Primera guerra púnica (264-241 a. C.
Desarrollo de la primera guerra púnica.
Campañas de la primera
guerra púnica
264-241 a. C.
Artículo principal: Primera guerra púnica
Las primeras fases de la guerra consistieron en batallas terrestres,
en Sicilia y el norte de África, pero a medida que avanzó el conflicto se
convirtió en una guerra eminentemente naval. El conflicto fue costoso
para ambos bandos, pero Roma se alzó con la victoria: conquistó la isla de
Sicilia, obligando además a la derrotada Cartago a pagar un
cuantioso tributo. El resultado de la guerra desestabilizó tanto a Cartago
que Roma le arrebató Córcega y Cerdeña sin apenas esfuerzo unos años
después, cuando la primera se vio arrastrada a la guerra de los
Mercenarios.
La primera guerra entre Roma y Cartago empezó como un conflicto local
en Sicilia entre Siracusa, liderada por Hierón II, y Mesina, controlada por
los Mamertinos. Estos eran un grupo de mercenarios de la Campania que
el año 289 a C., al quedarse sin trabajo tras la muerte de su último
patrón, Agatocles de Siracusa, habían tomado a traición el
pueblo griego de Mesina, convirtiéndose en sus dirigentes tras masacrar a
la mayoría de la población, adueñarse de todas las propiedades, y
expulsar a los supervivientes varones, quedándose con las mujeres a la
fuerza.
Durante las dos décadas y media que duró su dominio, los Mamertinos se
dedicaron a la piratería, tanto por tierra como por mar, y convirtieron el
pueblo de Mesina en una base permanente para sus continuas
expediciones de saqueo por Sicilia y sus costas. A partir del 270 a
C. Hierón II les plantó cara, y para el 265 a C. el ejército ciudadano de
Siracusa había logrado asediar Mesina tras vencer a los Mamertinos en
repetidas ocasiones. Viéndose en mala situación, estos cometieron el
último error de sus vidas al requerir la ayuda de la armada de Cartago,
para luego traicionarles solicitando ayuda al Senado romano para
defenderse de la «agresión cartaginesa». La República de Roma respondió
enviando una guarnición armada con el fin de asegurar Mesina, y
entonces los enfurecidos cartagineses, liderados por Amílcar Barca[8]
decidieron ayudar militarmente a Siracusa. Con ambas potencias
involucradas en el conflicto local, este pronto se convirtió en una guerra a
gran escala entre Roma y Cartago por el control de Sicilia.
Tras la estrepitosa derrota en Agrigento, los líderes cartagineses
decidieron evitar las confrontaciones directas en tierra con las legiones
romanas, concentrándose en el mar. La armada de Cartago era superior a
la armada romana en todos los aspectos: sus tripulaciones tenían más
experiencia en la guerra naval de la época, era más numerosa, y disponía
de mejores avances técnicos, ya que sus naves eran más rápidas y
maniobrables. Batallas como la de las Islas Eolias son un buen ejemplo de
esa diferencia inicial.
Sin embargo la reacción romana no se hizo esperar; la república consiguió
planos detallados e información de primera mano de los medios de
fabricación naval usados por Cartago[9] y procedió a volcar toda su
capacidad de producción en la construcción de una nueva armada. En
menos de dos meses, los romanos tenían ya una flota de más de
100 naves. La producción prosiguió a un ritmo tan acelerado, que pronto
la ventaja numérica de los cartagineses, obligados a mantener sus flotas
separadas para defender sus amplias rutas comerciales, se redujo al
mínimo.
También se introdujeron mejoras técnicas: sabedores de que no podían
superar a las naves cartaginesas en velocidad, los romanos incorporaron
una especie de puente de asedio en la proa de sus buques,
el corvus (‘cuervo’). Este se tendía sobre naves enemigas adyacentes, con
lo que podían ser abordadas por legionarios completamente armados y
acorazados, capaces de masacrar a la tripulación enemiga y capturar la
nave. Hasta entonces, las batallas navales incluían muy pocas acciones de
abordaje; la táctica principal consistía en embestir al enemigo con
el ariete incorporado en la proa de la mayoría de las trirremes. De llegarse
a la lucha cuerpo a cuerpo, esta se solía realizar entre tripulaciones de
marineros y remeros, con armaduras ligeras y armas cortas. Los romanos
incorporaron a la contienda el uso de su excelente infantería pesada,
permitiéndoles el uso también en el mar de una de sus mayores ventajas
estratégicas, que hasta entonces solo había podido ser empleada en
tierra, reduciendo la ventaja táctica de la flota cartaginesa (a partir de
entonces se hizo mucho más peligroso acercarse a un barco romano). Sin
embargo, el corvus era un artilugio pesado, con sus propios peligros, y su
uso fue quedando obsoleto a medida que la flota romana fue ganando
experiencia.
Exceptuando la desastrosa derrota de la batalla de los Llanos del
Bagradas en África, y las batallas navales de las Islas Eolias y Drépano, la
primera guerra púnica fue una cadena casi ininterrumpida de victorias
romanas. Finalmente, el año 241 a C., Cartago firmó un tratado de paz con
Roma, cediéndole el control absoluto de Sicilia. Los años posteriores a la
primera guerra púnica fueron aprovechados por Cartago para mejorar sus
finanzas y expandir su imperio colonial en Hispania (nombre genérico
dado en la época a la península ibérica, las actuales España y Portugal)
bajo el liderazgo de la familia Barca. Durante esa época la atención de
Roma se concentró principalmente en las Guerras Ilíricas. Sin embargo, al
finalizar esta, prosiguió su expansión, iniciando una diplomacia agresiva
en Hispania que incluía alianzas con enemigos locales de Cartago.
Finalmente, el año 219 a C., Aníbal Barca, hijo de Amílcar Barca,
atacó Sagunto, ciudad aliada de Roma, iniciando con ello la segunda
guerra púnica.