Unidad 4 - Cepal
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Territorio e igualdad
Territorio e igualdad
Planificación del desarrollo
con perspectiva de género
Este documento fue elaborado por Olga Segovia, Consultora de la División de Asuntos de Género de la Comisión
Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), y Alicia Williner, Asistente de Investigación del Área de
Gestión del Desarrollo Local y Regional del Instituto Latinoamericano y del Caribe de Planificación Económica y
Social (ILPES), en el marco del proyecto de la Cuenta de las Naciones Unidas para el Desarrollo "Desarrollo
urbano, autonomía económica de las mujeres y políticas de cuidados", 1545 AK, fascículo A/68/6 (Sect. 35), bajo
la supervisión de Ana F. Stefanovic, Oficial de Programas de la misma División. Se agradecen los aportes
realizados a este estudio por María Nieves Rico, Directora de la División de Asuntos de Género de la CEPAL, y los
comentarios de Lylian Mires, consultora de SUR Corporación de Estudios Sociales y Educación (Chile).
Las opiniones expresadas en este documento, que no ha sido sometido a revisión editorial, son de exclusiva
responsabilidad de las autoras y pueden no coincidir con las de la Organización.
Los Estados Miembros y sus instituciones gubernamentales pueden reproducir esta obra sin autorización previa. Solo se les
solicita que mencionen la fuente e informen a las Naciones Unidas de tal reproducción.
Manuales de la CEPAL N° 4 Territorio e igualdad: planificación del desarrollo con perspectivas de género
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señalado en la Plataforma de Acción de Beijing (1995) y por el sistema de las Naciones Unidas en la
resolución 1997/2 del Consejo Económico y Social (ECOSOC), y posteriormente en otras instancias.
La IV Conferencia Mundial sobre las Mujeres, celebrada en 1995 en Beijing, significó un
importante avance en cuanto a la responsabilidad de los gobiernos respecto a establecer compromisos en la
igualdad de género. La Plataforma de Acción de Beijing, señala que “el éxito de las políticas y de las
medidas destinadas a respaldar o reforzar la promoción de la igualdad de género y la mejora de la
condición de la mujer debe basarse en la integración de una perspectiva de género en las políticas generales
relacionadas con todas las esferas de la sociedad, así como en la aplicación de medidas positivas con ayuda
institucional y financiera adecuada en todos los niveles” (ONU Mujeres, 1995, párr. 57, p. 40).
La resolución del Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas (Naciones Unidas,1997)
definió la incorporación de la perspectiva de género como una estrategia destinada a hacer que las
preocupaciones y experiencias de las mujeres, así como de los hombres, sean un elemento integrante de
la elaboración, la aplicación, la supervisión y la evaluación de las políticas y los programas en todas las
esferas políticas, económicas y sociales, a fin de que las mujeres y los hombres se beneficien por igual y
se impida que se perpetúe la desigualdad.
La Convención sobre la Eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer
(CEDAW, 1979), es el tratado internacional más amplio sobre derechos humanos de las mujeres. En ella
se define la discriminación como toda diferencia en el trato —ya sea por distinción, exclusión o
restricción— por motivo de sexo, cuyo objeto o resultado sea menoscabar o anular el reconocimiento,
disfrute o ejercicio por la mujer, independientemente de su estado civil y en igualdad con el hombre, de
sus derechos humanos y libertades fundamentales en todas las esferas de la vida.
La CEDAW obliga a los Estados Partes a eliminar todas las formas de discriminación contra la
mujer (Art. 2), a garantizar la igualdad de jure y de facto entre mujeres y hombres en todos los ámbitos
del desarrollo (Art. 3), al mismo tiempo que mandata la participación de las mujeres en la formulación e
implementación de las políticas gubernamentales (Art. 7).
La CEDAW exhorta a los Estados Partes a tomar medidas para la inclusión de la perspectiva de
género en la elaboración e implementación de programas y acciones públicas sustentadas en evidencias
empíricas y sobre la base de presupuestos públicos con enfoque de género, en tanto que estos
constituyan un apoyo para medidas especiales de carácter temporal, orientadas a acelerar la igualdad
entre mujeres y hombres (Art. 4). Bajo esta óptica, la CEDAW mandata la consideración de los derechos
humanos de las mujeres en la planeación, programación, presupuesto, ejercicio y evaluación de las
políticas públicas
La CEDAW establece la igualdad entre mujeres y hombres en tres dimensiones: la formal, la
sustantiva y la de resultados.
