CUENTAS PENDIENTES
Sinopsis.
Violet Holt ha probado el suelo tantas veces que ya debería
tener su cara grabada en el pavimento.
Después de una cadena de decisiones dudosas y una buena
colección de golpes ―físicos, emocionales y, por qué no,
existenciales―, vuelve a su ciudad natal con un bolso gastado,
algunos problemitas legales y su sueño de ser boxeadora
profesional tan vigente como el VHS.
Solo le queda una esperanza: que su hermana Powder no la
deje de patitas en la calle cuando aparezca sin aviso.
Por suerte, no lo hace.
Pero le pone condiciones claras:
Cero drama. Cero problemas. Cero líos.
Y ella lo promete. Porque está cansada. Porque quiere
cambiar. Porque algo adentro suyo todavía late con ganas de
redención.
Pero Violet no sería ella si las cosas no se le complicaran por
pura inercia.
Una coincidencia absurda, de esas que solo le pasan a ella, la
deja debiéndole un favor a Caitlyn Kiramman.
Caitlyn. Cobradora profesional. Impecable. Postura perfecta. A
prueba de excusas. Y... lamentablemente, el tipo exacto de mujer
que hace que Violet olvide cómo caminar derecho.
¿El problema? Caitlyn no acepta dinero.
Cobra favores... con otros favores.
Y tiene esa manera de mirar que hace que Violet olvide cómo
empezar una oración sin tartamudear.
Ahora tiene que hacer malabares con tres cosas imposibles:
Saldar su deuda.
No romperle el corazón a su hermana (otra vez).
Y no terminar enamorándose de la única mujer que tiene el
poder de, si lo desea, complicar aún más su vida.
Capítulo I
Violet Holt corría por la Avenida Neil con el corazón
golpeándole el pecho. El bolso colgado de su hombro se sacudía
como loco. Había tenido menos de un minuto para meter lo
esencial: todo su dinero, un par de vendas, una camiseta limpia y
sus guantes. Ni siquiera sabía si había agarrado su cargador.
Cada zancada dolía como si le atravesaran el costado con un
cuchillo. Apostaba a una costilla rota. O dos. O todas. Pero no tenía
tiempo para averiguarlo.
El sudor y la sangre le nublaban la vista. Trató de limpiarse la
cara, pero sus nudillos estaban igual de empapados. Lo único
que logró fue embarrarse más. Debía parecer un cuadro mal
colgado en una galería de mala muerte.
—¡Alto ahora mismo!
La voz de la policía, tan cerca que parecía susurrarle al oído,
le heló la sangre. Pero no frenó. No podía. El cuerpo le pedía a
gritos que se detuviera, que se tirara en la vereda y se rindiera de
una vez, pero algo más fuerte —algo viejo, terco y rencoroso— la
empujaba a seguir.
El autobús estaba cada vez más cerca. El que la iba a sacar
de esa ciudad podrida a las 2:15 en punto. Tenía menos de diez
minutos. No podía fallar ahora.
Diez años atrapada en Marble Hill. Diez años de aguantar lo
que fuera con tal de no volver a empezar. Pero esta vez no iba a
repetir la historia. Esta vez no.
Conocía esas calles mejor que los oficiales que la perseguían.
Mientras ellos se confiaban en mapas y linternas, Violet navegaba
la oscuridad como si fuera suya. Reconoció un callejón unos metros
más adelante. Angosto, sucio, olvidado. El tipo de lugar que no sale
en los mapas y del que nadie vuelve con las botas limpias.
Giró sin pensarlo dos veces. Las sirenas quedaron atrás,
ahogadas por las paredes del pasadizo. El hedor a orina, el
zumbido de las ratas, el silencio: todo le dijo que, al menos por
ahora, estaba a salvo.
Una risa casi involuntaria le subió por la garganta. No era
alivio. Era rabia. Era orgullo. Era el tipo de risa que nace cuando
sabes que le acabas de ganar al mundo por un rato. O, bueno, tal
vez simplemente esquizofrenia no diagnosticada.
Se apoyó contra una pared y respiró como pudo. Aprovechó
ese momento para reconocer qué partes de su cuerpo estaban mal:
las costillas le ardían, las manos le temblaban y el dolor le zumbaba
en la cabeza como si alguien hubiese tocado campana en su
cerebro.
Miró el reloj. 02:07.
Siete minutos para llegar a la esquina de Neil y Alder. Y si no
lo lograba... bueno, siempre estaba el Plan B.
No tenía idea de cuál era. Pero debía haber uno, ¿no?
