LA MALDAD HUMANA
La maldad no es solo un tema de novelas o un recurso en los sermones; es una
realidad palpable, una sombra que acompaña la historia de la humanidad y de lo divino,
dentro de un mismo ser podemos clasificarla como maldad humana del hombre y
maldad humana espiritual del alma, a veces se presenta con un rostro humano, otras
veces, se manifiesta sin rostro alguno, la maldad humana surge de deseos mal
dirigidos, de envidias mal intencionadas, de una codicia que busca perpetuarse, del
ego que transforma al otro en un obstáculo o en un objeto, esta es la maldad que
encontramos en el día a día, disfrazada de indiferencia, de burocracia, de un legalismo
cínico, de amistades falsas, es el verdugo que sigue órdenes de otro hombre, o de
energías perturbadoras, es el funcionario que niega ayuda por seguir un protocolo, el
ciudadano que se queda callado ante la injusticia que ocurre justo frente a tus ojos, del
que sabe que existen otros tipos de maldades y las niegan o la ocultan, y la peor, la
que nace desde el corazón del humano y se apodera del alma y del espíritu,
apoderándose de todas las anteriores de manera vehemente.
La maldad humana se presenta de varias formas y estilos, unas se aprenden, se
cultivan o se heredan y se aplican en sistemas sociales donde el poder se valora más
que la verdad, donde se enseña a competir pero no a compadecer, donde el éxito
justifica la crueldad, en los espíritus humanos, donde destruir a otros es más importante
que perder la propia felicidad, este tipo de maldad es intangible, y se ejecuta desde la
sombra, se racionaliza, se hace normal, quizás por eso es la más peligrosa: porque se
oculta tras sonrisas amables, tras la amistad, tras la muestra de una espiritualidad de
bien, tras el título de buena persona, frases como “no le hago mal a nadie”, o “todo se
lo dejo a “dios”, pero no a Dios.
Pero la maldad espiritual más allá de ser sutil, profunda, dañina, es una maldad que
invade a muchos seres humanos haciéndolos olvidar su verdadera esencia, una
maldad que se esconde tras la corrupción del alma, por que quien la práctica,
indudablemente corrompe su espíritu, esa maldad busca destruir a otros, en lo
humano, en lo espiritual es un núcleo de mal de destrucción, es una voz que en silencio
susurra odio, daño, destrucción, enfermedad, angustia, tortura, llega y debilita al
hombre, a su fe, a su creencia, y en su daño espiritual, que muchas veces se convierte
en desequilibrio mental, esa maldad le dice a la persona que nada tiene sentido, que
todo es igual, que la verdad no tiene valor, que eso no existe, y ahí, ella se apodera y
domina, la maldad espiritual no se limita a lo que podemos ver, por el contrario se
infiltra en nuestros pensamiento, y nos obliga a no creer que ella existe y aunque nos
domine y nos haga daño lo negamos y lo dudamos, y a muchos reduce a ser un
despojo humano y social, desconectándolo totalmente de lo sagrado, y montando en su
mente solo confusión.
Los seres humanos debemos entender y comprender las diferencias que existen en la
maldad, cuando una es humana y la otra es espiritual, porque mientras que la maldad
humana busca razones, la espiritual se alimenta de las almas, es como un parásito del
alma, no crea ni construye, solo devora, y lo más inquietante es que a menudo se
presenta como una solución, como un orden, como una forma de libertad, como un
bien, se dice que, la maldad humana se manifiesta en las acciones, destruye cuerpos,
entes, la espiritual, que es peor en las intenciones, destruye conciencias y espíritus,
con el poder de convertir a sus victimas en sombras sin almas,
Frente a ambas, la resistencia no es solo una cuestión moral o de fe, de creencia o de
ciencia es una cuestión de seguridad, de sanación, ya que con cualquiera de las dos
que seamos atacados, debemos estar preparados para evitar que nos arrebaten la
tranquilidad emocional, espiritual y humana, hay que protegernos y mantener
encendida la chispa divina. ese fuego interior insertado por Dios, en el momento de
nuestra creación y evitar a toda costa que el odio, la mentira y la maldad, pueden
apagar, porque al final, no se trata solo de evitar el mal, también se trata de no dejar de
ser humanos, y aún más, de no dejar de ser espíritu.
Pedro Castellon Cordoba.
“La verdadera maldad no es aquella que hiere el cuerpo, sino la que envenena el alma
con mentiras que se visten de luz, porque el demonio más astuto no lleva cuernos,
sino que se presenta con palabras suaves y promesas divinas, y la maldad espiritual
no surge del instinto, sino de un pensamiento corrompido que, creyéndose superior,
justifica el daño en nombre de ideales sagrados, es la traición del alma a su propia luz”.