LECCIÓN 02: LOS EVANGELIOS SINOPTICOS Y EL
EVANGELIO DE JUAN
I. INTRODUCCIÓN
En la National Gallery of Art en Londres, tres pinturas del rey Carlos I están
colgadas juntas en un mismo marco. En la primera pintura, su cabeza está volteada
hacia la izquierda; en la segunda, su cabeza está volteada hacia la derecha; en la
tercera, está mirando de frente. Un artista llamado Van Dyck pintó estas tres
vistas, es decir, diferentes perspectivas, del rey para ayudar a otro artista que
quería hacer una estatua de piedra del rey.
El Evangelio de Juan presenta el evangelio en forma muy distinta a Mateo, Marcos
y Lucas. Los Evangelios Sinópticos hablan de muchos milagros, parábolas y
enseñanzas; sin embargo, Juan, escogió sólo siete milagros, algunas enseñanzas y
ninguna parábola. Mateo, Marcos y Lucas enfatizaron el ministerio de Cristo en
Galilea; Juan se concentra en Judea.
II. DEFINICIÓN DE SINÓPTICOS
El término “sinóptico” viene del estudioso biblista alemán, J J Griesbach, quien
fue el primero en utilizar este término (1789) para referirse a los primeros tres
libros del N.T. (Mateo, Marcos, y Lucas). “Sinóptico” se deriva de dos voces
griegas:
• (συν) → “syn” que significa: “junto”
• (οψις) → “opsis” que significa: “ver”.
Por lo tanto, la palabra “sinóptico” enseña que los tres evangelios pueden ser
“visto juntos” porque presentan un alto grado de similitud entre los tres libros, con
respecto a la estructura, el contenido y el tono de la vida y la enseñanza de
Jesucristo. Y aunque estos tres libros son similares en su contenido son diferentes
en ciertas historias y dichos que son exclusivos de cada evangelio.
Los libros de los evangelios sinópticos fueron escritos aproximadamente en un
periodo de tiempo de diez años y probablemente en el siguiente orden:
• Marcos, escrito aprox. entre los años: 60–65 d.C. → El 95% de su material
es único.
• Mateo, escrito aprox. entre los años: 63–66 d.C. → Sólo el 42% de su
material es único.
• Lucas, escrito aprox. entre los años: 61–63 d.C. → Sólo el 50% de su
material es único.
Asimismo, los Evangelios Sinópticos nos permiten aprender sobre Jesucristo
desde tres puntos de vista distintos. Los Sinópticos, juntamente con Juan, nos dan
un cuadro completo de Jesús. Mateo enfatiza que Jesús era un rey, pero Marcos
muestra que Él era un siervo perfecto. Lucas explica que Jesús era el Hijo del
Hombre, pero Juan enfatiza que Él era el Hijo de Dios.
III. PROPÓSITOS
Mateo: Jesús el Mesías
Mateo se dirigió principalmente a los judíos. Su propósito y temática eran
demostrar que Jesús es el Mesías judío. Por esto, su Evangelio comienza con el
árbol genealógico de Jesús, trazando el linaje hasta el rey David y hasta Abraham,
el primer judío. De hecho, las enseñanzas de Jesús se enfatizan más en Mateo que
en los otros Evangelios. El método principal de Mateo para presentar a Jesús como
el Mesías era citando profecías del Antiguo Testamento. Por lo cual se repite la
frase “para que se cumpliese lo que fue dicho por los profetas” (Mateo 2:23) una
y otra vez. Mateo incluye 9 referencias del Antiguo Testamento que no aparecen
en otro Evangelio.
Marcos: Jesús como siervo
La forma de escribir de Marcos es más descriptiva porque se dirigió
principalmente a los romanos, quienes no estaban familiarizados con las
costumbres judías y el idioma arameo. Por lo tanto, el Evangelio de Marcos se
concentra más en lo que Jesús hizo en lugar de lo que dijo, incluyendo más
milagros y sanidades que los otros Evangelios. El propósito de Marcos era
presentar a Cristo como siervo. A nadie en esa época le importaría saber de la
genealogía de un siervo, así que Marcos lo excluyó.
