FINAL ETICA SOCIAL
TEMA 1
1. La realidad nos interpela
Cada época de la historia presenta sus propios desafíos y problemáticas. Tanto en el mundo
como en Paraguay, acontecimientos como las guerras, las dictaduras o los procesos de
independencia han marcado profundamente a las sociedades. Vivimos inmersos en una
realidad que no solo delimita nuestras posibilidades, sino que también nos interpela, es
decir, nos obliga a responder conscientemente. Esta interpelación implica reconocer que la
realidad en la que estamos no nos es ajena: la recibimos como herencia, pero también
como tarea a construir, conservar o transformar.
No somos meros espectadores del entorno. Si bien no decidimos el clima o la geografía, sí
somos responsables de aspectos sociales, económicos y políticos. Leer esta “realidad viva”
es esencial para desarrollar conciencia crítica. Muchos ignoran esta responsabilidad,
viviendo con una “ceguera moral e intelectual” que les impide comprometerse con su
contexto. Pero la realidad interpela precisamente porque somos seres conscientes, capaces
de reflexionar y actuar.
También la Iglesia, como comunidad creyente, se siente profundamente interpelada.
Reconoce en la historia y en el sufrimiento humano una presencia de Dios que impulsa la
construcción del Reino. Como afirmaba el Concilio Vaticano II: los gozos y sufrimientos de la
humanidad son también los de los discípulos de Cristo.
2. Nuestra realidad paraguaya
Paraguay está marcado por una profunda injusticia social, con una estructura económica y
social dual. Mientras el 10% más rico acapara el 40% de los ingresos, el 40% más pobre
solo accede al 10%. A pesar de algunos logros tras el fin de la dictadura en 1989 —como la
Constitución de 1992 y la defensa de la democracia— el país aún enfrenta graves desafíos
para alcanzar un desarrollo humano sostenible.
Entre los temas urgentes que requieren cambios profundos se destacan:
● Estado de Derecho limitado: Aunque existen leyes, la institucionalidad es débil,
hay corrupción, impunidad y violaciones a los derechos humanos. La sociedad civil
es frágil y la clase política no responde adecuadamente a las demandas sociales.
● Modelo económico agotado: El país depende excesivamente de la exportación de
materias primas, sin diversificación productiva ni industrialización. Esto produce
desigualdad entre el campo y la ciudad, y también dentro de ellos.
● Política ambiental deficiente: La deforestación, la contaminación y el crecimiento
urbano sin planificación han afectado gravemente los recursos naturales. A pesar de
existir leyes, su cumplimiento es débil y la conciencia ambiental es escasa.
● Inequidad y fragmentación social: La pobreza afecta al 33,7% de la población, y
un 15,5% vive en pobreza extrema. La niñez, la mujer y los pueblos indígenas son
los más afectados. Hay altos índices de desempleo, baja calidad en servicios
sociales y falta de acceso a salud, educación y agua potable.
3. Los problemas sociales
3.1 ¿Qué es un problema social?
Un problema social es una situación que afecta negativamente a grupos importantes de
personas y que requiere cambios estructurales para ser superada. No basta con que un
hecho sea negativo; para ser un problema social debe:
a) Afectar colectivamente a una población (no ser solo individual).
b) Ser reconocido por la sociedad como injusto.
c) Generar movilización para transformarlo.
Según su alcance, pueden ser globales (como el cambio climático), continentales (como las
migraciones), nacionales (como la pobreza en Paraguay), o regionales/sectoriales (como el
desempleo juvenil en ciertas zonas).
3.2 Los problemas sociales no son novedad
Tendemos a idealizar el pasado, creyendo que antes todo era mejor, pero lo cierto es que
los problemas sociales han existido siempre. A veces se originan por errores o
desigualdades inevitables, y otras por maldad, egoísmo e injusticia. Detrás de cada
problema social hay personas concretas que sufren. Por eso, superarlos es un signo de
avance humano; ignorarlos, de retroceso.
