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Farsa y Justicia Del Corregidor

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FARSA Y JUSTICIA DEL CORREGIDOR

De: Alejandro Casona


Adaptación: Yeymy Fabian Cadena

Personajes:

 Corregidor
 Secretario
 Juan Blas - Cocinero
 Cazador
 Peregrina 1
 Peregrina 2
 Sastre
 Leñador
 Mujer del sastre

ACTO ÚNICO

ESCENA 1

(Entran el corregidor y el secretario de audiencias. Hablan de los vinos y manjares con esa tierna
malicia que otros reservan a las confidencias de amor)

SECRETARIO: Por Cristo vivo que no recuerdo haber disfrutado en mi vida semejante banquete. Bien
pregona la fama que en cien leguas a la redonda no hay mesa como la del señor
corregidor.

CORREGIDOR: Cada edad tiene su pecado capital. A los veinte padecí la lujuria; a los treinta la ira, y a
los cuarenta la soberbia. Ahora con mis cincuenta corridos, y antes de que me llegue la
avaricia, que es maldición de viejos, bendita sea esta gula que me libra de tantos males y
a la que debo tantos bienes.

SECRETARIO: ¿Afirmaría usted que la gula puede ser una virtud?

CORREGIDOR: Sin vacilar. En los años que lleva en mi secretaría, ¿qué le han parecido mis sentencias?

SECRETARIO: Todo el mundo las celebra como la suma de la bondad, de la sabiduría y la justicia.

CORREGIDOR: ¿Y a qué lo atribuye vuestra merced?

SECRETARIO: Ante todo, a vuestro noble corazón.


CORREGIDOR: Error profundo

SECRETARIO: A vuestro prodigioso cerebro.

CORREGIDOR: Tampoco, hermano. Todo el secreto está en el estómago. (mientras sirve licor en dos
vasos) Un hombre bien comido es siempre un hombre bueno. Un hombre bien bebido es
siempre un hombre sabio. El día que a Salomón se le ocurrió la idea de partir un niño en
dos, estaba inspirado por una luminosa digestión. (le ofrece un vaso y levanta el suyo)

SECRETARIO: Por el nuevo Salomón de este país.

LOS DOS: Salud. (Beben y restallan las lenguas)

SECRETARIO: ¿Tostado?

CORREGIDOR: Demasiado viejo para eso.

SECRETARIO: ¿Solera?

CORREGIDOR: Demasiado joven.

SECRETARIO: Entonces, moscatel.

CORREGIDOR: Tu dixisti.

SECRETARIO: Bendita sea la sepa madre (beben y restallan de nuevo) Y ese plato que hemos comido,
¿no podría decirme de qué dulce milagro estaba hecho?

CORREGIDOR: ¿No lo adivina aún?

SECRETARIO: Por momentos sabia a pernil de monte; por momentos, a muslo de volatería.

CORREGIDOR: Tal vez fueran ambas cosas juntas. Piense en una.

SECRETARIO: ¿Paloma torcaz?

CORREGIDOR: Demasiado duras; vuelan largo.

SECRETARIO: ¿Perdiz?

CORREGIDOR: Demasiado flojas; vuelan corto. Piense más alto.

SECRETARIO: ¿Pato salvaje?


CORREGIDOR: Menos popular

SECRETARIO: ¿Garza?

CORREGIDOR: Más noble aún

SECRETARIO: ¡Faisán!

CORREGIDOR: ¡Bravo secretario! Ya está desvelada la mitad del misterio. ¿vamos con la otra mitad?
(se sientan juntos en plena intimidad confidencial)

SECRETARIO: Espere que recuerde. Olía a campo y fruta.

CORREGIDOR: Buen principio.

SECRETARIO: El sabor era de muerte reciente y en sazón, como de cerdo por diciembre.

CORREGIDOR: Cerca anda. Pero ¿y aquella inocente ternura de manteca?

SECRETARIO: ¿Lechón quizás?

CORREGIDOR: Caliente, caliente. Pero ¿y aquel sabor de carne perseguida?

SECRETARIO: ¿Venado?

CORREGIDOR: ¿Qué se quema!

SECRETARIO: ¿Jabalí?

