El Padre Miguel nació en Pastrana, Guadalajara, España en 1960.
Se educó en un convento fundado por Santa Teresa de Jesús, llevado por los
misioneros Franciscanos, donde su tío abuelo, el Beato Ángel Ranera, también se había educado.
Sus padres, Don Fernando y su madre Doña Asunción, vinieron a Perú como misioneros y estuvieron 4 años, después regresaron
a España y preocupados por la pobreza que había en la parroquia, deciden ayudar a la misión del Perú y promocionan la
artesanía peruana en España, para recaudar fondos y enviar ayuda económica al Perú.
A los 14 años emigró con su familia a Alcalá de Henares (Madrid), donde descubrió su vocación tras dos años de formación y
apostolado en el oratorio del “hospital de Antezana”, donde San Ignacio de Loyola había vivido y desarrollado su caridad. A los 17
años ingresó y se formó en una comunidad religiosa; al terminar sus estudios eclesiásticos vino al Perú en 1982 y recibió el Orden
Sacerdotal
Bueno, siempre las cosas nacen de manera, digámoslo, providencial, inesperada, porque Dios suele hablar a través de las
circunstancias. Entonces, yo llego a Perú en el año 1982, 83, porque llegué primero en el 82 y luego a finales del 83, volví a
España y volví a ir. Cuando Perú estaba en una situación muy crítica, había una inmensa pobreza, no os lo podéis imaginar, los
que habéis nacido ya en el siglo XXI, incluso el padre Pedro no llegó a conocer, porque en los años en los que él nació, Perú
estaba en una situación de extrema pobreza. Había hambruna, había violencia terrorista, el Estado había perdido el control de
muchos de los territorios del país, no había trabajo, había una hiperinflación que hacía que lo que la gente ganase no llegara.
Había también epidemias. Es decir, prácticamente como si las siete plagas de Egipto hubieran venido sobre el Perú. Y la gente
sufría mucho. Vivía una situación de desesperanza. Los hombres, lo que ganaban no les llegaba para mantener a sus familias,
apenas les llegaba para comer ellos y movilizarse y poco más. Las mujeres, como sus maridos no traían dinero estaban
desesperadas y les echaban en cara que por qué no conseguían para mantener la familia y entonces había muchas discusiones.
Eso generaba que los hombres se refugiasen en el alcohol. Los chicos, pues prácticamente estaban en una situación de
desamparo y abandono, porque como en las casas había tanta carencia y las casas eran tan humildes, porque las casas no son
como son ahora. Eran unas chocitas de esteras, de tablas, con un techo de plástico, con un suelo de tierra. Entonces, no daba
gusto estar en la casa y los chicos estaban fuera y totalmente desatendidos. Y el sistema educativo, el Estado no tenía los
recursos que tiene ahora y simplemente daba una educación bastante limitada. En ese contexto de tanto sufrimiento, yo llego
como sacerdote, como misionero, y aquello me afectó mucho, me chocaba, porque cuando tú vives en una situación de tanta
tensión, esa tensión se te traspasa y no se puede vivir tranquilo y en paz.
Porque yo recuerdo que en este momento vivía yo en Gambeta. El único vehículo que había en el barrio era el mío, era un carro
que me habían regalado ya de tercera mano, una combi de esas, de las Volkswagen combi antiguas, que ya era de tercera mano.
Es decir, era un carro ya muy, muy, muy mal gastado, pero era el único y por lo tanto, en las noches pues me llamaban y yo vivía
solo, cuando todavía no era parroquia siquiera, era una capilla en formación. Y vivía yo allí solo, con algún muchacho del barrio
que me apoyaba un poquito como en portería. Entonces, todas las noches tenía que ir al hospital una vez o dos veces, pues a
llevar a una mujer que iba a dar a luz o que ella estaba teniendo un parto o un aborto de riesgo para su vida, o alguien que le
habían clavado pues un verdurillo. Siempre eran situaciones de personas que, si no la llevabas al hospital a emergencias, se
morían. Y así tenía que estar todas las noches, una vez, otra vez, de modo que ni siquiera en las noches podía prácticamente
dormir. Y de día, la gente venía en unas situaciones angustiosas a pedirme ayuda para superar una situación que era de vida o
muerte. Claro, frente a esa situación, a mí se me plantearon tres posibilidades:
La primera era decir yo no puedo, esto es demasiado complejo, demasiado peligroso, demasiado grande, demasiado difícil. Yo no
puedo hacer nada frente a esto, así es que mejor me vuelvo a mi tierra, me voy y recupero la tranquilidad que no podía vivir en
aquel momento.