3.3 Actitudes frente a los problemas sociales
Las personas adoptan diversas posturas frente a estos desafíos:
● Miedo e impotencia: Pensar que nada puede cambiar y resignarse al estado de las
cosas.
● Indiferencia y huida: No querer ver ni actuar, refugiándose en distracciones o en
una actitud pasiva.
● Individualismo oportunista: Buscar solo el beneficio personal, aprovechándose de
la corrupción o las desigualdades.
● Optimismo ingenuo y activismo superficial: Actuar sin analizar las causas de
fondo, creyendo que solo con trabajo y buena voluntad basta.
● Espiritualismo alienante: Creer que todo se resolverá rezando, sin asumir
compromiso ni responsabilidad social.
● Compromiso crítico: La actitud más madura, que implica involucrarse activamente,
analizar la realidad, proponer cambios y actuar desde la solidaridad y la conciencia
social. Este compromiso puede verse en jóvenes organizados, ONG, trabajadores
comprometidos, voluntarios y políticos honestos.
4. Latinoamérica y el Caribe según el Magisterio de la Iglesia
4.1 Visión en Puebla (1979)
En Puebla, los obispos latinoamericanos reconocieron los sufrimientos del pueblo,
especialmente de los pobres, y señalaron que estos deben ser el centro de atención de la
Iglesia.
4.2 Visión en Santo Domingo (1991)
En 1991, el Magisterio volvió a analizar la realidad del continente y enfatizó:
● Violaciones a los derechos humanos: No solo por represión, sino también por
pobreza estructural, narcotráfico, violencia de género y exclusión.
● Crisis ecológica: Por deforestación, contaminación y explotación indiscriminada de
recursos, proponiendo el desarrollo sostenible como solución.
● Problemática de la tierra: Persisten la concentración de la propiedad y el despojo
de comunidades campesinas e indígenas.
● Creciente pobreza: Millones viven en condiciones miserables. El neoliberalismo ha
empeorado esta situación al reducir el gasto social.
● Trabajo precarizado: Falta de empleo, baja protección laboral, y pérdida de
derechos de los trabajadores.
● Migraciones forzadas: Por pobreza o violencia, que generan desarraigo y
desintegración familiar.
● Deterioro democrático: Por corrupción, clientelismo y baja participación ciudadana.
● Crisis económica estructural: Aumento de la desigualdad por la dependencia
tecnológica, la inflación y la caída de inversiones.
● Falta de integración regional: Aislamiento entre países y debilidad de los lazos
entre pueblos e incluso entre Iglesias.
TEMA 2
1. Iluminación de la realidad social desde la Sagrada Escritura
1.1. En el Antiguo Testamento
1.1.1. La liberación de Egipto: arquetipo del actuar de Dios
La historia de la liberación de Israel de Egipto (Éxodo 3) es una imagen paradigmática de
cómo Dios actúa frente al sufrimiento. Él ve la opresión de su pueblo, escucha sus clamores
y desciende a liberarlo. Este hecho se convierte en el centro de la experiencia religiosa de
Israel y marca la fe en un Dios que interviene en la historia concreta para liberar a los
oprimidos. No es un dios lejano, sino uno que toma partido y actúa contra la injusticia.
1.1.2. No hay vida religiosa sin vida ética
Los profetas insisten en que el culto a Dios no tiene sentido si no va acompañado de una
vida justa. Jeremías, Isaías, Amós y otros denuncian una religiosidad vacía, desligada de la
justicia social. Por ejemplo, Isaías 58 muestra que el verdadero ayuno es liberar a los
oprimidos, alimentar al hambriento y acoger al pobre. Dios rechaza los rituales vacíos si no
están acompañados por obras de amor, justicia y solidaridad.
