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Capitan de Navio - Patrick O'Brian

En 'Capitán de navío', la segunda novela de la serie Aubrey/Maturin, el capitán Jack Aubrey y el doctor Stephen Maturin se encuentran en Francia cuando Napoleón declara la guerra a Gran Bretaña. Aubrey asume el mando de una nueva embarcación destinada a asegurar la supremacía naval británica, mientras Maturin actúa como espía contra los servicios de inteligencia napoleónicos. La historia se desarrolla en un contexto de tensión naval y estrategias de combate en alta mar.

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Capitan de Navio - Patrick O'Brian

En 'Capitán de navío', la segunda novela de la serie Aubrey/Maturin, el capitán Jack Aubrey y el doctor Stephen Maturin se encuentran en Francia cuando Napoleón declara la guerra a Gran Bretaña. Aubrey asume el mando de una nueva embarcación destinada a asegurar la supremacía naval británica, mientras Maturin actúa como espía contra los servicios de inteligencia napoleónicos. La historia se desarrolla en un contexto de tensión naval y estrategias de combate en alta mar.

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Segunda entrega de la más apasionante serie de novelas de tema naval

jamás publicada, Capitán de navío nos presenta al capitán Jack Aubrey y a


su fiel compañero, el doctor Stephen Maturin, en Francia en el momento en
que Napoleón declara la guerra a los británicos. Tras conseguir atravesar la
frontera con España, Aubrey se hará con el mando de un nuevo tipo de
embarcación que debería garantizar la supremacía naval de Inglaterra,
mientras que Maturin se revelará como un sagaz espía, capaz de poner en
jaque a los servicios de inteligencia napoleónicos.

[Link] - Página 2
Patrick O'Brian

Capitán de navío
Aubrey y Maturin II

ePUB v1.2
xxfry 29.10.11

[Link] - Página 3
De las obras de Patrick O'Brian, las novelas de la serie Aubrey/Maturin en orden de publicación:

#01 Master & Commander 1970 (Capitán de mar y guerra. Edhasa. 1994)
#02 Post Captain 1972. (Capitán de navío. Edhasa. 1994)
#03 H. M. S. Surprise 1973. (La Fragata Surprise. Edhasa. 1995)
#04 The Mauritius Command 1977. (Operación Mauricio. Edhasa.1995)
#05 Desolation Island 1978. (Isla Desolación. Edhasa. 1996)
#06 The Fortune of War 1979. (Episodios de una guerra. Edhasa.1996)
#07 The Surgeon´s Mate 1980. (El ayudante del cirujano. Edhasa. 1996)
#08 The Ionian Mission 1981. (Misión en Jonia. Edhasa. 1997)
#09 Treason´s Harbour 1983. (El puerto de la traición. 1997)
#10 The Far Side of the World 1984. (La costa más lejana del mundo. Edhasa. 1998)
#11 The Reverse of the Medal 1986. (El reverso de la medalla. Edhasa. 1998)
#12 The Letter of Marque 1988. (La patente de corso. Edhasa. 1999)
#13 The Thirteen Gun Salute 1989. (Trece salvas de honor. Edhasa. 1999)
#14 The Nutmeg of Consolation 1991. (La goleta Nutmeg. Edhasa. 2000)
#15 The Truelove 1993. (Clarissa Oakes, polizón a bordo. Edhasa. 2000)
#16 The Wine-Dark Sea 1993. (Un mar oscuro como el oporto. Edhasa. 2001)
#17 The Commodore 1994. (El comodoro. Edhasa. 2002)
#18 The Yellow Admiral 1996. (Almirante en tierra. Edhasa. 2002)
#19 The Hundred Days 1998. (Los cien días. Edhasa. 2003)
#20 Blue at the Mizzen 1999. (Azul en la Mesana. Edhasa. 2003)
#21 The Final Unfinished Voyage of Jack Aubrey 2004. (No publicado en España)

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Para Mary, con amor

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NOTA A LA EDICIÓN ESPAÑOLA
Esta es la segunda novela de la más apasionante serie de novelas históricas
marítimas jamás publicada; por considerarlo de indudable interés, aunque los lectores
que deseen prescindir de ello pueden perfectamente hacerlo, se incluye un archivo
adicional con un amplio y detallado Glosario de términos marinos.
Se ha mantenido el sistema de medidas de la Armada real inglesa, como forma
habitual de expresión de terminología náutica.
1 yarda = 0,9144 metros
1 pie = 0,3048 metros - 1 m = 3,28084 pies
1 cable =120 brazas = 185,19 metros
1 pulgada = 2,54 centímetros - 1 cm = 0,3937 pulg
1 libra = 0,45359 kilogramos - 1 kg = 2,20462 lib
1 quintal = 112 libras = 50,802 kg

***

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CAPÍTULO 1
Al amanecer las ráfagas de lluvia ya se habían alejado hacia el este del Canal, y
podía verse que la presa había cambiado de rumbo. La Charwell había seguido su
estela casi toda la noche, a una velocidad de siete nudos a pesar de tener los fondos
sucios, y ahora ambas embarcaciones se encontraban a poco más de milla y media de
distancia. El navío que iba delante viraba poco a poco para colocarse con el viento en
contra, y cuando todos a bordo tuvieron ante su vista las dos filas de portas, el
silencio en las cubiertas de la fragata se hizo más profundo. Ahora lo veían
claramente por primera vez desde que el serviola, en la oscuridad, había llamado a
cubierta para informar que se divisaba un barco en el horizonte, a un grado por la
amura de babor, aunque aún no se veía su casco. El barco se dirigía al nornoreste, y la
opinión general en la Charwell era que se trataba o bien de un miembro de un convoy
francés que se había dispersado o bien de un barco americano que trataba de romper
el bloqueo y llegar hasta Brest al amparo de la noche sin luna.
Dos minutos después de aquella primera llamada, en la Charwell se largaron la
juanete mayor y la de proa. No se hizo un gran despliegue de velamen, pues la fragata
había realizado un largo y fatigoso viaje desde las Antillas, sin avistar tierra en nueve
semanas, con la jarcia a punto de romperse a causa de las tempestades en la línea
equinoccial, y había pasado tres días al pairo en el golfo de Vizcaya en horribles
condiciones; era comprensible que el capitán Griffiths quisiera ahorrarle esfuerzo. A
pesar de tener pocas velas desplegadas, la Charwell alcanzó la estela del barco
desconocido en un par de horas, y al sonar las cuatro campanadas de la guardia de
mañana la tripulación hizo zafarrancho de combate. El tambor llamó a todos a sus
puestos, rápidamente se llevaron los coyes a cubierta y se amontonaron en la batayola
formando barreras, y luego se sacaron los cañones. Los hombres de guardia,
sonrosados y soñolientos, que habían permanecido observando todo esto durante más
de una hora bajo la fría lluvia, estaban calados hasta los huesos.
Ahora, en medio de aquel silencio, pudo oírse cómo un artillero de brigada del
combés le decía a un hombrecillo que estaba junto él mirándolo con ojos
desorbitados:
—Es un navío francés de dos puentes, compañero, de setenta y cuatro u ochenta
cañones. Nos enfrentamos a un poderoso enemigo, compañero.
—¡Silencio! ¡Que Dios os condene! —gritó el capitán Griffiths—. Señor Quarles,
anote el nombre de ese hombre.
En aquel momento la lluvia arreció. Sin embargo, ya todos en el abarrotado
alcázar sabían lo que había detrás de aquel grisáceo velo informe y movedizo: un
navío de línea francés con las dos filas de portas abiertas. Y nadie había dejado de
notar el ligero movimiento de la verga trinquete, que indicaba que el navío iba a

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ponerse en facha para esperarles.
La Charwell era una fragata de treinta y dos cañones de doce libras, y si se
acercaba lo suficiente para poder usar las pequeñas carronadas del alcázar y el castillo
junto con los cañones largos, podría hacer una descarga de doscientas treinta y ocho
libras de metal. En cambio, un navío de línea francés podría hacer una descarga de al
menos novecientas sesenta libras. Así que no era posible un enfrentamiento, y
habrían arribado y emprendido la huida, sin que esto supusiera una deshonra, de no
ser porque detrás de ellos, en algún lugar no visible, estaba su compañera, la potente
fragata Dee, de treinta y ocho cañones de dieciocho libras. Ésta había perdido un
mastelero en el último temporal que había soportado, reduciéndose su velocidad; pero
al anochecer había podido verse con claridad y había respondido a la señal del
capitán Griffiths, que era el capitán de más antigüedad, para que se uniera a la
persecución. Las dos fragatas en conjunto, no obstante, tenían una artillería mucho
menos potente que el navío de línea, pero sin duda podrían capturarlo; el navío
trataría de mantenerse de costado hacia una de las fragatas y causarle un daño
terrible, pero la otra fragata podría pasar a proa o popa de éste y abrir fuego,
disparando certeramente a lo largo de las cubiertas sin dar apenas tiempo a responder.
Esto podía hacerse; se había hecho. En 1797, por ejemplo, la Indefatigable y la
Amazon habían destruido un navío francés de setenta y cuatro cañones. Pero la
Indefatigable y la Amazon llevaban entre las dos ochenta cañones largos y el Droits
de l'homme no había podido abrir las portas de la cubierta inferior, pues había una
fuerte marejada. Ahora, sin embargo, había poco oleaje; y por otra parte, la Charwell,
para enfrentarse al desconocido debía aislarlo de Brest y entablar combate, pero
¿cuánto tiempo lucharía sola?
—Señor… señor Howell —dijo el capitán—. Suba al tope con un catalejo e
infórmeme sobre la posición de la Dee.
El zanquilargo guardiamarina ya estaba a mitad de camino de la cofa del palo de
mesana cuando el capitán terminó de hablar, y su respuesta llegó a través de la lluvia
que caía oblicuamente.
—Sí, sí, señor.
La fragata fue alcanzada por una ráfaga de viento y lluvia, y ésta era tan copiosa
que desde el alcázar los marineros apenas podían distinguir el castillo y el agua salía
a chorros por los imbornales de sotavento. Cuando la ráfaga había pasado y la pálida
luz del día brillaba de nuevo, se oyó el grito:
—¡Cubierta! Señor, está a sotavento y ya puede verse su casco. Tiene reparado…
—Baje a informar —dijo el capitán en voz alta con tono inexpresivo—. Avisad al
señor Barr.
El tercero de a bordo dejó su puesto y se dirigió presuroso a popa. Cuando subía
al alcázar, el viento empujó hacia atrás su capa, que chorreaba agua, y él se llevó

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rápidamente una mano a la capa y la otra al sombrero.
—Quíteselo, señor —gritó el capitán Griffiths poniéndose rojo—. Quíteselo
inmediatamente. Usted conoce las órdenes de lord Saint Vincent, todos ustedes las
han leído, usted sabe cómo se saluda…
De repente enmudeció; y después de un momento dijo:
—¿Cuándo cambia la marea?
—Le pido disculpas, señor —dijo Barr—. Diez minutos después de las ocho,
señor. El periodo de la marea muerta está a punto de finalizar, señor, con su permiso.
El capitán emitió un gruñido y luego dijo:
—¿Y bien, señor Howell?
—Tiene reparado el mastelero mayor, señor —dijo el guardiamarina, que estaba
de pie frente a él y que incluso con la cabeza descubierta le superaba en altura—.
Acaba de orzar.
El capitán dirigió el catalejo hacia la Dee, ahora las juanetes se veían claramente
sobre la superficie dentada del mar, y cuando el oleaje elevaba ambas fragatas
también se veían las gavias. Secó la lente, enfocó el catalejo hacia el lado opuesto
para observar el navío francés y poco después lo cerró de golpe y miró hacia atrás,
hacia la distante fragata. Permaneció apoyado en el pasamanos de estribor,
completamente solo en el sanctasantórum del alcázar, de espaldas a los oficiales.
Estos, aunque dedicaban mayor atención al navío francés y a la Dee, lo miraban de
vez en cuando con aire pensativo.
La situación no estaba aún definida, era más potencial que real. No obstante,
cualquier decisión que se tomara ahora la definiría, y a partir de ese momento se
sucederían los acontecimientos de forma inevitable, unos como consecuencia de
otros, primero lentamente y luego cada vez más rápido, sin posibilidad de volver
atrás. Y debía tomarse una decisión, debía tomarse sin tardar, ya que la Charwell, a la
velocidad que navegaba, estaría al alcance de los cañones del navío de dos puentes en
menos de diez minutos. Sin embarco, había tantos factores… La Dee no era muy
rápida navegando de bolina y, por otra parte, al cambiar la marea, las olas de través
reducirían su velocidad; tal vez tendría que dar otra bordada. En media hora aquel
navío francés de cañones de treinta y seis libras podría destrozar la Charwell,
desarbolarla y llevársela a Brest, pues había viento favorable para navegar en esa
dirección. ¿Por qué no habían visto ninguno de los barcos de la escuadra que trataba
de romper el bloqueo? No habrían podido alejarse con aquel viento. Aquello era muy
raro. Todo era muy raro, empezando por el comportamiento del navío francés. El
ruido de los cañonazos haría que la escuadra se reuniera…Una táctica dilatoria…
El capitán Griffiths estaba enfurecido porque se sentía observado por aquellos
ojos a sus espaldas. Lo observaban más ojos de lo habitual, porque en la Charwell
viajaban como pasajeros dos civiles, uno procedente de Gibraltar y otro de Puerto

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España, y varios oficiales. Uno de ellos era el belicoso general Paget, un hombre
influyente, y el otro el capitán Aubrey, Jack Aubrey el afortunado, que hacía poco
tiempo había atacado y apresado un jabeque-fragata español de treinta y seis cañones,
el Cacafuego, con un bergantín de catorce cañones, la Sophie. Este hecho, que había
sido el tema de conversación en la flota durante algunos meses, hacía más difícil
tomar una decisión.
El capitán Aubrey estaba de pie junto a la última carronada de babor y tenía en su
rostro una expresión abstraída, totalmente indefinida. Desde ese lugar, como era alto,
podía ver la posición de los tres barcos y cómo cambiaba con facilidad y rapidez el
triángulo que formaban entre ellos. Muy cerca de él había dos figuras más bajas, una
era el doctor Maturin, que había sido su cirujano en la Sophie, y la otra era un hombre
vestido de negro —traje negro, sombrero negro y una capa negra chorreando agua—
de frente estrecha, en la que podría haber llevado escrito agente de los servicios
secretos o, simplemente, la palabra espía, dado el poco espacio que había en ella.
Hablaban en una lengua que algunos creían que era latín. Hablaban animadamente, y
Jack Aubrey, cruzándose con una furiosa mirada del otro lado de la cubierta, se
inclinó y le susurró al oído a su amigo:
—Stephen, ¿por qué no bajas? A partir de ahora, en cualquier momento podrán
necesitarte en la enfermería.
El capitán Griffiths se volvió desde el pasamanos y con forzada tranquilidad dijo:
—Señor Berry, haga la señal que indique. Voy a…
En ese momento, el navío de línea disparó un cañonazo, e inmediatamente lanzó
tres bengalas azules que se elevaron y lanzaron destellos de aspecto irreal a la luz del
alba. Luego, antes de que el viento se llevara los últimos destellos, lanzó una serie de
cohetes, como si se estuviera celebrando la noche de Guy Fawkes1 en alta mar.
Jack Aubrey, frunciendo el entrecejo pensó: «¿Qué demonios quiere decir con
esto?». Y un murmullo de asombro, haciéndose eco de su propia perplejidad, recorrió
las cubiertas de la fragata.
—¡Cubierta! —gritó el serviola desde la cofa del trinquete—. Hay un cúter cerca
del navío, a sotavento.
El capitán Griffiths giró en redondo el telescopio.
—Recoged esas velas —dijo.
Se cargaron los puños de las velas mayor y trinquete con los chafaldetes para que
él pudiera ver mejor. Entonces observó cómo el cúter, un cúter inglés, guindó la
verga, la giró, ganó velocidad y comenzó a acercarse rápidamente a la fragata a través
del grisáceo mar.
—Nos acercaremos al cúter —dijo—. Señor Bowes, dispare un cañonazo.
Por fin, después de todas aquellas horas de tensa espera, llegaban las órdenes, y
enseguida el cañón de doce libras fue colocado cuidadosamente. Luego hubo un

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estallido, un remolino de humo acre se dispersó en el aire con rapidez, y se oyeron los
vítores de la tripulación cuando la bala pasó ante la proa del cúter. En respuesta, en el
cúter se dieron vítores y se lanzaron los sombreros al aire. Los dos barcos se
acercaban a diferentes velocidades, y la suma de ambas era de quince millas por hora.
El cúter, rápido y bien gobernado —sin duda una buena embarcación para el
contrabando—, se aproximó a la Charwell por sotavento y aminoró la marcha hasta
detenerse junto a ella y quedarse como una gaviota sobre el mar, moviéndose al
vaivén de las olas. Desde su cubierta, una fila de rostros bronceados y sonrientes
miraban con perspicacia hacia los cañones de la fragata.
«Yo reclutaría enseguida a media docena de marineros de primera entre ellos»,
pensó Jack mientras el capitán Griffiths llamaba al capitán del cúter, separado sólo
por una franja de mar.
—Suba a bordo —dijo el capitán Griffiths, receloso—. Momentos después de que
el cúter facheara y le pusieran las defensas para evitar chocar, y tras oírse los gritos
«¡Con cuidado ahora! ¡Que Dios os condene!», su capitán subió por la escala de popa
con un fajo de papeles bajo el brazo. Saltó ágilmente por encima del coronamiento y
tendió la mano diciendo:
—Le deseo que disfrute de la paz, capitán.
—¿Paz?
—Sí, señor. Sabía que le sorprendería. Se firmó hace apenas tres días. Ningún
navío en misión por el extranjero lo sabe todavía. El cúter está lleno de periódicos de
Londres y París, y de provincias. Todos los artículos, caballeros —miraba a su
alrededor—, y hasta el último detalle. Una información que vale media corona.
No había motivos para dudar de él. Todos en el alcázar se quedaron perplejos. De
los animados artilleros de las carronadas, la palabra fue pasando en un murmullo de
un lado a otro de la cubierta, y ahora en el castillo pudo escucharse un viva. El
capitán dijo automáticamente:
—Anote el nombre de ese hombre, señor Quarles.
Pero a pesar de ello, los vivas se propagaron hasta el palo mayor y luego a toda la
fragata, convirtiéndose en agudos gritos de alegría ante la idea de la libertad, el
reencuentro con esposas y novias, la seguridad y los placeres de tierra firme.
En cualquier caso, el tono del capitán Griffiths no era realmente feroz; y en lo
más profundo de sus ojos tan juntos, alguien que lo mirara de cerca podría descubrir
el éxtasis, por una parte, porque sus preocupaciones habían desaparecido, se habían
desvanecido como una bocanada de humo, y por otra, porque nadie en este mundo
sabría nunca qué señal había estado a punto de hacer. Y a pesar de que controlaba
mucho la expresividad de su rostro, su tono era excepcionalmente cortés cuando
invitó a comer con él esa tarde a los pasajeros, el oficial y el guardiamarina de la
guardia y el primer oficial.

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***

—Es estupendo comprobar lo sensible que es la tripulación, cómo aprecia las


ventajas de la paz —dijo Stephen Maturin al reverendo Hake en tono afable.
—¡Ah, sí! Las ventajas de la paz. Sí, claro —dijo el capellán, que en tierra no
recibiría una pensión, ni tenía fortuna privada de la cual vivir, y que sabía que en
cuanto la Charwell llegara a Portsmouth la tripulación sería despedida.
Inmediatamente abandonó la sala de oficiales, dejando solos al capitán Aubrey y
al doctor Maturin, y comenzó a pasearse por el alcázar, silencioso y pensativo.
—Pensé que se mostraría más satisfecho —dijo Stephen Maturin.
—Eres un caso raro, Stephen —dijo mirándolo afectuosamente—. Has estado
navegando durante bastante tiempo, y nadie podría decir que eres tonto, pero sabes
tanto de la vida de un marino como un niño nonato. Recordarás que todos en esta
guerra siempre se han puesto tristes ante el peligro de una paz inminente. Y en la
comida habrás notado, sin duda, que Quarles, Rodgers y todos los demás estaban
taciturnos.
—Lo atribuí a la angustiosa noche que habían pasado, muy tensos, vigilantes,
faltos de sueño y, sobre todo, temerosos del peligro. Sin embargo, el capitán Griffiths
tenía un excelente estado de ánimo.
—¡Oh! —dijo Jack, guiñando un ojo—. Eso es muy diferente, desde luego: él es
un capitán de navío. Tiene sus diez chelines diarios e independientemente de lo que
ocurra seguirá subiendo en la lista de capitanes a medida que los más viejos mueran u
obtengan un buque insignia. Es bastante viejo, tendrá cuarenta años o incluso más,
pero con suerte morirá siendo almirante. En realidad, los que me dan pena son los
otros: los tenientes con media paga, que tienen muy pocas probabilidades de
enrolarse y ninguna de obtener un ascenso, y también los pobres guardiamarinas que,
desafortunadamente, no han recibido un nombramiento ni lo recibirán nunca y que no
tienen esperanza de participar en una misión ni tendrán ninguna paga, por supuesto.
Sólo les queda la marina mercante o limpiar zapatos a la entrada del parque Saint
James. ¿No has oído esta vieja canción? Te cantaré una estrofa.
Tarareó la melodía y luego cantó en tono bastante grave:
Dice Jack: «Hay buenas noticias, hay paz en tierra y mar, los cañones ya
no se usarán, pues desmantelados están».
Dice el almirante: «Esas son malas noticias». Dice el capitán:«Mi corazón
se va a partir».
El teniente grita: ¿Qué voy a hacer? No sé qué camino seguir». Dice el
doctor: «También yo soy un caballero, un caballero de gran categoría;
Me iré a alguna feria de pueblo y allí ejerceré de charlatán».

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Eso va por ti, Stephen. Ja, ja, ja!
Dice el guardiamarina: «No tengo oficio; algún oficio tengo que escoger».
Me iré a la entrada del parque Saint James y allí zapatos limpiaré, y allí
todo el día me quedaré para atender a todos los que me quieran llamar,
y a quienes pasen por allí les diré: «¿Quiere que le saque a sus zapatos un
brillo sin igual?»
El señor Quarles se asomó a la puerta, reconoció la canción y aspiró aire
profundamente. Y puesto que Jack era un invitado, un oficial superior, nada menos
que un capitán de corbeta con una charretera en su hombro y, además, alto y
corpulento, el señor Quarles exhaló el aire en un suspiro y cerró la puerta.
—Debería haber cantado más bajo —dijo Jack.
Aproximó la silla a la mesa y continuó en voz más baja:
—En verdad, son esos hombres los que me dan pena. También estoy apenado por
mí mismo, naturalmente, pues hay pocas posibilidades de que pueda conseguir un
barco y, desde luego, aunque lo lograra, no hay ningún enemigo que capturar; pero
eso no es nada en comparación con lo suyo. Nosotros hemos tenido suerte con el
dinero de los botines, y si no fuera por ese condenado retraso en nombrarme capitán
de navío, me sentiría muy contento de pasar seis meses en tierra. Cazaría, escucharía
buena música, iría a la ópera. ¡Podríamos incluso ir a Viena! ¿Eh? ¿Qué te parece,
Stephen? Pero debo reconocer que esa tranquilidad me irrita profundamente, aunque
eso no es nada en comparación con lo suyo, y no dudo que se solucionará muy
pronto.
Cogió el ejemplar de The Times y echó un vistazo a la London Gazette por sí se
hubiera saltado su nombre al leerla las tres veces anteriores. Luego, dejándolo a un
lado dijo:
—¿Te importaría pasarme el que está encima de la taquilla? El Sussex Courier.
Y añadió cinco minutos más tarde:
—Esto está bien, Stephen. El señor Savile reunirá su jauría el miércoles 6 de
noviembre de 1802, a las diez, en Champflower Cross. Yo fui con ellos una vez
cuando era niño; el regimiento de mi padre estaba acampado en Rainsford. Una zona
de caza de siete millas, un lugar extraordinario si uno tiene un buen caballo. Escucha
esto: elegante residencia para caballero, en terreno calizo, se alquila por años a precio
moderado. Dice que tiene capacidad para diez personas.
—¿Tiene salones?
—Por supuesto que sí. ¡Qué cosas tienes Stephen! No sería una elegante
residencia para caballero si no los tuviera. Y diez dormitorios. ¡Dios! Es una casa de
excelentes características, no demasiado lejos del mar, en un buen lugar.
—¿No habías pensado ir a Woolhampton, a casa de tu padre?
—Sí…sí. Pienso hacerle una visita, desde luego. Pero estará mi madrastra, ya

[Link] - Página 14
sabes. Y si te digo la verdad, no creo que salgan bien las cosas.
Hizo una pausa tratando de recordar el nombre del personaje clásico que lo había
pasado tan mal con la segunda mujer de su padre. Y es que el general Aubrey se
había casado hacía poco con la lechera, una hermosa joven de ojos negros y manos
húmedas que Jack conocía muy bien. ¿Era Acteón, Ajax, Arístides? Le parecía que su
caso y el de ese personaje eran muy similares, y que nombrándolo daría a entender
cuál era la situación; pero el nombre no acudía a su mente, y después de unos
instantes volvió a los anuncios.
—Tiene muchas ventajas estar en las proximidades de Rainsford: hay tres o
cuatro jaurías en la zona, Londres está a un día de camino y hay docenas de elegantes
residencias para caballeros, todas en terreno calizo. Podríamos compartir los gastos,
Stephen, y traer a Bonden, Killick, Lewis y, tal vez, a uno o dos hombres más de la
antigua tripulación de la Sophie, y también podríamos pedirle a algunos de los
cadetes que vinieran a quedarse con nosotros. Nos divertiremos mucho, será como
estar en Fiddler's Green 2.
—Ese es, precisamente, el lugar que me gusta —dijo Stephen—. No importa lo
que digan los anuncios, el caso es que el suelo de la zona es calizo y en los downs 3
hay algunas plantas y escarabajos muy curiosos. Y estoy ansioso por ver una charca
formada por el rocío.

***

Polcary Down bajo el cielo de invierno; un penetrante viento del norte pasaba
sobre las vegas, atravesaba el terreno arado y subía hasta la amplia pradera flanqueda
en la parte más baja por un bosquecillo que llamaban el tojal de Rumbold. Una
veintena de figuras con chaqueta roja se encontraban cerca del tojal; y mucho más
abajo, en medio de la ladera, inmóvil tras su yunta de bueyes de Sussex al final de un
surco, un labrador miraba cómo los perros de caza del señor Savile se abrían paso
entre los tojos y los restos parduzcos de los helechos.
Avanzaban lentos, inseguros, rastreando de forma irregular, de modo que los
cazadores tenían mucho tiempo para beber de los frascos, soplarse las manos y
observar el paisaje a sus pies: el río que serpenteaba a través de un mosaico de
campos, las torres o los campanarios de Hither, Middle, Nether y Savile
Champflower, las seis o siete casonas diseminadas por el valle, la hilera de colinas
calizas redondeadas, como lomos de ballena y, a lo lejos, el plomizo mar.
Era un campo pequeño, y casi todos se conocían. Había media docena de
agricultores, algunos caballeros de Champflower y las parroquias vecinas, dos

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oficiales del ejército procedentes del campamento de Rainsford; estaba el señor
Burton que, con la esperanza de ver a la señora Saint John, había salido de casa a
pesar de su terrible resfriado, y también el doctor Vining, con el sombrero prendido a
la peluca y ambas cosas sujetas por un pañuelo que llevaba atado debajo de la
barbilla. Él se había desorientado en las primeras vueltas —no podía resistir el sonido
del cuerno— y se sentía molesto cada vez que veía desaparecer poco a poco la pista.
En medio del gélido viento, miraba de vez en cuando hacia la distante Mapes Court,
donde la señora Williams le estaba esperando, mientras pensaba: «No le ocurre nada.
Mis conocimientos médicos no servirán de nada; pero como verdadero cristiano
debería hacerle una visita. Y voy a hacérsela, por supuesto, a menos que ellos
encuentren de nuevo la presa antes de que cuente cien». Se puso el dedo sobre el
pulso y empezó a contar. Al llegar a noventa se detuvo y miró a su alrededor tratando
de retrasarse, y al otro lado del bosquecillo vio a una figura que no conocía.
—Ese es el médico del que me han hablado, no cabe duda —dijo—. Lo más
correcto sería ir a su encuentro y saludarlo. Un tipo raro. ¡Ya lo creo que es raro!
El tipo raro estaba subido a una jaca, algo insólito en un terreno de caza. Pero
aparte de que llevara la jaca, él mismo tenía un aspecto extraño por el color pizarra de
su ropa, la palidez de su rostro y, sobre todo, de su cabeza rapada (su sombrero y su
peluca estaban atados a la silla de montar), y el modo en que mordía un trozo de pan
frotado con ajo. Le gritaba a su compañero, en quien el doctor Vining reconoció al
nuevo inquilino de Melbury Lodge.
—Te lo digo, Jack —gritaba—, te digo que…
—¡Eh, señor! ¡El de la jaca! —gritó furioso el señor Savile—. ¿Quiere dejar que
los endemoniados perros sigan con su trabajo? ¿Eh? ¿Cree que esto es un maldito
café? Dígame, ¿es ésta una condenada sociedad que organiza debates?
El capitán Aubrey frunció los labios con expresión grave y montado en su caballo
recorrió las veinte yardas que los separaban.
—Dímelo después, Stephen —dijo en voz baja, llevándose a su amigo hacia un
lugar del bosque donde el dueño no pudiera verlo—. Dímelo después, cuando ellos
hayan encontrado el zorro.
Aquella expresión grave resultaba extraña en la cara de Jack —ahora roja como
su chaqueta a causa del tiempo— y tan pronto como estuvieron al amparo de un
espino que el viento azotaba, se volvió animosa y alegre, como era habitual en él.
Entonces Jack observó atentamente los tojos, desde donde se escuchaban jadeos y
crujidos indicando la presencia de la jauría.
—¿Es un zorro lo que están buscando? —dijo Stephen Maturin como si los
hipogrifos fueran las piezas de caza más corrientes en Inglaterra. Luego volvió a
quedarse ensimismado y continuó comiéndose el pan lentamente.
El viento seguía soplando hacia lo alto de la colina; nubes remotas cruzaban por

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el cielo con regularidad. De tanto en tanto, el enorme caballo de caza de Jack, una
reciente adquisición, levantaba las orejas en actitud atenta. Era un caballo bayo, de
constitución fuerte, muy adecuado para las doscientas veinticinco libras de Jack, pero
le gustaba poco cazar y, como muchos otros caballos castrados, se sentía descontento
y pasaba mucho tiempo lamentándose de la pérdida de sus testículos. Si los
pensamientos que se sucedían en su cabeza se hubieran transformado en palabras,
éstas habrían sido: «Pesa demasiado; se sienta demasiado adelante cuando saltamos
una cerca; ya he cargado con él bastante tiempo por hoy; me lo voy a quitar de
encima enseguida, ya verá. Estoy oliendo una yegua. ¡Una yegua! ¡Oh!». Le
temblaron las anchas aletas de la nariz y comenzó a piafar.
Jack miró a su alrededor y vio a unas personas que llegaban al campo. Una joven
y un mozo de cuadras subían apresuradamente por la parte donde estaba el terreno
arado, el mozo iba montado en una jaca y la joven en una pequeña yegua alazana de
raza. Cuando ya estaban cerca de la valla que separaba el terreno de caza del resto de
la colina, el mozo comenzó a cabalgar a medio galope y se aproximó a un portillo
para abrirlo, pero la joven dirigió la yegua hacia la valla y saltó por encima con gran
habilidad. Justo en ese momento, en el bosque se oyó un quejido y luego un intenso
clamor, presagiando algo importante.
El ruido cesó; un perro pasó al campo, buscando algo con los ojos. Stephen
Maturin salió de atrás del tupido espino para seguir con la vista el vuelo de un halcón,
y la yegua alazana calzada de blanco, al ver la jaca, empezó a mover nerviosamente
las patas y a sacudir la cabeza.
—Tranquila —dijo la joven con voz dulce y clara. Nunca antes Jack había oído
una voz como aquella, y con gran interés se volvió para observar a la joven. Ella
estaba ocupada en controlar la excitada yegua, pero poco después sus ojos se
encontraron con los de él y ella frunció el ceño. Él desvió la vista y sonrió pensando
en que era muy bella, realmente hermosa, con aquel color intenso en las mejillas y la
espalda muy recta, llevando las riendas de su yegua con gracia y naturalidad, lo
mismo que un guardiamarina llevaba la caña del timón en plena marejada. Ella tenía
el pelo negro y los ojos azules, y un aire insolente que resultaba gracioso a la vez que
conmovedor en una persona tan menuda. Vestía un gastado traje de montar azul con
las solapas y los puños blancos, como el uniforme de los tenientes de marina, y un
llamativo tricornio con una pluma de avestruz formando un gran rizo. Llevaba el pelo
recogido debajo del sombrero y de un modo ingenioso, probablemente utilizando
peinetas, se había dejado sólo una oreja al descubierto; y esa oreja perfecta, como
Jack pudo observar cuando la yegua se acercó a él reculando, era rosada como…
—Ahí está el zorro que buscaban —señaló Stephen, en tono despreocupado—.
Ahí está el zorro de que tanto hemos oído hablar. Aunque, en verdad, es una zorra,
estoy seguro.

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El zorro, de color pardo rojizo, descendió rápidamente por uno de los surcos del
terreno y, pasando entre ellos, se dirigió hacia el campo arado. Los caballos y la jaca
levantaron las orejas indicando su dirección, como si usaran un sistema de señales.
Cuando el zorro era bien visible, Jack se puso de pie en los estribos y, sujetándose el
sombrero, comenzó a sonar el cuerno tan fuerte que casi podían oírlo en alta mar; y al
escuchar aquel estruendo, un cazador acudió corriendo como un loco y llegaron
perros desde todas partes del tojal. Estos encontraron la pista en la abrigada
hondonada y se alejaron en medio de terribles aullidos. Cruzaron rápidamente la
cerca y llegaron hasta la mitad del campo de rastrojos; formaban un grupo compacto
—y muy musical— y el cazador iba con ellos. Desde el bosque fue propagándose un
ruido ensordecedor por el terreno de caza; alguien abrió el portillo, y un momento
después una ansiosa multitud trataba de pasar a empujones al otro lado. Jack se
sujetaba fuerte y no quería empujar, pues esa era su primera salida en aquel lugar
desconocido, pero el corazón le saltaba dentro del pecho y ya había decidido qué
línea de actuación seguiría una vez que la presión hubiera disminuido.
Jack era un apasionado cazador; amaba todo lo relacionado con la caza, desde el
sonido del cuerno, al comienzo, hasta el olor rancio de la carne desgarrada del zorro.
Sin embargo, a pesar de algunos desafortunados periodos sin tener barco, había
pasado dos tercios de su vida en el mar y, por tanto, no tenía tanta destreza para la
caza como creía.
Todavía los cazadores estaban agolpados junto al portillo abierto, y no habría
posibilidad de pasar hasta que todo el grupo no estuviera en el otro campo. Jack hizo
girar su caballo y se dirigió hacia la valla gritando:
—¡Vamos, Stephen!
Vio de reojo, fugazmente, la yegua alazana entre su amigo y la multitud. Cuando
el caballo castrado se elevaba, sintió desplazarse el peso que llevaba encima, pues
Jack se había vuelto para ver qué hacía la joven; pasó por encima de la valla con un
salto muy alto y rápido y cayó del otro lado con la cabeza baja. Luego, con una hábil
sacudida de los hombros y un empujón de la grupa hacia arriba, desmontó a su jinete.
Éste no cayó de golpe. Fue deslizándose de forma lenta e ignominiosa por el
resbaladizo hombro izquierdo, con un puñado de pelos de la crin en la mano derecha,
y al caballo, que se había adueñado de la situación, le bastaron veinte yardas para
quedarse con la silla vacía.
No obstante, la satisfacción del caballo no duró. A Jack se le había trabado la bota
en el estribo izquierdo y no podía sacarla, de modo que su corpulenta figura iba
dando trompicones y recibiendo golpes junto al caballo castrado, entre horribles
rugidos y maldiciones. El caballo comenzó a mostrarse inquieto y asustado,
resoplando y abriendo desmesuradamente los ojos, y atravesaba cada vez más rápido
los oscuros, pedregosos e interminables surcos.

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El labrador dejó los bueyes y empezó a subir torpemente por la colina agitando el
aguijón. Un joven alto con chaqueta verde, del grupo de a pie, corría hacia el caballo
con los brazos abiertos, gritando:
—¡So!¡So!
La jaca, la última del grupo que salía del campo, se volvió y se apresuró a pasar al
otro lado para cortarle el paso al caballo castrado. Pasó casi arrastrándose por el suelo
entre la multitud, dejándola atrás, se cruzó en el camino del caballo y se mantuvo
firme, recibiendo el impacto. Entonces, como un héroe, Stephen desmontó
rápidamente, cogió las riendas del caballo y permaneció allí hasta que, con gran ruido
de pasos, llegaron el hombre de la chaqueta verde y el labrador.
Los bueyes, abandonados en medio del surco, estaban tan excitados por este jaleo
que se habían animado a hacer ellos también una travesura. Pero antes de que se
decidieran a hacerla, ya todo había terminado. El labrador llevaba el avergonzado
caballo hacia la orilla del campo, mientas los otros dos hombres sostenían al jinete
magullado y con la cabeza ensangrentada y escuchaban muy serios sus explicaciones.
La jaca iba detrás.

***

Mapes Court era una casa enteramente femenina: no había ni un solo hombre en
ella, aparte del mayordomo y el mozo de cuadras. La señora Williams era una mujer
por su propia naturaleza; pero lo era de un modo tan marcado, tan rotundo, que
carecía de personalidad propia. Era, además, una mujer vulgar, aunque procedía de
una de las familias importantes del lugar, que se había establecido allí desde los
tiempos de Guillermo el Taciturno.
Era difícil encontrar un parecido, un aire de familia, entre ella y sus hijas y su
sobrina, quienes componían el resto de la familia. En realidad, la casa distaba mucho
de ser un lugar donde pudiera apreciarse un aire de familia, pues por un lado, los
borrosos retratos parecían haber sido comprados en distintas subastas y, por otro, las
tres hijas eran tan diferentes en su forma de pensar como en su aspecto, a pesar de
que se habían educado juntas, con las mismas personas alrededor, en el mismo
ambiente de veneración al dinero y veneración a la posición social, en el que
abundaban las muestras de indignación, una indignación cuya existencia no tenía
necesariamente un motivo concreto sino cualquiera que se encontrara de repente; por
ejemplo, el hecho de que una criada llevara hebillas de plata los domingos provocaba
comentarios indignados durante toda una semana.
Sophia, la mayor, era una joven alta, de grandes ojos grises y frente ancha y sin
arrugas, con una expresión muy dulce. Tenía el pelo suave, de un rubio casi dorado, y

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una piel exquisita. Era reservada y vivía soñando en su mundo interior, sin contarle a
nadie sus sueños. Tal vez la rectitud sin principios de su madre era la que había
provocado su aversión a la edad adulta; pero de todos modos, ella parecía tener
mucho menos de veintisiete años. Esto no provocaba en ella afectación ni coquetería
sino que le daba un aire sublime, como el de una víctima para el sacrificio. Parecía
otra Ifigenia. Era muy admirada por su belleza; siempre vestía con elegancia y sus
maneras eran encantadoras. Hablaba poco, tanto en casa como fuera de ella, pero era
capaz de hacer de repente una aguda observación o un comentario que demostraban
que era mucho más inteligente y reflexiva de lo que cabía esperar por su rudimentaria
educación y su tranquila vida provinciana. Sus comentarios tenían un gran impacto,
al proceder de una persona amable, dócil, lánguida y reservada como ella, y siempre
sorprendían a los hombres que no la conocían bien, hombres que hablaban
animadamente de banalidades, conscientes de la superioridad de su sexo. De forma
imprecisa, ellos advertían en sus palabras una fuerza subyacente y la relacionaban
con la expresión de secreto regocijo que ella tenía en ocasiones, como si disfrutara de
algo que no quería compartir.
Cecilia era la hija que más se parecía a su madre: un poco regordeta, de cara
redonda, rubia y de ojos azules, siempre con adornos y rizos en el pelo, superficial y
tonta casi hasta la simplicidad, pero feliz, llena de una alegría estrepitosa, y sin
ninguna malicia. Le encantaba la compañía de los hombres, hombres de cualquier
tamaño y edad. No así a Frances, su hermana más pequeña; le resultaba indiferente la
admiración de ellos. Era una graciosa joven de largas piernas, a quien todavía le
gustaba silbar y tirar piedras a las ardillas que vivían en los nogales. Aún tenía la falta
de piedad de la juventud y era realmente fascinante, como un espectáculo. Tenía el
pelo negro y los ojos grandes, de color azul grisáceo como su prima Diana, pero la
diferencia con sus hermanas era tan grande como la que existe entre personas de
diferente sexo. Todo lo que tenían en común era gracia juvenil, mucha alegría, una
estupenda salud y diez mil libras cada una.
Con todos estos atractivos resultaba extraño que ninguna de ellas se hubiera
casado, sobre todo porque el enlace matrimonial siempre estaba presente en la mente
de la señora Williams. Esto se debía, en buena medida, a la escasez de hombres, de
solteros elegibles, en la vecindad, los perjudiciales efectos de diez años de guerra y el
rechazo de Sophia (había tenido varias proposiciones), pero también al afán de la
señora Williams de conseguir un buen compromiso matrimonial y al hecho de que los
lugareños no desearan tenerla como suegra.
Era dudoso que a la señora Williams le fueran simpáticas sus hijas; las quería,
desde luego, y «había sacrificado todo por ellas», pero no tenía mucho tiempo para
pararse a pensar si le eran simpáticas; estaba demasiado ocupada en obrar con
rectitud (¿Has pensado alguna vez, señora Williams, sierva mía, que no hay nada

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mejor en la tierra que una mujer intachable y recta?) y soportar el cansancio y el
abuso. El doctor Vining, que la conocía de toda la vida y había visto nacer a sus hijas,
pensaba que no le agradaban; pero incluso él, que no le tenía mucha simpatía,
reconocía que velaba con verdadero celo por sus intereses. Ella podía quitarles el
entusiasmo, mostrar su pertinaz desaprobación a lo largo del año, estropearles incluso
los cumpleaños con sus terribles dolores de cabeza, pero peleaba como una tigresa
con padres, fideicomisarios y abogados por «una adecuada dote». A pesar de todo,
tenía todavía tres hijas solteras, y se consolaba pensando que esto se debía a que eran
eclipsadas por su sobrina. En verdad, la belleza de Diana Villiers y la de Sophia eran
comparables, aunque de muy distinto signo. Diana, al tener siempre la espalda muy
recta y la cabeza erguida, parecía bastante alta, pero sólo le llegaba a su prima hasta
la oreja. Ambas poseían una gracia natural en grado superlativo, pero mientras los
movimientos de Sophia eran suaves, lánguidos, casi perfectos, los de Diana eran
ágiles y de ritmo rápido, y bailaba magníficamente, aunque sólo en las contadas
ocasiones en que se celebraba algún baile en veinte millas alrededor de Mapes Court.
Por otra parte, la piel de Diana, a la luz de las velas, parecía casi tan tersa como la de
Sophia.
La señora Villiers era viuda. Había nacido el mismo año que Sophia, pero había
llevado una vida muy diferente. A los quince años, tras la muerte de su madre, se
había ido a India para llevar la casa de su padre, un hombre rico y disoluto. Allí había
vivido con gran lujo, incluso después de casarse con un joven sin dinero, el ayudante
de campo de su padre, pues éste se trasladó a su enorme y laberíntico palacio, donde
la presencia de un esposo y una veintena de criados más pasaba desapercibida. Aquel
matrimonio fue una insensatez desde el punto de vista emocional —ambos eran
demasiado apasionados, fuertes, obstinados y no hacían otra cosa que criticarse
mutuamente— pero desde el punto de vista material fue muy importante. El
matrimonio le proporcionó un atractivo esposo y podría haberle proporcionado
también un parque con ciervos y diez mil libras anuales, pues no sólo su padre,
Charles Villiers, estaba bien relacionado (durante toda su vida había tenido el deseo
enfermizo de pertenecer a una clase alta), sino que también era inteligente, culto,
falto de escrúpulos, activo y dotado para la política, sin duda el hombre adecuado
para hacer carrera en la India. Tal vez podría ser otro Clive, y ya era rico desde los
treinta y tantos años. Pero su padre y su esposo murieron en un enfrentamiento contra
Tippoo Sahib, el primero dejando una deuda de trescientas mil rupias y el segundo
otra de casi la mitad de esta suma.
La Compañía de Indias le pagó a Diana el viaje de regreso y le asignó cincuenta
libras anuales hasta que volviera a casarse y ella regresó a Inglaterra con un baúl de
ropa para clima tropical, conociendo un poco mejor el mundo y casi nada más.
Volvió, en realidad, a la época escolar, o a una situación muy parecida, pues

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enseguida se dio cuenta de que su tía quería tenerla bajo su control para que ella no
tuviera posibilidad alguna de estropear los proyectos para sus hijas. Y puesto que no
tenía dinero ni ningún otro lugar donde ir, decidió integrarse en este tranquilo y
pequeño mundo de la campiña inglesa, de ideas fijas y extraña moralidad.
Estaba dispuesta, e incluso obligada, a aceptar una relación de protectorado, y
desde el principio determinó ser dócil, prudente y reservada; sabía que otras mujeres
la considerarían una amenaza y no quería provocarlas. Pero a veces esta teoría difería
mucho de la práctica, sobre todo porque la idea que tenía la señora Williams de un
protectorado correspondía más bien a la de una total anexión. La señora Williams
temía a Diana y no se atrevía a presionarla demasiado, pero no cejaba en su intento de
triunfar moralmente sobre ella; y era sorprendente comprobar cómo aquella mujer tan
estúpida, olvidando sus principios y el sentido del honor, lograba hacerle daño donde
más le dolía.
Esa situación duraba desde hacía años, y las excursiones clandestinas, o al menos
inconfesadas, que Diana hacía con la jauría del señor Savile tenían otro objetivo
además de sentir el placer de cabalgar. Ahora, a su regreso, se encontró en el
vestíbulo con su prima Cecilia, que se dirigía apresuradamente al espejo de cuerpo
entero, situado entre las ventanas de la sala de desayuno, para mirarse su nuevo
tocado.
—Pareces el Anticristo con ese indecoroso sombrero —dijo con voz sombría,
pues los perros habían perdido el zorro y los dos únicos hombres de aspecto tolerable
se habían esfumado.
—¡Oh! ¡Oh! —exclamó Cecilia—. ¡Qué palabra más espantosa! Sin duda es una
blasfemia. Te aseguro que no me han dicho nada tan horrible desde que Jemmy
Blagrove me dijo aquella grosería. Se lo voy a decir a mamá.
—No seas tonta, Cissy. Es una cita literaria, de la Biblia.
—¡Oh! De todos modos, me parece espantosa. Estás cubierta de barro, Di. ¡Oh,
me has cogido mi tricornio! ¡Eres muy mala! Seguro que le has estropeado la pluma.
Se lo voy a decir a mamá.
Le arrebató el sombrero, y al ver que no estaba estropeado se ablandó y continuó:
—¡Cómo te has ensuciado en el paseo! Habrás ido por Gallipot Lane
seguramente. ¿Viste la cacería? Estuvieron cazando toda la mañana en Polcary, con
esos chillidos y aullidos horribles.
—Les vi de lejos —dijo Diana.
—Me has asustado tanto con eso espantoso que has dicho sobre Jesús —dijo
Cecilia soplando la pluma de avestruz—, que casi olvidaba darte la noticia. ¡El
almirante ha vuelto!
—¿Ya ha vuelto?
—Sí. Y vendrá esta tarde. Mandó a Ned con sus saludos y el mensaje de que

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vendría después de comer a traerle la lana de Berlín a mamá. ¡Qué divertido! ¡Él nos
hablará de esos hombres jóvenes y apuestos! ¡Hombres, Diana!
Apenas acababa de reunirse la familia para tomar el té cuando entró el almirante
Haddock. No era un almirante destacado; se había retirado sin haber izado su insignia
y no navegaba desde 1794, pero era la única autoridad en asuntos navales con que
ellas contaban, y lo habían echado mucho de menos desde la inesperada llegada del
capitán de marina Aubrey. Ese capitán había alquilado Melbury Lodge y, por tanto,
estaba en su esfera de influencia, pero ellas no sabían nada sobre él ni podían, por ser
damas, visitarlo, ya que él era un hombre soltero.
—Por favor, almirante —dijo la señora Williams después de haber mirado la lana
de Berlín con atención, con los ojos entrecerrados y los labios fruncidos, y de haberla
elogiado sin mucho entusiasmo, diciendo que nada podía comparársele en calidad,
color y precio, aunque pensando en que no servía para nada—. Por favor, almirante,
háblenos de ese tal capitán Aubrey que dicen que ha alquilado Melbury Lodge.
—¿Aubrey? ¡Ah, sí! —dijo el almirante pasándose la lengua seca por los labios
también secos, como un papagayo—. Lo sé todo sobre él. No le he visto, pero he
hablado de él con algunas personas en el club y el Almirantazgo, y al llegar a casa
busqué su nombre en el Boletín de la Armada. Es un hombre joven, sólo un capitán
de corbeta, ¿sabe?
—¿Quiere usted decir que finge ser un auténtico capitán? —gritó la señora
Williams con verdaderos deseos de creerlo así.
—No, no —dijo impaciente el almirante Haddock—. En la Armada, a todo el que
tiene un mando le llamamos capitán tal y tal. Y a los auténticos capitanes, los
capitanes por nombramiento, les llamamos capitanes de navío. Cuando a alguien se
le nombra capitán de navío, esto significa que le han otorgado el mando de un navío
de sexta clase o superior, por ejemplo, de veintiocho cañones, o de una fragata de
treinta y dos cañones. Un navío de categoría, estimada señora.
—¡Ah! —dijo la señora Williams asintiendo con la cabeza y poniendo cara de
entenderlo todo.
—Sólo es un capitán de corbeta, pero actuó extraordinariamente bien en el
Mediterráneo. Lord Keith le autorizó a hacer un crucero tras otro en ese viejo
bergantín con alcázar que le quitamos a los españoles en 1795 y él se las hizo pasar
moradas a los barcos a lo largo de toda la costa. Hubo ocasiones en que casi llenó con
sus presas el canal de Lazaretto en Mahón. Le llamaban Jack el afortunado. Debe de
haber conseguido un dineral, ya lo creo que sí, un dineral. ¡Y fue él quien capturó el
Cacafuego! ¡Él mismo! —dijo el almirante triunfante, mirando los rostros
inexpresivos que le rodeaban.
Hizo una pausa momentánea y, al darse cuenta del atontamiento de ellas, sacudió
la cabeza diciendo:

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—Por lo que parece, ustedes no han oído hablar de esta batalla.
No, no habían oído hablar de ella. Sentían mucho decirle que no habían oído
mencionar el Cacafuego. ¿Era esa la batalla de San Vicente? Tal vez había tenido
lugar cuando ellas estaban tan atareadas con las fresas. Habían preparado doscientos
potes.
—Bueno, el Cacafuego era un jabeque-fragata español de treinta y dos cañones, y
el capitán Aubrey fue por él en esa pequeña corbeta de catorce cañones, luchó hasta
dejarlo fuera de combate y se lo llevó a Menorca. ¡Qué acción de guerra! Fue muy
elogiada por la Armada. Y si no hubiera sido por un aspecto legal en relación con la
documentación del jabeque, pues éste había sido prestado a los comerciantes de
Barcelona y no estaba al mando de su capitán titular, lo que significaba que
técnicamente en ese momento no era un barco del Rey sino un barco corsario, le
habrían nombrado capitán de navío y le habrían dado el mando del jabeque. Tal vez
incluso le habrían nombrado caballero. Pero al final —es un asunto complicadísimo,
se lo explicaré en otro momento, aunque tal vez no sea apropiado hablarle a las
jóvenes de una cosa así— el jabeque no fue comprado por la Armada y él no fue
ascendido ni creo que logre ser ascendido nunca. Aubrey es un repugnante y
fanfarrón Tory, o al menos su padre lo es, pero aun así, eso fue vergonzoso. Puede
que no sea un hombre como es debido, pero me interesaré por sus asuntos. Iré a
visitarle mañana para expresarle mi opinión sobre su acción y sobre esa injusticia.
—¿Así que no es un modelo de hombre, señor? —preguntó Cecilia.
—¡Oh, no, querida! No lo es. No lo es en absoluto, según me han dicho. Puede
que tenga empuje, y en verdad lo tiene, pero disciplina… ¡Quia! Ese es el problema
de muchos de estos jóvenes; y eso no se considera bueno en la Armada, no lo
considera bueno Saint Vincent. Hay muchas quejas sobre su falta de disciplina, su
independencia y su desobediencia a las órdenes. No hay futuro en la Armada para ese
tipo de oficiales, sobre todo con Saint Vincent en el Almirantazgo. Y además, me
temo que él no cumple con el quinto mandamiento como debería.
En los rostros de las jóvenes se dibujó una expresión pensativa mientras
repasaban mentalmente el Decálogo y, según su inteligencia, fueron dejando de
fruncir el entrecejo a medida que pasaban de la santificación de las fiestas al
mandamiento a que había aludido el almirante. Éste continuó:
—Se habló mucho de la señora… de la esposa de un alto oficial, y todos dicen
que ese es el fondo de la cuestión. Aubrey es un calavera sin remedio, creo yo, y un
indisciplinado, lo que es peor aún. Podrán decir ustedes lo que quieran del viejo
Jarvie, pero él no soporta la indisciplina. Ni tampoco le gustan los Tories.
—¿El viejo Jarvie es el nombre que le dan en la Armada a Satanás, señor? —
preguntó Cecilia.
—Es el conde Saint Vincent, querida, el First Lord del Almirantazgo —dijo el

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almirante, frotándose las manos.
Al oír mencionar la autoridad, la señora Williams adoptó una expresión solemne
y respetuosa. Y después de una reverente pausa dijo:
—Me parece que ha mencionado usted al padre del capitán Aubrey, ¿verdad,
almirante?
—Sí. Es el general Aubrey, el que armó aquel jaleo al darle una paliza al
candidato del partido de los Whigs por Hinton.
—Algo muy vergonzoso. Pero, sin duda, para pegarle a un miembro del
parlamento él debe de tener una fortuna considerable.
—Tan sólo moderada, señora. Tiene una pequeña propiedad de moderado tamaño
cerca de Woolhampton; y está cargado de deudas, según me han dicho. Mi primo
Hammer le conoce bien.
—¿Y el capitán Aubrey es su único hijo?
—Sí, señora. Aunque, a propósito, ahora tiene una madrastra; el general se casó
con una joven del pueblo hace algunos meses. Dicen que es una joven hermosa y
llena de energía.
—¡Dios mío! ¡Qué terrible! —dijo la señora Williams—. Pero supongo que no
habrá peligro. Supongo que el general tendrá ya cierta edad.
—No, señora —dijo el almirante—. No tendrá más de sesenta y cinco años. Si yo
estuviera en el lugar del capitán Aubrey, estaría muy preocupado.
A la señora Williams se le iluminó el semblante.
—¡Pobre joven! —dijo apaciblemente—. Confieso que lo compadezco.
El mayordomo se llevó la bandeja del té, echó carbón al fuego y comenzó a
encender las velas.
—¡Cómo se están acortando las tardes! —dijo la señora Williams—. Deje los
candelabros de pared que están junto a la puerta. Tire de las cortinas con el cordón,
John. Si se cogen por la tela se gastan mucho y no es bueno para las anillas. ¿Y bien,
almirante, qué puede decirnos del otro caballero de Melbury Lodge, el íntimo amigo
del capitán Aubrey?
—¡Ah, ese hombre! —dijo el almirante Haddock.— No sé mucho sobre él. Era el
cirujano del capitán Aubrey en la corbeta. Y me parece haber oído que es el hijo
natural de no sé quién. Su nombre es Maturin.
—Discúlpeme, señor —dijo Frances—, pero ¿qué es un hijo natural?
—Bueno… —dijo el almirante mirando a su alrededor.
—¿Es que son más naturales los hijos que las hijas?
—Silencio, querida —dijo la señora Williams.
—El señor Lever estuvo en Melbury —dijo Cecilia—. El capitán Aubrey se había
ido a Londres —no hace más que ir a Londres, por lo visto— pero el señor Lever
pudo ver al doctor Maturin y dice que es muy raro, que parece un caballero

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extranjero. El doctor estaba cortando en pedazos un caballo en el salón de invierno.
—¡Qué desagradable! —dijo la señora Williams—. Tendrán que usar agua fría
para la sangre. El agua fría es lo único que hay para las manchas de sangre. ¿No le
parece, almirante, que se les debería decir que deben usar agua fría para las manchas
de sangre?
—Creo que están bastante acostumbrados a quitar manchas de ese tipo, señora —
dijo el almirante—. Pero ahora que lo pienso —paseaba la vista por la habitación—
es estupendo para sus hijas que esos dos marinos con los bolsillos llenos de guineas
estén en tierra y se hayan instalado tan cerca de ustedes. Cualquiera que necesite un
marido no tiene más que silbar, y ellos vendrán corriendo. ¡Ja, ja, ja!
La ocurrencia del almirante tuvo una horrible acogida; ninguna de las jóvenes rió
con él. Sophia y Diana se pusieron serias, Cecilia echó hacia atrás la cabeza, Frances
arrugó el entrecejo y la señora Williams frunció los labios y bajó la mirada tratando
de encontrar una réplica aguda.
—Sin embargo —continuó con perplejidad ante la repentina frialdad que había en
la habitación—, será inútil hacerlo, completamente inútil, ahora que me acuerdo. El
le dijo a Trimble, quien le propuso un encuentro con su cuñada, que había terminado
con las mujeres. Parece que fue tan desgraciado en su última relación amorosa que ha
terminado con las mujeres. Y en verdad es un hombre desafortunado, aunque lo
llamen de otro modo: no solamente lo ha perjudicado ese horrible asunto de su
ascenso y el maldito matrimonio de su padre, tan inoportuno, sino que también tiene
pendiente ante el tribunal del Almirantazgo una apelación con referencia a dos presas
neutrales. Creo que esa es la razón de ese fatigoso e incesante ir y venir a Londres. Es
un hombre desafortunado, no cabe duda, y tampoco cabe duda de que ha terminado
por comprenderlo. Así que muy acertadamente ha abandonado la idea del
matrimonio, en el que la suerte lo es todo, en verdad ha terminado con las mujeres.
—Eso es totalmente cierto —dijo Cecilia—. ¡No hay ni una sola mujer en la casa!
La señora Burden, que casualmente pasó por allí, y Molly, que desde casa de su
padre, justo detrás de la de ellos, puede ver todo, dicen que no hay ni una mujer en la
casa. Ellos viven con un grupo de marineros que les atienden. ¡Qué extraño! Y sin
embargo, la señora Burden, que pudo ver bien la casa, no cabe duda, dice que los
cristales de las ventanas brillaban como diamantes y los marcos y las puertas estaban
recién pintados de blanco.
—¿Cómo es posible que piensen que pueden arreglárselas solos? —preguntó la
señora Williams—. Sin duda, es una actitud obstinada y contra natura. ¡Dios mío! No
puedo imaginarme sentada en esa casa. Limpiaría mi asiento con un pañuelo, os lo
aseguro.
—Bueno, señora—dijo el almirante—, nosotros nos las arreglamos bastante bien
en la mar, ¿sabe?

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—¡Ah, en la mar! —dijo la señora Williams con una sonrisa.
—¿Qué hacen si tienen que zurcir, los pobres? —preguntó Sophia—. Supongo
que se comprarán ropa nueva.
—Me los imagino remendando las medias —dijo Frances con voz chillona—,
moviendo con ahínco las agujas… «Doctor, ¿podría pasarme el estambre azul?
Déjeme el dedal cuando acabe, por favor». ¡Ja, ja, ja, ja!
—Seguro que saben cocinar —dijo Diana—. Los hombres pueden asar a la
parrilla un filete; y siempre hay huevos y pan con mantequilla.
—¡Pero es tan extraño! —exclamó Cecilia—. ¡Y tan romántico! Tan hermoso
como unas ruinas. ¡Qué ganas tengo de verles!

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CAPÍTULO 2
La relación no tardó en comenzar. Con prontitud naval, el almirante Haddock
invitó a las damas de Mapes a cenar con los recién llegados, y poco después el
capitán Aubrey y el doctor Maturin fueron invitados a cenar en Mapes; eran unos
jóvenes realmente excelentes, muy bien educados, una compañía agradable en
extremo, y su presencia beneficiaba al vecindario. Para Sophia estaba claro, sin
embargo, que el pobre doctor Maturin necesitaba alimentarse adecuadamente (había
comentado «¡Estaba tan pálido y silencioso!»). Pero ni siquiera la persona de más
tierno corazón, la más compasiva, podría haber dicho lo mismo de Jack, que había
derrochado vitalidad desde antes del comienzo de la cena, cuando su risa se oía en el
camino de entrada, hasta que cesaron los repetidos adioses en el helado pórtico.
Desde el principio hasta el final, su rostro marcado por cicatrices de guerra había
tenido una expresión franca, dibujándose en él ora una luminosa sonrisa, ora una
mirada de satisfacción, y aunque sus ojos azules habían observado con cierta
melancolía que la licorera permanecía estacionaria y los restos de pudding
desaparecían, su conversación, simple pero muy alegre y agradable, no perdió su
fluidez en ningún momento. Con expresión agradecida, y una gran voracidad se había
comido todo lo que le habían puesto delante, e incluso la señora Williams sintió cierta
inclinación por él.
—Bueno —dijo ella, mientras el ruido de los cascos se alejaba en la noche—,
creo que ésta es la cena que más éxito ha tenido de todas las que he dado. El capitán
Aubrey se comió dos perdices; la verdad es que estaban muy tiernas. Y la isla flotante
quedaba estupendamente bien en el bol de plata; habrá bastante para mañana. Y los
restos del cerdo estarán deliciosos en picadillo. Ellos cenaron muy bien, no cabe
duda; no creo que tengan a menudo una cena como ésta. Me asombra que el
almirante haya dicho que el capitán Aubrey no era un hombre como es debido. Creo
que es sobradamente un hombre como es debido. Sophie, cariño, dile a John, por
favor, que eche en una botella pequeña el oporto que los caballeros dejaron, antes de
ponerlo bajo llave; no es bueno dejar la licorera con el oporto.
—Sí, mamá.
—Bien, queridas —susurró la señora Williams tras una prudente pausa, después
de cerrarse la puerta—, creo que todas habréis notado el gran interés del capitán
Aubrey por Sophia; él fue muy elocuente. No dudo que… Creo que sería bueno que
cuando estén juntos todas les dejáramos solos el mayor tiempo posible. ¿Me estás
prestando atención, Diana?
—¡Oh, sí, señora! La entiendo perfectamente bien —dijo Diana volviéndose
hacia ella desde la ventana. A lo lejos, en la noche de luna, el pálido camino
serpenteaba entre Polcary y Beacon Down, y los jinetes subían ágilmente por él.

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—Me pregunto… me pregunto —dijo Jack—, si quedará algún ganso en casa o si
esos salvajes se los habrán comido todos. En cualquier caso, podemos comer una
tortilla y una botella de clarete. Clarete. ¿Has conocido a alguna mujer que sepa de
vinos?
—No.
—Y además, son condenadamente tacañas con el pudding. Pero, ¡son unas
jóvenes tan encantadoras! ¿Viste cómo la mayor, la señorita Williams, sostenía el
vaso de vino y a través de él miraba la luz de la vela? Con una gracia… La finura de
su muñeca y su mano, sus dedos tan largos…
Stephen Maturin se estaba rascando con la perseverancia de un perro; no le estaba
atendiendo. Sin embargo, Jack continuó:
—Y la señorita Villiers, con su forma tan graciosa de erguir la cabeza y su color
tan bello. Tal vez su piel no sea tan perfecta como la de su prima… Ha estado en
India, me parece… ¡Qué ojos más azules! ¿Qué edad tendrá, Stephen?
—No llegará a los treinta.
—Recuerdo lo bien que montaba… ¡Dios mío! Si yo tuviera uno o dos años
menos… ¡Cómo cambia un hombre! Pero a pesar de todo, me encanta estar rodeado
de mujeres, ¡son tan distintas de los hombres! Dijo cosas amables sobre la Armada.
Hablaba con mucha sensatez; comprendió perfectamente la importancia de la
posición a barlovento. Debe de estar relacionada con marinos. Espero que la veamos
de nuevo. Espero que las veamos a todas de nuevo.
Las vieron de nuevo, y antes de lo que esperaban. La señora Williams
casualmente pasaba por Melbury y le ordenó a Thomas que tomara el camino de
entrada tan bien conocido. Una voz grave y potente cantaba del otro lado de la puerta:
Vosotras, lúbricas mujeres
que moráis en el burdel
¡Ja, ja, ja, ja! Je, je, je, je!
aquí tenéis a vuestro hombre.
Pero las damas entraron en el vestíbulo sin inmutarse, ya que ninguna, excepto
Diana, entendía aquellas palabras, y ésta, de todos modos, no se enfadaba con
facilidad. Con gran satisfacción observaron que el criado que les abrió la puerta
estaba bien peinado, con una coleta que le llegaba a la mitad de la espalda, pero la
sala donde fueron conducidas estaba muy desordenada. Probablemente habían hecho
limpieza general aquella mañana, pensaba la señora Williams pasando el dedo por la
parte superior del friso de madera. Lo único que la distinguía de otra sala cristiana
normal y corriente era la alineación de las sillas, colocadas unas junto a otras
completamente paralelas, como las vergas de un barco, y el cordón de la campanilla,
formado por un cabo de tres brazas, reforzado y forrado, que tenía en la punta una
polea con una pieza de bronce.