La segunda opción que podría haber tomado y que se me pasó por la cabeza, era pues mira, yo a lo mío, ¿qué es? A celebrar la
misa y a dar los sacramentos y como lo demás no es mi tarea y no puedo enfrentarme con tanto sufrimiento y tanto problema,
pues endurezco mi corazón, cierro mis ojos, no veo, no oigo, no siento, yo a lo mío, ya está, me vuelvo una piedra y mi corazón se
vuelve de piedra y yo hacer mi tarea y lo demás, pues que se hunda el mundo, porque no puedo yo salvar ni enfrentarme con esto.
Esa es la segunda opción que podría tener.
Y la tercera es decir, pues bueno, haré lo que pueda, empezaré a involucrarme. No tengo mucho, no sé mucho, pero con lo que
tengo, adelante y con lo que pueda hacer, empecemos. Como cuando el Señor... Porque ese evangelio a mí me hizo comprender
… cuando la gente había ido a escuchar a Jesús, Jesús había estado todo el día hablándoles y resulta que ya, como habían salido
muy temprano en la madrugada, no habían desayunado, no habían comido, ya era la hora después de media tarde, y la gente
empezó a sentir hambre en el desierto y sed y empezaban a desfallecer.
Y los apóstoles le dijeron a Jesús Señor, Señor, corta. Dile a la gente que se vaya a sus casas, que coma y mañana que vuelva y
le sigues hablando. Pero si continúas, aquí van a ocurrir desgracias. La gente va a desfallecer. Dile que vayan a su casa, que
coman y que vuelvan. Y Jesús les dijo a sus apóstoles: No, dadles vosotros de comer.
Entonces, los apóstoles le dijeron, pero Señor, ¿qué nos dices? Aquí hay 5000 hombres y 5000 mujeres y por lo menos otros 5000
niños, es una multitud de 15 000 personas. ¿De dónde vamos a sacar nosotros pan para tanta gente? Aunque tuviéramos dinero
que no lo tenemos para poder, ¿de dónde se puede sacar pan para tanta gente? Nos estás pidiendo algo imposible. Pero el Señor
les dijo, mira, decirles a la gente que se sienten en grupos de 50 que van a comer y otros, iros a buscar lo que hay por ahí.
Entonces, cuando Jesús les dio este mandato, los apóstoles dijeron, se ha vuelto loco, se va a meter en un problema y nos va a
meter en un problema, porque si la gente espera comer, ¿de dónde vamos a sacarnos nosotros para darles de comer?
Esto es imposible. Entonces, vamos a levantar una expectativa que no se va a poder cumplir, iba a haber un lío. Pero como el
Señor insistió, cada cual se fue a lo suyo. Unos a decirle a la gente que se sienten en grupos de 50 que van a comer y otros a
buscar lo que hubiera para comer. Y ya la gente se ha sentado allá en el campo, en la tierra, en la hierba. Y vuelven los apóstoles,
los que habían ido a buscar a este señor, que solo hemos encontrado un muchacho que tenía cinco panes y dos peces. ¿Pero qué
es esto para tanta gente? Y Jesús pues oró al Padre. Le pidió a Dios que no dejase a toda aquella muchedumbre sin comer. Y
después de haber hecho su oración, empezó a partir y a repartir, a partir y a repartir, a partir y a repartir. Y se produjo el milagro.
De modo, que la gente empezó a comer y comieron todos, hasta saciarse y todavía hubo sobras. Entonces, ese evangelio es el
que de alguna manera me inspiró a mí, a esto que ahora llamamos Coprodeli. Si la gente sufre y la gente tiene hambre y hay tanta
necesidades, pero ¿qué soy yo? ¿qué puedo hacer yo?
Mira, yo sentí que el Señor me decía, tú ponte, primero, dadles vosotros de comer. Tú empieza. Tú empieza con lo que tengas,
con lo que haya. Tú reza y pide a la gente que rece contigo y poneros a trabajar. Y entonces, poco a poco ya verás cómo habrá,
llegará y sobrará. Entonces, ese evangelio me inspiró. ¿Y yo qué hice? Pues a ver, ¿esto qué ocurre? Llamé a unas cuantas
señoras y les dije, oye, me ayudan, vamos a ayudar a la gente en lo que podamos.
