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Cuento Final

La historia narra el dolor y la confusión de Inti, un niño que se siente traicionado por su hermano Domingo, quien ha cambiado drásticamente, y su madre Sabi, que lidia con su propio sufrimiento y arrepentimiento. A medida que los personajes enfrentan sus traumas y relaciones complicadas, se entrelazan recuerdos de amor y pérdida, mientras luchan con la influencia de un supay que parece apoderarse de sus vidas. La narrativa explora temas de culpa, dolor y la búsqueda de redención en un entorno cargado de emociones intensas.

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Cuento Final

La historia narra el dolor y la confusión de Inti, un niño que se siente traicionado por su hermano Domingo, quien ha cambiado drásticamente, y su madre Sabi, que lidia con su propio sufrimiento y arrepentimiento. A medida que los personajes enfrentan sus traumas y relaciones complicadas, se entrelazan recuerdos de amor y pérdida, mientras luchan con la influencia de un supay que parece apoderarse de sus vidas. La narrativa explora temas de culpa, dolor y la búsqueda de redención en un entorno cargado de emociones intensas.

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«Mamita, ¿por qué me dejas sola?

», se lamentaba la
niña a medianoche, llorando sentada y encogida en el
asiento de tronco de eucalipto junto a la puerta. La
noche era idéntica a esa otra que en esa casa pesaba
recordarla y el viento, susurrante, era un alma en
pena.
—¿Por qué me dejaste sola, Ma?
—¿Qué pasó, hija?
—Inti se volvió un extraño. Creo que se le metió el
supay.
—¿Qué te hizo?
—Tu hijo no paraba de tocar la quena. Yo, murién-
dome de sueño, le pedí que continuara mañana. Se
levantó de la cama, vino a la mía y me aplastó una al-
mohada en la cara. Por poco me asfixia.
La madre entró a la habitación. Por un instante los
latidos disparados empezaron a ahogarle.
—¿Qué te ocurre, Inti? ¿Perdiste la cabeza?
El niño, con los ojos redondos y bien abiertos, la mi-
rada fija, fuera de lo normal, se sentó al borde de la
cama. Sintió el dolor del corazón trasladarse por la
garganta y atiborrar su cabeza de recuerdos, de pala-
bras como moscas, «Salvaje», dijo el viejo Vicente re-
firiéndose al difunto que ingresó a la plaza, «Fue un
pobre infeliz», dijo otro, «Un pobre infeliz que ter-
minó siendo víctima de sí mismo y de la mujer que
tanto lo amó», añadió uno tercero. El niño, acomo-
dando el rostro, principalmente los ojos, al silencio,
resistió al llanto. Domingo representaba a aquel padre
que se le murió antes de que él tuviera la edad de re-
conocerlo. Inti avanzó hacia el féretro que colocaron
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en el cascajo frente a la puerta de la iglesia. Le llora-
ban sus familiares, y la gente, al ver que su madre aún
no llegaba, envenenó el aire de odio.
—Ni vendrá; esa mujer es alma negra —dijo alguien
de manera sentenciosa.
—No digas eso —le corrigió otro—. La pobre estará
en cama. Pukucha no tuvo piedad de ella.
En aquel lugar, el mundo era demasiado ajeno y
grande. Inti comenzó a buscar el camino a casa entre
la gente.
—Tú tienes la culpa de todo el dolor que conozco.
Siempre trataste mal a Domingo. Me acuerdo de tus
insultos que lo hacían llorar. Por tu culpa hizo lo que
hizo —gritó Inti.
***
—¡Ay! ¡Au! Mi espalda está intocable. ¡Au! Mi ca-
beza hierve. ¡No la aguanto! ¡Quema! —decía Sabi,
mientras por dentro, atravesaba un espiral de recuer-
dos y arrepentimiento.
Yani cruzó el umbral y, deteniéndose, alzó el rostro
para observar el cerco de piedras. No demoró mucho
ahí y continuó a la cocina. Sabi, agachada, no podía
sacarse de la cabeza que corrió espantada y terminó
en el suelo; pero como el mundo se encontraba en el
lugar donde estaban sus hijos, tomó como pudo la
mano de Avelino y llena de tierra, oliendo a polvo, se
levantó haciendo muecas de dolor. Las rodillas le san-
grarían acaso. Eso no era importante.
—¡Mis hijos...! ¡Hijos!
—No corras, Sabi. Te vas a caer otra vez.
—¡Quiero ver a mis hijos, Yani!
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Sus pasos resonaron sobre los peldaños de piedra.
Tocó la puerta y dijo:
—Inti, abre.

