LA PREGUNTA QUE DEFINE NUESTRA FE
INTRODUCCIÓN
El concepto que tengamos de Cristo influye
directamente en cómo nos acercamos a Dios, cómo
confiamos en Él y cómo vivimos nuestra fe.
La manera en que concebimos a Cristo y Su Palabra
influye en cada aspecto de nuestra vida: nuestras
decisiones, nuestra confianza en Dios y la forma en que
enfrentamos los desafíos.
Si vemos a Cristo solo como un maestro moral, nuestra
relación con Dios podría ser distante o basada en
principios éticos más que en una conexión personal.
Pero si lo reconocemos como Salvador y Señor, nuestra
dependencia de Él será total, confiando en Su amor,
dirección y propósito para nuestra vida.
¿QUIÉN DICE LA GENTE QUE SOY YO?
El ministerio público de Jesús en Galilea llegaba a su fin.
El Señor ya había decidido ir a Jerusalén (Lucas 9:51) y
sabía muy bien lo que le esperaba allí: morir en una
cruz. Antes de emprender el camino, quería saber si
alguien había descubierto de verdad quién era Él. [1] Por
eso, les preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la
gente que soy yo?”
Jesús no buscaba conocer la opinión de la gente para
someterse a ella y ganar seguidores. Al final, Él no vino
a satisfacer las expectativas humanas, sino a cumplir
los propósitos y la voluntad del Padre, quien lo envió
para redimir a la humanidad. (Juan 6:38). La intención
de Jesús era que sus discípulos reflexionaran con mayor
profundidad sobre Su identidad divina y comprendieran
Su ministerio mesiánico ante las multitudes, [2] pues
tendrían que enfrentar un futuro en el que su fe sería
puesta a prueba severamente. [3]
Ante la pregunta de Jesús “¿Quién dice la gente que
soy yo?”, los discípulos le hicieron un resumen de los
resultados de la última encuesta de opinión
pública. “Unos dicen que eres Juan el Bautista, otros,
que eres Elías o uno de los profetas de la antigüedad
que ha resucitado.” (Lucas 9:19 NTBAD).
Qué pena que hubiera tanta gente confundida respecto
a la identidad de Jesús. Por eso, Jesús lloró al ver la
ciudad de Jerusalén desde lejos y dijo: “No te diste
cuenta del momento en que Dios vino a
visitarte” (Lucas 19:44 RVC). Rechazaron la
oportunidad que Dios les brindó al no querer reconocer
que Él había sido enviado para salvarlos.
Me duele ver a tantas personas hoy, tanto fuera como
dentro de las iglesias, que no alcanzan a comprender la
verdadera identidad de Jesucristo, el Hijo de Dios, el
Salvador del mundo. Pero me anima saber que aún hay
esperanza, porque el mensaje de Cristo sigue vivo y Su
amor continúa llamando a cada corazón. Compartamos
la verdad del evangelio con claridad, amor y paciencia,
para que más personas puedan conocer y aceptar Su
gracia.
Jesús no era Juan el Bautista resucitado, ni el profeta
Elías, ni mucho menos uno de los antiguos profetas que
habían resucitado. Él era y es el Mesías de Dios
anunciado por los profetas. [4]
¡NO! Jesús no fue un personaje histórico repetido ni
reencarnado, sino el cumplimiento de la promesa de
Dios. Su vida, muerte y resurrección no solo superaron,
sino que marcaron la diferencia frente a cualquier líder
religioso del pasado.
Además, me impacta ver cómo, a pesar de los siglos
transcurridos, el mensaje del evangelio de Jesús sigue
transformando vidas hoy. No hay otro que pueda
ocupar Su lugar.
Al revisar los evangelios, encontramos diversas
opiniones negativas acerca de Jesús.
