0% encontró este documento útil (0 votos)
324 vistas296 páginas

Born To Be Free - Nacido para Ser Libre Sin Cadenas

La novela 'Born to be free' narra la historia de una joven atrapada en un barco, enfrentándose a situaciones de abuso y explotación tras haber caído en la adicción a las drogas. A través de su perspectiva, se exploran temas de resiliencia y supervivencia en medio de un entorno hostil, mientras intenta proteger a otra chica llamada Carly. La trama aborda temas sensibles como el maltrato y el abuso, pero enfatiza que estas experiencias no son justificadas ni idealizadas.

Cargado por

stobares04
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
324 vistas296 páginas

Born To Be Free - Nacido para Ser Libre Sin Cadenas

La novela 'Born to be free' narra la historia de una joven atrapada en un barco, enfrentándose a situaciones de abuso y explotación tras haber caído en la adicción a las drogas. A través de su perspectiva, se exploran temas de resiliencia y supervivencia en medio de un entorno hostil, mientras intenta proteger a otra chica llamada Carly. La trama aborda temas sensibles como el maltrato y el abuso, pero enfatiza que estas experiencias no son justificadas ni idealizadas.

Cargado por

stobares04
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Contents

Advertencia
CAPÍTULO 1
CAPÍTULO 2
CAPÍTULO 3
CAPÍTULO 4
CAPÍTULO 5
CAPÍTULO 6
CAPÍTULO 7
CAPÍTULO 8
CAPÍTULO 9
CAPÍTULO 10
CAPÍTULO 11
CAPÍTULO 12
CAPÍTULO 13
CAPÍTULO 14
CAPÍTULO 15
CAPÍTULO 16
CAPÍTULO 17
CAPÍTULO 18
CAPÍTULO 19
CAPÍTULO 20
CAPÍTULO 21
CAPÍTULO 22
CAPÍTULO 23
CAPÍTULO 24
CAPÍTULO 25
CAPÍTULO 26
CAPÍTULO 27
CAPÍTULO 28
CAPÍTULO 29
CAPÍTULO 30
CAPÍTULO 31
CAPÍTULO 32
CAPÍTULO 33
CAPÍTULO 34
CAPÍTULO 35
CAPÍTULO 36
CAPÍTULO 37
CAPÍTULO 38
CAPÍTULO 39
CAPÍTULO 40
CAPÍTULO 41
CAPÍTULO 42
CAPÍTULO 43
CAPÍTULO 44
CAPÍTULO 45
CAPÍTULO 46
CAPÍTULO 47
CAPÍTULO 48
CAPÍTULO 49
EPÍLOGO
ESCENAS EXTRA
El Amo
Texas
Born to be wild
La venganza llegará en septiembre de 2025.
Mientras tanto...
Título: Born to be free
©Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda
rigurosamente prohibida, sin autorización escrita del autor, la reproducción parcial de esta obra por
cualquier medio o procedimiento, sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros, así
como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público. La infracción de los
derechos mencionados puede ser constituida de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y
siguientes del código penal).
©RachelRP

Primera edición: 2025


Diseño de cubierta: Luce G. Monzant
Maquetación: RachelRP
Corrección: Nia Rincón

Los personajes, eventos y sucesos presentados en esta obra son ficticios. Cualquier semejanza con
personas vivas o desaparecidas es pura coincidencia.

Puedes encontrarme en: www.RachelRP.es


A ti, que eres capaz de soportarlo todo, incluso lo
que nadie ve, porque sabes que naciste para ser
libre.
Advertencia

Esta novela contiene menciones y escenas relacionadas con temas


sensibles como maltrato, secuestro, abuso físico y verbal. Estas situaciones
están presentes en la trama como parte del contexto narrativo, pero en
ningún momento son justificadas, romantizadas ni idealizadas. El
protagonista nunca participa ni promueve estas acciones. Y tampoco son
explícitas.

Si estos temas te resultan perturbadores o podrían afectar tu bienestar


emocional, confío en que tomarás la decisión adecuada para ti.
CAPÍTULO 1
Texas
Llevamos casi una semana en la bodega de este barco. Mi estómago por fin
se ha acostumbrado, aunque a mi alrededor veo o, mejor dicho, huelo que el
de muchas otras no. Apesta. Entre el vómito, el aire estancado y el sudor…
Un asco. De todas formas, no puedo lamentarme, yo elegí estar aquí. No era
el aquí que me imaginaba, pero aun así no me permito quejarme.
Rozo con mis dedos la cicatriz debajo de mi tatuaje de mariposa,
recordando cómo he acabado en este lugar; el resumen es fácil: soy idiota.
No era una chica que estudiara demasiado, aunque tampoco se me daba
mal, pero digamos que no tenía un modelo en casa a seguir, así que
simplemente me limité a divertirme. Todo se fue a la mierda cuando probé
las drogas, eran lo que necesitaba para olvidar que mi vida era un asco. La
primera vez fue a los catorce, y ya no las dejé. No hasta que fue tarde.
Experimenté lo que sienten las personas que han sido revividas y gané una
cicatriz, que fue el botón de reinicio de mi vida. Después de todo, gracias a
eso ahora tenía mi título de Enfermería. Así que cuando necesitaron el
dinero no lo dudé, se lo debía a mi botón de reinicio.
Cuando decidí dar un giro a mi vida y estudiar, procuré concentrarme
solo en el trabajo y los libros. Soy una adicta, lo seré toda mi vida, depende
de mí recaer, y por eso evitaba ciertos lugares; pero cuando lo necesité supe
dónde buscar, donde está la oscuridad, y me adentré en ella sin linterna.
—¿Estás segura? —Me había preguntado el hombre canoso al que acudí
—. No va a ser divertido, abusarán de ti, te golpearán y puede que incluso
te maten, les vas a pertenecer.
En ese momento asentí, rozando mi cicatriz; no tenía dudas, al igual de
que no tengo dudas de que voy a sobrevivir y a salir de ahí. No me importan
los golpes, ya tengo una carrera en ellos gracias a los novios de mi madre.
Los abusos, nada que no pueda manejar; no me han violado, al menos eso
creo, hay recuerdos que he perdido de mi época de yonqui, no será muy
diferente, un paso para un fin, ya estoy acostumbrada a usar mi cuerpo
como moneda de cambio. Lo que sí sé es que he dejado que los hombres
utilicen mi cuerpo para conseguir droga. En cuanto a la muerte, estoy
preparada desde hace tiempo, nadie va a llorar mi pérdida, no tengo amigos,
ni novio, ni siquiera gato; no puedo arriesgarme. Lo que sí que tenía claro
en ese momento, pero preferí callar, es que no iba a pertenecer a nadie, mi
cuerpo sí, sin embargo, mi alma, esa era mía desde que hace unos años
había bajado al infierno y la había rescatado.
Un cuerpo diminuto se revuelve a mi lado, es Nueva York, una rubia
perfecta con cuerpo de modelo y cara de muñeca, un sueño, al menos hace
una semana. Llegó el mismo día que yo, está aterrorizada y, por alguna
extraña razón, me ha elegido a mí para protegerla.
—Nueva York, despierta, ya casi es la hora de la comida. —O eso creo.
—Odio ese nombre, me llamo Carly —me contesta triste y enfadada.
—Ya no. Ahora somos solo carne comprada en el mercado, en el de
Nueva York, el de Texas, Arizona, Boston….
Una lágrima rueda por su cara mientras me mira atenta.
—¿Cómo es posible que estés tan tranquila? Ni siquiera te he visto llorar
una vez, ¿no ves lo horrible que es esto?
—Intento ver el lado bueno de las cosas. —No voy a reconocer que la
situación es una mierda, pero que al menos esa mierda la he elegido yo.
—¿Y puedes decirme qué lado bueno ves? —me pregunta entre irritada y
sorprendida.
—¿Qué es lo peor que te ha pasado en la vida? —inquiero.
Ella se me queda mirando, pensativa. Quizás recordando algún novio que
la engañaba o un vestido que no pudo comprarse, puede que hasta cuando
murió su caballo, tiene pinta de ser una chica de dinero.
—Exacto —suelto sobresaltándola—, ahora todo lo que te ha pasado en
la vida ya no es tan malo, ¿no? —Está claro que la definición de malo ha
tomado un nuevo significado para ella y para todas—. Así que el lado
bueno es que nunca te ha ocurrido nada tan jodido como esto o lo
suficientemente malo como para compararlo. Has tenido una buena vida.
—¿Y tú? —me pregunta, queriendo saber qué era lo desagradable que
había tenido en mi vida.
Simplemente me encojo de hombros y le sonrío.
No sé si se ha quedado contenta con mi explicación, pero no voy a darle
otra.
Nos reparten la comida en unos cuencos, es una masa asquerosa que no
sabe mejor que cartón mojado, aunque al menos es comida. Tras pasar a
recoger los cuencos, toca la ronda con los hombres. Cada día, desde que he
estado en este maldito barco, uno de los que nos vigilan viene, me lleva y
me folla. No es amable y no busca que yo sienta placer, solo es meterla en
caliente. Lo hacen con todas las chicas menos con Nueva York, así que ella
debe ser especial por algo o para alguien.
Siempre he pensado que algo está mal en mi cabeza porque no proceso
las cosas como los demás, cuando estoy con estos cerdos logro que mi
mente vaya a otro lugar y apenas siento siquiera que estoy en el barco.
Supongo que estoy tan rota que ya no hay nada que me haga sentir.
Llega un guardia, el mismo que el segundo día, al menos a este apenas lo
noto dentro, la tiene pequeña y se corre en menos de dos minutos. Patético,
pero mejor que otros que me sudan encima.
—Ves —le digo a Nueva York mientras me levanta el guardia del suelo
donde estoy sentada—, el lado bueno es que a ti no te violan cada día.
Podría ser peor.
—¿Y cuál es tu lado bueno? —me pregunta mientras me alejo.
—Que siempre vuelvo viva.
Como ya sabía, mi transgresión apenas dura cinco minutos. Me tira
encima de una mesa metálica, se baja los pantalones, escupe en su mano
para lubricarse y en unos minutos todo ha terminado. Al menos usan
preservativo, qué detalle.
Cuando me lleva de regreso a mi sitio, Nueva York ya no está. Eso es
raro, a ella nunca se la llevan y desde el primer día permanece sentada a mi
lado.
—¿Dónde está? —me atrevo a preguntar.
La única respuesta que obtengo es un golpe en mi cara que hace que me
tambalee. Genial. Me siento, inspeccionando el lugar, buscando esa melena
rubia que solo ella tiene en este sitio. Yo tengo esa mezcla de rubio y
moreno que parece que no he teñido mis raíces en meses, aunque es natural.
Si hubiera tenido dinero me lo hubiera puesto del color de Nueva York, sin
embargo, había que comer, así que simplemente parezco una callejera,
natural, pero callejera.
Pasa un rato, no sé cuánto, cuando un alboroto se forma al otro lado del
lugar donde nos tienen. No sé por qué, pero me levanto y voy hacia allí.
Ningún guardia me detiene, parece ser que todos están igual de interesados
que yo en saber qué está ocurriendo. El barullo aumenta y pronto puedo
distinguir el sollozo de Nueva York. Intento abrirme paso a través de los
hombres escuchando a la vez la conversación que se está dando junto a ella
mientras dos hombres discuten.
—¡En qué cojones estabas pensando! —grita uno—. Ella no puede ser
tocada por nadie.
—¿Qué la hace tan especial? —pregunta otro.
—Ella tiene dueño, y si se entera de que la has tocado vas a querer
cortarte la garganta antes de que llegue hasta ti.
—Si yo no le pego un tiro antes, ¿no? —alardea el tipo.
Al llegar frente a ellos, veo como uno se inclina sobre otro, dándole un
nombre que no llego a distinguir bien. El color desaparece de su cara. Ha
jugado con la mercancía equivocada. Idiota.
Justo detrás de ellos está Nueva York. Tiene el pelo enmarañado, como si
la hubieran cogido de él para arrastrarla. Su ropa está rasgada y ella está
hecha un ovillo en el suelo, llorando y respirando demasiado rápido. Me
pienso dos veces el acercarme, no quiero que me regalen otro guantazo y
tampoco la conozco tanto, pero finalmente mi instinto de enfermera hace
que me acerque a ella.
—Ey, Carly —prefiero no usar su nuevo nombre para intentar
tranquilizarla—. ¿Estás bien?
Ella levanta la cabeza y puedo ver que su cara muestra un moratón que
empieza a aparecer. El tipo grande no solo ha intentado abusar de ella,
también la ha golpeado. Nueva York me mira, pero sus ojos no me enfocan,
solo puede respirar rápido; si sigue así va a desmayarse por
hiperventilación.
—Carly, venga, mírame, respira conmigo.
Es entonces cuando el que tiene pinta de haberla llevado a ese estado se
da cuenta de mi existencia y viene hacia nosotras. Lanza una patada. Por
instinto, me abalanzo sobre Nueva York para protegerla y recibo todo el
golpe. Ella comienza a gritar histéricamente.
—¡Haz que se calle! —me gruñe el tipo.
—Prueba a no pegarnos, eso ayudaría.
Hace mención de volver a agredirnos, pero varios se le echan encima.
Uno de ellos se agacha a nuestro lado mientras Nueva York no deja de
gritar.
—¿Qué le ocurre? —pregunta, pareciendo genuinamente preocupado, no
sé si por ella o por lo que puede hacerles a ellos su dueño.
—Tiene un ataque de pánico, debemos llevarla a un sitio tranquilo y
hacer que respire correctamente o acabará desmayándose.
—¿Cómo sabes eso?
—Soy enfermera.
Parece que mi explicación es suficiente. Con un gesto ordena a otro
guardia que recoja a Nueva York en brazos. Ella se aferra a mi mano,
muerta de miedo. Yo la aprieto mientras camino a su lado, dándole palabras
de consuelo. No tengo claro si nos llevan a un lugar a tranquilizarla o a
matarnos, pero es un pensamiento que ahora mismo no puedo compartir con
nadie, así que simplemente lo entierro en mi mente.
Tras atravesar lo que parece todo el barco, entramos en un camarote
pequeño con una camilla. Debe ser la enfermería. Depositan a Nueva York
allí, dejándola aún aterrorizada y temblando.
—Haz lo necesario, pero en dos horas ella debe estar bien —dice el tipo
que previamente se ha preocupado, antes de irse y cerrar la puerta del
camarote.
No sé por qué en el plazo de dos horas ella tiene que estar bien, aunque
me da la impresión de que nuestro viaje pronto se va a acabar. Rebusco
entre los armarios de la enfermería mientras un guardia me vigila con la
mano apoyada en su pistola. Si lograra poder ocultar algo de esto para un
futuro sería una victoria, pero no quiero arriesgarme, no aún. Así que dejo
el material quirúrgico y las vendas donde estaban y prosigo.
Tras revisar varias estanterías, por fin encuentro un frasco de un calmante
que conozco, decido aplicarle media dosis para que no quede KO por
demasiadas horas, con esta cantidad simplemente se relajará. Cojo la aguja,
la introduzco en el bote, aspiro el líquido y luego me acerco a Nueva York.
—Ahora voy a darte algo que te hará sentir mejor.
Ella se echa hacia atrás horrorizada, no quiere quedarse inconsciente, no
hace más que mirar al tipo del arma, es el mismo que la traído. No se fía de
lo que pueda ocurrirle mientras descansa.
—No te preocupes, no vas a dormirte, solo te relajarás y, si a este le
parece bien, yo me quedaré contigo en todo momento.
El tipo solo gruñe, así que imagino que eso es un sí.
Parece que Nueva York se tranquiliza un poco y deja que la pinche. El
del arma aparta la mirada.
«¿En serio? Puedes matar y violar mujeres, pero las agujas no te gustan.
Otro idiota».
Nueva York se recuesta del todo. La ayudo a poner bien su ropa y le
tiendo una sábana por encima para que no se le vea nada. Ella me lo
agradece en un murmullo. El sedante le está haciendo efecto. Acerco un
taburete metálico y me siento a su lado, cogiendo su mano entre las mías.
Ella se va relajando hasta quedar dormida, quizás no he calculado bien la
dosis o el hecho de llevar días mal alimentadas hace que su cuerpo sucumba
con más rapidez.
El tipo del arma se pasea de arriba abajo, aburrido. Apoyo mis codos en
la camilla buscando una postura más cómoda, este taburete es una tortura.
No sé el rato que permanecemos así. Nueva York me da un poco de envidia,
está serena y tranquila disfrutando de algo de buen sueño. Estoy tan relajada
que noto como mis párpados van cayendo. No quiero dormirme, pero me
está costando horrores no hacerlo, este silencio, esta paz y el balanceo del
barco no ayudan nada. Cuando creo que finalmente me duermo, el ruido de
la radio del tipo me despierta de un sobresalto. Casi me caigo del taburete.
El tipo armado escucha las instrucciones por el auricular y luego contesta.
Mi cerebro aún está en una bruma, así que no entiendo lo que ha dicho.
—Despiértala, en cinco minutos vendrán a por vosotras —dice,
dirigiéndose a mí en un tono autoritario.
—¿Por qué? Ella necesita descansar.
—Ya hemos llegado a nuestro destino, en un rato conoceréis a vuestros
dueños.
CAPÍTULO 2
Texas
Pues ya está, esto oficialmente comienza, a partir de aquí empieza mi
carrera por sobrevivir y escapar. Espero que Nueva York también, no la
conozco, pero me da ternura; si hubiera tenido una hermana pequeña me
hubiera gustado que fuera como ella. Puede que en otra vida merezca algo
así, en esta desde luego no.
—Nueva York, despierta —le susurro, zarandeándola con suavidad.
Nada.
—Vamos, tenemos que movernos.
Ella se retuerce un poco y se pone de lado.
—Brett, déjame un ratito más, por favor.
Está claro que no está centrada, cree que está con un tal Brett… ¿Su
novio? ¿Su amigo? ¿Su hermano?
—Siento no ser Brett, soy Texas y hay que despertarse.
Como si el oír mi nombre, mi nuevo nombre, fuera un cubo de agua fría,
ella se despierta y se incorpora. Mira a su alrededor, tomando conciencia de
dónde está en realidad. Creo que puedo decir exactamente el segundo en
que se da cuenta de que toda esta situación de mierda es real, ya que algo en
sus ojos se apaga. Qué jodida es la esperanza.
La ayudo a levantarse y ponerse de pie, se tambalea un poco, aún
mareada, pero puede caminar por sí misma. Su ropa es un auténtico
desastre, tiene el sujetador al descubierto y no logra taparse con los jirones
de tela que todavía le quedan. Me da pena, probablemente va a enseñar
mucho más y a mucha más gente a partir de ahora, aunque ella no lo sepa.
Por el momento voy a dejarla vivir feliz en su ignorancia.
Cojo la sábana con la que la había tapado y la rasgo, con un par de
movimientos consigo hacerle una especie de chaqueta-túnica que hace que
no se le vea nada. Ella me abraza en agradecimiento. Un ruido en la puerta
suena y se abre. El que se preocupaba antes por ella está ahí con el arma en
la mano.
—Vamos, ya hemos llegado.
Nueva York tiembla y se queda paralizada, la paciencia no es una
característica que defina a estos hombres, así que la empujo para que
empiece a caminar. Ella busca mi mano y yo no se la niego, no sé cuándo
será la próxima vez que tenga un contacto humano tan cálido.
No nos llevan por el mismo camino de vuelta. Atravesamos un par de
salas y subimos varios tramos de escaleras escoltadas por los dos tipos, el
que nos vino a buscar y el que había estado allí con nosotras. Tras abrir una
puerta, puedo oler el aire limpio, el mar. Tengo ganas de llorar, no me había
dado cuenta de cuánto había echado de menos el aire libre. Nos sacan a la
cubierta, aquí hay muchos más hombres con pistolas aunque ni siquiera nos
miran. Nos movemos por el exterior del barco, que parece un carguero,
pegadas a la barandilla desde donde se puede ver el muelle. El tipo delante
de Nueva York se detiene en seco para dejar pasar a otros que llevan un
cajón pesado. Aprovecho ese momento para mirar con más detenimiento el
muelle.
Hay muchas mujeres en grupos, muchas más de las que había conmigo
en la sala de abajo. Debieron llegar antes que yo al barco porque nunca nos
cruzamos. Es de noche, pero unos focos enormes alumbran la zona como si
fuera de día. Emprendemos la marcha de nuevo. Nos dirigimos a la pasarela
de bajada, es muy larga y debajo solo se ve el agua negra y fría, ni siquiera
sé dónde estamos. Nueva York mira demasiado rato el agua, creo que quiere
lanzarse; no sería buena idea, si muere, lo haría de forma dolorosa, y si no
lo hace, podría querer estarlo una vez que se recuperara.
Unos gritos se oyen a nuestra izquierda. Nos detenemos y veo a un
hombre de traje de espaldas a nosotras chillando a otro tipo que parece de la
tripulación del barco. Dos hombres armados con metralletas flanquean al
del traje.
—¡Dónde cojones está la chica! —grita el tipo—. No es ninguna de estas
zorras. Va a morir mucha gente si no la veo en los próximos cinco
segundos.
Dicho esto, se gira y se queda mirándonos. El tipo es grande, guapo,
moreno y está muy muy enfadado. Sigue observándonos hasta que veo
cómo centra su mirada en Nueva York. «Creo que ahí tienes a tu dueño,
amiga». Terminamos de bajar la pasarela y él ya nos está esperando a los
pies de esta. Aparta al tipo delante de Nueva York y le echa un vistazo de
arriba abajo, no le gusta lo que ve.
—¿Por qué demonios ella se ve así? —pregunta, apretando la mandíbula.
Alguien va a morir esta noche y, la verdad, no me da ninguna pena,
deberían matarlos a todos. Nadie le contesta. Se acerca a Nueva York
cogiendo el rostro entre sus manos, apreciando el moratón que le está
saliendo.
—¿Quién te ha hecho esto? —susurra en un tono dulce que no me
esperaba.
Ella no contesta, está aterrorizada. No sé por qué, pero decido hablar yo.
—Intentaron abusar de ella.
El tipo del traje levanta la vista por encima del hombro de Nueva York,
buscando a quien ha contestado, y nuestras miradas se quedan enganchadas
durante un segundo, ambos callados, sin decir nada.
—¿Quién fue?
Tengo la vida de un hombre en mis manos, sonrío y no dudo en contestar.
—El tipo que estaba en nuestra sala, el del águila tatuada en su brazo
derecho con la bandera de EE.UU. rasgada en su pico.
—Gracias.
Y así firmo mi primera sentencia de muerte, sin embargo, no me siento
mal, no tengo remordimientos, quiero a ese tipo y a los demás muertos.
—Camina —me ordena el hombre que tengo detrás, empujándome para
que comience a andar.
En ese momento veo como una chica echa a correr hacia la zona oscura a
la izquierda de donde estamos nosotros. Empiezan a soltar todos gritos, las
mujeres, por miedo, los hombres, para callarlas. Un guardia alza el brazo y
dispara dos veces al aire. Todas nos agachamos y me lanzo para cubrir a
NY, que se ha quedado paralizada. Si no la llego a empujar, seguiría de pie.
La chica sigue corriendo, mala idea. Justo cuando va a alcanzar la oscuridad
que podría haberla amparado, un tiro atraviesa su espalda y sale por su
pecho, por donde está su corazón. O estaba. Cae fulminada en el suelo, está
muerta antes de tocarlo.
—Vamos —gruñen tras de mí—, no me hagas repetirlo, ¿o quieres correr
la misma suerte que esa? —me dice el tipo, señalando con la cabeza el
cuerpo inerte en el suelo.
Miro hacia donde está la chica, la cual ahora es arrastrada por uno de sus
pies como una muñeca de trapo. No quiero ser la siguiente, así que me
dispongo a ir con él, aunque tengo un problema: Nueva York no me suelta.
Pruebo a intentar quitar su mano con la mía, pero enseguida se agarra a otra
parte de mi brazo. El tipo del arma se está impacientando. El del traje está
al teléfono sin dejar de mirar a Nueva York. Mierda, esta tía va a hacer que
me maten.
—Nueva York, tienes que soltarme, debo irme —le susurro lo más tierno
y calmado que puedo.
Ella niega con la cabeza. Tengo que respirar hondo para tratar de
encontrar las palabras adecuadas que no hagan que me peguen un tiro.
—Creo que esto no es decisión tuya ni mía. Vas a estar bien, parece que
él te aprecia —le digo, señalando al hombre del traje con la cabeza.
—No puedo —susurra Nueva York.
Ella lo mira a él y me mira a mí. Pero sigue sin soltarme.
—Recuerda que siempre hay un lado bueno, solo tienes que encontrarlo.
—No me dejes sola, por favor, moriré sin ti —me suplica, comenzando a
llorar.
No me jodas, va a hacer que me maten con esa actitud caprichosa, en
buena hora dejé que creyera que éramos amigas. Un puño se estrella en mi
cara, no lo he visto venir, y caigo al suelo. Al menos Nueva York me ha
soltado. El tipo del arma ha perdido la paciencia.
—¿Qué parte de camina no has entendido? —pregunta el hijo de puta
mientras esboza una sonrisa.
Me levanto como puedo, un poco mareada por el golpe, y sin dejar de
mirar al tipo del arma. No me cogerá desprevenida de nuevo. Comienzo a
caminar alejándome de Nueva York. Ella comienza a ponerse histérica y a
llamarme. Resisto y no me doy la vuelta, lo hago hasta que oigo como ella
lucha, y me giro. Puedo ver cómo asesta una patada a uno de los tipos con
metralleta que acompañan al del traje y se zafa de su agarre. Y entonces
comienza a correr hacia mí. Mala idea.
—¡Texas! ¡Espérame!
Ella va a morir, lo veo en los ojos del que tengo justo a mi lado, el que
me ha golpeado. Él carga el arma y se dispone a disparar cuando ella llega a
mí. Por instinto, le doy un manotazo que lo hace tambalearse y la bala sale
desviada, lo justo para que no nos dé a Nueva York ni a mí, pero acertando
de pleno en otro de los tipos armados del barco. Muere con la bala en su
garganta. Uno menos.
Creo que puedo sentir un escalofrío recorrer mi espalda cuando el del
traje reacciona. En un instante, se acerca a grandes zancadas al del arma y
sin mediar palabra le pega un tiro entre los ojos. Otro menos.
—Si alguien más quiere acabar así, solo tiene que poner en peligro a la
chica. Venga, ¿nadie? —propone animado—. Dadme ese gusto de acabar
mis balas en vuestras cabezas huecas.
Puedo ver la locura sádica que encierran sus ojos. Me da miedo, es una
persona sin alma y disfruta con ello.
Se acerca a nosotras, y si antes Nueva York me tenía cogida por el brazo,
ahora parece un koala. Está aferrada a todo mi cuerpo.
—¿Quieres que ella venga? —le pregunta el del traje a Nueva York.
Ella sale un poco de detrás de mí y asiente levemente con la cabeza.
—Si no dices nada es que no la quieres, así que vámonos.
Como si la vida le fuera en ello, Nueva York da un salto delante del tipo
del traje y asiente de nuevo. Él la mira, quiere escucharla decirlo. Ella tarda
en entenderlo, pero al final lo hace.
—Sí, por favor.
Apenas se la oye.
—Entonces, ella se viene con nosotros.
Así de simple decide que también voy. No da dos pasos antes de que un
tipo con arma se interponga en su camino. Otro suicida.
—No te la puedes llevar, ella tiene dueño.
Habla de mí. Alguien me había comprado en la subasta, no sé quién, pero
por lo visto ya no era libre de decidirlo.
—Dile al que sea que ella se viene conmigo, lo compensaré —insiste el
tipo del traje, enfadado porque un peón le intenta rebatir una orden.
—Señor, no quiero importunarle, pero alguien ha pagado específicamente
por ella. Quería una enfermera y ha estado mucho tiempo esperando a que
una que le gustara llegara. No creo que la vaya a cambiar.
El tipo del traje me mira, parece que no se cree que alguien con mis
pintas sea una enfermera titulada.
—Está bien, dile a su dueño que voy a llevármela, dejarla no es una
opción. Pero que contacte conmigo, me encargaré personalmente de que
una chica con las mismas cualidades que esta y con mayor belleza le sea
entregada. Aunque tenga que ir a secuestrarla yo mismo.
Vaya, en un momento han cuestionado mi belleza y al siguiente han
planeado meter a una pobre mujer inocente en un lío como este. Y todo
porque yo tengo dueño. Resulta que creemos que debemos seguir las
normas todos por igual en el mundo entero y ahora veo que hay diferentes
mundos y distintas normas para cada uno.
El tipo se lo piensa, pero el del traje saca un fajo de billetes que tira a sus
pies y, por la sonrisa que veo, el mercenario le dará el recado a mi exdueño
encantado.
—Subid al coche —ordena el del traje a la vez que llega un todoterreno
negro brillante.
Nueva York está indecisa. Ha conseguido que yo vaya con ella, pero
ahora no sabe qué hacer con eso, no quiere subir, que yo esté o no da igual,
no hay diferencia, al menos no para ella. Para mí, pronto lo descubriré.
El tipo del traje me coge no muy amablemente del brazo y me retira de
donde está Nueva York.
—Haz que entre y que lo haga porque quiere. Estas aquí por ella, si no
me sirves te pegaré un tiro y buscaré la forma de llegar a ella de otra
manera.
Vale, demasiada información. Nueva York es valiosa. Quiere algo más
que un juguete sexual. Yo soy de ayuda para que eso pase. Si no soy de
ayuda, pues bala en mi cráneo. Me gusta mi cráneo sin agujeros.
Asiento para que vea que lo he entendido y me dirijo hacia mi salvavidas.
—Nueva York, mírame.
Ella alza la vista, tiene los ojos rojos de tanto llorar y puedo ver lágrimas
aún no derramadas en ellos.
—Vamos a subir ahí y nos vamos a alejar de aquí, no quiero que una bala
perdida nos alcance.
—¿Y que nos va a hacer él? —pregunta con miedo.
—No lo sé, pero seguro que es mejor que quedarse aquí. Tú has querido
que vaya contigo y él te lo ha concedido, ¿no? —Ella asiente—. Así que tan
malo no puede ser.
Bueno, si nos olvidamos de los sesos del otro tipo que están esparcidos
por el muelle. Y del agujero en mi cabeza que quiere hacerme. Además del
hecho de que está dispuesto a secuestrar a quien sea para que el tarado que
me compró sea feliz. Malo no es, lo que es un gilipollas.
—¿Y qué pasará cuando lleguemos a donde nos lleve? ¿Nos va a violar?
¿Nos va a pegar? No quiero ir, quiero irme a casa, tengo miedo.
El tipo del traje está empezando a impacientarse, lo noto. Lo miro por
encima del hombro buscando algo de colaboración.
—Trabajareis como empleadas del hogar en mi casa, es por eso que te
traje, necesito a alguien que atienda mi casa y sepa idiomas—explica el tipo
del traje.
Me tengo que esforzar mucho para no rodar los ojos. Eso no hay quien se
lo crea.
—¿De verdad? —No me puedo creer que Nueva York se lo esté
tragando.
El tipo asiente.
Bueno, esta chica es más tonta de lo que yo creía. En serio, alguien es
capaz de secuestrarte, con todos los líos legales que eso implica si te pillan.
Te lleva en un barco a no sé dónde. Por cierto, aún no sé dónde estamos,
pero al menos hablan inglés. Llevan un montón de mujeres más que fueron
vendidas en una subasta y de las cuales han estado abusando todo el
trayecto. Y, ¿de verdad te crees que solo buscaba alguien que le limpie el
polvo? Si no fuera porque quiero salir de aquí y demostrar que soy útil, me
hubiera reído en su cara. «Qué mal lo vas a pasar, Nueva York, cuando te
des cuenta de la realidad en la que ahora vivimos».
Al menos, la estupidez de Nueva York la hace ser feliz en la ignorancia y
sube al coche, yo lo hago detrás de ella, sentándome al lado y mirando al
tipo del traje, que está frente a nosotras. Desde fuera no parecía tan grande,
pero este todoterreno es tan amplio que tiene espacio suficiente para que
haya asientos enfrentados en la parte trasera.
—¿Puedo preguntar dónde estamos? —Tengo curiosidad y no parece una
cuestión por la que me vayan a golpear, creo.
El del traje me mira y contesta.
—Estáis en Irlanda, bienvenidas a vuestra nueva vida.
CAPÍTULO 3
Texas
Como cada mañana, me dirijo al despacho del amo. Desde el primer día me
obliga a llevarle información de Nueva York antes de que ella despierte.
Hace unos diez días que estamos aquí y aún no sé su nombre, siempre me
hace llamarlo «amo». Hasta el momento todo ha sido muy raro, nos han
instalado en una habitación juntas, que dudo mucho sea como la de las otras
sirvientas de la casa. Nos pasamos el día limpiando el polvo y haciendo
coladas, claro que yo me cargo la mayor parte del trabajo porque no quiere
que Nueva York se canse y a ella le parece genial ordenarme como si
estuviera bajo su mando. Por mí, bien. Mientras ese sea todo el sufrimiento
que voy a pasar me parece perfecto. Ella sigue sin darse cuenta de nada,
vive como en una nube rosa en que cree que estuvo en el sitio equivocado
en el momento equivocado y que, de algún modo, va a regresar pronto a
casa. Ilusa. Ni siquiera nos dejan pisar el jardín sin uno de esos matones
armados vigilando.
Podría decir que se siente segura, sabe que nadie la va a tocar. Yo, sin
embargo, no he dejado de notar cómo nos miran los hombres y cómo
arrastran a otras sirvientas a un rincón apartado. Hace dos días entré a una
habitación y vi como una de ellas limpiaba una estantería de libros, uno a
uno, mientras uno de los tipos armados la estaba follando por detrás. Ella no
decía nada, era como si realmente no estuviera pasando. Me dio escalofríos
la escena y me da escalofríos recordarlo. De momento a nosotras no nos
tocan, a Nueva York porque el Amo la quiere, a mí porque todavía le soy
útil, o eso supongo.
Me paro frente a la puerta del despacho y toco dos veces, como cada
mañana.
—Adelante —se oye desde dentro.
Paso y me detengo en la puerta al ver al Amo detrás de su escritorio de
madera enorme hablando con un tipo sentado en una butaca delante de él.
He visto a ese hombre antes en la casa, y sé que él también me ha visto,
siempre se me queda mirando de una manera extraña. Aún no sé si me da
miedo. Cuando en tu vida has visto tantos monstruos, uno más ya no te
asusta.
—Pasa y cierra —me ordena el Amo, y yo lo hago.
El tipo que me mira raro se levanta de su asiento y me lo ofrece, como si
yo fuera una dama en una reunión de alta sociedad. Es extraño. Miro al
Amo, que me indica que puedo sentarme.
—¿Y bien? —me pregunta el dueño de mi vida, por ahora.
Miro al raro, siempre estamos solos cuando le hablo de Nueva York, así
que no me siento cómoda comentando cosas delante de él. Se me debe notar
en la cara porque el tipo raro saca su móvil y se disculpa para hacer una
llamada que no sé si tenía que hacer, pero se va al otro lado de la habitación
enorme, lo que nos da algo de privacidad.
—Nueva York sigue dormida, esta noche apenas ha llorado, creo que va
empezando a entender que no hay mucho que hacer. —Cada día se pasa las
noches sollozando y eso impide que durmamos ella y yo, como si lloriquear
arreglara algo. Y eso que ni siquiera es consciente de la mierda en la que
estamos metidas.
—¿Cuándo crees que estará lista para entender que ella es mía? —me
consulta el Amo, impaciente.
Menudo gilipollas arrogante.
—No lo sé, no es algo que vaya a aceptar fácilmente. En su vida anterior
no tenía ningún novio, así que por ese lado es más fácil, porque no hay
nadie que olvidar. Pero, por otro lado, la has arrancado de todo lo que
conocía, de su vida, y la has traído aquí…
—¿Qué tiene de malo este lugar? —me pregunta medio enfadado.
Estoy por decirle que si le falta algún verano, pero prefiero callarme y
seguir medianamente bien en este sitio.
—Hay guardias armados por todos lados, no podemos dar un paso sin
que uno nos vigile. Y ella aún no se ha dado cuenta, pero el que ellos
puedan abusar de las chicas en cualquier rincón no hace de este sitio un
lugar encantador.
—¿Alguien le ha dicho o hecho algo? —inquiere con su mandíbula
cuadrada tensa.
—No, pero es cuestión de tiempo que Nueva York abra la puerta
equivocada y encuentre una escena poco agradable.
El Amo se calla durante un momento, mientras piensa qué hacer o que
más preguntarme. Yo sigo sentada con las manos juntas en mi regazo. Las
conversaciones que mantenemos son un poco toscas, como si estuviera
recitando la lista de los presidentes de Estados Unidos sin emoción, sin
ningún sentimiento. Puede parecer que estoy vendiendo a Nueva York a este
tipo, prácticamente me pide que sea su alcahueta, pero tal y como yo lo veo,
lo único que hago es conseguir que no sea violada manteniendo el interés de
este pirado en ella.
Pensar así me hace sentir mejor algunas veces.
—Estoy perdiendo la paciencia.
Lo dice, no solo por ella, sino también por mí. Yo aquí solo soy necesaria
porque Nueva York me ha hecho necesaria. Tengo que darle algo.
—¿Qué le parece, Amo, si mañana por la noche cenan juntos?
Lo suelto sin pensarlo demasiado, ni siquiera sé cómo voy a hacer eso,
apenas se han cruzado desde esa noche en el muelle.
El Amo se recuesta en su sillón detrás del inmenso escritorio con las
manos cruzadas.
—¿Y cómo lograrías eso? —me pregunta intrigado.
A mí también me gustaría saberlo, pero vayamos con un problema a la
vez.
—Eso es cosa mía.
Él me mira frunciendo el ceño, no le ha gustado mi tono.
—Amo —concluyo para que quede claro que él está al mando.
Esto de tener polla debe ser agotador, todo el día intentando demostrar
quién la tiene más grande.
—Está bien, Texas, mañana por la noche ella y yo cenaremos en el
comedor principal.
—¿Podría ser en un lugar menos amenazador? —pregunto, sabiendo que
el gran comedor principal daría miedo de noche para estar a solas.
El Amo sopesa mi pregunta y creo que me entiende.
—De acuerdo, prepararé la biblioteca, ¿te parece un lugar menos
inquietante?
—Puede funcionar.
Y, sin más, hace un gesto con su mano para que me retire.
Me levanto de mi sitio y al girarme me doy de bruces contra el tipo raro
al teléfono. Me sujeta del brazo para evitar que caiga y me mira a los ojos
buscando algo. No sé cómo explicarlo, pero me siento desnuda ante él,
nadie me ha observado así antes. Me aparto y salgo de ahí con rapidez. No
tengo claro qué ha sido ese momento, no obstante, no voy a quedarme para
averiguarlo. Antes de terminar de cerrar la puerta, escucho algo que dice el
tipo raro que me deja confusa.
—Tenemos que hablar de la chica.
Pero no sé a qué chica se refiere.
CAPÍTULO 4
Texas
Salgo con paso ligero hacia nuestra habitación. Está en la planta de arriba
en el ala principal, a diferencia del resto de criadas, que duermen en unos
cuartos en el sótano. No los he visto, pero se accede a ellos a través de la
cocina, cada noche las meten allí y algún guardia se cuela. No sabría decir
si duermen todas juntas o si tienen habitaciones separadas, aún no he
podido hablar con ninguna de ellas; nos miran, sin embargo, no responden
cuando les hablamos.
Cuando llego al cuarto, Nueva York está despierta sentada en la cama y
mirándome, me estaba esperando.
—¿A dónde has ido? —me pregunta, abriendo esos enormes ojos azules.
Incluso despeinada puede parecer una muñeca.
Los moratones de nuestro viaje ya han desaparecido, así que ahora
vuelve a lucir una piel blanca de porcelana frente a la mía olivácea de
campesina.
—Tenía que ir un momento donde el amo.
Ella se tensa, eso no es bueno, le tiene miedo. Mañana por la noche
deben estar cenando juntos y ni siquiera puede oír su nombre sin
estremecerse.
«Vamos, piensa, piensa cómo hacerlo».
Voy a mentirle, no solo está su cabeza en juego, también la mía. Además,
no somos amigas, hemos coincidido por que las circunstancias así lo han
querido, de otra manera no hubiéramos cruzado palabra jamás. De hecho,
ha pasado de que me gustara tener una hermana como ella a me cuesta
tolerar lo malcriada que está. No solo no ayuda con las tareas que se nos
asignan, sino que además me supervisa como si fuera su criada. No,
definitivamente no me gusta la persona que es.
Según me ha contado ella, en Nueva York era la reina de las fiestas y de
la alta sociedad. Ha salido en todas las webs de escándalos de famosos y sus
padres deben verla más como un dolor de cabeza que como una hija. Lo que
no sé es cómo ha hecho el Amo para hacer desaparecer a una persona así y
que nadie la busque. O quizás sí la están buscando, pero encontrar este sitio
debe ser como hallar una aguja en un pajar de noche y con las manos atadas
a la espalda.
—Escúchame atentamente, Nueva York. —Tuerce el gesto, no le gusta
ese nombre—. El Amo me ha contado algo que hará que veas toda esta
situación de manera diferente.
—No creo que eso pase.
—A ver cómo te lo explico. —Espero contar una buena mentira porque
tiene que tragárselo—. El Amo no te ha secuestrado como tal, sino que te ha
rescatado de ser secuestrada.
Nueva York alza una ceja.
—Me ha contado que tu padre lo contrató para que cuidara de ti. Hay
gente poderosa que quiere evitar que tu padre se presente a Senador, y tú
eres un arma perfecta para conseguirlo.
Nueva York me mira callada.
—Hace casi un mes tu padre recibió una serie de amenazas, como
hombre de negocios rico y poderoso no eran las primeras ni las segundas.
Puso a su equipo de seguridad en marcha y se despreocupó. Pero hace como
quince días la amenaza que llegó fue sobre ti. Iban a hacerte daño. Así que
contrató al amo.
Tomo aire para que asimile mis palabras.
—Orquestaron tu desaparición de forma que nadie supiera dónde estabas
para que no pudieran llegar a ti.
—¿Por qué no me dijeron nada? —me pregunta, dudando de mi historia.
—Porque no podías saberlo, debía parecer ante los ojos de todos los que
te vieran que estabas siendo secuestrada y vendida. De eso iba la amenaza
que llegó a tu padre. Decía que te harían desaparecer y vivir una vida de
vejaciones y palizas si tu padre no dejaba el cargo.
Nueva York está pensando, espero que se lo esté creyendo.
—¿Y mi padre permitió que los tipos que nos secuestraron me pegaran?
—pregunta dudando.
—Por supuesto que no, eso fue cosa de los idiotas que nos llevaban, ya
viste que a ti no te hicieron lo que a las demás.
Y así había sido, salvo por el gilipollas que quiso forzarla y que tiene una
bala en su cerebro en estos momentos.
Parece, por sus gestos, que la historia le va cuadrando. Ella es una chica
de dinero, nunca le ha encajado que la tomaran para vender como una
vulgar yonqui de la calle a la que nadie echaría de menos.
—¿Y por qué no me dijeron nada hasta ahora? ¿Por qué hacerme pasar
por sirvienta? Y tú, ¿qué papel juegas en todo esto?
Vaya, sí que tenía preguntas. A ver si no me lío y la cago.
—No te dijeron nada porque tenían que asegurarse antes de que la
información de que habías sido vendida como esclava llegara a las personas
adecuadas, no puedo decirte más sobre eso porque no se más. En cuanto a
por qué decírtelo ahora, según me ha contado el Amo es porque aquí ya
estás a salvo y no tienes por qué vivir como una sirvienta. Si no entendí
mal, mañana por la noche quiere cenar contigo para confirmar que ya está
todo solucionado.
—¿Así que podré volver a casa? —me pregunta esperanzada.
—No, todo solucionado aquí. Allí todavía pueden hacerte daño,
seguramente debas pasar en este sitio una temporada, eso te lo dirá mañana
el Amo mejor.
—¿Y tú qué papel juegas? —me insiste.
—Yo realmente sí que había sido secuestrada y vendida, digamos que tú
me salvaste.
Nueva York se levanta de la cama y anda por la habitación, pensando en
mis palabras. Yo mientras repaso la historia a ver si todo cuadra y encaja o
si he metido la pata en algún momento.
—Entonces, ¿ya no tengo que limpiar la casa? —me pregunta con las
manos en sus caderas.
—Eso es, hoy todavía sí, por lo visto le queda una última comprobación
que hacer antes de estar seguro de que aquí puedes estar sin peligro alguno.
Por eso mañana quiere cenar contigo y contarte todo.
—¿Y por qué no me lo ha dicho él personalmente?
—Está claro que le tienes miedo, si él te hubiera dicho que cenarais a
solas, ¿hubieras aceptado?
—No creo.
—¿No crees? —pregunto, sorprendida de que no se niegue
rotundamente.
—Bueno, no puedo decir que no sea guapo. Y, aunque me da algo de
miedo, siento una atracción por él…
Y así de fácil mi vida se ha vuelto mucho más sencilla ante esta
confesión. Si el Amo no le resulta indiferente, no va a ser difícil lograr que
ella lo acepte. Aún no me queda muy claro qué es exactamente lo que siente
el Amo por ella, pero en lo que a mí respecta, voy por buen camino. Si
logro que estén juntos, será más fácil poder salir de aquí.
Tras esta charla, Nueva York se prepara para afrontar las tareas del día.
La noto más relajada, más tranquila. Se ha tragado todo lo que le he dicho.
Creo que si fuera normal me sentiría mal por mentirle, ella confía en mí,
pero mi yo actual no es estándar, mi mente está rota, lo que me da es pena
por ver cómo se cree estas tonterías con tanta facilidad y, si soy sincera,
también me da envidia. Si me ha creído sin dificultad es que en su vida no
ha habido tanta mentira, engaño y desilusión, al menos no como en la mía.
Ojalá pudiera ser feliz viviendo en la ignorancia de quien ha tenido una
infancia feliz.
CAPÍTULO 5
Texas
La noche llega y otro amanecer, aquí mis días pasan casi sin cambios.
Ya es media mañana cuando voy a por la ropa de la lavadora para
tenderla. Nueva York me espera fuera, le encanta estar bajo el sol y, por
supuesto, la parte de cargar con el peso de la ropa no es su tarea favorita. El
Amo tampoco quiere que lo sea, así que ni siquiera hay que ver quién va a
por ella, simplemente le aviso y voy. Paso por la puerta lateral del jardín y
oigo voces en una de las salas, es la del Amo y la del tipo raro, aún deben
de estar juntos. Camino lo más rápido que puedo sin mirar dentro para
evitar ser vista. Llego hasta el final del pasillo, tuerzo a la izquierda y entro
en la puerta del fondo. Sinceramente, quien decidió que aquí estaría la
lavadora no la ponía muy a menudo, ¿puede estar más lejos y más
escondida?
Compruebo las tres lavadoras y veo en el display que les quedan más o
menos cuatro minutos a cada una. Cojo la cesta del armario para vaciar las
lavadoras en ellas y llevar la ropa fuera. Oigo la puerta y me giro,
esperando encontrar a Nueva York que viene a ayudarme. Pero no es ella.
—Hola, Texas —me dice el tipo grande que tengo delante.
No sé cómo se llama, solo que es uno de los guardias que nos vigila
desde que llegamos. Me saca dos cabezas y tres espaldas. La camiseta negra
que usa parece una talla más pequeña de la que debería llevar. Yo me apoyo
contra las lavadoras y me quedo quieta, observándolo. No me gusta cómo
me mira.
—Ahora vas a permanecer callada —dice, sacando su arma y apoyándola
en la silla al lado de la puerta— mientras meto mi polla en tu boca.
Parece que mi semana tranquila ha acabado.
—Vas a ser buena y no gritar, ni llorar ni mucho menos hablar de lo que
va a pasar —sigue diciendo mientras se desabrocha los vaqueros y saca esa
cosa fea de sus pantalones.
Admitámoslo, ningún tío es bonito de ver de cintura para abajo, con esa
cosa colgando que te apunta y esos pelos locos, arggghhh.
Cuando se da cuenta de que yo no voy a acercarme, lo hace él. Me
hubiera subido encima de la lavadora para evitar el contacto, pero me coge
del pelo, me pone de rodillas y se introduce de golpe dentro de mi boca.
La primera arcada no tarda en llegar, creo que lo nota y, lo que es peor, le
gusta. Comienza a moverse dentro de mi boca diciendo cosas por lo bajo
que ni oigo ni quiero hacerlo. No entiendo qué ha pasado, por qué ahora el
Amo permite que me hagan esto, ¿se habrá enfadado por mi tono de esta
mañana? No lo entiendo…, o quizás lo esté haciendo sin que el Amo lo
sepa… me ha dicho que no grite… me ha dicho que no lo cuente…
Noto como esa cosa crece dentro de mi boca, no sé cómo sucede
realmente, pero en el momento en que mi cerebro se da cuenta de que ese
tipo está haciendo esto sin permiso del Amo, cierro mi mandíbula. Y él
grita. Y noto el sabor metálico de la sangre. Sonrío mientras me suelta,
empotrándome contra la lavadora. El golpe en la cabeza me atonta un
momento, pero cuando veo la puerta detrás del tipo grande, que ahora está
retorciéndose, me levanto y corro.
—¡Hija de puta! —lo oigo gritar mientras abro y me precipito por el
pasillo.
Miro un segundo hacia atrás para ver si me sigue. Está en la puerta
apoyado, con una mano se agarra la entrepierna, con la otra el arma. Joder.
Choco contra alguien y casi me caigo, pero me sujeta por el brazo, como ya
hizo por la mañana; es el tipo raro.
—Retén a esa zorra hasta que llegue —oigo detrás mío. Y tiemblo.
El tipo raro mira por encima de mi hombro y me mira a mí. No dice
nada. Creo que aún no lo he oído hablar.
Vuelve a mirar encima de mi hombro y vuelve a mirarme a mí.
Está atando cabos. Coge mi cara entre sus manos y con el pulgar aparta
una gota de sangre que resbala por mi cara.
—Voy a meterte el arma por el culo y disparar hasta que me canse —oigo
tras de mí muy cerca, demasiado. Pero no proviene del guardia sino del
¿Amo?
Lo siguiente que sucede no me lo esperaba. El tipo raro me estrecha con
una mano contra su pecho y con la otra le dispara en la cabeza al señor pene
mordido.
—A ella no se la toca.
CAPÍTULO 6
El Amo
Keanan y yo hemos estado hablando de Texas toda la mañana. Después de
que ella se fuera de mi despacho tras darme el parte diario sobre Nueva
York, hemos repasado los informes que he podido reunir esta semana sobre
ella. Traerla no estaba dentro de mis planes, pero fue la única posibilidad
que vi para que Nueva York accediera a venir conmigo.
La primera vez que vi a mi chica fue en una fiesta benéfica, lucía un
precioso traje blanco con el que parecía un ángel. Sus perfectos rizos rubios
y sus profundos ojos azules me hicieron creer que estaba teniendo una
visión celestial. Fue su sonrisa la que firmó su sentencia, iba a ser mía, lo
decidí en ese momento. Texas, por el contrario, es más tosca, no es tan
delicada. No hubiera pagado por ella ni un euro, no al menos cuando la vi
bajar de ese barco.
Al día siguiente de llegar fue cuando Keanan vio a Texas. Se la quedó
mirando de manera extraña, aunque con todos esos golpes en la cara no se
podía apreciar si era bonita o no, así que no sé qué veía. Tampoco quiso
decírmelo. Él sabía que en el momento en que decidí que Texas también
venia, había mandado que la investigaran y me dieran toda la información
sobre ella. Keanan solo me dijo que cuando tuviera toda la información me
lo contaría. Confío en él, si fuera algo que pusiera en peligro a mi
organización o a mi familia me lo habría dicho de inmediato. Así que
cuando anoche le avisé de que ya tenía los informes, me dijo que a primera
hora estaría en mi despacho para hablar. Y así ha sido, tan a primera hora
que incluso ha venido antes que Texas.
—No tiene sentido —murmura Keanan, sirviéndose una copa en una de
las salas de la planta de abajo, el despacho no tiene los licores que a él le
gustan, así que trasladamos la reunión allí.
Además, el lugar tiene unas cristaleras que me permiten saber si hay
alguien cerca queriendo escuchar lo que no debe.
—Ya sabes que ella no es Karen Parrish. Cuando la secuestraron llevaba
ese nombre en su identificación, pero lo han comprobado. Sí que existe una
Karen Parrish en Texas, es una administrativa de cincuenta años que trabaja
en el hospital Saint Peter´s. Cerca de donde la secuestraron.
Anoche, cuando leí el informe, yo tampoco podía creerlo. Según los
papeles que tenía delante, esa chica no era Karen Parrish. Cuando la
secuestraron en un callejón cerca del hospital llevaba su bolso y en él la
documentación donde decía que sí era ella, pero era un carnet falso. Su foto
sí que era la del carnet, aunque todo lo demás no coincidía con ninguna
persona real, no al menos con esa edad o esa apariencia. Pedí a mis chicos
que indagaran sobre personas desaparecidas de la zona, pero nada.
Ampliamos el radio de búsqueda a la ciudad, aun así, no encontraron nada.
Incluso al Estado, y nada. La chica que tengo viviendo bajo mi techo desde
hace más de una semana es un fantasma.
—Entonces, ¿quién demonios es? —se pregunta Keanan, mirando su
vaso de licor.
Lo veo girarse cuando una de las chicas pasa por delante de la cristalera.
Un momento después se da la vuelta de nuevo, esta vez con cara de no estar
seguro de lo que ha podido ver.
—¿Has visto pasar a alguien? —inquiere, apuntando hacia la puerta.
—Sí, una de las chicas del servicio, no sé cuál.
—Texas, ella ha pasado. Digo después.
El cómo pudo saber que era ella es un misterio para mí, pero Keanan es
conocido por tener ojos en la espalda.
—No he visto nada más.
Keanan me mira y mira de nuevo hacia la puerta, seguro de haber visto
algo, pero molesto por no saber el qué.
—¿A dónde vas? —le pregunto mientras sale de la sala.
Me echa un vistazo, pero no dice nada, así que simplemente lo sigo en
silencio. Giramos hacia el pasillo del cuarto de lavadoras y entonces oímos
un grito de hombre.
—¡Hija de puta!
Y acto seguido, Texas sale de una de las puertas corriendo directamente
hacia nosotros, ni siquiera nos ve, está revisando si la siguen. No se percata
de que estamos ahí hasta que choca contra Keanan. Él la mira de arriba
abajo. Desde donde estoy puedo verla bien. Lleva el pelo despeinado y una
gota de sangre sale de su boca, pero no parece suya, no se ve ningún golpe
desde donde estoy.
Es entonces cuando uno de mis hombres, uno de los que servía a mi
padre, sale de la misma habitación que Texas, lleva la mano en su
entrepierna y tiene un arma en la otra, apuntando hacia nosotros. Toco el
arma que siempre llevo encima para asegurarme de que está ahí. Mi instinto
me hace sacarla.
—Retén a esa zorra.
Thomas, creo que se llama así, llega hasta donde están Texas y Keanan.
Puedo ver la rabia en sus ojos. Si falla, nos puede alcanzar a mi mejor
amigo o a mí.
—Voy a meterte el arma por el culo y disparar hasta que me canse —
siseo cabreado, me jode mucho que me disparen, duele de cojones.
Parece que no me oye. El arma apunta directamente a la nuca de Texas.
Ella está ajena, ya que Keanan la tiene sujeta con ambas manos agarrando
su cabeza para que no la gire. En un movimiento rápido, Keanan saca con
una mano su arma y con la otra estrecha a Texas contra él mientras dispara.
Un solo tiro. Keanan nunca falla.
—A ella no se la toca.
Keanan respira agitadamente, aún tiene a Texas sujeta contra él por la
nuca. Me acerco y le toco el brazo para que baje el arma. Lo hace y se
separa un poco para volver a mirar a Texas. Ella lo mira, me mira a mí y
vuelve a mirar al hombre que la perseguía. Ahora está muerto en el suelo y
con los sesos esparcidos por buena parte de mi pared. Genial.
—¿Estás bien? —pregunta Keanan a Texas.
Esperaba verla llorar o gritar o entrar en shock, no sé, algo. Pero no, se
gira, mira el cadáver de nuevo, vuelve a mirarnos y limpiándose la gota de
sangre de la boca juro que la oigo murmurar:
—Uno menos.
Creo que si hubiera visto un unicornio tocar el arpa me habría
sorprendido más.
—¿Texas? —oigo la voz de mi Nueva York al final del pasillo.
—Mierda —susurra Texas, comenzando a avanzar para llegar a ella.
La detengo por el brazo mientras le grito una orden a Nueva York; no me
gusta levantarle la voz, pero no quiero que venga hasta aquí y vea el
destrozo que hay.
—Quédate ahí, Nueva York, necesito decirle algo a Texas. —Oigo como
sus pasos se detienen.
Espero unos segundos hasta que estoy seguro de que no está acercándose
más.
—¿Qué ha ocurrido, Texas? —le pregunto mientras ella se recoloca el
pelo. Tiene una melena salvaje, no como la de Nueva York.
—Nada, Amo —me contesta sin mirarme. La obligo a hacerlo levantando
su barbilla. Keanan me observa atento desde detrás de ella.
—Contéstame.
Respira, me mira y veo en sus ojos que quiere decir algo, pero no sabe si
hacerlo.
—Nada que no supieras que ocurre, Amo —responde finalmente.
Su tono de voz descuadra con sus sumisas palabras.
—Nadie puede tocaros a Nueva York o a ti, así que te lo volveré a
preguntar. ¿Qué ha ocurrido?
Veo la sorpresa en sus ojos.
—El señor sesos fuera decidió que mi boca iba a ser su parque de recreo.
Yo decidí que no.
Así que mis suposiciones eran ciertas. Ha intentado abusar de ella y ella
se ha defendido. Sonrío, me gusta que tengan carácter. Él desobedeció mi
orden, así que ha tenido su castigo.
—Amo, si me da su permiso, quiero volver con Nueva York, podría
sospechar de que algo no anda bien.
—¿Ya la has convencido para que cene conmigo esta noche? —le
pregunto, casi rezando que me diga que sí.
—Sí, ya está, he tenido que mentir, pero no creo que importe, ¿no?
—¿Qué le has dicho?
—Que su secuestro lo ha mandado su padre, se va a presentar a Senador
según me contó ella misma, así que aproveche la información. Le dije que
esto era la forma de protegerla que tenía su padre, que tú eres el jefe del
equipo de seguridad y que ella estará aquí como invitada y no como criada,
¿o me equivoco?
—No, no te equivocas.
Otra vez me sorprende la manera en que ha llevado esto, pensé que le
costaría más convencer a Nueva York. Keanan sigue mirándonos serio y
quieto, no sé si intenta decirme algo, pero cuando Texas está cerca actúa
raro. Es como un accidente de coche, no puedes dejar de mirar.
Texas se suelta con un leve gesto y cuando noto que ya no estoy en
contacto con su piel, me molesta. La veo irse hacia donde Nueva York la
está esperando.
—Texas —le digo un poco más alto de lo que me gustaría y con voz de
orden—, esta noche tú también vendrás a la cena.
Ella se gira y me mira ladeando un poco la cabeza.
—Sí, amo.
La veo desaparecer y llamo a los de limpieza para que arreglen este
desorden.
—¿A que venía eso de la cena? —me pregunta Keanan, acercándose sin
dejar de mirarme.
—Quiero saber quién demonios es Texas.
—Entonces, esta noche también estaré yo —afirma, no pregunta.
CAPÍTULO 7
Texas
Es extraño lo que ha ocurrido esta mañana. El amigo raro del Amo mató a
un tipo por mí. Fue todo muy rápido, en un momento tenía su polla en mi
boca y justo después, sus sesos decoraban la pared. Que se joda. Luego el
Amo me detuvo y me miró a los ojos buscando algo, ¿miedo? ¿Pena?
¿Culpabilidad? No sentía nada de eso por muy raro que le pareciera a él.
Me ha invitado esta noche a su cena privada con Nueva York, espero que no
esté pensando en un trío porque no es lo mío, al menos no con dos mujeres.
El Amo nos ha preguntado qué queríamos llevar esta noche y Nueva York
no para de hablar de ello. No sé cuántas veces he oído que espera que el
vestido que le pidió esté disponible. Es de un diseñador famoso que ni
conozco. Rojo. Con tacones de Manolo Blanik. Si vuelvo a oír algo sobre
moda una vez más, juro que voy a asesinarla.
—¿Crees que le gustaré de rojo? —me pregunta Nueva York.
Parece ser que mi pequeña mentira ha hecho que vea al Amo de otra
manera. Me encojo de hombros en respuesta. Esta noche va a ser larga, muy
larga.
CAPÍTULO 8
El Amo
Llevo todo el día esperando a que sea la hora de la cena. He habilitado la
biblioteca para hacerlo en ella. Es una habitación más íntima que la sala
donde tenía pensado que cenáramos, pero Texas tiene razón, esa estancia es
muy imponente para solo dos personas. Bueno, cuatro, Keanan y Texas
también estarán ahí.
Voy a reconocer que me gusta esa chica. No la he visto llorar en ningún
momento, ni parece estar triste, al contrario, si la miras a los ojos ves
determinación en ellos. No es de extrañar que el tipo que la compró la
quiera de vuelta, cosa que no va a suceder, Texas ahora es mía. Pero
entiendo por qué la quiere.
Keanan tiene un rollo raro con ella. Aún no me ha dicho qué es
exactamente, pero no deja de mirarla. Quizás le haya pasado como a mí con
Nueva York.
Nueva York. Prefiero ese nombre al que le pusieron en la vida en la que
yo no existía. Sonrío y pienso en ella de nuevo, en Nueva York.
Estoy deseando verla en el vestido rojo que me pidió. Y en esos tacones.
Solo de pensarlo se me pone dura.
—Aquí estás —oigo decir a Keanan detrás mío mientras me sirvo un
whisky del carro de bebidas que he mandado traer a la biblioteca.
—¿Quieres uno? —inquiero, sabiendo que su respuesta va a ser que sí.
—Eso ni se pregunta. —Sonríe—. ¿Vas a hacer una fiesta infantil?
Se burla viendo un bol de ositos de gominola.
—Esto es cosa de Texas, he mandado preguntar qué querían en especial
para hoy y ella ha pedido esto.
Keanan sonríe y mira hacia la puerta.
—¿Dónde están?
—Ahora bajarán.
No sé qué me sorprende más, si la impaciencia con la que suena o el que
le dé igual que se note.
Como si las hubiéramos convocado, se oye un leve golpe en la puerta y
esta se abre lentamente dando paso a las chicas. La primera en entrar es
Nueva York. Dejo de respirar durante un segundo. Está simplemente
espectacular. El vestido rojo le queda como un guante. Muestra sus curvas y
sus tetas, y, joder, qué tetas. Tengo que respirar hondo para no alzarla
agarrándola de ese perfecto culo y follarla contra la pared. Ya estoy duro y
no ha pasado más de un minuto.
Va a ser una noche muy larga.
Mira en mi dirección y me sonríe tímidamente, aunque con un punto
coqueto, ¿es eso posible? Estos días atrás apenas podía estar cerca sin que
ella temblara. Texas está haciendo bien su trabajo.
Texas es la siguiente en entrar. Me sorprende. No me he interesado por lo
que ha pedido llevar a la asistente que les envié más temprano. Tampoco es
que me la hubiera imaginado de alguna manera, pero verla entrar en unos
sencillos vaqueros ajustados, camiseta negra con escote en V y unas
deportivas me ha sorprendido gratamente. No intenta impresionar a nadie.
Chica lista.
—Bienvenidas, señoritas, estáis espectaculares, en especial tú —digo,
atrapando la mano de Nueva York y besándola.
Por el rabillo del ojo puedo ver como Texas rueda los ojos. Sonrío.
Keanan hace lo mismo que ella y tengo que contener una carcajada.
Les indico que se sienten en la mesa redonda que está en el centro de la
biblioteca y lo hacen, quedando Texas junto a Nueva York, yo a su lado y
Keanan entre Texas y yo.
—Texas ya me contó lo que realmente había ocurrido conmigo —
comienza a hablar Nueva York—; ya me parecía a mí que esto no podría
pasarme, no soy una mujer a la que secuestren tan fácilmente, soy una parte
importante de Upper East Side.
Keanan me mira frunciendo el ceño, le hago un gesto para que lo deje
pasar. Tendría que haberle explicado mejor la situación porque a pesar de
que estaba delante cuando Texas me habló de la mentira me parece que no
lo ha entendido del todo. Keanan va a preguntar algo que seguro arruinará
la noche.
—Así es —confirma Texas mirando a Keanan—, ya le expliqué a Nueva
York que el Amo solamente está protegiéndola de gente que quiere llegar a
su padre, que va a ser Senador, a través de ella.
Texas interviene para facilitarme la vida.
—Entonces —prosigue Nueva York—, si no he entendido mal, estoy aquí
en calidad de invitada y no tengo que volver a trabajar en el servicio, ¿no?
—Eso depende de si ha podido arreglarlo todo el Amo, solo él te puede
dar la última palabra en ese caso.
Nuevamente, Texas me ha dado una salida, pero no la necesito. Quiero a
Nueva York dirigiendo esta casa, no limpiándola.
—No te preocupes, Texas, ese asunto está arreglado y Nueva York está
en lo cierto, ya no tendrá que trabajar en el servicio.
Nueva York me sonríe tan ampliamente que me da un vuelco el corazón.
—Tráeme agua, Texas —pide Nueva York con un tono que no me gusta
demasiado cuando lo escucho.
Echo un vistazo a Texas, se muerde el labio para no hablar. Me observa
un instante y se levanta para ir a buscar el agua. Keanan se levanta y la
sujeta de la muñeca mientras mira en mi dirección, negando con la cabeza.
Interesante.
—No será necesario, Texas, hoy estáis aquí ambas en calidad de
invitadas. Enseguida vendrán a servirnos.
Nueva York hace un pequeño puchero con sus labios. Texas se sienta,
tirando de su mano contra ella mientras le da una dura mirada a Keanan.
Parece que no le tiene miedo. Raro.
—Cuéntame un poco más de ti, Nueva York —le pido, dejando claro que
es el centro de atención. Una mujer como ella siempre debería serlo.
Comienza hablando de sus estudios, aún no ha acabado, tiene varias
carreras empezadas, pero ninguna terminada. Le gusta la noche
neoyorquina, dormir de día, las compras y hablar de ella misma. Para
cuando acaba ya hemos terminado con el primer plato y nadie salvo ella ha
hablado.
—¿Y tú, Texas? —pregunta Keanan, aprovechando que Nueva York
acaba de meterse un trozo de pescado en la boca.
—Nada que pueda resultar interesante.
—Seguro que sí —la insto, necesito saber quién es y, en el fondo, me da
curiosidad.
—Yo os lo puedo contar —comienza Nueva York— que es enfermera,
que la secuestraron en Texas y que la violaron durante todo el trayecto en
barco, cada día —enfatiza.
Se hace el silencio en la mesa. La miro con pena. Keanan tiene los puños
cerrados y Texas respira profundamente.
—Creo que te has pasado un poco, princesa neoyorquina —gruñe
Keanan claramente enfadado—; deberías disculparte por ser tan perra.
Hago mención de levantarme para estrellar mi puño en su cara, quizás las
palabras de Nueva York no han sido acertadas, pero nadie se mete con ella,
y menos en mi presencia.
—No pasa nada, es verdad —interviene Texas de lo más tranquila
mirándome, tratando de apaciguarme quizás—. Mi madre es una alcohólica
a la que le jodí la vida naciendo, mi padre ¿quién sabe? Pasé mi
adolescencia entrando y saliendo de casas de acogida y reformatorios. ¿Qué
más queréis saber?
CAPÍTULO 9
El Amo
Su tono sarcástico no pasa desapercibido.
—Lo siento —dice Keanan en un tono que me hace ver que es de verdad.
—¿Por qué? —responde ella mirándolo—. Fue divertido, encontré gente
interesante por el camino y aprendí de cada una de esas personas. Y por lo de
las violaciones en el barco, son cosas que pasan, no voy a detenerme a llorar
porque hay una piedra en el camino. Yo a las piedras las pateo.
Simple y sencillo, Texas ha dejado claro que no quiere la lástima de nadie.
No va a dármela entonces. Se lo debo.
El resto de la velada es mucho más relajada. Nueva York mantiene su
puesto de centro de atención en todo momento. Es divertida y tiene historias
sobre sus viajes alrededor del mundo. Texas apenas ha salido de su ciudad
natal, si es que es esa. Llegado un punto de la noche donde todos llevamos
unas copas de más, Keanan decide que es un buen momento para el siguiente
paso divertido y saca una bolsita con polvo blanco del traje de su chaqueta.
Cuando Nueva York la ve se pone a aplaudir entusiasmada, está claro que
le va este mundo, no es tan inocente como pensaba. Sin embargo, a Texas le
cambia la cara. Keanan dispone cuatro filas de polvo en un espejo que
siempre lleva con él.
No soy muy fan de las drogas, nada que joda mi cerebro me gusta.
—Puedes ahorrarte la mía, Keanan —le digo queriendo estar totalmente
centrado para lo que tengo en mente para esta noche.
Si no he leído mal las señales, es más que probable que Nueva York acabe
en mi cama.
—Yo también paso —suelta Texas muy seria, sin apartar la mirada del
polvo blanco.
—Vamos, Texas, no seas aguafiestas —le pide Nueva York.
Pero ella no se inmuta. Sigue negando con la cabeza sin apartar la mirada
del pequeño espejo encima de la mesa.
—Ayúdame a convencerla, o mejor, ordénaselo, ella está a tus órdenes,
¿no? —me implora Nuevo York con una risita producida por el vino—. Por
cierto, ¿cómo te llamas realmente? No quiero seguir llamándote Amo y estoy
muy segura de que no quiero seguir oyendo Nueva York cuando me llaman.
—Tienes razón, no me he presentado debidamente, soy Keyran.
—Keyran —repite Nueva York, y siento una pulsación en mis pantalones
—. Es un nombre raro.
—Es irlandés —le explico.
—Te pega —dice Texas de la nada—, eres oscuro.
La miro, preguntándome cómo sabe el significado de mi nombre. Su
reacción es encogerse de hombros.
—Conocí a una persona irlandesa hace muchos años.
Interesante.
—Bueno, yo soy Carly, aunque eso ya lo sabias.
—Sí —le contesto, ciñéndome a la mentira de Texas—, pero mientras
estemos aquí es mejor que no haya nombres, preferiría que siguieras siendo
Nueva York.
Realmente me gusta ese nombre en ella, el otro es recordar un tiempo en
el que no era mía. A ella no le hace mucha gracia por como me frunce el
ceño. Adorable.
—Está bien, Keyran —cede, poniendo morritos, los cuales quiero morder
—. Entonces ¿le vas a ordenar a Texas que se relaje un poco con nosotros?
Está siempre muy tensa.
Está alerta, quiero corregirla, conozco bien esa postura, es la misma que la
mía. Miro a Texas, que me observa expectante. Quiero complacer a Nueva
York y un poco de polvo blanco quizás sí que le haga bien, pero antes de que
pueda decir nada ella se me anticipa.
—Por favor, no me obligues, no a esto.
Y no lo hago. Su tono de súplica me llega muy adentro, ahí hay una
historia.
Ha pasado por mucha mierda, y el hecho de que me pida que no la obligue
a algo tan sencillo como esto me provoca un sentimiento de protección que
me trastoca durante un instante.
Tras ver como Keanan y Nueva York hacen buen uso de las dos filas y
Texas sigue bebiendo para mantenerse ocupada, Nueva York decide que
tiene que ir al baño, y Keanan también. Están en una nube euforia ambos.
Mañana voy a matar a Keanan, no era la manera en que quería a Nueva York
esta noche.
Cuando ambos salen de la biblioteca, nos quedamos Texas y yo, uno
frente al otro, callados.
—Y bien, ¿alguna afición que tengas y quieras compartir? —pregunto,
recostándome sobre la silla mientras veo cómo se acaba su copa de nuevo y
se termina los ositos de gominola.
—Aparte de ser enfermera y dejar que me secuestren para venderme…
mmm… no, nada destacable…, amo.
Amplía su sonrisa, está bastante borracha.
—Aunque no lo creas, es la primera vez que compro. No me hace falta.
Ella bufa una risa en respuesta
—¿Algo que quieras decirme?
Se muerde el labio para evitar hablar, ya lo ha hecho anteriormente.
—Habla con libertad, esta noche no soy el Amo, me interesa saber qué
piensas.
Ella entrecierra los ojos, intentando averiguar si lo que le estoy diciendo
no tendrá consecuencias. Creo que el alcohol ayuda a que crea mis palabras,
que, por otro lado, son ciertas. Ha estado callada la mayor parte de la cena y
extrañamente quiero saber sobre ella.
—Los tipos como tú son los que hacen que este mundo sea una mierda.
Levanto la ceja ante esa declaración, pero no digo nada para que siga. Y lo
hace.
—No sé muy bien cómo ha sido, pero seguro que viste a Nueva York, se
te puso dura y pensaste: ¿por qué no secuestrarla, llevarla al culo del mundo
y hacer que sea mía? ¿Tan difícil era invitarla a salir o es que no confías en
que fueras lo suficientemente bueno como para que ella te eligiera?
—En el mundo en el que me muevo no tengo tiempo para citas. Esta
forma era más rápida.
Omito que fue Roma quien me dio la idea y que Cathal quiso patearme el
culo cuando se la conté, de hecho, lleva una temporada sin invitarme a su
casa porque no quiere a sus chicas cerca de mí. Supongo que ya se le pasará.
—Y más egoísta.
—Puede ser.
Texas se queda callada.
—¿Puedo seguir preguntando? —suelto, esperando a que se niegue, pero
parece que este juego de libertad de expresión le gusta.
—Prueba.
—¿No has querido la cocaína por miedo a cómo eres cuando la tomas o
porque nunca la has probado?
—Ni lo uno ni lo otro.
Respuesta enigmática, como siempre. No voy a quedarme solo con eso.
—Explícate.
Me mira, tomando otro sorbo de la copa.
—Me he metido mierda de esa para esta vida y dos más, he terminado con
eso.
Así que ha jugado con las drogas y se ha quemado.
—Chica lista.
—Gracias. Me toca.
Sonrío. Me gusta que ella también quiera preguntar.
—Ese amigo raro tuyo, ¿qué le pasa conmigo?
Suelto una carcajada.
—Sinceramente, no tengo ni idea, pero si lo descubres dímelo, por favor.
Me toca.
Ella asiente.
—¿Tienes a alguien buscándote? —No sé por qué, pero esa pregunta me
viene a la mente.
—Probablemente solo al gato que vive detrás de mi casa.
—No hay amigos, familia, novio…
—No, no y rotundamente no —contesta como si fuera una locura lo que le
pregunto.
Nos reímos.
—Mi turno. ¿Qué piensas hacer conmigo una vez que ya no te haga falta?
Veo la preocupación en sus ojos y trato de calmarla, aunque no sé por qué
tengo la necesidad de ello.
—Supongo que podemos seguir como hasta ahora, se te da bien planchar.
Mi respuesta le quita un peso de encima, lo sé porque sus hombros se
relajan ligeramente y eso hace que sonría.
—Me toca —suelto más entretenido con este juego de lo que lo he estado
en mucho tiempo—. ¿Por qué has pedido ositos de gominola esta noche?
Nueva York quiso caviar y tú chucherías.
Lo digo como si fuera algo malo, pero no lo es, solo que ha sido algo…
diferente.
—Hubo una época de mi vida —comienza mientras pasa su mano por la
cintura o más abajo, desde donde estoy no lo veo bien— en la que comer eso
me hacía feliz, supongo que quería recordar un tiempo pasado mejor.
Aunque si lo pienso, hasta romperme el brazo patinando fue un momento
mejor que este.
Su broma hace que ambos nos riamos.
Nueva York y Keanan vuelven a entrar. Ambos se nos quedan mirando.
—¿Se puede saber qué es tan gracioso? —pregunta Nueva York,
acercándose a mí y dejándose caer sorprendentemente en mi regazo.
Sonríe cuando me nota duro contra su culo.
—El Amo me estaba preguntando qué me parecían esos cuadros de allí y
yo le estaba diciendo que una mierda. Me aburre Edward Hopper.
Me sorprende que sepa quién es el autor de esos cuadros, y más desde la
distancia. Es un pintor poco conocido. Aunque ella tiene razón, sus pinturas,
aunque muy buenas, son bastante aburridas.
—¿Te gusta el arte? —le pregunta Keanan, adelantándoseme.
—Podría decirse que sí. Aunque soy más de artistas un poco diferentes.
—¿Alguien en especial? —pregunto curioso.
—Yosuke Ueno.
No sé quién demonios es, pero mañana voy a enterarme.
—Me aburrooo —interviene Nueva York—. Podríamos hacer algo para
divertirnos…
Ella se mueve en mi regazo, amasando mi entrepierna con su culo.
—Yo mejor me retiro —dice Texas, levantándose de la mesa y
volviéndose a sentar mientras se agarra la cabeza—. Vale, demasiado vino.
Lo intento otra vez.
Pero de nuevo vuelve a sentarse. Todos nos reímos. A la tercera vez logra
permanecer de pie mientras la observamos caminar tambaleándose hacia la
puerta.
—Vas a acabar partiéndote el cuello cuando te caigas de las escaleras —
declara Nueva York riéndose.
En un impulso, levanto a Nueva York y me dirijo a Texas, quien camina
con lentitud, paso un brazo por debajo de sus rodillas y la alzo en brazos.
Keanan y Nueva York me miran sorprendidos.
— Soy el que menos ha bebido menos y no me he metido nada —les
explico a ellos y a mí.
—Tienes razón —claudica Keanan, aunque en sus ojos puedo ver la
indecisión de si arrebatármela de los brazos.
—¡Excursión para llevar a Texas a su cuarto! —grita entusiasmada Nueva
York. Agradezco mentalmente a las drogas por ponerla de tan buen humor.
Subimos por las escaleras hacia su cuarto, en realidad el de ambas. Texas
apenas pesa y puedo cargarla con facilidad todo el camino. Está tensa y yo,
por alguna extraña razón, siento curiosidad por saber más acerca de ella.
Cuando llegamos, Keanan abre la puerta y la bajo lentamente para que no
vuelva a marearse. Keanan la ayuda a llegar a su cama a pesar de sus
protestas. Cuando decido que quiero entrar a ayudarla, Nueva York me sujeta
el brazo y me mira, mordiéndose el labio.
—¿Por dónde queda tu cuarto? —Esa pregunta hace que me olvide
absolutamente de todo.
Coloco mi mano en su mejilla y la beso, al principio lento, pero a medida
que lo profundizo mi necesidad de poseerla se va abriendo paso. Ella da un
salto y se cuelga de mí, enrollando sus piernas en mi cadera, nos apoyo
contra la pared mientras amaso su culo en mis manos. Su vestido se ha
subido dándome acceso, y estoy dando gracias al cielo porque sea tan de
madrugada y no haya personal por aquí que vea lo que es mío.
Nos dirijo hacia mi habitación sin pensar en que Keanan aún está en la de
Texas, abro y, sin romper el beso, la lanzo contra la cama. Su perfecto pelo
extendido en abanico sobre mi colcha de seda negra hace un contraste
increíble.
—¿Tienes más polvo? —me pregunta mientras yo me estoy desnudando.
Y ahí me doy cuenta de que ella está actuando por el efecto de las drogas,
o quizás no, pero no quiero que nuestra primera vez sea de esta manera, ni
que mañana al despertar me acuse de haberme aprovechado de ella. Lo que
no voy a negarme es una probada, así que me arrodillo al borde de la cama,
rasgo sus bragas y atraigo su centro hacia mí, agarrándola por su desnudo
culo. Y por fin con mi lengua descubro cómo sabe mi diosa rubia. Ahora sé
lo que es estar el cielo, y trato de llevarla a ella allí al menos dos veces más
antes de dormirnos acurrucados.