1.1.3. Los derechos del pobre en la predicación profética
Los profetas colocan en el centro de su predicación la defensa del pobre, la viuda, el
huérfano y el extranjero. Denuncian la avaricia, la injusticia económica, el fraude, la
explotación y el abuso del poder. La voz profética exige una redistribución justa y el respeto
por los derechos de los más vulnerables. Esta preocupación surge del recuerdo de que el
pueblo de Israel fue esclavo y oprimido, y por tanto debe actuar con justicia.
1.1.4. La justicia humana en dimensión religiosa
Para el Antiguo Testamento, la justicia no es solo una norma legal sino una relación justa
con Dios y con el prójimo. Se trata de una experiencia fraterna dentro de la Alianza. La
justicia se concreta en leyes que garantizan la paz, la equidad y la protección del débil, y se
entiende como una forma de vivir en comunión con Dios.
1.2. En la vida y enseñanza de Jesús
1.2.1. Jesús anuncia y realiza la salvación desde los pobres y la humildad
Jesús nació en pobreza y vivió entre los marginados. Desde su nacimiento en un pesebre
hasta su proclamación en la sinagoga de Nazaret (Lucas 4), su vida muestra una opción
clara por los pobres y oprimidos. Su mensaje no fue solamente espiritual, sino
profundamente social. Anuncia la liberación, la sanación y la restauración para los
excluidos, mostrando que el Reino de Dios comienza en los márgenes.
1.2.2. Valores resaltantes del proyecto de Jesús
● Amor: El mandamiento central. Amar a Dios y al prójimo es inseparable. San
Agustín afirma que el desamor ciega el alma.
● Sacralidad de la vida: La encarnación y la resurrección confirman la dignidad
sagrada de toda persona.
● Fraternidad e igualdad: Todos somos hijos de Dios y hermanos. El Evangelio
derriba barreras sociales, étnicas y de género.
● Solidaridad y servicio: Jesús se identifica con los más pequeños. Su gesto de lavar
los pies muestra el camino del discípulo: servir, no dominar.
● Riquezas como medio y sencillez de vida: Jesús enseña que no se puede servir a
Dios y al dinero. El discípulo verdadero vive con sencillez y comparte sus bienes.
1.2.3. Vivir de otra manera: figuras del Evangelio
● El Buen Samaritano (Lc 10, 25-37): Jesús enseña que el prójimo es todo aquel que
necesita ayuda. Amar implica actuar.
● El pobre Lázaro (Lc 16, 19-31): El rico, indiferente ante el sufrimiento del pobre, es
condenado. La parábola muestra que la riqueza sin compasión lleva a la perdición.
● El juicio final (Mt 25, 31-46): Cristo se identifica con los pobres. Servir a los
necesitados es servir a Dios. La salvación se juega en el amor concreto.
2. La realidad social en los escritos de los Padres de la Iglesia
2.1. Propiedad y administración de los bienes
Los Padres afirman que los bienes materiales tienen un destino común. Quien posee, lo
hace como administrador y no como dueño absoluto. San Basilio dice que guardar pan
mientras otros tienen hambre es robar. San Juan Crisóstomo critica la propiedad exclusiva y
destaca que los bienes son para todos. San Agustín insiste en que la verdadera posesión
solo se justifica si se usa con justicia.
2.2. La comunicación de bienes: la limosna
San Cipriano enseña que la limosna es una forma de imitar a Dios. Todos, incluso los
pobres, deben practicarla. Se debe dar a todo necesitado, especialmente los cristianos, de
forma continua, y preferentemente los domingos. La limosna, según los Padres, ayuda al
perdón de los pecados y es una expresión concreta del amor cristiano.
2.3. Pecados en el uso y propiedad de los bienes
Dos vicios son fuertemente condenados:
● Avaricia: Es idolatría, raíz de muchos males. San Jerónimo y San Juan Crisóstomo
la describen como una esclavitud del alma.
● Usura: Consiste en lucrar con la necesidad ajena. San Basilio la califica de
inhumana y cruel. El usurero, lejos de ayudar, agrava la miseria.
