2.2.10.
Venganza del Salvador (Vindicta)
Autor: Desconocido.
Fecha probable de composición: Siglos VIII/X.
Lugar de composición: Quizá Francia.
Lengua original: Latín.
Fuente: Dos manuscritos del siglo XIV conservados en Venecia y Milán.
Este texto latino contiene detalles que despertaron un alto interés en la piedad
cristiana, pues las tradiciones de fondo —a pesar de los errores históricos evidentes e
hilarantes— eran consoladoras para la piedad. Un ismaelita, de nombre Natán, pone a Tito
en contacto con los recuerdos de Cristo, circunstancia que bastó por sí sola para que
sanara de una especie de cáncer de nariz y rostro. Velosiano, emisario del emperador
Tiberio, en busca del sanador Jesús, logra dar con su efigie, que se encontraba en poder de
Verónica, la hemorroísa del Evangelio (Mc 5, 25-34 paral.). El emisario y Verónica viajan
a Roma portadores de la faz del Salvador. Tiberio, enfermo de lepra y otras dolencias, a la
vista de la faz, queda sano, y su carne se torna como la de un niño pequeño. La
destrucción de Jerusalén y la ruina de los enemigos de Jesús es la «venganza» que
merecían los que tramaron su crucifixión. La obra, no obstante su aceptación, está llena de
incongruencias y absurdos históricos. No es el menor el dato del bautismo de Tito y
Tiberio o la conjunción geográfica de Libia con Aquitania.
***
Intento de pacto con Roma
En los días del emperador Tiberio César, siendo Herodes tetrarca, bajo el mando de
1 Poncio Pilato, fue entregado Cristo por los judíos y rehabilitado por Tiberio.
En aquellos días estaba Tito como régulo bajo la autoridad de Tiberio en la región de
Aquitania, en la ciudad de Libia de nombre Burgidala (Burdeos). Ahora bien, Tito tenía
una herida en la parte derecha de la nariz por causa de un cáncer, y tenía destrozada la cara
hasta el ojo.
Salió de Judea un cierto hombre, de nombre Natán, hijo de Naúm. Era un ismaelita,
2 que marchaba de tierra en tierra y de mar en mar, por todos los confines del orbe.
Natán fue enviado desde Judea al emperador Tiberio, para llevar el pacto que habían
hecho con la ciudad de Roma. Pero Tiberio se encontraba delicado y lleno de úlceras y
fiebres, con nueve clases de lepra.
Naufragio de Natán
Quiso Natán dirigirse a la ciudad de Roma. Pero sopló un viento del Norte, que
3 impidió su navegación y lo desvió hacia una ciudad de Libia. Viendo Tito la nave que
se acercaba, conoció que venía de Judea. Todos quedaron admirados y dijeron que nunca
habían visto que un navío así viniera de aquella región.
Ordenó, pues, Tito llamar al patrón de la nave y le preguntó quién era. Él respondió:
4 «Yo soy Natán, hijo de Naúm, de la estirpe de los ismaelitas, y en Judea soy súbdito
de Poncio Pilato. He sido enviado al emperador Tiberio para llevar un pacto desde Judea.
Pero se desencadenó un fuerte viento en el mar que me desvió a una tierra que no
conozco.
Le dijo Tito: «Si pudieses de algún modo encontrar un remedio, de unturas o de
5 hierbas, que pudiera curar la herida que tengo, como ves, en el rostro, de manera que
me curase y recobrase mi salud anterior, te colmaría de abundancia de bienes».
Noticias de Jesús
Natán le respondió: «No sé, ni conozco tales cosas, Señor, de las que tú me hablas.
