10 Semana 1 2
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INTRODUCCIÓN
OCTAVIO PAZ
¿Tiene sentido empeñarse hoy, a finales del siglo XX o comienzos del XXI, en mantener la filosofía
como una asignatura más del bachillerato? ¿Se trata de una mera supervivencia del pasado, que los
conservadores ensalzan por su prestigio tradicional pero que los progresistas y las personas prácticas deben
mirar con justificada impaciencia? ¿Pueden los jóvenes, adolescentes más bien, niños incluso, sacar algo en
limpio de lo que a su edad debe resultarles un galimatías? ¿No se limitarán en el mejor de los casos a
memorizar unas cuantas fórmulas pedantes que luego repetirán como papagayos? Quizá la filosofía interese a
unos pocos, a los que tienen vocación filosófica, si es que tal cosa aún existe, pero ésos ya tendrán en
cualquier caso tiempo de descubrirla más adelante. Entonces, ¿por qué imponérsela a todos en la educación
secundaria? ¿No es una pérdida de tiempo caprichosa y reaccionaria, dado lo sobrecargado de los programas
actuales de bachillerato?
Lo curioso es que los primeros adversarios de la filosofía le reprochaban precisamente ser «cosa de
niños», adecuada como pasatiempo formativo en los primeros años pero impropia de adultos hechos y
derechos. Por ejemplo, Cálleles, que pretende rebatir la opinión de Sócrates de que «es mejor padecer una
injusticia que causarla». Según Calicles, lo verdaderamente justo, digan lo que quieran las leyes, es que los
más fuertes se impongan a los débiles, los que valen más a los que valen menos y los capaces a los incapaces.
La ley dirá que es peor cometer una injusticia que sufrirla pero lo natural es considerar peor sufrirla que
cometerla. Lo demás son tiquismiquis filosóficos, para los que guarda el ya adulto Cálleles todo su desprecio:
«La filosofía es ciertamente, amigo Sócrates, una ocupación grata, si uno se dedica a ella con mesura en los
años juveniles, pero cuando se atiende a ella más tiempo del debido es la ruina de los hombres 2 ». Cálleles no
ve nada de malo aparentemente en enseñar filosofía a los jóvenes aunque considera el vicio de filosofar un
pecado ruinoso cuando ya se ha crecido. Digo «aparentemente» porque no podemos olvidar que Sócrates fue
condenado a beber la cicuta acusado de corromper a los jóvenes seduciéndoles con su pensamiento y su
palabra. A fin de cuentas, si la filosofía desapareciese del todo, para chicos y grandes, el enérgico Cálleles -
partidario de la razón del más fuerte- no se llevaría gran disgusto...
Si se quieren resumir todos los reproches contra la filosofía en cuatro palabras, bastan éstas: no sirve
para nada. Los filósofos se empeñan en saber más que nadie de todo lo imaginable aunque en realidad no son
más que charlatanes amigos de la vacua palabrería. Y entonces, ¿quién sabe de verdad lo que hay que saber
sobre el mundo y la sociedad? Pues los científicos, los técnicos, los especialistas, los que son capaces de dar
informaciones válidas sobre la realidad. En el fondo los filósofos se empeñan en hablar de lo que no saben: el
propio Sócrates lo reconocía así, cuando dijo «sólo sé que no sé nada». Si no sabe nada, ¿para qué vamos a
escucharle, seamos jóvenes o maduros? Lo que tenemos que hacer es aprender de los que saben, no de los
que no saben. Sobre todo hoy en día, cuando las ciencias han adelantado tanto y ya sabemos cómo funcionan
la mayoría de las cosas... y cómo hacer funcionar otras, inventadas por científicos aplicados.
Así pues, en la época actual, la de los grandes descubrimientos técnicos, en el mundo del microchip y
del acelerador de partículas, en el reino de Internet y la televisión digital... ¿qué información podemos recibir
de la filosofía? La única respuesta que nos resignaremos a dar es la que hubiera probablemente ofrecido el
propio Sócrates: ninguna. Nos informan las ciencias de la naturaleza, los técnicos, los periódicos, algunos
programas de televisión... pero no hay información «filosófica». Según señaló Ortega, antes citado, la
filosofía es incompatible con las noticias y la información está hecha de noticias. Muy bien, pero ¿es
información lo único que buscamos para entendernos mejor a nosotros mismos y lo que nos rodea?
Supongamos que recibimos una noticia cualquiera, ésta por ejemplo: un número x de personas muere
diariamente de hambre en todo el mundo. Y nosotros, recibida la información, preguntamos (o nos
preguntamos) qué debemos pensar de tal suceso. Recabaremos opiniones, algunas de las cuales nos dirán que
tales muertes se deben a desajustes en el ciclo macro-económico global, otras hablarán de la superpoblación
del planeta, algunos clamarán contra el injusto reparto de los bienes entre posesores y desposeídos, o
2
Gorgias, de Platón, 481c a 484d.