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La potente voz dejó de cantar y Diana pensó que a alguien se le habría puesto la
cara colorada. La del capitán Aubrey estaba, en efecto, muy colorada cuando entró
apresuradamente, pero él no titubeó al decir:
—¡Vaya, qué agradable recibir esta visita amistosa! Muy buenas tardes, señora.
Señora Villiers, señorita Williams, servidor de ustedes… Señorita Cecilia, señorita
Frances, me alegro mucho de verlas. Por favor, pasen a…
—Casualmente pasábamos por aquí —dijo la señora Williams—, y pensé que
podíamos detenernos un momento para preguntar si va creciendo el jazmín.
—¿El jazmín? —preguntó Jack.
—Sí —dijo la señora Williams esquivando la mirada de sus hijas.
—¡Ah, el jazmín! Por favor, pasen al salón. El doctor Maturin y yo tenemos allí
un buen fuego y él es la persona adecuada para hablarle del jazmín.
El salón de invierno de Melbury Lodge era una agradable estancia de cinco lados
con dos puertas de cristal que daban al jardín. Al final había un piano de color claro
con numerosas partituras alrededor de él y muchas más encima. Stephen Maturin se
levantó de la banqueta del piano, saludó con la cabeza y se quedó silencioso mirando
a las visitantes. Vestía una chaqueta negra, tan vieja que por algunas partes estaba
verdosa, y hacía tres días que no se afeitaba; de vez en cuando se pasaba la mano por
la mandíbula rasposa.
—¡Vaya, si son ustedes músicos! —exclamó la señora Williams—. Violines… un
violonchelo. ¡Me encanta la música, las sinfonías, las cantatas! ¿Toca usted este
instrumento señor? —le preguntó a Stephen.
Por lo general, ella no le prestaba atención a éste, pues el doctor Vining le había
dicho que los cirujanos navales solían ser poco instruidos y que estaban mal pagados;
sin embargo, hoy se sentía en buena disposición.
—He estado tocando esta pieza, señora —dijo Stephen—, pero el piano está muy
desafinado.
—No lo creo, señor —dijo la señora Williams—. Es el instrumento más caro que
se pueda tener: un Clementi. Recuerdo como si fuera ayer cuando lo trajeron en un
coche.
—Los pianos se desafinan, mamá —murmuró Sophia.
—Los pianos Clementi no, querida —dijo la señora Williams con una sonrisa—.
Son los más caros de Londres. Clementi es proveedor de la corte. (Les miró con
reproche, como si ellos no fueran súbditos leales.) Además, señor—se volvió hacia
Jack—, fue mi hija mayor quien decoró la tapa. Los dibujos son de inspiración
chinesca.
—¡No se hable más, señora! —exclamó Jack—. Sería un instrumento muy
desagradecido si se estropeara, habiendo sido pintado por la señorita Williams. Esta
mañana estábamos admirando el paisaje y la pagoda, ¿verdad, Stephen?

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—Sí —dijo Stephen, cogiendo de encima de la tapa el adagio de la sonata en re
mayor de Hummel—. Estos son el puente, el árbol y la pagoda que nos han gustado
tanto.
Era un dibujo encantador del tamaño de una bandeja de té, de líneas finas y puras
y colores suaves que parecían iluminados por la luz de la luna.
Turbada, como casi siempre, por la estridente voz de su madre, y perpleja ante
tanta atención, Sophia bajó la cabeza. Luego, con una serenidad que no sentía en
realidad, dijo:
—¿Era ésta la pieza que estaba tocando, señor? El señor Tindall me ha hecho
tocarla una y otra vez como práctica.
Se apartó del piano con las partituras en las manos, y en ese momento comenzó
una gran actividad en el salón. La señora Williams protestaba diciendo que no se
sentaría ni tomaría ningún refresco; Preserved Killick y John Witsoever, marineros de
primera, traían mesas, bandejas, teteras y más carbón. Frances hizo reír a Cecilia al
susurrar:
—¡Eh! ¡Galletas de mar y un trago de ron!
Jack, seguido por la señora Williams y Stephen, salió del salón por una de las
puertas de cristal, dirigiéndose hacia lo que él creía que era el jazmín.
El verdadero jazmín, sin embargo, estaba en la pared de la biblioteca; y fue a
través de las ventanas de ésta que Jack y Stephen oyeron las conocidas notas del
adagio, tan remotas y cristalinas como si salieran de una caja de música. Era absurdo
cómo se parecía la interpretación a la pintura; ambas eran suaves, etéreas, delicadas.
Stephen Maturin hizo una mueca al oír el desafinado la y el estridente do y, al
principio de la primera variación, miró desasosegado a Jack para ver si a él también
le había lastimado los oídos el fraseo equivocado. Pero Jack parecía estar absorbido
por la explicación de la señora Williams sobre cómo plantar el arbusto, un relato
minucioso, preciso.
Ahora había otra mano en el teclado. Las notas del adagio se dispersaron sobre la
fría y escasa hierba en un tono elevado, inexactas, pero fuertes y libres; la primera
variación, un fragmento trágico, sonó con aspereza, reflejando una auténtica
comprensión de su significado.
—¡Qué bien toca Sophia! —dijo la señora Williams ladeando la cabeza—.
Además, la melodía es muy dulce.
—Sin duda, esa no es la señorita Williams, señora —dijo Stephen.
—Claro que sí, señor —dijo la señora Williams—. Sus hermanas tan sólo saben
tocar una escala, y sé muy bien que la señora Villiers no puede leer ni una nota. Ella
no se dedicaría a hacer un trabajo duro.
Cuando regresaban a la casa a través del barro, la señora Williams les dijo lo que
ellos debían saber sobre el trabajo duro, el gusto y la aplicación.

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La señora Villiers se levantó de golpe y se separó del piano, pero no lo bastante
rápido para evitar que la señora Williams la mirara indignada, tan indignada que su
expresión no cambió durante el resto de la visita. Y tampoco cambió cuando Jack le
comunicó que daría un baile en conmemoración de la batalla de San Vicente, a pesar
de su satisfacción por ser ellas las primeras invitadas.
—Indudablemente, usted recordará, señora, la acción llevada a cabo por sir John
Jervis frente al cabo San Vicente. Fue el 14 de febrero de 1797, el día de San
Valentín.
—Desde luego que sí, señor. Pero —dijo con afectada sonrisa—, naturalmente,
mis hijas son demasiado jóvenes para acordarse de ella. Y dígame, ¿ganamos?
—Por supuesto que ganamos, mamá —susurraron las hijas.
—Claro, por supuesto que ganamos —dijo la señora Williams—. ¿Estaba usted
allí, estaba presente?
—Sí, señora —dijo Jack—. Era el tercero de a bordo del Orion. Por eso me gusta
celebrar el aniversario de la batalla con todos los amigos y compañeros de tripulación
que pueda reunir. Y puesto que aquí hay una sala de baile…

***

—Podéis estar seguras, queridas —dijo la señora Williams cuando volvían a casa
—, ese baile se celebra en honor a nosotras, a mí y a mis hijas, y no me cabe duda de
que Sophie lo abrirá con el capitán Aubrey. ¡Ah, el día de San Valentín! Frankie, te
has manchado toda la pechera de chocolate; si sigues comiendo tantos pasteles
abundantes en grasa, te saldrán granos, y entonces, ¿qué será de ti? Ningún hombre te
mirará. Debía de haber una docena de huevos y media libra de mantequilla en ese
bizcocho tan pequeño; nunca en mi vida había visto una cosa así. Diana Villiers había
sido aceptada, después de algunos momentos de vacilación, en parte porque habría
sido indigno dejarla abandonada y en parte porque la señora Williams pensaba que no
había comparación posible entre una mujer con diez mil libras y otra sin diez mil
libras. Pero pensando las cosas detenidamente, por algunas miradas que había
interceptado, la señora Williams tenía la impresión de que no podía fiarse tanto de los
caballeros de la Armada como de los terratenientes locales y sus malencarados hijos.
Diana sabía cuáles eran la mayoría de los pensamientos que cruzaban por la
mente de su tía, y al día siguiente, después del desayuno, estaba preparada para
seguirla a su habitación y «tener una pequeña charla». Sin embargo, no estaba
preparada para la luminosa sonrisa y la repetida mención de la palabra «caballo».
Hasta ahora, esta palabra se había referido a la yegua alazana de Sophia. —«¡Qué
amable ha sido Sophia al prestarte su caballo de nuevo! Espero que esta vez no esté

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demasiado cansado, pobrecito»—. Pero ahora la sugerencia, la clara oferta, envuelta
en muchas palabras, era un caballo para ella. Evidentemente era un soborno para que
dejara el campo libre, pero también serviría para que Sophia, que gustosamente le
dejaba la yegua a su prima, ya no tuviera que prestársela y pudiera cabalgar en ella
con el capitán Aubrey o el doctor Maturin. Diana picó en el anzuelo, escupiéndolo
con desprecio después de comerse el cebo, y corrió a las caballerizas para hablar con
Thomas, pues la gran feria de caballos de Marston estaba muy próxima.
Por el camino vio a Sophia acercándose por el sendero que cruzaba el parque
hasta Grope, la residencia del almirante Haddock. Sophia caminaba con rapidez,
agitando los brazos y murmurando:
—Babor, estribor.
—¡Eh, compañera de tripulación! —gritó Diana por encima del seto, y se
sorprendió al ver que su prima se ponía roja como una cereza.
El tiro había dado en el blanco, pues Sophia había estado hojeando algunos libros
en la biblioteca del almirante: Boletines de la Armada, memorias de marinos, el
Diccionario de la Marina de Falconer y la Crónica naval. El almirante, con sus
zapatillas de rayas, se le había acercado por la espalda y le había dicho:
—¡Ah, está leyendo la Crónica naval ¡Ja, ja! Éste —sacó el volumen de 1801—
es el que necesita. La señorita Di estuvo aquí mucho antes que usted, se le ha
anticipado, y me hizo explicarle cuál era la posición a barlovento y la diferencia entre
un jabeque y un bergantín. Hay un breve relato de la batalla, pero quien la escribió no
sabía lo que hacía, así que echó mucho humo para ocultar la jarcia, que es muy
peculiar en un jabeque. A ver, se lo buscaré.
—¡Oh, no, no, no! —dijo Sophia muy turbada—. Sólo quería saber algo sobre…
—su voz se apagó.
La relación maduró; pero el proceso de maduración no fue tan rápido como
hubiera deseado la señora Williams. El capitán Aubrey no podía ser más amistoso; tal
vez demasiado amistoso. Parecía sentirse tan bien con Frances como con Sophia, y a
veces la señora Williams se preguntaba si él era realmente un hombre como era
debido, si esas extrañas cosas que contaban sobre los oficiales de marina podrían ser
verdad en su caso. ¿No era muy raro que viviera con el doctor Maturin? Otra cosa
que a ella le preocupaba era el caballo de Diana, pues por lo que había oído y por lo
poco que podía entender, parecía que Diana montaba mejor que Sophia. La señora
Williams apenas podía dar crédito a esto; pero, en cualquier caso, se arrepentía
enormemente de haber hecho ese regalo. Sentía angustia y desconcierto; estaba
segura de que Sophia sentía algo, pero también estaba segura de que nunca le hablaría
de sus sentimientos ni tampoco seguiría su consejo de que intentara ser más atractiva
para los hombres, luciéndose un poco más, haciéndose justicia, pintándose los labios
antes de entrar al salón.

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Si ella les hubiera visto un día con la jauría del joven Edward Savile, su angustia
habría sido mayor todavía. A Sophia no le interesaba realmente la caza; le gustaba
galopar, pero la espera le resultaba tediosa y sentía mucha pena por el pobre zorro. Su
yegua tenía brío pero no gran resistencia, mientras que el caballo de Diana, un fuerte
caballo bayo, recientemente apareado y ahora castrado, tenía el tronco como la
bóveda de cañón4 de una iglesia y un corazón infatigable, de modo que podía
soportar las cien libras de peso de Diana de la mañana a la noche y, además, le
encantaba participar en la cacería.
Habían estado cazando desde las diez y media, y ahora el sol estaba bajo. Habían
matado dos zorros, y el tercero, en realidad una zorra estéril, les había llevado al
retortero por el extenso campo recién arado, con yuntas de bueyes y anchas acequias,
allende Plimpton. La zorra estaba ya en el siguiente campo, se iba debilitando cada
vez más y se dirigía hacia un canal de drenaje que conocía. La última vez que Jack
perdió la pista, tuvo la feliz idea de doblar a la derecha por un atajo que los llevó a él
y a Sophia más cerca de los perros que todos los demás en el campo; pero ahora se
encontraban con una elevación del terreno y una enorme cerca con un barrizal delante
y un charco de aguas brillantes detrás. Sophia miró el obstáculo con desánimo y
dirigió hacia él su cansada yegua sin desear realmente llegar al otro lado, y cuando
ésta se negó a saltar se alegró mucho. La jinete y su cabalgadura estaban exhaustas;
Sophia no se había sentido tan cansada nunca en su vida. Le horrorizaba ver hacer
pedazos al zorro, y la jauría había acabado de encontrar la pista. La voz de la perra
que los guiaba tenía un tono triunfal y absolutamente implacable.
—¡El portillo, el portillo! —gritó Jack, desviando su caballo y alejándose a medio
galope hacia la esquina del campo.
Tenía el portillo medio abierto —era un extraño portillo, medio caído, que abría
hacia la izquierda— cuando Stephen llegó. Jack oyó que Sophia decía:
—Me gustaría irme a casa… por favor… por favor, continúe… conozco
perfectamente el camino.
Su lastimosa expresión borró la frustración del semblante de Jack, que dejó de
tener un aire huraño y, sonriendo con mucha amabilidad, dijo:
—Creo que yo también regresaré: hemos tenido bastante por hoy.
—Examinaré a la señorita Williams en su casa —dijo Stephen.
—No, no, por favor, continúen —les rogó Sophia con los ojos llenos de lágrimas
—. Por favor, por favor. Estoy perfectamente…
Se oyó un breve ruido de cascos y Diana entró en el campo. Estaba concentrada
con todo su ser en la cerca y lo que había detrás de ella, por lo que vio muy
vagamente al grupo que estaba junto al portillo. Montaba con tanta soltura y
flexibilidad que parecía que sólo llevaba media hora cabalgando; formaba parte del
caballo, no era consciente de su propia existencia. Corrió directamente hacia la cerca,

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recogiendo las riendas del caballo, y con un estrépito y algunas salpicaduras de barro
ambos pasaron al otro lado. Por su cuerpo, su cabeza tan erguida, su alegría
contenida, su habilidad, su aire tan solemne, ella era lo más hermoso que Jack y
Stephen habían visto. Nunca había tenido mejor aspecto en su vida, aunque no era
consciente de ello. La expresión de los dos hombres cuando ella saltaba, tan alto y
con seguridad, habría hecho a la señora Williams sentirse mucho más desasosegada.
La señora Williams anhelaba que llegara el día del baile; hacía casi tantos
preparativos como Jack, y Mapes Court estaba de lleno de gasa, muselina y tafetán.
Tenía en la mente innumerables estratagemas, una de las cuales era quitarse de en
medio a Diana en los días próximos al baile. No tenía ninguna sospecha concreta,
pero olía el peligro, y a través de media docena de intermediarios y muchas cartas
consiguió dar con un primo loco desatendido por la familia. Sin embargo, Diana no
podía dejar de asistir al baile, pues la invitación se había hecho y había sido aceptada
públicamente, así que volvería a Champflower el 14 de febrero por la mañana,
acompañada de uno de los invitados del capitán Aubrey.
—El doctor Maturin te está esperando, Di —dijo Cecilia—. Está paseándose con
su caballo con una estupenda chaqueta nueva color verde botella con el cuello negro.
Y tiene una peluca nueva. Supongo que por eso estuvo en Londres. Ya no tiene aquel
aspecto horrible y la barba sin afeitar. Has hecho otra conquista, Di.
—Deja de mirar entre las cortinas como una criada, Cissy. Y préstame tu
sombrero, por favor.
—¡Vaya, tiene muy buena apariencia ahora! —dijo Cecilia todavía frunciendo el
visillo y mirando—. Y lleva también un chaleco de lunares. ¿Recuerdas cuando vino
a cenar con zapatillas? En realidad, sería incluso atractivo si tuviera el cuerpo
erguido.
—Una estupenda conquista —dijo la señora Williams mirando también—. Un
cirujano naval sin dinero, hijo natural de no se sabe quién y un papista. ¡Qué
vergüenza que digas esas cosas, Cissy!
—Buenos días Maturin —dijo Diana bajando las escaleras—. Espero no haberle
hecho esperar. Tiene usted una jaca francamente hermosa. No las hay así en esta parte
del mundo.
—Buenos días, Villiers. Llega tarde. Llega muy tarde.
—Esa es la ventaja que tiene ser mujer. Usted sabe que soy una mujer, ¿verdad,
Maturin?
—Estoy obligado a pensarlo así, puesto que usted parece no tener noción del
tiempo o no saber medirlo con exactitud. Aunque no puedo entender la razón por la
cual algo irrelevante y accidental como el sexo puede inducir a un ser pensante, y no
digamos a un ser tan inteligente como usted, a perder la mitad de esta clara y hermosa
mañana. Vamos, la ayudaré a montar. Sexo… sexo…

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—Silencio, Maturin. No debe usar palabras como esa aquí. Bastante disgusto
tuvimos ayer.
—¿Ayer? ¡Ah, sí! Pero por cierto no soy la primera persona que dice que la
agudeza es la inesperada copulación de ideas. Es un tópico.
—Por lo que se refiere a mi tía, es usted la primera persona a quien ella le ha oído
decir esa expresión en público.
Cabalgaban por Heberden Down; era una tranquila y brillante mañana con un
poco de escarcha. Se oía el crujido del cuero; se sentía el olor del caballo y su cálido
aliento.
—No estoy interesado en lo más mínimo en las mujeres como tales —dijo
Stephen—. Solamente en las personas. Ahí está Polcary —señalaba el valle con la
cabeza—. Allí fue donde la vi por primera vez, en la yegua alazana de su prima.
Cabalgaremos mañana por allí. Puedo enseñarle una familia de armiños peculiar, de
colores entremezclados, una colonia de armiños.
—Mañana no me es posible —dijo Diana—. Lo siento mucho, pero tengo que ir a
Dover a cuidar de un anciano que no está muy bien de la cabeza, un primo nuestro.
—Pero regresará a tiempo para el baile, ¿verdad? —dijo Stephen.
—¡Oh, sí! Está todo arreglado. Un tal señor Babbington pasará a recogerme al
venir hacia aquí. ¿No se lo ha dicho el capitán Aubrey?
—Llegué muy tarde anoche y apenas hemos hablado esta mañana. Pero yo
también tengo que ir a Dover la próxima semana. ¿Podría visitarla y pedirle que me
invitara a una taza de té?
—Desde luego que sí. El señor Lowndes se cree que es una tetera; dobla el brazo
así, simulando el asa, y estira el otro para imitar el pitorro, y dice: «¿Le gustaría que
le sirviera una taza de té?». No podría usted ir a un lugar más adecuado. Pero también
irá usted a la ciudad de nuevo, ¿no?
—Sí. Desde el lunes hasta el jueves.
Ella refrenó el caballo para que fuera al paso y, con una expresión completamente
diferente, vacilante y tímida como la de Sophia, dijo:
—Maturin, ¿podría pedirle un favor?
—Por supuesto —dijo Stephen mirándola a los ojos. Pero apartó la mirada
rápidamente, al ver en ellos una profunda pena.
—Usted sabe más o menos cuál es mi posición aquí, me parece… ¿Vendería
usted esta joya por mí? Necesito algo que ponerme para el baile.
—¿Cuánto debo pedir?
—¿No cree usted que le harán una oferta? Si yo pudiera conseguir diez libras, me
sentiría satisfecha. Y si le dieran esa cantidad, entonces le pediría, además, que
tuviera la amabilidad de decirle a Harrison, del Royal Exchange5, que me envíe
inmediatamente esta lista. Esta es una muestra de la tela. Puede enviármela en el

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coche del correo hasta Lewes, y el mensajero la recogerá. Necesito algo que
ponerme.
Algo que ponerse. Allí estaba el día 14 por la mañana, envuelto en papel de seda,
después de haber sido descosido, estrechado y ensanchado, en el baúl que estaba en el
vestíbulo de la casa del señor Lowdnes esperando ser transportado.
—El señor Babbington desea verla, señora —dijo el criado.
Diana corrió a la sala de recibir. Su sonrisa se desvaneció. Volvió a mirar y vio a
una figura mucho más baja de lo que ella esperaba, envuelta en un abrigo de tres
capas, que le dijo con voz chillona:
—¿Es usted la señora Villiers? Se presenta Babbington, con su permiso, señora.
—¡Ah, señor Babbington! Buenos días. ¿Cómo está usted? Me ha dicho el
capitán Aubrey que usted tendrá la amabilidad de llevarme a Melbury Lodge.
¿Cuándo le gustaría salir? No debemos dejar que su caballo se enfríe. Sólo tengo un
pequeño baúl, está preparado junto a la puerta principal. ¿Le apetece un vaso de vino
antes de que nos vayamos, señor? O quizás mejor de ron, pues creo que a ustedes, los
oficiales de marina, les gusta.
—Un trago de ron para quitarme el frío me vendría muy bien. ¿Me acompañará
usted, señora? Hace un frío tremendo ahí fuera.
—Un vaso muy pequeño de ron, y échale mucha agua —le susurró Diana a la
criada. Pero la joven, nerviosa por la presencia de un coche extraño en el patio, no
entendió la palabra «agua» y trajo un vaso lleno hasta el borde de un licor marrón
oscuro que el señor Babbington se bebió con gran compostura. Diana se alarmó
mucho cuando vio que el extravagante coche de dos ruedas se movía bruscamente y
que el caballo estaba nervioso, con los ojos en blanco y las orejas tiesas, inclinadas
hacia atrás.
—¿Dónde está su mozo de cuadra, señor? —preguntó—. ¿Está en la cocina?
—No hay ningún mozo de cuadra en esta tripulación, señora —dijo Babbington
mirándola ahora con franca admiración—. Conduzco yo mismo. ¿Puedo ayudarla a
subir? Apoye el pie en este pequeño estribo y suba. Y esta manta… podemos atarla
atrás con estas vinateras. ¿Todo listo? ¡Allá vamos! —le gritó al jardinero y salieron
precipitadamente del patio, dándole un duro golpe al poste pintado de blanco al pasar.
Al ver cómo el señor Babbington llevaba las riendas y usaba el látigo, Diana se
sintió aún más asustada; se había criado entre soldados de caballería y nunca había
visto algo igual en su vida. Se preguntaba cómo era posible que él hubiera hecho todo
el viaje desde Arundel sin volcar. Iba pensando en su baúl, que estaba atrás; y cuando
dejaron el camino principal, después de un recorrido sinuoso, a veces subiendo las
colinas y otras rozando el borde de las cunetas, ella se dijo: «Esto no saldrá bien.
Habrá que relevar a este joven».
El camino subía recto por la colina, arriba y arriba, y del otro lado, sólo Dios lo

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sabía, tal vez descendiera vertiginosamente. El caballo refrenó para ir al paso; había
comido judías, lo cual se hizo patente por un largo, largo y estruendoso pedo.
—Discúlpeme —dijo el guardiamarina rompiendo el silencio.
—¡Oh! No se preocupe. Pensé que había sido el caballo —dijo Diana secamente.
Luego le miró de soslayo y advirtió que esto le había turbado.
—Déjeme mostrarle cómo lo hacemos nosotros en India —dijo tomando las
riendas y quitándole el látigo.
Pero en cuanto tuvo contacto con el caballo y lo hizo seguir dócilmente el sendero
que debía, Diana pensó en el modo de lograr que el señor Babbington recuperara su
actitud amable y su buena disposición. ¿Le explicaría cuáles eran la escuadra azul, la
roja y la blanca? ¿La posición a barlovento? ¿Le hablaría, en general, de la vida en la
mar? Sin duda, servir en la Marina comportaba peligros y exigía mucho, pero
también era un gran honor, significaba ser la salvaguarda al país. ¿Acaso él había
tomado parte en la famosa batalla con el Cacafuego? Diana no podía recordar
ninguna disparidad de fuerzas tan notable. El capitán Aubrey debía de parecerse
mucho a lord Nelson.
—¡Oh, sí, señora! —exclamó Babbington—. Aunque dudo que incluso Nelson
hubiera conseguido eso tan astutamente. Es un hombre extraordinario. Sin embargo,
en tierra es muy diferente, ¿sabe? Uno le tomaría por una persona corriente, no es frío
ni distante en lo más mínimo. Vino a nuestra casa para ayudar a mi tío en las
elecciones y tenía la alegría y la agilidad de un grillo. Pegó con una vara a dos Whigs,
que cayeron como un par de bolos; los dos eran cazadores furtivos y, por supuesto,
metodistas. ¡Oh, fue tan divertido! Y en Melbury nos dejó a Pullings y a mí elegir
nuestros caballos para echar una carrera con él. Tres vueltas al potrero y subir a
caballo los escalones hasta la biblioteca, apostando cada uno una guinea y una botella
de vino. Todos lo queremos mucho, señora, aunque sea tan duro en la mar.
—¿Quién ganó?
—Bueno —dijo Babbington—, nos caímos todos, uno tras otro. Pero en mi
opinión, él lo hizo a propósito, para no quitarnos nuestro dinero.
Se detuvieron a comer en una posada, y con la comida y una jarra grande de
cerveza dentro del cuerpo, Babbington dijo:
—Creo que es usted la joven más bella que he visto. Usted ocupará mi sitio ahora,
y eso me complace; pero si hubiera sabido que era usted, habría traído una
almohadilla y un gran frasco de perfume.
—Usted es también un hombre de buena presencia, señor —dijo Diana—. Estoy
muy contenta de viajar bajo su protección.
A Babbington se le levantó el ánimo hasta un nivel alarmante; había sido educado
en la Marina, donde actuar con decisión contaba para todo, y ahora era necesario que
fijara su atención en el caballo. Ella sólo quería dejarle las riendas en la subida, pero,

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en realidad, él las llevó todo el camino desde Newton Priors hasta la puerta de
Melbury Lodge. Y allí la ayudó a bajar, hecho un manojo de nervios, ante los
admirados ojos de una docena de marinos.
Diana tenía algo, tal vez la actitud franca y un empuje semejante al de los piratas,
que resultaba muy atractivo para los oficiales de marina. Pero ellos también se
sentían atraídos por la belleza de muñeca de las dos señoritas Simmons, por la forma
de bailar de Frances, que en el centro de la sala sacaba la punta de la lengua a la vez
que llevaba el compás, por las facciones vulgares y el aspecto saludable de Cecilia y
por otras cualidades que veían a la luz de las velas en la alargada y elegante sala de
baile. Y se quedaron impresionados por la belleza de Sophia cuando ella y el capitán
Aubrey abrieron el baile. Sophia llevaba un vestido rosa con una banda dorada, y
Diana le dijo a Stephen Maturin.
—Está preciosa. No hay ninguna mujer en la sala que pueda comparársele. Ese es
el color más traicionero del mundo, pero con la piel que ella tiene queda perfecto.
Daría un ojo de la cara por tener una piel como esa.
—El color dorado y las perlas la favorecen —dijo Stephen—. El dorado se
asemeja a su pelo, las perlas a sus dientes. Voy a decirle una cosa: las mujeres son
superiores a los hombres en que admiran muy sinceramente la buena apariencia de
otras mujeres y la valoran con objetividad. La belleza de otras les produce un
auténtico placer. Su vestido también es muy elegante y otras mujeres lo admiran; lo
he notado, y no sólo por las miradas sino porque he estado detrás de ellas escuchando
su conversación.
Era un bonito vestido, de un azul un poco más claro que el marino combinado con
blanco. Nada de negro, no había hecho concesiones a la señora Williams, pues se
sobreentendía que en un baile a toda mujer le estaba permitido realzar lo mejor de sí
misma; sin embargo, cuando el gusto, la figura y el porte son iguales, una mujer que
puede gastar cincuenta guineas en su vestido tiene mejor aspecto que una que sólo
puede gastar diez libras.
—Debemos ocupar nuestros puestos —dijo Diana un poco más alto cuando los
segundos violines empezaron a tocar y la sala de baile se llenó de sonido.
La sala era un regalo para la vista, con las banderas colgadas al estilo naval —
formaban la señal de Aproximarse más para entablar combate con el enemigo, entre
otros mensajes que sólo entendían los marinos— y el brillo de la cera de abejas y la
luz de las velas, llena hasta los topes y con la hilera de figuras bailando. Había lindos
vestidos, hermosas chaquetas, guantes blancos, todo reflejado en las puertas de cristal
y en el alto espejo detrás de la orquesta. Toda la vecindad estaba allí, junto con una
veintena de caras nuevas de Portsmouth, Chatham, Londres o cualquier lugar en
tierra adonde la paz los hubiera enviado. Todos vestían sus mejores galas; todos
tenían el propósito de divertirse y, hasta ahora, lo habían logrado admirablemente.

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Todo el mundo se sentía complacido, no sólo porque aquel baile era algo raro (por
aquellos lugares no había más de tres en cada estación, aparte de algunas reuniones
sociales) sino también por celebrarse con un estilo elegante e inusual, por los
marineros con chaquetas azules y coletas, tan diferentes a los grasientos camareros
contratados que solían verse, y por el hecho de que por vez primera había más
hombres que mujeres; había gran cantidad de hombres, y todos ansiosos por bailar.
La señora Williams estaba sentada con otros padres y chaperonas junto a una de
las puertas que daba al comedor, desde donde podía abarcar con la mirada toda la fila
de los que bailaban. Tenía el rostro enrojecido, sonreía y asentía con la cabeza —
sonreía con perspicacia y asentía enérgicamente— mientras le decía a su prima
Simmons que ella había apoyado aquello desde el principio. Al pasar bailando ante
ella, Diana vio su cara triunfante, y enseguida, justo enfrente, vio la cara de Jack, que
se le aproximaba para sacarla a bailar.
—¡Qué maravilloso baile, Aubrey! —dijo con una radiante sonrisa. Jack vestía de
escarlata, con galones dorados, y su corpulenta figura tenía un aire imponente; le
sudaba la frente y los ojos le brillaban por la emoción y el placer que sentía. El la
rodeó con el brazo, mostró su benevolente aprobación y le dijo algo sin importancia
pero agradable y comenzó a darle vueltas.
—Vamos a sentarnos —dijo Stephen al final del segundo baile—. Está usted
pálida.
—¿Ah, sí? —dijo ella mirándose en un espejo—. ¿Tengo mal aspecto?
—No, pero no debe fatigarse demasiado. Vamos a sentarnos donde el aire sea más
fresco. Vamos al invernadero de naranjos.
—He prometido al almirante James que le acompañaría. Iré después de la cena.
Tres marinos, incluyendo el almirante James, desertaron de su puesto a la mesa y
siguieron a Diana hasta el invernadero de naranjos, pero se retiraron al ver a Stephen,
que la esperaba allí con el chal de ella en la mano.
—No pensé que el doctor fuera capaz de una cosa así —dijo Mowett—. En la
Sophie siempre lo consideramos una especie de monje.
—Maldito sea —dijo Pullings—. ¡Me parecía que me iba tan bien!
—¿No tiene frío? —preguntó Stephen poniéndole el chal por encima de los
hombros. Y como si el contacto físico de su mano con la piel desnuda sirviera de
conexión para enviar un mensaje sin necesidad de palabras, él sintió el cambio de
corriente. Sin embargo, a pesar de lo que había intuido dijo:
—Diana…
—Dígame —dijo con voz áspera, cortando sus palabras—, ¿es casado el
almirante James?
—Sí.
—Lo suponía. Se puede oler al enemigo a gran distancia.

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—¿Enemigo?
—Desde luego. No sea tonto, Maturin. Usted debe saber que los hombres casados
son los peores enemigos de las mujeres. Tráigame algo de beber, por favor. Estoy
bastante mareada a causa de ese aire cargado.
—Este ponche helado está hecho con vino de Sillery.
—Gracias. Te ofrecen lo que ellos llaman amistad o algo parecido —el nombre
no importa— y lo que quieren a cambio de ese gran favor es tu corazón, tu vida, tu
futuro, tu… no quisiera ser grosera, pero usted sabe muy bien lo que quiero decir. No
existe la amistad de los hombres, sé muy bien lo que le digo, créame. No hay ninguno
aquí, desde el viejo almirante Haddock hasta ese joven mocoso del coadjutor que no
lo haya intentado, por no hablar de los de India. ¿Quién diablos se creen que soy? —
dijo tamborileando con los dedos en el brazo de la silla—. El único honesto fue
Southampton, que mandó una vieja de Madrás a decirme que él estaría muy contento
de que yo estuviera a su cuidado, y si yo hubiera sabido lo que iba a ser mi vida en
Inglaterra, en este fangoso agujero donde no hay más que paletos bebedores de
cerveza, habría estado tentada de aceptar. ¿Cómo cree usted que es mi vida, sin un
céntimo y dominada por una mujer vulgar, pretenciosa e ignorante que me detesta?
¿Cómo cree que me siento al pensar en el futuro que me espera, sabiendo que estoy
perdiendo la belleza, lo único que tengo? Mire, Maturin, le hablo abiertamente
porque usted me gusta, me gusta mucho, y creo que me tiene afecto. Usted es casi el
único hombre en Inglaterra a quien puedo tratar como amigo, en quien puedo confiar
como amigo.
—Soy su amigo, por supuesto —dijo Stephen abatido. Y después de una larga
pausa, continuó en un esforzado intento de aclarar las cosas—. No es usted del todo
justa. Está usted tan deseable como pueda soñar. Ese vestido, especialmente el escote
de ese vestido, encendería de pasión a San Antonio, como usted sabe muy bien. Es
injusto provocar a un hombre y luego quejarse de que es un sátiro si la provocación
ha dado resultado. Usted no es una señorita que trata de mejorar su posición movida
por instintivos e inconscientes…
—¿Me está usted diciendo que soy provocativa? —gritó Diana.
—Sí, así es. Eso es exactamente lo que le estoy diciendo. Pero no creo que usted
sepa cuánto hace sufrir a los hombres. En cualquier caso, está argumentando desde lo
particular a lo general: ha conocido a algunos hombres que han querido aprovecharse
de usted y ha ido demasiado lejos. No todos los hombres son iguales.
—No lo serán, pero tienen en común determinadas actitudes que, tarde o
temprano, se ponen de manifiesto. Sin embargo, estoy convencida de que usted es
diferente, Maturin, y no puede imaginarse cómo me consuela esto. Me eduqué entre
hombres inteligentes; en Madrás eran todos libertinos y en Bombay aún peor, pero
eran inteligentes y los echo mucho de menos. Y es un gran consuelo poder hablar

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libremente después de haber estado rodeada por tantas personas insípidas.
—Su prima Sophia es inteligente.
—¿De veras lo cree así? Bueno, puede decirse que tiene cierta agudeza, sin duda;
pero es una niña, no hablamos el mismo lenguaje. Reconozco que es hermosa. Es
realmente hermosa, pero no sabe nada —¿cómo podría saberlo?— y no puedo
perdonarle que tenga una fortuna. ¡Eso es tan injusto! ¡La vida es tan injusta!
Stephen, sin responderle, le alcanzó más ponche.
—Lo único que un hombre puede ofrecerle a una mujer es el matrimonio —
continuó ella. Un matrimonio que tenga en cuenta la igualdad de posición social. Aún
me quedan unos cuatro o cinco años, y si no encuentro un marido para entonces,
tendré…
Pero ¿dónde se puede encontrar uno en este lugar lúgubre y solitario? ¿Le parezco
repugnante? Quiero desengañarlo, ¿sabe?
—Sí, me doy cuenta de sus intenciones, Villiers. No me parece usted repugnante
en absoluto, me está hablando como amiga. Usted está cazando y tiene una presa a la
vista.
—Así es, Maturin.
—¿Insiste usted en un matrimonio con alguien de la misma posición social?
—Como mínimo. Despreciaría a cualquier mujer que fuera tan pobre de espíritu y
de tan poco valor que accediera a un casamiento desigual. Un abogado de Dover, listo
pero terriblemente insensato, se tomó la libertad de hacerme una proposición. Nunca
en mi vida me he sentido más molesta. Preferiría ir a la hoguera o cuidar de mi primo
que se cree una tetera durante el resto de mis días.
—Descríbame a su presa.
—No soy difícil de contentar. Debe tener cierta cantidad de dinero, desde luego;
el amor en una choza sería algo horrible. Debe tener inteligencia y no ser deforme ni
demasiado viejo. El almirante Haddock, por ejemplo, está fuera de los límites que
pongo. No quiero insistir en ello, pero me gustaría un hombre que supiera montar
bien a caballo y no se cayera con demasiada frecuencia y también que no se le
subiera el vino a la cabeza. Usted no se emborracha, Maturin, y esa es una de las
cosas que me gusta de usted. Al capitán Aubrey y a media docena de los hombres que
están aquí esta noche tendrán que llevarlos a la cama.
—En realidad, a mí me gusta el vino, pero éste no suele afectar mi capacidad de
razonamiento. No obstante, he bebido mucho esta noche. Y respecto al capitán
Aubrey, ¿no le parece que tal vez llega al campo un poco tarde? Tengo la impresión
de que esta noche puede ser decisiva.
—¿El le ha dicho algo? ¿Se ha franqueado con usted?
—Usted no suele hablar como acaba de hacerlo, como si se dirigiera a un soplón.
Pero me conoce y sabe que lo que le digo es cierto.

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—En cualquier caso, se equivoca. Conozco a Sophia. Puede que él se le declare,
pero ella necesitará más tiempo que una sola noche. No tiene miedo de quedarse para
vestir santos —en mi opinión, eso es algo que no le pasa por la cabeza— y, por otra
parte, le teme al matrimonio. ¡Cómo lloró cuando le dije que los hombres tenían pelo
en el pecho! Y ella odia que la manejen… esa no es la palabra adecuada. ¿Cuál es,
Maturin?
—Manipulen.
—Exactamente. Es una persona obediente; tiene un gran sentido del deber que a
mí me parece más bien estúpido, pero ahí está. Y sin embargo, considera odiosos los
manejos de su madre y el modo en que ha estado influyendo, empujando y
manipulando todo esto. Ustedes dos deben de haberse tragado a la fuerza galones y
galones de ese clarete del tendero. Algo realmente odioso. Y ella es terca —incluso
dura— aunque tenga esa apariencia frágil. Costará mucho conmoverla; se necesitará
mucho más que la emoción de un baile.
—¿Ella no está enamorada?
—¿Enamorada de Aubrey? No sé; y no creo que se conozca a sí misma. A ella le
gusta y se siente halagada por sus atenciones, y él es, sin duda, un hombre que a
cualquier mujer le gustaría tener por marido, pues es rico, de buena apariencia,
destacado en su profesión y con mucho futuro por delante, de una familia
excepcional, alegre y de buenos sentimientos. Pero ella es totalmente incompatible
con él, estoy convencida, por ser reservada, introvertida y obstinada. Él necesita una
persona mucho más despierta, más viva; nunca serían felices.
—Es posible que también sea apasionada y que usted ignore esa faceta de su
carácter, o no quiera verla.
—¡Tonterías! De todas formas, él necesita una mujer diferente y ella un hombre
diferente. En cierto modo, usted podría ser mucho más adecuado para ella, si
soportara su ignorancia.
—¿Así que Jack Aubrey podría servirle?
—Sí, me gusta bastante. Preferiría a un hombre… ¿cómo le diría?… más maduro,
menos niño, que no fuera un niño grande.
—Él está muy bien considerado profesionalmente, como usted misma acaba de
decir.
—Eso no tiene nada que ver. Un hombre puede destacar en su profesión y no ser
más que un niño fuera de ella. Recuerdo a un matemático —decían que era uno de los
mejores del mundo— que llegó a India para hacer algo en relación con Venus, y
cuando se le quitaba el telescopio era un inepto para la vida civilizada. ¡Era torpe
como un escolar! Se pasó toda una tarde absolutamente tediosa agarrado a mi mano,
sudando y tartamudeando. A mí, que me den los políticos, que saben vivir y son todos
instruidos, más o menos. Me gustaría que Aubrey fuera un poco instruido, que fuera

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como usted, lo digo en serio. Usted es una estupenda compañía, me gusta estar con
usted, pero él es un hombre atractivo. Mire —se volvió hacia la ventana—, allí se
destaca su figura. Baila muy bien, ¿verdad? Es una pena que le falte decisión.
—Usted no diría eso si le viera participar en un combate con su barco.
—Quiero decir en su relación con las mujeres. Es un sentimental. Pero aun así,
valdría. ¿Quiere que le diga algo que realmente le sorprenderá, aunque sea usted
médico? Yo estuve casada, ya sabe… no soy una niña… y las intrigas eran tan
corrientes en India como lo son en París. A veces estoy tentada de hacerme la tonta,
terriblemente tentada. Creo que incluso debería hacerlo, si viviera en Londres y no en
este espantoso agujero.
—Dígame, ¿tiene alguna razón para suponer que Jack piensa como usted?
—¿Sobre nuestra compatibilidad? Sí. Hay signos que tienen mucho significado
para una mujer. Dudo que él haya pensado en serio en Sophia alguna vez. Me parece
que no es interesado. Su fortuna no tendrá mucha importancia para él, ¿verdad? ¿Le
conoce usted desde hace mucho tiempo? Aunque creo que ustedes los hombres de
mar se conocen unos a otros desde siempre.
—¡Oh! Yo no soy, en realidad, un hombre de mar. Le conocí en Menorca en
1801, en la primavera del año uno. Yo había llevado a un paciente allí porque le
convenía el clima mediterráneo. El paciente murió y poco después conocí a Jack
Aubrey en un concierto. Simpatizamos, y me pidió que me embarcara con él como
cirujano. Accedí, ya que en aquella época no tenía dinero, y desde entonces hemos
estado juntos. Le conozco lo bastante para afirmar que en lo referente a la fortuna de
una mujer, no existe ningún hombre que tenga menos interés que Jack Aubrey. Tal
vez debería contarle algo sobre él.
—Continúe, Maturin.
—Hace algún tiempo, tuvo una desdichada aventura con la mujer de otro oficial.
Ella tenía el empuje, el estilo y la valentía que a él le gustan, pero era una mujer falsa
y dura y lo hirió profundamente. Así que me parece que la modestia virginal, la
rectitud y los principios tienen para él mayor encanto del que habrían tenido en otras
circunstancias.
—¡Ah! Ya entiendo. Ahora entiendo. Y usted también siente atracción por ella,
¿verdad? Es inútil, se lo advierto. Ella nunca haría nada sin el consentimiento de su
madre, y eso no tiene nada que ver con el hecho de que su madre controle su fortuna,
es una cuestión de obediencia. Y no se puede convencer a mi tía Williams ni en mil
años. Con todo, posiblemente usted estará de parte de Sophie.
—Siento gran simpatía y admiración por ella.
—Pero no cariño.
—No como usted lo definiría. Sin embargo, evito causar dolor, Villiers, y usted,
en cambio, no.

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Ella se puso de pie, recta como una vara.
—Tenemos que entrar. Tengo que bailar el próximo baile con el capitán Aubrey
—dijo, y le dio un beso—. Siento mucho lastimarle, Maturin.

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CAPÍTULO 3
Desde hacía muchos años Stephen Maturin escribía un diario con su característica
letra, pequeña y enrevesada. Éste estaba salpicado de dibujos de anatomía y
descripciones de plantas, pájaros y otras criaturas, y si alguien lo hubiera descifrado,
habría descubierto que la parte científica estaba en latín, mientras que las
observaciones personales estaban en catalán, la lengua que había hablado la mayor
parte de su juventud. Las entradas más recientes estaban en esa lengua.
«15 de febrero… entonces, cuando de repente ella me besó se me doblaron las
piernas. Fue algo absurdo, y a duras penas pude seguirla a la sala de baile con
serenidad. Había jurado que nunca más toleraría algo semejante, nunca más una
fuerte y dolorosa emoción, pero el comportamiento que he tenido últimamente prueba
que mentía. He hecho todo aquello que podía destrozarme el corazón.»
«21 de febrero… Al pensar en Jack Aubrey me doy cuenta de lo indefenso que
está un hombre frente al ataque directo de una mujer. En cuanto una joven deja el
colegio, aprende a protegerse, a defenderse del amor loco. Esto se convierte en un
segundo carácter, no viola ningún código y es aprobado por todo el mundo, incluso
por los propios hombres que, en consecuencia, serán rechazados. ¡Qué diferente es el
hombre! No tiene una armadura tan fuerte; y mientras más delicado, más galante y
más "honorable" es, menos puede soportar un avance, por mínimo que sea. No debe
herir; y en este caso no hay voluntad de herir.»
«Si un rostro al que uno nunca ha dejado de mirar con placer y que nunca ha
dejado de mirarlo a uno con una espontánea sonrisa, permanece indiferente,
impasible o incluso hostil siempre que uno se le acerca, uno se siente profundamente
abatido: uno ve a un ser distinto y uno mismo es un ser distinto. Por otra parte, la vida
con la señora W. puede que no sea muy placentera; y la magnanimidad requiere
comprensión. Por el momento este requerimiento es en vano. Hay actitudes crueles y
riesgos que yo no sospechaba. El sentido común impone una retirada.»
«J. A. está molesto, descontento consigo mismo, descontento con la falta de
entusiasmo de Sophia. No es «afectación» la palabra apropiada para definir la
vacilación de una joven dulce, sincera y afectuosa como ella. Él habla de las jóvenes
melindrosas y su falta de sentido; nunca ha podido soportar la frustración. Es a esto,
en parte, a lo que Diana Villiers se refería cuando hablaba de su inmadurez. ¡Si al
menos se diera cuenta de que la evidente simpatía que existe entre él y D. V. es buena
para su galanteo! Sophia es quizás la joven más respetable que he conocido, pero,
después de todo, es una mujer. J. A. no es muy agudo en esta materia. Por otra parte,
empieza a mirarme con desconfianza. Ésta es la primera vez, desde que empezó
nuestra amistad, que hay reserva entre nosotros; eso es doloroso para mí y creo que
también para él. No puedo dejar de mirarlo con afecto; pero cuando pienso en las

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posibilidades, quiero decir, en las posibilidades reales, entonces…»
«D. V. insiste en invitarme a Melbury para jugar al billar. Ella juega bien, desde
luego, puede darnos veinte de cien a cada uno. Su insistencia va acompañada de
innoble intimidación y un sinfín de mimos y lisonjas para engatusarme, y a ellos me
rindo, pues ambos sabemos exactamente lo que hacemos. Las palabras amistosas no
nos engañan a ninguno de los dos; y sin embargo, creo que existe la amistad, incluso
por su parte. Mi posición sería la más humillante del mundo si no fuera porque ella
no es tan inteligente como cree. Su teoría es excelente, pero ella no controla lo
bastante su orgullo ni sus pasiones para ponerla en práctica. Es cínica, pero no lo
bastante cínica, diga lo que diga. Si lo fuera, yo no estaría obsesionado. ¿Quo me
rapis? ¿Quo realmente? Mi comportamiento en general, mi docilidad, mi
mansedumbre y mi voluntaria sumisión me sorprenden.»
«Pregunta: ¿Es acaso mi intensa pasión por la causa de la independencia catalana
el motivo de mi resurrección viril o su efecto? Estoy seguro de que hay una relación
directa. El informe de Bartolomeu llegará a Inglaterra en tres días si se mantiene este
viento.»
—¡Stephen, Stephen, Stephen! —desde el pasillo se oyó la voz de Jack, que se
hizo más fuerte, casi atronadora, cuando éste asomó la cabeza a la habitación—. ¡Ah,
estás ahí! Temía que te hubieras ido a ver los armiños otra vez. El mensajero ha traído
un mono para ti.
—¿De qué especie es? —preguntó Stephen.
—De una especie condenadamente mala. Se ha bebido una cerveza en cada una
de las posadas del camino; está borracho y se tambalea. Además, se le ha insinuado a
Babbington.
—Entonces es la mangabey lasciva del doctor Lloyd. El piensa que tiene furor
uterino y vamos a abrirla juntos cuando yo vuelva.
Jack miró su reloj.
—¿Qué me dices a una mano de cartas antes de irnos?
—Acepto de mil amores.
Su preferido era el juego de los cientos. Se sacaron y se barajaron las cartas con
rapidez; se hizo el corte y se repartieron otra vez. Ellos habían jugado juntos tantas
veces que cada uno conocía el estilo del otro hasta en lo más mínimo. El de Jack
consistía en una astuta alternancia: unas veces arriesgaba todo por el triunfante punto
de ocho y otras hacía una firme y ortodoxa defensa, luchando por todas y cada una de
las jugadas. El de Stephen, en cambio, se basaba en las ideas de Hoyle y Laplace, la
teoría de las probabilidades y su conocimiento del carácter de Jack.
—Un punto de cinco —dijo Jack.
—No vale.
—Un cuarto.

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—¿Para qué?
—Para la jota.
—No vale.
—Tres reinas.
—No vale.
Continuaron jugando.
—El resto es mío —dijo Stephen cuando Jack, que estaba semifallo tiró el rey
ante su as—. Diez para las cartas y he ganado. Debemos dejarlo. Cinco guineas, por
favor; podrás darme la revancha en Londres.
—Si no hubiera tirado mis corazones —dijo Jack—, te habría puesto en peligro.
Has tenido unas cartas asombrosas en las últimas semanas, Stephen.
—La habilidad cuenta en este juego.
—Es suerte, nada más que suerte. Tienes una suerte realmente sorprendente con
las cartas. Te compadecería si estuvieras enamorado de alguien.
La pausa no duró más de un segundo, pues la puerta se abrió y les informaron que
los caballos estaban listos, pero su efecto siguió rondándoles a lo largo de muchas
millas, mientras trotaban por el camino hacia Londres en medio de la fría llovizna.
Sin embargo, la lluvia cesó cuando comían en Bleeding Heart, un lugar en la
mitad del camino: salió un sonriente sol y ellos vieron la primera golondrina del año,
una curva azul que pasó rozando el abrevadero de caballos en Edenbridge. Y mucho
antes de que entraran en el Thacker, un café frecuentado por marinos, ya habían
adoptado de nuevo su comportamiento habitual, hablaban sin la menor contención de
la mar, la Armada, la posibilidad de que las aves migratorias viajaran de noche
guiándose por las estrellas, el violín italiano que Jack había estado tentado de
comprar y la forma en que se renovaban los dientes de los elefantes.
—¡Pero si es Aubrey! —gritó el capitán Fowler levantándose de su butaca en un
sombrío rincón de la sala—. Hace un momento estábamos hablando de usted.
Andrews se fue hace unos cinco minutos; nos habló de su baile en el campo, en
Sussex. Dijo que había sido un baile estupendo, que había mujeres por docenas,
hermosas mujeres. Nos contó todo sobre él.
—Y dígame —le miraba con malicia—, ¿tenemos que felicitarlo?
—No, no exactamente, señor. Pero de todos modos, muchas gracias. Tal vez un
poco más adelante, si todo va bien.
—Cásese, cásese, si no cuando sea viejo lamentará no haberlo hecho y se sentirá
condenadamente aburrido dentro de cien años. ¿Me equivoco, doctor? ¿Cómo está
usted? Si se casara podría llegar a ser abuelo. ¡Mi nieto tiene seis dientes! ¡Ya tiene
seis dientes!

***

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—No estaré mucho tiempo con Jackson, sólo quiero un poco de dinero en
efectivo —me has despojado de lo que tenía con tu maldita racha de suerte— y saber
las últimas noticias del tribunal con competencia sobre las presas —dijo Jack
refiriéndose al agente que se ocupaba de sus botines y sus negocios—.
Y después iré a la calle Bond. Esa es una suma demasiado alta por un violín, y no
creo que pueda estar en paz con mi conciencia. En realidad, tocando no soy lo
bastante bueno, pero me gustaría tenerlo otra vez en mis manos y ponérmelo bajo la
barbilla.
—Un buen violín te hará florecer y, además, te has ganado un Amati por cada
minuto que pasaste en la cubierta del Cacafuego. Sin duda, debes comprarte ese
violín. Un placer inocente es un auténtico bien, y no hay muchos de ese tipo.
—¿Crees que debo? Tu opinión me merece un gran respeto. Si no tardas mucho
tiempo en el Almirantazgo, tal vez podrías pasarte por allí y darme tu parecer sobre
su tono.
Stephen entró en el Almirantazgo, le dio su nombre al conserje y éste le indicó un
lugar del otro lado de la famosa sala de espera, en la que multitud de ansiosos,
desconsolados, y en muchos casos desastrados oficiales esperaban tener una
entrevista, una entrevista casi seguramente inútil.
Le recibió un hombre mayor con una chaqueta negra; le recibió con mucha
consideración y le rogó que tomara asiento. Sir Joseph se reuniría con ellos tan pronto
como terminara la sesión de la Junta, que ya se había extendido una hora más de lo
previsto. Mientras tanto, el hombre de la chaqueta negra quería tratar algunos puntos
importantes. Ellos habían recibido el informe de Bartolomeu.
—Antes de empezar, señor —dijo Stephen—, quisiera hacer una sugerencia, si
me lo permite. Creo que yo debería usar otra entrada o los encuentros deberían
celebrarse en otra parte. Casualmente, del otro lado de Whitehall estaba deambulando
un tipo que he visto en compañía de españoles de la embajada. Puede que esté
equivocado, puede que sea pura casualidad, pero…
Sir Joseph entró apresuradamente.
—Doctor Maturin, le pido disculpas por haberlo hecho esperar. Nada excepto la
Junta me habría impedido… ¿Cómo está usted, señor? Es muy generoso por su parte
haber venido a pesar de haber sido avisado con tan poco tiempo. Hemos recibido el
informe de Bartolomeu y es urgente que comentemos con usted algunas cuestiones
que plantea. ¿Podemos analizarlo punto por punto? Su señoría desea que le
comunique el resultado de nuestra conversación esta misma noche.
El Gobierno británico sabía muy bien que Cataluña, la provincia española o,
mejor dicho, el conjunto de provincias donde se encontraba la mayor parte de la
riqueza y la industria del reino, estaba animada por el deseo de reconquistar su

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independencia. Sabía también que la paz no duraría —Bonaparte estaba construyendo
barcos lo más rápido que podía— y que una España dividida debilitaría en gran
medida cualquier coalición de la que formara parte en una futura guerra. Los diversos
grupos autonomistas catalanes que se habían puesto en contacto con el Gobierno
habían hecho patente ese deseo, aunque ya era obvio antes; ésta no era la primera vez
que Inglaterra se preocupaba por Cataluña ni por dividir a sus posibles enemigos. El
Almirantazgo, por supuesto, estaba interesado en los puertos, astilleros, muelles,
industrias y suministros navales de Cataluña; la propia Barcelona sería de
incalculable valor, y había muchos otros puertos, incluyendo Puerto Mahón en
Menorca, una posesión británica, que extrañamente habían sido cedidos por los
políticos en la negociación del reciente tratado de paz. El Almirantazgo, siguiendo la
tradición inglesa de tener servicios secretos formados por organismos independientes
con poca o ninguna comunicación entre ellos, tenía a sus propios hombres
ocupándose del asunto; sin embargo, pocos de ellos podían hablar aquella lengua,
muy pocos conocían la historia de la nación y ninguno podía valorar las
reivindicaciones de los diferentes grupos que se presentaban como los verdaderos
representantes de la resistencia del país. Había varios comerciantes de Barcelona y
alguno que otro de Valencia que eran amigos, pero eran muy pocos y, además, el
contacto con ellos se había perdido a causa de la larga guerra. El doctor Maturin era
el más apreciado consejero del Almirantazgo. Se sabía que él había tenido contacto
con revolucionarios en su juventud, pero su integridad y su total desinterés nunca
fueron puestos en tela de juicio. El Almirantazgo también le tenía gran respeto por ser
una eminencia en ciencia, y nada menos que el propio médico jefe de la Armada
recomendaba a Stephen Maturin porque «el estudio del doctor Maturin sobre la
vejiga y sus observaciones sobre la cistotomía suprapúbica deberían ser consultados
por todos los cirujanos navales; tal agudeza de observación en la práctica…» En
Whitehall tenían mejor opinión de él que en Champflower; en Whitehall sabían que
él era un médico y no un simple cirujano, que era un hombre de cierta posición en
Lérida y que su padre era irlandés y había estado relacionado con las primeras
familias de ese reino. El hombre de la chaqueta negra y sus colegas sabían asimismo
que por su condición de médico y por ser un hombre instruido que se sentía muy
cómodo hablando tanto en catalán como en español, podría moverse por todo el país
con la misma libertad que cualquiera de sus habitantes; sin duda, era un agente
incomparable, seguro, discreto, perfectamente cubierto, un hombre de la misma clase
que ellos. Y desde su punto de vista, aquel resto de catolicismo que a Stephen le
quedaba era incluso una ventaja más. Ellos habrían estrujado y exprimido los fondos
secretos con tal de retenerle, pero él no aceptaba nada; de modo que el sonido más
delicado no produjo ningún eco ni hubo ningún brillo en su monedero.
Stephen salió del Almirantazgo por una puerta lateral, atravesó el parque y subió

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por Piccadilly hasta la calle Bond, donde encontró a Jack todavía indeciso.
—Te diré lo que ocurre, Stephen —dijo—. No termina de gustarme este tono.
Escucha…
—Si el día fuera un poco más cálido, señor —dijo el dependiente—, haría resaltar
su frescura. Debería haber oído al señor Galignani tocando la semana pasada, cuando
todavía teníamos encendida la chimenea.
—Bueno, no sé —dijo Jack—. Creo que voy a dejarlo por hoy. Sólo quiero que
me envuelva estas cuerdas, por favor, junto con la colofonia. No me llevo el violín,
pero de una u otra forma le haré llegar una respuesta a finales de esta semana.
Stephen —cogió a su amigo por el brazo para cruzar la concurrida calle—, debo de
haber tocado ese violín durante una hora o más y todavía no me he decidido. Jackson
no estaba, ni tampoco su socio, así que vine aquí directamente. Es extraño,
condenadamente extraño y molesto, porque estábamos citados; pero él no estaba en el
despacho, el único que había allí era ese tonto de su empleado y me dijo que estaba
fuera de la ciudad y que le esperaban pero no sabían cuándo volvería. Iré a presentar
mis respetos al viejo Jarvie, sólo para que me tenga presente, y luego podemos irnos a
casa. No esperaré por Jackson.
Regresaron cabalgando, y donde habían dejado la lluvia volvieron a encontrarla,
acompañada de un fortísimo viento del este. El caballo de Jack perdió una herradura,
y ellos se pasaron la mayor parte de la tarde buscando a un herrero hasta que
encontraron a un salvaje torpe y malhumorado que clavó los clavos demasiado
profundos. Ya había anochecido cuando llegaron al bosque de Ashdown; para
entonces el caballo de Jack estaba cojo, y aún tenían por delante un largo camino.
—Déjame ver tus pistolas —dijo Jack cuando empezaron a verse los árboles muy
cerca del camino—. No sabes cómo martillar los percusores.
—Están muy bien —dijo Stephen, sin ganas de abrir las fundas de las pistolas (en
una de ellas había un teratoma y en la otra un lirón de Arabia metido en un frasco)—.
¿Temes que haya algún peligro?
—Este tramo del camino es peligroso, con todos esos soldados licenciados que
andan sueltos. Atacaron el coche de correo no lejos del cruce de Aker. Vamos, déjame
ver tus pistolas. ¡Ya me lo figuraba! ¿Qué es esto?
—Un teratoma —dijo Stephen malhumorado.
—¿Qué es un teratoma? —preguntó Jack sosteniendo el objeto en su mano—.
¿Una especie de granada?
—Es un quiste sebáceo interno, un tumor. Se encuentran ocasionalmente en la
cavidad abdominal. A veces tienen pelos negros y largos y a veces dientes; éste tiene
pelos y dientes. Pertenecía a un tal señor Elkins, de la City, un notable vendedor de
quesos. Tiene mucho valor para mí.
—¡Por Dios! —exclamó Jack metiéndolo de nuevo en la funda. Luego se limpió

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la mano frotándola enérgicamente contra el caballo—. Me gustaría que dejaras
tranquilos los vientres de la gente. Así que no tienes pistolas, ¿verdad?
—Si quieres ser tan rotundo… No, no tengo.
—No llegarás a viejo, compañero —dijo Jack. Y desmontó para examinar la pata
del caballo—. Hay una posada, una posada que no está mal, a media milla por el
camino secundario. ¿Qué me dices de pasar allí la noche?
—¿Te sientes muy turbado por la idea de encontrar a esos ladrones, esos
salteadores de camino, esos bandoleros?
—Estoy temblando tanto que apenas puedo mantenerme montado en el caballo.
Sería absurdo exponernos a que nos hirieran, pero pienso sobre todo en las patas de
mi caballo. Y además —hizo una pausa—, tengo un sentimiento condenadamente
extraño: no tengo muchas ganas de estar en casa esta noche. Es raro, porque lo
deseaba con vehemencia —esta mañana me sentía tan alegre como un marinero de
permiso—y ahora, en cambio, no me gusta tanto. Algunas veces en la mar uno tiene
la sensación de la proximidad de una costa a sotavento. Con un tiempo de perros, las
gavias con todos los rizos, sin ver el sol, sin hacer observaciones durante muchos
días, sin saber adonde ir en cien millas a la redonda, de repente en la noche uno
presiente que tiene a sotavento la silueta borrosa de la costa; uno no puede ver nada,
pero casi puede oír el chirrido de las rocas al arañar el fondo del barco.
Stephen no contestó sino que se cruzó la capa más arriba para protegerse del
viento cortante.

***

La señora Williams nunca bajaba a desayunar. Sin embargo, no sólo por eso la
sala de desayuno de Mapes era la más alegre de la casa; estaba orientada al sureste y
le daba el sol, y las cortinas de gasa hacían un movimiento ondulante dejando entrar
el aroma de la primavera. No podía haber sido una sala más femenina; estaba
graciosamente amueblada en blanco y había una alfombra decorada con ramos
verdes, delicada porcelana, panecillos y miel y muchas jóvenes recién lavadas
bebiendo té. Una de ellas, Sophie Bentinck, estaba contando lo que había sucedido en
una cena en White Hart a la que había asistido el señor George Simpson, con quien
ella estaba prometida.
—Entonces se hicieron los brindis. Y cuando George brindó por «Sophia», el
capitán Aubrey se levantó de golpe y dijo «¡Oh! Brindaré por ella muy gustoso.
Sophie es un nombre muy querido para mí». Y no podía referirse a mí, ¿sabéis?,
porque no nos conocemos.
Ella miró a su alrededor con la benevolencia propia de una joven amable que

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lleva en su dedo un anillo y desea que todo el mundo sea tan feliz como ella.
—¿Y bebió gustoso? —preguntó Sophia divertida, con aire satisfecho y sereno.
—Era el nombre de su barco, ¿sabéis?, el primero bajo su mando —dijo Diana
rápidamente.
—Por supuesto que lo sé —dijo Sophia con un intenso rubor—. Todas lo
sabemos.
—¡El correo! —gritó Frances y salió corriendo de la sala. Una pausa expectante,
una tregua temporal—. Dos para mi madre, una para Sophie Bentick con un bonito
sello azul con un cupido —no, es una cabra con alas— y una para Di, franqueada. No
puedo distinguir el sello. ¿De quién es, Di?
—Frankie, deberías tratar de comportarte más cristianamente, cariño —le dijo su
hermana mayor—. No debes fijarte en las cartas de los demás. Debes simular que no
sabes nada de ellas.
—Mamá siempre abre las nuestras, si recibimos alguna, lo que no es frecuente.
—Yo recibí una de la hermana de Jemmy Blagrove después del baile —dijo
Cecilia—, y ella dice que él le dijo que tenía que decirme que yo bailaba como un
cisne. Mamá estaba enfurecida y dijo que esa carta era indecorosa y que, de todas
formas, los cisnes cantan, no bailan, puesto que tienen las patas palmeadas. Pero yo
sabía lo que él quería decir. Por lo que veo —se volvió hacia Sophie Bentinck—, tu
madre te permite mantener correspondencia, ¿no?
—¡Oh, sí! Pero nosotros estamos prometidos, ¿sabes?, y eso es muy diferente —
dijo Sophie mirándose la mano con satisfacción.
—Tom, el cartero, no simula no saber nada de las cartas de los demás —dijo
Frances—. También él dijo que no podía distinguir el sello de la carta de Di. Pero las
cartas que lleva para Melbury son de Londres, Irlanda y España. ¡Una carta de
España en un sobre grande y una cuantiosa suma que pagar!
La sala de desayuno de Melbury también era alegre, pero de otra manera. Tenía
muebles de caoba, una alfombra turca y pesadas sillas, y olía a café, bacon, tabaco y
ropa mojada. Jack y Stephen habían estado pescando desde el amanecer y ahora
estaban a mitad del bien merecido desayuno, un desayuno que cubría por completo el
amplio mantel blanco: calientaplatos, cafeteras, bandejas con tostadas, un jamón de
Westfalia, un pastel fermentado con levadura, todavía sin empezar, y la trucha que
habían pescado aquella mañana.
—Ésta era la que estaba debajo del puente —dijo Jack.
—El correo, señor, con su permiso —dijo su sirviente Preserved Killick.
—De Jackson —dijo Jack—. Y la otra del procurador. Discúlpame, Stephen. Voy
a ver enseguida lo que dice, qué excusa…
—¡Dios mío! —gritó un momento después—. ¡No puede ser verdad!
Stephen levantó la vista rápidamente. Jack le pasó la carta. El señor Jackson, el

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agente que se ocupaba de sus botines, uno de los hombres más respetables en su
profesión, había quebrado. Se había ido, había huido a Boulogne con el dinero en
efectivo que le quedaba a su empresa y su socio había presentado la declaración de
bancarrota sin esperanza de reembolsar ni una moneda de seis peniques por cada
libra.
—Lo más grave del caso —dijo Jack en voz baja y afligida— es que le dije que
pusiera en fondos públicos todo el dinero del botín de la Sophie a medida que fuera
recibiéndolo, pues algunos barcos, si los dueños apelan, tardan años hasta que por fin
son confiscados. Pero no lo hizo. Me dio varias sumas de dinero que, según él, eran
intereses de los fondos, pero no era verdad. Todo el dinero que recibió se quedó en
sus manos. Y se ha acabado, hasta el último cuarto de penique. Permaneció algún
tiempo mirando por la ventana, sosteniendo la otra carta en la mano. Luego,
rompiendo por fin el sello dijo:
—Ésta es del procurador. Se referirá a las dos presas neutrales que apelaron. Casi
tengo miedo de abrirla. Sí, así es. Aquí está la costa a sotavento que presentía. El
veredicto ha sido revocado: tengo que devolver once mil libras. No tengo ni once mil
peniques. La costa a sotavento… ¿cómo puedo barloventear? Sólo puedo hacer una
cosa: renunciaré a mi petición de ser nombrado capitán de navío y rogaré que me den
el mando de una corbeta. Necesito tener un barco. Stephen, préstame veinte libras,
por favor. No tengo dinero contante. Hoy mismo iré al Almirantazgo. No hay un
momento que perder. ¡Oh! Le había prometido a Sophia ir a cabalgar con ella. En
cualquier caso, tendré tiempo en el día para todo.
—Coge una silla de posta, así no llegarás rendido.
—Eso es lo que haré; tienes razón, Stephen. Gracias. ¡Killick!
—¿Señor?
—Ve corriendo a Goat y diles que me envíen una silla de posta a las once. Prepara
mi equipaje para un par de noches; no, para una semana.
—Jack —dijo Stephen en tono apremiante cuando el sirviente había salido de la
sala—, no hables de esto con nadie todavía, te lo ruego.

***

—Está usted extremadamente pálido, capitán Aubrey —dijo Sophia—. Espero


que no haya sufrido otra caída. Entre; por favor, entre y siéntese. ¡Dios mío! Debería
sentarse, no me cabe duda.
—No, no. Le doy mi palabra de que no me he caído del caballo esta semana —
dijo Jack riendo—. Aprovechemos al máximo esta ráfaga de luz solar; si esperamos
nos mojaremos. Mire esas nubes al suroeste. ¡Qué traje más bonito lleva!