6 Sin embargo, si hubieses estado en tiempos pasados en Jerusalén, hubieras encontrado
a un profeta elegido, que se llamaba Emmanuel (pues él había de salvar al pueblo de sus
pecados). Hizo su primer milagro en Caná de Galilea convirtiendo el agua en vino, con su
palabra limpió a los leprosos, ahuyentó a los demonios, resucitó a tres muertos; liberó a
una mujer sorprendida en adulterio y condenada por los judíos para ser lapidada; a otra
mujer, de nombre Verónica, que padecía flujo de sangre desde hacía doce años y que se
acercó por detrás y tocó la orla de su vestido, la sanó; con cinco panes y dos peces sació a
cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños, y todavía sobraron doce espuertas
de fragmentos. Hizo todas estas cosas y otras muchas antes de su pasión. Después de su
resurrección lo vimos en carne como había sido antes».
Tito le dijo: «¿Cómo resucitó de entre los muertos si estuvo muerto?». Respondió
7 Natán, diciendo: «Manifiestamente murió, fue colgado en una cruz, fue bajado de ella
y durante tres días permaneció en el sepulcro; después resucitó de entre los muertos,
descendió a los infiernos y liberó a los patriarcas, a los profetas y a todo el género
humano; luego se apareció a sus discípulos y comió con ellos; después lo vieron subir al
cielo. Es, pues, verdad todo lo que os digo. Yo lo vi con mis propios ojos, lo mismo que la
casa toda de Israel». Y dijo Tito estas palabras: «¡Ay de ti, emperador Tiberio, lleno de
úlceras y rodeado de la lepra! Porque tal escándalo se cometió durante tu reinado;
promulgaste tales leyes en Judea, la tierra donde nació nuestro Señor Jesucristo, por las
que arrestaron al rey y mataron al gobernador de los pueblos, pero no permitieron que
viniera a nosotros para curarte de la lepra y limpiarme de mi enfermedad. Por ello, si
hubieran estado delante de mí, mataría con mis propias manos los cuerpos de aquellos
judíos y los suspendería de un tosco madero, porque disteis muerte a mi Señor, y mis ojos
no fueron dignos de ver su rostro».
Milagrosa curación de Tito
Dicho esto, desapareció al punto la herida del rostro de Tito, y su carne y su rostro
8 recobraron la salud. Y todos los enfermos que allí había quedaron sanos en aquella
hora. Pero exclamó Tito junto con todos ellos diciendo con gran voz: «Rey mío y Dios
mío, nunca te había visto y me has curado; mándame ir navegando sobre las aguas a la
tierra de tu natividad, para que tome venganza de tus enemigos. Y ayúdame, Señor, para
que pueda destruirlos y vengar tu muerte; tú, Señor, entrégalos a mis manos».
Bautismo de Tito
Dichas estas cosas, ordenó que lo bautizaran. Pero llamó a Natán y le dijo: «¿Cómo
9 viste que eran bautizados los que creen en Cristo? Ven a mí y bautízame en el nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu santo, amén. Pues también yo creo firmemente en el
Señor Jesucristo con todo mi corazón y con toda mi alma, porque en todo el mundo no hay
otro que me ha creado y me ha curado de mis heridas».
Esto dicho, envió mensajeros a Vespasiano para que viniera a toda prisa con los más
fuertes varones, preparados como para la guerra.
Entonces Vespasiano tomó consigo cinco mil hombres armados, y todos acudieron
10 en tropel a donde estaba Tito. Cuando llegaron a la ciudad de Libia, dijo el jefe a
Tito: «¿Cuál es la razón por la que me has hecho venir aquí?». Él respondió: «Has de
saber que Jesús ha venido a este mundo, nació en un lugar de Judea llamado Belén, fue
entregado por los judíos, flagelado y crucificado en el monte Calvario, resucitó al tercer
día de entre los muertos; sus discípulos lo vieron con la misma carne con la que nació, se
manifestó a sus discípulos, y ellos creyeron en él. Nosotros, por cierto, queremos también
hacernos discípulos suyos. Vayamos, pues, ahora y borremos de la tierra a sus enemigos,
para que se conozca que no hay nadie semejante al Señor nuestro Dios sobre la superficie
de la tierra».