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invocarán la voluntad de Dios, o la fatalidad del destino... Y no faltará alguna persona sencilla y cándida,
nuestro portero o el quiosquero que nos vende la prensa, para comentar: «¡En qué mundo vivimos!».
Entonces nosotros, como un eco pero cambiando la exclamación por la interrogación, nos preguntaremos:
«Eso: ¿en qué mundo vivimos?».
No hay respuesta científica para esta última pregunta, porque evidentemente no nos conformaremos
con respuestas como «vivimos en el planeta Tierra», «vivimos precisamente en un mundo en el que x
personas mueren diariamente de hambre», ni siquiera con que se nos diga que «vivimos en un mundo muy
injusto» o «un mundo maldito por Dios a causa de los pecados de los humanos» (¿por qué es injusto lo que
pasa?, ¿en qué consiste la maldición divina y quién la certifica?, etc.). En una palabra, no queremos más
información sobre lo que pasa sino saber qué significa la información que tenemos, cómo debemos
interpretarla y relacionarla con otras informaciones anteriores o simultáneas, qué supone todo ello en la
consideración general de la realidad en que vivimos, cómo podemos o debemos comportarnos en la situación
así establecida. Éstas son precisamente las preguntas a las que atiende lo que vamos a llamar filosofía.
Digamos que se dan tres niveles distintos de entendimiento:
a) la información, que nos presenta los hechos y los mecanismos primarios de lo que sucede;
c) la sabiduría, que vincula el conocimiento con las opciones vitales o valores que podemos elegir,
intentando establecer cómo vivir mejor de acuerdo con lo que sabemos.
Creo que la ciencia se mueve entre el nivel a) y el b) de conocimiento, mientras que la filosofía opera
entre el b) y el c). De modo que. no hay información propiamente filosófica, pero sí puede haber
conocimiento filosófico y nos gustaría llegar a que hubiese también sabiduría filosófica. ¿Es posible lograr tal
cosa? Sobre todo: ¿se puede enseñar tal cosa?
Busquemos otra perspectiva a partir de un nuevo ejemplo o, por decirlo con más exactitud, utilizando
una metáfora. Imaginemos que nos situamos en el museo del Prado frente a uno de sus cuadros más célebres,
El jardín de las delicias de Hieronymus Bosch, llamado El Bosco. ¿Qué formas de entendimiento podemos
tener de esa obra maestra? Cabe en primer lugar que realicemos un análisis físico-químico de la textura del
lienzo empleado por el pintor, de la composición de los diversos pigmentos que sobre él se extienden o
incluso que utilicemos los rayos X para localizar rastros de otras imágenes o esbozos ocultos bajo la pintura
principal. A fin de cuentas, el cuadro es un objeto material, una cosa entre las demás cosas que puede ser
pesada, medida, analizada, desmenuzada, etc. Pero también es, sin duda, una superficie donde por medio de
colores y formas se representan cierto número de figuras. De modo que para entender el cuadro también cabe
realizar el inventario completo de todos los personajes y escenas que aparecen en él, sean personas, animales,
engendros demoníacos, vegetales, cosas, etc., así como dejar constancia de su distribución en cada uno de los
tres cuerpos del tríptico. Sin embargo, tantos muñecos y maravillas no son meramente gratuitos ni
aparecieron un día porque sí sobre la superficie de la tela. Otra manera de entender la obra será dejar
constancia de que su autor (al que los contemporáneos también se referían con el nombre de Jeroen Van
Aeken) nació en 1450 y murió en 1516. Fue un destacado pintor de la escuela flamenca, cuyo estilo directo,
rápido y de tonos delicados marca el final de la pintura medieval. Los temas que representa, sin embargo,
pertenecen al mundo religioso y simbólico de la Edad Media, aunque interpretado con gran libertad subjetiva.
Una labor paciente puede desentrañar -o intentar desentrañar- el contenido alegórico de muchas de sus
imágenes según la iconografía de la época; el resto bien podría ser elucidado de acuerdo con la hermenéutica
onírica del psicoanálisis de Freud. Por otra parte, El jardín de las delicias es una obra del período medio en la
producción del artista, como Las tentaciones de san Antonio conservadas en el Museo de Lisboa, antes de que
cambiase la escala de representación y la disposición de las figuras en sus cuadros posteriores, etc.