3. Textos para la reflexión
3.1. Eclesiástico 34, 18-22
Este pasaje denuncia el sacrificio y la religiosidad vacía que se basa en bienes mal habidos.
Robar al pobre o retener su salario es tan grave como derramar sangre. Dios no acepta
ofrendas que provienen de la injusticia.
3.2. Bartolomé de las Casas: ejemplo de compromiso cristiano
Este fraile dominico, tras vivir en carne propia la colonización, se convierte en defensor de
los pueblos indígenas. Su “conversión” se da al leer Eclesiástico 34, comprendiendo que no
se puede ofrecer a Dios lo que se ha obtenido oprimiendo a los pobres. Desde entonces,
dedica su vida a defender los derechos, la dignidad y la libertad de los indígenas.
3.3. Homilía en tiempo de hambre (San Basilio)
San Basilio critica la indiferencia de los ricos ante la miseria de los pobres. Denuncia el
egoísmo y la acumulación injusta, afirmando que mientras unos guardan en exceso, otros
mueren de hambre. Llama a recuperar el sentido común, el compartir y la compasión,
incluso aprendiendo de los animales que no se disputan el alimento.
TEMA 3
1. La Doctrina Social de la Iglesia (DSI): definición y origen
La DSI es una dimensión esencial de la evangelización que nace de la fe cristiana yo
busca iluminar la vida social con la luz del Evangelio. Surge como una respuesta concreta a
los desafíos de la historia, especialmente frente a los sufrimientos humanos provocados por
la injusticia. Su origen oficial se remonta a la encíclica Rerum Novarum (1891) del papa
León XIII, que se pronunció ante los conflictos sociales generados por la Revolución
Industrial, como la explotación laboral, la pobreza obrera y la injusta distribución de la
riqueza.
Esta enseñanza no es una ideología ni un sistema político, sino una propuesta ética basada
en una antropología cristiana. Tiene como objetivo transformar la realidad desde la
dignidad de la persona humana, y forma parte del anuncio integral del Evangelio.
2. Fundamentos y principios de la DSI
La DSI parte de una comprensión del ser humano desde la fe. En ese sentido, la
antropología teológica tiene un papel clave: ve a la persona como imagen de Dios, libre,
relacional y trascendente. A diferencia de otros modelos que reducen al ser humano a un
mero agente económico o social, la DSI propone una visión integral de la persona.
Sus principios permanentes, que orientan la acción y el juicio cristiano en lo social, son:
● La dignidad de la persona humana: fundamento de todos los derechos.
● El bien común: búsqueda del bienestar integral para todos.
● La solidaridad: compromiso activo con los más pobres y excluidos.
● La subsidiariedad: respeto y fortalecimiento de los niveles intermedios (familia,
comunidad, asociaciones).
Estos principios no son ideas abstractas, sino criterios éticos aplicables a toda estructura
social, económica y política.
3. Método de la DSI: ver, juzgar y actuar
La DSI utiliza un método inductivo-deductivo que parte de la realidad para transformarla a
la luz del Evangelio. Este método se expresa en tres pasos:
● Ver: Observar la realidad concreta, sus luces y sombras, especialmente el
sufrimiento de los excluidos, usando herramientas de las ciencias sociales.
● Juzgar: Iluminar esa realidad con la Palabra de Dios y la enseñanza social de la
Iglesia. Aquí entran los principios éticos de la DSI como criterio de discernimiento.
● Actuar: Asumir un compromiso personal y comunitario para cambiar las estructuras
injustas y promover la justicia, la paz y la dignidad humana.
Este enfoque evita caer en el idealismo vacío o en el activismo sin reflexión. Integra fe,
razón y acción en un proceso continuo.