Destrucción de Jerusalén
Celebrado, pues, el consejo, salieron de la ciudad de Libia, llamada Burgidala, y se
11 embarcaron con rumbo a Jerusalén. Pusieron sitio al reino de los judíos y
comenzaron a provocar su perdición. Cuando los reyes de los judíos tuvieron noticia
de sus hechos y de la destrucción de la tierra, quedaron sobrecogidos de temor y altamente
desconcertados. Entonces Arquelao se turbó en sus palabras y dijo a su hijo: «Hijo mío,
recibe mi reino y adminístralo; toma consejo con los demás reyes que hay en la tierra de
Judá, para que podáis escapar de nuestros enemigos». Dicho esto, desenvainó su espada y
se arrojó sobre ella, inclinó luego su más aguda espada, se la hundió en el pecho y murió.
Su hijo se alió con otros reyes que estaban bajo su autoridad. Tomaron consejo en
12 común y se concentraron dentro de Jerusalén en compañía de sus nobles, que habían
estado presentes en el consejo, y permanecieron allí siete años.
Tito y Vespasiano tomaron la decisión de poner sitio a su ciudad. Y así lo hicieron.
13 Cumplidos, pues, siete años, aumentó gravemente el hambre; y por la falta de pan
empezaron a comer tierra.
Entonces todos los soldados de los cuatro reyes tomaron consejo entre sí y dijeron:
14 «Nosotros vamos a morir. ¿Qué va hacer Dios con nosotros? ¿O qué nos aprovecha
nuestra vida, ya que los romanos han venido para conquistar nuestra tierra y nuestra
gente? Más nos vale que nos matemos nosotros a nosotros mismos, y que no digan los
romanos que son ellos los que nos mataron y celebren sobre nosotros la victoria».
Sacaron, pues, sus espadas y se hirieron; y murieron de ellos doce mil hombres.
Se produjo entonces un hedor grande en aquella ciudad por los cadáveres de aquellos
15 muertos. Y sus reyes tuvieron un desmedido temor mortal y no pudieron soportar el
hedor de aquellos, ni sepultarlos, ni arrojarlos fuera de la ciudad. Dijeron entre sí:
«¿Qué podemos hacer? Nosotros, por cierto, entregamos a Cristo a la muerte, pero ya
hemos sido nosotros entregados también a la muerte. Cambiemos nuestra actitud y
entreguemos a los romanos las llaves de la ciudad, porque Dios nos ha entregado ya a la
muerte». Y enseguida se subieron a los muros de la ciudad y empezaron todos a gritar a
grandes voces, diciendo: «Tito y Vespasiano, recibid las llaves de la ciudad, que os ha
entregado el Mesías, llamado Cristo».
Entonces se entregaron en manos de Tito y de Vespasiano, y dijeron: «Juzgadnos,
16 porque debemos morir, porque nosotros juzgamos a Cristo y lo entregamos sin
motivo alguno». Tito y Vespasiano los arrestaron, y a unos los lapidaron, a otros los
colgaron en la cruz con los pies arriba y la cabeza abajo, y los atravesaron con lanzas; a
otros los entregaron para venderlos, a otros se los repartieron entre sí e hicieron cuatro
partes, como ellos habían hecho con las vestiduras de Cristo. Y dijeron: «Vendieron a
Cristo por treinta monedas de plata, vendamos nosotros a treinta de ellos por un denario».
Y así lo hicieron. Hecho esto, se apoderaron de todas las tierras de Judea y de Jerusalén.
Verónica y la faz de Jesús
Enviaron entonces a investigar sobre la faz o rostro de Cristo, para tratar de
17 encontrarlo. Y hallaron a una mujer, llamada Verónica, que lo tenía. Luego
detuvieron a Pilato y lo metieron en la cárcel para que fuera custodiado por cuatro
escuadrones de soldados, situados a la puerta de la cárcel.
