iiwim
• R -
LOS VICTIMARIOS
VOTAS KELATIVAS AL PROCESO DE MONTJOlCH
s:
• >
f
f
.1 . i t
•s ,
\
t
hffArk
¡^jM^UííllWP^'' •JiiMWüÇ»!'^^,: w
RAMÓN SEMPAU
LOS
VICTIÍDARIOS
Notas relativas al proceso de (Montjuicl
PRÓLOGO
DB
EMILIO J U N O Y
f u n d a c i ó
f m m FERRER I mUm
Vk> í ü ^ m 3r. 2a. A - 0S003 8A8CElfiSA
Tel. (93) 310 00 08 - Telefax 323 67 7 0
G J - A R C Í A . -2" m a n b i s t t
EDIT0BK8
Aragón, 268.—Bahcblona
1900 COM/'-'-^
h f f j ^fs
"impT de E. Redondo. OBiro'tjnlversidad, 27 y 29
PRÓLOGO
Para muchos ¡oh falibilidad del juicio humanol
Sempau, el autor de Los V I C T I M A R I O S , libro espelu^-
nante (?) con cubiertas negras y grandes letras rojas,
habrá estado en caràcter departiendo sobre el terro-
rismo contemporáneo.
El joven y por demás simpático é interesante pro-
tagonista del drama de la plaza de Cataluña, de
aquella caza repulsiva del ciudadano indefenso por
la policia armada, condenado á la pena capital por los
tribunales esclavos del prejuicio y absuelto gloriosa-
mente por el jurado, libre de preocupaciones, es ló-
gico,—asi han de discurrir los espíritus superficiales
de la burguesía ignorante,—que se recree en el re-
lato macabro de las explosiones, de las cóleras revolu-
cionarias y de las venganzas de la anarquia...
¡Un libro de Sempau con prólogo mío!...
¡Oh,abominación de las abominaciones!
¿Qiié puede ser este libro, más que un grito esten-
VI PRÓLOGO
toreo de protesta, un llamamiento exaltado á la re-
beldía social, un engendro satánico de dos demagogos
empedernidos, adversarios implacables de la autori -
dad augusta, demoledores del orden sagrado y eter-
nos excitadores á la revuelta?
Asi nos juzgarán,—así condenarán el libro sin oír-
nos y sin leerlo,—el público pudibundo de los egoís-
tas, y la crítica pseudo-conservadora, tan justos como
los jueces que, con los ojos cerrados á la raión, inmo-
laron á tantos inocentes del proletariado en Montjuich.
Y sin embargo, el autor del libro y el libro s o n . . .
todo lo contrario.
Sempau, caràcter pacífico, temperamento sensible
y delicado, corazón de niño, alma exquisitamente
cultivada, intelectual soñádor con incredulidades de
escéptico atenuado por las dulzuras de una bondad
nativa y con arrobamientos de creyente, arrullado
por la fe en un porvenir mejor,—el autor de Los VIC-
T I M A R I O S es el reverso de la medalla del Sempau de
la leyenda policiaca, y no tiene dé hombre de acción,
de terrorista predestinado, más que una sencilla de-
fensa de sí mismo, de su honor y de su vida; un acto
elemental de conservación propia de su persona
acosada.
Y... su obra, notable literariamente, con fragmen-
tos exquisitos y descripciones acabadas, no obstante
ciertas desigualdades de lenguaje y faltas de estilo,
notabilísima por los datos que aporta como estudio
PBÓLOSO Vil
de hechos de la vida social contemporánea todavía
oscuros, profunda como exposición de las grandes
escuelas sociológicas modernas con vistas á la socie-
dad futura adivinada por el amor y la ciencia, muy
interesante como relación de episodios que no han
salido de los vulgares anales de la policia, del parte
oficial ramplón, dictado por el exceso de celo, para
entrar á formar parte de la Historia-Verdad,—el li-
bro de Sempau es como su autor.—vago, dulce, irre-
soluto en materia de ideas, vacilante y tímido cuando
se trata de la personificación de las tremendas res-
ponsabilidades de los grandes crímenes consumados
por el pánico oficial ó por la ferocidad de los gober-
nantes.
Los V I C T I M A R I O S como simples apuntes para escri-
bir la historia de ia inenarrable affaire española, son
una nota muy suavizada, y acusan cierta indecisión
entre las dos versiones sociales que se disputan la
creencia pública sobre el carácter, la tendencia y ia
significación de los sangrientos dramas que han he-
cho temblar á los Gobiernos y han interrumpido la
digestión de los afortunados.
Por un lado, insinúase la opinión de que el enor-
me crimen fué obra de ia maldad de arriba, de los
miserables instrumentos de la autoridad social; y
frente á este modo de explicar el horrible atentado
deslizase la posibilidad de que fuera producto de los
odios de abajo;—duda tremenda y disputa más tras-
TIII PRÓLOUO
L-endental de lo que se piensa, porque de la solu-
ción del litigio depende no sólo la rectificación de to-
da una política, sino algo que importa tanto como la
vindicación de la doctrina àcrata sustentada con en-
tusiasmo y ardimiento por una parte, del pueblo, la
rehabilitación personal de hombres juzgados por cri-
minales cuando pueden tener derecho á ser enalteci-
dos como precursores.
A mi entender, un estudio sobre el terrorismo
contemporáneo trae aparejada, á más de un es-
tudio de hechos, de sucesos, la necesidad histórica,
cientifíca y social de reconstituir y sincerar, en toda
su pureza y grandiosidad ética, una escuela socioló-
i^ica que partiendo del amor de todos para llegar à la
felicidad universal, no es posible que se contradiga
monstruosamente entregándose á violencias abomi-
nables, de origen ciertamente dudoso y de significa-
ción hasta la actualidad insuficientemente compro-
bada.
Punto de vista es este en el que quisiera contem-
plar al legislador para que no incurriese en la impru-
dencia temeraria de poner fuera de la ley concepciones
filosóficas de gran valor ético; á los gobiernos para
evitarles el remordimiento de irreparables injusticias,
y á los adeptos y convencidos de las futuras y más
perfectas organizaciones sociales para que no aparez-
can manchados con la sospecha de su complicidad
en sucesos perjudiciales al progreso social.
PAÓLOOO IX
Pero los defectos que señalo en el libro de Sempau,
las vacilaciones que en sus páginas notarà el lector,
dan en cambio extraordinario realce á una cualidad
muy apreciable que en el libro resplandece: la impar-
cialidad, observada, cuidada y sostenida con la soli-
citud extremosa del crítico independiente y del publi-
cista de conciencia.
Ha producido hasta hoy el proceso de Montjuich
una literatura abundosa con páginas que vibran por
su energia, y otras que llegan á enternecer por su
exquisito sentimentalismo; protestas de centelleante
elocuencia, arengas terribles, volúmenes macizos de
prosa periodística, robusta y fuerte, en los que se han
diluido apostrofes, maldiciones y epitetos, —lo más
expresivo y violento,— de los idiomas hablados poi
el mundo civilizado. Mas no cabe negar tampoco,
que todas estas manifestaciones literarias de oradores
y escritores, que el sangriento tema ha engendrado,
resiéntense de cierto lirismo y abundan en declama-
torios alardes, sin valor documental y por consi-
guiente histórico.
En este punto, el libro de Sempau ofrece evidente
superioridad, y por él se abren al asunto de Mont-
juich los horizontes de la crítica que reconstituye
los hechos, los analiza y los explica en la complejidad
de sus causas.
Con Los V I C T I M A R I O S pueden comenzar sus tareas
el historiador y el sociólogo, aspecto importantísimo
X PRÓLOGO
de este libro que nadie debiera dejar de leer y que
todos habrían de meditar con serenidad, si las gentes
anhelasen la luz necesaria, para ver á través de estas
páginas que chorrean sangre las perspectivas más
risueñas de una sociedad futura, no organizada sobre
el privilegio, la fuerza y la guerra, sino sobre el de-
recho, la paz y el trabajo.
Abrigo la convicción de que á esta obra seria,
construida con sólidos cimientos, seguirán otras más
atrevidas y categóricas, más documentadas, hasta
reconstituir la historia verídica y completa del crimen
de la calle de Gimbios Nuevos y del proceso de
Montjuich; pero nadie podrá negar á Sempau el
mérito que contrae y el servicio que presta abriendo
el camino de la verdad, que es el de la justicia, y
mostrándonos uno de los medios más eficaces para
convencer á una generación menos impresionada por
los sucesos atribuidos al terrorismo, de la necesidad
de reparar el daño causado en la abominable y mons-
•truosa represión que encarnó el maldito proceso:
obra de odio, de crueldad y de venganza sobre la
que hay que arrojar algo más que el velo del olvido,
la compensación posible y el desagravio que la huma-
nidad y la justicia han de requerir de los futuros di-
rectores de la sociedad política.
Es inútil, es infantil, es desconocer la fuerza y la
intensidad del movimiento revisionista en España y en
el extranjero, pensar que con medidas incompletas é
PRÓLOOO XI
indultos regateados y mezquinos se enterrará la
gran cuestión.
Hoy ó mañana, tarde ó temprano, lo que no han
querido hacer los poderes públicos imprevisores ó
crueles, lo exigirán las turbas, esas turbas tan des-
preciadas, pero en las que en épocas de decadencia
parecen refugiarse el sentido moral y el amor al de-
recho; y entonces, Los VICTIMARIOS de Sempau ten-
drán una segunda parte, menos negra y menos roja
que la primera, un prólogo no tan violento y una
moraleja enseñadora de los poderes públicos y de las
clases egoístas.
Interin, los hombres de corazón, los amantes de la
libertad, los que piensan en el dia de mañana, los
que aspiran á la regeneración radical y fecunda de
este país, atrasado, de hábitos feroces y de instin-
tos crueles, semiafricano, sumido en la ignorancia
y en la tiranía por la barbarie gubernamental,—el
pueblo sano y honrado, con aspiraciones altruistas,
elevado á una concepción superior del Estado y de la
Vida, leerán Los VICTIMARIOS como y o los he leido,
con interés palpitante, sugestionado por el ejerhplo
de estudio que representa y por el tributo de solida-
ridad que ofrece á los mártires de las ideas,—inocen-
tes ó culpables,—á los que han sufrido hambre y sed
de justicia.
EMII.(0 jUNOY.
Barcelona, J u n i o 1900,
A
4
•í
wwwwmimwwwwww&w'^
LOS VICTIMARIOS
La anarquía es el estado anterior á la sociedad civil.
Sin el concepto previo de organización, no hay anarquía
posible. Por consiguiente, la idea en sí no representa el
límite del progreso y se engañan los que la definen como
dogma y le conceden valor positivo, cuando no es más
que^uiia regresión á la barbarie primitiva y al reinado
de los Iguales, preconizado por Babeuf.
Pero al lado del criterio ilógico, que repugna á nues-
tro pensamiento, hallamos la doctrina de perfección y
pureza, el sistema filosóEco accesible al común de las
gentes, que rechazan las innovaciones ó las admiran sin
aceptarlas, y en vista del sistema estudiamos el desen-
volvimiento de las teorías, por más que nos parezcan
atrevidas ó irrealizables. No tenemos derecho á cerrar el
paso á la verdad, aunque la juzguemos dudosa. Y por
otra parte, ¿hay algo más hermoso que el ensueño de
una Jerusalén celeste, en la que los hombres vivirán l i -
bres de todo prejuicio y de la tiranía religiosa y política?
2 LOS VICTIMARIOS
Kada nos sería más grato que ver al hombre emancipado
de su propia conciencia.
No se prefiera lo práctico al ideal. Proclamemos la do-
minación de las almas posterior al imperio de los senti-
dos y respetemos la casta belleza de la a n a r q u í a c o n s -
ciente. Tüdos debemos contribuir r e s u e l t a m e n t e á la
fundación de u n a Ciudad gloriosa, de la cual ni a u n los
poetas serán excluidos. El escepticismo y la duda serán
nuestros auxiliares. ¿No h a dicho R e n á n q u e «comun-
m e n t e se hace uno m a t a r por cosas en las q u e no cree»?
El espíritu del Mal nos servirá también y nos a y u d a r a n
los pesimistas con la eficacia de su filosofía enervanteí
q u e por lo menos la negación tiene el privilegio de con-
vencer á los desesperados.
Está ahora en moda el desaliento francés. No se es
ya esprit fort ni se piensa en las cosas de este mundo-.
Los jóvenes se acomodan ficilinente con la amable in-
credulidad que les permite cambiar de opinión á cada
paso, y en los cenáculos se proclama el cansancio de la
vida.
Brilla en a l g u n a s frentes el misticismo poético de
otro tiempo, y la Francia icii-iosa, hija predilecta de la
Iglesia, ve en la conversión de Veiiaine, en el patriotis-
mo católico de Bourget, en los versos detestables de Cop-
pée y en los seráficos transportes de H u y s m a n s el sínto-
ma de la inevitable decadencia republicana.
P a u l Adam y Mirbeau, q u e representan el pesimismo
trágico y f u e r t e , y Anatole France con su ironía vibran-
te h a n reaccionado contra ese impulso; pero sus mejores
libros nada podrSn para detener el movimiento q u e per-
siste y se comunica á las artes, prevaleciendo en la m ú -
sica, q u e ya estaba tocada del contagio alemán. Bien es
verdad q u e el idealismo, a u n exagerado, tiene sus v e n -
tajas, y q u e en este caso podemos servirnos de él para
contrarrestar las tendencias de la literatura torpemente?,
realista, cuyo influjo es cada día mayor.
Así, mientias se espera á Voltaire, que para espanto
de buhos dejará oir otra vez su risa sarcàstica y estriden-
te. aprovechemos las manifestaciones de un sentimenta-
lismo producido por el justo desamor de la verdad y
opongamos al Creso bestial la obra de ¡os anarquistas
cristianos, sin temor á que el poeta abomine nuevamente
de Jesús
Des dieux le plus incontestable !
Los revolucionarios deben practicar en cierto modo
la tolerancia, que no está reñida con el ardor de la pro-
paganda, y que, por decirlo así, es la única virtud de los
l'uertes.
Deben además unirse con el pueblo y dirigirle su voz
amiga, no para imponerle la autoridad material que
desprecian, sino para pedirle se organice y constituya
el gobierno de los trabajadores por los trabajadores mis-
mos (según la fórmula marxistaj, para decirle que de
este modo no tendrá necesidad de delegar su poder en
personas extrañas y aun contrarias á la colectividad.
Los primeros nihilistas rusos se confundían con el
pueblo, y por el amor que le tenían, llegaron é las vio-
lencias del crimen.
Conviene estudiar, aunque sea brevemente, el perio-
do nihilista que precedió al Terror anarquista, cuya du-
ración no está aún determinada.
La idea de destrucción germinó en cerebro slavo y
trasplantada á Francia, ha dado allí el resultado que to-
dos conocemos.
Como el aire aviva y propaga el incendio, así las per-
secuciones atizan el fuego de la rebeldía que todos
llevamos oculto en el corazón.
Los emigrados rusos y polacos residentes en Francia
eran el ejemplo que podía imitarse, y Felice Orsini fué
el maestro de los modernos terroristas.
Orsini erró el golpe y no consiguió su propósito. Pero
4 LOS VICTIMAEIOS
SU crimen, de una grandeza brutal, y el estoicismo de
que hizo gala al morir, le valieron el entusiasta aplauso
de todos los italianos, sus compatriotas, que veían en él
al Misionero de la divina venganza.
Más tarde el ruso Hartmann debía ponderar á gine-
brinos y parisienses la excelencia del nuevo procedi-
miento.
Los franceses, inclinados á lo maravilloso, se confor-
maron á la propaganda slava, no sin darle el carácter
teatral que tan perfectamente se aviene con las costum-
bres de nuestros vecinos.
Los terroristas rusos no se proponían más que un ob-
jeto: dar muerte al Zar, que era para ellos un estorbo.
Los revolucionarios franceses, en cambio, querían herir
á la sociedad y castigar en ésta las demasías y los crí-
menes de los gobernantes.
Unos y otros h a n empleado el explosivo como medio
para lograr sus reivindicaciones, y al knut, á los duros
castigos, á la tortura frecuente eu las cárceles, han con-
testado con la dinamita, invención del diablo.
Con la dinamita, que desgarra los tejidos, rompe los
huesos y alcanza á los órganos esenciales, con la dina-
mita que es la tortura misma, porque á veces el herido
sucumbe en medio de convulsiones tetánicas y tras ho-
rrorosa agonía.
Con la dinamita que mata á los inocentes y es el sím-
bolo del progreso indudable de una sociedad maldita.
En Rusia se usó para los primeros alentados, dirigi-
dos contra la policía, la pistola que hirió al Taciturno y
y el puñal de Stabs.
Prudente y magnánimo, Hertsen, llamado el Apóstol
del nihilismo, fué el primero en reprobar los ataques á
las personas que no le parecían justificados. Hé aquí las
palabras, sobrado ásperas, con que censuró en su perió-
dico Kolokol {La Campana), del 13 de Mayo de 1866, la
tentativa de Karakozof:
LOS VICTIMARIOS O
« El tiro del 4 de Abril nos ha tocado en el corazón...
Rechazamos toda participación en la responsabilidad
que ha contraído un loco fanático. Sólo los pueblos bár-
baros ó degradados han podido tejer su historia con el
asesinato.»
Pero el Comité nihilista de Londres, que no se anda-
ba con chiquitas, aplaudió furiosamente á Karakozof,
quien poco después debía pagar con su vida el frustrado
regicidio. *
Karakozof era un estudiante de la Universidad de
Moscou, y aunque no tenía cómplices ni por lo mismo
podía revelar nombre alguno, fué sometido al tormento.
Se había confiado la instrucción del proceso á Mura-
vief, el verdugo de los polacos en la insurrección de
1863, y se prendió á muchas personas, se azotó y tortu-
ró á inocentes y á culpables, hasta que por la delación
del estudiante Korevo y de una mujer llamada Kichinetz
se supo que existía una sociedad secreta á la que éstos
pertenecían, organizada para el regicidio. Muravief co-
gió algunos hilos de la trama, verdadera ó supuesta, y
Ermolof, Iskutin, Kobilin y otros jefes del complot con
algunos afiliados más, quedaron convictos de complici-
dad en el atentado del 16 de Abril de 1866.
Ejecutóse la sentencia el día 15 de Septiembre, á las
seis de la mañana. Con Karakozof fueron ahorcados
cuatro acusados más, que rendidos por la tortura habían
confesado su culpabilidad, y la multitud silenciosa que
llenaba el campo de Smolensko vió con asombro á los
nihilistas, tenidos por impíos, subir valerosamente al
cadalso acompañados del pope, que les daba á besar el
santo crucifijo.
^ Después^ del atentado de Solovief (14 de Abril de
1879), las cárceles se llenaron de sospechosos, que en su
mayoría fueron enviados á Sibèria, á la vez que otros
perecían á manos del verdugo en el permanente tablado
de Smolensko.
Por aquella época, los acorralados nihilistas celebra-
ron al aire libre, en el claro de uu bosque, la Asamblea
de Lipetsk parecida á un aquelarre antiguo (l). En la
reunión se acordó, á propuesta de Kibaltchitch, el quí-
mico y mecánico de la sociedad, prescindir de las armas
de fuego que tan pésimo resultado habían dado en todas
las tentativas, desde la de Vera Zasulitch hasta la de
Solovief, y apelar, en cambio, á la dinamita como medio
mas eficaz de destrucción.
En Septiembre de 1879 fracasó la primera tentativa,
en la que tomaron parte León Hartmann y Sofía Perov-
ski, la virgen rusa, noble y valerosa como la virgen roja,
Luisa Michel, heroína de una deliciosa balada de Ver-
laine.
Las mujeres han desempeñado un papel principal y
m u y activo en la tragedia nihilista. Sofía Perovski fué el
alma de la conjuración que debía acabar con la vida de
Alejandro II. En 1878, Vera Zasulitch hirió de un pisto-
letazo al general Trepof, gobernador de Petersburgo.
En Francia, por el contrario, se conserva apenas el
recuerdo de la querida de BUcuit, la cual figuró, como
es notorio, en el proceso Ravachol, y nadie sabe quién
era la mujer que, según dicen, acompañaba á Meunier
ó á Francís el día del atentado del boulevard Magenta.
Por lo que se refiere á Marieta Soubére, no está pro-
bado que Ravachol la amase de un modo novelesco y
con el fuego que los autores sentimentales atribuyen á
sus héroes predilectos.
Y reanudemos ahora nuestro relato.
No escarmentados los nihilistas con el fracaso de que
hemos hablado, volvieron á la carga con mayores bríos
y prepararon otro golpe de mano. El éxito debía coronar
esta vez sus planes, para cuya ejecución estaban comi-
(1) Salvador Arruu, Estudio critico del nihilismo.
LOS V I C T I M A R I O S <
•sionados Andrés Jeliabof y Sofía Perovski con Hessia
Helfmann y oíros.
Sucedió, pues, que un día (13 de Marzo de 1881),
mientras el Zar Alejandro cruzaba en su carruaje cerra-
do y blindado la calle de Ingenieros, contigua al Neva,
estalló bajo los pies de los caballos la temida bomba de
dinamita.
El Zar, ileso, pero lívido de espanto, saltó del coche y
dirigiéndose á su alférez Rudikovski, que estaba cegado
por el humo de la explosión y medio muerto de miedo,
le dijo:
—Aquí estoy. Me he librado, á Dios gracias.
A lo que una voz fuerte y breve repuso:
—Veremos si hay que dar gracias á Dios...
La segunda bomba, arrojada con ímpetu al suelo,
reventó produciendo un tremendo estallido, y el mísero
emperador, herido mortalmente con diez y ocho ó veinte
personas más, cayó junto al regicida Miguel Ivanovitch,
que para asegurar el golpe se había acercado todo lo po-
sible á Alejandro.
Este fué llevado á su palacio y expiró á las cuatro de
la larde, en medio de crueles padecimientos.
A consecuencia de la segunda explosión murió tam-
bién Miguel Ivanovitch Elnikof. Su cómplice Risakof,
que había lanzado la primera bomba, fué detenido en el
acto por los cosacos de la escolta.
Conducido á la fortaleza de Pedro y Pablo, que es fa-
mosa en los anales del nihilismo, se encerró en un des-
deñoso silencio, negándose á dar los nombres de los otros
conjurados. No pudiendo los verdugos arrancarle una
confesión parcial ó explícita, le sometieron al tormento.
Se le privó del sueño y de toda clase de alimento du-
rante algunos días y se llegó, según dicen, al extremo de
atenacearle, como á Baltasar Gerard, asesino del p r í n -
cipe de Orange.
o LOS VICTIMARIOS
A. pesar de que era casi un niño (contaba sólo diez y
nueve años), Risakof sufrió todo sin quejarse, y la poli-
cía, perdida toda esperanza de descubrir el complot, re-
dobló por la ciudad su vigilancia. Si antes le había f a l -
tado perspicacia, no se señaló esta vez por defecto de ac-
tividad. Múltiples pesquisas dieron por resultado la pri-
sión de algunos conspiradores, y el día 28 de Marzo fue-
ron éstos juzgados y condenados por el TrH)unal ordina-
rio de los senadores.
Hé aquí los nombres de los acusados con expresión
del castigo que les fué impuesto por el Senado, después
de examinadas las circunstancias del proceso;
Andrés Jeliabof, de 30 años; Sofía Ivavna Perovski,
de 27; Nicolás Ivanof Kibaltchitch, de 27; Nicolás Iva-
nof Risakof, de 19; Timoteo Mikailof, de 21, y Hessia
Helfmann (esposa de Nicolás Alexeyef, que se suicidó en
el momento de ser detenido), de 26, condenados, confor-
me á los artículos 9, 13, 139 y 1459, á la pérdida de lo-
dos sus derechos civiles y á la pena de muerte en la
horca.
Todos fueron ejecutados, á excepción de Hessia, por
quien se interesó la Zarina y que vió conmutada su pe-
na por la inmediata.
Al saberse en Ginebra, refugio de nihilistas impeni-
tentes, la n u e r a fatal, se acordó por los más exaltados
tomar cumplida vengauza de aquella ejecución que al-
gunos consideraban ventajosa y ocasionada á favorecer
los designios de la secta. Los emigrados de París vieron
también con alegría mal disimulada el pretexto de agi-
tación que de nuevo se les ofrecía.
Hay un egoísmo que consiste en desear el mal propio
á trueque de una compensación adecuada.
Pero la espantosa represión que los últimos atentados
habían desencadenado en Rusia, en vez de favorecer al
partido liberal, tan íntimamente ligado con los revolto-
LOS VICTIMARIOS 9
SOS, le había quebrantado, y desde entonces el nihilismo
sin dejar de ser una misteriosa amenaza y sin perder su
carácter de poder invisible, al que todos temen, se debi-
litó, decayendo de su importancia excepcional. À esto
contribuyeron también las revelaciones hechas durante
el proceso.
Los paseos en lancha por el Neva; los conciliábulos
en el bosque, en cuyo lindero se apostaban guardianes
armados y apercibidos para la defensa; las luchas homé-
ricas contra la policía; las conspiraciones novelescas en
las que aparecían unidos el boyardo y el mujik; las i m -
prentas clandestinas y los almacenes de dinamita;'Jos
envíos anónimos al Zar y las promesas hechas á éste de
mandarle, por los caminos del aire, á las estrellas, me-
diante un explosivo de fuerza nunca vista; todo eso se
desvaneció, y confundiéndose lo leyenda con la realidad,
quedó solamente vivo en la imaginación del pueblo el
recuerdo de las escenas de interés palpitante que más
larde habían de ser descritas por Stepniak en su Busia
subterránea. Sin contar que el genio de la destrucción
se había universalizado y dirigía sus esfuerzos á lograr
la adhesión de todos los trabajadores después del fracaso
de la Internacional.
¿Qué importaba la vida de un Zar ante la perspectiva
del gran combate que debía librarse en Europa, entre
opresores y oprimidos? ¿Qué interés tenían los héroes
del partido constitucional comparados con la legión de
los obreros que se disponían á pedir lo que en derecho
les pertenecía? El nihilismo era, en rigor, una fracción
política que aspiraba al poder sin reparar en los niedios
empleados para alcanzarle, y no se debía sostener á un
bando determinado por el deseo de servir á la libertad,
considerada como una fórmula inútil.
Como quiera, el alquimista ruso había puesto en ma-
nos de los débiles el arma para ellos inadecuada, que
10 LOS TIOTIMARIOS
era á modo de juguete peligroso entregado á un niño, y
los conspiradores habían dado el ejemplo de una terque-
dad salvaje que debía encontrar imitadores preparados
para el trabajo incesante y el batallar continuo. Porque
no se trataba ya del acto aislado y, por decirlo así, irre-
flexivo, con el que antes se alentaba é los fanáticos, pro-
metiéndoles el cielo en recompensa de un crimen, sino
que era preciso persistir en los ataques y multiplicarlos
hasta el punto de que al enemigo, vencido y desecho, le
faltase aliento para pedir la gracia de la vida. Era nece-
sario que el Viejo de la Montaña, soltando de una vez á
todos sus prosélitos, les excitase á clavar en el corazón
de la humanidad el puñal redentor.
Al mismo tiempo los internacionalistas y los escrito-
res positivistas, especialmente los alemanes, que se han
reido de la Icaria de Cabet y no han tenido una sola
palabra de elogio para Campanella, pregonaban las ven-
tajas de la organización copiada de un catecismo sansi-
moniano y ponderaban, la eficacia de las huelgas, distan-
ciados en lo primero de los anarquistas individualistas y
prácticos que han pensado siempre en reducir por el te-
rror á la sociedad burguesa.
Por entonces las huelgas tomaron ese carácter siste-
mático que ya no perderán fácilmente, y que además de
ser la manifestación de la incalculable fuerza de los pro-
letarios, sirve para regular la producción y da la norma
de la economía social, determinando la disminución po-
sible de las horas de trabajo. Por las huelgas se ve que
hay un exceso de actividad no compensado con la distri-
bución equitativa de los productos.
De aquí deriva el malestar general, que exacerbado
con las polémicas de club y con las discusiones de todo
género que hoy están en auge, ha alcanzado su periodo
álgido merced á las sociedades constituidas y tan pronto
como los obreros han advertido que no tenían represen-
LOS VICTÍMAIIIOI - 11
tación ni participación eu el gobierno, formado por los
fieles servidores del capitalismo. Con el régimen p a r l a -
mentario, el Estado ea mera ficción, y á lo sumo r e p r e -
senta el c ú m u l o de intereses contrarios al interés de la
nación.
Por eso los obreros van contra el Estado, q u e les i m -
pone su dura tutela. Por eso q u i e r e n ir solos por el c a -
mino de su emancipación.
Gomo la expresión de u n deseo, surgió, años há, el
proyecto de la fiesta ó demostración platónica del 1." de
Mayo.
Recuérdese q u e ésta tuvo en u n principio el alcance
de alarde por el que los trabajadores se contaban y p a -
saban revista de sí mismos, indiferentes en lo q u e tocaba
al empleo de su fuerza. El pueblo no se preocupó de la
utilidad de su m u s c u l a t u r a . Era como u n gigante q u e
complacido examina en el espejo sus anchos hombros,
sus brazos nervudos y sus piernas fuertes, deteniéndose
en la contemplación de su belleza y ajeno á lo q u e por
su vigor representa y vale.
Pero de tal contemplación resuUó al fin u n p e n s a -
miento de audacia, y vinieron las grandes huelgas, con
su cortejo de provocaciones autoritarias y de desórdenes
que fueron p r o n t a m e n t e reprimidos.
La huelga monstruosa de C a r m a u x terminó con daüo
para los q u e la h a b í a n iniciado. Sucedió entonces lo mis-
mo q u e vemos ahora en el Creusot, donde no se h a n
cumplido las disposiciones del gobierno francés, ó des-
pecho de la formal promesa de Schneider, q u e había j u -
rado respetar al árbitro libremente designado por todos.
En Carmaux, como en el Creusat, los obreros q u e
habían aconsejado ó dirigido la huelga fueron despedidos
de los hornos y quedaron reducidos á m e n d i g a r su s u s -
tento.
Era p u e s upcesario q u e alguien les vengase, y la hora
del ejemplar terrible no se hizo esperar.
J2 LOS VICTIMARIOS
Los a n a r q u i s t a s de París, q u e estaban atentos al r e -
s u l t a d o de la h u e l g a , resolvieron uada menos q u e ejecutar
a f b a r ó n R e i l l e . el amo i n t r a n s i g e n t e y feroz á q u i e n
c u l p a b a n de todo lo ocurrido. , ti -
Claro está q u e al decir «los a n a r q u i s t a s de P a n s . n o s
referimos ú n i c a m e n t e al p u ñ a d o de i n d i v i d u o s q u e . en
a q u e l tiempo, se a g i t a b a n espoleados por la rabia de a
acción Y tan p e r f e c t a m e n t e unidos é identificados entre
sí a u e no obstante las declaraciones p o s t e n o r e s de E m i -
lio L n r y , nadie ha sabido cómo n i dónde se r e u n i e r o n
para c o m b i n a r s u s proyectos.
N i los periódicos de la época, q u e d a b a n c u e n t a de
las idas y v e n i d a s de Mario T o u r n a d r e . «agitador p e l i -
groso», podrían decirnos q u é clasé de pájaro era este
v i a j e r o i n f a t i g a b l e , q u e estaba á la vez en todas las p r o -
v i n c i a s y en el q u e tenían clavados s u s 030S todos los
polizontes de la R e p ú b l i c a . , . i ,
H a y a n a r q u i s t a s i n d e f i n i b l e s q u e t i e n e n tanto de r a -
posa c L o de león, q u e sirven íi Dios y al diablo, q u e se
b u r l a n de la policía y de la j u s t i c i a , y de los cuales n a -
die sabe dónde nacieron n i cómo h a n v e n i d o al m u n d o
para desesperación de celosos ministriles y honrados
T o u r a l d r e pasa por marsellés y es, al i g u a l de G e o r -
a e s el parisiense, uno de los más curiosos e j e m p l a r e s de
la especie de los a n a r q u i s t a s renitentes. No se le puede
echar en cara m á s q u e s u falso h u m o r belicoso, electo de
s u snvoir oívre.
T o u r n a d r e es u n b u e n mozo dotado de m u c h a e n e r -
gía y de p u ñ o s de atleta, g r a n bebedor, de afable trato,
l o c u a z , casi e s p i r i t u a l y capaz de convertirse, m e d i a n t e
diez francos, al catolicismo... para a b r a z a r de n u e v o ,
al día s i g u i e n t e , la fe a n a r q u i s t a .
C u a n d o de elecciones se trata, n u e s t r o h o m b r e se
a p r e s u r a á visitar al candidato q u e menos p r o b a b i l i d a d e s
LOS VICTIMARIOS 13
tiene de salir victorioso y le ofrece su concurso incondi-
cional; es decir, que le propone retentar al adversario
por determinada cantidad, casi siempre módica, y luego,
fiel á su promesa, interrumpe con infernal alboroto las
reuniones electorales, y se hace detener, y si es preciso,
va á la cárcel. Valiente como pocos, no tiene pizca de
vergüenza.
Siete estados debajo de este anarquista singular, re-
belde á las imposiciones de la autoridad y reñido con el
decoro universal, tenemos á Lucas, el animoso calvo,
que fué á presidio por haber herido al comisario de po-
licía á quien daba sus confidencias recogidas no se sabe
dónde. Lucas es el tipo del espía y traidor, despreciado
por cuantos le conocen.
Más ingenioso que sus compañeros referidos, Jocrisse
(le llamaremos así, ocultando su verdadero nombre) vive
á expensas de la policía que le tiene por terrorista im-
placable y le facilita el dinero necesario para largos y
costosos viajes. Una vez, en Marsella, los agentes que no
quitaban ojo de él, idearon para hundirle un expediente
sencillo. Le ofrecieron trabajo fácil y bien remunerado
con cuatro ó cinco francos diarios que «la víctima» acep-
tó, prometiéndose en su fuero interno burlar y fastidiar
á los esbirros. Y á este efecto trabajó durante diez ó doce
días sin quejarse, aunque dejaba entrever cierto sombrío
desconsuelo y decaimiento lastimoso, como de sujeto que
se siente infeliz ó duda y vacila antes de acometer una
empresa difícil.
Preguntáronle qué era aquello, y respondió que esta-
ba obligado, por juramento prestado ante varias perso-
nas, é dar muerte á su amo dentro del término de u a
mes y que deseaba volverse cuanto antes á París, donde
daría al olvido el pensamiento de obra tan disparatada.
Al punto recibió de sus protectores cien francos, con los
que alegremente se marchó á Tolón y de allí á Gènova,
M LOS VICTIMARIOS
h u y e n d o de la policía que le buscaba para acomodarle
en el directo de Marsella á París. Y hasta otra.
Sin embargo, no es raro ver á estos petardistas entro-
meterse en conspiraciones de dramático desenlace, l e -
vantar del polvo su torva frente en la q u e se lee la
decisión de u n a barrabasada heroica, y m á s de u n a vez
G u z m á n de Alfarache se ha transformado, por a s o m b r o -
sa magia, en h u r a ñ o y vengativo Fieschi.
Si es verdad q u e T o u r n a d r e y Jocrisse no tomaron
parte en el atentado de la calle Bons-Enfants, priaiero
de la serie terrorista, dirigido contra la Compañía de
C a r m a u x y especialmente contra Reille, en cambio s a -
bemos positivamente q u e e n t r e los amigos de Emilio
H e n r y , autor material del hecho, figuraban alguiios de
esos compañeros q u e no tienen reparo en servir á la po-
licía para explicarle cosas de poco interés y ocultarle los
secretos importantes. De esta manera se conspira libre-
mente, con el beneplácito de los encargados de velar por
la seguridad pública.
Como todos los atentados en q u e se emplea la d i n a -
mita, el de la calle B o n s - E n f a n t s surtió u n efecto c o n -
trario á las miras de sus autores. La m á q u i n a infernal
estalló en el cuartelillo de policía, matando á cinco p e r -
sonas q u e ni a u n eran amigos de Reille, qnien hace
poco se extinguió t r a n q u i l a m e n t e en su cama, colmado
de las bendiciones apostólicas, por cuya virtud s u b e n
los bribones al cielo.
E n cuanto á H e n r y , se marchó en seguida á Londres,
donde debía proveerse de las bombas necesarias para su
alentado del hotel T é r m i n u s .
Repetidas veces hemos oido asegurar q u e entre H e n r y
y Ravachol no mediaron relaciones n i h u b o los tratos
que el vulgo, en su afán de crear leyendas, considera
como el signo del poder invencible y oculto de los nuevos
nihilistas.
¿Qué tenía de común con Ravachol aquel desgraciado
joven, imprudente y enamorado, irascible y nervioso,
que ante todo quería vengarse á sí mismo y lavar con
sangre burguesa los agravios que tal vez se le habían in-
ferido?
El alsaciano Francisco Claudio Koeningstein, apodado
Ravachol, fué el campeón de los revolucionarios terro-
ristas.
Nada en este partidai'io, de costumbres puras, gene-
roso y discreto, de compasado ademán y de dulce voz,
revelaba al airado vengador de los miserables, que se re-
volvía contra la iniquidad, y desde su escondido retiro,
lanzaba á los poderosos de la tierra un reto que, al prin-
cipio, nadie se atrevió á recoger.
Un solo hombre desafiaba á lodos alentado por la im-
punidad. ¿Qué hacer? ¿Cómo castigarle?
Cada día, mientras él estuvo en París, daban los pe-
riódicos cuenta de un atentado nuevo, y la policía llega-
ba siempre larde para atrapar al criminal, aunque éste
era ya conocido por su nombre, ó mejor, por su apodo ce-
lebérrimo.
Los frivolos parisienses, que en los primeros momen-
tos lomaron la cosa á broma, empezaban á preocuparse
de la repetición de crímenes inauditos, cometidos á la
luz del día, y el terror, la honda consternación llegó á su
colmo el día 27 de Marzo de 1892, después del golpe d i -
rigido contra el fiscal Bulot, de la calle de Clichy.
Cabalmente entonces ocurrían en algunas ciudades
de Italia, y en Lieja, y en Bruselas, y en los distritos
mineros y en todas partes diarios atentados, que p a r e -
cían los pródromos de una espantosa revolución, en la
que la dinamita y los nuevos explosivos debían desem-
peñar el principal cometido, y París inquieto, ansioso
exasperado, loco se preguntaba hasta cuándo duraría
aquello y de qué manera podría exterminarse á los e n e -
migos de la sociedad.
16 LOS VICTIMARIOS
Y Ravacliol, en tanto, con rabia implacable, aguijado
por su propósito de enconar la lucha, preparaba sus bom-
bas de inversión, ensayaba la mecha infalible, multipli-
caba sus medios de ataque, acudía á todos los puntos,
dirigía, ordenaba j ejecutaba á la vez, despreciando á
sus cómplices, que flaqueaban en la hora decisiva.
Calculaba, inventaba, descubrió, según dicen, un e x -
plosivo bautizado con el nombre de ravacholiía, conver-
tíase en moderno Faust sin amor, soñába con volar el
cuartel Lobau enviándolo á Dios como muestra de la
osadía infernal, realizaba él mismo su atentado, y des-
pués de éste, para averiguar si el petardo había surtido
efecto, volvía á la casa medio destruida y se confundía
con el público, cuyos desatinados comentarios le h a l a -
gaban en extremo.
Sus relaciones con el italiano Pini, audaz ladrón,
guapo y elegante joven, enviado más tarde á Nueva Ca-
ledonia, no están bien determinadas; pero si como es
probable se conocieron, el acuerdo entre ambos no debió
ser perfecto.
Pini, dadivosocomo u n bandido andaluz, favoreció con
su oro á los periódicos cuya propaganda le parecía eficaz
y entusiasmábase con los mitings en que cuatro m e n -
tecatos, oradores las más veces improvisados, resuelven
á su antojo «el problema social». E s t a f e sencilla le llevó
al presidio, en tanto que los picaros por él protegidos y
especialmente Parmegiani, charlatán inmundo, soplón
conocido, vivían y triunfaban en Londres, al abrigo de
las asechanzas de la policía.
En cambio Ravachol, más astuto, desconfiaba de los
retóricos, que sólo le parecían aceptables cuando, en el
calor del discurso, anunciaban al pueblo la buena nueva
de la dinamita.
Antes de erigirse en justiciero, Ravachol había sido
ladrón y asesino. Ladrón, porque necesitaba dinero para
LOS VíCTIMARIOS 17
SUS proyectos y creyó lícito este medio que otros emplean
con éxito y sm riesgo personal; asesino, porque estimaba
en poco la vida de sus semejantes y la suya propia Ya
sabía él que al término de su carrera estaba la guillotina
de Deibler.
Así nada podía reprochársele. Así, ni el ermitaño de
Lhambles, que era un prestamista roñoso y vil ni las
viejas Marcou. ni la baronesa Rochetaille, hermosa en el
mundo , y abominable dentro de su precioso sepulcro
podían quejarse del que, no sabiendo elegir sus victimas,
demostró el respeto que éstas le merecían. El verdusó
fué sordo á la voz de clemencia. En el caso de caer v e t
cido, tampoco para él habría misericordia
Agone (¿Debo b e r i r ? ) - s e decía, cada vez que la n e -
cesidad le impulsaba al sacrificio Y juzgando satisfecha
su conciencia, hería sm piedad, lleno de deleite volup-
tuoso, los OJOS encendidos en un rayo de alegría p e n -
sando quizá en los humildes que se disponían á adorarle
y qne aspirarían gozosos el acre vaho de la sangre más
embriagador que el incienso quemado en los altares
y la majestad impasible y oficial de Deibler.
II
Escritor nervioso y delicado que huía de las brutales
caricias de la multitud, despreciador ingenuo de la Ver!
dad, enamorado de la Belleza y el Bien! perfecto caba-
llero, reunía las condiciones que se requieren para vivir
Ignorado y, en la medida de lo posible, feliz, y para po-
der morir en paz. Moderno asceta, encubrí; s / f a s t i d l
on la elegante vestidura de la ironía y buscaba la sole-
fdeaf T a u f r / r " contemplación d I
bien de decirlo: esta ventaja, que tal vez no lo sea, Z
^g LOS VICTIMARIOS
nada le hubiera servido y así escapaba más fácilmente
á los alfilerazos de la crítica y á los restregones de la in-
dulsente amistad. . •
Nunca pudimos leer en sus ojos ni adivinar en sus
palabras ese sentimiento de perversidad y bajeza que
los hombres dejan traslucir en una rápida mirada, en
u n fruncimiento de cejas, en el ademán equívoco ó en la
falsa sonrisa, que casi siempre denota envidia ó desvío,
desconfianza ó miedo. La sonrisa es la máscara del d i -
plomático y la mueca de Talleyrand pertenece á la h i s -
toria que, según dicen, ha de juzgarnos en la tierra,
como Dios nos juzgará allá en el cielo; Luis XIII. á (juien
las infidelidades de su augusta esposa. Ana de Austria,
tenían perpetuamente aeongojado, no pudiendo reir, se
sonreía apenas. El lacayo de quien habló Larochefou-
cauld se reía y bailaba (evidente señal de mal gusto),
momentos antes de ser enrodado, y las mujeres se son-
ríen... mientras no ha llegado para ellas la edad crítica
de la caída de los dientes.
Se podría escribir sobre la sonrisa un tratado comple-
to como el dedicado porDarwin padre á la expresión del
Terror en los animales-, una obra de ese género sería un
dato precioso para los hombres del porvenir que, según
parece, han de juzgarnos... militarmente quizá, para m a -
yor desgracia nuestra.