4. Niveles de la DSI: teoría, historia y práctica
La DSI no es un simple conjunto de teorías, sino una enseñanza dinámica y viva. Por eso,
se expresa en tres niveles complementarios:
● Nivel teórico: Ofrece los principios fundamentales, válidos en todo tiempo y lugar.
Son la base doctrinal.
● Nivel histórico: Analiza contextos concretos de cada época. Aplica los principios a
situaciones sociales específicas, como guerras, migraciones o crisis económicas.
● Nivel práctico: Propone acciones concretas y orientaciones pastorales, adaptadas a
cada comunidad. Aquí se traduce el pensamiento en compromiso real.
Estos niveles aseguran que la DSI esté siempre conectada con la realidad y sea útil para la
acción cristiana.
5. Relación con las ciencias humanas
La DSI mantiene un diálogo constante con las ciencias humanas y sociales (como la
economía, la sociología, la ciencia política, etc.). Estas ciencias aportan conocimiento sobre
las causas y consecuencias de los problemas sociales. Sin embargo, la Iglesia no se limita
a aceptarlas sin más: las integra críticamente dentro de una visión más amplia, iluminada
por la fe.
Así, la DSI combina el rigor del análisis científico con la sabiduría espiritual. Propone una
lectura de la realidad que no solo comprende estructuras externas, sino también el sentido
profundo del sufrimiento y la esperanza de transformación.
6. DSI como parte de la evangelización
La DSI no es un apéndice de la fe cristiana, sino parte de su corazón. Evangelizar no es
solo hablar de la salvación del alma, sino también anunciar a Cristo en las realidades
sociales. Por eso, la Iglesia no puede permanecer indiferente ante la pobreza, la violencia,
la injusticia o el daño ambiental.
Pablo VI decía que “no basta con conocer la doctrina social, hay que practicarla”. Por eso,
esta enseñanza invita a los cristianos a vivir su fe transformando la historia, construyendo
una sociedad más justa y humana.
7. Compromiso transformador
La DSI es una llamada al compromiso. No se trata de una moral pasiva, sino de una fe
activa que busca transformar la realidad con criterios evangélicos. Implica denunciar las
estructuras de pecado (como la corrupción o el individualismo) y proponer caminos
alternativos, basados en la fraternidad, el servicio y la justicia.
Este compromiso se expresa de muchas formas: participación política responsable,
economía solidaria, pastoral social, defensa de los derechos humanos, ecología integral,
entre otras. Todos los cristianos están llamados a ser sal y luz en el mundo, desde sus
espacios de vida y trabajo.
TEMA 4
1. De 1891 a 1931: Nacimiento de la DSI
El punto de partida de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) fue la encíclica Rerum Novarum
(1891) de León XIII, que marcó el inicio del compromiso social formal del Magisterio. En ella
se denuncian las condiciones laborales de los obreros a raíz de la Revolución Industrial, se
defiende la propiedad privada, el salario justo y el derecho a asociarse en sindicatos.
León XIII rechaza tanto el liberalismo capitalista como el socialismo, proponiendo una
tercera vía basada en el respeto a la dignidad humana.
Durante este periodo, también se plantean los primeros debates sobre la democracia
cristiana y la confesionalidad de los sindicatos, buscando una participación activa de los
católicos en la vida pública, sin diluir su identidad religiosa.
2. De 1931 a 1939: Crisis económica y totalitarismos
El pontificado de Pío XI se desarrolla en medio de una fuerte crisis económica (la Gran
Depresión) y el ascenso de los totalitarismos. La encíclica Quadragesimo Anno (1931),
publicada al cumplirse 40 años de Rerum Novarum, critica duramente:
● La concentración de riquezas.
● El poder sin control del capital financiero.
● El abandono del Estado como regulador económico.
● El colectivismo socialista, negador de la propiedad privada.
Pío XI introduce el concepto de justicia social, y exige una reorganización solidaria de la
economía. Además, en otros documentos condena explícitamente los regímenes
totalitarios:
● Non abbiamo bisogno (1931) → condena al fascismo.