Mateo, Marcos y Lucas relatan el rechazo de Jesús en
Nazaret, el lugar donde se había criado. La gente quedó
boquiabierta ante Sus enseñanzas y milagros,
sorprendida de que aquel Jesús, a quien habían visto
crecer entre ellos, mostrara tal autoridad. Se
preguntaban:
“¿De dónde sacó este hombre todo esto? ¿Cómo pudo
conseguir tanta sabiduría? ¿De dónde sacó el poder
para hacer los milagros que hace? ¿No es este el
carpintero hijo de María y hermano de Santiago, José,
Judas y Simón? ¿No viven sus hermanas aquí también
entre nosotros?” (Marcos 6:2-3 PDT). (cf. Mateo 13:55).
La gente de Nazaret despreció a Jesús porque no podían
concebir que alguien a quien habían visto crecer como
un simple artesano fuera el Mesías prometido.
Subestimaron la verdadera identidad de Jesús. (Juan
7:24).
Aprendo que no es correcto juzgar a una persona por su
entorno, apariencia, antecedentes ni familia, sino por su
valía personal.
¿Cuál fue el resultado de esa actitud negativa hacia
Cristo? Mateo comenta en su evangelio: “Y no hizo allí
muchos milagros, a causa de la incredulidad de
ellos.” (Mateo 13:58).
Recordemos siempre que la incredulidad limita la obra
de Dios en la vida de las personas. No porque Él
carezca de poder, sino porque la fe es el canal por el
cual experimentamos Su presencia y milagros.
También encontramos en los evangelios la
terrible opinión que tenían de Jesús los
principales sacerdotes, escribas, fariseos y
ancianos.
Decían que Jesús era Belcebú (Mateo 10:25); que era un
glotón y bebedor de vino (Mateo 11:18-19); que
quebrantaba el día de reposo (Juan 5:18); que tenía
espíritu inmundo (Marcos 3:30); que prohibía dar tributo
a César (Lucas 23:2); que era un pecador (Juan 9:24) y
que era un malhechor (Juan 18:30), entre otras
opiniones negativas más.
Pero para los que hemos creído en Él, Jesucristo es el
Hijo de Dios, el testigo fiel, el primogénito de los
muertos y el soberano de los reyes de la tierra. Él es el
Alfa y la Omega, el principio y el fin, el que es, el que
era y el que ha de venir, el Todopoderoso. Superior a los
ángeles y a Moisés, es el mediador del nuevo pacto, y
Su sacrificio es perfecto y permanente. (Apocalipsis 1:5,
8).
¿Y VOSOTROS, QUIÉN DECÍS QUE SOY?
Ahora Jesús se vuelve a sus discípulos, y su pregunta va
más allá de la opinión que tienen las multitudes acerca
de Su persona y ministerio; ahora la pregunta es
personal. “Y ustedes ¿quién dicen que soy Yo?”
(NBLA).
Para Jesús era fundamental que sus discípulos—quienes
serían Sus testigos, representantes y embajadores—
tuvieran un concepto claro y correcto de quién era Él.
Ellos debían descubrir no solo quién era Jesús, sino
también lo que Su identidad significaba para ellos, para
los judíos y para el mundo gentil.
Hubiera sido desconcertante que, después de pasar tres
años y medio haciendo milagros y señales, mostrando
su autoridad sobre los poderes demoníacos, la
enfermedad y la naturaleza, y revelando las verdades
del reino, los discípulos de Jesús no descubrieran ni
comprendieran quién era Él realmente.
Es sorprendente que alguien que forme parte activa de
una iglesia, sirva con entusiasmo y sea generoso en sus
ofrendas, nunca llegue a conocer a Jesús de manera
personal ni experimente una verdadera transformación
en su vida espiritual. No nos conformemos solo con
‘hacer cosas para Jesús; asegurémonos de conocerlo de
verdad.
La fe cristiana va más allá de hacer cosas para Dios o
de conocer lo que otros creen u opinan sobre Jesús. Mi
fe y compromiso con Él no pueden estar moldeados por
el pensamiento popular. Es fundamental que yo sepa
personalmente quién es Jesús y qué significa para mí.