—¡Keyran, abre la puta puerta de una vez! —oigo gritar a Keanan


mientras aporrean la entrada de mi habitación.
Por el sol que entra por la ventana puedo decir que ya ha amanecido hace
un rato. Nueva York está enredada en mis sábanas, durmiendo ajena a los
gritos. Anoche le di tres orgasmos antes de que se durmiera y yo tuviera que
encargarme de mí mismo en la ducha.
—¡Voy a tirar la puerta abajo si no abres en cinco segundos! —vuelvo a
escuchar berrear a Keanan.
Me levanto desperezándome y ajustando mis calzoncillos. Me dirijo a la
puerta, pero antes de abrir vuelvo a mirar hacia Nueva York, asegurándome
de que no se ve nada de ella, que me pertenece solo a mí.
Giro el pomo y ante mí un Keanan hecho un asco hace su aparición. Aún
lleva la misma ropa de anoche y sujeta su nuca con la mano.
—¿Qué cojones quieres? —le pregunto enfadado. Esta mañana tenía
pensado despertar hundiendo mi polla en Nueva York.
—No está, se la han llevado.
—¿Qué dices? —No lo entiendo.
—Texas. Anoche. Cuando estaba dejándola en su cuarto. Había alguien
allí. Pensé que eras tú. Después solo sentí un golpe en mi cabeza y todo se
volvió negro.
Las palabras de Keanan están entrando en mi cerebro lentamente. Me está
costando asimilarlas. Cuando lo hago, alcanzo mi móvil de la mesita junto a
la cama y salgo al pasillo con mi amigo.
—Vamos a ver las grabaciones de anoche.
Abro la aplicación y tecleo el código, busco entre los archivos hasta que
doy con el que corresponde con la habitación de Nueva York. Y le doy al
play.
En la imagen se ve como Texas está siendo dirigida a la cama por Keanan
y como yo entro tras ellos. Un paso solo, luego la mano de Nueva York tira
de mí y desaparezco del plano. Segundos después, alguien aparece de detrás
de la puerta cerrándola lentamente y con un golpe seco con una barra deja
inconsciente a Keanan. Texas mira como cae al suelo ajena a lo que ha
ocurrido. Para cuando se da cuenta es tarde, el cabrón le ha puesto un trapo
en la boca y la ha dormido. Ahora su cuerpo cuelga del brazo del atacante.
Este se acerca a la ventana. Se ajusta un arnés que no había visto, ata a Texas
a su cuerpo y desaparece. Cambio rápidamente de archivo para buscar la
cámara externa. El tipo desciende por la fachada con una cuerda y el cuerpo
de Texas lánguido sobre él. Al llegar abajo, otra persona lo está esperando.
La suben a un coche y desaparecen.
No sé cómo han logrado burlar a los guardias, de ellos me encargaré
luego.
Me quedo en silencio durante unos segundos.
Texas ha desaparecido…
Siento una presión en el pecho.
Voy a matar al hijo de puta que se la ha llevado.
Ella es mía.
CAPÍTULO 10
Texas
Despierto algo desorientada. Me duele la cabeza e intento recordar.
La cena.
Las drogas.
El vino.
El Amo cargándome hasta la habitación.
Keanan ayudándome a llegar a la cama.
Keanan cayendo a mis pies.
Oscuridad.
Levanto la cabeza y veo que ya no estoy en mi habitación. No sé dónde
estoy. Comienzo a moverme y alguien entra. Una chica joven. Desnuda.
Trae una bandeja. No la había visto nunca antes.
—Tómate esto —me ordena, acercándose con un vaso de lo que parece
zumo de naranja.
Veo que tiene el cuerpo lleno de moratones y hematomas, algunos
nuevos, algunos viejos. Pero su cara está intacta.
—Paso.
No pienso beberme esa mierda. Ella frunce el ceño. Por lo visto no me
estaba preguntando.
—Tómalo o el Sir se enfadará.
¿El Sir? ¿No es el amo? Voy a tener que preguntarle cómo quieren que lo
llamen porque vaya follón de nombres solo para elevar su ego.
—Dile que no quiero. ¿Dónde esta Nueva York?
Me mira confundida.
—La rubia alegre salida de un catálogo de muñecas —le describo a ver si
me entiende.
—Aquí no hay ninguna Nueva York.
Frunzo el ceño confundida.
—¿Cómo te llamas? —le pregunto a ver si eso sí lo sabe, me parece que
no es muy lista.
—Lunes.
—No, en serio.
—Lunes, mi nombre antes de llegar aquí ya no importa.
Esto es raro. Lunes. No es Alabama, Texas, Nueva York. Lunes.
—¿Por qué ese nombre?
—Es el día en que llegué.
Vale, así que había más de un sistema de nomenclaturas. Qué
complicado.
—Dile al Amo o a su amigo raro, Keanan, que quiero hablar con ellos.
—No sé quiénes son esos. El Sir pronto vendrá a conocerte.
Me quedo parada. Ella no conoce al Amo, ni a Nueva York ni a su amigo
raro. Pasa algo extraño. ¿Dónde están todos?
—Ahora que tú ya estás aquí, dejará de castigarnos a las demás.
Añade con una sonrisa espeluznante en su cara y una lágrima saliendo de
su ojo derecho. Escalofriante.
—¿Qué cojones estás diciendo?
No estoy entendiendo nada. Me levanto de un salto de la cama. Aguanto
el mareo, el dolor de cabeza y la mala gana, y me dirijo hacia la puerta de
salida. Me doy cuenta de que solo llevo una camiseta y mi ropa interior
¿Dónde están los pantalones? No me detengo. Salgo al pasillo y freno en
seco. Miro a ambos lados y al suelo. Siento la moqueta en mis pies.
En la casa del Amo no hay moqueta.
La chica desnuda está detrás de mí diciéndome que entre. Voy hasta el
final del pasillo ignorándola. Tuerzo y veo una ventana. La abro y salgo por
ella. El suelo apenas está a medio metro. Salto. No tengo muy claro dónde
estoy ni hacia dónde tengo que ir, pero este sitio no me gusta. Me da
escalofríos.
Caigo sobre hierba blanda y húmeda. Camino cerca de la pared y observo
que hay un jardín y detrás filas y filas de lo que parecen viñedos. Es una
plantación. Creo. Miro que no haya nadie y corro hacia los árboles. La
tierra está mojada y el barro se me acumula en los pies, pero me da igual.
Sigo corriendo sin mirar atrás. De pronto, noto como alguien me derriba y
cae con todo su peso sobre mí.
Por un momento dejo de respirar. Su cuerpo aprisiona el mío contra el
barro.
—Me encanta tener que cazarte —me susurra el hombre al oído sin
levantarse.
No sé si espera que le conteste, pero no puedo, literalmente. Estoy
ahogándome. Como si él lo notara, levanta un poco su cuerpo y yo tomo
una respiración profunda.
—Disculpa mis modales, no me he presentado, soy Sir Liam —me dice
otra vez al oído.
El Sir.
No sabría decir cómo es, no he podido girar mi cabeza, solo sé que pesa y
es mucho más grande que yo. Cubre todo mi cuerpo.
—¿Qué quieres de mí? —pregunto entre jadeos.
—Todo.
No sé a qué se refiere. Mi confusión debe ser evidente porque sigue
hablando.
—Ellos creían que podían apartarte de mí —gruñe—. No pueden. Eres
mía.
Sigo sin entender.
—El irlandés ya tiene a su puta rubia. No tenía derecho a llevarte a ti
también.
De repente, lo entiendo todo. Era mi dueño. El que me había comprado
en aquella subasta. Pensaba que el Amo lo había solucionado. Ahora veo
que no.
—Aunque te haya follado, te voy a enseñar que tú eres mía.
—Él no me ha tocado —le aclaro, intentado aplacar esa rabia que siento
en sus palabras.
—No sé si creerte, vi como ayer te llevaba en brazos. Aunque, para serte
sincero, me da igual, no vas a recordarlo después de que acabe contigo.
Se mueve un poco y oigo una cremallera. Sigo boca abajo. Luego siento
como da un tirón a mis bragas. Y antes de que pueda procesar lo que está
pasando tengo su polla dentro de mí.
—Sabía que estarías apretada —murmulla, asentándose en mi interior.
Es grande y me duele un infierno. No estaba preparada. No le importa.
Comienza a moverse mientras me sujeta por el cuello. Logro apoyar mi
mejilla contra el barro y él aprovecha para lamer desde mi cuello hasta mi
sien. Siento nauseas. Empieza a embestirme más rápido.
—Nena —empujón—, voy a follarte duro —empujón—, voy a meterme
en cada agujero de tu cuerpo —empujón—, vas a ser solo mía.
Y con esté último empujón noto como él se derrama dentro de mí.
Cierro los dientes, apretando hasta casi sentir que crujen.
Una arcada amenaza con dejar salir lo que sea que haya en mi estómago.
Dejo mi mente en blanco. No es la primera vez. No será la última. Esto
no va a acabar conmigo.
Se levanta de encima y me gira sobre la tierra, quedando tendida sobre
mi espalda. Es entonces cuando puedo verlo bien. Es enorme. Castaño. Piel
clara. Ojos verdes. Podría haberme sentido atraída por él si me lo hubiera
cruzado en cualquier lugar, pero ya no. No después de esto. Nunca después
de hacer algo así.
Me recoge del suelo, acunándome contra su pecho. Como consolándome
de lo que él mismo me ha hecho. Jodido enfermo.
—Desde que te vi en aquella subasta supe que tenías que ser mía —me
dice mientras caminamos de vuelta a la enorme casa—. No eras como las
demás, no estabas asustada. Me miraste desafiante.
No lo recuerdo. Subí allí arriba intentando conservar la poca de dignidad
que me quedaba. La poca que tenía antes de ser vendida. Parece ser que el
Amo estaba en lo cierto. En su mundo no hay citas, los hombres
simplemente te toman, quieras o no. Al menos Nueva York no ha sido
forzada. El Amo no lo permitió ni en el barco ni en su casa.
Un sentimiento oscuro se asienta en mí. ¿Por qué yo sí merecía ser
violada? No puedo dejar de preguntármelo, ya no tengo nada que perder de
todas formas. Me han llevado lejos de un lugar que creía más o menos
seguro. Nadie estará preocupado. Nadie me va a buscar. Soy solo una
esclava menos.
—¿Por qué dejaste que todos esos hombres me violaran? —la duda sale
casi sin darme cuenta.
Se para en seco, mirándome a los ojos. No lo había hecho todavía.
—¿A qué te refieres? —me pregunta muy serio.
Es imposible que él no supiera nada.
—En el barco, cada día, al menos una vez —le contesto en un susurro.
Noto un temblor en su cuerpo. Parece ser que no estaba al corriente.
Vuelve a caminar. Nos dirige dentro de nuevo, pasa por un pasillo largo,
luego otro y finalmente llegamos a una puerta. Entra y me doy cuenta de
que estoy en la misma habitación en la que he despertado antes. La chica
desnuda sigue allí con el vaso en la mano.
Me deposita en la cama, manchando todo de barro.
—Aséate, tienes todo lo necesario en ese baño, te quiero duchada y
preparada en dos horas.
Suelta con voz de mando, apuntando a una puerta que ni siquiera había
visto antes.
—Tú, ven conmigo, voy a enseñarte el castigo por dejarla escapar.
La chica desnuda tiembla.
—¡No! —grito—. Ella no me dejó, ni siquiera le di tiempo.
El Sir me mira y un escalofrío recorre mi cuerpo.
—Necesitas aprender algo. Tú te escapas, ella lo paga. Voy a hacerle a
ella todo lo que te hubiera hecho a ti por tu comportamiento.
Jodido enfermo de mierda.
Agarra a la chica, que ha empezado a llorar silenciosamente, y la saca a
empujones de la habitación. Antes de cerrar, se gira.
—No se toca lo que es mío.
Cierra la puerta de golpe. Recojo mis piernas quedando mi cabeza
apoyada en mis rodillas y aspiro profundamente. Ahora sí que ha empezado
mi nueva vida. Corrijo. Mi nueva vida de mierda. Pero también ha
empezado la cuenta atrás para largarme de aquí.
CAPÍTULO 11
Texas
Me meto en el cuarto de baño y cierro por dentro. Es grande, tiene ducha y
bañera. Un espejo gigante me devuelve una imagen de mí que me da pena.
Estoy totalmente sucia, llena de barro, pelo enmarañado, camiseta arrugada,
goteando entre mis piernas…
Me quito toda la ropa y la tiro al suelo, un acto de rebeldía inocente que
puedo permitirme. Abro el grifo y me meto debajo. Creo que nunca he
necesitado una ducha tanto. El agua cae marrón a mis pies. Echo el jabón en
la esponja y comienzo a frotar, al principio lentamente, aunque a medida
que sale el agua voy frotando con más fuerza, dejando roja mi piel.
Me da asco lo que ha sucedido, no quiero tener nada él en mí. Puede
parecer un poco jodido, pero quiero volver a casa del amo. Al menos allí
había encontrado algo de respeto.
Mi respiración aumenta. El agua caliente no me parece suficiente, la paso
a fría. Duele, no me importa, al menos es un sentimiento que yo he
provocado, algo que controlo.
Las lágrimas comienzan a salir sin control de mis ojos, necesito
desahogarme. Soy fuerte, o eso creo, pero de vez en cuando necesito parar,
llorar, gritar, patalear, tomar una respiración y volver a empezar.
No sé cuánto tiempo paso llorando bajo la ducha, lamentándome de todo
lo que me ha ocurrido, permitiéndome darme lástima a mí misma. No siento
casi mi cuerpo.
Cuando saco todo de mi sistema, apago el grifo y salgo. Ya he tenido mi
momento de debilidad, ahora hay que encontrar una solución.
Pienso que primero debería saber si hay alguna posibilidad de salir de
aquí. Si hay más chicas como la de antes, seguro que ellas pueden
indicarme algo. Estamos en el mismo barco, ¿no? Me seco el pelo con un
secador colgado junto al espejo. Mi cara demacrada deja ver mi estado, mi
cabeza aún duele y ahora mi cuerpo está entumecido. Miro a mi alrededor
buscando qué ponerme, pero no hay nada.
Mi ánimo decae, no quiero volver a ponerme la camiseta sucia que ahora
está tirada en el suelo. Salgo de ahí a la habitación con una toalla enrollada
en mi cuerpo y casi me da un infarto cuando veo a otra chica desnuda
delante de mí.
—¡Joder! —grito, sujetándome la toalla con más fuerza—. Me has dado
un susto de muerte.
La chica me mira, es como la otra, morena, ojos claros y totalmente
desnuda y golpeada, excepto por la cara.
—El Sir me ha mandado para que te ayude a vestirte para la cena.
Esto es raro; que alguien desnudo venga a ayudarte a vestir, debe ser una
broma.
—Traigo lo que debes llevar puesto esta noche —continúa, enseñándome
un vestido corto color azul claro de manga corta.
La miro durante un momento. Ella me devuelve la mirada, pero en sus
ojos veo que realmente no está aquí. Es como si dentro no hubiera nadie.
—¿Cómo te llamas? —le pregunto, queriendo empatizar con ella.
—Sábado.
—No, cómo te llamas de verdad, no como te llamaron al llegar.
—No existía antes de venir aquí, soy Sábado —insiste.
Qué mierda le pasa a esta chica.
—Muy bien, Sábado, soy Texas. A mí también me han comprado —le
explico, haciéndola ver que estamos en la misma situación.
Ella me sigue mirando.
—¿Llevas mucho tiempo aquí? —prosigo.
—Todo.
Vale, no va a ser fácil.
—¿Sales fuera?
—Cuando tengo que recoger la ropa tendida.
—No, fuera del recinto en el que estamos. Fuera, a la civilización más
cercana.
Ella me mira de lado, entrecerrando los ojos.
—No hay nada fuera.
Bien, me ha tocado la tarada.
—A ver, que igual no me explico bien —murmuro, pellizcándome el
puente de la nariz—. Quiero saber si sales fuera de este sitio alguna vez, si
alguien vive cerca de aquí o hay algún pueblo.
Necesito saber lo que tengo alrededor para saber hacia dónde correr
cuando lo haga.
—No hay nada, el Sir nos protege aquí —contesta como si el tarado que
nos ha comprado fuera un profeta.
Puta loca.
—Está bien, olvídalo.
—Si te vas, el Sir irá tras de ti —me aclara.
Igual no está tan loca como pensaba.
—Ya lo sé, ya lo ha hecho.
Da un paso atrás, mirándome sorprendida.
—¿Y no te ha castigado?
Me echa un vistazo de arriba abajo, buscando alguna señal de mi
comportamiento.
—No, la que ha recibido el castigo ha sido una chica muy parecida a ti
llamada Lunes, ¿la conoces?
Ella sigue callada.
—¿Sabes de quién te hablo?
Y como si alguien hubiera chasqueado los dedos, ella se pone en marcha
extendiendo sus brazos con un vestido en ellos y entregándomelo.
—Tienes que ponértelo y te acompañaré abajo.
—Entonces, ¿conoces a Lunes? —insisto, esperando a que me conteste
mientras entramos de nuevo a la habitación.
—No es inteligente hacerlo esperar, el Sir es bueno, pero si nos portamos
mal nos castiga. Hacerlo esperar es portarse mal.
Bien, está claro que dentro de esa chica no queda nada. La han roto
demasiado.
Me pongo el vestido, es ceñido en el pecho, pero suelto desde la cintura,
estilo patinadora creo que lo llaman. De gasa y seda. Suave.
—¿Dónde está mi ropa interior? —pregunto, mirando alrededor.
—No tienes, no la necesitas.
Genial, esto mejora por momentos.
Una vez que me termino de vestir y poner los zapatos, sigo a Sábado
fuera de la habitación. A diferencia de antes, el pasillo no está vacío, hay
dos escoltas apostados en mi puerta, armados, ni siquiera me miran.
—¿Siempre hay tanto guardia? —le pregunto, caminado junto a ella.
No me contesta.
—La puerta hacia el jardín, ¿por dónde cae? —inquiero, buscando
orientarme—. Me gusta salir a pasear.
Sigue callada.
—¿Dónde duerme el Sir?
Nada.
—¿Hay cámaras?
De pronto, ella se para en seco y yo junto a ella, se gira para estar frente a
mí. Tiene cara de enfado. Quizás me he pasado de preguntar. No es que no
fuera lógico que lo hiciera dada la situación.
—El Sir te ha elegido, tal y como hizo antes con Lunes y conmigo, y con
algunas otras que ya no están. Disfrútalo, complácelo y trátalo como se
merece.
Espera, ¿me está echando la bronca porque se ha dado cuenta de que
quiero escapar? Y ¿qué es eso de que antes fueron Lunes y ella? ¿A esto te
reduces después de pasar por aquí?
—¿Me estás diciendo que tú estuviste una vez en mi lugar?
Ella permanece callada. Va a empezar a andar, ignorándome, y la agarro
del brazo.
—Para y contéstame.
—Ahora es tu turno. No lo desaproveches —comenta con un tono en el
que puede distinguirse la ¿envidia?
Y dicho esto, comienza a caminar de nuevo. La sigo estupefacta, aquí
están todos locos, mejor me subo a mi unicornio y me voy.
Mientras camino tras ella, a mi mente vienen cuatro palabras: Puta loca
de mierda.
CAPÍTULO 12
Texas
La sigo enfadada. No sé cómo alguien puede tenerme envidia en este
momento, al menos alguien equilibrado.
Entramos a una sala grande, hay una mesa en el centro y el Sir está de pie
junto a una ventana hablando por teléfono. Cuando me ve, se acerca con
una amplia sonrisa de depredador en su cara.
Sábado desaparece detrás de la puerta, dejándome sola con él.
Me quedo quieta. Me mira detenidamente, haciendo un gesto de
aprobación. Sigue al teléfono. Luego me coge de la mano y me lleva hasta
la mesa. Está preparada para dos comensales. Retira una silla, me sienta
encima de un plato. Se sienta frente a mí, abre mis piernas y pasa su lengua
por toda mi abertura. Suelto un gemido de sorpresa antes de que él lo
vuelva a repetir. Aprieto mis dientes para no producir ningún sonido. Mi
mente va a mil por ahora. He sentido placer, pero en mi cabeza sé que esto
no está bien. Me estoy dando asco a mí misma. Me centro y veo lo jodida
de la situación. Yo con mis tacones sobre sus hombros, él al teléfono y su
boca devorándome. Siento una arcada. Si hubiera tenido algo en el
estómago lo hubiera vomitado. Cuando acaba la conversación se levanta.
Yo aún abierta, con los codos apoyados en la mesa.
—Cuánto te voy a disfrutar —dice, metiéndose la mano en los pantalones
y acariciándose—. Túmbate.
Me echo hacia atrás, clavándome los tenedores, las copas que están
tiradas ahora sobre el mantel y los platos. Sube mi vestido completamente y
se introduce dentro de mí. Sin aviso. Al menos esta vez mi cuerpo está más
preparado, lo ha preparado él. Comienza moviéndose lento, con cada
embestida mi espalda nota cada cosa que está debajo de mí. Trato de
moverme para acomodarme, pero él se inclina hacia mí, apoyándose en mis
hombros y echando todo el peso de su cuerpo. Noto las puntas de los
tenedores clavarse en mis costados, y a la tercera embestida, la copa debajo
de mí se rompe. Arqueo mi espalda al notar como los trozos se clavan
dentro de mi piel, pero a él parece gustarle y me retiene en esa posición.
Cada vez que golpea dentro de mí noto los cristales rasgar mi espalda.
Él sigue mirándome fijamente.
Yo sigo apretando los dientes.
No sé cuánto tiempo permanecemos meciéndonos de esa manera, hasta
que él cierra los ojos y empuja una última vez, acabando dentro de mí.
Después de eso permanezco quieta. Moverme me duele. Él se retira, se
ordena la entrepierna dentro de sus pantalones y me tiende la mano para que
la tome. Dudo, pero finalmente la cojo. Me levanta y yo me doblo de dolor.
Mi espalda debe de estar echa un auténtico lío. Me pone de pie y me gira.
Va quitando todo lo que tengo clavado mientras me besa el cuello.
No voy a llorar, no voy a estremecerme ni siquiera a respirar hondo. Voy
a usar mi odio para controlar mi cuerpo y hago lo único que me tranquiliza
en esta vida: toco por encima de la tela la cicatriz por la que ha empezado
todo esto. Cierro los ojos y me recuerdo a mí misma que merece la pena
todo esto si he conseguido lo que necesitaba.
—Lo has hecho muy bien —me susurra al oído mientras sigo tratando de
evitar encogerme con cada punzada de dolor, no va a oír un solo quejido de
mí.
Cuando termina, pasa una de las servilletas empapada en agua sobre mi
espalda y puedo ver como acaba roja. Una vez está satisfecho me indica que
me siente y lo hago, evitando apoyarme en el respaldo.
Coge la mesa y sin previo aviso la vuelca. Doy un respingo del susto.
Luego la coloca en su sitio y se sienta delante de mí.
Puto tarado.
Oigo una puerta abrirse y veo como entran dos chicas, una es Sábado, la
otra está echa un auténtico desastre. Golpeada por todo el cuerpo, con
cortes, descalza y, como siempre, ambas desnudas. Al girarse puedo verlas
bien.
Es Lunes, la que parece un saco de boxeo es Lunes.
Me llevo la mano a la boca para evitar gritar.
—Así es, mi pequeña dama, tú escapas, ellas lo pagan —dice el Sir
sonriendo.
Ambas recogen el destrozo y ponen de nuevo la mesa. Me sirven queso y
pan frente a mí. No quiero comer, no tengo ganas, pero me da más miedo la
opción de desobedecer que la de vomitarle en los zapatos. Así que me como
las tres rebanadas de queso y el pan.
Este tipo está muy mal de la cabeza y tengo claro que la única opción
posible es salir de aquí, quedarse es morir, o peor, acabar como esas chicas.
Oigo un helicóptero aproximarse, unas luces en la ventana y luego un
motor apagándose. Por un momento la esperanza de que vengan a
rescatarme hace que mi corazón se acelere.
—Tengo una sorpresa para ti —me dice a la vez que se levanta de nuevo
y mi alma se rompe al darme cuenta de que estoy sola y que no hay nadie
preocupado por mi mísera vida.
Mientras lo hace, empuja a Lunes al suelo como si fuera un insecto
molesto. Ella no dice nada. Yo frunzo el ceño, pero me quedo callada.
—Desapareced —ordena, y ellas se largan dejándome a solas con él.
Un minuto después, la puerta por la que había entrado antes se abre
dando paso a un montón de guardias armados y cuatro hombres con
capuchas en la cabeza. Los posicionan delante del Sir en fila.
—Ven aquí, mi pequeña dama —dice mi dueño con sus ojos clavados en
los míos y una mano extendida hacia mí.
No puedo dejar de mirar de reojo a los hombres encapuchados y a los
armados. No sé si me van a matar. Creo que no, pero no me gusta esta
situación. Me levanto y me pongo junto a él.
Con un gesto, cuatro guardias se colocan tras los encapuchados y les
quitan el saco negro. Son los guardias del barco.
—Si no estoy mal informado estos tipos te tocaron, tocaron lo que es mío
—gruñe mirándolos, uno se mea encima antes de acabar la frase, qué asco
—. Había más, pero no han llegado vivos hasta aquí. Una pena
Doy un paso atrás, no me está gustando nada esto.
—No tengas miedo, mi pequeña dama, ellos ya no van a poder hacerte
daño.
Uno de los guardias le acerca un arma. Los que están tras los que
llevaban capucha les dan una patada en la parte trasera de las rodillas para
dejarlos a todos postrados a nuestros pies.
—Es hora de que tomes venganza. —Se ríe sádicamente el Sir,
ofreciéndome el arma.
—No —le contesto sin pensarlo.
No es que no se lo merezcan ni es que no los quisiera muertos. Es que no
quiero ser yo la que apriete el gatillo.
—Mi pequeña dama, no es una pregunta.
—No —insisto, tratando de que mi voz no demuestre lo asustada que
estoy.
Soy firme en mi decisión, sin embargo, mi respuesta no le gusta.
—Esto es fácil, si no los matas, deduciré que no te hicieron nada malo. Si
no te hicieron nada malo, no te importará que mis hombres te hagan lo
mismo. Cada. Puto. Día.
Lo miro horrorizada, ¿está hablando en serio?
Claro que lo hace.
Joder.
—Veo entonces que no eres mi pequeña dama, sino una gran zorra que
disfruta de los hombres. Tú —gruñe el Sir, dirigiéndose a uno de sus
hombres, el más grande y que más miedo da—, quiero que te la folles ahora
mismo, aquí.
Como si la orden fuera lo más normal del mundo, y sin perderme un
atisbo de sonrisa en la cara del guardia, el tipo se comienza a desarmar para
cumplir con lo que le mandan.
Lo va a hacer, me va a violar delante de todos.
—Y después os la follareis tú, tú y después tú. Y cuando acabéis, si
alguno quiere repetir…
No le dejo acabar la frase. Cojo el arma de su mano y apunto a los
hombres de rodillas. Están llorando y suplicando. Yo también lo hice. No sé
si puedo convertirme en una asesina. No sé si puedo vivir con esto. Respiro.
Pienso. Los miro. Pero recuerdo sus caras de satisfacción. Su forma de
penetrarme.
—Ellos o tú, pequeña dama —murmura el Sir en mi oído.
No lo pienso más. Les disparo uno a uno. Tres de ellos caen en el acto al
suelo, al último tienen que rematarlo.
—Sabía que tú eras la mujer que había estado esperando.
Dicho esto, me acerca a él rodeándome con un brazo y se lanza a
besarme profundamente. Puedo sentir su erección contra mi estómago y las
punzadas de la espalda.
—Mañana nos iremos a casa, mi pequeña dama, donde serás mía
completamente —me dice con sus labios pegados a los míos.
—¿A casa? —pregunto, apartándome de él un poco.
—Sí, esto solo era una parada temporal de tres días para recogerte.
Mañana nos iremos a mi residencia habitual.
¿Tres días? ¿No fue anoche cuando desaparecí? No entiendo nada, pero
si esta es una casa de paso y tiene esa seguridad, su residencia debe estar
acorazada. Lo voy a tener muy jodido para escapar.
Vuelve a meter su lengua en mi boca mientras los hombres armados
miran y los que estaban de rodillas ahora yacen muertos en un charco de
sangre gracias a mí.
De pronto, se oye una explosión fuera de la casa. El ruido de metralletas
inunda la sala. El Sir me aprieta contra él. Un guardia entra.
—Alguien ha cruzado los límites de la propiedad.
—Los rusos, sabía que los teníamos cerca, el cabrón de Lev es un
cazador implacable —sisea el Sir.
Más ruido de disparos.
—Mantenla a salvo —ordena el Sir a uno de los tipos armados,
lanzándome contra él.
En un momento la sala se queda vacía y a mí me empujan hacia donde
han desaparecido las dos locas desnudas antes. Entro en lo que parece la
cocina y las encuentro ahí, quietas. No sé qué están esperando.
El guardia se gira al oír una ráfaga cerca de donde estamos y yo
aprovecho para darle en la cabeza con la sartén más grande que puedo coger
en ese momento. El tipo cae boca abajo. Me giro para buscar una salida y
veo a una de las locas con un cuchillo en la mano, uno muy grande. Y tiene
cara de querer clavármelo. Lo que ella no sabe es que prefiero eso a
quedarme aquí, no tienen ni idea de la puta loca que puedo llegar a ser para
sobrevivir.
—No te puedes ir, el Sir se disgustará —dice una de ellas.
Parecen la versión adulta y porno de las gemelas de Stephen King. Doy
un paso atrás, tropezando con el cuerpo del guardia y cayendo de culo sobre
él. Estas dos están muy jodidas de la cabeza. Cojo el arma del guardia y las
apunto.
—Venid conmigo, tratemos de huir de aquí.
—¿Quién dice que queremos irnos? —contesta Sábado, acercándose con
el cuchillo.
—No voy a dudar si tengo que elegir entre vosotras o yo —les aviso.
Ellas se miran sorprendidas. Sí, piradas, se llama carácter y yo tengo por
las tres. Se apartan, dejándome pasar, y salgo por la otra puerta de la cocina.
No sé ni dónde estoy ni a dónde voy, pero mucho peor no me puede ir, ¿no?
CAPÍTULO 13
El Amo
Han pasado dos días desde que Texas fue secuestrada. Keanan no ha parado
de buscarla. No creo que haya dormido. Tiene una obsesión extraña con
ella. Puedo entenderlo más o menos. He de reconocer que he echado de
menos verla entrar a mi despacho por las mañanas a darme el reporte de
Nueva York. Aún no sé quién es realmente, pero Keanan me ha dicho que
ya ha conseguido las pruebas y que va a contarme todo hoy. Espero que la
encontremos, la cena me dejó con ganas de saber más de ella. Y su descaro
al hablarme, quizás fue por el alcohol, pero su descaro me hizo reír con
ganas como hacía mucho que no reía.
—¿Keyran, puedo entrar? —oigo mientras la puerta de mi despacho se
abre.
Veo la cabeza rubia de Nueva York aparecer. Hemos pasado juntos las
últimas noches y ha sido como estar en el cielo. He besado cada centímetro
de su piel y entrado en cada hueco de su cuerpo. Parece que la mentira que
contó Texas ha funcionado a las mil maravillas, ojalá estuviera aquí para
poder agradecérselo nuevamente.
—Sí, princesa, entra.
Nueva York pasa y me deja sin aliento, como siempre. Hoy lleva un
vestido ceñido rosa que moldea sus curvas a la perfección. Se acerca a mí
contoneándose y se sienta en mi regazo. Cómo adoro que haga eso. Y me
besa.
—¿Cuándo podremos salir de aquí a disfrutar de la ciudad? —me
pregunta con voz dulce.
—Por el momento no es seguro. No hasta que sepamos qué ha pasado
con Texas.
—¿Aún la estáis buscando? —inquiere, y me sorprendo, pensaba que ella
sería la primera que la querría de vuelta—. ¿Tan importante es?
—No es que sea importante o no, es que no permito que entren a mi casa
y se lleven lo que es mío.
Nueva York me mira, frunciendo el ceño.
—¿Ella es tuya?
—Así es, la compré. Por ti.
Parece que le gusta esa explicación.
—Entonces, ¿puedes venderla cuando quieras?
—Sí —le contesto, aunque no me lo había planteado.
La verdad es que no me gusta el tráfico de personas, y si no fuera porque
Roma me lo sugirió nunca habría pensado en la posibilidad de usarlo a mi
favor. Un día de estos tengo que llamarlo para darle las gracias. Quizás
debería contactar con Nicola por el tema de Texas. Barajo la posibilidad de
usar a la Élite, pero lo descarto porque Texas no es tan importante, ¿verdad?
—Y si yo te lo pidiera, ¿la venderías? —prosigue Nueva York,
sacándome de mis pensamientos.
La miro confundido, no sé a dónde quiere llegar con todo esto.
—Las sirvientas de la casa la idolatran porque, según me han dicho,
cuando ella se quejó de que los guardias las forzaban en cualquier rincón de
la casa, tú ordenaste que dejaran de hacerlo. Es como su protectora o algo
así.
No lo había pensado de esa manera. Lo hice por Nueva York, aunque no
puedo decírselo para no delatarme y que mi mentira sea descubierta.
Lo que sí hice por Texas, y nadie más sabe, fue deshacerme de todos los
hombres de mi padre, ellos eran los únicos que hacían esa mierda.
—De todas formas, creo que Keanan la quiere para él, ¿se la venderías a
él?
—No —mi respuesta es rápida y sin dudar, me sale de dentro.
Nueva York va a decirme algo más cuando Keanan entra al despacho.
—Perdón por interrumpir, Keyran, pero tengo la información que
necesitábamos.
—Si nos disculpas, princesa —le susurro a Nueva York, moviéndome
para que se levante.
Ella hace un mohín, se levanta y se dirige a la puerta.
—¿No te olvidas de algo? —le pregunto.
Ella asiente mientras viene y me da mi beso. Le dije que no podía salir de
una habitación en la que yo estuviera sin dármelo.
Una vez que se ha ido, Keanan se sienta frente a mí. No me pasa
desapercibida la cara que pone cada vez que se cruza con Nueva York, se
nota que no es de su agrado.
—Cuéntame —le pido, y él no tarda en ponerme al día.
—He tenido que corroborarlo mandando a un amigo allí, pero ya sé quién
es. Texas, en realidad, es Britney Miller.
—¿Britney? No le pega nada ese nombre.
—Ella siempre ha opinado lo mismo —me contesta Keanan serio.
Espera, ha dicho siempre, ¿cómo lo sabe? A menos que…
—¿La conoces? —pregunto sorprendido.
—Así es. Dudé al principio. Hace más de quince años que no la veo. Pero
ya no tengo dudas de que es ella.
—¿Dónde demonios os cruzasteis antes?
—¿Recuerdas que en la cena dijo que conoció a un irlandés hace tiempo?
—Asiento—. Pues adivina quién era ese irlandés.
—No puede ser.
—Puede y lo es. La conocí una de tantas veces que estuvo en un hogar de
acogida. Coincidimos durante muy poco tiempo. Ella era una niña
problemática, bastante sociable, pero con un sentido de la lealtad impropio
de alguien tan pequeño.
—¿Durante cuánto tiempo coincidisteis?
—Fueron apenas seis meses, pero sin ella yo no estaría aquí. Salvó mi
vida. Literalmente.
Me lo quedo mirando. Nunca me había mencionado nada de esto.
—Cuando tenía diecisiete años, la casa en la que vivía con mi madre se
incendió. Ella murió y a mí me llevaron a un hogar de acogida.
Sabía algo de esa historia.
—Ella estaba allí, tenía apenas trece años si no menos. Era diminuta en
comparación con todos los que estábamos en ese lugar, aun así, se hacía
respetar. Al cumplir los dieciocho te echaban de allí, eso me pasó a mí, ya
era un adulto y el Estado no iba a seguir manteniéndome, así que de un día
para otro me convertí en vagabundo. Ella no paró de buscarme hasta que
me encontró y me llevó a la casa de acogida, cada noche abría la ventana
para que entrara y dormía en el suelo junto a ella.
—¿Así es como te salvó la vida?
Estoy impresionado de que una niña cuidara así de un adulto.
—No, eso es solo una parte. Una noche, los que se encargaban de la casa
de acogida salieron a cenar. Solían hacerlo mucho y dejaban a los mayores
a cargo de los pequeños. Los chicos decidieron que era buena idea montar
una fiesta. El barrio no era el más adecuado. Vino gente, mejor dicho,
gentuza.
Keanan se queda callado por un momento, pensando y recordando ese
momento.
—¿Le hicieron algo? —pregunto, esperando a que Keanan continúe.
—No, pero yo acabé envuelto en una pelea y con un navajazo en el
estómago. La fiesta se dispersó rápidamente mientras yo estaba tirado en el
suelo del salón perdiendo sangre a raudales. Texas no se lo pensó, se lanzó a
mi lado taponando la herida con una toalla mientras me hablaba para no
dejarme ir. Te lo juro, creí que ese era mi final. Si ella no llega a estar allí, si
no llega a detener la hemorragia y obligarme a seguir despierto, yo no
estaría aquí.
Ciertamente, Texas es una mujer excepcional.
—Yo acabé en el hospital y para cuando salí ella ya no estaba. Al ser una
menor no pude acceder a sus datos y cuando mi padre vino a recogerme
para traerme a Irlanda perdí toda oportunidad. He estado años buscándola
sin conseguir nada.
—¿Cómo es que ella no te ha reconocido?
—He cambiado mucho. Era un niño débil y flacucho. Ni siquiera tú me
reconocerías si me vieras en esa época.
—Increíble, el hilo rojo del destino nos pone a cada uno en nuestro lugar.
—Lo que has oído, hermano —asiente Keanan, mirándome—. Te dejo su
expediente para que lo veas. No ha tenido una vida fácil. Ni un poco. Por
eso tengo que encontrarla, se lo debo.
—Nuestros hombres no encuentran rastro alguno, pero no pierdas la
esperanza.
Y, para ser sinceros, yo tampoco quiero perderla.
—¿Algo que deba saber? —inquiero mientras cojo la carpeta con el
nombre de Britney Miller.
—Creo que te interesará saber que a ella no la secuestraron, ella se
vendió a sí misma.
—¿Cómo has dicho? —le pregunto, teniendo claro que no he debido
oírlo bien.
—Así es, ella misma fue quien se vendió. Estoy intentando localizar al
que la entregó en aquella subasta para tratar de averiguar más. Hasta ahora
solo sé que ella fue sacada a subasta y vendida por un precio muy elevado.
Sin duda, el que la comprara le tenía ganas.
Me quedo pensando en las palabras de Keanan durante un segundo.
—Eso es, averigua quién la compró. Tengo una corazonada, creo que es
quien la tiene.
Keanan me mira mientras piensa en mis palabras.
—¡Joder! ¿Cómo no se me ha ocurrido antes?
Saca su teléfono y hace unas cuantas llamadas. No le cuesta demasiado
averiguar quién era su dueño antes de que yo apareciera y me la llevara. Y
no puede ser nadie peor. El Sir.
—Si él la ha comprado, tenemos que ir a por ella. Sabes que ese tío está
zumbado. Y casualmente está por estos lares desde hace unos pocos días.
—Tranquilízate, Keanan, debemos ser inteligentes. Primero hay que
averiguar si realmente ella está allí.
Keanan me mira enfadado, levantándose, y se dirige a la puerta.
—Está bien, pero si ella está allí te juro que iré con tanques a derribar su
puta casa hasta que la encuentre.
—No me cabe duda.
Dicho esto, sale de mi despacho dando un portazo. Yo me recuesto en mi
sillón y me dispongo a leer el expediente de Texas. Por mucho que aquí
ponga que se llama Britney, para mí era y es Texas.
Paso casi una hora leyendo una historia triste. No ha tenido
oportunidades en la vida, su madre se encargó de quitárselas, y luego fueron
las drogas las que lo hicieron. Ahora entiendo mejor por qué no quiso tomar
nada la pasada noche. Para cuando he acabado ya es tarde. Apago todo y me
dirijo a la habitación de Nueva York. Al pasar por la de Texas no puedo
evitar entrar y mirar su cama vacía.
Nueva York me ha pedido una habitación para ella sola y no he podido
negársela. Por un momento estuve tentado a trasladarla a la mía, pero creo
que es mejor ir poco a poco, total, no tiene ningún sitio más al que ir, para
su familia se ha fugado con un hombre y sé que nadie la busca.
Al llegar a la habitación de Nueva York veo que está dormida y de
espaldas, está enfadada. Claramente no le ha gustado no quedarse a nuestra
reunión, pero ella debe entender su posición en esta casa; por más que ella
sea mi centro, no lo es en mis negocios.
Cierro la puerta lentamente y me dirijo hacia mi cuarto. El móvil vibra en
mi bolsillo. Un mensaje de Keanan.