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—¿Le gusta? Es la primera vez que me lo pongo. Pero —dijo mirando aún con
ansiedad su rostro, ahora de un color rojo nada saludable—, ¿seguro que no quiere
una taza de té? Estaría preparado en un momento.
—Sí, sí, por favor, entre y tómese una taza de té —dijo la señora Williams desde
la ventana, enrollándose en el cuello un chal amarillo—. Estará listo enseguida, y el
fuego está encendido en la pequeña sala de estar. Pueden tomarlo juntos; es un lugar
muy acogedor. Estoy segura de que Sophia se muere de ganas de tomarse una taza de
té. Le encantaría tomarse una taza de té con usted, capitán Aubrey, ¿verdad, Sophie?
Jack sonrió y se inclinó para besar su mano, pero su férrea determinación de no
quedarse prevaleció. Y poco después él y Sophia cabalgaban por el camino de
Foxdene hacia la linde con las colinas.
—¿Está seguro de no haber sufrido una caída? —preguntó de nuevo Sophia, no
pensando en que él le hubiera restado importancia y pudiera recordarla si se
esforzaba, sino porque deseaba mostrarle su sincera preocupación.
—No —dijo Jack mirando su bello rostro, donde en vez de aquella distante
mirada que era habitual había otra preocupada y llena de ternura, de una ternura, por
decirlo así, posesiva—. Pero acabo de recibir un terrible golpe. Un condenado golpe
inesperado. Sophie —¿puedo llamarla Sophie, verdad? Siempre pienso en usted así
—, cuando estaba en mi Sophie, mi corbeta, capturé dos presas neutrales que se
dirigían a Marsella. Su documentación decía que procedían de Sicilia e iban a
Copenhague con un cargamento de azufre. Sin embargo, en aquel momento estaban a
punto de entrar en el puerto de Marsella, yo estaba al alcance de la batería de la
colina. Y el azufre lo llevaban a Francia.
Para Sophia el azufre era algo que se mezclaba con melaza y se le daba a los
niños los viernes; todavía podía sentir los odiosos grumos entre los dientes. Esto se
reflejó en su expresión.
—Necesitan tenerlo para fabricar la pólvora —siguió diciendo Jack—. Entonces
envié estas embarcaciones a Puerto Mahón, donde enseguida fueron declaradas
presas de ley, pues habían violado de forma evidente la neutralidad; pero los dueños
apelaron y, finalmente, el tribunal ha decidido no declararlas presas de ley y admitir
como verdadero lo que dicen sus capitanes, que simplemente buscaban refugio a
causa del mal tiempo. ¡Mal tiempo! No había mal tiempo. Casi no se formaban ondas
en el mar; nosotros teníamos desplegadas las sobrejuanetes y las alas de cada lado, y
desde la colina los cañones de treinta y seis libras dejaban círculos de un cuarto de
milla de diámetro en las tranquilas aguas.
—¡Oh, qué injusto! —exclamó Sophie sumamente indignada—. ¡Qué hombres
tan malvados, tan mentirosos! Usted debe de haber arriesgado la vida para capturar
esos barcos bajo el fuego de la batería. Por supuesto que el destino del azufre era
Francia. Estoy segura de que ellos serán castigados. ¿Qué se puede hacer? ¿Qué se

[Link] - Página 55
puede hacer?
—Por lo que respecta al veredicto, nada en absoluto. Me temo que es definitivo.
Pero voy a ir a la ciudad para ver qué otras medidas… qué otra cosa puedo sacar del
Almirantazgo. Debo irme hoy, y tal vez esté fuera durante algún tiempo. Por eso
estoy aburriéndola con mis asuntos, para que quede claro que no me voy de Sussex
por mi propia voluntad ni contento.
—¡Oh, usted no me aburre…! No podría aburrirme…Todo lo relacionado con la
Armada es… Pero, ¿ha dicho hoy? Sin duda, no puede ser hoy. Debe usted tumbarse
y descansar.
—Tiene que ser hoy, desgraciadamente.
—Entonces no debe ir cabalgando. Debe ir en una silla de posta.
—Sí. Eso es exactamente lo que dijo Stephen. Así lo haré: he pedido una a Goat.
—¡Qué buena persona es! ¡Qué buen amigo! Debe de ser un gran apoyo para
usted. Pero debemos volvernos enseguida, ahora mismo. Tiene que descansar todo lo
que pueda antes del viaje.
Al despedirse, ella le dio la mano y le dijo con marcado énfasis:
—Espero que tenga usted muy buena suerte, todo lo que se merece. Supongo que
no hay nada que una ignorante joven del campo pueda hacer, pero…
—¡Ah, están ahí ustedes dos! —exclamó la señora Williams—. Charlando como
dos amigos inseparables. ¿De qué habrán estado hablando durante todo este tiempo?
Pero guardad silencio; soy una indiscreta. ¡Ah! Veo que la ha traído usted sana y
salva, intacta.

***

Dos secretarios, uno por seguridad en caso de que el otro se equivocara, escribían
tan rápido como lo permitían las plumas.
«Para el marqués de Cornwallis.
Milord:
Con la mejor disposición de atender inmediatamente a los deseos de Su Señoría
de favorecer al capitán Bull, lamento muchísimo comunicarle que en la actualidad no
me es posible cumplirlos.
Tengo el honor de ser… etc.»
—¿Me sigue, Bates?
—Sí milord.
«Para la señora Paulett. Señora:
Aunque no admito que tengan peso sus argumentos en favor de la promoción del
capitán Mainwaring, hay algo tan admirable y loable en una mujer que lucha por el

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ascenso de su hermano que no necesitaba usted disculparse por su carta, del día 24,
de la cual acuso recibo sin pérdida de tiempo.
Soy, señora… etc.»
«Para sir Charles Grey. Estimado sir Charles:
El teniente Beresford ha estado demorando su llegada a Irlanda, lo cual ha
perjudicado mi opinión sobre él. Es un hombre serio y arrojado, pero, como el resto
de los aristócratas, piensa que por esa circunstancia tiene derecho a un ascenso, en
detrimento de hombres que han prestado mejor servicio y con más mérito; y a eso
nunca me doblegaré.
Después de haber rechazado al príncipe de Gales, el duque de Clarence, el duque
de Kent y el duque de Cumberland, no podrá sorprenderle que le repita que me es
imposible apartarme de mis principios, pues esto haría que me inundaran de
peticiones y tendería a arruinar por completo la Armada.
Afectuosamente…»
«Para la duquesa de Kingston. Señora:
Su Gracia tiene toda la razón respecto al carácter del capitán Hallows del Frolic;
tiene celo y buena conducta, y si no fuera por su tendencia a ser independiente y su
falta de voluntad para someterse a sus superiores, lo cual puede remediarse con el
paso del tiempo, y si no tuviera algunas manchas en su familia, yo estaría encantado
de hacerle justicia a sus méritos, exclusivamente en atención al interés que tiene Su
Gracia por su futuro. Pero esto no me es posible, debido al increíble número de
oficiales meritorios de más antigüedad que él que están recibiendo media paga y que
tienen prioridad en la petición de uno de los poquísimos barcos que queden
disponibles.
Con el permiso de Su Gracia, le aseguro que me alegrará tener la ocasión de
mostrarle mi respeto.
Tengo el honor de ser, señora, su más humilde y seguro servidor.»
—Hemos acabado con las cartas. ¿Quiénes están en la lista?
—Los capitanes Saul, Cunningham, Aubrey y Small. Los tenientes Roche,
Hampole…
—Tengo tiempo para los tres primeros.
—Sí, milord.
Jack oyó la estentórea risa del First Lord cuando Cunningham, antiguo
compañero de tripulación de éste, se despedía con un chiste de los que se contaban en
la sala de oficiales, y esto le dio esperanzas de encontrar a Saint Vincent de buen
humor.
Sin embargo, lord Saint Vincent, firme en su intento de reformar los astilleros
pero paralizado por la política, los políticos y la escasa mayoría de su partido en el
parlamento, no era muy propenso al buen humor, y le lanzó a Jack una mirada dura,

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fría y penetrante.
—Capitán Aubrey, ya lo recibí la semana pasada, tengo muy poco tiempo. El
general Aubrey nos ha escrito cuarenta cartas a mí y a otros miembros de la Junta, y
se le ha dicho que no tenemos en perspectiva ascenderle por la acción contra el
Cacafuego.
—He venido con otro propósito, milord. Renuncio a mi petición de ascenso con la
esperanza de conseguir otra corbeta. El agente que se ocupaba de mis botines ha
quebrado, los dueños de dos presas neutrales me han ganado en la apelación del caso,
y yo tengo que conseguir un barco.
Lord Saint Vincent no oía muy bien, y Jack, por estar en aquel recóndito santuario
de la Marina, había bajado la voz; el viejo caballero no le había entendido bien.
—¡Tengo! ¿Qué quiere decir con ese tengo? —gritó—. ¿Acaso hoy en día los
oficiales vienen al Almirantazgo para decir que se les tiene que dar un barco? Si a
usted se le tiene que dar un barco, señor, ¿qué demonios pretendía desfilando por
Arundel con una escarapela del tamaño de una col en el sombrero, al frente de los
partidarios del señor Babbington, y pegándole a honrados dueños de feudos francos
con una maza? Si yo hubiera estado allí, señor, lo habría encarcelado por armar riña y
alterar el orden público, y usted no emplearía la palabra tengo. ¡Maldita sea su
imprudencia, señor!
—Milord, me he expresado mal. Con todo mi respeto, milord, con esa palabra
poco afortunada yo quería decir que, debido a la quiebra de Jackson, me veo obligado
a pedirle a Su Señoría un mando, echando a pique mi otra petición. Él me ha
arruinado.
—¿Jackson? Sí, pero —dijo Saint Vincent secamente—, si su propia imprudencia
le ha hecho perder la fortuna que su mando le permitió ganar, no debe esperar que el
Almirantazgo se haga responsable de buscarle otra. Dicen que a los tontos el dinero
se les escurre de entre las manos, y después de todo, menos mal que es así. En cuanto
a las presas neutrales, usted sabe perfectamente bien, o debería saber perfectamente
bien, que ese es un riesgo de la profesión: uno las captura por su cuenta y riesgo y
debe hacer una provisión adecuada ante una posible apelación. Pero ¿qué hace usted
en este caso? Tira el dinero, lo despilfarra, habla de matrimonio —aunque sabe, o
debería saber, que éste supone el fin de la carrera de un oficial de marina, al menos
cuando aún no es capitán de navío—, encabeza un grupo de borrachos partidarios de
los Tories en una elección parcial y viene aquí a decirme que tiene que conseguir un
barco. Y mientras tanto sus amigos nos inundan de cartas en las que dicen que usted
tiene que ser nombrado capitán de navío. Esa fue precisamente la palabra que el
duque de Kent estimó conveniente usar, incitado por lady Keith. La acción de guerra
que ha llevado a cabo no le da derecho a un ascenso a capitán de navío. ¿Qué
significa eso de «renunciar a su petición»? No hay ninguna petición.

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—El Cacafuego era un jabeque-fragata de treinta y dos cañones, milord.
—Era un barco corsario.
—Sólo por las argucias de un maldito abogado —dijo Jack subiendo la voz.
—¿Qué condenado lenguaje es ese con que se dirige a mí, señor? ¿Sabe usted con
quién está hablando, señor? ¿Sabe usted dónde está?
—Le pido disculpas, milord.
—Usted apresó un barco corsario, capitaneado por Dios sabe quién, con una
corbeta de Su Majestad dotada de una buena tripulación, con la pérdida de tres
hombres como resultado, y viene usted aquí hablando de su petición de ascenso a
capitán de navío.
—Y ocho heridos. Si una acción de guerra debe valorarse de acuerdo con la lista
de bajas, milord, me permito recordarle que en su buque insignia hubo un muerto y
cinco heridos en la batalla de San Vicente.
—¿Se atreve usted a comparar, en mi presencia, una gran acción de guerra de la
Armada con una…?
—¿Con una qué, señor? —gritó Jack con los ojos inyectados de sangre.
Las voces airadas dejaron de escucharse bruscamente. Una puerta se abrió y se
cerró, y las personas que estaban en el pasillo vieron cómo el capitán Aubrey pasaba
dando zancadas, corría escaleras abajo y desaparecía en el patio.
«3 de mayo… Le rogué que no hablara de esto y, sin embargo, ya lo saben en toda
la región. No conoce a las mujeres excepto como objeto de deseo (un deseo muy
noble a veces); no tiene hermanas, su madre murió siendo él muy joven y no puede
imaginarse la energía y el poder diabólico de las mujeres como la señora W. Ella le
sacó información a Sophia con su acostumbrada falta de escrúpulos y la ha divulgado
con maligno entusiasmo y empeño, el mismo innoble empeño con que consiguió
llevarse apresuradamente a sus hijas a Bath. Es evidente que utilizó su salud para
hacer chantaje, aprovechándose del buen corazón de Sophia y de su sentido del
deber; más fácil no podía ser. Todos los preparativos se hicieron en dos días. No
estuvo, como era habitual, todo un mes vacilando y quejándose por la confusión, ni
tampoco una semana, sino que durante dos días tuvo una intensa actividad: equipaje
listo y partida. Si esto hubiera sucedido al menos una semana más tarde y se hubieran
puesto de acuerdo entre ellos, no habría tenido importancia. Sophie se habría
mantenido fiel a su compromiso contra viento y marea. Tal como están las cosas, la
situación no puede ser peor. Separación, inconstancia (J. A. tiene un fuerte instinto
animal, cualquier hombre joven tiene un fuerte instinto animal), ausencia, el
sentimiento de abandono.
»¡Qué horrible bestia es esa Williams! Yo no habría sabido nada de la extraña
partida si no fuera por las notas de Diana y la visita furtiva de esa dulce niña llena de
inquietud. La llamo niña, a pesar de que no es más joven que D. V. A ésta la veo de

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otro modo, pero seguramente fue también una niña encantadora, no diferente de
Frances, en mi opinión, con su misma inocencia y su implacable crueldad. Se han
ido. ¡Qué silencio! ¿Cómo voy a decirle a J. A. todo esto? Me atormenta la idea de
que decírselo será como darle una bofetada.»
No obstante, decírselo fue muy sencillo. Le dijo:
—Las jóvenes se han ido. La señora Williams se las llevó a Bath el martes de la
semana pasada. Sophia vino a verme y dijo que lo lamentaba muchísimo.
—¿Dejó un mensaje para mí? —preguntó Jack. Y su rostro taciturno se iluminó.
—No. No en términos concretos. Su agitación era tal que a veces era difícil
seguirla. Estaba como la señorita Anna Coluthon, muy preocupada por su situación,
la de una joven que visita sola a un caballero soltero. En Champflower nunca se ha
visto algo semejante. Pero no me equivoco al afirmar que, en esencia, me dijo que tú
debías saber que ella no se va de Sussex por su propia voluntad ni contenta.
—¿Crees que podría escribirle dirigiendo la carta a Diana Villiers?, preguntó
Jack.
—Diana Villiers todavía está aquí. No se va a Bath, se queda en Mapes Court —
dijo Stephen en tono indiferente.
La noticia se propagó. La decisión sobre las presas era del dominio público, pues
había sido publicada en los periódicos de Londres. Además, en la vecindad había
suficientes oficiales de marina, muchos de ellos afectados por la huida del agente,
para hacer patente el alcance del desastre. La noticia «en Woolhampton, el 19 del
corriente, la esposa del general Aubrey ha tenido un hijo» simplemente completó el
cuadro.
En Bath, la señora Williams proclamaba su triunfo.
—Sin duda, es una recompensa divina, queridas. Nos dijeron que era un libertino,
y recordaréis que nunca me gustó, desde el primer momento, y ya dije entonces que
le encontraba algo rara la boca. Mi instinto nunca me engaña. Tampoco me gustaron
sus ojos.
—Pero, mamá —dijo Frances—, tú dijiste que era el hombre más caballeroso que
habías conocido y que era muy generoso.
—Generoso es quien obra con generosidad —gritó la señora Williams—. Y ahora
saldrás de la habitación, señorita impertinente, y te quedarás sin pudding por
irrespetuosa.
Pronto se supo que a otras personas tampoco Jack les había gustado nunca; su
boca, su barbilla, sus ojos, sus carísimas fiestas, sus caballos, sus planes para formar
una jauría, todo era objeto de comentarios desfavorables. Jack había visto este
proceso antes y lo conocía como observador; pero a pesar de que su condena no era
ofensiva ni general, le resultaba más dolorosa de lo que esperaba, pues comenzaba a
notar reserva en los comerciantes, arrogancia e indiferencia en los caballeros de la

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región y una indefinible falta de consideración.
Había alquilado Melbury por un año; había pagado toda la renta, y puesto que la
casa no se podía subarrendar, no había razón para mudarse. Ahorró, vendió sus perros
de caza, le dijo a sus hombres que lamentablemente debían irse tan pronto como
encontraran alojamiento y dejó de dar cenas. Sus caballos eran magníficos
ejemplares, y Jack vendió uno por la misma cantidad que había pagado por él. Con
esto contentó a los insistentes acreedores locales, pero no consiguió restablecer su
crédito, pues aunque en Champflower estaban dispuestos a confiar en quien tenía
fortuna, del tamaño que fuera (y la de Jack había sido calculada muy alta), dudaban
mucho antes de fiar a un pobre una o dos libras.
Las invitaciones disminuyeron, no sólo porque él estaba muy ocupado con sus
asuntos, sino porque se había vuelto quisquilloso y demasiado sensible a cualquier
mirada aunque no fuera intencionada, y ahora Mapes era el único lugar donde él iba a
cenar. La señora Villiers, respaldada por el pastor, su esposa y su hermana, podía
perfectamente invitar a los inquilinos de Melbury Lodge.
Habían regresado cabalgando de una de esas cenas; dejaron en el establo el
caballo y la jaca y se dieron las buenas noches.
—¿No te apetecería echar una mano de cartas? —dijo Jack deteniéndose en la
escalera y volviendo la mirada hacia el vestíbulo.
—No —dijo Stephen—. Mi mente va hacia otra parte.
Su persona también. En medio de la noche, atravesó velozmente Polcary Down,
con sigilo dio un rodeo para evitar a una partida de cazadores furtivos en Goles's
Hanger y se detuvo bajo un grupo de olmos que se mecían y crujían con el viento
muy cerca de Mapes Court. La casa era bastante antigua, irregular a pesar de los
modernos cambios, y el ala más vieja terminaba en una torre cuadrada y roma, donde
había una ventana encendida. Pasó con rapidez por el huerto, y el corazón le latía con
tal fuerza que al llegar a la pequeña puerta en la base de la torre pudo oír su sonido,
parecido al ronco jadeo de un perro. Su rostro tenía una expresión tranquila, de
resignada aceptación de la derrota, cuando él cogió el pomo. «Tomo mi felicidad en
mis manos cada vez que llego hasta esta puerta», se dijo sin abrirla todavía. Al girar
el pomo lentamente sintió la silenciosa respuesta de la cerradura.
Subió por la escalera de caracol hasta el primer piso, donde Diana vivía y en el
que había una sala de estar a la cual daba un dormitorio, todo ello comunicado con el
resto de la casa por un largo pasillo que comunicaba con la escalera principal.
No había nadie m la sala de estar. El se sentó en el sofá y observó el sari bordado
con hilo dorado que estaba medio transformado en un vestido europeo. A la luz de la
lámpara, tigres dorados destrozaban a un oficial de la Compañía de Indias que yacía
sobre el suelo manchado, con una botella de coñac en la mano, unas veces en la mano
derecha, otras veces en la izquierda, ya que el dibujo tenía muchas variantes.

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—¡Qué tarde has venido, Maturin! —dijo Diana saliendo del dormitorio. Llevaba
dos chales encima de la bata y tenía una expresión cansada y hosca—. Iba a
acostarme. Pero siéntate cinco minutos. ¡Uf, tus zapatos están asquerosos!
Stephen se los quitó y los puso junto a la puerta.
—Había una partida de cazadores furtivos con perros cerca de la conejera y tuve
que salir del camino. Tienes un don especial para ponerme en una situación
desventajosa, Villiers.
—¡Así que has vuelto a venir andando! ¿No te dejan salir de noche? Cualquiera
pensaría que estás casado con ese hombre. ¿Cómo van sus asuntos, por cierto?
Parecía bastante alegre esta noche, riéndose con esa estúpida de Annie Strode.
—Me temo que no han mejorado. El agente de los dueños de los barcos es un
bárbaro codicioso, sin inteligencia ni sentido ni entrañas. Es un ignorante voraz, un
buitre sin alas que sólo puede volar en lo más profundo de la ignominia.
—Pero lady Keith… —dijo, interrumpiéndose enseguida.
La carta de lady Keith había llegado a Melbury aquella mañana y esto no se había
mencionado en la cena. Stephen pasó el sari entre las manos y observó que a veces el
oficial de la Compañía de Indias parecía contento, incluso extasiado, y a veces
agonizante.
—Si crees que tienes derecho a pedirme explicaciones —continuó Diana—, estás
equivocado. Me encontré con él mientras montaba a caballo. Si piensas que
simplemente porque te he dejado besarme una o dos veces… si piensas que
simplemente porque has venido cuando yo estaba a punto de tirarme al pozo o hacer
una locura para escapar de la rutina diaria, al quedarme tan sólo con dos sirvientes
desdentados en la casa… si piensas que somos amantes, te equivocas. Nunca he sido
tu amante.
—Lo sé —dijo Stephen—. No quiero explicaciones; no creo tener ningún
derecho. La obligación provoca la muerte de la amistad, querida —hizo una pausa—.
¿Puedes darme algo de beber, querida Villiers?
—¡Oh! Te pido disculpas —dijo ella cambiando de forma automática y grotesca
su tono por otro cortés—. ¿Qué te apetece tomar? ¿Oporto? ¿Coñac?
—Coñac, por favor —respondió—. Dime, ¿has visto alguna vez un tigre?
—¡Oh, sí! —dijo Diana distraída mientras buscaba la bandeja y la licorera—. He
matado dos. No hay vasos adecuados aquí. Desde una silla de elefante, obviamente
un lugar seguro. Se encuentran con frecuencia en el camino de Maharinghee a Bania
y al cruzar la desembocadura del Ganges. ¿Servirá este vaso? Nadan de una isla a
otra. Una vez vi uno meterse al agua con movimientos lentos como los de un caballo.
Nadan bastante sumergidos, con la cabeza erguida y la cola extendida hacia atrás.
¡Qué frío hace en esta condenada torre! En realidad, no he vuelto a estar
suficientemente caliente desde que regresé a Inglaterra. Voy a meterme en la cama; es

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el único lugar caliente de la casa. Puedes venir y sentarte junto a mí cuando te hayas
bebido el coñac.
Pasaban los días, días dorados con olor a heno, un perfecto verano prematuro;
días perdidos para Jack. O al menos nueve partes perdidas, pues aunque sus asuntos
profesionales y legales estaban cada vez peor y más complicados, había ido a Bath en
dos ocasiones a ver a su querida amiga lady Keith, y la primera vez había visitado a
la señora Williams y a su familia y la segunda había encontrado a Sophia —
aparentemente por casualidad había encontrado a Sophia— en la sala de las termas
donde se bebían las aguas. Había regresado regocijado y atormentado a la vez, pero
mucho más humano, mucho más parecido a aquella criatura alegre y fuerte de
espíritu que Stephen había conocido.
«Estoy decidido a romper», escribió Stephen. «No la hago feliz ni me hace feliz.
Esta obsesión no es felicidad. Noto tal insensibilidad que se me parte el corazón, y no
sólo el corazón. Insensibilidad y muchas más cosas: un profundo deseo de dominar,
celos, orgullo, vanidad, todo menos falta de valor. Poco juicio y, por supuesto,
ignorancia; mala fe, inconstancia e incluso crueldad, añadiría yo, si pudiera olvidar su
despedida del domingo por la noche, increíblemente patética en una persona tan
violenta. Y sin duda, su estilo y su gracia sin límites sustituyen a la virtud… ¿o son
realmente virtudes? Pero eso no te servirá. No sacarás nada más de mí. Si sigue este
juego con Jack, yo me iré. Y si él continúa, tal vez descubra que ha estado haciendo
todo lo posible por infligirse a sí mismo una herida; y tal vez a ella le ocurra lo
mismo, pues él no es un hombre con el que se puede jugar. Su ligereza me aflige más
de lo que soy capaz de expresar. Es contraria a lo que ella define como sus principios
y, en mi opinión, incluso a su propia naturaleza. Ella no puede quererlo como esposo
ahora. ¿Actúa por odio a Sophia o a la señora W.? ¿Por una indeterminada venganza?
¿Por el placer de jugar con fuego en un polvorín?»
El reloj dio las diez; dentro de media hora tendría que reunirse con Jack en el
reñidero de Plimpton. Salió de la oscura biblioteca y se dirigió al patio. Allí estaba
esperándole la jaca, con su pelaje color plomizo brillando al sol, mirando fijamente,
con sagacidad, hacia el sendero al otro lado de los establos; y al seguir su mirada,
Stephen vio al cartero robando una pera del emparrado del huerto.
—Una carta para usted, señor —dijo el cartero muy serio y ceremonioso,
mientras por la comisura de los labios le chorreaba el jugo de la pera que se había
comido apresuradamente. ¿Le habría visto? La distancia era muy grande, casi segura
—. Veintiocho peniques, señor, por favor. Y hay dos para el capitán, una franqueada,
la otra del Almirantazgo.
—Gracias, señor cartero —dijo Stephen pagándole. —Ha hecho una complicada
ronda.
—Pues sí, señor —dijo el cartero sonriendo con alivio—. Parsonage, la casa de

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los Croker, la del doctor Vining —una carta era de su hermano que vive en
Godmersham, así que seguramente estará por aquí el domingo— y luego subir hasta
la casa del joven Savile —la carta era de su joven dama. Nunca he visto una joven
dama que escribiera tanto; me alegraré mucho cuando se casen y puedan decirse las
cosas de palabra.
—Tiene usted calor y está sediento; debe comerse una pera, eso le ayudará a
mantenerse activo.
La pelea principal había comenzado cuando Stephen llegó. Un apretado grupo de
campesinos, comerciantes, tratantes en caballos, gitanos y caballeros de la región,
todos muy excitados, formaban un círculo alrededor del reñidero, donde lo único
aceptable era el valor de los gallos.
—¡Apuestas por el gallo moteado! ¡Apuestas por gallo moteado! —gritó un
gitano alto con un pañuelo rojo en el cuello.
—¡Voy con usted! —dijo Jack—. Cinco guineas por el gallo moteado.
—¡Trato hecho! —dijo el gitano, mirando a su alrededor. Luego, entrecerrando
los ojos, continuó en tono alegre y zalamero—. ¿Cinco guineas, caballero? Es una
buena suma para un hombre errante y un capitán con media paga. Pondré mi dinero
en el suelo, ¿eh?
Colocó las cinco brillantes monedas al borde del reñidero. Jack sacó su bolsa y
colocó las monedas una a una junto a las otras. Los dueños de los gallos los llevaron
a la palestra y, sin dejar de sujetarlos, les hablaban en voz baja mientras éstos
levantaban orgullosos su cabeza rapada. Los gallos permanecieron atentos, lanzando
miradas a uno y otro lado y dando vueltas antes de aproximarse. Ambos volaron al
mismo tiempo y sus aceradas espuelas lanzaron destellos al chocar. Se elevaron una y
otra vez; se formó un remolino en el centro del reñidero y alrededor de éste se
escuchaba un terrible griterío.
El gallo moteado, que había perdido un ojo y tenía el otro nublado por la sangre,
permanecía erguido tambaleándose y trataba de distinguir dónde estaba su enemigo;
vio su sombra y recibió tambaleante una herida mortal. Sin embargo, no murió
enseguida; se mantuvo en pie con las espuelas clavadas en el cuerpo hasta que fue
vencido por el propio peso de su exhausto oponente, un oponente que estaba
demasiado lacerado para levantarse y cantar.
—Vamos a sentarnos fuera —dijo Stephen—. ¡Eh, chico! ¡Tráenos una jarra de
jerez al banco de ahí fuera! ¿Me atiendes ahora? ¡Jerez! ¡Por el amor de Dios! Ese
cabrón pretencioso tiene la suficiente maldad para llamarle a esto jerez. Traigo cartas
para ti, Jack.
—El gallo moteado no tenía realmente ganas de luchar —dijo Jack.
—No. Pero era un gallo de pelea, sin duda. ¿Por qué apostaste por él?
—Me gustaba. Andaba balanceándose, como un marino. No podría decirse que

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era un gallo malvado y sangriento, pero ya en la palestra, cuando fue desafiado,
luchó. Tenía muchas agallas y continuó luchando incluso cuando ya no había ninguna
esperanza. ¿Has dicho que traías cartas?
—Dos. Por favor, sin ceremonia.
—Gracias, Stephen. El Almirantazgo acusa recibo de la comunicación del señor
Aubrey del siete del mes pasado. Esta es de Bath; vamos a ver lo que Queenie me
cuenta… ¡Oh, Dios mío!
—¿Qué pasa?
—¡Dios mío! —repitió Jack golpeándose la rodilla con el puño—. Ven, vámonos
de este lugar. Sophia se va a casar.
Mientras cabalgaban, Jack decía entre dientes frases entrecortadas y
exclamaciones, y cuando habían recorrido una milla dijo:
—Queenie me escribe desde Bath. Un tipo que se llama Adams —de Dorset, con
una gran fortuna— le ha hecho una proposición a Sophia. Ha sido algo muy rápido,
verdaderamente. Nunca la hubiera creído capaz de esto.
—¿Es un rumor que ha llegado a oídos de lady Keith?
—¡No, no, no! Ella fue a visitar a mamá Williams por mí, pues mí idea era que
ésta no pudiera negarse a verme cuando yo fuera. Queenie conoce a todo el mundo.
—Por supuesto. Y la señora Williams se sentiría halagada por tener relación con
ella.
—Sí. Así que ella fue allí, y la señora Williams, muy alegre y con una afectada
sonrisa, le contó todo, hasta el último detalle sobre la fortuna. ¿Hubieras creído a
Sophia capaz de esto, Stephen?
—No. Y dudo de la veracidad de la información porque da por sentado que se le
hizo la proposición a Sophia directamente y no a través de la madre, como un simple
ofrecimiento.
—¡Dios mío! ¡Cuánto me gustaría estar en Bath! —dijo Jack en voz baja
poniéndose rojo de ira—. ¡Nadie la hubiera creído capaz de esto! ¡Su rostro era tan
inocente! Yo habría jurado… ¡Las palabras que poco tiempo atrás me dijo eran tan
dulces y amables! ¡Y las cosas ya han llegado tan lejos que le han hecho una
proposición de matrimonio! Me los imagino cogidos de la mano, paseando en
barca… ¡Dios mío! ¡Su rostro era tan, tan inocente!
Stephen le dijo que no había ninguna prueba, que la señora Williams era capaz de
inventar cualquier cosa, que él era inteligente, animoso y sensato y sabía que hablar
con ella era como hacerlo con su jaca. Jack tenía ahora una expresión grave e
impenetrable en su rostro; dijo que pensaba que por primera vez en su vida había
encontrado una mujer absolutamente sencilla —sin secretos ni ideas confusas o
complicadas—, pero luego no añadió nada más sobre esto.
Cuando llegaron al cruce de Newton Priors, Jack dijo:

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—Stephen, eres muy, muy amable conmigo, pero quiero cabalgar solo por las
colinas calizas hasta Wivenhoe. No soy buena compañía para nadie. ¿No te hará falta
la jaca, verdad? Y no me esperes a cenar, comeré algo por el camino.
—Killick —dijo Stephen—, lleve el jamón y una jarra de cerveza a la habitación
del capitán. Es posible que él llegue tarde. Voy a salir ahora.
Al principio caminó despacio, y los latidos de su corazón y su respiración eran
normales, pero cuando dejó atrás las conocidas millas y empezó a subir Polcary, los
latidos volvieron a tener aquel ritmo más acelerado, que aumentaba a medida que
desaparecía su resolución; y cuando él llegó a la cima de la colina, su corazón latía al
rápido compás de su reloj.
—¡Con qué fuerza lates, tonto corazón! —dijo sonriendo cuando calculaba el
ritmo de los latidos—. En verdad, nunca había subido tan rápido la colina; ya estoy
entrenado, ¡ja, ja, ja! La vista es muy bonita. La hermosa noche me envuelve con su
manto.
Ahora caminaba más despacio, aguzando sus sentidos para advertir hasta el más
mínimo movimiento en el bosque, en Gole's Hanger o en el camino que le seguía. A
su derecha escuchó el grito de un corzo que iba tras una liebre y a su izquierda el
distante quejido de un conejo víctima del ataque de un armiño. Un búho. En la
oscuridad se distinguía la borrosa silueta de la casa, apaciblemente dormida entre los
árboles, y en la torre cuadrada sólo se veía una luz, como un ojo brillante.
Bajó hasta los olmos cargados de hojas y silenciosos; ahora podía ver toda la
casa. Y debajo de los olmos estaba su jaca, atada a un avellano con un ronzal. La
reconoció antes de que ella relinchara y se quedó paralizado. Cuando oyó el segundo
relincho, avanzó muy despacio, acarició el aterciopelado hocico y el cuello de la jaca
y, mirando la luz por encima de su cruz, estuvo un rato dándole palmaditas hasta que
finalmente se dio la vuelta. Después de caminar unas cien yardas, con la torre
hundida entre los árboles tras de él, se paró en seco y se llevó la mano al corazón.
Comenzó de nuevo a caminar con paso torpe y cansado, tropezando en los surcos,
obligándose a sí mismo a seguir adelante.
—Jack —dijo durante el desayuno la mañana siguiente—, creo que debo dejarte.
Veré si puedo encontrar sitio en el coche de posta.
—¿Dejarme? —gritó Jack atónito—. ¡Oh, no!
—No me siento muy bien, y creo que el aire de mi tierra natal me restablecerá.
—Tienes realmente un aire triste y desanimado —dijo Jack mirándolo
atentamente y con profunda preocupación—. He estado tan absorto en mis
desafortunados asuntos de los demonios —y ahora esto— que no te he atendido. Lo
siento, Stephen. Debes de haberte sentido muy a disgusto aquí, sin compañía, sólo
con Killick. Espero que no estés enfermo de verdad. Ahora que lo pienso, has estado
deprimido, desanimado, estas últimas semanas, sin ganas de tocar ni una giga.

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¿Quieres consultar al doctor Vining? Él podría ver tu caso desde fuera. Por favor, deja
que lo llame. Iré a buscarlo enseguida, antes que empiece a hacer visitas.
Stephen tardó en tranquilizar a su amigo desde la hora del desayuno hasta que
llegó el correo. Le dijo que «él conocía su enfermedad perfectamente… la había
padecido antes… nadie podía morirse a consecuencia de ella… se llamaba solis
deprivatio».
—¿La privación del sol? —preguntó Jack—. ¿Te burlas de mí, Stephen? No es
posible que pienses ir a Irlanda en busca de sol.
—Ha sido una broma un poco pesada —dijo Stephen—. Me refería a España, no
a Irlanda. Como sabes, tengo una casa en las montañas cercanas a Figueras; una parte
del techo se ha desplomado, la parte donde están las ovejas, y debo ocuparme de ello.
También hay allí murciélagos, murciélagos de oreja de ratón, he visto muchas
generaciones de ellos. Aquí está el correo.
Stephen se acercó a la ventana y alargó la mano para cogerlo.
—Tienes una carta. Yo ninguna.
—Una factura —dijo Jack dejándola a un lado—. ¡Oh, sí que tienes una! Casi me
había olvidado. La tengo en el bolsillo. Ayer me encontré casualmente con Diana
Villiers y me pidió que te entregara esta nota. Me dijo muchas cosas buenas de ti.
Estuvimos hablando de que eras un excelente compañero de tripulación y tan hábil
con el violonchelo como con el cuchillo. Ella tiene un gran concepto de ti…
Tal vez. La nota era amable en cierto modo.
«Querido Stephen;
¡Cómo descuidas a los amigos! Durante todos estos días no has dado señales de
vida. Es cierto que estuve terriblemente desagradable la última vez que tuve el placer
de estar en tu compañía. Por favor, perdóname. Fue el viento del este, o el pecado
original, o la luna llena, o algo de esa clase. He encontrado algunas mariposas indias
muy curiosas —sólo las alas— en un libro que era de mi padre. Si no estás muy
cansado o tienes algún compromiso, quizás te gustaría venir a verlas esta tarde. D.
V.»
… lo cual no es extraño. Le he pedido que venga a tocar con nosotros el jueves.
Conoce bien nuestro trío, aunque sólo toca de oído. Pero ya que tienes que irte,
mandaré a Killick a presentarle nuestras excusas.
—Tal vez no me vaya tan pronto. Esperaré a la semana que viene. Las ovejas
están cubiertas de lana, después de todo, y los murciélagos pueden irse a la capilla.
El camino se veía claramente en la oscuridad y Stephen cabalgaba despacio por
él, recitando un diálogo imaginario. Llegó hasta la puerta montado en la jaca y la ató
con un ronzal a una anilla. En el momento que iba a llamar, Diana le abrió.
—Buenas noches, Villiers —dijo—. Gracias por tu nota.
—Me encanta la forma en que das las buenas noches, Stephen —dijo sonriendo.

[Link] - Página 67
Era obvio que estaba de buen humor, realmente de muy buen humor—. ¿No te
asombras de verme aquí?
—Un poco.
—Los criados están fuera. ¡Cuánta formalidad! ¡Has venido por la puerta
principal! Ven a mi guarida. He colocado las mariposas unas junto a otras para que
las veas.
Stephen se quitó los zapatos, se sentó tranquilamente en una silla y dijo:
—He venido a decirte adiós. Me iré del país muy pronto, creo que la semana que
viene.
—¡Oh, Stephen! ¿Y abandonarás a tus amigos? ¿Qué hará el pobre Aubrey? No
puedes dejarlo ahora. Parece muy deprimido. ¿Y qué haré yo? No tendré a nadie con
quien hablar, ni nadie a quien maltratar.
—¿No?
—¿Te he hecho muy desgraciado, Stephen?
—A veces me has tratado como un perro, Villiers.
—¡Oh, Dios mío! Lo siento muchísimo. Nunca volveré a ser tan dura. ¿Así que
piensas irte realmente? ¡Dios mío! Pero los amigos se dan un beso de despedida.
Vamos, al menos simula que estás mirando mis mariposas —las he colocado con
mucha gracia para ti— y dame un beso y luego vete.
—Soy sumamente débil contigo, Diana, como muy bien sabes —dijo—. Atravesé
Polcary despacio, ensayando cómo te diría que venía a romper y que quería hacerlo
en tono cariñoso y amistoso, sin amargas palabras que recordar. Pero veo que no
puedo hacerlo.
—¿Romper? ¡Dios mío! Esa es una palabra que nosotras no usamos nunca.
—Nunca.
Sin embargo, la palabra apareció cinco días más tarde en el diario de Stephen.
«Me veo obligado a engañar a J. A., y aunque estoy acostumbrado al engaño, esto es
doloroso para mí. También él se esfuerza por engañarme, desde luego, por
consideración a lo que él cree que pienso sobre la forma correcta de mantener su
relación con Sophia. Pero él es de carácter franco y espontáneo, y sus esfuerzos,
aunque persistentes, resultan inútiles. Diana tiene razón; no puedo irme en un
momento en que él tiene dificultades. ¿Por qué ella las hace más grandes? ¿Por pura
maldad? En otra época, yo habría dicho que es un caso de posesión diabólica, y ésta
es una respuesta convincente incluso ahora, pues un día se muestra más encantadora
que ninguna otra mujer y al siguiente insensible, cruel, con enormes deseos de hacer
daño. No obstante, a fuerza de repetírmelas, las palabras que no hace mucho me
herían profundamente han perdido su efecto; la puerta cerrada ya no supone la muerte
para mí; mi determinación es cada vez mayor, está convirtiéndose en algo más que
una determinación intelectual. No lo he pensado antes ni lo he visto citado por ningún

[Link] - Página 68
autor, pero creo que una pequeña tentación, incluso mínima, puede ser más
dominante que una gran tentación. No estoy fuertemente tentado de ir a Mapes; no
estoy fuertemente tentado de beber el láudano cuyas gotas —cuatrocientas ahora, mi
tranquilidad embotellada— cuento con superstición cada noche. Ya pesar de todo, lo
hago».
Con la mirada disimulada y a la vez delatora de quien es sorprendido haciendo
algo en secreto, Stephen dijo:
—Killick, ¿qué tiene que decirme? Está usted aturdido, tiene la mente
trastornada. Ha estado bebiendo.
Killick se acercó más a la silla de Stephen, e inclinándose le susurró:
—Hay unos tipos horribles ahí abajo, señor, que preguntan por el capitán. Una
cucaracha con una ridícula peluca y un par de tíos con pinta de boxeadores o matones
También otros tipos muy raros con sombreritos redondos; vi a uno de ellos meterse
un garrote bajo el abrigo. Malos tipos. Hombres del gobernador civil.
Stephen asintió con la cabeza.
—Los recibiré en la cocina. No, en la sala de desayuno, porque da al prado.
Prepare el cofre del capitán y mi maleta pequeña. Déme sus cartas. Enganche la mula
al carro pequeño y llévelo hasta el final del camino a Foxdene con nuestro equipaje.
—Sí, sí, señor. Preparar equipaje, mula y carro, ir a Foxdene.
Stephen dejó a los tipos con cara de palo y ceño fruncido en la sala de desayuno.
Sonrió complacido: por fin estaba ante una situación concreta. Sabía dónde
encontrarles, a una o dos millas de allí, y que sería penoso subir la pendiente caliza
bajo el sol; pero no sabía lo mucho que le costaría, después de subir la pendiente
caliza, soportar la expresión llena de rabia, resentimiento y hostilidad que se dibujó
en sus rostros.
—Buenos días —dijo quitándose el sombrero.
Diana le hizo una ligera inclinación de cabeza y le lanzó una mirada dura y
penetrante.
—Parece que ha tenido usted un viaje difícil, Maturin. Debe de estar muy ansioso
por ver…
—Perdóneme, señora, pero tengo que hablar con el capitán Aubrey —dijo con
una mirada tan dura como la de ella, apartando hacia un lado la jaca—. Jack, han
venido a arrestarte por las deudas. Debemos irnos a Francia esta noche y luego seguir
a España. El carro pequeño, con tu cofre, estará ahora al final del camino de Foxdene.
Te quedarás conmigo en mi casa; las cosas saldrán bien. Podremos coger el
paquebote que sale de Folkestone si vamos de prisa.
Se volvió hacia Diana, la saludó con la cabeza y comenzó a cabalgar dirigiéndose
colina abajo.
Entre el ruido de cascos se oyó la voz de Diana:

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—Siga adelante, Aubrey. Le he dicho que siga adelante. Tengo que hablar con
Maturin —dijo refrenando su caballo junto a éste—. Tengo que hablarte, Maturin.
Stephen, ¿te vas sin decirme adiós?
—¿No vas a dejarme marchar, Diana? —dijo levantando los ojos llenos de
lágrimas.
—No, no, no —gritó ella—. No puedes dejarme… Sí, vete a Francia, pero
escríbeme, escríbeme y regresa.
Su pequeña mano estrechó la de él con fuerza. Ella fue alejándose, y su caballo
arrancaba a su paso trozos de tierra y hierba.

***

—Nos iremos a Folkestone —dijo Jack, que llevaba la mula por los caminos
cubiertos de hierba—. A Dover. Seymour está al mando de la Amethyst. Tiene que
llevar al embajador del imperio y cruzará esta noche. Nos llevará a nosotros; fuimos
compañeros de tripulación en el Marlborough. Cuando estemos en un barco del Rey
podremos decirles a esos policías que se vayan al infierno.
Cuando habían recorrido cinco millas, Jack dijo:
—Stephen, ¿sabes de quién era la carta que me trajiste, la pequeña lacrada?
—No.
—Era de Sophie. Una carta en la que me habla con toda franqueza, ¿sabes? Dice
que ese rumor sobre el tal Adams y sus pretensiones, que quizás haya inquietado a
sus amigos, es falso, que no tiene ningún condenado fundamento; apenas lo ha visto
más de una docena de veces, aunque él habla mucho en privado con Mamá. Me habla
de ti. Te manda sus afectuosos saludos y dice que le gustaría verte en Bath. También
dice que el tiempo allí es estupendo. ¡Dios santo! Stephen, ¡nunca en mi vida me
había sentido tan deprimido! Mi fortuna perdida, tal vez también mi carrera, y ahora
esto.

***

—No sé cómo explicarte el alivio que siento —dijo Jack mientras se inclinaba
para ver si la trinquetilla de la Amethyst estaba ya tensa—, al estar en la mar. Todo
aquí es claro y sencillo. Y no lo digo solamente por haber escapado de esos tipos,
sino por todas las complicaciones de la vida en tierra. No creo tener muchas aptitudes
para estar en tierra.

[Link] - Página 70
Estaban de pie en el alcázar, rodeados por multitud de agregados, secretarios y
miembros de la comitiva que, con ojos desorbitados, tambaleándose y dando
bandazos, se agarraron a las cuerdas o unos a otros cuando la fragata empezó a
mecerse bruscamente debido a la marejada. Entonces el acantilado de Dover quedó
oculto por una cortina de lluvia veraniega.
—Sí —dijo Stephen—, también yo he estado caminando por la cuerda floja sin
mucha destreza. Tengo el mismo sentimiento de liberación. Hace algún tiempo que
debería haber admitido esto sin reservas.

[Link] - Página 71
CAPÍTULO 4
Tolón. El mistral había amainado por fin, pero el mar estaba aún ligeramente
salpicado de blanco. El aire seguía siendo diáfano, y a través de un telescopio, desde
las colinas que bordeaban la ciudad, podían verse incluso los nombres de los siete
navíos de línea atracados en la pequeña rada: el Formidable y el Indomptable, de
ochenta cañones, y el Atlas, el Scipion, el Intrépide, el Mont—Blanc y el Berwick, de
setenta y cuatro cañones. Si los ingleses hubieran visto éste último, se habrían sentido
heridos en su orgullo, pues el navío había pertenecido a la Armada real hasta hacía
pocos años. Y si hubieran podido ver el astillero, en plena actividad y celosamente
vigilado, su orgullo habría sido lastimado de nuevo, pues allí se encontraban en
reparación otros dos navíos británicos de setenta y cuatro cañones: el Hannibal,
capturado durante la acción de guerra de sir James Saumarez en el estrecho de
Gibraltar en 1801, y el Swiftsure, capturado en el Mediterráneo pocas semanas antes.
«Actividad» era indudablemente la palabra que definía Tolón; había allí una
intensa actividad. La ciudad, abarrotada y bulliciosa, se destacaba entre las
silenciosas colinas, todavía verdes, por un lado, y los grandes salientes de la costa y
pequeñas islas, por el otro, con el vasto Mediterráneo, sereno y de un azul
indescriptible, extendiéndose ante ella. Podía verse allí un gran número de pequeñas
figuras —con camisa blanca, pantalones azules y brillantes fajines rojos— muy
atareadas, que incluso bajo el sol de mediodía continuaban trabajando afanosamente
como las hormigas; los botes iban del astillero a la pequeña rada, de la pequeña rada a
la gran rada, de los barcos a los muelles y de éstos otra vez a los barcos; en los
magníficos barcos que estaban en la grada de construcción, había un enjambre de
hombres manejando azuelas, mazos de calafateo, barrenas y martinetes; grupos de
convictos descargaban roble de Ragusa, brea de Estocolmo, estopa de Hamburgo,
cuerdas y perchas de Riga, en medio del jaleo y los innumerables olores que hay en
un gran puerto, entre los cuales sobresalían el hedor del agua estancada y de las
alcantarillas y el olor a piedra caliente, ajo frito y pescado asado a la parrilla.
—En la comida —dijo el capitán Christy-Pallière, cerrando la carpeta con el título
Sentencias de muerte, F—L—, empezaré con un vaso de vino de Banyuls, unas
anchoas y un puñado de aceitunas negras; luego puedo seguir con la sopa de pescado
de Hébert y después con una langosta en caldo corto. Posiblemente continuaré con
una pierna de cordero asada; el cordero es excelente ahora, cuando el tomillo está en
flor. Después sólo queso, fresas y algo para acompañar el café, por ejemplo, un
platito de mermelada inglesa. Nada de platos complicados como te gustan a ti,
Penhoët; mi hígado no lo soportaría con este calor, y tenemos mucho trabajo en el
Annibale, pues debe estar listo para hacerse a la mar la semana próxima. También
tenemos que ocuparnos de todos los expedientes de Dumanoir… ¡qué ganas tengo de

[Link] - Página 72
que regrese! Yo debería haber interrogado a los malteses esta mañana. Si la comida es
pesada, se corre el riesgo de que escapen a los disparos…
—Bebamos vino de Tavel con el cordero —dijo el capitán Penhoët consciente de
que se exponía a escuchar una serie de razonamientos filosóficos sobre la digestión,
la culpa, la actuación de Poncio Pilatos, lo odioso que resultaba interrogar a presuntos
espías y lo poco preparados que estaban los oficiales para ello, si no lograba
interrumpirla—. Es…
—Un par de rosbifs quieren verlo, señor —dijo un ordenanza.
—¡Oh, no! —gritó el capitán Christy-Pallière—. ¡En este momento no, por Dios!
Dígales que no estoy, Jeannot, y que probablemente vuelva a las cinco. ¿Quiénes
son?
—Uno es Jacques Aubrey. Dice que es un capitán de marina —dijo el ordenanza,
y frunciendo el entrecejo, escrutó la tarjeta de presentación que tenía en la mano—.
Nació el 1 de abril de 1066 en Bedlam6, Londres. Profesión del padre: monje.
Profesión de la madre: monja. Nombre de soltera de la madre: Lucrecia Borgia. El
otro peregrino es Étienne Maturin.
—¡Rápido, rápido! —dijo el capitán Christy-Pallière—. ¡Mis calzones, Jeannot, y
mi corbata! (Para estar cómodo, se había quedado en calzoncillos.) ¡Maldita sea! ¡Mi
camisa! Penhoët, hoy tendremos una auténtica comida —busca un cepillo de ropa,
Jeannot—, éste es el prisionero inglés del que te hablé, un excelente marino y una
estupenda compañía. No te molestará hablar inglés, ¿verdad? ¿Qué aspecto tengo?
—Pareces un chulo —dijo el capitán Penhoët, usando un lenguaje vulgar—.
Arquea el torso y así les impondrás respeto.
—Hazlos pasar, Jeannot —dijo Christy-Pallière—. ¡Mi querido Aubrey! —
exclamó abrazando a Jack y besándolo en ambas mejillas—. ¡Qué alegría verle!
Estimado doctor Maturin, sea usted bienvenido. Permítanme que les presente al
capitán de fragata Penhoët. El capitán de fragata Aubrey y el doctor Maturin, mis
invitados a bordo del Desaix en una ocasión.
—Servidor de usted, señor —dijo el capitán Penhoët.
—A los pies de usted, señor —dijo Jack poniéndose tan rojo como su camisa—.
¿Penhoët? Je presérve, je ai, le plus vivid remembrance de vos combatte à Ushant 7, á
bord le Pong, en vingt—quatre neuf.
Estas palabras fueron acogidas con una expresión perpleja, aunque amable y
cortés, y un segundo después Jack se volvió a Christy-Pallière y le preguntó:
—¿Cómo se dice en francés «tengo un vívido recuerdo de la valiente acción de
guerra del capitán Penhoët frente a Ushant en 1799»?
El capitán Christy-Pallière dijo esto en otra clase de francés —aparecieron de
nuevo las sonrisas, ahora mucho más cálidas, y hubo otro apretón de manos británico
— y añadió:

[Link] - Página 73
—Pero podemos hablar todos en inglés. Mi colega es uno de nuestros mejores
traductores. Vengan, comeremos enseguida. Están cubiertos de polvo y cansados, casi
exhaustos. ¿Qué distancia han recorrido hoy? ¿Soportan bien el calor? Un calor fuera
de lo normal en el mes de mayo. ¿Ha visto usted a mis primos en Bath, Aubrey?
¿Podré disfrutar de su compañía durante un tiempo? ¡Cuánto me alegro de verle!
—Esperábamos que usted vendría a comer con nosotros —dijo Jack—. Hemos
reservado, livré, una mesa.
—Pero están ustedes en mi país —dijo Christy-Pallière en un tono que no admitía
réplica—. Después de ustedes, queridos amigos, por favor. Será una comida sencilla,
en una pequeña posada fuera de la ciudad. Tiene un emparrado de uvas moscatel, aire
fresco, y el mismo dueño hace la comida. El doctor Ramis —se volvió hacia Stephen,
que ahora iba detrás de él por el largo pasillo— está de nuevo en el país. Volvió de
permiso el martes. Le pediré que venga a reunirse con nosotros después de la comida
—no soportaría vernos comer— y podrá darle a usted noticias sobre el brote de
cólera y la aparición de un nuevo tipo de viruela en Egipto.

***

—El capitán Aubrey nos hizo llevar a cabo una persecución muy difícil —le dijo
al capitán Penhoët, mientras colocaba trozos de pan representando los barcos de la
escuadra del almirante Linois—. Él iba al mando de la Sophie, ese pequeño bergantín
con alcázar.
—Lo recuerdo.
—Y al principio él tenía ventaja sobre nosotros. Pero fue empujado hacia la
ensenada. Aquí estaba el cabo, y el viento soplaba así, era un viento caprichoso.
(Reprodujo la batalla escena por escena.) Y entonces la caña del timón viró como un
relámpago, las alas se desplegaron como por la acción de un conjuro y él cruzó
nuestra línea pasando cerca del almirante. ¡El muy astuto sabía que yo no podía
arriesgarme a darle al buque insignia! ¡Y sabía que el Desaix era más bien lento al
virar! Él cruzó, y con un poco de suerte…
—¿Qué es «suerte»?
—Chance. Habría podido escapar. Pero el almirante hizo la señal que ordenaba la
persecución, y el Desaix, con los fondos muy limpios porque había salido del astillero
hacía sólo una semana y con la ligera brisa por la aleta, en poco tiempo… Yo habría
volado su barco con mi última andanada si usted no hubiera corrido como una liebre.
—Lo recuerdo muy bien —dijo Jack—. Tenía el alma en un hilo desde que vi que
usted comenzaba a orzar. O tal vez desde mucho antes, cuando vi que usted navegaba
al doble de la velocidad que yo sin haberse molestado en desplegar las alas.

[Link] - Página 74
—Fue una gran proeza cruzar la línea —dijo el capitán Penhoët—. Estaba
deseando que los disparos le alcanzaran; y luego le habría disparado yo, en cuanto el
buque del almirante hubiera adelantado mi barco. Pero ustedes, los británicos, tienen
como norma llevar demasiados cañones, ¿no es cierto? Demasiados para navegar
velozmente con un viento así, demasiados para poder escapar.
—Los míos los tiré por la borda —dijo Jack—, pero reconozco que tiene usted
razón. En cambio, ustedes tienen como norma llevar demasiados hombres, sobre todo
soldados, ¿no es verdad? Recuerde el Phoebe y el Africaine…
La comida sencilla tuvo un final aún más sencillo, con una botella de coñac y dos
vasos. El capitán Penhoët, cansado de esforzarse, había vuelto a su despacho; Stephen
se había pasado a la mesa del doctor Ramis, donde se bebía algo más saludable, agua
gaseada de un manantial sulfuroso. El cabo Sicié tenía ahora un tono púrpura,
destacándose entre las aguas color violeta, y los grillos llenaban el cálido aire con su
incesante y omnipresente canto.
Tanto Jack como el capitán Christy-Pallière habían bebido mucho; ahora se
estaban contando los problemas que tenían en su vida profesional, y asombrosamente,
cada uno reconocía que el otro tenía razones para quejarse. Christy-Pallière tampoco
había subido en el escalafón, pues aunque era capitaine de vaisseau, cargo muy
similar al de capitán de navío, no tenía «verdadero valor la antigüedad en la Armada
francesa, tan llena de sucias intrigas, donde los aventureros con intereses políticos
triunfaban y los auténticos marinos eran arrinconados». Aunque él no había hablado
abiertamente, por las conversaciones que ambos habían mantenido un año atrás y por
las indiscreciones de sus primos ingleses, Jack sabía que era un republicano poco
entusiasta, que detestaba al advenedizo Bonaparte por su vulgaridad y su total
ignorancia sobre la Marina, y que, siendo partidario de una monarquía constitucional
liberal, estaba irritado, pues era un hombre entregado a la Marina y, desde luego, a
Francia, pero descontento con sus gobernantes. Mucho tiempo atrás él había hablado,
con profundo conocimiento del tema, sobre el caso de los oficiales irlandeses de la
Armada real y su dilema moral debido a que su lealtad a diferentes causas era origen
de conflicto; pero en este momento, aunque cuatro tipos de vino y dos de coñac le
habían llevado suavemente hasta la zona de la indiscreción, sólo estaba interesado en
sus propios problemas inmediatos.
—Para usted es muy sencillo —dijo—. Usted, sus amigos y los lores y caballeros
que usted conoce forman un grupo con un interés común, y es posible que en las
elecciones parlamentarias haya un cambio de ministros y sus evidentes méritos sean
reconocidos. Pero, ¿qué pasa en nuestro país? Hay influencia monárquica, intereses
republicanos, católicos, francmasones y consulares o, como se llamarán dentro de
poco según los rumores, imperiales, encontrados unos con otros, formando una
maraña. Será mejor que terminemos esta botella. ¿Sabe una cosa? —continuó tras

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una pausa—. Estoy muy cansado de estar todo el día en un despacho con el trasero en
la silla. La única esperanza, la única solución —su voz iba apagándose— es una…
—Me parece que sería perverso rezar para que haya guerra —dijo Jack, cuyos
pensamientos habían seguido el mismo curso que los de él—. Pero, ¡me gustaría tanto
estar navegando!
—¡Oh, sí! Sería perverso, sin duda.
—Sobre todo porque la única guerra que valdría la pena tendríamos que hacerla
contra la nación que más nos gusta, pues los alemanes y los españoles no pueden
competir con nosotros ahora. No deja de extrañarme, cada vez que pienso en ello, que
los españoles construyan tan bien sus barcos —grandes y muy hermosos— y, sin
embargo, los gobiernen de una manera tan rara. En la batalla de San Vicente…
—La culpa es del Almirantazgo —dijo Christy-Pallière—. Todos los
Almirantazgos son iguales. Le juro por los restos de mi madre que nuestro
Almirantazgo…
Un mensajero le interrumpió cuando casi estaba a punto de cometer alta traición,
y él, disculpándose, se apartó a un lado para leer la nota. La leyó dos veces, mientras
los vapores del coñac iban disipándose en su cabeza y él volvía rápidamente al estado
sobrio. Era un hombre corpulento como un oso, no tan alto como Jack, pero más
robusto, ancho de hombros y un poco cargado de espaldas, y no se le subía el alcohol
a la cabeza. Tenía los ojos marrones y una mirada bondadosa e inteligente. Cuando
volvió a la mesa, con una taza de café, su mirada era grave y penetrante. Se bebió a
sorbos el café y, después de unos instantes de vacilación, habló por fin.
—Todas las armadas tienen estos problemas —dijo despacio—. El colega que se
ocupa de ellos está de permiso; yo le sustituyo. Aquí tengo una descripción de un
hombre con una chaqueta negra que estaba esta mañana en el monte Faron
observando nuestras instalaciones con un telescopio. Es delgado, de mediana estatura
y ojos claros, lleva peluca de pelo rizado y calzones grises y habla francés con acento
del sur. Estuvo hablando con un comerciante de Barcelona, un tipo extraño que tiene
dos faluchos en la dársena.
—¡Oh! —exclamó Jack—. Ese tiene que ser Stephen Maturin, no me cabe duda.
El tiene un telescopio, un Dolland, uno de los mejores que hay. Seguro que subió a
Faron esta mañana, antes de que yo me levantara, para ver sus queridos pájaros. Me
había mencionado algunos muy raros que habitan aquí, como los paros y el pitpit.
Dudo —se rió de buena gana—que haya subido hasta la fortaleza y haya preguntado
cómo se usan las piezas de artillería. ¡Oh, no! Es la persona más sencilla del mundo,
le doy mi palabra de honor, aunque es muy instruido, conoce todos los bichos del
universo y le cortaría a usted una pierna en un instante. Sin embargo, no se le debería
permitir salir solo. Y respecto a los asuntos navales, no sabe distinguir babor de
estribor o una boneta de un trozo de sayal, aunque se lo he explicado mil veces y se

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ha esforzado por entenderlo, el pobre. Estoy seguro de que es él, porque ha dicho
usted que hablaba con ese comerciante de Barcelona, y apuesto a que lo hacía en la
lengua de éste. Ha vivido por esas tierras durante años y habla la lengua de allí como
un… como un… bueno, como un nativo. Nosotros nos dirigimos hacia allí, a una
casa que él posee. Apenas acabe su visita a Porquerolles para ver unos raros arbustos
que solamente crecen en esa isla, seguiremos nuestro camino. ¡Ja, ja, ja! ¡El bueno de
Stephen, el pobre, arrestado por espía…! ¡Ja, ja, ja! —se reía estruendosamente,
divertido.
No había ninguna posibilidad de resistirse a su evidente buena fe. La mirada de
Christy-Pallière se suavizó y éste, con una sonrisa de alivio, dijo:
—Entonces, ¿me da su palabra de que es una persona fiable?
—Le hablo de corazón —dijo Jack poniéndose la mano en el pecho—. Estimado
amigo, sus hombres tienen que ser personas muy simples para que hayan sospechado
de Stephen Maturin.
—Ese es el problema —dijo Christy-Pallière—. Muchos son estúpidos. Pero eso
no es lo peor; hay otros servicios de información y vigilancia, la gendarmería, los
hombres de Fouché y todos esos de tierra adentro, como usted sabe, y entre ellos hay
algunos que no son más listos. Así que dígale a su amigo que sea más prudente. Y
escúcheme, mi querido Aubrey —su tono era grave y expresivo—, sería mejor que no
fueran ustedes a Porquerolles sino que siguieran enseguida hacia España.
—¿Por el calor? —preguntó Jack.
Christy-Pallière se encogió de hombros.
—Sí, tal vez por eso —dijo—. No le diré nada más.
Cruzó la terraza, pidió otra botella y volvió junto a Jack. Entonces continuó en un
tono muy diferente, informal:
—Así que vio usted a mis primos en Bath.
—¡Sí, sí! Tuve el honor de visitar Laura Place la primera vez que fui y ellos
tuvieron la amabilidad de pedirme que me quedara a tomar el té. Estaban todos en
casa: la señora Christy, la señorita Christy, la señorita Susan, madame des Aguillières
y Tom. Son personas encantadoras, muy amables y agradables. Hablamos mucho de
usted; ellos esperan que vaya usted a visitarles pronto y, por supuesto, le envían muy
afectuosos saludos… y las chicas le mandan besos. La segunda vez me invitaron a un
paseo y un picnic, pero lamentablemente yo ya estaba comprometido. Estuve en Bath
dos veces.
—¿Qué le parece Polly?
—¡Oh, una joven encantadora! Está llena de alegría y es muy amable con su
anciana tía. ¿Es su tía, verdad? ¡Y qué bien habla el francés! Yo dije algunas cosas en
francés y ella las entendió enseguida y se las repitió a la anciana haciendo incluso mis
propios gestos.

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—Es una joven encantadora —afirmó él de su prima, muy serio—. Y créame, esa
chica sabe cocinar. ¡Su coq au vin…! ¡Su lenguado a la normanda! Y también sabe
hacer muy bien el pudding inglés. Esa mermelada de fresas la hizo ella. Es una
estupenda ama de casa. Además —miraba distraídamente una tartana que entraba en
el puerto—, tiene una pequeña fortuna.
—¡Oh, Dios mío! —gritó Jack tan enérgicamente que Christy-Pallière se volvió
alarmado—. ¡Dios mío! Casi me había olvidado. ¿Quiere que le diga por qué estuve
en Bath?
—Sí, se lo ruego.
—¿Quedará entre nosotros? (Christy-Pallière asintió con la cabeza.) Le aseguro
que es algo que me tiene muy abatido; sólo su espléndida comida me lo ha quitado de
la cabeza durante las dos últimas horas. Pienso en ello desde que salí de Inglaterra.
En Bath hay una joven que conocí en Sussex, ¿sabe? Éramos vecinos, y cuando tuve
dificultades con el tribunal del Almirantazgo por las presas neutrales, su madre se la
llevó allí porque ya no aprobaba que nos viéramos. Antes de eso hubo casi un
entendimiento entre los dos, pero por alguna razón nunca le hablé claramente. ¡Dios
santo! ¡Qué tonto fui! Luego la vi en Bath, pero nunca estuve a solas con ella. Y creo
que no le ha gustado mucho que yo tuviera algunas atenciones con su prima.
—¿Atenciones inocentes?
—Sí, bueno, por supuesto; pero pienso que posiblemente han sido mal
interpretadas. Una joven o, mejor dicho, una mujer realmente hermosa. Estuvo
casada, y a su marido le mataron en India. Tiene mucho empuje y valor. Entonces,
cuando yo me consumía de dolor entre los problemas con el Almirantazgo y los
prestamistas de la City, me enteré de que a ella le habían hecho una proposición de
matrimonio, y se hablaba en todas partes de que ya había un compromiso. No puedo
describirle con palabras cuánto me dolió. Y esa otra joven, la que se quedó en Sussex,
fue muy amable y comprensiva conmigo, y siendo tan hermosa, yo… bueno, ya me
entiende. Sin embargo, cuando creía que las cosas iban estupendamente con esa joven
y que éramos íntimos amigos, ella me frenó, como si hubiera colocado ante mí una
barrera, y me preguntó que quién diablos me creía que era yo. Para entonces yo había
perdido todo mi dinero, claro, y le aseguro que apenas sabía qué contestar. Además,
estaba empezando a creer que a ella le gustaba mi mejor amigo y que quizás era algo
mutuo, ¿me comprende? No estaba muy seguro, pero lo parecía, sobre todo cuando se
despidieron. Pero yo estaba condenadamente deprimido —no podía dormir, no podía
comer—, y ella volvió a mostrarse amable conmigo algunas veces. Así que me
acerqué mucho, en parte por resentimiento, ¿me comprende? ¡Oh, Dios mío! ¡Si tan
sólo…! Y entonces, por si fuera poco, llegó una carta de la primera…
—¿Le envió una carta a usted? —preguntó Christy-Pallière—. Pero creí que no
flirteaban, según le había entendido.

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—Una carta inocente como la de un niño. No tanto como… bueno, casi tanto
como un beso. Fue algo sorprendente, ¿no le parece? Piense que estábamos en
Inglaterra, ya sabe, no en Francia, y las cosas allí son bastante diferentes. Con todo,
fue algo asombroso. Una carta muy dulce y sencilla sólo para decirme que eso del
matrimonio no era más que un maldito chismorreo. La recibí el mismo día que salía
del país.
—¡Vaya! Entonces, todo es perfecto, ¿no? Esto, en una mujer seria, es una
confesión. ¿Qué más puede usted pedir?
—Bueno —dijo Jack con una mirada tan apenada que a Christy-Pallière, que
hasta ese momento le había considerado un zopenco porque se preocupaba por tener
dos mujeres a la vez, se le encogió el corazón y le dio palmaditas en el brazo para
animarlo—. Bueno, está esa otra, ¿no comprende? Sinceramente, estoy muy unido a
ella, aunque por otro tipo de sentimiento muy diferente. Y está el problema con mi
amigo.