Apoyó la frente contra la pared, cerró los ojos por un segundo
y pensó en todo lo que dejaba atrás. En todo lo que la había traído
hasta ese punto. Había hecho cosas horribles. Algunas, incluso, las
volvería a hacer.
Pero ahora quería otra cosa. Algo distinto.
Y ese maldito autobús era su única oportunidad.
Capitulo II
Lo había logrado. Contra todo pronóstico, estaba arriba del maldito
autobús. Medio muerta, cubierta de sangre y mugre, pero arriba. El
conductor la miró un segundo como si hubiera visto un fantasma, frunció el
ceño... y luego decidió que claramente no le pagaban lo suficiente para
hacer preguntas.
Si Harry Houdini la hubiera visto, se habría parado a aplaudir. El escape
había sido perfecto. Bueno, casi. Si no contamos los golpes, la persecución
y el hecho de que probablemente tenía una fractura o dos. Detalles.
«Hasta nunca, Marble Hill», pensó con una sonrisa mental, porque la real le
dolía demasiado. Intentó hacerla igual y se arrepintió al instante: el pómulo
le gritó en todos los idiomas conocidos. Terminó con una mueca que ni su
peor pesadilla hubiera imaginado. Así que se rindió. Se abrazó a sí misma, a
su cuerpo roto, al bolso apretado contra el pecho como si fuera un
salvavidas. Todo lo que aún tenía. Que no era mucho, pero era suyo.
Rebuscó en el bolsillo interior de la campera hasta dar con él: un papel
arrugado, manchado de sangre, pero todavía legible.
Belmont. Calle Arthur, número 536.
Powder Holt.
Se le hizo un nudo en la garganta. Esa dirección era su última carta. Su
última persona. Realmente esperaba que su hermana estuviera dispuesta a
aceptar esa "visita", si es que podía llamarse así. Porque a Vi le gustaba el
drama, pero no tanto como para romantizar quedarse sin techo.
Powder... siempre había sido distinta. Más calma. Más lógica. Más "de esas
personas que te dicen las verdades aunque no quieras escucharlas". Violet
no sabía si su hermana seguía siendo esa persona. O si después de tanto
tiempo, todavía querría verla.
Durante la huida había ensayado un discurso, como si eso pudiera arreglar
algo. «Tenías razón sobre las peleas» parecía un buen comienzo. O al
menos, un buen intento. Pero ni ella se lo creía del todo.
Cuando el conductor gritó "¡Última parada! ¡Belmont!", eran las 04:46 de la
mañana. El mundo olía a calle mojada y cansancio, y Violet bajó con paso
firme... o tan firme como puede caminar alguien con una costilla flotante y
media cara inflamada.
«¿Qué esperabas, genio? ¿Que el barrio siguiera igual después de diez años
sin pisarlo?»
Spoiler: no. Todo había cambiado. Las luces, los edificios, incluso el aire.
Pero al mismo tiempo, seguía igual de sucio, igual de gris. Igual de ella.
Powder se había mudado cerca de la casa vieja. Una decisión que nunca
entendió del todo, pero bueno, cada quien se aferra a lo que puede. Solo
esperaba que ese impulso nostálgico incluyera también algo de compasión
fraternal.
Ahora bien: si tuviera que hacer un top tres de cosas que NO deberías hacer
a las cuatro de la madrugada en un barrio como ese, sería el siguiente:
Número uno: caminar sola, con un bolso lleno de dinero sin justificar.
Básico.
Número dos: hacerlo mientras sangras como si hubieras perdido una pelea
con una trituradora industrial.
Y número tres: confiar en que nada va a salir mal. Spoiler: todo va a salir
mal. Siempre. Pero a estas alturas, ya estaba acostumbrada a desafiar las
probabilidades.
Y si algo le había enseñado la vida, era esto: nunca bajes la guardia. Ni
aunque hayas escapado. Ni aunque estés sangrando. Ni aunque por un
segundo pienses que estás a salvo.
Porque siempre hay alguien mirando.
Y siempre, siempre, se puede estar peor.
Capitlo III
Cuando Violet llegó al 536 de la calle Arthur, lo primero que notó fue lo
ofensivamente impecable que lucía la casa. Su hermana siempre había sido
meticulosa, pero esto... esto era otro nivel. Fachada bien cuidada, ventanas
limpias como si no existiera el polvo, jardín recortado al milímetro y un
buzón que brillaba como si acabara de salir de una sesión de spa. Hasta los
malditos geranios parecían saberse mejores que ella.