Entonces, hubo dos tipos de personas, unas que les pedí que me ayudasen como asistentes sociales, como voluntarias para el
trabajo con enfermos y con las personas particulares, y otras que les pedí que me ayudasen a empezar un comedor. Y yo no tenía
estaba solo como sacerdote y simplemente tenía eso, la gente del barrio. Entonces, llamé a una de ellas, la que dirigía un grupito y
le dije mira, vamos a formar un comedor y nos vamos a ir a comprar unas ollas y una cocina. Y nos fuimos al mercado central del
Callao y resulta que, yo que creía, como era muy joven, todavía no sabía lo que vale el dinero porque no había tenido
responsabilidad en la vida.
Entonces, creyendo que tenía algo de dinero, me voy a comprar. Y las ollas esas, que eran récord gruesas, que es lo que las
señoras me pidieron que compráramos, eran carísimas. Y además, como era época de hiperinflación, todo se había puesto
carísimo. Entonces eran carísimas, y una cocina, pues no te digo; total, que creyendo yo que tenía algo de dinero, solo me llegó
para comprar una cocina, una olla. Y compramos solo una olla que ni siquiera era una olla récord gruesa, sino una olla bien
delgadita, la más delgada porque era la más barata. Y vuelvo de nuevo a lo que era entonces, no era parroquia todavía, era una
capilla del Rosario y llamo a las señoras y les digo, pues a ver, les conté, tenía una ilusión, un sueño, pero se me hace muy difícil
porque solo hemos podido comprar esta olla delgadita y no había para cocina. Y entonces una, me dice Padre no se preocupe, se
coge una bombona de gas, se le sueldan tres patitas, se le suelda un soplador de esos y se le pone una boquilla y se convierte la
bombona en un primus, Y eso funciona, funciona.
Y le digo a las demás señoras, ¿se puede hacer eso con una bombona de gas? ¿Se puede hacer eso? Sí, sí, me dijeron todas.
Bueno, pues entonces tenía una bombona de gas, así es que cojo la bombona de gas y me voy ahí donde está el Obelisco chico,
a una empresa que se llama IGSA, y les digo, miren, tengo esta bombona y ustedes se dedican a hacer cosas de bombonas y de
gas. Y me han dicho que si le pongo una boquilla y un inflador de aire, esto se convierte en un primus, es posible. Y me dijo el
señor, Sí, y no es peligroso, me dijo, No, y usted me lo podría hacer. Traigame la boquilla y se lo hago. Así es que me fui al
Mercado Central, compré una boquilla de esas grandazas y el inflador y se lo llevé, y a los dos o tres días me lo tenía soldado, ya
tenía cocina. Así es que fijaos que lo de los cinco panes y dos peces, el milagro empezaba a darse. Así es que yo que no tenía
nada, pues ya tengo una olla y una cocina hecha a partir de una bombona de gas que se convirtió en un primus.
Y empezamos a preparar quáker con leche para los niños y mandábamos a un panadero a hacer pan, de modo que
empezábamos tres rondas al día, desayuno, almuerzo y lonche, durante todo el día. Empezaban a las cuatro de la mañana hasta
las diez de la noche y no paraben, con la única olla que había de fabricar quáker con leche, que era lo único que nos daban
aquella época Cáritas, y la harina la entregaba yo a los panaderos y me daban pan. Entonces, le dábamos a los niños un vaso de
quáker y un pan. Y así pasaban cientos y cientos de niños durante todo el día. Ya está. Ya hemos empezado a hacer algo. Así es
que hemos empezado ya; y por otro lado, con las otras, las asistentas, empezamos a atender a ancianitos que estaban
abandonados y con escaras, a limpiarlos, a cuidarlos. A mujeres que estaban en una situación de depresión muy grande para
animarlas y entonces sacarlas un poco de su depresión y sufrimiento. Empezamos a ayudar también a niños que estaban como
niños de la calle y teníamos cómo atenderlos a y darles, aunque fuese aquel quáker con leche. Empezamos a dar el ropa a las
personas más pobres porque había una ropería y pues entregábamos.
Bueno, empezamos a hacer una ayuda social y un comedorcito. Luego abrimos una guardería para coger a los niñitos y hice un
proyectito después y abrimos un taller de costura para que algunas mujeres pudieran empezar a fabricar y a ganarse algo de
dinero con la fabricación de todo. Entonces, ya ves que empieza, y todavía no era parroquia, aquello todavía era la capilla que a
mí me habían encomendado, que luego pasó a ser una viceparroquia y luego al final ya se constituyó como parroquia.