Lucas: Jesús el Salvador
Lucas era un médico griego que se dirigió principalmente a los gentiles (no
judíos). Su propósito era mostrar que Jesús es el Salvador de todos. Más que
cualquier otro Evangelio, Lucas muestra que Jesús vino para buscar y salvar a los
perdidos. Lea el cuadro del Capítulo 8, Lección 2, de este libro. El cuadro muestra
el énfasis de Lucas en la salvación.
La versión de Lucas del árbol genealógico de la familia de Jesús no se detiene con
Abraham, sino que sigue hasta Adán. Al hacer esto, Lucas asocia a Jesús tanto
con los gentiles como con los judíos. Lucas también enfatiza la actividad del
Espíritu Santo y continúa este tema en el libro de Hechos.
IV. CARACTERÍSTICAS PECULIARES
A. Mateo
Como todos los Evangelios, este escrito nos ofrece una selección de las obras y
de las enseñanzas del Maestro (Jn. 20:30, 31; 21:25), pero, bajo la guía del Espíritu
Santo, la selección obedece a un plan específico que, a su vez, depende de la
finalidad del autor.
La presentación del material en secciones
Parece ser que Mateo no se interesa tanto en seguir un orden cronológico rígido,
sino en agrupar su material en secciones con el fin de hacer resaltar ciertos grandes
rasgos de la obra y del ministerio del Señor en la época de que se trata. Así
hallamos los principios del Reino de Dios en la larga sección comúnmente
llamada el «Sermón del Monte» (caps. 5 a 7); en la sección siguiente presenta una
serie de las obras de poder del Señor, que ilustran la operación de los principios
del Reino. Los capítulos 10 y 11 se ocupan de la extensión de la proclamación del
Reino y de las variadas reacciones de los hombres a ella; muchas «parábolas del
reino» se agrupan en el capítulo 13, etcétera. De este modo distintos aspectos de
la persona, la obra y las enseñanzas del Mesías Rey se presentan en series bien
ordenadas hasta llegar a la crisis de la Confesión en Cesarea de Filipo (16:16).
Después las secciones señalan, o la preparación de los discípulos en vista del
misterio de la Cruz, o la creciente oposición de los jefes de Israel al Mesias así
revelado. La consumación, desde luego, es la obra de la cruz y el triunfo de la
resurrección, que hace posible las bendiciones universales que se entrañan en la
Gran Comisión (28:18–20).
El espacio que dedica el autor a las enseñanzas del Señor
En este sentido es fácil y aleccionador entablar una comparación entre Mateo y
Marcos, pues éste «se especializa» en las obras del Señor, como corresponde a
quien presenta a Cristo como «el Siervo de Jehová». Mateo, en cambio, abrevia
algunos milagros, pero se extiende en las enseñanzas, que se hallan muy
resumidas en Marcos. El ministerio oral que aquí hallamos incluye muchas
parábolas y gira, directa o indirectamente, alrededor del tema del Reino de Dios.
Véanse los siguientes grandes discursos: «los principios y normas del Reino»
(caps. 5–7); instrucciones a los Doce en relación con su misión (cap. 12); las
parábolas del Reino (cap. 13); enseñanza sobre la humildad y el perdón (cap. 18);
la denuncia de la hipocresía de los fariseos (cap. 23); y el discurso profético (caps.
24 y 25).
Abundantes citas del Antiguo Testamento
Además de 40 textos citados para probar que Jesús de Nazaret es el Mesías
profetizado, Mateo hace muchas referencias y alusiones al AT, sacadas de
veinticinco de los treinta y nueve libros del canon antiguo, y llegando al total de
ciento treinta. Cita indiferentemente de la «Biblia hebrea», que se utilizaba en las
sinagogas, pero que no se entendía por los judíos en general, o de la versión griega,
llamada la Alejandrina, que era leída por los judíos que hablaban griego.