Todo estaba perfectamente en su sitio, y Violet, mientras se quedaba
quieta al pie de las escaleras, sintió que su sola presencia ya era una
amenaza para ese orden. Como si el caos que arrastraba fuera contagioso.
«Al menos alguien está haciendo las cosas bien», pensó, con una mezcla
rara entre orgullo ajeno y punzada de autodesprecio. Miró por encima del
hombro, como si los callejones de los que venía fueran a perseguirla hasta
ahí. Y de alguna forma, lo hacían.
Subió los escalones como quien va al dentista. Cada uno se sentía más alto
que el anterior. Se plantó frente a la puerta, dedo suspendido sobre el
timbre, con el cuerpo vibrando de cansancio y el orgullo gritando que se
largue de una vez.
No era miedo. Era otra cosa. Algo más jodido. Como tragar vidrio y
pretender que no duele.
—Vaya, escapaste de Marble Hill con la policía pisándote los talones —
murmuró con sarcasmo—, pero no puedes tocar un maldito timbre.
Finalmente, lo hizo. Presionó el botón. El sonido fue nítido, cortante, como
un disparo al corazón de su ego. Dio un paso atrás por instinto, como si
alejarse pudiera hacer que la vergüenza tardara más en alcanzarla.
Pero la puerta no se abrió.
El silencio volvió. Pesado. Definitivo. Violet se quedó ahí parada, mirando
todo como si pudiera descifrar una respuesta en el buzón brillante. Nada.
«No está», pensó. «Probablemente trabajando. O durmiendo como una
persona normal». O, quién sabe, tal vez había cambiado de número y ahora
vivía ahí algún contador amante del orden y las plantas.
El cuerpo empezó a pasarle factura. Todo dolía. Pero el alma también
estaba agotada. Y eso era peor.
No podía quedarse ahí. No podía rendirse en el maldito porche como una
actriz dramática. Así que rodeó la casa, ignorando el grito de sus músculos
y los latidos en sus sienes.
Cuando vio la ventana trasera entreabierta, no lo pensó demasiado. ¿Era
una señal? ¿Una invitación? ¿Un descuido? ¿Un milagro? ¿Le importaba?
No.
Lanzó el bolso adentro con cuidado —o con el mayor cuidado que le
permitía su estado semi-zombie— y luego se impulsó hacia arriba. Una
punzada aguda le atravesó el costado, como si su cuerpo dijera "¿En
serio?" por enésima vez esa noche. Pero lo logró.
Aterrizó torpemente, golpeándose la rodilla, y soltó un gruñido tan suave
que hasta el silencio pareció respetarlo. El interior de la casa la abrazó con
ese calor artificial de hogar ajeno. Olía a limpieza, a estabilidad, a cosas que
Violet no recordaba haber tenido nunca por más de cinco minutos.
Los muebles estaban alineados como si alguien los hubiera medido con
una regla. Las superficies brillaban. Todo parecía exactamente donde debía
estar.
Entonces vio las fotos. Y ahí fue cuando le dolió de verdad.
Una de ellas mostraba a las dos: ella y Powder, tomadas de los hombros,
sonriendo como idiotas felices bajo el sol. Violet apenas recordaba ese
momento, pero ahí estaba, congelado. Una versión de sí misma que ya no
existía. Sintió algo raro agitarse en el pecho. Algo parecido al dolor, pero
con más nostalgia y menos hueso rotos.
Otra foto mostraba a Powder con un chico de cabello blanco, los dos
riéndose con una complicidad la hizo sospechar. Ladeó la cabeza.
—¿Y este quién es? —murmuró.
Al lado de la imagen vio una placa. El nombre de Powder grabado en letras
doradas. "Reconocimiento al Mérito, Universidad de Medicina".
—Claro que sí. Porque ser buena no era suficiente. Tenías que ser brillante
también, ¿eh?
La frase no sonó resentida. Solo cansada. En otro momento tal vez habría
sentido esa vieja necesidad de compararse y perder, como siempre. Pero
ahora... ahora lo único que le importaba era que Powder seguía siendo su
hermana. Y que tal vez, con algo de suerte, todavía estaría dispuesta a
ayudarla.
Se giró para buscar un lugar donde dejarse caer, aunque fuera por unos
minutos.
Y entonces lo escuchó.
La cerradura de la puerta principal.
Un clic suave. Un aviso.
Alguien acababa de entrar.
Capitulo IV
—¿Vi?
La voz vino desde la puerta principal, con ese tono imposible de confundir:
mezcla de incredulidad, miedo y un poco de ganas de matar. Powder Holt.
Su hermana menor, aunque nadie lo habría adivinado por la bata médica,
el moño prolijo y la autoridad natural con la que llenaba el umbral de la
casa.