CORREGIDOR: ¡Lechón de jabalí con salsa de ciruelas!

SECRETARIO: ¡Alabado sea el altísimo! ¿Y qué espera el cabildo para levantar una estatua a vuestra
cocinera?

CORREGIDOR: ¿Cocinera? Si mi cocinera fuera capaz de tal prodigio, ya hace rato sería mi esposa. La
cocina artística está reservada al genio del hombre. Y entre todos los llamados solo hay
un elegido.

SECRETARIO: ¿Cómo es que no lo vi antes? No digas más: ¡Juan Blas el posadero!

CORREGIDOR: ¡Juan Blas, el de las Manos de Oro!

SECRETARIO: Ahora comprendo todo.


CORREGIDOR: Todo no. Todavía queda un detalle sutil (se acerca más, en voz baja) ¿No percibió en el
asado cierto aroma furtivo?

SECRETARIO: Sí, un tufillo inquietante.

CORREGIDOR: Sí, ese, era el perfume del pecado.

SECRETARIO: ¿Qué pecado?

CORREGIDOR: Míreme bien a los ojos. ¿soy un hombre honrado?

SECRETARIO: El más honrado, el más justo, el más incorruptible.

CORREGIDOR: Pues bien, hermano; eso que acabamos de comer juntos era el producto de un robo.

SECRETARIO: ¡Imposible! ¿su señoría robando?

CORREGIDOR: Yo pecador.

SECRETARIO: ¿Y yo vuestro cómplice? ¿Yo vuestro encubridor por una hora de gula?

CORREGIDOR: Es mi talón de Aquiles. Póngame delante una sonrisa de joven o una lágrima de viuda y
me verá impávido. Póngame a los pies todo el oro del mundo y no me verá doblar la
vara de la justicia. Pero no me ponga un lechón de jabalí con salsa de ciruelas porque soy
hombre al agua. (levanta su vaso) ¡Por Juan Blas el posadero, que Dios lo conserve por los
siglos!

SECRETARIO: Amén

(Chocan y beben)

ESCENA 2

(Se oyen desde afuera dos tiros, gritos y la voz de Juan Blas, que llega corriendo)

JUAN BLAS: ¡Socorro!

CAZADOR: ¡Detengan a ese ladrón! ¡A la cárcel!

SASTRE: ¡El asesino de niños; a la horca!

PEREGRINA 1 y 2: ¡Ay mis costillas, ay mis costillas!


LEÑADOR: ¡Mi querido burro, mi compañero de fatigas!

JUAN BLAS: ¡Qué me matan! ¡Piedad para un inocente!

CORREGIDOR: ¡Es Juan Blas el posadero! Asómate a ver qué es lo que pasa

SECRETARIO: (Asomándose y entrando nuevamente) ¡Dios de Dioses! ¡Un grupo de personas quiere
linchar a Juan Blas el posadero!

CORREGIDOR: ¡Déjalo ingresar!

(Secretario abre la puerta y deja entrar a Juan Blas)

JUAN BLAS: ¡Por su alma, señor corregidor, sálveme! ¡me vienen persiguiendo dispuestos a
arrancarme el pellejo!

CORREGIDOR: ¿En mi presencia?

JUAN BLAS: Con la furia que traen son capaces de todo.

(Se oyen los gritos desde afuera)

CAZADOR: ¡Cien latigazos a ese ladrón!

SASTRE: ¡Venganza para un padre malogrado!

PEREGRINA 1 y 2: ¡Mis costillas, nuestras pobres costillas!

LEÑADOR: ¡Justicia contra ese arrancador de rabos inocentes!

TODOS: ¡Justicia, justicia!

JUAN BLAS: ¡Ahí están! ¡Muerto soy si la justicia no me ampara!

CORREGIDOR: Pronto secretario, calme a esa gente. Y que no entre nadie hasta que yo lo ordene.

(Sale el secretario a calmar el tumulto y vuelve a entrar)

SECRETARIO: Señores por favor calma que ya serán atendidos.

CORREGIDOR: Juan Blas hijo mío. ¿Por qué te persiguen?