Nuestro amigo (porque de él hablábamos) se sonreía
pocas veces y se sonreía mal; la ligera contracción de sus
labios, que revelaba la tímida alegría de su alma, dura-
ba un'momento, y la cara iluminada, poetizada por los
oíos grandes y expresivos, recobraba su acostumbrada
expresión de pesar. ¿Era desgraciado? Tal vez. Aunque
probablemente no podía quejarse más que de una cosa:
de vivir.
Todo en él nos parecía grato y amable; todo en el era
noble y puro; su altivez se avenía perfectamente con su
LOS VICTIMABIOS 19
valer; su semblante tenía la gracia melancólica de un re-
trato de Andrés del Sarto; en vez de la decisión varonil
y heroica de un Delacroix pintado por sí mismo ó de la
afectada fiereza de un Courbet joven y cabelludo, con la
cabeza enorme parecida á la del regente Felipe de Or-
leáns, y sobre la que pesan las maldiciones de Th G a u -
l i e r y d e T h . deBanville (expresión formidable de una
ira justificada), en vez de la firmeza del soldado mos-
traba la sencillez de un niño y la gentileza de un espa-
ñol de veras, ó sea un español de Velázquez.
Se le conocía un solo defecto (¿quién no lo tiene?):
había nacido en Lyón... cuando es tan sencillo y opor
tuno, y hasta conveniente, ver la primera luz pública en
París, «hn los tiempos que hemos alcanzado», ser ciu-
dadano francés ya es algo; pero ser de París es ser dos
veces hombre.
¡París, París! «La capital tentacular» que atrae á lo^
forasteros incautos, el pólipo maravilloso que vive á ex^
pansas de las provincias, <da ciudad de la luz», paraíso
de mujeres hermosas, infierno desde el cual los terribles
anarquistas desafían á los poderes celestiales y h u m a -
nos, sol que vivifica al mundo y durará mucho más que
lo que generalmente creen los alemanes: Fluctaaí nec
mergitur-, así dice tu valiente divisa.
Tus casas tus museos, tus jardines, ¿formarán algún
día esa ciudad del trabajo con la que sueña Krapotkine?
¿Serán eternamente servidores suyos los campesinos
que te alimentan con su incesante labor y viven fuera
de tu fortificado recinto como un ejército vigilante, pre-
parado para el asalto? ¿Eres la promesa de la felicidad
futura ^ e l signo de una civilización superior y durade-
ra, del listado que los anarquistas quieren destruir, im-
portándoles poco la realización del sueño de Kranotkine
y sin preocuparse del Estado nuevo?
El egoísmo de tus comerciantes; la lascivia de tus
20 L 0 3 VICTIMARIOS
m u j e r e s dedicadas á vender el amor, á prodigar los goces
Y el dolor j u n t a m e n t e ; la insolencia de t u s amos; la s u -
misión de t u s robustos obreros, q u e . colocados hace tiem-
po en h u m i l d e postura, se h a n levantado varias veces
para volver á caer de rodillas; t u s vicios, tu ligereza, t u
constante y perversa embriaguez debida al ajenjo, q u e ,
como el opio, daña al cerebro, y como el trabajo, debilita
y embrutece y hace al hombre (^esclavo del esclavo», in-
duciéndole al amor de su propia servidumbre; todo eso
da l u g a r á creer q u e la dicha soñada es irrealizable ó
está a ú n m u y distante de nosotros.
Tal era por lo menos la opinión de n u e s t r o amigo, á
q u i e n hemos olvidado y cuyo retrato está á medio ha-
cer. Vamos á terminarlo rápidamente. Pero nos cumple
hacer u n a observación previa, y es que el original
murió, lo cual simplifica muchísimo n u e s t r a tarea, por-
que así podremos rechazar todas las objeciones q u e se
nos h a g a n y todos los dintingos, que no serán cierta-
m e n t e del mismo interesado.
No nombraremos aquí al difunto, por temor á ofender
su modestia p ò s t u m a , q u e no le impedirá llegar á la ce-
lebridad, si ésta por v e n t u r a ya no está exclusivamente
reservada á los charlatanes del arte y á los peces de la
política.
Sus hábitos le h u b i e r a n recomendado desde luego
poderosamente á la benevolencia del lector.
No usaba melenas n i corbata de lazo descomunal. Su
cabeza no estaba cubierta por el chambergo actual ni
por el sombrero diminuto con que los artistas adornan la
p a r t e superior y más noble de su persona. Solía vestir
bien, vestía como todo el m u n d o , y acariciaba de vez en
cuando su bigote, con apacible expresión de contento.
Entonces parecía tan satisfecho de sí mismo, t a n bien
hallado con bu calidad de soñador y romántico, de olvi-
dado poeta, q u e al verle no podíamos contener u n a son-
LOS VICTIMARIOS 21
risa diplomática, en la que se reflejaba nuestra amistosa
devoción. Otras veces se apoyaba gallardamente en su
bastón con ambas manos, y en esta postura aguardaba,
impertérrito, á que se le dirigiese la palabra.
Como todas las personas que tienen algo importante
que decir, hablaba poco. El silencio es la elocuencia de
los hombres superiores y también el lenguaje de la dis-
creción. Su ironía era á la vez mortificante y suave, ase-
mejándose á un brevaje medicinal bien azucarado; su
voz grata y melodiosa hería el oído para comunicarle
verdades amargas expresadas dulcemente. Admirable
era su ingenio; pero se servía de él discretamente: así
como un gran señor se abstiene de alardear de sus r i -
quezas, nuestro amigo no quería deslumhrar á las g e n -
tes con el oro de sus bellas y delicadas imágenes. Sabía
callar; virtud rara, que en España sólo poseen los dipu-
tados de la mayoría.
Y por eso precisamente nos será difícil restablecer
aquí la última conversación, tan edificante, que con él
sostuvimos. Sus frases de doble sentido, sus medias p a -
labras, sus insinuaciones, sus reticencias, su grato len-
guaje parisiense, son para nosotros algo vago, algo que
es difícil condensar, y ahora mismo luchamos con la di-
ficultad mayor que ofrecerse pueda á los que escriben
para el público... ó tal vez para sí mismos. Ingrata es
nuestra tarea, como pudiera serlo la de un muchacho
empeñado en arrancar del suelo una cachurrera ver-
de, de agudas espinas. Si á esto añadimos que nuestra
pereza nos ha impedido siempre tomar nota de lo que
vemos y oímos; que al igual de Sócrates y Fierre
Loti desdeñamos los libros; que tenemos sólo la erudi-
ción de nuestros recuerdos, fácilmente comprenderá el
lector que toda equivocación es posible y debe sernos
perdonada, y que él deberá rectificar los errores, colmar
las lagunas, reparar las brechas, dilucidar las dudas,
22 LOS VICTIMARIOS
ayudarnos, en lin, para sacar adelante esta obra, que
será la obra de todos y lo más impersonal posible.
Si se tratase de engendrar un hijo, si de llevar á
cuestas una cruz, cuidaríamos de elegir bien nuestros
colaboradores ó tal vez no querríamos ninguno; pero es
materia más grave: vamos á examinar una idea, ó lo que
es más espinoso, las ideas que han determinado el mo-
vimiento anarquista, que empezó hace tiempo y cuyo
término parece indefinido.
En el capítulo anterior hemos esbozado algunos re-
tratos que alguien juzgará exagerados, pero que son
copia fiel de la realidad. Desgraciadamente hay anar-
quistas de oropel y anarquistas que hacen el juego de
la policía, como se vió en el proceso célebre de Charleroi,
libertarios (según ahora se dice) que no tienen más nor-
ma que su voluntad, libertarios cínicos, descreídos, egoís-
tas, nómadas, malandrines, etc. Tersites cueuta con mo-
dernos imitadores; más de un jorobado burlón, más de
cuatro intrépidos lisiados han roto abiertamente con el
ideal, á la vez que los anarquistas á lo Zola, torpes é im-
potentes y protervos, y los mocetones de puños vigo-
rosos prorrumpen en voces desaforadas que ofenden los
castos oídos de la autoridad, á veces complaciente y otras
veces rígida y bestialmente inexorable. Por centenares
se cuentan los anarquistas individualistas, cegados por
su afán de venganza, ó quizás obedientes á la voz interior
que proclama el derecho á robar, el derecho á matar y
otros derechos más monstruosos todavía en el seno de
una sociedad corrompida, sorda al clamor de la justicia
y desamorada del bien, por el temor á saludables reivin-
dicaciones. •
Todo el mundo conoce á los malos anarquistas, que
quizá sean los verdaderos, y nadie se ha tomado el t r a -
bajo de fotografiarlos, ahora que ello es tan fácil, merced
á los aparatos de escaso coste; nuestro mérito (si lo hay)
LOS VICTIMABIOS 23
consiste en haber sido los primeros, aunque no los más
hábiles, en analizar el caso, menos extraordinario de lo
que á primera vista podría creerse.
Y téngase también en cuenta que no queremos tratar
de esta cuestión detenidamente; en nuestras Memorias,
que publicará un editor piadoso, allá cuando nosotros ha-
yamos muerto, rerelaremos los hechos curiosos que lian
escapado hasta ahora á la tenaz mirada de los críticos.
Aquí hablaremos de los anarquistas únicamente para
describir mejor á los verdugos, y por encadenamiento de
principios llegaremos á conclusiones lógicas y termi-
nantes.
Nuestro libro no es artístico, porque el arte se mueve
en una esfera superior, á donde ni aun llega el rumor
de las vanas disputas sociológicas; la poesía se muestra,
con razón, severa para los socialistas, los progresistas, los
filántropos, los teófobos, etc.; si el lector se tropieza con
algo poético tendrá que agradecérselo á los anarquistas
que han divinizado su misión por la ineficacia de un s u -
blime sacrificio, á los neófitos que vestidos de lino y co-
ronados de flores han ofrecido su vida en aras de la h u -
mana justicia. El prosaico ardor con que losDioclecianos
de la burguesía han perseguido á esos testigos de la ver-
dad, contrasta singularmente con la fe ardiente y pode-
rosa de las víctimas, cuyo grito de amor no ha encontra-
do eco en el corazón enfermo de las multitudes. Nuestro
trabajo se ha limitado á reunir los elementos necesarios
para la producción de la luz; formar el arco voltaico no
es obra de romanos, y sólo pedimos, como suelen los ma-
los autores, indulgencia para el estilo, que además de
imperfecto por ser nuestro, se resentirá de la prisa con
que hemos ejecutado esta obra de actualidad.
Volvamos ahora los ojos al amigo muerto, que por su
desgracia no puede quejarse [Link] digresiones re-
petidas.
LOS TICTIMARIOS
Os juramos que nadie hubiera adivinado en él al
convencido pesimista.
¡Pesimista! En su acepción vulgar, esta palabra nos
ofende y nos irrita, porque en realidad todos tenemos al-
go de pesimistas, especialmente cuando nos sentimos
enfermos. Y el término contrario es peor, no obstante la
etimología de la voz optimismo. Los optimistas dejan de
serlo en el punto que reciben un estacazo, pagan una
letra á la vista ó se hallan aquejados de una ciática 6
sencillamente de un dolor de muelas. Así que, el opti-
mismo no es una fórmula invariable ni una proposición
axiomática.
Ahora bien: el amigo de que nos ocupamos era pesi-
mista por esencia y por potencia, jaer se y per áccidenis,
per fas et nefas, por deber, por prudencia, por el conoci-
miento que de las cosas humanas tenía y por otras razo-
nes que fuera prolijo enumerar. Y en su pesimismo había
cierta amargura, ese cansancio de la vida de c[ue hemos
hablado al empezar este libro, y que no por haber sido
proclamado en los cenáculos, debe despreciarse ni ser re-
legado á la categoría de las verdades discutibles (¿habrá
alguna verdad indudable?) ó que pueden ser objeto de
discusión.
Cuando le vimos por última vez en el boulevard, nos
acercamos á él para saludarle y para hablarle de cosas
indiferentes.
Después de estrecharle la mano cordialmente, y para
averiguar lo que había de cierto en la noticia oficiosa de
su conversión al socialismo, le dirigimos la pregunta si-
guiente:
—¿Cree V. en Waldeck-Rousseau?
El se sonrió y por toda respuesta encogióse de hom-
bros.
—¿Cree V. en Waldeck-Rousseau? hubimos de repe^
tir. ¿Piensa V. como GalliíFet? ¿Qué opina V. de Mille-
rand?
LOS VIOTIMARIOS 25
—¡Qué me importal respondió, con un nuevo gesto de
desdén.
—Ya no hay libertad en Francia, dijimos gravemen-
te. La libertad ha muerto á manos de GalliiTet.
—Es verdad, replicó; pero yo lo celebro infinito,
porque ahora se convencerá V. de que sin libertad se
puede comer, ir al teatro y al café y buscar una querida
hermosa y joven.
—También se puede ir á la cárcel...
—Hablemos seriamente. GalliiTet es un general como
los demás y la libertad vive aún; lo prueba el hecho de
que tiene estatuas en todas partes.
—Ahora sólo falta, dijimos, una estatua ecuestre del
general; en los bajorrelieves podrán figurar los treinta y
cinco mil parisienses á quienes mandó fusilar.
—Usted habría hecho lo mismo...
—¡Yo!
El se echó á reir, y luego, apoyándose mucho en su
bastón, según su costumbre predilecta:
—Ya sé que nó, repuso. Pero el hecho es que todos los
gobiernos se parecen. Si en vez de Loubet, viviera en el
Elíseo Napoleón IV, ¿qué perderíamos en el cambio? Ne-
cesitamos un jefe del Estado y por eso acepto el que me
dan. Sin contar que su autoridad invisible me molesta
poco. Mi verdadero rey es el gendarme.
—Sí; gemimos bajo el sable del gendarme...
—Está V. insoportable... Si fuera V. mujer, le toma-
ría por una plañidera en el acto solemne de mi entierro.
Deje V. á los hombres ocupados en sus frivolas quere-
llas. Antes afirmaban la existencia del diablo y para po-
ner en claro un punto teológico cualquiera se ahorcaban,
se descuartizaban, se empalaban, se degollaban mutua-
mente; de los floreos retóricos se pasaba fácilmente á la
estrapada, que era el argumento ad hóminem de aquel
tiempo; el cuadrivio precedía muchas veces á la tortura.
26 LOS VICTIMARIOS
por medio de la cual se demostraban perentoriamente las
proposiciones más oscuras, y elquifonismo, la sumersión,
el suplicio de la rueda se aplicaban á herejes y relapsos,
á brujos y pecadores para persuadirles de la verdad y
sacarles del error. Ahora han caído en desuso el potro, los
borceguíes, la polea, el thumh-screw, todos los aparatos
ingeniosos que puede V. ver en la Torre de Londres y
en Nuremberg, que podría V. ver en Munster si la bar-
barie moderna no hubiese destruido los monumentos de
la antigua civilización. Ya no se marca con la flor de lis
á los ladrones y las mujeres perdidas, ya no se azota á
mendigos y guitones, ni se arranca la lengua á los blas-
femos, ni se dan á beber á los criminales inconfesos cua-
tro azumbres de agua por barba; no se unta con resina á
los alcahuetes para que encendidos sirvan de flamígeras
antorchas; ¿ha visto V, quemar á un Vanini, á un Dolet,
á [Link] Jordán Bruno, etc.? No, ya no es posible que se
realice otra vez la venganza de Hop-Frog; y no volverán
los autos de fe, ni los felices tiempos del gran Felipe ó
los de Francisco I dos veces grande... Sólo en Pèrsia...
— ¿A. dónde vamos á parar?
—En'Persia, el legislador ha demostrado cierta in-
ventiva y el verdugo se sirve de un cortaplumas; con
esta arma sola da la muerte al reo. A. veces la operación
resulta larga y penosa, más penosa para el ejecutor que
para la víctima; poro no se puede negar á los persas ta-
lento y originalidad que están muy bien empleados;
aquí por lo menos el procedimiento es nuevo.
— ¡Oh sí!
—¿Y Luis Xr? prosiguió nuestro amigo, cada vez más
entusiasmado con su histórica y audaz correría por los
dominios infernales del Dolor. ¿Qué me dice V. de
Luis XI?
Sus ojos echaban fuego; su rostro transfigurado daba
miedo; un furor enfermizo agitaba sus brazos más débi-
LOS VICTIMARIOS 27
les que los de una mujer, sus brazos inactivos de aluci-
nador mal avenido con el trabajo, y su bastón-levantado
amenazaba á los transeúntes. Un guardia de la paz,
que estaba clavado á quince pasos de distancia, se había
vuelto para mirarnos; pero en la cara de aquel hombre
no había más que indiferencia benévola; quizá miraba
sin ver y soñaba con su ociosidad fecunda, que hábil-
mente explotada, le permitiría elevarse en breve á la
presidencia de la República.
Por nuestra parte, guardábamos un silencio respe-
tuoso, deseosos de saber cómo terminaría la perorata de
nuestro amigo.
—No me cabe la menor duda: Mirbeau se ha inspira-
do en Luis KI. El verdadero autor del Jardín de los Su-
plicios es el cardenal la Balue.
—¿Por qué? hubimos de preguntar tímidamente.
—¿A. quién se debe la publicación de ese libro?
—Al editor.
—No es eso, prosiguió, más atento á las indicaciones
del propio pensamiento que é nuestra desdichada inte-
rrupción; me refiero únicamente al inspirador, al demo-
nio interior que todo lo sabe, Petrus in cunctis. La Ba-
lue y su jaula de hierro fueron el excipiente propio para
disolver las ideas y darles la forma consistente de u n
libro; si á esto se añade la afinidad misteriosa que reúne
todos los pensamientos análogos y que hace de todas
las jaulas una sola jaula; si además se tiene en cuenta
que todas las formas de tormento se resuelven en una
sola, el tormento; que se ha escrito un poema engendra-
do por una sola palabra, Nevermore; que el preceptor de
Ciro nació después de Ciro; que Abraham Lincoln, el
honrado Abe, de mozo no leyó más que un libro, la
Vida de Washington por Plutarco (1); que Lavoisier con-
(1) Abraham Lincoln, por Alfonso Jouault
28 LOS VICTIMARIOS
virtió su calabozo de la Conserjería en laboratorio oficial;
que madame Roland escribió en su prisión sin tinta ni
pluma ni papel; que Tournefort conocía de tisú ochocien-
tas especies vegetales y fué el padre de las clasificacio-
nes botánicas; que Cavaniiles sintió crecer la hierba y
pensaba publicar sobre esto un infolio; que no hay más
que ideas anteriores y hombres superiores que escriben
para sus inferiores y para la posteridad; si tiene V. en
cuenta todo esto, no podrá negarme que la Face, ese poe-
ta malogrado y admirable, portentosa creación del genio
de Mirbeau, es la Balue mismo á quien una estampa del
siglo XVII (año de gracia de 1698) representaba aso-
mado á los hierros de su jaula, mostrando su rostro flaco,
macilento, la mirada fija de sus tristes ojos, su frente
doblada por el temor.
—¡Qué diablos de letanía!
—¡Qué gran rey! ¡Oh magnánima crueldad! Me pare-
ce verle aún en la citada estampa espiando con falaz
mirada los menores movimientos del cardenal, gozándose
en los padecimientos de su víctima, ganoso de prolongar
su vida para hacer interminable su agonía... ¡Ah, qué
espectáculo delicioso! ¡Tener á un hombre encerrado,
bien guardado en férrea jaula, poderle ver siempre,
siempre, poseerle como se posee un ágil lebrel, ó mejor
aún, como una hermosísima y adorable mujer! ¡Verle y
no dejarle morir! ¡Ah! ¡cuánto se asemeja al amor el odio!
¡Quizá ambos sentimientos sean un solo sentimiento!
—¡Quién sabe!
—¡Quién sabe! repitió.
Y luego, más sereno, más dueño de sí mismo, fatiga-
do después de esta nueva excursión al país de los sueños,
añadió en tono placentero:
—Lo cierto es que los hombres hemos heredado el
salvaje instinto de nuestros antepasados. No pasará mu-
cho tiempo sin que nos apliquemos mutuamente nuevos
LOS VICTIMARIOS 29
tormeulos, debidos á la electricidad. ¡Oh invención bien-
hechora! L a s b a l a s dum-dum, los obuses perfeccionados,
la m e l i a i l a , la r o b u r i t a , la lidita r e e m p l a z a r á n con v e n -
t a j a á los viejos proyectiles y á los explosivos desacredi-
tados D a r e m o s con el ñ u i d o u n i v e r s a l de M e a m e r y lo
e m p l e a r e m o s en las g u e r r a s f u t u r a s . P r o n t o , m u y p r o n t o
asistiremos al espectáculo de u n h o m b r e hipnotizado, col-
gado por los pies de u n a horca a l t í s i m a , d e s t i n a d o á p r e -
mio gordo de u n a lotería cuyos billetes se v e n d e r á n á
b u e n precio y c u y o objeto será f o m e n t a r la afición á la
a n a t o m í a . Ese ahorcado provisional será el sucesor del
antropoide (1) despedazado por Galeno en la p r i m e r a v i -
visección p ú b l i c a d e s p u é s de Cristo. Los suplicios q u e
describe M i r b e a u e n s u ú l t i m o libro, la c a m p a n a por c u -
yo t a ñ i d o i n c e s a n t e m u e r e n locos los condenados,la j a u -
la de los h a m b r i e n t o s con el símbolo feliz d e l p o e t ó mejor
s u j e l o á la m á s h o r r i b l e t o r t u r a , aquella m u j e r f e a y g r a v e
V de u n a f r i a l d a d de s e r p i e n t e q u e m a l a con s u s m a n o s
acariciadoras, son tortas y p a n p i n t a d o en comparación
con los t o r m e n t o s q u e el p o r v e n i r nos r e s e r v a . . . Ün ade-
l a n t e no h a b r á m á s q u é vencedores y vencidos: miel s o -
b r e h o j u e l a s - ¿ S e a c u e r d a V. del Italiano?
Z l n é e j e c u t a d o en L y ó n , h a c e m u c h o s a ñ o s A pesar
del tiempo t r a n s c u r r i d o , r e c u e r d o b i e n los detalles de la
eiecución; n a d a escapó á m i p e n e t r a n t e m i r a d a . À l a b o -
ra convenida, los m á s a f o r t u n a d o s p u d i m o s acercarnos á
la cárcel, j u n t o á la c u a l se h a b í a m o n t a d o la g u i l l o t i n a .
Y c u a n d o m á s e n g r e í d o s e s t á b a m o s con la esperanza de
verle m o r i r , c u a n d o m á s atentos espiábamos la p u e r t a ,
(1) Hacemos á nuestro amigo responsable de la afirmación.
Los autores no están de acuerdo en este punto. Y Estona no
especifica si la victima fué un gorila, un macaco, etc. Lo más pr -
Sable es que Galeno se contentó con un cepo, por aquello de «De-
güella el cepo, parecerá mancebo».
LOS VICTIMARIOS
abrióse ésta y se vió avanzar al pálido adolescente ro-
deado de los Victimarios que le empujaban al altar. ¡Caso
inexplicable! Tenían necesidad de arrastrarle, le lleva-
ron atado y casi en volandas hasta la guillotina y le ten-
dieron sobre la báscula. No sabía morir. Lanzaba débiles
gritos; no tenía ánimo para agitarse, porfiar y pedir per-
dón; como la víctima inocente de odioso sacrificio, mira-
ba á sus verdugos sin decir palabra... Convulsivo tem-
blor estremecía sus labios; sus ojos extremadamente
abiertos, dilatados por el terror, buscaban en la multi-
tud á alguien, á un amigo tal vez, un protector,.. Pero
su madre no estaba allí, y se le vió bajar la cabeza con
un gesto de abatimiento y con expresión de humildad y
temor. Era muy joven, casi un niño; una fuerza extra-
ña le había impulsado é cometer su crimen; una dulce
voz le había dicho «¡Mata!» y ahora quería vivir. ¡Vivir!..
Seguramente habia olvidado su miserable condición, los
engaños de la vida, las dificultades con que había trope-
zado á cada paso... Era joven, se sentía débil, estaba
solo... ¡Y ahora le echaban en brazos de la muerte! Le-
vantó por fin la cabeza, y su mirada tropezó con la mi-
rada administrativa y fría de Deibler. Se inclinó sumiso,
se dobló al peso de la ley. El verdugo apretó el resorte y
cayó la cuchilla. Pero antes de que ésta cayese, el reo
había muerto.
—¿Lo cree V. así?
—Es indudable, contestó. En cambio, Ravachol esta-
ba vivo y muy vivo... ¡Oh! aquel era todo un hombre.
—¿Presenció V. la ejecución?
—No; pero sin haber estado en Montbrisson la conoz-
co. Me sé de memoria todo, todo lo que allí ocurrió. Ade-
más, se lo he oído al mismo Deibler.
—¿Le conoce V?
—¡Ya lo creo! he estado á punto de ser su sobrino.
—¡Magnífico! exclamamos. ¡Muy bien! ¡Con que faltó
LOS VICTIMARIOS 31
poco para que fuera V. sobrino de Monsieur de Paris!
¡Donosa ocurrencia!
—Y este parentesco intelectual me hubiera servido
más que todos mis estudios en la Biblioteca Nacional. No
lo dude V.: hoy el verdugo es todo un personaje y tiene
mayor importancia que en los tiempos de José de Mais-
tre. Ya ve V.: los anarquistas no se atreven con él.
— Cierto. ¿Y la sobrina? Porque supongo que no que-
rría V. casarse con el sobrino...
—Muy linda. Y sentimental. La dejó porque se e n -
amoraba de los muertos.
—¿De los muertos?
—Sí. Concibió por Ravachol guillotinado una pasión
funesta. Por eso la abandoné... ¡Juro á V. que era una
hermosa mujer!
—¡Un ángel de castidad y belleza!
—Una mujer, añadió nuestro amigo conmovido, por
la que yo hubiera dado gustoso mi vida.
—¡Una mujer por la que se puede arrostrar la guillo-
tina del tío! Pero cuénteme V. lo ocurrido en Mont-
brisson.
—Es bien sencillo. Y lo mejor será que cedamos la
palabra á Deibler, quien refiere los sucesos del modo si-
guiente:
«Al llegar á Montbrisson, mi primer cuidado fué,
como era natural, enterarme del lugar'designado para la
ejecución. ¿Por qué no he de confesar que vi con gusto
la corta distancia que mediaba de la cárcel al punto en
que debía disponerse mi guillotina? Desde hacía muchos
días los anarquistas me enviaban anónimo tras anónimo
(más de quinientos recibí), amenazándome de muerte. Y
el triste suceso del boulevard Magenta (1) no era m u y
(1) Se refiere á, la explosión ocurrida el 26 de Abril de 1892
en el restaurant Very y que costó la vida á dos personas: el dueño
de la casa y un obrero llamado Hamond.
32 LOS VICriMABIOS
ocasionado á tranquilizarme, si bien en mi calidad de
fancionario desconozco, al menos oficialmente, el miedo.
Insensible como la guillotina que manejo hábilmente y
que por decirlo así está hecha con pedazos de mi corazón,
no podía estremecerme ante una amenaza vaga y además
injustificada. Porque si es verdad que soy el verdugo que
mata, no es menos cierto que las leyes arman mi brazo,
que los jueces dictan previamente la sentencia, que lleva
ésta el visto bueno del presidente y que treinta y nueve
millones de franceses (sin contar las colonias) me aplau-
den con entusiasmo que sinceramente les agradezco. Yo
soy el justo del Evangelio; el vir bonius peritísimo en su
oficio, de Quinliliano; la ley implacable de Grocio y la
necesidad social de que hablaba el conde de Maistre.
Pero soy además el hombre de Terencio, y en aquella oca-
sión no se me ocultaba que los señores anarquistas po-
dían jugarme una mala pasada, razón por la cual tomó
mis precauciones.
«Hombre prevenido vale por dos; castillo apercibido
nunca sorprendido; fíate de la policía y no corras; el co-
misario que me loas, algunas veces da en el blanco, mas
no todas; también se arregló lo de Caparrota y ahorcáron-
le; quien da primero da dos veces, etc.; estos adagios que
he leido en un tal Sancho Panza, autor español, me in-
dujeron á obrar con la debida cautela. Aunque verdugo,
sé hablar; mi oratoria no es la de Sebastián Faure, ni la
del judío Henri Dhorr, ni siquiera la de Prost (todos ellos
condenados anarquistas, á los que algún día he de ejecu-
tar); nosoy elocuente, no; sólo que mi palabra corta como
el tranchete de la viuda (1) y mata como la mirada furiosa
de un Procurador general. Así, pensé en enderezar á Ra-
vachol un discurso. Tenía la seguridad de que mis e x -
(1) En francés la oeuoe, la guillotina; término que ya no se
usa (Nota dedicada á los misántropos del i)orvenirJ.
LOS V I C T I M A B I O S 33
horlaciones patéticas serían mucho mejor acogidas quelos
inútiles consuelos prodigados en estos casos por el cape-
llán de la cárcel. Confortado de este modo, pedí al alcaide
me permitiese departir amigablemente con el reo antes
de la ejecución. Mi solicitud fué atendida, y al día si-
guiente, á las cuatro de la madrugada, entré en la celda
de Ravachol.
»Este dormía á pierna suelta. Le desperté con una
palmada y pronuncié la frase sacramental que sólo al
alcaide es dado proferir, y que en esta ocasión corría de
mi cuenta.
»—El presidente de la República ha rechazado la pe-
tición que V. le dirigió. Vístase V.
»Se incorporó en la cama, y con acento seguro dijo:
»—¿Qué ocurre?
»—-Nada. Llegó la hora fatal; prepárese V. á morir
cristianamente...
»—Está bien. Voy á vestirme.
»Se levantó de uu salto y empezó á vestirse despacio,
cuidando mucho de su toilette, lamentándose de no tener
á mano un espejo para verse por última vez, y poder
comprobar de este modo la palidez, que, según él, debía
dar á su rostro una expresión desagradable.
»—Creerán que tengo miedo...
»—No.—¿Qué crimen ha cometido V.?
»—He odiado á los ricos y he amado á los niños...
»—¿De veras?...
»Ravachol no se dignó contestar.
»—Tus partidarios te llaman el Precursor, ¿e han j u -
ramentado para vengarte...
—La venganza es el alimento de los pobres.
—¿Crees en Dios?
—He dejado de creer en los hombres...
—Dime: ¿conoces á ileunier?...
«Plácida expresión de alegría iluminó la frente del
4
34 LOS VICTIMARIOS
Precursor; una palabra de gratitud expiró en sus tem-
blorosos labios; su mirada incierta buscó al amigo que
debía estar allí, que tal vez huía de los gendarmes, que
sin abandonar sus proyectos de venganza se ocultaba
para mejor combinar y asegurar el golpe...
» _ N o , no le conozco... ¡Pero sé que me vengará!...
»Su voz era destemplada y dura y por sus labios cris-
pados vagaba una sonrisa poderosamente cruel, despre-
ciativa, irónica.
»—Vamos, miserable; ¡muéstrame tu guillotina! aña-
dió.
»Entonces me sulfuré, y con razón.
»Me había conducido con él tan cortesmente, que no
había motivo para el insulto; aquellas palabras y especial-
mente el tono desdeñoso con que habían sido pronuncia-
das, hirieron mi amor propio y mi legítimo decoro y estuve
á pique de lanzarme sobre Ravachol para estrangularle
con mis robustos brazos.
»Gon todo, supe reprimir los ímpetus de mi furor y
llamé á mis ayudantes para que, sin pérdida de tiempo,
maniatasen al reo.
»Esíe les dejó hacer, y aunque en su mirada se leía
un desprecio insultante, no se movió ni preguntó cosa
alguna, y ni siquiera pidió el vaso de ron en cuyo fondo
buscan los condenadas la valentía de su hora postrera.
»Si he de decir la verdad, Ravachol alardeaba en
aquellos instantes de una impavidez que para sí quisie-
ran los banqueros ligeramente resfriados y condenados,
por su médico, á guardar dos días de cama en evitación
de una bronquitis aguda.
Y llegó el momento decisivo, crítico, verdaderamente
fatal. Del mismo modo que el martín-pescador pasa horas
enteras en la orilla del río, al acecho del pez inocente,
presa fácil para aquel maligno avechucho, así el padre
Claret, cuyo nombre evoca en país contiguo al nuestro-
LOS VICTIMARIOS 35
recuerdos poco gratos, mataba el tiempo en la cárcel de
Montbrisson en espera del momento propicio para la con-
versión del pecador. Con este propósito y con las facili-
dades que tenía para lograrlo, el cura vino á la celda en
el punto que nosotros nos disponíamos á salir.
«—Quisiera, dijo con su voz más melosa, quisiera sa-
ber si está V. dispuesto á recibir los auxilios de nuestra
religión...
»Se dirigía, como es lógico, á Ravachol, que al punto
contestó sabiamente:
»—Vuestra religión no es la mía...
»-¡Quél
«—¡Dejadme en paz!
»Allá fuera la muchedumbre rugía impaciente, y del
mar alborotado, desbordado, de la indescriptible y tre-
menda confusión surgió un grito satánico, producto de
diez mil voces:
»—¡Ravachol, Ravachol!
«Frente al populacho, el Precursor se irguió, so-
berbio, indomable, magnífico y en su ceñuda frente y en
sus ojos irritados centelleó el orgullo de Espartaco venci-
do. El antiguo villano castigado por la fuerza, el jefe de la
Jacquerie aplastada, el campeón de la Justicia pisoteada,
la Revolución despreciada y escarnecida re%'ivían por úl-
tima vez en aquel hombre, á quien casi admiré...
llegar á la guillotina, quiso hablar, quiso decir
algo al pueblo. ¡Ah! quizás había preparado un discurso...
«Recobró mi sangre fría administrativa y le largué un
empellón, ordenando á mis ayudantes le colocasen en la
báscula.
«Creo que entonces dió una gran voz, creo que se per-
mitió gritar sarcáaticamente:
"—¡Viva la República!»
»Mi hijo me ha dicho que también gritó:
« — ¡Viva Deibler!,..»
3g LOS V I C T I M A R I O S
»El hecho fué q u e su cabeza, separada del tronco, rodó
al cesto, y que estuve á pique de sacarla de allí para
mostrársela á la gente, lanzándoles al mismo tiempo la
siguiente palabra:
» _ ¡ V e d la cabeza del Precursor!»
III
Una vez terminado el relato deibleriano, que, como
h a b r á n observado nuestros lectores, difiere bastante de
las relaciones publicadas por los periódicos «mejor infor-
mados», pedimos á nuestro amigo la definición exacta
del anarquismo. Era el tema de mayor actualidad, a u n -
que no el más novelesco. Por más que se llamaba á R a -
vachol el Precursor y se le tenía por jefe de u n a secta,
no concebíamos al rebelde sin u n motivo de rebeldía,
como no se concibe un efecto sin causa ni u n a dolencia
nerviosa sin el síndrome correspondiente. ¿ Cabe s u p o -
ner que broten del suelo los hongos por caso espontaneo
y sin la intervención de sus esporos? En nuestra opi-
nión, quedaba u n rabo por desollar; nuestro interés de
historiador exigía declaraciones más completas y no po-
díamos contentarnos con la narración del verdugo, m o -
dificada tal vez por nuestro amigo.
—¿Qué opina V., le preguntamos, de esa agitación de
la calle y el café, de las algaradas de estos días (1), del
proceso de Rennes, de los anarquistas militantes y es-
pecialmente de Libertad, de los demócratas tullidos, de
los viejos revolucionarios, de la prisión de Degalves y
de la última hazaña de Georges?
—Vamos por partes, respondió. No he de tolerar que
anárquico V. las cuestiones; en todo es preciso proceder
(1) Se nos había olvidado decir que nuestra conversación con
el anónimo ocurrió á mediados de Septiembre de 1899, acaso el
mismo dia en que se devolvió la libertad al capitán Dreyfua.
con orden; no se empieza á comer por los postres, ni se
toma el aperitivo á la hora de recogerse; hay que em-
plear siempre el método oportuno. Ahoguemos en el lago
de la dialéctica el instinto subversivo de la juventud.
Aprenda V. en los soporíferos discursos del general Ro-
get, gran batólogo. Aun para morir se necesita, salvo en
los casos impensados, una orden previa del médico. Y
puesto que de medicina hablamos, no negaré á V. que,
según dijo un escritor inglés con motivo de una ejecu-
ción sonada, Anarchy, like enteric disease, etc.: «La
anarquía es una enfermedad que ataca á los reyes, pre-
sidentes, magistrados, etc.» Sólo que es una enferme-
dad antigua y que ya no tiene remedio, después de los
recientes inventos químicos. ¡Oh, la químical Aquí el
progreso es evidente; para negarlo sería forzoso cerrarlos
ojos ó mejor los oídos, porque se trata de una serie de
estallidos por percusión ó por fulminante. ¡El fulminato
de mercurio! Tal es la última palabra de la ciencia mo-
derna. ¡Y qué me dice V. del arle de curar! Cada día se
descubren nuevas afecciones, engalanadas con el nom-
bre del observador ó con pomposos términos griegos que
difunden por todas partes el terror anarquista. ¿Conoce
V. el número aproximado de los microbios últimamente
clasificados?
—No sé...
—¿No? Tanto mejor... Así escapará V. á la bacilofo-
bia. Volviendo á la anarquía, quedará tal vez, como el
tifus, que es un mal endémico. En realidad, Ravacbol
ha sido el fenómeno por el cual se revela un estado
nuevo. Un hombre excepcional, ó un pobre diablo. Se
le ha llamado el Precursor, pero en últiiáo resultado
sólo se precedió á sí mismo: fué el nuncio de su propio
guillotinamiento y el batidor de la brillante hueste de
los innovadores desarrapados. Desconozco los móviles
que le impulsaron á cazar logados; me basta saber que
38 LOS VICTIMARIOS
no consiguió su objeto: ¿qué piezas llegó á cobrar? Nin-
guna. Quiso intimidar á sus enemigos y repeler los crí-
menes con el crimen. Pereció en la difícil demanda.
Vidente ó loco (porque en este punto se dividen las opi-
niones), ostentó la belleza de Satán, la fuerza de Asta-
rotli y el valor de Vercingentorix; fué generoso como
Tito Volumnio, desgraciado como Bayaceto, obcecado
como un albigense, astuto como Roberto Macaire é
impetuoso como Mandrin. Bajo la regencia de Blanca
de Castilla, se hubiera sublevado con los «pastorcillos»,
habría sido hermandino en Galicia, anabaptista en "W^est-
falia, camisardo en las Cevenas, carbonario en Italia y
mormón ó metodista en América. Ahora sería el organi-
zador de Free Iniciative, la colonia anárquica de Pater-
son. Es el eterno esclavo que persevera en su rebel-
día, Zani apaleado en la escena italiana, el virtuoso
protagonista descalabrado ó muerto en el último acto de
un drama verosímil. Juzgáronle enciclopedista del Mal,
cuando no era más que un sabio especialista, supuesto
descubridor de la ravacholita. Entendía poco de quími-
ca y no se había tomado el trabajo de leer á Spencer:
¿para qué? Después de haber luchado valientemente
contra toda la policía francesa, cayó vencido á los pies de
Deibler. ¡Séale la tierra ligera!
—¿Y el proceso Dreyfus?
—¡El asombroso enigma! exclamó, levantando á las
nubes su bastón. Si se refiere V. á la parte activísima y
principal que los anarquistas han tomado en este asun-
to, empezaré por confesar que merecen ser aplaudidos.
¡Qué ejemplar abnegación! Han trabajado con laudable
empeño y se han honrado demostrando la nobleza de sus
sentimientos. Casi se debe á ellos solos el triunfo. Este
acto de hidalguía hará olvidar los pasados excesos, tan
vituperables. Lo que para turbulentos leones canción
órfica, habrá sido en esta ocasión para los anarquistas.
LOS VICTIMARIOS 39
tan calumniados, la música sentimental del salterio j u -
dío. Se han dejado amansar por los sonidos de concerta-
da orquesta, y muchos de ellos merecen ingresar en la
cofradía de los ángeles. Mario Tournadre es ya un b i e n -
aventurado, gSe ha fijado V. en esta aplicación novísi-
ma del arle á la sociología? El demonio que lo entienda.
Sugestionados por Faure, los anarquistas han obedecido
al interés de la justicia. Han sido los soldados de mada-
me Dreyfus. No es probable que creyeran llegar con el
capitán á la tierra de promisión: más bien se han movido
por impulso caballeresco que todos debemos alabar. La
palabra fascinadora de Jaurés llevó al campo dreyfusard,
donde Clemenceau y Vaughan tenían sus tiendas, á los
socialistas revolucionarios, y los anarquistas no quisie-
ron quedarse atrás. ¡El gran rabino les premiará su
celo! ¡Ah, parece mentira que las mujeres no compren-
dan la anarquía!...
—¡Las mujeres!
—No hay más arriba de media docena de libertarios
hembras, y á fe que el ideal anarquista tiene algo de
femenino y delicado contrario á la rudeza y á los torpes
instintos del macho. La anarquía es una mezcla de char-
latanismo religioso y superstición filosófica: casi puede
aplicársele el nombre de «religión volteriana.» De aquí
la singularidad del carácter anarquista que los adeptos
mismos desconocen. Pocos son los anarquistas sinceros,
habitantes en nuestro valle de lágrimas. Según la cuen-
ta de Nettlau, tenemos en Europa 142,369 libertarios y en
América 199,003. Las demás partes del mundo dan una
fracción despreciable, si bien se cree existan algunos en
el norte de África. Mi opinión es que la mitad al menos
de los vecinos de Orán están tocados de la gracia reclu-
siana. Me dirá V. que barajo las personas y que no es
bien confundir á Reclus con Ravachol. Es cierto; pero la
víctima de Deibler me merece el mismo respeto que el
40 LOS VICTIMARIOS
geógrafo de Bruáelas. Reclus es la cabeza visible del anar-
quismo; Ravachol, la cabeza cortada; aquél se erige por
sus méritos en pontífice, y éste sube atrevidamente al
cadalso; el primero siembra las ideas y el segundo r e -
nuncia buenamente á la cosecha. En vida del último,
nada había de común entre ambos, y si se hubieran
conocido, tal vez se hubieran odiado. Pero ahora están
unidos por el culto que los adeptos les profesan y se les
venera en el mismo altar... Si el sacrificio del ladrón fué
inútil, también es probable que el geógrafo, como el
sembrador de la conocida parábola, haya depositado sus
semillas en una roca estéril.
Permítame V. otra digresión que estimo oportuna.
Antes de fijar el número de los anarquistas, exagerado
por Nettlau y disminuido por Melville, nos ocuparemos
de los últimos sucesos. Hemos asistido á las manifesta-
ciones callejeras de esos ciudadanos. No sé si se tomó V. la
molestia de ir al míting de la calle Cadet. Allí estaban
reunidos radicales y masones, anarquistas y socialistas
en gran número. A la salida hubo carreras, palos, gri-
tos y silbidos. Se pidió á voz en cuello la libertad de
Picquart y se vitoreó á Dreyfus. A los libertarios corres-
pondió el mayor trabajo. Ellos se encargaron de gritar y
sus voces eran las más estentóreas; al oírles, el burgués
asustadizo corría á esconderse debajo de la cama, no sin
recomendar á su esposa y sus hijas la tenaz defensa del
propio honor, seriamente comprometido; ellos repartie-
ron garrotazos y puñadas, y á fe que no se mostraron
parcos en el reparto, y sobre ellos cargó en el supremo
trance la policía. Al estruendo del combate, los republi-
canos pacíficos, taberneros en su mayoría, facultados para
envenenar lentamente á París, se ocultaban angustia-
dos y temblorosos, pensando en el fracaso de aquella Ex-
posición querida que debía permitirles desollar al pérfido
extranjero. También se armó una zambra de todos los
LOS VICTIMARIOS 41
diablos con motivo del saqueo de la iglesia de san José.
