cabeza; el Hijo no reúne la humanidad a la divinidad para vencer a tu
enemigo con más fuerza, ni tampoco será dominado de esta suerte Satanás, a quien su caída del
cielo, herida la más mortal que podía recibir, no le ha impedido herirte de muerte. El Salvador
que acude a ti, ése será el que te cure; pero no destruyendo a Satanás, sino a sus obras en ti y en
tu raza; lo cual no puede suceder sino cumpliendo lo que tú no has cumplido, la sumisión a la ley
de Dios, impuesta bajo la pena de muerte, y sufriendo esta muerte debida a tu desobediencia y a
la desobediencia de los que deben nacer de ti.
“Únicamente de este modo puede quedar satisfecha la soberana justicia. Tu Redentor
cumplirá exactamente la ley de Dios, por obediencia y por amor a la vez, aunque el amor sólo
baste para cumplir la ley. Sufrirá tu castigo ofreciéndose en carne humana a una vida llena de
ultrajes y a una muerte maldita, anunciando la vida a todos los que tengan fe en su redención y
crean que la obediencia del Salvador les será imputada, que ésta se ha hecho suya por la fe y que
serán salvados por los méritos de Él, y no por sus propias obras, aunque éstas estén conformes
con la ley. Por esto será aborrecido, blasfemado, detenido con violencia, juzgado, condenado a
muerte como infame y maldito, enclavado en una cruz por su propia nación y muerto por haber
dado la vida. Pero enclavará en su cruz a tus enemigos; la sentencia dictada contra ti y los
pecados de todo el género humano serán crucificados con Él, y nada podrá dañar en adelante a
los que confíen justamente en su satisfacción.
“Muere, pero revivirá en breve. La muerte no ejercerá sobre Él un prolongado dominio;
antes que aparezca la tercera aurora, las estrellas de la mañana le verán levantarse de su tumba,
fresco como la luz naciente y pagado ya el rescate que redime de la muerte, al hombre. Su
muerte salvará al hombre, siempre que no descuide una vida ofrecida de tal modo y aprecie todo
su mérito con una fe no desprovista de obras. Este acto divino anula tu sentencia, esa muerte
que deberías sufrir envuelto en el pecado, borrado para siempre del libro de la vida; este acto
quebrantará la cabeza de Satanás, aniquilará su fuerza con la derrota del Pecado y de la Muerte,
sus principales armas, cuyo aguijón se hundirá en su cabeza mucho más profundamente que no
herirá la muerte temporal el talón del vencedor o de los redimidos por Él; porque esta muerte es
como un sueño, un dulce tránsito hacia la vida inmortal.
“Después de la resurrección, no permanecerá en la Tierra más tiempo que el suficiente
para aparecerse a sus discípulos, hombres que le siguieron siempre durante su vida. Les
encargará que enseñen a las naciones lo que de Él aprendieron, bautizando en la corriente de las
aguas a los que crean, cuya señal, lavándolos de la mancha del pecado para una vida pura, los
preparará en espíritu, si así fuere necesario, a una muerte semejante a la del Redentor. Aquellos

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discípulos instruirán a todas las naciones; porque, a partir de este día, se predicará la salvación,
no tan sólo a los hijos salidos del tronco de Abrahám, sino también a los hijos de la fe de
Abrahám, por todo el mundo; de este modo, todas las naciones serán benditas en la raza de
Abrahám.
“En seguida, el Salvador subirá victorioso al cielo de los cielos, triunfante de sus
enemigos y de los tuyos; atravesará los aires, sorprenderá en ellos a la serpiente, príncipe del
aire, la arrastrará encadenada a través de todo su reino y la dejará en él confundida. Entonces
entrará en la gloria, volverá a ocupar su puesto a la diestra de Dios, altamente exaltado sobre
cuanto hay más elevado en el cielo, Cuando esté próxima la disolución de este mundo, vendrá
desde allí, rodeado de su gloria y de su poder, a juzgar a los vivos y a los muertos, a juzgar a los
infieles muertos, pero a recompensar a los fieles y a recibirlos en su beatitud, sea en el cielo o en
la Tierra; porque entonces la Tierra será toda un paraíso, una mansión mucho más dichosa que
la del Edén, y en la cual transcurrirán días infinitamente más felices.”
Así habló el arcángel Miguel e hizo una pausa, como si hubiese llegado ya el gran
período del mundo; nuestro primer padre, lleno de gozo y admiración, exclamó:
—;Oh, bondad infinita, bondad inmensa, que del mal hará salir todo este bien y
cambiará en bien el mal! ¡Maravilla mucho más grande que la que en el principio de la Creación
hizo salir la luz de las tinieblas! Estoy lleno de dudas; no sé si debo arrepentirme ahora del
pecado que he cometido y ocasionado o alegrarme más bien de él, pues que será causa de un bien
mayor; a Dios le dará más gloria, a los hombres mejor voluntad de parte de Dios y la gracia
superabundante remará donde antes abundaba la cólera. Pero dime: si nuestro Libertador ha de
subir otra vez a los cielos, ¿qué será del corto número de sus fieles, abandonados entre la
muchedumbre de infieles, enemigos de la verdad? ¿Quién guiará entonces a su pueblo? ¿Quién lo
defenderá? ¿No serán tratados sus discípulos peor de lo que él mismo lo ha sido?
—Ciertamente, lo serán —dijo el ángel—; pero desde el cielo enviará Él a los suyos un
Consolador, la promesa del Padre, su Espíritu, que habitará en ellos y escribirá en su corazón la
ley de la fe, empleando tan sólo el amor para guiarlos por la senda de la verdad. Además, los
revestirá de una armadura espiritual, capaz de resistir a los ataques de Satanás y de embotar sus
dardos de fuego. No les atemorizará nada de cuanto el hombre pueda intentar contra ellos, ni
aun la misma muerte. Se verán recompensados de aquellas crueldades con consuelos interiores, y
muchas veces, confortados hasta el punto de que su firmeza cause admiración a sus más fieros
perseguidores; porque el Espíritu, descendiendo primero sobre los apóstoles que el Mesías
enviará a evangelizar a las naciones, y después sobre todos los bautizados, llenará a aquéllos de
maravillosos dones para hablar todas las lenguas y hacer todos los milagros que el Señor hacía
en su presencia. Inducirán de este modo a una gran multitud en cada nación a recibir con delicia
las nuevas traídas del cielo, y, por último, cumplida su misión, terminada su carrera y escrita su
doctrina y su historia, morirán.