B. Marcos
La sencillez del plan
Marcos presenta a Cristo como el Siervo de Dios, de modo que no le interesa
ordenar su material según un plan complicado. Basta describir de una forma
animada y gráfica las poderosas obras tal como las había oído explicar por Pedro.
Una acción se enlaza con otra, sirviendo de eslabón la palabra euthus
(inmediatamente), hasta que se llega a la culminación de todo el servicio del
Siervo, la obra de redención. Del tema dominante diremos más en otro apartado.
La rapidez de la narración
A pesar de ser hebreo, de una tribu apartada para Dios, Juan Marcos llegó a
comprender bien la mentalidad de los romanos a quienes se dirigía. Eran amantes
de la brevedad y de la expresión concisa. Lo que interesa es que se destaque
delante de sus ojos la figura de aquel que no vino para ser servido, sino para servir,
haciendo resaltar también la eficacia de su obra y la grandeza de su poder, a pesar
de desechar todo medio humano de diplomacia o de fuerza carnal.
La brevedad de las enseñanzas
Después de haber estudiado Mateo, y de haber notado las riquezas didácticas de
aquel Evangelio, podemos apreciar mejor el carácter complementario de Marcos,
quien da detalles de ciertos milagros que no se hallan ni en Mateo, ni en Lucas,
pero, por otra parte, abrevia mucho, u omite los discursos. El único largo es el
Sermón profético (cap. 13), que se parece mucho al capítulo 24 de Mateo. Desde
luego muchísimas enseñanzas se relacionan con las obras, pues es imposible
separar la «palabra hablada» y la «palabra manifestada». Hallamos también
asuntos doctrinales ampliamente presentados en 7:1–23 (contra la tradición de los
ancianos) y en 10:2–12 (sobre el matrimonio). Correspondiendo a las muchas
denuncias del Señor contra la hipocresía de los fariseos en Mateo 23, hallamos
sólo una breve advertencia contra los escribas en Marcos 12:38–40.
La limitación de las citas del Antiguo Testamento
Contra 130 citas y referencias al AT en Mateo, se hallan 63 en Marcos, y casi
todas corresponden a pasajes análogos o de Mateo o de Lucas. No es que no cita
del AT, porque la manifestación del Mesías tiene que relacionarse con la
revelación anterior, sino que no da tanta importancia a la «prueba profética» como
Mateo, puesto que escribe para gentiles, y no para judíos.
La traducción de frases arameas
El estilo gráfico, que reproduce la impresión del testigo ocular, a veces lleva a
Marcos a emplear las mismas palabras del Señor en la lengua de Palestina, el
arameo; pero en atención a sus lectores gentiles, siempre traduce las frases
inmediatamente. Recordemos el mandato que dirigió Jesús a la hija de Jairo:
«Talita cumi», «Niña, ¡levántate!» (5:41). Véase también «Efata» (7:34);
«Boanerges» (3:17); «Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?» (15:34).
Las reacciones personales frente a Jesús
Marcos no presenta a Cristo sólo por el interés histórico que rodea una gran figura,
sino con el fin de que hombres y mujeres lleguen a una decisión en cuanto a su
persona. No deja de hacernos ver las reacciones de quienes estuvieron en contacto
con él desde el principio de su ministerio, notando, por ejemplo, que la
congregación de la sinagoga «se asombró» ante las tempranas palabras y obras de
Cristo (1:27); que los escribas criticaron su declaración al paralítico: «Tus pecados
te son perdonados» (2:7); que los mismos discípulos, frente a la tranquila
autoridad que calmó la tempestad, «fueron sobrecogidos de gran temor, diciendo:
¿Quién es éste …?» (4:41); que las gentes estaban «maravilladas» después de la
curación del sordomudo (7:37), etc. En común con los demás Evangelios, Marcos
sigue lanzándonos la pregunta: «¿Quién decís vosotros que yo soy?»