Cuando Pablo escribe su segunda carta a Timoteo, le
dice que Dios lo eligió para ser predicador, apóstol y
maestro del evangelio. Por ser fiel a ese llamado,
estaba sufriendo prisión, pero no se avergonzaba de
ello.
“Porque yo sé en quién he creído, y estoy seguro de
que es poderoso para guardar mi depósito para aquel
día.” (2Timoteo 1:12).
NO dice: “Yo sé lo que he creído”, sino: “Yo sé en
quién he creído” (2 Timoteo 1:12).
Hoy hago un llamado a ir más allá de la repetición de
fórmulas religiosas, y abracemos la fe genuina que
transforma el corazón. Se trata de llegar a conocer,
amar y seguir a Cristo, permitiendo que Su presencia
moldee nuestra vida.
El Evangelio no consiste en recitar un credo, sino en
conocer a una Persona: Jesucristo. [5]
Pablo estaba a punto de morir ejecutado por su fe en
Cristo, pero él no duda del Dios en quien ha creído,
en quien ha puesto su confianza.
La forma del verbo griego que se traduce he creído, se
refiere a algo que comenzó en el pasado y que tiene
resultados permanentes y continuos.[6]
Entonces es sumamente importante, y más en estos
tiempos de tanta apostasía dentro de las iglesias, saber
en quién hemos creído, para poder sobreponernos a
cualquier adversidad, y enfrentar los retos que la vida
nos impone.
Conocer a Jesús va más allá de aprobar un examen de
cristología o saber qué dicen de Él las diferentes
religiones del mundo y los diccionarios bíblicos. Cuando
Jesús pregunta: “¿Quién soy YO para ti?”, no busca
una respuesta basada en libros o doctrinas, sino en una
fe genuina que nace de una experiencia real con
Él. Jesús tiene que ser siempre nuestro
descubrimiento personal.
La respuesta de Pedro a la pregunta de Jesús, fue
directa y contundente. “Tú eres el Cristo, el Hijo del
Dios viviente” (Mateo 16:16). En otras palabras, tú
eres el Mesías prometido en el Antiguo Testamento.
La respuesta de Pedro no era una opinión académica
sobre la identidad de Jesús ni la repetición de algo que
había escuchado de otros; era una confesión genuina de
su fe personal, hecha posible por un corazón
divinamente regenerado.
Jesús mismo lo confirma en Mateo 16:17, cuando le
dice: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás,
porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi
Padre que está en los cielos.”
CONCLUSIONES
Nunca pasemos por alto que Jesús no busca seguidores
que solo conozcan Su nombre ni que simplemente
repitan lo que otros dicen de Él, sino discípulos que
vivan según Su enseñanza, reflejen Su carácter y sean
testigos de Su poder transformador.
Nuestra religión no debe basarse en lo que diga la
gente, sino en una experiencia de fe real que nos lleve
a una relación viva con Cristo, una relación que
transforme radicalmente nuestra vida y nos impulse a
vivir el nuevo estilo de vida que Él imparte.
Si hoy Jesús nos preguntara: “¿Quién soy yo para
ti?”, ¿qué responderíamos? Pero también es
importante preguntarnos, ¿qué dice nuestra vida acerca
de quién es Él para nosotros?
ALABAR A DIOS | UN PODEROSO LLAMADO
Lectura Biblica: Salmo 136:1-4
INTRODUCCIÓN
Vivimos en una época donde es más fácil quejarse que
agradecer. Muchos miran alrededor y solo ven motivos
para desánimo. Pero en medio de ese ruido, la voz de
Dios resuena clara a través del Salmo 136.
“Alabad a Jehová, porque él es bueno, porque para
siempre es su misericordia. Alabad al Dios de los
dioses, porque para siempre es su misericordia. Alabad
al Señor de los señores, porque para siempre es su
misericordia. Al único que hace grandes maravillas,
porque para siempre es su misericordia.”
Este pasaje no es solo una invitación. Es un llamado
directo a alabar al Señor no por lo que esperamos
recibir, sino por lo que Él es. Su bondad no se limita a
las temporadas favorables, ni su misericordia depende
de si lo merecemos. Él es Dios siempre, y eso basta
para adorarle.