Aún podríamos imaginar otra vía para entender el cuadro, una perspectiva que no ignorase ni
descartase ninguna de las anteriores pero que pretendiera abarcarlas juntamente en la medida de lo posible,
aspirando a comprenderlo en su totalidad. Desde este punto de vista más ambicioso, El jardín de las delicias
es un objeto material pero también un testimonio histórico, una lección mitológica, una sátira de las
ambiciones humanas y una expresión plástica de la personalidad más recóndita de su autor. Sobre todo, es
algo profundamente significativo que nos interpela personalmente a cada uno de quienes lo vemos tantos
siglos después de que fuera pintado, que se refiere a cuanto sabemos, fantaseamos o deseamos de la realidad
y que nos remite a las demás formas simbólicas o artísticas de habitar el mundo, a cuanto nos hace pensar,
reír o cantar, a la condición vital que compartimos todos los humanos tanto vivos como muertos o aún no
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nacidos... Esta última perspectiva, que nos lleva desde lo que es el cuadro a lo que somos nosotros, y luego a
lo que es la realidad toda para retornar de nuevo al cuadro mismo, será el ángulo de consideración que
podemos llamar filosófico. Y, claro está, hay una perspectiva de entendimiento filosófico sobre cada cosa, no
exclusivamente sobre las obras maestras de la pintura.
Volvamos otra vez a intentar precisar la diferencia esencial entre ciencia y filosofía. Lo primero que
salta a la vista no es lo que las distingue sino lo que las asemeja: tanto la ciencia como la filosofía intentan
contestar preguntas suscitadas por la realidad. De hecho, en sus orígenes, ciencia y filosofía estuvieron unidas
y sólo a lo largo de los siglos la física, la química, la astronomía o la psicología se fueron independizando de
su común matriz filosófica. En la actualidad, las ciencias pretenden explicar cómo están hechas las cosas y
cómo funcionan, mientras que la filosofía se centra más bien en lo que significan para nosotros; la ciencia
debe adoptar el punto de vista impersonal para hablar sobre todos los temas (¡incluso cuando estudia a las
personas mismas!), mientras que la filosofía siempre permanece consciente de que el conocimiento tiene
necesariamente un sujeto, un protagonista humano. La ciencia aspira a conocer lo que hay y lo que sucede; la
filosofía se pone a reflexionar sobre cómo cuenta para nosotros lo que sabemos que sucede y lo que hay. La
ciencia multiplica las perspectivas y las áreas de conocimiento, es decir fragmenta y especializa el saber; la
filosofía se empeña en relacionarlo todo con todo lo demás, intentando enmarcar los saberes en un panorama
teórico que sobrevuele la diversidad desde esa aventura unitaria que es pensar, o sea ser humanos. La ciencia
desmonta las apariencias de lo real en elementos teóricos invisibles, ondulatorios o corpusculares,
matematizables, en elementos abstractos inadvertidos; sin ignorar ni desdeñar ese análisis, la filosofía rescata
la realidad humanamente vital de lo aparente, en la que transcurre la peripecia de nuestra existencia concreta
(v. gr.: la ciencia nos revela que los árboles y las mesas están compuestos de electrones, neutrones, etc., pero
la filosofía, sin minimizar esa revelación, nos devuelve a una realidad humana entre árboles y mesas). La
ciencia busca saberes y no meras suposiciones; la filosofía quiere saber lo que supone para nosotros el
conjunto de nuestros saberes... ¡y hasta si son verdaderos saberes o ignorancias disfrazadas! Porque la
filosofía suele preguntarse principalmente sobre cuestiones que los científicos (y por supuesto la gente
corriente) dan ya por supuestas o evidentes. Lo apunta bien Thomas Nagel, actualmente profesor de filosofía
en una universidad de Nueva York:
«La principal ocupación de la filosofía es cuestionar y aclarar algunas ideas muy comunes que todos
nosotros usamos cada día sin pensar sobre ellas. Un historiador puede preguntarse qué sucedió en tal
momento del pasado, pero un filósofo preguntará: ¿qué es el tiempo? Un matemático puede investigar las
relaciones entre los números pero un filósofo preguntará: ¿qué es un número? Un físico se preguntará de qué
están hechos los átomos o qué explica la gravedad, pero un filósofo preguntará: ¿cómo podemos saber que
hay algo fuera de nuestras mentes? Un psicólogo puede investigar cómo los niños aprenden un lenguaje, pero
un filósofo preguntará: ¿por qué una palabra significa algo? Cualquiera puede preguntarse si está mal colarse
en el cine sin pagar, pero un filósofo preguntará: ¿por qué una acción es buena o mala? 3 ».
En cualquier caso, tanto las ciencias como las filosofías contestan a preguntas suscitadas por lo real.