Así empezó Coprodeli, simplemente había problemas, muchos problemas, hambre, mucho hambre. Y podíamos o no
preocuparnos, no involucrarnos, no hacer nada porque no se puede hacer nada o hacer lo que se pueda. Entonces optamos por
eso. Tú empieza. Luego resulta que, como lo hacíamos de alguna manera bien hecho, entonces en Cáritas se empezaron a
darnos más alimentos y empezamos ya a atender a muchas más personas. Después ocurrió que como era la época del
senderismo, de sendero luminoso y todo eso, pues yo había tenido relación con la embajada de Italia, que nos pidieron que
gestionásemos un proyecto que la embajada había financiado por la zona norte de Lima, y como empecé a gestionar aquel
proyectito, pues ya confiaron en Coprodeli, en mí.
Y entonces me prepararon un almuerzo con el embajador. El embajador de Italia preparó un almuerzo con el embajador de la
Unión Europea, y allí en su casa, en el jardín, en la mesa estábamos los tres, y el embajador de Italia le dijo: Unión Europea, aquí
está el Padre Ranera; Padre Ranera, aquí está la Unión Europea. Mi función es presentarles y pida lo que necesite, padre. Y yo le
dije, pues necesito alimentos. Y entonces empezaron a donarnos alimentos en gran cantidad. De modo que llegamos ya, estoy
pasando muy rápido, pero fijaos que empezamos simplemente con una ollita y una cocinita y llegamos a dar durante cinco o seis
años, 65 000 mil raciones de comida al día y fabricábamos 182 000 panes diarios. Teníamos una panadería propia, que es donde
está ahora Santo Domingo, ahí donde está el comedor y donde ahora está la capillita, ahí era la panadería. Y entonces los chicos
de la parroquia, entre ellos Mario Morán, por ejemplo, era uno de los de los que ahí colaboraban, había 15 o 20 chicos que en tres
turnos de ocho horas, las 24 horas al día, ellos estaban amasando pan y fabricando pan, y conseguían fabricar unos 35 000 panes
diarios.
Pero fijaos el milagro. Jesús hizo un milagro porque él era era el Hijo de Dios y tenía poder de hacer milagros y alimentó una vez,
a 15 000 personas. Y Jesús nos dio esta promesa. Si tenéis fe, las obras que yo he hecho las haréis vosotros y mayores. Eso nos
dijo el Señor. Si tuviérais fe como un grano mostaza, las obras que yo he hecho las haréis y mayores. Bueno, pues yo digo, pues
creo en esa palabra y se cumplió, porque Jesús dio de comer a 15 000 personas un día y yo he dado de comer a 65 000
personas, cinco años. Luego el milagro se produjo. Y los milagros son así. Tú haz lo que puedas, pide lo que no puedas y el Señor
te dará para que puedas. Esta es la fórmula de San Agustín. Empieza haciendo lo que puedas, porque si solamente dices, ya
mira, ocurre tal problema, diosito arréglalo tú. ¿Y tú qué haces? Si yo te he dado a ti las manos, ponte a trabajar. Y te he dado los
pies, muévete. Y te he dado la cabeza, piensa y te he dado la boca, habla y convence.
Tú haz lo que puedas. Y cuando tú hayas hecho lo que puedas, entonces pide lo que no puedas y yo actuaré y ya te arreglaré
donde tú no llegues. Esto es la teología de la gracia correcta. No se trata de decir que Dios lo haga todo y yo no hago nada. No,
no, no. Tú haz lo que puedas, ponte a trabajar, que te he dado unas manos y te he dado unos pies y te he dado una cabeza y te
he dado una boca. Tú haz lo que puedas. Y además, pide lo que no puedas. Y ya verás como el Señor te concederá el don.
Bueno pues, eso es en lo que yo creí. Por eso yo empecé a convocar a mucha gente, muchas mujeres. Y como haces tú, Pedro,
en la mañana, desde las siete de la mañana a las nueve, exponíamos el Santísimo y orábamos. Y después a trabajar. Y a los
jóvenes también venían o en la mañana a orar un poco o en la tarde. Después venían a misa y rezaban su rosario y luego tenían
sus reuniones en su grupo. De modo que todos los que colaboraban conmigo tenían que venir o a rezar en la mañana laudes y
oraciones del Santísimo o a misa y rosario por la tarde, o las dos cosas, que es lo mejor. Entonces todo el mundo se puso a rezar,
pero todo el mundo se puso a trabajar.
Y los jóvenes de una manera, fijaos estos chicos que hacían panes. Había cerca de 20 o 30 chicos que en turnos de seis o siete
cada uno durante ocho horas y fabricaban 35 000 anes al día, porque era época de hambruna y había que ayudar a la gente.