***

Stephen y el doctor Ramis estaban encerrados en un estudio lleno de libros. El


gran herbario, que había servido como tema, entre otros, de la correspondencia que
ambos habían mantenido durante más de un año, estaba abierto sobre la mesa, y
doblado dentro de él había un detallado mapa con la nueva situación de las defensas
españolas en Puerto Mahón. El doctor Ramis acababa de llegar de Menorca, su isla
natal, y le había traído diversos documentos a Stephen, pues era el contacto más
importante de éste con los autonomistas catalanes. Los documentos, después de ser
leídos y confiados a la memoria, estaban ahora convirtiéndose en oscura ceniza en la
chimenea, y los dos hombres habían cambiado de tema y hablaban en general de la
humanidad y de que el hombre no era apto para la vida del modo en que se vivía.
—Este es, precisamente, el caso de los marineros —dijo Stephen—. Los he
observado atentamente y me parece que son menos aptos para la vida de lo que
comúnmente se cree, en comparación con hombres de cualquier otra profesión. Creo
que la razón de esto es la siguiente: el marinero, al estar en la mar (su elemento
natural) vive en el presente. No puede hacer absolutamente nada por el pasado y,
considerando lo variable que es el omnipotente océano y el tiempo, puede hacer muy
poco por el futuro. Esto, lo digo de paso, explica la imprevisión del marinero. Los
oficiales se pasan la vida luchando contra esta actitud de sus hombres,
persuadiéndoles de que deben tensar y amarrar cabos y hacer otras cosas frente a una
vasta serie de contingencias. Pero los oficiales, influidos por la vida en la mar como
el resto, no realizan esa tarea con total convicción, lo cual les provoca desasosiego. Y

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de ahí derivan sus extravagancias en el desempeño de la autoridad. Los marineros
podrán tomar precauciones contra una tormenta mañana o dentro de quince días, pero
para ellos las posibilidades más remotas seguirán siendo teóricas, irreales. Viven en el
presente, como le he dicho, y basándome en esto he llegado a una serie de conjeturas
parcialmente formadas. Le agradecería que me diera su opinión sobre esto.
—Pienso como usted, si esto puede servirle de algo —dijo el doctor Ramis
recostándose, mientras le observaba con una expresión aguda, inteligente en sus
negros ojos—. Aunque ya sabe usted que soy enemigo de la especulación.
—Si consideramos los diversos trastornos que tienen su origen en la mente, tanto
en la mente perturbada como en la inactiva, enseguida recordamos los falsos
embarazos, la histeria, las palpitaciones, la dispepsia, los eczemas, algunos casos de
impotencia y muchos otros. Pues bien, según mi limitada experiencia, estos trastornos
no los encontramos a bordo de un barco. ¿Está de acuerdo conmigo, querido colega?
El doctor Ramis frunció los labios, y luego dijo:
—Le diré que me inclino a estarlo, aunque con reserva. No obstante, no me
comprometo.
—Supongamos que trasladamos a uno de nuestros marineros a tierra, donde se ve
obligado a vivir no en el presente sino en el futuro, con referencia al porvenir. La
alegría, las ganancias y la prosperidad tan ansiosamente deseadas, en las que piensa
tanto, espera conseguirlas el próximo mes, el próximo año o incluso en la próxima
generación. No más aguachirle comprada por el contador, no más comida asegurada,
servida a intervalos fijos. ¿Y qué encontramos?
—Sífilis, embriaguez, la espantosa pérdida de todos los principios morales, una
excesiva ingestión de alimentos y el hígado destrozado al cabo de diez días.
—Indudablemente, indudablemente; pero también algo más. No encontramos
falsos embarazos, desde luego, pero sí todo lo demás: ansiedad, hipocondría,
añoranza, melancolía, estreñimiento, estómagos delicados… los males de los
comerciantes de la ciudad aumentados diez veces. Conozco un caso interesante de un
sujeto que gozaba de muy buena salud en la mar —un protegido de Higia—, a pesar
de todos los excesos y de las circunstancias más adversas, que al poco tiempo de estar
en tierra recibiendo cuidados domésticos e ilusionado con un matrimonio —siempre
en el futuro, como ve— ha perdido catorce libras, tiene retención de orina, las heces
son escasas, de color negro y compactas y tiene un eczema rebelde.
—¿Y cree usted que todo esto es resultado de que el sujeto tiene tierra firme bajo
sus pies? ¿No de algo más?
—Es el embrión de una idea, y yo lo trato con cuidado —dijo Stephen,
levantando las manos.
—Ha mencionado usted la pérdida de peso. También lo encuentro a usted delgado
o, mejor dicho, esquelético, si me permite hablarle de médico a médico. Respira usted

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con dificultad; su pelo, que ya era poco hace dos años, ahora es sumamente escaso;
eructa usted con frecuencia; tiene los ojos hundidos y apagados. Esto no se debe sólo
a que abusa usted del tabaco —que el gobierno debería prohibir, pues contiene una
sustancia nociva— y del láudano. Me gustaría mucho ver su excremento.
—Lo verá, querido amigo, lo verá. Pero ahora tengo que dejarle. No se olvidará
de mi tintura, ¿verdad? La abandonaré por completo cuando haya llegado a Lérida,
pero hasta entonces la necesito.
—La tendrá —dijo el doctor Ramis con una seria mirada—. Y es posible que le
mande una nota muy importante a la vez; no lo sabré hasta dentro de unas horas. Si es
así, estará en el código tres. Pero, por favor, déjeme tomarle el pulso antes de que se
vaya. Débil, intermitente, tal como yo pensaba, amigo mío.
«¿Qué habrá querido decir con eso?», se dijo Stephen, refiriéndose no al pulso
sino a la hipotética nota. Pensó otra vez, con cierto pesar, en lo sencillo que era hacer
tratos con simples agentes mercenarios. Los motivos de éstos eran muy claros; eran
leales a las personas y a sus bolsillos. Sin embargo, la complejidad de los hombres
honestos, sus repentinas reticencias, el conflicto que provocaba su lealtad a diferentes
causas, su personal sentido del humor, lo hacían sentirse viejo y cansado.

***

—¡Vaya! ¡Por fin has llegado, Stephen! —exclamó Jack saliendo bruscamente de
su sueño—. Me quedé hablando con Christy-Pallière. Espero que no hayas estado
esperándome.
El tema de la conversación que ambos habían mantenido afloró a su mente y le
quitó la alegría, pero después de estar mirando al suelo unos momentos, levantó los
ojos intentando que su expresión fuera alegre y dijo:
—Has estado a punto de ser detenido por espionaje esta mañana.
Stephen, que en ese momento caminaba hacia el escritorio, se quedó inmóvil, en
una postura poco natural.
—¡Cómo me reí cuando Christy-Pallière me leyó tu descripción muy serio y
preocupado! Pero yo le di mi palabra de honor de que tú estabas buscando águilas de
dos cabezas y él se quedó satisfecho. A propósito, hizo un extraño comentario, dijo
que si él estuviera en nuestro lugar proseguiría el viaje a España y no iría a
Porquerolles.
—¿Ah, sí? ¿Eso dijo? —preguntó Stephen en tono tranquilo—. Vuelve a
dormirte, amigo mío. Me parece que él no atravesaría la calle para ver la Euphorbia
praestans y mucho menos cruzaría un brazo de mar. Tengo que escribir unas notas,
pero no te molestaré. Duérmete. Nos espera un largo día.

[Link] - Página 81
Algunas horas más tarde, con las primeras luces, de un tono grisáceo, Jack se
despertó al oír que arañaban ligeramente la puerta. En su mente surgió la idea de que
era una rata en la bodega, pero inmediatamente tuvo en su cuerpo una sensación que
la contradecía. Tanto dormido como despierto, su cuerpo le indicaba si estaba
navegando o no, pues en todo momento advertía el continuo movimiento ondulado
del mar o a la estabilidad antinatural de la tierra. Él abrió los ojos y a la macilenta luz
de una vela vio a Stephen levantarse, abrir la puerta y recibir un frasco y una nota
doblada. Luego le vio volver al escritorio, desplegar la nota, descifrarla muy despacio
y quemar el papel roto en dos pedazos con la llama de la vela. Y sin volverse, éste le
dijo:
—¿Estás despierto, verdad, Jack?
—Sí, desde hace cinco minutos. Muy buenos días, Stephen. ¿Va a hacer calor
hoy?
—Sí. Muy buenos días, querido amigo. Escucha —bajó la voz hasta que sus
palabras no fueron más que un murmullo— y no grites ni te pongas nervioso.
¿Puedes oírme?
—Sí.
—Mañana será declarada la guerra. Bonaparte está arrestando a todos los súbditos
británicos.

***

Al norte de Carcasona, en la estrecha franja de sombra que proyectaba la muralla,


un compasivo gendarme detuvo su convoy de prisioneros ingleses, entre los que
había gran número de marineros de los barcos retenidos y capturados, unos pocos
oficiales apresados a causa de la declaración de guerra e incluso algunos civiles,
viajeros, sirvientes, mozos de cuadra y comerciantes, pues por primera vez en una
guerra civilizada, Bonaparte había ordenado detener a todos los súbditos británicos.
Los prisioneros tenían calor y estaban cansados y desconsolados; sus fardos se habían
empapado durante una tormenta, pero no tenían ánimos para poner la ropa a secar al
sol y mucho menos para aprovechar la ocasión de poder admirar la espléndida
muralla, los torreones que estaban detrás y la vista de la nueva ciudad con el río
pasando ante ella, o incluso para advertir la presencia del oso y su domador, que
estaban a la sombra de una torre cercana. Pero enseguida corrió la voz de que había
llegado el convoy, y a la multitud que había salido apresuradamente de la vieja ciudad
para verles, se unieron las vendedoras del mercado que estaba al otro lado del puente,
llevando frutas, vino, pan, miel, salchichas, pâté y queso de cabra envuelto en hojas
verdes. La mayoría de los prisioneros todavía tenían dinero (aquel era el principio de

[Link] - Página 82
su largo viaje hacia el noreste), y cuando ya se habían refrescado un poco y habían
comido y bebido, pusieron su ropa a secar y empezaron a mirar todo lo que les
rodeaba.
—¡Vaya! ¡Mirad ese oso! —exclamó un marinero que ahora estaba muy contento,
pues tenía ya un cuarto de galón de vino bajo la hebilla de cobre de su cinturón—.
¡Eh, amigo! ¿Sabe bailar?
El domador del oso, un tipo de aspecto siniestro, con un parche en un ojo y una
barba de quince días, no le hizo caso.
Pero el marinero no iba a desanimarse por el malhumor de los extranjeros, y
pronto se le unió un considerable grupo de amigos, pues él era el miembro más
popular e influyente de la tripulación del pingue Chastity, propiedad de un
comerciante que había tenido la desafortunada idea de ir a Sète para abastecerse de
agua el día que había sido declarada la guerra. Uno o dos de ellos comenzaron a
lanzarle piedras a aquella enorme masa peluda para que se despertara o, al menos,
para tener la satisfacción de verla moverse.
—¡No tiréis más piedras! —gritó el marinero, y su alegre rostro se ensombreció
—. No querréis dedicaros a atormentar a los osos, ¿verdad, compañeros? Acordaros
de Elías. No hay nada tan horrible como atormentar a los osos.
—Tú has sido un azuzador de osos, George, sabes que lo has sido —le dijo un
compañero de tripulación tirando al aire una piedra y cogiéndola de nuevo en la
mano, al parecer sin intención de dejarla—. Hemos estado juntos en Hockley.
—Azuzar osos es diferente —dijo George—. Los osos en Hockley tienen buena
disposición de ánimo. Éste no. Creo que tiene calor. Los osos son criaturas de
Groenlandia.
Seguramente el oso tenía calor. Estaba tumbado sobre la poca hierba que había
podido encontrar y parecía estar completamente desfallecido. Ya se había difundido
el rumor de que allí había un oso y se habían acercado tripulantes de otros barcos que
querían verlo bailar, pero el domador, adelantándose, trató de hacerles comprender
que el animal estaba indispuesto, que sólo podía actuar de noche.
—Tiene el pelo muy espeso, mister. Se ha comido él sólo una cabra entera, le
duele el estómago.
—¡Ahí tenéis! Ya os lo había dicho yo, compañeros —dijo George—. ¿Os
gustaría bailar bajo este sol envueltos en una piel de pelo espeso?
No obstante, los acontecimientos habían escapado al control de George. Un
oficial de marina inglés, deseando impresionar a la señora con la que viajaba, había
hablado con el sargento de gendarmería, y ahora éste silbaba para llamar al dueño del
oso.
—Su documentación —dijo—. Pasaporte español, ¿eh? Y, por cierto, bastante
mugriento. ¿Duerme usted con el oso, amigo? Joan Margall, nacido en… ¿qué lugar

[Link] - Página 83
es éste?
—Lérida, señor sargento —dijo el hombre con la servil humildad de los pobres.
—Lérida. Profesión: domador de osos. Muy bien. Un oso amaestrado debe saber
bailar, es lógico. Debo tener una prueba; tengo la obligación de ver el oso bailar.
—Sí, señor sargento, enseguida. Pero los caballeros no deben esperar mucho de
Flora. Es una osa y…
Le susurró algo al oído al gendarme.
—¡Ah! ¡Así que es eso! —dijo el gendarme—. Bueno, que dé sólo uno o dos
pasos, pero yo tengo que cumplir con mi obligación.
Halada por la cadena, soportando los golpes de su amo que hacían salir el polvo
de su peludo lomo, la osa comenzó a andar arrastrando las patas. El hombre sacó un
caramillo del pecho y empezó a tocarlo con una mano; con la otra sujetaba la cadena
y levantaba la osa. La hizo erguirse sobre sus patas traseras y ésta se tambaleó en
medio de un murmullo de desaprobación por parte de los marineros.
—Estos extranjeros son tipos muy crueles —dijo George—. Mirad su pobre nariz,
con esa… enorme anilla.
—¡Señores ingleses! —dijo el hombre en tono afectado, con una mirada
perspicaz—. ¡Escuchen el caramillo!
Comenzó a tocar una melodía reconocible con el caramillo. La osa dio algunos
pasos, tambaleándose y cruzando las patas delanteras, y enseguida se echó de nuevo.
Sonaron las trompetas de la ciudadela, al otro lado de la muralla, cambió la guardia
en la puerta de Narbona y el sargento empezó a gritar:
—En route, en route, les prisonniers!
Con la insistencia y la desfachatez de un ávido negociante, el domador recorrió
apresuradamente la fila de arriba abajo.
—¡Recuerden el oso, señores! ¡Recuerden el oso! N'oubliez pas l'ours, messieurs
—dames!

***

Silencio. El polvo que levantaba el convoy se iba depositando en el solitario


camino. Los habitantes de Carcasona se fueron a descansar; incluso desaparecieron
los niños que, desde las almenas, habían estado tirándole argamasa y terrones a la
osa. Silencio y un tintineo de monedas.
—Dos livres y cuatro sous —dijo el domador de osos—. Un maravedí, dos
monedas de la zona este del Mediterráneo, aunque no sé exactamente su procedencia,
y un groat escocés.
—Cuando un oficial de marina está al borde del abismo, siempre hay otro cerca

[Link] - Página 84
dispuesto a empujarlo —dijo la osa—. Es un viejo proverbio marinero. Espero que
Dios me permita tener un día a ese jodido cabrón bajo mi mando. Le haré bailar al
son del caramillo, le encantará el caramillo. Stephen, colócame las mandíbulas de
manera que se mantengan un poco más abiertas, por favor. Si no es así, creo que
dentro de cinco minutos estaré muerto. ¿No podríamos ir al campo para quitarme esto
allí?
—No —dijo Stephen—. Te llevaré a una posada tan pronto como se acabe el
mercado y te meteré en una fresca y húmeda bodega toda la tarde. También te
compraré un collar, así podrás respirar mejor. Debemos llegar a Couiza al amanecer.
El sinuoso camino subía y subía por la parte francesa de los Pirineos. Estaba
iluminado por el sol de la tarde, el sol de junio, que caía de plano sobre la polvorienta
ladera por donde iban andando trabajosamente la osa y su domador. Despreciados por
los carros y temidos por los caballos, ellos ya habían recorrido trescientas cincuenta
millas, siguiendo una ruta en zigzag para evitar las ciudades más grandes y la
peligrosa zona de la costa y, además, para pasar dos noches en casa de amigos de
confianza. Stephen guiaba la osa por la zarpa —Jack no podía ver por debajo del
hocico cuando llevaba puesta la cabeza— y en la mano que le quedaba libre tenía el
ancho collar claveteado que cubría el hueco por donde Jack respiraba. Éste se había
visto obligado a llevarlo puesto durante la mayor parte del día, pues aunque aquel
valle era aislado, en él las casas estaban a pocas yardas unas de otras, los caseríos no
distaban más de tres o cuatro millas entre sí y había tontos que les acompañaban por
el camino. «¿Es un oso listo? ¿Cuánto come a la semana? ¿Es feroz? ¿Puede ganarse
la vida exhibiéndolo?» Y mientras más se acercaban a las montañas, encontraban más
personas que habían oído hablar de los osos, los habían visto o incluso los habían
matado, y contaban sus anécdotas. Allí había osos, lobos, contrabandistas y los
bandidos de las montañas, trabucarlos y migueletes. Había aldeanos simples,
comunicativos y alegres, ansiosos por divertirse, y también perros. En cada caserío,
en cada granja, había un ejército de perros, y éstos salían a su paso, sorprendidos,
ladrando y aullando, y a veces perseguían la osa hasta que salía el siguiente ejército
de perros, porque éstos, a diferencia de los hombres, sabían que en el oso había algo
poco natural.
—No tardaremos mucho —dijo Stephen—. Allá a lo lejos, bajo los árboles, veo
una curva del camino principal de Le Perthus. Podrás tumbarte en el bosque mientras
voy al pueblo a averiguar qué pasa. ¿Quieres sentarte ahora un momento en este
mojón? Hay agua en el pozo; podrías incluso mojarte los pies.
—¡Oh, no! No importa—dijo Jack, aún tambaleante, pues Stephen había alterado
el ritmo de su paso al asomarse al pozo—. De todos modos, no me atreveré a
mojármelos otra vez.
La masa enorme y peluda se retorció en un automático intento de verse las nalgas

[Link] - Página 85
y las patas traseras, hechas jirones por los ataques de los perros, y añadió:
—El bosque no estará muy lejos, ¿verdad?
—¡Oh! A una hora más o menos. Es un bosque de haya con una vieja cantera de
marga. Y puede verse —no te lo aseguro, sólo digo puede verse— el eléboro púrpura,
que crece allí.
Con el collar quitado, tumbado en un lugar fresco, entre tupidos helechos, Jack
sentía el sudor corriéndole todavía por el pecho y el movimiento de las hormigas, las
garrapatas y otros insectos desconocidos; sentía su propio tufo por no haberse lavado
y el desagradable olor de su piel húmeda, protegida imperfectamente por la
trementina; sin embargo, nada de eso le importaba. Él había caminado demasiado y
tenía demasiado cansancio para hacer otra cosa que tumbarse completamente
relajado. Había sido imposible disfrazarlo de otro modo, porque en el sur de Francia
un inglés rubio de seis pies de altura habría sobresalido como un campanario, sobre
todo en aquel momento en que el país estaba lleno de personas que seguían la pista de
fugitivos de todo tipo, extranjeros y franceses; pero el precio que él pagaba por ello
era muy superior al que había creído posible. El tormento de esconderse de aquella
forma incómoda e inadecuada y de soportar los frecuentes rasponazos que hacían
brotar la sangre, la peladura de las plantas de los pies, unidas a la piel de oso por
esparadrapo, el calor, el sofoco, la horrible falta de aseo, habían llegado a un punto
que a él le había parecido insoportable hacía diez días, doscientas millas atrás, en el
tórrido erial de Causse du Palan.
¿Tendría éxito en lo que se proponía? Al principio, creía de corazón que, sin
duda, así sería, y que si representaba bien su papel (salvo un caso de fuerza mayor o
una desgracia imprevista) ni él ni Stephen pasarían el tiempo que durara la guerra
como prisioneros, apartados de la Armada, sin ninguna posibilidad de ascenso ni de
hacer cruceros que les procuraran fortuna; él no estaría apartado de Sophia… ni
tampoco de Diana. Seguramente sería una larga guerra, pues Bonaparte era fuerte. En
verdad, Jack se había quedado asombrado de cómo progresaba todo en Tolón: había
tres navíos de línea casi listos para ser botados, una enorme cantidad de pertrechos y
se trabajaba con una diligencia incomparable. Cualquier hombre que se hubiera
criado en la mar, cualquier marinero nato, después de estar una hora en barco, podía
decir si a bordo las cosas estaban coordinadas de un modo eficiente, y lo mismo le
ocurría con respecto a un puerto; Jack había visto en Tolón, con sus ojos expertos,
una gran maquinaria que se movía muy rápida y muy eficazmente. Francia era fuerte,
Francia era dueña de la Armada holandesa y controlaba amplias zonas de Europa
occidental. Inglaterra era débil y estaba sola, se había quedado sin aliados, al menos
por las fragmentarias noticias que les habían llegado. En efecto, la Armada inglesa
era débil, no tenía absolutamente ninguna duda de ello. Saint Vincent había tratado de
reformar los astilleros en vez de construir barcos, y ahora podían estar en la línea de

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batalla menos navíos que en 1793, a pesar de los que se habían construido y
capturado durante los diez años de guerra. Y esa era una de las razones —aparte de
las obligaciones que imponía el tratado— por las que España podía estar del lado de
Francia, pero también podía cerrar la frontera, por lo que a ellos no les sería posible
llegar al refugio de Stephen y fracasarían en lo que se habían propuesto. ¿Había
declarado la guerra España? Ellos estaban en el Rosellón, la Cataluña francesa, desde
hacía dos o tres días, y Jack no entendía lo que Stephen hablaba con los campesinos
del lugar. Stephen se mostraba extraño y reservado esos días. Jack creía que había
llegado a conocerlo en los viejos tiempos sin complicaciones y le gustaba como era,
pero ahora descubría a un Maturin desconocido, sus rasgos ocultos, su enorme falta
de piedad; Jack no comprendía nada.
Stephen le había dejado solo. Stephen tenía un pasaporte que le permitía entrar en
España y podía moverse dentro del país con guerra o sin ella… La mente de Jack se
enturbiaba cada vez más, y acudían a ella, en enjambre, pensamientos horribles que él
no se atrevía a formular.
—¡Dios mío! —dijo por fin, moviendo la cabeza de un lado a otro—. ¿Es posible
que haya perdido el valor?
Si se perdía el valor, ¿se perdía también la generosidad? Había visto perder el
valor a hombres que corrían a meterse bajo las escotillas en la batalla y a oficiales
acobardados que se ocultaban tras el cabrestante. El y Stephen habían hablado de
ello: ¿era el valor una cualidad fija, permanente? ¿O era como una sustancia que se
gastaba, que cada hombre tenía en gran cantidad aunque podía quedarse sin ella?
Stephen había expuesto sus ideas sobre el valor. Lo consideraba variable y relativo,
dependiente de la dieta, las circunstancias, el funcionamiento de los intestinos —los
hombres estreñidos generalmente eran timoratos—, las costumbres, las condiciones
físicas y espirituales —las personas de edad tenían una proverbial prudencia—
buenas o malas. El valor no era una entidad, según él, sino que formaba parte de
sistemas diferentes pero con conexión entre sí, estaba relacionado con aspectos
morales, físicos y sexuales. Había hablado del valor en los hombres violentos y los
castrados, de los efectos que la absoluta integridad y la incalificable temeridad o el
deseo pueril de rivalizar tenían sobre el valor, de los estoicos y su doctrina de la
satietas vitae y el supremo valor de la indiferencia… indiferencia, indiferencia…
La melodía que Stephen siempre tocaba con el caramillo para la actuación de la
osa empezó a metérsele a Jack en la cabeza, confundiéndose con la propia voz de
aquél repitiendo citas de Plutarco, Nicola de Pisa y Boecio sobre el valor, que él
recordaba a medias. Era una melodía rara, con intervalos al estilo antiguo, limitada a
lo que cuatro dedos y un fuerte soplo podían hacer, pero sutil, compleja…
Los gritos de una niña con delantal blanco le despertaron. La niña, junto con otros
amigos que él no veía, estaba buscando las setas de verano que crecían en aquel

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bosque, y había encontrado un enorme grupo.
—¡Ramón! —gritó a voz en cuello, y el eco de su voz resonó en la hondonada—.
¡Ramón! ¡Ramón! ¡Ramón! ¡Ven a ver lo que he encontrado! ¡Ven a ver lo que he
encontrado! ¡Ven a ver…!
Así una y otra vez. Estaba situada oblicuamente respecto a él, pero puesto que su
compañero no la oía, comenzó a girar y a dirigir la voz hacia las distintas zonas del
bosque.
Jack había tratado de encogerse lo más posible, y cuando la niña se volvía de cara
hacia él, cerró los ojos por miedo a que ella viera su intenso brillo. Su mente no
estaba del todo despierta; no sentía indiferencia ahora, sino un profundo deseo de
superar ese contratiempo, de llevar a cabo el plan contra viento y marea. «Si asusto a
la fierecilla una cuadrilla de campesinos armados rodeará el bosque en cinco minutos,
si me escabullo perderé a Stephen, me quedaré aislado, con todos nuestros
documentos cosidos en la parte interior de la piel». Las posibilidades se sucedían una
tras otra con rapidez; pero no había solución.
—Vamos, vamos, niña —dijo Stephen—. Te vas a estropear la voz si gritas tanto.
¿Qué tienes ahí? Es un boleto de Satanás; no debes comer el boleto de Satanás,
cariño. Verás como se pone azul al partirlo con esta ramita. El diablo se ruboriza así.
Pero aquí tenemos un parasol. Sí que puedes comer el parasol. ¿Has visto mi oso? Le
dejé en el bosque cuando fui a ver a Jaume, porque estaba muy cansado. Los osos no
pueden soportar el sol.
—Jaume es el tío de mi padrino —dijo la niña—. Mi padrino es Pere. ¿Cómo se
llama tu oso?
—Flora —dijo Stephen, y luego gritó—. ¡Flora!
—Acabas de decir mi oso—dijo la niña frunciendo el ceño. Y empezó a gritar—.
¡Flora! ¡Flora! ¡Flora! ¡Flora! ¡Virgen santísima… qué osa tan enorme! ¡Oh, Dios
mío! ¡Vaya osa!
Le cogió la mano a Stephen, pero luego recuperó su valor y comenzó a gritar:
—¡Ramón! ¡Ramón! ¡Ramón! ¡Ven a ver mi osa!
—Adiós, hijos míos —dijo Stephen poco después—. Andad con Dios.
Todavía diciéndoles adiós a las pequeñas figuras, continuó:
—Tengo por fin noticias concretas; noticias diversas. España no ha declarado la
guerra, pero los puertos del Mediterráneo están cerrados para los barcos ingleses.
Tenemos que ir a Gibraltar.
—¿Qué pasa con la frontera?
Stephen frunció los labios.
—El pueblo está lleno de policías y soldados; dos hombres de los servicios
secretos están encargados de registrar todo. Han arrestado a un agente inglés.
—¿Cómo lo sabes?

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—El sacerdote con el que se ha confesado me lo dijo. De todos modos, yo no
había pensado ir por el camino principal. Conozco o, mejor dicho, conocía, otro
camino. Mira, mira por este lado. ¿Ves el techo rosado y detrás un pico? ¿Y ves a la
derecha de él, por detrás del bosque, una montaña pelada? Esa es la frontera, amigo, y
por el despeñadero hay un paso, un sendero que baja hasta las tierras de Recasens y
Cantallops. Cruzaremos el camino furtivamente al anochecer y llegaremos allí al
alba.
—¿Puedo quitarme la piel?
—No puedes. Lo siento mucho, Jack, pero es que no conozco bien el sendero, y
puesto que hay patrullas que persiguen a los contrabandistas y los fugitivos,
podríamos tropezar con una o dos. Es un sendero de contrabandistas, un sendero
peligroso, sin duda, porque los franceses pueden dispararte si vas vestido de hombre
y los contrabandistas pueden hacer lo mismo si vas vestido de oso. Pero es mejor
elegir lo segundo, porque el contrabandista atiende a razones, en cambio la patrulla
no.
Media hora estuvieron entre los arbustos al borde del camino, esperando a que
terminara de pasar en fila, lentamente, toda una batería —cañones, carros, cantineras
—, diversos coches, uno de ellos tirado por seis mulas con arneses de color carmín, y
algunos hombres aislados a caballo, pues ahora que ellos veían la línea fronteriza, su
cautela había llegado a extremos insospechados
Media hora. Luego cruzaron y siguieron la vereda que conducía a Saint—Jean de
l'Albère. Arriba, arriba; y al cabo de una hora ya la luna iluminaba el bosque que
tenían ante ellos. Y con la luna llegaron desde las llanuras españolas los primeros
soplos del siroco, como una bocanada de aire caliente al abrirse la puerta de un horno.
Arriba, todavía más arriba. Después del último granero, la vereda quedaba
reducida a una franja y tuvieron que caminar uno detrás de otro. Jack veía moverse
acompasadamente, a uno o dos pasos delante de él, el enorme bulto —una negra
sombra, nada más— que Stephen llevaba, y una sensación parecida al odio le oprimió
el estómago. Entonces pensó: «El bulto es pesado, debe de pesar cincuenta o sesenta
libras, ahí están todas nuestras pertenencias; él también ha seguido adelante todos
estos días sin una queja; las correas le hacen daño en la espalda y los hombros, tiene
un horrible verdugón en cada lado». Pero la firme determinación de aquella oscura
figura que continuaba avanzando aparentemente sin esfuerzo, cada vez más rápido,
sin hacer nunca una pausa, y la imposibilidad de seguirla, de esforzarse otras cien
yardas, así como la imposibilidad de pedir un descanso, turbaban su mente, dejando
sólo la débil llama del resentimiento.
El sendero serpenteaba, se ramificaba y a veces desaparecía entre las enormes y
vetustas hayas que abundaban en el lugar, con sus troncos plateados a la luz de la
luna. Por fin Stephen se detuvo; Jack tropezó con él, deteniéndose también, y sintió

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una mano que lo agarraba fuertemente por encima de la piel de oso: era Stephen que
trataba de guiarlo hasta la oscura y aterciopelada sombra de un árbol caído. Entre el
murmullo del viento, Jack oyó un sonido metálico que se repetía, y cuando reconoció
los pasos acompasados —era una patrulla que hacía demasiado ruido— la sensación
de que el aire era irrespirable y de que el estado de su cuerpo era insoportable
desapareció. De vez en cuando se oían alguna voz muy baja, una tos, y el clac—clac
—clac de algún mosquete contra la hebilla de su portador. Ahora los soldados
pasaban a unas veinte yardas de ellos montaña abajo.
La misma mano tiró de él fuertemente y ambos volvieron a encontrarse en la
vereda. Siempre la eterna subida, a veces cruzando el lecho de un riachuelo cubierto
de hojas, a veces subiendo una pendiente descubierta y tan escarpada que debían ir a
gatas; y siempre el siroco.
A las hayas las sucedieron los pinos, y ellos sintieron la pinas clavarse como
agujas en las plantas de los pies. ¡Qué dolor!
Una montaña infinita, con infinitos pinos y el rumor de sus copas inclinándose
hacia el norte por el viento.
La figura que iba delante de él se había detenido y murmuraba:
—Debería estar por ahí… la segunda bifurcación… había una choza de un
carbonero… un alerce arrancado con abejas dentro del tronco.
Jack, un poco mareado, cerró los ojos durante una larga pausa, un descanso, y
cuando volvió a abrirlos vio que había empezado a clarear. Detrás de ellos, a lo lejos,
la luna se había ocultado en la niebla que envolvía los intrincados valles.
Los pinos. Y de repente, no más pinos, sólo algunos arbustos raquíticos y brezos,
luego un extenso prado. Ellos estaban en el límite superior del bosque, un bosque que
parecía trazado con líneas bien definidas; permanecieron allí en silencio, vigilantes.
Cuando ya llevaban dos o tres minutos allí arriba, con el viento en contra, Jack vio
algo que se movía.
—¿Un perro? —dijo inclinándose hacia Stephen. ¿Serían soldados que habían
tenido la sensatez de traer un perro? ¿Estarían perdidos, habrían fracasado después de
todo esto? Stephen le cogió por la cabeza y le susurró en la peluda oreja:
—Un lobo. Un cachorro. Una lobezna.
Stephen escrutó los arbustos y las rocas peladas, desde el punto más alejado a su
izquierda al punto más alejado a su derecha, y luego comenzó a andar, pasó sobre la
corta hierba y llegó hasta una piedra colocada en la parte más alta de la pendiente,
una piedra cuadrada que tenía grabada una cruz roja.
—Jack —dijo llevándolo del otro lado del mojón—. Te doy la bienvenida a mi
tierra. Estamos en España. Allí abajo está mi casa. Estamos en casa. Ven, deja que te
quite la cabeza. Ahora puedes respirar, amigo mío. Hay dos manantiales un poco más
abajo de la cima de la montaña, junto a esos castaños, donde podrás quitarte la piel y

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lavarte. ¡Qué alegría me ha dado ver ese lobo! Mira, aquí están sus excrementos, aún
frescos. No cabe duda de que éste es un meadero de lobos; lo mismo que los perros,
ellos tienen sus habituales…
Jack se dejó caer pesadamente sobre la piedra, inspirando el aire con la boca
abierta para llenar sus necesitados pulmones. Volvía a tener conciencia de otra parte
de la realidad que no era el sufrimiento.
—¿Un meadero de lobos? ¡Ah, sí!
Delante de él, el terreno descendía bruscamente —formando casi un precipicio—
y abajo, a dos mil pies, se extendía la Cataluña española iluminada por la luz
matutina. Se veía un castillo con una alta torre en una roca saliente, justo debajo de
ellos, que podía alcanzarse con una piedra; los Pirineos plegados en forma de largos
dedos hasta llegar a la distante llanura; lejanos campos de cultivo cuadrados y verdes
viñedos; un río cristalino que serpenteaba y torcía hacia la izquierda para llegar al
inmenso mar; a lo lejos, al norte, la bahía de Roses y el cabo Creus, aguas conocidas,
y ahora el aire caliente con olor a salitre.
—Me complace que te hayas llevado una alegría con tu lobo —dijo por fin con
voz de sonámbulo—. Hay… son sumamente raros, me parece.
—En absoluto, amigo. Los tenemos por veintenas; no podemos dejar las ovejas
solas durante la noche. El significado de su presencia aquí es que estamos solos. Ese
es el motivo por el que estoy alegre. Estoy alegre. De todos modos, creo que
deberíamos bajar hasta el manantial: está por debajo de esos castaños, esos castaños a
los que se llega en menos de dos minutos. Esa lobezna puede hacer tonterías… mírala
cómo se mueve entre los enebros… y no quisiera fracasar justo ahora que hemos
conseguido el éxito. Es posible que haya patrullas fronterizas, guardias aduaneros y
algunos soldados o algún sargento cumplidor de su deber con una carabina…
¿Puedes levantarte? Que Dios me ayude, yo apenas puedo.
El manantial. Jack se revolcaba en él. El agua fría y los guijarros le quitaban la
espesa capa de suciedad y ésta era arrastrada por el agua limpia que no dejaba de
brotar de la roca.
Jack se deleitaba metiéndose bajo el agua, luego dejaba que el viento le secara y
volvía a meterse. Su cuerpo estaba completamente blanco, excepto donde había
horribles rozaduras, mordidas y arañazos. Su cara, muy hinchada, tenía una palidez
cadavérica y una expresión agotada; su boca estaba oculta por una barba rubia y
enmarañada; sus ojos estaban rojizos y pustulosos, pero su mirada era viva, con un
brillo de alegría que se sobreponía al malestar físico.
—Has perdido entre cuarenta y cincuenta libras —dijo Stephen calculándolo por
las dimensiones de la parte baja de su espalda y su estómago.
—Seguro que tienes razón —dijo Jack—. Y nueve partes de ellas están en esta
maldita piel, más de cuarenta libras de grasa humana.

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Le dio una patada a la fláccida piel de oso con el pie herido, la maldijo dos o tres
veces llamándola «hija de perra» y dijo que tenía que sacarle los documentos antes de
prenderle fuego. Luego continuó:
—¡Cómo va a oler!… ¡Cómo huele! ¡Dios mío! Pásame las tijeras, Stephen, por
favor.
—El oso puede servirnos otra vez —dijo Stephen—. Vamos a enrollarlo y meterlo
bajo el matorral. Mandaré a buscarlo cuando lleguemos a casa.
—¿Está muy lejos la casa?
—¡Oh, no! —dijo Stephen señalando el castillo—. Está justo ahí debajo, a unos
mil pies aproximadamente, a la derecha de esas rocas escarpadas, de esa cantera de
mármol. Pero me temo que tardaremos una hora en llegar… una hora para el
desayuno.
—¿Ese castillo es tuyo, Stephen?
—Sí. Y esta dehesa, donde vienen mis ovejas. Por cierto —dijo mirando
perspicazmente las pisadas de vacas—, creo que esos cerdos franceses de La Vaill
han estado mandando su ganado aquí para que se coma mi hierba.

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CAPÍTULO 5
El Lord Nelson, un barco que hacía el comercio con las Indias Orientales al
mando del capitán Spottiswood, regresaba a su patria desde Bombay. Tres días
después de cruzar el trópico tuvo que fachear en medio de una tempestad que venía
del oeste y, aunque sobrevivió, ésta le hizo perder su mastelero mayor con la gavia, le
arrancó el mastelero de sobremesana justo por encima del tamborete, torció el palo
trinquete y el mayor y dañó tremendamente la jarcia. El barco perdió también los
botes sujetos a las botavaras y las propias botavaras en su mayoría; y puesto que el
viento era adverso para ir a Madeira, los pasajeros estaban aterrorizados y la
tripulación al borde del amotinamiento después de un viaje muy largo y desagradable
en todo momento, el señor Spottiswood arribó y puso rumbo a Gibraltar, que estaba a
sotavento, aunque como otros capitanes que iban de regreso a su país, no tenía
ninguna gana de entrar en un puerto militar. Como él esperaba, perdió a muchos
marineros de nacionalidad inglesa, todos marineros de primera, pues se los llevaron
con la leva. Pero pudo reparar su barco y como mínima compensación subieron a
bordo algunos pasajeros.
Los primeros en subir a bordo fueron Jack Aubrey y Stephen Maturin, que fueron
recibidos ceremoniosamente por el capitán al frente de sus oficiales, pues la
Compañía de Indias tenía o, al menos, se atribuía una gran categoría, y sus barcos
imitaban muchos rasgos característicos de la Armada real. Era razonable haber
tomado algunos de éstos —las portas formando cuadrículas, por ejemplo, y su
apariencia general de normalidad, que habían persuadido a muchos barcos enemigos
de que estaban ante un navío de guerra y era mejor poner rumbo a otra parte— pero
había algunas pretensiones que molestaban a la Armada real, y los oficiales del Rey a
bordo de un barco de la Compañía siempre miraban lo que les rodeaba con actitud
crítica. En este caso, alguien crítico podría haber encontrado defectos enseguida; a
pesar de que los curtidos grumetes con guantes blancos formaban dos líneas rectas
entre las que Jack podía caminar, el recibimiento era incorrecto, pues había otras
figuras apiñadas que nunca se habrían visto, por ejemplo, en el Superb, donde él
había ido a comer y había sido objeto de un recibimiento que aún recordaba
vivamente. Además, entre las figuras apiñadas él había notado una mirada perspicaz
y, en general, falta de convicción y no muy buena disposición al saludar con la
cabeza, y una mezcla de timidez y familiaridad que hicieron que su expresión se
endureciera un poco. Le estaba hablando con extraordinaria amabilidad al capitán
Spottiswood, que interiormente lo maldecía por su condescendencia y, al volverse,
reconoció aquella mirada.
—¡Vaya, si es Pullings! —exclamó, e inmediatamente su mal genio (un mal genio
pasajero, de todos modos) se desvaneció, y su gesto contrariado dio paso a una alegre

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sonrisa—. ¡Cuánto me alegro de verle! ¿Cómo está? ¿Cómo le va?
—Y éste es el sobrecargo, el señor Jennings —dijo el capitán Spottiswood, no
contento en absoluto al ver que la secuencia normal había sido alterada—. El señor
Bates. El señor Wand. Al señor Pullings usted ya le conoce, por lo que he visto.
—Fuimos compañeros de tripulación —dijo Jack, estrechando la mano de
Pullings con una fuerza directamente proporcional a su afecto por el joven, ayudante
del contramaestre y teniente en funciones en la Sophie, que en ese momento miraba
por encima de su hombro al doctor Maturin.
El Lord Nelson nunca había hecho viajes agradables ni había sido afortunado; sin
embargo, una hora después de que subieran a bordo los nuevos pasajeros comenzó a
soplar con fuerza viento de Levante, permitiéndole vencer la fuerte corriente del
Estrecho y salir al Atlántico, y el pobre capitán Spottiswood, de buena fe, creyó que
esto era un golpe de fortuna, un buen presagio por fin. El barco no era tampoco muy
hermoso, ni navegaba con mucha agilidad; sin duda, era cómodo para los pasajeros y
espacioso para el cargamento, pero inestable y lento navegando de bolina. Además,
se encontraba al final de su vida útil; éste iba a ser, en realidad, su último viaje, y ya
desde el que había realizado en 1801, los aseguradores habían insistido en que se
pagara un recargo de treinta chelines por cada cien asegurados.
Casualmente, ésta era la primera vez que Jack navegaba en un barco de los que
hacían el servicio de las Indias Orientales; y cuando Pullings hacía la guardia y él lo
acompañaba en su recorrido, vio con asombro que en cubierta había cantidad de
cosas amontonadas y entre los cañones había barriles y toneles de agua amarrados.
Veinte cañones de doce libras y seis de doce: una exhibición de fuerza imponente
para un barco mercante.
—¿Cuántos hombres lleváis a bordo? —preguntó.
—Poco más de cien ahora, señor. Ciento dos, para ser exacto.
—¡Bueno, bueno, bueno! —dijo Jack.
En la Armada pensaban que nueve hombres y un grumete servidor de pólvora no
eran demasiados para ocuparse de un cañón de dieciocho libras, ni tampoco siete
hombres y un grumete para un cañón de doce. Harían falta ciento veinticuatro
hombres para accionar los cañones de la batería de un costado —ciento veinticuatro
ingleses alimentados con carne de vaca y cerdo— y cien para orientar las velas,
maniobrar, repeler a las brigadas de abordaje, disparar las armas ligeras y accionar los
cañones de la otra batería de vez en cuando. Observó cómo los marineros originarios
de las Indias Orientales, en cuclillas alrededor de un montón de junco, trabajaban a
las órdenes de su jefe, que llevaba turbante; era posible que, en cierto modo, fueran
marineros bastante buenos, pero eran muy menudos, y Jack no podía imaginárselos
sacando un cañón de dos toneladas con el vaivén de las olas del Atlántico. La
impresión de que eran pequeños se acentuaba por el hecho de que la mayoría tenía

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frío; su tez oscura tenía un matiz azulado y algunos llevaban puestos chaquetones,
mientras que los pocos miembros de la tripulación que eran europeos estaban en
mangas de camisa.
—¡Bueno, bueno, bueno! —dijo Jack de nuevo. No quería decir nada más, pues
aunque se estaba formando rápidamente una opinión sobre el Lord Nelson,
expresándola sólo conseguiría lastimar a Pullings, que debía de sentirse parte del
barco. El joven sabía que el capitán Spottiswood carecía de toda autoridad, que el
Lord Nelson se movía pesadamente y que en dos ocasiones no había podido virar por
avante en el cabo de Trafalgar y había tenido que virar en redondo; pero, en verdad,
era inútil que lo dijera con palabras. Jack miró a su alrededor con una expresión
candorosa, para ver si al menos encontraba una cosa que pudiera alabar. El brillo del
cañón de bronce de proa en el costado de babor le llamó la atención y lo elogió.
—Realmente parece oro —dijo.
—Sí —dijo Pullings—. Lo hacen con mucha voluntad, mientras dicen poojah,
poojah. Estuvimos varios días frente a la isla y cuando volvimos a tocar el cabo, ellos
habían puesto una guirnalda de caléndulas alrededor de la boca del cañón. Le dicen
sus oraciones a él, los pobres, porque piensan que es igual… bueno, señor, no me
gusta mencionar eso a lo que piensan que es igual. De todos modos, es un barco
bastante estanco y espacioso, tan espacioso como un navío de primera clase. Tengo
una cabina muy amplia para mí solo. ¿Me haría usted el honor de bajar, señor, y
beber conmigo un vaso de arac?
—Me encantaría—dijo Jack.
En la amplia cabina se tumbó con cuidado sobre la taquilla y preguntó:
—¿Cómo vino a parar aquí, mi estimado Pullings?
—Bueno, señor, no podía conseguir un barco ni me confirmaban en mi rango. Me
decían: «No hay solapas blancas para ti, Pullings, amigote. Tenemos muchos más
tipos como tú, demasiados».
—¡Qué condenada vergüenza! —exclamó Jack, que había visto a Pullings en
acción y sabía que la Armada no tenía ni, realmente, podría tener demasiados tipos
como él.
—Así que traté de servir como guardiamarina de nuevo, pero ninguno de mis
antiguos capitanes se encontraba al mando de un barco, o si lo estaban —el honorable
Berkely lo estaba— no tenían ninguna plaza libre. Le llevé su carta al capitán
Seymour de la Amelhyst, que estaba reparándose en Hamoaze. Cozzens, que iba en
esa dirección, me llevó hasta Vizes. El capitán Seymour me recibió muy
amablemente cuando le dije que iba de parte suya, fue muy atento, no se mostró
estirado ni remilgado, señor. Abrió la carta, y cuando terminó de leerla se rascó la
cabeza, maldiciendo la peluca, y dijo que le habría encantado complacerle, sobre todo
por la ventaja que suponía para él —esa es la frase más amable que he oído… era

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muy bonita—, pero que no le era posible. Me llevó a la sala de oficiales y a la
camareta de guardiamarinas para demostrarme que no podía tomar a ningún otro
cadete a su servicio. Estaba tan deseoso de que le creyera que quería que yo contara
sus baúles, aunque, en verdad, yo ya le había creído desde el momento en que abrió la
boca. Luego me ofreció una estupenda comida en su propia cabina, estábamos él y yo
nada más —yo la necesitaba, señor, pues había caminado las últimas veinte millas—,
y después del pudding hablamos de su acción de guerra con la Sophie; él sabía todo
sobre ella, excepto en qué dirección había rolado el viento, y me hizo contarle qué
había hecho yo desde que sonó el primer cañonazo hasta el último. Entonces dijo:
«¡Por Dios! No puedo dejar que un oficial del capitán Aubrey se pudra en tierra sin
tratar de aprovechar la poca influencia que tengo», y me escribió una carta para el
señor Adams del Almirantazgo y otra para el señor Bowles, un hombre importante de
la Compañía de Indias.
—El señor Bowles está casado con su hermana.
—Sí, señor —dijo Pullings—. Pero no presté mucha atención a eso entonces,
¿sabe?, ya que el capitán Seymour me había prometido que Adams me conseguiría
una entrevista con el viejo Jarvie en persona y yo tenía grandes esperanzas, porque en
la Armada siempre había oído que él favorecía a quienes habían empezado desde
abajo. Así que volví a la ciudad como pude, y en aquella sala de espera, muy bien
afeitado y tembloroso, permanecí una o dos horas. El señor Adams me hizo pasar y
me advirtió que le hablara alto y claro a Su Señoría; luego me dijo que no mencionara
la carta de recomendación que usted me había dado, y en ese momento, afuera se
armó un gran jaleo, como el provocado por una brigada de abordaje. Él salió a ver
qué pasaba y volvió con una expresión perpleja en el rostro y dijo: «El muy granuja
ha hecho que se lleven al teniente Salt. Le ha hecho reclutar por la fuerza en el propio
Almirantazgo por un grupo de infantes de marina, de modo que podrá ser enrolado en
cualesquiera condiciones. Ocho años de antigüedad y, sin embargo, se lo lleva un
grupo de infantes de marina». ¿Ha oído usted algo sobre esto, señor?
—Nada en absoluto.
—Bueno, lo que ocurrió fue que ese señor Salt estaba desesperado por conseguir
un barco y bombardeaba con cartas al First Lord: le escribió una diaria durante meses
e iba a todos los miércoles y viernes a solicitar una entrevista. El último viernes, el
día que yo estaba allí, el viejo Jarvie le dijo guiñándole un ojo: «¿Así que quiere
usted hacerse a la mar? Pues se hará a la mar, señor». Y le hizo reclutar por la fuerza
allí mismo.
—¡Un oficial reclutado por la fuerza como un simple marinero! —exclamó Jack
—. Nunca en mi vida he oído nada semejante.
—Ni nadie; y mucho menos el pobre señor Salt —dijo Pullings—. Pero así fueron
los hechos, señor. Y al oír eso y ver que entraban otras personas y hacían comentarios

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en voz baja, me sentí tan desconcertado y asustado que cuando el señor Adams dijo
que tal vez fuera mejor que volviera otro día me fui enseguida, corrí a Whitehall y le
pregunté al conserje cuál era la forma más rápida de llegar a la Compañía de Indias.
Tuve mucha suerte, pues el señor Bowles fue muy amable… y aquí estoy. Éste es un
buen empleo, uno tiene paga doble y está autorizado a hacer algún pequeño negocio
por su cuenta: yo tengo un baúl con tela bordada de la China en la bodega de popa.
Pero… ¡Dios mío! ¡Cuánto daría por estar de nuevo en un navío de guerra, señor!
—Es posible que esto no tarde mucho en ocurrir —dijo Jack—. Pitt ha vuelto y el
viejo Jarvie se ha ido…rechazó el mando de la flota del Canal; si él no fuera un
marino de primera categoría, diría que podía irse al diablo. Y Dundas está en el
Almirantazgo. Lord Melville. Tengo muy buenas relaciones con él, y si podemos
desplegar un poco más de velamen y llegar allí antes de que se hayan llevado los
mejores barcos, sería difícil que no volviéramos a hacer otro crucero juntos.
Desplegar más velamen: ese era el problema. Desde la desagradable experiencia
que habían tenido a 33° de latitud norte, el capitán Spottiswood era reacio incluso a
largar las juanetes, y los días transcurrían muy lentamente. Jack pasaba mucho
tiempo inclinado sobre el coronamiento mirando cómo la fina estela del Lord Nelson
se alejaba hacia el suroeste, porque no le gustaba observar la forma lenta en que se
hacían las maniobras en el barco y el hecho de ver los mastelerillos tumbados sobre
cubierta le llenaba de impaciencia. Sus compañeras habituales eran las señoritas
Lamb, unas jóvenes alegres y simpáticas, morenas, bajitas y regordetas, que habían
ido a India de pesca —así decían ellas, muy divertidas— pero que volvían de allí aún
solteras, bajo la tutela de su tío, el mayor Hill, de la unidad de artillería de Bengala.
Estaban sentados en línea y Jack se encontraba entre las dos jóvenes. Stephen
estaba sentado en una silla a la izquierda, un poco alejado. Y aunque ahora el Lord
Nelson atravesaba el golfo de Vizcaya, con un viento fresco del suroeste y una
temperatura por debajo de los 50°F, ellos permanecían valientemente en cubierta,
envueltos en mantas de viaje y chales por donde asomaban sus rosadas narices.
—Dicen que las mujeres españolas son extraordinariamente hermosas —dijo la
señorita Lamb—. Mucho más que las francesas, aunque no tan elegantes. Dígame,
capitán Aubrey, por favor, ¿es eso cierto?
—Bueno, la verdad—dijo Jack—, no puedo decírselo. Nunca he visto ninguna.
—Pero, ¿no pasó usted varios meses en España? —preguntó la señorita Susana.
—Sí, es cierto, pero casi todo el tiempo estuve en casa del doctor Maturin, cerca
de Lérida, donde había muchos arcos pintados de azul, como es típico en aquella
zona, un patio interior, ventanas de rejas y naranjos, pero no mujeres españolas, que
yo recuerde. Había una vieja sirvienta que me daba papilla, no lo niego, y los
domingos se ponía una peineta con una mantilla, pero no era lo que usted llamaría
una belleza.

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—¿Estuvo usted muy enfermo, señor? —preguntó la señorita Lamb
respetuosamente.
—Creo que lo estuve —dijo Jack—, porque me raparon la cabeza y me pegaban
las sanguijuelas dos veces al día, y me hacían beber leche de cabra caliente cuando
recobraba el sentido. Y cuando todo pasó, estaba tan débil que apenas podía montar a
caballo, y no recorrimos más de quince o veinte millas diarias la primera semana.
—¡Qué afortunado ha sido al poder viajar con el estimado señor Maturin! —dijo
la señorita Susana—. Verdaderamente, adoro a ese hombre.
—No me cabe duda de que él me salvó, no me habría recuperado si no hubiera
sido por él —dijo Jack—. Siempre estaba allí, de noche y de día, preparado para
sangrarme o medicarme. ¡Dios mío! ¡Cuántas medicinas! Creo que me he tragado
todas las que caben en una botica de medianas dimensiones… Stephen, le estaba
diciendo a Susana que trataste de envenenarme con tus brebajes experimentales.
—No le crea, señor Maturin. Él nos ha dicho que, sin duda, usted le ha salvado la
vida. Y nos ha enseñado a anudar cuerdas y a empalmar la lana de hacer punto.
—¿Ah, sí? —dijo Stephen—. Estoy buscando al capitán —miraba
inquisitivamente bajo la silla vacía—, pues tengo una noticia de interés para él; es
algo que nos afecta a todos. Los marineros indios no tienen problemas respiratorios a
causa de los miasmas de sus propias llanuras, diga lo que diga el señor Parley, sino
debido a la influenza española. Resulta extraño pensar que nosotros, con nuestra
prisa, somos la causa de nuestro propio retraso, ¿verdad? Y es que con tan pocos
marineros, no cabe duda de que veremos las gavias aferradas dentro de poco.
—Yo no tengo prisa. Quisiera que este viaje durara siempre —dijo la señorita
Lamb. Y sus palabras sólo encontraron eco en su hermana.
—¿Es contagiosa? —preguntó Jack.
—¡Oh, muchísimo, amigo mío! —dijo Stephen—. Creo que se extenderá por todo
el barco en los próximos días. Pero les administraré medicinas a todos, por supuesto
que se las administraré. Jovencitas, deseo que esta noche toméis una medicina como
profilaxis: he preparado una de agradable sabor para vosotras, en este pequeño frasco,
y otra más fuerte para el mayor Hill. ¡Una ballena! ¡Una ballena!
—¿Dónde? —dijo el señor Johnstone, el primer oficial.
Había trabajado en la flota pesquera en Groenlandia cuando era joven y todo su
ser se había estremecido con aquel grito. Sin embargo, no obtuvo respuesta, porque el
doctor Maturin, de cuclillas como un babuino, con el telescopio apoyado en el
pasamanos, concentraba su atención en enfocarlo hacia las agitadas aguas del mar
entre el barco y el horizonte. Entonces el señor Johnstone, dirigiendo la vista en la
dirección del telescopio y colocándose ante la frente las manos ahuecadas, vio el
distante chorro y después, destacándose sobre el fondo gris, una inmensa sombra
negra que hacía un movimiento lento y ondulante. En un tono más relajado dijo:

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—¡Oh, no es un animal bueno para nosotros! Es un rorcual.
—¿Puede usted ver realmente que es un rorcual a tan gran distancia? —preguntó
la señorita Susana—. ¡Los marineros son maravillosos! Pero, ¿por qué no es bueno,
señor Johnstone?
—¡Está resoplando! —dijo el señor Johnstone en tono tranquilo, casi indiferente,
por la fuerza de la costumbre—. Y ahora otro. Mire el chorro, señorita Susana. Sólo
lanzan un chorro, eso quiere decir que son rorcuales, las verdaderas ballenas lanzan
dos. Mire, allá va otro. Debe de haber una manada bastante grande. No son buenos
para el hombre ni para los animales. Me fastidia ver que están ahí nadando con tanta
cantidad de excelente aceite; no son buenos para el hombre ni para los animales.
—Pero, ¿por qué no es bueno el rorcual? —preguntó la señorita Lamb.
—Bueno, porque es un rorcual, indudablemente.
—Mi hermana quiere decir que qué tiene de malo que sea un rorcual, ¿verdad
Lucy?
—El rorcual es gigantesco, señora. Si uno es lo bastante imprudente para intentar
cazarlo, si uno se le acerca sigilosamente en el ballenero y le clava el arpón, él, al
sumergirse, puede golpear el barco como una bola golpea los bolos, y en cualquier
caso, acabará con las doscientas brazas de cuerda del arpón en menos de un minuto.
Aunque uno le clave otro, lo más rápido posible, también acabará con la cuerda, y
pasará lo mismo con otro. Él le arrastra a uno o le arranca todo y uno pierde la
cuerda, o la vida, o las dos cosas. Como alguien diría: «Hay que ser humilde y no
dejarse llevar por la ambición». No se puede coger a Leviatán con un anzuelo,
¿verdad? Debemos limitarnos a cazar la auténtica ballena, la presa que es lícito
capturar.
—¡Oh, así lo haré, señor Johnstone! —exclamó la señorita Lamb—. Le prometo
que no atacaré a un rorcual en toda mi vida.
A Jack le gustaba ver las ballenas —simpáticas criaturas—, pero podía dejar de
prestarles atención con más facilidad que Stephen o incluso el serviola del tope, que
se suponía que estaba vigilando. Así pues, desde hacía algún tiempo, observaba al
oeste unas manchas blancas, que parecían velas, recortándose sobre el oscuro cielo.
Por fin estuvo seguro de que era un barco, un barco que navegaba velozmente en
diferente dirección.
Era el Bellone, un barco corsario de Burdeos y uno de los más hermosos que
habían salido de ese puerto. Era alto y ligero como un cisne, pero estable; tenía treinta
y cuatro cañones y aparejo de navío, los fondos limpios, velas nuevas y una
tripulación de doscientos sesenta hombres. Un buen número de aquellos marineros de
vista aguda estaban ahora en las cofas, o se apiñaban en los topes, y aunque no
podían distinguir claramente el Lord Nelson, lo que vieron fue suficiente para que el
capitán Dumanoir bajara con cautela a observarlo más de cerca en la penumbra.

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Lo que él vio fue un barco con veintiséis cañones —de eso estaba seguro—,
probablemente un navío de guerra. Pero si era así, entonces sólo disponía de parte de
su potencia, pues de lo contrario, con aquel viento, sus mastelerillos no hubieran
estado tumbados sobre cubierta. Ya medida que Dumanoir y el segundo de a bordo,
desde las crucetas del palo mayor, observaban y hacían consideraciones sobre el Lord
Nelson, fueron abandonando poco a poco la idea de que era un navío de guerra. Eran
marinos experimentados; habían llegado a conocer bien los navíos de la Armada real
durante la guerra de los últimos diez años, y había algo en el modo de navegar del
Lord Nelson que les parecía raro, de acuerdo con su experiencia.
—Es un barco mercante que viene de las Indias Orientales —dijo el capitán
Dumanoir.
Aunque no estaba totalmente convencido de esto, su corazón comenzó a latir con
fuerza y el brazo le empezó a temblar. Y pasando éste entre los obenques de la
juanete repitió:
—Un barco mercante que viene de las Indias Orientales.
A falta de un galeón español cargado de tesoros, un barco que hacía el comercio
con las Indias Orientales era la mejor presa que podía encontrarse en el mar.
Cientos de pequeños detalles confirmaban su opinión. Y sin embargo, podría estar
equivocado, podría estar conduciendo su preciado Bellone a un enfrentamiento con
uno de esos sólidos navíos ingleses de sexta clase que llevaban carronadas de
veinticuatro libras, genuinos destructores, con una tripulación numerosa, bien
adiestrada y malvada. Pero a pesar de que el capitán Dumanoir no tenía reparo en
luchar con cualquier barco que tuviera más o menos el tamaño del suyo, fuera del
Rey o no, su principal interés era destruir el comercio; su objetivo era proporcionar
beneficios a los hombres para quienes trabajaba, no cubrirse de gloria.
Volvió al alcázar, se paseó un par de veces de un lado a otro mirando el cielo en el
cuadrante oeste y dijo:
—Apagad las luces una a una. Viraremos dentro de quince minutos. Sólo
llevaremos las mayores y el velacho. Matthieu, Jean—Paul, Petit—André, subid.
Haga que les releven cada vez que dé vuelta al reloj de arena, señor Vincent.
El Bellone era uno de los pocos barcos franceses de la época en que este tipo de
órdenes y otras relativas a la preparación de los cañones y las armas ligeras se
recibían sin hacer ningún comentario y se cumplían puntualmente.
Tan puntualmente que antes del amanecer el serviola en el castillo del Lord
Nelson vio la silueta de un barco a barlovento, un barco que seguía una ruta paralela,
a poco más de una milla de distancia. Lo que el serviola no pudo ver fue que en él
habían hecho zafarrancho de combate —habían sacado los cañones, preparado las
balas, llenado los cartuchos, cargado las armas ligeras, reforzado la batayola para
protegerse de la metralla, orientado las vergas y llevado los botes a popa—, pero no

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le gustaba que estuviera tan cerca y tampoco el hecho de que no llevara luces.
Después de haberlo observado un rato y de secarse los ojos llorosos, avisó al alcázar
y entre estornudos le comunicó a Pullings que había un barco a babor.
La mente de Pullings, aletargada por el prolongado y monótono vaivén de las
olas, el invariable murmullo de la jarcia y el calor que le daban su chaqueta de oficial
de derrota y su gracioso sombrero de lana, se reavivó de repente. Había dejado su
puesto junto a la bitácora y ya había subido la mitad de los obenques por el lado de
barlovento cuando el serviola que estornudaba terminó de hablar. Durante tres largos
segundos observó detenidamente el barco y luego cambió la guardia con estrépito,
como había aprendido en la corbeta Sophie de Su Majestad. La red de abordaje ya
estaba colgada en los largos pescantes de hierro cuando despertó al capitán
Spottiswood, que confirmó sus órdenes y mandó llamar a todos a sus puestos, hacer
zafarrancho de combate, sacar los cañones y bajar a las mujeres a la bodega.
Encontró a Jack en camisa de dormir en cubierta, y éste le dijo en medio del
fuerte redoble del tambor oriental:
—Busca pelea.
El barco corsario había virado el timón. Ahora sus hombres braceaban haciendo
girar en redondo las vergas y éste describía una larga y suave curva que cortaría la
trayectoria actual del Lord Nelson aproximadamente en un cuarto de hora. Sus velas
mayor y trinquete estaban cargadas, y estaba claro que su intención era aproximarse
por barlovento sólo con las gavias. Esto podría hacerlo fácilmente, como un galgo
perseguiría un tejón. Jack añadió:
—Pero tengo tiempo de ponerme los calzones.
Se puso los calzones y cogió un par de pistolas. Y Stephen dispuso
metódicamente los instrumentos a la débil luz de una vela.
—¿Qué piensas de él, Jack? —preguntó.
—Es una corbeta o un gran barco corsario: busca pelea.
Subió a cubierta. Ahora había mucha más luz, y tenía ante su vista menos
desorden del que se temía; el estado de cosas era mucho mejor. El capitán
Spottiswood había colocado su barco con el viento en popa para ganar unos minutos
de preparación. El barco francés todavía estaba a una milla de distancia, todavía con
las gavias desplegadas, todavía dubitativo, tratando de elegir entre tentar la fuerza del
Lord Nelson o huir precipitadamente.
Al capitán Spottiswood le faltaría decisión, pero no a sus oficiales ni a la mayor
parte de la tripulación. Ellos estaban acostumbrados a los ataques de los piratas del
mar de la China, los malvados malasios de los estrechos y los árabes del golfo
pérsico, y ya tenían la red de abordaje colgada, tensa y bien atada, el baúl de las
armas abierto y por lo menos la mitad de los cañones fuera.
Jack irrumpió en el abarrotado alcázar, y entre dos retahílas de órdenes dijo:

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—Estoy a su disposición, señor.
El capitán, vacilante, volvió hacia él su rostro viejo y cansado. Y Jack añadió:
—¿Puedo tomar el mando de la división de proa?
—Sí, tómelo, señor.
—Venga conmigo —le dijo al mayor Hill, encabezando el grupo.
Bordeando el pasamanos, se dirigieron apresuradamente hacia los cañones de
dieciocho libras de proa: dos de ellos bajo la fina lluvia y los otros dos protegidos de
ésta por el castillo. Pullings tenía bajo su mando la división del combés; el primer
oficial los cañones de doce libras del alcázar y el señor Wand los de dieciocho libras
de popa, cuyo manejo era entorpecido por las cabinas y los camarotes. Y desde
arriba, un guardiamarina alto y delgado, que parecía sentirse muy mal, le gritaba con
voz débil a la brigada de artilleros de proa.
La brigada de artilleros de proa del costado de babor estaba encargada de los
cañones uno, tres, cinco y siete, que eran excelentes y modernas piezas de artillería;
dos de ellos ya estaban preparados, los habían sacado, cargado y amartillado. La
porta del cañón número uno estaba bloqueada, y los artilleros, muy agitados, trataban
de abrirla con palancas y espeques, dándole golpes con fuerza y tirando de ella con la
estrellera de proa; y en aquel reducido espacio se sentía el olor a sudor de aquellos
hombres cobrizos. Jack se agachó, pasó por debajo de los balancines, colocó las
piernas a ambos lados del cañón y, sujetándose fuertemente al carro, comenzó a
lanzar patadas hacia atrás con toda su fuerza. De la porta caían astillas y trozos de
pintura, pero ésta no se movía, parecía estar empotrada en el barco. Tres veces. Luego
salió de allí y, cojeando, fue a examinar las retrancas.
—Halarlo con la estrellera —dijo.
Y cuando la boca del cañón estuvo contra la porta gritó:
—¡Preparados, preparados!
Tiró del cabo del disparador. Hubo una chispa, un gran estallido retardado (era
pólvora húmeda), y el cañón retrocedió violentamente casi hasta debajo de él. El
humo acre salió rápidamente por la destrozada porta, y cuando ya era menos espeso,
Jack pudo ver al sirviente, ya con el lampazo dentro del cañón, limpiándolo, y al resto
de la brigada atando los aparejos, y pensó complacido: «Conocen su trabajo». Luego
se asomó por la porta y mientras quitaba algunos trozos que quedaban colgando,
pensó: «¡Que Dios castigue a ese condenado condestable!»
Pero no había tiempo para la reflexión. El cañón número tres estaba todavía
dentro. Jack y el mayor Hill ataron los aparejos laterales, contaron «uno, dos, tres» y
desplazaron rápidamente el cañón hacía delante; el carro chocó contra la batiporta y
la boca del cañón salió lo máximo posible. El cañón número cinco estaba a cargo
solamente de cuatro marineros indios y un guardiamarina, disponía nada más de tres
tacos y las balas no estaban preparadas; debía de haber rodado solo, a causa del

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balanceo, cuando le habían soltado las trincas.
—¿Dónde están sus compañeros? —le preguntó Jack al guardiamarina, y
cogiéndole el puñal cortó el nudo de la entalingadura.
—Están enfermos, señor, enfermos. Kalim está casi muerto, no puede hablar.
—Dígale al condestable que necesitamos balas y un montón de tacos. ¡Dese prisa!
Luego le preguntó a otro guardiamarina:
—¿Qué desea, señor?
—El capitán quiere saber por qué ha disparado usted —dijo el joven, jadeando.
—Para abrir la porta —le contestó Jack sonriente al joven, que lo miraba ansioso,
con los ojos desorbitados—. Dígale que, con todos mis respetos, no hay suficientes
balas de dieciocho libras en cubierta. ¡Dese prisa!
El guardiamarina desapareció sin despegar los labios, omitiendo dar el resto del
mensaje.
El cañón número siete estaba muy bien, pues había siete hombres que se
encargaban de él: estaba nivelado, le habían quitado los aparejos —que habían sido
adujados cuidadosamente— y el grumete servidor de pólvora ya se había colocado a
su derecha con un cartucho en las manos. Todo estaba en orden. El capitán de
brigada, un marino europeo de pelo cano que sólo contestaba riendo entre dientes
nerviosamente, mantenía inclinada la cabeza, fingiendo que miraba por la mira del
cañón. Era, sin duda, un marino experimentado; había participado junto con él en una
misión y había desertado; temía ser reconocido. Probablemente había sido artillero
mayor, a juzgar por el orden en que mantenía todo el equipo. Jack pensó: «Espero
que apunte el cañón tan bien como…»
Terminó de comprobar si estaban preparadas la piedra de chispa y las cazoletas y
miró hacia los lados. Los coyes iban llegando en tandas a cubierta y eran estibados en
la batayola. Media docena de hombres muy enfermos, que habían sido azotados por
los ayudantes del contramaestre, se movían penosamente por cubierta, mientras éste
permanecía detrás de ellos, obviamente controlándolo todo. Todavía había un poco de
confusión en el alcázar, pero la frenética actividad había terminado. Aquel era un
momento de respiro y tenían suerte de disponer de él. De proa a popa, el barco
mercante parecía un navío de guerra, con la tripulación reducida y las cubiertas
todavía llenas, pero no obstante un navío de guerra. Jack miró hacia el grisáceo mar;
había bastante luz —una luz muy intensa ahora que la lluvia había cesado— y vio la
bandera tricolor a quinientas yardas de distancia. El Bellone todavía estaba amurado a
babor, pendiente de ver las piezas de artillería que llevaba el Lord Nelson. Por su
parte, el Lord Nelson aún tenía el viento de popa y, por tanto, se movía pesadamente;
éste era uno de los muchos defectos de su forma de navegar. Si el capitán
Spottiswood seguía navegando tan rápido, el barco francés probablemente arribaría y,
puesto que se movía al doble de la velocidad del Lord Nelson, cruzaría bajo la popa

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de éste disparándole. Ese era un problema del capitán; por el momento, el mundo de
Jack se reducía a sus cañones. ¡Qué sensación de alivio producían la subordinación,
las pequeñas responsabilidades, el hecho de no tomar decisiones…!
Los cañones número siete, cinco y tres estaban bastante bien; el número uno
estaba todavía poco preparado para que una brigada completa pudiera manejarlo con
rapidez, y ni siquiera tenía una brigada completa. Jack le lanzó una última mirada
escrutadora al barco corsario, que navegaba majestuosamente a pesar del embate de
las olas, y luego se metió bajo el castillo.
Mientras hacía un trabajo mecánico, duro, moviendo montones de pesados bultos
y barriles con tenacidad y rapidez, se dio cuenta de que estaba silbando el adagio de
la composición de Hummel. Recordó la inadecuada interpretación de Sophia y el
arrollador y maravilloso ímpetu de Diana; sintió una intensa emoción al recordar con
claridad a Sophia, tan dulce y protectora, allí en la escalera de la casa. Algunos
tontos, y sobre todo Stephen, decían que no se podía estar ocupado y a la vez sentirse
desdichado, triste.
El cañonazo del Bellone cortó en seco estas reflexiones. El cañón de proa del
costado de estribor lanzó una bala de ocho libras que pasó por el costado de babor del
Lord Nelson, rebotando. Y como si hubiera necesitado esto para entrar en acción, el
capitán Spottiswood comenzó a dar órdenes. Las vergas giraron en redondo, el barco
cambió de posición, y ahora podía verse el barco corsario enmarcado por la porta
número uno, destacándose sobre el oscuro fondo del poco concurrido castillo. El Lord
Nelson se abatió un poco para tomar su nuevo rumbo, con el Bellone por la aleta de
babor, de modo que Jack sólo veía ahora las velas de proa de éste, a cuatrocientas
yardas de distancia, a tiro de mosquete. Cuando el barco mercante viraba, disparó sus
cañones de popa, y se oyeron seis potentes estruendos y un agudo viva. Entonces
llegó a proa la orden:
—¡Abran fuego!
—Eso está mejor —dijo Jack saliendo precipitadamente de debajo del castillo.
La larga pausa previa a la acción era siempre difícil de soportar, pero ahora, en
pocos segundos se desvanecería todo menos el vivo momento presente, no habría
tiempo para la tristeza ni para el miedo. El cañón número siete estaba en buenas
manos, había girado hacia popa lo máximo que la porta permitía. El artillero mayor,
mirando a lo largo del cilindro del cañón, estaba atento al balanceo. Los cañones del
combés dispararon al mismo tiempo, y en medio de un remolino de humo —que llenó
los pulmones de los exaltados artilleros, sofocándoles—, Jack y el mayor Hill
corrieron a coger las largas palancas para levantar el cañón número cinco, una oscura
mole inanimada, mientras los marineros indios ataban los aparejos delanteros para
ayudarlo a girar sobre su eje y colocarlo apuntando a la popa del Bellone, ahora bien
visible. El cañón número siete disparó con un lento y débil estallido y mucho humo.