Pero a tales preguntas las ciencias brindan soluciones., es decir, contestaciones que satisfacen de tal modo la
cuestión planteada que la anulan y disuelven. Cuando una contestación científica funciona como tal ya no
tiene sentido insistir en la pregunta, que deja de ser interesante (una vez establecido que la composición del
agua es H2O deja de interesarnos seguir preguntando por la composición del agua y este conocimiento deroga
automáticamente las otras soluciones propuestas por científicos anteriores, aunque abre la posibilidad de
nuevos interrogantes). En cambio, la filosofía no brinda soluciones sino respuestas las cuales no anulan las
preguntas pero nos permiten convivir racionalmente con ellas aunque sigamos planteándonoslas una y otra
vez: por muchas respuestas filosóficas que conozcamos a la pregunta que inquiere sobre qué es la justicia o
qué es el tiempo, nunca dejaremos de preguntarnos por el tiempo o la justicia ni descartaremos como ociosas
o «superadas» las respuestas dadas a esas cuestiones por filósofos anteriores. Las respuestas filosóficas no
solucionan las preguntas de lo real (aunque a veces algunos filósofos lo hayan creído así...) sino que más bien
cultivan la pregunta, resaltan lo esencial de ese preguntar y nos ayudan a seguir preguntándonos, a preguntar
cada vez mejor, a humanizarnos en la convivencia perpetua con la interrogación. Porque, ¿qué es el hombre
sino el animal que pregunta y que seguirá preguntando más allá de cualquier respuesta imaginable?
Hay preguntas que admiten solución satisfactoria y tales preguntas son las que se hace la ciencia;
otras creemos imposible que lleguen a ser nunca totalmente solucionadas y responderlas -siempre
insatisfactoriamente - es el empeño de la filosofía. Históricamente ha sucedido que algunas preguntas
empezaron siendo competencia de la filosofía -la naturaleza y movimiento de los astros, por ejemplo- y luego
3
What does it all mean?, de T. Ángel, Oxford, Oxford University Press.
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pasaron a recibir solución científica. En otros casos, cuestiones en apariencia científicamente solventadas
volvieron después a ser tratadas desde nuevas perspectivas científicas, estimuladas por dudas filosóficas (el
paso de la geometría euclidiana a las geometrías no euclidianas, por ejemplo). Deslindar qué preguntas pare-
cen hoy pertenecer al primero y cuáles al segundo grupo es una de las tareas críticas más importantes de los
filósofos... y de los científicos. Es probable que ciertos aspectos de las preguntas a las que hoy atiende la
filosofía reciban mañana solución científica, y es seguro que las futuras soluciones científicas ayudarán
decisivamente en el replanteamiento de las respuestas filosóficas venideras, así como no sería la primera vez
que la tarea de los filósofos haya orientado o dado inspiración a algunos científicos. No tiene por qué haber
oposición irreductible, ni mucho menos mutuo menosprecio, entre ciencia y filosofía, tal como creen los
malos científicos y los malos filósofos. De lo único que podemos estar ciertos es que jamás ni la ciencia ni la
filosofía carecerán de preguntas a las que intentar responder...
Pero hay otra diferencia importante entre ciencia y filosofía, que ya no se refiere a los resultados de
ambas sino al modo de llegar hasta ellos. Un científico puede utilizar las soluciones halladas por científicos
anteriores sin necesidad de recorrer por sí mismo todos los razonamientos, cálculos y experimentos que
llevaron a descubrirlas; pero cuando alguien quiere filosofar no puede contentarse con aceptar las respuestas
de otros filósofos o citar su autoridad como argumento incontrovertible: ninguna respuesta filosófica será
válida para él si no vuelve a recorrer por sí mismo el camino trazado por sus antecesores o intenta otro nuevo
apoyado en esas perspectivas ajenas que habrá debido considerar personalmente. En una palabra, el itinerario
filosófico tiene que ser pensado individualmente por cada cual, aunque parta de una muy rica tradición in-
telectual. Los logros de la ciencia están a disposición de quien quiera consultarlos, pero los de la filosofía sólo
sirven a quien se decide a meditarlos por sí mismo.
Dicho de modo más radical, no sé si excesivamente radical: los avances científicos tienen como
objetivo mejorar nuestro conocimiento colectivo de la realidad, mientras que filosofar ayuda a transformar y
ampliar la visión personal del mundo de quien se dedica a esa tarea. Uno puede investigar científicamente por
otro, pero no puede pensar filosóficamente por otro... aunque los grandes filósofos tanto nos hayan a todos
ayudado a pensar. Quizá podríamos añadir que los descubrimientos de la ciencia hacen más fácil la tarea de
los científicos posteriores, mientras que las aportaciones de los filósofos hacen cada vez más complejo
(aunque también más rico) el empeño de quienes se ponen a pensar después que ellos. Por eso probablemente
Kant observó que no se puede enseñar filosofía sino sólo a filosofar: porque no se trata de transmitir un saber
ya concluido por otros que cualquiera puede aprenderse como quien se aprende las capitales de Europa, sino
de un método, es decir un camino para el pensamiento, una forma de mirar y de argumentar.