JUAN BLAS: Por cuatro cosas en que no tengo culpa: un robo, un mal parto, cuatro costillas rotas y
un rabo de burro.
CORREGIDOR: Nunca escuché juntos tan extraños delitos. Explícate.

JUAN BLAS: Lo del robo, mejor lo sabe su señoría que yo. Es aquel lechón que me hizo traerle esta
mañana. Imagínese cómo se puso el cazador cuando volvió a buscarlo y se encontró con
las manos vacías.

CORREGIDOR: Era de esperar. Pero ¿no le dijiste que el lechón se había escapado del horno, como
te mandé?

JUAN BLAS: ¡Eso mismo hice! Pero echó mano a la escopeta maldiciendo como un demonio, y si no
salgo corriendo a estas horas estaría su señoría hablando con un cadáver.

CORREGIDOR: Comprendo lo del cazador. Pero ¿y los otros?

JUAN BLAS: Todo lo enredó mi mala suerte. Huyendo del cazador le rompí de a dos costillas a dos
peregrinas; huyendo de las peregrinas atropellé a la mujer del sastre, que estaba
embarazada; y huyendo del sastre ocurrió la desgracia más sangrienta.

SECRETARIO: ¿Qué desgracia es esa?

JUAN BLAS: El burro del leñador. Era mi única salvación para escapar, pero el maldito animal se echó
al suelo; yo quise levantarlo a la fuerza tirándole del rabo, y él que no, yo que sí… tanto
tiramos los dos que me quedé con el rabo entre las manos. Y ahí están los cinco pidiendo
a gritos mi cabeza. ¡Defiéndame señor!

CORREGIDOR: Calma, Juan Blas, calma. Difícil es tu caso, pero soy hombre agradecido. Que más
da al estado perder sus monumentos y su historia; pero perder un cocinero como tú,
jamás.

JUAN BLAS: (Besándole las manos) ¡Gracias, señor, gracias!

ESCENA 3

(El Corregidor sube al estrado y agita la campanilla)

CORREGIDOR: Secretario. Que pasen los querellantes.

(Entran en tropel detrás del secretario. El cazador con su escopeta, las peregrinas con sus bordones, el
sastre con sus tijeras y el leñador con su rabo de burro)

CAZADOR: Ahí está el ladrón. ¡A la cárcel!


SASTRE: El asesino de niños ¡a la horca!

PEREGRINA 1: ¡Mis dos costillas!

PEREGRINA 2: ¡ay mis pobres costillas!

LEÑADOR: Mi burro querido, mi compañero de fatigas.

TODOS: ¡Justicia, señor corregidor, justicia!

CORREGIDOR: (Imponiendo el orden) ¡Silencio todos! Siéntense el acusado. Siéntense los


querellantes. Y oigamos en derecho a las dos partes. (Alza el brazo, en actitud solemne)
En el nombre del padre, etcétera, etcétera, ¿juran todos decir, etcétera, etcétera?

TODOS: ¡Juramos!

CORREGIDOR: Queda abierta la audiencia. (Al secretario) escriba secretario.

SECRETARIO: Escribo.

(El corregidor se sienta. Los cinco acusadores vuelven a alborotarse)

CAZADOR: ¡Cien latigazos a ese ladrón!

PEREGRINA 1: ¡Mis dos costillas!

SASTRE: ¡Venganza para un padre malogrado!

PEREGRINA 2: ¡ay mis pobres costillas!

LEÑADOR: ¡Justicia contra ese arrancador de rabos inocentes! (llora besando y acariciando su despojo)

CORREGIDOR: (Campanillazos) ¡Silencio, o hago desalojar la sala! Que hable el primero.

CAZADOR: (Se levanta) Yo, señor corregidor

CORREGIDOR: En nombre del Padre, del hijo... etcétera, etcétera. ¿Jura decir etcétera, etcétera?

CAZADOR: ¡Juro!

CORREGIDOR: Puedes hablar


CAZADOR: Yo señor, soy cazador de oficio. Esta mañana salí temprano al monte y tuve la fortuna de
cazar un lechón que, juntamente con una libra de ciruelas, llevé al horno de este
enemigo público. Tres horas después vuelvo para reclamar mi lechón, ¿y sabe su señoría
con qué cuento me sale el muy bribón? ¡Que se atreva a repetirlo delante de la Justicia!