La tiene el Sir, mañana por la noche iré a por ella.


Mi respuesta es sencilla.

Iremos.

El Sir es un jodido psicópata con el que es mejor no meterse, pero se ha


llevado a Texas y ella es mía. Mañana por la noche él va a entenderlo.
Me voy a la cama y duermo poco y mal, esperando ansioso el momento
de salir. No veo a Nueva York en todo el día. Tampoco me preocupo de
buscarla, no puedo consentirle estos berrinches, no cuando nos estamos
preparando para entrar en la boca del lobo.
La noche llega y todos mis hombres están distribuidos en cinco
todoterrenos negros. Vamos armados y dispuestos a entrar. Keanan está
cegado, su única meta es llegar a Texas. Y la mía también.
Es fácil entrar. No nos esperaban. Soltamos un par de granadas en la
entrada para atraerlos y funciona. Entramos por la puerta principal con
ráfagas de metralletas. No sé cuántos eran, pero puedo decir que pocos
quedan tras la intervención de mi equipo. Veo al Sir y sé que él me ve. Lo
pierdo de vista y creo que ha huido en helicóptero, sabe que está en
desventaja y no está dispuesto a morir por una esclava. Aunque no dudo que
tomará represalias.
Vamos habitación por habitación, buscándola. Allí no hay nada más que
guardias. Llegamos a un salón donde hay una mesa preparada para dos y
cinco cuerpos en el suelo. Reviso el lugar y no veo a nadie, hasta que llego
a la cocina y encuentro a dos mujeres desnudas.
—¿Habéis visto a Texas? —les pregunto mientras observo que una de
ellas lleva un cuchillo en la mano, uno muy grande.
CAPÍTULO 14
Texas
Me quito los zapatos de tacón para correr mejor. No suelto el arma. Bajo
por unas escaleras dos pisos y llego a una puerta vieja. Giro el picaporte con
cuidado y me asomo lentamente. Los disparos siguen sonando a mi
alrededor. Casi lloro de alegría cuando veo que la puerta da a un patio y al
fondo hay un portón abierto tras el cual se ve el jardín.
Ya casi estoy fuera.
Corro hacia allí sin pensármelo dos veces. Parece que toda la acción se
está desarrollando en el otro lado. Espero que los rusos acaben con el Sir,
no quiero saber que está vivo en el mismo mundo que yo.
Al llegar al portón, me detengo para mirar si hay alguien al otro lado. Si
no fuera por los disparos dirías que no ocurre nada. La noche oscura ha
caído tranquila sobre los viñedos y me parecen precioso, hasta que recuerdo
como hace unas horas el Sir me persiguió y me tomó, y por un segundo me
pienso si huir, me aterra lo que puede hacer si me alcanza. Me doy una
patada mental en el culo y salgo corriendo como alma que lleva el diablo.
Prefiero morir de pie y todo eso.
Atravieso el jardín y llego a la zona de viñedos. Noto la tierra húmeda y
recuerdos que no quiero tener acuden a mi mente. Los aparto y sigo
corriendo. Corro hasta que no puedo más y caigo de rodillas, aun así, tomo
aire y sigo corriendo, lo hago hasta que ya no oigo los disparos. Y luego
camino. No sé dónde estoy ni a dónde me dirijo. Tan solo llevo puesto un
vestido caro y un arma en la mano. Echo en falta mi ropa interior, no sabía
cómo de segura me hace sentir hasta que no he tenido la opción de llevarla.
Al menos hace buena noche. Camino durante una eternidad hasta que llego
a una pequeña carretera.
Esto tiene que llevar a alguna parte, ¿no? Ando durante un rato,
esperando ver alguna señal que me indique dónde me encuentro. Nada.
A lo lejos oigo el ruido de un motor. Alguien se acerca. Pienso en
esconderme, pero sería inútil, todo lo que hay a mi alrededor es campo y no
hay nada donde ocultarme. Me quedo parada mirando, no quiero que me
cojan desprevenida. Antes de llegar a mi altura aminoran un poco, me tenso,
me pasan y veo que se alejan unos metros, luego se detienen. Agarro el
arma con más fuerza. Veo la puerta trasera abrirse y un hombre salir
corriendo, quiero hacer lo mismo, pero mis piernas no me funcionan, estoy
muy cansada, así que me quedo allí mirando y levanto mi arma, apuntando
lo mejor que sé.
—Texas, soy yo.
Ni siquiera lo estoy mirando, pero reconozco su voz. Bajo el arma y veo
cómo se acerca a mí. Antes de que llegue, me giro y vomito lo poco que
tengo en el estómago.
CAPÍTULO 15
El Amo
Como si me reconociera, suelta el arma, se gira y comienza a vomitar.
Llego a ella lo más rápido que puedo, sosteniéndole el pelo. Una vez que ha
sacado todo lo que tenía en su estómago y convulsionado un par de veces
más, le doy una botella de agua que mi conductor nos ha sacado.
—¿No podías esperar a que llegáramos por ti? —le pregunto, viendo el
mal estado en que se encuentra.
—No creía que nadie fuera a venir por mí. Como ves, no se me da tan
mal apañármelas sola.
Y ahí está la Texas descarada. Contengo una sonrisa mientras ella
continúa hablando.
—La próxima vez, si quieres, te dejo hacer de príncipe para que tu ego
masculino permanezca intacto.
Veo cómo se tambaleaba y la sostengo con un brazo. Hace una mueca de
dolor.
—¿Qué ocurre?
—Mi espalda —me contesta, apoyando su frente en mi pecho.
Miro por encima del hombro y veo cómo la tiene. Parece que un gato ha
jugado a afilarse las uñas en ella.
—Joder, ¿él te ha hecho esto?
Ella asiente. Voy a matarlo.
—¿Qué más sucedió? —Necesito saber qué ha pasado en estos días.
Ella me mira y rompe a llorar. Mi mujer fuerte está llorando frente a mí y
no sé qué hacer. Paso un brazo por debajo de sus rodillas y la alzo. Nos
meto en el coche. Intento bajarla, pero ella no quiere, se aferra a mi cuello
sin dejar de llorar silenciosamente. Y yo la abrazo más fuerte mientras le
mando un mensaje a Keanan para avisarle de que la tengo y que vamos para
casa.
—Tranquila, Texas, vamos a casa —le susurro contra su pelo a la vez que
le doy un beso.
Tenerla así de cerca me hace sentir cosas raras. Una necesidad de
protegerla se apodera de mí. La estrecho un poco más para intentar calmar a
la bestia en mi interior que clama por la sangre del Sir. Hoy no, pero voy a
cazarlo y dejarle claro que ella es mía.
CAPÍTULO 16
Texas
No sé por qué lo he dejado cogerme, ni sé por qué me he aferrado a él
cuando entramos al coche, solo sé que verlo me hizo sentir a salvo. Y ahora
lo que me siento es estúpida, una niña pequeña, pero necesitaba llorar.
Quería aguantar, lo juro, pero cuando me apretó un poco más contra él no lo
pude soportar, todo se me vino encima. El barro, las locas, la mesa debajo
de mí, los hombres a los que maté. No sé cómo lidiar con eso. Los maté.
Simplemente disparé. Fui egoísta. Me elegí a mí.
—No tienes que hacerlo ahora, Texas, pero por favor, necesito que me
cuentes qué ha ocurrido allí —susurra el Amo contra mi pelo.
Yo no respondo.
—Sea lo que sea podemos arreglarlo, déjame arreglarlo.
No sé por qué quiere arreglar algo que no ha roto él.
—Puede que no me creas, pero no te mentí cuando te dije que erais las
primeras mujeres a las que compraba. No quiero que pienses que lo que el
Sir hizo está bien o que lo apruebo.
Siento un escalofrío al oír ese nombre.
—Las mujeres que están en casa son herencia. No hace mucho que me
ocupo de los negocios de mi padre. Ellas eran suyas. Yo simplemente dejé
que pasara lo que hasta ahora seguía pasando. Nunca compré a ninguna.
—Pero tampoco las libertaste —murmuro sin levantar la cabeza, no
quiero mirarlo a los ojos, no desde tan cerca.
—No es tan fácil. Ellas saben cosas, han visto cosas. Digamos que
debería haberlas matado. Preferí dejarlas vivir.
—Así que ellas deberían de estar agradecidas —contesto enfadada—,
¿les has preguntado si ser violadas de esa manera cada día es mejor que
estar muertas?
El Amo suspira. Creo que me he excedido, pero ahora mismo estoy
demasiado cansada para ser correcta o sumisa.
—Desde el mismo día que dijiste que no era agradable entrar y ver eso,
ya no ha vuelto a pasar. Se lo prohibí a mis hombres. Ahora son sirvientas.
—Oh.
No lo sabía. Estaba tan centrada en Nueva York que no me había fijado.
Noto como el coche va más lento y alzo la cabeza de su pecho por
primera vez desde que entramos. Si no me equivoco, estamos en casa del
amo. Puedo reconocer el jardín. Me remuevo un poco, dándome cuenta de
que cuando paremos voy a tener que enfrentarme a esta situación. El coche
se detiene al frente de la casa y veo como el conductor, que no ha dicho
nada en las tres horas de viaje, se baja y nos abre la puerta. Me intento bajar
del Amo, pero no me deja, lo intento de nuevo y él vuelve a cogerme en
brazos.
—Por favor, lo necesito —me suplica, y yo le dejo.
Avanzamos hasta la entrada y su amigo raro está allí, esperándonos junto
con Nueva York. No está feliz de verme, al menos no aquí arriba. No tiene
idea de que este hombre está loco por ella. Hasta el punto de secuestrarla.
—Dámela, yo me encargo —dice Keanan, tendiendo los brazos hacia mí.
Noto un pequeño apretón.
Miro al Amo y veo en su cara que no quiere hacerlo.
Miro a Nueva York y en sus ojos se refleja lo poco que le gusta esta
situación.
Miro a Keanan y noto su impaciencia.
—Bájame, por favor —le pido, viendo que es la mejor solución, no es
como si sus brazos fueran mi lugar correcto.
—He dicho que me la des —repite Keanan, acercándose.
—Bájame —le insisto.
El Amo sigue con la mandíbula tensa.
—¡Dámela! —grita Keanan finalmente, intentando arrancarme de los
brazos del Amo y provocando que me encoja un poco por el dolor en mi
espalda.
—¡Bájame!
—¡Quieto!
Gritamos el Amo y yo a la vez.
—Bájame, por favor —le suplico, mirándolo a los ojos.
Él me mira y asiente. Me deja poco a poco en el suelo. Noto el pelo
rozarme la espalda y lo aparto hacia un lado, colocándomelo delante. Tomo
una respiración, alzo la cabeza y camino recta dentro de la casa. Al pasar a
Keanan y Nueva York oigo su asombro. Mi espalda no está en su mejor
momento. Lo sé, lo siento.
—¿Qué demonios ha pasado? —inquiere Keanan, deteniéndome con una
mano en mi hombro, lo aparto para zafarme de él
—Seguro que eso va a dejar marcas permanentes —dice Nueva York,
realmente noto los celos en su voz, idiota.
—Nueva York —la reprende el amo.
—Cariño, ¿ya has conseguido demostrar que tus cosas no te las quita
nadie? —le pregunta, colgándose de su brazo.
Los miro por encima del hombro y lo entiendo. No vino a por mí. Vino a
por su cosa robada. Los hombres con poder son como niños, si alguien les
quita algo tienen que recuperarlo, aunque sea para tirarlo a la basura.
—Acabemos con esto —digo sin mirar a nadie—. ¿Dónde quieres que
vayamos para que os cuente todo?
—No es necesario hacerlo ahora, Texas —me asegura el Amo desde
debajo de los brazos de Nueva York.
—Prefiero que sea así. Os lo cuento y lo meto en un rincón de mi mente
para no recordarlo más. Por favor.
Él duda, pero finalmente cede.
—Vamos a mi despacho —dice, mostrándome el camino, aunque yo ya
lo conozco.
—Yo también voy a estar —interviene Keanan.
—¡Y yo! —grita Nueva York.
Genial, tengo público. Quiero correr a cambiarme de ropa, pero eso me
hace sentir débil y no quiero, así que imagino que llevo unos vaqueros en
vez de ropa que apenas me cubre.
—No creo que sea conveniente —murmura el Amo muy serio.
—No me importa. —O quizás sí, qué más da, no es como si quedara algo
de mi dignidad que salvar.
—¿Estás segura?
Yo asiento.
Nos dirigimos los cuatro a su despacho. Entramos y veo como el Amo se
sienta en su gran sillón detrás del escritorio. Nueva York se sube a su
regazo. Parece una posición que ya ha tomado antes, imagino que el tiempo
no se detuvo porque desaparecí. Keanan se sienta a mi lado, cerca,
demasiado. Retiro un poco la silla, necesito espacio.
—Bien, ¿qué quieres saber?
—Todo.
La intensidad con la que me mira me abruma.
—De acuerdo.
No entiendo por qué necesita saberlo. No era un juguete nuevo cuando
llegué. No soy un juguete nuevo ahora. Quizás esté más rota, pero sigo
siendo el mismo juguete que compró.
—No sé cuánto llevo fuera, creo que fueron tres o cuatro días, pero no
tengo noción de eso, apenas me desperté ayer por la tarde.
Miro el sol brillando por la ventana. Hace una mañana preciosa para
alguien en algún lugar.
—Al abrir los ojos entró una mujer desnuda. No la había visto nunca y
pensé que era parte de las chicas de aquí. Estaba golpeada y sus ojos no
tenían vida. Le pregunté por vosotros, pero no sabía quiénes erais. Cuando
me di cuenta, me asusté y salí del cuarto. Ahí me percaté de que no estaba
aquí. Así que seguí caminado hasta que vi una ventana y me lancé por ella
al jardín. Luego corrí hasta que él me atrapó.
Tomo una respiración profunda.
—Después de eso me llevó de regreso a la casa y…
—Espera —me interrumpe Nueva York—, ¿quién te atrapó?
—El Sir, el Amo de esa casa.
—¿Y no te hizo nada por huir?
—Digamos que me castigó.
—¿Cómo?
Estoy empezando a sentir rabia. Ella preguntando y ellos callados
dejándola hacerlo. No quería entrar en detalles, pero por lo visto ellos sí, así
que ahí van.
—Me tiró al suelo y él se precipitó encima de mí. Solo había despertado
con una camiseta y la ropa interior, así que fue fácil rasgar mis bragas e
introducirse dentro de mí. Me dolió. Mucho. No estaba preparada. Mientras
él lo hacía, yo trataba de girar la cara para poder tomar aire. No duró
mucho. Luego me recogió del suelo y me llevó de vuelta. Ese fue mi
castigo.
CAPÍTULO 17
Texas
Los tres se quedan callados. Sin decir nada. Continúo entonces.
—Después de eso me dejó darme una ducha y me preparó, tal y como me
veis ahora, con un vestido bonito y sin ropa interior. Fácil acceso. Cuando
me llevaron ante él volvió a forzarme encima de la mesa, no apartó ni
tenedores ni vasos, las copas se rompieron y clavaron en mi espalda. Creo
que quería oírme gritar, no lo hice. Tras eso —prosigo al ver que no dicen
nada—, mandó traer a unos guardias del barco, unos de tantos que me
violaron, y me dio dos opciones: matarlos o dejar que sus hombres me
tomaran allí mismo uno detrás de otro.
—No —susurra Keanan.
—Sí, y lo hice, disparé cuatro veces, maté a cuatro personas. Luego
llegasteis, el Sir creía que eran los rusos, o al menos eso entendí, un tal Lev.
Me dejaron al cuidado de un guardia y cuando tuve una oportunidad hui. Y
corrí como nunca lo había hecho. El Amo me encontró unas horas después.
Ellos permanecen en silencio. La primera en hablar es Nueva York.
—¿Cómo pudiste? —me pregunta, no la entiendo—. ¿Cómo pudiste
matar a esos hombres?
La miro sorprendida, después de todo lo que he dicho ¿solo se ha
quedado con eso? Echo un vistazo al Amo y a Keanan. Siguen sin hablar,
supongo que ellos también quieren saberlo.
—Me preguntas que ¿cómo pude hacerlo? Apretando el gatillo —le
contesto, quiero hacerme la dura, borrar la imagen de mí, débil en los
brazos del Amo, el tiempo de lloros ha terminado—. Eran ellos o yo, y no
dudé sobre a quién escoger. Volvería a hacerlo si fuera necesario.
O eso espero, me aterroriza cerrar los ojos y ver en mi cabeza el
momento exacto en que apreté el gatillo y la vida abandonó los cuerpos de
esos hombres. Ver los sesos desparramados por el suelo, por la pared, por
los zapatos de los guardias del Sir…
Tengo que respirar profundamente para evitar una arcada.
Nueva York se queda paralizada y veo como empieza a llorar, ¿en serio?
Paso por todo esto y tú ¿lloras? Mi rabia sigue creciendo, no sé cuánto más
voy a poder retenerla.
—¿Puedo irme ya? —pregunto, levantándome de la silla.
—Texas, lo lamento, esto no debería haber ocurrido —dice el Amo
mientras abraza consolando a Nueva York.
—No, no deberían haber robado tu muñeca, pero no te preocupes, estaba
rota y rota sigo. Has recuperado tu juguete en el mismo estado.
Como si mis palabras picaran al salir, me dirijo hacia la puerta.
—Gracias por venir a por mí —murmuro por encima del hombro.
Dicho esto, me voy. Quiero llorar de rabia. Gritar. No es justo.
CAPÍTULO 18
El Amo
Veo a Texas salir de mi despacho y noto como Nueva York se relaja en mi
regazo.
—Voy a encontrar al Sir y destriparlo entero —susurra Keanan frente a
mí.
Le ha afectado el relato de Texas, a mí también. Mi mejor amigo no
puede parar de farfullar.
—Va a suplicarme que lo mate, pero no lo voy a hacer, no hasta que el
último trozo de su cuerpo sea cortado en pedacitos muy muy pequeños.
Nueva York empieza a temblar.
—Ya basta, la estás asustando —le ordeno.
—Me importa una mierda.
—Keanan —digo su nombre como una advertencia.
Él se levanta de golpe enfadado y se marcha sin decir nada más. Luego
tengo que hablar con él. Paso mi mano por la espalda de Nueva York, ha
quedado muy impactada por lo que ha contado Texas.
Texas. Mi pequeña guerrera. Sonrío.
—Sabes, creo que yo nunca sería capaz de quitarle la vida a otro ser
humano —murmura Nueva York con la cabeza apoyada en el hueco de mi
cuello.
—Eso no lo sabes hasta que llega el momento.
Y yo lo sabía. Nunca creí poder hacerlo la primera vez, pero el instinto de
supervivencia es mayor que la moralidad.
—No, definitivamente no podría vivir sabiendo que he matado a cuatro
hombres inocentes a sangre fría.
Esa declaración es claramente de una persona que no ha estado ni un
poquito cerca de vivir una situación similar.
—No eran tan inocentes.
—Tampoco sabemos si lo hicieron por su propia voluntad o les
obligaron.
Empieza a molestarme que los defienda.
—No creo que puedan obligarte a violar a nadie.
—No, pero…
—Ya vale, nena —la corto, moviéndome para levantarme y obligándola a
levantarse a ella también—. Ha sido una noche larga y quiero descansar un
poco.
Me mira molesta, no le gusta ser desairada, esta vez va a tener que
aguantarse.
—Está bien. —Se pone de puntillas para darme un beso y se larga.
Me quedo allí parado en mi despacho, medio sentado en mi mesa,
recordando las últimas horas. Cuando pasamos junto a Texas con el
coche… Creo que no me he sentido tan aliviado en la vida. Verla en ese
estado, caminar por sí misma, o al menos intentarlo. La dejé en un primer
momento, quería demostrar que ella se valía sola y lo hizo. Luego flaqueó
un instante delante de mí y no pude evitar cogerla en brazos. Estaba tan
orgulloso de ella. Incluso cuando se puso a llorar. No me había dado cuenta
de lo mucho que ella me importa, no sé en qué momento ha empezado a
hacerlo. También pude sentir lo cabreado que estaba conmigo mismo por
dejar que se la llevaran. Sostenerla en brazos calmó un poco mi ira, pero
creo que verla entrar en casa, descalza, con la ropa manchada, la espalda
sangrando y el pelo revuelto, pero con la cabeza alta, ha hecho que se gane
totalmente mi respeto. Algo ha cambiado.
Decido ir a verla. No he sabido qué decirle después de que contara todo
lo ocurrido. Tengo que hablar con Nueva York sobre cómo se comportó, se
lo puso difícil. Creo que a Keanan le ha pasado lo mismo que a mí. No
sabíamos qué decir, ni por dónde empezar. Matar a alguien no es fácil. Por
como se ha ido creo que ha malinterpretado nuestros silencios.
Llamo a su puerta, pero no se oye nada. Vuelvo a tocar y lo mismo.
Espero unos segundos hasta que giro el picaporte y abro lentamente,
llamándola. No hay respuesta. Mi corazón comienza a acelerarse. Miro
dentro y no veo nada fuera de su sitio. Me dirijo al baño, apoyo mi oreja en
la puerta, pero no escucho nada. Abro y veo restos de agua. Luego en el
suelo veo el vestido totalmente rasgado. No me gusta esto. Sacó el móvil y
marco.
—Localizad a Texas, quiero a todos los hombres buscándola —ordeno a
mi jefe de seguridad, y acto seguido cuelgo.
Vuelvo a la habitación para ver si hay algo fuera de su sitio, algún signo
de que alguien haya entrado, pero nada. La ventana está cerrada. Creo que
voy a tapiarla. Paseo de arriba abajo. Pasa casi media hora hasta que mi jefe
de seguridad me llama y me confirma que está en la biblioteca. Salgo
disparado hacia allí, necesitando ver por mí mismo que está bien.
CAPÍTULO 19
Texas
No debería haberme hecho hablar delante de ellos.
No debería haberme hecho contar y revivir lo sucedido.
No debería tratarme como lo hizo en el coche si luego iba a consolar a
Nueva York.
No debería… No, ya vale.
Me limpio una lágrima de la mejilla y voy hacia el que era mi cuarto
hasta hace unos días. Ya no sé si lo sigue siendo. Me da igual. Me meto
dentro y cierro la puerta. No pongo el seguro. Y por un momento me doy
cuenta de que estoy justo en el lugar donde me secuestraron. Y no me gusta.
Comienzo a respirar más rápido y pienso en irme. Tengo miedo. Pero voy a
enfrentarme a ello. Cojo una toalla y me meto a la ducha. Rompo el vestido
para salir de él y saco toda mi rabia contenida.
Me lavo rápidamente entera, cabeza y cuerpo. Es cuando me seco que
noto mi espalda en carne viva. Me acerco al espejo y me miro. Para ser
sinceros, pensaba que estaba peor. Apenas tengo cuatro o cinco cortes
grandes y el resto son puntos o pequeños rasguños. No tiene pinta de que
me vaya a morir de esto. Busco en el armario del baño algo para desinfectar
y lo vuelco sobre mi espalda. No pienso pedir ayuda a nadie.
—¡Joder! —grito cuando empieza a escocer.
Si es verdad eso de que si duele es que está curándose, esto se va a
quedar como nuevo porque pica como el demonio. Cuando noto que el
escozor es soportable, me pongo con cuidado un sujetador de los que
compró el Amo para mí y noto como el lado de Nueva York está vacío.
Reviso el resto de cajones y el armario y no veo nada suyo. Ella ya no
duerme aquí. Busco un uniforme y me lo pongo. Noto la tela contra mis
heridas, pero no es nada que no pueda aguantar. Rozo con mis dedos mi
cicatriz, mi botón de reinicio, y repito mi mantra.
—Ya queda un día menos para el resto de mi vida.
Termino poniéndome las deportivas y salgo a limpiar.
Paso media hora ordenando la biblioteca. Desempolvo libro a libro con
un trapo, un rato después, cuando oigo gente moverse fuera no puedo evitar
asustarme. No puede ser, ¿ha venido a por mí? Respiro hondo y me acerco
lentamente, abro la puerta y asomo mi cabeza. No veo al Sir ni a nadie
parecido, son todos hombres del amo. No sé por qué, pero puedo
distinguirlos, estos no tienen cara de sádicos. Uno se para ante el
movimiento de la puerta, se acerca y la abre del todo mientras doy un paso
atrás. Se toca la oreja.
—Terminad la búsqueda, está en la biblioteca.
¿Qué búsqueda?
CAPÍTULO 20
Texas
Antes de que pueda preguntarle, veo al Amo venir y despachar al guardia.
—¿Dónde te habías metido? —me pregunta enfadado.
—He estado aquí en todo momento.
—Fui a tu habitación y no estabas. El vestido estaba roto en el suelo —
gruñe, y entonces echa un vistazo a su alrededor, confundido—. ¿Qué
demonios haces aquí?
Lo miro sin entender a qué viene ese tono y esas preguntas.
—Limpiar.
Le respondo en un tono que le da a entender que no sé de qué se extraña.
Él se pasea de arriba abajo, despeinándose con las manos.
—Limpiar, claro, ¿y por qué se te ha ocurrido que tenías que limpiar?
—Porque eso es lo que hago aquí, ¿no?
Sé que mi tono es como si hablara con un tonto, pero no entiendo qué
está pasando. Me mira de arriba abajo. Y cuando va a decir algo, oímos la
voz de Nueva York llamándolo.
—Ya voy —le contesta, mirándome a los ojos.
Y se larga. Ha sido un momento raro. Mucho. No sé qué le ha picado. Yo
vuelvo a cerrar la puerta de la biblioteca y sigo limpiando. Libro a libro.
Reconfortándome mientras miro cada portada.
CAPÍTULO 21
El Amo
Voy arriba, hacia la voz de Nueva York, que está en mi habitación. No me
gusta que entre cuando yo no estoy, aun así, sigue haciéndolo. Le asigné un
cuarto junto al mío para tenerla cerca, pero sigo valorando mi espacio
personal libre de mujeres. Me gusta en mi cama, aunque no viviendo en mi
habitación.
No entiendo por qué demonios Texas está haciendo esto, volver al trabajo
como si no hubiera pasado nada. No debería estar limpiando. Debería estar
descansando. Joder.
Esto es culpa mía. Voy a dejarle claro que ella aquí no es solo una más,
no sé qué posición ocupa, pero como el jodido infierno que no es una más.
—¿Qué ocurre? —le pregunto, sin entender por qué se ha lanzado a mí.
—Cuando he visto a todos los de seguridad he tenido miedo de que
alguien hubiera entrado.
—No ha pasado nada. Texas había desaparecido y la estaban buscando.
Ya la he encontrado.
—¿Estaban todos buscando a Texas? —me interroga sorprendida.
—Sí. Fui a verla a su habitación y no la encontré. Así que me puse un
poco nervioso.
Nueva York me mira con cara de pocos amigos.
—¿Crees que es peligrosa? —suelta de la nada.
Me giro para mirarla sin saber muy bien qué contestar.
—Quiero decir, no sé si sentirme muy segura a su alrededor ahora que sé
que es capaz de matar.
No puedo creer que realmente esté diciendo eso.
—No es una asesina en serie ni una psicópata escapada de un manicomio,
Nueva York. Es una superviviente.
—Ya, pero…
—Tú mejor que nadie deberías saberlo. Y de paso agradecerle que
cuidara de ti. Lo que hiciste antes en el despacho no estuvo bien.
—No hice nada.
—Sí, hiciste preguntas innecesarias.
—Nadie me dijo que no las hiciera.
En eso tiene razón. Una parte de mí quería saber qué había ocurrido. Otra
quería vivir feliz en mi ignorancia.
Nos quedamos mirando, ella nota mi cara de enfado y se lanza hacia mí
como ha hecho antes. Empiezo a conocerla. Cuando me cabreo recurre al
sexo para hacer que me olvide del motivo por el que estaba enfadado.
Normalmente funciona, pero esta vez no tengo ganas. vez no tengo ganas.
—Nueva York —le digo mientras ella está metiendo sus manos debajo de
mi camisa—. Ha sido una larga noche, quiero dormir un rato.
Ella no para, comienza a meter su mano en mis pantalones.
—Nena, de verdad, a dormir.
Se separa, mirándome incrédula. Por un segundo creo que va a comenzar
una pelea, pero mi cara refleja que no voy a aguantar mierda y parece que
ella lo nota.
—Está bien, dormiremos un rato —me dice, cambiando a su voz dulce y
arrastrándome a la cama con ella.
Acepto seguirla porque realmente necesito descansar. Sigo disgustado
con ella y con su comportamiento, pero aun así la dejo meterme a la cama y
la abrazo cuando se acurruca contra mí. No tardo mucho en caer dormido.
Para cuando me despierto noto que es de noche. Realmente necesitaba
este descanso. Nueva York está acurrucada dándome la espalda. La miro un
momento y pienso en nosotros. Desde el primer instante que la vi supe que
tenía que ser mía. Y ahora que lo es… Solo que creo que se me ha pasado la
euforia del primer momento. Me siento diferente.
Me levanto, me visto y voy abajo. Necesito comer algo antes de ir a
trabajar al despacho un rato, la siesta me ha despejado. Tengo envíos
pendientes que revisar y los italianos están pidiendo vernos de nuevo para
aclarar términos de la Élite, aunque no creo que Cathal vaya a acudir a
ninguna reunión.
Entro a la cocina y enciendo la luz, ya es casi medianoche y todos,
excepto los hombres de guardia, están dormidos; han sido unos días duros.
Abro la nevera en busca de comida y veo un plato con una etiqueta: Texas.
No ha debido bajar a cenar. Me preocupa que esto le afecte demasiado. Si
mañana no come me ocuparé yo mismo de que lo haga.
Saco lo necesario para hacerme un sándwich y repaso mentalmente todo
lo que tengo pendiente.
Me pregunto si Texas estará dormida.
Me siento mientras me sirvo una copa de vino, me encanta tomar un
sándwich y una copa de vino, y si es del caro mejor, es una extravagancia
que me permito.
Quizás Texas tenga hambre.
Termino el sándwich y no me molesto en recogerlo, tengo gente que lo
hace por mí.
Pienso un segundo en llevarle el plato de la nevera a Texas.
Nah, estará dormida.
Salgo de la cocina directo a mi despacho, pero me paro en las escaleras y
miro hacia arriba. Ni siquiera me tomo un segundo para pensarlo que ya
estoy subiendo. Me dirijo a la habitación de Texas y apoyo la oreja contra la
puerta, no se oye nada. Giro lentamente el picaporte y me asomo con una
idea fija en mi mente: necesito verla dormir.
CAPÍTULO 22
Texas
Se me hace la noche en la biblioteca y como nadie me ha vuelto a molestar
imagino que está bien que haga esto. Cuando veo que ya no queda más que
limpiar aquí, salgo y voy a mi habitación nuevamente. No quiero cenar,
tampoco he comido. Mi estómago aún está revuelto. Me pongo el pijama y
me tumbo en la cama de lado, la espalda me molesta, pero nada
insoportable. Cierro los ojos intentando dormir, sin embargo, las imágenes
no paran de llegar a mi cabeza. Pienso en cosas bonitas, en lugares felices y
parece que logro que esas pesadillas se alejen, pero luego noto un ruido y
me sobresalto, me quedo sentada en la cama. En silencio. No oigo anda.
Quizás me lo he imaginado. Mi corazón está acelerado y sé que no voy a
poder dormir. Tengo miedo. Me siento en el centro de la cama con las
rodillas debajo de mi barbilla, mirando la ventana por la que según me
enteré entraron. La vigilo durante unas horas, no sé si espero que alguien
aparezca o no, no tengo claro qué sería peor, si la espera o el
enfrentamiento. En mi cabeza no paran de pasar las imágenes de esos
hombres que he matado. Sus ojos mirándome. La vida saliendo de ellos.
Oigo un ruido fuera y me tenso. Me quedo en silencio intentando
descubrir si es real o es parte de los millones de ruidos que he oído en mi
cabeza durante el último rato. Son pasos, es real. El picaporte de la puerta
comienza a girar y creo que voy a gritar, pero no lo hago, me quedo
paralizada. Espero y veo como una figura aparece en el umbral.
—¿Qué haces despierta? —inquiere una voz que conozco, no me hace
falta encender la luz.
—No puedo dormir.
Se queda en silencio un momento.
—¿Puedo? —me pregunta.
No le contesto porque no sé qué me está preguntando exactamente. Lo
veo avanzar, cerrar la puerta, quitarse la americana, plegarla encima de una
silla y dirigirse hacia mí.
—Hazme un hueco.
CAPÍTULO 23
El Amo
Ella sigue sin decir nada.
—Texas.
Se retira hacia un lado, dejándome sitio. Me siento de espaldas a ella, me
quito los zapatos y me tumbo a su lado. No deja de mirarme, aún sigue
acurrucada.
—Ven aquí —le ordeno, palmeando el sitio a mi lado.
Duda, pero se tumba. Soy lo suficientemente rápido como para meter mi
brazo debajo de su cabeza cuando lo hace y noto cómo se encoge cuando su
espalda toca las sábanas. La empujo de un hombro para que se ponga de
lado y acaba con su cabeza en mi pecho y su mano en mi hombro contrario.
Está incomoda con la situación. Lo noto. Me da igual.
—Siento cómo se comportó Nueva York antes, no tenía derecho a hacerte
esas preguntas ni a juzgarte como lo hizo.
—No pasa nada.
—Sí pasa.
No me gusta que le reste importancia.
—Es normal que me juzgue, ella la peor elección que ha tenido que hacer
seguramente ha sido si iba con un traje largo o un traje corto a su
graduación.
Me rio un poco. Es cierto, Nueva York no ha tenido una mala vida.
—¿Qué tal llevas la espalda?
—No está tan mal como pensaba, mañana apenas llevaré algo y en unos
días habrá desaparecido. Tengo la esperanza de que no deje marca.
—Perdóname —le digo, sintiéndolo de verdad—, no debí dejar que esto
ocurriera.
La noto respirar profundamente.
—No debí dejar que él llegara a ti, no creí que fuera capaz.
—Mierda pasa cada día, no le des muchas más vueltas, no se puede hacer
mucho ya.
Su respuesta no es un reproche, no la noto enfadada, quizás sí derrotada o
valiente, o una mezcla de ambas. Acaricio su brazo y noto un pequeño bulto
en él. Vuelvo a pasar mis dedos y lo noto claramente.
—Es una capsula anticonceptiva.
—¿El qué?
—Una capsula que segrega lo mismo que las píldoras anticonceptivas. Lo
descubrí estudiando Enfermería, es un gran invento.
Me quedo callado, creo que no había oído hablar de ello nunca.
—Evita que hijos de puta como el Sir se reproduzcan.
Me acaba de confesar que él no solo la ha violado, sino que lo ha hecho
sin protección. La ha marcado. Eso no me gusta. No quiero imaginarla de
esa manera, no logro imaginarla no estando aquí.
—Así que, por lo que veo, todo bien con Nueva York, ¿no? —murmura,
cambiando de tema.
—Gracias a ti.
—Veo que ya no tiene aquí sus cosas, así que imagino que la tienes
instalada en tu cuarto.
Percibo una nota de ¿celos?
—No exactamente, mi habitación es mía —le aclaro—, ella duerme en la
de al lado.
Se queda pensando un momento.
—Debería mudarme con las demás chicas del servicio.
—No —le contesto tajante, no la quiero durmiendo en el sótano de la
cocina.
—Per…
—No, y esto no está en discusión.
Ella se queda callada, sé que quiere discutirme la orden, pero no lo hace.
—¿Has matado alguna vez? —me pregunta de la nada—. No quiero
detalles, solo saber si lo has hecho.
—Sí.
—¿Cómo logras dormir después?
Un sentimiento de ternura me llena, está pidiendo ayuda a su manera. La
estoy empezando a conocer.
—¿Es por eso que no podías dormir?
—Sí, no logro dejar de ver a esos hombres frente a mí, muertos, con los
ojos abiertos, la sangre rodeándome.
—La primera vez es difícil. Es la culpa la que te hace ver todo eso. Pero
recuerda que tú solo estabas sobreviviendo.
—Podría haberles dejado jugar conmigo a cambio de sus vidas.
Los remordimientos hablan por ella.
—Hiciste lo correcto en ese momento. Te agradezco que lo hicieras, me
has ahorrado trabajo.
—No te entiendo.
— Si no estuvieran muertos, hubiera tenido que ir también tras ellos por
lo que te hicieron. Igual que pienso matar al Sir por lo mismo.
—Debe ser agotador ser un macho alfa —me contesta.
Me río, ella tiene ese efecto en mí.
Texas cree que lo hago porque entraron en mi propiedad y robaron algo
que es mío. En parte tiene razón, pero lo hago también porque la tocaron y
necesito que él pague por eso.
Voy a asegurarme de que la revisen bien para cerciorarme de que su salud
no está en riesgo después de todo lo que pasó.
—Cierra los ojos —le pido—, y escucha atenta los latidos de mi corazón.
Concéntrate en eso.
Ella se acomoda un poco para obedecerme y tener su oreja contra mi
pecho. Yo pongo mi brazo libre debajo de mi cabeza.
—Piensa en un lugar en el que hayas sido feliz, un momento en el que te
sientas segura y concéntrate en eso. Con los ojos cerrados.
—Está bien.
Ella me obedece. Retira su pelo a un lado, dejando su cuello, hombro y
brazo al descubierto, y apoya la mano contra mi pecho, cerca de su cara.
Comienzo a trazar un recorrido por su brazo con mis dedos, de arriba abajo,
de abajo arriba. No tardo mucho en oír su respiración rítmica. Se ha
quedado dormida. Debe estar agotada.
Me quedo mirando al techo un rato, evaluando esta situación, la
tranquilidad que siento ahora mismo, y me pregunto por qué quiero
quedarme aquí en vez de volver a la cama con Nueva York.
CAPÍTULO 24
Texas
Me despierto poco a poco, recordando la noche anterior. El Amo entró y me
ayudó a dormirme mientras me abrazaba. No entiendo por qué lo hizo. Miro
el lugar en el que lo dejé anoche y está vacío. Lo toco y está frío. Puede que
fuera un sueño. Mi mente puede estar jugándome malas pasadas, pero
recuerdo perfectamente cuando me apretó contra él, aún siento sus dedos
trazando mi brazo. Incluso creo que besó mi frente en algún momento. Y
me gustó esa sensación. ¿Será que sufro algún tipo de síndrome de
Estocolmo? ¿O solo es que soy idiota? Es demasiado temprano para
saberlo.
Rozo mi cicatriz para darme fuerzas para empezar el día y me levanto.
Voy directa al baño y me saco la camiseta para ver mi espalda. Está bien, tal
y como pensaba, aún me molesta, pero parecía más de lo que realmente es.
Mejor. Me meto a la ducha para comenzar el día. Quiero volver a la
normalidad, o a lo que sea esto que estoy viviendo ahora. Necesito
centrarme y empezar a pensar cómo voy a salir de aquí.
Cuando termino de ponerme el traje, veo una nota en la mesilla en el lado
donde estuvo el amo.
Cuando te levantes, ven a mi despacho.
No está firmada, pero no tengo ninguna duda de que es de él.
Recojo mi pelo en una coleta alta y salgo para allí. Todavía es temprano,
así que Nueva York no estará cerca, aún estará en la cama, seguramente en
la del amo.
Pensamientos raros fuera.
Justo cuando voy a llegar a la puerta, Nueva York me sorprende por
detrás y doy un pequeño bote.
—¿Dónde vas? —me pregunta todavía en pijama.
Alguien tendría que decirle que es mejor insinuar que enseñar, ese trozo
de tela no cubre nada.
—El Amo me ha pedido que vaya a su despacho.
Ella me mira durante un segundo.
—No creas que vas a conseguir algo con él.
Espera, ¿qué? Dudo si he oído lo que he oído.
—Puede que se mostrara atento, pero solo es porque me ayudaste en el
barco, no lo olvides, estás aquí por mí.
Vale, es muy temprano para aguantar perras.
—Nueva York, de verdad, no tengo ánimo para hacer esto ahora,
¿podemos dejarlo para después del desayuno?
Me giro y la dejo con la palabra en la boca.
—No te queda mucho tiempo aquí —la oigo decir mientras se va por
donde ha venido.
Llego a la puerta y toco despacio.
—Adelante —escucho desde el otro lado.
Paso dentro y lo veo sentado detrás de su gran mesa. Su amigo raro
también está, de pie junto a él.
—Toma asiento, Texas —me indica el Amo, y yo lo hago muy
cautelosamente.
No sé qué hago aquí ni por qué el amigo raro también está, pero no me
gusta. Los miro entrecerrando los ojos, ideas locas se pasan por mi cabeza.
Empiezo a entender las palabras de Nueva York. Mierda.
—¿En qué piensas, Texas? —me pregunta el Amo curioso, observando
mi cara.
Es como si me conociera más de lo que me gustaría.
Dudo si decírselo, pero no es que tenga mucho que perder, así que me
lanzo.
—En que ahora entiendo por qué me fuiste a buscar; aún puedes sacar un
buen precio por mí, ¿no?
Ambos me miran en silencio. Creo que he acertado.
—¿Qué demonios estás diciendo? —pregunta el Amo medio gruñendo.
Igual me he equivocado.
—¿No vas a venderme a tu amigo raro?
Sinceramente, pensaba que por eso estaba aquí, que por eso participó en
mi rescate. Tiene un algo extraño conmigo desde el principio. El amigo raro
se ríe. El Amo no.
—No, Texas, no voy a venderte ni ahora ni nunca.
—Aunque después de que hablemos vendrás a vivir conmigo —dice
Keanan, aún riéndose.
—Eso está por ver todavía, Keanan —le contesta el Amo serio.
Yo los miro sin entender nada de lo que están diciendo.
—¿Alguien me puede explicar qué pasa? —les corto, viendo que siguen
discutiendo si me voy o no con el amigo raro.
—Sabemos que tu nombre es Britney Miller —suelta finalmente el amo.
Me remuevo en mi asiento. Eso no deberían saberlo, había robado la
identidad de una compañera de la clínica para evitar que esto pasara.
—Mírame —dice el amigo raro, sentándose a mi lado—, pero mírame
bien, ¿te resulto familiar?
Lo observo fijamente, trato de recordar, pero ningún Keanan me viene a
la mente. Niego con la cabeza. El amigo raro acerca su silla, coge mis
manos entre las suyas y las besa. No entiendo nada.
—Si te digo Brian O´Keffe, ¿te suena ese nombre de algo? — insiste de
nuevo y clava sus ojos en los míos.
No tengo dudas, conozco ese nombre a la perfección, pero no sé por qué
lo trae ahora a colación. Hace más de quince años que no sé de él. Me
quedo callada, esperando a que revele más información.
—Dime, ¿te suena? —Sigo callada, no sé si puedo fiarme de él.
De pronto, el amigo raro, suelta una carcajada, miro al Amo, pero su cara
refleja que no tiene ni idea de qué se ríe.
—Keyran, te lo dije, quince años sin vernos y sigue leal.
Pienso en sus palabras. Lo miro, pero no puede ser, Brian era como un
tercio de lo que es Keanan. Delgado. Enclenque. Encorvado. Pero miro sus
ojos y tiene cierto rastro de los de...
—¿Brian? —pregunto, insegura de que lo sea.
—El mismo.
Ladeo mi cabeza, no me queda claro. Entonces él se levanta, se sube la
camisa y veo la cicatriz. Es él, no hay dudas.
—¿De verdad eres tú? —le pregunto porque no me creo que esto sea
verdad.
—Así es, brathair.
Y con esa palabra me lo confirma, cambiando mi mundo totalmente.
CAPÍTULO 25
Texas
Brathair. Brian siempre me llamaba así, decía que era su hermana de sangre
americana. Un remolino de sentimientos revolotea dentro de mí y las
lágrimas comienzan a brotar solas. Por fin veo un poco de esperanza en mi
vida, un camino que seguir.
Lo miro sin saber muy bien qué hacer hasta que él abre sus brazos y me
lanzo sin pensarlo a ellos. Me atrapa sin problemas. Es como estar en casa.
Estuvimos juntos muy poco tiempo, pero fue una parte importante de mi
vida hasta que desapareció. Cuando me baja, me aparto un poco de él y le
doy una bofetada.
—Te fuiste sin decir nada. Pensaba que estabas muerto.
Keanan me mira, frotando su mejilla; me pica la mano, así que no ha sido
flojo el golpe.
—En mi favor alegaré que estaba medio muerto.
—Por lo que veo, más bien medio vivo.
—Localizaron a mi padre y vino por mí. Cuando me quise dar cuenta
estaba aquí, en Irlanda. Te busqué desde aquí, pero ya no estabas en la casa
hogar.
—Mi madre logró recuperar la custodia acostándose con el tipo que
mandaba el Estado. Un gran sistema.
Keanan vuelve a abrazarme. Se me hace raro que ya no sea Brian.
—Pero ya te he encontrado y ahora no te voy a perder de vista —me
dice, apoyando su barbilla en mi cabeza.
—Ejem… ejem… —tose el amo.
Por un momento he olvidado que estaba aquí.
—Keyran —sonríe Keanan, pasando su brazo por encima de mis
hombros—, ¿necesitas algo?
Miro al Amo y lo veo enfadado. Creo que no le ha gustado saber que soy
algo así como familia de su amigo. Supongo que no soy lo bastante buena
para serlo.
—Solamente me preguntaba cuándo ibas a soltarla para poder seguir
hablando.
Keanan rueda los ojos y me libera. Yo me siento nuevamente en la silla,
Keanan a mi lado. Cuando va a empezar a hablar el Amo, Keanan tira de mi
silla, arrastrándola de forma muy ruidosa hasta quedar pegada a la suya.
Pasa el brazo por detrás de mi respaldo, se acomoda y sonríe.
—Bueno —comienza el amo—, como íbamos diciendo, ya sabemos que
no eres quien se supone que eras. Lo que aún nos queda por aclarar es por
qué te vendiste a ti misma.
Joder, también saben eso.
—Eso es algo personal —le contesto, cruzándome de brazos y
acariciando mi cicatriz con el pulgar disimuladamente.
—No encuentro ningún motivo por el cual alguien quiera meterse
voluntariamente en este mundo —prosigue el amo.
—Necesitaba el dinero.
—Pero en tus cuentas no hay rastro de él. Ni hay compra de casa, coche o
gasto alguno de una inversión —dice Keanan a mi lado—. ¿Para qué
necesitabas tanto dinero?
Respiro profundamente. No quiero hablar de ello. Es algo mío. Así que
recurro a nuestra amistad para librarme de esto. Espero que se acuerde.
—Ataraxia —suelto, viendo como Keanan se vuelve hacia mí.
Primero está serio, luego comienza a esbozar una sonrisa. Él también se
acuerda.
—¿Ataraxia? —pregunta el amo—. ¿Es algún tipo de enfermedad?
—No —le contesta Keanan—, significa que hemos acabado de hablar del
tema.
El Amo levanta una ceja.
— Mientras estábamos en la casa hogar, Texas y yo nos hicimos muy
buenos amigos, pero aun así había cosas que no queríamos contarnos y
tampoco enfadarnos entre nosotros. Para no dar evasivas ni rodeos, ella
decidió que esta palabra, que significa serenidad, era el fin de una
conversación. Si alguno de los dos la dice, el otro debe respetar que no
quiera hablar del tema.
—No sabía si te acordarías —murmuro mirándolo.
—No olvidé nada de ti —me contesta Keanan, dándome con el dedo en
la nariz y haciendo que me ría.
Ese gesto era muy común en él también.
—¿Cómo pasaste de Brian a Keanan? —inquiero curiosa.
—Mi padre tuvo que matar la identidad de Brian para poder traerme y
sobrevivir.
—Ok —murmuro, procesando todo.
—Como no hay más que decir, nosotros nos vamos —suelta Keanan,
levantándose mientras pone la mano frente a mí.
Yo la cojo sin dudarlo. Hace mucho que no lo veo, pero ahora mismo es
lo único real que conozco. El Amo nos mira desde detrás de su escritorio.
—Puedes quedarte si lo deseas, Texas —me aclara impasible.
«Sí, claro, me encantaría quedarme para ver como Nueva York me trata
como una basura. Paso».
—Prefiero irme con él.
Dicho esto, Keanan me arrastra hacia la puerta tras él, la abre y cuando
vamos a salir noto un tirón de mi otra mano. Suelto a Keanan y veo como la
puerta se cierra ante mí, pestillo incluido. Me giro y el Amo me está
mirando, aún tiene mi muñeca en su mano. Parece enfadado. Trato de soltar
mi mano, pero no me deja.
—Keyran, abre la puta puerta —gruñe a Keanan mientras la golpea sin
reparo.
El Amo sigue mirándome sin decir nada. Parece que su mente va a mil
por hora. Vuelvo a tirar de mi mano. Aún nada, no me suelta.
—Amo, por favor.
Sigue callado, pero comienza a avanzar hacia mí. Mi corazón empieza a
latir rápido. No sé por qué se ha enfadado, por qué se está comportando así.
Comienzo a retroceder a la vez que él avanza hasta que acabo con la
espalda apoyada en la puerta. Keanan sigue golpeándola y gritando cosas,
pero mi mente no las oye, estoy concentrada en la mirada del amo. Vuelve a
avanzar y pego más mi espalda. Una punzada de dolor hace que me encoja.
Me suelta la mano para pasar su brazo por mi cintura, atrayéndome hacia él
mientras apoya la otra en la puerta que tengo detrás. Acerca su cara a la mía
hasta que estamos casi rozando nuestros labios.
—No sé si quiero que te vayas —me susurra.
Esa confesión me descoloca por completo. No puedo negar que el Amo
es guapo y que le agradezco que viniera a por mí, pero ¿siento algo más que
eso? Además, él está con Nueva York, así que, ¿soy algún tipo de juego?
—Texas —me vuelve a susurrar.
Espera que le responda, pero no sé qué decir. Mi pulso está acelerado y
mi cuerpo me pide que me lance contra él, pero sé de buena tinta que hacer
caso a mi cuerpo es lo que me trajo a encontrarme en esta situación.
—No sé qué decirte —le contesto, al menos quiero ser sincera.
—¡Keyran, voy a colgarte de los huevos como no abras! —sigue gritando
Keanan desde fuera.
Continuamos mirándonos unos instantes más y finalmente se retira.
—Lo siento —me disculpo, pero no sé por qué.
—No sé qué me pasa contigo, Texas, simplemente me molesta verte
marchar con Keanan.
—No deberías, Amo, tienes a Nueva York, como querías.
—Creía que era eso lo que quería, pero llegaste tú y…
Lo miro y todavía sigo sin saber qué decirle.
—Lo siento —murmura justo antes de acercarse en dos zancadas,
cogerme de la nuca y atraerme hacia él hasta estampar sus labios sobre los
míos.
Comienza a besarme y yo le respondo. Se siente bien, correcto, como si
fuera lo que debía suceder. ¿Estoy jodidamente loca o realmente me gusta el
Amo de esa manera? Esa pregunta me ronda la cabeza mientras nuestro
beso sigue profundizándose cada vez más.
Soy la primera en separarme. Y debo reconocer que nunca me he sentido
más viva que en este momento. Él me observa con una mirada salvaje.
Ambos estamos respirando muy rápido. A ambos nos ha afectado. Me giro
y agarro el pestillo de la puerta, no sé qué más hacer. La desbloqueo y me
dispongo a salir, evitando que Keanan entre, cerrando la puerta tras de mí.
—¿Qué ha pasado?
Respiro y pienso en ello. Me muerdo el labio.
—Vámonos —le pido.
Y Keanan se da la vuelta y comienza a andar. No va a dejar pasar esto,
pero al menos he ganado tiempo. Cuando llegamos a la entrada, donde hay
un coche aparcado, mi cabeza no para de pensar.
—Un momento —le pido a Keanan.
Me giro y corro hasta el despacho, abro la puerta y veo al Amo en el
mismo sitio que lo he dejado.
— Hasta hace unos minutos no tenía dudas sobre querer irme. Sin
embargo, ahora no estoy tan segura, solo sé que necesito hacerlo.
Dicho esto, cierro y voy a la entrada. Keanan me espera dentro del coche.
Me subo al asiento del copiloto y cierro. Mientras arranca, veo al Amo salir
a la puerta. Estoy a punto de decirle a Keanan que pare, pero Nueva York
aparece y se cuelga de él. Los miro por el retrovisor mientras nos alejamos
hacia algún lugar, ni siquiera he preguntado dónde vamos, pero ahora
mismo es lo último que me importa.
CAPÍTULO 26
El Amo
Hace dos días que Texas se fue con Keanan. Todavía trato de entender qué
me llevó a darle aquel beso, pero no me arrepiento ni un segundo de haberlo
hecho. No he sentido nada igual al besar a otra mujer antes, ni siquiera a
Nueva York.
Y eso me confunde.
Y me preocupa.
Y me cabrea.
Tiro mi chaqueta encima de la cama, necesito tomar una ducha y
despejarme, empiezo a tener dolor de cabeza. Dejo el reloj en la mesita, me
desvisto y cierro la puerta con seguro, no quiero interrupciones. Me meto a
la ducha y abro el grifo de agua fría. Me ayuda a pensar. Retrocedo dos días
en mi mente y rememoro el beso con Texas. Fue intenso, fue profundo, fue
natural. Salgo con ese recuerdo en mi mente y enrollo una toalla a mi
cintura mientras cojo otra para secarme el pelo del armario junto al lavabo.
Vuelvo a la habitación nuevamente frotando mi cabeza, distraído en mis
pensamientos.
—Bonita vista, gracias —oigo la voz de una mujer y doy un salto del
susto mientras escucho carcajadas.
Cuando levanto mi cabeza y la miro, veo que no es una mujer, es Cadee,
sentada en mi cama, con las piernas cruzadas.
—¿Cómo has entrado? —Y tal cual acabo la frase, me siento estúpido.
Cadee es una de las mejores en cuanto a abrir cerraduras.
—Key, me ofendes, a una dama no se le pregunta algo así. Debería
pegarte un tiro.
Y podría. Ahí dónde la ves, toda pequeña, morena, con cara de no haber
roto nunca un plato, es una de las socias más temidas que tengo, además de
ser una de mis mejores amigas.
Abro mis brazos y ella se lanza sin dudarlo. Hacía ya un par de meses
que no coincidíamos. Hemos hablado por teléfono, pero no es lo mismo.
Justo en ese instante entra Nueva York. Sin llamar. Como siempre. Y nos ve
a Cadee y a mí abrazados.
—¿Se puede saber qué está pasando aquí? —pregunta en un tono poco
amigable.
—Es una vieja amiga. Cadee, ella es Nueva York —digo mientras la bajo
al suelo.
Cadee la mira y me mira a mí. No le había contado nada de ella.
—Carly, si no te importa —contesta Nueva York enfadada.
—Carly de Nueva York —repite Cadee, mirando de uno a otro.
Creo que podría decir el segundo exacto en el que se da cuenta de quién
es. No le había hablado de Nueva York estando aquí, pero sí le conté la
pequeña obsesión que tenía por una Carly de Nueva York. Mierda. Cadee es
demasiado lista.
—Ya veo, encantada.
—Diría lo mismo si no estuvieras como una zorra sobre mi hombre —le
suelta Nueva York—. Ni bien se va Texas, viene otra igual que ella.
Está claro que Nueva York no sabe con quién habla ni tiene sentido de la
supervivencia como Texas.
Texas.
—Vaya, te las buscas simpáticas, eh, ¿Key? —contesta Cadee mientras
yo me encojo de hombros.
—Nueva York, déjanos solos.
La ira centellea en sus ojos un segundo antes de irse. Esto va a salirme
caro.
—Esto tiene pinta de que va a salirte caro —dice Cadee, y yo le sonrío;
juro que a veces pienso que puede leerme la mente.
—Su problema, no el mío.
Cadee se ríe y se sienta otra vez en la cama mientras me visto. No es
nuevo para nosotros. Nunca hemos tenido ningún tipo de relación más allá
de la amistad, así que la veo como a una hermana, no me importa vestirme
o desvestirme o que ella lo haga. No la miro de esa forma.
—Entonces, ¿me vas a contar por qué la Carly de Nueva York, a la que
ahora tú llamas solo Nueva York, me acaba de llamar zorra? Y ni se te
ocurra omitir quién es Texas.
—¿Podemos hacerlo tomando una cerveza? —le pregunto, sabiendo que
esto va a ser largo.
—No dejaría que fuera de otra manera.
Pido que nos traigan cervezas a la terraza de mi habitación. Prefiero la
intimidad. Nos sentamos fuera disfrutando de un poco del extraño sol
irlandés.
—¿Qué te ha traído aquí? —curioseo mientras ella toma el primer trago
de su pinta.
—Key, no desvíes el tema. Va, empieza.
Directa, como siempre.
—No hay mucho que decir. Ya sabes que la última vez que fui a Nueva
York acudí a una fiesta con los inversionistas esos de la empresa que
tenemos allí —Cadee asiente con la cabeza—, pues en esa fiesta vi a Nueva
York, Carly, y no me la pude quitar de la mente.
—Hasta ahí lo tengo claro. Lo que no me queda claro es cómo, en tan
poco tiempo, la princesa neoyorkina ha dejado todo para acabar aquí
perdida entre campos.
—Ya sabes que lo mío no es el tiempo ni la paciencia. Así que
simplemente la secuestré.
Cadee casi me escupe la cerveza encima.
—¿Estás de coña?
—No. Fue idea de Roma —le aclaro.
Me mira un instante y se acomoda nuevamente para seguir oyendo la
historia. No hace falta que le explique nada sobre el primo de Nicola
Baglioni, lo conoce lo suficiente como para que no le extrañe lo que le
acabo de soltar.
—Las cosas no salieron como pensaba. Nueva York me tenía miedo.
—Normal, Sherlock, ¿qué esperabas? Secuestrarla, sonreírle y que ella
cayera a tus pies, ¿no?
—Más o menos.
—Hombres… ¿Cómo es que ahora parece tu novia?
—Texas me ayudó. Ella también había sido secuestrada para venderla
como esclava y la traían en el mismo barco. Se hizo cargo de Nueva York
durante el trayecto y cuando la fui a recoger, Nueva York no quiso ir a
ningún lado sin ella.
—Espera, no entiendo una cosa, ¿por qué, si Texas la ayudó, ahora la
llama zorra?
—Ya llego a eso. Hice un trato con Texas para que me ayudara a cambio
de protección. Aún conservo a las esclavas de mi padre y digamos que mis
hombres sacaban beneficio de ellas. Ella me ayudó a que Nueva York no se
diera cuenta.
— Es que eso es asqueroso para cualquiera.
—Pasaba antes de estar yo al mando, no le di mayor importancia.
—No me digas que voy a encontrarme a tus hombres follando sirvientas
detrás de la puerta como cuando vivía aquí tu padre, era repugnante.
Me rio ante la cara de asco que me pone.
—No, Texas me hizo ver que no era un espectáculo bonito, así que di
orden para que eso terminara.
—Interesante.
No sé a qué se refiere.
—El caso es que a Texas se le ocurrió la idea de decir que como el padre
de Nueva York va a presentarse a Senador, que había organizado él mismo
el secuestro para mantenerla a salvo de un posible secuestro real.
—¿En serio?
Asiento.
—Nueva York no es muy lista, ¿no?
Me callo la respuesta.
—Háblame un poco más de Texas —me pide.
—Ella llegó con Nueva York. Es una mujer un poco diferente. Sabe callar
cuando debe hacerlo para sobrevivir, hablar aún sin palabras porque su
mirada tiene subtítulos y es una superviviente. Hace unos días el psicópata
del Sir la secuestró y logró salir de allí. Ella sola. Si la hubieras visto…
Aún siento orgullo cuando recuerdo cómo me apuntaba cuando me bajé
del coche.
Cadee me mira asombrada, ella ha tenido algún encuentro en el pasado
con ese psicópata y no le gusta nada. De hecho, Cathal ya está hablando con
Callum O´Sullivan para lidiar con este tipo entrando en nuestros territorios
sin permiso. Puede que esté con los McKenna, pero eso no le da total
inmunidad.
—Pareces orgulloso de ella.
—Y lo estoy, quizás por eso Nueva York sienta algo de recelo. Ahora está
con Keanan, son amigos de la infancia.
—Espera, esa Texas, ¿se llama Britney? —me pregunta para mi asombro;
asiento lentamente—. ¡Joder! Pues si esa chica es la que me mandó buscar
Kean.
—¿Cómo? —No sabía eso.
—Kean me mandó una foto y algunos datos de una chica para investigar
si ella era Britney, una mujer que lleva buscando desde hace años. He
estado en Estados Unidos por eso, por cierto, me pasé por el rancho de los
Daltry, el heredero del clan es un crío con mucho carácter y unos huevos
que me da miedo pensar en lo que se convertirá de mayor —me cuenta,
impresionada por el chaval—. Aunque ahora he vuelto porque me da
curiosidad y quería conocer a la misteriosa Britney.
—Keanan no me dijo nada hasta que lo confirmó.
—Supongo que quería mantenerla lejos de ti —me contesta, sacándome
la lengua.
Tomo mi pinta y bebo otro trago.
—Así que la chica que buscaba Kean acabó en tu casa. Qué casualidad,
¿no? Ahora aún tengo más ganas de conocerla —dice entusiasmada.
Cuando se pone así, no parece la asesina que es.
—En eso no puedo ayudarte, ya no vive aquí.
Y reconocerlo me duele un poco.
—¿Dónde está? — Me quedo callado y poco a poco veo en sus ojos que
ata cabos y lo descubre ella sola.
Sonríe.
Me encojo de hombros.
Ella saca su móvil y me sonríe de nuevo.
Se oyen tres tonos antes de que alguien conteste.
—Kean, soy Cadee, ya estoy por aquí y quiero conocer a tu Britney.
Se queda callada escuchando la respuesta.
—Perfecto, en un rato nos vemos.
Y cuelga.
—He quedado en dos horas con ellos, están quedándose en el ático de
Kean en el centro de Dublín.
—Me viene bien.
Me autoinvito. Cadee me mira entrecerrando los ojos, pero finalmente
asiente.
—Esto suena a cerveza incómoda. Me encanta.
CAPÍTULO 27
El Amo
Cadee y yo pasamos el rato poniéndonos al día del trabajo. Ella ha estado
por Estados Unidos con lo de Texas, pero también ha aprovechado para
quedar con algunos de nuestros proveedores. Es una gran amiga, pero como
socia no hay ninguna mejor.
Salimos de la casa un poco justos, no obstante, mi Maserati siempre
ayuda con mi impuntualidad. Cadee tiene una expresión de disgusto cuando
me reúno con ella tras ir a mi despacho a hacer un par de llamadas. Quizás
le ha sentado mal esperarme, aunque en cuanto me ve su sonrisa vuelve, así
que no debe ser eso.
—Te veo un poco ansioso, ¿alguna cosa que contar? —Su sonrisa pícara
siempre me saca una a mí—. Venga, Key, dame algo, sé que algo está
pasando.
—Digamos que hay veces que sabes lo que quieres y otras veces que
tienes lo que quieres.
—Ni te imaginas las ganas que tengo de conocer a esa Texas. Seguro que
es igual de impresionante que Nueva York. Si fuera lesbiana me la tiraría, y
quizás sin serlo también —suelta riéndose.
Me quedo pensando un segundo. Texas no tiene el tipo de belleza de
Nueva York, no es de las que te cruzas por la calle y pierdes el equilibrio.
Lo suyo es algo más allá. No sé cómo explicarlo.
—Son bastante distintas.
—¿Es un craco feo?
—No, ni mucho menos, pero es de belleza diferente.
—Belleza diferente. Si me dices que es buena persona me confirmas que
es un craco. Aunque con que no me llame zorra ya va por delante de Nueva
York —se burla, sonriendo.
Me río, no puedo evitar hacerlo. Solo ella tiene estas ocurrencias.
Llegamos al centro de Dublín y aparcamos en la misma plaza donde hemos
quedado. La gente nos mira. Por mi coche, por Cadee y porque he aparcado
en una plaza histórica justo debajo del cartel de prohibido aparcar. No me
preocupa. Primero porque los dueños de un Maserati estamos exentos de
seguir esas normas, esto no es un coche, es una máquina de precisión.
Segundo, porque el jefe de Policía está en nómina desde antes de que yo
tomara las riendas de esto.
Veo a Keanan en la terraza con Texas antes de que ellos nos vean. Ella se
está riendo, despreocupada por alguna broma entre ellos.
Gruño.
Cadee me mira, pero la ignoro.
Texas va en vaqueros con deportivas y una camiseta blanca que deja un
hombro al descubierto. Tiene las piernas recogidas encima de la silla. Creo
que nunca la he visto tan relajada.
—Buenas tardes —digo al llegar para que noten nuestra presencia, y dejo
una bolsa de ositos de gominola en la mesa.
Keanan y Texas me miran sorprendidos. No esperaban que viniera. Una
pena. Texas baja las piernas y se sienta correctamente.
—¡Kean! —oigo a Cadee gritar detrás de mí justo antes de saltar al
regazo de Keanan y abrazarlo.
—Cadee, yo también me alegro de verte, pero ¿has engordado? Porque
siento como que no puedo respirar, quita de encima —bromea Keanan,
fingiendo intentar tomar aire.
—Idiota.
Cadee se gira desde el regazo de Keanan hacia Texas, que los mira
atentamente.
—¿Así que tú eres Britney? —pregunta Cadee, mirándola con la cabeza
ladeada.
—Texas mejor. Y yo diría que tú eres Cadee, pero no creo, me ha dicho
que su amiga lo conoce desde hace mucho y no se sorprendería de que fuera
un idiota.
Cadee se ríe enérgicamente y todos la seguimos. Texas coge los ositos y
comienza a comérselos sin siquiera mirarme.
—Me gusta esta chica —dice, bajándose del regazo de Keanan.
«A mí también», pienso en un instante.
Nos sentamos y quedo justo al lado de Texas. Me parece curioso que
prefiera ese nombre al de Britney, soy el primero que cree que ella no es
una Britney, pero no entiendo por qué escoge el nombre de esclava sobre el
de nacimiento.
—¿Y qué tal está Nueva York? —inquiere Keanan, sonriendo.
—Bien, le diré que has preguntado por ella cuando la vea esta noche —le
contesto cortésmente.
Sé que ha sonado en un tono peor de lo que quería, pero es que no me
gusta verlo tan cerca de Texas.
—Oye, Texas, ¿tú también crees que es un poco perra? —le pregunta
Cadee de la nada.
—Un poco se queda corto, es una jauría entera —dice riéndose, y me
sorprende.
No conocía el lado de Texas despreocupado, me gusta que no mida sus
respuestas. Supongo que se siente lo suficiente segura como para dejar que
veamos cómo es.
—¿Qué tal se está portando Kean ahora que te ha recuperado? —le
interroga Cadee, y yo presto atención a su respuesta. Me interesa.
—No puedo quejarme. Aunque como siga dándome de comer Donuts en
la cama, voy a acabar rodando en vez de andando —le responde
mirándome.
Aprieto mi mandíbula.
—En la cama, ¿eh? —Cadee no se corta.
Suena el teléfono de Keanan y este lo saca del bolsillo mirando la
pantalla.
—Disculpad, tengo que atender esta llamada.
Veo cómo se levanta y comienza a caminar asintiendo.
—¿Todo bien? —Su cara no me gusta.
—No lo sé, subo a casa un momento, necesito un par de cosas, ¿quieres
quedarte o vienes? —le pregunta a Texas, ella me mira.
—Me quedo, Cadee me cae bien.
—Ok, vuelvo en cinco minutos, brathair —le responde, y le da un beso
en la frente.
Gruño. Cadee me ha oído, espero que Texas no. Lo vemos desaparecer
por una de las calles de la plaza.
—Pues, si me disculpáis, necesito ir al baño, ¿sabéis dónde está? —
pregunta Cadee, poniéndose de pie dando saltitos como si se lo fuera a
hacer encima.
—Al final de la barra —le contesta Texas, apuntando la puerta.
—Gracias.
La observo irse y de pronto se gira y me guiña un ojo. Bufo una sonrisa.
Me conoce demasiado bien. Texas se remueve incómoda en su asiento.
—Necesitamos hablar de lo del otro día —le suelto sin más.
—No hay nada de lo que hablar —me contesta en un tono seco.
—Yo creo que sí.
—Nos besamos, punto, somos adultos.
—Fue más que un beso y lo sabes.
—Sí, al igual que sé que esa noche dormiste con Nueva York, ¿o me
equivoco?
Pillado.
—No tiene nada que ver.
—Yo diría que tiene mucho que ver, amo.
Se tapa la boca y mira a ambos lados esperando que nadie la haya
escuchado. Adorable.
—Me gusta saber que aún recuerdas tu posición.
—Vete a la mierda, Keyran —me dice enfadada.
Muchos han recibido una bala por menos, pero oírselo a ella es divertido
y el hecho de que se me erice la piel al oírla pronunciar mi nombre por
primera vez no me pasa inadvertido. Voy a replicarle cuando veo a Keanan
aparecer por donde se ha ido antes, a paso ligero y con cara de
preocupación.
—Keyran, nuestros chicos han sido asaltados en el punto de encuentro.
Hay bajas. Están llevando los heridos a tu casa. El médico tardará en llegar.
Ahora mismo no sabemos en quién confiar.
—Joder.
Me levanto y saco un billete de cien euros para pagar lo que hay sobre la
mesa, no tengo tiempo de esperar los cambios.
—Brathair, te llevo a casa.
—No. Voy con vosotros.
—Va a ser desagradable y…
—¿En serio? —le corta Texas, cruzándose de brazos—. Igual no lo
aguanto porque en la escuela de Enfermería la sangre era de mentira.
Se le nota la irritación. Cadee llega en ese momento.
—¿Qué ocurre? —pregunta, viendo las caras de Keanan y Texas.
—Han asaltado a nuestros chicos en el punto de encuentro —explica
Keanan.
—Y el idiota de tu amigo no quiere que vaya porque ¿para qué iba a
necesitar a una enfermera titulada en estos momentos? —Está realmente
enfadada. Me gusta.
—Vale, entendido. Entonces, vete con Key y yo voy con el idiota, nos
vemos allí.
Cadee, te adoro.
—No, este es más idiota que el otro —contesta Texas.
—Vale, pues Key, dame las llaves de tu coche y vete con Kean.
La miro, pensándomelo un segundo. No es la primera vez que lo
conduciría, pero la idea de ir con Texas en el coche me parecía más
atractiva. Finalmente saco las llaves y se las lanzo.
Las chicas van directas y nosotros las alcanzamos en el camino. Cuando
llegamos, mi casa es un caos absoluto. La entrada está llena de hombres
armados con la ropa rasgada y llena de sangre, alborotados. Entramos los
cuatro dentro y la cosa no mejora. En el suelo, tendidos, hay tres de mis
hombres con muy mala cara. Texas pasa por mi lado sin pensarlo, saca una
goma de su muñeca y recoge su coleta en un moño. Se lanza al suelo de
rodillas sin más.
Pasa uno a uno por los tres, los está evaluando. La miro fascinado por
cómo está rasgando y cortando sus ropas para llegar a la herida. Da órdenes
a dos de mis hombres que están junto a ella y ellos la obedecen sin dudarlo,
es una líder. Veo cómo se llevan a dos hombres hacia las habitaciones.
Cadee la mira igual de fascinado que yo.
—No pensaba que fuera así —me dice impresionada, y eso es difícil.
—Ni yo —admito mirándola.
Ambos nos acercamos un poco más.
—Bien, ¿cómo te llamas? —le pregunta Texas al hombre en el suelo.
—Simon —contesta entre quejidos.
—Simon, siento decirte que tienes la bala dentro, está haciendo que
sangres y no puedo cerrar y dejarla dentro porque podría joder algún órgano
importante. Está cerca de la entrada, voy a meter mi dedo y sacarla de ahí,
pero va a doler.
No me creo que ella vaya a hacer eso.
—Mírame, no dejes de mirarme —le dice mientras le coge una de sus
manos con la izquierda y le hurga con el dedo de la derecha.
Mi hombre emite un pequeño grito, pero no deja de mirarla, ni ella a él.
—Vamos, Simon, solo un poco más, aguanta que ya casi lo tengo.
Mi hombre asiente con los músculos de su cara en tensión. Pasan unos
segundos y finalmente veo como saca una pequeña bala entre sus dedos
ensangrentados.
—Ya está, ahora solo queda coser, esto te va a parecer una tontería.
Mi hombre le sonríe y yo con él. Me pilla mirándola y no puedo apartar
mis ojos de ella. Tiene una marca de sangre en su mejilla de haberse tocado
la cara con las manos ensangrentadas. Lo cose cuidadosamente, pero veloz
a la vez. Cuando acaba, dos hombres se lo llevan en una improvisada
camilla. Se levanta y me acerco para ayudarla a hacerlo.
—Gracias —se lo digo mientras cojo su mano.
—No me agradezcas, esto no es por ti.
Sigo sujetando su mano mientras nos miramos.
—Nene, al fin estás aquí —oigo a Nueva York antes de estrellarse contra
mí y hacer que el contacto con Texas se rompa, está llorando, otra vez—.
Argghhh, Texas, ¿eso es sangre?
Texas pone los ojos en blanco.
—¡Herido de bala! —Oigo que grita uno de mis hombres mientras entran
cargando a uno casi inconsciente—. Necesitamos algo para taponar la
herida.
Veo como, sin dudarlo, Texas se saca su camiseta y la pone, tapando el
agujero mientras corre junto a ellos. Y lo único en lo que puedo pensar
mientras tengo a Nueva York entre mis brazos es que junto a mí tengo a una
princesa, pero frente a mí tengo a una reina.
CAPÍTULO 28
Texas
El caos inicial ya ha cesado. Los hombres están siendo atendidos por un
equipo médico que ha llegado hace un rato. He ayudado cuanto he podido,
no recordaba lo mucho que me gusta esto, lo mucho que adoro este trabajo.
El Amo no ha dejado de mirarme mientras yo atendía a los heridos y Nueva
York creo que lo ha notado, no se ha separado de él en ningún momento.
Bueno, eso y la cara de comer pepinillos que tenía cada vez que nuestras
miradas se cruzaban. Esa chica tiene una grave falta de autoestima, quién lo
diría.
Miro a mi alrededor y en el salón ya están todos atendidos. Los de las
habitaciones, que eran los más graves, también. No sé qué ha pasado, pero
hoy se han perdido vidas humanas, espero que quien lo haya hecho pague
por ello. Salgo por un lateral y me dirijo hacia la entrada, ya es muy tarde y
quiero volver a casa. Buscando a Keanan escucho a Nueva York hablar con
alguien en la cocina.
—Es triste ver cómo Texas busca la atención quitándose la camiseta
frente a todos —la oigo decir.
Me asomo un poco y veo a una de las chicas del servicio preparando lo
que imagino es la cena mientras la otra habla, no creo que la esté
escuchando.
—Quiero decir, ¿era necesario quitarse la camiseta de esa manera frente a
todos los hombres? Fue como una llamada de perra en celo.
La chica del servicio levanta la vista para mirarla mal. Me cae bien.
Entonces nuestros ojos se encuentran y poniendo mi dedo en la boca le
hago un gesto para que no delate mi posición, no tengo ganas de aguantarla.
Ella me mira diciendo lo siento, pero no hay por qué disculparse, así que le
hago un gesto indicándole que Nueva York está loca y ella contiene una
risa. Me despido con la mano y sigo mi camino. He decidido que, ya que
voy a darme una ducha, quizás podría coger alguna ropa de Nueva York,
solo por tocar los huevos, me apetece ser mala.
Entro en la habitación que ella ocupa y me acerco al armario, tiene allí
toda su ropa, así que el Amo no me mintió, al menos en eso. Recorro las
perchas con la yema de los dedos hasta que lo veo: un vestido azul petróleo,
ceñido, con ese aire de elegancia provocadora que sé que le encantará odiar
en mí. Lo deslizo fuera con cuidado, como si no estuviera a punto de
declararle la guerra con tela.
Es de esos que se agarran al cuerpo como una promesa. El escote cae
justo por los hombros, dejando la clavícula y la parte superior del pecho al
descubierto, como si supiera exactamente qué mostrar y qué guardar. Me lo
pruebo. Me queda ajustado, pero cómodo. Lo bastante atrevido como para
incomodarla, lo bastante sutil como para no parecer desesperada.
Le quito las etiquetas y las dejo en el suelo, se va a cabrear mucho y eso
me encanta.
Me voy hacia mi antigua habitación, me saco toda la ropa ensangrentada,
incluyendo una camiseta que no sé de donde ha salido, y la tiro a la basura.
Me quito bien la sangre de brazos y cara, el pelo lo dejo recogido. Salgo y
veo el vestido nuevamente. Es precioso y yo me siento un poco mala.
Espero cruzármela para que me vea. Me lo pongo sin ropa interior, eso me
niego a cogérselo a Nueva York y en los que eran mis cajones ya no hay
nada. Me pongo las deportivas nuevamente y salgo en busca de Keanan
para volver a casa.
—Texas —oigo que me llaman.
Me giro y veo a Cadee.
—Kean te está esperando en el despacho de Key, me ha dicho que acudas
allí.
—Lo estaba buscando, gracias.