—¿Qué estás haciendo aquí? ¡Carajo, Vi! ¿Qué rayos te ha pasado?
Violet giró lentamente hacia ella, como si cada vértebra de su columna
necesitara permiso para moverse. Tenía la cara cubierta de mugre, sangre
seca y cansancio en alta definición.
—Hola, Powder. —Forzó una sonrisa que probablemente fue más
espeluznante que cálida, mientras se llevaba una mano al costado, donde
el dolor seguía operando como un baterista sin talento—. Escuchá...
tranquila... necesito tu ayuda.
Powder parpadeó, incrédula, y luego bajó corriendo los escalones hasta
detenerse frente a ella.
—¿Sabés qué hora es? ¿Hace cuánto llegaste? —Le acarició el rostro con
suavidad, pero su cara palideció al sentir la sangre seca en sus mejillas—.
Mierda, te llevo a la guardia ya mismo.
—¡No! —espetó Vi, retrocediendo un paso como si le hubieran ofrecido una
habitación en el infierno.
—¿Cómo que no? ¡Parecés un maldito zombie! —La voz de Powder se
quebró entre el enojo y la desesperación—. ¡Dios santo, Violet! Por favor,
decime que no te metiste en otra pelea estúpida.
—No fue una pelea —mintió. O... ¿cuenta como pelea si tu solo corres y los
otros hacen todo el trabajo sucio?
—¡¿No fue una pelea?! ¿Entonces qué fue? ¿Un picnic violento? —Powder
cruzó los brazos, esa expresión que usaba cuando quería disecarla con la
mirada.
—Solo ayudame, ¿sí? Después te cuento todo. Me salí del juego, de verdad.
Quise dejar todo atrás, pero no me lo tomaron con aplausos. Tuve que huir.
Solo necesito... que repares lo que sea que tenga roto. Y créeme, hay una
lista.
Vio cómo su hermana la miraba con esa mezcla de asombro y tristeza que
solo se reserva para los seres humanos que sabes que no puedes salvar...
pero igual lo intentas. Siempre.
Vi quiso seguir hablando, pero su cuerpo tenía otros planes. Sus piernas se
rindieron sin previo aviso, tambaleándose hacia adelante. Por suerte,
Powder tenía buenos reflejos.
—Maldita sea, Vi —murmuró al atraparla, su bolso cayendo al suelo con un
golpe hueco—. Mierda... recuéstate en el sillón. Ya vengo con el botiquín.
No protestó. No tenía energía ni para eso. Se dejó caer en el sofá,
respirando como si cada bocanada fuera una negociación con sus
pulmones.
Desde el pasillo, Powder maldecía en voz baja mientras revolvía algún
cajón. Sonaban frascos, vendas, alcohol y un murmullo de fondo que
posiblemente incluía su nombre y una cadena de insultos creativos.
Violet cerró los ojos por un segundo, exhalando despacio. El sofá estaba
más cómodo de lo que recordaba. O tal vez simplemente había olvidado lo
que se sentía estar en un lugar seguro.
Por primera vez en días, bajó la guardia.
No sabía cuánto tiempo podía quedarse, ni si realmente merecía estar allí.
Pero por ahora, eso no importaba. Por ahora, estaba viva.
Y tenía a su hermana otra vez.
Aunque todavía no sabía si eso era una bendición o el comienzo de un
castigo.
Capítulo V
Violet despertó con una certeza absoluta: estaba viva.
No necesariamente era una buena noticia, pero ahí estaba.
La luz entraba a chorros por la ventana, sin pedir permiso, como si el sol
estuviera decidido a torturarla personalmente. Cada músculo protestaba.
Cada respiración era una queja. Las vendas le cruzaban el torso y parte del
brazo, y al intentar moverse, un dolor punzante la obligó a quedarse quieta.
—No te muevas tanto —dijo Powder desde la cocina—. A menos que
quieras deshacer todo lo que hice anoche.
Vi giró apenas el cuello. Su hermana estaba de pie con una taza en la mano,
aún con la bata del hospital, el pelo azul recogido como pudo. Tenía cara
de no haber dormido, y ojos de alguien que lleva años aguantando más de
la cuenta.
—Vendajes, analgésicos y un par de amenazas a la gravedad. Es todo lo que
pude hacer sin un maldito escáner. Pero necesitas ir a un hospital. Que te
revisen las costillas. Puede haber fracturas, o una hemorragia interna.
—No puedo ir a un hospital, Pow. No ahora.
—¿Por qué?