La falta de una introducción biográfica
Bajo el epígrafe siguiente trataremos de la razón de omitir toda referencia al
nacimiento y la infancia de Jesús, y toda genealogía. Para su propósito basta notar
la proclamación del heraldo y pasar en seguida a la unción del Siervo para su obra.
C. Lucas
El orden
Lucas se propuso redactar una «narración ordenada» de cuanto había recogido de sus
fuentes (1:3), pero no hemos de entender necesariamente un «orden cronológico»; de
hecho, por la comparación de los Evangelios entre sí, no parece ser que Lucas se hubiese
sujetado a un concepto meramente geográfico y temporal. Hay enseñanzas que Lucas
narra en relación con la última etapa de la obra del Señor en Perea (véase «Contenido»)
que Mateo sitúa dentro del ministerio anterior en Galilea. Puede tratarse de repeticiones
o de coincidencias, pero lo más probable es que le preocupaba más presentar distintos
aspectos de la persona y la obra del Maestro, que no de establecer un rígido orden
cronológico.
El estilo
Ya hemos notado que Lucas redacta su prólogo en los elegantes períodos del griego
clásico, lo que demuestra su dominio de la lengua literaria. Lo demás de su doble obra se
escribe en griego helenístico, que era la lengua común de toda persona instruida en el
mundo grecorromano de la época. Lo maneja con gran soltura, y sabe combinar una
elegante economía de palabras con gráficas pinceladas que animan la acción e imparten
vivacidad a las narraciones. De ello se nos ofrecen hermosos ejemplares en las parábolas
del «Hijo pródigo», y del «Buen Samaritano», peculiares a Lucas.
La ternura y la fuerza dramática de los relatos
Lucas se deleita en situaciones que ponen al Salvador amante en contacto con hombres y
mujeres necesitados de su ayuda, sea en la esfera física o moral. El levantamiento del hijo
de la viuda de Naín (7:11–17) es un ejemplo sin par de la ternura y del poder del Señor
que obran para el consuelo del corazón quebrantado de una mujer, por medio de la derrota
del enemigo invencible de los hombres, la muerte. Pero Lucas saca todos los valores
humanos y divinos del incidente, haciéndonos sentir la honda emoción del momento, por
medio de frases sencillas y veraces, sin deslizarse en lo más mínimo hacia un patetismo
falso, evitando un fácil tratamiento efectista. Iguales cualidades de viveza y de sobriedad
se echan de ver en la historia de la mujer pecadora de Lucas 7:36–50, en la de Zaqueo
(19:1–10), en la del ladrón arrepentido (23:39–43), etc. La enumeración del material
propio de Lucas más abajo proveerá muchos ejemplos para la consideración del lector.
Las referencias frecuentes a las mujeres, a los niños y a los oprimidos
He aquí un rasgo que ilustra las amplias simpatías de Lucas, juntamente con su
comprensión del carácter universal de la obra del Salvador. Sólo Lucas relata
extensamente tanto el nacimiento de Juan como el de Jesús, viéndose éste desde el punto
de vista de la madre, María. Elisabet se destaca mucho en el primer capítulo, además de
María. Las dos hablan por el Espíritu Santo, y ocupan lugar prominente entre aquellos
que esperaban al Mesías. Pensamos también en Ana, quien fue conservada hasta una edad
muy avanzada para poder dar la bienvenida al Mesías. Sólo en este Evangelio
vislumbramos al «niño Jesús» en el conocido incidente de 2:41–52, y más tarde Lucas
enfoca la luz de la revelación en el grupo de mujeres fieles que acompañaban al Señor y
le servían de sus bienes (8:2, 3). No sabríamos nada de las mujeres que lamentaron sobre
Jesús en el camino a la cruz, aparte de Lucas (23:27, 28), y es el que se fija en las mujeres
galileas que recibieron tan hermoso testimonio de la realidad de la resurrección (23:55–
24:11).