—Por cierto, lo que hiciste antes fue increíble, ¿no te dio asco meter el
dedo ahí adentro? —me pregunta con una mueca de repulsión y moviendo
el dedo frente a mí.
Yo me río.
— Nah, he visto cosas peores. Sería difícil trabajar como enfermera si me
asqueara con esas cosas.
—No creo que haya visto a una enfermera nunca hacer algo así, no sabía
ni que supierais.
—Realmente no lo hacemos. Hubiera querido estudiar para médico, pero
económicamente enfermera es lo más alto en la historia de la medicina que
voy a llegar —le contesto, encogiéndome de hombros.
—Es una pena, la medicina se pierde una gran médica. —Le sonrío—.
Por cierto, espero que no estés molesta conmigo por la conversación del
coche.
Viniendo hacia aquí hemos tenido una charla de chicas. Ella me buscó
para Keanan y sabe de mi mayor secreto, aunque me ha asegurado que
nadie más está al tanto. Está preocupada de que alguien más lo averigüe y
trate de hacerme daño. Sé que habla del Sir. Solo recordarlo hace que se me
ponga la piel de gallina.
—Al revés, te agradezco que me hayas guardado el secreto. Esta noche
hablaré con Keanan al respecto.
Ella asiente sonriendo.
—Voy a buscarlo. Espero verte algún día más.
—No lo dudes —me contesta sonriendo mientras se va en dirección
opuesta a mí.
Me dirijo al despacho. La última vez el Amo y yo tuvimos un encuentro
bastante intenso. Espero que Keanan no quiera quedarse demasiado. Toco y
entro sin esperar a que me inviten. Cierro, me giro, y al hacerlo veo que
Keanan no está, pero el Amo sí.
—Perdona, me habían dicho que Keanan estaba aquí.
—Lo sé.
Esa respuesta me pilla por sorpresa.
—Siéntate, por favor.
Lo miro un segundo antes de dirigirme a la silla frente a la suya. Él está
de pie tras ella, como si la usara de barrera.
—Le he pedido a Cadee que te mandara para agradecerte lo que has
hecho hoy por mis hombres.
Nota mental: Cadee está de parte del amo.
—Ya te he dicho que lo que hice lo haría por cualquiera.
—Sí, pero no cualquiera haría lo que hiciste.
Me levanto mirándolo.
—Si no quieres nada más, estoy buscando a Keanan.
Antes de que me dé cuenta, el Amo está frente a mí. Trastabillo con la
silla tras de mí y él me agarra de la cintura para equilibrarme.
—Bonito vestido —me dice, mirándome a los ojos.
—Nueva York siempre ha tenido muy buen gusto.
Tuerce el gesto.
—No se lo he visto puesto.
Sonrío.
—Lo sé.
Su cara se transforma en una perfecta sonrisa que haría que se me
cayeran las bragas si no fuera porque no llevo.
—Si me disculpas —le digo, apartándolo y pasando frente a él.
Me coge con un brazo y aplasta mi espalda contra su pecho.
—¿Y si quiero algo más? —me susurra al oído.
Mi pelo recogido le da libre acceso a mi cuello y lo aprovecha. Comienza
a besarlo y noto la barba, cómo raspa con suavidad, enviando un cosquilleo
por todo mi cuerpo. Me reclino un poco contra él, dejándolo por un
momento trabajar mi piel y puedo notar claramente en mi trasero lo
contento que está de que lo haga. Tomo una larga respiración y me
recompongo.
—No creo que si entra Nueva York le haga mucha gracia verte así.
—Déjala fuera, esto no es con ella —me contesta, cambiando de lado del
cuello, paseando besos por mi nuca.
—No, si yo no la meto, ella ya está dentro, soy yo la que sobra.
—Creo que puedes notar que eso no es así. —Sonríe sobre mi cuello
mientras con una mano alcanza mi pecho. Tengo los pezones duros—. Y,
por lo que veo, tú opinas lo mismo.
No puedo negar que no he estado tan excitada en mi vida. No sé si hay
algo mal en mi cabeza, por amor de Dios, secuestró a una mujer porque se
encaprichó de ella y ahora me tiene aquí dispuesta a todo por que no deje de
tocarme. Dejo que siga acariciándome durante unos segundos más. Me
gusta la sensación de que alguien me desee y desearlo yo también. Debería
sentirme mal por Nueva York, pero no lo hago, soy una perra, lo sé.
—Relájate, Texas —me suplica el amo.
Mi cerebro ahora mismo se debate entre ser lista o ser yo, esto no va a
acabar bien. Siento algo cuando me toca, cuando me mira. No es solo el
placer que pueda darme. Hay algo más. No sé cómo ha pasado, pero es
inevitable, está pasando sin poder remediarlo. A menos de que lo haga, de
que lo remedie. El Amo quiere tenerme, soy una presa que se le ha
escapado, puedo darle lo que me pide y estoy segura de que luego no sabré
de él nunca más. Nos quedaríamos mis estúpidos sentimientos y yo. Será
fácil hacerlos desaparecer ahora que es el comienzo. No quiero llegar a la
fase donde creo que cada mirada es una promesa de amor eterno cuando sé
que no lo es. Mierda. ¿Qué hago? Él tiene a Nueva York, pero a ella no le
debo nada.
Joder, como no deje de hacer eso no voy a poder pensar.
Comienza a deslizar su mano hacia abajo, buscando mi sexo. En breve se
va a dar cuenta de que no llevo ropa interior. Justo cuando llega a tocar mi
muslo me separo, doy un paso hacia delante.
—Texas —me dice susurrando, noto en su voz que está jadeando.
No digo nada, no me giro y camino hacia la puerta. Me paro con el pomo
en la mano y apoyo mi frente en ella. Tengo que tomar una decisión.
Respiro hondo y la tomo. Cierro con el seguro y me giro para mirarlo.
—Si vamos a hacer esto, hagámoslo bien.
CAPÍTULO 29
Texas
Lo miro a los ojos y los veo oscurecidos, su pecho subiendo y bajando, su
entrepierna abultada. Aparece una pequeña sonrisa en sus labios y camina a
paso ligero hacia mí. Me quedo quieta porque sinceramente no sé qué hacer.
Llega hasta a mí y me levanta, abro mis piernas, envolviendo su cintura,
y comienza a besarme, apoyándonos a ambos contra la pared. Siento sus
manos deslizarse debajo de la tela del vestido y agarra mi culo con ambas
manos tirando de mí hacia él. Sigue besándome y paseando sus manos por
mi piel hasta que noto que para. Va más lento, como buscando algo. Sé lo
que es. Rompe el beso y me quedo apoyada con la espalda en la pared
tomando aire. Sigue buscando mi ropa interior mientras me mira.
Lentamente. Llega hasta mi cintura por debajo del vestido y le sonrío,
confirmándole lo que ya sospechaba. Se lanza de nuevo a besarme,
gimiendo de necesidad. Apoya su frente con la mía.
—Necesito estar dentro de ti —me suplica.
—¿Cuándo has estado con Nueva York?
Me mira extrañado. No entiende mi pregunta. Necesito saberlo.
—Tú solo contesta.
—Hace días.
Sonrío.
—Entonces, adelante.
Busca su cartera mientras me sostiene contra la pared con su cadera. Me
lanzo a su cuello, repartiendo besos y mordiscos. Tira su cartera al suelo
tras sacar el preservativo y me coge de nuevo con ambas manos del culo y
nos traslada hasta un sofá al fondo de su despacho. Se inclina hasta que mi
espalda toca el sofá y luego se retira, dejándome tumbada y expuesta ante
él. Se quita los pantalones y los calzoncillos, la camisa también vuela. Yo
me saco mi vestido, quedando totalmente desnuda ante él.
Por un momento se queda mirándome, no sé si se da cuenta de lo que hay
bajo el tatuaje de la mariposa, si lo hace no dice nada y comienza a
acariciarse, cogiendo su base y haciendo movimientos de arriba abajo con
su mano mientras me mira, mordiendo su labio inferior. Creo que no he
visto nada más erótico en mi vida. Quiero levantarme y meterlo en mi boca,
pero él niega con la cabeza.
—No lo hagas si no quieres que esto acabe antes de que empiece.
Me vuelvo a reclinar y veo como apoya una rodilla en el sofá y se inclina
sobre mí, pasando su miembro entre mis pliegues. Gimo ante el contacto.
Nunca he estado tan excitada. Coloca la punta y comienza a deslizarla de
arriba abajo mientras con una mano sigue acariciándose y con la otra
alcanza mi pecho y lo pellizca. Todo esto sin dejar de mirarme. Cuando
creo que voy a lanzarme sobre él y rogarle se separa, abre el paquete y se
enfunda un preservativo, mi cara de alivio lo hace sonreír. Hubiera sido
humillante suplicar, pero lo hubiera hecho. Se cierne sobre mí, colocando la
punta sobre mi abertura y comienza a besar mi cuello de nuevo.
—Creo que es mi lugar favorito en el mundo para besar —me susurra
entre besos.
Y yo no puedo parar de gemir. Hace un camino por mi clavícula hasta mi
cara. Quedamos a escasos dos centímetros mirándonos. Levanto mis
caderas porque necesito tenerlo dentro y él comienza a introducirse dentro
de mí con lentitud, torturándonos a ambos. Cierro los ojos disfrutando del
momento, pero se detiene.
—Abre los ojos, los quiero abiertos, quiero ver el placer en ti en todo
momento.
Los abro y sigue haciendo su camino hasta que parece que ya no entra
más, entonces sujeta mi culo con su mano y se hunde en un gesto final que
hace que gimamos ambos.
—No sé por qué no hemos hecho esto antes, Dios, se siente
increíblemente bien.
Y yo estoy de acuerdo con él. Se siente natural, correcto, aunque sé que
no lo es.
—No creo que dure demasiado, vas a hacer que quede mal como hombre,
pero jamás he estado tan caliente como lo estoy ahora mismo. No creo que
haya nada que puedas hacer para que esté más duro.
Lo sigo mirando y sonrío. Mi yo malo está de paseo.
—Fóllame duro.
Y noto una pulsación dentro mí, él estaba equivocado. Comienza con sus
embestidas mientras me besa y yo subo mi otra pierna para enroscar su
cintura. Alzo mi cadera con cada movimiento para encontrarlo y
profundizar aún más. Gruñe mientras muerdo su hombro. Creo que me va a
explotar la cabeza.
—Sé que estas cerca, ¿juntos? —me pregunta mirándome, y no sé si
puedo hacerlo, sería la primera vez.
Me embiste un par de veces más antes de notar cómo pulsa su polla
dentro de mí, llevándome hacia el clímax más increíble en el que haya
estado y ambos gritamos sin importar si alguien nos oye.
Se desploma sobre mí sujetando su peso con su brazo y sigue entrando y
saliendo suavemente, haciendo que mi clímax tenga réplicas increíbles y
dulces. Cuando noto que la saca, siento un vacío en su lugar y gimo
frustrada, él se ríe.
—Mejor no tentar la suerte —me dice, levantándose y sacándose el
preservativo. No debe recordar que llevo un implante y que no es posible
quedarme embarazada. O quizás es porque aún no estoy fuera de peligro del
todo en cuanto a contagios después de lo que pasó con el Sir.
Lo veo ir hacia su cajón y sacar un paquete de toallitas húmedas, qué
previsor.
—Veo que lo tienes todo controlado.
—No es lo que crees.
—No creo nada.
—Ya.
Hago mención de levantarme.
—Quieta ahí —me ordena mientras él se limpia y tira el preservativo
envuelto en la toallita.
Coge otra y se acerca. Se arrodilla ante mí y creo que está a punto de
lanzarse por una segunda ronda cuando se oye el pomo de la puerta y la voz
de Nueva York al otro lado.
—Nene, ¿estás ahí?
El Amo me mira mientras cojo la toallita y me limpio yo sola.
—Y aquí está el motivo por el que no habíamos hecho esto antes —le
digo, levantándome y poniéndome el vestido de nuevo. Él también se
vuelve a vestir.
—Vete, Nueva York —ordena mientras se levanta.
Me peino el pelo con mis dedos y rehago el moño.
—No se va a ir, lo sabes, ¿no? —le digo sin importarme si me oye o no.
—¿Esa que oigo es Texas?
—Ahora sí que no se va a ir —murmuro, y él me sonríe.
—Creo que me gusta ese punto malvado tuyo que no conocía —susurra,
atrayéndome hasta él y besándome.
—Nene, abre la maldita puerta.
—Parece que vas a estar castigado —me burlo.
—Texas, ¿estás ahí? —Esta vez la voz que oigo es la de Keanan.
Qué pereza me da salir.
—Parece que tenemos que abrir —suspiro.
—No quiero hacerlo —me contesta enfurruñado como un crío.
Parece que nuestro rapidito le ha dejado con el humor de un niño
pequeño. Yo me giro y me dirijo hacia la puerta.
—Texas, espera.
Pero no lo hago y abro. La primera en entrar es Nueva York, nos mira a
ambos y lo sabe.
—Eres una zorra —sisea.
—Puede ser —le contesto—; gracias por el vestido.
Mira hacia abajo y veo como su cara se vuelve roja.
—Nueva York, compórtate —le ordena el amo.
—¿Qué demonios ha pasado aquí? —me pregunta Keanan, sabiendo la
respuesta.
—La versión corta es que necesitábamos arreglar algo que quedó entre
nosotros, ahora ya podemos irnos —le explico de espaldas al amo.
—¿Qué cojones estás diciendo? —oigo rugir al Amo detrás de mí.
Lo miro por encima del hombro a los ojos y dejo clara mi postura.
—Que ahora que ha llegado la titular, la suplente se retira.
CAPÍTULO 30
Texas
Keanan sujeta la puerta mientras camino, dejando atrás a Nueva York y al
amo.
—¡Texas! —oigo al Amo que grita—. No te atrevas a irte de esta manera.
Vuelve ahora mismo.
Ni siquiera me giro, sigo caminando. Como si él tuviera derecho de
ordenarme nada. Gilipollas.
Escucho pasos detrás de mí y miro por encima del hombro. Keanan tiene
cogido a Keyran por el cuello.
—A ella no le hables así, no es una de tus putas —suelta furioso.
—Espero no encontrarme sus bragas tiradas por aquí —oigo decir a
Nueva York, está aguantando el berrinche porque sabe que no es el
momento de hacerlo.
La miro y sonrío. Me dirijo directamente al coche de Keanan y veo como
uno de los chicos que trajeron al herido de bala está esperándome junto a él
con la puerta abierta.
—Gracias —murmuro, dedicándole una sonrisa.
—Señorita, al que ha salvado ahí dentro es mi hermano, cualquier cosa
que necesite me tiene a su disposición. —Y cierra la puerta antes de que
pueda decir nada.
Veo a Keanan salir con paso firme de la casa, bajar los escalones y
dirigirse al coche. Tiene el labio partido y la ropa descolocada. Se mete
dentro, arranca y nos vamos. Me giro para ver si el Amo sale, pero en la
entrada tan solo está el chico agradecido despidiéndome con un saludo
militar.
—No mires, no va a salir. Seguramente todavía está en el suelo —aclara
Keanan con la vista fija al frente.
—Los dos sois idiotas.
—Probablemente tengas razón.
—Tú eres el idiota que mejor me cae.
Me echa un vistazo y sonríe, mi enorme y peligroso amigo en el fondo
sigue siendo el niño que conocí. Conduce en silencio hasta su casa y yo
miro por la ventana durante todo el trayecto. Puedo sentir al Amo dentro de
mí todavía. Creo que me ha arruinado para el resto de hombres y aún no sé
cómo lo ha hecho. Al menos me he dado el gusto de sentirlo por una vez,
ahora me toca lidiar con estos problemas a mí sola. Supongo que él en este
momento estará recibiendo atención de Nueva York.
Suspiro, es lo que quería, ¿no? Tengo que empezar a pensar qué voy a
hacer con mi vida. Esta noche hablaré con Keanan sobre mi botón de
reinicio. Toco la cicatriz por encima de la tela del vestido y, como siempre,
eso me calma.
Llegamos a su garaje y de camino al ascensor me abraza contra su
costado, yo le dejo, necesito sentirlo cerca para lo que voy a contarle.
Llegamos arriba, y al entrar deja las llaves y se gira.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Las que quieras, lo que no te aseguro es que te las conteste.
—¿Qué pasa entre Keyran y tú?
—El Amo tan solo quería probar que podía tenerme, esto ha sido cosa de
una vez para él.
—¿Y para ti?
—Qué más da. No importa.
—A mí sí que me importa.
—En otra vida quizás, pero en esta no está destinado a pasar.
Me giro para hacia otro lado y doy por concluida esta conversación,
necesito contarle, pero no sé cómo empezar.
—Cadee vendrá a quedarse unos días aquí, mañana temprano salgo de
viaje de negocios y no quiero que te quedes sola.
—Podría ir contigo.
—Demasiado peligroso —contesta alzando las cejas.
—¡Oh! Ya veo, negocios…
Y me da una de sus sonrisas que tanto me gustan.
—De todas maneras, puedo quedarme sola, creo que he demostrado que
sé cuidar de mí misma.
—Cadee es la que se ha ofrecido, dice que tú ya sabes los motivos, ¿algo
de lo que deba estar al tanto?
Parece ser que Cadee ha cumplido su palabra y me ha dejado vía libre
para ser yo quien lo cuente.
—Hay algo que tengo decirte, pero antes vamos a ducharnos y pedir unas
pizzas.
—Parece serio.
—Lo es.
—Ok, dúchate, yo me encargo del resto.
Dicho esto, le doy un beso en la mejilla mientras me meto en la
habitación con suite en la que duermo desde que me quedo con Keanan. Lo
oigo pedir unas pizzas y después la puerta de su habitación. Me meto en la
ducha y me quito los restos del día de encima. Es mi segunda ducha, y esta
hace que sienta unos leves pinchazos en los sitios correctos. Me lavo el pelo
y seco un poco para evitar que caigan las gotas de agua de las puntas.
Luego escojo un pijama de los diez que me compró Keanan y salgo de
nuevo al salón. Un momento después sale él secándose el pelo con una
toalla mojada que me lanza. Está juguetón. Se la lanzo de vuelta y la mete
al cesto de la ropa sucia de la cocina.
—¿Qué quieres beber? —me pregunta, abriendo la nevera.
Quiero cerveza o vino o tequila o cualquier cosa con alcohol, pero mejor
me abstengo para tener la mente enfocada.
—Agua está bien.
Coge una botella pequeña y me la lanza. Él se abre una cerveza. Nos
dirigimos al sofá y nos sentamos girados para estar uno frente al otro. Me
remuevo nerviosa porque no sé por dónde comenzar.
—Estás empezando a asustarme —me confiesa, y le sonrío. Siempre ha
sido muy exagerado.
—No es nada malo. Aunque antes de decirte tengo que ponerte en
antecedentes para que sepas cómo se dio todo.
Keanan se acomoda.
—Después de tu desaparición, mi madre vino a por mí. Había conseguido
un nuevo novio que la mantuviera y quería jugar a la familia feliz. Ese
hombre tenía un hijo, Jackson, se encaprichó de mí. No digo que fuera la
mejor niña del mundo, pero él fue el punto de inflexión hacia mi
destrucción.
—Luego me das su nombre completo —dice Keanan amenazante, y me
río.
—Era cinco años mayor y me enamoré como una tonta. Hacíamos todo
juntos, y con todo incluyo sexo, drogas y alcohol. Para cuando tenía
diecinueve puedo decir que había superado a mi madre en ese aspecto.
Pasaba los días colocada, en casa de alguien, y me parecía bien. Jackson y
yo éramos malos el uno para el otro, no puedo echarle a él toda la culpa.
—No era broma lo del nombre completo —me interrumpe.
Ruedo los ojos y continúo.
—Entré en una espiral de la que no podía salir. Tengo esos años algo
borrosos, hasta que un día acabé en el hospital. Uno de tantos. Solo que esta
vez me dijeron algo que hizo que todo cambiara. Estaba embarazada.
Lo miro para ver su reacción, no hay ninguna, así que prosigo.
— No sabía quién era el padre, era bastante probable que fuera de
Jackson, pero como te digo, esos años están confusos. Días después recibí
una llamada de Jackson, había tenido un accidente y estaba en el hospital
muy grave, así que fui para allí corriendo. Estaba en coma inducido.
—Ahora sé que no era amor, era más la costumbre, pero en ese momento
él era el centro de mi universo… La cuestión es que días después murió en
mis brazos.
—Pequeña… —susurra Keanan, cogiendo mi mano.
—Era su hora, quizás también era la mía porque yo debía ir en ese coche,
pero no me subí. Lloré sobre su cuerpo hasta que me sacaron de allí para
llevárselo y en el pasillo me desmayé. Cuando desperté estaba en una
habitación y una mujer que parecía un ángel estaba a mi lado durmiendo en
una silla. Una enfermera me contó que estaba allí cuando perdí el
conocimiento.
Bebo un trago de agua. Keanan sigue atento.
—Ella había estado implicada en el accidente de Jackson, estaba
recibiendo el alta en el momento en el que me desmayé.
—¿Fue la culpable?
Asiento.
—Se despistó un segundo y se saltó el semáforo en rojo.
—Debiste odiarla.
—Quise hacerlo, pero ella perdió algo más grande que yo ese día. Estaba
embarazada de seis meses, y no solo perdió a la criatura, tuvieron que
quitarle el útero y nunca más podría ser madre.
—Joder.
—Sí, la vida es muy perra. Allí estaba yo, embarazada sin querer estarlo
de un hombre que ya no volvería jamás conmigo a casa, y me cuidaba la
mujer que me lo había arrebatado cuya familia nunca se completaría. Dos
piezas de un retorcido rompecabezas del azar.
—¿Qué pasó después? —me pregunta curioso.
—Nos hicimos algo así como amigas. Ella estaba pendiente de mí porque
sabía que Jackson era el que me cuidaba a su manera. Su marido me pidió
que me mudara con ellos porque ella parecía encontrar el atenderme un
modo de terapia. Estuvo a punto de ser ingresada en el módulo de
psiquiatría.
—¿Te fuiste a vivir con ellos?
Asiento.
—Sé que suena loco, pero los accidentes pasan. Las buenas personas se
equivocan y no por ello deben pagar toda la vida un castigo. Al ritmo que
íbamos Jackson y yo, hubiéramos muerto por sobredosis antes de los
treinta.
Tomo otro trago de agua.
—La cuestión es que me di cuenta de que durante todo el tiempo estuve
sobria, no bebí ni necesité de ningún tipo de drogas, como si el bebé cuidara
de mí y no al revés. Y una mañana lo vi claro. Me levanté temprano y oí
lloros. Salí de mi cuarto y fui hacia una habitación que siempre permanecía
cerrada, la del bebé que Megan no pudo tener.
—¿Megan se llama?
—Sí, Megan y Marc —contesto asintiendo—. Entré y vi la habitación
más bonita que puedes imaginar. No faltaba ningún detalle, rebosaba amor
por cualquier rincón. Peluches, cenefas, ropa, cuna, mantitas. Todo. Yo
jamás tuve algo así.
—Nosotros éramos pobres, ya lo sabes —me interrumpe—, pero mi
habitación era como la que describes, se notaba amor, mi madre hizo eso.
Sonrío, entiende a lo que me refiero, no hablo del dinero.
—Y parada allí, en el umbral, con Marc abrazando a una Megan
desconsolada que tenía una chaquetita de punto de bebé en las manos, lo
noté por primera vez, mi bebé se movió dentro de mí. Fue una sensación
rara, como si tuviera hambre, pero que se movía dentro de mí libremente. Y
supe que había encontrado un hogar para que fuera feliz.
—¿Lo abandonaste? —me pregunta incrédulo.
—No, decidí que lo amaba demasiado para que tuviera mi vida. Hablé
con Megan y Marc, y si los hubieras visto, jamás olvidaré sus caras, el
temblor de Megan, las lágrimas de Marc. Decidimos que ellos lo criarían
como suyo. A cambio me ayudarían a desintoxicarme completamente. Una
vez que di a luz por cesárea y les entregué mi bebé, me di cuenta de que yo
no podía formar parte de sus vidas, ellos necesitaban empezar de cero con
ella tanto como yo.
—¿Ella?
—Sí, se llama Dayra, es preciosa.
—¿Qué hiciste?
—Un día simplemente desaparecí. Necesitaba irme y buscar mi camino.
Decidí que si quería que el día de mañana mi hija estuviera orgullosa de mí
debía labrarme un futuro. Les dije que la cuidaran y que en algún momento
volvería. Es lo más duro que he hecho en mi vida, a día de hoy lo sigue
siendo, pero era lo correcto. Por cierto, elegí esa profesión por ti.
—¿Cómo es eso?
—Me gustó la sensación de ayudarte cuando estuviste sangrando en mis
manos. Hace unos meses, con mi título en la mano, decidí que era el
momento de regresar y me puse en contacto. Tuve miedo al principio de
que ellos no quisieran dejarme verla o que se alejaran, pero fue al revés.
Estaban entusiasmados por mi regreso y hablamos por teléfono algunas
veces, sin embargo, yo notaba a Megan rara hasta que me lo contó.
Tomo un trago de agua, acabando la botella.
—La niña había estado enferma debido a mi pasado como alcohólica y
drogadicta, y el tratamiento era muy caro. Tenía un ochenta por ciento de
probabilidades de morir si no la operaban.
—Y por eso te vendiste —concluye Keanan.
—Así es, necesitaba ese dinero para ella, me prometí que hasta que no
estuviera sana no iría a verla. Ahora ya está todo bien, al menos es lo último
que supe antes de…
El timbre suena interrumpiéndonos. Keanan se levanta y me mira, tenía
miedo de que me juzgara, pero no lo ha hecho. Se acerca a mí, me da un
beso en la frente y sonríe.
—Espero que sepas que después de estas pizzas vas a decirme dónde vive
mi sobrina porque pienso ir a conocerla.
CAPÍTULO 31
Texas
No recuerdo cuándo me dormí en el sofá, Keanan acabó abrazándome
cuando terminé de contarle mi historia. Me susurró que él iba a cuidar de
nosotras, que no nos iba a faltar de nada. Va a ir a ver qué tal están,
aprovechando su viaje de negocios. Me siento mucho mejor después de
decírselo. Me he quitado un peso de encima.
También hablamos de la posibilidad de que el Sir los encuentre, es mi
mayor miedo, Cadee también cree que él puede localizarlos para intentar
llegar a mí. Por lo visto, es un tarado obsesivo.
—¿Hola? —oigo una voz en el salón, reconozco que es Cadee
—¡Ahora salgo! —grito, desperezándome en la cama.
No sé cómo he llegado hasta aquí, pero he dormido mejor que nunca. Me
doy una ducha rápida y salgo en sujetador y pantalones cortos.
—No sabía que vendrías tan temprano —le digo, tirando la toalla en el
cesto de la ropa y abriendo la nevera en busca de algo para desayunar.
—Keanan me llamó a las cuatro de la mañana para asegurarse de que
estaría aquí contigo y me desvelé.
—Es probable que si me llama a mí a esa hora lo asesine.
—Está en mi lista negra. —Sonríe Cadee.
—¿Quieres algo o ya has desayunado? —le pregunto, volviéndome con
una botella de zumo en la mano.
Leo la fecha de caducidad y noto el silencio que se ha hecho. Subo la
vista y veo a Cadee observando mi vientre, mejor dicho, la cicatriz debajo
de mi vientre. La toco, mi botón de reinicio. Mi dulce niña.
—¿Fue muy duro alejarte de ella? —inquiere Cadee sin pensar.
—Bueno…
—Mierda, perdona, no quería preguntar tan bruscamente, no tienes que
contestarme si no quieres, es un tema demasiado personal.
Sonrío porque está realmente mortificada por la pregunta.
—No te preocupes, pasó hace mucho tiempo.
Ella me sonríe.
—Fue duro, sobre todo cuando me fui. Amo a mi hija, la amo porque es
lo mejor que he hecho en toda mi vida.
—Debes quererla mucho si fuiste capaz de venderte para que la puedan
operar —me dice, y en su tono suena orgullo.
—La tuvieron que operar porque fui una madre horrible que se drogó
durante el embarazo.
—Pero no sabías que estabas embarazada entonces, ¿no?
Niego con la cabeza.
—Entonces no te puedes culpar.
—Sí puedo. Créeme.
—¿Y por qué te hiciste el tatuaje?
—No me lo hice para cubrir la cicatriz, sino para recordarme que lo
logré.
—Bueno, mejor pensemos en cosas más alegres, ¿te apetece ir de
compras? Me he levantado con ganas de gastar —me pregunta, sacando una
tarjeta negra.
La cojo y veo que no tiene ningún nombre.
—Es una Amex negra —me explica—, cortesía de Keanan por si surge
algún gasto.
Y veo como una sonrisa se extiende por su rostro.
—Me apunto a gastar dinero ajeno —le contesto riéndome.
Entro a mi cuarto de nuevo y busco ropa cómoda. Unos pantalones,
camiseta y deportivas. Salgo en diez minutos. Cadee me espera en el sofá
viendo la tele.
—¿Lista? —me pregunta, apagándola y arrojando el mando al sofá.
—Lista.
Y nos vamos felices como dos colegialas que hacen pellas en el instituto.
Me enseña las tiendas de la ciudad, sobre todo las pequeñas que tienen un
encanto especial que a mí me gusta. Compramos zapatos, bolsos, camisetas,
gafas de sol. Estamos haciendo un destrozo a la tarjeta. Me siento mal por
un momento, pero Cadee se encarga de llamar a Keanan y él mismo me
aclara que tengo vía libre, que lo que pudiera gastar en todo el día él lo
había ganado ya antes del desayuno. Así que por un día me permito ser
egoísta y disfrutar.
Me habla de Cathal, que es el jefe de la mafia irlandesa. Aunque por lo
visto el territorio en el que estamos es de otro jefe, Callum no sé qué, pero
me cuenta que el amo y Keanan han conseguido poder vivir aquí y que
gracias a eso hay como una especie de pacto de paz entre ellos. Luego están
los McKenna que no le gustan nada, no me extraña. Ese clan debe ser
donde se junta la escoria, ya que apoyan al Sir por lo visto. Joder, se me
revuelve el estómago solo de nombrarlo.
Decidimos comer en un restaurante pequeño, en un patio interior con
unas mesas redondas de madera y unas sillas superaltas. Un lugar curioso.
Pedimos pizza y una botella de vino que vale doscientos euros. No podemos
parar de reír al ver al camarero anotar pizza y vino caro en su blog de notas.
Por la tarde nos decantamos por un helado de un puesto callejero. Vamos
decididas a por una segunda ronda de compras. Por la mañana tuvimos que
ir como tres veces al coche a dejar bolsas, la tarde pinta que va a ser igual.
—Necesito ir al baño o voy a estallar —me dice Cadee tras terminarse su
segunda botella de agua.
—Pedir pizza de cinco quesos no fue buena idea —le contesto riéndome.
—Nop, pero estaba taaan buena.
Me río porque es una chica que hace que rías por todo. Me hacía falta
este tipo de persona en mi vida.
—Ahí puedes pedirme una botella de agua y entrar al servicio —le
indico, señalando una cafetería de la plaza, me recuerda en la que el Amo
apareció y me trajo ositos de gominola—, te espero aquí.
Ella asiente y se dirige hacia el bar. Yo me quedo con algunas bolsas de
compras que no hemos llevado aún al coche. Las dejo en el suelo apoyadas
en mis piernas y miro a mi alrededor. La plaza está llena de gente. Este
lugar es bonito. Tiene vida. Me gustaría vivir aquí una temporada.
Miro el reloj gigante de la torre de la plaza, marca las tres y media,
llevamos unas cinco horas fuera de casa. Bajo la vista y observo a la gente
pasear, me gusta imaginarme sus vidas. Una pareja riendo pasa delante mío
y la sigo con la mirada, ella está embarazada y feliz. Sonrío, el mundo es
bonito para alguien. Los veo alejarse hasta que una figura quieta me llama
la atención. Lo observo un momento entre la multitud, está al otro lado de
la plaza. A plena luz, en un lugar tan normal, me cuesta reconocerlo. El Sir.
Comienzo a temblar en mi sitio, el miedo me recorre todo el cuerpo. Está
ahí, frente a mí, mirándome con una sonrisa que promete que no se ha
olvidado de mí.
—Joder, esos baños están asquerosos —dice Cadee, poniéndose frente a
mí y tapándome la visión del Sir.
No le digo nada, miro por encima de su hombro.
—Oye, estás pasando de mí, ey, ¿ocurre algo?
La miro un segundo a los ojos y es cuando nota que algo no va bien.
—¿Qué ocurre Texas? —me pregunta preocupada.
—El Sir estaba ahí hace un momento, mirándome —le contesto,
señalando con el dedo el lugar donde hace un instante lo he visto parado.
—¡Joder! ¡Mierda! —grita demasiado alto Cadee, la gente a nuestro
alrededor nos mira—. No te preocupes, vamos a estar bien, ¿vale?
Asiento, pero no la creo, ella no sabe lo que pasé, no sabe lo que he visto.
La veo sacar su móvil y marcar.
—Vamos, vamos, coge el puto teléfono.
No sé a quién está llamando. Yo solo puedo mirar al lugar donde estaba
parado el Sir.
—Key, soy Cadee, el Sir está aquí, Texas acaba de verlo.
Silencio.
—Sí, ella está asustada, pero no se ha acercado, no le ha hecho nada.
Silencio.
—Bien, te esperamos, hay mucha gente, te mando ubicación.
Y cuelga el teléfono.
—Vamos a quedarnos aquí, a la vista de todo el mundo, hasta que Key
venga por nosotras, ¿vale?
Asiento, no me salen las palabras.
—Texas, mírame —y lo hago mientras me muerdo el labio inferior—, no
va a llegar hasta ti, te lo prometo.
Y sus palabras suenan tan sinceras que por un momento me las creo. Me
abraza muy fuerte y nos quedamos así un rato, no sé cuánto, pero el
suficiente hasta que oímos un barullo en la plaza. Me tenso, ya está aquí, ha
vuelto.
—Tranquila, es Key —me dice Cadee intentando calmarme.
Un todoterreno negro llega a nosotras en la plaza, no sé cómo de ilegal es
esto ni cómo ha llegado hasta aquí siendo este sitio una plaza peatonal.
Respiro por primera vez cuando lo veo bajar del coche.
—Texas, ¿estás bien? —me pregunta el Amo, abrazándome.
Asiento. Me despierto de pronto de este trance. Insegura de si he visto al
Sir, ¿quizás mi cabeza me haya jugado una mala pasada?
—Vamos a ir a casa a por tus cosas y te vienes conmigo —dice el Amo
sin dejar de abrazarme.
Asiento nuevamente. Sigo sin encontrar las palabras. Nos subimos al
coche bajo la mirada atónita de todos y nos dirigimos a casa de Keanan. Un
equipo de seguridad del Amo ya está ahí, revisando todo y haciendo
guardia. Me siento estúpida. Una niña a la que tienen que proteger.
—Puede que no lo viera —logro decir mientras esperamos que los de
seguridad nos den el visto bueno para entrar.
—O puede que sí —me rebate Cadee.
—Es mejor no arriesgarse —afirma el amo.
Veo salir a uno del equipo del Amo que le hace un gesto, es seguro entrar.
Subimos hasta el piso de Keanan y entramos los tres, hay dos guardias
dentro y dos más se quedan en la puerta.
—Recoge lo imprescindible, te compraré lo que te haga falta —me dice
el Amo, y yo corro a la habitación.
Reúno algo de ropa, y como no sé dónde meterla, saco la almohada de su
funda y meto ahí mis cosas. Cuando he acabado oigo voces en el salón.
Salgo con cuidado y veo al Amo en la puerta apuntando con un arma a
alguien. Me acerco un poco más y a la persona que tiene encañonada es un
chico de apenas dieciocho años que está a punto de mearse en los
pantalones.
—¿Qué ocurre? —pregunto, llegando hasta su lado.
—Ha traído un reparto para ti —dice Cadee—, estoy intentado localizar a
Kean a ver si es suyo.
Miro las manos del repartidor y veo un ramo de flores, pero no son unas
flores cualesquiera, son el mismo ramo que adornaba la mesa donde me
violó el Sir, lo hizo justo encima de un ramo igual que ese.
—Son del Sir —digo en un susurro.
El Amo me mira porque no sabe si he dicho lo que cree que él ha oído.
—Son del Sir —repito, está vez un poco más alto y más firme.
—¿Cómo lo sabes? —me pregunta el amo.
—Lo sé —le contesto mientras una lágrima recorre mi mejilla.
—Lleváoslo e interrogadlo, quiero saber todo lo que él sepa —dice el
Amo a sus hombres.
Dos tipos aparecen y se llevan al chico. Quiero decir que él no tiene la
culpa, que no se lo lleven, pero solo puedo pensar en esas flores.
—Texas —me dice el Amo mirándome—, oye, vas a estar bien.
Asiento porque creo que eso es lo que todos quieren que haga, que me
crea que todo va a estar bien. Pero no siento que vaya a ser así. Suena el
teléfono del Amo y me sobresalto. Él lo saca y contesta. Se queda en
silencio oyendo lo que dicen al otro lado de la línea. Frunce el ceño.
—Dile a Nueva York que no puedo atenderla en este momento, no
tardaremos en regresar.
Cuelga. Y me doy cuenta de que vuelvo a estar sola. De que él tiene a
Nueva York, de que yo no tengo a Keanan.
—Creo que será mejor que no vaya a tu casa —le digo al Amo,
separándome un paso de él.
—Texas, eso no está en discusión, te vienes conmigo.
Respiro un segundo antes de contestar.
—Sé que estás agradecido porque te ayudé con Nueva York, pero no me
debes nada, no somos nada.
El Amo me mira un momento antes de avanzar hacia mí y cogerme la
cara entre sus manos, se acerca hasta que su nariz hace cosquillas sobre la
mía.
—Texas, mírame —dice en un susurro, y yo lo miro—, puede que no
seamos nada, pero me preocupo por ti como si lo fuéramos todo.
CAPÍTULO 32
Texas
El Amo sostiene mi cara entre sus manos mientras me dice en una frase
todo lo que ambos hemos estado callando. Asiento porque no sé qué más
hacer, creo que me va a besar porque se aproxima a mí, pero luego
retrocede.
—Aquí no —declara.
Miro a mi alrededor y tiene razón, no es el momento ni el lugar. Cadee
me guiña un ojo, no le ha pasado desapercibida la situación. El Amo coge
mi mano y me dirige hacia el coche blindado en el que hemos llegado. Nos
subimos en la parte trasera solo nosotros dos, sin soltarnos de la mano, y el
coche arranca. Espero que alguien haya recogido la funda de almohada con
mis cosas, no sé dónde la he dejado.
Durante el camino el Amo acaricia mi mano con el pulgar y siento un
cosquilleo que recorre todo mi cuerpo. Yo me reclino un poco hasta apoyar
mi cabeza en su hombro. Estamos diciéndonos con gestos más de lo que
nos hemos dicho con palabras. Algo ha cambiado entre nosotros. No sé
cuándo ha sido ni por qué, pero ha cambiado, lo noto.
Y no puedo dejar de pensar en lo jodida que es toda esta situación y, sin
embargo, lo correcta que se siente.
No sé cuánto tardamos en llegar a la casa del amo. La miro mientras
entramos por el jardín delantero con el coche hasta la puerta y recuerdo mi
llegada aquí. Parece tan lejano ese instante que es increíble que haya sido
hace tan poco tiempo. El coche se detiene, pero no levanto mi cabeza de su
hombro, necesito un momento más, por si todo en lo que he pensado, todo
lo que he creído, es tan solo imaginación mía.
Cuando levanto la vista, ahí está la aguja que explota mi burbuja.
Veo a Nueva York aparecer en la puerta de la casa, con los brazos
cruzados, esperando a que salgamos. Me incorporo a la vez que me alejo
del Amo, suelto su mano y noto que me observa.
—Vamos a mi despacho, Texas. —Lo miro, dudando si hacer o no lo que
me pide—. No es una pregunta. Necesitamos hablar.
Asiento con lentitud y noto que el conductor se baja, da la vuelta al coche
y nos abre la puerta. Bajo del enorme todoterreno y camino hacia la casa.
Nueva York no se mueve, pero su cara me dice que está esperándome.
—¿Qué haces aquí otra vez? —inquiere con veneno en sus palabras.
—El Sir ha estado frente a ella, Nueva York, vendrá a vivir aquí por una
temporada —le dice el amo.
—¿Y Keanan?
—Él está fuera por trabajo.
—Qué conveniente que ella justamente haya visto al Sir cuando Keanan
no está en la ciudad… ¿Ya te has cansado de follártelo? ¿O es que no lo
hace tan bien como MI Keyran?
—Basta —le corta el amo.
Yo me limito a permanecer callada y tranquila, necesito reorganizar mis
ideas. Hace unas horas he estado a punto de perder mi cordura presa del
miedo, no puedo dejar que eso me pase, no puedo limitarme a lamentarme
por mí misma. No puedo entrar en pánico, necesito tener mi mente clara
para tener una oportunidad.
—Texas, ¿me oyes? —me pregunta el amo.
Ambos están mirándome, no sé qué me ha preguntado ni qué han
hablado. Nueva York me mira enfadada, muy enfadada, así que me
arriesgaría a decir que es algo relacionado conmigo.
—No tengo ni idea de lo que me acabas de preguntar —le confieso
sinceramente.
Esboza una sonrisa tierna que no pasa desapercibida para Nueva York,
que se da la vuelta y se marcha enfadada.
El Amo me coge la mano nuevamente y me arrastra tras él hasta el que
era mi cuarto, supongo que ha cambiado de opinión respecto al despacho.
Entramos y cierra la puerta. Me quedo parada en medio de la habitación, me
siento extraña en ella. El Amo se queda apoyado en la puerta, reclinado y
mirándome fijamente.
—¿De qué querías que habláramos? —le pregunto, viendo que no va a
iniciar él la conversación.
Da un par de pasos hacia mí y se planta a unos pocos centímetros.
—De cómo has conseguido meterte en mi cabeza de tal manera que casi
me vuelvo loco cuando he creído que estabas en peligro.
CAPÍTULO 33
Texas
Me quedo sin palabras ante la confesión del amo.
—No sé qué has hecho ni cómo —me susurra contra los labios—, pero
que el psicópata del Sir haya llegado hasta ti me ha hecho darme cuenta de
lo mucho que me importas, de lo mucho que te necesito.
Comienza a besarme tiernamente y yo le dejo. Su confesión me ha
desarmado por completo. No me he permitido pensar en él desde que
tuvimos nuestro encuentro en el sofá de su despacho, pero no puedo negar
lo que siento cuando sus labios tocan los míos. Y me asusta.
Me agarra de la cintura y me lleva hacia atrás sin romper el beso, hasta
que mis piernas chocan contra la cama. Tengo que tomar una decisión, esto
se está volviendo real, pero no quiero que sea así, no va a funcionar. De
todas formas, me dejo llevar un poco más y me siento sin romper el beso. El
Amo sigue avanzando hasta quedar sobre mí, ambos tendidos en la cama.
Puedo notar su erección y como va profundizando más su beso. Estoy
pensando demasiado, lo sé, pero no pensar me ha llevado a las peores
situaciones de mi vida, así que tomo la determinación de parar esto y lo
empujo levemente poniendo mis manos sobre su pecho.
—No me detengas, Texas, por favor —me ruega, y casi me olvido de
todo y le dejo continuar.
Casi.
—Para, por favor.
El Amo me mira confundido, pero me obedece. Se levanta, se recoloca la
ropa y me mira.
—¿Qué ocurre, Texas?
Aún sigo tirada en la cama, me tapo la cara con las manos, frotándome el
rostro, y finalmente me levanto también.
—Voy a ser clara y sincera, no me gusta quedarme expuesta de la manera
en que voy a quedar, pero dar rodeos me parece una pérdida de tiempo.
El Amo asiente.
—Me gustas, mucho, te necesito, para ser exactos, pero aún no te amo,
aún estoy en la posición de decidir si hacerlo o no, y elijo que no.
—¿Por qué?
—Porque si lo hago me perderé a mí misma.
—No te entiendo.
—Puede que para ti saltar de una mujer a otra sea fácil, pero yo cuando
me engancho lo hago de verdad, lo doy todo, y creo que contigo podría ser
peor que con Jackson.
—¿Quién es Jackson? —me pregunta, frunciendo el ceño.
—Un hombre que me llevó por el mal camino, pero no todo fue culpa
suya, yo me dejé llevar, lo hice y no salió bien. Tengo miedo de que contigo
sea peor.
—Dame la oportunidad y verás que no es así.
—No puedo. ¿Cómo hacerlo? Secuestraste a Nueva York porque te
encaprichaste de ella, la sacaste de su casa, de su vida, de su mundo solo
porque querías estar con ella. Ahora ya lo estás y has perdido interés.
¿Quién me asegura que conmigo no será lo mismo? Los juguetes nuevos y
brillantes acaban gastándose y perdiendo el brillo del primer día.
El Amo camina por la habitación procesando mis palabras. No debe estar
acostumbrado a que lo rechacen, pero tengo que hacerlo, aunque no quiero
hacerlo. No soy tan ingenua como para pensar que lo que le está haciendo a
Nueva York no me lo va a hacer a mí.
—Mírame —me dice finalmente, parándose frente a mí.
Lo hago.
—Sé que puede parecer que soy un caprichoso, y puede que así fuera,
cuando vi a Nueva York la quise tener, pero contigo es diferente. No quiero
poseerte, sino que quiero compartir mis días contigo.
Le sonrío.
—Eso es lo que siempre le dicen a la amante justo antes de buscarse a
otra con la que ponerle los cuernos.
El Amo se pone serio.
—Me cabrea sobremanera que no me creas, pero te entiendo. Quiero que
sepas que lo de Nueva York fue algo físico, contigo es diferente porque a ti
te conozco.
—No me conoces.
—Lo hago.
Qué fácil es pensar que conoces a alguien, pero no es así, el Amo no me
conoce, y puesto que le he dicho que voy a ser sincera, le voy a demostrar
que no es así.
—Si me conocieras sabrías qué significa esto —digo, levantando mi
camiseta para que vea mi tatuaje, mi cicatriz, mi botón de reinicio.
Lo mira y por como lo hace sé que no tiene ni idea de lo que le hablo.
—¿Qué crees que es?
—Cuando lo vi pensé que era el apéndice o quizás una puñalada.
Me quedo pensando en sus palabras. Lo vio cuando lo hicimos en su
despacho, pero no dijo nada, ahora sé por qué.
—No, esta marca es por una cesárea.
—¿Una cesárea?
Asiento.
—Sí, mi hija no pudo salir por parto natural y la sacaron por aquí —le
contesto, rozándola con mis dedos.
Se queda callado mirando mi botón.
—¿Dónde está? ¿Qué pasó con ella? —me pregunta finalmente.
Dudo si contarle la historia o no, pero ahora mismo lo único que importa
es que esté a salvo y sé que el Amo puede ayudarme con eso.
—Siéntate y te cuento —le contesto.
Me recoloco en la cama con las piernas colgando y él junto a mí. Mis
manos a ambos lados de mi cuerpo, vista al suelo, no creo que pueda
hacerlo mirándolo. Tomo una respiración profunda y le cuento lo mismo
que le conté a Keanan, no omito detalles, no me dejo fuera mis adicciones
ni mi desconocimiento del padre de mi hija. Nada. Si quiere decir que me
conoce tendrá que aceptar todo lo que le cuento porque esta soy yo, con
todo el equipaje.
—Keanan me dijo que iría a comprobar que están bien.
Y con esto concluyo mi historia. No me ha interrumpido ni una sola vez.
No ha cambiado el gesto de su cara las veces que me he atrevido a mirarlo.
Simplemente ha estado ahí callado, dejándome hablar, y no sé si eso me
gusta o me pone más nerviosa.
—Ahora entiendo por qué te vendiste. Keanan me dio un informe
detallado tuyo, sobre tu vida, pero ninguno entendíamos por qué te metiste
voluntariamente en esto.
—Ella no tiene la culpa de la madre que le tocó, no había opción.
Me sigue mirando y empiezo a ponerme nerviosa, si no dice algo pronto
creo que voy a levantarme e irme. Sí, mejor me voy. Ya tiene la información
necesaria para ayudarme, no quiero quedarme a escuchar algo que no
quiero oír. Tomo un ligero impulso para levantarme, pero cuando lo hago
me tira hacia atrás del brazo, provocando que me caiga de espaldas contra
la cama. Levanta mi camiseta y baja un poco la cintura del pantalón. Pasa
un dedo por la cicatriz y un escalofrío me recorre todo el cuerpo.
—Ahora me toca hablar a mí —dice, inclinándose sobre mí y dando un
ligero beso sobre la cicatriz.
Me estremezco.
—Dices que no te conozco porque no sabía sobre tu hija, bien, acepto
que no sé sobre hechos de tu vida, pero te equivocas al decir que no te
conozco.
—Ahora soy yo la que no entiende.
—Digo que te conozco porque sé muchas cosas sobre ti —susurra,
besando de nuevo la cicatriz—. Sé que frunces la nariz cuando algo te
enfada.
Otro beso en mi estómago.
—Sé que no te rindes ante un obstáculo.
Otro beso en mis costillas.
—Sé que, aunque tienes miedo, no te paralizas.
Otro beso en el hueco de mis pechos.
—Sé que eres dulce.
Otro beso en la clavícula.
—Sé que eres protectora.
Otro beso en el hombro.
—Sé que eres capaz de venderte para poder cuidar de quien no puede.
Otro beso en el cuello.
—Sé todo eso y mucho más. —Y está vez me besa en los labios.
Y yo le dejo.
—Voy a resolver lo de Nueva York, voy a demostrarte que puedo cuidar
de ti y voy a conseguir que me des una oportunidad. De hecho, voy a
pedirte una cosa.
—Tú dirás.
—Cuando creas que me lo merezco, me gustaría oír mi nombre en tus
labios.
Dicho esto, se levanta, dejándome allí atontada por los besos que me ha
dado, se recompone la ropa y sale por la puerta.
—¿A dónde vas? —le pregunto desconcertada antes de que desaparezca.
—Paso número uno, arreglar lo de Nueva York.
CAPÍTULO 34
El Amo
Hablar con Texas ha sido la mejor decisión que podría haber tomado.
Hemos dejado clara nuestra situación. Ahora sé en qué punto me encuentro
y es uno muy sencillo, la quiero, puedo creer que hasta la amo. Es una
locura. Todo esto del Sir ha precipitado las cosas. Siento que no puedo
respirar si no la tengo cerca. Me aterroriza la idea de que la separen de mí.
Estoy dispuesto a mandar bajo tierra a cualquiera que intente hacerlo.
Ahora tengo un problema, Nueva York. No es lo que creía. Cuando la vi
me pareció un ángel, quise tenerla, poseerla, quería que fuera algo bueno en
mi vida. Pero me equivoqué. La Nueva York que imaginé que sería no
existe. Puta mierda.
—Nueva York —la llamo, viéndola parada en mitad del pasillo cuando
salgo de la habitación de Texas—, a mi despacho.
Ella me mira, ladeando la cabeza. Me sigue en silencio. Está preciosa en
un vestido verde que resalta el color de su piel. Pero algo ha cambiado.
Ahora la admiro como admiro una muñeca en un escaparate, es bonita, sin
embargo, no me interesa llevármela a casa, no quiero un adorno, quiero una
mujer y esa mujer es Texas.
Entramos a mi despacho y me siento en la butaca de la mesa, ella se
sienta sobre mí como siempre hace.
—Necesitamos hablar y necesito que sea contigo sentada frente a mí no
sobre mí.
—Nene —me susurra contra los labios.
La aparto y le doy una mirada seria. Ella se sorprende, pero capta la idea,
se levanta y se sienta en la silla al otro lado de la mesa.
—Antes de nada, quiero que entiendas que lo sucedido no ha sido culpa
tuya, a veces los sucesos se dan de una manera diferente a como deberían
darse.
Ella asiente.
—Las cosas en Nueva York, tu hogar, se han calmado, así que ya puedes
regresar allí.
Mis palabras la dejan en shock. Gracias a la mentira de Texas, ella piensa
que está aquí por su seguridad. Yo me he encargado de hacer creer a su
padre que ella está de viaje por Europa. He podido saber que su padre
apenas tiene relación con ella, su vida política es incompatible con la vida
de fiestas y escándalos de su hija. Así que regresarla a su mundo no debería
ser muy complicado. Se lo debo.
—Pero yo quiero quedarme aquí contigo… ¿Qué pasa con nosotros?
—Eso no va a ser posible, Nueva York, no hay un nosotros.
—¿A qué te refieres?
Joder, no quiero hacerle daño, pero ser directo es la mejor manera de que
entienda que ya no hay nada entre ella y yo, soy un hijo de puta, lo sé, ella
también debería saberlo. Texas lo sabe y se da su lugar. Por eso me he
enamorado de ella.
Joder… Sí. Me he enamorado de ella.
—Estuvo bien lo que tuvimos, pero debe terminar. Tienes que regresar a
Estados Unidos, ese es tu lugar.
Me mira y veo como la ira está creciendo en sus ojos. En el fondo sabe la
razón, sabe que es por Texas, puede hacerse la tonta, pero en este aspecto al
menos no lo es. Respira profundo y trata de calmarse, pero no lo logra.
—Es por ella, ¿verdad? —grita, levantándose del asiento.
La miro, conservando toda la calma que puedo, no soporto que me
chillen.
—Esa zorra se te metió por los ojos desde el primer día con su actitud de
triste y desdichada. Una puta zorra que me ha tenido envidia y no ha parado
hasta quitarme lo mío. Esa perra…
—Ya basta, Nueva York —le corto—; suficiente.
—No es suficiente, esa zorra me ha arrebatado tu amor.
—No te equivoques, preciosa, tú y yo hemos pasado muy buenos
momentos, pero no creo que haya habido amor por ninguna de las dos
partes. Puedo reconocer que pensaba que podía enamorarme de ti, pero tu
actitud caprichosa y egoísta me ha demostrado que no eres del tipo de mujer
a la quiero entregar mi alma.
Vale, creo que mis palabras no han ayudado a la situación.
—¿Ella sí es una mujer de la que podrías enamorarte?
Prefiero callar antes de decirle que no podría, que lo estoy. Pero ella
entiende mi silencio y agranda sus ojos por la sorpresa.
—Así que una mujer que se folla tipos sin sentido hasta embarazarse de
uno, que no sabe quién es el padre de su hija, que es una puta yonqui…,
¿una mujer así es mejor que yo a tus ojos?, ¿eso me estás diciendo?
Me pilla desprevenido cuando me suelta todo eso, ¿cómo demonios lo
sabe? Dudo que Texas se lo haya contado. Pienso un instante y me doy
cuenta. Antes la encontré en el pasillo. Nos estaba espiando. Escuchó toda
la conversación.
La ira crece dentro de mí por la intromisión en ese momento que tuvimos
Texas y yo. Pensar que ella estaba al otro lado mientras mi mujer abría su
corazón hace que quiera pasar mis manos alrededor de su cuello y apretar.
—Nueva York, he sido paciente, amable y educado, pero no te
equivoques, no soy así. Por favor, no agotes mi buena voluntad si no
quieres conocer un lado de mí que haría que te lo hicieras encima.
Esas palabras, en vez de calmarla, la encienden aún más, lo veo en sus
ojos.
—Prepara tus cosas lo antes posible.
Retira la silla de golpe, tirándola al suelo, y sale del despacho dando un
portazo tras ella. Bueno, no ha ido tan mal. Me recuesto en el butacón y
sonrío, estoy un paso más cerca de Texas. Cierro los ojos y me relajo hasta
que oigo unos gritos fuera del despacho.
Joder, no puedo relajarme ni un minuto.
Me levanto cabreado y pateo la silla del suelo al pasar a su lado. Salgo y
voy hacia los gritos, provienen de la habitación de Texas, la puerta está
abierta.
Entro y veo a Nueva York empuñando un cuchillo enorme de cocina
contra Texas. Se me paraliza el corazón un segundo. Luego respiro y actúo.
—¿Qué cojones está pasando aquí? —pregunto en un tono de voz que
ninguna de ellas conocía.
—Voy a rajarle su cara y su cuerpo, a ver si aún la sigues prefiriendo
sobre mí —sisea Nueva York.
—Eso será si te dejo, ¿no? —le contesta Texas.
Mi mujer está igual de jodida de la cabeza que yo, y eso me encanta.
—Cállate, puta.
—Uy, qué original eres, Nueva York, venga, va, prueba de nuevo, seguro
que puedes hacerlo mucho mejor.
Adoro a esta Texas descarada.
—Bien, déjame pensar —dice Nueva York, moviendo el cuchillo en
dirección a Texas—. ¿Crees que tu hija será igual de puta que tú?
Me giro para mirar a Texas, que se ha quedado blanca al saber que Nueva
York conoce su secreto.
—No le he dicho nada —exclamo antes de que saque conjeturas
equivocadas.
—Bueno, digo, si sobrevive el tiempo suficiente para serlo, claro —
continúa Nueva York con crueldad.
Texas llega a ella en dos zancadas y le da un puñetazo en la cara que hace
que Nueva York se caiga de culo y el cuchillo vuele de sus manos. Texas se
sitúa encima de ella mientras, en el suelo, Nueva York se toca el labio, que
ahora no para de sangrarle.
—Vuelve a hablar de mi hija y vas a ver cómo rompo cada jodido hueso
de tu cuerpo —amenaza Texas.
Creo que hasta a mí me ha dado miedo, no conocía esta vena violenta,
pero como que me gusta, bueno, a mi polla le gusta, estoy duro solo de ver
la escena.
—Keyran, ¿no vas a decirle nada por pegarme? —Se levanta Nueva York
llorando, creo que es la primera vez que pasa por una situación así.
—Tú te lo has buscado. Vete a poner algo de hielo y pomada para que no
se te inflame.
Nos mira a ambos y sale de la habitación. Cierro la puerta tras ella,
recojo el cuchillo del suelo y lo admiro en mi mano, es de cocina y tiene
una hoja de unos veinte centímetros, lo suficientemente grande para matar a
alguien si lo atraviesas en el lugar correcto.
—No debiste exponerte de esa manera —regaño a Texas.
Ella se encoge de hombros.
—Nueva York estuvo escuchando nuestra conversación, por eso supo lo
de tu hija. Yo no le he contado nada.
Me mira y me da una sonrisa dulce, siento una punzada en el pecho.
—Confío en ti, sabía que no se lo habías dicho. Que no lo cuente es más
un tema de seguridad que de vergüenza, mi niña es lo mejor que he hecho
en mi vida. —Duda un momento antes de seguir hablando—. Gracias por
cumplir tu promesa y por hacerlo tan rápido.
Me acerco a ella y la envuelvo en mis brazos, apretándola contra mí,
necesito sentirla cerca. Inhalo su aroma porque me calma, me trae paz. Noto
que se remueve y aflojo un poco mi agarre, aún sin soltarla. Siento como
alza la cabeza y comienza a besar mi cuello. Trago saliva porque, si ya
estaba duro antes, ese simple gesto hace que esté en el borde.
—¿Qué haces? —pregunto estúpidamente, es evidente lo que hace.
—No sé si es que mi mente está rota o simplemente es que estoy jodida
de la cabeza —contesta sin dejar de lamer mi cuello—, pero el puñetazo y
tu contestación me han puesto cachonda.
Joder, esta mujer es perfecta. La cojo del culo y la levanto hasta llevarnos
a la cama. La lanzo entre risas y la admiro un momento antes de comenzar a
quitarle la ropa. Todo vuela a nuestro alrededor hasta quedar ambos
totalmente desnudos. Me subo a la cama, sobre ella, y recorro entre besos y
lametazos su cuerpo hasta llegar a su boca. Su piel es adictiva.
La oigo gemir y creo que es mi sonido favorito en este mundo. Me
restriego contra ella buscando algo de liberación y ella hace lo mismo.
—Me estás arruinando como hombre —le confieso mientras mordisqueo
su oreja.
—A mí me estás arruinando para cualquier hombre —me contesta,
retorciéndose debajo de mí.
Me levanto sobre mis manos hasta quedar sobre ella.
—Mírame.
Ella lo hace y un instinto de posesión se apodera de mí.
—Tú —le digo, abriendo sus piernas con las mías— no vas tener que
preocuparte de eso —me posiciono en su abertura— porque eres mía, solo
mía.
Y me introduzco de golpe sin dejar de mirarla. Puedo sentirla
completamente a mi alrededor, no he usado protección, no quiero que haya
barreras entre nosotros. Ella no pierde contacto visual cuando se arquea
para recibirme. Me muevo ligeramente, enviando una onda de placer a
ambos.
—¿Me has entendido?
Ella asiente, clava sus talones en mi culo y me empuja hasta dentro, tanto
que siento mis bolas presionar sobre su culo, jamás me había enterrado tan
profundamente en ninguna mujer.
—Espero que entiendas que esto es de doble sentido —dice, arqueándose
para sentirme más profundamente—. Tú eres mío.
Y ese toque posesivo me enloquece y comienzo a moverme en su interior
sin ningún tipo de cuidado, de forma salvaje, ambos enzarzados en un baile
de placer. Mis embestidas son cada vez más rápidas, noto sus paredes
contraerse y sé que está cerca, yo también. No perdemos el contacto visual
en ningún momento. Es lo más jodidamente erótico que he visto en mi vida.
Tres embestidas más duro antes de notar su orgasmo envolver mi polla y
hacer que me corra en su interior, llenándola de mí. Sigo moviéndome en su
interior, disfrutando de las réplicas de este increíble orgasmo mientras bajo
mis labios al encuentro de los suyos. Le doy un beso tierno, dulce, lento.
—Espero que no tengas intención de dormir porque esta noche voy a
hacerte el amor —le susurro contra los labios, y ella esboza una sonrisa en
respuesta.
Y cumplo mi promesa adorando cada centímetro de su piel. No sé las
veces que nos dormimos y nos despertamos enredados, listos para la
siguiente tanda.
El sol entra por la ventana cuando decido ir a por la siguiente ronda.
Comienzo a darle besos por la espalda y ella se estremece. Oigo mi móvil
en algún lugar de la habitación y gruño.
—Coge el maldito teléfono —dice Texas medio dormida.
—Déjalo.
—Podría ser Keanan.
—Cierto.
Ahora mismo está localizando a su hija y asegurándose de que se
encuentra bien. Me levanto desnudo completamente y busco el maldito
aparato por el suelo, entre la ropa. Lo localizo. No ha dejado de sonar. Debe
ser importante. Miro la pantalla, pero no reconozco el número. Descuelgo y
lo pongo en mi oreja.
—Keyran, por favor, ayúdame —oigo la voz suplicante de Nueva York al
otro lado.
—¿Qué ocurre? —pregunta Texas al ver mi cara.
Niego con la cabeza.
—Bueno, amigo, tú tienes a alguien que yo quiero y yo tengo a alguien
que tú quieres —escucho decir a una voz profunda al otro lado de la línea.
No hay duda de quién habla y se lo hago saber.
—Hola, Sir.
CAPÍTULO 35
Nueva York
La zorra de Texas es la culpable de que Keyran no me quiera a su lado. No
sé cómo pude confiar en ella, me debe su vida, sin mí hubiera acabado con
ese tal Sir desde el principio, ¿y qué hace en vez de agradecérmelo? Se folla
a mi novio. La odio.
Salgo de la casa decidida y camino hacia el jardín. Paso por los rosales
hasta llegar al final de los setos y sigo caminando. No sé dónde voy a llegar,
pero la rabia que tengo dentro no me deja parar. Camino más allá de los
límites que conozco. Creo que estoy fuera de la propiedad de Keyran. Me
da igual. Mejor. Espero perderme y que tenga que venir a por mí. Eso es,
que se preocupe y tenga que venir a por mí, de esa manera se dará cuenta de
que es realmente a mí a quien quiere y no a Texas. Ella solo es una perra
que se le ha metido por los ojos.
No sé cuánto rato camino, pero se hace de noche y nadie viene a por mí.
Quizás espera que vuelva, ni muerta. Si quiere que regrese tendrá que
buscarme y suplicar, y lo más importante, largar a la zorra de Texas.
La noche se me echa encima y estoy cansada. Miro hacia atrás, pero no
veo ya la casa. Empiezo a tener miedo. Creo que nadie va a venir a por mí.
Busco un lugar donde sentarme a esperar y veo unas luces al fondo. Se
acercan. Es un coche. Keyran viene a por mí. Lo sabía. Me ama.
Me quedo en medio del camino, quiero que me vea bien. Las luces se
aproximan. No sé si me ha visto porque no reduce la velocidad. Alzo mis
brazos y los agito. Lo hace. El coche se detiene frente a mí. Los faros me
deslumbran y tapo mis ojos. Veo a Keyran bajar y corro a sus brazos. Pero
hay algo raro. No me abraza. Se siente diferente. Me aparto y lo miro. No es
Keyran.
—Vaya, vaya lo que me he encontrado —dice el tipo ante mí—, y
menudo recibimiento.
—Lo siento, pensaba que eras otra persona.
—¿Keyran quizás? —duda.
—¿Te ha mandado a buscarme? —le pregunto esperanzada, quizás es
uno de sus hombres.
Suelta una carcajada. No me gusta.
—Más bien me has caído como un regalo.
Retrocedo, pero me sujeta el brazo.
—No tengo ganas de correr —aclara, apretándome aún más.
—¿Quién eres?
—Quizás me conozcas como bastardo cabrón hijo de puta, pero
generalmente eso a la cara no me lo dicen. Me llaman el Sir.
Y me estremezco. Este tipo enorme era el psicópata que había retenido a
Texas y la había forzado. Mierda.
—¿Vas a abusar de mí? —le pregunto, empezando a temblar.
—Sí, mucho —me contesta con una gran sonrisa que da miedo.
Intento que me suelte, pero no lo hace, al revés, clava sus dedos aún más.
—¿Por qué? —inquiero, y me siento estúpida nada más hacerlo.
—Porque tu novio está follándose a mi mujer, así que voy a hacer lo
mismo, luego te torturaré y empezaré a mandarle trocitos de ti hasta que me
la devuelva.
Grito asustada por el tono desenfadado con el que ha descrito mi tortura.
Este tipo está mal de la cabeza. Este tipo está mal de la cabeza.
—Él no va a venir a por mí —susurro temblando.
—Eso es una pena para ti, muñeca.
Me empuja dentro del vehículo y sé que no voy a salir viva de esta.
Tengo que pensar algo. Esto es culpa de Texas, por su culpa estoy con este
tipo. Es ella quien debería estar con él. Es a ella a quien compró. No me
merezco esto. Ella sí. No es justo. Yo soy alguien, soy la hija de un Senador.
Ella no es más que una yonqui rehabilitada, o eso dice. Tengo que pensar en
cómo salir de esta. Keyran no puede dejarme con este tipo, ¿no? Yo creo
que vendrá a por mí. Pero puede que sea tarde. Si no ha salido a buscarme
puede que para cuando lo haga ya haya abusado de mí o me haya matado.
No quiero morir. Comienzo a llorar descontroladamente.
El Sir me mira desde su lado del asiento y lloro aún más fuerte. Va a
pegarme, lo sé, lo veo en sus ojos. Esto es culpa de Texas. Ella debería estar
aquí. Debería ser ella. No yo.
—Deja de llorar o te juro que vas a perder los dientes de esa bonita
sonrisa tuya antes de que lleguemos a mi casa.
Intento parar, pero no puedo. Tengo miedo, me asusta.
—Entiendo por qué Keyran se folla a mi mujer, eres una puta cría
llorona.
Y todo eso me hace estallar.
—Entonces, ¿qué hago aquí? Déjame en paz, llévate a Texas, ¿la quieres?
Toda tuya, esa maldita zorra me ha jodido desde que llegó a mi vida y por
su culpa estoy ahora aquí.
El Sir me mira sorprendido y de pronto se ríe.
—Vaya, vaya, la muñequita está celosa de mi mujer.
Me lanzo hacia él consciente de que me va a hacer daño, pero la rabia me
puede. Me da un golpe con el revés de su mano que me lanza a mi sitio
nuevamente.
—Compórtate o tu estancia a mi lado va a ser muy dura.
Vuelvo a llorar, estoy desesperada, me duele mucho. No voy a aguantar
otro golpe así. No puedo soportar pensar que me va a tocar. Comienzo a
temblar y a llorar descontroladamente. Me da otro golpe que me paraliza, el
miedo se apodera de mí.
Texas, te odio por hacerme pasar por todo esto. Él te quiere a ti aquí. No
a mí. No a mí. No a mí… eso es… no me quiere mí, la quiere a ella.
—Hagamos un trato —le digo, cortando mi llanto.
—No creo que haya nada que puedas ofrecerme.
—Puedo devolverte a Texas y a cambio me dejas libre, sin abusos, sin
golpes.
Me mira interesado.
—Sigue.
—Keyran va a venir a por mí, lo sé, él no me dejaría abandonada, sé que
me ama.
—¿Y cómo recupero yo a mi mujer? No sé dónde quieres llegar.
—Cuando venga a por mí puedes aprovechar y entrar a por Texas, ella
estará en casa, puedo describirte el lugar, será fácil, puedes…
—¿Crees que no he pensado en hacer algo así? —me corta—. Aunque
haga salir al imbécil de Keyran, sé que dejará un ejército de hombres en
casa. Tu plan no me sirve. La única forma es que Texas salga por propia
voluntad, pero eso no va a ocurrir. Así que no hay trato.
Durante un segundo mis ojos se llenan de lágrimas de nuevo,
desesperada, sin esperanza, pero entonces recuerdo algo que sé que no
debería saber.
—¿Y si puedo hacer salir a Texas?
—¿Ella saldría si tú se lo pides?
—No, esa zorra me odia.
—¿Entonces?
—Sé un secreto suyo que nos puede venir bien. Ella tiene una hija.
Me mira y esta vez tengo toda su atención. Él no lo sabía, así que tengo
ese punto a mi favor.
—Sí, ella tiene una hija en Estados Unidos, pero la dejó con otros padres.
—La abandonó.
—No, ella la ama, pero no podía darle un hogar. De hecho, entró en las
subastas para poder pagar una operación para la niña.
—Interesante, ¿sabes algún dato más?
—Sé que se llama Dayra, que los que la tienen son Marc y Me… Me…
—piensa, joder—. ¡Megan!
El Sir me observa, asintiendo con una mirada que me pone los pelos de
punta. Llegamos a donde sea que estábamos yendo y se baja. Me quedo en
el coche porque no sé qué quiere que haga y me da miedo preguntarle.
—Baja —ordena.
Y lo hago. Al salir veo que nos encontramos en lo que parece un pueblo.
Es de noche, pero todas las farolas iluminan el lugar. No se ve a nadie que
no lleve un arma colgando de su cuello. Metralletas creo que se llaman.
Este lugar da escalofríos.
Veo al Sir al teléfono. No sé con quién habla, pero sí que distingo
palabras sueltas. Dayra. Texas. Secuestro. Matar. Dejo de escuchar, no me
interesa. El Sir se pone en marcha y uno de sus matones me empuja con el
arma para que lo siga. Entramos en lo que parece un hostal de mala muerte.
Una recepción pequeña y vieja nos da la bienvenida, pero no hay nadie en
ella. Raro.
—Elige habitación —me dice, señalando el cuadro de llaves enorme que
hay detrás del mostrador.
Asiento y me dirijo hacia él rodeándolo y tengo que taparme la boca para
evitar un grito cuando veo a una señora con una bala en la cabeza tirada en
el suelo. Lo miro. Se ríe. La miro. Aguanto una arcada. Oh, Dios mío, está
loco.
—¿Prefieres dormir con uno de mis chicos?
Y sé que no es una amenaza vacía. Salto a la señora y cojo una llave, no
miro ni el número, me da igual mientras tenga cerradura. Espero que no
haya muerto nadie allí dentro. Salto de nuevo a la pobre mujer que está allí
tendida y vuelvo al mismo lugar.
—Ahora vamos a ver si consigues hacer que Keyran venga a por ti. Si lo
logras, prometo que no te va a pasar nada, si no puedes estar segura de que
no habrá hombre en este pueblo que no disfrute de ti.
Comienzo a temblar, no sé qué quiere que haga para convencerlo. Tengo
miedo. Y dudas. ¿Y si no viene a por mí? ¿Y si esa zorra le ha comido la
cabeza y lo ha puesto en mi contra?
Saca un teléfono antiguo, de los que no llevan ni WhatsApp, incluso tiene
tapa y antena, no recuerdo ni haberle visto usar ese móvil a mi padre. Saca
otro, este más nuevo, grande y táctil. Busca algo. Parece que lo encuentra.
Comienza a teclear en el teléfono viejo.
—¿Tienes clara tu parte, muñequita?
Asiento, pero la verdad es que estoy paralizada. Chasquea la lengua.
—Esto no va a funcionar.
Y, sin previo aviso, me da una bofetada en la cara tan fuerte que me tira
al suelo. Duele muchísimo y rompo a llorar aterrorizada de nuevo. Entre
mis lágrimas veo como pulsa un botón en el móvil viejo y me lo pasa. Lo
pongo en mi oreja sin saber que esperar.
—Convéncelo —me dice antes de que se descuelgue el teléfono.
—Keyran, por favor, ayúdame —suplico sin dejar que diga nada.
—¿Qué ocurre? —oigo a Texas de fondo.
Silencio. El Sir me quita el teléfono.
—Bueno, amigo, tú tienes a alguien que yo quiero, yo tengo a alguien
que tú quieres —dice el Sir en un tono profundo que da miedo.
Silencio nuevamente. El Sir hace un gesto a uno de los tipos armados.
Me da un puñetazo en el estómago y grito.
—¿Crees que podemos llegar a un acuerdo? Aunque, si no es así, debo
reconocer que el sonido de esta zorra gritando me la ha puesto dura.
CAPÍTULO 36
Texas
Han pasado tres días desde que Nueva York llamó pidiendo ayuda.
Reconozco que ha sido una perra conmigo y que no le debo nada, pero no
dejaría a nadie en manos del Sir, es un hombre sin alma y esos son los más
peligrosos.
El Amo ha estado distante conmigo, entiendo que se sienta culpable,
aunque no creo que lo sea. Ayer intenté explicarle que estas cosas pasan y
que todo se va a solucionar, pero acabamos discutiendo. Cree que no quiero
recuperar a Nueva York, que le tengo celos, está claro que no me conoce lo
suficiente.
Keanan me ha pedido que le tenga paciencia, que lo que me dice no lo
piensa, no sé si creerle. En estos momentos tengo ganas de gritar, de llorar,
de romper cosas, no sé, hace tres días, por un momento, fui feliz, totalmente
feliz en brazos del amo. Ahora estoy sola, sentada en el patio trasero de la
casa mirando los árboles frutales y esperando a que, bueno, no sé qué estoy
esperando.
Llevo como dos horas aquí mirando a la nada cuando un reflejo de algo
que brilla llama mi atención. Me levanto echando un vistazo y noto que el
reflejo se mueve, es como un espejo. De pronto el brillo desaparece detrás
de un árbol y me quedo parada esperando a que algo ocurra. Nada. Un
minuto después una cabeza se asoma desde detrás del árbol. Es Lunes. Doy
un paso atrás mirando a mi alrededor tentada a gritar pidiendo ayuda, pero
por algún motivo no lo hago. Ella me mira en la distancia y me hace señas
para que vaya. No sé si fiarme. Esa tía está loca y, lo que es peor, está
enamorada del Sir. Dudo, pero no veo movimiento alrededor, parece estar
sola, la curiosidad me gana y, con suerte, puede que descubra algo más
sobre el paradero de Nueva York. Aun así, miro a mis pies buscando algo
con lo que atizarle por si acaso, veo un palo astillado, perfecto, lo cojo y
camino hacia allí.
—¿Qué haces aquí? —le pregunto, guardando una distancia prudencial.
Con ropa parece una chica normal, apenas se ven los golpes que el Sir le
debe seguir dando desde la última vez que la vi.
—Tengo un recado del Sir.
Vale, sigue igual de loca.
—No me interesa —le contesto, retrocediendo para irme, pero sin darle
la espalda.
—Él dijo que dirías eso.
—Qué listo.
—Me dijo que te enseñara esto.
Y saca de su bolsillo una medalla dorada que conozco perfectamente, se
la regalé a mi hija el día que nació. Mi corazón se detiene. Se la arrebato
con brusquedad de las manos, no tiene derecho a tenerla ni a tocarla.
—¿Qué ha hecho con mi hija?
Keanan me aseguró que estaba bien hace dos días.
—¿Quieres ver el recado? —pregunta con un tono alegre, como si fuera a
enseñarme un vídeo de gatitos. Dudo que así sea.
Alzo una ceja.
—¿Verlo?
Lunes asiente y saca un móvil, pulsa en la pantalla y me enseña un vídeo
parado. La miro a la cara y tiene una amplia sonrisa. Puta loca. Asiento
despacio, ella aprieta la pantalla en el centro y se reproduce un vídeo
grabado a modo selfie; en primer plano, hablando, aparece el Sir. Me
estremezco.