—Porque no quiero llamar la atención. No después de lo que pasó.
Powder soltó un suspiro. Largo, frustrado.
—¿Qué pasó, Violet? ¿Qué mierda hiciste esta vez?
Cerró los ojos un segundo, como si necesitara agarrarse de algo invisible.
Luego empezó a hablar, despacio.
—Silco me pagó por las últimas cinco peleas. Cuando me dio el dinero, le
dije que ya estaba. Que no iba más. Que quería salir de eso.
—¿Y?
—Y se rió. Dijo que no. Que yo le pertenecía. Me dijo eso. Que le pertenecía.
Powder apretó la mandíbula, pero no dijo nada.
—Me levanté del asiento. Le dije que no era su maldita propiedad. Entonces
me empujó. Me agarró del brazo, fuerte. No lo pensé. Le tiré lo primero que
encontré. Una figura de vidrio. Le dio en la cabeza. Cayó.
—¿Lo mataste?
—No. Solo lo dejé inconsciente. Creo.
—Muy tranquilizador.
—Subí corriendo a mi habitación, quise agarrar mis cosas, salir de ahí antes
de que despertara. Pero ya había avisado a sus tipos. Entraron tres. Me
acorralaron. Me dieron una paliza. Igual logré derribar a uno. Metí lo que
pude en el bolso.
—Vi...
—Y entonces ellos... ellos llamaron a la policía. Dijeron que había robado.
Tuve que salir corriendo.
El silencio cayó como un telón. Powder se quedó inmóvil, mirándola.
—Y todo eso... ¿te pareció mejor idea que pedirme ayuda?
—No quería arrastrarte a esto. Ya tienes bastante con tu vida... con tu
carrera, tus cosas en orden. No quise ensuciar eso.
—¿¡Y preferiste llegar medio muerta a las dos de la mañana por la ventana?!
—La taza tembló en sus manos antes de que la dejara con fuerza sobre la
mesa—. Dios, Vi. Me hubieras llamado. ¡Por una vez en tu vida podrías
haberme llamado!
—Lo siento —susurró.
—No, no es solo que estés herida. Es que ni siquiera me diste la opción.
¿Crees que por tener una bata y un diploma ya no me importas? ¿Que
preferiría seguir mi vida perfecta antes que ayudarte?
—No quise... pensé que no querías saber nada de mí.
—¿Sabes cuántas veces escribí mensajes que nunca mandé? ¿Cuántas
veces pensé en aparecer en uno de tus locales mugrosos a sacarte de los
pelos?
Vi bajó la mirada, sintiéndose de repente de diez años, metiendo la pata
otra vez. Tragó saliva.
—Lo siento. De verdad. Me equivoqué.
Powder la observó un segundo más, antes de soltar el aire por la nariz y
pasar una mano por su cara.
—Bueno. Te puedes quedar. El tiempo que haga falta. Pero escucha bien,
Vi. Nada de mentiras. Nada de "no quería molestarte". Si vas a estar aquí,
tienes que estar. No media presencia. No media hermana. ¿Está claro?
—Sí. Lo prometo.
—Y necesitas ir al hospital en algún momento. Te voy a dejar la dirección de
uno donde no hacen muchas preguntas.
—Tal vez más tarde...
—No me hagas sacarte arrastrando. No estoy de humor.
Vi dejó escapar una risa baja. Powder negó con la cabeza y revisó su bolso.
—Tengo que irme. Estoy de guardia en el hospital y ya llego tarde. Hay
comida en la nevera. Nada gourmet, pero no te va a matar. Y no toques mis
cosas.
—¿Y si solo les echo un vistazo con respeto?
—Tampoco.
Powder se levantó y agarró su bolso. Justo antes de salir, se giró hacia ella.
—Y Violet...
—¿Sí?
—No vuelvas a decir que no sabías adónde ir. Porque lo supiste siempre.
Capítulo VI
No le había quedado otra opción que pasar todo el día en el sofá,
esperando a que volviera su hermana, cosa que no iba a suceder tan
pronto. El silencio en la casa era tan denso que podía escucharse pensar...
lo cual era un problema, porque pensar no estaba entre sus actividades
favoritas últimamente.
Se removió en el sofá, tratando de encontrar una posición en la que no le
doliera todo. Fracasó. El dolor era parte del paquete ahora. Como las
facturas impagas o las cicatrices que no recordaba haberse ganado del
todo.
Al menos tenía techo, por ahora.
Y a Powder. Que, contra todo pronóstico, no la había dejado tirada en la
calle ni la había matado por meterse a su casa como una ladrona con
trauma.
