“La Llamada que Nunca
Debimos Hacer”
Protagonista: Adriano, 15 años.
Antagonista: El hombre desconocido.
Misión: Sobrevivir.
Tenía quince años cuando viví una de las noches más extrañas y aterradoras de mi
vida. Pero también fue la primera vez que me sentí como un verdadero aventurero,
enfrentando lo desconocido con nada más que mi ingenio, mis reflejos… y mi mejor
amigo Anthony.
Anthony me había invitado a su casa. Sus padres estarían fuera todo el fin de semana,
y eso para nosotros era como descubrir una isla desierta lista para explorar. Llegué
en bicicleta, que dejé junto al jardín como si fuera mi vehículo para escapar en caso
de emergencia —aunque en ese momento no sabía cuán literal sería eso.
Entré por la puerta de atrás. La casa estaba en una zona rodeada de árboles y
caminos sin farolas. Lejos del mundo. Casi parecía una fortaleza abandonada.
Jugamos FIFA y EA Sports FC 24 hasta que nuestros dedos ardieron y la sala quedó
cubierta de envoltorios y palomitas. Estábamos en medio de nuestra “expedición”
nocturna, sin reglas, sin supervisión. Un verdadero territorio salvaje para dos
adolescentes.
La noche se volvió más extraña cuando decidimos hacer llamadas de broma. Una
práctica infantil, sí, pero algo en esa oscuridad y el silencio exterior nos impulsaba a
reírnos del miedo.
Anthony llamó a un par de pizzerías. Luego me tocó a mí. Marqué números al azar,
como si lanzara bengalas al mar buscando alguna reacción.
—¿Sí? —respondió una voz al otro lado.
No “hola”, no “quién habla”. Solo un “sí”, grave y áspero, como si hablara desde una
cueva profunda.
Anthony se rió a mi lado, lo que me hizo titubear. Me reí también, nervioso. Pero algo
me empujó a seguir con la broma, como si mi voz se moviera sola:
—Ah señor, ¿cree que podría prestarme una de las ruedas de su coche?
Silencio. Luego:
—¿Cómo te llamas, niño?
—Me llamo… Bob —mentí.
La respuesta fue como un rayo que parte un árbol en dos:
—¿Seguro no te llamas Anthony?
Mi sangre se congeló. Lo miré. Estaba pálido. Le colgué.
Ahí comenzó todo.
Pasamos a modo de supervivencia. Revisamos si era posible rastrear nombres a
través de llamadas. Nada. Hicimos una pregunta en Yahoo Respuestas. Nadie
respondió. La red, normalmente un mapa confiable, nos abandonaba justo cuando
más lo necesitábamos.
Anthony se negó a llamar a sus padres. Estábamos solos. Decidimos quedarnos en la
sala. Actuar como si todo hubiera sido una coincidencia. Pero entonces… la puerta
principal se movió. La manija giró hasta detenerse por la cerradura. Anthony apagó la
televisión de golpe. Me acerqué a la ventana. Aparté la persiana.
Un hombre alto estaba parado afuera. Inmóvil. Pero cuando notó el movimiento de
las cortinas… levantó la mirada. Me miró.
Bajé la persiana de inmediato.
El bosque que rodeaba la casa, que por la tarde parecía tranquilo, ahora era un
monstruo vivo que respiraba desde la oscuridad. Anthony y yo nos escondimos en la
cocina. Escuchamos el clic sutil de las puertas del patio trasero.
—Se me olvidó cerrar la puerta de atrás —le dije.
—¡Ve! —me urgió.
Me dirigí hacia el pasillo. Vi la silueta de un hombre justo afuera, detrás de la puerta
de vidrio. Abrió. Entró.
Nos convertimos en dos sombras. Señalé a Anthony que subiera las escaleras.
Corrimos en silencio. Nos metimos debajo de su cama, oculta por una tela negra.
Desde ahí, el mundo parecía un escenario que sólo podíamos observar sin participar.
Escuchamos cómo las puertas se abrían y cerraban. Luego, pasos en las escaleras.
Luego, en el pasillo. Luego… en el cuarto. Se acercaban. El clóset. Lo abrió. Los
ganchos rechinaban. Las chaquetas se frotaban unas contra otras. Luego… el
silencio.
La sombra se acercó a la cama. Anthony respiraba fuerte. Le tapé la boca. Mi corazón
latía como un tambor de guerra. No sabíamos si nos había visto.
Después de minutos que parecieron horas, le susurré:
—¿Crees que podamos salir corriendo?
Antes de que contestara, un grito surgió de la garganta del intruso. Inhumano. Brutal.
Estaba arrastrando a Anthony fuera de la cama.
Salí como un rayo. Busqué un arma, algo. En el buró: un desarmador. Lo tomé y se lo
clavé en la espalda. Soltó a Anthony.
No lo pensamos. Corrimos. Afuera no había refugio. Ni casas, ni ayuda. Solo bosque.
Corrimos entre los árboles como si el mundo se derrumbara detrás de nosotros. El
bosque era hostil: ramas bajas, piedras escondidas, hojas que crujían como alarmas.
Nos ocultamos detrás de un arbusto. Lo vimos salir de la casa. Buscaba. Escudriñaba.
Volteó hacia el bosque. Volteó hacia nosotros.
—Joe, ya viene para acá.
—¿Qué? ¿Que viene? ¡Hay que correr!
Corrimos otra vez. Hojas rompiéndose. Ramas arañando nuestra piel. De pronto,
Anthony tropezó. Nos tumbamos.
Los pasos. Justo delante de nosotros. Dos árboles de distancia. Contuve la
respiración. Escuché la mía, la suya, la del bosque.
Y entonces… los pasos se alejaron.
Volvimos a la casa por el mismo patio trasero. Cerramos. Esta vez con llave.
Llamamos a la policía. Anthony hablaba con ellos mientras yo vigilaba.
No podía ver nada. La oscuridad era total.
Encendí la luz del patio. Una mala idea… o tal vez necesaria.
Ahí estaba.
Frente a un árbol enorme. Parado. Viéndonos.
Sin moverse.
Sin hablar.
Y luego… desapareció entre las sombras.
Nunca lo volvimos a ver. Ni golpes en la ventana. Ni llamadas. Ni rastros. Solo el
recuerdo de una noche que nos marcó para siempre.
¿Fue solo una broma que salió mal?
¿O fue algo que nunca debimos haber tocado?
Cinco años después, sigo sin saberlo.