Hola, mi pequeña dama, ¿me has echado de menos? Yo a ti


terriblemente, por eso tuve que buscar alternativas que me recodasen a ti.

Se me eriza la piel con sus palabras. La imagen cambia y ahora enfoca a


un pasillo largo con guardias apostados cada metro, armados con
metralletas y con cara de pocos amigos.

Voy a mostrarte algo para que entiendas que solo junto a mí podrás tener
lo que quieres.

Sigue andando hasta una puerta blanca, se abre y dentro hay una
habitación infantil, y en el centro, en una mecedora, Megan sentada con una
niña en sus brazos. Mi niña. Hacía mucho que no la veía. Está enorme para
tres años. Las lágrimas pican en mis ojos, pero sigo mirando.

Creo que ya os conocéis.


Y cuando la enfoca veo golpes en su cara y la rojez de sus ojos, ha
debido de llorar durante horas. La cámara vuelve a girarse y a enfocar al
Sir.

Bueno, como puedes ver, tengo la reunión familiar organizada. Te


estamos esperando. Lunes te dará las indicaciones necesarias. No hables
con nadie de esto. No tienes más que una oportunidad.

El Sir inspira profundamente.

Te estaré esperando, mi pequeña dama.

Y el vídeo termina.
Mi mente corre a mil por hora rememorando las imágenes. Esto es una
locura. Miro hacia todos lados porque esto parece una cámara oculta. Lunes
sigue ahí, de pie, mirándome.
—El Sir ha dicho que esta noche será el intercambio de Nueva York,
cuando ellos vayan a por ella tú tienes que salir por ese sendero —dice,
indicando un camino entre los árboles que no se ve bien hasta dónde llega
—, y un coche te estará esperando. Solo hay una oportunidad. Si alguien se
entera, tu hija muere. Si no vienes, tu hija muere. Si alguien te sigue…
—Mi hija muere, entendido.
Dicho esto, lanza el móvil al suelo y saca un arma de detrás de su
espalda. Mierda. Doy un paso atrás, ella apunta al móvil y dispara varias
veces hasta que apenas parece un teléfono.
—Corre, los guardias no tardarán en venir —le digo, asustada de que si la
cogen el Sir crea que la he delatado.
Ella me sonríe. En serio, puta loca.
—No hace falta que corra, ya estoy donde tengo que estar.
Y dicho esto, acerca la pistola a su sien y dispara. Joder. Se ha volado la
cabeza delante de mí. No sé cómo sentirme.
Oigo voces masculinas tras de mí que vienen corriendo, pero no escucho
nada de lo que me dicen. Noto que me zarandean y que alguien está frente a
mí, pero solo puedo mirar por un lado el cuerpo de Lunes tirado en el suelo,
inerte, con un gran agujero y una expresión feliz.
Y me pongo a temblar porque esta noche debo ir al encuentro del
psicópata que ha logrado que una mujer tan joven y guapa se acabe pegando
un tiro en un bosque solo para enseñar un jodido vídeo de una niña
secuestrada.
CAPÍTULO 37
El Amo
—¿Qué te ha dicho exactamente, Key? —me pregunta Cadee por décima
vez.
—Esta noche, en la plaza donde lo vio Texas la última vez, dejará a
Nueva York, debo llevarle una bolsa de lona con cinco millones de dólares
y tengo que ir yo solo. Me ha dejado claro que, aunque me devuelva a
Nueva York, sigue interesado en Texas. Tengo que matarlo.
Keanan me mira y asiente, él piensa lo mismo que yo, mi mujer no va a
estar a salvo hasta que ese psicópata muera. Por mucho que pague por
Texas, él va a seguir tras ella.
—Tracemos un plan para recuperar a Nueva York y matar al Sir.
Cadee y Keanan asienten a la vez y yo me siento seguro al tener a mi
equipo conmigo.
—Deberíamos llevar el todoterreno blindado —dice Keanan.
—Una moto es un medio rápido para ir, rescatar y huir —sigue Cadee.
—Creo que…
Pum.
Pum.
Pum.
El sonido de tres disparos corta nuestra conversación.
—¿De dónde mierda ha venido eso? —pregunta Keanan sacando su
arma.
Cadee y yo hacemos lo mismo mirando a nuestro alrededor. Veo a mis
hombres moverse por la casa, salimos del despacho buscando la
procedencia. Se han oído fuera, pero los que nos están atacando podrían
estar ya dentro.
—Los disparos provienen de la parte de atrás de la casa —me informa
uno de mis hombres—, junto a la arboleda.
Y entonces mi corazón se detiene. Allí es donde Texas ha estado los
últimos días. Echo a correr rezando a todos los dioses en los que no creo
para que ella no esté ahí ahora. Hemos pasado los últimos días discutiendo,
culpa mía, estoy tan presionado por la situación con Nueva York que la he
pagado con Texas. Keanan me ha amenazado con llevársela si no empiezo a
comportarme con ella como es debido.
Pum.
Un único disparo suena justo cuando llego al lugar, veo a Texas al fondo,
junto a los árboles, de pie, de espaldas. A sus pies una chica con la cabeza
llena de sangre y un agujero en un lado. Llego hasta Texas y paso mis
manos por su cuerpo buscando alguna lesión. No tiene ninguna, gracias a
Dios.
—Está bien, no está herida —digo en voz alta para que Keanan y Cadee
me oigan, ellos asienten mientras voltean a la chica muerta sobre su
espalda.
Miro a Texas nuevamente y le pregunto qué ha pasado, pero no me
contesta. La zarandeo, no logro que reaccione. Cojo su cara entre mis
manos y la obligo a mirarme a los ojos, pero no me ve, está en shock.
—Mo shaol —le susurro, poniendo mi frente contra la suya—, ya está,
estás bien.
Sigue sin reaccionar.
—¿Qué ocurre? —pregunta Cadee a mi lado.
—Está en shock, la llevo dentro, informadme cuando descubráis quién
demonios es esa tía.
—Lo intentaremos, Key, pero se ha dejado la cara hecha un cuadro, será
difícil un reconocimiento facial con tan poco material con el que trabajar. Y
sus huellas están borradas como con ácido.
Miro a la mujer y al arma usada, un calibre demasiado grande para querer
solo pegarse un tiro, es un suicidio un tanto extraño. Confío en Keanan y
Cadee para resolver esto, mi mujer me necesita en este momento. Paso un
brazo por debajo de sus rodillas y la alzo contra mi pecho. Sus brazos caen
sin vida a su lado, su cabeza apoyada en el hueco de mi cuello.
Nos llevo dentro, a mi habitación. Cierro la puerta con el pie y la
deposito en la cama, sentada frente a mí. Me agacho para estar a la altura de
sus ojos.
—Mo shaol, ya estás a salvo —vuelvo a decirle.
Pero sigue sin reaccionar. Sus ojos se mueven como si recordara algo en
su mente, creo que está reviviendo el momento. Necesito sacarla de esto.
Salgo disparado al baño y enciendo la ducha, la pongo caliente, aunque no
demasiado, y abro la puerta lo máximo que puedo. Vuelvo junto a ella, la
recojo nuevamente y nos dirijo al baño. Una vez ahí, entro en la ducha con
la ropa puesta y la sostengo bajo el agua esperando a que mejore.
—¡No! —grita de repente revolviéndose en mis brazos—. ¡Lunes, no lo
hagas!
—Shhh, Texas, ya ha pasado —le digo, pasando mi mano por su espalda
mojada.
Me mira por primera vez desde que la encontré, parece que ya ha
reaccionado. Me giro para sacarnos de la ducha.
—Quedémonos un poco más, por favor. —Su voz sale en un susurro de
sus labios.
Me está partiendo el alma verla así. Asiento mientras apoyo mi espalda
en la pared de la ducha y nos deslizo hasta quedarme sentado en el suelo
con ella en mi regazo.
—¿De verdad está muerta? —me pregunta con su frente apoyada en mi
cuello.
—Eso parece.
No sé el rato que permanecemos así, pero cuando noto que Texas
comienza a temblar por el frío, me levanto y nos saco de aquí. La deposito
en la encimera del baño y le quito la ropa. Voy a por una de mis camisetas y
se la pongo. En silencio. No quiero asustarla, pero necesito respuestas.
—¿Puedes decirme qué ha pasado, mo shaol?
Ella me mira y niega con la cabeza.
—Por favor, Texas —le suplico, dándole un suave beso en los labios—,
necesito saber quién es esa chica.
Me mira, debatiéndose entre si hablar o no.
—Estos días he sido un imbécil contigo, pero no ha cambiado nada de lo
que siento por ti. Por favor, confía en mí.
Me mira, mordiéndose el labio.
—¿Puedo contártelo esta noche? —me pregunta sin mirarme.
—Esta noche iremos a por Nueva York, necesito que me lo cuentes ahora
para protegerte.
—Cuando vuelvas entonces, por favor, déjame que te cuente cuando
regreses esta noche.
Levanto su cara para que me mire a los ojos y cedo.
—Está bien, pero ahora vas a obedecerme. Vas a meterte en la cama
después de cenar algo, vas a tomarte una pastilla que te voy a dar para los
nervios y me esperarás aquí dormida. Prometo despertarte cuando llegue.
Ella asiente y un atisbo de una sonrisa aparece en sus labios.
—No quiero cenar nada, te espero y lo hacemos juntos cuando vuelvas.
—De acuerdo, mo shaol.
—¿Qué significa eso?
—Te lo diré cuando vuelva.
Ella sonríe y mi alma se aprieta en mi pecho.
La llevo hasta la cama y la meto dentro. Abro el cajón de mi mesilla de
noche para sacar una de las pastillas que he usado alguna vez para
relajarme. Se la tiendo junto a una botella de agua que saco de mi nevera.
Ella abre la botella, pero los nervios hacen que se le caiga el tapón. Me
agacho a recogerlo, me tiende la botella después de beber y la cierro. Ella se
desliza hasta quedar tumbada y me siento a su lado.
—Ten cuidado esta noche, Keyran —me dice, cogiendo mi mano.
Es la primera vez que usa mi nombre desde que se lo pedí, mi respiración
se corta un instante por lo que esto significa.
—Voy a estar de vuelta antes de lo que imaginas.
—Pase lo que pase, esto no es culpa tuya.
Lo miro extrañado y enternecido. A pesar de haberla tratado mal estos
días, aún se preocupa por mí. No quiere que me culpe por lo de Nueva
York.
—Descansa y luego hablamos —le digo, dándole un beso en la frente.
Ella me coge de la camiseta y tira de mí hacia sus labios. Me da un beso
largo y profundo que hace que se tambalee el alma. No tengo dudas de que
me he enamorado de ella y no voy a permitir que el Sir vuelva a hacerle
daño.
—Te amo, Keyran—me dice ella en un susurro.
Mi pecho podría explotar en este momento, nunca antes me lo había
dicho y querría estar dentro de ella en este instante, pero necesita descansar
y yo matar al hijo de puta que quiere separarme de ella.
—Yo también te Amo —le contesto, besándola en la frente mientras veo
que la pastilla le está haciendo efecto y está comenzando a dormirse.
No tardo mucho en sentir su respiración regular y veo que se ha dormido.
Le aparto un mechón de pelo de la cara y rozo su mejilla con mis nudillos.
—Voy a mantenerte a salvo, mo shaol, te lo prometo.
Le doy un rápido beso y salgo de la habitación. Me dirijo al despacho
nuevamente. Keanan y Cadee están allí esperándome.
—¿Cómo está? —me preguntan casi a la vez.
—Mejor, le he dado algo para dormir.
—¿Te ha dicho qué ha pasado?
—No, quiere hablar cuando vuelva esta noche. No me he atrevido a
forzarla, tenía miedo de que entrara en pánico.
—Pondremos vigilancia extra mientras no estamos —declara Keanan, y
se retira a hablar con el móvil y prepararlo.
Pasamos la tarde planeando el rescate de Nueva York. Que sea en un
lugar tan céntrico nos da la ventaja de los edificios, aunque también se la da
a ellos. Vamos a apostar hombres en cada cornisa que rodea la plaza,
algunos ya están allí para asegurarse de que nadie más suba. Según el Sir,
dejará a Nueva York en el centro, justo allí debo abandonar el dinero para
que lo cojan y me la podré llevar. Debo permanecer a unos de veinte metros
hasta ese momento, siempre y cuando esté solo.
Las horas pasan hasta que llega el momento de salir. Quiero subir a ver a
Texas, pero decido que es mejor no molestarla, no tardará en dejar de hacer
efecto la pastilla y cualquier ruido podría despertarla. Miro las escaleras
hacia donde está ella, una vez más, antes de girarme y salir. Mi equipo está
preparado, todos uniformados de negro, armados y listos para ir a por la
chica.
—Son las cero una cincuenta y nueve —oigo a Keanan gritar.
Todos miran sus relojes para comprobar que están sincronizados. En una
hora y un minuto hay que hacer la entrega.
Cuando llegamos las calles están vacías. Mi equipo se distribuye por los
callejones aledaños para no llegar todos juntos. Yo voy en el jeep principal,
el dinero a mis pies. Bajo del coche cuando faltan cinco minutos y camino
hacia el lugar de encuentro. Ajusto mi chaleco antibalas y me dirijo al
centro de la plaza. De noche y vacío es un lugar lúgubre. Deposito el dinero
en el centro y me retiro veinte metros a esperar. No puedo verlos, pero sé
que tengo a mi equipo protegiéndome. Mi respiración se acelera cuando
oigo un motor a lo lejos. Aumenta cuando el ruido se escucha más cerca. En
unos segundos veo un todoterreno entrando en la plaza, cristales totalmente
tintados. Se para junto a la bolsa, pero no ocurre nada. Extraño. Miro
alrededor buscando un indicio de emboscada. No hay nada. Todo igual.
Motor encendido. Coche parado.
Dudo, pero saco mi pistola y, apuntando hacia delante, me dirijo al
coche.
—¡Sal de ahí! —grito a no sé muy bien quién.
No hay respuesta, solo un ruido bajo que no logro distinguir. Tomo la
decisión de romper la ventanilla del conductor con la pistola, de un solo
golpe la reviento y apunto al conductor. Mierda. Es Nueva York,
amordazada y con sus manos atadas al volante. Miro al interior y veo que
está sola.
—Nueva York está aquí —digo tocando mi oreja, ahora que parece que
estamos solos restablezco la comunicación.
—¿Quién más hay dentro? —pregunta Keanan.
—Nadie.
—¿Cómo que nadie?
—Nadie.
—¿Quién se ha llevado el dinero?
Miro la bolsa, está dónde la dejé.
—Nadie, sigue ahí.
—Mierda, Key, eso es raro.
—Lo sé.
Veo a mi equipo acercarse apuntando en todas direcciones, esto es una
trampa y lo sabemos, solo nos falta descubrir qué tipo de trampa es.
Miro a Nueva York, quien está llorando desconsolada y me da pena, su
cara marcada por ese salvaje. Me subo al peldaño metálico del coche para
evitar abrir la puerta, giro la llave del contacto para apagar el motor y le
quito la mordaza de la boca.
—¡No te muevas! —me grita cuando estoy a punto de bajarme—. Hay
una bomba.
Me quedo paralizado.
—Hay una bomba, todos fuera —digo al intercomunicador.
Todos mis hombres retroceden salvo dos que saben sobre explosivos,
Keanan y Cadee. Oigo un teléfono en las piernas de Nueva York. Ella sigue
llorando con las manos atadas al volante. Lo cojo y descuelgo, poniendo el
altavoz y procurando no moverme demasiado.
—Keyran, eres demasiado predecible —oigo al otro lado en tono de
burla.
—Espero que predigas la forma en que te voy a matar para que sepas lo
doloroso que va a ser.
Suelta una carcajada.
—Curioso que digas eso cuando estás a punto de saltar por los aires, ¿ha
visto ya tu equipo dónde está colocada la bomba? Está en el motor, por si
quieres ahorrarles tiempo.
Keanan y Cadee abren el capó y asienten. Ahí está. Oigo unos gritos al
otro lado del teléfono y la línea se corta.
—Es una bomba de presión con código. Si no metemos el código
correcto estamos jodidos —explica uno de los chicos que se ha acercado
junto a Cadee.
—¿Tipo de teclado? —pregunto, pensando en meterle una máquina para
que pruebe con todas las combinaciones de forma automática.
—Alfanumérico.
Joder. Hay millones de opciones. Ese hijo de puta lo tenía previsto. Bien
le valen los cinco millones que no ha querido recoger. Suena de nuevo el
teléfono. Vuelvo a descolgar poniendo el altavoz.
—Tienes la jodida suerte de que ella te quiere vivo. La contraseña es
Texas.
Y cuelga.
Keanan y Cadee me miran sin entender nada. Me acaba de dar la
contraseña o me ha dado una falsa para que esto acabe antes. Pero lo que ha
dicho no tiene sentido, ¿quién me quiere vivo?
—Salid todos de aquí menos tú —ordeno, señalando a uno de mis
hombres—, mete la contraseña que acaban de darnos.
—Keyran, ese tío está loco, quiere volarte en pedazos —me avisa
Keanan.
Lo sé, pero de alguna forma siento que esto…
—Hay algo que me dice que es correcta.
Me sostiene la mirada un momento más y gruñe antes de darse la vuelta e
irse. Sabe que no va a convencerme. Cadee lo sigue. Nos quedamos el
chico, al que seguramente he condenado a muerte, Nueva York y yo.
—Adelante.
Oigo el pitido de las teclas mientras las pulsa. Pitido número uno.
Silencio. Pitido número dos. Silencio. Pitido número tres. Silencio. Pitido
número cuatro. Silencio.
—Decidle a Texas que la amo y la estaré esperando al otro lado.
Mi último pensamiento es para ella y solo lamento no haber tenido más
tiempo juntos. Pitido número cinco. Silencio.
—Se ha apagado todo, se ha desarmado —murmura mi hombre
anonadado.
Miro a Keanan y Cadee que corren hacia mí y salto del coche. Mis pies
tocan el suelo y mi cuerpo sigue de una sola pieza. Increíble. Siento unos
brazos rodearme y veo a Cadee casi llorando agarrada a mi cuello.
—Mierda, no vuelvas a hacer eso, Key —me dice enfadada.
—Lo apuntaré en mi libreta de cosas que no debo repetir —le contesto
burlándome.
Nueva York llora de una manera histérica.
—Sacadla y llevadla a casa —ordeno.
—No entiendo nada —murmura Keanan—. ¿Quién demonios te quiere
vivo?
Me encojo de hombros, yo tampoco sé qué ha pasado. El Sir podría
haberme matado, pero en vez de eso me ha dado la clave, la clave que el
muy enfermo puso con el nombre de ella. Está obsesionado. Con ella. Ella.
Mierda. Saco el teléfono y marco a la guardia de casa.
—Id ahora mismo a mi habitación —ladró al teléfono.
—¿Qué ocurre? —preguntan Keyran y Cadee, no entendiendo nada.
—Dime que está —suplico al teléfono.
Oigo correr, la puerta ser abierta y una maldición.
—No hay nadie, jefe.
—¡Joder! —grito, sacando mi alma.
Cadee y Keanan me miran asustados.
—Texas, ella me quiere vivo. Él la tiene —digo derrotado mientras caigo
de rodillas al suelo, notando como se me cierra la garganta porque pensar
que ella no está me roba el aire.
CAPÍTULO 38
Texas
Me despierto con dolor de cabeza y me cuesta unos segundos recordar lo
que ha pasado. El Sir me obligó a drogarme para salva a Keyran. Me
incorporo y veo que estoy en una habitación enorme, en una cama con
postes de madera y sin ropa. Me siento en el borde y las puntas de mis pies
apenas rozan el suelo. Me bajo de la cama y miro alrededor. Es una
habitación lujosa, muebles de diseño y un gran vestidor lleno de trajes de
hombre en un lado y de ropa de mujer en el otro.
Oigo el pomo de la puerta girar y me sitúo al otro lado de la cama, detrás
de uno de los postes. Debo parecer ridícula. El Sir aparece ocupando toda la
puerta. Grande, imponente, guapo. No entiendo por qué necesita tener a una
mujer en contra de su voluntad si claramente podría obtener a la que él
quisiera. Aunque no a mí, jamás a mí después de lo que ha hecho.
—Veo que ya te has despertado —dice, cerrando la puerta—, espero que
te guste nuestra habitación.
Nuestra. No pasa desapercibida esa palabra para mí. Se acerca y yo me
acurruco aún más contra el poste, como si pudiera hacerme desaparecer tras
él.
—Ven, te enseñaré esto —me ordena, cogiendo mi mano y arrastrándome
a una puerta cerrada blanca.
La abre y hay un enorme baño. Hay una ducha en la que caben seis
personas sin tocarse. Una gran bañera blanca con patas doradas como las de
las películas de terror y un enorme jacuzzi.
—Pasa —me pide, tirando de mí hacia delante y abrazándome desde
atrás.
Puedo notar su erección en mi culo. Pasa su mano por mi estómago
desnudo y siento el impulso de taparme, pero no lo hago. La dignidad es lo
único que me queda y no va a arrebatármela.
—Mira bien este lugar, pienso follarte sobre y contra cada superficie que
ves aquí —me susurra al oído.
Un escalofrío me recorre el cuerpo al pensarlo. Me coge nuevamente de
la mano y me lleva hasta el enorme vestidor. Hay un diván negro de
terciopelo en el centro.
—Aquí tienes toda la ropa que vas a usar, si necesitas algo más pídelo y
lo tendrás aquí en cuestión de horas.
Miro el armario y hay absolutamente de todo. Ropa informal, de
invierno, de deporte, vestidos de fiesta, zapatos de tacón, botas, bolsos.
Todo lo que puedas necesitar. Un sueño de armario para cualquiera, solo
que para mí es una pesadilla.
Me giro para mirarlo, sigue sin soltarme la mano, intento recuperarla,
pero él la aprieta un poco más y noto una punzada de dolor que sobrellevo
apretando los dientes.
—¿Por qué? —inquiero sin pensar porque no entiendo a qué viene todo
esto.
Me sonríe y da un tirón de mi mano que hace que caiga hacia delante y
agarra mi cuello con su mano libre.
—Al principio fue venganza, pero has logrado que me obsesione contigo
—me contesta, dejándome aún más confundida.
—¿Qué te he hecho yo para que tengas que vengarte de mí? —le
pregunto, intentando mantener la calma porque noto como su mano en el
cuello se empieza a cerrar sobre este.
—No te acuerdas de mí, ¿verdad? —me suelta para mi sorpresa.
Giro con lentitud la cabeza, intentando recordarlo, pero no me suena
absolutamente de nada, no hay nada de él que me traiga un recuerdo. Me
empuja hacia atrás hasta que mis piernas chocan con el diván y me sienta.
Entonces da dos pasos atrás y me mira.
—Nos vimos una vez, cuando mi madre fue a reclamarle a la tuya por
haberse follado a mi padre —comienza a explicarme—, debías tener como
doce años y mi padre era parte del sistema de casas de acogida del Estado,
él se encargaba de decidir si los padres recuperaban la custodia del menor o
pasaban a cargo del Estado.
Debió ser la época en la que vivimos en el barrio irlandés, cuando conocí
a Keanan, pero sigo sin recordarlo.
—Tu madre quería recuperarte, así que sedujo a mi padre sin importar
que estuviera casado o que tuviera hijos.
—¿Y cómo la infidelidad de tu padre me hace a mí culpable? —le
pregunto, no entendiendo nada.
—Mi padre se obsesionó con tu madre hasta el punto que le pidió el
divorcio a la mía. Ella sabía de la existencia de tu madre, así que la buscó
para encararla, yo la llevé en coche y la esperé mientras ella iba a tu casa.
Trato de recordar, pero mi madre no ha sido precisamente una monja y
esa escena la viví más de una vez. Sigo sin ubicarlo en mi memoria.
—Mi madre le reclamó gritando y la abofeteó, entonces tú saliste de la
nada y le devolviste el golpe.
Empiezo a recordarlo, una mujer vino insultando a mi madre y yo estaba
en casa. Salí al pasillo y comenzó a insultarla a ella y a mí, dijo que iba a
ser tan zorra como ella. Si algo odiaba era que me dijeran que acabaría
como mi madre, así que la abofeteé, no por defender a mi madre que se
había ganado el guantazo, sino para que supiera que conmigo no iba a
meterse gratis.
—Yo salí del coche y la arrastré de vuelta a él y me la llevé a casa —
continúa.
Recuerdo eso, pero no a él. No me fijé. Simplemente cerré la puerta y
pasé junto a mi madre, que estaba mirándose en el espejo la marca de la
mano en su mejilla.
—Tu madre llamó a mi padre y lo dejó. Dijo que no quería problemas
con la mujer de nadie. Esa noche, mis padres tuvieron una enorme
discusión. Mi madre no dejaba de llorar y mi padre la acusaba de haber
perdido al amor de su vida por su culpa. Al día siguiente mi madre
convenció a mi padre de ir a ver a un abogado para separarse, cogieron el
coche y nunca más volvieron. Ella provocó un accidente en el que ambos
murieron.
Me tapo la boca horrorizada. No tenía ni idea de la repercusión de ese día
en la vida de nadie. Mi madre nunca más volvió a hablar de ello.
—Lo siento —le contesto porque de verdad me da pena que alguien
muriera—, pero sigue sin ser mi culpa.
—Ya llego a eso, mi pequeña dama —me dice mirándome mientras se
muerde el labio inferior—; me fui a vivir con el hermano de mi padre, el
cual me crio enseñándome que las mujeres sois lo malo del mundo, que
solo servís para dar placer y que, si os dejamos, sois capaces de acabar con
un hombre solo por gusto.
Genial, otro puto loco misógino en la familia.
—Así que, cuando me hice mayor comencé a juntarme con gente no muy
agradable hasta acabar donde estoy ahora. Cuando tuve dinero y posición,
busqué a tu madre para hacerle pagar con sangre lo que les hizo a mis
padres.
Hace años que no sé nada de ella, aunque espero que no la encontrara,
sigue siendo mi madre después de todo.
—¿Sabes qué pasó cuando di con ella? —me pregunta, y yo niego con la
cabeza—. La muy puta se atrevió a morir de sobredosis antes de que
pudiera hacerla pagar.
Esa noticia me pilla por sorpresa, desprevenida. Sabía que mi madre no
viviría hasta ser una anciana en un asilo, que moriría a manos de un hombre
o por la mierda que se metía, pero aun así no esperaba que ya hubiera
pasado. No había vuelto a verla desde que me escapé con Jackson. Ni
siquiera le dije que era abuela. No pude intentar hablar con ella una vez más
para que dejara toda esa mierda. Quería hacerlo. Iba a hacerlo. Iba a
buscarla, iba a intentar ayudarla. Iba. Ya no. No he llegado a tiempo. Ya no
está aquí.
Una lágrima recorre mi mejilla por la niña que hubiera querido tener una
madre que nunca existió.
—¿No lo sabías? —pregunta sorprendido—. Déjame decirte que ella
merecía ese final.
—¿Dónde está enterrada? —susurro, buscando el consuelo de poder ir a
verla y hablar con ella una última vez.
—¿Enterrada? —contesta con una carcajada—. No, pequeña dama, ella
no está enterrada, la tiré a un basurero y está pudriéndose entre la mierda,
tal y como ella se merece.
Se me corta la respiración. Recuerdos de ella pasan por mi mente, solo
los buenos. Fue una madre de mierda, pero aun así no puedo evitar sentir
este nudo en el estómago pensando en su final.
El Sir se sienta a mi lado y pasa su lengua por mi mejilla, limpiando la
lágrima que ha caído desde mi ojo hasta mi pecho.
—Si ya está muerta, ¿qué quieres de mí? —pregunto mientras su lengua
hace el mismo recorrido que la lágrima.
—No pude obtener mi venganza y entonces me acordé de su hija. Te
busqué sin mucho éxito, hasta que por casualidad te vi en aquella subasta.
Eras tú. Esa mirada era la misma que tenías el día que nos vimos. Ya no eras
una niña, sino que eras una mujer que me desafiaba, y eso me la puso dura.
Siento como el Sir me empuja hacia abajo, recostándome en el diván, y
continúa lamiendo mi cuerpo. Yo sigo intentando asimilar todo lo que me
está contando.
—Te compré porque quería ver si aquello había sido una farsa, pero te
robaron y eso no hizo más que aumentar mi obsesión por ti. Vi los vídeos
del barco —susurra mientras besa mi ingle—, vi como no dejaste que te
rompieran. Vi a la única mujer que no había sido débil y supe que tenías que
ser mía.
Sin previo aviso se levanta, se quita los pantalones y se cierne sobre mí.
Con su rodilla separa mis piernas y se introduce soltando un gruñido. Me
duele, pero no digo nada, solo lo miro a los ojos con la mandíbula apretada.
—Presenciar como mataste a aquellos hombres fue la cosa más excitante
que he visto en mi vida —confiesa, empujando dentro de mí—, y las ganas
de doblegarte no hacen más que ponerme duro solo con mirarte.
Él sigue empujando dentro de mí y yo me niego a dejar de mirarlo.
Quiere romperme, me lo ha confesado, si lo logra ya no le haré falta, seré
una más, no dudará en deshacerse de mí para saltar a la siguiente. No voy a
dejar que eso pase, no hasta que mi hija esté a salvo.
—Voy a matarte —le aseguro mientras embiste una y otra vez.
Eso parece que le excita porque aumenta el ritmo al tiempo que noto
como crece en mi interior.
—A esto me refiero —dice entre embestidas—, ten tengo aquí, debajo de
mí, empalándote sin piedad y aun así eres capaz de amenazarme.
Necesito que esto acabe pronto, así que contraigo mis músculos interiores
una y otra vez para ayudarlo a terminar.
—Joder —dice cuando nota mi movimiento y con un par de embestidas
más lanza un gruñido cuando llega al clímax.
Se derrumba sobre mí y yo no me muevo.
—No vas a matarme, ¿sabes por qué?
Se levanta sobre sus codos, aún dentro de mí, y me mira.
—Porque si lo intentas hay una orden dada para que tu hija sea vendida
como esclava sexual. Sabes, hay hombres que adoran oír cómo crujen
cuando las penetran siendo tan pequeñas.
CAPÍTULO 39
Texas
—Ven a la ducha conmigo —dice el Sir, metiéndose al baño después de
forzarme por tercera vez hoy.
—No —le contesto con toda la valentía que puedo.
Llevo un mes encerrada en esta casa. Cada día se va a trabajar, vuelve a
comer algunas veces y se marcha de nuevo. Llega por la noche, cenamos y
dormimos en la misma cama. No puedo decir juntos porque, aunque se
empeña en encerrarme entre sus brazos, jamás dormiré con él.
—¿Cómo has dicho? —pregunta saliendo del baño con tan solo el bóxer
puesto.
—No voy a hacer nada más hasta que vea a Dayra —le contesto, tratando
de mantener la calma.
Este último mes ha sido relativamente amable conmigo. Me duelen las
costillas, creo que tengo alguna rota, pero no puedo quejarme, pensaba que
iba a ser mucho peor. Aunque prefiero los golpes a cuando abusa de mi
cuerpo.
—Lo único que he conseguido es verla a través de las cámaras en tu
móvil. Quiero tocarla.
Necesito comprobar que están bien, ella y Megan.
—Nunca dije que la tendrías contigo —declara tranquilamente.
—No es suficiente —le suplico—, por favor.
Se acerca a mí y pone su mano en mi cara, acunándola en un gesto dulce.
Me mira como si fuera especial para él. Puto loco.
—¿Qué obtengo a cambio? —me pregunta.
El psicópata está de vuelta.
—No tengo nada que entregar. Mi cuerpo ya es tuyo y mi libertad no me
pertenece. No tengo nada que ofrecerte. Nada.
Sonríe y sé que se le ha pasado algo por la cabeza. Es frío y calculador,
nunca deja pasar la oportunidad de ganar algo. He aprendido cosas de él
este mes que hemos pasado juntos. Cada cosa que aprendo la atesoro en mi
cabeza. Cree que me he calmado, pero solo estoy esperando el mejor
momento.
—Esta noche hay una exposición benéfica a la que voy a acudir y tú
vendrás conmigo —dice en un tono extrañamente feliz—. Si te comportas
adecuadamente, cuando volvamos podrás ver a tu hija.
Entorno los ojos porque sé que hay trampa, pero no sé cuál es. Aun así,
asiento porque no hay alternativa. Estaré atenta e intentaré averiguar de qué
se trata.
—Entremos a la ducha entonces, no querrás llegar tarde.
Y dicho esto, toma otra ronda de mi cuerpo contra la pared de la ducha.
Me aíslo y pienso en que voy a verla, por fin, después de estos años. Tengo
miedo de lo que voy a sentir porque no sabe quién soy. No sé si Megan le
ha hablado de mí, es algo que me dijo que me quería comentar cuando nos
viéramos. Estoy aterrada, soy una completa extraña para mi hija.
Seco mi pelo con cuidado porque levantar el secador hace que me duela
el costado. Me ha contado que es una exposición benéfica a la que asistirán
personas importantes del país, desde diplomáticos hasta estrellas de cine. El
Sir ha elegido un vestido negro de encaje. Es largo hasta los pies y de cuello
alto, la espalda queda totalmente al descubierto. Le gusta tocarme, me he
dado cuenta de eso, necesita el contacto y este vestido se lo proporciona.
Me maquillan para que no se vean algunas marcas de mi cara y cuello. Mi
peinado es un recogido enmarañado con una cinta de encaje negro como el
vestido. Me miro al espejo y estoy impecable. Nadie podría adivinar que el
monstruo con el que voy a ir me ha roto las costillas y marcado sus dedos
por toda mi piel.
—Estás preciosa —me susurra paseando alrededor de mí, haciéndome
sentir como una presa de caza.
Nos metemos en el enorme coche que está esperando en la puerta de la
casa. Por primera vez en un mes veo dónde estamos y descubro que la casa
está situada a las afueras de una ciudad, pero no tan lejos como la de
Keyran. Keyran. Trato de no pensar en él, cuando lo hago siento una
presión en el pecho.
El coche se detiene frente a una enorme casa iluminada con antorchas.
Hay una alfombra verde que ocupa todo el camino de entrada. Agentes de
seguridad por todas partes. Bajamos y el Sir coge mi mano para pasarla por
su brazo, me he convertido en un adorno, pero si esto hace que pueda ver a
mi hija voy a ser el adorno más bonito que podría haber comprado.
Entramos por unas grandes puertas francesas azules que se abren para
darnos paso. Dentro, un gran salón lleno de cuadros de mujeres atadas y
amordazadas, bufo una sonrisa, reconozco la ironía del momento. El Sir me
mira y me sonríe, sabe lo que estoy pensando.
—Parece que no eras tan importante después de todo —me susurra el Sir
al oído.
Lo miro porque no entiendo sus palabras y sigo la trayectoria de su
mirada, entonces mi mundo se detiene. Keanan, Cadee, Keyran y Nueva
York. Juntos. Hablando animadamente con otras personas que son ajenas a
mi infierno personal. Nueva York tiene la mano sobre el antebrazo de
Keyran, como si tuviera el derecho de tenerlo ahí. Me hubiera dolido menos
otra patada en las costillas.
CAPÍTULO 40
Keyran

No sé cómo empezar esta carta ni qué decir. Tengo que irme, regresar
con él, tiene a Dayra y a Megan, ellas son mi responsabilidad. Han
acabado así por mí. Tengo la curiosa habilidad de hacer que las personas
de mi alrededor sufran por mi culpa.
Espero que no estés demasiado enfadado por mentirte, para ser sinceros,
deseaba poder esperarte a que volvieras y contarte todo, pero no era una
opción.
Necesito escribirte estas palabras para que sepas que estoy bien, que voy
a estarlo, que no es culpa tuya, no era tu decisión. Nunca tuviste voz ni voto
en ello.
Va a doler, y me va a castigar, lo sé, soy consciente de ello, pero también
soy consciente de que, aunque le esté llevando mi cuerpo, mi alma se queda
con vosotros. Se queda contigo. Mi corazón me lo llevo, al menos parte de
él, la parte que no te pertenece, lo necesito para dárselo a Dayra.
Dentro de todo lo malo siempre hay algo bueno, y eso es que la voy a
volver a ver. Me voy a aferrar a ello. Y no sé si tardaré un mes, un año o
una vida, pero nos voy a sacar de ahí. Y lo haré no solo por mí, lo hare
porque ella ha nacido para ser libre.
Tuya por destino y por derecho:
Texas