● Mit brennender Sorge (1937) → denuncia el nazismo.
● Divini Redemptoris (1937) → crítica al comunismo ateo.
3. De 1939 a 1958: Pío XII frente a la guerra y la reconstrucción
Durante la Segunda Guerra Mundial y la posguerra, Pío XII no publicó encíclicas sociales,
pero desarrolló un magisterio social disperso a través de discursos y mensajes radiales.
Sus principales aportes incluyen:
● Defensa de los derechos humanos y del derecho internacional como base para la
paz.
● Crítica al totalitarismo y propuesta de una nueva autoridad supranacional.
● Promoción de la participación activa de los laicos en la transformación del mundo.
● Afirmación de que el derecho a la propiedad está subordinado al uso común de los
bienes (La Solennitá, 1941).
Se destaca la idea de una “consagración del mundo”, es decir, de una sociedad guiada
por principios cristianos y compromiso social desde la fe.
4. De 1958 a 1978: Optimismo y renovación eclesial
Con Juan XXIII y Pablo VI, la DSI vive una etapa de apertura y modernización en sintonía
con el Concilio Vaticano II (1962-1965). Surgen grandes documentos que marcan el
optimismo ante un mundo cambiante:
● Mater et Magistra (1961): denuncia la desigualdad entre países y sectores sociales,
y llama al compromiso cristiano por la justicia.
● Pacem in Terris (1963): dirigida a “todos los hombres de buena voluntad”, defiende
los derechos humanos como base de la paz mundial.
● Populorum Progressio (1967): desarrollo integral como “nuevo nombre de la paz”,
con una mirada crítica hacia el neocolonialismo económico.
● Octogesima Adveniens (1971): propone una opción activa del laico frente a los
desafíos urbanos y sociales, y exige discernimiento frente a las ideologías.
Esta etapa refleja una DSI más internacional, centrada en la paz, el desarrollo y la
dignidad universal.
5. De 1978 a 1989: Crisis y discernimiento
Durante el pontificado de Juan Pablo II, se acentúan las tensiones sociales y eclesiales. Se
da una crisis de valores y surgen nuevos desafíos: urbanización acelerada, desempleo,
exclusión, caída de grandes ideologías.
La DSI responde con una profundización teológica:
● Laborem Exercens (1981): centra el trabajo como dimensión esencial de la
persona. Reivindica los derechos del trabajador y crítica tanto al colectivismo como
al capitalismo sin ética.
● Sollicitudo Rei Socialis (1987): denuncia las estructuras de pecado que
perpetúan el subdesarrollo. Introduce el principio de solidaridad como clave de la
acción social.
● Instrucciones sobre la Teología de la Liberación (1984 y 1986): aclaran la
compatibilidad de esta corriente con la fe católica, siempre que no derive en
ideologías contrarias al Evangelio.
● Documento de Puebla (1979): reafirma la opción preferencial por los pobres
como eje pastoral en América Latina.
6. Desde 1989 en adelante: nuevo orden mundial
La caída del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría marcan el inicio de un nuevo orden
internacional, con globalización, avances tecnológicos, y nuevos tipos de pobreza y
violencia.
La DSI, en este contexto, busca orientarse frente a estos desafíos:
● Centesimus Annus (1991, Juan Pablo II): a 100 años de Rerum Novarum, valora
los aspectos positivos del libre mercado, pero advierte sobre sus excesos. Reafirma
la necesidad de una economía al servicio de la persona y de una democracia
auténtica y ética.
Este periodo exige un compromiso renovado de los cristianos con el mundo moderno,
desde la esperanza activa, la participación política, la economía solidaria y la defensa de la
ecología y los derechos humanos.
TEMA 5
1. La dignidad de la persona humana
La dignidad humana es el principio fundamental de toda la Doctrina Social de la Iglesia.