Lucas adelanta muchos de los casos en que el Señor se preocupaba especialmente por los
pobres y los oprimidos, fuese por su pobreza material, fuese por la opresión del medio
ambiente religioso y social. Muestra poca simpatía por los ricos, o por quienes se
entregaban a sus intereses materiales. Véanse la «mujer pecadora» (7:37–50), con la
parábola de los «dos deudores»; la parábola del buen samaritano (10:25–37); la parábola
del rico insensato (12:13–21); los «pobres, mancos, ciegos y cojos» de la parábola de la
gran cena (14:15–24); los «publicanos y los pecadores», cuya recepción motiva las tres
parábolas del capítulo 15; la parábola del rico y Lázaro (16:19–31); la viuda oprimida
(18:1–8); la bendición de Zaqueo (19:1–10), etc. En relación con la salvación de Zaqueo
hallamos el «texto clave» del Evangelio: «El Hijo del hombre vino para buscar y salvar
lo que se había perdido» (19:10).
La nota de universalidad en el Evangelio
Tanto como los otros Evangelistas, Lucas relaciona el magno acontecimiento del
advenimiento del Señor con las promesas y esperanzas de Israel (véanse los cánticos de
María, de Zacarías, y de Simeón, 1:46–55, 67–80; 2:29–32), y no deja tampoco de
mencionar el Reino, tanto en su aspecto espiritual y presente, como en el de su
manifestación futura; pero el énfasis no recae sobre el Reino, como en el Evangelio de
Mateo, ni se acerca a la persona del Salvador desde el punto de vista de los judíos. Cristo
extiende su mano de amor, de perdón y de servicio hacia todos los individuos que acuden
a él con deseo, sumisión y fe, sin mirar su condición social, moral, religiosa o racial. Del
hombre y de la mujer, vistos como tales, se pasa no ya a la nación escogida (bien que su
existencia queda apuntada), sino a la humanidad en su totalidad, a toda la angustiada
simiente de Adán. Hemos visto que no falta el énfasis sobre la universalidad de la
predicación del Evangelio en Mateo, pero en Lucas se halla algo diferente, ya que el
sentido de la humanidad, a través del individuo, está entretejido en la misma sustancia del
relato, como elemento principalísimo y constante de la presentación del Dios-Hombre por
el evangelista.
La prominencia del tema de la humanidad y de la universalidad se echa de ver en seguida
si se compara el material peculiar a Mateo con el que es propio de Lucas. Todas las
parábolas de Mateo son «parábolas del Reino» en un sentido u otro, mientras que las más
caracterizadas de Lucas (caps. 10, 12, 15, 16) tratan de Dios y del individuo, con las
relaciones de los hombres entre sí.
La presentación de Jesús como el Hijo del Hombre
La deidad de Cristo se echa de ver siempre, pero la luz de la narración se enfoca en el
Hombre perfecto, quien manifiesta la naturaleza de Dios por medio de una vida humana,
íntimamente relacionada con la raza y sus profundas necesidades. El Santo que había de
nacer por la potencia del Espíritu Santo en María sería llamado Hijo de Dios (1:35), pero
el relato nos hace ver a la madre y subrayar sus actitudes de sumisión y de triunfo en el
curso del sublime trance del Nacimiento; por fin «dio a luz a su hijo primogénito, y le
envolvió en pañales y acostóle en un pesebre» (2:6, 7). Lucas nos habla de la circuncisión,
de la ansiedad del niño de estar en el Templo, escuchando a los doctores y haciéndoles
preguntas (2:46), pero dispuesto al mismo tiempo a volver a Nazaret con María y José,
estándoles sujeto hasta la iniciación de su ministerio público.
La genealogía (que se detalla en el momento de su bautismo y su unción) remonta hasta
«Adán, hijo de Dios», detalle que se ha de comparar con el énfasis sobre David y sobre
Abraham en la genealogía de Mateo.