Hace un mes que descubrí esa nota en la habitación donde la vi por


última vez.
Un mes que no oigo su risa.
Un mes que no beso sus labios.
Un mes que no puedo mirarla a los ojos.
Si pienso en ello me falta el aire.
Hace un mes que el Sir obtuvo su condena a muerte.
Me guardo la carta en mi traje, dentro de la chaqueta, junto a mi pecho.
Siempre la llevo encima. Necesito leerla para tranquilizarme y así evitar
disparar en la cabeza a todo aquel que conozca el Sir hasta que la recupere.
—Ya casi hemos llegado, ¿tenéis todos claro lo que hay que hacer? —
pregunta Cadee mientras el coche en el que vamos se para delante de la
galería.
Esta noche hay una exposición y nos ha llegado la información de que el
Sir va a venir. Llevamos un mes de intentos fallidos. Cada vez que
acudíamos a un lugar porque él debía estar, desaparecía. Nadie ha visto a
Texas tampoco. Es como si la tierra se los hubiera tragado.
Cathal nos cubre, lo sé, pero estamos en territorio enemigo y podemos
provocar una guerra, una a la que estoy dispuesto a ir si con ello la
recupero.
—Intentad no armar escándalo. Esta galería es importante y si sospechan
que puede pasar algo no dudarán en cerrar la exposición para proteger sus
cuadros y a sus clientes —explica Keanan—, perderíamos así la
oportunidad de ver al Sir.
Llegamos a la galería y cuando entramos no paro de ver en los cuadros
expuestos a Texas. Es una curiosa exposición sobre la venta de esclavas y la
mayoría de mujeres tienen unos rasgos similares a ella.
Pasamos la primera hora hablando con los invitados, dispersados por la
sala para ver cualquier movimiento que indique la llegada del Sir, pero está
claro que, tras la segunda hora, el Sir nuevamente no va a venir.
—No sé cómo se entera de que vamos a estar aquí —sisea en un gruñido
Keanan.
—Ese hombre tiene comprada a toda Irlanda, ni siquiera Cathal puede
darle caza —prosigue Cadee.
Miro a Nueva York y aparta la vista, creo que tiene miedo aún de verlo,
está nerviosa. No es de extrañar. La última vez que lo vio le dio una paliza
considerable y la ató a una bomba. Si no llega a ser por Texas, estaríamos
muertos. Aunque ni siquiera sé qué pasó, sé que fue ella la culpable de que
sigamos vivos. Al menos esta noche Nueva York ha sido de utilidad para
conseguir colarnos, ya que el que lo organiza es fan de los neoyorquinos de
Upper East Side y en cuanto se ha enterado de que ella estaba en la ciudad
nos ha enviado una invitación.
—Buenas noches, Cadee, Keanan y Keyran —oigo al duque Lanceworth
mientras se acerca con su última novia trofeo.
—Buenas noches, duque —le contesto mientras no paro de mirar a su
mujer trofeo junto a Nueva York, parecen ángeles ambas, pero aun así no
llegan ni a la altura de los zapatos de mi Texas—. Le presento a Nueva…a
Carly.
—Encantada. —Sonríe Nueva York.
Comenzamos una animada charla sobre la cría de caballos y cómo su
abuela aún intenta montar en alguno. Las anécdotas nos hacen reír,
relajarnos, tanto que no lo veo venir. Ninguno lo hacemos.
—Buenas noches —oigo esa voz y me paralizo un segundo, no puede ser.
—Buenas noches, Sir Liam —contesta coqueta la novia del duque—,
parece que no has venido solo.
—He traído a mi pequeña dama conmigo —responde mientras levanto la
vista y veo como le da un beso en la sien—. No logro separarme de ella.
Miro a Texas y nos quedamos enganchados durante unos segundos.
Cadee me rodea el brazo reteniéndome, quiero acercarme a ella y sacar las
manos de ese hijo de puta de su cuerpo.
—Texas —susurra Keanan.
Está igual de paralizado que yo. Lo veo respirar para relajarse.
—Buenas noches, chicos —murmura Texas con una voz neutral y
educada.
—Dejaremos que continúen las parejas juntas —dice el Sir mirando a
Nueva York, que se aferra a mí y tiembla ligeramente—, tenemos que
saludar a algunas personas y quizás comprar algún cuadro. La temática es
fascinante, ¿no creen?
Maldito cabrón. Está disfrutándolo. No sé cómo sabría que hoy
estaríamos aquí, pero al final de la noche le voy a cambiar esa sonrisa por
una bala en el cerebro.
Veo como la aleja de mí nuevamente. No puedo dejar de mirarla. Está
preciosa, pero esa no es ella, sumisa, dócil. No sé qué ha ocurrido este mes,
pero ha logrado que mi mujer tolere estar cerca de ese hombre y no me
gusta.
—Necesito hablar con ella —digo lo suficientemente bajo como para que
solo Cadee me oiga.
—No podemos crear un conflicto diplomático. Déjame ver qué puedo
hacer.
La miro porque no quiero esperar, quiero acercarme a donde están, tirar a
Texas sobre mi hombro y salir de aquí con ella.
—Key.
—De acuerdo, confío en ti —siseo.
Paso el siguiente rato vigilándola. No me pierdo ninguno de sus
movimientos. No quiero perderla de vista ni un segundo. Pasa al menos una
hora cuando veo a un hombre acercarse al Sir y susurrarle algo. Luego mira
a Texas, ella le dice algo y la veo desaparecer por un pasillo.
Este es el momento, voy a por ti, mo shaol.
CAPÍTULO 41
Texas
El Sir me arrastra por la sala como un adorno de su brazo sin soltarme ni
una sola vez. Habla con toda clase de personas y yo hago el papel de
acompañante a la perfección. Vamos por toda la galería mientras noto la
mirada de Keyran clavarse sobre mí en cada uno de mis movimientos.
Llevamos más de una hora cuando un hombre se acerca y le susurra algo
que no llego a oír. Se gira y me mira.
—A solas —sentencia el hombre que se le ha acercado.
El Sir no quiere macharse sin mí y veo esa lucha en su mirada.
—Iré al baño y después te esperaré en ese rincón de ahí, junto a los
canapés —le digo, ayudándolo con la decisión—, no voy a hacer nada que
pueda estropearlo.
Me mira, puede ver que no le estoy mintiendo. Él tiene lo más importante
de mi vida y lo sabe, jodidamente lo sabe. Lo veo marcharse sin dejar de
observarme mientras yo camino hacia el baño de señoras. Abro la puerta y
nada más entrar noto que me empujan dentro y cierran la puerta. Me giro y
lo veo, a Keyran apoyado contra la puerta.
Da un paso hacia mí y yo retrocedo.
—Necesito salir—le pido.
Si el Sir me ve con él no me va a dejar ver a Dayra.
—Texas, por favor —suplica, dando otro paso.
Vuelvo a retroceder.
—No, no te acerques, déjame salir.
—Llevo semanas buscándote, casi me vuelvo loco. ¿Qué te ocurre?
—Curiosa pregunta.
—Y cuál es la respuesta.
—Déjame salir.
—No voy a hacerlo. No vas a salir de aquí sin mí. Esta noche vuelves
conmigo a casa.
Suspiro y durante un segundo pienso en lo fácil que sería dejarle que me
llevara con él. Olvidarme de mis preocupaciones, olvidarme de mis
problemas, solos él y yo, pero ese segundo pasa muy rápido y vuelvo a mi
realidad.
Se acerca hasta agarrarme del brazo y yo me retuerzo para liberarme,
pero lo único que consigo es que mis costillas me recuerden que los
movimientos bruscos duelen.
—Mierda —siseo, llevándome la mano al costado.
Keyran me suelta levantando ambas manos como si se hubiera quemado.
Me incorporo y lo miro.
—Voy a matar a ese hijo de puta por poner sus manos sobre ti —me
promete mirándome a los ojos—, no vas a regresar con él, ahora mismo voy
a sacarte por la puerta trasera, Cadee y Keanan nos esperan con el coche en
marcha.
—Y Nueva York —agrego.
—Sí, también ella.
Lo dice como si no importara, pero lo hace, y con una sonrisa triste le
doy mi respuesta.
—Cinco son multitud.
CAPÍTULO 42
Keyran
Esa insinuación me cabrea. Llevo volviéndome loco un mes, no querría
estar con Nueva York ni aunque ella se metiera en mi cama desnuda. Cosa
que hizo.
Sin previo aviso me lanzo sobre ella y atrapo su boca con la mía.
Comienzo a besarla con necesidad, ella me responde con la misma ansia.
Dios, cuánto la he echado de menos. Continúo mi asalto a su boca y ella me
recibe porque me necesita tanto como yo a ella. Aprovecho que baja la
guardia e inserto el pequeño aparato de rastreo que me ha dado Cadee en su
ropa.
—Ella solo ha venido porque necesitaba una acompañante —le digo
entre besos—, no hay nadie, eres tú, Texas, solo tú.
Sigo besándola porque mis palabras parece que le han llegado. Me separo
apenas unos centímetros, su boca a milímetros de la mía, sus ojos fijos en
los míos.
—Vámonos —jadeo.
—No puedo. Tiene a mi hija.
Joder, la niña debía estar bien, hay un topo entre lis míos que nos ha
vendido.
—La sacaremos de allí, pero tú no puedes volver. —No puedo permitir
que se vaya con él de nuevo, no sé cuándo tendremos otra oportunidad
como esta.
—No me voy si ella no sale antes.
—Texas —le suplico—, no puedo dejar que regreses allí.
—No es tu decisión.
Sé que es una discusión perdida, la determinación brilla en sus ojos. Me
acerco y la abrazo, hundo mi cara en su pelo y paso mi mano por su espalda
acariciándola y notando como vibra debajo de mí.
—Voy a encontrar la manera de sacaros de ahí —le prometo.
Asiente, pero en sus ojos veo que no me cree.
—Mírame —le ordeno—, te lo prometo, Texas, voy a ir a por ti, necesito
que estés conmigo, te necesito en mi vida.
La beso nuevamente, pero esta vez es diferente. Soy más tierno, más
dulce, quiero que sepa que la amo.
—Te amo, tienes que saber eso, ¿lo sientes?
Asiente nuevamente y veo lágrimas inundar sus ojos, pero no caen. Nos
separamos, revisa su maquillaje y abre la puerta del baño dejándome dentro.
Mira fuera y sale decidida hacia un lugar de la sala vacío. Unos minutos
después veo cuando el Sir se le acerca, ella no lo oye llegar y se sobresalta
cuando él le habla.
Pasa su brazo por detrás de la espalda de Texas y pone su mano tocándole
la parte inferior de la misma. Los veo dirigirse hacia la salida cuando de
pronto noto un leve tirón y unos labios moviéndose contra los míos. La
sorpresa de ver a Nueva York haciendo esto me paraliza un segundo antes
de apartarme. Miro a Texas, nos ha visto. Mierda.
—Te lo dije —oigo al Sir decirle mirándonos mientras tira de ella para
que siga andando.
Se gira con la vista al frente, baja a cabeza y la apoya contra el pecho del
Sir. Joder, qué está pasando.
—¡Texas, espera! —le grito a su espalda mientras avanzo hasta quedarme
delante de ellos.
—Llévame a casa —le pide Texas mirándome.
Una sonrisa triunfal invade el rostro del hijo de puta del Sir.
—Por supuesto, mi pequeña dama.
Y los veo desaparecer. Me quedo mirando el espacio vacío que han
dejado hasta que Cadee y Keanan llegan.
—¿Qué ha pasado? —pregunta Cadee.
—Os estábamos esperando y hemos visto pasar el coche del Sir con
Texas dentro —murmura Keanan.
Cojo a Nueva York por la parte de atrás del cuello, apretando
ligeramente, el resto de la gente verá en esto un gesto cariñoso, pero por
como tiembla, ella sabe que no es precisamente cariño lo que le voy a
demostrar.
Nos saco fuera sonriendo con Keanan y Cadee siguiéndonos. No la suelto
hasta que llegamos al coche y la empujo contra la puerta.
—¡¿Por qué cojones has hecho eso?! —le grito realmente enfadado.
Ella rompe a llorar asustada.
—¿Qué pasa, Key? —pregunta Cadee, que no entiende nada.
—Nueva York me ha besado justo frente a Texas, si ella ya piensa que no
tiene a nadie, esto se lo ha confirmado, ¡joder!
—¡¿Por qué mierda has hecho eso?! —le grita ahora Cadee.
—¡Habla! —Esta vez es Keanan quien tiene una mirada asesina sobre
ella.
—Uno de los hombres del Sir se me acercó y me dijo que lo hiciera si no
quería una bala en mi cabeza —contesta llorando.
Los tres nos miramos. No es excusa. La lealtad va primero. Me doy
patadas en el culo por haber pensado algún instante que esta mujer que
tengo delante valía la pena en algún momento de mi vida.
—¿Has podido ponerlo? —pregunta Cadee, ignorando a Nueva York
berrear.
Asiento.
—¿El qué? —pregunta ella.
—Nada que te interese —le responde Keanan—, volvamos.
Nueva York agarra mi brazo y la quito de un manotazo. Me acerco hasta
ella quedándome a dos centímetros de su cara. Tiembla. Está asustada. Me
tiene miedo. Debería.
—Nunca jamás vuelvas a acercarte a mí de esa manera o te juro que el
que te meterá una bala en la cabeza soy yo —le prometo susurrando.
—Se mueve —dice Cadee mirando su móvil.
El dispositivo de rastreo debe funcionar. Asiento. Voy a por ti, Texas.
Mantente con vida, mo shaol.
CAPÍTULO 43
Texas
El Sir me mira de reojo durante todo el camino de vuelta a su casa. No sé
qué pensar sobre el beso de Keyran con Nueva York. Quiero confiar en él,
pero me cuesta.
Llegamos y me tiende la mano para bajar del coche. La cojo y él sonríe.
Me está poniendo a prueba. Nos dirigimos dentro, pero en vez de tomar las
escaleras hacia la habitación, se desvía por una puerta lateral que da a un
pasillo que nunca había visto. Vamos en silencio y noto mi pulso acelerado,
creo que sé a dónde me lleva.
Saca unas llaves de su bolsillo cuando llegamos a una puerta metálica.
Dos guardias apostados fuera con armas en sus manos. Ellos se apartan sin
mediar palabra, él abre la puerta y extiende el brazo para que pase dentro.
Camino delante suyo entrando a la habitación y lo que veo me deja
paralizada.
—Aquí tienes tu recompensa —me susurra al oído—, volveré a por ti en
un rato.
Sin decir nada más, cierra la puerta. Oigo el cerrojo dar dos vueltas y
pasos alejarse. Miro a mi alrededor. Una preciosa habitación infantil. Todo
rosa. Lleno de princesas. Juguetes por todas partes. Y una cama pequeña
contra la pared. Me acerco despacio, no quiero despertarlas. Allí tumbada
está Megan y entre sus brazos tiene a Dayra, y, aunque han pasado años
desde que la vi, sé que es ella.
Cojo una silla y me siento frente a la cama. La luz de un muñeco ilumina
parte de la habitación y puedo ver su carita de cerca. Es rubia, como yo,
tiene ese tono rubio mezclado con castaño que no define del todo nuestro
color, pero los labios son de su padre, Jackson los tenía así de carnosos, me
gustaba pellizcarlos cuando se enfadaba. Noto que Megan se remueve y
abre un poco los ojos.
—Soy yo, no te asustes —digo antes de que pueda sobresaltarse y asustar
a la niña.
—¿Britney? —pregunta entrecerrando los ojos.
Realmente debo parecer otra persona. Este peinado, el maquillaje, la
ropa. Desde luego que no soy yo.
—Ahora soy Texas —le contesto con una media sonrisa.
Ella se levanta despacio de la cama para no despertar a la niña. Hago lo
mismo y la ayudo. Se pone frente a mí y me abraza. Muy fuerte. Y yo la
abrazo a ella con la misma intensidad porque lo necesito. Por fin alguien
que me quiere, alguien que me conoce. Y como amigas que somos ambas
comenzamos a llorar silenciosamente en brazos de la otra.
—Lo siento tanto —le digo mientras caemos al suelo y nos sentamos una
en brazos de la otra.
Nos separamos un poco sin llegar a soltarnos, echaba de menos esto,
tener a alguien que sepa quién soy, tener a alguien y poder ser libremente
quien soy.
—No es tu culpa —responde, secándome una lágrima de la mejilla.
—Sí, lo es, yo os metí en esto. Pensé que podría ayudaros y lo único que
he hecho es empeorarlo —sollozo—. Ahora Dayra y tú estáis aquí, Marc
debe estar volviéndose loco sin vosotras.
La veo que comienza a llorar y la abrazo. Debe echarlo mucho de menos.
Solo se tenían el uno al otro.
—Tranquila —le digo, frotándole la espalda—, te prometo que nos voy a
sacar de aquí, voy a llevaros con él.
Llora más intensamente y se me rompe el alma. No es justo que personas
como ellos sufran por personas como el Sir o como yo.
—No puedes hacer esa promesa —me dice, separándose y mirándome a
los ojos.
—Te lo juro, lo voy a hacer, tarde lo que me tarde, cueste lo que me
cueste.
Ella sigue negando con la cabeza.
—Por favor —le suplico—, créeme, necesito que tú al menos creas en
mí.
Ella niega con la cabeza.
—Creo en ti, Britney, pero no puedo dejarte hacer una promesa que no
vas a poder cumplir. Marc está muerto.
Sus palabras me hielan la sangre. Marc, el hombre más dulce que jamás
he conocido, muerto. No puede ser.
—Dijo que no podrían llevarnos mientras él siguiera vivo y le pegaron un
tiro en la sien —solloza—, delante de mí. Pude taparle los ojos a Dayra,
pero yo lo vi todo.
Sigo inmóvil. No me lo puedo creer. Yo he matado a Marc, mis
decisiones lo hicieron. Comienzo a llorar nuevamente y Megan me abraza.
—Él ahora está con nuestro hijo, Brit, no está solo —me susurra mientras
aprieta mi cuerpo.
Pero yo solo puedo pensar en que él igual está tirado en el vertedero
junto a mi madre. Que no tiene una tumba donde ir a llorarle, pero esto no
puedo decírselo a Megan. Me asombra que esté tan entera, aunque luego
veo a Dayra y lo entiendo, ella la mantiene estable, está siendo fuerte por
ella, es lo que hace una madre.
Oigo los cerrojos de la puerta abrirse y la figura del Sir inunda la
habitación. Me pongo de pie lo más rápido que puedo a pesar de la punzada
de dolor en mis costillas. Me sitúo frente a él, delante de Dayra y Megan.
—Hora de irse.
Se gira y sale. Miro la puerta y a Megan, que ahora está detrás de mí, de
pie, tapando con su cuerpo a la niña. Quiero protestar, no ha sido suficiente,
necesito más rato con ellas, pero así no es como lo voy a conseguir, así que
respiro hondo y le susurro a Megan algo que voy a cumplir.
—Te lo prometo, voy a sacaros de aquí. Confía en mí.
Ella asiente y yo salgo de allí sin mirar atrás para no volver a llorar. Mi
mente va a mil por hora. Necesito hacer algo para sacarlas. Es hora de que
deje de lamentarme de mi situación y coja las riendas de mi vida. Necesito
salir de esta y sintiendo lástima de mí misma no voy a solucionar nada. No
hay nadie a quien recurrir, los príncipes azules a veces destiñen, otras no
son del tono adecuado, da igual, no necesito a ninguno.
Me lleva a la habitación y nada más entrar se va directo al cuarto de
baño. Espero a que me dé alguna orden, pero no lo hace. Me parece
extraño. Entro y lo encuentro en la ducha. Me observa mientras le cae el
agua y se enjabona, pero no mediamos palabra. Termina, sale, coge una
toalla y se va. Es todo muy extraño. Miro mi reflejo en el espejo y veo el
desastre que es ahora mi cara. El maquillaje corrido, mis ojos hinchados, mi
pelo enmarañado. Cojo el algodón y me limpio la cara completamente.
Quito las horquillas de mi pelo y lo peino. Mis ojos aún están algo
hinchados, pero mi aspecto ha mejorado considerablemente. Respiro
profundamente y salgo.
El Sir está tumbado en la cama, tapado con la sábana. Su cuerpo desnudo
se vislumbra a través del fino tejido. Me observa cuando salgo, camino
decidida y me pongo a los pies de la cama. Él se incorpora hasta apoyar su
espalda contra el cabecero. Me lamo los labios y noto que se remueve. La
sábana se abulta en su entrepierna. Sin dejar de mirarlo bajo la cremallera
del vestido y dejo que caiga al suelo, quedándome en tan solo ropa interior
de encaje negro. Me quito los tacones y me sitúo justo a los pies de la cama,
es alta, lo suficiente como para poder agarrar la sábana sin tener que
agacharme. Tiro lentamente de ella para que se deslice suavemente,
provocando una caricia que hace que el Sir se estremezca. Aun así, no
dejamos de mirarnos.
Subo a la cama y me pongo con las rodillas y las manos sobre el colchón.
Sus piernas entre las mías, y comienzo a gatear hacia él.
—Si prometes dejarme el día para estar con ellas, yo, a cambio, prometo
darte mis noches —le ofrezco, sabiendo lo que estoy diciendo.
Entrecierra los ojos.
—Sin trampas, seré tuya por voluntad, pero de día estaré con ellas. Y
nadie puede hacerles daño —concluyo, avanzando hasta dejar mi cara justo
encima de su polla. Nota mi respiración sobre él y eso lo está excitando.
—¿Estás segura? —pregunta mientras veo sus ojos oscurecerse y una
gota salir de su polla.
Sonrío, lo tengo donde quería. Asiento mientras trato de ahogar una
arcada y el asco que me produce esta situación.
—¿Tenemos un trato? —inquiero pasando la lengua desde la base de su
pene hasta la punta.
No puede contener el gemido de excitación y la sorpresa de mis actos.
Me mira mientras yo trato de no pensar en el asco que me está dando hacer
esto, el asco que tengo de mí misma por hacerlo. Solo visualizo el objetivo,
tenemos que salir de aquí y para ello tengo que ganarme su confianza, tiene
que bajar la guardia si quiero tener alguna oportunidad. Yo no importo.
—Tenemos un trato —dice él jadeando.
Y entonces me meto su polla en la boca mientras intento no pensar en lo
que me estoy convirtiendo. O en lo que quizás ya era, pero hasta ahora
había ocultado. Solo sé que pase lo que pase vamos a salir de aquí. Solo sé
que pase lo que pase, el Sir acabará muerto, o lo acabaré yo, pero no
podemos existir ambos en el mismo mundo, no voy a permitirlo.
CAPÍTULO 44
Texas
Miro a Dayra jugar en el jardín junto a nosotras. Está feliz y ajena a lo que
pasa a su alrededor. Llevamos doce días inmersas en una rutina en la cual
vendo mi alma al diablo de noche y vivo una extraña vida feliz de día.
Después de desayunar con el Sir, cuando él se marcha a trabajar, Dayra y
Megan son traídas a una sala donde pasamos el día, vigiladas, por supuesto.
Hace dos días el Sir me sorprendió dándonos permiso de salir al jardín,
según él, los niños deben jugar fuera para crecer sanos. Así que buscamos
un lugar al que llamar nuestro y ahora salimos ahí desde la mañana hasta la
noche.
—Tía Megan, mira qué flor más bonita he encontrado —dice Dayra
trayéndole una margarita, asombrada de su propio descubrimiento.
—¿Qué te parece si buscas una para mamá? —pregunta Megan.
Dayra me mira, sonríe tímidamente y asiente. La veo irse de nuevo a
buscar más flores.
—Sigo sin entender por qué le dijisteis que yo existía, Megan, es vuestra,
es tuya y de Marc. —Y al decir su nombre siento una presión en el pecho y
me arrepiento de haberlo nombrado.
—Lo hablamos, sabes, pensamos en lo felices que seríamos siendo sus
padres, pero no lo somos. Yo fui la culpable de que no tenga padre, no podía
quitarle también a su madre. Mírala, es una réplica en diminuto de ti.
Éramos felices siendo sus tíos hasta que tú pudieras volver a nuestras vidas.
La miro y ciertamente es así. Sus ojos y los míos son iguales, su forma de
hablar, sus gestos. Es increíble cómo, aun sin estar ahí, es mía.
—Pensé en que, si hubiera ocurrido al revés, si mi bebé hubiera vivido,
hubiera querido que supiera que soy su madre.
—Pero me fui. No soy buena para ella, realmente no soy buena para
nadie. Es tuya.
—Sabíamos que ibas a volver. Si hubiéramos pensado que había una
posibilidad de que no lo hicieras entonces no habríamos tenido duda en
llamarla hija, pero te conocemos. Tú la amas, tanto que hiciste el mayor
sacrificio, dejarla para que pudiera ser feliz. Eso solo lo hace una madre.
Una lágrima escapa y rueda por mi mejilla. Siempre he amado a Dayra,
pero pensaba que la había perdido, que nunca la oiría llamarme mamá.
Jamás imaginé que criaron a la niña hablándole de mí. Enseñándole mis
fotos. Explicándole mi ausencia con mentiras dulces que hacen que ella me
quiera a pesar de no conocerme.
—Mira, mamá, qué flor más bonita he encontrado para ti, es como la de
tía Megan —dice sonriéndome y mostrándome una margarita entre sus
dedos.
—¿Me das un abrazo? —le pregunto porque no quiero que se sienta
presionada, tiene poco más de tres años, pero es muy inteligente y quiero
que sepa que tiene opciones, que no tiene que decir que sí solo porque sea
su madre.
Asiente, yo abro mis brazos para que corra a ellos y lo hace. Nunca
imaginé tener un momento de felicidad así, un paréntesis en esta mierda que
me rodea. Hunde su carita en mi cuello y yo beso su cabeza. Megan nos
mira sonriendo, pero sé que en el fondo está pensando en su hijo. Nunca
pudo superar no ser madre, y creo que en parte por eso no pudo serlo de
Dayra.
Un guardia escolta a una señora que nos trae la comida. Es una mujer
normal, y con normal me refiero a que va vestida, no está golpeada y no
tiene pinta de ser una puta loca como Lunes y Sábado. ¿Qué habrá sido de
ella?
—¿Qué te parece, preciosa, si comemos y luego le enseñamos a mamá
como sabes hacer trenzas? —le pregunta a Dayra.
La niña me mira expectante esperando mi respuesta.
—¿De verdad sabes hacer trenzas? —inquiero sorprendida, provocando
una sonrisa de orgullo en Dayra.
Ella asiente.
—¿Y me harías a mí alguna? —prosigo, deseando estar en sus manos.
—Sí, mamá, tienes un pelo muy bonito, aunque deberías cuidar tus
puntas —dice muy seria, como toda una experta.
Megan y yo nos miramos y rompemos a reír. Esta miniprofesional del
pelo hace que la vida sea más fácil.
—Ya ves, hay que tener cuidado con lo que hablamos —dice Megan,
riendo aún.
Y así es, a pesar de lo pequeña que es siempre está escuchando. Hasta
hemos ideado una forma de decir que está oyendo para que no se dé cuenta
de que sabemos que lo está haciendo. Cuando decimos que está la ropa
tendida cambiamos el tema a uno más ligero. Aun así, solo hablamos de
nosotras cuando Dayra duerme su siesta. Ese rato lo aprovechamos para
ponernos al día.
Cuando retomé el contacto no quise hablar mucho de mí, no estaba
segura de si tenía cabida en sus vidas y cuando me contaron de la
enfermedad de Dayra todos mis méritos fueron relegados a un segundo
plano. Ahora, por fin, puedo hablarle de lo que hice mientras no estaba.
Le he contado a Megan que me gradué de enfermera, que sigo limpia y
que mis planes eran volver con ellos cuando pudiera estar orgullosa de mi
vida. Ella me confesó que cuando Dayra enfermó tuvo que dejar su trabajo
para cuidarla, pero no fue una gran idea porque necesitaban el dinero para
las facturas médicas. Sentí una gran culpa. Me dijo que vendieron la casa
para pagar, pero que dejaron dicho a los nuevos propietarios dónde estarían
por si yo volvía. Gracias a eso es que pude contactarlos y me enteré de la
situación.
Le he contado sin dejarme nada todo lo que ha ocurrido desde que decidí
venderme. Cuando le hablé de Keyran sentí una punzada dentro de mí. Lo
echo terriblemente de menos y me siento una mierda por haberme
enamorado de un hombre mientras Megan perdía al amor de su vida por mi
culpa.
Comemos tranquilas riendo mientras conversamos de cómo Dayra
aprendió a hablar o a andar. De la guardería y de lo que iba a ser de mayor.
Si alguien nos viera pensaría que somos una familia normal pasando el día
juntas. Claro, si obviamos el hecho de que hay un guardia vigilándonos con
una metralleta colgada del hombro.
Veo a Dayra bostezar y sonrío. Tiene una rutina que ni siquiera un
psicópata como el Sir altera. Después de comer duerme una siesta en su
carro de paseo. La cojo en brazos y la meto en él, tumbo la silla para que se
recline y la tapo ligeramente mientras coloco un peluche junto a ella.
Megan me mira y sonríe.
—Ves, doce días y ya sabes lo que hay que hacer con tan solo mirarla.
Le sonrío de vuelta mientras me acerco al tipo de seguridad que da
miedo, aunque no dejo que lo sepa.
—Vamos a pasear con la niña para que duerma —le informo.
—Por supuesto, señora —me contesta serio.
Ayer, cuando quise hacerlo porque no lográbamos dormirla y se estaba
enrabietando, su respuesta fue un no rotundo. Fui dentro de la casa
exigiendo que llamaran al Sir para pedirle permiso y se me negó esa opción.
Así que comencé a destrozar todo lo que había a mi paso. Jarrones, cuadros,
figuras. Todo lo que había allí acabó hecho pedazos en el suelo. Nadie se
atrevía a tocarme por miedo a las represalias del Sir. Así que finalmente un
guardia se acercó con un móvil en la mano. Era el Sir al teléfono riendo tras
saber lo que había hecho. Pedí permiso y se me concedió.
Comenzamos a pasear sin rumbo alguno, de vez en cuando me asomo,
pero Dayra ha caído dormida al minuto de empezar a movernos.
Caminamos por una hora con el guardia antes de notar que Dayra se mueve
en el carro. Paramos y me pongo delante, la miro y está despierta con una
sonrisa enorme. Tiene un despertar muy tierno. Pongo la silla nuevamente
en su posición habitual para que pueda ir viendo mientras termina de
despertarse.
—¡Perrito! —grita Dayra señalando hacia la valla de la casa.
Nos giramos y vemos a un niño de unos ocho años con un cachorro en
sus brazos, tan pequeño que casi podría pasar entre los barrotes. Nos mira y
sonríe. Vivimos en una mansión que debe estar en medio de un pueblo que
tiene muy asimilado que el Sir es quien manda porque a nadie parece
molestarle que haya tipos con metralletas apostados por todos lados.
—Si lo quieres tocar no hace nada —dice mostrando el perrito—, se
llama Brathair.
Y cuando lo dice me congelo. Esa palabra es como me llama Keanan.
Miro disimuladamente alrededor, pero no veo nada raro. Solo el niño.
Aunque no puede ser casualidad. ¿Qué niño llamaría hermana a un cachorro
y además en irlandés antiguo?
Le echo un ojo al guardia que nos está observando y vuelvo a mirar al
niño. Necesito saber si mis sospechas son ciertas. Me voy hacia él hasta
tenerlo enfrente, el guardia me vigila desde su altura muy serio.
—Vamos a acercarnos a que mi hija vea el cachorro —le informo.
Veo en sus ojos que quiere decirme que no y alzo las cejas en desafío. No
quieras saber lo que voy a hacer si no me dejas. Finalmente asiente y nos
acercamos hasta el niño. El guardia detrás, el niño se asusta un poco al
verlo.
—¿Puedes darnos algo de espacio? —le digo enfadada por asustarlo—.
El niño te tiene miedo.
Duda, pero se aleja cinco pasos. Aun así, merodea a nuestro alrededor,
mirando fuera, buscando algo o alguien, no importa, está lo suficientemente
lejos.
—¿Cómo has dicho que se llama tu perro? —le pregunto mientras Dayra
lo acaricia a través de la valla.
—Brathair.
—Un nombre extraño para un perro, ¿no?
—Tío Kean me dijo que no te resultaría raro —dice, frunciendo el ceño
—. Eres Texas, ¿verdad?
Casi doy un grito de alegría, pero me contengo para que el guardia no
sospeche y simplemente asiento. Megan a mi lado dice cosas sin sentido en
alto para disimular, alabando el pelo del perro o que tenga la tripa rosa.
—Tío Kean me manda decirte que aguantes, que ya saben cómo sacaros,
pero que necesitan encontrar la forma de meter a uno de sus hombres.
—De acuerdo —le digo acariciando su mejilla—, diles que estamos bien
y que recuerden quién tiene que salir primero.
—Suficiente —gruñe el guardia, asustando al niño.
Le doy una mirada asesina y nos despedimos del pequeño y de su
mascota. Seguimos caminando en silencio hasta llegar a donde hemos
comido. Bajo a Dayra del carro mientras el guardia ocupa su posición
nuevamente.
—Vamos a hacerle trenzas a mamá —dice Megan, poniéndose detrás mío
junto a la niña.
—Sííí —grita feliz Dayra mientras me quito la goma del pelo y lo dejo
suelto.
—Lo que ha dicho ese niño significa lo que creo que significa, ¿verdad?
—pregunta Megan en un susurro.
Asiento levemente con la cabeza.
—Entonces hay alguien fuera que va a sacarnos de aquí —sigue
susurrando.
Vuelvo a asentir.
—¿Qué habláis? —pregunta el guardia acercándose un paso más.
—Sobre cuándo tiene que venirnos la regla —le contesto sin pensar—,
no sabemos si van a proporcionarnos compresas o iremos manchando todo
a nuestro alrededor.
El guardia nos mira con cara de asco y Megan se ríe. Dayra pregunta que
es eso de la regla y nos metemos en una explicación extraña de cómo nos
hacemos mujeres que creo que deja más confundida a Dayra de lo que
podía estar. Qué complicado es todo esto.
Pasamos la tarde jugando a las peluquerías, pero mi cabeza no para de
pensar formas en las que uno de los hombres de Keyran pueda entrar. Si
hago algo en contra de alguno probablemente me quiten la posibilidad de
ver a mi hija como castigo, no, tiene que ser algo más sutil.
—Parece que la niña tiene unas décimas —dice Megan tocando la frente
de Dayra con sus labios—, pero no te asustes, es normal en los niños.
Vamos a tomarle la temperatura a ver.
Se levanta y se acerca a la bolsa del carro, rebusca y saca un termómetro
antiguo, de los que se ponen debajo del brazo, de los de mercurio.
—Pensaba que estaban prohibidos —digo mirándolo.
Ella se encoge de hombros.
—Es lo único que tenían en el barco cuando nos trajeron, así que me lo
llevé.
Veo cómo la tumba y le pone el termómetro mientras la misma señora de
antes nos trae el café que le hemos pedido y algo de fruta cortada. Lo deja
sobre la mesa y se va sin decir nada.
Miro la taza.
Miro a la niña.
Miro la taza.
Miro al guardia.
Miro la taza.
Miro a Megan
—Lo tengo —le susurro.
Megan frunce el ceño porque no sabe a qué me refiero. Espero a que le
tome la temperatura y veo que no tiene. Cojo el termómetro y lo voy a
guardar al bolso de donde lo ha sacado Megan, solo que no lo deposito, lo
meto en mi pantalón.
—¿Merendamos? —pregunto mientras me siento, dando la espalda al
guardia.
Megan observa cada uno de mis movimientos sin entender nada. Sienta a
la niña en la trona y se la acerca para darle la fruta que han traído junto a los
cafés.
—¿Está mirando? —inquiero mientras abro el tarro de azúcar.
Megan niega con la cabeza. Cojo el termómetro y con la servilleta lo
parto con cuidado. Vierto disimuladamente el mercurio en mi taza y tapo el
termómetro roto con otra servilleta que me tiende Megan. Ella me mira
horrorizada, pero se calma. Mantenemos una conversación sobre que hay
que comer fruta para hacerse grandes y fuertes y le doy vueltas al café
haciendo tiempo.
En la escuela de enfermería estudiamos los venenos caseros para saber
actuar en caso de que un paciente presentara síntomas de envenenamiento.
El mercurio es rápido, tarda muy poco en comenzar a hacer efecto, aunque
en esta cantidad no creo que sea mortal. Espero no equivocarme.
Cuando es la hora de regresar, tomo el café de un trago y respiro.
Empieza la cuenta atrás. Megan y la niña vuelven a su habitación y yo a la
mía a esperar al Sir. Me impaciento porque está tardando más de lo normal.
Mi estómago comienza a arder y doler. Mierda, esto empieza. Salgo de la
habitación y bajo a la entrada para ver si ha llegado, pero no lo veo. Solo
veo guardias que me miran al pasar. Me acerco a uno para preguntarle.
—¿Cuándo volverá el Sir?
Me observa unos segundos antes de contestarme, ya debo tener mala
cara.
—Él ya ha llegado, está en su despacho reunido —me aclara para que
sepa que no puedo molestarlo.
Miro las escaleras, su despacho está en la planta de arriba, pero no me
siento capaz de volver a subirlas. El dolor de mi estómago aumenta y me
doblo sobre mí misma.
—¿Está bien, señora? —pregunta el guardia en un tono de preocupación
real.
Niego y noto otra punzada de dolor. Mis rodillas se doblan y acabo a
gatas con un dolor en el estómago que jamás pensé que podría sentir.
—¡¡¡Ahhh!!! —grito con toda la fuerza que tengo.
Y empiezo a notar movimiento a mí alrededor. Me siento sobre mis
talones con la cara en el suelo, presionando mi estómago para aplacar el
dolor. No pasa un minuto cuando oigo al Sir a mi lado.
—¿Qué ocurre, pequeña dama? —pregunta asustado.
—Mi estómago —logro articular—… veneno… café… me duele.
—Mierda —gruñe el Sir—, traed un vaso de leche grande.
Se tira a mi lado y me mira, noto el sudor que me baja por la sien. Aparta
el pelo de mi cara y me da un beso en la frente. Luego me obliga a
levantarme un poco y pasa una mano por mi estómago.
—Tienes que echar el máximo posible —me dice, y yo asiento.
Sin darme tiempo, mete sus dedos en mi boca y me provoca el vómito.
No le importa su mano manchada o su alfombra, que ahora va a tener que
mandar lavar o quemar. Vuelve a meter los dedos y sigo vomitando, mi
cuerpo parece que entiende lo que hay que hacer y ya no es necesario que
meta sus dedos porque las arcadas vienen solas.
Vomito lo que he comido hoy y sigo con arcadas, la bilis, saliva, ya no
me queda nada, pero sigo teniendo arcadas. Tardo como diez minutos en
dejar de tener esas convulsiones y cuando terminan caigo agotada contra el
Sir.
Apenas puedo abrir los ojos y veo como le traen una palangana con agua
para lavarse las manos. Lo hace y me levanta hasta que estamos de pie.
—Necesito que bebas esto —dice, poniendo un vaso en mis labios.
Trago y noto que es leche fría, supongo que entiende de venenos. El
líquido calma mi garganta irritada y bebo todo el vaso. Estoy de pie, pero es
el Sir quien mantiene mi cuerpo sujeto para no caerme, mis piernas no
aguantan mi peso. Coge mi cara con su mano libre y me examina, se acerca
para observar mis ojos.
—Quiero al médico en mi habitación en diez minutos —ladra.
Me encojo por el grito y él besa mi pelo. Comienza a caminar, pero mis
pies no responden. Sin esfuerzo alguno me levanta en sus brazos y nos lleva
escaleras arriba. No puedo mantenerme despierta, trato de hacerlo, pero no
puedo.
—No te preocupes, pequeña dama, yo voy a cuidar de ti.
Y me traga la oscuridad sin saber si despertaré de nuevo o si este es mi
final.
CAPÍTULO 45
Keyran
Llevar más de diez días sin saber de ella me está volviendo loco. Miro el
sofá donde fue mía la primera vez y noto una presión en el pecho. Al menos
sabemos dónde está, el localizador ha hecho su función. Desde aquella
noche no puedo quitarme de la cabeza la imagen de Texas recostada sobre
el Sir, su cara contra su pecho. Cojo la grapadora y la tiro contra la pared.
La rabia me invade al pensar que ella pueda estar confiando en ese hijo de
la gran puta. Tengo que hacer algo. Saco mi móvil y marco el número de
Keanan.
—Tenemos que actuar ya —digo sin siquiera saludar—, ella debe saber
que no está sola, que aún estamos buscando la manera de sacarla de allí.
—Estamos de acuerdo, déjamelo a mí. Nos pasaremos en una hora por
allí.
Y me cuelga. Confío lo suficiente en él como para no tener que preguntar
qué va a hacer. Para él Texas es también muy importante, es como su
familia. Oigo unos golpes en la puerta y Nueva York se asoma.
Últimamente no la he visto demasiado, ella me ha evitado y a mí me entran
instintos asesinos cuando la veo.
—¿Puedo pasar? —pregunta con una voz dulce que antes adoraba y que
ahora detesto.
—¿Qué quieres? —inquiero de una manera brusca para que sea
consciente de que no la quiero cerca.
—Necesitamos hablar.
La miro incrédulo.
—No, lo que necesitaba era que no me hubieras besado frente a Texas.
Solo recordarlo me cabrea.
—Keyran, me tenían amenazada —solloza.
—¿Y? Jugaste con la esperanza de Texas solo por tu propio beneficio.
Me observa y sus lágrimas se cortan, ahora hay odio en su mirada. Ya la
conozco lo suficiente como para saber distinguir cuándo sus lágrimas son
de cocodrilo.
—¿Qué tiene ella que no tenga yo? —pregunta enfadada.
Sonrío, y eso la cabrea más.
—Qué no tiene querrás decir. A ti te falta lo que a ella le sobra.
Me mira sorprendida. No esperaba mi respuesta, pero ya se ha acabado el
teatro, ya me he cansado de proteger sus sentimientos.
—Pensaba que me amabas —dice susurrando.
—Y yo también, pero fue Texas la que me enseñó lo que es el amor. Ser
una malcriada, mimada y simple hizo que se me quitaran las ganas de
intentar quererte.
Comienza a llorar y ahora sí lo hace con sentimiento, antes era puro
teatro, pero mis palabras le han dolido.
—Fue ella, ella se metió en medio, es una zorra que no ha tenido
problema en follarse al Sir con tal de seguir viva, ¿esa es la mujer que reúne
las condiciones para que la ames?
—Sé que habla tu rabia, pero no vuelvas a decir algo así de Texas o…
—¿Me matarás? Adelante, ya estoy muerta.
—No seas dramática.
—Eliges a una mujer que jamás podrás tener sobre mí, que estoy aquí.
—La voy a recuperar —le digo serio.
—¿Eso crees? Porque yo creo que el Sir la mataría antes de que eso
pasase. O quizás ella ya no quiera volver porque lo prefiera a él, en ese caso
—hace una pausa—, ¿tendríamos una posibilidad?
Su pregunta me pilla desprevenido. Primero está echándome la bronca y
ahora me pide una segunda oportunidad. Es una loca de manual.
—Ni aun así volvería contigo —le aclaro, y grita en respuesta.
—Ojalá que se muera para que sientas lo que estoy sintiendo yo ahora.
Y lo dice con tanto odio que voy hacia ella con intención de matarla. Ella
se asusta e intenta huir, pero no lo logra. La atrapo en las escaleras y la
zarandeo para que me mire, aunque no lo hace, así que la lanzo escaleras
abajo. Mis guardias miran la escena sin hacer nada por ella, igual que ella
no hizo nada por ninguno de ellos cuando estuvieron heridos. No como mi
mujer.
—Levanta —le digo, dándole con el pie en la pierna.
Ella llora asustada. Llora como una niña pequeña y eso la salva, es
patética, matarla no haría una diferencia. La cojo del brazo y la levanto, la
llevo hasta la puerta donde mis guardias nos miran, aún sin decir o hacer
nada. Salimos fuera. Vamos hacia el coche y la empujo contra él.
—Ahora vas a subirte y uno de mis hombres te llevará a la ciudad, te
dejará libre y desaparecerás. Me da igual cómo lo hagas o a quién llames.
Nunca. Jamás en la vida quiero volver a tenerte enfrente mío.
—Por favor —suplica de rodillas, agarrándome la pierna—, no me alejes.
—Tú —digo a uno de mis hombres—, llévala a la ciudad y la dejas allí.
Luego me giro hacia el resto
—Si alguien la ve intentando volver, tiene mi permiso para dispararle.
—¡No! —grita ella cuando la meten en el coche a la fuerza.
—Si vuelves a aparecer por aquí, ya sabes lo que te espera —le gruño,
cerrando la puerta mientras se apresura a abrir la ventanilla.
—No sabes lo que has hecho —me amenaza—. Ella ya está muerta.
—Sácala de aquí antes de que descargue mi pistola en esta perra —le
ordeno a mi hombre.
Arranca y veo cómo desaparece. Me quedo ahí de pie, furioso con ella,
conmigo, con el mundo. Saco mi arma y vacío mi cargador en el aire. No
sirve de mucho, pero al menos mi rabia ha disminuido. Necesito estar
centrado para recuperar a mi mujer.
Vuelvo a mi despacho y no pasa ni media hora cuando tocan a la puerta.
Juro que si es ella le pegaré un tiro. Pero en vez de Nueva York aparecen
Cadee y Keanan.
—Guarda el arma, amigo —dice Keanan, viendo mi pistola en la mano
girar como el que gira un bolígrafo.
—Ya nos han dicho que has montado una escena del salvaje oeste ahí
afuera. —Sonríe Cadee.
Los miro sonriendo. Mis chicos son muy leales, pero entre nosotros
parecemos viejas alcahuetas de pueblo.
—¿Has podido hacer algo respecto al mensaje para Texas? —le pregunto
a Keanan mientras les veo sentarse frente a mí.
—La duda ofende —dice recostándose—, he mandado el mensaje con el
hijo de unos amigos, es un niño de siete años que no levantará sospecha
alguna.
—Espero que funcione.
—Respecto a cómo vamos a sacarlas de allí tengo algo en mente —dice
Keanan, captando mi atención—; sacaremos primero a la niña, de día, luego
sacaremos a Texas y su amiga en la noche.
—¿Cómo lo haremos? —pregunto intrigado.
—Cuando me enteré de la existencia de Dayra, pensé en comprarle una
habitación para traerla a vivir con Texas y conmigo —interviene Keanan.
Gruño porque no me gusta la idea de Texas viviendo lejos de mí.
—En mi investigación sobre lo que les gusta a las niñas descubrí unos
muñecos espeluznantes llamados TBR.
—En cristiano, por favor —le pide Cadee.
—Tu Bebé Reborn —traduce—. Son muñecos recién nacidos que
parecen reales, mismo peso y complexión que el bebé real del que quieres
hacer la réplica.
—Pero Dayra no es un bebé —le interrumpo impaciente
—Pero por eso soy tan bueno en mi trabajo —replica Keanan—, y he
encontrado una mujer que ha hecho una de la edad y peso de una niña como
ella. La recogimos ayer.
—Sigo sin entender cómo haremos el cambio —pregunto confundido por
la información.
—Necesitamos meter a uno de los nuestros dentro. Tengo ya a alguien
que se ofreció y ha pasado la clasificación. Solo que el Sir es muy
meticuloso con la selección de su personal en casa y siempre es el mismo.
Hay que encontrar la manera de causar alguna baja para que quede el puesto
vacante.
—Suponiendo que logramos quitarnos de en medio a alguno de los
guardias, ¿cómo diablos metemos y sacamos a la niña?
—Iría atada al cuerpo de nuestro hombre, debajo de su uniforme. Así es
como la entraríamos y sacaríamos.
—No me digas que no es un plan perfecto —suelta Cadee emocionada.
—¿Cómo demonios queréis atar a una niña de tres años a un hombre
debajo de su ropa y que permanezca callada?
—Habría que usar dogas para ello, una dosis pequeña y controlada.
Frunzo el ceño porque sé la actitud de Texas con las drogas, aunque creo
que es una excepción que hará con gusto.
—¿Y a ellas?
—Le daremos a Texas unas gotas para que las tome el Sir y duerma
profundamente, así ella puede escabullirse fuera y nuestro hombre la
esperará para sacarla.
Sonrío porque el plan es perfecto. Todo tiene que jugar a nuestro favor,
pero una vez que la niña esté fuera quiero entrar yo mismo a por ella y
asegurarme de que el Sir ve cómo me la llevo, cómo la recupero. Tengo una
idea.
—Creo que voy a modificar ligeramente tu plan —le digo, recostándome
en mi asiento sonriendo.
—Tú dirás.
—En vez de algo que lo duerma quiero algo que lo mantenga despierto,
pero que no se pueda mover, quiero despertarlo y que vea cómo me la llevo,
cómo la recupero, que sienta cada uno de los golpes que voy a darle por
mantenerme lejos de ella.
Si ahora me mirara en un espejo, seguro que mi reflejo sería el de un
psicópata con sed de sangre porque para recuperarla a ella voy a bajar al
infierno a matar al mismísimo diablo.
Pasamos las siguientes dos horas calculando cada paso del plan para que
no falle nada ni quede ningún cabo suelto una vez logremos meter a nuestro
hombre. Parece que todo encaja, Cadee y Keanan son expertos en su
campo, así que tienen controlada la situación. Me piden que no vaya, que
espere a que ellos me la traigan, pero no insisten demasiado, nunca dejaría a
nadie el rescate del amor de mi vida.
—Un momento —dice Keanan, sacando de su bolsillo el móvil.
Cadee y yo seguimos en lo nuestro mientras él pasea por el despacho
asintiendo.
—No me jodas —gruñe.
Eso llama mi atención.
—¿Ella está bien? —pregunta, y a mí se me para el corazón.
Lo miro y me pide que espere.
—No nos falles.
Y cuelga. Lo observo y su cara me dice que no hay buenas noticias.
—Nuestro hombre está dentro.
—¡Sí! —grita Cadee a mi lado.
Pero Keanan está callándose algo.
—Suéltalo —le ordeno.
—Primero cálmate y escucha hasta el final.
—Keanan, suéltalo —le ordeno, esta vez más autoritario.
—Esta tarde, después de comer, hemos conseguido hacerle llegar el
mensaje a Texas, de hecho, ella nos ha devuelto otro.
Enarco una ceja.
—Dice que ya sabemos quién tiene que salir primero.
Siento orgullo por mi mujer, tiene claro sus objetivos y ni un psicópata
como el Sir ha logrado doblegarla en el mes largo que lleva con él.
—El mensaje era que necesitábamos meter a alguien de los nuestros,
pero que una vez que lo hiciéramos ya teníamos plan para sacarlas.
Asiento esperando que siga su explicación.
—Nuestro hombre ya está dentro. Esta tarde el Sir ha dado orden de
sustituir a todo el personal de la casa.
—¿Por qué ha hecho eso? —pregunta Cadee confundida.
—Por Texas.
Se calla y sé que ahora viene lo peor.
—¿Por qué iban a cambiar al personal de seguridad por ella? —se atreve
a preguntar Cadee.
—Porque esta tarde casi muere envenenada y no encuentran al
responsable —contesta en un susurro.
Me paralizo un segundo y la sangre abandona mi cara.
Alguien quiere matarla.
Alguien casi la mata.
Alguien casi logra separarla de mí.
Una rabia se forma en mi interior y solo tengo ganas de asesinar a quien
le ha hecho eso, al Sir por arrebatármela y no cuidarla y a cualquiera que
esté en esa casa y permita que no vuelva conmigo.
—Dos días —digo entre dientes.
—¿Qué?
—Tienes dos días para preparar todo para sacar a Dayra de allí, es el
máximo tiempo que puedo darte antes de entrar pistola en mano por la
puerta principal y sacar de allí a Texas.
CAPÍTULO 46
Texas
Noto mi cuerpo adolorido. Intento abrir los ojos, aunque no lo consigo. Me
muevo ligeramente. Oigo movimiento a mi alrededor. Trato de girarme,
pero tengo algo en mi brazo que me lo impide.
—Ya está despierta —oigo que alguien dice cerca de mí.
Respiro profundamente tratando de abrir los ojos de nuevo. Lo hago,
pero no enfoco, me cuesta mantenerlos abiertos. Vuelvo a intentarlo y
escucho la puerta abrirse y cerrarse, el colchón a mi lado se hunde y unos
labios rozan los míos.
—Me has dado un susto de muerte —susurra contra mi boca y sonrío,
Keyran es muy dulce cuando quiere—, pequeña dama, no vuelvas hacerme
pasar este mal rato.
Y la sonrisa se borra de mi cara. «Pequeña dama». No es Keyran. Es el
Sir. Abro los ojos de golpe y lo veo, junto a mí, rozando mi mejilla. Su cara
de preocupación le hace parecer un ser humano, pero no lo es, no tiene
alma.
Miro mi brazo y veo una intravenosa enganchada.
Miro hacia arriba y veo que solo es suero.
Estoy desorientada. Recuerdo el dolor, recuerdo las convulsiones.
Recuerdo no saber si iba a volver a ver el sol. Me alegra saber que sí.
—¿Qué ha pasado? —pregunto, haciéndome la víctima inocente.
—Alguien trató de envenenarte —contesta él, quitándome un mechón de
pelo de la cara—¿Cómo sabías que había sido el café?
—Empecé a sentirme mal después de tomarlo —digo, incorporándome
un poco mientras el Sir me ayuda y me tiende un vaso con agua para que
beba.
Noto el líquido en mi garganta y me encojo ligeramente, la tengo irritada
por las convulsiones.
—¿Por qué no dijiste nada antes? —me sigue interrogando, no le cuadra
nada de la situación y me está poniendo a prueba.
—Porque estaba esperándote, pero tardé demasiado en darme cuenta de