¿Por qué este salmo repite tantas veces que Su
misericordia es eterna? ¿Qué busca enseñar al
pueblo de Dios esa afirmación constante?
Hoy vamos a reflexionar sobre eso. Veremos por qué
alabar a Dios no es solo correcto, sino necesario.
Exploraremos qué significa Su misericordia eterna, y
qué nos revela este canto sagrado que el pueblo de
Israel conocía como el Gran Hallel. Pero antes de
avanzar, te invito a hacerte esta pregunta: ¿Nuestra
alabanza nace de la fe, o solo brota cuando todo
va bien?
I. LA NECESIDAD DE ALABAR A DIOS
Desde el inicio del mundo, alabar a Dios ha sido una
respuesta natural para aquellos que han conocido
Su poder y amor. La Biblia nos muestra que los
hombres y mujeres de fe alababan, incluso cuando sus
caminos eran difíciles. No lo hacían porque todo les iba
bien, sino porque sabían en quién habían creído. El
salmo que estamos estudiando empieza con estas
palabras:
“Alabad a Jehová, porque él es bueno, porque para
siempre es su misericordia.” (vers. 1)
Estas dos razones –Su bondad y Su misericordia eterna–
no solo sostienen este salmo, sino que también deben
sostener nuestra alabanza diaria.
a. Alabar a Dios como respuesta natural a Su grandeza
Desde el primer libro de la Biblia hasta el último,
encontramos ejemplos de hombres y mujeres que
adoraron a Dios en distintas circunstancias. Abraham,
Moisés, Ana, David, Pablo… todos supieron alabar en
medio del dolor, porque su alabanza no dependía del
momento, sino de la persona de Dios.
David lo expresó con fuerza en el Salmo 34:
“Bendeciré a Jehová en todo tiempo; su alabanza estará
de continuo en mi boca.” (vers. 1)
Ese “todo tiempo” incluye el llanto, la pérdida, la
espera, la incertidumbre. Alabar no es negar el dolor,
sino afirmar que Dios está por encima de él.
El apóstol Pablo también entendía esta verdad. Por eso
escribió:
“Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias en
todo, porque esta es la voluntad de Dios para con
vosotros en Cristo Jesús.” (1 Tesalonicenses 5:16-18)
Dios no espera que seamos agradecidos solo
cuando la vida sonríe. Él quiere que aprendamos
a confiar en medio de la tormenta, porque la alabanza
en la prueba revela una fe madura.
b. Alabar a Dios como reconocimiento de Su soberanía
Cuando el salmista dice que Dios es “el Dios de los
dioses” y “el Señor de los señores”, está haciendo una
afirmación poderosa. No es una frase bonita. Es una
verdad absoluta. No hay nadie como nuestro Dios.
Nadie se compara a Él.
Esto quedó claro en el cántico de Moisés tras cruzar el
Mar Rojo:
“¿Quién como tú, oh Jehová, entre los dioses? ¿Quién
como tú, magnífico en santidad, terrible en maravillosas
hazañas, hacedor de prodigios?” (Éxodo 15:11)
Cuando tú y yo alabamos a Dios, no estamos solo
reconociendo que Él es bueno. Estamos proclamando
que está por encima de todo poder, toda crisis y
toda autoridad en la tierra.
Los cielos no descansan en esta verdad. En el libro de
Apocalipsis, vemos a los redimidos y a los ángeles
adorando sin cesar. ¿Y qué proclaman?
“Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el
poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu
voluntad existen y fueron creadas.” (Apocalipsis
4:11)
Si el cielo está lleno de alabanza, ¿cómo podríamos
nosotros permanecer en silencio?
c. La alabanza transforma nuestro enfoque
La vida presenta desafíos. Eso es parte del camino. Pero
cuando nos enfocamos solo en los problemas,
perdemos de vista al Dios que sigue reinando.
