1.
DESCRIPCIÓN DE LA ISLA DE MADEIRA
Los oteros eminentes y los profundos valles, en su desproporción, guardaban arquitectura
rigurosa y agradable; aquéllos llenando el viento de ramos soberbios, y éstos, despejados de
todo impedimento de las florestas, convidaban las manos al robo, y los pies al paseo sobre
hierbas saludables y perfumadas.
Poco distante de la playa, se descubría un lugar donde parece que la naturaleza había
esmerado todos sus primores. Formaba un campo reducido y redondo, cuyas paredes eran
laureles de ramas de la misma altura, al cual extensísimas eras formaban como una verde
tapicería de follajes.
(...) El capitán descubrió un espacioso campo, despejado de inoportuno bosque, que
por cualquier parte se encontraba.
(...) comenzando a saltar al agua, con gran alborozo, muchos lobos marinos, de tan
espantosa como extraña presencia, desde la concavidad que se formaba en la falda del
monte, en la cual se formaba una gran cueva, a modo de habitación labrada por las ondas,
que furiosas baten sobre la tierra, con bárbara arquitectura, donde aquellos animales
descansaban y vivían.
Francisco Manuel de Melo, Epanáfora amorosa, en Epanáforas de varia historia portuguesa,
Lisboa, 1660.
2. DESCRIPCIÓN DE UN JARDÍN
Llegan a un sitio delicioso, cuya amenidad costeó la naturaleza por sí sola. Nada encuentran
de exquisito en sus plantas; ni en su colocación, figura o magnitud aquella estudiada
proporción que emplea el arte en los plantíos hechos para la diversión de los príncipes o los
pueblos. No falta en él la cristalina hermosura del agua corriente, complemento precioso de
todo sitio agradable, pero que, bien lejos de observar en su curso las mensuradas
direcciones, despeños y resaltes con que se hacen jugar las ondas en los reales jardines,
errante camina por donde la casual obertura del terreno da paso al arroyo. Con todo, el sitio
le hechiza; no acierta a salir de él, y sus ojos se hallan más prendados de aquel natural
desaliño que todos los artificiosos primores que hacen ostentosa y grata vecindad a las
quintas de los magnates. Pues ¿qué tiene este sitio, que no halla en aquéllos? Tiene un “no
sé qué” que aquellos no tienen.
Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, VI, Discurso XII, Madrid, 1734.
3. DESCRIPCIÓN DE UN PAISAJE AMERICANO
Las dos orillas del Meschacebé ofrecen un cuadro de lo más extraordinario. En la ribera
occidental, las llanuras se suceden hasta perderse de vista; la oleada de su vegetación, al
alejarse, parece ascender hasta el azul del cielo donde se desvanece. En estas praderas sin
límites pueden verse, errando a la aventura, manadas de 3.000 o 4.000 búfalos salvajes. A
veces, un viejo bisonte surca nadando las olas y viene a recostarse entre las altas hierbas de
una de las isletas del Meschacebé. Por su testud ornada de dos medias lunas, por su barba
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ancestral y cenagosa, se le podría confundir con el dios del río que observa satisfecho la
grandeza de sus olas y la salvaje abundancia de sus orillas.
Tal es el espectáculo de la ribera occidental; pero la orilla opuesta cambia por
completo para ofrecer un admirable contraste. Flotando sobre las aguas, agrupados sobre
rocas y montañas, esparcidos en los valles, árboles de todas las formas, colores y perfumes,
se mezclan, crecen juntos, ascienden en el aire hasta alturas que fatigarían la vista. Las viñas
silvestres, las begonias, las coloquintidas, se entrelazan al pie de los árboles, escalan por sus
troncos, trepan hasta las últimas ramas, se lanzan del arce al tulipanero, del tulipanero al
arce, y forman mil grutas, mil bóvedas, mil pórticos. A veces, perdidas de árbol en árbol, las
lianas atraviesan los brazos del río sobre los que suspenden puentes de flores. Del seno de
estos macizos, la magnolia alza su cono inmóvil, coronado de enormes rosas blancas, que
dominan el bosque sin más rival que la palmera, que balancea suavemente a su costado sus
abanicos de vegetación.
Si todo es calma y silencio en las llanuras de la otra orilla, aquí, al contrario, todo es
movimiento y murmullo: picotazos contra el tronco de los robles, crujidos de los animales al
desplazarse por los bosques o al roer entre sus dientes los huesos de los frutos, el rumor de
las aguas, débiles gemidos, mugidos sordos, suaves arrullos llenan los desiertos de una
salvaje armonía. Pero cuando el viento anima estas soledades, estremece los cuerpos que
flotan, confunde todos los contornos, el blanco, el azul, el verde y el rosa, mezcla todos los
colores, y reúne todos los murmullos, emergen tales sonidos del fondo de la selva, se
ofrecen a la vista tales cosas, que sería inútil intentar describírselas a quien nunca se ha
adentrado por estos primitivos parajes de la naturaleza.
René de Chateaubriand, Atala, 1801.
4. LA NATURALEZA Y EL ARTE
Pronto será, entre los muchos pareceres, también éste mi parecer: la rigurosa imitación de la
naturaleza hasta la mínima particularidad debe ser la aspiración del arte. Pero entonces:
rigurosa y también esclava imitación de la naturaleza y ejecución ultradimensional son
propias del arte malogrado. El arte no debe en modo alguno proponerse el engaño, y
ejecuciones de tal dimensión constriñen la imaginación del espectador; la imagen sólo debe
insinuar, y, ante todo, excitar espiritualmente y entregar a la fantasía un espacio para su
libre juego, pues el cuadro no debe pretender la representación de la naturaleza, sino sólo
recordarla. La tarea del paisajista no es la fiel representación del aire, el agua, los peñascos y
los árboles, sino que es su alma, su sentimiento, lo que ha de reflejarse. Descubrir el espíritu
de la naturaleza y penetrarlo, acogerlo y transmitirlo con todo el corazón y el ánimo
entregados, es tarea de la obra de arte.
(...)
Pero, ¿qué hay que hacer y qué hay que dejar de hacer ante tanto parecer y tantas doctrinas
contradictorias? ¡Sigue la voz interior y acepta lo que te dice, y deja para los otros lo que a
ellos les parezca justo, o no atiendas a nada de todo eso, pues no todo es para todos!
Caspar David Friedrich, “La voz interior”, 1830.