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Mientras se agachaba junto al cañón número cinco y se preparaba para levantarlo con
el espeque, Jack pensó: «Si toda la pólvora es como esa, sería mejor que intentáramos
abordarlos enseguida. Pero es muy probable que ese condenado bribón la haya dejado
ahí durante semanas». Esperó a que el humo se dispersara y el movimiento ondulante
del barco para apuntar el cañón; fue subiéndolo poco a poco, y cuando tiraba del
acollador vio desaparecer al Bellone en una blanca nube de humo provocada por su
propia batería. Arqueó el cuerpo sobre el cañón y lo disparó. No pudo ver dónde cayó
la bala a causa del humo, pero a juzgar por el enorme estruendo debía de haber caído
muy bien. El costado del barco corsario se llenó de ruidos y gritos, había agujeros en
el velacho y una bolina estaba desprendida. Otro cañón de proa disparó y él corrió
hacia el castillo, saltando por encima del aparejo del cañón número cinco, mientras lo
limpiaban para cargarlo de nuevo. Apuntó los cañones número tres y uno, los disparó,
y recorriendo rápidamente la fila volvió junto al cañón número cinco para ayudar a
dispararlo otra vez.
El fuego era general ahora. Los trece cañones de babor del Lord Nelson
disparaban de uno en uno o de dos en dos cada medio minuto, mientras que los
diecisiete del Bellone, después de haber lanzado tres descargas iguales en cinco
minutos —un formidable ritmo incluso para un navío de guerra— no disparaban
ahora a intervalos regulares, aunque lo hacían ininterrumpidamente. Éste, a
sotavento, quedaba oculto por una nube de humo que, dispersándose sobre el mar, se
juntaba con el humo de los cañones del barco mercante arrastrado por el viento, y
entre todo aquel humo asomaban llamaradas color naranja. Sólo dos veces Jack
estuvo seguro de cuál había sido la trayectoria de los disparos de su división: una
cuando el viento había rolado, desplazando a un lado la cortina de humo y
permitiendo ver que el disparo del cañón número siete había dado en el centro del
barco, justo por encima de las cadenas principales, y otra cuando había visto que su
propio disparo le había perforado el casco a proa. Las velas del barco corsario
tampoco eran ya tan hermosas como antes; no obstante, éste había acortado la
distancia y ahora estaba de través respecto al Lord Nelson, destrozándolo. ¿Avanzaría
rápidamente y cruzaría la proa?
Jack tenía poco tiempo para pensar mientras corría de un cañón a otro, ayudando
a dispararlos, limpiarlos y cargarlos, pero había llegado a la conclusión de que el
Bellone no tenía cañones más potentes que los de ocho libras y que intentaba
destrozar las velas, los aparejos y las perchas del barco mercante en vez de dañar su
casco y su valioso cargamento. No había duda de que no le gustaba recibir el impacto
de las balas de dieciocho libras: tres o cuatro cañonazos en el casco podrían ser algo
serio y una sola bala podría arrancar un firme mastelero. Si ellos no le daban duro
pronto, el barco corsario se acercaría cada vez más y abandonaría su elegante táctica.
Era un oponente duro, con su formidable artillería y sus repetidos intentos de cruzar

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la proa del Lord Nelson, y sería más duro aún en la lucha cuerpo a cuerpo. «Ya lo
veremos cuando llegue el momento», pensó Jack, ajustando un cabo.
Sintió un enorme y ensordecedor estrépito dentro de su cabeza y a su alrededor.
Se había caído. A ciegas luchaba por esquivar el cañón número cinco en su retroceso
y trataba de averiguar si estaba gravemente herido o no, pues había sido imposible
saberlo de inmediato. No lo estaba. El cañón número siete había estallado
provocando la muerte de tres artilleros de su brigada, haciendo volar en pedazos la
cabeza del artillero mayor —había sido su mandíbula la que le había abierto a Jack la
herida del antebrazo—, y lanzando trozos de hierro en todas direcciones, que habían
herido incluso a algunos hombres que estaban junto al palo mayor. Uno de esos
trozos de hierro había rozado la cabeza de Jack, haciéndolo caer al suelo. El rostro
que él, atontado, miraba ahora era el de Pullings, y éste le repetía:
—Debe irse abajo, señor. Abajo. Déjeme ayudarle a bajar.
Él se reanimó y, con una voz que no le parecía suya, gritó:
—Asegurad ese cañón.
Gracias a Dios, no se habían soltado los cáncamos de lo que quedaba del cañón y
del carro. Los hombres lo aseguraron rápidamente, tiraron los cuerpos por la borda y
llevaron enseguida los accesorios que habían quedado junto al cañón número cinco.
Tres descargas más, tres ensordecedores estallidos más junto a su oreja, se
sumaron al estrépito del cañón que había explotado, al recuerdo de los muertos y de
su propia herida, y se fundieron con el ruido de la furiosa batalla.
El humo se hacía más espeso, los fogonazos del Bellone se veían cada vez más
cerca, mucho más cerca, y éste se acercaba deprisa. Ellos disparaban los cañones
cada vez más rápido, sin parar ni un segundo, pues contaban también con el resto de
la brigada del cañón número siete y dos artilleros de un cañón desmontado del
alcázar. El metal de los cañones se había calentado tanto que éstos retrocedían
violentamente en cubierta, con el terrible chasquido de las retrancas. El Bellone lanzó
una lluvia de metralla seguida de una furiosa descarga de mosquetes y, cuando el
humo se dispersó, ya estaba muy cerca de ellos, poniendo en facha la gavia mayor
para controlar su velocidad y abordarse con ellos. Desde las cofas eran disparadas las
armas ligeras, para tratar de arrasar las cubiertas del Lord Nelson; había algunos
hombres en los penoles para atar las vergas a las de ellos, y un auténtico enjambre en
el castillo y los obenques de proa; los arpeos estaban listos en la proa y el combés.
—¡Todos los hombres a repeler el abordaje! —se oyó desde el alcázar.
Hubo un gran estruendo y chirridos cuando ambos barcos se tocaron. Los
franceses lanzaron un viva; enseguida aparecieron los alfanjes, que cortaban la red de
abordaje, las hachuelas y las brillantes espadas. Jack le arrebató una pistola a un
hombre que, con decisión, se asomaba por la destrozada porta número siete; luego
cogió rápidamente una palanca grande, y con la sensación —casi la absoluta certeza

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— de ser extraordinariamente fuerte e invulnerable corrió a enfrentarse con los
hombres que subían por la red, tratando de llegar a proa; y precisamente en la proa
tenía lugar el más duro ataque.
Permaneció allí, con un pie en el destrozado pasamanos y la gruesa palanca en
alto, asestándoles golpes y derribándoles. Alrededor de él, dando chillidos, luchaban
los marineros indios con picas, hachas y pistolas. Un grupo de hombres del alcázar y
el combés, de la Compañía de Indias, huyeron del portalón, por donde había entrado
una docena de corsarios que, armados de picas, se encaminaban al castillo.
La cubierta del barco mercante era mucho más alta que la del Bellone; tenía un
pronunciado recogimiento de costados —los costados inclinados hacia dentro— que
hacía difícil su acceso. Pero los franceses se aferraban a los costados, devolvían los
golpes y luchaban desesperadamente por subir a bordo. Había multitud de ellos, y
aunque eran rechazados seguían llegando a montones. El agitado movimiento del mar
separó los barcos, provocando que un nutrido grupo que estaba aferrado a las cadenas
de proa cayera entre ellos; y a aquella masa siguió disparándole con su trabuco el
señor Johnstone. El contramaestre corrió hasta un penol y cortó la ligada, y del otro
lado del pasamanos cayeron los arpeos sin causar ningún daño. Los cañones del
alcázar dispararon tres andanadas, hiriendo al capitán francés, desmontando el timón
del Bellone y cortando las drizas de la vela de mesana. El Bellone viró rápidamente
contra el viento, y si el Lord Nelson hubiera tenido suficientes marineros para repeler
a los hombres que lo abordaban y disparar los cañones al mismo tiempo, podría
haberlo acribillado, pues estaba a diez yardas de distancia. Pero éste no pudo disparar
ni una andanada y se movía hundiendo la proa; los dos barcos fueron separándose
silenciosamente.
Jack llevó a la enfermería a un grumete que tenía heridas hasta el hueso en ambos
brazos —se las había hecho cuando trataba de protegerse el rostro con ellos—, y
Stephen le dijo:
—Mantén el pulgar apretado aquí hasta que pueda ocuparme de él. ¿Cómo
vamos?
—Les hemos repelido. Están recogiendo a sus hombres con los botes. Serán unos
doscientos o trescientos. Enseguida se reanudará la lucha. Date prisa, Stephen, no
puedo esperar. Debemos hacer nudos y empalmes. ¿Cuántos tienes aquí?
—Treinta o cuarenta —dijo Stephen apretando el torniquete—. Chico, te pondrás
bien, ahora descansa. Jack, déjame verte el brazo, y la cabeza.
—En otro momento. Un par de golpes afortunados y les pondremos fuera de
combate.

***

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Un disparo afortunado. ¡Cuánto rezaba por él! Cada vez que apuntaba su cañón
rezaba por él, «en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». Pero con el
viento encalmado, el humo que envolvía el Bellone era cada vez más espeso y él no
podía ver nada. Además, sólo contaba con dos cañones; el número uno se había
soltado de las retrancas en la primera descarga, hiriendo a dos marineros indios y un
guardiamarina, y ahora se encontraba a su lado, calzado con cuñas de cualquier
manera detrás de un tonel. La tripulación bajo su mando se había reducido —la de
toda la cubierta se había reducido— y el ritmo de los cañonazos del Lord Nelson
había disminuido a uno por minuto, mientras que el Bellone, a cincuenta yardas por
barlovento, mantenía el mismo ritmo de disparos. A veces, cuando tenía tiempo,
miraba hacia atrás, y así pudo observar que en cubierta había muy pocos hombres y
junto a los cañones ya no había grupos numerosos. Algunos hombres habían sido
heridos, otros habían corrido abajo —las escotillas no estaban tapadas—, y los que
quedaban estaban cenicientos, cansados y débiles, habían perdido los ánimos y
luchaban sin convicción. Hill había desaparecido por un momento, pero ahora estaba
de regreso y apuntaba el cañón número tres. Jack atacó la carga y echó la mano hacia
atrás buscando la bala. Pero no había ninguna bala. Aquel condenado grumete
servidor de pólvora se había ido.
—¡Las balas! ¡Las balas! —gritó.
El grumete se acercaba caminando como un pato desde la escotilla principal con
dos pesadas balas entre los brazos. Era un grumete nuevo y, absurdamente, llevaba la
ropa de bajar a tierra, pantalones nuevos, chaqueta azul y una cinta en la coleta.
Además, era torpe.
—Cójalas de allí delante, maldito hijo de perra—dijo Jack, arrebatándole una al
grumete, que estaba horrorizado, sin habla, y metiéndola en el cañón—. De allí
delante, del cañón número uno. Hay una docena. ¡Rápido! ¡Rápido!
La segunda carga fue atacada con fuerza en el cañón, que ahora abrasaba.
—¡Súbanlo! ¡Súbanlo! —dijo Jack.
Penosamente, con gran esfuerzo, ellos levantaron la pesada mole a pesar del
oleaje; un marinero indio bajito, con el vaivén de las olas, se había puesto azul y
vomitaba.
Los cañones de la batería del Bellone rugieron todos a una, apuntados contra los
aparejos; metralla y balas de cadena pasaron con gran estrépito sobre sus cabezas.
Jack disparó, vio a Hill apartar al grumete para evitar el golpe del cañón en retroceso
e inmediatamente corrió entre el humo hasta el número tres. Tropezó con el
condenado grumete, que estaba a sus pies.
—Sepárate de los cañones. Eres un buen chico, y valiente —dijo amablemente,
levantándole—. Trae sólo una cada vez —señalaba el castillo—, pero deprisa. Y
cartuchos. Echa una mano. Necesitamos cartuchos.

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Los cartuchos no llegaron. Jack disparó el cañón número cinco, y al levantar la
vista hacia las gavias vio que las vergas del trinquete del Bellone se deslizaban entre
los obenques del Lord Nelson. De repente oyó detrás de él, detrás de él, los furiosos
gritos de los hombres que les abordaban. Los botes del barco corsario habían dado la
vuelta por detrás de ellos ocultos por el humo, y ahora cientos de franceses subían por
el desprotegido costado de estribor.
Los franceses llenaban el combés del Lord Nelson, impidiendo pasar del castillo
al alcázar, y eran tan numerosos los que subían a proa por la destrozada red de
abordaje que ellos no podían luchar. Muy cerca de él había multitud de rostros,
pechos y brazos, y aunque tenía una larga palanca en la mano, un condenado
hombrecillo, sujetándole la muñeca, le impedía usarla. Cayó, recibió pisotones y
patadas, pero volvió a levantarse y a hacerles frente disparando y usando su puñal. La
fuerza de aquella multitud de hombres era enorme. Atrás, atrás, paso a paso, iba
tropezando con cadáveres, atrás, atrás. Y entonces cayó en el vacío y escuchó un
impacto muy, muy débil, como si viniera de otro mundo.
El farol se balanceaba. Jack estaba observándolo tal vez desde hacía horas. El
mundo a su alrededor iba haciéndose cada vez más real y su memoria iba recordando
los momentos pasados hasta llegar al presente. O casi, porque él no podía acordarse
de la secuencia de hechos que siguió al estallido del cañón del pobre Haynes. Sí, así
se llamaba, Haynes; era un marinero del castillo, perteneciente a la guardia de babor
en el Resolution, que había sido nombrado artillero mayor cuando estaban en el cabo
de Buena Esperanza. El resto era oscuridad; así ocurría frecuentemente con las
heridas. ¿Acaso estaba herido? Sin duda, estaba en la enfermería, y quien se movía
entre los cuerpos quejumbrosos allí amontonados era Stephen.
—Stephen —dijo al cabo de un rato.
—¿Cómo estás, amigo mío? —dijo Stephen— ¿Cómo te sientes? ¿Cómo se
encuentra tu mente?
—Muy bien, gracias. Parece que estoy entero.
—Yo diría que sí. Tu tronco y tus extremidades están en buen estado. Lo que
temía estos últimos días era que cayeras en coma. Te caíste por la escotilla de proa.
Pero puedes tomarte una de mis pociones, esos cerdos no encontraron ni la mitad de
ellas.
—¿Fuimos capturados?
—Sí, fuimos capturados. Tuvimos treinta y seis bajas, entre muertos y heridos, y
fuimos capturados. Nos robaron todo —nos dejaron en cueros—y nos tuvieron
encerrados bajo las escotillas los primeros días. Aquí tienes la poción. Pero puesto
que le extraje una bala del hombro al capitán Dumanoir y cuidé de sus hombres
heridos, ahora se nos permite tomar el aire en cubierta. El segundo de a bordo, el
capitán Azéma, ex oficial del Rey, es un hombre amable y ha evitado grandes

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desmanes, excepto el robo.
—Corsarios —dijo Jack tratando de encogerse de hombros—. Pero, ¿qué ha
pasado con aquellas jóvenes? ¿Qué ha pasado con las señoritas Lamb?
—Están vestidas de hombre… de grumete. Pero dudo que se sientan complacidas
del éxito que han tenido en su engaño.
—¿Son muy numerosos los tripulantes corsarios? —preguntó Jack, mientras por
su mente cruzaba la idea de recuperar el barco mercante.
—Numerosísimos —dijo Stephen—. Cuarenta y uno. Los oficiales de la
Compañía de Indias han dado su palabra de honor; algunos marineros indios trabajan
para los corsarios por el doble de paga y los demás tienen la influenza española. Nos
llevan a La Coruña.
—Que no piensen que lograrán llevarnos hasta allí —dijo Jack—. Por un lado
están los vientos del Canal, y al oeste hay innumerables barcos de crucero.
Hablaba con convicción; sabía que era cierto lo que decía. Pero el martes
siguiente, cuando se paseaba por cubierta aún débil, autorizado por Stephen,
observaba con desesperación el océano casi completamente desierto; sólo estaba allí,
a barlovento, el hermoso Bellone. No se veía en el horizonte ningún otro barco, ni el
más pequeño lugre; y él, tras varias horas de observación, no tenía ningún motivo
para confiar en que apareciera. Desierto; y en algún lugar más allá del horizonte, a
sotavento, la costa española. Recordó su regreso de las Antillas en el Alert, cuando a
pesar de recorrer la ruta marítima más concurrida de todo el Atlántico no vieron un
alma hasta que estuvieron frente a Lizard. Pullings, muy pálido, apoyado en las dos
señoritas Lamb, subió a cubierta por la tarde. Jack ya había visto a Pullings (tenía
metralla en el muslo, una herida de sable en el hombro y dos costillas rotas), al mayor
Hill (con influenza) y al resto de los hombres atendidos por Stephen, pero esa era la
primera vez que veía a las jóvenes.

***

—¡Estimada señorita Lamb! Espero que se encuentre bien, muy bien —dijo
sinceramente preocupado, aunque en verdad quería decir «que no la hayan violado».
—Gracias, señor —dijo la señorita Lamb con expresión grave, extraña, que la
hacía parecer otra persona—. Mi hermana y yo estamos perfectamente bien.
El capitán Azéma se aproximó desde estribor. Era un hombre moreno, alto y
desgarbado, de carácter duro, y un marino competente, el tipo de persona que a Jack
le gustaba.
—Señoritas Lamb, su más fiel servidor —dijo el capitán Azéma, haciendo una
inclinación de cabeza y besando sus dedos—. Las señoritas están bajo mi especial

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protección, señor. Las he persuadido de que llevaran vestidos y volvieran a su
encantadora forma. No corren el más mínimo riesgo de ser molestadas. Algunos de
mis hombres son, sin duda, unos canallas, y podría decirse que también unos tipos
impetuosos; pero aunque no tuvieran mi protección, ni uno solo, ni uno, les faltaría el
respeto a estas heroínas.
—¿Qué?
—Así es, señor —dijo Pullings atrayéndolas hacia él—. Auténticas heroínas,
como Juana de Arco. Llevaban balas, corrían como locas de un lado a otro con la
pólvora, con tacos, y me trajeron una mecha cuando me quedé sin piedra de chispa.
—¿Llevaban la pólvora? —gritó Jack—. El doctor Maturin dijo que llevaban
pantalones o algo parecido, pero yo…
—¡Oh, despreciable hombre falso! —exclamó la señorita Susan—. ¡Usted vio a
Lucy! Y le gritó las cosas más horribles que he oído en mi vida. Usted insultó a mi
hermana, señor, sabe que lo hizo. ¡Qué vergüenza, capitán Aubrey!
—¿Capitán Aubrey? —dijo Azéma, añadiendo a su parte del botín la recompensa
por un oficial inglés, una considerable suma.
«Se descubrió el pastel… Estoy perdido… Así que ellas transportaban pólvora…
Una acción sumamente valerosa» —pensaba Jack. Y en voz alta dijo humildemente:
—Estimadas señoritas Lamb, les ruego que me perdonen. Me falla la memoria y
no puedo recordar la última media hora de la batalla, una batalla particularmente
encarnizada. Me golpeé en la cabeza al caerme y me falla la memoria. Pero
transportar pólvora es una acción sumamente valerosa. Las admiro mucho, estimadas
señoritas. Por favor, perdónenme. El humo… los pantalones… Quisiera saber lo que
dije para retirarlo ahora mismo.
—Dijo… —dijo la señorita Susan, haciendo enseguida una pausa—. Bueno, se
me olvidó… pero era monstruoso.
El ruido de un cañonazo hizo que el grupo se sobresaltara; todos a la vez dieron
involuntariamente un salto brusco. Todos estaban hablando muy alto, pues aún
estaban medio ensordecidos por el fragor de la batalla, pero el ruido del cañonazo
llegó a lo más profundo de sus oídos y se volvieron como movidos por un resorte,
como si fueran juguetes mecánicos, hacia el Bellone.
Durante todo este tiempo, el barco corsario se había mantenido con dos rizos en
las gavias para que el Lord Nelson pudiera acompañarlo; pero ahora los hombres
estaban en las vergas y se disponían a quitarlos. El capitán Dumanoir le gritó con voz
clara a su segundo de a bordo que se dirigiera directo a La Coruña «con todas las
velas desplegadas». Dijo otras cosas que Jack y Pullings no pudieron entender, pero
la idea general estaba clara: el serviola había avistado una vela a barlovento y él no
iba a correr ni el más mínimo riesgo con una presa tan valiosa, así que arribaría para
hacer un reconocimiento y, según el caso, saludar a un barco amigo o neutral, luchar

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contra un enemigo o, confiando en las magníficas cualidades del Bellone para
navegar, dejar atrás la desconocida embarcación.
El Lord Nelson arrastraba un manto de algas marrón oscuro, le entraba mucha
agua (las bombas no habían cesado de funcionar desde la batalla) y, además, tenía
aún las velas, las perchas y los aparejos dañados, de modo que sólo podía navegar a
cuatro nudos, incluso con las sobrejuanetes desplegadas.
En cambio, el Bellone, ahora con tres pirámides blancas, navegaba de bolina de
forma óptima; y en diez minutos ambos estuvieron a dos millas de distancia. Jack
pidió permiso para subir a la cofa; el capitán Azéma no sólo le dijo que podía ir
adonde quisiera sino que también le prestó el telescopio de Stephen.
—Buenos días —dijo el corsario que estaba en la cofa. Jack le había dado un
golpe terrible con su palanca pero él no le guardaba rencor—. Aquella es una de
vuestras fragatas.
—¿Ah, sí? —dijo Jack, apoyando la espalda contra el mástil.
El distante navío apareció en el objetivo del telescopio. Treinta y seis cañones, no,
treinta y ocho. Un estandarte rojo. ¿Naiad? ¿Minerve? Iba navegando tranquilamente
cuando divisó el Bellone, y enseguida aparecieron sus alas —cuando les ataban las
empuñiduras a las últimas, Jack ya podía verla bien— y cambió el rumbo para
acercarse al barco corsario; entonces vio al barco de la Compañía de Indias y cambió
el rumbo de nuevo para conocer más detalles sobre éste. Entretanto, el Bellone daba
bordadas torpemente, tardando una eternidad en comparación con lo que Jack le
había visto hacer en cinco minutos desde que se oía «virar timón» hasta «tomar
nuevo rumbo», y Jack oía a sus hombres reírse y hacer bromas en cubierta. El barco
corsario permaneció en el mismo bordo hasta que estuvo a una milla de la fragata;
navegaba en contra de las olas y el agua cristalina llegaba hasta el castillo. En ese
momento una blanca ráfaga azotó la proa; él desvió la mirada y vio aparecer la
bandera roja en la punta del palo de mesana. Frunció el entrecejo; él habría izado la
bandera tricolor o, puesto que en aquellas aguas había muchas fragatas americanas, la
de barras y estrellas. Tal vez no hubiera servido de nada, pero habría valido la pena
intentarlo. Por su parte, el Bellone era perfectamente capaz de izar la bandera
francesa sin miramientos, para pasar por un navío francés cualquiera y alejar la
fragata.
Eso fue lo que hizo. Eso fue precisamente lo que hizo. Y el marinero, que le había
pedido a Jack su catalejo, mientras lo limpiaba pasándole la lengua con olor a ajo, se
reía para sus adentros. Jack sabía lo que pensaba el capitán de la fragata: a lo lejos, a
sotavento, había un barco, probablemente un mercante, tal vez una presa aunque no
sabía de qué tipo, y cruzando su proa había una corbeta francesa no muy bien
gobernada ni muy rápida, que no dejaba de dispararle. Cualquiera habría podido
saber sin mucha dificultad cuál sería su decisión; Jack enseguida vio cómo la fragata

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orzaba y las alas desaparecían. Ésta había virado, y con las trinquetillas desplegadas
comenzó a perseguir el Bellone. Se enfrentaría al barco francés y luego regresaría
para ocuparse de la hipotética presa.
Jack pensó: «Sin duda, te das cuenta de que está atrapando el viento. Sin duda,
has visto este viejo truco antes».
Ambas embarcaciones iban alejándose cada vez más: la fragata con un fuerte
embate de las olas a popa y el Bellone, logrando apenas mantenerse fuera del alcance
de sus perseguidores. Y cuando no eran más que dos manchas blancas en el
nornoreste y sus cascos ya no se veían, Jack bajó pesadamente de la cofa. El marinero
movió la cabeza y le miró con aire compasivo y a la vez solidario; eso le había
ocurrido a él antes y le estaba ocurriendo a Jack ahora, era uno de los pequeños
sufrimientos de la vida.
Después del anochecer, el capitán Azéma cambió el rumbo de acuerdo con sus
instrucciones, y el barco mercante, dibujando una fina estela de cien millas en
veinticuatro horas, se adentró en un mar solitario donde la fragata no volvería a verlo.
En el extremo de aquella estela estaba La Coruña; Jack no dudaba que el capitán
Azéma arribaría a tierra después de recorrer una milla más o menos, no sólo porque
Azéma era un experto marino sino porque el buen tiempo se mantenía ya desde hacía
varios días y era perfecto para la observación y para determinar la posición. La
Coruña, España. Pero ahora que se sabía que Jack era un oficial no le dejarían bajar a
tierra. A menos que él diera su palabra de honor, Azéma lo pondría entre rejas y lo
dejaría allí hasta que el Bellone o algún quechemarín lo llevaran a Francia; su pellejo
valía mucho.
Al día siguiente había un gran vacío; se veía claramente la ininterrumpida línea
del horizonte y la bóveda celeste, donde aparecían nubes poco densas y azuladas. A
este día siguió otro similar, que sólo tenía de diferente lo que Jack creía que era el
principio de la influenza y el comportamiento frívolo de las señoritas Lamb,
perseguidas por el primer teniente de Azéma y un voluntario de dieciséis años de ojos
brillantes.
Pero el viernes el mar se llenó de embarcaciones. En el océano se veían, como
manchas grises, los bacaladeros de una flota que volvía de Terranova cargada de
bacalao; se podían oler a una milla de distancia. Entre ellos, al parecer fortuitamente,
había un barco de doble aparejo latino con un montón de velas raras, un barco
extraño con una proa antigua; éste hacía recordar que, lamentablemente, la costa
estaba cerca, pues era un barco que no salía al océano. Sin embargo, a pesar de que
aquel barco tenía gran interés para cualquier marino, ellos dejaron de prestarle
atención para ocuparse del insignificante cúter que estaba a lo lejos, a sotavento.
—¿Ve usted el cúter, señor? —dijo Pullings.
Jack asintió con la cabeza. El cúter era un tipo de jarcia más usado por los

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ingleses que por los franceses. Lo utilizaban tanto la Armada como los corsarios y
tanto los contrabandistas como sus perseguidores, porque era rápido, ágil y navegaba
muy bien de bolina; pero no era muy útil para los mercaderes. Y aquel pequeño barco
en particular no era un barco mercante, ¿qué mercante seguiría aquel rumbo errático
entre los bacaladeros? Tampoco pertenecía a la Armada, porque en cuanto avistó el
Lord Nelson apareció una vela escandalosa encima de la mayor, una vela moderna
que aún no había sido aprobada en la Armada. Era un barco corsario.
Esta era también la opinión del capitán Azéma. Ya los cañones estaban fuera en
ambos costados, cargados y orientados. Azéma no tenía mucha prisa porque el cúter
tendría que virar y colocarse con el viento en contra. Además, a medida que éste se
acercaba, bordada tras bordada, se veía con claridad que había estado en dificultades
poco tiempo atrás. Su vela mayor tenía dos rizos, presumiblemente porque había
sufrido daños; había un montón de extraños parches tapando sus agujeros, y muchos
más en la trinquete y en el destrozado foque. Su estructura superior tenía un aspecto
deplorable y una de las siete portas del costado de estribor había sido reparada
apresuradamente. No era probable que pudiera hacer mucho daño, pero aun así
Azéma no iba a correr riesgos; ya se había colocado una nueva red de abordaje, se
habían llenado gran cantidad de cartuchos y se habían traído muchas balas, y el
suplente del contramaestre, ayudado por todos los marineros indios que podían
trabajar, aseguraban las vergas.
El Lord Nelson estaba preparado mucho antes de que el cúter disparara un
cañonazo e izara la bandera inglesa, pero no respondió inmediatamente. Azéma miró
a Jack y a Pullings.
—No voy a pedirles que se vayan abajo, pero si gritan o hacen señales, me veré
obligado a dispararles —dijo sonriendo, pero hablaba en serio y, además, llevaba dos
pistolas en el cinturón.
—Está bien —dijo Jack, con una inclinación de cabeza.
Pullings sonrió tímidamente.
El cúter se encontraba a proa del barco mercante y su vela mayor flameaba.
Azéma le hizo al timonel una indicación con la cabeza. El Lord Nelson viró despacio
y Azéma dijo:
—¡Fuego!
La batería —sólo los cañones de dieciocho libras— hizo fuego en el momento
descendente del balanceo. Los cañonazos, bien agrupados, cayeron muy cerca de la
proa del cúter, por el costado de babor, y algunos, al rebotar, atravesaron sus velas,
haciéndoles más agujeros, y arrancaron el tercio del bauprés que aún quedaba.
Sorprendido por aquel recibimiento, el cúter trató de cambiar la orientación de las
velas y virar, pero como llevaba muy poca velocidad y el foque flotando al viento, no
lo consiguió. Entonces se abatió, disparando contra el Lord Nelson sus siete cañones

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de seis libras, y finalmente viró en redondo, cambiando de bordo.
El cúter sabía que se enfrentaba a un enemigo duro, difícil; la mitad de una
andanada como aquella lo mandaría al fondo. Pero ganó velocidad y cruzó la popa
del Lord Nelson, disparando otra vez; luego dio una vuelta como una bailarina, volvió
a cruzar y se detuvo a proa, por estribor. Los disparos de sus cañones de seis libras,
desde una distancia de doscientas yardas, no le hicieron ningún daño a los gruesos
costados del barco mercante, pero cortaron sus aparejos. Todo parecía indicar que el
cúter intentaba seguir con esa maniobra.
Azéma no iba a permitirlo. El cúter había ido de un lado para otro a pesar de dar
guiñadas para disparar, y ahora, navegando viento en popa, se acercaba de través,
formando un ángulo de 90° con el barco mercante. Azéma recorrió la fila de cañones,
habló con todas las brigadas y ordenó disparar una andanada, pero ésta cayó en el
lugar que el cúter había ocupado segundos antes; el capitán del cúter, como por
magia, intuición o telepatía, había virado a sotavento en el mismo instante en que se
daba la orden de disparar. Volvió a hacer lo mismo dos minutos más tarde, no por
magia sino por el cálculo del tiempo que le tomaría a los artilleros tenerlo otra vez en
la mira. Iba a abordarles, y sólo tenía que hacer una corta bordada para llegar hasta la
proa del Lord Nelson. Jack podía ver a los hombres con los alfanjes y las hachas de
abordaje preparados en cubierta, unos veinticinco o treinta, y al capitán llevando con
una mano la caña del timón y con la otra un largo sable; dentro de un momento
comenzarían los furiosos gritos.
—¡Fuego! —dijo Azéma de nuevo.
Y cuando el humo se disipó, pudo verse el cúter con la gavia arrancada, colgando
de un lado y dando bandazos. Su capitán ya no estaba al timón, y había un montón de
hombres en cubierta, unos moviéndose con dificultad y otros inmóviles. Con la
velocidad que llevaba, el cúter sobrepasó la proa del Lord Nelson, quedando fuera del
alcance de la siguiente descarga, y continuó desplazándose rápidamente, tratando de
ganar cien yardas más o menos antes de que el Lord Nelson virara y le disparara
desde el costado de estribor.
Sobrevivió a la descarga, aunque fue difícil ver cómo lo hizo por la cantidad de
blancas salpicaduras que había alrededor de él. Azéma, que no tenía demasiado
interés en capturarlo ni en hundirlo, sólo le disparó algunos cañonazos más antes de
volver al rumbo fijado. Diez minutos después, el cúter desplegó un nuevo foque y
una nueva trinquete y se alejó, haciéndose cada vez más pequeño entre los distantes
bacaladeros. Jack se palpó los bolsillos buscando su reloj, pues le gustaba anotar el
comienzo y el final de todos los combates, pero ya no lo tenía, por supuesto.
—Creo que ha sido temerario e inmoral lo que ha hecho —dijo Azéma—. ¡Podría
haber matado a algunos de mis hombres! Debería haberlo hundido. Soy demasiado
magnánimo. Eso no es valor sino temeridad.

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—Estaría de acuerdo con usted si hubiera hecho lo contrario —dijo Jack—. Una
corbeta que no ataque a un navío de línea comete una estupidez.
—Vemos las cosas de forma distinta —dijo Azéma, molesto por el tiempo
perdido y los daños que había sufrido la jarcia—. Tenemos diferentes puntos de vista.
Pero al menos —sonreía de nuevo— espero que sus compatriotas nos den un día de
descanso.
Él tuvo un día de descanso, y también la mañana del siguiente, pero poco después
de haber anotado las observaciones del mediodía —45° 23'N, 10° 30'O— y de
prometerle a sus prisioneros pan español y auténtico café para desayunar, se oyó el
grito: «¡Vela a barlovento!»
Poco a poco la mancha blanca fue haciéndose más definida, hasta tomar la forma
de un bergantín, un bergantín que, sin duda, les perseguía. Las horas pasaron; el
capitán Azéma había estado preocupado y pensativo durante la comida,
interrumpiendo ésta de vez en cuando para subir a cubierta. El Lord Nelson llevaba
desplegadas las juanetes con las alas superiores e inferiores, lo cual hacía que se
desplazara en dirección a La Coruña rápidamente, a cinco o seis nudos, con viento
fuerte. Se largaron las sobrejuanetes poco después de las cuatro, y Azéma observaba
ansioso los dañados mástiles para comprobar si resistían la presión. Durante un rato
pareció que dejaban atrás al bergantín.
—Señor, estoy casi seguro de que es el Seagull —le dijo Pullings en secreto al
bajar de una altura considerable, desde donde había observado largamente el
bergantín—. Mi tío era su capitán en 1799 y he estado a bordo muchas veces.
—¿Seagull? —dijo Jack frunciendo el entrecejo—. ¿No habían cambiado los
viejos cañones por carronadas?
—Exactamente, señor. Tiene dieciséis de veinticuatro libras que caben muy justas
en las portas y dos cañones largos de seis. Puede dar duro si se acerca lo bastante,
pero es muy lento.
—¿Más lento que esto?
—Muchísimo más, señor. Pero acaba de desplegar las sosobres, y eso puede
suponer una diferencia.

***

La diferencia fue pequeña, muy pequeña —tal vez la longitud de un tapete o dos
—, pero cinco horas con un tiempo invariable bastaron para que el Seagull estuviera
al alcance del último cañón de dieciocho libras de la batería de estribor y de un cañón
largo de ocho libras que Azéma había sacado por la galería que rodeaba los
camarotes.

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El bergantín —ahora estaban seguros de que era el Seagull—, a diez millas de
distancia, sólo pudo responder con el cañón de seis libras de proa; y el único efecto
que esto tuvo fue un poco de humo y levantar el ánimo de la tripulación. Pero pudo
acercarse más al Lord Nelson, pues éste entró en una zona de aguas oscuras que el
viento, rechazado por las montañas españolas, y la marea baja, delimitaban
naturalmente, un área sombría, con mucho oleaje, frecuentada por las gaviotas y otros
pájaros de la costa.
En cinco minutos la velocidad del Lord Nelson disminuyó perceptiblemente, y el
sonido de su jarcia bajó de tono. El Seagull se le había acercado por la aleta de
estribor. Antes de que el bergantín entrara también en la zona de aguas oscuras,
disparó la primera andanada con sus carronadas de corto alcance; ésta no dio en el
blanco, ni tampoco la siguiente, aunque una bala de veinticuatro libras, al rebotar,
atravesó la barrera de coyes y golpeó débilmente el palo mayor. El capitán Azéma,
levantando la vista de donde habían caído los fuertes disparos, observó pensativo el
bergantín; éste debía recorrer todavía un cuarto de milla antes de que dejara de
atrapar el viento. Cincuenta yardas más y los disparos de los cañones de veinticuatro
libras retumbarían en sus oídos, atravesarían los valiosos costados del barco mercante
y destrozarían los mástiles ya dañados. No sentía miedo sino irritación por las
consecuencias; el ritmo de los disparos del Seagull y su precisión dejaban mucho que
desear, mientras que el barco mercante llevaba a bordo ocho artilleros mayores;
además, la capacidad de maniobra de aquél no era superior a la de éste, y bastaría con
arrancarle una o dos perchas para dejarlo atrás y poder alcanzar la costa. Sin
embargo, Azéma iba a necesitar toda su concentración.
—No es muy espacioso su bergantín —le dijo a Jack—. Es posible que tengamos
serias dificultades con él. Tengo que pedirles que se vayan abajo. Messieurs les
prisonniers, a la bodega, por favor. Ruego a los prisioneros que bajen a la bodega.
Su tono autoritario no admitía una negativa. Con desgana, ellos apartaron la vista
del mar envuelto en sombras y bajaron por las escotillas hasta el nivel más bajo,
donde oyeron cerrarse de golpe una reja y un ruido de cadenas. Y precisamente desde
las entrañas del barco mercante, entre el olor del té, la vainilla y el agua de la sentina,
Jack, Pullings, los tripulantes europeos y todos los pasajeros fueron testigos de la
batalla. Testigos de oído, desde luego, porque se encontraban por debajo de la línea
de flotación, iluminados por un farol oscilante que sólo les permitía ver vagamente
los paquetes; pero lo que oían lo oían muy bien; El Lord Nelson actuaba como una
caja de resonancia y propagaba el estruendo de los cañones de dieciocho libras en un
tono un octavo más bajo, mientras que a través del mar llegaba el ruido de los
disparos del Seagull, extraños golpes secos como los de un lejano martillo forrado de
tela, sonidos sin armónicos, tan claros que a veces era posible distinguir cada una de
las ocho carroñadas, cuyos disparos habrían parecido simultáneos al aire libre.

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Ellos escuchaban, trataban de calcular la dirección de los cañonazos y el peso del
metal lanzado —cuatrocientas treinta y dos libras para el Lord Nelson, trescientas
noventa y dos para el bergantín— y cuándo entrarían en juego. Jack pensaba:
«Azéma está utilizando solamente los grandes cañones. Y concentra el fuego en los
mástiles, no cabe duda». A veces el Seagull le daba al barco mercante y ellos
lanzaban vivas y trataban de adivinar el lugar del impacto. Una vez se oyeron de
repente pasos apresurados en la sentina, y la renovada actividad de la bomba dejó
claro que al Lord Nelson le habían dado por encima de la línea de flotación,
probablemente en la bodega de proa; en otra ocasión un fuerte ruido metálico les hizo
pensar que un cañón había sido alcanzado, tal vez desmontado.
Alrededor de las tres de la madrugada la vela se apagó y ellos se quedaron a
oscuras, escuchando, escuchando; a veces se quejaban por no tener abrigos, mantas,
almohadas ni comida y a veces dormitaban. El fuego continuó; el Seagull dejó de
lanzar andanadas y ahora disparaba los cañones de uno en uno y, en cambio, el Lord
Nelson no hizo nada diferente durante el resto de la batalla sino que siguió con el
mismo ritmo hora tras hora.
La señorita Lamb se despertó gritando:
—¡Una rata! ¡Una enorme rata! ¡Oh, cómo echo de menos mis pantalones!
La concentrada atención fue relajándose a medida que transcurría la noche. Jack
le habló una o dos veces al mayor Hill y a Pullings sin obtener respuesta. Advirtió
que el número de disparos que había contado se confundía con el cálculo de los
enfermos y heridos atendidos por Stephen… con comentarios de Sophia… con el
recuerdo de la comida y el café… con la interpretación del trío en re menor, el
glissando de Diana y la nota sostenida en el violonchelo cuando tocaban los tres
juntos.
Mucha luz, el ruido de la cadena, el chirrido de la reja; él se dio cuenta de que
estaba casi dormido. Aunque no lo estaba del todo, pues sabía que el fuego había
cesado hacía más de una hora, pero sí lo bastante para sentirse torpe y avergonzado.
En cubierta llovía; caía una fina lluvia desde el altísimo cielo y el escaso viento
que había soplaba de tierra. El capitán Azéma y sus hombres estaban muy pálidos y
cansados pero tranquilos, demasiado cansados para exteriorizar su satisfacción pero
tranquilos. Con la gavia mayor y el velacho desplegados, el Lord Nelson se deslizaba
por el mar con el viento en contra, y el Seagull permanecía inmóvil a lo lejos, por la
aleta de estribor. Incluso a aquella distancia Jack podía ver que estaba terriblemente
dañado. Se encontraba muy hundido en el agua y las bombas no cesaban de
funcionar; la verga trinquete se había caído, el mastelero mayor parecía tambalearse,
la cubierta y los costados tenían considerables destrozos y cuatro portas estaban
destruidas. Se había desviado de su rumbo para que se hicieran las reparaciones y se
taparan las entradas de agua; las probabilidades de que reanudara la batalla eran…

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El capitán Azéma se había inclinado sobre un cañón y lo había apuntado con
cuidado; luego, teniendo en cuenta el balanceo, disparó. La bala salió directamente
hacia el centro de la brigada de reparación y él se quedó observando su trayectoria.
—Continúe, Partre —dijo. Y luego se acercó a la bitácora para coger su humeante
taza de café.
Era algo perfectamente admisible, pero aunque él podría haber hecho lo mismo,
le parecía tan cruel que, rechazando una taza de café, desvió la mirada para observar
los daños del Lord Nelson y la costa, que ahora quedaba al este en el horizonte. Sus
daños eran numerosos pero no demasiado importantes.
Azéma no había llegado a tierra como esperaba —frente a ellos estaba el cabo
Prior—, pero arribaría a La Coruña a mediodía. Jack hizo caso omiso del segundo
cañonazo; trataba de entender por qué aquello le dolía tanto si él no tenía ningún
amigo a bordo del Seagull. No podía aclarar sus ideas, pero era consciente de que
sentía una gran animadversión hacia Azéma. Y con extraordinaria alegría,
recuperando las esperanzas cuando todo parecía perdido, vio un navío doblar aquel
cabo, en dirección norte. Era un navío de línea de Su Majestad de vuelta a su país, el
Colossus, y lo seguía el Tonnant, de ochenta cañones.
El serviola gritó:
—¡Dos navíos de línea!
Luego siguieron otros dos; era una potente escuadra que navegaba velozmente
con todas las velas desplegadas. No había la más mínima posibilidad de escapar.
Silencio; gran consternación. En medio de aquel silencio, Jack se acercó al cañón de
dieciocho libras que ya estaba apuntado y, poniendo la mano en la llave, dijo en tono
grave:
—Usted no debe disparar este cañón, señor. Debe arriar la bandera.

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CAPÍTULO 6
A las ocho menos cinco Jack Aubrey cruzaba apresuradamente el patio de
adoquines del Almirantazgo bajo la monótona lluvia, perseguido por la voz del
cochero que le había llevado.
—¡Cuatro peniques! ¿Y usted se considera un caballero? Es usted un condenado
marino con media paga que no tiene vergüenza.
Jack se encogió de hombros y, esquivando el chorro del canalón, entró
rápidamente en el vestíbulo, atravesó la sala de espera principal y siguió hasta la
pequeña oficina llamada «Sala del contramaestre», donde estaba citado nada menos
que con el First Lord. La chimenea estaba empezando a tirar; se oía el agradable
crepitar del fuego, cuyas rojas lenguas atravesaban el humo color ocre que subía en
espiral y se unía fuera con la niebla también ocre. Él se detuvo de espaldas a la
chimenea, mirando la lluvia y secándose el uniforme, el mejor que tenía, con un
pañuelo. Bajo el poco iluminado arco de Whitehall pasaban algunas figuras, civiles
con paraguas y oficiales expuestos a los elementos; creyó reconocer a dos o tres —sin
duda, uno de ellos era Brand, del Implacable— pero estaba demasiado ocupado con el
espeso barro que le cubría las hebillas de los zapatos para dedicarles mucha atención.
Estaba muy nervioso —cualquier marino que estuviera esperando para ver al
First Lord estaría nervioso—, aunque pensaba menos en la futura entrevista que en
obtener el mayor servicio de un simple pañuelo y en hacer consideraciones sobre la
pobreza. Pensaba que ésta era una vieja conocida, casi una amiga, un estado más
natural para un oficial de marina que la riqueza, pero le gustaba la riqueza, le
encantaría volver a ser rico; sin embargo, así ya no tendría la satisfacción de haber
podido arreglárselas, ni tampoco la sensación de triunfo al encontrar una guinea en el
bolsillo de un viejo abrigo, ni la enorme tensión al darle la vuelta a una carta de la
baraja. Había tenido que tomar un coche de alquiler porque el barro le llegaba hasta
los tobillos y soplaba un condenado viento del suroeste; además, los buenos
uniformes no crecían en los árboles, ni tampoco las medias de seda.
—Capitán Aubrey, señor —dijo el funcionario—, Su Señoría va a recibirlo ahora.
—¡Capitán Aubrey! ¡Qué alegría verle! —dijo lord Melville—. ¿Cómo está su
padre?
—Muy bien, señor, gracias. Está encantado con el resultado de las elecciones,
como todos nosotros. Pero le ruego que me perdone, milord, por no estar al corriente
de todo. Quisiera felicitarle muy sinceramente por haber sido nombrado par.
—Es usted muy amable, muy amable —dijo lord Melville.
Luego Jack le preguntó cortésmente por lady Melville y Robert. Y él, tras
responder a sus preguntas, continuó:
—Así que su viaje de vuelta a casa ha sido agitado.

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—En efecto, milord —dijo Jack—. Pero me asombra que usted lo sepa.
—Es que ha salido en el periódico. Se publicó una carta de una pasajera a su
familia, describiendo la captura y la recuperación del barco de la Compañía de Indias.
Ella menciona su nombre; dice cosas estupendas de usted. Sibbald me la enseñó.
Esa condenada joven, esa Lamb, seguramente había mandado la carta con el
guardacostas. ¡Y él se había apresurado a dejar Plymouth, con dinero prestado, sin
saber que llegaría a un Londres lleno de policías alertados que le esperaban para
arrestarle por no pagar las deudas, deseosos de encerrarlo en Fleet o Marshalsea8 para
que se pudriera allí mientras la guerra continuaba, perdiendo así todas las
oportunidades! Había conocido a muchos oficiales —Baines, Serocold…—cuyas
carreras habían sido arruinadas por un policía. ¡Y él había estado pavoneándose por la
ciudad vestido como si fuera el cumpleaños del Rey, con tantos alguaciles que podían
reconocerlo! Al pensarlo sintió náuseas y escalofríos, y balbuceó:
—… muy asombrado… cogí una silla de posta en Plymouth y no pasé más de un
par de horas en casa de mi padre… pensé que llegaría antes que las noticias.
Sin embargo, sus palabras debían de tener suficiente sentido, porque lord Melville
le dijo con su acento escocés:
—Estoy seguro de que usted no escatimó esfuerzos. Pero me gustaría que hubiera
venido mucho antes, semanas e incluso meses antes, cuando aún no se habían
acabado los mejores navíos. Me hubiera gustado hacer algo por usted; al principio de
la guerra había muchos mandos disponibles. Me ocuparé enseguida del asunto de su
ascenso, como se me ha solicitado, pero no puedo darle esperanzas de que conseguirá
un navío. No obstante, hay alguna posibilidad de entrar en el Servicio de defensa de
puertos o en el Servicio de leva, ya que estamos ampliando ambos y se necesitan
hombres activos y con empuje.
También, dado que éstos eran puestos en tierra, se necesitaban hombres solventes,
amantes de las comodidades, sin ambición o cansados del mar, deseosos de cuidar de
una especie de milicia de pescadores u ocuparse de la odiosa tarea del reclutamiento
forzoso. Estaba claro que sería ahora o nunca, todo o nada. Una vez que aquel
hombre de facciones duras, sentado al otro lado del escritorio, le hiciera una oferta en
firme de un puesto en tierra, él ya no podría cambiar.
—Milord, me gustaría tener uno de los mejores navíos, un navío de línea, como a
cualquier otro hombre —dijo Jack respetuosamente con toda la fuerza y la energía
que pudo—, pero si tuviera cuatro trozos de madera que pudieran flotar, me sentiría
feliz, muy feliz de navegar en ellos y realizar cualquier servicio en cualquier puerto
del mundo como capitán o con cualquier otro cargo. He estado navegando desde que
tenía catorce años, señor, y nunca he rechazado ninguna misión que Sus Señorías
hayan tenido a bien encomendarme. Me atrevo a asegurarle que no lamentará su
decisión, señor. Lo que deseo es estar de nuevo en la mar.

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—¡Oh! —dijo lord Melville con expresión meditabunda, fijando en Jack su
mirada gris—. ¿Entonces no pone usted ninguna condición? Sus amigos han insistido
mucho en que usted fuera nombrado capitán de navío por su combate con el
Cacafuego.
—Ninguna en absoluto, milord —dijo Jack, y luego guardó silencio. Sintió
deseos de contarle que la última vez que había estado en esa habitación se le había
ocurrido usar la inadecuada palabra «petición»; sin embargo, lo pensó mejor y siguió
guardando silencio, con una mirada seria y atenta que pudo mantener más fácilmente
que un año atrás, a pesar de que sentía por Saint Vincent un respeto mucho mayor que
el que podía sentir por un civil.
—Bien —dijo el First Lord después de una pausa—. Pero no puedo prometerle
nada. Usted no tiene idea del número de solicitudes, de los intereses que hay en
juego, que deben considerarse…aunque puede haber una remota posibilidad… Venga
a verme la próxima semana. Entretanto me ocuparé de ese asunto del ascenso, aunque
la lista de capitanes de navío, desgraciadamente, está sobrecargada; y también
analizaré las posibilidades. Venga a verme el miércoles. Pero escúcheme bien, si
logro encontrarle algo no será un navío de los mejores; eso es lo único que puedo
prometerle. Y esto no supone en absoluto un compromiso por mi parte.
Jack se puso de pie y agradeció a Su Señoría que hubiera tenido la bondad de
recibirlo. Lord Melville le dijo en un tono informal:
—Probablemente nos veamos en casa de lady Keith esta noche. Si tengo tiempo
pasaré por allí.
—Me gustaría muchísimo, milord —dijo Jack.
—Tenga usted muy buenos días —dijo lord Melville, tocando una campanilla y
mirando ansioso a la puerta interior.
—Parece usted muy alegre, señor —dijo el conserje, escrutando el rostro de Jack
con sus ojos cansados y enrojecidos.
«Muy alegre» era una exageración; «moderadamente satisfecho» era más exacto.
Pero de todos modos, tenía una expresión completamente diferente a la de un oficial
que hubiera recibido una rotunda negativa.
—Sí que lo estoy, Tom —dijo Jack—. He ido andando esta mañana desde
Hampstead hasta Seven Dials. No hay nada como un paseo matutino para entonarse
uno.
—¿Ha conseguido algún barco, señor? —preguntó Tom.
Esa historia del paseo matutino no le convencía. Era un viejo astuto y amistoso;
conocía a Jack desde antes de que se afeitara por primera vez, como a casi todos los
oficiales de la Armada con un cargo inferior a almirante, y tenía derecho a una
propina si se conseguía algún barco cuando estaba de servicio.
—No, no exactamente, Tom —dijo Jack.

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Miraba con atención hacia el exterior del vestíbulo y la sala; una multitud
empapada cruzaba de un lado a otro frente a Whitehall. Las agitadas aguas del Canal
estarían llenas de barcos; ¿y cuántos cruceros, barcos corsarios y quechemarines se
esconderían entre ellos? ¿Cuántos escollos estarían ocultos? ¿Cuántos malvados?
—No —repitió—. Pero te diré una cosa, Tom: he salido sin mi capa y sin dinero.
¿Puedes llamar un coche y prestarme media guinea?
Tom no se había formado ninguna idea sobre la capacidad de juicio y las dotes
administrativas de los oficiales de marina en tierra; no le sorprendió que Jack hubiera
salido sin las cosas más corrientes y necesarias en la vida. Leía en la expresión de
Jack que iba a conseguir algo; y si éste entraba en el Servicio de defensa de puertos
tendría que acudir a otra docena de citas, incluso aunque no le nombraran capitán de
navío. Le dio la pequeña moneda en secreto, con una expresiva mirada, y llamó un
coche.
Jack se hundió en el coche con el sombrero calado hasta la nariz y se acurrucó en
una esquina, mirando furtivamente a través de los cristales llenos de barro. Su figura,
extrañamente deformada, llamaba la atención y daba lugar a comentarios cada vez
que el caballo dejaba de ir al trote y andaba a paso más lento. Todos los hombres
corpulentos le parecían alguaciles, y al verlos pensaba: «Condenado atajo de
bastardos. ¡Dios mío, qué vida! ¡Tener que esconder siempre la cabeza bajo el ala!
¡Qué vida!». Pasaban por su lado hombres de rostro taciturno, apresurándose hacia
sus deprimentes trabajos, formando una masa gris. Iban mojados, con frío, ansiosos,
abriéndose paso a codazos y empujones, como en un horrible sueño, y la presencia
entre ellos de alguna que otra dependienta o sirvienta hacía todo aquello más
desgarrador y patético.
Un convoy de carros de heno bajaba por el camino de Hampstead, conducido por
campesinos que llevaban largos látigos. Tanto los látigos como las colas y las crines
de los caballos y los guardapolvos de los campesinos estaban adornados con cintas, y
en la penumbra resaltaban las mofletudas caras de éstos, rojas y resplandecientes.
Jack recordó una cita que había aprendido en sus lejanos años de colegio: O
fortunatos nimium, sua si bona norint, agricolas. Luego pensó: «¡Vaya, qué frase tan
buena! ¡Cuánto me gustaría que Stephen hubiera estado aquí para que la escuchara!
Pero tendré la satisfacción de decírsela dentro de poco». Iba a tener mucho tiempo
para decírsela, pues por la tarde deberían volver por aquel mismo camino para ir a la
recepción que ofrecía Queenie, y probablemente tendrían la oportunidad de ver a
algunos campesinos entre tanta gente digna de compasión.

***

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—¿Quieres hablarme de tu entrevista ahora? —dijo Stephen, dejando a un lado su
informe y mirando a Jack con tanta atención como el viejo conserje.
—No estuvo muy mal. Y después de haber tenido tiempo de pensar en ella
detenidamente, me parece que no estuvo mal en absoluto. Creo que me ascenderán o
me darán un barco, una cosa o la otra. Si me nombran capitán de navío, siempre
existe la posibilidad, con el tiempo, de conseguir un navío o algún mando como
suplente; y si me dan una corbeta, bueno, allá voy.
—¿Qué es un mando como suplente?
—Cuando un capitán de navío está enfermo o desea permanecer en tierra durante
un tiempo —esto ocurre a menudo cuando son pares o miembros del Parlamento—,
el mando de su navío, durante el tiempo establecido, se le da a otro capitán de navío
con media paga. ¿Quieres que te cuente la entrevista desde el principio?
—Sí, por favor.
—Empezó muy bien. El First Lord dijo que se alegraba de verme. Ningún otro
First Lord antes que él se había alegrado de verme o, al menos, todos se las habían
arreglado para contener su alegría. ¿Queda café en esa cafetera, Stephen?
—No. Pero podrás tomarte una cerveza dentro de poco; son casi las dos.
—Bueno, empezó muy bien, pero luego cambió de la forma más horrible que
pueda imaginarse. Él puso una expresión triste y me dijo que era una lástima que
hubiera llegado tan tarde porque «le habría gustado hacer algo por mí». Me sentí
descorazonado cuando me habló del Servicio de defensa de puertos y el Servicio de
leva, y comprendí que debía cortarle antes de que me hiciera una oferta concreta.
—¿Por qué?
—Porque no sería posible rechazarla. Si uno rechaza un barco porque no le
parece adecuado —por ejemplo, porque está en el puerto militar de las Antillas y a
uno no le gusta el jurel, el pescado que comen allí— uno queda marcado con una cruz
y nunca puede volver a conseguir un nombramiento. A ellos no les gusta que uno
escoja. El bien de la Armada debe ser lo primero, dicen; y tienen toda la razón.
Además, no podía decirle que odio el Servicio de guardacostas y el Servicio de leva y
que, en cualquier caso, aceptando cualquiera de los dos no podría evitar que me
metieran en la cárcel.
—¿Así que pudiste evadir la oferta?
—Sí. Renuncié a mi petición de ascenso y le dije que cualquier cosa que flotara
sería buena para mí. No expresé esto con demasiadas palabras, pero él lo entendió
enseguida, y después de unos instantes de reflexión y vacilación habló de una
«remota posibilidad» y me dijo que volviera la próxima semana. También se ocupará
del asunto de mi ascenso. Aunque no existe ningún compromiso por su parte, debo ir
a verlo de nuevo la próxima semana. Viniendo de un hombre como lord Melville,
esto me parece muy bueno.

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—A mí también, querido amigo —dijo Stephen con la mayor convicción que
pudo, una gran convicción, porque también había tratado asuntos con el caballero en
cuestión en años anteriores, cuando éste era el jefe de los fondos secretos—. A mí
también. Ahora comamos y bebamos y pongámonos alegres. Hay salchichas en el
escritorio y cerveza en la jarra verde. Yo me regalaré con una tostada con queso.
Los corsarios franceses le habían quitado su reloj Bréguet, así como la mayoría de
su ropa, sus instrumentos y sus libros, pero su estómago era tan exacto como un reloj.
Y cuando se sentaron a la pequeña mesa junto al fuego para comer, el reloj de la
iglesia dio la hora. La tripulación del veloz Bellone también le había quitado el dinero
que traía de España —que era lo más importante, lo más preciado para él y para Jack
— y desde que habían desembarcado en Plymouth estaban viviendo del dinero
conseguido con una letra que el padre de Jack había negociado laboriosamente
mientras ellos esperaban en sus caballos. Y tenían la esperanza de poder descontar
otra girada a nombre de un comerciante de Barcelona llamado Mendoza, poco
conocido en la bolsa de Londres.
Ahora se alojaban en una casa de campo, con postigos verdes y una madreselva
encima de la puerta, que estaba en un lugar idílico —idílico sólo en verano— cerca
de Heath9. Cuidaban de sí mismos y vivían con mucha economía; y no había mayor
prueba de su amistad que la armonía que aún existía entre los dos a pesar de sus
hábitos domésticos tan diferentes. En opinión de Jack, Stephen no estaba muy lejos
de ser un marrano; sobre su mesa se amontonaban papeles, pedazos de pan viejo
untados de ajo, navajas de afeitar y ropa interior mugrienta. Y por la apariencia de su
peluca canosa que servía ahora de cubretetera al cazo de la leche, estaba claro que
había desayunado mermelada.
Jack se quitó la chaqueta, se ató un delantal a la cintura, cubriéndose los calzones
y llevó los platos a la trascocina.
—Mi plato y mi taza pueden usarse otra vez —dijo Stephen desde el otro lado de
la puerta— porque los he soplado. Jack, quisiera que dejaras ese cazo de leche. Está
muy limpio. ¿Hay algo más limpio y más sano que la leche caliente? ¿Quieres que
seque yo?
—¡No, no! —dijo Jack, que había visto cómo lo hacía—. No hay espacio… ya
casi he terminado. Ocúpate tú del fuego, ¿quieres?
—Podríamos tocar algo de música —dijo Stephen—. El piano de tu amigo tiene
un tono tolerable y he encontrado una flauta travesera. ¿Qué estás haciendo ahora?
—Fregando la cocina. En cinco minutos ya estoy contigo.
—Te pareces a Noé en medio del diluvio. Tu constante atención a la limpieza y tu
enorme preocupación por la suciedad —dijo Stephen junto al fuego, moviendo la
cabeza de un lado a otro— tienen algo de superstición brahmánica. No están muy
lejos de convertirse en algo peligroso, en una psicosis.