La alabanza nos reubica y cambia nuestra mirada. Nos
lleva de la desesperanza a la esperanza. Por eso Pablo
escribió a los filipenses:
“Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras
peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con
acción de gracias. Y la paz de Dios… guardará vuestros
corazones.” (Filipenses 4:6-7)
La acción de gracias va de la mano con la paz de Dios.
Cuando adoramos, nuestra alma se alinea con Su
voluntad. En lugar de caer en temor, recordamos que Él
sigue en control.
Piénsalo por un momento. Cuando el rey Josafat
enfrentó un enemigo poderoso, no recurrió a
estrategias militares. En vez de eso, colocó cantores al
frente de su ejército. Mientras ellos cantaban, Dios
peleaba por ellos:
“Y cuando comenzaron a entonar cantos de alabanza,
Jehová puso contra los hijos de Amón, de Moab y del
monte de Seir las emboscadas que ellos mismos se
habían preparado…” (2 Crónicas 20:21-22)
La alabanza a Dios no es solo un cántico, es una
herramienta espiritual. Una forma de declarar que
confiamos en Dios, incluso cuando todo parece estar en
contra.
Y si hoy podemos alabar, es porque Su misericordia no
nos ha dejado.
II. LA MISERICORDIA DE DIOS: FUENTE DE NUESTRA
ALABANZA
El salmo 136 repite una frase en cada uno de sus
versículos: “porque para siempre es su misericordia.”
A simple vista, esta repetición puede parecer
innecesaria. Pero en realidad, es el corazón del
mensaje. Cada palabra de este salmo descansa sobre
una verdad fundamental: Dios actúa movido por Su
misericordia, no por obligación ni por mérito humano.
Esa misericordia es la razón por la cual podemos alabar
hoy.
Pero, ¿qué entendemos por misericordia? ¿Es solo una
emoción pasajera, un sentimiento de compasión? La
Escritura nos lleva mucho más allá.
a. La misericordia de Dios: un amor fiel e
inquebrantable
Cuando leemos la palabra “misericordia” en este salmo,
el original hebreo usa el término “ḥesed” ( )חֶח ֶס ד. Esta
palabra no se traduce con facilidad, porque encierra
múltiples significados: fidelidad, amor leal, compromiso,
gracia inmerecida.
No es un impulso momentáneo. Es una decisión divina
de mantenerse fiel, incluso cuando nosotros fallamos.
Es el amor que perdura, aun cuando no lo merecemos.
El profeta Jeremías lo entendió en carne propia.
Mientras contemplaba la ciudad destruida, en medio del
dolor, escribió con esperanza:
“Por la misericordia de Jehová no hemos sido
consumidos, porque nunca decayeron sus
misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu
fidelidad.” (Lamentaciones 3:22-23)
Aun en medio de la ruina, Jeremías sabía que el
amor de Dios no se había acabado. Esa es la base
de nuestra esperanza: que Dios no cambia, y que Su
misericordia no tiene fecha de vencimiento.
El rey David, con toda su experiencia de vida —sus
victorias y fracasos—, también testificó:
“No ha hecho con nosotros conforme a nuestras
iniquidades, ni nos ha pagado conforme a nuestros
pecados. Porque como la altura de los cielos sobre la
tierra, engrandeció su misericordia sobre los que le
temen.” (Salmos 103:10-11)
Aquí encontramos una verdad gloriosa. La justicia
humana exige pago inmediato. Pero el corazón de Dios
es movido por compasión. Él perdona, restaura y
sostiene a quienes se humillan ante Él.
Por eso alabar a Dios no es una obligación vacía.
Es una respuesta natural al amor inmerecido que
recibimos cada día.
b. La misericordia de Dios manifestada en la historia
Desde los primeros capítulos del Antiguo Testamento,
vemos la misericordia divina actuando en momentos
clave. Dios no dejó de amar a Adán tras su caída. No
abandonó a Israel después del becerro de oro. Y no
descartó a Jonás cuando huyó de Su llamado.
Jonás, en su necedad, quiso huir de la voluntad de Dios.