Antes las mujeres hacían cachanga y las freían y tal. Cuando yo fui a Sarita Colonia, me pusieron de apodo el padre Cachanga,
porque había ocurrido una... Sí, sí, eso los mayores se acuerdan. Ha habido dos inundaciones en el allá. Una vez el río se salió
hacia la parte de Gambeta y Castilla, hacia la derecha. Y esa es la del año 90 y tantos que conocemos. Pero dos o tres años antes
se salió para el lado izquierdo e inundó. Cogió el piquito de Villa Mercedes, cogió la mitad de Sarita Colonia e inundó luego todo
Acapulco. Aún no existía Tiwinza. Lo inundó todo. En la parte baja de Acapulco, el agua llegó a alcanzar dos metros de altura y el
agua llegaba hasta la altura donde está el colegio, donde está la parroquia, hasta ahí, hasta la parroquia llegaba el agua y cortaba
porque venía el agua rompiendo desde la zona de Gambeta, donde rompió y caía, chocaba contra el muro de la base naval y ya
giraba y inundaba un poquito Villa Mercedes, un poquito de Juan Pablo y más de la mitad de Sarita Colonia en diagonal hacia la
capilla donde está tu parroquia ahora, Pedro, pues es una totalmente inundada.
Bueno, entonces, cuando ocurrió eso, como nosotros, yo era el párroco del otro lado, entonces Monseñor Durand, bueno, fuimos a
ayudar a este lado. Y cuando después, ahí es donde yo aprendí a organizar el sistema de ollas comunes. Y al principio, antes de
hacer las ollas comunes, toda la gente de Gambeta estaba haciendo cachangas en la arena, en la harina, perdón, las amasaba,
las echaba en aceite y yo en sacos y en la camioneta esta que tenía tan viejita la combi, iba y hacía varios viajes, todo el día
haciendo viajes y repartiendo cachanga a la gente. Entonces ya los chicos malos, estos de por ahí del fango y todo. Padre
Cachanga, Padre Cachanga. Bueno, entonces ya monseñor me dice oye, Miguel, si ya has entrado al otro barrio, te voy a hacer
párroco de aquel barrio. Y entonces fue cuando, además de ser párroco del Rosario en Gambeta, un señor me pidió que fuese
párroco de San Agustín. Y así nació la parroquia San Agustín y así fui yo párroco de San Agustín. Que fue fruto de la inundación
de Sarita Colonia, que fuimos a hacer esa obra social con la gente de Gambetta.
Y fuimos llevando primero el pan material y luego terminamos llevando el pan espiritual. Pero la primera vez que nos acercamos
ahí fue para llevar el pan material en medio de la inundación que se produjo en Sarita. Que fue la primera de las dos inundaciones
que ha tenido el Callao.
Bueno, veis, hay muchas circunstancias que van ocurriendo y a través de ellas, Dios te va moviendo, te va hablando y va haciendo
que vayan haciendo las cosas. Pues así nació Coprodeli, fruto de las circunstancias. Había un problema y había que resolverlo.
Pues venga, vamos a resolverlo. Y luego hay una inundación y hay que resolverla. Pues vamos a resolverla. Y termino siendo
párroco de ese barrio al que había ido ayudar. Entonces, así es. Dios normalmente en la Biblia, siempre habla en sueños, habla
por medio de un ángel, habla a través de la nube o del trueno. Son formas de hablar, porque Dios no te va a hablar como estamos
hablando nosotros. Dios es otra cosa. Entonces, Dios usa un lenguaje a través de las circunstancias y que nosotros en el corazón
lo tenemos que saber interpretar.
Entonces, cuando un corazón sensible ve la circunstancia, ve las cosas, ahí oye la voz de Dios y responde. Y así es como Dios
habló antiguamente a los patriarcas y a los profetas. No es que les hablaba directamente, eso es facilito. Si Dios se te presenta,
este soy yo, Dios, y te digo que hagas esto, pues quién no lo va a entender. Sí, pero es que no es así de fácil. Lo que ocurren son
circunstancias. Y frente a esas circunstancias, eso te cuestiona, te interpela. Y tú tienes que saber ahí, entender que eso es la voz
de Dios y responder a eso. Entonces, Dios habla en el corazón y de esa manera es como oímos la voz de Dios. Y así es como fue
apareciendo la voz de Dios para que naciera Coprodeli. No sé si respondí.