Se destacan los temas del perdón y de la salvación
La importancia de estos temas se echa de ver por las consideraciones de los párrafos
anteriores, ya que el Hombre que se acerca a los necesitados y a los desvalidos, es el
«Salvador, quien es Cristo el Señor», según la declaración de los ángeles a los pastores
(2:11). La base del perdón y de la salvación no se percibe claramente aún, pues espera la
consumación de la obra de la cruz, pero se ilustran una y otra vez la gracia y la
misericordia de Dios en Cristo, que pueden fluir libremente donde la sumisión, el hambre
espiritual y la fe en los desvalidos y perdidos abren el cauce. A la mujer, antes pecadora
en la ciudad, el Señor dijo: «Perdonados son tus pecados … tu fe te ha salvado, ve en
paz» (7:47–50); el retorno de Zaqueo a la obediencia da lugar a la gran declaración tan
característica de este Evangelio: «El Hijo del Hombre vino para buscar y salvar lo que se
había perdido.» El abrazo de amor que el Padre amante da al hijo pródigo que regresa,
antes muerto y después revivido, antes perdido y después hallado, sintetiza estos
hermosos aspectos del Evangelio.
El énfasis sobre la oración
Lucas señala diez ocasiones distintas en que el Señor se dio a la oración, antes o después
de momentos críticos en su ministerio: rasgo que viene a subrayar la presentación de Jesús
como el Hombre perfecto, quien llevaba a cabo su obra en comunión ininterrumpida con
el Padre, sumiso a su voluntad en relación con el plan de la redención, que era el del Trino
Dios. Ejemplos: Cristo oró al ser bautizado (3:21); después de un día de grandes obras
sanadoras (5:15, 16); antes de elegir a los apóstoles (6:12); antes de la primera predicción
de su muerte (9:18); en la ocasión de su transfiguración (9:29); cuando los Setenta
volvieron con gozo de su misión (10:21, 22); antes de enseñar a sus discípulos a orar
(11:1); durante la angustiosa decisión del huerto de Getsemaní (22:39–46); al interceder
por sus enemigos en la cruz (23:34); y al encomendar su espíritu al Padre (23:46).
El Hijo-Siervo, que ora en la tierra, enseña también a los suyos a orar, y a perseverar en
la oración (6:28; 10:2; 11:1–13; 18:1–14, etc.), adelantando las preciosas ilustraciones del
amigo que persistió en pedir pan a pesar de la hora intempestiva (11:5–8); de la viuda
importuna (18:1–8) y de la oración falsa del fariseo en el Templo comparada con la
verdadera del publicano (18:9–14).
Las frecuentes referencias al Espíritu Santo
Hay más referencias al Espíritu Santo en este Evangelio que en los dos anteriores juntos,
que es lo que esperaríamos en un escrito cuya continuación (Los Hechos) se ha llamado
a menudo «Los Hechos del Espíritu Santo». Se dice de Zacarías, María, Elisabet y Simeón
que hablaron «llenos del Espíritu Santo». El Señor fue concebido por el Espíritu y ungido
por el Espíritu, y aun probado por el impulso del Espíritu (4:1). Todo su ministerio se
relaciona con la potencia del Espíritu (4:14, 18), y como culminación de su obra ha de
bautizar a los suyos en Espíritu Santo (3:16). En el curso de sus últimas instrucciones a
los apóstoles, el Señor les asegura que enviará sobre ellos «la promesa de su Padre»
(24:49), detalle que enlaza directamente con las enseñanzas y mandatos del prólogo de
Los Hechos (Hch. 1:4–8).
V. EVANGELIO DE JUAN
La introducción (Jn 1:1–18) es importante. Contiene el mensaje de todo el Evangelio. En
ella, Juan presenta tres temas principales de su Evangelio.