CORREGIDOR: Conteste el reo. ¿Dónde están las ciruelas de este hombre?

JUAN BLAS: Se las comió el lechón.

CORREGIDOR: ¿Y el lechón?

JUAN BLAS: No hice más que abrir el horno y echó a correr hacia el monte como una centella.

CAZADOR: Se da cuenta señor corregidor, ¿Cuándo se ha visto mayor desvergüenza? Encima del robo,
el embuste. ¿No es para mandarlo directamente a la cárcel?

CORREGIDOR: Calma, cazador, que la ira es mala consejera. Juzguemos serenamente. Por lo pronto,
las tres afirmaciones que ha hecho el acusado podrán ser sospechosas, pero en
principio son indiscutibles. ¿Puede alguien negar que un lechón coma ciruelas?

CAZADOR: Eso no.

CORREGIDOR: ¿Y puede alguien negar que un animal de monte tire al monte?

CAZADOR: Pero, señor corregidor, es imposible. El lechón estaba muerto y bien muerto.

CORREGIDOR: Nada hay imposible ante la voluntad de Dios. Muerta estaba la hija de Jairo cuando
le fue dicho: Dormida estás, ¡despierta!

SECRETARIO: San Mateo, capítulo 9, versículo 25.

CORREGIDOR: Muerto y bien muerto estaba Lázaro cuando le fue dicho: Levántate y anda.

SECRETARIO: San Juan, capítulo 11, versículo 43.

CORREGIDOR: ¿Vas a poner en duda los santos Evangelios?

CAZADOR: ¿Qué importan ahora San Juan y San Mateo?

CORREGIDOR: ¿Cómo que no importan? ¡Anote, secretario!

SECRETARIO: Anoto. (Escribe vertiginosamente)


CAZADOR: De lo que se trata aquí es de Juan Blas el posadero. Y yo afirmo que un posadero no
puede hacer milagros.

CORREGIDOR: ¡Imprudencia temeraria! ¿No tienen acaso todos los posaderos del mundo el don de
transformar el agua en vino como en las bodas de Caná? ¡Anote!

SECRETARIO: Anoto.

CAZADOR: Yo no hablo de agua ni de vino, sino de mi lechón al horno. ¡Y lo que yo digo es que la
carne al horno muerta está y muerta se queda para siempre!

CORREGIDOR: Qué dices insensato. ¿Serás también capaz de negar la resurrección de la carne?
¡Anote, secretario!

SECRETARIO: Anoto.

CAZADOR: Pero, señor corregidor…

CORREGIDOR: (Al cazador) ¡Silencio! (Al secretario) ¿Anotó?

SECRETARIO: Anoté.

CORREGIDOR: Lea el folio.

SECRETARIO: Primero: el deponente confiesa ser cazador de oficio, con desprecio evidente del quinto
mandamiento: no matarás. Segundo: declara impúdicamente no importarle un rábano
los Santos Testimonios y las bodas de Caná. Tercero: manifiesta abiertas dudas y recelo
sobre el dogma de la resurrección de la carne. Cuarto…

CORREGIDOR: Suficiente. Lo siento por ti hijo mío. Podría perdonarte que hayas tratado de difamar a
un honrado ciudadano sin pruebas ni testigos, y hasta que hayas penetrado con armas
en el templo de la Justicia. Pero esta herejía, in fraganti, no habrá más remedio que
someterte a la santa inquisición.

CAZADOR: ¿La Inquisición? (Cae de rodillas) ¡Misericordia, señor! Yo abjuro, reniego y me retracto
de todo lo dicho. ¡Mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa!

CORREGIDOR: ¿Tiene algo que oponer el acusado?

JUAN BLAS: Por mi parte puede ir en paz. Yo le perdono.

CAZADOR: Gracias, hermano Blas. Gracias, señor.