Toda persona, por el solo hecho de ser humana, tiene un valor único e inalienable que no
depende de su condición social, edad, religión, sexo o situación económica. Esta dignidad
proviene de haber sido creados a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1,27) y de estar
llamados a una vida de comunión con Él.
La Iglesia entiende esta dignidad en dos planos:
● Ontológico-natural: el ser humano es libre, racional, capaz de amar y de
autodeterminarse.
● Ontológico-sobrenatural: redimido por Cristo, hecho hijo adoptivo de Dios y
destinatario de una vocación eterna.
Este principio exige que todas las estructuras sociales, políticas y económicas estén al
servicio de la persona, nunca por encima de ella. Atentar contra esta dignidad es atentar
contra la esencia misma de la justicia.
2. Los derechos humanos
Los derechos humanos son una manifestación concreta de la dignidad humana. No son
otorgados por el Estado, sino que derivan de la propia naturaleza de la persona. La DSI
afirma que estos derechos son:
● Naturales: preceden al derecho positivo.
● Inviolables: nadie puede legítimamente suprimirlos.
● Inalienables: no pueden renunciarse, ni siquiera voluntariamente.
● Universales: aplican a todas las personas sin excepción.
Entre los derechos más fundamentales se encuentran: el derecho a la vida, a la
alimentación, al agua, a la salud, a la educación, a la vivienda, al trabajo digno y a la libertad
religiosa. Para construir una sociedad justa, es esencial que estos derechos sean
garantizados legal, política y socialmente.
3. El bien común
El bien común es el conjunto de condiciones sociales que permiten a las personas y a los
grupos alcanzar de manera más plena y fácil su propio desarrollo. No es la simple suma de
bienes individuales, sino un bien que pertenece a todos y a cada uno.
Este principio exige:
● Que se respeten los derechos y deberes de la persona.
● Que existan condiciones sociales adecuadas (salud, seguridad, acceso al trabajo,
educación).
● La paz social, es decir, la estabilidad basada en la justicia.
Trabajar por el bien común es responsabilidad de todos, especialmente de los gobernantes.
No puede lograrse sin justicia social ni sin la participación activa de los ciudadanos.
4. La subsidiariedad
El principio de subsidiariedad afirma que una instancia superior (como el Estado) no debe
asumir las funciones que pueden cumplir los niveles inferiores (como la familia,
comunidades locales, organizaciones sociales), sino apoyarlas y fortalecerse
mutuamente.
Esto implica:
● Respetar la autonomía de las personas y comunidades.
● Evitar el paternalismo o el centralismo estatal.
● Promover la participación y la corresponsabilidad.
Este principio es esencial en una democracia participativa y en un modelo de economía
solidaria. Fortalece el tejido social y evita el asistencialismo pasivo.
5. La solidaridad
La solidaridad es el principio moral y social que nos llama a reconocernos
interdependientes. Es una virtud cristiana que se traduce en:
● Compromiso concreto con los más pobres.
● Participación activa en la transformación de estructuras injustas.
● Promoción de la justicia y la paz.
Juan Pablo II la definió como la “determinación firme y perseverante de empeñarse por el
bien común”. Es una exigencia del Evangelio y del amor al prójimo. No se trata solo de
ayudar, sino de cambiar las causas de la exclusión y caminar juntos hacia una sociedad
más justa.
6. Destino universal de los bienes
Este principio afirma que los bienes de la tierra han sido creados por Dios para todos, y
aunque la propiedad privada es legítima, debe estar orientada al servicio del bien común.
Implica:
● Uso responsable y justo de los recursos.
● Lucha contra la acumulación desmedida.
● Garantía de acceso a los bienes esenciales para vivir con dignidad.
En tiempos de desigualdad y pobreza extrema, este principio exige una distribución más
equitativa de los recursos y políticas económicas que prioricen a los sectores más
vulnerables.