Y lo cierto es que merced á los desahogos de esta gente,
ha consentido el gobierno en libertar ávDreyfus. Se ve
que este era el único medio de acabar con los tumultos
diariamente promovidos por el bando dreyfusista. Des-
pués se ha castigado á los anarquistas revisionistas
para recompensar de algún modo sus desvelos. Siempre
resulta ahogado el último mono. Los apaleadores del co-
misario Goulié van á recibir una lección severa; pasa-
rán en la cárcel una temporada larga y luego irán á pre-
sidio. ¿Ve V. cómo prevalece siempre la justicia? Los
magistrados se vengan de Ravachol despanzurrando á
sus imitadores. Tocante á Paul Adam, que elogió al Pre-
cursor, lo pasa perfectamente y vende muy bien sus
libros...
- ¿ Y qué?
— Quiero decir quo me disgustan profundamente los
aullidos del lobo hambriento y perseguido. Literaria-
mente hablando, nada es menos grato á nuestros oídos
que la queja imprudente, proferida en medio del arroyo.
Sepa cada cual morir en su casa, apartado de las gentes.
La muerte tiene su pudor, que todos debemos respetar;
es como recatada virgen que huye de la codiciosa mirada
de los hombres. ¡Morir en un cadalso! Siempre he creido
que debe ser cosa muy desagradable...
—Tiene V. razóa,
—Prefiero el suicidio en lugar oculto.
—Madame Séverine, Joséphin Peladan, Fierre Robin
y otros proclaman la excelencia del suicidio: es la medi-
cina infalible...
—¡Infalible! repitió nuestro interlocutor, con énfasis
delicioso. Lo que el malthusianismo á la sociedad, es el
suicidio al hombre; u n medio heroico que nos permite
ver el término de nuestros males. La muerte colectiva y
la muerte individual son los dos cuernos del argumento
42 LOS TICTIMARIOS
poético. ¡Porfiar, luchar, vivir! Dejemos eso para los ga-
ñanes...
—¿De qué nos sirve la terquedad silenciosa del artis-
ta, obstinado en su labor hermosa y deleznable, costosa
y limitada á un solo objeto? Sólo á las ideas es dado vivir
eternamente, y las ideas pertenecen á la multitud.
—El aire y el sol son para todos; en eso estamos de
acuerdo. Pero los versos melodiosos, las dulces imágenes,
el entusiasmo vibrante, la vida espiritual no se han he-
cho para los necios; sólo al poeta es dado gozar de su
propia obra.
—Si ello es así, tendremos que Ruskin y William
Morris han perdido el tiempo miserablemente...
—No, replicó él con viveza; no se pierde el tiempo
cuando se proclama el dominio exclusivo de la Belleza y
se pretende vulgarizar el arte. Con todo, no olvidemos
que Ruskin era inglés y que Inglaterra es la patria de
Tomás Moro.
—La utopia de hoy, dijimos, por decir algo, es la
verdad de mañana.
—¡Del mañana que nunca llega! exclamó el gran pe-
simista. La civilización que ustedes proclaman nos dará
á no tardar un hombre eléctrico en sustitución del íimable
salvaje de otros tiempos. Sea como fuere, Tomás Moro es
respetable porque en vez de claudicar se dejó cortar la
cabeza; esta preferencia se aviene con la «estética de las
ideas». Pida V. el mismo sacrificio al ventripotente Hen-
ry Bauer, exsoldado de la Commune, hoy enfurecido
dreyfusista, y veremos lo que responde. En cuanto á los
literatos que aplaudían á Ravachol y le ponían por en-
cima de las esferas gubernamentales, merecen ser en-
viados á Biribí, á Nueva Caledonia, á la Guayana, á la
isla Real, á la del Diablo, al Tártaro, al Sudán ó al Da-
homey, lugares todos de expiación, donde no se publi-
can aún libros, ni diarios, ni revistas. Sus manos (las
LOS VICTIMARIOS 43
manos pulidas y blancas de estos bardos), hechas al
manejo de la lira y la péñola y cuando más de la espada
francesa en risibles desafíos, cogerían allí la esteva, el
azadón y la sierra del presidiario; sus cuerpos dormirían
en el blando petate; sus cabezas perfumadas correrían
acaso la suerte de la cabeza de Simón (a) Biscuit, guillo-
tinado después de una tentativa de evasión, y sus pen-
samientos de gloria y de amor se confundirían con el
pensamiento doloroso y tenaz del vengador de Ravachol,
Meunier. A Biribi no tendrán que ir; si quieren saber
qué es un batallón disciplinario, les bastará pedir la ex-
plicación al dibujante libertario Luce, autor del cartel
alusivo al libro de G. Darien. Será bien que á la vez
pregunten á Cyvoct, recientemente indultado, cómo lo
pasó en su destierro de diez y seis años. Entonces nota-
rán la diferencia que va de la contemplación á la ac-
ción y pensarán, con temor no exento de alegría, en las
nobles y graciosas jóvenes que constituyen el adorno
triunfal y la espléndida diadema de París. A no ser que
se contenten con la amada de Meunier...
—¿Quién es?
—La venganza, representada en la iconografía anar-
quista por una vieja pálida, desgreñada, horrible, des-
nuda, mostrando el seno lacio y el cuerpo mancillado y
flaco, con señales de haber sido torturado; un monstruo
de voluptuosidad y dolor que tiene en su mano derecha
el lábaro de paz y en la izquierda una tea encendida...
—¡Ah! ¡metafísico estáis!
El se sonrió y con su bastón trazó en el aire una
•cruz.
—Esta es, dijo, la señal del próximo y decisivo
triunfo en que V. confía. Para entonces, cuente V. con la
adhesión de la mujer, que ahora piensa únicamente en la
salvación de su alma.
—Bueno; pero ¿no habíamos quedado en que los
anarquistas no tienen partido con las mujeres?
44: LOS VICTIMARIOS
—Si no recuerdo mal, hablábamos de una vieja, y es
sabido que las viejas aman y no son amadas. A los anar-
quistas les pasa quizá lo mismo. En la última escala
amorosa, debida á un nuevo Bourget, y donde el favor
que las mujeres conceden á los poetas se representa por
O, figuran los anarquistas con el signo —. O dicho de
otra manera; en amor, anarquista •< poeta. Y es lógico.
Nadie se encariña con los vencidos ni quiere encerrar
su corazón en la cárcel. Hay que buscar al poeta en las
nubes, al libertario en Nueva Caledonia. Con el primero
la traición ó el adulterio es harto fácil; con el segundo,
imposible. ¿Cómo quiere V. que las mujeres, que aman
el peligro y en él 'perecen, se rindan al encanto de la
paz octaviana en una sociedad que ha de ser feliz? La
mujer, que es un sér débil, comprende la necesidad del
eterno guerrear y prefiere verse atada, como en los tiem-
pos anteriores á Berta la del pie largo, por una pata al
conyugal hogar, á poder gozar de una libertad que no le
permitiría siquiera engañar al suprimido esposo. Por
eso se entregará al gendarme antes que al libertario.
Además, no á todas las mujeres es dado amar con el f r e -
nesí que Teresa de Jesús ponía en su pasión celestial, en
los ratos que hurtó al comercio con padres provinciales y
madres abadesas. Hay en los anarquistas sobra de ardor
y falta de prudencia. El anarquismo es una irritación
morbosa producida por el exceso de amor. Si no se satis-
face V. con esta definición, busque V. más datos en los
archivos de Nettlau...
—¿Quién es Nettlau?
—¿Así estamos? ¿de qué limbos sale este hombre?
Qué, ¿no conoce V. á Nettlau, la enciclopedia de la ver-
dad, el sutil calculador, bibliógrafo de la anarquía?
—No; por mi vida, no le conozco ni he oído hablar de
él hasta ahora...
—Pues tome V. cualquier expreso de París á Dieppe.
LOS VICTIMARIOS 45
De allí á Newliaven la travesía no es larga, y de Newha-
ven á Londres no hay más que un paso. En cuanto
llegue V. á Charing-cross ó á Liverpool station (que no
recuerdo con precisión el punto, ni es necesario que lo
recuerde), pregunte V. al primer agente de la autoridad
venido el camino directo de Oíd Complon street. El poli-
ceman, con un gesto trágico, indicará á V. u n ómnibus
blanco, azul, amarillo ó verde que debe conducir á V.
hasta el barrio francés y la calle indicada. Una vez en
Oíd Complon, descubrirá V. una casa de modesta apa-
riencia y en la cual vive nuestro bibliógrafo. Suba V.
sin vacilar, porque es posible que él no esté allí y que
halle V. la puerta del segundo abierta ó entornada.
Entre V. en el cuarto, amueblado al gusto alemán. Lo
primero que se ofrecerá á los ojos de V. será una tosca y
fuerte mesa, grande como un billar y de pintado nogal.
Encima de la mesa verá V. un cuaderno, en cuya roja
cubierta se lee lo siguiente:
Apuntes y comentarios de N e t t l a u ,
niSTORlÓGEAFO DE LA A N A E Q U Í A .
Ábralo V. sin temor y entérese del contenido. Juro
á V. que la lectura habrá de parecerle instructiva, con
cierto sabor filosófico. En concluyendo de leer, ya t e n -
drá V. espacio para examinar detenidamente el miste-
rioso armario en que guarda Xettlau sus libros y papeles.
—¿Y no recuerda V., le preguntamos, algo de lo que
en ese cuaderno se encierra? Si en vez del viaje á Lon-
dres, emprendiéramos la vuelta á mi hotel, ¿no sería
obra más fácil, práctica, entretenida y sana, y especial-
mente más barata? ¿No le parece á V.?...
—Dice V. bien; vamos allá, respondió, cogiéndonos
del brazo, á manera de un estudiante que en las calles
de París se enlaza estrechamente con su querida.
46 LOS VICTIMARIOS
Desde el Loulevard Monlmarlre, donde estábamos,
se toma la calle Faubourg-Montmartre y por la de Geof-
íroy-Marie situada à la derecha, y en la cual se veía,
hace pocos años, la crémerie de Constant Martin, lugar
de reunión de los anarquistas más conocidos, se llega á
la calle Richer. El hotel se hallaba cerca y no tardamos
en pasar á nuestro cuarto.
El excelente amigo con quien acabábamos de departir
durante media hora, reanudó la conversación en los si-
guientes términos:
—Si no miente mi memoria, en el cuaderno de Net-
tlau faltan las primeras páginas que se referían al siste-
ma penitenciario alemán, el cual, como puede V. supo-
ner, deja algo que desear. Según noticias, cuando se ha
tenido la desgracia de ingresar en una cárcel del rey de
Prusia, se pretende salir de allí lo más pronto posible,
aunque á la salida se deba tropezar con el patíbulo. Por
lo menos así lo declara el distinguido escritor belga
Víctor Dave, que cumplió en Alemania una condena de
cinco años y fué sometido á una especie de carcereduro
peor mil veces que el aplicado á Silvio Pellico en la for-
taleza de Spielberg. Tal era también la autorizada opi-
nión del regicida Nobiling, cuyo proceso fué muy breve
y terminó del modo que todos saben...
—¿En la horca?
—Sí. Respecto al diario de Nettlau, dice lo siguiente:
«Cuando llegué á Londres (estación de Waterlóo), lo
primero que se me ocurrió fué buscarla cindadela anar-
quista, que tantas veces han mencionado los periódicos.
Hallábame fatigado, pero quise antes de visitar á mis
compañeros dar un paseo por la ciudad y ver el Támesis.
Como el río no está lejos de la estación, creí innecesario
tomar un coche y eché á andar. Acostumbrado en mi
prisión á la vigilancia del guardián que venía siempre
detrás de mí pisándome los talones, volvíame á cada
paso para ver si me seguía aigúu moscón. Me han conta-
do que á Dave le ocurría lo mismo: después de recobrar
su libertad, no podía salir á la calle sin volverse veinte
veces en el espacio de u n minuto para cerciorarse de que
no le seguían. Por lo que á mí se reñere, nadie se había
tomado la molestia de trabar conocimiento con mis cal-
cañares, de lo cual me alegré infinito.
«Debemos reconocer que detective inglés es dis-
creto, ó mejor dicho, que sabe ocultarse graciosamente.
Animal cauto, olfatea de lejos su presa y se lanza sobre
ella en la ocasión oportuna. ¿Creerán ustedes que llevo
algunos años en Londres y no he visto todavía un solo
agente de policía? Al famoso Melville, mi mejor enemi-
go, llamado el «Terror de los anarquistas» y que ha
pertenecido al Scotland yard, le conozco sólo de oídas.
Es un pájaro de cuenta con el que tengo que arreglar
cierto asunto y del que hablaremos más adelante.
» Decía, pues, que la policía inglesa es invisible. ¿Y
los anarquistas? La cindadela de los periódicos no pare-
ció por ninguna parte. Entonces pensé que si en Lon-
dres había libertarios debían estar escondidos en los só-
tanos de la vieja urbe, como los ácaros dentro de un que-
so rancio. Y era la verdad. Por otra parte, todos los re-
volucionarios de esta capital cogen en mi puño, que por
su grandeza asusta á Melville, aun cuando es notorio que
no soy hombre de armas tomar. Y estos libertarios son
genie escogida, hábiles, reservados, taciturnos, laborio-
sos y sedentarios. Casi todos extranjeros. Tenemos dos-
cientos italianos, cincuenta y seis franceses, veintitrés
rusos, algunos belgas y alemanes y medio portugués.
Digo medio, porque todavía no está convertido, y ade-
más un portugués puede siempre reincidir en el error y
ser relapso.
» Creeríase que estos anarquistas duermen, que han
venido á esta nebulosa ciudad, inmensa y poderosa, infi-
48 LOS VICTIMAKIOS
nitamente triste, no obstante su cielo á veces azul y su
poético río, grande como el mar, y en cuyas márgenes se
levantan las bulliciosas colmenas sociales, las viviendas
del trabajo y los negros palacios, el maravilloso Parla-
mento y la maciza Torre; no obstante la alegría meri-
dional de Islington y los parques siempre verdes, lla-
mados «pulmones de la Metrópoli, » y el puerto, donde
hormiguean doscientos mil dockers; creeríase, repito,
q u e los anarquistas han venido á dormir aquí su sueño
hibernal y á descansar de sus peregrinaciones extraor-
dinarias por el continente, á meditar en sus planes, á
fortalecer sus deseos y renovar sus esperanzas; pero lo
•cierto es que todos trabajan y que sólo se preocupan de
su personal interés. En Londres es muy difícil hacer cosa
de provecho, y cabalmente por esto me he metido á his-
toriógrafo, cargo que es casi una carga e:n los tiempos
actuales.
» Sí; yo soy el cortesano de la miseria, abogado de
los pobres y médico de los incurables enfermos. Amo á
los desgraciados y defiendo á la viuda y al huérfano
confiados á mi solicitud cariñosa. He recogido los latidos
de la opinión moribunda y sé el número exacto de los
desesperados, la cifra de los rebeldes, llevo la cuenta de
los vencidos y alcanzo á formar la estadística de los pa-
decimientos humanos. No se imprime una sola cuartilla
ni se publica un solo papel que no me sean al punto
enviados. Conservo ínteg ras las colecciones de los perió-
dicos revolucionarios y de los grabados antiguos y mo-
dernos. En mi poder obran los antecedentes necesarios
para procesar á la vigésima parte de la humanidad. Mis
manos tienen ojos y mis ojos tienen manos. Veo por
todos los poros de mi gigantesco cuerpo. La curiosidad
insaciable de mi espíritu mantiene viva mi atención, y
de aquí mis constantes trabajos y mis afanes que tal
vez no tendrán premio adecuado en este mundo. ¡Qué
LOS VICTIMARIOS 49
importa! yo soy el artíEce de la desgracia, y de mis
lucubraciones a l e m a n a s deducirán los f u t u r o s sabios la
cantidad de bienandanza q u e corresponde á cada siglo.
Nuevo Cide Hamete Beuengeli, serviré de guía á los
autores de m a ñ a n a . Seré el lazarillo de los ciegos del
porvenir y renovaré las glorias de Linneo. Mi clasifica-
ción anarquista es la más perfecta q u e se conoce.
» Mi agudeza no tiene límites y soy u n milagro de
penetración estadística. En mi primer paseo por Londres,
el día de mi llegada, adiviné la sinceridad de P e r r y , la
generosidad de Malatesta, la osadía científica de Krapot-
kine y la convicción sentida y honda de G u é r i n e a u .
S u p e q u e Deffendi había estado en Francia diez años
preso por haber formado parle de la caballería de la
Commune... ¡Deffendi, q u e no había e m p u ñ a d o n u n c a
un fusil ni había montado á caballo en su vida! Me con-
vencí de que Malato cree en la transmigración de las
almas y en la metensomatosis del cuerpo social. Conocí
á Cini. que ha estado en América cincuenta y dos veces;
á Traversa, que, por equivocación administrativa, ha
dado dos veces la vuelta á Francia en cellulario (coche
celular), y á poco da la vuelta al globo; á u n Pedro De
Brezé, apellidado Cortacabezas, q u e se ha metido en
sesenta conspiraciones y ha salido i n d e m n e de todas
ellas, á De Brezé, que, á pesar de su preclaro nombre,
indudablemente usurpado, perecerá, según pronóstico
cierto, en la horca de Newgate, á manos del hangman; á
Nichols, el único terrorista inglés; á Milliard, el único
anarquista adinerado de la tierra, y á otros cuyos nom-
bres están escritos en mis listas y h a n escapado hasta
ahora á la sagacidad g a t u n a de Melville.
» Vi a n a r q u i s t a s judíos y a n a r q u i s t a s negros, abracé
á u n libertario chino y me convidé á cenar con u n ácrata
d é l a Tierra de Van Diemen. Estuve á punto de ir al
polo en compañía de u n finlandés y en Marlborough
5
50 LOS VICTIMABIOS
Street tomé unas copas cüii el infame Parmegiani. Mfr
apoderé de un busto de Ravachol y de una pipa que, se-
gún decían, había p e r t e n e c i d o A Etievant. Después he
sabido que éste no fumaba: nom de Dié! il harait que^
barmi nous, il y a aussi des farceurs...
»Y aquella misma noche, pensando en Meunier, en
el infatigable y rudo Meunier, el vigoroso ebanista que
no había cesado un momento de trabajar, que trabajaba
con el deseo febril de la venganza, escribí acerca de él
lo siguiente:
» Meunier era el justiciero que surgía del infierno-
social para poner coto á los crímenes de la burguesía.
Una voluntad de hierro y una obstinación paciente,
callada, invencible; la fuerza de la vida y el ansia de
morir; la calma del estoico y la mística resignación del
mártir cristiano; la altanería del gentilhombre y la risa
alegre del soldado, que desprecia los peligros; nervio»
irritables y músculos de acero; espíritu sublime y
cuerpo heroico: haced con todo esto un hombre, y ten-
dréis á Meunier.
«Incansable, trabajó hasta el último instante. Cuando
la policía fué á prenderle, le encontró en su taller; más
tarde, delante del tribunal, probó por la coartada que
en el acto de la explosión del restaurant Véry estaba
trabajando. ¡El trabajo, siempre el trabajo! ¡Y ahora tra-
baja también en su destierro, ahora se encorva también
bajo el ardiente sol en Numea! Pero el pensamiento de
justicia y de amor que le llevó á la desgracia no le
abandona un solo punto...
» A u n q u e alemán, me siento á veces desfallecer,,
pierdo á veces la fe y me pregunto por qué razón
triunfa siempre, siempre la maldad, más antigua que el
mundo... ¿No valía Meunier mucho más que los imbéci-
les por los cuales ha dado su vida?
» Sólo hay una virtud positiva: el trabajo. Refirién-
LOS VICTIMARIOS 51
dose á la división do éste en la apreciable sociedad de
su tiempo, vertía el español Luis de León, que hace bas-
tantes años murió, las siguientes reflexiones:
« Tres maneras de vida son en las que se reparten y
á las que se reducen todas las maneras de viviendas que
hay entre los que viven casados; porque ó labran la tie-
rra, ó se mantienen de algún trato y oficio, ó arriendan
sus haciendas á otros y viven ociosos del fruto de ellas.
Y así, una manera de vida es la de los que labran, y
llamémosla vida de labranza; y otra la de los que tratan,
y llamémosla vida de contratación; y la tercera, de los
que comen de sus tierras, pero labradas con el sudor de
los otros, y tenga por nombre vida descansada. A l a vida
de labranza pertenesce, no sólo el labrador que con un
par de bueyes labra su corta porción de siembra, sino
también los que con muchas juntas y con copiosa y
gruesa familia rompen los campos y apacientan grandes
ganados. La otra vida, que dijimos de contratación,
abraza al tratante pobre y al oficial mecánico, y al artí-
fice y al soldado, y finalmente, á cualquiera que venda
ó su trabajo ó su arte ó su ingenio. La tercera vida,
ociosa, el uso la ha hecho propia ahora de los que sé
llaman nobles y caballeros, y señores, los que tienen ó
renteros ó vasallos de donde sacan sus rentas.
» Y si alguno nos preguntase cuál destas tres vidas
sea la más perfecta y mejor vida, decimos que la de la
labranza es la primera y la verdadera; y que las demás
dos, por la parte que se avecinan con ella y en cuanto le
parecen, son buenas, y según que de ella se desvían son
peligrosas. Porque se ha de entender que en esta vida
primera, que decimos de labranza, hay dos cosas, ganan-
cia y ocupación; la ganancia es inocente y natural, como
arriba dijimos, y sin agravio ó desgusto ajeno; la ocupa-
ción es loable, necesaria y maestra de toda virtud. La
segunda vida, de contratación, se comunica con ésta en
B2 LOS VICTIMARIOS
lo segundo, porque es también vida ocupada como ella,
y esto es lo bueno que tiene; pero diferénciase en lo pri-
mero que es la ganancia, porque la recoge de las hacien-
das ajenas, y las m i s veces con desgusto de los dueños
de ellas, y pocas veces sin alguna mezcla de engaño. Y
así, cuanto á esto, tiene algo de peligro y es menos bien
reputada. En la tercera y última vida, si miramos á la
ganancia, cuasi es lo mismo que la primera; á lo menos
nascen ambas á dos de una misma fuente, que es la
labor de la tierra, dado que cuando llega á los de la vida
que llamamos ociosa, por parte de los mineros por donde
pasa, cobra algunas veces algún mal color del arrenda-
miento y del rentero, y de la desigualdad que en esto
suele haber, pero al fin, por la mayor parte y cuasi
siempre es ganancia y renta segura y honrada, y por
esta parte aquesta tercera vida es buena vida; pero si
atendemos á la ocupación, es del todo diferente de la
primera, porque aquélla es muy ocupada, y ésta muy
ociosa y por la misma causa muy ocasionada á dafios^y
males gravísimos, de manera que lo perfecto y lo n a t u -
ral en esto de que vamos hablando es el trato de la la-
branza.»
» Gomo se ve, el insigne escritor echaba sus cuentas
sin la huéspeda y se olvidaba del porvenir y sus Melvi-
lles. Pero ¿quién podía sospechar en aquel siglo que
más adelante y por virtud de no esperados sucesos t e n -
dríamos una nueva manera de vivir, que al revés de las
celebradas por Larra (otro autor hispano), permite vivir
con cierto desahogo? Es verdad que Melville y sus gan-
chos y corchetes andan muy ocupados; con todo, su ocu-
pación, en lugar de ser «loable, necesaria y maestra de
toda virtud,» resulta innoble, baja, inútil y es maestra
de los más feos vicios.
» A mi pesar, y para vencer los obstáculos que los
ageiiLes iuglosea, uo menos arleros que un polizonte
ruso ni menos crueles que un sacrismoche español, de
esoá que acaban de inmortalizarse por sus negras fecho-
rías, podían oponer á mi labor estadística con la cual he
de inmortalizarme también, aunque de otro modo, r e -
solví hace meses crear una contrapolicia, de la que soy
jefe, soldado, instrumento y aun ejecutor de altas obras.
En su consecuencia, posee el Reino-Unido dos policías:
la de lord Melville y la mía. ¿Cuál es la mejor? La mía,
indudablemente.
» Y no lo digo á humo de pajas ni por aquello de que
«cada buhonero alaba sus agujas», sino que tengo para
ello mis razones sólidas y convincentes que en dos pa-
labras voy á exponer.
» Mi alma es un armario en cuyos estantes figuran
todos los impresos relativos al ciclo anarquista, todas las
notas y todos los manuscritos de algún interés borronea-
dos en estos últimos años. Colecciones cuidadosamente
encuadernadas de periódicos revolucionarios, folletos
virulentos, hojas clandestinas, públicos manifiestos se
esconden en los hemisferios de mi cerebro, oculto á la
perspicaz mirada de los agentes de Melville. Conozco el
nombre, la edad y demás pelos y señales del nihilista
que mató al hermano de Krapotkine; sé dónde compró
Slepniak su cuchillo homicida y en qué posada de París
hurtó Ravaillac el suyo, veinte y dos horas antes de
clavarlo entre la quinta y sexta costilla izquierdas de
Enrique IV; no ignoro el paradero de Padlewski y re-
cuerdo perfectamente el fabuloso número de toneles de
palé ale vaciados por Bakunine, espantable bebedor.
Más dichoso que el Petrarca, he podido subir al empíreo
E annoverar le stelle ad una ad una,
según lo pedía el poeta en este verso precioso, que Leo-
pardi ha hecho suyo. También he contado las arenas del
mar y los polizontes que alientan en nuestra Europa.
LOS VICTIMARIOS
Melville me llama el Brujo, y á fe que tieue razón. Desde
hace muchísimos meses he adivinado sus líelas y es
para mí la cosa más fácil del mundo desbaratarar sus
planes. Cierla telepatía al revés me permite descubrir
todos sus proyectos, y por este medio sorprendo sus
secretos sin dejarle fraguar conspiraciones á estilo de
aquella en que perdió la vida Marcial B., quien azuzado
por la policía quiso, como es sabido, volar el observato-
rio de Greenwich. Lo mismo que Pauwels, el anarquista
de la Madeleine, Marcial B. cayó al suelo antes de
llegar al sitio conveniente; con el choque estalló la
bomba y destrozado su portador voló por lo.s aires. ¡Sino
extraño y fatal! Diríase que la dinamita, como una mu-
jer terriblemente hermosa, paga con la muerte á sus
adoradores. Es el ídolo cuya voz retiembla como un cañón
de crujía, y cuya mirada hiere como el rayo en la pro-
celosa noche... Bàogna non piü seroirsi di esm. Ciprio
que también los médicos mueren del cólera; pero la abs-
tención es preferible.
»Melville cree ó afecta creer que todos los libertarios
son terroristas. Si pedís al gato su parecer sobre los r a -
tones, dirá seguramente que todos ellos son endurecidos
criminales que merecen ser comidos. P^ro ni ese felino
ni su émulo Melville son, en mi juicio, dignos de crédito.
¿Habrá alguien que sea bastante necio para sospechar
que Krapotkine esté por la destrucción univer.<al? En
Viola house, su quinta de Bromley, el libertador aristó-
crata y noble geólogo cultiva, acompañado de su esposa,
ñores tan bellas como las de Kiew, escribe para sus re-
vistas y reúne materiales para sus libros, descubre n u e -
vas leyes científicas, rectiBca la historia, traza abstrusas
fórmu'as y acaricia dulcemente á su pequeña Saga, la
flor más bonita de su jardín. ¿Y eso es destruir?
» E n r i q u e Malatesta es el mejor de los hombres y
Luisa Michel un modelo evangélico de gracia, pureza y
LOS VIOTIMAKIOS
mansedumbre. Ambos igualmente píos, discretos, humil-
des. El posee u n a instrucción variada y vastísima y se
expresa elocuentemente en su habla napolitana, pausada
y sibilante, lan característica. Es un buen escritor y u n
electricista distinguido. Su biografía es curiosa como
pocas. Ha corrido extraordinarias aventuras y si v i r e
aún es por milagro divino. También para los anarquistas
h a y Providencia.
» Ella... ella sólo tiene su fealdad hermosa, su a d e -
mán descompuesto y heroico, su corazón traspasado de
dolor. Su existencia es el compendio de los padecimien-
tos de la h u m a n i d a d . Vive para acibarar vuestra vida ¡oh
poderosos! ¡amos crueles! ¡bandidos encopetados! y es la
imagen de vuestro remordimiento. Guarda para el pobre
su cariño; para vosotros tiene sólo desprecio. Os aborrece
por vuestra hipocresía, por vuestra miserable codicia, por
vuestra vanidad insufrible... ¡Temblad, ella os detesta!...
Esa mujer, ante la que se humilla el poeta, indiferente á
los frivolos debates de la sociología, no merece el aplauso
que vosoiros tributáis á vuestras cortesanas... ¡Que
vuestros favores y vuestro oro manchado de sangre sean
para las viles prostitutas que os fingen amor! Ella sólo
recibe el homenaje de los pobres... sólo á los desvalidos
sonríe...
» Se la ha comparado con J u a n a de Arco
...Jeanne d'Arc étoilant
Le front de la foule imbécile...
» Pues bien: como la caata heroína de Orleáns, tiene
su ejército, su valiente é invencible ejército. V a g a b u n -
dos, adúlteros, ladrones, homicidas, monederos falsos,
espiritistas, visionarios, herejes, truhanes, violadores,
incendiarios, judíos descastados, los descalzos, los d e s -
camisados, los muertos de h a m b r e , los antipatriotas;
todos esos acudirán al primer toque del clarín revolucio-
nario y formarán la mesnada celestial d é l o s vencedores.
56 LOS VICTIMARIOS
Esas son las compañías blancas de la eterna desespera-
ción... Con soldadoá tales el triunfo es cierto. Y Juana de
Arco...
» Pero ella es vieja y débil, está enferma. Morirá sin
duda antes de que se encienda el cielo con la luz de la
nueva aurora... ¡Y no verá la alegría de la cosecha, los
dilatados campos en que resp andece la mies aun no
cortada, y no podrá escuchar el alborozado canto de los
segadores triunfantes! Su espalda se dobla al peso de la
edad, y aunque bajo su frente marcada de arrugas, l a -
cen los altivos ojos, su palabra no tiene la vibración
sonora, la fuerza de los pasados días... ¡Morirá... huirá
de nuestra vista como una aparición gloriosa!
» A juicio de Melville, los anarquistas son unos locos
á quienes se debe sujetar con cadenas. Para evidenciar
su teoría del terrorismo, ha tenido necesidad de multi-
plicar á Nichols por sí mismo. El resultado de esta ope-
ración es la unidad: 1 X 1 = 1, y de ahí no se pasa.
» Después de esto, y en atención al fracaso sufrido,
trató de desquitarse en el terreno de la literatura. Se
metió á escritor.
» No era la primera vez que veíamos á un polizonte
cambiar su gato de nueve colas (látigo) por la acerada
pluma. En Francia, Goron, Rossignol y otros han p u -
blicado sus Memorias en que se alaban de hechos censu-
rables. Desmarets, que sirvió al Imperio, les había dado-
el ejemplo y después las notas han brotado como por
encanto de la fértil imaginación policiaca. Pero el caso
de Melville llamó particularmente nuestra atención. Este
sujeto había escrito y publicado en un Magazine de no-
sé qué población inglesa (creo que Aberdeen) un artículo
titulado La deformidad moral de los anarquistas. Un
tejido de mentiras y disparates y una ristra de sandeces;
u n ciempiés y un traspiés juntamente. Le contesté desde
las columnas de nuestro Freedom. En mi áspera y razo-
LOS TICTIMARIOS 67
nada réplica, sostuve quo los anarquislas son hombres
como los demás y que gozan de buena salud, teniendo
sus cinco sentidos cabales, con la particularidad de que
su olfato es más fino que el de los esbirros de Su Gra-
ciosa Majestad. L'eno de condescencia y con la seguridad
de que mis afirmaciones serían universalmente respe-
tadas, hice á Melville una concesión prudente y en mi
escrito dejé entrever que en la anarquía abundan Ios-
jorobados idealistas, tos tuertos videntes y los mancos
listísimos y apercibidos para la pelea. «Anarchy (dije
textualmente) is CommonweaWi etc.: La anarquía es la
república de los diez mil estropeados paladines que en
vano pretenden redimir á 1.000,000.000 de esclavos. Los
más desgraciados se acogen á nuestra bandera. Somos
los débiles que se defienden á sí mismos. El cojo Liber-
tad opone sus muletas al krupp de los ricos y con ellas
sacude el polvo á los iscariotes de las brigadas centrales
en las frecuentes asonadas de París. Los ciegos, los cue-
llituertos y los derrengados forman en nuestra vanguar-
dia. Nuestros oradores son mudos; nuestros guías, cie-
gos, y nuestros combatientes, paralíticos. Nuestros dioses
son Cuasimodo y Gwynplaine. Las gibas de nuestros
héroes corcovados contienen el veneno necesario para
destruir la vida de nuestros príncipes. La ironía de
nuestros bufones amargará ¡oh nobles banqueros! ¡oh
magnates de la industria! vuestros goces dulcísimos. En
cuerpo deforme, alma hermosa; en odre viejo, vino ex-
quisito. Arrancamos al stradivarius roto u n sonido que
vibra largo instante, y al corazón muerto latidos armo-
niosos. Tal es nuestra obra.»
» Melville se vengó de mí denunciándome á los míos
como soplón y traidor. (Antes había dicho á cuantos se
dignaron oirle que Krapotkine estaba vendido al gobier-
no alemán y que Perry era un miserable embaucador
pagado por la policía). En el míting de Totenham-hall,
58 LOS VICTIIÍABIOS
De Brezé, á quien se lia visto brindar con más de un
detective y que á nadie merece crédito, juró y peijuró
haberme hallado en compañía de un polizonte alemán.
Y no contento con esto, añadió que la policía imperial
remuneraba con 300 markos mensuales mis servicios.
¡Con qué aplomo se expresó aquel bergantel Su ronca
Toz de borracho tenía una entonación natural y suave.
Me han dicho que hasta estuvo elocuente, ¡Qué admi-
rable cómico! Sir Irving debe de envidiarle esos t a -
lentos... Por mi parte, estuve á punto de suicidarme.
Recuerdo que, desatinado, descolgué de mi gran pano-
plia el puñal manchado aún con la sangre de cierto juez
de Odessa, ejecutado por los nihilistas (cuando los había),
y que saqué de mi armario la pistola descargada contra
Crispi por Paolo Lega. La vista de estas armas rae hizo
desistir de mis propósitos; faltaba aguzar la punta del
cuchillo y la pistola estaba poco menos que inservible.
»Después de maduras reflexiones, opté por vivir. En
cuanto á Melville, creo que lo mejor será no hacer caso
de sus palabras j tener muy en cuenta sus obras. Co-
nozco sus mañas y sin quitar ojo de él le vigilaré, por
los medios teleantipáticos de que dispongo. T no termi-
naré este primer capítulo de mi libro, que ha de ser
largo y contendrá enseñanzas múltiples , sin lanzar
contra Melville mi última flecha pártica, la cual será
para los lectores instructivo aviso:
« Melville se atribuye el descubrimiento de todos los
complots fracasados, que, como es lógico, se fraguan
siempre en Londres; y en cambio, cuando un atentado
da el resultado que sus autores se proponían, dice sin
inmutarse que de la conspiración preliminar nada sabe,
porque debió tramarse en Philippemlles> (1).
(1) Nettlan alude seguramente á una versión oficial por la
que se afirmaba el paso de Caserío Santo por Phiiippaville (Arge-
lia), pocus dias antes del asesinato del presidente Caraot. Esa ver-
sión fué desmentida muy pronto por los periódicos.
LOS V I C T I Ï t A B I O S 59
IV
Por el camino de Mazargues. Natale Albano, á q u i e n
los gendarmes habían alado fuertemente, pensó en su
imaginario reino de Janua Coeli.
Mujeres de incitante belleza, ágiles y delicadas, o b e -
dientes y gozosas, rubias, trigueñas ó cobrizas, d e s n u -
das ó cubiertas con flotante ropaje de seda y oro, estaban
junto á él y le sonreían dulcemente, virtiendo eu copas
transpareutes el rojo cirenaica que i n f u n d e al bebedor
una alegría desconocida en la Tierra... T í a voluptuosidad
inteligente de las esclavas creaba sin cesar placeres refi-
nados y extraños que determinaban la exaltación cre-
ciente de los sentidos. Las más jóvenes y hermosas le
mostraban el seno de nácar, gracioso y turgente, la d e -
licia de sus cuerpos intactos, la undulación suava de sus
formas, al paso q u e las demás se retorcían convulsiva-
mente al mirarle como si en su adoración buscasen el
goce infinito. Natale se desvanecía, por decirlo a.sí, en la
senmidad azul de las miradas y en la diáfana blancura
de los semblantes, y su desordenada l u j u r i a tocaba al
límite de la delectación espiritual. Era el piadoso a n a -
coreta q u e en la privación encuentra un placer inefable.
¿Qué le faltaba para ser feliz? En su palacio de hadas,
rodeado de j a r d i n e s aéreos, construido al gusto asirio,
estaban representados todos los misterios de la heráldica
y la geometría y todas las rarezas de la historia: h o n d e -
ros baleares, lanceros persas, arqueros n ú m i d a s , vélites
romanos, gentiles arcabuceros, caballeros revestidos de
armaduras d a m a s q u i n a s , suizos, reitres, drabanes, estre-
lices, dragones, jenízaros, y aun mamelucos, g u a r d i a s
nobles, hidalgos relucientes, aturdidos gascones, h e r a l -
dos, pajes esbeltos, estafaros, lacayos, b e l d u q u e s , p a l a -
freneros, etc., formaban allí encantadores grupos f e m e -
60 L O S VICTIMARIOS
ninos y ovideuciaban el Iriuufo de la debilidad sobre la
fuerza, lo evidenciaban mejor que hubieran podido ha-
cerlo diez mil inscripciones latinas en los mármoles au-
ténticos de Paros, hallados en lugar ignoto por el profesor
Músculus.
Porque en aquel país de la ilusión, en aquel reino
tan distanto de la Tierra, y cuyas altas montañas coro-
naba perpetuamente la nieve, los hombres vencidos y
encadenados cultivaban el suelo casi estéril y le arran-
caban valiosos productos, frutos sabrosos y mágicas flores
de grato y penetrante aroma. Con el constante trabajo
había venido la eterna primavera, y en los valles crecían
enormes cactos, palmeras colosales, adansonias gigantes
y aralias monstruosas, y en las selvas de pinos y alerces
se guarecían animales más feroces que el hombre civili-
zado, siendo por muchos conceptos superior á nuestra
fauna la fauna maravillosa de Janua Cceli. Por lo que á
los hoiïbres se refería, la tradición explicaba que habían
venido de la Tierra animados del mismo instinto cruel
que les impulsara, hacía ya mucho tiempo, á dar la
muerte, una muerte lenta é ingeniosamente calculada,
al hermano del Jmperáior, al genovès INapoleone Albano.
Y de aquí la necesidad de imponerles una servidumbre
merecida.
Natale se preocupaba únicamente de la felicidad de su
pueblo. A este efecto y asesorándose con su intendente
áulico, V. Ingenuus Dulcis, acababa de dictar medidas
útiles y acertadas por las que se proponía aumentar el
bienestar común. Aníes bdbía suprimido todas las liber-
tades, salvo la de imprenta. Aun así, los que querían
publicar un periódico, un folleto, un libro, tenían que
utilizar forzosamente un tipo inferior al nomparell n ú -
mero 6, y con esta prudente restricción resultaba ilegible
todo impreso. Sóbrevinieron protestas, aunque mudas
elocuentes, da una energía tácitB, y entonces N&tale or—
LOS VWTIMASIOS 61
denó que se imprimiesen todos los escritos con el número
20 6 misal.
El resultado de esta orden fué admirable y favoreció
también los designios reales. Viendo la enormidad de los
tipos, comprendió el lector la grandeza de los disparates
humanos y se asustó al notar la pequeñez [Link] ideas.
Cierta poesía elegante y vaporosa de Tennyson pareció
extravagante, vacía y alegre como un cartel da toros de
España. La misma palabra Imperátor, áe un significado
heroico, sonó desde entonces como el anuncio de un
menjurje farmac éutico. En resumidas cuentas, se dejó
de leer, y desde aquel puuto la felicirlad general fué en
aumento.
No obstante su poder ilimitado y el atractivo d e s ú s
bellas, dóciles y picarescas esclavas que cuidaban de
renovar los alambicados placeres del amo y le escancia-
ban cada día vinos prodigiosos, el Constanza que produce
una embriaguez tenue y duradera, el tokay celestial
que envenena y deleita á la vez como el haschich, el
johannisberg de ülalume que enciende en el espíritu el
deseo de torturar á inocentes, el cbipre de la felicidad
del que sólo quedan dos botellas... esto no obstante, N a -
tale se aburría soberanamente y más de una vez resol-
vió... ¿Volver á la Tierra? No por cierto.
Natale había querido más de una vez recrearse en la
contemplación de nuevas torturas. Y no le bastaba cas-
tigar á los hombres, culpables de un horrendo crimen,
sino que imaginó además descargar su cólera y su tedio
en seres delicados é inermes. Entonces tocó á las m u j e -
res y á los niños el turno del padecimiento agudo, inter-
minable. [Y era de ver cómo los cuerpos gráciles é in-
comparablemente hermosos se crispaban de dolor bajo el
látigo del sombrío Victimario!... ¡Ab, Natale prefería este
espectáculo á las malditas riquezas de la Tierra que
tantas veces^^había entrevisto y codiciado en sus sueños
de amor!
62 LOS VICTIMARIOS
Un día el rey, q u e se moría de hastío, dió en su gong
u n golpe tan fuerte, q u e hizo temblar todos los crislales
coloreados del alcázar y despertó de su letargo á las cam-
panas de oro en los cruceros llenos de luz.
Al punto se presentó en el umbral de la puerta el
enano real, Anemos Anábates, grotesca criatura capaz
de excitar la hilaridad de un muerto.
—Acércate, le dijo el rey.
El enano avanzó en la dirección prescrita, inclinán-
dose á cada paso y besando cada vez la alfombra con su
nariz de cuervo.
—Buscad á Músculus y echádmele para acá.
Anemos Anábates se inclinó n u e v a m e n t e y salió más
ligero q u e un ratón.
Catorce segundos después, el profesor Músculus pi-
saba los u m b r a l e s de la regia estancia.
Músculus debía su valimiento y su celebridad á n o -
tables descubrimientos repelidos. Había sido el primero
en tropezar con el microbio del bostezo {Streptococcus
buccinalis) y en vislumbrar las causas remotas del hipo,
una de las dolencias más fastidiosas q u e a q u e j a n á la
h u m a n i d a d . Debíasele además el conocimiento de las
propiedades estupefactivas de la rosa de Navidad y la
invención de la vigésima raíz aperitiva.
Al igual q u e el enano, Músculus se detuvo en la
puerta respetuosamente. Tal vez temía una áspera repri-
m e n d a , ó lo que era peor, una corrección material admi-
nistrada por el monarca mismo.