Se limpió las lágrimas que le habían corrido por la


nariz. Se limpió el ojo izquierdo y quiso continuar con
el otro, pero aquel codazo le dejó una masa de carne
que no paraba taparle más el ojo. Los niños encendie-
ron la bombilla de luz.
—Inti —se pegó más a la puerta—, abre.
—Quyllur, ¿ya encontraste la llave? —se oyó decir
al niño tras la puerta.
—¿Están bien, hijo?
—Sí, Ma.

Los niños lograron girar la llave que últimamente


estaba dura. Salieron corriendo. Uno sobre el otro,
con los brazos cortos y flacos, rodearon la cintura de
la madre.
—¿Domingo tocó la puerta?
—No, Ma...
—Entró a tu habitación, pero de allí salió rápido,
Ma.
—Ma, ¿Domingo hizo algo malo? Escuchamos una
explosión.
—No tienen de qué preocuparse. Lleven a su madre
a la cama.
—Ya, tío.
Sabi levantó la cabeza. Ya no sentía alcohol.
—Toma algo, Sabi. La necesitas —dijo Yani.

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La mujer bebió dos tragos de agua que terminó ba-
ñando su lengua, congelándola, para luego aliviar su
garganta febril y seca. Sorbió más. Los niños ocuparon
la cama de Inti. Al poco rato, mientras se hacían los
dormidos, quedaron atrapados en esa trampa y em-
pezaron a roncar. Sabi, llena de arrepentimiento, vol-
vió a agachar la cabeza, sopló y cerró los ojos. Volvían
a casa por el camino grande que se bañaba de plata y
ella, caminando atrás, decía al teléfono: «¿Dónde an-
das, querido amigo Trompo?». Luego carcajeó con la
broma que hizo el hombre de voz ronca. Dio algunos
pasos y comenzó a sentir encima los ojos fijos de
Pukucha, que comenzó a gritar:
«¡Corta!».
Sabi arqueó las cejas y le echó encima los ojos fijos
mostrando irritación mientras pensaba: «A éste le
cantaré su vida tanto que le lloverá fuego encima». El
camino se abrió más ancho y el viento del río subió
más intenso. Sabi dijo: «Duerme ya, tu mujer se va a
molestar». El fuego negro que dejó el corazón de
Pukucha carbonizado la noche que perdió a su madre
volvió a levantarse bajo su pecho e incendiando su ca-
beza empezó a salir por sus ojos. Pukucha insistió:
«Mujer sin orejas, ¡corta!». Tras escucharlo, el dolor
creció en Sabi desde las orejas hacia el corazón, aquel
sentimiento animalesco creció como un monstruo no
cíclope que despierta de ese único ojo con el que des-
cansaba, y furibundo, se puso de pie, luchando con las
sombras hirientes que llegaban del lado que le estaba
llevando la muerte. Pero la mujer logró contener