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—Eso me preocupa. ¿Es acaso contagioso? —dijo, con una mirada alegre y
maliciosa que su amigo no vio. Luego fue hasta la puerta y se detuvo con el delantal
bajo el brazo—. Y bien, señor, ¿dónde está su flauta? ¿Qué vamos a tocar?
Se sentó al pequeño piano cuadrado y desplazando sus dedos de un lado a otro
cantó:
Esos españoles unos cerdos son,
dueños quisieran ser de Gibraltar y Puerto Mahón.
Y luego continuó:
—Por supuesto que querrían ser sus dueños. De Gibraltar, quiero decir.
Pasó de una melodía a otra con un abstracto rasgueo, mientras Stephen le
acompañaba con el suave sonido de la flauta; y finalmente, de ese rasgueo emergió el
adagio de la sonata de Hummel.
Stephen, escuchando un pasaje mal ejecutado, se preguntó: «¿Será su sencillez la
que le hace tocar así? Juraría que sabe lo que es la música; le da más valor a la
música que a casi todas las demás cosas. Pero ahí está, tocando esto con la suavidad
de la mantequilla, como en broma. ¡Jesús, María y José! Y una inversión será peor…
Es peor… una indulgencia sentimental. Se esmera, tiene buena voluntad y aplicación,
y a pesar de todo no puede hacer salir de su violín nada original, excepto por
equivocación. En el piano es peor, pues las notas son más marcadas. Al oírlo,
cualquiera diría que es una mujer la que toca, una mujer de doscientas veinticinco
libras. Su rostro, sin embargo, no expresa otro sentimiento que el sufrimiento. Creo
que está sufriendo mucho. La forma en que toca se parece mucho a la de Sophia. ¿Se
dará cuenta de esto? ¿Será consciente de que la está imitando? No sé; de todos
modos, sus estilos son muy parecidos, es decir, su falta de estilo. Tal vez es
desconfianza, la sensación de que ellos no pueden pasar de unos límites modestos.
Ellos se parecen mucho. Y puesto que Jack, sabiendo lo que es realmente la música,
puede tocar como un simplón, es posible que Sophia, tocando como una mentecata…
Tal vez la juzgo mal. Tal vez su caso sea como el del hombre dotado de auténtica
vena poética que sólo se manifiesta cuando vuelven a florecer los prados; será una
cuestión de canales bloqueados. ¡Dios mío! Está tremendamente emocionado.
¡Cuánto me gustaría que no llegara a derramar esas lágrimas! Es una gran persona, le
quiero mucho; pero es un inglés, ni más ni menos… emocional y lacrimoso».
—¡Jack, Jack! —gritó—. Te has equivocado en la segunda variación.
—¿Qué? ¿Qué? —preguntó nerviosamente—. ¿Por qué me interrumpes,
Stephen?
—Escucha. Es así —dijo Stephen, inclinándose hacia él mientras tocaba.
—No, no lo es —dijo Jack—. Yo la había tocado bien.
Comenzó a pasearse por la habitación, llenándola con su enorme figura, que
ahora parecía agrandada por la emoción. Miraba a Stephen de un modo extraño, pero

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después de uno o dos paseos más le sonrió y le dijo:
—¡Vamos! Improvisemos como cuando estábamos cerca de Creta. ¿Con qué
melodía empezamos?
—¿Te sabes Día de san Patricio?
—¿Cómo es? (Stephen la tocó.) ¡Ah, esa! Desde luego que la conozco, pero
nosotros le llamamos Bacon con verduras.
—Me niego a interpretar Bacon con verduras. Empecemos con El fantasma del
calcetero y ya veremos adonde llegamos.
Las notas se entrelazaban; una balada y sus variaciones llevaban a otra. El piano
daba la pauta a la flauta y luego a la inversa. A veces ellos también cantaban las
canciones que se repetían en el castillo y que habían oído tan a menudo en la mar.
Venid valientes marineros que trabajáis en cubierta con afán
escuchad esta historia verdadera que os quiero contar
sobre el Litchfield que naufragó
frente la costa berberisca cuando el día comenzó.
—Ya apenas hay luz —dijo Stephen, apartando la flauta de los labios.
—Frente a la costa berberisca cuando el día comenzó —cantó Jack de nuevo y
miró por la ventana—. ¡Oh, la luz es mortecina! Sin embargo, la lluvia ha cesado,
gracias a Dios. El viento ha rolado al este… un poco al noreste. Tendremos un paseo
seco.
—¿Dónde vamos?
—A la fiesta de Queeney, desde luego. De lady Keith —dijo Jack, y Stephen miró
dubitativo su chaqueta—. Tu chaqueta se verá muy bien a la luz de las velas, y mejor
aún cuando el botón del medio esté cosido. Quítatela y pásame ese costurero. Lo haré
muy rápidamente, mientras te pones una corbata y un par de medias… de seda, claro.
Queenie me dio este costurero la primera vez que me hice a la mar.
Pasó el hilo varias veces por la base del botón y luego lo cortó con los dientes
cerca de la tela. Entonces continuó:
—Ahora retocaremos tu peluca; un poco de harina y estará a la moda. Ahora te
cepillaré la chaqueta… Espléndido. Estás bien arreglado para asistir a una recepción,
te doy mi palabra de honor.
—¿Por qué te pones esa horrorosa capa?
—¡Dios mío! —gritó Jack, poniéndole a Stephen la mano en el pecho—. No te lo
había dicho. Una de las señoritas Lamb escribió a su familia una carta en la que
menciona mi nombre, y fue publicada en el periódico. Y ese cabrón del gobernador
habrá mandado a sus hombres tras de mí. Tengo que taparme la boca y bajarme el
sombrero; y tal vez tengamos que alquilar un coche cuando entremos a la ciudad.
—¿Tienes que ir? ¿Merece la pena correr el riesgo de que te lleven al Tribunal
Supremo y te metan en prisión por una noche de diversión?

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—Sí. Lord Melville estará allí; y tengo que ver a Queenie. Aunque no la quisiera
tanto, iría porque debo tener en cuenta mis intereses navales, y allí estarán el
almirante y media docena más de hombres importantes. Vamos, puedo contarte las
cosas mientras andamos. La tarta de la fiesta es excelente también.
—He oído el chillido de un pipistrelo. ¡Escucha! ¡No te muevas! Ahí está otra
vez. Es prodigioso encontrarlo ahora que el año está tan avanzado.
—¿Significa eso buena suerte? —preguntó Jack, aguzando el oído para escuchar
el sonido—. Un buen presagio, me parece. Pero, ¿podemos continuar ahora?
¿Podemos ganar un poco de velocidad y avanzar?
Llegaron a la calle Upper Brook, que estaba rebosante. Entre faroles y antorchas
había una marea de coches esperando dejar pasajeros en el número tres y otra a
contracorriente que intentaba pasar al número ocho, donde la señora Damer recibía a
sus amigos. Una densa multitud se agolpaba en las aceras para ver a los invitados y
hacer comentarios sobre sus vestidos, y niños descalzos abrían solícitos las puertas de
los coches o se subían de un salto a la parte trasera o pasaban corriendo y gritando
entre los caballos por diversión, para huir del horrible tedio, la ansiedad y el
desánimo. Jack quería pasar directamente del coche a la escalinata, pero en la
entrada, apiñados como abejas en un panal e impidiendo el paso, había montones de
tontos que habían llegado a pie o habían bajado de sus coches en la esquina de la
plaza Grosvenor.
Se sentó al borde del asiento, buscando con la mirada un hueco entre ellos. El
arresto por no pagar las deudas era muy corriente; él lo sabía muy bien, y tenía varios
amigos que habían sido encarcelados y desde la prisión lanzaban lastimeras quejas.
No obstante, nunca lo había experimentado personalmente, y su conocimiento del
proceso y de la ley era superficial. Los domingos eran días seguros, no le cabía duda,
y quizás también el cumpleaños del Rey. Sabía que los pares no podían ser arrestados
y que algunos lugares, como los distritos de Savoy y Whitefriars, eran como
santuarios; esperaba que la casa de lord Keith tuviera las mismas cualidades de éstos.
Miraba fijamente, con ansiedad, hacia la puerta abierta y las luces del interior.
—Vamos, señor gobernador —dijo el cochero.
—Cuidado con el estribo, Señoría —dijo un chico, sujetando la puerta.
—¡Vamos, mueve el trasero! —gritó el cochero que estaba detrás—. No te quedes
plantado como un árbol.
Jack no pudo evitarlo. Bajó y se quedó en la acera junto a Stephen, entre la
multitud que apenas se movía, subiéndose la capa para cubrirse más la cara.
—Es el emperador de Marruecos —dijo una prostituta rubia pintarrajeada.
—Es el gigante polaco de Astley.
—Enséñanos la cara, guapo.
—Levanta la cabeza, amigo.

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Unos pensaban que era un extranjero, un cerdo francés o un turco; otros que era el
poeta Moore o mamá Shipton con disfraz. Se dirigió hacia la entrada iluminada
caminando con dificultad, y al sentir una mano posarse en su hombro se volvió con
gran ferocidad, algo que agradó a la multitud más que cualquier otra cosa que había
visto hasta entonces, a excepción de la caída de la señorita Rankin, que al pisarse las
enaguas quedó tumbada en el suelo cuan larga era.
—¡Aubrey! Jack Aubrey! —exclamó Dundas, su viejo compañero de tripulación
Heneage Dundas—. Enseguida te reconocí de espaldas; te habría reconocido en
cualquier parte. ¿Cómo estás? Parece que tienes fiebre. Doctor Maturin, ¿cómo está
usted? ¿Van a entrar aquí? Yo también. ¡Ja, ja, ja! ¿Cómo te va, Jack?
A Dundas le habían ascendido recientemente a capitán de navío al mando del
Franchise, de treinta y seis cañones; se sentía contento por todo, y con su charla
alegre y animada fue llevándoles por la acera y escaleras arriba hasta el vestíbulo.
Era una recepción eminentemente naval, pero lady Keith también solía invitar a
políticos y era amiga de muchas personas interesantes. Jack dejó a Stephen
conversando con un caballero que había descubierto el boro adamantino, atravesó el
enorme comedor y la galería, en la que había menos gente, y llegó hasta una
habitación abovedada donde estaba preparado el bufet; había vino de Constanza,
pastelillos de carne, tartas, más vino de Constanza. Allí le encontró lady Keith, quien
venía acompañada de un hombre robusto con una chaqueta azul claro de botones
plateados.
—Jack, querido, quiero presentarte al señor Canning. El capitán Aubrey, de la
Armada.
A Jack le gustó el aspecto de aquel hombre inmediatamente, y mientras cruzaban
las primeras fórmulas de cortesía carentes de significado, ese sentimiento se
intensificó. Canning era ancho de espaldas, y aunque no era tan alto como Jack, por
el modo de erguir la cabeza, adelantando la barbilla, y de inclinar la espalda, parecía
más corpulento y más fuerte. Dejaba al descubierto su propio pelo o, mejor dicho, lo
le quedaba de él, pues a pesar de tener sólo treinta y tantos años tenía una brillante
calva rodeada de pequeños rizos que le asemejaba a un emperador romano gordo y
jovial. Su rostro tenía una expresión benévola y alegre que, sin embargo, dejaba
traslucir una enorme fuerza latente, y Jack, mientras le recomendaba con buena
voluntad «uno de estos deliciosos pastelitos» y un vaso de vino de Constanza,
pensaba que era un tipo duro para enfrentarse con él.
El señor Canning era un comerciante de Bristol. Cuando Jack se enteró de esto se
sorprendió mucho, pues nunca había conocido a un comerciante que no estuviera
relacionado con sus negocios. Conocía a algunos banqueros y asesores financieros, y
le parecían criaturas débiles e insensibles, pertenecientes a un orden inferior; pero era
imposible sentirse superior al señor Canning.

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—Estoy contentísimo de haber podido conocerle, capitán Aubrey —dijo Canning,
y rápidamente se comió dos pastelillos más—, porque desde hace años oigo hablar de
usted con admiración, y ayer mismo leí algunas cosas sobre usted en el periódico. En
1801 le escribí una carta para expresarle lo que opinaba de su combate contra el
Cacafuego y estuve a punto de enviársela; en verdad, se la habría mandado si le
hubiera conocido de vista o hubiéramos tenido un amigo común, pero puesto que yo
era un perfecto extraño, me parecía un enorme atrevimiento hacerlo. Y, después de
todo, ¿qué valor iban a tener mis elogios si eran sólo fruto de la admiración de un
ignorante?
Jack le expresó su agradecimiento.
—Muy amable… La tripulación era excelente… El capitán español dispuso a sus
hombres de manera desacertada.
—Sin embargo, tal vez no sea tan ignorante —siguió Canning—. He armado
algunos barcos corsarios en la pasada guerra y navegué a bordo de ellos en dos
ocasiones, una hasta Goree y otra hasta Bermudas, así que tengo al menos una ligera
idea de lo que es la mar. No hay comparación posible, desde luego, pero al menos
puedo hacerme una ligera idea de lo que es una batalla.
—¿Ha servido usted en la Marina, señor? —preguntó Jack.
—¿Yo? ¡Oh, no! Soy judío —dijo Canning con una mirada muy alegre.
—¡Oh! —dijo Jack.
Se volvió para sacudirse la nariz. Entonces vio a lord Melville, que le miraba
desde el umbral de la puerta, y saludándole con una inclinación de cabeza le dijo:
—Buenas noches.
—En esta guerra he armado siete, y el octavo está en los astilleros. Esto me hace
recordar el Bellone, de Burdeos, que capturó dos de mis barcos mercantes cuando
estalló la guerra y, además, mi mejor barco corsario, de dieciocho cañones de doce,
antes de apresarles a ustedes y al barco de la Compañía de Indias. Tiene excelentes
características para la navegación, ¿verdad?
—Prodigiosas, señor, prodigiosas. Navegando de bolina, con poco viento,
adelantó al Manche fácilmente, como coser y cantar, y atrapando el viento mediante
una estratagema, consiguió una velocidad de seis nudos frente a los cuatro del
Manche, a pesar de que es de bolina como este navega mejor. Además, está muy bien
gobernado; su capitán era un oficial del Rey.
—Sí. Dumanoir. Dumanoir de Plessy. Tengo los planos —dijo Canning,
inclinándose hacia el bufet con desbordante vitalidad y entusiasmo—, y voy a
construir mi octavo barco exactamente igual.
—¿Ah, sí? ¡Vaya! —dijo Jack. Los barcos corsarios del tamaño de fragatas eran
corrientes en Francia, pero desconocidos de este lado del Canal.
—Pero tendrá carronadas de veinticuatro libras en vez de los cañones largos y,

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además, cañones cortos de dieciocho libras. ¿Cree usted que podrá soportar ese peso?
—Tendría que ver los planos —dijo Jack, serio y pensativo—. Creo que podrá
soportar ese peso y aún más, pero tendría que ver los planos.
—Eso es sólo un detalle —dijo Canning, agitando la mano—. Lo realmente
esencial es quién estará al mando. Todo dependerá del capitán, por supuesto; y sobre
este punto apreciaría enormemente sus indicaciones y consejos. Daría mucho por
conseguir los servicios de un capitán audaz, con empuje, que sea también un experto
marino. Un barco corsario no es un navío del Rey, lo reconozco, pero trato de
gobernar los míos de una forma que no desagradaría a ningún oficial del Rey, con
disciplina severa, orden y limpieza, pero sin novatadas ni listas negras y usando muy
poco el látigo. Usted no confía demasiado en el látigo, señor, según tengo entendido.
—No —dijo Jack—. Creo que no cumple el objetivo deseado con los hombres
aguerridos.
—Hombres aguerridos; exactamente. Esa es otra cosa que puedo ofrecer:
hombres aguerridos, excelentes marineros. La mayoría son tripulantes de barcos
contrabandistas, procedentes del oeste del país, nacidos en el mar y capaces de
cualquier cosa. Hay más voluntarios de los que puedo admitir, así que puedo escoger.
Y los que escoja seguirán al hombre adecuado a cualquier parte, soportando una
razonable disciplina y comportándose como corderos. Un buen corsario no es un
sinvergüenza si lo dirige un buen capitán. ¿Tengo razón en esto, señor?
—Opino que sí, señor —dijo Jack despacio.
—Y para conseguir al capitán adecuado ofrezco una paga de capitán de navío, la
asignación para un navío de setenta y cuatro cañones y, además, garantizo mil libras
al año de botín. Ninguno de mis capitanes ha conseguido menos, y este nuevo barco,
sin duda, obtendrá resultados mucho mejores, pues tendrá más del doble del arqueo
de los otros y doscientos o trescientos hombres a bordo. Y cuando uno piensa, señor,
que un barco de guerra privado no pierde tiempo en participar en bloqueos, llevar
mensajes o transportar tropas sino que sólo se ocupa de destruir el comercio del
enemigo… cuando uno piensa que esta fragata podrá navegar durante seis meses sin
repostar, bueno, comprende que sus posibilidades son enormes… enormes —dijo
Canning, y Jack asintió con la cabeza pensando que, en efecto, lo eran—. Pero,
¿dónde puedo encontrar a ese capitán?
—¿Dónde encontró usted a los otros?
—Son hombres de la región. Excelentes a su manera, pero sólo tienen a su cargo
tripulaciones bastante pequeñas, parientes, conocidos y hombres que han navegado
con ellos. Éste es un asunto completamente diferente y requiere un hombre de más
capacidad de mando, de otra categoría. ¿Podría usted ayudarme, capitán Aubrey?
¿Podría sugerirme a alguien, tal vez a algún ex compañero de tripulación, o…? Esa
persona tendrá carta blanca y mi total apoyo.

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—Tengo que pensarlo —dijo Jack.
—Sí, por favor, piénselo —dijo Canning.
Una docena de personas llegaron al bufet en ese momento, poniendo fin a la
conversación privada. Canning escribió una dirección en su tarjeta y se la dio a Jack,
diciéndole en voz baja:
—Estaré aquí toda la semana. No tiene más que avisarme y estaré encantado de
encontrarme con usted cuando quiera.
Se separaron —en realidad, les separaron— y Jack fue retrocediendo hasta que
tropezó con la ventana. La oferta se le había hecho de la forma más directa en que era
posible hacérsela a un oficial de la Armada, dentro de los límites de la decencia.
Canning le caía bien; rara vez había conocido a un hombre que le hubiera sido tan
simpático desde el primer momento. Tenía que ser extraordinariamente rico para
armar un barco corsario de seiscientas o setecientas toneladas, era una enorme
inversión para un particular. En las reflexiones de Jack había asombro, no duda, pues
él no desconfiaba en lo más mínimo de la sinceridad de Canning.
—Vamos, Jack, ven conmigo —dijo lady Keith, tirándole del brazo—. ¿Dónde
están tus modales? Te estás comportando como un oso.
—Querida Queenie —dijo él y esbozó despacio una abierta sonrisa—.
Perdóname. Estaba abstraído. Tu amigo Canning quiere hacerme rico. ¿Es amigo
tuyo?
—Sí. Su padre me enseñó hebreo… Buenas noches señorita Sibyl… Es un
hombre muy rico y emprendedor. Siente una gran admiración por ti.
—Eso demuestra una gran bondad. ¿Habla hebreo?
—¡Oh! Sólo lo suficiente para la bar mitzvah, ¿sabes? Es casi tan buen estudiante
como tú, Jack. Frecuenta el círculo de amigos del príncipe de Gales, pero no dejes
que eso te impresione; no es un tipo ostentoso. Vamos a la galería.
—Para la bar mitzvah —dijo Jack en tono solemne, siguiéndola a la abarrotada
galería.
Allí, enmarcada momentáneamente por cuatro hombres con abrigos negros,
estaba una cara que le era familiar, la roja cara de la señora Williams. Ella estaba
sentada junto a la chimenea y parecía demasiado abrigada y acalorada; a su lado
estaba sentada Cecilia. Por un momento, a él le fue difícil ubicarlas en este contexto,
pues pertenecían a otro mundo y a otro tiempo, a otra realidad. No había ningún lugar
desocupado junto a ellas, ninguna silla vacía. Cuando lady Keith le llevaba hacia
ellas, le había murmurado algo sobre Sophia, pero tan discretamente que no lo había
entendido.
—¡Vaya! Así que ha regresado usted a Inglaterra, capitán Aubrey —dijo la señora
Williams cuando él le hacía una reverencia—. ¡Vaya, vaya!
—¿Dónde están sus otras hijas? —preguntó lady Keith, mirando a su alrededor.

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—Me vi obligada a dejarlas en casa, Su Señoría. Frankie está resfriada y tiene
fiebre, y Sophie se quedó para cuidar de ella.
—Ella no sabía que usted estaría aquí —le susurró Cecilia.
—Jack —dijo lady Keith—, creo que lord Melville te está haciendo señas. Quiere
hablar contigo.
—¿El First Lord? —dijo la señora Williams, estirando la cabeza y casi
levantándose del asiento—. ¿Dónde? ¿Dónde? ¿Dónde está?
—Es aquel caballero con la estrella —dijo lady Keith.
—Sólo dos palabras, Aubrey —dijo lord Melville—. Tengo que irme enseguida.
¿Puede venir a verme mañana en vez de la semana próxima? ¿No tiene inconveniente
en venir? Entonces, buenas noches —dijo. Y luego, volviéndose hacia lady Keith, le
mandó un beso con la mano—. Gracias, lady Keith. Soy su más humilde y
ferviente…
En el rostro y los ojos de Jack, cuando volvía a reunirse con las señoras, había un
brillo intenso como el de los primeros rayos de sol. Por algún proceso social de
origen metafísico, se sentía como si hubieran pasado a él la estrella de aquel gran
hombre y una pequeña parte de la fabulosa riqueza del joven Canning. Sentía que
dominaba la situación, que dominaría cualquier situación, a pesar de la presencia de
los lobos fuera; su tranquilidad le sorprendía. ¿Cuáles eran sus sentimientos bajo esa
desbordante alegría? No podía distinguirlos. Le habían ocurrido tantas cosas en los
últimos días —su vieja capa aún olía a pólvora— y le ocurrían tantas todavía que no
podía distinguirlos. A veces uno recibía una herida en la batalla y podía tratarse de
una herida mortal o, simplemente, un arañazo o una rozadura, pero era imposible
decir inmediatamente lo que era. Cesó en su intento y concentró toda su atención en
la señora Williams, pensando que la señora Williams de Sussex, e incluso la de Bath,
eran seres diferentes de la señora Williams en aquel gran salón de Londres. Ella tenía
un aire provinciano y poco elegante; y había que admitir que lo mismo le ocurría a
Cecilia, con sus adornos recargados y su pelo rizado, aunque ésta era, sin duda, una
joven amable. La señora Williams era vagamente consciente de ello; parecía
atontada, insegura y casi respetuosa, aunque a él le parecía que el resentimiento no
podría estar muy lejos. Como había observado que lord Melville se había mostrado
muy amable, muy caballeroso, le dijo a Jack que habían leído en el periódico cómo
había escapado y que ella esperaba que su retorno fuera un signo de que todo le iba
bien. Pero se preguntaba por qué se había ido a India. Ella había entendido que él se
iba a la Europa continental a consecuencia de algunas… a la Europa continental.
—Allí fui, señora. Maturin y yo nos fuimos a Francia, y ese sinvergüenza de
Bonaparte casi nos mete en la cárcel.
—Pero usted regresaba a casa en un barco que realiza el comercio con las Indias.
Lo leí en el periódico, en The Times.

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—Sí. El barco hizo escala en Gibraltar.
—¡Ah, ya comprendo! Ahora el misterio está aclarado; sabía que terminaría por
descubrirlo todo.
—¿Cómo está el estimado doctor Maturin? —preguntó Cecilia—. Me gustaría
verle.
—Sí, dígame, ¿cómo está el apreciado doctor Maturin? —dijo la madre.
—Está muy bien, gracias. Estaba en otra habitación hace un momento, hablando
con el médico jefe de la flota. Es un amigo estupendo; me cuidó cuando tuve una
horrible fiebre por algo que se me contagió en las montañas, y estuvo medicándome
dos veces al día hasta que llegamos a Gibraltar. Si no fuera por eso, no habría vuelto a
casa.
—Montañas… España —dijo la señora Williams con un fuerte tono
desaprobatorio—. A mí nunca me llevarán allí, se lo aseguro.
—Así que atravesó usted España —dijo Cecilia—. Seguramente fue muy
romántico, entre ruinas y monjes.
—Había algunas ruinas y monjes, en efecto —dijo Jack sonriéndole—. Y también
ermitas. Pero lo más romántico que vi fue el Peñón, allí al final de nuestro camino,
erguido y amenazante como un león. Eso y el naranjo que hay en el castillo de
Stephen.
—¡Un castillo en España! —exclamó Cecilia juntando las manos.
—¡Un castillo! —dijo la señora Williams—. Tonterías. El capitán Aubrey habrá
querido decir una casa de campo con un nombre extraño, querida.
—No, señora. Un castillo con torres, almenas y todo lo que debe tener. Y además,
con el tejado de mármol. Lo único extraño allí era la bañera, justo al final de una
escalera de caracol, completamente aislada. También era de mármol; estaba tallada en
un solo bloque… asombroso. El naranjo se encontraba en un patio rodeado de arcos,
una especie de claustro. ¡Daba naranjas, limones y mandarinas al mismo tiempo!
Tenía a la vez frutos verdes, maduros y flores, y un fuerte aroma. ¡Eso sí que es
romántico! No daba muchas naranjas cuando yo estaba allí, pero daba limones todos
los días. Debo de haber comido…
—¿Quiere usted decir que el doctor Maturin es un hombre rico? —dijo la señora
Williams.
—Sí señora. Tiene una enorme propiedad cerca del lugar por donde cruzamos las
montañas, y ovejas merinas.
—Ovejas merinas —dijo la señora Williams, asintiendo con la cabeza, pues sabía
que existían esos animales… ¿Qué otra cosa podría producir la lana merina?
—… pero su mejor propiedad está más abajo, cerca de Lérida. A propósito, no he
preguntado por la señora Villiers, he sido muy descortés. Espero que se encuentre
bien.

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—Sí, sí. Está aquí. Pero —dejó de lado a Diana— creía que no era más que un
cirujano naval.
—¿De veras, señora? Sin embargo, es un hombre de considerable fortuna.
Además, es médico, y hablan muy bien de él en…
—Entonces, ¿cómo se convirtió en su cirujano? —preguntó, desconfiada,
interrumpiéndolo bruscamente por última vez.
—¿Acaso hay una forma mejor de conocer el mundo que viajando cómodamente,
pagado por el Rey?
Esto fue definitivo. La señora Williams se quedó en silencio durante algunos
momentos. Había oído hablar de los castillos de España, pero no podía recordar si
eran algo bueno o no; sin duda, sería lo uno o lo otro. Probablemente bueno, dada la
actitud tan amable de lord Melville. ¡Oh, sí, muy bueno! Indudablemente, muy
bueno.
—Espero que él nos visite… espero que los dos nos visiten —dijo por fin—. Nos
alojamos en casa de mi hermana Pratt en la calle George, número once.
Jack le expresó su agradecimiento y le dijo que, desgraciadamente, no disponía de
tiempo, pues debía ocuparse de asuntos oficiales, pero que estaba seguro de que el
doctor Maturin estaría encantado de ir. También le pidió que saludara de su parte a la
señorita Williams y a la señorita Frances.
—Probablemente, habrá usted oído que mi Sophie está… —comenzó la señora
Williams, tratando de decir una mentira como precaución. Pero enseguida se
arrepintió y no sabía cómo salir bien de aquello—… que Sophie está… no sé cómo
decirlo, aunque no es oficial.
—Allí está Diana —murmuró Cecilia, dándole un codazo a Jack.
Diana estaba entrando a la galería, caminando lentamente entre dos hombres
altos. Llevaba un vestido azul oscuro con una hermosísima pechera blanca y una
cinta de terciopelo negro alrededor del cuello. Él había olvidado que su pelo era
negro, negro, que su cuello parecía una columna y que sus ojos eran como oscuras
manchas en la distancia. No necesitaba analizar sus sentimientos; su corazón, que se
había detenido cuando él buscaba con los ojos un puesto vacío junto a la señora
Williams, ahora latía aceleradamente. Una constelación, una galaxia de pensamientos
eróticos cruzaban por su mente, y sentía extremo placer al mirarla. ¡Qué buen aspecto
tenía! Sin embargo, no parecía contenta. Le volvió la cara al hombre que tenía a su
derecha y elevó la barbilla, un gesto suyo que él conocía muy bien.
—El caballero que va junto a ella es el coronel Colpoys, el cuñado del almirante
Haddock, de la India. Diana se aloja en casa de la señora Colpoys, en la calle Bruton.
Es una casa diminuta e incómoda.
—¡Qué guapo es!
—¿El coronel Colpoys? —dijo la señora Williams.

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—No, mamá. El hombre de la chaqueta azul.
—¡Oh, no, cariño mío! Ese caballero —dijo bajando la voz y poniéndose la mano
delante de la boca— es un «jota, u, de, i, o».
—¿Entonces no es guapo, mamá?
—Por supuesto que no, querida —dijo como si se dirigiera a una idiota—. Te
acabo de decir que es un —bajó de nuevo la voz— «jota, u, de, i, o».
Al terminar, frunció los labios y asintió con la cabeza.
—¡Oh! —dijo Cecilia decepcionada.
Luego murmuró para sí: «Bueno, todo lo que puedo decir es que me gustaría tener
hombres apuestos como ése a mi alrededor. Ha estado a su lado toda la noche, o casi.
Siempre hay hombres siguiendo a Diana. Ahí aparece otro».
El otro era un oficial del ejército y se abría paso apresuradamente entre la
multitud, sosteniendo una copa de champán con las dos manos, como si fuera un
objeto sagrado. Pero antes de que pudiera hacer que una señora gorda, con ojos
asombrados, se quitara de su camino, apareció Stephen Maturin. El rostro de Diana
cambió inmediatamente —reflejaba una alegría sincera, casi infantil— y cuando éste
llegó a su lado ella le tendió ambas manos diciendo:
—¡Oh, Maturin! ¡Cuánto me alegra verle! ¡Bienvenido a casa!
El soldado, Canning y Jack les miraban atentamente, pero no vieron nada que les
inquietara. El ligero rubor del rostro de Diana, que se extendió hasta sus orejas, se
debía a la manifestación abierta y espontánea de su alegría; la invariable palidez de
Maturin y su expresión algo ausente estaban a tono con la franqueza de ella. Además,
él actuaba con extrema naturalidad, aunque con cierta torpeza, descuido y desinterés.
Jack se relajó en la silla, pensando que se había equivocado, y sintió gran
satisfacción al comprobar su error; a menudo veía las cosas de un modo equivocado.
El había presumido de su capacidad de penetración y, sin embargo, se había
equivocado.
—No me está escuchando —dijo Cecilia—. Está tan ocupado observando al
caballero de la chaqueta azul que no me está escuchando. Mamá dice que ellos van a
ver la Magdalena. El doctor Maturin señala hacia donde ésta se encuentra.
—¿Ah, sí? ¡Oh, sí! Es un guido10, según creo.
—No, señor —dijo la señora Williams, que entendía de esas cosas mejor que
otras personas—. Es un óleo, un óleo muy valioso, aunque su estilo no es moderno.
—Mamá, ¿puedo correr para alcanzar al doctor Maturin e ir con ellos? —
preguntó Cecilia.
—Sí, cariño, y dile al doctor Maturin que venga a verme. No, capitán Aubrey, no
se levante; tiene que contarme cosas de su viaje a España. Nada me interesa más que
viajar, se lo aseguro, y si hubiera tenido salud habría sido una gran viajera, una
segunda… una segunda… lady Mary Wortley Montagu. Y ahora, cuénteme cosas

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sobre la propiedad del doctor Maturin.
Jack no tenía mucho que contarle. Le dijo que había estado enfermo, delirante a
veces, y que, por otra parte, no sabía nada de los contratos de arrendamiento en
aquellas tierras ni del rendimiento del capital —la señora Williams suspiraba—, ni
había visto el registro de propiedades en alquiler, aunque suponía que la propiedad
era bastante grande, pues se extendía ampliamente por Aragón y Cataluña. Sin
embargo, la propiedad tenía sus desventajas, pues estaba infestada de puercospines;
éstos eran cazados con jaurías de perros de raza adiestrados, por lo general a
medianoche, y los cazadores llevaban paraguas de cordobán para protegerse contra
los pinchazos de las púas.
—Ustedes los caballeros siempre dedican mucha atención a los deportes y poca a
las rentas anuales, el pago por renovación de arrendamiento y las marcas de los
límites. Yo, por ejemplo, estoy marcando los límites de mi terreno en Mapes. ¡Ah,
aquí viene mi querido doctor Maturin!
El rostro de Stephen rara vez revelaba sus emociones, pero aquel efusivo
recibimiento le hizo abrir los ojos como platos. No obstante, la primera pregunta de la
señora Williams lo explicaba todo.
—Así que tiene usted una bañera de mármol, doctor Maturin. Debe de
proporcionarle una gran satisfacción, con ese tipo de clima.
—En efecto, señora. Creo que es visigótica.
—¿No es de mármol?
—Visigótica y de mármol, mi estimada señora. Procede de un baptisterio
destruido por los moros.
—¿Y tiene usted un castillo?
—¡Oh, sólo es una vivienda pequeña! Mantengo un ala arreglada y voy allí de vez
en cuando.
—Para ir a la caza del puercoespín, seguramente.
Stephen asintió con la cabeza.
—Y para cobrar mis rentas, señora. En algunas cosas, en España son más directos
que en Inglaterra. Allí cuando hablamos de renta anual queremos decir renta anual,
les hacemos pagar de una sola vez.
Jack encontró a Diana junto al bufet, donde Canning y él habían estado
conversando; Canning ya no la acompañaba, pero había sido reemplazado por dos
soldados. Ella no le tendió ambas manos, porque en una tenía un vaso y en la otra un
trozo de tarta, pero le saludó con tanta espontaneidad y alegría como a Stephen e
incluso más calurosamente, porque se separó del grupo para hablar con él, para
hacerle cientos de concretas y rápidas preguntas.
—¡Cómo le hemos echado de menos en Mapes, Aubrey! ¡Cómo le he echado de
menos! He estado encerrada allí con un montón de mujeres, envasando grosellas

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espinosas. ¡Que Dios me ayude! ¡Oh! Ahí viene el odioso señor Dawkins. Vamos a
ver el nuevo cuadro de lady Keith. Aquí está. ¿Qué le parece?
Era evidente que Magdalena todavía no se había arrepentido. Estaba de pie en un
muelle y tenía una expresión satisfecha; al fondo se veían unas ruinas de color azul
—un azul que variaba de tonalidad en su vestido y en el mar— y bandejas doradas,
jarras y cuencos amontonados sobre un mantel escarlata. Su vestido azul era agitado
por el viento —una suave brisa de gavias con dos rizos—, lo mismo que su chal
blanco y transparente. Éste dejaba al descubierto sus hermosos brazos y su pecho
opulento pero firme. Jack había pasado mucho tiempo en la mar y esto le llamaba la
atención; no obstante, después de un momento paseó la vista por el resto del cuadro y
luego trató de encontrar algo apropiado, incluso ingenioso, que decir. Esperaba con
ansia que se le ocurriera un comentario sutil y agudo, pero la espera fue en vano —tal
vez el día había sido demasiado agitado— y al final se vio obligado a recurrir a las
frases «Muy hermoso. ¡Qué azul!». Entonces llamó su atención un pequeño barco
parecido a un pingue, situado en el extremo inferior izquierdo. Éste se dirigía al
puerto, pero dada la dirección en que se movía el vestido de la mujer, en cuanto
doblara el cabo, el viento le daría por la parte anterior de las velas.
—Tan pronto como atrape el terral, tendrá problemas —dijo—. No podrá virar, no
con ese aparejo latino, tan poco manejable, y no tendrá espacio para virar en redondo;
se encontrará con la costa a sotavento. Pobres compañeros. Me temo que no hay
esperanza para ellos.
—Eso es exactamente lo que Maturin me dijo que usted diría—observó Diana,
oprimiendo su brazo—. ¡Qué bien le conoce a usted, Aubrey!
—Bueno —dijo—, no se necesita ser un Nostradamus para predecir lo que dirá
un marino al ver una condenada carraca como esa en desgracia. Aunque —
recuperaba su buen humor—Stephen es un tipo muy sagaz, indudablemente, y un
entendido, por supuesto. Yo, en cambio, no sé nada de pintura.
—Ni yo tampoco —dijo Diana observando el cuadro—. Ella parece tener éxito —
se reía entre dientes—, pues no le faltan admiradores. Venga, vamos a buscar un poco
de ponche, me muero de calor y de cansancio.
—Mira la forma extravagante en que Diana se ha recogido el pelo —dijo la
señora Williams al verlos pasar en dirección al salón—. Llama la atención. Le haría
bien a Sophie verla dar vueltas por aquí con tanto desparpajo, con el pobre capitán
Aubrey. Fíjate, va cogida de su brazo.
—¿Qué planes tiene? —dijo Diana—. ¿Ha vuelto para quedarse? ¿Le veremos
alguna vez en Sussex?
—No estoy seguro. ¿Ve usted a ese hombre que está hablando con lady Keith?
Usted le conoce; él estaba hablando con usted hace un momento, se llama Canning.
—¿Qué pasa con él?

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—Me ha ofrecido el mando de un… un barco corsario. Es un barco de guerra
privado, una fragata de treinta y dos cañones.
—¡Oh, Aubrey! ¡Eso es estupendo! Un barco corsario es precisamente lo
apropiado para usted… ¿He dicho algo malo?
—No, no, en absoluto… Buenas noches, señor… Ese era el almirante Bridges…
No, pero me chocó la palabra «corsario». No obstante, como me dice siempre
Stephen, no debemos ser prisioneros de las palabras.
—Desde luego que no —dijo Diana—. Además, ¿qué significado tiene esto? Es
lo mismo que entrar al servicio de los príncipes nativos en India; cuando alguien lo
hace, nadie piensa nada malo de él y todos le envidian porque hace fortuna. Sería
algo muy conveniente para usted; sería su propio dueño, no se fatigaría yendo y
viniendo a Whitehall, no tendría que soportar que los almirantes le hicieran malas
acciones y le arrebataran grandes trozos de su botín. Esto es perfecto para un hombre
como usted, para un hombre de carácter. ¡Un mando independiente! ¡Una fragata de
treinta y dos cañones!
—Es una magnífica oferta; no sé qué hacer.
—¡Y en sociedad con Canning! Estoy segura de que se llevarán muy bien. Mi
primo Jersey le conoce. Los Canning son inmensamente ricos; él es como un príncipe
nativo, pero, a diferencia de ellos, es franco y valiente.
La alegre expresión de Diana cambió. Jack se volvió y vio tras él a un hombre
mayor.
—Querida —dijo el hombre mayor—, Charlotte me envía a decirte que quiere
irse a casa dentro de poco. Tenemos que dejar a Charles en la Torre.
—Voy enseguida —dijo Diana.
—No, no, tienes tiempo de terminar tu ponche.
—¿De veras? Permítame que le presente al capitán Aubrey, de la Armada, vecino
del almirante Haddock. El coronel Colpoys, que es tan amable que me permite
quedarme.
Conversaron tan sólo un momento y luego el coronel se fue a ocuparse de sus
caballos.
—¿Cuándo volveré a verle? ¿Vendrá a visitarme a la calle Bruton mañana por la
mañana? Estaré sola. Puede llevarme de paseo al parque y a mirar escaparates.
—Diana —dijo Jack en voz baja—, hay un mandato judicial contra mí. No me
atrevo a pasearme por Londres.
—¿Que no se atreve? ¿Tiene miedo de ser arrestado?
Jack asintió con la cabeza y ella prosiguió:
—¿Miedo? Le aseguro que no esperaba oír eso de usted nunca. ¿Por qué cree que
he hecho esta presentación? Pues para que pudiera visitarme.
—Además, tengo orden de ir al Almirantazgo mañana.

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—¡Qué mala suerte!
—¿Puedo visitarla el domingo?
—No, señor, no puede. No les pido a menudo a los hombres que vengan a
verme… Pero, claro, usted debe mirar por su seguridad; por supuesto que debe mirar
por su seguridad. En cualquier caso, para entonces ya no estaré en la ciudad.
—El coche del señor Wells… El coche del señor John Bridges… el coche del
coronel Colpoys —gritaba un lacayo.
—Mayor Lennox, ¿sería tan amable de traerme mi capa? —le dijo Diana a uno de
los soldados que la habían acompañado cuando éste pasaba junto a ella. Después
recogió su abanico y sus guantes, mientras pensaba: «Tengo que despedirme de lady
Keith y de mi tía».
Jack siguió al coronel Colpoys y su esposa, Diana Villiers, el desconocido
Charles, Lennox y Stephen Maturin, que iban en procesión. Luego permaneció en la
acera iluminada, con la cabeza descubierta, arriesgándose, mientras los coches iban
llegando lentamente. Todos guardaban silencio y ni siquiera se miraban. Las mujeres
fueron ayudadas a subir y el coche partió. Jack volvió a la casa despacio, junto con
Stephen Maturin.
Ambos subieron la escalinata, abriéndose paso entre una creciente marea de
huéspedes que venían en dirección contraria, pues ya se iban de la fiesta. Hablaron
poco y de cosas sin importancia, muy generales, pero cuando llegaron arriba los dos
sabían que ya no había entre ellos la misma armonía que pocos meses atrás.
—Tengo que despedirme —dijo Stephen—, y creo que después pasaré por la
Asociación de médicos. Me imagino que querrás quedarte un poco más de tiempo
con tus amigos. Te ruego que cojas un coche desde la misma puerta hasta casa. Aquí
está el dinero del fondo común. Si tienes que ir a ver al First Lord por la mañana, tu
mente deberá estar muy despejada y descansada. Hay leche en el cántaro pequeño; la
leche caliente relaja los nervios.
Jack calentó la leche, le añadió un chorrito de ron y se la bebió. Pero a pesar de la
fe que tenía en aquella poción, sus nervios seguían tensos y su mente muy ocupada.
Le escribió a Stephen una nota diciéndole que volvería enseguida y, dejándole
una vela encendida, salió a dar un paseo por Heath. La luz de la luna, filtrándose en la
oscuridad, dejaba ver el pálido sendero entre los escasos árboles. Caminaba cada vez
más rápidamente, y después de la segunda curva su ritmo se hizo regular. Estaba
cubierto de un sudor asqueroso y tenía tanto calor que le resultaba insoportable la
capa. A un ritmo regular, con la capa enrollada bajo el brazo, subió colinas, bordeó
charcas, estuvo a punto de pisotear a una pareja de enamorados —muy apremiante
debía de ser su deseo para que se hubieran tumbado en aquel terreno cenagoso y a
aquella hora—y finalmente dobló a la derecha, dejando atrás, a lo lejos, las brillantes
luces de Londres.

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Esa era la primera vez en su vida que él rechazaba un desafío directo. Aún podía
oír la razonable queja de ella cuando le había dicho: «Hay un mandato judicial contra
mí». Fue lamentable; él se ruborizó en la oscuridad. Pero, ¿cómo había podido ella
pedirle una cosa así? ¿Cómo había podido pedirle tanto? Sentía una profunda
animadversión hacia ella. Ninguna persona amiga hubiera hecho eso. Ella no era una
joven inexperta ni tampoco tonta; sabía a lo que él se exponía.
El desprecio era muy duro de soportar. Ella en su lugar habría ido, con alguaciles
o sin ellos; estaba seguro de eso. La excusa de ir al Almirantazgo había parecido un
gimoteo.
¿Qué pasaría si se arriesgaba e iba a la calle Bruton por la mañana? Si iba a
aceptar el barco corsario, la cita en Whitehall sería inútil. Allí le habían tratado de un
modo pésimo, peor que a cualquier otro, por lo que él recordaba, y no había
posibilidad, ninguna posibilidad de que el encuentro del día siguiente arreglara las
cosas. Todo lo más, le sería ofrecido un inaceptable puesto en tierra que permitiría al
First Lord tener la conciencia tranquila y decir: «Le ofrecimos un empleo, pero no
estimó conveniente aceptarlo». Tal vez lord Melville le ofrecería una carraca o un
barco abastecedor; pero, en cualquier caso, no iba a nombrarlo capitán de navío ni a
ofrecerle una fragata, lo único que repararía la injusticia, lo único que a él le parecería
apropiado. El recuerdo de cómo le habían tratado allí estaba vivo en su mente: el
desprecio, la mezquindad, la falsedad, las evasivas. Docenas de hombres que no
tenían ni la décima parte de sus razones para solicitar un ascenso lo habían
conseguido. No se habían tomado en consideración sus recomendaciones, y a sus
guardiamarinas les habían dejado varados.
Con Canning como First Lord, secretario y Junta del Almirantazgo, todo en uno,
las cosas serían muy diferentes. Tendría un barco bien equipado, una gran dotación de
marinos de primera, carta blanca y todos los mares del mundo ante él: el mar de las
Antillas para obtener rápidas ganancias, la apreciada zona de crucero de la flota del
Canal y, si España entraba en guerra (lo que era casi seguro), las rutas del
Mediterráneo, que él conocía tan bien. Y aún otros mares, allende aquellos donde
generalmente llegaban los barcos de crucero y los barcos de guerra privados: el canal
de Mozambique, las proximidades de la isla de Francia, el océano Índico, y la zona
de las islas Molucas y Filipinas. Al sur del Ecuador, sobre todo cerca del cabo de
Buena Esperanza, podían encontrarse barcos franceses y holandeses, de los que
realizaban el comercio con las Indias, que volvían a su país. Y si allí era azotado por
el monzón, a sotavento tenía Manila, de donde salían los galeones españoles. Aun sin
muchas pretensiones, un moderado botín de aquellas latitudes le permitiría saldar sus
deudas. En un segundo saldría de sus dificultades, y sería raro que no pudiera
conseguir incluso dos botines en aquellos mares casi vírgenes.
El nombre de Sophia fue abriéndose paso en su mente hasta llegar a la parte

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donde se forman las palabras. Él había hecho todo lo posible por olvidarlo desde que
había huido a Francia. No era considerado un buen partido, y Sophie estaba tan lejos
de su alcance como la insignia de un almirante.
Ella nunca le habría hecho eso a él. Impulsado por el deseo, se imaginó cómo
habría sido aquella tarde con Sophie, sus suaves movimientos, tan distintos de los
rápidos movimientos de Diana, la ternura con que le habría mirado, su deseo de
protegerle, infinitamente conmovedor. ¿Habría resistido verla allí cerca de su madre?
¿Habría puesto pies en polvorosa y se habría escondido en la sala más alejada hasta
que pudiera escaparse? ¿Cómo se habría comportado ella?
—¡Dios mío! ¿Qué habría pasado si las hubiera visto a las dos juntas? —se
preguntó en voz alta, horrorizado ante la idea.
Estuvo pensando en aquella posibilidad durante un rato. Dobló a la izquierda y
luego otra vez a la izquierda, tratando de desembarazarse de la desagradable imagen
en que se veía a sí mismo frente a Sophie y ésta le miraba con dulzura,
inquisitivamente, pensando: «¿Es posible que este tipo sea Jack Aubrey?». Atravesó
rápidamente Heath hasta llegar al primer sendero que había tomado, donde los
abedules se veían vagamente entre la llovizna. Pensó que debería poner en orden sus
ideas con respecto a ellas dos. No obstante, le parecía odioso y muy descortés hacer
cualquier tipo de comparación entre ellas, valorarlas poniéndolas una junto otra.
Stephen le reprochaba que tenía confusión de ideas, una enorme confusión de ideas,
por el hecho de negarse a desarrollarlas hasta su conclusión lógica, y le decía:
«Tienes todos los defectos ingleses, amigo mío, incluyendo la confusión de ideas y la
hipocresía». Pero era inútil tratar de usar la lógica a la fuerza donde ésta no podía
aplicarse. Razonar en un caso como ese era sumamente repugnante; la lógica sólo
podía aplicarse a una deliberada seducción o a un matrimonio por interés.
Mientras intentaba orientarse, pensaba que había algo más; hasta el momento él
nunca había tratado de poner en orden sus ideas ni de averiguar la verdadera
naturaleza de sus sentimientos. Desconfiaba mucho de aquel tipo de ejercicio, pero
ahora era de gran interés, de primordial interés.
—¡La bolsa o la vida! —dijo una voz muy cerca de él.
—¿Cómo? ¿Cómo? ¿Qué ha dicho?
El hombre salió de atrás de los árboles; su arma se veía bajo los destellos de la
lluvia.
—He dicho que la bolsa o la vida —dijo, y luego tosió.
Inmediatamente la capa le dio en la cara y Jack, cogiéndole por la camisa, le
sacudió con terrible violencia y le levantó del suelo un buen trozo. La camisa cedió y
el hombre se tambaleó con los brazos caídos. Jack le dio un fuerte puñetazo por la
izquierda, a la altura de la oreja, y una patada en las piernas mientras caía.
Agarró la porra rápidamente y permaneció de pie ante él, con la respiración

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entrecortada y sacudiendo la mano izquierda. Tenía los nudillos destrozados por el
golpe tan condenadamente fuerte; parecía que había golpeado un árbol. Estaba
indignado.
—¡Cerdo, cerdo, cerdo! —le gritaba, esperando un movimiento.
Sin embargo, no hubo ningún movimiento. Pasados unos momentos, a Jack se le
pasó la furia y movió el cuerpo inanimado con el pie.
—Vamos, señor. Póngase de pie. Levántese y límpiese.
Después de una serie de órdenes de esta clase, en voz muy alta, le puso sentado y
le sacudió. La cabeza del tipo se balanceó, desmayada; su cuerpo estaba frío y
húmedo; no tenía respiración ni se le notaba el pulso, parecía un cadáver.
—¡Vaya por Dios! —exclamó Jack—. ¡Se ha muerto!
La lluvia se hizo más intensa, y esto le trajo a la memoria su capa. La encontró, se
la puso y volvió junto al hombre. Era un pobre tipo. No debía de pesar más de cien o
ciento quince libras y, además, era un salteador de caminos de lo más incompetente,
pues le había faltado poco para añadir «por favor» a su petición; desconocía lo que
era un ataque. ¿Estaría muerto? No; una mano hacía leves y esporádicos
movimientos.
Jack se estremeció. El calor que había sentido en el paseo a pie y la lucha había
desaparecido durante este rato de espera, y él se ajustó más la capa. Era una noche
fría y húmeda, y seguramente helaría antes del amanecer. Más irritadas sacudidas en
vano, torpes intentos de reanimarle.
—¡Dios mío! ¡Qué fastidio! —dijo.
En la mar no habría habido problema, pero allí en tierra era diferente —él tenía
una idea diferente de cómo arreglar las cosas en tierra—, así que después de una
desagradable pausa envolvió aquel objeto en su capa (no por humanidad sino para
evitar mancharse de barro y sangre y tal vez estropear su ropa) cargó con él y empezó
a caminar.
Cien libras y pico no eran muchas para las primeras cien yardas, ni para las otras
cien que seguían; pero el olor del abrigado bulto había llegado a ser muy
desagradable, y él sintió alegría cuando llegó cerca del lugar por donde había entrado
a Heath y vio su propia ventana iluminada.
«Stephen lo curará enseguida», pensó. Era sabido que Stephen podía levantar a
los muertos, pero tenía que ser antes de que cambiara la marea. Muchos le habían
visto hacerlo.
Sin embargo, no hubo respuesta a su llamada. La vela estaba casi llegando a la
palmatoria, con la mecha consumida y rodeada por una especie de seta; el fuego
estaba a punto de apagarse; su nota aún estaba apoyada contra el tazón de leche. Jack
bajó al bandolero y acercó la vela para observarle. Tenía la cara pálida y ojerosa, y
por sus párpados casi cerrados sólo se veía el blanco del ojo en forma de media luna;

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su barba era incipiente y una parte estaba cubierta de sangre. Era un tipo enclenque y
estrecho de tórax, un inútil. Jack pensó: «Es mejor que le deje tranquilo hasta que
Stephen venga. Voy a ver si quedan salchichas».
Las horas pasaban; se oía el tic—tac del reloj; el carillón de la iglesia daba los
cuartos y mientras tanto él echaba carbón al fuego y observaba las llamas con los
nervios relajados por fin, embriagado por algo parecido a la felicidad.
Stephen llegó con las primeras luces. Se detuvo en el umbral de la puerta,
mirando atentamente a Jack, dormido, y al bandolero, atado a una silla tipo windsor y
con una mirada extraviada.
—Buenos días, señor —dijo, con una leve inclinación de cabeza.
—Buenos días, señor. ¡Oh, señor, por favor…!
—¡Vaya! ¡Ya estás aquí, Stephen! —exclamó Jack—. Estaba preocupado por ti.
—¿Ah, sí? —dijo Stephen. Luego puso sobre la mesa un paquete hecho con hojas
de col y sacó un huevo del bolsillo y una barra de pan del pecho—. Te he traído un
bistec para que te dé fuerzas para la entrevista, y lo que llaman pan por estos lugares.
Te recomiendo que te quites la ropa, te laves —con la olla de cobre lo harás
admirablemente— y luego duermas una hora entre sábanas. Cuando estés descansado
y afeitado y hayas desayunado el café y el bistec, serás un hombre nuevo. Insisto en
mi recomendación, porque tienes un piojo subiéndote por el cuello de la chaqueta —
pediculus vestimenti busca ascenso a pediculus capitis— y cuando vemos uno
podemos suponer razonablemente que hay otros veinte ocultos.
—¡Ah! —dijo Jack, arrojando la chaqueta—. Eso es lo que pasa por traer a un
piojoso maleante. ¡Maldito sea usted, señor!
—Lo siento muchísimo, señor. Me siento profundamente avergonzado —dijo el
bandolero, bajando la cabeza.
—Deberías echarle un vistazo, Stephen —dijo Jack—. Le he dado un golpe en la
cabeza. Voy a poner al fuego la olla de cobre y luego me iré a la cama. ¿Me llamarás,
Stephen?
—Un golpe duro —dijo Stephen, mientras lo limpiaba y lo examinaba—. Un
golpe muy duro, sin duda. ¿Le duele?
—No más que el resto, señor. Es usted muy benevolente al ocuparse de mí. Pero,
señor… ¡si fuera posible que me dejara usted las manos libres! ¡Tengo una picazón
insoportable!
—Ya lo creo —dijo Stephen cortando el nudo con el cuchillo de cocina—. Tiene
usted una extraña infección. ¿De qué son esas marcas? No son muy recientes,
indudablemente.
—¡Oh! No es más que sangre extravasada, señor, corríjame si me equivoco. La
semana pasada, cerca de Highgate, traté de robarle la bolsa a un hombre que iba con
una fulana; parecía que él iba a darme algo, pero lo que hizo fue pegarme brutalmente

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y tirarme en un charco.
—Es posible que no tenga usted la habilidad necesaria para robar bolsas; y su
alimentación, por supuesto, no es la adecuada para ello.
—Y sin embargo, fue mi alimentación o, mejor dicho, mi falta de alimentación, la
que me llevó hasta Heath; hace cinco días que no como.
—Y dígame, ¿ha tenido éxito alguna vez? —preguntó Stephen.
Rompió el huevo y se lo echó a la leche; luego le añadió azúcar y unas gotas de
ron que quedaban y comenzó a alimentar al bandolero con una cuchara.
—Ninguno, señor. ¡Oh! ¡Cuánto se lo agradezco! ¡Ambrosía! Ninguno, señor.
Arrebatarle un trozo de morcilla a un chico en Flask Lane ha sido mi mayor hazaña.
¡Néctar! Ninguno, señor. Y sin embargo, sí un hombre me amenazara con una porra
en la oscuridad y me pidiera que le diera mi bolsa, yo lo haría inmediatamente. Pero
mis víctimas no lo hacían, señor; o me pegaban, o afirmaban que no llevaban dinero,
o no me prestaban atención y seguían caminando mientras yo, a su lado, les gritaba:
«¡Deteneos y dadme vuestra bolsa!», o trataban de humillarme, preguntándome:
«¿Por qué no trabaja? ¿No le da vergüenza?». Tal vez me falta presencia de ánimo,
resolución; tal vez si hubiera podido conseguir una pistola… ¿Puedo tomarme la
libertad, señor, de pedirle un pedazo de pan, un pedazo muy pequeño? Tengo un
hambre de lobo, aunque no sea esa mi apariencia.
—Debe usted masticar despacio. ¿Qué contestaba usted a sus preguntas?
—¿Sobre el trabajo, señor? Les decía que me gustaría mucho tener uno, que haría
cualquier trabajo que pudiera encontrar. Soy un hombre trabajador, señor. ¿Podría
pedirle tan sólo una rebanada más? Y podía haber añadido que precisamente el
trabajo ha sido mi perdición.
—¿De veras?
—¿Le parece oportuno que le haga un relato de mi vida, señor?
—Un breve relato de su vida sería muy oportuno.
—Vivía en la calle Holywell, señor; era un literato. Allí había muchos otros como
yo; no fuimos educados para el comercio ni para ninguna profesión, sino que
adquirimos unos conocimientos poco profundos; con éstos y el dinero suficiente para
comprarnos plumas y cuadernos, podíamos comenzar a escribir y establecernos en
aquella parte de la ciudad. Era asombroso cuántos de nosotros éramos hijos
bastardos; sin ir más lejos, mi padre, según decían, era un juez. Probablemente esto
era cierto, porque alguien me mandó a un colegio cerca de Slough durante un tiempo.
Algunos tenían cierta originalidad, y creo que a mí la poesía se me daba realmente
bien, señor; pero un autor desciende a la parte más baja del monte Helicó cuando
escribe cosas como The Universal Directory for Taking Alive Rats (Método universal
para cazar ratas vivas) o The Unhappy Birth (El infausto nacimiento), Wicked Life
and Miserable End of that Deceitful Apostle, Judas Iscariot (Horrible vida y triste fin

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del falso apóstol Judas Iscariote) y, por supuesto, panfletos como Thoughts of the
Present Crisis (Reflexiones sobre la crisis actual), escrito por un noble, y A New way
of Funding the National Debt (Una nueva manera de financiar la deuda pública). Yo
preferí dedicarme a hacer traducciones para los libreros.
—¿De qué lenguas?
—¡Oh! ¡De todas las lenguas, señor! Si la lengua era oriental o clásica, siempre
había una traducción al francés de la que podía servirme; y por lo que se refiere al
italiano y el español, generalmente terminaba por descifrarlos. También el alemán;
tenía un gran dominio del alemán cuando terminé con Elegant Diversions
(Diversiones distinguidas) de Fleischhacker y Nearest Way to Heaven (El camino más
corto hacia el cielo) de Strumpff. Me fue bastante bien, señor, en general. Rara vez
me faltaron la comida o el alojamiento, pues me esmeraba en lo que hacía, era serio,
puntual y, como le he dicho, trabajador. Siempre respeté la fecha convenida; los
editores podían leer mi letra y enseguida que me enviaban las galeradas yo las
corregía. Entonces un librero que se llamaba… pero, silencio, no debo decir ningún
nombre…que se llamaba señor G me mandó buscar y me propuso South Seas (Mares
del Sur) de Bouriscot. Acepté gustoso, pues no había mucho trabajo y había tenido
que vivir durante un mes de The case of Druids impartially considered (El caso de los
druidas considerado imparcialmente), una pequeña obra incluida en la Recopilación
de lecturas para damas, y los druidas no habían dado más que para pan y leche.
Acordamos que recibiría media corona por página; no me atreví a exigir más, a pesar
de que estaba impreso en letra muy pequeña y todas las notas escritas en perla11.
—¿A qué ingresos por semana equivalía esto?
—Bueno, señor, considerando en conjunto las partes difíciles y las fáciles y que
se trabajan doce horas al día, podía llegar a veinticinco chelines. Yo estaba rebosante
de alegría, pues la serie de libros de viajes de Bouriscot, la más extensa que se haya
escrito en francés, que yo sepa, después de las novelas del abad Prévost, era la obra
más larga en la que yo había trabajado hasta entonces, y pensaba que me ganaría la
vida durante mucho tiempo. Disponía de crédito, así que me mudé a la parte baja de
la casa, a una hermosa habitación en el frente de ésta, para tener más luz; compré
algunos muebles y varios libros que necesitaba, entre los cuales había algunos
diccionarios muy caros.
—¿Necesitaba usted un diccionario de francés, señor?
—No, señor; ya tenía uno. Me refería al Naval Expositor (Diccionario naval) de
Blanckley y a los libros de Du Hamel, Aubin y Saverien; eran necesarios para
entender las difíciles palabras con que se describían naufragios y maniobras y para
conocer las experiencias de los viajeros. Creo que en la traducción es muy útil
entender el texto, señor; siempre doy importancia a eso. Así que trabajaba sin parar
en mi hermosa habitación y comía dos veces por semana en un restaurante

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especializado en bistecs; y entretanto rechacé dos o tres ofertas de otros libreros.
Hasta que un día el señor G envió a su ayudante a decirme que había reflexionado
sobre mi proyecto de traducir a Bouriscot, que sus socios pensaban que el costo del
estereotipo sería demasiado alto y que en el estado actual del mercado no había
demanda de un producto de esa clase.
—¿Tenía usted un contrato?
—No, señor. Era lo que los libreros llaman «acuerdo entre caballeros».
—Entonces, ¿no hay ninguna esperanza?
—Ninguna en absoluto, señor. Lo intenté, desde luego, y se cerraron las puertas
ante mis quejas. Él estaba enfadado conmigo porque se sentía ofendido, y empezó a
decir en el gremio que yo me había vuelto insolente, lo que un librero menos soporta
en un escritorzuelo. Manipuló incluso una pequeña traducción mía en la Revista
literaria. No pude conseguir más trabajo. Me quitaron mis bienes, y mis acreedores
se hubieran apoderado también de mi persona si yo no fuera ducho en darles el
esquinazo.
—¿Sabe algo sobre alguaciles, arresto por deudas y la aplicación de la ley en este
caso?
—Pocas cosas conozco mejor, señor. Nací en una cárcel para deudores y he
pasado años en Fleet y Marshalsea. Escribí mi Elements of Agriculture (Elementos de
agricultura) y mi Plan for the Education of the Young Nobility and Gentry (Plan para
la educación de los jóvenes nobles y burgueses) en una prisión del Rey.
—Tenga la amabilidad de hacerme un resumen de la ley, tal como es ahora.
—Jack —dijo Stephen—. Ya es la hora.
—¿Qué? ¿Qué?
Jack tenía la facilidad de los marinos de dormirse inmediatamente, descansar un
breve periodo de una hora y despertarse enseguida; pero en esta ocasión había ido
lejos, muy lejos, al cabo de Buena Esperanza, a bordo de un navío de setenta y cuatro
cañones, navegando en un mar de un blanco lechoso y fosforescente, y por primera
vez se sentó en el borde de la cama, atontado, volviendo poco a poco al presente.
Lord Melville, Queenie, Canning, Diana.
—¿Qué vas a hacer con tu captura? —preguntó Stephen.
—¿Eh? ¡Ah, ese hombre! Creo que deberíamos entregárselo a la policía.
—Le colgarán.
—Sí, por supuesto. Es terrible; a uno no le gusta que un tipo vaya por ahí robando
bolsas, pero tampoco le gusta que le cuelguen. Tal vez sea deportado.
—Te doy doce libras y seis peniques por él.
—¿Pretendes disecarlo ya? (A menudo Stephen compraba cadáveres de personas
que acababan de morir en la horca). ¿Y realmente tienes doce libras y seis peniques
en este momento? No, no, no acepto tu dinero; te lo doy como regalo. Te lo cedo.

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¡Huelo a café y a tostadas!
Jack estaba allí sentado, serio y pensativo, comiéndose el bistec, y sus brillantes
ojos azules se abrían desmesuradamente por el esfuerzo. Su mirada parecía penetrar
en el futuro, pero en realidad estaba fija en su prisionero, quien sentado en una silla,
silencioso y asustado, se rascaba discretamente y de vez en cuando hacía gestos de
sumisión. A Jack le llamó la atención uno de estos gestos y frunció el entrecejo.
—¡Eh, señor! —gritó con su potente voz de marino, y el hombre sintió que el
corazón le daba un vuelco y dejó de mover la mano—. ¡Eh, señor!, será mejor que
coma usted esto —cortó un trozo grasiento—, y deprisa. Le he vendido y ahora
pertenece usted al doctor, así que debe obedecer sus órdenes o de lo contrario
terminará metido de cabeza en un tonel y lanzado por la borda. ¿Me entiende,
verdad?
—Sí, señor.
—Tengo que irme ahora, Stephen. ¿Nos vemos esta tarde?
—No sé muy bien qué haré. Es posible que vaya a Seething Lane, aunque tal vez
no merezca la pena ir hasta la próxima semana.
Jack se adentró en el patio del Almirantazgo y pasó a la sala de espera, donde
había media docena de conocidos con los que habló de cosas inconexas, pues su
mente y la de ellos estaban en otra parte. Luego subió la escalera hasta el despacho
del First Lord y a mitad de camino vio a un corpulento oficial apoyado en el
pasamanos, llorando silenciosamente, con las gruesas mejillas pálidas y húmedas por
las lágrimas. Un infante de marina le miraba en silencio desde el descansillo y dos
conserjes le observaban asombrados desde el vestíbulo.
Lord Melville estaba muy afectado por la última entrevista, eso era obvio. Tuvo
que recobrar el dominio de sí mismo y esforzarse por atender el siguiente asunto.
Durante unos momentos hojeó los papeles que había sobre su escritorio y luego dijo:
—Acabo de presenciar una incontrolada manifestación de emociones que, en mi
opinión, ha rebajado muchísimo a ese oficial. Sé que usted valora la fortaleza, capitán
Aubrey, y que usted no flaquea ante las malas noticias.
—Espero que pueda soportarlas, señor.
—Tengo que decirle que no puedo ascenderle a capitán de navío por el combate
con el Cacafuego. Estoy obligado a respetar la decisión de mi predecesor y no puedo
sentar un precedente. De modo que no podrá estar al mando de un navío; y por lo que
respecta a las corbetas, sólo hay ochenta y nueve destinadas a alguna misión,
mientras que tenemos una lista de alrededor de cuatrocientos capitanes.
Intentó que estas palabras causaran impresión, y a pesar de que no añadían nada
nuevo a la información de Jack —que sabía estas cifras de memoria y sabía también
que lord Melville no había sido del todo franco, porque se estaban construyendo
treinta y cuatro corbetas más y había una docena para los servicios portuarios y

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regulares—, su repetición tuvo un efecto tranquilizador.
—No obstante —prosiguió—, la anterior administración nos dejó también un
proyecto de un barco experimental que tengo la intención de clasificar como corbeta
en lugar de navío, en determinadas circunstancias, aunque lleva veinticuatro
carronadas de treinta y dos libras. Fue diseñado para llevar un arma especial, un arma
secreta que hemos desechado después de las pruebas, y una vez terminado se usará
con fines generales; por eso le hemos llamado Polychrest. ¿Le gustaría ver el
proyecto?
—Muchísimo, milord.
—Es un interesante experimento —dijo mientras abría la carpeta—, pues está
hecho para navegar contra viento y marea. Su promotor, el señor Eldon, era un
hombre muy ingenioso y gastó una fortuna en los proyectos y los modelos.
Era un interesante experimento, indudablemente; Jack había oído hablar de él. Se
le conocía como el error del carpintero, y nadie en la Armada había imaginado nunca
que sería botado. ¿Cómo había sobrevivido a las reformas de Saint Vincent? ¿Qué
extraordinaria combinación de intereses había conseguido hacerlo salir de los
astilleros y, sobre todo, hacerlo entrar? El barco tenía la proa y la popa iguales, dos
vergas para gavias mayores, un falso fondo, diversas quillas, timones móviles y
carecía de bodega. Por los datos del proyecto, él supo que lo construían en un
astillero privado de Portsmouth, cuyo dueño era el señor Hickman, de no muy buena
reputación.
—Es cierto que el Polychrest fue diseñado específicamente para llevar esta arma,
pero desecharlo también a él habría sido un despilfarro, pues estaba muy avanzado. Y
con las modificaciones que usted ve aquí, en tinta verde, la Junta opina que podrá
utilizarse muy bien en aguas nacionales. Por su construcción, no le es posible realizar
cruceros, cualquiera que sea su duración; sin embargo, embarcaciones de ese tamaño
siempre son necesarias en el Canal, y yo estoy contemplando la posibilidad de añadir
el Polychrest a la escuadra del almirante Harte, frente a los downs. Por razones que
no voy a detallar, es necesario actuar con diligencia. A su capitán se le ordenará
dirigirse a Portsmouth inmediatamente para que acelere su equipamiento, lo ponga en
servicio y se haga a la mar con la mayor rapidez. ¿Le gustaría recibir este
nombramiento, capitán Aubrey?
El Polychrest era un barco teórico de un hombre que no era marino y había sido
construido por una banda de granujas y chanchulleros; él estaría a las órdenes de un
hombre a quien le había puesto los cuernos y que se alegraría de verle arruinado y no
volvería a recibir una oferta de Canning. Lord Melville no era tonto, y sabía la
mayoría de estas cosas; esperó la respuesta de Jack con la cabeza ladeada y una
mirada inquisitiva, tamborileando con los dedos sobre el escritorio. ¡Qué horrible
manera de tratarle! ¡Le ofrecía el Polychrest, que ya había sido rechazado! A pesar de

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su esfuerzo al hacer la clasificación, le sería difícil justificarse ante lady Keith; e
incluso su propia conciencia, endurecida por los muchos años que había pasado en
cargos públicos, le remordía.
—Sí, por favor, señor. Se lo agradecería mucho.
—Muy bien. Entonces que así sea. No, no me dé las gracias, se lo ruego —dijo,
alzando la mano y mirando a Jack a los ojos—. No es uno de los mejores barcos; me
gustaría que lo fuera. Pero tendrá más cantidad de metal en los costados que muchas
fragatas. Si tiene usted la oportunidad, estoy seguro de que se destacará, y la Junta se
sentirá satisfecha de nombrarle capitán de navío en cuanto haya una ocasión. Ahora,
por lo que respecta a sus oficiales y su tripulación, me gustaría complacerle lo más
posible. El primer oficial ya ha sido nombrado: es el señor Parker, recomendado del
duque de Clarence.
—Me gustaría tener a mi cirujano, milord, y a Thomas Pullings, ayudante del
segundo oficial en la Sophie, que era teniente en funciones en 1801.
—¿Desea usted que le ascienda a teniente?
—Sí, por favor, milord.
Eso era mucho pedir, y probablemente él tendría que sacrificar el resto de los
puestos; pero según el balance de la entrevista, podía arriesgarlos.
—Muy bien. ¿Qué más?
—¿Podría tener dos guardiamarinas?
—¿Dos? Sí… creo que sí. Mencionó usted a su cirujano… ¿quién es?
—El doctor Maturin, milord.
—¿El doctor Maturin? —dijo lord Melville, levantando la vista.
—Sí, milord. Probablemente le habrá visto en casa de lady Keith. Somos amigos
íntimos.
—Sí —dijo lord Melville, bajando la vista—, le conozco. Bien, sir Evan le
enviará las órdenes hoy mismo con un mensajero. ¿O prefiere esperar mientras las
escriben?
A pocos cientos de yardas del Almirantazgo, en el parque Saint James, el doctor
Maturin y la señorita Williams paseaban por la grava alrededor del estanque artificial.
—No dejo de asombrarme al ver estos patos —dijo Stephen—. Esas son fúlicas,
unas aves muy comunes; las fúlicas pueden comerse, y también los lavancos medio
domesticados. ¡Qué hermosos los ánades de cola larga, los porrones bastardos, los
porrones osculados! Me he arrastrado sobre el vientre por el helado pantano para
verlos a una distancia de un estadio, pero ellos han levantado el vuelo antes de que
pudiera enfocarlos con mi catalejo. Y no obstante, ahora están aquí, en el corazón de
una ciudad moderna y bulliciosa, nadando tranquilamente… ¡y comiendo pan! No les
han cazado ni les han cortado las alas, sino que han venido directamente desde el
norte, desde las altas latitudes. ¡Estoy asombrado!