—¿Estás clavado ahí? le preguntó Natale. ¡Ven acá,
picaro redomado! ¡oh poeta inmortal!
Y miró al sabio de un modo insolente, de u n modo
q u e daba miedo.
Músculus temblaba como la hoja en el álamo y a d e -
lantó un paso, doblegándose en una reverencia de per-
fecto cortesano. Y luego avanzó más, hasta colocarse á
dos metros de Na tale.
LOS VICTIMARIOS 63
—A. ver si a b r e s el pico. C u e r i U á v e r . . . D i m e q u é
ha sido d e S o f r o n i a . . .
— La e c h a m o s al m a r , c o n t e s t ó M ú s c u l u s , m e t i d a
en u n saco y e n c o m p a ñ í a d e s u s u e g r a y de o t r a v í b o r a
y de u n g a t o . . .
—ii,Un g a l o i n o n t é s ?
— S e ñ o r , en eftíclo era u n g a l o m o n l é s .
N a l a l e soltó u n a e s t r u e n d o s a c a r c a j a d a .
— ¡ Q u é divertido suceso! e x c l a m ó , frotándose las
m a n o s u l e g r e m e n t e . P e r o es p r e c i s o i n v e n t a r algo. D i m e
¿no m e t r a e s a l g u n a r e c e t a n u e v a ? T o r t u r a t u m a g í n , ó
de lo c o n t r a r i o . . .
Y d e j ó s i n c o n c l u i r la f r a s e , m i e n t r a s l e v a n t a b a s u
m a n o con u n g e s t o d e a m e n a z a .
— E s q u e . . . s e ñ o r . . . t a r t a m u d e ó M ú s c u l u s . S i la c l a r a
i n t e l i g e n c i a d e l o s c u r o j e f e d e tus. V i c t i m a r i o s . . .
— S í , ya. sé, d i j o N a l a l e con u n s u s p i r o ; e n él h e
p u e s t o toda m i e s p e r a n z a . Ve á b u s c a r l e .
Sin a g u a r d a r á q u e se lo d i j e r a n otra vez, M ú s c u l u s
se f u é v o l a n d o m u y s a t i s f e c h o p o r los r e s u l t a d o s de s u
consejo, y a p e n a s h a b í a n t r a n s c u r r i d o t r e c e s e g u n d o s ,
entró en la c á m a r a r e a l el i l u s t r e j e f e d e los V i c t i m a r i o s ,
Philadelphus Orcbys.
E s t e p e r s o n a j e , m e l a n c ó l i c o y g r a v e , se p r o s t e r n ó
a n t e el r e y , q u e i n m e d i a t a m e n t e le dió s u m a n o á b e s a r
y le p r e g u n t ó con a c e n t o c a r i ñ o s o :
—¿Hds cumplido mis órdenes?
— S í , m a j e s t a d . Mis p e r r o s d a n e s e s l l e v a n t r e s d í a s
sin c o m e r y le j u r o q u e v a n á d a r b u e n a c u e n t a del
preso... E s t á n e n c a d e n a d o s a l l a d o d e é s t e y los s o l t a r é
en el m o m e n t o o p o r t u n o . . . M i e n t r a s t a n t o , el p r e s o les
ve, las ce... y o y e s u s r o n c o s l a d r i d o s . . . T i e n e n h a m b r e
y -
— E s t á b i e n ; p e r o ¡por m i Tidal t e n e m o s q u e h a c e r
cosas m á s s o n a d a s .
64 LOS VICTIMARIOS
—Señor, repuso Philadelphus Orchys, pensativo, uos
q u e d a el recurso de la tortura moral...
—A ver, vamos á ver. ¡Habla, explícate!
—Señor,..
—¡Habla, desembucha! ¡Yo lo quiero!
Su mano extendida denotaba la vehemencia de sus
deseos, y la fugaz sonrisa q u e iluminó su rostro pareció
á Philadelphus una misteriosa promesa.
En aquel momento el Victimario hubiera torturado
sin vacilar á su hija Kore, preciosa niña de diez años,
destinada á satisfacer un capricho real, y á su gruesa
mitad Libéllula, que, según las malas lenguas, recibía
secretas lecciones del profesor Músculus, descubridor del
más poderoso afrodisíai-.o moderno.
—Créeme, señor, exclamó al fii), rascándose la barba
para dar á sus palabras mayor importancia; el tormento
físico no poede satisfacer la curiosidad legítima q u e te
atosiga; es cosa que sólo tiene interés... para el reo. De-
seando complacerte, he meditado largo rato, y de mis
largas meditaciones deduzco...
—¡Voto va! interrumpió Natale amoscado. ¿Te has
propuesto acabar con mi paciencia? ¿0 es q u e quieres
u s u r p a r el puesto de nuestro Músculus, orador, historia-
dor, turiferario y poete? ¡Habla, ó mando q u e te a r r a n -
q u e n la lengua!
—Sin lengna, dijo Philadelphus haciendo u n visaje,
no me sería fácil h a b l a r . Pero vamos al caso. Se trata de
la capilla p e r p e t u a . . .
— ¡La capilla perpetua!
—En vez de pasar veinticuatro horas en el calabozo
preparándose para el último viaje, el condenado se q u e -
dará en su capilla para siempre. Todas las m a ñ a n a s i r e -
mos á decirle la frase de ritual: «Prepárate á morir»,
pero nos guardaremos m u y bien de ejecutarle, y de esta
manera, tendremos reo para rato. Yo cuidaré de que no
LOS TICTIMAEIOS 65
falten eu el calabozo los cirios convenientes, ni el cruci-
fijo ni la b a y e t a n e g r a de rigor en estos casos. Un sacer-
dote irá todos los días á visitar al reo y le hablará de la
^tra vida, ponderándole las excelencias de la misericordia
•divina, la necesidad u r g e n t e de salvar su alma, etc. ¡Y
no moTwk jamás! ¡Eh! ¿qué tal?
—¡No morirá! ¡Ven, ven á mis brazos, P h i l a d e l p b u s !
¡Te nombro mi consejero áulico! Pero no; tú eres m i
único Victimario y no puedo prescindir de t u s servicios
eu ese cargo... ¡Te p a g a r é en hermosos ducados de oro,
te daré la más valiosa de mis perlas y la m á s a m a b l e y
voluptuosa de mis m u j e r e s !
—¡Berta!
—¡Miserable! ¡infame a t o r m e n t a d o r ! ¡innoble s a y ó n !
¡Dime, di! ¿conoces á Berta? ¿Quién ha podido?...
—¡ No, no!
—¡Descastado bellaco! ¡oh perro de presa! ¡ruin V i c -
timario! ¡no mereces ni a u n verla! ¿Cómo podrías refle-
j a r en tus n e g r a s pupilas la luz de sua ojos? ¡Y tu hálito
impuro se c o n f u n d i r í a con su aliento suave! Qué, ¿te
atreverías á besar la orilla de su t ú n i c a ? ¿ h a s pensado en
ella a l g u n a vez? ¿has pensado en torturarla"?
—Señor...
— ¡Vete! ¡vete al infierno!
P h i l a d e l p b u s Orchys salió con la rapidez del b o d o q u e
lanzado por h á b i l ballestero, pero al llegar á la p u e r t a
tropezó con Anemos A n á b a t e s , q u e en a q u e l p u n t o e n -
traba, t a m b i é n disparado, y ambos cayeron al suelo.
El Victimario se levantó y h u y ó velozmente.
E n c u a n t o al enano, afirmóse otra vez sobre sus pies
deformes, de m a y o r t a m a ñ o q u e los del elefante p r i m o -
genio, y se inclinó con una cortesía.
—¿Qué me quieres, A n e m o s Anábates?
— S e ñ o r , respondió el e n a n o repitiendo su g e n u f l e -
xión; ahí fuera está B u r r h u s , prefecto de policía, p r e -
6
66 LOS VICTIMAKIOS
fecto del pretorio y prafeclus orce maritimce, cua3
B u r r h u s desea hablar con V. M...
—Dile q u e ante lodo se apodere de Philadelphus-
Orchys, poniéndomele á b u e n recaudo y cargándole de
cadenas, y que... Pero, en fin, lo mejor será que os m a r -
chéis los dos con la música á olra parle...
—Señor, se ha descubierto un complot...
—¡Siempre lo mismo! ¡la cantinela de siempre! ¡Fue-
ra de mi presencia!
T cuando el enano se h u b o alejado, Natale, q u e h a -
bía estado hasta eiiionces sentado en su trono, se puso-
de pie y tomó su sombrero, su capa y su espada q u e se
hallaban encima de un escabel cualquiera. En seguida
salió por una puerta secreta, de él solo conocida, y llegó'
á un corredor largo y estrecho. Pasó por allí presuroso
y pronto se detuvo frente á una puerta, á la cual llamó
m u y quedo.
Una m u j e r abrió, una joven de extremada belleza,
divinamente pálida, delgada, rubia, con los cabellos es-
parcidos por la espalda y enteramente vestida de blanco.
Era Berta.
Al verla, Natale le tomó las manos y atrayéndola h a -
cia sí la besó en la frente y en los labios ardientemente,
Y en el delirio de su amor, la estrechó contra su c o -
razón, profiriendo una sola palabra:
—¡Berta, Berta!
Ella no hacía más q u e mirarle y sonreírse, y se son-
reía tristemente, le acariciaba dulcemente, y se dejaba
acariciar con la timidez de un niño, q u e acepta confiado
todas les demostraciones de amor.
—¡Te amo, Berta!
—¡Quisiera morir! dijo olla, de pronto.
—¡Morirl ¡Ah, tú no sabes lo q u e esta palabra s i g n i -
fica!... ¡No sabes q u e la muerte es la separación y el o l -
vido, el eterno olvido! ¡No sabes que esta palabra es una·
LOS VICTIMARIOS 67
blasfemia y q u e tus labios no deben pronunciarla! ¡Mo-
rir tú! ¡Volver á la dialante Tierra, al lugar de expiación
j dolor q u e hemos abandonado para siempre! ¡Morir!
¡Dormir siempre, y no saber que ha existido Berta, y no
poder amarla más, y no poder amarla cada vez más! ¡Oh
pensamieolo más cruel q u e la m u e r t e m i s m a !
—¡Quiero morir!...
— ¡Calla, calla! .. ¡Oh, si supieras cuánto padezco!
¡Mi corazón está roto y h u y e de mí la vida! Pero tú no
puedes morir... ¡es imposible! ¡No morirás, no! ¡Y serás
mía para siempre, para siempre!
—¡Seré luya, Natale! exclamó ella transportada de
júbilo. ¡Quiero vivir eternamente!
—¡Vivir! repitió él, estremeciéndose al recordar las
palabras del infame Victimario, Philadelphus Orchys.
¡Vivir para el dolor! ¡Vivir con el constante temor de la
muerte!
— ¡Pero yo quiero gozar siempre de tu amor, siempre,
siempre!
El la apretó a ú n más contra su pecho, y su mirada
inquieta se fijó en la p u e r t a . Sin duda temía q u e por allí
entrasen para robarle su dulce presa, SQ ilusión celestial,
la ilusión de su amor... Porque aquellos hombres impíos
que venían de un país ignorado, que mostraban sus
manos aun manchadas de sangre y sus ojos ávidos y bri-
llantes, podían atreverse con él, y entonces...
Preocupábale además la idea de los crímenes q u e
había decretado. ¿Por q u é se había permitido arrojar al
mar á Sofronia? ¿Quién le había inducido á matar por el
hambre, en su tálamo nupcial, á los jóvenes desposados
de ü t a h ? El mismo les había encerrado en una torre
solitaria para q u e allí muriesen de inanición y de amor.
Su ángel malo le había sugerido el asesinato legal del
cubiculario máximo, Crisóstomos Melanagrios, á quien
se colgó, para escarmiento de picaros, de la rama más
gg LOS VICTIMARIOS
alta de la única mandrágora arbórea del universo. Su
demonio tentador le había persuadido hábilmente á los
excesos de la sodomía. ¡Cuántas veces no había abusado
del concúbito ilegal, y qué de locuras no había cometido
con su secretario V. Ingenuus Dulcis y con el sabio pro-
fesor Músculus, tan estimado y tan despreciable!
A instigación de V. Ingenuus Dulcis, había adoptado
en sus estados el sistema penitenciario británico, según
el cual todos los condenados se emplean en un penoso
trabajo (Jiard labour). El molino infernal {tread mili)
«estaba en vigor» en todas las cárceles del reino. Y Mús-
culus presenciaba, en su calidad de poeta, la prueba
del tormento aplicada á todos los esclavos indistinta-
mente; pero en vez de la rosa del magistrado inglés,
tenía en la mano una blanca azalea, símbolo de la in-
maculada justicia...
¡Y ahora Berta y Natale iban á vivir en la eternidad
de su pasión! ¡Oh sí, debían vivir! ¡Ella tan hermosa y
càndida, toda amor y pureza, ella que alejaba con su
mirada el deseo sensual, ella que era la ilusión y la espe-
ranza debía unirse con la víctima execrable de todos los
vicios juntos! Estaban condenados á gemir en la deses-
peración y la desgracia, después de haber alejado de sí á
la muerte con vehementes palabras de ansiedad y temor...
Pero lo que más les importaba era vivir... Y así, él
la sentó sobre sus rodillas y la besó en la boca estreme-
cido, mientras la eternamente amada decía con desfalle-
cida voz:
—¡Tuya para siempre, para siempre!
—Tres, cuatro, cinco, seis, siete, ¡ocho! profirió Ca-
carelli, que, según .su costumbre, empezaba siempre á
contar por el número tres, sin preocuparse de los dos
primeros presos.
LOS VICTIMARIOS
—¡Ocho! repitió con acento breve, disgustado, no
obstante s u ' n a t u r a l bondad, al notar que nadie le res-
pondía.
—Cotia?... musitó en fin Albano, q u e acababa de des-
pertar d« sn pesadilla y en dos segundos había recorrido
los 20,[Link] de kilómetros q u e van del ilusorio
reino de Janua Cceli á nuestra tangible Tierra.
Cacarelli acercó su linterna á la cara del que, á su
juicio, debía ser u n chusco de primera fuerza deseoso de
atrapar cuatro días do pain sec (pan sin rancho y remo-
jado con Hgua); y adivinó, presintió, conoció, ó por mejor
decir, reconoció á Natale Albano.
— ¡Tú por aquí! Conque ¿ya estás de vuelta, b u e n a
pieza? Verás cómo te arreglo las cuentas... Todavía me
duele la nariz .. ¡Ah, ah, q u é graciosa ocurrencia!
Esta villima frase se dirigía á otro preso, que sin
a g u a r d a r la orden de rúbrica, se había desnudado en u n
santiamén quedándose en pelota y cruzado de brazos,
como un atleta romano en el momento de apercibirse
para la lucha.
—Tú eres Asdrubale Cordone.
—Y tú el corso Cacarelli.
Vamos á i n t e r r u m p i r este relato, casi histórico, para
explicar de q u é modo Natale Albano, á quien hemos en-
contrado en el camino de Mezargues y en la poco a g r a -
dable compañía de los gendarmes, había venido á caer
en la cárcel Chave de Marsella y en las garras del g u a r -
dián Angelo Cacarelli, personaje auténtico á quien últi-
m a m e n t e se trasladó á 1» cárcel Saint-Pierre de la misrna
ciudad.
Ya hemos dicho q u e Natale venía absorto en sus
imaginaciones, y por lo mismo se comprenderá que
teniendo la vista clavada en el cielo, j u n t o al cual se
asienta su inapreciable reino, no podía reparar en los
accidentes del terreno ni fijarse en los árboles del Prado.
70 LOS VICTIMARIOS
Los gendarmes, en cambio, á fuer de posilivialas, si
prescindíaa de la agreste belleza del lugar y de las ro-
quizas montañas inmediatas á Mazargues, apresuraban
el paso para llegar pronto á la Caslellane, donde está
emplazado un obelisco pour rire. Allí podrían lomar el
tranvía que conduce á la Gannebière, paseo favorito de
los marsellesesi, y llegar en un periquete á la cárcel m u -
nicipal (violon), situada en la alcaldía y en el barrio más
viejo, sucio, infecto é insalubre de Marsella.
Lo hicieron tal como lo habían pensado, y de esta
manera llegó Albano á la alcaldía, donde permaneció
solam-^nte dos horas, mientras esperaba el coche celular
que debía conducirle al Palacio de justicia. Allí prestó la
primera declaración ante los secretarios del juez, y en
seguida pasó, escoltado como siempre por los gendarmes,
á la cárcel celular Chave. Esta vez no iba solo; con él
ingresaron en la benéfica casa diez perdularios más, la
mayor parte conocidos de Gacarelli, y entre los que figu-
raba Asdrubale Gordone, ya citado, que ha de desempe-
ñar en nuestro libro un papel importante.
Conviene advertir también que los hechos á que nos
referimos ocurrieron en el mes de Mayo de 189... E n -
tonces no se hablaba todavía de Vaillant ni de Ravachol
ni del ingeniero Pablo Reclus, q u e a u n vive y de cuyo
paradero podríamos tener exacta noticia por conducta
del omnisciente Nettlau. En aquella fecha el anarquismo
no teuía la importancia que sucesos posteriores le h a n
dado, y sus adeptos vivían en el misterio y en los limbos
del ideal. Sin duda se movían en las tinieblas como el
topo, y esperaban pacientemente la hora de salir á la luz
para realizar sus planes naturalmente tenebrosos. V i -
vían, como todo el mundo, en sus casas y en la calle,
pero se les veía solamente en las cárceles y en los coches
celulares, al cuidado de los gendarmes. Eran los italia-
nos nómadas y los franceses testarudos, perseguidos por
lodaa parles antes del memorable ojeo practicado con
motivo del atentado de Vaillant.
El anarquismo ha nacido en F r a n c i a . Ese es el país
del «peligro social.» De allí salió la pléyade de los u t o -
pistas q u e con Saint-Simón y Fourier á la cabeza pre-
tendían escalar el cielo. Enfantin y Cabet propagaban
ideas generosas y de imposible realización; el segundo
quiso predicar con el ejemplo y tropezó en la práctica
con no pocos inconvenientes. Si hemos de dar crédito á
Félix Pyat, el criminal Lacenaire era u n filántropo con
s u s p u n t a s y ribetes de novador. Y sin embargo, en
Francia la propaganda apasionada y las revoluciones
sangrientas han sido de eficacia por lo menos dudosa.
La República francesa, u n a é indivisible, echó años
atrás de todos sus liceos á Uegalvea. La retórica de este
profesor anarquista resultaba demoledora de las i n s t i t u -
ciones vigentes. Privado de eus medios de subsistencia,
Degalves se f u é á Bruselas, donde apoyado por Reclus
pidió y obiuvo el permiso nocesario para explicar u n
curso en la Universidad libre. No había llegado á la
tercera lección, cuando recibió del gobierno la orden de
abandonar á Bruselas dentro de u n plazo breve. El se
hizo el sueco, pero ni aun esto le valió: como el de J e s ú s ,
el reino de los anarquistas no es de este mundo, y por lo
mismo vióse obligado... ¿ k marcharse á Suecia? ¡Oh no!
Degalves e3 hombre de recursos morales, y ayudado
por Flaustier y otros camaradas, resolvió quedarse en
Bruselas. Mas para eso era necesario contar con dinero
y los a n a r q u i s t a s no lo tienen: si los anarquistas f u e r a n
ricos, pronto reinaría sobre la tierra la fdlicidad, hoy
proscrita de Europa y refugiada en Londres, donde la
encontraréis en la tranquila morada de Emilia Deffendi
•(113, H i g h Street) y en compañía del napolitano E n r i q u e
Malatesta. En cuanto á loa amigos de Degalves, si care-
cen de numerario, no así de ingenio; por lo q u e en u n
LOS TICTIMABIOS
cónclave se acordó que aquel profesor debía á lodo trance
conlinuar explicando sus lecciones, á las que asistirían
numarosos camaradas armados de pies á cabeza, ó dicho
en oïros términos, q u e era preciso dar una lección severa
á la policía de Leopoldo el Cojo, llamado también «el rey
de caitón.»
Y lo h u b i e r a n hecho como lo decían, á no haber s o -
brevenido un soplón de esos que, por caso harto f r e -
cuente, están siempre en mayoría en las reuniones pxi-
bhcas y secretas de los anarquistas, u n soplón de los
q u e por cinco francos (á veces por tres) salvan la vida á
u n emperador ó a y u d a n al mantenimiento del orden en
una república. En cuanto el jefe de la policía se enteró
de que Degalves tenía el propósito de desobedecer sus
órdenes, mandó k sus seidea que, sin pérdida de tiem-
po, rodeasen la casa del tal Flaustier y fué á sitiar en
persona la calle des Epéronniers, en la q u e si no estaraos
trascordados vive Haupston. el impresor de cámara de
Reclus. Quince días duró la batida, al término de loa
cuales Degalves, temiendo ser perseguido ón F r a n c i a
después de su fácil huida de Bruselas, se constituyó
preso, para evitar mayores molestias á los señores de la
policía real. De la competencia de éstos y de los méritos
de la 3." brigada francesa hablaremos más adelante con
la extensión debida.
Nettlau, á quien debemos estos datos, explica en otro-
lugar de su crónica la génesis y el desarrollo de un
curioso atentado anarquista. Según dicho historiógrafo,
vivía hace muchos años en Hesperia, región situada al
oeste de las naciones civilizadas, un ministro altanero y
cruel ante el q u e se doblaban todos los días veinte y ocho
millones de espinas dorsales. Este hombre, que se decía
el enviado de Dios y ferviente partidario de la doctrina
constitucional, sacriñcaba todos los días al Moloch del
orden, y era procaz y atrevido, sin q u e hubiese poder
LOS VICTIMARIOS 73
capaz de hacerle desistir de sus propósitos, que cas?
siempre denotaban la iiiñflxibiiidad de su carácter. Des-
confiaba de todo el mundo y sólo tenía palabras de amor
para sus silenciosos y humildes Victimarios, encargados,
como todos sabéis, de servir al sacerdote en las cosas
mecánicas. Y este sacerdote era él; él era, por decirlo así,
el alma de la máquina gubernamental de la que todos vos-
otros formáis parte. Roy, exanarqnista, antiguo amigo de
Ravachol, ha comparado sutilmente la vida social con
un mar tempestuoso, en el que se ve á las altas naves
dar bordadas para evitar el peligro, mientras la frágil
barca del pescador queda á merced de las olas. Y sin
embargo, á veces un torpedo español ó una chispa q u e
incendia Id santabárbara basta para volar un Maine, cu-
yos tripulantes saltan por el aire y en dos segundos lle-
gan a! fantástico reino de Janiia Cceli.
Así pereció el ministro hespérido, herido por u n rayo-
de la cólera popular. En la capital de los nervienses ó los
belovacos vivía, ea la época del prócer citado, un joven
que por sus buenas cualidades era m u y apreciado de-
cuantos le conocían. El escritor Gorgias L., anarquista
intermitente, socialista por los siglos de los siglos, hoy
diputado, declaró una vez ante los dos Reclus y con eJ
asentimiento del periodista D., que aquel joven merecía
la confianza de todos los hombres honrados, que era
piadoso y prudente, leal y sobrio, y que sólo pecaba por
el exceso de su castidad. Tomábanle algunos por mone-
dero falso; otros le juzgaban espfa del gobierno italiano
y en la dulce expresión de su rostro las tres queridas del
socialista Henriot veían la risa de conejo del traidor. De."-
confiemos de la perspicacia femenina y rechacemos tam-
bién la intolerancia suspicaz de ciertos anarquistas.
Al llegar á este punto de su relato, Nettlau recurre á
los jeroglíficos y emplea para designar los nombres las
iniciales de éstos. Procuraremos descifrar su lenguaje^
74 LOS VICTIMARIOS
pero en lo relativo á las letras tropezamos con una diE-
cultad, y es que todas son A A A.. ¡Si por lo menos se
refiriesen concretamente á los apellidos, ó á los nombres
de pila! Para estos últimos tenemos en italiano Amilcare,
Asdrubale, Andrea y el más suave de Angelo... Optemos
por el uso de las iniciales, y en el álgebra de vuestro
entendimiento daréis á las letras su valor «bstracto, á los
hechos su valor preciso, mientras viene eldía de «las s u -
premas revelaciones.» Broussouloux, Guiilaume y espe-
cialmente Giraud, inseparable amigo de Prost, darían
diez años de vida cada uno por verse designados y en-
vueltos en este cuento verídico; pero no hemos tomado
la pluma para satisfacer la vanidad de esos ciudadanos,
y de consiguiente nos atendremos á nuestro método al-
gebraico.
Este f u é el sublime complot de uno solo. Loa a n a r -
q u i s t a s aman el silencio y el arrobamiento de la vida
contemplativa; para ellos es preferible el éxtasis de la
soledad al escándalo de las reuniones públicas, y la des-
nudez á la indumentaria de los masones y á los atributos
d e s p a m p a n a n t e s de la religión católica. Para los a n a r -
quistas no hay j u n t a secreta q u e valga, y si lomamos la
palabra conspiración en su sentido usual, podremos aña-
dir q u e no han conspirado n u n c a . La anarquía es el
amor de la muerte. La anarquía es la desesperación con-
centrada y honda que estalla alguna vez con mortífero
estrago. «Nosotros, decía Matha, en el único discurso de
su vida, nosotros vivimos en las catacumbas del porvenir
y somos los modernos cristianos, adoradores de la j u s t i -
cia.» Sebastián F a u r e , q u e es su rey y estaba á su lado,
le hizo callar dándole un codazo. Constant Martin le mi-
raba de reojo, conservando no obstante su flema de ho-
landés imperturbable, capaz de incendiar á París por los
-cuatro puntos cardinales. Desde aquel día Matha no ha
vuelto á hablar, y a u n q u e en su rizada cabeza de artista
LOS VICTIMARIOS 75
fie albergan los más divinos conceptos, conténtase con
acompañar á su amo en calidad de único palaciego: es
verdad que F a u r e tenia otros guardias de corps, pero to-
dos desertaron de su lado en cuanto dejó de publicar su
Journal da Pduple. Y Nattlau añade, contristado ó r e n -
coroso: II ne L'aoait pas oolé (Es digno de tal pasada). Por
nuestra parte, lo negarnos en absoluto.
La a n a r q u í a es el amor de nuestros semejantes y el
caballeresco empeño de protegerles contra su propio
egoísmo. ¿Qué debió pasar en el alma de A? No era u n
fanático, no era un iluminado; tal vez quería morir... tal
vez aspiraba á la oscura gloria del redentor condenado á
eterna infamia, á un martirio q u e los hombres no p u e -
den comprender, q u e no deben aplaudir... Su o b s t i n a -
ción tenía la magnificencia de la virtud q u e nosotros
meDOspreciamos. Su valor paciente, su estoicismo, su
lenta preparación á la muerte merecen nuestra a l a b a n -
za... pero ¿por q u é morir?
En su rostro se reflejaba la calma inalterable de su
espíritu; la belleza del sufrimiento estaba impresa en s u s
facciones y les daba un atractivo especial, q u e difícil-
mente podríámos explicar, pero q u e todos veían en él,
hasta el punto de que cuando murió, en un país sin
nombre y á manos de unos malditos verdugos, cuyo c r i -
men quedará siempre i m p u n e , todos recordaron al pros-
crito q u e inútilmente les ofrecía su vida.
Supo ocultar cuidadosamente á sus amigos el fatal
proyecto, y escribió á su madre para comunicarle la no-
ticia de u n viaje que pensaba hacer. Algunas veces h a -
blaba vagamente de planes quiméricos, cuya esencia
nadie alcanzaba á comprender. Pero un día declaró su
intención á uno de sus compañeros, A', y éste la aprobó
8ia rodeos. Como hemos dicho, la preparación fué larga;
menudearon las conferencias y se entabló entre los dos
A una correspondencia interminable. Y luego f u é preciso
pensar en la cuestión capital: el dinero.
7g [Link] VICTIMARIOS
E n su libro de c u e n t a s , Netllau trata del precio de In
vida h u m a n a . Acaso sea pura chanza. El h e c h o es que
este p r o f u n d o a l e m á n se nos descuelga ahora hablando
en l a t í n . V e r d a d e r a m e n t e esta es la l e n g u a oficial de los
m u e r t o s , y encaja a q u í como pedrada en ojo s a n o de cu-
bero t u e r t o . V e a m o s la tarifa:
« yitam impéndere vero (Consagremos la vida á
v e r d a d ) . Eso ya lo hi/.o, s e g ú n noli cÍ8S,
" Rousseau.
500 francos.
» Vita imperatorís. . .
450 »
» Vita regís oel reguli. .
» Vita ministris. . • • 400
» Vita Victimara. . . 10 »
R e s p o n d e m o s de la e x a c t i t u d de estas cifras. Sólo
q u e , según datos fidedignos, el a s u n t o de Hesperia se
ventiló por 392'50 francos.
G r a n t r a b a j o y no pocos disgastos costó á n u e s t r o A
e n c o n t r a r ese dinero q u e c u a l q u i e r bailarina se come en
dos segundos; pero nada bastaba á can.«arle y su magná-
n i m a paciencia le permitió esperar á la m u e r t e del tí»
de A " . T a n pronto como á ese lío se le ocurrió morirse,
A y A " , provistos de fondos, e m p r e n d i e r o n el viaje á
H e s p e r i a . Todo el m u n d o conoce y no necesitamos expli-
car a q u í el suceso desgraciado de las T e r m a s d e . . . (En
este p u n t o del m a n u s c r i t o h a y un borrón q u e nos impide
d a r á conocer á n u e s t r o s lectores el n o m b r e q u e tal ves
ellos, con ligero esfuerzo m e n t a l , podrán a d i v i n a r ) . Los
d e m á s pormenores de este remoto aconlecimienlo son
b i e n conoci''os y no es m e n e s t e r reproducirlos a q u í .
Sin e m b a r g o , nos p e r m i t i r e m o s a ñ a d i r á las relacio-
n e s de las gacelas un dato q u e d e m u e s t r a la mísera
i n u t i l i d a d de los polizontes a t r é b a t e s . Dos meses antes
de la m u e r t e del p r o h o m b r e h e s p é r i d o , un periodista
conocido nuestro,' italiano por m á s s e ñ a s y compatriota
de A, h u b o de avistarse con el j e f e de la policía, el cual
LOS VICTUIAlllOS , ''
ateulauieute le manifestó que Venía ordeu de ocharle del
teriilorio (le la m o n a r q u í a . De esta manera se encontraba
uueílro amigo en siluacióa idéulica á la de Dsgalves,
expulsado pocos meses después de su paraíso terrenal de
Bruselas. La víctima protestó, se quejó, gritó, puso por
testigos de su inocencia á todos los libertarios nervieuses;
wdo eu balde. El jefe de policía le preguntó si conocía á
cierto A, y en vista de la contestación afirmativa, se r e -
tirió á un viaje y á u n terrible propósito revelados por E ,
una mujer q u e estaba encariñada con A y le vendía para
salvarle la vida.
Nuestro periodista se hizo el desentendido, ó tal vez
co sabía nada; y para arrancarle su secreto el alto f u n -
cionario tuvo q u e suplicar, insistir, porfiar y deshacerse
ou amenazas. Entonces el periodista, teniendo en cuenta
(|ue si bien el país de los nervieuses es civilizado no
podía compararse con Aragóu, donde h a y un proverbio
•([ue dice: «Negar q u e negarás, q u e eu Aragón estás» (se
refiere sin duda á los libérrimos tiempos del justicia ma-
yor), cantó de plano y dijo q u e , según sus noticias, A
se había marchado al Brasil. —«¡Cómo! exclamó el alto
empleado; ¿se ha largado burlando la vigilancia de mis
sabuesos, y cuando todas las gacetas del reino habían
publicado sus señas personales?—Nada más cierto, repli-
có nuestro amigo; y ya p u e d e V. echarle un galgo. Lo
mismo ocurrió con los dos emigrados holandeses y con los
monederos fdlsos españoles de la calle S a i n t - L . ¿Quiere
V. que celebre en mi gaceta este insigne servicio?»
Dicho esto, se levantó con la [Link] gravedad del
hombre q u e acaba de cumplir con su deber, y se d e s p i -
dió para siempre del funcionario nerviense, en tanto q u e
éste, inflamado de cólera, escribía rápidamente en su li-
breta azul a l g u n a s palabras que nadie podría c o m p r e n -
der y de u n modo más legible el fatídico n o m b r e s i -
guiente: Natale Albano.
78 LOS VIOTIMARIOS
Considerando piadosamente que sólo la gente honrada
ha de leernos, vamos á describir una cárcel celular, de
la cual saldrás, lector benévolo y nunca enjaulado, de
aquí á media hora escasa, si tienes paciencia para se-
guirnos hasta el fin de nuestra excursión. Si antes nos
abandonas, peor para if, ya q u e según el dicho de Vir-
gilio, es fácil bdjar al infierno, pero salir de él no tanto...
á menos q u e se cuente con un guía benigno y fiel.
El modelo de nuestra bieve descripción será la prisión
Chave de Marsella. Más pequeña que la de Lovaina en
Bélgica, no se parece en nada á la de Saint-Gilles de
Bruselas. Imaginad una rosa de los vientos cuyos radioa
convergen en un centro, donde está el registro {grejf'e)
de madera barnizada. Se ve en el mismo punto, debajo
de la cúpula, el altar permanente, en el que oficia los
domingos y demás fiestas de g u a r d a r u n capellán rollizo
y orondo, indiferente á cuanto le rodea y que á cada paso
bendice las puertas de las celdas. Estas puertas miran
al altar y están entreabiertas de modo q u e el preso sólo
puede asomar la nariz, tras la cual se halla un ojo pensa-
tivo, solemne, que procura descubrir en el horizonte de
los deseos una querida imagen... Y estas celdas forman los
tres pisos de los radios ó pétalos de la rosa, y en cada piso
superior hay una galería. Las galerías unidas por medio
de puentes dan á la cárcel el aspecto de un bajel inmóvil
en el m a r de la vida, y con razón sobrada decía Mont-
joie, á quien pronto conoceréis, que tanto monta ir al
polo acompañando á Andrée como dar fondo en la mai-
son central de Nimes, llena hasta los topes de galeotes
italianos.
En los sótanos del edificio tenéis los baños, la estufa
de desinfección, etc.; las oficinas, la cocina y el material
LOS VICTIMARIOS 79
antropométrico del petulante Bertillón, que inventó la&
traiciones de Dreyfus, están en u n ala del edificio, p a r e -
cido á una fortaleza y todo él circuido de altas paredes.
Los patios por donde los presos se pasean todos los días
durante dos horas, caen al exterior y tocan á las paredes
del recinto.
La filantropía moderna ha dotado con luz eléctrica á
varias cárceles, entre las q u e figura la de Fresnes en
París; pero no acierta á dulcificar a l g ú n tanto la disci-
plina de estos lugares casi santos, contra la cual t r u e n a
desde hace más de quince años Cordone.
La víctima más ilustre de esta severidad profesional
que distingue é los demócratas franceses, era por los
tiempos á q u e nos referimos Angelo Cacarelli, corso de
nacimiento y carcelero desde el p u n t o en q u e salió de la
prisión del vientre materno. En efecto, Cacarelli debía
ser un hombre de los más infortunados, á juzgar por la
fúnebre tristeza reflejada en su rostro, adornado con lar-
gos y caídos bigotes que le prestaban un esplendor galo
y una marcialidad casi trágica. Montjoie, que le conocía
de m u y antiguo, le había visto sonreírse una vez, u n a
sola vez, y f u é el día en q u e se vaticinó públicamente la
decapitación del tolonés Mario Bono, acusado de haber
dado m u e r t e á un gendarme. Según rumores, que cree-
mos válidos, mediaban entre Cacarelli y Bono a ñ f j o s re-
sentimientos q u e el primero enconaba sin cesar p r e v a -
liéndose de su autoridad y echando mano de todos los
recursos que la ocasión le deparaba, lícitos ó nó y f r e -
cuentemente empleados contra el toloñés, q u e , p e r s e -
guido por vago, pasaba meses enteros en Chave y en la
cárcel Saint-Pierre. Respecto al origen de esta e n e m i s -
tad, Montjoie se perdía en u n m a r de confusiones y por
nuestra parte nada pudimos sacar en claro. A nuestro
parecer, no era este caso m á s q u e u n a variante del r e n -
cor tradicional que al lobo inspira el cordero, siendo ex-
80 LOS VICTIMABIOS
.•cusado¡añadir que Cacarelli represenla aquí al primero
de dichos auimales.
Sea como fuere, por aquella ve?; Mario Bono se libró
-de quedar descabezado. Calificado de loco por los médi-
cos, fué declarado irresponsable, y mientras ae tramitaba
el expediente de ingreso eu aii manicomio, pasó á la
cárcel Saiul-Pierre, y por esta razón Montjoie uo volvió
á.ver erizarse en una sonrisa funesta las cerdas que ser-
vían de bigote á Cacarelli.
Este tenía ahora otro motivo para renegar de su suer-
te. ¡Y cómo uol ¿no era el hado adverso el q u e le envia-
ba á Chave otros enemigos en la persona de un Asdru-
bale Cordone, q u e se mofaba de los vigilantes y sufría
•sin pestañear lodos los castigos, y en la del invicto
a n a r q u i s t a Natale Albano, ante quien temblaban de
pavor los capitalistas y los gobernantes de Europa?
Afortunadamente para él, para Cacarelli, de un momento
á otro vendría la orden de traslado á S a i n t - P i e r r e , y así
podría evitar el contacto de aquellos dos hombres, espe-
cialmente el de Asdrubale Cordone, a n a r q u i s t a desver-
gonzado y díscolo que, según decían, había j u r a d o con-
vertir á su doctrina á todos los presos y aun á los g u a r -
dianes de Chave.
En el oscuro entendimiento de Cacarelli chisporrotea-
b a n , desde hacía una semana, idea.s confusas y c o n t r a -
dictorias que acaso se debían á la rumiadura de las sonoras
palabras pronunciadas por .Asdrubale Cordone, la noche
de su llegada á Chave, en el punto que el gárrulo ha-
blador trataba de evidenciar, ante el senado de los p r e -
sos q u e tomaban su baño litúrgico, las perrerías come-
tidas con Natale Albano por el gobierno de la tercera
República.—«Sí, amigos míos, decía el incorregible r e -
volucionario, el gobierno italiano sabe como yo q u e la
familia Albano de Génova no^ha producido más q u e un
Napoleone, el cual ya murió, y que Natale es u n m a j a -
LOS VICTIMAEIOS 81
granzas digno de la horca, sí (ya que su estupidez es
inconcebible), pero no merecedor de los honores de la
persecución. ¡Ah, Napoleone Albano no se parecía en
nada á su hermano Natale!... Ved esta cabeza grande,
esta faz abotargada y lívida, estos ojos tristes y moribun-
dos, ved á este hombre realmente encanijado no obstante
la majestad romana de sus harapos y su alta estatura de
palíkiro vencedor... ¿Podéis decirme para qué nos servi-
ría este genovès? Sabed que es el peregrino de la miseria
y el capitán de los dóciles y resignados románticos. ¡Sa-
bed que en vez de robar, pide, y en vez de apoderarse
de aquello que le pertenece, se contenta con las migajas
del festín ajeno! ¿Dónde está Deplace?—«Pr^s^n//, con-
testó jovialmente el interpelado, que se hallaba en la es-
tufa, envuelio en densa nube de humo.—¡Granuja! ¡tú
eres de igual calaña! ¡Ven acá!—Aguarda un poco, re-
funfuñó Deplace.—Date prisa, repuso Aadrubale Cor-
done, porque todavía no hemos comido la bazoQa... ¡La
bazofia! Cómo ha de ser... ¡No todos tenemos la suerte
de un Cacarelli...! ¡Ese sí que es un mozo de provecho!
jDentro de diez y siete años será brigadier! ¡Así lo quiere
la República! ¡Y Albano estará todavía enchiquerado!
¡Cómo si lo viera! Pero dime, Albano ¿no hubiera sido
mejor que te hubieras resistido hasta la muerte? Al fin
todos hemos de morir... Te han cogido en la Ciotat ¿ver-
dad? ¿Tenías tu billete de embarque déla Società de Be-
neficema, etc.? ¡Eres un perdido! De seguro que tu
hermano hubiera imitado á Mario Bono, que se batió
contra diez gendarmes y les hizo morder el polvo... ¡Ah,
señores! ¡Napoleone Albano era un valiente! Figuró hace
diez y seis años en la partida de Benevento al lado del
gran Caffiero... ¡Napoleone era de los nuestros!»
A Cacarelli se le habían indigestado aquellas dos p a -
labras: «Será brigadier...» Precisamente él se creía pos-
tergado. El gobierno de la tercera República hacía caso
7
82 LOS VICTIMARIOS
omiso de sus méritos. Cierlo q u e su conterráneo Ferrar]
llevaba treinta y tres años de servicios y no había pes-
cado aún el ascenso correspondiente, á pesar de lo cual
despreciaba las delicias del retiro y venía todos los días
á la cárcel, constituyéndose preso por su gusto; pero él,
Cacarelli, era el príncipe de los guardiánes y se servía
mejor q u e todos dal rebenque. El acebo era en sus m a -
nos el emblema de la autoridad que todos respetáis. [Y
ahora cometían con él una ruiilosa injusticia! ¡Eru para
volverse loco,., ó anarquista! ¡Anarquista, sf! ¡Tal vez
aquellos pe agatos que hablaban sin cesar del degüello
de los ricos y se juzg^b-in facultados para volar á Paris
tenían razón, razón de sobral
¡Cacarelli anarquista! Este solo pensamiento le estre-
meció é hizo que se encresparan bajo su nariz de tres'
cuartas, en la q u e hubiera podido cabalgar el jorobeta
Montjoie, las púas del rubio bigote galo... De cualquier
modo, pronto le trasladaiían á S a i n t - P i e i r e y allí podría
campar por sus respetos. ¡Con tal q u e ya no estuviese
allí Mario Bono!...
Aquella m a ñ a n a , Cacarelli se paseaba silencioso y
aburrido j u n t o al kiosco de los guardianes, esperando á
los presos que debían venir del palacio de justicia, donde
se les juzgaba sumariamente, recoger en Chave sus bár-
tulos y largarse con viento fresco á Saint-Fierre. En opi-
nión del perspicuo guardián, revolucionario converso,
Montjoie debía haber atrapado por lo menos trece meses
de prisión. ¡Justo castigo á su malignidad y á las p u -
llas con q u e se atrevía á menoscabar el prestigio de sus
juecet·I Seguramente se habría permitido disparar una
palabra mordaz contra el j u lío presidente del t r i b u n a l ,
M. Raffle... y ahora le CBScarían las liendres y . . .
En cuanto á Pietro Marcelli, de Ajaccio, perillán d&
LOS VICTIMARIOS 83
marca, h a b í a s i d o i r r e m i s i b l e i D e i i t e coudeDado á u n m e s
por razón de sus h u r l o s en peijuicio de las Metssage-
riesMaritimes. Deplace, el infatigable vagabundo, parro-
quiano de todas las cárceles de Francia, se traería cuatro
meses, tal vez seis... ChampromiB el iDocenle, el b u e n
Champromis volveiía absuelto. Y Asdrubale Cordone,
¡oh Asdrubale Cordone! ese debía venir con la relegue (la
depoilación p u i a y simple al Dahomey). Los d^má8...