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aquel dolor en el patio del corazón y se dirigió al hom-
bre que le hablaba por teléfono: «¿Qué dijiste, amigo?
No escuché la última parte. Aquí una personita está
que fastidia». Sabi puso una sonrisa en el rostro…
«¡Au!». «Deja que el alcohol desinfecte tus heridas,
Sabi». «¡Ay!». «¡Au!». «¡Au!». «Avelino volverá
pronto. Sigamos limpiándote las heridas, amiga». Sabi
cerró el ojo sano. Las lágrimas rodaron por sus meji-
llas, cayeron y alimentaron el tormento. ¡Au!, su ca-
beza... Volvió el torbellino de imágenes… Tras esa son-
risa, Sabi estalló en risas y se dirigió a Pukucha gritán-
dole: «Hombre evolucionado de perro». Pukucha
apretó el puño, «Calla, mujer sin orejas con tres bocas.
¡Calla!», respondió a la ofensa. La mujer no pudo con-
trolar una risa de mofa. Y dijo: «Mírame, soy hermosa;
tú en cambio eres un enano feo y muerto de hambre».
«Morí y no puedo terminar de hacerlo», se lamentó
extraño Pukucha soplando el veneno de la cólera. Co-
menzó a escuchar voces que se enredaron y aquella
locura que empezó a poseerlo parecería tratarse de
un demonio policéfalo. «Lleva tus cachivaches, aya
kuru1. No vuelvas a mi casa», comenzó a gritarle Sabi,
cogiendo la ropa de la canasta, la tiró al patio. Puku-
cha, mochila en mano, tomó su camisa blanca llena de
tierra, el abrigo con basura, los calcetines agujereados
que apenas pudo encontrar, los calzones desteñidos
por el uso que terminaron casi fuera del patio. Sentía
que su corazón era un cascarón vacío cuya criatura mi-
serable que la ocupó terminó convirtiéndose en él.
Resopló para despejarse de las nubes de pena que le

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Gusano de muerto.
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llenaron el corazón. Tomó la mochila y se dirigió a la
cueva que está en la cima del Ayawaqanaq’asa.
Cuando ingresó al único lugar que tenía para pasar la
noche, arrastró el pulgar sobre la rueda del encende-
dor que traía apretado en la mano, hasta obtener
fuego y alumbrar el interior de la cueva. Encontró la
parte plana de la roca donde se sentó. «El ovillo de mi
corazón quedó atado a tu alma», pronunció Pukucha
repitiendo el verso de una canción. Frente a su rostro
en lágrimas aparecieron etéreas, la melena café, las
mejillas rosadas y los ojos de avellana de Sabi. Las ho-
ras empezaron a alargarse y el frío le llegó a los hue-
sos. Pukucha pensó en los hijos de Sabi que dejaría,
lloró; no paró de pensar en más cosas que compartía
con esa familia, lloró más. La noche se hizo un nudo,
obra del supay, hasta que, de la nada, apareció Sabi
con una linterna, que acabó terminando en el suelo,
alumbrando a cualquier parte. La mujer empezó a de-
cir: «Este corazón está que llora pensamientos —se
quitó el botón que ajustaba su cintura—, te busca y no
me deja dormir». Se bajó el pantalón hasta el muslo y
se sentó en las rodillas de Pukucha. El hombre estiró
los dedos y comenzó a trazar el rostro feroz del amor
en la espalda morena de la fémina convertida en el
cielo. El tiempo corrió como un río en cada movi-
miento que los unían. El sudor goteó, sintieron «ese
dolor caliente», lanzaron «aquel grito de embestida».
Sabi empezó a chillar, pero pronto aquellos chillidos
empezaron a mezclarse con los otros del pasado que
no podía soportar. «En mi pecho, este amor nunca es-
tuvo destinado para mí, creció solo para ti,
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soq’awarmi2». La cabeza de Pukucha era como el
puño de piedra que acababa de lanzar para dejar a
Sabi por los aires. La mujer quedó en el suelo y allí,
sobre la arena, recibió una patada en la costilla. El im-
pacto le quitó el aire.
El hombre arrastró a Sabi al punto muerto de este
mundo mientras le ordenaba: «¡Levántate!». Los re-
cuerdos no paraban de asaltar su cabeza borrascosa.
«Es el primo de mi difunto marido», explicó Sabi. El
Trompo Quispe ocupaba la mesa. «Acostumbra a visi-
tar a sus sobrinos», añadió la mujer mientras dejaba
el vaso de cerveza en un extremo de la cocina de arci-
lla roja. Los niños divididos devoraban pollo a la brasa.
Pukucha inclemente, entre el polvo que levantaba en
el camino, repetía: «Levántate y anda, ¡vámonos!». El
Trompo Quispe, mostrándole dinero entre los dedos,
consultó si Pukucha podía traer unas cuantas cerveci-
tas más. «¿Puedes traer, Domingo?», preguntó Sabi.
«Hoy es el cumpleaños de mi difunto primo», explicó
el Trompo Quispe con voz ronca, la misma voz que esa
faltal noche se escucharía mientras Sabi estaba en el
teléfono. Pukucha, por no decir no, aceptó. «Leván-
tate y camina, ¡camina!». Los niños se fueron a dormir
y, ellos, formando un triángulo ebrio, mezclaron al
alma los huaynos que nacían de la radio, mientras be-
bían. «¿Ya no irás a la mina?», preguntó Sabi. Pukucha
bebió el último sorbo de cerveza que le quedaba.
«Este instante iré a tomar algunas cosas», dijo Puku-
cha y salió. «Abrígate», le dijo Sabi. «Levántate y ca-
mina, ¡camina! Tengo que ir a terminar de morir»,

