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Lorenz

El documento aborda la responsabilidad de los docentes en un contexto de cambios generacionales impulsados por jóvenes y adolescentes en Argentina. Se destaca la necesidad de incluir estas demandas en la enseñanza, enfatizando la importancia de transmitir la capacidad de discernir en un mundo donde la información circula rápidamente. A pesar de los desafíos, se concluye que las luchas juveniles reflejan una vitalidad política y una conciencia de cambio revolucionario entre las nuevas generaciones.
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El documento aborda la responsabilidad de los docentes en un contexto de cambios generacionales impulsados por jóvenes y adolescentes en Argentina. Se destaca la necesidad de incluir estas demandas en la enseñanza, enfatizando la importancia de transmitir la capacidad de discernir en un mundo donde la información circula rápidamente. A pesar de los desafíos, se concluye que las luchas juveniles reflejan una vitalidad política y una conciencia de cambio revolucionario entre las nuevas generaciones.
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La responsabilidad de un docente en tiempos de

grandes cambios. ¿Cómo incluir en el aula las demandas


generacionales de los jóvenes desde una perspectiva
adulta? ¿Cómo transmitir algo esencial, como la
capacidad de discernir?

17 de marzo de 2019

Federico Lorenz
PARA LA NACION

Heme aquí, como todos los años, en plena selección de materiales al comienzo del
año lectivo, un 2019 en el que sin duda se prolongarán las ondas de las grandes
movilizaciones que en la Argentina tuvieron por protagonistas a jóvenes y
adolescentes. Estoy preocupado porque quiero incluir propositivamente estas
demandas y a la vez hacer mi trabajo, que es enseñar a pensar con perspectiva
histórica. Los docentes estamos en la primera línea de las relaciones
intergeneracionales. Es una enorme responsabilidad, porque vivimos una época de
cambios profundos en las relaciones humanas y en la forma en que nos percibimos a
nosotros mismos; en este escenario, las mujeres impulsan una agenda radical en
relación con la forma en la que está estructurada la sociedad y que también es
potencialmente revolucionaria.
Uno de los datos de este proceso es que quienes protagonizan estas luchas son
adolescentes y jóvenes, que no solo hicieron suya esta agenda sino que además la
actúan con naturalidad en su vida. Para mucha gente adulta, para quienes tienen hijas
e hijos adolescentes o por su trabajo están en contacto con ellos, los cambios y los
desafíos son diarios. ¿Utilizo el lenguaje inclusivo o lo desestimo? ¿Qué es esto del
poliamor?

Largo proceso
El protagonismo de los jóvenes en los procesos de cambio no es nuevo. La novedad
radica en que la edad de quienes impulsan cambios estructurales ha bajado. Hoy son
adolescentes, lo que redobla tanto la incomodidad como el desafío: se supone que
nosotros, adultos, tenemos la responsabilidad de proteger y cuidar a quienes nos
interpelan y nos cuestionan. A la vez, nuestra época se caracteriza también por la
aceleración y profundización de la brecha generacional.
Durante décadas fue difícil distinguir a un joven en su vestimenta y en sus hábitos,
incluso en sus expectativas, de su padre y aun de su abuelo. Pero después de la
Segunda Guerra Mundial, todo cambió. Así lo explica Eric Hobsbawm (1917–2012),
historiador británico que muchos profesores tomamos como bibliografía y
compartimos con los alumnos. Un clásico cuyas "historias" combinan el rigor con la
calidad narrativa, lo que las transforma en amenos e informados vehículos de
divulgación.
En su Historia del siglo XX, Hobsbawm señala que la mejor forma de comprender la
revolución cultural que comenzó en la segunda posguerra era prestar atención a los
cambios en la familia y el hogar, que regulaban "la estructura de las relaciones
sociales entre ambos sexos y entre las distintas generaciones". Hasta entonces, la
vida familiar y el modelo de hogar habían presentado una "impresionante resistencia"
a los cambios. Al mismo tiempo, pese a los matices, eran estructuras de alcance
mundial: "La inmensa mayoría de la humanidad compartía una serie de
características, como la existencia del matrimonio formal con relaciones sexuales
privilegiadas para los cónyuges (el ‘adulterio’ se considera una falta en todo el
mundo), la superioridad del marido sobre la mujer (el ‘patriarcalismo’) y de los padres
sobre los hijos, además de la de las generaciones más ancianas sobre las más
jóvenes, unidades familiares formadas por varios miembros, etcétera".
Desde una perspectiva de largo plazo, y no urgidos por nuestro presente (¡debo
cambiar la bibliografía!), nuestra perplejidad ante los cambios que nos demandan los
adolescentes y jóvenes expresa la conmoción profunda de estructuras sociales
multiseculares. En una analogía geológica, estamos parados en el cinturón de fuego
del Pacífico. Como un volcán, las movilizaciones masivas del día de la votación
negativa de la ley de interrupción voluntaria del embarazo, por ejemplo, son el
resultado y la prolongación de procesos que arrancaron décadas atrás.