A este punto de t u s cavilaciones llegaba Cacarelli,
cuando oyó el ruido de un c a n u a j e y á poco vibió en la
pueita la campanilla, agitada fuerlemenle. Eia el coche
celulbr, del que bajaron en seguida los presos custodia-
dos por dos geudarmes.
Venían aquéllos convenientemente esposados y vigi-
lados de un modo especial, porque á la cuenta, después
de terminado el juicio, Champromis, q u e estaba apareado
con Montjüie, hbbía tiatado de escurrirse, arrastiando
consigo al jorobado, q u e al sentir la manilla hincársele
en la carne había puesto el grito en el cielo.
—¿Qué ha pasado? preguntó Cacarelli, q u e advertía
en el gr upo algo disconforme con el uso.
—Ndda, le contestó sonriendo uno de los gendarmes.
El otro sacó de su talega, donde guardaba las ma-
nillas, un papel y leyó en alta voz:
—¡Cordone, Albano, Marcelli, Mancini, Champromis,
Abadie, Montjoie, Deplace, Mohamedl
—¡Presente! respondieron nueve voces, u n a tras otra.
—Todos á Sainl-Pierre, añadió el gendarme.
—Pero ése está herido, observó Cacarelli, a p u n t a n d o
con el índice á Champromis, por cuya frente corrían
efectivamente unas gotas de sangre y q u e además tenía
un ojo hinchado.
El gendarme se encogió de hombros.
—Ha probado á escaparse, dijo, y le h e largado u n
moquete.
8íJ LOS VICTIMARIOS
—¿Lo oyes, Montjoie? pioürió Cacarelli, arrugando
sus cejas más pobladas que los bosques de Pas-de-Lau-
ciers. ¿Es eso verdad?...
—No, contestó atrevidamente el jorobado.
La mano ñaca y velluda del guardián se levantó un
punto amenazadora; pero volvió á caer y se metió en un
bolsillo del pantalón azul oscuro, guarnecido con estrecha
franja azul celeste.
—Te perdono, Montjoie, dijo el carcelero con solem-
nidad; porque sospecho que acaban de aplicarte el má-
ximo de la ley...
—Pues se equivoca V. de medio á medio, replicó el
preso. Me han condenado á un mes de cárcel,y si conta-
mos los días de prevención, salgo pasado mañana sin
falta.
—Ya caerás otra vez en el garlito...
—Es probable.
Entretanto, los gendarmes habían quitado las m a n i -
llas á los presos, que sin pérdida de tiempo empezaron
á liar sus petates y á poner en orden los chismes que
debían llevarse á Saint-Fierre.
Dos minutos después, el coche celular corría con di-
rección á la cárcel, que está en la parte alta de Marsella
y junto al cementerio más notable de la población y al
hospital llamado también, si no mienten nuestros infor-
mes, de san Pedro. Durante el trayecto, que fué bre-
vísimo, ninguno de los presos despegó los labios; todos
miraban por la ventanilla á la calle ó se entretenían en
fumar, sin preocuparse de los transeúntes que iban á
sus quehaceres, ni del propio estado que para la mayoría
de ellos era un estado casi feliz. El único que deseaba
llegar en u n periquete, era el corso Marcelli, á quien el
tribunal correccional acababa de condenar á ocho días de
cárcel, y que, por haber cumplido siete, debía salir á la
calle al día siguiente.
Deplace, osado c a m i n a n t e , que había recorrido á pie
todas las E s p a ñ a s y cuyo oBcio consistía en no tenerlo,
quería verse en Saint-Pierre para descansar de sus fatigas
en la cama u n si es no es mullida que las bondades del
gobierno le deparaban f r e c u e n t e m e n t e . Para este aven-
turero, la cárcel era u n oasis en el desierto del mundo, y
allí cabía reparar las fuerzas perdidas, dormir á la som-
bra de u n a higuera existente en u n espacioso patio y
comer el tierno pan q u e se debe á la munificencia de la
administración. El árabe Mohamed, excamellero, alto y
desvaído, negruzco y feo, llamado por Montjoie Espin-
garda, comparaba también la prisión con u n oasis sin
vino... y además esperaba encontrar en ella á su amigo
del alma Dimitrios Bómbelas, u n espartano de los m e j o -
res, recientemente condenado por el delito de h u r t o .
Por su parte, Asdrubale Cordone se reía de su c o n -
dena. Aquellos hombres repulsivos, vestidos con u n a
especie de hopa y q u e traían á la cabeza u n birrete de
forma s i n g u l a r parecido á u n a tiara, habían hecho m u y
bien en apretar de firme adjudicándole los seis meses de
la tercera expulsión. Un revolucionario no debe pedir n i
desear cleme<>cia. ¡Nada de eso! Cuando t r i u n f a s e la
Revolución, él arreglaría la cuenta á sus jueces, y por
cierto que había d» condenarles á u n a pena m a y o r q u e
la pedida por el fiscal popular William Morris, en su
comedid del magistrado Guillolín, sentenciado á labrar
los fértiles campos en atención á las numerosas i n j u s t i -
cias q u e había cometido. Y después de todo, ¿no es el
mundo u n presidio en el q'ie los ricos ejercen de cabos de
vara y u n galeón perdido en los espacios y cuyos cómi-
tres ostentan los nombres de rey, presidente, a r c h i p á m -
pano, obispo, general, consejero, etc.? Bien se estaría san
Pedro en ídem. Lo q u e él sentía era q u e Nalale Albano
[Link] de las garras del tribunal, merced á la recomen-
dación de u n caballero particular q u e tenía la suerte de
86 LOS VICTIMARIOS
l l e v a r el mismo n o m b r e q u e el presidente de la R e p ú -
blica. U n verdadero milagro, q u e sin contradicción se
debía á u n a boleta de r e e m b a r q u e para Italia, documen-
to q u e probaba al menos el deseo de Natale de volver á
s u patria. L o ciertísimo era q u e al día s i g u i e n t e viernes,
6 el sábado á más tardar, Natale se vería en libertad
nuevamente.
E n esto h a b í a llegado á la cárcel el coche.
Gom 1 C h a v e , S a i n t - P i e r r e ofrece el aspecto de u n a
c i u d a d e l a , pero no es c e l u l a r , y s u s tres cuerpos de
edificio están a g r u p a d o s de u n modo d i f e r e n t e y forman
con el doble muro c o n t i g u o al hospital u n c u a d r a d o per-
fecto. Los dormitorios de los reclusos est^n en el piso
primero y los talleres en la planta b a j a . El cuerpo de
g u a r d i a se halla en u n a casita, f u e r a del recinto de la
cárcel.
A l entrar en el patio, q u e es el espacio comprendido
entre los lados del cuadrado (el área, diría u n aprendiz
de geómetra), Deplace recibió el disgusto m^s considera-
b l e q u e darse pueda. La h i g u e r a m o n u m e n t a l no estaba
allí, en el arriate del centro, y en su defei;to se veía u n
palo, estaca, mástil, poste, cipo, h i p o g e o . . . ¡él q u é sabía!
algo i n d e f i n i b l e , acaso un árbol c u y a e s p e c i e le era d e s -
conocida ¡desconocida para él, el e m i n e n t e Deplace, q u e
h a b í a estado dos veces á p i q u e de convertirse en j a r d i -
nero! El desdichado se acercó y vió u n a como c o l u m n a
en la q u e había inscripciones variadas, eró ticas ó trivia-
les, trazadas con el cortaplumas ó la n a v a j a por los pre-
sos. S e fijó especialmente en un letrero, tan recie n te, q u e
p u i ) leerlo sin trabajo: Muerte de Dimitrios Bómbolas,
4 de Mayo de i8!)...
E-ite fué para Deplace el golpe de g r a c i a . ¡De modo
q u e sólo había venido para enterarse de la m u e r t e de s u
mejor amigo! ¡De modo q u e a q u e l Dimitrios Bómbolas
q u e , d e s p u é s de haber sido e x p u l s a d o de F r a n c i a siete
veces, sólo h a b l a b a el g r i n g o ; a q u e l B ó m b o l a s q u e tan
LOS VICTIMARIOS 87
fácilmeiUo se dejaba birlar el pan y se quejaba luego á
los vigilantes de modo q u e éstos no podían c o m p r e n d e r -
le, aquel B ó m b o l a s y a no existía!.. También para Maho-
med esta pérdida era un contratiempo terrible. ¿Cómo se
las iban á componer los dos compadres para procurarse
en lo sucesivo el pau de a ñ a d i d u r a à la ración adminis-
trativa, q u e les servía ú n i c a m e n t e de aperitivo? ¡Difícil
problema!
Anonadado y con aspavientos de pesar, D e p l a c e f u é á
sentarse en el diván de piedra empotrado en la pared y
que rodea el vasto patio de Saint-Pierre.
En uno de los corrillos formados por los presos, Mar-
•celli y Champromis discutían acaloradamente.
—Veamos el retrato, prorrumpía el corso, y te diré si
es ó nó Georgetle...
—¡Sí, sí, el retrato! exclamaron seis presos á la vez.
Champromis, contrariado, empezó á registrar en s u s
bolsillos, pero por m á s que h u r g a b a no podía dar con el
objeto pedido.
—Repito q u e estaba guardado en mi cartera y q u e
me la han q u i t a d o ahí f u e r a .
Y señaló el refectorio, situado en la planta b a j a y en
•el lado opuesto al hospital.
—¡No puede ser! rugía Marcelli.
—¡Busca, busca! dijeron los demás.
Champromis cogió por el brazo è Marcelli y clavó en
los ojos de éste la mirada fría y suspicaz de su ojo sano.
—Lo mejor será, dijo en tono m u y a m a b ' e , q u e me
dejéis en paz. Con vosotros no va nada (se dirigía á los
presos en general). —Acuérdate, Marcelli, de lo q u e o c u -
rrió en Chave. Porque me n e g u é á darte el retrato,
me regalaste u n bofetón. Aquí (y se llevó la mano á la
mejilla derecha); no es nada; pero será bien q u e dejes
d e molestarme...
—¡Venga el retrato! exclamó Marcelli, impaciente.
M a ñ a n a salgo de aquí y he de verla.
^ LOS VICTIMARIOS
—No la conoces...
— ü n motivo más para buscarla... ¡Es tan hermosa.'
—Mañana sales... barbotó Champromis.—Y añadió
levantando la voz, pero sin enfurruñarse, con acento
casi apacible: ¡Irás á verla! Te enseñaré el retrato.
Introdujo dos dedos en el bolsillo de su pantalón y
sacó un pañuelo de seda, mientras decía:
—Yo he de quedarme aquí... He atrapado trece me-
ses... Iré á Nimes... ¡Bah! ¡me es igual! Con tal que me
suelten antes de la Exposición...
—¿La Exposición de 1911? observó Marcelli, con aso-
ma de ironía.
—¡Irás á verla! repitió Champromis.
—¡Qué sé yo!
Champromis volvió á escarbar en sus bolsillos y esta
vez sacó un espejo, un peine, un manojo de llaves, una
flauta, una cuchara de plata, dos cajas de cerillas, un
atado de cigarros de Bruselas y por fin la cartera, en la
que sin duda estaba el suspirado retrato.
—¡Oh, oh! exclamaron todos. ¡Ya está aquí Gaspar
Debesse (1)! ¡Bien por el prestidigitador! ¡Se conoce q u e
te han registrado hasta el tuétano!
—Me confundís, señores, dijo Champromis inclinán-
dose y saludando al concurso. Pero ved el retrato.
Abrió la cartera y apareció el marco de peluche, y
dentro del marco el busto de la gentil Georgette.
—Es mi novia, añadió el bueno de Champromis, e n -
tregando á Mahomed el retrato, que luego pasó de mano
en mano hasta llegar á las de Natale. ¡Es mi novia, y no
la conozco!
—¡Cómo es eso! prorrumpió Abadie, enderezando su
cabeza en la cual se echaba de menos un ojo.
—¡No, no la conozco! ¡no sé quién es!...
(1) Famoso ladrón, el Candelas de Marsella.
LOS VICTIMAEIOS 89
—Sea como quiera, dijo Asdrubale Gordone, el r e -
trato pertenece á Champroinis. Marcelli buscará en la
calle el original y . . . Oyeme, Marcelli: u n a n a r q u i s t a
como tú...
—¡Anarquista yo! repuso Marcelli, i n t e r r u m p i e n d o
bruscamente á su amigo. ¿De dónde lo has sacado?
—Ayer, replicó el otro lentamente, acentuando m u -
cho sus palabras, ayer, en la sala de audiencia, me de^
cías que si tuviéramos poder bastante para a n i q u i l a r de
un solo golpe á esos t u n a n t e s q u e se comen al pobre des-
pués de haberle estrujado, q u e si pudiéramos cortar d e
un chincharrazo todas las cabezas de tod^s...
—iTa, ta, ta!... i n t e r r u m p i ó Marcelli, echándose á
reir. ¡Yo no h e dicho eso!
— T ú eres tan a n a r q u i s t a como yo.
,—Me van á sacar de a q u í . . . ¡Viva la libertad!
—¡Ah, belitre! m u r m u r ó Asdrubale Gordone, e n t o n o
lamentable. Conque ya no eres a n a r q u i s t a . . .
— ¡Ven acá, Mario Bono! gritó Abadie, dirigiéndose á
un mozo q u e medía el patio con sus largas piernas, a j e -
no á todas las discusiones, y q u e meneaba la cabeza
como dominado por u n temblor nervioso.
Bono, obediente á la voz que le llamaba, acudió
presuroso desde el otro extremo del patio, y cuando se
halló cerca de su camarada, saludó a t e n t a m e n t e , llevan-
do la mano á la frente en la q u e traía pegado u n sello.
—Dime, prosiguió Abadie, quitando á Natale A l b a n o
el retrato que el a n a r q u i s t a genovès estaba c o n t e m p l a n -
do fijamente hacía largo rato. ¿Gonoces á esta m u j e r ?
—Es la princesa Clementina de Bélgica, contestó el
loco, rascándose la f r e n t e y apretando con el índice el
sello. Tan cierto como tengo aquí en la cabeza el retrato
de Victoria de Inglaterra, cuando era graciosa y joven.
—¡Mientes! dijo Abadie, deseoso de molestarle.
Mario Bono le dirigió u n a mirada despreciativa, l e
90 LOS VICTIMARIOS
Tolvió la espalda, escupió al suelo y se fué à reanudar
su paseo, que comunmente duraba todo el día.
—Señores, exclamó Abadie, colocándose en el centro
del grupo: ahora resulta que es el retrato de una prin-
cesa y Marcel·lí tendrá que contentarse con los extremos
del amor plaiónico. A no ser que preÜera suicidarse para
acabar de una vez...
Desde la puerta del refectorio y sentado en una silla,
el viejo guardián Mouron, taciturno y grave, vigilaba á
la canalla. Su semblante afectaba una seriedad entera-
mente gubernalmental, con la que se justificaba el mote
de Vieux Pandare (gendarme retirado), aplicado al car-
celero por Asdrubale Gordone ó por Abadie ó Montjoie.
—¡Orden, orden! gritó de pronto Mouron. ¡Qaé chi-
llería es esa!
La verdad es que nadie chillaba. Pero Abadie, que
aspiraba al cargo de précút (cabo), se dió por aludido y
fué á sentarse en el banco, mientras los dem-is, siguiendo
el ejemplo del alsaciano Enrique Schairner, que acababa
de llegar de A i x , donde está, como todos sabéis, la Cour
d'Asdses (Audiencia territorial), empezaban à pasear de
arriba abajo.
En aquel punto, Asdrubale Gordone, que estaba ca-
tequizando al argelino Mohamed, le abandonó, ó porque
creyera la conversión realizada en vista de los repetidos
signos de aprobación que con la cabeza hacía el catecú-
m e n o , ó porque le pareció más útil enfrascarse en una
conversación con el parisiense Montjoie.
Por causa ignorada, este jorobado, que tenía un ros-
tro sumamente agradable, ñno y p^ido, de candorosa
expresión como el de un niño, con admirables ojos azu-
les, se hallaba aquel día abatido y deshecho y á quince
leguas de su jovialidad acostumbrada. Gon todo eso, As-
drubale Gordone estaba empeñado en comunicarle sus
secretos y especialmente un proyecto de importancia
LOS VICTIMARIOS 91
excepcional por el que, en senlir de algunos camaradas,
se precipitarían los acoatecimiealos y cambiaría la faz
del mundo. Agucemos pues, el oído para recoger c u i -
dadosamente las palabras del valiente revolucionario.
—En este momento, decía Asdrubale Cordone, levan-
tando la cabeza para ver cómo se perdía en el aire la
última bocanada de h u m o de su último cigarro, sobre
cuya colilla se precipitaron Deplace, Mahomel y Schaff-
ner; en los momentos actuales no podemos contar con
Paolo Lega ni con Paolo Schichi porque el primero está
gravemente enfermo y el segundo se ha marchado á E s -
paña. Por lo q u e huce á Dimitrios Bómbelas...
—Ayer murió, dijo Montjoie.
—Sí. espichó en la enfermería, y su concurso resulta
iaútil. ¡Y es lástima, á fe. porque Bómbolas valía él solo
tamo como cincuenta camaradas juntos!
—Pero si no era a n a r q u i s t a . . .
—Todos los pobres son a n a r q u i s t a s , a r g ü y ó s e n t e n -
ciosamente Asdrubale Cordone. Pur eso tengo fe en el
porvenir: cada día a u m e n t a el n ú m e r o de los archimillo-
narios y por este motivo crece el de los descontentos.
Cuando sólo existan eu el m u n d o doscientos Vanderbilt
y J a y Gould. será fácil hacer de ello-< picadillo. Sí, n á
querido Sloiitjoie, pronto verás solamente algunos ricos
con millones de desheredados...
—Y de gendarmes, concluyó Montjoie, que empezaba
á impacientarse de veras. En resolución, ¿qué proyecto
es ése de que me hablas todos los días? Di ..
—Paciencia, profirió Asdrubale Cordone con g r a n
desparpajo y sacando de su bolsillo otro cigarro, el últi-
mo irremisiblemente, en el que se clavaron los seis ojos
codiciosos de Schaffnor, Mohamed y Deplace.—¡Largo de
aquí! añadió hablando con éstos. El mégot (colilla) será
para tí, Mohamed; ven luego p o r él.
El árabe giró sobre sus talones y se fué m u y satisfe-
92 LOS VICTIMARIOS
cho; Deplace y el alsaciano le siguieron envidiosos y con-
tritos.
—¿Lo ves? exclamó Asdrubale Cordone. ¿No presien-
tes lo que sucedería si no hubiese en el mundo m i s que
un cigarro y un fumador? Esloy convencido de que
ahora, si el gobierno de la República suprimiese la mez-
quina cantidad de tabaco que se nos concede antes de
mandarnos á presidio, y entrase aquí un sujeto cual-
quiera fumando un londres, con nuestras manos despe-
dazaríamos al insolente...
—Y ¿quién se fumaría el cigarro?
—Nadie, contestó Asdrubale Cordone. Puesto que no-
podemos ser todos felices, que nadie lo sea. La dinamita
nos dará la igualdad que anhelamos. ¡Viva la...!
—¡Ten la lengua!... ¡Ah, tus labios no pueden pro-
nunciar ese nombre! ¿Cómo te atreves á repetir esta pa-
labra? ¡Loco! ¡estás loco!
—¡Imbécil! prorrumpió Asdrubale, ¿tengo yola culpa
de aquel suceso? Quien ama el peligro, en él perece.
Siempre es preciso arriesgar algo, y nosotros no podemos
jugar más que nuestra miserable vida. Lo mismo ha de
ocurrirle á Francesco Momo.
—¡Ah! dijo Montjoie.
—Es verdad que Epifane no sabía siquiera que las
bombas estuviesen debajo de su cama. No se le oonsultó
para nada. Y cuando ocurrió la explosión, todos creyero»
que Epifane había perecido por su imprudencia, y que
se trataba de un terrorista disfrazado con la piel de la
oveja socialista. ¡Fué un raro suceso!
—Pero ¿quién había ocultado las bombas allí?...
—La Momelte.
—¿La querida de Epifane?
—Sí... Y ahora te diré que, á juicio de nuestros ami-
gos, Epifane era un soplón encargado de vigilarnos y
desbaratar nuestros planes. ¡La Momette lo aseguró for-
LOS VICTIMARIOS 93
malmente! Y si, como dicen, aquella explosión fué u n
castigo de Dios, i-esulta que hasta Dios es anarquista...
Y Asdrubale Cordone soltó una ruidosa carcajada, que
fué á despertar de su entorpecimiento profesional à Mou-
ron, el viejo guardián, cuyos cien ojos se habían cerrado
por un instante, á impulsos de un sueüo irresistible, de-
bido al estado de la atmósfera.
—[Tened presente, gritó Mouron, desde su asiento,
que voy á meteros á todos en un calabozo!
—Gran calabozo habrá de ser, dijo Asdrubale Cor-
done á Monljoie, para que quepamos todos en él.
Efectivamente, había eu el patio más de doscientos
cincuenta hombres contados porDeplace, que había ago-
tado todos los medios hábiles para distraer su apetito
fenomenal, acrecentado con motivo de la extinción
de Dimitrios Bómbolas. Y estos doscientos cincuenta
hombres estaban sentados en los poyos, en el suelo, á la
sombra de la higiaera ausente, en el aljibe adosado al
muro por la parte del hospital, ó se paseaban sin cesar,
mirando á las nubes que les amenazaban con una lluvia
abundante, por la que se verían obligados á guarecerse,
como de costumbre, en el refectorio.
—Si no me engaño, dijo Montjoie, reanudando la con-
versación un punto interrumpida, la madre de Epifane
murió ó quedó gravemente herida á consecuencia de la
explosión...
—Murió, repuso, con una indiferencia majestuosa,
Asdrubale Cordone.
—Quisiera saber, añadió á media voz y en tono de
súplica Montjoie, en qué consiste tu proyecto y si habrá
medio de que nos entendamos.
Asdrubale Cordone se mordió los labios y en seguida
tosió con afectación. Sus ojos inquietos bailaban (si nos
permitís emplear esta palabra) dentro de las órbitas j
despedían un resplandor siniestro que iluminaba unas
94 LOS VICTIMARIOS
facciones a ú n hermosas, no obstante su tlacidez debida,
m á s que é la edad, á los padecimientos. La boca estaba
torcida por una mueca h a b i t u a l de desprecio, merced á
lo cual se descubrían unos dientes m e n u d o s y blancos
de roedor; la nariz afilada se inclinaba á la izquierda
visiblemente y la frente m u y arqueada estaba casi ente-
r a m e n t e cubierta de cabellos crespos, es decir, q u e falta-
ba casi por completo.
Con todo eso, el semblante del italiano era agradable
en su conjunto, y Bertillon se habría visto apurado para
reconocer en él los famosos estigmas del crimen, sin con-
tar q u e de las orejas p e q u e ñ a s y bien formadas no cabía
deducir el mortal indicio decrueldad atribuido á las orejas
g r a n d e s y movibles como las del borrico. Este antropóme-
tra (de Bertillon hablamos) no hubiera podido tampoco
percibir en las m a n d í b u l a s de Asdrubale el prognatismo
q u e en estos últimos tiempos ha dado tanto q u e decir,
por creerse q u e es la seña más saliente del incógnito te-
rrorista de la calle S a i n t - J n c q u e s , de París. El único de-
fecto de Asdrubale Cordune era la exigüidad de su esta-
t u r a ; pero y a se sabe q u e casi todos los malteses son
pequeños como la isla en que han nacido.
— C u é n t a m e tu proyecto, insistió Montjoie.
—¡Eh, Mancini! dijo Asdrubale Cordone, aparentando
no h a b e r oído las palabras de su amigo y llamando á uno
de los individuos q u e h a b í a n venido con él de Chave.
¡Ven acá! ¡vivo!
Sin apresurarse en los más mínimo, Augusto Manci-
ni, q u e estaba sentado en u n o de los tres peldaños de la
p u e r t a de salida, alia en u n rincón del patio, se levantó,
se esperezó, se sonó con los dedos, bostezó, y haciendo de
s u mano u n embudo, p r e g u n t ó con su voz aguda y burlo-
n a q u e parecía u n insulto:
-¿Qué?
—¡Ven!
LOS TIOTIMAKIOS 95
Mouron se había dormido otra vez. Empezaba á
llover. El calor era intolerable y del cielo oscuro caían
gruesas gotas de agua, en tanto que el mistral, soplando
con violencia, barría el patio. Una de las refagas se
llevó el sombrero de Deplace, q u e sólo había tenido
uno en su vida y á quien esta nueva desventura a n i -
quiló para siempre. Mohamed, q u e sólo esperaba una
ocasión propicia para abandonarle, se separó de él, des-
pués de indicarle con la mirada el gran pañuelo de hier-
bas de SchaíFuer, el cual recién lavado ondeaba al viento
á guisa de bandera revolucionaria y podía convertirse
en turbante, capacete, pasamontañas, bonete, etc.
Aquel pañuelo había llamado igualmente la atención
del exgendarme Bolland, encarcelado por haber robado á
un ladrón, y atraía las miradas de Abadie. que sentador
en el suelo y rodeado de diez ó doce individuos, les rela-
taba por milésima vez las innumerables proezas del Car-
touche marsellés, Gaspar Debesse.
—A tors Debesae, qui avait terrassé le gendarme
Brave-fer, lui demanda si par hasard...
—¡Cuidado con lo que se hace, Bolland! exclamó
Abadie iuterrumpiéndose. ¡Ese pañuelo es míol
Bolland se volvió á meter en el bolsillo u n a m a n o
atrevida, que estaba ya levantada para coger el pañuelo
de Schaffner, y á paso de lobo se fué acercando al p u n t a
donde se hallaban Montjoie y Asdrubale Cordone, que
llamaba otra vez á Mancini:
—¡Ohé! ¡Mancini Augusto!
Al volver la cabeza, Asdrubale vió detrás de él á Bo-
lland, q u e le saludó humildemente, y á Mancini q u e
encendía su pipa.
— ¡Vete al cuerno! exclamó nuestro Cordone dirigién-
dose al exgendarme, que contestó con un saludo militar y
se f u é m u y despacio, del mismo modo que había venido,
—¡Atención, Mancini! ¡Montjoie!
S6 LOS VICTIMARIOS
—¿De qué se Irala? preguntó aquél, con su laconis-
mo acoslumbrado.
—Soy todo orejas, observó el jorobado.
Entonces Cordone le cogió del brazo y le dijo al oído
Aína sola palabra.
—¡Ella!
—¡El!
— Idue!... prorrumpió Augusto Mancini, agitando
«on un gesto triunfal su mano armada de la pipa.
— Un colpo di rivoltella'^...
—IL coltello...
—Mancini tiene razón, dijo Asdrubale Cordone; el
•cuchillo es el arma más segura...
—¿Por qué matar? murmuró Montjoie. Nuestro ideal
es de paz y amor...
—¿Qué día llegarás á Yintimiglia? preguntó Cordone
á Mancini. ¿Cuándo verás á Paolo?
—No le veré, contestó Mancini. No puedo volver á
Italia; me esperan allí con los brazos abiertos...
—Y con las esposas preparadas, añadió Cordone; ya
sé... Pero podemos escribir á Schiclii.
—Está en España.
—A Epifane...
—¿A Luigi Epifane?
—Sí.
—¿Y qué ganamos con esto? objetó Montjoie.
—¿Así estamos? ¿Ahora me sales con esta pata de
gallo?...
—Escúchame, Cordone: ese atentado será perjudicial
para nosotros...
—No lo entiendo.
—No tenemos derecho á la venganza, sino á la j u s t i -
cia. Si le matamos, nuestro crimen resultará inútil. Ale-
jandro II murió... y ¿dónde están los nihilistas?
—¡Qué diablos de Montjoie!
LOS YIOTIMARIOS 97
—¿Por qué malar? ¿Quién te ha dado ese derecho?
jCordone, tú no puedes pensar en estas cosas! ¡Ese ideal
de muerte no es el ideal de los anarquistasl ¡Y hemos de
perecer por vuestra culpa y por vuestra testarada!
—¡Qué importa! dijo el implacable Cordone.
—¡Y qué! replicó desdeñosamente Mancini.
—Escribe, pues, para tus periódicos, añadió Asdru-
bale Cordone. Escribid ¡oh románticos! remojaos el gar-
güero y hablad, perorad... ¿Por ventura me he mezclado
alguna vez en vuestros asuntos? Hazme un libro ¡oh sí!
un libro musical, lleno de vida y luz, un libro que suene
como la voz de tu amada y resplandezca con el fulgor
de tus ojos... ¡Hazme ese milagro, Montjoie!
—No sé escribir, dijo el joven ruborizándose.
—Entonces escribirás á Epifane...
—No le conozco, replicó, y no quiero asociarme á
vuestro proyecto...
—¿Lo has oído, Mancini?
—¡Déjale!
—Es un chíbalo, y ahora que conoce nuestro plan po-
dría vendernos...
—¡Yo! exclamó Montjoie. ¡Vendert»!,..
Cordone le puso una mano en la espalda.
—¡Te aplastaré, maldito! dijo á media voz, dejando
escapar de su boca estas palabras lentamente.
Montjoie, que se había puesto muy pálido, retrocedió
un paso.
—Es un buen muchacho, observó juiciosamente Man-
cini, interviniendo en la discusión y cogiendo con su
mano la de Cordone, que estaba aún apoyada en la joro-
ba de Montjoie.—Ya sabes, añadió, que no tenemos la
menor queja de él.,
—No puedo quejarme de él, es cierto, repitió Asdruba-
le Cordone, arrepentido de su acceso de furor; pero ¿quién
98 LOS VICTIMARIOS
sacará de aquí la carta? Yo me quedo encerrado liasla las
calendas griegas...
—Todo se andará, dijo Mancioi.—Ha cesado de llover.
—Ahora dan las cuatro en el reloj del hospital. Es la
hora de comer.
En aquel momento oyóse una voz que gritaba:
—¡Marcelli, SchafFner, Albanol Avec ses effets!
Todos miraron á la puerta del refectorio, en la que
estaba el guardián Ruisseau con un rollo de papeles en
la mano, y Abadie gritó:
—¡La libertad!
Nadie lo esperaba, porque según los cálculos de Cor-
done, no se salía hasta el día siguiente; pero no t u v i e -
ron més remedio que dar crédito á sus ojos al ver que el
guardián agitaba sus papeles y repetía los tres nombres,
añadiendo:
—¡Despacharse! ¡Yivo, vivo!
Mientras algunos presos rodeaban solícitos á Natale
Albano para despojarle de su pan y de las demás frusle-
rías, otros se acercaron á Marcelli y le felicitaron cordial-
mente. Tocante á Schaífner, no parecía por ninguna par-
te, se había eclipsado totalmente,
— ¡Albano, Schaífner, Marcelli! Eh! lá-basl
Este último estaba radiante de alegría y repartía e n -
tre los presentes apretones de manos y algunos tabacos,
Champromis se acercó á él y le dijo:
—¡Irás á verla! ¡Dale recuerdos de mi parte!
El otro le alargó la mano.
—Poco á poco... ¡Me debes un bofetón! ¡Toma!
Y le tiró un puñetazo al vientre.
—¡Muy bien, Champromis!
—¡Hurra!...
Pero Marcelli se volvió hacia la puerta y avanzó dos-
pasos.
De pronto vaciló, extendió los brazos, cayó redondo-
ai suelo.
LOS VICTIMARIOS 99
—¡Patatús! exclamó Abadie.
Varios presos corrieron para levantar á Marcelli, que
con el golge debía estar desvanecido.
Mancini fué el primero en advertir que el caído tenía
clavado en la ingle, por el lado izquierdo, un enorme
cuchillo, del que sólo se veía el mango negro. De aque-
lla herida no brotaba ni una gota de sangre.
—¡Está muerto! berreó el amigo de Cordone.
Se produjo una confusión espantosa; todos gritaban
y alborotaban, reían, iban y venían, saltaban, y por úl -
limo se reunieron en apretado haz junto al cadáver.
Presintiendo el peligro, los guardianes Ruisseau y
Mouron cerraron rápidamente la puerta del comedor y
corrieron en busca del jefe.
Transcurrieron unos veinte segundos, y en seguida
volvióse á abrir la puerta, bajo cuyo dintel apareció
erguido el director de Saint-Pierre, carcelero veterano, de
aspecto bastante benévolo, y á quien acompañaban sus
subordinados.
—¿Me diréis qué ha pasado? preguntó aquel jefe, que
estaba muy pálido, si bien conservaba toda su sangre
fría. ¿Qué es?...
Agudos silbidos, voces insultantes y atroces blasfe-
mias rasgaron el aire, y el clamoreo era tan horrible y
ensordecedor, qué no podía percibirse claramente una
sola palabra.
Entonces asomaron por la puerta los perros daneses,
fieles mantenedores del orden que se crían en algunas
cárceles francesas, y se vió también á los guardianes
preparar sus revòlvers y apuntar á la turba de energú-
menos, á la vez que Cacarelli, de cuyos ojos brotaban
llamas, colocado á la derecha de su jefe, gritaba con voz
potente:
—¡Me han dicho que eres tú! ¡Te mataré Mario
Bono!
]_00 LOS VICTIMARIOS
VI
«Barcelona, 12 de Enero de 1892.
»Mi querido Luigi Epifaue: Salud y Revolución so-
cial: Tan cierto como me llamo Asdrubale Cordone, y pol-
los motivos que ayer te indiqué, no he sabido hasta ahora
tus señas. Me pesa de no haber escrito antes, y prometo
no olvidarte en lo sucesivo. Abraza en mi nombre á Cini
y al barbilampiño Bonavasi, que se parece físicamente á
Rossini y en lo moral á Rossi. Mi tocayo Asdrubale Bo-
navasi será andando los siglos un cómico consumado; sos-
pecho que ya lo es al presente, porque ¿cuánto tiempo
no hará que aguza su puñal y se prepara á hundirlo en
el pecho de... ü noatro duca. Mamerto X, cuyos días
están seguramente contados? En cuanto á Cini, ignoro
si aun acaricia su proyecto de pasar al Norte América
para fundar allí un falansterio; si no ha desistido de su
viaje, aconséjale que lleve consigo á las dos odaliscas del
malvado Parmegiani, que supongo andarán todavía en
tratos con la policía francesa. Desconfiemos del sexo
bello y locuaz, al que ciertamente se debe el fracaso de
la última conjura.
»Gon Malatesta nada quiero, porque á pesar de sus
pujos de intransigencia, le creo muy capaz de imitar á su
rival Merlino, que aspira nada menos que á ser diputado.
Votaría gustoso por ambos si me dijeran que, en vez de
ir á Montecitorio, habían de partirse, después del triun-
fo, al Reichstag de los infiernos, en el que tienen asiento
los candidatos de la protesta anarquista, desde los tiem-
pos en que contábamos aún con Víctor Barrucane, Mont-
orgueil, Alexandre Helpp y á^más. franc-fileurs (aquí se
llaman hojalateros) de nuestro bando. Desconfiemos de
los anarquistas afeminados que están ^ot la socialización
del partido. ¿A qué mudar en sociable nuestra mansa
LOS VICTIMARIOS 101
condición de santos ermitaños? El león vive solo y vive
perfectamenle; el buey suelto bien se lame; ni el cedro
del Líbano ni la Mauritia mnifera necesitan de la ayuda
de sus congéneres; el lirio de los valles y la romaza acier-
tan á prescindir del concurso de las demás plantas; Ibsen
Tive aislado y Scbopenbauer murió inconfeso y solo. ¡Y
un anarquista tendrá que unirse con un Melville ó con un
André cualquiera! ¡Descoyuntémonos de risa!.. ¡Zitto!
»Voy á continuar, con tu permiso, mi autobiografía
de ayer. ^Mi auto... bio... grafía! Héme aquí convertido
en grande hombre. Soy desde ayer el sabio cartaginés
Asdrubale... Y lo peor es que si algún indiscreto lee esta
caria, creerá que los hechos por mí referidos son rebus-
cados y groseramente novelescos. En este caso, le reco-
mendaré que se dé una vuelta por las 69 cárceles que ha
Tisitado Natale Albano, llamado por Montjoie antonomá-
sicamente el Proscrito y pediré á los dioses se vea ex-
pulsado, como Augusto Mancini, de diez países, ó compe-
lido á danzar por el mundo como aquel Deplace que f a -
lleció de pesadumbre, en un asilo nocturno de Marsella, á
consecuencia de la muerte prematura de un tal Dimi-
trios Bómbolas. A menos que prefiera morirse constante-
mente de hambre como Ruggiero, apodado Rinaldi, co-
nocido por Annibale, perseguido por creérsele anarquis-
ta, encarcelado por deudas, acosado al modo de una
bestia feroz, ó coirer la suerte de José Thioulouse, que,
si se confirman mis presentimientos, tendrá que arre-
pentirse pronto de su venida á Barcelona. Y doblemos la
hoja, que ya se hablará de todo esto en su lugar debido.
»S1 no me engaño, llegamos ayer al punto en que Ca-
carelli, de pie en el umbral de la puerta y con desco-
medido ademán, proferia contra Mario Bono una amenaza
de muerte. Inútil decir que las palabras de este matón
fueron recibidas con general rechifla. Precisamente por
aquella época estaban en ia cárcel de Marsella, que bien
102 LOS VICTIMARIOS
conoces, los tres deportados por el negocio de la calle
Grignan y los m^s aventajados y desbragados comba-
tientes de la pandilla de los Coffre-forts, a m é n de nues-
tros camaradas Mancini, Mohamed, Montjoie, Herse,
Mulé-y el mismo Champromis, más interesado q u e nadie
en g a n a r la inevitable tremenda batalla. Abadie, que
suspiraba por u n empleo en la cocina de la autoridad,
se hallaba al lado de ésta; el exgendarme Bolland per-
manecía, como puedes suponer, mudo y n e u t r a l (un hom-
bre exonerado de su alto cargo es como el caballo capón
q u e obedece á cualquier espuela) , y Schaffner... Pero
este Schaffner mt^rece párrafo aparte.
«Figúrate q u e le h a b í a n llamado para devolverle la
libertad y no parecía por el patio. En los primeros mo-
mentos de confusión y trifulca le b u s q u é . . . y encontréle
dormido como u n beadito en cierto l u g a r oliente á rosas.
Y este hecho se explica perfectamente. La excesiva obesi-
dad. complicada con la degenerescencia grasosa del cora-
zón, determina á veces, por sístole y diàstole, u n a irresis-
tible propensión al sueño. Ahora bien: Schaffner venía de
Aix, donde pasara m u y malos ratos esperando ser con-
denado y ejecutado, con t a n t a mayor razón cuanto que
estaba limpio de todo delito, y de ahí la e n f e r m e d a d su-
sodicha. O tal vez estaba medio muerto... ¿Quién diablos
nos lo podría decir?
«Iluminado por repentina inspiración, cerré con í m -
petu la puerta del retrete (Dio santo! ya está dicho; r e -
trete era en verdad), y allí se quedó, quién sabe si para
u n a eternidad, el egregio Schaffner... Después de esto,
como si nada hubiera sucedido, f u i á r e u n i r m e con mis
camaradas.
»E1 choque había de ser rudo, decisiva la batalla; so-
plaba, como dice f r e c u e n t e m e n t e Lépine, prefecto de la
policía parisiense, el vendaval de las tempestades revo-
lucionarias, y todo hacía prever... Pero no pasó nada.
¿Por qué? [Link] sencillamente porque empezó á llover.
LOS VICTIMARIOS 103
»De aquel fortísimo chubasco, que eufrió singular-
mente el ardor bélico de los tres deportados de la calle
Grignau y templó la furia francese de los Coffre-forts,
en Dios y en mi ánima no podría decir si es responsable
el mistral de Provenza; pero lo cierto fué que aquel día
se libraron los marselleses de una buena, sin contar que,
por desgracia, quedó la Revolución aplazada indefinida-
mente. ¡Cuántas veces he oído decir á Barrucane, que
era antes el pozo de nuestra erudición anarquista, que á
leves causas se deben grandes efectos y que Guillermo
íil Conquistador ganó la batalla de Hastings por haber el
Eterno llovido sobre el ala derecha del enemigo ejército!
»Así quedó por Cacarelli la victoria. ¡Desmemoriado
truhán! ¡Y yo que le creía casi arrepentido y convertido
como les ocurrió á los guardianes de Ravachol en Mont-
brisson, que persistieron en su anarquismo hasta la
muerte... de nuestro excelso amigo! Me temo que con el
camellero Mohamed me sucedió lo mismo, y con esto te
explicarás, mi querido Luigi, la notable rebaja de mis
afanes de proselitismo. Y de aquí el siguiente axioma
que me parece de perlas, y me permitiré tomar del cate-
cismo] de Cini: «Procuremos ante todo convencer de la
verdad anarqiaista á sus adeptos.»
»¿No resultará ahora que hemos perdido el tiempo
inventando fórmulas hueras y programas aparatosos con-
ducentes á la nada? ¿De qué sirve llamar á las cosas por
su nombre? ¿Qué significan las palabras? ¡Tal vez exista
únicamente la música de las ideas! ¡A.h, la anarquía! La
anarquía es la última mentira de nuestros políticos.
Pronto verás ¡oh Epifane! á los anarquistas subir con la
presteza del gato por la cucaña del poder. No esperes
ver en ningún tiempo á la rebeldía triunfante. La rebel-
día, la protesta ¿no están condenadas á perdurable v e n -
cimiento? Somos los sempiternos parias. La fuerza nos
oprime con mayor tenacidad que nunca y se nos mata
104 LOS TICTIMABIOS
con exquisita cortesía. Sólo hay una verdad poética:
el gendarme.
«Decía, pues, que por razón de la lluTia correspondió
á los guardianes la victoria. ¡Victoria fácil! El agua q u e
caía sobre nosotros inundó en u n momento el palio, que
quedó convertido en lago.
sEntonces el jefe de la cárcel, seguido de Cacarelli,
Ruisseau, Lementeur y otros, bajó los dos peldaños de la
puerta del refectorio y avanzó resueltamente hasta el
sitio en q u e estaba el cadáver de Marcelli.
»JSÍOS retiramos todos formando un gran rolde, en
cuyo centro quedaron con el muerto el jefe, M. Duelos,
y Ruisseau, Cacarelli y los demás. Ya no llovía. Cacare-
lli ponía el rostro más contraído, fosco, inhumano y feo
que imaginar cabe. Las cerdas de su bigote estaban rígi-
das como las de u n cepillo y süs ojos m u y abiertos chis-
peaban de furor.
»De pronto M. Duelos preguntó en alta voz:—»¿Me
diréis quién le ha matado?» Nadie contestó.—«Es Maris
Bono » dijo Cacarelli.—«¿Quién le ha matado? repitió
M. Duelos. Véngase V. para acá, Abadie.» Y le hizo seña
de q u e se acercase. El preso obedeció inmediatamente.
—«jíQuién?...»—«Champromis, dijo sin vacilar Abadie.
—Bien está, repuso M. Duelos.
»Y vimos á Champromis, que había oído pronunciar
su nombre, moverse y avanzar como un autómata hasta el
p u n t o en que se hallaban los guardianes. Al llegar allí,
se quitó el sombrero y se inclinó. Seguramente esperaba
que le echasen una fraterna. Pero M. Duelos se limitó á
indicarle con un gesto imperioso la puerta, á donde se
fué en seguida el preso, acompañado de Ruisseau.
