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Parte 1

La educación inicial es crucial para establecer hábitos de vida saludables, ya que influye en el desarrollo integral de los niños. Se destaca la importancia de la nutrición en la infancia, que afecta el aprendizaje y la salud futura, y se proponen metodologías lúdicas y colaborativas para enseñar sobre alimentación saludable. La participación activa de docentes y familias es esencial para asegurar una educación nutricional efectiva y coherente entre el hogar y la escuela.

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La educación inicial es crucial para establecer hábitos de vida saludables, ya que influye en el desarrollo integral de los niños. Se destaca la importancia de la nutrición en la infancia, que afecta el aprendizaje y la salud futura, y se proponen metodologías lúdicas y colaborativas para enseñar sobre alimentación saludable. La participación activa de docentes y familias es esencial para asegurar una educación nutricional efectiva y coherente entre el hogar y la escuela.

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UNIVERSIDAD ESTATAL DE MILAGRO

FECHA ASIGNATURA Salud y Nutrición


6 de Julio del 2025

APELLIDOS Y NOMBRES NIVEL Segundo Nivel – S

AREA DE FORMACIÓN Básica CARRERA Licenciatura En


Educación Inicial
DOCENTE Dra. ND. Mariela Lozada Meza Msc.

PARTE I: PROPUESTA

La educación inicial constituye un momento fundamental para establecer hábitos de


vida saludables, ya que durante estos primeros años se consolidan las bases del desarrollo
integral en sus dimensiones física, cognitiva, social y emocional. Según la UNESCO
(2021), esta etapa no solo actúa como antesala para la educación formal, sino que también
tiene un impacto duradero en la calidad de vida del individuo. Una buena nutrición en la
infancia temprana es crucial, ya que influye de manera directa en la capacidad de
aprendizaje, en la prevención de enfermedades, en el desarrollo del sistema nervioso y en el
bienestar emocional. La OPS (2020) destaca que los primeros cinco años son decisivos para
la maduración cerebral, y que una alimentación deficiente puede generar consecuencias
irreversibles en el desempeño escolar y la salud futura. Por esta razón, impulsar la
educación alimentaria desde la primera infancia favorece la adquisición de estilos de vida
saludables que se mantendrán en el tiempo y beneficiarán la salud en la edad adulta.

Dentro del ámbito de la educación inicial, existen características que facilitan la


incorporación de contenidos relacionados con la nutrición. Entre ellas destaca su enfoque
integral, que atiende al niño en todas sus dimensiones física, emocional, cognitiva y social
permitiendo una comprensión global del proceso alimentario. En este sentido,
Bronfenbrenner (1979) sostiene que el desarrollo infantil ocurre dentro de un sistema
ecológico compuesto por múltiples contextos interrelacionados, por lo que la nutrición debe
abordarse desde una mirada amplia e inclusiva. La participación activa del niño es
igualmente esencial, ya que, a través del juego, la exploración y la interacción con su
entorno, se logra un aprendizaje profundo y significativo. Por otro lado, la
contextualización de los contenidos permite adaptar la enseñanza nutricional a las
realidades culturales, económicas y territoriales de cada familia, promoviendo así una
educación pertinente e inclusiva. Además, el trabajo conjunto entre familias, docentes y
comunidad contribuye a construir conocimientos de manera colaborativa, fortaleciendo los
aprendizajes tanto en el aula como en el hogar (Ministerio de Educación del Ecuador,
2022).

En lo que respecta a los niveles de la educación inicial, el Nivel 1, que abarca de los
0 a los 3 años, se orienta principalmente hacia el acompañamiento familiar, promoviendo
prácticas de crianza saludables como la lactancia materna exclusiva durante los primeros
seis meses, la introducción adecuada de alimentos complementarios a partir del sexto mes y
el correcto manejo higiénico de los alimentos. Durante esta etapa, el trabajo educativo se
centra en guiar a padres y cuidadores, reconociéndolos como los primeros referentes en la
educación nutricional de los niños. En el Nivel 2, correspondiente a los 3 a 5 años, los niños
comienzan a formar parte activa del proceso de construcción de sus hábitos alimenticios.
Para ello, se utilizan estrategias lúdicas como cuentos, canciones, juegos sensoriales y
talleres de cocina, que enseñan de forma divertida y vivencial la importancia de una
alimentación equilibrada y saludable (FAO, 2021).