Misión de Velosiano
Enseguida mandaron mensajeros a Tiberio, emperador de la ciudad de Roma, para
18 que les enviara a Velosiano. Tiberio le dijo (a Velosiano): «Toma todo lo que
necesites para el mar, desembarca en Judea y busca a un discípulo de aquel que se
llamaba Cristo y Señor. Dile que venga a mí para que en el nombre de su Dios me cure de
la lepra y de las enfermedades que a diario me atormentan gravemente, y también de las
heridas, pues yo me encuentro bastante mal. Y envía para los reyes de los judíos, que están
sometidos a mi imperio, tus garfios y terribles instrumentos de tortura, porque mataron a
Jesucristo Nuestro Señor, y condénalos a muerte. Si encuentras a tal hombre que pueda
librarme de esta enfermedad, yo creeré en Cristo, el Hijo de Dios, y haré que me bauticen
en su nombre». Velosiano dijo: «Señor emperador, si encuentro a tal hombre que nos
pueda ayudar y liberar, ¿qué recompensa le prometeré?». Respondió Tiberio: «La mitad
completa de mi reino».
Entonces Velosiano marchó inmediatamente, embarcó en la nave, desplegó velas
19 para navegar y navegó mar adelante. Duró la travesía un año y siete días, en cuyo
tiempo llegó a Jerusalén. Ordenó enseguida que algunos de los judíos acudieran a su
presencia. Y empezó a investigar qué había sucedido con Cristo.
Testimonio de José y Nicodemo
Entonces José, de la ciudad de Arimatea, y Nicodemo llegaron juntos. Nicodemo
20 dijo: «Yo lo vi personalmente, y sé que en verdad es el Salvador del mundo». José,
por su parte, dijo: «Y yo lo bajé de la cruz y lo deposité en un sepulcro nuevo, que
estaba excavado en la roca. Los judíos me arrestaron y encerraron el viernes por la tarde.
Mientras me encontraba en oración el día del sábado, la casa quedo suspendida por los
cuatro ángulos, y vi al Señor Jesucristo como un relámpago de luz y, presa de temor, caí
en tierra. Él me dijo: “Mírame, que yo soy Jesús, cuyo cuerpo enterraste en tu sepulcro”.
Yo le dije: “Muéstrame el sepulcro donde te deposité”. Jesús me tomó con su diestra y me
condujo al lugar donde lo había sepultado».
Llegó también una mujer, llamada Verónica, que le dijo: «Yo también toqué entre la
21 turba la orla de su vestido, pues durante doce años había sufrido flujo de sangre, y
enseguida me curó».
Entonces Velosiano dijo a Pilato: «Tú, impío y cruel Pilato, ¿por qué mataste al Hijo
22 de Dios?». Pilato respondió: «Su pueblo y los pontífices Anás y Caifás me lo
entregaron». Velosiano replicó: «Impío y cruel, eres digno de muerte y de un castigo
cruel». Y lo devolvió a la cárcel.
La faz camino de Roma
Velosiano buscó, por fin, la faz o el rostro del Señor. Y le dijeron todos los que allí
23 estaban: «Una mujer, llamada Verónica, es la que tiene el rostro del Señor en su
propia casa». Inmediatamente ordenó que fuera conducida ante su presencia. Y le
dijo: «¿Tienes tú el rostro del Señor en tu casa?». Ella lo negó. Entonces Velosiano mandó
que recibiera tormento hasta que mostrara el rostro del Señor. Ella, viéndose obligada,
declaró: «Yo, señor mío, lo tengo en una sábana limpia, y cada día lo adoro». Velosiano le
dijo: «Muéstramelo». Entonces ella le enseñó el rostro del Señor. Velosiano, tan pronto
como lo vio, se postró en tierra. Lo tomó con corazón dispuesto y fe recta, lo envolvió en
un lienzo de oro, lo colocó en un cofrecillo y lo selló con su anillo. Y juró solemnemente,
diciendo: «Vive el Señor Dios y por la salud del César, que no lo verá más nadie sobre la
faz de la tierra hasta que yo vea el rostro de mi señor Tiberio».
Dicho esto, los nobles más importantes de Judea tomaron a Pilato y lo condujeron a
24 un puerto de mar. Pero Velosiano tomó el rostro del Señor en compañía de todos sus
discípulos y todos sus estipendios, y aquel mismo día se embarcaron en la nave.