«Cuando estuvieron los dos dentro, se cerró aquélla y
M. Ducliis ordenó que nos marchásemos por el p u n t o
que conduce á los dormitorios. En tanto que un guardián
nos llamaba por nuestros nombres según costumbre, el
LOS VIOTIMASIOS 1Ü5
jefe p r e g u n t ó con su voz sonora: — « ¿ D ó n d e están ésos?»'
Por dicha Cacarelli, q u e h a b l a b a en a q u e l i n s t a n t e con
Lementeur, se volvió á su superior para decirle: — « E l
cuchillo es de Mario Bono » — « ¿ L o cree V . así?»
»Oída la contestación afirmativa de Cacarelli, M . D u -
elos le ordenó fuese con L e m e n t e u r en busca del loco,
que y a estaba dentro, y g r i t ó : — « ¡ S c h a f f n e r , Marcelli, Al-
bano!» Y l u e g o , cayendo en la c u e n t a de q u e el segundo-
no podía contestar, r e c t i t i c ó d e l modo s i g u i e n t e : — « ¡ A l b a -
no, S c h a f f n e r l »
» E n el patio ya no e s t á b a m o s m é s q u e Montjoie,
Mulé, Mohamed, A l b a n o y yo.
»Gogí por el brazo al primero y le dije estas dos p a l a -
bras:—«Me voy.» Me miró con extrañeza y e n t o n c e s a ñ a -
dí:—«Te aguardo m a ñ a n a e i i e l b a r -«¡Alba-
no, S c h a f f n e r ! » — « ¡ P r e s e n t e ! contestamos á u n a voz Al—
baño y yo E l j e f e señaló con la m a n o el refectorio.
«Obedeciendo á ese mandato, A l b a n o y yo nos d i r i g i -
mos hacia la p u e r t a , á c u y o u m b r a l l l e g á b a m o s en el
preciso i n s t a n t e en q u e e n t r a b a n , t r a y e n d o consigo á
Mario Bono, Cacarelli, R u i s s e a u y otros g u a r d i a n e s . Em--
pujé á A l b a n o , q u e no se daba la prisa debida y estaba
como siempre distraído ó meditaba en la metempsícosis
del c a n g r e j o , y rae metí d e n t r o . T r a s nosotros se cerró la
puerta, a c u y o cuidado estaba el viejo M o u r o n . — « Q u e -
daos a q u í , » nos dijo é s t e . — « M u y b i e n . »
« A p e n a s h u b e p r o n u n c i a d o estas palabras, se oyó urt
grito desgarrador: « ¡ a s e s i n o s , c o b a r d e s ! » — « ¡ D u r o en él!»-
replicó u n a voz — « ¡ F a v o r , a m i g o s míos! ¡Me m a t a n ! ¡Ase-
sinos, asesinos!»—«¡Quitadle el c u c h i l l o ! »
» E n el patio l u c h a b a n contra Mario B o n o doce h o m -
bres. E l intrépido a n a r q u i s t a , el atlético esclavo se d e -
fendió de sus agresores y devolvió golpe por golpe, repar-
tiendo soberbias c u c h i l l a d a s con el p u ñ a l arrancado al
cadáver de Marcelli. Aquel mozo de a g i g a n t a d a estatura^
106 liOS VICTIMARIOS
valeroso y fuerte, loco con la locura divina déla rebeldía,
había resuelto morir, sucumbir en el combate sin pedir
gracia á sus verdugos. Eu su frente debía fulgurar aún
el retrato de Su Graciosa Majestad Británica.
» _ ¡ N o me rindo, gritaba la voz indignada, poderosa,
vibrante, no me rindo! ¡Asesinos, asesinosi» Los guar-
dianes nada decían; de seguro que le acometían enloque-
cidos de furor y armados de sus gruesas llaves, cuyo gol-
pe es muchas veces mortal.
»—¡Asesinos, asesinos!
»—¡Sacad los perros! ¡los perros!
»—¡Muerto soy!
»En el refectorio, el viejo Mouron me miraba con sus
ojos recelosos y tristes. No pude contener una mueca de
desprecio. El volvió la cabeza. No sé por qué.
»Albano se había cruzado de brazos como un gladia-
dor apocalíptico y miraba indiferente al techo limpio y
blanco y á las paredes cubiertas con carteles de no re-
cuerdo qué sociedades filantrópicas.
«Cuando me disponía á sentarme en uno de los ban-
cos, se abrió una puerta que da é la nave central, donde
está el kiosco de los vigilantes, y entraron en el come-
dor M. Duelos y tres ó cuatro de sus satélites.
»—Seguidnos,» dijo el jefe con un gesto breve. —«Va-
mos, Albano».
»Por tu desgracia conoces ¡oh Epifanel las formalida-
des del registro, de eso que llaman los franceses levée
d'écrou. Más de una vez temí que se descubriera mi gra-
cioso fraude, lo cual me hubiera valido una paliza de
manos de los irritados y ensoberbecidos gaffes (recuerdo
que en el argoi áei la cárcel se aplica este nombre á los
vigilantes), yendo á dar con mis huesos en la mazmorra
donde estaban ya Champromis y el loco inofensivo, tan
generoso para sus amigos, Mario Bono. Pero nada de esto
sucedió, porque no estando en la oficina Cacarelli, mi
LOS VICTIMARIOS 107
«neraigo íntimo y el único goffe que me conocía, todo
uos salió á pedir de boca en medio del general trastorno,
ocasionado por graves sucesos no comunes en la cárcel
socialista de Marsella.
»Ya me tienes en el rastrillo, inmediato al cuerpo de
guardia, y llegamos al p u n t o en que [Link] e x p r e s a -
ba su satisfacción con uti bostezo indecible. R e a l m e n t e
la libertad no es cosa despreciable ni a u n para el h o m -
bre que, como Albano, ha dormido en todas las cárceles
de la Europa meridional. Además, cuando está uno libre,
puede mofarse i m p u n e m e n t e de los panzudos caseros y
de los hosteleros Cándidos, á quienes Mario T o u r n a d r e ,
y el orador Prost y el mismo profesor D. han j u g a d o
•partidas tan excelentes. H u e l g a n para nosotros las p r e -
venciones del legislador y las decentes ordenanzas de la
policía u r b a n a . La a n a r q u í a es la a n t i g u a doctrina de los
cínicos, acomodada á las necesidades de n u e s t r a época.
»Pero vengamos al rastrillo... para salir de allí lo más
pronto posible. He de confesar q u e por u n i n s t a n t e tuve
miedo. A veces me siento todavía b u r g u é s . Y tuve m i e -
do, porque Albano es una bestia en la q u e no se p u e d e
confiar. ¿A q u e no adivinas su ocurrencia de última hora?
Óyeme atento: en aquel supremo trance, Albano pidió al
portero permiso para volver al patio en busca de su única
camisa. Sentí la mía empaparse en sudor frío y pareció-
me oir la risa sostenida y seca, análoga á u n rebuzno, de
Cacarellí. Dirigí á Natale Albano la mirada m á s expresi-
va que lanzar se puede y añadí á la mirada u n pellizco;
psro ni por esas. Sonó r u m o r de pasos: vino u n g u a r -
dián... Una mano oprimió mi cuello... quiero decir q u e
pensé verme oprimido y cogido... No f u é más q u e el sus-
to grandísimo.
»E1 recién llegado se dirigió al portero y le entregó
un papel, u n a poesía tal vez. —«¿Qué tal?» p r e g u n t ó el
cancerbero. —«Creo q u e ha muerto...» Después s u p e por
108 LOS VICTIMARIOS
los periódicos que esa frase se refería al loloués Mario
Bono. Eq cuanto á Cacarelli, había perdido ea la batalla
una oreja entera, arrancada de raíz, y la mitad de la otra.
Dos vigilantes anónimos habían recibido heridas graves.
Lementeur quedó cojo per in ceternum. ¡Perezcan de ese
modo los tiranos!
»De Mario Bono no he vuelto á saber más. Debió mo-
rir. ¡Lastima de mozo!
«Cogiendo una mano de Natale, le arrastré conmigo
y pronto estuvimos en la calle. Una vez aih", respiramos
los dos libremente y echamos á andar muy de prisa, cada
vez más de prisa pasando por calles que nos eran desco-
nocidas, hasta que por En llegamos al paseo M-ilhan.
»Después de tomar una copa en el bar G., nos dirigi-
mos al puerto de la Joliette, donde, como ya sabes, está
el bar Loyalty. No quise ir al Cin<¡ partios du monde,
porque en él se reúnen todos los camaradas de Marsella,
vigilados cuidadosamente por la policía.
»K1 dueño del bar Loyalty nos recibió muy bien.
Es ó era (porque sospecho que murió) un anarquista con-
vencido, de trato cariñoso y ameno, un hombre en fin
con el que se podía contar siempre. Le expliqué lo ocu-
rrido y se rió muchísimo con motivo de mi fuga. En se-
guida lamentó la muerte de Mario Bono, á quien de an-
tiguo conocía.
«Aquella noche se cenó alegremente y bebimos por
todo lo alto. Luego se trató de la cuestión principalísima
del alojamiento y el tabernero me dijo que contaba con
dos amigos y con dos casas, una para Albano y otra para
mí. Sólo que de estos dos amigos el uno era digno de la
mayor confianza y el otro considerado como anarquista
incierto, de la especie que llaman proteica (de formas
cambiantes): se le había visto beber una vez con el agen-
te de policía Fin-limier, peligroso lagarto, y había en-
trado dos veces por la noche, á las diez treinta y cuatro,
LOS VICTIMA.B10S IOS)
eu la prefectura, situada no lejos de la calle G r i g n a n ,
donde estfiban los lares de tan sospechoso sujeto.
»Te reirás tal vez de esa suspicacia y de las inusita-
das precauciones q u e suelen tomar los franceses, pero el
hecho es q u e si hablamos de taberneros a n a r q u i s t a s
todos est'in á sueldo de la policía. En el bar Sansculotte
cayó nuestro amigo A. y en el Chien Fidèle se tropezó con
la carga el malogrado B., eterno huésped de Poissy. El
dueño del bar Loifattjj e s ó è r a u n a gloriosa excepción.
Acuérdate de lo q u e decía en casi todas sus arengas Ba-
rrucane: «Las tres cuartas p a r t e s de los h a b i t a n t e s de
nuestro redondo planeta pertenecen á la policía de las
Galias».
»Para abreviar, te diré q u e me q u e d é en casa del
anarquista sincero y bueno y envié á la otra al desmano-
lado Albano, cuya captura era de escaso interés para la
causa q u e defendemos. Otra cosa hubiera sido si me
hubiesen pescado á mí, porque, a u n q u e mis dichos te pa-
rezcan hiperbólicos, no h a y en Italia ni en el orbe quien
pueda competir e n celo probado, en previsión astuta ó en
valor reconocido con el isleño Asdrubale Cordone, a y e r
.sastre y sombrerero, hoy poliurgos(de todos los oficios) y
polígrafo, anarquista desde el día en q u e le bautizaron
en San J u a n de Malta... Y vamos á nuestro relato.
»A la m a ñ a n a siguiente, Montjoie se reunió con n o -
sotros, y cuando h u b i m o s charlado l a r g a m e n t e con m o -
tivo de los sucesos q u e conoces, se acórdó por u n a n i m i -
dad e m p r e n d e r el viaje á Barcelona, la ciudad santa de
la a n a r q u í a . Aun así, tropezábamos con u n a dificultad
no p e q u e ñ a : la falta de dinero; por lo q u e nuestro p r o -
grama sufrió u n a leve modificación; quiero decir, q u e
resolvimos viajar á expensas de la P. L. M. (Compañía de
París á Lyón y al Mediterráneo). Por este sencillo proce-
dimiento se h a n acreditado de listos en nuestros días
Octave J . , Z. y A., oradores bien conocidos.
110 L 0 3 VICTIMARIOS
»Sólo que para conseguir este objeto era preciso bur-
lar en la estación Saint-Charles la vigilancia de Fin-li-
mier, y dejar con un palmo de narices al comisario espe-
cial de Marsella y al de Port-Bou. Propuse, pues, á mis-
amigos un disfraz adecuado que debía permitirnos llegar
sin tropiezo á la frontera y tomar allí el tren que con-
duce á Barcelona. De la policía española nos preocupába-
mos muy poco, porque, según rumores, se distinguía par-
ticularmente por su escaso celo. Después he tenido oca-
sión de convencerme de lo contrario.
»Aquella misma noche, en un cuarto del hax Loyalty,
se verificó nuestra transformación, quedando Montjoie
metamorfoseado en mujer, Albano desprovisto de sus
greñas y sin sus barbas el infrascrito. Ni Albano ni yo
cambiamos de traje; pero Montjoie había tenido necesi-
dad de mudar hasta de sexo á causa de su menuda jo-
roba, enorme indicio á los ojos de lince de la rousse. Sa-
bido es que á Ravachol le cogieron por los pies, que eran
de gran tamaño, y aun se dice que por la lengua, á cu-
yas hermosas razones se atuvo su delator J. Lhérot.
«Guiados por H. y seguidos de M., un socialista que
se encargó de averiguar si por desventura venía tras nos-
otros Fin-limier, y que al revolver de la primera esqui-
na desapareció, tan por completo, que no he vuelto en
mi vida á verle ni he sabido más de él; con tan buena
escolta, repito, entramos á eso de las once de la noche
en Saint-Charles, donde tomamos un billete para la Es-
taque, la estación más próxima, lo cual debía permitir-
nos llegar sin obstáculo á la frontera. Es de advertir que
para nuestro doble objeto de viajar sin molestia y p a -
gando lo menos posible, precisaba salir de Marsella por
la noche, ya que durante ésta no entran los revisores en
el vagón. Respecto á Fin-limier, se ha sabido después
que, disfrazado de camelot, estuvo toda la madrugada atis-
bando la salida de nuestros camaradas á la cerrada puer-
LOS VICTIMARIOS 111
ta del bar Aux cinq parties du monde, y que envió á svf
jefe seis memoriales para probar que no se había mar-
chado aún de Marsella Asdrubale Gordone.
»Y en efecto, al día siguiente llegamos los tres ami-
gos á Barcelona, la Meca de los anarquistas militantes.
»Esta población es, según parece, la primera de Es-
paña por su comercio y su industria florecientes y por la
belleza de sus mujeres, que encantaron desde el primer
momento á Montjoie y sorbieron la corta porción de seso
á Natale Albano. Siempre he creído que este zopenco, que
parece caído de una lejana estrella ideal, en la cual pe-
rezosamente vivía ebrio de felicidad y de amor, será
algún día la víctima propiciatoria de su fatuidad y de la
períidia de los hombres... El tiempo, Epifane, nos dirá si
tengo ó nó razón.
»Sea como quiera, lo primero que me preguntó Na-
tale Albano á nuestra llegada á Barcelona fueron las se-
ñas de la Società de Benejicenza de los italianos. El cree
que la inagotable caridad de nuestros compatriotas se va
extendiendo, lo mismo que el poderío inglés, por todos
los ámbitos del planeta. ¡Infatigable pordiosero, capaz de
abusar de la paciencia humana! Gomo era lógico, le con-
testé que nos interesaba más ir al punto en busca de
Paolo Schichi y de Ravachol.
»Montjoie, que deseaba vivamente despojarse de sus
atavíos femeniles, se adhirió á mi opinión, y como te-
níamos dinero (porque á pesar de lo que he dicho antes,
nosevió jamás á un anarquista sin blanca), tomamos
un coche con la firme resolución de pagarlo, ya que un
cochero no es como el accionista de opulenta compañía
ferroviaria, á quien fácilmente se da gato por liebre. Se
me olvidaba decir que en Port-Bou tuvimos que pagar
el billete entero, porque los revisores españoles, metios
atentos que un francés, entran en el vagón á todas ho-
ras para molestar inútilmente al viajero. En España ni
de noche se puede viajar gratis.
112 LOS VICTIMARIOS
»Para no molestarle coa detalles de poco interés, pa-
jearé por alto las impertinencias de Albano. que quería
visitar á su cónsul y pedirle un bajo empleo, y le con-
duciré á casa de Schichi, que entonces vivía en Gracia,
calle del Oro, número ignorado, cuarto segundo.
»Schichi, á quien conoces y que fué el alter ego de
tu infortunado primo Cola Epifane, destrozado en su
cama de Rávena por la explosión inexplicable de una
bomba, nos recibió muy bien; pero al enterarse de que
el serio y espelado personaje que venía cou nosotros era
aquel renombrado Natale Albano, perseguido de cerca
por la policía después de la muerte de Napoleone, su
hermano, frunció las cejas y murmuró de modo que sólo
yo pude oirle: —«¿A qué habrá venido este borrico?» Con
todo, nos ofreció sillas y nos preguntó con mucho interés
el objeto de nuestro viaje —«He querido conocer esta
ciudad,» contesté llanamente.—«¿Qué más?»...
Con un gesto le indiqué que deseaba hablarla á so-
las, y entonces se levantó del borde de su cama en el
que estaba sentado, y me llevó á un cuartito contiguo.
»gQué es?»—«Se trata del...»—«Ya caigo.» Saqué de
mi bolsillo un papel en el que había unas palabras tra-
zadas con lápiz.—«Es para Paolo Lega,» le dije.—«Está
enfermo...»—«Mejor que mejor; así tendrá más prisa».
—«Dices bien, exclamó Schichi; ¿á qué vivir?» —«Y no
obstante, nosotros vacilamos á veces...»—«¡Ah! ¡ah! pro-
firió en tono chancero; cada cual hace lo que puede; no
siempre se hace lo que se quiere.» —«A otra cosa. ¿Será
[Link] primero que...»—«Tal vez H.; lo mismo da.»—«Man-
•cini quisiera que fueren los dos y el mismo día,»—«¿Se
encargará él de llevar el gato al agua?»—«Est^ preso en
Marsella.» Y le referí lo ocurrido en la cárcel de aquella
ciudad.
»E1 se sonrió, diciéndome que ya había reparado en
.el disfraz de Montjoie, y dedicó á Mariano Bono, á guisa
LOS VICTIMARIOS ll3
de oracióu fúnebre un «¡oh!» que lo mismo podía expre-
sar la sorpresa que el contento. Á.quí he de advertir que
Paolo Schichi creía, como yo, en aquel tiertípo, que las
alcaldadas de nuestros gobernantes bastarían á darnos
prontamente el triunfo. Ahora no es difícil que haya mu-
dado de consejo. Sea como quiera, sospecho que en el
fondo de su alma lloró la muerte de Mario Bono. No
debes de ignorar que ha lamentado muchas veces la des-
gracia ocurrida á tu primo Cola Epifane. En realidad,
Paolo Schichi es un buen chico y quiere muy bien á
lodos sus amigos.
»Tocante á los burgueses, ya es otro cantar, y me
.atrevo á decir que les quiere mal. Su odio es intenso y
vivo, incurable y fuerte. Es constante como la ciega fide-
lidad y duro como el diamante. Es un odio que ve, sien-
te y razona. ¡Ah, burgueses! ¡vuestra rabia hecha de re-
celo y miedo no tiene la fuerza de ese anhelo engendrado
por la desesperaciÓQ y el mal! ¡Que el nombre onomato-
peico de Schichi suene para vosotros como el canto del
gallo matutinal en el oído del condenado á muerte!
jGuardáos, burgueses! ¡lened cuenta, os digo!
«Después, Schichi me preguntó si sabíamos ya que
Ravachol se había vuelto á París, donde debía preparar
la gran campaña. Le dije que sentía que se hubiese
marchado nuestro compañero, si bien debíamos regoci-
jarnos todos con la nueva de un viaje tan provechoso
para nuestros deseos. Hablando de Albano, Schichi le
dedicó una frase despreciativa y luego ponderó los ta-
lentos del amable Montjoie, queridísimo de sus cama-
radas, que en él admiraban la dialéctica vigorosa y la
sarcàstica viveza con que solía pulverizar los a r g u m e n -
tos de los escritores vendidos al oro burgués.—«Montjoie
viene enfermo,» le dije.
«¿Vives solo?»—«No por cierto,» replicó mostrándome
su perro de aguas enano, que se esperezaba al sol, y ne-
9
114 LOS VICTIMARIOS
gligentemente tumbado eu un trozo de alfombra de orillo,
nos miraba con insistencia singular, como si hubiese pe -
netrado nueiílras palabras.—«¿De dónde lia salido esa
mosquita?» —«Es un súbdito italiano.» —«Más feliz que
un capitalista...» Schicbi hizo un gesto de desdén. —«¿Y
si fuera un polizonte?» El se echó à reir.
«Mi última frase dió pie á una conversación que duró
largo rato, en tanto que Albano y Montjoie aguardaban
al otro lado de la puerta.
«Preciso es convenir en que Schichi tiene buenas ex-
plicaderas, por lo cual se le oye siempre con gusto. Aquel
día estuvo hablando durante media hora, y por más que
en su discurso trató únicamente de los asuntos del parti-
do, le escuché con la atención debida. Ya tendríamos
tiempo luego para visitar la ciudad y ocuparnos del pro-
blema, á veces insoluble, del alojamiento y personal
sustento y demás menudencias de la vida. Por mi p a r -
te, declaro que me preocupaba muy poco de Barcelona,
á la que muchos dan el nombre de Damasco de nuestra
libertad problemática. Mi patria es el universo, y lo mis-
mo me da estar en el sol que columpiarme en una silla
de paja perteneciente á un amigo cualquiera.
V Schichi me contó de pe á pa todo lo ocurrido en Bar-
celona en estos últimos años. Su relato resultó intere-
sante; pero he de confesar que contra lo que yo presen-
tía, los nuestros nada tienen que ver con los últimos
atentados. Todo es obra de individualistas puros que sólo
han tenido en cuenta su particular interés y que no se
han dignado advertirnos de sus propósitos. Ten por segu-
ro, Epifane, que si algún día vienes á Barcelona, corre-
rás los mismos peligros que yo y temblarás dentro de tu
pelleja como el burgués alicaído, que, al salir de su casa,
se pregunta si volverá á ver á su casta y apergaminada
cónyuge.
»Nadie sabe (si ya no es la policíaj de qué modo ocu-
LOS TIOTIMARIOS 115
rrió el atentado del Fomento del Trabajo Nacional. Pen-
sando piadosamente creo que se trata de una travesura
personal y que el autor quiso vengarse de alguno de los
contratistas de obras reunidos en la calle del Pino. O tal
ves este autor sea un hombre que, movido por extraño
impulso, se metió á redentor y no se tomó el trubajo de
comunicarnos previamente su plan. Chi lo sa? Lus de-
más atentados no tienen más importancia que la de su
terrorífico conjunto.
» Las bombas de Francesco Momo se han vendido por
precio irrisorio que las gacetas anunciarán al público
dentro de dos ó tres años. Hai/ quien se atreve á guar-
darlas en seguro escondrijo; pero nadie es osado á em-
plearlas. Estoy convencido de que el material ha salido
de la fábrica de... (1)
» No quiero meterme en las honduras de este asunto;
el caso es grave, Epifane. Confío en tu penetración, que
te permitirá llenar este foso abierto en mi carta. Como
dice muy bien Schichi, nuestra misión de extranjeros se
reduce á dirigir y preparar... Daca la mano y apoya los
oídos; pero ahora recuerdo que estás en Londres... Tiende
los hilos de tu telégrafo invisible, Epifane, y sabrás...
Ni una sola palabra. Pregúntaselo á Nichols.
» Dentro de algunos días vendrá la Momette con su
nuevo amante. Paul Bernard está gravemente enfermo.
Se muere. Todos tísicos, menos yo. Al pequeño Asdrubale
Cordone no pueden afligirle hasta ese punto las grandes
injusticias de nuestro tiempo. ¿Y Montjuie? Ese está á
dos dedos del sepulcro. ¡Pobre Montjoie! Le queremos en-
trañablemente, y el que menos, daría por él la vida.
»He oído á Schichi cosas espeluznantes. Los anarquis-
(1) Aquí hay un rasgo ininteligible. Un egiptólogo nos diría
que se trata de una inicial consonante. Buscad ese consonante loh
poetas! (N. del A.)
IKi LOS VIOTIMARIOS
tas españoles no comprenden la hermosa teoría del robo.
Son unos doctrinarios de mala muerte que no conciben
la sinrazón apasionada ni la desesperación final. Se di-
viden, en colectivistas, comunistas, marxistas, bakuni-
nisias, etc. El colectivismo ¿es ó nó el socialismo disfra-
zado? ¿qué significa el comunismo? ¿Qué lió es este? La
anarquía en España es el arco iris emblemático de la paz
burguesa. ¡Y decían que Barcelona es el baluarte de los
revolucionarios! A fe de Cordone, no lo entiendo.
» Para mí, la anarquía es la violencia, y la obstinación
contumaz y la lucha desapoderada y salvaje. Valiéndome
de un símil de Barrucane, diré que nosotros queremos
ver al buque social desgobernado y roto, medio devora-
do por las llamas, bailando un graZop sobre las enfureci-
das ondas del mar, lejos, muy lejos del puerto... ¡Este es
mi deseo inasequiblel
» Y de aquí la diferencia de caracteres y la oposición
de temperamentos. Nuestra aspiración es incompatible
con la blandura de ciertos anarquistas. Y sin embargo,
día vendrá, Epifane, en que estaremos todos de acuerdo
para realizar el plan conveniente.
» Pero ya es tarde y no puedo ser más largo. Quede
para mañana la continuación de este relato. Recuerdos
á los amigos y abraza de mi parte á De Brezé, procuran-
do ahogarle entre tus fuertes brazos. Amén. Tu amigo
afectísimo
» Asdrubale.
» P. D. Mis señas son las de Antonio: Calle de El-
cano, núm... A última hora seguimos todos bien; Mont-
joie tose menos. Me he metido á albañil. Albano, como
siempre, entregado á su dolce far niente; le buscan por
todas partes, pero como ya no tiene cabellera no han po-
dido cogerle hasta ahora. Creo que ha visto á su vicecón-
sul, el cual le ha prometido una lira... para mañana. No
LOS YIOTIMABI'OS 117
le permitiré volver al consulado. Contesta pronto. Mán-
dame todos los periódicos habidos y por haber. Si ves á
Krapotkine, pídele un libro; ¿es verdad que ha cerrado
el pico y el bolsillo juntamente? Tiene fama de ahorra-
tivo y severo; pero en fin, e&nuestro principe y un gran-
de hombre con muchas campanillas.
» Pide á Cini el libro de Adolfo de Retté, mi autor
predilecto. Se lo devolveré después de haberlo leído. Mi
biblioteca vale poco; no tengo más que cinco ó seis libros:
Tragedle de Vittorio Alfieri, Roma, por Wiseman; un
tomo descabalado de no sé qué obra de Elíseo Reclus;
La quinta esencia del socialismo de Schaeffe y El capi-
tal del indigesto Marx. Estas dos últimas obras no las he
leído todavía; están sin cortar; me dan en la nariz olor á
muermo. De Ravachol conservo una poesía, que me pa-
rece más notable que las atribuidas á Robespierre. Algún
día he de publicar mi anunciado opúsculo respecto á Ra-
vachol escritor y economista. Serà de un éxito seguro
y hará saltar en su asiento á més de un burgués, en la
hora de la laboriosa digeslión.—Vale»
Vil
« Londres, 18 de Diciembre de 1893.
«Salud y Anarquía.
»Mi estimado amigo Asdrubale; No me explico tu si-
lencio. Bonavasi, que ha perdido su empleo del Garrick
Theater, donde representó anoche por última vez el p a -
pel de árbol del bosque de Dunsinane en Macheth, se
interesa por tu salud. Queda aplazado el viaje á Italia;
la desgracia ocurrida á Paolo Lega nos obliga á desistir
de nuestro intento. No hay en todo el haz de la tierra
mortal más dichoso que el rey del Lacio; su vida está
siempre en un tris; doscientos ojos le atisban constante-
mente; diez puñales se ciernen sobre su cabeza... ¡y sin
" LOS VICTIMARIOS
embargo rive! ¡El vire y tú duermes, Asdrubale! ¡Y
Bonavasí ronca como un monsignore en el feliz momento
de la siesta! ¿Qué hacer? Si ves á Mancini, háblale de
esto y haced vuestro deber.
»Qué es de Montjoie?Si se muere no perderemos
nada; ese muchacho es uu visionario; á lo sumo una
mosquita mueria que zumba á los oídos del contrario;
lo que hace falta son tigres que se zampen al burgués
de un bocado. A Satanás pido que nazca pronto el bicho
por c u j a picadura habrán de bailar ios ricos una deses-
perada tarantela sin fin, y cada día ruego á mi patrón
san Ravachol me descubra el escondedero de los mil y
quinientos cartuchos de dinamita enterrados junto á
Soisy-sous-EtioIles... aunque no puedo decir si eran mil
y quinientos, ó cinco, ó tal vez ninguno. ¡A.h, las bala-
dronadas de nuestros amigos darán motivo á que la poli-
cía se ría de nosotros y nps dé con la badila en los nu-
dillos!
» E n el último míting de Hyde-Park, De Brezé ex-
plicó á sus doce ojeantes la psicología del terrorismo. Es
de advertir que De Brezé ha roto con Melville y que por
esta razón anda soliviantado y se siente capaz de volar
con su explosiva palabra la iglesia de san Pablo. Nichols
le defiende y le presta su apoyo. Y cuenta que Nichols
es la lealtad personificada. ¿Qué no se puede esperar de
un inglés que ha tenido la paciencia de criar en su casa
y para su uso propio dos ó tres jóvenes terroristas, im-
buidos en los preceptos de la destrucción social? Ahora
bien: aquella mañana De Brezé se encargó de demostrar
por A -j- B las ventajas de la ciencia y aconsejó á los ca-
marades el estudio de la toxicologia.—«Del mismo modo
—dijo—que se os envenena á vosotros en el taller y en
la fonda y en vuestra casa, podéis envenenar al mundo
entero con... (No me acuerdo del nombre del tósigo).
Matad, emponzoñad, destruid... Inficionemos el aire, á
LOS VICTIMARIOS 119
fia de hacerle irrespirable para elpoliceman, el burgués,
el detectioe, el juez, el clergyman y el soldado...»
»Uno de los concurrentes le interrumpió pidiendo la
palabra—ft¿Para qué?» preguntó el conferenciante, sin
dejar de aporrear el aire y sacudiendo la cabezota que
conoces; sus brazos se movían como las aspas do un mo-
lino azotado por el viento y su cuello de loro se hinchaba
cada vez más.—«Para saber cómo respiraremos los obre-
ros cuando ya no sea posible respirar».—«De seguro, le
contestó De Brezé, que eres uno de esos imbéciles que
se pasan la vida leyendo el Clarion. Te conozco: eres u n
socialista.» La voz del orador era firme y segura como al
principio; es preciso confesar que este bribón está dota-
do de imperturbable sangre fría.—«Cierto que soy socia-
lista, replicó el otro, ¡y tú eres un traidor!» De Brezó se
puso en jarras y se pavoneó, á la manera de un orador
inglés que quiere dar mayor validez !> sus argumentos.
—«Vosotros, dijo desdeñosamente, sólo pensáis en el
aumento de jornal... ¿Quieres un chelín? El socialista
avanzó cuatro pasos y tendió la mano. De Brezó metió la
suya en el bolsillo de su chaleco y sacando un-mendrugo
de pan lo tiró á la cabeza de su contendiente.—«¡Hear,
hear! ' exclamaron los once oyentes á la vez.
»De Brezé peroraba subido á un poyo. -[Link] te bajas,
repuso el socialista, arreglaremos esta cuestión». De
Brezé gritó:—«¡Ahora verás cómo las gastan los france-
ses!» Se lanzó de un salto sobre su contrincante y los dos
rodaron al suelo.—«¡Hear, hear!—¡A ver, á ver!»—Muy
pronto el socialista, más vigoroso que De Brezé, se halló
encima de éste y empezó h zurrarle de lo lindo. Luego
le echó una mano al cuello y con la otra le sujetó las
piernas y le mantuvo quieto, inmóvil...—«¿Quieres d e -
cirme que será de los obreros en ese día?...»—«¡Suelta!»
exclamó De Brezé con voz ahogada. El inglés retiró la
mano con que oprimía el cuello de su adversario, y éste
120 LOS VI0TIMABI6S
se incorporó, quedando sentado.—«jüf!» hizo, respirando
como si acabase de salir del Támesis.—«¿Y ahora?»—
«Ahora digo que los obreros merecen ser fusilados, em-
plumados, atenaceados, ahorcados, etc. Por su pasiTidad
son responsables de nuestras desdichas.»—«Dices bien,
repuso el inglés fríamente; pero el día que vuelvas á me-
terte con Nettlau, te echaré de cabeza al río por el puen-
te de Black Friars.»—«Yo no he calumniado á Neltlau,
profirió De Brezé, que se había puesto de pie; lo que yo-
afirmo y sostengo es que Krapotkine está de acuerdo con
el gobierno alemán...»
»—Me es igual», dijo el desconocido con su calma im-
ponderable. —«Y ¿quién eres tú?» —«Yo soy Napoleone
Albano.» De Brezé se inclinó hasta besar el suelo. En se-
guida se separaron y cada cual se fué á su olivo. Hen-
riot, q u e estaba entonces en Londres, es quien rae contó
la escena, la cual conocía por P e r r y , que la oyó á Nett-
lau. Este último se había enterado por su policia, que
vale más que la de Melville. Y ya que hablamos de
Perry, te diré que piensa cambiar pronto de nombre de
guerra á causa del boycottage. Paréceme que los polizon-
tes de Melville están dispuestos á imitar á los agentes de
la Seguridad francesa, que si el diablo no lo remedia
acabarán con nosotros m u y pronto. Giacomo Sauterelle,
el francés, que también ha estado aquí, cayó en la últi-
ma batida de París. Los agentes encargados de darle caza
le han denunciado á su casero, á su patrono, á su sas-
tre... íoute la lyre, quoi! y ahora anda por la gran ciu-
dad á salto de mata y carece de trabajo, de hogar, etc.
Uno de estos días le van á suprimir la ración de aire q u e
u n a República benigna distribuye cotidianamente entre
los ciudadanos. Y cuenta que Sauterelle es uno de n u e s -
tros filósofos y el menos anarquista de los anarquistas.
»Nancy ha pasado quince días escondido en u n d e s -
ván, h u y e n d o de la policía que le buscaba con el objeto
LOS VICTIMARIOS 121
que puedes suponer. No sería para nada bueno. Ya nc^
puede trabajar de su oQcio ni hacer cosa de provecho A
ese sí que le han partido por el eje. De esta manera prac-
ticado, el boycottage es para nosotros el acabóse. Saute-
relie dice que á seguir las cosas así, nos veremos obliga-
dos á emigrar al centro de la tierra. Pero no desespere-
mos del porvenir.
«Retrocedamos un poco para ir en busca de ese re-
pugnante De Brezé. Ya puedes figurarte lo que haría al
saber que había tenido que habérselas con Napoleone Al-
heño. Gomo le escocían aún los coscorrones que le había
regalado el presunto inglés, y pensara que éste era buena
presa, se fué con la noticia á Melville. En Londres se
paga una delación 2 chelines, á veces media corona; en
París dan por lo mismo 5 francés. ¡Bendigamos la lar-
gueza francesa! Aquel día Melville, en vez de darle los
dos shtlhngs, le echó una regular peluca. ¡Qué gracioso
aquel tarambana De Brezé que se venía con la noticia
Iresca de la resurrección de un Napoleón muerto en Italia
nacía más de diez años! Y en cambio de esto, los sabue-
sos continentales dejaban que campase por sus respetos
un Natale Albano capaz de asesinar de una vez á media
docena de angelicales burgueses... ¡Era para concomerse
de turor y para mandar á la mitad de Inglaterra á la isla
de Man, donde se pudren sin remedio los irlandeses
devotos de Tynan (1)! Así, De Brezé salió del despacho
fflelvillesco echando chispas y con los bolsillos vacíos
como cuando entrara.
»Por lo que atañe á Napoleone Albano, no he podido
verle hasta ahora. ¿Si se tratará de un pelafustán usur-
pador de un nombre ilustre? Es fuerza que así sea El
verdadero Napoleone murió de veras en la cárcel de Gè-
nova a consecuencia de la soberana paliza que le propi-
niaS de'hïandr.^ """ ^^ asociación de los fe-
LOS VICTIMARIOS
naron el capo-stanza Monteleone y el guardián X . k mi
iuicio, Albano no es más que el espectro del hambre y
la desesperación hábilmente evocado por una policía
' " " I - t Schichi? ¿Y Natale Albano? Plácido Schouppe que
llegó a y e r , nos dice que Baccherini ha caído ó está al
caer en la trampa. ¿Es cierto ó nó que Schouppe ha or-
ganizado en esa cuarenta grupos? Sospecho que habrá
L a g e r a d o un poquito y que no es tan fiero el león como
^>!Baccherini es un fatuo y no podemos esperar de él
gran cosa. Y a veremos en qué paran sus bríos indivi-
dualistas y á donde le llevará su ardor de sectario. A
José Thioulouse se le puede aplicar el refrán español que
aprendí en Buenos Aires: «Por la boca muere e'
santo de qué pretende ahora volver á Barcelona? ¿Qaiéa
le manda meterse á orador y exhibirse en las reuniones
públicas? El verdadero anarquista debe ocultarse y pasar
inadvertido á la atención de las gentes; á lo sumo se le
ha de ver m u y lejos, como se ve á la luna en el firma-
mento; de este modo no le podrá coger la policía mas
q u e en el caso de que nosotros mandemos á Rossignol,
Soudays y Jaume al otro mundo. Gustavo C. es un
hablado r y nada más.
«Deduzco de t u carta que en España sólo hay dos
anarquistas: Bernat y Santiago Salvador. Los demás sou
republicanos y no entienden una jota de anarquía, bon
republicanos, Asdrubale, con los que no podemos contar;
entes sencillos que sueñan aún con la harneada y el
pronunciamiento y el fasd burgués. Un general suble-
vado hará de ellos lo que se le antoje y les llevará á donde
le plazca. Son hombres, Asdrubale, y nosotros necesita-
mos anarquistas. . ,
«Hallábame en Charlotte street con Bonavasi y el
hermano del presidiario John M. cuando recibimos la
LOS VICTIMABIOS 123
noticia del atentado del Liceo. Precisamente tratábamos
en aquel instante de la velada en honor de Pallás j se
discutía si debió ó nó celebrarse, como estaba anuncia-
do, en Queen's hall ó en el saloncillo d . l Club alemán.
—«Ved ahí una hermosa oración fúnebre», dijo el her-
mano de John. ¿Creerás que Bonavasi protestó casi i n -
dignado y que calificó duramente al autor de ese a t e n -
tado, único en los anales de la historia? Es verdad que
Bonavasi no tiene germano alguno en presidio y que
conservaba aún su cargo de comparsa en el Garrick
Theater, cuyo director le había prom^Hido el papel de
sultán destronado en no sé qué tragedia de Marlowe.
»Y lo peor es que Malatesta, Krapotkine, Cini. Nett-
lau, Deffendi y otros reprueban también lo que ellos
llaman el crimen del Liceo. El príncipe se ha permitido
calificar de bestia maldita al autor de tan gloriosa proe-
za. Malatesta se duele de esta temeridad inútil; ¿si pen-
sará escribir sobre lo mismo un diálogo lacrimoso á es-
tilo de Fra i contadinií Por de pronto le he retirado mi
protección; en mi librería Fitz royal sq. yo. no se
venden folletos italianos. El mayor de estos majaderos
es Cini, que con ocasión del atentado piensa declarar
ante sus amigos solemnemente que el robo es cosa sólo
h'cita al burgués. Según eso, los c«wé;vo/eM/'s (1) que
han dado dinero á J u a n Grave merecen ser quemados á
fuego lento. Tendría que ver...
»Por mi parte declaro que Francesco Momo (supongo
que la bomba procede de su acreditada fábrica) merece
los plácemes de b humanidad. Conviene propalar el r u -
mor de que Alberto Saldani es el autor de ese atentado;
la policía lo creerá fácilmente. Mi único disgusto sería
el saber que la canalla se ha regocijado más de lo con-
(1) Topistas y espadistas-, todo en una pieza, ladrones qne se
encargan de limpiar un cuarto en menos que canta un gallo.
LOS VICTIMARIOS
veniente. Siempre ha ocurrido lo mismo; se toma uno el
trabajo de ir contra los ricos y se juega guapamente la
cabeza para que luego el pueblo, creyendo satisfechos
sus deseos y próximo el triunfo, alce la frente orgulloso
con la obra ajena. Es preciso proclamar muy alto que
nosotros nada tenemos de común con la honrada plebe.
La anarquía es la negación y la muerte.
»Deseo ardientemente reunirme contigo. Quisiera co-
nocer esa ciudad del diablo, en la que los anarquistas he-
mos triunfado para siempre. Quiero estar á tu lado y vi-
vir con tu vida y gozar con tu cruel ansiedad, y sentir loe
estremecimientos de la muerte... ¡Ohl dime ¿es verdad
que se aplica á nuestros amigos el tormento? ¡Aquí se
cuentan cosas increíbles, hechos espantosos, mil horro-
res, todo lo que la crueldad ha podido imaginar!... ¡Ah,
se nos atormenta, se nos aplica un castigo inhumano, se
nos caza como si fuéramos alimañas! ¡Tanto mejor, tanto
mejor! Ya veremos en qué para todo esto...
«Escribe pronto y manda como gustes á tu amigo
»Luigi Epifane.
«N. B. Se ha publicado una hoja suelta en la que se
cantan á Pietro Gori las verdades del barquero. Con todo,
me parece que es una treta de Melville que, ayudado
por De Brezé, vuelve á las andadas. La hoja ha salido de
la imprenta de Circus Place y barrunto que Parmegiani
no es ajeno á la misma. A Gori le ponen de oro y azul.
Eso no està bien. La maledicencia es un arma que de-
bemos utilizar contra nuestros enemigos.»
Pasaron muchos días, y Asdrubale Cordone no daba
señales de vida. Era en la época de la persecución inol-
vidable... Schichi había puesto pies en polvorosa, Man-
cini estaba preso y los demás saltaban de acá para allá
como langostas en el rastrojo.
LOS VIOTlMARtOS 125
La policía, aprovechándose de la excitación producida
por el tremendo crimen de Santiago Salvador, perseguía
sin tregua á los anarquistas. No había para éstos seguro
posible; se les denunciaba, se les prendía, se les conde-
naba, se les enviaba á presidio ó se les dejaba olvidados
en la cárcel. Se torturaba y se fusilaba á inocentes y
culpables coa el deseo de aniquilar á la '(terrible secta».
Era como la furiosa dragonada por la cual se pisotea y
destroza á los inermes soldados de una idea. Ya no había
justicia: el ansia do venganza, el ciego furor señoreaba
los espíritus, y era preciso matar, sólo matar...
Guiado por su olfato, obedeciendo á su instinto sal-
vaje, el Victimario, irritado consigo mismo, renegando
de su condición misérrima, buscaba el rastro de los anar-
quistas y les hostigaba y les daba alcance, llevándolos
luego atados á la cárcel, donde debían permanecer largo
tiempo hasta que renaciese la calma en el público, tur-
bado por el resonante estallido de la bomba.
Y con el espectáculo de este dolor silencioso se mez-
claba la tristeza severa y magníBca de aquella noche
inolvidable, aquella representación interrumpida por la
sorda explosión, los ayes lastimeros de los heridos, la con-
fusión, la indecible sorpresa, el estupor, el miedo... las
mujeres deliciosas y blancas, los hombres elegantes y
anonadados, el vasto teatro insensible, luminoso, rojo, en
el que se agitaban y aullaban débilmente las figurillas
humanas y en el que dormían su interminable sueño
doce desdichadas criaturas... Y aquella pobre niña, tan
hermosa como si aun viviera, que descansaba en gracio-
sa actitud, y que guardaba en sus ojos la luz de la vida,
aquella niña, la víctima inocente de la ferocidad de los
hombres...