Eso estaba bien.
Más que bien.
Y también la hacía sentir culpable.
Porque estar bajo ese techo implicaba algo que Violet no manejaba muy
bien: que alguien se preocupara por ella sin sacar ventaja a cambio. Y si
bien había jurado no arruinar esta oportunidad, había una vocecita interna
―muy molesta― que le recordaba que esa clase de cosas nunca duraban.
Y que, casi siempre, era culpa suya.
Suspiró. El televisor seguía encendido desde la última vez que intentó
concentrarse. Infomerciales de cosas inútiles pasaban uno tras otro.
Almohadas que te curaban el insomnio. Cinturones que te daban
abdominales sin moverte. Sartenes que hacían que hasta el fracaso supiera
a pollo.
Aburrida, estiró la mano y revisó su celular. Sin batería, claro. Porque
cuando huyes de una vida entera, lo último que empacas es el cargador.
Por suerte, Powder ―bendita, brillante Powder― había dejado uno
enchufado cerca. A veces pensaba demasiado en todo. Y Violet se
beneficiaba de eso más de lo que quería admitir.
Conectó el teléfono. Esperó. Y cuando la pantalla finalmente encendió... ahí
estaban.
Las notificaciones.
Y por notificaciones, quería decir: una avalancha de mensajes de Silco.
Lo primero que pensó fue: «Ah, sigue vivo. Qué alivio.»
Y luego se retractó: «No porque quiera que siga vivo. Sino porque no quiero
tener el peso existencial de haber matado a alguien. Aún.»
Los abrió con el mismo entusiasmo con el que ves una cucaracha gigante
mientras te estás bañando.
Silco:
Te escapaste como una rata.
No se te ocurra volver.
Eres mía, Holt.
No vas a llegar a ningún lado sin mi aprobación.
Ningún gimnasio serio va a aceptarte.
Me voy a encargar de eso.
Crees que puedes empezar de cero, pero no vas a durar ni un mes.
―Un encanto, como siempre ―murmuró. Si tuviera un dólar por cada vez
que Silco le recordaba que era su propiedad, ya tendría para comprar una
casa.
Tuvo el impulso de contestarle con algo breve, elegante y muy maduro,
tipo: "Vete al demonio, viejo asqueroso".
Pero sabía que no podía. No todavía. No mientras su cara siguiera en
carteles de "se busca" en los rincones menos turísticos de Marble Hill.
Apagó la pantalla. Cerró los ojos. Respiró hondo.
¡Ting!
Un nuevo mensaje. Pero esta vez no venía con amenazas.
Powder:
Ya que vamos a vivir juntas, no estaría mal tener tu número.
Te escribo solo para ver si sigue siendo el mismo.
Vi sonrió. De verdad. Una sonrisa cortita, mal disimulada, pero honesta.
Vi:
Sigue siendo el mismo. Gracias por no bloquearme 😅
La respuesta llegó casi al instante.
Powder:
No te emociones. Todavía estoy evaluándolo.
¿Fuiste al hospital?
Vi:
Todavía no. Voy en cuanto me sienta menos como un pingüino atropellado.
Lo prometo.
Powder:
Eso no me sirve.
Tienes que ir. No es negociable.
Vi:
Lo sé. Solo necesito uno o dos días más. En serio. Estoy mejor.
Después de eso, nada. Lo cual podía significar "ocupada salvando vidas" o
"demasiado irritada contigo como para seguir escribiendo sin insultar".
Dejó el teléfono sobre la mesa y se obligó a ponerse de pie. Cada músculo
protestó. Caminó arrastrando los pies hasta la cocina y encontró la sopa
tapada que Powder le había dejado, lista para ser calentada. La metió al
microondas. Volvió al sillón con el recipiente humeante entre las manos. Se
dejó caer con un suspiro.
El primer sorbo supo a gloria.
No porque fuera espectacular ―era sopa―, sino porque era comida
caliente. Y más importante: era comida que alguien había preparado para
ella sin estar obligado a hacerlo.
¿Cuándo había sido la última vez que comió algo así?
No lo recordaba. Lo más parecido había sido un perrito caliente que un tipo
llamado Rico le tiró después de una pelea clandestina. Y lo hizo solo porque
había apostado por ella y había perdido.
Esto era diferente.
Esto sabía a cuidado. A un "te dejé algo por si te despiertas con hambre". A
alguien que aún creía que ella valía, aunque fuera solo un poco.
Sintió el nudo en la garganta crecer sin permiso. No lloró. Porque bueno,
aún tenía una pizca de dignidad. Y además los pómulos le dolían. Pero sí
dejó la cuchara un momento y se recostó hacia atrás, sintiéndose
completamente agotada.