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Maligna.
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gritó el hombre al darse cuenta de que se había con-
vertido en aquel supayruna que acabó con su madre.
«Ya estoy yendo», se despidió Pukucha desde el patio
y desapareció. El tiempo quedó encerrado en la cocina
y, pensar en ello, para Pukucha significó ir cayendo en
un abismo sin fondo: el Trompo Quispe era un khu-
chiwato3. El frío recurría el piso más siniestro. Una
hora después, Sabi y el Trompo Quispe entraron en si-
lencio a la habitación. «Aschuphaka4», dijo Sabi sabo-
reándolo. «Estos dos ya se conocen», pensó Pukucha
mordiéndose los labios debajo de la cama. El Trompo
comenzó a aullar de placer. «Como un cerdo en el
lodo husmearé en ti», amenazó para terminar aden-
trándose en el incendio en cuyo corazón le esperaba
la mujer embriagada. «Calla y ven, tonto. ¡Fusílame!»,
contestó Sabi y empezó a gritar. «Chillidos de
mierda», pensó Pukucha. «¡Malditos!». El recuerdo
tocó la llaga viva de la traición y comenzó a gritar: «Yo
ya no estoy vivo, Sabi. Lo que ves es solo la cáscara de
lo que fui en vida». La mujer estaba convencida de que
morirá; pero en ese momento reconoció la roca que
se encontraba en la casa de Avelino, abrió los ojos con
fuerza tanto para mirar y gritar. Clamó:
—¡Hermano Avelino, hermana Yani, ayuda!
¡Ayuda! ¡Yani, ayuda!

«Levanta y anda, ¡vámonos! Tengo que ir a termi-


nar de morir y así convertirme en la sombra de tu con-

3
Mujeriego
4
Persona con macrofalosomía
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ciencia y luego, secándote al arrancarte ríos de lágri-
mas, te llevaré penando tras mis pasos», amenazó
Pukucha cogiéndola del mentón. «¡Ayuda! ¡Ayuda!»,
no se rendía la mujer. «Levanta», insistió el hombre.
—¿Qué te tienes en la cabeza, Pukucha? —bramó
Avelino—. ¿Qué te pasa, runamikhuq allqu5?

«¡El hombre es malo!», comenzó a llorar Pukucha


agarrándose el mechón que le colgaba por la frente.
«¡Soy malo! Escucharía gritos en el segundo piso. Algo
caería de la mesa. Su madre lanzaría un último grito.
«¡Levántate!», rugiría el supayruna. La bulla se alarga-
ría. Pukucha, el niño indefenso, permanecería escon-
dido tras el corral de piedras. Los huesos se le conge-
larían y los soportaría dolorosos. El supayruna saldría
hacia la carretera y desaparecería para siempre. «El
hombre es el camino que toma el supay para venir a
este mundo», comenzaría a murmurar esas sus cosas
extrañas que decía, las cuales él mismo nunca lograría
entenderlas. Confiaría en que el supayruna no volve-
ría a aparecerse en esa casa. Encontraría entreabierta
la puerta… y la cruzaría… y en la habitación bañada
por la luna que atravesaba la ventana sin cristales, su
esbelta madre, despeinada y desnuda, yacería en un
charco de sangre. «Esta historia acabó con mi madre,
pero no volveré a repetirla. Ni Quyllur ni Inti deben
convertirse en mí que si lo hice en aquel
supayruna…», murmuró Pukucha pasando los brazos
por las mangas del abrigo negro, «Pero Sabi me verá
entregar la suerte al supay». Se subió el cierre hasta la

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Perro antropófago.
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altura del cuello, cruzó el umbral de madera, atravesó
el patio y echando una breve mirada a la habitación
donde dormían los niños, terminó de despedirse de
aquella familia. Una vez llegado al camino, se atravesó
con Sabi y sus acompañantes.