Un instante en la eternidad del Dolor y una risotada
del demonio de la Venganza.
Fuera del teatro, un hombrecillo que caminaba pre-
126 LOS VICTIHARIOS
suroso, un hombre pálido, flaco, desmedrado, enfermo,
pobremente vestido, y en cuyos ojos brillaba la alegría
de la demencia... un loco, un desgraciado tal vez, que
solo había vivido un momento.
La obra artística de Francesco Momo debía ser la
causa de numerosas desgracias. Este brujo del terrorismo
que sabía aprisionar la muerte en el hueco formado por
dos hemisferios de Magdeburgo, este empírico de la des-
trucción, obrero solitario del crimen, halló 'a muerte en
circunstancias que el lector conoce perfectamente y que
no es necesario trasladar aquí. Lo más curioso sería ex-
plicar cómo se formó este anarquista; pero en la corres
pondencia de Asdrubale Cordone no encontramos la
menor noticia relativa al caso. Y no porque el amigo de
Montjoie haya omitido tales datos, sino porque en la
época de la primera cruzada contra los anarquistas mu-
chos de éstos quemaron papeles y libros que les com-
prometían gravemente y que podrían ser de gran uti-
lidad para la historia.
¡Para la historial ¿Para cuál? Un anarquista no vive
más que para sí mismo y carece de la noción del tiempo
y del espacio. El egoísmo del artista y el amor propio del
santurrón no son comparables con esa fiebre del deseo
en que se consume el anarquista. Los anarquistas qui-
sieran para sí el dominio absoluto de la creación. Se ali-
mentan con esperanzas, viven de ensueños, son los sier-
vos de la ilusión. Su reino celestial está en la tierra y
coge dentro de su corazón. Salvando lo grosero de los
apetitos, el anarquista es como el fraile, al que nadie
debe turbar en la quieta y pacífica posesión del orbe.
Desde su cartuja de Scala Dei, en el Priorato, un
motilón contemplaba, hace lo menos seis siglos, el pano-
rama de las abruptas montañas que cortan caprichosa-
LOS VIOTIMaKIOS 127
mente el cielo y adivinaba en las laderas y en los valles
y en los apartados pueblos las delicias de una vida m e -
jor... Allí estaba aquel edén inaccesible y luminoso,
lleno de la majestad del Señor... con las riquezas i n i m a -
ginables y la pompa y el esplendor j a m á s concebido en la
Tierra... Con sólo e x t e n d e r el brazo se apoderaría de los
tesoros que el Prior ofrecía pata después de u n plazo bre-
ve á sus frailes, á sus sirvientes, á s u s vasallos. E n esto
el sonido de u n a esquila le despertó de s u éxtasis y le
hizo inclinarse reverente y barbotar u n a oración ó quizá
una blasfemia.
Inútil decir que ese motilón era a n a r q u i s t a .
Corría el mes de Diciembre de 1891 y no hacía más
de una s e m a n a q u e Santiago Salvador pagara, como
suelen decir, su deuda [deuda enorme! á la justicia.
Aquella ejecución ruidosa pasó sin incidente q u e
merezca consignarse. El mismo Nicomedes Méndez nos
podría decir q u e no tuvo m á s interés q u e el peculiar de
estos casos.
Cierto q u e el reo se había permitido (perdónese lo
vulgar de la frase) dársela con queso á los ministros de
la religión q u e le habían auxiliado espiritual y material-
mente d u r a n t e u n año; pero de este sucedido no era res-
ponsable Nicomedes Méndez, q u e cumplió su deber p u n -
tualmente y cou la maestría de costumbre.
Si el grave escándalo costó la vida á u n jesuíta, f u é
porque éste nos resultó demasiadamente sensible á las
pullas del enemigo, interesado en evidenciar la i n e p -
titud d e ciertos sujetos q u e quiereu pasarse de listos.
Asdrubale Gordone había presenciado la ejecución
desde u n carro q u e estaba detenido en la Ronda y tan
lleno de mirones, q u e faltó poco para q u e allí pereciese,
de un modo ignominioso, aplastado por u n a rueda, al
128 LOa VICTIMABIOS
moverse el caballo inquieto, nuestro Natale Alhano, que
por más señas se había vuelto de espaldas al patíbulo y
•conservaba la dulce resignación y la indiferencia que le
eran habituales.
Para Albano, aquello tenía escasa importancia; lo
más urgente era saber cómo y dónde se comería á tales
alturas, cuando por desdicha, Gordone y él se hallaban
apurados é in extremis, en situación casi idéntica á la
del reo, cuyo nombre apenas conocía, ó conocía de un
modo vago, recordando que tal vez se llamaba Salvador.
¡Un Salvador que, según decían, había matado ó herido
á cuarenta personas!
La curiosidad anhelante de Asdrubale Gordone. que
se enderezaba como un gallo y pequeño como era se ha-
bía encaramado á un varal del carro y se sostenía allí
en peligroso equilibrio, formaba contraste con la impasi-
bilidad de Albano. El maltés quería ver, oir y aun locar
y hubiera dado con gusto diez años de su vida por poder
acercarse al patíbulo y cambiar dos palabras con el reo.
A corta distancia del carro, un caballero alto y ave-
llanado, cuellierguido y grave, afirmaba seriamente que
aquella noche estuvo á punto de perecer en el teatro,
donde tenía dos butacas. Añadía que se salvó por el solo
hecho de hallarse aquella noche en Nijni-Novgorod, con
ocasión de la feria famosa que visitan alguna vez los co-
merciantes catalanes. Y al decir eso, torcía el gesto y
miraba en torno suyo con una expresión de furor y
desdén tan marcada, que Asdrubale no pudo contener
un movimiento de amenaza. —c^Ya te arreglaría yo»...
dijo entre dientes el amigo de Montjoie.
Este se había quedado en su casa enfermo. Se sentía
mal, se sentía morir... Un raro malestar le dominaba, le
tenía postrado y hundido en el sillón de Schichi. Le do-
lía todo; un dedo de hierro le arañaba el corazón; un
anillo le oprimía las sienes; estaba todo él desmadejado.
LOS VICTIMARIOS 129
extenuado, muerto. Y una tristeza medrosa, invencible,
sobrenatural le tenía aplastado allí y se aumentaban sus
tormentos cada vez que, haciendo un esfuerzo, volvía la
cabeza y miraba por la ventana al castillo de Montjuich,
que resplandecía en el aire azul de aquella mañana de
invierno.
No bien llegó á su casa, Asdrubale Cordone explicó á
Montjoie todo lo que había visto y oído y se quejó amar-
gamente de la indolencia de Natale Albano, que había
dejado escapar una coyuntura admirable para vengarse de
los cinco gobiernos que le perseguían encarnizadamente.
—«¿Qué debió hacer?» preguntó Montjoie con una son-
risa. Asdrubale Cordone describió con su brazo un mo-
linete análogo al del hondero que va á despedir su piedra
y envió al espacio, por la ventana abierta, una iluso-
ria bomba... —«Dejemos eso,» dijo Montjoie, disgustado.
—«¿Cómo va este ánimo?» — « E s t o y mejor; gracias, As-
drubale.»
El maltés le tomó una mano y la estrechó entre las
suyas afectuosamente. ¡Qué desgracia! ¡Aquel jorobadillo
le daba lástima! ¡Pobre muchacho! ¡Cuán cambiado esta-
ba! ¡Perdido irremisiblemente! ¡Qué semblante más de-
macrado y pálido, de palidez de ópalo, con un soplo de
vida en los ojos azules que hablaban todavía! ¡Qué m e -
nudo y débil con su cuerpecillo medio consumido y con
su joroba apenas perceptible!
Asdrubale Cordone sintió una lágrima ó cosa así que
temblaba en su ojo derecho, tratando de escurrirse por el
párpado; y llevó su mano izquierda á la frente, al mismo
tiempo que su mano derecha se animaba, y por impulso
singular se levantó amenazadora, con lentitud fatídica,
-en el silencio misterioso de la habitación, adornada aún
•con los muebles de Schichi.
130 LOS V I C T I M A R I O S
—«¿Y Albano?»—«Vendrá pronto; ha ido al puerto á
ver á uno de sus amigotes y dentro de media hora le
tendremos aquí.»—«¿Dónde está Cha tel?»—En Saint-
Etienne. Pero ahora recuerdo que he de escribir á Luigi
Epifane.—«Sé prudente», murmuró Montjoie.
Ya estaba Asdrubale Cordone con la pluma en la
mano, sentado á la mesa limpia, donde había solamente
un tintero enorme y una hoja de papel blanca y cua-
drada. Nuestro maltés empezó á escribir muy despacio,
pesando mucho sus palabras y trazando á veces guaris-
mos precedidos y seguidos de ciertos signos y garrapatos
que sólo él conocía.
El amigo que nos favorece con estos datos, no ha po-
dido ó no ha querido descifrar los primeros párrafos de
la carta criptográfica de Cordone, la cual, eu su parte
inteligible, dice así:
«He ido con Albano á la Ronda, que está cerca de
nuestra casa. La |jecución se ha verificado á la hora de
costumbre. Ha muerto valientemente. Dentro de ese
cuerpo endeble, ruin, alentaba un alma heroica. La pil-
trafa de carne estaba animada; el gusano se retorcía
aún... ¡El viborezno era aún capaz de morder, Epifanel
Guando le he visto muerto, he comprendido lo inmenso
de esa pérdida... ¡Ese hombrecillo, Epifane, era el demo-
nio vivo, un demonio rebelde á su príncipe y escapado
del infierno para ejecutar nuestra venganza!... ¡Por vida
de!... He preguntado á Albano si se sentía con valor para
dar en seguida el golpe... Debíamos caer los dos, arma-
dos de sendos puñales, sobre los soldados y morir ma-
tando al grito de: «¡ Viva la revolución social!» El no ha
querido... Yo solo ¿qué hubiera podido hacer? Así, quedó
este negocio para una ocasión mejor.
»Ya sabes que me debo á nuestros amigos de Italia.
En vano Ghatel sostiene que, en el fondo, nuestro anar-
quismo es patriótico; en vano se dice que somos irreden-
LOS VICTIMARIOS 131
Usías al recés y que queremos ante todo libertar á la
patria italiana suprimiendo al descendiente de Augús-
tulo; á esas teorías del rinegato Barrucane opondremos
la sinceridad de nuestra convicción indestructible.
»Un día, en el Zoological Garden, De Brezé se per-
mitió afirmar, ante los animales que aún se atreven á
escucharle, que el italiano se preocupa exclusivamente
de su patria. Con eso quería decir que la humanidad nos
importa un bledo y que la echamos de profetas en nues-
tra península. Por más que se conoce á ese mostrenco
como escucha y espía y chota y delator, cuando le veas
dile que le he de destripar y hacerle polvo... ¡Lo haré, á
le de Asdrubale Cordone!
«Nosotros somos los andantes caballeros de la revolu-
ción universal. Donde salta un italiano^ allí hay u n
cosmopolita. Nuestro brazo está al servicio de la causa po-
pular. La ejecución presidencial de Lyón patentiza nues-
tros deseos mejor que hacerlo pudiera la cliáchara de los
oradores tabernarios.
»Pero eso no quita que pensemos en suprimir el estor-
bo itálico. Mi vida, Luigi, pertenece á los denodados
esclavos. Así, te ruego que sin más dilaciones escribas á
35x42—53804x479 para que vaya á 3154x0241 y des-
pache á 53426-1-2+413202—71. Si sale de Londres por
Cliaring-cross, llegará á Ostende muy pronto, y de allí á
Sterpjnik el viaje es corto. Procurad que no le ocurra lo
que á Pass... 35+27—35045249... ¡Prudencia y sigilo!
Yo iré cuando todo esté terminado.
«Plácido S. es de los que creen que para asegurar una
empresa debemos ariesgar todos nuestra preciosa vida.
¡Cuándo se vió mayor idiota! El químico que con él se
tropiece habrá descubierto otro cuerpo simple. Y ya que
de química se trata, te advierto que para nuestro objeto
bastan los principios elementales consignados en el fo-
líelo de Si el amigo de marras prefiere emplear la
132 LOS VICTIMAMOS
nohilita, no tiene más que pedírsela á G. G.-|-30726—1,
que es nuestro asentista general y proveyó á E. H. de
todo lo necesario para ... etc.
»Por lo más sagrado te pido, Epifane, que no olvi-
des las reglas invariables de la cautela. Hubertum occi-
dere bonum est. Ese verso claudicante que he robado á
Marlowe, lo dice todo. Nolite timere ¡pero por los cuernos
de Víctor B! que no se divulgue el asunto, porque lo
echaríamos todo á perder. No con Edward Morí 3304, que
es u n pedazo de atún, sino con Bob L., puedes contar
para esa empresa. El dinero para el viaje lo buscará
Bonavasi y lo encontrará de seguro. Fíate de mi ilustre
tocayo y apártate del barrio en que vive De Brezé.
»Aquí han sucedido hechos incomprensibles. Sabido
es que Debats y Ferreira están en presidio por su candi-
^dez supina que les movió á entregarse en cuerpo y alma
al polizonte Felipe Muñoz. Conocedor de este suceso,
podría referírtelo en cuatro palabras; pero lo dejaremos
para otro día. En este momento entra en nuestro cuarto
Albano, majestuosamente envuelto en su gabán, pare-
cido á la loba de un noble veneciano de la edad prehis-
tórica, y se acerca el momento de comer.
»Mira; van á poner la mesa, que es pobre, pero que
no está mal provista. Vivimos aún, Epifane, no obstante
la malévola obstinación de nuestros enemigos empeña-
dos en reventarnos. Todos nuestros compañeros están en
la cárcel, j u n t a m e n t e con otros individuos que ni de
nombre conozco y que ni por soñación son anarquistas.
Esta policía se vale de medios expeditivos que le asegu-
ran una victoria efímera; medio Barcelona está en la
cárcel y la otra mitad vigiladísima. La delación, que,
como la opinión, es «reina del mundo», nos mandará á
todos á presidio.
»Mancini está resfriado; Schichi anda huido; Bac-
cherini lo pasará mal; Paul Bernard enfermo ó difunto;
LOS VICTIMABIOS 13B
todos aniquilados, hundidos, perdidos para siempre. Mi-
seria, muerte, desolación... De los españoles apenas que-
dará el vestigio; la policía les castiga con saña implaca-
ble; len esto sí que se nota un patriotismo de mal gusto!
Diríase que hay un Muñoz en cada casa y un De Brezé
en cada esquina; nadie puede sustraerse á la furia v e n -
gativa de los polizontes desconcertados y envalentonados.
Bernich ha muerto; Borràs se ha suicidado y presiento
que á Mancini le ocurrirá una desgracia el día menos
pensado. Chapelier, que cree en la sinceridad de ciertos
monederos falsos, anarquistas de similor, irá á'presidio;
pero este Mancini de mis pecados se hundirá en el océa-
no social y ya no le volveremos á ver...
»En España se ha desatado el huracán reaccionario
con tal fuerza, que de seguro ha de barrernos á todos,
llevándonos no sé dónde. Ahora sí que tu Sauterelle ten-
drá que publicar en el cometa de Biela el 13.° tomo de
su Filosofia preadamita. ¿Y qué será de las gacetas y
las revistas blancas, negras, verdes, y de los folletos k a -
leidoscópicos que se publican en todas las capitales i m -
portantes? Me horrorizo al pensarlo. El òo^eo^te^e pari-
siense es una futesa en comparación con los procedimien-
tos que aquí se emplean comunmente. iVom íZ'm/i nom.'
P... 35x02—43—78—43 Madonna! ¡Cuando pienso que
nada podemos hacer!
»Se ha fusilado en Montjuich al valeroso Pallás, á
quien los mismos burgueses aplaudieron en el momento
de enviarle a£¿/)a¿res, y el plomo de k)s capitalistas ha
cortado también la vida de Bernat, Cerezuela, Codina,
Archs, Sabat y Sogas. Este último ni siquiera conoció á
Paulino Pallás y no será floja su sorpresa cuando lo halle
en los Elíseos Campos del otro mundo. Con Sogas se ha
cometido una barbaridad de á folio; le fusilaron porque
creían que ocultó en su casa á Santiago Salvador, y sa-
bido es que éste se refugió en el domicilio de 35 >< 684—
134 LOS VICTIMARIOS
3256975. Así, la policía y los jueces han evidenciado su
torpeza y su crueldad juntamente. Nada tiene de extra-
ño que no sepan dar con Natale Albano, reclamado por
tres gobiernos, y que no acierten á sacudirse esta pulga
denominada Asdrubale Cordone.
»Con todo eso, te suplico, Epifane, que desistas por
ahora de tu viaje. Este es para nosotros un clima mal-
sano. Conténtate con el país de la bruma; á la luz del
sol es preferible á veces la densa niebla; el día es menos
agradable que la noche. Imita al buho. Cómprate una
bufanda y pon tus barbas á remojar. ¡Ahí ¡lo mejor sería
que me mandases cien liras!
»En el caso de que, desoyendo mis ruegos, decidieses
venir, tendrás que sacrificar tus ensortijados cabellos.
Que tu cabeza se asemeje más á la de un hersagliere
descubierto que á la de Matha. Inmolemos el arte á las
conveniencias políticas. No hace mucho tiempo que
Amilcare Cipriani visitó en Bruselas al egregio profesor
Tito Z. Como de costumbre, aquel socialista ostentaba su
cabellera de rey merovingio y sus largas barbas apos-
tólicas, á las cuales podría fácilmente asirse un esbirro
belga. Z., que ha sido expulsado de París siete veces y
sabía que á Cipriani se le ha prohibido pisar el suelo
de Bélgica, refirió al intruso el bíblico fin de Absalón,
hijo de David. El amigo de Flourens replicó sonriendo
que él por su parte nada temía, pues ya había cuidado
de advertir de su presencia en Marolles á los podencos
de la policía.—«Creerán que he sacrificado mi pelo y van
á meter en la cárcel á todas las cabezas rapadas que ten-
gan la desgracia de corresponder con un busto hercú-
leo como el mío.»
»Y Cipriani se salvó, porque los polizontes belgas sou
harto ladinos y se atienen al espíritu de la ley de perse-
cución psicológica. Pero aquí toman las cosas al pie de
la letra, y podría suceder que, sin comerlo ni beberlo, te
encontrases encerrado en el castillo de Montjuich y
amordazado de manera que no pudieses explicar, en tu
guirigay aprendido en Buenos-Aires, el objeto de tu
viaje. Por lo tanto, insisto en que debes cortarte las
melenas, á fin de evitar que ellos le corten la cabeza.
»Aquí no quedamos más que Natale Albano, Henri
Monljoie y yo, con el perrito de Schichi. De Sanit-Etien-
ne me dicen que pronto se reunirá con nosotros Chatel.
¿Cómo se atreve ese gigante á viajar en estos calamitosos
tiempos? Ten por cierto que su descomunal estatura le
perderá. Todos los anarquistas debieran ser altos como
yo; es decir, que debieran pecar por defecto más bien
que por exceso, ser bajos en vez de talludos. Chatel viene
con la Momette; esa Alicia, amada de t u primo Cola
Epifane il Raoenate, que murió de resultas de la incom-
prensible explosión.
»E1 Napoleone Albano que apareció en esa era u n
farsante; u n falso Albano, ¿verdad? Creo como t ú que
dicho Napoleone es el espectro policiaco de la injusticia,
forjado al conjuro del temor.
»A. C.
»P. D. Escribe á la calle de Elcano. He leído otra
vez tu carta y reniego de Bonavasi. Personifica la timidez
y la incoherencia y no vale un comino. Nada esperemos
de él. Tiene el alma vulgar de los obreros que acaban de
presenciar la ejecución de Santiago Salvador... Esos b a -
dulaques ignoran que han asistido á su propio martirio.
Mándame cien liras lo más pronto posible.»
VIII
Natale se había sentado en una silla y estaba, al p a -
recer, absorto en la lectura de un papel al que daba
vueltas entre sus manos. Montjoie, más aliviado de su
dolor, hojeaba un libro que tenía sobre las rodillas; de
136 LOS VICTIMARIOS
este modo no podía leer, pero pensaba... ¡Su cerebro se
movía como un reloji ¡Y su pensamiento le torturaba
cruelmente, le infundía miedol ¡Se helaba todo él al pz-e-
cer que, aun después de muerto, debía pensar... como
ahora! ¡Se Veía amortajado en su cama y Natale Albano
estaba á su lado! ¡Había cesado de vivir, pero pensaba,
como antes!
Esta tortura era frecuente para él... Algunas veces se
distraía de su locura y volaba á una región ideal, eu la
que todos los seres tenían la misma forma y todas las
voces el mismo timbre de oro. Allí el mirto y la rosa y
la buvardia de largas ñores confundían sus perfumes, y
el aire tibio era de prodigiosa transparencia y de extraña
sonoridad... Ni melodía ni ritmo. No se veía nada. No
había horizonte para la vista ni mar en el que h u n d i r -
se... E r a l a vida sin vida... Suspenso en el aire, Montjoie
aspiraba la fragancia de invisibles árboles y extático se
adoraba á sí mismo en la eternidad de la nada.
A esta crisis arrobadora sucedía por desgracia una
languidez del infierno. Renacía la sensación de la vida.
El yo reaparecía y despóticamente ordenaba á la materia
se moviese como antes. Y la materia se animaba, titilaba,
volvía á vivir, y quedaba otra vez aprisionado en el cere-
bro el pensamiento. El águila se debatía en su jaula,
pugnaba por salir y con su pico y sus garras trataba de
romper los fuertes hierros... Todo en vano.
Con el brusco despertar, Montjoie se convulsaba y
más de una vez había lanzado un grito gutural, como el
del hombre súbitamente i herido de apoplegía. Temblor
de perlático agitaba sus nliembros y le hacía bailar con-
tra sji deseo. Entonces se levantaba solo ó con la ayuda
de Natale Albano y conseguía dominar esa agitación
nerviosa, que era para él un tormento indecible.
De noche soñaba siempre, siemure, v soñando vivía,
pensana también... ¡Oh torcedor maldito! ¡No poder dete-
»er el pensamiento, no poder aniquilar la máquina sutil
LOS [Link] 137
que funcionaba sin cesar! ¿Dónde estaba el suplicio que
pudiera compararse con éste?
Sólo Montjoie sentía su mal; los otros dos no podían
comprenderle. Para Natale Altano, el parasismo de la
indiferencia era el estado habitual; aquel genovès de es-
tuco, cargado con los pecados de tres gobiernos, soporta-
ba beatíficamente todas las injurias de la autoridad. As-
drubale Gordone era de bronce y representaba el movi-
miento, el alboroto, el escándalo, el pataleo, la acción.
Si se ocultaba era con el propósito de cobrar mayor fuerza;
retrocedía para volver con el ímpetu necesario á la no
olvidada empresa. Así como un acróbata se encoge para
saltar mejor sobre sus corvas de acero, Asdrubale do-
blaba su espinazo preparándose á botar como una pelota
bilbaína. Mientras él viviera, el reyezuelo dei sette colli
tenía sus días contados. (Véase la liltima carta á Luigi
Epifane.)
La poesía del cielo y del mar, la ciudad geométrica
con sus comerciantes aritméticos, horriblemente avispa-
dos y dados á calcular el peso de u n soneto y capaces de
enviar su pacotilla al otro mundo, eran motivo de enoje
para Henri Montjoie, que anhelaba volver á su patria,
donde encontraría alicientes de otro género y podría res-
pirar y moverse á su antojo.
Necesitaba eso; le era forzoso marcharse para alargar
su existencia; no quería seguir muriendo con un Asdru-
bale Gordone, hundido hasta el cuello en el cieno de los
malos propósitos, ni con Natale Albano, que chapoteaba
en otras aguas y se mantenía de limosna, con las dádivas
de unos camaradas españoles.
La enfermedad de Montjoie asustaba á sus amigos, y
en más de una ocasión Asdrubale Gordone había llamado
al boticario M., que pasaba por médico experto y era
además un anarquista de tomo y lomo.
M. venía á verles y, á través de sus lentes, miraba á
138 LOS vicTraABios
Montjoie, y luego se tomaba el trabajo de auscultarle,
moviendo la cabeza al oir ruidos insólitos que denuncia-
ban... ¿quién podía saberlo? un ronquido de fragua, re-
soplidos de caballos, una bronquitis, un pulmón lesiona-
do, un mal gravísimo, tal voz nada... —«Te aconsejo que
llames a un médico.»
Y dicho esto, sin preocuparse más del enfermo, em-
pezaba discutir con Asdrubale Cordone la conveniencia
de la organización y las ventajas de la propaganda pací-
fica.—«Empiecen Vdes. por estudiar la filosofía monista,»
decía con mucha prosopopeya, guiñando un ojo á Natale,
que se agachaba ante el sabio y parecía escucharle em-
belesado.
Asdrubale, por su parte, oía como si oyese llover los
argumentos aducidos por M. ¡Qué se le daba á él de la
filosofía monista ó dualista, tomista, krausista ó lo que
fuese! Bastante enfado le causaban las polémicas en que
se enredaban á la sazón los restos de la agrupación anar-
quistas, zegríes y abencerrajes, colectivistas y no colec-
tivistas, sanis i beneits. Reverdecían las disputas antes del
triunfo, mientras estaban en la cárcel las tres cuartas
partes de los camaradas. ¡En la cárcel, sí! Mancini se iba
á eternizar en tal sitio y los demás saldrían tan pronto
como las ranas criasen pelo. Y el maltés estaba predis-
puesto contra los camaradas catalanes. Se había celebra-
do el hecho de armas de Pallás y se había colocado á éste
en los altares de la gloria; pero muy pocos se atrevían
á ensalzar la inimitable hazaña de Santiago Salvador.
Nada se podía esperar de aquella gente, buenos so-
lamente para publicar semanarios como El Productor y
para desbarrar en los mitings donde se anunciaba la r e -
volución inminente y se prometía al pueblo soberano
inundarle de goces, soltando sobre su cabeza las esclu-
sas del Pactolo de la prosperidad. Lo cierto era que entre
tantos anarquistas apenas había un ratero. Todo eran
LOS VIOTIMAHIOS 139
teoremas y monsergas, sermones y pláticas, palabrería y
música celestial. ¿Qué iba á pensar de estos revoluciona-
rios Chatel, en quien los vaporosos conceptos y las frases
alfeñicadas no hacían mella? De seguro que á su llegada
se llevaría el chasco de los chascos y renegaría de sí mis-
mo y de su progenie.
Entre los españoles pocos eran merecedores de elogio.
Por sí y ante sí, Asdrubale Cordone les negaba el pre-
mio que se concede á los revolucionarios meritísimos.
Es más: en ocasiones hubiera querido verles á todos
reunidos ante él para sentarles la mano duramente.
De esta matanza imaginaria se exceptuaba ú n i c a -
mente á Fermín Salvochea, que estaba á la sazón r e -
cluido en el presidio de Valladolid.
La vida de Salvochea era una ejecutoria de lealtad y
consecuencia inquebrantables. Este nombre sonoro hen-
día el aire como la diana del campamento en un día de
batalla. Este político, que había maldecido de la política
y era anarquista por haberse convencido de la razón que
asiste á los verdaderos revolucionarios, merecía el aplau-
so de los buenos.
Se le perdonaba su honradez y se le amaba por su
prudente firmeza y su discreción. «Si todos fueran como
él...» había dicho Henri Montjoie una vez, en tono de
reconvención, después de u n altercado con Natale Albano
que, abriendo la boca para soltar una gansada, se había
permitido parangonar con Salvochea á tres 6 cuatro es-
critores ácratas de pega, de esos que gastan más ínfulas
que u n burgués.
«¡Si todos fueran como él!» Al repetir estas palabras
Asdrubale Cordone se había rascado la frente como solía
y quedóse u n si es no es perplejo, ó porque no compren-
dió ó por recordar que Chatel decía lo mismo, refirién-
dose á Luisa Michel: «¡Si en vez de una Luisa tuviéra-
mos cien!»
140 LOS VIOTIMAEIOS
Como buen anarquista, Asdrubale Cordone hablaba
de anarquía constantemente. En vano M. se esforzaba
por llevar la discusión al terreno de su filosofia monista
y altruista [Link] las martingalas de los peripaté-
ticos, cínicos, neoalejandrinos, realistas, nominalistas,
etcétera, etc. ¡Trabajo perdido! El maltés paraba estos
golpes admirablemente y casi siempre respondía con la
siguiente frase: «Me río de estas patochadas; el único re-
medio es 3526x7950—3126+94504726.»
Su índice apuntaba á Montjuich y la rápida e n u m e -
ración de los guarismos daba valor sarcástico á la pala-
bra ausente. Asdrubale se sabía de memoria esta senci-
llísima clave que más adelante debía costar la vida á
45263107382614.
Una vez, Asdrubale, alarmado por un acceso de tos
y un esputo de sangre, declaró á Montjoie formalmente
que era preciso y costase lo que costase, ir á buscar á
dos ó tres médicos. «Ellos dirán qué enfermedad es; he
de curarte ó podré poco.» ¿Era cariño ó vanidad? Ambas
cosas á la vez. Para aquel hombrecillo no existía la pa-
labra «imposible». —«Me parece que dos médicos le m a -
tarán más fácilmente,» dijo Natale Albano. Asdrubale le
miró asombrado; aquel gaznápiro había soltado una f r a -
se que era casi un aforismo hipocrático.
Pero contra- el dictamen de Albano se fué á buscar á
los médicos, que, por caso raro, estuvieron esta vez de
acuerdo. ¡Y cuenta que era difícil no disentir en el diag-
nóstico de las diez ó doce enfermedades que padecía
el pobre Montjoie! A la memoria más feliz escapan los
bárbaros nombres de esa dolencia múltiple, que por for-
tuna es poco común. Salieron á relucir el cólico nefrítico,
la siringomielia, el tic tal y el tic cual, la neurastenia
aguda, la enfermedad de éste, la del otro, la del de más
allá, etc. En realidad, Montjoie tenía una colonia de hel-
mintos en el hígado, sendos fuelles en vez de pulmones.
LOS VICTIMARIOS 141
el corazón gastado, el cerebro enfermo, la espantosa a n e -
mia que le impulsaba á volar, á huir lo más pronto posi-
ble de la Tierra... La hipocondría le asesinaba, le apla-
naba, le mordía en el cuerpo, le levantaba hasta el
techo, le dejaba caer en el sillón, quedando allí sumido,
agotado, sin más fuerza que la necesaria para sentir su
dolor... ¡Estaba perdido sin remisión!
En nuestro artículo «T. H. Burton», de cuya lectura
podéis prescindir, publicado hace tiempo, tratamos de
describir esta horrible enfermedad, que los médicos no
pueden concebir y que Ambrosio Pareo hubiera curado
descabezando al paciente.
La historia no sabe si se ejecutó primero á Cinq-Mars
ó á De Thou. No podían ser los dos á la vez, porque había
un solo tajo y un solo verdugo, el cual, en opinión de
Víctor Barrucane, era zurdo. ¡Ah! sobre eso no cabe la
menor duda... Es cosa probada. Doce monografías que
encontraréis en la Biblioteca municipal de Mort-aux-
Rats lo aseguran explícitamente. Barrucane, el sesudo
Barrucane (1) afirma también que aquel funcionario se
había quitado la caperuza, no obstante el frío de 10° 2
décimas, y se había doblegado cortesmente ante la m a -
jestad del infortunio.
Tal vez no haya en eso una sola palabra de verdad y
se trate simplemente de embelecos del tal Barrucane;
pero así es como nosotros entendemos la historia. Y en
último resultado, ¿no es agradable figurarse la urbanidad
(1) Personaje de carne y hueso. No se vaya à creer que urdi-
mos una fábula, grosera para entretenimiento de desocupados. Los
héroes de nuestro relato son corpóreos como vosotros, y quién sabe
si algún dia los presentaremos desnudos á la curiosidad pública,
que por ahora se satisfará con los nombres de guerra aqui em-
pleados.
Por lo que se refiere á, los documentos consultados para este
libro, los encontraréis en los archivos de la prefectura de la isla
de San Balandrán, sumergida tiempo há en el Mar Caribe.
142 LOS VICTIMARIOS
del verdugo escarlata, cuadrado, de formas hercúleas y
aplomado sobre sus patas? Vedle sonreír y acercarse á
Cinq-Mars para pedirle su bolsillo lleno de escudos relu-
cientes. —«¿Desean ustedes algo?» —«¡Vete á paseo!» A.
tan brusca respuesta, nuestro ejecutor frunció el ceño, y
un tanto contrariado, se apoyó aún más en su mandoble,
que brillaba al pálido sol de Diciembre. De Thou le en-
tregó algunas monedas de plata. El verdugo se sonrió
otra vez mostrando sus dientes de jabalí; su fosca mirada
se tornó risueña, y los dedos de la mano derecha sepa-
ráronse de la espada.—«¡Si supiérais, dijo, cuánto me
pesa el tener que mataros!» Y acompañó estas palabras
con una especie de gañido, á la vez que llevaba á sus
ojos la mano derecha, negra por el vello que la cubría.
De Thou era un filósofo. Corría probablemente por
sus venas la sangre del historiador de ese nombre. Así
preguntó al verdugo tranquilamente: «¿Y por qué te que-
jas de tu oficio? ¿Qué sentimiento compasivo te mueve á
lamentar mi desgracia?» Nuestro mochín tocó la hoja de
su espada, una hoja bruñida y fina, tan limpia que daba
gusto verla, y con una mueca de amargura: «¿No la me-
llaré?» «¡Se echará á perder!» profirió. ¡Oh amable ver-
dugo! Tu frase hizo contraerse en una sonrisa los labios
descoloridos de Cinqs-Mars y De Thou se olvidó de la
muerte que le amagaba. Merced á tu franqueza, los dos
amigos murieron dignamente, con intrepidez que asom-
bró á los papanatas de la época y que en nuestros días
ha sido cantada por el Bibliotecario de Mort-aux-Rats.
¡Qué valor tienen, al lado de esto, los errores de i n d u -
mentaria de Barrucane y qué importa ¡oh discreto ejecu-
tor! que llevases ó nó caperuza ó capisayo, calzas ataca-
das ó no, y jubón de este ó del otro color!
Pero el blanco verdugo de la anemia os herirá á t r a i -
ción, y se asirá de vuestros cabellos y desgarrará vues-
tras entrañas. La muerte se os aparecerá constantemente
LOS VICTIMARIOS 14S
y la veréis á vuestro lado, la sentiréis siempre, os acom-
pañará á todas partes, vivirá en vosotros... La oiréis en
el silencio de la noche, y en medio de mil ruidos, á la
luz refulgente del sol; vendrá con el deliquio de los sen-
tidos y con la sacudida galvánica del temor... Üs hará
aborrecer la vida, y os odiaréis á vosotros mismos. Y la
voz melodiosa de vuestra amada vibrará como un res-
ponso en vuestros oídos.
Moüijoie hubiera querido estar solo, vivir á solas con
su dolor y saborearlo como una pócima de la que se es-
pera la salud. Frecuentemente, cuando Natale y Cordone
sallan de casa, pasaba horas enteras obstinado eu una
idea fija que se habla clavado en su cerebro y le hacía,
enloquecer... Y en su mente esta idea singular, que á
nada se parecía, excluía á las demás y reinaba sola...
¡Era la idea de la vida, la vida misma!
El sosiego y la molicie de la soledad le eran necesa-
rios. Su espíritu descausaba en toacas en el cielo del ol-
vido. Pero ¡ahí que á veces se animaban á su alrededor
los objetos, dauzaban frente á él las sillas y se movían la
mesa y el tintero y temblaban las cortinas y él mismo se
agitaba electrizado, enviperado, loco... ¡Y su locura tenía
el furor sagrado de la inspiración délfica! Era el arrebato
del poeta que para poder terminar pronto su oda pactaría
con el infierno...
Entonces oía hablar al perro, le oía articular distinta-
mente palabras sin sentido, y le veía gesticular como un
hombre ¡oh sí! como un hombre que razona y dice enfá-
ticamente una necedad cualquiera. Le amenazaba con la
mano, y aquel animalejo, aquel perrillo más pequeño
que una musaraña se reía de las amenazas y de la impo-
tencia de su amo. Desde su asiento, con la promesa de
una caricia, lleno de afabilidad paternal, Monijoie le
llamaba: «¡Else, Else!» Le atraía con el chasquido que
producían sus dedos medio y pulgar apretados y estre-
Ii4 LOS YICÏIMABIOS
gados u n o contra otro c o n v e n i e u i e m e n t e . El perrillo, d ó -
cil, acudía á la voz de Montjoie. Este m e d í a b i e n la d i s -
tancia, y c u a n d o le tenía al alcance de su bota, ¡zas! le
sacudía u n p u n t a p i é , y Else (Schichi le h a b í a dado este
n o m b r e , q u e bs el de u n conocido lebrel de Melville) ro-
d a b a al otro e x t r e m o de la h a b i t a c i ó n , con u n p e n e t r a n -
te aúllo.
Montjoie, pesaroso de s u acción y t e m i e n d o h a b e r l e
matado, le l l a m a b a por s u apodo: ¡Mouche, Mouche!
(¡Mosca! Debemos advertir q u e Schichi uo sólo cambiaba
s u n o m b r e sino t a m b i é n el de su perro; filosófica p r e c a u -
ción q u e no le i m p e d i r à caer a l g ú n día en el a r m a d i j o
policiaco. A q u í el n o m b r e burlesco de Mosca recordaba
la anécdota, tan conocida en los círculos a n a r q u i s t a s , s e -
g ú n la q u e el corajudo revolucionario S. e n f e r m ó en B r u -
selas, á causa del susto q u e recibió de u n a embestida del
m i n ú s c u l o can, terrible ladrador). A la voz i n s i n u a n t e de
s u amo, Else se acercaba al sillón y ufano a c e p t a b a los
mimos de Montjoie, q u e de este modo se hacía p e r d o n a r
s u reciente perfidia.
y así se e v a p o r a b a n los días y así m a t a b a su tiempo
Montjoie. Las h o r a s se deslizaban tan r á p i d a m e n t e , q u e
A s d r u b a l e Cordone podía a p e n a s leer las i n n u m e r a b l e s
c a r t a s recibidas, á las cuales debía contestar sin falta. De
los periódicos y folletos n o h a b l e m o s ; se los e n v i a b a n en
t a n g r a n c a n t i d a d , q u e f u é preciso f o r m a r con ellos u n a
cama de papel para Albano, q u i e n la creyó preferible ai
santo suelo, q u e t a n t a s veces había besado por pronación
d u r m i e n d o en diferentes cárceles europeas.
A s d r u b a l e t r a b a j a b a sin t r e g u a ni descanso. H a b í a
concebido otro proyecto, y sin olvidarse del autócrata lati-
no, f o r m a b a planes da s u p r e m o i n t e r é s q u e d e b í a n reali-
zarse en los i d u s de Agosto de 1900... P a r a esa fecha era
preciso... ¡Ah, lector querido! Sin d u d a esperas, bouche
béante, u n a revelación sensacional. E s p e r a , espera u n
LOS VICTlMARtOS 145
poco más. La profecía vendrá cuando esté realizado el mi-
lagro. Por olra parte, podría suceder m u y bien q u e no s u -
cediese nada.
Sea como fuere, el mallés acariciaba este proyecto, y
se devanaba los aesos buscando u n desenlace tremendo,
espantoso, caótico, u n d e r r u m b a m i e n t o al son de las trom-
petas del Apocalipsis é iluminado por los resplandores
del incendio, con la p u r p ú r e a y lejana visión de un m u n d o
mejor. Su cráneo estrecho de sectario estallaba al modo
de una Orsini, produciendo inconcebible estrépito y d e s -
pidiendo llamaradas de la cólera en q u e algún día se
abrasará nuestro planeta.
Entretanto Chatel, q u e tantas veces había escrito
anunciando su viaje, no era servido de venir. Con todo
sus cartas lacónicas como una orden del día del Ogro corso,
indicaban u a firme deseo de verificar la excursión. Y
cuando á Chatel se le entraba por los cascos una idea,
nadie ni nada podía impedir que ésta se realizase.
Del expresado Chatel se contaban prodigios épicos q u e
la fantasía de los revolucionarios exageraba, á no dudarlo,
y que le convertían en héroe de una especie de Tabla re-
donda. Rodeábasele con una aureola q u e le hacía a c r e e -
dor á la adoración de s u s contemporáneos. Se le admiraba
por su decisión y su astucia. Era como el Huon bordelés
y el don Gaiferos de la dorada leyenda anarquista.
Imposible e n u m e r a r los ardides de que se servía f r e -
cuentemente contra la policía, que no pudiendo cazarle
se limitaba á calificarle de invisible, incognoscible é i n -
coercible, declarando que a u n debía nacer el J a u m e indi-
cado para echar e l g u a n t e á sujeto tan listo, perturbador
infatigable del orden. Tratándose de este hombre, holga-
ban todos los recursos de montería y eran vanos los ojeos,
inútiles las batidas después del metálico alalí con que los
cazadores se excitaban m u t u a m e n t e y se preparaban para
la difícil partida.
146 LOS TIOTIMARIOS
Perros atraillados y veloces monteros lanzábanse por
los pasos más laberínticos, y por el alto bosque y el oque-
dal perseguían sin descanso al jabalí de ojos sangrientos
y colmillos puntiagudos, q u e acosado debía defenderse y
sería bastante fuerte para despanzurrar á la mitad de sus
contrarios. Soplando desesperadamente en sus cuernos,
los esbirros jadeantes volaban por el matorral al husmo
de la pieza inestimable, azuzados por la esperanza de un
premio y seguros del éxito. Estímulo poderoso les movía y
la codicia vil les prestaba sus alas de pájaro bobo.—«¡Ohé,
obé! ¡hap, hap!» gritaban, y la tocata de s u s cuernos
se confundía en el aire con las notas melancólicas de
la Canción del Proscrito, entonada por m e l e n u d o bardo
parisiense en las plácidas veladas de Montmartre.
A Ghatel le tenían sin cuidado estas alharacas de la
ineptitud y el miedo. Para él, loa medios más seguros de
escapar á la vigilancia y á la razzia policiaca consistían
en no hacer nada y en estar siempre haciendo algo, cosas
que no obstante parecer antitéticas pueden ejecutarse
perfectamente por un solo individuo. Y la pasividad de
Ghatel se reducía á despreciar el sistema defensivo, quo
en efecto es de escasa utilidad; la rápida agresión le pa-
recía más ventajosa. Tirar el broquel y a p u n t a r al ene-
migo lo mejor posible, para dar siempre en el hito; eso es
lo que, en opinión de Ghatel, debieran hacer todos los
revolucionarios dignos de tal nombre. Tirar el broquel, y
no para h u i r como Horacio, ni para volverse á Roma como
Virginio, sino para lanzar con más fuerza la larga jaba-,
lina que atravesará de parte á parte el pecho del contra-
rio saliendo por el espaldar.
Es preciso trabajar y batallar constantemente. A. ser
menos modesto, Ghatel hubiera podido publicar el libro
de sus peripecias y los lances chistosos ó dramáticos en
los q u e había figurado desde el punto y hora en que n a -
ció, no se sabía dónde ni por q u é circunstancia maravi-
LOS VICTIMARIOS 147
llosa, hasta el día en q u e conoció á la Momette j se la
quiló á s u a m i g o Cola Epifane el socialisla, m u e r t o c a -
sualmente en R á v e n a , á c o n s e c u e n c i a del estallido, etc.