Entonces Verónica abandonó por el amor de Cristo cuanto poseía y siguió a
25 Velosiano. Y Velosiano le dijo: «¿Qué quieres o qué buscas, mujer?». Ella respondió:
«Yo busco el rostro de nuestro Señor Jesucristo, que me iluminó, no por mis méritos,
sino por su santa piedad… Devuélveme el rostro de mi Señor Jesucristo, pues me muero
por este buen deseo. Si no quieres devolvérmelo, no cesaré hasta que vea dónde lo ponéis,
porque yo, miserable de mí, le serviré todos los días de mi vida. Pues creo que mi
Redentor vive eternamente».
Entonces Velosiano mandó que Verónica fuera llevada con él a la nave. Y
26 desplegadas las velas, iniciaron la navegación en el nombre del Señor y atravesaron
el mar. Ahora bien, Tito y Vespasiano subieron a Judea y tomaron venganza de todos
los pueblos de aquella tierra. Velosiano, por su parte, transcurrido un año, llegó a la ciudad
de Roma, dejó su navío en el río llamado Tíberis o Tíber, y entró en la ciudad. Envió un
mensajero a su lateranense señor, el emperador Tiberio, dándole noticia de su feliz llegada.
El emperador Tiberio, oído el mensaje de Velosiano, se alegró profundamente y
27 mandó que acudiera a su presencia. Y cuando llegó, lo llamó, diciendo: «Velosiano,
¿qué tal has llegado y qué has visto en la región de Judea con relación a Cristo, el Señor, y
a sus discípulos? Indícame, por favor, quién es el que me va a curar de mi enfermedad,
para que pueda quedar limpio enseguida de esta lepra que soporto sobre mi cuerpo, y
entregaré todo mi reino a tu poder y al suyo».
Relación de Velosiano
Dijo Velosiano: «Señor emperador mío, yo he encontrado en Judea a tus servidores
28 Tito y Vespasiano, temerosos del Señor, que han sido curados de todas sus úlceras y
dolencias. Descubrí que por orden de Tito habían sido colgados todos los reyes y
jefes de Judea, que Anás y Caifás habían sido lapidados, que Arquelao se había atravesado
con una lanza; a Pilato lo envié preso a Damasco, y está encerrado en la cárcel bajo una
custodia segura. Pero también he hecho averiguaciones sobre Jesús, contra quien se
lanzaron los judíos de mala manera con espadas, palos y otras armas, y lo crucificaron. Él
tenía que venir a nosotros para liberarnos e iluminarnos, pero lo colgaron de un madero.
Vinieron José de Arimatea y Nicodemo con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras
para ungir el cuerpo de Cristo. Lo bajaron de la cruz y lo depositaron en un sepulcro
nuevo. Al tercer día resucitó con toda seguridad de entre los muertos, y se manifestó a sus
discípulos con la misma carne con la que había nacido. Finalmente, después de cuarenta
días, lo vieron subir al cielo. Por cierto, que Jesús hizo también otros muchos signos antes
y después de su pasión. En primer lugar, convirtió el agua en vino; luego resucitó a
muertos, limpió a leprosos, dio vista a ciegos, curó a paralíticos, arrojó a demonios, hizo
oír a los sordos y hablar a los mudos; resucitó a Lázaro, que llevaba ya cuatro días en el
sepulcro; a Verónica, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años y tocó
la orla de su vestido, le devolvió la salud.
» Entonces agradó al Señor de los cielos que el Hijo de Dios que, enviado a este
29 mundo, fue el primogénito de los muertos en la tierra, enviara a su ángel, quien dio
órdenes a Tito y Vespasiano, a los que conocí en este lugar donde se encuentra tu
trono. Agradó también a Dios omnipotente el hecho de que marcharan a Judea y a
Jerusalén, prendieran a tus súbditos y los sometieran a un juicio prácticamente igual al
juicio a que sometieron a Jesús cuando lo detuvieron y ataron».