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Sophia miró las aves con atención y dijo que ella también encontraba esto
asombroso.
—Pobres fúlicas —añadió—, siempre parecen estar tristes. ¿Así que ese es el
Almirantazgo?
—Sí. Y creo que en este momento Jack conoce ya su destino. Estará detrás de una
de esas altas ventanas de la izquierda.
—Es un edificio muy hermoso —dijo Sophia—. ¿Podríamos verlo más de cerca?
Así apreciaríamos sus verdaderas proporciones. Diana me dijo que estaba muy
delgado y que no tenía buen aspecto. «Reducido» fue la palabra que dijo.
—Tal vez haya envejecido —dijo Stephen—. Pero aún come por seis y, aunque
yo no diría categóricamente que es un obeso, está demasiado grueso. Quisiera poder
decir lo mismo de usted, querida.
Sophia había adelgazado, en efecto. Esto le favorecía porque habían desaparecido
los últimos rasgos infantiles de su rostro y resaltaba la expresividad de sus facciones,
hasta entonces oculta. Al mismo tiempo, ella había perdido su mirada ausente,
lánguida y misteriosa; ahora era toda una mujer, una persona adulta.
—Si usted le hubiera visto anoche en casa de lady Keith —continuó Stephen—,
no se preocuparía. Bueno, perdió el resto de la oreja en el barco de la Compañía de
Indias, pero eso no fue nada.
—¡La oreja! —exclamó Sophia, palideciendo y parándose en seco en medio del
paseo.
—Está usted en el barro, querida. Permítame llevarla a un sitio seco. Sí, la oreja,
la oreja derecha, o lo que le quedaba de ella. Pero no fue nada; se la cosí de nuevo.
Como le he dicho, si le hubiera visto anoche, estaría usted tranquila.
—Es usted un gran amigo suyo, doctor Maturin. Sus otros amigos le estamos muy
agradecidos.
—Bueno, le coso las orejas de vez en cuando.
—Es una gran suerte para él tenerle cerca. Me temo que a veces se expone al
peligro por actuar irreflexivamente.
—Así es.
—Sin embargo, no creo que hubiera soportado verle. Fui muy poco amable con él
la última vez que nos encontramos —dijo con los ojos llenos de lágrimas—. Es
horrible comportarse de un modo tan poco amable, porque uno no deja de recordarlo.
Stephen la miró con profunda ternura y observó la línea que cruzaba su ancha
frente; ella era una encantadora y desdichada criatura.
Por todo Westminster los relojes comenzaron a dar la hora, y Sophia dijo:
—¡Oh, se nos ha hecho muy tarde! Le prometí a mamá… Estará muy ansiosa.
Vamos, tenemos que irnos deprisa.
Stephen le dio su brazo y ambos atravesaron el parque apresuradamente. Iba

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guiándola, porque ella tenía los ojos nublados por las lágrimas y cada tres pasos
miraba por encima del hombro hacia las ventanas del Almirantazgo.
Esas ventanas, en su mayoría, pertenecían a las viviendas oficiales de los lores
miembros de la Junta, mientras que aquellas tras las cuales se encontraba Jack
estaban en el otro extremo del edificio y daban al patio. Él se encontraba en ese
momento en la sala de espera, donde había pasado muchas horas de ansiedad,
agotadoras, a lo largo de su carrera. Estaba allí esperando desde que había terminado
la entrevista, y según su cuenta, ya habían entrado o salido del patio ciento veintitrés
hombres y dos mujeres desde entonces. Un gran número de oficiales compartía la
sala con él, alternándose a medida que avanzaba el día; pero ninguno de ellos
esperaba en sus mismas circunstancias, con el nombramiento y las órdenes crujiendo
en su pecho. Estar esperando en aquellas condiciones era lo más raro que los
conserjes habían visto en su vida y despertaba su curiosidad.
Su situación era absurda. En un bolsillo tenía el hermoso documento que le
ordenaba presentarse a bordo de la corbeta de Su Majestad Polychrest, y en el otro
una bolsa fláccida que sólo contenía una moneda de cuatro peniques con el borde
gastado, pues el resto lo había empleado en los regalos de costumbre. El Polychrest
significaba seguridad, o al menos eso creía él. La silla de posta partía a las once de la
noche, pero tenía que conseguir llegar desde Whitehall a la calle Lombard sin ser
apresado, tenía que atravesar Londres, y su figura uniformada llamaría la atención.
Por otro lado, tenía que comunicarse con Stephen, que le esperaba en la casa, pero no
se atrevía a salir del Almirantazgo. Si le apresaban justo ahora, de pura rabia se
ahorcaría. Al atravesar el vestíbulo, dejando atrás la oficina del secretario, pasó un
horrible susto, pues un conserje le dijo que un tipo bajito vestido de negro y con una
vieja peluca había preguntado por él.
—Mándele a paseo, ¿quiere? ¿Está Tom?
—No, señor. Tom está de permiso hasta el domingo por la noche. Ese tipo bajito
vestido de negro era sospechoso, señor.
Durante los últimos cuarenta minutos había visto a aquella figura vestida de
negro, aparentemente un representante de la ley, cruzar una y otra vez la calle de la
entrada a Whitehall, mirar dentro de los coches que se detenían allí e incluso subir a
los estribos. Una vez le había visto hablar con dos tipos fornidos que parecían
portadores irlandeses12 o alguaciles con disfraz de portadores irlandeses, un disfraz
habitual de los policías.
Ese día los conserjes no miraban con buenos ojos a Jack, pues éste no les había
dado oro a chorros, lo que se dice a chorros, pero se olían la verdad y, naturalmente,
estaban de su parte y en contra del poder civil. Cuando uno de ellos entró con carbón
le dijo en voz baja:
—Ese tipo bajito con la oreja como una coliflor todavía está dando vueltas por ahí

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abajo, frente al patio, señor.
«La oreja como una coliflor»… ¡Si lo hubiera oído antes qué feliz se habría
sentido! Corrió a la ventana, y después de mirar a través de ella unos minutos dijo:
—Haga el favor de decirle que entre al vestíbulo. Hablaré con él enseguida.
El señor Scriven, el literato, atravesó el patio. Parecía viejo y cansado y tenía la
oreja terriblemente hinchada.
—Señor —dijo con voz temblorosa por la ansiedad—. El doctor Maturin me ha
encargado que le diga que todo fue bien en Seething Lane y espera que usted se reúna
con él en Grapes, en el distrito de Savoy si no está comprometido. Haré entrar un
coche al patio. He estado tratando de darle mi recado, señor… Espero que…
—Excelente. Estupendo. Traiga el coche, señor… Hágalo entrar al patio y yo me
reuniré con usted enseguida.
Cuando el conserje oyó mencionar Savoy, aquel refugio bendito, sus sospechas se
confirmaron y una amplia y benevolente sonrisa se dibujó en su cara. Entonces salió
junto con el señor Scriven a buscar un coche y lo hizo entrar al patio (un
procedimiento irregular), de modo que el coche pudo maniobrar muy cerca de la
escalera y Jack subió a él sin ser visto.
—Tal vez sería prudente sentarse en el suelo, señor, encima de esta capa —dijo el
señor Scriven, intuyendo cierto reparo—. Ha pasado por el horno. Y el doctor
Maturin tuvo la amabilidad de afeitarme, de sancocharme en la olla y de vestirme de
pies a cabeza con ropa nueva.
—Siento haberle dado ese golpe tan fuerte en la oreja —dijo Jack desde el fondo
del coche—. ¿Le duele mucho?
—Es usted muy amable, señor. Ahora no siento nada. El doctor Maturin tuvo la
bondad de curármela con un ungüento oriental que compró en la botica de la esquina
de la calle Bruton y la tengo casi insensible. Ahora puede sentarse si quiere, señor;
estamos en el ducado.
—¿Qué ducado?
—El ducado de Lancaster, señor. A partir de la calle Cecil hasta el otro extremo
de Exeter Change estamos en el ducado, ni en Westminster ni en Londres, y las leyes
son diferentes. Los mandatos judiciales no son iguales que en Londres; incluso la
capilla es sumamente peculiar.
—¿Es peculiar? —dijo Jack con auténtica satisfacción—. Una peculiaridad
condenadamente buena, sin duda. Quisiera que hubiera más peculiaridades de este
tipo. ¿Cómo se llama usted, señor?
—Scriven, señor, servidor de usted. Adam Scriven.
—Es usted una persona honesta, señor Scriven. Ya hemos llegado a Grapes.
¿Puede pagarle al cochero? Estupendo.
—¡Stephen! —exclamó—. ¡Qué contento estoy de verte! ¡Por fin tenemos una

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oportunidad, un respiro, esperanza! He conseguido un barco, y si puedo llegar a
Portsmouth y éste flota, haremos fortuna. Éstas son mis órdenes y éstas las tuyas. ¡Ja,
ja, ja! ¿Has tenido suerte? Espero que no hayas recibido malas noticias. Pareces muy
desanimado.
—No, no —dijo Stephen, sonriendo a su pesar—. He negociado la letra de
Mendoza y sólo con un descuento del doce y medio por ciento, lo cual me
sorprendió; pero después la letra fue avalada. Aquí tienes —Stephen deslizaba la
bolsa sobre la mesa— ochenta y cinco guineas.
—Gracias, gracias, Stephen —dijo Jack, estrechándole la mano—. ¡Qué
encantador sonido! ¡Suenan a libertad! ¡Ja, ja! Tengo un hambre canina, no he
tomado nada desde el desayuno.
Llamó a la tabernera y ésta le dijo que podía darle un par de estupendos patos o
un buen trozo de esturión frío con pepinos frescos, comprados esa mañana en
Billingsgate.
—Empezaremos con el esturión, y si usted pone los patos al fuego ahora mismo,
estarán listos cuando hayamos terminado. ¿Qué quieres beber, Stephen?
—Ginebra y agua fría.
—¡Qué forma más deprimente y melancólica de beber! Pidamos champán; no
todos los días se consigue un barco, sobre todo un barco como ese. Te contaré lo que
ha pasado.
Le hizo a Stephen un detallado recuento de la entrevista, dibujando la curiosa
forma del Polychrest con ginebra aguada. Luego añadió:
—El barco ha sido un mal proyecto, desde luego, y no puedo entender cómo ha
sobrevivido a las reformas del viejo Jarvie. Cuando vi los planos y recordé la fragata
de Canning, que se está construyendo bajo su supervisión según el modelo del
Bellone, por un momento me sentí muy desconcertado. Pero apenas he tenido tiempo
de hablarte de la generosa oferta que él me hizo. Perdóname un momento, voy a
escribirle una nota diciéndole que lamento mucho que asuntos oficiales me
impidan… y esas cosas; quiero expresarle mi gratitud de la forma más amable y
cortés que pueda y enviarle la nota esta noche por el sistema de correo en que se paga
un penique por carta, pues en verdad su oferta fue muy generosa, muy halagadora.
Enseguida simpaticé con Canning; espero verle otra vez. Te hubiera caído bien,
Stephen. Es una persona llena de vida, inteligente, comprende las cosas enseguida, se
interesa por todo y, además, es educado, delicado y discreto, un perfecto caballero.
Uno juraría que es inglés. Tienes que conocerle.
—Esa es una buena recomendación, sin duda, pero ya conozco al señor Canning.
—¿Le conoces?
—Nos conocimos en la calle Bruton hoy —dijo, y de repente, en ese momento,
Jack comprendió por qué le desagradaba tanto el nombre de Bruton—. Fui a visitar a

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Diana después de pasear con Sophia por el parque.
En el rostro de Jack se reflejó una profunda pena.
—¿Cómo está Sophia? —preguntó, bajando los ojos.
—No tenía buen aspecto. La encontré más delgada, triste. Pero ha madurado;
ahora me parece más hermosa que cuando la conocimos en Sussex.
Jack se reclinó contra el respaldo de la silla sin decir nada. Un ruido de platos y
cuencos, el ondear del mantel y las servilletas precedieron al esturión y el champán.
Mientras ellos comían, hacían comentarios generales sobre el esturión: era un pez
muy apreciado… era la primera vez que Jack lo comía… era más bien insípido,
defraudaba un poco… Y de repente Jack dijo:
—¿Cómo está Diana?
—Su ánimo es cambiante, a veces se muestra alegre y otras abatida, pero tiene un
aspecto espléndido. También ella está llena de vida.
Stephen podía haber añadido: «y de una gran crueldad».
—No sabía que ibas a ir a la calle Bruton —dijo Jack, y Stephen asintió con la
cabeza—. ¿Había mucha gente?
—Tres soldados, un juez de la India y el señor Canning.
—Sí, ella me dijo que le conocía. Aquí llegan los patos. Tienen una pinta
excelente, ¿no crees? —dijo en tono animado—. Por favor, córtalos tú, Stephen. Lo
haces muy bien. ¿Le damos un trozo a Scriven? A propósito, ¿qué piensas de él?
—Es un hombre como cualquier otro. Me inspira compasión.
—¿Tienes intención de quedarte con él?
—Quizás. ¿Te sirvo un poco más de relleno?
—Todo el que quieras. ¿Cuándo comeremos otra vez salvia y cebollas? ¿Crees
que Scriven, cuando termine de comerse el pato, podría ir deprisa a cogernos sitio en
el coche correo mientras nosotros preparamos las maletas en Hampstead? Todavía
podría conseguir asientos en el interior.
—Es más seguro para ti ir en una silla de posta, Jack. Los periódicos hablan de la
recepción de lady Keith; tu nombre aparece en la Crónica y probablemente esté
también en los demás. No hay duda de que tus acreedores lo han visto, y sus agentes
en Portsmouth pueden interceptar el coche. El señor Scriven está muy familiarizado
con su malvado ingenio; me ha contado que están siempre al acecho, como los
buscadores de ladrones. Debes ir directamente al astillero en una silla de posta y subir
a bordo. Yo me ocuparé de tu equipaje y te lo mandaré en un coche.
—¿Tú no vienes, Stephen? —dijo Jack, dejando a un lado el plato y mirándolo
por encima de la mesa, totalmente sorprendido.
—No pensaba hacerme a la mar ahora —dijo Stephen—. Lord Keith me ofreció
el empleo de médico del buque insignia, pero no lo quise y le rogué que me
disculpara. Hay muchas cosas que llaman mi atención aquí y además, ha pasado

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mucho tiempo desde que estuve en Irlanda…
—Pero yo daba por sentado que íbamos a embarcarnos juntos, Stephen —dijo
Jack—. ¡Y estaba tan contento de traerte estas órdenes! ¿Qué voy a…?
Reflexionó un momento, y luego, en un tono mucho más bajo, dijo:
—Pero, por supuesto, no tenía ni el más mínimo derecho a hacer esa suposición.
Perdóname, te lo ruego. Le explicaré todo al Almirantazgo, diré que ha sido culpa
mía. ¡Dios mío! ¡Un buque insignia ni más ni menos! Es justamente lo que te
mereces. Me temo que he sido muy presuntuoso.
—No, no, no, querido amigo —dijo Stephen—. Esto no tiene nada que ver con el
buque insignia. Me importa un bledo el buque insignia. Quítate eso de la cabeza.
Preferiría una corbeta o una fragata. Lo que ocurre es que no tenía pensado irme de
crucero justo ahora. Pero por el momento dejemos las cosas como están. No me
gustaría que en la Junta Naval —sonreía—dijeran que soy un culo de mal asiento, un
indeciso, un remilgado hijo de perra. No te preocupes tanto; anímate. Lo que me ha
desconcertado es que ha sido una cosa repentina, pues soy más reflexivo que vosotros
los animosos hombres de mar. Tengo compromisos hasta el final de la semana, pero
después, a menos que te avise por escrito, iré con mi baúl a reunirme contigo el lunes.
Vamos, bébete ese vino —es admirable para una pequeña taberna como ésta— y
pediremos otra botella. Y antes de que te dejemos a bordo de la silla de posta, te
contaré lo que sé sobre la ley que se aplica en Inglaterra a los deudores.

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CAPÍTULO 7
Estimado señor,
Por la presente le comunico que he llegado a Portsmouth un día antes de lo
previsto. Solicito me conceda el favor de no tener que presentarme a bordo hasta esta
noche y le ruego me permita disfrutar de su compañía en la comida.
Se despide de usted, estimado señor, su más afectuoso y humilde servidor,
Stephen Maturin
Stephen dobló el papel, escribió «Capitán Aubrey, de la Armada real. Corbeta de
S. M. Polychrest», lo selló y tocó la campanilla.
—¿Sabe usted dónde está el Polychrest?
—¡Oh, sí, señor! —replicó el hombre con una expresiva sonrisa—. Están
subiendo a bordo sus cañones en el Servicio de material de guerra; por cierto que lo
pasó muy mal durante la última marea.
—Entonces, tenga la amabilidad de llevar allí esta nota enseguida. Y estas otras
cartas son para echarlas al correo.
Volvió a la mesa, abrió su diario y escribió: «He firmado como "su más afectuoso
y humilde servidor"; y es el afecto lo que me trae aquí, sin duda. Incluso un hombre
frío y autosuficiente necesita este tipo de intercambio para conservar la parte no
maquinal de su persona; la historia natural, la filosofía, la música y la conversación
con los muertos no bastan.
Me gusta pensar, de hecho pienso que J. A. siente por mí un afecto tan profundo
como le permite su carácter jovial e irreflexivo, y sé cómo es el que siento yo por él,
sé cómo me dolía verle afligido; pero, ¿cuánto tiempo este afecto resistirá el desgaste
del silencioso enfrentamiento diario? Nuestra amistad no le impedirá perseguir a
Diana, y lo que no quiere ver no lo verá; no creo que lo haga conscientemente, que
sea hipócrita, pero la frase quod volunt credere le viene muy bien. En cuanto a ella,
me encuentro perdido; primero amabilidad y luego un rechazo como el de un
enemigo. Parece que al jugar con J. A. también ha quedado atrapada. (Pero, ¿dejaría
de lado su ambición alguna vez? Seguro que no. Y él es incluso un peor partido que
yo, una presa menos lícita. ¿Será la suya una perversa inclinación? Pero J. A., aunque
no me parece un Adonis, es guapo, y yo no. Parece que la ridícula historia que él
cuenta sobre mi riqueza, retocada por la señora Williams, ha cobrado fuerza por la
convicción de esa cabeza hueca y me ha hecho pasar de aliado, amigo e incluso
cómplice a oponente. Parece que… ¡oh, hay mil absurdas posibilidades! Estoy
desolado, y también desconcertado. Pero creo que podré curarme; mi sangre tiene el
ardor de la fiebre, pero el láudano lo apagará, la distancia lo apagará, y el trabajo y la
acción harán lo mismo. Lo que temo es el efecto contrario, el aumento del ardor por
los celos; nunca antes había sentido celos, y aunque por el conocimiento del mundo,

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la experiencia, la literatura, la historia y la observación común conocía su fuerza,
ignoraba por completo su verdadera naturaleza. Gnosce teipsum… mis sueños me
aterran. Esta mañana caminaba junto al coche, mientras éste subía penosamente la
pendiente de Ports Down, y al llegar a la cima, con el puerto de Portsmouth
extendiéndose justo debajo de mí, y Gosport, Spithead y posiblemente la mitad de la
flota del Canal resplandeciendo allí —una potente escuadra había sobrepasado Haslar
y salía en fila, con todas las alas desplegadas— sentí nostalgia de la mar. ¡Es tan
pura! En cambio, en tierra, hay momentos en que todo me parece tortuoso, oscuro y
sórdido; aunque, sin duda, no falta la sordidez en un navío de guerra».
«Desconozco en qué medida ha alimentado J. A. la ávida credulidad de la señora
Williams; en gran medida, a juzgar por el obsequioso recibimiento que me dispensó.
Y curiosamente, como resultado de esto la categoría de Jack ha subido ante sus ojos
tanto como la mía. Ella no le pondría ninguna objeción si se conociera con claridad
su posición económica. Ni tampoco Sophie, estoy seguro. No obstante, creo
sinceramente que esa bondadosa joven es tan fiel a los principios en que ha sido
educada que, con tal de no desobedecer a su madre, preferiría envejecer siendo una
solterona a casarse sin su consentimiento. No sería una Gretna Green. Es una joven
encantadora y bondadosa, y una de esas raras criaturas en las que los principios no
eliminan el buen humor. No éste un momento para estallar en carcajadas, por
supuesto, pero recuerdo muy bien haber notado muchas veces en Mapes que,
interiormente, era alegre. Eso es algo raro en las mujeres (incluida Diana, aparte de
su gusto por las frases ingeniosas y alguna ocurrencia de vez en cuando), que
generalmente son serias como las lechuzas, aunque tienen inclinación a reír
estruendosamente. Me sentiría apenado, más que apenado, si en ella la tristeza se
hiciera habitual; y parece que esto sucederá pronto. Los rasgos de su rostro están
cambiando».
Se quedó mirando por la ventana. Era una mañana clara, helada, y la infame
ciudad tenía el mejor aspecto que podía. Había oficiales entrando y saliendo de la
casa del almirante del puerto, frente a la posada; las aceras estaban llenas de
uniformes, chaquetas azules y rojas, esposas de oficiales que iban a la iglesia, con
hermosas capas y alguna que otra piel, y niños con la cara limpia de los domingos.
—Un caballero quiere verle, señor —dijo el posadero—. Un teniente.
—¿Un teniente? —dijo Stephen, y luego hizo una pausa—. Dígale que suba.
Se oyó un estrépito en la escalera, como si hubieran soltado un toro; la puerta se
abrió de repente, estremeciéndose, y apareció Pullings, iluminando la habitación con
su alegría y su nueva chaqueta azul.
—Me han ascendido, señor —dijo, estrechando la mano de Stephen—. ¡Por fin
me han ascendido! Mi nombramiento ha llegado con el correo. Deséeme felicidades,
señor.

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—Naturalmente que se las deseo —dijo Stephen, haciendo una mueca de dolor
por el férreo apretón—, si puede caberle más felicidad, si no se desborda su copa con
tanta felicidad. ¿Ha estado bebiendo, teniente Pullings? Por favor, siéntese en una
silla, como un ser racional, y no dé saltos por la habitación.
—Desde luego que sí, señor —dijo el teniente. Se sentó y miró a Stephen con el
rostro radiante de felicidad—. No he bebido ni una gota.
—Entonces está usted borracho de felicidad. Bien, que le dure mucho tiempo.
—¡Jajá, ja! Eso es exactamente lo que dijo Parker. Me dijo: «Que le dure mucho
tiempo». Pero con envidia, ¿sabe?, como en el cuento de la rana y el pato. De todos
modos, creo que yo también me volvería agrio, o tal vez rancio, después de treinta y
cinco años sin un barco propio y ahora con este horrible aprovisionamiento. Sin duda,
es un hombre bueno y correcto; pero se comportaba como un auténtico duende
malvado antes de que llegara el capitán.
—Teniente, ¿le apetece un vaso de vino, un vaso de jerez?
—Por supuesto que sí, señor —dijo Pullings, y su rostro estaba resplandeciente
otra vez. (Stephen pensó: «Uno juraría que su rostro emana luz verdaderamente».)—
Es usted muy amable. Sólo un poquito, por favor. No me emborracharé hasta mañana
por la noche, en mi fiesta. ¿Sería correcto que propusiera un brindis? Entonces, aquí
va uno por el capitán Aubrey, por quien siento un profundo afecto, para que se
cumplan todos sus deseos. ¡Salud! Sin él nunca habría conseguido el ascenso. Lo que
me hace recordar mi recado, señor. El capitán Aubrey presenta sus respetos al doctor
Maturin, se alegra de que haya llegado bien y estará muy contento de comer con él en
el George hoy a las tres; y puesto que aún no ha subido a bordo ni papel ni pluma ni
tinta, su respuesta es informal, por lo que le pide disculpas.
—Me daría usted una gran satisfacción si pudiera acompañarnos.
—Gracias, señor, gracias. Pero dentro de media hora tomaré un bote para ir a la
isla de Wight. El Lord Mornington, un barco de la Compañía de Indias, pasó frente al
cabo Start el jueves, y espero reclutar a media docena de marineros de primera entre
sus tripulantes al amanecer.
—¿Le dejarán algo las fragatas que van de crucero y los barcos auxiliares de
Plymouth?
—Bueno, señor, he hecho dos viajes en él. Hay huecos que sirven de escondrijo a
los hombres bajo la cubierta superior detrás del palo mayor, y que nadie podría
encontrar sin ayuda. Conseguiré media docena de sus tripulantes o me dejaré de
llamar Tom Pullings, mejor dicho, teniente Tom Pullings.
—¿Así que estamos escasos de tripulantes?
—Sí, y es algo terrible, desde luego. Nos faltan treinta y dos hombres para
completar nuestra dotación; pero lo peor no es que sea escasa sino mediocre. El barco
reclutador nos envió dieciocho hombres de Lord Mayor y unos veinte de los cupos de

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Huntingdonshire y Rutland, parroquianos y tipos sacados de la cárcel que nunca en su
vida han visto el mar. Lo que nos faltan son marineros, aunque tenemos algunos
marineros de primera y dos ex tripulantes de la Sophie. Alien, un marinero del
castillo, y John Lakey, de la cofa del palo mayor. ¿Se acuerda usted de él? Le cosió
muy bien en el primer viaje que hizo con nosotros y tuvimos una refriega con una
galera argelina. Jura que usted salvó sus… sus partes pudendas, señor, y le está
sumamente agradecido; dice que sin ellas se sentiría como en desuso. Y estoy seguro
de que el capitán Aubrey se las pondrá a punto. Por otra parte, el señor Parker parece
muy duro; y Babbington y yo le arrancaremos la piel a cualquier bastardo que no
cumpla con su deber; el capitán no tiene que temer por eso.
—¿Y los otros oficiales?
—Bueno, señor, no he tenido tiempo suficiente para conocerlos, con todo el jaleo
del aprovisionamiento y esas prisas como si se acercara el día del juicio final; el
contador está en el Servicio de avituallamiento, el condestable en el Servicio de
material de guerra, el segundo oficial en la bodega, o donde estaría la bodega si
hubiera una, porque no hay.
—Creo que es un barco construido según nuevos principios.
—Bueno, señor, espero que haya sido construido para que pueda flotar, eso es
todo. Esto sólo se lo diría a un compañero de tripulación, señor, pero nunca he visto
nada igual ni en el río de las Perlas, ni en el Hugli ni en la costa guineana. No puede
uno decir si viene o va.
Y enseguida, tratando de enmendar su actitud desleal, añadió:
—Pero es condenadamente más hermoso que los barcos normales. El señor
Parker se ocupa de que lo sea, con el empleo de láminas de oro, abundante madera
barnizada, betún especial para las cintas y las vergas y motones garganteados con
cuero rojo. ¿Ha presenciado alguna vez cómo armaban un barco, señor?
—No.
—Es como estar en Bedlam —dijo Pullings, moviendo de un lado a otro la cabeza
y riendo—. Hay tipos de los astilleros estorbando el paso, provisiones por toda la
cubierta, nuevos tripulantes apiñándose y vagando por cubierta como almas perdidas;
nadie conoce a nadie ni sabe adonde va. Es como estar en Bedlam; y el almirante del
puerto manda a preguntar cada cinco minutos por qué uno no está ya listo para
hacerse a la mar y que si por casualidad todos en el Polychrest respetan el sabbath.
¡Ja, ja, ja!
Lleno de alegría, Tom Pullings cantó:
Te diremos cuatro verdades, viejo zorro,
condenado almirante del puerto.
—No me he quitado la ropa —continuó— desde que nos hicimos cargo de él. El
capitán Aubrey apareció al rayar el alba, después de hacer todo el camino en la silla

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de posta; leyó su nombramiento delante de mí y de Parker, los infantes de marina y
media docena de patanes, que eran los únicos hombres que teníamos, e
inmediatamente fue izado su gallardete. Y antes de que se extinguieran las últimas
palabras —de lo contrario responderá por su cuenta y riesgo— me dijo exactamente
con esta voz: «Señor Pullings, el motón de esa escota de la gavia necesita un
guardacabo, por favor». Y tenía usted que haber oído cómo le gritaba a los
aparejadores cuando descubrió que nos habían dado cabos hechos con material usado;
tuvieron que llamar al encargado del astillero para calmar su terrible furia. Entonces
dijo: «No hay un minuto que perder». Y aunque todos estábamos a punto de caer de
agotamiento, nos reímos mucho cuando la mitad de los hombres corrieron a popa
pensando que era la proa y la otra mitad al revés. Bueno, señor, al capitán le
complacerá mucho esta comida, estoy seguro; no ha tenido en sus manos más que pan
y carne de vaca fría desde que subió a bordo. Y ahora tengo que irme. Él daría un ojo
de la cara por un bote lleno de marinos expertos.
Stephen volvió a la ventana y observó la esbelta figura de Thomas Pullings
caminar en zig—zag entre el tráfico, cruzar al otro lado con su forma de andar
desenvuelta, como si se balanceara, en dirección al cabo, para pasar una larga noche
de espera en un bote que se adentraría en el Canal. Pensó: «La devoción es algo
estupendo, algo conmovedor. Pero, ¿quién pagará por el celo de este amable joven?
¿Qué golpes, juramentos, ofensa a la moral o crueldad sufrirá?».
La escena había cambiado; ya nadie iba hacia la iglesia, y los ciudadanos
respetables habían desaparecido tras las puertas, envueltos por un olor a cordero.
Ahora grupos de marineros iban de un lado a otro, caminando con cautela, como los
campesinos en Londres, y entre ellos pasaban grasientos comerciantes, maleantes,
buhoneros y las adolescentes y mujeres del lugar, rollizas y de aspecto tosco. Gritos
confusos, unos de alegría y otros airados como los de una discusión acalorada,
precedieron a los hombres del Impregnable que, con su ropa de bajar a tierra y su
parte de un botín en los bolsillos, se acercaban tambaleantes con un grupo de
prostitutas; y delante de ellos, caminando de espaldas, iba un hombre tocando el
violín, y a los lados, como perros pastores, iban niños peleándose entre sí. Algunas de
las prostitutas eran viejas, algunas llevaban vestidos rotos y se les veía la carne
amarillenta; todas tenían el pelo rizado y teñido y parecían ateridas de frío.
El entusiasmo y la alegría que había dejado la felicidad del joven Pullings
disminuyeron. Stephen pensó: «Todos los puertos que he visto, todos los lugares
donde se reúnen los marineros son muy similares. Pero no creo que esto sea un
reflejo de su naturaleza, sino de la naturaleza de las cosas en tierra». Se sumió en una
serie de reflexiones. ¿Cómo podía definirse la naturaleza del hombre? ¿Dónde
estaban los factores invariables de la identidad? ¿Qué hacía posible la afirmación «Yo
soy yo»? Pero dejó de pensar en esto al ver a Jack, que caminaba con la misma

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tranquilidad y libertad que si fuera domingo, sin agachar la cabeza ni mirar
ansiosamente a su alrededor. Había muchas más personas en la calle, pero llamaron la
atención de Stephen dos de ellas, que iban a unas cincuenta yardas detrás de Jack,
andando a su mismo paso. Eran tipos fornidos, cuyo aspecto no permitía relacionarles
con ningún oficio ni profesión concretos, y tenían algo raro, no miraban a su
alrededor despreocupadamente sino con mucha atención; por eso les observó con más
detenimiento y, apartándose de la ventana les siguió con la vista hasta que llegaron
frente al George.
—Jack —dijo—, dos hombres te están siguiendo. Ven aquí y mírales
discretamente. Ahí están, en la escalera de la casa del almirante del puerto.
—Sí —dijo Jack—. Conozco al de la nariz rota. Trató de subir a bordo el otro día,
pero no lo consiguió. Le rechacé enseguida. Creo que ha puesto al otro sobre mi
pista, el bastardo entrometido. ¡Malditos sean!
Se acercó rápidamente al fuego y continuó:
—Stephen, ¿qué te parece si tomamos una copa? Pasé toda la mañana en la cofa
del trinquete muerto de frío.
—Creo que un poco de coñac te hará bien; un vaso de auténtico coñac de Nantes.
La verdad es que pareces destruido. Bébete esto y pasaremos enseguida al comedor;
he mandado preparar un hipogloso con salsa de anchoas, cordero y pastel de venado,
platos sencillos de la isla.
Las marcas de cansancio desparecieron del rostro de Jack y un rosado intenso
sustituyó al gris enfermizo; parecía llenar de nuevo su uniforme.
—¡Qué bien se siente un hombre cuando ha mezclado hipogloso con pierna de
cordero y venado! —dijo, jugando con un pedazo de queso Stilton—. Eres mucho
mejor anfitrión que yo, Stephen. He echado tantas cosas en falta que difícilmente
puedo nombrarlas todas. Recuerdo aquella horrible comida a la que te invité en
Mahón; era la primera vez que comíamos juntos y se equivocaron en todo, porque
desconocían el español, mi español.
—Fue una comida muy buena, muy agradable —dijo Stephen—. La recuerdo
perfectamente. ¿Tomamos el té arriba? Quisiera saber cosas sobre el Polychrest.
La gran sala estaba llena de chaquetas azules con alguna que otra de los infantes
de marina, y la conversación era un poco menos secreta que las señales en alta mar.
—Tendremos éxito con él una vez que nos acostumbremos a su forma de navegar,
no me cabe duda —dijo Jack—. Su aspecto puede parecer un poco raro a quienes lo
observan con actitud crítica; pero flota, y eso es fundamental, ¿sabes? Flota; y
además, nunca he visto a flote una batería semejante a la suya. No tenemos más que
llegar al lugar justo y tendremos veinticuatro cañones de treinta y dos libras para
poner en juego; podrás decir que son carronadas, ¡pero carronadas de treinta y dos
libras! Podemos enfrentarnos a cualquiera de las corbetas francesas en servicio, pues

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las carronadas son auténticas destructoras. Podríamos atacar una fragata de treinta y
seis cañones si pudiéramos acercarnos lo bastante.
—Por ese mismo razonamiento basado en la aproximación, también podrías
atacar un navío de tres puentes, de primera clase, a seis pulgadas de distancia; o dos,
por supuesto, si pudieras meterte como una cuña entre ambos y disparar las baterías
de los dos costados. Pero créeme, amigo mío, es un razonamiento falso. ¿A qué
distancia lanzan tus carronadas sus prodigiosas balas?
—Bueno, uno tiene que entablar combate a una distancia de tiro de pistola si
quiere darle al objetivo que apuntan; pero de penol a penol pueden muy bien
atravesar el roble.
—¿Y qué hace tu enemigo con sus cañones largos mientras tú te acercas a él
trabajosamente? Pero no voy a enseñarte tu profesión, claro.
—Acercarme a él… —dijo Jack—. Ahí está la dificultad. Necesito marineros
para tripular el barco. Nos faltan treinta y dos hombres para completar nuestra
dotación; no tenemos esperanzas de que lleguen otros de la leva y creo que
rechazarás algunos de los lisiados y vagabundos que nos ha mandado el barco
reclutador, no son más que miserables y ladronzuelos. Tengo que conseguir
marineros, y la arena del reloj se está acabando… Dime, ¿has traído a Scriven?
—Sí. Pensé que podría encontrar algún empleo.
—Se le da muy bien escribir, ¿verdad? Panfletos y esas cosas. Hice varios
intentos de escribir un cartel —incluso dos o tres voluntarios valdrían su peso en oro
—, pero no he tenido mucho tiempo y, de todos modos, no creo que sirvan. Mira —
dijo, sacando algunos papeles del bolsillo.
—Bueno —dijo Stephen al leerlos—. No; tal vez no.
Tocó la campanilla y mandó al sirviente a decirle al señor Scriven que subiera.
—Señor Scriven —dijo—, tenga la amabilidad de echar un vistazo a estos… ya
ve usted de qué se trata… y de hacer un borrador con este propósito. Hay papel y
tinta en aquella mesa.
Scriven se puso junto a la ventana; leía, anotaba y gruñía consigo mismo. Jack
estaba sentado cómodamente junto al fuego; la inmovilidad y total relajación de su
cuerpo le producían una agradable sensación, a la que contribuía la butaca de cuero
de suaves curvas en la que se había arrellanado, donde no sentía ninguna tensión.
Había perdido el hilo de los comentarios de Stephen y en las pausas exclamaba
«¡oh!» y «¡ah!» o sonreía y movía la cabeza como si hubiera comprendido algo. A
veces las piernas le daban tirones bruscos, sacándole de esta placidez, pero cada vez
que volvía a arrellanarse se sentía más feliz que antes.
—He dicho: «Espero que hayas actuado con cautela» —dijo Stephen, tocándole
la rodilla.
—¡Oh, por supuesto! —dijo Jack, captando enseguida a qué se refería—. No he

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puesto pie en tierra excepto el domingo, y todos los botes que se nos acercan son
registrados. En cualquier caso, mañana me desplazaré a Spithead cuando cambie la
marea, lo cual evitará sorpresas. He rechazado todas las invitaciones del astillero,
incluso la del propio oficial al mando. La única que aceptaré será la de la fiesta de
Pullings, porque no hay ningún riesgo; será en un sitio pequeño, bastante retirado, en
Gosport, cerca del muelle. No puedo decepcionarle; va a traer a sus amigos del
pueblo y a su novia.
—Señor —dijo el señor Scriven—, ¿puedo enseñarle el borrador que he hecho?
«¡5.000 libras un hombre! (o más)
RIQUEZA COMODIDAD DISTINCIÓN
¡SU ÚLTIMA OPORTUNIDAD DE HACER
FORTUNA!
La corbeta de Su Majestad Polychrest se hará a la mar dentro de poco para
barrer de los mares a TODOS los enemigos del REY JORGE. Está diseñada para
NAVEGAR CONTRA VIENTO Y MAREA y capturará, hundirá y destruirá sin piedad
los impotentes barcos de guerra del tirano y acabará con su comercio en los
océanos. ¡No hay tiempo que perder! Cuando el Polychrest haya zarpado no habrá
más BOTINES, ni grandes mercantes franceses ni cobardes mercantes holandeses
cargados con tesoros, joyas, seda, satén y caros manjares para la lujosa e inmoral
corte del usurpador.
Este nuevo y asombroso barco, construido según principios científicos, está al
mando del renombrado
Capitán Aubrey
cuya corbeta Sophie, con una batería de 28 libras en cada costado, capturó en la
pasada guerra un navío del enemigo valorado en 100.000 libras esterlinas. ¡Con 28
libras! ¡Y el Polychrest dispara 384 libras por cada costado! Imaginaos qué hará con
esta proporción. ¡Una cantidad más de DOCE VECES mayor! El enemigo pronto
sucumbirá, el final está cerca. ¡Venid a participar en la diversión antes de que sea
demasiado tarde y comenzad vuestro negocio!
El capitán Aubrey ha accedido a aceptar a algunos marineros más. Sólo serán
admitidos hombres excepcionalmente despiertos e inteligentes, capaces de levantar
un cubo de cuatro celemines 13 lleno de oro. ¡Pero QUIZÁS TÚ SEAS
AFORTUNADO! Corre, no hay tiempo que perder. Corre a la cita en… ¡TÚ
PUEDES SER EL AFORTUNADO QUE SEA ACEPTADO!
Nada de molestas formalidades. Habrá las mejores provisiones de 16 onzas por
una libra esterlina y 4 libras de tabaco al mes. ¡Cerveza, vino y grog gratis! Baile y
música de violines a bordo. Un crucero que proporcionará salud y riqueza. Sed
sensatos, estaréis sanos y seréis ricos, y bendeciréis el día en que hayáis subido a
bordo del Polychrest.

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DIOS SALVE AL REY
—Las cifras que me he permitido poner son sólo como ejemplo —dijo,
mirándoles mientras ellos leían.
—Son un poco altas —dijo Jack, escribiendo cantidades más razonables—. Pero
me gusta. Le estoy muy agradecido, señor Scriven. ¿Puede usted llevarlas a una
imprenta y explicarles cómo deben imprimirlas? Usted entiende admirablemente esas
cosas. Pueden hacer una tirada de cien carteles grandes y otros doscientos pequeños
para repartir a la llegada de los carros y los coches de los pueblos. Aquí tiene un par
de guineas. Stephen, tenemos que ponernos en marcha. Todavía habrá suficiente luz
para revisar los nuevos garruchos de cuero, y tienes que seleccionar a los hombres de
dos grupos que han sido reclutados; te ruego que no rechaces a ninguno que pueda
tirar de un cabo.
—Te gustará conocer a los oficiales —dijo, mientras esperaban por el bote—.
Pueden parecer un poco rudos, pero eso es sólo al principio. Han ido al retortero estos
días, haciendo el aprovisionamiento, especialmente Parker. El hombre a quien
primero le ofrecieron el Polychrest vaciló —no se le pudo encontrar, no pudo tomar
una decisión— y Pullings, bendito sea, no vino hasta después de que yo llegara. De
modo que todo descansaba sobre los hombros de Parker.
Subió al bote y se sentó en silencio, pensando en su primer oficial. El señor
Parker era un hombre de cincuenta y tantos años, taciturno, preciso, estricto, muy
exigente en la limpieza y en los detalles del uniforme —esto le había hecho ganarse
el elogio del príncipe Guillermo—, valiente, activo, concienzudo; pero se cansaba
con facilidad, no parecía muy inteligente y era un poco sordo. Peor aún, no entendía a
los hombres —su lista negra era tan larga como su brazo, pero los auténticos marinos
no le hacían caso—, y Jack tenía la sospecha de que tampoco entendía nada de la
mar. También Jack tenía la sospecha, más que la sospecha, de que Parker imponía una
disciplina superficial, una disciplina confusa, y de que si no estaba bajo control, el
Polychrest sería un barco que llamaría la atención, muy bien pintado por fuera, pero
sin orden dentro, donde se usaría el látigo cada día y la tripulación estaría
malhumorada, poco dispuesta y violenta, o sea, sería un barco infeliz y una
ineficiente máquina de combate.
No sería fácil tratar con él. No debía haber discordia en el alcázar; Parker debía
ser visto como el encargado del funcionamiento diario del Polychrest, a quien el
tolerante capitán no minaba la autoridad. No es que Jack fuera tolerante, ni mucho
menos; era un oficial ordenado y quería un barco ordenado, pero había servido en un
infierno flotante y había visto otros, así que no quería formar parte de uno.
—Ahí está —dijo con un tono como si se pusiera a la defensiva, indicando el
Polychrest con la cabeza.
—¿Es ese? —dijo Stephen.

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Era un barco de tres mástiles —aunque Stephen dudaba si llamarlo navío— de
muy buen aspecto, bastante alto en el agua. Sus costados eran de un negro brillante
con una franja color limón donde se dibujaban doce portas, también negras; sobre la
franja color limón había una línea azul, y encima otra blanca; y desde cada extremo
hasta la línea azul había volutas doradas.
—No me parece tan extraño —continuó—, a no ser porque aparentemente tiene
los dos extremos puntiagudos y carece de beque, o al menos no es esa pieza curva
sumergida a la que estamos acostumbrados; pero después de todo, puede decirse lo
mismo de la barquilla de cuero en la que el santo Brendan hizo su viaje. No entiendo
de estas cosas.
—¿La barquilla resistió bien? ¿Navegaba contra viento y marea?
—Por supuesto. ¿Acaso no llegó a las islas de las Hespérides?

***

El viernes Jack estaba de tan buen humor como no lo había estado desde que
había zarpado de Puerto Mahón tras recibir su primer mando. No sólo Pullings había
traído a siete malhumorados pero excelentes marineros del Lord Mornington, sino
que el cartel de Scriven había convencido a cinco jóvenes de Salisbury de que
subieran a bordo para «preguntar por algunos detalles». Y aún su humor podía
mejorar; Jack y Stephen estaban en cubierta, esperando para ir a la fiesta de Pullings,
esperando allí entre la niebla gris a que los torpes tripulantes, importunados por el
señor Parker y acosados por el contramaestre, consiguieran bajar la lancha al agua.
Entonces de repente, una chalana apareció en las tinieblas y se aproximó a ellos.
Había a bordo dos hombres que llevaban chaquetas azules cortas con botones de latón
a un lado, pantalones blancos y sombreros alquitranados, y tenían largas coletas,
pendientes de oro y corbatas de seda negra. Todo esto les daba un aspecto bastante
parecido al de marineros de un navío de guerra, y Jack, con mirada inquisitiva, les
observaba desde el pasamanos. Con asombro reconoció el rostro de John Bonden, su
anterior timonel, y de otro antiguo tripulante de la Sophie cuyo nombre no recordaba.
—Pueden subir a bordo —dijo.
Y cuando Bonden, con una radiante sonrisa, llegó frente a él en el alcázar, le dijo:
—¿Cómo le va? Le veo lleno de energía. ¿Me ha traído un mensaje?
Esa era la única explicación racional de que un marinero cruzara las concurridas
aguas de Spithead como si la leva más feroz que se realizaba en muchos años no
fuera motivo de preocupación. Pero en la cinta del sombrero que Bonden tenía en la
mano no había ningún nombre de barco, y algo en su comportamiento hacía nacer la
esperanza.

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—No, Señoría —dijo Bonden—. Es que acá, Joe —movía el pulgar señalando a
su acompañante (Joseph Plaice, el primo de Bonden, claro. Estaba encargado del
ancla de salvación y pertenecía a la guardia de estribor. Era mayor, muy estúpido,
pero fiable cuando estaba sobrio, y muy hábil haciendo la variante del nudo Matthew
Walker cuando estaba sobrio o callado)—me dijo que usted se hacía a la mar de
nuevo, así que hemos venido desde Priddy's Hard para enrolarnos como voluntarios,
si es que puede usted hacernos sitio, señor.
Habló tan alegremente como era posible dentro de los límites de la corrección.
—Haré una excepción con usted, Bonden. Y usted, Plaice, tendrá que conseguir
un puesto enseñando a los grumetes a hacer el nudo Matthew Walker —dijo Jack en
tono jocoso que pasó desapercibido para Joseph Plaice, pero éste puso una expresión
satisfecha y se tocó la frente con los nudillos—. Señor Parker, enrole a estos
hombres, por favor, y clasifique a Plaice como marinero del castillo. Bonden será mi
timonel.
Cinco minutos más tarde, Jack y Stephen estaban en la lancha, y Bonden llevaba
el timón, como en muchas incursiones sumamente rápidas que habían hecho en la
costa española. ¿Cómo era posible que estuviera libre en un momento como ese,
cómo se las había arreglado para atravesar el gran puerto ávido de marineros sin
haber sido reclutado? Sería inútil preguntarle; respondería con un montón de
mentiras. Cuando llegaban a la entrada del puerto envuelta en sombras, Jack dijo:
—¿Cómo está su sobrino?
Se refería a George Lucock, un joven muy prometedor que Jack había clasificado
como guardiamarina en la Sophie.
—¡Oh! ¿Nuestro George, señor? —dijo Bonden en voz baja—. Iba en el York. Era
sólo un marinero del trinquete; le habían reclutado en un barco que realiza el
comercio con las Antillas.
El York se había ido a pique en el mar del Norte y toda su tripulación había
perecido
—Habría llegado lejos —dijo Jack, sacudiendo la cabeza.
Aún veía al joven en el alcázar, radiante de felicidad por el ascenso obtenido,
midiendo la altura del brillante sol de mediodía en el Mediterráneo, mientras salían
destellos de su sextante de latón pulido. Y recordaba que el York había salido del
astillero Hickman, y que corría el rumor de que lo habían botado con las cuadernas en
tal estado que no eran necesarios los faroles en la bodega, pues la madera carcomida
dejaba pasar la luz. En cualquier caso, no estaba en condiciones de soportar las
fuertes tempestades del mar del Norte; era una fábrica de viudas.
Su mente estaba ocupada con estos pensamientos cuando se abrían paso entre las
embarcaciones, pasando por debajo de cables que llegaban hasta las enormes siluetas
oscuras de los navíos de tres puentes, cruzándose en el camino de los innumerables

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botes que iban y venían, escuchando a veces palabras airadas o graciosas de los
barqueros con autorización; y una vez, desde atrás de una boya llegó el grito: «¡Ahí
van los del error del carpintero!», seguido de estruendosas carcajadas, lo cual les
desanimó.
Stephen permaneció callado, haciendo profundas reflexiones. Y Jack, hasta que
no estuvo cerca del muelle y vio la figura de Pullings, que esperaba por él, no volvió
a animarse un poco. Pullings estaba con sus padres y una joven asombrosamente
hermosa, una dulce criatura de piel rosada y ojos azules, con una expresión muy
seria, que llevaba guantes de encaje. Jack la miró con benevolencia y pensó: «Me
gustaría llevármela a casa y mimarla».
El viejo señor Pullings era un campesino; trabajaba en un pequeño terreno en las
inmediaciones de New Forest. Había traído dos cochinillos, muchas aves de caza y un
pastel que fue necesario acomodar en una mesa para él solo; la posada, por su parte,
servía la sopa de tortuga, el vino y el pescado. Los otros invitados eran jóvenes
tenientes y ayudantes de contramaestre, y al principio la fiesta era más ceremoniosa y
fúnebre de lo deseable. El señor Pullings estaba demasiado turbado para ver y oír
bien, y después que soltó la parrafada sobre su agradecimiento al capitán Aubrey por
lo bondadoso que había sido con su Tom, en voz baja y de un modo tan confuso que
Jack sólo entendió la mitad, se puso a darle a la botella con gran perseverancia y en
silencio. Los jóvenes estaban hambrientos, pues su hora de cenar ya había pasado
hacía rato, y la enorme cantidad de comida que ingerían generaba conversación.
Después de un rato ya había un murmullo continuo, se escuchaban risas, la alegría era
general. Jack pudo relajarse y se puso a escuchar atentamente a la señora Pullings,
que le contaba en tono confidencial la angustia que había pasado cuando Tom se
había hecho a la mar apresuradamente, sin «ropa para cambiarse, sin nada para
cambiarse, ni siquiera un par de calcetines de lana».
—¡Trufas! —exclamó Stephen, atareado con el monumental pastel, el plato
especial de la señora Pullings, su obra maestra (gallina y faisán deshuesados, con un
abundante relleno de trufas, en una gelatina hecha con su propia sangre, vino de
Madeira y patas de ternera), sosteniendo una con el tenedor—. ¡Trufas! Mi estimada
señora, ¿dónde ha encontrado usted estas magníficas trufas?
—¿Las del relleno, señor? Nosotros les damos otro nombre. Pullings tiene una
vieja cerdita, a la que le han quitado los ovarios, que las saca a montones a la orilla
del bosque.
Trufas, morillas, pies azules y orejas de judío (muy saludables si no se caía en —
el exceso, y aun así, sólo algunos casos de convulsiones, cierta rigidez en el cuello
dos o tres días; no tenía sentido quejarse) ocuparon a Stephen y la señora Pullings
hasta que desapareció el mantel, las mujeres se retiraron y el oporto comenzó su
ronda. Para entonces los rangos se habían igualado; al menos uno de los jóvenes tenía

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la grandeza, la majestuosidad, la importancia de un almirante, y Jack volvía a ser el
alegre teniente de poco tiempo atrás, pues la embriaguez y aquella confusión a la luz
de las velas habían hecho desaparecer su profunda preocupación por lo que el
Polychrest haría en un temporal con toda aquella superestructura, y por su lastre, su
equilibrio, su construcción, su tripulación y sus pertrechos.
Habían brindado por el Rey y el First Lord (Pullings había gritado: «¡Bendito
sea!»), y por lord Nelson con tres vivas; por las esposas y las novias, por la señorita
Chubb (la joven de piel rosada) y otras señoritas. Habían llevado al viejo señor
Pullings a la cama. Y ahora cantaban:
Vamos a chillar y vociferar como auténticos marineros británicos, vamos a
bordear las costas y surcar los mares hasta tocar las aguas poco profundas del
Canal de nuestra querida Inglaterra: desde Ushant a Scilly, treinta y cinco
leguas.
Pusimos nuestro barco en facha cuando el viento soplaba del suroeste,
compañeros, pusimos nuestro barco en facha para tocar las aguas poco
profundas.
Entonces la gavia mayor se hinchó y arribamos, compañeros, y directo al
Canal nos dirigimos.
Vamos a chillar y vociferar…
Había un enorme jaleo, y sólo Stephen notó que la puerta se abría justo lo
suficiente para que asomara la cara de Scriven, quien tenía una mirada inquisitiva;
entonces cogió a Jack por el codo para advertirle. Y el alboroto continuaba todavía
cuando la puerta se abrió de par en par y los alguaciles entraron precipitadamente.
—Pullings, sujete a ese canalla que lleva la porra —gritó Stephen, tirando una
silla a las piernas de los alguaciles y agarrando por la cintura al tipo de la nariz rota.
Jack corrió a la ventana, saltó y se subió al alféizar, donde permaneció
manteniendo el equilibrio. A sus espaldas los alguaciles forcejeaban en medio de la
confusión y alargaban sus porras con absurdo afán, tratando de alcanzarle, sin hacer
caso de los brazos que les rodeaban la cintura, el pecho y las rodillas,
obstaculizándoles el paso. Eran tipos muy fuertes y determinados; la recompensa era
alta y se acercaban a la ventana abierta luchando con ahínco; un toque equivalía a un
arresto legal.
Un salto y escaparía; pero el jefe de los alguaciles era ladino, había apostado a un
grupo de hombres fuera, que ahora miraban ansiosos hacia arriba y gritaban: «¡Salte,
señor! ¡Amortiguaremos su caída! ¡Sólo es un piso!». Se agarró a la ventana y estiró
la cabeza, recorrió con la vista toda la calle hasta la orilla del mar —podía ver cómo
brillaba el agua— y el lugar donde la tripulación del Polychrest debía de estar
bebiendo la cerveza que Pullings les había mandado junto con un cochinillo; y podía
confiar en Bonden, sin duda. Se llenó los pulmones y gritó «¡Polychrest!» tan alto

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que el eco que llegó desde Portsmouth cortó en seco la agradable charla en la lancha.
—¡Polychrest!
—¿Señor? —la voz de Bonden llegó a través de la húmeda penumbra.
—¡Corra a la posada, rápido! ¡En la parte alta de la calle! ¡Traiga los tablones!
—Sí, sí, señor.
En un momento la lancha se quedó vacía. Los tablones, unos trozos de madera
largos para apoyar los pies en un bote, indicaban jaleo. El capitán seguramente estaba
reclutando a algunos marineros por la fuerza, y ellos, que también habían sido
reclutados por la fuerza, no querían perderse ni un minuto de diversión.
Los pasos resonaban al final de la calle y se acercaban; después un crujido de
sillas rotas, juramentos y una confusa pelea.
—¡Aquí, aquí! ¡Justo debajo de la ventana! —gritó Jack.
Se colocaron allí, jadeantes, con la boca abierta, un poco atontados.
—¡Haced un círculo! ¡Sostenedlos por abajo! —dijo.
Luego saltó, e incorporándose gritó:
—¡Corramos al bote! ¡Echad una mano, echad una mano!
En un primer momento, el grupo de hombres que estaba en la calle vaciló, pero
cuando los alguaciles, con su jefe a la cabeza, salieron corriendo de la posada,
gritando: «¡Alto, en nombre de la ley! ¡Alto, en nombre de la ley!», se acercaron, y la
estrecha calle se llenó del ruido de fuertes puñetazos, gruñidos y golpes de tablones
de madera. Los marineros, y Jack en medio de ellos, se abrían camino rápidamente en
dirección al mar.
—¡Alto, en nombre de la ley! —gritó el alguacil de nuevo, haciendo un intento
desesperado de abrirse paso.
—…la ley! —gritaron los marineros.
Y Bonden, luchando cuerpo a cuerpo con el alguacil, le arrebató la porra y la
lanzó calle abajo, hacia el mar, diciendo:
—Ahora has perdido tu autoridad, amigo. Ahora puedo pegarte, así que ten
cuidado, amigo, te lo advierto. Ten cuidado o te arrepentirás, amigo.
El alguacil gruñó, sacó su sable y se abalanzó hacia Jack.
—Listo ¿eh? —dijo Bonden, y le dio con el tablón en la cabeza, haciéndole caer
en el barro, donde Pullings y sus amigos le pisotearon al salir en tropel de la posada.
Al ver esto, el grupo se dispersó; corrían gritando que tenían que ir a buscar a sus
amigos, a la guardia, a los militares y dejaron a dos de los suyos tumbados en el
suelo.
—Señor Pullings, traiga por la fuerza a esos hombres, por favor —dijo Jack desde
el bote—. Y a ese tipo que está en el barro. ¿Dos más? Estupendo. ¿Estamos todos a
bordo? ¿Dónde está el doctor? Llamad al doctor. ¡Ah, estás ahí! ¡Desatracad! Todos
juntos, ahora, a ciar. ¡Ciar rápido! Ese será, sin duda, un excelente marinero, después

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que se haya habituado a nuestras costumbres; es un hombre realmente perseverante.
Cuando sonaron las dos campanadas de la guardia de mañana, el Polychrest se
deslizaba despacio por el mar frío y gris, con un viento frío y gris, pues aprovechando
que a medianoche éste había rolado al sureste, Jack había ordenado soltar amarras sin
perder ni un minuto (en aquella época del año un barco podía estar detenido por el
viento en el Canal durante semanas), a pesar de que la marea estaba subiendo. El
viento era suave, insuficiente para disipar la niebla o para levantar más de un rizo en
la superficie ondulada del mar, y el Polychrest podía tener desplegada gran cantidad
de velamen; sin embargo, apenas llevaba desplegadas más velas que las gavias y
navegaba tan despacio que en su costado el agua hacía sólo un ligero rumor.
La alta y oscura figura de su capitán, que parecía mucho más corpulenta con la
ropa para el mal tiempo, permanecía en el costado de barlovento del alcázar. Tras oír
el sonido de la corredera al caer, los gritos «¡girar!» y «¡parar!», y el ruido que ésta
hizo al subir a bordo de nuevo, se volvió y dijo:
—¿Qué tenemos, señor Babbington?
—Dos nudos y tres brazas, con su permiso, señor.
Jack asintió con la cabeza. Allí en la oscuridad, en algún lugar por la amura de
babor, estaría Punta Selsey, y dentro de poco tendría que virar; aún tenía mucho
espacio, pues el persistente ruido de las bocinas de los barcos pesqueros, a sotavento,
indicaba que la costa estaba a más de una milla. Por el lado de alta mar se oía el
estruendo de un cañón cada pocos minutos —sin duda, un navío de guerra que iba a
Portsmouth en dirección contraria— y la carronada de proa del Polychrest respondía
regularmente con cargas reducidas. Jack pensó: «Por la mañana habrá al menos
cuatro hombres que sepan cómo manejar una».
Por una parte, era mala suerte que su primer contacto con el Polychrest tuviera
lugar cuando no se veía el horizonte, cuando no podía distinguirse dónde se
separaban el mar y el aire; pero no lo lamentaba, después de todo, pues podía ganar al
menos algunas horas y dejar atrás Gosport, su suciedad y sus posibles
complicaciones; además, ardía en deseos de saber cómo podría gobernarse el
Polychrest en alta mar desde la primera vez que lo había visto. El barco, al elevarse
con el oleaje, tenía un movimiento muy extraño, parecido al nervioso respingo y el
estremecimiento de un caballo al espantarse, un balanceo con ligeras contorsiones
que él no había notado nunca antes.
El señor Goodridge, el segundo oficial, de pie junto al oficial de derrota que
gobernaba el barco, podía verse gracias a la luz de la bitácora. Era un hombre
reservado, ya mayor y de gran experiencia, que había sido segundo oficial de un
navío de línea. Le habían degradado por discutir con el capellán y le habían
rehabilitado poco tiempo atrás, por eso estaba tan atento al comportamiento del
Polychrest como el capitán.