• La Persona principal es el *Verbo. El Verbo es Dios, el Creador, el Dador de Vida,
y el que fue hecho carne. Jesús es el Verbo que nos cuenta del Padre (Jn 1:18).
• Las palabras principales son vida, luz, oscuridad, testimonio, creer, y verdad.
• *La acción principal es el conflicto. Juan usó términos simples para describir batallas.
La luz y la oscuridad se oponen la una a la otra. Usó palabras comunes para mostrar un
gran conflicto espiritual. Mostró que Jesucristo es amigo de los que le reciben y caminan
en la luz. Pero Él es juez y enemigo de los que lo rechazan y se quedan en la oscuridad.
Juan hace un contraste entre el nacimiento físico y el espiritual; y entre la gracia y la ley.
Así vemos que Juan es un Evangelio de conflictos y contrastes.
La sencillez. La primera impresión que se recibe al leer algún pasaje de Juan es la de la
sencillez del vocabulario y del estilo. Ni el lector más sencillo se asusta, ya que halla
delante de sí vocablos muy conocidos, a menudo cortos, como lo son luz, vida, palabra
(o verbo), pecado, mundo, amor, saber, conocer, ver, testificar, creer, etc. Además de eso
las oraciones gramaticales son casi siempre breves, enlazándose las cláusulas con «y» o
«mas» (pero), sin las complicaciones de intrincadas cláusulas subordinadas.
La profundidad de los conceptos. Volveremos otra vez a considerar los profundos temas
de Juan, pero notamos aquí lo que es obvio a todo lector atento: que la aparente sencillez
del vocabulario y del estilo de Juan le lleva inmediatamente a profundos conceptos
relacionados con la vida y la condición del hombre, con las manifestaciones que Dios da
de sí mismo, con el desarrollo de las edades, y con el gran conflicto entre la luz y las
tinieblas. No es que Juan nos engañe por una apariencia espúrea de sencillez, sino que sus
profundas meditaciones e intuiciones, basadas siempre en la persona y las enseñanzas del
Verbo, le llevan muy directa y limpiamente a la verdad, siéndole natural—en ello se
revela el genio y el temperamento del escritor—expresarla en voces y figuras de gran
fuerza vital, comunes a la vida humana, sin necesidad de envolverla en ropaje teológico
o filosófico. El concepto del «Logos» es filosófico en otros escritos, pero aquí Juan lo
convierte en un título que expresa al Hijo encarnado como revelación del Padre, y su
sentido esencial está al alcance de todo niño en Cristo.
La influencia del arameo. El griego de la última etapa de la obra literaria de Juan es
bueno, dentro de su estilo peculiar, pero las frases cortas, colocadas en series paralelas o
antitéticas, nos recuerdan la literatura hebrea. Tenemos un ejemplo de «frases
acumuladas» en los primeros versículos del Evangelio: «En el principio era el Verbo, y
el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.» La repetición enfática del sustantivo
principal (aquí «el Verbo») es otro conocido rasgo de su estilo. Pero, a la manera de la
poesía hebrea, las cláusulas pareadas o asociadas pueden ser de contraste, o expresiones
positivas seguidas por negativas que dan el mismo sentido: «Porque no envió Dios a su
Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por medio de él»
(3:17); «vosotros sois de abajo, yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy
de este mundo» (8:23); «él confesó, y no negó» (1:20); «en la casa de mi Padre muchas
moradas hay; si no fuera así, os lo hubiera dicho» (14:2).