CORREGIDOR: (Agita la campanilla, todos de pie) Vista la conciliación de las partes, devuélvase al
posadero la honra y fama que se le había quitado. El primer lechón que atrape el
cazador será traído a este tribunal como descargo y previo el pago de veinte reales para
ayuda de gastos. Ásese, condiméntese y sírvase. ¡Perdón, digo! ¡Sobreséase,
lácrese y archívese! ¿Anotó secretario?

SECRETARIO: Anoté

CORREGIDOR: Que hable el segundo. (Se levantan los peregrinos) En nombre del Padre, del hijo...
etcétera, etcétera. ¿Juran decir etcétera, etcétera?

PEREGRINO 1 y 2: Juramos

CORREGIDOR: Pueden hablar peregrinas.

PEREGRINA 1: Nosotras señor, somos unas pobres peregrinas. Estábamos en la iglesia rezando
santamente el rosario, cuando sentimos allá arriba en el coro un estrépito de carreras y
alaridos como de gatos en celo.

PEREGRINA 2: Levantamos los ojos creyendo que se hundía el firmamento, y de repente este posadero
del infierno que se me desploma encima, rompiéndome dos costillas.

PEREGRINA 1: A mí también me rompió dos costillas,

PEREGRINA 2: ¿Qué va a ser ahora de nosotras? Impedidas y lisiadas ¡Justicia en nombre del cielo!

CORREGIDOR: (Encarando furioso a Juan Blas) ¡Ah Bestia del Apocalipsis! ¿A unas mujeres? ¿A unas
miserables peregrinas en plena oración y en plena iglesia? ¿Cómo puedes disculpar tal
sacrilegio?

JUAN BLAS: Yo iba ciego de terror y entré al sagrado santuario buscando refugio. El cazador me
perseguía con la escopeta escaleras arriba. No me quedaba otra salida que saltar la
baranda. Entonces cerré los ojos y… zas. ¿Quién podía imaginarse que estas santas
mujeres estuviera debajo?

CORREGIDOR: ¡Basta! Has incurrido en pecado de profanación y la ley ha de ser implacable. ¡Ojo
por ojo, costilla por costilla! Vete ahora mismo a la iglesia y arrodíllate a rezar el
rosario. Ustedes, peregrinas, suban al coro, cierren los ojos y tírense sin miedo encima
de él.

PEREGRINA 2: Pero, señor corregidor, ¡son siete metros de altura!

CORREGIDOR: Mejor; cuanto más alto el coro, mayor será el castigo.


PEREGRINA 1: ¿Y si no atinamos y caemos en las baldosas? ¿Y si en lugar de sus costillas se rompen
otras dos de las mías?

CORREGIDOR: ¿Cómo?, mujeres de poca fe ¿Van a dudar del juicio de Dios?

PEREGRINA 2: ¡No! No es la fe lo que nos hace falta. Pero pensándolo bien con las costillas que nos
quedan, todavía podemos arreglárnosla.

PEREGRINA 1: Y es tan cristiano sufrir y perdonar. Si el señor lo permite preferimos retirar la demanda.

CORREGIDOR: ¿Tiene algo que oponer el acusado?

JUAN BLAS: Nada, señor.

CORREGIDOR: En este caso… (Campanillazo y todos de pie) Visto el mutuo consenso y la cristiana
renunciación del demandante; por esta sola vez, y que sirva de precedente, autorícese a
las peregrinas a seguir su camino, libre de toda caución y emolumento. Sobreséase,
lácrese y archívese. ¿Anotó secretario?

SECRETARIO: Anoté

CORREGIDOR: Que hable el tercero (Se levanta el Sastre) En el nombre del Padre, del hijo, etcétera,
etcétera. ¿Jura decir, etcétera, etcétera?

SASTRE: Juro.

CORREGIDOR: Puedes hablar buen hombre.

SASTRE: Yo, señor, soy sastre de tijera, como puede verse. Hace siete años que me casé soñando con
un hijo a quien dejar mi oficio y mis ahorros, pero el fruto esperado no llegaba. Nos
pasábamos las noches enteras… y nada. Las comadres acudían con hierbas, remedios,
ensalmos, jaculatorias y nada. Ya empezaba a desesperar, cuando por fin el milagro se hizo.
¡Imagínese mi gozo! Día por día le medía la cintura, bendiciendo cada nueva pulgada y
considerándome el más feliz de los sastres…

CORREGIDOR: Conmovedora historia hijo mío, pero al grano, al grano.