que no ibas a llegar, así que salí en tu búsqueda. No sabía de quién podía
fiarme, estaba asustada y no llegabas —sollozo.
Veo cómo cambia la cara del Sir, ahora es más tierna. Ya lo tengo. Soy su
pequeña dama después de todo. Me abraza y yo dejo que lo haga. Cierro los
ojos porque no quiero verme rodeada por él y cuando los abro noto un
guardia dentro de la habitación, en una pared de pie. Está mirándonos. Lo
conozco. Es el hermano del chico al que le extraje la bala. Lo miro mientras
aún estoy en los brazos del Sir, seria, no sé qué significa esto. Dudo si está
con Keyran o con el Sir. Dudo hasta que lo veo darme una pequeña sonrisa
y sé que ha venido a ayudarme.
—Voy a quedarme en casa hoy a cuidarte —me dice, separándose de mí
y cogiendo mi cara entre sus manos.
—No es necesario, además, tenemos un trato, te pertenezco por la noche
y según veo en la ventana ya es de día.
No sé cuánto llevo dormida, pero el sol está iluminando toda la
habitación, así que mínimo es media mañana.
—Sé el trato que tenemos —contesta enfadado—, recuerda que puedo
revocarlo cuando quiera.
—Esto va en ambos sentidos —le recuso, devolviendo su amenaza.
Me he despertado con ganas de guerra. Estoy cansada de que todos
decidan qué hacer conmigo.
—Texas —dice en un tono amenazante que seguro usa para intimidar a
sus subordinados o enemigos.
—Sir —le rebato en el mismo tono desafiante.
Me mira unos segundos, manteniendo la mirada. Si no me deja ver a
Dayra y a Megan a partir de ahora se va a follar un palo. De repente, suelta
una carcajada y me descoloca totalmente. Puto loco.
—No esperaba menos de ti, mi pequeña dama —dice besándome—. Aun
así, me quedaré en mi despacho.
—Bien, yo voy a ver a mi hija —digo, quitándome la intravenosa e
intentando levantarme.
—No, hoy no sales de aquí.
Levanto mis cejas. No me toques las palmas que me conozco.
—Haré que las traigan, pero hoy te quedas en la cama.
—Está bien.
El Sir sonríe como si hubiera ganado una batalla, se levanta, me da un
beso en la frente y se va, cerrando la puerta y dejándome a solas con el
hombre del amo. Nos miramos un minuto entero, esperando a que el Sir
vuelva a entrar o a que ocurra algo que nos delate, pero no pasa nada.
—Me alegro de verte —digo, rompiendo el silencio.
—Y yo de que estés bien —me contesta con una sonrisa.
—¿Cómo es que has acabado aquí? —le pregunto intrigada.
—Ayer, cuando trataron de envenenarte, el Sir ordenó reemplazar a todos
los hombres de la casa. Yo fui la mejor opción para cuidarte en la habitación
dada mi orientación sexual —contesta sonriendo—. Con todo respeto, fue
una suerte que trataran de matarte, nos facilitó mucho las cosas para entrar.
—De nada —le contesto, y él me mira confundido—. Nadie trató de
matarme, fui yo la que tomó mercurio de un termómetro para simular el
intento de envenenamiento. Supuse que, como poco, habría algún cambio
de guardias si el Sir pensaba que habían podido llegar hasta mí. Que habría
una brecha en la seguridad.
—Eres una mujer increíble —dice lleno de orgullo—, la mejor que
Keyran podría haber encontrado.
Oír su nombre hace que me dé un vuelco el corazón. Hasta ahora lo que
pasaba era una suposición para él, pero con su hombre dentro tendrá la
certeza de que estoy acostándome con el Sir por voluntad propia. Más o
menos.
—Respecto a lo que has visto antes con el Sir…
Quiero explicarle que era todo actuación, pero no me deja.
—No te justifiques por tratar de sobrevivir.
Sonrío agradecida.
—¿Ya sabéis como vais a sacar a Dayra de aquí? —inquiero justo cuando
se abre la puerta y la niña entra corriendo saltando sobre mí en la cama.
El guardia vuelve a poner expresión neutral y se pone firme para evitar
levantar sospechas. Megan entra detrás y alguien, imagino que quien las ha
acompañado, cierra la puerta.
—Mami, ¿estás bien? —me pregunta, trepando hasta mi estómago y
sentándose sobre él.
Me encojo ligeramente y la muevo hasta dejarla sentada en mi pelvis.
—Sí, cielo, estoy bien, vamos a estar bien —le digo, haciéndole
cosquillas, provocándole una gran risa que nos contagia.
Megan se sienta a mi lado con los ojos rojos, ha estado llorando.
—Os dije que os iba a sacar de aquí.
—Pero no así, no a costa de tu vida, Brit, no vuelvas a hacer algo
parecido —susurra para que solo yo la oiga y me abraza.
—Lo volvería hacer porque ha funcionado —le digo, señalando con la
cabeza al guardia al que no creo que hayan visto al entrar.
—Hola, soy Jowan —interviene, presentándose con una gran sonrisa.
—Ha venido a ayudarnos —aclaro.
Y Megan se levanta y se lanza a sus brazos ante la sorpresa de él.
—¡Muchas gracias! —susurra entre lágrimas.
Megan ha estado aguantando hasta ahora, pero creo que se va a
derrumbar. Demasiada presión. Demasiada locura alrededor para un alma
tan dulce como la suya.
—¿Por qué le das las gracias a ese señor, tía Megan? —pregunta Dayra,
que siempre está atenta a todo.
—Porque va a ayudarnos a ir a otro sitio —le explico—, pero es un
secreto.
—¿Y dónde iremos?
—Te va a llevar con unos amigos míos que están deseando conocerte —
le cuento—, pero para eso primero tenemos que escuchar a Jowan decirnos
cómo lo vamos a hacer.
—¿Seremos como las espías de la tele? —pregunta entusiasmada.
—Eso es, princesa.
—Entonces guardaré el secreto. Señor Jowan, ¿cómo vamos a irnos?
Los tres nos reímos porque es muy divertido ver a esta niña actuar como
una adulta. Jowan se acerca, aún riendo, para contarnos todo. El plan es
bastante bueno y parece que lo tienen todo muy bien pensado.
—Así que ahora mismo llevas ahí un muñeco de la misma complexión
que Dayra —le digo para ver si lo he entendido todo bien.
No parece que tenga nada debajo del chaleco salvo músculos, pero
supongo que eso es parte del plan. Sería raro que apareciera aquí un día y al
siguiente le hubieran crecido tripas.
—Eso es.
—Haremos el cambio y entonces saldrás con ella y en la noche vendrán
por nosotras. Solo tengo que encargarme de que el Sir tome el somnífero.
—Sí, aunque no es un somnífero. El jefe ha ordenado que le trajeran una
ampolla de un suero que provoca la parálisis temporal. No puedes moverte,
pero estas despierto y sientes todo.
Frunzo el ceño.
—Quiere que el Sir vea cuando te lleva lejos de aquí.
Sonrío. Keyran es retorcido y creo que yo tengo algo mal en mi cabeza
porque encuentro este gesto algo romántico.
—El jefe ha estado volviéndose loco estos días. De verdad te echa de
menos.
Y sus palabras me reconfortan. Necesitaba oírlas. Tengo unas ganas
brutales de verlo, y pensar en entregarme al Sir esta noche hace que quiera
pegarme un tiro para evitarlo.
—Lo haremos hoy —digo.
—¿Hoy? —preguntan Jowan y Megan a la vez.
—Sí, para qué esperar. Comeremos aquí y aprovecharemos que Dayra se
duerme después en su carro para ir a pasear con ella, pero no será ella, será
un muñeco. Fingiremos que necesito descansar y volveremos aquí con el
muñeco, veremos cómo hacemos para que no se den cuenta hasta la noche.
Luego todo será esperar a que vengáis mientras le doy el suero al Sir.
Jowan sopesa la idea y cree que es una buena opción. Tiene un descanso
para comer que aprovechará para llamar al jefe y avisarles de que esto
empieza. Luego volverá para hacer el intercambio y se marchará con la
niña. Parece un plan seguro y la oportunidad es perfecta, dentro de la
habitación no hay cámaras y nadie les verá cuando cambien a la niña por el
muñeco.
—Hagámoslo —dice Jowan sonriendo.
Parece que hoy, por fin, me largo de aquí.
CAPÍTULO 47
Texas
Todo transcurre según hemos previsto y nadie parece sospechar cuando
pedimos que nos traigan el carro para llevar a la niña de paseo.
Curiosamente es Jowan quien nos trae el recado de que lo han dejado al pie
de las escaleras para cuando queramos bajar. Dayra ha caído en un sueño
profundo después de comer, le hemos mezclado el somnífero con la comida
y no se ha enterado de nada. No me gusta darle esta mierda a mi hija, pero
Jowan me ha asegurado que han pedido a un profesional que ajuste la dosis
para que no sea perjudicial. Mi niña preciosa va a salir de aquí. Por fin.
Hemos pasado la comida hablando de Cadee, Keanan y Keyran. No
quiero que se asuste si pasa algo y nosotras no estamos allí, confío en que si
algo nos ocurre alguno de ellos cuidará de mi pequeña.
—Tenemos que sujetarla tal y como está la muñeca —dice Jowan
quitándose el uniforme y dejando al descubierto lo que parece una muñeca
atada a su tronco superior.
Se la quita y la deja en la cama junto a Dayra, realmente parece de
verdad, es escalofriante. No entiendo el gusto de comprar una de estas para
tenerla en casa, seguro que por la noche se aparece con un cuchillo en tu
habitación.
—¿Quién demonios compraría una cosa como esta? —pregunto,
mirándola horrorizada—. Da miedo.
—Yo creo que son adorables —dice Megan peinándola.
Le cambiamos la ropa por la de Dayra para que sea lo más similar
posible y colocamos sobre Jowan a la niña. Nos cuesta porque tratamos de
no hacerle daño y a peso muerto como está es difícil maniobrar con ella.
Aun así, logramos hacer que su pequeño cuerpo encaje en el musculoso
torso de Jowan. Le colocamos la ropa y da el pego, no parece que debajo de
ese chaleco antibalas lleve a mi vida. Menos mal que Jowan es enorme, al
menos dos metros de hombre que es el ochenta por ciento músculo.
—Ahora saldremos a pasear, voy a llevarla tapada y la echaremos en el
carro delante de todos.
—Así, mientras, yo salgo de la casa sin levantar sospechas —dice Jowan
—, el equipo ya está avisado, he hablado antes con ellos.
Ya faltan unas horas solo para salir de aquí, para que acabe esta jodida
pesadilla.
—Que empiece la función —murmuro mientras envuelvo a la muñeca en
una mantita y la saco en brazos contra mi pecho para que nadie pueda verla.
Megan sale junto a mí y Jowan detrás, escoltándonos, como le han
indicado que haga si decidíamos salir de la habitación. Debe avisar al Sir si
eso ocurre y nada más salir de la habitación se dirige a su despacho.
Nosotras bajamos las escaleras y colocamos a la muñeca en la silla. Lo
hacemos de tal manera que tapamos en todo momento a la falsa Dayra.
—¡Texas! —oigo que grita el Sir desde lo alto de la escalera.
Me congelo en el sitio porque esa voz es de cuando está enfadado, muy
enfadado. Lo miro bajar las escaleras con Jowan y dos hombres más
escoltándolo.
—Llamad a todos los guardias nuevos. Que vengan todos aquí —ordena.
—¿Qué ocurre? —pregunto mientras veo como la entrada de la casa se
está llenando de hombres armados uniformados igual que Jowan.
Miro alrededor buscando a Jowan y lo encuentro en las filas traseras
junto a la puerta de entrada que ahora está abierta. Me mira con
incertidumbre, él tampoco sabe qué pasa.
—Bien, acaban de confirmarme que el veneno en tu sangre era mercurio
—dice, merodeando a nuestro alrededor a unos cuatro metros de distancia.
—Vale —le contesto sin dejar de mirarlo a los ojos.
—Curioso, ¿sabes? Hoy en día es difícil encontrarlo porque es una
sustancia prohibida. No es un veneno que alguien usaría para matar.
Asiento para que sepa que sigo atenta.
—Y lo que es más curioso aún. Uno de mis hombres encontró un
termómetro de mercurio roto y envuelto en papel dentro del bolso del carro
el mismo día que fuiste envenenada. Bolso al que solo tenéis acceso
vosotras, por cierto.
Sigo mirándolo sin apartar mis ojos de los suyos. Me mira como si
quisiera estrangularme y probablemente es lo que pretende. Quiere hacerme
daño. Lo sé.
—Así que lo único que se me ocurre, ya que ninguna cámara ha captado
nada raro, es que tú misma tomaste el mercurio por voluntad propia.
Sigo mirándolo sin mostrar ninguna emoción. Noto a Megan que se va
alejando y me gustaría darme la vuelta y abrazarla, pero el Sir es como un
león y nosotras sus presas, cualquier movimiento brusco puede
desencadenar un ataque.
—Bien —continúa el Sir sin dejar de moverse—, si estoy en lo cierto, y
sé que lo estoy, hiciste eso para poder meter a alguien de fuera que te
ayudara.
Puto psicópata de mierda. Su mente es demasiado retorcida como para
creer que no se daría cuenta. Aun así, sigo mirándolo desafiante. Se acabó
rendirse, estamos muy cerca de sacar a Dayra de aquí, todo lo demás no
importa.
—Así que —dice desenfundando un arma—, voy a empezar a disparar a
todos estos hombres que ves aquí hasta acertar con quien te está ayudando.
Y dicho eso apunta contra uno y le pega un tiro en el cuello. Cae al suelo
y muere delante nuestro, ahogado en su propia sangre. Megan grita y yo
sigo quieta, mirándolo. Desafiándolo. Sonríe porque en el fondo mi actitud
le gusta.
Gira sobre sus pies buscando el siguiente objetivo. Dispara a un tipo muy
cerca de Jowan, demasiado. Intento mantener la compostura cuando el muy
cabrón me mira sonriendo. Espero que el ruido de los disparos no despierte
a Dayra. Necesito distraerlo, que deje de disparar porque no dudo de que va
a seguir matando a cada uno de los hombres que tiene delante si con eso
consigue encontrar a Jowan.
—¿Vas a matar a muchos más? —pregunto, haciendo que se gire a
mirarme—. Lo digo por subirme un escalón antes de que la sangre
comience a llegarme los zapatos. La mancha se va fatal, ¿sabes?
Su sonrisa se amplía, le gusta que lo desafíe. Se toca la entrepierna y
desde donde estoy puedo ver lo excitado que se encuentra en estos
momentos. Puto loco homicida.
—Igual me he equivocado —dice, poniendo su arma contra sus labios—.
Quizás, solo quizás. O igual no te importa nadie más que tu hija.
Y apunta hacia nosotras, pero ligeramente hacia el carro. Yo salto delante
de Megan, quien está llorando y temblando. Un segundo. Un segundo me
cuesta darme cuenta de mi error. Y cuando lo miro a los ojos veo que él
también lo sabe. Se acerca en dos zancadas al carro y lo lanza de una patada
al suelo. La muñeca sale volando y cuando el Sir se acerca confirma sus
sospechas y descarga su arma contra ella. Se aproxima a uno de sus
hombres y le arrebata su pistola del cinturón.
Miro hacia donde está Jowan, sigue quieto en el mismo sitio observando
todo. Niego disimuladamente con la cabeza. Pase lo que pase la prioridad es
Dayra.
—¿Dónde está la niña? —inquiere en un rugido el Sir.
No contesto.
—No te voy a repetir la pregunta —dice, avanzando amenazadoramente.
Llega hasta mí y se pone a un centímetro de mi cara, su pistola apuntando
mi sien. Noto el frio metal y sé que ha llegado mi fin. Cierro los ojos
porque no quiero que su cara sea lo último que vea. Separa un poco el arma
y oigo como le quita el seguro. Megan está tras de mí con sus manos en mi
espalda. Temblando. Lamento no poder defenderla, espero que no la haga
sufrir demasiado. Oigo un disparo junto a mi oído y espero que la oscuridad
se me trague, pero en vez de eso solo escucho el pitido en mi oído a causa
del disparo. Eso y un golpe seco tras de mí. Me giro y veo a Megan en el
suelo, un disparo en la frente.
Muerta.
Sus ojos sin vida me observan desde el más allá.
Muerta por mi culpa.
Asesinada.
Una rabia me embarga y arremeto contra el Sir. Lanzo mi puño contra él
dándole un golpe certero en la mandíbula, ya que no se lo esperaba. Me ha
dolido más a mí, pero aun así me devuelve el golpe lanzándome al suelo.
Me coge del pelo y me levanta.
—¡Encontrad a la niña! —grita —¡Ahora!
Y todos los hombres se lanzan a una búsqueda irrefrenable como perros
de caza. Cruzo la mirada con Jowan que está en la puerta y le suplico que se
vaya.
—Tú y yo vamos a ajustar cuentas en privado —dice mientras tira de mí
escaleras arriba, guardando el arma en sus pantalones.
Veo a Jowan mirarme unos segundos antes de desaparecer por la puerta
principal y rezo a un dios que nunca he rezado y que no me conoce, para
que consiga salir de aquí.
Subimos casi hasta el final de la escalera antes de oír una voz que
conozco y que extrañamente parece familiarizada con el ambiente.
—Veo que he llegado justo a tiempo para la fiesta.
Me giro cuando el Sir lo hace, aún con mi pelo en su puño, y la veo allí
de pie, junto al cuerpo de Megan. Nueva York me mira con una sonrisa de
triunfo y entonces todo encaja. Me lanzo hacia ella, pero el Sir tira de mi
pelo, haciendo que me arrodille.
—Te voy a matar —la amenazo con todo el odio que puedo destilar en
mis palabras.
—No tiene pinta de que eso vaya a suceder —dice sonriendo a la vez que
se limpia los zapatos en el cuerpo sin vida de Megan.
No lo pienso.
Le arrebato la pistola al Sir de la cinturilla del pantalón, apunto y disparo.
CAPÍTULO 48
Keyran
—Nuestro hombre está desde ayer metido en casa del Sir —dice Keanan
mientras nos sirven la comida.
Cadee y él se están quedando aquí porque es más fácil si todos estamos
juntos. Tres cabezas piensan más que una. Al menos sabemos que, aunque
no ha despertado aún, Texas está bien, solo descansando.
—¿Cuándo recibirás el informe? —le pregunto ansioso mientras observo
la carne que no tengo ganas de comer. Mi mente solo está en Texas.
—Debería estar llamando en breve —contesta, dejando el móvil encima
de la mesa a la vista de todos—, dijo que llamaría en la comida.
—¿Has sabido algo de Nueva York? —inquiere Cadee, metiéndose
ensalada en la boca.
—No, la dejaron en un hotel con la habitación pagada mientras quisiera
permanecer allí, pero me han avisado hace un rato de que dejaba el hotel.
—Eres un blando. —Me sonríe.
—Aún me siento culpable por haberla traído.
—¿Culpable o estúpido? —pregunta Cadee, sonriéndome.
—No me hagas decírtelo.
Nos reímos porque no podemos hacer otra cosa. Reímos hasta que el
sonido del móvil de Keanan nos interrumpe. Se levanta para atenderlo y
sale del comedor. Lo miro enfadado, quiero enterarme de lo que hablan.
—Déjalo que le den el informe y luego nos cuenta —me dice Cadee,
viendo mi cara de pocos amigos mientras observo a Keanan pasear de
arriba abajo.
Asiente.
Asiente.
Sonríe
¿Sonríe?
Asiente.
Asiente.
Cuelga.
Vuelve.
—Bueno, pues parece que esto comienza —suelta, sentándose de nuevo.
—¿Vas a hablar o tengo que darte una paliza para sacarte las palabras? —
le pregunto un tanto irritado.
—Te va a encantar —me dice.
Y juro que estoy a punto de estamparle el puño en su cara.
—Kean, por favor —suplica Cadee, viendo que no queda mucho antes de
que le meta mi puño en su cara.
—Jowan ha dicho que Texas está bien. Se le ha asignado ser el guardia
dentro de la habitación debido a su orientación sexual.
—¿Cómo? —pregunta Cadee extrañada.
—Se le ocurrió tirarle los tejos a uno de sus compañeros delante del
resto, así que piensan que es gay y por eso mismo el Sir lo eligió para velar
por Texas mientras estaba inconsciente.
—¿Y ya sabe quién ha tratado de matarla? —pregunto curioso por saber
el nombre de la persona a la que voy a asesinar por intentar hacerlo.
Keanan se ríe.
—Jowan me ha dicho que fue Texas, ella misma se envenenó.
—¿Perdona? —pregunto incrédulo mientras Cadee trata de no
atragantarse con la comida.
—Sí, por lo visto pensó que si el Sir creía que ella estaba en peligro
cambiaria a alguno de los guardias y tendríamos posibilidad de infiltrar a
nuestro hombre. Mi brathair es toda una mujer, ¿no creéis?
—Joder con Texas —contesta Cadee—, los tiene bien puestos, haciendo
eso consiguió que cambiaran a todo el jodido equipo.
—¿Sabes lo que eso significa? —pregunta Keanan mirándome.
Significa que ella le importa más de lo que pensábamos.
—Jowan me ha dicho que Texas trató de explicarle cierta situación que él
presenció… dice que Texas estaba avergonzada… pero…
—No me importa lo que haya hecho o lo que tenga que hacer para
sobrevivir —declaro tajante—, la quiero de vuelta, mientras se mantenga
con vida puedo asegurarte que no habrá nada que haga o diga que me
impida adorarla el resto de mi vida.
—Bien —contesta Cadee sonriendo.
Keanan me mira satisfecho con mi respuesta. Sé que allí el Sir la ha
tocado, le ha puesto la mano encima y en lo único que puedo pensar es en
recuperarla, apartarla de él. No importa cuán rota la deje porque voy a
encargarme de que mi mujer salga de allí para hacerla feliz el tiempo que
tengamos juntos en esta vida.
—Jowan también me ha dicho que Texas ha decidido comenzar la huida,
por lo que me ha explicado es lo mejor dada la situación.
—¿Hoy? —pregunto, ansioso por volver a verla.
—Sí, después de comer harán el intercambio con la muñeca y esta noche
entraremos a por ellas.
Comemos tranquilos, pero animados. Todos tenemos ganas de volver a
ver a Texas, aunque ninguno tiene más que yo. Acabamos los últimos
detalles estratégicos de esta noche durante las siguientes dos horas. Gracias
a que Jowan está dentro sabemos dónde van a estar los guardias
exactamente en todo momento. No puedo esperar a volver a tenerla frente a
mí. Y esta vez no voy a volver a perderla de vista ni un jodido segundo.
—El coche de Jowan está entrando a gran velocidad a la propiedad por el
camino principal —dice uno de los guardias que está con nosotros
ultimando detalles mientras se toca el comunicador de su oreja con la mano
—, el vehículo está lleno de disparos y tiene la luna trasera reventada.
Sin pensarlo salimos corriendo hacia la entrada pistola en mano. Soy el
primero en llegar y veo como dos de mis hombres ayudan a salir a Jowan de
un coche agujereado por una infinidad de proyectiles de varios tamaños.
—¿Qué ha pasado? —pregunto mientras tapan una herida que le sangra
en el brazo izquierdo.
—Todo se fue a la mierda, la mataron, joder, la mató sin más —contesta,
aturdido aún por la situación.
Mi corazón se detiene.
—No. No. No. No puede ser —suplico—, ella no puede estar muerta.
—Texas no puede estar muerta —amenaza Keanan, no sé muy bien a
quién.
—Ella no, Megan, han matado a Megan —suelta, empezando a centrar
sus pensamientos.
—Piensa bien lo que dices, ¿quién ha muerto? —le pregunto muy
despacio, como si no entendiera mi idioma.
Él me mira serio, pero totalmente consciente de lo que está pasando.
—Jefe, Megan es quien ha muerto, no Texas, al menos no cuando me he
ido.
El alivio inunda todo mi cuerpo hasta que reparo en la frase completa.
—Todo se ha ido a la mierda, estaba a punto de salir de allí cuando el Sir
ha montado una escena terrorífica. Ese hombre es un demente. Ha
comenzado a matar a sus hombres porque pensaba que uno de ellos iba a
ayudar a Texas a escapar y, como no sabía quién era ha empezado a disparar
aleatoriamente.
—Joder.
—¿Qué ha pasado con Megan? —pregunta Cadee ansiosa.
—Señor, su mujer tiene más huevos que la mayoría de hombres que
conozco —dice Jowan mirándome—, cuando el Sir descubrió que su
envenenamiento fue una farsa no le mostró miedo en ningún momento. Lo
enfrentó delante de todos sus hombres.
—Voy a darle unos cuantos azotes en el culo cuando la vea —gruñe
Keanan.
—No lo hagas, su actitud probablemente le ha salvado la vida. El tipo
parece que disfruta cuando ella lo enfrenta. Gracias a ella estoy vivo.
Intervino cuando estaban disparando cerca de mí para enfocar en ella al Sir.
—Joder —suelto porque no me gusta hacia dónde va esto.
—Le preguntó si iba a seguir matando a muchos más porque no quería
mancharse los zapatos —bufa una sonrisa—, increíble, tan pequeña que se
ve y tan grande que se notaba su presencia.
Siento un gran orgullo de ella, mi Texas, mi mujer.
—Cuando el Sir se dio cuenta de que la niña no estaba, le pegó un tiro a
Megan sin previo aviso, luego cogió a Texas del pelo y la arrastró escaleras
arriba.
—Mierda, la niña —dice Keanan a mi lado.
Joder, somos lo peor del mundo, nos habíamos olvidado por completo de
ella. Levantamos el chaleco de Jowan y rasgamos su camiseta, y allí debajo,
ajena de todo, veo un pequeño cuerpo inmóvil. La desatamos y la tomo en
mis brazos. Me siento responsable de ella.
Keanan y Cadee buscan en su pequeño cuerpo indicios de alguna herida,
pero no tiene absolutamente nada. Yo no puedo dejar de mirarla. Es la viva
imagen de Texas.
—Jefe, le prometo que quería quedarme a ayudarla, pero tenía a Dayra
conmigo, solo podía pensar en llegar al coche y sacarla de allí. Cuando se
dieron cuenta, salieron tras de mí disparando a bocajarro. No sé cómo he
llegado hasta aquí vivo.
—Lo has hecho muy bien —le digo, mirando a esa pequeña niña en mis
brazos—, era la elección correcta, soy yo quien va a ir a por Texas.
No puedo parar de mirar a Dayra.
—Hay una cosa más, jefe —interviene en un tono que hace que todos nos
giremos a mirarlo—, cuando salía me crucé con alguien, aunque no me
reconoció, pero yo a ella sí.
—¿Ella? —pregunta Cadee.
—Sí, Nueva York estaba entrando a la casa y vi como algunos
compañeros la saludaban a su paso, creo que está con ellos, que siempre lo
ha estado.
La rabia me inunda y noto como mi alma abandona mi cuerpo. Voy a
encontrar a esa perra y rajarla de arriba abajo mientras dejo que se la follen
los hombres que estén dispuestos a perder su dignidad por un poco de sexo.
Ahora mismo soy la muerte.
—Salimos en diez minutos —ordeno mientras noto como Dayra se
remueve en mis brazos y comienza a abrir los ojos.
Tiene los ojos del mismo color de Texas, igual de expresivos.
—Hola, preciosa—le digo, mirándola con dulzura.
—¿Tío Key o tío Kean? —pregunta mientras me toca la cara.
—Key —le contesto, y ella esboza una gran sonrisa.
—Mamá dijo que cuando despertara estaría en casa con mi familia,
contigo, con tío Kean y con la tía Cadee.
Asiento sonriéndole, con su manita aún en mi cara.
—Mamá me dijo que vendría luego con tía Megan y que con vosotros no
tendría de qué preocuparme.
—Megan la educó como su tía y siempre supo que Texas es su madre —
aclara Jowan.
—Hola, Jowan, ¿tú también conoces a mis tíos? —pregunta alegre.
—Sí, pequeña.
—Genial, así en Navidad seremos más, normalmente solo estamos tía
Megan, tío Marc y yo.
—Claro que sí, preciosa —dice Keanan, cogiéndola de mis brazos—.
Esta Navidad vamos a tener una gran cena todos juntos. Yo soy tu tío Kean
y ella es tu tía Cadee.
Dayra sonríe y el mundo no parece tan malo. A nuestro alrededor
nuestros hombres se preparan para salir. En mi mente solo tengo un
objetivo.
—¿Ya tengo que daros lo que mi mami dijo? —pregunta a nadie en
particular.
Nos miramos confundidos y asentimos. Entonces abraza muy fuerte con
sus pequeños bracitos a Keanan. Y luego abre los brazos hacia Cadee. Hace
lo mismo, un abrazo fuerte. Todos la miramos sin saber muy bien qué hacer.
Mi turno. Vuelvo a cogerla en brazos y me da un abrazo que me recarga el
alma.
—Tío Key —dice susurrando—, para ti hay algo más.
Sonrío y me da un beso en la mejilla muy, muy, muy fuerte.
—Mamá debe quererte mucho.
Y juro que jamás he sentido lo que acabo de sentir ahora mismo. La
ternura, la dulzura, el amor…
—Key, la baba —me dice Cadee, dándome un codazo.
Sonrío y le doy un beso en la frente a Dayra.
—Estamos listos —avisa uno de mis hombres.
Asiento y miro a Dayra, no quiero dejarla, pero tengo que hacerlo.
—Yo me quedo con ella, jefe —dice Jowan mientras veo que están
terminando de vendarle el brazo—, no soy útil ahora mismo con un arma y
ella me conoce.
—Sííí, quiero jugar con Jowan a los espías —grita feliz.
—Me vale —acepto en voz alta, pasándole a la niña—, llévala dentro.
En el momento en que sale de mis brazos, mi equipo se encarga de
proveerme de lo necesario. Pistolas, balas, chaleco, explosivos, cuchillos…
—¡Bien! —grito mientras mis hombres me rodean—, esta misión es de
asalto, vamos a entrar y nos están esperando. No hagáis rehenes. Tenemos
dos objetivos: Texas y el Sir, quien los encuentre que avise por radio. A él
no lo matéis. Él es mío.
Dicho esto, damos un grito de guerra y nos dirigimos a los coches. He
traído a los mejores hombres del país. Somos más y estamos mejor
preparados. Hoy se trata de venganza y no tengo intención de tocarme el
alma con ninguno de los hombres de esa casa.
El camino se me hace eterno, he permanecido en silencio pensando,
meditando, recordando cada segundo que he pasado con Texas. Es curioso
como la vida acaba poniendo a las personas en el camino para que se
crucen.
—Nos aproximamos —dicen por la radio los del coche uno.
Un proyectil de largo alcance es lanzado desde el vehículo hacia la valla
cerrada, haciendo saltar por los aires la puerta, la garita de seguridad y
cualquier ser vivo que estuviera cerca. Pasamos a toda velocidad por la
puerta, nos dividimos para rodear la casa y salimos lanzando explosivos a la
primera carga de sus hombres que se aproxima.
—Nos vemos en la cena —dice Keanan sonriendo.
—No me la perdería por nada del mundo —contesta Cadee.
—Apuntad que llevo pareja —concluyo.
Y salimos del coche blindado disparando ráfagas de nuestras metralletas.
No pierdo el tiempo. Tengo un grupo exclusivamente dedicado a abrirme
paso hasta la habitación del Sir. Es el último lugar en el que sabemos que ha
estado Texas.
Entramos directos, disparando a todo lo que se mueve a nuestro
alrededor. Caen tres guardias y, al pie de las escaleras, veo el cuerpo de
Megan tirado. Ordeno a uno de mis hombres que lo lleve a los coches.
Subimos agachados, apuntando a nuestro alrededor atentos por si alguien
nos ataca. Llegamos hasta arriba sin problemas, parece que todo está
pasando fuera, dentro apenas se oye movimiento. Llegamos hasta la
habitación y pruebo a abrirla. Está cerrada. Doy un paso atrás y la derribo
de una patada. Entramos apuntando, pero no hay nadie. La habitación está
destrozada y hay sangre, un escalofrío recorre mi cuerpo. Avanzamos hasta
el vestidor. Nada. Nos dirigimos a la puerta del fondo, está reventada. Entro
despacio, con sigilo. Miro dentro y la escena que encuentro me deja
paralizado.
He llegado demasiado tarde.
CAPÍTULO 49
Texas
Veo a Nueva York en el suelo, pero se levanta de inmediato sujetándose el
brazo, la bala apenas le ha rozado, mierda. El Sir me da un manotazo
tirando el arma escaleras abajo.
—Eres una perra —me grita enfurecida—, voy a encargarme de que tu
hija acabe vendida como una mercancía en las peores subastas que pueda
encontrar y me aseguraré también de que sepa la clase de madre que tuvo,
te va a odiar.
Me arrojo hacia ella, pero el Sir me retiene del pelo. Lanzo un grito de
rabia y de impotencia.
—¡Basta! —grita el Sir—. Desaparece, Nueva York.
Ella está a punto de replicar, pero el Sir le da una mirada que la hace
temblar. Es muy valiente cuando se trata de mí, sin embargo, está claro que
el Sir la aterroriza. La veo irse con la mano en su brazo y rezo por que se
desangre o pille una infección y agonice. Si se acerca a Dayra va a desear
estar muerta.
El Sir tira de mí hasta que llegamos a la habitación, me lanza dentro,
entra y cierra con llave. Estoy tirada en medio de la alfombra, me siento
cansada, no me he recuperado del mercurio, pero aun así voy a dar la pelea
por Marc, por Megan, por mí…
—Sabes, podrías haberte convertido en mi compañera —dice,
mirándome desde la puerta —, ahora tengo que matarte.
Lo dice como si le diera pena, como el que tiene que deshacerse de sus
vaqueros favoritos porque están rotos, pero le da lástima tirarlos. Estoy
realmente asustada, aunque al mismo tiempo saber que Dayra no está aquí y
que ya no pueden hacerle más daño a Megan me da un respiro, solo tengo
que preocuparme de mí misma. Tengo que encontrar la manera de
convencerlo de que no me mate.
Me levanto un poco mareada, pero aun así logro estabilizarme sobre mis
pies y mirarlo desafiante. Él sonríe.
—Vas a luchar hasta el final, ¿verdad? —pregunta en un tono que me
hace pensar que es exactamente lo que quiere.
—Si voy a morir será de pie, pero no te lo voy a poner fácil —le
advierto.
Se cruje los dedos y yo retrocedo. Va a darme la paliza de mi vida, o de
mi muerte. Reculo hasta la cómoda. Cuando él comienza a avanzar le tiro la
lámpara, el jarrón y dos figuras de cerámica enormes que hay encima. Aun
así, llega hasta mí y me da un guantazo que me lanza de lado contra la
pared. Cuando lo miro, extiende su mano y agarra mi cuello, apretándolo,
subiendo mi cuerpo por la pared hasta que ya no siento el suelo bajo mis
pies.
Le clavo las uñas, pero parece que no lo nota. Miro a mi alrededor y veo
el aplique de la luz, una lámpara verde sobresale y yo me estiro para
agarrarla mientras el aire comienza a faltarme. Cojo el plafón de cristal y lo
estrello contra su cabeza.
El impacto provoca que me suelte y caigo de rodillas, tratando de
recuperar el aliento. Me levanto rápido e intento llegar a la puerta, necesito
salir de aquí, pero me coge de la camiseta y yo me agarro a las cortinas
porque es lo más cerca que tengo. No aguanta el tirón y caen, rompiendo la
ventana con el palo que las sujetaba. Me giro y lanzo mi puño contra su
cara. Me suelta y se ríe.
—Te voy a echar mucho de menos, pequeña dama —dice, recolocándose
la entrepierna, el muy cerdo está duro—, espero que tu hija sea como tú.
Lo miro y comprendo todo. Me va a matar, no hay posibilidad de un
indulto, y lo va a hacer porque en su jodida mente enferma mi pequeña es
mi reemplazo. No le importará esperar, ya lo hizo para su venganza. Mi
dulce niña es su objetivo.
Llega hasta mí mientras las palabras aún están corriendo por mi mente y
me da un puñetazo que hace que salga disparada contra la cama. El golpe
me parte el labio y sangro sobre las sábanas. Las agarro en un puño,
tratando de pasar al otro lado para obtener algo de distancia, y lo veo, la
ampolla que me dio Jowan, enrollada en la sábana pidiendo ser liberada
para ayudarme.
No me da tiempo a cogerla cuando me agarra de un pie arrastrándome
sobre la cama hacia él y con el otro le doy una patada en el pecho que lo
hace caer de culo contra los cristales rotos de la ventana. Suelta un rugido
que hace que se me encoja el alma. Busco la ampolla y salto hacia el baño.
Entro y cierro. Miro buscando algo con lo que defenderme, pero aquí no
hay nada.
—Una madera no me va a detener, solo estas retrasando lo inevitable —
se burla desde el otro lado mientras aporrea la puerta—, vas a morir, voy a
encontrar a tu hija y ¿sabes qué?
Me quedo en silencio y quieta, mirando la puerta.
—La voy a educar para que sea mi esclava personal, desde pequeña va a
saber cómo me gusta que me la chupen. Lástima que no vayas a estar para
enseñarle, eres la mejor mamada de mi vida.
Dicho esto, se oye un golpe en la puerta. Está tratando de derribarla.
Pasos atrás, pasos adelante y golpe.
El corazón me late a mil por hora.
Miro la ampolla en mi mano y la dejo sobre el lavabo, no quiero que se
rompa, es mi esperanza. Vuelvo a revisar a mi alrededor y mientras oigo
otro golpe aún más fuerte se me ocurre tirar el jabón al suelo, si logra abrir
la puerta al menos se desestabilizará cuando entre por el impulso y el gel.
Corro a la ducha y cojo los dos botes que hay, los vacío completamente
sobre el suelo y los tiro a un lado. Me quedo apoyada contra el lavabo,
protegiendo mi esperanza.
Un golpe.
Pasos.
Otro golpe.
Un gruñido.
El marco de la puerta está astillado, no va aguantar más. El siguiente
porrazo abre la puerta de golpe, haciendo saltar el marco, y tal y como
había previsto, el Sir entra embalado por el impulso, resbalando con el
jabón del suelo, me lanzo a por la madera de la puerta que ha caído a mis
pies y le doy con ella en la cabeza.
Cae semiinconsciente al suelo. Suelto la madera, cojo la ampolla, la abro,
me siento sobre él, le abro la boca y vierto el líquido. Casi ha tomado todo
cuando abre los ojos de par en par y noto un pinchazo en mi costado, me
lanza a un lado y se levanta. Toco el lugar de donde viene el dolor y veo la
sangre, lo miro de pie frente a mí y veo un trozo de cristal en su mano y una
sonrisa oscura pintada en su cara.
—Te dije que solo estabas retrasando lo inevitable —dice, acercándose
lentamente a mí mientras repto hacia atrás.
Avanza tranquilo sabiendo que no tengo escapatoria, pero lo veo
detenerse en seco y mirarme desconcertado.
—¿Qué me has hecho? —pegunta con un deje de miedo en su voz.
Lo veo tambalearse e intenta sentarse en el borde del jacuzzi, pero falla y
cae a un lado. Ahora está tirado en el suelo frente a mí con la mejilla contra
la baldosa llena de mi sangre. La ampolla debe estar haciendo efecto. Miro
debajo de mi camiseta y sé que estoy perdiendo sangre muy rápido, así que
cojo una toalla que tengo a mi alcance para taponar la herida.
Lo miro y pienso en todo lo que me ha arrebatado, en todos los que han
muerto por su culpa.
Lo miro y recuerdo que ya no voy a volver a ver a Marc, que Dayra no
podrá volver a abrazar a Megan. Incluso recuerdo que mi madre está tirada
en un vertedero. Nadie merece un final así, ni siquiera ella. Me doy cuenta
de su maldad, de su obsesión y de que nadie lo va a detener.
—Es cuestión de tiempo que mis hombres entren y te encuentren, vas a
morir, pequeña dama —me dice, tirado como un muñeco de trapo.
Y entonces tomo la decisión de que esto tiene que acabar aquí. Apoyo mi
mano ensangrentada en la baldosa blanca y me levanto. La toalla que
tapona mi herida cae a un lado. Me acerco a él y cojo de su mano el cristal
con el que me ha herido.
—No me vas a matar, y lo sabes, no eres una asesina —me dice como si
me conociera, y lo odio porque es verdad.
No me siento capaz de cortarle el cuello como se merece.
—En el fondo has disfrutado estando conmigo.
Ese puto enfermo cree que he podido sentir algo por él aparte de asco y
repulsión en cada una de las veces que tomó mi cuerpo sin mi
consentimiento. Ojalá pudiera hacerle sentir lo mismo que él me ha hecho
sentir cada vez, que no tienes nada que hacer, que no tienes escapatoria,
sentir que te mueres lentamente debajo de su cuerpo sin poder hacer nada
mientras él disfruta. Me viene una idea a la mente, pero no me atrevo.
—Y tu hija va a disfrutar también
Y eso hace que tome la decisión, necesito liberar al mundo de este
monstruo. Necesito dejarle a mi hija un futuro feliz. Suelto el cristal y él se
ríe. Cree que me ha entrado en la cabeza, y lo ha hecho, aunque no del
modo que él piensa.
Me acerco al jacuzzi y lo preparo, enciendo el agua. Me siento un
momento, me mareo por la pérdida de sangre, pero no me voy a detener.
Cojo al Sir por debajo de los brazos y lo lanzo contra el borde, queda con
medio cuerpo dentro y medio fuera, cojo sus piernas y lo termino de meter.
Pesa mucho y me cuesta, pero lo consigo.
—¿Qué haces?
No le contesto. Estoy concentrada. Dientes apretados, no puedo gritar.
Tengo un objetivo. Lo giro y lo acomodo tumbado dentro. Abro aún más el
agua. Empieza a llenarse con él dentro, su cabeza apoyada en uno de los
asientos, su preferido para tomarme porque podía ver su reflejo en el
espejo. Cojo otra toalla y me desplomo al lado, en el suelo frío, tapono mi
herida mientras apoyo mi brazo en el borde y mi cabeza sobre mi brazo.
—Puede que no sea capaz de cortarte el cuello, pero soy capaz de dejarte
morir.
Me mira sonriendo, su locura no tiene límite.
—Nunca pensé que lo harías, parece que te he llevado al límite —dice
con satisfacción.
El agua comienza a cubrirle el cuello, está llegando a su fin y lo sabe.
—Puede que no te lo creas, pero te he amado de la mejor forma que he
sabido.
Ahora es mi turno de reír.
—Eso no es amor, el amor no te obliga, no te hiere, no te coarta la
libertad. El amor es ser libre y elegir que quieres quedarte porque alejarte
de la persona que amas no es una posibilidad —le digo, recordando a
Keyran—. Lo que vas a sentir en unos momentos es lo que yo he sentido
cada vez que me has violado.
Oímos una explosión. Ambos nos sobresaltamos.
—Parece que tenemos compañía.
No sé a qué se refiere. Oigo disparos que parecen provenir de fuera, pero
ya no importa, la cabeza del Sir está sumergida, sus ojos abiertos
mirándome. Comienzan a salir burbujas del aire que ha retenido. En el
fondo cree que alguien va a venir a salvarlo. Lo observo mientras me cuesta
seguir despierta, la hemorragia va a provocar que pierda la consciencia,
espero que no antes de verlo tomar su último aliento. Si voy a morir
desangrada en este baño, necesito al menos irme sabiendo que él ya no la
podrá alcanzar.
Noto el segundo exacto en que el Sir sabe que va a morir porque abre sus
ojos aún más, está luchando por moverse, pero la droga lo mantiene quieto.
Oigo la puerta de la habitación abrirse de golpe, no puedo apartar la vista
del Sir, ha tomado su último aliento y ahora yace muerto frente a mí,
mirándome. Escucho pisadas de botas entrar en la habitación, en breve
llegarán hasta nosotros, no sé si es amigo o enemigo el que está fuera,
aunque ya da igual, estoy cansada, así que cierro los ojos y descanso. Mi
misión está cumplida. Muevo mi mano hasta mi cicatriz, mi botón de
reinicio, y la toco lamentando no haber tenido más tiempo con ella.
Lamentando dejarla sola. Al menos sé que la dejo en un mundo un poco
mejor.
—¡Texas! —oigo que gritan, pero no puedo abrir mis ojos—. No, no, no.
Unas manos me tocan la cara, apartándome el pelo. No puedo abrir los
ojos, pero sé que es Keyran, podría reconocerlo no solo por su olor, también
por lo que siente mi piel cuando la toca.
—Mo shaol, despierta, por favor —me suplica, llevándome contra su
pecho, puedo oír su corazón latir acelerado.
Hago un esfuerzo porque quiero verlo por última vez, porque necesito
decirle algo antes de irme.
—Eso es —me dice mientras parpadeo—, sigue conmigo, mo shaol.
Me cuesta, pero finalmente abro los ojos.
—Todavía no me has dicho lo que significa eso.
—Mi alma, mi vida, mi todo —contesta con lágrimas en los ojos.
—Te amo, Keyran, por favor, cuida de mi niña.
—Lo voy a hacer —me promete—. Lo vamos a hacer, sigue conmigo, no
me dejes. Te Amo demasiado, no puedes dejar mi mundo, no te permito
dejarlo.
Me alza en brazos y mi cabeza baila libre hasta el hueco de su cuello. Me
saca de la habitación, estamos rodeados de hombres armados, a algunos los
reconozco. Oigo disparos a mi alrededor, pocos, lo que sea que ha ocurrido
ya ha terminado.
—¿Qué ha pasado? —pregunta Keanan mientras se acerca corriendo
hasta nosotros.
Le sonrío, me alegra verle, quería verle también por última vez.
—Ey, brathair, no te atrevas a dejarnos —me susurra, cogiendo mi mano
mientras Keyran me lleva fuera—. La he conocido, ¿sabes?
Y sé que habla de mi pequeña.
—Es perfecta —me dice, besando mi mano.
—Lo sé —le contesto, aunque ni siquiera yo me he oído.
Nos metemos en la parte trasera de un coche. Keyran no me suelta en
ningún momento. Me tiene apretada contra él. Tengo los labios contra su
cuello y sonrío, sonrío y le beso porque no puedo pensar un lugar mejor
para morir que entre sus brazos.
—Mierda, Key, apenas noto su pulso.
Es lo último que oigo antes de ver una luz brillante que me llena de paz y
caminar hacia ella.
EPÍLOGO
Keyran
Veo a mi niña jugar frente a la tumba y sonrío, ella cree que si juega allí
ellos la estarán observando. Ha crecido mucho durante este tiempo.
—Vamos, Mariposa, que la boda está a punto de comenzar —le digo
mientras dejo unas flores y paso la mano por la fecha grabada en la piedra.
Dos años ya. Parece mentira. Dayra, mi pequeña mariposa, corre hacia
mí y yo abro los brazos para recogerla. La alzo y ella me besa la mejilla.
—Papi, tía Cadee dijo que no iba dejarte ir a su boda si no te afeitabas —
dice, pasando su mano por mi mejilla.
Le hago cosquillas con ella en el cuello y nos reímos. Lleva la medalla de
oro que le regaló su madre al nacer.
—Dayra, te vas a arrugar el vestido —se queja Keanan mientras la coge
de mis brazos, la baja al suelo y coloca su vestido de tul rosa bien—. Menos
mal que no ha venido Cathal porque no podría con dos como esta.
Es como una madre con Dayra, siempre atento a ella, siempre
consintiéndola. Le pone la chaqueta de cuero sobre el vestido de tul rosa y
ella me mira, es igual que su madre, tiene la misma cara que ella. Y cuando
sonríe son dos gotas de agua.
—¿La has traído? —pregunto a Keanan, sorprendido mientras veo a una
morena pequeña y asustada apoyada en la pared de la casa, tratando de
pasar desapercibida.
—No quería dejarla sola.
Asiento extrañado. La recogimos en una de nuestras misiones de rescate
de esclavas sexuales y desde entonces no se ha separado de ella, no sé qué
rollo raro se traen.
—¡Tía Cadee! —grita mi pequeña mariposa, lanzándose a sus brazos.
Cadee lleva un velo blanco precioso que dulcifica sus facciones, un ramo
de flores silvestres, un mono negro, botas militares y chaleco antibalas.
Levanto la vista y veo un montón de mis hombres sentarse en las sillas
dispuestas a ambos lados del pasillo que conduce al altar que hemos
montado en el jardín. Todos vestidos como la novia. Tenemos una misión.
La marcha nupcial comienza a sonar y mi mariposa pasa delante nuestro
echando pétalos de rosa, ganándose el corazón de todos. Le doy un beso en
la mejilla a Cadee y paso su mano por mi brazo. Me enorgullece ser su
padrino. Caminamos hacia el altar siguiendo a mi pequeña.
—Ya está todo preparado. El chip que le insertamos a Nueva York sigue
funcionando, ella ya ha sido trasladada de la sede que vamos a tomar —me
dice Cadee mientras avanzamos.
—De acuerdo, espero que la haya comprado otro puto sádico, me jode
que siga viva —le contesto, sonriendo hacia los invitados.
—Key, insertarle un chip de rastreo y venderla como esclava sexual para
rastrearla y así acabar con las mafias de trata de blancas es un buen castigo.
—Nueva York debería estar muerta —siseo.
—Es mejor esto. Cada vez que la venden nos proporciona un lugar al que
rescatar mujeres indefensas mientras ella pasa a manos del siguiente
enfermo que la compra.
Asiento porque hemos llegado hasta el altar, la beso en la mejilla, aprieto
la mano de Jowan y le doy la de Cadee. Quién iba a decir que estos dos
acabarían juntos. Los miro y quiero lo mismo.
—No va a pasar —me dice Texas mientras me coloco a su lado y la beso.
Está de nuevo comiendo esos ositos de gominola que no faltan jamás en
nuestra casa.
Cada día está más preciosa y cada día la amo más si puedo. Casi perderla
me demostró que una vida sin ella no merecía ser vivida. Gracias a Dios
que sobrevivió a la estocada del Sir. Aun así, no logro convencerla de que
sea mi esposa. Dice que ya ha estado esclavizada antes y que no va a volver
a estarlo, y menos por voluntad propia.
—Me acabarás diciendo que sí, y lo sabes.
Me mira y me sonríe. Está vestida como nosotros, ahora es parte del
equipo; bueno, para ser exactos ella lo dirige. Después de que se corriera la
voz de cómo acabó con el Sir y del castigo que le tenía a Nueva York, todos
los hombres de Europa quisieron estar bajo su mando, y la mayoría de
mujeres también.
Pero no solo hay venganza en su alma, ella recuperó el cuerpo de Marc y
lo trajo para que descansara junto a Megan y así Dayra pudiera verlos
cuando quisiera.
—¿No hace mucho calor? —pregunta, y la veo sudando, pálida.
—¿Estás bien?
La miro asustado, mi chica fuerte nunca se enferma, algo anda mal.
—Tengo calor.
—Quitadle el chaleco —grita Cadee detrás de mí, parando la boda—,
dejadla que respire.
Lo hacemos y abrimos su mono, permitiendo que tome aire. Parece que
va mejor, aun así, ella no va a salir a ningún tipo de misión hasta que venga
alguien a revisarla.
—Llama al médico —ordeno a uno de mis hombres—, nos quedamos.
—No —dice casi cayéndose en mis brazos.
La sostengo contra mí y el pánico me invade.
—Dadme un segundo —ordena en voz alta.
Tomo su pulso y está bien. Tiene la mano en la cabeza, está mareada.
—No te mueves de aquí —le digo muy serio.
—No vas a impedírmelo, estoy bien.
—Quizás Key tiene razón, deberías quedarte.
—Cadee —la amenaza Texas.
Me estoy perdiendo algo y no sé lo que es.
—No, Tex, díselo, ¿no lo ves? Está a punto de darle un jodido infarto.
La oigo murmurar enfadada.
—Está bien, pero como alguno de vosotros me trate de forma de
diferente, pienso agujerear vuestro culo, ¿entendido?
—¡Entendido, jefa! —se oye gritar al unísono a todo mi equipo.
—También va por ti, Key —dice, apuntándome con el dedo.
—¿Qué ocurre? —pregunto ya al borde de la histeria.
Suspira.
—¿Sabes que siempre me compras un ramo de flores el día del
cumpleaños de Dayra para agradecerme haberla traído a tu mundo? —me
pregunta, y asiento—. Pues a partir del año que viene tendrás que encargar
dos ramos ese mes si las fechas no me engañan.
La miro sin entender nada.
—Amigo —dice Keanan a mi lado—, creo que te está diciendo que está
embarazada.
La miro paralizado durante un segundo, no puede ser, no puedo tener
tanta suerte.
—¿De verdad? —le pregunto, aún sin creerlo.
—Sí —contesta con una tímida sonrisa.
Me acerco y la beso, profundamente, cogiéndola de la nuca para
acercarla a mí, demostrándole lo mucho que la amo y notando sus lágrimas
de alegría mezclarse con nuestro beso. Oigo vítores y enhorabuenas a
nuestro alrededor. Me agacho, la recojo en brazos, me doy la vuelta y
vuelvo por el pasillo nupcial hacia la casa. Todos nos miran.
—Cuidad de nuestra hija, me voy a hacerle el amor a mi mujer el resto
del fin de semana.
Texas se ríe en mis brazos.
—Tenemos una misión, Key —protesta entre risas.
—Pueden encargarse el resto, tenemos cosas más importantes que hacer.
—Sabes, ahora vas a tener que casarte conmigo para salvar mi honra —
dice ella entre risas, haciéndome el hombre más feliz del mundo.
—Mo shaol, es lo primero que va a ocurrir en cuanto salgamos de esa
habitación.
ESCENAS EXTRA