La igualdad formal —de jure o normativa— se refiere a la igualdad ante la ley y supone que
mujeres y hombres tienen los mismos derechos y trato. En su Recomendación General Nº 25,
la CEDAW establece la obligación de los Estados de “garantizar que no haya discriminación
directa ni indirecta contra la mujer en las leyes y que, en el ámbito público y el privado, la
mujer esté protegida contra la discriminación…”
La igualdad sustantiva —de facto o material— supone la modificación de las circunstancias
que impiden a las mujeres el ejercicio pleno de sus derechos, así como el acceso a las
oportunidades por medio de medidas estructurales, legales o de política pública que garanticen
en los hechos la igualdad.
La igualdad de resultados, es la culminación lógica de la igualdad sustantiva o de facto. “Los
resultados puedes ser de carácter cuantitativo y cualitativo, es decir que pueden manifestarse
en que, en diferentes campos, las mujeres disfrutan de derechos en proporciones casi iguales
que los hombres, en que tienen los mismos niveles de ingresos, en que hay igualdad en la
adopción de decisiones y la influencia política y en que la mujer vive libre de actos de
violencia.” (Comité CEDAW, Recomendación General 25 articulo 4).
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En la misma línea, los Consensos de Santiago (1997), Lima (2000), México (2004), Quito (2007),
Brasilia (2010) y Santo Domingo (2013), han expresado la voluntad política y el compromiso de dar
pasos decididos hacia la igualdad de género. Estos documentos conforman en conjunto la agenda
regional de género que se refuerza y retroalimenta con las plataformas y programas de acción de las
conferencias de las Naciones Unidas y los compromisos vinculantes asumidos por los Estados. Esta
agenda reconoce los derechos de las mujeres y la igualdad como elementos centrales y transversales de
toda acción del Estado para fortalecer la democracia, así como también los desafíos que se presentan
para el Desarrollo Sostenible y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (CEPAL, 2016b, p. 6).
Recuadro 1
Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS)
Los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible y las 169 metas retoman los Objetivos de Desarrollo del
Milenio y se proponen conseguir lo que estos no lograron, avanzando en la erradicación de la pobreza y la
protección del planeta, y asegurando la prosperidad para todos como parte de una nueva agenda de
desarrollo sostenible. Pretenden hacer realidad los derechos humanos de todas las personas y alcanzar la
igualdad entre los géneros y el empoderamiento de todas las mujeres y niñas. Los Objetivos y las metas
son de carácter integrado e indivisible y conjugan las tres dimensiones del desarrollo sostenible:
económica, social y ambiental.
Fuente: Naciones Unidas, Asamblea General (2015), Transformar nuestro mundo: la Agenda 2030 para el Desarrollo
sostenible (A/70/L.1), p. 2 [En línea, [Link]
Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) también son una herramienta de planificación y
seguimiento para los países, tanto a nivel nacional como local. Una de las prioridades en la planificación
como medio de implementación de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible es “potenciar la
incorporación de los ODS en los sistemas de planificación nacional y territorial, incluidas las
perspectivas de fiscalidad, presupuestos e inversión en el ámbito público” (CEPAL, 2016a, p. 12)
En los ODS se señalan importantes metas vinculadas a la igualdad de género y al ejercicio de las
autonomías de las mujeres: reducir la tasa mundial de mortalidad materna; garantizar el acceso universal
a los servicios de salud sexual y reproductiva, incluidos los de planificación familiar, información y
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educación; proteger los derechos laborales y promover un entorno de trabajo seguro y sin riesgos para
todos los trabajadores, en particular las mujeres migrantes y las personas con empleos precarios;
potenciar y promover la inclusión social, económica y política de todas las personas
(independientemente de su edad, sexo, discapacidad, raza, etnia, origen, religión o situación económica u
otra condición), entre otras.
En relación con el Objetivo 5: “Lograr la igualdad de género y empoderar a todas las mujeres y
las niñas” se destacan las siguientes metas (CEPAL 2016a, pp. 23-24):
Poner fin a todas las formas de discriminación contra todas las mujeres y las niñas en todo
el mundo.
Eliminar todas las formas de violencia contra todas las mujeres y las niñas en los ámbitos
públicos y privado, incluidas la trata y la explotación sexual y otros tipos de explotación.
Reconocer y valorar los cuidados y el trabajo doméstico no remunerados mediante servicios
públicos, infraestructuras y políticas de protección social, y promoviendo la responsabilidad
compartida en el hogar y la familia, según proceda en cada país.