No quería acostumbrarse.
Porque cada vez que lo hacía, algo se rompía.
O alguien la dejaba.
O ella misma lo arruinaba.
Volvió a mirar la sopa. La tele seguía encendida. Un programa de juegos
con luces innecesarias y participantes que gritaban demasiado le hacía
compañía.
Y justo cuando pensaba terminar el tazón, escuchó un grito.
Se irguió.
Luego, un golpe seco.
Después, voces discutiendo.
Pasos en la vereda.
Se levantó como pudo, el cuerpo protestando como si acabara de volver de
la guerra. Y ahí lo notó: ya era de noche. Oscuridad cerrada. Calles quietas.
El tipo de silencio que siempre trae problemas.
Powder no volvería hasta la mañana siguiente. Horarios de médicos y esas
cosas... salvar vidas primero, descansar una cantidad de horas apropiada
después.
Se acercó a la ventana y corrió la cortina con dos dedos, con la misma
cautela que un tanque de guerra en patio de niños.
Afuera, la calle estaba parcialmente iluminada por una farola parpadeante,
como si también estuviera teniendo una noche difícil. A metros de la casa,
un par de figuras discutían en la entrada de un callejón. Una mujer ―alta,
firme, con las manos levantadas a la altura del pecho― y un chico joven
que hablaba demasiado rápido y demasiado fuerte.
Entrecerró los ojos.
No parecía una pelea todavía, pero tampoco era exactamente una
conversación amigable.
Y si algo había aprendido después de pasar la mitad de su vida en
callejones y rincones dudosos, era que ese tipo de discusiones nunca
terminaban bien.
Entonces, el chico sacó algo del bolsillo. Rápido. Escondido. Pequeño y
brillante.
Estaba segura de que la chica estaba siendo asaltada, o peleando con
algún exnovio imbécil que no entendía el significado de la palabra "no".
Y no pensaba quedarse mirando.
Vi no alcanzó a ver qué era, pero su cerebro ya había decidido por ella.
Era difícil de confirmar desde esa distancia. Lo que no era difícil de
confirmar era que no había nadie más en la calle. Ni un alma. Ni un perro.
Ni una maldita cámara de seguridad haciendo su trabajo.
Suspiró. Largo. Hondo.
―Perfecto ―dijo, buscando las llaves―. Porque, ¿por qué tendría yo cinco
minutos de paz?
Al girar el torso, soltó un quejido. Se llevó una mano al costado, donde el
dolor seguía instalado solo un poco menos intenso que antes.
―Genial ―murmuró, encorvándose por el dolor―. Vamos a fingir que esto
no es una pésima idea.
Se calzó los zapatos con torpeza, se ajustó la chaqueta como pudo y abrió
la puerta.
Y salió, disculpándose mentalmente con Powder desobedecer sus órdenes
de no salir.
Porque Violet Holt no sabía cuándo dejar las cosas pasar. Ni siquiera
cuando cada extremidad suya apenas funcionaba con normalidad. Ni
siquiera cuando su propia hermana le había pedido que se mantuviera
lejos de problemas.
Capítulo VII
La acera estaba húmeda, el aire afilado, y cada paso le dolía como si el mundo se
burlara de su intento por mantenerse en pie. Pero Violet siguió caminando. Porque ya
los había visto desde la ventana, y una parte suya —la parte más terca, más rota— no
podía quedarse adentro.
La dupla seguía en la misma posición: el tipo sostenía algo que resplandecía bajo la luz
tacaña de las farolas y su actitud agresiva parecía incrementarse cada vez que la chica
respondía algo.
Reconocía ese tipo de lenguaje corporal. Lo había visto en peleas, en negocios sucios
que terminaban mal. Y también lo había visto justo antes de que gente que quería saliera
herida. Así que no, no se iba a quedar de brazos cruzados si podía evitarlo, no sería
como aquella vez.
Observando desde la oscuridad y a punto de intervenir, vio cómo el sujeto se bajaba la
capucha de su abrigo. Fue entonces que pudo divisar aquel tatuaje que le heló la sangre:
dos líneas curvas y un punto en el medio.
Crimsen Row.
—Mierda… —murmuró, apenas audible. — De todos los callejones de la ciudad, un
Crimsen justo en la calle de Powder.
Y entonces el Crimsen empujó a la mujer.
—¡Hey! —gritó, con voz áspera.
Ambos se giraron al mismo tiempo.