La primera corresponde al capítulo 13 en el que el Amo va en busca de


Texas, cuando entra a la cocina en la que están y se encuentra con Sábado y
Lunes.
La segunda al capítulo 36 en la que el Sir le da a Keyran la clave para
desactivar la bomba.
El Amo
Se ven perdidas, con una mirada vacía. No sabría decir si amigo o
enemigo. Por si acaso sigo apuntándolas con mi pistola.
—Ella se fue. Lo golpeó y se fue.
Me giro para ver de qué hablan y allí veo a un tipo tirado en el suelo con
la cabeza llena de sangre.
—¿Por dónde? —inquiero esperando que no fuera tarde.
Ambas me señalan una puerta. Salgo por ella y veo unos zapatos de
tacón. Mi intuición me dice que eran de Texas. Sigo caminando hasta un
patio y vi una puerta al fondo abierta. Seguí por allí y vi como esa puerta
daba al jardín y a los viñedos.
—No está, creo que ella ha huido —le digo a Keanan a través del
trasmisor de mi oreja.
—La casa está asegurada. El Sir se ha ido. Voy a buscarla dentro, tú
búscala fuera.
Y así lo hago, no sé cuántas horas buscamos indicios de ella y nada. Me
decido a llevarme uno de los todo terreno. Uno de los conductores que aún
permanece allí sigue mis instrucciones. Voy a buscar en los alrededores, es
noche abierta y no será difícil ver alguna sombra.
Pasa más de una hora hasta que el conductor del coche aminora.
—Hay alguien caminando ahí delante.
El conductor reduce hasta que pasamos la figura inmóvil. Me cuesta un
segundo darme cuenta de que es ella.
Cuando lo hago le grito que frene y salgo del coche. Me dirijo corriendo,
pero me detengo en seco al ver que me apunta con un arma.
—Texas, soy yo —le digo levantando las manos en señal de paz.
Y veo que ante mí hay una mujer a la que quiero más de lo que ahora
mismo estoy dispuesto a admitir.
Texas
Subo al coche por voluntad propia. El cuero frío del asiento me hace
estremecer, aunque no tanto como la presencia del hombre que está sentado
a mi lado. El Sir sonríe con esa expresión retorcida que siempre me provoca
escalofríos.
—Sabía que vendrías, mi pequeña dama. —Su voz es oscura, envolvente,
y llena de promesas que nunca querría que cumpliera.
Me mantengo firme, mirando hacia delante, intentando controlar el latido
acelerado de mi corazón.
—¿Qué quieres? —pregunto, fingiendo una fortaleza que no siento.
El Sir me observa un momento antes de contestar. Saca su teléfono y
marca un número sin apartar la vista de mí.
—Keyran, eres demasiado predecible —dice en tono de burla.
—Espero que predigas la forma en que te voy a matar para que sepas lo
doloroso que va a ser.
Mi corazón se detiene al escuchar la voz del hombre que ha hecho que mi
vida tenga sentido de nuevo.
El Sir suelta una carcajada.
—Curioso que digas eso cuando estás a punto de saltar por los aires, ¿ha
visto ya tu equipo dónde está colocada la bomba? Está en el motor, por si
quieres ahorrarles tiempo.
—¡No! —La palabra se escapa de mis labios en un jadeo angustiado—.
¡Por favor, no lo hagas!
Se vuelve hacia mí con una sonrisa perversa, disfrutando de mi
desesperación y cuelga.
—¿Quieres salvarlo, pequeña dama?
Asiento, incapaz de hablar por el miedo y la impotencia que atenazan mi
garganta.
—Entonces tendrás que hacer algo por mí —continúa él, sacando de su
bolsillo una pequeña jeringuilla.
Mi corazón se detiene al verla. El sudor frío empieza a correr por mi
espalda.
—No puedo —susurro, negando lentamente con la cabeza y veo en sus
ojos que conoce mi pasado—. Sabes que no puedo.
Él acaricia suavemente la aguja con el pulgar.
—Sé perfectamente tu problema con las drogas, Texas. Por eso es el
precio perfecto.
—No —insisto, mi voz quebrándose—. Por favor, cualquier otra cosa.
—No hay negociación posible —su tono es duro, implacable—. O te lo
pinchas tú o presionamos ese botón que acabará con la vida de tu querido
Keyran.
El silencio se apodera del vehículo, roto únicamente por mi respiración
agitada. El recuerdo del dolor, la desesperación y el infierno que viví vuelve
con tanta intensidad que casi puedo sentirlo nuevamente en mis venas. Pero
la imagen de Keyran muerto, destrozado por mi culpa, es algo que no puedo
soportar.
Mis manos tiemblan mientras extiendo una hacia él, rindiéndome.
—Está bien —mi voz apenas audible—. Lo haré. Pero primero tienes que
salvarlo.
Él sonríe, saboreando su victoria mientras me entrega la jeringuilla y
vuelve a llamar. Con el altavoz puesto estoy tentada de decir algo, aunque
no lo hago, solo escucho.
—Tienes la jodida suerte de que ella te quiere vivo. La contraseña es
Texas.
Y acto seguido cuelga y me mira.
—Hazlo despacio, disfrútalo —dice con sarcasmo cruel.
Me muerdo el labio hasta sangrar para no gritar, mientras busco una vena
con dedos inseguros. El pinchazo es un aguijón ardiente que rápidamente
invade mi cuerpo. La sustancia recorre mi torrente sanguíneo como un
fuego abrasador que me consume lentamente.
La cabeza me da vueltas, y trato desesperadamente de mantener el
control, pero sé que estoy perdiendo la batalla. Mis ojos comienzan a
desenfocarse y el rostro del Sir se vuelve borroso frente a mí.
—Eso es, pequeña dama —su voz me llega como un eco lejano—. Ahora
eres completamente mía.
Intento protestar, pero mis labios ya no responden. El peso de mis
párpados es insoportable, y noto cómo mi cuerpo se hunde en la
inconsciencia. La última imagen antes de perder la batalla contra la droga es
la sonrisa macabra del hombre que ha destrozado mi vida.
Y entonces, todo se vuelve oscuro.
Y ahora...
Born to be wild

Dayra aprendió desde niña que para sobrevivir en el infierno tienes que
convertirte en el diablo. Criada en el corazón más oscuro de la mafia
irlandesa, es hoy una experta en liderar equipos de asalto, acostumbrada a la
sangre, al caos y a la venganza. Pero hay heridas que ni siquiera la violencia
puede cerrar; recuerdos que se transforman en cicatrices profundas, latentes,
sedientas de justicia.
Hace años, cuando era una niña enferma, su madre tomó la decisión
más dolorosa posible: venderse en una subasta clandestina para salvar su
vida. Ahora, décadas después, el destino la golpea con una revelación
insoportable: aquella red de tráfico humano que destrozó su infancia, y casi
destruyó a su madre, ha resurgido desde las sombras.
Armada con un corazón tan frío como el acero de sus cuchillos, Dayra
deja atrás la humedad de las calles de Irlanda para sumergirse en el calor
sofocante de Texas. Allí, entre vastas llanuras doradas y bajo cielos
infinitos, descubrirá un mundo donde los límites entre el crimen y la ley son
tan finos como el polvo que levantan los caballos al galopar.
Su llegada al rancho de los Daltry, una poderosa familia italoamericana
de la Cosa Nostra, la arrastrará a un torbellino de secretos, alianzas
inesperadas y traiciones mortales. A medida que Dayra se acerca a descubrir
la identidad de los monstruos que destrozaron su pasado, encontrará a otro
tipo de peligro: un hombre tan salvaje como el propio rancho que dirige.
Entre susurros cargados de advertencias y miradas que queman como
fuego, Dayra se enfrentará no solo a la organización que busca destruir, sino
también a su propia debilidad frente a un deseo que nunca anticipó. Porque
en la oscuridad del rancho Red River, la pasión es tan peligrosa como las
balas, y el enemigo más letal podría ser aquel que sostiene su corazón entre
las manos.
En este juego mortal donde el placer se mezcla con el dolor, Dayra
deberá decidir hasta dónde está dispuesta a llegar por justicia y hasta qué
punto puede confiar en un hombre que podría ser tanto su perdición como
su salvación.
¿Puede el amor florecer en medio del caos y la violencia? ¿O es
simplemente otra forma de morir lentamente?
Born to be Wild es un romance oscuro independiente e intenso que te
atrapará desde la primera página y no te soltará hasta el último suspiro.
Prepárate para un viaje apasionado y peligroso, donde las apuestas nunca
han sido tan altas, y donde la única regla es sobrevivir.
La venganza llegará en septiembre de 2025.
¿Estás lista para jugar con fuego?Si quieres comprar en preventa este
libro y asegurarte de que no te quedas sin él sigue este LINK

Y si quieres ser la primera en saber todo acerca del siguiente libro


apúntate a mi newsletter en mi web www.rachelrp.es y llévate un regalito!
Mientras tanto...

Heaven ha vuelto a South Arc para el entierro de su abuela, pero nadie


sabe quién es ella realmente. Entrenada para ser una asesina implacable,
Heaven tiene una misión clara: proteger al hijo adoptivo de su padre
biológico, un hombre al que nunca ha conocido.
Jaxon Lockheart es el jefe de todas las redes criminales de South Arc.
Hijo adoptivo de uno de los cabecillas más importantes del país, ha logrado
mantener a todos bajo su mando gracias a su fuerte carácter. Pero cuando
descubre la existencia de Heaven, todo cambia. Ella es la Bastarda, una
mujer fuerte que no necesita un apellido ni una familia para imponerse. A
pesar de las dudas iniciales, Jaxon se siente atraído por ella y pronto
descubre que hay mucho más detrás de la fachada de asesina fría que
Heaven presenta al mundo.
En una historia llena de peligro y pasión, Heaven y Jaxon tendrán que
luchar contra todo lo que se interpone en su camino para estar juntos.
Descubre un romance oscuro, lleno de acción y suspense en el que dos
personajes fuertes y decididos lucharán por superar sus miedos y descubrir
la verdad sobre sus orígenes.
¿Podrá el amor triunfar sobre el pasado de ambos, o las sombras que los
rodean acabarán separándolos para siempre? Sumérgete en esta historia
llena de giros inesperados y descubre si la Bastarda encontrará su lugar en
el mundo y en el corazón de Jaxon.
CONSÍGUELA AQUÍ

También podría gustarte