Asegurar la participación plena y efectiva de las mujeres y la igualdad de oportunidades de
liderazgo a todos los niveles decisorios en la vida política, económica y pública.
Emprender reformas que otorguen a las mujeres igualdad de derechos a los recursos económicos,
así como acceso a la propiedad y al control de la tierra y otros tipos de bienes, los servicios
financieros, la herencia y los recursos naturales, de conformidad con las leyes nacionales.
Mejorar el uso de la tecnología instrumental, en particular la tecnología de la información y las
comunicaciones, para promover el empoderamiento de las mujeres.
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Recuadro 2
Invisibilidad de género en la planificación
Una planificación que se formula sin incorporar la perspectiva de género conduce a invisibilizar las
relaciones desiguales de poder, sin cuestionar tal desigualdad. Además, no considera ni crea espacios
para las necesidades y potencialidades de las mujeres en el desarrollo. El error más frecuente al respecto
es la omisión de los aspectos derivados de la división sexual del trabajo, que establecen la forma en que
los roles se distribuyen en la sociedad: las mujeres estarían a cargo de la reproducción social y los
hombres, de las tareas productivas.
Fuente: Roxana Volio, Género y cultura en la planificación del desarrollo (2008), p. 104.
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carece de una visión de equidad entre géneros y se dirige a la mujer per se, sin considerar la situación
femenina como producto de relaciones sociales entre ellos (Martínez Corona, 2000).
El enfoque, conocido como GED, surgió en la década de los ochenta, unido a los avances de la
teoría feminista, y se centra en la necesidad de considerar los efectos e impactos desiguales por género en las
políticas y estrategias de desarrollo. Sostiene que las necesidades de las mujeres deben ser parte integrante
del análisis de las relaciones de género en los hogares, en la comunidad y en las instituciones, y
considera que tanto mujeres como hombres deben participar en la identificación, diseño y ejecución de
sus propios proyectos sociales (véase De La Cruz, 2009; y Emakunde, 1997).
El GED ha hecho un importante aporte en al menos dos aspectos: la distinción entre condición y
posición de las mujeres, y aquella entre intereses o necesidades prácticas y estratégicas de género.
La condición de las mujeres se refiere a su situación material de vida, por ejemplo: pobreza;
privación de servicios y bienes básicos; falta de acceso a la educación, al empleo y a la
capacitación; excesiva carga de trabajo y poca disponibilidad de tiempo.
La posición se vincula a la ubicación y reconocimiento social que se les asigna a las mujeres
con relación a los hombres en la sociedad: inclusión o exclusión de los espacios de toma de
decisiones y participación política; igualdad o desigualdad de salarios por el mismo trabajo;
impedimentos para acceder a la educación y la capacitación; subordinación, que determina las
posibilidades de acceso y control de los recursos, servicios y oportunidades.
Desde una perspectiva analítica, los intereses prácticos y estratégicos de género están
interrelacionados, pero son diferentes.
Los intereses prácticos corresponden a aquellos intereses que derivan de las condiciones materiales
de las mujeres referidas a la asignación de roles en la división sexual del trabajo. Principalmente se
asocian a las necesidades derivadas de las responsabilidades cotidianas asignadas las mujeres en
cuanto a su rol para el bienestar de sus hogares y la comunidad, las labores domésticas, y cuidado y
educación de los niños (Molyneux, 1985; Young, 1993). Esto guarda una estrecha relación con
aspectos concernientes a la clase social, ya que son las mujeres más pobres las que asumen la tarea
de movilizarse frente a las necesidades económicas.
Por intereses estratégicos se entienden aquellos que surgen del cuestionamiento de la
subordinación de las mujeres y de la formulación de una alternativa más satisfactoria respecto
de los acuerdos sociales preestablecidos, en el entendido de que tales desigualdades no son
determinadas biológicamente, sino que responden a una construcción cultural. Estos intereses
dan origen a una serie de objetivos estratégicos (o metas), orientados a cambiar de manera
estructural la posición de las mujeres en la sociedad. Entre tales objetivos se encuentran la
eliminación de la división sexual del trabajo; el alivio del trabajo doméstico y cuidado de los
hijos; la eliminación de las diversas formas de discriminación a nivel institucional; la
obtención de políticas públicas de igualdad; el establecimiento de la libertad de decidir sobre
la maternidad; la adopción de medidas adecuadas contra la violencia de género y control de la
sexualidad (Molineux, 1985, p. 232).