«Sólo sé que no sé nada», comenta Sócrates, y se trata de una afirmación que hay que tomar -a partir
de lo que Platón y Jenofonte contaron acerca de quien la profirió- de modo irónico, «Sólo sé que no sé nada»
debe entenderse como: «No me satisfacen ninguno de los saberes de los que vosotros estáis tan contentos. Si
saber consiste en eso, yo no debo saber nada porque veo objeciones y falta de fundamento en vuestras
certezas. Pero por lo menos sé que no sé, es decir que encuentro argumentos para no fiarme de lo que
comúnmente se llama saber. Quizá vosotros sepáis verdaderamente tantas cosas como parece y, si es así,
deberíais ser capaces de responder mis preguntas y aclarar mis dudas. Examinemos juntos lo que suele
llamarse saber y desechemos cuanto los supuestos expertos no puedan resguardar del vendaval de mis
interrogaciones. No es lo mismo saber de veras que limitarse a repetir lo que comúnmente se tiene por sabido.
Saber que no se sabe es preferible a considerar como sabido lo que no hemos pensado a fondo nosotros
mismos. Una vida sin examen, es decir la vida de quien no sopesa las respuestas que se le ofrecen para las
preguntas esenciales ni trata de responderlas personalmente, no merece la pena de vivirse». O sea que la
filosofía, antes de proponer teorías que resuelvan nuestras perplejidades, debe quedarse perpleja. Antes de
ofrecer las respuestas verdaderas, debe dejar claro por qué no le convencen las respuestas falsas. Una cosa es
saber después de haber pensado y discutido, otra muy distinta es adoptar los saberes que nadie discute para no
tener que pensar. Antes de llegar a saber, filosofar es defenderse de quienes creen saber y no hacen sino
repetir errores ajenos. Aún más importante que establecer conocimientos es ser capaz de criticar lo que
conocemos mal o no conocemos aunque creamos conocerlo: antes de saber por qué afirma lo que afirma, el
filósofo debe saber al menos por qué duda de lo que afirman los demás o por qué no se decide a afirmar a su
vez. Y esta función negativa, defensiva, crítica, ya tiene un valor en sí misma, aunque no vayamos más allá y
aunque en el mundo de los que creen que saben el filósofo sea el único que acepta no saber pero conoce al
menos su ignorancia.
¿Enseñar a filosofar aún, a finales del siglo XX, cuando todo el mundo parece que no quiere más que
soluciones inmediatas y prefabricadas, cuando las preguntas que se aventuran hacia lo insoluble resultan tan
incómodas? Planteemos de otro modo la cuestión: ¿acaso no es humanizar de forma plena la principal tarea
de la educación?, ¿hay otra dimensión más propiamente humana, más necesariamente humana que la
inquietud que desde hace siglos lleva a filosofar?, ¿puede la educación prescindir de ella y seguir siendo
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humanizadora en el sentido libre y antidogmático que necesita la sociedad democrática en la que queremos
vivir?
De acuerdo, aceptemos que hay que intentar enseñar a los jóvenes filosofía o, mejor dicho, a filosofar. Pero
¿cómo llevar a cabo esa enseñanza, que no puede ser sino una invitación a que cada cual filosofe por sí mismo? Y ante
todo: ¿por dónde empezar?
Capítulo Primero
Recuerdo muy bien la primera vez que comprendí de veras que antes o después tenía que morirme.
Debía andar por los diez años, nueve quizá, eran casi las once de una noche cualquiera y estaba ya acostado.
Mis dos hermanos, que dormían conmigo en el mismo cuarto, roncaban apaciblemente. En la habitación
contigua mis padres charlaban sin estridencias mientras se desvestían y mi madre había puesto la radio que
dejaría sonar hasta tarde, para prevenir mis espantos nocturnos. De pronto me senté a oscuras en la cama: ¡yo
también iba a morirme!, ¡era lo que me tocaba, lo que irremediablemente me correspondía!, ¡no había
escapatoria! No sólo tendría que soportar la muerte de mis dos abuelas y de mi querido abuelo, así como la de
mis padres, sino que yo, yo mismo, no iba a tener más remedio que morirme. ¡Qué cosa tan rara y terrible, tan
peligrosa, tan incomprensible, pero sobre todo qué cosa tan irremediablemente personal.