¡ün i n c i d e n t e m e l o d r a m á t i c o q u e nadie había podido
explicarse a ú n l La verdad era q u e Chatel no s e h a b í a
mezclado para nada en estas c o s a s d e l ilustrísimo Cordone.
Chatel se había criado en París, donde pasó por todos
los grados de la vida picaresca y f u é p i l l u e l o , camelot,
mozo de taberna, cicerone del Louvre, buscador de m o -
nedas de oro (1), suiveur de voiture (2), e s t u d i a n t e , p e -
riodista, ladrón, etc., dando t u m b o s con el andar -del
tiempo, hasta q u e h u b o sentado la cabeza y apareció
lleno de resolución y osadía, sereno, h e n c h i d o de a l e g r e
imprudencia, fortalecido con la promesa de ignorado ho-
róscopo, y previsor sin estudiada cautela.
V e i n t i s é i s años s e g ú n el cálculo m á s probable; trein-
ta por el c ó m p u t o del infalible Sauterelle, q u e le vió u n a
vaz en Asti y le pidió dinero para el órgano t r e m e b u n d o ,
(1) El que revuelve y escarba en las inmundicias y olfatea y
recoge en la calle los objetos de algúm valor que se han perdido. A
veces el buscador da con un luis, que es el premio de su trabajo.
No hay que confundir con el del trapero este oficio, decoroso y lim-
pio, que nuestros hidalgos de gotera hubieran ejercido gustosos. Es
verdad que en ocasiones debe uno doblarse hasta el suelo; pero
¿dónde está el mortal que no necesita humillarse siete veces ai día?
(2) Se da este nombre de suioeur (acompañante) al que trota
detrás de un carruaje, desde la estación al hotel, á fin de ayudar á
descargar el equipaje y pedir en cambio de eso una propina. Los
desgraciados que se emplean en tan singular profesión se quedan
las más veces chasqueados, ya porque el viajero se muestra reacio
á la petición, ya porque el mozo de hotel les despide con cajas des-
templadas. Sólo falta que el prefecto les obligue á pagar una con-
tribución y les marque con su estampilla; pero todo se andará,
porque para eso tiene Francia su República semisocialista y huma-
nitaria, y sus honorables diputados, sus periódicos tricolores y ve-
races casi siempre, la insulsez de sus reformadores, etc.
146 LOS TICTIMARIOS
Perros atraillados y Teloces monteros lanzábanse por
los pasos más laberínticos, y por el alto bosque y el oque-
dal perseguían sin descanso al jabalí de ojos sangrientos
y colmillos puntiagudos, q u e acosado debía defenderse y
sería bastante fuerte para despanzurrar á la mitad d e s ú s
contrarios. Soplando desesperadamente en sus cuernos,
los esbirros jadeantes volaban por el matorral al husmo
de la pieza inestimable, azuzados por la esperanza de un
premio y seguros del éxito. Estímulo poderoso les movía y
la codicia vil les prestaba sus alas de pájaro bobo.—«¡Ohé,
ohé! ¡bap, hap!» gritaban, y la tocata de sus cuernos
se confundía en el aire con las notas melancólicas de
la Canción del Proscrito, entonada por melenudo bardo
parisiense en las plácidas veladas de Montmartre.
A Chatel le tenían sin cuidado estas alharacas de la
ineptitud y el miedo. Para él, los medios más seguros de
escapar á la vigilancia y á la razzia policiaca consistían
en no hacer nada y en estar siempre haciendo algo, cosas
que no obstante parecer antitéticas pueden ejecutarse
perfectamente por un solo individuo. Y la pasividad de
Chatel se reducía á despreciar el sistema defensivo, quo
en efecto es de escasa utilidad; la rápida agresión le pa-
recía más ventajosa. Tirar el broquel y a p u n t a r al ene-
migo lo mejor posible, para dar siempre en el hito; eso es
lo que, en opinión de Chatel, debieran hacer todos los
revolucionarios dignos de tal nombre. Tirar el broquel, y
no para h u i r como Horacio, ni para volverse á Roma como
Virginio, sino para lanzar con más fuerza la larga jaba-,
lina que atravesará de parte á parte el pecho del contra-
rio saliendo por el espaldar.
Es preciso trabajar y batallar constantemente. A. ser
menos modesto, Chatel hubiera podido publicar el libro
de sus peripecias y los lances chistosos ó dramáticos en
los que había figurado desde el punto y hora en que n a -
ció, no se sabía dónde ni por q u é circunstancia maravi-
LOS VICTIMaEIOS 147
llosa, hasta el día en q u e conoció á la Momette j se la
quitó á su a m i g o Gola Epifane el aocialisla, m u e r t o c a -
sualmente en R á v e n a , á c o n s e c u e n c i a del estallido, etc,
¡Un i n c i d e n t e melodramático q u e nadie había podido
explicarse a ú n ! La verdad era q u e Ghatel no se había
mezclado para nada en estas cosas del ilustrfsimo Cordone.
Ghatel se había criado en París, donde pasó por todos
los grados de la vida picaresca y f u é p i l l u e l o , camelot,
mozo de taberna, cicerone del Louvre, buscador de m o -
nedas de oro (1), sucoeur de voiiure (2), e s t u d i a n t e , p e -
riodista, ladrón, etc., dando t u m b o s con el andar -del
tiempo, hasta q u e h u b o sentado la cabeza y apareció
lleno de resolución y osadía, sereno, h e n c h i d o de a l e g r e
imprudencia, fortalecido con la promesa de ignorado ho-
róscopo, y previsor sin estudiada cautela.
V e i n t i s é i s años s e g ú n el cálculo m á s probable; trein-
ta por el c ó m p u t o del infalible Sauterelle, q u e le vió u n a
váz en Asti y le pidió dinero para el órgano t r e m e b u n d o ,
(1) El que revuelve y escarba en las inmundicias y olfatea y
recoge en la calle los objetos de a l g ú i valor que se han perdido. A
veces el buscador da con un luis, que es el premio de su trabajo.
No hay que confundir con el del trapero este oficio, decoroso y lim-
pio, que nuestros hidalgos de gotera hubieran ejercido gustosos. Es
verdad que en ocasiones debe uno doblarse hasta el suelo; pero
¿dónde está el mortal que no necesita humillarse siete veces al día?
(2) Se da este nombre de suioeur (acompañante) al que trota
detrás de un carruaje, desde la estación al hotel, á fin de ayudar á
descargar el equipaje y pedir en cambio de eso una propina. Los
desgraciados que se emplean en tan singular/jro/esíore se quedan
las más veces chasqueados, ya porque el viajero se muestra reacio
á la petición, ya porque el mozo de hotel les despide con cajas des-
templadas. Sólo falta que el prefecto les obligue á pagar una con-
tribución y les marque con su estampilla; pero todo se andará,
porque para eso tiene Francia su República semisocialista y huma-
nitaria, y sus honorables diputados, sus periódicos tricolores y ve-
races casi siempre, la insulsez de sus reformadores, etc.
148 I-OS VIOTIMiBIOS
11 Sole delia Sciema Nuooa; de eatalura m á s q u e me-
diana, robusto, coa pecho y espaldas de l u c h a d o r de
circo y al par q u e f u e r t e , esbelto, modelo de elegancia y
gallardía, desenfadado y brioso, a c o s t u m b r a d o á arquear
su brazo derecho, u n poco corto, a p o y a n d o así la mano
en la cadera á modo de a n a r q u i s t a berlinés, q u e con aiie
z u m b ó a se detiene, en m i t a d de s u discurso, y escupe por
el colmillo y desafía a u d a z m e n t e á todos los subditos del
Kaiser. U n a cara algo r e d o n d a , s i m p á t i c a , de atrevida
expresión, la tez pulida y blanca con u n a rosa bengalí
en cada mejilla, boca desdeñosa en q u e se contienen
dientes de limpio marfil no c o n t a m i n a d o s con la nicotina,
ojos g r a n d e s , v e r d e m a r , dulces y dominadores á la vez,
unos ojos de amor y de ira q u e más de u n a vez habían
t u r b a d o p r o f u n d a m e n t e á Cordone.
Ese era Chatel, y A s d r u b a l e se lo r e p r e s e n t a b a vestido
a ú n con el t r e j e pintoresco del domador, casaca ceñida ó
dülmán, p a n t a l ó n a j u s t a d o color de plomo y botas altas,
con los leonados y rizados cabellos al aire y tan seguro
de su intrepidez, tan e n a m o r a d o de s u belleza, q u e las
jóvenes s u s p i r a b a n al verle, e s p e r a n d o q u e el oso blanco,
de reconocida ferocidad, se c o n t e n t a r í a con echarle la
zarpa al cuello y le ahogaría con u n afectuoso abrazo, en
vez de aplastar su cabeza a d o r a b l e . . . El mismo Pezón era
m e n o s hermoso q u e s u discípulo y no le a v e n t a j a b a en
valor ni en laboriosidad.
Los h a b i t u a l e s c o n c u r r e n t e s á la feria de Neuilly se
a c u e r d a n a ú n del bello m a n c e b o r u b i o y de atusado
bigote, y q u e tan b r a v a m e n t e l u c h a b a con el oso gris y
¡prodigio hercúleo! le d e r r i b a b a al suelo, y todos se hacen
cruces al pensar q u e , s e g ú n u n a noticia dada por l' Evé-
nement, h a c e algunos años, su domador favorito había
desaparecido de pronto al olor de la policía, la cual le
creía cómplice de R a v a c h o l .
En resolución, Chatel era ó h a b í a sido anarquista.
LOS V I C T I M A R I O S 149
como lo f u e r o n ó lo son con m á s pacífico modo F r e e d y
el prestidigitador y Mévisto el cómico y J e a n R i c t u s , c e -
lebrado poeta de las n o c h e s de M o n t m a r t r e , el c a n t o r d e
la miseria r e p u b l i c a n a .
A s d r u b a l e Cordone se i m p a c i e n t a b a cada v e z ' q u e por
breve epístola de Ghaiel recibida, se e n t e r a b a del retraso,
ni explicado ni e x p l i c a b l e , de u n viaje del q;ie cabía es-
perar tan b u e n r e s u l t a d o , y a u n q u e la a d m i r a c i ó n q u e
sentía por su c a m a r a d a no e s t a b a e x e n t a de e n v i d i a , se
daba con u n canto en los pechos y ae dolía p ú b l i c a m e n t e
de q u e a u n no h u b i e s e llegado el h o m b r e en q u i e n e s p e -
raban los dispersos soldados del t e r r o r i s m o , d e s m o r a l i z a -
dos y h a m b r i e n t o s .
P a s a b a n los días y las s e m a n a s y v e n d r í a n s u c e s o s
inesperados y r e n a c e r í a la p r o p a g a n d a en los círculos, en
el café, en la t a b e r n a , en todas p a r t e s . S s podría b u r l a r
otra vez i m p u n e m e n t e á la a u t o r i d a d tan d e s p i a d a d a
como n e g l i g e n t e , se p r e p a r a r í a algo con los r e p u b l i c a n o s
radicales, se iba á h a c e r algo... en la a t m ó s f e r a se p e r c i b í a
el tufo de la r e p r e s i ó n , T r o y a estaba á p u n t o de a r d e r . . .
¡y él no venía! ¿Qué s i g a i f i c a b a esta dilación? ¿á q u é o b e -
decía la d e m o r a ?
Y ni M a n c i n i n i E p i f a n e d a b a n señales de v i d a . E l
primero h a b í a salido de la cárcel y no ae s a b í a s u p a r a -
dero fijo; tal vez se h a l l a b a en el f o n d o del m a r ó en u n a
oscura m a z m o r r a . De L u i g i E p i f a n e d e c í a n q u e y a no
estaba en L o n d r e s , q u e p r o b a b l e m e n t e se h a b í a m a r -
chado á B u e n o s - A i r e s para c o n c e r t a r , o r g a n i z a r , d e s o r -
ganizar, t e j e r , d e s t e j e r , h a c e r y d e s h a c e r , p a r a s u b l e v a r
á los p a y a d o r e s a n a r q u i s t a s y a r m a r á los c i u d a d a n o s
pacíficos á fin d e p r o d u c i r u n a c o n f l a g r a c i ó n q u e d i e s e
algún r e s u l t a d o .
Y en t a n t o los tres a m i g o s k a b í a n a g o t a d o todos los
recursos y se h a l l a b a n en s i t u a c i ó n cada día m á s c r í t i c a ,
expuestos á caer en las g a r r a s de la bestia a u t o r i t a r i a ,
150 LOS .VICTIMARIOS
siendo lo peor que Montjoie no se decidía á* morir, que
agonizaba aún bajo el claro dosel del firmamento, en la
fea y l ú g u b r e ciudad formada por abscisas y coordinadas,
habitada por mochuelos y por industriales bucéfalos y
prestamistas reumáticos, lejos ¡ah! tan lejos de la belleza
y la irisada esplendidez de París.
Una noche, á las nueve, llamaron á la puerta del
cuarto y Asdrubale Gordone se levantó para abrir.
Montjoie estaba en cama, agobiado por el mal y páli-
do, horriblemente enflaquecido, descompuesto, sin vida.
Tenía las manos j u n t a s sobre el pecho, q u e se agitaba
con el estertor de la agonía, y de sus labios se exhalaba
ronca pletjaria.
En un rincón, j u n t o á la ventana, se escondía Natale
Albano, acurrucado en el sillón de Schichi.
Else dormitaba dentro J e una zapatilla y parecía m u y
ajeno á los graves sucesos q u e se avecinaban tal vez.
Inquieto, fuera de tino, sin saber lo q u e hacía, Asdru-
bale abrió la puerta...
—¿Se puede? dijo una voz.
Y antes de q u e Asdrubale pudiera contestar á esa
p r e g u n t a , formulada de u n modo irónico, entró en la ha-
bitación un hombre diciendo en. tono amable:
— E n t r a , Alice... ¡Buenas noches!
—iChatel!
—Sí, yo soy Ghatel, dijo el recien venido. Y esta es
Alice.
La m u j e r había entrado también y el crujido de la
seda de su traje y el raro p e r f u m e de j u v e n t u d y belleza,
en medio de la radiante aparición de su amor, hicieron
volver la cabeza al sensible Albano.
En la semioscuridad de la estancia no se veía más
q u e el óvalo precioso de la cara, no se columbraba más
LOS VICTIMARIOS 151
»
que la esbeltez aérea del cuerpo, gallardamente cubierto
por la seda fina y sonora, u n cuerpo estremecido, s e n -
sual, delicioso y frágil, q u e era fuerte como una t e n t a -
ción y que atraía como u n a promesa de vida.
— ¿Qué es? preguntó brevemente Chatel.
Asdrubale le indicó la cama y llevó su índice á los
labios, sin decir palabra.
—¿Quién es? m u r m u r ó Chatel.
—Monljoie.
— ¡Montjoie! exclamaron Chatel y Alice.
Ella había estado buscando con la mirada una silla,
y cuando oyó pronunciar aquel nombre corrió al lecho y
ansiosamente se inclinó sobre el enfermo, y su grito de
desesperación t u r b ó el silencio de la noche:
—¡Montjoiel iMontjoiel
El abrió los ojos y quiso pronunciar un nombre:
—¡Alice!
—¡Henri!
Ella había adivinado u n esfuerzo doloroso en la mira-
da, q u e habló, q u e dijo mil cosas á la vez, y q u e e x p r e -
saba el miedo, el deseo, la esperanza engendrada por la
locura...
A corta distancia de la joven, Asdrubale y Chatel ha-
blaban en voz baja de sus cosas, sin preocuparse de Al-
bano, que contra lo acostumbrado, escuchaba anhelante,
pendiente de los labios de aquel invencible Cordone q u e
orgullosamente se erguía contra el destino... aquel hom-
bre funesto que j u g a b a con la vida de sus semejantes...
¡Oía sin comprender, se sentía oprimido por el terror,
arrojado al fondo de fétida mazmorra, destrozado y devo-
rado por invisible mónstruo!...
La tristeza, la depresión de la noche, la larga agonía
en la miseria pesaban sobre él y la alucinación del miedo
hacía brotar en su mente fantasmas jamás soñados, y en
la d e s l u m b r a n t e claridad de su reino espectral veía e s -
trellas s a n g r i e n t a s , mónatruos con las fauces abiertas, y
gigantes hirsutos q u e le h e r í a n con sus dedos finos como
a g u j a s y le a p l a s t a b a n b a j o sus pies de hipopótamo...
E r i z á b a n s e sus cabellos á la idea de q u e , m u y pronto,
debían l l a m a r á la p u e r t a . . . Sabía q u e m u c h o s hombres
feroces y d e s a t e n t a d o s corrían por todas p a r t e s y q u e
había llegado la hora de las represalias... ¡Y u n p r e s e n -
timiento le sobrecogió y le hizo j u n t a r las m a n o s en ade-
m á n de súplica, como si estuviese ya en poder de aquellos
h o m b r e s q u e se gozarían viéndole padecer c r u e l m e n t e !
Oyó tocar ó creyó q u e locaban é la p u e r t a é i n s t i n t i -
v a m e n t e se levantó y q u i s o ver...
Nç había dado a ú n tres pasos, c u a n d o la voz de A s -
d r u b a l e , imperiosa y f u e r t e , le aturdió, le detuvo, le clavó
en el suelo:
—¿Dónde vas?
Natale retrocedió i n t i m i d a d o y p u d o volver á su sillón,
en el q u e se dejó caer con m u e s t r a s de desaliento.
—De m a n e r a , decía Chatel, q u e las b o m b a s d é l a
calle de F i v a l l e r . . .
—¿Llegaste anoche? p r e g u n t ó b r u s c a m e n t e Cordone.
— H a c e seis días q u e estoy en Barcelona.
—¿Con Alice?
—Sí.
—Pero ¿la policía no sabía?...
— N a d a . ¿Cómo quieres q u e se p r e o c u p e n de mí?
— T e c o g e r á n . . . No lo d u d e s . Debiste cortar tus g r e -
ñ a s . . . A q u í conocen al e x t r a n j e r o por s a s largos cabellos
T van á sospechar de tí...
Chatel nada respondió.
—¿Conoces á T o m á s Ascheri?
—Sí.
—Estamos j u g a n d o con fuego, Chatel, j me temo q u e
SBcederá u n a d e s g r a c i a . . .
—Yo sé más q u e Tosotros, prorrumpió Chatel, sia
LOS VICTIMARIOS 153
perder su frfa calma; yo sé que Ascheri nada tiene q u e
ver con este asunto, pero que él pagará por lodos, á causa
de su t e r q u e d a d . . .
—Mejor dirás su insensatez.
—No hay q u e fiar en los hombres, Aadrubale.
—¡(Qué puede hacer uno solo?
—Yo me bastaré, dijo Ghatel, estirando sus robustos
brazos y cruzándolos sobre el firme pecho, á la vez q u e
se sonreía apaciblemente.
—No se puede servir á Dios y á la justicia...
—Todos los medios me parecen buenos, dijo Ghatel
ea un tono que no admitía réplica, y los anarquistas no
debemos retroceder a n t e n i n g ú n obstáculo...
—Tú no eres anarquista, Ghatel...
—¡Galle!
— j L o has oído?
-¡Qué!
—Nada...
—No lo entiendo...
—¿Qué has hecho por nosotros?
El francés cortó el diálogo llamando á BU querida,
que no se separaba de Monjoie.
—Alice...
—¡Se muere!
—¡Pobre Montjoiel ¿Qué has hecho por él, Asdrubale?
Pero el maltès, aferrado á su idea, repitió:
—¡Te ríes de nosotros!
—¡Gómo se entiende! profirió Ghatel, q u e empezaba
i perder la paciencia. ¿Te parece q u e es hora de discutir
7 entretenerse en puerilidades y...?
—¡Somos perdidos! dijo CorJone, con u n gruñido.
—¿Por qué?...
—Ya no tiene remedio...
—¡Acaba! dijo Ghatel.
Su pesada mano apoyóse en el hombro del maltès.
Ibi LOS VICTIMARIOS
q u e se encogió y se puso m u y pálido y quiso gallear,
miedoso y colérico á la vez.
Los do3 estaban de pie y tan juntos, q u e al erguir
Asdrubale su cabeza, quedaron casi pegados s u s rostros
encendidos y los ojos q u e brillaban expresando u n furor
reconcentrado.
Asdrubale sintió h u n d i r s e en su espalda los dedos do
hierro del francés, y tuvo q u e rendirse, pidió gracia.
—¡Suelta! ¡me haces daño!
Chatel retiró su mano diciendo:
—Habla, pues.
Entonces Gordone se explicó brevemente.
Todo estaba preparado para armar la gorda y se con-
taba con mucha gente, que debían reunirse en sitio de-
terminado y tomar por asalto el primer cuartel q u e se les
viniera á la mano. Nada más que eso... Hacía m u c h a s se-
m a n a s q u e él, Gordone, excitaba y enardecía á los grupos,
prometiéndoles una victoria fácil. Se transigía con los re-
publicanos á fin de obtener su concurso, y se sabía que
ni uno solo de los federales faltaría al cumplimiento de
s u deber. Había dinamita para todo y se prescindiría de
la táctica que tan malos resultados había dado hasta e n -
tonces: se emplearía en vez del remington la bomba, que,
reventando en medio del escuadrón, haría retirarse atro-
pelladamente á los soldados, sorprendidos y aturrullados
con el imprevisto ataque. De este modo se lograría todo
sin barricadas y sin jaleo y quedaría tiempo para esta-
blecer u n gobierno provisional (al llegar á este punto
soltó el chorro) ó la anarquía p e r m a n e n t e , que, era á lo
q u e se tiraba...
—No está mal, dijo Chatel, aprobando con u n gesto
a q u e l plan mirífico; pero, ¿dónde tenemos la gente y la
dinamita y el deseo de empezar?...
—Es obra de un momento, repuso bravamente el
maltés, j u n t a n d o las manos como si se preparase á rezar,
LOS VICTIMARIOS 155
en la noble actitud del único orador anarquista, Sebas-
tián Faure; sólo que...
-¿Qué?
—Yo había contado con éste, añadió Asdrubale, diri-
giendo sus manos todavía unidas al rincón donde yacía
Natale Albano; y ahora resulta que no quiere a y u -
darnos...
—¡Eres un imbécil! exclamó Ghatel, acentuando sus
palabras, que cayeron como un jarro de agua helada so-
bre los entusiasmos de Gordone. ¿¡i. quién se le ocurre
echar mano de ese Natale? ¡Excelente botafuego!
— ¡Natale! balbuceó el eximio proyectista.
—¿Dónde está Ascheri? ¡dime!
—tía su casa...
—Ve á buscarle, y vuelta á empezar...
—¿Qué dices?
—¿No quieres ir?...
Hablaba de un modo indiferente y sin que su voz re-
velase la menor emoción; vuelta á un lado la cabeza,
frotaba con su índice derecho la solapa de su jaquelte y
miraba con un ojo solo á Gordone. Y este ojo magnético
brillaba de tal manera, que el maltés, subyugado, bajó
la cabeza y farfulló una excusa...
—¿Dónde está?
—¿Quieres verle?... ¡Voy por él!
—No, ya es tarde...
—¡Giertísimo!
Y con esta afirmación quedó tan descansado. Reco-
brando de improviso toda su audacia, empezó á mentir
descaradamente y se miró en los ojos verdes de Ghatel y
desafió aquella mano triunfante á la que debían veinte
veces la vida Pezón y la Goulue, conocidos domadores de
las ferias de París.
Soltó, pues, la taravilla y explicó de cabo á rabo
todo lo que debía hacerse y lo que había por hacer y des-
156 LOS VICTiMARtOS
hacer. Su discurso duró un cuarto de hora y fué m e n -
tiroso y psrauasivo en extremo.
Aacheri y él creían, como Ghatel, q u e todos los me-
dios SOR buenos cuando dan ó deben dar u n resultado
funesto... para la b u r g u e s í a . El marsellés Ascheri era
maestro en el arte de dar el cambiazo á los de la policía,
que siempre comulgan con ruedas de molino. Para estas
cosas convenía prescindir de ciertos escrúpulos. Era pre-
ciso además desplegar una habilidad parecida á la del
tigre, m u d a r de color como el camaleón, cambiar de
casaca como el político, atreverse como el buitre, hacerse
una bola como el erizo, saltar como el petaurista, arre-
meter como el toro y h u i r como el bisonte... Había que
dolerse unas veces con el grito del a y e - a y e é imitar otras
veces al zorro asi uto (si bien ahora se le niega esta cua-
lidad) y' ser sabio al igual q u e Spencer (había q u e oír
este nombre á Cordone y refocilarse con el tan estudiado
y cadencioso silabeo: ¡Spen...cer...cer!) fOh el más que
h u m a n o , el sideral Spencer, más alto q u e el picacho de
no se sabe q u é cordillera!
Náufragos de la vida (1), loa a n a r q u i s t a s deben nadar
entre dos aguas y agarrarse á todas las tablas de salvación
y á u n hierro candente, y todo lo q u e significase barullo,
desorden, motín, lucha, salvaje violencia, todo lo que
fuese terror y escándalo y lo q u e oliese á pólvora y esta-
llase con el fragor resonante de la dinamita, todo debía
aprovecharse para la titánica empresa con la q u e se ha
de redimir al m u n d o . . . ¡Ah, es indispensable saber lo
q u e se hace y obrar con el acierto, mesura y suavidad,
que, á la larga, nos darán el triunfo!
Ghatel le oía con disgusto, y su indiferencia era para
desalentar al abogado más fogoso. Apenas se dignaba
mirarle á hurtadillas y conservaba su aire impasible. El
(1) Figura retórica atribuida al difunto P. Didon.
LOS TICT1MARI08
torrente de la elocuencia cordoniana bramaba á dos pasos
del atleta, sin q u e éste se dignase alargar la cabeza,
arrugar el ceno ó g u i ñ a r u n ojo.
Ciertamente Asdrubale tenía razón en los puntos g e -
nerales de su discurso; eí, había que emplear todos ios
recursos y bailar al son locado por el músico b u r g u é s y
d a r á éste con la badila en los nudillos... pero ¡enten-
derse y confabularse con la policía y creer que de ésta se
debía esperar algo! ¿Podía darse bobería mayor?
—¿Conoces é D. F.?
—¡No! Yo no quijero tratos con esta gente; es Asche-
ri... Ascheri q u e para mejor burlar al cónsul francés le
ofreció sus servicios y le ha jugado más de u n a treta.
—¿Y la policía?
—Ascheri es confidente del Gobierno civil y nos avi-
sará las novedades q u e ocurran.
—Esta noche iremos al Círculo...
—¿Qué? preguntó el mallés, fingiendo no haber oído
bien.
—Iremos á verle...
—No, esta noche no, interrumpió vivamente Cordone;
el asunto de la calle de Fivaller...
—¿El hallazgo de dos bombas?...
—Sí.
—Se ha detenido á Baldomero Oller y á otros; ¿no es
cierto?
—Sí; pero se llevarán chasco...
—Alice, dijo Ghatel hablando á la joven, que se h a -
bía sentado j u n t o á la cama y acariciaba la mano flaca
de Monjoie, casi muerto; ya ves q u e no podemos sal-
varle. —Y tú, añadió mirando á Cordone, bien pudiste
telegrafiar; hubiéramos venido más pronto.
—Hace tres años que está así... ¡qué remedio!
—¡Están en la cárcel! repuso Chatel, volviendo al
tema principal; aquí va á pasar algo; pero este Ascheri...
158 LOS VICTIMARIOS
—Su imprudencia nos costará cara.
—Veremos...
—¡Es larde!
—¿Qué dices?
—Esta noche es la procesión...
Chalel lanzó un grito.
—¡Esta noche!
Cordone consultó su reloj.
Y luego con voz alterada:
—¡Ahora! dijo.
Esta revelación terrible, en vez de anonadar á Chatel,
le devolvió su sangre fría.
— V a n á matar medio Barcelona, dijo sencillamente,
como si se hubiera tratado de una cosa de poco in-
terés.
— Y lo peor es que nada tenemos que ver con este
asunto...
Gomo en un asalto de florete, cruzáronse entre los
dos hombres frases rápidas cuyo significado sólo ellos
podrían comprender.
—¿Epifane?
—No,
—¿Baccherini?
—No...
— ¿Michele Angiolillo?
—¡Oh no!
—¿Quién?
Asdrubale Cordone echó en torno suyo una recelosa
ojeada, se acercó mucho á Chatel y le dijo al oído un
nombre.
Chatel demostró su sorpresa con un gesto.
—¡Qué diablos! Será preciso impedirlo...
— E s tarde, objetó Cordone, con dramática afectación.
A l g o preocupado, el francés empezaba á medir la es-
tancia con pasos iguales, seguido por la insistente mira-
LOS VICTIMARIOS 159
da de Cordone, q u e , en aquel momento, le hubiera a g u -
jereado el vientre con la mayor limpieza del m u n d o .
Hubo u n largo silencio, y Cordone se tentó el bolsillo
para cerciorarse de q u e a u n llevaba su p u ñ a l maltés, con
el cual...
¡Ah, q u é ideal ¿Era posible q u e propósito tan feo y
sandio se viniera sin más ni més, á las mientes de un
Cordone? ¿No se trataba de un camarada q u e había p r e s -
tado servicios eminentes á la causa revolucionaria? ¿Y
por qué había de quererle mal? ¿Qué rivalidad era ésta
ni qué rencor podía dividirles? Si ahora se mostraba i n -
deciso, tanto peor para él; de esta manera perdería sus'
prestigios y se quedaría solo, completamente solo.
—[Me ahogo! ¡dadme aire! dijo la voz ronca de Mont-
joie.
[Link] se acercó á la cama, con el pretexto de ver
á Montjoie, y Ghatel corrió á abrir la ventana. Allí fuera
estaban sus amigos y se acercaba la hora q u e él h u b i e r a
querido retardar u n momento más, un segundo, n a d a más
que un segundo...
También él se ahogaba [él también necesitaba respi-
rar el aire puro de la calle!...
Apoyando loa codos en el alféizar,, trató de descubrir
desde la altura del cuarto piso y por entre las azoteas el
campanario de la iglesia, y no pudo verle.
¡Oh terror mortal! ¡anhelo indecible!... Le pareció oir
un cañonazo... ¿No sería la salva con q u e Montjuich
anunciaba la vuelta del Señor á su templo?
P e r o n ó . . . no se había oido nada; ¡nada!.. N i n g ú n
ruido t u r b a b a la calma de tan doloroso instante...
—¿Quieres cerrar? dijo la voz de Cordone.
El se inclinó otra vez con el oído atento y creyó q u e
allá lejos, ¡oh! m u y lejos se percibían gritos de angustia
y desgarradores lamentos... ¡Sí, sí, se oía algo!... Y distin-
guió de u n modo preciso aquella escena de horror, y oyó-
LOS VICTIMARIOS
«1 galopar de los caballos, el chis-chas de los sables, voces
de mando alteradas por el susto, rugidos y promesas de
venganza, la tremenda algarabía del temor... ,
Vió la Qesta seráfica interrumpida por la estruen-
dosa detonación, la precipitada fuga de curas y seglares,
á los acólitos escapar como alma que lle^a el diablo,
á los cruciferarios correr haldas en cinta tirando los
gonfalones por el suelo, á los soldados noblemente ató-
nitos, á la gente huir despavorida y la sorpresa de los
trabajadores castigados por la fatalidad y la inmovilidad
de los cadáveres echados como bestias en el arroyo...
Sillas rotas y mil objetos abandonados por la gente, con-
vertían en campo de batalla aquel lugar de paz, frente i
la silenciosa iglesia. Una turbonada había limpiado la
plaza y la calle, destruyéndolo todo. Algunos heridos sa
revolcaban por tierra con alaridos de dolor, y otros corrían
sin darse cuenta de lo que había ocurrido y sin sentir aún
el daño recibido... ¡Maldición, maldición!
T á la luz de algunos hachones, las idas y venidas de
los que alocadamente se esforzaban por ayudar á los
caídos, y sin tiempo para decirles una palabra de consue-
lo, querían hacer lo más indispensable y no sabían lo
que debía hacerse. El tumulto, el desorden, el pánico de
la huida y el ímpetu irresistible de la cobarde multitud
dificultaban la organización de los socorros y las cami-
llas no podían ni aun acercarse á las víctimas, y nadie
-se explicaba lo acontecido...
Con la oscuridad se aumentaba la confusión y era
imposible entenderse, en medio de la.s personas que huían
ó venían al sitio del suceso, buscando á sus parientes ó
amigos, y las medidas de la autoridad no servían más
que para estorbar á los que acudían solícitos en auxilio
de los heridos.
Y luego -en la tristeza de la noche, la nota argentina del
Canto del Proscrito rasgó el aire y dominó triunfalmente
en la sinfonía de las q u e j a s y las imprecaciones, y su ori-
ginal Zeíï-mo^ío vibraba con la intensidad de un toque do
agonía, ^ su eco salmodiaba u n a amenaza y parecía el
rebato que precede á la victoria.
Luego q u e Chatel h u b o cerrado la ventana, llamaron
á la puerta.
El golpe fué tan violento, q u e se vió á Natale botar
en su sillón lo mismo q u e si hubiese recibido u n a d e s -
carga eléctrica.
Asdrubale Cordone no las tenía todas consigo; su t u r -
bación era cada vez mayor; pero quería parecer f u e r t e
y serio ante Chatel, á quien se atribuía una enorme dosis
de habilidad y sangre fría.
—¿N"S defenderemos? preguntó Cordone.
—¿De quién?
—Si viene la policía...
—No, repuso lacónicamente Chatel.
—¡Abrid! dijo desde fuera una voz.
Acometido de u n temblor nervioso, Natale había caído
del aillóa al suelo y mascullaba no se sabe q u é rezo,
mientras Alice e n j u g a b a con su pañuelo los labios de
Montjoie coloreados por una espuma rosada. Cordone,
que era u n hombre m u y enérgico, fué á la puerta y la
abrió con precaución, lentamente...
—¿Quién es?
—Soy yo; soy Orsi...
Orsi entró, y su mirada descubrió en el rincón á N a -
tale, q u e estaba a ú n tendido en el suelo y agarrado á u n
brazo del sillón.
—¿Qué es esto? preguntó.
Por toda contestación, Asdrubale le indicó la cama en
que agonizaba Montjoie y con la cabeza señaló á Chatel,
162 LOS VICTIMARIOS
que se paseaba con las manos á la espalda, lleno de c a l -
ma y altivez.
—¿Cha leí?
—Sí...
—¿Q ié ocurre? preguntó el exdomador, deteniéndose
de proulo y mirando Ajámente al recién venido.
—Nada; ya está hecho.
-¿Qué?
—Ei...
Orsi acentuó m u c h o este pronombre, q u e él creía te-
rriblemente significativo.
—Ya sé, dijo en tono jactancioso Asdrubale.
Los tres se miraron en silencio y con una atención ex-
traña. Orsi tenía u n aire siniestro; su rostro desencajado
parecía una máscara de teatro y su voz sonaba como la de
un payaso q u e finge morir.
tíl mismo Cordone estaba m u y pálido y asustado y
procuraba en vano d o m i n a r l a sensación de horror q u e le
habían causado las palabras de Orsi. ¡Oh! ¡aquella voz de
falsete le desgarraba los oídos y le hacía estremecerse de
ansiedad, con la idea de cosas j a m á s concebidas que sin
duda se habían verificado!
Sólo Chatel conservaba su presencia de ánimo y apa-
recía resuello á todo. ¡Cuerpo de tal! ¡Qué hombre!...
¡Aquel sí que era un león que con sus solas zarpas daba
miedo! ¡Qué coraje el suyo! En su cara casi redonda bri-
llaban las dos rosas de las mejillas, y el labio superior,
m u y encogido, dejaba ver los dientes blancos y afilados
dispuestos á morder; la cabeza rubia estaba orguliosa-
mente enhiesta y las espaldas hercúleas se levantaban y
parecían más anchas aún q u e lo que eran realmente,
denotando la convicción de la fuerza. La dulzura de los
ojos contrastaba con la expresión desdeñosa de la boca
y las narices dilatadas venteaban la presa...
De repente se volvió y llamó á su querida:
LOS VICTIMARIOS 163
—¡Alice!
Ella llevó su índice á los labios para pedirle que guar-
dase silencio.
Cha tel S6 acercó á la cama.
Con un esfuerzo, Montjoie se incorporó y quiso hablar-
pero de sus labios no salió más q u e un grito g u t u r a l y
apenas perceptible.
Y su cabeza cayó sobre la almohada.
Ghatel se inclinó y besó la frente de su amigo.
liste respiraba a ú n , se movía, y pudo ver á Chatel q u e
hacía seña á Orsi y Asdrubale de q u e se aproximasen al
lecho.
Alice lloraba, y entonces Chatel comprendió q u e la
joven no podía amarle á ói, q u e era altivo y fuerte sino
que debia amar á Montjoie, débil y enfermo, á Montjoie
que se moría de amor y tristeza...
Y creyó noblemente q u e á Montjoie, que no habia
pensado en vengarse, se le debía una reparación... Había
que hacer algo por él... ¡Ahí ¡Ya sa vería de lo q u e era
capaz y cuánto podía u n Chatell
Levantó el brazo, y con u a gesto m a q u i n a l se irguió
pensando en París, en la hermosísima ciudad q u e le viera
nacer y que él quería arrasar totalmente; ¡él. hijo espúreo
el generoso combatiente, el defensor de los miserables]
él á quien habían perseguido implacablemente y q u e
sólo contaba consigo mismo y con su fuerza y su osadíal
Pero Alice no le a m a b a . . . ¡Alice amaba á otro.'... ¡Y
él no podía torcer esta inclinación, n i lograr q n e le a m a -
sen por sí mismo! ¡Él, tan fuerte, no podía valerse de s u
poder ni de su orol... ¡Tropezaba ahora con un obstáculo
insuperable] ¡Y q u é obstáculo! ¡Una corcova! ¡Sentía
unos celos rabiosos! Aquel jorobadillo á quien podía
aplastar con su m e ñ i q u e . . . ¡Qué risa!...
Y ella ¿dónde le había conocido? Si le había visto no
más que u n a vez, en Marsella, ¡hacía m u c h o tiempo.
164 LOS VICTIMARIOS
m u c h o tiempo! ¡Qué cosa más rara el amorl A veces lo
engendra la compasión, pero su esencia es siempre celes-
tial. ¿De dónde viene y cómo nace?... ¿Por qué?
¡Y Alice amaba á Monijoie! ¡Le am«ba porque él ya
no podía corresponder á este amor! Le quería porque era
tan misero y débil y porque los demás le despreciaban...
¡Ah era preciso aniquilarle! Y se inclinó sobro él para
recrearse en su agonía... y cuando le vió tan próximo á
morir y tan resignado con su martirio, sintió un punzante
dolor y se arrepintió de su locura!...
. Cordone hablaba aparte y en voz baja con Orsi, que
movía la cabeza vivamente y como si aprobase los dichos
de s u compañero. Es de suponer q u e éste se refería al
proyecto n u n c a olvidado y pendiente de ejecución y que
en aquel punto t r a t a b a n de la persona q u e , á su juicio,
debía dar el golpe. ¿Quién se encargaría de coser á puña-
ladas al?... Asdrubale pronunció en voz m u y alta u n nom-
b r e : Mamerto, Dagoberto, Sigisberto, R u p e r t o , Heri-
berto... ¿Cuál de los cinco?
—¿Bonavasi?
—¡Quiá!
—¿Epifane?
—¿Gola Epifane?
A esta réplica, Orsi se echó á reir, apretándose mucho
los ijares, y su personilla de piamontés ajado y descua-
dernado por las privaciones, se estiró y pareció más alta
q u e la de Asdrubale.
—Gola Epifane ha m u e r t o . . .
—Nos q u e d a Albano... ¡Oye, Albano!
ü a gruñido sordo contestó á ese llamamiento y ¡cosa
extraña! el interpelado se enderezó, se levantó y vacilan-
do sobre s u s pies, renqueando como un borracho, vino al
encuentro de los dos compadres, q u e le recibieron con
u n a risotada.
En m e n o s palabras de las q u e necesitamos para de-
LOS VICTIMARIOS 165
cirio, Asdrubale le puso al corriente de sus planes y le
pidió sn cooperación.
—¿Qué he de hacer? preguntó Nalale Albano, y se
frotó la nariz.
Gordone llevó su p u ñ o cerrado al pecho y lo retiró con
violenta sacudida y en dirección horizontal. De esta m a -
nera la cuchillada alcanza al estómago y es mortal inde-
fectiblemente.
Albano retrocedió asustado.
—¡Oh no! ¡eso no! prorrumpió, j u n t a n d o las manos en
acción de súplica.
—¡Quita allá! replicó Asdrubale; ya sabemos q u e no
sirves para nada. ¡Eres un mandria!
Le volvió la espalda y reanudó su coloquio con Orsi.
Es seguro q u e le hablaba de Ghatel, porque se les vió
espiar con la mirada al francés. Y m u y pronto Asdrubale
levantó la voz y explicó con afectación la última hazaña
del exdomador.
—Ya sabes, dijo, q u e no han podido cogerle n u n c a ;
¡nuncal (Pausa y tosecilla; con u n ¡ejém! seguido de u n
¡válgame P u i b a r a u d ! Ea más listo q u e una ardilla y la
policía francesa se distingue por su ineptitud. J a u m e no
atrapa más q u e á los novatos y Soudays, el gran filólogo,
sólo conoce dos palabras de inglés. Guando vuelve de u n a
batida con las manos vacías, se las frota casi siempre d i -
ciendo: .A II righñ q u e equivale á \Medi ados estamos! Pui-
baraud es un imbécil ¡oh el magnífico P u i b a r a u d , q u e nos
permitirá despachar á otro presidente! Tocante á Ghatel,
les da ciento y raya y se mofa de todos ellos. Ahora es-
tuvo á punto de caer en la t r a m p a . Y f u é milagro q u e
no le cogiesen. Parece q u e llegó á París con una reco-
mendación para Puitslits, el cojo de la calle Berger; y en
vez de ir á esa dirección, se f u é al n ú m e r o 30 (el mismo
número de la carta) de la calle Bergére y en el cuarto 6.°
número 18 se trop6Z'5 con otro Puitslits de la 3." b r i g a d a
Í66 LOS VICTIMARIOS
des recherches. U n q u i d p r o q u ó porteril. P o r f o r t u n a , el
falso P u i t s l i t s no es cojo y C h a t e l c o m p r e n d i ó en s e g u i d a
su e r r o r . — « U s t e d d i s p e n s e , d i j o á P u i t s l i t s , q u e y a b a h í a
leido la carta de r e c o m e n d a c i ó n y le m i r a b a a z o r a d o , sin
s a b e r q u é h a c e r , pero i n s t i n t i v a m e n t e d i a p u e s t o á d e -
n u n c i a r l e ; u s t e d d i s p e n s e , pero va V . á d a r m e eii s e g u i d a
su reloj, s u c r e d e n c i a l y todo el d i n e r o q u e t e n g a V . á
m a n o , y le d e j a r é á V . e n c e r r a d o a q u í . « — P e r o . . . » « — N o
h a y pero q u e v a l g a ; me llevo el m e t á l i c o y lo d e m á s , y si
m e d e n u n c i a V . á P u i b a r a u d , y o p u b l i c a r é en el Père