El lenguaje del Señor y el de Juan. Generalmente Juan está citando las palabras del
Maestro, que recuerda, ayudado por el Espíritu, o que apuntó por escrito desde el
priricipio. Otras veces el Evangelista hace sus comentarios, y a veces otros personajes
toman la palabra, como Juan el Bautista en 3:27–30. En todos los casos el estilo se reviste
de las mismas características, y en el capítulo tres, ya citado, es imposible saber con
certeza dónde terminan las palabras de Cristo a Nicodemo y dónde empiezan los
comentarios inspirados de Juan el apóstol. De igual manera suponemos que Juan el
Bautista cesa de hablar en 3:30 y que lo demás del capítulo es del apóstol, pero no hay
nada en el estilo que lo indique. Se piensa generalmente que Juan, a través de las
meditaciones de sesenta años, había asimilado el estilo del Señor y el de otros al suyo
propio; pero en tal caso cabe preguntar cómo podemos saber si reproduce o no los
verdaderos pensamientos de Cristo. Además, los conceptos son tan profundos que no
pueden ser de Juan, sino que han de ser del Verbo encarnado. Quizá haríamos mejor en
pensar que Cristo se expresaba de distintos modos según el propósito y el auditorio, y que
Juan, tan íntimamente asociado con Él, con su oído de discípulo joven tan atento a sus
palabras, adoptara como suyo este estilo especial del Maestro, formando su pensamiento
y su expresión en molde tan maravilloso. Las formas arameas de expresión abundan en
este estilo, y se disciernen claramente a pesar de que el apóstol había perfeccionado su
manejo del griego a través de su larga vida.
El lenguaje del Señor en Juan y en los sinópticos. Cualquier lector podría notar la
diferencia entre el estilo de los discursos pronunciados en Jerusalén (caps. 5, 7, 8, 10 de
este Evangelio) y aquellos que pertenecen al ministerio en Galilea, según las narraciones
de los sinópticos, como el Sermón del Monte por ejemplo. La diferencia principal se debe
a la manera en que Jesús se amolda a la forma «dialéctica» de las discusiones de los
rabinos en los atrios del Templo; es decir, las ideas se lanzaban por el Maestro, se recogían
por distintas personas en el auditorio, para recalcarse, modificarse o ampliarse luego por
el Maestro mismo. El método se prestaba a la enunciación de verdades abstractas, y a
matices que frecuentemente degeneraban en sutilezas y argucias. Los judíos se
asombraban al ver que el Señor dominaba también esta forma de comunicar sus mensajes,
ya que era peculiar a los rabinos de las escuelas de Jerusalén y preguntaron: «¿Cómo sabe
éste de letras, sin haber estudiado?» (Jn. 7:15). Desde luego, la «doctrina» que Jesús había
recibido de su Padre nunca degeneraba en argucias, pero a la mayoría de los lectores les
cuesta más seguir el pensamiento, frecuentemente interrumpido, de los discursos en los
atrios del Templo, que no el de las enseñanzas en Galilea.
Pero se han exagerado las diferencias entre el estilo de San Juan y el de los sinópticos, ya
que hay expresiones en éstos redactadas en forma típicamente juanina, como por ejemplo
Mateo [Link] «Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo
sino el Padre; ni conoce alguno al Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quisiera
revelar.» Véanse también Mateo 10:40; Lucas 9:48. La poesía aramea (hebrea) que
trasluce por el envoltorio del griego, es tan evidente en los discursos sinópticos como en
los de Juan.
La ausencia de parábolas y la riqueza del lenguaje figurado. No se halla ninguna
parábola en este Evangelio si nos atenemos a la definición que generalmente se acepta:
que una parábola es la narración real, o verosímil, con su acción propia, que ilustra una
verdad espiritual.
En cambio el Evangelio abunda en metáforas, símiles y símbolos, escogidos y empleados
tan acertadamente que constituyen uno de los medios más importantes para la revelación
de las múltiples facetas de la verdad. Algunas veces la metáfora es implícita en la palabra
y no necesita más desarrollo, como por ejemplo: «luz», «tinieblas», «tropezar»; pero en
otros casos figuras como la del «Templo» (2:19), del «nuevo renacimiento» (3:3–8), del
«pan de vida» (6:1–35 y 41–58), del «buen pastor», de la «puerta» (10:1–29), de la «vid
verdadera» (15:1–16), se desarrollan ampliamente, resaltando muchas facetas de la
alegoría.
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