7. Principios conexos: participación, justicia y caridad
● Participación: derecho y deber de todos a intervenir en las decisiones sociales,
políticas y económicas. Promueve una ciudadanía activa.
● Justicia: dar a cada uno lo que le corresponde. Incluye justicia conmutativa (entre
personas), distributiva (Estado) y social (estructuras).
● Caridad social: amor cristiano que anima todos los demás principios. No es solo
sentimiento, sino acción concreta. La caridad sin justicia es insuficiente.
RESUMEN TRABAJO GRUPAL 7
1. ¿Qué es la participación social según la Doctrina Social de la Iglesia?
La participación social es un principio fundamental de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI)
y se considera tanto un derecho como un deber inalienable de cada persona. No se trata
solo de estar presente o informado, sino de involucrarse activamente, de manera libre,
consciente y responsable en la vida de la comunidad.
Esto puede manifestarse en distintos ámbitos: político, económico, social o cultural.
Participar implica ejercer la propia dignidad humana, rechazar el individualismo pasivo y
comprometerse con el bien común, que es la meta de toda convivencia justa.
2. Importancia de la participación para una nueva convivencia humana
La participación social es clave para construir una sociedad más justa, equitativa e
inclusiva. Al fomentar el involucramiento activo de todas las personas, se fortalecen los
lazos comunitarios y se generan dinámicas de corresponsabilidad.
Una sociedad en la que todos participan realmente se convierte en un espacio donde se
respetan los derechos, se reconocen las diferencias y se busca el bienestar común. Esto
rompe con las lógicas del individualismo, del “sálvese quien pueda”, y abre paso a una
convivencia basada en la solidaridad, el respeto y la dignidad de todos.
3. Diferencias entre participar y sumarse sin compromiso
La verdadera participación se distingue por su actitud activa, informada y continua.
Participar es asumir responsabilidades, estar dispuesto a actuar, a aprender, a sostener el
compromiso en el tiempo y a buscar transformaciones concretas para el bien común.
En cambio, sumarse sin compromiso es hacerlo por moda, presión social o conveniencia,
sin asumir ninguna responsabilidad ni generar impacto. Esta actitud pasiva y superficial no
transforma nada ni construye comunidad; por el contrario, reproduce la indiferencia y la
desconexión social.
4. Cómo contribuir desde el rol personal
Cada persona, desde su realidad cotidiana, tiene algo que aportar. Ya sea como estudiante,
trabajador, padre/madre, vecino o ciudadano, es posible participar activamente promoviendo
valores de justicia, respeto y solidaridad.
Algunas formas concretas incluyen:
● Participar en organizaciones comunitarias.
● Informarse y dialogar con otros sobre temas sociales relevantes.
● Promover iniciativas solidarias en el entorno cercano (escuela, barrio, iglesia).
● Ejercer la ciudadanía de forma consciente (votar, opinar, fiscalizar).
● Apoyar causas sociales con tiempo, recursos o talentos.
Toda contribución —aunque parezca pequeña— fortalece el tejido social y hace visible que
todos somos parte de la solución.
5. Plan de acción personal: Participación en una causa
Causa: Promoción de la salud mental en jóvenes
Objetivo:
Concientizar sobre la importancia del cuidado emocional en adolescentes y jóvenes,
contribuyendo a la prevención del suicidio y combatiendo el estigma en torno a la salud
mental.
Acciones concretas:
● Colaborar en talleres o charlas educativas sobre salud mental en centros
comunitarios o colegios.
● Participar como voluntaria en una organización que brinde apoyo emocional o
psicológico.
● Crear y compartir contenido en redes sociales sobre autocuidado emocional,
empatía, vínculos sanos y prevención.
● Escuchar de forma activa y orientar a compañeros o conocidos que necesiten ayuda,
promoviendo espacios de diálogo respetuoso y seguro.
● Comprometerse a destinar al menos tres horas semanales durante dos meses,
con una actitud de servicio, empatía y aprendizaje constante.