Entre las metodologías más eficaces para enseñar nutrición en esta etapa se
encuentran los recursos audiovisuales y digitales, como videos educativos, canciones
animadas, cuentos interactivos y aplicaciones diseñadas para enseñar sobre frutas, vegetales
y buenos hábitos alimenticios. Estas herramientas ayudan a captar la atención infantil y
favorecen la comprensión visual del contenido. Asimismo, se organizan talleres dirigidos a
padres y cuidadores en los que se tratan temas como la interpretación de etiquetas
nutricionales, la planificación de menús saludables, y la prevención de problemas
alimentarios como la desnutrición o el sobrepeso, asegurando así coherencia entre lo
aprendido en casa y en la escuela (UNICEF, 2022).
Otra estrategia relevante es la creación de huertos escolares, que permite enseñar a
los niños el origen de los alimentos, valorar la producción agrícola, establecer vínculos con
la naturaleza y fomentar el consumo de productos frescos y locales. Además, recursos
como el Plato del Buen Comer elaborado por la Secretaría de Salud de México y las GABA
(Guías Alimentarias Basadas en Alimentos) ofrecen herramientas visuales claras para
abordar conceptos como el equilibrio, la variedad y la frecuencia en la alimentación. Estas
guías no solo explican qué alimentos deben consumirse con mayor frecuencia, sino que
también promueven hábitos como beber agua en vez de bebidas azucaradas y realizar
actividad física diaria. La integración de estos temas con otras áreas curriculares, como el
arte, el lenguaje o la matemática, mediante proyectos interdisciplinarios, enriquece la
experiencia educativa. Finalmente, el rol del docente como modelo a seguir resulta
esencial, ya que su ejemplo influye directamente en las prácticas alimentarias que los niños
adoptan y reproducen.

Los contenidos nutricionales clave en esta etapa deben estar adaptados a la


comprensión y entorno del niño. El Plato del Buen Comer es una herramienta visual que
representa los grupos de alimentos necesarios para una dieta balanceada. Este se divide en
tres grandes grupos: verduras y frutas, que aportan fibra, vitaminas y minerales esenciales;
cereales y tubérculos, que constituyen la principal fuente de energía; y leguminosas y
alimentos de origen animal, que proporcionan las proteínas necesarias para el crecimiento.
Estos contenidos pueden trabajarse a través de juegos de clasificación, materiales
manipulativos y actividades donde los niños armen su propio "plato saludable" con
imágenes o alimentos reales (FAO & OPS, 2020).

Por otro lado, las GABA son recomendaciones nutricionales adaptadas a las
costumbres, productos disponibles y necesidades nutricionales de cada país. Estas enseñan
qué alimentos deben consumirse con mayor o menor frecuencia, promueven el consumo
diario de frutas y verduras, y desaconsejan el exceso de azúcares, grasas y bebidas
industrializadas. También fomentan el consumo de agua como bebida principal, la
importancia del desayuno y la práctica regular de actividad física, todos aspectos que
pueden ser trabajados pedagógicamente en educación inicial a través de rutinas, canciones
y juegos.
El rol de los actores educativos es esencial en la implementación de la educación
nutricional. Los docentes deben diseñar y facilitar actividades pedagógicas con enfoque
nutricional, así como modelar conductas saludables dentro del aula y promover la reflexión
sobre lo que los niños consumen a diario. Las escuelas deben constituirse como entornos
seguros y saludables, garantizar la disponibilidad de refrigerios nutritivos y libres de
productos ultraprocesados, y articular acciones con el Ministerio de Salud, gobiernos
locales y otras entidades públicas o privadas que trabajen en el ámbito nutricional. Las
familias, como principales responsables de la alimentación en el hogar, requieren
información clara, accesible y práctica que les permita tomar decisiones adecuadas. Su
participación activa en actividades escolares, talleres y jornadas educativas refuerza los
conocimientos adquiridos por los niños en la escuela y promueve una coherencia educativa
que es esencial para el éxito de cualquier iniciativa de salud alimentaria (UNICEF, 2023).

