INVESTIGACIÓN: LA EXPERIENCIA ESTÉTICA, EL ARTE Y LA VERDAD
1. La experiencia estética
La experiencia estética es una vivencia que trasciende lo meramente sensorial,
involucrando la percepción, la emoción y la reflexión. No se trata solo de observar una obra
de arte, sino de sentir cómo esa obra nos interpela, nos transforma y nos conecta con un
plano profundo de la existencia. Mikel Dufrenne, en su obra "Fenomenología de la
experiencia estética" (1953), plantea que la obra de arte se convierte en objeto estético
cuando despierta una percepción especial en el espectador, una percepción impregnada de
afectividad y sentido. Dufrenne sostiene que el objeto estético expresa un mundo y que su
contemplación exige una disposición particular: una apertura sensorial y emocional que
permita desvelar su verdad. Esta verdad no es científica ni lógica, sino vivencial: se
manifiesta en la experiencia subjetiva, pero compartible, del espectador sensible. Así, la
experiencia estética se convierte en una forma de conocimiento singular, que no reduce el
mundo a conceptos, sino que lo amplía a través de la intuición y la sensibilidad.
2. El arte como representación
En la tradición filosófica occidental, el arte fue comprendido durante siglos como una
forma de mímesis, es decir, de imitación de la realidad. Platón, en "La República", adopta
una postura crítica: para él, las obras de arte son imitaciones del mundo sensible, el cual ya
es una copia imperfecta del mundo de las Ideas. Por tanto, el arte es una ilusión engañosa,
una tercera copia que aleja del conocimiento verdadero. Sin embargo, Platón también
reconoce en otros diálogos, como "El Banquete" o "Timeo", que el arte inspirado por lo
divino puede elevar el alma y acercarla a la verdad.
Aristóteles, en cambio, reivindica la función cognitiva y catártica del arte. En su obra
"Poética", define la tragedia como una imitación de acciones humanas que provoca catarsis,
es decir, la purificación emocional del espectador mediante la compasión y el temor. Para
Aristóteles, el arte no es una copia literal de la realidad, sino una representación verosímil
que permite comprender el carácter, los conflictos y los destinos humanos. Así, el arte tiene
un valor pedagógico, ético y filosófico: nos permite reflexionar sobre nuestra existencia
desde un plano simbólico y emocional.
3. El arte en distintas culturas
Durante la Edad Media en Occidente, el arte estaba profundamente vinculado a la religión.
Las obras eran producidas por artesanos que trabajaban al servicio de la Iglesia y de la
espiritualidad cristiana. Las imágenes sagradas, los vitrales, los frescos y las esculturas
tenían una función didáctica: enseñar los dogmas de la fe a una población en su mayoría
analfabeta. El artista no firmaba sus obras: lo importante era el mensaje, no el ego creador.
Con el Renacimiento, surgió una nueva concepción del arte y del artista. El ser humano se
convirtió en el centro de atención, y la creatividad individual comenzó a valorarse. Artistas
como Leonardo da Vinci, Rafael y Miguel Ángel representaron la belleza ideal del cuerpo
humano, la armonía de la naturaleza y la dignidad de la razón. El arte ya no solo servía a
Dios, sino también a la exploración de la condición humana y del conocimiento científico.
En las culturas orientales, como la china y la japonesa, el arte ha estado tradicionalmente
ligado a la espiritualidad, la moral y la naturaleza. El artista es considerado un sabio, más
que un creador. La pintura, la caligrafía, la cerámica y el teatro buscan expresar la armonía
del universo y el equilibrio interior. No se pretende deslumbrar, sino sugerir, evocar,
conmover silenciosamente. La belleza se encuentra en la simplicidad, en el vacío, en la
sugerencia.
En África, el arte está indisolublemente unido a la vida cotidiana, la religión y la
comunidad. Más que objetos para contemplar, las obras africanas son parte de rituales,
danzas, ceremonias de iniciación o invocación espiritual. El artista es un mediador entre el
mundo visible y el invisible. Las máscaras, esculturas y tejidos transmiten símbolos,
saberes ancestrales y estructuras sociales. La belleza reside en la utilidad simbólica y
espiritual de las obras.
4. El amor, la belleza y la verdad
En "El Banquete" de Platón, Diotima de Mantinea enseña a Sócrates que el amor es un
impulso que nace de la carencia, del deseo de poseer lo bello que no se tiene. Este deseo
guía al alma por una escalera ascendente: desde la atracción por un cuerpo bello, pasando
por el amor a todos los cuerpos hermosos, luego al alma, a las leyes, al conocimiento, hasta
llegar finalmente a la Belleza en sí misma, eterna, perfecta e inmutable. Esta visión
filosófica establece una conexión profunda entre eros, estética y epistemología. Amar lo
bello es el primer paso hacia el conocimiento de lo verdadero.