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—¿Qué le parece, señor Goodridge? —preguntó Jack, acercándose al timón.
—Bueno, señor, nunca he notado una resistencia tan fuerte.
Jack cogió el timón; en efecto, incluso navegando a aquella velocidad se sentía
una fuerte y continua presión mientras el Polychrest ponía la proa contra el viento. Lo
dejó seguir a su ritmo; y justo antes de que las velas empezaran a flamear, la
resistencia cesó, Jack dejó de sentir en sus manos la vibración del timón, y el ritmo
del extraño movimiento de tirabuzón cambió por completo. No podía entender
aquello, y permaneció allí, desconcertado, mientras poco a poco volvía a llevar el
Polychrest a su rumbo. Parecía que éste tenía dos centros de rotación, dos pivotes, si
no tres. Desde luego, el foque, la trinquete y la sobremesana con un rizo hacían lenta
su marcha, pero ese no era el problema, eso no justificaba la escasa fuerza del timón,
la repentina falta de respuesta.
—Tres pulgadas en la sentina, señor —dijo el ayudante del carpintero, haciendo
su informe de rutina.
—Tres pulgadas de agua en la sentina, con su permiso, señor —dijo el segundo
oficial.
—Muy bien —dijo Jack.
Era una cantidad insignificante. No se había probado el barco antes y no se sabía
cómo respondería en una marejada, pero al menos se comprobaba que aquellas
extrañas quillas movibles y la indescriptible peculiaridad de su construcción no
permitían que el agua entrara a raudales; ese era un pensamiento tranquilizador,
porque él tenía dudas.
—Seguro que encontraremos la orientación que le venga mejor —le dijo al
segundo oficial y se dirigió de nuevo al pasamanos.
Trató de recrear, medio conscientemente, sus paseos por el alcázar en la pequeña
Sophie, y su mente, que estaba agotada debido a la fiesta de Pullings, el confuso y
largo proceso de desatracar con el escobén del ancla sucio y la ansiedad por avanzar
por un camino abarrotado, volvió a hacer consideraciones sobre las fuerzas que
actúan sobre una embarcación.
Los fuegos de la cocina recién encendidos provocaron un poco de humo que, en
forma de remolino, se alejó hacia popa junto con el olor a gachas, y al mismo tiempo,
Jack oyó cómo las bombas de proa empezaban a funcionar. Iba de un lado a otro, de
un lado a otro, con las manos tras la espalda y la barbilla metida bajo el impermeable
para protegerse del aire cortante; de un lado a otro. La figura del Polychrest estaba
tan clara en su mente como si tuviera el modelo a la luz de una lámpara, y él
analizaba su reacción a la influencia de la creciente marea, el embate del viento sobre
los costados y los profundos remolinos que se formaban bajo los timones tan
extrañamente colocados…
Los hombres de la guardia de popa, con sus cubos, iban salpicando de agua el

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alcázar, evitando interponerse en su camino; y detrás iban los que llevaban la piedra
arenisca. El contramaestre estaba en cubierta. Su nombre era Malloch; era un tipo
joven, bajito, de aspecto feroz, y había sido ayudante de contramaestre en el
destrozado Ixion. Jack oyó su grito y el fuerte golpe de su vara cuando comenzó a
pegarle a un marinero del castillo. Y todo el tiempo se oían a intervalos el estampido
de la carronada, el cañón del navío de guerra ahora lejano, las bocinas cercanas al
puerto y la cantinela del marinero halando el escandallo en las cadenas: «marca
nueve… nueve menos un cuarto».
La inclinación de los mástiles era de gran importancia, desde luego. Jack era un
marino más intuitivo que científico, y en su representación mental del Polychrest los
brandales iban tensándose hasta que los mástiles formaban un ángulo recto y una voz
interior decía: «¡Amarrar!». La piedra arenisca comenzó su incesante pulido; a las
cubiertas no les venía mal, después de los daños provocados por el apresurado
equipamiento. Esos ruidos y olores le resultaban tan familiares y hasta tal punto todas
esas dificultades formaban parte de ese mundo que conocía desde la niñez que le
parecía haber vuelto a su verdadero elemento. No es que le desagradara estar en tierra
—un lugar estupendo, con tantos juegos, tanta diversión—, pero allí las dificultades y
las complicaciones eran muy vagas e imprecisas, se sucedían una tras otra, no tenían
fin; ningún hombre podía dominarlas. Aquí, aunque la vida era realmente bastante
compleja, podía al menos tratar de enfrentarse a cualquier cosa. La vida en la mar
tenía la gran ventaja de que… algo no iba bien. Trató de averiguar qué era, mirando
con atención a proa y a popa, ahora bajo la luz grisácea del naciente día. Los barcos
pesqueros que habían seguido un rumbo paralelo ahora estaban a popa; su
melancólico gemido parecía provenir de la propia estela del Polychrest. La Punta ya
no debía de estar lejos. Había que virar. Escoger ese momento era terriblemente
inoportuno, pues toda la tripulación estaba ocupada; habría preferido esperar hasta
que el grupo que descansaba abajo estuviera en cubierta, pero si lo hacía, el barco
podría estar más abatido de lo adecuado, y sólo un tonto se arriesgaría por dar
importancia al orden.
—Vamos a virar, señor Goodridge —dijo.
El contramaestre empezó a llamar a los marineros. Quedaron a un lado la piedra
arenisca, escobas, cubos, lampazos, rodillos de goma, trapos para limpiar el bronce y
libros de oración cuando sus ayudantes gritaron por las escotillas: «¡Todos a sus
puestos!» y bajaron por ellas para hacer subir a cubierta a los que dormían, tan
cansados por el duro trabajo, mareados o desolados que no habían oído la carronada
ni el incesante ruido de la piedra arenisca. Los auténticos marinos, una veintena más
o menos, ya estaban en sus puestos desde hacía diez minutos —Pullings y el
contramaestre en el castillo, el condestable y sus ayudantes a proa, el carpintero
ocupándose de las escotas de la vela trinquete y los infantes de marina de las de la

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vela mayor, y los gavieros del palo mayor y la guardia de popa en el alcázar, a cargo
de las brazas— cuando los últimos hombres de tierra adentro, medio vestidos,
desconcertados y desesperados, fueron llevados arriba y conducidos a empujones y
golpes hasta sus puestos.
—¡Arribar! —le dijo Jack al timonel, esperando a que terminase aquel
espectáculo de feria y que el ayudante del contramaestre dejara de azotar al antiguo
alguacil para ayudarle a entender la diferencia entre un estay y una bolina.
Y cuando sintió que la corbeta ganaba un poco de velocidad y observó que en
cubierta había cierto orden, consideró que había llegado el momento adecuado y
gritó:
—¡Listos para virar!
—¡Listos para virar, señor! —le respondieron.
—Orzar despacio, ahora —le dijo en voz baja al timonel.
Y luego gritó con voz clara:
—¡Timón a sotavento! ¡Escotines del velacho, bolina del velacho, escotas de la
trinquetilla, soltar!
Las hinchadas velas de proa se pusieron fláccidas, perdiendo su abultada forma;
el Polychrest describió una larga y suave curva hacia donde venía el viento.
—¡Soltar amuras y escotas!
Todo estaba preparado para la orden decisiva que haría girar en redondo las
vergas; todo se hacía con la misma tranquilidad y lentitud con que la corbeta viraba
en aquel lugar amorfo, extraño y sombrío; había tiempo de sobra. Y Jack, al ver cómo
ellos pasaban las escotas por encima de los estayes —como si jugaran a hacer dibujos
con una cuerda entre los dedos o a hacerse señales—, pensó que era mejor así.
El giro era ahora más lento; las olas fueron cambiando de dirección hasta que
llegaron por la amura de estribor, en sentido contrario al rumbo. Despacio, despacio,
con el viento a dos grados, a un grado y medio… Y cuando ya se habían formado en
sus labios las palabras «¡halar la vela mayor!», Jack se dio cuenta de que el fuerte
ruido que se escuchaba de proa a popa claramente, en medio del expectante silencio,
era el de los cachones14 contra Punta Selsey. El abatimiento había sido el doble o el
triple del que él y el segundo oficial habían calculado. En ese mismo momento, notó
un radical cambio de movimiento, una gran resistencia; seguramente no podría virar
por avante. El barco no podría llegar a poner proa al viento y luego seguir virando,
para que las velas, adecuadamente orientadas, se hincharan por el costado de babor y
lo llevaran a alta mar.
Un barco que no pudiera virar por avante tenía que virar en redondo; tenía que
abatirse con el viento, justo sobre la trayectoria que traía e incluso más allá,
pivotando sobre la popa y describiendo una amplia curva a sotavento hasta que
tuviera el viento casi de popa, y luego tenía que seguir girando, girando, hasta que lo

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tuviera justo de popa y pudiera cambiar por fin de bordo y llegar a colocar la proa en
la dirección deseada; era un giro largo, largo. Y en este caso, con esta marea, este
oleaje y este viento, el Polychrest necesitaría una milla para realizarlo, un margen de
maniobra de una milla, antes de que pudiera navegar velozmente y adentrarse en el
Canal.
El barco perdía velocidad; sus velas flameaban con poca fuerza en medio del
silencio; con cada embate del mar se acercaba más a la costa, aunque ellos no podían
verla. Las alternativas pasaban rápidamente por la mente de Jack; podía dejarlo
arribar, largar la vela de mesana y volver a intentarlo; podía virar en redondo y
arriesgarlo, deteniéndolo si hubiera hecho un cálculo muy justo, aunque este proceso
significaría una lamentable y horrible pérdida de tiempo; o podía cambiar de bordo
braceando las vergas de proa. Pero, ¿se atrevería él a cambiar de bordo braceando las
vergas de proa con esa tripulación? Mientras analizaba estas posibilidades a toda
prisa, en un rincón remoto de su mente, una aguda voz se quejaba de la injusticia de
no haber podido virar contra el viento, algo monstruoso e increíble en aquellas
condiciones, una maldad que conseguiría hacerle llegar tarde a su puesto y permitir a
Harte decirle que no era un buen oficial ni un buen marino, sino un sibarita y un
holgazán que arrastraba el trasero. Ese era el peligro; estaba convencido de que no
había en este mar más peligro que una mala interpretación de las cosas y la
probabilidad de la horrible reprimenda, sin réplica posible, de un hombre que
despreciaba.
Estos pensamientos se sucedieron desde que oyó el chasquido del escandallo en el
agua hasta que oyó el grito: «¡Profundidad ocho!». Y al oír el grito: «¡Ocho menos un
medio!», se dijo: «Cambiaré de bordo braceando las vergas de proa». Y entonces
gritó:
—¡Izar la gavia mayor y el velacho! ¡Halar las escotas del velacho a barlovento!
¡Poner el velacho contra el viento, sujetad esa braza! ¡Moveos ahí en el castillo!
¡Bolinas a sotavento, bolinas a sotavento!
Como si hubiera caído en un blando cojín, el Polychrest dejó de avanzar —él
pudo sentirlo bajo sus pies— y comenzó a moverse hacia atrás, y las velas de proa y
el timón a sotavento iban virándolo.
—¡Vergas de la mesana y de la vela cuadra mayor! ¡Coged esas brazas, ahora!
Tal vez el barco no viraba bien contra el viento, pero con aquella extraña popa
puntiaguda podía moverse muy bien hacia atrás. El nunca había visto un movimiento
de popa similar.
—Ocho y medio —dijo una voz desde las cadenas.
El barco comenzó a virar; las vergas de la vela cuadra mayor y la mesana
quedaron paralelas a la dirección del viento y las gavias flamearon. Viraba cada vez
más. Ahora tenía el viento casi de popa y debería dejar de retroceder; pero no lo hizo,

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sino que continuó desplazándose a bastante velocidad en la dirección equivocada.
Jack cambió de orientación las gavias, viró el timón a barlovento, y sin embargo, el
barco seguía deslizándose hacia atrás, en absurda contradicción con los principios
conocidos. Por un momento, los cimientos de su mundo se estremecieron y observó
que el segundo oficial tenía una mirada asombrada, horrorizada; luego, con un
susurro desde los mástiles y los estayes, como un extraño y grave gemido, el
Polychrest dejó de moverse casi por completo y enseguida comenzó a avanzar.
Primero tenía el viento de popa, luego por la aleta de babor. Tensando la vela de
mesana y orientando bien todas, Jack estableció el rumbo, y después dio permiso al
grupo que debía bajar y se dirigió a su cabina, sintiendo un gran alivio. Los cimientos
de su mundo volvían a estar firmes; el Polychrest avanzaba directamente hacia alta
mar, con el viento abierto un grado; la tripulación no lo había hecho muy mal ni se
había perdido demasiado tiempo, y con suerte su despensero le habría preparado una
decente taza de café. Se sentó sobre una taquilla y se apoyó contra el mamparo,
mientras el barco se balanceaba. Escuchó pasos apresurados sobre su cabeza, cuando
los cabos eran adujados y colocados en orden, y luego los diversos sonidos de la
limpieza; un bloque de piedra de enorme tamaño comenzó a deslizarse con un ruido
sordo sobre la cubierta, a dieciocho pulgadas por encima de su cabeza. Parpadeó una
vez, dos veces, sonrió, y enseguida se durmió, sonriendo.

***

Todavía estaba dormido cuando se dio la voz de rancho; todavía dormía cuando
en el comedor los hombres se sentaron ante su plato de espinacas y tocino ahumado.
Y fue entonces que Stephen vio por primera vez a todos los oficiales del Polychrest
juntos, a todos menos a Pullings, que estaba de guardia y se paseaba por el alcázar
con las manos tras la espalda, tratando de imitar lo más posible al capitán Aubrey, y
se acordaba de vez en cuando de mirar hacia atrás con expresión diabólica, como la
de un auténtico malvado, a pesar de estar rebosante de alegría. En la cabecera de la
mesa estaba sentado el señor Parker, a quien Stephen había conocido algunos días
atrás, un hombre alto y delgado, de bastante buen aspecto, excepto por la expresión
de su rostro, e inclinado a hacer críticas; luego estaba el teniente de infantería de
marina con su chaqueta color escarlata, un escocés de las Hébridas, muy bien
educado, cuyo nombre era Macdonald, de pelo negro y con la cara tan llena de
marcas de viruela que era difícil saber cuál era su expresión habitual. El señor Jones,
el contador, su vecino de asiento, también era un hombre moreno, pero ahí terminaba
el parecido entre ellos. Era bajito y encorvado; sus mejillas fláccidas oscilaban a
ambos lados de su boca roja y carnosa, tenía la cara pálida, del color del queso, y

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también la calva, que se extendía de oreja a oreja. El pelo sólo le crecía en una franja
alrededor de ésta, era lacio y le caía sobre el cuello en escasos mechones; sin
embargo, una oscura barba, muy fuerte y crecida, rodeaba sus mejillas de cera. Tenía
el aspecto de un tendero. Pero tuvo poco tiempo para juzgarle por su conversación,
porque apenas tuvo el plato delante se levantó de la mesa haciendo arcadas, se fue
corriendo y dando tumbos al jardín15 y no se le volvió a ver. A continuación estaba el
segundo oficial, todavía bostezando por haber hecho la guardia de mañana. Era un
hombre mayor, delgado, canoso y de ojos azules, y hablaba poco en la mesa al
principio de la comida. Por su parte, Stephen estaba silencioso, como era habitual; los
demás andaban con pies de plomo con sus nuevos compañeros de rancho, y el hecho
de saber que el cirujano era amigo íntimo del capitán Aubrey les hacía controlarse
aún más.
Sin embargo, a medida que el apetito de Stephen disminuía, su deseo por obtener
información aumentaba, de modo que dejando a un lado el cuchillo y el tenedor le
dijo al segundo oficial:
—Por favor, señor, ¿cuál es la función de ese curioso cilindro metálico inclinado
que está frente a mi pañol? ¿Qué nombre tiene?
—Pues, doctor —dijo el señor Goodridge—, no sé cómo llamarlo con propiedad
como no sea abominación; los constructores del barco lo llamaban cámara de
combustión, por eso supongo que era ahí donde se guardaba el arma secreta. Tenía la
salida a cubierta donde ahora se encuentra el castillo.
—¿Qué tipo de arma secreta? —preguntó Macdonald.
—Algo parecido a un proyectil, me parece.
—Sí —dijo el primer oficial—, una especie de enorme proyectil, sin soporte. Era
el barco el que iba a servirle de soporte, y esas rampas apalancadas servían para
lanzarlo elevándolo por la punta o por la parte posterior. Se calculaba que el arma
podría destruir un navío de primera clase a una milla de distancia, pero tenía que estar
situada en el centro del barco, para contrarrestar el balanceo, y por ese motivo se
empleó el sistema de quillas y timones laterales.
—Si el calibre del proyectil era el mismo de esa cámara, el retroceso debería
haber sido tremendo —dijo Macdonald.
—Tremendo —dijo el señor Parker—. Por eso se diseñó la popa puntiaguda, para
permitir que el barco retrocediera y evitar que el fuerte empuje destrozara el fondo,
pues con una popa cuadrada, el barco ofrecería resistencia y quedaría destruido. Aun
así, hubo que poner un bloque de madera donde debería estar el codaste para que
recibiera directamente el impacto.
Un personaje muy importante había asistido al lanzamiento de prueba, en el que
había perdido la vida su inventor, y le había contado al señor Parker que el barco
había retrocedido rápidamente una distancia igual a su longitud, hundiéndose al

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mismo tiempo en el agua hasta la parte superior de los yugos. El importante
personaje, el señor Congreve, que iba en representación de su partido, había estado en
contra del arma desde el principio; había dicho que nunca funcionaría, y nunca había
funcionado; esas innovaciones nunca funcionaban. El señor Parker estaba en contra
de cualquier ruptura con la tradición; eso nunca estaría bien en la marina. Por
ejemplo, no le gustaban los cañones con llave de chispa, aunque al pulirlos quedaban
muy brillantes, con un aspecto apropiado para una inspección.
—¿Cómo murió ese pobre caballero?
—Parece que él mismo encendió la mecha, y como ésta tardaba en arder, metió la
cabeza en la cámara para ver qué pasaba y entonces hubo una explosión.
—Bueno, lo siento por él —dijo el señor Goodridge—. Pero si eso tenía que
suceder, hubiera sido mejor que mandara el barco al fondo al mismo tiempo. Nunca
he visto una embarcación más extravagante ni más inútil para navegar, y las he visto
malas en mi vida. Se ha abatido más que una balsa corriente entre Saint Helen y la
Punta, a pesar del filo del fondo y las quillas movibles, retorciéndose como si hubiera
caído en una trampa. Después no ha podido virar por avante en una represa de
molino. No me gusta. Me recuerda a la señora Goodridge; cualquier cosa que uno
haga le viene mal. Si el capitán no hubiera cambiado de bordo braceando las vergas
de proa en un momento, pues, no sé dónde habríamos ido a parar. Una compleja
maniobra, de experto marino, sin duda, aunque yo mismo no me habría aventurado a
hacerla, no con esos vagabundos por tripulantes. Pero verdaderamente retrocedía con
más velocidad de lo que creía posible; como usted, dice, señor, ha sido construido
para dar marcha atrás, y pensé que iría dando marcha atrás hasta que nos
encontráramos fondeando en la costa francesa. Es una obra estrambótica, en mi
opinión, y gracias a Dios que está al mando un auténtico marino; pero le aseguro que
ignoro lo que hará él o lo que hará el arcángel Gabriel si se levanta viento. El Canal
no es suficientemente ancho; por lo que se refiere a espacio, lo que esta embarcación
necesita es el gran océano Pacífico, en su parte más ancha.
A continuación de las palabras del segundo oficial aumentó el balanceo y la cesta
del pan se deslizó por la mesa. Inmediatamente un guardiamarina fue a la cabina de
Jack para anunciarle que el viento estaba rolando al este. El guardiamarina tenía cara
de ratón; estaba muy envarado luciendo su mejor uniforme y llevaba a un lado su
puñal, con el que había dormido toda la noche.
—Gracias, señor… —dijo Jack—. No recuerdo su nombre.
—Parslow, señor, con su permiso.
Ahora Jack recordaba. El recomendado del comisario de marina, hijo de la viuda
de un marino.
—¿Qué le ha pasado en la cara, señor Parslow? —le preguntó, observando la roja
y profunda herida con hilachas pegadas que éste tenía en la mejilla y que iba desde la

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oreja a la barbilla.
—Me estaba afeitando, señor —dijo el señor Parslow con un orgullo que no podía
esconder—. Me estaba afeitando, señor, y vino una enorme ola.
—Enséñesela al doctor; transmítale mis saludos y dígale que me complacería que
viniera a tomar el té conmigo. ¿Por qué tiene puesta su mejor ropa?
—Me dijeron… creían que yo debía ser un ejemplo para la tripulación, señor,
pues éste era mi primer día en la mar.
—Muy acertado. Sin embargo, yo me pondría ahora ropa para el mal tiempo.
Dígame, ¿le han mandado a buscar la llave de la sobrequilla?
—Sí, señor, y la he buscado por todas partes. Bonden me dijo que era probable
que la tuviera la hija del condestable; entonces le pregunté al señor Rolfe, pero me
dijo que lo sentía, que no era un hombre casado.
—Bien, bien. ¿Tiene usted ropa para el mal tiempo?
—Bueno, señor, hay muchas cosas en mi baúl, en mi baúl de barco, que el
tendero le dijo a mamá que debía traer. Y tengo el sombrero alquitranado de mi
padre.
—El señor Babbington le enseñará lo que debe ponerse. Transmítale mis saludos
y dígale que le enseñe lo que debe ponerse —dijo, recordando el trato bárbaro e
inhumano del caballero en cuestión—. No se limpie la nariz con la manga, señor
Parslow. No es de buena educación.
—No, señor. Le pido disculpas.
—Entonces vaya rápidamente. ¿Acaso soy una condenada niñera? —dijo en tono
irritado, y luego pidió su chaqueta de lana.
En cubierta fue sorprendido por una ráfaga de lluvia mezclada con aguanieve y
espuma. El viento era muy frío; había aumentado y ahora se llevaba la niebla,
sustituyéndola por nubes bajas, bandas de nubes rezumantes, de color gris acero y
negro, que traía desde el este, desde el horizonte. Una marejada no muy fuerte pero
desagradable estaba formándose mientras subía la marea, y aunque el Polychrest
mantenía su rumbo bastante bien, desplazaba mucha agua, y a pesar de que llevaba
desplegado poco velamen, se movía como si tuviera desplegadas las sobrejuanetes.
Era tan extravagante como temía; y además, no era demasiado estable. Había dos
hombres al timón, y por la fuerza con que agarraban las cabillas estaba claro que
luchaban duramente para evitar que el barco se pusiera contra el viento.
Estudió la tablilla de navegación, hizo un cálculo aproximado de su posición,
añadió el triple de espacio para el abatimiento y decidió que virarían media hora más
tarde, cuando las dos guardias estuvieran en cubierta. Tenía mucho espacio, y no
había razón para molestar a los pocos buenos marineros que había a bordo, sobre todo
porque el cielo estaba cambiando y su aspecto era terrible, amenazador;
probablemente tendrían una noche atroz. Pronto mandaría bajar los mastelerillos y

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ponerlos sobre cubierta.
—Señor Parker —dijo—, ponga otro rizo en el velacho, por favor.
La llamada del contramaestre, el apresuramiento de los marineros; la andanada de
órdenes a través de la bocina del señor Parker:
—¡A las drizas! ¡Sujetad esa braza! ¡Señor Malloch, dé un toque a esos marineros
en las brazas!
Las vergas giraron en redondo, las velas dejaron de atrapar el viento y el
Polychrest viró a la derecha, haciendo al mismo tiempo un movimiento tan retorcido
que el timonel tuvo que abrazarse al timón para evitar que el barco se pusiera contra
el viento. Parker continuó:
—¡Tirad! ¡Moveos! ¡Usted, señor, el que está en el penol! ¿Está dormido? ¿Va
usted a pasar el puño alto de barlovento? ¡Mire lo que hace! ¿Va usted a guardar ese
martillo? Señor Rossall, anote el nombre de ese hombre. ¡Amarrad!
En medio de los gritos, Jack observaba a los hombres que estaban arriba. El que
estaba en el penol era el joven Haines, del Lord Morninglon; conocía su oficio,
podría ser un buen capitán de la cofa del trinquete. Jack vio cómo se le deslizó el pie
cuando iba hacia el mástil por los guindastes, pues en éstos faltaban barriletes.
—¡Quite al último marinero de la verga de popa! —dijo el primer oficial, con la
cara roja de gritar—. Empiece con él, señor Malloch.
Era la misma tontería de siempre: el último hombre que quedaba fuera era el
primero que se colocaba justamente en el penol. La marina era dura —tenía que ser
dura—, pero no había necesidad de hacerla más dura todavía, desanimando a los
marineros con buena disposición. La tripulación tendría mucho que hacer; era una
lástima que desperdiciaran su fuerza pegándose unos a otros. Además, era fácil llegar
a ser impopular reprendiendo a un oficial en público, fácil y desastroso a la larga.
—¡Barco a la vista! —gritó el serviola.
—¿Dónde?
—Justo a popa, señor.
El barco salía de una oscura y borrosa franja de lluvia medio helada y ya se veía
su casco. Era una fragata que llevaba el mismo rumbo del Polychrest y se le acercaba
muy rápidamente. ¿Francesa o inglesa? No estaba muy lejos de Cherburgo.
—Haga la señal secreta —dijo Jack—. Señor Parker, su catalejo, por favor.
Atrapó la fragata en el aro gris del objetivo, mientras se balanceaba para
contrarrestar el movimiento del barco, que cabeceaba y vibraba; a su espalda, el
cañón de barlovento del Polychrest disparó, y enseguida él vio aparecer la bandera
azul y blanca a bordo de la fragata, ondeando hacia sotavento, y el humo del
cañonazo de respuesta.
—Dígame nuestra posición —dijo, ahora relajado.
Dio órdenes de hacer barriletes a los guindastes, le pidió al señor Parker que le

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diera información sobre la fragata y, después de enviar a Haines a proa, se puso a
observarla tranquilamente.
—Son tres, señor—dijo el señor Parker—. Y creo que la primera es la Amethyst.
Eran tres y avanzaban en fila.
—Es la Amethyst, señor —dijo el guardiamarina encargado de las señales, con el
libro acurrucado contra el pecho para protegerlo.
Las fragatas seguían la estela del barco, iban en su misma dirección. Pero el
abatimiento del Polychrest era tal que al poco tiempo Jack ya no las veía de frente
sino desde un ángulo. El ángulo aumentaba con alarmante velocidad, y cinco minutos
después las veía por la aleta de barlovento. Éstas habían quitado los mastelerillos,
pero todavía llevaban desplegadas las gavias, a las cuales su experta tripulación
podría hacer un rizo en un momento. La primera de ellas era, en efecto, la Amethyst;
la segunda era posiblemente la Minerve, aunque no estaba seguro; la tercera era la
Franchise, una hermosa fragata de construcción francesa, con treinta y seis cañones,
al mando de la cual estaba su viejo amigo Heneage Dundas, capitán de navío. Dundas
había llegado a teniente cinco años después que él y había sido capitán de corbeta
durante trece meses. Jack había bromeado con él muchas veces en la camareta de
guardiamarinas e iba a hacerlo ahora otra vez. Allí estaba su amigo, subido a una
carronada del alcázar, agitando su sombrero alegremente. Jack levantó el suyo y el
viento soltó la cinta que ataba su rubio pelo, haciéndolo ondear en dirección noroeste.
Como en respuesta, una serie de banderas fueron izadas rápidamente en el palo de
mesana de la Franchise.
—Alfabético, señor —dijo el guardiamarina, y deletreó la señal—. P, S… ¡Ya sé!
Salmos; salmos CXLVII, 10.
—Entendido —dijo Jack, que no era un gran conocedor de la Biblia.
Dos cañonazos disparó la Amethyst, y las fragatas orzaron una tras otra,
moviéndose como gálibos sobre una placa de cristal, virando en un espacio de
idénticas dimensiones, manteniendo su posición como si estuvieran atadas unas a
otras. Fue una maniobra sumamente bien realizada, a pesar de la marejada y el viento,
el resultado de años de adiestramiento; la tripulación aunaba esfuerzos y los oficiales
conocían su barco.
Jack sacudió la cabeza, mirando cómo las fragatas desaparecían en la oscuridad.
Sonaron ocho campanadas.
—Señor Parker —dijo—, quitaremos los mastelerillos, los pondremos sobre
cubierta y luego viraremos.
Cuando los mastelerillos estuvieran sobre cubierta ya no habría ningún amigo
gracioso a quien mirar en la distancia.
—¿Cómo ha dicho, señor? —dijo Parker, moviendo nerviosamente la cabeza.
Jack repitió la orden y se fue al coronamiento, dejando que el primer oficial la

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ejecutara.
Mientras observaba la estela del Polychrest para comprobar su abatimiento, vio
un pequeño pájaro negro aleteando débilmente justo sobre el agua, con las patas
colgando. Éste quedó oculto por la aleta de babor, y cuando él corría para verlo bien
tropezó con algo blando, algo parecido a una lapa, más o menos a la altura de las
rodillas: era el joven Parslow bajo el sombrero alquitranado de su padre.
—Bien, señor Parslow —dijo, levantándolo—, veo que ahora sí está usted
adecuadamente vestido. Se alegrará de ello. Baje corriendo y dígale al doctor que si
quiere ver un petrel de tormenta sólo tiene que subir a cubierta.
No era un petrel de tormenta, sino un pariente mucho más raro, con patas
amarillas; era tan raro que Stephen no pudo identificarlo hasta que se acercó,
picoteando sobre una ola, y pudieron verse bien sus patas amarillas.
Stephen, observándolo atentamente, pensó: «Si la rareza y la magnitud de la
tormenta son directamente proporcionales, nos espera un terrible huracán. Sin
embargo, no diré nada».
Hubo un espantoso estruendo a proa; el mastelerillo de la juanete de proa cayó
sobre cubierta con mucha más rapidez que en la eficiente fragata, dejando medio
aturdido al señor Parker y haciendo a Jack realizar maniobras más propias de un
petrel que de un marino. Durante la noche el viento fue rolando hasta soplar desde el
norte; así se mantuvo, entre el noreste, el norte y el noroeste, sin que fuera posible
llevar más que las gavias con todos los rizos, en el mejor de los casos, durante nueve
días interminables, nueve días de lluvia, nieve, olas tremendamente altas y lucha
constante por la supervivencia; nueve días en los que Jack rara vez dejó la cubierta y
el joven Parslow no se cambió de ropa; nueve días virando, facheando, navegando
velozmente con las perchas sin velamen, sin ver nunca el sol, sin conocer su posición
a lo largo de más de cincuenta millas. Y cuando por fin un fuerte viento del sureste
les permitió compensar su enorme abatimiento, las observaciones de mediodía
indicaron que se encontraban en el mismo lugar de donde habían partido.
Al principio de la tormenta, el Polychrest, dando un bandazo, había escorado a
sotavento, y el aturdido primer oficial se había caído por la escotilla cercana al palo
mayor, haciéndose daño en un hombro. Por esa razón había pasado el resto del
tiempo en su coy, con un gran dolor, y con el agua llegando casi hasta él muy a
menudo. Jack, de un modo genérico, lamentaba que tuviera dolor, aunque le parecía
justo que alguien a quien le gustaba tanto infligir dolor sintiera alguno; pero, por otra
parte, estaba muy contento por la ausencia de Parker. Era un hombre incompetente,
incompetente para una situación como aquella; era concienzudo y cumplía con su
obligación en la forma en que la entendía, pero no era un marino.
El segundo oficial, Pullings, Rossall, el ayudante más veterano del segundo
oficial, el contramaestre y el condestable eran marinos; también lo eran una docena

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de tripulantes. Babbington y Alien, otro veterano, iban por buen camino; y en cuanto
al resto de la tripulación, sabían al menos qué tenían que halar cuando oían la orden.
Aquella larga semana en medio de la tempestad, en la que habían estado a punto de
hundirse dos veces cada día y todos se habían dado cuenta de ello, había supuesto un
gran adiestramiento en poco tiempo, poco si se contaba según el calendario y no
según su terrible miedo. Había aumentado su destreza para realizar maniobras de todo
tipo, pero sobre todo para usar las bombas, que no habían parado ni una hora desde el
segundo día de tempestad.
Ahora que avanzaban por el Canal, dejando atrás Punta Selsey, con una ligera
brisa por la aleta y las juanetes desplegadas, con los hornillos de la cocina encendidos
por fin y comida caliente en sus estómagos, Jack pensó que no harían mal papel
cuando el Polychrest llegara a su puesto y estaba seguro de que éste no tardaría
aunque tuviera que navegar con la marea todo el camino, algo no improbable dado
que el viento estaba amainando. El barco no haría mal papel, aunque la tripulación
era escasa, desde luego, pues había diecisiete hombres en la enfermería: dos hernias,
cinco fuertes caídas con huesos rotos y el resto las habituales heridas en manos y
piernas provocadas por perchas, poleas y cabos al caer. Un hombre de tierra adentro,
un guantero desempleado de Shepton Mallet, se había caído por la borda, y un ladrón
condenado por el tribunal de Winchester tenía la mirada fija, desvariaba y,
enloquecido, daba gritos que se oían en Ushant. Sin embargo, ya no había mareos, e
incluso los hombres reclutados en las cárceles del interior podían pasearse por
cubierta sin ningún peligro para ellos ni para otros. La tripulación, en general, era
deplorable; pero cuando hubiera tenido tiempo de adiestrarlos en el manejo de los
cañones, no era imposible que llegara a hacer del Polychrest un navío de guerra
pasable. Lo conocía bastante bien ahora; entre él y el segundo oficial (tenía en gran
estima al señor Goodridge) habían elaborado un plan para navegar sacando el mayor
partido de las cualidades que el barco tenía, y cuando pudiera cambiar la orientación
de las vergas y poner proa al viento con los mástiles inclinados, éste navegaría mejor.
Sin embargo, no le tenía cariño; era una embarcación mediocre, sumamente
desagradable, complicada, que cabeceaba y se balanceaba mucho, y nada fiable. Le
había decepcionado tan a menudo, cuando incluso una canoa hubiera estado a la
altura de las circunstancias, que la satisfacción de ponerse a su mando había quedado
reducida a nada. Él había navegado en viejas y toscas carracas, embarcaciones de
movimientos lentos sin ninguna aparente virtud para un observador, pero siempre
había encontrado excusas para ellas —eran los mejores barcos que había tenido la
Marina por alguna cualidad especial—, y esto no le había pasado nunca antes. Esa
deslealtad le provocaba tal desasosiego y era un sentimiento tan raro que había
tardado en advertirlo, y cuando lo hizo —mientras paseaba por el alcázar después de
una comida solitaria— fue tal su preocupación que se volvió hacia el guardiamarina

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de guardia, que permanecía inmóvil, aferrado a un candelero, y le dijo:
—Señor Parslow, vaya a buscar al doctor a la enfermería…
—Ve a buscarle tú —dijo el señor Parslow.
¿Era posible que aquellas palabras hubieran sido pronunciadas? Jack dejó de
pasearse. Era evidente que sí, a juzgar por la total perplejidad del oficial de derrota, el
timonel y los ayudantes del condestable, que manipulaban la última carronada de
proa, y por el silencio y la angustia de los guardiamarinas junto al pasamanos.
—Te diré una cosa, Ricitos de oro —continuó Parslow, guiñando un ojo—, no te
des humos conmigo porque tengo un carácter que no soporta eso. Ve a buscarle tú
mismo.
—Avisen al ayudante del contramaestre —dijo Jack—. Oficial de derrota, el coy
del señor Parslow, por favor. (El ayudante del contramaestre llegó corriendo a popa
con el látigo en la mano.) Lleve al cadete a mi cabina y castíguelo.
El cadete se había soltado del candelero, se había tumbado en cubierta y decía que
no debía ser azotado y que apuñalaría a cualquiera que intentara ponerle una mano
encima, pues él era un oficial. El ayudante del contramaestre le levantó cogiéndolo
por la región lumbar; el centinela abrió y cerró la puerta de la cabina. Un horrible
grito y débiles juramentos que hacían sonreír burlonamente y abrir mucho los ojos a
los hombres del alcázar eran acompañados por el rítmico golpe de la punta del cabo;
y luego el señor Parslow, sollozando con amargura, fue sacado de allí por la mano.
—Métalo en su coy, Rogers —dijo Jack—. Señor Pullings, señor Pullings,
suspendido el grog de los guardiamarinas hasta nueva orden.
Aquella noche en su cabina le dijo a Stephen:
—¿Sabes lo que esos sinvergüenzas de la camareta de guardiamarinas le hicieron
al joven Parslow?
—Tanto si lo sé como si no, tú vas a decírmelo —dijo Stephen sirviéndose un
poco de ron.
—Le emborracharon y le mandaron a cubierta. Casi el primer día que una de las
guardias podía descansar abajo, el primer día que no estaban con el agua a las
rodillas, no se les ocurre otra cosa mejor que emborrachar a un cadete. Pero ya no lo
harán más. Les he suspendido el grog.
—Sería mejor que suspendieras el grog de todo el barco. Esa es una costumbre
perniciosa, una monstruosa aberración, exacerba el instinto animal. ¡Nada menos que
media pinta de ron! La cuarta parte de los hombres que ahora están a mi cuidado no
lo estarían si no fuera por tu maldito ron. Les traen abajo con los miembros, las
costillas y las clavículas destrozadas por haberse caído borrachos de la jarcia; son
hombres diligentes, fuertes, atentos, que nunca se caerían estando sobrios. Anda,
vamos a tirarlo en secreto.
—¿Y dar pie a un motín? No, muchísimas gracias. Prefiero que estén como una

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cuba de vez en cuando, pero deseosos de hacer su trabajo el resto del tiempo. Un
motín. Se me hiela la sangre cuando pienso en ello. Los hombres con los que uno ha
trabajado durante toda una misión, a quienes uno tiene simpatía, se vuelven poco
amistosos y reservados y cesan las bromas, los cantos y la buena voluntad; el barco se
divide en dos grupos, y en medio de ellos quedan los hombres indecisos, tristes y
desconcertados. Y además, hacen rodar balas por la noche.
—¿Rodar balas?
—Hacen rodar balas por cubierta durante las guardias de la noche para que uno
sepa lo que quieren y, si es posible, darle a algún oficial en las piernas.
—Respecto a los motines en general —dijo Stephen—, estoy a favor de ellos.
Sacáis a los hombres de sus hogares, de las ocupaciones que han elegido, y les
mantenéis en condiciones insalubres con una dieta totalmente inadecuada, les
sometéis a la tiranía de los ayudantes del contramaestre y les exponéis a peligros
inimaginables; más aún, les priváis de su escasa comida, de su paga y de su
subvención, de todo excepto de vuestro sagrado ron. Si hubiera estado en Spithead,
me habría unido a los amotinados. Verdaderamente estoy asombrado de su
moderación.
—Por favor, Stephen, no hables así; no digas eso de la Marina, que me hace
sentirme muy deprimido. Sé que las cosas no son perfectas, pero no puedo cambiar el
mundo y estar el mando de un barco de guerra. En todo caso, deberías ser justo;
piensa en la Sophie, piensa en un barco feliz.
—Hay casos como ese, sin duda, pero dependen del capricho, la digestión y la
bondad de uno o dos hombres, y eso es injusto. Me opongo a la autoridad porque
engendra miseria y opresión; me opongo a ella, en gran medida, por su efecto sobre
quienes la ejercen.
—Bueno, a mí no me ha hecho ningún bien. Esta tarde me ha atacado un
guardiamarina y ahora me acosa mi propio cirujano. Vamos, Stephen, termina de
beber y toquemos un poco de música —dijo, y en vez de ponerse a afinar su violín,
cogió algo detrás de él—. Aquí hay algo que te interesará. ¿Has oído hablar de pernos
fraudulentos?
—No.
—Aquí tienes uno —dijo, sosteniendo en la mano un cilindro de cobre corto con
una bola del tamaño de una nuez en el extremo—. Como sabes, los pernos sirven para
mantener unido el casco, pasando a través de las cuadernas; los mejores son de cobre,
pues son resistentes a la corrosión. Son caros; creo que el valor de dos libras de
cobre, de un perno corto, es equivalente a lo que gana un carpintero al día. Pero si
uno es un condenado canalla, quita la parte del medio, coloca cada uno de los
extremos en su sitio, y se embolsa el dinero por ese trozo de cobre que debería ir
entre ellos. Nadie lo sabe hasta que la armazón se abre, y eso puede no ocurrir hasta

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que el barco se encuentre al otro lado del mundo, y aun entonces éste puede irse a
pique sin dejar testigos.
—¿Cuándo lo supiste?
—Lo sospeché desde el principio. Sabía que el barco sería una maldita obra,
viniendo del astillero de Hickman. Además, los tipos del astillero eran muy serviles,
trataban de facilitarme demasiado las cosas. Pero no estuve seguro hasta el otro día.
Ahora, tras el esfuerzo que ha hecho, es más fácil saberlo. He sacado éste con los
dedos.
—¿No podías presentar una petición ante el organismo adecuado?
—Sí. Podía haber solicitado una inspección y haber esperado un mes o seis
semanas. Pero entonces, ¿dónde estaría? Es un asunto del Arsenal, y se oyen historias
muy raras sobre la aprobación de los barcos cualesquiera que sean sus condiciones y
los manejos de los funcionarios. No. Preferí sacarlo de allí; y realmente ha soportado
una fuerte tormenta. Lo haré carenar si puedo… si puedo encontrar el momento
adecuado o si es necesario para que flote.
Permanecieron silenciosos unos momentos, y mientras tanto se escuchaba en la
cabina el constante zumbido de las bombas y, casi al mismo ritmo, los gritos del loco.
—Tengo que darle más láudano a ese hombre —dijo Stephen, como para sí
mismo.
Jack pensaba aún en los pernos, las cuadernas y el resto de las piezas que
mantenían unido el barco.
—¿Qué me dices del hombro de Parker? —preguntó—. Me parece que no estará
en condiciones de hacer su trabajo durante mucho tiempo. No cabe duda de que
debería quedarse en tierra y tomar las aguas termales.
—Nada de eso —dijo Stephen—. Se está recuperando de un modo admirable; las
gachas poco espesas del doctor Ramis han dado un resultado admirable, y también la
dieta blanda. Con un adecuado cabestrillo, puede volver a cubierta mañana.
—¡Oh! —dijo Jack—. ¿No estará de baja por enfermedad? ¿No tendrá un largo
permiso? ¿No crees que las aguas de un balneario ayudarían también a curar su
sordera?
Miró ansioso a Stephen, pero sin mucha esperanza; respecto a lo que Stephen
Maturin consideraba su deber como médico, no cedía ante ningún animal, hombre o
dios. En ese tipo de asuntos, estaba más allá de la razón e incluso de la amistad.
Nunca hablaban entre ellos de los oficiales con quienes Stephen comía, pero el deseo
de Jack de desembarazarse de Parker, su primer oficial, y su opinión sobre él eran
evidentes para cualquiera que le conociera bien. Sin embargo, Stephen parecía
obstinado; se limitó a coger el violín y a tocar la escala, ascendiendo y descendiendo
repetidamente.
—¿Dónde lo has conseguido? —preguntó.

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—Lo conseguí en una casa de empeños cerca de Puerto Sally. Costó doce libras
con seis peniques.
—No te han engañado, querido amigo. Me gusta muchísimo su tono, es
agradable, melodioso. Eres un gran entendido en violines, no cabe duda. Vamos,
vamos, no hay un momento que perder, pues tengo que hacer la ronda al sonar las
siete campanadas. Uno, dos, tres —dijo, golpeando el suelo con el pie.
La cabina se llenó con el primer movimiento de la sonata Corelli de Boccherini,
un conjunto de sonidos espléndidamente estructurado. El violín iba intercalando
brillantes pasajes en la complicada ejecución del violonchelo; se respondían el uno al
otro, se unían, se separaban, se hermanaban, y las notas ascendían en su elemento
natural, mientras ellos quedaban aislados del duro trabajo de las bombas, los
incesantes gritos y los problemas del mando.

***

Una clara y agradable mañana invernal frente a los downs; la tripulación


desayunaba y Jack se paseaba de un lado a otro.
—El almirante nos está llamando, señor —dijo el guardia—marina encargado de
las señales.
—Muy bien —dijo Jack—. Prepare el bote.
Había estado esperando esto desde antes del amanecer, cuando había comunicado
su presencia; el bote ya estaba preparado y su mejor abrigo estaba extendido sobre su
coy. Reapareció llevándolo puesto y se dirigió hacia el costado donde se encontraba
el contramaestre dando pitidos.
El mar estaba tranquilo, tan tranquilo como era posible que estuviera. La marea
era alta y toda la superficie gris bajo el helado cielo parecía estar en espera; no había
ningún rizo y apenas se veía una ligera ondulación. Detrás de él, más allá del
empequeñecido Polychrest, estaba la ciudad de Deal, y aún más lejos North Foreland.
Frente a él estaba la enorme mole del Cumberland, de setenta y cuatro cañones, con
el gallardete azul en el palo de mesana, y a dos cables de distancia se encontraban la
Melpomène, una encantadora fragata, dos corbetas y un cúter. Y más allá de éstos,
entre la escuadra y los bancos de arena de Goodwin, estaban todos los mercantes que
realizaban el comercio con las Antillas, Turquía, Guinea e India, ciento cuarenta
embarcaciones allí estacionadas, un bosque de mástiles, esperando por el viento y por
el convoy, con todas las vergas y las perchas bien visibles en medio de aquel aire frío,
casi incoloro, sólo como líneas, pero líneas increíblemente definidas y claras.
Pero Jack había estado observando todo aquello desde que el pálido disco solar lo
había hecho visible, y mientras se acercaba al buque insignia su mente estaba

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ocupada en otras cosas. Su expresión era grave y tranquila cuando subió por el
costado, y se mantuvo cuando saludó a los oficiales del alcázar y al capitán del
Cumberland y fue conducido a la gran cabina.
El almirante Harte estaba comiendo arenque ahumado y bebiendo té, y su
secretario y una masa de papeles estaban al otro lado de la mesa. Había envejecido
muchísimo desde que Jack le había visto por última vez; parecía que sus ojos se
habían juntado más y que su mirada era más superficial y falsa.
—Por fin está usted aquí —dijo, sonriendo a pesar de todo y tendiéndole la mano
grasienta—. Debe de haber estado perdiendo el tiempo por el Canal; le esperaba hace
tres mareas, le doy mi palabra.
La palabra del almirante Harte y la pérdida de tiempo de Jack corrían parejas, y
éste sólo hizo una inclinación de cabeza. En cualquier caso, el comentario no
pretendía obtener una respuesta —era una simple y espontánea muestra de antipatía
— y Harte, con familiaridad y fraternidad torpemente fingidas, continuó:
—Siéntese. ¿Qué ha estado usted haciendo? Parece diez años más viejo. Las
mujeres de los alrededores del cabo Portsmouth, seguramente. ¿Quiere una taza de
té?
El dinero era para Harte lo más parecido a la felicidad, su más ardiente pasión. En
el Mediterráneo, donde ambos habían servido juntos, Jack había sido muy afortunado
en lo referente a botines; le habían enviado a un crucero tras otro y había hecho que el
almirante a cuyas órdenes estaba se metiera diez mil libras en el bolsillo. El capitán
Harte, que era entonces comandante de Puerto Mahón, no había recibido ninguna
parte, desde luego, y su antipatía por Jack se había mantenido inalterable. Pero ahora
la situación había cambiado, ahora podía beneficiarse de los esfuerzos de Jack y
trataba de ganarse su voluntad. Jack fue llevado de regreso al barco; el mar estaba
todavía silencioso, pero él tenía una expresión menos grave. No podía entender el
cambio de Harte; estaba molesto por ello y tenía una desagradable sensación en el
estómago a causa del té tibio. Pero no se había encontrado con una abierta hostilidad
y su futuro inmediato estaba claro: el Polychrest no iría con este convoy sino que
pasaría algún tiempo frente a los downs ocupándose de atender la escuadra y de
hostigar la flotilla invasora de enfrente.
A bordo del Polychrest los oficiales estaban formados esperándole; los coyes
estaban ya arriba, colocados con toda la gracia posible, las cubiertas estaban limpias y
los cabos tenían nudos flamencos. Los infantes de marina presentaron sus armas con
precisión geométrica y todos los oficiales saludaron; y sin embargo algo estaba fuera
de tono. Por el extraño rubor en el rostro del señor Parker, la profunda obstinación en
el de Stephen y la preocupación en los de Pullings, Goodridge y Macdonald, tuvo la
impresión de que algo había ocurrido, y esa impresión se confirmó cinco minutos
después, cuando el primer oficial entró en su cabina y le dijo:

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—Siento mucho tener que dar parte de un grave quebranto de la disciplina, señor.
Poco después del desayuno, mientras Jack estaba a bordo del buque del almirante,
Stephen había subido a cubierta y lo primero que vio allí fue a un hombre corriendo
hacia popa y a un ayudante del contramaestre pegándole por la espalda, una escena
nada fuera de lo común en un navío de guerra. Pero el hombre tenía un pesado
pasador de hierro entre los dientes, bien sujeto con una meollar, y cuando gritaba le
salía sangre por las comisuras de los labios. Se detuvo al llegar al saltillo del alcázar,
y Stephen, sacando una navaja del bolsillo de su chaleco, se acercó a él, luego cortó
la meollar, cogió el pasador y lo arrojó al mar.
—Le amonesté por ello, le dije que el castigo se infligía bajo mis órdenes, y él me
atacó con gran ferocidad.
—¿Físicamente?
—No, señor. Verbalmente. Me criticó, poniendo en duda mi valor y mi aptitud
para el mando. Debería haber tomado serias medidas, pero sabía que usted regresaría
en breve y, además, tengo entendido que es su amigo. Le sugerí que se retirara a su
cabina, pero no estimó conveniente hacerlo sino que se quedó paseándose por el
alcázar, en el costado de estribor, aunque se le indicó que cuando el capitán no está en
el barco esa prerrogativa es mía.
—Mi amistad con el señor Maturin no viene al caso, señor Parker, y me sorprende
que usted la haya mencionado. Debe usted comprender que él es un caballero
irlandés, muy destacado en su profesión, que sabe muy poco, casi nada, de la Marina
y que pierde la paciencia cuando no es respetado, cuando es objeto de burla. No
siempre sabe distinguir si somos sinceros o si no lo somos. Creo que en este caso ha
habido un malentendido. Recuerdo que atacó con mucha rabia al segundo oficial de
la Sophie por lo que él consideraba una broma fuera de lugar sobre el mástil de una
vela de capa.
—Un segundo oficial no es un teniente.
—¿Va usted a aleccionarme en materia de rango? ¿Pretende decirme algo que está
claro para un guardiamarina recién llegado?
Jack no levantaba la voz, pero estaba rojo de ira, no sólo por la estúpida
impertinencia de Parker sino sobre todo por toda la situación y lo que vendría
después.
—Déjeme decirle, señor —continuó—, que sus métodos disciplinarios no me
gustan. Hubiera querido evitar esto; suponía que al decirle que el castigo de Isaac
Barrow era totalmente ilegal usted captaría el mensaje. Y hubo otras ocasiones. A ver
si nos entendemos: no soy un capitán blandengue, quiero tener un barco disciplinado,
dando azotes si es preciso, pero no quiero brutalidades innecesarias.¿Cómo se llama
el hombre a quien ha amordazado?
—Siento decirle que ahora no me acuerdo de su nombre, señor. Es un campesino,

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señor, está en el combés, en la guardia de babor.
—Es habitual en la Marina que un oficial eficiente conozca los nombres de sus
hombres. Me obligará usted a averiguarlo por mí mismo.
—William Edwards, señor —dijo Parker después de unos momentos.
—Así que William Edwards. Un basurero de Rutland; recibe un subsidio. Nunca
había visto el mar ni un barco en su vida, no conoce la disciplina. Seguramente le ha
contestado.
—Sí, señor. Cuando fue reprendido por holgazanear dijo: «He venido tan rápido
como he podido, y tampoco tú vas a paso rápido».
—¿Por qué fue azotado?
—Dejó su puesto sin permiso para ir a proa.
—Hay que hacer alguna concesión, señor Parker. Cuando ese hombre haya estado
a bordo lo suficiente para saber cuál es su deber, para conocer a los oficiales y que
éstos le conozcan a él —y le repito que es el deber de un oficial conocer a sus
hombres—, entonces podrá ser amordazado por contestar, si es que lo hace, ya que
esto es sumamente improbable en un barco que esté gobernado medianamente bien.
Y lo mismo vale para la mayoría de la tripulación; no tiene sentido y es perjudicial
para la Marina golpear a los hombres cuando no conocen lo que se exige de ellos.
Usted, un oficial experimentado, no ha comprendido al señor Edwards y ha pensado
que le estaba faltando al respeto. Es muy posible que el doctor Maturin, sin ninguna
experiencia, no le comprendiera a usted. Tenga la amabilidad de mostrarme la lista de
indisciplinados. Esto no puede ser, señor Parker. Glave, Brown, Stindall, Burnet,
todos campesinos recién llegados, y así sucesivamente; es una lista tan larga como la
de un navío de primera clase, de un navío de primera clase mal gobernado. Nos
ocuparemos de esto más tarde. Que venga el doctor Maturin.
Éste era un Jack Aubrey que Stephen nunca había visto, un ser real, duro, frío,
fortalecido por cien años de tradición, totalmente convencido de que tenía razón.
—Buenos días, doctor Maturin —dijo—. Ha habido un malentendido entre usted
y el señor Parker. Usted no sabía que poner una mordaza era un castigo habitual en la
Marina. Sin duda, ha creído que era una broma pesada.
—He creído que era una horrible brutalidad. Los dientes de Edwards están muy
cariados —le he estado tratando— y esa barra de hierro le había destrozado dos
molares. Le quité la barra enseguida y…
—Usted se la quitó por razones médicas. No sabía que ese era un castigo habitual
y que había sido ordenado por un oficial. ¿Conocía usted las razones del castigo?
—No, señor.
—Ha cometido un error, señor. Ha actuado irreflexivamente. Y como estaba
agitado, en un arranque de rabia, le dijo cosas sin pensar al señor Parker. Debe usted
decirle que lamenta que se haya producido este malentendido.

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—Señor Parker —dijo Stephen—, lamento que se haya producido este
malentendido. Lamento las duras palabras que nos hemos dicho y, si usted lo desea,
volveré a pedirle disculpas en el alcázar ante todos los que las oyeron.
Parker se ruborizó y su expresión se hizo grave y extraña; su mano derecha,
instrumento habitual para expresar su reconocimiento ante una declaración de ese
tipo, estaba inmovilizada en el cabestrillo. Hizo una inclinación de cabeza y dijo que
«estaba completamente satisfecho… eso era más que suficiente… y también
lamentaba las expresiones descorteses que podrían habérsele escapado».
Hubo una pausa.
—No les retendré, caballeros —dijo Jack secamente—. Señor Parker, mande a la
guardia de estribor a hacer prácticas con los grandes cañones y a la de babor a rizar
las gavias. El señor Pullings se ocupará de los hombres que llevan armas cortas. ¿Qué
es ese horrible alboroto? Hallows —se dirigía al infante de marina que estaba de
centinela en la puerta—, ¿qué es todo ese jaleo?
—Con su permiso, Su Señoría —dijo el soldado—, el despensero del capitán y el
de la sala de oficiales están discutiendo sobre el uso de la cafetera.
—Que Dios les castigue —dijo Jack—. Les zurraré la badana. Les pondré una
camisa de sangre. Pondré fin a sus tonterías. Y son viejos marinos; malditos sean.
Señor Parker, vamos a poner un poco de orden en esta corbeta.
—Jack, Jack —dijo Stephen, cuando encendieron el farol—. Me temo que soy un
gran estorbo para ti. Creo que haré mi baúl y bajaré a tierra.
—No, querido amigo, no digas eso —dijo Jack con tono cansado—. Había que
darle explicaciones a Parker. Traté de evitarlo, pero él no comprendió cuál era mi
intención, y estoy realmente contento de que se las hayas dado.
—De todos modos, creo que bajaré a tierra.
—¿Y abandonarás a tus pacientes?
—Se encuentran cirujanos navales a diez por un penique.
—¿Y a tus amigos?
—Bueno, la verdad, Jack, creo que estarás mejor sin mí. No estoy hecho para la
vida en la mar. Tú sabes mejor que nadie que la discordia entre los oficiales no es
buena para un barco; y no me gustaría ser testigo de brutalidades de este tipo ni tomar
parte en ellas.
—Servir en la Marina es duro, lo admito, pero encontrarás la misma brutalidad en
tierra.
—No tomaré parte en ella en tierra.
—Sin embargo, no te importaban tanto los azotes en la Sophie.
—No; el mundo en general, y sobre todo tu mundo naval, acepta los azotes. Pero
hay una atmósfera general opresiva, un constante y arbitrario acoso, intimidación,
golpes, imposición, castigos y esas absurdas torturas como estirar los miembros o

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poner una mordaza. Debería habértelo dicho antes. Éste es un asunto delicado, que
quede entre nosotros.
—Lo sé. Es terrible… Al principio de una misión, a una tripulación poco
adiestrada, deplorable (algunos miembros no valen nada, ya sabes), hay que tratarla
con dureza y asustarla para obligarla a ser obediente; pero esto ha ido demasiado
lejos. Parker y el contramaestre no son malos tipos, lo que ocurre es que no les di
instrucciones suficientemente concretas al principio, fui descuidado. Las cosas no
serán iguales en el futuro.
—Debes disculparme, querido amigo, pero esos hombres están contagiados por la
autoridad, tienen trastornado el juicio definitivamente. Debo irme.
—No te irás —dijo Jack, con una sonrisa.
—Me iré.
—¿Sabes, querido Stephen, que no puedes ir y venir como te plazca? —dijo Jack,
recostándose en la silla y mirando tranquilamente a Stephen con aire triunfal—. ¿No
sabes que estás bajo la ley marcial y que si te vas sin mi permiso me veré obligado a
poner una R junto a tu nombre y podré hacerte detener, traerte de regreso con grilletes
y castigarte severamente? ¿Qué me dices a unos azotes en los pies, eh? No te haces
una idea de los poderes que tiene el capitán de un navío de guerra: está contagiado
por la autoridad, si quieres decirlo así.
—¿No puedo bajar a tierra?
—No, desde luego que no, y no se hable más de ello. Puedes hacerte la cama y
acostarte.
Hizo una pausa, pensando en que no era esa la frase ingeniosa que hubiera
deseado.
—Ahora —continuó— te contaré mi entrevista con ese retaco de Harte…
—Entonces, si te he entendido bien, vamos a pasar algún tiempo en este lugar, de
modo que no pondrás objeción a concederme permiso para ausentarme algunos días.
Aparte de otras consideraciones, tengo que llevar al loco y a mi paciente con la
fractura del fémur a tierra. El hospital de Dover, un excelente centro, está a poca
distancia.
—Por supuesto —dijo Jack—, si me das tu palabra de que no huirás, de modo
que no tendré el trabajo de correr por el país detrás de ti con un pelotón, un pelotón
naval. Por supuesto. En el momento que quieras.
—Y cuando esté allí —dijo Stephen deliberadamente— cabalgaré hasta Mapes.

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CAPÍTULO 8
—Un caballero desea ver a la señorita Williams —dijo la doncella.
—¿Quién es, Peggy?
—Creo que es el doctor Maturin, señorita.
—Voy enseguida —dijo Sophia, tirando en un rincón su labor de aguja y
mirándose distraídamente en el espejo.
—Debe de ser para mí —dijo Cecilia—. El doctor Maturin es mi novio.
—¡Oh, Cissy, qué tontería! —dijo Sophia, y se apresuró a bajar las escaleras.
—Tú tienes uno; no, dos. No puedes tener tres —murmuró Cecilia, alcanzándola
cuando salía al pasillo y cerraba la puerta—. ¡Es tan injusto!
Sophia entró en la sala con gran compostura.
—¡Cuánto me alegro de verle! —dijeron los dos a la vez, con una expresión tan
complacida que cualquier observador habría jurado que eran amantes, o al menos que
había una relación especial entre ellos.
—Mamá se sentirá muy decepcionada por no haberle visto —dijo Sophia—. Ha
llevado a Frankie a la ciudad para que le limaran los dientes, pobrecita.
—Espero que la señora Williams esté bien, y también la señorita Cecilia. ¿Cómo
está la señora Villiers?
—Diana no está aquí, pero las demás están muy bien, gracias. ¿Cómo está usted y
cómo está el capitán Aubrey?
—Estupendamente, estupendamente, gracias, querida. Es decir, yo estoy
estupendamente; el pobre Jack tiene algunas complicaciones con este nuevo mando y
una tripulación de torpes desgraciados que proceden de la mitad de las cárceles del
reino.
—¡Oh! —exclamó Sophie, juntando las manos—. Seguro que trabaja demasiado
duro. Pídale que no trabaje demasiado duro, doctor Maturin. Él le escuchará; a veces
pienso que es a usted a la única persona que escucha. Pero seguramente los hombres
le quieren. Recuerdo cómo los amables marineros de Melbury corrían a hacer todo lo
que decía, y muy alegremente. ¡Y era tan bueno con ellos! Nunca era brusco ni
exigente, como lo son algunas personas con sus sirvientes.
—Me parece que llegarán a quererle enseguida, cuando aprecien sus virtudes —
dijo Stephen—, pero por el momento hay mucha confusión. Sin embargo, tenemos a
bordo a cuatro antiguos tripulantes de la Sophie —su timonel vino como voluntario—
y esto es un gran alivio.
—Creo que le seguirán a cualquier parte del mundo —dijo Sophia—.
Encantadoras criaturas, con sus coletas y sus zapatos de hebilla. Pero dígame, ¿es el
Polychrest tan…? El almirante Haddock dice que nunca podrá flotar, pero a él le
gusta ponernos la carne de gallina, lo cual es una maldad por su parte. Dice que tiene

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dos vergas para gavia mayor en un tono burlón, despectivo. No tengo paciencia con
él. No es que trate de ser desagradable, desde luego, pero, sin duda, es totalmente
incorrecto hablar a la ligera de cosas tan importantes y decir que el barco se irá a
pique. Eso no es cierto, ¿verdad, doctor Maturin? Y seguro que dos vergas para gavia
mayor son mejores que una.
—No soy marinero, como usted sabe, querida, pero también pensaría eso. Es un
barco raro, práctico, y tiene el don de ir hacia atrás cuando quieren que vaya hacia
delante. En otros barcos encuentran esto divertido, pero a nuestros oficiales y a
nuestros marineros no parece gustarles. Y en cuanto a que no flota, puede usted estar
tranquila. Durante nueve días soportamos una tormenta que nos llevó a la entrada del
Canal y el embate de un mar furioso que nos hizo sumergirnos parcialmente e hizo
estremecerse palos, botavaras y cabos; y el barco sobrevivió a esto. No creo que Jack
abandonara la cubierta más de tres horas seguidas. Recuerdo que una vez le vi atado a
las bitas, con el agua hasta la cintura, ordenando al timonel que abatiera el barco
cuando las olas rompían contra él, y al verme me dijo: «Sobrevivirá». Así que puede
usted estar muy tranquila.
—¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! —dijo Sophia en voz baja—. Por lo menos
espero que coma bien, para mantenerse fuerte.
—No —dijo Stephen con gran satisfacción—, no es así. Me complace decir que
no come nada bien. Le decía una y otra vez cuando tenía a Louis Durand de cocinero
que se estaba cavando su tumba con los dientes; comía demasiado abundantemente y
tres veces al día. Ahora no tiene cocinero; ahora se las arregla con una comida normal
como la nuestra y le va mucho mejor, pues ha perdido unas treinta libras por lo
menos. Es muy pobre ahora, como usted sabe, y no puede permitirse envenenarse a sí
mismo, arruinar su organismo; y en verdad, tampoco puede permitirse envenenar a
sus invitados, lo cual le apena. Ya no invita a nadie a comer. Pero usted, querida,
¿cómo está? Me parece que necesita usted mayor atención que nuestro buen marino.
La había estado mirando todo el tiempo, y aunque su piel seguía siendo
increíblemente hermosa, lo era un poco menos ahora que su tono rosa, debido a la
sorpresa, se había desvanecido. Tenía una mirada apagada, cansada, triste, y había
perdido algo de su frescura juvenil.
—Déjeme ver su lengua, querida —continuó, cogiéndole la muñeca y contando
automáticamente—. Me encanta el olor de esta casa. Es de tallo de lirio, ¿verdad? En
la casa donde pasé mi niñez había tallos de lirio por todas partes; podían olerse en
cuanto uno abría la puerta. Sí, sí. Exactamente como pensaba. No come usted lo
suficiente. ¿Cuánto pesa?
—Ciento diecisiete libras —dijo Sophia, inclinando la cabeza.
—Tiene una buena complexión, sin duda; pero para una mujer joven y robusta
como usted esto no es bastante. Tiene que tomar cerveza negra con la comida. Se lo

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diré a su madre. Una pinta de cerveza negra y fuerte proporcionará todo lo que se
requiere, o casi todo.
—Un caballero desea ver a la señorita Williams —dijo la doncella.
Y añadió con una expresiva mirada:
—El señor Bowles.
—No estoy en casa, Peggy. Pídale a la señorita Cecilia que le reciba en el salón.
He dicho una mentira —dijo Sophie mordiéndose un labio—. ¡Qué espantoso!
Doctor Maturin, ¿le gustaría venir a dar un paseo por el parque? Así lo que he dicho
sería verdad.
—Con sumo placer, cielo —dijo Stephen.
Ella le cogió por el brazo y le condujo rápidamente entre los arbustos hasta el
portillo de entrada al parque. Entonces le dijo:
—Soy tremendamente desgraciada, ¿sabe?
Stephen apretó su brazo, pero no dijo nada.
—Es ese señor Bowles. Quieren que me case con él.
—¿Le resulta antipático?
—Me resulta completamente odioso. Bueno, no quiero decir que sea grosero o
poco amable o siquiera irrespetuoso. No, no; es un joven muy rico y muy respetable,
pero es un verdadero pelmazo y tiene las manos húmedas. Se sienta y suspira —me
parece que cree que debe suspirar—, se sienta conmigo durante horas y horas, y a
veces pienso que si volviera a suspirar una vez más le clavaría las tijeras.
Hablaba muy rápidamente, y la indignación le daba color de nuevo.
—Siempre trato de que Cissy se quede en la habitación —continuó—, pero ella se
escabulle. Mamá la llama. Y entonces él trata de cogerme la mano. Rodeamos
lentamente la mesa una y otra vez; es algo sumamente ridículo. Mamá —nadie
trataría de ser más bueno conmigo que mi querida mamá, estoy segura— me obliga a
verle. Se molestará mucho cuando sepa que le he dicho que no estaba en casa.
Además, tengo que ocuparme de la escuela dominical, con esos odiosos opúsculos.
No me molestan los niños, no mucho —pobres criaturas, se les estropea el domingo,
después de un largo rato en la iglesia—, pero visitar a los campesinos me hace
sentirme muy mal y muy avergonzada; tengo que enseñar a mujeres que me doblan la
edad, con familia, que saben cien veces más que yo de la vida, cómo economizar y
ser limpias, que no deben comprar las mejores piezas de carne para sus maridos
porque eso es un lujo y Dios quiere que vivan como pobres. Son muy atentas, pero
estoy segura de que pensarán que soy muy presumida y estúpida. Sé coser un poco y
sé hacer una mouse de chocolate, pero con un marido e hijos pequeños no podría
llevar una casa en el campo con diez chelines a la semana mejor de lo que gobernaría
un navío de primera clase. ¿Quiénes se creen ellos que son? Sólo porque saben leer y
escribir.

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—A menudo me lo he preguntado —dijo Stephen—. Ese caballero es un pastor,
según creo.
—Sí. Su padre es el obispo. Y no me casaré con él, no, ni aunque vaya con los
descarriados al infierno. Hay un hombre en el mundo con el que me casaría si él
quisiera hacerme suya; le tenía y le alejé de mí.
Las lágrimas que llenaban sus ojos comenzaron a rodar por sus mejillas, y
Stephen, en silencio, le alcanzó un pañuelo limpio.
Caminaron en silencio; hojas muertas, hierba seca y helada, árboles desnudos.
Pasaron las mismas estacadas dos, tres veces.
—¿No podría usted hacerle saber esto? —preguntó Stephen—. Él no puede dar
un paso en este sentido. Usted sabe muy bien lo que el mundo piensa de un hombre
sin dinero, sin futuro y con un montón de deudas que pide en matrimonio a una rica
heredera.
—Usted sabe muy bien lo que su madre pensaría de una proposición semejante;
además, tiene mucho amor propio.
—Le escribí, le dije todo lo que podía dentro de los límites de la decencia; pero
creo que, en verdad, fue algo atrevido, espantoso. No fue nada decente.
—Llegó demasiado tarde…
—Demasiado tarde. ¡Oh, cuan a menudo me he dicho a mí misma eso, y con
cuánta pena! Si él hubiera venido a Bath sólo una vez más, sé que nos habríamos
puesto de acuerdo.
—¿Un compromiso secreto?
—No. Yo nunca hubiera consentido eso. No habría sido un acuerdo para
comprometerle, ¿comprende?, sino sólo para decirle que siempre le esperaría. De
todos modos, acepté ese acuerdo en mi interior; pero él nunca volvió. Sin embargo,
puesto que lo acepté, me siento moralmente obligada a cumplirlo, pase lo que pase, a
menos que se case con otra. Esperaré y esperaré, aunque eso signifique renunciar a
los hijos, y me encantaría tener hijos. Bueno, no soy una joven romántica; casi tengo
treinta años y sé de lo que hablo.
—Pero seguramente usted podría hacerle saber lo que piensa.
—No vino a Londres. No puedo perseguirle y tal vez angustiarle y molestarle.
Puede tener otros compromisos, aunque no intento culparle, pues estas cosas son muy
diferentes para los hombres, lo sé.
—Hubo aquella lamentable historia sobre su compromiso matrimonial con el
señor Alien.
—Lo sé. (Una larga pausa.) Eso es lo que me pone tan indignada y furiosa —dijo
Sophia por fin—. Cuando pienso que si no hubiera sido tan mentecata, tan celosa,
ahora podría estar… Pero no deben pensar que me casaré con el señor Bowles,
porque no lo haré.

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—¿Se casaría usted sin el consentimiento de su madre?
—¡Oh, no! Nunca. Eso estaría muy mal. Además, aparte de que sería algo
espantoso —y nunca lo haría—, si huyera no tendría ni un penique, y a mí me
gustaría ser una ayuda para mi esposo, no una carga. Pero casarse con quien a uno le
dicen, sólo po