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“Pero en su puesto y conforme a sus predicciones, los lobos sucederán a los pastores,
lobos voraces, que harán servir los sagrados misterios del cielo en provecho de sus viles
designios de codicia y ambición, y que, valiéndose de supersticiones y tradiciones falsas,
corromperán la verdad que se depositó pura únicamente en aquellos libros sagrados, pero que
sólo el Espíritu puede comprender.
“Se esforzarán entonces en prevalerse de títulos, nombres y alcurnias y en unir a éstos
el poder temporal, si bien, fingiendo que ejercen únicamente el poder espiritual, apropiándose el
Espíritu de Dios, prometido y dado a todos los fieles. En tal pretensión, se impondrán por la
fuerza carnal leyes espirituales a cada conciencia, leyes que nadie encontrará escritas entre las
que se han confiado a los libros santos o que el Espíritu graba interiormente en el corazón.
“¿Qué pretenderán, sino violentar el Espíritu de la misma gracia y encadenar la
Libertad, su compañera? ¿Qué querrán más que demoler los templos vivos de Dios, construidos
duraderos por la fe, su propia fe, no la de otro? Porque en contra de la fe y de la conciencia,
¿quién puede ser considerado en la Tierra como infalible? Sin embargo, muchos tendrán
semejante presunción; y de aquí se originará una opresora persecución contra los que perseveren
en adorar en espíritu y en verdad. El resto, que será el mayor número, creerá dejar satisfecha a
la religión con ceremonias exteriores y formalidades especiosas. La verdad se retirará,
traspasada por los dardos de la calumnia, y apenas podrán hallarse las obras de la fe.
“Así marchará el mundo, funesto para los buenos, favorable para los malos, y gimiendo
bajo su propio peso, hasta que aparezca el día de reposo para el justo y de venganza para el malo;
día del regreso de Aquel que hace poco te ha sido prometido en tu ayuda, el Hijo de la mujer,
entonces anunciado vagamente, ahora más ampliamente conocido como tu Salvador y tu
Maestro.
“Finalmente, descenderá del cielo sobre las nubes para ser revelado en la gloria de su
Padre y para disolver a Satanás con su mundo perverso. Entonces, de esa masa abrasada,
purificada y refinada por medio del fuego, han de salir nuevos cielos, una nueva Tierra, edades
interminables, fundadas sobre la justicia, la paz, el amor, y cuyos inmediatos frutos serán la
alegría y la felicidad eterna.”
El ángel terminó, y Adán le replicó por última vez:
—¡Oh, bienaventurado profeta! ¡Cuan rápidamente has explorado este mundo fugitivo y
el curso del tiempo hasta el día en que se detendrá inmóvil! Más allá, todo es abismo, eternidad,
cuyo fin no puede alcanzar mirada alguna. Partiré de aquí sumamente instruido y con una
completa tranquilidad de pensamiento, pues he recogido en el vaso de mi mente cuantos
conocimientos podían caber en él; en aspirar a más ha consistido mi locura. Por eso deduzco que
lo mejor es obedecer, amar a Dios sólo con temor y caminar como si presenciara todos nuestros
pasos; reconocer sin cesar su providencia, no depender de nadie más que de Él, que es
misericordioso en todas sus obras, haciendo que el bien triunfe del mal, llevando a cabo con las