SASTRE: Pues el grano fue que este mediodía íbamos juntos a la iglesia a dar gracias al cielo por
nuestro milagro cuando, de repente, la puerta se abre de golpe y esta bestia sale como una
tromba estrellándose contra mi mujer, y entre el encontronazo y el espanto, ¡mi trabajo de
siete años perdido en un minuto! ¡Justicia contra el asesino!

JUAN BLAS: ¡Soy inocente! ¡Si yo hubiera sabido que tu mujer estaba embarazada, antes me hubiera
dejado arrancar los ojos que rozarla siquiera! ¡Perdón, hermano sastre!
SASTRE: Nada se arregla con perdones. Esta mañana yo era un hombre feliz y ahora soy un
desdichado. Esta mañana mi mujer estaba llena y redonda como una manzana, y ahora está
floja y escurrida como una pasa. ¡Justicia, señor corregidor!

CORREGIDOR: ¡Ah, miserable posadero! ¡De ésta sí que no te salvas! ¡Llévate a tu casa a la mujer
de este buen hombre y no descanses hasta devolvérsela llena y redonda como estaba!
¡Pronto!

JUAN BLAS: (Levantándose determinado) ¡Vamos!

SASTRE: ¡Alto ahí! ¡Protesto la sentencia!

CORREGIDOR: Protesta rechazada. Si este infame te ha arruinado una cosecha, ¿no es justo que te
devuelva otra cosecha?

SASTRE: Me niego. ¡Es una injusticia!

CORREGIDOR: ¿Insulto a la autoridad? ¡Veinte reales de multa por desacato al tribunal!

SASTRE: No me importa el precio. ¡Todos mis ahorros con tal de ver a ese desalmado en la cárcel!

CORREGIDOR: ¿Intento de soborno? ¡Cuarenta reales!

SASTRE: (Desesperado, buscando amparo en la conciencia popular) ¿Oyen esto vecinos? ¿Puede
consentirse este atropello?

CORREGIDOR: ¿Incitación a la rebelión? ¡Ochenta reales!

SASTRE: ¡Apelaré a la corte internacional! ¡A Su Majestad! ¡Si es necesario llegaré hasta Roma!

CORREGIDOR: ¿Colaboración con una potencia extranjera? ¡Ciento sesenta reales! ¿Tienes algo
más que alegar?

SASTRE: (Calmándose) Nada, señor corregidor, muchas gracias. Solo quisiera hacer constar
humildemente sin alevosía ni ensañamiento, que, en cuanto al posadero, renuncio a toda
restitución en especie. Mis cosechas prefiero sembrarlas yo mismo.

CORREGIDOR: Puesto así, puede considerarse. ¿Está de acuerdo el acusado?

JUAN BLAS: (Con cierto aire de resignación) De acuerdo.

CORREGIDOR: Conciliadas las partes. (Campanillazo y en pie) Veinte, cuarenta, ochenta y ciento
sesenta… trecientos reales redondos. Páguese, cóbrese y embólsese. (Se sienta) Que
hable el quinto demandante.
(El leñador se levanta dudoso y confuso escondiendo su rabo. Vacila. De pronto echa a correr hacia la
puerta)

SECRETARIO: ¡Alto! ¿Adónde va ese loco? Hable ya. hombre.

LEÑADOR: Es tarde y tengo que llevar mi leña al mercado.

CORREGIDOR: Aguarda, hijo. Primero tienes el derecho a que se te escuche y se te haga justicia.
¿No traías una acusación contra este maldito posadero?

LEÑADOR: ¿Una acusación yo? ¡Jamás! Yo juro y perjuro por toda la corte celestial que mi burro
nació sin rabo, que toda su vida ha vivido sin rabo y que sin rabo ha de morir en paz y
en gracia de Dios. ¡Con su permiso, señor corregidor! (Sale corriendo)

FIN

FARSA Y JUSTICIA DEL CORREGIDOR

De: Alejandro Casona


Adaptación: Yeymy Fabian Cadena

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