Aceleración
Este conjunto de cambios iniciado a mediados del siglo XX hoy vive una creciente
aceleración, aunque también tuvo en el pasado momentos dramáticos. Después de la
Segunda Guerra Mundial, ser joven ya no era prepararse para el mundo adulto, sino
alcanzar "la fase culminante del pleno desarrollo humano". El proceso de
consolidación de las culturas juveniles, que por ejemplo ha estudiado la mexicana
Rossana Reguillo, reúne tres características. Confrontó con poderes
generacionalmente mayores (una "gerontocracia en mucho mayor medida que en
épocas pretéritas", según Hobsbawm). En segundo lugar, en el Occidente capitalista,
la juventud se transformó en un nicho de mercado. El desarrollo de las sociedades
urbanas, por último, favoreció la "internacionalización" de un fenómeno en el cual,
para los jóvenes, "la liberación personal y la liberación social iban, pues, de la mano, y
las formas más evidentes de romper las ataduras del poder, las leyes y las normas del
estado, de los padres y de los vecinos eran –dice el historiador británico– el sexo y las
drogas".
Con el paso del tiempo, los nuevos adultos asumieron responsabilidades, muchos de
ellos después de haber sido jóvenes contestatarios: el piso se había elevado. Al mismo
tiempo, la confrontación con la "gerontocracia" se naturalizó como comportamiento
social. Desde el punto de vista de las relaciones intergeneracionales, nuestro presente
es el resultado voluntario e involuntario de los cambios que los jóvenes impulsaron y
las respuestas conservadoras a sus desafíos. La confrontación generacional del último
cuarto del siglo pasado en muchos casos fue canalizada a través de proyectos
políticos alternativos al capitalismo. Allí encontramos la paradoja de que muchas
organizaciones revolucionarias desde el punto de vista político y económico fueron
muy conservadoras en cuanto al lugar que asignaban a la mujer o la sexualidad.
Resulta obvio que para absorber los cambios sin corrernos de nuestra responsabilidad
como adultos no podemos ser de la misma manera que nuestros padres fueron con
nosotros. La novedad hoy son la velocidad de los cambios y el riesgo de dispersión,
frutos ambos del salto tecnológico. La primera conexión de lo que hoy llamamos
Internet data de 1969. Cuando Hobsbawm publicó su Historia del siglo XX, en 1994, la
Web tenía apenas cuatro años de vida. La "aceleración" que observaba el británico en
los cambios sociales ha dado un salto formidable. Las generaciones hoy son digitales
desde temprana edad, y muchos de los cambios se potencian gracias a la
interconexión global y a la velocidad con la que circula la información.
Una actitud crítica
Pero la Web, que une, también fragmenta y aísla. De allí que la "liberación personal"
puede ser funcional al individualismo fomentado por el mercado, que a la vez otorga,
por su misma lógica de reproducción, un carácter efímero a los deseos e
insatisfacciones. ¿Quiere decir que las luchas juveniles tienen estas características?
No. Significa, más bien, que esfuerzos colectivos que son el emergente de la
acumulación de décadas de lucha pueden "diluirse en la coyuntura". O banalizarse
(recordemos, por caso, que una productora televisiva patentó el "No es No").
En cuanto a la transmisión del conocimiento (pues estas reflexiones arrancaron
mientras preparaba las clases para este año): ¿qué es lo obsoleto, lo innecesario?
Evidentemente, la relación de nuestros estudiantes con la información es otra,
completamente diferente. La actitud crítica, ciertas habilidades cognitivas, ser
capaces de distinguir entre lo verdadero y lo falso, son cosas que no están al alcance
de un clic. Ese es nuestro pequeño bastión, transmitir lo que es irrenunciablemente
humano: la capacidad de discernir.
Esto puede sonar escéptico o pesimista, y por eso es bueno concluir con dos certezas
esperanzadoras. La primera es que las características de las demandas y las formas
de lucha juveniles, lejos de mostrar el agotamiento de la política, evidencian su
vitalidad. El segundo es que nuestras hijas e hijos tienen conciencia de que están
protagonizando un cambio revolucionario. "Los tiempos en que la gente corriente
desea que haya una revolución, y no digamos hacerla, son poco frecuentes por
definición", escribió Hobsbawm en un bello librito llamado Los ecos de La Marsellesa.

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