Es importante señalar que el enfoque de la planificación de género, a diferencia de la planificación
para la mujer en el desarrollo, está basado en la premisa de que el tema de fondo es la subordinación y
desigualdad; y, en consecuencia, su propósito se orienta a que, a través del empoderamiento, las mujeres
logren la igualdad y la equidad frente a los hombres en la sociedad (Moser, 1995).
En un proceso que ha transitado desde el enfoque de ‘mujeres en el desarrollo’, al enfoque de
‘género en el desarrollo’, en la región de América Latina y el Caribe, con la contribución del
movimiento feminista, de los gobiernos y los organismos internacionales, se ha avanzado en la
construcción de una perspectiva de análisis propositiva centrada en la titularidad de derechos y la
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autonomía de las mujeres como base para la igualdad de género y el desarrollo sostenible, el cual “sin
igualdad de género no es desarrollo ni es sostenible”1.
A partir del análisis del carácter estructural de la desigualdad, la CEPAL ha definido la igualdad
como horizonte necesario de alcanzar. En esta dirección, la agenda para la igualdad impulsada por
CEPAL tiene la igualdad de género como parte consustancial de su propuesta, la cual tiene como meta
superar las brechas estructurales del desarrollo y alcanzar las autonomías de las mujeres; se refiere con
ello a la autonomía física, económica y en la toma de decisiones, tres pilares para alcanzar una mayor
igualdad y un desarrollo sostenible (CEPAL, 2016d).
En el marco de este enfoque del desarrollo, la igualdad solo puede ser efectiva cuando hay
autonomía y ejercicio de derechos (Stefanovic, 2015). Al respecto, debe considerarse que el grado de
autonomía individual que una mujer puede desarrollar está influenciado por la autonomía que ha sido
alcanzada colectivamente por las mujeres de la sociedad en que vive (Rico, 1993).
En esta perspectiva, la igualdad va más allá de la igualdad distributiva, y apunta a reconocer los
derechos de las mujeres como centrales y transversales de toda acción del Estado para fortalecer la
democracia y para un desarrollo inclusivo y sostenible. Permite el desarrollo de tres líneas de acción
necesarias: (i) visibilizar a las personas como titulares de derechos; (ii) reconocer los compromisos y
responsabilidades de las instituciones a cargo de garantizar el ejercicio de esos derechos y los procesos
que conducen a pactos para la igualdad de género; y (iii) definir la exigibilidad de los derechos como
mecanismo para revertir las desigualdades, erradicar la discriminación y la violencia, y redistribuir
tiempo, recursos y roles, entre otras.
Como se manifiesta en los denominados Consensos de Santiago (1997), Lima (2000), México
(2004), Quito (2007), Brasilia (2010) y Santo Domingo (2013), generados en las conferencias
regionales, se ha expresado la voluntad política y el compromiso de dar pasos decididos hacia la
igualdad de género. Al respecto, se destaca la importancia de la institucionalidad de género en el Estado,
y se hace un llamado a actores gubernamentales y no gubernamentales para que se sumen a las políticas
de igualdad y asuman la transversalización de la perspectiva de género. En este marco, han constituido
hitos en los debates y propuestas temas como la violencia contra las mujeres y el feminicidio, los
derechos sexuales y reproductivos, la migración, el trabajo no remunerado, la distribución del uso del
tiempo, el cuidado, la división sexual del trabajo, las nuevas tecnologías, el desarrollo económico, la
participación en los procesos de adopción de decisiones, la ciudadanía y la democracia paritaria, todos
los cuales han incidido en diversos acuerdos y agendas internacionales.
1
Palabras de Alicia Bárcena, Directora Ejecutiva de CEPAL, en la inauguración del encuentro de ministras y representantes de
instituciones de la mujer de Sudamérica, celebrado en julio 2016 en Santiago de Chile, para examinar los retos regionales en los ODS.
Véase [Link]
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Véase CEPAL (2010b) y los Consensos de Quito, 2007 ([Link] de Brasilia, 2010
([Link] de Santo Domingo, 2013 ([Link]
12conferenciamujer/noticias/paginas/6/49916/PLE_Consenso_de_Santo_Domingo.pdf); de Montevideo sobre Población y
Desarrollo, 2013 ([Link]
3
Véase sitio web del Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe/Comisión Económica para América Latina y
el Caribe (OIG/CEPAL), “Población sin ingresos propios por sexo”, en [Link]
propios-sexo.