A los diez años cree uno que todas las cosas importantes sólo les pueden pasar a los mayores:
repentinamente se me reveló la primera gran cosa importante -de hecho, la más importante de todas que sin
duda ninguna me iba a pasar a mí. Iba a morirme, naturalmente dentro de muchos, muchísimos años, después
de que se hubieran muerto mis seres queridos (todos menos mis hermanos, más pequeños que yo y que por
tanto me sobrevivirían), pero de todas formas iba a morirme. Iba a morirme yo, a pesar de ser yo. La muerte
ya no era un asunto ajeno, un problema de otros, ni tampoco una ley general que me alcanzaría cuando fuese
mayor, es decir: cuando fuese otro. Porque también me di cuenta entonces de que cuando llegase mi muerte
seguiría siendo yo, tan yo mismo como ahora que me daba cuenta de ello. Yo había de ser el protagonista de
la verdadera muerte, la más auténtica e importante, la muerte de la que todas las demás muertes no serían más
que ensayos dolorosos. ¡Mi muerte, la de mi yo! ¡No la muerte de los «tú», por queridos que fueran, sino la
muerte del único «yo» que conocía personalmente! Claro que sucedería dentro de mucho tiempo pero... ¿no
me estaba pasando en cierto sentido ya? ¿No era el darme cuenta de que iba a morirme -yo, yo mismo-
también parte de la propia muerte, esa cosa tan importante que, a pesar de ser todavía un niño, me estaba
pasando ahora a mí mismo y a nadie más?
Estoy seguro de que fue en ese momento cuando por fin empecé a pensar. Es decir, cuando
comprendí la diferencia entre aprender o repetir pensamientos ajenos y tener un pensamiento verdaderamente
mío un pensamiento que me comprometiera personalmente, no un pensamiento alquilado o prestado como la
bicicleta que te dejan para dar un paseo. Un pensamiento que se apoderaba de mí mucho más de lo que yo
podía apoderarme de él. Un pensamiento del que no podía subirme o bajarme a voluntad, un pensamiento con
el que no sabía qué hacer pero que resultaba evidente que me urgía a hacer algo, porque no era posible
pasarlo por alto. Aunque todavía conservaba sin crítica las creencias religiosas de mi educación piadosa, no
me parecieron ni por un momento alivios de la certeza de la muerte. Uno o dos años antes había visto ya mi
primer cadáver, por sorpresa (¡y qué sorpresa!): un hermano lego recién fallecido expuesto en el atrio de la
iglesia de los jesuitas de la calle Garibay de San Sebastián, donde mi familia y yo oíamos la misa dominical.
Parecía una estatua cerúlea, como los Cristos yacentes que había visto en algunos altares, pero con la di-
ferencia de que yo sabía que antes estaba vivo y ahora ya no. «Se ha ido al cielo», me dijo mi madre, algo
incómoda por un espectáculo que sin duda me hubiese ahorrado de buena gana. Y yo pensé: «Bueno, estará
en el cielo, pero también está aquí, muerto. Lo que desde luego no está es vivo en ninguna parte. A lo mejor
estar en el cielo es mejor que estar vivo, pero no es lo mismo. Vivir se vive en este mundo, con un cuerpo que
habla y anda, rodeado de gente como uno, no entre los espíritus... por estupendo que sea ser espíritu. Los
espíritus también están muertos, también han tenido que padecer la muerte extraña y horrible, aún la
padecen». Y así, a partir de la revelación de mi muerte impensable, empecé a pensar.
Quizá parezca extraño que un libro que quiere iniciar en cuestiones filosóficas se abra con un capítulo
dedicado a la muerte. ¿No desanimará un tema tan lúgubre a los neófitos? ¿No sería mejor comenzar
hablando de la libertad o del amor? Pero ya he indicado que me propongo invitar a la filosofía a partir de mi
propia experiencia intelectual y en mi caso fue la revelación de la muerte -de mi muerte- como certidumbre lo
que me hizo ponerme a pensar. Y es que la evidencia de la muerte no sólo le deja a uno pensativo, sino que le
Instituto de Educación Secundaria “LEÓN FELIPE”, Benavente
INTRODUCCIÓN
A LA
HISTORIA DE LA FILOSOFÍA
1.- El pensar filosófico:
El concepto de filosofía no deja de ser algo todavía oscuro para la mayoría de los hombres.
Por lo general tal concepto evoca ideas muy dispares: desde un saber arcano y un tanto misterioso, a
veces impregnado de poesía y únicamente propio de iniciados, hasta un arte de saber vivir reflexiva y
pausadamente, como cuando decimos que hay que tomarse las cosas con filosofía (algo que en
general todos deberíamos hacer).