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cosas más pequeñas las más grandes, derribando la fuerza del mundo con los medios que se
tienen por más débiles, y al sabio del mundo, con la sencillez del humilde; en adelante sabré que
sufrir por la causa de la verdad es elevarse con valor a la más alta victoria, y que para el fiel, la
muerte es la puerta de la vida; descubro todo esto por el ejemplo de Aquél a quien reconozco
ahora como mi Redentor para siempre bendito.
El ángel replicó de este modo a Adán por la última vez:
—Sabiendo esas cosas, has alcanzado la mayor suma de sabiduría; desecha la esperanza
de elevarte más, aun cuando conocieras todos los astros por su nombre y todos los poderes
etéreos, todos los secretos del abismo, todas las obras de la Naturaleza o todas las obras de Dios
en el cielo, en el aire, en la tierra o en el mar; aun cuando gozaras de todas las riquezas de este
mundo y le gobernaras como un solo imperio. Añade únicamente a tus conocimientos acciones
que les correspondan; añade la fe, añade la virtud, la paciencia, la templanza, añade el amor, que
en el porvenir será llamado caridad, alma de todo lo demás. Entonces tendrás menos
sentimiento por haber salido de este Paraíso, pues llegarás a poseer en ti mismo un paraíso
mucho más feliz.
“Descendamos ahora de esta cumbre de especulación, pues ha llegado la hora fijada para
que salgas de este lugar. ¡Mira! Esos guardas que he apostado sobre esa colina esperan la orden
de ponerse en marcha; ante ellos ondea con violencia una espada centelleante en señal de
destierro. No podemos permanecer aquí por más tiempo. Ve, despierta a Eva; también la he
tranquilizado, valiéndome de dulces ensueños, presagios del bien, y he preparado todos sus
sentidos a una humilde sumisión. En tiempo oportuno le participarás cuanto has oído, sobre
todo lo que es importante que conozca su fe, la gran redención del género humano, que debe
proceder de su raza, de la raza de la mujer. Así podáis vivir unidos en la fe, pues vuestros días
serán numerosos, y aunque tristes, a causa de los pasados males, os servirá, sin embargo, de gran
consuelo la meditación de un fin dichoso.”
Concluyó, y ambos descendieron de la colina. Cuando llegaron al pie de ella, Adán se
adelantó presuroso hacia el sitio donde se había dormido Eva, pero la encontró despierta, y ella
le recibió con estas palabras, que no revelaban ya tristeza alguna:
—Sé de dónde vienes y adonde has ido, porque Dios está también en los sueños y los
preside; los que me ha enviado cuando caí adormecida, abrumada por el pesar y lleno de angustia
el corazón, han sido propicios y nuncios de un gran bien; pero ahora guíame, que por mí no
habrá ya demora; ir contigo es estar aquí; quedar aquí sin ti es salir de aquí involuntariamente.
Tú eres para mí todo cuanto existe bajo el cielo, tú representas para mí todos los lugares; tú, que
por mi crimen voluntario te ves expulsado de aquí. Sin embargo, al alejarme de este sitio, llevo
conmigo el tranquilizador consuelo de que, si bien todo se ha perdido por mi culpa, se me ha
concedido un favor, a pesar de mi indignidad: el de que saldrá de mí la raza prometida que lo
reparará todo.

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Así habló Eva, nuestra madre, y Adán la escuchó lleno de gozo, pero no respondió una
palabra; el arcángel estaba muy cerca y los querubines descendían en un orden brillante, desde la
otra colina, hacia el sitio designado; se deslizaban cual resplandecientes meteoros sobre la tierra,
lo mismo que se desliza sobre un pantano una neblina que, al caer de la tarde, se eleva sobre un
río e invade rápidamente el suelo, siguiendo los pasos del labrador que vuelve a su cabaña.
Avanzaban de frente; ante ellos centelleaba furiosa, como un cometa, la espada fulminante del
Señor; el tórrido calor que se desprendía de aquella espada y su vapor, semejante al aire
abrasado de Libia, empezaba a secar el clima templado del Paraíso; entonces el ángel, dando
prisa a nuestros lentos padres, tomólos de la mano y los condujo en derechura hacia la puerta
Oriental; desde allí los siguió apresuradamente hasta el pie de la roca, en la llanura inferior, y
desapareció.
Volvieron la vista atrás y contemplaron toda la parte oriental del Paraíso, poco antes su
dichosa morada, ondulando bajo la tea centelleante; la puerta estaba defendida por figuras
temibles y armas ardientes.
Adán y Eva derramaron algunas lágrimas naturales, que enjugaron en seguida. El
mundo entero estaba ante ellos para que eligieran el sitio de su reposo, y la Providencia era su
guía. Asidos de las manos y con inciertos y lentos pasos, siguieron a través del Edén su solitario
camino.

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ÍNDICE

Libro Primero……………………………………………………………………. 7
Libro Segundo…………………………………………………………………… 22
Libro Tercero……………………………………………………………………. 41
Libro Cuarto……………………………………………………………………... 54
Libro Quinto……………………………………………………………………... 73
Libro Sexto………………………………………………………………………. 90
Libro Séptimo……………………………………………………………………. 106
Libro Octavo……………………………………………………………………... 118
Libro Noveno……………………………………………………………………. 130
Libro Décimo……………………………………………………………………. 152
Libro Undécimo…………………………………………………………………. 172
Libro Duodécimo………………………………………………………………... 189

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