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En relación con la pobreza de ingresos, mientras en la mayoría de los países de la región ella se ha
reducido, el índice de feminidad de la pobreza ha aumentado: en 1997 era de 108,7; y en 2014, de 118,24,
lo que muestra las disparidades en la incidencia de la pobreza (indigencia) entre mujeres y hombres.
Como desafíos a futuro, es importante desarrollar políticas que mejoren el acceso al mercado de
trabajo de las mujeres y apoyen su permanencia en él, a través de programas y cobertura de servicios que
apoyen la conciliación entre el trabajo no remunerado y el trabajo remunerado. La carga del trabajo no
remunerado asignada a las mujeres demanda mayor dedicación de tiempo, y dificulta sus posibilidades
de acceso al mercado laboral, situación que se acrecienta en los hogares pobres que necesitan aumentar
sus ingresos.
En el ámbito de la autonomía física, 20 países de la región de América Latina y el Caribe cuentan
con leyes para combatir la violencia contra las mujeres, y diez países cuentan con leyes integrales de
violencia (OIG/CEPAL, 2015).
El principal desafío en el tema de la violencia contra las mujeres que se presenta hoy en la
mayoría de los países se relaciona con el acceso a la justicia para el logro de una efectiva aplicación de
las leyes y normas. A ello se agrega, en muchos casos, una falta de adecuación de los mecanismos de
protección de las mujeres, tomando en cuenta la realidad particular en que se encuentran, por ejemplo en
relación a la subsistencia económica y al cuidado de los hijos.
Entre 2010 y 2015, el número de países de América Latina y Caribe que han tipificado el
femicidio o feminicidio en sus leyes penales subió de 4 a 16. Sin embargo, para la obtención de los
resultados esperados en la materia, la promoción de las reformas penales necesita estar acompañada de
mejores herramientas para la recolección de datos y la sanción de los femicidios/feminicidios
(OIG/CEPAL, 2016).
La violencia urbana tiene una connotación diferente para hombres y mujeres. Por tanto, es
necesario implementar políticas y programas que recojan las singularidades de las demandas que las
mujeres expresan para una mayor seguridad y disfrute del espacio público. La percepción de inseguridad
y el abandono del espacio público, en su dimensión física, social y simbólica, funcionan como un
proceso circular y acumulativo. Cuando sienten temor, las mujeres abandonan el espacio público,
utilizan las ofertas de la ciudad con menor frecuencia, cambian sus recorridos. Es decir, redefinen y
restringen el tiempo y el espacio del intercambio y circulación en la ciudad (Segovia, 2009).
El acoso sexual a las mujeres en los espacios públicos y en el sistema de transporte público en los
países de América Latina es alto, pero en su gran mayoría no es denunciado. Las principales víctimas de
acoso, tanto en la calle como en el transporte público, son las jóvenes. En Lima, 9 de cada 10 mujeres entre
18 y 29 años han sido víctimas de acoso callejero (2013). En Bogotá y Ciudad de México, 6 de cada 10
mujeres ha vivido alguna agresión sexual en el transporte público (2014). Y en el caso de Chile, 5 de cada
10 mujeres entre 20 y 29 años declaran haber vivido acoso sexual callejero (2015). En el año 2015, Perú
promulgó una Ley para Prevenir y Sancionar el Acoso Sexual en los espacios públicos con el objeto de
proteger a las mujeres, las niñas y adolescentes del acoso sexual. En Argentina, Chile y Paraguay se
encuentran en tramitación parlamentaria leyes para sancionar el acoso callejero (Rozas y Salazar, 2015).
Por otra parte, la mayoría de los países de la región aún carece de leyes que definan con precisión
los derechos reproductivos y el acceso universal a la salud sexual y reproductiva. Por tanto, constituye
un desafío avanzar en el acceso a servicios públicos de salud reproductiva para garantizar los derechos
reproductivos de todas las mujeres, y en particular de las mujeres más pobres.
Las diferentes formas de autonomía presentadas —autonomía en la toma de decisiones,
autonomía económica y física— no pueden ser interpretadas y abordadas en forma aislada. Ellas
interactúan formando un complejo engranaje que da cuenta de la integralidad de los procesos de
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El índice de feminidad en hogares pobres compara el porcentaje de mujeres pobres de 20 a 59 años respecto de los hombres pobres
en esa misma franja. Un valor superior a 100 indica que la pobreza (indigencia) afecta en mayor grado a las mujeres que a los
hombres; un valor inferior a 100, la situación contraria.
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