Vespasiano dijo después: «¿Qué haremos con los que van a quedar?». Tito
30 respondió: «Ellos colgaron a nuestro Señor en un madero verde y lo hirieron con una
lanza; nosotros, pues, colguémoslos en un madero seco y atravesemos con una lanza
sus cuerpos». Y así lo hicieron. Pero Vespasiano insistió: «¿Qué vamos a hacer con los
que han quedado?». Tito respondió: «Tomaron la túnica de nuestro Señor Jesucristo y de
ella hicieron cuatro partes; tomémoslos ahora nosotros y dividámoslos en cuatro partes,
una para ti, otra para mí, otra para tus hombres y la cuarta parte para mis siervos». Y así lo
hicieron. Dijo otra vez Vespasiano: «¿Qué haremos con los que han quedado?». Tito
respondió: «Aquellos judíos vendieron a nuestro Señor por treinta monedas de plata; ahora
nosotros vendamos a treinta de ellos por una de esas monedas». Y así lo hicieron.
«Prendieron a Pilato y me lo entregaron. Yo lo encerré en la cárcel para que fuera
custodiado por cuatro escuadrones de soldados en Damasco».
A continuación enviaron a investigar con toda diligencia dónde estaba la faz del
31 Señor. Y hallaron a una mujer llamada Verónica, que poseía dicha faz.
Curación y bautismo de Tiberio
Entonces dijo a Velosiano el emperador Tiberio: «¿Cómo es que tú la tienes?». Él
32 respondió: «La tengo en un lienzo limpio de oro envuelta en mi capa». El emperador
Tiberio le dijo: «Tráemela y extiéndela ante mi rostro para que yo, postrado en tierra
y de rodillas, la adore». Entonces Velosiano extendió su capa con el lienzo de oro donde
esta grabada la faz del Señor. Y el emperador Tiberio la vio. Él adoró enseguida la imagen
del Señor con un corazón puro, y quedó limpia su carne como la carne de un niño
pequeño. Y todos los ciegos, leprosos, cojos, mudos, sordos y aquejados de enfermedades,
que por allí estaban, se curaban, y quedaron sanos y limpios.
Pero el emperador Tiberio, inclinando la cabeza y doblando las rodillas,
33 considerando aquellas palabras «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos
que mamaste» (Lc 11, 27), dirigió un gemido al Señor, diciendo entre lágrimas:
«Dios del cielo y de la tierra, no me permitas que peque, sino confirma mi alma y mi
cuerpo y colócalos en tu reino, porque en tu nombre confío siempre; líbrame de todos los
males, lo mismo que libraste a los tres niños del horno de fuego ardiente».
Dijo después el emperador Tiberio a Velosiano: «Velosiano, ¿has visto tú a algún
34 hombre de los que vieron a Cristo?». Velosiano respondió: «Sí que lo he visto». Dijo
Tiberio: «¿Preguntaste cómo bautizan a los que creen en Cristo?». Dijo Velosiano:
«Aquí, señor mío, tenemos a uno de los discípulos del mismo Cristo». Ordenó entonces
que llamaran a Natán para que viniera a su presencia. Vino, pues, Natán y lo bautizó en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, amén. Enseguida el emperador Tiberio,
curado de todas sus dolencias, subió sobre su trono y dijo: «Bendito eres, Señor Dios
omnipotente y digno de alabanza, que me libraste del lazo de la muerte y me limpiaste de
todas mis iniquidades, porque he pecado mucho en tu presencia, Señor Dios mío, y no soy
digno de ver tu rostro». Entonces el emperador Tiberio fue instruido plenamente en todos
los artículos de la fe con firme convencimiento.
Conclusión
El mismo Dios omnipotente, que es rey de reyes y Señor de los que dominan, nos
35 proteja en su fe, nos defienda y libre de todo peligro y de todo mal, y se digne
conducirnos a la vida eterna cuando termine nuestra vida temporal. Él es bendito por
los siglos de los siglos. Amén.