Fue tragado por un gran pez. Pero aun en lo profundo
del mar, Dios no se olvidó de él. Lo rescató y le dio una
nueva oportunidad.
David también conoció esa misericordia. Después de su
pecado con Betsabé, pudo haberse perdido para
siempre. Pero clamó, y Dios le respondió con perdón y
restauración. ¿Por qué? Porque la misericordia de Dios
es mayor que cualquier fracaso humano. La
expresión más gloriosa de esa misericordia, sin
embargo, la encontramos en la cruz del Calvario.
En Lucas 23:42-43, vemos al ladrón crucificado junto a
Jesús. No era un hombre religioso. No tenía obras para
presentar. Pero levantó su voz y dijo:
“Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.” Y Jesús
le respondió: “De cierto te digo que hoy estarás
conmigo en el paraíso.”
Ese momento resume la esencia del evangelio. No se
trata de lo que podemos hacer, sino de lo que Cristo ya
hizo. Ese hombre no tuvo tiempo de rehacer su vida,
pero sí tuvo fe. Y la misericordia de Dios lo alcanzó en
su hora más oscura.
Así es nuestro Dios. Su misericordia no se agota. No hay
pasado demasiado sucio, ni error demasiado grave, que
lo aleje de nosotros si nos volvemos a Él con sinceridad.
c. Cómo debemos responder a esa misericordia
Si entendemos cuán grande es la misericordia de Dios,
no podemos seguir viviendo como si nada. Alguien que
ha sido alcanzado por Su gracia debe responder de una
forma concreta: con alabanza, con gratitud y con
entrega. El apóstol Pablo
lo expresó de manera clara:
“Pero por la gracia de Dios soy lo que soy.” (1
Corintios 15:10)
Nada de lo que somos o tenemos proviene de nosotros
mismos. Todo es un regalo de Dios. Por eso, no hay
lugar para la arrogancia ni para la indiferencia. Nuestra
vida debe reflejar un corazón agradecido. También
debemos mostrar esa misma misericordia con los
demás. Jesús lo dijo en el Sermón del Monte:
“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos
alcanzarán misericordia.” (Mateo 5:7)
Hemos sido perdonados, restaurados, redimidos.
Entonces, ¿cómo no vamos a perdonar? ¿Cómo no
vamos a amar? Y por último, si Su
misericordia nos sostiene, entonces debemos vivir para
Él. Pablo nos exhorta así:
“Os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis
vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a
Dios, que es vuestro culto racional.” (Romanos 12:1)
No basta con cantar en el templo. La verdadera
alabanza se manifiesta en la manera en que
vivimos.
Una vida rendida a Dios, una vida de obediencia, es la
forma más profunda de adoración. Cuando
comprendemos cuán rica es Su misericordia, no
podemos hacer otra cosa que vivir para glorificarle.
III. EL GRAN HALLEL Y SU SIGNIFICADO ESPIRITUAL
El salmo que estamos estudiando no es solo una
hermosa declaración de gratitud. Es parte de una
tradición profunda dentro del pueblo de Israel. Se le
conoce como el Gran Hallel, que en hebreo significa “la
gran alabanza”. Pero, ¿qué lo hace tan especial? ¿Por
qué ocupa un lugar tan destacado en la adoración del
pueblo de Dios?
a. ¿Qué es el Gran Hallel y por qué es importante?
Los salmos del Hallel —palabra que significa
“alabanza”— eran cantados por los israelitas durante
las principales fiestas religiosas: la Pascua, Pentecostés
y los Tabernáculos. Pero dentro de esa colección, el
Salmo 136 era único. Se destacaba por su ritmo
repetitivo y por esa frase que se repite como un eco
eterno: “porque para siempre es su misericordia.”
Este salmo no era simplemente parte de una tradición
litúrgica. Era un acto de memoria colectiva. Cada línea
recordaba un momento donde Dios mostró Su fidelidad.
Era como si el pueblo dijera: “No olvidemos de dónde
nos ha sacado el Señor. No olvidemos quién es Él.”