Siglos más tarde, el poeta John Keats retoma esta intuición en su "Oda sobre una urna
griega", donde afirma que "belleza es verdad y verdad es belleza". Esta declaración sugiere
que la experiencia estética no necesita justificación racional: encierra por sí misma una
forma de verdad que toca al ser humano en lo más hondo, más allá del lenguaje o el
razonamiento.
5. La subjetividad de la belleza
El debate entre la belleza como cualidad objetiva o como percepción subjetiva es clave en
la estética moderna. Para algunos filósofos, como Mortimer Adler, existen dos tipos de
belleza: la deleitable, que depende del gusto personal y de las emociones subjetivas; y la
admirable, que posee cualidades intrínsecas, como proporción, armonía o perfección. Solo
un ojo entrenado puede reconocer esta última.
George Dickie, con su teoría institucional del arte, sostiene que una obra se convierte en
arte cuando es reconocida como tal por el "mundo del arte", es decir, por un conjunto de
expertos, críticos e instituciones. Según esta perspectiva, el juicio estético válido requiere
formación, contexto y sensibilidad cultural.
Sin embargo, el relativismo cultural nos recuerda que lo que una sociedad considera bello
puede ser indiferente o incluso ofensivo para otra. La belleza no está fijada de una vez para
siempre: es una construcción histórica, cultural y simbólica que evoluciona con el tiempo.
6. Filosofía moderna del arte
Immanuel Kant, en su "Crítica del juicio", sostiene que el juicio estético es subjetivo pero
universal. Es decir, cuando decimos que algo es bello, no lo hacemos por razones prácticas
ni por conocimiento conceptual, sino por una satisfactoria armonía entre la imaginación y el
entendimiento. Esta armonía provoca placer estético, y aunque no puede demostrarse,
esperamos que otros lo compartan.
Friedrich Schelling, en el contexto del idealismo alemán, propone que el arte es la forma
suprema de conocimiento porque unifica lo consciente y lo inconsciente, el sujeto y el
objeto. A través del arte se manifiesta el absoluto, aquello que escapa a la razón discursiva.
La intuición estética es, entonces, un modo privilegiado de acceder a lo real.
Arthur Schopenhauer lleva esta idea más lejos: sostiene que el mundo es voluntad, una
fuerza ciega que impulsa el deseo y el sufrimiento. El arte, al liberarnos momentáneamente
de esa voluntad, nos ofrece una contemplación pura, sin intereses. La música, que no
representa imágenes sino emociones puras, es el arte más elevado porque refleja
directamente la esencia del mundo.
Friedrich Nietzsche, en "El origen de la tragedia", afirma que el arte surge de la tensión
entre dos principios: Apolo (la forma, la razón) y Dionisio (el caos, la pasión). La tragedia
griega supo equilibrar ambos, permitiendo una catarsis total que afirmaba la vida en todas
sus dimensiones, incluso las más oscuras.
Martin Heidegger redefine la verdad como desocultamiento (aletheia). Para él, el arte no
solo representa, sino que revela el ser de las cosas. En su famoso ensayo sobre los zapatos
campesinos de Van Gogh, Heidegger muestra que la pintura no ilustra unos zapatos, sino
que hace aparecer el mundo de la campesina que los usa. La obra de arte abre un mundo,
manifiesta una verdad que no se deja capturar por conceptos.
7. Nuevas formas de ver el mundo: impresionismo y cubismo
El impresionismo, surgido en Francia a finales del siglo XIX, revolucionó la pintura al
abandonar la representación exacta por la captura subjetiva de la luz y del instante. Monet,
Renoir, Degas y Morisot rompieron con los convencionalismos del arte oficial, saliendo al
aire libre para pintar los efectos fugaces de la naturaleza. El ojo humano se convierte en el
centro de la experiencia pictórica, y la percepción se vuelve protagonista.
El cubismo, iniciado por Picasso y Braque, dio otro paso radical: fragmentar la realidad en
planos geométricos y mostrar diferentes perspectivas simultáneas. El cubismo cuestiona la
visión lineal, unitaria y realista del mundo, proponiendo en su lugar una realidad múltiple,
compleja y abstracta. Más que representar objetos, el cubismo invita a pensarlos desde
nuevas dimensiones.
Bibliografía
Dufrenne, M. (1953). Fenomenología de la experiencia estética.
Platón. La República, El Banquete.
Aristóteles. Poética.
Kant, I. Crítica del juicio.
Schelling, F.W.J. Sistema del idealismo trascendental.
Schopenhauer, A. El mundo como voluntad y representación.
Nietzsche, F. El origen de la tragedia.
Heidegger, M. El origen de la obra de arte.
Keats, J. Oda sobre una urna griega.
Adler, M. J. (1981). Six Great Ideas.
Dickie, G. (1974). Art and the Aesthetic.
Gombrich, E. H. (1997). La historia del arte. Editorial Debate.
Wikipedia (consultada como fuente secundaria de referencia general).
Repositorio UCA. "Arte y mimesis" (2021).
La Casa de la Ética: Artículo sobre Schelling (2022).