El rol de los actores educativos es esencial en la implementación eficaz y sostenible


de la educación nutricional en la etapa inicial, ya que cada uno de ellos contribuye desde su
ámbito de acción a la formación de hábitos saludables en los niños. Los docentes cumplen
una función central no solo como transmisores de conocimientos, sino también como
modelos a seguir. Deben diseñar y facilitar actividades pedagógicas con enfoque nutricional
integradas al currículo, utilizando recursos lúdicos, visuales y participativos que permitan a
los niños comprender la importancia de una alimentación saludable. Además, tienen la
responsabilidad de observar y acompañar las prácticas alimentarias de sus estudiantes,
fomentando el pensamiento crítico desde edades tempranas sobre lo que comen, por qué lo
comen y cómo eso impacta su salud.

Asimismo, los docentes deben fomentar el aprendizaje significativo mediante


experiencias concretas, como visitas a mercados locales, preparación de recetas saludables
en el aula, clasificación de alimentos o actividades de siembra en huertos escolares. Estas
prácticas fortalecen la autonomía de los niños y les permiten relacionar sus elecciones
alimentarias con su entorno cultural y natural. Tal como plantea Piaget (1975), el
aprendizaje en la infancia se construye desde la acción y la interacción con el medio, lo
cual refuerza la importancia de estrategias activas en educación alimentaria.
Las instituciones educativas deben consolidarse como espacios seguros y
promotores de estilos de vida saludables, donde se fomente una cultura alimentaria alineada
con los contenidos que se enseñan. Esto supone asegurar que los refrigerios ofrecidos sean
nutritivos y que se excluyan los alimentos ultraprocesados del entorno escolar. Asimismo,
es fundamental evitar la comercialización o distribución de productos con escaso valor
nutricional dentro del plantel y establecer normas internas de alimentación que estén en
consonancia con las guías nacionales, como las Guías Alimentarias Basadas en Alimentos
(GABA). A su vez, las escuelas tienen la responsabilidad de coordinar esfuerzos con
entidades como el Ministerio de Salud, gobiernos locales, organizaciones no
gubernamentales y programas comunitarios, con el fin de fortalecer su capacidad de
intervención. El establecimiento de alianzas interinstitucionales facilita el acceso a
actividades como talleres, campañas de concienciación, evaluaciones nutricionales y la
distribución de materiales educativos, contribuyendo así a una respuesta integral frente a
los desafíos alimentarios en la niñez (FAO, 2021).

De igual manera, la participación activa de las familias es fundamental, ya que son


quienes tienen la responsabilidad directa sobre la alimentación diaria de los niños. Para que
se produzca un cambio real en los hábitos alimenticios, es indispensable que padres, madres
y cuidadores cuenten con información adecuada, estén motivados y se sientan capaces de
tomar decisiones acertadas respecto a la nutrición. Para ello, se requieren estrategias de
comunicación claras, comprensibles, culturalmente pertinentes y adaptadas al nivel
educativo de cada familia. Las escuelas, en este sentido, deben facilitar la integración de los
hogares en iniciativas relacionadas con la alimentación saludable, como charlas educativas,
demostraciones de cocina, ferias alimentarias, talleres para la planificación de menús y
actividades enfocadas en preparar loncheras nutritivas.

La colaboración estrecha entre las familias y las escuelas es clave para mantener la
coherencia educativa y consolidar los aprendizajes tanto dentro como fuera del aula. Tal
como señala Bronfenbrenner (1979), el hogar y la escuela conforman elementos del
microsistema que influye directamente en el desarrollo del niño. Cuando existe una
coordinación efectiva entre ambos contextos, se potencia el desarrollo integral infantil.
Además, cuando las familias entienden la importancia de una alimentación adecuada y
reciben apoyo desde el entorno escolar, es más probable que adopten prácticas saludables
en casa, generando beneficios no solo para el niño, sino para todos los miembros del hogar.

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