Durante la celebración de la Pascua, por ejemplo,
mientras las familias comían el cordero pascual,
recitaban este salmo como parte de su adoración. Era
un cántico de redención. Un testimonio cantado de
cómo Dios los liberó de Egipto. No por mérito propio,
sino por Su misericordia.
Y esa tradición no se quedó en el Antiguo Testamento.
El Nuevo Testamento también hace referencia a este
momento de adoración. En Mateo 26:30, leemos que,
después de la última cena, Jesús y Sus discípulos
cantaron un himno antes de salir al Monte de los Olivos.
La tradición judía afirma que ese himno era
precisamente el Hallel.
Esto nos revela algo conmovedor. Antes de ir a la cruz,
Jesús —sabiendo el sufrimiento que le esperaba— eligió
alabar. Eligió cantar sobre la misericordia eterna de
Dios. Él no solo predicaba sobre la fe, la vivía.
Eso nos enseña que la alabanza no es una emoción
superficial, sino un acto profundo de confianza. Si el
Hijo de Dios alabó en la víspera de Su crucifixión, ¿cómo
podríamos nosotros no levantar nuestras voces en
medio de nuestras pruebas?
b. La conexión entre el Gran Hallel y la gratitud cristiana
Para Israel, este salmo era una brújula espiritual. Les
recordaba quién era su Dios y cómo había intervenido
una y otra vez a su favor. Desde la creación del mundo
hasta la apertura del Mar Rojo, todo lo que Dios hizo fue
guiado por Su misericordia.
Para nosotros, hoy, el Salmo 136 también tiene un
mensaje. Porque nosotros también hemos sido
liberados. No de Faraón, sino del poder del pecado.
Pablo escribió en Colosenses 1:13-14:
“El cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y
trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos
redención por su sangre, el perdón de pecados.”
Nuestro cántico de gratitud no nace solo de la historia
de Israel. Nace de la cruz. Nace del precio pagado por
nuestra redención. Y si Dios fue fiel con Su pueblo en el
pasado, ¿acaso no seguirá siéndolo con nosotros hoy?
El problema es que muchas veces olvidamos. Nos
enfocamos en lo que no tenemos. Miramos nuestras
luchas y nos llenamos de quejas. Pero el salmo nos
llama a otro enfoque. Nos invita a recordar.
Por eso, la gratitud verdadera no depende de las
circunstancias, sino del carácter de Dios. Así lo declaró
Pablo en 1 Tesalonicenses [Link]
“Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de
Dios para con vosotros en Cristo Jesús.”
No dice “en algunas cosas” ni “cuando todo esté bien”.
Dice “en todo”. Porque al dar gracias, estamos
reconociendo que Dios sigue obrando, incluso
cuando no lo vemos.
c. La misericordia de Dios y nuestra esperanza futura
Cuando decimos que la misericordia de Dios es eterna,
no estamos hablando solo del pasado. Estamos
hablando también del futuro. El Salmo 136 no es
únicamente una mirada atrás. Es una mirada hacia
adelante. Es un recordatorio de que el Dios que nos
sostuvo ayer, también nos sostendrá mañana. Y esa
esperanza no es solo para esta vida.
El apóstol Juan tuvo una visión gloriosa del futuro
en Apocalipsis 7:9-10. Vio una multitud de redimidos,
de todas las naciones, vestidos de blanco, con palmas
en las manos, y cantando:
“¡La salvación pertenece a nuestro Dios que está
sentado en el trono, y al Cordero!”
Esa multitud no se quedaba en silencio. Alababan sin
cesar. Es la misma escena que el Salmo 136 anticipa. Lo
que Israel cantaba como historia, nosotros lo cantamos
como esperanza.
El Gran Hallel no es solo un cántico litúrgico. Es una
profecía. Un anticipo de la adoración celestial que no
tendrá fin. Y si ese es nuestro destino eterno, ¿no
deberíamos empezar a vivirlo ahora?
Mientras estemos en esta tierra, no dejemos que la
rutina o las pruebas nos roben la alabanza.