La mujer la miró con cierta sorpresa y el chico escondió su mano con el objeto en el
bolsillo.
Pero ya era tarde.
Vi se corrió hacia ellos. Bueno, correr era una expresión más que generosa.
—¿Todo bien por aquí? —preguntó con el poco aliento que le quedaba.
—Aléjate. Esto no es asunto tuyo—soltó el chico, sin ocultar la irritación.
—Ya lo hiciste mío —espetó Violet, avanzando.
Antes de que tuviera tiempo para analizar la situación, sus reflejos actuaron por impulso
cuando lo vio llevarse la mano de nuevo al bolsillo. Ella aprovechó para interponerse
entre ambos en un estúpido complejo de heroína y golpeo con la mano su brazo. Con un
quejido contenido al sentir cómo el dolor se disparaba por todo el cuerpo.
Algo salió volando de aquella intersección. Salió despegado de la mano del pandillero.
Un disco plateado. No un cuchillo, no una pistola, no un puñal. Un puto DVD.
Un DVD que rodó por la vereda, chocó contra el bordillo y se partió en dos con un
chasquido seco.
—¡Idiota! Mierda, Caitlyn, No puedo estar aquí.
El chico las miró aterrorizado y lleno de rabia, antes de que pudiera responder a su
insulto ya había salido corriendo, tragado por la oscuridad.
Violet respiró hondo. El pecho le ardía y las costillas gritaban, intentó recuperar algo de
aire.
Se giró hacia la mujer.
—¿Estás bien?
Ella no respondió de inmediato. Observó los fragmentos del disco en el suelo con
expresión neutra. Luego levantó la vista.
—¿Tienes idea de lo que acabas de hacer?
Frunció el ceño.
—¿Disculpa?
—Lo arruinaste. Todo.
—¿De qué hablas? Pensé… que estabas en peligro.
—Ajá. —Su porte le impactó, era seria e intimidante. Sus ojos azules la miraban fijos y
juraba que jamás había percibido tanta superioridad en la mirada de alguien. — ¿Y
decidiste que era tarea tuya intervenir? Mírate, pareces un salida del cementerio.
—Hey, eres un poco agresiva con las personas que te ayudan , ¿no crees?
—No me ayudaste en lo absoluto. Era una entrega y la arruinaste.
—Una entrega —repitió Violet, con una mueca—. Pues discúlpame por no querer verte
apuñalada en la calle.
La mujer ni siquiera pestañeó.
—Creo que lo hubiera preferido— La mujer, cuyo nombre alcanzó a escuchar del
pandillero, se agachó para recoger los trozos del DVD. — Tú me vas a pagar esto.
—Espera, ¿qué?
—No tenías por qué meterte en mis asuntas y ahora por tu culpa algo muy valioso ya no
sirve.
—Estás loca, amiga. — Violet le dio la espalda y comenzó su marcha hacia la casa de
su hermana, pero sus piernas le fallaron y tuvo que reclinarse en la pared para no caer.
Nuevamente quedaron cara a cara Soltó un quejido de dolor mientras se agarraba las
costillas.
Caitlyn no reacción a su comentario, tan solo se limitó a recorrer su cuerpo con los ojos
de forma fría.
—Estás sangrando.
Bajó instantáneamente la vista a su torso. Mierda, llevaba razón. La venda había cedido,
su sangre fresca empapaba la tela.
—No es tu problema —murmuró.
—Eso está claro.
Antes de que pudiera replicar, unas voces masculinas se filtraron desde la esquina.
Pasos. Rápidos. Muchos.
La peliazul se tensó de inmediato. Miró en dirección al sonido. Luego se volvió hacia
Violet.
—¿Cuál de esas es tu casa?
—Esa —dijo simplemente decidió ahorrarse las explicaciones del tipo «De hecho, es de
mi hermana a quien no veo en años y amablemente me dejó quedarme luego de que
irrumpiera por la ventana», estaba segura de que a esa tipa no le interesaría en absoluto
su árbol genealógico.
La mujer asintió.
—Vamos.
—¿Vamos? —repitió Violet, con el ceño fruncido.
—A menos que quieras quedarte a explicar todo esto a sus amigos.
Caitlyn tomó su brazo sin esperar aprobación y lo pasó por sobre sus hombros. Ella de
repente se sentía demasiado agotada para discutir, por lo que dejó que la guiara hasta la
entrada.
Apenas logró meter la llave en la cerradura. Abrió. Entraron. Cerró. Echó el seguro.
El corazón aún golpeaba con fuerza. El cuerpo también. Y la noche, por alguna razón,
no parecía haber terminado.