—¡Corran! ¡Escapemos! —comenzó a gritar Ave-


lino.
—¿Qué sucede?
—Tiene dinamita —respondió Avelino—. Está pren-
diendo la mecha.

—Yo ya no estoy vivo —gritó Pukucha y comenzó a


encender la dinamita que traía bajo la correa, sobre la
ingle—. Yo ya me morí cuando era niño. Solo mis ojos,
con algo de sueños que quedaron en mí, te tomaron
para convertirte en el centro de la realidad donde lo
poco que queda de mí buscaba renacer. La realidad es
una amarga cáscara de ilusiones. Tu belleza, Sabi,
también es una cáscara, es esa maldita cáscara que
acabó con la vida de tu primer marido y luego empezó
terminar de matarme desde que presencié tu traición.
Mujer, si no aprendes a ser hermosa, esa maldita be-
lleza también terminará contigo —continuaba mur-
murando.
***
—Corrimos al advertir que tenía dinamita —dijo
Yani dirigiéndose al presidente de la comunidad que
inspeccionaba el cuerpo de Pukucha con una linterna.
—Pukucha empezó a decir cosas sin sentido, cosas
que solo dicen los locos —explicó Avelino—. Corrimos
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por nuestras vidas y cuando ya estábamos entrando al
corral, explotó la dinamita.
El presidente apagó la linterna.
—Traigan una manta para cubrirlo —ordenó.
Avelino volvió a la casa. En el silencio frío de la no-
che comenzó a oírse el río.
—Sabi, dame agüita —interrumpió el silencio supli-
cante Pukucha, su voz aun mantenía algo de fuerza—
. ¡Dame agüita!
—El pobre agoniza —dijo el presidente cubrién-
dolo—, pero no resistirá mucho… El viento puede des-
taparlo, pongan piedras en cada extremo del poncho.
—Domingo vive —dijo Sabi rompiendo a llorar.
—Pronto se irá —dijo el presidente—. Le queda una
miseria de tripas.
Avelino empezó a colocar piedras.
—Mañana bajaré a la comisaría de Curpahuasi a dar
parte de este hecho —dijo el presidente y tomó el ca-
mino de vuelta.
Bajo la luna resplandeciente, cada cierto tiempo,
Avelino tuvo que salir hasta la puerta del corral y cer-
ciorarse de que los perros no lo hayan encontrado.
La noche parecía no acabarse y en muchas de las
inspecciones que tuvo que hacer tuvo que grabarse la
voz de un hombre ya dado por muerto que repetía sus
últimos alientos de amor:
—Sabi, dame agüita, ¡agüita! —repitió Pukucha
***
En los ojos fijos del niño se sentía la presencia sal-
vaje de Domingo mezclado con el del mismo demonio
que había acosado a la mujer durante años.
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—Duerme —dijo la madre con un tono suave a
Inti—. Vamos a mi habitación, Quyllur.
El niño, perdido en el vacío, inmóvil, quedó sentado
en el borde de la cama. La madre apagó la bombilla de
luz con un gesto maternal. Cerró la puerta.
***

La casa volvió a estar en silencio. Aquel tormentoso


silencio estaba cargado de sombríos presagios. El peso
del pasado se concentró en el pecho de Sabi. Los re-
cuerdos de Domingo y su infortunio volvían a su
mente con unos colores asfixiantes. Quyllur formando
un nudo en un extremo de la cama hacía resuellos.
—Quyllur, hija, todo estará bien. Duerme —susu-
rró.
—Tengo miedo, Ma —dijo la niña.
—No temas, hija. Estoy aquí contigo. No olvides que
estoy aquí para ti —respondió Sabi.
El viento volvió a sus lamentos… Un intenso y re-
pentino golpe de aire sacudió la calamina…

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