Recordemos, día tras día, que la misericordia de Dios no
ha cambiado. Y que esa misericordia nos alcanzará
hasta el último día.
CONCLUSIÓN
El Salmo 136 no es simplemente un himno de gratitud.
Es una declaración profunda, constante, viva. Es un
canto que atraviesa generaciones, recordándole al
pueblo de Dios que Su misericordia no se agota.
A lo largo de este mensaje hemos visto que alabar a
Dios no es un acto ocasional ni un momento emocional.
Es una respuesta constante de un corazón que ha sido
transformado por Su amor.
Los patriarcas, los profetas, los salmistas y los
discípulos de Cristo compartían una misma convicción:
la alabanza no depende de nuestras emociones ni de
las circunstancias. Ellos alababan a Dios cuando
triunfaban… y cuando caían. Cuando todo iba bien… y
también cuando todo parecía derrumbarse.
¿Por qué lo hacían? Porque sabían quién es Dios. Sabían
que Su carácter no cambia. Que Su fidelidad
permanece. Que Su misericordia no se agota con
nuestros errores.
Tú y yo necesitamos recordar eso hoy. El mismo Dios
que guio a Abraham, que libró a Moisés, que restauró a
David, y que sostuvo a los discípulos después de la
cruz… es el mismo que está contigo hoy.
Él no se ha ido. Él no ha cambiado. Su misericordia
sigue alcanzándonos cada mañana.
Jesús, sabiendo que iba al Getsemaní, sabiendo que la
cruz estaba a horas de distancia, eligió cantar el Hallel.
En la noche más oscura, cantó sobre la misericordia
eterna de Dios. ¡Qué lección tan profunda! Si Él pudo
alabar en medio del sufrimiento inminente, ¿cómo no
vamos nosotros a alabarle también?
Pero la alabanza no es solo cantar. No es solo levantar
las manos en un servicio. Es vivir rendidos a Él. Es
permitir que cada decisión, cada palabra, cada acto,
refleje quién es nuestro Dios.
Una vida que honra a Cristo, es una vida que canta, aun
en silencio.
Este salmo no solo nos hace mirar al pasado con
gratitud. También nos impulsa a vivir el presente con fe,
y a mirar el futuro con esperanza. Porque un día —y ese
día se acerca— estaremos ante el trono del Cordero. Y
uniremos nuestra voz con los redimidos de todas las
naciones para proclamar una sola verdad:
“¡Porque para siempre es Su misericordia!”
Un llamado a actuar: no pospongas tu alabanza
Si reconoces que Dios es digno, si entiendes que Su
misericordia ha sostenido tu vida, entonces no esperes
más para vivir una adoración genuina.
No permitas que la rutina te enfríe. No dejes que el
miedo te robe el gozo. Hoy es el momento de decidir:
“Voy a alabar a Dios no por lo que tengo, sino por lo
que Él es.”
La alabanza no es una sugerencia. Es nuestra respuesta
natural ante un Dios que ha hecho tanto por nosotros.
Pero no ocurre por inercia. Debemos decidir alabar.
Debemos entrenar nuestro corazón para mirar con
gratitud y hablar con fe, incluso cuando no veamos
resultados inmediatos.
Pregúntate:
¿Es mi alabanza sincera o se ha vuelto rutina?
¿Alabo a Dios solo cuando todo va bien o
también en la prueba?
¿Refleja mi vida entera adoración o solo mis
labios?
No permitas que la alabanza quede encerrada en
un templo o en un momento de canto. Haz de ella
tu forma de vivir. Habla con gratitud. Actúa con
humildad. Sirve con gozo. Ama con entrega. Vive con
propósito. Porque así se alaba a Dios de verdad.
Que este salmo no sea solo una lectura más. Que sea
un espejo. Una voz que te sacuda. Un canto que te
transforme. Dios sigue siendo bueno. Su misericordia no
ha cambiado. Y nosotros, Su pueblo, no podemos
quedarnos callados. Alabémosle hoy, mañana y
siempre… Porque para siempre es Su misericordia.