Para llegar a una noción más clara de lo que sea filosofía, tratemos de comprender una
definición de la misma. Aunque se han propuesto muchas definiciones vamos a dar una muy general
que sirva de base para empezar a delimitar lo que es la filosofía y distinguirla de otros posible modos
de conocimiento humano.
La FILOSOFÍA podríamos decir que es:
Ciencia
de la totalidad de las cosas
que trata de averiguar sus causas últimas,
adquirida con la luz de la razón.
Veamos punto por punto esta definición dada:
Ciencia: muchos de nuestros conocimientos no son científicos; así, por ejemplo, el conocimiento
que siempre tuvieron los hombres sobre las fases lunares o la caída de los cuerpos, o el
conocimiento sobre la periodicidad constante de las mareas. Tales conocimientos son
cotidianos, vulgares, no científicos, son conocimientos de un hecho, de algo que ocurre,
pero ignorando su por qué, es decir, su causa. Sin embargo, quien conoce las fases de la
Luna en razón de los movimientos de la Tierra y su satélite, la caída de los cuerpos en razón
de la fuerza de la gravedad, o las mareas por la atracción lunar, conoce las cosas por sus
causas, esto es, posee un conocimiento científico (=que puede demostrar), no vulgar, de
esos hechos. Además, el conocimiento científico es siempre un saber ordenado y
sistemático frente a la fragmentariedad de los saberes cotidianos y vulgares. En fin,
Aristóteles definía a la ciencia (que para él era sinónimo de filosofía) como “teoría de las
causas y principios”;
de la totalidad de las cosas: la filosofía no recorta un sector de la realidad para hacerlo objeto de
su estudio; en esto se distingue de las ciencias particulares (la física, las matemáticas, la
biología, etc.), que acotan una clase de cosas o una característica particular de ellas y
prescinden de todo lo demás. Sin embargo, el hombre/mujer aspira a conseguir una visión
mínimamente coherente acerca de la totalidad de lo real. Este saber totalizador al que el ser
humano quiere llegar es propio de la filosofía;
que trata de averiguar sus causas últimas: cabría pensar, de acuerdo con lo que acabamos de
decir acerca del carácter totalizador y omnicomprensivo del saber filosófico, que la filosofía
es una especie de enciclopedia en la que se irían sumando, ordenadamente eso sí, los
distintos conocimientos alcanzados por las ciencias particulares; ahora bien, éstas estudian
las causas inmediatas de las cosas/realidad, mientras que la filosofía trata de dar razón de
αρχ¿
αρχ¿ =arjé) de las cosas;
las causas últimas o principios (αρχ
adquirida con la luz de la razón: cabría también -por lo que acabamos de decir- confundir la
filosofía con una especie de saber religioso, en cuanto que Dios, como quiera que lo
concibamos, es para todas las religiones el principio de todo. Ahora bien, filosofía y
religión se distinguen por el modo de alcanzar los conocimientos respectivos: la religión
obtiene su saber por revelación divina y se mantiene por la fe, mientras que la filosofía
alcanza su saber construyéndolo/demostrándolo con las solas luces de la razón humana. ¿Y
qué es esto de la “razón humana”? Pues la capacidad que tenemos de enlazar nuestros
pensamientos/ideas de un modo lógico y coherente, sin contradicciones.
Con estas dos distinciones paralelas van a quedar establecidas dos vías para el
conocimiento de la realidad:
--la vía de la verdad (ªlhqeia
ªlhqeia=aletheia):
ªlhqeia aquella que el hombre sigue cuando utiliza la
razón para llegar al conocimiento de la esencia o naturaleza de las cosas. Esta vía nos
proporciona ciencia (¡pist¿mh
¡pist¿mh =epistéme): saber que podemos demostrar.
--la vía de la opinión (ddóxa
xa=dóxa):
xa aquella que el hombre sigue cuando utiliza los sentidos
para conocer las cosas, pues ellos sólo nos llevan a conocerlas superficialmente, tal como
parecen ser, su apariencia. La opinión es un saber aparente: que no podemos demostrar.
B) A la 2ª cuestión (la de por qué “el paso del mito al lógos”, es decir, el surgimiento de la
filosofía, tuvo lugar en la cultura griega) responderemos considerando las circunstancias sociales e
históricas que lo hicieron posible:
B.-1) Alrededor del siglo VII a.C. la civilización griega es una civilización urbana,
compuesta por una serie numerosa de ciudades autónomas e independientes llamadas
pólis (p lij en las cuales se ha ido estableciendo una neta división social entre, por
pólij
lij),
un lado, la nobleza como clase ociosa y con tiempo libre para ocuparse en el
pensamiento y en los asuntos de la polis, y por otro lado, los artesanos, agricultores,
comerciantes y esclavos, dedicados a toda clase de oficios, negocios y trabajos
prácticos.
B.-2) Es una sociedad comercial: lo que obliga a idear modos de calcular
transacciones, de fijar el valor de los productos comprados y vendidos. Aparece la
moneda y se desarrollan las matemáticas aplicadas sobre todo a la contabilidad. El
cálculo monetario supone un ejercicio de abstracción, por el cual el pensamiento se fija
en algo que hace semejantes a las cosas -el valor de cambio como propiedad universal
de los objetos- con independencia de su particularidad concreta.
B.-3) Es una sociedad que, debido a su intenso comercio y a su desarrollada técnica de
navegación, entra en permanente contacto con otras culturas, relativizando la propia,
es decir, no considerándola como poseedora de la verdad absoluta, sino como un modo
entre otros de interpretar/vivir la realidad por parte del hombre.
El conocimiento de otras culturas hace surgir, por un lado, la sospecha de las leyendas
mítico-religiosas son construcciones creadas por la imaginación del hombre mismo,
pues en cada cultura los dioses son representados de una manera distinta, y por otro
lado, la convicción de que lo común a los seres humanos es su capacidad/necesidad
racional de darse alguna explicación del mundo.
B.-4) Un autor -F. Châtelet- ha llegado a decir que ‘‘la filosofía es la
hija de la ciudad (pólis) y de la democracia’’. La filosofía
surge entre ciudadanos libres que ‘‘no reconocen más amos que las
leyes que han consentido darse, que discuten en común las
decisiones que se han de tomar, que aceptan el arbitraje
de los tribunales para resolver los asuntos privados... y
que no aceptan más dominación que la de un príncipe
abstracto y público: la ley (nómos nómos)’’. La democracia supone la
isonomía (=todos son iguales ante la ley) y la isogoría (=todos tienen derecho a hablar
en la asamblea/plaza, en el ágora).
Ahora bien, tengamos en cuenta que la ciudad griega basa su existencia en gran parte
en el trabajo de los esclavos, los cuales están excluídos de toda participación política al
igual que los extranjeros. Las decisiones en la polis sólo asunto de los ciudadanos
libres nacidos en ella (un 25% de la población aproximadamente).
un conjunto ordenado de seres que se comportan necesariamente según su propia y específica esencia
(eîdos).
Resumiendo mucho podemos decir que para los griegos el concepto de Physis o Naturaleza
tiene tres importantes significados muy relacionados entre sí:
a) El sustrato permanente e invariable del que están hechas las cosas: es la oçs’a
(=ousía) o Sustancia.
b) El primer principio que hace surgir/engendra a partir de sí mismo todos los seres
del Universo/Cosmos: es el αρχ¿
αρχ¿ (=arjé) o Causa Primera.
c) Como modo de ser propio de las cosas en cuanto pertenecientes a una
clase/especie determinada: es el e’doj (=eîdos) o Esencia.
Además el término physis se contrapone a nómos (n moj que significa ley, acuerdo,
nómoj
moj),
convención, en tanto que la physis es lo que existe por sí mismo, por naturaleza, mientras el nómos
es lo que existe por convención o acuerdo humano y es, por tanto, artificial. Así, por ejemplo, el
hombre por naturaleza es un ser capaz de articular muchos sonidos, pero en cada lengua sólo utiliza
algunos para comunicarse, y ello por convención cultural.
Pues bien, durante los siglos VI, V y IV a.C., los llamados filósofos presocráticos o primeros
filósofos (pues en realidad no todos son anteriores a Sócrates; algunos son contemporáneos suyos,
como Anaxágoras, y otros, como Demócrito, murieron más tarde) van a tratar de explicar
racionalmente qué es la Physis. Y su explicación va a poseer un doble carácter:
-es radical, en cuanto pretende dar con el principio raíz, es decir, primero, de las
cosas, con su arjé, y con lo que permanece bajo los cambios, con su
sustancia;
-es universal, en cuanto aspira a comprender el principio de todo lo real, del
Universo/Cosmos en su totalidad.
Conclusión:
La Filosofía empieza cuando se abandona el MITO como explicación
de la realidad y se opta por el LÓGOS o explicación racional de
la misma:
Esta nueva explicación -lógica- de las cosas afirma la idea de
necesidad natural, es decir, afirma que en la naturaleza todo
sucede según ciertas leyes constantes, las cuales son la causa de
lo que ocurre en el Universo y cuyo conocimiento nos proporciona
ciencia (epistéme
epistéme).
epistéme Además, los primeros filósofos van a sostener
que hay un primer principio (arjéarjé)
arjé de todo lo real o una
sustancia invariable (ousía
ousía)
ousía para todas las cosas.